"How can you see into my eyes like open doors?

Leading you down into my core

where I've become so numb…

Without a soul my spirit sleeping somewhere cold

until you find it there and lead it back home…

(Wake me up)

Wake me up inside

(I can't wake up)

Wake me up inside

(Save me)

Call my name and save me from the dark

(Wake me up)

Bid my blood to run

(I can't wake up)

Before I come undone

(Save me)

Save me from the nothing I've become…"

Evanescence

"Bring me to life"

La oscuridad desaparece mientras el sol anuncia su llegada con los primeros rayos de luz, que triunfantes vencen a la noche, cortándola en tiras hasta convertirse en el alba. Los animales despiertan y se preparan para hacer sus actividades diarias, mientras los habitantes de Tokio 3 aún siguen descansando, los que pueden, mientras que otros se percatan de los daños ocasionados hace apenas unas horas. Bonita manera de despertar, con toda tu propiedad en pedazos, encima de tu cuerpo malherido. Las sirenas aún siguen resonando y haciendo eco entre los rascacielos del centro, lugar donde se llevó a cabo el evento. Cómo si lo de anoche hubiera sido tan sólo un mal sueño, que se disiparía con el calor del nuevo día, la gente despierta sólo para encontrarse cara a cara con una horrible pesadilla. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cuándo fue que la decisión de regir nuestros propios destinos nos fue arrebatada de las manos? Soldados, médicos, bomberos, policías, periodistas, políticos y todo aquel que estuviera presente ó involucrado de alguna manera con el siniestro, todos ellos se observaban los unos a los otros, cómo si en realidad hubieran proferido esas preguntas, que eran las obligadas. No era justo. La raza humana había pasado por tantas penurias, tantas pruebas y obstáculos, los cuales los había sorteado todos, algunos con mucho esfuerzo y sacrificio. Sólo para que, ahora, en circunstancias que todavía no alcanzaban a comprender, una vez más la supervivencia de la especie se viera en riesgo. Parecía una broma de mal gusto. Todo mundo estaba mortificado, a sabiendas que sus vidas estaban ya en las manos de otros. ¿Y cómo serían esos otros? ¿Acaso emularían los ejemplos de los antiguos superhéroes de antaño? ¿Poseían toda su moral inquebrantable, el conocimiento absoluto del bien y el mal, ese sentido de sacrificio desinteresado por sus semejantes? Eso deseaban, con todas sus fuerzas, pero ciertamente no era la verdad. Cómo insectos diminutos, comienzan a reparar sus hogares, con la horrible sensación de impotencia que esto conlleva, al saberse indefensos ante los eventos de tan enorme magnitud que se han desatado, y ante los cuales no tienen la menor oportunidad de intervenir, de meter las manos para evitar la caída con el suelo. Resignación.

El sol, tímido y risueño, cómo un párvulo, se asoma por entre la ventana, y a lo lejos se escucha el trinar de los pajarillos, mientras el astro rey, contento y alegre, les hacía cosquillas en todas sus plumas. Aún mas lejos se pueden oír las grúas, las sirenas, las voces, el ruido, la gente trabajando y el despertar de la ciudad y sus habitantes. Un olor a medicina penetra la habitación y todo el ruido incita a abrir los ojos. Con un gran esfuerzo se abren los párpados. Poco a poco. Primero, se despegan las pestañas. Luego, se humedece la boca seca, paseando la lengua por toda ella. Se desperezan los pies y los dedos de las manos, continuando con éstas, y después con las piernas y brazos. Un bostezo corre desde la boca del estómago hasta escapar por la garganta. Se perciben las imágenes, borrosas, cómo en una lente mal ajustada. Unas vez que la enfocas, te das cuenta totalmente, por medio de todos tus cinco sentidos, del mundo que te rodea, y es cuando concluyes que has sobrevivido una vez más. Estás vivo, pese a que pudiste morir mientras dormías. Y se recibe al nuevo día.

—¿Dónde estoy ?— es lo primero que pronuncia Shinji al despertar, aún entre sueños. Sigue aturdido por el extenuante ejercicio que tuvo que realizar, y el cúmulo de emociones que le tocó degustar anteriormente, hizo que se empanzara y ahora se sintiera incómodo. Tenía ganas de vomitarlas. Es difícil incorporarse, no tanto por el dolor, sino por lo difícil que es dejar los sueños. Y tener que cargar con la responsabilidad de tener que vivir la vida que te tocó vivir, y por si fuera poco, hacer algo de provecho con ella.
Se restriega los ojos para acabar de despertarse y se da cuenta en donde está: es un hospital. De ahí el olor a medicina. A través de la puerta, penetran los murmullos de las enfermeras y demás personal médico, quienes estaban muy atareados, con una sobrecarga tremenda de trabajo; algunos habían tenido que hacer turnos dobles, para poder atender a los sobrevivientes del encontronazo entre el hombre y la divinidad. Unos tremendos gritos de dolor, de agonía, capaces de helar la sangre, lo despabilaron por completo, no sin sacarle tremendo susto. Por un momento pensó que era él el que estaba gritando. Contempla el espacio que se extiende a su alrededor. Una sola cama en medio del solitario y monótono cuarto, sin nadie a la vista. El recinto destinado para albergar al paciente estaba inmaculado, todo él pintado de blanco. ¿Por qué pintarán los hospitales de blanco? La luz que irradia el mismo color, aunada con la del sol, encandilan y despabilan a la persona, la estresan, la molestan, la hacen sentir mucho peor de lo que ya está. Aún las batas de los médicos son de ese color. Blanco brillante. Cómo si quisieran demostrar algo. Las ventanas cerradas no impiden que el sol salude con sus tibios labios al paciente. Ve su brazo con extrañeza y sorpresa, moviéndolo normalmente. Rogaba porque todo lo que sufrió hubiera sido tan sólo una pesadilla, ocasionada por un malestar gástrico. No convencido del todo, movía lentamente su brazo, y cada una de sus articulaciones, además de los dedos de las manos. Sí, era su brazo, y estaba completo y sano, muy sano. Además, todas sus extremidades estaban ahí. Nada hacía falta. Nada, salvo saber cómo era que había ido a parar allí.

Afuera, la algarabía y la inmensidad de la vida misma continuaban, sin esperar a nadie ó sin fijarse a quien atropellaban en su imparable carrera, cómo la de una aplanadora, ó uno de los bull dozers que trabajaban en la ciudad, recogiendo escombros. Tristes, confundidos, temerosos, agotados, así se encontraban los seres humanos, pero aún así tenían que continuar el día a día, un paso a la vez. Después de un accidente, viene la recuperación, a veces muy lenta, otras satisfactoriamente rápidas, pero todas las heridas cicatrizan con el tiempo. Sin embargo quedan las cicatrices, cómo eterno recordatorio de aquel suceso. Un cráter de por lo menos mil metros de diámetro marcaba el rostro de la ciudad japonesa, justo en el centro de su territorio. El casco del Eva 01 es elevado por el aire por una grúa, de entre una pila de escombros, rodeado por edificios chamuscados. Los transeúntes, y los curiosos, al verlo, no podían evitar hacer un pequeño alto en su camino, para contemplar el tamaño del objeto, hacer observaciones sobre eso, señalarlo a sus acompañantes y soltar lo primero que se les venía a la mente: "¿Qué demonios es eso?"

Misato y la Doctora Akagi, ajenas ambas a su incertidumbre, los observaban de lejos muy de vez en cuando, sin ponerles demasiada atención o importancia. Enfundadas cada una en un traje aislado anti-radiación de un chillante color naranja tenían entre manos asuntos mucho más relevantes que tratar, y tareas que no podían esperar para ser realizadas. Colaboraban muy de cerca con los trabajadores de las obras, y con la gente del gobierno, tanto el nacional cómo el mundial. Proporcionando datos, y a la vez preguntando por éstos, además de elaborar un minucioso control de daños en sus respectivos campos de desempeño, para elaborar un también minucioso reporte que tendrían que entregar a sus superiores sin demora alguna. A pura fuerza, las dos hacen un pequeño paréntesis para poder descansar, o siquiera relajarse un poco, ahora que podían. En toda la noche no habían dormido, y se encontraban exhaustas en extremo. El auto de la capitana, que esperaba en la banqueta, parecía un buen lugar para aliviarse un poco de sus quehaceres. Las dos se recargan en uno de los costados del vehículo, de pie y mirando de frente las obras de remoción de escombros, sosteniendo entre sus manos la parte superior de su atuendo, que incluía la mascarilla que ponían sobre su rostro cada vez que el traje debía ser sellado para entrar a un área contaminada. Sobra decir que dentro de esos artilugios el calor que las mujeres debían soportar era más que infernal.

—¡Carajo! Pensé que todos en la ciudad habían sido ya evacuados— pronunció Misato agradecida por poder respirar aire fresco, justo cuando pensaba que caería desmayada, sofocada —¿Alguien me puede decir entonces porqué estamos todos aquí, en labores de rescate y control de daños?

—Por desgracia, no todos hacen caso de las indicaciones que se les da, y eso lo sabes muy bien —puntualizó Ritsuko con cierto dejo de ironía en su tono —Al parecer muchas personas pensaron que la evacuación era solo una sugerencia e ignoraron todas las advertencias… ¿Quién podría haber pensado todo lo que pasaría?

—Lo de anoche fue… fue todo, menos como había imaginado que sería nuestro primer combate real— admitió Katsuragi —Quiero decir… ¿Qué diablos fue lo de anoche? El nivel de daño fue mucho mayor a lo que se tenía contemplado, es obvio que nuestros escenarios previstos no contaban con todas las variables…

Refiriéndose a la deplorable escena que presenciaban justo en esos momentos: todo el centro de la ciudad vaporizado, edificios completos a punto venirse abajo, la búsqueda de sobrevivientes entre esas ruinas… además, claro, de las salvajes escenas de lucha, no, de carnicería que todavía deambulaban en su memoria.

—Deberíamos dar gracias de la enorme suerte que tuvimos— pronunció en un tono seco y reflexivo su acompañante — Ayer bien pudo haber sido el fin de todo.

—No me agrada confiarle la seguridad de mi hermoso trasero a la fortuna— repuso Katsuragi de inmediato, sacando de su atuendo un práctico abanico con el que comenzó a refrescar su rostro perlado de sudor —La próxima vez vamos a necesitar algo más que suerte para vencer: planeación, tácticas y estrategia, eso sí que es lo mío… me niego a depender de una fiera desenfrenada que termina acabando con todo a su alrededor…

—En ese caso tienes mucho trabajo por delante… no creo que domar a esa bestia carnicera vaya a ser cosa fácil. A decir verdad, dudo que alguien pueda hacerlo… quizás lo mejor sería tenerla sujetada para liberarla sólo cuando sea necesario.

—Descuida, me aseguraré de amarrar bastante bien al animalejo, para que no vaya a morder ó a comerse a alguien.

—Tu optimismo es tan refrescante como siempre…

—¡Por supuesto! El pensamiento positivo es esencial para la vida humana…

En eso, un gran escándalo se suscita delante de ellas. "Por Dios, espera, creo que encontré a uno" decía alarmado un hombre, que armado sólo con una pala, removía una pila de despojos, dónde antes había un edificio habitacional. No tardaron mucho en sacarlo. Cuando todos concentraron su esfuerzo en ese punto en particular, la acción se hizo con más rapidez y agilidad. El espíritu de colaboración humana, que brillaba con más intensidad en los desastres. Era algo bello, desde cierto punto de vista. En los momentos difíciles, la mayor parte en los desastres naturales, cómo lo eran los terremotos, huracanes y demás, los hombres olvidaban sus diferencias y se apoyaban y ayudaban los unos a los otros, cómo una verdadera hermandad. "no puede ser, no puede ser" se oyó que se lamentaban, cortando despiadadamente la contemplación de una de las grandes virtudes del espíritu humanitario.

Los obreros, los trabajadores y los voluntarios, todos ellos formando un gran círculo alrededor del sitio, miraban hacia el interior de éste, impávidos, desconsolados; algunos se tapaban la boca, otros volteaban al cielo y preguntaban "¿porqué?", unos, resignándose, se ajustaban su casco protector y se aclaraban la garganta, tomando una pose de luto. Al poco rato, sacaron en una camilla la causa de sus pesares. Sucia, golpeada, ensangrentada y amoratada, con algunos huesos rotos; desarreglada toda, cómo una vieja muñeca rota, de esas que son tan comunes de sacar de los basureros, así se encontraba ella. Sólo que no la habían sacado de un basurero, sino de lo que quedaba de lo que, hasta apenas ayer por la noche, había sido su hogar. Y no era una muñeca. Se trataba de una mujer. Una joven mujer. Una joven mujer, muerta. Una joven mujer, muerta, cuya vida había sido arrebatada violentamente. Y podría decirse que absurdamente. Pero la impresión no acababa ahí. En sus brazos, cómo si guardara un tesoro, así de celosa conservaba una pequeña cosa. Algo a lo que se aferraba con fuerza, aún en el más allá. No sin mucho esfuerzo de su parte, los rescatistas la hicieron revelar al mundo lo que tan afanosamente guardaba para sí misma. Era lo más desgarrador que un alma humana hubiera contemplado jamás. Se trataba de un pequeño bultito, que abrigaba en su regazo y en su pecho ya sin un corazón que latiera. Igual de desaliñado y desgarrado que su guardiana, maltratado por las ruinas que tenían encima. Se trataba de un infante, un recién nacido. Y entonces, se convirtió en una joven madre, muerta, cuya vida, y la de su retoño, habían sido arrebatadas violentamente. Y podría decirse que absurdamente. Al parecer, la madre, viendo deshacerse el techo y el suelo donde estaba apoyada, en lo único que pensó fue en la supervivencia del pequeño. Con su cuerpo, quiso protegerlo lo mejor que pudo de la avalancha de misiles mortíferos en los que se convirtió su edificio, al desplomarse por completo. Pero no contaba que, en su afán de salvarle la vida a su hijo, éste moriría de todos modos, asfixiado contra su maternal pecho. Todos podían imaginarse la escena, podían ver los ojos de terror de la muchacha, mientras impotente observaba cómo todo su mundo se derrumbaba en pedazos, sepultándola. Podían escuchar al bebé, luchando por un poco de aire, intentando jalar el vital gas a sus pulmones, sin éxito. Podían sentir el dolor de ambos, por igual. Su dolor, al saber que horas más tarde, ellos los encontrarían, de ese modo, tal cual cómo se despidieron de la vida. Juntos, fundidos en ese abrazo eterno.

Las mujeres no se rezagaban en las impresiones comunes, de todos los que estaban allí presentes. Y quizá les aventajaban, sabiéndose cómplices en las circunstancias que desencadenaron este trágico desenlace. Sin decir palabra, boquiabiertas, y con el alma hecha jirones, acompañaron angustiosamente con la mirada a los cuerpos hasta la ambulancia, y a ésta hasta que se perdió de vista, en la calle. El silencio fúnebre, de remordimiento y de pesar, duró hasta mucho después de su partida. Sólo hasta entonces, Ritsuko, que seguía contemplando la calle por donde se perdió el vehículo que transportaba a los cadáveres, quedamente, casi muda, pronunció:

—Cuidado con la bestia.

Sin quedar claro si se trataba de una cita bíblica, ó de un aviso de cochera. La brisa matinal sopla con un gran frío sobre ellas dos, con un olor a muerte y a culpa.

Tratando desesperadamente de alejar a los fantasmas que acechaban su conciencia, de sepultar aquellas imágenes en el olvido, y volver a tener la sangre fría, Katsuragi interrogó:
—¿Y cómo está el muchacho?—preguntó cómo si sus pensamientos estuvieran en otra parte, muy lejos de ahí, mientras se recargaba en su auto y observaba de nueva cuenta las tareas de remoción de escombros.

—Hace unos momentos me informaron que por fin había despertado— contestó su compañera de inmediato, agradecida por cambiar de tema —No presenta heridas externas, al parecer sólo tiene un pequeño problema con su memoria a mediano plazo...

—¿Podrá ser… contaminación mental?—cuestionó otra vez la mujer de cabello oscuro.

—No es algo de lo que tengamos que preocuparnos, al parecer no llegará a mayores.

La capitana ya no pronunció ni una palabra, limitándose a asentir con un gesto de su cabeza, mientras adoptaba una pose reflexiva. Un aparato de televisión hizo acto de presencia, frente a las dos mujeres, allá con los trabajadores que habían bajado de sus grúas por sólo un instante, paralizándose todas las labores en aquellos momentos. Un vasto grupo de personas ya se había reunido en torno al aparato. El silencio entre los espectadores era tal, que aún con el volumen bajo, el televisor se escuchaba claramente.

"...en vivo, transmitimos desde la conferencia de prensa que se está llevando a cabo desde las instalaciones de la O.N.U, aquí en Tokio 3... en estos momentos, el representante de dicha organización en nuestro país, Mayumi Yamamoto, se encuentra en el estrado..."
Y era entonces cuando las cámaras y micrófonos pasaban a dicho personaje, quien atendió serenamente a la atención del país entero, y de algunas partes del mundo. Uniformado cómo todo buen funcionario de gobierno con un traje de vestir impecable, ojos hundidos, anteojos grandes y bastante bien peinado. Su cabello brillaba ante el fulgor de los flashes. Tranquilo, sin prisa alguna, acomodó una pila de hojas de papel que tenía en el estrado, y con la habilidad de un excelente orador, comenzó con el reporte:

—Buenos días, damas y caballeros... se qué muchas personas estarán desconcertadas por los insólitos eventos que tuvieron lugar anoche en esta ciudad... antes que nada, permítanme informarles que, afortunadamente, el saldo de bajas fue blanco, sin reportarse ningún fallecimiento ni heridos... ahora bien, como es de todos sabido, desde hace más de diez años las Fuerzas Armadas de las Naciones Unidas se encuentran en permanente conflicto contra el grupo terrorista que se hace llamar a si mismo como el Frente de Liberación Mundial... hemos podido averiguar que, asentándose en una pequeña isla del Océano Índico, y guiados por su malévolo líder, el Doctor Infierno, enemigo jurado de la especie humana, han puesto en marcha un plan con miras de conquista global. Durante el transcurso de los meses pasados han secuestrando a grandes científicos de todo el mundo, para diseñar y construir gigantescas máquinas de guerra, a las que designaron cómo "Ángeles". Estas armas de destrucción masiva tienen cómo propósito enfrentarse a nuestras heroicas tropas de manera autónoma, sin que ninguno de los miembros humanos de su grupo se exponga al peligro; así sembrarán el pánico y el caos por doquier, desde la comodidad de su escondrijo... es por eso que, en respuesta a esta flagrante agresión a la paz global, las Naciones Unidas han creado a NERV, una agencia cuyo único fin es el de combatir a estos mensajeros mecánicos de la muerte... NERV es una organización dependiente completamente de la O.N.U., que también se dedica al desarrollo e investigación de nuevas tecnologías...

Siguieron las palabras huecas y las frases sin sentido: paz y seguridad perenne, imperio de la justicia y de la ley, lucha sin cuartel contra los enemigos de la vida, etcétera. Las dos mujeres decidieron ya no seguir escuchando más todo ese bonche de patrañas, diseñadas para mantener tranquila y a raya a la población, apartándose del radio de alcance de la televisión.
—Los del Departamento de Relaciones Públicas y Comunicación Social deben estar felices de por fin tener algo que hacer, ¿no?—pronunció Ritsuko, con un marcado tono de sarcasmo en sus palabras.

—No puedo creer que la gente pueda tragarse toda esas sarta de idioteces— explicó Misato, aparentemente sorprendida—Yo jamás me lo creería...

—Pero ellos no saben lo que tú...—le aclaró Akagi.

—Bueno, pero la verdad es que, a pesar de todo, todos tienen mucho miedo—concluyó la mujer con rango militar, mientras veía a la muchedumbre atenta al aparato.

Los obreros, los voluntarios, en general todos los civiles que se encontraban allí, frente al televisor, y estaban ayudando en las labores de rescate, se veían con ánimos de reclamar, de protestar, de enervarse, de indignarse, para que aquella joven mujer y su recién nacido no quedaran en el anonimato, para que no fueran basura que el gobierno escondía bajo la alfombra. Volvieron la mirada a los soldados que los rodeaban, y también a sus superiores. Se les podía vislumbrar el coraje en sus ojos. Los militares, impasibles, con la mirada fría, congelante, entendieron el mensaje, y a su vez dirigieron la vista, hacia sus superiores. Éstos, les hicieron una señal de afirmación, moviendo la cabeza verticalmente, con igual gesto de indiferencia. En el acto, con una actitud tan natural como el rascarse, los militares empuñaron sus rifles de asalto, inseparables, poniéndolos a la altura de sus pechos, También los civiles comprendieron el mensaje. Tristes, resignados, y avergonzados de su cobardía, volvieron a sus trabajos, sin tener el valor de mirarse a los ojos. Sólo quedaron la mujer y su hijo, deambulando en sus recuerdos por el resto de sus vidas. Y toda esa pequeña historia de una insurrección frustrada ocurrió sin que nadie dijera ni pío.
Dos manifestaciones ambiguas de lo que era la humanidad, y también que eran de las más comunes. Y ambas se habían presentado con un breve intervalo de unos cuantos minutos la una de la otra. Por un lado, uno de las cualidades más nobles del hombre, creciendo cómo una flor en el pantano. Ayudarse los unos a los otros, apoyarse en los momentos difíciles, olvidar viejas rencillas y rencores para colaborar de cerca para un bien común. Y del otro lado de la balanza, se encontraba una también arraigada conducta, tan vieja cómo la historia misma. Suprimir, reprender, pisotear a otros mediante el uso de la fuerza. Y también la cobardía. La indiferencia. El miedo. Ver sólo por uno mismo. Y todo eso en una sola mañana.

—Pues claro que debemos tener miedo...—terminó diciendo la científica de corto cabello rubio, tomando nota de aquél suceso.

Así, el par de hembras se dio a la tarea, paradas en la húmeda banqueta, de saborear el temor colectivo que parecía hasta sentirse en el aire. Las dos lanzaron un hondo suspiro, mientras el tiempo seguía su curso.

—Tengo que ir a recoger a Shinji al hospital— avisó Katsuragi, luego de haber contestado una llamada telefónica por su celular —Aún tengo un largo día por delante.

Una sola palabra bastaba para definir enteramente a la persona de Gendo Ikari, Comandante encargado de NERV: adusta. Tanto en sus actitudes como en su proceder, aquél hombre era directo, bastante directo en ciertas ocasiones al punto de rayar en lo descortés, ya que de igual modo no perdía el tiempo en formalismos ó convenciones sociales de buenos modales; así mismo despreciaba los lujos y ornamentos innecesarios, lo que se reflejaba en su discreto vestir y en sus pertenencias y propiedades, como su oficina, en la que se hallaba en esos momentos. A pesar de dirigir la dependencia gubernamental con mayor presupuesto en todo el mundo, la oficina de su líder era sorpresivamente sobria, carente de cualquier clase de adorno ó comodidades. En su interior solamente se encontraba un amplio y robusto escritorio desde donde despachaba el comandante y dos asientos, uno para el dirigente y otro más para cualquiera que pasara visita por aquél espacio excesivamente austero, el cual era bastante grande en sí pues ocupaba un espacio de poco más de cuarenta metros cuadrados. Un amplio ventanal detrás del escritorio iluminaba con toda claridad las blancas paredes desnudas de aquél recinto, igualmente sin ninguna clase de cuadro que las adornara. Lo más cercano a un detalle decorativo que había en ese despacho era una reproducción del Árbol de la Vida sacado de la cábala judía, pictograma que reptaba por todo el piso del recinto. No obstante, conociendo a Ikari, la inclusión de dicha imagen en su lugar de trabajo debía tener más un fin pragmático que estético.

En aquellos momentos se encontraba al teléfono, inmóvil como una gárgola, su pensativo semblante recargado sobre sus manos enlazadas, inclinado sobre su escritorio. Gracias al sistema de altavoz de su aparato no tenía que sujetar el auricular para sostener aquella conversación, que se estaba desarrollando en un tono bastante severo.

—…sin tomar en cuenta que el costo de reparación de todos los daños ocasionados a la infraestructura urbana, aunado a las reparaciones que necesitan tanto la Unidad Cero como la Uno, ambas dejadas bajo su cuidado, equivaldrían la ruina financiera para varios países. Estamos hablando de cifras estratosféricas, Ikari— el timbre de su interlocutor era de una marcada molestia y reproche —Por lo que el comité no ve con tan buenos ojos que hayas puesto al mando de tu juguete a tu propio hijo. Su capacidad para manejar dicho aparato, pieza clave de nuestro plan, ha quedado en entredicho con los sucesos de anoche.

—General Lorenz, puedo asegurarle que la designación del piloto de la Unidad Uno se debe meramente a motivos prácticos y de ninguna manera personales— repuso Gendo, sin modificar su postura un ápice —El muchacho es inexperto, por supuesto, pero tiene potencial. Ningún otro piloto ha obtenido los mismos resultados en su primera prueba de sincronía, con tan alto porcentaje. Bastará un poco de entrenamiento para que las condiciones que condujeron al evento de anoche no se vuelvan a repetir. En cuanto a las inquietudes de los demás miembros del comité, esperaba contar con su ayuda para calmar sus ánimos, General.

—¡Ja, claro que sí lo esperabas! Descuida Ikari, sabes que tengo tu espalda cubierta en tanto sirvas a mis intereses. Además, hemos invertido demasiado tiempo y dinero en ti y tus ridículos muñecos de hojalata como para echarnos atrás a estas alturas. Sólo debes recordar que lo prioritario es el Proyecto de Instrumentalización Humana, no admitiremos ningún retraso en ese respecto.

La mirada del comandante se enfiló entonces a uno de los rincones de su vetusto escritorio, hacia un ancho legajo de documentos apilados dentro de una desgastada carpeta color gris, con varios sellos de "clasificado" sobre ella.

—Por supuesto, general— asintió entonces, inmutable —Sabe bien que la raza humana ya no puede esperar más tiempo…

—Creo que está de más advertirte que tienes varias pruebas por delante, viejo amigo, el proyecto de instrumentalización sólo será una de ellas. También está ese asunto de la construcción del Modelo Especializado en Combate, que de concretarse puede poner en entredicho tu posición si es que acaso no sabes manejar todo el asunto.

De nueva cuenta, sin alterar su pose, la vista de Gendo enfiló hacia el otro extremo del escritorio, a una pila de carpetas con el sello de las Naciones Unidas.

—Descuide, si de algo me precio es de saber cómo convertir la adversidad en oportunidad.

—Estaremos muy al pendiente de tu desempeño, Comandante, ten mucho cuidado…

La persona del otro lado de la línea dio por terminada la conversación, cortando abruptamente el enlace. El hombre de la barba cerrada permaneció en su sitio varios minutos más, reflexionando concienzudamente en completo silencio. Luego se levantó y se dirigió hacia la salida de su despacho.

Afuera de éste, Kozoh Fuyutski volvía a librar una cruenta batalla que se había prolongado demasiado para su gusto, teniendo en cuenta que su oponente era un muchacho de apenas 14 años. Pero no se trataba de cualquier muchacho, como estaba enterado desde hace mucho tiempo.

—…y es exactamente a lo que me he referido todo este tiempo: desde que el Doctor Katsuragi los postuló, todo mundo hemos pensado en los supersolenoides tan sólo como una fuente de energía infinita…— hablaba sin cesar el joven que vestía camiseta sin mangas, bermudas y sandalias frente a él, moviendo su alfil a través del tablero de ajedrez que habían acomodado en la mesita de centro ubicada en la sala de espera frente a la oficina del comandante de NERV —…pero si llegáramos a determinar todo su potencial pienso que, con toda seguridad, podríamos utilizarlos para acceder a otros espacios, universos, incluso dimensiones superiores que hasta ahora ni siquiera imaginamos que existan… jaque, Profesor…

—Parlotea todo lo que quieras, pero de antemano sabes que el marco teórico vigente invalida desde un principio tu hipótesis, Rivera— respondió Fuyutski, sin despegar los ojos de las piezas del juego de mesa, para al cabo de varios momentos de meticulosa planeación finalmente mover la pieza que le permitía salvar a su rey amenazado —¿Ó debería decir mejor, alucinación? Es mero sentido común, muchacho, lo que propones va en contra de todas las leyes de la Naturaleza…

La postura rígida y solemne del viejo profesor contrastaba radicalmente con el aire despreocupado, casi desaliñado, del jovencito con el cual jugaba en un duelo de igual a igual, pese a todo.

—¡Usted mismo lo ha dicho! "El marco teórico vigente…" Pero ya no podemos estancarnos en el mismo modelo, nos estamos dejando guiar por un sistema que ya es obsoleto cuando nos enfrentamos a un paradigma que obliga a replantear todo lo que pensamos acerca de cómo funcionan los fenómenos que ocurren en nuestro universo… ó debería decir mejor "multiuniverso"… ¿sabe acaso si ese término ya es una marca registrada ™? Es su turno, Profesor…

—¡Típico de los jóvenes! Para ustedes es mucho más fácil construir toda una sarta de disparates fantasiosos para sustentar sus desvaríos que demostrarlos en un modelo empíricamente probado, que funciona y que sobre todo, existe. Tuviste mucha suerte de no haber sido mi alumno, Rivera, si así hubiera sido jamás hubieras obtenido tus doctorados. Jaque mate.

—¡¿Qué diablos?!— exclamó sorprendido el muchacho, visiblemente contrariado. Fue hasta entonces que enfocó toda su atención en el juego, en lugar de exponerle sus argumentos al avejentado individuo frente a él —¡¿Cómo paso todo esto?! ¡Por supuesto que no es mate! Veamos, si muevo mi… no, entonces él tendría que… bueno, bueno, pero entonces yo podría… ¡Maldición, cómo pude ser tan imbécil!

—Vamos, vamos muchacho— dijo Fuyutski de manera condescendiente, poniéndose en pie tan alto como era —No soy tan ingenuo, estoy muy consciente de que todos estos años me has estado dejando ganar… no es que no aprecie la inyección a mi ego, por supuesto…

—¿Ahora quién es el que está inventando ficciones?— repuso el joven —Es usted un adversario formidable, Profesor, espero poder vencerlo algún día…

Mientras hacía el tradicional saludo de cortesía propio de aquellas latitudes, inclinando la cabeza y el cuerpo ligeramente hacia adelante, el Comandante Ikari por fin salía de su despacho, percatándose cada cual de la presencia del otro.

—Será mejor que dejemos la conversación inteligente para después, Profesor— dijo el muchacho en tono burlón, sin quitarle los ojos de encima al recién llegado —El señor Ikari ya está aquí y seguramente se va a sentir muy mal si no puede entender de lo que estamos hablando…

Kozoh tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltar una carcajada en ese momento, en vez de eso hubo de fingir que se aclaraba la garganta. Por su parte, Gendo no respondió a la agresión, limitándose a clavar su aguda mirada en la estampa del chiquillo que sonreía socarronamente delante suyo.

—Es un placer molestarlo de nuevo, Comandante Ikari.

—Por el contrario, el disgusto es todo mío— señaló el susodicho cuando comenzaba su andar, con el que buscaba alejarse de ese mocoso lo antes posible, lo que resultó inútil pues enseguida el joven le emparejó el paso.

—Supe que tu pequeña reunión familiar no ocurrió en muy buenos términos. Es una lástima que los muchachitos de hoy en día le presten demasiada importancia a cosas tan intrascendentes. ¡O sea, sólo por diez años de abandono y paternidad negligente ya se ponen a berrear como si aún fueran bebés! ¡No aguantan nada! Estoy bastante seguro que a ti tu madre en vez de darte pecho te dio la espalda, y ve lo bien que saliste…

—En efecto, incluso una escoria que fue recogida de la basura, como tú, puede sobreponerse a las dificultades y hacer carrera hasta llegar a ser el gran payaso de circo que eres hoy en día… lástima que a tus chistes les falten gracia, pero puedes mejorar con algo de empeño…

—¡Jo, jo, jo!— pronunció el chiquillo de manera pausada, fingiendo una risotada —¡Muy buena esa! Yo también te extrañé durante mi corta ausencia, pero ahora que ya regresé puedes respirar tranquilo, de nuevo hay alguien que pueda arreglar tus metidas de pata. Y por mucho que desprecie hacerlo, tengo que checar tarjeta contigo a mi llegada. Necesito que firmes y selles toda esta documentación, si no es mucha molestia.

Gendo observó con desdén el bonche de papeles que el muchacho le alcanzaba, sin hacer ademán alguno por sostenerlos.

—Entrégaselos a mi secretaria y te serán devueltos en cuanto sea posible. No me hagas perder tiempo con esa basura burocrática.

—¿Y perderme de esta encantadora conversación? ¡Jamás! Además, necesito confirmación cuanto antes de cuál será el espacio que NERV cederá para toda nuestra operación. Las piezas armadas llegarán en menos de una semana y necesito hacer toda una logística de traslado y resguardo.

—El Bloque Q2 ya se encuentra despejado y acondicionado para que lo utilices como y cuando te pegue la gana…

—¿Bloque Q2? ¿Ese agujero pestilente encima de la planta de residuos? ¡Qué considerado de tu parte! Pero en cierto punto, puedo comprenderte. Debe resultarte muy frustrante que, a pesar de todos tus esfuerzos y tiempo invertido en sabotearme y en planear todos esos ridículos atentados en mi contra, sigo vivito y coleando y ya nada ni nadie puede detener la construcción de la Unidad Zeta…

—Sigue pensando lo que sea que te ayude a sobrellevar tu obtusa vida, pobre niño idiota… pero te aseguro que el día que te quiera ver muerto simplemente sucederá, ni siquiera te darás cuenta que fue lo que te pasó…

Ikari detuvo entonces su camino para dirigirle al chiquillo la más hostil de sus miradas, queriendo asegurarse que se percatara de la seriedad de sus palabras. El joven de ojos verdes, por su parte, lejos de intimidarse por aquella amenaza velada, imitó el gesto severo de su acompañante, sosteniéndole la mirada mientras le respondía con voz firme, segura:

—Hablas mucho, Comandante… para ser sólo un tipo que anda por ahí sin siquiera darse cuenta que tiene la bragueta abierta…

Semejante comentario sacó de su zona de confort al hombre barbado de anteojos. Su gesto de confianza absoluta se traslapó a una mueca de confusión total, en tanto su rostro se encendía y se apuraba a corregir dicha situación. Solamente que al mirar hacia el área de su entrepierna se percató que había caído en un embuste, pues el cierre de su pantalón estaba cerrado y su intimidad protegida.

—¡Ja, ja, ja! ¡Te hice voltear, zopenco!— estalló entonces en carcajadas el jovencito, sosteniéndose la boca del estómago mientras se retiraba, triunfante —¡Ay, pero qué cretino eres, no me lo puedo creer! ¡Espera a que le cuente esto a todos los demás!

Él fue quien la tuvo fácil, gozando de completa impunidad y libertad total parea disfrutar su mofa. El Profesor Fuyutski, en cambio, por poco se asfixiaba a sí mismo en su afán por contener la risa que lo hacía sacudir todo su cuerpo, fingiendo una vez más estarse aclarando la garganta, con su faz completamente enrojecida. Por su parte, con su orgullo herido, Gendo acuchillaba con la mirada al muchacho hasta que se perdió de vista, impedido de momento para actuar en represalia.

—¡Por eso es que odio a los malditos niños!— rugió finalmente, colérico.

La oficina es oscura y aprehensiva, hostil para sus visitantes. Un olor rancio penetra en su olfato, hasta llenarlos por completo y hacer que se asquearan. Además del calor, tan tan persistente, penetrante. Desesperante. Las personas sudaban y sudaban, rogando por cualquier atisbo de aire fresco. Anhelaban la brisa del exterior, atrapados en ese nicho de 4 metros por 4. ¿Cómo era que ese enorme escritorio, con ese montón de pilas de documentos, cabía ahí? El pobre hombrecillo que allí trabajaba, se echaba aire con un abanico improvisado, tratando de disimular su bochorno. Su pañuelo ya estaba empapado cuando habían entrado al cuarto. El muchacho se revolvía en la incómoda silla de metal, desplegable, tratando de no cansarse por estar sentado en ese lugar, mientras pensaba en el calor asfixiante que preñaba el recinto. Misato, por su parte, había preferido estar de pie, pero más cómoda que si se hubiese sentado en uno de los dos asientos que se encontraban delante del escritorio del burócrata.

—Shinji Ikari, hemos arreglado que reanudes tus estudios en la Escuela Secundaria Número 1, en el centro de esta ciudad, y se te ha sido asignado un departamento para tu alojamiento en el Distrito F, el cual puedes usar desde hoy.

Pronunció el oficinista, mientras deslizaba por el poco espacio libre de su mesa de trabajo, una cantidad considerable de carpetas, que contenían varios documentos de propiedad, así cómo matriculas escolares y unos mapas de la ciudad.

—¿Solo?— preguntó entonces Katsuragi, como no dando crédito a lo que acababa de escuchar, mientras observaba con el rabillo del ojo el gesto impasible del jovencito a su lado, quien parecía bastante resignado.

—Es la indicación que se nos dio desde la oficina del comandante al momento de hacer los arreglos correspondientes— respondió el empleado, revisando los folios que tenía a la mano —El departamento se encuentra en el Bloque 6, por lo que entiendo… ¿hay algún problema con eso?

Los dos adultos dirigieron sus inquisitivas miradas al muchacho que parecía encogerse sobre sí mismo, con la vista gacha.

—Ninguno— musitó Ikari —Todos los lugares son lo mismo, así que prefiero estar solo…

Con desgano, toma la pila de papeles que le correspondían, y sale del mismo modo de la sofocante oficina. Creía que se estaba derritiendo cómo una vela, allí dentro. Casi se arrodilla de agradecimiento al sentir el helado aire acondicionado del pasillo, pero continuó con su frío caminar inexpresivo.

El jovencito lucía a todas luces deprimido en su andar taciturno. Dando cuenta de ello, Misato tuvo que darle alcance en el corredor, poco antes que tomara un elevador que lo conduciría hacia su nueva morada y a su misma solitaria existencia.

—Shinji, espera un poco— pronuncia la mujer, mientras con dificultad se colaba por la puerta del aparato, que se estaba cerrando. Cuando se instaló dentro, a un lado suyo, le pidió su opinión —¿En verdad no te molesta vivir solo? ¿Te sientes a gusto así?

El chiquillo se revolvió en su lugar, inquieto. Le molestaba la abrupta intrusión a sus sentimientos más íntimos, y sobre todo el que lo obligaran a sincerarse con alguien a quien apenas conocía. Pero había algo en el semblante amistoso de Katsuragi que lo incitaba a tenerle confianza, que le hacía pensar que esa mujer era el tipo de persona que podría escuchar sus pensamientos.

—Bueno, en sí no tengo problema... estar solo está bien para mí— contestó, tratando de no parecer quejumbroso ó demasiado sensible —Además, no es que pensara que podría vivir con mi padre, luego de todo lo que nos dijimos… para nosotros es algo natural estar sin el otro…

Misato lo observó detenidamente algunos instantes, inspeccionando su lenguaje corporal a la vez que sus más insignificantes gestos, cualquier indicio adicional que le permitiera descifrar el verdadero sentir de aquél infante. Le tenía tanta lástima. Al verlo, creía verse a sí misma hacia unos años atrás. Tan frágil. Tan ingenuo. Tan sin una idea de qué hacer ante las marejadas y las enormes olas de la vida, sin siquiera saber nadar. Entonces fue que lo decidió. Sin pensarlo demasiado. Sin pensar en las consecuencias. Sólo dejándose llevar por el arrebato del momento.

—Creo que tengo una mejor oferta que hacerte— le dijo, acercando su rostro al suyo, sonriendo pícaramente.

—¡¿Qué dijiste?!— exclamó la Doctora Akagi fuera de sí, a punto de romper en pedazos el auricular que sostenía entre sus manos, imaginando que era la garganta de la persona con la que hablaba.

—Justo lo que escuchaste, pienso hacerme cargo de Shinji de ahora en adelante— contestó la Capitán Katsuragi, apartando un poco su aparato celular de su oído, temiendo que sus tímpanos reventaran —Descuida, ya lo notifiqué a los jefazos y están de acuerdo, no hubo problema con ellos…

—Sé que no es tu fuerte, pero debes detenerte en este momento y pensar muy bien lo que estás haciendo y en lo que te estás metiendo— Ritsuko moderó su tono, tratando de hacer entrar un atisbo de razón en la dura cabezota de su amiga —Cuidar de un chico de la edad de Shinji requiere de mucha determinación y bastante responsabilidad, y admitámoslo, tú no posees ni lo uno ni lo otro. Además toma en cuenta que sabes prácticamente nada acerca de este muchacho, recuerda que las apariencias pueden ser engañosas y a pesar de su aspecto insignificante nadie te asegura que no pueda ser peligroso…

—No te apures, si trata de violarme creo que me puedo encargar con toda facilidad de un alfeñique de cuarenta kilos— dijo despreocupadamente la beldad de cabello negro, sin darle demasiada importancia a los prudentes consejos de su compañera —¿Te acuerdas que fui alumna destacada en ese curso de auto-defensa que tomamos? Eso sin contar a los dos guardaespaldas tan cabrones que tengo en casa…

—¡Idiota! ¡Haz lo que te venga en gana entonces, sólo no vengas a mí llorando cuando todo esto te truene en la cara!— espetó la mujer de ciencia, harta de la actitud casquivana de su interlocutora, poniendo un abrupto final a su conversación al colgar el aparato desde su lado de la línea.

—Ella nunca puede tomar a bien una broma...—se recordó Misato a sí misma cuando hacía lo propio, suspirando resignada para enseguida abordar su vehículo, donde ya la aguardaba el inquieto joven Ikari.

Nuevamente están en el automóvil, el niño y la guapa mujer. Desde la llegada de Shinji a aquellas tierras, ambos habían pasado bastante tiempo en su interior. Allí habían comenzado a conocerse, y también allí había iniciado la aventura del joven Ikari en el Proyecto Eva. Cómo casi siempre, acorde a su naturaleza introvertida, el muchacho estaba encerrado nuevamente en sí mismo, desconectándose por unos instantes del mundo exterior. Callado, reservado y pensativo, sin ningún ánimo de hablar, así estaba en esos momentos. Se aferraba con fuerza a su valija, creyendo que era un paracaídas en un avión en llamas. Aún no estaba seguro si tomó la mejor decisión. Pero es que la militar se lo dijo así, tan de repente, que no pudo pensar en una respuesta convincente. ¿En qué se había metido? No la conocía bastante, y ahora ya iba a vivir con ella. La veía conducir el auto, cómo si nada le molestara, tranquila, imperturbable. Era muy hermosa, muy hermosa y poco ortodoxa, de mentalidad abierta, muy abierta. Eso era lo único que sabía de ella. Al verla sujetar la palanca de velocidades, para cambiar de segunda a tercera, una idea pasó por su imaginación. Su rostro enrojeció, tan sólo de imaginarlo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se aferró todavía más a la maleta, a su salvavidas. Era tan inexperto. Y ella era de seguro, una maestra. Una artista. Una experta. ¿Y qué irán a pensar las demás personas, los vecinos? De nuevo la espía de reojo, contemplando sus largas piernas mientras pisaba el acelerador, el clutch y el freno cuando era necesario. Se veían tan bien. Después de todo, no sería tan malo. Si alguna vez tendría que aprender a hacerlo, lo mejor era aprenderlo de una maestra, que sabría que hacer y cuando, sin correr ningún riesgo. ¡Y la envidia que le tendrían todos los de su generación! Ya se veía cómo el objeto de adoración y respeto de todos sus contemporáneos. El tipo de poder con el que siempre había soñado. Con cada momento que pasaba, se iba convenciendo más y más de que había tomado la decisión correcta, pero aún así continuaba bastante nervioso. ¿Pero qué podía hacer al respecto? Estaba en la antesala de tocar el cielo por primera vez y regresar hecho un hombre.

Las calles parecen borrones cuando las pasan rápidamente. De no ser por el ruido que producía el motor del vehículo, el silencio sería absoluto. Misato, percatándose de la inquietud de su acompañante, quien se movía una y otra vez, temblaba y enrojecía de pena a cada momento, decidió romper el hielo, e irse familiarizando con él. Se detuvo en una tienda de auto servicio, parando el carro en el amplio estacionamiento de éste.

—Esta noche, tu primera noche, vamos a echar la casa por la ventana, Shinji— dijo la mujer en el mismo tono desinteresado con el que se dirigía a todo mundo, pero que en ese instante le pareció candente como el infierno al muchacho.

—¿De qué… de qué estás hablando?— titubeó el chiquillo, acobardándose en el último y decisivo momento, escudándose detrás de su valija con el rostro encendido como un semáforo en alto.

—¡Haremos una tremenda fiesta en honor a nuestro nuevo inquilino!— pronunció Katsuragi emocionada, con cierto aire juvenil rodeándola, ajena a las delirantes fantasías que poblaban la imaginación de su copiloto.

Adquirieron varios productos, de orden bastante diverso, lo que le hizo preguntarse al joven Ikari que clase de fiesta tenía planeada aquella extravagante mujer: un paquete completo de cajetillas de cigarros, dos rejillas de cerveza, varias golosinas y muchas, pero muchísimas comidas instantáneas, precocinadas, que constituían la mayor parte de la compra, entre las que destacaban filetes con guarnición de maíz, carne de hamburguesa, sopa china de tallarines con carne de cerdo, ramen y una pila enorme de almuerzos empacados.

Además de aquellos alimentos se hicieron de algunos otros enseres indispensables para el consumo doméstico. Jabones, pasta dental, limpiadores, servilletas, pilas para aparatos electrodomésticos... Misato empujaba su atestado carrito por todos los pasillos del establecimiento, emocionada como una parvulita de compras. En la fila para registrar las compras, las personas discuten los hechos de la noche anterior. A decir verdad, no se hablaba de otra cosa en todo el territorio japonés.

—Así que tu familia se piensa mudar de la ciudad— comentaba una mujer con su acompañante, notándose el pesar en sus palabras y rostro.

—No tenemos más opción… mi esposo dice que esta ciudad ya no es segura, con todo ese asunto de los robots y los terroristas.— contestó la otra mientras se alejaban.

—Ni aún en esta ciudad fortaleza puede uno estar a salvo.

El comentario desconcertó mucho a Shinji, quien había alcanzando a escucharlo al paso. Se sentía culpable de alguna manera, sin saber exactamente qué era lo que había hecho para sentirse así; recapitulaba la pasada noche cómo si hubiera estado en los humos de una tremenda borrachera, sin poder decir con exactitud que era lo que había pasado. Cuando menos se lo esperaba, todo había acabado y se encontraba reposando en el aposento del sanatorio. Las remembranzas pasaban por un gran filtro que no dejaba pasar mucho, provocándole cierta ansiedad insana, de la cual su acompañante podía percatarse.

El camino a casa durante el atardecer no tiene imprevisto alguno. Salvo el enorme tráfico que cargaba la carretera que llevaba fuera de la ciudad. Era un éxodo masivo. Nadie quería quedarse. Cómo un rebaño que busca nuevos pastizales, así los habitantes de la ciudad huían a nuevos territorios, para protegerse de los depredadores que acechaban. Era el instinto de supervivencia el que les dictaminaba que debían partir en busca de una locación segura. Después de todo, la de anoche había sido tan sólo la primera de muchas otras batallas que se avecinaban y que tendrían por escenario aquella condenada metrópoli. Sólo los que no tenían más alternativas tuvieron que permanecer en la ciudad, a fin de cuentas resignados a su destino.

El sol empieza a ocultarse y la noche viene en camino. Las estrellas comienzan a asomarse tras el crepúsculo y la luz de la luna menguante a brillar. Los postes de luz, automáticos y programados, comienzan también a encenderse, uno a uno, iluminando las desoladas calles. Katsuragi detiene el andar de su automóvil para acomodarse en un pequeño mirador al lado del camino.

—Baja, hay algo que quiero enseñarte y casi es hora— señaló cortésmente a su pasajero.

Shinji hizo como le era indicado, reuniéndose con la mujer en el barandal que delimitaba la orilla de ese desfiladero. Desde ahí, la altura obsequiaba una preciosa estampa de la ciudad, pintada magistralmente por la Naturaleza con los tonos anaranjados y violetas del ocaso. Las casitas de los suburbios, casi al ras del suelo, con frondosas arboledas, los parques industriales ubicados en la periferia y justo en el centro de la mancha urbana, como una horrorosa cicatriz deformando el rostro de una bella mujer, se encontraba aún el gigantesco cráter que había dejado como secuela el pasado conflicto. En general, el grisáceo color de una urbe futurista, de un país que antaño pertenecía al primer mundo, y que ahora sólo pertenecía al mundo.

—Esta ciudad— musitó el joven Ikari, con un dejo de nostalgia y otro poco de remordimiento —Sí que es un lugar bastante solitario, ¿cierto?

En lugar de contestarle Misato estaba más ocupada en revisar la hora en su reloj de muñeca.

—Espera sólo unos cuantos segundos más y sabrás porqué venimos aquí— reveló, sin dejar de contemplar el aparato.

Pasaron momentos sin que transcurriera algo de relevancia, hasta que, coincidiendo con la extinción del último rayo de sol posado sobre el paisaje, un zumbido lejano comenzó a escucharse en las cercanías.

Varios edificios empezaron a emerger del subsuelo y la ciudad a iluminarse con sus luces. Se trataban de los mismos rascacielos que Shinji había visto colgando del techo de la cúpula del Geofrente, los cuales brotaban a la superficie mediante un potente mecanismo de rieles y grúas. La vista de aquél portento tecnológico ciertamente quitaba el aliento. De ser un paraje semi-desierto, post-apocalíptico, todo aquello se había transfigurado milagrosamente en una especie de utopía salida de un maravilloso cuento.

—¡Asombroso!— fue lo primero que se le vino a la mente al muchachito, contemplando absorto el espectáculo que se le obsequiaba a sus ojos.

—Esto es Tokio 3, Shinji, la ciudad que defiendes— pronunció solemnemente su acompañante cuando se acomodaba a su lado, deleitándose del mismo modo con la visión frente a ellos —La fortaleza en nuestra guerra contra los ángeles. Y de ahora en adelante, también nuestro hogar.

El lugar de Misato se ubica en un edificio departamental al extremo sur de Tokio 3, en el quinto piso. En la puerta, se encontraban ya las escasas pertenencias del infante, mismas que pudieron acomodarse en su totalidad en tan sólo dos cajas, entregadas por servicio de paquetería. Es un lugar amplio y cómodo, con un área de 100 metros cuadrados. Ó sea, con una extensión de diez metros por otros diez; con cocina, comedor, baño y dos habitaciones. Y alfombrado. Además de un balcón, al cual se podía acceder mediante ambas recámaras. Aunque es difícil pensar que en ese lugar vivía una mujer, por lo deplorable de su estado. Latas de cerveza y revistas alfombraban el piso, mientras que hileras de platos sucios adornan el lavabo de la cocina y una enorme fila de botellas vacías de licor plagaban las alacenas; una humilde mesita para cuatro personas, con las patas delgadas, vagabundea en el comedor, con algunas sobras de almuerzos a cuestas, y refugiándose bajo ella, varias cajas de cartón, cuyo contenido aún no ha sido desempacado. En resumidas cuentas, y para no seguir injuriando a la propietaria, se podía sintetizar que nada está en su lugar y que nadie había hecho labores de limpieza en todo un mes. La casa es una completa zona de desastre.

—Perdón por lo desarreglado, pero no hemos tenido tiempo de limpiar. En realidad, también nos acabamos de mudar hace poco— se disculpó la mujer de forma descuidad cuando se deslizaba con agilidad al interior de su morada.

Ikari permaneció en el filo de la puerta por algunos instantes, dubitativo. Le parecía que al traspasar aquél umbral sería transportado a un mundo distinto al que siempre había conocido, y del cual no había retorno alguno. Comenzaba a preguntarse si en realidad sería capaz de vivir con alguna otra persona, por muy hermosa que ésta fuera, como la Capitana Katsuragi.

—¿Qué estás esperando? ¡Entra!— indicó ella al percatarse de la repentina vacilación de su nuevo residente.

—C-con permiso— apenas si pudo mascullar el jovencito, rojo como un tomate, mientras tomaba valor para dar el primer paso al interior.

—¡Shinji! ¡Esta ya es tu casa! ¡No necesitas permiso para entrar!— Katsuragi puso los puntos sobre las íes, pretendiendo generar en el joven la confianza suficiente para que empezara a familiarizarse con su nuevo entorno.

Tadaima— pronunció el chiquillo una vez dentro, casi como en un suspiro. "Tadaima" es una expresión japonesa que se utiliza al llegar a casa y que literalmente significa "Estoy de regreso".

¡Okaerinasai!— contestó entusiasta la dueña del lugar, con aquella frase que significaba "Bienvenido a casa", obsequiándole una cálida sonrisa al recibirlo, mientras la puerta se cerraba detrás del joven.

Una vez dentro Misato sorteó todos los obstáculos en el piso hasta llegar a la puerta que aparentemente conducía a su habitación.

—¿Podrías hacerme el favor de guardar los víveres en el refrigerador?— le preguntó antes de introducirse a sus aposentos, asomando la cabeza a través del quicio de la entrada al cuarto —Sólo me cambiaré de ropa, no tardaré mucho…

—De acuerdo— asintió Ikari, quien había cargado todas las bolsas de las compras desde que bajaron del autómovil, sin verle mayor problema a aquella nueva petición.

Sin embargo, al abrir el electrodoméstico, en cuyo interior contaba con tres distintos estantes verticales, encontró que aquella tarea relativamente sencilla se le había complicado considerablemente al ser el contenido de ese aparato un reflejo fiel del resto de la casa: un caos absoluto. La mayor parte del espacio estaba ocupado por una buena cantidad de cervezas en lata, hielo y distintas clases de fiambres. Con trabajo pudo hacer un recoveco para introducir las compras recién hechas, mientras pensaba con cierto fastidio: "¡¿Pero qué clase de vida lleva esta mujer?!"

—Misato, ¿puedo usar ese otro refrigerador de la esquina?— preguntó el muchacho al notar la existencia de un aparato similar al otro extremo de la casa, junto a lo que aparentaba ser el baño.

—Será mejor que no lo muevas, a estas horas lo más probable es que esté ocupado— respondió la mujer desde el interior de la recámara —Esa nevera sólo tiene permiso para uso residencial, ¡jeje!

Aquella respuesta le pareció un disparate al chiquillo, quien ya comenzaba a poner en tal de juicio la cordura de su casera. No obstante, cuando ésta salió de su habitación, cualquier pensamiento receloso en su contra se esfumó de inmediato, ante la fabulosa estampa que le obsequiaba, al salir ataviada con unos diminutos shorts de mezclilla que dejaban apreciar el largo total de sus prolongadas piernas, así como de un top deportivo color amarillo ceñido a la parte superior de su cuerpo. Su largo cabello negro había sido acomodado en una coqueta cola de caballo que le daba una apariencia aún mucho más juvenil.

—Si andas por ahí con la boca abierta terminarás comiéndote una mosca, Shinji— observó Katsuragi, divertida por la reacción que ocasionaba en el chiquillo.

El muchachito se quedó sin habla y sólo pudo voltear confundido hacia cualquier otra parte donde no estuviera ella, con el rostro encendido como una vela. Su situación no mejoró mucho una vez que la despampanante mujer dirigió sus pasos lentamente hasta donde se encontraba, como una pantera al acecho, susurrándole con voz casi desvanecida:

—Espero que estés listo para el suculento manjar de bienvenida que te tengo preparado.

El rostro de Ikari ya no estaba rojo, sino de un intenso blanco resplandeciente casi cegador. Imposibilitado para acceder al módulo de lenguaje de su cerebro, solamente pudo tragar saliva como preparativo a lo que fuera que le estuviera aguardando, resignado a asumir su nada cruel destino.

El timbre del horno del microondas avisaba que la comida en su interior estaba lista para ser consumida, por lo que Misato se aprestó para sustraer los platillos del interior del aparato y servirlos sobre la mesa. En ella, un apenado y algo desilusionado Shinji se proponía vehementemente no volver a dejar que su imaginación corriera desbocada de la manera en que lo había hecho.

—¡Buen provecho!— proclamó Katsuragi cuando separaba sus palillos chinos, emocionadísima como una niña pequeña.

—Provecho— musitó el joven Ikari a su vez, desganado, contrastando con los ánimos de la preciosa fémina sentada frente a él.

Con ágiles movimientos Misato destapó la lata de cerveza que había dispuesto al lado de su plato y se apuró a darle un buen trago a su contenido, el cual dejó casi a la mitad.

—¡Aaay, pero qué delicia!— exclamó sumamente satisfecha, saboreando aún la bebida y deleitándose con la sensación de alivio y frescura que le proporcionaba —¡Te lo puedo jurar: esta es una mis partes favoritas del día! ¡Vivo tan sólo para este momento!

Su entusiasmo se vio momentáneamente interrumpido al reparar que su invitado aún no probaba bocado alguno, pese a las generosas porciones que se encontraban a su alcance.

—¿No piensas comer? Puedo asegurarte que todo está muy sabroso, a pesar de que son comidas instantáneas. Las apariencias pueden ser engañosas…

—Sí, estoy seguro— contestó el muchacho, sin hacer ademán alguno de alcanzar los platillos —Es sólo que… bueno, no estoy acostumbrado a esta clase de comida… así que…

—¡Eso sí que no!— explotó entonces la mujer, golpeando la mesa con el puño para abalanzarse sobre el chiquillo hasta tener la cara a un palmo de la de él, en actitud amenazante —¡Si hay algo que no toleramos en esta casa es a un mocoso quisquilloso! ¡Deberías estar agradecido por tener algo que comer!

—¡Lo… lo siento!— se disculpó torpemente el jovencito, hundiéndose en su asiento al ser intimidado por el amenazador gesto de la Capitán Katsuragi —No quise ser grosero… yo sólo… sólo decía que…

El que Misato no le despegara la vista de encima provocaba mucho más nerviosismo en el chiquillo, que comenzaba a sudar copiosamente al saberse acorralado. Empero, el gesto malhumorado de la mujer se transformó de súbito en una sonrisa cómplice, que tuvo el efecto inmediato de tranquilizar a Ikari.

—Se siente bien, ¿ó no?— pronunció satisfecha —Compartir una comida con otras personas… como si ya fuéramos familia…

Aquella aseveración, como casi todo lo que aquella disparatada dama hacía, sacó de balance al infante. Confundido, y más por temor a enfurecerla de nuevo, se limitó a asentir con una torpe inclinación de cabeza. De cualquier modo, y pese a que no lo hubiera admitido abiertamente, una cálida sensación de familiaridad comenzaba a embargarlo en aquellos momentos en los que degustaba en compañía de tan singular personaje.

Una pequeña pirámide de latas vacías había sido formada conforme Katsuragi iba ingiriendo su contenido, a la par de sus alimentos precocinados. Una vez concluido el ágape, la señora de la casa reposaba satisfecha cómodamente con las piernas cruzadas sobre la mesa, como si se tratara de un viejo vikingo festejando su botín.

—¿Qué mas puedes pedir de la vida?— preguntó al aire, acariciando su estómago, satisfecha —Buena bebida, buena comida y muy buena compañía… somos bastante afortunados, ¿no crees?

—Supongo…— musitó el muchacho, un tanto impresionado por la enorme cantidad de comida y cerveza que había engullido su casera, lo que lo hacía preguntarse cómo le hacía para tener la estupenda figura que poseía.

—¿Hasta cuándo vas a dejar de ser tan estirado y te vas a decidir a relajarte de una vez por todas?— inquirió la capitana, fustigándolo con la mirada, un poco fastidiada de la parsimonia con la que siempre se manejaba el muchacho —¡De ahora en adelante esta será tu casa, siéntete en confianza! Esa puerta de allá es la de tu habitación, puedes instalarte en cuanto gustes…

—De acuerdo— asintió el chiquillo quedamente, bajando la mirada, cosa que exasperó aún más a su voluble acompañante.

—"¡De acuerdo, de acuerdo, soy un ñoño de primera!"— exclamó Misato imitando el tono de voz del muchachito, cuando una vez más se abalanzaba sobre él para poder sujetarle la cabeza como si su mano fuera una pinza que comenzó a sacudirla de lado a lado, buscando despabilarlo —Eres un hombre, ¿no? ¡Comienza a actuar como tal y demuestra algo de determinación!

—¡Está bien, está bien! ¡Lo intentaré!— el joven Ikari se excusaba pobremente, a merced del castigo que se le estaba aplicando.

—Bueno— suspiró entonces la mujer, soltándolo, resignada a no poder llevarse tan bien con el chiquillo como en un principio había pensado —Deberías tomar un buen baño caliente que se lleve todo lo malo que traes en la cabeza… es lo mejor que puedes hacer justo antes de dormir…

Un poco maltrecho por el castigo recibido, con la cabeza dándole vueltas, Shinji apenas si pudo mascullar su consentimiento, tratando a como diera lugar de ya no provocar a la capitana.

Una vez que todo estuvo dispuesto e Ikari se introdujo en el baño, el recién llegado se encontraba absorto en la contemplación de unos ganchos de donde colgaban prendas íntimas femeninas. "Si sabía que me iba a bañar, no debió haber dejado esas cosas así nomás" pensaba el jovencito, con la sangre agolpándose en sus mejillas. "A no ser que deliberadamente las haya dejado ahí para que las pudiera ver… ¿acaso tratará de insinuarme algo? ¡Diablos, ya me estoy imaginando cosas de nuevo!" Distraídamente, inmerso en sus más delirantes fantasías, abrió la puerta de la bañera sólo para encontrarse de súbito con un grotesco rostro emplumado que se sacudía el agua moviendo la cabeza de lado a lado.

Aún sentada a la mesa, con una nueva lata de cerveza en la mano, Misato solamente escuchó el grito de pánico proferido por el muchacho, mientras que éste se apuraba a salir del cuarto, completamente fuera de sus casillas.

—¡No puede ser, no puede ser!— balbuceaba estupefacto, con los ojos casi desorbitados cuando abría la puerta —¡Un pingüino, un pingüino! ¡Tienes un jodido pingüino en tu baño!

Sin prestarles mucha atención a cualquiera de los dos, la susodicha ave salió tranquilamente del baño pasando por debajo de las piernas del espantado Shinji.

—¿A poco no es una monada? Se llama Pen Pen, y es una nueva especie que habita sólo en aguas termales. Es otro de los inquilinos de esta casa, ha sido nuestra mascota desde hace años, y aunque no lo creas es bastante limpio y ordenado, por lo que no cuesta mucho tenerlo aquí— aclaró despreocupadamente la mujer, dándole otro buen sorbo a su bebida.

La mascota se dirige a la heladera "de uso residencial" ubicada al lado del baño, introduciéndose al aparato a través de una pequeña escotilla que él mismo abrió activando el mecanismo de apertura con su pico. Antes de desvanecerse en su interior lanzó una despectiva mirada al recién llegado, barriéndolo con la vista de arriba hacia abajo, acaso como si estuviera molesto por la súbita interrupción a su privacidad.

—Por cierto, Shinji, será mejor que te tapes el equipo ó pescarás un resfriado con esta brisa que está soplando— preguntó la mujer, señalando la escuálida desnudez del atónito chiquillo, quién aún no despegaba la vista de aquél refrigerador.

Al darse cuenta de su precaria condición, el niño apenas si pudo lanzar un agudo gritito, mientras se tapaba con las manos su intimidad para refugiarse de inmediato en el baño.

"¿Acaso me habré pasado de la raya?" se cuestionó a si misma Katsuragi, dando cuenta del último sorbo de su bebida "De cualquier modo, para ahora ya debe haberse hecho una idea de la clase de persona que soy…"

El agua almacenada en la tina está en su punto, exquisitamente placentera al tacto, lo que proporciona a Shinji la oportunidad para recostarse y finalmente poder permitirse un necesario momento de relajación absoluta.

"Misato Katsuragi… creo que después de todo, no fue tan mala decisión quedarme con ella" pensaba para sí mismo, cayendo en la cuenta que si bien tener de mascota a un animal exótico de ese tipo no hablaba muy bien de su salud mental, aquella extravagante damisela era una de las pocas personas que le había mostrado atención y algo de gentileza. A no ser que tuviera algún propósito oculto al hacerlo, eso la colocaba momentáneamente en el primer lugar de su lista de preferencias. "Deberías tomar un buen baño caliente que se lleve todo lo malo que traes en la cabeza." Esas habían sido sus palabras precisas, pero en ese momento no podía saber lo equivocada que se encontraba. Y es que, por más que lo intentara, no podía alejar sus pensamientos del frenesí de insólitos acontecimientos que acababa de experimentar en tan poco tiempo. Las imágenes de su padre, la chica misteriosa de ojos rojos, el robot gigante y la monstruosa criatura que tuvo que enfrentar se intercalaban unas tras otra en su mente, amagando con hacerle perder la razón. "¿Qué no sabes que cuando estoy solo es cuando todos los malos pensamientos regresan a atormentarme, Misato?".

En ese momento, unos cuantos kilómetros bajo el subsuelo, en los cuarteles generales de NERV el Comandante Ikari y la Doctora Akagi laboraban horas extras. El cuarto donde se encontraban estaba en penumbras, apenas iluminado por unas cuantas lámparas de bajo consumo.

—El ensamblaje final de la Unidad Zeta comenzará en cuanto las piezas restantes lleguen a puerto, en tan sólo unos cuantos días— pronunció Gendo con su tono hosco, la vista clavada en un punto impreciso frente a él, a través de un ventanal destrozado —A estas alturas, cualquier intento por impedir su culminación resultaría inútil, un desperdicio total de recursos… no tengo más opción que convencer al comité para que nos permitan descongelar y reparar a Cero, si es que queremos tener alguna clase de contrapeso…

—¿Cómo está la piloto?— preguntó enseguida Ritsuko, con la mirada igualmente perdida en lo que estaba tras el ventanal roto —Escuché que la condición de Rei empeoró bastante con todas las sacudidas de ayer…

—En un par de semanas podrá recuperar su movilidad, no es nada de consecuencia. Para entonces ya habré obtenido la aprobación del comité.

—Debe ser bastante difícil para estos pilotos, asimilar la situación en la que se encuentran… sobre todo porque son tan jóvenes— observó Ritsuko, inusitadamente compasiva, cosa rara en ella,

—No hay remedio, son los únicos capaces de mover un Evangelion. En tanto vivan, no podrán hacer otra cosa más que eso— sentenció el comandante tan severo como de costumbre.

—Sin importar lo que esos niños piensen— murmuró la científica en bata blanca, contemplando distraídamente el enorme robot color naranja frente a ellos, inmóvil en una postura de combate, con uno de sus puños atravesando el muro que tenía delante suyo y con la cintura para abajo cubierta de un material pétreo de un matiz rojizo.

Al verlo a conciencia, incluso podría pensarse que lo que intentaba desesperadamente hacer era escapar de aquél funesto lugar, si es que acaso estaba permitido achacarle emociones y deseos a una simple máquina sin vida.

Después de asearse, Shinji se dispuso a descansar de una vez por todas, para lo que debía instalarse en su nueva habitación, a la que hasta esos momentos accedía. En cuanto ingresó pudo percatarse que el interior de esa recámara no era para nada distinto al resto de aquella casa, pues también se encontraba sumamente sucia y desordenada. Aparentemente, se trataba del cuarto donde su casera iba almacenando todos los trastos viejos que ya no utilizaba y que era demasiado perezosa para deshacerse de ellos. De otra forma no se explicaba la gran cantidad de objetos desperdigados por donde quiera que posara la mirada. Con solo ver el deplorable estado de aquella habitación Ikari sentía aún mucho más cansancio, sobre todo a sabiendas de que tendría que poner algo de orden si es que quería encontrar algún espacio para dormir entre todos esos escombros y demás basura.

Aquél descuidado espacio parecía una biblioteca abandonada, esto debido a la enorme cantidad de libros apilados en larguísimas columnas tan altas como una persona, que trataban los temas más diversos que las áreas del conocimiento y la ficción pudieran abarcar. Había también varios trofeos deportivos apilados, que por la cantidad de polvo que almacenaban uno llegaría a pensar que llevaban varios años olvidados ahí, pese a que Katsuragi aseguraba que recién se acababa de mudar. Premiaban el desempeño en torneos de basquetbol, karate, natación, fútbol y varias actividades más. Se encontraba de igual modo una gran pila de cuadernos con extraños bocetos en su interior, complejas ecuaciones matemáticas que bien pudieran haber estado escritas en un idioma alienígena y lo que al parecer eran varios mapas de circuitos eléctricos. Una libreta de apuntes, abierta, contenía la letra de una canción, escrita a toda prisa, y en inglés, por lo que apenas podía entenderse: "Welcome to the Hotel California, such a lovely place..." descifró en alguno de los párrafos. También hay varios discos compactos de música tapizando el piso, los cuales iba recogiendo al paso, aprovechando para leer sus títulos, todos ellos pertenecientes a bandas del siglo pasado, incluso de mucho antes del Segundo Impacto; "Elvis Presley", "Beatles", "Creedence", "Rolling Stones", "Doors", "Cranberries", "Nirvana", "Metallica", "Radiohead"... no había ahí algo que hubiera salido en los últimos quince años. El muchachito con trabajos reconocía ó alguna vez había oído mencionar a algunos de esos artistas, pero la gran mayoría de ellos le eran completamente desconocidos, mucho más cuando se trataban de intérpretes ó bandas de habla no inglesa, ya no digamos japonesa: ¿"Joaquín Sabina", "La Revolución de Emiliano Zapata", "Caifanes", "Cuca", "Maldita Vecindad" "Soda Estéreo", "Hombres G", "Enanitos Verdes", "Mecano", "Fabulosos Cadillacs", "Molotov"? Ni siquiera podía pronunciar cualquiera de esos nombres, mucho menos identificarlos.

Entre más inspeccionaba aquél extraño cuarto y su peculiar contenido, el joven Ikari aumentaba sus sospechas de que varias de esas cosas no podían pertenecer a Misato. Simplemente no tenía sentido, sobre todo por la gran cantidad de pornografía para hombres que iba encontrando en cada rincón de la habitación. Era a todas luces evidente que las cosas ahí pertenecían a un varón. Ó quizás a una mujer que tenía preferencias sexuales por personas de su mismo género, en cuyo caso su estadía en esa casa se haría todavía mucho más interesante. Su hipótesis cobraba sustento al encontrar un cuaderno de dibujo repleto de retratos de la enigmática jovencita de cabello azul y ojos rojos. Algunos de ellos eran bastante detallados, otros un poco más burdos, casi caricaturescos, pero no había duda que se trataba de ella, sus rasgos tan singulares eran sencillamente inconfundibles.

"Mira esto, tenemos una amiguita en común" pensó Shinji al revisar rápidamente el contenido de la libreta "Y además, parece que alguien tiene un admirador secreto… ó admiradora…" El muchacho nunca había conocido a una lesbiana y las únicas referencias que tenía de ellas eran las fantasías eróticas que se encargaban de distorsionarlas por distintos medios, por eso era bastante entendible el morbo que lo hacía entusiasmarse ante la posibilidad de convivir con alguien así.

Como pudo, habiendo recogido un poco de toda esa basura, entrevió la existencia de un escritorio dispuesto en una de las paredes laterales del cuarto. En él había una gran cantidad de envases vacíos de licor y soda, varios juguetes (ó figuras de acción, como eran conocidos por los coleccionistas), algunas consolas de videojuegos, un pequeño televisor y una computadora. Al lado de ésta, encontró una fotografía enmarcada, volteada hacia abajo. En un acto reflejo, por mera costumbre, le dio vuelta para poder observar la imagen dentro del cuadro. En ella aparecía una Misato Katsuragi bastante joven, sólo un poco mayor que él. A lo mucho tendría en ese entonces unos quince ó dieciséis años. Se encontraba abrazando a un larguirucho joven con peinado largo y expresión socarrona y al lado de ellos una pareja de treinta y tantos sostenían entre sus brazos a un bebito de gesto extraño que aún no dejaba los pañales. Aunque todos ellos sonreían, a Ikari le pareció ver un marcado dejo de pesadumbre en sus rostros, como el que seguido se encontraba al verse al espejo cada día de su vida. Estaba claro que detrás de la melancólica escena allí estampada había una muy larga historia, la cual puede que algún día llegaría a conocer, pero mientras tanto solamente podía especular al respecto. "Serán sus padres y hermanos" pensó cuando volvía a depositar la empolvada imagen en su sitio y reanudaba su búsqueda por un lugar donde recostarse y dormir.

En esas estaba cuando el sonido de la puerta al abrirse lo alertó acerca de una persona ingresando a su nuevo domicilio.

—¡Capitán Katsuragi, ya llegué!— escuchó a alguien gritar desde la entrada —¡Me reporto de inmediato a mis deberes!

Ni bien había terminado el recién llegado de anunciarse cuando se escuchó la puerta de la habitación de Misato abrirse de golpe, seguido de inmediato por el golpeteo que sus apresurados pasos producían mientras gritaba emocionada como una fanática en concierto musical:

—¡Aaay, no puede seeer!— vociferaba, frenética, sin dejar de reírse como una orate —¡Ya regresaste, no puedo creerlo, ya estás aquí! ¡Te extrañé muchííísimo! ¡Ven aquí y dame todos los besos que me debes!

"Mierda, esta tipa vive con el novio y no se molestó en decírmelo" pensó Shinji, enfadado y muy desilusionado al saber ya extinta su delirante fantasía acerca de cómo sería su vida a partir de entonces al vivir con una preciosa soltera desinhibida y su imaginaria compañera de cuarto lesbiana.

—¡Caramba, cuanto amor!— repuso el individuo que arribaba, en medio del barullo que la mujer producía al besarlo constante y sonoramente —¡Sí así vas a recibirme siempre voy a procurar irme de viaje más seguido!

Al escucharlo nuevamente a Ikari le pareció que su timbre de voz era algo juvenil, por lo que movido por la curiosidad tuvo que entreabrir la puerta del cuarto para darle un rápido vistazo a aquél sujeto y saber qué clase de hombre le gustaba a Misato. Su mandíbula por poco cae al piso cuando vio de espaldas a un alto muchacho de su misma edad que sostenía completamente en brazos a la capitana, la cual lo tenía rodeado del cuello y no hacía otra cosa que besarle repetidamente el rostro.

—¡Eso sí que no! ¡Ni creas que voy a permitir que te vuelvas a separar de mi lado!— arguyó entonces Katsuragi, balanceando sus piernas en el aire como una chiquilla —¡No puedo creer que ya estés aquí! ¿Cuándo llegaste? Lo último que supe es que el portaaviones llegaba a puerto en una semana…

—Así es, pero al parecer el idiota desgraciado de Ikari se asustó en cuanto ese bicho enorme mostró su fea cara y mandó un helicóptero para que me recogiera— contestó el muchacho —Creo que pensó que era muy listo al tener un plan de contingencia, pero no tuvo en cuenta las distancias y los tiempos de traslado… ¡Cinco horas completas de vuelo y sólo llegué a tiempo para ver el show! Después de eso se me fue todo el día en llenar todo el papeleo y en revisar ese agujero apestoso que nos cedieron para establecer la operación…

—¡Oh, ya veo! Debió ser muy frustrante, pero aún así me alegro que ya estés aquí…

—Pues si hubiéramos tardado unas cuantas horas más no me hubiera molestado… déjame decirte que desde el aire el circo de anoche fue el doble de espantoso de lo que ya era… de sólo acordarme, me da escalofríos, ¡brrr! ¿Quién iba a pensar que ese pazguato de Ikari Jr. resultaría ser un loco desgraciado con "L" mayúscula? ¡Completamente chi-fla-do! ¡Cu-cú! Te lo juro, si llegara a encontrarme con ese tipo, solo en la calle y a mitad de la noche saldría corriendo por ayuda gritando como mujercita y… y… y…

La expresión de apuro en el bello rostro de la dama en sus brazos y sus ojos nerviosos abiertos de par en par, que señalaban repetidamente hacia un rincón, pusieron sobre aviso a aquél joven antes que continuara su relato.

—No puede ser— susurró, casi sin mover los labios y sin producir sonido —¡¿Lo tengo justo detrás de mí?! ¡Maldicióóón!

En efecto, al escuchar que lo mencionaban en su conversación el susodicho había salido completamente de la habitación, malinterpretando que lo habían llamado, metiéndose de lleno a una situación por demás incómoda.

—¡Y así fue como terminó la película de mi vuelo: "Pesadilla Nocturna Salvaje", cuyo protagonista tenía por nombre Ikari-Shizuoka Yamaguchi Junior! ¡Qué personaje tan bien elaborado, muy real y bastante convincente, cualquiera diría que se trataba de una persona de carne y hueso!— pronunció el muchacho que vestía camiseta sin mangas y bermudas, bajando a Katsuragi y dándose media vuelta para encarar a Shinji con una amplia y muy forzada sonrisa en el rostro —¡Oh, pero qué sorpresa! ¡Mira quién está aquí! ¡Se trata de mi muy queridísimo amigo, Ikari Shinji-kun! ¡Quien no tiene relación alguna con lo que estaba hablando! ¡En serio que no me lo esperaba, cuánto tiempo sin vernos!

En menos de un parpadeo el locuaz muchachito de ojos verdes ya estaba sobre él, estrechando fuertemente sus manos para saludarlo efusivamente, sacudiendo su brazo de arriba hacia abajo, a lo que "Shinji-kun" no atinaba a reaccionar.

—¿Cómo has estado, viejo, camarada, compadre, compañero del alma? ¿Qué cuenta tu vida? ¡Sí que han pasado los años! Aún así, veo que hay cosas que nunca cambiarán, ¿cierto, pequeñín?— mencionó, haciendo alusión a la altura que le aventajaba, poniéndolo de manifiesto al colocarle confianzudamente la mano sobre su cabeza, la cual apenas si le llegaba a los hombros —¡Observa esto! ¡Aún tienes esa cicatriz que te sacaste cuando probábamos la catapulta que armé en el jardín de juegos! Te juro que entonces no me podía imaginar la nula resistencia al viento que te da tu cabeza tan redonda, pensé que ya había considerado todas las variantes posibles dentro de mis cálculos…

—¿Qué estás diciendo? ¿Pero, cómo…? Disculpa…— masculló Ikari con cierta dificultad, liberándose del persistente agarre de aquél joven, para enseguida poder pasear sus dedos sobre la extensión de la cicatriz que tenía debajo de su cabello desde que tenía memoria y que sin embargo nunca había podido saber cómo es que se la había producido —¿Acaso ya nos conocemos?

—¡Claro que sí!— respondió enseguida su interlocutor, cómo extrañado, aunque luego él mismo repuso: —Es cierto, eras muy pequeño en ese entonces, lo más probable es que ni siquiera lo recuerdes…

Shinji miró detenidamente al chiquillo delante suyo, examinándolo desde la punta de los pies en sandalias hasta la cabeza coronada con ese largo cabello castaño. Aunque era más alto y robusto que él, no había forma alguna que ese muchacho fuera mucho mayor que él, por lo que ese último comentario levantaba muchas más dudas que respuestas. ¿Dónde y cuándo se habían conocido, y como era que no podía recordarlo?

—En ese caso creo que será conveniente volver a hacer las presentaciones— mencionó el jovencito de ojos verdes, haciéndole una respetuosa reverencia inclinando la cabeza y el cuerpo hacia adelante —Mi nombre es Kai Katsuragi, mucho gusto en conocerte…

—¿Katsuragi? ¿Katsuragi?— repitió Ikari, incrédulo, dirigiendo su mirada a Misato, quien todo ese tiempo había permanecido detrás de ese joven sin decir palabra, sólo con una coqueta sonrisa dibujada en los labios —¿Acaso son… son…?

—¡Por supuesto que no!— acotó la mujer en el acto, rodeando del cuello al muchacho delante de él —¿No te parece que soy bastante joven para tener un hijo de 14 años?

—También podríamos ser hermanos, por si no lo habías pensado, despistada— observó el muchacho —Pero en realidad, soy adoptado, Shinji… la Capitán "Cachetes" Katsuragi aquí presente es mi tutora legal… aunque también puedes llamarme por el nombre que tenía cuando jugábamos juntos: Kyle Rivera Hunter. Ó Kai Rivera, como me decían todos aquí por ese entonces… ya sé que es todo un embrollo, así que podemos dejarlo simplemente en "Kai", ¿te parece?

—Mucho gusto entonces… Rivera-san… Kai…— pronunció el confundido muchachito, correspondiendo a la reverencia que anteriormente se le había hecho.

—¡Sé que con su cara de idiota no lo parece, pero Kai también es un piloto de Eva, como tú!— intervino Misato de nueva cuenta, entusiasta como una criatura, metiendo sus dedos sobre la comisura de los labios del chiquillo para ensancharle la boca —¡Así que será mejor que se lleven bien! ¿Entendido?

—¿Eso es cierto? ¿Hay más… más pilotos de Evangelion?— musitó Shinji, sorprendido con aquella noticia —¡No lo sabía!

—Hasta ahora sólo somos cuatro— pronunció Rivera —Por eso seguramente más de alguna vez has escuchado que se refieren a ti como "El Cuarto Niño Elegido"… pero conforme pase el tiempo el número de pilotos se irá incrementando… según los últimos estudios, se tiene previsto que para finales de este año ya se habrán encontrado dos pilotos más, y para el año siguiente cuatro más…

—Hay más chicos como yo, que pueden mover un Eva… es sorprendente— murmuró Ikari, reflexionando bastante al respecto y todo lo que ello implicaba para él.

—Así es, por eso es que no debes preocuparte, aún si tú ya has decidido no volver a pilotear un Eva hay más gente que puede hacerlo por ti, la humanidad estará a salvo— repuso Kai, dando por sentado que su compañero se marchaba —Es una lástima que hayas decidido irte, hiciste un muy buen trabajo anoche, salvaste a todos en la ciudad; admito que será muy difícil tener que reemplazarte, pero estas cosas pasan…

Misato y Shinji lo miraron entonces con deferencia, sin atinar a comprender el motivo de sus palabras.

—Pero Shinji no ha dicho que piense irse— aclaró Katsuragi —De hecho, se quedará con nosotros de ahora en adelante…

Rivera enmudeció por unos instantes al saber que había dado otro traspié, pero cuanto antes intentó enmendar su error:

—¡Claro que sí, pero por supuesto! ¡Una decisión así no puede tomarse tan a la ligera! ¡Quédate todo el tiempo que quieras, descansa todo lo que puedas y así podrás decidir con más facilidad! Te aseguro que una vez que todo se haya tranquilizado y puedas ver las cosas desde otra perspectiva podrás elegir mucho más fácilmente… aunque tengo que reconocer que para entonces ya nos habremos encariñado contigo y nos será más difícil el tener que decirte adiós…

—¿De qué estás hablando?— dijo una vez más Misato, mirándolo extrañada —Shinji ya se encuentra registrado en el personal de NERV como piloto de la Unidad 01, incluso ya se le había asignado una residencia permanente en la ciudad pero pensé que lo mejor sería que viniera a vivir con nosotros… ¿no crees que será muy divertido? ¡Piensa en todas las cosas disparatadas que pueden ocurrir con esta combinación! ¡El bueno!— dijo señalando a Ikari —¡El malo!— volvió a decir, señalándolo esta vez a él —¡Y la bella!— terminó entonces señalándose a sí misma —¿A poco no parece premisa como para una serie de comedia?

—¡Ja-ja-ja! ¡Eso sí que es hilarante!— pronunció Kai fingiendo una risotada y esforzándose en ensanchar aún más su falsa sonrisa que comenzaba a entumecer sus labios —Ahora que lo pienso, necesito hablar contigo a solas, de algo completamente distinto a lo que ahorita estamos hablando, ¿nos permites sólo un momento, Shinji?

—Cl-claro… por supuesto…— asintió Ikari, sin más opción.

No obstante, en lugar de meterse a alguno de los cuartos ó quizás salir a la terraza que había detrás de estos, el lugar que escogieron los Katsuragi para sostener su charla privada fue unos de los rincones de la sala, donde permanecían a la vista de su invitado y separándolos de este tan sólo una distancia de unos tres metros. Si bien Shinji no podía escuchar la conversación entre susurros, si alcanzaba a distinguir varios de sus cuchicheos.

—¿Te volviste a golpear la cabeza ó que diantres pasa contigo, Misato?— murmuró Rivera mientras los dos se tomaban de los hombros, juntaban cabezas y se agachaban, como si estuvieran planeando una laboriosa jugada de fútbol americano —¿Tan sola te sentías que tuviste que recoger al primer vagabundo que te encontraste en la calle?

—¡Qué grosero!— respondió enseguida la mujer en el mismo tono susurrante —¡Sólo estoy tratando de ser una buena compañera y ayudar en lo que pueda a que el nuevo piloto se adapte lo más pronto posible! ¡Todo esto debe ser muy terrorífico para él, y todos pretendían que lo superara solo! ¡Cómo si eso pudiera pasar!

—¡A mí no me vengas con eso! En ese caso, ¿por qué no trajiste a Rei a vivir con nosotros recién que llegó a la ciudad? ¡Era la misma situación!

—¡Eso quisieras, cerdo degenerado! ¡Pero de ninguna manera iba a exponer a esa pobre muchachita a un sucio perverso como tú!

—¡Deja de decirme así! ¡Ya te dije que esa vez sólo estaba buscando una protuberancia rara que sentía! ¡Me estaba auto-examinando! ¡Y eso no justifica que ahora me quieras hacer compartir cuarto con el vástago rechazado y malquerido de Gendo Ikari!

—¡Di todo lo que quieras, pero la decisión ya está tomada y no está a discusión! Mi nombre es el que aparece en el contrato de arrendamiento de este departamento, así que puedo traer a quien me pegue la gana…

—¡Eso no es válido y lo sabes bien! ¡Pago la mitad del alquiler de esta pocilga y también tengo derecho a tener voz y voto! ¡No sobreviví a cinco atentados en mi contra los pasados treinta días sólo para terminar muerto en mi propia cama, sacrificado por un lunático que escucha voces en su cabeza y adora a Satán!

—¿Sobrev…? ¡¿Cinco?!— Misato dejó de lado los cuchicheos para expresar su indignación a viva voz, mientras que sus manos pasaban de los hombros del muchacho hasta enroscarse alrededor de su cuello, comenzando a asfixiarlo —¡Mentiroso miserable, la última vez que hablamos por teléfono me juraste y perjuraste que todo eso eran sólo rumores! ¡Me dijiste que todo estaba bien, que no me preocupara! ¡¿Cómo te atreves a hacerme esto?! ¡¿No sabes lo angustiada que estaba de que te fuiste solo?! ¡Si se te ocurre morirte así nada más, te matooo!

—Bien…bienvenido a tu nueva casa… Shinji-kun…— le dijo Rivera con suma dificultad, levantando su pulgar derecho en señal de aprobación mientras que su cara adquiría una singular tonalidad azulada.

"¿Pero a qué casa de locos vine a parar?" pensó el joven Ikari cuando presenciaba aquél fraternal estrangulamiento.

Poco después, y con ayuda de su nuevo compañero de cuarto, Shinji por fin había descubierto donde estaba la cama en medio de todo ese desastre al que llamaban habitación, pero de cualquier manera en ese momento Kai desempolvaba un viejo futón almacenado en el armario, en el cual terminaría durmiendo a fin de cuentas.

—Espero que no estés muy incómodo en el piso, pero en serio que la ciática me está matando y el quiropráctico me prescribió precisamente este colchón que tienes ante ti… a veces me siento como todo un anciano…

—No te preocupes, agradezco tu gentileza…

—De todos modos, ahora que somos roomies, siéntete en libertad de acomodar tus pertenencias a tu gusto, sólo trata de no arruinar mi estricto sistema de acomodo, por favor… todo está perfectamente organizado y una sola cosa fuera de lugar arruinaría todo el orden… ¡ah, si acaso te llegaras a encontrar por ahí una billetera con tarjetas de crédito te lo agradecería! Hace tiempo que no la veo…

—De acuerdo, tendré los ojos bien abiertos por si acaso… mientras tanto… ¿puedo hacerte una pregunta?

Rivera asintió con un movimiento de cabeza, más entretenido en esponjar la almohada sobre la que se recostó inmediatamente, poniendo los brazos detrás de la cabeza para luego soltar un hondo suspiro de alivio.

—¿Cómo fue tu primera vez… tu primera vez, dentro de un Eva?

—Mi Evangelion aún está en construcción, así que jamás me he subido a uno… a decir verdad, eres el primer piloto con experiencia de combate real… debes sentirte bastante orgulloso al respecto, ¿no?

—Me siento… me siento como si hubiera hecho algo muy malo— admitió Ikari, sentándose sobre la colchoneta en el piso sobre la que dormiría —Es una especie de culpa, de remordimiento que nunca antes había sentido… además, todo mundo me mira de reojo, con miedo… y lo peor es que ni siquiera recuerdo cómo fue que sucedió todo… en un momento estaba a bordo, en la cabina, y después… nada…

—Oye… ningún ser humano ha experimentado lo que tú… lo de anoche fue… anoche fue la primera vez para muchas cosas… es entendible que te sientas confundido, aún es muy pronto como para que asimiles todo lo por lo que pasaste, en tan poco tiempo… confórmate con saber que nadie, nunca, había hecho lo que tú hiciste. Estoy seguro que una vez que te relajes y puedas descansar todo irá tomando su curso natural, incluso tus recuerdos…

—Entonces… ¿crees que hice bien? ¿En pilotear al Eva?

Una vez más Kai daba un profundo suspiro, aunque esta vez al hacerlo parecía algo apesadumbrado.

—Bueno, pues… sí, eso creo… si tú no te hubieras enfrentado a ese monstruo desgraciado nadie más lo hubiera podido hacer y en estos momentos lo más seguro es que todos estaríamos muertos… así que, sí, creo que hiciste un estupendo trabajo salvando nuestros tristes traseros…

—Si es así… ¿por qué no puedo dejar de sentirme… sucio… culpable? No sé si pudiera volver a hacerlo, si es que me lo pidieran otra vez…

—El miedo es algo natural, Shinji, nadie está exento de sufrirlo, es señal de que sigues vivo… lo importante es que no te dejes vencer por él, sino que lo uses en tu beneficio para provocar una acción… si te quedas sin hacer nada, estarás perdido, y si acaso te pasa cuando estés dentro de un Evangelion lo más probable es que te llevarás a mucha gente en medio de las patas…

—Es sólo que no comprendo porqué parece que todo mundo quiere que sea piloto, pero a la vez están espantados por que lo soy…

—Será porque saben que su pellejo está en tus manos, y no pueden permitirse confiarle algo tan importante a alguien tan…

—¿Cobarde? ¿Desequilibrado?

—Joven… eso es lo que iba a decir… joven… aún así, al diablo con lo que piense la gente. Tú debes darte cuenta de algo: en todo el mundo, de los miles de millones de seres humanos que hay, sólo existen cuatro personas hasta este momento que son capaces de pilotear un Eva… eres poseedor de un talento insólito, un don que muy pocos tienen el privilegio de poseer... ¿No crees que eso te hace único… especial?

Shinji atendía absorto a todo lo que se le decía. Era la primera vez, en toda su vida, que alguien le hacía referencia a que era especial. Siempre todo mundo, hasta él mismo, lo habían considerado del montón.

—Pero precisamente por este motivo, el que puedas hacer algo que casi nadie puede, se te ha impuesto una gran responsabilidad, que sin duda resulta ser una gran carga, sobre todo a tu corta edad… no cualquiera resiste ese peso, y las personas lo saben muy bien. Es por eso que tienen miedo de que termines quebrándote, pero a la vez no pueden hacer otra cosa, más que esperar que los sigas protegiendo ó ningún otro lo hará.

Los dos se miraron mutuamente un par de momentos. El infante japonés no podía sacudirse de encima aquellas dos pupilas esmeraldas, atravesándolo de lado a lado. En aquél momento la mirada de Rivera le parecía fría, ajena, penetrante. Si bien antes la actitud de aquél muchacho le había parecido algo simplona, ridícula y hasta entonces lo había estado tratando con evidente desdén, en esos momentos demostraba poseer un criterio bastante maduro, de una persona mucho mayor. Kai estaba resultando ser una persona de contraluces, bastante desconcertante.

—Ya no sé que es lo que quiero hacer— Shinji reveló entonces, sintiendo la confianza suficiente como para compartir algunos de sus pensamientos con aquél amigo de la infancia temprana al que no podía recordar —Quisiera correr, huir lejos de aquí y no volver a saber nada más de NERV, de los Evas… de mi padre… pero entonces… no sé que me quedaría… que sería de mí…

—Lamento ser yo quien te lo diga, pero tu padre es una basura, y creo que eso ya te ha quedado bastante claro, si la mitad de lo que escuché que pasó en el hangar es cierto… a una persona así no se le debe nada, y lo mejor es mantenerse lo más lejos posible de él, antes de que te arrastre a su inmundicia. Si esperabas cualquier clase de amoroso reencuentro con él a estas alturas ya puedes darlo por descartado, también ya te habrás dado cuenta de eso. Ahora bien, si aún así pretendes seguir piloteando un Eva, debes hacerlo porque realmente estás convencido de eso, y debes estar consciente que deberás hacer bastantes sacrificios y estar dispuesto a realizarlos, sin importar lo difícil que sea. No puedes arriesgarte, ni a ti mismo ni a los demás, al estar subiendo a una de esas cosas si no tienes puta idea de lo que estás haciendo. Creo que ayer todos comprobamos lo peligroso que es que te subas a uno de esos armatostes en semejante estado. ¿Quieres mi consejo? Vete de aquí, ahora que puedes. Aléjate, mientras aún es tiempo. Olvídate que existimos y sigue con la vida que antes tenías. Este no es lugar para ti, basta con solo verte para saberlo. Aquí no encontrarás aceptación ni reconocimiento. Sólo miseria, perdición y dolor… mucho dolor… yo sé lo que te digo…

El joven Ikari permaneció mudo por varios instantes, procesando todo lo que acababa de escuchar. De nuevo la helada mirada de su compañero de cuarto le perforaba el alma misma, sólo que esta vez también detectaba hostilidad y rechazo en ella. Sin duda, el haber hablado con alguien de todo lo que rondaba en el interior de su cabeza le había ayudado bastante, despejándolo y dándole una perspectiva más amplia del nuevo y escabroso terreno que estaba pisando. No obstante, aún persistían bastantes incógnitas que le resultaban difíciles de resolver. ¿Acaso sería mejor volver con sus abuelos y con su tío? Después de todo, tal y como Kai se lo había dicho, no pertenecía en este lugar lleno de locura y disparates, donde los niños eran quienes tenían que decidir el destino de la humanidad. Aunque el problema es que tampoco allá tenía un lugar que pudiera decir que le pertenecía, alguna función que le tocara desempeñar. Entonces, ¿en donde demonios encajaba?

—Estoy harto de todo esto… no sé quien soy, ni donde pertenezco— musitó Shinji, abatido, cubriendo su rostro con las manos —¿Tú no podrías… Kai… no podrías? ¿Kai?

Un vistazo de soslayo le hizo saber enseguida que su acompañante tenía algún rato ya profundamente dormido, tal como constataban sus sonoros ronquidos y el hilo de baba que colgaba de la comisura de sus labios, reposando en la misma posición en la que hasta hace algunos minutos le había estado hablando.

"¿Cómo puede quedarse este fulano dormido, así nada más?" pensó Ikari con hastío.

Una vez que dio por terminada su ingesta de alcohol, Misato procedía a realizar sus labores de aseo personal antes de ir a dormir, y al mismo tiempo aprovechaba la ocasión para tomarse un placentero momento de relajación total, con su cuerpo inmerso en la tina de baño repleta de deliciosa agua caliente. Mediante su teléfono celular mantenía comunicación en esos instantes con su amiga cercana, la Doctora Ritsuko Akagi, quien también iba llegando a su domicilio luego de una larga jornada laboral.

—Así es, me tomó completamente por sorpresa que Kai haya llegado antes de lo previsto… estoy bastante molesta contigo, si ya sabías que estaba en la ciudad debiste decírmelo antes— refunfuñaba la capitana en tanto se deleitaba con la sensación del líquido tibio acariciando su piel.

—Tengo cosas más importantes en qué ocupar mi tiempo que en estar reportándote el paradero de ese engendro a cada momento— arguyó Akagi del otro lado de la línea, cerrando con llave la puerta de su casa y quitándose sus incómodos zapatos de tacón alto, viéndose liberada de aquella insana tortura —Pero entiendo tu molestia, seguro que a ese barbaján no le cayó en gracia que lo hayas querido suplantar tan rápidamente, y de haber sabido que estaba aquí seguro que lo hubieras pensado dos veces antes de recoger a otro niño desamparado más…

—Admito que el muchacho puede ser algo celoso y hasta un poco posesivo a veces, pero ya hablé con él y le hice entender que Shinji pasó por un evento traumatizante y necesitará de todo el apoyo posible para salir adelante…

—Ahora eres responsable de él, mantenerlo conforme es parte de tu trabajo, ¿entiendes?

—Eso me temo— respondió Katsuragi, dando un hondo suspiro de resignación —Aunque tengo que decírtelo, no tengo la más mínima idea de cómo llegarle a ese chiquillo… nada de lo que hago parece dar resultado, no sé como le voy a hacer para acercarme…

—¿Tú, quejándote? ¿Tan pronto?— matizó irónicamente su confidente —¿Debo recordarte que fuiste tú misma quien enfáticamente declaró a los cuatro vientos que te harías cargo de él, y que estabas ampliamente capacitada para la tarea? ¿Pese a que ya habías echado a perder a otro chico indefenso? Tal vez sea hora que saques a relucir tus habilidades de autodefensa, quizás si lo agarras a karatazos conseguirás que el hijo del Comandante Ikari se sincere contigo… ¡Sólo cuida que no se te pase la mano ó quedará igual de idiota que el pobre de Rivera!

—¡Ya estuvo bueno de que te burles de mí! ¡Te odio, eres imposible!— reclamó a gritos la mujer de cabellera negra, dando por terminada la conversación al cortar de súbito el enlace, mientras su amiga se ahogaba de la risa.

"No debería enojarme tanto con ella" Misato recapacitó al cabo de unos momentos "Trató de advertírmelo antes que todo pasara… detesto cuando tiene la razón… después de todo, hasta yo misma no puedo dejar de ver a Shinji como una herramienta, nada más. ¿Será por eso que aunque conseguimos derrotar al ángel, no puedo estar contenta?"

Durante algún lapso indefinido de tiempo todo había sido la oscuridad total, hasta que una tenue línea de luz blanquecina comenzaba a perforar sus párpados, provocando que los abriera cada vez más. Aquello le requería un gran esfuerzo, al sentirlos como si pesaran una tonelada y quisieran permanecer cerrados. Sin embargo, una dulce melodía interpretada con cuerdas penetraba por sus oídos y lo instaba a despertar, lo que finalmente consiguió, no sin poner mucho esfuerzo de su parte.

Al hacerlo, Kai Rivera cayó en la cuenta que mejor le hubiera convenido continuar dormido por siempre, al atestiguar la penosa situación en la que se encontraba, atado de pies y manos en una de las sillas del comedor de su casa.

—¿Qué… diablos? ¡¿Qué diablos?!— masculló, incrédulo, forcejeando por liberarse de sus ataduras, sin éxito alguno. Estaba completamente inmovilizado, y nada podía hacer por cambiar su situación, sin importar cuanto lo intentara, sin importar las quemaduras y cortadas que él mismo se provocara en sus muñecas y tobillos con cada nuevo desesperado y fútil forcejeo por ser libre —¡¿Pero qué puta madre está pasando aquí?!

Sus ojos comenzaron a recorrer ansiosos todo el lugar, el cual reconoció como su propia casa, pero con una nueva decoración bastante inusual, con los muros y pisos repletos de pentagramas, iluminados solamente por varias velas de diversos colores y tamaños. Una persona de baja estatura estaba frente a él, con la cabeza completamente rapada. Al fijarse en sus vestimentas y cuando el sujeto volvió su rostro hacia él lo reconoció de inmediato.

—¡¿Shinji?! ¡¿Te rapaste por completo la cabeza?! ¡¿Qué carajo crees que estás haciendo, pedazo de imbécil?! ¡Suéltame ahora mismo ó ya verás!

—Así que por fin despertaste, Doctor Rivera— pronunció de manera funesta el joven Ikari empleando un marcado acento británico, con una sonrisa desquiciada de oreja a oreja —Así está mucho mejor, así podremos continuar con nuestra pequeña fiesta… ¿no es así, señorita Misato? Sea cortés y salude a nuestro invitado que recién se nos acaba de unir…

Fue entonces que el muchacho reparó en la presencia de Katsuragi al otro extremo del comedor, férreamente maniatada al igual que él. Al contemplar su estampa un fuerte grito de horror salido de su garganta reverberó por todos los muros de la casa, al ver que toda su masa encefálica estaba expuesta al aire libre. La parte superior de su cráneo había sido completamente removida y ahora estaba frente a ella a modo de plato. No obstante, la mujer no parecía tener algún problema con tan espantosa condición, dado su semblante distraído y sonrisa bobalicona.

—¡Hooola, Kai!— dijo ella, casi como en un balbuceo, sin dejar de sonreír cuando volteaba a verlo como si acaso se encontraran casualmente en alguna clase de convivio.

—¡Maldito orate desgraciado! ¡La tienes completamente embrutecida con no sé cuántas drogas y otras porquerías!

—¡Por supuesto que no! ¡Sólo tienes que ver esa gigantesca pirámide de latas de cerveza que ella misma se tomó para saber que no tuve que recurrir a ningún tipo de sustancia para someterla! ¡Fue bastante fácil, incluso ella me ayudó a atarse!

—¡Je, je! ¡Essstoy borraaashaaa!— exclamó entonces la cautiva con una voz chillante como de ardilla, en medio de sus frenéticas risotadas.

—¿Qué pretendes hacer con nosotros, lunático? ¿Y desde cuándo hablas inglés como si estuvieras narrando un documental?

—Todo es parte de mi proceso de transformación, que culminará dentro de muy poco, gracias a la solícita ayuda de ustedes dos… fueron muy amables en abrirme las puertas de su casa, y hospedarme como a uno de los suyos… eso me ayudó a comprender que trabajo para el Amo… debo obedecer a mi Maestro, el Señor de las Tinieblas, que habla conmigo, en mi cabeza, cada noche desde que nací…

—¡No, Shinji! ¡Deténte, déjanos ir! ¡Estás loco! ¡Locooo!

—¡Contemplen ahora mi forma verdadera, simples mortales!— anunció con voz potente, rasgando todas sus vestiduras de un solo tirón para quedar completamente desnudo y dejar al descubierto todos los tatuajes profanos que estaban impresos en cada centímetro cuadrado de su piel, la mayoría de ellos consistiendo en alas de murciélago, ojos de serpiente y cabezas de dragón —¡Soy el hijo del dragón, insensatos! ¡La Bestia del Apocalipsis! ¡Concebido en las mismas llamas del averno y preparándome toda una eternidad para cumplir con la misión para la que fui creado! ¡Condenación eterna para toda la raza humana!

—¡Basta ya, sucio bastardo! ¡Tápate con algo, por el amor de Dios, que puedo verte todo! ¡Todo, qué horror!

—Calma, doctor, ahora no es el momento para temer— dijo su captor con voz calma, como si quisiera arrullarlo, mientras que sacaba de su cavidad anal un largo cuchillo curvo —Eso viene después…

Sin darle tiempo para más, ni siquiera para gritar aterrado, el perturbado agresor se abalanzó sobre él y con la pericia de un sádico asesino enterró su filosa arma sobre su pecho, abriendo un gran boquete del que sustrajo su corazón entero, aún palpitante, el cual le mostró a modo de trofeo mientras la vida se le escapaba de su mutilado cuerpo sin que pudiera hacer algo para evitarlo.

Salvo murmurar lastimosamente en sueños, dando vueltas de un lado a otro de su cama, completamente dormido.

—No, por favor…— musitaba un inconsciente Kai una y otra vez, entre ronquidos, para desconcierto de su compañero de cuarto, que llevaba rato tratando desesperadamente de conciliar el sueño —No, la cara no… de eso vivo…

El joven Ikari volvió a tumbarse sobre su austero lecho, una vez que constataba de nuevo que su acompañante estaba efectivamente dormido, pese a todo el balbuceo incoherente que salía de forma continua de sus labios. Tuvo que aumentar el volumen de su reproductor musical portátil, con tal de silenciar aquél infernal concierto de estertores y divagaciones sin sentido. Sintiendo como la cabeza estaba a punto de reventarle, lo único que buscaba era dormir un poco y descansar a como diera lugar. "¿Qué estoy haciendo aquí?" se preguntaba una y otra vez, sintiendo como si le estuvieran pegando con un martillo en la cabeza, una y otra vez "¿Por qué sigo en este lugar?"

Llegado el momento en que un agudo dolor taladraba lo más recóndito de su cerebro y se sintió al borde de un colapso mental, igualmente así de súbito llegó el momento de la realización. Las circunstancias del combate de la noche anterior regresaron condensadas a él, todos sus recuerdos de aquél evento agolpados en un solo ínfimo suspiro.

Fue así que se vio de nueva cuenta atrapado en los confines de la extraña cabina del Eva 01, frente a frente con el monstruo de pesadilla que amenazaba con destruir los cuarteles de NERV y la indefensa ciudad que estaba encima de ellos.

—¿Estás listo, Shinji?— preguntó entonces Misato desde su estación.

Qué pregunta tan más estúpida. ¿Alguna vez alguien estaría listo para meterse de cabeza en una situación absurda de la que no se vislumbraba salida? ¿Qué tan listo se podría estar para enfrentar un destino incierto y lidiar con la parca cara a cara?

No obstante, Shinji hubo de responder afirmativamente, bastante avergonzado para admitir a esas alturas que se había arrepentido y quería bajarse lo antes posible de ese cachivache del demonio antes que aquella abominación no dejara ni siquiera el recuerdo de su existencia.

Al obtener la señal positiva del piloto la Capitán Katsuragi despachó las indicaciones finales para la puesta en marcha del Evangelion:

—¡Remuevan el último cerrojo de seguridad! ¡Evangelion Unidad 01, liberado y listo para la acción!

A su mandato, los seguros que mantenían al robot gigante afianzado dentro de su jaula fueron removidos, sin nada que sostuviera en pie a la gigantesca máquina, más que su propio equilibrio.

—Shinji, ahora debes concentrarte y pensar en caminar— indicó Ritsuko, guiándolo literalmente paso a paso por esa alocada odisea.

La premisa básica por la cual los Evas operaban llevaba al racionalismo del filósofo Descartes, "cogito ergo sum", "pienso, entonces existo", hasta a sus últimas consecuencias. Por medio de un intrincado dispositivo los pensamientos del piloto eran traducidos en acciones que el aparato con forma humanoide ejecutaba fidedignamente. Por ende, resultaba tan sencillo como tan solo pensarlo para que el coloso de acero diera un paso y saliera de su encierro. Algo tan fácil que hasta un niño podía hacerlo, que era precisamente lo que ocurría cuando Shinji pensaba en la acción de caminar. "Camina" ordenaba con sus pensamientos, para que el gigante a su mando volviera a dar un nuevo paso hacia la confrontación directa con su enemigo, cimbrando todo lo que estaba a su alrededor. Los vidrios estallaban hechos pedazos en su camino y todo lo que no estuviera bien sujeto al piso se sacudía violentamente.

—¡Es increíble, lo está logrando!— exclamó la Doctora Akagi, fuera de sí —¡Miren eso, todos! ¡El Eva 01 está caminando!

El problema de utilizar los pensamientos para accionar maquinaria de semejantes escalas es que en cualquier momento la mente puede traicionar a uno. Bastaba tan solo una fugaz distracción, un mero temor pasajero, una solitaria duda para que toda la concentración se fuera al trasto, que fue exactamente lo que ocurrió en el momento que el joven Ikari sintió el movimiento del robot que tripulaba y atestiguaba que la distancia con la terrorífica criatura se acortaba. En el mismo instante que aquél coloso lo imitó y dio un paso hacia su encuentro la ansiedad hizo presa del muchacho, para enseguida ocasionar que el robot color morado se desplomara a los pies de su oponente sin que éste hubiera lanzado siquiera un solo golpe.

—¡No te distraigas, tienes que levantarte lo antes posible!— indicó Misato, sabiendo todas sus esperanzas perdidas si es que el chiquillo no alcanzaba a reaccionar de su inoportuno estupor —¡Tienes que moverte, pronto!

Sus advertencias resultaron en vano, al caer en oídos sordos. El muchacho se encontraba completamente paralizado por el miedo y su pensar era un batidillo de confusión total. Tal situación se agravó cuando la aberración aproximó su gigantesca y deforme mano para sostenerlo de la cara y levantarlo en vilo como a un juguete inservible.

—¡Shinji! ¡Reacciona, maldita sea! ¡Tienes que defenderte!

Misato no recibía respuesta alguna por parte del piloto, pero en cambio el ángel comenzó a verse muy interesado en la estructura y anatomía del monigote inerte que sostenía delante de él. Fue así que sujetó el brazo derecho del robot y comenzó a girarlo en sentido contrario a sus articulaciones, semejante a un niño pequeño que juega con los muñecos de su hermano mayor, probando los límites de las capacidades del artilugio sin importarle si es que llegaba a romperlo.

El muchacho a bordo del Eva, para su horror, comenzó a sentir una tremenda presión en su propio brazo derecho, que se puso tenso como si alguna fuerza invisible lo mantuviera sujeto en contra de su voluntad, llevándolo al punto de quiebre.

—¡Tranquílizate, por favor!— indicó entonces la Capitán Katsuragi —¡No es tu brazo real, todo está en tu cabeza! ¿Me entiendes? ¡Por mucho que te duela, tienes que entender que no es tu brazo verdadero!

—¿Qué pasa con su sistema defensivo?— inquirió Ritsuko, presa de la desesperación.

—¡La señal no funciona!— contestó enseguida Maya, su asistente, como si tratara de excusarse.

—¡Su Campo A. T. no se está desplegando!— informó otro oficial técnico.

—¡Maldita sea!— bramó entonces la mujer de cabello rubio, haciendo una rabieta.

Finalmente el brazo del Eva 01 cedió por completo a la descomunal fuerza que se le aplicaba y terminó por reventar como una vieja rama seca. Una aguda punzada eléctrica recorrió todo el sistema nervioso de su joven e inexperto piloto. Si bien su cuerpo se encontraba en perfecto estado, sin daño alguno, su cerebro acaba de experimentar la terrible sensación que le hubiera provocado sufrir una fractura expuesta. El que todo fuera mental, como alegaba Misato, no reducía en absoluto el intenso dolor que padecía en esos aciagos momentos.

Por si eso no bastara, su monstruoso adversario lo mantenía bien sujeto de la cabeza, levantándolo aún más por el aire, completamente a su merced. El codo de la criatura comenzó a brillar y un haz luminoso salió despedido de la palma de la mano con la que sujetaba al gigante de acero. Como si se tratara de un ariete, las descargas energéticas expelidas por la garra de aquella abominación comenzaron a impactarse una tras otra contra el casco del inmóvil artefacto, fracturándolo sin demora.

—¡Se rompió la parte frontal del casco!— informó consternada Maya Ibuki desde su lugar.

—Esa armadura no resistirá más tiempo— musitó entonces la Doctora Akagi, atestiguando la estrepitosa derrota de la única arma de la que disponían para enfrentarse a la aniquilación total.

Como si sus palabras hubieran sido las de un profeta, los augurios de la científica no tardaron en cumplirse, como dio cuenta la ráfaga de energía que salió despedida por la nuca del Evangelion, al haber atravesado su cráneo por completo, perforándole el ojo izquierdo. La Unidad Uno salió volando gracias al impulso del golpe, deteniendo su caída al estrellarse de espaldas contra un edificio, lo que prodigiosamente la ayudó a mantenerse en pie pese a la magnitud del daño recibido. Un potente chorro de un líquido carmesí salió a presión a través de los dos orificios que perforaban el casco del robot gigante, haciendo parecer que la máquina estaba sufriendo tremenda hemorragia.

Aquella última incidencia bastó para encender todas las alarmas y focos rojos en la sala de mando de NERV, tal como dieron cuenta los angustiantes informes de los técnicos que monitoreaban la situación:

—¡Cabeza dañada! ¡Magnitud del daño: desconocida!

—¡Los enlaces de la conexión nerviosa se están rompiendo!

—¡No tenemos lectura del piloto!

—¡Shinji!— Misato terminó gritando, histérica, con el vano anhelo de hacer reaccionar al joven que tripulaba al Eva 01 —¡Alguien, denme un reporte de daños!

—¡El sincrógrafo se invierte! ¡Los impulsos fluyen en reversa!

—¡Apaguen el circuito! ¡Bloquéenlo por completo!

—¡No podemos! ¡No acepta la señal!

—¿Cómo está Shinji?— inquirió Katsuragi al técnico encargado de monitorear el estado del piloto, un joven oficial que usaba anteojos y con el cabello peinado hacia atrás.

—¡Sus monitores no reaccionan! ¡Su condición también se desconoce!

—¡La Unidad Uno permanece inmóvil, no tenemos respuesta!

—¡Misato!— vociferó entonces la Doctora Akagi, demandando alguna acción concreta de parte de la persona encargada de la operación contra el ángel.

—Ya no tenemos alternativa— masculló de mala gana —¡Aborten la misión! ¡Nuestra prioridad ahora debe ser el rescate del piloto y ponerlo a resguardo! ¡Expulsen la cápsula de inserción!

—¡Es imposible!— sentenció Maya, tajante —¡Todos los sistemas están fuera de control, no responden!

—¡¿Qué diablos…?!

Dentro de su cabina, que para él se había vuelto una funesta cámara de tortura, Shinji Ikari podía escuchar a todos parlotear sin sentido como urracas enloquecidas. Empero, todos esos vericuetos sin razón le parecían tan solo un murmullo lejano, completamente ajeno a él. Sus pensamientos se encontraban avocados solamente en el terror que le producía su inminente deceso a manos de un monstruo gigante cuyo origen e intenciones siempre le permanecieron ocultas. Moriría apenas en el despuntar de su vida y jamás podría saber el porqué. Aunque muy en su interior, tenía la certeza que nada de eso hubiera ocurrido de no haber sido tan estúpido como para dejarse convencer por su padre y toda la caterva de maniáticos estúpidos a sus órdenes. Los odiaba a todos ellos, por orillarlo hasta el extremo de su sanidad mental y arrastrarlo con ellos en toda esa locura. Cualquier persona sensata hubiera escapado de ahí a la menor oportunidad. Pero él no. Él se había quedado, yendo en contra de todo lo que le dictaminaba su sentido común, queriendo probarse frente a todas esas personas que ni siquiera conocía. Ritsuko, Misato, la chica de ojos rojos… su padre… ¿Quiénes eran todos ellos para él, apenas un día antes? ¡Nada! Y ahora perdería su vida a causa de todas esas personas que apenas habían entrado en ella. Un persistente, taladrante zumbido se apoderaba de su cabeza en tanto que el odio consumía todo su ser.

En el mundo exterior, el ojo restante del impasible Eva centelleaba con un resplandor de naturaleza incierta. Su mandíbula se abrió de improviso, para dejar salir un portentoso rugido de fiera salvaje que resonó como trueno por todas las inmediaciones.

—¡El Eva 01 se reactiva!

—¡No puede ser! ¡¿Cómo pudo hacerlo?!

—Se ha liberado— señaló Akagi, apenas con un hilo de voz, sus pupilas completamente dilatadas por el terror.

Antes que cualquiera atinara a salir de su estupor, incluso el propio ángel, el gigantesco hombre mecánico tomó impulso flexionando las rodillas y pegó un brinco felino que lo hizo volar por los cielos hasta caerle encima a su sorprendida presa, a la cual derribó debido al fuerte encontronazo entre ambos. Los pies extendidos de la entidad mecánica se habían incrustado sobre el pecho del monstruo, actuando como una formidable lanza, lo que a la postre le permitió encaramarse sobre su aturdida víctima.

Los dos titanes se enfrascaron entonces en un tenaz forcejeo, uno buscando liberarse del brutal agarre y el otro intentando con ahínco destrozar el rostro de su oponente. La aberración con mote celestial fue quien acabó triunfando, lanzando nuevamente por los aires al desenfrenado Evangelion, quien no obstante terminó aterrizando sin problema alguno sobre sus pies.

Ni bien había terminado de tocar el piso cuando el enloquecido robot dio la media vuelta y se lanzó a la carga en una frenética carrera, listo para abatir a su adversario una vez más, el cual aún no lograba recuperarse del anterior embate. Su marcha fue interrumpida de tajo por una barrera luminosa que se formó entre ambos contendientes, justo antes que sus puños pudieran alcanzar al atenuado monstruo.

—¡Un Campo A.T.!— pronunció pasmada la Doctora Akagi. Aquella era la primera vez que presenciaba aquél fenómeno con sus propios ojos.

—¡De nada te servirá atacarlo mientras ese escudo lo proteja!— indicó Misato al piloto, buscando poner un poco de mesura en toda esa barbarie.

El tripulante de aquella máquina fuera de control no pareció hacerle mucho caso, pues enseguida lanzó una seguilla de puñetazos que fueron a estrellarse sucesivamente contra la franja de luz que lo apartaba de su objetivo. Cada impacto sobre aquella barrera causaba una curiosa reacción que producía ondas similares a las vistas en la superficie de un cuerpo de agua al que se le lanza una piedra.

Al no obtener resultados, el ente mecánico detuvo su avance, retrocediendo un par de pasos como si acaso estuviera reflexionando la acción a seguir. De forma súbita, sin que nadie lo esperara, el robot extendió su brazo lastimado y enfrente de los pasmados ojos de todos los testigos el daño sufrido se desvaneció como un mal sueño.

—¡Esto no puede estar pasando!— estalló uno de los técnicos, casi levantándose de su asiento —¡El brazo del Eva 01 se ha restaurado por sí solo! ¡¿Cómo es eso posible!?

—Increíble— musitó Katsuragi en una mezcla de sorpresa y temor.

Sin darle importancia a las reacciones que provocaba en el público espectador, el artefacto con forma humana volvió a acercarse a su rival, a quién aún lo cubría esa curiosa barrera lumínica. Esa ocasión, en lugar de volver a asestarle golpes a locas y tontas el Evangelion introdujo la punta de sus dedos en medio de ese muro translúcido y comenzó a tirar hacia los extremos, como queriendo realizar una abertura en él.

—¡La Unidad Uno está desplegando su propio Campo A.T.!— detalló Maya Ibuki desde su lugar —¡Sus lecturas se están sobreponiendo a las del blanco!

—Está neutralizando el Campo A.T. del ángel— observó Ritsuko —Con que así es como podemos acabar con ellos…

El escudo que protegía a la criatura terminó deshaciéndose debido a la presión ejercida por el Eva. Triunfante y amenazador, el robot desbocado asomó sus fauces a través del espacio recién despejado, pero antes que pudiera alcanzar a su objetivo, los ojos vacíos del monstruo destellaron y antes que alguien se diera cuenta qué es lo que estaba pasando un torrente destructivo se precipitaba sobre el Eva 01. Aquella descarga energética arrasó con todo a su paso, recorriendo casi la extensión total de la ciudad, pero aún así no logró acabar con su blanco primario. El humo causado por la devastación aún no se disipaba cuando el gigante de acero se lanzó como un depredador sobre su pasmado adversario, a quien le sujetó y quebró ambos brazos sin darle tiempo siquiera de enterarse qué estaba sucediendo. Sin dejar de castigarle ambos miembros fracturados, el belicoso artefacto recetó a su víctima una soberbia patada en el pecho que lo mandó a volar y le arrancó limpiamente sus extremidades.

El desmembrado ser gigante se estrelló con varios edificios en su camino, a los que redujo a simple escombro en su desventurada trayectoria. No conforme con ello, el hombre mecanizado se lanzó a su encuentro para caerle encima y maniatarlo una vez que se detuvo. Con su enemigo postrado, el arma de NERV aprovechó la ocasión para soltar una lluvia de puñetazos sobre toda la castigada anatomía de su desvalido contrincante. Aquello había dejado de ser una pelea para devenir en una salvaje carnicería. El paisaje urbano de Tokio 3 comenzó a decorarse con los fluidos que emanaban a chorros de los destrozados tejidos de aquella abominación con cada nuevo golpe que se le daba. En una última instancia la máquina guerrera concentró sus embates sobre una estructura esférica ubicada justo en el área pectoral del monstruo, que comenzó a resquebrajarse como una baratija de cristal.

Vencido y humillado, el coloso utilizó el último hálito de vida que guardaba en su martirizado cuerpo para abrazar fuertemente a su agresor, enroscándose alrededor de su cuello para transfigurarse en una suerte de gigantesco globo que comenzaba a inflarse desmesuradamente. A pesar del desconcierto inicial, Misato tenía muy claras las intenciones de la criatura, tal como se lo hizo saber a todo mundo al gritar despavorida:

—¡Piensa autodestruirse!

En efecto, en un desesperado acto final, el ángel se había inmolado a través de un gigantesco estallido, buscando alguna retribución por su estrepitosa derrota, queriendo arrastrar a su oponente a su fin junto con él mismo. Una poderosa explosión se suscitó entonces, levantándose una enorme cruz que fue visible desde el espacio en el epicentro del impacto. La energía liberada vaporizó una gran porción de la ciudad y la onda expansiva resultante se encargó de deteriorar aún más la infraestructura urbana que aún seguía en pie. ¿Qué podría sobrevivir a ese infierno? A la Capitán Katsuragi sólo le interesaba la subsistencia de una sola cosa:

—¿Cuál es el estado del Eva 01?

Antes que cualquiera de sus subordinados pudiera responderle, una sombra masiva se dibujó en la estela de destrucción que sus monitores captaban. Lenta, pero decididamente, la Unidad Uno emergió victoriosa de entre las llamas, exhibiéndose ante todo mundo como un poder para ser temido y respetado en ese nuevo conflicto de escalas descomunales.

—Esa es… esa es…— las palabras se atoraban en los labios de la capitana, por lo que Ritusko tuvo que ayudarla a completar su oración:

—La verdadera apariencia del Eva…

Fue hasta entonces que Shinji volvió a saber de sí mismo, viéndose de vuelta a través de una espesa negrura que había cubierto todo. Las imágenes a su alrededor volvían a formarse, dibujándole aquél mundo al que estaba habituado. Sin saber bien como es que había salvado la vida, se vio una vez más sentado en la cabina del robot gigante que tripulaba, ignorante de momento de todas las circunstancias que lo condujeron hasta ahí. El barullo incesante que captaba a través de la radio no le ayudaba gran cosa para ubicarse.

—El sistema se ha restablecido. Las gráficas vuelven a su posición normal.

—Tenemos signos vitales en el interior del Eva. La supervivencia del piloto ha sido confirmada.

—¡Equipo de extracción, apresúrense a sacarlo de ahí!

—¡La protección del piloto es la máxima prioridad en estos momentos!

El jovencito respiraba agitadamente sin saber porqué, desubicado, experimentando un ataque de ansiedad sin saberlo. Se sentía a punto de morir, sin embargo. Dirigía la vista hacia todas partes, en busca de una respuesta, encontrando solo el asfixiante espacio de la cabina que lo envolvía como un ataúd y las imágenes de las tareas de rescate que le llegaban del exterior. De improvisto el casco del hombre mecánico finalmente cedió al daño recibido y cayó al piso hecho pedazos ante la pasmada vista de Ikari.

El edificio a su lado estaba tapizado con cristal reflejante, lo que le obsequió un mosaico del grotesco rostro que había debajo del yelmo de su máquina, el cual parecía salido de una espantosa pesadilla, pero que revelaba la naturaleza orgánica de las estructuras debajo de las placas de metal que conformaban la armadura del Eva. Por si esa repugnante visión no fuera suficiente, el horrorizado chiquillo presenció como un gigantesco ojo esmeralda se volvía a formar dentro de una de las cuencas vacías de aquella aterradora aparición. Lo peor de todo fue la terrible impresión de saberse observado por la inhumana mirada de aquél insólito ser cuya sola existencia parecía un crimen perpetrado contra todo lo sagrado. El joven piloto dio entonces un estentóreo grito de espanto que terminó desgarrando sus cuerdas vocales, para de inmediato refugiarse en el cobijo de la inconsciencia.

De vuelta en su realidad, casi veinticuatro horas después del evento, el muchacho se revolvía en su camastro, luchando contra su ansia de vomitar una vez que recobró sus memorias de lo sucedido. Una vez más la ansiedad hacía presa de él, su respiración agitada amenazando con hiperventilarlo y provocarle un colapso.

Afuera del cuarto, una vez que su baño había concluido, Misato se debatía sobre qué más podía hacer para mejorar el ánimo del nuevo piloto. Permaneció indecisa frente a la puerta por unos minutos, hasta que se resolvió a llamar, golpeando con la mano. Aún cuando no recibió respuesta del interior deslizó el acceso para hacer un pequeño espacio por donde asomó su cabeza. Kai continuaba profundamente dormido, pero en cambio Shinji seguía dando vueltas sobre el futón donde estaba acostado.

—Shinji, ¿ya estás dormido?

El chiquillo no quiso responder, pues al hacerlo dejaría de manifiesto su precario estado. Aún así, Katsuragi pudo entrever que aún permanecía despierto, por lo que empleando el tono más cortés del que pudo disponer le compartió sus pensamientos sin tapujos:

—Del modo que haya sido, debes estar muy orgulloso de lo que lograste. Hiciste algo muy bueno por muchas personas, eres un chico formidable, nunca olvides eso. Descansa, que te lo has ganado. Que tengas buenas noches…

Katsuragi volvió a cerrar la puerta de la habitación, con un mal sabor de boca. Si bien sus palabras fueron sinceras, a fin de cuentas le habían parecido huecas, estériles. Se estaba percatando que el camino para ganarse la confianza de aquél joven sería uno largo y sinuoso, donde no había garantías de alcanzar su meta.

Por otro lado, Ikari apenas si le había prestado atención. Aún sobresaltado y sin reponerse del todo, se preguntaba si acaso alguna vez lograría salir de aquél profundo pozo del cual no vislumbraba salida alguna y en el que él mismo se había metido al perseguir a un esquivo conejo blanco de cuya existencia no tenía certeza.