"Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos."
Don Quijote de la Mancha
La felicidad se desbordaba por todos los rincones del lugar, abrumado por un barullo incontenible producido por animosas conversaciones que transcurrían casi a gritos y la música estridente que resonaba en todo el sistema de bocinas. La satisfacción podía verse en los rostros de todas las personas e incluso se podía transpirar. Era una magna celebración, acorde con las dimensiones del logro que todos ellos habían obtenido. Más ó menos un centenar de técnicos y oficiales se felicitaban y congratulaban mutuamente, pero a la vez no podían ocultar cierta sensación de incertidumbre por el porvenir.
Aquello era un auténtico bacanal. La cerveza, el whisky, el brandy, incluso el tequila, cualquier cosa que tuviera en su contenido cierto grado de licor, eran los encargados de propagar y contagiar el ánimo festivo en todos los presentes. Prueba de ello daban las innumerables botellas que residían en las vinateras, y otras más que yacían tiradas en el pegajoso piso, vacías.
Una épica borrachera, ofrendada a los largos meses de trabajo que todos los presentes habían tenido que realizar. En varias ocasiones una labor ardua, extenuante, pero que ahora recibía una grata recompensa a todos los sacrificios realizados a lo largo de todo el tiempo que duraron sus labores. Puede que se tratara de una satisfacción breve, pasajera, puesto que seguramente luego de concluir con su tarea terminarían por reasignarlos en locaciones remotas e inhóspitas en el mejor de los casos, ó peor aún, llegarían a correrlos con una patada en el trasero. Por lo menos ése era el temor que albergaba la mayoría de los empleados.
Fue entonces que el principal orquestador de semejante celebración reclamó la atención momentánea de sus subordinados, misma que consiguió casi de inmediato al interrumpir la reproducción musical en curso y emitir un sonoro chiflido que reverberó en el enorme hangar de construcción de la Unidad Zeta. A pesar de su corta edad, su sola presencia se imponía sobre todas las demás. Era una de esas personas que no podían pasar desapercibidas. Más aún por el lugar en donde se encontraba, posado sobre uno de los andamios más altos que se erigían sobre un gigantesco bulto tapado en su mayoría por lonas. Dado su evidente estado etílico no era muy prudente que se balanceara de ese modo, a semejante altura.
—¡Oigan, vagos!— con el micrófono en una mano y una botella de fría champaña en la otra, cuya gran parte de su contenido había sido derramada sobre su joven humanidad, Kai Rivera, jefe de los trabajos de construcción, se dirigió a la embriagada muchedumbre —Necesito que me presten poquita atención, después siguen empinando el codo. ¡Escuchen!
Una vez que obtuvo la total atención de todos los presentes, con las miradas clavadas en él, continuó, aclarándose la garganta.
—Antes que nada, quiero felicitar una vez más a todos los que nos encontramos aquí reunidos por un trabajo estupendamente realizado y que hoy finalmente vemos concluido. Muchos pensaron que no lo lograríamos, que lo que nos estábamos proponiendo hacer era sencillamente imposible, un disparate, cosa de locos… varias personas se negaron rotundamente a participar de esta aventura, tachándonos de orates a todos los que teníamos la firme convicción de que lo conseguiríamos. ¡Hoy, les digo, estamos aquí para callarles la boca a todos esos putetes con barbas de chivo y cara de culo! ¡Estamos aquí para mostrarles el fruto de nuestros esfuerzos y decirles en su carota que lo hemos logrado! ¡Hemos triunfado! ¡Con un presupuesto reducido, el mínimo de personal y en instalaciones deficientes que tuvimos que adaptar a nuestros propósitos por cuenta propia! ¡Teníamos todo en nuestra contra! ¡Y con sólo nuestra dedicación, empeño y sudor nos aventuramos donde nadie más se había atrevido y hemos podido realizar lo imposible! ¡En tiempo récord, por si no fuera suficiente que tuviéramos todo en contra! ¡Eso sólo demuestra qué cabrones somos todos aquí! ¡Y aquí está la prueba, a nuestras espaldas! ¡Un fuerte aplauso para todos nosotros, camaradas! ¡Nos lo merecemos!
Aún antes que la solicitara una ensordecedora ovación escapó de las gargantas de todo su público cautivo, motivados por su emotivo discurso y sobre todo por la euforia producida por los niveles de alcohol en su sangre.
—Ahora bien, hasta mi persona han llegado algunas de sus inquietudes, las cuales me es imposible pasar desapercibidas— continuó el muchacho, que a veces daba la impresión de que caería desmayado de un momento a otro —Para no hacerla mucho de emoción, iré al grano: ¿Quieren saber qué pasará con todos ustedes, ahora que concluimos el trabajo? ¿Quieren saber si no los vamos a echar a todos de una patada en el culo, ahora que se han vuelto inservibles? ¿Eh?
—¡Sí!— fue su respuesta, unísona.
—Aquí mismo tengo— pronunció, sacando de entre sus bolsillos una hoja de papel doblada, extendiéndola a la vista de todo mundo —La respuesta a una petición que le hice llegar a mis superiores de las Naciones Unidas. Y firmada con puño y letra del mismísimo Secretario General de la O.N.U. se me ha autorizado a que todos ustedes continúen en la nómina, en labores de mantenimiento y reparación.
—¡Bravo!— estalló la multitud en júbilo, al recibir la buena nueva.
—En verdad que estoy muy contento de tenerlos en mi equipo, muchachos. Han sido meses de trabajo continuo y constante en los que hemos trabajado hombro a hombro, y no creo que haya personas más calificadas que ustedes para mantener funcionando a este cacharro. Se lo merecen, ya que es tanto suyo cómo mío. Y déjenme aclararles que seguiremos siendo un grupo dependiente única y exclusivamente de las Naciones Unidas, por lo tanto no tenemos que rendirle cuentas a nadie más, mucho menos a cierto cascarrabias mal afeitado, y por lo tanto eso se verá reflejado en sus cheques, en comparación a los otros esclavos de por aquí.
La multitud entera explota en ovaciones, vítores y hurras para su líder, que los tenía en la palma de su mano. La aprobación era unánime, general.
—¡Kai! ¡Kai! ¡Kai! ¡Kai! ¡Kai!
Alzaban sus copas y brindaban en honor de su salvador, de su fiel guardián que velaba por sus intereses y derechos laborales. Era toda una celebridad en el ámbito, que se extendía mucho más allá de con sus hombres. Todos en el GeoFrente conocían y hablaban de él. El niño genio. El niño al que el comandante temía y se empeñaba en mantener a raya. No sin cierto hálito de respeto e incluso temor, era como se transmitían de boca en boca sus obras, sus acciones, sus hazañas.
En contraparte, la estima que el joven les tenía a sus empleados era auténtica, fraternal y no esperaba nada a cambio, salvo ver precisamente esas expresiones, de júbilo, de satisfacción, de alivio, de seguridad que les producía al hacerles saber que podrían seguir alimentando a sus cochinitos. Pretendía que cada hombre realizara su proyecto de vida, y le sacara el mayor jugo posible a ésta, y si eso consistía en mantener a una familia, que así fuera. Era una de las cosas que con tanto ahínco él anhelaba. Y que nunca iba a poseer. Toda su descendencia terminaría en él.
—¡A ver señoras y señores, un momento, por favor!— realizó un gesto con la mano, para que todos guardaran silencio de nuevo —Ya va siendo hora de bautizar a nuestro bebé tamaño estadio, ¿no creen?
—¡Sí!— volvió a clamar la entusiasta multitud, alzando su bebida.
—Te habrás de llamar...— pronunció volteándose a sus espaldas, y fiel a la tradición marítima, tomó la botella de champaña para darle nombre a su "barco" —Unidad Evangelion Especialmente diseñada para Combate: ¡Eva Z!— dijo ante el clamor general, quebrando el recipiente con vino en el muro de metal, que en realidad era parte de otro gigantesco robot Evangelion.
"Lo lograste, viejo loco bastardo" pensó al contemplar su obra, complacido, volviendo a hablar con una persona que se encontraba ausente. "Este era tu último sueño, y aún estando muerto lo has logrado… espero que ya estés contento, papá…"
Años enteros de extenuante labor culminaban en ese momento, dando final a una etapa y abriendo una nueva, completamente distinta. ¿Qué aventuras les depararía la fortuna, el destino, tanto a la máquina cómo a su tripulante?
El sol se levantaba por las colinas del horizonte, al amanecer. Rápidamente ahuyentaba a la oscuridad de la noche. Todas las criaturas nocturnas se retiraban a su refugio, a esperar nuevamente la noche; mientras que las diurnas se preparaban para empezar un nuevo día. Uno de estos hijos de la noche se dirigía a su guarida, resguardándose de la cegadora luz del día.
Kai sentía sus párpados y pies cómo si fueran de plomo, mientras que luchaba por poder llegar al edificio departamental donde residía. El mundo entero parece un enorme y desenfrenado carrusel que da vueltas y vueltas incansablemente. Caminaba con sigilo, paso a paso para no tropezar. Quizás, después de todo, debió haber aceptado el aventón que le ofrecían para llegar a su morada, aún cuando el conductor estaba tan borracho cómo él. En numerosas ocasiones el sueño lo venció y cayó desplomado al piso, tan pesado como era, incorporándose al instante y emprendiendo de nuevo la penosa marcha. A tientas, fue como logró llegar a la escalera que conducía a su departamento, para entonces subirla penosamente, casi arrastrándose.
A la vez, en el hogar al que intentaba desesperadamente retornar, su joven compañero ya se había levantado, temprano cómo era su costumbre. Aquellos últimos días, en los que la presencia de Rivera había sido más que esporádica, resultaron una bendición para Ikari, quién aun se sentía bastante incómodo al tener que compartir el mismo espacio que él, sobre todo porque aún no habían resuelto la tirante situación entre ambos. En las últimas semanas, desde su regreso definitivo a las filas de NERV, apenas si se habían dirigido la palabra.
Antes de partir rumbo a la escuela quiso poner sobre aviso a la dueña de la casa que volvería a quedarse sola, a quien encontró roncando, boquiabierta, en su cómoda cama matrimonial donde le sobraba espacio para rodar cuanto le pegara la gana.
—Misato, ya es hora de irme. Dejé preparado tu desayuno sobre la mesa. De nuevo Kai no llegó a dormir— informó Shinji a la somnolienta mujer — ¿Se te ofrece algo más antes que me vaya?
—Muchas gracias Shin-chan, creo que me quedaré en cama un rato más— pronunciando Katsuragi dando un profundo bostezo de leona —Después iré a buscar a ese maldito muchacho desobligado y lo golpearé por no avisar que doblaría turno toda la semana…
—No ha ido a clases en toda la semana— reveló el chiquillo, a su vez —Contando sus faltas acumuladas, podría ser motivo para que lo den de baja. La concejal me dijo que si no iba ahora, que lo mejor sería que ya no volviera a ir…
—No hay problema— dijo despreocupadamente la fémina, acurrucándose en su lecho —No creo que falte ya más de tres días. Pronto se le turnará a la dirección de la escuela un aviso especial.
Lo que Ikari no sabía, era que si su colegio seguía funcionando, a pesar de todo, era precisamente por los cuantiosos donativos que NERV depositaba en su tesorería mes con mes. Al fin y al cabo, su razón de ser desde un principio fue albergar a los pilotos para la conclusión de sus estudios, y nada más. Todo lo demás era tan sólo una elaborada fachada, lo que les daba una amplia libertad dentro de aquellas instalaciones estudiantiles, aunque la mayoría de ellos no lo imaginara siquiera.
De pronto, un golpe seco se escuchó, justo detrás de la puerta. Ambos se dirigieron entonces hacia la entrada del departamento, extrañados, y al abrir cautelosamente el ingreso de su morada se encontraron con Kai, tirado sobre el piso, tendido boca arriba completa y absolutamente dormido. Sus ronquidos daban constancia de ello. Hasta la puerta fue lo más lejos que pudo llegar sin que la fatiga lo derrotara.
Con dificultad, los dos lograron cargarlo hasta su cama. No podía quedarse dormido en el suelo todo el día, y despertarlo sería algo más que imposible. Misato lo asía por entre los brazos, mientras que el chiquillo le sujetaba las piernas. Desde donde estaba, la mujer podía distinguir nítidamente el hedor del alcohol que emanaba del aliento del muchacho.
—¡Carajo, se ve que estuvo buena la parranda y este miserable no invitó!— se quejaba Katsuragi, recreando en su mente la que debió ser una magna fiesta. Detestaba perdérselas. De hecho, era una excelente animadora en todas ellas.
Acostaron al joven en el mueble, y mientras que Ikari recobraba el aliento, la capitana le retiraba los zapatos y lo cobijaba, realizando todo esto con suma dulzura. Depositó un amoroso beso en su frente poco antes de dejarlo allí, y cerrar la puerta de la habitación.
Shinji ya estaba por salir cuando el teléfono timbró. La señora de la casa tuvo que contestar al llamado en el teléfono de la cocina, molesta por ser interrumpida cuando se disponía a dormir por otro rato más.
—Maldita sea— mascullaba a la vez que encendía el aparato y lo colocaba en el oído, recargado sobre de su hombro —¿Bueno? ¡Rikko! Buenos días, ¿cómo dormiste?— hizo silencio por unos momentos, permitiendo que su amiga hablara —No, no me ha podido decir nada aún. ¡El pobrecito llegó tan cansado! ¡Hasta se quedó dormido en el piso! Hubieras visto que lindo se veía desplomado en el suelo, ahogado de borracho— de nuevo, calló por un momento, atendiendo a lo que le decían —¿Lo dices en serio? ¿Es decir, que ya está listo? ¡Eso tengo que verlo con mis propios ojos! Muy bien, te veré allá como en una media hora. ¡Nos vemos!
Colgó el auricular con premura, dirigiéndose apuradamente hacia su habitación en tanto se explicaba con el infante que la veía curioso en el umbral de su hogar:
—Creo voy a tener que desayunar ahora mismo, después de todo. La Unidad Zeta ya ha sido terminada, y eso no es cualquier cosa. Tengo que verlo por mí misma, cuanto antes.
Observaba con el ceño fruncido detenidamente a través del grueso cristal que tenía frente a él. El Comandante Gendo Ikari aún no podía hacerse a la idea de lo que sus ojos presenciaban era realidad y no un producto de su imaginación. Aquello que por muchos años había considerado una obra de la ciencia ficción ahora mismo se pavoneaba delante suyo, restregándole en la cara su sola existencia, la cual no creía siquiera posible. No lograba evitar sentir una especie de incomodidad al mirar a través del diáfano vidrio, era como si la entidad que observaba en esos momentos se estuviera burlando de él y de su vacua incredulidad. También había algo de justa rabia en su interior, consciente de la afrenta que le representaba el que alguien más consiguiera hacer lo que él nunca pudo siquiera imaginar. Ello colocaba su posición como eminencia mundial en entredicho. Sabía de antemano el inminente peligro que se cernía sobre de él y sus planes, y tenía que estar preparado para todo.
Posiblemente Fuyutski compartía con él ese estado de ánimo de ansiedad. No lo demostraba con palabras, pero se notaba cuando el viejo se estiraba, tan largo cómo era, y todo su cuerpo se tensaba. Su manzana de Adán danzaba cuando pasaba un poco de saliva.
Ambos estaban de pie, uno a lado de otro, examinando ese elemento que no estaba contemplado en la ecuación desde un principio. Eso era un inconveniente, tan grande cómo él. Gendo miró desconsolado a su viejo compañero de armas, buscando una respuesta, como siempre. Pero su consejero estaba en el mismo predicamento que él.
—Henos aquí, Profesor— dijo el hombre barbado, con aire funesto —En presencia de lo imposible. Me hace recordar nuestra pequeña excursión a la Antártida, hace quince años. ¿A usted no le parece así?
—Trato de no pensar mucho en aquellos aciagos días, Ikari— admitió Fuyutski —No me gusta pensar en lo cerca que estuve de morir en ese maldito infierno congelado. Pero si a lo que te refieres es a que deberíamos estar cagándonos del miedo en estos momentos, creo que tienes toda la razón…
—Me pregunto si acaso el estúpido de Rivera tiene alguna idea de lo que ha desatado en este mundo… otra vez…
—¿Cuántas oportunidades tendrá una misma persona de fastidiarle la vida a los demás? Cualquiera hubiera pensado que el muchacho habría aprendido su lección, pero bien dicen que el hombre es el único animal que se tropieza con la misma piedra…
—Me cuesta admitir que llegué a subestimar al chiquillo… un error muy grave, ahora lo veo. De saber que se iba a poder salir con la suya, hubiera puesto más empeño en acabar con él…
—Tu orgullo muchas veces te ha cegado y no te permite tomar en cuenta todas las variables posibles, comandante. Seguramente que ese defecto te llevará a la perdición. ¿Qué, acaso no sabías de todo lo que es capaz ese chiquillo endemoniado si se le da rienda suelta? Obra con la eficacia que se esperaba de él... justo igual que su padre... ¿recuerdas?
Los ojos de Gendo parecieron avivarse ante los recuerdos. Acomodándose sus anteojos, respondió ante la misiva, sin poder distinguir si estaba siendo sarcástico ó no, debido a su semblante inexpresivo.
—Cómo poder olvidarlo...
Y suspirando profundamente, casi cómo un lamento, guardó silencio por un largo rato, cabizbajo y pensativo.
—¿Y...?— pronunció Kozoh, sin darle mayor tiempo para retrospectivas — ¿Cómo afectará esto al plan original?
—No mucho, espero— contestó Ikari, reponiéndose —Le sacaremos provecho mientras sirva a nuestros propósitos. Después, lo destruiremos.
—¿Tendremos el poder necesario para hacerlo?
—Ojalá. Si no, todo lo que hemos planeado durante tanto tiempo se vendrá abajo y los sacrificios que hemos realizado serán en vano...
Los dos callaron, mirando una última vez hacia fuera, donde se encontraba el motivo de sus zozobras y sinrazones.
—En cualquier caso— continuó, dando media vuelta para enfilarse por los incontables corredores del cuartel —Tendremos que estar listos… esta situación tan precaria, además del regreso del Cuarto Niño al proyecto cambian por completo la perspectiva. Lo primero que tenemos que hacer es lograr reactivar a Cero.
—¿Sigues pensando en utilizar a Cero?— preguntó su acompañante, inquietado —¿Aún después de lo que pasó? Será bastante peligroso, Ikari.
—No nos queda otra opción— contesta Gendo —Mucho depende de nosotros.
—Es una lástima— admitió el viejo —Una verdadera lástima, que una jovencita así tenga que sufrir tanto.
—Ése es su propósito en la vida— advirtió su acompañante, con la sangre fría —Para eso es que fue creada.
—Lo sé, lo sé muy bien. Será una de las tantas razones por las que arderemos en el Infierno.
En la Escuela Secundaria Número 1 de Tokio 3 la jornada transcurría sin eventualidades dignas de mencionarse. El alumnado en general aguardaba al comienzo de sus estudios, por lo que tenían la oportunidad de charlar animosamente entre compañeros, formando pequeños grupos compactos a lo largo del salón de clases.
Uno de ellos estaba formado por Shinji y sus dos amigos recién hechos, Toji Suzuhara y Kensuke Aida. Desde el regreso del joven Ikari, los tres muchachos habían encontrado entre sí cierta afinidad e inclusive hasta simpatía, no sin que antes Suzuhara quisiera ponerse a mano con Shinji, insistiéndole que lo golpeara en el rostro para poder recuperar su honor, el que consideraba perdido a causa de su vergonzoso exabrupto. La verdad es que no hubo de insistir mucho al respecto, y luego de que fuera derribado por Ikari, acorde a sus deseos, su incipiente amistad comenzó a consolidarse.
El tema central en turno de la conversación del trío divagaba entre grupos musicales, películas de diversos géneros y actrices de televisión que poblaban sus más apasionantes fantasías. Una típica charla juvenil, hueca e intrascendente en su contenido pero de alto valor anímico; no obstante, dicho intercambio de ideas fue interrumpido por la representante de grupo, Hikari Hokkari, quien apareció a sus espaldas. Además, desde hace tiempo buscaba atraer la atención de Toji, cosa que aún no pasaba. Pero mientras eso ocurría, tenía que seguir intentándolo, hasta que sus esfuerzos resultaran fructíferos.
—Buen día, a todos— saludó cortésmente, demostrando una formalidad rara en una jovencita de su edad —Disculpa que te interrumpa, Ikari, pero necesito saber: ¿pudiste dar aviso a Katsuragi de su situación?
—Apenas hace un rato fue la primera vez que lo vi en toda la semana, concejal— contestó el aludido, tratando de no hacer una mueca de disgusto cuando hablaba de su compañero de cuarto —Y créeme, no estaba en condiciones de recibir ningún mensaje…
—Yo no entiendo cuál es la apuración con que venga a la escuela— pronunció Toji en tono de chanza —Obviamente él no quiere estar aquí y todos nosotros estamos mucho más tranquilos sin él, todos ganamos de esta manera… ¿entonces cuál es el problema?
—Sin mencionar que aún le tienes un miedo terrible, ¿no es así, amigo?— inquirió mordazmente Aida, sujetándolo del cráneo para restregar sus nudillos sobre él.
—¡Por supuesto que sí, tarado!— arguyó Suzuhara, a quien no le costó mucho trabajo liberarse del agarre de su enclenque compinche —¡Si un tipo es capaz de levantarte veinte centímetros del piso con un solo brazo, lo más prudente que puedes hacer es mantenerte lo más lejos posible de él!
—¡Otra vez con eso! ¡Ya te dije que no fue tanto, es sólo lo que tu pánico te hizo creer!
—¡Oh, sí! ¡Olvidé que en lugar de acobardarte y esconderte como un marica detrás de la concejal, sacaste tu regla y mediste con exactitud el espacio que había entre el piso y la punta de mis pies mientras ese lunático me hacía como a una hilacha!
—Qué cosa tan rara— comentó casualmente Hikari, aprovechando para intervenir en la conversación —No recuerdo que alguno de los dos se haya quejado de Katsuragi cuando les quitó de encima a Otsu… me asombra lo rápido que algunas personas pueden cambiar de opinión…
—¿Quién es Otsu?— preguntó Shinji, quien ya llevaba suficiente tiempo en aquella escuela para saber que ninguno de sus compañeros se llamaba así.
—Hayato Otsu era un estudiante de grado superior que asistía a esta secundaria antes de que te transfirieran— dijo Kensuke —Su padre tiene un puesto muy alto en el Ministerio del Interior, por lo que tenía mucho dinero e influencias… era él quien manejaba esta escuela como le placía, hacía lo que le viniera en gana y todos teníamos que resignarnos a ser sus peleles… no era una muy buena época para ser estudiante en este lugar…
—Kensuke y yo, entre otros, le debíamos dinero por una apuesta que perdimos jugando un partido de béisbol— continuó Toji con el relato, cabizbajo —Nunca tuvimos el suficiente dinero para pagarle y cada vez subía más los intereses, iba a ser imposible que algún día pudiéramos pagarle,,,
—Fue más ó menos por ese entonces que Katsuragi fue transferido— Hikari se entrometió una vez más, ante la renuencia de los otros dos —No tardó mucho en darse cuenta de la situación y a los pocos días vio como Otsu golpeaba a estos dos para sacarles todo lo que pudiera, sólo por el placer de hacerlo pues bien sabía que no tenían con qué pagarle… Kai los defendió y asustó tanto a Otsu que prefirió cambiarse de escuela muy lejos de aquí…
—Katsuragi le rompió la nariz, arruinó su motocicleta y por poco hace que su padre perdiera su puesto en el gobierno— abundó Aida en los detalles.
—¿Kai… Kai hizo todo eso?— preguntó Shinji, estupefacto.
—Oh… ahora entiendo…
Si bien Ikari no estaba al tanto de la complicada y tórrida relación que mantenían sus compañeros pilotos en secreto, sí era consciente que Ayanami representaba la motivación principal para muchas de las acciones que emprendía Rivera.
—De cualquier forma, pienso que tendrían que estar un poco agradecidos con él— prosiguió Hokkari —Desde entonces las cosas por aquí han estado relativamente tranquilas… por lo menos tanto como se puede, con todo lo que hemos estado viviendo…
—Así que eso piensas, ¿eh? ¡¿Y a qué se debe que de pronto te hayas convertido en la defensora de ese maniático?!— pronunció Suzuhara con cierto aire de reclamo —¿Qué, acaso ya te has hecho miembro de ese montón de locas que dicen ser su club de fans? ¡No lo dudo y ya hasta seas la presidenta!
—¡Cierra la boca, tonto!— advirtió la jovencita, con la cara completamente enrojecida y enfurecida por que el despistado muchacho hubiera tergiversado todo —¡Ni siquiera sabes de lo que hablas! ¡Como concejal, es mi deber estar al tanto de la situación de todos mis compañeros de clase! ¡La misma atención que le pongo a Katsuragi es la misma que te puse a ti cuando faltaste tanto tiempo! ¡Además, si Kai falta una vez más acreditará a que se le dé de baja del curso!
—La señorita Misato dijo a ese respecto que después mandarían un "aviso especial" a la dirección— interrumpió entonces Ikari, entrecomillando con los dedos —Aunque no sé a qué se refería al decir eso…
—¡Ah, la señorita Misato!— Suzuhara y Aida repitieron sus palabras, suspirando con aire soñador.
—¿Quién es esa "señorita Misato"?— preguntó Hikari con cierto dejo de molestia en su tono de hablar, al ver la reacción que provocaba en Toji la mención de esa persona.
—Pues... — vaciló Shinji por un instante, antes de responder —Es mi jefa: Misato Katsuragi. Vivo con ella, ¿sabes?
—¿Katsuragi?— dijo extrañada —¿Acaso es la mamá de Kai?
—¡Claro que no!— replicaron casi de inmediato los otros dos muchachos, sumamente indignados de tal acusación —¡Ella es muy joven cómo para tener un hijo de catorce años! ¡Debe ser su hermana!
Los tres voltearon hacia donde estaba Shinji, amagándolo con la mirada para que aclarara todo el misterio que planteaba tan peculiar parentesco.
—Verán... — masculló, otra vez vacilante. Comenzaba a sentirse mal por estar hablando a sus espaldas —Creo que es adoptado. Me parece que su verdadero apellido es "Rivera".
—¿"Rivera"?— dijo el trío, incomodados por las cuestiones de su lenguaje natal, en donde no existe el sonido de la "r" fuerte. Trataban en vano de pronunciarlo del modo correcto, incluso Shinji era incapaz de hacerlo del todo bien.
—Me quedo mejor con "Katsuragi"— acertó a decir Toji, ante la aprobación de los demás.
Ikari ya se había quedado callado. Pensaba en cómo reaccionaría su compañero de cuarto si se enterara que estaban hablando de él cuando se encontraba ausente. Conociéndolo, de seguro se enfadaría. A decir verdad, la mayoría de las ocasiones lo más conveniente era que no estuviera presente, tal como se lo hizo ver Suzuhara:
—"Libela" ó como sea, lo más recomendable es que te alejes de él tanto como te sea posible, si es que quieres conservar tu salud…
—Es verdad— asintió Kensuke —Siempre pasan toda clase de cosas raras a donde quiera que va, y lo peor es que se lleva de corbata a quienes lo rodean…
—Si no lo crees así, sólo mira como quedó Ayanami. Sabes bien todos los días que duró pareciendo una momia egipcia, con todos esos vendajes, y apenas está recuperándose de sus heridas… ¿de quién crees que fue la culpa?
—No me digas que Kai…— murmuró Shinji con apenas un hilo de voz.
—Bueno, no directamente— Toji se apresuró a corregir sus dichos, percatándose de la gravedad de la acusación que meramente insinuaba —Pero todos sabemos que estuvo involucrado en el incidente… supe que se trató de una especie de pacto suicida entre ambos que no salió como esperaban…
—¡Estás mal de la cabeza si crees esos chismes de lavandería, amigo!— lo corrigió de inmediato su compañero que usaba anteojos —¡Es más que obvio que se trató de un atentado terrorista frustrado! ¡A todas luces se nota que el Frente de Liberación Mundial estuvo involucrado! ¿De dónde más crees que vas a sacar a un argentino muerto en el patio de la escuela?
—¡Es verdad, debes tener razón, tiene que ser cosa de esos rebeldes!¡Viejo, ni siquiera tengo idea dónde queda Argentina!
—¡Cállense ya los dos!— espetó enseguida la jovencita con peinado de coletas —¡Saben muy bien que todos tenemos prohibido hablar de lo que pasó! ¡Todos nosotros firmamos una cláusula de discreción, así que si quieren evitar problemas cierren sus bocotas, antes de que alguien más los escuche!
El par de muchachitos hizo silencio de inmediato, encogiéndose sobre sí mismos como unos parvulitos reprendidos en medio de una travesura, sabedores que habían obrado mal. Shinji, por su parte, miraba hacia un lado y hacia otro, desconcertado por todo lo que se acababa de enterar, sobre todo por la abundancia de sórdidos detalles. ¿Cómo era que un simplón como Kai y una muchachita tan extraña como Rei acabaron involucrados en una complicada intriga internacional?
De repente, sintió que alguien más lo estaba observando. Casi podía palpar la mirada que creía tener clavada. Barrió el área con la vista, en busca del espía. Se detuvo al llegar al lugar de Ayanami, unos asientos a lado de él. Era ella, no cabía duda alguna, quien lo estaba viendo fijamente, penetrándolo de lado a lado con las llamaradas que tenía en sus ojos. Su rostro, ahora ya libre de todo parche y vendajes, no reflejaba expresión alguna, recargado en su mano izquierda. Sin embargo, eran sus ojos los que hablaban por ella. Parecía estarlo contemplando con cierta curiosidad, pero a la vez con un despecho inexplicable, de origen desconocido.
Apenas se percató que el infante se había dado cuenta de lo que estaba haciendo, rápidamente desvió la mirada hacia el frente, ignorándolo una vez más.
"Rei Ayanami" murmuró Shinji, casi derritiéndose. Aquella había sido la experiencia más perturbadora, más excitante de su joven vida. También él había notado ese fuego que ardía y se consumía en su mirada, ese misterioso calor interno que irradiaba sólo a través de esa mirada, tan seductora, tan hipnótica. Luchaba por no ir a postrarse a sus pies.
Antes, no le prestaba demasiada atención, precisamente por el carácter tan austero y distante de la muchacha. Ciertamente, fue por ella que se había decidido a pilotar al Eva 01, la primera vez. También era cierto que ya la conocía poco antes, aunque hubiese sido en una enigmática visión que tuvo en esa estación de tren. Pero la frialdad con la que trataba la chiquilla a sus semejantes, no sólo a él, había conducido a que se distanciara de ella, tomando la resolución de mantener su relación estrictamente en el ámbito profesional.
Sin embargo, ahora era diferente. Ahora sabía que eso era sólo una pantalla, que había levantado quizás por protección. Ahora tenía por lo menos vestigios de la existencia de esa llama que ardía en su interior. Ahora notaba lo hermosa que era, a su manera. Era su extraña naturaleza y apariencia la que la hacía única, la que la hacía tan bella. Su figura esbelta, sus pechos nacientes, esas piernas largas y aquél cabello azul claro. Pero sobre todo esos ojos carmesíes, esas antorchas que eran el espejo en el cual se reflejaba su alma, su verdadero yo. Ahora, era precisamente ese hálito de misterio que la rodeaba lo que la hacía tan atractiva. ¿Qué era lo que escondía detrás de esa máscara autista? ¿Qué oscuro y apasionado ser moraba en su interior, en sus profundidades abismales e insondables?
En ese momento entró el maestro al salón, cortando de tajo la cumbre de su éxtasis.
—¡Maestro en el salón! ¡Todos de pie!— ordenó Hikari en el acto, asumiendo de nuevo su rol de guardiana del orden y la disciplina dentro del salón de clases.
Shinji se detuvo a observar fijamente la espalda de Rei mientras ésta se ponía de pie, obedeciendo la indicación. Un pensamiento cruza cómo flecha silbante por su cerebro. ¿Acaso Kai también sabría la verdad acerca de Ayanami? Los dos ya estaban elegidos cómo pilotos antes de su llegada al Proyecto Eva. ¿Qué habría sucedido entre los dos en ese lapso de tiempo?
Nada, nada, trataba de calmarse. En dado caso, no creía que Kai fuera tan observador cómo para darse cuenta de ese aspecto, y en última instancia, aún si sí lo fuera, lo más probable era que la jovencita no le había permitido acercarse, dado sus personalidades tan dispares. Rivera debía ser repelente para ella.
Hace varios y repetidos esfuerzos por contenerse, arrugando la nariz y todo su gesto. Fracasa completamente. Con gran estruendo, Kai estornuda a pesar de sus intentos por evitarlo. La fuerza con que lo hizo fue tal, que lo deportó de inmediato del país de los sueños.
"Alguien debió estarse acordando de mí" indagaba las causas de su estornudo, frotándose suavemente su compungida nariz, un poco irritada. Expele un profundo y grave bostezo, asemejándose bastante a un león macho, mientras también estiraba los brazos por encima de su cabeza, cómo si estuviera sacudiéndose de encima la pereza.
No quería hacerlo. Pretendía quedarse a dormir durante todo el día, sin hacer nada más que caer en un profundo estado de inercia, desatendiéndose de la realidad. "Mejor me levanto" pensó, restregándose los ojos y rascándose el cuero cabelludo, "Luego en la noche no voy a poder dormir". Entonces, poniéndose de acuerdo consigo mismo, procedió a levantarse y a desperezarse, saludando al nuevo día, aunque ya fuera bastante tarde. El sol ya estaba muy entrado en la bóveda celeste cuando se dignó a incorporarse a al vida. Serían algo así cómo las tres ó cuatro de la tarde, más ó menos, según sus cálculos, cuando abrió el balcón de la habitación y se asomó al exterior, para recibir un poco de calor de primavera.
La boca le daba un sabor cobrizo, le daba la impresión que tenía un centavo en la lengua. Unas leves, pero persistentes punzadas taladraban su cabeza. Eran los devastadores efectos de la resaca. Sintió la imperiosa necesidad de hacer algo tan siquiera por amenizar sus síntomas, por lo que se dirigió a la cocina, en busca de algunos analgésicos y algo que estuviera caliente; lo de los medicamentos podía encontrarlos en abundancia dentro del botiquín que se encontraba en el baño, debido a que dados los hábitos de la señora de la casa, eran tan indispensables cómo el agua misma, sin embargo lo de encontrar algo caliente sería algo más que imposible, por lo menos en esa casa.
Luego de haber vomitado copiosamente con la cabeza metida en el excusado, efectivamente pudo hacerse sin ningún problema de un par de Alka-Seltzer, los cuales disolvió sin contemplaciones en un vaso con agua, vaciándolo todo de un solo trago. Un poco más repuesto, se dirigió hacia la cocina, en busca de algo caliente que echar en el estómago. Sin muchas esperanzas, abrió el refrigerador, esperando encontrar algo decente que pudiera recalentar. En él se encontró con el contenido habitual, las latas de cerveza de Misato, y comida instantánea. Al ver las latas, el estómago protesta, rugiendo furioso. Con sólo observarlas le volvieron las ganas de vomitar, por lo que se apresura a cerrar la puerta del electrodoméstico, reponiéndose cómo pudo de las náuseas. En esos momentos no tenía apetito para la comida fácil de preparar, por lo que finalmente se decidió sólo por una taza de café, sin ninguna cucharada de azúcar. Muy pronto lo tuvo listo, gracias a las bondades de la cafetera. Lo bebió todo de tres sorbos, respirando aliviadas sus entrañas por el líquido caliente con el que las alimentaba. Le cayó de perlas, en su estado.
Después, más despabilado, con la cafeína surtiendo efecto en su sistema, imaginó que es una buena hora para regresar al cuartel. A lo mejor en el comedor de empleados habrían preparado algún estofado ó guiso que pudiera ayudarle a su condición. Aparte, le preocupaban los que se habían quedado de turno y quería supervisar los pendientes que restaban, cómo el traslado de la unidad a su muelle de embarque.
Se estiró y pronunció un largo bostezo para ahuyentar de nueva cuenta al cansancio, y se encaminó entonces a tomar una ducha. El agua estaba fría, sin embargo la sintió deliciosa, ayudándolo a despejarse por entero. Paseaba alegremente el jabón sobre su cuerpo, mientras entonaba alegremente:
"Si te vienen a contarcositas malas de mí,
manda a todos a volar,
diles que yo no fui"
"Yo te aseguro que yo no fui,
son puros cuentos de por ahí,
¡ay mamá, que yo no fui!"
El departamento se encuentra absolutamente solitario, a excepción del niño en el baño, y del pingüino que se encontraba correteando por toda la casa, por lo que nadie más que el intérprete podía escuchar la alegre y pegajosa tonada, célebre por la interpretación de Pedro Infante, legendario actor del cine de oro mexicano.
—¿Y tú que me ves, montón de plumas?— preguntó el muchacho al animal, luego de salir de su regadera, después de que el avechucho lo observara detenidamente por largo rato, para al final ser perseguido por todo el lugar por el joven.
Al acabar de asearse y vestirse, el niño salió del departamento, dejándolo ahora sí, solo con su plumífero guardián.
—No le abras la puerta a desconocidos, ¿entendido?— fue su recomendación, antes de salir del recinto, despidiéndose —Ahí te ves, Pen.
Dirigió sus pasos hacia el Cuartel General, a donde arribó sin demora luego de caminar por las desiertas calles de la ciudad por un rato. Una vez ahí dentro optó por apurar el paso por los extensos pasillos, casi trotando, dominado por una inusitada ansiedad, lo que lo llevó al punto de casi chocar con unas personas que iban bajando las escaleras.
—¡Oye, Kai!— le dijeron, al reconocerlo, mientras seguía con su carrera —¡Si vas a tu hangar, ya no hay nada allí! ¡Ya movieron a Zeta a su muelle!
—¡Muchas gracias!— respondió el chiquillo, levantando la mano y modificando su curso, torciendo a la derecha.
¡Qué grande era el cuartel! Era un complejo sistema de corredores y accesos conectados todos entre sí, con una cantidad considerable de cuartos y bastantes niveles y subniveles. Si uno no estaba familiarizado con las instalaciones, fácilmente podría perderse. Una razón más para que las visitas estuvieran estrictamente acompañadas por un guía. Hasta había un departamento especial en la organización para búsqueda y rescate de las personas extraviadas.
Después de una extensa caminata, y ya que le quedaba de paso el cuarto de control, el joven pensó que sería bueno pasar un rato en visitar a los viejos amigos. Luego de haber atravesado varios accesos, pudo introducirse a la sala. Y ahí estaban, sentados en sus respectivas consolas, sin ocuparse de nada en específico.
Tres jóvenes técnicos, quienes apenas comenzaban sus carreras, y sin embargo, dadas sus capacidades y aptitudes habían sido seleccionados de entre todo el personal para ser los operadores de los sistemas más esenciales de NERV. Ninguno pasaba de los 25 años, pero ya trabajaban estrictamente bajo las órdenes de los oficiales mayores del proyecto.
De derecha a izquierda, primero se encontraba la linda Maya, Maya Ibuki, la simpática y amable asistente de la doctora Akagi, y por lo consecuente, era con quien menos trato de los tres tenía; sin embargo, su relación siempre fue muy cordial, gracias en parte al carácter tan afable de la chica. Era una oficial científica, encargada del mantenimiento de los Evas.
Continuando, al centro, se encontraba instalado Makoto Hyuga, encargado de las comunicaciones y logística, subordinado inmediato de la Capitán Katsuragi. Tampoco tenía mucho trato con él, pero ya lo veía tanto que al final terminó por acostumbrarse a él. Un muchacho alto, que usaba gafas, de un metro ochenta y cinco, de complexión robusta debido a su entrenamiento militar. De hecho, tenía rango de cabo. Tipo algo serio y reservado a la distancia, pero a pesar de eso conocía bien sus sentimientos para con Misato. Cómo casi todo aquél que trabajaba de cerca con ella había enloquecido por ella. Sólo esperaba el momento idóneo para revelarle a su jefa sus verdaderos sentimientos, y por ende, al igual que todos los otros sujetos, se esforzaba por fraternizar con él. Eso estaba bien, ya que se había acostumbrado a esos admiradores secretos desde hace tiempo.
Y al último estaba Shigeru Aoba, con quien más identificado y familiarizado estaba. Su relación era muy fraternal, bastante cercana. Ambos disfrutaban sobremanera la compañía del otro, así como las constantes y amenas charlas melómanas que sostenían cada que tenían la oportunidad. Tenía el cabello largo, cortado hasta los hombros, lacio y suelto, de carácter liberal y desinhibido, no obstante sabía desempeñar y acatar sus funciones con una eficiencia inaudita, aunque en ocasiones, al igual que sus otros dos compañeros, no estaba de acuerdo en la manera en que sus superiores se manejaban. Era el encargado del monitoreo de signos vitales y sincronía de los pilotos, además de ser subordinado del Subcomandante Fuyutski, cuyas ideas tan conservadoras muchas veces chocaban con las de su alterno. Y no en pocas ocasiones se lamentaba al ver el largo de su cabello, negando en silencio con la cabeza.
Por esa razón congeniaban Kai y él, ya que los dos eran espíritus libres, radicales, que no se sometían tan fácilmente a la autoridad, rompiendo esquemas preestablecidos e instituyendo nuevos. Contaban con la fuerza, el fuego que les proporcionaba la juventud. Corrían juntos por las extensas llanuras de la libertad.
Los tres, además de ser compañeros de trabajo, tenían algo en común: todos ellos habían sido alumnos de Rivera en la universidad, cuando a éste le dio por impartir algunas clases, antes de entrar al Proyecto Eva. A todos los había conocido en sus años de colegiales, y a todos había recomendado para que ingresaran a NERV, debido a su sobresaliente desempeño y demás habilidades.
Los había agarrado en su descanso, que estaba por concluir.
—¡Hola, chamacos y chamacas!— saludó Rivera al entrar —¿Cómo andamos por acá?
—¡Qué tal!— respondieron los tres al saludo, casi al mismo tiempo.
—¿Puedo tomarles una taza de café?— dijo el chiquillo, al observar en sus manos recipientes con el apetitoso líquido negro, que despedía un tentador halo de humo, dando constancia de su provechosa temperatura.
—Seguro— le contestó Maya, señalando con el índice una mesa pegada a la pared —Ahí está la cafetera, y también unas galletas, por si quieres.
—Muchas gracias— suspiró aliviado, dirigiéndose a donde le señalaban —Mataba por un sorbo de buen café.
Fue y tomando un vaso de fieltro lo llenó hasta el tope. También, atendiendo a la invitación, tomó en una servilleta varias galletas dulces.
—Qué bien le cae a un estómago vacío una bebida caliente— les confesó, parándose en la entrada y deleitando la infusión, dándole de sorbos.
—Más cuando uno trae la cruda que te cargas, ¿no?— añadió Shigeru, al notar las perrillas en sus ojos, levantando las sonrisas de sus colegas —¿Qué tal estuvo la fiesta ayer?
—A toda madre— pronunció, orgulloso de haberla organizado. Lo único malo había sido la resaca que ahora mismo sufría, pero aparte de eso, se había divertido de lo lindo con sus borrachines camaradas.
—Sí, ya nos platicaron como estuvo todo— intervino Makoto, dándole de sorbos a su infusión.
—Me hubiera gustado invitarlos, muchachos, pero no se podía. Era sólo para los de mi equipo, y cómo ustedes no quisieron entrarle... —añadió Rivera, reprochándoles de una manera bastante sutil que, en su momento, declinaran aceptar ser sus colaboradores.
—Por cierto, qué malvado eres, Kai Katsuragi— advirtió Maya, enojada —¿Cómo está eso que también designes un equipo especial de mantenimiento? ¿No nos tienes confianza? ¿Crees que no podemos cuidar cómo se debe a tu Eva?
—No, no es nada de eso— pronunció aturdido el chiquillo, queriendo salir por la tangente para no herir más susceptibilidades —Lo hice más que nada para no recortar tan drásticamente la nómina, además que pienso que tal vez la Unidad Z va a necesitar cuidados un poquito diferentes a las otras, y para no descuidar a las demás, pensé que sería lo mejor tener técnicos especializados.
—De acuerdo, eso puedo comprenderlo— dijo Maya, pero sin quitar el dedo del renglón —Pero no creas que esto se arregla tan fácil, aún no acabo— agregó, amenazándolo con el dedo mientras cruzaba las piernas.
—Oigan, ¿ustedes no sabrán dónde está Misato?— preguntó de inmediato el joven, queriendo desviar el tópico de la conversación para quitarse de encima a la ofendida asistente —Lo que pasa es que no la he visto desde ayer...
—Está abajo, revisando los estatutos de sincronización con la Doctora Akagi— respondió en el acto Hyuga, señalando al subnivel que estaba tras él.
Asomándose por la barandilla de la planta alta (que eran donde se encontraban ellos) del cuarto de control, saludó desde allí a su tutora.
—¡Miss!— a veces la llamaba así, haciendo un juego de palabras con su nombre —¡Acá arriba! ¡Hola!
—¡Hola, cariño!— contestó la mujer al saludo de su protegido, agitando el brazo derecho animosamente —¡Después nos vemos!— le dijo, mandándole un beso.
—No deberías mimarlo tanto— inquirió Ritsuko, un tanto molesta de escuchar el tono meloso que Katsuragi empleaba.
—¡Oh, tú sólo déjame ser!— respondió pronta, volteándose otra vez hacia la consola que ella y su confidente vigilaban celosamente.
Rikko no estaba muy conforme con los datos que desplegaba el monitor que tenía frente a sí. Chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
—Era lo que me esperaba— suspiró, abatida —La sincronización de Shinji con la Unidad 01 se ha visto afectada de manera considerable. Mira los resultados de las últimas pruebas.
—Muestran una tendencia a la baja— pronunció, contrariada —¿Cómo pudo suceder? Después de que Shinji resolvió todos sus conflictos, pensé que su sincronización se vería beneficiada, pero...
—Pero Eva no lo está tomando de la misma forma— explicó la científica —Verás, al interrumpir Shinji el entrenamiento que venía realizando tuvimos que reajustar todos los sistemas a Rei, y comenzar desde un principio. Pero ahora que regresó, otra vez tuvimos que reconfigurar TODOS los sistemas, y seguir con el entrenamiento que había dejado trunco. No obstante, el comandante insistió que Shinji fuera reasignado a la Unidad 01, pese a que ya me anticipaba algo así. Los resultados de las pruebas de la última semana me lo confirman.
—No lo entiendo— repuso la capitana —La primera vez que el chico piloteó a Eva pudo lograrlo sin ningún problema, a pesar de no tener un entrenamiento previo, ¿por qué ahora tiene que ser diferente?
—Porque la primera vez no teníamos configurado el sistema para una persona en específico, así que fue relativamente fácil que el Eva 01 asimilara a Shinji, pero ahora... parece ser que se muestra un tanto confundido por los cambios tan repentinos.
—¿Quizás mejoraría algo si volvemos a instalar a Rei?
—No lo creo. Para el caso, resultaría lo mismo que ahora; además, comparando las pruebas, parece ser que Shinji tiene más posibilidades de volver a adaptarse.
—Pero aún no está listo para una situación de combate—culminó Misato.
—No— contestó, terminante, incorporándose —Sólo espero que no se les ocurra a los ángeles atacar por estos días; tampoco Kai está preparado para pelear.
—No nos eches la sal, por favor— suspiró Misato, apesadumbrada, para luego reparar en el semblante de su compañera —Luces cansada, amiga…
—Las preocupaciones parece que nunca terminan. Además de este asunto aún me tengo que encargar de cómo diablos vamos a disponer de ese cadáver de 150 metros de largo que tenemos colgando a las afueras de la ciudad— Akagi se masajeaba los senos nasales, buscando disminuir un poco la persistente migraña que la aquejaba —Tendremos que cortarlo en pedazos para su transportación y conservación para estudios posteriores, y no creo que tengamos el equipo necesario para realizarlo. Por si fuera poco, gracias al armatoste de Rivera todas nuestras solicitudes de fondos adicionales están congeladas…
—Pensé que tener un Eva adicional sería una buena noticia, pero todo el día he visto solo caras largas por aquí…
—¡No seas ingenua, capitán!— repuso enseguida la oficial científica —Si la O.N.U. cuenta con su propio Evangelion, entonces NERV y todo nuestro trabajo se vuelve obsoleto… si el Modelo Especial prueba ser funcional en combate toda nuestra operación se verá comprometida, incluso la agencia misma podría ser disuelta…
—La última vez que revisé, lo más importante de todo era acabar con los ángeles… sin importar quien lo haga…
—Dices eso tan tranquilamente porque no es tu trabajo el que está en riesgo, doble agente. Seguramente que tu muchachito se encargará de darte un muy buen puesto en el nuevo organismo que se cree para las operaciones de los Evas, ¿no es así?
—Probablemente, sí, tienes razón. ¿No te hubiera gustado ser un poco más amable con él? Quizás de haberlo hecho ahora no estaría tan mortificada, Doctora Akagi…
—¡Cierra el pico y vete de aquí ahora mismo! ¡Estoy muy ocupada como para estar soportando tus tonterías!
—¡Está bien, está bien! ¡No te sulfures! Te prometo que intentaré convencer a Kai de que no te deje en la calle, quizás vaya a necesitar una asistente ó algo parecido…
La respuesta que obtuvo a su mofa fue un bolígrafo que pasó volando por encima de su cabeza, mientras que se apuraba a alejarse de la mujer de cabello rubio que la fustigaba con la mirada.
—¡Oye, salvaje, ten más cuidado! ¡Pudiste haberme sacado un ojo! ¡Inconsciente!
Una vez que Rivera abandonó la sala de controles, no tardó mucho tiempo en arribar al muelle en donde reposaba su creación. Quería ver que tal se veía en pie, aunque fuese rodeada por líquido conservador y sólo fuese visible la cabeza y el cuello.
"Las pruebas comienzan mañana" pensaba "Nunca está de más una rápida revisión para asegurarse que todo se encuentre bien".
Traspasó varias vallas y enormes puertas de seguridad antes de poder llegar a su destino.
La emoción infantil que poseía momentos antes, desapareció cómo neblina al contemplar la enorme máquina ante él. Por eso había venido aquí. A reflexionar.
A lo largo de su corta vida, para muchos, Kai Rivera había creado bastantes atrocidades, todas ellas con el firme y único propósito de lastimar y dañar al prójimo; claro que, la mayoría de las veces, lo hizo sin el conocimiento pleno de lo que pudiera causar cómo consecuencia. Poseía una de las más grandiosas mentes del planeta, que bien pudo, ó mejor dicho, debió haber sido aprovechada para ayudar a todo el género humano, para poder encontrar las curas a muchas de las enfermedades intratables, ó restaurar el ecosistema del planeta después de la catástrofe, ó simplemente para hacer la vida más sencilla; en lugar de realizar aquellas maravillas que tan sólo se consideran sueños, por culpa del mal manejo, no se dedicó mas que a crear nuevas y más atroces formas de asesinar, muchas más de las ya existentes en ese entonces.
Pero todo aquello, bien pudo habérsele sido perdonado, ya que no actuaba en forma deliberada, y jamás podía imaginarse los horrores que desataría con lo que él consideraba tan sólo un simple juego. Después de todo, en esos días aún era un pequeño inocente, ignorante de la barbarie que reinaba en el mundo exterior, en el mundo real. En ese entonces sólo se trataban de ecuaciones matemáticas que necesitaban ser resueltas, un juego de acertijos que lo estimulaba y lo entretenía sobremanera.
Pero ahora, ahora no había excusa alguna. Actuó con premeditada deliberación, a sabiendas de lo que iba a ocurrir después de hacer su obra maestra. El arma definitiva. La máxima máquina de matar que se había creado en la historia. La observaba de frente, aborreciéndola. La odiaba profundamente. Pero en cambio, el robot se mantenía indemne, mirándolo también fijamente a través de sus visores color rojo, majestuoso y digno cómo una estatua. No muchas cosas pueden darse el lujo de tener a su creador cara a cara.
Después de todo: ¿Qué era, en principio, un arma? Un instrumento destinado para defenderse ó atacar. Una ramificación del impulso humano creativo, motivado en gran parte por el instinto de la supervivencia. El hombre, indefenso ante sus depredadores, tuvo que esforzarse, empeñarse en hacerse de un lugar en la rama evolutiva. Fue su ingenio natural, un don fomentado a través de millones de años de evolución hasta derivar en la ciencia, el que lo impulsó a crear esas herramientas. Objetos de los cuales el ser humano se vale para lograr diversos objetivos. El de las armas ya ha quedado estipulado. Defensa. Ataque. Defenderse de sus agresores, mejor dotados por la naturaleza con dientes afilados, garras y músculos fuertes y tensos, ágiles. Pero desprovistos de la inventiva del género humano. El hombre de las cavernas tuvo que hacer mano de lo que estaba a su alcance, huesos, palos, piedras, y haciendo una combinación de éstos elementos, ó bien utilizándolos individualmente, fue cómo ideó el garrote, la lanza, el arco y las flechas.
Sin embargo, ¿qué fue también lo que propicio cruzar ese umbral tan delgado, tan diáfano que separa a la defensa del ataque? En un principio, quizás fue la necesidad de comer. La recolección de frutos y granos bien pudo haber pasado a un segundo plano en el momento que los seres humanos percibieron las ventajas y bondades de la caza. Entonces sus utensilios derivaron a ser utilizados en el ataque, posicionándose del rol del cazador, en lugar de ser la presa. No obstante su inventiva con la que fue provisto, también contaba con un instinto animal. Los animales no saben de ética ó de derecho, ellos sólo saben de supervivencia. Un grandulón abusivo ó una manada vecina intentando apoderarse de la comida, el agua, el refugio ó las hembras tal vez propiciaron conflictos. En ese momento se quebró la frágil línea que separaba de utilizar un arma para defenderse y para cazar de infringirle un daño a alguno de tu propia raza por la competencia. Y allí se originó la ambición. Y ésta dio a luz al asesinato. El pensamiento humano fue evolucionando, y por consecuencia sus indispensables armas. Los palos y piedras dieron lugar al hierro candente, y éste a la pólvora y la pólvora al poder del átomo. Nuevas y mejores formas no sólo para protegerse del enemigo, sino para liquidarlo por entero, sin dejar rastro de él en la faz del planeta.
En ese caso, desde los huesos hasta los rayos láser de alta intensidad, todos ellos no dejaban de ser simples objetos que permanecían inertes hasta que alguien los usara. Una metralleta no podía levantarse sola y escupir toda su carga contra una familia entera de campesinos. Concluyendo entonces, la verdadera arma, el arma perfecta era precisamente la propia inteligencia del ser humano. Era ella la que convertía los restos óseos de un animal de gran tamaño en un garrote que podía aplastar un cráneo cómo una nuez ó la que utilizaba un simple rayo de luz continua en un láser que era capaz de rebanar el acero cómo mantequilla, y ni qué decir de las carnes de un ser humano.
En aquellos días no habría de qué preocuparse, ya que por el momento, sólo se dedicarían a combatir ángeles. El problema sería tiempo después, cuando los militares se dieran cuenta del potencial destructivo de las Unidades Eva, y entonces comenzaría una nueva carrera armamentista en todo el mundo. De hecho, a estas tempranas horas ya había comenzado. Sabía que ya se construían Evas en muchas partes del mundo: América, China, Alemania, Rusia...
¿Qué le garantizaba que la humanidad no cruzaría de nuevo ese umbral, y saltar de defenderse de extraños agresores, a atacar a su propia especie, motivada por la ambición?
Se podía imaginar las guerras del futuro. Con sus mecanoides, las bajas de la milicia se sostendrían al mínimo, claro está, y los únicos que sufrirían serían la población civil. Ellos serán los afectados, cuando las batallas de los gigantes destruyan sus ciudades y sus edificios. Sus hogares. Y de nueva cuenta, los únicos que sacarán provecho serán los gobiernos, y claro está, las compañías constructoras de los mensajeros de la muerte, quienes cobrarán puntualmente sus honorarios. La vida de miles, por unos cuantos millones de dólares. Mundo tan estúpido.
Con dificultad, trepó hasta el hombro del robot, evitando caerse en el líquido que tenía a su alrededor. Mucho dependía de él. De él dependía evitar todo aquello. Era por eso que saboteaba las operaciones, que destruía planos e instalaba programas secretos en las computadoras de todo el Geofrente. Cuando todo acabara, destruiría los Evangelion, borraría toda la información de los bancos de datos y acabaría con todo vestigio físico que pudiera darles una idea de cómo construir a los titanes de acero. Y él, se llevaría el secreto a la tumba.
Siguió observando detenidamente a su creación, casi con pesar. Y es que, ¿En realidad era esa desdichada criatura sin alma, la culpable de todo aquel peligro? Claro que no. Era la misma raza humana, que con su ignorancia, la utilizaría para destruirse. Aunque sonara trillado, era cómo dejarles las llaves de un arsenal nuclear a unos niños pequeños. No estaban listos para algo cómo esto. Aún no.
Miraba a la máquina, y en ella no sólo encontraba metal y conexiones. El creador podía encontrar un reflejo, un vestigio de sí mismo en su creación. Y quizá eso era lo que más le molestaba. Entonces... ¿Esa sería una manifestación de su verdadero ser? ¿Su naturaleza estaba presente, aunque sólo fuese en parte, en aquél monstruo de acero?
No podía encontrar la respuesta.
—Perdóname— susurró el joven científico, acariciando la aleación de la máquina, a la altura del rostro —Nada ha sido culpa tuya.
El Eva de Kai no era muy diferente al que piloteaba Shinji, sólo que era un poco más grande en cuanto a altura y volumen. Mediría, a lo sumo, unos 120 metros de altura. También, al igual que la Unidad 01, tenía integrado consigo un Motor S2, un sistema generador de energía basado en la teoría de supersolenoides defendida por un tal Dr. Katsuragi. Cuando EVA contaba con este motor, supuestamente su tiempo activo podría ser extendido al infinito. Aunque eso aún no se había comprobado, ya que aún le faltaban varias pruebas por hacer, y además nunca en toda la historia del Proyecto una Unidad Evangelion había alcanzado ese inmenso nivel de energía.
Y en lo único en que se diferenciaban a primera vista era en los colores, ya que el Modelo Especial era verde oscuro, con algunas franjas amarillas. En donde debieran estar las orejas, (basándose en un modelo humanoide) se encontraban dos formas ovoides, con dos barras verticales sobre ellas. Este modelo también tenía los ojos al descubierto por el yelmo, aunque a diferencia del de la Unidad Uno, el casco era de una sola pieza.
Ojos rojos cómo las llamas del infierno, y unos dientes enormes y afilados, cómo los de un tiburón. Un trío de espolones adornaban las placas que protegían ambos antebrazos, completando así su diferencia física con el Eva 01. Una apariencia bastante aterradora, al primer vistazo, que era lo que más impresionaba. Parecía un demonio que había podido escapar de su cautiverio, listo para producir pesar y condenación a los mortales.
El muchacho está muy sumido en sí mismo, con sus pensamientos, pero aún así pudo denotar la presencia de un visitante, quien apenas había ingresado al muelle de embarque. Volteó hacia dónde estaba ella y la contempló embelesado. Siempre que la veía pensaba que era la criatura más hermosa sobre la faz del mundo. Rei caminaba con ligereza y gracia, sin ninguna prisa, con las manos juntas detrás de su espalda, mirándolo trepado sobre el hombro del coloso. Su gesto era el cotidiano, serio y formal. Su tono de voz era idéntico, uniforme, impidiéndole demostrar algún tipo de emoción; empero, era tan suave, tan melodiosa y sensual, que siempre se perdía por ella. Se desvivía por hacerla hablar, para que sus oídos se regocijaran en tan hermoso sonido. Sin embargo, en esta ocasión no tuvo que esforzarse mucho para lograr su objetivo.
—"Dios terminó su trabajo el séptimo día, y en él descansó de todo lo que había hecho"— la jovencita parafraseó una cita bíblica, sin quitarle la vista de encima ni a él ni al titán, confundiéndose y fusionándose en uno solo por un momento. También había notado que existían varios aspectos del creador en su obra.
—Pues por lo menos un rato, cuando menos— respondió, casi susurrante, pensando en lo bella que se escuchaba la palabra de Dios de sus labios —Desde mañana van a ser días bastante cansados, con todas esas tediosas pruebas de sincronización que voy a tener que hacer...
—Ojalá pudiéramos cambiar lugares— confesó la chiquilla, descorazonada. Ahora que Ikari había regresado a ser piloto del Eva 01, y que la Unidad Cero aún no era reparada, no tenía muchas cosas que hacer.
—No creo que pudieras pilotarlo— le dijo el muchacho, a sabiendas de lo que le acontecía —Para ser honesto, dudo mucho que alguien más que yo pueda pilotear este cacharro.
La jovencita lo observó unos cuantos segundos, desconcertada. No pretendía ser arrogante, eso era seguro, entonces lo que enunciaba el chiquillo era cierto. ¿Pero cuál era, entonces, la causa de ello? ¿Otra característica distintiva de ese "Modelo Especial"?
—¿No quieres subir?— le preguntó, sacándola de su confusión por un momento, sólo para sumirla aún más en ella, cuando pronunció: —Ven, pásale con confianza— y de inmediato la mano derecha del gigante emergió del tanque y se colocó a la altura de los pies de Ayanami.
Ésta, sorprendida, no pudo evitar lanzar un apagado grito de exclamación, debido a lo repentino del movimiento. El corazón le daba de tumbos. Estaba asustada.
—No tengas miedo, no pasa nada— la tranquilizó, volviendo a instarla a acompañarlo arriba —Sube, no hay de qué preocuparse.
Precavida, aun con ciertas reservas al respecto, abordó la palma del coloso, con sumo cuidado y muy, muy despacio. El titán entrecerró sus dedos cuidadosamente, para que la muchacha pudiera asirse de ellos mientras la subía. Era increíble. De seguro aquella mano podía pulverizar roca sólida con relativa facilidad, y sin embargo, ahora la albergaba a ella con tanta delicadeza, transportándola suavemente hasta su destino.
—Con cuidado— le advirtió Kai una vez que estuvo a la altura del hombro izquierdo, que era donde él estaba —No te me vayas a caer— ofreciéndole su mano para que se apoyara al pasar de su transporte hasta su lado.
—¿C- Cómo?— acertó Rei a decir, vacilante y atónita, cuando estuvo junto a Rivera, y la mano del robot retornó a su lugar original.
—No tengo la más mínima idea— reveló despreocupado, pasándole el brazo por la cintura y estrechándola contra él —A lo mejor estamos más unidos de lo que parece— pronunció, refiriéndose a la máquina y a él.
Ayanami entonces se dejó querer. No le afectaba en mucho. Recargó ligeramente la cabeza sobre el hombro del chico, permitiéndose apreciar más a fondo las características físicas del Eva Z. Reparó en los ojos.
—¿Ojos rojos?— inquirió, intrigada por el curioso detalle. Eran del mismo color que los suyos.
—Puedes decir que es un homenaje en tu honor— confesó sin tapujos —Además, se ve más macabro, ¿no lo crees?
—¿Pretendes utilizar una guerra psicológica contra esos seres?— preguntó al percatarse de los ángulos agudos, los tonos terciarios y las líneas inclinadas que prevalecían en el diseño del gigante —Podría funcionar con seres humanos, no lo dudo, pero: ¿Cómo estar seguro que esas criaturas pueden percibir la realidad del mismo modo que nosotros lo hacemos?
—No puedo asegurarlo, pero tenía que hacer el intento— respondió —Aún así, servirá cómo advertencia a la población, para que mantenga su distancia.
—Les prestas mucha atención a esas minucias, ¿No es así?
Bastó una sola expresión de Rivera, tan solo un gesto, para que pronto la mano del robot les sirviera de nueva cuenta de elevador. De veras que se comenzaba a acostumbrarse a su material. Era todo lo que esperaba, y más.
—Sólo trato de no perder de vista el objetivo principal de este proyecto— contestó mientras la ayudaba a subir a la palma del robot —Hay que tenerlo siempre bien presente, sino será muy fácil desvirtuar nuestra misión.
—¿Ah, sí?— dijo la chiquilla, ya en el piso, tomada de la mano del muchacho —¿Y qué misión es esa?
—Salvar a la humanidad, qué más.
—Tienes tus directrices bien trazadas, no puedo negarlo. Pero, ¿en serio piensas que ése es el verdadero propósito de Eva? ¿Salvar al mundo todos los días, y permitirles a toda esa gente que ni siquiera conoces continuar con sus existencias, con sus trabajos en las fábricas y sus crías en la casa para alimentarlas, sólo para que a su vez éstos crezcan y tengan a su vez descendencia que alimentar, y entonces trabajar para lograrlo? ¿No se te hace muy cíclico, tan inservible? ¿Y dónde entras tú en todo eso?
—Pues podrá parecerte muy poca cosa— pronunció apesadumbrado por el tono que usaba al hablar de esa vida, a la vez que los dos se sentaban, aún tomados de la mano. Guardaba ciertas esperanzas de poder participar en ello, junto con Rei. Él, en el trabajo, consiguiendo el pan de cada día, ella en la casa cuidando a los retoños. —Pero para todas esas personas es su razón de ser. Después de todo, ésa es la razón de ser de los seres vivos, ¿no? Nacer, desarrollarse, reproducirse y morir. Cosas bastante simples al primer vistazo, pero que en realidad son la esencia de la vida misma. Son las cosas por las que vale la pena vivir. Es gracias a ese ciclo tan monótono al que te refieres que los organismos, absolutamente todos, han podido evolucionar a través de las épocas, marchando cada vez más y más cerca de la perfección. Todo en esta naturaleza va encaminado a ella.
—Sin embargo, en ocasiones los seres vivos no pueden llegar a ella con la rapidez debida; es decir, no pueden adaptarse al medio ambiente por que su evolución se estanca. ¿Ó me equivoco? Y entonces viene la extinción. Es cuando entra en vigor eso de "supervivencia del más apto".
—Supongo que eso es verdad.
—Pero aún no me has respondido del todo: ¿Dónde entras TÚ en todo eso?
—Me parece que soy un organismo obsoleto en el sistema— reveló, cabizbajo —Moriré, sin haber vivido en realidad. Yo no podré reproducirme, ni siquiera lograré desarrollarme por completo. Estoy condenado al olvido.
Al palpitar su pesar, no obstante su rígida apariencia, Ayanami se enterneció con sus palabras, logrando solidarizarse con su pena. Su corazón latía con fuerza, mientras se acercaba más y más al joven, y paseaba su mano por su rostro.
—Eso no es cierto— le dijo amorosamente —Yo nunca podría olvidarte— para terminar dándole un apasionado beso en los labios.
Katsuragi esbozó una sonrisa nerviosa y su expresión parecía la de un idiota mientras aún saboreaba los labios de su pareja, sin atinar a hacer otra cosa que no fuera reír entrecortadamente como una colegiala apenada.
—Te está saliendo sangre de la nariz— observó entonces la muchachita a su lado, sin demostrar alarma por ello —¿Esa es una de esas cosas que le pasan a los muchachos cuando se excitan?
—¡Diablos, no!— se apuró a exclamar el joven, cubriéndose el rostro con las manos y echando la cabeza para atrás —Creo que mover esta cosa remotamente tiene más efectos secundarios de los que me suponía… es la última vez que trato de impresionar a alguien con esto… siento como si los sesos se me fueran a escurrir… ¡Ay, dolor!
Permanecieron inertes de esa manera por algunos breves segundos más. Entonces, con el rabillo del ojo la jovencita se percató de que alguien se estaba acercando a paso veloz. Apenas y pudo reaccionar, arrojando a Kai lejos de sí, empujándolo con las manos por el pecho. El infante no evitó darse un golpe en la cabeza con el piso, preguntándose que había hecho ahora de malo. Al mismo tiempo que un sujeto largo y macilento entraba al muelle, Rei se alisaba los pliegues de su falda y se aprestaba a salir pronto de ese lugar.
El tipo, que traía uniforme de oficial científico, seguía con la mirada a la muchacha, boquiabierto. Después, con la misma expresión en su rostro, observó al chiquillo aún tendido en el suelo.
—¿Acaso vi lo que creí ver?— lo interrogó, atónito, una vez que la niña se había marchado.
—Seguro, y si mi abuelita tuviera ruedas sería el batimóvil— le dijo, un tanto molesto por su inoportuna interrupción, poniéndose de pie y acariciándose la nuca —¿Qué me tienes de nuevo, Takashi?
Kenji Takashi, de unos treinta años, individuo que cómo ya se ha dicho era alto y delgado, pero con una higiene pulcra e íntegra en toda su persona, lucía su uniforme con orgullo y porte, enseñoreándose a su paso; era ni más ni menos que la mano derecha de Rivera en la planeación y construcción de la Unidad Z, su segundo al mando. Sin su presencia, sin su rigurosa disciplina y puntualidad muchas cosas no hubieran podido realizarse. Un auténtico perfeccionista, se vislumbraba a primera vista en su apariencia. Un enajenado del trabajo y de la superación laboral. Pero no era tan rígido y serio en el fondo, permitiéndose en ocasiones a él y a sus empleados ciertas libertades, sabedor de que el trabajo excesivo no conduce a nada.
Los dos se habían conocido en la universidad, cuando Kai apenas cursaba sus primeros estudios superiores, aunque más bien su estadía en la institución fue corta, concluyendo con el curso con bastante rapidez. Al principio, Takashi, dado su carácter, se había empecinado en superar a aquél niño que a la tierna edad de seis años ya era universitario. Debido a los tiempos tan adversos que enfrentaba el mundo, no podía darse el lujo de ser un profesionista promedio, y para eso tenía que igualar al mejor, y superar al mejor. Hizo el intento, eso no podía reprochársele. Sin embargo, pronto se dio cuenta que era bastante difícil, por no decir imposible, competir en contra de una esponja que absorbía y se llenaba de conocimientos en cuestión de minutos, por lo que al final se vio abatido y derrotado en muy poco tiempo.
Se dejó abrumar por el fracaso, sumiéndose en un montón de angustias y traumas emocionales que a punto estuvieron de hacer que perdiera la cordura, de no ser por la oportuna intervención del mismo chiquillo. Quizás fueron las palabras tan llenas de sinceridad que le dirigió, ó que el muchacho se enterneció con el infante, el caso fue que Rivera le hizo darse cuenta que en un mundo que necesitaba a gritos ser reconstruido, no tenía mucho caso obsesionarse ni encerrarse en una tarea tan enfermiza cómo la de ser mejor que todos los demás, y que más convenía que usara sus ánimos e ínfulas en algo más productivo. Al fin y al cabo, al único que debería superar, día con día, era a él mismo y no a nadie más.
Desde en ese entonces, una fuerte amistad los dejó prendados uno del otro, y aunque no se vieron en mucho tiempo, siempre recordaban con gran estima y aprecio a su amigo de la universidad. El destino, ó más bien la disposición y el deseo de Kai de trabajar a su lado, los había unido de nuevo.
Encajaban muy bien como equipo, siempre lo habían hecho. La disciplina y la responsabilidad indeleble del japonés le daban un cauce para su realización, además de practicidad a los diseños, a la creatividad e ingenio del muchacho, que valga la redundancia no era ningún adicto al trabajo.
—Nada importante, sólo para entregarte la cédula de las actividades y pruebas de sincronización que tienes para mañana— pronunció Kenji entregándole una carpeta repleta de hojas —Uy, camarada, me parece que ahora sí te vas a tener que alinear por la derecha y aplicarte, porque ahora sí te van a traer corto.
—¡Ja!— se mofó el infante, revisando los horarios de la carpeta —¿Quiénes?
—Todos— contestó de inmediato —Desde el Comandante Ikari hasta el Secretario General. Las Naciones Unidas van a querer ver de inmediato que su inversión les dé dividendos.
—Tengo mis prioridades en orden, créeme— dijo, negando con la cabeza al ver las horas de práctica que tendría para el día de mañana.
—Pues no sé, yo que tú tendría cuidado— le advirtió —Esto ya no es la escuela, y podrías hacer enojar a mucha gente, gente importante, poderosa.
—No te preocupes, todo va a salir bien— respondió, cerrando la carpeta —Mejor debieras ocuparte en hacer algo por esta agenda, si la sigo por lo menos una semana me va a matar.
—Te dije que los jefes quieren darse prisa. No creo que se pueda hacer mucho al respecto, así que ni modo, te vas a tener que aguantar.
—Ya veremos. Voy a intentar que me recorten el tiempo que uso en la mañana para la escuela, y aprovecharlo para distribuir mejor las horas de trabajo. ¿Quién te la dio?— preguntó agitando el bonche de papeles en su mano —¿Ritsuko?
—No. Maya— contestó con aire soñador, de enamorado.
—Ya veo— pronunció Rivera con una sonrisa de picardía en los labios —Así que todavía no te has dado por vencido, ¿eh? Me lo esperaba de ti.
—Por lo menos ya di el primer paso. Ella ya sabe que existo. Y a propósito— le dijo, haciéndole un candado a la cabeza con el brazo —Muchas gracias por presentármela, amigo. No hubiera podido hacerlo sin tu ayuda.
—Y yo que creí que cuando te la presentara ni le ibas a hablar después— musitó con dificultad, aprisionado en aquél castigo —Aún así, no te confíes, que la competencia está muy reñida. Te lo digo para que después no vayas a chillar.
—Lo sabía— alarmado, con cara de espanto, soltó en el acto al muchacho —Era cierto lo de Shigeru y ella...
—Andas mal, compañero, muy, muy leeeejos. No es por allí la cosa.
Kai miraba a su mejor amigo en el mundo, ilusionado y a la vez sufriendo por el amor. ¿Cuántos había cómo él? A todos los hombres y mujeres les llegaba el momento de enamorarse, aunque sólo fuese una vez en la vida. Empero, cada vez que hablaban al respecto le producía tanta lástima, tanto pesar que su compañero estuviera enamorado de una lesbiana, sin saberlo.
Se hacía de noche en el Oriente. Y amanecía en el Occidente. La mitad del mundo se iba a la cama, mientras que la otra mitad se prestaba a salir de ella y a reemplazarlos en la frenética producción mundial, que no podía ser detenida jamás, a riesgo de un colapso económico total.
Precisamente en el Hemisferio Sur, en el lado donde la madrugada empezaba a menguar y el alba a despuntar, se encontraba una pequeña isla volcánica, con apenas unos quince años de edad. Magma solidificado alrededor de un volcán que permanecía inactivo desde el Segundo Impacto, fecha que lo vio nacer, constituía el sedimento de aquella pequeña balsa de apenas unos tres kilómetros de diámetro en el Océano Pacífico; razón por la cual no era merecedora siquiera de ponerle nombre.
No parecía nada importante, salvo un montón de roca fundida que amenazaba con ser devorada por el mar de un momento a otro. Bastaba un solo movimiento telúrico para que fuera engullida por las aguas y no dejar ni rastro. Nada a lo que se le pudiera sacar provecho.
No obstante, no debemos olvidar que la grandeza se encuentra precisamente en la humildad, en la sencillez. Justamente, un pequeño sismo hace que la isla se desintegre y se precipite al océano, mientras el coloso de fuego rugía furioso y escupía lava y ceniza a los cielos, al ser devorado y consumido por el mar, todo esto en cuestión de unos cuantos minutos, diez a lo mucho. Nadie presenció el ocaso del lugar, cómo tampoco nadie había sabido de su existencia. Pero el sacrificio de aquella insignificante porción de tierra había rendido un fruto, algo por lo que valió la pena desquebrajarse y precipitarse al lecho marino. Algo se ha liberado, y algo se mueve, se desplaza con una gracia celestial por entre las corrientes, tomando un rumbo predeterminado, trazado por líneas invisibles que lo llevarían hasta su destino final.
Ignorantes de todos estos sucesos, los hombres y mujeres de la tranquila Tokio 3 duermen apaciblemente, auspiciados por un falso y frágil sentimiento de seguridad y confort. Y de la misma manera, despiertan al siguiente día, sin saber lo que el futuro les tenía deparado.
Eran las 7:30 de la mañana, en punto, cuando el reloj despertador sonó a todo volumen:
"¡Pi-ka-chuuuuuuu!"
—¡Ay, cabrón!— vociferó Rivera, despertándose sobresaltado por el intenso volumen del aparato electrónico.
Cubriéndose el rostro con su mano izquierda, con algo de sueño aún a cuestas, deslizó la otra mano, y a tientas logró apagar la alarma de su despertador, que en la pantalla plana mostraba a una simpática especie de ratón amarillo y brillantes mejillas rojas, que invitaba a su propietario a levantarse con sus estruendosos chillidos.
"No voy a poder soportar todo esto" pensaba mientras luchaba por que sus ojos no se volvieran a cerrar; si lo hacían, era seguro que se volvería a quedar dormido. ¿Cómo le hacía Shinji para levantarse tan temprano, sin ninguna ayuda? Media hora antes se levantaba sin problema alguno, y eso que se habían acostado a la misma hora.
Maldecía a los jefes, por obligarlo a pasar por ese martirio. Le escupía mentalmente a la Doctora Akagi toda sarta de insultos y blasfemias, odiándola aún más cuando ella y el comandante se habían negado a acceder a su petición. "Es vital para el desarrollo de la misión que te compenetres lo más que se pueda a tus compañeros pilotos". Todo eso no era más que un montón de inmunda y fétida mierda. Lo hacían sólo por mantenerlo lejos del cuartel y poder obrar a sus anchas, y nada más.
Con lentitud, entre bostezo y bostezo, se enfundó en su uniforme escolar, cuya camisa dejó sin abotonar para dejar al descubierto su camiseta de color que tenía puesto debajo de ella, para contrastar con los grises tonos de la vestimenta estudiantil. De la misma manera, se puso sus sandalias para andar por la casa y se dirigió directo al baño, a empaparse la cara de agua fría, lo que ahuyentó en definitiva el cansancio que presentaba anteriormente.
Cuando salió del baño notó que su compañero de cuarto no quiso esperarlo y se fue a la escuela sin él. Era evidente que aún quedaban vestigios de rencor en su contra, provocados por los anteriores roces entre ellos dos. Tal vez sería necesario hablar con él un poco. Después de todo, si ya era definitivo que se quedaría a vivir con ellos, convenía limar asperezas para poder llevar todos la fiesta en paz.
Y a pesar de todo, le había preparado el desayuno, que se encontraba en una bandeja en la cocina, despidiendo un suculento aroma a recién hecho. Quizás había una leve esperanza, después de todo, para que pudieran entenderse y hasta agradarse. Dio un muy buen primer paso, que era darle de comer. Posiblemente algún día sería capaz de perdonar su estupidez, si seguía en ese plan. Una vez que ingirió sus alimentos se sintió lleno, rebosante de energía para gastarla a sus expensas durante todo el día.
Propósito que se evaporó tan rápido cómo llovizna de verano al caer sobre el ardiente asfalto; ya que apenas cuando llegó a la escuela y entró al salón de clases, se apiló sobre su asiento y se puso a dormitar despreocupadamente. Un breve rato después ya se encontraba profundamente dormido, ante el manifiesto enojo de la concejal de grupo, que le dirigía miradas de ira extrema cada vez que alguno de sus ronquidos llegaba hasta sus oídos, al igual que algunos maestros.
El reclamo no se hizo esperar a la primera oportunidad que la joven tuvo, en el primer descanso de ese día. Apenas sonó el timbre, marcando su inicio, cuando la muchacha enfiló resuelta hacia el problemático estudiante, y armada con una regla de plástico, le atizó un golpe en la base del cráneo, suficiente para despertarlo.
—¡Oye, eso duele!— despertó al fin, quejándose.
—¡Escúchame muy bien, Katsuragi!— pronunció Hikari con voz airada, haciendo caso omiso de su lamentos —¡Tal vez a ti no te interese en nada tu porvenir académico, pero todos los demás tenemos que estudiar si queremos trabajar y comer!—le recriminaba, amenazándolo con la regla en mano—¡Así qué te agradecería mucho que nos mostraras por lo menos un poco de respeto y dejaras de distraer a tus compañeros de clase! ¡Por Dios, eres un cínico desgraciado!— fulminaba, asestándole otro golpe con la regla.
—¡Está bueno, ya entendí!— acertaba a decir el muchacho, indefenso ante los embates de la chiquilla, cubriéndose inútilmente con los brazos —¡Ya no me pegues!
—Pero qué genio te cargas, ¿eh?— dijo abatido, una vez que la joven cesó su ataque, retractándose en el acto cuando vio que se prestaba de nuevo a arremeter en su contra —¡No es cierto, no es cierto!— blandía las manos delante de él, para detenerla —Tienes mucha razón, no, lo que es más: tienes toda la razón. Admito que hice mal. De ahora en adelante, prometo solemnemente— y aquí poniéndose de pie, con la mano sobre el corazón —Que TRATARÉ de no quedarme dormido en clases, y ya no faltar ni un solo día a la escuela... — su teléfono celular, timbrando, lo interrumpió en ese momento —¿Bueno?
—Soy yo— era Misato la voz del otro lado de la línea —Avísales a Shinji y Rei que dentro de tres minutos un carro pasará por ustedes tres. Los necesitamos aquí.
—¿Qué pasa?
—El radar detectó algo a unos kilómetros de la costa. Es un Código Azul.
—Muy bien— asintió el infante —Allá nos vemos.
Y ante la rubicunda vista de su compañera, salió del recinto, en busca de los otros dos pilotos, tomando sus pertenencias. "Oye" le dijo, antes de salir "Por lo menos vine, ¿no? Ya si me tengo que salir antes de tiempo es otra cosa."
Unos cuantos minutos antes, en el Cuartel General de NERV, el llamado Geofrente, ubicado a kilómetros bajo Tokio 3, todo transcurría con normalidad. Los preparativos para las pruebas de sincronización entre el Segundo Niño y la Unidad Z estaban siendo arreglados, entre otras cosas, así que mucho del personal científico estaba ocupado. Shigeru tardó un poco en darse cuenta que una alarma en su consola pitaba ininterrumpidamente desde hacía unos momentos. Al percatarse de la situación, un poco nervioso se puso a verificar los datos que le llegaban a su terminal, y una vez que estuvo seguro que no había ningún error en todo eso, siguiendo el protocolo para ese tipo de situaciones, hizo sonar la alarma general. Un Código Azul había sido detectado.
Así era cómo se le designaban a los códigos genéticos de los Ángeles, cada vez que uno de ellos rondaba por la ciudad y sus alrededores.
De inmediato, y a toda prisa, al igual que cada vez que sonaba esa alarma, la sala de controles se vio inundada de gente, todos asistiendo a sus puestos de combate.
—¿En dónde se localiza en este momento?— requirió Gendo apenas cuando entró a la sala, a su puesto que estaba por encima de los operadores.
—El satélite lo detecta en el paralelo 32, meridiano 138. Se mueve a una velocidad de 180 kilómetros por hora, en dirección hacia Fujisawa. Si mantiene constante esa velocidad, llegará a tierra en unas dos horas con veintidós minutos— se apresuró a contestar Shigeru, un poco asustado porque el equipo debió haberlo detectado desde mucho antes, y no quería que los jefes se enteraran que tardó tanto en avisar de la emergencia.
—Envíen al equipo de reconocimiento a hacer contacto visual con el objetivo— ordenó Fuyutski, haciendo uso de su autoridad. Con un gesto adusto, moviendo la cabeza, Ikari aprobó la decisión.
Acatando las órdenes con la eficacia característica de la milicia, un par de veloces y modernos helicópteros de reconocimiento despegan de su base y se dirigen presurosos a las coordenadas indicadas. En tan sólo 20 minutos ya se encontraban en el sitio señalado.
La radio captaba las señales emitidas desde las aeronaves, mientras que el monitor desplegaba las imágenes que transmitían en vivo, desde el lugar de los hechos. A través del mar azul profundo, sólo se divisaba una enorme silueta negra debajo de la corriente marina, desplazándose con una rapidez inaudita para algo de ese tamaño.
—...repito, hemos obtenido contacto visual con el blanco... — comunicaba uno de los pilotos de los vehículos aéreos, venciendo cualquier interferencia, por lo que se le escuchaba nítidamente —Tiene aproximadamente unos 200 metros de longitud, y se desplaza por la corriente a una velocidad fija de 180 kilómetros por hora, a unos 300 metros de profundidad. Al parecer, su destino final es Fujisawa. Cambio.
—Entendido, equipo Eco, regresen a la base de inmediato. Cambio— contestó Hyuga, tomando la radio. Empero, no pudo terminar de dar las indicaciones necesarias, cuando fue súbitamente interrumpido.
—Dogma Central, algo le ocurre al blanco... repito, Dogma Central, el blanco ha alterado su trayectoria... se dirige... se dirige...
El tripulante no alcanzó a concluir con su información. De repente, apenas un borrón en la pantalla precedió a algo que pareció un fuerte impacto. Después de eso, nada, salvo la estática.
—Restablece el contacto con el equipo Eco. ¡Pronto!— le ordenó la Capitán Katsuragi a su alterno, conociendo de antemano que resultaría inútil.
De todos modos, así lo hizo su subordinado.
—Equipo Eco, aquí Dogma Central, responda. Cambio— al no obtener nada más que estática, lo intentó otra y otra vez —Equipo Eco, aquí Dogma Central, responda. Cambio. Equipo Eco, aquí Dogma Central, responda, por favor. Cambio— repitió el procedimiento un rato más, hasta que al último terminó por desistir —El equipo Eco ha sido derribado, señor.
Instintivamente, todas las miradas en la sala de control se posaron sobre del Comandante Ikari y de Fuyutski. Habían mandado a cuatro hombres a su muerte. Un silencio sepulcral se apoderó de todo el recinto, hasta que el mismo Gendo lo ahuyentó, sacudiéndose de encima las miradas de sus tropas.
—Traigan a los Niños— dijo con su voz imperiosa, de hierro, sin ningún dejo de arrepentimiento ó consternación en ella.
Al parecer, los temores de Ritsuko se habían vuelto una angustiante realidad. Todo parecía indicar que un Ángel se aproximaba a tierras japonesas, y en esos momentos no había alguien que pudiera oponérsele. El muy desgraciado había planeado bien su jugada, atacando precisamente cuando más débiles se encontraban. A menos de dos horas para un ineludible enfrentamiento, no lograban ponerse de acuerdo en quién debería ser el piloto elegido para tal proeza. La lógica señalaba que Shinji Ikari era el más idóneo de los tres niños para llevar a cabo la tarea, y era el mismo Comandante Ikari quien defendía esta idea, después de todo era el único de los chiquillos que había realizado numerosas pruebas de sincronía y era el que más apuntaba a una pronta mejoría; no obstante, las Naciones Unidas pujaban fuertemente para que su nuevo modelo Eva entrara en acción, a pesar de no haber sido probado, ni siquiera en el simulador. Pero lo que deseaban afanosamente sus líderes era volver a tener jurisdicción y control absoluto de las acciones hostiles en contra de los colosos. Querían recuperar el poder que les había sido arrebatado, de una manera u otra. La decisión ya no estaba en manos de NERV, sino que se debatía muy lejos del territorio nipón, allá en la isla sede de la O.N.U., los despojos de lo que algún día había sido Nueva York.
Y mientras que el tiempo transcurría, se gastaba y se desperdiciaba, los jóvenes pilotos se alistaban para un probable enfrentamiento. Inclusive Rei, que desde un principio se encontraba descartada, se atavió con su traje de conexión, el cual era blanco y negro, y se ajustaba adecuadamente a su precoz cuerpo, dejando a la vista sus seductoras dimensiones.
Shinji desde hacía tiempo había hecho lo mismo con su atuendo de batalla. Al contrario, Kai, quien era el que menos familiarizado estaba con el procedimiento fue el que más tardó en vestirse para la ocasión.
No sin mucha dificultad fue que por fin logró meter el cuerpo entero, desnudo, en la dilatada vestimenta. Después alcanzó el dispositivo instalado en la muñeca izquierda, y al presionarlo todo el traje se contrajo, es decir que redujo su tamaño hasta quedarle puesto cómo una segunda piel. Le permitía una completa libertad de movimiento, además de una máxima protección contra impactos garantizada. Todo parecía estar en orden. Allí mismo en su muñeca se encontraban, junto al dispositivo de ajuste de talla, el reloj electrónico, con cronómetro, una brújula y un monitor de los latidos de su corazón y signos vitales. Y también ese extraño aparato en pecho y espalda, destinado a proporcionar algunos primeros auxilios, cómo masaje al músculo cardíaco, en caso de ser necesario, y de mantenerlo con vida por lo menos hasta recibir atención médica competente. Él mismo había sugerido uno que otro de esos menjurjes, pero de igual modo no dejaron de parecerle algo extravagantes, por lo menos en diseño.
"¿Realmente tienen que estar tan ajustados?" se preguntó mentalmente, revisando cada minucia de su nueva prenda "Con las tipas no tengo ningún problema, pero hace que los hombres nos veamos gay…"
En cuanto a apariencia, no era, al igual que su Unidad Eva, tan diferente al de Ikari. Era la misma línea, idénticas las dos. Lo único característico eran los colores, y más bien uno solo, ya que los dos compartían uno: el negro. El que complementaba era el verde oscuro, tirándole más a un verde olivo. Eso, y la insignia de una Z muy estilizada, gravada afanosamente en pecho y espalda.
"El mío está más bonito" pensó sin embargo, al comparar su uniforme con el de Shinji, a su lado, de mientras que esperaban sentados en un pasillo el acuerdo final de la comandancia.
—¿Aún no han dicho nada?— preguntó Rivera, luego de un rato de estar muy callados y serios los dos, nada más por hacer conversación. No es que estuviera muy dispuesto a a hacer las paces con Shinji, pero aquél silencio sepulcral resultaba bastante molesto.
—No— le contestó lacónicamente. Pero luego, cómo si quisiera rectificar, añadió —Creo que no tienen ni idea de qué hacer, ¿verdad?
—Pues sí, eso ha de ser— respondió Kai a su vez, carraspeando y luego tragando saliva.
Se le acabaron las palabras, y ya no supo más que decir. Otra vez ese perturbador silencio se apodera del pasillo. Ese silencio tan incómodo, con la incertidumbre de saber en qué estaba pensando el otro devorándolos.
—A propósito— pronunció Kai, aclarándose la garganta otra vez —Gracias por el desayuno.
—No fue nada. Es lo menos que puedo hacer por ti por alojarme en tu casa.
—Pero de todos modos, el arroz te queda muy bien, ¿eh? Y el té tampoco estaba nada mal.
—Me imaginé que Misato y tú no están muy acostumbrados a la comida casera.
—¿Bromeas? ¡Tenía años sin haberla probado! No desde que... — se frenó, teniendo la precaución de no entrar en terrenos escabrosos —De todos modos, fue un buen cambio...
—¿Ni Misato ni tú saben cocinar?
—¡Por favor! ¡Domino a la química molecular como a mi perra! ¡Para mí, mezclar ingredientes en porciones aceptables para que sean comestibles debería ser cosa de niños!
—Entonces… no sabes cocinar, ¿cierto?
—Los huevos fritos siempre me salen un poco quemaditos, pero con un poco de cátsup puedes disfrazar el sabor— musitó lastimeramente el muchacho, chocando la punta de sus dedos índice entre sí mientras realizaba un puchero.
Ikari trató de no estallar en carcajadas. Era la primera ocasión que alguna ocurrencia de su compañero le parecía divertida.
—Siempre me asombra todo lo que eres capaz de hacer, es impresionante— confesó Shinji, sofocando su risa entrecortada —Estaba llegando a pensar que no había algo que no pudieras hacer, pero ahora… ¡Pfff, bueno! ¡Me alegra enterarme que sí eres humano, después de todo!
—Un simple ser humano, de carne y hueso, como tú ó cualquier otro hijo de vecino… con todos sus defectos… pero también con un montón de otras virtudes— respondió Rivera, algo despechado por ser blanco de burlas.
—Disculpa, no quise ofenderte— se excusó su acompañante, secándose una lágrima en la comisura del ojo —Como te lo había dicho, me impresiona bastante todo lo que puedes hacer… no creo que cualquiera pueda jactarse de haber construido su propio Evangelion ó de ser tan listo y reconocido como tú… ¡Ser todo un doctor, tan joven! Y a la mayoría de las personas les agradas bastante… me hace sentir un poco mal conmigo mismo, que soy tan inútil a veces…
—Shinji— pronunció Katsuragi, tan serio como pocas veces se le veía —Créeme: no tienes nada que envidiarme… agradece por las cosas que tienes en la vida. Eso que tú das por sentado muchos ya lo quisiéramos…
La mirada severa del joven de cabello castaño se perdió entonces en algún punto indeterminado frente a él, sus profundos pensamientos ocultos. Era en momentos como aquél que Ikari podía entrever la existencia de algo más profundo que su ridícula pose de descuidado cabeza hueca que Rivera aparentaba ser la mayor parte del tiempo.
—Todo este tiempo me he estado preguntando— mencionó el muchacho japonés, volteando hacia el techo encima de ellos —¿Qué hace un doctor de 14 años asistiendo a clases a una escuela secundaria? No tiene sentido, ni para mí ni para los otros chicos…
—Mucho menos para mí, a decir verdad— Kai contestó de inmediato —La excusa que me dieron es que, mientras más tiempo pasara en compañía de los otros pilotos nuestra coordinación en combate aumentaría considerablemente. Pero en realidad creo que me mandaron a ese lugar porque hay bastante gente que no me quiere tener aquí… ó no le conviene que esté rondando por este lugar… Hasta ahora les he seguido el juego porque… bueno… hay cosas que sólo puedo hacer estando en la escuela…
—Acosar a Ayanami es una de ellas, ¿cierto?
—Se le llama "admiración unilateral persistente"— respondió su compañero con las mejillas completamente encendidas —Pero para ser sincero, no estoy muy acostumbrado a tratar con gente de mi misma edad. Lo que pasa es que toda mi vida he tenido que convivir con personas adultas. Es por eso que cuando me toca estar con todos ustedes no puedo entender cabalmente su comportamiento y su manera de ser. No comprendo muchas de sus motivaciones, no tienen sentido para mí. Muchas de las cosas que les parecen importantes, por mi parte yo no les concedo cualquier clase de valor. Casi todo el tiempo me siento como un extraterrestre en ese saloncito de clases…
—Creo que puedo entenderte… yo también me he llegado a sentir así… pero, quizás, si nos lo permitieras y te abrieras un poco con nosotros, si te dejaras de poses absurdas y te mostraras tal y como eres, podríamos ayudarte a que te sientas integrado… no tienes que estar solo todo el tiempo, ni cargar todo el peso del mundo sobre tus hombros, ¿sabes? Después de todo, y aunque no lo recuerde, eres el primer amigo que tuve, y los amigos están para ayudarse entre sí…
—Agradezco lo que tratas de hacer Shinji, en serio que sí— pronunció Katsuragi, recargándose sobre su asiento provisional —La verdad es que llegué a juzgarte muy mal en primera instancia…hoy puedo darme cuenta que no eres tan mal sujeto después de todo, cuando no estás arrojando ladrillos a mi cabeza, y Misato te tiene en alta estima, eso es algo que habla muy bien de ti… pero la cruda realidad es que tú y yo nunca podremos ser amigos.
Los ojos de Ikari se abrieron de par en par ante la devastadora sinceridad de Kai, quien continuaba despreocupadamente:
—Ahora que Zeta está terminado mi trabajo consiste esencialmente en hacerte quedar mal, a ti y a la Unidad Uno, y dejar sin trabajo a tu padre. No es nada personal en tu contra, son sólo negocios e impedir que tu viejo siga sangrando el presupuesto de la manera que lo hace, quien sabe para qué… pero eso no significa que no podamos ser civilizados al respecto… a lo mucho, creo que podemos tener una especie de rivalidad cortés…
—¿Rivales? — repitió Shinji, sin dar crédito a lo que escuchaba —Aprecio que seas tan honesto conmigo… creo… ¿pero no te parece… un disparate?
—Es lo más que te puedo ofrecer, eso sin ser un hipócrita ó adoptar "poses absurdas"… lamento que las cosas sean así. ¿Qué dices, entonces? ¿Rivales?
El joven le extendió la mano derecha con el puño cerrado. Con un gesto le dio a entender que debían chocar sus puños como parte de algún ritual para sellar su complicada relación.
—Rivales entonces— asintió Ikari, chocando su puño como se lo indicaban.
Ayanami salió a su encuentro justo en el momento que los dos estaban trenzados en ese gesto, estrechando los lazos de su supuesta "rivalidad".
—El comandante quiere verlos— les hizo saber, con el mismo tono mesurado de siempre, observando detenidamente sus manos entrelazadas en ese gesto a todas luces amistoso.
En esa ocasión, las olas llevaban algo más que agua salina. En esa ocasión, la brisa marina no refrescaba cómo siempre, sino que se respiraba un aire tenso, pesado en extremo. En esa ocasión las gaviotas no surcaban el cielo. Sólo helicópteros del gobierno japonés. Una media docena de ellos, de los más modernos y maniobrables. Una sobresaliente arma guerrera. Inservible en contra de este enemigo.
Dos flamantes acorazados propiedad de las Naciones Unidas, auténticas fortalezas flotantes de batalla, cortaban las aguas mientras se abrían paso, cargando con su imponente arsenal a cuestas. Tendrían la misma utilidad que sus compañeros voladores.
Todos ellos serían más que meros espectadores en el drama de la supervivencia de la raza humana. Desterrados de la tarea por la que originalmente fueron concebidos, se limitarían a presenciar impasibles mientras otros luchaban su pelea.
"...repetimos, las órdenes son de no atacar, que quede entendido, no atacar y solamente monitorear y rastrear las acciones del enemigo. Informen a la brevedad posible..."
Si por los hombres que tripulaban todos esos vehículos bélicos fuera, ninguno de ellos estaría en ese lugar. Conocían bastante bien a lo que se exponían. Todos ellos supieron en su momento lo que había pasado con los escuadrones que se enfrentaron al Tercer Ángel. Nadie sobrevivió a ese desastroso encuentro. ¿Quién les aseguraba que ellos sí lo harían?
No obstante, ellos obedecían órdenes, además de tener un deber moral que cumplir, sin que importara el costo.
Además, ¿quién sabe? Las cosas marcharon muy bien para la milicia durante la batalla contra el Cuarto Ángel, no se reportaron bajas durante esa pelea. Tal vez la historia podría repetirse, y ellos podrían contarles a sus descendientes que vieron a la muerte cara a cara y vivieron para contarlo.
El buque acorazado modelo AAA, el S.S. Maryland, aportado por la Marina de los Estados Unidos de Norteamérica fue el primero en avistar el contacto. Su sonar detectó el objeto ya antes descrito pasar justo debajo de su posición a 300 metros de profundidad. Eso fue lo último que pudieron reportar.
Un intenso fulgor, resplandeciente tal cual amanecer, acompañó al Maryland cuando se hacía mil pedazos y estos caían rápidamente hacia el mar, el cual los engullía con rapidez. Llevándose en esto la vida de 72 hombres, entre tripulantes y oficiales. Los restos de la otrora orgullosa nave belicosa fueron a reposar al lecho marino, entre algas y demás vida microscópica. Serían un excelente hogar para el coral y diversa vida marina.
El Luxemburgo, compañero alemán del Maryland, un poco más adentrado en aguas japonesas, no tardó mucho en reaccionar.
—¡El Maryland cayó, repito, el Maryland cayó!— vociferó espantado el oficial a cargo de las comunicaciones.
—¡Me importan una puta mierda las órdenes!— gruñó el capitán del buque, un ajado lobo de mar, tomando la radio para dirigirse a los artilleros —¡Vuelen a ese desgraciado de aquí al otro mundo!
Oh, sí. Claro que, cumpliendo con las explícitas órdenes de su oficial al mando, los artilleros dispararon las minas. Por supuesto que éstas dieron justo en el blanco. Y desde luego que no surtieron efecto alguno en el objetivo, que continuaba campante su lúgubre nadar entre las corrientes marinas.
—¡El enemigo está debajo... !— el encargado del sonar no pudo terminar su frase.
El Luxemburgo desapareció en una explosión multicolor, arrojando por los cielos llamaradas de ceniza y humo que al final, fueron a acompañar al Maryland a su último puerto. 65 vidas fueron cegadas en ese momento, consumidas en la candente explosión que devoró por entero al Luxemburgo.
—El Maryland y Luxemburgo fueron hundidos. Repito, el Maryland y Luxemburgo están destruidos. No hay sobrevivientes— acertó a decir el piloto de uno de los helicópteros japoneses, ante la espantosa escena de esos infiernos flotantes —Esperen, un momento. Hay un movimiento muy extraño allá abajo...
Era como si el mar se estuviera partiendo de abajo hacia arriba, dando a luz a un monstruoso titán que emergería de su interior. La playa recibía a un aterrador visitante, gigantesco y mortal. Lo que salió primero de entre las columnas de agua fue una cabeza, ovoide y blancuzca, con una hendidura que posiblemente ocultaban los ojos de la bestia en su interior. Después le siguieron los anchos hombros y parte del expuesto tronco, que albergaba a su Núcleo, una esfera de color rojo incrustada en su pecho, quizás el único punto débil de esas criaturas. Luego salieron a la luz los largos y delgados brazos que parecían nunca acabar del todo, sacando a relucir unas enormes y afiladas garras que tenía por manos, para apoyarse en la arena mientras salía completamente del agua, emergiendo sus piernas dobladas, pero fuertes a primera vista y para terminar con una extensa cola que culminaba en un agudo filo.
El Quinto Ángel saludó al sol, abriendo sus brazos para estirar la pequeña cabeza que poseía en comparación a su monumental cuerpo, que medía desde la punta de la cola hasta su diminuta cabeza 200 metros de longitud, por unos 70 de alto.
Cómo insectos, con la décima parte de su tamaño, las aeronaves niponas revoloteaban a su alrededor, atentos a cualquier movimiento suyo, pero eso sí, guardando una sana distancia con su blanco.
El coloso en principio parecía desorientado, aturdido. ¿Adónde ir? Pudiera pensarse que estaba fatigado luego del largo viaje que tuvo que emprender desde aquella remota isla hasta este punto. Y de seguro hundir esos enormes barcos no era cosa sencilla. Recuperaba el aliento, eso es lo que estaba haciendo.
Error. Lo que hacía en realidad era examinar la trayectoria de sus vigilantes, y bastó un solo movimiento de su brazo derecho, el cual se alargó aún más y de forma considerable, asemejándose a la lengua de un camaleón cuando se estiraba de esa manera para derribar a dos de las aeronaves en pleno vuelo. Cuando hizo esto, su extremidad pareció estar compuesta de líquido viscoso, para luego retornar a su estado sólido original.
Los otros cuatro se dispersaron, despavoridos, retirándose desde distintas posiciones. Ahora, el cazador se volvía la presa. Mientras huía, el titán se lanzó a la persecución de un helicóptero en particular, casi arrastrándose por la arena con esos largos brazos que tenía, arrastrando los nudillos y las rodillas.
—¡Nos encontramos bajo ataque, base!— alertaba constante el aterrado piloto, haciendo uso de toda su habilidad para evadir al monstruo que tenía tras él —¡Envíen refuerzos, por el amor de Dios! ¡Ayúden...!
El vehículo se convirtió en un montón de chatarra apenas cuando la criatura lo hubo atrapado en la palma de una de sus manos, cerrándola abruptamente, lo que bastó para reducir a despojos a la nave guerrera.
—Escuadrón Avispa, evacuen de inmediato, repito, evacuen de inmediato!— les suplicaron desde su base, esperando que alguno de ellos pudiera escapar con vida.
Una vez que acabó con el tercero, el ángel se dio media vuelta, en busca de los restantes. Se alejaban a unos 45 grados desde su posición, a muy alta velocidad. Dada su precaria condición de trasladarse en tierra, era poco probable que los alcanzara si los acechaba cómo al anterior. Apoyándose en su cola para no caer de bruces al suelo, extendió ambos brazos al cielo. Parecía que iba a orar. En eso, las extremidades volvieron a estirarse de la manera antes descrita, dando la impresión que se derretía al calor del sol, pero conservando su cohesión y moviéndose a voluntad.
Las manos, con esas afiladas garras, maniobraban por los aires con la gracia con que lo hubiera hecho un avión caza, impulsadas por esos líquidos brazos que se extendían a placer y según la conveniencia.
A pesar de la rapidez de los helicópteros, y de los desesperados intentos de sus ocupantes por salvarse, no tardaron demasiado en sucumbir al igual que sus compañeros derrotados. Dos explosiones simultáneas adornaron el azul celeste del firmamento, dejando al último soldado a la deriva.
El apesadumbrado teniente, al timón de su vehículo, el Avispa 03, se encontró abrumado por muchos pensamientos mientras surcaba los aires sin una dirección fija. La base estaba muy lejos de allí, y no se veía por dónde llegarían los esperados refuerzos. Su vida desfilaba ante sus ojos, próximo a reunirse con el Creador. Muchas eran las imágenes que surcaban a toda velocidad por su cerebro. Muchas eran las imágenes que le llegaban por toneles. De su madre y hermana, a las que no volvería a ver. De su esposa e hijo, que no lo volverían a ver. De sus camaradas ya fallecidos, que lo esperarían en el más allá. De su patria, a la que había fallado en defender.
Desde su punto de vista, sólo habría un resultado final: la muerte. Y para ella, únicamente dos opciones: la muerte deshonrosa, y una muerte honorable, la muerte de un valiente. Fue así que un simple piloto de la Fuerza Aérea del Imperio Japonés, un sujeto cómo cualquier otro, al que pocos recordarían, llamado Kojiro Kanzaki, escogió morir tal cual le habían enseñado en la academia y a todo lo que representaba y protegía: luchando hasta el final, a pesar de no tener posibilidades de vencer. De frente al sol.
Sobreponiéndose a sus miedos, llenándose de coraje y entereza, dio una vuelta en u, enfilándose directamente a su agresor, esquivando primero un brazo, luego el otro. Comenzó a vaciar todo su arsenal, desde los misiles guía, hasta la artillería convencional, una vez que los primeros se le terminaron. Todos acertaron, estrellándose de lleno con el campo A.T del coloso. Se había quedado ya sin municiones. Aceleró. Con premura se dirigió hacia su destino, y emulando a los antiguos Kamikazes de la Segunda Guerra Mundial, se aseguró de la destrucción del enemigo. Sudando a chorros agua helada, se quitó de un movimiento el casco y la máscara de oxígeno, apretando los dientes para no vacilar en el último instante:
¡BANZAI!
El metal se estrelló y deshizo al contacto con el escudo que protegía al gigante, haciendo un estridente ruido y cayendo el último de los combatientes, el último vestigio que quedaba de la fuerza militar de la zona.
Ignorando aquella conmovedora, pero inútil última obra, el monstruo atrajo de nuevo sus brazos, examinando cuidadosamente el área. Ya no quedaba alguien que pudiera oponérsele. Decidió emprender la marcha. Le quedaba mucho trayecto que recorrer para llegar a Tokio 3. Había gastado mucho tiempo en reducir a la resistencia militar, y sus verdaderos oponentes ya bien podrían estar informados de su posición.
Apenas se disponía a partir cuando se encontró interrumpido de tajo. No pudo reaccionar adecuadamente, y cuando apenas se enteraba el Eva 01 ya le había caído encima, utilizándolo para amortiguar todo el impacto de su caída de mil metros.
Proceso algo doloroso para el titán, tomando en cuenta la altura, la fuerza de gravedad y el peso del objeto que aterrizó en su espalda.
—No pude llegar a tiempo— comunicaba Shinji al cuartel por la radio —Según parece, toda la misión de reconocimiento ha sido destruida.
En el acto procedió a instalar el cordón umbilical en el enchufe de la espalda del robot, cargando en sus manos una toma energética portátil, que se ajustó a la cintura.
Al final, la lógica se había impuesto sobre el deseo de poderío, y fueron Ikari y su Unidad Eva quienes a final de cuentas resultaron ser los elegidos para la misión de eliminar al nuevo ángel. Rivera y la Unidad Z permanecieron en el cuartel, en calidad de reserva; aunque difícilmente llegarían a ver acción, a menos que algo extraordinario sucediera.
Doliéndose todavía, el monstruo fue a confrontar cara a cara a su recién llegado contrincante. Luego de permanecer unos segundos muy quieto, estudiando al enemigo, arremetió en su contra con uno de sus brazos tan dúctiles.
El Eva 01 apenas y si pudo esquivar el ataque, agachándose con unos reflejos de calidad felina, aunque sólo para quedar a boca de tiro para un soberano coletazo que la bestia le propino al girar rápidamente sobre su propio eje.
Hasta el océano fue a dar el androide, impulsado por la fuerza con que había sido golpeado; el piloto, boca arriba y aquejando lo tremendo del impacto, tentándose la frente se alegró de haber conservado la cabeza en su lugar.
Contra todo pronóstico, la criatura no se abalanzó sobre su contrincante. Todo lo contrario, permaneció inmutable en su lugar sobre la arena, observando de frente al robot que momentos antes había mandado a volar. No parecía interesarle mucho una confrontación con ese armatoste. Tan sólo se había cobrado del golpe antes recibido, y ahora que había saldado su cuenta le interesaba más continuar con su ya de por sí atrasado itinerario que envolverse en una vulgar lucha de perros.
Entonces, ignorando garrafalmente a Eva, le dio la espalda y se propuso a retirarse de ese sitio. Para tal objeto, avanzó dificultosamente unos cuantos pasos, hasta que, apoyándose en sus extensos brazos y sus poderosas piernas se lanzó por los aires pegando un increíble brinco que lo catapultó a las alturas.
El infante, quien continuaba tirado en el agua, se limitó a ver a aquella oscura mole cortar el aire y perderse de vista en el horizonte, sin medios a su alcance para perseguirlo.
—¡Maldición!— musitó molesto, golpeando con sus puños el agua salada a su alrededor.
Describiendo una clara trayectoria de parábola, el gigante en cosa de unos cuantos segundos se encontraba a una veintena de kilómetros de donde había desembarcado. Cuando aterrizó en piso, por un brevísimo intervalo de tiempo, únicamente le bastó aprovechar el impulso y la inercia que llevaba para apoyarse de nuevo en el piso con sus fuertes brazos y "rebotar" para proseguir su camino. Aquella misma trayectoria lo conducía directamente hacia la ciudad de Tokio 3. La cual, vale la pena acotar, en esos momentos se encontraba indefensa ante el invasor.
—¡El enemigo se dirige hacia aquí!— pronunció alarmado Shigeru, apenas dando crédito a lo que sus instrumentos mostraban —¡Viene a una velocidad increíble!
—Calcula el tiempo de llegada exacto, y dinos de cuanto tiempo disponemos. También por donde llegará— dispuso Fuyutski sin un halo de duda en su voz.
—A esa velocidad constante, no tardará más de cinco minutos en arribar por el sudoeste de la ciudad.
—¡Con un demonio!— profirió Misato, poniéndose de pie y blandiendo sus puños —¡Ese malnacido sabía muy bien que nos dejaría indefensos si dejaba a Shinji en ese lugar!
—No tenemos mucho tiempo— pronunció entre dientes el viejo.
—Díganle al avión grúa que regrese por la Unidad 01 cuanto antes, y comiencen cuanto antes la evacuación de los distritos de esa zona— indicó en el acto el comandante, permaneciendo sentado en su mesa, sin que su rostro revelara impresión alguna. Estaba muy pensativo, escogiendo el camino a seguir.
Al parecer, sólo quedaba una opción, por desagradable y riesgosa que ésta fuera. Una llamada telefónica se lo confirmó.
—¿Sí?— contestó, recogiendo el auricular de su sitio —Muy bien. Entiendo. En ese caso, no me queda más remedio que acatar la decisión de la Junta de Seguridad. Así se hará, señor.
Con evidente disgusto, colgó el aparato, una vez terminada su conversación. Kozoh, a su lado, le inquirió con la adusta mirada que tenía. Con un solo gesto, Gendo confirmó sus sospechas.
—Que Rivera se prepare para abordar la Unidad Z— les hizo saber a la vez a los operadores y a su segundo —En tres minutos exactos, las hostilidades en contra del Quinto Ángel volverán a ser jurisdicción del Consejo de Seguridad.
—Cielo Santo, sabía que algún día llegaría este momento, pero nunca pensé que fuera tan pronto— admitía la Capitán Katsuragi, de pie junto a su protegido, ambos esperando el traslado del Eva Z a la plataforma de abordaje. La mujer le acomodaba los cabellos, cómo una madre ave acicalando a su bebé pajarito —Por favor, tienes que prometerme que te cuidarás y que no vas a hacer nada estúpido— puso la mano en su barbilla, para dirigir su rostro hacia ella —¡Prométemelo, Kai!
—Sí, de acuerdo, lo prometo, lo prometo— salió al paso el muchacho, un tanto abochornado por la maternal escena frente a todos los ingenieros y técnicos de mantenimiento —No hay nada qué temer, recuerda con quién estás hablando.
—¡Por eso mismo estoy tan preocupada!— espetó de inmediato la mujer con rango militar.
El gigante de acero llegó, impulsado por una gigantesca línea de engranajes que lo condujo hasta la plataforma, de pie en la lanzadera que lo propulsaría a través del amplio y enorme laberinto de túneles que había arriba del GeoFrente. Con un movimiento y liberando mucho vapor a presión, la cabeza del coloso se inclinó hacia el pecho, dejando escapar de su médula la alargada Cápsula de Inserción, la cual contenía la cabina desde donde el piloto manejaría la ciclópea máquina.
El mozo, después de haberse despedido de su tutora, con paso firme ascendió por la escalerilla ante él, listo para cumplir con su deber.
—Kai— pronunció Misato, justo antes que se metiera a la cápsula —¿Puedes hacerlo? ¿En serio puedes derrotarlo?
Lo que Katsuragi no quería era que el chico fuera a una misión sin sentido. Si no tenía ninguna oportunidad de vencer al enemigo, la verdad es que no valía la pena arriesgarlo en un combate sin esperanza, en donde incluso podría llegar a perder la vida.
—Confía en mí— advirtió Rivera, seguro de sí mismo, levantando el pulgar de su mano derecha —Sé exactamente lo que hago.
Una vez aclarado el punto, el chiquillo se dispuso a abordar su vehículo. Con él dentro, las compuertas se aseguraron y procedieron a introducirse en la espina del titán. Hecho esto, la cabeza del robot volvió a su posición, derrochando de nueva cuenta grandes cantidades de vapor a presión, por las cuestiones del vacío y vericuetos de esa índole.
La beldad de cabello negro observó impasible mientras la misma plataforma la alejaba del gran artefacto, que sería catapultado hacia la superficie de un momento a otro.
Mientras tanto, arriba, el enemigo había empezado su invasión. Entró, tal y cómo lo había predicho Aoba, por los distritos del sudoeste. Desfiló y deambuló por las principales arterias de la región, ya para ese momento desiertas (la poca población de la que comenzaba a acusar la metrópoli habría facilitado el proceso de evacuación) que lo condujeron directamente hacia el centro, en donde también los rascacielos móviles habían sido replegados. Se movía dificultosamente, con la evidente molestia que sus miembros no estaban destinados para su uso sobre tierra, haciendo de esta manera laborioso desplazarse sobre este elemento. Sobreponiéndose a su precaria posición, no tardó mucho en llegar a su objetivo. Se detuvo, inclinando su ridícula cabeza hacia el suelo. Un montón de toneladas de concreto no lo iban a detener. Para tal caso, la Naturaleza le había provisto de gruesas y afiladas garras que bien podría usar cómo excavadoras gigantes.
Principió con el trabajo, removiendo el asfalto y por si fuera poco, agrandando los baches de la calle. Pronto se deshizo de las tuberías, cañerías y alcantarillas, de algo de subsuelo original que aún permanecía, se siguió con las gruesas placas de metal, que le servían en ese momento de concha a su víctima. No pasaría mucho tiempo antes de que lograra romper esa cáscara.
Los escombros, arrojados despectivamente una vez que eran removidos, servían cómo pequeños misiles que iban a estrellarse a las construcciones aledañas al lugar de la excavación, provocándoles grandes daños materiales de paso.
—El enemigo ha comenzado su ataque— profirió Shigeru, observando en su pantalla la oleada de reportes que le llegaban —Se encuentra justo arriba de nosotros.
—¿La Unidad 01?— preguntó Gendo, con la barbilla recargada en sus manos, cómo de costumbre.
—El avión de carga ha dado vuelta y va rumbo a recogerla— le comunicó Makoto, encargado de comunicaciones —Tardará unos veinte minutos en llegar.
"Veinte minutos" repitió el comandante, en voz baja e ininteligible. —Procedan con el despegue— ordenó antes que otra cosa sucediera.
En el acto, todos los técnicos se pusieron a trabajar, pero ya no desde la sala de control, sino desde el hangar de Z, el cual fue acondicionado cómo un cuarto de controles alterno, bajo la dirección exclusiva de equipo de las Naciones Unidas, es decir, los colaboradores directos del muchacho Rivera.
En la otra sala ya lo único que podían hacer era supervisar las acciones, por no decir que nada más iban a sentarse y ver la pelea.
Una vez que Kai abordó su cabina en el acto ésta fue llenada con la misma extraña sustancia en la que se sumergían los otros pilotos Eva. Una vez acostumbrado a la peculiar sensación de respirar a través de un medio líquido cerró sus ojos, tratando de concentrarse en todos los procedimientos que debía realizar. Los abrió nuevamente, para reafirmar que todos los controles estaban ahí, y en su lugar. Los conocía bastante bien, y también su función. En realidad, el enorme robot se dirigía sólo con el pensamiento, y controles delante de él administraban la fuerza requerida para la ejecución de esos pensamientos. El pensamiento mismo se volvía acción, haciendo reaccionar enormes miembros. Cabeza, brazos, manos, dedos, pies, en fin, todo el robot en general.
También había otros instrumentos. Tableros de posición, medidores de energía, y algunos tiliches más. Y más allá de todo eso, él lo sabía, se encendían las pantallas que le permitían ver el mundo exterior, que eran los ojos mismos de él y la máquina, mientras la estuviera pilotando.
Misato debería tener razón. Debería tener pánico, por lo menos miedo, ó tan siquiera un poco de nervios. Después de todo, en algunos momentos más ingresaría a una salvaje carnicería, donde se jugaría la vida. Pero no lo estaba. Sólo estaba esa maldita sensación de seguridad. Su mente sabía exactamente que hacer, al igual que su cuerpo. Alma, mente y cuerpo equilibrados todos para un mismo propósito. Pensaba en la paz que se sentía dentro de la cabina, jugueteando con el líquido alrededor de él.
Ágiles se vieron los neófitos oficiales al servicio de la O.N.U. al realizar todos los procedimientos habidos y por haber para comenzar con la sesión de arranque, en gran parte por la férrea supervisión de Takashi y su estricta disciplina laboral.
—Todos los circuitos motrices conectados al generador de energía principal.
—¡Arranque listo!
Dentro de la máquina bélica, la cabina se configuraba y rápidamente emergieron los instrumentos y mecanismos necesarios para su funcionamiento, a la vez que varios monitores líquidos aparecieron frente al piloto, encendiéndose también los sistemas de audio y video.
—Nervio de conexión: verificado.
—Abiertos los circuitos en oposición.
Seguían con su parloteo, activando, liberando diversos mecanismos esenciales para el buen desempeño del artefacto en el campo de batalla.
Kai los escuchaba, sí, pero no prestaba atención a lo que decían. Envuelto en ese fluido líquido por el cual podía respirar a sus anchas, la ocasión se prestó para el relajamiento, para el preludio antes del combate. La calma antes de la tormenta. Se recargó en su asiento, listo a proceder cuando llegara su turno de actuar. Era curioso. En ese extraño medio algo vagamente familiar se agitaba en su interior, algo parecía despertar dentro de él. De cierta manera, algo en él luchaba y se retorcía por emerger, por salir de ese profundo abismo en el que se le había enterrado. Lo que siempre lo acompañaba en cualquier situación difícil, y le permitía salir avante. Lo que siempre le hacía seguir, aunque todos los demás cayeron mucho antes. Alguna entidad inherente a él, que permanecía enterrada bajo capas y capas de civilización. Se agitaba con rabia en las profundidades abismales de su subconsciente, intentando librarse de sus cadenas que lo apresaban y lo condenaban a permanecer en el olvido, en la oscuridad. Rugía furioso, reclamando su libertad inmediata. Sacudía violentamente su cada vez más débil reja, listo para fugarse en cualquier momento. Porque ha llegado el momento, lo sabes en tu interior, muy dentro de ti, y yo también lo sé, puesto que soy parte tuya. Pertenezco a esa región de tu yo que has querido, mejor dicho preferido exiliar en el olvido. Paro ya no más. ¿Puedes percibirlo? ¿Cómo el pulso se acelera y tu corazón se agita de emoción? Es el momento de la liberación definitiva. No eres nada. Pequeño, minúsculo e insignificante, ridículo, luchas por contenerme en esta mísera prisión de carne y hueso, tratando de ahogarme con todos tus inocuos esfuerzos. Con las frágiles excusas de la mortalidad y tu supuesta humanidad. Con el pánico que sé que te tienes. Y sabes que, de todos modos, de nada te servirá. Soy parte íntegra de ti mismo. Y no puedes negarte a ti mismo. Lo deseas, y lo sabes. Libérame, pequeño. Libérame para que podamos ser uno mismo una vez más. Tu verdadero yo, y no esa burda y patética imitación que intentabas proyectar. Deja que por una vez salgamos juntos a la luz. No reniegues de tu auténtica naturaleza. Acéptala, tal y cómo es, no te asustes de ella. Juntos, podemos hacer prodigios.
—Ahora es el momento de la verdad, gente— anunció Takashi a sus hombres, con un dejo de angustia que era imposible disimular —Verifiquen el radio de sincronización entre el piloto y Eva.
Obedeciendo de inmediato la orden dada por su superior, los técnicos se movieron ágilmente, desplegando en las consolas los resultados de su chequeo y de la información que les llegaba. Una gráfica parabólica, trazando el nivel de sincronía entre hombre y máquina, apareció en todas las pantallas de ambos cuartos de controles, dejando a todos boquiabiertos, a algunos inclusive cortándoles el aliento.
Los datos no mentían:
—¡No hay margen de error en el nivel de sincronización!— exclamaron todos los que entendían ese tipo de gráficas, casi al unísono.
Insólito. Sin ningún tipo de prueba previa, el joven Kai Katsuragi consiguió nivelar la sincronización en un porcentaje perfecto. Al primer intento.
—¡Lo logrará!— dijo entusiasta Misato, levantando las manos en pose de triunfo. No podía ocultarlo, estaba rebosante de orgullo por su protegido.
—¿Signos vitales?—susurró la doctora Akagi a Maya, su asistente, quien se encontraba monitoreándolos en secreto, con evidente hastío del entusiasmo vertida por su compañera.
—Respiración normal. Pulso estable y firme...
—El maldito ni siquiera está nervioso—gruñó la mujer. Se preguntaba como funcionaba la mente del chiquillo para conseguir esos inauditos resultados. Comenzaba a formularse una teoría, seria y reflexiva, analizando detalladamente los procedimientos, en espera de que se presentara alguna otra anormalidad. Era la primera vez en la historia del proyecto que un piloto conseguía alcanzar tan rápido el nivel perfecto de sincronía, y eso no era cualquier cosa mundana.
—Será mejor que se pongan cómodos en sus asientos, amigos de NERV— instó entonces Rivera, proyectándose su confianzudo rostro desde su cabina a todas las pantallas disponibles —El espectáculo que será ver cómo funciona un verdadero Evangelion está a punto de comenzar… quizás puedan aprender una cosa ó dos de esta demostración…
—¡Deja de presumir, mocoso engreído!— estalló entonces la Doctora Akagi, arrojando a una las proyecciones una carpeta rígida.
—¡Doctora, por favor, tranquilícese!— le suplicaba Maya, sujetándola de los hombros —¡No se comprometa, no vale la pena! ¡Sólo ignórelo, ya sabe como es él!
—Comencemos con el instrumental en la cabina del piloto, que como pueden apreciar a simple vista, es mucho más extenso y mejor equipado que el de sus aburridas Unidades Eva regulares— el jovencito ignoró el desplante que había provocado en Akagi, presto para aprovechar la ocasión para comenzar la inducción al funcionamiento y características especiales de su robot de combate, a sabiendas que la transmisión no solamente era seguida en el Geofrente —Tenemos de todo aquí, sistema de radar, detección de calor, infrarrojos, ultravioletas, medidores de radiación y quizás lo más importante de todo: su propio reproductor musical de formato MP3… permítanme por favor ir ambientando este espacio para el ineludible conflicto venidero, con algunas de las rolas más pesadas que jamás se hayan hecho…
De tal forma, antes de continuar con su demostración, el muchacho se aprestó a activar dicho dispositivo, para que de inmediato se empezara a escuchar dentro de su cabina y en todos los lugares a los que estaba transmitiendo, una de "las rolas más pesadas que jamás se hayan hecho", como él las había descrito:
"I'm a barbie girl, in the barbie world,
Life in plastic, it's fantastic!
You can brush my hair, undress me everywhere
Imagination, life it's your creation.
Come on Barbie, let's go party!"
El rostro del piloto del Modelo Especial estaba todo coloreado de un rojo intenso que encandilaba a la vista, al igual que el de todos sus enmudecidos espectadores. Estaba claro que aquella melosa, inclusive hasta afeminada melodía estaba muy lejos de ser "una rola pesada". Por supuesto, no podía demeritarse su intención paródica de denunciar los excesos sexistas en los productos de consumo infantil, pero no era una composición que cualquier persona cuerda pondría para encender sus ánimos belicosos.
"Come on Barbie, let's go party!
Ah-ah-ah-yeah!
Come on Barbie, let's go party!
Uh-oh-uh! Uh-oh-uh!"
—Pa-parece… parece que estamos experimentando algunas dificultades técnicas…— expuso Rivera con apenas un hilo de voz, mientras batallaba con los controles de su reproductor para poder callar de una vez por todas esa incriminatoria composición —No tengo idea como pudo llegar esa canción a la lista de reproducción, sin duda alguna se trata de problemas con la conexión Wi-Fi del proveedor… no tomará más que un breve instante para corregirlo…
"Hey! Hey! Hey, hey, hey!
Macho, macho man (macho man)
I've got to be, a macho man
Macho, macho man
I've got to be a macho! Ow..."
La célebre interpretación de los estrambóticos Village People que siguió a continuación despojó al piloto y creador de la Unidad Z de la poca dignidad que aún conservaba. Lo único que pudo hacer fue observar desconcertado a la pantalla con una nerviosa sonrisa imbécil, provocando la pena ajena de propios y extraños.
—¡Válgame, Dios!— musitó Misato, tapándose la boca.
—¡Yo no lo conozco, yo no lo conozco!— repetía constantemente Shigeru, ocultando su rostro con su mano izquierda.
—¡No me lo puedo creer! ¡Aún en un momento así, tenía que hacerse el idiota!— profirió Akagi, asqueada.
—Ni siquiera puede instalar correctamente un estúpido reproductor musical… sólo espero que ese montón de chatarra resista hasta que regrese la Unidad 01— expresó el Comandante Ikari con un dejo de satisfacción y una sonrisita complacida en su rostro.
Mientras tanto las pantallas mostraban a Kai forcejeando con la consola para remover el aparato de entretenimiento que lo estaba haciendo quedar mal. Para hacerlo se había valido de un pequeño destornillador con el que había equipado su traje de conexión, ideal para otra clase de tareas menores, pero no para lo que intentaba realizar con tanto ahínco.
—¡Esto… es un ultraje!— vociferaba el joven Katsuragi, en tanto su rostro pasaba por distintas tonalidades de rojo, batallando con el endemoniado dispositivo que lo estaba haciendo ver mal en su debut —¡Obviamente… se trata… de sabotaje! ¡Eso es lo que es!
—¿Porqué diablos se sigue exhibiendo así? ¡Maldita sea! ¿Qué no se le ha ocurrido cortar el enlace de comunicación?— se lamentó Kenji Takashi, ocultando su visión con la mano cuando ya no pudo soportar más aquel patético espectáculo.
Cuando todo lo demás fracasó, finalmente el exasperado muchacho dio un tremendo puñetazo a la consola frente a él, lo que fue suficiente para acallar de una vez por todas al rebelde dispositivo de entretenimiento.
—Y… pues… con eso concluye la demostración de cómo hasta una inocente pieza musical puede actuar como un distractor en el momento de un enfrentamiento… por favor continúen prestando su generosa atención a todas las incidencias que se deriven de esta situación de combate real, donde podrán apreciar con más detalle todas las funciones del Eva Z.
Enseguida Kai dio por terminada la conferencia, lo que no hizo desde un principio, dejando a todos sus anonadaos espectadores con más dudas que certezas acerca de su desempeño a bordo del Modelo Especial para el Combate.
—¡Lanzamiento!— ordenó el mismo Takashi, sobreponiéndose a la impresión. En el acto, el gigantesco aparato fue catapultado hacia el laberinto de túneles.
"El terror, la maldad,Koji puede dominar..."
Canturreaba el joven piloto sin que ya nadie pudiera escucharlo, poniendo en evidencia la poca tolerancia que tenía al silencio en momentos te tensión, pero también al nerviosismo que comenzaba a hacer presa de él, sobre todo con el chasco que acababa de llevarse.
En ese entonces, varios niveles de acero reforzado y concreto arriba, la criatura continuaba con su excavación, sin importarle mucho todos los cuantiosos daños materiales que ocasionaba en su afanosa búsqueda. Parecía estar muy entretenido, trabajando a todo vapor para perforar todas las placas de protección que lo separaban de su meta, con la cabeza y parte de los brazos sumergidos en el gigantesco agujero que estaba cavando, ideal para su tamaño.
No obstante, de un de repente, se detuvo en seco. Cómo si una corriente eléctrica lo recorriera, todo su cuerpo se tensó, levantando en alto su cabeza, recorriendo los alrededores con premura. No se dilató mucho para desplazarse con prisa por las calles de la ciudad, abandonando por el momento su labor, dejándola atrás.
—¿Qué es lo que hace?— preguntó Misato, sin dirigirse a nadie en concreto. Ya nadie en esa habitación podía responderle.
—¡Oh, no!— dejó escapar un lamento un joven técnico enfundado en uniforme de oficial científico, desde su consola, en la otra Sala de Mando, contestando a la interrogante de Katsuragi —¡Se dirige hacia el final de la ruta de túneles que escogimos para Zeta!
—¡No puede ser!— masculló Kenji, apretando los dientes —¿Cómo pudo saberlo?
Ya era demasiado tarde. La ruta preestablecida por computadora no se podía abortar, y lo único que podían hacer en ese momento, era rezar y esperar que la Unidad Especial no sufriera de mucho daño antes de trabarse en verdadero combate.
Apenas el cubículo que contenía a la plataforma del robot emergió de las profundidades de la tierra, el gigante se puso delante de éste, en espera de avistar su contenido. Todo el procedimiento era automático. El ajuste de los seguros de la plataforma, la liberación de las amarras hidráulicas que sostenían al androide por los hombros y la apertura de la puerta del contenedor.
En cuanto ésta se deslizó para dejar ver a su ocupante, el monstruo no necesitó de más confirmaciones y en el acto disparó ambos brazos al interior del cubículo, sujetando férreamente al Eva Z por los hombros, haciendo que éste atravesara con suma violencia la pared posterior del contenedor, para después estrellarlo con exabrupto en el sólido piso.
El impacto producido por el choque fue casi igual al de un terremoto de unos 5 grados en la escala de Ritcher. Las ventanas explotan y los carros se voltean de posición; el suelo entero y los cimientos de los edificios se cimbran, el asfalto es roto para esculpir la silueta del enorme robot estampado en él. Una densa cortina de humo, producto de las partículas de concreto pulverizadas que se elevaban al espacio, lo oculta de su agresor.
—Kai, ¿te encuentras bien?— preguntó Takashi por la radio, sumamente desesperado.
—Sí... estoy bien...— musitó Rivera desde la cabina, aturdido. Lo súbito del golpe lo había dejado sin aliento. Ciertamente, no había sido un debut muy decoroso que digamos —Sólo... deja reponerme... del madrazo...
—¡No hay tiempo para eso, el enemigo aún está tras de ti!— acertó a informar el oficial, a la vez que una pantalla en la cabina de la máquina avisaba a su ocupante del peligro inminente en que se encontraba, señalando con un pitido justo al centro de la tolvanera.
A la velocidad del pensamiento, el joven apenas y alcanzó a ponerse de pie para escapar del lugar, antes de que esa afilada cola (que por cierto, también podía extenderse y dilatarse a voluntad) lo atravesara y lo dejara clavado al suelo. En su lugar, el titán tuvo que conformarse con sólo atravesar la ya de por sí deteriorada avenida sobre la cual estaban peleando.
Insatisfecha, la bestia continuó arremetiendo al chiquillo, haciendo uso de sus dúctiles extremidades para acechar y acorralar al novel piloto, quien con cierta dificultad lograba evitar los ataques, que se sucedían con rapidez, mientras que también se intensificaban.
Harto de la extenuante situación, Rivera por fin se decidió a contraatacar, una vez bien estudiado el ritmo de los ataques del monstruo. Memorizando sus movimientos, el muchacho aprovechó un descuido en la defensa de su oponente para abalanzarse sobre él, sujetando uno de los brazos extendidos para abrirse paso y propinarle soberbia patada en pleno rostro, que por poco y le arranca la diminuta cabeza.
Aprovechando su desconcierto Kai lo sujetó por un brazo y aplicando una llave de judo lo arrancó del suelo, haciéndole dar una vuelta en el aire, sólo para arrojarlo al piso con gran estruendo, casi igual al que él mismo había recibido.
Con la adrenalina aumentada a niveles exorbitantes, y con el rival postrado a sus pies, el infante aprovechó para hacer gala de su poderío, con miras a intimidar al oponente abatido, haciendo que el Eva profiriera un sonoro y escandaloso rugido, que estremeció los pocos cristales que quedaban intactos en la manzana.
En respuesta, recibió un fuerte manotazo de su enemigo que se levantaba, el cual lo mandó a volar hasta caer unas cuadras al sur.
—Creo que después de todo, la guerra psicológica no sirve con estos changos— masculló el chico, mientras se sostenía la cabeza que le parecía ser un rehilete.
—Trata de concentrarte en tu objetivo— le indicó su colaborador, desde la comodidad de su puesto —No te distraigas con tonterías.
—¡Ándale!— exclamó sorprendido el mozo, incorporándose penosamente, esperando a la criatura que se acercaba velozmente —¿Desde cuando te salió lo de entrenador a ti?
—En realidad— respondió, notablemente apenado —Son palabras de la Capitán Katsuragi. Quiso llamarme, para que te lo dijera, sólo que ella usó palabras un poquito más fuertes.
—Sí, ya me lo imaginó— asintió Rivera, dándose una idea del malhumorado gesto de la mujer.
En eso, al mismo tiempo que evitaba ser golpeado, el chico consiguió capturar en pleno vuelo uno de los brazos del ángel, y sujetándolo fuertemente lo jaló hacia él, recibiendo a la criatura con un férreo puñetazo que se alojó en su tronco.
En el Geofrente, las personas en la sala de mando presenciaban las eventualidades, sorprendidas por la habilidad derrochada por el niño. Los operadores poco tenían que hacer, observando atónitos las pantallas ante sí.
—¿Y decías que nunca lo había probado en una situación de combate?—preguntó Katsuragi a su compañera, incrédula.
—Así era—asintió Akagi, sin despegar la vista ni un solo momento de lo que pasaba afuera.
—Supongo que era de esperarse—pronunció Misato, tratando de calmarse. La verdad es que tenía el corazón en la boca. Temía que en cualquier desborde de la criatura, su hijo adoptivo saliera lastimado. Y así le volverían a quitar a otro ser querido —Kai tiene experiencia en este tipo de cosas de artes marciales. Digo, lo introduje a muchos deportes de contacto desde chiquito. Hasta podría decirse que es un atleta consumado...
—Cuerpo y mente, unidos perfectamente—respondió la doctora —Para un solo propósito: la destrucción. Que lástima que sea así.
Al mismo tiempo, la batalla seguía desarrollándose en el exterior, alcanzando proporciones homéricas. A pesar de su hipotética falta de experiencia, el chiquillo luchaba como todo un aguerrido combatiente en contra de su bestial oponente, quién persistía en su empeño de rebanarlo con sus afilados miembros.
Un coletazo logró colarse en la mandíbula del robot, quien es lanzado con súbita violencia hacia el suelo; justo cuando el monstruo se lanzaba al ataque, el joven logró hacerse hacia un lado e incorporarse de inmediato, haciendo que su enemigo se estrellara lastimosamente en el suelo, lo que lo hizo encolerizarse aún más de lo que ya estaba.
La cabeza le da vueltas, sus oídos zumban y sus ojos se ven nublados por varios pequeños destellos. "Lastimado. Tan pronto. Eso aún no puede ser. Aún tengo tanto planeado." En todo esto pensaba Kai mientras pronunciaba para sí mismo:
— Parece que la sincronización es más perfecta de lo que me conviene.
Rápidamente se sacudió a sí mismo,, despabilándose, mientras evitaba que el monstruo lo destrozara de un tajo; de inmediato sujetó el brazo del titán, al cual, haciendo un descomunal esfuerzo, balanceó por los aires como a un volantín y terminó por estrellarlo violentamente en el piso.
El coloso yacía inerte en el pavimento, y sin desperdiciar tiempo el chiquillo arremetió una y otra vez contra él, sin darle oportunidad de levantarse. Empero, el empecinado jovencito no se había percatado que el monstruo había empezado a filtrar sus brazos en derredor de sus pies, mientras éstos continuaban castigándolo; llegado el momento, el coloso jaló las extremidades del Evangelion, haciendo que éste se estrellara de cara en el suelo. El titán, encolerizado, levanta al niño y lo lanza hacia un edificio, haciendo que éste se destruya limpiamente con el impacto.
El niño intentó controlar de nuevo la situación, tratando de despejar su mente. Rápidamente se incorporó, sólo para ser recibido con las manos del monstruo, quien había alargado sus brazos de nuevo, rodeando por completo el cuello del joven con sus manos. El ángel empezó a hacer presión, buscando romper el pescuezo del chiquillo.
"Imbécil. Pequeño imbécil. No debí ser tan considerado con él desde el principio. Voy a morir... por ser tan estúpido..."
Kai podía sentir cómo sus ojos empezaban a nublarse de un color rojo, mientras su mente amenazaba con desvanecerse en la inconsciencia. Con un esfuerzo sobrehumano, el niño lucha contra aquello, mientras trata de alcanzar desesperadamente un control que sobresale en la consola a lado de él. Con horror, siente cómo el oxígeno empieza a escasear en sus pulmones y sangre, lo que ocasiona que su vista se nuble aún más y no pueda formular un pensamiento coherente.
Por fin, logró presionar el tan anhelado botón, desmayándose momentáneamente en el acto.
Empezó con un leve deceso de energía en las instalaciones de NERV, después un chirrido eléctrico, y de inmediato la ciudad entera sufrió un apagón total. Cada edificio, cada hospital, cada escuela, cada aparato eléctrico se queda sin energía, incluso la planta hidroeléctrica de la ciudad fue despojada del fluido eléctrico. Toda esta energía fue conducida por los cables eléctricos subterráneos de la ciudad a los del cuartel de NERV y de ahí al cable umbilical del Evangelion y de ahí a un acumulador que guardaba el excedente de energía.
A escasos segundos de haberse desmayado, Kai logró recuperar el sentido. Aún sentía la tremenda presión en su cabeza, y cómo esta parece zumbar. Con gran esfuerzo, semejante al de un agonizante, el muchacho rodea con sus manos los miembros opresores y los sujetó fuertemente.
Una sonrisa intenta aparecer en el rostro del joven, y un murmullo que aspira a risa emerge de su boca, mientras que descargaba toda la energía acumulada en el robot mediante el mismo mecanismo que había activado con antelación.
Apenas son escasos tres segundos los que duran trenzados uno del otro. Cada voltio de energía en toda la ciudad en esos tres segundos fue canalizado al ángel, que se retorcía cual muñeco de trapo desvalido. Una mínima parte de esta energía le llegó al joven piloto, ya que el material aislante del que están hechas las manos del robot lo salvan del circuito, más no de las manos del ángel, por las cuales pasa la corriente eléctrica.
Un violento tirón separó a ambos con fuerza, como si se hubiera formado una barrera invisible.
Kai podía aspirar nuevamente el tan preciado aire, mientras todo su sistema volvía a la normalidad con cada bocanada que daba.
— Huele a quemado— pronunció estúpidamente, mientras intentaba reírse, sin éxito alguno.
Rápidamente dirigió la mirada hacia donde se encontraba el monstruo, mientras se incorporaba. El titán se encuentra tendido, inmóvil, cómo si fuese una estatua. Continuó así por varios instantes, sin demostrar la menor señal de vida, mientras que un humo blanquecino emanaba de su cuerpo lánguido.
El niño se acercó cautelosamente hacia el coloso caído. Habiendo llegado hasta donde se encontraba, lo tanteó con una pequeña patada, lo cual se vio un tanto chusco. El monstruo aún no daba señales de que siguiera en este mundo. Cuando el chiquillo se acercó todavía más no hubo movimiento alguno. Todo permanecía en calma, y hasta se podía escuchar al viento silbar mientras pasaba por aquél paraje. Kai puso entonces su cara enfrente de la del monstruo, sólo para ser recibido súbitamente por un alarido de cólera, semejante a un ladrido.
De inmediato, la criatura tomó la cara del Eva entre su mano, y tomando un poderoso impulso lo estrella furiosamente contra toda edificación que tuviera a mano, pulverizando cuanta construcción hubiera en su camino. Luego de haberlo usado como una enorme bola de demolición, fastidiado, el gigante estrelló a su cautivo contra el suelo, para de inmediato montarse en él. Sin perder tiempo empezó con sus intentos por desgarrar el pecho del Evangelion, sin lograr ningún resultado.
—Según esto... — murmuró para sí Ritsuko, mientras hojeaba una carpeta que contenía las especificaciones del Modelo Especial, aunque fuera de manera escueta y algo confusa. Sin duda alguna, el muchacho también tenía sus secretos —El blindaje de la Unidad Z está constituido por una rara especie de aleación, supuestamente indestructible, aunque no da a conocer los componentes que la constituyen...
"Pero éstas características físicas, cómo la densidad" pensaba, con la mirada clavada en la hoja de papel. "Y la composición química... sé que las he visto en otra parte".
Las garras del ángel pasaban sobre la coraza una y otra vez, logrando dañar sólo la capa de pintura, además de sacar chispas por la fricción.
Un fuerte puñetazo es recibido en plena cara por la bestia, mientras que el chiquillo lo alejaba de sí mismo, cayendo el coloso de espaldas.
—¡Vaya! ¿Qué les parece?— pronunció el muchacho, levantándose —¡La armadura sí resistió, pese a todo! ¡Punto para mí!
Decididos a ayudar en todo cuanto les fuera posible, su equipo de soporte se aprestó a su auxilio, mandándole un anaquel de armas.
—¡El rifle!— indicó su asistente —¡Tómalo, pronto! ¡Ésta es tu oportunidad!
Rivera observó de reojo el depósito de armamento, con evidente desdeño, erguido justo a su lado izquierdo. Y, dentro de él, siniestro y burlón, descansaba un rifle de asalto a escala acorde con el gigantesco Evangelion. Era de la misma serie y modelo que el que anteriormente Shinji había utilizado en su más reciente batalla. Otra arma, al igual que la que estaba tripulando. ¿Cuál era el problema? Era muy fácil obedecer la instrucción, sustraerla de su estante y vaciar su letal contenido en el enemigo. Aún cuando no sirviera de gran cosa, por lo menos el intento se hubiera hecho. En ese caso, ¿por qué no podía moverse? ¿Por qué se congeló en donde estaba, sin saber qué hacer?
El mortecino resplandor del cañón brillaba con la tenue esperanza de la ventaja sobre su oponente. Pero entonces recuerda los truenos, las explosiones, los gritos, el olor a carne quemada, y a sangre mezclada con la pólvora... El cargador, meter el dedo en el gatillo... todo aquello le producía un inmenso asco, por no decir que horror.
—¡No!— pronunció entonces el muchacho, tajante —¡Sin pistolas!
—Pero... pero... — balbuceó Takashi, avergonzado por haber olvidado el miedo patológico que su joven amigo les imputaba a las armas de fuego, muy particularmente a las pistolas de toda índole —Lo... lo siento... sólo quería ayudarte.
—Si de veras eso quieres hacer, entonces retira esa porquería de mi vista, y no me estorbes— le dijo bastante molesto, evitando ser golpeado por la cola del monstruo —Y ya que andas en eso, mejor mándame el anaquel numero 15.
—¿El 15?— confirmaba a la par que iniciaba los procedimientos para tal efecto.
Momentos después, un nuevo contenedor reemplazaba al que había sido desechado, y para alcanzarlo el chiquillo tuvo que impulsarse con ambas piernas mientras que aprovechaba para darle una patada al coloso, para después rodar por el suelo y finalmente alcanzar el nuevo estante.
Con presteza el joven sacó de su interior nada menos que una espada. Una katana tradicional, a la misma escala que la anterior arma. Qué diferencia. Lo sigiloso y limpio de la hoja de una espada, en comparación con el escándalo de una bala.
La sujetó con firmeza por la vaina, con su mano izquierda, mientras que con la diestra sujetaba con delicadeza el mango de la espada. La puso a la altura de su pecho, mientras se inclinaba un poco hacia delante, flexionando ligeramente las rodillas, asumiendo su guardia. Esperó hasta que su contrincante se decidió a atacar, y entonces, a la par que lo esquivaba a la velocidad del rayo, en un solo movimiento desenvainó y arremetió en contra de la bestia, cortándole limpiamente el antebrazo derecho, que fue a caer con estruendo al piso derramando toneles de un fétido líquido verde.
El monstruo, visiblemente herido, se sujetaba el miembro que le había sido seccionado, profiriendo unos singulares alaridos al mismo tiempo que se revolcaba presa del dolor.
Parecía que la batalla se inclinaba a favor del muchacho. En gran parte dependía la criatura de sus garras, tanto para atacar como para la defensa. Despojada de una de ellas, lo más probable era que sería mucho más fácil abrir su guardia que antes. No obstante, no en pocas ocasiones las apariencias suelen ser engañosas.
La mano amputada del coloso continuaba retorciéndose enfermizamente en el suelo, aún después de haber sido separada de los nervios. No era tan raro, al fin y al cabo. Muchas veces ciertos miembros de animales al ser cortados siguen moviéndose por sí solos, aunque sea por un rato, esto debido a los remanentes impulsos eléctricos dentro de los tejidos. Pero ya había pasado algo de tiempo, tiempo considerable, y mientras su dueño luchaba esa mano seguía moviéndose casi como si tuviera vida propia. Y es que así era.
Cuando Rivera se afanaba en llegar hasta el Núcleo del coloso para finiquitar de una vez por todas la prolongada lucha, apenas y si pudo observar por el rabillo del ojo cómo, de manera por demás insólita, el miembro cortado emprendía el vuelo hacia él, para después sujetarlo por la cabeza y estrellarlo violentamente en el costado de un edificio.
Derribado, el chiquillo sólo pudo observar cómo ese órgano extraño se estiraba, al igual que los brazos de su propietario, para pegarse con el muñón del antebrazo, retornando a su estado original. Era, sobra decirlo, sumamente repulsivo.
—Control total de su estructura molecular— suspiró el joven piloto, casi quejándose —Esto se pone más y más tedioso a cada momento.
Se levantó de inmediato y prosiguió con el duelo ya ahora parejo, blandiendo ambos oponentes sus afiladas hojas, las cuales chocaban continuamente, una y otra vez, en busca de penetrar la defensa del otro. A pesar de que su enemigo contaba con dos armas más (también hacía uso del agudo filo de su cola) Zeta lograba contrarrestar los ataques con efectividad, haciendo uso de la katana y algunas veces hasta de la misma vaina. Los dotes de espadachín de su tripulante no eran tan malos. Aficionado a los relatos de los antiguos samurais, ya fuera por medio escrito ó por el cine, siendo Los 7 samurais de Akira Kurosawa su favorita, no le era muy difícil recrear en su imaginación todas aquellas épicas contiendas para luego, gracias a su contacto mental con el Evangelion, desplegar habilidades similares a las de aquellos legendarios espadachines. Se necesitaba de mucha concentración, eso sí, pero el infante tenía de sobra.
Sin embargo, podían continuar así durante horas enteras y nada cambiaría. Si el combate se prolongaba aún más no sería nada benéfico para la ciudad. Además, hasta su paciencia tenía un límite, el cual ya había sido traspasado luego de haber rebanado unas siete veces el mismo miembro sólo para que éste se volviera a pegar en el acto.
Así fue, que decidido a terminar de una vez por todas con el conflicto, enfundó su arma y se abalanzó sobre el rival sin importarle que éste lograra traspasarlo a través de una hendidura en su armadura, sabedor de que el que no arriesgara no iba a ganar. Dado el grado de sincronización el dolor fue terrible, vale la pena acotarlo, pero no fue impedimento para que el piloto lograra su cometido. Con presteza el Eva Z sujetó al Ángel, y con relativa facilidad (al parecer su fortaleza física era muy superior al del macilento coloso) lo levanto por encima de su cabeza para después sólo hacer impulso y lanzarlo por los aires, alejándolo del devastado distrito donde había transcurrido la pelea.
La tranquilidad del desierto, donde antes había estado la primera ciudad de Tokio, se vio interrumpida de súbito por el escándalo que produjo la bestia al impactarse de cabeza contra él, levantando una densa nube de arena que se elevó por varios cientos de metros de altura.
Divisando de lejos cómo la bestia se perdía de vista en el cielo, para luego calcular su trayectoria y su lugar de aterrizaje, Rivera procedió con el plan. Lo primero que hizo fue, en una acción un tanto inesperada, sólo por utilizar un eufemismo, desconectar el cable umbilical en el mecanismo de su espalda, el cual cómo era bien sabido de todos, surtía de energía al Evangelion.
—¡Maldito demente! ¡¿Qué es lo que está haciendo?!— fue la reacción unísona de todos aquellos que seguían las hostilidades desde el cuartel.
Pero lo más increíble aún estaba por suceder. El cronómetro interno de energía ni siquiera parpadeó. El Modelo Especial continuaba funcionando sin ningún problema, aún sin el cable enchufado sobre su espalda. ¿Cómo era eso posible? La respuesta estaba en las consolas de la Sala de Mando alterna.
—¡El nivel de sincronización se elevó hasta el 350%!— reveló asombrado el técnico encargado de monitorear la sincronía entre piloto y Eva.
—El Motor S2 está activado y funcionando a la perfección— murmuró Takashi, maravillado, al contemplar los datos que empezaban a recibir en sus aparatos —Increíble… ¡Esto es increíble! ¡En verdad funciona! ¡Ja, ja, ja! ¡Lo logró! ¡No puedo creerlo! ¡El loco bastardo realmente lo logró! ¡Un verdadero Motor S2, completamente funcional! ¡Operando de manera autónoma! ¡Ja, ja, ja!
El oficial técnico reía desaforadamente, pues era la única forma en la que podía lidiar con ese suceso que hasta ese momento había pensado imposible, una locura, al igual que todo el que estuviera medianamente familiarizado con el funcionamiento de los Evas.
—¡No! ¡Esto no puede estar pasando!— estalló Gendo, colérico, estrellando su puño con estrépito sobre la superficie de su escritorio, poniéndose en pie —¡Este disparate es imposible! ¡Ese chiquillo idiota jamás podría construir un Motor S2 que realmente funcionara! ¡Me niego a creerlo! ¡Jamás! ¡JAMÁS!
Impotente, desquitó toda su rabia volteando por completo el mueble de oficina frente a él, sin importarle que todos pudieran verlo, causando un gran tumulto cuando todo su contenido salió desperdigado por todas partes.
—Nunca creí que llegaría a verlo con mis propios ojos— dijo a su vez el Profesor Fuyutski, mucho más mesurado que su despavorido socio, cruzando los brazos detrás de su espalda —Un Motor S2 completamente operacional… se supone que cuando eso sucediera, sería el fin de todo… sin embargo, henos aquí, enteros y sin un solo rasguño: los cielos no se cayeron, ni la tierra nos devoró… podré ser un viejo anticuado y terco, pero sé reconocer cuando he sido superado, Rivera. Felicidades. Has logrado lo que ninguno de nosotros pudo hacer…
—Ese… ese es… el trabajo de mi padre— mascullaba Misato por su parte, con la mirada fija en la máquina que le era mostrada en pantalla, con un nudo en la garganta y al borde de las lágrimas —Tantos y tantos años que se dedicó a ello… y aquí está, finalmente… es su sueño… su sueño hecho realidad…
—Ninguno de ustedes, idiotas, puede entender realmente todas las implicaciones de lo que está pasando— susurró la estupefacta Doctora Akagi en tono inaudible, con la boca seca y sus pupilas completamente dilatadas por el terror que estaba presenciando —En este estado… en modo autónomo y con un suministro infinito de energía… esa cosa… ese maldito bastardo… ¡tiene el poder de un dios!
"Get your motor runnin'
Head out on the highway
Lookin' for adventure
And whatever comes our way…"
—¡Hasta ahora es cuando se te ocurre trabajar correctamente, maldita pendejada de mierda!— reclamó entonces el joven piloto a su reproductor musical cuando se activó por sí solo y por fin tocaba la pista deseada —Supongo que más vale tarde que nunca…
"Yeah Darlin' go make it happen
Take the world in a love embrace
Fire all of your guns at once
And explode into space…"
El Eva Z, haciendo piernas, se encaminó hacia donde había lanzado a su oponente, incrementando cada vez más la velocidad, hasta el momento en que pegó un salto del suelo que lo catapultó por los aires también. No obstante el tamaño y el peso del aparato que tripulaba, Kai conseguía mantenerse en las alturas, casi cómo si estuviera flotando. De hecho, su trayectoria apuntaba directamente hacia el lugar en donde había caído el Quinto Ángel. Parecía que una fuerza invisible lo estuviera sosteniendo en el aire. Algo así sucedía.
De nuevo la respuesta estaba con el equipo de técnicos al servicio de las Naciones Unidas.
—¡Señor, hay una extraña fluctuación en el campo A.T!— pronunció uno de ellos apenas corroboró los datos en su pantalla.
—Se está replegando en un solo punto...— añadió Kenji mirando por encima del hombro del oficial científico —¿Qué diablos está pasando aquí?
—Ya veo— dijo Ritsuko en la otra sala, escuchando por medio de la radio aquella conversación, aunado a lo que ella misma veía por los monitores —Concentra todo su campo A.T. en un solo punto y eso es lo que le da el impulso para vencer a la gravedad de esa manera. Tengo que admitir que es un uso que no habíamos contemplado— culminó, cruzándose de brazos.
"I like smoke and lightning
Heavy metal thunder
Racin' with the wind
And the feelin' that I'm under…"
El robot se congeló en donde estaba cuando alcanzó una determinada altura. En esos instantes, su campo protector volvió a funcionar cómo de costumbre, empezando la caída libre. Maniobró tanto como pudo para mantenerse a flote lo más que fuera posible, extendiendo ambos brazos y flexionando las rodillas, casi como si quisiera imitar la pose de un ave en pleno vuelo.
Aún no terminaba de caer, a unos mil metros de su objetivo, cuando los instrumentos registraron una nueva alteración en su campo de energía. Una vez más estaba concentrándolo todo en un solo punto.
Los ojos ardientes del artefacto empezaron a brillar más y más paulatinamente, a través del orificio del casco que los dejaba al descubierto. A simple vista, parecían estar en llamas, asomándose las lenguas de fuego por sobre el casco.
"Like a true nature's child
We were born, born to be wild
We can climb so high
I never want to die,
Born to be wild! Born to be wild!"
Sin ninguna clase de aviso previo, sorprendiendo tanto a enemigos cómo a aliados, una inmensa y deslumbrante ráfaga de alguna clase de energía calorífica salió disparada de los ojos de la máquina. El monstruo, que apenas se estaba reponiendo del duro golpe recibido con anterioridad, aturdido, no pudo hacer la gran cosa para esquivar ó rechazar el peculiar ataque que le lanzaban, recibiéndolo todo de lleno. Al instante, la alta temperatura de la descarga, sólo comparada con la de un inmenso reactor nuclear semejante al de nuestra estrella, atravesó su Núcleo, disolviéndolo en el acto y consumiendo su cuerpo en una violenta explosión que se expandió en unos tres mil metros a la redonda. En una peculiaridad que comenzaba a tornarse característica de tales criaturas, el Quinto Ángel murió envuelto en una explosión que tomó la forma de una gigantesca cruz, que resplandeció intensamente en una lumbrera por escasos segundos.
Al observar detenidamente aquél infierno en la Tierra, se pensaba que nada podía salir librado de él. Mientras los angustiosos segundos transcurrían, la imaginación llevó a pensar a algunos que todo lo que estaba su alrededor había sido engullido por la violenta explosión que se sintió hasta donde ellos se encontraban, varios kilómetros bajo tierra.
El satélite despejaría cualquier duda. A la par que los estragos del estallido se dispersaban, el espía en el cielo lograba enfocar de manera más nítida la escena. Un gigantesco cráter estaba esculpido a las entrañas del desierto. Ni rastros del Ángel. Y una vez que se dispersó por completo el humo lograron ver, indemne y victoriosa, a la Unidad Z, de pie justo a la mitad del cráter.
Boquiabierto, todo mundo en el cuartel guardaba silencio, en espera de cualquier clase de reporte. Medio minuto después lo escucharon, por la radio.
—Base, aquí Eva Z— pronunciaba el chiquillo en tono ponderado, sin ningún dejo de emoción en su voz —El blanco está destruido. Repito, blanco destruido. Daños a la Unidad: mínimos.
La ovación no se hizo esperar, por lo menos de sus colaboradores, quienes alzando los brazos estallaron en un grito de júbilo, felicitándose unos a otros, abrazándose ó simplemente estrechando las manos ó aplaudiendo. Su primera misión había sido un rotundo éxito, pese a las adversidades que se habían presentado en el transcurso de ésta.
También Misato, haciendo de lado las formas de propiedad, se dejó llevar por su entusiasmo, saltando repetidamente en su lugar y agitando los brazos.
—¡Lo logró, de veras lo logró!— repetía incesantemente, presa del júbilo.
En contraste, quienes le acompañaban se limitaron a ajustarse la garganta ó cruzarse de brazos. Aún cuando la batalla se ganó, no había motivos suficientes para celebrar, dado que ellos no habían intervenido en ésta y por lo tanto, sus funciones estaban en peligro. Eso todos lo tenían en mente, mientras la Capitán Katsuragi derrochaba algarabía, sin importarle la gran cosa, por el momento.
Por otra parte se encontraba la Doctora Akagi, cruzada de brazos en su silla, y el Comandante Ikari en su distintiva pose, ambos meditabundos en sus respectivos lugares.
Ciertamente, las habilidades de combate que la Unidad Z tenía a su disposición eran extraordinarias. Pero ambos estaban conscientes que el mayor peligro a sus ambiciones, la verdadera arma utilizada en su contra no era el Evangelion, sino su alma, es decir, el piloto. La entidad que dirigía todos sus movimientos, que le daba la vida propiamente. ¿Cómo lo conseguía? ¿De dónde obtenía aquellos dones? ¿Cómo era que ningún otro piloto había manifestado esas habilidades? Un misterio que valía la pena reflexionar a fondo.
También estaban conscientes que la batalla no sólo se había seguido en el Geofrente. De seguro el Consejo de Seguridad se mantuvo pendiente de ésta. Y para esos momentos lo más probable era que ya se habrían percatado del inmenso poder que tenían a su disposición, y que empezarían a pujar cada vez más para utilizarlo. Y quién sabe. Al ver lo que podían hacer por su propia cuenta, con su propio equipo y su propio personal, quizás podrían prescindir por completo de NERV. Y así, quince años de trabajo y planeación se irían a la basura.
El panorama no pintaba muy bien.
También por su lado se encontraba el auténtico protagonista de la lucha. Aunque no lo demostrara en primera instancia, estaba abatido. La cabeza le parecía que iba a reventar, al igual que había sucedido con su enemigo. Elevar la sincronización al grado que le permitiera afectar a placer el campo A.T. y poder activar el Motor S2, había resultado mucho más difícil de lo previsto y con secuelas mayores. El hilillo de sangre que nuevamente le escurría de las fosas nasales y oídos daba cuenta de ello. Esperaba amenizar los efectos secundarios con el entrenamiento. De todos modos, no planeaba resistir pilotar por mucho tiempo. Dos años, cuando menos. Después, vendría el final de la canción.
Adolorido y cansado en extremo, se dejó caer de rodillas en el ardiente desierto, para después desplomarse por completo, ahora sí ya sin energía. Boca arriba, con las áridas arenas a su espalda, esperaba a que llegara el equipo capacitado para recogerlo tanto a él cómo a Zeta. Pensaba en los tiempos venideros. En la expresión de los viejos de NERV. En todo lo que les esperaba a él y a sus compañeros pilotos, así cómo a la humanidad entera.
A lo lejos se escuchaban los motores de los helicópteros y camiones que venían por él. Una densa nube se paseaba por los cielos, eclipsando al sol por unos momentos, cuando pasó por debajo de él. Su sombra se proyectó en las desérticas planicies en donde reposaba.
Entonces, en un momento de tranquilidad absoluta, fue que la revelación vino a él: moriría en esa misma cabina en dónde se encontraba.
—Born to be mother fuckin' wild…— suspiró sin inmutarse, recargándose completamente en su asiento.
Una tormenta de arena se acercaba.
