"I've been through the desert on a horse with no name,

It felt good to be out of the rain.

In the desert you can remember your name,

'Cause there ain't no one for to give you no pain…"

America

"A horse with no name"

Espera pacientemente, sumergido por completo en aquel profundo océano de la serenidad, sin ningún estímulo externo que lo perturbe. Se da el lujo de cerrar los ojos, e imaginarse flotando en la nada. El mundo desaparece y sólo queda él, con su conciencia individual. De repente, él lo es todo. Todo lo que existe, existió y existirá: el universo mismo. Antes que prosiguiera su viaje por el cosmos distante, un eco lejano de súbito lo transporta de nuevo a la materialidad. Una vez más se ve encadenado por la gravedad y peso de su cuerpo, del cual su alma amenazaba con salir presurosa para desenvolverse a su máximo potencial.

De nuevo se encontraba en aquella cabina, rodeado de aquél extraño líquido que penetraba en sus pulmones y el cual le permitía respirar a sus anchas. Ataviado con ese inusual traje azul que le habían proporcionado, el cual se extendía del cuello para abajo, ajustándoselo cómo una segunda piel gracias a un mecanismo instalado en ambas muñecas. Era de un color azul cielo, excepto por algunas partes en negro (los antebrazos y los muslos, además de las plantas de los pies) y en el pecho, hombros y espalda, que eran de un color azul claro, casi blanco. La vestimenta en pecho y espalda venía con un dispositivo especial para casos de extrema urgencia, un soporte vital para mantener al piloto con vida mientras recibía la atención médica correspondiente.

En definitiva, el muchacho se encontraba mucho mejor preparado que la primera vez que se había subido al robot a arriesgar la vida.

—¿Estás listo, Shinji?— preguntó entonces por la radio Maya Ibuki, quien se desempeñaba como asistente de la doctora Akagi y operadora de comunicaciones en el Proyecto Eva.

Maya era una tierna y encantadora joven de cabello castaño corto, de unos 22 años y unos rasgos adorables. Toda su humanidad transpiraba inocencia, como si no hubiese superado la pubertad. Bajita y esbelta, así era ella.

Todo formaba parte de un exhaustivo entrenamiento para acostumbrar al piloto al mecanismo y funcionamiento de su Eva, donde el ambiente externo se representaba mediante un sistema de proyección de hologramas bastante sofisticados y muy convincentes. Podía reproducirse la ciudad entera en sólo ese cuarto.

—Sí— contestó el muchacho, impasible. La expresión de su cara seguía siendo la misma, sin ningún cambio durante el transcurso del ejercicio. Parecía estar en trance.

—Muy bien— prosiguió la joven oficial —Procura memorizar dónde se encuentran dispuestos los suministros de energía para el Eva a lo largo de la ciudad. Durante el curso de un combate es muy probable que el cable umbilical se corte o su extensión se termine, en caso de que se llegue a presentar una situación así podrás reponer el suministro eléctrico en cualquiera de estás tomas de corriente. También hay disponible una gran cantidad de anaqueles que contienen diversas armas para tu uso y que también estarán ubicados en distintos puntos. Todo esto te será de gran utilidad durante una pelea, trata de tenerlo siempre en cuenta.

—De acuerdo.

—Continuaremos la lección del Modo de Inducción donde nos quedamos ayer.

Una figura gigantesca emerge de la nada, la proyección del ángel que había derrotado anteriormente. El chiquillo de inmediato tomó su arma, un rifle de asalto hecho a la monumental escala del Evangelion, cuyas municiones fueron descargadas sobre el blanco en gran cantidad, pero sin acertar una sola vez.

—Tienes que poner más empeño, Shinji, debes concentrarte— indicó la operadora —Primero hay que fijar el objetivo en la mira y sólo entonces jalar el gatillo.

—Objetivo en el blanco...— repitió el joven Ikari, mecánicamente y sin un dejo de emoción en su voz —Jala el gatillo…

Una vez más descargó el contenido de su arma, en esta ocasión con éxito, al acertar el tiro y haciendo estallar a su oponente imaginario.

—Bien hecho. Haz lo mismo con el siguiente.

Una nueva proyección surgió en el falso horizonte, lista para ser despachada de igual modo por el joven practicante.

—Objetivo en el blanco... jala el gatillo— murmuró el muchacho al repetir la acción, con el mismo resultado positivo.

—¡Lo estás haciendo excelente!— pronunció Ibuki, satisfecha con su desempeño —Trata de atinar a la mayor cantidad posible de objetivos durante un lapso de tiempo predeterminado por el sistema… piensa que estás en un videojuego…

—De acuerdo.

—Es extraño… Después de lo que le pasó, y dado su carácter, pense que Shinji saldría corriendo de aquí en cuanto pudiera, pero no lo hizo— le mencionó Maya a Ritsuko, quien seguía muy de cerca la práctica a sus espaldas —Me pregunto por qué habrá sido…

—No lo sé con certeza— confesó la científica —Pero pienso que lo más probable es que ya no tenga algún otro lugar a dónde huir... De cualquier modo, parece que sólo hace lo que otros le dicen— continuó, meditabunda —Es una lástima que esté desperdiciando su vida de esa manera, ¿no?

Mientras tanto, Ikari sigue entrenando, desinteresado de todo lo que pasaba a su alrededor, y aún de su propio entrenamiento, el cual realizaba sin ponerle empeño alguno, como si estuviera en otro mundo, ausente.

—Objetivo en el blanco... jala el gatillo…— repetía incesantemente como autómata, sin concentrarse del todo —Objetivo en el blanco...

Un grillo canta a lo lejos, buscando atraer a una hembra de su especie para poder aparearse. Lo mismo hace una rana toro, en un estanque que estaba quién sabe donde. Ellos son los que inauguran el coro nocturno, pero sus compañeros no tardan mucho en unírseles. Pronto, la noche parecía una enorme sala de conciertos y un motel a la vez, de las mismas proporciones. Tal situación se acentuaba aún más debido a la relativa calma que reinaba en aquel paraje en dónde estaba ubicado el edificio. En esa noche habría bastantes que no iban a poder dormir tranquilamente.

Eso, por el momento, a él no le importa. Con bastante calma prende un cerillo, que en la penumbra brilló tanto cómo un sol al momento de encenderse. Le hace casita con una mano, para que la brisa no fuera a extinguir el fuego, y con la otra lo aproxima al cigarro en sus labios. Al contacto con la flama el tabaco comienza a arder, despidiendo el humo con su tan particular aroma, el cual los antiguos colonizadores españoles en América afirmaban que hacía tener pensamientos felices.

Ya sin importarle si se apagará ó no, arroja el inservible cerillo por los aires, cayendo éste en el balcón del piso inferior. Él se encontraba sentado sobre el de su departamento. Su espalda cómodamente recargada contra la pared, y su pierna derecha colgando fuera del balcón. Eran unos 20 metros de altura pero aquella circunstancia no le incomodaba a Kai en lo absoluto al no padecer de cualquier clase de vértigo, bastante seguro de su posición. Eran otros menesteres los que lo agobiaban en aquellos momentos.

Inhala suavemente a través del filtro, albergando el humo en su garganta y sus pulmones, para poder degustarlo, saborear el extraño sabor del tabaco aspirado. Unos segundos después, exhala de la misma manera, con suma tranquilidad, una abundante bocanada de humo gris, el cual se fue dispersando en el fresco de la noche.

Los conquistadores hispanos tenían razón. Se siente más relajado, con la mente despejada, pero sin librarse de sus preocupaciones. Las tenía a la mano, guardadas en una carpeta. Se trataba de los informes de control de daños y de la Cruz Roja, al respecto del incidente Eva, hacía unas cuantas semanas atrás. Las cifras no eran nada alentadoras. 55 muertos. 121 heridos. 196 damnificados y 13 personas desaparecidas. Sabía que era inútil culparse por lo que le había pasado a todos ellos, pues las circunstancias que le habían impedido tripular al Evangelion escapaban de su control. Pero de todas formas, por más que se tratara de convencer de ello, no había manera en la que pudiera sacudirse el sentimiento de culpa que lo aquejaba por haber llegado demasiado tarde para salvarlos.

Por la ventana echa un vistazo al interior del cuarto. Allí, en el suelo, en una de esas camas japonesas, se encontraba él, revolcándose de un lado para otro sin poder conciliar el sueño de nueva cuenta. En todo el tiempo que tenían compartiendo un mismo techo jamás lo había visto descansar del todo. Pobre. Igualmente, debía de tener bastantes mortificaciones que lo acosaban y no lo dejaban en paz. La falta de un buen descanso puede poner a una persona de un muy mal humor. Pero Shinji no hacía nada por demostrarlo, por desembarazarse de ese enojo. Más bien lo contenía, sin dejar que la presión se liberara un poco. Parecía un globo que lo inflaban más de la cuenta, expandiéndose hasta reventar. Era justamente lo que pasó aquella noche.

Eva no debería usarse de esa manera, era todavía más peligroso. Ese peligro seguiría vigente si Ikari continuaba siendo un piloto. Él no estaba preparado para una experiencia de ese tipo. Se podría lastimar a sí mismo, y a los que le rodeaban. Era un riesgo innecesario de correr. No obstante, sentía cierta clase de remordimiento al observarlo, una necesidad de ayudarlo y librarlo de esa carga a la que se sometía. Quién sabe, quizás veía en él un reflejo de lo que pudo haber sido, de no ser por la intervención de Misato. Debía hacerlo. Era la razón por la que ella lo había traído. Para ayudarlo.

Más sin embargo, una duda lo asalto al instante: ¿sería capaz de salvarlo de él mismo?

¿Y qué tal si no quería ser salvado?

Amanece. Habiendo dormido muy poco, Shinji se levanta, y maquinalmente comienza su rutina de todas las mañanas. Con sumo cuidado guarda su futon en el armario correspondiente, teniendo cautela de no despertar a su compañero de cuarto. Tarea sencilla. Ni un terremoto lo hubiera despertado en aquellos instantes. Dormía plácidamente, en un sueño muy profundo, ahí, en su cómoda cama de colchón, con sus dos almohadas y su cálida cobija térmica. Por si no fuera poco, roncaba entrecortadamente. ¿Cómo podía dormir tan tranquilamente? Debía tener una gran paz interior para que su sueño no fuese tan fácilmente velado. No sin un poco de rencor, el muchacho abandona la habitación, deslizando suavemente el fusuma (puerta deslizante hecha de papel, la cual se usa para la división de cuartos en las casas japonesas), haciendo un ruido seco al golpear éste en la pared.

Luego de un austero desayuno, con sumo desgano recogió sus cosas para encaminarse a la escuela. Una valija de mano con unos cuantos libros de textos eran la única herramienta que llevaba consigo. Desde hacía un par de semanas comenzó a asistir a clases. Cómo en todos los aspectos de su vida, no se destacaba mucho en sus estudios, ya que aunque no tenía malas calificaciones tampoco era conocido por su rendimiento sobresaliente. Un estudiante promedio, en toda la extensión de la palabra. Antes de emprender camino tocó a la puerta de la propietaria del lugar, quién aún seguía encaramada en su lecho.

Tímido, cauto, entreabre la puerta para asomar su cabeza al interior del cuarto.

—Misato, ya es de mañana.

Cómo agonizante, sumamente débil y cansada, la mujer responde sacando la mano derecha de la colcha con la que estaba toda cubierta, haciendo señas para darse a entender.

— Tuve que quedarme en el turno nocturno anoche— dice, casi murmurando —No tengo que ir a la oficina hasta por la tarde, ¡así que sólo déjame dormir!

—Como quieras…

—¿Cómo te va en la escuela?

—Bien.

—¿Kai te va a acompañar hoy?

—No lo creo. Aún sigue dormido, y no quisiera despertarlo.

—Muy bien... hoy es martes, no se te vaya a olvidar sacar la basura.

—Como digas.

Sin decir más el chiquillo volvió a cerrar la puerta, alejando sus pasos de ese lugar. La militar asoma su rostro demacrado por entre la cobija, como queriéndose cerciorar de algo. Una palabra se le atora en la punta de la lengua. Sigue en esa misma pose por unos cuantos momentos, hasta escuchar la puerta de la entrada cerrándose.

Con la seguridad de que su huésped se ha ido, dejó caer pesadamente la cabeza sobre su almohada, suspirando. Casi de inmediato, lanza lejos de sí todo lo que la cubría, levantándose pesadamente, para luego dirigirse al cuarto contiguo, con los pies desnudos, donde el jovencito que yacía en su interior parecía estar inmerso en un profundo estado comatoso, ajeno a todo cuanto acontecía a su alrededor.

—Kai...

Katsuragi hubo de esperar unos momentos, para ver si había alguna respuesta. Nada. El infante seguía profundamente dormido.

—Kai...

En ese segundo intento se resolvió a sacudirlo para provocar alguna reacción. El muchacho frunció el ceño, aún inconsciente, pero con obvia molestia. Se volteó de lado, esperando estar más cómodo, ignorando las constantes misivas de su guardiana, que creía formaban parte de sus locos sueños. No era así.

Cansada de tener que lidiar con él en ese estado, bruscamente la mujer despoja de un jalón al chico de la cálida cobija con la que estaba cubierto, además de la almohada en la que tenía apoyada la cabeza, rebotando ésta contra el colchón al momento de caer. Lo súbito de la impresión provoca el despertar del chiquillo.

—...ah... frío... — balbucea de manera incoherente a la par que se revuelca por toda la cama, con los ojos entrecerrados, costándole trabajo despabilarse por completo.

Misato lo ayudó entonces a incorporarse, quedando sentado en la propia cama. Se estaba tomando su tiempo para comenzar el día. Bosteza. Se talla los ojos. Se rasca la cabeza. Vuelve a bostezar. Se cuelga de la mujer, propinándole un cariñoso beso en la mejilla.

—¿No crees que se te olvida algo?— le dice ella, con una sonrisa en los labios.

—Eh...— vaciló un poco, volteando al techo, antes de responder —¿Buenos días?

—No— contestó ella, severa —Yo me refería a la escuela, ¿qué tampoco piensas ir hoy?

—Pues no… no, no creo que hoy tenga ganas de ir a ese lugar— respondió el chiquillo sin más, abalanzándose hacia un lado de la cama —Creo que puedo aprovechar mejor mi mañana si me quedo a afinar mi guitarra— dijo mientras sujetaba dicho objeto instrumento, colocándoselo en las piernas —Ya llevo algún rato sin practicar...

Ejecuta algunas notas, deslizando sus dedos por las cuerdas del instrumento. Buscando los tonos adecuados, aprieta los dientes de éste hasta obtener el resultado deseado, escuchando atentamente la siguiente cuerda.

—"What if God was one of us? Just a slob like one of us?— comenzó canturrear una lenta melodía en ingles —"Just a stranger on the bus, trying to make his way home…"

—Puedes hacerlo después. Ahorita necesito que te vistas de inmediato para ir a la escuela— Katsuragi ordenó tajantemente en su tono de capitana, apartando la guitarra del muchacho.

—Maldición— refunfuñó el joven, sumamente molesto —¡Hooola! ¡Soy el Doctor Rivera, afamado científico y toda una autoridad en diversas áreas! ¿En verdad esperas obligarme a ir a la escuela secundaria? ¡Já! ¡Buena suerte con eso! Además, aún no he acabado con mis obligaciones en el cuartel, tu sabes que hay que finalizar la construcción de esa Unidad Z cuánto antes.

—Serás el doctor de todo lo que se te antoje, pero eso no quita que sigas siendo un mocoso bajo mis órdenes… en cuanto a la Unidad Z, estoy segura que el personal puede encargarse de todo perfectamente hasta tu regreso— sentenció la mujer, aprisionándolo entre sus brazos antes que el muchacho pudiera salir del cuarto y darse a la fuga — Son sólo seis horas. Y si hay alguna contingencia, te avisarán por tu celular de inmediato.

—¿Porqué me haces esto?— interrogó entonces Rivera, abatido, impedido de liberarse de ese cálido y reconfortante abrazo.

—Quisiera que acompañaras a Shinji— confesó —Que le ayudes a adaptarse a su nuevo ambiente, a relacionarse con los demás, a hacer amigos...

—¿No quieres que de una vez lo acompañe al baño y le ayude a limpiarse?— preguntó el muchacho con marcado tono sarcástico —No puedo estar todo el tiempo detrás de él, tiene que arreglárselas solo.

—Sabes muy bien que no puede— aclara Katsuragi —No con su carácter… ¡Es tan tímido, tan desconfiado, tan...!

—¿Dañado?— se apresuró a completar su acompañante, interrumpiéndola —¿Sabes? He estado pensando mucho al respecto... tal vez lo mejor para todos sería que Shinji se fuera del proyecto... es muy inestable... a la larga, podría ser peligroso...

—Sabes que nos faltan pilotos, tenemos que echar mano de todo lo que tengamos disponible— respondió la dama de cabellera oscura, liberándolo de sus brazos —Además sé que ese chico tiene mucho potencial, es sólo cosa de encaminarlo para que lo descubra…

—¡Pero claro, ese buenazo de Shinji tiene muchísimo potencial! ¡Y yo soy el hado mágico de la felicidaaad y estoy aquí para ayudar a los pequeños de bondaaad!

El chiquillo comenzó a cantar y bailar afeminadamente, dejando en claro su predilección por el uso constante del sarcasmo durante sus conversaciones.

—El caso es que Shinji ahora está aquí, con nosotros— dijo Misato, sin hacer caso de sus amanerados ademanes —Y quiero hacer todo lo que esté de mi parte para ayudar a ese muchacho, no solamente ignorarlo como hacen todos los demás.

—Incluso su padre.

—Exacto— asintió entonces la capitana, viendo con agrado que sus argumentos le estaban dando resultados. De esta forma, tuvo la confianza suficiente para insistirle una vez más, a sabiendas que su triunfo estaba próximo y que solo faltaba un empujón más para que el jovencito accediera a sus designios —Anda, ponte el uniforme y ve a la escuela. Además, allá podrás ver a Rei mucho más tiempo... ¿ó es que no sabías que de nuevo ya está tomando clases?

El muchacho de inmediato comenzó a desvestirse, en un súbito cambio de ánimos, buscando desesperadamente la camisa de su uniforme escolar, que debería estar tirada en algún lugar del piso, además de su mochila casi nueva, la cual rara vez utilizaba.

—¡Por Dios, ya se me hizo muy tarde! ¡Nunca llegaré a tiempo! ¡No te quedes ahí parada nada más, ayúdame a encontrar esa cabrona camisa, sé que está por aquí, en algún lugar! ¡Diablos, no tengo tiempo para desayunar, compraré algo por allá!

El astuto plan de Misato dio fructífero resultado y en apenas un suspiro el muchacho ya estaba corriendo desbocado a ese lugar al que había estado tan renuente a asistir apenas unos minutos antes. Él tenía mucha razón, la verdad no había motivo para que fuera a clases, salvo la de comenzar a sincronizarse con los que algún día serían sus compañeros pilotos, una vez que tuvieran que combatir juntos. Aún así, estaba consciente que el ambiente escolar debería ser sofocante y represivo para un niño dotado como él. Ciertamente que una fábrica de profesionistas para el Estado no era el lugar idóneo para mantener interesado un intelecto de ese tamaño.

Una vez que el joven partió, dejándola sola en el apartamento, a excepción de Pen Pen, la capitana se decidió a tomar una ducha. Total, ya estaba despierta y no le veía mucho el caso a volver a la cama a dormir. Podría aprovechar su tiempo libre en terminar de desempacar, ó quizás ponerse a afinar por sí misma la guitarra de Kai. Hacía mucho que ella tampoco practicaba, y era menos tedioso que hacer las labores de la casa. Quizás hasta podría jugar un rato con el pingüino. Justo cuando acaba de ingresar al baño, reposando alegremente en la tina llena de agua tibia, deliciosa y reconfortante, recibió una inoportuna llamada telefónica, que pudo contestar por su celular. Benditos teléfonos celulares que se pueden usar hasta en el baño. Hubiera odiado tener que abandonar aquel exquisito placer para atender al llamado.

—¿Bueno? Ah, eres tú, Ritsuko.

—¿Cómo has estado?— preguntó Akagi —¿Y qué tal van las cosas con él?

—¿Quién? Ah, te refieres a Shinji. Ya hace rato se fue a la escuela. Ya han pasado dos semanas desde que lo transfirieron a esa escuela, pero él sigue siendo el mismo de siempre. Además, me preocupa que no ha recibido una sola llamada.

—¿Llamada?

— Le compré un teléfono celular, por si había que contactarlo rápidamente. Parece que no lo ha usado, y nadie lo ha llamado. No creo que tenga amigos, y la verdad Kai no ayuda mucho que digamos en ese aspecto. Creo que está celoso, ó algo así… tal vez está molesto por tener que compartir el cuarto.

Y hablando de dicho lugar, precisamente ahí, arrumbado en un cajón de escritorio, estaba arrumbado el mentado celular de Ikari, apagado y sin haber usado un solo minuto del tiempo pre-pagado del que disponía cuando se lo entregaron.

—Bueno, Shinji no parece del tipo que haga amigos fácilmente— respondió su compañera al otro lado de la línea —¿Has oído hablar del "dilema del erizo"?

—¿Erizo? ¿Ese animal que tiene los cabellos como espinas?— preguntó Misato.

—Ese mismo. Si un erizo desea compartir su calidez a otros erizos, mientras más se acerca más lastima a los otros. Lo mismo ocurre con algunas personas. Es porque está asustado por todo lo que ha padecido que se comporta de esa manera, tan precavida, alejando a todo aquél que quiera acercarse.

—Entonces, él debe darse cuenta que cuando la gente crece adquiere un sentido de distanciamiento de los sentimientos de otros— contestó la fémina con rango militar.

—Muy cierto— corroboró su compañera.

A pesar de la tardanza, Kai se las ingenió para llegar a tiempo a la escuela, saltando la barda y eludiendo a los prefectos del plantel. En todo el mundo, lo único igual son los aeropuertos y los salones de clases: varios chicos aquí y allá, platicando y jugando, durmiendo ó reflexionando, lo que hace una variedad muy peculiar. Aunque el idioma cambie, el país y la raza, son en realidad muy pocas las variantes y muchos los lazos comunes. Claro que había sistemas más estrictos que otros, y ahí era en donde se diferenciaban los países desarrollados de los no desarrollados. Al muchacho se le revolvió el estómago al entrar al recinto, observando la escena y los tonos grises uniformes que predominaban en el edificio. Se tuvo que armar de valor para introducirse dentro de ese bullicio y mezclarse con los demás, mientras que no podía quitarse de la cabeza un estribillo de "The Wall", probablemente la canción más conocida del célebre grupo británico Pink Floyd:

"We don´t need no education,

We don´t need no thought control,

No dark sarcasm in the classroom,

Teachers leave them, kids alone…

Hey! Teachers! Leave them, kids alone!

All in all it's just another brick in the wall,

All in all you're just another brick in the wall!"

El incauto jovencito al que acabó señalando aleatoriamente cuando terminó el coro en su cabeza salió corriendo despavorido, creyendo estar tratando con un lunático, una vez que todo el alumnado lo había seguido atentamente mientras marchaba con paso marcial al compás de la música que imaginaba escuchar.

—No es un amante de la buena música, al parecer— pronunció Rivera en voz alta, aunque no estuviera hablando con alguien y sin dejar de apuntar hacia el frente con su dedo índice, lo que parecía confirmarle a los demás muchachos su endeble estado mental.

Su presencia es notada en cuanto cruza la puerta de su salón de clases, sobre todo por las jovencitas. Su altura, su complexión, su caminar, aquellos ojos verdes y su tez bronceada… habría que pensar en el impacto que un extranjero de ese tipo ocasionaba en las muchachas niponas, teniendo en cuenta que eran bombardeadas desde pequeñas por los estándares occidentales de la belleza y gallardía.

—...Yuki, mira...

—...es él...

—...ha regresado...

—...y yo que creí que ya no volvía...

—...qué bien...

—...qué guapo...

—...¿ya viste sus ojos?

—...hermana, sus ojos son lo último en lo que me fijaría...

—...qué músculos...

—...y esas grandes manos...

—...quisiera que me tomara entre sus brazos...

—...cómo quisiera que fuera mi novio...

—...qué lastima, él será todo mío...

—...si yo te dejo...

El joven ya se había acostumbrado hacía mucho al singular efecto que provocaba en sus condiscípulas, por lo que no prestaba atención al cuchicheo causado por su presencia. Antes de internarse al aula escaneó con la mirada todo el lugar, cómo si estuviese buscando algo, hasta que por fin se detiene cuando su pesquisa le hizo dar con su objetivo.

Allí estaba la criatura más bella, hermosa y exquisita que se pudiera imaginar jamás. Aún con todas esas vendas, aún estando tullida y maltratada. Ese cabello tan raro, como el color del cielo, esos ojos rojos como brasas ardientes, su expresión triste, melancólica. Su nombre era Rei Ayanami. Su edad, 14 años cumplidos a la fecha. Estudiante por obligación, piloto del Eva 00 de la misma manera. Fue su imagen la que se apareció ante Shinji en aquella estación de trenes. Era ella la que estaba dispuesta a sustituirlo, aún estando seriamente lastimada. Tan pensativa y taciturna como era su costumbre. ¿Qué pensamientos giraban en esos momentos en esa cabeza suya? ¿Qué intensos sentimientos se ocultaban detrás de esa gris fachada? Moría por saberlo.

Se quedó algún rato entregado a la exhaustiva contemplación de la jovencita, hasta que ella pareció darse cuenta de su presencia, avisada cómo por un piquete. Toda su humanidad se estremeció entonces y rápidamente dirige la mirada hacia donde se encuentra el chico que requiere de su atención; aunque eso sí, hay que decirlo, todo esto lo hace con suma discreción y sin cambiar un solo instante su semblante. Las miradas de los jóvenes habían quedado conectadas una con la otra, trenzadas en feroz combate: el esmeralda de las pupilas de Rivera en contra del carmesí de las de Ayanami.

Presa al fin de su nerviosismo adolescente, Kai interrumpió aquél trance al gesticular con la mano a modo de saludo y esbozando una incipiente sonrisa. Sin darle respuesta alguna, la muchachita regresó su ecuánime rostro a su posición original, mirando fijamente el pizarrón de enfrente e ignorando por completo al atolondrado aspirante a Romeo.

"No sé cuanto más de esto aguante mi corazoncito de melón" reflexionó el desairado chiquillo mientras arrastraba sus pasos dentro del salón de clases, uniéndose a los otros estudiantes ya presentes, entre ellos Shinji Ikari.

Rivera se colocó justo detrás de él, la principal causa de que él estuviese allí. Su compañero estaba en esos momentos con la nariz pegada a un libro de cálculos y problemas algebraicos, además de traer puestos los audífonos de su reproductor musical, debido a lo cual se encontraba completamente sustraído de todo cuanto acontecía a su alrededor, situación que aprovechó el recién llegado para colocar sus manos sobre los hombros del incauto chiquillo.

—¡Qué onda, perros!— gritó entonces a viva voz, llamando la atención de propios y extraños y provocando que al joven Ikari por poco le diera un ataque, dado lo repentino e inusual de su aparición —¿Qué cuentan, maeses orates? Su master, Kai Katsuragi, está aquí para avisarles a todos ustedes, locos, que este bato de aquí es Shinji Ikari y es mi brother del alma, casi mi sangre, esos…¡así que desde ya me lo respetan ó me los trueno en un buen plan, palabra! ¡Paz, ojetes!

Durante el transcurso de toda su exposición Kai no había dejado de hacer gesticulaciones sin sentido con las manos y dedos, ni tampoco de bailotear como si estuviera a punto de orinarse en los pantalones. Había efectuado la totalidad de su discurso empleando un supuesto tono de pandillero, llegando al extremo de colocarse los pantalones por debajo de la cintura, dejando entrever una franja de los bóxers que usaba debajo de ellos.

Si acaso con todo eso había pretendido impresionar a sus compañeros estudiantes lo único que había conseguido es que todos se le quedaran viendo como a un bicho raro. El que él también estuviera envuelto en todo ese desastre exasperó a Ikari en sobremanera, colgándosele al otro muchacho del hombro para arrastrarlo hasta tenerlo cara a cara.

—¡Deja de estarme poniendo en ridículo!— reclamó airadamente, con justa razón. Todo el empeño que había puesto en pasar desapercibido tanto tiempo se había ido al caño debido al ridículo despliegue de Rivera Lo peor de todo, había quedado exhibido junto con él como un idiota —¡¿Y qué diablos te crees que eres, hablando de esa forma tan estúpida?!

—Pues… estoy empleando el lenguaje de los jóvenes… trato de acoplarme a los usos y costumbres de estos aborígenes para ganarnos su aceptación…

—¡Para tu información, nadie que conozca habla así! ¿Dónde carajo crees que estamos?

—¿En serio? ¡Caramba, parece que ya no estoy en onda! Con estas tendencias de la moda tan cambiantes, ya no puedo distinguir qué es chévere y que no lo es…

—¿Qué estás haciendo aquí? No creí que fueras a venir hoy— pronunció su condiscípulo, extrañado por la repentina familiaridad con que lo trataba, y su modo tan amigable —Es más, no pensé que fueras a venir algún día.

—Estoy aquí para que no tengas que sufrir este suplicio tú solo, amiguito— le dijo, alzando su pulgar derecho y pasando de su tono hostil —Además, la vista que tengo aquí no podría encontrarla en otro lugar…

Su vista acuciosa volvió a dirigirse al otro extremo del recinto, donde se encontraba sentada la taciturna jovencita en la que estaba tan interesado.

—Vaya, señor Katsuragi— fueron interrumpidos por una estudiante que se les acercó —Nos honra con el placer de su visita.

—Al contrario, Hikari, el gusto es todo mío— contestó Kai en el acto.

—Tengo que pedirle que en lo futuro evite este tipo de exabruptos y ojalá que pueda aportar algo más a la clase que no sean sus ronquidos— continuó la muchacha, exagerando a propósito en sus modales —Ah, y por favor, dentro del salón de clases llámeme "Concejal", ¿de acuerdo?

—Puedo ver en tus ojos una gran fuerza y determinación, Hikari-chan— respondió entonces, sin hacer mucho caso de las sugerencias que se le daban y utilizando descaradamente el sufijo japonés que indicaba afecto. Confianzudamente, y sin que la jovencita pudiera hacer algo por evitarlo, estrechó sus pequeñas manos entre las suyas mientras la miraba fijamente, con un intenso rubor asomándose en las mejillas pecosas de la muchacha —Eres una líder nata, te auguro un futuro brillante, prometedor, con un montón de gente bajo tu mando… cómo quisiera que pudieras compartir ese futuro conmigo, dejándome a estar a tu lado…

—¡Ya deja de hacerte el payaso de una vez!— prorrumpió Hikari, zafándose de un manotazo para enseguida voltearse para ocultar su rostro abochornado —¡Ni creas que tu falsa galantería te funciona conmigo!

Rivera hubiera querido seguir atosigándola, pero en aquél momento la imagen de Misato acudió a sus pensamientos.

"Recuerda" decía ella, vestida solamente con su diminuto short de mezclilla raída y un top deportivo color blanco ceñido a su torso, el cual se encontraba empapado al estar lavando el auto de forma muy sugerente pero poco práctica, pues casi toda la limpieza la hacía restregando su voluptuoso cuerpo sobre la carrocería del vehículo "Tu misión principal es hacer que Shinji obtenga más confianza en sí mismo y pueda hacer amigos… además, en serio que deberías dejar de tener esta clase de fantasías conmigo… ¡Peeerdeeedooor!" La Capitán Katsuragi hizo entonces una "L" extendiendo sus dedos pulgar e índice, colocándoselos sobre la frente para entonces sacarle la lengua de forma grosera. Sin más, se subió a una mini moto y emprendió camino, perdiéndose rápidamente en el horizonte.

—¿Y por qué ella sí puede tener una mini moto y yo no?— reclamó Kai en voz alta, luego de pasar algún rato en silencio rascándose la barbilla sin decir palabra, no importándole la mirada de extrañeza que le dirigían sus desconcertados acompañantes —Cómo iba diciendo… ¿Acaso ya se conocen?— preguntó el muchacho, al notar que ambos se miraban el uno al otro con insistencia, aunque no por los motivos que él se imaginaba, sino más bien preguntándose cuál era su problema —Shinji, quiero presentarte a Hikari Hokkari, nuestra concejal de grupo y representante, quien por cierto, es soltera… Hikari, él es Ikari Shinji-kun, estudiante de recién ingreso y quien por cierto, nunca ha tenido novia.

—Ya nos conocíamos— contestó Ikari un poco fastidiado, pero sin dejar de saludar cortésmente con una respetuosa inclinación de cabeza a la jovencita —Ella fue quien me puso al corriente con la clase; ¿y tú que sabes si he tenido novia ó no?

—Es esa clase de cosas que ya se saben sin preguntar….

—Bueno, tengo que irme, la clase está por empezar— dijo la chica, despidiéndose, apurada por alejarse lo antes posible —Mucho gusto, Ikari, avísame si te puedo ayudar en algo más.

—Muchas gracias, concejal, así lo haré— se despidió Shinji del mismo modo, para que luego la jovencita se pudiera retirar finalmente.

Era una menuda mujercita. Simpática, y esbelta, con un rostro sencillamente adorable. Pecosa y con su peinado de trencitas, de cabello negro y ojos del mismo color, de sonrisa fácil y sincera: el arquetipo perfecto de la escolar japonesa.

—¿Qué te parece?— le pregunta Kai a su compañero, viéndole las espaldas a la muchacha que se había dado a la fuga —Bonita, ¿no te parece?

—Sólo déjame en paz, por favor— suspiró el joven de cabellera oscura, fatigado de tener que lidiar tanto tiempo con aquél simplón —¿Por qué no encuentras algún asiento disponible y tratas de pasar lo que queda de la mañana sin parecer un loco?

—¿Quieres decir toda la mañana? Será un poco difícil, pero descuida, lo haré por ti, bro

Katsuragi entonces tomó su mano sin pedirle permiso, desarrollando un intrincado saludo de varios pasos que finalizaba con un leve choque de puños.

"¡Dios! ¿Cómo alguien que se supone que es tan listo puede ser tan imbécil?" se preguntaba Shinji, sumamente apenado, apurándose a esconder su enrojecido rostro; en tanto, su compañero de cuarto brincaba filas de asientos para llegar hasta el que estaba justo a lado de Ayanami.

El que dicho lugar ya estuviera ocupado no representaba inconveniente para él, como se lo hizo saber al jovencito que lo observaba confundido:

—¡Hola, viejo!— pronunció de forma casual, parándose frente a él —Esto es algo chistoso, pero me parece que estás sentado en mi lugar…

—No… no lo creo… este ha sido mi asiento desde que empezó el curso… viejo…— le respondió el intimidado chiquillo con apenas un hilo de voz.

—¿En serio? ¿Me estás llamando un mentiroso, entonces? ¿Un asqueroso mentiroso esquizofrénico que en cualquier momento puede estallar y perder el control por algo tan simple y absurdo como una butaca en un salón de clases, convirtiéndose en un peligro para sí mismo y todos los que le rodean?

Si bien la sonrisa en su cara nunca se borró, Rivera fue aumentando paulatinamente el volumen de su voz hasta casi gritarle al oído a aquél infortunado muchachito, quien a fin de cuentas hubo de ceder con tal de salvaguardarse:

—¿Sabes qué? Ahora que lo pienso… tienes toda la razón… ¡soy tan torpe! Me senté sin querer en tu lugar… discúlpame, por favor…

—No te preocupes, todos cometemos errores, somos humanos, después de todo— asintió Kai, complacido, empleando un tono más benévolo —Ahora deja de hacerme perder el tiempo y piérdete… si es que no es mucha molestia…

—¡Para nada!

De inmediato el joven tomó apuradamente sus pertenencias y desalojó el codiciado asiento, procurando quedar a la mayor distancia posible de aquél enfermo.

—¡Vaya tipo!— Katsuragi se dirigió entonces a la chiquilla a su lado, quien no prestaba atención a nada de lo que acontecía en su entorno —¡Seguramente no pierde la cabeza sólo por que la trae pegada al cuerpo! ¡Je, je… je!

El gélido trato de la jovencita de mirada escarlata lo hizo desistir de cualquier otro intento por comunicarse con ella. Se limitó a acurrucarse en su asiento recién ganado, frotándose los brazos con insistencia.

—¡Qué frío siento, tan de repente!

Algunos lugares detrás de ellos se encontraba otro chico, jugando con un helicóptero a escala y una cámara de video. Delgado, pálido y de anteojos, realmente parecía estar disfrutando su peculiar actividad. Sumergido en sus fantasías belicosas, no puso mucha atención a la concejal que se iba acercando a él, hasta que la tenía frente a sí, y no después de que ésta lo observó con extrañeza por un largo rato. Apenado, el infante baja su juguete y el aparato de grabación, risueño, como tratando de excusarse.

—¿Qué es lo que pasa, concejal Hokkari?— interrogó por el motivo de la visita.

—La matrícula de Suzuhara— espetó la chiquilla con peinado de coletas, cruzándose de brazos —¿Ya se la hiciste llegar, tal y cómo te lo encargué?

—No he tenido oportunidad— contestó de inmediato —Parece que no hay nadie en la casa de Toji en los últimos días.

—Es extraño, Aida— comentó la muchacha con gesto de mortificación —No ha asistido a clases en las últimas dos semanas, ¿a qué se deberá?

—No sé— dijo el joven, que continuaba sentado y tomando nota del semblante preocupado de su compañera —Tal vez podría estar gravemente herido, ó algo así...

—¿Eso crees? ¿Por lo del robot?— le cuestionó la chiquilla, para de inmediato negar con la cabeza y aclararle: —En los noticieros dijeron que no hubo heridos.

Katsuragi, de espaldas a la conversación, con sólo escuchar la palabra "robot" aguzó de más su fino oído, para seguir el rumbo de la plática. Quizás algo de lo que se tratara en ella podría ser de su incumbencia.

—¡Imposible!— se alebrestó al instante el muchacho —¡Tú viste el centro de la explosión, en plena ciudad! No solamente las unidades de Iruma y Komatsu fueron movilizadas, sino que también las de Misawa y Kyushu. Estoy seguro que debió haber habido más de 20 ó 30 heridos, y muy probablemente algunas bajas.

El niño estaba muy agitado, más de lo que debería estar. Era obvio que sabía de lo que hablaba, por lo tanto se molestaba cuando alguien se atrevía a contradecirlo, por lo menos en ese campo.

Kensuke era muy listo, pensaba Kai, quizás más de lo que le convenía. Si seguía abriendo la boca de esa manera, llegaría algún día en que lo lamentaría. No le convenía para nada armar ese tipo de escenas, y menos en un lugar público como lo era el colegio. Alguna persona indeseable podría escucharlo, y eso le iba a costar muy caro.

En eso, la puerta del salón de nuevo es abruptamente abierta, tal como pasó cuando él llegó al aula. Toda la clase, extrañada, voltea hacia aquel lugar, para ver pasar a otro joven tan alto como lo era Rivera, y de su misma complexión atlética, vestido con la ropa deportiva escolar, calzando unos costosos tenis de marca. En contraste, cargaba un humilde morral donde guardaba sus enseres escolares. Pelo negro levantado con una gran cantidad de gel y expresión seria, algo curtido y soleado para alguien de su edad. Sin prestar atención a las miradas que tenía clavadas, se abrió paso hasta su lugar, adelante del de Aida. Al pasar junto a Kai y Rei no pudo evitar levantar la ceja, sorprendido al igual que todos los mdeás de su presencia, y a la vez viendo con extrañeza a Shinji, quién le resultaba una cara completamente desconocida.

—¡Toji!— exclamó el muchacho que usaba gafas, saludándose con un fuerte apretón de manos, después de días de no haberse visto.

—Suzuhara— murmuró Hikari al contemplar al recién llegado, mientras la sangre se agolpaba en sus mejillas.

—El salón está ahora muy vacío— advirtió el recién llegado, cuando tomó asiento en su lugar y percatándose que había varios de ellos vacíos regados por toda el aula.

—Evacuación, evacuación— explicó su condiscípulo, atrás de él —Muchos fueron transferidos a otras escuelas; ¿y cómo no? Aquí se está desatando una verdadera guerra.

—Parece que eres el único que disfruta el que se estén dando estas batallas— replicó Suzuhara, al notar la emoción en la voz del chiquillo —¿Y aún así, con tanta gente escapando, al maniático de Katsuragi se le ocurrió regresar?— espetó luego, aunque en voz baja, casi susurrante, cuidándose de no ser escuchado por el susodicho —No creí que tuviera el descaro de volver a mostrar su fea cara después de todo lo que pasó la última vez que vino a la escuela… la pobre Ayanami aún parece muy lastimada…

—Seguramente que sí, aunque sabes que lo mejor es no involucrarse demasiado con cualquiera de los dos... pero dime, tú tampoco te asomaste por aquí por un buen rato. ¿Qué fue lo que te pasó?

—A mí no... a mi hermanita— suspiró, casi convirtiéndose en sollozo, apoyando la barbilla en el pecho —... mi hermanita... estaba sola en la casa cuando todo ocurrió... y el techo... se le vino encima... apenas la pudieron salvar, pero desde entonces ha estado en el hospital. Mi papá y el abuelo trabajan en ese centro de investigaciones, NERV, ó cómo sea que se llame, y no pudieron abandonar sus puestos hasta ahora. Si yo no la acompañaba, la pobrecilla se hubiera tenido que quedar sola todo este tiempo. ¡De todos modos, ese piloto del robot estaba completamente loco!— arguyó, levantando el rostro, sumido en la ira —Se supone que era el que nos iba a defender, pero casi destruye toda la maldita ciudad. ¡Eso me hace encabronar!

Tanto Ikari como Rivera, de espaldas, pudieron escuchar con toda nitidez los reclamos de su compañero, y a ambos les caló hondo la recriminación, a uno más que a otro, Sólo se pudieron encoger, esperando desaparecer por completo.

—Por cierto— comentó Kensuke —¿No has escuchado lo que dicen sobre el nuevo?

Qué pregunta tan estúpida. Si el adolescente no había ido a la escuela en dos semanas era obvio que no había escuchado nada sobre Shinji, ni siquiera lo conocía.

—¿Ése que está sentado enfrente?— preguntó Toji, señalando con el dedo índice el lugar donde se encontraba.

—Él mismo— confirmó —Lo transfirieron mientras no estabas: justo después del incidente… ahora que ha comenzado la evacuación de la ciudad... ¿no se les hace raro eso?— preguntó con cierto velo de misterio en su tono de voz.

Kai empezó a enfadarse. Sus dos hileras de dientes rechinaban al chocar una contra otra. "Kensuke... qué imbécil... eres..." mascullaba, ante el temor de que él y Shinji fueran expuestos ante todo el salón.

En ese momento arribó el maestro de la clase, un viejo arrugado y con el cabello cenizo de las canas que poblaban y coronaban su cabeza. Caminaba con dificultad, como si cada movimiento que hiciera le produjera una tremenda agonía. En cuanto entró, Hikari dejó de sentir pena por Toji y de inmediato renovó su papel como líder estudiantil, habiéndose olvidado de éste por un buen tiempo, mientras se enteraba de la condición de su admiración secreta.

—¡Maestro en el salón! ¡Todos de pie!— ordenó de inmediato, con voz firme. Los escasos estudiantes que quedaban en el salón obedecieron en el acto, exceptuando por Rivera, quien en una demostración de orgullo y soberbia continuó sentado en su pupitre. No se iba a humillar a tal grado ante nadie, y mucho menos ante ese anciano patético y frente a toda esa bola de escuincles babosos.

No obstante, al ver lo tanto que se esforzaba el profesor por conservar la figura y postura, notando a leguas lo difícil que le resultaba todo aquello gracias a su condición, no pudo evitar enternecerse por un hombre que cumple con su deber y responsabilidades a pesar de lo adverso de su situación.

Acomedido, se levantó de su asiento al sentir la pena que embargaba al mayor, y se perfiló hacia su escritorio, ayudándole a recorrer el trecho que faltaba y acomodándole la silla para que pudiera tomar asiento, ante el asombro y desconcierto de sus compañeros, y aún también del académico.

—Mil gracias, señor Katsuragi— agradeció el viejo, viéndolo a través de sus gruesos lentes a la par que se enjuagaba el sudor que empañaba su frente con un pañuelo, con la respiración agitada.

—No— lo contradijo, con una sonrisa en los labios —Gracias a usted, sensei, por todo su esfuerzo... estos chicos aprenderán mucho de usted.

Después de pronunciar esas palabras, todas ellas carentes de vacías e hipócritas cordialidades, sino que venían directo del corazón, regresó a su lugar, ante la extrañeza general que había provocado. Ese día, sin saberlo, y sin hacer la gran cosa, el anciano se había ganado el respeto y admiración sincera de uno de sus más conflictivos pupilos, algo nada fácil de realizar.

La clase transcurrió sin ningún otro percance, salvo el de unos instantes antes del descanso. El maestro se encontraba dando su cátedra, que se trataba de la materia de Historia. Justo ahora se encuentran estudiando el Segundo Impacto.

— Fue entonces cuando un meteoro masivo cayó sobre la Antártida, derritiéndola casi en su totalidad, cubriendo así a las plataformas continentales casi completamente en las aguas. En el proceso, más de la mitad de la población mundial fue exterminada...— exponía ante la clase el profesor.

Gracias a la tecnología de las redes computacionales, la cual estaba aún mucho más desarrollada en aquellos tiempos, los alumnos contaban con excelentes herramientas para su aprendizaje. Se podía contar con una red interna en la escuela, con acceso directo a la biblioteca de dicha institución. De hecho, ya el alumnado no entregaba la tarea como antaño, directamente a la mano del educando; se podía entregar ya con mayor facilidad vía correo electrónico, y las calificaciones a su vez eran entregadas del mismo modo. Incluso los recados entre los alumnos habían sido modernizados, debido al ingenio y a la inventiva por parte de los mismos. La red escolar también podía ser utilizada para la comunicación entre las terminales particulares. Cuando hace diez años se escribía el recado en un pedazo de papel, comprimido y arrojado en la cabeza, ahora por medio de la mensajería instantánea el procedimiento resultaba ser mucho más sencillo y discreto.

Shinji se sorprendió bastante al recibir una invitación para agregar a un contacto, sobre todo a sabiendas que no había compartido su dirección electrónica con nadie del salón. Al aceptar a dicho contacto enseguida recibió un mensaje de éste:

"¿Eres el piloto de ese robot? S/N"

El muchacho volteó en rededor, extrañado, inquiriendo la identidad de quien mandó aquel texto. Una muchachita lo saludó entonces, agitando vehementemente su mano. Varias compañeras suyas estaban también a la expectativa en sus respectivas terminales. La jovencita volvió a escribirle, insistente:

"¿Eres el piloto? S/N?"

El muchacho no sabía que responder. Vaciló un poco, al recordar los comentarios de Toji. ¿Cómo irían a reaccionar los demás? Podría ser peligroso. Las jóvenes no se daban por vencidas, mandando varias copias del mensaje a la vez, inundando la terminal del infante.

"...un colapso económico global no se hizo esperar, originando numerosas guerras civiles y disputas entre los sobrevivientes por los insumos necesarios..." continuaba el anciano, ignorante del drama que se suscitaba en su clase.

¿Qué hacer? ¿Cómo quitárselas de encima? Un frío sudor generado por la incertidumbre y la desesperación le recorría la sien. Estaba agobiado, presionado una y otra vez por la insistencia de sus compañeras, quienes conforme pasaba el tiempo y las negativas del joven a contestar, más convencidas se encontraban de que, efectivamente, su congénere era el operador de aquella fabulosa máquina de guerra. Empujado por las constantes misivas de las chiquillas, Ikari finalmente contestó:

"Sí"

En ese preciso instante todo el salón se sobresaltó, uniéndose casi todos en un mismo grito de emoción y levantándose abruptamente de sus asientos. Las bondades de aquella red interna permitían a toda la clase compartir información diversa, ó leer las conversaciones virtuales de otros, como en los antiguos chats. Rápidamente todos asaltaron a Shinji con numerosas preguntas y comentarios diversos, rodeándolo y haciéndolo prisionero en su propio lugar.

—¡Qué padre!

—¡Cool!

—¿Cómo se llama el robot?

—¿Qué tipo de armas usa?

—¿Posees alguna técnica mortal infalible?

—¿Tienes novia?

—¿Cómo fuiste seleccionado?

—¡Seguro debiste hacer un examen!

—¿Adónde hay qué ir?

Y comentarios de este tipo le llovían por montones a Shinji.

El profesor, incapaz de escuchar la conmoción, y sin extrañarse para nada que todos sus discípulos estuviesen de pie e ignorándolo, (posiblemente ya sufría de ataques de senilidad) proseguía: "...en aquellos días yo vivía por el rumbo de Nubakawa; lo recuerdo muy bien, fue algo terrible, espantoso en verdad..."

La concejal también se tuvo que levantar de su asiento, pero no por la razón por la cual todo mundo lo hacía. Intentaba poner orden en medio de aquel tumulto, sin lograr nada. Remaba contra la corriente, y estaba siendo arrastrada.

—¡Oigan, todos ustedes!— les reclamaba, sin obtener resultados —¿Qué es lo que les pasa? ¡Aún estamos en clase!

—¡Tú siempre te quieres hacer la jefa!

—¡No le hagas caso!

—¡Sí, ignórala!

—¡Les digo que se vayan a sentar y esperen a que la clase termine!

Nada. Estaba sola en su lucha, sin nadie que la apoyara. A final de cuentas, al ver que era ponerse con Sansón a las patadas, se rindió, y desencantada regresó a su lugar, con su autoridad arrastrando.

—¿Y cómo se llama el robot, eh?

—N- No estoy seguro— respondía Shinji ante el alud de preguntas que lo embargaban; no lo admitía, pero la verdad le gustaba la manera en la que todos se fijaban en él —Lo llaman Eva, ó Unidad 01...

—¿Eva? ¿Qué no es nombre de mujer?

—¿Y qué clase de armas tiene? ¿Lanza rayos láser, ó misiles?

—Bueno, no sé... tiene un cuchillo, y vibraciones... cómo una onda ultrasónica ó algo así.

Kensuke estaba muy atento a todas las respuestas que Ikari daba, soltando pequeños trocitos de información, anotando en su computadora todo lo que creía pertinente saber acerca de aquella novedosa arma.

El muchacho buscaba auxilio en sus otros dos compañeros, mas Rei seguía indiferente, observando el horizonte que se extendía ante ella por la ventana; y el otro estaba completamente dormido, acurrucado por la trémula voz del profesor y el ritmo tan lento que llevaba la conferencia. Entonces, ¿los otros no sabían que ellos también eran pilotos? Probablemente fue un error haber contestado afirmativamente, pero estaba tan desesperado que sólo pensaba en cómo quitarse de encima a aquellas latosas.

En contraste con sus demás compañeros, que animosos apapachaban e idolatraban al nuevo, Toji estaba recostado en su asiento, con cara de pocos amigos.

El escándalo que realizaban sus compañeros llegó a tal grado, que comenzó a perturbar la siesta de Rivera, quien era capaz de dormir como tronco en medio de una tempestad. A tanto llegaba todo el ruido que provocaban los infantes. Molesto por no poder descansar a su completo gusto, y extrañado, Kai reclamó, aún con los párpados cerrados:

—¡Ora, cabrones, dejen dormir!

Al percatarse que su demanda no obtuvo los resultados esperados, desconcertado, tuvo que entreabrir los ojos, observando a la muchedumbre que se reunía en torno a su compañero de cuarto, y todavía puso atención a lo que se estaba tratando en esa reunión.

Al escucharlos, alarmado se levantó de su silla como un rayo, enfilándose a la multitud que tenía enfrente.

—¡Déjalo solo un ratito y mira lo que hace!— se decía a sí mismo, apurándose a llegar.

—¡A ver, mocosos, ya estuvo bueno de tanto relajo!— pronunció apenas al congregarse con todos los demás, dispersándolos de un lado para otro —¡Mírense, a lo que se han rebajado, mírense! ¡Todas ustedes, sabandijas hipócritas y rastreras, me dan asco! Díganme: ¿quién de ustedes, escolapios inútiles, se interesó por acercarse a este pobre diablo antes de saber a qué dedica su tiempo libre? ¿Quién de ustedes me puede decir, con toda sinceridad y viéndome a los ojos, que alguna vez supieron que este chiquillo miserable existía, hasta ahora? ¡Qué vergüenza, que vergüenza para ustedes y para sus familias! ¡Ahora retírense, no quiero saber más de ustedes! ¡Fuera todos, y no vuelvan nunca más! ¡Ya hicieron suficiente daño por un solo día!

Lo decía con voz de acero, exponiendo sus argumentos con la pasión de un orador experto. A diferencia de la concejal, quién había fallado al intentar poner orden en medio del caos, ya fuese por miedo ó por respeto, pero todos los chiquillos hicieron caso a las exigencias de Kai, abandonando aquel lugar y regresando todos cabizbajos a sus respectivos lugares. No había nadie que se atreviera a decirle "no" a él. Así que, a final de cuentas, todos toman sus asientos otra vez, callados y acongojados, quizá por no haber saciado su sed de curiosidad acerca de los pormenores que implicaba ser piloto Eva, ó bien pudo haber sido por no poder sacudirse de la represión del déspota tirano extranjero.

—Nuestra ocupación tiene que ser un secreto para los civiles— susurró Katsuragi al oído de Ikari, una vez que la multitud se ha extinguido —Ten mucho cuidado con lo que dices, y a quien se lo dices: uno nunca sabe a donde podría llegar esa información.

—Lo siento, no tenía idea— se disculpó el joven japonés, apenado por su desliz.

—Esta bien, no te preocupes— lo dispensó —Sólo espero que esto no vaya a pasar a mayores.

—Disculpe, profesor—Rivera interceptó al avejentado educador al fin de la clase, el cual daba comienzo a su receso —¿No desea que lo acompañe hasta su carro? El semblante que tiene no me gusta nada...

—Le agradezco sus atenciones, joven Katsuragi— pronunció desconcertado el anciano ante el súbito interés que mostraba el muchacho hacia él —Pero aún me quedan por dar dos clases más. Además, mi hija vendrá a recogerme cuando termine, no se preocupe.

—Bueno, por mi parte no puede decirse que no lo intenté— añadió el joven —Espero que tenga un muy buen día, y que le vaya bien en todo lo que haga— expresó su sentir, haciéndole una reverencia.

—Muchas gracias— se despidió el viejo, mientras el chiquillo abría la puerta por él.

—Sólo una cosa más— lo atajó, una vez que estaba en el pasillo —¿No cree que sería mejor para su salud si diera sus clases por video conferencia?

—Ya antes me lo han dicho— le reveló —Pero yo no trabajo de esa manera. Simplemente no me gusta. No quisiera que mis alumnos empezaran a perder el valor del trato humano. Se nos concedió a todos nosotros una segunda oportunidad, y debemos aprovecharla para recuperar nuestra humanidad, la cual al paso del tiempo habíamos perdido.

—Viéndolo así, no tengo más remedio que concordar con usted— admitió, satisfecho de lo que acababa de escuchar —La Historia nos sirve para construirnos un mejor futuro, ¿no es así?

—Así es, señor Katsuragi, así es— se volvió a despedir, prosiguiendo su dificultoso andar.

Rivera permaneció recargado en el borde de la puerta del salón, viéndolo alejarse. El pobre todavía no alcanzaba las escaleras. La concejal, quien había permanecido en el salón, se le unió, poniéndose a un lado suyo, sin decirle nada.

—Ese viejo testarudo— pronunció Kai, sonriendo— Su cuerpo es débil, y quizás no aguante mucho tiempo más, pero su espíritu es tan fuerte que le permite estar librando una batalla sin fin...

—Por cierto— le dijo su compañera, no habiendo entendido del todo lo que dijo —Quisiera agradecerte el haber calmado a todos hace un rato… sobre todo por yo no fui capaz de hacerlo… me da gusto que empieces a tomar esta escuela en serio…

El muchacho la miró extrañado. Había dejado la formalidad a un lado, y ya comenzaba a tutearlo.

—No fue nada— contestó, internándose al salón para recoger su almuerzo de la mochila —Pero no creas que lo hice para mantener el orden, simplemente me pareció... — se interrumpió, al contemplar algo por la ventana que lo agitó de sobremanera —Ay, no. Ay, no— se lamentó, mientras salía a toda máquina del aula.

Curiosa por saber que era lo que pudo alarmarlo a ese extremo, la jovencita también se asomó por la ventana, buscando encontrar la causa de su desconcierto.

—Ay, no— pronunció también, para dejar todas sus cosas y salir tras Rivera.

Un tremendo puñetazo se clavó en el rostro de Shinji, quien cae al suelo a causa del fuerte golpe. Un moretón comenzó a formarse en su faz, a la par que su dolor y su rabia tomaban forma de manera conjunta en lo más profundo de su ser.

—Lo siento niño nuevo, pero no podía estar satisfecho hasta que te partiera la cara— le comunicó Toji, acariciándose los nudillos luego de haber realizado su fechoría —Era algo que tenía que hacer.

A la hora del descanso, el muchacho había ido por Ikari, acorralándolo y llevándolo hasta el jardín trasero, que se encontraba poco concurrido a esas horas, para poder ajustar cuentas a gusto y sin que nadie los molestara.

—Perdónalo— agregó Kensuke, tratando de justificar el barbárico comportamiento de su acompañante —Su hermana menor fue herida en el incidente.

Los dos muchachos se pensaban retirar sin demora, mientras Shinji continuaba en el suelo, postrado y rabioso de la impotencia que sentía en aquellos momentos. Cada célula de su cuerpo clamaba, rugía por venganza, por la dulce venganza. Hubo de reprimir aquél oscuro deseo, al igual que hacía con cada sentimiento negativo que pretendía surgir de él, y lo sepultó junto con todos sus otros antecesores. Ya tenía una colección privada.

Sin embargo, cuando pretendían retirarse, Kai les salió al paso por la vereda que conducía al patio de la escuela, cortándoles el camino. Al verlo a los ojos, ambos chiquillos se percataron que habían cometido un gravísimo error: lo hicieron enfadar, y al parecer, bastante. Nuevamente estaba con esa mirada salvaje que había provocado que todos le temieran. Esa facción de su cara que casi nunca se veía en ese muchacho atolondrado y bonachón, a veces hasta simpático. Esa expresión que quisieran nunca jamás volver a presenciar. El problema es que ya lo estaban haciendo en ese momento; habían despertado un peligroso volcán.

Por mero instinto de supervivencia, Toji intentó retroceder, sabedor que sería el primero sobre quien se dejaría ir. No estaba equivocado. De la misma manera que lo hizo Ikari, Suzuhara recibió un fuerte derechazo en el cráneo que lo mandó a la lona, a pesar de los ruegos de Hikari, quien llegaba detrás de él, llorando suplicante.

—¡No le pegues, por favor!— imploraba, sin obtener respuesta.

—¡Tú, grandísimo imbécil!— ladra Kai —Me cagan los malagradecidos, pero sobre todo la gente pendeja. Responde, tarado: ¿Preferirías que en lugar de lastimada tu hermana estuviese muerta? ¿Te has puesto siquiera a pensar que hubiera pasado si él no hubiera piloteado ese robot? ¿Sabes que gracias a él estás aquí, haciendo tus babosadas?

El muchacho hace el intento de incorporarse, pero nuevamente es tumbado al suelo por un fuerte golpe en la boca del estómago, que cortó su ritmo respiratorio, derrumbándose. Luego siente cómo el aire lo levanta unos centímetros del suelo, en contra de su voluntad. No era el aire. Era Katsuragi. Sujetándolo firmemente de la camisa, lo sostenía con suma facilidad arriba de su cabeza.

—¡Quédate ahí, que aún no he acabado contigo!— gritó enardecido, listo para continuar castigándolo.

—¡Ya no más, ten piedad!— repetía constantemente Hokkari, hecha un paño de lágrimas, justo a su lado. El castigo a la falta cometida estaba siendo a todas luces desproporcionado.

Aún así, Katsuragi no obedecía, ni siquiera atendía. En lo que pensaba en esos momentos era en impartir justicia, erigiéndose él mismo cómo juez, jurado y ejecutor. Alguien tenía que enseñarles a estos niños un poquito de sentido común, y si nadie más quería, él se encargaría de hacerlo. En todo eso estaba, cuando de pronto, y sin temor a las consecuencias, Shinji se puso en pie, encarando a ambos.

— Yo...— murmuró, quitándose el hilo de sangre que salía de sus labios —Yo no soy piloto por mi gusto— dijo en tono desafiante.

El comentario dejó a todos perplejos. Kai miró entonces fijamente a Shinji, atónito. Cansado de todos aquellos que le rodeaban, sabiendo a lo que se exponía al defender así a Ikari, lo último que necesitaba era que él abriera el hocico y empezara a balbucear estupideces. Soltó a su prisionero, para después dirigirse a su compañero de cuarto, tratando lo mejor posible de calmarse y tener la cabeza fría, cómo siempre acostumbraba.

—¡Bro! ¡Por si no lo has notado, estoy tratando de defenderte de este tipejo abusivo!— pese a que sentía la sangre hervir de coraje, la directiva que le había impuesto Misato se mantenía en la parte más alta de sus prioridades, pese a todo, por lo que trató de mantenerse ecuánime y seguir usando ese tono exageradamente amigable —¡Lo menos que podrías hacer es callarte y dejarme hacer mi trabajo! ¡En buen plan!

—¡Cállate ya de una puta vez, maldita sea!— bramó Ikari —¡Estoy harto, harto de que sólo abras el pico para escupir tonterías! ¡Estoy harto de la forma que me tratas, como si fuera un retrasado mental! ¡Pero sobre todas las cosas, estoy harto de ti! ¿Me entiendes? ¡No soy tu bro, tu viejo, tu cuate, tu compa! ¡No soy nada de ti! ¡Tengo la desgracia de compartir un cuarto contigo, pero de haber sabido que Misato vivía con un tarado ridículo como tú, jamás hubiera aceptado mudarme con ustedes!

Los otros, dos de pie y uno tirado en el suelo, eran meros espectadores del drama que ellos mismos habían originado, mudos de la impresión, paralizados del horror que habían desatado. Cómo con la caja de Pandora.

—Tienes razón— contestó Kai en un tono extrañamente calmo, pese a los insultos recibidos —Soy bastante directo, me la paso haciendo comentarios fuera de lugar que incomodan a las personas que me rodean y no tengo idea de cómo comportarme con personas de mi edad… aún así, en la medida de lo posible procuro tomarme las cosas con humor y no le doy tanta importancia a cosas insignificantes que preocupan a la mayoría… de cualquier modo, puedo decir, con toda seguridad, que soy bastante feliz así como soy y con las cartas que me tocaron en la vida… ¿acaso tú puedes decir lo mismo, actuando como una pequeña perra quejumbrosa la mayor parte del tiempo?

Ikari enmudeció de súbito. Al cabo de unos momentos de vacilación sólo pudo mascullar:

—Eso… eso no es verdad… yo… yo no…

—¡Oh, es cierto! También te esfuerzas bastante en hacer que la gente sienta lástima por ti, que te compadezca jugando la carta de "soy un pobre niño miserable al que su padre lo abandonó y creció sin amor, todo mundo debe apiadarse de mí." Pues déjame decirte algo: no eres el único con problemas. Sólo que a diferencia tuya, los demás tenemos el valor de sacarnos el dedo del culo y procuramos hacer algo por resolverlos…

—¡Maldito bastardo! ¡Para ti es muy fácil decirlo, eres un perezoso y no tienes obligaciones con nadie! ¡A mí todo el tiempo me están obligando a hacer cosas que no quiero hacer, todos siempre quieren sacar algún provecho de mí! ¡Si por mí fuera, desde un principio me habría largado de esta jodida ciudad y así no tendría que estar jugándome la vida siempre que suba a ese armatoste que construyó mi padre, ni tendría que pasarme todos los días lidiando con locos imbéciles como tú!

—¡Te tengo noticias, grandísimo animal! ¡Puedes irte cuando te plazca! ¿Ó acaso no te lo dije cuando llegaste? Nadie necesita a un piloto chillón que se comporte como diva y desquite sus frustraciones tirándole edificios encima a niñitas en uno de sus berrinches de caprichuda… Si eres tan infeliz piloteando un Eva, como te la pasas diciendo todo el tiempo: ¿qué putas sigues haciendo aquí? ¿Qué crees que haces aquí, Shinji?

Una vez más el jovencito se quedó sin palabras, cabizbajo y con el ceño fruncido. Acorralado e impotente solamente pudo apretar los puños y pelar los dientes como un perro indefenso.

—No lo sé… te juro que no lo sé…

—No eres más que un pobre niño pendejo— pronunció Rivera, cansado —Obviamente, desperdicio mi tiempo al tratar de ayudarte— dio media vuelta, con la intención de retirarse. Ya dándole la espalda, remató —Haz lo que te venga en gana, ya no me importa. Eso me saco por dejarme convencer por Misato, no debí haber venido a este hoyo…

Ikari ya no soportaba la actitud que el muchacho tenía para con él. Siempre le estaba reprochando todos sus errores, haciéndolo sentir mal consigo mismo. Siempre sintiéndose superior con todo su parloteo pseudo-científico repleto de maldiciones y blasfemias, y su cuarto repleto de trofeos y diplomas empolvados. ¿Quién se creía que era ese cretino bastardo? Hasta la coronilla de él, y de sus comentarios hirientes, le lanzó un reto.

—¡Détente ahí!— le reclamó —¡¿Te crees que te voy a dejar ir así nomás, después de todo lo que me dijiste?! ¡Anda! ¿Por qué no intentas hacerme lo mismo que a él?— pronunció, señalando a Toji, quien seguía perplejo echado a sus pies — ¡Yo no te tengo ningún miedo! ¡Pero sé muy bien que tú a mí, sí!

Furioso, y de nuevo con esa mirada salvaje y asesina, Katsuragi volteó de reojo, ocasionando que el niño se envalentonara.

—¡Vamos, golpéame, si tanto quieres!—insistió, listo para pelear—¡Pero yo no me voy a dejar! ¿Me oyes? Antes te rompo las piernas, ó los dos brazos, si prefieres…

Al escuchar ese tipo de amenaza, si hubiera sido de cualquier otro, se hubiera alarmado, ó por lo menos lo habría hecho ponerse en guardia. Pero viniendo de ese escuálido chiquillo enclenque, con músculos de chicle y muy baja estatura de cualquier hijo de vecino, la verdad fue que no pudo tomarlo en serio.

Empezó en la base de su columna, tratando de contenerla. Al ver a Shinji, furioso y blandiendo los puños en el aire, el escalofrío le recorrió toda la espina, atravesando su garganta y escapándosele por la boca. Se echó a reír a pleno pulmón, sin poder evitarlo. Se acariciaba la base del estómago, debido al dolor que le provocaba la risa. Continuó por largo rato, ante la vista de los demás. El japonés cada vez se enojaba más y más, debido a la burla de la que era objeto. Una vez que Rivera se levantó del suelo, luego de patalear para conseguir algo de aire, se le acercó, sin ningún temor y le propinó un puñetazo en la mandíbula, colmada por entero su paciencia.

Sin embargo, no hubo reacción de parte del agredido. La poca fuerza, y lo mal dirigido que iba el golpe, provocó que no hiciera ningún daño en su oponente. Al contrario, le dio más motivos para seguir riéndose cómo un verdadero orate.

—¿Ya debo decir: "ouch"?— preguntó entre risotada y risotada, sintiendo como comenzaba a faltarle el aire —¡Por favor, no me lastimes!

De nueva cuenta, el muchacho japonés se sintió resentido frente a las múltiples burlas de las que era objeto. Y con el humor que traía, decidió que haría lo necesario para que se le tomara en serio. Buscó a su alrededor, encontrando un enorme ladrillo restante de una reciente construcción de la escuela. Sin que el otro sujeto frente a él se diera cuenta, se hizo de él, cargándolo con dificultad. Su enemigo le concedía bastantes facilidades, hasta tuvo oportunidad de tantear el tiro. Una vez que se hubo asegurado de la trayectoria de su pequeño misil, tomó impulso, para poder lanzarlo con todas las fuerzas que le proporcionaban sus brazos.

En un golpe de suerte, el atacado pudo observar con el rabillo del ojo el proyectil, que se dirigía justo a su cabeza. Apenas si pudo saltar, para evitar un descalabro mayúsculo. El ladrillo se hizo pedazos al estrellarse contra el suelo, ante la vista atónita de todos.

—¡Loco desgraciado! ¡¿Qué diantres te pasa, con un carajo?!— vociferó Katsuragi, señalando los restos del abobe a sus pies —¡Pudiste haberme matado, idiota!

El silencio dominó por algunos momentos el ambiente, cuando los dos muchachos se lanzaban rencorosas miradas el uno al otro, resoplando como toros a punto de embestir. Aquella tensa calma fue interrumpida, de forma por demás oportuna, por la persona más callada que todos los congregados allí conocían: Rei Ayanami. Nadie se había dado cuenta de su presencia hasta que abrió la boca, revelándoles que se encontraba allí.

—Recibí una llamada del cuartel— les dijo a sus compañeros con su melodiosa voz, que cada vez que se escuchaba era como un hermoso regalo —Tenemos que ir de inmediato. Yo ya me voy.

Sin mayores miramientos la enigmática jovencita dio media vuelta para alejarse presurosa de aquel lugar, mientras los demás la observaban partir.

—Que te quede bien claro que si me voy, es por seguir a ese hermoso traserito y no porque te tenga algún miedo, puta— mencionó Rivera a su compañero, amenazándolo con el dedo antes de salir corriendo tras Ayanami —Ya luego nos las arreglaremos tú y yo…

Shinji permaneció quieto por algunos momentos, pensativo, observando cómo Katsuragi lo volvía a desdeñar, huyendo para perseguir a la muchacha. Luego de un rato de vacilar, al quedarse estático en su lugar, de pie y con la vista fija en el camino, Ikari por fin se decidió a partir, del mismo modo que lo hicieron sus predecesores, sin mirar atrás.

Fue hasta entonces que sus compañeros civiles se quedaron solos, aturdidos por todo lo que acababan de presenciar pero aliviados de que por fin todo haya pasado y pudieran respirar en paz. Toji aún se encontraba tirado en el piso, tratando de recuperar el aliento, jadeando lastimosamente. Hikari se enjuagaba las lágrimas de sus enrojecidos ojos, agradecida porque la tormenta se hubiera marchado, al mismo tiempo que intentaba recuperar la compostura. Kensuke era el que se encontraba intacto, a pesar del susto que se había llevado, y estaba juntando las piezas del rompecabezas, conjeturando.

—Entonces— caviló, casi susurrante —Ayanami y Kai también son pilotos. ¿Quiere decir que hay más de un robot? ¿Ó se turnarán para tripularlo? ¿Ó lo harán los tres al mismo tiempo? ¡Rayos, ojalá pudiera saberlo!

No pudo terminar de formular sus hipótesis, debido a un tremendo coscorrón propinado justo en la base del cráneo.

—¡Ay, eso me dolió!— se lamentó, cerrando los ojos y acariciándose de inmediato la parte lastimada. Al final, no había quedado ileso, después de todo.

—¡Tú tuviste la culpa, zonzo!— reclama Hokkari enfurecida, amagando con volver a golpearlo —¿Porqué no los separaste desde un principio?

—¿Yo?— se sorprende el chiquillo —¿Cómo iba a poder hacerlo? Estando así Kai no me le acerco ni aunque me paguen...

—Oigan, ustedes— musitó Suzuhara, doliéndose en el suelo —¿Me podrían ayudar a llegar a la enfermería? Creo que me rompí algo por dentro…

No pudo seguir. El sonido tan horrible de la sirena de evacuación se lo impidió. Una nueva compañera de clases se les unió, asomándose desde la fatídica vereda.

—¿Qué es lo que hacen allí ustedes tres?— les preguntó, alarmada —¡Vamos, están evacuando la escuela y toda la ciudad!

Al mismo tiempo que los niños se marchan, una alarma comenzó a sonar en toda la metrópoli:

—"Un estado especial de emergencia ha sido declarado para las regiones Kanto y Chubu del distrito Tokai. Todos los residentes deben evacuar inmediatamente y dirigirse a los refugios designados. Repito..."— decía incesantemente la fría voz mecánica de la alarma, causando gran pánico en todas partes.

Lejos de todo el tumulto que provocaba entre los hombres, cruzando por los territorios vírgenes, en medio de toda esa tierra de nadie que era el desierto árido y sin vida que se erigía al norte de la mancha urbana, volaba con relativa calma el Cuarto Ángel. Su enorme sombra era proyectada sobre la caliente arena que cubría los restos de una otrora pulolosa urbe. El coloso se enfilaba directamente hacia su sucesora, que empezaba a divisarse como un espejismo en el horizonte. Claro que él no podía verlo. Captaba el mundo que le rodeaba de una manera muy diferente a como lo hacían los seres humanos. Pero lo que sí podía sentir, y casi saborear, era el terror y el caos que producía su sola presencia. Casi podía sentir la vista del satélite posándose sobre de él. Podría haberlo destruido con una facilidad inaudita, más sin embargo permitió que el aparato siguiera previniendo a sus creadores del peligro que se cernía sobre de ellos.

En el cuartel de NERV se empiezan los preparativos para atacar al ángel. Rápidamente es monitoreado por satélite y se calcula el tiempo de su llegada. A diferencia del anterior caso, ahora las fuerzas armadas no se presentan. Ya todos saben que sería un derroche de vidas y dinero el atacarlo convencionalmente.

Si el anterior ángel era extraño, éste último se volaba la barda. No tenía ninguna apariencia humanoide, como su predecesor, más bien parecía una enorme sanguijuela escarlata. No se le podía apreciar ningún rostro y su forma de desplazarse era flotando en posición horizontal.

— En diez minutos estará ingresando a la ciudad— calculó Makoto Hyuga, técnico que en esos instantes se encargaba del radar.

—Iniciando la transformación de Tokio 3 a modo de batalla.

Arriba, en la superficie, los más importantes edificios de Tokio 3, tal y como lo hacen las avestruces, comienzan a ocultarse bajo el suelo, gracias a un poderoso sistema de grúas que soportaba todo el peso de la construcción. Asimismo, emergían justo arriba del Geofrente.

—Bloque principal, además de los bloque han sido acoplados.

—El gobierno y todos los ministerios correspondientes ya han sido notificados.

—Los no combatientes y civiles ya han sido evacuados por completo del área.

—Así que el Cuarto Ángel ha decidido visitarnos justo cuando el comandante está ausente, dejándonos a nosotros todo el trabajo— notó la Capitán Katsuragi, de pie en medio de la sala de control.

— La O.N.U nos está presionando para que pongamos en marcha al proyecto Eva— reportó el operador Shigeru Aoba, un voluntarioso oficial técnico de cabello largo que comenzaba a destacarse del demás personal.

—¡Maldición, que molestos son!— pronunció la mujer con rango militar — Lo íbamos a hacer de todos modos.

— Volvieron muy pronto— observó Makoto, un esbelto joven de veinticuatro años que usaba anteojos y peinaba hacia atrás su cabello —La vez anterior transcurrieron quince años para que los ángeles volvieran a atacar. Ahora tuvimos que esperar sólo semanas.

— Sí— asintió Misato —Y no toma en cuenta nuestros sentimientos, ¡eso es algo que no nos gusta a las mujeres!— pronunció cómo para que tomara nota su subordinado.

—Basta ya de plática trivial— interrumpió Kozoh Fuyutski, el segundo comandante en jefe, para de inmediato dar instrucciones —Preparen todo para el lanzamiento del Eva 01.

—Con su permiso, señor— intervino Rivera al ingresar de súbito al centro de mando, atrayendo todas las miradas hacia él —Quisiera solicitar se me conceda permiso para pilotear la Unidad Uno en esta ocasión.

Nadie en el cuarto podía creer lo que acababan de escuchar. Ni siquiera Katsuragi, quien estaba boquiabierta, atónita, observando detenidamente al ser que tenía delante de ella, examinándolo meticulosamente para comprobar que en realidad ése era su protegido, a quien conocía desde hacía once años, y no un impostor que lo estaba suplantando. Si era así, el fraude hacía muy bien su trabajo. Juraría que ese era Kai.

—¿Y a qué debemos esta repentina voluntariedad suya, Doctor Rivera?— cuestionó el Profesor Fuyutski, estupefacto como todos los presentes.

—La condición del Cuarto Niño— afirmó a sangre fría, sin inmutarse —Es demasiado inestable, y considero que es un riesgo innecesario para toda la misión. Me parece que me encuentro mejor capacitado para la tarea.

—Tal vez tengas razón— respondió el experimentado hombre de ciencia, luego de meditar su decisión algún rato —Pero en estos momentos no hay tiempo para configurar el sistema a un nuevo piloto; además, mientras no podamos comprobar tus dichos, tampoco puedo hacer caso de meras suposiciones. Así que, aunque agradezco tu gesto de buena fe, no tengo más remedio que echar mano del piloto titular que tengo, además del único con experiencia en combate que hay. Lo siento, pero tu solicitud es denegada, Rivera.

—Sólo espero que no tenga que arrepentirse cuando le toque recoger y contar los cadáveres, Profesor— agregó el muchacho, sumamente enfadado, mientras se retiraba de la sala, dejando a todos aturdidos por aquella inusual conducta.

Shinji, ignorante de la conspiración que se operó en su contra, se enfundó una vez más en su traje de conexión, preparándose para abordar el Eva. Su semblante era una máscara de incertidumbre total desde el incidente que había acaecido apenas unos minutos antes. Estando en un profundo trance, repasaba mentalmente una y otra vez la escena. Por fin se había desahogado de las molestias que había acumulado a lo largo de tantas semanas que le parecieron inacabables. ¿Qué es lo que le deparaba el destino ahora? De seguro ya no podría volver a casa de Misato; de hacerlo, la situación se volvería muy tirante.

Pero lo que más le afligía era que su padre no estaba presente, por lo cual no había una buena razón para pilotear su Evangelion. ¿Porqué arriesgar el pellejo una vez más? ¿Para salvar personas cómo ese bruto descerebrado que lo golpeó? ¿Para volver a sufrir los atropellos del déspota de Kai? No iba a funcionar si lo hacía por obligación.

—Atención, piloto del Eva 01— anunciaron en el sistema de sonido de la instalación subterránea, sacándolo de sus dilemas —Repórtese al muelle de embarque de su unidad.

Lo había escuchado. Por un momento, se quedó allí, de pie, indeciso en ir ó no.

¿Qué hacer?

Indefensos. Así se sentían todos en el refugio bajo tierra. Uno, de los tantos que se habían construido en toda la ciudad, anticipando precisamente una situación de esa magnitud. Eran apenas unos 2000 metros cuadrados para que unas 250 personas se acomodaran lo mejor posible. Impotentes de no poder hacer nada, salvo cerrar los ojos y apretar los dientes, esperando que la pesadilla termine. Era lo que cualquiera haría. Precisamente allí es a dónde han llevado a los condiscípulos de los jóvenes pilotos. Los chiquillos se encuentran sentados en varios colchones y mantas predispuestos para su uso. Toji y Kensuke se encuentran conversando bajo aquel ambiente.

—¡Ay, mierda! ¡Me arde hasta el culo!— Toji continuaba quejándose amargamente del moretón que adornaba su cara.

—Rayos, lo están haciendo de nuevo...— se lamentaba también Kensuke, a su lado, aunque por distintas razones, observando en la pantalla de su celular el anuncio estático del sistema de emergencia de la estación local, con apenas una escueta explicación: "Al mediodía de hoy se declaró un estado de emergencia especial para los distritos de Kanto, Chubu y Tokai. Reportaremos más información con detalles tan pronto cómo sea recibida."

—Ese aviso está en todos los canales...

—Es un bloqueo informativo— aclaró Aida, rascándose la nariz mientras contemplaba el techo del fortificado refugio —No van a decirnos nada a los civiles, hasta que todo pase. A propósito, quisiera pedirte algo...

—¿Qué?— preguntó Suzuhara.

—Aquí no... vamos al baño, para que nadie nos escuche...

—¡¿Qué?!— repitió pasmado el muchacho.

—¡No pienses cosas raras, idiota! ¡Vamos, apresúrate!

Los dos muchachos se levantaron de sus lugares y se dirigieron hacia la representante de su salón, a la cual le tienen que pedir permiso para poder separarse del grupo incluso para acudir al sanitario; ésta asintió sin mayores contratiempos y al cabo de unos instantes los dos se encontraban haciendo sus necesidades en los orinales.

—¿Y de que querías hablar?— preguntó Toji, no muy convencido del todo del propósito de su compañero.

—Todo esto es increíble, asombroso— responde el interrogado —Y quisiera verlo por lo menos una vez, antes de morir.

—¿Pero qué clase de sujeto eres tú?— volvió a preguntar, sacudiéndose —"Quiero verlo antes de morir"— lo arremedó, para luego rematar con un —¡Por favor!

—Me temo que este enemigo logrará su propósito— confesó Aida, cerrándose la bragueta.

—¡Baboso! ¿Para que crees que está NERV?

—¿Y para qué crees que es la máquina de combate de NERV? ¡Y es el chico nuevo quien la pilotea! La última vez él nos salvó, y tú lo golpeaste por ello— contraatacó Kensuke, en un tono demasiado fatalista —Si él no quiere pilotear ese robot de nuevo, todos nosotros podemos darnos por muertos.

—Podrías morir, si haces lo que quieres— dijo abatido el joven, recargándose en el muro del cuarto.

—Aún en el refugio, no creo que podamos sobrevivir. Y si he de morir, antes quiero ver a esa arma definitiva con mis propios ojos— ultima Aida —Quiero sentir que soy parte de todo esto antes de despedirme. Así que, por favor, ayúdame a salir de aquí.

— Pues... no sé...

El paseo por el laberinto de túneles acaba muy pronto; la plataforma que transportó al Eva durante todo el trayecto es depositada en una especie de compartimento que sirve de contenedor. La plataforma se sella y se abren las compuertas, dejando al descubierto a la máquina inerte, justo a un costado de donde se encuentra el ángel. Apenas unas cuantas cuadras los separaban el uno del otro. Por fortuna para el piloto, aún no había sido detectado por el enemigo, quien continuaba distraído en su levitar por entre la ciudad. Shinji se encontraba muy nervioso. No, nervioso no es la palabra. Más bien, desmotivado.

—Muy bien Shinji, vamos a hacerlo cómo lo practicaste. Una vez neutralizado el campo A.T. del enemigo inicia el fuego sobre de él ¿De acuerdo?— preguntó Misato por la radio.

—De acuerdo— respondió Shinji, mientras recitaba en voz baja sus instrucciones como si se trataran de un mantra: "blanco en el centro, jalo el gatillo".

—¡Ahora!— ordenó la militar cuando la ocasión les fue propicia.

De inmediato el muchacho se abalanzó sobre del expendio de armas que tenía frente a él, tomó un enorme rifle de asalto y disparó sin misericordia hacia el titán, a quien toma por sorpresa. Por largos instantes el ruido de las balas de 20 centímetros (más parecían cohetes que balas, con ese tamaño) saliendo del cañón de la pistola fue lo único que se escuchaba. Los casquillos salen con una velocidad de 40 balas por segundo. Era algo atronador. Todos los cristales de alrededor se rompieron con el mero sonido de las detonaciones. Un asqueroso y horrible olor a pólvora quemada impregnó toda el área residencial. El coloso entonces fue oculto por el humo de los disparos en su contra, en gran parte a que Ikari estaba fuera de control y no deseaba dejar de disparar, cómo poseído.

—¡Deténte de una buena vez, estúpido!— ordenó tajantemente Misato —¡Lo estás cubriendo con tu propia artillería!

Petición denegada. El chiquillo se rebeló, haciendo lo que se le antojaba, y no cesó su ataque hasta que hubo acabado con la carga del arma en sus manos. Quería derribarlo lo antes posible, y creyó que la mejor manera de hacerlo era apabullarlo hasta el cansancio. Una densa humareda cubrió a su rival, a quien esperaba en silencio, jadeando. No podía penetrarla, y no podía saber que era lo que ocurría en su interior. Por algunos momentos creyó que había cumplido con su cometido, al ver que no pasaba nada luego de un rato.

—¡Lo logré!— se aventuró a decir, en aire triunfante.

De repente, al igual que su propio ataque, emergieron rápidamente de la humareda dos largas cintas luminosas, cortando la gigantesca arma que sostenía entre sus brazos en varios trozos, que se precipitaron al suelo ante la atónita mirada de Shinji, quien apenas se estaba dando cuenta de lo que pasaba; así de rápido había sido la acción. Se trataba de las extremidades del monstruo, las cuales usaba como sendos látigos, cortando todo lo que se les pusiera enfrente.

El piloto no tuvo la oportunidad de hacer más, ya que a la velocidad del pensamiento, el monstruo ya le había asestado dos fuertes golpes en el tronco con sus látigos, mandándolo a volar hasta que un edificio que estaba detrás de él lo detuvo, no sin darle otro considerable impacto al momento de recibirlo. Y no era para menos: toda la estructura se sacudió, y de milagro no se fue abajo.

—¡El rifle de repuesto!— le indicó Misato a través de la radio. Precisamente a un lado de donde yacía el artefacto se encontraba el susodicho, en otro estante, al igual que su predecesor —¡Agárralo, pero ya!

El chiquillo lograba ver el estante, tirado como estaba. Sin embargo, no podía actuar con la velocidad que se requería. Aún desconcertado, trataba en vano de ponerse en pie y hacer lo que se le indicaba. Estaba bastante confundido, y veía todo lo que le pasaba como entre sueños.

—¡Qué lento está!— destacó Ritsuko, al ver la imagen en la pantalla de la sala de control.

Katsuragi estaba desesperada, y apenas podía creer lo que estaba viendo. No lograba explicarse qué demonios era lo que le pasaba a Shinji.

Con gran dificultad, vacilante, estiraba el brazo para poder alcanzar el objeto, sin lograrlo. Paralizado por completo, sólo se limitó a contemplar como era que el ángel se le dejaba ir encima, con la plena intención de rematarlo en el piso.

Mientras que con uno de sus "brazos" amagaba al Eva a retirar tan rápido cómo pudiera su mano, con el otro destrozó por completo el estante con el rifle, y con él la última oportunidad de Ikari de volver a atacar.

Despavilándose por completo, al imponerse su sentido de auto-conservación al darse cuenta que si no se movía de allí acabaría muerto, esquivaba torpemente los ataques de la criatura, quien parecía estarse divirtiendo con él, lanzándole continuamente sus ataques, sin lastimarlo por entero. Lo seguía incansablemente hacia donde quiera que huía, convirtiéndose el cazador en la presa. Destruían varias edificaciones en su peculiar y peligrosa danza, convirtiendo los alrededores en zona de desastre.

Continuaron así por largo rato, unos seis minutos, a lo sumo, tiempo que transcurrió angustiosamente para todos en el cuartel, y aún más para el joven piloto de la máquina de guerra. Por fin, el coloso pareció aburrirse de sus correrías, ó tal vez comenzó a cansarle la persecución, el caso fue que redobló la rapidez y la intensidad de sus ataques, propinándole varios golpes hasta dejarlo tumbado en el suelo, de nuevo. Antes de hacerlo, se encargó muy bien de cortar el suministro de energía del robot, cayendo éste a un lado de él.

—¡Cable umbilical roto!— reportó alarmado Shigeru Aoba, aunque ya no hiciera falta, debido a que todos pudieron percatarse de ello al observar la pantalla.

—¡Eva pasa a energía de reserva!

Así que, de tal modo, un cronómetro interno se activó, indicando cuanto tiempo más le ajustaría la carga al artefacto, haciendo lo propio con las respectivas alarmas. Y ahora los segundos se diluían tan rápido como agua en las manos.

—¡Shinji, te quedan unos cuatro minutos para hacer lo que tengas que hacer!— exclamó su superior, aterrada —¡Levántate, rápido!

Aunque hubiera querido, no pudo lograrlo. Apenas había terminado la mujer, el titán sujetó firmemente el pie derecho de la Unidad 01, y con una inaudita facilidad lo zarandeó tal cual muñeco de trapo, para después mandarlo a volar por los cielos, pasando como un meteoro por encima de la ciudad hasta irse a estrellar con gran estrépito a uno de los cerritos que se encontraban a orillas de la urbe.

Rivera caminaba molesto de un lado para otro, sin encontrar algún lugar donde quedarse quieto. Podía haber ido a su hangar, a continuar supervisando la construcción de la Unidad Z, sin embargo, esperaba a que lo llamasen de un momento a otro. Lo creía algo seguro, debido a lo que había observado del conflicto. Hasta daba pena ver el pobre desempeño combativo de Ikari.

—Imbéciles... — refunfuñaba, paseándose por los pasillos, con la vista en el piso —Yo se los dije, pero claro, nunca me hacen caso... jamás, jamás lo harán, aunque yo tenga siempre la razón... ¿porqué diablos se tardan tanto en llamarme? ...maldición... ¿creerán que no tengo cosas más importantes qué hacer?... "experiencia en combate"... sí claro, pero por lo menos yo no me deshago de miedo frente al oponente... "experiencia en combate"... ¡Ja!

No pudo continuar, debido a que fue abruptamente interrumpido al ser empujado con violencia contra una pared. Apenas si pudo reaccionar, para percatarse que su agresora era Rei, que fácilmente lo sostenía contra el muro, a pesar de su frágil condición.

Las palabras no lograban salir de la garganta del muchacho, estupefacto completamente; con un gesto de confusión interrogaba con la mirada a la muchacha, cuyo ojo (el que no estaba vendado) parecía una lumbrera, quemándolo cuando veía fijamente a los suyos, como queriéndolo hipnotizar.

Rivera, por su parte, se dejaba llevar por el poderoso impulso que le dictaminaba no ofrecer resistencia al asalto, y continuaba en su posición, manso como un cordero.

¿Qué estaban haciendo? ¿Conversaban sin hablar? ¿Ó se reprochaban en silencio? Haría falta internarse en el universo de cada uno de los dos para entender lo que estaba pasando en esos momentos en sus pensamientos.

"¿Qué es lo que quieres de mí?"

"Sabes bien lo que yo quiero".

Continuaron afianzados de esa manera durante mucho rato, sin decir nada ni el uno ni el otro, avocados por entero a su duelo de miradas, inmersos en un profundo trance que bien podía alargarse indefinidamente.

Finalmente la espera y el desconcierto terminaron, y de manera por demás inusitada, ágil como una felina en cacería, la jovencita de corto cabello azul se abalanzó sobre su cautivo, rodeándole con los brazos el cuello y levantando la cara para poder alcanzar sus labios, que se fundieron con los suyos en un estrepitoso choque, en el cual enseguida también se vieron involucradas sus lenguas.

El muchacho, despavilándose al saborearla en su boca, contestó paseando sus manos sobre la espalda de la chiquilla, atrayéndola hacia él, hasta que sus cuerpos estuvieron lo suficientemente juntos. No era un inocente primer beso, tampoco amor de niños. Cada movimiento lo ejecutaban con la maestría de unos amantes consumados. Parecían llevar años amándose, cuando en realidad hacía apenas unos cuantos meses que se conocían.

¿Cuánto tiempo transcurrió? Quién sabe. El tiempo se diluía y transcurría sin importancia para la joven pareja, quienes continuaban unidos a toda costa, tomando un poco de aire y volviendo a empezar, hasta que el delicioso momento se vio interrumpido de tajo.

—Ay, espérate— pronunció lastimosamente Rivera, apartando a Ayanami y acariciándose el labio inferior —Me mordiste...

—Disculpa— respondió, casi apenada, lo que resultaba difícil de creer, al verla con la misma expresión taciturna en su rostro; de hecho, todo lo había realizado sin alterar un ápice su semblante —Me emocioné...

—¿Te... emocionaste?— dudó Kai, al observar semejante curiosidad —¡¿Tú?! ¡¿Te emocionaste?!

—No pude evitarlo— pronunció la jovencita de ojos rojos, con el evidente contraste que había entre sus dichos y sus gestos —Sobre todo porque un bobalicón inútil bueno para nada me hizo esperar por su regreso más de un mes, y cuando finalmente volvió ni siquiera fue a buscarme… pienso que debería estar molesta, pero mi deseo por estar con ese simplón fue mayor que mi enojo… ¿eso es raro, para ti?

—He visto cosas más raras en mi vida, no tengo porqué quejarme— dijo el muchacho a fin de cuentas, encogiéndose de hombros, para de inmediato envolver entre sus brazos a la chiquilla, sosteniendo su rostro entre las manos y jugueteando con el flequillo que cubría la frente de su amada —¡Pero fuiste tú la que se la pasó ignorándome, todos estos días! Tienes mucha suerte que sea incapaz de enojarme contigo… ¡Diablos, sí que eres hermosa! ¡Te extrañé taaanto!

—¿El que te parezca hermosa es motivo para que blasfemes, invocando malos espíritus?— inquirió Ayanami, aunque su tono carecía de reproche; más bien era rebosante en curiosidad.

—¡No, no, no!— se excusó Rivera agitando las manos —¡Es sólo una expresión en sentido figurado! ¡Es una de esas cosas que no deben tomarse literalmente, no quiere decir que vaya a pasar tal cual!

—Las personas del mundo exterior nunca dejarán de confundirme— espetó la muchachita con aire meditabundo —De por sí conseguir una comunicación efectiva entre personas es bastante problemático… ¿qué propósito tiene entonces la tergiversación del lenguaje si sólo va a entorpecer más dicho proceso?

—Bueno, yo… creo… que las personas se aburrirían mucho si no utilizaran esa clase de juegos lingüísticos… tienen el propósito de hacer más interesante y divertida una conversación…— contestó Kai, abrumado, rascándose la nuca insistentemente mientras miraba hacia el techo.

—Diversión… he podido apreciar que es el móvil de muchas de sus acciones… parece que es una obsesión para la mayoría de las personas… aunque tengo que admitirlo, ahora que he probado lo que es el placer siento la necesidad de buscarlo, experimentarlo y prolongarlo tanto como sea posible… a tu lado…

La jovencita recargó su cabeza en el pecho de su acompañante, acariciando sus hombros.

—¿Cómo es que siempre que estoy contigo mi corazón late con más fuerza y mi estómago parece vacío? ¿Y porqué cuando no estás lo único en lo que pienso es en el momento que volveré a verte?— preguntó Rei con un genuino desconocimiento de las sensaciones que la embargaban en ese momento —¿Es esto… lo que ustedes llaman… amor?

—Aún tienes muchas cosas que aprender acerca de cómo funcionan las cosas en la vida real, pero eso es una de las cosas que más disfruto al estar contigo… a través de ti puedo descubrir y ver con nuevos ojos las cosas más simples y darles todo un nuevo significado que antes no tenían para mí— pronunció Rivera en tanto le daba un afectuoso beso en el cuello, para luego comenzar a canturrear de la nada, como en muchas otras ocasiones lo hacía —"Yo te quiero enseñar este mundo espléndido… ven princesa, y deja a tu corazón soñar… yo te puedo mostrar cosas maravillosas… ven princesa, y déjate llevar a un mundo ideaaal…"

—Vuelve… vuelve… vuelve…— repetía constantemente la muchachita para sacarlo de su súbita fantasía mientras el joven la sostenía de las manos, haciéndola bailotear y girar como si se tratara de un maniquí, pero sin presentar cualquier otra clase de resistencia.

—Perdón— masculló Kai al reaccionar —Otra vez me entusiasmé demasiado, ¿cierto?

—Cierto… pero cada vez me molesta menos… creo que empiezo a encontrarlo… divertido, como ustedes dicen…

—¡Me alegra escuchar eso! Veo que estamos progresando poco a poco, quizás algún día hasta seas capaz de admitir nuestra relación en público...

—Sabes bien que no puedo— le rehuyó, cabizbaja —¿Porqué es que insistes?

—No es por molestar— se disculpó, arrepentido de haber dicho lo que dijo —Es sólo que a veces me parece que amo a dos mujeres... digo, te comportas muy fría conmigo cuando estamos con otras personas, pero apenas nos quedamos solos y te me lanzas como una tigresa. Es bastante confuso, para mí…

—Lo sé... me imagino cómo te sientes— pronunció Rei, volviéndole a dirigir una de esas miradas que derretían —Pero debes comprender... todo esto es ya de por sí muy difícil para mí, muy, muy raro. No estoy acostumbrada y no creo estar preparada para salir a gritarlo al mundo. Además, sería muy incómodo, están todas esas muchachas de la escuela...

—Eres la única, lo sabes— sonrió, intentando tranquilizarla, para luego peinar los cabellos de la chica con sus dedos.

—¿Y qué me dices de la Capitán Katsuragi?

—¿Qué me dices tú del Comandante Ikari?

De nuevo, el silencio se apoderó de los dos, y continuaron así, mudos como una estatua, esculpidos juntos en un abrazo.

Apurados en extremo, casi sin aliento, los dos corrían colina arriba, hacia un templo hacía ya mucho tiempo abandonado, en donde seguramente podrían tener una vista más amplia de la que tenían cuando salieron del refugio.

La larga y salvaje verde hierba crecía sin control al lado de la escalinata pulida en piedra, algo descuidada y derruida por el paso del tiempo. Sus zapatos tenis rechinaban al subir uno a uno los escalones a toda prisa. Eran los primeros en posarse sobre aquellas piedras olvidadas en muchos, muchos años. Aún desde antes de la catástrofe. ¿Cuántas generaciones habían visto desaparecer y aparecer esos viejos cerros, ese antiguo templo? Y sin embargo, a pesar que ya se habían ido, en cambio ellos seguían en pie, intactos.

Luego de un largo trayecto, al final la escalera se termina para dar lugar a la entrada del santuario, en donde se instalaron Toji y Kensuke para observar las hostilidades a sus anchas. Kensuke, como podría pensarse, llevaba pegada al ojo su cámara de bolsillo, su juguete predilecto, apuntando hacia el distrito de Tokkai, que se encontraba muy cerca de allí. Esperaban de un momento a otro poder ver a los contrincantes.

El primero en salir a escena fue el Eva 01, moviéndose hábilmente entre los edificios de la población para eludir los embates de su rival. De inmediato salió éste, en persecución del prófugo, ante el júbilo del camarógrafo que conservaba todas las imágenes para la posteridad, sólo pensando en la majestuosidad de éstas. Su acompañante, por el contrario, sólo pudo señalar la extrañeza del diseño de ambas máquinas de combate. No se parecían a ningún arma que hubiera visto antes, a no ser en la televisión. El tema de un viejo programa de televisión, Ultraman, empezó a resonar en su cabeza, mientras atestiguaba el duelo de titanes.

Todo transcurría muy bien, con la normalidad que una situación tan especial cómo ésa lo permitía, hasta que de repente todo cayó en pedazos. Primero el edificio que prácticamente hizo polvo el Evangelion al estrellarse contra él, luego sus esperanzas de que Ikari pudiera derrotar al enemigo, al ver qué tan fácil éste lo levantaba en vilo y lo hacía girar como un volantín, y después también sus esperanzas de salir ilesos, al contemplar atónitos como esa gran mole, que cada vez se hacía más y más grande, haciendo un sonido cómo de proyectil, se acercaba a ellos, para, por último caer con un gran estruendo sobre los dos.

Shinji intenta recuperarse del mareo producido por el duro impacto, mientras trata de incorporarse lo antes posible antes que el enemigo le diera anlcance. Un pequeño chillido, muy imperceptible, lo detuvo en seco sobre su posición, para luego discernir cuál era la fuente de aquel extraño sonido, esperando que no fuera algún problema con el robot. Todo parecía estar bien con él. Entonces, al voltear hacia abajo pudo observar a sus dos compañeros que apenas y habían salido ilesos de quedar aplastados por la mano del Evangelion, quedando situados milagrosamente entre los espacios de los dedos índice y anular de la mano izquierda, respectivamente. Se encontraban aterrados y arrodillados, casi en shock. Y claro, sin ninguna idea de qué hacer. Presas del pánico, miraban constantemente hacia arriba, hacia la Unidad 01, en espera de una respuesta, de una señal. Como una prueba más de su aparente indestructibilidad, el viejo templo seguía en pie, casi burlándose del enorme artefacto que le había caído encima, esperando hacerlo mil pedazos.

— ¡Los compañeros de clase de Shinji !— exclamó sorprendida Misato, y al mismo tiempo que los señalaba, un extenso expediente de cada uno de ellos se desplegó en el monitor de una terminal, con información, muy, muy detallada. Posiblemente toda la población de la ciudad poseía uno, sin saberlo.

— ¿Qué hacen ahí?— inquirió Ritsuko— ¡Deberían estar en un refugio! ¡Malditos civiles!

La misma pregunta se hacía el joven piloto de la máquina guerrera, quien de por sí ya estaba confundido, ahora se encontraba perdido por completo.

El tiempo seguía marchando, sin importarle si a alguien le pesara ó no y ahora sólo quedaban cuatro minutos de carga. El contador seguía descargándose dramáticamente, y no se vislumbraba un final satisfactorio a todo aquello.

Sin ningún tipo de consideración, el monstruo arremetió contra el Eva 01, quien seguía postrado en aquel cerrito; blandió sus látigos por el aire, amenazando con traspasarlo de lado a lado.

—¡Shinji, levántate, pronto!— ordena Katsuragi a través de la radio, siguiendo de cerca el curso de la batalla —¿Qué demonios es lo que estás esperando?

El muchacho, si la escuchó, no le hizo ningún caso. Allí seguía, indefenso ante los inmisericordes ataques del enemigo, sin hacer el menor intento por incorporarse. Cómo los otros dos de afuera, él también estaba paralizado, pero por decidir qué era lo que tenía que hacer. ¿Esquivar los látigos? ¿Alejar la pelea de allí? ¿Qué hacer? Cualquiera de esas opciones dejaría indefensos a sus compañeros.

—¡Shinji!— explota la militar, sólo para aumentar más la desesperación del infante —¡¿Porqué mierda no me obedeces?!

Ya estaba bueno. Aquella era la gota que había derramado el vaso de agua. El titán atacó con todo su poderío, surcando el primero de sus dos látigos los aires, cortándolos para llegar a cortar también a su objetivo. A la velocidad del pensamiento (literalmente) con su mano libre, la derecha, el robot lo detuvo en seco, sujetando férreamente la extremidad del ángel, a pesar de la resistencia que éste oponía.

Continuaron en ese forcejeo por un buen tiempo, sin que ninguno de los dos luchadores claudicara. Harto, y tratando de aprovechar su ventaja, la bestia intenta asestarle un buen golpe con su látigo restante. Ni modo. De la misma manera que la anterior vez, el piloto maniobra para lograr interceptar la ofensiva del monstruo, casi arrancándoles las cabezas a los chiquillos en el proceso. Pero, al fin y al cabo, sólo quedaron con el puro susto.

Nada había cambiado con aquella acción. Aún continuaban los dos gigantes en aquella colosal lucha de fuerzas, sin que nadie retrocediera. Estaban bastante parejos. De todas maneras, de continuar así, el ganador vendría a ser la criatura. La alta temperatura de sus miembros empezaba a calar en el metal de las manos del robot.

—¡La superficie de contacto se está fundiendo!— reportó Maya desde su consola, tan pronto como le llegaban los datos.

Los dos muchachos, aterrados, le gritaban a Shinji.

—¡Niño nuevo! ¡Escapa, tienes que escapar! — señaló Toji, para luego preguntar a su compañero— ¿Por qué carajos no huye?

—¿Será porqué estamos aquí?— contestó Aida, presa del pánico —¡No puede moverse con libertad!

Tres minutos de energía, y descontando.

El piloto continuaba conteniendo al monstruo tanto como le era posible, pero con desesperación se dio cuenta que no podía seguir así por mucho tiempo más; el contador en la cabina se encargaba de restregárselo en la cara con su horrible chillido. Motivado por todo lo mencionado, al final hubo de tomar una decisión arriesgada.

El compartimento en la nuca de la Unidad 01 se abrió por completo, dejando entrever a los chiquillos la Cápsula de Inserción donde se alojaba el piloto del robot. Éste también emerge, abriendo sus secretos al par de espectadores, postrados presas del pánico.

—¡Ustedes dos, suban rápido!— se oye decir a Ikari por las bocinas externas del artefacto.

Cómo podía esperarse, no se vio con muy buenos ojos esta última acción, allá en el Cuartel.

—¡Civiles dentro del Eva!— exclamó Akagi, casi desvaneciéndose —¡Impensable!

—¡Espera un momento!— le advirtió Misato, con el corazón en la boca —¡¿No irás a dejar entrar a personas no autorizadas al Eva?!

El silencio fue la respuesta que obtuvo. Sólo pudo observar impasible como aquellos dos niños se trepaban a la máquina y entraban como por su casa al interior del Evangelion. La cápsula volvió a cerrarse, una vez con ellos dentro, y de la misma manera regresó a su lugar correspondiente en el mecanismo. Y nada pudo hacer para evitarlo.

Era una experiencia impactante, única. Adentrarse por vez primera en la cabina, sentirte rodeado de un líquido que te rodea completamente, y más poder respirar a tus anchas a través de ese fluido que impregnaba tus pulmones, debía ser algo excepcional e inolvidable para los primerizos. Tal vez hasta para los que ya tuvieran cierto tipo de experiencia.

Ambos se sintieron más aliviados y reconfortados en el interior de la cápsula, de alguna manera se sentían aliviados de sus penas dentro de aquel compartimento. Probablemente alguno de los efectos secundarios que provocaba en sus sistemas nerviosos la peculiar sustancia que respiraban.

—¡Esto no es agua!— expresó sorprendido Toji, contorneándose a su alrededor —¡Puedo respirar perfectamente!

—¡Esto es genial!— pronuncia del mismo modo su compañero —¡Mi cámara, mi cámara!— exclamó sobresaltado casi en el acto, cuando por poco se le caía de sus manos el tan preciado objeto.

Finalmente estaban en la cabina del piloto. En ella, éste no compartía el mismo estado anímico que el de sus huéspedes, más bien se encontraba muy, muy tenso. Parecía que la vena en la cabeza le iba a reventar, por el esfuerzo que hacía al mantener a raya al coloso.

—¡Allí está el nuevo!

—¡No me hablen... porque me distraen!— pronuncia entre dientes el joven.

—¡Maldición, Shinji, escúchame!— resuena por la radio la voz de Katsuragi —¡¿Qué diablos crees que estás haciendo?! ¡Obedéceme de una vez por todas, con una chingada!

Aquello le caló al muchacho. Percibió con toda claridad en ese comentario el tono de voz que Rivera usó anteriormente con él, y que le molestaba tanto. De nueva cuenta, ignoró a su superior y ni siquiera se dignó a responderle con otra blasfemia.

"¿Ah, sí? Conque se sienten muy cabroncitos, los dos, ¿eh?" Pensó al mismo tiempo que su sangre hervía, al representarse la efigie tanto de Misato cómo de Kai. "Ahorita van a ver lo que es bueno."

Apenas había terminado de pensarlo, cuando ya el robot jalaba un látigo con más fuerza, haciendo palanca con su pierna, apoyada en el núcleo del ángel, una bola roja que emergía de su parte inferior; haciendo gala de un enorme poder, empujó con la planta del pie al titán hacia una dirección, mientras que para otra, contraria a la primera, se aferraba a su extremidad. Esto dio por resultado que la bestia saliera disparada lejos del Eva, mientras que uno de sus látigos continuaba en las manos de éste. De inmediato se puso de pie, al fin, tirando con desprecio al suelo el miembro mutilado de su oponente, chorreando un espeso líquido azul.

No hubo tiempo para los aplausos. La carga seguía agotándose, y faltaba poco para que el Eva fuera totalmente despojado de energía. El piloto pudo ganar tiempo precioso, tiempo que debería emplearse para ponerse a él y a su unidad a salvo. El gigante yacía tirado boca arriba, sobre un montón de ruinas que había hecho al estrellarse contra el asfalto; torpemente buscaba incorporarse de nuevo, pero era difícil hacerlo sin manos ni pies, además del desequilibrio producido por la ausencia de uno de sus tentáculos.

—¡Ahora!— de nuevo se escuchó a la mujer con rango militar por la radio —¡Retirada, aprovecha la oportunidad que se te presenta!

Al mismo tiempo aparecieron en la pantalla de la cabina infinidad de rutas para salvaguardarse, cada una de ellas cerca de su posición. Pero Shinji ya no consideraba la huida cómo una alternativa. Finalmente se dispuso a contestar al centro de mando.

—¡Déjenme en paz!— reclamó con voz imperiosa, tanto que sacó a todos de balance.

Estupefacta, la capitana no daba crédito a lo que escuchaba. Aquello era insubordinación, era desobedecer la estrategia. Emperrada, no hallaba con quién desquitarse; quería tener en esos mismos momentos entre sus manos al chiquillo, para poder estrangularlo.

—¡Maldito, maldito seas!— repetía furibunda, mientras golpeaba el piso constantemente con el tacón de una de sus botas—¡¿En dónde diantres se ha metido Kai?! ¡Justo cuando lo necesito, le da por desaparecerse! ¡Él va reemplazar a este babosito!— y sin ningún tipo de consideración se dirigió a Hyuga —¡Encuéntralo, con un carajo! ¡¿Qué tengo que pedírtelo todo?!

El pobre sólo se encogió ante la acometida, y rápidamente empezó a desplegar todos sus recursos para localizar al muchacho. En balde resultarían todos sus esfuerzos, ya que el muchacho había apagado su celular, así cómo había bloqueado momentáneamente cualquier forma en que pudieran encontrarlos, tanto a él cómo a Rei. Justo en ese instante seguía enredado con la muchacha, habiéndosele olvidado por entero su repentina necesidad por sustituir a Shinji a los mandos de la Unidad 01.

—Oye, ¿qué no la escuchaste?— interrogó Toji al piloto, aunque bastante cauteloso —¡Ella dijo retirada ! ¡Creo que eso significa que nos tenemos que ir!

—De ninguna manera— contestó tajante, sin voltearlo a ver.

Fue necesario que su compañero lo contuviera antes de que el infante se le dejara ir a golpes (de nuevo) al tripulante de la máquina de guerra.

Éste los ignoraba deliberadamente, zambulliéndose en las profundidades abismales de su subconsciente. Adonde siempre huía en las circunstancias más difíciles. Se encorvó un poco, como si estuviera concentrándose: "No voy a huir, no voy a huir, no voy a huir, no voy a huir…" repetía tal cual disco rayado, una y otra vez.

—¡El sistema nervioso está respondiendo de manera anormal!— comunicó Maya después de revisar los datos en el monitor.

—Es por que tiene dos cuerpos extraños en su interior— respondió enseguida Ritsuko —Pronto, la sincronización también se verá afectada...

Misato sólo gruñó, ante la mirada inquisitiva de su compañera de trabajo. Había desistido de obligar a Ikari a replegarse, y solamente esperaba que su subordinado pudiese encontrar a Kai, y que quedara lo suficiente de la Unidad 01 para que Rivera la pilotara.

A final de cuentas, pese a todos los pronósticos, Shinji continuó firme. Observó fijamente cuesta abajo, donde ya el coloso había logrado incorporarse nuevamente, y no tardaría mucho en contraatacar con saña, furioso en extremo por la herida infringida.

Al mismo tiempo que emergía un cuchillo de un protector de sus hombros, los cuales tenían la misma longitud que la cabeza del robot, el niño lanzó un atronador grito de batalla. Al instante se precipitó por la ladera de la colina hacia donde estaba su contrincante, esperándolo prudentemente. A leguas se distinguía que el joven piloto, quien ya había empuñado el arma de filo, atacaba a locas y a tontas. La militar, sobre todo por su experiencia y dado su currículum, se percató de ello y en vano quiso evitar una inminente tragedia.

—¡Shinji, por lo que más quieras!— profirió tomando la radio en sus manos —¡No lo hagas, te vas a arrepentir! ¡Obedéceme, no lo hagas!

Consiguió los mismos logros que anteriormente. Nada. El infante ni siquiera la escuchó, en su frenética carrera hacia la grandeza. Sólo le quedó ver estupefacta el curso que llevaban los acontecimientos.

No tardaron mucho los dos titanes en encontrarse. La iniciativa la tomó el monstruo, quien con su látigo restante logró perforar el tronco del robot, parándolo en seco aunque fuese por un momento.

—Se lo dije— pronunció la mujer para sí misma, contemplando la escena.

Sintiendo el punzante dolor en su costado, Ikari, necio como se encontraba, persistió en su intento, luchando por abalanzarse hacia el enemigo, no importando el sufrimiento que tenía; sólo tenía una cosa en mente: derrotar al Cuarto Ángel. Pero no por ningún motivo altruista ó alguna razón similar, más bien era para no terminar dándole la razón a sus detractores, entre ellos su guardiana y su compañero de cuarto. Ese recuerdo alimentó su anhelo de triunfo, encendiendo el fuego de su determinación a todo lo que daba.

El Cuarto Niño en contra del Cuarto Ángel, ¿Quién iba a ganar?

Venciendo a la adversidad, con un último esfuerzo, sobrehumano, logró alcanzar a su contrincante; aún cuando al avanzar conseguía hacerse más daño, continuaba su penoso andar, e ignorando todo dolor siguió hasta encajarle la punta de la navaja que traía empuñada en el mero núcleo de la bestia, su talón de Aquiles, por así decirlo.

El ruido que se produjo al chocar el metal con aquél órgano fue estremecedor, cómo uñas en un pizarrón, pero aumentado miles de veces. Era para volverse loco. El arma sacaba chispas debido a la resistencia que generaba el coloso a ser traspasado, ocasionando así una fricción con el efecto ya mencionado.

Todos en el Centro de Mando están con el corazón en la boca, sin despegar la vista del monitor un solo instante, aún cuando el reloj interno del Eva indicaba que ya tan sólo quedaba un minuto más, y después de eso, el final. Misato, nerviosísima, jalaba constantemente las mangas de su chaqueta roja y en algunas ocasiones su largo y sedoso cabello hacía los honores. "Shinji, ¿qué fregados intentas hacer?" Se preguntaba a la vez que recordaba que morderse las uñas es un mal hábito, alejándolas de su boca.

Los segundos que siguieron fueron previstos de una angustia del tipo extrema. Todo, absolutamente todo podía pasar en tan poco tiempo. Cualquier cosa, ya fuera que el monstruo saliera vencedor, cómo algunos se inclinaban a creer, ó bien, que un milagro sucediera y el chiquillo se levantara con la victoria. Claro que los milagros ocurren, pero aquí la pregunta era: ¿qué tan seguido?

La energía iba abandonando al robot a medida que éste seguía enterrando cada vez más y más su cuchillo en el enemigo. La cuenta regresiva había comenzado ya: 10. 9. 8. 7. 6. 5. 4. 3. 2. 1. 0.

Con una coordinación impecable, al final la vida había dejado a los dos oponentes al mismo tiempo. Tanto la máquina como el titán se mantenían en pie, aferrados hasta en el último momento de su descomunal lucha de fuerzas, que al final ninguno de los dos había ganado. El único que resultó triunfante era Shinji, quien aliviado y a la vez agotado, reposaba en su asiento, tratando de recuperar el equilibrio y asimilar que, en realidad y pese a todos los pronósticos, en verdad era el único y auténtico ganador. Todo un campeón.

Las dos enormes figuras se quedaron congeladas en su posición, mientras el crepúsculo comenzaba, divisándose en el horizonte los últimos rayos del sol ofreciendo un paisaje digno de fotografía. Qué lastima que todos estaban bajo tierra, en sus refugios, pues estaban perdiendo de una grandiosa vista.

—El enemigo está eliminado— comunicó el operador Shigeru Aoba, con cierto tono jubiloso que no pudo disimular.

Katsuragi no compartía su estado de ánimo, y recibió la noticia con un semblante hosco y severo, mirando fijamente hacia la nada. Pensaba que no había nada que festejar, y sí mucho que lamentar.

Sentado en su trono, Shinji se deleitaba probando las deliciosas mieles del éxito. Se hacía en la cima del mundo, y a esos 100 metros de altura de veras pensaba que era el soberano de todo cuanto veía. Era un decir, por supuesto, ya que las cámaras externas de la unidad se habían apagado, a la vez que las bocinas y el radio, por lo que se encontraba ciego, sordo y mudo, desconectado por completo de su dominio.

—Oye, Ikari— se dirigió Suzuhara hacia él, tímido tal cual un corderito —¿Estás bien?— inquirió, al transcurrir bastante rato sin que les dirigiera la palabra a sus invitados.

—Sí— contestó el muchacho, viéndolo con el rabillo del ojo —Estoy bien...

De súbito, como si de un rayo se tratase, un pensamiento lastimero pasó por su cerebro: ¿De qué servía el triunfo, si no había alguien con quien compartirlo, mucho menos alguien que lo felicitara por conseguirlo? En su lugar, lo más probable es que le esperaba una fuerte reprimenda, al haber discutido con la Capitán Katsuragi del molo en que lo hizo.

De ese modo el triunfo perdía su razón de ser, y por lo tanto, su valor.

Con un dejo amargo, no pudo evitar recordar la pregunta que Kai le había hecho tan solo unas cuantas horas antes: "¿Qué crees que haces aquí, Shinji?"

"¿Para qué hago todo esto?" sollozó al final, para después derrumbarse en llanto, tapándose la cara con las palmas de las manos.