"Is this the real life?

Is this just fantasy?

Caught in a landslide

No escape from reality

Open your eyes

Look up to the skies and see

I'm just a poor boy, I need no sympathy

Because I'm easy come, easy go

A little high, little low

Anyway the wind blows, doesn't really matter to me…"

Queen

"Bohemian Rhapsody"

Fulminante. Así era por completo el continente de Misato. Ella solamente estaba allí, de pie frente al chiquillo, y sin embargo, éste casi podía sentirla encima. Por un tiempo no había dicho ni hecho nada, salvo mantenerse allí, de pie, de manera inquisidora.

Apenas el niño había salido de los vestidores cuando se la encontró junto a su locker, en dónde guardaba sus pertenencias mientras estaba en el Geofrente. La noche ya asaltaba a este último y Katsuragi aún no decía palabra alguna.

Incómodo, todavía con la toalla húmeda en la cabeza, Shinji se sentó en una banca que estaba en medio del pasillo de casilleros, acomodándose como le era posible y aguardando a lo que la mujer parecía tener que decir. La respiración agitada de Ikari, quien aún presentaba cierto grado de excitación, resonaba en el lugar y por mucho rato fue un sonido solitario, hasta que la mujer con rango militar, cansada de esperar, profirió de manera hosca:

—¿Porqué desobedeciste mis órdenes?

Tan pronto escuchó aquellas palabras el infante volvió la mirada a un lado, tanteando el curso que seguía todo eso. No se equivocaba, ya que la capitana continuaba:

—Puedo pasarte por alto que dejaras entrar a esos dos, pero... — y aquí en el "pero" marcó una pausa un tanto melodramática, quizás para agregarle más gravedad a su sentencia —¿Qué piensas que hubiera pasado si no derrotas al ángel? ¿Eh? ¿Te pusiste siquiera a reflexionar en ello en ese momento?

—Perdón— musitó desganado, queriéndosela quitar, enfadado por la manera en que lo hostigaba. A fin de cuentas, él conocía muy bien su negocio y no necesitaba que nadie le reprochara por eso.

—¿Crees que con pedir perdón ya está todo arreglado?— siguió la mujer, advirtiendo el tono del joven —¡Yo soy la responsable de tus estrategias! ¡Por lo tanto, tu deber es obedecerme! ¿Lo entiendes?

—Sí lo entiendo— la retó, mirándola fijamente y frunciendo el ceño, harto que siempre le estuvieran hablando así —Entiendo que para ti sólo soy un piloto... un simple subordinado, y nada más.

—¿Qué estas diciendo?— precisó a preguntar, desconcertada por entero.

—¿Así que lo de vivir juntos era para controlarme más fácilmente?— contestó a su vez, formulando una hipótesis un cuanto absurda, pero bastante creíble entonces para su mente en brumas —En un principio creí que lo hacías porque te compadecías de mí, pero ya veo que no era así.

—¡Cállate de una buena vez, si no quieres que te obligue a hacerlo!— contravino Misato, ofendida en extremo, y dándose media vuelta, remató —No sabes lo que dices.

—¡Ya déjame en paz!— respondió el jovencito, hastiado, golpeando con estrépito una puerta de lámina de un casillero que tenía detrás de él —Al final liquidé al maldito bicho ese, tal y cómo querían.

Fustigada por la insolencia arrogante del jovenzuelo, de aquél alfeñique que apenas y le llegaba al hombro, la joven mujer en un arrebato de ira incontenible depositó una tremenda cachetada en el rostro del muchacho, quien sólo se cimbró en su lugar. No estaba acostumbrada a golpear a menores, a decir verdad, ésa era la primera vez en muchos años que tenía que emplear un correctivo de ese tipo con un niño.

Shinji, por su parte, tampoco estaba habituado a aquella forma de reprimenda, y permaneció petrificado en su asiento, sin saber si llorar ó enojarse, ante los resoplidos de Katsuragi.

—¡Imbécil!— le dijo enfurecida —¡¿Quién te crees que eres para hablarme así?!

Al verlo todo acongojado, tal cual un ratoncillo asustado, a punto de desbordarse en lágrimas, la militar no pudo más que sentir asco y repulsión de sí misma, pero sin reprocharse ó arrepentirse de su obra.

No obstante, tuvo que volver a darle la espalda, para evitar verle sus ojos enrojecidos y vidriosos.

—Ya está bien... — masculló casi suspirando —Ve a casa a descansar.

El muchacho ya ni le respondió. Solamente tomó su mochila con sus cosas del interior de su locker y salió del lugar, envuelto en un mutismo impenetrable.

Todavía se escuchaban sus pisadas en el corredor contiguo cuando Misato no podía librarse de una opresión que embargaba su pecho, como quien sabe que hizo una cosa muy reprobable en aras del deber. El lastimero estado en que había dejado al chiquillo la conmovió de sobremanera, y buscaba alguna forma de compensar el castigo. Al no hallar ninguna, con la mente en blanco, sólo acertó a pronunciar para sí misma, cómo queriéndose justificar:

—Él empezó...

A su vez, el joven caminaba como sonámbulo por entre los pasillos de la instalación, siguiendo inconscientemente el camino a casa. Bastante ocupado se encontraba con tener que lidiar con el dolor, tanto espiritual cómo físico, y en contener el llanto que amagaba con encharcar su faz y sus enrojecidas mejillas. Su cabeza era un caldero hirviente, en el cual, en medio de todo el hervor comenzaba a cocinarse una oscura determinación, que se fijó firmemente en la voluntad del infante, resuelto a cumplirla a cómo diera lugar.

Ya las tinieblas se habían asentado por completo en la bóveda celeste cuando Ikari arribó al departamento. Se había hecho algo tarde en su itinerario cotidiano, puesto que se había detenido en el supermercado antes de llegar. Con dificultad, cargando una abultada bolsa de papel repleta de víveres, deslizó la tarjeta de identificación por la ranura de la puerta, abriéndose ésta en el acto. De la misma manera se introdujo el muchacho al interior del aposento, cerrándose otra vez el portal detrás de él.

No había llegado aún a la cocina donde planeaba descargar el cargamento cuando ya Pen-Pen lo estaba acosando con su enorme curiosidad, al ver llegar a su huésped. Incomodado, pensando en que jamás se hubiera acostumbrado al animal, trataba de sacarle la vuelta, con temor de arrollarlo. El ave se quedó inmóvil en su lugar, observando detenidamente al visitante.

Desorientado, con la vista obstruida por su carga, el infante no pudo evitar que el contenido de ésta se desbordara, cayendo hacia el piso un paquete de carne seca. No logró completar su trayectoria, ya que ágilmente el pingüino lo atajó en pleno vuelo, con una de sus aletas, para después echar a correr muy alegre en dirección a la habitación de Misato, con la carne bajo la aleta.

—¡Oye, tú!— le recriminó Shinji, apurándose a dejar la bolsa sobre la mesa de la cocina para darse a la persecución del extraño animal —¡Deja eso, no es tuyo!

Lo alcanzó en dicha habitación, abriendo la puerta sin tocar. Pen estaba sentado cómodamente sobre la cama de la dueña de la casa, degustando plácidamente un trozo de carne seca (lo confundía con unas tiras de pescado ahumado que de vez en cuando le daban, a modo de premio).

Con violencia, el muchacho le arrebató el paquete de su aleta, no sin cierto enfado.

—¡Misato debía sentirse muy sola para tener de mascota a alguien cómo tú!— pronunció, aún molesto con la mujer, y cómo si el pajarraco pudiera contestarle.

Éste, agitado por la súbita impresión otorgada, emitía unos lastimosos chillidos, como llanto en la noche, y aleteaba fuertemente dando la impresión de querer emprender el vuelo.

—¡Cállate!— ordenó enérgicamente el chiquillo, sumamente enfadado.

El animal no hacía caso, y seguía lamentándose en su lugar, hasta que alguien fue a rescatarlo de sus penas.

—¡Oye, tú!— dijo Kai empleando el mismo tono de voz, entrando de improviso al cuarto —¡Deja en paz a mi pingüino!

De inmediato el recién llegado abrazó al perturbado avechucho y lo cargó, oprimiéndolo contra su pecho para que se calmara, a sabiendas del gusto que le provocaba eso. Pen-Pen temblaba intermitentemente a la vez que Rivera paseaba su mano sobre su emplumada cabeza y lo arrullaba, tratando de consolarlo, terminando por darle un beso en el pico.

—Ya, ya— le decía mientras salían de la habitación —Deja a ése flaco desnutrido con sus fiambres rancios, no los queremos...

Siguió paseándolo por toda la extensión del apartamento, al mismo tiempo que Shinji sacaba enrabiado una de sus valijas y en ella empezaba a depositar ropa y la comida que había llevado, ofendido en sobremanera por las mofas de su compañero, las cuales pretendía no escuchar nunca más.

—Esa camisa es mía— advirtió mesuradamente Rivera desde el quicio de la puerta de su cuarto, aún con el pingüino en brazos.

Al percatarse de ello, casi con desprecio y sin decir nada Ikari la arrojó sobre su cabeza, retornando ésta a su lugar de origen, el suelo. Se percibía una cierta atmósfera cómo de una tensión apremiante; ninguno de los dos jóvenes había olvidado el incidente con el ladrillo, ni su pequeña discusión previa. No habían pasado ni diez horas de eso.

—¿Ya te vas?— interrogó su acompañante, sin haberse movido de su lugar.

—Mañana, en cuanto despunte el alba— respondió secamente, no queriendo alargar las conversaciones con él. Además, se imaginaba que pretendería disuadirlo de alguna manera de su decisión. Pero se equivocó rotundamente.

—En ese caso será mejor despedirme de una vez, no quisiera levantarme temprano para hacerlo: que te vaya bien, espero no volver a verte pronto— pronunció indolente para después darle la espalda nuevamente y continuar cargando a su mascota por toda la estancia, ante la creciente molestia de su congénere.

Cuando Katsuragi por fin hizo acto de presencia, ni siquiera saludó a su huésped. Se limitó a ver de paso la puerta cerrada del cuarto antes de que ella se internara en el suyo. No quería verlo en toda la noche, a manera de castigo. Quizás en la mañana, después de descansar, pensaría mejor las cosas y mejoraría su comportamiento.

Al día siguiente la inactividad en la casa a tan temprana hora (alrededor de las siete) la despertó. Para ese entonces Shinji ya debía estarse preparando su desayuno, alistándose para la escuela. Perturbada, aún en pijama, una camiseta blanca de gran talla que le llegaba a los muslos y ocultaba su ropa interior, salió para averiguar que era lo que sucedía.

Comprobó que efectivamente, el apartamento estaba en plena calma, con todas las luces apagadas. Con prontitud deslizó la puerta del cuarto de los muchachos, para percatarse que sólo uno de ellos seguía en él, y ése no era precisamente Ikari.

—Ha huido— murmuró la militar, contemplando a Kai en su placentero sueño, con un calcetín en la boca, como tapón para sus ronquidos —No debería sorprenderme.

Como un mero acto de compasión le quitó a su protegido la prenda de la boca, permitiéndole así roncar a su completo antojo. Al fin y al cabo a ella no le molestaba.

Examinó los alrededores, en busca de cualquier pista que pudiera sugerirle el paradero de su subordinado. Lo que encontró, sin gran esfuerzo, fueron sus tarjetas de identificación, tanto la de la casa cómo la de NERV. Además de una carta adjunta que venía letrada para ella. Era la letra del joven. Sin muchos ánimos la abrió. Ya sabía su contenido de antemano.

"Srita. Katsuragi":

"Después de mucho pensarlo he decidido que lo mejor es regresar con mi tío. Muchas gracias por todas sus atenciones, y disculpe las molestias que le pude haber causado."

"Atentamente":

"Shinji Ikari."

El escrito era breve y escueto, además se notaba que el autor se encontraba enojado con la destinataria, al referirse a ella de "usted". Pero era precisamente cómo Misato se imaginó que sería la despedida del chiquillo.

Miró por la ventana, aún sosteniendo la hoja de papel entre sus manos, el aguacero que caía afuera. ¿Qué estaría haciendo en esos momentos, con semejante clima? ¿En dónde estaría?

—Shinji idiota— acertó a pronunciar, sentándose sobre la cama.

En realidad, estaba muy bien fundamentada aquella suposición. No había podido escoger un día peor para irse de una vez por todas, para correr de sus problemas. Llovía a cántaros, además de que las espesas nubes no dejaban entrever que el sol pudiese salir en aquél día. Los faros seguían encendidos en las calles, a pesar que ya eran las nueve de la mañana.

Las gruesas gotas de lluvia se estrellaban una por una contra el vidrio del tren, manteniéndose dentro seco por completo. La enorme mole metálica se deslizaba con velocidad sobre del riel, sin importarle las condiciones climáticas, ni a él ni a ninguno de sus pasajeros, no hasta que lo abandonaran.

Una a una recorría ágilmente las estaciones, dejando gente por aquí y subiéndola por allá. Las personas se movían en muchedumbres, confundiéndose en una gran masa gris de múltiples rostros y voces. Todos ellos sabían a dónde querían ir, y cuando deberían hacerlo, todos a excepción de uno.

Ikari miraba desconsolado a sus semejantes, como con envidia de su seguridad. Deseaba tener esa certeza acerca de su futuro inmediato, pero nomás no podía decidir qué hacer. No quería regresar con su tío, el ebrio. Tampoco quería regresar al Proyecto Eva, a la responsabilidad y deberes que le achacaban sin siquiera pedírselo.

Simplemente no encajaba en ningún lugar. Era un hombre sin patria y sin hogar.

Un vagabundo.

Sentado sobre el incómodo asiento de fibra de vidrio, se aferraba a sus pocas pertenencias, todas ellas en su valija. La mayoría era ropa y comida. Además de eso, lo único que tenía era su reproductor musical, que traía puestos, queriendo alejar con la música sus zozobras. No funcionaba mucho, la música era algo mala. Alegre, pero vacía. Sin mensaje ni alma. Diseñada especialmente para pasar el rato, pero no para levantar el ánimo, ni consolar.

Mientras hacía esto, sus acompañantes se revolvían en el interior del vagón. Aún con la melodía en sus oídos, alcanzaba a escuchar parte del murmullo que parían las conversaciones entre las personas.

—...vaya que se soltó el diluvio, ¿verdad?

—...y a mí que se me olvidó el paraguas...

—...si lo trajeras, de seguro no estaría lloviendo...

—...tendremos que tomar un taxi, si es que no queremos mojarnos...

—...ya comenzaron las lluvias de verano...

—...la cosecha será buena este año...

—...¿qué cosecha?...

—...¿viste a ese mocoso?...

—...pediré que me transfieran...

—...no hay donde...

—...todo el mundo es un caos...

—...guerra por doquier...

—...¿qué no debería estar en la escuela?...

—...esos rebeldes necios...

—...¿qué si extranjeros desean explotar sus tierras?...

—...ellos sólo las desaprovechan...

—...los americanos sí que supieron hacerla, al correr a esos sombrerudos dormilones...

—...parece que está drogado...

—...aquí tenemos nuestra propia guerra...

—...¿de dónde habrán sacado dinero para hacer ese robot?...

—...parece costoso...

—...y más los daños que ocasiona...

—...el distrito Tokai quedó como una zona de desastre...

—...ó a lo mejor está perdido...

—...todo por culpa de esos malditos rebeldes...

—...a la horca con todos ellos...

—...¿no será una de esas bombas humanas?...

Los dejaba continuar, al igual que el aguacero de afuera aquellos comentarios no se podían detener. Más que con la porquería que escuchaba, se deleitaba al apreciar y distinguir ese suave murmullo, uniforme y rítmico, con tonos emotivos y hasta extasiantes. Personas se iban, personas llegaban, personas se restaban a la vez que otras se sumaban. La muchedumbre era un animal de tamaños y características que variaban muy seguido.

Así pasó gran parte del día, sin saber qué hacer, sin ninguna precisa idea de adónde sería bueno ir. ¿Cuántas vueltas a su ruta hizo el transporte, con el paria dentro? No se podría saber con certeza. Sin embargo, ya era noche cuando dio su último suspiro, deteniéndose en la estación final, a orillas de la urbe:

—Gracias por usar el sistema de trenes de Tokio 3. La última parada de esta unidad es en esta estación. Por favor, revisen que no olvidan nada al salir...

El gélido y mecanizado tono de la grabación no daba solución al dilema del joven, al despertarlo abruptamente. Como un autómata abandonó su refugio, cabizbajo.

Afuera hacía frío y aún seguía lloviendo, aunque ya parecía amainar. Al salir de la estación de inmediato buscó refugio, el cual encontró en un pequeño cine nocturno, de dudosa calidad. Por lo menos allí estaría caliente.

Había acertado. La oscuridad de la sala, los suaves pero sucios asientos acolchonados, el tenue fulgor de la pantalla y además de lo tediosa que era la temática de la película en proyección contribuyeron en mucho para que el fugitivo se sintiera arropado, en momentos hasta arrullado, cabeceando de cansancio en seguidas ocasiones.

La poca concurrencia optaba por distintas opciones, pero ninguna de ellas era observar el filme. Filas atrás de dónde el muchacho se había acomodado se encontraba una joven pareja de unos veinte y algo años, bastante concentrados en conocer la respectiva anatomía del otro. Sus resoplidos como de animales de corral resonaban por todo el cuarto, sin que a nadie en particular le molestase.

A su lado se encontraba otra pareja, aunque ésta era un poco mayor que la anterior. El hombre parecía bastante molesto, notándose su semblante malhumorado aún entre las penumbras, aparte que una ó dos maldiciones se le solían escapar en voz alta "piruja barata", "hija de la chingada", eran de los adjetivos que con mayor frecuencia recurría para describir a su, aparentemente, amante; para luego descontarle una buena bofetada cuyo eco se imponía aún a los pujidos de los jóvenes. La mujer, una comadrona ya de unos cuarenta años, contestaba con un chillido autoreprimido, que aspiraba a ser una queja de dolor. Las lágrimas le escurrían por sus abultadas mejillas mientras el tipo la jalaba del cabello.

Adelante, un sujeto rancio y macilento se entretenía en fumar una especie de cigarro, al parecer hecho en casa, que además despedía un humo de un olor bastante extraño, pero que hacía sentirse muy alegre. La tos áspera del individuo le hacía acompañamiento de vez en cuando a las maldiciones del señor de atrás, mientras golpeaba a su flácida mujer. Su cabeza parecía levitar encima de sus hombros, mientras oscilaba alrededor de su cuello.

Y aún más delante, en primera fila se encontraba un viejo harapiento, un desposeído, ocupado en darle fin a una enorme botella de alcohol medicinal. Era el único que en algunas ocasiones, entre trago y trago, parecía ver aunque fuera de pasada, la pantalla que tenía enfrente de él. Carraspeaba profundamente para poder pasar el buche de aquél líquido ardiente, que quemaba su garganta en el camino al estómago. Pero por lo menos eso lo calentaba y le hacía olvidar que estaba empapado.

Tales eran los hijos de la noche, los habitantes olvidados de la futurista ciudad, una utópica fortaleza en contra de la miseria que plagaba a todo el mundo. Eran ellos los olvidados, los rezagados y los ignorados, que sólo se atrevían a salir de su refugio cuando sus contrapartes diurnas se ocultaban de las sombras. Eran ellos el precio a pagar por la ilusión de desarrollo y destellos de crisol de la magnífica urbe medio abandonada.

Entre parpadeo y parpadeo, los cuales se hacían cada vez más largos proporcionalmente, Ikari más ó menos alcanzaba a distinguir los diálogos de la película, aunque estuviesen cortados. En la pantalla, cuatro personas, tres hombres y una hermosísima mujer rubia se debatían encerrados en una habitación, un laboratorio burda y hasta podría decirse que ofensivamente reproducido.

—¿En serio pudo detectar eso?— pregunta el primer hombre, al que llamaremos "A".

—Sí. Un objeto celeste de un diámetro de centímetros se estrelló contra la Antártida a más de diez por ciento de la velocidad de la luz.— responde el que parecía de más rango que todos los otros. Vestía una bata blanca de laboratorio, además que estaba caracterizado como el típico estereotipo del científico, viejo, con gafas y calvo. Por lo tanto, designemos a este efímero personaje como "el doctor".

—Con nuestro simple conocimiento científico no pudimos ni detectarlo, ni mucho menos prevenirnos— agregó A de nuevo.

—¡Hay un infierno allá afuera! ¡¿Para qué es que la ciencia existe, en ese caso?!— pronunció aterrorizada y sobreactuando la bella mujer de generosas proporciones.

—En estos momentos, la baja atmosférica causada por la transición del eje de la Tierra se ha decrementado— intentó calmarla A, generando una confusión que el rostro de la dizque actriz no pudo ocultar.

—Entonces... ¿se ha calmado un poco?— preguntó suplicante, acercándose muy convenientemente a "A".

—No. Una ola gigantesca se está aproximando a una velocidad de 230 metros por segundo— por fin el otro actor, quizás el asistente del doctor, intervenía. Él es "B", aunque no valdría la pena ni mencionarlo, dada su somera participación.

—Doctor, debemos escapar mientras aún tengamos tiempo— concluyó A, quien no pudo resistirse de asir con el brazo a la fémina por la cintura y de juntar sus sexos aún cuando sus ropas le impedían hacerlo cómo a él le hubiese gustado.

—No. Es mi deber permanecer en este lugar— respondió solemne el doctor, e igual que sus acompañantes, de manera muy poco convincente. Cabe destacar que todos, todos los personajes de esa espantosa película, apenas terminaban de decir su ridículo diálogo tenían que, por obligación, voltear a ver hacia la cámara.

—De seguro moriría; además, tiene la obligación de cuidar de este mundo infernal...

Shinji no pudo resistir más, y con sus fuerzas menguadas cayó profundamente dormido.

—¿Aún no hay noticias del muchacho?— preguntaba Ritsuko, a la par que revisaba los últimos informes acerca de las reparaciones a la Unidad 01.

Al verla tan ajetreada, estudiando detenidamente las carpetas de reportes, cualquiera hubiera pensado que en realidad aquella cuestión no le importaba en demasía. Quizás era cierto, pero de igual modo Katsuragi contestó:

—No. Ya han pasado dos días desde que se fue, y aún no he sabido nada de él— confesó un poco mortificada —El ambiente en la casa se había tensado un poco... pero de eso, a llegar escaparse... — suspiraba angustiada, recargada contra una pared, ataviada con su ya característica chamarra roja de plástico. Una blusa con cuello de tortuga, una minifalda de ésas levanta muertos y unos botines complementaban su atuendo.

—¿Qué no eras tú la responsable de él?— arguyó Akagi, lanzándole una mirada desdeñosa.

—¡No me lo digas de esa manera!— se defendió, muerta de la vergüenza.

—Te lo advertí desde un principio... — continuó la doctora con la reprimenda, haciendo a un lado los reportes y amenazándole con el dedo índice —Te dije que no eras capaz de cuidar a un muchacho como Shinji y que mejor te convendría no meterte con él… ¿pero acaso me escuchaste? ¡Por supuesto que no! Seguro que pensaste que sería lo mismo que con Kai, pero por si no lo has notado, ese engendro no es como todos los demás chicos…

—Bueno... sí— vacilaba Misato, apabullada por entero —Además, tuve la impresión que los dos discutieron un poco ese día... pero yo... yo no creo que se haya ido por eso... ¿ó sí?

—Ni hablar— sentenció la científica, tomando el teléfono del escritorio —Tendré que notificarlo a los superiores.

—¡No, no lo hagas aún!— quiso su compañera disuadirla, agitando las manos, alarmada —¡Por favor!

—¡Será muy tarde cuando le haya pasado algo, Misato!— replicó de inmediato, justificando su accionar —¿O es que vas a ir tú misma a buscarlo?

—Es que yo no sé en dónde puede estar. ¡No lo sé!— expresó impotente, mientras su compañera hacía la tan temida llamada telefónica —Pero sé de alguien que tal vez sí lo puede saber... ó por lo menos lo puede averiguar— murmuró para sí misma en un momento de iluminación, rascándose la barbilla.

El sol se encontraba en su cúspide, observando desde su trono en los cielos todo su reino, el cual abarcaba todo cuanto pudiese ver. La oscuridad huía a su paso, dejándolo como un conquistador implacable. Cómo si fueran su cortejo, las nubes que parecían motas de algodón desfilaban una a una ante él, inclinándose en señal de reverencia. La temperatura estaba en su punto, unos veinticinco grados Celsius. Era un bello día soleado.

Y sin embargo, Toji no parecía disfrutarlo. Al contrario, parecía perturbado, como si algo lo molestase. Recargado contra el ventanal del salón, no se permitía gozar del excelente ambiente, y sí que la duda y la incertidumbre lo acosaran en todo momento.

—Ese chico— por fin se animaba a decir algo, aunque aún guardando distancias —¿Qué estará haciendo?

—¿Quién?— le preguntó Kensuke, algo confuso. Él también estaba distraído con sus pensamientos, examinando minuciosamente un modelo de avión caza a escala, que acababa de ensamblar. Sabía muy bien como utilizar su tiempo libre.

—El nuevo, Ikari— se explicó el infante, con la vista aún clavada en el horizonte —Es muy extraño— continuó —Desde lo que pasó, no ha vuelto a la escuela.

—¿Estás preocupado?— volvió a preguntar Aida, siguiendo el curso de la conversación.

Hasta ese momento, los amigos habían charlado sin distraerse de lo que estaban haciendo, cada quién en lo suyo; pero debido al último comentario vertido por su acompañante, Suzuhara no tuvo más remedio que hacerle frente, poniéndose estrepitosamente de pie.

—¡Yo no estoy preocupado por nadie!— reclamó enfadado —¡Yo sólo digo que es algo muy raro!

—¿Qué, para el caso, no es lo mismo?— le aclaró Kensuke, dejando de lado su pasatiempo —No estás siendo sincero contigo mismo.

—Hm— masculló el chiquillo, cruzándose de brazos —Ojalá Katsuragi estuviera aquí para aclararnos todo...

—Tampoco él ha venido desde ese día— dijo el otro —Pero después de todo lo que pasó, ¿De veras quisieras verlo?

—No, ahora que lo pienso, para nada— reveló Toji, moviendo la cabeza en señal de negación.

—Bueno, si tanto te preocupa— continuó su compañero —¿Porqué no le preguntas a Ayanami?— sugirió, señalando a Rei, quien se encontraba unos lugares detrás de ellos, con la nariz pegada a un libro.

Parecía una buena idea, en principio. Ambos quedaron inmóviles por algún tiempo, volteando hacia la dirección señalada; pero apenas la jovencita escuchó su nombre, bajó un poco su libro para encarar a sus condiscípulos. Con su único ojo disponible (el derecho aún conservaba la gasa sujeta con vendaje) les lanzó una de sus miradas congelantes, que los dejó petrificados en su lugar. A leguas se notaba que no deseaba que nadie se le acercara.

—Pregúntale tú— pronunció Suzuhara, notando aquél hecho —Yo no me atrevo— terminó descorazonado.

—Yo menos— agregó su confidente —Ni modo.

Consumadas sus tareas en el Cuartel General, la Capitán Katsuragi emprendió el viaje de regreso al hogar, algo que esperaba, sin mucha fe, hiciera a su vez Shinji. Muchas cosas pasaban por su mente mientras conducía por las tranquilas calles de la ciudad. Muchas de ellas se relacionaban directamente con el prófugo; que si estaría bien, que si tendría hambre, que si estaría pasando frío... la ignorancia de su estado la estaba sumiendo en una desesperación profunda. La noche se estaba asentando cuando su auto cruzaba cómo un bólido la ruta hacia su apartamento.

Descorazonada había estacionado su auto en el cajón correspondiente, y de la misma forma subido las escaleras hasta su puerta y cruzado por ésta. Cuando el portal se cerró detrás de ella, la devastadora soledad que imperaba en el lugar la abrumó por entero. La presencia de Pen-Pen, que presuroso corría hacia su lado, graznando de felicidad, contribuyó un poco a consolarla, aunque no mucho.

—¡Hola, corazón!— saludó la mujer, extendiendo los brazos para que su mascota, ni tarda ni perezosa, pudiera sujetarse de ellos para que lo cargaran.

Misato lo oprimía contra su pecho mientras acariciaba cariñosamente su cabeza, ante la complacencia del pajarraco, que gozaba de lo lindo dejándose apapachar por su dueña. Ella le daba gusto a granel, paseándolo por toda la casa.

Con suma tristeza miraba el cuarto de los muchachos, ahora ocupado por uno solo, como era originalmente. Deslizó la puerta de la habitación, permitiéndole que se adentrara en la terrible desolación de ésta, ya en penumbras. Cómo podía distinguía las siluetas de la cama y el escritorio, único mobiliario que había. Allí sobre del escritorio aún se encontraban, tal y cómo los había dejado en la mañana, los papeles que Ikari había dejado como único legado.

—Este muchacho— pronunció, como si estuviese platicando con el animal en sus brazos —Me pregunto si tampoco piensa volver ahora...

Obviamente, el pingüino no le contestó de alguna manera, y no tuvo más remedio que volver a cerrar la puerta corrediza, volviendo a sumergir al recinto en la oscuridad total.

Con paso lento se enfiló hacia sus aposentos, que se encontraban justo a lado de la habitación de Rivera. Con pesadumbre se dejó caer en su silla giratoria, aún con el ave abrazada. Miró fijamente su reflejo en el espejo de su tocador, y casi gritó de espanto, impresionada al notar su preocupado semblante. La aflicción la embargaba, eso era evidente y emergía por todos los poros de su cuerpo.

—¡Dios mío!— se lamentó viéndose en el espejo, palpando con su dedo índice todo rincón de su rostro —¿En serio ésa soy yo, Pen?

De nuevo no recibió respuesta, y de cualquier modo, no la necesitaba. Sabía perfectamente que la persona enfrente de ella, era sin lugar a dudas, ella misma. Ahora tenía un nuevo dilema que achacarle a la ausencia del joven: la preocupación le estaba deshaciendo su belleza, que en gran parte radicaba en su carácter tan alegre y jovial. El estar muriéndose de la preocupación no le favorecía mucho. Continuó observando detenidamente a su otro yo en el espejo.

—Bueno— comenzó a platicar consigo misma, como reprochándose por sus acciones pasadas —Quizás fui muy dura con él.

Para después evocar sus pensamientos a la figura del chiquillo fugado, ahora firmemente fijada en su mente.

"Shinji" repetía incesantemente "¿Dónde diablos estás? ¿En qué fregados estás pensando?"

En eso, el sonido de la puerta de entrada abriéndose la sacó de sus cavilaciones. Pronto se dirigió al pasillo para comprobar quién era el recién llegado, albergando aún una pequeña esperanza de que por fin el hijo prodigo hubiera regresado.

—¡Ya llegó por quién lloraban!— aquella manera de saludar la disuadió de sus primeras suposiciones, pero igual se alegró al ver llegar a Kai.

—¿Qué hay para cenar?— preguntó el muchacho, hurgando en el refrigerador —Traigo un hambre de perros... —confesó, mientras comenzaba a mordisquear una zanahoria.

—Enseguida pongo en el micro unos burritos— dijo la mujer, sacando del aparato los mencionados platillos instantáneos, la especialidad de la casa.

—Mmm, burritos a la microondas— se saboreó, aún sin terminar con su vegetal —Son una afrenta a la comida tradicional de mis ancestros, ¡pero qué diablos, son deliciosos! Buena comida, buena compañía… ¿Qué más se puede pedir?

Se le notaba muy feliz, en contraste de su tutora, a quien en esos momentos le estiraba las mejillas como si quisiera agrandarle la boca. Su entusiasmo desbordado quizás se debía por verse liberado de sus ocupaciones que lo mantuvieron ajetreado durante todo el día, y ahora sólo estaba agradecido por estar de nuevo en casa. Quizás.

Si era así, podía entender cómo se sentía.

El chiquillo engullía con avidez todo lo que estaba sobre el plato, tal como un condenado a muerte. Le parecía que habían pasado siglos desde la última vez que pudo tener en verdad una cena familiar con la mujer a su lado.

—¿Y... cómo te fue hoy?— preguntó ella desganada, sin apetito y apenas mordisqueando su cena. Eso sí, bebía generosamente de su lata de cerveza. No iba a cesar hasta dejarla seca.

—Bastante bien, ahora que preguntas— le contestó el muchacho, muy animado —Según mis cálculos para este fin de semana por fin habremos terminado de ensamblar todas las piezas de esa cabrona armadura. Sólo hará falta instalar y verificar los sistemas secundarios para poder hacer por fin la gran prueba...

—Ya veo— musitó su acompañante del mismo modo que antes, dándole de tragos a su bebida.

—Si todo sale según lo planeado, ya habremos terminado en unas dos semanas— continuó, aunque esta vez un poco desconfiado, dada la actitud de Misato. Algo se traía entre manos —Claro que tendríamos que hacer turnos dobles durante todas esas dos semanas y es probable que no pueda venir en un buen rato, así que... ¿porqué mejor no finges un poco de entusiasmo y disfrutamos del tiempo que nos queda juntos?

—Ah, lo siento— se disculpó la capitana, saliendo de su estupor —Estaba distraída... pensaba en qué estará haciendo Shinji ahorita.

—¿Sigues pensando en ese pelagatos llorón? Créeme, está mucho mejor de lo que pudiera estar aquí— pronto respondió el muchacho.

—En serio así lo crees, ¿verdad?

—Fue lo mejor para todos, en serio. A la larga resultaría bastante peligroso si ese loco continuaba pilotando a Eva.

—Tal vez está pasando hambre ó frío...

—Lo dudo bastante. Se mostraba muy firme en cuanto a racionar su comida. Por poco y descuartiza a doble Pen por un miserable pedazo de carne seca, el muy avaro.

—Puede ser; pero de cualquier modo, no debió haberse ido así nomás. Ritsuko ya notificó a los altos mandos, y no creo que lo vayan a dejar ir así cómo así.

—Esa maldita bruja de cabello pintado— gruñó molesto Rivera, blandiendo sus palillos chinos como armas —Méndiga vieja chismosa.

—Ya los de Seguridad Interna deben estarlo buscando— continuó la beldad de largo cabello negro, recargándose en su silla y mirando fijamente el techo —Ya sabes cómo se las gastan esos fulanos... no quiero ni pensar en lo que le harán para obligarlo a regresar. ¡Dios proteja a quien esté con él en esos momentos! Es una lástima que nadie tenga ni una maldita idea de dónde se encuentra, para traerlo a salvo antes que aquellos matones lo encuentren...

Las mujeres son depredadores por naturaleza. Dotadas de una aguda inteligencia, saben cómo acechar a su presa, dependiendo de cual sea ésta. Son pacientes; lanzan su anzuelo (y saben muy bien en dónde lanzarlo) y pueden esperar eternidades a que el pez pique la carnada, la cual puede ser muy variada y de diversa especie. Es entonces cuando enrollan el cáñamo y recogen su trofeo.

Misato había empleado los dones que se le habían otorgado al nacer hembra. En cuanto su pupilo la escuchó referirse a los pistoleros de Seguridad Interna toda su humanidad se cimbró, quedando estupefacto en su asiento. Había sabido darle mucha cuerda para que él no sospechase nada y al final engancharlo cuando más desprevenido estuviera. Además, conocía a Kai cómo a la palma de su mano, y sabía muy bien cuáles eran sus puntos flacos.

—Hoy te toca lavar los platos, ¿no?— pronunció el joven levantándose de su lugar, una vez que terminó con todo lo que estaba en el plato y en su vaso, queriendo esconder con un semblante desinteresado su preocupación —Yo tengo que enviar unas indicaciones por correo electrónico...

—Le tocaba a Shinji— puso el dedo sobre la llaga —Pero no te preocupes, haz lo que tengas que hacer: yo los lavo, sólo por hoy— añadió en un tono pícaro, recuperando su jovialidad, esbozando una sonrisita de satisfacción. Sabía bien que era lo que se proponía su protegido.

—Que detalle— dijo Rivera, enfilándose a su cuarto —No te hubieras molestado.

Ya para el amanecer del siguiente día el chico había terminado de mandar especificaciones a su mano derecha en el proyecto, para instruir adecuadamente a qué se deberían enfocar los trabajos para ese día y para el siguiente. Ya para las ocho tenía todo listo para su pesquisa, todo dentro de su práctica mochila que llevaba a sus espaldas, la cual no estaba muy cargada y por tanto no resultaba incómoda para trasladarla. Ya para las ocho y media se había desayunado hasta quedar satisfecho, y quince minutos más tarde, después de ultimar los preparativos restantes, estaba dejando el apartamento, cargando consigo el susodicho equipaje. Apenas su tutora lo alcanzó antes de que se fuera.

Asomando la cabeza por la puerta de su cuarto, aún amodorrada preguntó sabiendo de antemano la respuesta:

—¿Adónde vas?

—A buscar al flaco— le contestó el muchacho, agitando la mano a señal de despedida —Para mañana ya estaré de regreso.

—Entonces te deseo mucha suerte. Cuídate.

—Gracias, eso haré.

Mientras el portal se cerraba tras él todavía alcanzó a escuchar sus últimas palabras al irse, a pesar del sonido que desplegaba tal operación. Extenuada, se dejó caer de espaldas en su cama, dando un hondo suspiro. Observaba fijamente hacia la nada. Otra vez se encontraba sola, y eso la desgarraba por dentro.

El planeta continuaba con su movimiento de rotación, como siempre lo hacía, muy a pesar de sus habitantes. Aquella hermosa perla azul en medio de la vastedad del cosmos continuaba con su viaje girando sobre su eje, con la misma belleza y gracia que una bailarina de ballet.

Ikari, con el sol agonizante a su lado, era incapaz de percatarse de tal hermosura, de aquél espectáculo tan magnífico. Inmerso en sus pensamientos, se negaba a admirar el paisaje que se abría antes sus ojos. Caminaba sobre un campo abierto, rebosando de verde, que con la luz mortecina del astro sobre de él daba una sensación de ser color dorado. Nada de eso le importaba al infante, atravesando maquinalmente aquél paisaje de fotografía. Nada de eso le ayudaba a resolver sus conflictos.

Hacía ya unas dos horas que había abandonado el camión que lo había transportado a unos kilómetros de allí, a unas modestas cabañas de retiro que no había podido solventar con lo reducido de su presupuesto. Nada había cambiado desde entonces. Decidió pasar la noche al aire libre, pero no podía encontrar un buen lugar para acomodarse. Y quizás no lo encontraría.

Era entonces cuando se ocupaba en reprocharse a sí mismo. Pensaba en lo tonto que había sido. Que por más vueltas que diera jamás llegaría ningún lugar. Y cómo no, si era un vago. Un vago, es lo que soy. A partir de ahora sólo me queda ir huyendo de un sitio a otro. Porque vaya a donde vaya siempre dejo todo a medias. Y es por eso que no le importo a nadie. A Misato y a mi padre sólo les interesaba cómo piloto del cachivache ese, y ahora que he dejado de serlo no tienen por qué preocuparse de mí. Cómo si alguien quisiera hacerlo, si siempre decepciono a las personas. Nunca puedo terminar bien con alguien. Tarde ó temprano siempre se dan cuenta de la clase de gente que soy, a pesar de mis intentos por ocultarlo. Cómo ese maldito de Kai. Miserable. Tenía que echarlo todo a perder. ¿Y qué es eso de por allá?

Se detuvo en sus cavilaciones al distinguir un poco más hacia delante, al pie de un árbol solitario en ese inmenso valle, una fogata que despedía un humo que prometía refugio contra la húmeda brisa que empezaba a soplar sobre su espalda. Y a lado de la fogata, una tienda de campaña, instalada por sabrá Dios quién.

Apresuró el paso, para averiguar más de cerca la procedencia de aquél oasis, un poco entusiasmado por la idea de no tener que dormir a la intemperie, con el temor que la lluvia pudiera desatarse sobre de él. Cosechaba la idea que tal vez alguien hubiera olvidado la tienda y apagar la fogata. Como si tuviera tan buena suerte.

Pero al menos eso parecía. Al llegar al lugar pudo percatarse que había una pequeña olla sobre del fuego, que en su interior se cocinaba algo ya que despedía un delicioso aroma. Los sentidos de Shinji agradecieron aquella sensación, y mucho más su estómago que rugió ya fuera por emoción ó por reclamo de que no se le estuviese llenando desde ese momento. Apenas el día anterior se le habían terminado las provisiones. Ó más bien había tenido que entregárselas a un salteador de caminos que lo había atacado, para poder escapar sin algún daño. Lo había logrado, pero entonces el fantasma del hambre empezó a corroer sus entrañas, desatando en él la más salvaje y antigua de las desesperaciones.

Se puso en cuclillas para poder examinar más a gusto el estofado que se estaba preparando. El ruido del agua hirviendo era cómo música celestial para sus oídos. La boca se le estaba haciendo agua de las ansias. Se prestó a tomarla entre sus manos y salir corriendo lo más rápido que pudiera. Después de todo, él no tenía la culpa de que algún crédulo incauto dejara así su comida nada más. Eso le serviría de valiosa lección para el futuro.

Apenas había extendido los brazos para cumplir con su cometido, una súbita sensación de estrépito lo amagó a quedarse petrificado en su posición. Los cabellos se le erizaron del espanto de sentir el frío cañón de una pistola en su espalda, con el que lo estaban piqueteando para instarlo a que se diera la vuelta.

—¿Quién es el que se iba a robar mi comida?— preguntó su atacante mientras lo hacía.

En primera instancia, Ikari no pudo vislumbrar el rostro de aquél sujeto, que le era vetado al auspiciarse éste en las sombras que le proporcionaba el árbol y el casco que traía en la cabeza. Pero su voz le pareció aniñada, y su estatura algo corta. Estaba enfundado en un traje de soldado de infantería, de ésos color verde olivo. Calzado militar, cómo el que usaba Misato en algunas ocasiones. El cristal de sus lentes resplandecía con la poca luz que ya había. No fue sino hasta que se quitó el casco y pudo ver su cabello castaño que reconoció por completo a un conocido suyo.

—¡Ikari!— pronunció alegre Kensuke, dejándole de apuntar con su rifle de asalto M-16 —¡Pero qué sorpresa!

—¿Aida?— acertó a pronunciar Shinji en medio de toda su confusión, bajando las manos de la cabeza —¿Qué... qué se supone que estás haciendo en este lugar, así cómo estás?

—Juegos de guerra ó algo por el estilo— respondió el chiquillo frotándose el índice contra la nariz. Una especie de tic nervioso que sufría ya hace bastante —¿Qué más se podría hacer con estos juguetes?— señaló la metralleta que para nada parecía uno de esos objetos, y también a su atuendo, su battle-dress.

—Esa arma que traes; ¿está...?

—No, para nada— lo tranquilizó en el acto, antes que hiciera su pregunta —No está cargada. El cargador está vacío, además que el mecanismo del gatillo no sirve. Fue por eso que logré conseguirla. A pesar de todo, es una lindura, ¿cierto?— dijo al mismo tiempo que posaba con la pistola.

Más bien era aterradora, pensaba su acompañante, a pesar de estar descompuesta cómo afirmaba el chiquillo. Con su enjutez apenas y si podía cargarla sin caerse de bruces contra el suelo. Los hombros y las rodillas le temblaban cuando intentaba cargarla con una sola mano, y no obstante seguía con esa enorme sonrisa de satisfacción en su cara. Parecía que de veras disfrutaba todo eso.

—¿Viniste solo?— reanudó el cuestionario el recién llegado. Temía que Aida hubiese traído a su amiguito, y lo menos que quería era toparse con él, no después de todo lo que provocó con su insignificante venganza. Mientras lo decía inspeccionaba detenidamente los alrededores para asegurarse que no hubiera nadie más.

—Sí— contestó, disipando cualquier inquietud que tuviera su imprevisto invitado.

Él farfulló algo inaudible, cabizbajo, algo así como una expresión de alivio para después quedarse totalmente callado. Fue entonces que Kensuke se atrevió a hacer conjeturas por su propia cuenta:

—¿Y qué estás haciendo por estos rumbos?— le preguntó, usando su "juguete" de bastón y mirar las primeras estrellas que ya comenzaban a asomarse.

El rostro del otro se ensombreció por completo, encogiéndose aún más de lo que ya estaba. A leguas se notaba que no deseaba hablar del asunto, ni explicar las razones de encontrarse vagando errante por ningún lugar. Su anfitrión comprendió eso al instante, en gran parte debido a que él fue testigo y partícipe de los acontecimientos que habían degenerado en la situación en la que se encontraban. Queriendo enmendar el daño que había provocado, cambió drásticamente de tema.

—¿Quieres... comer algo?— ofertó, tomando la cacerola que tenía en el fuego.

Shinji asintió moviendo la cabeza.

La leña atizaba al arder, haciendo un sonido que semejaba al de huesos rompiéndose. Las chispas quemándose eran levantadas en vilo por el viento y empujadas a las alturas hasta perderse de vista, cuando caían al otro lado de la fogata.

Ikari continuaba picando el recipiente donde le habían servido su modesta comida en cuanto a tamaño de porción se refería, buscando no dejar ni una migaja sin devorar. El campista tuvo que verse en la necesidad de compartir con él la ración que le quedaba para esa noche, ideal para uno sólo pero insuficiente para satisfacer dos apetitos.

—Toji estaba preocupado— dijo Kensuke, intentando que ambos se olvidaran del tamaño de su porción —Por que no has ido a la escuela.

Ikari se limitó a observarlo de reojo, sin emitir ningún ruido, mientras se aseguraba que ya nada quedara dentro de su plato, por así decirlo. En realidad se trataba de una lata de vegetales vacía.

—Él dijo que su hermana menor lo había regañado— continuó, sin importarle si tenía la atención de su huésped ó no —Ella le dijo que fue el robot el que había salvado nuestras vidas. Es vergonzoso que lo regañara una estudiante de escuela primaria, ¿no es así?

—Ajá— masculló su compañero, dejando la lata, ya sin nada comestible en su interior, en el suelo.

—Después de esa batalla de hace días pensaba que deberías estar cansado— siguió Aida —Pero estás mejor de lo que me suponía.

—Gracias.

—¿Sabes? Aunque sé que lo que haces es muy duro, ¡yo te envidio mucho!— confesó el niño —¡Poder pilotar una máquina tan magnífica cómo ésa!— suspiró al mismo tiempo que se daba el lujo de soñar, apoyando la barbilla en las manos y sin dejar de ver el cielo oscurecido de la noche —A mí, aunque sólo fuera por una vez, me gustaría poder hacerlo. Debe ser algo increíble.

Shinji enmudeció al oír todo eso. Él, que achacaba todas sus penas a aquél artefacto infernal, jamás se hubiera imaginado que existiera alguien tan loco que disfrutara con la simple idea de estar en su lugar. Y justamente allí lo tenía, a su lado. Era una lástima que no pudiesen cambiar de lugares, pero de todos modos se rió por la ironía.

—Me gustaría pensar cómo tú, pero... — finalmente empezó a entablar una charla con su condiscípulo, al mismo tiempo que se enjuagaba una lágrima. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que rió de la manera cómo se hizo.

—Ah— musitó el chico de las gafas, contento de que por fin Shinji se hubiese dignado a placticar —¿Tú no crees lo mismo?

—Bueno, no, en realidad— aclaró el joven, cruzándose de brazos pero sin quitar la sonrisa de su cara.

—Claro que no— pronunció de súbito alguien que estaba escondido.

Los dos se sobresaltaron enormemente al escuchar esa voz, poniéndose de pie y volteando a todas partes. No lograban dar con el origen de aquella voz, por más que buscaran; no había nadie a la vista hasta donde la luz de la fogata les permitía observar. Pronto se les vino a la mente todas aquellas historias de terror acerca de fantasmas que asediaban a campistas en despoblado. El recuerdo de aquellas películas de Viernes 13, ya todas clásicas en esa época, tampoco se hicieron esperar. No tardaron en imaginarse siendo sádicamente mutilados por un asesino inmortal con una máscara de hockey en la cara. La mera idea de que un espíritu chocarrero los estaba acechando hizo que el color huyera de sus rostros y de inmediato ya estaban invocando a Dios, con las rodillas temblándoles y el corazón latiendo tan fuerte cómo un tambor. Sólo esperaban que éste no se les saliera del pecho.

—Lo que hacemos no debe ser divertido— se escuchó de nuevo, sólo que ésta vez Kai emergió de entre las frondosas ramas del árbol que estaba a espaldas de la tienda, dónde al parecer había permanecido oculto por un rato. Colgaba como murciélago, volteado de cabeza, sosteniéndose de una rama con las piernas.

Aún cuando hubieran querido hacerlo, ninguno de los dos pudo evitar lanzar un profundo suspiro de alivio al reconocer al muchacho, y no a alguna clase de espíritu demoniaco.

—¡Katsuragi, viejo!— exclamó Aida limpiándose el sudor de la frente, y acomodándose el corazón en el pecho —¡Por poco nos matas de un susto! ¿Cuánto tiempo llevas allí?

—No sé, me quedé dormido allá arriba, a decir verdad— le confesó, mientras bajaba del árbol —Su charla tan animada fue la que me despertó, Kentaro…

—Eh… mi nombre es Kensuke, amigo…

—¡Claro que lo es! ¡Y no dejes que nadie te diga lo contario!— con aquellos comentarios Kai ponía de manifiesto la poca atención que le prestaba a su compañero de clases.

Cuando avanzó a la fogata no pudo evitar notar el frío brillo del metal que estaba recargado en un costado de la tienda de campaña. Casi cómo un reflejo natural, instintivo, asoció la metralleta con el concepto de la muerte, del asesinato brutal. Un horrible estremecimiento le recorrió tal cual una avenida la médula.

—Esa cosa... — preguntó sin ocultar el notorio desprecio hacia a aquél vil y odioso objeto —... ¿acaso está?...

—Está descompuesta— respondió de mala gana Shinji, antes que Rivera pudiera terminar su frase. También era evidente el desdeño con el que el japonés veía al recién llegado. Apenas lo vio salir de entre la enramada, todo su semblante transpiraba el disgusto que le provocaba el advenimiento del visitante. El muy maricón le tenía miedo a las pistolas. ¡Increíble!

Kensuke comprendió en el acto que estaba a punto de presenciar una réplica de lo que había pasado en la jardinera de la escuela, así que se apresuró a mantenerse apartado de la escena, quedando meramente de espectador.

Ambos permanecieron en silencio por algunos minutos, de pie uno frente a otro. Parecía que las palabras se les atoraban en la garganta, prolongando una de por sí incómoda situación. Ikari sabía muy bien a qué venía el piloto Eva.

—Y... ¿cómo pudiste encontrarme?— pronunció de una buena vez, apresurando el ritmo de las cosas.

—No fue fácil— confesó —Pero pude rastrear tu tarjeta de crédito cuando la usaste para comprar un boleto de camión. Luego pregunté por ti en la jefatura de policía local y allí tenían arrestado a un payaso que atracaba a los excursionistas. Tenía tus cosas, además que pudo darme muy buenas señas de ti. Después, sólo tuve que seguir el rastro que dejaste en la hierba desde el lugar donde te asaltaron; vi el humo de la fogata y supuse que habrías llegado aquí. Aunque debo admitir que no esperaba que tuvieras tan distinguida compañía.

—¿Piensas...?— titubeó un poco —¿Piensas llevarme de vuelta?

—Sí.

—Creí que no te importaba si me quedaba ó no.

—Las cosas se han complicado algo— carraspeó el chico mientras revolvía la tierra suelta que había debajo de él con su bota —Pero debes creerme, estarás más seguro si vienes ahora conmigo. Todos estaremos más seguros si me acompañas de regreso a NERV.

—No me interesa. No quiero regresar. Me harté de que siempre me estén manipulando— lo volvía a confrontar, tal y cómo pasó ese día en el colegio.

Su interlocutor observó con claridad ese detalle, y harto de su infantil desinterés y rebeldía, reaccionaba de la misma manera que su guardiana, violentándose de súbito.

—¡Maldita sea!— rugió mientras lo tomaba con lujo de rudeza por los hombros —¡¿Porqué siempre tienes que ser tan imbécil, tan egoísta?! ¡¿Qué no estás viendo todo el esfuerzo que estamos haciendo por ti, mocoso ingrato?! ¡A todos ya nos quedó bastante claro que ya no quieres seguir piloteando el Eva, perfecto, no se diga más! ¡Pero haz las cosas bien, existen procedimientos y trámites que necesitas cumplir antes de salir corriendo como una niñita asustada! ¡¿Hasta cuándo vas a dejar de pensar sólo en ti mismo?!

—¡Déjame en paz!— Ikari parecía muñeco de trapo movido a merced del inclemente viento, y sin embargo, sabrá Dios de dónde sacó la fuerza suficiente para asestarle un buen puñetazo en el rostro a su agresor, que fue directo al suelo estrepitosamente —¡Qué me sueltes... te digo!— balbuceó agitado, con la sangre galopándole en las sienes, apenas creyendo que había derrumbado a Rivera.

—Ay— se lamentó éste en el piso, boca arriba —Ya aprendiste a golpear— dijo como queriendo felicitarlo y se puso de pie, escupiendo saliva con sangre. El labio superior comenzó a inflamársele, levantándose de una manera que al verlo provocaba gracia. —Muy bien, ya te divertiste. Era eso lo que querías, ¿no? Desquitarte conmigo de todo lo que te pasa. Pero lo creas ó no, nadie más que tú eres el responsable de todo lo que te acontece. Sería muy bonito querer echarme la culpa a mí, pero tú mejor que nadie sabes que no es así. A ver si tan siquiera ya te vas responsabilizando de tus actos...

—¡Cállate, maldición!— explotó Shinji, lanzándosele encima.

A Kai, quien ahora sí se encontraba alerta y en guardia, no le costó mucho trabajo en arreglárselas para contenerlo y entonces lo empujó a la tierra con fuerza.

—... si no quieres que te obligue a hacerlo.— culminó el chiquillo, contemplando a su agresor a sus pies.

Shinji maldecía al mismo tiempo que intentaba recuperar el aliento que lo había abandonado al caer de espaldas. No distinguió en primera instancia si la luz que le empezó a pegar de lleno en el rostro era real ó no. Tampoco pudo colegir si el sonido de aspas metálicas cortando el aire, poderosos motores rugiendo y de suelas caminando presurosas sobre la hierba pertenecía a la realidad. Sólo cuando logró ponerse en pie pudo reconocer que los hombres que estaban ante él en efecto eran muy, muy tangibles.

—¿Eres Shinji Ikari?— preguntó el que se encontraba más cercano a él, mirando de reojo una fotografía que sostenía en su mano izquierda, cotejándola con el muchacho que tenía a unos pasos de distancia; mientras que con la otra mano sostenía la lámpara con la que lo seguía aluzando para iluminarle bien el rostro, aún ante la molestia que tal acción le pudiera causar al chiquillo.

—S- Sí— respondió este último, protegiéndose la vista con la palma de su mano, esperando que así lo dejaran en paz y apagaran ese estúpido aparato.

—Maldita sea— murmuró Rivera, estremeciéndose de pies a cabeza al contemplar la avanzada de un escuadrón de Seguridad Interna de NERV, la sección específica de Servicios Secretos.

Impotente, gruñó al mismo tiempo que rechinaban sus hileras de dientes. Los conocía muy bien. Más bien de lo que le hubiera gustado, Los veía llegar en dos potentes helicópteros de reciente diseño militar, especializados en tareas propias de espionaje y reconocimiento. Eran por lo menos una docena, sujetos de excelente robustez física, ninguno medía menos de uno ochenta, la mayoría de mandíbula cuadrada; ataviados con chamarras de rompe vientos negra, con la insignia de NERV implantada a la altura del corazón y en los hombros. Y conocía de antemano qué era lo que traían bajo de ella. Sus pistolas, con el calibre reglamentario: 45. Capaces de hacer un agujero de tamaño considerable al chocar el plomo con la carne de una persona. Capaces de segar de tajo una vida. Y ninguno de ellos dudaría un solo instante en usarlas si alguien osaba interponerse en su camino. No se detendrían ante nada, más bien ante nadie, hasta ver culminada su misión.

Kensuke, desvalido ante el frenesí de acontecimientos que se desbordaban uno tras otro, interrogaba con la mirada a Kai para saber cómo debía proceder. De la misma manera, le indicó que ocultara su juguete en la tienda. Quizás no servía, pero eso no lo iban a saber los "perros de guerra", el mote que les indultaba a aquellos individuos. Ellos primero disparaban y después preguntaban.

—Según el reglamento de seguridad, cláusula ocho, debemos llevarte de vuelta al cuartel— pronunció el mismo sujeto, una vez que estuvo seguro que con quien estaba hablando era, en efecto, su objetivo —¿Queda claro?— sentenció con grave voz.

Acto seguido lo agarró violentamente por el brazo, amagándolo a que se moviera y fuera con él. Tal operación no fue muy del agrado del muchacho, quien sentía que unas pinzas de presión hidráulica le amputaban el antebrazo.

—¡Oiga, deténgase!— reclamaba el chiquillo, haciendo muchos esfuerzos por liberarse de la presión de acero que el gigantón ejercía sobre de él —¡Me estás lastimando, estúpido!

—Miserable mocoso— pronunció molesto su captor, metiendo la otra mano debajo de la chaqueta. Iba a sacar su arma.

—¡Alto ahí!— ordenó de inmediato Rivera, dejando que su boca pensara por él.

Con un movimiento tan rápido como el rayo, las demás serpientes enseñaron sus colmillos. El infante pronto se vio amenazado por el numeroso grupo de pistoleros, apuntándole con aquél mil veces maldito objeto de metal. Titiritando de espanto, comprendió cabalmente el error que había cometido. Rogaba por tener la oportunidad de enmendarlo.

—Soy Kai Katsuragi, compañero— dijo haciendo un esfuerzo descomunal para que en su voz no se notara lo nervioso que se encontraba. No le gustaba mucho que le apuntaran con un arma —Supervisor designado por las Naciones Unidas para vigilar todas las operaciones de NERV— lentamente sacó su credencial que lo acreditaba cómo tal, enseñándola con ambas manos arriba —Y cómo tal, he de asegurarme que lleven a cabo su misión sin atropellar los derechos de ninguno de los presentes.

Con el Jesús en la boca, el muchacho permaneció por unos momentos en esa posición, congelado, esperando para ver cómo iban a proceder los matones.

En todo ese tiempo, también ellos mantuvieron su pose, sin dejar de apuntarle al chiquillo. Semejando a estatuas vivientes, ninguno emitió sonido alguno. ¿Qué pasaba por su mente en esos angustiantes momentos? Imposible decirlo. Sus lentes oscuros parecían ocultar, igual que con sus ojos, sus pensamientos, sus emociones. La dichosa credencial se reflejaba en los opacos cristales. Finalmente, hastiados en absoluto, decidieron poner fin a su juego.

—Puta madre— farfulló el primer tipo, que al parecer era el vocero de todos, enfundando de nuevo su pistola y poniéndose a disposición de su superior en rango. Sus demás compañeros le imitaron.

El niño respiró aliviado, y sus rodillas dejaron de una vez por todas de temblarle. "Esperen aquí" fue la indicación, mientras se apartaba para poder conversar con Ikari.

Rodeándole el cuello con el brazo, lo condujo unos pasos más adelante. El joven pudo sentir el estremecimiento que aún no dejaba de sacudir a su compañero. A decir verdad, se aferraba a él para no derrumbarse.

—Si en algo aprecias la hospitalidad de Kenichi…— le murmuró bajo al oído, para de inmediato ser interrumpido:

—Se llama Kensuke…

—¡Es igual, maldita sea! Lo que estoy tratando de decirte es que será mejor que vengas conmigo. Debes creerme, por lo que más quieras en el mundo, estos infelices no se van a detener por nada con tal de llevarte de regreso. ¿Entiendes lo que digo? ¡Por nada!

En verdad se oía muy convincente. Se reflejaba en sus ojos verdes, aquellas esmeraldas que saltaban inquietas y volteaban frecuentemente a donde se encontraban los sicarios, esperando de pie con un aire impaciente. Intercambiaban constantemente frases por la radio ajustada en su cabeza con la brigada que esperaba en los helicópteros. No parecía que iban a seguir así por mucho tiempo más.

—Esta bien— pronunció por último Shinji, convencido que eso era la mejor opción.

—Gracias— vociferó Rivera lleno de satisfacción y de alivio, dirigiéndose de nuevo a los agentes —¡Muy bien chicos, vámonos!— indicó levantando el brazo y seguido por Ikari.

—Muchas gracias por la comida, Aida— se despidió de su anfitrión cuando pasó junto a él, al que tenía que abandonar inusitadamente —Nos veremos después.

—De acuerdo— dijo éste con voz temblorosa —¿Seguro que estarás bien?

—Eso espero— sentenció para luego apresurarse a abordar la aeronave que esperaba por él y su escolta.

Se elevó magnífica por los cielos, secundada por su semejante y así ambas partieron hacia el horizonte, llevando consigo su valiosa carga. El muchacho los siguió con la mirada hasta que los perdió de vista, no tanto por la distancia, sino por lo oscuro de la noche. Observó a su alrededor, y notó que de nuevo estaba solo, solo él y su alma. Decidió que lo mejor era ir a dormir, para poder madrugar. Mañana debía ir a la escuela.

De nuevo se sentía incomodado por ser observado fijamente. Sólo que en esta ocasión ni siquiera se trataba de un ser vivo. En una de las esquinas del techo, apuntando directamente a él se encontraba instalada una cámara de vigilancia, que aguzando y reajustando seguidamente su frío ojo de cristal, inexpresivo y sin rastro de compasión, lo acosaba a cada momento. Tal vez era por eso que permanecía quieto, sentado en una de esas incómodas sillas de aluminio que se doblan para su transporte. Únicamente había una sola luz en el angosto cuarto, que estaba justo encima de él, pegándole de lleno en la espalda. Por lo demás, todo estaba cubierto por las sombras. Los de Seguridad Interna no habían sido muy amables con él al arrojarlo en aquel miserable escondrijo, a falta de calabozos y mazmorras más adecuados para la ocasión.

De hecho, sí había ese tipo de instalaciones en el GeoFrente, sólo que él no estaba destinado a ocupar uno de esos aposentos. Alguien había especificado concretamente que se dejara al chiquillo en ese espacio, para entrevistarse con el personal adecuado y definir de una vez por todas su situación en el proyecto.

Se escuchó la puerta abrirse para dejar entrar un poco de luz en el mal iluminado cuarto. Junto con ella, también se introdujo Misato al interior, con la mirada fija en su subordinado capturado. Contrario a lo que el joven hubiera pensado, se le veía serena, tranquila, despreocupada.

Pero de lo que el infante no se dio cuenta fueron de las profundas ojeras que padecía, producto de noches en vela, ni del cansancio que acusaba, el cual había minado todas sus fuerzas. Más que nada, de la preocupación por su bienestar y la incertidumbre de saber si estaba en buenas condiciones; la misma que la había sumergido en ese lastimero estado. Hacía lo más que podía para mantener esa pose desinteresada, pero le costaba mucho trabajo a pesar de todo.

—Bienvenido de nuevo— pronunció la mujer en tono mesurado.

—Ah... Hola— contestó el niño, vacilante.

—¿Y bien?— le preguntó sin cambiar el modo de hablar, cruzada de brazos y recargándose en la fría pared de metal para descansar un poquito —¿Escaparte de la casa y vagabundear durante todo este tiempo te ha hecho ver las cosas más claras?

—Pues... no lo sé— dijo en serio desconcertado. La actitud de la capitana lo estaba asustando, mucho más que cuando se enojaba.

—Sólo quiero preguntarte algo más— advirtió ella —¿Aún quieres ser piloto, ó no?

El niño se encogió ante la estocada que le acababan de propinar. Lo único que deseaba era hacerse pequeño y desaparecer de ahí lo más pronto posible. No obstante, al no ocurrir tal miniaturización, tuvo que resignarse a responder, ó de lo contrario los dos se quedarían en ese estrecho cuarto mal iluminado toda la noche.

—Ya lo había dicho antes, ¿no? Si por mí fuera, la respuesta sería no, no quiero serlo. Desde un principio no salté de gusto ante la idea— divagó por un rato, nervioso de que Katsuragi no se alterara por todo lo que estaba diciendo ¿Qué le estaba pasando? —Pero todo eso no tiene importancia, ¿verdad? Porque yo soy el único piloto. Y si yo no piloteo esa cosa todos van a estar en problemas. Todo mundo me dice que debo hacerlo, y yo...

—¡No te estoy preguntando qué piensan otros, sino tú!— acotó firmemente la mujer, pero nunca sin alterarse, mucho menos enfadarse —Si tú no quieres hacerlo, con eso es suficiente.

El jovenzuelo la miró como conejo asustado, asustado por su desconcertante e inusual proceder. No podía entender porque actuaba de esa manera.

—Shinji— continuó con una profunda dosis de tristeza en su voz, que él por fin había notado —Vuelve con tu tío.

Angustiado, la inquirió con la mirada, aferrándose a la fría silla para no despeñarse en un abismo profundo que le parecía se abría ante sus pies.

—Si lo haces sin ganas, no servirá de gran cosa. ¡Sólo para adelantar tu muerte! Además, alguien cómo tú, con el espíritu de dejar las cosas a medias, estás de más aquí— sentenció gravemente, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, desgarrándole el alma —Si dejas de ser piloto, será difícil, pero... podemos reajustar los sistemas de la Unidad 01 a Rei. Además, dentro de poco tiempo la Unidad Z estará terminada y lista.

Sintiendo que se desvanecía, con el mundo viniéndosele encima, Katsuragi se apoyó cómo pudo en el muro a sus espaldas, y a paso lento y penoso se dispuso a dejar aquél tétrico recinto. Sólo volteó una vez más para contemplar por última ocasión al chiquillo, antes de abandonar completamente la sala.

—Disculpa... — decía dificultosamente, esforzándose de modo monumental por mantener la postura y no caer desmayada allí mismo —Disculpa por todo lo que te he dicho hasta ahora que te haya podido molestar. Olvídanos a todos nosotros y regresa a tu vida de antes. Cuídate, por favor.

Luego de acabar de pronunciar esto, desapareció por el umbral de la puerta que todavía continuaba abierta.

—Misato— la llamó Ikari, arrepentido por todas sus anteriores acciones, sin recibir respuesta —¡Misato!

Nada. Se había ido. Tal vez para siempre.

La noche se hacía más profunda y afianzaba su dominio sobre la Tierra. Con la llegada de las estrellas también había arribado del cielo el Comandante Ikari, proveniente de su junta con los miembros del Concejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Algo era seguro: no había ido a charlar afablemente con todos ellos. Gendo, quien ya estaba de vuelta en su agencia, se ponía al tanto de los últimos sucesos por cortesía de Ritsuko, quien caminaba a su lado, en una actitud sumisa, por utilizar un eufemismo. También se podría aplicar a eso de "caminar" ya que ninguno movía un solo pie, permitiendo que la banda móvil del suelo los transportara.

—El Cuarto Niño estará dejando Tokio 3 mañana, según tengo entendido.

—¿Ah, sí?— masculló Gendo, de manera reflexiva a la vez que apoyaba su barbilla contra su pecho.

—¿Quiere que lo dejemos así?— preguntó la rubia a su lado.

—Esto era previsible— respondió Ikari —Es lo que resulta al obligar a una persona con ese tipo de comportamiento a hacer algo totalmente imprevisto. Sin embargo— se contrarió —Marduk aún no ha encontrado al Quinto Niño.

—Eso quiere decir que no hay un sustituto para pilotar la Unidad 01— expresó Akagi —Y aunque trajéramos de vuelta a Shinji, una vez apartado del proyecto, la sincronización con Eva podría presentar problemas.

—En ese caso, será mejor ir reconfigurando los sistemas del Eva 01 para Rei— pronunció decidido el comandante —A pesar de los trabajos que hemos hecho para reactivar a Cero.

El par volteó hacia su costado izquierdo, con la sola mención de aquél nombre. La banda que más bien era un puente, atravesaba un salón de grandes proporciones. Enfrente y atrás de ellos, al igual que debajo, había numerosos corredores que comunicaban a distintos puntos del cuartel. En realidad, el diseño de todo el cuartel resultaba un poco abrumador. Con su gran extensión y ese excéntrico diseño hacía recordar al famoso laberinto de Tebas. Pero a los costados no había nada, salvo imponentes paredes de metal. Sin duda había algo detrás del muro de la izquierda, hacia dónde estaban mirando, porque una gigantesca mano la estaba atravesando.

—Por otra parte, según los últimos reportes que me han sido entregados, todo parece indicar que la construcción de Zeta por fin finalizará dentro de un par de semanas— comunicó quitando la vista del peculiar paisaje y dirigiéndola a unas carpetas que llevaba bajo el brazo —Quizás después de todo, no quedaremos tan indefensos cómo esperamos.

—Eso dependerá de cómo se desempeñe el Modelo Especial. Aún tengo ciertas reservas al respecto— refunfuñó Gendo con la mención de dicho Evangelion —Preferiría depender de nuestros propios recursos...

—Por cierto— comentó al respecto Ritsuko —¿Cómo le fue en las juntas que sostuvo con el concejo?

—El chiquillo ha logrado engatusar a varios miembros con un peso específico en la toma de decisiones, entre ellos al Secretario General, pero todo eso ya lo sabíamos de antemano— mencionó Ikari sin disimular la molestia en su voz —Al parecer están encantados con el hecho de que el mocoso pudo reducir el presupuesto de construcción en un cuarto, pero lo que esos asnos no logran comprender es que esa cuarta parte corresponde al trabajo de investigación que tuvimos que realizar y que ese niño sinvergüenza simplemente aprovechó… todo nuestro trabajo puede quedar comprometido si es que el rendimiento de la Unidad Zeta resulta satisfactorio…

—Aún así, lo veo bastante tranquilo, Comandante…

—Confío que al final, los miembros del concejo y el propio Rivera se llevarán un chasco. Esto es porque todos los trabajos de construcción del Modelo Especial para el Combate están basados en las últimas transcripciones de José Rivera. Me cansé de repetirle a ese terco bueno para nada que construir la máquina descrita en sus dichosos códices era científicamente imposible con la tecnología actual, pero al parecer su hijo piensa justo igual que él. Un Motor S2 autónomo y completamente operacional no es algo que los seres humanos sean capaces de crear…

La mujer ya no le estaba prestando atención. Se había cautivado al ver en el corredor de adelante precisamente a Kai perseguir con afán a Rei. Ambos andaban muy despacio, pero ese detalle no impedía que lo que estaba presenciando fuera una auténtica persecución. Mientras que el muchacho se deshacía en atraer la atención de la jovencita a la que parecía cortejar, ésta ni volteaba a verlo, siguiendo con su despreocupado andar. La escena la obligó a sonreír, cómo quien recuerda viejas vivencias con cierta nostalgia, además de ponerse a pensar en cómo la jovencita lo tenía casi comiendo de su mano. Eso sí que era control. "Así se hace, chica" dijo para sus adentros, orgullosa de la forma en la que Ayanami manejaba a Rivera. Nunca lo hubiera admitido, ni siquiera a ella misma, pero la enigmática joven de ojos carmesí era su favorita de los antes tres, ahora dos pilotos. Tal vez por su carácter tan dócil y su obediencia innata a cualquier mayor.

—Ser joven de nuevo— suspiró Gendo al observar también él a la pareja en su jugueteo. Igualmente tenía dibujada una discreta sonrisa en los labios —E ingenuo.

"¿Pues ahora qué le hice?" se preguntaba el muchacho caminando detrás de Rei, sin que ésta se dignara a dirigirle una sola palabra ó un mísero gesto. ¡Pero si hace apenas un momento estaban muy engolosinados! Y de un de repente la señorita lo apartó bruscamente y emprendió la graciosa huida, sin decirle nada de lo que pasaba. ¿De qué se trata, entonces? ¿Qué, le olía la boca a almeja, ó qué fregados? Se merecía unas respuestas, y las iba a obtener a cómo diera lugar.

Apenas dobló en una esquina del pasillo, y de nueva cuenta la jovencita ya se le había lanzado encima súbitamente, aprisionándolo entre sus brazos y sellando sus labios con un intenso y duradero beso. Tal parecía que ya estaba agarrando práctica en esas labores, ya que cada beso era mejor que su antecesor. Claro, nada se comparaba a la impresión y recuerdo del primer beso, que sería difícilmente superado por cualquier otro.

Desprevenido, el chiquillo no logró recuperar el equilibrio cuando su amada se le arrojó y tampoco logró evitar golpearse la cabeza en la pared que tenía a espaldas. Pero dado la manera en que se había dado el percance, no tuvo muchas objeciones al respecto.

Pero entonces recordó lo que se estaba proponiendo antes de que lo interceptaran, por lo que tuvo que arruinarlo todo al abrir su bocota para hablar.

—A ver, a ver mi chava, tranquila— dijo mientras que impelido por una especie de corriente eléctrica apartaba con sumo cuidado a la muchacha, tomándola por los hombros de la misma manera. Ayanami no decía ni hacía nada, pero parecía estar divertida de la situación y del aparente enojo de su compañero —¿De qué se trata todo esto?— preguntó el chico, aún sujetándola con delicadeza, notando el semblante de la chiquilla, que parecía tan hermosa con esa expresión en la cara —Primero sí, muy cariñosa y todo, luego no quieres ni verme, y ahorita otra vez te me pones a modo... ¿Qué está pasando aquí?

—El Comandante Ikari— espetó, viéndolo fijamente, tan serena como el agua —Y la doctora Akagi nos vieron.

Rivera también la miró detenidamente, pero con extrañeza.

—¿Y eso qué? Lo que hagamos ó dejemos de hacer, no es asunto de ese par de moscas de velorio. Si se quieren divertir que lo hagan entre ellos, nosotros estamos en lo nuestro.

—Pueden pensar cosas— respondió tan calmada cómo siempre. A veces parecía que tenía hielo en las venas, en lugar de sangre —¿No habíamos hablado de esto antes?— le dijo, acariciándole el mentón con curiosidad —Ya te dije que todavía no estoy lista para una relación tan formal cómo la que tú quieres. Ni para las miradas ni los murmullos. ¿No podríamos disfrutar de lo que tenemos, por el momento?— puso punto final a la discusión recorriendo con los labios desde su cuello hasta su oreja.

—Al fin y al cabo, para qué queremos que nos ande viendo todo mundo— pronunció Kai casi deshaciéndose, a merced de los cariños de la joven.

Pero no era tanto el hecho de que los vieran ó no lo que le preocupaba. Lo que lo afligía era la idea de que si no quería que nadie los viera juntos, era porque le resultaba desagradable lo que estaban haciendo, por consecuencia tenía vergüenza de sus actos y por ende no disfrutaba lo que estaba haciendo. Ello abría la posibilidad de que todo lo que hacía con él lo realizaba más que nada por obligación. ¿Motivos? Había bastantes. Mas sin embargo, no quiso seguir poniendo en tela de juicio la autenticidad del amor de Rei, y se entregó a la deliciosa tarea de disfrutar su romance a escondidas, tal y como ella se lo había sugerido.

—Por cierto, tenía tiempo sin saber de ti… ¿dónde estabas?

—En busca del hijo pródigo.

—¿Ikari?— preguntó, pero luego rectificó para ser más específica —¿Shinji Ikari?

—El mismo lerdo lanza ladrillos que viste y calza…

—¿Y? ¿Qué pasó?— señaló al referirse a la inflamación que tenía en la boca, la cual era obvio había sido provocada por un golpe.

—No es nada. Se va a volver a ir mañana en la mañana, y creo que esta vez no va a volver.

—Quiere decir que es probable que me asignen a la Unidad 01— aseveró en el tono más entusiasta del que disponía en su limitado repertorio de expresiones emocionales.

—Qué bueno— contestó el muchacho, acariciando su cabello y rostro de facciones tan delicadas —Por lo menos ya no vas a tener que pilotear a aquél espantoso monstruo. Con todo y sus limitaciones, me parece que el Eva 01 será mucho más seguro.

—Aún si no lo fuera, lo haría de todos modos— empezaron a caminar juntos.

—Sé que así lo harías— suspiró Rivera, apesadumbrado.

—¡¿Qué dijiste?!— exclamó furioso Toji, al punto de levantarse de su asiento en forma violenta, abrupta. Al hacerlo, sin querer se echó encima la atención de sus demás compañeros de clase, que ociosos esperaban a que su maestro llegara para dar comienzo a otra jornada más de escuela.

Suzuhara se percató que era el centro de atención en todo el salón, con sólo echar un vistazo a sus espaldas. Como queriendo retarlos a todos ellos, continuó de pie, tan erguido tal cual era, sin importarle si lo estaban vigilando ó no.

—¿Así que tú sólo te quedaste allí, mirando cómo se llevaban a Ikari, y no hiciste nada para impedirlo?— preguntó en un tono acusador a su camarada.

—¿Qué cuernos podía hacer?— contestó igualmente Kensuke, quien se estaba cuestionando si haberle dicho a Toji lo que había pasado la noche anterior era una buena idea, a final de cuentas —Cómo te dije, eran agentes de los Servicios Secretos de NERV, ¡son profesionales!— y subrayó esto para que su amigo lo comprendiera cabalmente.

—¿Y eso qué?— añadió Suzuhara, sin haber entendido del todo el concepto ni la situación —¿Qué, no tienes güevos?

"¡Simio!" cuchicheaban entre sí un pequeño grupo de muchachitas, acusando la actitud de Toji. "¡Es un degenerado, un pervertido!" arremetían una y otra vez, resaltando sobre todo su vulgaridad y su falta de educación. Allí estaba, cómo si nada, haciendo el ridículo frente a todos y ni siquiera le importaba. Además, se habían enterado, gracias a la velocidad con la que los chismes corren, de su pequeña reyerta con Kai, con algunas exageraciones de por medio, pero era en esencia lo que había sucedido realmente. Y las admiradoras de Rivera no estaban muy contentas con él, creyendo que era él el causante que su adoración no hubiera asistido a clases nuevamente.

—El que pelea sin tener una oportunidad de ganar, es un completo idiota— rezongó Aida, queriendo ya cerrar por completo el asunto y ocuparse de otras cosas —Y si no lo crees así, dime entonces qué fue lo que te impidió noquear a Katsuragi cuando te golpeó y te trató como a una piltrafa…

Ante la validez de tal argumento, su amigo no tuvo más remedio que quedarse callado en su lugar, derrotado en forma abrumadora. Sin poder objetar nada más, se dejó caer en su silla, dando un hondo suspiro antes de caer. Se daba cuenta que su apasionamiento le impedía el ser objetivo. La solución al dilema que los atañía no estaba en reprocharle a Kensuke su accionar; entonces, si no era por ese lado, ¿por cuál?

Puso a trabajar a marcha forzada el engranaje que era su cerebro. Sin darse cuenta, sumiéndose en un profundo estado de meditación, se desconectó por completo del exterior, internándose cada vez más en sus reflexiones. No era algo fácil de realizar. Había consumido la mayor parte del tiempo de la clase entrante, hasta llegar al primer descanso del día.

La revelación llegó justo cuando se encontraba hurgando afanosamente su nariz con el dedo índice. Justo en el momento que se dolía por haberse arrancado un puñado de vellos junto con el moco seco y vidrioso que yacía en la punta de su dedo, una fabulosa idea iluminó su mente, sintiendo a su musa rascándole la nuca. Sin importarle nada, poseído por la obsesión de ver su objetivo cumplido, se puso otra vez de pie con sumo estrépito.

—Kensuke— masculló, sin dirigirle la mirada, tomando todas sus pertenencias —Vámonos— fue lo único que pronunció, para después salir cómo si nada por la puerta del aula, ante la vista atónita de todo mundo, incluido su compañero de armas.

Éste, indeciso, y guardando sus cosas con dificultad mientras salía detrás de él, vacilaba a cada momento, confundido por la rara resolución que había tomado su viejo amigo.

—¿Y adónde vamos?— preguntaba sin que le respondieran, haciéndose bolas cuando intentaba meter su libro a su mochila y seguirle el paso a Suzuhara.

Esa mañana en particular fue muy agitada, extenuante para el muchacho. Se había perdido entre toneladas de papeleo y numerosos y fastidiosos trámites para hacer oficial su salida del proyecto. Tuvo que firmar incontables formularios y cláusulas en las que casi juraba por la tumba de su madre que nunca revelaría todo lo que había visto en su estancia en el Geofrente, que mucho menos daría a nadie especificaciones del funcionamiento de los Evas ni la identidad de los otros pilotos. Al estampar su rúbrica, se le figuraba que lo hacía con su sangre.

Ya no le interesaba. Veía todo cómo a larga distancia, le parecía que aún continuaba en aquél piojoso cine, viendo aquella película tan nefasta y ridícula; sólo que en la película ahora era él el protagonista. Ojalá pudiera haber compartido créditos con aquella escultural rubia. ¿Cómo se llamaba? ¿Pamela Lee?

Ahora mismo era escoltado hasta la salida, por dos sujetos corpulentos y fornidos, luego que hubieran cancelado su credencial de identificación y hubieran borrado su código de las cerraduras electrónicas, para rematar rompiéndola en varios trocitos que fueron a parar al bote de basura más próximo. Eso no había sido todo. Ahora, los dos gorilas que iban a sus espaldas tenían que llevarlo fuera, hasta la estación del tren y asegurarse que se subiera en éste. Le desagradaba bastante que esos dos lo estuvieran arreando y empujando cómo a una res al matadero. No obstante, ya a esas alturas del partido no podía quejarse. Ya no estaba protegido por su rango, y nada impedía que los sicarios sacaran sus armas y vaciaran su contenido sobre sus sesos; quizás así se conservaría mejor su tan preciada información, que con tanto empeño se obstinaban en resguardar. Tal vez eso mismo harían. Tal vez ésas eran sus órdenes desde un principio.

Cuando más empezaba a temer por tal motivo, entonces Ritsuko se atravesó en su camino y todas esas suposiciones quedaron atrás. Nunca imaginó que la doctora hubiese querido despedirse de él, sobre todo por que su relación no fue muy fraterna que digamos. Únicamente se limitaba estrictamente a su trabajo, y nada más. Desde que había llegado, sólo había intercambiado con él instrucciones y órdenes, pero nada más. ¿Y hasta ahora se venía a despedir? Que raro. A lo mejor le importaba más de lo que él hubiese pensado en un principio.

Ella no hizo ninguna seña de querer hablar con el chiquillo antes que se fuera. Solamente estaba recargada en la pared, y hasta con un gesto de desgano y apatía, cruzada de brazos y con la mirada perdida. Pero en cuanto divisó que la marcha se aproximaba a su encuentro, se incorporó y se paró delante de ellos, obstruyéndoles el paso.

Los agentes de Seguridad Interna, vestidos con un traje negro y sus distintivas gafas oscuras, se detuvieron por completo al reconocer a un oficial superior. Shinji se detuvo con ellos, también, confuso por la presencia de la mujer.

—Tu padre me pidió que te diera un mensaje— aclaró la científica el porqué estaba ella allí, y a continuación hizo entrega del recado —"Gracias por haber desempeñado tu cargo."

—¿Eso es todo?— preguntó el joven. Se le hacía muy escueto el mensaje que su padre había encomendado a la mismísima Doctora Akagi entregar.

—Sí— le contestó tajante —Eso fue todo lo que él me dijo. Y ahora, si me disculpas, otras obligaciones de mayor importancia requieren de mi atención— hizo ademán de retirarse, pasando por un lado del contingente, pero antes de dejarlos, volvió la vista al chico por última vez —Bueno... — pronunció un tanto indecisa, hasta contrariada podría decirse —Creo que ya no nos veremos más, ¿no es cierto? Hasta nunca, entonces.

—¡Es... Espera, por favor!— suplicó cuando le dio la espalda.

Intrigada, la mujer lo observó con el rabillo del ojo, y de nueva cuenta se volvió a su encuentro.

—¿Podrías... podrías decirme en dónde se encuentra Misato?— decía a duras penas, en medio de los empujones que le daban sus custodios para llevárselo de ese lugar para siempre —¡Sólo quiero despedirme!— esgrimía cómo si estuviese pidiendo clemencia.

Bastó una sola señal de la rubia para que los gigantones dejaran de molestar al infante, permitiéndole a éste ir a su encuentro. Una vez que lo tuvo frente a frente, la doctora culminó con toda esa escena de una vez por todas.

—Shinji— le dijo —Tú ya no formas parte de NERV. Ahora ya no puedo decirte nada, aunque sea algo insignificante— aquello lo sentenció todo —No te lo tomes a mal— pronunció a manera de disculpas, al notar el gesto angustiado de Ikari —Pero así son las reglas, lo siento. Adiós.

Una vez concluida su obra, Ritsuko se largó de ahí, satisfecha de su actuación, dejando a un consternado muchacho sin una maldita idea de lo que estaba pasando. Sólo pudo verle las espaldas mientras se iba, al mismo tiempo que por medio de la fuerza lo obligaban a seguir con su camino.

En los suburbios, específicamente en la unidad habitacional familiar donde residía la familia Katsuragi, todo transcurría con normalidad, es decir, con una absoluta tranquilidad.

A esa hora, cómo las once y algo, apenas estaban desayunando. Nadie decía palabra alguna, engullendo sus alimentos. Ni Pen-Pen, degustando su pescado fresco con algunas semillas (a decir verdad, Pen era bastante callado) ni Kai, terminando con un suculento plato de cereal de malvaviscos con una generosa porción de leche. Ni mucho menos Misato, que desganada le daba de sorbos a su plato con el mismo alimento. Hubiera preferido una cerveza, pero ya se había acabado la dotación en el refrigerador, y a últimas fechas todos habían estado tan ocupados que nadie tuvo oportunidad de ir al supermercado para comprar más, además de otros insumos que ya faltaban en la casa. Shinji era el que se encargaba de eso. El buen Shinji, con cero ocupaciones y mucho tiempo libre.

—Tu cereal se está aguadando— señaló Rivera al plato que tenía frente a ella —¿No vas a comértelo?— le preguntó, en virtud de la evidente falta de apetito que estaba padeciendo esa mañana.

—No. Adelante, cómetelo tú— respondió la mujer, deslizando el recipiente sobre la mesa hasta el otro extremo donde él se encontraba.

Muy acomedido, el muchacho al instante se apropió del plato para comenzar a vaciarlo, una vez que lo hizo con el propio. Nunca está de más una porción extra, era lo que solía decir el chiquillo, el cual se alimentaba muy bien cada vez que tenía la oportunidad.

Aún así, no pudo evitar el preocuparse por el creciente estado de aflicción que estaba consumiendo a su tutora desde hacía unos días, y tampoco intentar dilucidar el origen de todas sus angustias. La de ese día en particular hubiera preferido achacárselo a la falta de licor en su sistema, pero él ya sabía de antemano que no era esa la razón de su aflicción. Sabía que aún no se reponía ni se hacía a la idea de la partida de Shinji, y estaba tan mortificada por las condiciones en las que se había dado su salida. Debía considerarlo un fracaso, pensaba, pues su objetivo primordial al llevarlo allí era ayudarlo con sus problemas, los cuales sólo había conseguido agravarlos más todavía. Además, Misato era de esas personas que rehuyen a la soledad cómo a la peste, era por eso que siempre se rodeaba de personas, de toda clase de ellas, con tal de no quedarse sola de nuevo.

—Bueno— suspiró Katsuragi, descorazonada —Ya me tengo que ir a trabajar— dijo mientras se levantaba de su silla y se enfilaba por su chamarra.

—¿No es muy tarde ya?— cuestionó el joven, observando la hora en el reloj de la cocina.

—Pues sí, pero qué se le va a hacer— admitió desinteresada la bella mujer, enfundándose su prenda.

—Misato— pronunció muy serio el niño, haciendo a un lado el plato vacío —Tienes que convencerte de que fue lo mejor. A ese chico subirse a Eva sólo le iba a traer problemas, y tú hiciste lo que estuvo a tu alcance— luego se puso de pie, cargando a Pen-Pen entre sus brazos, queriendo que se diera cuenta de lo que aún poseía —Ya no te tortures, por favor, me despedaza verte así. Pen también está triste, ¿lo ves?— levantó al pajarraco por encima de su cabeza, quien esculcaba con el pico entre su plumaje buscando migajas de pescado.

—Sí— contestó su madre adoptiva con la voz quebrada, enjuagándose una lágrima que traviesa corría por su mejilla. Después levantó ambos brazos, haciendo ademán de que también quería cargar a la mascota. El muchacho hizo entrega del animal, aferrándose fuertemente la mujer a éste, buscando fuerzas para contener el llanto que amenazaba con desbordarse de un momento a otro —Gracias— pronunció con la misma voz trémula —Te prometo que ya no los voy a preocupar tanto, y que me voy a reponer...

Justo en el clímax de tan conmovedora escena familiar, el timbre retumba por todo el recinto, anunciando la llegada de un visitante inoportuno. Dado el semblante de Katsuragi, a Kai no le quedó de otra más que atender él mismo la visita. Y que cosa tan rara, ellos nunca recibían visita. De hecho, era la primera vez que sonaba el timbre desde que se habían mudado allí.

—¡Te dije que el volumen de esa maldita cosa es muy alto! ¡Por poco me da un ataque!— refunfuñaba el infante mientras abría la puerta, pensando en que melodía podía adaptar para que sirviera de timbre. La estridente campanilla que utilizaban en esos momentos lo había alterado algo en el momento que sonó.

Y esa alteración vino a degenerar en enojo en el instante que contempló los rostros de Toji y Kensuke en el umbral de su casa, su guarida, su refugio contra el exterior.

—¿Qué chingados quieren aquí?— preguntó a quemarropa, espantando a sus compañeros con su mal humor —¿Y cómo rayos averiguaron donde vivo? ¡Lárguense ahorita mismo si no quieren que me encabrone!

—¡Vi-vinimos a buscar a Ikari!— ambos se excusaron de inmediato, retrocediendo cautelosamente sobre sus pasos —¡No teníamos idea de que vivieran juntos, Katsuragi-san! ¡Discúlpenos, por favor, no volverá a suceder!

—¡Ya lo creo que sí, por que en este mismo momento se van a ir al demonio!

El dúo dinámico estaba a punto de acatar al pie de la letra aquella fulminante orden, de no haber sido por la intervención de la dueña de la casa.

—¿A quién le estás gritando?— preguntó a la par que se ponía de puntillas detrás de él, para ver si alcanzaba a distinguir la identidad del ó, cómo pudo percatarse, los visitantes.

El temor huyó del rostro de éstos, al notar la inminente belleza de la que era poseedora aquella hembra. Al contrario, la cara se les iluminó y esbozaron al mismo tiempo una nerviosa sonrisita, intimidados por la inaudita hermosura de esa mujer. "¡Vaya con estos dos!" Pensaban contemplando a aquél espléndido ejemplar del género femenino. "Con que vivían con esta preciosidad, ¿no?" "En ese caso, yo también quiero enlistarme para ser piloto, si ella va a ser mi jefa". "Ay, cómo me gustaría que me diera órdenes alguien así". Pensaban indistintamente el uno y el otro. Aquél largo y brillante cabello negro, lacio, esos labios tan carnosos, esa tierna expresión en su cara, aquellas piernas interminables y pecho privilegiado, los obligó a que de inmediato quedaran prendados de ella, perdidamente enamorados. Asemejando a un niño que se enamora de la mamá de su amiguito. A decir verdad, así era.

—Ay, no— gimió Rivera, tapándose la cara con una mano, al escuchar su voz a sus espaldas. Ya suponía la reacción que desataría entre sus condiscípulos, y no estaba errado en sus deducciones.

Le enfurecía tanto la expresión tan idiota y soñadora que cobraban sus rostros que bien hubiera preferido borrárselas a golpes. Era celoso de su tesoro, y nadie más que él, y quizás el pingüino, podían disfrutarlo. Fue por eso que muchas veces había llegado al punto de reñirse con cualquiera que advirtiera los encantadores rasgos de la mujer, fuera quien fuera. Y también de que Misato no haya tenido muchas relaciones desde que lo tomó bajo su tutela, a pesar de que no faltaron voluntarios.

Ella hizo a un lado al jovencito, saliendo al pasillo para recibir la visita, aún con el avechucho entre sus brazos.

—Eh... nosotros... nosotros somos... — balbuceaba Toji, con la cara completamente enrojecida, intimidado un tanto por la distinguida presencia de la mujer con rango militar y otro tanto por la salvaje mirada que les lanzaba Kai a él y a su acompañante.

—Se tratan de Momiji y su pequeño amigo, Kenshin— dijo de tajo Rivera, harto de lidiar con el balbuceo incoherente de sus contemporáneos —Son un par de zoquetes que asisten a la secundaria a la que a veces voy…

—En realidad somos Kensuke Aida y Toji Suzuhara— hizo las introducciones Kensuke, con un poco más de control sobre él mismo —Pero es verdad que asistimos a la misma escuela…

La beldad hizo memoria, sintiendo que ya antes había escuchado aquellos nombres en algún otro lugar. Finalmente, recordó luego de unos segundos de reflexión:

—¡Ah, sí!— exclamó sorprendida —¡Ustedes dos son los que entraron en el Eva Uno!

—¡S- Sí!— asintieron los dos en el acto, poniéndose en posición de firmes, esto es, con los tacones unidos y las puntas de los pies ligeramente separadas, con los brazos en los costados y la cara en alto. Aunque no se especifica si uno tiene que estar abochornado, cómo lo estaban esos dos —¡Sentimos mucho todas las molestias que hayamos podido causar en ese día!

—No hay ningún problema— los disculpó Katsuragi, y al ver lo nerviosos que se encontraban, lo que ocasionaba que se quedaran sin habla, ofreció: —Mi nombre es Misato Katsuragi y soy la tutora legal de Kai. Díganme, ¿qué podemos hacer por ustedes?— dijo esto refiriéndose al motivo de su presencia en ese lugar.

—Este... lo que pasa es que desde ese día ni Ikari ni Kai han vuelto a clase— confesó Toji, sin superar la pena que le imponía la majestuosidad de la mujer —...y cómo estábamos preocupados y pasábamos por aquí, pues...

—Quisimos pasar a ver cuál era la causa de su ausencia en la escuela— complementó Kensuke.

El corazón le volvió a dar un vuelco a Misato, al mismo tiempo que intentaba poner la mejor cara que se pudiera.

—Bueno— pronunció, vacilante —Lo que pasa es que Kai ha estado un poco ocupado por las noches, entonces tiene que utilizar la mañana para reponer las horas de sueño— señaló al muchacho detrás de ella, que con un gesto muy austero y despreocupado se había recargado en el marco de la puerta y cruzado de brazos —Pero podrá asistir a clases en unas semanas más...

—Pero, ¿Ikari?— insistió Suzuhara.

La capitana tuvo que tomar mucho aire, antes de informarles a grandes rasgos que Shinji había sido expulsado del proyecto, y por lo tanto regresaba a su residencia anterior. Omitió muchos detalles, claro está, dado que en su condición de civiles no les competía saber más de lo necesario.

No ocultaron la consternación y pena que la noticia les causaba a ambos, profiriendo en una prolongada exclamación.

—El aviso a su escuela se ha retrasado algo, pero en estos momentos ya debe estar tomando el tren que lo llevará de vuelta a su pueblo— refería la mujer en medio de la sorpresa de aquellos dos. Ignoraba que el chiquillo tuviera tan buenos amigos, que se preocuparan a tal extremo por él.

—¿¡Pero por qué así, tan de repente!?— acertó a decir Toji, desconsolado —¿Lo corrieron por el incidente del otro día?

—No, desde luego que no— Misato intentó calmar al compungido infante —Ustedes nada tuvieron que ver, fueron causas muy diferentes las que nos llevaron a todas las partes a tomar esa decisión, no tienen por qué sentirse culpables.

—¿Entonces ya no quería pilotar al robot, ó...?— continuaba desaforado, queriendo saber la razón de que su compañero abandonara su trabajo.

"Pero qué estúpido" pensaba Rivera, queriendo mantenerse al margen de la situación "¿Porqué ahora anda tan preocupado, si en primer lugar fue él quien comenzó todo esto?"

—Qué extraño— dijo Aida, calmando su vendaval de emociones, mucho más tranquilo que su acompañante —Ayer cuando nos encontramos, él no pensaba de la misma manera...

Todo mundo lo miró con extrañeza, y sabedor que poseía la atención de los presentes, continuó:

—Es decir, durante la batalla no era el de siempre, era mucho más arrojado, temerario incluso. Pero con todo y sus emociones fuera de control, él parecía ir en su contra a propósito... o sea... casi cómo un niño resistiéndose a obedecer a su madre.

—¡Pero qué disparates dices!— estalló en risas Kai, dejando de lado su pose reservada.

—¡Así que nuestro héroe no es capaz de mantenerse firme con las mujeres!— se le unió Suzuhara de inmediato, apoyándose el uno con el otro para no caer al suelo, mientras reían a todo pulmón.

Sin embargo, para Katsuragi las palabras del joven le parecían estar llenas de sabiduría. Era hasta ese momento que pudo entender cabalmente las palabras que Shinji le había dirigido después de su pelea con el Ángel: "En un principio creí que lo hacías porque te compadecías de mí, pero ya veo que no era así". ¿Así que después de todo Shinji sí se había acoplado al sistema familiar? Fue su error no haberlo notado antes, pero eso lo iba a corregir de inmediato.

En el acto, y cómo a alma que lleva el diablo, salió expelida de su lugar con todo y el pajarraco entre sus brazos, dirigiéndose a toda máquina al estacionamiento del edificio, por su carro.

—¡Señorita Katsuragi!— le gritaron los muchachos, viéndola correr de esa manera —¿A dónde va con tanta prisa?

—¡Voy a despedirme!— respondió sin voltear a verlos —¡Todavía estoy a tiempo!

Y entonces se perdió al doblar en una esquina, bajando las escaleras de dos en dos escalones, a riesgo de tropezar y rodar con toda su humanidad cuesta abajo.

Cuando se perdió de vista, los tres chiquillos todavía duraron un rato mirando hacia donde segundos antes ella había estado. Asegurándose de que efectivamente, la mujer se había ido ya, Rivera se quedó observando un largo rato a sus condiscípulos, poniendo de manifiesto la incomodidad que había hecho presa de todos.

—Y…— carraspeó, sin saber qué decirles —Díganme… ¿Qué hay de nuevo… viejos? ¿Qué cuenta la apasionante vida de dos estudiantes promedio de secundaria?

En eso Misato lo interrumpió al salir de improviso, regresando tan rápido cómo se había ido y arreándolo por la oreja se lo llevó por la fuerza con ella.

—¡No se vayan a robar nada!— decía Kai lastimosamente mientras era arrastrado de aquella manera un tanto cuanto dolorosa, al ni siquiera tener la oportunidad de cerrar la puerta de su domicilio —¡Si llego a darme cuenta que falta algo, les pesará! ¿Me oyen?

En realidad, no alcanzaron a escuchar ésa última parte. Ya iban en la planta baja mientras decía eso, y no tomó más que un parpadeo para que abordaran su vehículo. Gracias a la habilidad de cafre que poseía la chofer, arrancaron cómo cohete, volando por las calles de la ciudad, yendo a toda velocidad hacia la estación de trenes.

—¿Y ahora qué hacemos?— interrogó Kensuke a su compañero, observando los dos al auto quemando llantas en el asfalto, allá a lo lejos.

El destino se acercaba por la línea 2. Lo divisó a lo lejos cómo a un punto lejano, sin embargo a medida que transcurría el tiempo se iba haciendo más y más grande. El tren se detiene casi silente, semejando a un suspiro, sobre las vías, quedando justo enfrente del aturdido muchacho.

"Un vehículo express con destino a Atsugi está arribando por la línea 2" voceaban por el altavoz "El tren de la línea 2 está destinado especialmente para uso exclusivo de personal del gobierno. Pasajeros en general, absténganse de abordarlo. Nadie sin permiso puede subir en él."

La puerta se deslizó, susurrante, invitándolo a que entrara. Le prometía llevarlo lejos de allí, para nunca más regresar. Era su pasado, que lo estaba reclamando como suyo. Abandonar todo y volver a lo de siempre. Al fin y al cabo, él no estaba hecho para esa vida. Ésa estaba reservada para los valientes y decididos. Entonces no tenía nada qué hacer en ese lugar. ¿Qué esperaba? ¿No era eso lo que anhelaba con fervor? Ignorar la responsabilidad y salir corriendo con el rabo entre las patas. ¿Por qué se detenía, entonces? ¿Qué era lo que lo hacía dudar? Que estaba dejando algo más que a un armatoste de acero sin alma, algo más que la gloria y la fama, algo más que el deber. Dejaba lo único que había valido la pena en toda su vida, lo único por lo que valía la pena luchar.

No atinaba a dar el primer paso, y confundido permanecía de pie, encogiéndose de hombros sobre su maleta. La puerta abierta parecía estarse burlando de él.

—¿Qué pasa?— preguntó uno de sus escoltas, impaciente, poniéndole su grande y velluda mano en el hombro.

—Rápido, sube al tren— completó su pareja.

—¡No nos des problemas!

El mozuelo siente como lo empujan con hosquedad hacia el interior del transporte, zarandeándose de atrás hacia delante, resistiéndose a subir al ferrocarril que habría de alejarlo de todo lo que quería. A pesar de las advertencias de los robustos sujetos, persistía en la determinación que había tomado, y esa era, ya no huir jamás.

Uno de los gorilas estaba a punto de derribarlo de un golpe, cuando escuchó una voz lejana, pero adorablemente familiar.

—¡Shinji!

Observó de soslayo para poder encontrarse cara a cara con Misato. Resollando, cruentas gotas de sudor emanaban por sus poros. Daba la impresión de que iba a desfallecer ahí mismo, pero en su rostro se dibujaba un gran alivio de haber logrado darle alcance antes de que se fuera.

Cargaba a Pen-Pen en su chamarra, con el cierre puesto, y a su lado llevaba a Kai, quien aún estaba en pijama, usando sandalias y despeinado por completo. Al parecer, habían salido prácticamente volando para poder alcanzarlo.

—Disculpen— les hizo una seña a los escoltas —Ya se pueden retirar. Yo me ocuparé personalmente.

Los matones reconocieron fácilmente a Misato Katsuragi, capitana y encargada del departamento de Tácticas y Estrategias, y estuvieron a punto de decir que sí, mucho más por su seductora apariencia que por su rango, no obstante tenían órdenes muy precisas que les indicaban que a toda costa el niño debería abordar ese maldito tren. Y al jefe no le gustaban los fracasos.

—Lo sentimos, capitana... — pronunciaban, confusos respecto a su proceder —Pero tenemos nuestras propias órdenes...

—¿De qué te preocupas, animal?— intervino Kai, interpretando perfectamente su rol de distracción —Sí, estúpidos, les hablo a ustedes dos, par de robo-bestias— continuó al obtener la total atención de los pistoleros —Ustedes son de Seguridad Interna, ¿no es así babosos? A ustedes, pendejos, nomás les pagan por obedecer, no por pensar, así que lárguense ya de una buena vez, descerebrados. ¡Lléguenle, vayan a ver si ya puso la marrana! ¡Shú, shú!— pronunciaba mientras les hacía ademanes con la mano, corriéndolos cómo a los perros.

Acción que produjo todo lo contrario, ya que en vez de retirarse, aquellos fornidos sujetos emprendieron la persecución contra él, completamente enfurecidos. No habían reconocido al muchacho, así que no pudo gozar de la misma inmunidad que Misato.

—Maldito mocoso— dijo uno de ellos, quitándose el saco y encargándoselo a su compañero, al mismo tiempo que se enfilaba a dónde estaba el chiquillo, buscando producirle mucho dolor físico.

—¡Ay mamacita!— atinó a decir el infante, viendo a aquel gigante arremeter contra él, para de inmediato poner los pies en polvorosa y preservar su integridad estructural.

Al escabullirse de esa manera, ambos hombres fueron en pos de él, cumpliendo así el objetivo de la militar, que era quedarse a solas con Ikari.

Ya después habría tiempo para salvar a Kai.

—Misato— pronunció Shinji, sorprendido de su presencia. Sorprendido, pero también aliviado.

—Me había olvidado de decirte algo— aclaró ella.

Abrió un poco más su chamarra, en donde Pen plácidamente se encontraba recostado en su regazo. Al reconocer al joven, curioso asomó la cabeza por entre la abertura de la prenda.

—Pen-Pen— dijo, sacándolo de entre sus ropas —¿Sabes? Este pequeño fue un regalo de una persona que yo quería mucho.

El chiquillo la miraba contrariado, sin una idea de lo que pretendía decir, ó a donde quería llegar al decir eso.

—Siempre que lo veo me recuerda a él— siguió, haciendo de lado, por el momento, la incertidumbre de su interlocutor —¿Sabes porqué quiero tanto a un pájaro cómo éste, inútil y glotón? Porque esa persona quiso compartir conmigo una alegría que poseía, una dicha inmensa. Quiso que yo pudiera tener algo más ó menos parecido a eso. Y eso es... — hizo una pausa, haciéndosele un nudo en la garganta. Recordar todo eso era muy penoso para ella, era obvio, para después terminar diciendo —¡Lo bonito que es tener una familia!

—Kai— señaló a su protegido, a quien por cierto ya le habían dado alcance sus perseguidores, y en esos momentos forcejeaban con él, buscando someterlo de una buena vez por todas —Con Kai también me sucedió algo parecido cuando decidí ponerlo bajo mi tutela. Pero a lo que quiero llegar, es a que yo... que yo no soy del tipo de persona que pueda vivir con alguien por razones estrictamente de trabajo ó de simpatía.

Luego, tragando un poco de saliva, concluyó:

—No te equivoques, por favor.

Lo había desarmado por completo, Arrepentido de corazón por todo lo que había dicho y hecho antes, se tambaleaba sobre sus piernas, para después derrumbarse. Primero agachó la cabeza, avergonzado.

—Misato— pronunció con la voz quebrada —No quiero... no quiero irme de aquí... no quiero regresar a mi vida de antes.

Entonces explotó en lágrimas, ante la mirada comprensiva y afectuosa de Katsuragi.

"Por la vía 2 va a realizar su salida el tren rápido especial con destino a Atsugi. La próxima salida será de un tren local con destino a Gora. Llegará por la vía 4. Tengan cuidado de permanecer detrás de la línea amarilla, por favor. Si está acompañado de niños pequeños, vigílelos cuidadosamente".

Al bajar del taxi, lo primero que contemplaron Toji y Kensuke fue al tren deslizarse furiosamente por las vías, arrastrando sus toneladas de peso. Aullaba furioso, rubicundo, mientras se apresuraba a dejar cuanto antes la estación, paralela a la calle.

—¡Maldición!— exclamaron, abatidos, recargándose sobre la alambrada al ver partir al tren —¡No pudimos llegar a tiempo!

Pero luego la cola del tren se fue, develándoles que no habían fallado en su intento, al seguir a Katsuragi; aunque tampoco era eso lo que esperaban ver al ir a ese lugar.

Justo detrás de la línea amarilla, Misato deslizaba suavemente las manos sobre la espalda de Shinji, mientras que éste se aferraba con fuerza a ella, tapándose la cara con su hombro.

El pingüino, en el piso, sujetaba la pierna de la mujer, mirando interrogante hacia arriba.

Y Kai, a su vez, era estampado con violencia en el suelo, con un fortachón encima de él, doblándole el brazo sobre la espalda y presionando su barbilla contra el suelo, sujetándolo férreamente del cabello. No parecía estarlo disfrutando.

—¡Luego se abrazan!— gritaba suplicante —¡Ahorita vengan y ayúdenme! ¡Ayyy!

—Vaya escenita, ¿eh?— dijo Suzuhara, con los dedos entre el enrejado, haciendo caso omiso de la petición de Rivera e incluso disfrutando en secreto del fuerte castigo que se le aplicaba, pensando en que era el karma que estaba ajustando cuentas con aquel impetuoso muchacho que hacía poco se había se había ensañado con él.

—Tú lo has dicho— asintió Aida, del mismo modo.

Misato tomó al joven por los hombros, habiéndose éste desahogado completamente. Entonces, llena de esperanzas cómo hacía tiempo no lo había estado, preguntó:

—¿Volvemos a nuestra casa?— pronunció con una sonrisa iluminándole el rostro. Empezaba a recobrar su habitual hermosura.

—Sí— respondió Ikari, enjuagándose las lágrimas, con el sol dándole de frente.

Era, quizás, la primera vez en toda su corta vida que aquél pobre muchacho sentía que tenía un lugar al cual regresar, al que verdaderamente pertenecía y donde por fin encajaba. Aún cuando distara mucho de ser perfecto y armonioso. Con todos sus inconvenientes. Era la primera vez que tenía un lugar al cual llamar, con toda sinceridad, su hogar.