Hola nenas! Pues aquí el segundo capítulo de la historia. He decidido junto con mi beta Zaida el borrar los capítulos. De ahora en adelante leerán capítulos beteados y en tercera persona. Las que han leído la historia y se saben el final pues... Cero Spoiler XD
Se tomó la decisión ya que estoy promocionando el fic y espero *hace una plegaria interna mientras cruza los dedos* que nuevas lectoras les interese la historia. ¿Qué gracia tendría dejar el fic completo y que las que no puedan controlarse hagan trampa? Por eso mejor elimino los capítulos y nos libramos de la tentación.
Millones de gracias por la oportunidad. No tengo días de actualización, pero como el fic ya está listo y sólo depende del beteo, esperemos que nuestra amada y salvavidas Zaida no tenga mucho trabajo y esté disponible.
Besitos para todas ;)
Capítulo 2
¿Antídoto o veneno?
Capítulo beteado por Zaida Gutiérrez Verdad
Beta Élite Fanfiction www facebook com/ groups/ elite. Fanfiction
Los padres de Edward siempre decían que tenía un aura que llenaba de paz a quien estuviera con él. Nunca creyó en esas cosas hasta que comenzó a conocer a Chloë. Ella sí que tenía problemas, demasiados para el joven que aún vivía en una pequeña burbuja de amor, respeto, fidelidad y fe.
La historia de Chloë era tan dramática que bien se podría escribir un libro de ella. Chloë acababa de cumplir los veintiocho. Estaba en su último año de leyes, y era la hija menor de una de las familias más adineradas de Washington. Nada escandaloso hasta ahora, pero cuando Edward le preguntó qué hacía en Chicago, ella respondió que era una larga historia. Él, con un espíritu curioso, dijo que tenía tiempo, y así ella comenzó a relatar un poco del infierno que algunos llaman vida...
—Cuando tenía trece años conocí a un chico llamado Brian. Él tenía diecisiete y estaba saliendo del instituto. No me preguntes cómo, pero nos enamoramos. Él se fue a Londres para estudiar matemáticas y yo me quedé en casa. Brian volvió cuando tenía quince, y luego de salir a escondidas, porque él tenía diecinueve, pasaron tres años. Ya podía enfrentar a papá. Brian y yo iríamos juntos a Londres donde estudiaría leyes. Pero papá no estuvo de acuerdo. ¿La razón? Brian no era de recursos. Su ida a Londres había sido por medio de una beca. No estaba a la altura del apellido Langs. Para papá siempre fue un guardaespaldas con suerte y maña. Sí, intentó superarse, pero para el gran señor Langs no era suficiente. A mí no me importaba, ¿sabes? Estaba enamorada. No me importó lo que papá dijera, así es que escapé con Brian para Londres. —Chloë soltó un suspiro largo. Recordar esos acontecimientos era ahondar en tierra minada. Cada suceso era un recordatorio de que las personas más peligrosas son aquellas que te conocen mejor que nadie—. No estuve ni tres meses allá. —Continuó con el relato—. Papá me obligó a volver. Y cuando digo obligó me refiero a literalmente, con guardaespaldas y todo el drama. Estuve un tiempo sin ver a Brian. Pensé que se había olvidado de mí hasta que un día apareció por la puerta, mostrando su diploma de graduación. Él decidió conseguir un doctorado para volver. Ya con veinte años, otra vez me llené de valor para desafiar a papá, logrando regresar a Londres con Brian. Pero las cosas no mejoraron para nosotros. Papá envió una carta exigiendo que volviera o me obligaría a volver. Ninguno de los dos le dio importancia, cuatro meses después Brian murió en un accidente de auto. Todo estuvo muy confuso. En el parte policial dice que Brian conducía a exceso de velocidad, pero lo conocía, sabía que él no haría eso. Respetaba las leyes de tránsito. Especularon que estaba bebido, cuando él no tomaba siquiera cerveza. Dijeron que venía de un bar, cuando en realidad iba a buscarme para ir a cenar. Sabía que todo era un teatro bien montado por los contactos de papá, pero aun así me tocó volver. No tenía cómo salir adelante, y además de Brian, jamás había estado en el mundo real. El dinero se fue acabando y con ello mi libertad. —Edward escuchaba atento cada palabra. Empapado de teorías y nuevos conocimientos.
—Papá me trató muy bien al regreso. Tampoco fue como si estuviera mucho tiempo en casa. Volvió a casarse cuando mamá murió, por lo que estaba de viaje cada tiempo libre con la zorra de su secretaria. Todo marchó dentro de lo normal hasta que descubrió que estaba embarazada. Me envió a Francia, donde ni siquiera podía estudiar por lo mal que estaba. La muerte de Brian estaba fresca y un bebé en camino era demasiado para una chica que recién cumplía veintiuno. El bebé nació a finales de agosto. Era un varón al que llamé Benjamín. Las cosas iban bien, hasta que Benjamín simplemente desapareció de un día para otro. —En ese punto Edward sostenía la mano de Chloë. Ella se convirtió en una cascada de lágrimas—. Estuve muy mal, el mundo se venía encima de mis hombros, consiguiendo que perdiera la coherencia. —Edward le miró horrorizado, sin poder evitarlo. Jamás se hubiera imaginado que la pelirroja de ojos grises una vez estuvo internada. Chloë sonrió tristemente, evitando aquella mirada de lástima que su amor le daba—. Así es, Edward, me volví loca. Estuve en un psiquiátrico por años. Por supuesto, no en este país, ya que dañaría la reputación de la familia. Jamás vi a papá en ese tiempo. Y estoy segura de que mi hermano Larry pensaba que sólo quería un tiempo a solas. En esos años encerrada tuve mucho tiempo para pensar. Sólo tenía una opción, volver a casa. Y ésta vez, estudiaría, saldría adelante, y cuando estuviera preparada me iría lejos, Edward, donde papá no me encontrara. Haré lo que deba hacer para alejarme de esa familia. Prefiero morir que volver a estar bajo su mandato. Si tengo que cambiar mi nombre o lo que sea, lo haré. Él es peligroso, nada de lo que sucedió a Brian o a Benjamín fue casualidad. —La mirada de Edward ya no denotaba lástima, ahora él le miraba con tristeza. Aquella pelirroja había sufrido tanto a sus veintiocho. Volvió a pensar en Esme y Carlisle, preguntándose cómo podían existir ese tipo de padres. Él estaba asqueado, tratando de ocultar el sentimiento de impotencia por querer hacer la vida de Chloë diferente. En ese momento se preguntó cómo podría ayudarla.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti? —preguntó con el corazón en la mano. Para ese momento, Chloë y Edward tenían cinco meses de ser novios. Una relación pacífica y prácticamente a escondidas, no tardó mucho en comprender el porqué. Ella le tenía miedo a su padre.
—Edward, ¿te irías conmigo? —preguntó ella con devoción. Chloë nunca había sentido tal amo,r. Ni siquiera con Brian, ella estaba dispuesta a todo por Edward.
Pero no era tan sencillo como ella creía. Y ahí estaba la cuestión, para Chloë, era como irse sin nada que la retuviera, porque en realidad no había ataduras. Pero para Edward era más complicado, estaban sus padres, de los que jamás se había separado por un tiempo prolongado. Sí, ellos eran personas muy ocupadas, pero nunca dejaron de lado a sus hijos. También estaban Rose, Emmett, Alice, Jasper…. y el más grande sueño de Edward, abrir una escuela para chicos con todo tipo de problemas. Otro asunto era la edad, pues apenas tenía veinte, sin trabajo o madurez para una vida con responsabilidades.
—Chloë... —Comenzó, sin saber cómo podría rechazar la proposición, pero con cuidado para no herir sus sentimientos. La mirada de Chloë decayó. Una punzada de dolor golpeó el corazón de Edward. Estaba quebrando las esperanzas de la guapa pelirroja en muchos pedazos. ¿Podría ser él otro espectador de su dolor? ¿Podría simplemente decir no y seguir con su vida? ¿Sería el causante de otra cicatriz en ese destrozado corazón? No, no podía—. Sí, iré contigo —dijo con una seguridad que ni él mismo sabía que tenía, seguía reacio a la idea, pero ver aquellos ojos grises suplicantes fue todo lo necesario para acabar con la duda... Al menos en ese momento.
Chloë ponderó lo egoísta que estaba siendo. Se jactaba de amar a Edward, pero le pedía dejar sueños y seres queridos atrás por ella. La culpa creció.
—¿Y tu sueño, tus padres? ¿No te importa estar con una mujer tan mayor? —La última parte era una inquietud que llenaba su cabeza con frecuencia. Era evidente la diferencia de edad entre ambos, y aunque ella no vivía del qué dirán, muchas veces se preguntó cómo alguien tan deseado en la facultad podría estar con ella.
A Edward la pregunta le causó gracia, porque después de tanto tiempo, ella mostraba una inseguridad innecesaria.
—La edad no me interesa, nena. ¿Y a ti? —preguntó levantado una ceja. Chloë negó, sintiéndose estúpida por tan siquiera dudar—. Bien, entonces quedan dos preguntas. Mis padres deberán aceptar cualquier decisión que llegue a tomar, después de todo, ellos ya vivieron la vida. Rose está cuidada por Emmett; dudo que necesite algo más. El resto de los chicos estarán bien. Y en cuanto a mi sueño—Tomó una fuerte bocanada de aire, deseando no estar tomando una decisión errónea—. Podré realizarlo dónde sea, y si no puedo, al menos tendré el piano.
Chloë se abalanzó sobre él en la cama de un sencillo hotel. Estaba eufórica porque, después de tanto sufrimiento, al fin algo bueno se quedaba con ella.
—Sin ti sería una muerta en vida. Has traído paz a mi vida, Edward Cullen. Eres ese milagro que tanto esperé. —Y no mentía. Chloë había dejado atrás la esperanza y la fe. Edward trajo a ella la calma que perdió desde hace un tiempo. La acercó a él y le besó con pasión. De inmediato ella estaba a horcadas sobre él. Él tampoco quiso perder tiempo, adentrándose en ella de una sola estocada. Para Edward, hacerlo con Chloë era el mejor sexo de su vida. Ambos llegaron al clímax, quedándose dormidos casi al instante.
Pero el color rosa se fue oscureciendo, llevando a las sombras lo bueno que tenía con la primera mujer que tomaba en serio. Todo comenzó con la visita a los suegros. La ocasión fue la celebración del cumpleaños número veintiuno de Edward. Chloë estaba en proceso de un ataque de pánico. Ese tipo de formalidades no iban con ella. Ciertamente quería agradar a los señores Cullen, pero no tenía idea de cuál era el protocolo. Ella sabía que para Edward la opinión de los Cullen era tan importante como el aire que él respira.
—Mamá, papá, les presento a mi novia Chloë. —Edward pensó que era mejor evitar su apellido, así no podrían relacionarle con la familia de Washington, lastimosamente, la reputación del apellido Langs era imponente. Los Langs eran reconocidos por ser de procedencia acaudalada.
—Es un placer Chloë. —Saludó Carlisle. Le parecía una chica de experiencia, pero estaba confiado al cien por ciento en las elecciones de Edward.
Esme, sin embargo, aún miraba a la mujer que estaba al lado de su bebé. Ella todavía seguía estudiando a Chloë como un halcón.
—Un gusto —dijo incapaz de hacer una falta de educación. Era una invitada, y como tal, merecía el mismo respeto. Chloë parecía ignorar el escrutinio de Esme, pero Edward la conocía, no era necesaria una bola de cristal para saber que no estaba contenta—. Edward, cariño, necesito que me ayudes con unas cosas en la cocina —pidió intentando no alertar a Chloë del descontento que su presencia le causaba. Haciendo acopio de sus buenos modales, le regaló una mirada a Chloë acompañada de una sonrisa fingida antes de tomar de la mano a Edward y dar la vuelta en dirección a la cocina.
Mientras caminaban a la cocina, el cobrizo se preparó mentalmente para las preguntas incómodas que seguramente la mujer que le trajo al mundo haría.
Esme saca unos cupcakes del horno, pensando con detenimiento la mejor forma para demostrarle a Edward lo que el instinto femenino le decía sobre Chloë. Sin hallar la manera de abordar el tema, hizo un rápido chequeo de que hubiera suficiente cerveza. Esme, Alice y Rose habían hecho un trabajo envidiable. Todo estaba en orden y perfectamente arreglado.
—¿Cuántos años tiene Chloë, Edward? —Soltó Esme. Él reconoció aquel tono condescendiente que utilizaba cuando era niño y tenía que explicar algo que no iba a gustarle.
—Mamá…
—Responde Edward, ¿cuántos años tiene? —Las palabras sonarían dulces a oídos de cualquiera, pero él conocía a su madre, habían vivido veintiún años bajo el mismo techo, sabía mejor que nadie quién era Esme Cullen.
Edward suspiró internamente.
—Veintiocho —dijo casi en un susurro. Esme abrió los ojos como platos Edward siguió hablando antes de que hiciera un comentario negativo—, pero mamá…
—¿Siete años? ¿Te lleva siete años y todavía está estudiando? ¡Es para que estuviera trabajando! —Reclamó Esme interrumpiendo la excusa que daría su hijo.
—¡Pero no sabes por lo que ha pasado! —Escupió Edward, dándose cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Esme con aire curioso, y siendo honestos, con un poco de incredulidad. Esme sentía que Edward era demasiado ingenuo para su propio bien.
¡Puta madre, lo sabía, no lo dejará pasar! Pensó internamente.
Edward se acercó a ella, dejando caer las manos sobre los hombros de Esme.
—No es mi historia mamá, no me corresponde contarlo. ¿Qué clase de caballero habrás criado si te cuento sus asuntos? —Esme estrechó los ojos hacia Edward, éste realizaba un baile interno porque sabía que ella no podría refutar su posición, él tenía razón. A pesar de eso, Edward quiso ser sincero con ella, quería que comprendiera que iba en serio con Chloë—. Lo que sí te puedo decir es que la amo. —La voz de Edward tenía impregnado un matiz de orgullo. Era la primera vez que hablaba de amor frente a Esme.
—Cariño, sé que la amas, pero esa muchacha tiene tatuada la palabra problemas en la frente. No quiero verte sufrir —dijo acariciando la mejilla derecha de su pequeño.
Edward frunció el ceño.
—Chloë no me hará...
—Sí, tú dices que no te hará sufrir, pero soy mujer antes que madre, y te puedo asegurar que mi instinto no me falla, y ella sólo traerá dolor a tu vida Edward. —Suspiró con tristeza, observando la confusión y el dolor en los ojos de su hijo—. Desearía estar equivocada, que mis instintos me abandonen por ser confiada, quiero que seas feliz, y si eso debe ser estando con ella, entonces que así sea. —Le dio un beso en la mejilla y, sin hablar más del asunto, volvieron a la fiesta.
Lastimosamente, así como Esme, el resto tampoco celebró el noviazgo. Alice fue la primera en decirle que Chloë era demasiado mayor para él. Habló sobre no estar preparado para algo tan serio, Rosalie dijo que no tenía problemas con ella, pero igual que Esme, mencionó que Chloë no inspiraba que fueran a suceder cosas hermosas alrededor de ella. Jasper y Emmett no parecían verle nada malo. Ellos, después de comprobar que Edward estuviera feliz, no tenían problemas en aprobar que saltara de un paracaídas. El cobrizo se sentía impotente y decepcionado. Saber que las personas más importantes para ti no están de acuerdo con quien has elegido para amar, era como estar en una habitación pequeña, sintiendo claustrofobia. Quería decirles que estaban equivocados, que Chloë era lo mejor que le había pasado, pero si algo sabía, era que cuando muchas personas opinan lo mismo sobre algo, es porque tal vez tienen un punto.
El resto de la fiesta estuvo callado y pensativo, algo que no pasó desapercibido por Chloë. Ella tenía la leve sospecha que no era bienvenida como la indicada. Parte de las inseguridades le gritaban que jamás estaría a la altura de alguien como Edward, y no se refería a nivel económico, porque era obvio que él pertenecía a una buena familia y que el dinero no era un problema. Ella se refería al nivel de pureza y perfección que había visualizado en él. Chloë había creado un altar, convirtiendo a Edward en un ser perfecto, olvidando por completo que todos tienen defectos.
Al terminar la fiesta, Edward, como un buen novio, acompañó a su novia a la puerta. Ella, sintiendo que la perfecta burbuja en la que estaban pronto explotaría, se aferró a la camisa del cobrizo, calmando con besos necesitados el caos dentro de ella. No hubo resistencia por parte de Edward que, ajeno al cúmulo de emociones, se dejó llevar hacia la habitación. Allí tuvieron otra noche de pasión. Sin saber que no importaba cuánto te escondieras de la vida real, ella siempre te encontraría.
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Unos golpes sobresaltaron a Edward. Desorientado, abrió los ojos verdes, tratando de asimilar de dónde provenía el sonido. Cuando el cerebro dio la señal de que era la puerta, él movió el hombro de la pelirroja que estaba enredada en las sábanas. Los golpes se hicieron más estruendosos, y en vista de que Chloë continuaba dormida, se levantó con demasiada pereza. Se puso el bóxer y los jeans. No encontraba la camisa ni los zapatos, encogiendo los hombros, hizo el camino a la puerta. Detrás de ella estaba un hombre de unos treinta y tantos. Su cabello era color castaño oscuro y sus ojos miel examinaban a Edward con muy poco disimulo.
—¡¿Quién coño eres tú?! —preguntó el hombre, y sin dar tiempo a responder, ya estaba en la pequeña sala del apartamento.
—¡¿Quién eres tú?! —Escupió Edward. No era una persona madrugadora, por lo que las situaciones hostiles le superaban en la mañana.
—¿Yo? Soy el prometido de Chloë —respondió el hombre. La boca de Edward se abrió por la impresión, dejándole un sabor amargo. Él intentó darle sentido a lo que escuchaba. ¿Prometido? repitió en su mente. ¿De dónde carajos salió un prometido después de pasar meses con ella?, se preguntó.
El hombre, ajeno a los pensamientos del niño frente a él, comenzó a gritar el nombre de su prometida.
—¡Chloë! —Continuó vociferando con el rostro desencajado por la ira.
Se escuchó un sonido sordo, seguido de Chloë saliendo del dormitorio con el cabello vuelto una maraña pelirroja. La sábana color vino cubría toda su anatomía. Las pupilas estaban dilatadas y parecía que había visto un fantasma. La situación hubiera sido divertida para Edward si no estuviera en la sala frente a un hombre que clamaba ser el prometido de la mujer con la que tenía más de seis meses siendo novios.
—¡Peter! —dijo Chloë en un hilo de voz. Edward esperó que ella refutara las palabras de ese hombre, pero sólo se hizo silencio en la sala. Y eso significó más que mil palabras para él. La decepción predominaba cualquier sentimiento. Al final, las personas que le advirtieron sobre Chloë tenían razón, la mirada gris de Chloë pedía a gritos por perdón. ¿Pero por qué? ¿Por mentirle, por herirlo? ¿Por traicionar su amor? Edward no quiso ver más esa mirada suplicante. Armado de valor, fue hasta la habitación por sus pertenencias. Escuchaba voces afuera, pero sentía que ese no era su asunto. Con velocidad comenzó a buscar la camisa y los zapatos. La primera la encontró debajo de la cama. La buscó y se la puso con urgencia. Encontró los zapatos debajo de la blusa de Chloë, se sentó para ponerse los calcetines. Mientras se ponía los zapatos, Chloë entró a la habitación, él no volteó a verla. Estaba asqueado con ella por semejante mentira—. Edward…
Él negó con ira.
—No me interesa —dijo apresurando las acciones. Mientras más rápido saliera de ese lugar, menos tiempo tendría ella para verlo derrumbado.
Chloë se dejó caer de rodillas frente a él.
—Edward, mi amor. —Él levantó la vista, el dolor brotaba de aquellos orbes color verde—. Lo siento. Iba a decirte tarde o temprano sobre Peter. Creí que cuando él apareciera yo estaría lejos, contigo. Ahora sé que debí decirte, pero todo ha sido tan hermoso que tenía miedo de perderte. —Edward seguía en silencio, escuchando cada palabra, la postura de Chloë daba a entender que estaba rogando. Él quería decirle que se levantara, que nada valía la pena para caer de rodillas, pero el dolor sobrepasaba la coherencia—. Todo esto ha sido obra de mi padre. Quiere que me case con Peter, pero yo no lo amo Ed, te amo a ti. —Era la primera vez que ella lo decía y dolió aún más que tuviera que escucharlo en esa situación. De pronto estaba abrumado por la confesión de amor.
—Chloë…
—No, por favor escúchame. Yo te amo, y no es la mejor forma de probarlo, pero te necesito en mi vida... no me prohíbas ver esos hermosos ojos de nuevo... pronto me graduaré y podremos irnos juntos, como lo habíamos acordado... por favor, eres mi esperanza.
—No sé Chloë...
—Es complicado, pero no me rendiré, sólo debemos tener un poco de paciencia. Tal vez debamos alejarnos un poco para despistar a papá y a Peter, pero prometo que me comunicaré contigo. —Se acercó vacilante y le dio un beso tan tierno e inundado de amor, que aunque no tenía cabeza para pensar, tuvo que corresponder—. Promete que vas a esperarme Edward. —Su aliento chocó con los labios del cobrizo. Estaba perdido en la cercanía de ella, en el dulce hálito del amor—. Te amo Edward, promete que me esperarás. —Volvió a implorar. Lo único que Chloë deseaba era que él estuviera con ella.
Edward sentía que estaba acorralado. Esos expresivos ojos grises estaban pegados a los suyos, nublando su buen juicio, creando un muro para llegar a la parte racional. Esa que le gritaba que si no despertaba del trance iba a cometer un error. Una sonrisa amorosa se dibujó en los labios de la pelirroja, ella podía leer el alma de Edward con sólo mirar esos pozos verdes, así de transparente era.
—También te amo. Te prometo que esperaré, nada podrá separarnos... Lo prometo —dijo resignado, rozando la mejilla de la mujer que le afectaba de una manera inaudita.
—¡Chloë, dijiste que cinco minutos! —gritó Peter.
—Debes irte —dijo la pelirroja. La tristeza en ella era algo que mataba a Edward. La tristeza de ella era como suya propia. Él negó, sintiéndose impotente. ¿Cómo sería capaz de dejarla sin tener dudas?—. Es un pequeño sacrificio para una vida llena de felicidad —habló ella, captando la indecisión que estaba naciendo en Edward.
—No puedo dejarte con él. ¿Harán...? —No podía plantearse aquella pregunta.
—No pienses en eso. Necesito que te vayas y que actúes molesto. Así no sospechará nada. Te amo con toda mi alma, Edward Cullen. —Chloë sabía que para bajar el temperamento de Peter iba a necesitar más que palabras tranquilizadoras. No se sentía orgullosa de lo que haría, pero conocía a Peter, para él era sexo para mantenerlo feliz o la muerte de Edward. No tenía escapatoria.
Edward estaba cada vez menos seguro de irse, pero al ver la súplica en los ojos grises de Chloë comprendió que, fuera cual fuera el motivo, él salía sobrando en ese lugar.
—También te amo. Nos veremos pronto. —Ambos se levantaron, y respirando hondo, Edward abrió la puerta de un tirón—. ¡No quiero volver a verte! —gritó con claridad. Peter dio un brinco sorprendido por la magnitud de la escena. Edward no se quedó para ver las reacciones o cualquier otra cosa. De idiota no tenía ni un sólo capilar, no había que ser un genio para saber qué harían. Se sintió enfermo, con el estómago revuelto. ¿Por qué llegar a eso? La única explicación que se le ocurrió era que lo hacía por amor, o eso creía él. Mientras salía de ese apartamento rumbo al BMW, tuvo el extraño presentimiento que una parte de él se quedaba con Chloë, y que las cosas nunca serían como antes.
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Edward era un hombre paciente. Siempre lo fue, Esme y Carlisle decían que había robado la paciencia de toda la familia. Pero era diferente ser paciente con cualquier banalidad, mientras no esté el amor de por medio. Lo experimentó en carne propia durante tres meses en los que probó la lejanía de Chloë.
En esos meses ella le enviaba notas con Emmett, que muy convenientemente, estudiaba derecho y compartían algunas clases juntos. En aquellas notas Chloë le pedía que no le escribiera, que era mejor mantener un bajo perfil. Nunca mencionó qué hacía y qué no hacía con Peter. Él tampoco tuvo el coraje de preguntar. Le incomodaba saber más de lo que realmente quería, así que se conformaba con que Emmett le dijera cómo estaba ella.
—Viejo, no te mentiré, la chica se ve como la mierda. —El corazón de Edward se encogió.
—¿Qué quieres decir?
—No sé cuál es el rollo entre ustedes, pero deberías verla con tus propios ojos —respondió Emmett con semblante serio, algo atípico en él. Emmett era de esas personas optimistas que ven todo desde el lado positivo. Siempre alegre y bromista. Edward sabía que Emmett no diría algo de semejante envergadura si no tuviese fundamentos.
Sin perder tiempo fue al apartamento del campus. Iba decidido a verla. Incluso pedir un descanso a la relación. Era tan confuso y lejos de ser una verdadera relación. No con ella follando con su prometido mientras él hacía de idiota esperando por ella.
Tocó a la puerta un par de veces. Cinco minutos bastaron para comprobar que no había nadie, pero él no se iría sin verla. No, necesitaba aclarar esa mierda de situación antes de volverse loco. Se quedó allí, admirando el estacionamiento, miraba la luna desplegar luz en la oscuridad. Se preguntó cómo podía una persona complicar tu vida al punto de alejarte de quien eres. Edward era un chico listo, sabía que nada bueno saldría de ese enredo, pero como todo ser humano, se negó a desistir. Justificando su terquedad, engañándose a sí mismo, alegando que lo hacía por amor. Estuvo un tiempo atrapado en decisiones y pensamientos semi-coherentes cuando escuchó una dulce voz.
—¿Edward? —Inmediatamente volteó a verla. El corazón se saltó un latido porque la mujer que veía en las sombras, iluminada bajo los rayos de la luna, no era la Chloë de meses atrás. Ésta era más delgada, debajo de sus hermosos orbes grises había ojeras que sólo podían ser explicación de la falta de sueño decente. La cabellera color fuego estaba apagada, el característico brillo se había extinguido. Chloë traía una bolsa con el nombre de una farmacia.
—¿Estás enferma?
—Es un placer verte también, Edward —dijo ella, mitad sarcasmo mitad sincera.
—¿Qué hacías en la farmacia?—
—Ed, no puedo hablar ahora mismo. Debo estudiar. —Se le notaba ansiosa y escondió el paquete de la farmacia. Algo había en esa bolsa y él lo sabría. Fue más rápido que ella, quitando la bolsa de sus manos—. ¡Edward! —protestó, pero ya era tarde. Él revisó el contenido, encontrando pastillas con un nombre extraño.
—¿Modafinilo de cien gramos? ¿Qué mierda es esto?
—Edward, debes irte —dijo tajante, sacando a flote un lado diferente a la chica dulce que usualmente era. Jamás había sido tan grosera con él.
Aturdido, y también herido, gritó en respuesta.
—¡Me iré cuando me expliques qué coño es esto! —dijo sacando la prueba de embarazo.
—Edward…
—¡Vuelves a decir Edward una vez más y no me muevo de aquí! —Él estaba más confundido que antes de llegar.
—Vamos adentro, pero no puedes quedarte, tengo que estudiar —dijo resignada, ya no valía la pena ocultar algo tan importante. Edward asintió, sintiendo el aire de los pulmones como brasas quemándole el pecho—. Debo hacerme esto. —Avisó mostrándole la prueba de embarazo. Edward asintió nuevamente, ahora sintiendo miedo. ¿Un hijo a los veintiuno? La relación con Chloë era complicada para agregar un bebé. ¿Qué haría?, pensaba mientras pasaba de la puerta. Definitivamente contarles a sus padres. ¿Ella diría algo al señor Langs? Edward sólo lo conocía por fotos en Google. El resto eran las palabras de Chloë desprestigiando a un hombre aparentemente honorable, según la web.
Como era costumbre, Edward estaba sumergido en sus pensamientos cuando la puerta del baño se abrió. Ni siquiera había visto a Chloë entrar. Una mirada a esos ojos grises bastaron para que Edward comprendiera el brillo en ellos, era el mismo brillo que mostraban los ojos verdes de Esme cuando lo veía.
—¿Positivo? —Chloë asintió y corrió hacia él. Lo abrazó enterrando el rostro en su pecho—. ¿Voy a ser papá? —Edward tuvo que preguntar, el escalofrío que recorrió su cuerpo fue instantáneo al hacer la pregunta.
—Sé que es mucho para ti, pero...
—Shh, cariño, todo estará bien, todo saldrá bien —murmuró para él mismo. Intentaba convencerse de que ser padre a los veintiuno no era un gran asunto, podía seguir estudiando y conseguir un trabajo. Tal vez la escuela de música podría esperar. Al menos hasta que su economía estuviera balanceada. Dio un beso a su cabello. Estuvieron en silencio un momento, hasta que Edward recordó algo—. Chloë, ¿qué son esas pastillas?
Ella se tensó. Pero no quería secretos entre ella y Edward... Ese no era uno que acabaría con la vida del cobrizo.
—Son estimulantes para mantenerme despierta, las necesito si quiero terminar mi carrera.
—Nena, pueden perjudicar el embarazo.
—Sólo las necesito dos meses más, además no las uso todas las noches —dijo con expresión seria.
—Chloë, hace más de dos meses que no tenemos relaciones, debes tener máximo tres meses, todo lo que consumes va hacia el bebé.
—Pero lo necesito Ed. Es lo único que me mantiene alerta.
—Chloë, amor, no te ofendas, pero suenas como una adicta. —Ella se separó de él, frunció el ceño y negó con vehemencia.
—¡Eso no es verdad! ¡Puedo dejarlas cuando quiera! —gritó exaltada.
—¡Eso dicen los adictos! —respondió levantando una ceja.
—No son malas, en la web dice que no es dañino. —Puso la mano en su mejilla. La sentía algo rasposa debido a la falta de una máquina para afeitar—. Dejaré de tomarlas si te hace sentir mejor. —Le aseguró y él asintió aliviado. Su rostro era una máscara de pura solemnidad, pero Chloë sólo lo decía para hacerle sentir mejor—. ¡Seremos padres! —exclamó emocionada, desviando el tema a aguas menos turbias. Edward sonrió—. Por ahora es mejor no decirle a nadie, ni siquiera a tus padres. Creo que tengo como dos meses. En dos más me voy a graduar y entonces podremos irnos.
—¿Y qué pasará después? ¿Cuándo veré a mis padres? —La confusión escrita en esos divinos ojos verdes alertó a Chloë de que Edward no había comprendido la magnitud del asunto.
—Ed, quizá no podamos volver —susurró. Le dijo exactamente igual a como le dices a un niño que su juguete favorito se ha perdido.
Edward frunció el ceño.
—Pero... creí que, no sé... —Estaba confundido. ¿Irse y no volver nunca?
—¿Creíste que volverías? —preguntó ella, sintiéndose dividida entre decirle que estuviera con ella y el bebé o dejarle ser libre—. Edward, sé que no lo ves claramente, pero mi papá es peligroso. Estoy siendo vigilada. Me di cuenta hace dos semanas, los gorilas se turnan para estar día y noche allá fuera. No puedo arriesgar a nuestro bebé. Si papá se entera de nuestros planes puede hacer daño a ti... O al bebé. —Se llevó la mano al vientre.
Edward comprendía la parte de ser cuidadosos. No compartía la idea de escapar, pero a situaciones desesperadas, medidas desesperadas.
—De acuerdo, te amo —dijo envolviendo el cuerpo de Chloë con el suyo.
—Y yo a ti. Demasiado, Ed. Haría lo que fuera por ti y nuestro bebé. —Edward sonrió por la sensación de calor que tenía en el pecho—. Debes irte, es mejor prevenir. —Le dio un beso necesitado, inyectando en él cada sentimiento que habitaba en ella. Se alejaron prácticamente a la fuerza—. Te enviaré una nota con Emmett antes de la graduación para encontrarnos. Prepara tu pasaporte y todo lo necesario para un viaje. —Él asintió, dejando el apartamento. Ya estaba vacío por dentro, lo que hacía peor el momento era que tenía demasiadas cosas en la cabeza.
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Las primeras tres semanas fueron un tormento para Edward. No tenía noticias de ella y, arriesgándose a ser descubierto, fue a la facultad de leyes, pero no la encontró. Emmett dijo que todo estaba bien, que seguramente estaba liada con los finales. Él mismo ni se pasaba por la casa. Dejando a Rose muy deprimida sin ver a su Oso. Eso le hizo relajarse un poco, y mientras Chloë aparecía, hizo lo que ella había sugerido. Edward arregló una maleta con unas cuantas cosas. Lo favorito e indispensable. Tomó la herencia que sus abuelos le habían dejado, junto a los ahorros de toda una vida que estaban guardados en su caja fuerte personal. Edward estimó que era una suma bastante cómoda para emprender una nueva vida.
De pronto las dudas le atacaban. ¿Qué estaba haciendo? Siempre fue alguien responsable, jamás hacía cosas estúpidas. ¿Era estúpido huir con la mujer que amas? ¿Qué otra opción quedaba? La amaba, era la madre de su hijo. Su hijo, esa era otra razón para dejar de pensar únicamente en sí mismo. Ahora debía cuidar de Chloë y el bebé... tener su propia familia, irse con ella era lo correcto, no dejaba de ser una locura, pero eso no le quitaba lo correcto. Extrañaría a su familia, pero ahora estaba formando la suya. Se dijo que ser joven no le llenaría de miedo. Chicos de dieciséis eran padres y lo lograban, por supuesto que él podría hacerlo.
Pero las cosas continuaban sin novedades. Un mes y quince días sin ella. Era una tortura y eso se veía reflejado en su estado de ánimo y sus calificaciones. Edward estaba por reprobar el semestre si no componía algo para el examen final. Y no tenía idea de qué hacer, la inspiración le abandonaba por la creciente preocupación al no tener idea de cómo estaba Chloë.
—¡Ed, Emmett está aquí! —gritó Esme. Bajó las escaleras corriendo, saltándose unos cuantos escalones para llegar a él, esperanzado de tener noticias sobre Chloë. Emmett le vio y negó con la cabeza, resignado.
Le ha pegado duro, pensó para él, tendiendo un sobre hacia el chico de cabellos color cobre. Edward no cabía en su cuerpo, estaba completamente extasiado. Estaba demasiado emocionado. Esa era la carta que estuvo esperando por semanas, allí le diría dónde y cuándo se encontrarían.
—Viejo, tranquilo, yo también estoy feliz de verte —dijo burlón por la reacción exagerada de su amigo. Edward no dijo nada, en vez de discutir sobre cómo Emmett era alrededor de Rose, se dedicó a abrir la carta. O ese era el plan, excepto que Emmett lo sostuvo de las manos, impidiendo que leyera el contenido—. Ella dijo que te la entregara y que te hiciera prometer que no vas a leerla hasta el domingo. —Edward frunció el ceño a las palabras de Emmett—. Vamos hermano, esperaste más de un mes, un día no te hará daño. —Continuó él para hacer cumplir la promesa a Chloë.
Edward suspiró derrotado.
—Al menos sé que me envió algo. Si fuera algo malo no diría que la abra hasta el domingo, ¿cierto?
Emmett asintió.
—Quizá es una sorpresa —dijo encogiendo los hombros. La sonrisa de Edward se agigantó como si eso fuera posible—. Ahora, quiero ver a mi novia. —Él frunció los labios, dando oportunidad a la idea que había formado—. Hey, iremos al cine. Alice, Jasper, Linda, Rose y yo, ¿por qué no vienes? —Emmett veía a su mejor amigo día y noche esperanzado a las noticias sobre aquella chica. Ya no salía con ellos ni se divertía. Eran tan dependientes el uno del otro que quizá un poco de distracción sería algo bueno. Emmett observó la mano de Edward pasar sobre su cabello rebelde color cobre—. Vamos, así olvidas la carta por unas horas.
—Está bien, voy por mis cosas.
—Estás clavado por ella. Viejo, parecen dos adolescentes enviándose notas. —Emmett negaba fingiendo estar asqueado. Edward le sacó el dedo medio—. Muy maduro Cullen, demasiado tiempo con Alice no te hace bien.
Ambos sonrieron. Fue a la habitación por la cartera, celular y llave del BMW. Dejó la carta entre un diario que recién había comenzado. Sí, nada masculino, pero le gustaba escribir todo lo que pasaba por su mente, lo que vivía en el día a día, él simplemente no quería olvidar o dar algo por sentado. Bajó las escaleras nuevamente y fue con los chicos por un poco de aire fresco. En ese momento Edward no pudo recordar cuál fue la última película que vio con ellos, tampoco la última vez que salieron juntos. Hizo una nota mental para pasar el rato con ellos más a menudo.
El cine estuvo bien. Pero Edward continuaba ansioso, su pecho tenía una sensación desagradable, casi como un mal presentimiento. Le era imposible dormir, por lo que abrió la carta para leerla. En su defensa, eran las tres de la madrugada, técnicamente era domingo.
Y el mundo se detuvo con las primeras palabras.
Edward:
Mi amor, no sé por dónde comenzar, así que creo que será con lo más importante: te amo. Aclarado ese punto, quiero decirte que... bueno, las cosas no terminarán como habíamos planeado. No puedo permitir que termines como Brian o mi primer bebé. No puedo ser tan egoísta y llevarte a un mundo de oscuridad. Tenías razón. Las pastillas son adictivas, pero eso ya no importa, porque después de muchos meses sin dormir bien, hoy dormiré como debe ser.
No te preocupes por nuestro bebé, ella ahora está en el cielo, cuidando de nosotros. Fue duro, pero supongo que tuvo que pasar para darme cuenta de que no tenemos futuro juntos. Eres un joven encantador, mereces a alguien de tu edad, sin tantos problemas. Un alma hermosa como la tuya merece alguien igual. Jamás me diste la espalda, me conociste en mis peores momentos, y aun así te quedaste conmigo. Siempre te voy a amar, Edward Cullen. Eres aquel amor que te hace creer que el mundo tiene más que maldad. Jamás podré recompensar todo lo que le diste a mi alma. Regresaste la esperanza a un corazón que pensó moriría solo.
Quiero que encuentres felicidad. La misma que te mereces sólo por existir, por ser la extraordinaria persona que eres. Me sorprende lo que he escrito. Leo las palabras y pienso que quizá me equivoqué de carrera. Supongo que ahora nada de eso importa, porque no tengo nada porque luchar. Ed, quiero que sigas adelante. Encuentra un amor que te haga vibrar el corazón, que te recuerde por qué estás vivo, que te haga luchar contra el mundo entero, que te lleve al cielo y al infierno con un solo beso; un amor que te haga cometer locuras.
Un sabio joven de ojos verdes me dijo una vez que —todos tenemos algo de locura en nuestro interior, sólo quienes la expresan a pesar de sonar dementes merecen llamarse valientes—. Hoy lo comprendí, Ed. Hoy comprendí tus palabras. No temas cometer una locura, aunque suene demente, es lo que yo haré, una locura, que sé que no entenderás, pero es lo mejor para ti. Tú mereces vivir sin límites, sin escapar. Mereces ser libre. Y hoy te libero, Edward... Te dejo libre.
Cuando el momento de encontrarme llegue, promete que no vas a juzgarme, cuando estés a punto de hacerlo, piensa en esta carta y comprende que fue necesario despedirme así, porque de otra forma no me dejarías ir.
Sé feliz amor, vive por mí, por nuestro bebé, y sobre todo por ti. Vive por los tres, encuentra a una persona a la que puedas iluminarle la vida como lo hiciste con la mía. Jamás te olvidaré, siempre estaré observándote... Siempre cuidaré de ti.
Te amo, Chloë.
Edward leyó la carta tres veces más, tratando de comprender lo que su amada quería decir. Sabía que se le escapaba algo, podía sentirlo. Fue en la cuarta vez que leyó cuando pudo comprender lo que ella quería decirle...
