"...
But that was just a dream
That was just a dream.
That's me in the corner
That's me in the spotlight, I'm
Losing my religion
Trying to keep up with you
And I don't know if I can do it.
Oh no, I've said too much
I haven't said enough
I thought that I heard you laughing
I thought that I heard you sing
I think I thought I saw you try.
But that was just a dream
Try, cry, why try?
That was just a dream
Just a dream, just a dream
Dream."
R.E.M.
"Losing my Religion"
La luz del crepúsculo se cuela por la ventana del cuarto, y al atravesar el cristal ocasiona que el recinto se torne de un color rojizo. En su interior, claramente se puede distinguir pintarrajeado el árbol de la vida, parte de la cábala judía, que entre muchas otras cosas se le atribuye la invención del automóvil. Seguramente, el viejo lobo de Gendo Ikari debió haberle encontrado algún uso en beneficio propio. Dicho diagrama abarcaba desde el techo al suelo, reptando por las paredes. En las sombras, el hombre respira con sigilo, atento a todo lo que acontece a su alrededor. Sentado sobre su confortante asiento de cuero, reclinable, con una oreja pegada a la bocina del teléfono, escucha con atención todo lo que le transmiten desde el otro lado de la línea. Lo ponen al tanto de los acontecimientos, de todas las movidas que se suscitan en su entorno. El otrora investigador se humedece los labios, y recarga su quijada en su puño, mudo, absorto en todas las nuevas que le comunican. Cuidadosamente, echando mano a su astuta y filosa inteligencia, al momento de escuchar lo que pasaba, también comenzaba a planear sus movimientos. Previsor. Estratega brillante. Los años lo habían curtido, le habían dado la suficiente experiencia como para estar un paso delante de sus adversarios. Cómo diría el populacho, cuando ellos van, él ya viene de regreso.
—Espera un momento— interrumpe de tajo su meditabundez, al escuchar algo que hace que una alarma imaginaria timbre en sus oídos —Repite eso último, sólo para estar seguro que escuché bien...
—Es tal y como se lo dije, hemos estado captando un extraño disturbio electromagnético los últimos días. Los instrumentos lo ubican justo en la Antártida, señor. Las lecturas concuerdan con las de hace 15 años.
El semblante del japonés se frunce, denotando gran preocupación, o por lo menos, consternación. Un escalofrío le recorre la espalda, y le hace quebradiza la voz. Su sangre comienza a hervir, mientras se siente colapsarse en sí mismo. Ah, sí, el miedo. Nunca podremos extrañarte. Nuestra condición humana nos tiene tan pegados a ti. Fiel compañero, nunca nos abandonas, ni de noche ni de día, desde el nacimiento hasta la muerte. Viejo conocido, cómo te gusta zarandearnos cada vez que la oportunidad te lo ofrece.
Con la mano sudorosa, Ikari sostiene el auricular, mientras trata de sobreponerse. Con trabajos, pregunta:
—¿Creen que pueda tratarse... de ÉL?
—Aún no hay nada cierto, pero existen muchas evidencias para aventurarme a decir que es muy alta la posibilidad de que así sea.
—De ser así, el plan podría sufrir graves modificaciones.
El comandante toma una carpeta que se encontraba en su escritorio, frente a él. Tiene una consigna en la portada: " Secreto clasificado". Gendo la abre y observa su contenido; a simple vista no se distingue muy bien qué es lo que dice, más hay unas letras resaltadas en negro, que se distinguen perfectamente: "Proyecto de Instrumentalización Humana".
Tras darle una ojeada rápida, se toma un momento para meditar y decidir la acción a seguir. Después de unos cuantos instantes, finalmente decide.
—Bien— responde éste, con voz segura —Envíe un equipo a esas coordenadas e investiguen todo lo que puedan. Con extrema cautela. Deberán estarse reportando cada 12 horas, empezando desde que comiencen la búsqueda. ¿Entendido? Y sé que será muy difícil, pero traten de evitar que el viejo se entere, por lo menos el mayor tiempo posible...
—Entendido. Otra cosa: fuentes fidedignas aseguran que el gobierno japonés está trabajando en un proyecto que planean presentar a las Naciones Unidas. Por la mañana, mandé un paquete al respecto, que espero haya recibido— el comandan abrió en esos momentos el referido envoltorio, corroborando la versión de su lacayo, para que éste pueda continuar —De tener éxito, es definitivo que nuestro subsidio podría verse gravemente amenazado.
—No hay de qué preocuparse, ya me he encargado del asunto— contestó Ikari, volviendo a tener la sangre fría, y su característico temple y confianza.
—También hemos recibido informes que del mismo proyecto están haciendo numerosos intentos por contar con el apoyo y colaboración de nuestro célebre y joven Doctor Rivera. La férrea vigilancia que hemos mantenido sobre el sujeto nos ha confirmado que han sostenido varias juntas al respecto. De concretarse dicha alianza, también representaría una gran amenaza para los intereses de la organización. ¿Desea que procedamos cómo de costumbre?
—No es necesario— respondió Gendo del mismo modo en que lo hizo antes, desestimando la importancia del suceso referido —Ya me estoy encargando del asunto.
Habiendo aclarado dicho punto, el líder de NERV dio por concluida aquella conversación, finiquitándola al colgar sin más el auricular del que estaba pegado hacía apenas unos momentos atrás. Su atención se volvió enseguida hacia la persona que estaba esperando sentada frente a su escritorio.
—Disculpa la demora, espero no haberte quitado mucho de tu tiempo, Rei...
Ayanami de inmediato negó con la cabeza, dispuesta como casi siempre en asistir en todo lo que pudiera a aquél hombre de proceder tan parco como enigmático.
—Por supuesto que no, Comandante Ikari, Sabe que estoy a su entera disposición.
—Me alegra que lo digas, por que en serio necesito de tu ayuda con un problema que tenemos entre manos...
La noche llega, poco a poco e inevitablemente. El sol, viejo y agonizante, da su último suspiro y desaparece por el occidente, por aquel valle de la muerte y perdición donde los antiguos pensaban terminaba el mundo. El reinado de las sombras, el imperio de la oscuridad comienza y su dominio lo abarca todo, tapando el firmamento por completo con el ejército de sus innumerables estrellas. Cada una de ellas esconde una historia, un misterio. ¿Cuántas habrá? Tantas cómo el hombre pueda imaginarse. Los habitantes de la ciudad en penumbras, temerosos corren y se apresuran a encender su luz artificial, luz de los focos, lámparas, televisores, y todo lo que pueda cortar las tinieblas, que amenazantes se ciernen sobre de ellos. Huyen desmesuradamente a esconderse en sus almohadas, en sus lechos en sus aposentos, se desean las "buenas noches" para después escudarse en sus sábanas y bloquearse a sí mismos, y dormir, dormir y no despertar hasta que la noche muera y el sol naciente reine de nueva cuenta. Así, sólo quedan en pie los espíritus chocarreros que asolan nuestras fantasías, entidades intangibles que con urgencia solicitan la atención de los vivos, para seguir vivos en sus memorias. Ellos comparten el terreno con los valientes, los decididos o los que sufren desesperadamente por el insomnio. O aquellos que son impedidos para conciliar el sueño, como era el caso de Shinji Ikari, quien llevaba más de una hora revolcándose en su lecho, tratando de acallar los berridos infernales que emergían desde el balcón de su vivienda. Aún con la cabeza completamente envuelta en su almohada, era más que imposible aislarse de aquel espantoso ruido que taladraba su cerebro y amenazaba con enloquecerlo.
"Me dices que te vas
porque ya no soportas tu amarga soledad,
que ya no soy romántico
como cuando te empecé a conquistar,
que me olvidé de los pequeños detalles
que te hacían vibrar,
que me rodea una armadura de acero
difícil de penetraaar..."
Mientras tanto, Kai Rivera, su compañero de cuarto, continuaba cantando desgañitado aquella triste melodía en español, auxiliado por un ruidoso acordeón, sin que al parecer le importara gran cosa estar ocasionando el desvelo del pobre Shinji en un día de clases. Fue en tales condiciones que la Capitana Katsuragi hizo su arribo a su hogar y de inmediato le causó suma extrañeza aquellos aullidos desaforados que su protegido quería hacer pasar por música.
—¿Pero qué diablos está pasando aquí?— inquirió la mujer apenas traspasó el umbral de su casa —¿Quién carajos está matando a un jodido gato y porqué cree que debe hacerlo justo a estas horas, y en mi departamento?
—¡Misato!— salió entonces Shinji a su encuentro, emergiendo de su cuarto completamente despeinado y con los ojos enrojecidos —¡Gracias a Dios que llegaste! ¡Es Kai, está completamente chiflado! ¡Bueno, mucho más que de costumbre!
—¿Esa cosa espantosa que se oye es Kai? ¿Pero qué bicho se le metió ahora?
—¡No tengo idea, pero ya estoy harto! ¡Ha estado encerrado en el balcón desde que llegué, no ha querido hablarme, ni entrar para nada y sólo se la ha pasado todo el tiempo bebiendo y cantando con ese estúpido acordeón! ¡No sé él, pero yo mañana sí tengo que ir a la escuela y necesito levantarme temprano! ¡¿Pero cómo diablos voy a poder dormir con este horrible estruendo?!
—Maldita sea, se trata de su etapa tex-mex— musitó Katsuragi con semblante severo, atajando la situación con la que estaba lidiando —Esa es la peor de todas, la detesto como no tienes idea... y sólo se pone así cuando está muy deprimido, es bastante difícil sacarlo de ese estado... la última vez duró toda una semana así, pero aunque no lo creas, con el tiempo uno termina por acostumbrarse...
—¡¿Una semana?!— repitió Shinji, perplejo —¡No pienso soportar este martirio ni una sola noche, mucho menos una semana entera! ¡Tú eres su tutora, y la dueña de esta casa, tienes que enfrentarte a ese demente y hacerlo entrar en razón! Ó por lo menos ten la gentileza de deshacerte de ese maldito acordeón... Y a todo esto, ¿de dónde cuernos saca alguien un acordeón, en estos días, en este país? ¡No tiene sentido!
—Está bien, tienes razón... sólo relájate un poco, ¿quieres?— asintió la mujer de cabellera azabache, en tanto hacía desfilar un gran número de llaves en su llavero, buscando la que abría el acceso al balcón —Eres bastante joven para que te dé un infarto, deberías controlar mejor tus niveles de stress. Hablaré con ese loco perturbado, y veré que puedo hacer, aunque no prometo nada...
En cuanto abrió la puerta del refugio de Rivera, el lastimoso canto de cetáceo moribundo proferido por el jovencito los envolvió aún con mucha más fuerza, libre de la barrera que hacía el acceso de cristal que separaba el balcón-terraza de las recámaras del apartamento donde vivían, donde tumbado en el piso entonaba a viva voz en la lengua de su padre, despechado, auxiliado de su referido instrumento musical:
"La verdad es que no soy tan fuerte
como lo pensaba,
mi voz se quiebra
estoy temblando de miedo,
pues sin ti no soy nada.
Si tú te vas me quedaré muerto en vida
mi mundo se acabará,
será imposible para mí existir
sin tu amor, sin tu cara.
Ya arrepentido de mis errores
te suplico por favor,
que no me odies y que no me abandones,
¡Por que fuerte no soooy!
¡Fueeerte no soooy!"
Al ver al muchacho en persona, Misato pudo percatarse por ella misma que se encontraba mucho peor de lo que en un principio había pensado. Se le presentaba en un estado lastimoso y patético, marcado por el descuido en su arreglo y aseo personal, así como por los vendajes que aún llevaba puestos, secuela directa de los golpes que se había llevado al ser expulsado de un vehículo en movimiento durante el último atentado que había sufrido en su contra, hacía ya un par de semanas. Su gesto ausente, perdido y melancólico, sin duda que era aún más exacerbado por la gran cantidad de alcohol que había ingerido durante horas enteras, como daban cuenta las varias botellas de cerveza que yacían vacías, regadas por todo el piso, al igual que las colillas de cigarro que ya parecían formar una especie de alfombra que decoraba aquél espacio de la casa. En ese mismo momento el alterado joven daba cuenta del contenido de una botella de tequila que sostenía por encima de su cabeza, tomando aquella fuerte bebida directamente sin siquiera pestañear o gesticular de alguna otra manera.
—¡Oooh, calma, calma, amiguito!— instó Katsuragi, acercándosele cautelosamente, como si no quisiera asustarlo —¡Recuerda que aún estás bajo medicación, no creo que sea prudente que estés tomando de esta manera! ¿No te parece que ya has bebido demasiado? Y mira que si soy yo quien lo dice, entonces es que ya es cosa bastante seria...
—¡Largo de aquí... buitres inmundos! ¡Miren hasta qué hora se les ocurre... aparecerse para venir a fastidiarme!— vociferó Rivera, con evidente dificultad, arrastrando la voz debido a los estragos causados por el alcohol en su coordinación psicomotriz —¡¿A ustedes... qué putas les tiene que importar... lo que haga o deje de hacer?! ¿Eeeh? ¡Es mi vida! ¡A un hombre se le debe permitir lidiar con sus penas... como mejor le plazca! ¡Así que déjenme en paz... malditos cerdos! ¡Los odio a todos!
—¿Qué está pasando, ya está todo bien?— preguntó entonces Shinji, asomándose por la puerta —¿Misato, ya te deshiciste de ese estúpido acordeón?
—¡Vete de aquí, perro miserable, que no quiero ver tu apestosa cara!— estalló Kai, arrojándole "el estúpido acordeón", el cual por poco impacta contra su cabeza, para alarma del atemorizado chiquillo —¡Todo es tu culpa, rata infeliz, sabandija rastrera! ¡Tú me la quitaste, embustero traidor, quitanovias! ¡Y tu peinado grasoso es de un ñoño, un lerdo mediocre, por si no lo sabías!
—¿De qué rayos estás hablando, borracho asqueroso?— se excusó enseguida el susodicho, reponiéndose del susto —¡Pudiste haberme lastimado, idiota! ¡Si no me agacho me hubieras roto la cabeza, y ni siquiera te hice nada! ¡No tengo idea de qué estás hablando, maniático desquiciado!
—¡Calla, imbécil y deja de hacerte la mosquita muerta, que eso me hace enfurecer aún más!— arguyó enseguida su compañero, completamente trastornado en una bestia irracional, dominado por su estado etílico —¡Tú sabes bien a lo que me refiero, que este era tu plan desde un principio! ¡Todo iba perfecto hasta que llegaste tú a arruinarlo todo! ¡Tú y tu carita de niño bueno que engatusa a las inocentes muchachitas! ¡Pensé que eras mi brother, mi compa del alma, pero resultaste ser un cabrón ojete, justo como el cerdo infeliz de tu padre! ¡Pero sí crees que te voy a dejar salirte con la tuya, estás muy equivocado! ¡Voy a matarte, maldito desgraciadooo! ¡Aaah!
Rivera amagó entonces con dejársele ir a golpes al desprevenido Shinji, lo que hubiera conseguido de no ser por la oportuna intervención de Katsuragi, quien lo interceptó antes de que alcanzara su objetivo, forcejando con él mientras lo sujetaba de los hombros con una llave típica de la lucha libre.
—¡Shinji, escapa! ¡Vete de aquí, pronto! ¡Cierra esa puerta y no la abras, no importa lo que escuches! ¡Corre, antes que este lunático se suelte!
Con un grito apenas ahogado en su garganta, el joven Ikari hizo como se le indicaba, constatando el peligro real en el que se encontraba. De un golpe cerró la puerta y se resguardó en la relativa seguridad de su habitación. En tanto Misato continuaba luchando por someter, o por lo menos tranquilizar al alterado muchacho.
—¡Deja de retorcerte, maldita sea!— bramaba la mujer —¡Será mejor que te comportes de una vez, actúas como una mocosa berrinchuda!
—¡Cállate y déjame solo, que esto también es culpa tuya!— rezongó a su vez Rivera en medio de sus infructíferos intentos por liberarse —¡Fuiste tú quien trajo la discordia a esta casa! ¡Fuiste tú quien recogió y le dio alojo a ese vago bueno para nada, y terminó despojándome de lo más valioso que tenía! ¡Si no fuera por él, si no fuera por él... y el idiota de su padre...! Oh... diablos... creo... creo que no me siento bien...
Al igual que lo hubiera hecho una escurridiza anguila entre sus brazos, de la misma manera fue que Kai se fugó del agarre de su guardiana, para enseguida dirigirse presurosamente hacia el borde del balcón, de donde asomó medio cuerpo para regurgitar la media botella de tequila que se había tragado sin empacho.
Una vez que vació casi todo el contenido de su estómago, luego de un rato en el que fue presa de los caprichosos espasmos que sacudían su tracto digestivo, el imprudente joven se tiró en el piso, jadeante y sudoroso, completamente exhausto, tanto física como emocionalmente.
—Ahora que ya no puedes hacerte el idiota, ¿por fin te dignarás a decirme qué te está pasando?— inquirió la mujer de larga cabellera oscura, colocándose una mano en la cintura en clara señal de reproche.
Su protegido alzó la vista hacia donde ella estaba, semejando a algún cachorrito regañado. Aún arrastrando consigo los efectos de una muy posible congestión alcohólica, apenas si pudo balbucear entre su febril delirio:
—Lo arruiné... lo arruiné todo... así nada más, tan sencillo como eso, se terminó. Rei... mi querida, adorada, dulce, hermosa Rei... se ha ido... me dejó, como el pedazo de basura insignificante que soy... y ella... ella ni siquiera miró atrás, luego de haberme arrancado el corazón... ¡Se terminó, maldita sea! ¡No puede ser! ¡¿Porqué?! ¡¿Porqué, justo cuando todo iba tan bien?! ¿Qué fue lo que hice mal? ¡Diablos, duele tanto y no sé que hacer para calmar este dolor, quisiera estar muertooo!
Misatio no pudo ocultar el gesto de asombro en su rostro, tan sorprendida de que aquellos dos hubieran terminado tan pronto su relación. Desde que habían hecho su relación del dominio público se la habían pasado pegados casi todo el tiempo. Dicha noticia era casi tan impactante como saber por primera vez que estaban saliendo juntos. Sin embargo, por el bien del muchacho, tuvo que reponerse cuanto antes y pretender que no era la gran cosa.
—¡Vamos, tranquilo! No deberías estar diciendo cosas como esa así nada más, mucho menos en estos momentos— le instó la capitana mientras se sentaba a su lado, pasándole el brazo por la espalda para recargarle la cabeza encima de su hombro, a la vez que le daba afectuosas palmaditas, buscando consolarlo —Que lo que sientes en este momento es algo muy normal, no eres el único que ha sufrido de un mal de amores... verás que mañana te sentirás un poquito mejor, y que con el paso del tiempo podrás recuperarte, aunque ahorita no lo parezca...
—¡Qué me estás hablando a mí del mañana! ¡Sin ella se me van hasta las ganas de vivir, no me interesa lo que suceda después!— repuso el chiquillo, hundiendo el rostro en su cálido, reconfortante regazo —¡Nada me ha dolido tanto como esto, no sé como diantres puedo sobrevivir a algo así!
—Lo dices porque aún eres joven, y pese a todo, eres un simple muchacho tonto como cualquier otro— continuó Misato confortándolo, hablándole en un tono condescendiente y pausado —Yo sé bien que a esta edad se ama con toda la intensidad con la que el corazón es capaz de dar, mucho más tratándose del primer amor. Todas las personas tenemos una historia similar, no te creas que ustedes dos son tan especiales. Sin embargo, con los años adquieres la experiencia para ir moderando esos sentimientos,y aprendes cómo hacer para que no te nublen la razón. En estos momentos estás en todo tu derecho para sufrir y patalear todo lo que quieras, es algo muy sano y forma parte del proceso de recuperación, aunque no lo creas. Con el tiempo volverás a estar en tus cabales, y entonces podrás mirar atrás hacia todos estos eventos y tan sólo los recordarás con melancolía, como una anécdota más, pero listo para seguir adelante con tu vida. Pese a todo lo que digan todas esas canciones, el mundo no se acaba sólo porque alguien te bota...
—No sé... no sé si podré hacerlo... no sé si tendré la fuerza para soportarlo... lo único que puedo hacer es lamentarme de mi miseria... y aferrarme como pueda al pasado... como a este pedazo de su cabello, su precioso, hermoso, divino cabello— dijo casi sollozante, en tanto que sacaba de debajo de su camiseta una enorme trenza que alguna vez había pertenecido a Rei, para luego colocarla junto a su rostro mientras la acariciaba gentilmente, del mismo modo que lo hubiera hecho con un tierno cachorrito —Esto es lo único que me conecta a ella, el último vestigio que me queda del gran amor que una vez tuve...
—Espera un momento... ¿Todo ese cabello... acaso no era... ? ¡Maldito maniático pervertido!— exclamó Misato, asqueada sobremanera con semejante escena —¡¿De dónde diablos sacaste eso?! ¡¿De la basura?!
—¡Tuve que hacerlo! ¡No podía permitir que algo tan bello fuera destruido! Quizás... quizás desde entonces sabía que nunca podríamos estar juntos... pero aún así, jamás me hubiera imaginado lo difícil que sería para mí. Me desgarra el alma pensar que tendré que seguir viéndola todos los días, sabiendo que ya nunca podré estar con ella... sabiendo que ella me odia más que a nada en este mundo... soy de lo peor, lo mejor sería tirarme en un pozo a esperar a que muera...
—Basta de hablar así, tampoco es para tanto. Y no recuerdo haberte criado para que fueras una nenita chillona, por el contrario, por que te conozco mejor que nadie, sé que podrás reponerte de esto. Incluso yo te ayudaré, verás cómo te volvemos a poner en pie en menos de lo que te imaginas— Katsuragi le arrebató el mechón de cabello que tan fervorosamente admiraba, y sin más lo arrojó al vacío fuera del balcón, antes que el muchacho pudiera oponerse de cualquier modo. Entonces se incorporó, asiéndolo del hombro para que él hiciera lo mismo —Ven, será mejor que entres a la casa antes que agarres un resfriado, sería una pena que estuvieras despechado y enfermo al mismo tiempo...
—Ya qué más da...— musitó el chico, amenazando con desvanecerse —No deberías perder tu tiempo en una escoria como yo, sólo déjame aquí a que me pudra en mi miseria, tú no te preocupes y busca la felicidad por ti misma...
—Seguro, seguro, eres la peor persona de este planeta, bla, bla, bla...— pronunció la capitana, comenzando a hartarse de la actitud tan negativa de su acompañante, mientras que realizaba un gran esfuerzo por levantarlo y comenzar a arrastrarlo hacia el interior de su cuarto —Ese cuento ya se está haciendo viejo, ¿sabes? Lo primero que tenemos que hacer es darte un buen baño, por que apestas horrible a cigarro, licor y vómito... hueles a cantina de mala muerte, sólo hacen falta los orines...
—Están en esas botellas de ahí— señaló el joven a unos envases apilados en un rincón, casi todos llenos del característico líquido ambarino popularmente conocido como agua de riñón, el famoso "numero uno" —Seré un ebrio patético, pero de ninguna forma me iba a hacer en los pantalones, aún tengo mi dignidad... burp... disculpa...
—¡Maldita sea! ¡Por eso detesto lidiar con borrachos, sobre todo estando sobria!
Una vez que consiguió meterlo a la casa, Misato le preparó enseguida un baño caliente. Dado el deplorable estado del jovenzuelo, y su nula cooperación, la mujer hubo de meterlo ella misma hasta la tina, pero antes de eso hubo de asearlo primero en la regadera como si se tratara de un niño pequeño, situación de la que no se cansaba de hacerle hincapié mientras regaba agua en su cuerpo desnudo y jabonoso.
—¡Siempre lo he dicho, un buen baño puede limpiarte hasta el alma!— mencionó la capitana, tan animosa como de costumbre —No recuerdo la última vez que los tres nos pudimos tomar un baño juntos de esta manera...
Decía eso en referencia a su pingüino mascota, quien para esos momentos ya retozaba alegremente en las tibias aguas de la bañera sin ninguna otra preocupación en mente.
—Fue hace cinco años— murmuró el embriagado muchacho, cabizbajo, por lo que apenas si se podía entender lo que decía —Más o menos la época en que mi amigote de allá abajo comenzó a ser tan considerado con las damitas de buen ver, siempre levantándose en su presencia... supuse que sería incómodo para los dos si uno de esos episodios sucedía en la ducha... tú sabes, con el agua caliente y todo eso...
—¡Qué amable de tu parte!— respondió Katsuragi —Gracias por evitarme la pena de tener que reírme de tus miserias, claro, si es que no las hubiera visto desde antes, durante todos estos años... pero en parte tienes razón, estás llegando a la edad en que ya no te interesa estar con la anciana que cuidó de ti durante tanto tiempo. Pronto querrás hacerte un tatuaje y recorrer el mundo en una motocicleta...
—Si hiciera eso, ¿a quién podría robarle cigarrillos mientras está dormida? Me da pereza tener que comprar mi propia cajetilla, sobre todo por que nadie le vende tabacos a menores de edad en este mojigato país...
—¡Eso está muy bien, quiere decir que mi plan funciona a las mil maravillas!— bromeó Misato, en tanto ayudaba al joven a sentarse en la tina llena de agua caliente —Sabía que ser una corruptora de menores tendría sus recompensas...
—Sí, bueno... además de eso, ¿dónde más podría encontrar una roomie tan candente y parrandera como tú? Eres la única persona que puede seguirme el paso— dijo Rivera arrastrando las palabras y con la cabeza oscilando sobre sus hombros, para enseguida colgársele del cuello a la mujer como si se estuviera asiendo de un bote salvavidas —Desde hace mucho supe que tú eres la mujer ideal para mí... de hecho, si no fueras tan vieja, en este mismo momento me iría sobre ti como toro en brama... pero tenías que arruinarlo todo, naciendo quince años antes que yo... ¡Buen trabajo, tooorpeee! ¿Porqué... porqué la vida... tiene que ser tan... injusta... con nosotrozzz...?
En el acto, Katsuragi se apartó de aquél chiquillo charlatán y chapucero, haciéndolo con el rostro completamente enrojecido y sintiendo una especie de descarga eléctrica recorriendo todo su ser, apenada como pocas veces en la vida.
—¡Basta ya, estúpido! ¡Estás muy borracho y ni siquiera sabes lo que dices!— reclamó de inmediato la avergonzada dama, casi histérica, mirando hacia cualquier otro lado donde no estuviera él —¡Si alguien te oye hablar de esa manera pensará que abuso de ti, idiota! ¡¿Y cómo se te ocurre decirme que estoy vieja, cretino?! ¡Tengo apenas 29 años y estoy en la flor de la vida, mocoso irreverente! Además... además... para el amor no hay edades, ¿qué nunca lo has escuchado? Es decir, no es que esté interesada, ni mucho menos, pero quince años no es tanta diferencia. O sea, en este instante tal vez sí lo sea, y mucha, pero piensa que cuando tú tengas 20, yo tendré unos 35 y entonces no se verá tan mal que estemos saliendo... estoy hablando de un caso hipotético, por supuesto, por que no creas que tienes tanta suerte como para que una mujer tan atractiva como yo se fije en un imberbe enclenque y piojoso como tú... claro, ya sé que eres joven y aún te falta por madurar, pero eso no quiere decir que... ¡Carajo, Pen-Pen! ¡¿Quieres hacerme el favor de callarte?! ¡Estoy hablando de cosas muy serias aquí y tú no dejas de...!
Durante todo el transcurso de su monólogo delirante, el emplumado animal no se había cansado de graznar frenéticamente, lo que un principio había exasperado a su dueña, pero cuando ésta se dio cuenta que la intención del plumífero era avisarle que Kai se había quedado dormido, con la parte superior del cuerpo inclinada por completo, lo que hacía que su cabeza en esos momentos estuviera flotando boca abajo.
—¡Puta madre!— exclamó la horrorizada mujer, al percatarse que el joven estaba a punto de ahogarse, por lo que de inmediato se apresuró a sacarle el rostro del agua —¿Ves lo que provocas con tu sucia boca floja? ¡Diablos!
De ahí en adelante el tiempo se consumió en lo que Misato tardó en sacar al desvanecido muchacho de la bañera, revivirlo, vestirlo y arroparlo en la cama junto con ella. Vencida sin problema por el cansancio y ajetreo de aquella turbulenta noche, la fémina no tardó mucho en unirse a su acompañante en el reino de los sueños, en donde no es posible percatarse del momento en que la noche da paso al nuevo día que recién inicia. Aquellos que despiertan, con felicidad notan que aún siguen con vida, que podrán estar en el mundo por lo menos un día más. Una noticia así debería persuadirlos de disfrutar cada segundo de la vida intensamente, cómo si fuera el último de su existencia. Pero eso es mucha responsabilidad. Temerosos corren y se apresuran a sus televisores, a sus autos, a sus oficios, a sus escuelas, a todo aquello que pueda escudarlos de la vida, y la mejor forma de hacerlo es ignorarla, desconocerla. Despiertan del sueño de la noche, para dormir el sueño del día.
Luego de tantas emociones y ajetreo sufridos por su persona, a Shinji Ikari no le hubiera molestado continuar en su cama por un rato más, sin embargo estaba imposibilitado a hacerlo por el rigor de su rutina auto-impuesta, cuyo único fin era llevarlo a tiempo a clases. Y también alimentarlo adecuadamente para soportar el trajín diario de su alucinante vida como piloto Eva. Para ello era menester que él mismo preparara sus alimentos matutinos, los cuales consistían, generalmente, en una porción de arroz y huevo fritos. Incluso Pen-Pen se permitía desmañanarse para acompañarlo diario en el desayuno, lo que no era tan sorprendente después de ver el trozo de pescado ahumado que el muchacho depositaba todos los días en el tazón del animal, al que dicho sea de paso, estaba comenzando a tomarle cariño. ¿Cómo no hacerlo? El ave daba visos de una mordaz inteligencia que en varias ocasiones le resultaba jocosa y que lo hacían una compañía bastante agradable, una vez acostumbrado a su presencia. Además profesaba mejores modales en la mesa que los dueños de la casa.
Lo que seguía en el orden del día era que Misato se levantara aún medio dormida, casi sonámbula, intentando desperezarse con un gran bostezo felino. Era algo lindo, bonito, poder verla así, al natural, recién desempacada. Aún sin maquillaje, despeinada y con lagañas, era una mujer hermosísima. Cómo un sol, irradiaba calidez a su alrededor, y eso era lo que hacía que la gente se le prendiera. A pesar de esa enorme pijama de dos piezas, que le colgaba de todas partes, e impedía que se pudieran apreciar sus sensacionales muslos, su magnífico torso, su cintura de avispa, la belleza natural de la hembra se las arreglaba para emerger a la vista del ojo ocioso y observador.
—Buenos días, Shinji— saludó Katsuragi con una especie de gruñido, mientras se rascaba la axila como un mono, para luego entonces dirigirse a la cocina en busca de su sustento primordial, una lata de cerveza bien helada —¡Diablos! ¿Porqué tengo que ir a trabajar hoy? La escenita de anoche me dejó exhausta, me siento como algo que recogería el camión de la basura...
Enseguida de haber tomado asiento a la mesa, la mujer de cabellera desarreglada se apuró en darle un gran sorbo a su bebida, hasta haber ingerido la mitad de su contenido, profiriendo un sonoro gesto de satisfacción cuando hubo terminado.
—¡Uuuaaah! ¡No hay mejor manera de comenzar el día! ¡Me siento recargada y lista para todo lo que se me ponga enfrente!
—¿No te tomas mejor un café?— le preguntó Ikari, con más tono de sarcasmo que cualquier otra cosa.
Misato rehuye, moviendo la cabeza de un lado para otro, con los párpados cerrados, cómo si estuviera indignada por la proposición.
—Una mañana al estilo japonés siempre empieza con arroz cocido— decía, enumerando con los dedos los platillos —sopa de miso, y claro ¡sake! Es una tradición milenaria, que hoy en día me precio de honrar como la patriota que soy...— concluyó, para darle otro buen sorbo al recipiente que tenía entre manos, con más satisfacción y orgullo que antes.
—Sí, en todo el tiempo que llevamos viviendo juntos, me ha quedado claro que eres una mujer de costumbres, algunas más irritantes que otras— respondió Shinji, quien a todas luces se veía molesto.
—¿Qué quieres decir?
—¿Recuerdas a quién le tocaba lavar los platos ayer?
—¡Ay, de veras!— exclamó Katsuragi, sacando la lengua pícaramente y dándose un golpecito en la frente a modo de castigo al percatarse de su error.
—Ahora sé por que a tu edad aún sigues soltera.
—Pues me disculpo si mis modales te ofenden de alguna manera.— pronunció despectivamente Misato, mientras acababa con el contenido de su plato. Aunque no lo admitiera, le gustó aquel desayuno, y estaba dispuesta a repetir su ración.
—¿Y también por ser tan floja?— respondió en tono de guasa su acompañante.
—¡Oh, ya déjame en paz!— prorrumpió agobiada la dama, haciendo una mueca bastante curiosa con sus labios.
Una vez que terminó su desayuno, y habiendo lavado todos los platos que habían quedado en el fregadero desde la noche anterior, lo único que esperaba Shinji para marcharse era la llegada de sus amigos, quienes solícitamente pasaban a recogerlo todos los días.
No obstante, ese día había una cuestión más que debía resolver antes de irse:
—¿En serio tienes pensado ir hoy a la escuela?— preguntó a la capitana, aún incrédulo.
—Claro que sí— contestó ella, sacándolo de toda duda. —Hoy es el día de la orientación vocacional, ¿cierto?...
—No tienes que ir, si no quieres— arguyó el muchacho, temiendo que lo hacía más por obligación que por propia convicción.
—Pero sí quiero ir— lo tranquilizó entonces la mujer, regalándole la más cálida de sus sonrisas, sabedora de la inquietud en su protegido —Además, es cuestión de responsabilidad. Kai y tú están bajo mi cuidado, ¿recuerdas?
"Responsabilidad" repitió para sí mismo el infante, calándole esa palabra en lo más hondo. Lo había acosado desde que llegó a Tokio 3. Su responsabilidad para con el mundo, para con la especie humana. Su responsabilidad al tener que ser piloto. Su responsabilidad para llevar el control de su vida entera. Y también estaba la responsabilidad de su padre para con él, de la que parecía huir constantemente. ¿No era su responsabilidad ir él a esas juntas? ¿No era su responsabilidad haber estado allí, en esos momentos perdidos de la niñez? Para cuidarlo, aconsejarlo, formarlo. ¿No era su responsabilidad amarlo, aunque sólo fuera un poco? A simple vista, sus demás responsabilidades lo absorbían y lo dejaban sin tiempo ni disposición para él.
En ese instante sonó el timbre, anunciando la llegada de Toji y Kensuke, y de paso interrumpiendo el ejercicio mental de autocompasión del joven Ikari. Por otro lado, en lo que esperaban a que les abrieran la puerta, los recién llegados anhelaban uno de sus momentos favoritos del día. Gozaban enormemente al poder contemplar en unos cuantos fugaces instantes, los lejanos destellos de la hermosura de la guardiana de su amigo. Aguardaban impacientes y con ansia el momento de poder vislumbrarla en el quicio de la puerta. Casi salivaban en su lugar, de pie, esperando la visión por la que tanto suspiraban.
—Oh, son ustedes...— pronuncia la mujer por el interfon —En seguida estoy con ustedes; ¡Shinji, tus amiguitos ya llegaron!
Hizo ademán de levantarse para abrir la puerta, cuando fue interceptada por Ikari:
—Misato... por favor, ya no salgas a saludarlos en pijama, ¿Quieres? Es muy vergonzoso...
—¿Vergonzoso para quién?— preguntó ella, retóricamente —Por que puedo asegurarte que ni para ellos ni para mí lo es...
—No se trata de eso, sino de la imagen que haces que la gente tenga de ti— sentenció Shinji, alistando sus cosas para salir —Sólo trata de mantener la compostura o las personas podrán pensar que eres una salvaje...
—¡Está bien, está bien! ¡Me quedaré aquí escondida, todo con tal de el Señor Ikari no se avergüence de la cualquiera con la que vive!
—Ahora estás exagerando, lo que yo quise decir es que...
—No te preocupes, que te entiendo a la perfección— repuso Misato, reclinándose sobre su silla y colocando los pies sobre la mesa —Lo que pasa es que de seguro sólo tú quieres verme con ropas ligeras y no deseas compartirme con alguien más, es muy natural que te pongas así de celoso...
—¡Eso no es verdad!— contestó el muchacho enseguida, con la cara colorada como un tomate maduro, aunque casi de inmediato se recobró, suspirando resignado —¿Sabes qué? Olvídalo, que sé muy bien lo difícil que a veces es razonar contigo, eres terca como mula. Será mejor que me vaya o se me hará tarde, te veré en la escuela...
No obstante sus intenciones manifiestas, justo cuando se encontraba por abrir la puerta de su domicilio Shinji fue detenido en vilo por una demanda que resonó por toda la vivienda.
—¡Alto ahí, escoria de la vida!— gritó Kai cuando salía del cuarto de Katsuragi, mas o menos vestido para asistir a la escuela —¡Que yo voy con ustedes!
—¿A qué te refieres con eso?— preguntó Ikari, retrocediendo cautelosamente un par de pasos ante el gesto hostil que su compañero aún le dirigía, acentuado por su expresión trasnochada y ojos rojizos —¿A dónde dices que vas?
—Con ustedes, a la escuela, por supuesto— respondió Rivera abotonando su pantalón arrugado y mirando con hastío por el espejo su cabello despeinado, que difícilmente podría acomodar en tan poco tiempo.
—¡¿Piensas ir a clases, en serio?!— exclamó el estupefacto Shinji, sin ocultar el desánimo que aquello le causaba —¿Así como estás? ¡Es decir, sólo mírate! ¡Pareces algo que el gato escupió! ¿No sería mejor que te quedaras en casa... a descansar o algo así?
—¡Ah, pero claro, quedarme en casa!— mencionó el jovencito de hinchados ojos verdes debido a la falta de descanso —¡Y así podrías aprovechar para quedarte con Rei a solas, sobre todo ahora que son tan amigos! ¡Apuesto a que eso te gustaría! ¿Verdaaad? ¡Pues qué mala suerte para ti, tipejo, porque de repente tengo muchas ganas de ir a mi querida y adorada escuela, ese templo del saber donde se forja a las generaciones futuras! Así que... ¡Ja! ¡Discúuulpame, por arruinar tus planes, pero oficialmente estás fre-ga-do!
—¿De qué estas hablando, maldito loco? ¡¿Estás consciente de que casi nunca vas a clases, ni te presentas a las pruebas en el cuartel?! ¡Paso mucho tiempo a solas con Ayanami, por si no lo sabías, pero eso no significa que haya algo entre los dos!
—¡Y no lo habrá nunca, así que puedes dejar de hacerte ilusiones con eso!— vociferó enseguida el agitado muchacho —¡Por que de ahora en adelante pienso mantenerlos vigilados, tendré puestos mis ojos de halcón sobre ti tooodo el tiempo, amigo! Vigilando atentamente cada uno de tus movimientos, y a la primer insinuación que le hagas a esa preciosura: ¡Bam! ¡Voy a dejar caer el martillo sobre ti, tipo! ¡Así es, eso dije: el martillo! ¡Será mejor que te cuides, muchacho!— en medio de su delirio sin sentido, Rivera comenzó a bailotear como boxeador en torno a Shinji, tratando de intimidarlo —¡Eso es, cabeza de pelota, más vale que tengas miedo, por que estás en el límite de mi paciencia! ¡Y no te confundas, por que aún cuando esté crudo y desvelado, justo como ahorita, me basta y sobra para poner en su lugar a una rata oportunista como tú!
En el momento que comenzó a ser increpado por fintas de golpes, que pasaban bastante cerca de su rostro, cansado de todo eso Ikari tuvo que hacer uso de su último recurso, volteando a ver a su casera en busca de alguna ayuda:
—¡Misaaatooo! ¿En serio voy a tener que aguantar esto, todos los días? ¡Haz algo, lo que sea, por favor!
—Lo siento, Shinji, me gustaría mucho poder ayudarte...— le contestó la mujer, fingiendo gran pesar en sus palabras —Pero lo cierto es que Kai tiene toda la razón en desconfiar de ti, y de cualquiera, diría yo. Y es que Rei es una chica tan atractiva, tan interesante y enigmática que en cuanto se corra la voz de que nuevamente está disponible seguramente le lloverán propuestas amorosas. No me extrañaría nada que, justo en estos momentos, alguien se esté aprovechando de la situación para poder cortejarla sin interferencias, sobre todo sabiendo lo puntual que es esa muchachita...
Rivera detuvo sus amagues apenas escuchó los argumentos de su mentora, quedando como congelado en su sitio, en su rostro grabada la expresión horrorizada de alguien que se acaba de percatar de un terrible error cometido, en tanto el color se desvanecía de su semblante.
—¡Oooh, diablos y centellas!— exclamó despavorido, jalando su cabello como si quisiera arrancárselo —¡Me lleva el carajo, no había pensado en eso! ¡Shinji! ¡¿Qué rayos crees que haces ahí, parado como un pasmarote?! ¡Ya la escuchaste, tenemos que apurarnos! ¡Rei podría estar engañándonos con alguien más, justo ahora! ¡Muévete, maldita sea!
Acto seguido Kai comenzó a arrastrarlo hacia la salida, mientras que su renuente compañero apenas si podía musitar, desganado por lo mal que comenzaba su día:
—¿Sabes? Al oírte hablar de esa manera, puedo decir que pareces conocer muy poco a Ayanami. Cómo es que alguien como ella pudo siquiera haberse fijado en alguien como tú, es algo que escapa completamente a mi entendimiento...
—Deja de gimotear y date prisa— instó Rivera mientras lo empujaba —Si no quieres luego estar llorando como un niño la pérdida de lo que no supiste defender como un hombre...
—¿Te vas así nomás, sin siquiera desayunar?— le preguntó Misato antes que se fueran.
—¿Estás bromeando? Todo me sigue dando vueltas, cualquier cosa que eche a mi estómago, dudo que dure mucho ahí en estos momentos... compraré algo después, de preferencia suero rehidratante ó algo por el estilo, siento que la cabeza me va a estallar...
—Veré que puedo llevarte al rato, tampoco es bueno que estés todo el día con el estómago vacío...
—Ah, por cierto, te dejé una sorpresa en el refrigerador— avisó el chiquillo mientras se colocaba los zapatos para salir afuera —Considéralo una forma de agradecerte los apapachos de anoche, realmente me levantaron el ánimo... gracias por todo, eres la mejor...
En cuanto Rivera abrió la puerta se topó con los sonrientes, ansiosos, e impacientes rostros de Toji y Kensuke, quienes sin siquiera percatarse de quien era el que los recibía, saludaron ambos a la vez con una respetuosa reverencia:
—¡Buenos días, señorita Katsuragi! ¡Qué enorme gusto volver a verla!
—¡Pero si son mis viejos amigos...! Este... ¡Kosaku y Torimaru!— respondió Kai al entusiasta saludo, para en el acto sujetarlos por el cuello y arrastrarlos también fuera del edificio, en un gesto que a él le parecía amistoso pero que para cualquier otro resultaba excesivamente efusivo —¡Corran, será mejor apurarnos si no queremos llegar tarde! ¡En el camino pueden entretenerme poniéndome al tanto de lo que ha sido de ustedes! ¡Y hasta puedo fingir algo de interés, si no les molesta!
—¡¿Pero... qué demonios?!— masculló Toji, indefenso ante el embate del locuaz muchacho —¡Maldición! ¡¿A qué carajos hueles, tipo?! ¡Aléjate de mi, quítame las manos de encima!
—¡Shinji! ¡¿De qué se trata todo esto?!— preguntó Kensuke en el mismo tenor —¿En dónde está la señorita Misato? ¿Y qué cree que está haciendo este sujeto? ¡Nos va a matar, tan sólo con su olor!
—Yo no sé nada— se excusó Ikari, andando detrás de ellos, casi arrastrando los pies y sin despegar la vista del piso —Sólo me dijo que despertó con ganas de ir a la escuela, y parece que hoy está más loco que de costumbre, así que será mejor que hagan lo posible por ignorarlo... yo ya tengo algo de experiencia en eso...
—¿Ah, sí? Pues yo que ustedes, chicos, me cuidaría de darle la espalda a nuestro pequeño Shinji— les advirtió el muchacho de mirar esmeralda, entornando los ojos en dirección al susodicho —Puede parecer muy poca cosa a primera vista, pero aprovechará el primer descuido que tengan para clavarles un cuchillo en la espalda... se los digo por experiencia propia, no se fíen de él, ni de su cara de ñoño... ¡En el fondo es un ser despiadado, implacable!
Misato los veía partir a la distancia, asomándose por el resquicio de la puerta para vigilar su avance por el pasillo, hasta que los perdió de vista cuando doblaron a la vuelta para tomar las escaleras. Después de eso, ingresó de nuevo al apartamento. Desde la entrada, lo contempló en casi toda su extensión. Tan desolado cómo se veía siempre que su muchacho no estaba allí. Ella también le estaba agradecida, ya que había llenado un enorme vacío que existía anteriormente en su vida. Le dio a ésta una dirección, un propósito, un significado. Algo por lo que valiera la pena regresar a aquella solitaria vivienda, de no desaparecer bajo la tierra.
—¿Qué te parece, Pen?— preguntó al pingüino, derrumbándose en una silla. El ave la miró fijamente, sin entender el modo en el que se dirigía a él. Se limitó a menear la cabeza, en señal de duda. Katsuragi aclaró —Creo que sí le pude infundir ánimos a ese muchacho. Mucho mejor de lo que lo hubiera hecho... ella... esa mujer... esa maldita mujer...
Había una vez una jovencita, desvalida, desesperanzada, abandonada súbitamente en un frío y devastado mundo lleno de muerte y destrucción, sin ninguna idea de qué hacer. Ante sus ojos su niñez le fue arrebatada cruelmente, sin compasión alguna, cómo el huracán que arrastra una vivienda; fue transportada de su mundo seguro y sano a una realidad gris, y a veces hasta sádica. Confundida y aterrada cómo estaba ella, el único refugio que encontró fue encerrándose en sí misma, negando sus sentimientos y hasta su condición humana. Hasta que hubo alguien que se apiadó de ella, extendiéndole la mano para evitar que cayera en un precipicio sin fin. La jaló, la arrastró a la vida otra vez. La rescató del desencanto y la desolación. Infundió nuevos bríos a su quebrantado corazón, y lo hizo palpitar calurosamente otra vez, lleno de buenos sentimientos. Y esa jovencita se enamoró perdidamente de su salvador, a manera de gratitud. Y él, a su vez, correspondió a su amor con una intensa pasión que incluso llegaba a quemarla. Pero, por circunstancias adversas propias de la vida real, los dos no pudieron obtener su final de cuento de hadas y vivir felices para siempre.
Algo desganada por aquellos pensamientos, la japonesa se levanta de su asiento, dirigiéndose al refrigerador, movida en parte por la curiosidad por saber qué era el regalo de su protegido. Lo encontró a simple vista, justo debajo de las sobras de hace una semana. Se trataba de una caja de cartón, sellada con cinta en la tapa superior. Tenía algunos timbres postales del extranjero. Llevó aquél contenedor a la mesa y con un cuchillo de la cocina, rompió el sello de la caja. Al ponerla sobre la mesa, había conocido su procedencia: México. Ya empezaba a intuir qué era, si es que lo que había adentro debía ser conservado en refrigeración. Algo comenzó a pujar en su interior, mientras ella se sacudía con unos horribles escalofríos, casi llegando a convulsiones. Al sacar su contenido, confirmó su teoría. Una caja llena de botellas de cerveza Corona. Sacó una de ellas, y la sostuvo frente a su rostro por un buen rato. Recordaba la primera vez que probó la cerveza mexicana, de hecho, la primera que había probado en su vida. La melancolía y la tristeza la invadieron de repente, sacudiéndola violentamente desde el espinazo. Antes de desvanecerse, colocó el recipiente en la mesa. Se recostó sobre ella, ocultando la cara con los brazos. Con la voz quebrada, y las lágrimas a punto de desbordarse en sus ojos, apenas si alcanzó a pronunciar:
—José... Joe... ¡Cómo te extraño!
Una vez que pronunció aquellas palabras, empezó a llorar a moco tendido. Sus sollozos, su llanto se esparció por toda la casa, llenando la inmensa soledad y calma que en ella se habían instalado. Las lágrimas le surcaban una y otra vez las mejillas, sin que a Katsuragi le importara, yéndose a estrellar sobre la madera de la que estaba construida la mesa. Quería desahogarse, sacar todo lo que tuviera dentro, vaciarse por completo, por lo menos hasta la siguiente vez. Casi disfrutaba de aquella sensación, con un extraño placer. Sabía que después de aquel valle de lágrimas, se sentiría muy bien, recobrada. Pero mientras tanto, sufría, sufría cómo todos los demás seres humanos lo hacen.
Pen-Pen, a su lado, observaba el dolor de su dueña, sin entender qué era lo que pasaba, y cómo hacer algo para ayudar en algo. La miraba con extrañeza, pero sólo eso hacía. No podía ofrecer palabras de consuelo, ni apoyo alguno, nada de eso. Sólo estaba ahí, para presenciar la escena. Pen-Pen, testigo mudo de todos los dramas personales de aquella casa.
Misato continuó llorando un buen rato más, ante la mirada impasible del animal.
Ignorantes del dolor que agobiaba a su guardiana, los niños continuaban sin ningún percance el camino al centro de enseñanza; Ikari caminaba despacio y sin prisas por la banqueta, escoltado por delante por su compañero de cuarto y sus dos amigos, que seguían siendo prisioneros de Rivera.
Shinji ya ni siquiera escuchaba sus constantes quejidos y lamentos, sus pataleos de ahogado. Concentraba la vista en el camino, que se abría ante él en tonos grises pálidos y azules claros. El asfalto frío de la ciudad se unía por una leve línea (el horizonte) con el azul brillante del firmamento, formando así una curiosa dicotomía. Cielo y Tierra. Tan lejos y tan cerca el uno del otro. Y no obstante, compartían un lazo en común, algo que les impedía separarse por completo.
—...quiero decir, todo mundo, la televisión, la música, y el cine, te hacen creer que mientras haya amor nada te faltará, ¿cierto?— el parloteo incesante de Kai, quien no había parado de monologar desde que comenzaron su trayecto, era lo único que interrumpía aquella apacible calma —Te dicen que lo único que se necesita para que dos personas sean felices es que se amen el uno al otro... ¡Pero nada de eso es verdad, amigos, es pura fantasía! ¡Y hasta ahora puedo verlo, claro como el agua! Por que sin importar cuánto ames a una persona, si por lo menos hay alguien o una circunstancia que se te quiera oponer, entonces ya estás frito... por que hay obstáculos insorteables que pueden aparecer en tu camino, sin importarles un carajo toda tu vibra positiva o demás basura optimista que puedas estar cargando contigo... ¡Y es por eso que el amor es un asco! Escuchen mi consejo, chicos, si es que quieren disfrutar una vida sin complicaciones: nunca se enamoren, nunca se involucren. Revuélquense con cuanta tipa puedan, pero siempre mantengan su distancia, no se permitan sentir algo, por que eso sólo los hará vulnerables, y cuando menos lo piensen estarán como bichos, embarrados en el parabrisas de la Hummer que es esta perra vida...
—¡No entiendo nada de lo que dices!— musitaba Toji, preguntándose si acaso ese maniático lo obligaría a entrar de esa manera a la escuela —¡Ya suéltame de una vez, por favor! ¡La gente nos está viendo!
—No sé que es más asqueroso— repuso Kensuke, con un tono verdizo en todo su pecoso rostro —Si el horrible hedor de tu ropa sucia o tu ridícula charla del amor... en serio, tipo, me siento en un estúpido talk show... deberías aprender a ser más reservado...
El tiempo continuó su imparable marcha, cómo la de una aplanadora. ¿Cuántas vidas había visto ir y venir desde que inició su andar? Para él, cada una de ellas debió durar un suspiro. Tantos y tantos suspiros, tantos cómo estrellas y cuerpos celestes en el universo, en el espacio infinito.
Dieron las once de la mañana, y la horda de infantes que plagaban las instalaciones escolares pudo darse un suspiro, abandonados a su suerte momentáneamente por sus maestros, mientras salían a atender a los padres de familia recién llegados. Libres por un rato del yugo opresor del estudio incesante, de la fábrica de mano de obra del Estado, disfrutaban lo mejor que podían los pocos ratos de esparcimiento que les quedaban. Sin preocupación aparente que los embargara, todos sentían el avasallador paso del tiempo en ellos, unos más que otros. Hoy, eran jóvenes, fuertes e idealistas. El mundo estaba a sus pies, y no había nada que no pudieran hacer. Mañana, serían hombres, y tendrían que redituarle a la sociedad, ese sagaz monstruo siempre hambriento, a esa creación humana, todo lo que había invertido en su entrenamiento, tendrían que estar encadenados a ella por el resto de sus días. Y además, tenían que asegurarse de engendrar futuros trabajadores que tomaran su lugar, para seguir alimentando a la criatura, siguiendo con el ciclo hasta quien sabe cuando. Nadie lo sabía. Ya había sobrevivido a varios holocaustos. El tiempo corría. Y tenían que vivir la poca vida que les quedaba intensamente.
Todos ellos, excepto por Kai Katsuragi, como era conocido en su faceta estudiantil, quien pese a todos sus esfuerzos e intenciones por mantener vigilados a Shinji y Rei, en esos momentos dormía cómodamente acurrucado sobre la paleta de su pupitre, con el mismo sosiego con el que lo hubiera hecho un pequeño infante a la hora de su siesta.
En cambio, Toji y Kensuke se dejaban arrastrar por la corriente, para que los llevara hasta donde ella lo quisiera. A veces era el mejor modo, que gastar en vano energías al luchar contra ella, cosa que era casi imposible; y aquellos que lo hacían, y lo lograban, eran los considerados héroes, y eran exaltados por encima del montón, y por siempre recordados, mientras aún hubiera Historia.
Cómo si de un importante evento se tratase, desde temprano ya estaban apartando su lugar, adivinando el bullicio y el tumulto que pronto se suscitaría. Esperaban tranquila y pacientemente su llegada, junto a la ventana, sentados en sus asientos para no cansarse. De un momento a otro tendría que llegar. Shinji comprobó entonces lo poco que conocían a la Capitana Katsuragi. Ella siempre llegaba con retraso a todos sus compromisos.
Esperaron cerca de media hora, desde las diez con cincuenta minutos de la mañana. Y a cada segundo parecían desesperarse más y más. Creyeron que Ikari los había engañado, infundándoles falsas esperanzas, y que la mujer jamás se presentaría.
Pero antes que pudieran hacerle o decir algo, se oye un repentino frenar de neumáticos, característico de la visitante tan esperada, que a Shinji le sonó cómo salvación. Sin perder tiempo, señaló hacia la ventana que daba vista al estacionamiento, anunciando la llegada de su tutora. Desconfiados, los chiquillos se asomaron por donde les indicaban y efectivamente, del auto ven salir a la despampanante mujer, con sus medidas casi perfectas y su ajustada ropa. En todo el tiempo que duró su contemplación, no cerraron por ningún motivo la boca. Hasta el muchacho que vivía a su cuidado quedó asombrado, perplejo de lo hermosa que podía ser la militar. Embelecido con la belleza femenina encarnada en una sola persona. Sus movimientos parecían todos que se daban en cámara lenta. Su larga cabellera lacia, negra, retozaba en la espalda y terminaba en su cintura, moviéndose cómo si tuviera vida propia cada vez que daba un paso. Qué decir de sus piernas largas, de esos muslos con las curvas tan pronunciadas, tan peligrosas para el viajero distraído, todo ello regalo de la corta falda que tenía embarrada en las pronunciadas caderas, que a pesar de la mortaja en la que estaban envueltas, podían distinguirse tan claramente cómo el fondo de un vaso de vidrio, cuando éste se encuentra lleno de agua común. Ni qué decir de su cintura de avispa, tan pequeña que hasta se antojaba posar las manos allí para retener a esa Venus mortal. Cómo alabar ese torso, inaudito poder describir con palabras aquellos pechos, esos senos tan levantados y firmes. Parecían unas frutas prohibidas que no se podían ni debían tocar, cómo las que comió cierto antepasado común. Cómo describir ese par de labios, rojos y carnosos, los cuales cualquier hombre moriría por llegar a beber de su néctar, saborearlos en su propia boca. Su rostro, aún joven y sin rastro de arrugas. Sus pómulos redondos y salientes, coloreados por el maquillaje. Lo único que negaba al mundo era el observar los dos luceros de sus ojos, ocultándolos con sus gafas oscuras. No quería que nadie se percatara que los traía hinchados, rojos por tanta lágrima que había derramado. Pero no era gran problema. En esos instantes, quizás eran sus ojos lo último que querrían apreciar todos sus admiradores.
Intrigados por la asidua atención con la que se asomaban al exterior, los condiscípulos del trío los acompañaron, esperando averiguar que era lo que había allá afuera que los tenía tan absortos. La voz se corrió deprisa, por todo el recinto, cómo pólvora. En el acto, todos los estudiantes varones se encontraban pegados al cristal de la ventana, en ocasiones hasta luchando por un lugar en ella. No podían creer lo que sus mismos ojos estaban viendo en esos instantes, tan real cómo cualquier otra cosa que les hubiera pasado. Pero también parecía un sueño; la mujer que admiraban y contemplaban se movía cómo si estuviera en uno. Flotando entre nubes, rodeada de un halo de luz intenso. Su inaudita belleza calaba, amenazaba los cimientos de la razón de los jóvenes. Pronto, el espectáculo no sólo se limitó a esa aula en especial. El escándalo y estrépito que emitían los compañeros del joven Ikari traspasó los muros del salón, hacia donde estaban sus vecinos, y de igual modo éstos hicieron lo propio con sus aledaños. En un parpadeo, todos los estudiantes de ese edificio se encontraban como adheridos con ventosas a los ventanales, alabando a aquella diosa de la belleza y del amor encarnada. El furor que ocasionaba la mujer era enorme, acaso como si una estrella de la farándula estuviera visitando la escuela. Todos los murmullos y las alabanzas, los chiflidos y los gritos de deseo y angustia se fusionaban en uno solo, semejando a un vendaval. Sabiéndose observada, Misato sonríe con una cruel malicia, y empieza a contornear aún más su figura, a balancear con más ritmo sensual sus caderas, de lado a lado, y a caminar aún más lento para alargar la agonía de los muchachos, quienes con cada movimiento suyo enloquecían gracias a su sexualidad incipiente, que burbujeaba en su interior, quemándolos, calándolos horriblemente. En aquel momento, la mujer los tenía en la palma de su mano. Y lo disfrutaba, consciente de todas las pasiones que desataba en los juveniles corazones. Gozaba, cómo sólo saben hacerlo las mujeres, al manipular la razón y la voluntad de un hombre, aunque éste estuviese apenas comenzando a alcanzar su madurez. Cuando su cabello comenzó a estorbarle, y aún si no lo hubiera hecho, con la mano lo empujó hasta su espalda, para acto seguida estirar el cuello y levantar la mirada hacia la jauría de párvulos jadeantes y hambrientos de su físico. Al reconocer a su protegido, apretujado por la muchedumbre, levantó la mano, saludándolo enviándolo un beso. Aquello alborotó aún más al montón de muchachos, pues cada uno creía que era a él a quien iba dirigido ese beso.
—¿Vieron? ¡La traigo loca!
—¡Tu madre! Yo soy el único al que ama.
—¡Qué buena estás, preciosa!
—¡Quiero, quiero!
—¿A qué hora sales por el pan?
—How much?
—¡Hazme tuyo por siempre!
—¡Con esas nalgas, seguro que zurras bombones!
Comentarios aún mucho más ofensivos que éstos retumbaban en las instalaciones escolares, proferidos a toda voz por los enloquecidos chiquillos, con la esperanza que la beldad de cabello negro pudiera escucharlos, reconocer su presencia. Pero si lo hubiera hecho con uno de ellos, lo más probable es que éste se hubiese desmayado de la impresión.
—¿Quién es la muñeca?
—¿No lo sabes? Es la mamá de Katsuragi.
—¿Katsuragi? ¿El "Loco Katsuragi"?
—¡Imposible! ¡No se parecen en nada!
—Además, siempre he dicho que soy el padre de ese imbécil.
—¿Perdón? ¿Me hablabas?
Al reconocer la voz a sus espaldas, todos los infantes enmudecieron en el acto, presas del terror. De soslayo, los atónitos muchachitos pudieron hacer contacto visual con la fuente de su atemorizado estado. En esos momentos Kai se encontraba de lado, con su mano haciendo de bocina detrás de su oreja, acaso como si no estuviera escuchando bien. Al corroborar de quién se trataba, los indefensos jovenzuelos parecieron desvanecerse como fantasmas, palideciendo al extremo. Casi se podía mirar a través de ellos.
—¿K- Katsuragi-san?— tartamudeó uno, presa del miedo.
—Pensamos... que estabas tomando tu siesta... amigo— mencionó otro más, que estaba hasta el otro lado del cuarto —No quisimos... no quisimos interrumpirte...
—¡Oh, ya veo!— exclamó "Katsuragi-san", en tono ligero y para nada intimidante, y aún así, por alguna razón todos sus compañeros se apretujaban entre sí para apartarse de él tanto como pudieran —¡No fue su intención! ¡Todo fue un error, un accidente! En ese caso, no debería haber problema, digo, todo mundo nos podemos equivocar de vez en cuando... nadie es perfecto, ¿cierto?
—¿C-Cierto?— murmuró uno de ellos, apenas con un hilo de voz.
—Aunque, para serles sinceros, creo que tal vez puede que sí haya un pequeño inconveniente— continuó el muchacho de ojos verdes, más alto que la mayoría de ellos, por lo que su talante a simple vista se imponía sobre el del resto de sus condiscípulos —Y es que hubiera preferido ser discreto al respecto y que nadie se enterara de ello, pero ocurre que ayer tuve una crisis personal, que me afectó muchísimo, tanto como para emborracharme hasta no saber más de mí... como resultado, traigo esta horrible resaca, que se siente como un taladro perforando mi cráneo aún cuando estoy dormido, y que no hace más que ponerse peor cuando soy despertado abruptamente por sus chillidos de cerdos en celo... ¿Comprenden lo que les digo? ¡Estoy a punto del colapso, muchachos! Siento que puedo estallar por cualquier cosita, por insignificante que parezca, así que lo último que necesito es ser despertado por sus berridos, sobre todo si lo único que dicen es cómo piensan violar en grupo a la mujer que ha cuidado de mí desde los cuatro años...
—Pero... sabes muy bien que todo lo que dijimos... lo dijimos en broma. ¿Verdad... amigo?
—Me parece que se me olvidó desde eso de "Con esas nalgas haz de zurrar bombones".
No dijo ni una palabra más. Con su mirada esmeralda, atizó a la muchedumbre de chiquillos. Éstos, agitados, empezaron a moverse sin dirección de un lado para otro, todos confundidos y espantados. En lo único que pensaban era en alejarse lo más posible de ese loco perturbado. Pero estaban confinados al salón de clases. Eran ovejas sin pastor, moviéndose cómo una masa tonta por todas partes.
Paladeando el temor que infringía en sus corazones, el cazador comenzó a actuar con insólita frialdad. Empezó a rodear al rebaño, acechándolo, pero conjuntándolo, uniendo a los rezagados con los demás. Poco a poco comenzó a compactar el grupo, reduciendo su espacio paulatinamente, amontonándolos para que no pudieran escapar. Haciendo círculos alrededor, con la finta de aventársele al primero que se saliera del montón. Razón de más para que las presas se apretujaran más y más las unas a las otras. Presentían que el primero que quedara solo sería la primera víctima.
Una vez que estuvieron todos juntos, en el centro del recinto, y lejos de las niñas, que sólo estaban de testigos mudos en la cacería, el agricultor recogió el producto de su cosecha. Sin previo aviso, y cuando nadie se lo esperaba, el depredador se abalanzó sobre el ganado, dispersándolo en el acto. Al primero que agarró fue al que elogió las sentaderas de su madre adoptiva de aquella forma tan prosaica. A éste lo lanzó por los aires, con una llave de judo, haciendo que se estrellara estrepitosamente en el piso, cortando por completo su ritmo respiratorio. La próxima vez lo pensaría mejor antes de alabar partes del cuerpo de maneras tan explícitas. Los demás sólo recibieron unos coscorrones que se antojaban un poco suaves y considerados, tomando en cuenta la constitución del atacante. A los que corrían los tacleaba por la espalda, arrastrándolos por el suelo, sin darle oportunidad a nadie de que escapara hasta que él así lo decidiera.
Los que estaban fuera de la contienda, sólo divisaban la confusión de la masacre. Los gritos de clemencia de los chiquillos resonaban en las paredes, sin nadie que pudiera atenderlos. Los vecinos estaban bastante ocupados adorando a la causante de la tragedia de aquellos desdichados. Sus compañeras, sentadas todas en conjunto, se compadecían de ellos, cruzando los brazos, pero sin hacer nada para socorrerlos, quizás con la venencia de un castigo bien merecido:
—Pobres diablos...
Shinji sólo alcanzaba a ver una humareda desde donde estaba, y lo único que le indicaba qué era lo que pasaba en aquel caos tan desordenado eran los atronadores lamentos de los infelices que estaban involucrados en la revuelta. Sólo él, Toji y Kensuke habían escapado del ajuste de cuentas de su compañero. Sentados uno al lado del otro, observando todavía el deambular de la mujer causante de tantas desdichas, Suzuhara, sin quitarle los ojos de encima a la japonesa, le susurró en el oído a su compañero que utilizaba anteojos:
—¿Quién lo diría? Parece que que no es tan mala idea ser amigos de este orate...
Su cómplice asintió con un monosílabo, concentrándose completamente en enfocar con su cámara de video portátil toda la andanza de su amor platónico por el colegio. Una vez que ésta desapareció de la vista, internándose en el edificio de a lado, el chiquillo se aseguró que todo se hubiera grabado, hasta el más ínfimo detalle. Junto con sus dos amigos, revisó y evaluó su trabajo final. Descontando la innegable belleza del tema de la grabación, el ángulo en que la había captado era bastante bueno, y la nitidez de la imagen lo era también. Él lo desconocía, pero un corazón de cineasta de gran prestigio palpitaba en su interior.
Mientras tanto, de seguro las copias de su obra se venderían bastante bien. Ya comenzaba a pensar en todo ese dinero extra, y en qué lo iba a gastar. Su inseparable compañero, cómo socio de la tercera parte de las ganancias, de igual modo imaginaba y hasta contaba el dinero que sería recaudado, mientras se frotaba ambas manos con un gesto de avaricia en su cara.
Ikari los dejó divagar y perderse en sus locos planes. Se volvió hacia el lugar del conflicto, y alcanzaba a divisar a Kai entre tanto barullo y chicos que querían alejarse de él a toda costa. Luego, dirigió su mirada hacia donde se encontraban sus compañeras de clase, que de la misma manera contemplaban la carnicería, cuchicheando entre ellas, seguramente enalteciendo al ya de por sí inalcanzable joven piloto. Qué tan fácil, se puso a reflexionar el infante, qué tan fácil le hubiera resultado a su camarada, en aquellos días, quitarle el mote de "señorita" a cualquiera de esas chicas, si no es que a todas ellas. Y quizás, hasta juntas. De un cierto modo perverso, lo envidiaba. Podía hacer tantas cosas que él nunca podría realizar. Tenía tanto poder y tanta influencia sobre quienes le rodeaban. Todo siempre le salía bien. Todo le resultaba bastante fácil. Nació superdotado. Jamás se tuvo que esforzar ni tantito en aprender todos los conocimientos que poseía. Nunca hacía tareas, pero sin embargo, en todos los exámenes aprobaba con la máxima calificación. Ni qué decir de su desempeño físico. Todos lo admiraban cuando demostraba sus habilidades para casi cualquier deporte. Las niñas enloquecían con cada gesto suyo, los chicos lo respetaban. Tenía tanto, ¿y en qué era en que lo utilizaba? En dormitar casi toda la clase, en hacerse el idiota el poco tiempo que estaba despierto en la escuela. Todo lo que representaba no le importaba en lo más mínimo, ni hacía nada para sacarle provecho.
Del mismo modo en que lo envidiaba, también había veces que lo detestaba. Siempre perfecto, siempre sabio, fuerte y rozagante. Lo que daría por ser aunque fuera un poco más como él. Por tener todo lo que él tenía. Qué cosas tan maravillosas realizaría con todos esos dones. El tipo de poder que tenía Rivera era el que siempre había anhelado, desde aquella infancia tímida y solitaria. Quizás, cuando lo veía, miraba en lo que pudo haberse convertido, de haber tenido un hogar estable, sano y feliz. Con una mamá y un papá que lo amaran y lo formaran en un ser humano socialmente funcional. Y puede que, tal vez, era eso lo que más le enardecía.
Ignoró a las pequeñas hembras, para peinar el resto del salón con los ojos. Buscaba algo en específico. Allí estaba ella. Tan callada, quieta y distante como siempre. Con sus pupilas carmesí clavadas en ninguna parte, en su trance tan adorable. Su cuerpo se encontraba en su pupitre, pero su conciencia, su espíritu se encontraba recorriendo las estrellas y galaxias más lejanas. Otro motivo más para odiar a Kai. El payaso tenía cómo su novia a la joven más hermosa y más seductora que hubiera visto jamás. La deseaba con cada fibra de su ser. Ya casi no dejaba de pensar en ella desde aquella primera vez que le sonrió. Sólo eso bastó para que controlara por completo su voluntad, sus más íntimos anhelos. No, no era cierto, La amaba aún antes de conocerla, cuando tuvo esa visión de ella en la estación del tren, a su llegada al Proyecto Eva. Desde entonces, ese fantasma había invadido sus sueños. No descansaría hasta que la poseyera, cómo su padre o el mismo Kai. Kai. Su nombre, no importaba en qué, siempre salía a relucir. Aparte, el maldito era el único con el que se sinceraba Ayanami, el único que la conocía tal y cómo era, y no a esa fachada que proyectaba al exterior, para defenderse. Cuantos de sus más secretos pensamientos y sentimientos le habrían sido revelados. Cuantos gestos, cuantas sonrisas, cuantas miradas amorosas le habría dirigido, le habría obsequiado aquella deidad. Hubiera dado lo que sea, con tal de que tan solo una de esas miradas hubiera sido para él, que tan siquiera una suave caricia de ella se posara en su piel.
¿Y qué era lo que hacía el afortunado dueño de tantos y tantos valiosísimos obsequios? Lo que hacía con todo lo que tenía: desperdiciarlos. Cuando no estaban a solas, siempre la ignoraba, la rechazaba, la negaba. Renegaba de tan encantadora muchacha, y la desdeñaba cómo muñeca rota. Se le antojaba hacerse de una silla, la que tenía a su lado, dirigirse al centro de la reyerta, hacia donde él estaba, levantarla en todo lo alto, y romperle con ella el cráneo por completo. Y seguir ensañándose con él, hasta que ya solo quedara una mancha ensangrentada embarrada en el piso.
Se le adelantaron. Alguien más ya lo había intentado. La silla se estrelló en el piso, sin dar en el blanco. No le había costado la gran cosa a Rivera desarmar a su atacante. Y en cuanto a éste, tampoco fue mucho trabajo encargarse de él. Antes que se pudiera dar cuenta, ya estaba doliéndose en el suelo. Shinji no dijo nada, y solamente tragó un poco de saliva. Dejó de tentar el respaldo del asiento a su lado.
De nuevo se concentró en Rei. Ahora, había abandonado su estado estático, y observaba la riña, de la cual su pareja era protagonista. Ikari esperaba ver en su mirada los mismos destellos que iluminaban la de las demás chicas. No era así. En cambio, parecía cristalina, con una expresión aún más triste y melancólica de lo acostumbrado. Parecía que estaba a punto de desbordarse en lágrimas. Sus labios temblaban, al mismo tiempo que su tristeza se hacía más y más evidente, rebasando los límites de su cuerpo e impregnando con ella todo el cuarto, al grado que hasta sus mismas condiscípulas se habían dado cuenta de su inusual estado de ánimo. De hecho, era el primer estado de ánimo que le veían a Rei, la bella silenciosa, cómo la llamaban. Su compañero se preguntaba porqué, si siempre había sido a la inversa. Rivera siempre la rescataba de su taciturnidad, sí, pero para bien. Nunca la había visto así. Aún ignoraba que su compañero de cuarto y ella habían tenido una fuerte discusión, de proporciones tan catastróficas que los había llevado a terminar esa peculiar relación amorosa entre ambos, que hasta hacía muy poco habían hecho pública. Y tampoco estaba consciente de que, en buena medida, él había sido una de las partes por las que se originó el pleito. Pero eran muchas las cosas que el joven Ikari ignoraba del mundo que le rodeaba y que giraba muy a pesar suyo.
—Eh, Kensuke— pronunció Toji, sacando al piloto Eva de sus reflexiones cuando a continuación lo escuchó pronunciar su nombre —Tenemos suerte que Shinji sea un bebito indefenso, ¿no? No es mucha competencia para nosotros.
—Ajá— asintió Aida, moviendo la cabeza —Definitivamente, está fuera de la carrera.
Por un momento, el aludido pensó que se encontraban hablando de Rei, por que era en eso en lo que estaba pensando en esos momentos. Pero después recordó la enajenación que sus dos amigos profesaban por la Capitana Katsuragi. "Cómo se nota que ni la conocen..." pensó, cansado por la obsesiva actitud del curioso par.
—Una chica cómo Misato bien podría ser mi novia— continuó Suzuhara conversando con su acompañante, bastante emocionados los dos.
—Yo que tú, mejor esperaba sentado— participó Ikari de una vez en la plática.
—Muy bien, señor— pronunció Toji, tomándolo de los hombros y sentándolo —Tú cuida de la paz y la Tierra...
—Y nosotros cuidamos a Misato— complementó Aida, en complicidad con su compañero, mientras los dos chocaban las manos en lo alto.
Shinji ya no dijo nada. Resignado, lo único que le quedó fue reconocer la impecable sincronía que había entre ellos dos.
—Unidad 01 comenzando sincronización con el piloto.
Envuelto, rodeado de aquel tibio y espeso líquido ambarino, casi traslúcido, Shinji hizo caso omiso de la fría voz en el receptor de audio. Se sentía tan bien en su cabina, siempre y cuando no tuviera que trabar un combate. Tan relajado, y tan libre de preocupaciones. Con sus ojos cerrados, deleitaba la sensación de poder inhalar y exhalar oxígeno dentro de aquel caldo. Aquellas ocasiones le permitían seguir meditando. Aún resonaban en su mente las palabras de sus amigos. Nunca tenían idea de lo que hablaban, y no obstante, lograron dar en un punto clave, en sus incursiones a ciegas.
"La Tierra y la paz..." reflexionaba para sus adentros. "Uso al Evangelion para su seguridad. Pero, ¿Qué es el Eva, en realidad? Y está toda esta sustancia, impregnada con el olor a sangre. Y alguien llamándome dentro de la cabina. Nada. Eso es todo lo que sé de este relajo: nada."
Quiso callar la voz que lo llamaba, que le decía por su nombre. Parecía no venir de ningún lado, o más bien dicho, de todas partes de la cabina. Apenas si la escuchaba. Cómo un suave murmullo, parecido al de una ligera llovizna. Y aún así, aunque no pudiera determinar por medios convencionales su localización o su procedencia, de todas maneras la sentía íntima, cercana, lo que es más: muy familiar. Desde hacia varias semanas que la oía, pero no quería revelarlo a nadie, por temor a que descubrieran que muy posiblemente se estaba sumergiendo en la más abismal locura. Desde un principio intentó ignorarla, convencerse de que era resultado de su imaginación, y con esa confrontación con la realidad, así se negaría y se desvanecería por completo. Pero no le había dejado muchos resultados. Ahora mismo luchaba internamente por convencerse que no era cierto que alguien lo estaba llamando, en un tono cálido y conciliador, tranquilizante, casi somnífero. Sentía cómo con cada día que pasaba su cordura se iba desmoronando y cayendo en fragmentos a sus pies. Pero él no quería estar loco. Tal vez era demasiado tarde. Buscando refugio en su incertidumbre, quiso recurrir a su compañero piloto. Volteó al frente, hacia donde estaba la Unidad Z. Allí, en el interior del casco del robot, y en la misma cabeza de éste, se encontraba realizando el mismo ejercicio que él. No muy convencido, tomó el radio entre sus manos, listo para comunicarse con él. Aunque horas antes estaba considerando el matarlo, ahora al único que podía acudir era a Kai. Sólo él podría ayudarlo. Pero, ¿y si no era así? Era un hombre de ciencia, un investigador, un doctor. De seguro de inmediato lo catalogaría de demente y lo mandaría a encerrar bajo llave. Antes de que pudiera emitir una sola palabra, ya había depositado el aparato en su lugar, arrepentido y temeroso. Cansado, sólo se dejó llevar por el melodioso tono de quien lo estaba llamando. Se reclinó en su asiento, y volvió a dejar caer los párpados, dejándose llevar por la corriente, volviendo a su punto máximo de relajación, bordeando la iluminación.
"Maldita sea. Qué pestilencia hiede del LCL. Si tan sólo pudiera colgar aquí uno de esos pinitos aromatizantes" se decía a sí mismo Rivera, mientras se tapaba la nariz con los dedos, en señal de repulsión. Quería seguir distrayéndose en algo, ocuparse de cualquier cosa, por insignificante que ésta resultase. No quería estacionarse, no quería quedarse sin hacer nada. Y es que sólo si se mantenía ocupado la mayor parte del tiempo evitaría pensar en sus dramas personales.
Pero no estaba funcionando bien. Poco a poco se iba quedando sin pretextos para poder distraerse en pensamientos ociosos. Las cáscaras de su consciente caían al suelo una detrás de otra desnudando por completo a su subconsciente, con todo y su tormenta interna. Le disgustaba confrontarse con sus pensamientos más íntimos, poner en duda su juicio personal; no quería admitir que se había equivocado en algún punto de su vida, o de que en ese mismo instante estuviese haciendo erróneas decisiones. Que todo en lo que siempre había creído estaba mal, no existía. Si lo hacía, negaría entonces su propia personalidad, todo lo que lo definía, y se precipitaría a un abismo del que no había regreso.
No es justo. No es justo. No es justo. Era lo que tenía en mente, repitiéndolo hasta el cansancio. Luego de tantos y tantos baches en el camino, no era posible que a una cuadra antes de llegar a su destino, las llantas del carro reventaran. No era posible que, ahora que su relación con Rei parecía ir mejor que nunca, de repente todo se lo llevara el demonio. ¿Cómo permitió que todo el asunto se le escapara de las manos? Creía tener todo bajo control, y cuando bajó la guardia, le comieron el mandado. Y ahora tenía que vivir noche y día con este tormento interno que le calaba las entrañas, lo devoraba por dentro, carcomiéndolo hasta dejarlo vacío. La débil y delgada cuerda en la que colgaba y se aferraba al piso se reventó de pronto. Todo el mundo entero pareció desmoronarse en pedazos, quebrarse cómo un cristal roto dejando pedazos de todos tamaños por doquier. Esos pedazos lo cortaron y desgarraron por completo sus carnes. Sintiendo que le iba a explotar, sujetó fuertemente su cabeza con las manos, apretando fuertemente los cabellos que habían quedado entre sus dedos. Una sola idea estaba fija en su mente en esos momentos, una interrogante que quemaba sus neuronas en busca de una respuesta que muy probablemente no existía: ¿PORQUÉ?
Su grito agónico, ronco, que le raspó horriblemente la garganta y debilitó sus cuerdas vocales, quedó encerrado, atrapado en la cabina del gigantesco robot, encontrando un magnífico eco que se propagaba con rapidez gracias al fluido en el que estaba envuelto todo el compartimento. Nadie más pudo escucharlo, allí, destinado al confinamiento. Sólo su autor era su único testigo, oyéndolo a unos segundos después de haber sido regurgitado.
Cómo tremendas descargas eléctricas, sacudiéndolo por completo, así acudían los recuerdos a su torturado cerebro. Una feroz tormenta eléctrica que se abatía implacable sobre su ser. Y todos los rayos que cortaban el firmamento le daban a él, que actuaba cómo un pararrayos humano. Uno tras otro lo siguieron golpeando salvajemente, hasta dejarlo indefenso, tendido en el lodo, sin la más mínima idea de qué hacer. Quería arrancarse su corazón, y patearlo lejos de ese lugar, para no volverlo a ver jamás. A lo mejor sólo así se iría también el dolor. Se revolcaba de un lado a otro de su cabina, sin que no hubiera nadie allí que pudiera socorrerle en esos difíciles instantes. Notándolo, el joven se dio cuenta que sólo él podía ayudarse. Recordando todos sus entrenamientos, se dejó caer en su asiento, recostándose y acomodándose lo mejor que podía. Respiró profundo, inhalando por la nariz, exhalando por la boca. Paulatinamente se fue tranquilizando, a la par que aplicaba distintas terapias de relajamiento. No los dejes ganar, no los dejes ganar, así es cómo te quieren ver esos malnacidos, pero tú no les vas a dar el gusto. No te dejes vencer, continúa en la carrera. Trataba de darse ánimos, para cultivar el optimismo en su interior. Todo su semblante se normalizaba, retornando a la habitual tranquilidad. La tormenta ya había pasado. Continuaba respirando hondo. Marcando ritmo. 1, 2. 1, 2. 1, 2. 1, 2. 1, 2. 1, 2.
Tranquilo al fin, reconoció que luchar con sus impulsos no iba a resolver nada. Se desvaneció en la paz que reinaba en el interior de esa cabina.
¿Pero qué era lo que le agobiaba tanto? ¿Qué oscuros espectros lo acechaban en las noches de sus sentimientos? ¿Qué ardiente llama lo quemaba en el interior?
Los crisoles de su agonía se habían forjado apenas un día antes. En el seno de su recinto de amor, en donde, curiosamente, era donde se sentía más a salvo. La atmósfera que se respiraba, tibia y tranquila. Los dos jóvenes enamorados se encontraban plácidamente sentados sobre un viejo roble, con el hermoso paisaje del incipiente anochecer sobre sus cabezas y la negra estructura de la ciudad por allá, a lo lejos en el horizonte. Todos esos factores invitaban a dormitar allí mismo, tendidos en el húmedo pasto, con las gigantescas ramas del árbol extendiéndose en el firmamento ennegrecido.
En efecto, el sopor y la abundante calma típicas e inherentes del lugar, tenían en la lona a Rivera. Sólo se afianzaba de Ayanami, rodeándola con los brazos, mientras ésta recargaba su espalda contra el pecho del joven, y a la par él hacía lo propio con el ancho tronco del antiguo roble.
Soñaba con la gente de los caballitos de madera, cuando comían pays. La chica de los ojos de caleidoscopio lo saludaba, cuando de repente, la banda dejó de tocar.
—¿Kai?
La dulce y encantadora voz de la chiquilla, aún susurrando, lo hubiera sacado de inmediato de un coma. No fue la gran cosa expulsarlo de la tierra de los sueños, cuando tomaba su siesta ligera. La inquisidora mirada carmesí de la muchacha, con ese gesto de confusión y curiosidad en su faz era la imagen perfecta para despertar. Admirando su angelical belleza, el adolescente sonrió lleno de ternura y de amor. No obstante, todo lo que sube, tiene que bajar, y en los consecuentes minutos él experimentaría una caída libre desde la nube en la que se encontraba.
—Has estado faltando a tus sesiones de entrenamiento y pruebas de sincronía durante toda la semana— mencionó la jovencita, recapitulando las acciones del muchacho durante los días pasados —La Doctora Akagi está furiosa contigo, dice que estás faltando al convenio que suscribieron NERV y las Naciones Unidas, y hasta vi una copia del reporte que piensa mandar a Nueva York, parece algo bastante serio...
—Así que la cerda terminó chillando, ¿eh?— musitó Rivera, con una sonrisa complacida en los labios, en tanto volvía a cerrar los ojos en una actitud desinteresada —No es de extrañarse. Después de todo, eso es lo que los cerdos hacen: chillar. Déjalos que se revuelquen en su inmundicia, lo que hagan o dejen de hacer no tiene que afectarme...
—Quisiera que tomaras estas cosas más en serio— añadió la muchacha, sin compartir su calma arrogante —A veces, parece que simplemente actúas como te venga en gana, sin pensar en las repercusiones de lo que haces. Me preocupa que alguien pueda perjudicarte por tus descuidos, sobre todo con todo este absurdo asunto de Nishizawa y el gobierno japonés... la gente está muy alterada, nerviosa, debido a eso...
Aquél comentario lo sacó de balance, haciéndolo despertar por completo. Para poder recuperar el equilibrio, liberó de sus brazos a su cautiva y se puso de pie, bostezando para desperezarse, haciendo un estiramiento parecido al de un felino.
—¿Y tú cómo te enteraste de lo de Nishizawa?— preguntó, esforzándose por disimular la ansiedad que aquel tópico en particular le ocasionaba, sobre todo si hasta entonces había pensado haber obrado con suma discreción para que dicho asunto no se hiciera del conocimiento público.
—Parece ser que es lo único de lo que se habla en el Cuartel en estos días... las personas temen perder sus empleos, si es que el proyecto del Ingeniero Nishizawa tiene éxito. Piensan que sería el pretexto ideal para que las Naciones Unidas retiren su apoyo a NERV, o reducir sustancialmente su presupuesto, en el mejor de los casos. Y si acaso son ciertos los rumores de que tú estás colaborando con él, podría decirse que esa posibilidad se convertiría en una realidad... con todo lo que ello implica...
—Ya veo— musitó entonces Rivera, reflexivo —No había pensado, hasta ahora que me lo dices, que "las personas"...— dijo, entrecomillando con los dedos esas dos palabras —...podrían ponerse intranquilas por lo que hago en mis ratos libres. Es una pena que no lo haya considerado antes, si lo pones de esa manera entonces es una cosa terrible lo que Nishizawa y los funcionarios japoneses están haciendo. Pero...— aquí fue cuando hizo una pausa dramática en su soliloquio, a efectos de que se notara el sarcasmo que estaba por emplear —¿Estás segura que estas "personas" no son solamente Gendo Ikari y sus esbirros? Porque, en todo caso, son ellos los que deben estar más temerosos de que se rompa el monopolio de los cachivaches gigantes que hasta ahora han estado ejerciendo... sin importarles un pepino que vivimos en un mundo globalizado, en una economía de mercado regida por el principio máximo de la libre competencia...
—Sin duda, el Comandante Ikari sería uno de los primeros afectados en caso de que se lleve a cabo el recorte que todos están temiendo— puntualizó Rei, con un gesto contrariado, sabedora del mal humor que dominaba a su pareja siempre que Gendo estaba involucrado en sus conversaciones —Pero no es por él por quien estoy preocupada, en estos momentos mi mayor mortificación eres tú, y te lo dije desde un principio, que eso te quede bien claro. Lo único que estoy tratando de decirte es que en muchas ocasiones eres bastante impulsivo, te dejas llevar por tus arrebatos emocionales y es por eso que quisiera que pensaras un poco mejor las cosas antes de actuar, que medites bien el alcance de tus acciones antes de que hagas algo de lo que puedas arrepentirte después... así podría estar más tranquila, no quisiera que te involucraras de nuevo en un asunto tan espinoso como el de Ozú y Pitti...
Aquella respuesta dejó al joven indefenso por entero, quien hasta entonces se había mantenido en una pose desafiante. Precisamente, la situación a la que su novia hacía referencia, era una más de las tantas por las que se reprochaba constantemente su proceder. Sin más argumentos para seguir lanzando sus jiribillas hirientes llenas de sarcasmo y mala intención, se encaminó al pie del árbol donde había permanecido acostado, en donde estaban encimadas sus mochilas una sobre de otra. Mientras esculcaba la suya, buscando por algo, le contestó, sin atreverse a voltear a verla, pero con el firme propósito de sincerarse con ella.
—En eso... en eso tienes toda la razón, y te agradezco mucho que te preocupes tanto por mí, me pone muy contento que quieras cuidar de mí— pronunció en un tono seco, áspero, al dificultársele reconocer que en parte estaba en lo correcto —Pero te juro que esta vez tengo todo bien pensado, perfectamente calculado. He considerado y puesto en balance todos los pros y contras, y me he tomado mi tiempo para decidir qué rumbo voy a seguir, no es algo que se me haya ocurrido de un momento para otro. Pocas veces en mi vida he meditado tanto al respecto de algo como ahora. Es por eso que me tienes que creer, te puedo asegurar con toda certeza, que esta vez estoy haciendo lo correcto.
—Y... ¿qué, precisamente, es "lo correcto"?
—Desde hace algunas semanas que Nishizawa se había puesto en contacto conmigo, quería hablarme sobre algo que al parecer lo tiene bastante entusiasmado— Kai comenzó a responder con cierto aire de vaguedad, comenzando a andar nervioso en torno al árbol en cuyas raíces se encontraban sentados —Su negocio siempre han sido las fuentes alternas de energía, y es bastante bueno en eso. Debido a mi anterior investigación del Motor S2, nuestros caminos se habían cruzado ya un par de ocasiones, ya que ambos buscábamos lo mismo: una fuente renovable y confiable de energía, aunque sus intenciones siempre han sido mucho más mercantiles que las mías. Al parecer, ha ideado una especie de reactor nuclear, capaz de hacer funcionar a un arma multipropósito similar a los Evangelion, con componentes solamente mecánicos y operada a control remoto... "Jet Alone", ése es su nombre clave hasta ahora...
—¿Entonces? ¿Qué tienes que ver tú en todo eso?
—Bueno... — vaciló, rascándose la nuca —Para lo que me necesitan es para equipar de armamento al monigote ese, dotarlo de toda clase de medidas contra Entidades de Destrucción Masiva, empleando las soluciones que propuse previamente a la construcción de los Evas. Todas ellas, rechazadas en su momento por tu queridísimo amigo Gendo Ikari y la camarilla de lamebotas que tiene trabajando en puestos claves de la O.N.U. Pero a Nishizawa y a los funcionarios japoneses con los que está asociado les importa muy poco la opinión de tipejos de esa calaña, y están dispuestos a pagar muy buen dinero por mis ideas desaprovechadas. Además, según mi propia experiencia, creo que todos nosotros podemos afirmar que hasta un reactor nuclear ambulante es muchísimo más seguro que un Evangelion fuera de control y menos dañino para la salud física y mental de quien lo opere. Sin hablar del contrapeso que generará una alternativa de este tipo para cualquiera que sean los nefastos planes de tu Comandante Ikari— en ese momento mostró la libreta que estaba sosteniendo, en cuyo interior se encontraban varios apuntes y bocetos que enseñó a Ayanami con inusitado entusiasmo, semejante al de un niño pequeño —Mira, ya hasta realicé algunas ideas preliminares para el diseño. Tengo algo en mente, ya lo verás cuando lo desarrolle en forma... he pensado en un nombre como Gigantor, o quizás Iron Man 28 (aunque no tengo ni idea de dónde diablos saqué el 28), aún no me he decidido... pero el chiste es que hace de todo, ¡incluso hasta puede volar!...
No pudo decir nada más. La muchacha, enardecida al extremo con cada palabra que salió de su boca, sobre todo al ser evidente la renuencia del joven a dejarle tomar sus apuntes (los que había estado sosteniendo frente a su rostro durante todo ese tiempo), se mostró ágil como una pantera cuando de un manotazo limpio le tiró todos los garabatos al suelo, ante la mirada atónita de su pareja, escena que se congeló por un rato que parecía eterno. La veía, y no la veía cómo siempre lo hacía, cómo sólo él la conocía. En esos momentos observaba a la chica cómo todo el mundo siempre lo hacía. Ajena, distante, fría cómo el hielo, inmutable, casi cómo si no estuviera allí, parecía un fantasma. Aquella visión, y la certeza de que eso era sólo el principio del fin, le destrozaban el corazón.
Ante la incertidumbre de su compañero, la chiquilla, que pese a todo lo que se pudiera imaginar a simple vista, su interior era un caldero hirviendo, espetó sin más:
—¡De esto precisamente es de lo que te estoy hablando! ¡No piensas, no razonas lo que haces, sólo te dejas guiar por tus impulsos infantiles! ¡¿Hasta cuándo vas a aprender tu lección?! ¡¿Qué carajo se necesita para que comprendas?! Por una loca, absurda razón que sólo tú entiendes, dedicas todo tu tiempo y esfuerzos en arruinar al Comandante Ikari, sin detenerte a reflexionar en lo que tu afán puede desencadenar. Eres como un toro en una cristalería, enfadado y bastante estúpido para saber dónde está y qué es lo que está haciendo en ese lugar, destrozando todo a su paso, creyendo que así podrá lograr algo...
Los dientes de Kai rechinaron al chocar unos contra otros. En un instante más, sin hacer nada para impedirlo, el enojo ya había nublado también su entendimiento.
—¡Ah, vaya, así que de eso se trataba todo esto! ¡Pero qué gran sorpresa, Rei Ayanami defendiendo a capa y espada al nefasto de Gendo Ikari! ¡Por una vez en la jodida vida quisiera tener una conversación contigo que no involucrara a ese fantoche, o a tus patéticos intentos por hacerlo pasar como una persona noble y decente! ¡Y también me gustaría mucho que pusieras por lo menos un poco de ese empeño en defenderme a mí, que supuestamente soy tu novio!
—Pero... ¡¿pero qué diablos dices?! ¡Si eres tú quien siempre lo está trayendo a colación! ¡Tú eres el que está todos los días con lo mismo: que si Ikari es un perro sarnoso, que si Ikari es un infeliz ogro come-niños, que si los lentes y la barba de Ikari lo hacen ver como un pedófilo pervertido...! ¡Estoy cansada de tanta estupidez!
—¿Me estás diciendo estúpido? ¡¿Me estás llamando estúpido, a mí?! ¡Si eres tú y medio mundo más los que se creen la sarta de idioteces que escupe ese desgraciado siempre que tiene oportunidad! ¡Gendo Ikari dice que no existe otra forma de derrotar a los ángeles, más que utilizando a los Evas, y entonces todos debemos creerle sin objeción alguna! ¡Y que a nadie se le ocurra siquiera usar un poquito de juicio para dudar de sus palabras, porque entonces Rei Ayanami se lanzará en su defensa como una perra rabiosa, con garras y dientes!
—¡Ya basta de eso! ¡Esto no se trata del comandante, nunca lo ha sido! ¡Te lo dije desde un principio, tú eres quien me tiene preocupada! ¡Tú y solamente tú, grandísimo idiota!
—¡A mí no me vengas con esa basura! ¡Ya puedes dejar de fingir, sé muy bien que andas de aquí para allá junto a ese bastardo, siguiéndolo como enajenada a todas partes! ¡Yo también escucho lo que la gente dice en el cuartel, y también sé que ese es uno de los temas preferidos de todos! ¡El cómo el ingenuo y tarado de Kai fue a involucrarse con la putita personal del Comandante Ikari!
Ni siquiera la ráfaga que le disparó a mansalva el Sexto Ángel, durante el último enfrentamiento con tales criaturas, la había lastimado tanto como aquellas horribles palabras en boca de su aún pareja sentimental.
—¿Cómo... cómo me llamaste?— preguntó ella con un dejo de voz, sus ojos abiertos de par en par, en una expresión mezclada de asombro y desencanto. Conocía de antemano lo que de ella se decía en los pasillos del Geofrente, pero jamás hubiera pensado que Rivera creería esas infamias, y mucho menos que se las echaría en cara.
—¡Me escuchaste muy bien la primera vez, no te hagas la inocente! ¡Sabes muy bien a lo que me refiero, pues no tienes empacho en exhibirte delante de todos, siguiendo a ese panzón a todas partes como su perrita faldera! ¡Ahora entiendo porqué no querías que nadie nos viera ni siquiera tomados de la mano! ¡No querías que tu amorcito se enterara de te encontraste un pasatiempo, algo con qué jugar en tus ratos de ocio, cuando no estás junto a él cumpliéndole todos sus caprichos!
—¿Porqué... estás diciendo eso? ¿Sabes siquiera qué tan crueles son tus palabras? ¿Cómo puedes pensar que yo podría hacerte algo como eso? ¿Es que... acaso no me conoces?
—¡Pero claro que te conozco! ¡Te conozco bastante bien, y es por eso que ya sé que si Ikari te dice que saltes, tú preguntas qué tan alto debes hacerlo! ¡Esa era la razón por la que no querías estar conmigo desde un principio! ¿Ó ya no lo recuerdas? ¿Acaso ese cretino te ordenó que me empezaras a hacer ojitos de borrego, sólo para mantenerme distraído y quitarme de su camino? ¡Maldita sea, claro que así fue! ¡Es justamente lo que estás haciendo ahora con el imbécil desabrido de Shinji! ¡Puta madre! Te la pasas meses enteros despreciándome y tratándome como a una bolsa de basura, y de un de repente, sólo por que sí, empiezas a ser cariñosa conmigo y a decirme que me amas... ¡Y yo me lo creí todo, maldita sea! ¿Cómo pude ser tan ciego?
—¡Estás loco, completamente chiflado! ¿No recuerdas todo lo que tuvo que pasar para que eso sucediera? ¿Y a qué viene que metas a Shinji en todo esto? ¡Ya ni siquiera estás consciente de todas las sandeces que estás diciendo!
—¿Loco? ¡Pero claro que sí! ¡Por supuesto! ¿Qué, ya se te olvidó cómo me llaman los chicos en la escuela? ¡Soy el "Loco Katsuragi"! ¡Todo un maniático, un desequilibrado! ¡Pero de ninguna manera soy estúpido! ¡Así es, los descubrí! ¡No creas que no los pude ver, a ti y a tu nuevo amiguito, muy acaramelados y agarraditos de la mano, con todo y sonrisitas coquetas, mientras yo tuve que salir de un coma con tal de salvarte y despachar al último engendro gigante al que se le ocurrió asomar sus narices por aquí! ¡Y todo lo hice por ti! ¡Y es que un comportamiento errático y explosivo como el que estoy mostrando es lo que podría esperarse de alguien como yo! ¡Pero de ninguna manera se esperaría que alguien como tú se comporte todo el tiempo como una zorra promiscua que se enreda con todo lo que lleve el apellido Ikari!
—Ya basta de llamarme de esa manera— sentenció Rei, fustigándolo con todo el rencor que su mirada era capaz de expresar —Estoy harta de tener que justificarme contigo, y el que seas mi pareja no significa que seas mi dueño. Tengo plena libertad de relacionarme con quien yo quiera, y eso de ninguna manera me convierte en una prostituta. Considero al comandante y a su hijo como compañeros de trabajo solamente, e incluso son de las pocas personas que se han ganado mi respeto y afecto, así que me ofenden bastante tus vulgares insinuaciones acerca de que esté involucrada en algo más con cualquiera de los dos. Y aún me siento mucho más insultada, sobre todo teniendo en cuenta que yo nunca he cuestionado la extraña relación que sostienes con la Capitana Katsuragi, y es que esa sí podría catalogarse como algo inmoral la mayoría del tiempo... y vaya que ha habido muchas ocasiones para recriminarte por ello...
—¡No te atrevas a mezclar a Misato en todo esto! ¡Que ni se te ocurra, que eso es harina de otro costal! Aunque, seguro, comprendo que desde afuera cualquiera podría pensar mal de nuestra situación, no es la primera vez que sucede. Hay razones suficientes para hacerlo, sobre todo por que ella es una mujer soltera, extrovertida y desinhibida, que en los últimos diez años no ha tenido una pareja estable y nadie tiene una jodida idea de cómo diablos le hace para estar tan buena, pese a que sólo se alimenta de chatarra y licor... y reconozco que a veces expresamos el cariño que nos tenemos el uno al otro de maneras poco convencionales, incluso muy cuestionables y hasta un poco exhibicionistas... pero desde un principio fui bastante claro contigo respecto a ella. Y es que pese a que está como quiere, y que si estuviera un poco más buena tendrían que hacerla santa, puedo afirmarte, con toda seguridad, que no tengo ningún interés romántico ni sexual con Misato. Ella es la mujer que ha cuidado de mí durante todos estos años, desde que quedé huérfano. Le estoy muy agradecido por todo ese tiempo y le tengo un enorme cariño, un afecto difícil de explicar pero que no pasa de lo fraternal. Punto. Ahora soy yo quien te pregunta: ¿acaso crees tú poder decir lo mismo de Gendo Ikari? ¿Puedes mirarme a los ojos, y con toda sinceridad afirmar que no tienes interés alguno en él o en su hijo? Te conozco, y sé que aún no sabes mentir del todo bien, así que creeré lo que me digas, justo aquí y justo ahora. Sólo dilo, y todo esto acabará, y nunca volveré a tocar el tema. Dejaré de colaborar con Nishizawa o con cualquier otro fulano que quiera acabar con NERV y con su líder. Jamás volveré a dudar de ti, ni volveré a hacerme ideas insidiosas como que se te ordenó involucrarte conmigo y presionarme para no retirarme del Proyecto Eva. Pero necesito escucharlo, de viva voz, directo de tus labios. Vamos, dilo: "No tengo cualquier clase de interés sentimental ni en Gendo ni en Shinji Ikari. Te amo a ti, y solamente a ti, Kai Rivera..."
En ese entonces el muchacho se calló, permaneciendo expectante de la respuesta que obtendría al cabo de unos momentos. Su mirada y la expresión en su rostro eran una máscara de incertidumbre total, un gesto incierto que dependía en su totalidad de las palabras que fueran a salir de la boca de aquella chica que tanto le quitaba el sueño, por quien, para él, el sol salía y se ponía cada vez.
No obstante el prolongado rato que duró en atento silencio, la anhelada respuesta jamás llegó a sus oídos. Sin embargo, las pupilas rojas de la chiquilla, clavadas en él cómo navajas, le enteraron de todo lo que necesitaba saber, lo que lo hizo resquebrajarse al confrontar la dura realidad. Habían terminado. Tan sencillo cómo eso. Y absolutamente todo había sido por culpa suya.
Jamás debió haberle seguido el juego. Ella también lo hubiera preferido así. Hubiera bastado con que el muchacho le contestara con evasivas, para poder reportar al comandante que por lo menos lo había intentado, como se lo había dicho en el momento que le pidió hablar con Rivera. Pero no había sido así. El muy idiota tenía que antagonizarla, pues en ella, en sus palabras veía la mano lejana de Ikari, de ese monstruo manipulador que parecía dirigir sus acciones a control remoto. Sabía entonces que ese cerdo la tenía más sujeta de lo que él jamás la tendría. Fue por eso que se enfureció, y al hacerlo, reaccionó tal y cómo él lo había anticipado. Maldita sea. ¿Porqué tuvo que caer en el juego de Ikari? Era obvio que eso era lo que quería desde un principio, sumirlo en esta desesperación y confusión. Y con ello, acabó con la dicha más grande de su existencia, el haber encontrado a su contraparte, aquella mitad que le faltaba para estar completo.
No dijeron palabra alguna, ni el uno ni la otra. No las necesitaron. Sin siquiera voltearlo a ver, la muchacha se enfiló a las salientes raíces del árbol que momentos antes había servido cómo único testigo de su amor jurado, ahora ultimado y enterrado. Recogió su mochila, y poniéndosela en las espaldas se alejó de aquel lugar sin mirar atrás una sola vez. Sentía cómo las rodillas le temblaban y sus piernas falseaban, y sin embargo, se mantuvo inquebrantable y no se detuvo hasta que llegó a su casa, después de un largo trayecto, todo a pie. Cómo sonámbula, se tumbó sobre su cama, mirando fijamente el techo de su recinto. Sentía que ahora era el momento preciso para soltarse a llorar, su alma suplicaba por que lo hiciera, por desahogarse, por vomitar todo lo que traía dentro, en lugar que le continuara causando el profundo malestar que todo aquel remolino de emociones encontradas le ocasionaba. Pero no sabía cómo hacerlo. Jamás en toda su existencia había echado mano del llanto. Ni en sus momentos de dolor más intenso, que eran muchos. En esos casos, tal y cómo lo hacía ahora, era observar todo desde lejos. Adoptar esa actitud indiferente y hasta un poco autista, cómo si su conciencia hubiera salido de vacaciones y hubiera dejado sólo su envoltura de carne y hueso. Siempre corría, se escapaba del dolor, de la pena, de la soledad, a las que tanto temor les tenía, a las cuales era casi imposible para ella confrontarlas, hacerles frente. En su lugar, se refugiaba en su duro caparazón de frialdad para con todo el mundo. Así, alejada de la gente, de sus semejantes, sólo así evitaría resultar lastimada, sólo así evitaría el dolor.
Rivera era un caso semejante. Pero no era que él no supiese cómo llorar. Para él, no era posible tan sólo ponerse a llorar, cómo cualquier otro ser humano lo haría en esas condiciones. Claro que tenía lagrimales. Éstos funcionaban bastante bien cuando se trataba de un agente externo físico, cómo la cebolla, ó un grano de arena que se infiltraba en su ojo, una corriente de aire frío cuando estaba caliente. Pero si se trataba de sentimientos, de algo etéreo cómo el sufrimiento, éstos quedaban inservibles, sin lograr cumplir su cometido. Por más que se esforzara, que se enojara, que se desesperara, no lograba arrancarle una sola gota a su alma.
Y tampoco huía de sus pesares. Nunca le enseñaron cómo hacerlo. En contraste, él recibía todos los impactos, todos los golpes y todos los atropellos con los que la vida le acometía, a veces hasta sádicamente. Le habían dicho que sólo así se volvería más fuerte, que sólo así lograría curtir su carácter, madurar hasta convertirse en un hombre hecho y derecho. En esos momentos no se sentía más fuerte, ni maduro, ni su carácter estaba curtido. Al contrario, se sentía débil, indefenso, cansado de tanto luchar y luchar contra los golpes de la existencia, los cuales había recibido bastantes, suficientes para toda una vida entera. Pero, muy a su pesar, se mantenía, pese a todo, se mantenía en pie y en una sola pieza. Abatido y desganado, seguía en la carrera.
Siguió con la mirada la espalda de la muchacha hasta que se perdió de vista. Tantos y tantos venenos en su interior, hirviendo, burbujeando, clamando por salir de la oscuridad hacia la superficie, hacia la luz. Acabó por romper su libreta de apuntes en bastantes pedazos, los cuales arrojó con saña por los aires, dispersándose éstos por los alrededores, cómo plumas de ave caída. Una vez concluida su vandálica labor procedió entonces a desquitar su frustración dándole sendos puñetazos al grueso y duro tronco del árbol a sus espaldas, cuya corteza comenzaba a desgarrar sus nudillos, en tanto estos se impactaban sin descanso ni precaución alguna debido a la insana rabia que poseyó al chiquillo, cuya alma atormentada era acechada por una única interrogante: ¿PORQUÉ?
Ahora se encontraba a sí mismo irremediablemente solo, despojado, teniendo que consolarse con la compañía ingrata de sus recuerdos y pensamientos más íntimos, todos ellos reprochándole por su negligente y precipitado actuar. Y seguía siendo aún la misma pregunta que corroía sus entrañas, aún a tantas horas después de transcurrido aquél suceso.
—Ya hemos acabado, Kai— le reveló Maya por la radio al joven piloto —Es todo por hoy, si quieres, ya puedes retirarte.
—De acuerdo— contestó el muchacho mecánicamente, casi cómo una grabadora lo hubiera hecho —Gracias, Maya
Continuó con la máquina encendida un buen rato, en su cabina. En esa posición, se cruzó de brazos, con la mirada fija en el tablero de la cabina, viéndolo, más no observándolo. Tenía la cabeza en otro lugar, en otro tiempo. Se debatía por elegir el rumbo que sus acciones deberían tomar a partir de ese acontecimiento.
—Este es el momento— sentenció en voz alta, tajante, sin nadie que pudiera escucharlo, pero lleno de una convicción inusitada —Desde este momento voy a hacer todo para superarla, olvidarla. Me he levantado de cosas mucho peores, y de ninguna manera voy a permitir que algo tan estúpido como esto sea lo que me detenga. Es hora de ponerse serio, de ponerse a trabajar de verdad, sin más distracciones...
Se sentía como despertando de un largo y profundo sueño, en el que había estado envuelto desde la primera vez que sus ojos encontraron los de Rei Ayanami. En su afán por estar con ella, había llegado a olvidar incluso la razón más importante que lo había traído hasta ahí. La caída de Gendo Ikari. Dicho propósito cobró nuevos bríos en la férrea determinación del muchacho, resuelto para hacer todo a su alcance para cumplirlo.
Pero, pese a sus mejores deseos, recuperarse de un golpe como ése no era algo tan sencillo. No era algo tan trivial cómo para que se pudiera solucionar en tan poco lapso de tiempo. Necesitaba un plazo más largo. Percatándose de la inutilidad de permanecer allí sentado sin hacer nada, concluyó los procedimientos para abandonar su unidad.
La Capitana Katsuragi observaba desde el centro de mando como su protegido descendía por la escalinata de la cápsula de abordaje del Eva, perdiéndose detrás de la pesada puerta de acero que se cerró detrás de él cuando dejó por fin el muelle de la gigantesca máquina. No era ajena a las penas que le embargaban, y sabía más o menos que era lo que le causaba semejante angustia. A su edad, y con tantas preocupaciones y responsabilidades acechándolo. Debería estar por allí, recorriendo las calles en una patineta, fumando un simple y mero cigarrillo a escondidas. En su lugar, se encontraba en el dilema de cancelar todo el presupuesto que NERV percibía con una simple decisión suya. Aún desde lejos se le notaba agobiado, extenuado.
Ritsuko también le vio en ese deplorable estado, abatido, desganado. Sonrió para sus adentros, y olvidándose de él momentáneamente, quiso informarse acerca de los últimos avances realizados en las labores de reparación que ella misma coordinaba:
—¿Cómo están los bio-componentes del pecho de la Unidad Cero?— preguntó a uno de sus subordinados que se apersonó a su lado.
—Completamente destruidos— confirmó el empleado, consultando las hojas de reporte que tenía en sus manos —Al parecer, tendrán que ser reconstruidos completamente. Por si fuera poco, el presupuesto que se nos ha asignado para hacerlo es en verdad bastante reducido.
—Sólo espero que todo sea más fácil cuando la Unidad Dos llegue de Alemania— suspiró la científica, casi gimiendo.
—Podría ser peor— comentó a modo personal aquél técnico anónimo, tratando de consolarla. Al contrario, ella no vio con buenos ojos que aquél peón hablara sin que se le requiriera. Lo fulminó con la mirada. —Quiero decir, que disponer de los cuerpos de los ángeles nos cuesta mucho dinero y aún así nos las hemos ingeniado para aprovechar nuestros recursos al máximo... si nuestra administración no fuera tan eficiente, entonces sí que estaríamos en problemas— intentó escudarse, nervioso, intimidado por la fría mirada de su jefa.
—Estoy totalmente de acuerdo— acudió entonces Katsuragi en auxilio del desvalido, inmiscuyéndose en la conversación, que casi no le atañía —El destino entero de la humanidad reside en este proyecto, no podemos permitir que asuntos políticos o monetarios sigan estorbando nuestra labor.
—Te equivocas— la confrontó su rubia confidente —La humanidad necesita mucho más que al Proyecto Eva. Para sobrevivir, la gente también necesita del dinero. De todos modos, si nuestro presupuesto se está viendo tan raquítico últimamente, es gracias a tu bodoque, por considerar siquiera apoyar al proyecto del gobierno japonés. Ese mocoso imbécil jamás ha considerado el alcance de sus acciones.
Misato frunció el ceño, mirando fijamente a su compañera. Se cruzó de brazos, y disparó:
—No veo porqué te preocupas de eso. ¿O qué? ¿Acaso el comandante y tú no se han encargado ya de usar a su muñequita de cabello azul para convencerlo de que se quede?
Las dos féminas quedaron de pie, en silencio. Ambas se retaban con la mirada, cómo fieras en la arena. Ya hasta habían olvidado la causa original por la que la reyerta había principiado; incluso el joven técnico ya había escapado del campo de batalla hacía ya un buen tiempo. No se podría medir con el tiempo singular cuanto fue que duraron así. El tiempo es algo relativo, según dicen. Para lo que el espectador significaría unos cuantas instantes, para las contrincantes podrían ser años y años de resentimientos no revelados aún. Cómo sea, fue la beldad de cabello negro la que cortó aquél penoso trance:
—Y... ¿El comandante ya partió hacia la junta con el Consejo de Seguridad?
—Sí. En estos momentos debe estar volando hacia allá— le respondió Akagi, quitándole la mirada de encima y dándole la espalda, agachándose para verificar los datos mostrados en una pantalla cercana a ella.
—Todo está tan tranquilo cuando él no está por aquí...— suspiró entonces la mujer con rango militar, de manera por demás perspicaz.
Un silencio sepulcral fue todo lo que obtuvo por respuesta. Ritsuko había adivinado el tono de aquél comentario, optando por mejor ignorarlo en beneficio al cese de las hostilidades entre ellas dos. Misato ya tenía bastantes sospechas, y si continuaba en su empeño por defender a Ikari no haría más que confirmárselas.
Desde arriba todo se veía tan insignificante. Todo se reducía a un montón de tierra inhabitada, grandes valles tapizados de verde pasto, seguidos de abundantes y espesas junglas vírgenes. La enorme masa negra en el horizonte, que se extendía a lo ancho y largo de aquel nuevo edén, invadiéndolo cómo un tumor maligno, cómo una gangrena, era la fachada para su Cuartel General. Tokio 3. Tan vacío, tan estéril desde esta perspectiva. Se le antojaba cómo una metáfora de la historia del hombre en el planeta. Al contemplar ese magnífico y hermoso mar azul, volviéndose anaranjado con la mortecina luz del agonizante sol que profería sus últimos suspiros antes de que la noche lo engullera por completo, sólo para renacer de nuevo al siguiente día, al alba, se preguntaba si en verdad estaría haciendo lo correcto. Quizás era inevitable, tal vez eso era lo que debía suceder, para que el planeta pudiera recuperarse del fuerte golpe que le había propinado la humanidad, para estar listo para la nueva raza que debería heredarlo.
No, no podía permitirse el pensar de ese modo. Él hacía todo lo que tenía que hacerse, lo que nadie más tenía el suficiente arrojo para hacerlo, y nada ni nadie iba a detenerlo en su cometido. Nadie. Mucho dependía de lo que hiciera en los meses por venir, y por ningún motivo podía darse el lujo de vacilar o cuestionarse siquiera la moralidad de sus actos. Debería ser tan fuerte cómo siempre, para ver logradas sus metas y objetivos, para ver coronado su esfuerzo y dedicación.
Con evidente hastío, bajó la cortina de su ventanilla, para dejar de ver el impresionante paisaje que se le ofrecía a la vista. Planeaba dormir el resto del viaje, y para tal propósito se hizo de una cómoda almohada y una abrigadora frazada. Se reclinó en su asiento, que se ajustaba cómodamente a su posición. Pero antes de que pudiera cerrar los ojos y conciliar el sueño, otro de los pasajeros de la aeronave en la que viajaba se le acercó discretamente, tomando asiento a su lado.
—Discúlpeme, usted, señor Ikari— los modos del recién llegado eran corteses en demasía, en un marcado acento chino —¿Me permite tomar asiento a su lado? —y señaló el asiento contiguo, que daba al pasillo, que era donde él se encontraba de pie, aguardando por la respuesta.
Gendo, con un gesto, consintió. En el acto, el corpulento hombre, vestido todo de negro y con el corte de cabello al más puro estilo militar, tomó asiento dónde se le indicaba. Éste rechinó un poco al recibir al gigantón de un metro con noventa, que pesaría poco más de cien kilos, casi todos ellos en sus brazos y torso. Ikari sacó sus anteojos de su estuche, y los acomodó en su rostro, volviendo la cara hacia su acompañante. Fue hasta entonces que lo reconoció. Se trataba de Yei Ling, contacto suyo en las Naciones Unidas, quién lo mantenía informado acerca de las últimas marañas que se hilvanaban en la política mundial. Venía junto con la tripulación del avión, listo para cumplir con su deber hacia su patrón.
—Según parece, su visita sólo será de protocolo— confesó el sujeto —La junta ya ha decidido otorgarle un incremento del 20% a su presupuesto.
—El Comité sabe muy bien que su supervivencia es la prioridad más alta, así que aprobarán cualquier presupuesto con tal de salvar su pellejo— Ikari rió entre dientes —Pagarán lo que sea con tal de seguir vivos.
—Posiblemente— si bien no se reflejó en su rostro tan severo cómo el de una piedra, el extranjero se molestó con ese alarde del comandante. Muchos del comité eran compatriotas suyos y sentía como propias sus determinaciones —Pero, según parece, lo que más bien influyó en la decisión de la junta fueron los rumores de que el joven Doctor Rivera tiene pensado reiterar su apoyo al Proyecto Eva, al declinar la oferta de colaborar en el programa del gobierno japonés.
—Era lo lógico— masculló malhumorado. Tan sólo oír nombrar al muchacho le provocaba malestares en su estado anímico —El muy idiota procede según las estimaciones, respondiendo a los estímulos adecuados. Es como una rata en un laberinto que he creado sólo para él...
—Hay más noticias aún, señor— continuó Ling, acaso como si estuviera interpretando un guión melodramático antes las cámaras —Todos los países miembros del Consejo de Seguridad han aprobado de forma unánime la creación de un fondo para comenzar cuanto antes la construcción de más Unidades Eva, del tipo Especial.
—¡¿Qué?!— aquella nueva le cayó cómo bomba a Gendo, quien casi salta de su asiento.
—Se comenzará la construcción de las unidades Alfa, Beta, Gamma, Delta y Epsilon en distintos puntos del globo, incluido mi propio país. Rivera será encargado de dar el visto bueno a todos los sitios de construcción y se espera que sea él quien forme a los equipos de trabajo encargados de la construcción de los Eva, conforme a la iniciativa que entregó anteriormente al Comité. En dicho documento se estipula que parte del presupuesto, y casi todo el incremento asignado recientemente a NERV, se emplearán para la consecución de este plan de trabajo.
Su acompañante ya no dijo ni una sola palabra. Su semblante lo decía todo. Parecía que estaba a punto de estallar en cólera, pues la vena de la frente le resaltaba más que nunca. Por su parte, mucho más ecuánime al respecto, Yei Ling se avocaba en atender al llamado de su dispositivo móvil de comunicación, que con un timbre le avisaba de un mensaje recién recibido, al cual accedió de inmediato.
—¡Oh, vaya! Tenemos suerte de vivir en un mundo tan bien comunicado. Me acaban de enterar que el Doctor Rivera ha dado su pleno consentimiento para la puesta en marcha de la segunda fase de su plan. Se comenzará entonces con Alfa, en la base de NERV de Teotihuacán, en territorio americano. Dependiendo del funcionamiento de ésta será cómo se proceda en el ensamblaje de las otras.
Sintiendo lo tirante, tenso y sofocante de la atmósfera que rodeaba al Comandante Ikari, su empleado optó mejor por levantarse de su asiento, obsequiándole una respetuosa reverencia con la cabeza antes de regresar a la cabina y dejar completamente solo al colérico líder de NERV en primera clase.
Sentía su pulso acelerarse más y más, al corazón galopándole en el pecho, cómo si quisiera escapar, mientras comprimía sus manos en puños. Golpeó con todas sus fuerzas el asiento que estaba delante del suyo, pues era lo único con lo que se podía desquitar en eso momentos. Se dolió de los nudillos, y la silla ni se inmutó, seguía intacta y en buen estado. Parecía que se burlaba de él, en ese momento creía que todos se burlaban de él. Imaginaba a Yei Ling, y hasta incluso podría verlo claramente, riéndose a pleno pulmón junto con los pilotos de la aeronave, alegrándose de su desdicha, de su humillación total. Se imaginaba también a los miembros de la junta, proponiendo un brindis por su tragedia, entre carcajadas. Pero sobre todo, pensaba en lo divertido que estaría el desgraciado bastardo de Rivera, quien al final de todo, se había salido con la suya. Si él le había quitado a su mujer, el muchacho le había robado sus esperanzas, sus planes para el futuro. Tantos y tantos planes, todos meticulosamente calculados hasta en el más ínfimo detalle, durante años enteros, todo ese esfuerzo había ido a dar al trasto con la ocurrencia de aquél chiquillo endemoniado. Qué divertido debería estar en esos momentos, ahogándose con su propia risa, a sus costillas. Eso era lo que más lo molestaba, que Rivera tramó todo para que él se enterara hasta que estuviese en el avión, a cientos de metros de altura, donde tendría que tragarse todo su odio sin nadie en quién poder desquitarlo. Por lo menos no hasta que aterrizara, lo que ocurriría en en unas horas más. Y mientras tanto, sólo estaban él y su creciente rabia interna.
—¡Maldito seas, mocoso miserable! ¡Mil veces maldito seas!— gruñó, mientras acariciaba sus nudillos dañados.
El espacio del elevador en ocasiones era muy reducido, y a veces, como en la presente situación, que se encontraba a toda su capacidad, era sofocante, asfixiante. Tantas personas, todas juntas en el pequeño cubículo que seguía su trayecto; todas apretujadas, unas contra otras, todas ellas compartían ese pequeño momento de sus vidas con los otros ocupantes. Tantas vidas, tantas historias, tantos sentimientos, tantas emociones, los olores, las voces, las ropas, los cuerpos, todo eso embargaba a Shinji, sintiéndose acorralado, cercado por todos los que le rodeaban. Hacía un gran esfuerzo por no gritar de la desesperación.
—El turno...
—...parecía que nunca acabaría, ¿verdad?
—...Dios...
—...qué cansancio...
—...negreros...
—...Akagi parecía molesta...
—...me parece que peleó otra vez con la Capitana Katsuragi...
—...el comandante se fue...
—...van a recortar el presupuesto...
—...parece grave...
—...van a empezar a despedir gente...
—...ahora sí nos va a llevar la chingada...
A pesar del aire acondicionado hacía un calor horrible. Quería irse lo antes posible de ese calabozo. Cerraba los ojos, con la esperanza de que cuando los abriera se encontrara en su cama, lejos de toda esa inmundicia que le embargaba todos los poros de su ser en aquellos desesperantes segundos, que bien podrían haber pasado cómo horas.
Sintió entonces una especie de jalón, un impulso que lo arrebataba. Ya antes se había sentido así. Esa sensación de tener una mirada clavada, cómo si los ojos de una persona tuvieran rayos, cómo los del Eva Z. Olvidándose de la hostil atmósfera y de lo apretujado que estaba, y de que sudaba a chorros, volteó hacia un lado, sólo para encontrarse frente a frente con un par de deslumbrantes ojos carmesí. Casi salta de la impresión, súbita cómo un relámpago que cae sobre un indefenso árbol en campo abierto. Con un poco de trabajo, se tranquilizó. Volvió de nuevo la mirada hacia donde estaba Rei, vigilándolo. Tenía la mirada clavada justo en él, o eso era lo que parecía. Con su adustez, era imposible saber bien qué era lo que se encontraba mirando; estaba tan retraída que bien pudiera sólo dar la impresión de observar fijamente algo, cuando en realidad su pensamiento se encontraba revoloteando lejos de aquel infierno. No, sí lo estaba observando a él, en efecto. Cada vez que se movía, ya fuera para atrás o adelante, las pupilas de la chiquilla lo seguían. Estaba callada, sin decir ni una palabra, cómo siempre, encerrada en su coraza de impasibilidad. Pero esos ojos, esa mirada, decían mucho más que cualquier frase dominguera, mucho más que el himno más hermoso de la Tierra. Bastaba verlos fijamente para perderse en sus infranqueables abismos, para despojarse de la voluntad e ignorar todo, absolutamente todo, al grado que sólo ella existía en esos momentos, ella y nada más.
—...Kai es el culpable...
—...él le recortó el presupuesto al comandante...
—...no puede ser...
—...es él único que se preocupa por nosotros...
—...vamos haciendo otro sindicato...
—...uno donde Kai sea presidente...
—...mejor del país...
—...está ocupado...
—...va a hacer más Evas cómo Z...
—...todavía más...
—...cada país quiere tener el suyo...
—...es peligroso...
—...cómo con las bombas atómicas...
—...estuvo horrible...mi abuelo me lo contó...
—...ya es tarde, en dos semanas llega la Unidad Dos...
—...de Alemania...
—...por mar...
—...tienen que pasar por el mar de Panamá...
—...la piloto, dicen que es una monada...
—...yo escuché que es una pequeña perra...
—...aquí bajo...
—...todos bajamos...
Tal y cómo se dijo, la mayoría de los ocupantes del minúsculo transporte lo desalojaron en ese piso. Uno a uno, fueron saliendo y desapareciendo detrás del umbral del artefacto. Increíble cuantas personas pueden caber a la vez en un solo elevador. El desfile de gente parecía que nunca iba a terminar, pero finalmente lo hizo. Al final, sólo Ayanami e Ikari continuaron adentro. El último presionó el botón que indicaba el piso más alto, pues ya había terminado con su secuencia de entrenamiento y se disponía a partir a reposar en su hogar. Suponía que la muchacha pretendía lo mismo.
El elevador comenzó a moverse con sordo murmullo, sin el relajo que en él imperaba antes. Se podía respirar a gusto, llenar los pulmones por completo con el vital fluido y refrescarse con gran alivio gracias al aire acondicionado. El muchacho agradecía que estuviera allí, mientras el sudor se le secaba en la frente, las axilas y la espalda. Aunque hubiera preferido que continuara el anterior barullo. Por lo menos, era preferible perderse entre la multitud y todo el escándalo que ésta propiciaba, a tener que soportar aquel angustiante silencio. Ninguno de los dos decía nada, mientras el infante se movía nerviosamente, balanceándose, aún con la mirada de su hermosa acompañante fija en él. Muy probablemente era eso lo que lo ponía nervioso.
—No tenía idea— se sobrepuso, con mucho esfuerzo, a su vacilación —No tenía idea que construyeran más Evas, o de que hubiera más pilotos cómo nosotros— todavía no provocaba ninguna reacción, la chica seguía en trance; jugó su última carta, su último intento antes de darse por vencido —¿Tú sí lo sabías, Ayanami?
No esperó mucho, antes de obtener una respuesta, pero sin ningún cambio en el ánimo de la muchacha: seguía tan seria y distante cómo siempre. Eran sus ojos los que parecían reflejar sus emociones internas, aumentando o disminuyendo su brillo y vivacidad conforme a la ocasión. Era lo único que la delataba cómo un ser humano con sentimientos.
—Sí— contestó tajante, y solamente eso fue lo que pronunció. De inmediato, retornó cuanto antes a su mutismo cotidiano. Pero sus ojos, aquellas pupilas de color rojo, resplandecían cómo piedras preciosas en medio de la noche.
"No importa que le diga, Ayanami siempre se comporta igual. Fui un idiota al creer que ahora sería diferente, pero pensé que después de lo que había pasado..." pensaba Shinji, imitando a su acompañante en su sepulcral silencio, cuando de súbito, el elevador se detuvo unos cuantos pisos antes de alcanzar la cima del Geofrente.
Era extraño, normalmente nadie más subía en aquellos pisos, más bien era el personal nocturno el que bajaba. Cuando las puertas se empezaron a abrir, ambos ocupantes sintieron una cierta incertidumbre de saber quién era aquél que los acompañaría el resto del trayecto. Zozobra que se diluyó rápidamente, y que se transformó en estupefacción, y podría decirse también que hasta en un poco de temor, al ver entrar la persona de Kai Rivera atravesar el umbral del cubículo.
Él también parecía sorprendido de encontrarlos allí. Los hacía ya desde hace mucho tiempo en sus casas, pues incluso salieron más temprano de lo que él lo hizo. También estaba inquieto, temeroso cómo los otros dos, quizás por las mismas razones que las de ellos, de verlos a los dos juntos, tan tarde. Ignoraba del seminario de trabajo bajo presión que desde ese día les estaban impartiendo, cortesía del Centro de Capacitación para Astronautas de la NASA. Así que, sin saber las verdaderas causas del porqué se encontraban allí, verlos juntos en tales circunstancias, solos y a esas horas, permitía que la imaginación de Rivera volara, febrícola.
"Shinji es solamente mi amigo..." recordó las palabras de Rei durante su discusión. "¡Sí, como no! Amigos mis güevos, y esos no se hablan..." pensó furibundo para sus adentros, poco antes de darse cuenta que tenía atorado al elevador, manteniéndose parado justo en la entrada de éste. Al percatarse de lo que estaba ocasionando, avergonzado, dio un paso hacia el frente, con el rubor cubriéndole el rostro.
—Hola.
—Hola.
Se saludaron los dos compañeros de cuarto al verse, para después quedar sumidos de nuevo en el mismo silencio que imperaba dentro de esas pequeñas cuatro paredes, tan tenso que casi se sentía como el aire podría cortarlos si es que realizaban un movimiento en falso.
En dichas condiciones era que aquél singular trío se vigilaba mutuamente, Rei a Kai, Kai a Shinji, y Shinji a Rei, manteniendo una férrea vigilancia cada uno de ellos sobre sus objetivos, quedando así todos cubiertos. Ikari no quería que Rivera estuviese allí, y Rivera tampoco deseaba la presencia de Ikari. Ambos se disputaban la compañía de la encantadora criatura que tenían detrás de ellos. Eso desembocaba en un empate, dejándole la decisión al objeto en disputa de desemparejar el asunto, según como ella se sintiera el respecto. Era fácil, no necesitaba deliberar tanto para saberlo: Ayanami no quería que Rivera estuviese allí, pues su presencia le incomodaba, presentía los pensamientos que bullían en la cabeza del muchacho y esperaba un desenlace trágico, de confrontación, a todo ese embrollo.
Eso dejaba al joven mestizo cómo el intruso, cómo al indeseado en esos parajes, sólo que él no lo sabía. Por lo menos no en una forma sincera, explícita, pero muy en el fondo, lo presentía. Los chispazos que lanzaban las miradas de los dos se lo revelaban. Abatido, se recargó en una pared, dando un profundo suspiro. "Total, si no me quieren, que se jodan. El elevador no es de ellos."
Al final, en un ascenso que se antojaba eterno para los ocupantes del transporte, éste se detuvo en la planta más alta, con un timbre que pareció celestial, anunciando la conclusión de aquella situación tan incómoda para los tres. Aliviados de todas sus penas, los niños desalojan casi de inmediato el transporte, cerrándose herméticamente las puertas detrás de ellos, cómo si él también estuviese aliviado de regurgitar a sus más recientes usuarios.
Por unos momentos, los tres se volvieron a mirar fijamente, cómo si no supieran ya qué hacer o qué decir. Y es que, aunque no hubieran dicho la gran cosa durante el trayecto, todos sabían de lo que se trataba todo aquello, qué era lo que había en juego. Sentimientos arraigados en lo más profundo de ellos, pugnando por emerger a la luz; y a veces en muchos de esos intentos, era obvio para los circunstantes lo que el sujeto de a lado sentía, pensaba, deseaba. Pero nadie decía nada al respecto. Cerraban los ojos y querían negar lo que ante sus propios ojos estaba sucediendo, temerosos de averiguar cuáles serían las consecuencias de sus acciones.
Hubieran continuado así por siempre, de no ser por que la más valiente de los tres pilotos, o mejor dicho, la más temeraria e indiferente, decidió hacer su jugada. Se fue encaminando hacia la salida, primero a paso lento, después acelerándolo a medida que se encontraba más cerca de ella. Pero antes de que pasara su tarjeta de identificación por la ranura del dispositivo que activaba el mecanismo para mover el enorme portón de acero, se detuvo una vez más, volteando hacia atrás, justo donde sus compañeros se encontraban. Sus ojos seguían brillando con el fulgor de una cálida fogata en pleno invierno, con una cobija y una taza con chocolate caliente en una mano. Ambos estaban inquietos por averiguar de alguna manera qué era lo que se proponía, cuáles eran sus planes, al actuar de aquel modo, y sobre todo del porqué los observaba así, teniendo una palabra, una oración completa en la punta de la lengua.
—Hasta mañana, Shinji.
El tono en que su dulce voz había dicho aquel último comentario no era, para nada, diferente a cualquier otro que antes saliera de su garganta. Frío, corto, tajante. Apenas audible. Y, no obstante, había ocasionado en los infantes emociones muy contrastantes, las dos rayando en lo extremo.
Por un lado, se encontraba el susodicho, que parecía elevarse hacia el paraíso en medio del coro celestial de los querubines y serafines. Nunca jamás el mundo había sido tan bello, tan brillante y rebosante todo él de esperanzas, de ilusiones y deseos que se encontraban tan cerca que bastaba sólo con extender el brazo para alcanzarlos con la palma de la mano. Para él, la manera en que la niña se dirigió hacia él fue del modo más amoroso, más dulce y hermoso del que nadie antes lo hubiera hecho. Le dejaba entrever que aún había una pequeña posibilidad para ellos dos, y aún cuando ésta hubiese sido ínfima, minúscula, ridícula, el joven la hubiera disfrutado de la misma manera; porque cuando uno está enamorado, cualquier gesto minúsculo de la persona añorada, te hace sentir pleno, satisfecho y feliz de que tenga una atención para contigo. Porque, después de todo amar es algo hermoso, y mucho más aún cuando el amor es correspondido. Por lo tanto, al notar que por primera vez desde que la conocía, Rei había dejado de lado el habitual mote con que se refería a él, es decir, su apellido, para intercambiarlo por su primer nombre, mucho más personal y fraterno, Shinji creyó haber dado un salto gigantesco en su relación con la jovencita, y sobre todo en sus ambiciones para con ella. No pudo hacer nada más que gozar del momento glorioso que creía estar viviendo. En su faz se dibujó una sonrisa plena, de oreja a oreja.
En la otra cara de la moneda, Kai se sentía como en un camposanto, donde su breve noviazgo yacía muerto y enterrado para siempre. Veía diluirse quizá no el perdón de la muchacha, pero sí la reconciliación y el retorno con su pareja. Todo aquello le cayó como una pesada loza, y por si fuera poco, inesperadamente. El hecho de que ni siquiera le había dirigido la palabra, y de que se hubiera despedido de su compañero, pero de él no, tampoco lo tenía muy tranquilo, pero para nada. Veía a Ikari ascender entre los cielos, todo jubiloso, mientras él ardía en las llamas infernales del desprecio de su amada. Su expresión desconcertada lo decía todo, reflejaba cómo cristal transparente todo lo que en ese pequeño instante sentía: sorpresa, confusión, rabia, impotencia, resignación, desconsuelo, tristeza, agonía. Pero más que nada, una extrañeza general. Y es que, ya analizando la situación detenidamente, cualquiera hubiera pensado que la chiquilla lo que quería era infundirle celos. Ella, tan silenciosa y recatada, ajena a toda clase de sentimientos cuando la conoció, incapaz de relacionarse satisfactoriamente con sus semejantes, ¿ahora pretendía darle celos? ¿Cómo era eso? Tal vez era que mientras pasaba el tiempo con ella, mientras los dos se relacionaban, la muchacha asimilaba y absorbía sus diferentes emociones, cómo una esponja, y después de haberlas asimilado aprendía cómo sacar las propias a flote, lo que le permitía expresarse mejor dentro de su ámbito social a medida que transcurría el tiempo y conforme seguía relacionándose con sus semejantes. Si era así, entonces él había sido el arquitecto de su propia tragedia.
Pero también podía ser que se estuviera imaginando todo eso entre sus múltiples desvaríos, y no significara absolutamente nada.
Lo que sí era un hecho, auténtico, era la fascinación que la colegiala despertaba entre sus dos compañeros. El dominio, por así decirlo, que poseía sobre los dos, al grado de suscitar tantos y tan diferentes sentimientos y pensamientos en ambos, con una sola frase, un solo gesto suyo.
—¿Shinji?— pronunció el par al unísono, repitiendo la última palabra que masculló la niña, una vez que ésta había abandonado las instalaciones, dejándolos solos.
Cuando lo hicieron, se distinguía el ánimo de los dos, uno haciéndolo con júbilo, el otro con pesadumbre.
La brisa nocturna le calaba más que a cualquier otro. Instintivamente, Kai se encogió sobre su persona, buscando un poco de calor al frotarse los brazos con las manos. Después, se irguió tan largo cómo era, volviendo la mirada hacia el firmamento ennegrecido, carente de sol, pero no por eso de luz. Las estrellas, la enorme cantidad que de ellas había en la noche, y la misma luna, reflejando los rayos solares sobre su pálida cara, se encargaban de iluminar el paso de los caminantes. Y también los postes de luz de la avenida ayudaban.
Las estrellas, tan bellas y tan lejanas. Tan pálidas, tan distantes, tan melancólicas. Su luz tardaba bastante tiempo en llegar al planeta. Muchas de ellas ya estarían extintas para entonces. Le atraían. Le recordaban a alguien.
Pero ahí también estaba la luna, compartiendo el mismo espacio que ellas. Eran semejantes, por salir sólo cuando el sol se ocultaba cubierto por el mundo, y también el brillo que irradiaban era muy parecido, con el mismo tono mortecino y deprimente. Pero a diferencia de sus hermanas pequeñas, el satélite parecía contento. Quizás el arco que figuraba su cuarto creciente contribuía a creer eso. Parecía una sonrisa. Una sonrisa, entre tantas y tantas lágrimas y penas. ¿Se estaría burlando? Lo más seguro es que así era.
Caminaba de mala gana, entre la limpísima y deslumbrante banqueta. Maldita ciudad. Ni de eso se podía quejar. Ni siquiera podía quejarse, achacar sus problemas, cómo antaño se acostumbraba, a vivir en una bulliciosa y caótica metrópoli, con todos los dilemas que acarreaba una estructura de esas magnitudes: tráfico, contaminación, sobrepoblación, desempleo, pobreza. No, en Tokio 3 no había nada de eso. Todo parecía nuevo, recién hecho, sin desgastar. Pulcro. Las calles, todas perfectamente pavimentadas y sin un solo bache en alguna de ellas. Ni siquiera había gente. Casi pagaban por vivir en aquella urbe. A esa hora pico en la que los dos caminaban por ella, no había absolutamente nadie a la vista, ni un jodido carro corriendo por las calles, nada, salvo un silencio abismal que todo lo abarcaba. Los rascacielos que se ocultaban bajo tierra en el día, diseñados para esconderse de las tropas rebeldes, de los enemigos, ahora se erigían orgullosos detrás de los jóvenes. ¿Y eso qué? Las personas que los habitaban ya los habían desalojado inmediatamente después del primer ataque. Ciudad fantasma, tierra de nadie. Los ecos del pasado que se marchitó hacía ya quince años, aún resonaban entre sus abandonadas venas y arterias, sin encontrar a alguien que pudiera escucharlos. Ahora, sólo era una burla, una parodia, una mala imitación, un fósil, una huella de un poderoso sistema político socioeconómico que había dominado a la sociedad durante mucho tiempo.
Un claxon profana la tranquilidad sepulcral. Rompe violenta y abruptamente con el silencio. El sonido de un motor, un ronroneo, lo corrobora. Ambos miran hacia atrás, de donde provenía el ruido, emergiendo en esa dirección el auto sedán negro de Misato, quién seguía tocando la bocina, más por diversión que por otra cosa. Para molestar al tedio, que tenía bien sujeta a la ciudad. El vehículo se detuvo justo a un lado de los infantes, aún con la máquina encendida. La ventanilla de la portezuela se esconde hacia abajo, dejando ver el hermoso rostro de Katsuragi, y también el de Ritsuko.
—¿Los llevo?— preguntó la capitana, con jovial actitud.
—¡Claro que sí!— le respondió de inmediato su protegido, abriendo el coche y trepándose en él, seguido de su compañero —¡Estaba hecho una paleta helada aquí afuera!
El carro arrancó de nuevo, deslizándose con gracia en el asfalto. Definitivamente, era mucho mejor el cálido interior del vehículo que el frío estéril y agresivo de la ciudad, tan gris y tan decaída, tan sin vida, tan sin alma. Rivera se ponía cómodo, recargando su espalda en el acogedor asiento trasero. Gozó cómo nunca antes de sentir en su piel la tapicería del medio de transporte de su tutora. Respirar ese aroma a shampoo para asiento. Ver la nuca de Misato, con sus largos y sedosos cabellos negros, con las manos en el volante mientras conducía alocadamente. Era su único consuelo, su único alivio: contar con el amor y el apoyo de la mujer que hacía el papel de madre, y el de mejor amiga, a la vez.
—¿Y...? ¿Qué tal estuvo tu día, cachetona?— preguntó el muchacho, una vez que se hubo acomodado a su gusto.
—Interesante, sobre todo por la mañana, cuando fui a su escuela— confesó la mujer al volante —Me pareció ver a la distancia como peleabas con otros muchachos de tu clase, pero creo que lo más probable es que sólo lo haya imaginado, porque estoy segura que recuerdas que te prometí que la próxima vez que te vieras envuelto en una riña, yo misma te molería a palos... Lo recuerdas, ¿cierto?
—Algo me acuerdo de eso, por supuesto— respondió el joven, ocultando su ansiedad al mirar hacia otro lado, donde fuera que no se encontrara con la acuciosa mirada de la Capitana Katsuragi.
—En fin, la razón principal por la que tenía que asistir era la junta de orientación vocacional de Shinji— continuó la mujer de larga cabellera negra, observando de soslayo al joven Ikari —Todos tus maestros coinciden en que, a pesar de tus buenas notas, no eres un estudiante que sobresalga en cualquier ámbito. Eres demasiado discreto y parece que nada te interesa, todo el tiempo te la pasas ocultándote. Todos estuvimos de acuerdo en que necesitas una actividad extraescolar, algo en lo que puedas involucrarte al grado de que te llegue a gustar. Puedes unirte a uno de los clubes de estudiantes, o si lo prefieres, estar en la orquesta de la escuela. ¿Sabes tocar algún instrumento?
—Sí, el chelo. Aprendí en la primaria.— contestó el chiquillo, derrochando entusiasmo de forma por demás inusitada.
—Te ves muy animado, Shinji— comentó Akagi al respecto, observando detenidamente la expresión de Ikari por el retrovisor —¿Te sirvió de algo el seminario que tomaste?
—Sí, podría decirse que me fue de utilidad— aseveró el infante, esbozando una sonrisa pícara, delatora.
"Me fue de utilidad" pensaba molesto Kai, repitiendo mentalmente las palabras de su compañero. "Miserable... ¡Yo te voy a enseñar lo que es de utilidad!".
Refunfuñaba al tiempo que empuñaba su mano, entendiendo por completo lo que quería decir su acompañante con aquellas palabras.
Sus pensamientos se fueron viendo abrumados por el súbito sonido del radio del auto, mismo que Misato acababa de prender. Esperaba poder alcanzar la hora del recuerdo en una de sus estaciones favoritas, donde pasaban música hip-hop de finales de los noventas, su género predilecto. Aún recordaba cuando podía darse el lujo de asistir a una discoteca toda abarrotada de adolescentes ansiosos de desquitar todas sus penas mediante el baile, al ritmo de la estridente música. No había sido hace mucho, más o menos unos quince años atrás, quizás dieciséis. Mucho había cambiado desde entonces.
Su regreso a los años dorados se encontró súbitamente cortado, por la realidad que atacaba:
"En noticias internacionales, son varias las agencias las que han confirmado que las tropas rebeldes ya han tomado control de Jerusalén, afianzando así su completo dominio en el Medio Oriente y con esto sobre el 75% de la producción global de petróleo. Jerusalén, para muchos la Ciudad Santa, era el último punto de resistencia de las Naciones Unidas, y ahora se teme que el Frente de Liberación Mundial pueda conducir su ofensiva hacia Europa o incluso Asia. Todavía se desconoce el número de bajas por parte de la O.N.U. o si las máquinas de destrucción masiva designadas cómo Ángeles fueron utilizadas en la ocupación de la ciudad. Lo que sí es un hecho, es que varios países miembros de las Naciones Unidas han comenzado a presionar a este organismo para que libere una avanzada con sus propios robots gigantes, los enigmáticos Evangelion. El Secretario General de la organización no quiso hacer ningún comentario al respecto, ni responder a las acusaciones vertidas por algunos diplomáticos acerca del mal uso de fondos. Muchas gracias por su atención, seguiremos informando sobre los últimos acontecimientos que se han suscitado en el panorama mundial. Ahora volvemos a nuestra programación habitual..."
La conductora ya había escuchado suficiente, y en el acto declinó seguir oyendo las transmisiones, apagando el radio. Pese a hacerlo, el daño ya estaba hecho. Todos en el interior del vehículo callaron de inmediato, y lo único que se podía oír era el propio ruido del motor, y las respiraciones de los ocupantes del carro. Las cosas de por sí estaban tensas en sus vidas, y lo último que necesitaban es que se dificultaran más, sobre todo con la última parte del comunicado, la cual los involucraba directamente.
Las mujeres recordaban su charla, que había acontecido apenas unas horas atrás, precisamente acerca del presupuesto asignado a la agencia para la que trabajaban, tema que ahora volvía a salir a flote con esta nueva crisis.
Y sin duda alguna, el más afectado fue Rivera, quien era el que estaba más inmiscuido en el asunto. Se cuestionaba si había sido lo correcto rechazar cooperar con el gobierno japonés. Después de todo, el propósito del fallido proyecto era lidiar con ese tipo de amenazas, y en estos momentos sería el más idóneo para realizar dicha tarea. ¿Entonces, por qué ayudar a una organización cuyos verdaderos motivos hasta para él le resultaban desconocidos? ¿Porqué seguir propiciando que la mayoría de las riquezas mundiales se destinaran a NERV, mientras en el mundo miles morían de hambre? Ese dinero les pertenecía, y sin embargo, les era arrebatado para satisfacer las ambiciones de un solo hombre, para subsidiar oscuros y malévolos planes, que muy probablemente afectarían de manera dramática el mañana por el cual todos estaban luchando. Un hombre que no se detendría ante nada ni nadie con tal de ver cumplidos sus objetivos. Sin importar a quién pudiera lastimar en el proceso.
También en su mente ocupaba un pequeño espacio el recuerdo de su tío muerto, no hace mucho tiempo. Era algo extraño, perturbador. Mientras él estaba al mando de las tropas rebeldes, el movimiento revolucionario por el que tanto luchaba nunca se concretó, y jamás su levantamiento pasó de ser una simple guerrilla, la cual se mudaba de aquí para allá, conforme el transcurso del tiempo, a la vez que sus bases eran descubiertas y neutralizadas. En conclusión, salvo el de inspirar a más gente para unirse a la lucha, y convertirse en un icono de resistencia social, su revolución no había tenido mucho éxito, sobre todo en el ámbito militar. Pero ahora, la resistencia encontraba una victoria tras otra. Avanzaban sobre las naciones con paso avasallador, aplastante. Conquistaban imperios con relativa facilidad, y con mucha rapidez. Parecían invencibles. ¿A qué factor se debería aquello? ¿Tendría algo que ver con la fragmentación del FLM, la razón por la cual su tío se había arriesgado a salir a la luz pública, a cometer un acto casi suicida?
Aún flotaban en el aire, con un cierto olor de desazón, las últimas palabras del pariente asesinado: "Él ya vendrá por ti". Eso era lo que le había dicho, a modo de advertencia.
Quiso ignorar aquél suceso, alegando que debió haber pronunciado esa incoherencia por el dolor de la agonía. Eso era lo que debía ser, nada más. Aún así, pese a sus mejores esfuerzos, hubo de tragar un poco de saliva.
—A veces me pregunto qué clase de hombre es el Doctor Infierno— pronunció Ikari, violando la calma tan tensa que ahí se estaba viviendo —Quiero decir, ¿porqué razón hará todo lo que hace? Eso de querer conquistar al mundo parece cosa de locos... ¿En realidad es algo que se pueda conseguir? ¡El tipo tiene que estar jugando!
El chiquillo volvió a cerrar la boca, notando como todos lo miraban, como con lástima. Las mujeres querían encontrar una manera sutil para ofrecerle una explicación, para sacarlo de su error. Sin embargo fue Kai quien le respondió, aún molesto con él, por lo que dejó de lado cualquier consideración hacia la comprensible ignorancia de su compañero piloto.
—Tienes toda la razón, es difícil creer que alguien así exista en este mundo... — se llevó un dedo a la frente, en pose de reflexión —¡Espera un momento, es verdad! ¡Eso es porque en realidad el sujeto es un invento! ¡Un cuento que los políticos y merolicos de la tele inventaron para engañar a los cabezones incautos como tú! A tu edad y aún eres tan crédulo... No me extrañaría nadita que aún sigas creyendo en el coco...
Aquellas palabras fueron una auténtica revelación para su joven acompañante. Su cara transfiguró en una faceta de incertidumbre, de confusión. Todo el tiempo se le había dicho que luchaban contra las fuerzas del mal que querían arrasar con este mundo. Y aunque tuviera sus sospechas anteriormente, ahora que el engaño había sido descubierto, se sentía desorientado. ¿Para qué, entonces, servían los Eva? Si no estaban hechos por el hombre, ¿qué, entonces, eran los Ángeles a los que combatía? Aquellas interrogantes lo dirigían inexorablemente a la gran pregunta, la misma que se había estado haciendo desde que puso pie en el Geofrente: ¿Qué era precisamente lo que estaba haciendo allí?
—Hubiera preferido que Kai te lo dijera con un poquito más de gentileza— salió Misato al paso, percatándose del estado atribulado en que había quedado —Pero sí, es verdad. Ese tal doctor es tan sólo un invento más del gobierno para mal informar a la población de la situación en general.
—Entonces... el Segundo Impacto— continuó Shinji, más consternado que antes, cómo quien por primera vez ve la luz. Todo lo que creía saber del mundo hasta entonces se estaba desmoronando en pedazos, y toda esa información era demasiada cómo para asimilarse tan rápido —Eso también es un cuento, ¿cierto? Por eso el Hubble nunca detectó al meteoro en su camino a la Tierra...
La conversación ya estaba tomando tintes relevantes. Los otros tres se pusieron a meditar sobre si el muchacho podía calificar como personal aprobado para enterarse de la verdad. Al final, fue la más estricta y la más escéptica quién rompió el voto de silencio. Después de todo, si el joven fue capaz de relacionar al Segundo Impacto como una de las farsas que se habían difundido, mostraba que era más capaz y despierto de lo que ella pensaba.
—Así es— dijo Ritsuko, desde su asiento —Según todos tus libros de texto, y el comunicado oficial que se publicó el 30 de Agosto del año 2000, el Segundo Impacto fue ocasionado por un meteoro que chocó contra la Antártida. Ésa fue la versión oficial, la que se le comunicó a toda la población civil. Pero la verdad se ha guardado en secreto durante quince años, y quizás siga así unas décadas más. Hace tres lustros, cuando se estudiaba el agujero de la capa de ozono sobre el continente de hielo, los científicos se toparon con una criatura gigantesca, de forma humanoide, enterrada muy debajo de la superficie. Se llamó a un grupo de investigadores, desde antropólogos y arqueólogos, hasta genetistas de gran renombre, para que recabaran toda la información que les fuera posible acerca del extraño ser. Ellos fueron quienes por primera vez lo designaron cómo "Ángel". Cómo sea, durante la investigación algo salió mal y el espécimen explotó, evaporando a la Antártida. Eso fue la verdadera causa de la hecatombe.
Una vez que Akagi terminó de ponerlo al tanto de la verdad de los hechos, el silencio sepulcral volvió a tomar posesión del ambiente. Todos callaron, por una u otra razón. El joven japonés aún estaba digiriendo lo que se le acababa de revelar. Entonces, había sido un Ángel el que mató a casi toda la población mundial de aquellos tiempos. Pero aún así, había algo que la Doctora Akagi no le había respondido, lo más seguro que de forma deliberada, así que la duda persistía: si los Ángeles no eran máquinas creadas por los hombres, lo que explicaba la falta de componentes mecánicos cada vez que desparramaba las entrañas de una de esas cosas, en ese caso. ¿qué es lo que eran? Era su interrogante más grande en ese momento. Cualquier posible respuesta que viniera a su mente le ocasionaba terribles escalofríos.
También el tema trastornó un poco a los Katsuragi. Los dos, en sus asientos, pusieron un semblante muy serio y solemne, pensativos, cómo si la plática hubiera descubierto, además de la verdad, dolorosas memorias que tenían sepultadas desde hace tiempo.
¿Qué sería lo que ambos también tenían que contar a ese respecto? ¿Qué oscuros misterios encerraban detrás de ese gesto hosco, como el de una piedra?
Después de un deambular que parecía nunca acabar, el coche paró, sin detener la marcha, frente a un conjunto habitacional de lujo, que era donde residía y descansaba Ritsuko. Con paso ligero, ésta abandonó el carro, ocupando Rivera el lugar que dejaba en el asiento del copiloto, resuelto a no pasar más tiempo mirando la cara de idiota de Shinji, que tanto lo exasperaba en esos momentos. Antes de bajarse por completo del automóvil, la científica se asió de la portezuela, dirigiéndose a su compañera:
—No se te vaya a olvidar que el evento es mañana, temprano. Un helicóptero nos estará esperando, así que trata de no llegar tarde.
—De acuerdo— pronunció secamente su amiga, desde el volante. Su expresión aún no había cambiado un ápice. Ni siquiera se volteó para mirarla.
Akagi cerró entonces de inmediato la puerta, permitiendo así que los ocupantes del vehículo prosiguieran con su camino. Una vez que se alejó, se vio a sí misma completamente sola sobre la pulcra banqueta que se encontraba a la entrada del estacionamiento de su edificio.
La película corre sin parar, y el ciclo se repite una vez más, hasta que el sol dejase de ocultarse al anochecer y emerger al alba; o hasta que la luna con su séquito completo de estrellas y luceros decidiese no esconderse más del astro diurno. Pero hasta que una de esas situaciones ocurriera la función tenía que continuar.
Brisa. Humedad. Hierba. Árboles. Pájaros. Cielo azul. Nada promete que este nuevo día sea diferente de sus demás compañeros acaecidos. Pero el que pensara eso, estaba equivocado. Uno jamás puede saber las sorpresas que trae un nuevo día.
Como cada mañana, Ikari disfrutaba a solas de su desayuno, salvo por la presencia de la mascota emplumada de aquél hogar tan singular. Su compañero de cuarto debía encontrarse aún plácidamente dormido, pero seguro que en cualquier instante se levantaría apresurado por lo tarde que era ya.
En eso, una puerta se abre de repente, una puerta que no debía abrirse hasta varios minutos después. La Capitana Katsuragi sale por ella, completamente arreglada, enfundada en su uniforme de gala. Maquillada, vestida y perfectamente peinada, cosa absolutamente extraña de ver a esas horas. Posiblemente se trataba de un presagio de lo que ocurriría ese día tan ajetreado y anormal.
—Buenos días— saludó, mientras se cercioraba de cargar todo en su bolso de mano.
—Bu- buenos días— musitó el muchacho desde su asiento, sin dar ningún crédito a los que sus ojos desorbitado veían. A lo mejor todavía dormía, y sin darse cuenta, estaba soñando.
—Voy al viejo Tokio, de negocios— continuó la mujer, dirigiéndose hacia la puerta cerrada del baño, desde donde llamó al interior de éste —Doctor Rivera, ¿ya está usted listo? Recuerde que no tenemos mucho tiempo, y que Rikko no tolera los retrasos...
Por si no fueran suficientes impresiones para una sola mañana, Shinji por poco se va de espaldas cuando vio salir de aquél cuarto a Rivera, enfundado en un elegante traje de negocios de color negro, completado con una inmaculada camisa de cuello verde limón y una corbata del mismo color del traje. Ikari no se había percatado en qué momento aquél joven había despertado y se había arreglado de esa manera. Era la primera vez que lo veía tan pulcro en su arreglo personal, por lo que le resultó bastante difícil reconocerlo al principio. Incluso su característica melena alborotada, parecida en tantas ocasiones a la cabellera de una estrella de rock, ahora se encontraba cuidadosamente peinada con abundante gel, sin un solo cabello fuera de lugar.
—Listo para arrasar con todo, pimpollo— le contestó el transformado jovencito a su guardiana —No hagamos esperar más a tu amiguita, no quiero acabar convertido en rana o algo así si la llego a hacer enojar...
Misato entonces volvió la mirada hacia su boquiabierto inquilino, dejándole instrucciones puntuales —Regresaremos tarde, así que no nos esperes para cenar.
—De acuerdo— contestó el chiquillo, seguro que no se trataba de un sueño. Era la realidad. Misato y Kai se habían levantado temprano, y hasta parecían personas decentes. Era para dar miedo, algo escalofriante. No les despegó los ojos de encima hasta que la mujer con rango militar se despidió, para enseguida tomar por el brazo a Rivera y retirarse del lugar en su compañía.
Donde antes reinaba la populosa vida de una enorme metrópolis superpoblada, ahora sólo se podía divisar, a donde fuera que se mirara, la muerte, la desolación. Un enorme desierto estéril, ardiente, se extendía por kilómetros a la redonda, allá abajo. La sombra del helicóptero se posaba orgullosamente sobre la arena de la superficie, removiéndola de su lugar con el viento que producían sus aspas al girar, que era lo que le permitía sostenerse en vuelo. Ello permitía descubrir, en ocasiones, cómo algunas ruinas quedaban en libertad, para exponerse. La mayoría de ellas eran armazones de construcciones, que era lo único que quedaba de grandes y portentosos edificios que plagaban Tokio, antes de su inminente destrucción. Recuerdos inertes de una vida que se había ido hace mucho tiempo, y que jamás regresaría, por mucho que lo intentaran. Cadáveres mutilados, pudriéndose al sol, como solitarias pruebas de un crimen que por siempre pasaría impune.
Avanza, y cuando lo hace, deja atrás esas ruinas, sólo para descubrir nuevas. La nostalgia empezaba a llenarle todos los poros de su cuerpo. Era en esa ciudad donde había crecido.
—Difícil de creer que eso de allá abajo fue alguna vez la agitada ciudad de Tokio, ¿no es así?— comentó Ritsuko, la cual estaba sentada frente a ella, adivinándole el pensamiento con sólo observar su gesto.
—Sí— respondió Katsuragi, con la vista clavada en el paisaje.
Su memoria evocaba momentos ya idos. Momentos que se habían fugado junto con su infancia y que ya nunca volverían. El tiempo maravilloso cuando el mundo todavía no se ponía de cabeza. Ahora que los rememoraba parecían tan vivos cómo cualquier otro ser viviente, tan frescos y llenos de promesas cómo lo había sido alguna vez el mañana. Se le figuraba que lo único que tenía que hacer era dar un paso hacia ellos, y volver a estar en esos lugares, ver esos colores, oír los sonidos, degustar los sabores, olfatear aquellos olores y regodearse en todas las sensaciones que ya no estaban ahora.
Pero entonces retornaba a la actualidad, en donde el ayer parecía un sueño inalcanzable, brillante y hermoso, y en donde el mañana aparecía nublado y dudoso.
—¡Qué basurero!— observó el joven Rivera despectivamente, sin reparar en el ánimo de su tutora —Pero parece el lugar indicado para probar maquinaria con capacidad nuclear...
La palabra "nuclear" tenía una connotación especial en todo el archipiélago japonés, al ser el único país en haber recibido un ataque con esa clase de armamento. El 6 de Agosto del año 1945 había quedado grabado como la funesta fecha en la que inició el bombardeo que posteriormente reduciría a cenizas a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki del imperio nipón, el primer y único ataque registrado a una nación en el que se utilizaran armas atómicas. El ataque cobró la vida de más de 100 mil personas. Y aún después de tanto tiempo de ocurrido aquél terrible acontecimiento, casi más de 70 años, la tragedia había dejado una profunda cicatriz en la psique del colectivo nacional que difícilmente podría sanar. De tal suerte, ninguna medida de seguridad estaba de más al utilizar mecanismos con dicha fuente de energía, como era el presente caso, llevando la prueba de arranque del Jet Alone a una locación remota e inasequible.
—Ya hemos llegado— avisó Akagi a sus acompañantes, mientras el helicóptero aterrizaba en tierra firme.
Justo en medio de aquel mar de desolación se encontraba aún una edificación en pie, imponente y adusta. Triste y abandonada, se erigía en medio del desierto, como la voz que clamaba en él. Una construcción que no pertenecía a la antigua ciudad, ahora en ruinas, sino que había sido levantada mucho después de su destrucción, a semejanza de una lápida. "Aquí yacen los restos de la orgullosa Tokio, caída el 21 de Agosto del año 2000", era lo que parecía decir el edificio entero, cuyo color blanco resaltaba sobre las arenas ocres del desierto. Y todos los asistentes acudían al funeral.
Adentro, los invitados son recibidos y conducidos hacia el salón de conferencias, ocupando los asientos que se encontraban destinados para ellos, en una mesa circular reservada para la plana mayor de NERV. Toda una veintena de sillas, de las cuales solamente tres se habían necesitado. Muchos otros también se habían dado cita en el lugar. La mayoría representantes de departamentos militares de diversos países, que estaban desesperados por incrementar su armamento y potencial bélico. Las armas estaban a la orden del día. También había varios ingenieros, ávidos por atestiguar el éxito de una batería nuclear que les permitiera a sus máquinas realizar las más diversas y complicadas tareas sin un consumo exagerado de energía. Sin duda alguna, era la robótica la que saldría más beneficiada si es que el proyecto Jet Alone funcionaba, por lo que también allí se encontraban algunos expertos en la materia.
Misato tomaba nota del talante de la mayoría de los ahí congregados, y aunque había entre ellos dignatarios y políticos de alto nivel de varios países, la gran parte de esas personas eran académicos investigadores, o como coloquialmente ella los llamaba: "nerds". Sintiéndose sobre-expuesta en su desolada mesa, tamborileaba impaciente los dedos sobre el mantel, molesta al percatarse de la forma en que varios de ellos la veían cuando pasaban a su lado, sintiendo claramente como aquellos hombrecitos la desnudaban con la mirada. A diferencia de lo acontecido el día anterior, con los chicos de la escuela de Shinji, el que aquellos personajes admiraran sus atributos no le entusiasmaba en lo más mínimo.
—Maldita sea— mascullaba enfadada, gesticulando uno de sus típicos pucheros —Espero que esto termine rápido... no soporto estar un minuto más en compañía de esta jauría de tetos pervertidos...
—¿Acaso todos estos mandatarios y científicos son demasiado viejos para su gusto, Capitana?— preguntó mordazmente su compañera, quien la había escuchado refunfuñar —¡Trate usted de no culparlos por su ignorancia? ¿Cómo pueden ellos saber acerca de su peculiar preferencia por hombres mucho más jóvenes?
—¡Tenga la amabilidad de cerrar el pico, Doctora!— se defendió ella de inmediato, en tanto Rivera se les unía, visiblemente emocionado.
—¡Rápido, pásame tu bolsa!— indicó a Katsuragi, haciéndole ver que llevaba ocultos varios recipientes de vidrio bajo su saco —¡Me acabo de sacar la lotería! ¡Voy a llevarme todo esto a casa y pienso hacer mi propia cava con lo que saque de aquí!
—¡¿Estás robándote el vino de cortesía de todas las mesas?!— pronunció asqueada la mujer de cabellera azabache —¡Eres un asqueroso ebrio patético! ¿Acaso no tienes ya una sola pizca de dignidad?
—La dignidad sale sobrando cuando estos tarados ponen a mi alcance whishy y brandy de la cosecha del 81— respondió el joven hampón, susurrante, mientras con suma discreción le mostraba sus recientes adquisiciones —Además todos son importados, ¡y de las mejores marcas, solamente mira!
Los ojos de Misato destellaron con suma ilusión al instante de avistar aquellos tesoros, para enseguida pasarle ágilmente la bolsa de moda con gran capacidad que llevaba consigo.
—Está bien, está bien— dijo al final, resignada —Sólo cállate y guárdalas antes de que alguien te vea... más te vale que traigas algo de cognac, últimamente hemos estado escasos.
—¿Porqué siempre me tienen que dejar en ridículo en cada evento elegante al que asistimos?— preguntó Ritsuko, abatida, en tanto reposaba su frente sobre la palma abierta de su mano, queriendo ocultar su avergonzado rostro.
—¡Oye, cuidado con lo que dices!— repuso Rivera entre cuchicheos, sin dejar de lado su labor criminal —¡Que yo no estoy precisamente disfrutando de tu infame compañía! ¡Preferiría mil veces que me vieran junto a una bolsa de basura que contigo! Mi reputación puede peligrar si se me empieza a asociar con alguien como tú...
—¿De qué reputación hablas?— inquirió de inmediato la doctora —¡No eres más que un mercenario sin escrúpulos ni ética laboral, que se vende al mejor postor!
—En eso tiene toda la razón— asintió su acompañante, mientras depositaba cuidadosamente su atestado bolso en un lugar menos visible —Incluso para ti, fue demasiado bajo terminar vendiéndoles a estos payasos todos esos diseños de superarmas que estabas desarrollando... ¡No puedes estar trabajando en un lado, mientras que por otra parte ayudas a la competencia, amigo!
—Son unas tipas de lo más fastidiosas— contestó de mala gana el muchacho, tomando asiento al lado de Misato —La transacción que acordé con Nishizawa no afecta ni viola cualquier estatuto del convenio que tengo con NERV. Ninguna de esas tecnologías ha sido aplicada al trabajo que se desarrolla en el Geofrente, ni se tenía pensado hacerlo en un corto, mediano ni largo plazo. Además, mis fondos personales por poco se vacían con el chisme de fondear parte de la construcción de Zeta. Y necesito con urgencia esa plata extra. Quiero costear vivir en un apartamento mucho más grande. ¡Estoy harto de tener que compartir la misma habitación con Gendo Junior, ese niño emo de dos caras! ¡Juro que un día de estos terminaré enloqueciendo y le partiré toda su ñoño rostro!
El pequeño salón improvisado se encontraba al tope de su capacidad en esos momentos, salvo las referidas ausencias de los dirigentes de NERV. El ambiente era asfixiante rodeado de la muchedumbre. Sabedores de esto, los organizadores del evento decidieron darlo por comenzado. Para ello, y sin más preámbulo, un hombre se levanta en el podio frente a la vista de todos los asistentes. Se trataba del Ingeniero Yumi Nishizawa, artífice y principal impulsor del ambicioso proyecto que en esa ocasión ahí les congregaba.
—Damas y caballeros, muchas gracias a todos por haber venido aquí en este día. Las Industrias Solidarias Niponas, a nombre del gobierno japonés, les dan la bienvenida a esta grandiosa demostración, la cual sin duda alguna marcará un hito histórico. Pero antes de empezar: ¿alguno de ustedes tiene preguntas o dudas que hayan quedado después de leer el documento que previamente se les envió?
Rápidamente y sin dar oportunidad para más, Ritsuko tomó la palabra, sujetando el micrófono que tenía frente a sí.
—¡Sí, yo!
—¡Oh, vaya! ¡Si es nada menos que la famosa Doctora Ritsuko Akagi!— exclamó entonces el orador, con un marcado tono de hipocresía que no podía ocultar —Es todo un honor poder contar con su presencia en este evento.
—Muchas gracias— respondió la mujer desde su lugar —Quisiera hacer un par de preguntas, si es que me lo permite.
—¡Pero por supuesto!— asintió su lisonjero anfitrión.
Pasando de sus provocaciones, Akagi permaneció por algunos instantes pensativa, repasando mentalmente lo que iba a decir, para finalmente pronunciar:
—Ahora bien, comprendo que la unidad trabaja con un reactor nuclear de diseño propio, ¿no es así?
—Correcto; así la unidad puede operar por sí misma con un suministro de energía garantizado por 150 días.
—Pero en lo que al aspecto de seguridad se refiere ¿No les parece demasiado peligroso usar un reactor interno en un arma cuyo propósito manifiesto es el combate cuerpo a cuerpo?— preguntó nuevamente la inquisitiva fémina.
—Creemos que es mucho más práctico que trabajar con un arma que dura menos de cinco minutos sin su suministro eléctrico— respondió de nuevo el ingeniero, mordaz como en cada una de las contestaciones que le daba a la mujer, a quien parecía estar retando.
—Pero también podría haber problemas con el sistema de control remoto en una situación de emergencia, ¿no lo creen así?— la doctora cambió de estrategia, buscando penetrar algún punto débil de su rival.
—Perdone usted por lo piadoso y lo humano de nuestro sistema, al considerar la salud mental y física de su operador— también él estaba haciendo lo mismo, respondiendo y no respondiendo a la vez, encauzando la conversación hacia otros rumbos.
—Su sistema de interfase también presenta varios problemas.
—Es mucho más seguro que el suyo— contestó su oponente —El sistema que ustedes utilizan le permite a una peligrosa arma enloquecer al igual que una mujer histérica: los dos están completamente fuera de control.
Su comentario al instante fue ilustrado por una fotografía ampliada del Eva 01, desplegada gracias a un proyector, la que mostraba al robot bajo su cuidado durante su escalofriante frenesí destructivo, de cuando enfrentó al Tercer Ángel en pleno centro de Tokio 3.
La ocurrencia de Nishizawa y la impecable coordinación con sus colaboradores, quienes parecían haberse anticipado a la confrontación con el personal científico de NERV, su principal competidor, causó la risa inmediata de todo el auditorio, cuyas estruendosas carcajadas cimbraron todo el lugar.
Compartiendo el ánimo general, Kai se convulsionaba en su asiento, presa de un ataque de risa desenfrenada que lo hacía sujetarse la boca del estómago, temiendo reventar de un momento a otro.
—¡Ja, ja, ja! ¡Vaya con el ingeniero, siempre tan simpático!— comentó entre risotadas, con bastante dificultad —¡Qué ocurrente es! ¡Y es mucho más gracioso por que es verídico! ¡Ja, ja...! ¿Ja?
La mirada asesina con la que lo acuchillaba Misato lo hizo enmudecer súbitamente, quedándose estático justo donde estaba, helado por el pavor que le provocaba el gesto rubicundo de la mujer.
—Creo que mejor me callo— masculló lastimosamente, apenas con un hilo de voz.
—¡Basta ya, todos ustedes!— instó entonces la Capitana Katsuragi, alzando la voz por encima del barullo y dando un fuerte manotazo a su mesa, hecha una furia. Sólo eso le bastó para silenciar el escándalo e intimidar a los presentes con su fuerte presencia —¡Se están comportando como unos niños!
—Nuestra tecnología— continuó Ritsuko, una vez que todos se habían repuesto de la súbita impresión —Y todo nuestro personal han probado estar preparados para lidiar con una situación de esa naturaleza.
Envalentonado por su anterior triunfo, su anfitrión quiso seguir con la discusión para así conseguir humillar todavía más a la Doctora Akagi.
—¿De veras creen que la ciencia y la mente humana pueden controlar a esos monstruosos Evas? ¿Está hablando en serio?
—Sí— respondió la rubia, bastante convencida —Muy en serio.
—Es debido a ese exceso de confianza, sin fundamentos, que NERV permitió que la situación se le escapara de las manos en ese incidente de Tokio 3. Tienen suerte de estar protegidos contra cualquier tipo de investigación pertinente debido a la estratagema legaloide bajo la cual operan impunemente. Y también de que las Naciones Unidas decidieran incrementar el ya de por sí abultado presupuesto que se les tiene asignado. ¿Sabía usted que hay más de veinte mil personas hambrientas en el mundo? De seguro todo ese dinero que a ustedes les destinan les haría bastante bien, ¿no cree?
Claro que Ritsuko lo sabía. De hecho, con el presupuesto anual de la agencia, todas esas personas hubieran podido alimentarse perfectamente durante un año. ¿Y eso qué? El hambre y la pobreza no era nada nuevo. De hecho, estaban presentes casi desde siempre, desde que el hombre había abandonado al comunismo primitivo. No era un argumento muy válido. De cualquier manera, muchos gobiernos daban prioridad a la industria bélica más que al gasto social, con o sin ángeles. Lo que quería aquel enano inmundo era poner al auditorio de su lado, tratando de conmoverlos con ese tipo de comentarios idiotas y sentimentaloides. Y de paso, echarle tierra a NERV y ponerlos en evidencia.
—Diga lo que quiera— pronunció la aguerrida científica, encarando valientemente a su rival —Pero excepto por el arma principal de NERV, nada puede derrotar a los enemigos que enfrentamos.
—Se refiere al Campo A.T., ¿cierto? Es sólo cuestión de tiempo para que otros logren descifrarlo, abrirlo— señaló, bastante confiado de sus palabras —De cualquier modo, contamos con todo el impresionante armamento de última generación que nuestro estimado Doctor Rivera, aquí presente, tuvo a bien diseñar para nosotros. Cualquiera de esos dispositivos, menospreciados por las mentes brillantes que trabajan para ustedes, nos pondrá a la par de cualquier Entidad de Destrucción Masiva a la que lleguemos a enfrentar.
—¡Sólo asegúrese que su cheque no rebote!— dijo Rivera jocosamente, alzando la voz para que todos los presentes pudieran escucharlo —¡Ó será mi abogado el primer monstruo con el que se las tendrán que ver!
Una vez más los ahí reunidos prorrumpieron en sonoras carcajadas, al igual que el perpetrador del chascarrillo, quien volvía a batirse frenético en su lugar. De nueva cuenta, bastó el semblante malhumorado que le dirigió su tutora para hacerlo parar en seco.
—Sí, ya sé— se lamentó cabizbajo, apenas con un hilo de voz —Mejor me callaré...
—Desperdiciar un talento de ese calibre es sólo una muestra más de la negligencia con la que se manejan los dirigentes de la agencia para la que trabajan, Doctora Akagi. Hasta ahora han podido operar bajo la premisa inverosímil de que solamente sus armas y su tecnología son las que pueden enfrentarse a las criaturas que nos acechan. Hoy, no sólo refutaremos ese absurdo, sino que también abriremos el camino para explorar diferentes alternativas para lidiar con esta amenaza al género humano. Todas ellas lejos de su esfera de influencia, lo que sin duda será benéfico para todos nosotros. En conclusión, nos hemos reunido aquí hoy para constatar que la época de NERV no durará por siempre.
El público estalla en aplausos y exclamaciones, mientras que el vencedor contempla a su contrincante completamente derrotada, petrificada en su lugar con una expresión de impotencia en el rostro que merecía ser enmarcada.
Luego de haber aplastado a su rival, el parlanchín investigador continuó detallando algunas propiedades de su diseño, explicando en una forma más amplia el funcionamiento del reactor. Debido a que la sesión de preguntas y respuestas se había alargado mucho más de lo programado, se hubo de decretar un receso, poco antes de continuar con la prueba de arranque.
Todos aprovechaban el descanso para degustar alguna bebida, o por lo menos lo hacían aquellos pocos afortunados cuya botella no había desaparecido misteriosamente de su mesa. En cambio, las dos mujeres que eran empleadas de la agencia a la que anteriormente se había atacado con tanta vehemencia, utilizaban ese tiempo para acudir al llamado de la Naturaleza en el tocador para las damas.
Enfurecida al extremo se encontraba en esos momentos la Capitana Katsuragi, y no se guardaba su sentir, allí sentada en el excusado. A pesar de tener la puerta cerrada, su compañera podía escucharla con toda atención mientras se humedecía las manos y arreglaba su cabello. Observaba al espejo con insistencia.
—Todo esto no es más que un montón de mierda— resoplaba Misato desde su asiento, desquitando su furia —Malditos bastardos... envidiosos... se trata de una venganza, eso es todo: una vulgar, mezquina venganza por el jugoso presupuesto que tenemos... malnacidos... ¡Cualquiera de esos zoquetes se moriría por trabajar en NERV!
—Relájate— la instó su amiga, al mismo tiempo que continuaba mirando su reflejo en el espejo, acomodando varios aspectos de su persona —Ese sujeto sólo está queriendo llamar la atención, pero creéme, no es digno de ella... hambre en el mundo, ¡ja! Imbécil.
—Como sea— persiste la otra —Lo que me pregunto es: ¿cómo es que estos tipos saben acerca del Campo A.T?
—La información confidencial se está guardando muy mal— responde la rubia —Allí tienes también esa fotografía... no me extrañaría nadita que cierta sabandija ojiverde estuviese involucrado en todo eso. ¡Yo misma veré que ese cerdo obtenga su merecido!
—¡Vamos, no exageres! Kai será todo lo que quieras, ¿pero un saboteador industrial? No es su estilo... es demasiado perezoso y torpe para hacer algo así por su cuenta Y aún si fuera el caso, sea quien sea el espía, ¿entonces qué es lo que está haciendo el Departamento Inteligencia, con un demonio?
Akagi se contempla en el espejo, y cuando lo hace con una mirada fría además de un ceño bastante severo, un siniestro resplandor asomándose en sus helados ojos.
Una vez concluido el breve interludio, todos los asistentes han tomado nuevamente asiento y se preparan para la demostración de la nueva máquina de combate, el Jet Alone. Al frente, dos hombres, y el mismo Nishizawa se preparaban para poner en marcha la demostración, acomodados todos ellos sobre una enorme consola de control.
—Estamos listos para principiar la prueba de las cualidades del Jet Alone, señores— comunicó el ingeniero al público desde su lugar —No hay de que preocuparse, no hay peligro alguno. Por favor, dirijan atención al ventanal de su lado izquierdo.
El público hizo como le era indicado, encaminando sus pasos hacia la dirección señalada. Las figuras más importantes eran quienes ocupaban los primeros espacios, y claro está, en ellos se encontraban los tres miembros de la reducida comitiva de NERV.
—Todos los enlaces y sistemas están listos señor— comunicó uno de los operadores técnicos a su patrón.
—Muy bien, abran el domo— ordenó éste.
El domo metálico que se encontraba afuera del edificio se abrió enseguida, recibiendo en su interior por vez primera la luz solar, y dejando al descubierto su contenido: un enorme robot de forma humanoide. Su diseño hacía evocar muy vagamente a un Eva, aunque eso sí, el gigante que se encontraba afuera era bastante mecanizado, muy lineal, y nunca abandonaba el aspecto de máquina, a diferencia del Evangelion, que a veces parecía ser más animal que robot.
La gente se congregaba sobre la ventana, apretujándose para poder contemplar de frente a aquella maravilla de la ingeniería. Todos querían ver a aquel coloso despertar, a esa marioneta cuando cobrara vida.
—Procedan— indicó el director de esa peculiar sinfonía a sus ayudantes, sin poder disimular la gran emoción que le embargaba.
Las indicaciones fueron transmitidas por medio de la computadora al mecanismo gigante, y enseguida éste alzó un pie, que cayó luego pesadamente sobre el piso debajo de él. Después aplicó el mismo procedimiento con su otro pie, y fue así que el titan metalizado empezó a desplazarse con éxito por entre las dunas que lo separaban de su público, quien rugía emocionado en un unísono aplaudo.
—Vaya— murmuró Misato a su rubia acompañante, sin compartir el ánimo general —Por lo menos ese costal de tuercas puede caminar...
El robot seguía su rítmico andar por el desierto, acercándose cada vez más al edificio donde se encontraban sus creadores, aquellos que controlaban cada movimiento suyo a su pleno antojo. Todos los demás no podían más que observar anonadados a la enorme máquina ambulante seguir su camino a través de la arena, estando con cada paso que daba cada vez más cerca de ellos.
—Deténgalo un momento. Para que la gente pueda verlo detenidamente— ordenó Nishizawa, bastante complacido hasta ese momento con el resultado de su demostración.
—Sí, señor— asintió su empleado, tecleando ágilmente las instrucciones para que la máquina detuviera sus pasos.
Sin embargo, contrario a lo que se le había indicado remotamente,el androide mecánico continuaba su andar despreocupado. Nuevamente el desorientado técnico tecleó los comandos para detener al autómata, obteniendo el nulo éxito de la vez anterior. La desesperación estaba ya invadiéndole el rostro, cuando por una tercera vez ordenó a la máquina a su cargo parar. Aún así, el rebelde robot continuaba caminando en su dirección.
—¿Qué pasa?— preguntó impaciente su patrón, percatándose de que algo marchaba mal cuando su creación estaba más cerca de lo que era conveniente.
—No lo sé— respondió el atemorizado empleado —Algo interfiere con la comunicación.
El otro operador gritó alarmado mientras comunicaba a su jefe la apremiante situación:
—¡La temperatura del reactor va en aumento!
—La temperatura del primer nivel de líquido enfriante también se eleva...
—Abran la válvula de escape... bombee el líquido para desacelerar a los neutrones...
—No sirve... las bombas no responden...
—¡Apaguen el sistema!— ordenó rápidamente el ingeniero.
—¡No sirve la comunicación! ¡No hace caso a las indicaciones!— chilló el operador, haciendo una estúpida mueca que deformaba su rostro.
—¡Está fuera de control!— gritó su otro empleado, mientras en el monitor enfocado en el robot, éste se hacía cada vez más grande, conforme se acercaba.
—No es posible— musitó Nishizawa, en tanto el color abandonaba su rostro, conforme observaba a su desbocada creación acercándose como un enorme tren fuera de control.
Los invitados al evento se extrañaban por la peligrosa cercanía con el autómata, y más por que éste no detenía su paso. A escasos cien metros del robot errante, la mujer con rango militar alcanzó a advertir el inminente peligro que se cernía sobre ellos, apresurándose a sacar a sus acompañantes del edificio a empujones, sin mediar palabra.
Por otra parte, la colosal máquina continuó con su camino designado, sin preocuparse de nimiedades como detenerse antes de chocar con el edificio que tenía enfrente, al cual atravesó sin ningún problema. El edificio se colapsó rápidamente, enterrando entre las ruinas a todo aquel que estuviera dentro. Misato y compañía apenas si pudieron salir a tiempo de la construcción antes de que ésta fuera arrasada, escapando por obra de un milagro de los escombros que salieron volando debido a la colisión con el gigante de metal.
Con dificultad, los tres se incorporaron sobre sus piernas, con la ropa semidesgarrada y algunos moretones. El estruendo que provocó la destrucción del edificio los dejó medio sordos y mareados, sin contar esas bolitas blancas que danzaban alegremente ante sus ojos.
Los lamentos de los sobrevivientes y heridos empezaron a escucharse cómo una marcha fúnebre por todo el lugar. Con horror y asombro, observan el panorama de desolación que se dibujaba ante ellos. Ahora estaban de igual a igual con el ardiente desierto, que con su aliento soplaba sobre sus espaldas.
Las labores de rescate comenzaron casi de inmediato, atendiendo a los infortunados heridos en tiendas de la Cruz Roja que se improvisaron en los alrededores, a la par que se daba inicio a la penosa tarea de contabilizar las bajas ocasionadas por el fatal percance.
Aprovechando un vacío de poder y la destreza de sus dirigentes, NERV pudo hacerse del completo control de la situación, mientras se discutía la acción a seguir. Era una cuestión bastante delicada, ya que cualquier intento por inhabilitar o destruir la máquina Jet Alone podría fácilmente derivar en un cataclismo nuclear.
Los técnicos que llevaron habían recabado todo el procedimiento completo que se intentó para desactivar a la máquina antes de su colisión con el edificio. Ya fuera rescatando lo poco que quedaba de la consola de control, o bien interrogando al operador sobreviviente, quien estaba bajo el efecto de fuertes medicamentos contra el dolor.
Conforme a esto, al parecer había un solo camino para detener la marcha de aquel reactor ambulante antes que alcanzara un punto crítico. Se podía detener a la computadora que controlaba todos los movimientos del autómata con una clave de seguridad que se le había instalado, la cual borraba toda su programación. El problema es que desconocían cual era la clave. Al parecer, su creador se la había llevado a la tumba.
Todo estas cuestiones eran discutidas por la Capitana Katsuragi con vario personal a su cargo, cuando reconoció a un herido que conducían en camilla justo a su lado.
—¡Nishizawa, tú, hijo de...!
Misato detuvo su reclamo al darse cuenta de la situación del hombre.
—Una viga le trenzó las piernas, señorita— explicaba el camillero, mientras intentaba hacerla a un lado.
Efectivamente, el estado de aquella persona era deplorable; sin contar todas las heridas que tenía alrededor del cuerpo, y los abundantes moretones, sus piernas eran ya simples muñones que le llegaban al muslo. Unas vendas empañadas en un color rojo carmesí impedían que la sangre brotara rápidamente. Nishizawa se había convertido en una triste hilacha, un despojo de ser humano.
La capitana siguió junto a él mientras intentaban llevarlo lo más pronto posible a una tienda para que sus heridas pudieran ser atendidas.
—Señor Nishizawa— pronunciaba la insistente mujer, ignorando al camillero que seguía conminándola a que dejara de estorbar —¿Puede oírme?
En evidente estado de shock, el sujeto tenía los ojos bien abiertos, casi desorbitados, pero con la mirada perdida fija en un punto del horizonte.
—¿Mamá?— preguntó entonces, delirante —¿Eres tú, mamá?
Misato hubo de ignorar la triste pregunta, y a su vez, interrogar con apremio:
—Ingeniero Nishizawa, estamos en un grave peligro y sólo usted puede salvarnos. Por favor, ¿puede decirme la clave de acceso a la computadora del reactor? ¿Puede?
— No creo estar autorizado para dártela, mamá... Tengo que discutirlo con la junta...
Totalmente fuera de sus casillas, la mujer exigió entonces:
—¡Dímela de una buena vez, maldito desgraciado hijo de perra!
—E-esperanza...— pronunció débilmente con su último aliento de vida, mientras ésta se extinguía como una vela. El camillero hubo de apresurar el paso, dejando a la mujer atrás, quien decidida y rápidamente, sin mirar atrás, se dirigió a su puesto de mando.
—Comunícame con el cuartel— ordenó a uno de los oficiales a su mando —Diles que traigan a Z en el Equipo F de inmediato.
—¡Un momento, Capitana Katsuragi!— protestó enérgicamente Ritsuko, que se encontraba a sus espaldas —¿Qué se supone que va usted a hacer?
—Detenerlo a la antigua... manualmente.
—¡Idiota! La alta radiación en el interior de ese traste te cocinará como a tus sopas instantáneas en el microondas, incluso antes de que siquiera te puedas acercar al control manual— explicó su compañera, intentando disuadirla de cometer otro de sus locos arrebatos de película de acción.
—Lo sé, pero puede que esa sea la única manera de salvarnos.
Misato aceleró entonces el paso hacia otra de las tiendas ocupadas por sus subordinados, dejando atrás a la Doctora Akagi y a sus reproches. Ésta ve alejarse a la militar, suspirando, resignada a respetar la decisión de su compañera. Después de todo, cuando esa mujer se empeñaba en hacer algo no había alguien capaz de detenerla.
—La muy estúpida...— murmuró entre dientes, al verla perderse en la muchedumbre agazapada en aquella tienda.
A miles de metros de altura, Kai se apresuraba a enfundarse en su traje de conexión, esperando la llegada de su mentora y de las instrucciones que recibiría para la misión. Desnudo completamente, pisaba con cuidado el frío piso con sus desprotegidas plantas de los pies. Alcanza con cuidado sus ropajes, metiendo primero las piernas por la abertura del cuello, para después cubrirse el torso y los brazos. En ese estado, el atuendo era bastante grande para él. Pero para solucionar ese inconveniente activó el mecanismo en su muñeca izquierda. Rápidamente, por medio de succión de aire, la tela comienza a contraerse hasta convertirse en una segunda piel para su portador.
El muchacho se miró entonces, poniéndose de pie, inspeccionando que todo haya salido bien. Le gustaba mucho su verde uniforme, a pesar que, según él, no dejaba nada a la imaginación, delatando el buen porte de su firme trasero.
En esos momentos estaba cruzando los aires en un enorme avión carguero, junto con la Unidad Z. En conjunto, avión y robot eran designados como "Equipo F" ("F" de "Fly", volar, en inglés). El Eva quedaba enganchado a la gigantesca nave gracias a unos mecanismos que tenía instalados en el pecho, los cuales estaban específicamente diseñados para la transportación del titán de acero cuando no estuviera en combate.
La mujer no tardó en reunirse con el chiquillo, quien al verla entrar envestida con un traje antiradiación concibió un mal presentimiento al respecto.
—El blanco es Jet Alone— pronunció Misato, ambos frente a frente, sentados en unas incómodas bancas de aluminio que se encontraban en el vestidor —Hay un peligro certero de fusión nuclear en unos cinco minutos, no podemos permitir que ocurra cerca de un área poblada.
—Jet Alone se dirige hacia Atsugi— comunicó Hyuga por la radio, a bordo en la cabina del avión de carga en el que viajaban.
—No hay tiempo que perder— sentenció Katsuragi, mirando fijamente los ojos de su pupilo.
—Creo que es inútil advertirte de los peligros que conlleva meterse a un reactor nuclear a punto de hacer fusión, ¿no es así?— respondió éste, con tono triste y resignado.
—Lo siento, muchacho, llegaste tarde— contestó la mujer, mientras desplegaba un plano de la maquinaria que debían interceptar —Me introduciré al aparato a través del compartimento trasero, ubicado aquí, ¿lo ves?— preguntó, señalando con el índice el lugar preciso al que se refería.
—Sé donde está. Memoricé los planos de esa cosa.
—Muy bien, entonces me ahorraré más explicaciones— exclamó aliviada, volviendo a enrollar el pliego de papel —Deberás correr junto con el blanco y ponerme lo más cerca que puedas de la entrada al reactor; después, reténlo lo más que puedas.
El chiquillo guardó silencio por algunos instantes, con la vista fija en el piso abajo sus pies, que paradójicamente se encontraba a miles de pies de altura.
—¿Sabes?— le preguntó, sabiendo de antemano la respuesta —Todo esto es bastante extraño. Cuando revisé ese armatoste, ninguno de sus sistemas indicaba que pudiera pasar algo así. No había ninguna posibilidad de una contingencia de este tipo. Es bastante raro, muy, muy raro, sobre todo porque ocurrió precisamente lo que Ritsuko le dijo a Nishizawa que podía pasar...
—Nos ocuparemos de eso después— replicó la capitana —Por ahora, debemos concentrarnos en evitar el desastre.
—Estaremos sobre el objetivo en 2 minutos— pronunció entonces el piloto de la gigantesca aeronave que los transportaba.
—Ya es hora— suspiró Misato, poniéndose de pie —Es mejor que subas de una buena vez a la Unidad Z.
Antes de que ella pudiera abandonar el estrecho cuarto, el joven la retuvo, sujetándola fuertemente del brazo derecho, acción que obliga a Katsuragi a voltear extrañada hacia donde estaba el chiquillo.
—Por favor, ten mucho cuidado— suplicó él, con un semblante preocupado, compungido, en tanto las palabras se agolpaban en su boca —Yo... yo no quisiera... perderte a ti... también...
La fémina, aprovechando que el infante la tenía fuertemente afianzada, lo jaló hacia ella, abrazándolo afectuosamente, queriendo tranquilizarlo. Sus abrazos eran cómo ningunos otros. Eran la expresión corporal del amor fraterno, la manera en la que dos seres podían compartir su calor y afecto.
—No te preocupes— le susurró Katsuragi al oído —No importa lo que pase, yo siempre estaré contigo, hasta el fin del mundo.
El muchacho agradeció el gesto, y un poco abochornado por aquella muestra de inusual debilidad emocional se retiró cuanto antes del estrecho cuarto.
—Nos vemos abajo— pronunció la mujer a modo de despedida, antes que el chiquillo saliera. Él respondió tan solo asintiendo con la cabeza, para después perderse de vista.
Los pies de Z colgaban al no haber un piso firme donde fijarlos. Era algo asombroso que una mole de ese tonelaje pudiera sostenerse en el aire, aún cuando la estuviesen remolcando. Las maravillas de la ingeniería y la aeronáutica. El piloto del Eva observaba que tan lejos estaba el piso de dónde se encontraban. "Es una caída larga", pensó para sus adentros, tanteando la altura en la que estaba.
Un hecho del mismo modo increíble era que la Capitana Katsuragi estuviese albergada en la mano derecha del robot, custodiada por dedos que eran capaces de hacer talco a un tanque y no obstante ofrecían en refugio seguro de cualquier turbulencia que se presentara.
—Blanco a la vista— indicó el piloto de la nave que los mantenía en vuelo.
Efectivamente, lo único que tuvieron que hacer los dos fue mirar hacia abajo para poder ver al desenfrenado robot dando una alegre caminata hacia Atsugi, la población más cercana.
—¡Suéltanos!— ordenó entonces la capitana a su asistente por la radio.
Las grúas de presión que sujetaban al gigante de acero se soltaron en el acto, dejando caer al hombre mecánico rumbo a la solidez del suelo, surcando el aire a gran velocidad.
Antes de aterrizar, Rivera cubrió con su otra mano a su pasajera, haciéndolo con sumo cuidado y gentileza, mientras que se preparaba para la inminente caída. El impacto es amortiguado ligeramente por las suelas del Evangelion, el cual derrapó por la superficie varios centenares de metros, para finalmente detenerse de forma abrupta. Todo eso sin soltar jamás a la capitana del refugio que le había hecho en sus manos.
Bastó un rápido vistazo para que el piloto de la Unidad Z pudiera divisar delante de sí a su homónimo descontrolado, para enseguida dirigirse hacia su objetivo a toda prisa. Una vez que lo hubo alcanzado, el frenar su avance no le representó una mayor dificultad. Para tal efecto el muchacho lo sujetó por la espalda, aminorándole el paso, el cual dificultosamente quería seguir, obedeciendo ciegamente las últimas órdenes que recibió. Habiendo estabilizado el incesante trajín de su prisionero autómata, Kai colocó entonces a Misato con sumo cuidado frente a la puerta para el personal que conducía al reactor en su interior. En un inútil esfuerzo por librarse de la opresión de Zeta, el robot se sacudió repentinamente, sin lograr gran cosa, salvo que Misato perdiera el equilibrio y cayera, logrando sujetarse de una pequeña escalerilla que tenía incorporada el androide por un costado.
—¡Mierda!— exclamó el chiquillo por la radio, sobresaltado —¿Estás bien?
—Estoy bien, no fue nada serio— respondió la capitana, haciendo un esfuerzo por subir la escalerilla hacia la puerta que deseaba alcanzar.
Cuando por fin lo consiguió, la abrió sin ningún esfuerzo, gracias a una llave maestra suministrada por un miembro sobreviviente del personal a las órdenes del extinto Ingeniero Nishizawa. Antes de adentrarse a la boca del infierno, una especie de presentimiento la hizo voltear por una última vez hacia donde estaba el joven piloto del Eva frente a ella:
—Muy bien, aquí voy... Deséame buena suerte.
—Buena suerte— murmuró el muchacho, intentando disimular su preocupación con una forzada sonrisa.
Dicho esto, la mujer con rango militar se internó en las entrañas del robot, desapareciendo de la vista.
Apenas hubo entrado su mentora a las tripas radiactivas del mecanoide fugitivo, Kai lo soltó para dejarlo avanzar unos pasos más, en lo que le daba la vuelta y le salía al encuentro por el frente.
—¡Ya estuvo bueno, ojete!— exclamó el joven piloto en tanto que extendía su mano para detenerlo, para entonces hacerle una advertencia en inglés, en un muy marcado tono melodramático —You. Shall. Not. Pass!
El descarriado Jet Alone en vano intentó seguir su camino, topándose con la barrera inamovible que le representaba el Eva Z, al cual solo le bastaba mantener su brazo extendido para frenar su avance. Dicha encomienda era facilitada por el hecho de que su contrincante no oponía resistencia ofensiva frente al obstáculo que se le presentaba, programado solamente para caminar en una línea recta, y nada más.
El Doctor Rivera, bastante consciente de que su acción iba a acelerar el incremento de temperatura del reactor, hubo de apresurar a la intrépida mujer en su interior:
—¡Lo que sea que tengas pensado hacer, hazlo ya de una buena vez! ¡Que esta porquería no tarda en tronar!
El muchacho no obtuvo respuesta, pues la mujer se encontraba accesando a la computadora principal en aquellos mismos instantes. Cuándo el software de la máquina pide la clave de acceso, Misato teclea la última palabra de Nishizawa, aventurándose a suponer que aquella era la palabra clave que necesitaba: "KIBOU" esperanza, en japonés.
La computadora enseguida negó el acceso a la clave desconocida, lo que significaba que, o bien pudo malinterpretar el último aliento de un hombre moribundo y delirante, o que tal vez debía probar en un idioma distinto. La desesperación, causada por verse a sí misma en una situación sin salida, hacía presa de ella mientras que tecleaba rápidamente aquella palabra, que ahora le parecía un cruel sarcasmo, en distintos lenguajes. "Hope" en inglés. "Hoffnung" en alemán. "Espérer" en francés. En chino, sueco, ruso, español y en cualquier otro idioma del que tuviera un conocimiento básico, el resultado era el mismo. "Acceso denegado." Incluso las varias combinaciones que había intentado habían fracasado. A medida que transcurría el angustioso paso del tiempo, Katsuragi contemplaba la posibilidad de darse por vencida y evacuar mientrás aún tuviera oportunidad.
Afuera, el intenso calor irradiado salía a través del sistema de ventilación del robot en forma de chorros de vapor condensado, que salían a gran presión. Al igual que en una tetera, aquello era un aviso de la alta temperatura a la que se encontraba el interior.
—¡Misato, ya basta, es inútil!— indicó Rivera, desgañitándose por hacer entrar en razón a la mujer —¡Te quiero fuera de ahí, en este mismo instante!
—¡No puedo hacerlo!— contestó ella, mientras hacía acopio de fuerzas para mover por sí misma una de las barras enfriadoras, tratando de empujarla con el cuerpo —¡No voy a permitir que esta cosa estalle así nada más! ¡Diablos, debe haber algo que yo pueda hacer, no pienso darme por vencida!
Katsuragi resoplaba, furibunda y desesperada, intentando a toda costa mover aquella estúpida barra, que no quería cooperar. De cualquier manera, aún así seguía intentándolo, inútilmente, pero fiel a su palabra, con todo lo que podía dar.
La cámara se tornó roja, las alarmas comenzaron a resonar en sus aturdidos oídos y Misato seguía ella sola contra aquella condenada barra. Su vista se empezó a nublar debido al esfuerzo realizado. De pronto, en un súbito atisbo de lucidez, la temeraria capitana comprendió que estaba viviendo sus momentos finales, al tiempo que se dejaba atrapar por una mezcla de resignación y desencanto. El único consuelo que le quedaba era el saber que, pasara lo que pasara, Kai sobreviviría al estallido, protegido por el blindaje especial de su Eva. Fue por eso que había solicitado que se desplegara a la Unidad Z, segura de que era capaz de soportar una explosión atómica y mucho más. En cuanto a ella... bueno, por lo menos ni siquiera tendría tiempo para sentir dolor, calcinada al instante por la descarga.
—¡Eres una estúpida!— vociferó el piloto de Zeta, fuera de sí —¡¿En serio piensas que me voy a quedar aquí parado como imbécil, dejándote morir así nada más?! ¡Estúpida, estúpida, estúpidaaa!
Fue entonces que con una precisión quirúrgica, el Eva Z atravesó al Jet Alone de un solo puñetazo, evadiendo golpear directamente el reactor nuclear a punto del colapso, pero ingeniándoselas para atrapar a la sorprendida mujer entre sus dedos. Tan rápido como había asestado aquél golpe prodigioso, así también fue como sustrajo a su pasajera de esa bomba a punto de estallar. Fue así también que por mero impulso sujetó al Jet Alone y lo mandó a volar, literalmente, lanzándolo por los aires con toda la fuerza con la que era capaz. Tal vez no podía evitar la explosión, pero por lo menos se las podía arreglar para que ésta sucediera por muy encima del nivel del suelo. Quizás de esa manera, si tenían un poco de suerte, el daño sería mucho menor a lo esperado.
—¡Agáchate!— ordenó el muchacho a su cautiva, al tiempo que hacía lo propio, encaramándose sobre sí mismo, tratando de cubrir a la capitana entre sus manos tanto como le fuera posible.
Sin tiempo de calcular, desconocía la magnitud que pudiera provocar el inminente estallido de ese reactor de diseño propio, pero se aferraba a la vacua posibilidad de que su armadura fuera suficiente para proteger a Misato de sus terribles efectos.
No obstante, permanecieron así vario rato, agazapados y en silencio, apretando los dientes y preparándose para lo peor, sin que el temido estruendo apocalíptico llegara a ocurrir alguna vez. Con suma cautela, Rivera alzó la vista para examinar el horizonte, el cual se le antojaba bastante pacífico como para que una explosión atómica acabara de suceder. Para ese entonces el Jet Alone debía estar ya alcanzando la estratósfera, y ninguno de sus instrumentos detectaba alguna manifestación de energía, mucho menos del tipo nuclear.
Eran muchas las emociones que se agolpaban en la Capitana Katsuragi y su joven protegido, mientras que ambos mantenían su atención sobre el despejado cielo azul sobre sus cabeza. Algunas de ellas, bastante contradictorias entre sí, como lo era la alegría desbordante por estar vivos, que contrastaba con la paranoica suspicacia que les hacía preguntarse qué es lo que había sucedido para evitar que el estallido se llevara a cabo. Sin embargo, casi todas ellas podían ser englobadas en el escueto comentario que Kai tuvo a bien a soltar, casi como un acto reflejo al verse libre de tanta tensión, acumulada a lo largo de todo ese tiempo:
—Puta madre...
La noticia pronto llegó a la zona devastada, la cual fue todo fue un alivio y gozo entre toda esa pena y destrucción; los integrantes de NERV y algunos sobrevivientes festejaban el éxito de la misión, mientras que Ritsuko se limitó a recargarse en la cama de la improvisada tienda donde sus heridas eran atendidas, a la vez que se refería a su atrevida compañera como la "loca idiota", y sonreía para sí misma.
El muchacho y su tutora, lejos de imitar la actitud de sus colegas en el campamento, se dieron a la tarea de reposar luego de tan abrumador y estresante trabajo que tuvieron que realizar. Kai recostado sobre el asiento de su cabina, Misato resguardada bajo los dedos enroscadas del Eva Z, en cuya palma derecha reposaba plácidamente, acaso como si estuviera en medio de un alegre día de campo. Ambos estaban conscientes de que un reactor a punto del colapso, para nada, podría desactivarse simplemente por que sí, como si fuera producto de algún artilugio mágico milagroso. No, algo tenía que estar detrás de todo eso. A su entender, había dos razones por la cual la computadora principal rechazó la clave de acceso que la valiente mujer le había proporcionado. Una, muy probable, era que había malinterpretado el último aliento del Ingeniero Nishizawa. Podía ser. La otra, aún más plausible que la anterior, ya que también explicaba el malfuncionamiento de la máquina, era que todo el programa entero del robot hubiese sido reemplazado y controlado desde otro punto. Pero, en ese caso, aún quedaba una incógnita por resolver: ¿quién tenía los conocimientos y recursos necesarios para lograr una acción semejante? También los dos sabían muy bien la respuesta.
—Misato— finalmente Rivera utilizó la radio para comunicarse con ella —¿Estás...?
—Estoy bien, cariño— se apresuró a contestar desde su lugar, teniendo que quitarse el casco de su traje antes de quedar sofocada —No te preocupes.
Al día siguiente, la Doctora Akagi tuvo que entrevistarse con el recién llegado Comandante Ikari para rendir su informe de lo acontecido el día anterior.
—La Unidad Z no sufrió daño alguno durante la operación. No tiene ningún rastro residual de radioactividad, al igual que la Capitana Katsuragi. A excepción de su temerario proceder, todo resultó conforme lo teníamos planeado— exponía Ritsuko bastante satisfecha —Incluso podría decir que salió mucho mejor de lo previsto. En estos momentos el Jet Alone es tan sólo chatarra espacial, orbitando alrededor del planeta, y junto con él cualquier prueba física que pudiera conectarnos con el incidente. Y después de todo lo ocurrido, la verdad es que dudo mucho que a cualquier otro payaso le queden ganas para ponerse a gastar dinero en juguetes gigantes.
El comandante compartía el gesto de satisfacción de la científica, dibujando una discreta sonrisa en su rostro semioculto entre las sombras, a la vez que la felicitaba por su trabajo:
—Muy bien hecho.
En casa de los Katsuragi, como cada mañana Shinji tomaba su desayuno solamente acompañado de Pen-Pen. Kai seguía cómodamente dormido, sus estentóreos ronquidos bastante perceptibles aún desde el comedor. La noche anterior le había dicho que era un héroe que había evitado una catástrofe nuclear, por lo que ya no tenía pensado perder el tiempo con tonterías como ir a la escuela. En lo que a él respectaba, podía quedarse con Rei y hacer con ella lo que le pegara la gana, al fin y al cabo las hembras le lloverían por montones cuando todo Japón y el mundo entero se enteraran de su hazaña. Ó algo así era lo que más o menos le había entendido, en medio de todos los disparates que balbuceó apenas se vieron las caras.
Por su parte, Misato hizo acto de presencia de la manera habitual, saliendo de su cuarto más dormida que despierta, aunque después de su cerveza matutina de costumbre la mujer recobraba completamente su vigor y buen ánimo.
—¡Nada mal, nada mal!— pronunciaba entusiasmada, estirándose para alejar al sueño completamente —Voy a darme una ducha... Shinji, ¿No has visto por allí algún brassiere y calzones limpios, de casualidad? ¿Sí los lavaste el otro día, cierto?— preguntaba desde su cuarto, sin encontrar las mencionadas prendas.
Ikari hizo caso omiso de aquellas embarazosas misivas y sin pronunciar palabra recogió su plato, dejándolo en el fregador. De la misma manera recogió su mochila, la cual estaba tirada en el piso, y se dispuso a partir al colegio. En cuanto abrió la puerta ahí ya se encontraban esperándolo Kensuke y Toji, babeantes y ansiosos por recibir su dosis diaria de deleite visual, cortesía de la señorita Katsuragi.
—¡Buenos días, Ikari!— saludaron a la vez, para luego hacerlo a un lado de inmediato, asomándose al interior del departamento —¡Buenos días, señorita Misato!
—¡Buenos días, muchachos!— devolvió el gesto la mencionada, asomándose por la puerta de su cuarto, lo suficiente para que los agitados chiquillos pudieran apreciar su figura, en tanto que agitaba animosamente su mano a modo de despedida, concluyendo con un coqueto beso que sopló en su dirección —¡Pórtense bien en la escuela!
—Gracias— respondió Shinji malhumorado, a sabiendas de que Katsuragi se portaba así sólo para molestarlo y avergonzarlo. Se apresuró en salir cuanto antes, empujando a sus enloquecidos compañeros que obstruían el paso —¡Ya me voy!
No habían caminado mucho cuando ya Toji se desvivía en alabar a la hermosa mujer, ante la complicidad de su otro amigo.
—¡De veras que Misato es muy bonita!— decía como si se le fuese a olvidar, con las manos en los bolsillos y la frente en alto.
—Sí, pero también es muy floja, descortés y atrevida— repuso en el acto Ikari, aún molesto por la actitud infantil de su casera.
—¡Te falta madurar mucho todavía, mi amigo! Puedes decir todo lo que quieras, pero en realidad eres bastante afortunado, es una pena que no puedas verlo— dijo Kensuke, mientras le daba una fuerte palmada en la espalda que por poco lo tira de bruces.
—¿Afortunado, yo? ¿Porqué rayos dices eso?
—Bueno, esa preciosa, simpática y admirable mujer te alojó en su casa, cuida de ti y además te deja ver un lado de ella que ni a nosotros ni a nadie más mostraría, que muy pocos pueden conocer— completó Toji.
—¿En serio que no te das cuenta, todavía? Eso quiere decir que ya eres como parte de la familia— ultimó Kensuke, con cierto aire soñador —Qué no daría yo por ser parte de su vida, de la misma forma en que tú lo eres...
Shinji se puso entonces a reflexionar muy seriamente en aquellas palabras, aún cuando hubieran sido lanzadas al tanteo, en tono de chanza. Durante todo el transcurso de su vida había crecido despojado de una noción de un hogar o una familia propios. Para entonces creía ese tipo de cosas fuera de su alcance, y al darse cuenta de que, en cierta absurda y retorcida forma, ya poseía todo eso, sin darse cuenta hasta aquél momento, la ironía de tal descubrimiento le hizo sonreírse para sí.
Eso, momentos antes de ser derribado por la espalda, siendo tacleado súbitamente por la cintura. El joven Ikari rodó por el piso junto con su agresor, y una vez que se detuvieron éste había quedado encima de él. Aturdido, desorientado, y bastante adolorido, apenas si pudo distinguir la cara de loco de Kai, a quien sus ojos enrojecidos, cabellera alborotada y sus prendas a medio vestir delataban que recién acababa de despertar.
—¡Shinji! ¡Estuve meditando todo el asunto por un largo tiempo, y ya lo pensé mejor!— pronunció el recién llegado con dificultad, en tanto recuperaba el aliento, sudoroso por la larga carrera que había tenido que dar para alcanzarlo —¡Aunque Rei ya no me interese, tampoco voy a permitir que les sea tan fácil para los dos revolcarse como cochinos en su lodazal! ¡Óyeme bien! ¡Estaré vigilándolos todo el tiempo que me sea posible, acechándolos como una sombra vengadora! ¡Soy como un ninja, listo para emerger de las sombras en el momento preciso en el que les sea más incómoda mi presencia! ¿Ya me entendiste, cabrón? ¡Si quieren estar juntos tendrán que pasar sobre mí! ¡A ver cuántas ganas tienen de enredarse después de todo lo que tengo planeado! En fin, sólo quería que lo supieras, y que también olvidaste tu almuerzo, tú sabes, con la prisa y todo eso...— dijo atropelladamente mientras que se incorporaba y le hacía entrega del recipiente donde había colocado su almuerzo escolar, vacío —De todos modos, como no tuve tiempo para desayunar, me lo tuve que comer en el camino, espero que no te moleste... ¡Qué onda, Daisuke y Shoji ¡Amor y paz, putitos, los veré en la escuela!
Pese a su expresión y tono amistosos, Rivera seguía olvidando los nombres de sus compañeros de clase, y asimismo en lugar de hacer el signo universal del amor y la paz con la mano, tan sólo les mostró el dedo medio de su mano derecha a manera de despedida, para luego dirigirse a la escuela con paso veloz.
Por su parte, Shinji todavía no atinaba a levantarse del piso, donde lo había dejado el inesperado embate de Rivera. Sofocado y aturdido, trataba de recuperarse, sin mucho éxito. Fue así que sus amigos tuvieron que ayudarlo a ponerse en pie, jalándolo por los hombros y sosteniéndolo por un momento.
—Por supuesto, debes saber que cada familia tiene su oveja negra— comentó Kensuke, continuando con su plática en el punto donde la habían dejado y a razón de la súbita irrupción de Kai.
—Ya lo creo— dijo Toji a su vez —En la mía es el tío Kosaku... es alcohólico, y le gusta pelear a la menor provocación... recuerdo aquella vez que terminó en prisión por no querer pagar una multa, al abuelo casi le da un infarto...
El joven Ikari no puso mucha atención a lo que sus compañeros tenían que decirle, si bien coincidía que no había tal cosa como una familia perfecta y armoniosa. Y aunque distara mucho de ser normal, esa familia era la única que había podido tener en todos sus años de existencia, y eso era algo por lo que tendría que estar agradecido. Probablemente, si bien sus costillas en ese momento le decían todo lo contrario.
