"¡Hasta la victoria siempre!
Comandante Ernesto "Che" Guevara
El sonido de la grúa subiendo el pequeño cubículo inunda el interior de éste. Dentro del ascensor, una desapercibida aunque importante junta se llevaba a cabo entre únicamente dos personas.
El Comandante Gendo Ikari escuchaba pacientemente al emisario del Consejo de Seguridad de la O.N.U., al mismo tiempo que éste señalaba varios documentos y fotografías en su haber, vinculados a toda una serie de eventos de suma trascendencia.
—¿Seguro que nadie puede oír todo esto?— preguntó Gendo a su acompañante. El no estar en la cómoda seguridad de su propia agencia lo ponía tenso. No ignoraba lo impopular que era entre algunos sectores de la Junta de Seguridad, por tanto siempre estaba latente el temor de ser baleado por la espalda cuando se atrevía a abandonar sus dominios.
—Revisamos todo el ascensor. No hay micrófonos ó cámaras ocultas; está limpio— se apresuró a decir su anónimo acompañante; de una mediana estatura, complexión robusta y vestido con un traje negro, mientras sus ojos eran ocultos por unas gafas para sol. En su acento para hablar japonés se distinguía inmediatamente su procedencia norteamericana.
Ikari volvió a oír desinteresadamente todo los asuntos que aquel hombre ha venido a tratar, mientras observa su calzado y los alrededores. Finalmente, por fin escucha algo merecedor de su atención total.
—Por último, en un hecho sin precedentes— anunció el personaje, con cierta emoción en su voz, deslizando sobre las manos del comandante una carpeta con varios documentos, todos ellos referentes a las tropas rebeldes, mejor conocidas cómo el Frente de Liberación Mundial —Desde hace dos meses ha ocurrido una fragmentación en la dirigencia rebelde, cuyas causas hasta ahora son difíciles de precisar. Se distinguen dos tendencias: una, al parecer la más radical, es la que más adeptos ha ido ganando con una rapidez insólita; sin embargo, también la identidad del cabecilla de este grupo es un misterio. Al contrario, en el otro lado se encuentra la postura conservadora, la más débil y falta de seguidores, encabezada ni más ni menos que por nuestro reconocidísimo Comandante Chuy— enfatizó el sarcasmo al describir a ese individuo —Según la información que hemos recabado, la creciente fuerza de este nuevo grupo ha obligado al famoso guerrillero a abandonar el auspicio de su antiguo ejército, retirándose con los pocos hombres de confianza que le quedaban hacia un destino desconocido. Todo esto sucedió en el corazón de África, cerca de la frontera del Congo con Sudán, en dónde presumiblemente se encuentra la última base de operaciones del Frente, luego de que numerosos y fallidos enfrentamientos con los Cascos Azules los obligaron a replegarse de sus posiciones. Se cree que las abundantes bajas sufridas durante éstos últimos enfrentamientos fueron también una de las principales causas de la destitución del Comandante Chuy cómo General en Jefe de las fuerzas rebeldes, cargo que había venido desempeñado desde su misma fundación, hará ya unos catorce años.
Todo eso era muy interesante, fútil para él, pero un dato bastante curioso al fin y al cabo. ¿Pero qué era lo que tenía qué ver con él? Notando su bien disimulada impaciencia, el mensajero se apresuró a continuar con su relato.
—Hace apenas una semana que una de nuestras bases en México, ubicada en Nuevo Manzanillo, el puerto con mayor afluencia del Oceáno Pacífico, fue atacada en un asalto relámpago. Los agresores capturaron abundante y muy diverso armamento, además de varias provisiones y equipos de telecomunicaciones, para después escapar hacia el mar en varios barcos mercantes de la industria local, igualmente hurtados. Debido al tamaño de sus naves, además de que empleaban parte del equipo robado para interferir con las señales del radar y satélite fue muy difícil encontrar su localización. No obstante, la última señal que tuvimos de ellos indicaba que por la latitud que tomaban estaban en camino hacia el Japón; además de la identificación del cadáver de un agresor caído durante el asalto, identificado ya cómo el Teniente Cirilo un alias para Daniel Santillán, conocido colaborador del Comandante Chuy.
—¿Me tratan de decir que ese hombre se dirige al GeoFrente?— lo interrumpió el nipón, harto de escuchar tantos rodeos, además de una inquietud que se apoderó de él de súbito —¿Qué les hace suponer que ese sujeto está tan desesperado cómo para intentar tomar por asalto el refugio subterráneo mejor protegido del planeta? ¡Es absurdo! ¡Sería un auténtico suicidio! Hay mucho que no sé acerca del tipo, pero una cosa la tengo por segura: el tal Comandante Chuy no es ningún imbécil, sino, no habría sobrevivido tantos años combatiendo a sus Fuerzas Armadas.
—Estamos bien enterados de esa situación— murmuró con desgano su interlocutor, sustrayendo de entre los bolsillos de su saco una fotografía —Pero a pesar de todo, también estamos seguros que precisamente es en ese lugar donde se encuentra el último recurso que le queda. En ningún otro punto del globo le podrían prestar ayuda para su tan precaria situación, acosado por todas las organizaciones militares y de inteligencia de todo el mundo, rechazado por su propia agente. ¿Cómo es eso posible? Bueno…— dijo, a la vez que ponía la foto por encima de todos los documentos que Gendo se encontraba examinado en ese momento —No hace mucho también que, luego de años y años de intentar afanosamente develar de una vez por todas la verdadera identidad del Comandante Chuy, laboriosamente guardada en el hermetismo en que operaba, además de ocultar su rostro en su característica capucha, por fin hace un mes logramos conocer su verdadera identidad. Gracias, en gran parte a lo descuidado que se ha vuelto, a raíz de los conflictos internos ya antes referidos. Fue así que conseguimos esa fotografía que ahora sostiene en sus manos, en dónde se distingue con toda claridad el rostro del Comandante, instantes después de haberse retirado su capucha. Me parece que al ver esta fotografía todo le será más claro. Es cierto que hace tiempo que no aprecia ese rostro, pero al reconocerlo podrá entender de lo que se trata todo esto.
Ikari hizo caso de la instrucción. Hurgando en todos los rincones polvorientos de su memoria, intentó afanosamente reconocer al sujeto que le presentaban en el daguerrotipo. Sin mucho éxito, cabe destacar. Por más que lo buscaba no lo lograba relacionar. La larga cabellera, sucia y maltrecha, producto de la abundante exposición al polvo y al sol, esa barba tan espesa y tan abundante, el rostro moreno y curtido. No, no lograba recordarlo. Entonces, posó su vista sobre sus ojos. Sí. Había algo de familiar en esos ojos. Más que en los ojos, en esa mirada tan llena de desesperanza, tan sombría, tan sin ninguna fe en el mañana. Entonces, con un sobresalto que no pudo ocultar, por fin pudo identificar con plenitud al sujeto de la foto. Haciendo a un lado todos esos detalles, enmarcando al rostro más allá de todos ellos, lo reconoció por completo. Pero no era posible. Estaba viendo el rostro de un hombre muerto.
—¿Pero... pero... c-cómo?— atinó a decir, en medio de su confusión.
—Al reverso— indicó el emisario, impávido cómo bloque de piedra —Allí está escrito su verdadero nombre, y por ende, su parentesco.
El japonés obedeció la orden, volteando la fotografía al reverso, leyendo detenidamente las letras allí plasmadas. En cuanto lo hizo, la calma resurgió en su rostro, tranquilizándose poco a poco. Finalmente, suspiró:
—Pero claro. No podía ser de otra manera.
—Ahora entiende nuestra posición— agregó su acompañante —Durante dos décadas, este cabrón hijo de puta ha sido una piedrita en nuestro zapato— pronunció con un notable desprecio hacia el guerrillero — Ahora, que su influencia se ha disipado casi en toda su totalidad, es el momento de liquidarlo... para ello, necesitaremos de manera indispensable de su total apoyo.
—Japón es MI país. Mi isla. Mi hogar. Si durante los últimos años se ha visto ajeno a todos los conflictos bélicos que se han suscitado alrededor del globo ha sido precisamente por mi celosa protección— Ikari expuso categórico, firme y resuelto, sin dar un solo resquicio a la negociación —De tal forma, no toleraré el ingreso a tierras japonesas de cualquier clase de grupo armado, sobre todo si sus intenciones afectarán directamente mis instalaciones y mis cuantiosos recursos materiales… búsquense otra forma de dar solución a su problema de plagas, que Japón está fuera de todo límite…
No pudo terminar su exposición de motivos, al ser interrumpido de tajo.
—Por cierto— continuó el otro sujeto —El Secretario General y los otros líderes del Consejo de Seguridad siguieron ininterrumpidamente la transmisión del primer combate de la Unidad Z. Están muy emocionados con su desempeño tan satisfactorio. Ya hay una corriente entre los dirigentes que considera muy seriamente el optar asignarle completamente al equipo del Doctor Rivera la tarea de eliminar a los Ángeles. Eso implicaría la disolución absoluta de NERV, ni qué decir del enorme presupuesto que se les tiene asignado. Del mismo modo, los contratos previos que sostuviera NERV con otros organismos públicos y privados quedarían sin efecto; como por ejemplo, la cuantiosa licitación que Tatsunoko Corporation obtuvo para disponer de los restos de los ángeles. Sería una verdadera lástima, sobre todo porque sabemos los buenos amigos que son Tatsunoko-san y usted. Pero no hay de qué preocuparse, por ahora —aclaró, al ver el gesto contrariado de Ikari —El Secretario también tiene muy presente todos sus valiosos servicios a lo largo de estos quince años. ¿Acaso en su país conocen el refrán: "Favor con favor se paga"? La sabiduría popular es indiscutible… ¿usted no lo cree así?
Apesadumbrado, el rostro del japonés se ensombreció. El mensajero había dado justo en el clavo. Gendo necesitaba indispensablemente de ese presupuesto, de esa enorme cantidad de dinero que le asignaban periódicamente a su agencia para llevar a cabo sus planes secretos. Sin el dinero, nada se podía llevar a cabo. Como siempre, todo era mera cuestión del simple y maldito dinero. Por lo tanto, la decisión le resultó fácil, desde ese punto de vista: la cabeza del rebelde tenía que rodar, aún si esto comprometía seriamente la seguridad de sus compatriotas y de su tierra natal.
—De acuerdo— asintió lacónicamente, al mismo tiempo que el elevador se detenía y las puertas de éste se abrían. Ya habían llegado a su piso.
—Sabíamos que un hombre de tanta visión cómo usted entendería— remataba el otro individuo, esbozando una sonrisita burlona mientras el comandante le daba la espalda para abandonar el elevador. Y mientras las puertas se cerraban delante de él, culminó —Sus instrucciones llegarán una vez que esté de vuelta en Japón. Un gusto hablar con usted.
—Miserables— murmuró entre dientes Ikari, caminando por el solitario pasillo hasta la puerta de su habitación. Tenía que volver cuanto antes a Tokio 3. Era un largo viaje desde los Alpes suizos.
Así que, mientras que en Berna era apenas poco antes de mediodía, al otro lado del mundo, en Japón, la noche reinaba, cubriendo con su manto de oscuridad todo, hasta las aguas que delimitaban la extensión de tierra firme.
Eludiendo a toda costa cualquier tipo de luz, mucho más la eléctrica, una pequeña lancha de motor se abre paso por la marea hasta llegar a un pequeño muelle abandonado, y por lo tanto, poco vigilado. Sus siete ocupantes se apresuran a bajar de su vehículo y a refugiarse de inmediato entre las sombras de los muelles, cargando con dificultad su carga, varias valijas, maletas y cajas que llevaban sobre sus espaldas hasta que avistaron a su contacto, quien con una seña les indicó un viejo almacén que, al igual que todo en los alrededores, se encontraba abandonado.
En tiempos mejores, aquella área recibía el nombre de Yokosuka, una ciudad del país del Sol Naciente, en la provincia de Kanagawa, situada al SO. (Sudoeste) de la bahía de la antigua ciudad de Tokio, en la isla de Honshu. Había sido una importante base naval, ahora sólo era una ruina más en un país en ruinas.
Los forasteros, con sigilo extremo se introdujeron al interior del almacén, siempre con el temor latente de ser descubiertos de un momento a otro, y una vez acomodados vislumbraron por las ventanas sucias y quebradas aquél fulgor inusitado, que se divisaba allá, a lo lejos en el horizonte. Tal hecho indicaba que la última de las embarcaciones comerciales hurtadas, misma que utilizaron para llegar hasta allí, explotó con cualquier evidencia que delatara su presencia en ese país, según lo planeado. Era lo bueno del fósforo. Cubría cualquier clase de rastro.
—Quiubo, Paco— saludó en español uno de los encapuchados, al parecer el de mayor rango, a su guía, estrechando las manos —¿Cómo están las cosas por acá?
—Según parece, bien— contestó Paco, que al igual que todos los allí presentes tenía el rostro oculto —Todo va de acuerdo al plan.
—¿Llegaron todos los muchachos?
—Sanos y salvos. Aquí ya nomás queda tu gente, 34, incluyendo a los que estamos aquí. A los que llegaron antes que ustedes los acomodé en los almacenes vecinos, para que descansaran un rato. Los vehículos ya están cargados y listos para cuando ordenes partir.
—Muy bien— repuso el primer encapuchado, volviéndose a sus subordinados —Órale raza, trepen todo al carro y traten de descansar los más que puedan; en 45 minutos tenemos que estar dejando este muladar.
Todos asintieron y en cuanto antes pusieron manos a la obra. Y mientras ellos se encargaban de cargar el jeep que los transportaría por las frías y oscuras carreteras de Japón, su líder se encaminó hacia una de las ventanas, buscando aire fresco del exterior. Estaba extenuado. Cargaba sobre sus hombros un gran peso. Su allegado se le acercó.
—Oye, Chuy— le dijo, casi susurrante.
—¿Sí?— musitó el guerrillero, con la vista clavada en las estrellas que tapizaban la noche.
—Las cosas nunca debieron llegar hasta este punto. ¿Cómo fue que permitimos que la cosa se nos saliera, así de control? Lo más importante: ¿Crees que podamos detenerlo, antes de que sea tarde?
—Ni yo lo sé, Paco— respondió descorazonado, en su misma pose, con la mirada en alto, perdida, y una mano apoyada contra la desvencijada pared.
—Esto está de la fregada, mano— continuó lamentándose su viejo compañero de armas, notablemente nervioso —Entre todos, aún contando a los que ya se nos adelantaron, no pasamos de la centena. Si nos topamos con alguna brigada de las Naciones Unidas, que es lo más probable, nos las vamos a ver negras. ¡Esto es una puta mierda, Chuy, una puta mierda!— prorrumpió, desesperado, dándole un golpe a la misma pared en donde estaba recargado su compañero —La avanzada que mandé en primer lugar ya se reportó. Me dicen que la pinche ciudad está igual que aquí. Desierta, muerta. Todo el pinche país es un enorme pueblo fantasma. ¿Cómo se supone que vamos a poder cubrir nuestra presencia, si no hay nada con qué taparnos? No sé tú, compadre, pero a mí me huele a que hay gato encerrado aquí. De seguro esos cabrones ya nos están esperando. ¡Nos están esperando, te digo!
Su jefe por fin se movió, bajando la vista y quitando la mano de la pared. Respirando profundo, se volvió hacia él, tratando de infundirle ánimos.
—Por eso mismo es que tenemos que ser más listos que ellos, Paco— puso una mano sobre su hombro, dándole unas palmaditas de apoyo —Acuérdate que el mecate se rompe por el hilo más delgado. Mejor sería que descansaras un poco, ¿no crees? Has estado en friega estos últimos dos días.
Sin ademán de querer decir algo más, el Comandante Chuy abrió la puerta de aquella pocilga, queriendo respirar una última vez la brisa salina del mar que quedaba atrás de él. Pero antes que abandonara el recinto, su camarada lo contuvo una vez más.
—¿Toño?— dijo, a sus espaldas —Nos la vamos a pelar, ¿verdad? Es decir, aquí se acaba todo... todo por lo que peleamos tanto tiempo...
El comandante permaneció estático en su lugar. Una marejada de emociones, de añejas sensaciones lo inundaban. Hacía ya toda una vida que nadie se dirigía a él con su verdadero nombre: Toño, un apelativo para Antonio. Recuerdos de esa vida perdida acudían a él en grandes porciones.
—Eso parece, mi Oscar— contestó en tono lúgubre, cabizbajo —Pero con todo, hay que chingarle hasta el final: Patria ó muerte, ¿te acuerdas?
—Patria ó muerte... — repitió su amigo, murmurando. En esos momentos, aquellas palabras sonaban tan vacías, aquel ideal lucía tan lejano.
—Descansa— insistió el cansado guerrillero otra vez, mientras se encaminaba a un costado del almacén, en dónde podía observar el Océano Pacífico y escuchar sus olas romperse en la arena de la playa contigua.
Sacó de entre sus ropas una vieja y maltratada pipa de madera, pero que aún con todos los años encima, continuaba haciendo gala de su elegancia y de su fino corte artesanal. También sustrajo de uno de sus bolsillos una bolsita con tabaco, vaciando algo de su contenido sobre el recipiente, para después de haber guardado la bolsita en su respectivo bolsillo, encenderlo con un cerillo y empezar a degustar su aroma. Todo el procedimiento lo realizaba con extrema reverencia, casi era un ritual para él.
Mientras fumaba, con los ojos anclados en el mar, hizo a un lado todas las precauciones, y en un arrebato temerario se quitó la capucha del rostro, tirándola al piso. Después de todo, no había podido matar a Nelson, ese bastardo traidor, y para estas alturas ya todas las agencias deberían tener en su poder la fotografía que le tomó sin su máscara. Ahora ya era obsoleta, un peso muerto.
Tan muerto cómo esos parajes. Tan muerto cómo todo lo que alguna vez le importó. Entonces, así es cómo se acaba todo. 21 años de rebelión y de lucha continua e intensa, no sólo batallando contra el imperialismo capitalista, la voraz globalización neo-liberalista, sino también en contra del hambre y la miseria, climas inclementes, paludismo y cólera, aún contra a aquellos a los que quería defender, esforzándose por hacerles ver que su camino era el correcto, que su lucha era su lucha. Aguantando condiciones extremas, meses sin poder asearse, a veces sin poder cambiarse de calzones cuando la diarrea te agarraba y tenías que cagarte en ellos, soportando la maldita pestilencia de tu propio trasero; durmiendo junto con las más terribles alimañas que Mamá Naturaleza en su infinita sabiduría haya creado. ¡Los pinches zancudos! Despertar y encontrar que más de una veintena de ellos te ha picado en todo el cuerpo, rascándote con uñas rotas y maltratadas. ¡Qué diferente era todo al principio! Lleno de esperanzas e ideales, sueños guajiros en donde salvabas al mundo de la opresión y lo dirigías a una utopía, donde todos compartieran la producción del trabajo en forma equitativa, de manera que nadie tuviera más que alguien. La eliminación del excedente y de la plusvalía. ¡Qué maravilloso se escucha toda esa sarta de idioteces!
Pero los años se van. Y también la juventud. Y con ella todos aquellos sueños a los que ofrendaste casi toda tu vida para verlos hechos realidad. De pronto te ves viejo, enojado y muy cansado, pestilente y sucio. ¡Ropa limpia, por favor, y un cambio de calzones, por el amor de Dios! Un baño con shampoo y una barra de jabón tampoco estaría nada mal. Y un rastrillo y tijeras para la barba llena de piojos. No importa lo que Paco diga, no puedo esperar para llegar a la ciudad, con todos sus lujos y comodidades.
Todo se acabó. Y tenía que ser aquí, precisamente aquí en este pedazo de roca en dónde tú moriste. Y ahora llega mi turno. Ya estoy en la tierra en donde dejaste de existir. Todo este territorio en el que gastaste los últimos años de tu vida. Me imagino que, al igual que yo, en algún instante de tu vida te posaste en alguna de estas playas, a escuchar la voz del mar hablándote, a observar esas olas espumosas estrellarse en el rompeolas, sentir la fría agua salada golpearte la cara, oler esta brisa salina... cómo yo, en ti debió haberse despertado un sentimiento de entrañable melancolía, que inevitablemente te condujo a aquellos días junto a mis padres. Ciertamente, es el mismo océano que nos vio nacer, pero la playa no es la misma. En lugar de reflejar el calor y la alegría por la vida, esos inolvidables días de fugaz infancia, aquí no puedo ver más que muerte y desolación. Una soledad abrumadora, que amenaza con engullirte a la menor oportunidad, con devorar tu corazón y no dejar nada de él. ¿Tú también sentiste lo mismo? Apuesto que sí. También miraste a este mismo mar que estoy viendo ahora, y tampoco pudiste encontrar nada más que desesperanza y tristeza. No, esta tierra extranjera no es y nunca será la nuestra. El nuestro fue un reino ahora extinto, engullido por los hambrientos elefantes del Norte. La nuestra fue una ciudad con olor a tierra mojada, de bellas y flamantes rosas en sus caminos y veredas, de una sociedad de mojigatos, de pinches mochos que se santiguaban hasta en el puto baño. Nuestra playa era una playa de turistas pendejos a los que podíamos tranzar fácilmente y sacarles la dolariza, de prostitutas y rateros en el malecón, una playa que se construyó sobre la sangre y carne podrida de los antiguos caciques de la localidad, vencidos por un enemigo al que ni ellos pudieron vencer: su propia ambición. Pero estos parajes extraños, éstos no son los nuestros, jamás nos pertenecerán ni podrán ser parte íntegra de nosotros cómo la tierra que nos dio a luz y nos vio crecer. Esto no es Puerto Vallarta. Esto no es Guadalajara.
¿Qué fue entonces lo que te obligó a continuar? ¿Qué te hizo levantarte y seguir tu camino, a pesar de que todo estaba perdido? Sí, ya lo sé. Seguramente fue esa mujer tuya, y el hijo que engendraste con ella. Lo sé, porque es lo mismo que me motiva a seguir a mí. Querías que estuviera a salvo, querías algo mejor para él, todo lo que ni tú ni yo pudimos poseer cuando teníamos su edad. Deseabas, con el anhelo más ferviente de tu alma, que tu hijo pudiera vivir, sin importar el precio que tuvieras que pagar. Salvarlo de su cruel destino, que le deparaba a él y todos los demás. Pero, ¿sabías qué le esperaba, de lograrlo? ¿Todo lo que le aguardaba en este mundo profano y corrupto? ¿Todo lo que tendría qué sufrir? ¿No hubiera sido más benévolo simplemente dejarlo morir? Ya no importa. De alguna manera, tengo que llegar con él, cueste lo que cueste, y advertirle. Advertirle sobre el peligro que se cierne sobre él, sobre todo el jodido mundo.
Porque, a diferencia de nosotros, esta tierra sí es suya. Estos parajes estériles son parte de él, aquí es en donde pertenece, el lugar que lo vio crecer y muy probablemente lo verá morir. Son suyos todos estos desiertos infranqueables, todas estas modernas ciudades sin habitantes, este país sin un espíritu ó un alma, sin gente que lo habite. Pero es suyo, lo tiene grabado todo en su memoria, almacenado en su alma y que de alguna manera u otra influye en lo que él es. Es lo que representa, es el futuro.
De pronto, me invade un lejano recuerdo de la niñez, de ese mundo que nos pertenecía y que ya se ha ido. Este olor, este olor que precisamente aquí, aquí en esta lejana tierra extranjera, viene a mí y me es tan familiar. Trae a mí viejas memorias de mi niñez, del panteón al que tantas veces tuve que visitar, primero para ir a la tumba del abuelo, después para ver donde reposaban los restos de mi propio padre. Hace más de treinta años que murió, pero aún tengo conmigo todas las impresiones de un niño descorazonado que cada 2 de Noviembre, el día de los muertos, llevaba a la tumba de su padre flores. Flores que expelían este mismo aroma que percibo en estos momentos, con todo un mar de por medio. Flores de xempaxochitl. ¿Aquí, en Japón, a estas horas de la madrugada?
Volteo hacia todas partes, queriendo colegir el origen de este extraño fenómeno, cuando de reojo observo en una callejuela al lado del almacén la silueta de una figura que se aproxima a donde me encuentro, de pie. Instintivamente me llevo la mano a la pistola que guardo en su funda, oculta bajo mi chaleco. Al compás del avance de la sombra, la saco de su escondite y la cargo, quitando el seguro y deslizando el dedo sobre el gatillo, listo para mandar al infierno a cualquier malnacido que intente detenerme en mi misión. Me refugio en una de las desvencijadas paredes de mi escondite temporal y apunto a donde me supongo emergerá el dueño de la sombra que, gracias a esta bendita luna que me ilumina, se refleja sobre el piso. No es muy corpulenta, más bien es insignificante, a primera vista. Su andar es dificultoso, lento, pareciera que tiene llagas en los pies ó algo por el estilo.
Y entonces, la escucho. Yo, que peleé por todo el mundo, que fui testigo de inenarrables horrores, que no en pocas ocasiones pude empaparme del sonido del campo de batalla, de espantosos gritos de agonía, gente sin entrañas rogando por ayuda, el llanto desesperado de las mujeres que sostienen a sus hijos muertos en brazos, el motor de los bombarderos sobre nuestras cabezas, las terribles explosiones que te ensordecían y que aún hasta de noche creías apercibir, yo que he visto al horror cara a cara, no puedo evitar que el sonido de esta aterradora voz me provoque un escalofrío hasta lo más profundo de mi médula, se trepe y enrosque por el tuétano hasta llegar a mi corteza cerebral y vuelvo a sentir lo que es el miedo, el terror absoluto. Mi pulso se acelera, tiembla junto con mi mano que sostiene la pistola, mi corazón late con más fuerza amenazando atravesar mi caja torácica, este sudor frío recorrer mis sienes, al mismo tiempo que la sigo oyendo, anunciando con su voz lúgubre, cómo un lamento continuo, que parece nunca acabar:
—¡Flores! ¡Flores para los muertos! ¡Floooooores para los muertos! ¡Flooooooooreeeeees para los muertos! ¡Para los muertos! ¡Para los muertooooooos! ¡Flores para los muertos!
¡En español! En español, clarito y sin acento extranjero. ¡Aquí, en Oriente, a miles de kilómetros de distancia de México ó de cualquier otro país de habla hispana! No me cabe ya la menor duda que esto es obra del mero diablo. ¡El mismo diablo en persona, que ha venido por mí para arrastrarme a su reinado de tinieblas y perdición!
Sea quién sea, por fin aparece ante mis ojos, prosiguiendo su tétrico canto, con su voz trémula y desgarradora:
—¡Flores! ¡Flores para los muertos! ¡Floooooores para los muertos! ¡Flooooooooreeeeees para los muertos! ¡Para los muertos! ¡Para los muertooooooos! ¡Flores para los muertos!
Se trata de una mujer. Una mujer vestida completamente de negro, con vestido largo y velo que me oculta su rostro, pero que aún a través de él se le ve pálido, casi transparente. El color de sus manos, descuidadas y maltratadas, con largos dedos rematando en unas uñas de igual condición, es moreno. Tez morena. No, no morena. Dorada. Piel de bronce. Definitivamente es paisana nuestra. Pero eso no hace que mi temor disminuya. Permanezco en mi sitio, congelado de pavor, sin que mi dedo acierte a jalar del gatillo. ¿Qué hace por estos lares? ¿Vestida de esa manera, recorriendo las vacías calles del vacío puerto, cantando de esa manera, cargando esa canasta tejida de mimbre con sólo cuatro flores de xempaxochitl? Vendedora no es, de seguro.
Reviso el contenido de la bolsita que guardé en uno de los bolsillos de mi chaleco. La huelo con sumo detenimiento. No, pues sí es tabaco lo que he estado fumando. Esto no puede ser una alucinación, producto de un viaje de marihuana.
Y otra vez, otra vez esa misma flor de xempaxochitl que ahora avienta a mis pies y que cae con un rumor seco, sustrayéndola de su canasta para después mirarme de pies a cabeza, con continente severo, sin jamás dirigirme una palabra, darme la espalda y continuar con su penoso deambular por el desierto puerto, entonando en aquellos gritos que perturbaban la tranquilidad de la noche:
—¡Flores! ¡Flores para los muertos! ¡Floooooores para los muertos! ¡Flooooooooreeeeees para los muertos! ¡Para los muertos! ¡Para los muertooooooos! ¡Flores para los muertos!
Esta flor de xempaxochitl, esta flor a mis pies que ahora estoy recogiendo, mientras sigo con la mirada a aquél espectro perderse en la oscuridad, camuflada con su atuendo, a la vez que escucho los últimos ecos de sus lamentos:
—¡Para los muertooooos! ¡Flores para los muertos! ¡Para...!
Esta flor de color anaranjado, de delgados y abundantes pétalos, de tallo verde y largo, esta flor de xempaxochitl, flor consagrada al culto de los muertos en mi tierra natal, para reverenciarlos y rendirles memoria, para guiarlos en su viaje al más allá, esta misma flor que ahora estoy sosteniendo en mi mano, que inunda mis fosas nasales con su peculiar aroma, es esta misma flor la que me hace finalmente acordarme de algo, por allá desvalagado en el viejo baúl de las memorias perdidas. Un recuerdo que me remonta hará treinta y algo años, cuando mi padre aún seguía con vida, cuando era mi padre quien nos llevaba de la mano al cementerio, a rendirle honor al venerable abuelo caído en batalla. Cuando al pie de la tumba de su propio padre, nos advirtió que a los dos, incluso a él, nos llegaría este momento. Cuando nos confió un secreto que había pasado en nuestra familia de padres a hijos, una tradición legendaria, seguida a través del paso de los años, incluso de los siglos. Éramos tan jóvenes, tan ingenuos y desinteresados. La muerte parecía algo tan lejano, que quizás no le prestamos la suficiente atención mientras nos revelaba con una solemnidad marcial el más grande secreto de la familia. Un secreto de vida y muerte, que ahora cobra vida y más credibilidad que nunca. ¡Padre, qué tontos fuimos al no atenderte!
—Xóchitl— murmuro ese nombre, esbozando en mi memoria el antiguo relato que mi padre nos confió a ambos.
¿Tú también pasaste por lo mismo? ¿También tú viste a esa florista ambulante, tirar una flor de xempaxochitl a tus pies? ¿También tú te quedaste paralizado por el pánico que embargaba todo tu ser? ¿También tú recordaste ese viejo relato, olvidado hace ya tantos años? ¿También tú te percataste, al igual que yo, que tu fin estaba próximo? ¿Por eso hiciste lo que hiciste?
Con mayor razón debo apresurarme a cumplir con mi cometido. Debo encontrarlo. Debo encontrar a ese hijo tuyo y hacer todo lo que quede en mis manos por salvarlo de su destino, del destino de toda nuestra familia. El mensaje debe ser entregado.
—¿Chuy?— pregunta Paco, desconcertado por mi actitud, a mis espaldas. Está muy claro que él no vio nada, ni escuchó esos desgarradores aullidos de alma en pena. Sólo yo pude verla —Estamos listos para irnos, cuando tú quieras dar la orden.
—Sí— contesto, pasando mis manos por mi cara, despabilándome por entero, para luego volverme hacia mi alterno —Vámonos de una buena vez— suspiro mientras que tiro al suelo la flor. Ya no hay nada que pueda hacer.
—¿Y eso?— me vuelve a interrogar mi segundo, haciéndome caer en la cuenta que la flor era muy real, si es que él era capaz de verla —¿De dónde la sacaste?
—De por allí— salgo al paso, escabulléndome hacia el jeep que está en el interior del almacén. Él no tiene qué saber lo que nos aguarda en Tokio 3.
Al siguiente día, sin conocer la existencia de la charla anterior e ignorando también el drama que vivía una de las figuras políticas y sociales más reconocidas de su época, en otro salón de las instalaciones de NERV, Ritsuko y Misato observan la batalla anterior, tomada gracias a múltiples cámaras en la ciudad, obteniendo así un sin número de vistas desde donde analizar el debut de la Unidad Z.
—Bien, muy bien— repetía la Doctora Akagi a cada toma de la grabación —Bastante bien, para ser la primera vez. La capacidad de combate del Eva Z sobrepasa en mucho a lo que esperábamos. Las mejoras genéticas y mecánicas que realizó el muchacho en una unidad Evangelion ordinaria son asombrosas— la grabación termina, pero no por esto la conversación debería hacerlo también, así lo creyó Ritsuko, permaneciendo en su asiento mientras continuaba el diálogo —En circunstancias normales, deberíamos alegrarnos de ese hecho, pero dada la situación tan comprometida en la que NERV se encuentra...
—Te comprendo— asintió Misato, que a diferencia de su compañera se puso en pie y se cruzó de brazos, con una expresión muy seria —Y es que si el Consejo de Seguridad ya ha visto esta grabación, y ya se dieron cuenta del potencial que tienen entre manos, es decir, con su propio equipo y personal, ¿para que querrían a NERV? Se ahorrarían mucho, eso sí.
—Quizás fue por eso que el Comandante Ikari salió corriendo a la junta que sostendría el Consejo en Berna, ¿no lo crees?
—Apostaría por eso— señaló Katsuragi, con una discreta sonrisa en los labios —Debe estar muy preocupado por no perder su trabajo...
—Cómo todos nosotros, necia— recalcó la científica —Cómo si no tuviera ya suficiente de qué preocuparme. Por ejemplo, está ese asunto de la sincronización del piloto con el Eva Z.
—¿Sigues con eso?
—¿Porqué todo mundo toma el asunto tan a la ligera? Es inaudito que pudiera alcanzar fácilmente ese nivel tan alto, en la primera vez que lo tripulaba… al igual que Shinji. El sólo sincronizarse a un nivel satisfactorio les tomó al Primer y Tercer Niño siete meses aproximadamente. Pero en cambio, el Segundo y el Cuarto Niño consiguieron un radio de sincronía de 100 y 48 por ciento, respectivamente, la primera vez que subieron a sus Evas. Pero la cosa no termina allí, sino que, por si no fuera suficiente, el piloto del Modelo Especial logró aumentar tres veces y medio su nivel de sincronización perfecta; poniéndolo en porcentaje, sería de un 350%. ¡La segunda cantidad más alta de sincronía alcanzada en el proyecto! También está esa capacidad de alterar y manipular a voluntad el Campo A.T de Eva… ¡Me está volviendo loca!
—Relájate, eres una chica lista… estoy segura que encontrarás la respuesta, como siempre lo haces… y también sé muy bien que cuando descubras que es lo que hace diferentes a esos dos de nuestros otros pilotos, hallarás rápidamente otra cosa por la cual obsesionarse y angustiarse…
—No lo sé con exactitud— pronunció Akagi ensimismada, ignorándola —Existen tantas variables a considerar… bien podría ser el sexo. Tal vez la presencia de los cromosomas Y tengan algo que ver. Probablemente también el ciclo menstrual intervenga en el desempeño del piloto a los mandos de una Unidad Eva. Sin embargo, creo que en el caso concreto de Kai existe un factor determinante en su habilidad para manipular tanto su sincronía cómo el campo A.T. del Evangelion, y me supongo que ya debes imaginarte a lo que me refiero. Y las consecuencias que este hecho desencadenará de seguir en su empeño.
—Sí, ya sé de lo que me estás hablando— musitó Katsuragi, cabizbaja —Pero cuando hablé al respecto con Kai fue muy tajante al aclararme que estaba decidido a llegar hasta el final, sin importar lo que pasara con él. Es su decisión, y por mucho que me duela, debo respetarla.
—Después de todo, cada quién debería tener derecho a elegir de qué manera morir, ¿no?
Con el alma hecha nudos, Misato ya no fue capaz de responder a aquél comentario de mal gusto, al recibir una inoportuna llamada en su celular. Al ver en pantalla quién estaba al otro lado del enlace supo que debía tratarse de algo que requería su inmediata atención.
—Aquí estoy, Hyuga— respondió el llamado, retomando el control de sí misma —¿Qué sucede?
—Siento molestarla, capitana, pero tenemos una situación en los accesos al cuartel que necesita ser atendida por usted lo antes posible.
—Entendido. Voy para allá…
—El deber llama, ¿no es así?— le dijo su acompañante, una vez que concluyó la conversación telefónica y la Capitán Katsuragi se retiraba, sin prestarle demasiada atención al estado que había provocado en ella —Descuida, seguiremos hablando después… ¡Oh, y hablando de la llamada del deber!
Decía esto al recibir de la misma manera una llamada que debía ser atendida sin demora, pues quien quería comunicarse con ella era ni más ni menos que el mismo Comandante Ikari en persona.
—¡Qué grata sorpresa, comandante! Espero que su viaje haya sido del todo satisfactorio… ¿qué tal están los Alpes suizos en esta época del año?
Ritsuko hizo una pausa, escuchando lo que Ikari tenía que decir. Casi enseguida respondió, carente de su entusiasmo inicial.
—Sí, ya veo. Sólo espere un momento, por favor— tapando con una mano el parlante de su dispositivo móvil, hubo de susurrarle a Misato —Parece que esto va para largo… luego te cuento, te veré a la hora del almuerzo…
La mujer de larga cabellera negra asintió con la cabeza y salió del cuarto a la brevedad. Una vez que se aseguró de estar sola, la Doctora Akagi retomó el hilo de la conversación, que debía ser lo bastante importante como para solventar el enorme costo de una llamada a celular desde Suiza hasta Japón.
—Ya no hay nadie cerca, señor. Lo escucho…
Al igual que en muchas otras ocasiones desde que había cambiado de residencia a la ciudad de Tokio 3, el joven Shinji Ikari se encontraba al borde de un ataque de ansiedad. Sólo que aquella vez no se enfrentaba a un sanguinario monstruo del tamaño de un rascacielos, ó a su cruel y poco amoroso padre. En esta ocasión, el enemigo a vencer era una simple hoja de papel bond de 25 gramos tamaño carta. Su arsenal consistía en la veintena de preguntas de opción múltiple que lo harían reprobar el periodo si es que acaso fallaba en su intento por acertar a contestar correctamente la mayoría de ellas.
Hasta ese momento la balanza se inclinaba desfavorablemente hacia el lado contrario. Si bien no era tan mal estudiante, el haber reanudado sus estudios a mitad del curso y las constantes faltas debido a su actividad como piloto de Evangelion comenzaban a cobrarle factura. Así que por más que se mordiera los labios ó mirara hacia el techo en busca de respuestas, jamás las obtendría. Había solamente una solución a su predicamento, aunque no fuera del todo de su agrado.
"Preguntas 3, 8, 15…" especificó mediante ese extraño sistema de señas supuestamente indetectable que inventó Kensuke, específicamente para su uso durante los exámenes. Se había mostrado renuente a utilizarlo porque, haciendo aparte el escabroso conflicto moral que implicaba hacer trampa durante una prueba académica, las respuestas las obtenían en su totalidad de la vasta sapiencia y buena voluntad del Doctor Kai Rivera, presente en aquél salón como una codiciada balsa en un naufragio en aguas heladas. De tal modo, solicitar su ayuda era como claudicar frente a su supuesto "rival", evidenciando aún más su inferioridad intelectual. Y aunque no era muy orgulloso, tratándose de Kai le disgustaba sobremanera cualquier concesión que le otorgara.
"A, D, B…" le respondió Katsuragi casi enseguida, mediante las mismas gesticulaciones convenidad previamente. Si aquello le causaba alguna satisfacción, su rostro y actitud ecuánimes no lo reflejaban en absoluto.
Apenado, Shinji agradeció la ayuda y volteó hacia la hoja en su pupitre, jurándose a sí mismo que sería la última vez que haría algo como eso. A su entender, sólo los rufianes hacían trampa y los rufianes siempre acababan mal.
Por su parte Rivera estaba despojado de aquella clase de remordimientos. Aún a pesar de que estaba exento de presentar cualquier clase de pruebas, estuvo dispuesto a realizar aquél dichoso "examen final de periodo" más que nada porque su presencia ayudaría a que muchos de sus compañeros mejoraran sus notas. Había estado pensando en lo que le había dicho Ikari, acerca de cómo se distanciaba de aquellos chiquillos, y aunque abiertamente declarara su falta de interés en cuanto a la opinión que todos ellos pudieran tener con respecto a su persona, lo cierto es que tampoco quería ser el apestado del grupo. Por tal motivo fue que accedió a desperdiciar tres minutos de su vida en llenar aquella parodia de evaluación escrita, a la que hasta se había dado el lujo de corregir la sintaxis en uno de los planteamientos que se les hacía. A partir de entonces sólo se había dedicado a repartir las preciadas respuestas a todo aquél que se lo solicitara.
Miró de nuevo hacia hilera de asientos pegada a la ventana, a lado de él, reanudando su labor favorita siempre que estaba en la escuela: la minuciosa y hasta ferviente contemplación de Rei Ayanami, quien contestaba tranquilamente la prueba a diferencia de la mayoría de sus condiscípulos; a decir verdad ella y Hikari eran las únicas que no habían requerido de su asistencia durante el tedioso transcurso de aquella prueba.
Rei era la única razón por la que estaba dispuesto a desperdiciar cinco horas de su preciado tiempo cada mañana, de lunes a viernes; tan sólo por tener la oportunidad de estar más tiempo a su lado, aún cuando Ayanami le negara cualquier atención durante todo ese lapso. Por ella podía soportar de forma religiosa todo aquello y mucho más castigo, si es que era necesario. Ella, y sólo ella era lo único que existía en el mundo en esos momentos, poniendo de manifiesto lo enamorado que se encontraba. Sus heridas ya estaban sanando, por fin. Ya le habían quitado la gasa de su ojo derecho, dejando ver la peculiar belleza de éste. Y dentro de algunos días le quitarían también el yeso del brazo.
—Dios, hasta su manera de mover el lápiz es encantadora, ¿no?— pronunció melosamente el enajenado muchachito, sin importarle que todos pudieran escucharlo.
—¡Guarda silencio!— susurró Toji en tono apremiante, unos cuantos asientos detrás —¡Vas a arruinarlo todo!
La única respuesta de Katsuragi fue la exhibición de su dedo medio, sin despegar la vista de la chiquilla de ojos rojos y corto cabello azul claro. Se daba a la tarea de examinar toda la anatomía de su bien amada. La recorrió con la mirada una y otra vez, enfrascado en la belleza celestial, según él, de la muchacha. ¿Cómo fue posible que se desarrollara a tal grado en un convento? En realidad la respuesta carecía de la menor importancia, lo único que importaba es que estaba ahí en esos momentos, junto con él, y eso nadie se lo podía quitar.
Una vez concluida satisfactoriamente la jornada escolar, los jóvenes pilotos emprendieron rumbo a las instalaciones de NERV, igual que lo habían estado haciendo durante los últimos días, lapso durante el cual habían instaurado una especie de protocolo ceremonial para efectuar su trayecto. Cada cual caminaba a cierta distancia del otro, sin aproximarse ni alejarse demasiado entre ellos, únicamente manteniendo una prudente lejanía que les permitiera mantenerse a la vista. Rei iba primera, seguida incansablemente por Kai y hasta en la última posición se encontraba Shinji. A éste le parecía una tremenda estupidez todo aquello, pues si todos se dirigían al mismo lugar no pasaba nada si caminaran juntos hasta su destino. No obstante pronto recordó el tipo de personas con las que estaba lidiando, quienes no eran precisamente la encarnación del sentido común ó de las convenciones sociales aceptables.
De tal suerte, los tres jóvenes continuaban su andar caminando sobre la desierta acera, mientras el cálido y afectuoso sol los saluda con sus rayos en sus espaldas, calentándolos y disipando el gélido fresco de la mañana, dando paso al caluroso mediodía. No había ni una sola nube en cielo que amenazara con opacar aquel brillante y hermoso día.
El ambiente parecía reflejarse en el estado de ánimo de Rivera, que traía una sonrisa dibujada en el rostro desde que salieron de la escuela; ora juega con una lata, ora se dedica a recoger cada volante que encuentra en su camino ó simplemente tararea una canción, moviendo sus dedos en el aire para tocar una guitarra y baterías imaginarias, pero tal parecía que no podía quedarse quieto en un solo lugar, moviéndose por todos los alrededores tal cómo una especie de espíritu chocarrero. Lo cierto es que estaba ansioso por poder quedarse a solas con Ayanami para que pudiera dejar su actitud fría y distante hacia con él y pudiera prodigarle sus cariñosas atenciones. Con cada paso que daba sabía que ese momento se acercaba.
Ikari lo observaba a la distancia con cierto recelo, aspirando al desdén. Sabía que a aquél muchacho razones le sobraban para manifestar aquél ánimo tan festivo. Entre las principales sin duda que figuraba lo bien que se había desempeñado en su primer combate a bordo de su Evangelion. Durante días enteros las personas en el cuartel no hacían más que hablar hasta el cansancio de cada aspecto y detalle minúsculo de aquél evento, cosa que comenzaba a fastidiarlo. Sentía que las odiosas comparaciones entre ambos comenzaban a surgir, y como Katsuragi se había autoproclamado como su "rival" lo más seguro es que estaría pensando en que le llevaba la delantera. Estúpido.
Todo el transcurrir de la última batalla lo había pasado a bordo del avión que transportó a su Eva de la ciudad hasta la línea costera y de ahí de regreso a la metrópoli. Y aunque no había visto las hostilidades con sus propios ojos, ninguno de los supuestos logros del Segundo Niño lo impresionaban. Antes bien, le enfermaba la fastidiosa actitud que desde entonces Rivera había adoptado, brincando y bailoteando de aquí para allá como un completo idiota.
Rei sintió entonces cómo unas manos la sujetaban por la cintura, para enseguida ser suavemente levantada unos centímetros por encima del suelo. Se trataba de Kai, quien al no poder contenerse más se decidió a sorprenderla con un fuerte abrazo por la espalda y darle un breve pero sustancioso paseo entre sus brazos, girando lentamente como si estuvieran en un carrusel. Era una acción muy atrevida, nada discreta, cómo le gustaba que fueran todos sus tratos con el muchacho, pero al observar la felicidad en el rostro de éste, de ésa del que sabe que ha encontrado al amor de su vida, por más que luchó y se contuvo, finalmente se rindió a la innegable sensación que crecía en su interior y una risa, aunque muy tenue y discreta, se escapó de entre los labios de la niña.
Así siempre era su relación. Rei tranquilizaba y extasiaba a Kai, mientras éste con toda su vitalidad, la contagiaba y la hacía sentirse feliz como nunca antes, la hacía sentirse realmente viva.
Shinji tuvo que recoger su mandíbula del piso debido a la anormal reacción de Ayanami a la acometida de su compañero de cuarto. Aquello le resultó increíble, ya que en sus anteriores encuentros, a simple vista Rei parecía carecer de cualquier clase de emociones, al estar siempre con esa misma expresión distante en su rostro. Pero ahora, mientras Kai la sostenía, ella parecía disfrutarlo, estar feliz con ello; en estos momentos parecía disfrutar de la vida por primera vez desde que la conoció, en aquel muelle de la Unidad 01. Eso le indicaba que lo que suponía desde días antes, que la aparente ausencia y melancolía que siempre reinaba en el semblante de la muchacha era una máscara, una barrera que utilizaba para cubrirse del mundo exterior, era correcta.
Mucho más extraño le resultó que pudiese existir algún tipo de relación entre esos dos, dado sus caracteres tan disímbolos uno de otro. Pero Kai no se permitiría tanta familiaridad con alguien que no estuviera dentro de su círculo. De hecho, con él se permitía ese comportamiento hace apenas unos cuantos días, una semana a lo mucho, a pesar que ya había pasado más de un mes desde que llegó a Tokio 3. No obstante, ellos dos ya eran pilotos desde mucho tiempo antes de que los conociera. Tenían historia antes de él. ¿Qué tipo de historia sería ésa?
—Ikari nos está viendo— susurró entonces la jovencita, reparando en la mirada acuciosa que les dirigía su compañero —Bájame, por favor…
—Discúlpame, es que cuando te veo me olvido de todo lo demás…
Obedeciendo en el acto, con suma delicadeza depositó a la muchacha sobre tierra firme.
Lo bueno es que por fin habían llegado a los cuarteles, cuyo acceso se ubicaba justo frente a ellos. Sin embargo, había algo marcadamente distinto en ellos, lo que robó la atención de ambos muchachos.
—¿Qué pasa? — pronunció Shinji una vez que se les unió, extrañado que sus compañeros detuvieran su andar.
—Eso— murmuró Kai a la vez que señalaba un punto— Mira...
La vista de su compañero se dirigió a la ubicación señalada, distinguiendo un grupo de personas vestidas con un verde oscuro bloqueando el ingreso. Se trataba de un cerco militar, instalado en todo el perímetro del cuartel general y en distintos puntos de éste. Observaba detenidamente esa decena de soldados en el cerco, revisando a cualquier vehículo ó persona que quisiera entrar. Cosa extraña, sin duda.
—¿Y qué es lo que vamos a hacer?
—Nada— pronunció Katsuragi, resuelto, mientras avanzaba con paso firme hacia los militares delante suyo.
Sin vacilar un instante, el niño se abrió paso entre los uniformados, seguido por los otros dos chicos, hasta llegar al cerco en sí, dónde un soldado le corta abrupta y amenazadoramente el paso.
—¿Qué quieren aquí, mocosos?— pregunta de forma tosca y violenta el militar,
Kai pasó del rudo interrogatorio y se dispuso a examinar a la persona delante de él.
Era un novato, cuando mucho un soldado raso, el cual no rebasaba los veinte años de edad. De estatura baja y cabellos color negro, de entre su boca desfilaban unas piezas dentales mal cuidadas. Era una minucia de persona que ofrecía un patético espectáculo de gallardía militar. Y lo más probable es que fuera tan inexperimentado cómo su apariencia lo indicaba. A lo mucho, tendría tres meses en servicio. ¿Entonces qué hacía en una operación de este tipo? Era bastante inusual que mandaran a novatos a cuidar la instalación más importante de NERV en todo el mundo, sea la razón que fuera. ¿Qué tramaba esta vez Ikari?
—¿Qué no me oíste, tarado?— volvió a cuestionar el soldado, aprovechando la corta edad de Rivera para insultarlo.
— Aquí trabajamos, G.I. Joe— expresó el niño con desprecio, mientras le pasaba su tarjeta de identificación. Luchaba por contenerse. "Después de todo, sólo está haciendo lo que sus superiores le ordenaron" pensaba, intentando mantener la calma "¿Cómo es que este adefesio puede imaginarse que los pilotos Eva son sólo chiquillos de catorce años?"
Frunciendo el ceño, el militar examinó de mala gana aquel pedazo de papel enmicado, y luego de dar una descuidada mirada a la tarjeta, prorrumpió:
—¡Tu credencial falsa no me impresiona, mocoso imbécil!— gruñó mientras arrojaba la tarjeta violentamente al suelo, al mismo tiempo que el jovencito la recogía serenamente y pasando del berrinche del novato —¡Ahora váyanse a jugar a otro lado, idiotas, si no quieren terminar en un calabozo!
Sin amedrentarse un ápice con el fuerte tono con el que se le hablaba, con una parsimonia inusitada, sobre todo tomando en cuenta las numerosas provocaciones de las que había sido objeto, Kai sustrajo de su bolsillo su celular, del que hizo uso de inmediato.
—Soy yo… ya estamos aquí, pero un payaso con uniforme no nos deja entrar… entendido, esperaremos…
—¿Estás hablándole a tu mamita, bebito? ¡Les dije muy claramente que se desaparecieran de aquí, cretinos!— el inexperto militarse encontraba con los ánimos encendidos, sobre todo por la constante actitud desafiante de Rivera —¡Hagan lo que les digo si no quieren que les vuele sus putas cabezas!
Complementó su amenaza al picarle la boca del estómago con la punta del cañón de su M-21 que portaba por encima del pecho. El muchacho retrocedió, sintiendo el frío metal al contacto con su piel, aún a través de su ropa. En esos momentos, aquella arma parecía aún más peligrosa en manos de ese tipo de persona, sin ningún tipo de criterio. Seguro que era de los que disparaban primero y preguntaban después.
—¿Crees que les tengo miedo a ti ó a tu pistolita, idiota? ¡Anda, baboso! ¡Dispárame, si es que tienes los güevos para hacerlo, soldadito de pacotilla!— rugió entonces el muchacho en el mismo tono —¡De seguro que ni siquiera sabes utilizarla!
—¡Eso mismo voy a hacer, pequeña sabandija!
La acalorada discusión entre ambos jóvenes fue interrumpida providencialmente por el incesante llamado de un teléfono ubicado en el puesto de vigilancia. Entre gritos y maldiciones, el soldado se abrió paso hasta él, desde donde cogió el auricular. De reojo continuaba observando a Kai, con ojos que parecían echar grandes bocanadas de fuego.
—Maldito imbécil, berrinchitos a mí...— murmuró Katsuragi, molesto por su parte, mientras se acomodaba su camiseta arrugada, al tiempo que sus compañeros se le unían— Pero ahorita mismo me las vas a pagar, desgraciado...
Los niños dirigen sus miradas hacia la caseta a donde fue a posarse el malhumorado novato. Éste, sentado, por fin logra comunicarse con su respectivo superior.
—Sí señor— pronunció el soldado —No es nada grave, señor, sólo tres pequeñas mierdecillas que dicen trabajar aquí, no pasa nada... Sí claro, espero— dijo mientras hizo una pausa y volvió a dirigir su rencorosa mirada hacia los niños, hasta que al fin contesta de nuevo su superior por la otra línea —Sí señor, continúo aquí. ¿Qué? ¿Cómo dijo? Sí, sí, enseguida... lo siento señor, no tenía ni idea, sí, sí... sí claro, le juro que no se volverá a repetir— concluyó espantado, mientras colgaba el teléfono, y con los ojos bien abiertos, se dirigía hacia dónde estaban los niños.
Su faz entera había cambiado completamente. En esos momentos estaba pálido, y sus ojos profundamente abiertos asomaban a todas luces su desesperación interior, mientras seguía caminando automáticamente por el camino, hasta encontrarse nuevamente con los chiquillos.
—Siento mucho este penoso incidente, Doctor Rivera— balbuceó mientras levantaba la baya que imposibilitaba el paso —Usted sabe cómo es este asunto de la seguridad, discúlpeme por mi actitud…
—Disculpa aceptada— pronunció el chiquillo entre dientes —Pero cuidado conque se vuelva a repetir, ¿entendido?
—¡Sí, señor, cómo usted diga!— asintió el novato, mientras los observaba alejarse. Extrañado, rendido y humillado cómo estaba, no tuvo más remedio que dejarse caer pesadamente en el piso y lanzar un profundo suspiro de alivio.
El niño dirigió una última mirada a aquel incauto soldado, lamentándose que en manos de ese tipo de personas estuviera la seguridad del cuartel. Se limitó a vocear a los cuatro vientos la ineptitud de aquel hombre, y de todos sus compañeros.
—¡Miserables!— ladraba fuertemente— ¡Nomás para eso sirven, ojetes! ¡Para estar fregando!
En realidad no se los decía a sus compañeros, sino a sí mismo, para ratificar el odio que les tenía a todos los grupos armados: el ejército, la policía, la guerrilla, el narcotráfico, los cascos azules, la Gestapo, en fin, todo grupo numeroso y armado era para él lo mismo, y todos tenían un solo propósito para él: flagelar a la gente indefensa, apoyándose en su gran numero y en sus enormes armas.
Pero a pesar de todo, el muchacho rápidamente volvió a recuperar su anterior humor, no dejando que aquél incidente le arruinara el día. No tardó mucho el pequeño grupo en encontrarse con Misato.
—¡Hola chicos! — saludó alegremente la militar, al darse cuenta de la presencia de los niños —Espero que no los hayan maltratado mucho, los chicos de allá afuera son algo… delicados…
—¡Schalom alekh hem...!— Rivera devolvió el saludo, con un antiquísimo saludo judío, que significa "La paz sea contigo". Todo esto con una enorme sonrisa en su rostro, y levantando la mano.
Todos los demás voltean muy extrañados, observando atónitos al niño. Éste, al darse cuenta, después de unos momentos, volvió a repetir el procedimiento, empleando otra frase, un poco más conocida.
—¡Qué onda!— pronunció alegremente, volviendo a levantar la mano y estirando considerablemente los labios.
—Hola...— murmuró Misato, continuando observándolo, atónita. Había veces que tenía que coincidir con la opinión de los demás: Kai podía ser bastante extraño.
—Eh… Misato— dijo Shinji, saliendo de su sorpresa — ¿Qué es todo ese relajo de allá?
—Es lo que me gustaría saber… apenas unos momentos recibí la notificación del emplazamiento de tropas a esta instalación— respondió la mujer, encogiéndose de hombros, mientras volvían a emprender el camino por los pasillos del cuartel —Aparentemente, todas las dependencias de las Naciones Unidas están en alerta máxima… seguramente alguno de los jefazos volvió a recibir un sobre con ántrax ó algo así… sólo eso basta para que desaten toda esta psicosis colectiva. Pero descuiden, que nunca dura demasiado, esos tipos se habrán ido cuando menos nos imaginemos…
—Siquiera se hubieran conseguido guardias de mejor calidad... ¿Qué, estos fulanos venían con descuento la docena?— preguntó sarcásticamente Kai a la par que la seguía.
Intentaba relajarse con ese tipo de comentarios, pero en realidad estaba muy inquieto por esa situación. Y es que no sólo era por el soldado en reciente servicio, todas las tropas que pudo observar cuidando la entrada acusaban el mismo problema: la falta de experiencia y organización. No le extrañaría nada que la mayoría fueran reclutas. No podrían repeler una auténtica amenaza. Y ese singular detalle debía tener su razón de ser, pero no podía imaginarse cuál. Algo muy grande se estaba tramando, y no tenía idea de qué era.
Detestaba eso.
El compacto grupo continúa su camino por los corredores, y al poco tiempo, el incidente es olvidado por la mayoría, por no considerarlo digno de recordarse. Para la mayoría, pero no para el joven Katsuragi, quien se mostraba aún muy mortificado al respecto. Y es que tenía un raro presentimiento, de esos infalibles, de que muy pronto algo desagradable, algo muy doloroso iba a suceder.
—Oye, Kai, ¿porqué esa cara?— preguntó Takashi, su alterno, notando su estado cuando apenas llegó a su cuarto de controles, en donde aún le aplicaban diversas pruebas a la Unidad Z —¿No dormiste bien, te caíste de la cama?
—No, para nada— respondió el infante, alzando la mano y cambiando repentinamente de gesto, para no demostrar más su aflicción delante de sus hombres —Nomás andaba pensando... ¿Viste a los monos que están en las puertas? ¿Qué estarán haciendo aquí, eh?
—Según tengo entendido, son gente nuestra...— contestaba el oficial a la par que checaba algunos datos en la tabla que tenía en sus manos.
—O sea, ¿de la O.N.U.?— interrogó el chiquillo de nueva cuenta.
—Así parece, pero no sé nada más al respecto— aclaró Kenji, desviando por un momento la vista de sus datos, para voltear con el niño, intrigado —¿Quieres decir que los jefes no te han entregado ninguna notificación al respecto? ¿No te dijeron nada, ni siquiera te avisaron?
—No hasta donde yo recuerdo— pronunció confundido el muchacho, deslizándose en una silla hasta llegar a su consola —Aún no reviso mi correo, que es por donde me envían mis instrucciones... déjame ver... — decía, desplegando en la pantalla el contenido de su buzón electrónico —No, no hay algo que se parezca a una notificación de despliegue de tropas, pero... ¿Qué diablos es esto?— consternado, leyó con atención el mensaje, parafraseando en voz alta —"Operación de cooperación mutua y de trabajo coordinado y conjunto con las fuerzas de NERV" ¿Qué clase de basura es ésa?
—¿Vamos a trabajar más de cerca con esta gente?— se extrañó también el japonés, mirando la pantalla por encima del hombro del joven —Qué extraño, y yo que pensaba que ya estaban a punto de disolver esta agencia.
—Y cómo no, si los malditos líderes estaban que se morían de la emoción apenas vieron la grabación del debut de Zeta. ¿Qué los hizo cambiar de opinión?— corroboró Rivera, cruzándose de brazos, con el ceño fruncido, observando detenidamente su consola, reflexionando. Conteniéndose por no estallar ahí mismo, hecho una furia. Eso sí, su buen ánimo se había disipado por completo —Simplemente no los entiendo— dijo apretando los dientes —¿Porqué construir una Unidad Evangelion y todo un departamento en torno a ella al margen de NERV, si a final de cuentas los de NERV se van a encargar de las operaciones? ¡Es absurdo! ¿Para qué diablos me hicieron venir aquí, en ese caso?
—Bueno, tampoco creo que les estén dando la dirección total de la Unidad Especial a los de NERV, tú leíste bien que se trata de "cooperación mutua y trabajo coordinado con las fuerzas de NERV"...
—No te dejes llevar por el nombrecito ridículo— repuso Katsuragi —No es más que una fachada. Por lo que leí entre líneas, puedo entender que en las hostilidades en contra de los Ángeles, el Eva Z se coordinará con los demás Evangelions de NERV, pero toda la maldita operación táctica correrá a cargo de ellos. En resumidas cuentas, a nosotros sólo nos permitirán guardar nuestro Eva y dejarlo bien limpiecito después de cada pelea.
—El Comandante Ikari quiere desquitar su sueldo, ¿eh?— comentó Takashi, volviendo, en lo que eran peras ó manzanas, a su labor —¡Oye! ¿No tendrá esto que ver con el viaje que hizo hace unos días a Europa? Acuérdate que la Junta de Seguridad se estaba reuniendo en Berna por esos días...
—¡Ja!— se mofó el chiquillo, levantándose de su asiento —No me extrañaría en nada que ese cretino haya ido a lamer unas cuantas botas para salvar su pellejo. Ahora que lo pienso, tiene bastante sentido. Sólo así me explico que conservara su posición y su puesto. Pero ya sabes cómo se las gastan en el Consejo, ellos nunca dan algo sin esperar nada a cambio.
—¿Las tropas de la entrada?— infirió Kenji.
—Podría ser— asintió el muchacho —Pero la pregunta sigue en el aire: ¿para qué?
—Al piloto de la Unidad Z, Kai Katsuragi, se le solicita en la sala de controles principal. Al piloto de la Unidad Z, Kai Katsuragi, se le solicita en la sala de controles principal— se oyó anunciar en el sonido local, interrumpiendo las cavilaciones del joven.
—Tal parece que la esclavitud da comienzo— pronunció, observando con mirada fulminante a las bocinas del techo —Aún así, pienso hablar con el Secretario muy seriamente de toda esta chingadera, es inaudito que esto esté pasando... — pronunció casi gritando al mismo tiempo que se dirigía a la salida.
—Al parecer, el Secretario te tiene en muy alta estima, ¿no es así?— preguntó su segundo, de espaldas a él.
—Óyeme, de algo tiene que servir ser el hijo del tipo que le salvó la vida, ¿no?— terminó diciendo al salir de la sala, cerrándose las puertas detrás de él.
Al llegar al cuarto de controles, se les da instrucciones tanto a Kai cómo a Shinji para la práctica de hoy: será la primera vez que hagan juntos el entrenamiento. El personal espera ver cómo será la sincronización entre los dos, en especial Ritsuko y Misato, quienes consideran muy importante para las batallas futuras el que estos dos se compenetren satisfactoriamente, y con justificada razón. Ya en nada importaba lo que Rivera tuviera que replicar al respecto. La gente de NERV le empezaba a sacar jugo a su acuerdo recién hecho desde muy temprano.
El breve alivio que Shinji sintió en los días siguientes a la primera aparición de la Unidad Z, se desvaneció por completo al recibir la noticia por labios de Ritsuko. Ahora se sentía nervioso y temeroso.
"Maldición" pensaba "Ya me esperaba algo así, pero, ¿por qué tenía que ser tan pronto? Ahora, de seguro él se encargará de las estrategias y de la mayoría de la responsabilidad. Al principio me sentía bien con eso, pero ahora que lo pienso, será mucho peor para mí. Antes, sólo tenía que cuidar de mí mismo, pero ahora también tendré que cuidar su espalda. Es mucha responsabilidad, no creo estar preparado todavía para trabajar en equipo, y mucho menos con este sujeto. Digo, ahora ya somos amigos y todo, pero eso no le quita ese carácter tan volátil que tiene. Se enoja con tanta facilidad. Nunca admite errores. Y siempre está esperando que uno dé su máximo esfuerzo en todos lados. ¿Qué pasará si me equivoco? ¿Si por mi culpa algo saliera mal? Ya me imagino cómo se pondría. Simplemente no estoy listo para su nivel, siempre está esperando tanto de mí; que acepte sus ridículos ideales de salvar a la humanidad, sin chistar, que sea desinteresado de mi propia vida, que no espere nada a cambio. ¿Cómo podría una persona hacer todo eso, por un montón de gente que ni conoce? ¡Es absurdo! Es una estúpida y arcaica moralidad, vacía y sin ningún fundamento. Que ni espere que yo me lance al precipicio junto con él, está loco." Ikari observa la aparente serena actitud de Kai mientras se encaminan a los vestidores. "Mírenlo, él nunca parece estar inseguro de nada, tiene nervios de acero y en su mente nunca hay lugar a vacilaciones. Siempre tan confiado y arrojado. De seguro ésa será su perdición, no lo dudo. Diablos, sólo obsérvalo, diario tan tranquilo. ¿En que demonios estará pensando?"
Kai, a pesar de las suposiciones de su compañero, se trazaba en su mente pensamientos no muy distintos.
"Esto no me gusta para nada" pensaba al tiempo que caminaba por los pasillos a lado de su compañero, en absoluto silencio "Cómo si no fuera suficiente arriesgarme la vida allá afuera, ahora también tendré que ser la niñera de este zoquete. ¿Y yo dónde quedo? Que Kai se vaya a la chingada, ¿ó no? Sí, está bien, ya somos amigos y todo eso, pero la verdad es que este tipo no es una persona de fiar. Por lo menos, yo no le daría la espalda. Esos dos combates que ha sostenido los ha ganado de pura cagada. Es lo único que tiene: suerte. Pelea sin disciplina, sin estrategia, sin valor. No tiene nada. Uy, espérense, que eso no es todo. ¿Recuerdan la pelea con el Tercer Ángel? Allí sí que estaba para dar miedo, el cabrón loco desgraciado. ¿Y si vuelve a perder el control de esa manera? Este fulano se deja llevar mucho por sus emociones negativas, es incapaz de canalizarlas cómo es debido. Es una bomba ambulante. Eso sí, yo no voy a pagar sus platos rotos. Y por si no fuera poco, se supone que debo confiar en él para cuidarnos las espaldas. ¡Ja, ja! Aún no se me olvida ese ladrillo que me arrojó el otro día. Yo soy un maldito, pero por lo menos no ataco por la retaguardia, siempre lo hago de frente, no cómo una sucia hiena traicionera. Cómo sea, la anterior vez estuvo muy cerca, demasiado. ¿Qué pasará ahora cuando tenga que cuidar de los dos? ¿Y cuando ya no tenga que cuidar de dos, sino de tres? Todos creen que soy algo especial, que puedo con todo lo que se me ponga enfrente… pero en el fondo, tengo miedo… que se equivoquen respecto a mí, que al final resulte que no soy lo que todos creen que soy. Mucha gente confía plenamente en mí, se sienten seguros porque creen que nunca voy a fallar, pero ¿Qué tal si lo hago? Los defraudaría. A Misato, Kenji, y a todas esas personas que han confiado en mí... ¿Qué diría Rei si fracaso? ¿Cambiará lo que siente por mí al verme así? De seguro el cabrón de Ikari y Ritsuko tendrían su excusa para echarme a patadas de aquí. Sí, me tienen miedo esos dos, porque saben que con un solo movimiento puedo arruinar sus viles planes... su futuro, su futuro está en mis manos, lo saben, y por eso me temen, y por eso quieren deshacerse de mí a toda costa... pero nunca lo lograrán, nunca lo conseguirán, soy demasiada cosa para esos dos ruines." Al darse cuenta que empezaba a divagar, se propinó un pequeño coscorrón en la cabeza. "Calma, calma amigo... estás volviendo a hablar contigo mismo... disipa todo esas dudas de tu cabeza, es sólo cuestión de que tengas más confianza en ti mismo... ten fe, ten fe... demuéstrales a Misato y a los demás que no están equivocados, nunca les voy a fallar, jamás lo voy a hacer…" Al recuperar su confianza habitual, el chico se da cuenta que su compañero tiene la mirada fija en él. "¿Y ahora? Me pregunto qué tanto me está viendo éste... ¿En qué cuernos estará pensando?"
Con sus respectivas dudas los dos pilotos alcanzan los vestidores, donde se quitan su ropa habitual y se visten con los trajes especiales de pilotaje ó "trajes de conexión". El traje se ajusta a sus cuerpos y de inmediato alcanzan los sincronizadores, un par de pequeños adminículos cuya utilidad era monitorear el nivel de sincronía entre piloto y Evangelion, mismos que los sujetan a su cabeza, en ambas zonas parietales. Por fin están listos, y de inmediato se dirigen a los muelles de abordaje de los Evas.
Antes de abordar sus máquinas guerreras, un empleado con una cámara fotográfica los detuvo en su andar.
—Por favor, una foto antes de que comience la prueba, muchachos— suplica éste.
—¿Foto?— pregunta Kai, extrañado por la repentina acometida.
—Pero... ¿Para qué?— interroga a su vez Shinji.
—Órdenes del comandante, quiere empezar a documentar las pruebas con imágenes también. Parte del archivo...— responde el empleado.
De buena gana, los muchachos aceptan, después de todo, es sólo una fotografía... así que de inmediato posan para el retrato, uno junto al otro.
El empleado ajusta la mira y oprime el flash del aparato. Una leve luz asola la visión de los muchachos durante un breve momento y enseguida la vista vuelve a la normalidad.
—Gracias, chicos— agradece el fotógrafo — Si no la consigo, de seguro mi superior me mata...
—No hay de qué, fue un gusto ayudar— Shinji se apuró a dispensarlo.
El sujeto hace una leve reverencia, y se aleja a paso moderado del muelle, ante la vista de los muchachos.
Cosa rara, notó Rivera. ¿Desde cuándo andaba Gendo haciendo una recopilación fotográfica? Tenía entendido que no le gustaban las fotografías. Además, no recordaba haber visto antes a ese empleado. Aunque claro, eso podía entenderse, en NERV trabajaban infinidad de personas, era imposible reconocerlas a todas. Pero qué curioso, a ése en particular sí debería reconocerlo: tenía acento latinoamericano, más específicamente, de México. Eran casi paisanos, y él conocía a los pocos empleados de ascendencia mexicana que había en el proyecto, la mayoría trabajando con él. ¿Por qué a éste no lo conocía?
"Ya cálmate, muchachote" se dijo a sí mismo, meneando la cabeza "Ya te estás haciendo un miedoso, un paranoico. Sólo un vejete senil desconfiaría tanto de todo."
Pese a la ansiedad inicial, la prueba posterior transcurrió sin algún contratiempo que valiera la pena reportar. Cada piloto se limitó a proceder en el ejercicio de sus funciones tal como se le indicaba y de tal manera no se vislumbraba que pudiera haber problema alguno en cuanto a la coordinación entre ambos.
Esa misma noche Rei Ayanami se disponía a dormir y dar por terminado su día. Hacía un rato que se había despedido amorosamente de Kai, percatándose que en cada ocasión le iba costando más trabajo el separarse de él. Pasar la mayor parte del tiempo a su lado fingiendo un desinterés total le estaba comenzando a desesperar, llegando al punto de cuestionarse a sí misma si no era momento ya para hacer a un lado sus manías y empezar a demostrar públicamente el afecto que sentía por él.
Se había puesto ya sus pijamas y apagado todas las luces de su pequeñísimo apartamento, solamente iluminada por la luz de una veladora que había encendido ex profeso en lo que terminaba de rezar su rosario de cada noche, hincada a un lado de la cama.
No es que fuera muy creyente para ese entonces, pero la fuerza de la costumbre que se le había quedado tras diez años confinada en un convento católico era bastante difícil de sacudirse. Así pues, era prácticamente imposible que conciliara el sueño sin haber rezado primero toda la letanía de aves marías y padres nuestros que constituían los cinco misterios del rosario a la Santa Virgen.
Aún así, durante las últimas fechas había encontrado que su concentración se veía turbada más seguido con las imágenes de Rivera que revoloteaban dentro de su cabeza, lo que seguramente le habría representado una severa amonestación de parte de las hermanas de la orden que cuidaron de ella durante la mayor parte de su vida. Aquellos pensamientos la avergonzaban en primera instancia, sintiendo que de esa manera traicionaba los cuidados de aquellas piadosas mujeres. Sin embargo, se le antojaba harto difícil el impedirle a su corazón saltar de emoción cada vez que pensaba en aquél tierno y locuaz muchacho de ojos verdes que tanto amor le prodigaba y que la hacía sentirse tan feliz siempre que estaba en su compañía.
Siendo así, envuelta en el fragor de esa batalla contra sí misma y su sentir, cuando escuchó su teléfono celular quiso hacer caso omiso de él. Pero tal resolución pronto la abandonó, pues sabía bien que solamente podía tratarse de una persona, y si es que le estaba hablando a esas horas debía tratarse de algo urgente. Y sabía bien que atenderlo en todo lo que necesitara debía ser su máxima prioridad, por encima de todas las cosas.
—Dígame, Comandante Ikari— pronunció con su voz robotizada, carente de toda emoción, al activar el aparato e iniciar la comunicación.
—Debes evitar cualquier clase de cercanía física con Rivera hasta nuevo aviso, aléjate de él lo más que se pueda. Empaca tus cosas para un largo viaje— indicó enseguida el comandante con su grave tono, demandante y sin dar resquicios a la discusión —Se han hecho arreglos para que tu clase se hospede a partir de mañana y durante toda una semana en unas cabañas de retiro en las montañas, a las afueras de la ciudad. Eso te hará más fácil evitar a ese bicho molesto. Estarán a quince minutos de distancia en helicóptero, por si llegáramos a necesitar su presencia.
—Pero…
—Descuida, si te llegas a sentir sola puede que el inútil de mi hijo te haga compañía, él también irá a ese viaje. Ante todo, es indispensable para tu seguridad que evites estar cerca de Rivera durante los siguientes días. Hago esto porque quiero evitar a toda costa que algo grave te vuelva a suceder. ¿Has entendido, Rei?
La jovencita de piel pálida y mirada escarlata se vio impedida, de momento, para responder. Y no era por su característica naturaleza calma y esquiva. Sentía cómo se le había hecho un enorme nudo en la garganta que le había dejado sin habla.
—¿Rei? ¿Estás ahí?
—Sí, señor. Comenzaré a empacar de inmediato— por fin atinó a pronunciar la jovencita, aunque con voz trémula.
—Eres una buena chica, Rei, sabía que comprenderías. Si todos los pilotos fueran más como tú no tendríamos todos estos problemas. Diviértete en las montañas…
Ikari dio por terminada la conversación, cortando abruptamente el enlace sin dar pie a cualquier clase de réplica.
Por su parte, Ayanami permaneció en pie durante largo rato, observando su teléfono celular en sus manos, el cual aún ni siquiera había colgado. Se mostraba incapaz de dar cauce al caudal de violentas emociones que bullían en su interior en aquellos momentos. Empero, su conflictuado estado de ánimo no se reflejaba en absoluto en su semblante. El único indicio que daba, quizás como un reflejo involuntario, era su labio inferior temblando inquieto sin parar. En esos angustiosos instantes le hubiera gustado ser un poco más como las otras personas. Dar rienda suelta a la rabia que sentía por dentro, detonada por lo que a todas luces parecía una tremenda injusticia contra su alebrestado corazón. Le hubiera encantado poder gritar hasta aquedar afónica, decirle al comandante que él no era nadie para impedirle estar con el gran amor de su joven vida, que los dejara en paz y que nunca más los volviera a molestar, que ellos dos se pertenecían el uno al otro y que si deseaban estar juntos nada ni nadie se los impediría. Eso, es lo que le hubiera gustado hacer, de ser un poco más como las otras personas.
Sin embargo, Rei Ayanami no era, para nada, como las otras personas. Por lo que solamente se limitó a permanecer de pie, cabizbaja y apretando los dientes, sosteniendo su dispositivo móvil con toda la fuerza de la que disponía, acaso como si quisiera hacerlo añicos con sus propias manos.
En otro distrito de la moderna urbe nipona, específicamente en el interior del departamento de los Katsuragi, el ambiente era completamente distinto. La emoción y ansiedad juvenil de una sorpresiva excursión escolar en puerta había hecho presa del trío de muchachitos que pululaban en esos momentos en dicho recinto.
—¡Aún no me la puedo creer que nos vayamos a ir de paseo por toda una semana a la montaña!— exclamaba Toji al borde de la locura, brincoteando de aquí para allá como mono frenético —¡Es demasiado genial para creerlo!
—¡Lo que es mejor, amigo: con todos los gastos pagados!— acotó Kensuke, para que entonces ambos efectuaran un sonoro choque de palmas por todo lo alto —¡Esa gente de NERV sí que es bastante generosa!
—¡Es nuestra merecida recompensa luego de sufrir toda una semana con esos exámenes finales, viejo!
—A mí me hubiera gustado que nos avisaran con más tiempo— refunfuñó Shinji, luchando con su valija para que todas sus cosas pudieran acomodarse —Todo lo relacionado a este viaje es bastante repentino… ¿dónde se ha sabido que de la escuela te avisen de una excursión a la montaña de un día para otro? ¿Qué no les parece raro?
—Te compadezco mucho, amigo Ikari— pronunció muy seriamente Aida, cruzándose de brazos —Debe ser muy difícil andar por ahí siendo alguien como tú, que no puede tomar las cosas buenas de la vida, por muy sorpresivas que éstas sean…
—¡Es verdad, muchacho!— sostuvo Suzuhara, sin detenerse un solo momento —¿Y qué si todo es muy imprevisto y extraño? ¡Es lo que hace aún más emocionantes estos viajes! ¡Limítate a saber que no tendrás que ir a la escuela durante una semana entera, y que en todos esos días nos daremos vida de reyes, con todos los gastos incluidos!
—Eso no lo niego, pero aún así…
—Tus amigos tienen razón, Shinji— lo interrumpió Misato de súbito, quien por algún motivo se apreciaba un poco apurada, quien sabe por qué —No es bueno ser siempre tan quisquilloso como tú, así nunca podrás divertirte… así que ahora apresúrate a empacar, que se hace tarde y no podrán dormir bien antes de irse…
—Ya sólo me falta mi cepillo de dientes y estaré listo, tranquilízate…
A la Capitán Katsuragi le hubiera gustado seguir el consejo del chiquillo, pero en cuanto escuchó la puerta abrirse a sus espaldas toda su encantadora humanidad se crispó por completo. Su gesto desahuciado, parecido al de algún truhán atrapado in fraganti cometiendo alguna fechoría, decía más que mil palabras y a la vez explicaba toda su anterior apuración.
—¿Y ahora porqué tanto escándalo, a quién están matando?— preguntó Kai mientras ingresaba a su morada, sorprendido por la inexplicable presencia de sus dos compañeros de clase —¿Y estos fulanos que están haciendo aquí, tan tarde? ¡Oh! ¿Acaso las nenitas tendrán una linda pijamada esta noche? ¿Se maquillarán y pintarán las uñas mientras hablan de los chicos de la escuela? ¿Quizás, al calor de sus copas de malteadas de chocolate, más tarde se decidan a ensayar besos entre ustedes? ¡Ja, ja, ja!
—¡Para nada, tipo! ¡Seguro que es lo que a ti te gustaría hacer!— repuso Toji en el acto, encarándolo —¿Qué no lo sabías? ¡Mañana mismo toda la clase nos vamos de excursión a la montaña! ¡En unas lujosas cabañas con aguas termales! El camión saldrá muy temprano en la mañana, por eso nos quedaremos a dormir con Kensuke esta noche, su casa está mucho más cerca… ¿Sucede algo… señorita Misato?
Misato se había puesto a espaldas del recién llegado, haciendo toda una serie de señas silenciosas para suplicarle a Suzuhara y a los otros que cerraran el pico, advertencia que obviamente el parlanchín chiquillo no había captado.
—Un viaje a la montaña… ¿toda la clase, dices?— pronunció Rivera, rascándose la barbilla con aire meditabundo —¡El bosque! ¡Sí, eso podría servir! ¡Tiene algo de romántico! Sólo imagínenlo: Rei y yo, dando largos paseos tomados de la mano, rodeados de naturaleza, disfrutando de tiernas veladas a la orilla del lago, al calor de una fogata y con la luz la luna… tendré que documentarme con mis mangas y animes para saber toda la clase de situaciones amorosas que se pueden suscitar en un escenario así, para aprovecharlo al máximo… ¡Más les vale a todos ustedes, palurdos, que nos den nuestra privacidad! ¡No toleraré que ningún mocoso imberbe esté merodeando por ahí, arruinando el ambiente! Claro que necesitaré llevar suministros, lo más importante de todo son los cigarrillos y la cerveza… si se portan bien conmigo, trío de lelos, puede que hasta les invite su primera cerveza. ¿Creen que nos tocará compartir la habitación? Se los advierto de una vez: dicen que ronco un poco, ¡je, je, je! ¡Shinji, ya casi no tengo ropa limpia, tendrás que prestarme de lo que lleves! ¿Toda tu ropa sigue siendo talla infantil ó ya tienes algo que pueda usar un hombre varonil y muy rudo, como yo?
En cuanto el entusiasmado muchacho se introdujo a su cuarto en busca de sus pertenencias Misato se apresuró en llevar a los otros confundidos chicos a la salida, organizando una precipitada y silenciosa huída.
—Será mejor que se vayan de una vez, diviértanse mucho y tomen todas las fotos que puedan, voy a querer que me las enseñen cuando regresen— les dijo en tono susurrante, empujándolos por la espalda con hosquedad —¡Los veré en una semana! ¡Adiosito!
Una vez que los hubo sacado del departamento se apuró en cerrar la puerta tras ellos, sin tiempo para dar explicaciones. Al mismo tiempo, el incauto Kai seguía reuniendo sus enseres para el viaje, parloteando sin parar, ignorante de la conspiración que se llevaba a cabo en su contra.
—¿Se puede saber porqué siempre tengo que ser el último en enterarse de estas cosas? ¡Capitán Katsuragi, ese es un grave error de su parte! ¡Por muy buenota que estés, la próxima vez que cometas un descuido así tendré que levantarte un acta administrativa! A quien trato de engañar… sabes bien que jamás podría enojarme contigo, ser una despistada sin remedio es parte de tu encanto… sólo recuerda que si no lo alimentas, Pen-Pen morirá… ¡Los pingüinos también necesitan comer, jovencita! ¡Listo, muchachos, vámonos! ¡Al infinito, y más allá!
Grande fue la sorpresa del joven al salir de su cuarto, con un pequeño pero bien provisto morral a sus espaldas, y darse cuenta que sus compañeros ya se habían marchado sin él.
—¿Es esto una especie de broma? ¿Amiguitos?— preguntó de forma lastimosa, mirando estupefacto a la sala vacía.
—Verás, corazón— pronunció su tutora, acariciándose los brazos con insistencia, evidentemente nerviosa —Con respecto a este viaje… la cosa es que… tú no irás…
—¡Oh, ya veo! Entonces… ¿no habrá viaje romántico a la montaña para Kai?— dijo Rivera, con los ojos bien abiertos pero extrañamente calmo y hablando de sí mismo en tercera persona.
—No…— contestó la beldad frente a él, cauta.
—¿Pero Shinji sí irá?
—Sí…
—¿Y Rei también irá?
—Pues… sí…
—¡Bueno! ¡Pues, ni hablar, así son las cosas, entonces!— exclamó el chiquillo en forma casual, encogiéndose de hombros y dejando en el piso su equipaje —¿Qué se le va a hacer?
—¡Exacto!— asintió Katsuragi más repuesta, gratamente sorprendida por la buena actitud que estaba demostrando el muchacho —Tengo que decir que me esperaba otra respuesta de tu parte, me da gusto ver que ya has madurado… ¡y yo que tenía miedo que hicieras uno de tus berrinches! ¡Ja, ja, ja!
—¡Claro que no, tontita! ¿Cómo crees que me voy a enfadar por que mi gran y único amor se vaya de viaje con un montón de niñatos calenturientos, y sobre todo, con el hijo de mi más acérrimo rival? ¿Cómo se te ocurren esas cosas? ¡Ja, ja, ja!
Los dos siguieron riendo de buena gana unos cuantos instantes más, incluso llegando a abrazarse en medio de su jolgorio. Fue entonces que el joven la soltó para sin más patear violentamente el morral en el piso, regando todo su contenido por toda la estancia.
—¡Me lleva la chingada, por supuesto que estoy encabronado!— rugió el chiquillo como lo haría una fiera herida —¡¿Quiénes se creen que son para estarme haciendo esas pendejadas?! ¡¿Por qué siempre tienen que estarnos fastidiando a los guapos?! ¡Esto es una injusticia, un atropello a mis derechos! ¡Me cago en todos, sólo quieren estarme haciendo la vida imposible y separarme de mi amada cosita linda de cabello azul! ¡Pero para que lo sepan, el verdadero amor lo vence todo! ¡¿Me oyes? ¡Todo! ¡Los odio a todos!
—¡¿Otra vez con tus fantasías de demente?!— dijo Misato mientras forcejeaba con él, impidiéndole que siguiera tirando muebles a diestra y siniestra. Conforme pasaban los años le costaba más trabajo contener los explosivos arrebatos de su protegido —¡Métetelo de una vez en tu cabezota, orate! ¡Nunca va a pasar nada entre Rei y tú! ¡Los dos son muy diferentes como para que funcione! ¡Ella no está nadita interesada, déjala en paz antes de que todo se haga espeluznante!
—¿Porqué nadie nunca me cree? ¡Ella me ama! ¡Hemos estado saliendo a escondidas todo este tiempo! ¡Justo ahora acabo de dejarla en su casa, fuimos a cenar juntos! Mira, si no me crees, aquí está la prueba, tomé una foto con mi celular…
Rivera mostró entonces la pantalla de su teléfono móvil, que mostraba la imagen de una contrariada Ayanami captada sorpresivamente cuando llevaba con sus palillos chinos un bocado de fideos hasta su boca.
—¿Lo ves, lo ves?— continuó diciendo el jovencito, bastante orgulloso de sí mismo —En ese momento me dijo que borrara esa foto, y yo le dije que lo haría… ¡pero mentí! ¡Esta es la prueba contundente de nuestra fogosa y tórrida relación! ¡Las imágenes no mienten!
—Dios… mío… no puedo… no puedo creerlo…— musitó Katsuragi, pálida como una hoja de papel, apenas con un hilo de voz —¿En qué momento… en qué momento…? ¡¿Te convertiste en un pervertido acosador?!
—¡Exacto! ¿Eh? ¿Qué? ¡¿De qué estás hablando?! ¡Claro que no! Yo sólo…
—¡Aaah! ¡Eres un asqueroso, no me toques!— estalló Misato cuando Kai hacía ademán de querer sujetar su mano, comenzando a correr en círculos por toda la sala —¡Auxilio!
—¡Ya basta! ¡Sólo quiero me digas porqué putas me tengo que quedar aquí mientras todos los demás se divierten de lo lindo con mi novia!
—Querrás decir, tu novia imaginaria— dijo burlonamente entonces la capitana, haciendo una pausa en su carrera.
—¡Arrgh! ¡Eres imposible, no se puede razonar contigo!— renegó Rivera, lanzándole un cojín, que la mujer no tuvo problema en esquivar.
—A decir verdad, a mí también me sorprendió mucho esto del viaje y de que no pudieras ir. Pero aunque no lo creas, la mismísima Doctora Ritsuko Akagi ha solicitado específicamente tu asistencia para la elaboración de un protocolo y mecanismo para la conservación y manejo de los restos de los ángeles.
—¡Sí, claro! ¡Ahora cuéntame una de vaqueros!
—¡Es verdad! Sabía que no me lo creerías, por eso hice que grabara este mensaje exclusivamente para ti…
La Capitán Katsuragi sacó entonces su celular, que comenzó a reproducir la voz de Akagi:
"No me obligues a hacer esto, por favor…" decía ella, exasperada. "¡Sabes mejor que nadie que si no lo haces, jamás me creerá! ¡Anda, sólo dilo!" respondió Misato, para que luego Ritsuko continuara. "Doctor Rivera… necesito que me auxilie, con su intelecto superior, para crear un dispositivo que nos permita almacenar indefinidamente las muestras que obtengamos de los cuerpos de las criaturas designadas como Ángeles, así como también para la instauración de un procedimiento que podamos seguir paso a paso siempre que se presenten este tipo de eventualidades…" La científica calló en ese momento, como si las palabras se atoraran en su boca, por lo que Katsuragi tuvo que volver a presionarla. "¿Y, qué más? ¡Vamos, es lo único que hace falta!" Hubo un momento de silencio, donde uno hubiera llegado a pensar que la grabación había terminado, pero al cabo de unos instantes la voz de Akagi resurgió, aunque lánguida y seca. "Ayúdame Obi Kai Kenobi, eres mi única esperanza…"
—¡Vaya! ¿Qué te parece?— pronunció el muchachito, una vez concluido el mensaje —¡Si está tan desesperada para rebajarse de ese modo, tal parece que esa tipeja sí necesita de mi ayuda, después de todo! ¿Pero qué no se le iba a pagar a Tatsunoko-san una pequeña fortuna para que hiciera todo eso?
—Tatsunoko Corporation se encargará de la parte logística y operativa de todo el proceso, pero se necesitará que ustedes le proporcionen un protocolo con todas las especificaciones técnicas a seguir, según las propiedades de los tejidos a conservar.
—Pues a mí me sigue pareciendo una gran estafa— repuso Rivera —Además, ¿porqué tendría que estar dispuesto a sacrificar toda una semana de descanso en un paraíso campestre, sólo para hacerle la vida más fácil a Ritsuko?
—Piensa en ello como en otra ramificación del acuerdo de cooperación recién establecido entre las Naciones Unidas y NERV. Te la pasas presumiendo todo el tiempo que no eres un simple piloto, así que tu puesto como Director Encargado de la División de Naciones Unidas para el Combate contra Entidades de Destrucción Masiva te confiere muchas más responsabilidades. Ésta, precisamente, es una de ellas…
—¡Tal es mi suerte! ¡Muchas han sido las veces en que este don mío más me pareciera una maldición!— se lamentó el muchacho con actitud teatral ensayada, tapándose la cara con el brazo, fingiendo que se lamentaba —¡Ay, de mí! ¡Y aún así, tengo que proteger a aquellos que me odian y me temen!
—Intenta darle un enfoque positivo a la situación— lo instó Katsuragi, sacando una baraja de naipes que comenzó a descartar —Piensa que tendremos toda una semana para divertirnos nosotros solos, como antes de que viniera Shinji… podemos hacer todas las cosas lindas que no podemos hacer cuando está ese mojigato por aquí… bebidas, tabaco y juegos… ¿no te apetece jugar póker de prendas? ¡Sabes bien que te encanta!— el cándido guiño que le dedicó aquella belleza hubiera arrancado un suspiro incluso al más indolente.
Sin embargo, el apesadumbrado joven la ignoró por completo, dándole la espalda mientras se dirigía al refrigerador.
—No, gracias, no creo estar de humor para eso— dijo, arrastrando sus palabras y sus pies de vuelta hasta su habitación —Me llevo un seis de bien heladas a mi cuarto, lo voy a necesitar. Hasta mañana…
En cuanto el muchacho cerró la puerta, del interior de sus aposentos comenzó a escucharse el murmullo de una lenta y melancólica balada interpretada por él mismo, auxiliado por su guitarra:
"When your day is long and the night
The night is yours alone
When you're sure you've had enough of this life, well hang on
Don't let yourself go
Everybody cries and everybody hurts sometimes…"
—Este chico siempre tiene que ser tan dramático— pronunció Misato para sí misma, encendiendo un cigarro, sentada a la mesa mientras acomodaba las cartas para jugar solitario —Parece que tendremos otra de esas noches de sólo música deprimente…
En los días que se sucedieron, varios empleados de NERV habían empezado a ausentarse inexplicablemente, y mientras que el número de desaparecidos aumentaba, había quien aseguraba haber visto moverse maquinaria pesada en los alrededores, al filo de la madrugada. Todo aquello se tomó cómo un mero y llano rumor, aunque, no obstante, la situación se tornó más pesada y tensa entre todo el personal. Se les recomendaba entrar y salir de las instalaciones en grupos.
Ya era muy noche cuando estaban terminando de hacer el bosquejo del plano del Cuartel General de NERV, trazado de acuerdo a las descripciones que les habían arrancado a base de barbáricas torturas a los empleados secuestrados, para después pegarles un tiro en la nuca e irlos a arrojar en parejas al desierto que antes fue la zona urbana del antiguo Tokio. El Comandante Chuy no lograba pasar por enfrente de la puerta de aquel cuarto miserable sin iluminación sin que la carne se le pusiera de gallina. Allí, dentro de ese cuartucho sin ventanas, sin ningún tipo de ventilación, amarrados de pies a cabeza a una silla, amortajados y maniatados, uno de sus hombres más robustos y hoscos les arrancaba a la gente que tenían secuestrada cualquier información que fuera útil acerca de su lugar de trabajo. Todo se valía: golpes, tortura psicológica, asfixia, mutilación, choques eléctricos, violación, clavos ardientes en las uñas, agua mineral en la nariz...
Cuando a través de la puerta escuchaba vagamente los gritos de dolor y de agonía, meneaba la cabeza y sólo se podía a repetir a sí mismo que el fin era el que justificaba los medios. Ojalá que algún día aquellas pobres almas pudieran perdonarlo por todos los horrores que había perpetrado, según él en aras de un mejor mundo.
De nueva cuenta, por segunda vez desde que había llegado a aquél país, hizo de lado de todas las reglas elementales para su seguridad y la de su misión, saliendo del apartamento al balcón de afuera. Sacó la pipa de madera, y también la bolsita en dónde guardaba su tabaco. Con pena, se percató que ya era lo último que le quedaba de su provisión. Con pesadumbre, tiró la bolsa ya vacía al piso, fumando su última porción de aquella planta que tanto le gustaba. Miró hacia el horizonte, y en lugar de encontrar el funesto mar, encontró las luces apagadas de una ciudad muerta que se extendía a sus pies. Porque una ciudad sin habitantes es una ciudad sin vida. Y Tokio 3 era el cadáver de lo que alguna vez había sido un populoso centro urbano. Ahora, la gente había escapado, sino es que estaba enterrada bajo los escombros de los edificios destruidos.
Dirigió la vista al centro, a aquellos rascacielos que emergían sólo de noche y que cuando percibían algún peligro volvían presurosos a ocultarse bajo tierra. Pero había visto esa zona en el día, cuando esos tímidos edificios se escondían y dejaban al descubierto la devastación de la que fue objeto la zona céntrica de la ciudad, convertida en una auténtica zona de desastre. Era impresionante tanta devastación, incluso para un hombre belicoso cómo él resultaba sorprendente la destrucción que había presenciado. ¡Qué tremendo potencial para la devastación tenía esa nueva arma! Parecía que una enorme bomba había detonado en esa zona.
Ahora sabía que bajo del suelo que pisaban, debajo de la superficie se escondían las instalaciones de esta nueva agencia de las Naciones Unidas, de NERV, conocidas con el nombre de "Geofrente". Qué nombre. Pero también ya sabía que, en ese caso, la longitud y extensión de ese complejo debía ser considerable. Y sabía muy bien que de ser así, sería imposible sitiarlo con los pocos hombres de los que disponía. Cada segundo que transcurría lo acercaba más al segundo en el que moriría. De todos modos, debía seguir, ya era muy tarde para echarse para atrás. Cerraba los ojos sobresaltado, cada vez que escuchaba la detonación de la pólvora desde aquel cuartito, anunciando una muerte más. Pronto, pensaba, pronto sería su turno.
Recordaba cómo era todo al principio. La victoria parecía algo tan cercano, casi la podías acariciar con la punta de los dedos. Ahora era una vana visión, producto de la borrachera de anoche, que se diluía cuando corrías hacia ella. Cómo deseaba ser capaz de retroceder las agujas del reloj y regresar a aquellos días tan iluminados, con la voluntad fresca y los ideales intactos, grabados fijamente en el corazón. En la plenitud física y psíquica, y no la burla que era ahora. ¿Te acuerdas cómo era todo en esos días? Parecía tan fácil triunfar sobre la pobreza y la injusticia, que con sólo buena voluntad y la ayuda de tus amigos en verdad lograrías cambiar el mundo. Eso nos hizo arrogantes, a veces hasta descuidados. Fácilmente podíamos olvidar la razón por la que luchábamos, aquellos por los que nos quisimos oponer al régimen. Una delgada línea era la que nos separaba de convertirnos justamente en contra de lo que peleábamos. ¿Qué fue lo que cambio? El Mundo. El Mundo fue el que acabó cambiándonos a todos, junto con él. ¿Será verdad? ¿Será verdad que ya no somos de utilidad? ¿La gente ya no anhela la tan preciada libertad? ¿De veras les gusta ser esclavos, sometidos bajo el yugo del tirano? ¿Un hombre jamás podrá ser libre del todo, estando encadenado de por vida a su frágil condición humana?
Aunque fuera cierto, poco importa. Debo actuar de acuerdo a mi naturaleza, de acuerdo a lo que mis creencias me dictan. Debo hacer lo correcto. Debo cumplir con mi deber. Deber. La sola palabra ya implica obligación, ya impone una condición que te despoja de tu libertad natural. Claro que ésta reside en decidir si la llevas a cabo ó no. Qué cruel, ¿no? Al final, seguí siendo un esclavo, nada más. Tal cómo empecé.
¿Recuerdas, Pepe, esos tiempos? Todos creen, desde los intelectualoides de revista a los altos jefes militares de las potencias mundiales, que mi movimiento comenzó ese 7 de Enero de 1994, en la Selva Lacandona del estado de Chiapas, en nuestro país. Que después mis diferencias con la dirigencia de ese movimiento en particular me hizo abandonar sus filas, para recorrer las zonas de conflicto mundiales, desde Colombia hasta Indonesia, para luego trasladarme a los Balcanes, y luego a Palestina, donde participé activamente en el conflicto contra Israel. Pero entonces, sucedió el Segundo Impacto. Y toda la perspectiva cambió. Entonces me involucré aún más en la lucha. Encabecé mi propia contraofensiva en contra de los constantes expansionismos de los nacientes imperios, que a su paso anexaban los territorios que conquistaban, lo cual les resultaba bastante fácil debido a la falta de una auténtica fuerza que les hiciera frente. Pensé que yo podía cambiar eso, y hubo un tiempo en el que efectivamente, pensé que lo estaba logrando. Combatí por todo el globo contra las fuerzas Aliadas, contra el avance de las Naciones Unidas, en contra de sus Cascos Azules en diferentes países que querían anexar a su creciente imperio. Prácticamente les arrebaté de las manos el Medio Oriente a los chinos y a los rusos. Lo mismo a los franco-alemanes, en África Central. Mi mayor logro fue quitarles lo que quedaba de Sudamérica a los pinches gringos. Sin embargo, en el momento decisivo, en la batalla que estaba destinado a pelear desde que había nacido, en la que liberaría mi propia tierra de sus garras, para siempre, y me levantaría cómo el máximo héroe de mi patria, fracasé. No pude liberar el suelo mexicano de su férreo dominio, y fui repelido con suma facilidad en la península de Yucatán. A partir de ese día todo se vino cuesta abajo, hace apenas un año; lo peor vino hace dos meses, cuando él… el Doctor… se apoderó de nuestra lucha, trastornándola, corrompiéndola… hasta que acabé aquí.
Toda esa basura es la que te dirían ellos, si les preguntaras cómo fue que me convertí en lo que soy ahora: en un caduco estandarte de rebeldía. Porque, quieras ó no admitirlo, me he convertido en una figura a nivel mundial. En un líder de masas, lo que tanto había anhelado desde mi juventud. Irónicamente, se venden miles de tiliches en todo el planeta con mi imagen: camisetas, tazas, capuchas, muñecos, pipas... Los universitarios cuelgan pósters míos en sus cuartos, encima de la cabecera de su cama, compran mis biografías y diarios, produciendo un negociazo para esos bastardos oportunistas poca madre. Hijos de perra, a mí no me toca nada de las cuantiosas ganancias que obtienen al vender mi efigie. Aunque claro, el dinero nunca me ha importado mucho, y eso tú bien lo sabes.
En parte, todos esos estudiosos tienen razón, pero sólo en parte. Una de las cosas en las que se equivocan es en decir que mi lucha surgió ese 7 de Enero en Chiapas, México. Quizás para ellos así sucedió, pero no para mí. No, no fue en la selva dónde comenzó todo. Fue a miles de kilómetros de allí, yendo al occidente. Empezó en la jungla de concreto y asfalto, en las transitadas calles de la ciudad de Guadalajara, no cómo éstas de aquí. En la Colonia Oblatos, un barrio de clase media baja (aunque eso de la clase media alta ó baja no es más que un espejismo, sólo hay de dos sabores: ó eres rico ó eres pobre, no hay más), hogar y refugio para pandilleros, alcohólicos, dementes, drogadictos, prostitutas, ladrones de autos, traficantes… y lo que quedaba de la Liga Comunista 23 de Septiembre en nuestra región. Pero también habitaban en él gente honesta y trabajadora, gente que sudaba de sol a sol en sus jornadas de trabajo, gente que luchaba por sobrevivir en una vida llena de peligros y tentaciones, gente que hacía lo imposible por conseguir el pan para su prole y su compañera, que con su trabajo digno y honrado intentaba por todos los medios posibles levantar la calidad de vida de su familia. Siempre admiré ese espíritu, nacido por la necesidad misma, pero de todos modos, la gente no se rendía, la gente, los verdaderos habitantes de la colonia, y no sólo de ésta, sino de la ciudad entera peleaba sin cesar en contra de la adversidad, gastándose su vida entera en ello. Y no sólo en la ciudad, ó el país, sino en todo el mundo, cómo después pude constatar. Miles de millones trabajaban afanosamente mientras unos cientos de güevones hijos de la gran puta capitalista vivían de su esfuerzo, dándose una vida próspera y despreocupada.
Pero todo eso tú ya lo sabes, ¿no? Porque estabas conmigo, en esos tiempos, siempre a mi lado, codo a codo. Inseparables, cómo siempre había sido. Corría el año de 1990. Mi padre, el teniente de infantería Salvador Rivera, hacía ya cinco años que había muerto en el terremoto, allá en el Distrito Federal. No nos dejó algo a nosotros ni a mi madre, salvo una modesta pensión del Ejército Mexicano, que sólo nos costeaba para una casita en la Oblatos. Mi madre tuvo que conseguirse un empleo que le redituaba un raquítico salario mínimo, suficiente para poder sortear nuestros estudios, y eso que asistíamos a la Universidad de Guadalajara, institución pública y por lo tanto gratuita; ni pensar en estudiar en una de esas escuelas en dónde te enseñaban a ser ejecutivo ó presidente de empresas, cómo la Autónoma ó la Panamericana.
En esos tiempos teníamos quince años, apenas estábamos en preparatoria. Aún nos quedaba mucho kilometraje por recorrer. No cómo a ese junior que nos agarramos de bajada. ¿Te acuerdas de ese cabroncito? Ese día, por la tarde, más ó menos a eso de las seis, jugábamos futbol en la calle, con todos los compas del barrio, entre ellos el Óscar, que tan buen compañero ha resultado ser, ó el Dani, ese pobre güey que nos acaban de tronar estos asesinos de mierda, allá en la tierra.
Entre correrías y disputas por el balón, apenas si alcancé a ver al Jaimito, el chamaco de cuatro años de Doña Chabelita, la vecina de enfrente, que a veces le prestaba dinero a mi mamá y nos regalaba tamales de carne y elote, cuando hacía. Al pobre escuincle se le había ido el trompo con el que jugaba a la calle. Y aunque su mamá le tenía estrictamente prohibido bajarse de la banqueta, Jaimito pensó que no habría mayor problema, pues no había ningún carro a la vista. Con esa premura que caracterizaba a los chiquillos de su edad, bajó cuidadosamente la banqueta y se agachó para recoger su juguete. Niño simpático, con ángel, cachetón y prietito, despeinado y con la cara llena de mugre. Hermoso el parvulito. Pobrecillo. No contaba con que los dueños de la calle, y no sólo de ella, al parecer también de nuestras vidas, aparecerían de súbito para reclamar lo que les pertenecía.
Un rugido de un poderoso motor se escuchó de repente, y pasándose por el arco del triunfo ese enorme letrero desgastado pintado en la calle que decía "ALTO", el chofer del automóvil hace una curva muy pronunciada, quemando llantas y todo. Si de por sí el Jaimito era bien chaparro, una morusa, ya de plano ni lo iba a ver con esos lentes oscuros que traía puestos y el puto estéreo a todo volumen. "Corro, vuelo me acelero para estar contigo y encender juntos este fuego del amor, fuego del amor, sólo para estar junto a tiiiii... junto a tiiii..." Pobre niño. Lo último que escuchó fue una pinche canción de Timbiriche. ¡Puta madre, de Timbiriche!
Cómo una muñeca deshilachada, así salió volando Jaimito después de que la defensa del coche golpeó a toda velocidad su cabecita, que se rompió al igual que una nuez, ante mis ojos. Con seco rumor cayó de nuevo al pavimento, fracturándose en el proceso varios huesos más. Su sangre pronto regó la portería que habíamos marcado con unos ladrillos. Pero no acabó ahí. De ser así, tal vez se le hubiera perdonado al conductor, después de todo, había sido un terrible accidente, bastante lamentable, pero accidente a final de cuentas. Sólo que el muy desgraciado no pensaba en eso, sino en el escándalo que se iba a hacer si la familia del chiquillo quería que él corriera con los gastos médicos, y eso si el infante lograba sobrevivir. En ese caso, al cabrón se le hizo muy fácil poner su carro en reversa y volver a pasar una vez más por encima de Jaimito, para rematarlo y darse a la fuga. ¡Qué pendejo! ¡Qué pendejo! Nomás de acordarme me hierve la sangre, tanto por la crueldad que demostró al quitarle la vida a un ser indefenso, cómo por su increíble estupidez.
Pero ésa había sido la gota que derramó el vaso. En ese momento, toda una vida, toda una historia de abusos y vejaciones explotó dentro de mí. Esclavistas y esclavos. Señores Feudales y siervos. Patrones y obreros. Ricos y pobres. Adinerados y desposeídos. Siempre había sido así. Unos pocos controlaban el destino de millones. Unos pocos decidían quién vivía y quien no. Alguien tenía que ponerles un alto a todos esos hijos de perra, de una vez por toda. Presuroso me apunté para la tarea.
Me fui corriendo detrás del rastro de sangre de las llantas, contigo siguiéndome de cerca. Y al parecer hubo una reacción parecida en los demás, porque en un momento ya estaban todos detrás de nosotros. Qué movilización tan eficiente. Conocíamos tan bien las calles de la colonia que encontramos una forma de cortarle camino al maldito ése, por entre las casas, y darle alcance en la Calzada del Obrero, a unas veinte cuadras, que a esas horas pico ya andaba bastante transitada. Ni necesidad de barricadas hubo, el infeliz estaba atascado en el tránsito. Lo rodeamos, armados sólo con palos y piedras, y empezamos a golpear el Mustang con la sangre chorreando del frente y las salpicaderas. Rompimos los faros y los espejos, estallando el cristal sobre del muchacho y su novia, que gritaba aterrada, histérica. Me trepé en el toldo y con mi garrote terminé de romper el parabrisas, mientras abollaba lo más que podía la carrocería. A empujones y mentadas de madre, sacamos a los ocupantes del vehículo; Daniel le acomodó una bofetada amansa locos a la muchacha con tal de que dejara de gritar cómo mono enjaulado, para que después le pusiéramos la madriza de su vida al pobre imbécil, entre todos. Lo reconocí. Era el hijo de los Stratton, dueños de varias empresas nacionales tequileras y textiles. Apenas si tenía dos años más que nosotros, y ya el muy hijo de su diputada madre tenía su carrazo del año, su ropita fina y una chava que parecía modelo de revista. Ya había salido en tres telenovelas y le andaban grabando su primer disco cómo cantante al muy maricón, y nomás por la lana que se cargaban sus padres. Lo esculco en sus bolsillos, haciéndome con su cartera y todo el efectivo que cargaba. Cinco millones de pesos, de los de entonces. ¡Válgame! Jamás había visto tantos billetes juntos. Suficiente, creo yo, para el funeral del niño. ¿Qué, Junior? ¿Te creías que podías hacer todo lo que se te diera la gana? ¿Qué nadie te lo iba a impedir, por ser el hijo de tu papi y mami? ¡A la chingada, baboso! ¡No más! ¿Me entiendes, miserable infeliz? ¿Me entiendes? Desde ahora mandamos nosotros, apréndelo bien, animal, esto no te lo van a enseñar en la Panamericana. Le repito una y otra vez, al mismo tiempo que sigo golpeándolo hasta cansarme. Mis nudillos sangraban y mi respiración era agitada, pero yo no podía dejar de golpear a aquél maldito, una rabia milenaria me cegaba en esos instantes.
Entonces se nos unieron varios más, algunos vecinos que ya se habían enterado de todo y que también nos habían seguido, y algunos vándalos de la localidad que sólo querían chingar gente. Entre todos nos juntamos, rebasando ya la veintena, y no nos costó mucho trabajo voltear el Mustang y quemarlo en plena avenida, no sin antes despojarlo de todo lo que pudiera ser de valor. Y nos dimos a la fuga, apenas escuchamos las sirenas, allá a lo lejos. No importaba, el mensaje ya había sido dado. Me despido del malnacido, escupiéndole en pleno rostro, así postrado en la calle y en shock, hecho pedazos.
Allí fue donde comenzó todo, donde una lucha que seguiría por veinticinco años daba principio. En una humilde colonia popular, igual que cualquier otra en la ciudad. Entre el asfalto quemado y los lavaderos, los puestos de tacos y los talleres mecánicos. Allí con toda mi raza, mi verdadera familia. Mi gente. Y ahora que lo pienso, no fue un afán de justicia lo que me impulsó esa tarde, cuando golpeaba a aquél hijito de papi sin ninguna misericordia, no fue un ideal de igualdad lo que nos motivó a despojarlo de sus bienes e incendiar el automóvil sin ninguna consideración. Era la envidia, la envidia el motor de todas mis acciones, la cólera mi combustible. Envidia de ese sujeto, que en nada tenía que preocuparse, salvo el de cómo gastar el dinero que sus papás siempre le daban en la mano, mientras que la preocupación primordial de todos nosotros era pensar en qué íbamos a comer al siguiente día, cómo le íbamos a hacer para conseguir alimento. Envidia que él, simplemente por haber nacido hijo de quien era su padre y su madre, tuviera la vida arreglada por entero, mientras que yo, simplemente por ser el hijo de mi padre ya estaba condenado a sufrir. Enojo, rabia por que mi padre había muerto ya hace cinco años, dejándonos a nosotros tres en la miseria. Estaba muerto, y nada lo volvería a la vida.
Pero ese día también nos dimos cuenta qué tan diferentes éramos, a pesar de lo que todos dijeran, ¿verdad? Estábamos tan cerca uno del otro pero a la vez éramos tan distantes cómo el día y la noche. Yo pensaba que sólo con el uso de la fuerza, de la violencia, las clases oprimidas podrían adueñarse del poder. Tú desconfiabas de las revoluciones sociales, en las que no participa, pese al nombre, la sociedad entera, sino sólo un sector de ella. La cultura y la educación, pensabas, era el arma perfecta en contra de las clases dominantes. Ese día fue también el principio de nuestra separación, que culminaría dos años después, con tu partida al extranjero. Y nunca más nos volvimos a ver a la cara. Un año después, cuando mi mamá murió de una insuficiencia cardíaca, yo también dejé el nido y partí a la capital, en donde gracias a los viejos comunistas que me protegieron de la policía todos esos años conocería entonces a mis contactos con el movimiento revolucionario con el que después me identificaría tanto. Pero eso ya es otra historia, ya de todos conocida.
Aún así, sin importar las distancias que separaban a nuestros corazones uno del otro, aún te quería, y te extrañaba a ti, mi propia sangre. Cómo me hubiera gustado estar allí, contigo, en esos momentos por los que vale la pena vivir. Cuando te graduaste de la Universidad de Stanford, en el departamento de Antropología, con los máximos honores. El día de tu boda con esa yanqui. Cuando te nombraron director del Departamento de Historia Antigua de la universidad. El nacimiento de tu hijo. Sí, supe de todo eso, y cada vez añoraba más y más los viejos tiempos de nuestra infancia, cuando crecíamos juntos y compartíamos los momentos más felices de nuestras vidas. Y no deseaba otra cosa más que volver a verte, abrazarte y perdonar todos los rencores, todos los errores que ambos cometimos durante tanto tiempo. Sentarnos a la mesa, y hablar del futuro con una botella de tequila en la mano. Ahora ya es muy tarde para todo eso, tanto para ti cómo para mí.
¿Por qué, porqué tenías que hacerlo? Todavía me sigo haciendo esa pregunta, y es lo que me pone de malas, lo que me hace apretar las quijadas y sostener más el humo de mi pipa en los pulmones, para después soltarlo con furia. El panorama ahora sería tan distinto de no haberlo hecho. Quizás ya habríamos ganado la guerra, y en estos momentos todos estarían celebrando. Si tan sólo me hubieras hecho caso. ¿Por qué, porqué no me hiciste caso? Yo sólo quería protegerte, por eso te mandé ese escueto mensaje (el único que te mandé en todos esos años sin vernos), porque quería que estuvieras a salvo, quería protegerte del peligro que corrías en tu posición. Si tan sólo te hubieras apartado y nos hubieras dejado matar al hijo de la chingada de Schroëder, en lugar de en el último minuto salvarle la vida, habríamos ganado. Nomás me imagino qué fácil habría sido en ese momento atacar a las Naciones Unidas, aprovechando el vacío de poder que dejaría la muerte del Secretario General, sobre todo porque ya teníamos de los güevos al bastardo de Keel Lorenz. Hubiese sido cosa de niños tomar sus Centros de Mando e izar nuestra bandera en el edificio de la O.N.U. Lo hubiésemos logrado, si tú no hubieras intervenido. Y en parte, también es mi culpa nuestro fracaso. De haber desechado mis sentimientos, y guiarme por mi sentido de responsabilidad, cómo dicta el oficio del revolucionario, Schroëder hubiera muerto y nosotros ganado. Pero el "hubiera" no existe. Hice lo que hice, y ya nada puede remediarlo. Me dejé llevar por el corazón, y éstos son los resultados. Tu vida me costó la victoria, José.
En ese momento, las meditaciones del viejo y cansado líder guerrillero fueron cortadas de tajo, al unírsele el fiel Paco, visiblemente agitado. Sostenía entre sus manos una carpeta cerrada, de color amarillo.
—Chuy, ya sabes que no deberías salir así, nada más— lo reprendió por su constante falta de atención a su seguridad —Te estás arriesgando demasiado.
—A estas alturas del camino ya ni me preocupo, mi buen Óscar— contestó lacónicamente, degustando la última bocanada de tabaco que le quedaba —¿Qué es lo que me traes?
—Marcelo acaba de llegar, su misión de reconocimiento fue un éxito. Pudimos confirmar varias de las estructuras que nos han descrito, así cómo varios puntos de acceso y un sistema de túneles que nos podría ser de provecho. Ahí esta todo, en las fotografías— le dijo mientras le pasaba la carpeta, repleta de un bonche de fotografías de varios puntos del Cuartel General, así cómo detalladas descripciones de las instalaciones.
Examinándolas detenidamente, el insurgente las paseaba una a una delante de su rostro, queriendo memorizar la mayor cantidad de detalles posible.
—Pero eso no es todo— aclaró su acompañante, encendiendo un cigarrillo —Marcelo consiguió un contacto visual con el objetivo. Fue difícil, dado el perímetro de seguridad que se ha cernido en torno al sujeto. Es la última del montón, como podrás ver.
Aprovechando que Paco empezaba a fumar, el comandante de la guerrilla sacó la última del bonche de fotografías que tenía en las manos, con la impaciencia devorándolo. Al verlo, su allegado pretendió ayudarlo, indicándole con un dedo en la foto:
—El blanco es...
—Ya lo sé— lo detuvo Chuy, apartándolo con el brazo —Es el que está vestido de verde. Lo reconozco a simple vista. Es el hijo de José... Kyle Rivera Hunter.
El daguerrotipo es el mismo que les tomaron a Shinji y a Kai antes de abordar a sus Unidades Eva. En él están impresas las efigies de los dos jóvenes pilotos, uno a lado del otro, sonriendo para la fotografía. Ninguno de los dos sospechaba en qué manos iría a caer.
En el transcurso de una semana, el cerco militar en torno al cuartel se había hecho aún más abundante y por otra parte, los abusos de parte de los uniformados hacia los empleados que buscaban entrar a sus oficios, aumentaron considerablemente. En resumen, todo aquello era una bomba a punto de estallar, la pregunta era: ¿Sobre quién?
Aunque en cantidad y en armamento los soldados eran numerosos, no era así la distribución de éstos. La mayoría se concentraba en las principales entradas y salidas de vehículos y gente, al punto de descuidar gravemente las entradas de servicio, de ventilación y limpieza, a las que sólo se les asignó un trío de soldados malamente armados, para salvo guardarlas.
Aquel día era mucho más caluroso que los otros anteriores; James Cooper, soldado raso, lleva más de cinco horas de guardia en la entrada de servicio número 10, y el cretino de su compañero aún no ha vuelto con el garrafón de agua fría... ¿Qué diablos le pasaría a ese imbécil? Con desgano y malhumor, saca de su bolsillo el pañuelo ya empapado de sudor, su sudor, y por enésima vez, seca su frente, surcada de arrugas. Hacía ya bastante calor, y no parecía querer ceder.
De reojo, observó varios movimientos en los matorrales a lado de él.
—¿C- Charlie? — preguntó, vacilante y guardándose la húmeda prenda de vuelta a su lugar de origen. —¿Eres tú, Brown? ¡Sal de una vez, maldita sea! ¡No estoy de humor para tus estúpidas bromas!
Él puede sentir cómo unas gruesas manos sujetan su cabeza y oye ese extraño sonido, y después de eso... la nada. Su cuello había sido roto con fría precisión, al igual que el de su compañero.
—Dile al Chuy que la entrada diez está libre...
Los atacantes rápidamente se introducen cómo cucarachas en las instalaciones, y la misma situación se repite en las entradas descuidadas, sin embargo nadie se dio cuenta, hasta que fue demasiado tarde.
—La cinco, despejada...
—Siete, bajo control...
—Ya tomamos la cuatro...
Poco a poco, las entradas pequeñas fueron allanadas sigilosamente por los invasores, hasta que la gran mayoría de ellas, más bien las que necesitaban para sus fines, estuvieron en su poder. Fue entonces cuando todo empezó.
Los soldados que salvaguardaban la entrada principal nunca supieron qué les pegó. Coordinados con los audífonos en sus oídos, que los mantenían comunicados con sus compañeros, cada miembro del grupo sabía bien cómo y cuando proceder. Un francotirador, postrado en la azotea de un edificio cercano a la entrada, a unos trescientos metros, seguía con la mirilla de su arma a un individuo que portaba uniforme de oficial, que se paseaba por todos los puestos de vigilancia cómo pavo real.
Había otros tres cómo él, apostados en puntos estratégicos, la mayoría cercanos a su posición, que tenían una misión semejante a la suya. Lo único que existía para él en esos momentos era su blanco, al cual lo seguía a todos lados con su mira láser, apuntando justo al corazón. Debía ser un tiro rápido, preciso, sin lugar a imprecisiones. Eso equivaldría a una muerte segura. Intentaba alejar esa idea de su mente, el fallar no estaba permitido, apretando los dientes e igualando su respiración con la de su objetivo. Lo tenía bien enfocado, anticipaba todos sus movimientos. Ya estaba listo. En unos minutos más, el jefe daría la señal y ese sujeto allá abajo, a trescientos metros, se convertiría en historia y su esposa en viuda. La bala expansiva atravesaría cómo cuchillo a la mantequilla su pecho, dejando un enorme hueco sangrante en lugar de éste. Caería con estrépito ante la mirada atónita de todos, para que luego su sangre regara todo el suelo y los alrededores. Su vista se nublaría, mientras moría y comenzaba el caos sin él. Sólo una palabra, sólo una palabra de un hombre cómo él ó cómo cualquier otro bastaba para hacerlo fiambre. Siguió apretando los dientes, e intentaba a toda costa que el rifle no temblara en sus manos, y no pensar que a lo que estaba apuntando no era sólo un uniforme con una insignia sino un ser humano de su misma condición, a la vez que aguzaba el oído, atento para la señal de ataque.
—Esto no me gusta para nada— acertó a decir Paco, desde su posición, revisando a las tropas enemigas con sus binoculares electrónicos.
—Parece muy fácil, ¿no?— completó Chuy, a su lado, dando un vistazo sin ayuda del artefacto.
—No puede ser, sino son más que un montón de niños, carnal... — pronunció lastimosamente su acompañante, bajando los binoculares —No son las tropas de Naciones Unidas que estamos acostumbrados a enfrentar.
—Y a pesar que estamos en Japón— siguió el comandante, rascándose la barbilla —No veo ni una sola división de sus Fuerzas de Auto Defensa.
—No sé tú, Toño, pero a mí se me hace que aquí hay gato encerrado.
—Indudablemente, algo están tramando esos putos de la O.N.U.— arguyó el veterano guerrero, notándose en su timbre de voz una ineludible fatalidad —Oscar, esto es una trampa, y lo sabemos bien. Ya has hecho bastante por mí, y si tú y tus hombres desean retirarse no los voy a detener. No te puedo pedir que mueras así cómo así, compadre.
—Después de todo lo que hemos pasado juntos— dijo su camarada con voz trémula, con un nudo en la garganta —¿Tú crees que ahora te voy a dejar así cómo así? Siempre unidos, hermano, hasta la victoria siempre. Patria ó muerte, ¿te acuerdas?— terminó, tendiéndole la mano enguantada.
—¡Patria ó muerte!— corroboró Chuy, al borde de la emoción, estrechando animosamente la mano que le tendían.
Duraron así por un rato, con las manos entrelazadas. Era el último momento de paz que los dos tendrían, quizás por eso buscaban alargarlo lo más que se pudiera. No obstante, los acontecimientos, y la Historia, debían seguir su curso.
—Tengo que unirme con mi escuadrón, antes de que comience el ataque— finalmente pronunció Paco, rompiendo la conmovedora escena, dándole la espalda a su amigo —Estaremos esperando tu señal, recuérdalo.
—Buena suerte, hermano— deseó Chuy, mientras lo veía alejarse.
—A ti también, Toño. Tú serás quien más la necesite.
Paco se perdió de vista, reuniéndose con su escuadrón, que esperaba oculto en el espesor de la vegetación que circundaba la entrada al Geofrente. El guerrillero siguió en su puesto, dando una última mirada a la aparente tranquilidad de la ciudad, situación que no duraría por mucho tiempo. En unos segundos más, a una palabra suya, los disparos comenzarían y la batalla se desataría. La paz sería abruptamente desterrada de esos parajes. Veía a la carnada, las filas de novatos que hacían el intento por salvaguardar la entrada del cuartel. Seguramente la gran mayoría de ellos moriría. Y con sólo una palabra suya.
Eso sí, aquella sería la última vez. La última.
Tomó el radio de su cinturón, con la mano sudorosa, y accionándolo, lo acercó a su boca, para pronunciar con voz metálica y distante:
—Ojos de águila, ojos de águila, aquí el nido— se escuchó por toda la banda de la guerrilla, los hombres atentos, nerviosos, a las órdenes de su líder —Comience la cacería... ¡ya!
En el acto, cuatro disparos estallaron al unísono, desde diferentes puntos de los alrededores. Dos segundos después, los cuatro oficiales de mayor rango de toda la operación, yacían muertos bajo los pies de sus sorprendidos subordinados, quienes en un principio no supieron cómo reaccionar.
Aprovechando su confusión, además del vacío de mando, una granada arrojada desde una posición oculta estalló diezmando inmediatamente a la primera fila. La locura también explotó y los soldados se revolvían entre ellos mismos, corriendo cómo cabras y disparando a diestra y siniestra, sin nadie que consiguiera poner el orden y marcialidad entra las filas. El enemigo parecía estar en todas partes, y sin embargo, invisible ante sus ojos. Las bajas aumentaban con gran velocidad a medida que transcurría el tiempo. En menos de dos minutos y medio, las tropas habían sido reducidas drásticamente a la mitad. Otras cuatro descargas se escucharon allá a lo lejos, de distintas partes, y otros cuatro oficiales cayeron fulminados, para después ser pisoteados por su propia tropa, en su correría.
Entonces el enemigo abrió fuego desde el flanco izquierdo, primero con un lanzacohetes tipo bazooka y después con armas automáticas de alto poder, obligándolos a retraerse de sus posiciones y escapar de la línea de fuego. Artillería militar, sin duda alguna, quizás robada. Su propio equipo era utilizado en su contra.
Pero al retirarse al flanco derecho también fueron recibidos por un ataque de la misma índole que el anterior, encajonando a los sobrevivientes y a los muy pocos combatientes que quedaban en el centro de la entrada principal.
Fueron en esos momentos cuando un tanque todo terreno, propiedad del Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, que recordaba al antaño modelo Panzer, utilizado en la Segunda Guerra Mundial, hizo nota de su presencia entre las restantes filas, cerrando la pinza y aniquilando a los hombres sin piedad.
Los disparos fueron cesando a medida que el número de soldados de las Naciones Unidas se veía menguado, reduciéndose en cuestión de minutos a unas cuantas decenas.
—¡Maldita sea, alguien que me responda!— repetía incesantemente un sargento, cargando el radio portátil con el que intentaba comunicarse con los refuerzos del interior, sin mucho éxito —¡Bastardos hijos de perra, respondan de una buena vez, cambio! ¡Aquí afuera nos están haciendo pedazos!
Y pareciendo responder a su llamado, las puertas herméticas comenzaron a correr para revelar el interior del cuartel. No muy grata fue su sorpresa, al encontrar que en lugar de los esperados refuerzos que él creía llegar, se encontró con otro destacamento de guerrilleros, todos encapuchados y provistos de poderosos rifles de asalto. Aunque también contaban con pistolas convencionales, cómo esa 9 mm que uno de ellos sacó de su cartuchera, la cual colocó en su frente y jaló del gatillo, desparramándose sus sesos detrás de su nuca, para después derrumbarse en el suelo y juntarse con sus camaradas caídos.
—No gasten municiones innecesariamente— reprendió Paco, saliendo detrás de la línea de guerrilleros, encapuchado, dirigiéndose al portador del arma aún humeante —Junten a los prisioneros y pónganlos en parejas, así sólo gastarán una sola bala.
La batalla ya estaba ganada. Prueba de ello era el centenar de cuerpos mutilados y sangrantes que se extendían por toda la entrada, aquella valiosa entrada que pretendieron defender con tanto ahínco, y que de la misma manera ellos habían ganado.
El viejo tanque se acercó, caminado sobre los cadáveres y uno que otro herido, terminando con su sufrimiento. Justo en la entrada, en la que aguardaban una docena de guerrilleros, se detuvo. De su interior salió el comandante Chuy, que iba sin capucha, y cuando lo hizo el vehículo se acomodó para apuntar hacia el frente, instalándose cómo el nuevo protector del ingreso al Cuartel General.
El líder guerrillero se reunió con Paco, mientras que un jeep se encaminaba hacia donde estaban ellos.
—Tu capucha... — señaló su segundo, un tanto sorprendido.
—Ya no la necesito— aclaró con desgano el jefe de la guerrilla, subiendo al asiento del copiloto del jeep —Organiza la retaguardia y después te reúnes conmigo con tus hombres en el sitio señalado. Iré a la vanguardia, a limpiarles el camino.
El carro emprendió el camino, adentrándose en el interior de las instalaciones de NERV. A la par que se alejaba, Chuy alzó un brazo, para agregar:
—¡Y cuando acabemos en el frente, iremos por el aguilucho!
Onsen es como se les denomina a los diversos manantiales de aguas termales que se encuentran distribuidos en diversos puntos del Japón. Previo al Segundo Impacto, para visitar uno de estos espléndidos lugares se debía hacer un largo recorrido en tren de alta velocidad desde la ciudad capital de Tokio. Después de la catástrofe que le cambió el rostro al globo entero, estas distancias se habían reducido considerablemente, con el surgimiento de nuevos manantiales de este tipo en las cercanías rurales que circundaban al área metropolitana de las dos nuevas Tokios.
La calidad del agua en estos lugares suele ser muy buena, y rica en minerales, lo que la hace ser buena para la salud y relajante para el cuerpo, razón por la cual son uno de los destinos turísticos predilectos por la población japonesa.
La diáfana luz de una enorme luna llena iluminaba con toda claridad una de aquellas piscinas, cuya superficie reflejaba nuestro satélite natural con la misma fidelidad que lo haría cualquier espejo. Alentada por los múltiples beneficios que brindaba el baño en dichos cuerpos de agua, pero sobre todo por la hermosa estampa que la Naturaleza le obsequiaba a sus ojos, Rei Ayanami se despojaba de la toalla que cubría su cuerpo entero para mostrarlo en la plenitud de su atractiva apariencia juvenil, sin cualquier clase de indumentaria.
Todos se encontraban durmiendo ya, por lo que sumergió en las cálidas aguas su grácil, núbil y bien dotada anatomía, libre de las molestas miradas de los perversos adolescentes que plagaban los alrededores de aquél hotel apenas unas horas antes. La sensación que obtuvo fue sumamente reconfortante, recibiendo con agrado el cálido abrazo del líquido a su alrededor, y a la vez pudiendo mantener la cabeza bien fría para no tener que arriesgarse a los devastadores efectos de un golpe de calor.
Aún así, pese a lo placentero de aquella experiencia, había algo que la seguía inquietando, y que durante días la había despojado de toda tranquilidad y descanso. Y eso era la terrible soledad que la abrumaba, y el soporífero tedio que no podía sacudirse de encima. Una vez más, al igual que otras tantas veces durante todos los días que había durado su estancia en aquél encantador sitio de descanso, la imagen de Kai Katsuragi acudía presta a satisfacer sus más oscuras fantasías.
—¡Oh, Kai, amor mío!— susurró en voz baja, sin poder contenerse, sintiendo un intenso cosquilleo en la entrepierna, a la par que comenzaba a masajear sus incipientes pechos desnudos —¡Cuánto te extraño!
—Así que de eso se trataba— dijo entonces Shinji, aproximándose a la orilla del estanque cubierto con una toalla de la cintura para abajo —Me comenzaba a preguntar por qué parecías molesta todos estos días…
—¡Ikari! ¿Qué… qué estás haciendo aquí?— preguntó la sorprendida jovencita, cubriendo su expuesto cuerpo como podía.
—¿Qué no lo sabes? Mi padre me encargó hacerte compañía, además de que me asegurara que te la pasaras bien durante este viaje— contestó el muchacho, avanzando resuelto hacia donde se encontraba ella, para lo cual tuvo que despojarse de su toalla mientras que se introducía a la piscina, mostrándole sin decoro toda su joven humanidad —Así que, si tú me lo permites, puedo hacer que dejes de extrañar tanto a ese patán enclenque… sólo tienes que pedírmelo…
El fogoso joven se desplazó lenta y seductoramente por el cuerpo del agua hasta poder ubicarse justo a un lado de la muchachita, a la que sujetó entonces por los hombros, comenzando a obsequiarle un placentero y relajante masaje en el cuello, brazos y espalda. Ayanami se revolvía indefensa entre sus brazos, su cuerpo siendo manejado como suave arcilla por las prodigiosas manos de su compañero. Sus cuerpos se iban aproximando cada vez más, a medida que transcurría el tiempo, envueltos en tan delicioso trance, que era solamente interrumpido por los ocasionales, aunque prolongados gemidos de placer que se le escapaban a la jovencita.
—No… no quisiera…— pronunció ella con suma dificultad, sintiendo como el sexo del muchacho le rozaba su intimidad, mientras éste le recorría el cuello con los labios, al punto de casi hacerla enloquecer —No quisiera traicionar así la confianza de Kai… ¡pero me siento tan sola! ¡Sin nadie que atienda mis necesidades!
—No tienes que preocuparte, Rei… sabía que esto pasaría, es por eso que tomé medidas al respecto— arguyó entonces el Comandante Ikari, apareciendo del otro lado del estanque, provisto de la misma manera con una sola toalla cubriéndole el área genital —No tienes porqué estar sufriendo tú aquí sola porque tu amante de pacotilla sea un pusilánime sin remedio… un hombre de verdad habría peleado contra viento y marea para poder estar contigo, amándote sin descanso…
—Nosotros dos podemos encargarnos sin ningún problema de satisfacer plenamente todos tus bajos instintos— expuso Shinji, sujetándola entre sus brazos como lo haría un pulpo, estrujándola contra su cuerpo húmedo y desnudo sin que Ayanami, abatida, pudiera oponer resistencia —Y así podrás conocer lo maravilloso que es estar con un par de expertos en el arte del amor, como mi padre y yo… aunque te advierto que después de habernos probado, todos los demás te parecerán muy poca cosa…
—S-sí… sí, por favor— asintió la jovencita, casi sin habla, con el juicio obnubilado por la marejada de placer que inundaba todo su cuerpo —Tómenme ya, soy suya… ¡no puedo… no puedo aguantar más el fuego que hay dentro de mí!
—Entonces, prepárate, querida— murmuró Gendo Ikari con su tono grave y profundo, su mirada clavada en la muchacha como un tigre acechando a su presa, quitándose la toalla que tenía ceñida a la cintura para dejar al descubierto sus atributos físicos, en tanto se internaba a la cálida piscina para unirse a ellos, una vez que su hijo se había adelantado ya recorriendo todo el cuerpo de la joven con sus ágiles dedos, introduciendo su lengua juguetona dentro de su boca —Prepárate para tener la noche más loca y salvaje de toda tu vida… sólo espero que no quedes bizca después de esto…
Justo antes que la desvalida Rei pudiera convertirse en la carne en medio del emparedado de los Ikari, Kai despertaba abruptamente y bastante sobresaltado de su terrible pesadilla, con los ojos bien abiertos casi saliéndose de su órbita, gritando despavorido como un condenado a muerte:
—¡Aaargh, nooo! ¡Qué horror, qué espanto, qué horror!
Rivera se levantó entonces, comenzando a correr en círculos como poseído alrededor de todo el taller, luego de haber sobresaltado a todo el personal que trabajaba laboriosamente en él en aquellos momentos.
—¡Necesito urgentemente un lavado de subconsciente, ayuda! ¡Aaay, que cosa tan horrorosa! ¡Dos Ikaris desnudos es más de lo que cualquier persona cuerda puede soportar!
—¡Basta ya, niño imbécil!— reclamó airadamente la Doctora Akagi, poniéndose en pie para detener su alocada marcha al sujetarlo del cuello de su camisa, como a un perro que se le sujeta del collar —¡Por poco haces y que me dé un ataque al corazón, loco estúpido!
—¡Acabo de tener la más espantosa de las pesadillas! ¡Era como si me retorciera junto con todos los condenados entre las impías llamas del Infierno! ¡Y tú estabas allí!— comenzó a señalar a propios y extraños, farfullando como un paciente psiquiátrico —¡Y tú, y tú! ¡Y tú también, aunque no te conozco!
—¿Acaso volviste a quedarte dormido en horas de trabajo, gañán inútil?— reclamó airadamente la científica, con justa razón, totalmente exasperada —¡Estoy harta de ti! ¡Sólo apresúrate a hacer lo tuyo y acabemos con todo esto lo antes posible! ¡Así cada quien podrá seguir con su vida, de preferencia lo más lejos posible de ti!
Ignorantes del ataque que se llevaba a cabo contra sus instalaciones justo en esos momentos, un buen número de personal científico se encontraba laborando afanosamente en el taller del Departamento de Investigación y Desarrollo, al mando de su directora, la Doctora Akagi. Dicho lugar, normalmente de un ambiente apacible y sin contratiempos, veía drásticamente alterado su ritmo de trabajo gracias a la inusual presencia de Kai Katsuragi y sus continuos exabruptos, como el que acababa de ocurrir. Tal como lo hubiera hecho un parvulito reprendido, así fue como el joven científico regresó a su estación asignada y tomó asiento, con el cuerpo encogido y la cabeza gacha, sin decir una sola palabra. Una vez que estuvo frente a su monitor, tecleó algunos cuantos comandos y vectores, sólo por hacerlo, pero sin ponerle mucha atención ó empeño a su trabajo. Al igual que en otras repetidas ocasiones en el transcurso de aquél día, el acongojado muchacho soltaba un hondo suspiro de lamentación. Apoyó su frente sobre el teclado frente a él sin mayores miramientos.
—Es inútil— pronunció el chiquillo, resignado —Nada de lo que haga me puede hacer olvidar lo mucho que extraño a Rei… ¡Qué mundo tan cruel es éste, que separa a dos personas que se quieren tanto!
—¿Qué acaso las voces que escuchas en tu cabeza no te hacen suficiente compañía, Doctor Rivera?— se mofó Ritsuko, abocada en sus propias labores en su terminal, colocada frente a la de él, sin siquiera voltear a verlo —Si tienes la creatividad suficiente como para inventar toda una nueva realidad paralela donde mantienes un tórrido romance con Rei Ayanami, no debería costarte mucho trabajo crearte un amigo imaginario que te haga compañía en tus momentos de soledad…
—Me niego a discutir las implicaciones de lo que es real ó no con una mujer que se tiñe el cabello para hacerle creer a la gente que es rubia y mucho más jove n— respondió en el acto, sin levantar la cabeza.
—De cualquier modo, tu aflicción sale sobrando. Estoy segura que cuando puedas construir tu portal mágico a otras dimensiones podrás encontrar ese mundo ideal y perfecto que tanto sueñas, en donde tú no seas un pelafustán inútil y Ayanami no sea una autómata frígida y antisocial… entonces podrán vivir felices por siempre bajo del mar, cantando alegremente con toda clase de pececillos y demás moluscos amigables…
—El viaje interdimensional mediante el uso de los supersolenoides es bastante plausible y ahora que tengo a mi disposición un Motor S2 completamente operacional, estoy muy cerca de comprobarlo… aunque es bastante natural y comprensible que algo tan complejo pueda parecerle un acto de magia a las mentes cerradas e inferiores…
Para todos los que podían escuchar su conversación, la cual estaba siendo llevada a cabo de manera bastante pública y nada confidencial, les quedaba claro la abyecta antipatía que manifestaban el uno por el otro, y eso que aquella charla se desarrollaba en muchos mejores términos que los de la mayoría que habían sostenido con anterioridad. La Historia ha demostrado en varias ocasiones que las grandes mentes no siempre piensan igual. Aún así, ambos llevaban ya varios años de conocerse y sus caminos continuamente se cruzaban. La relación había comenzado por la intercesión de Misato, quien fue compañera de Ritsuko durante sus estudios universitarios. Además ambos habían coincidido en el proceso que les permitió obtener su propio doctorado, si bien el paso de Rivera por las instituciones educativas era más que nada efímero, al obtener sus títulos con facilidad inaudita. Al igual que le pasaba con muchas otras personas, el carácter desapegado y hasta insolente del muchacho le había ganado la animadversión de aquella mujer, pues contrastaba ampliamente con la rigidez y disciplina con la que Akagi conducía cada aspecto de su vida; de tal suerte que los choques seguidos entre ellos eran tan solo una consecuencia lógica de tales circunstancias. Solamente coincidían en el gran afecto que sentían por la Capitán Katsuragi, y era solo por ella que tenían que sostenían el acuerdo tácito de soportarse el uno al otro.
—Escucha, "mente superior", a todos nos pareció bastante divertido cuando recién comenzaste con este sinsentido de pretender conquistar el corazón de Rei Ayanami, a sabiendas que es cosa más que imposible— pronunció la Doctora Akagi, retomando el hilo de la conversación —No niego que hemos obtenido muy buenas carcajadas con ello y burlarnos de las estupideces que cometes en tus patéticos intentos hace bastante bien a la moral de los empleados… pero como todo chiste que se repite hasta el cansancio, esta situación está comenzando a perder la gracia y se empieza a tornar ya enfermiza…
—Dices eso porque nadie conoce a Rei como yo— intentó defenderse el compungido jovencito, tamborileando con los dedos sobre la superficie del escritorio —Si lo hicieran, sabrían que es mucho más profunda de lo que aparenta… por lo menos aún me queda ese orgullo…
—Esa muchachita es tan profunda como una hoja de papel tirada en el piso y tiene la misma personalidad que una, te lo digo yo, que soy de las personas que más contacto tienen con ella. Aunque no soy psicóloga ni nada por el estilo, es claro que Rei manifiesta un marcado trastorno de la personalidad, es incapaz de experimentar cualquier clase de sentimiento intenso, mucho menos de amar a alguien. Yo en tu lugar, en vez de estar orgullosa, estaría muy atenta a la situación, si acaso lo que alegas es verdad. Esa pobre chiquilla sólo hace lo que le es ordenado, y si acaso comienza a comportarse cariñosa contigo lo más probable es que sea porque alguien así se lo pidió. Y todos sabemos quién es el que verdaderamente mueve sus hilos, y por si no estabas enterado, no le simpatizas mucho que digamos… cosa rara, si me lo preguntas, dado tu encanto avasallador…
Siempre locuaz y empeñado en tener la última palabra, eran pocas las ocasiones, como aquella, en las que Kai se quedaba perplejo y sin saber qué más decir, sus ojos bien abiertos perdidos en la profundidad del espacio y su boca sellada como una tumba. Aunque muchos pensaran lo contrario, no era, para nada, estúpido, y ya se había planteado a sí mismo desde hace mucho la posibilidad que recién se le había expuesto. Más por su conveniencia personal que por cualquier otro motivo fue que la había desechado por completo, pero al escucharla de voz de alguien más aquella hipótesis parecía cobrar mayor sustento. Y eso trastornaba como pocas otras cosas su ya de por sí alicaído corazón.
—Lo dices solo por molestarme— mencionó por último, abatido y derrotado —Además, tu quijada es bastante masculina, si me lo preguntas…
—¡Oh, vaya, qué maduro fue eso de tu parte! A veces me olvido que sólo estoy hablando con un mocoso idiota… y a decir verdad, me tiene sin ningún cuidado tu pobre excusa de vida amorosa, lo que te digo es porque quiero que te concentres en lo que estás haciendo ó terminarás matando a alguien. Te recuerdo que estamos trabajando con sustancias muy peligrosas aquí y cualquier error de cálculo puede ser fatal…
Efectivamente, en aquellos momentos todos los allí presentes se daban a la tarea de hacer realidad un sofisticado dispositivo criogénico para la preservación de tejidos orgánicos de origen desconocido para su posterior estudio, ideado en conjunto por los Doctores Akagi y Rivera. Ó como estaba comenzando a ser conocido entre ellos: "la Hielera Rikagi-Akagivera", esto por que aún no podían decidirse qué apelativo era el que sonaba mejor. Dicho mecanismo utilizaba grandes cantidades de nitrógeno líquido, material refrigerante por el que habían optado por sus múltiples usos, entre ellos el de procurar una congelación rápida que evitara el daño de estructuras, lo que permitía la conservación ideal de muestras biológicas.
Otro uso que a su vez podía dársele a semejante artilugio, y que también tenían contemplado durante su desarrollo, era el de la disposición de los tejidos, mediante "promación", procedimiento contrario a la cremación tradicional. Los despojos serían sumergidos en nitrógeno líquido a más de -200°C, temperatura a la que la materia orgánica es extremadamente frágil por su alto contenido en agua. A continuación se someterían a una vibración ultrasónica, de esta manera convirtiendo los restos en polvo. Este polvo se introduciría entonces en una cámara de vacío en la que se extraería el agua. De este polvo seco obtenido se podrían separar metales y otro tipo de elementos, lo que permitiría una mayor comprensión de la forma en la que estaban constituidas las misteriosas criaturas a las que ellos denominaban "ángeles".
—Tengo que admitir que los componentes orgánicos de estos bichos reaccionan a las bajas temperaturas mucho mejor de lo que pensé en un principio— expresó el joven al reanudar sus labores —Se comportan tan bien que he llegado a pensar en que podríamos utilizar esta propiedad de una manera más agresiva. Piensa en una clase de granada, un artefacto detonante que utilice una sustancia química que al contacto con el aire congele las moléculas de agua en el aire dentro de un área de tamaño considerable… ¡bam!— gesticuló entonces, golpeando la palma de su mano con el puño —Qué mejor manera de decir: "¡Oye, imbécil! ¡Ahora estás en mi universo, así que tendrás que atenerte a sus leyes físicas! ¡Lo que me fastidia a mí, también debe joderte a ti! ¡Así que ahora sólo eres una enorme paleta helándose a más de -200°C! ¿Qué te parece eso, eeeh?" Claro que para eso necesito encontrar el acomodo ideal de un circuito compuesto por la combinación de compresores de helio alimentados con nitrógeno líquido, y para eso debo hallar la forma de realizar destilación fraccionada del aire líquido de manera indefinida…
—Será mejor enfocarnos en un aparato innecesariamente complicado a la vez, si no es mucha molestia… ya después podrás ocuparte en encontrar nuevas formas de aniquilación indiscriminada…
Mientras que una inspirada Ristuko deslizaba ágilmente sus dedos sobre la superficie de su teclado, produciendo un constante golpeteo casi rítmico, el joven Rivera la observaba detenidamente, con una mezcla de anticipación y contrariedad en su semblante.
—¿Recuerdas ese gato ladino que tuviste hace años, Momo?— inquirió el muchacho, aunque en aquella ocasión lo hizo en un tono más cordial y personal —Esa hedionda bola de pelos naranja que robaba tu almuerzo a la menor distracción…
—¡Claro que sí! ¡Amaba a ese animal, es uno de los gatos más inteligentes que he tenido! Pensé que me iba a morir de tristeza aquella ocasión en la que se perdió durante días, no encontraba consuelo en ninguna parte— del mismo modo, Akagi había desistido de su típico tono hiriente, permitiéndose entablar una conversación más o menos amistosa —Pero justo cuando había abandonado toda esperanza de verlo nuevamente, el muy bribón apareció por sí solo justo a la entrada de mi departamento cuando salía a la universidad…
—Lo encontraste empapado, casi en los huesos y oliendo a alcantarilla, pero aún así lo abrazaste de inmediato como si la vida misma se te fuera en ello… caíste de rodillas al piso y no dejabas de dar gracias a Dios, mientras que llorabas hasta cansarte. Esa vez faltaste a todas tus clases con tal de quedarte a cuidar a ese desagradecido bodoque con patas y quitarle la peste a cloaca lo mejor que pudiste…
—¿Pero… pero tú… como sabes todo eso?— el pasmo que embargaba a la doctora era tal, que había conseguido que la mujer dejara de teclear para en su lugar mirar anonada al chiquillo delante de ella, boquiabierta.
—Aquella vez Misato estaba muy preocupada por ti… es la ocasión que más deprimida te hemos visto, y eso ya es un decir. Te la pasabas buscando al gato por toda la ciudad, no hacías otra cosa más que eso. Casi no comías ni dormías. Supuse que no era el gato en sí por lo que sufrías tanto, siempre creí que ese animal simbolizaba algo más para ti que una simple mascota. Nunca entendí del todo qué clase de carencia afectiva compensabas sobrealimentando y mimando a ese montón de pelos… de todos modos, Misato y yo sabíamos lo mucho que te importaba, por lo que mientras que ella buscaba por todas las tiendas de mascotas un gemelo idéntico que pudiera reemplazar a Momo, yo me puse a buscarlo por mi cuenta. Sabes lo bueno que soy para encontrar animales, sólo acuérdate lo rápido que encontré a Shinji cuando salió corriendo de aquí… La noche anterior había caído un diluvio y esa mañana seguía sin dejar de llover, pero me las ingenié para encontrarlo atorado en una boca de tormenta justo antes de que la corriente que se había hecho lo arrastrara hasta ahogarse… no te voy a mentir, me costó un güevo y la mitad del otro sacarlo de ahí sin dejarme arrastrar también. Para colmo, el muy ingrato me arañó la cara en cuanto lo sujeté, y no cesó en sus intentos de arrancarme los ojos en el apresurado camino hasta tu casa… antes de soltarlo en la entrada toqué a la puerta tres veces, luego me escondí en las escaleras del pasillo para asegurarme que el muy imbécil no volviera a escapar antes que lo vieras…
Perpleja, Ritsuko no podía más que reconocer la perfección con la que encajaban todos los detalles que le eran relatados en las circunstancias que rodearon el reencuentro con su amada mascota. No obstante, había una cosa que seguía sin entender:
—¿Y… todos estos años… porqué nunca dijiste nada al respecto?
—No lo hice para que me felicitaran, y a decir verdad, ni siquiera lo hice por ti ó por ese condenado felino— confesó el jovenzuelo, modulando todavía más el timbre de su voz para hacerlo casi un murmullo —Lo hice solo por Misato… tu depresión estaba comenzando por afectarle. Es comprensible, teniendo en cuenta que eras su única amiga en aquél entonces. Tu patético estado la estaba lastimando, sobre todo porque era muy poco lo que podía hacer por ayudarte. Por si aún no te ha quedado claro, amo a esa mujer con locura, y que me lleve el diablo si acaso permito que sufra sin que haga algo de mi parte para poder remediarlo… aún así, en ese momento, al verte llorar de esa forma tan sincera, me di cuenta que alguien que puede amar algo de esa manera no puede ser tan desalmada como quiere aparentar. Desde ese día te he visto con otros ojos, esa vez pude saber que aún tienes algo de corazón y pude vislumbrar un pedacito de tu alma… no es que eso te quite lo cretina, claro está, ó que te comportes como una perra maldita la mayoría de las veces…
—¿Y entonces ahora me dices todo esto por que…?— instó Akagi, sin querer darle oportunidad de reanudar su seguidilla de ataques en su contra.
—Precisamente, porque he descubierto un poquito de decencia en ti, y porque de antemano sé el genuino cariño que sientes por Misato, por todo eso me gustaría que me dijeras si es que acaso Ikari está planeando matarme de nuevo… toda esta estupidez de dejarme aislado de los demás muchachos y dejarme aquí varado como un enorme tiro al blanco es bastante obvio, por supuesto, pero me gustaría saberlo de ti… no es que piense que al saberlo vaya a poder evitarlo… pero por lo menos podría darme la oportunidad de despedirme de la pobrecilla de Misato…
La mujer de ciencia observó fijamente al chiquillo por unos instantes, para enseguida soltar un hondo suspiro de lamentación. Como si quisiera quitar las barreras entre ambos, se quitó los anteojos que hasta entonces traía puestos, sosteniéndolos cuidadosamente entre los dedos, mientras le respondía, susurrante pero con suma claridad:
—Hace unos días recibimos noticias que el Frente de Liberación Mundial se escindió en dos fracciones, supuestamente en un golpe de estado al interior de la organización. Al parecer sus antiguos dirigentes están en la fuga y sumamente desesperados, podrían intentar cualquier cosa. Todas las instalaciones de las Naciones Unidas están en alerta máxima, pero también es bastante conocido que tú eres uno de sus blancos prioritarios. Ahora que están acorralados, lo más probable es que harán hasta lo imposible por acabar contigo de una vez por todas. Es por eso que el Comandante Ikari te mantiene aquí, aislado y vigilado. No está tratando de matarte, estúpido, está tratando de salvarte el trasero… así que lo mejor que podrías hacer es mantener un perfil bajo y hacer caso de todas las indicaciones mientras que lo peor pasa…
Una vez más en aquél agitado día, el joven Rivera se encontraba a sí mismo desprovisto del don del habla. Con su elocuencia reducida al mínimo, solamente se limitó a pasar saliva nerviosamente, en tanto que sus ojos se agrandaban cada vez más. Ser blanco del grupo guerrillero-terrorista con más renombre a nivel mundial no era algo para tomarse a la ligera, más teniendo en cuenta que ya anteriormente había sufrido varios atentados por parte de sus seguidores, de los cuales apenas había escapado ileso. El que aquél extrañamente vilipendiado chiquillo siguiera respirando era algo mucho más que un milagro, sobre todo por el empeño que se había empleado para que no fuera así.
—Bueno… siendo así… estuvo bien pensado, entonces…— masculló el muchacho con cierta dificultad —Eso fue… fue algo muy considerado de su parte… creo…
—Sólo trata de recordarlo la próxima vez que quieras dar rienda suelta a tu boca floja y dejar que tu lengua piense por ti, pequeña sabandija arrogante— respondió Akagi, colocándose de nuevo sus anteojos y volviendo a la tarea que la mantenía tan ocupada —Ó la próxima simplemente te dejaremos afuera, listo para que te maten como a un perro…
—Procuraré tenerlo en mente— dijo Kai mientras se levantaba de su asiento —Ahora, si me disculpas, tengo que ir a soltar el miedo en el privado de los chicos…
—No soy tu maestra de preescolar, idiota, así que más te vale no quedarte dormido ahí adentro, ó te pesará…
—Tal vez tarde un poco, verás: haré un depósito en el pequeño banco de porcelana… platicaré largo y tendido con el Guapo Ben… echaré un topo al hoyo…
—¡Ya entendí, imbécil, lárgate de aquí de una buena vez! ¡Maldito seas, no tengo que estarme enterando de todo lo que hace tu cuerpo!
—¡Volveré en cuanto libere a Willy!— remató el ilustrativo jovencito mientras salía por la puerta, antes de ser alcanzado por un pesado pisapapeles que le había arrojado Ritsuko.
—Lidiar con ese chiquillo es un daño constante a mi salud mental— suspiró la mujer, masajeando sus sienes cuando intentaba calmarse.
El sonido del timbre de su teléfono la sacó de concentración, y mirando el aparato con desgano, contestó a la llamada.
—¿Sí?— preguntó alzando el auricular, acomodándoselo de manera que pudiera seguir trabajando mientras hablaba.
Al otro lado de la línea hablaron, guardando por su respuesta.
—¿Que qué?— pronunció la rubia, no dando crédito a lo que escuchaba —¿Pero, cómo puede ser? ¿Aquí, justo en este momento? ¿Es en serio?
De nuevo su interlocutor hizo uso de la palabra, y debió decir algo muy convincente, ya que la científica sólo respondió de forma lacónica:
—Sí, entiendo.
Suspirando estoicamente, volvió a colocar el auricular en su sitio. Se mantuvo cabizbaja por algunos instantes, apoyada en una consola, hasta que se dirigió a todo su equipo:
—Muy bien, salven los archivos de las pruebas de hoy y apaguen las máquinas...— hizo una pausa, para volver a suspirar y concluir —Y después de eso todos vayan al refugio 7 del piso 25. Permanezcan ahí hasta que se les indique.
Acabadas de pronunciar estas palabras, todo mundo se quedó estático en su lugar, no dando crédito a lo que sus oídos escuchaban. Aquello era un procedimiento sin precedentes en todo el tiempo que llevaban trabajando en la organización. Veían con incredulidad a la doctora, esperando que de un momento a otro les dijera que se trataba de una broma. Sin embargo, ésta observó a todo mundo con hastío, frunciendo el ceño, hasta que finalmente explotó:
—¡¿Qué esperan para hacer lo que les dije, con un demonio?!— gritó enardecida, golpeando la consola que tenía en frente —¡Muévanse, maldita sea!
En el acto, todos se descongelaron e hicieron sin chistar lo que se les ordenó, aunque fuese la cosa más rara e inusual que se les hubiese ocurrido. De nuevo tuvieron que apagar todas las máquinas, con todo lo que ello implicaba, y dirigirse a la brevedad posible al refugio. Obviamente que todo se convirtió en un caos total, y las personas iban y venían apuradas por doquier, ante la mirada impasible de Rikko, que semejaba a un volcán a punto de hacer erupción. Esto, antes que apareciera por la puerta Misato, que por casualidad iba llegando.
—¿Qué es lo que está pasando aquí?— preguntó la recién llegada, desconcertada, observando impávida el desorden que imperaba allí adentro.
—El comandante habló... — respondió Akagi, luchando por contener su ira —Los de Seguridad Interna quieren que suspendamos todas las actividades y que todo el personal se dirija a los refugios del piso 25…
—¿Qué?— exclamó la mujer con rango militar, sorprendida e irritada a la vez —¿Por qué no se me notificó de esto? ¿Qué planean esta vez esos matones de Seguridad Interna?
—Lo ignoro— contestó la doctora, apesadumbrada —Por lo pronto, hay que obedecer. Después de todo, órdenes son órdenes— repuso mientras cerraba la carpeta que tenía en sus manos, y abriéndose paso salió por la puerta.
Katsuragi la imitó, molesta en extremo y haciendo sus desplantes de costumbre, sacando de entre sus ropas su celular, marcando furiosa un número, mientras refunfuñaba: "Malditos imbéciles, ¿cómo es que se atreven a hacerme a un lado? ¡Soy la jefa de Tácticas y Estrategias, mi puesto debe pesar en algo!"
Los invasores avanzaron con el jeep hasta donde pudieron, arrasando con todo en su correría salvaje, frenética; dañando máquinas y equipo por igual, matando a cualquier desafortunado que se les pusiera enfrente. Con la inquietud siempre presente de dónde estarían los guardias de Seguridad Interna, esos asesinos tan famosos en la elite de cuerpos de las Naciones Unidas. Ni rastro de alguno de ellos. ¿En qué agujero se habían metido? A eso se sumaba la ausencia de energía eléctrica en todo el trecho que recorrieron del cuartel. Sólo el sistema de emergencia estaba operando, iluminando raquíticamente los pasillos por los que pasaban.
Una vez que el trecho para el automotor se les terminó, el pequeño grupo tuvo que abandonarlo. Tuvieron que continuar con su travesía a pie, desplegándose en todas posiciones, en parejas. De todos modos, ya habían labrado un buen camino para la retaguardia, que esperaban se les uniera pronto. Mientras tanto, aprovechaban para lanzarse a la búsqueda de su objetivo primordial, el cual tenían que conseguir lo más rápido posible, para irse del lugar antes que llegaran los contingentes de las Naciones Unidas, y quizás del gobierno japonés.
Aunque buscar a una sola persona en un complejo científico de trece pisos era lo mismo que con la aguja en un pajar. No iba a ser fácil, eso sí.
Abocado a la penosa tarea de excretar los desechos que su sistema digestivo producía, Kai requería concentración absoluta para que todo saliera como debía ser. Tanto que ni prestó atención a las detonaciones que se sucedían afuera del baño, allá en el corredor contiguo. Ni tampoco a los lamentos de las víctimas ni de los improperios de sus atacantes. Una masacre se llevaba cabo a sus espaldas y él todavía no se percataba de ello, tan concentrado como estaba. Una gran sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro una vez concluido todo el proceso. Salió del sanitario silbando una alegre tonada, con las manos en la nuca. Nunca se hubiera imaginado que con ello atraería a un par de guerrilleros bastante agresivos, que de inmediato lo encañonarían y lo derribarían de un culatazo en plena boca del estómago.
—Mierda… ¡Ay, mierda!— vociferó el aterrado muchacho, aturdido y sin aliento, al verse tirado y encañonado en el piso, sus agresores listos para hacer volar su cabeza —¡Puta madre, ya me jodí!
No tardó mucho en conectar las piezas del rompecabezas para saber que las tropas del F.L.M. habían invadido hostilmente el Geofrente y estaban por dar cuenta de él, finalmente.
Mientras lo volvían a poner de pie de una manera bastante hosca, sujetándolo de los cabellos, Rivera supo entonces que no tardaría mucho en unirse a todos sus otros compañeros que yacían acribillados a lo largo de todo el pasillo, hasta donde la vista alcanzara. Toda su joven vida transcurrió ante sus ojos, confinada al aro de metal que delimitaba la boca del cañón del fusil de asalto que lo amenazaba.
Por suerte para él, uno de sus atacantes lo reconoció justo cuando su compañero le ponía una pistola en la frente, presuroso para jalar del gatillo y acabar con sus días.
—¡Espera, no lo hagas!— ordenó tajante, interponiéndose entre él y la víctima —¿Qué no has visto quién es él, pendejo? ¡Es el aguilucho!
—¿El aguilucho?— repitió el otro, incrédulo, bajando el arma pero todavía sujetándolo férreamente del pelo —¿Este esperpento? ¿Estás seguro?
—¡Por supuesto!— repuso su camarada, sacando de entre sus ropas la foto del muchacho, que con anterioridad se les había hecho llegar a todos los integrantes del grupo de asalto —¿Lo ves? Es este monigote de traje verde...
—¡Carajo!— exclamó el sujeto, rascándose la nuca, sin soltar a su presa —Y yo que pensaba que era el de azul... en ese caso, el Chuy se va a poner contento. Todos los del grupo de choque lo andan buscando como locos, y nosotros nos lo encontramos así cómo así. ¿Qué esperas? ¡Ándale, ya estuvieras hablándole al Chuy! Dile que ya agarramos a su polluelo.
Mientras lo hacía, a empellones el captor forzaba a Kai a caminar delante de ellos, con las manos en alto, sin dejarle de apuntar con su metralleta M-23. Transcurría el tiempo y todo se iba haciendo más vago y confuso para el muchacho, que no acertaba a saber qué era lo que estaba sucediendo. Observaba varios cuerpos, tendidos en el piso, con sangre aún brotando de sus heridas y podía percibir el gélido aliento de la parca soplándole en la nuca.
—¡Si me van a matar, háganlo de una vez, ojetes!— pronunció dificultosamente, en español al reconocer la lengua en la que se comunicaban sus atacantes, avanzando bastante nervioso con el cañón del arma sobre la espalda —¿Ó qué piensan hacer conmigo, a dónde creen que me llevan? ¡Si piensan abusar de mí, maricones, les advierto que tengo sífilis, gonorrea, y toda clase de infecciones! ¡Van a estar orinando sangre meses después que me hayan fregado!... ¡No, no es verdad, aún soy puro y casto! ¡Por favor, me estaba guardando para el matrimonio, quería llegar de blanco al altar! ¡Y ahora ó me voy a morir virgen ó me voy a morir violado por un par de culeros! ¡¿Por qué tenía que venir a trabajar hoy?!
De nuevo un culatazo en la base del cráneo lo hizo caer pesadamente cuando rayaba en la histeria, ahogando un grito de dolor. Sin darle tiempo a recuperarse, el guerrillero que se la había pasado todo el tiempo encañonándolo lo volvió a sujetar de la cabellera, arrastrándolo lastimosamente por todo el corredor, pateándolo con sus botas militares y gritando toda clase de improperios e insultos.
—¡Calla el hocico de una buena vez, maldito hijo de puta!— demandó furioso, notándose su acento francés en ese estado, pateándolo en la boca a la par que continuaba arrastrándolo —¡No estás en posición de decir algo!
—¡¿Porqué?!— se quejaba Kai, tratando de liberarse, sin éxito —¿Porqué están haciendo todo esto? ¿Porqué mataron a toda esta gente? ¡Ellos nada les hicieron! ¿Qué demonios van a ganar matándome, bola de pendejos? ¿Y qué putas le hicieron a la luz?
—¡Que te calles!— gruñó rabioso el atacante, propinándole una fuerte guantada que lo derribó de nuevo al suelo, postrándolo. También, una vez más, el guerrillero volvió a encañonarlo. Con la furia cegándolo, bien hubiera podido jalar del gatillo en ese mismo momento y mandar al otro mundo al joven —¡No tienes la menor idea de todo lo que hemos pasado por tu culpa, cerdo desgraciado! ¡Alguien cómo tú no tiene el derecho a juzgarnos! ¿Me oyes, me oyes imbécil? ¡Debería matarte en este mismo momento!
Lo hubiera hecho, de no ser otra vez por la oportuna intervención de su compañero.
—¡Ya basta, Jacques!— pronunció imperante, apartando el arma de sus manos —¡Sabes muy bien que nos sirve más vivo qué muerto! ¿Lo recuerdas? Has estado muy agitado últimamente, no cometas ninguna estupidez.
El hombre respiraba aprisa, hiperventilado. Era obvio que estaba al borde de un colapso nervioso. Sus ojos, recubiertos por el llanto, lucían perdidos y cansados. Súbitos escalofríos comenzaron a asolarlo, mientras se desplomaba en el piso, arrodillándose. Años y años de dolor y tormento por fin salieron a la luz, desahogándose por completo. Con la cabeza en las rodillas, el fornido sujeto de unos seis pies de altura empezó a llorar desaforadamente, desahogando todo el dolor que llevaba dentro de sí. Tantas tragedias, tantos recuerdos sepultados regresaban a él para acosarlo, cómo cadáveres sepultados para juzgarlo y martirizarlo; avalanchas y avalanchas de sentimientos encontrados se sucedían unas tras otra, devastándolo por completo. Sufría por toda una vida de culpas, por toda una vida en el horror, sin que nada hubiese cambiado al paso del tiempo.
Con la pena que sólo puede ser producida al ver a un hombre maduro llorar cómo un niño, así tanto el infante cómo el consumado combatiente callaron, dejándolo solo con su pena.
—Está bien, Jacques, está muy bien— le dijo su compañero, después de un rato, ayudándolo a que se incorporara —Mira, ya estamos en la posición de Chuy. ¿Qué te parece si yo conduzco al prisionero hasta donde está él, y tú te quedas en este puesto haciendo guardia? ¿Te parece bien?
—S-Sí— asintió con un gesto, recargado en la pared y enjugándose las lágrimas.
—Muy bien, chico listo, avanza— ordenó el hombre, apuntándole al muchacho con su rifle de asalto —Manos arriba, y no intentes nada estúpido, ¿me entiendes?
Desconcertado por la rapidez con la que se sucedían los eventos, el chiquillo no tuvo otra opción que obedecer, ahora sí, con la boca bien cerrada. Con dificultad se levantó del piso y comenzó a caminar, y mientras lo hacía podía sentir con toda claridad cómo el rostro comenzaba a hinchársele. Dentro de un rato, eso iba a doler cómo el infierno.
—Tienes que entender que estos últimos meses no han sido muy buenos para muchos de nosotros— pronunció con tranquilidad su captor. Al parecer, gozaba de un mejor estado de ánimo que el de su colega, además de una mente más despejada —Diablos, que digo, todos estos quince años no han sido fáciles para todos nosotros. A muchos todavía nos cuesta trabajo acarrear con la culpa y la responsabilidad de matar a un hombre. No creas que somos unos monstruos asesinos sin ninguna clase de remordimientos, a diferencia de esos Cascos Azules de la O.N.U. Al igual que tú, somos seres humanos con sentimientos y pensamientos propios de la especie, y también cargamos con nuestros muy particulares problemas.
—Eso no pareció importarles mucho al decidir atacar esta base de investigación científica— repuso, para después escupir un hilillo de sangre —¿Y para qué? Ya les dije que no van a ganar nada matándome, estúpidos…
—No creas— contestó el guerrillero, en un tono algo irónico —Estábamos muy conscientes que éste no era un blanco militar, y que la mayoría de las personas aquí eran no combatientes. Pero pronto comprenderás que no nos quedaba ninguna otra opción. Considera todo lo demás como daño colateral. No era que estos pobres diablos merecieran morir, pero aún así nosotros los necesitábamos muertos. Así es como es. A veces las bajas no se pueden evitar.
—Dile eso a tu conciencia, tipejo— musitó de mala gana el muchacho.
"Shst" fue lo único que respondió el sujeto. Al parecer, llegaban a su destino.
A tientas, debido a la escasa luz que había en el corredor, Rivera pudo reconocer el área del muelle de embarque de la Unidad Z. Toda esa zona parecía desierta, y desde hacía un buen rato que llevaban caminando no había vestigios de cuerpos, a diferencia de cuando comenzaron su travesía. Era muy probable que Misato y los otros pudieron haber sido evacuados a tiempo. Un vuelco le dio el corazón, al recordar a Katsuragi. Esperaba con toda el alma que estuviera a salvo. No soportaría la pérdida de otro de sus seres queridos.
Mientras caminaba a punta de pistola apretaba los dientes, imaginándose a la militar tirada en el piso, envuelta en un charco de sangre, al igual que las otras personas que había visto con anterioridad. "¡No, eso no puede ser! ¡Ella tiene que estar viva, maldita sea!"
Enfrascado en sus pensamientos, no notó cuando lo condujeron al interior del hangar en donde estaba depositado el Eva Z. Por alguna extraña razón, aún había energía eléctrica en esa parte del complejo. Su creación parecía observar con cierto enojo, aún más de su expresión habitual, a los invasores, más al ver que éstos amenazaban a su creador. A través del visor del casco, aquellos ojos rojos, llameantes, brillaban con un sobrenatural hálito, cómo si efectivamente aquella máquina tuviera vida propia.
Enfrente de ella, todavía admirando su majestuosidad, mirándola con cierto recelo, se encontraba un buen número de personas, siete para ser exactos, todas ellas encapuchadas, a excepción de una. El sujeto se encontraba al centro, destacado de los demás por su prominente estatura además de estar delante de ellos. Observaba impávido aquella abominable criatura que se alzaba ante sus ojos. ¿Cómo alguien podría concebir algo así? A pesar de estar desactivada, sentía el enorme poder de esa nueva arma. Ya antes había escuchado del insólito potencial destructivo del que eran poseedores los androides de esa clase, incluso tenía algunas fotografías, pero de todos modos nada era comparable con verlos en vivo y a todo color. Empezaba a reflexionar si todo aquello seguía siendo una buena idea.
—Chuy— alzó la voz el guerrillero recién llegado, siempre detrás de Kai, sin dejar de apuntarle con su arma —Aquí tengo a alguien que quiero que conozcas...
El aludido volvió la vista hacia el visitante, desde su posición, y cuando lo hizo, el muchacho por poco se desmaya.
Esa larga cabellera, ahora limpia y arreglada, recogida en una cola de caballo. La barba de candado, también recortada en comparación a la foto que le habían tomado. El rostro, moreno y curtido seguía igual, pero más limpio, presentable. En los ojos, en esa mirada perdida y desesperanzada había algo vagamente familiar, más de lo que le hubiera gustado. No necesitó de mucho esfuerzo, ya que de inmediato lo reconoció. Imposible olvidarlo.
—¡No! ¡No puede ser! — gritó aterrado Rivera, al mismo tiempo que palidecía y se ponía tan blanco cómo un fantasma —...tú estás... estás...
El piso parecía movérsele, todo le daba vueltas, mareado. Su semblante se puso tan transparente que hasta parecía que se podía ver a través de él. Estaba por desmayarse. Con gran esfuerzo, se sobrepuso, antes de caer en la inconsciencia total. Tenía que haber una explicación para aquello.
También estupefacto, el líder de los guerrilleros se abrió paso entre su tropa, sin quitarle la mirada de encima un solo segundo al joven. Viéndolos bien, los dos presentaban bastantes semejanzas físicas, desde la forma del rostro hasta la complexión y el cabello. La tez morena también se presentaba como una similitud, aunque ésta tenía un tono más oscuro en el hombre que en el chico.
—Tú debes ser Kai Katsuragi, mejor dicho, Kyle Rivera. Mucho gusto— musitó el veterano guerrero, fogueado en mil batallas, una vez que estuvo frente a frente al chiquillo —Quizás no me reconozcas sin mi capucha, así que haré las presentaciones convenientes: yo soy el Comandante Chuy, antiguo comandante en jefe de las tropas rebeldes, el Frente de Liberación Mundial.
Se detuvo, examinando detenidamente (otra vez) al joven que tenía delante suyo. Era cómo poder verse en un espejo hace veinticinco años. El parecido era tan asombroso: la nariz, las cejas gruesas, la forma de la quijada, fuerte. La estatura, la complexión, el color de la piel. ¡Era maravilloso poder verlo! Lo único que no encajaba era aquél par de esmeraldas que tenía por ojos. Tan brillantes y esperanzados.
—Pero en realidad, cómo ya debes saber, ése no es más que un seudónimo— continuó, ante la mudez temporal del muchacho, que seguía boquiabierto —Mi verdadero nombre es Antonio Rivera Madrigal. Soy tu tío...
El silencio explotó como una bomba en el lugar. Todos callaron, esperando la reacción del joven. Algunos también callaron por la sorpresa que les producía aquella revelación; la gran mayoría de sus seguidores no sabían el verdadero nombre de su líder, y los que lo sabían no conocían la relación que sostenía con el infante.
—Sí, claro— repuso Kai, reponiéndose de la impresión, desengañado al escuchar la supuesta verdadera identidad del líder de los rebeldes —Y yo soy el ratón Miguelito. Mira, Ernesto Guevara de segunda categoría, a lo mejor puede que ése sí sea tu verdadero nombre, pero tú no puedes tener un parentesco conmigo. Si en verdad lo tuvieras, cosa que es imposible, sabrías que a través de las generaciones de la familia Rivera, todas ellas han sido compuestas de un solo integrante varón, cada una. Así que es imposible que seas hermano de mi padre, ya que él fue hijo único, al igual que mi abuelo, y mi bisabuelo, mi tatarabuelo, etcétera, etcétera.
—Vaya— respondió el guerrillero, cruzándose de brazos, mirando con gesto divertido a su sobrino —Así que Pepe nunca te habló de mí.
—Pues verás, últimamente no he tenido oportunidad de charlar con él— contestó el chiquillo en el mismo tono.
—Lo sé— añadió el Rivera más viejo, cabizbajo, cómo recordando algo —Pero hay muchas cosas que tú no sabes... sólo estuviste con tu padre hasta los tres años, ¿me equivoco? Después te adoptó esa japonesa, Katsuragi, y no creo que hayas podido aprender más de lo que te comentó tu padre de tu familia a lo largo de estos... ¿Cuántos años han sido? ¿Once, doce años?
—Once— contestó el joven, mientras el rostro se le oscurecía.
—Mira, cada uno a nuestro modo, tu padre y yo fuimos las ovejas negras de la familia— comentó el comandante insurgente, paseándose en torno al chiquillo, examinando minuciosamente cada ápice suyo —Por mi parte, yo lo fui al ser el gemelo en nacer después que él, acabando así con esa centenaria tradición de la que hablas...
Gemelos. Conque eso era. Eso explicaba el porqué ese sujeto era idéntico físicamente a su padre, y eso hacía posible también su parentesco. ¿Pero porqué nunca su padre le había dicho que tenía un hermano? Era todo un misterio. Los eventos se sucedían con tal rapidez que sentía que nada estaba firme, ni siquiera el suelo que pisaba. Sin duda alguna, eran muchas emociones en un día, demasiadas para cualquiera, y todavía faltaban muchas más.
—...y tu padre lo fue al ser el único no combatiente de toda la familia. Sin duda alguna sabes que todos los Rivera, a través de los años, han profesado el oficio de las armas, ya sea con el gobierno establecido ó en su contra.
Kai asintió, con la cabeza, ante la atenta mirada de su tío. El sólo verlo hacía que, al igual que el ave Fénix que renace de las cenizas, sus esperanzas en el mañana renacían. Quizás no todo estaba perdido.
—Creí que tú también seguirías su ejemplo— añadió Antonio —Pero ya veo que no es así. Me parece muy bien que continúes con la costumbre de la familia— pronunció, señalando al enorme robot que tenía detrás de él, quien seguía con su gesto asesino para con él y sus hombres.
—Tengo mis razones, fulano— respondió el joven Rivera, sin compartir su ánimo por ese hecho —Pero de todos modos, no creo que haya nada memorable en dedicarse a luchar y matar gente.
—Aún eres muy joven— suspiró el guerrillero, dándole la espalda —A veces no queda otra opción, más que pelear. De no ser así, tú no pilotarías esa máquina ni arriesgarías tu vida al enfrentarte contra esos seres. Pero al hacerlo, al final terminas dándome la razón. Cuando crezcas lo comprenderás. Todos lo hacemos, muchacho.
—¿Soy muy joven?— repitió Kai, en tono burlón —¿O es que todavía no estoy lo suficientemente amargado por todos mis fracasos? Creo que una persona debe ser fuerte para que el mundo no termine por cambiarla. Debe ser al revés, y más en un personaje de tu talla, "tío".
Un tremendo gancho dirigido al hígado, cortesía del fornido sujeto, lo hizo callar para luego derrumbarse al doblársele las rodillas bajo su propio peso, al mismo tiempo que tosía con mucho dolor y devolvía el bolo alimenticio, enroscándose para conseguir aire.
—¿Cómo te atreves a hablarme de eso?— preguntó furioso el comandante, jalándolo del cabello para que levantara la vista hacia donde él estaba —¡¿No eres tú, Kyle Rivera, creador de la Mina N2 y responsable de quién sabe cuántas muertes?! ¡Mi familia estaba en La Paz ese 23 de Marzo del 2004, para que te lo sepas, pequeño desgraciado! ¿Cómo crees que puedes venir así cómo así para hablarme de "responsabilidad"?
Harto de los maltratos recibidos de parte de los invasores, el muchacho decidió no soportar más. Mientras apretaba los dientes y cerraba los ojos, concentrándose, unos hilillos de sangre comenzaron a brotarle de la nariz y los oídos. En ese momento, sin que nadie se lo esperara, el Eva Z alzó el puño y lo chocó con estrépito sobre la plataforma donde se encontraban todos de pie. Todo mundo salió volando a causa del fuerte impacto, lo que le permitió a Kai zafarse del agarrón de pelo para de inmediato lanzarse con todo su peso sobre el guerrillero, dándole un buen puñetazo en el proceso. Al cual le sucedieron otros dos, cuando lo tuvo merced al piso.
—¡Yo sé lo que hice, perro miserable, lo sé muy bien!— gritó enardecido, mientras lo golpeaba —¡Nunca puedo olvidar a esa gente, por más que lo he intentado! ¡Y desde entonces los locos que te siguen no han dejado de querer matarme, cómo si yo hubiera dado la orden para bombardear todas esas ciudades! Y mucho menos pienses que voy a permitir que un vulgar asesino de tu calaña venga a reclamarme por eso... ¡Ay, sí, "Tierra y libertad"! ¡Pues toda esa tierra está regada con la sangre de todas tus víctimas, asqueroso asesino! Veles a hablar de la igualdad de clases a las 123 personas que murieron cuando volaste el World Trade Center de Bangkok, ó las 14 mujeres que violaste y disparaste cómo a perras en Berlín... ¡Cerdo bastardo!
Reponiéndose de la impresión e incluso luego de haber vaciado varios cartuchos de sus armas sobre el nuevamente inerte Evangelion, toda la tropa acudió al auxilio de su líder, quitándole al joven de encima de una manera no muy amable, con un culatazo en la base del cráneo, para después tirarlo en el suelo y darle una serie de puntapiés en el estómago y en la cara, con su calzado militar, para completar el día. Lo castigaron por mucho rato, hasta que el jefe acudió en su auxilio.
—Ya basta— pronunció con dificultad, rojo cómo un jitomate —Es suficiente, con eso tendrá... — con un ademán les ordenó que se alejaran, lo cual obedecieron casi al instante, aunque seguían vigilándolos continuamente aún a la distancia.
—Yo también estoy consciente de los horrores que he perpetuado a lo largo de mi lucha— le dijo al muchacho, que se encontraba temblando en el piso y seguía cubriéndose cómo podía, tendiéndole la mano derecha para que se levantara —Los dos hemos cometido bastantes errores durante todos estos años... — prosiguió mientras dificultosamente ponía en pie a su sobrino —Por eso vengo, ahora, a ofrecerte la oportunidad de enmendarlos, corregir cada uno de ellos, juntos. Los dos podemos ayudarnos a conseguir finalmente el perdón de todos nuestros pecados, nuestra redención.
Todavía aturdido, el joven lo observó desconcertado, interrogándolo con la mirada. No entendía nada de lo que decía, quizás por tantos golpes en la cabeza.
—¿Es que todavía no lo entiendes?— preguntó Antonio al hijo de su hermano —Todo esto lo hice por ti, sólo por ti. ¿Qué creerías que obtengo al atacar el refugio subterráneo mejor resguardado de todo el planeta? Absolutamente nada, es un auténtico suicidio, estratégicamente hablando. Y aún así, debía hacerlo, debía intentar poder verte, hablar contigo. Eres lo único que me queda en este mundo, la única persona que puede ayudarme en este momento.
—¿De qué rayos me estas hablando?— pronunció Kai de manera entre cortada, encorvado, mientras el rostro se le hinchaba aún más —¿Mataste a toda esta gente, sólo para hablar conmigo? ¿Sabes de un aparato llamado teléfono, maldito imbécil?
—Las bajas se mantuvieron al mínimo, créeme, y fueron las estrictamente necesarias— dijo el guerrillero —Son cosas que no se pueden evitar... pero ésas pueden ser las últimas, si vienes conmigo y me ayudas.
—¿Ayudarte? ¿En qué?— siguió preguntando el joven, más confundido que nunca.
—Piénsalo bien, muchacho— continuó el comandante, caminando en círculos con las manos por detrás —Hace once años, creaste la Mina N2 casi por accidente, y observa todas las catástrofes que se han desatado desde que se extendió su uso. Imagina lo que puede suceder ahora que has creado a esta... esta... — Chuy volteó a ver a la Unidad Z, sin encontrar la palabra justa para designarla —Esta cosa... Debe ser mucho más poderosa que la Mina N2, si no me equivoco, eso significa mucho más destructiva.
—Sin embargo— repuso el chiquillo —Tiene su razón de ser, su justificación, ya que los Evangelions son los únicos que pueden combatir a esas criaturas que intentan destruir la Tierra. No creas que es sólo un capricho.
—Lo sé— asintió el sujeto —¿Pero qué pasará cuando esos seres hayan sido eliminados? Ellos se irán, pero estas nuevas armas se quedarán entre nosotros. Sólo imagínate lo que sucederá cuando comiencen a usarlas no para atacar a esos monstruos, sino a poblaciones enteras. De seguro, con sólo cinco de estos robots el gobierno chino se apoderaría de todo el planeta. ¿Y si los Estados Unidos tienen otros cinco? ¿Y Alemania tres? ¿Y los tres que están en Japón? Piensa en todo el caos que se desataría alrededor del globo, al encontrarse uno frente a otro estos nuevos poderes. Decaería en la aniquilación total. ¿Cuánta gente volverá a sufrir por tu causa?
—Ya he previsto esa posible eventualidad— corroboró el infante —Y por lo tanto, he tomado providencias en el asunto. No necesito que vengas de sabrá Dios qué agujero a echármelo en cara.
—Quizás— pronunció su tío, observando detenidamente al Eva Z, cómo estaba antes de que llegara su joven pariente —Pero cómo ya lo había dicho antes, aún eres muy joven... y eso no quiere decir que debas estar frustrado y amargado, ni que no puedas tener tus ideales intactos; a lo que me refiero es que aún te faltan muchos años por vivir, todavía te falta madurar, agarrar experiencia. Aún estás muy verde— al decir esto, Kai observó confundido su Evangelion, para después recordar que cuando la fruta aún no está madura coloquialmente se dice que está verde. Llevaba muchos años viviendo en Japón, por lo que tendía a olvidar ese tipo de expresiones, cómo suele suceder —No conoces de lo que son capaces las personas, no cómo yo las conozco. De lo que puede ser capaz alguna gente con tal de satisfacer su ambición de poder, su sed de dinero. Sin importarles nada más, sacrifican a gran cantidad de personas, "carne de cañón" cómo ellos les dicen, con tal de ver sus propósitos cumplidos. Son de ésos que piensan que el fin justifica los medios. ¿Sabías que en el 2000, justo antes del Segundo Impacto, una selecta elite de empresarios y dirigentes mundiales sabían de antemano la hecatombe que se aproximaba, y sin embrago no hicieron nada para evitarlo, para alertar a la humanidad siquiera? No, en su lugar prefirieron guardar el secreto para sí, refugiarse lo mejor que pudieron del desastre para después apoderarse de las ruinas que quedaran del planeta. Antes y ahora ellos siempre serán el poder tras el poder, los auténticos dictadores del mundo. Es a esta clase de personas a las que yo combato; dime tú: ¿Qué posibilidades tienes tú, una sola persona, por muy excepcional que seas, contra todo un aparato de poder mundial? No creo que muchas, eso sí te digo.
—¿Y tú sí las tienes?— inquirió fastidiado el joven.
—No, no solamente yo— contestó el guerrillero —Nosotros. En nuestra unión radica nuestra fuerza. Sólo nos tenemos el uno al otro para defendernos de nuestros enemigos. ¿No lo entiendes? Si te lo propusieras, podrías cambiar el mundo entero. Todo ese potencial que has desperdiciado durante tanto tiempo, por fin podría tener un buen uso. Piénsalo, tu talento podría ser usado para un bien común, sólo necesitas un poco de ayuda, algo de dirección.
—¿Y qué bien podría ser ése?— preguntó de nuevo, aunque ésta vez con semblante divertido, medio burlesco.
—La libertad de todos los seres humanos— expresó con severo continente —¿En verdad te agrada trabajar bajo las órdenes de los opresores de la gente? ¿De aquellos que sólo ven a las personas cómo una mercancía más?
—Por ahora, no me queda de otra— musitó Kai, desganado.
—Siempre hay una salida, muchacho— el guerrillero encaró al chiquillo, poniéndose delante de él —Sólo hay que saber buscarla. No puedes esperar sentado a que las cosas cambien, tienes que levantarte de tu asiento y obligar al pinche mundo a tener algo de sentido... eso es algo que aprendí más ó menos a tu edad. En nuestras manos tenemos el poder de hacer que el mundo sea un mejor lugar para todos. Siempre lo hemos tenido, sólo que muy pocos se atreven a usarlo. ¿Qué dices? ¿Quieres utilizar el poder que tienes, el poder de hacer la diferencia? Sólo unos cuantos elegidos tienen el privilegio de hacerlo, y tú eres uno de ellos.
—¿Ah, sí?— pronunció visiblemente desconcertado el piloto —¿Y qué se supone que debo hacer?
—Venir conmigo— aclaró el veterano guerrero, mientras lo veía fijamente —Unirte a mi revolución, y con tu ingenio natural contribuir a la causa. Pilotear ahora mismo esta cosa a mis espaldas y salir de aquí, incluso del país, para llevarte a donde se te necesita. Tú no sabes la conspiración, la enorme intriga que se está cerniendo ya no sólo sobre un territorio determinado, una aldea que es desalojada y aplastada por las tropas federales para construir allí condominios para los extranjeros; no, ya no es algo tan simple, pronto, muy pronto, la humanidad entera estará en peligro mortal. El hombre no tiene idea del horror que ha dejado libre. Terminará por acabar con él, si tú y yo no hacemos algo, no tengas la menor duda al respecto.
—¡¿Unirme a las fuerzas rebeldes?!— exclamó sorprendido, mareado incluso. Definitivamente, ese día era de muchas emociones fuertes —¿La humanidad en peligro? ¿Conspiración? ¿De qué demonios me estás hablando?
—Creo que tú mismo has contestado a tu pregunta— señaló el sujeto, algo divertido por la reacción del muchacho; admiraba su fortaleza, no muchas personas eran capaces de soportar todo por lo que él había pasado, y sin embargo, continuaba estoico. Sin duda, sería una excelente adición al movimiento. Por fin se cumpliría su sueño anhelado por tantos años, el que un familiar se uniera a su causa; había fallado antes con su hermano, pero ahora era muy probable que tuviera éxito con su sobrino, al parecer. Pero no se podía dar el lujo de bajar los brazos, tenía que seguir insistiendo; mucho dependía de ello —En este momento no puedo hablarte mucho de ello, pero podemos hablar en el camino al Océano Índico. Entiendo que tu máquina no requiere de una fuente de poder externa, por lo que he escuchado. Eso será muy conveniente... Por cierto, ¿Crees que podría dejar de mirarme de esa manera?— pronunció algo inquieto, mirando de reojo a Z —Es algo macabro, parece cómo si estuviera viva.
—Así has de tener la conciencia— reprochó el joven piloto, a quien la mirada del Eva no molestaba en lo más mínimo —En cuanto a tu proposición, me temo que tendré que declinar de ella, gracias. Contigo ó con ellos, las cosas serán lo mismo. Sólo que tú me pides que adelante el infierno, que destruya por ti y tu gente a ejércitos enteros y así podrías fácilmente apoderarte de los territorios de las Naciones Unidas, ¿no es así? Pero de todos modos, si lo hago morirá gente. Al final quedamos con lo mismo. ¿Qué diferencia podría hacer con eso? Por lo menos, ahora sólo combato con monstruos, no con personas. Ya no quiero ver morir gente frente a mis ojos, y menos por mi mano.
—Pero si es precisamente a un monstruo al que te pido que combatas... — repuso en el acto Antonio —... al monstruo de la codicia y avaricia humana... mientras estamos aquí, en este momento, la gente sufre, y ni tú ni yo estamos haciendo algo para detenerlo. La muerte es un proceso natural, y en este tipo de conflictos es inevitable que algunas personas mueran. Pero es necesario, porque su sacrificio es el que nos otorga libertad, la paz que tanto anhelamos conseguir. Sé por lo que has pasado, pero tienes que enfrentarlo, la gente siempre muere. El cómo, y sobre todo el porqué, es lo que hace que no sea en vano.
—¡No! ¡Me niego a matar a mi prójimo! ¿Sólo porque no piensan como nosotros deben morir? ¿Qué nos hace pensar que podemos decidir quién muere y quién no? ¿Por qué tengo que pensar que no tienen el mismo derecho que yo a la vida?
—¡Porqué no son aptos para aprovecharla en comunión con todos los demás! ¡Por eso! ¿Es que no entiendes? Hay cosas peores que la muerte, chico. Una de ellas es una vida desperdiciada. Venimos a este mundo por una razón especial, un propósito que se nos ha sido asignado desde antes de nacer, y si no lo cumplimos nos sentimos vacíos y miserables por dentro. Apuesto a que tú te sientes así, ¿no es verdad? Insatisfecho, sin realizarte a la mitad de tu vida, sin saber a dónde ir. Yo sé lo que se siente, créeme, ya me he sentido así alguna vez. Y encontré mi razón de ser al ayudar a mis hermanos necesitados...
—¡¿Matándolos?! Ya sea de un balazo, volándolos en mil pedazos al hacer estallar una bomba en un centro comercial repleto, ó bien mandándolos a una muerte segura contra un enemigo mayor capacitado y mejor armado.
—Jamás he obligado luchar a alguien que no quiera hacerlo. Los compañeros de los que hablas se ofrecieron voluntariamente, por su propia decisión, a cubrir nuestra retirada para darnos alguna oportunidad de escapar. De no haberlo hecho, el movimiento, el sueño mismo estaría muerto. Y si no quieres que te golpee de nuevo, será mejor que no menciones de nuevo ese acontecimiento, que ya he tenido que lidiar bastante con él todos los días desde ese entonces, para que venga un mocoso imberbe a echármelo en cara. Verás: estando el género humano compuesto por tantos miembros, necesitamos que todos ellos cooperen por el bien común, ya que si uno de nosotros no se encuentra bien, ninguno de los demás lo estará. ¿Qué se hace con una pierna gangrenada? Se corta, antes de que infecte a todo el cuerpo. Igual sucede con la mala hierba, y con muchas otras plagas. Encontrarás muchas referencias en la Biblia, por si no fuera poco, cómo esa de "Apártense de mí, desdichados, por que estuve hambriento y no me dieron de comer, estuve enfermo y no fueron a confortarme, estuve preso y no fueron a visitarme, estuve desnudo y no me vistieron". De la misma manera, tenemos que erradicar a esos miembros que hacen tanto mal a nuestra comunidad. Quizás Jesucristo se refería a ello cuando dijo eso. Esas personas que han ayudado a que el balance de nuestra sociedad se encuentre inclinado de un solo lado, quienes no han hecho nada por auxiliar al necesitado, a sus propios hermanos, no han hecho más que desperdiciar su vida al velar por sus propios intereses, por lo tanto no creo que la necesiten ni la extrañen mucho.
—¡Válgame, ya nos pusimos religiosos! ¡Ahora resulta que el guerrillero marxista se pone a hacer citas bíblicas! Pero ya que estamos en eso, ¿en serio crees que Jesús hubiera incitado a sus seguidores a la violencia? No distorsiones su ideal de vida, un verdadero ideal de convivencia para la raza humana: paz y amor entre los hombres. A mí también se me ocurren algunas frases suyas cómo la de "Perdona nuestras ofensas cómo también nosotros perdonamos a los que nos ofenden", ó también está "No juzguen y no serán juzgados" y no olvides tampoco "El que a hierro mata, a hierro muere". Lo que tú estás sugiriendo es genocidio. Así empezaron los miembros de partido nacionalsocialista, los tan famosos nazis, en un principio; queriendo desechar y eliminar a los que creían ostentaban el poder de su política y economía, cómo los judíos y los extranjeros, pretendiendo implantar un sistema en el que el pueblo se vengara de los abusos de las clases altas. 77 años más tarde, ve lo que ha sido de ellos. La Historia ya los juzgó, y cuando te llegue tu turno hará lo mismo contigo, con todos nosotros. La Historia no es nada más una colección de bonitos relatos y fantásticas epopeyas, se debe aprender de ella para no cometer las mismas estupideces de siempre.
—Precisamente esa actitud pasiva que demuestras es la que le ha costado a la humanidad a lo largo de la Historia que mencionas a seguir estancada donde mismo, unos pocos viviendo en la abundancia mientras que la mayoría vive en la miseria. ¡Sólo mediante la lucha de clases el hombre podrá ser libre, cuando se quite todas las ataduras y condiciones que lo encadenan y se rebele contra los tiranos! ¡La revolución armada es el único camino que nos queda!
—Pero es que no puedes combatir odio con el odio, sino entonces sí que devendrá la extinción de la raza humana. Caerías en el mismo círculo vicioso en el que han caído todas las revoluciones. Todos tus precursores, los que salieron victoriosos, al final terminaron por convertirse en lo que en un principio luchaban en su contra: déspotas y crueles dictadores que pensaban que sólo ellos tenían la razón. Necesitamos encontrar la manera de poder convivir absolutamente todos en una comunión armónica y pacífica. Tiene que haber una forma en la que todas las personas puedan tener acceso a esa comunidad, sin excluir a nadie por motivos de raza ni de credo.
—Entonces, ayúdame a encontrarla, por favor… juntos.
El refugio no era, para nada, incómodo. Era bastante amplio, con espacio y asientos confortables de sobra. Incluso había varios despachadores de café a lo largo del enorme cuarto, mismos que de inmediato se encontraron sitiados por los refugiados. Además de poder alejarse temporalmente de la tensión acarreada por el trabajo, los miembros del equipo científico de NERV tenían la oportunidad de relajarse, descansar, incluso conocerse y relacionarse más entre ellos mismos. Siendo así, se podía observar cómo Makoto y Shigeru conversaban animosamente entre ellos y con personal de la división de las Naciones Unidas a cargo de Zeta, mientras que Kenji Takashi aprovechaba para hacer lo mismo con Maya, sentados los dos un poco apartados del resto de los demás. Al parecer la charla era muy amena, ya que ambos se encontraban sonriendo.
El ambiente, y la música de fondo que habían puesto en el sonido, no hacían suponer que unos cuantos niveles más arriba se estaba sucediendo toda una batalla campal. Nadie hubiera podido imaginarlo, ni siquiera la Capitán Katsuragi, quien se paseaba nerviosamente por los alrededores, sin dirigirle la palabra a nadie.
—¿Aún no te cansas, Katsuragi?— pronunció Ritsuko, sobre su asiento, con las piernas curzadas y dándole un sorbo a su café —Porque yo sí que ya me cansé de verte desfilar de aquí para allá... así no conseguirás nada. Ven, lo mejor que podrías hacer es relajarte y sentarte— golpeó el respaldo del asiento contiguo con la palma de la mano, instándola a que se sentara —No te preocupes, todo esto pasará más pronto de lo que crees...
—¡Es que no soporto ignorar qué diablos es lo que está pasando!— repuso Misato mientras hacía caso a la invitación y se recostaba pesadamente a lado de Akagi —No entiendo porqué tanto misterio. Ni siquiera a mí se me puede decir algo al respecto. Tiene que ser algo muy grande, pero… ¿Qué?
—No deberías acongojarte tanto— contestó su compañera, dando otro sorbo al café —A su debido tiempo se te informará de la situación. Quizás ahora no es muy prudente que sepas de lo que se trata todo el asunto.
—Tú sabes algo, ¿no es así Rikko?— acusó la militar, observando detenidamente a la mujer a su lado —Conozco muy bien esa mirada tuya, tan maliciosa. Tú estás ocultándome algo, pero no me vas a decir qué es... ¿me equivoco?
—Incluso yo desconozco las proporciones de esta situación... únicamente sé algunos detalles, muy pequeños, al respecto— confesó Ritsuko —Hasta a mí se me ha mantenido oculta la información referente a este suceso. Lo que sí te puedo decir es que se trata de una operación militar de las Fuerzas Armadas de las Naciones Unidas. Al parecer, desean atrapar a un pez muy gordo.
—¿En este lugar? ¿A quién podría ser?
—¿Ya viste?— cambió rápidamente de tema su compañera, signo innegable que sabía más de lo que ella afirmaba —Hasta el Comandante Ikari está aquí.
Señaló al tiempo que el susodicho entraba al refugio acompañado de su segundo al mando, el Profesor Kozoh Fuyutski.
Sin perder tiempo, Gendo fue derecho hacia donde estaba Kenji, con paso veloz y decidido, y en nada le importó interrumpir su conversación con su adorada Maya. De lejos se podía observar visiblemente el gesto contrariado de Takashi cuando fue abordado por el comandante, mientras se levantaba para hacer el saludo militar. Después, según parecía, Ikari discutía molesto con el oficial científico, hasta quizás amonestándolo por algún motivo desconocido.
Luego de acabar de reprenderlo, se enfiló hacia donde estaba Ritsuko, junto con Katsuragi, y de la misma manera que la vez anterior, tampoco le importó mucho interrumpir la conversación de las dos mujeres.
—Akagi— exigió con voz severa, parándose frente a ella, dejando a un lado las cordialidades —¿En dónde se encuentra Rivera?
Del mismo modo en que lo había hecho anteriormente Takashi, la científica rubia se puso de pie con gesto confundido, totalmente desconcertada. Las palabras no encontraban la manera de salir de su boca, atorándose en ella.
—Yo... yo... no lo sé... creí... yo pensé... que el plan era que estuviera arriba... para que ellos lo encontraran... ¿no era así?— balbuceó, mientras intentaba de articular algo coherente.
El comandante, ante el escaso éxito obtenido con la jefa del departamento de investigación científica, se disponía a interrogar también a Misato; más sin embargo, ésta se le adelantó a sus propósitos, saltando de su asiento como repelida por una fuerza eléctrica.
—¡Dios mío, Kai! ¡Me había olvidado por completo de él! ¡Santo Cielo, sigue allá afuera!— exclamó mortificada, casi al borde de la histeria, volteando a todas partes con la vana esperanza de encontrar a su protegido.
Al percatarse que en ese lugar no obtendría lo que buscaba, con un gesto de desprecio Gendo se dio la media vuelta, dándole la espalda a las mujeres.
—Imbéciles— masculló, mientras que con toda presteza sustraía de su bolsillo su celular, marcando de inmediato el número del jefe militar de la operación, que se encontraba en peligro inminente, y todo por las "suposiciones" de un par de empleados, uno de ellos suyo.
—Anderson— pronunció por el aparato, mientras ignoraba la pena de la Capitán Katsuragi, que buscaba al muchacho por todas partes —Nos encontramos en una situación de emergencia clave roja, ¿me escuchaste? El mocoso está afuera, muy probablemente en poder de esos piojosos, si no es que ya está muerto... — espetó sin más, mientras aguardaba por la respuesta de su interlocutor —Muy bien, lo dejo todo en tus manos…
Apenas terminó, apagó el artefacto, mismo que volvió a introducir en su lugar correspondiente y sin decir palabra abandonó el refugio, acompañado de Fuyutski únicamente, dejando a una Ritsuko muy apenada y a una Misato bastante compungida.
—¡Rikko, tienes que decirme lo que está pasando aquí, por lo que más quieras!— imploró la militar, sacudiendo violentamente a su amiga, que aún no se reponía completamente de la impresión —¿A qué se refería el comandante Ikari, qué es lo que pretenden hacer con Kai?
—Lo siento— acertó a decir Akagi, ante la embestida de su compañera —N- No estoy autorizada para revelarte...
—¡Estúpida!— intervino antes de que acabara su trillada fase, cerrándole la boca de una tremenda bofetada, que ocasionó que todo mundo volteara hacia donde estaban —¡Ese muchacho es todo lo que me queda en este mundo! ¿Me entiendes? ¡Y si algo llega a pasarle por su maldita culpa, jamás se los perdonaré! ¡Nunca!
—Está bien... ya que insistes— pronunció la rubia, como lamentándose mientras se acariciaba su mejilla, y dirigía una mirada feroz a todos los curiosos que las estaban observando. Una vez que los espantó a todos ellos, prosiguió, a la par que sacaba del bolsillo de su bata una fotografía —Desde hace un par de meses los servicios de Inteligencia de las Naciones Unidas pudieron descubrir la verdadera identidad del guerrillero conocido con el alias de "Comandante Chuy", antiguo líder de las tropas rebeldes. Desde entonces, y dada la situación tan precaria por la que pasaba, perseguido y casi sin gente que lo apoyara, lo han rastreado por todo el mundo con el único fin de eliminarlo de una vez por todas, cacería que los condujo hasta Tokio 3, más específicamente aquí, en NERV.
—¿Aquí?— repitió Katsuragi, extrañada —¿Qué podría encontrar en un lugar cómo este ése hombre? No lo entiendo...
—Verás— le dijo, algo indecisa, mientras le pasaba la fotografía que sostenía en sus manos —Inteligencia también descubrió que aquí era el único lugar en todo el planeta en donde podría encontrar ayuda.
Al contrario de Gendo, Misato no necesitó mucho tiempo para reconocer, ó al menos eso pensaba, al sujeto que se encontraba retratado. Únicamente tuvo que mirar aquellos ojos para que de inmediato el pasado volviera a ella. Al igual que Ikari y que Rivera, también ella palideció y por poco se desmaya al creer que estaba viendo a un fantasma, antes de que su confidente le aclarara las cosas.
—No... no puede ser... no puede ser él...
—Él es el famoso Comandante Chuy— le dijo Akagi entre su espanto —Su verdadero nombre es Antonio Rivera Madrigal... el tío biológico de Kai.
—Tío biológico... — murmuró la militar, repitiendo las palabras de su acompañante, mientras seguía sosteniendo con fuerza la fotografía entre sus manos —Eso quiere decir que... ¡Oh, no! ¡Kai! ¡Tengo que encontrarlo a como dé lugar!— exclamó completamente fuera de sus casillas, corriendo hacia la salida del refugio.
—¡No, Misato! ¡No lo hagas!— pronunció igualmente Rikko, mientras apenas y se alcanzaba a colgársele de un brazo, deteniéndola —¡Sólo empeorarás las cosas si sales de aquí! ¡No hay nada que ni tú ni yo podamos hacer!— concluyó, mientras la sostenía fuertemente a su lugar.
—¡Suéltame, idiota!— reclamó Katuragi, revolviéndose de desesperación tratando de zafarse de ella —¡Tú no comprendes nada! ¡Tengo que verlo, no importa el precio! ¡Tengo que verlo, hablar con él! ¡Que me sueltes, te digo!
Mientras las dos forcejeaban, cómo fieras en disputa, la doctora Akagi no pudo precisar a quién se refería su compañera cuando decía que tenía que verlo sin importar nada; si a Kai… ó al líder guerrillero.
Algo estaba mal, lo presentía, y no sólo por que Paco debió haberse reportado hace cinco minutos y todavía no había señales de él, sino también por esa opresión en el pecho que creía sentir ó ese sudor frío que recorría su sien, acompañado de unos escalofríos cuyo origen le era desconocido.
El destino se precipitaba presurosamente hacia él, y conseguiría arrollarlo si no hacía algo para evitarlo. Pese a todo, se aferraba a la creencia que el destino puede ser alterado por las acciones humanas, al igual que Epicuro.
—El tiempo se acaba, muchacho, puedo sentirlo— le reveló al joven que tenía frente a sí, bastante indeciso —No puedo obligarte a nada, me es imposible hacerlo. En tus manos está la decisión: ¿Quieres salvar al mundo, sí ó no?
—Ya no sé que hacer— se acarició la frente el chico, desconsolado —Estoy harto de ver morir gente a mi alrededor... ya no más...
—Entonces haz algo para remediarlo, hijo— pronuncio con voz de trueno el guerrillero, con la muerte susurrándole al oído —Sólo mírame, por favor: soy un viejo amargado, cansado, pero sobre todo, solo… muy solo. Mi tiempo hace mucho que pasó. Ahora es el turno que algo nuevo tome mi lugar. Alguien con la fuerza, determinación y las ideas para tener éxito donde yo fallé. Alguien como tú, el último de la familia Rivera. Sálvalos, sálvanos a todos nosotros, te lo pido.
—Eso es lo que he estado haciendo hasta ahora— respondió el joven —No hay otra razón más por la cual me encuentro en este lugar.
—Sí, pero todo este tiempo has estado del bando equivocado. ¿Quieres salvar a la humanidad de la extinción, sólo para someterla de nuevo al yugo de la esclavitud? ¿En realidad estás contento trabajando para aquellos que amarran con cadenas la libertad esencial del hombre? Yo no lo creo. Sé muy bien cómo te sientes, busca la respuesta dentro de ti. ¿No lo sientes, agitándose en lo más oscuro y profundo de tu alma? Tu ansia de libertad, el grito de tu espíritu que es libre, exigiéndote no sólo tu propia emancipación, sino la de todos los seres humanos. ¿Ó es que me vas a decir que no sientes crecer un gran resentimiento cada vez que presencias una injusticia? ¿No sientes el impulso de corregirla, de hacer lo que esté de tu parte para oponerte a la desigualdad? ¿Ó es que me equivoco? No lo creo, lo puedo ver en tu mirada.
Kai ya no dijo nada. Agachó la cabeza, pensativo, sumido completamente en la confusión. Todo lo que aquél sujeto que se decía ser su tío, era verdad. Increíble, pero había podido ver a simple vista sus más profundos pensamientos, anhelos y frustraciones. ¿Acaso podría confiar en él? En ese momento se escuchaba bastante sincero, pero tampoco había forma de saber si estaba mintiendo. Además, parecía que estaba ocultando algo, algo que lo tenía bastante perturbado. Era mucho lo que estaba en juego, y tenía tan poco tiempo para decidir que camino tomar. Aún para él era abrumador el predicamento en el que se encontraba. Por un lado, ya no quería seguir traicionándose a sí mismo, colaborando en mantener sojuzgada a la población mundial bajo el dominio aplastante de las Naciones Unidas, pero por otro lado tampoco quería traicionar la confianza que tantas personas habían depositado en él. ¿Qué hacer? Algo sí era seguro: no importaba qué escogiera, sin lugar a dudas gente moriría por su causa, ya fuera directa ó indirectamente.
Sus meditaciones fueron interrumpidas al sonar la estática del radio encendido de Antonio, quien de inmediato abrió el canal de comunicación, permitiendo escuchar varios disparos de metralleta en medio de gritos espeluznantes y explosiones.
—Chuy... Toño...— apenas y se alcanzaba a escuchar la voz de Paco en medio de tanto barullo, además de que hablaba entre quejidos —Teníamos razón... todo era una pinche trampa... todo... todo el puto tiempo... estos cabrones sabían lo que pretendíamos... afuera, la contraofensiva llegó mucho más pronto de lo esperado... cómo si nos hubiesen estado esperando... barrieron a todo el comando de Macario... los planos que conseguimos estaban errados... hay por lo menos, quince subniveles más de los que creíamos... tan grandes cómo para albergar a toda una batería completa de infantería... nos agarraron de bajada, Chuy... — la estática impidió por un momento escuchar las palabras del moribundo —...tienes que escapar, Toño... el sueño no puede morir... escapa mientras...
Una detonación acalló su último suspiro, y ya no hubo más señales de vida del guerrillero a partir de ese momento. Todos en el muelle de embarque callaron, con un nudo atorado en la garganta. La noticia era desgarradora. ¿Así que después de todo, se habían metido en la misma boca del lobo? Cómo con el caballo de Troya, las tropas que cuidaban el frente no fueron más que un señuelo para conducirlos a la trampa. Si todos los demás puestos habían caído, lo cual era de suponerse al no responder alguno a los constantes llamados de su líder por la radio, no había duda entonces de que pronto llegaría su turno. De inmediato los hombres se aprestaron para el combate, quitando el seguro de sus armas y ubicándose para defender hasta el final su posición.
—Paco, ya no mames, contesta, cambio.
—Paco, ya no estés chingando y contéstame. Cambio.
—Oscar... no la chingues... no puedes haberte muerto... ¡respóndeme!
Ardiendo en una enorme impotencia y frustración, Antonio arrojó con todas sus fuerzas el aparato al suelo, quebrándose en pedazos que salieron volando al impacto. Se había acabado. Veinte años de resistencia armada terminaban allí, con su inminente muerte, pero antes tuvo que soportar la pérdida de sus camaradas y allegados más íntimos, hombres que había conocido desde la infancia y que lo habían seguido a través de su lucha contra el poder, personas que habían caído defendiéndolo, y a quienes nunca volvería a ver. Y todo para nada.
Pero no todo estaba perdido. Debía asegurarse que la llama estuviera encendida para la siguiente generación. Sí, ellos sí lograrían vencer, ellos aprenderían de los errores que habían cometido en su vanidad y torpeza. Tenía que sembrar la semilla de la lucha, antes de abandonarla.
Por su parte, su sobrino no podía creer lo que estaba escuchando. ¡Cabrones hijos de puta! ¡Pues con razón no le dieron razón de las tropas que custodiaban el cuartel! ¡Rejijos de todita su puta madre, todo no fue más que un engaño, un fraude para guardar las apariencias! ¡Y hasta se atrevieron a utilizarlo, a él, cómo vil carnada! Y de seguro el bastardo de Gendo estaba involucrado. ¡Ya se me hacía raro, con razón todos alcanzaron a evacuar esta zona a tiempo! ¡Si ya sabían lo que les esperaba! ¡Desgraciados hijos de perra, atreverse a usarme, a mí, de mugroso anzuelo! Después de todo lo que he hecho por los muy ingratos. Pero de mí se van a acordar los culéros, tan seguro como que mi nombre es Kyle Rivera Hunter.
Lo que más le molestaba era el derroche de vidas que habían propiciado sus patrones del Consejo de Seguridad, unos cuantos cientos de personas tan sólo para atrapar a una. Pensaba en los cuerpos tirados en el piso, desangrándose, que se encontraba a su paso mientras lo dirigían con el líder guerrillero. Personas que no la debían, pero que de todos modos la pagaron. ¿Qué culpa tenían ellos si durante veinte años los pendejos de las Fuerzas Armadas no habían logrado acabar con una persona que se oponía a su régimen de globalización? Nada justificaba tal acción, tanta crueldad. Antonio Rivera tenía razón, esa clase de gente era capaz de todo con tal de ver cumplidas sus malévolas ambiciones. Y era su deber combatirlas, erradicarlas para siempre de la faz de la Tierra.
—Muchacho... Kai... — se dirigió hacia él su tío, con semblante de resignación —Tienes que escoger, ahora mismo, ya se nos acabó el tiempo. Después será demasiado tarde. Por mucho que quiera, la verdad es que no puedo obligarte a hacer algo que tú no quieras. Pero debes estar consciente de que lo que decidas en este momento, para bien ó para mal, cambiará el curso de la Historia. Escoge bien, por favor.
La expresión en el rostro del joven cambió, tornándose en su habitual determinación. Por primera vez desde que toda la locura había empezado, estaba seguro de que era lo que tenía que hacer. Y en esos momentos, todos sus pensamientos y presentimientos le indicaban que debería acompañar a la persona que tenía delante de él, ofreciéndole la mano; abordar al Eva Z, sacar a los hombres que permanecían en pie y escapar a como diera lugar con ellos, aún si eso implicaba arrasar con las tropas de las Naciones Unidas que se encontraban en el Geofrente. Sería demasiado fácil, cosa de niños, incluso si desplegaban a la Unidad 01 en su contra. Los opresores del pueblo debían pagar por todas sus felonías de una vez por todas, y sería por demás irónico que fuera con un arma que ellos mismos habían pagado para que se construyera.
—Bueno, yo...— pronunciaba mientras extendía el brazo para estrechar la mano de su familiar, con lo que sellaría el pacto que lo vincularía de ahora en adelante con las fuerzas rebeldes.
No pudo terminar su frase, acallándolo el estruendo de una detonación de bala. Según parecía, el destino tenía reservado otros planes para él. Los momentos que sucedieron al disparo parecieron quebrarse y durar toda una eternidad, moviéndose todo en cámara lenta, sin que pudiera reaccionar. Mientras los fragmentos caían uno tras otro, Kai permaneció congelado al mismo tiempo que observaba, impávido, a Antonio Rivera, el hermano gemelo de su padre, desplomarse en el suelo en medio de un charco de sangre, con un pedazo de su pecho salpicándolo, manchando sus ropas.
A la par que los disparos y las detonaciones se sucedían una tras otra, entre la confusión de la batalla y el llamado de la muerte; mientras los guerrilleros caían uno tras otro, abatidos por la fuerza y el número superior de los soldados, en medio de gritos vagos de "¡Le dimos, le dimos! ¡Por fin ya cayó el infeliz!", las rodillas del chiquillo se doblaron al no poder sostener su peso más, precipitándose junto al herido en el suelo. El olor a pólvora y carne quemada, los disparos, la sangre salpicante en su rostro, todo tenía un matiz de deja vu que hubiera preferido no lo tuviera.
Una vez más, se encontraba atestiguando el último suspiro de un ser humano.
Una vez más, una persona moría en su presencia sin que pudiera hacer algo para evitarlo.
Una vez más, volvería a ser el último de los Rivera.
—Des... graciados...— balbuceaba el comandante Chuy, desangrándose, con borbotones de sangre escurriendo de su boca. Con la punta de los dedos se tentó la orilla del agujero que estaba en su pecho, mirando con detenimiento la sangre roja que quedaba impregnada en sus guantes —Los... muy bastardos... me dieron...
Su sobrino ya no le escuchaba, petrificado en su lugar, a punto de entrar en estado de shock.
—Escú... chame bien, hijo de José...— le dijo, acercándole la mano, percatándose del estado en que se encontraba —Tienes... que ser fuerte... fuimos arrogantes... pensamos que podíamos hacer y deshacer cuanto se nos pegara la gana... sin recibir una retribución por ello... fracasamos... tú no debes... eres la única esperanza que tiene... el mundo... por favor, sé fuerte... tu padre no te lo dijo y é... se fue su error... y el mío también... pero debes estar... lis... to... ya que tú también eres... un Rivera... y... por lo tanto, e... ya vendrá por ti...
—¿Quién dices que vendrá?— preguntó el joven, siendo muy difícil entender los desvaríos del moribundo —No entiendo nada de lo que dices.
—Per... dóname...— el guerrillero se asemejaba a un juguete al que se le acababa la batería, apagándose paulatinamente, al mismo tiempo que su voz se hacía más espesa y entre cortada debido a que se encontraba asfixiándose con su propia sangre, tapando ésta el conducto de su garganta por el que pasaba el aire —te fallé... no pu... de... ayudar... te... al ig... ual que... tu padre... perdón...
Otro ensordecedor disparo, mucho más cerca que todos los anteriores, lo hizo callar al fin, con la mitad de su cabeza embarrada en el piso y la otra mitad dispersa por el aire, casi toda salpicando el rostro del muchacho.
Así que: ¿así era cómo terminaba todo para el veterano guerrero, curtido en mil batallas, el libertador del mundo? Muerto, tendido en el suelo en brazos de su único pariente con vida, con los sesos desparramados por todas partes. Sin una gran batalla, sin proezas dignas de ponerse en los libros de historia, sin frases épicas qué citar; tan sólo un cobarde disparo a traición, desde las sombras. Ni siquiera pudo meter las manos para defenderse.
El hombre que había inspirado a toda una generación a rebelarse al control asfixiante del gobierno impuesto a la fuerza, ahora no era más que un recuerdo. Y con él, también se esfumaba una época en el mundo, marcada por la lucha constante entre poderes.
Aquello era demasiado familiar para soportarlo. Kai pensaba en ello, en silencio, sin quitarle la mirada de encima al cuerpo aún tibio que sostenía entre sus brazos. Los oídos le zumbaban y sentía un horrible mareo, a punto de vomitar. Si hubiera estado de pie lo más probable es que se hubiese caído. ¿Cuántas muertes más debía soportar? ¿A cuántas personas más debía ver morir?
Y para colmo, ese soldado de las Naciones Unidas, ese soldado que tenía que acercarse hasta donde estaba, encendiendo un cigarrillo y con una sonrisa de triunfo en su boca, el mismo que había hecho el primer disparo, ese soldado detestable tenía que hablar.
—Vaya que era resistente este hijo de puta, ¿eh?— pronunció en inglés, mientras tentaba con el pie lo que quedaba de las costillas del cadáver.
Estaba harto, completamente harto de estar atado de pies y manos desde que todo había empezado, harto de ser el títere de personas que ni conocía, sí, personas importantes, poderosas, pero que no sabía quienes eran, no conocía sus nombres; pero sobre todo, estaba harto de la crueldad humana, de ese afán autodestructivo, de ese desinterés por la vida ajena. Una vida se había apagado, y para él fue como si una de las tantas estrellas en el firmamento se hubiera ido. Era algo de verdad trágico, y todo lo que ese estúpido que tenía delante suyo hacía era hacer chistes de mal gusto. Ya no más.
—¡Maldito imbécil!— gritó desaforadamente, y como rayo se puso en pie, golpeándolo magistralmente en la quijada, rompiéndosela.
El militar, tomado por sorpresa no supo ni qué le pegó, cayendo estrepitosamente en el piso, ante la mirada atónita de sus compañeros, quienes ya habían exterminado lo que quedaba de las fuerzas rebeldes. Prestos acudieron a socorrerle, mientras que el chiquillo se le había abalanzado en el piso, liándolo a golpes hasta el cansancio.
—¡Estoy harto de todos ustedes! ¡¿Me oyen?! ¡Harto, harto, harto!
Una vez más en ese día, recibió un fuerte culatazo en la base del cráneo, provocando que se derrumbara con violencia en el piso. Y, para completar la ocasión, de nuevo se vio envuelto en una marejada de patadas hechas con calzado militar, casi todas en pleno rostro y en la boca del estómago.
Lo que siguió a eso fue vago y confuso. Los golpes ya no le dolían, pareciera que otra persona los hubiera recibido. Apenas y escuchaba los reclamos y gritos del comandante encargado de la misión, reprendiendo fuertemente a sus hombres por el estado en que lo habían dejado. Ni sintió cuando lo cargaron en hombros y lo treparon en la camilla, depositándole en un jeep militar que recorrió a toda prisa el camino hasta el hospital. Sus pensamientos se encontraban en otra parte, lejos de todos ellos. Pensaba en todos aquellos que habían muerto para que él pudiera vivir. ¿Realmente había valido la pena su sacrificio? Al final, terminaba en el mismo lugar, trabajando para los chicos malos mientras que los justos sufrían por ello. Los había defraudado a todos ellos.
"¿Porqué sigo con vida, mientras todo lo que veo a mi alrededor es muerte?" pensaba, mientras caía en la inconsciencia.
