"We're leaving together
but still it's farewell
and maybe we'll come back
to Earth, who can tell,
I guess there is no one to blame
we're leaving ground,
leaving ground.
Will things ever be the same again?
It's the final countdown..."
Europe
"Final Countdown"
Había pasado una semana escolar (o inglesa) entera desde que Asuka, la pequeña bomba rubia alemana, había llegado al Japón junto con Misato y compañía, además del Eva 02, el cual se encontraba ahora en las instalaciones de NERV. El equipo de pilotos, aparentemente, ya estaba completo: dos muchachos y dos chicas. Desde esos momentos, hipotéticamente sería más sencillo combatir a un ángel, con tan evidente superioridad numérica de 4-1. Eso era lo que los líderes esperaban del recién formado equipo. Sólo el paso del tiempo respondería si aquello era cierto o falso.
Cuando la chiquilla de cabellera encendida recién ingresó al colegio, su presencia y apariencia causaron furor entre todos sus condiscípulos, de alguna manera u otra. Su peinado impecable, y sobre todo esa tonalidad rubia natural, provocaron de inmediato conmoción a los pequeños machos nipones; su esbelto, bien formado y cuidado cuerpo, rayano en la perfección, hizo suspirar a más de uno y sus dos ojos castaños claros perdieron a muchos en la desesperación. Era difícil el encontrar todos esos atributos físicos en una pequeña japonesa, por lo que la chiquilla, de la noche a la mañana se convirtió en la chica más popular de la escuela. Cada día, las múltiples fotos que le tomaban casi a diario circulaban por todas las aulas, vendiéndose al módico precio de 500 yenes. Sobra decir que los retratos se vendían cómo si fueran pan caliente. Todos esperaban con ansias la hora del almuerzo, para verla comer rodeada de todo el cortejo de niñas que la seguían a todos lados con connotada admiración, y los muchachos esperaban igualmente su hora de hacer deportes, cuando tendría que modelar aquel ajustado y corto conjunto deportivo, así cómo intentaban a toda costa husmear en el vestidor de las niñas, aún a costa de su salud física, ya que muchos habían sido descubiertos, y a punto de ser linchados por las chiquillas. Los jóvenes japoneses de su edad hicieron con ella lo mismo que lo que las muchachitas locales habían hecho con Kai Katsuragi algunos meses antes: elevar la novedad al nivel de ídolo juvenil. Así pues, a la recién llegada no tardaron en inundarla de elogios, misivas a salir y sobre todo galanes que la cortejaran. A la hora de la salida, su casillero estaba repleto de cartas de enamorados, donde todos sus fans le expresaban con el corazón sus sentimientos acerca de ella, con todo el repertorio de frases cursis que pudieran ocurrírsele a alguien. Asuka despreciaba aquellas muestras de afecto, y todas compartieron el mismo destino, sin siquiera ser abiertas: el bote de la basura.
El siguiente día a su llegada fue uno bastante peculiar, en el cual poco antes de la hora de entrada a clases, la nueva piloto por fin conoció a Rei Ayanami, quien hasta antes de su llegada había fungido como la única mujer piloto de Eva. Shinji fue quien la llevó a conocerla, luego que Asuka le ordenó amenazadoramente que lo hiciera. La encontró al pie de un gran cerezo, a su sombra, abstraída en una lectura novelesca; no pudo observar bien el nombre del título, pero al parecer, serían Los Miserables. Con presteza se dirigió hacia ella, lista para entablar una animosa conversación en la cual pretendía dejar en claro, desde un principio, su posición como hembra alfa a partir de ese momento.
—Buenos días— dijo ella amistosamente, a un metro de dónde su concentrada compañera se encontraba leyendo.
La chiquilla, entretenida en su lectura, leía afanosamente cada enunciado, por lo que no le prestó atención al saludo de la recién llegada, cosa que irritó bastante a ésta, quien hubo de redoblar esfuerzos en su empeño por llamar la atención de su nueva compañera.
—Tú debes ser Rei Ayanami— volvió a emplear el mismo modo de hablar, cruzándose pacientemente de brazos, mientras sus espectadores se arremolinaban en torno de ella.
—Así es— asintió Rei, a quien le empezaba a molestar la cantidad de gente que comenzaba a llegar, pero sin dejar ni un momento su lectura— Ésa soy yo...
—Yo soy Asuka Langley Soryu— pronunció entusiasmada por haber obtenido una respuesta —La nueva piloto. Solamente quise venir a presentarme como debe ser, y en verdad espero que tú y yo podamos ser buenas amigas.
—¿Para qué?— preguntó la japonesa, sin despegar la vista del libro.
La jovencita rubia no pudo más que fruncir el ceño, extrañada por el gesto y actitud indiferente de Ayanami. ¡Qué rara era esa muchacha! Parecía estar en trance.
—Eso es obvio— pronunció Langley, desairada e impaciente— ¡Porque nos conviene!
—Bueno— le dio la razón su interlocutora —Si me ordenan ser tu buena amiga, lo haré.
Con ese último argumento dio por entendido que la conversación había terminado y la muchacha no dio ademán de quererla seguir, con la apasionante lectura frente a sí.
Hablar con un sordomudo era mucho más fácil que hablar con Ayanami, por fin notó la extranjera, mientras suspiraba derrotada. En serio que era bastante desinteresada. En un principio no había querido creerle a Ikari cuando la describió cómo a "una persona retraída". Pero ahora, retraída le parecía poco. Esa chica vivía en un mundo diferente al de ellos. ¿Sería autista, acaso?
De repente, algo la hizo dudar de ese pensamiento; una actitud mostrada por su compañera, aunque esta fue muy efímera. Tan perceptiva cómo era, Asuka notó que algo a sus espaldas atraía fuertemente la atención de Rei. Esos singulares ojos carmesíes suyos destellaban cómo lamparitas de árbol de Navidad. Con suma discreción, a su vez miró con el rabillo del ojo hacia ese lugar. Quería saber a toda costa qué era lo que podía interesarle a una persona tan distante cómo ella. Sólo encontró a Kai, bajando las escaleras que conducían a la entrada del edificio en dónde se encontraba su salón de clases. Su sexto sentido, inherente en las de su género, pronto le advirtió de la situación. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gritar de la impresión que le produjo un pensamiento que cruzó pronto por su mente. ¿Acaso sería posible que...? Increíble. Tenía que asegurarse por completo.
Intuitiva, astuta por naturaleza, la jovencita sonrió para sus adentros, al ver la oportunidad que se le presentaba en bandeja de plata para vengarse de Rei y de que tuviera plena conciencia del error que había cometido al despreciar su amistad. Aprendería, y bastante bien, que era mejor tenerla de amiga que de enemiga.
—Creo que ya no estoy tan interesada en entablar una amistad contigo, pesada— pronunció despectivamente y de inmediato dio media vuelta y se retiró, sin decir más palabras.
Todos, de pie en donde estaban, la siguieron con la mirada, mientras grácilmente se apresuraba en dar alcance al muchacho, antes que entrara al recinto escolar. Incluso Ayanami hizo a un lado su lectura para vigilar los movimientos de Langley, observando por encima del libro.
—¡Kai, corazón!— exclamó melosamente la joven rubia, agitando un brazo en lo alto para llamar su atención —¡Espera un poco, por favor!
Katsuragi, somnoliento y distraído, no daba crédito a lo que escuchaba. Despabilándose como pudo, volteó hacia todas las direcciones, para luego señalarse a sí mismo con el dedo índice, desconcertado a más no poder. Le extrañaba en demasía los exagerados modales y atenciones que la muchacha le prodigaba. Algo debía traerse entre manos, y no estaba seguro de querer se parte de ello.
—¡Claro que te hablo a ti, tontín!— dijo Langley, en medio de una serie de risitas melosas, las cuales supo disimular bastante bien, mientras que se le colgaba de un brazo —¿Qué te parece si tú me enseñas toda la escuela?
—¿Pero a ti qué mosca te picó, bruja?— inquirió molesto el chiquillo, intentando zafar el brazo que su compañera le tenía bien sujeto —¿Qué es lo que pretendes?
—Tranquilo, guapo— le susurró cariñosamente, acariciándole la barbilla —Solo quiero que me lleves a conocer las instalaciones, acuérdate que soy nueva aquí y aún no estoy muy familiarizada con este lugar, todo es tan extraño y confuso para mí.
—¿Y yo porqué?— interrogó desconsolado, al mismo tiempo que era literalmente arrastrado por la bella jovencita —Creo que ahora me levanté con el pie izquierdo.
—Oye, tú y yo aquí somos extranjeros, ¿lo recuerdas?— le contestó la chiquilla, volteando a ver de reojo al pie del árbol, en dónde le parecía ver que Rei casi mordía su libro, de la rabieta que estaba haciendo. Si bien su semblante no había sufrido un cambio notorio, el fuego que despedía la mirada de la jovencita decía todo acerca de su verdadero sentir.
Al saberse observada por Ayanami, Asuka devolvió el gesto sonriendo pícaramente, con el conocimiento de haber triunfado al descubrir el punto flaco de su oponente. Deliberadamente acortó el espacio que la separaba de Rivera, restregando su regazo sobre el brazo que aún le tenía cautivo, mientras continuaba hablándole con suma familiaridad:
—Además, creo que deberías estar agradecido por la oportunidad de hablar con alguien de tu mismo nivel académico, en lugar de todos estos mocosos ignorantes ¿no crees?
—Pero es que tú y yo no somos del mismo nivel, ¿ya lo olvidaste?— respondió el chico, percatándose al fin del verdadero objetivo de la muchachita, cuando observaba de lejos la expresión de Ayanami. ¿Ella celosa? Jamás hubiera creído verlo. Quizás entonces todavía guardaba alguna clase de sentimiento por él. Enterarse de eso le resultaba una fresca bocanada de aire fresco, que incluso podía hacerlo soportar la compañía de esa insidiosa serpiente que se le había enroscado. Aunque probablemente también debería agradecerle el favor que le estaba haciendo —Yo tengo doctorados, tu solamente tus cursitos de verano que tomaste en la universidad...
Cuando su mirada y la de Rei chocaron, a pesar de la distancia que los separaba, Rivera notó como la joven volvía de inmediato el rostro, sumamente indignada.
"¿Qué tal? Después de todo, sí estaba celosa" pensó el infante, con bríos mejorados. Si ella aún se interesaba por lo que hacía, y con quién se relacionaba, eso quería decir que todavía no lo olvidaba del todo, y que aún ardía una tenue llama dentro de ella.
No tardaron mucho en unírseles el grupito de curiosos que seguía a Asuka a donde quiera que fuera, y ya todos daban por sentado que, dadas sus muchas semejanzas, aquellos dos estaban destinados a ser pareja, si no es que lo eran ya.
Sin embargo, el momento de gloria del que disfrutó la recién llegada fue muy breve. En realidad, su carácter tan altanero y pedante ahuyentó a los pocos días a sus múltiples seguidores. Sus galanes huyeron espantados de su manera de ser tan especial y poco ortodoxa, una vez que hubo acabado de destrozarles sin misericordia su amor propio con las múltiples maneras que se le ocurrieron para llevarlo a cabo, desde los insultos y la ironía, hasta los más duros y dolorosos golpes; sólo el tímido Kensuke, que a cada demostración de carácter que la muchacha daba sentía quererla más. Sólo él seguía fiel a su religión y adoración, siguiéndola a todas partes con su inseparable cámara de video, filmando todos sus movimientos. Así mismo, casi todo el cortejo de chiquillas que la rodeaba, a excepción de Hikari, la líder de clase, la abandonaron a su suerte. No pudieron soportar más sus interminables reclamaciones y rabietas que hacía y no parecían tener fin. Cada vez que una de ellas se equivocaba, la alemana se regodeaba en restregarles sus errores en la cara, con lujo de crueldad; gozaba en llamarlas estúpidas y demás clases de adjetivos ofensivos que pudieran ocurrírsele, a cada accidente que cometían, como derramar la bebida en la mesa, equivocarse en un cálculo matemático o simplemente ignorar algún dato. Entonces, días después de su llegada, el incendio había sido sofocado por las múltiples mangueras de agua fría de su altanería y de su convicción de creerse la mejor en todo lo que tenía que hacer.
Por otro lado, los únicos que aún no podían ignorarla ni olvidarla, aunque quisieran, eran con quienes tenía que convivir por largo rato, o sea, sus compañeros pilotos y el personal de NERV, que tenían que soportarla a cada instante de la tarde. Aunque las opiniones estaban diferidas: había a quienes les simpatizaba enormemente, cómo a Misato, Ritsuko, Kaji y algunos otros. También estaban los que la odiaban, conformados por Kai, Toji (aunque no trabajara en el Geo Frente) y varios técnicos más que le guardaban rencor por varias humillaciones y atropellos sufridos por la pequeña a su llegada; y por último, estaban a los que simplemente les era indiferente o no la entendían. A este grupo pertenecían Gendo, Rei, Shinji y también numerosos empleados del Cuartel, los cuales, la mayoría, jamás tuvieron un trato cercano con ella. Shinji, especialmente era el que aún no lograba comprenderla; en cierto modo, le atraía como tiempo antes le empezó a atraer Ayanami, eso sin dejar escapar su hermosura, semejante a la de una planta carnívora del Amazonas.
Para Kai, más que para nadie, fue muy difícil el tener que acostumbrarse a su nueva compañera, por no decir imposible. Parecía que su sola presencia le causaba escozor y hacía que estuviese furibundo la mayor parte del tiempo que pasaba con ella. Empero, paulatinamente, en un proceso demasiado lento y que le costó meses, fue tolerándola más y más cada día, hasta el punto de llegar a bromear amigablemente con ella, con ciertas reservas aún. No obstante, los primeros días, y los que les siguieron fueron los más horribles para ellos dos, ya que al parecer Asuka se interesaba demasiado en todo lo que hacía o dejaba de hacer aquel muchacho, cosa que molestaba bastante a Rivera, quien ya se había acostumbrado a que se le dejara en paz durante el transcurso de toda la jornada escolar y a casi no tener trato con sus compañeros de clase. Las constantes interrupciones a sus siestas por parte de Langley lo tenían ya con todos los nervios destrozados. Parecía haber viajado en el tiempo, al año cuando la había conocido y los dos eran aún muy niños, teniendo que escapar del acecho de aquella molesta rubiecita pecosa con peinado de coletas que lo seguía a todas partes con una muy mala actitud.
En tal situación estaban los dos, el primer lunes después de la caída en las encuestas de la jovencita europea. Asuka se había sentado justo a un lado de Kai, y detrás de Shinji. Al igual que su compañero de ojos verdes, la nueva estudiante encontraba la escuela secundaria por demás sosa y aburrida, lo que era comprensible tomando en cuenta su alto nivel académico, aventajado al de la mayoría de sus contemporáneos. A sus 14 años Langley contaba ya con varios estudios cursados en las mejores universidades de Europa y tenía un futuro promisorio en casi cualquier campo al que se quisiera dedicar en lo futuro, si bien aún no se había decidido por alguno en particular.
Mientras tanto, eran unos cuantos minutos pasados de mediodía, y en el aula el maestro recitaba por enésima vez en un mes la misma historia del Segundo Impacto, que al parecer era lo único que estudiaban los niños en esa época. "El 21 de agosto del año 2000, a eso del mediodía, hora local, un meteorito gigante de unos 14 kilómetros de diámetro golpeó al continente Antártico, derritiéndolo casi al instante" repetía para sus alumnos, quienes estaban haciendo todo, menos prestándole atención. Asuka estaba algo molesta ese día, por el repentino rechazo de todos sus condiscípulos, y le decía a Kai, quien intentaba a toda costa dormirse, lo estúpidos y mediocres que eran los japoneses de la actualidad, que tan sólo eran un puñado de mocosos mimados y afanados únicamente en el entretenimiento, en las tendencias de moda que se les imponía desde el extranjero, sin relevancia alguna en la geopolítica actual, que desde ya estaban condenados al fracaso y al olvido de la Historia, y que si sus antepasados que habían sacado de las ruinas al Japón de la pos-guerra pudieran ver en lo que sus descendientes se habían convertido se sacarían los ojos de la vergüenza. Palabras más, palabras menos, todo esto lo decía en un inglés muy bien hablado y fluido, para que nadie más pudiera entenderla, salvo su adormilado compañero.
El monótono discurso del profesor, con su tono de voz pausado y desinteresado, siempre tenía un efecto somnoliento en Kai y lo hacía conciliar el sueño rápidamente y sin ningún tipo de escalas, aún de día. Pero en esos momentos, se estaba perdiendo de fabulosas sorpresas en el mar de los sueños, y todo por culpa de la vieja comadre a lado de él, que no cesaba de hablarle y mantenerlo despierto.
—Asuka, por favor...— le suplicaba, también en inglés— Estoy muy cansado... sólo quiero dormir... ¿no podríamos seguir esta charla racista después?... ¿Por favor?
La joven se sintió ofendida, y creía que el efecto somnífero era por su conversación; indignada, le reclamó varias cosas más, y arremetió contra él en menudas ocasiones, dejando al muchacho sin un dejo de paciencia. Al final, él también estalló:
—¡CÁLLATE YA, CON UNA PUTA MADRE!— le gritó en japonés.
Toda la clase volteó hacia donde estaba, con los dos brazos cómo almohada apoyados en su mesa, en dirección al pizarrón, con la cara encendida de la vergüenza del ridículo que acababa de cometer; aquél parecía ser un día de malentendidos, ya que el educador creyó que la reclamación iba dirigida hacía él. Sólo se ajustó su par de bifocales y dictó veredicto, él solo, sin juez, ni jurado, únicamente como ejecutor.
Kai ahora contemplaba por la ventana hacia el salón de clases, con sumo enfado e indignación. Lo habían sacado al corredor, aplicando el tradicional método de castigo escolar en todo el país. Se le obligaba al estudiante a cargar parado, con los brazos extendidos, dos baldes de agua, sin bajarlos un solo momento. Después de largo rato, los miembros comenzaban a calar y a doler horriblemente, acalambrándose. Era el primer castigo que recibía en toda su vida estudiantil, y estaba furioso con todo mundo. Para colmar, Asuka no dejaba de hacerle gestos y señas de burlas, desde su cómodo asiento en el aula de clases.
"Maldita infeliz, ya me las pagarás" decía incesantemente, apretando los dientes, sin nadie a la redonda que pudiera escucharle. Sus colmillos rechinaban horriblemente al chocar unos contra otros, mientras que la vena en su cabeza parecía que iba a reventar.
Shinji también contemplaba la escena, algo contrariado. Veía a su compañero afuera, dirigiendo miradas rabiosas al salón, y observaba también a la muchacha responderle con toda gama de gestos y señales. No sabía que sentir, y tampoco el porqué Kai odiaba tanto a la recién llegada. Pensaba que había cosas peores que ser acosado por una hermosa joven. "Bueno" pensaba él, moviendo su lápiz entre los dedos, con una actitud muy meditabunda "Si tan sólo le ves la cara, es muy bonita, desde cierto punto. Pero por muy mal carácter que tenga, me alegra que haya otro piloto más. Por fin la responsabilidad se ha aligerado aún más." En ese momento, su lápiz cayó de sus manos, rodando hacia atrás, dónde se encontraba la chiquilla de cabellera encendida. Ésta, que había cesado en sus burlas simplemente por cansancio, al contemplar el instrumento se agachó por él, y se dirigió al lugar del joven.
—Toma— le dijo a Shinji, devolviéndole el utensilio.
—Ah— balbuceó el niño, sorprendido por su amabilidad —Gracias...
Al volver Asuka a su lugar, esbozaba en el rostro una sonrisa maliciosa en sus labios. El muchacho, al tantear el objeto, cayó en la cuenta, con asco, que tenía un enorme chicle pegado, seguramente dejado por la alemana.
"Retiro lo dicho" pensó, con pesadumbre, mientras tiraba el lápiz a la basura. "Es demasiado horrible" concluyó en su opinión referente a la joven.
Las clases al fin concluyeron, y todos se retiran a su casa, contentos la mayoría que faltara tan poco para que acabara el ciclo escolar, apenas unas escasas dos semanas; sus exámenes ya estaban hechos, y sus tareas finiquitadas, por lo que la parvada de chiquillos sólo tenían por única preocupación el encontrar la mejor manera de divertirse, saliendo a toda prisa para abarrotar los parques de diversiones, los cines o cualquier centro de entretenimiento que se les ocurriera. El sol estaba alumbrando en todo lo alto y ya calaba un poco en las espaldas de los muchachos. Era la 1:30 de la tarde, un poco más de mediodía y Shinji y sus amigos andaban con paso cansino bajo aquel candente sol de mediados de Junio, sudando por todas partes y buscando alguna sombra dónde refugiarse por algunos momentos. Caminando por las calles de asfalto caliente, recurrieron a la conversación para evitar pensar en el calor.
—Vaya...— dijo Toji, abanicándose como podía con la mano —Ahora sí que ese orate de Katsuragi logró hacer enfadar al maestro.
—A veces me pregunto que tiene ese tipo en la cabeza— comentó Kensuke— ¿A quién se le ocurre gritarle al viejo que se calle?
—Bueno, no negaré que se trata de un loco desgraciado, pero ahora en realidad no fue tanto su culpa...— lo defendió Shinji, sorpresivamente — A la que le decía que se callara era a Asuka. Me consta porque yo los estaba escuchando cuando estaban hablando.
—De cualquier modo, debería aprender a controlar mejor su temperamento, eso si quiere evitar meterse en ese tipo de problemas— refirió el chico de los anteojos.
—Pues no sé quien sea peor, Katsuragi o esa otra maniática de Soryu, que por cierto no lo deja en paz... pero tengo que decir que cualquiera enloquecería por tener que soportar a esa cabrona tanto tiempo...— exclamó de nuevo Toji, mientras cruzaban una callejuela.
— Habla por ti, amigo, ya quisiera yo tener esa clase de problemas...— suspiró Kensuke.
Cuando quisieron seguir desplazándose por la banqueta, se detuvieron los tres en vilo. Ahí, justo delante de ellos, a unos escasos tres metros se encontraba la tan citada muchacha. Aún no advertía su presencia, ya que se encontraba intentando sacar a cómo diera lugar un muñeco de felpa en una de esas máquinas con palanca, en un establecimiento de videojuegos. El hotel donde se hospedaba quedaba cerca de esos rumbos, dónde también se encontraba la escuela, por lo que no le tomó bastante tiempo llegar a sus aposentos, cambiarse y ponerse algo más ligero, e ir a entretenerse un rato antes de ir al cuartel. Estaba vestida con un corto vestido de una sola pieza, blanco, y que la tapaba hasta la pantorrilla y con un pronunciado escote en el pecho, ideal para ese ambiente calorífico.
Aterrorizados, el trío intentó pasar desapercibido de su vista, y por poco lo logran de no haber sido por Kensuke, el fiel admirador de la chiquilla, quien tragando saliva y ansioso como un perro en celo, se colocó detrás de ella y se agachó un poco con miras a darle un vistazo a su ropa interior. Sus amigos intentaban disuadirlo, arrastrándolo por la fuerza, aún sin ser vistos por la chica, cuando de las pinzas mecánicas que ella controlaba resbaló la adorable figura de peluche de la que pretendía adueñarse. Esto último la hizo enfadar de sobremanera.
—¡Esta jodida máquina está descompuesta!— gritó mientras le daba una fuerte patada, muy indignada por su fracaso; cuando volteó, se encontró a los jóvenes, perplejos por aquella reacción, temiendo que reaccionaría así con ellos.
—¡Oigan, ustedes!— les gritó enfadada — ¿Qué demonios es lo que estaban mirando?
—No... nada... si nada más íbamos pasando por aquí...— respondieron al unísono Shinji y Toji, aterrorizados, mientras que su compañero que usaba anteojos seguía maravillado por que la alemana le había dirigido la palabra.
Asuka los contempló con el ceño fruncido, en silencio, por algunos momentos. Los chiquillos habían llegado al extremo de postrarse en el suelo, casi cómo si estuvieran arrodillados, suplicando misericordia.
—Esto les costará 100 yenes a cada uno, zoquetes— expresó por fin la extranjera, extendiendo su mano hacia dónde se encontraban.
Al parecer, no habían acabado de comprender, y seguían viéndola sin saber que hacer, desconcertados, como si les estuviera hablando en arameo.
—Se los estoy dejando bastante barato— pronunció de nuevo la rubia —Tendrán que pagarme 100 yenes por cada uno, eso si no quieren que les parta la cara ahora mismo.
Por fin habían entendido lo que la chiquilla pretendía, y Toji, encolerizado, explotó:
—¡Estás loca si piensas que accederé a eso! ¿Con qué derecho te sientes para cobrarnos cosas de la nada, tarada?
—¡Porqué se me acabó el dinero para jugar!— respondió ella de inmediato —¡Y aparte, es el precio por mirar! ¡Me estaban viendo los calzones! ¿Ó no?
—¡El único que lo estaba haciendo era este baboso!— indicó su contendiente, agitando a Kensuke, y continuó— ¡Y además, es un precio muy elevado por ver tu sucia ropa interior!
—¡¿Cómo dices?!— gritó la muchacha en medio de la discusión, emperrada, proyectando su brazo hacia atrás, lista para asestarle un puñetazo en medio rostro. Sin embargo, al hacer su extremidad hacia atrás, dio un fuerte codazo accidentalmente a alguien que estaba jugando a sus espaldas.
Era un joven. De unos 19 años, con la cabeza rapada completamente y tatuada con los emblemas de una pandilla. Vestía una camisa desgarrada, negra, con unas bermudas de mezclilla azules, unas calcetas deportivas y zapatos tenis, un poco maltratados. Traía cómo accesorios varios aretes en su rostro, cómo en la nariz. El codazo de la chiquilla lo empujo bruscamente, ocasionando que perdiera su juego, que era una simulación de un vuelo de avión de combate. Después de lamentarse fuertemente, arremetió justamente contra la causante de su desgracia, con toda clase de reclamos y amenazas. Entre toda esa escaramuza, Asuka sólo se alcanzó a disculpar escuetamente:
—Ay, perdón— musitó.
—¡¿Y crees que con perdones todo se va a arreglar?! ¡Estaba por terminar este jodido juego, me costó mucho trabajo llegar a la última misión! ¡¿Eso cómo putas me lo devuelves, vaca idiota?!— le reclamó airadamente, casi encima de ella y a todo pulmón.
Por su aliento, la alemana se pudo dar cuenta que aquella persona había estado bebiendo, y era muy probable que ya estuviera bajo los efectos del alcohol. No pudiendo soportar aquél hedor, la pequeña tuvo que taparse la nariz con los dedos, haciendo una mueca de disgusto. El salvaje, humillado en su orgullo por aquella señal de repulsión, la sujetó fuertemente del brazo, listo para descargarle un rencoroso golpe.
—¡Toji, tú eres el más grande, haz algo!— le dijo de inmediato Shinji, empujándolo hacia adelante para que confrontara al agresor.
—¡Tiene razón, además ese tipo tiene el acento de tu barrio!— remató Kensuke.
—¡¿Y eso qué tiene qué ver, imbéciles?!— se intentó defender el aludido, espantado.
Pero la chiquilla no iba a esperar hasta que los muchachos se decidieran a ayudarla. Cansada de tratar de razonar con aquel aborigen, y enojada por la actitud de éste, le dio una fuerte patada con el tacón al rostro del delincuente; la flexibilidad de la menor era sorprendente, ya que ese tipo de ataques son bastante difíciles de realizar aún para los expertos en artes marciales. De hecho, Bruce Lee, un reconocido actor y artista del kung-fu, aconsejaba usar las piernas sólo en los puntos bajos, en una pelea real. Pero haciendo caso omiso de los consejos del "Dragón", la pequeña rubia propinó un relampagueante taconazo en la cara, tirándole así al individuo dos o tres dientes en el proceso. En realidad, su movimiento de piernas fue bastante rápido, ayudada por su natural gracia; apoyó firmemente su pierna izquierda en el piso, mientras levantaba la derecha con suma rapidez y la devolvía a su lugar de igual modo.
El trío de niños se quedó petrificado en su lugar. Quedaba claro que el fulano, tendido boca arriba en la banqueta, era el que necesitaba ayuda. Éste, se incorporó del suelo en cuclillas, lanzando unos pequeños suspiros que semejaban a quejidos, y escupiendo sus piezas dentales sueltas, profirió cómo un animal herido, quejándose:
—Maldita golfa...— le reclamó, mientras se levantaba, y a una señal suya varios jóvenes con aspecto de pandilleros salieron del local de diversiones, perfectamente coordinados y trabajando cómo relojes, puntuales — ¡Pero esto no se va a quedar así, puta!
"Inútiles" pensó Asuka, mientras el compacto grupo la rodeaba, amenazante. "Mira qué necesitar a sus amigos contra una indefensa niñita." En ese preciso instante, a todo pulmón, gritó espantada, señalando hacia arriba a un punto indeterminado, con lo que pudo captar la atención de toda la pandilla.
—¡Miren eso!
Los sicarios voltearon hacia dónde les señalaban. No había la gran cosa, sólo ese eterno cielo azul con nubes blancas, ¿Y qué? En ese momento, descuidados y con la guardia baja, la muchacha los sorprendió de golpe, ora propinando una patada en los testículos a un pobre diablo, ora dando tremenda cachetada a otro y ora volviendo a sacarle más muelas al primero con un fuerte puñetazo. Siempre moviéndose a la velocidad del rayo, y certera cómo una leona en el Serengeti. Así era verla pelear, cómo contemplar una especie de gimnasia marcial, estética y poderosa a la vez.
Viendo que no hacían falta ahí, y contemplando cómo uno a uno la aguerrida jovencita alemana iba despachando a toda aquella banda, los jóvenes quisieron hacerse de la vista gorda y salir por detrás, asustados y sorprendidos a la vez. Sin embargo, unos dos sujetos que se habían quedado rezagados de la masacre, les cortaron el paso de la acera.
—¿A dónde creen que van, pendejitos?— les preguntó uno de ellos.
—¡Esperen amigos, están cometiendo un error!— le detuvo Toji, alzando los brazos frente a sí en señal de rendición —¡Nosotros no tenemos nada qué ver con todo esto, te lo juro por mi madre!— mientras sus otros dos compinches le apoyaban, meneando la cabeza arriba y abajo, aterrados.
Pero, al parecer, los malvivientes sólo buscaban a alguien con quien poder desquitarse por lo de sus amigos, y entonces uno, el más alto, de unos 180 centímetros, agarró a Shinji por la camisa, lo empujó fuertemente y lo estrelló contra su puño, que al muchacho le pareció hecho cómo de piedra. El golpe fue a estrellarse violentamente en su pómulo.
La alemana, entre puñetazos y patadas que repartía a diestra y siniestra, alcanzó a percatarse del abuso sufrido por su compañero, por lo que se decidió a ejecutar una rutina de gimnasia para darles alcance, dando unos espectaculares giros con las manos apoyadas en suelo. El impulso que llevaba fue suficiente como para ir a estrellar su pierna izquierda en el pecho del salvaje, sacando todo el aire de sus pulmones. Una vez que aterrizó, le descontó con otro trancazo en la cara, dejándolo tendido en el pavimento, mientras ella cogía un banquillo para despachar a su cómplice.
—¿Es qué te escapaste de un circo, perra?— pronunciaba éste, alzando las manos para defenderse de los constantes ataques con el asiento.
—¿Y ustedes qué no pueden defenderse, maricones?— se defendía verbalmente la niña mientras lo aporreaba.
Mientras seguían peleando, Toji y Kensuke auxiliaban a su amigo herido, que había obtenido una prominente contusión en el pómulo izquierdo. Fue entonces que les pareció escuchar un alegre silbido en medio de toda la refriega, y al voltear hacia delante, pudieron percatarse de la presencia de Kai, quien iba pasando justo al lado de la reyerta como si ésta no estuviera sucediendo. Justo cuando se encontraba por darles la espalda el trío tuvo que ir a interceptarlo, agobiados por el vertiginoso acontecer de todo lo ocurrido:
—¡¿Katsuragi, qué demonios crees que haces, maldito demente?!— le preguntó Kensuke, reteniéndole por el hombro —¡¿Qué no estás viendo que estamos en medio de una batalla campal?! ¡Tienes que hacer algo, empieza a repartir karatazos ó algo, viejo! ¡Haz lo tuyo!
—¿Qué les pasa?— respondió, extrañado, y después les reclamó —¡Ah, pero si son los tipejos que se creen la gran cosa como para esperar a su pobre amigo que se quedó castigado! ¡Y ahora tienen el descaro de venir arrastrándose por mi ayuda! ¡Pues qué mal, porque todos ustedes se van a ir al demonio! ¿Me entendieron?
—¡Deja de escupir tus idioteces y muévete, por amor de Dios! ¡¿Pero qué no ves todo lo que está pasando?!— le dijo Shinji, mientras que su rostro se iba hinchando, señalando a la muchachita en medio de la batalla —¡Tienes que ayudar, por favor, haz algo!
Rivera dirigió su vista hacia donde le indicaban, sin intentar siquiera disimular su completa falta de interés, pero al ser tan evidente el moretón que comenzaba a formarse en la cara de su compañero no tuvo más remedio que preguntar:
—¿Quién te hizo eso?
El chiquillo, no respondió, apenado, pero sus ojos se dirigieron hacia Asuka y los vándalos. Su compañero entonces sólo se limitó a dar un hondo suspiro, para después empezar a murmurar mientras se dirigía a paso lento hacia la pelea:
—Maldita sea... ¿quién me manda a ser tan buena gente? Uno de estos días estos ñoños tendrán que aprender a defenderse solos, no es posible que siempre estén dependiendo de mí... ¿Porqué, porqué soy el único que debe cargar con la responsabilidad de siempre tener que hacer lo correcto? ¿Acaso nadie se da cuenta lo difícil que es ser yo?
Por su parte, la jovencita alemana se encontraba bastante ocupada con otros tres pandilleros que se habían incorporado, sin darse cuenta de la presencia de Kai a sus espaldas, hasta que éste tomó impulso para taclearla y derribarla sobre el piso, esto para la enorme sorpresa de propios y extraños.
—¡¿Pero qué carajo crees que estás haciendo, pedazo de idiota?!— exclamaron los otros tres muchachos al únísono, fuera de sí y sin poder dar crédito a la nueva locura perpetrada por su compañero.
—¡Vaya que son unos cerdos miserables, malagradecidos!— contestó Rivera del mismo modo, encima de Langley, a quien tenía sujeta contra el suelo sin darle oportunidad de recobrar el aliento —¿Que qué estoy haciendo? ¡Duuuh! ¡Sólo salvando sus pobres traseros de esta fiera enloquecida, ni más ni menos! ¡Y ni siquiera se preocupen en agradecérmelo, pendejos! ¡No es cómo si fuera bastante difícil someter a esta loca que parece estar poseída por el mismo Satanás! ¡Sólo vean nomás como dejó a estos pobres e indefensos muchachitos, parece que los arrolló un camión!
—¡Maldito lunático, se supone que era a Asuka a la que debías ayudar en contra de estos tipos!— siguió reclamándole Shinji airadamente —¡¿Cómo demonios se te ocurre que era al revés?! ¡¿Qué, estás ciego ?! ¡Sólo ve la pinta que se cargan todos estos fulanos!
—¡Discúlpame entonces, cretino, pero sucede que yo no juzgo a las personas por su apariencia externa, eso es muy frívolo y poco cortés! ¡Además, cualquiera con un dedo de frente y que estuviera viendo esta masacre sabría muy bien que estos infelices eran los que más necesitaban ayuda, no esta abusiva potra salvaje! ¡Sólo mira como te dejó la cara, pareces una hamburguesa, y aún así tienes el descaro de defenderla! ¡En serio que se tiene que ser muy idiota para...!
—¡Cállate ya, imbécil, y suéltame de una puta vez!— demandó Langley cuando pudo zafar su brazo derecho, con lo que logró quitarse de encima a su agresor al darle un soberano puñetazo en la mandíbula que lo mandó a volar y por poco lo desmaya —¡Loco de mierda!
Asuka se incorporó de inmediato, buscando rematar a Kai de una patada en el cráneo, que éste pudo detener en el aire con todo y que aún se encontraba viendo estrellitas del golpe recibido. Sin darle oportunidad de otra cosa, aún sujetándola el muchacho le barrió su pierna de apoyo y consiguió tumbarla una vez más. Ambos se pusieron de pie enseguida, adoptando cada uno su posición de guardia, transformando paulatinamente aquella gresca callejera en una auténtica demostración de combate marcial.
—¿De qué... de qué manicomio se escaparon este par de orates?— preguntó al aire el jefe de la banda, quien había comenzado el pleito, todavía tirado en el suelo y sangrando de la boca, en tanto todos los presentes observaban absortos a los dos jóvenes trabándose en un fiero duelo de fintas, golpes, patadas y una que otra espectacular maroma en el aire, lo que los hacía buscar el rincón donde estuvieran ocultas las cámaras cinematográficas, creyendo estar en medio de una grabación de alguna vieja película de kung-fu.
El eco distante, pero cada vez más cercano, de la sirena de varias patrullas policíacas que se aproximaban, hizo reaccionar a todo mundo, sacándolos abrupta mente de la abstracción en la que se habían colocado. Al parecer, el dueño del establecimiento donde había transcurrido la mayor parte de la pelea se había cansado de ver su mobiliario hecho añicos como simple daño colateral y por fin había pedido el apoyo de la fuerza policial local.
—¡Es la policía!— exclamaron los vándalos, divisando las luces de las múltiples sirenas que se acercaban —¡Larguémonos de aquí, corran!
—¡Ay, mierda!— vociferó Toji, a la vez que empujaba a sus amigos por la espalda, instándolos a seguir el ejemplo de la pandilla que ya estaba dándose a la fuga —¡¿Qué están esperando, idiotas?! ¡La cosa se va a poner muy fea, mejor nos vamos!
—¡Maldita sea!— espetó Kai al darse cuenta de la inminente llegada de los uniformados, en tanto bloqueaba con sus antebrazos una serie de veloces golpes por parte de su enardecida contrincante —¡¿Qué acaso no puede pasar una puta mosca en este jodido país sin que alguien llame a los cerdos azules?! ¡Ya párale, maniática, o harás que nos arresten a los dos! ¡Digamos que fue un empate y sigamos otro día!
—Nein!
En ese momento la jovencita rubia aprovechó el descuido momentáneo de su adversario para asestarle una rencorosa patada justo en los testículos, dolorosa acción que lo dejó completamente incapacitado, salvo para tenderse en el piso revolcándose de dolor.
—¡No importa cuántas sentadillas hagas, macho-man, a nadie le gusta una patada en los bajos!— observó Asuka, poco antes de poner pies en polvorosa —¡Que esto te sirva de lección, imbécil, piénsalo dos veces antes de querer volver a meterte conmigo!
—¡Aaay, zorra inmunda! ¡Ya me desgraciaste de por vida!— musitó el infortunado chico, apenas con un hilo de voz, sin darse cuenta que la muchachita ya se había desvanecido en el aire —¡Tú nunca podrás saber como se siente este dolor!
Como pudo se incorporó, haciendo acopio de fuerzas para abandonar aquél lugar que ya comenzaba a ser rodeado por las fuerzas del orden. Su intento resultó infructífero, pues sus piernas resultaron ser incapaces de sostenerlo en pie y enseguida volvió a derrumbarse sobre el piso. Desde allí pudo ver a Shinji y sus amigos, mientras éstos tenían que arrastrarlo fuera de ahí debido a la renuencia de Ikari por abandonarlo, quizás debido a un súbito remordimiento de conciencia.
—¡Shinji, mi hermano del alma!— lo llamó desde el piso, alzando su brazo, suplicante —¡Sálvame, por favor! ¡No me dejes aquí, no puedo volver a prisión! ¡Allí usan a los tipos como yo como monedas! ¡Sálvame tú, no me dejes!
Pese a su gesto constreñido, el joven Ikari no dudó en huir ágilmente de la escena en cuanto los agentes comenzaron a descender de sus vehículos, rodeando al sospechoso y al establecimiento en un cerrado perímetro del cual él y sus compinches apenas si alcanzaron a salir sin ser detectados.
—¡Cabrones!— reclamó el desvalido Rivera alzando vehementemente el puño al aire, sabiéndose ya perdido, dejado a la deriva por aquellos mismos a los que había pretendido socorrer —¡Malditos maricones, me las van a pagar, ojetes!
—¡Esta es la policía, lo tenemos rodeado!— indicaron los oficiales a viva voz, cerrando el cerco en torno a él —¡Tírese al piso y ponga las manos en la cabeza!
—¡Ya estoy en el piso, por si no lo has notado, pedazo de imbécil!— respondió el muchacho, alzando los brazos en señal de rendición —¡Por favor, necesito atención médica, con urgencia!
El que el jovenzuelo se diera la vuelta y se acomodara en su lugar, buscando disminuir aunque fuera un poco aquél intenso dolor que lo aquejaba, fue tomado por los ansiosos uniformados como un intento de agresión y de resistencia al arresto.
—¡El sospechoso está tratando de escapar!
En el acto Kai volvía a sentir, una vez más en su joven vida, el familiar abrazo de una fuerte corriente de 400 voltios, cortesía directa de la pistola táser con la que los agentes le dispararon para dejarlo incapacitado, convulsionándose a sus pies. La buena noticia es que los testículos ya no le dolían, la mala era que el dolor se había trasladado a toda su vapuleada humanidad.
El cuarto es oscuro y huele un poco a moho. Ó tal vez es el olor de la sensación de varios rivales vencidos, y de múltiples victorias. La fémina con rango militar, Misato Katsuragi, reflexiona acerca de esto, inconscientemente, mientras el proyector de imágenes hace su trabajo y pone en pantalla la batalla anterior del Modelo de Producción, con el particular ronroneo que hace la máquina, tal si cómo fuera un felino. Ritsuko y ella observan la filmación, aunque sólo la primera parece poner interés, ya que para la otra resultaba tedioso el tener que observar aquello una vez más. Ya había visto todo lo que tenía que ver, en el lugar de los hechos; ella había estado ahí, y pudo observar la situación y captarla mejor que el camarógrafo de la milicia que filmó todas aquellas imágenes. Sin intención de ocultar su aburrimiento, un tremendo bostezo se le escapa de la garganta y labios. No obstante, su compañera lucía más interesada en la grabación, quedándose en silencio por algunos instantes, en una actitud meditabunda tan usual en las personas de su profesión.
—Aunque se haya apoyado en la fuerza de la flota europea de la O.N.U.— pronunció, mientras observaba al enorme robot rojo tripulado por Asuka saltar de aquí para allá — La Unidad 02 ha derrotado al blanco en cuatro minutos aproximadamente.
Misato se sintió aún más aburrida, al sentir acercarse el inevitable discurso en términos estratégicos y científicos, y sin poder hacer nada, sólo se dejó caer pesadamente en una silla, esperando que todo acabara pronto.
Y, en efecto, la rubia continuó:
—Las pruebas que le hemos realizado son contundentes. Tanto cómo la capacidad de juicio para esquivar el peligro, cómo la técnica de pilotaje, son perfectas— bebiendo un sorbo de la inseparable taza de café de la tarde, concluyó —La capacidad del Tercer Niño Elegido es mejor de lo que se esperaba.
Su amiga contempló el techo, agradecida por que la declamación de su compañera fuera bastante breve, mucho más de lo usual, y luego le espetó:
—¿Pero es que hay alguien que nos pueda decir qué demonios era ese condenado bicho?— preguntó, poniéndose de pie — Lo que es seguro es que no era un ángel, ¿verdad?
—Así es— contestó la oficial científica —No poseía un código genético azul, o un Núcleo, estructuras inherentes en esas criaturas. Asimismo, la posibilidad de que se tratara de una mutación producida por los efectos ambientales del Segundo Impacto también ha sido descartada por completo. Todos nuestros análisis arrojan la misma conclusión: la criatura que atacó a la Flota del Atlántico tiene un origen artificial.
—¿Artificial? ¿Quieres decir que alguien hizo esa cosa, en una fábrica, laboratorio o algo así? ¿Para qué rayos alguien querría hacer algo como eso?
—Al parecer se trata de un nuevo jugador que ha entrado a nuestro tablero— acotó la Doctora Akagi, mostrando en su proyector una especie de dispositivo electrónico en forma de arco —Este aparato fue encontrado dentro del cráneo de la criatura que ha sido designada como Leviatán. Por lo que hemos podido averiguar, funcionaba como un sistema de control que permitía controlar remotamente los movimientos del animal, por lo que también se puede concluir que el ataque a la flota no fue fortuito, sino una acción deliberada con un propósito específico que aún no se ha podido clarificar.
—¡Esa sí que es una mierda aterradora!— observó Katsuragi, visiblemente impresionada por la noticia —Pero si tenemos ese aparato estoy segura que se podrán rastrear sus componentes a sus lugares de origen, y si tenemos en cuenta que muy pocos tienen los recursos logísticos y financieros para producir algo así, nuestra lista de sospechosos se puede reducir considerablemente.
—Yo también pensaba lo mismo— señaló Akagi sin compartir el optimismo de su compañera —Eso fue antes de descubrir que ninguna pieza de este artefacto tiene número de serie y que fueron ensambladas en un mismo lugar, imposible de rastrar. Es único en su tipo, y para serte sincera no tengo idea de qué lo hace funcionar y como puede hacer lo que se supone que hace. Jamás había visto algo como esta cosa, pero si me lo preguntas, creo que para llevarla a cabo se necesitaría de un malvado genio loco de la talla de Rivera o del difunto Doctor He...
El fuerte golpe que Misato dio a la mesa donde estaba el proyector la interrumpió antes que pudiera terminar. Sorprendida por lo repentino de la rabieta, Ritsuko calló al instante, sumamente consternada por el proceder de su acompañante, quien fulminándola con la mirada la amenazó entre dientes:
—¡No te atrevas! ¡Que ni se te ocurra pronunciar el nombre de ese maldito bastardo! ¿Te quedó claro? Ese hijo de perra se pudrirá por siempre en el Infierno, y nadie debe volver a mencionarlo jamás... ese será su peor castigo, el que todo mundo lo olvide. Será como si nunca hubiera existido...
—¡Sí que eres una mujer rencorosa!— respondió Akagi, aunque con ciertas reservas al percatarse del furibundo estado de su amiga —Si pretendes que todos lo olviden, tú deberías ser la primera en hacerlo. Después de todo, ya han pasado más de diez años desde aquello... y aún así, sigues siendo incapaz de olvidar y continuar... ¡Me das tanta lástima!
En ese momento, fue interrumpida por la llegada de Shinji y Asuka, reportándose con su oficial superior. En cuanto los vio arribar, la mujer de cabellera azabache de inmediato transfiguró su semblante rubicundo a su usual faceta desparpajada y un tanto infantil. Un detalle llamó poderosamente su atención y fue el que aprovechó para cambiar el rumbo de la conversación que estaban sosteniendo:
—¡Madre mía! ¡Shinji, mírate como estás! ¿Cómo carajos te hiciste ese moretón?— le interrogó a quemarropa, acercándose a la mejilla del niño para apreciar mejor el golpe, que ya invadía gran parte de su ojo —¡Pobrecita de tu cara, quedó como una albóndiga!
—Bueno... lo que pasó... fue que... cuando yo...— balbuceó el chico, intimidado por la cercanía de Katsuragi, que seguía auscultándolo minuciosamente, desconcertada.
Entonces la alemana intervino en su favor, antes que confesara algo que la comprometiera ante sus superiores.
—¡Oh, perdóname por favor!— le suplicó al niño, dirigiéndose hacia él con gesto mortificado —¡Todo ha sido mi culpa! ¿Verdad?
—¿A qué te refieres?— respondieron al unísono sus tres acompañantes.
—Hace un rato, yo iba de compras— comenzó la muchachita a explicarse —Cuando un granuja me empezó a molestar. Shinji iba pasando por ahí y quiso ayudarme... fue muy valiente de su parte, pero aún así el tipo solamente lo golpeó y corrió en cuanto empecé a gritar por ayuda... no sabía que lo había dejado tan mal, me siento muy apenada.
El muchacho quedó sorprendido ante la increíble versión de la muchacha, petrificado, pero antes de que pudiera decir algo, la chiquilla se le acercó lentamente, y sin que nadie se diera cuenta le proporcionó un pellizco en los glúteos, sin que el joven se pudiera defender, parándose en la punta de los pies.
—Si se te ocurre contarle a alguien lo que pasó, puedes irte despidiendo de tu triste trasero, ¿me has entendido, infeliz?— le susurró la chiquilla al oído, amenazante.
—¡Guau! ¡Apenas me lo puedo creer! No creí que Shinji fuera la clase de persona que ayudara a alguien en ese tipo de problemas— observó por su parte Misato, extrañada ante aquella revelación —Discúlpame, amigo, te he juzgado mal todo este tiempo...
—Es la verdad— asintió la alemana —Yo tampoco sabía que pudiera comportarse de esa manera, me dejó bastante sorprendida. Se comportó como todo un valiente.
—¡Vaya, Shinji!— intervino Ritsuko, al parecer muy divertida con toda aquella revelación, pues la sonrisita socarrona en sus labios parecía indeleble —Ten cuidado que no se te haga un hábito. Si sigues haciendo cosas como esa tendremos que ponerte una capa y deberás usar tu ropa interior por encima de tus pantalones...
—¿Quién diría que detrás de esa fachada de muchachito enclenque y pusilánime se escondía un temerario luchador de la justicia?— preguntó la capitana en el mismo tenor, alborotando la arreglada cabellera de Ikari —¡Pero ahora tu identidad secreta ha sido revelada! Y quizás también... nuevos e intensos sentimientos que no sabías que tenías por alguien a quien conociste hace muy poco... ¿una hermosa chica rubia con un encantador acento, tal vez?
—¡¿Cómo siquiera se te ocurre insinuar algo como eso?!— exclamó enseguida el muchacho, su rostro encendido semejante a una llamarada, mientras que manoteaba frenético, acaso como si se estuviera ahogando en altamar —¡Déjame en paz, si no sabes de lo que hablas harías mejor en callarte!
—¡Basta ya, Misato!— pronunció Asuka en un ensayado tono de niña buena, colocando sus manos sobre sus mejillas, queriendo ocultar un rubor inexistente en ellas —¡Harás que me sonroje, detente, por favor!
La Capitana Katsuragi cesó en su empeño por exhibir a Shinji, pero no por las súplicas de sus subordinados, sino por el timbre musical de su celular, avisándole de una llamada entrante que atendió sin demora:
—Habla Katsuragi... sí, lo conozco... así es, yo soy su tutora legal, él está bajo mi cuidado. ¿Qué fue...? ¡¿Que hizo qué?! ¡¿Dónde?! Sí, comprendo... está muy bien... agradezco todo su esfuerzo, y disculpen todas las molestias... sí, enseguida voy para allá... con su permiso...
La mujer terminó entonces la llamada, soltando un hondo resoplido, mezcla de lamentación, rabia y resignación.
—Si me disculpan, tengo que ir a la estación de policía local a recoger a Kai— anunció cabizbaja, casi murmurando entre dientes, si bien era visible el tono rojizo que iba adquiriendo su rostro en tanto avanzaba a la salida arrastrando los pies —Lo detuvieron por disturbios en la calle y destrucción de propiedad privada...
—¿Quieres decir, que de nuevo está preso?— preguntó enseguida Ritsuko, tal como Misato sabía que lo haría —¡Válgame, con el tiempo que pasa tras las rejas ese chiquillo ya debería ser declarado enemigo público número uno!
—¿Quieren decir que Kai está en prisión?— inquirió Langley a su vez, fingiendo desconocimiento e inclusive temor, cubriéndose la boca en señal de repudio —No tenía idea que tendría de compañero a alguien con un pasado criminal y un comportamiento tan violento... las personas así... ¡Me dan mucho miedo!
—No te preocupes, linda— intentó tranquilizarla Akagi —Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que ese lunático no te lastime...
Shinji no podía creer lo ingenuas que podían ser sus superiores. Quería gritarles a todo pulmón que se quitaran las vendas de los ojos y vieran a Asuka como realmente era. Empero, la culpa que lo consumía por dentro por haber dejado a Kai a su suerte y el bien justificado pavor que Langley le provocaba lo mantenían amordazado, para su propia vergüenza.
El tiempo seguía su camino, y también la vida, que parecía nunca detenerse ni para descansar, al igual que la adorable niña rubia, que venía quejándose con sus compañeros desde que salieron de la escuela, y aún continuaba con sus reclamos, mientras caminaban por los corredores del GeoFrente.
—¡Ay, pero qué aburrido!— gritó en un reclamo, mientras se colgaba su mochila en la espalda —Se los juro, el colegio japonés es soporífero. ¡El nivel es bajísimo!
—¿Ves ahora por qué siempre me quiero dormir en clase?— le dijo Kai, y volteando hacia ella le sugirió —Así que, ¿Porqué mejor no me dejas dormir en paz, ahora que ya entiendes el motivo?
—Pero entonces, ¿con quién voy a hablar y a molestar todo ese tiempo?— contestó alegremente la alemana, pellizcándole cariñosamente las mejillas, sonriéndole.
El joven quedó desconcertado, ante la extraña actitud de la muchacha. Hace unos días por poco y se matan a golpes, y desde entonces no le había dirigido la palabra, hasta ahora que le sonreía cándidamente mientras le hacía un cariño. "¿Serán las hormonas, la menstruación ó simplemente es una loca de atar?" pensó el chico, buscando alguna explicación para el esporádico carácter de la alemana.
—¿A mí que me reclaman?— se defendió Shinji —Yo no tengo la culpa de eso.
—Solamente de ser una rata cobarde que abandona a sus amigos en el momento de necesidad— comentó Rivera con desdén, acuchillándolo con la mirada. Aún no pasaba el tiempo suficiente como para perdonarlo por aquella afrenta.
—¿Y ese maestro es burro ó qué? — continuó Asuka, deteniéndose en medio del corredor—Ha hablado horas y horas, aceptando sin problema toda la información falsa que ha distribuido el gobierno...
—Perdona— la interrumpió Rei, quien sorpresivamente apareció detrás de ella —¿Me dejas pasar?
Apenada, la rubia se quitó de enfrente, en el acto. Sin embargo, como se se acordara de alguna cuestión después fue tras ella, dándole pronto alcance.
—¡Oye!— le dijo en tanto corría hace ella —¡Espera un momento, Primer Niño!
—¿Qué quieres?— le preguntó la chiquilla de mirada escarlata, deteniéndose en su camino para confrontarla.
—Dicen por ahí que al Comandante Ikari le caes muy bien— le espetó, con su sonrisa picardona, pero casi enseguida remató fríamente —¿Porqué será, si no has obtenido buenos resultados y eres la peor piloto de todos?
La muchacha sólo repetía lo que había escuchado a unos técnicos meses antes, en la estación europea de NERV, no obstante, le pareció atinado acosarla con aquella disyuntiva.
—¿Y a mí qué me preguntas?— pronunció su contrincante, mientras proseguía con su camino, ignorándola monumentalmente, cosa que molestó bastante a la chiquilla de cabellera encendida, quien la tomó violentamente por su hombro derecho.
—¡Mírame cuándo me hablas!— le reclamó con gran coraje— ¡No me menosprecies sólo porque eres la consentida del jefe!
"Sí, deben ser las menstruaciones" volvió a reflexionar Kai, explicándose el constante cambio de humor de la extranjera, mientras se aprestaba a quitársela de encima a su querida Rei. Aunque fue su compañero quien terminó haciéndolo, pues se le adelantó de inmediato, sosteniendo de una manera tosca el brazo de la rubia, mientras demandaba con voz potente y decidida, algo inusual en él:
—¡BASTA!— ordenó.
Asuka, Kai, y hasta la misma Rei lo observaron algunos segundos, mudos de asombro; los tres pensaron lo mismo: "¿Y a éste cuándo le salió lo respondón?" La rubia interrumpió de tajo sus reflexiones, zafándose de un manotazo de la mano del muchacho.
—¿Con que así es como funcionan las cosas aquí?— preguntó —¿Todos ustedes bailan al ritmo que esta zorra les marque? ¡Pues qué les aproveche, montón de idiotas!
Dicho esto hizo ademán de retirarse, aunque después de avanzar unos cuantos pasos, se volteó una vez más para amonestarlos:
—¡DESGRACIADOS!— les gritó a todos sus compañeros, para de inmediato salir corriendo del lugar, dándole la espalda a los tres compañeros pilotos.
—¡Estas divas juveniles! Por eso a nadie le gusta trabajar con ellas— indicó en tono de chanza Kai, mientras contemplaba a la alemana retirarse, con sus cabellos iluminados flotando en el aire mientras se desplazaba —Todas son iguales: mimadas, volubles y locas como una maldita cabra...
—Creo que nos ha mal interpretado, (o tal vez nosotros a ella)— respondió Ikari — Me pregunto si llegará el día que podremos llevarnos bien con ella.
—¿A quién le importa?— contestó su acompañante, indiferente a todo lo que pasó, e incluso hasta divertido por la explosiva reacción de Langley.
De golpe, sintió un escalofrío y aquella sensación que en ocasiones le embargaba, cómo punzadas en todo el cuerpo, y volteó desconcertado a todas partes, esperando lo que de un momento a otro iba a ser, de manera inevitable, confirmado.
—Lo dije antes y lo afirmo ahora— pronunció despreocupada Rei, sin saber lo que aquejaba a su pareja —Si me ordenan ser amiga suya, lo haré, y si no...
La repentina alarma de ataque, y la voz desesperada de Misato en las bocinas, requiriendo su presencia, la interrumpieron en su comunicado. Aquello sólo podía significar algo: ataque de ángel.
Minutos antes de confirmarse el ataque, la Doctora Akagi se encontraba revisando el estado de las cuatro unidades Evangelion, moviendo magistralmente sus dedos por el teclado de su terminal, analizando rápidamente la información desplegada en la pantalla; ensimismada en el análisis del mantenimiento de los robots, no notó al hombre que se acercaba lenta y cautelosamente hacia ella, por la espalda.
Abruptamente, Kaji la tomó por detrás, abrazándola sentada en la silla. La rubia se sobresaltó a la primera impresión de tan súbita sorpresa, pero cerciorándose después de la identidad del atacante, quedó tranquilizada completamente.
—Kaji— pronunció, volteándose al recién llegado— Cuanto tiempo sin verte...
—Los hombres de NERV son una bola de estúpidos si ignoran a una mujer tan bella cómo tú— le respondió, utilizando el acento de casanova tan usual en él —Tal vez ... yo mismo deba ser el que te corteje— continuó, estrechando su pecho más y más en la espalda de la mujer de ciencia.
Ésta, apenada y con sus mejillas completamente encendidas a causa del rubor, apenas si pudo resistirse al encanto de aquel hombre tan carismático, otrora amante de su mejor amiga.
—No digas cosas que no tienes intención de hacer— le dijo, intentando ocultar su sonrojo—Y por favor, quita la mano de ahí— refiriéndose a la cercanía que tenía la mano de su amigo a su pecho.
El hombre obedeció al instante la indicación, dejando libre a la prisionera y volteándose hacia la pared, justo donde Misato le contemplaba, furiosa y con una expresión en su rostro que asustaría a cualquiera; todo aquello no había sido más que un ardid para molestar a la capitana, quien se encontraba a sus espaldas, hojeando sin poner atención un libro, más entretenida en vigilar aquella conspiración en su contra. Cómo dirían por ahí, en la guerra y en el amor...
—Oh, Lord...— exclamó el hombre, ante la colérica mirada de su ex mujer —¡Ahí está una muchacha que me mira con muy malos ojos!
Aquello había sido la gota que derramó el vaso de agua para la beldad con rango militar, un desafío lanzado directamente en contra de su persona, y esta vez no lo iba a pasar por alto, esta vez confrontaría al enemigo y saldría victoriosa, como en todas las batallas antes libradas. Emperrada, cerró de golpe el ignorado libro que cargaba en sus manos y le reclamó de inmediato a su contrincante:
—¡Ya estuvo bien!— gritó a todo pulmón, a la par que se dirigía cómo un tanque hacia Kaji —¡¿Porqué siempre haces lo mismo?! ¡No escarmientas! ¿Verdad?— dijo, haciendo que el hombre se recargara hasta la pared del fondo de la habitación, con su asedio, mientras le amenazaba con el dedo índice.
Kaji, divirtiéndose de lo lindo al hacer enfadar así a Misato, continuaba provocándola.
—Es que yo soy así— se defendió, poniendo sus manos al frente, cómo si se estuviera rindiendo.
—Si van a pelear, mejor vayan afuera— pronunció agotada Ritsuko, mientras daba el último sorbo a su taza de cafeína, enfadada por haber sido interrumpida en su trabajo.
—Pero entre tú y yo ya no hay nada— siguió diciéndole el hombre a Katsuragi, y luego, con un dejo de malicia, expresó cándidamente, guiñándole un ojo —¿Ó no será que aún sientes algo por mí, pequeña? ¿Eh? ¿Qué dices?
Misato frunció el ceño, y sacó a asomarse tímidamente a su labio inferior, cómo si estuviera haciendo un berrinche de niño, quedándose sólo con esa iracunda mirada por algunos momentos, muda, cómo si aquel comentario le hubiera pegado al clavo del asunto.
—¡NI LO SUEÑES!— replicó con todas sus fuerzas, mientras daba un fuerte puñetazo justo a lado de dónde se encontraba la cabeza de su antiguo novio, abollando un poco la pared. Al parecer, la sugerencia del hombre no se había acercado a la realidad, y la molesta mujer escondía mucha más fuerza de la que aparentaba tener, también.
—Aunque me haya dejado llevar por un arrebato juvenil— continuó Misato —Salir contigo fue el peor error de mi vida, y es algo que no pienso repetir— concluyó, dándole la espalda de nueva cuenta a su viejo amor.
Kaji por su parte, contempló algunos instantes, impresionado, la pequeña abolladura humeante que la Capitana Katsuragi había realizado en la pared con su puño, e ignorando el peligro, la siguió provocando, tal como un chiquillo continúa molestando a los animales enjaulados.
—¿Porqué estás tan enojada?— preguntó alegremente, libre de su cautiverio —Te van a salir arrugas en la cara...
—¡Cállate!— fue lo que obtuvo por respuesta de su muy irritada compañera de trabajo.
Hubieran podido continuar eternamente con la reyerta, de no ser interrumpidos de tajo por la estridente alarma que se dejo escuchar en todo el cuartel, poniendo a todo mundo en guardia, o sacándolo de quicio, cómo fue el caso de algunos empleados, hartos de escucharla tan seguido.
—¿Qué sucede?— interrogó a sus acompañantes la Doctora Akagi, volteando hacia el techo cómo si de ahí fuera a caer la respuesta.
—¿Otro simulacro?— fue la suposición inmediata de su amiga.
En el centro de mando era el único lugar dónde no reinaba la incertidumbre; la información que circulaba ahí era ésta:
—Hemos recibido un mensaje del crucero de vigilancia "Haruna"... Se ha descubierto un objeto submarino gigante en el mar de la península de Kii— comunicó Maya Ibuki —En este mismo momento nos están mandando todos los datos que sus instrumentos recabaron.
Shigeru examinó a conciencia por algunos momentos la información recién llegada en su pantalla, y después de compararla con modelos anteriores, exclamó alarmado:
—¡Tenemos un Código Azul confirmado! ¡Es un ángel!
Los líderes no se fueron por las ramas ni esperaron a que aquellos datos fueran corroborados, y de inmediato, Fuyutski, en lo más alto del centro de mando y con el comandante a su lado, ordenó con firme decisión, sin vacilar un solo instante:
—¡Qué todas las unidades del primer grupo se dispongan para el combate!
Y en el acto, Misato, también sin andarse por rodeos, tomó la radio de la consola de Ritsuko, y de inmediato voceó a los chiquillos por las bocinas de las instalaciones, que fue cuando ellos escucharon la alarma.
—¡Todos los pilotos repórtense al centro de mando!— pronunció a través del aparato — ¡Prepárense para atacar!
Asuka fue la primera en pegar carrera a los vestidores, entusiasmada por su primer batalla en el Japón, disipándose por completo su rabia interior, con la nueva convicción de demostrar sus habilidades de pilotaje perfectamente. Shinji y Rei, por su parte, no tenían prisa por llegar, a diferencia de sus dos compañeros. La muchacha ya sabía de las condiciones en las que se encontraba su unidad Evangelion, por lo que ni siquiera pensaba en cambiar de atuendo, y en el joven Ikari era algo típico el no mostrar agrado en arriesgar su vida peleando. Rivera por su parte se mostraba taciturno en tanto seguía a sus compañeros, soltando un hondo resoplido como si estuviera resignándose. Tener que trabajar bajo las órdenes de NERV en situación en combate seguía sin causarle gracia, pero pese a todas las maniobras y gestiones políticas, que había realizado afanosamente, seguía sin poder sacudirse esa intrincada situación que tanto le molestaba.
Afuera, sólo unas cuantas unidades de artillería y de la fuerza aérea se desplazaban por la zona, cómo insectos errantes, muy diferente a anteriores ataques donde haya intervenido la milicia de las Naciones Unidas contra las criaturas celestiales. Los helicópteros sobrevolaban la zona casi al ras del agua, persiguiendo aquella enorme silueta negra que se movía lentamente y se podía divisar desde el fondo del océano, a riesgo de su propia vida, para poder enviar todos los datos que fueran posibles al Geofrente. Los escasos tanques de los que disponían en esos momentos desfilaban cómo carros alegóricos por las carreteras, en busca de la playa, mientras que los que tripulaban aquellos vehículos se maldecían por su mala suerte.
—El sistema de intercepción del Distrito 5 de Tokio 3 fue dañado severamente en el anterior combate— recitaba la militar por los comunicadores a sus tropas, incluyendo a los pilotos —En esta batalla, tendría un rendimiento nulo. Por lo tanto, derribaremos al blanco en cuanto toque tierra— continuaba mientras se ataviaba de su chamarra roja y una boina de igual coloración, al tiempo que ingresaba a una unidad de observación móvil con su tripulación lista —¡Esta vez atacaremos de golpe!
Los pilotos Eva ya estaban listos y en sus respectivos robots Evangelion. Tal y cómo se lo esperaba Rei, los designados para la misión fueron todos excepto ella, lo que la decepcionaba y desesperaba de sobremanera.
—Las Unidades 01, 02 y Z se alternarán para realizar ataques discontinuos y se aproximarán al objetivo— indicaba Katsuragi a través de las pantallas desplegadas en las cabinas, en conferencia con sus pilotos —En cuanto lleguen a la superficie conecten su suministro de energía y pónganse en formación, ¿Entendido?
En ese momento sus lanzaderas se pusieron en movimiento, llevándolos al estrecho laberinto de túneles que los llevaría a la superficie.
—¿Eso es todo?— reclamó molesto Kai —"Ataquen de golpe..." ¿En serio esa es todo tu brillante estrategia? ¡Yo solo pude haber pensado en eso! ¡Es precisamente por este tipo de cosas que me cuesta tanto trabajar con ustedes, bola de improvisados sin idea!
—Ay, no empieces con la misma cantaleta de siempre...— masculló la mujer, entornando los ojos y esforzándose por ignorarlo.
—¡Yo sí estoy de acuerdo, Misato!— lisonjeó la chiquilla de cabellera encendida, con una expresión alegre en su rostro —¡Me parece un excelente plan!
—Cielos, me pasma ver sus diferentes caras— murmuró Shinji, entre dientes.
En el momento que acabó de pronunciar su frase, una pantalla se abrió repentinamente en su equipo de comunicación, sorprendiéndolo bruscamente.
—Te escuché, ¿sabes?— le replicó la extranjera —Para que te lo sepas, no tengo problemas en trabajar con unos mediocres como ustedes, aunque en realidad sé muy bien que yo podría hacerlo sola— aclaró dándose aires de superioridad, y luego se dirigió a ambos muchachos, en tono sarcástico —Y por favor, traten de no estorbarme y eviten ante todo meter la pata como acostumbran, cretinos...
El paseo se cortó abruptamente y las plataformas se detuvieron en seco, una tras de otra, desalojando a los ocupantes en la superficie, a unos cuanto kilómetros de la costa.
Una vez que estuvieron asegurados en la superficie, Maya les indicó por el siempre abierto canal de comunicación:
—Unidades Eva, despeguen en línea recta por ruta 26.
Obedeciendo el señalamiento casi en el acto, los tres gigantes de metal abandonaron sus plataformas para internarse entre el poblado costero, auspiciados por los edificios y ruinas que se interponían entre ellos y el mar.
Era imposible para las personas el pasar desapercibida su presencia. A cada paso que daban, cualquier cosa que no estaba firmemente fijada al suelo comenzaba a agitarse violentamente de lado a lado; hasta los edificios retumbaban con cada pisada suya, cómo si quisieran hacerse a un lado para dejar pasar a los titanes metálicos.
El sólo ver la luz del sol reflejada en las brillantes armaduras de colores que protegían a las gigantescas máquinas, era una solemne visión. Era todo lo que necesitaban los técnicos y soldados de NERV para convencerse que todo iba a salir muy bien. Al verlos desfilar por las calles, tan imponentes y majestuosos, inalcanzables, cómo si fueran los dueños de todo lo que les rodeaba, hacían creer a todo aquel que pudiera contemplarlos en toda su magnitud que nada en la Tierra ni en el Cielo podría derrotar a sus poderosos guardianes construidos de acero. Ni siquiera reclamaban por los consecutivos y pequeños terremotos que ocasionaban con su andar, y que hacían que los automóviles brincaran 15 centímetros desde el suelo, que los vidrios y cristales estuvieran a punto de romperse y de que ellos estuvieran agazapados en refugios bajo tierra.
Antes que la energía interna finalizara para las unidades 01 y 02, los tres pilotos ya habían alcanzado los camiones que cargaban las grandes baterías que contenían los cables energéticos que a su vez les suministraban el vital fluido eléctrico para que pudieran funcionar correctamente.
Los Eva se inclinaron ligeramente hacia los vehículos para coger los enormes cables, mismos que conectaron en los mecanismos instalados en sus espaldas, llenándolos de poder con duración indefinida, siempre y cuando no rompieran la conexión.
—Cable umbilical conectado— pronunciaban al terminar la acción.
Y aunque no lo necesitara, también el modelo especial hizo lo mismo, conectando el susodicho mecanismo en su espalda.
—¿No que podías prescindir del cable umbilical, súper chico?— preguntó extrañada Asuka, haciendo un notable énfasis en la última expresión, sabiendo lo mucho que le molestaba aquella designación al muchacho.
—Me considero una persona humilde, así que no me gusta alardear frente a los demás de lo que sí puedo hacer y ellos no— respondió de forma serena el joven —De cualquier forma, puedo activar el Motor S2 de mi unidad en el momento que así lo considere necesario, según las circunstancias del combate. Dudo mucho que tenga que utilizarlo, me parece difícil que cualquier cosa que salga de esas aguas pueda superar una desventaja de 3 a 1.
A pesar de que aquello contenía algo de verdad, en realidad lo hacía porque las dos veces que había piloteado se había percatado de los efectos adversos que tenía para su cuerpo incrementar el radio de sincronía con su Evangelion al nivel necesario para la activación del Motor S2. Por si no fuera suficiente, mientras más sincronizado estuviera con el Evangelion, mayor sería el daño que él recibiría cuando atacaran al robot.
—Y una vez más, te pido que dejes de llamarme "super chico", ó me veré obligado a abofetearte— le reclamó a la extranjera en un tono bastante cortés mientras enfilaban hacia la playa, ahora atravesando las ruinas de los antiguos edificios que solían estar ahí antes del Segundo Impacto —Puedes utilizar la lista de apodos que te sugerí para referirte a mi persona, como "Bati-chico" o "Chico-araña." Personalmente, creo que "Amo y Señor" sería el más adecuado para que expresaras toda la admiración que secretamente sientes por mí...
—Eres un raro, un enfermo mental, y el solo hecho de tener que estar hablando contigo me repugna— concluyó la alemana, sin prestarle más atención al muchacho.
Shinji, por su parte, iba callado y ensimismado, cómo era típico de él en aquellas ocasiones. No podía entender cómo era que sus compañeros siempre tomaran todo aquello tan a la ligera: Kai, Rei, Asuka, nunca les parecía importar el tener que arriesgar de ese modo su existencia. ¿Porqué razones lo harían? Y quizá lo más importante, la pregunta que se había planteado eternamente: ¿Porqué lo hacía él? A lo mejor era por que era lo único que le quedaba, ya que sólo una vez que se convirtió en piloto la gente comenzó a respetarlo y estimarlo. Tal vez era eso, o tal vez no...
Se detuvo. Habían llegado al fin al mar. Comenzó a aferrarse al arma que había agarrado atrás, cómo si se tratase de un amuleto. En unos momentos más, empezaría de nuevo a luchar y no podía evitar el sentir miedo e incertidumbre de lo que pasaría. Kai fue el primero en ingresar a las aguas, ignorando las penas de su compañero, mientras que la joven europea se mostraba un poco indecisa en si entrar o no. Aún recordaba los pormenores de su última aventura marina y todos los percances que ella y los otros muchachos habían sufrido.
—Adelante— la invitó Misato, al observar su vacilación —Puedes entrar con toda confianza, ya que el agua salada no dañará el desempeño de tu unidad. Ese problema ya ha sido resuelto.
—Pues si es así...— contestó la chiquilla, animada, al mismo tiempo que comenzaba a saltar entre los edificios destruidos, para darle alcance a la Unidad Z. Shinji la siguió pausadamente, con una extrema cautela.
La muchacha cargaba con una gigantesca lanza a escala del Evangelion, la cual portaba y sabía utilizar magistralmente, cómo un hermoso arte, al igual que todo lo que realizaba; mientras que en contraste, Shini se había inclinado por algo un poco más tosco y no tan estético, ya que se había hecho de una también enorme metralleta, a igual escala de su robot, la cual tenía capacidad de disparar 50 tiros por segundo. Por su parte, Kai llevaba consigo, enfundada, la misma espada que había usado la primera vez que pilotó al Eva Z. Y si se daba el caso y necesitaba atacar a distancia, bien se las podía arreglar con los rayos ópticos desplegados por su Eva.
Cuando llegaron al límite de tolerancia, con el agua de mar llegándoles a las pantorrillas, se detuvieron, para poder formar una alineación de ataque. A lo lejos podía divisarse con facilidad aquella colosal silueta que se movía por debajo de las aguas, aproximándose a los niños.
—A la hora que quieras— pronunció con bastante confianza la niña.
Sin saber exactamente porqué, a raíz de esos múltiples presentimientos que tenía, Kai volteó de reojo hacia dónde se encontraba el Modelo de Producción, justo a lado suyo. Pero no lo observó en su estado actual: fuerte, vigoroso, invencible. No, lo contempló cómo en una visión. Sus oídos comenzaron a zumbarle, mientras las brumas comenzaban a cubrir su conciencia, llevándolo momentáneamente a otro tiempo y lugar. Un sudor frío comenzó a recorrer su frente, al igual que unos tremendos escalofríos su columna vertebral.
Estaba en un campo verde y fértil; la vida abundaba y crecía en ese lugar, excepto en su centro, dónde la muerte rondaba, acechando a todo desprevenido. Siguió un hilo de líquido carmesí que posaba en el suelo, hasta su origen. No era un líquido cualquiera, era sangre, roja, espesa y caliente. La sangre de Asuka, que brotaba cómo manantial en aquel jardín. La pobre estaba atravesada de lado a lado por varias varas de metal negro y oxidado, que la mantenían clavada al suelo, boca arriba. Una parvada de buitres comenzó a rondarla, y cuando menos se lo esperaba, uno se lanzó sobre un pedazo de carne suyo, arrancándoselo salvajemente con su pico, y luego vino otro, y después de éste otro más, así que hasta que toda la parvada estaba encima de ella, devorándola. Pero aún seguía con vida mientras era engullida por los carroñeros sin escrúpulos. Con su decisión y coraje habitual, extendía una mano hacia el cielo, cómo si esperara algo. Entonces, entre todo ese tumulto de sangre, carne, alas, picos y plumas, ella pronunció con voz firme, autoritaria:
—¡Ayúdenme!— aquello no era un grito de súplica, sino de rabia y de demanda, tan característico en ella.
—Asuka— murmuró el joven, impávido.
El muchacho contemplaba esa escena atónito, sin poder atender a la demanda de su compañera, cuando repentinamente fue transportado de nuevo a la realidad.
—¿Qué diablos quieres?— fue lo primero que recibió a su retorno, la interrogante de su compañera a través de la pantalla.
—¿Eh?— musitó el muchacho, desconcertado por el súbito cambio de entorno, pelando desmesuradamente los ojos, volteando hacia todos lados, cómo si quisiera convencerse de algo.
—Dijiste mi nombre, imbécil— le aclaró Asuka, molesta por su repentina ignorancia —¿Qué carajos quieres?
—Ah, sí...— balbuceó el muchacho, desorientado, por lo que tuvo que improvisar —Este... ¡Cállate! ¿Quieres? Que estás poniendo nervioso a Shinji con tantas sandeces que dices...
—¡Eso no es cierto!— se defendió Shinji enseguida, apareciendo por la misma pantalla en la que ambos discutían.
Ni la muchacha ni su compañero le respondieron ya, haciendo caso omiso de su disculpa, estaban concentrados en sí mismos, a la par que seguían con la mirada clavada en el océano, vigilando constantemente aquella sombra que se dirigía directo a ellos.
Los tres estaban inmóviles, sosteniendo sus armas ferozmente, listos para usarlas de un momento a otro. Sin embargo, Kai no estaba del todo concentrado, reflexionando la visión que acababa de contemplar... ¿Qué fue todo eso? Era la primera vez que le pasaba, y no sabía porqué. "Esta maldita máquina ya me está jodiendo la cabeza" pensó en tanto sostenía su frente, tratando de reponerse de aquella fuerte impresión. Aún seguía bastante confuso y tenso cuando Shinji dijo mortificado, apuntando con su arma:
—Ya está aquí— pronunció, frunciendo el entrecejo.
De inmediato, un gran torrente de agua se elevó a las alturas, dejando salir libre a la criatura frente a los chiquillos y empapándolos por sorpresa. Era un ángel, no había la menor duda al respecto. Siempre tan extraños, eternamente surrealistas, cómo pinturas de dicho movimiento. Pero por lo menos, éste tenía una forma humanoide para pelear con él a la antigua, cuerpo a cuerpo. En sí, sus brazos y piernas formaban dos arcos completamente opuestos, de color negro y blanco, poseedor también de una diminuta cabeza blanca que comenzaba a identificar a los de su clase, cómo rasgo físico.
—¡Yo iré primero!— expresó entusiasmada la alemana, mientras blandía con satisfacción
la lanza en sus manos —¡Cúbranme!— les dijo a sus dos compañeros mientras se precipitaba rápidamente donde el coloso.
De inmediato, sin objetar nada, Ikari comenzó a disparar el contenido de su arma en contra del monstruo, mientras su compañera de dirigía hacia esa cosa como un tigre en cacería.
Las balas producían unos extraños zumbidos metálicos al aplastarse de lleno en contra del recién activado Campo A.T de la bestia, como era de esperarse; sin embargo, continuaba empeñado en dispararle varias veces, buscando mantener ocupado a su enemigo. Entonces, pudo contemplar el Núcleo del monstruo, el cual estaba dividido en tres partes iguales, cada una de distinto color. ¿Qué era lo que quería decir ese núcleo dividido?
Mientras él se preguntaba eso, la muchacha se impulsó con el pie derecho sobre una ruina de un edificio, tomando el suficiente vuelo para pegar tremendo salto. Después que quitó los pies de aquella derruida construcción, ésta se colapsó sobre sí misma. Ya en el aire, maniobró cómo lo haría una gimnasta medallista y le cayó de pleno a la criatura por encima de su campo protector, utilizando magistralmente su pica para partirlo en dos partes.
— Bravo!— aplaudió Misato —¡Muy bien hecho, Asuka!
—No ha sido un enemigo difícil— le respondió la chiquilla, regodeándose y bastante orgullosa de su primer triunfo. De seguro esto le subiría bastante puntos, o por lo menos era lo que creía en esos momentos.
—¡Es increíble!— le dijo Shinji a su compinche— ¿Cómo es que logra moverse de ese modo?
Kai no le respondió, Estaba bastante ocupado en devolverle los ademanes groseros que la pequeña rubia le dirigía por el comunicador. Sacar la lengua o el párpado, hacer una señal con el dedo medio o el puño, todo era valido en la forma de tratarse de aquellos dos. Pero entonces, volteando de reojo hacia dónde estaba la extranjera, él y su compañero pudieron percatarse que el enemigo no estaba del todo acabado, como pretendía hacer creer.
—¡Cuidado!— pronunciaron los dos al unísono, para que después Shinji pudiera completar: —¡Todavía se mueve!
Creyendo que era una broma de parte de sus compañeros, Langley volteó distraídamente, sólo para encontrar no uno, sino tres cuerpos en pie. El ángel se había regenerado, y multiplicado su número, aparentemente, mientras la chiquilla estaba de espaldas.
—¡¿Qué diablos es eso?!— exclamó sobresaltada, mientras pegaba un salto hacia la retaguardia. Sus ojos parecían salírsele de las órbitas, debido al pasmo en el que se encontraba.
—¡Era una trampa!— aseguró Misato —¡Tengan cuidado, van hacia ustedes!
Sin ningún tipo de aviso, las ahora tres criaturas, se sumergieron cómo delfines a las profundidades marinas, intentando tomarlos por sorpresa. Cada una designó a un piloto que atacar. Así, los chiquillos se afianzaron de sus armas lo mejor que pudieron, esperando el inevitable contraataque de parte de los ángeles. Al ver las líneas de agua saliendo a chorro, más o menos calculaban cuando su oponente saldría del agua, De ese modo, al ver aquellas pequeñas manos con un trío de ridículos dedos, Shinji comenzó a disparar su metralleta de improviso, soltando un grito de desesperación. Al contrario, sus otros dos compañeros esperaron hasta tener frente a sí al enemigo para poder atacar.
De improviso, a la muchacha le saltó delante de ella una de esas criaturas, y sin perder tiempo, Asuka descargó todo el peso de su lanza en el recién llegado, abriéndole una rajada en su costado, que iba desde dónde estaban los hombros hasta su estómago (o lo que sea que tuviera en ese espacio). La cosa se quedó de pie, inmóvil por algunos instantes, al punto que la chiquilla llegó a pensar que por fin lo había matado. Sin embargo, luego de unos cuantos momentos, el coloso se volvió a regenerar tan fácilmente cómo lo había hecho antes, cuando era un solo ser.
—¡¿Cómo...?!— exclamó la jovencita al contemplarlo, petrificada en su asiento.
Shinji tampoco había tenido éxito con el arma de fuego. La bestia delante de sí recibía uno a uno balazos capaces de atravesar un tanque, para luego regenerar los agujeros que se le hacían, mientras los pedazos que volaban de él, volvían a juntarse.
—¿Cómo lo hace?— decía Shinji mientras apretaba los dientes para seguir jalando del gatillo como poseso.
Y al igual que Asuka y Shinji, Kai no había obtenido resultados muy diferente a los de sus compañeros. Asestaba una y otra vez el filo del arma que sostenía en la mano sobre la bestia frente a él, mientras la criatura se regeneraba de manera sencilla de los daños que le ocasionaban las constantes tajadas. Harto hasta la coronilla de aquella situación, enfundó de nuevo la katana, para luego sujetarla con ambas manos, y utilizarla cómo un simple garrote, lo que parecía reportarle mayores beneficios, golpeando la boca del estomago de su contrincante y tumbándolo pesadamente al agua debido a la fuerza del golpe.
Mientras tanto, la militar seguía dando instrucciones a diestra y siniestra:
—¡Asuka, apuntale al Núcleo!
—¡De acuerdo!— asintió la chiquilla, y en el acto, propinó otro tremendo impacto en el sitio requerido a la cosa que tenía frente a ella.
Al golpe, una gran cantidad de vapor comenzó a salir a chorro del centro de la criatura, pero luego de esperar un poco se regeneró igualmente, tal y cómo lo había hecho en anteriores ocasiones.
—¡No ha funcionado!— comunicó aterrada— ¡También se regenera!
En aquel preciso instante, la entidad que estaba delante de Shinji le arrebató su arma de un manotazo, tirándola al lecho oceánico, y después, levantó en vilo al chiquillo, sin ningún tipo de problema.
La alemana se dio cuenta de ello, y distrayéndose un poco, quiso ir rápidamente a ayudarlo. Fue todo lo que necesitó su adversario para poder aplicarle el mismo castigo, levantándola cómo una rama seca y podrida por encima de su cabeza.
—¡Suéltame!— repetía una y otra vez la chiquilla, en su tradicional tono de demanda, forcejeando con su captor —¡ Te digo que me sueltes, bastardo!
El monstruo hizo poco caso a las órdenes de su rehén, mientras la sostenía fuertemente, impidiendo que se liberara.
—¡Puta madre!— expresó Kai al ver que sus compañeros comenzaban a ser sometidos.
Había olvidado completamente a la cosa que había noqueado antes, observando los apuros de los otros pilotos. Lo único que lo salvó de sufrir la misma suerte fue voltear de reojo, para poder ver aquella enorme masa negra salir a sus espaldas, con la intención de agarrarlo de igual modo. Sin perder tiempo, movido por sus veloces reflejos y un marcado deseo por seguir con vida, propinó un fuerte codazo de nueva cuenta en el abdomen del coloso, para luego girar completamente a donde estaba la criatura y juntar sus dos manos, tomar impulso con ellas y golpearlo certeramente en la diminuta cabeza, volviéndolo a tirar al mar.
No queriendo arriesgarse nuevamente, se le dejó ir cómo todo un chacal, pateándolo en el suelo sin dejar que se levantara, golpeándolo hasta el cansancio e incluso hasta mordiéndolo como perro de caza.
Mientras tanto, el otro par de criaturas, cansadas de esperar a su compañero, sostuvieron fuertemente a sus prisioneros, y con una coordinación impecable, los lanzaron al mismo tiempo y en la misma dirección, haciéndolos estrellarse violentamente uno contra otro, para caer inconscientes hacia las ruinas, destrozando unas cuantas al caer pesadamente. Satisfechas de su trabajo, las bestias se volvieron a su castigado compañero, con la plena intención de ayudarle.
Rivera los pudo divisar cuando se aproximaban a donde estaba, y también a sus aliados tendidos y derrotados.
—¡Mierda!— se lamentó al percatarse de que se había quedado solo, en inferioridad numérica, en tanto los otros dos gigantes se dirigían hacia él.
La desesperación hizo presa de él cuando vio al tercer monstruo reponerse del castigo que le había infligido apenas momentos antes, levantándose sin cualquier clase de daño visible y uniéndose a sus hermanos que iban convergiendo en su posición.
—¡Al carajo todos, ustedes me obligaron a hacerlo!— repuso el muchacho, enfurecido, aferrándose a las palancas con las que conducía su robot —¡Ardan en el puto Infierno, cerdos miserables!
En el acto un intenso haz de luz rojiza salió despedido de los ojos del Eva Z, repleto de energía calórica que desintegraba todo a su paso. El mundo entero parecía arder en llamas cuando el paisaje circundante se pintaba de un espectral tono carmesí en tanto el rayo de luz del mismo color consumía lo que quedaba a su alcance. Incluso el océano se vaporizaba al momento de recibir de lleno aquella terrible ráfaga. Zeta giró su cabeza unos 180 grados para poder barrer de un solo disparo a todos sus enemigos, los que cayeron abatidos al contacto con la descarga. Una vez que la impresionante manifestación energética concluyó, solamente quedaba una desoladora devastación como única secuela. Gruesas cortinas de agua evaporada cubrían toda la escena, aunque al cabo de unos momentos el viento las disipó lo suficiente como para revelar a los trillizos monstruosos, de los cuales solo quedaban restos calcinados muy semejantes a una vela consumida.
—¿Lo logró? ¿Por fin lo hizo?— inquirió Misato a sus técnicos, cauta en anunciar prematuramente la victoria como ya lo había hecho antes —¿Ya podemos estar seguros que están muertos esos cabrones?
—Aún no estamos seguros...— respondió Hyuga —Nuestros instrumentos muestran...
Antes que pudiera terminar, sus enemigos lo interrumpieron groseramente al volver a regenerarse a una velocidad pasmosa. Nuevas estructuras y tejidos se formaban reemplazando las partes dañadas, apareciendo prácticamente de la nada. Así fue que antes de que pudiera hacer otra cosa que maldecir su suerte, Kai se encontraba de nuevo rodeado por las tres criaturas, que sin darle oportunidad de reaccionar se abalanzaron sobre de él como en una jugada de fútbol americano. Enseguida lo sometieron a un castigo igual de violento, o inclusive mayor al que se les había infringido.
—¡No puedes enfrentarlos a todos en grupo!— indicó Katsuragi, al borde de la histeria —¡Tienes que salir de ahí, no dejes que te rodeen!
—¡No me digas, mujer!— respondió el chiquillo, quien se daba tiempo para derrochar sarcasmo aún en medio del forcejeo que sostenía con los monstruos, buscando librarse de su asedio tirando puñetazos y patadas a tontas y locas, inclusive cuando se encontrara tendido de espaldas sobre el mar —¡Si no me avisas ni siquiera me doy cuenta!
—¡Cierra el pico y escapa como puedas, idiota!— contestó a su vez Katsuragi —¡Te van a matar si sigues así! ¡¿Ó piensas que estos tipos se van a quedar parados como estatuas ahí, nada más?!
Pese a que su armadura lo protegía de la mayoría de los impactos recibidos, Rivera sabía que la mujer tenía razón y que de seguir así sus acosadores encontrarían la forma de desbaratarlo, con armadura o sin ella. Pero hubo algo en las palabras de su oficial superior que lo hizo reaccionar con nuevos bríos, sus ojos brillando con la confianza otorgada por la certeza de haber descubierto como salir de esa penosa situación.
Así fue que se las arregló para sostener el pie de uno de sus agresotes, poco antes que éste le asestara una poderosa patada en pleno rostro. Con un simple movimiento de muñeca produjo un jalón para derribarlo con estrépito, creando el hueco que necesitaba para escapar del asedio. Lo hizo sin perder tiempo, incorporándose de un rápido movimiento y poniendo tanta distancia como pudo entre sus contrincantes y él, arrastrando detrás suyo a la criatura que seguía sosteniendo por el pie. Aunque ésta se resistía ferozmente, la fuerza de la Unidad Z la apabullaba enormemente. Cuando sus otros dos hermanos volvían a estar próximos a él, Rivera sonrió con sorna mientras les hablaba como si pudieran entenderlo:
—Oigan, tipejos...— dijo confianzudamente —¿Qué les parecen este par de piernas?
E inmediatamente luego de decir aquello, tomó fuertemente a su rehén de un brazo, levantándolo por encima de su cabeza para impulsarlo con varios giros, dejando sus piernas tendidas al aire, con las que comenzó a aporrear a las otras bestias, una y otra vez. Así era como les impedía volver a rodearlo, pero al quinto golpe que les dio, aquellas cosas no parecían tener intención de retroceder, ya que después de cada nuevo embate se levantaban sin nada casi enseguida. Aquello podía durar días, por lo que el muchacho, fastidiado ya y habiendo cumplido el primer objetivo de liberarse de su acecho, les arrojó al prisionero, tumbándolos a todos de espaldas. Remató al de encima con otra de sus ráfagas ópticas, atravesándolos a los tres sin ninguna dificultad. Sabiendo de antemano que volverían a recuperarse de inmediato, enfiló hacia la costa lo más rápido que pudo.
—¡Oigan, ustedes!— se dirigió a los de la base móvil, mientras remolcaba a sus compañeros pilotos caídos fuera del agua —¡Sirvan de algo, para variar!
—¿Qué es lo que quieres?— le preguntó Misato, tomando la palabra.
—¡Ya va siendo hora de enfríarles los ánimos a estos malnacidos!— dijo envalentonado, habiendo ganado más tiempo y distancia de lo esperado —¡Necesito acceso al Depósito 16 de Armas Experimentales! ¡Envíenlo cuanto antes, lo más cerca posible!
—¡¿Depósito 16?!— intervino Ritsuko de golpe en la conversación apenas escuchó la mención de dicho armamento, a punto de un ataque —¡Estás loco de remate si piensas que te dejaré usar esa cosa! ¡Aún está en etapa experimental y ni siquiera ha pasado por la fase de pruebas! ¡Podrías aniquilarnos a todos!
—¡Yo mismo diseñé esa cosa y estoy bastante seguro de lo que puede hacer, bruja metiche! ¡Pero si se te ocurre una mejor idea para detener a estos pendejos, con gusto estoy abierto a sugerencias!— respondió el muchacho, molesto por la intervención —¡Es mi trasero el que está en riesgo aquí afuera, no el tuyo!
—Doctora Akagi, como encargada de la misión autorizo el despliegue del arma experimental 16— dijo la Capitana Katsuragi a su vez —Asumo toda la responsabilidad de lo que pueda suceder, haga los arreglos pertinentes para el traslado del arma en un anaquel móvil que alcance la superficie.
—¡Eres una idiota, no puedes autorizar algo como eso si ni siquiera sabes lo que hace esa condenada arma!— se volvió a oponer la científica —¡Van a fastidiarnos la existencia a todos en este hemisferio!
—¡Doctora, le acabo de dar una orden!— sentenció la capitana, tajante, imponiendo su autoridad como nunca antes lo había tenido que hacer —¡Más le vale cumplirla de inmediato, si no quiere ser acusada de insubordinación!
—Mal... ¡Maldita seas!— masculló Ritsuko apenas se recobró de la impresión —¡Váyanse al demonio, tú y tu chiquillo delincuente! ¡Tendrás tu maldita arma, pero haz de saber que con sus estupideces nos han condenado a todos!
Entre dimes y diretes, la plataforma de armamento solicitada por el muchacho apareció delante de él, a unos siete mil metros de dónde se encontraba. El chiquillo enardeció, y reclamó ferozmente, mientras las criaturas empezaban a ponerse en pie detrás suyo.
—¡Demonios!— maldijo por el aparato —¡¿A eso le llaman cerca?! ¡Por favor!
—¡Deja de quejarte y haz lo que tengas que hacer!— le calló de golpe la mujer.
Kai, con el rabo entre las patas, tuvo que dejar de remolcar a los Evangelion derrotados, y quitándose el estorboso cable energético de la espalda, volvió a aumentar la sincronización con el Eva Z para activar nuevamente su Motor S2 y poder correr lo más rápido que le permitieran las piernas.
Ya estaba cerca de su objetivo, a menos de 2.5 kilómetros, cuando las tres criaturas, al mismo tiempo, se pusieron de pie y en represalia a los golpes sufridos con anterioridad, descargaron cada uno y a la vez un trío de disparos energéticos, que sacaron directamente de su Campo A.T.
El joven piloto pudo contemplar a tiempo las alarmas en su pantalla, indicando las ráfagas que se aproximaban a sus espaldas. Empero, no pudo hacer la gran cosa, ya que en una milésima de segundo lo habían alcanzado ya. El blindaje de su armadura soportó muy bien los tres impactos en la columna vertebral, arrojándolo abruptamente hacia delante, deslizándose pesadamente por la arena hasta atravesar toda la playa y alcanzar las calles de concreto. Aún así, fortuitamente el golpe lo había lanzado justo donde quería, hacia la lanzadera de armamento.
Cómo pudo, aún en el piso, abrió el anaquel, sacando de él un dispositivo esférico tan grande como un camión de pasajeros. Viendo a los trillizos acercarse hacia él y preparar otra nueva tanda de disparos, Rivera ejecutó el mecanismo de activación de su arma experimental, quitando un seguro y deslizando la mitad de la esfera como una suerte de reloj de cocina, para luego arrojarla hacia sus oponentes lo más fuerte y certeramente que pudo en tan precarias condiciones.
Al cabo de un instante, una fuerte onda expansiva salió violentamente despedida al haber estallado la misteriosa arma justo antes de caer a los pies de los monstruos. Todo aquello que no estuviera sujeto al piso salió volando debido a la fuerza del estallido, fueran autos o mobiliario urbano. Lo curioso de aquella explosión era que aún a pesar de su potencia, no había despedido cualquier clase de onda calórica residual, como era habitual en ese tipo de manifestaciones, unicamente una fuerte racha de viento huracanado.
Una vez que la conmoción quedó atrás, la antigua estampa costera en la que había trasncurrido la batalla se había desvanecido para dar paso a un paisaje que parecía sacado de un distante mundo alienígena. El azul turquesa del océano fue reemplazado por una blancura insondable, uniforme, y el agradable clima tropical de la región había devenido en un frío calante hasta los huesos. Las aguas de la pequeña bahía habían quedado congeladas hasta donde alcanzaba la vista, junto a una vasta porción de terreno, y justo en medio de aquél enorme bloque helado habían quedado atrapadas las tres criaturas, que ahora parecían una hermosa escultura labrada en hielo sólido.
—¡Diablos, en serio funcionó!— exclamó Rivera, todavía postrado sobre el piso, tan sorprendido como todos los demás testigos de aquél insólito hecho, aún cuando él hubiera sido su artífice —¡Y al primer intento! ¡No esperaba que fuera a salir tan bien!
—¡Niño imbécil!— respingó enseguida la Doctora Akagi, con su furibundo rostro invadiendo todo el ancho de la pantalla de su comunicador —¡Es la última vez que permito que nos pongas en peligro! ¡Pudiste haber congelado todo el maldito planeta! ¡Tuviste mucha suerte de no haber desencadenado una nueva era glaciar!
—Relájese, Doctora, todo fue siempre parte del plan, nunca hubo nada que temer— dijo el muchacho en tono casual, el que se permitía usar una vez que se había deshecho de toda su tensión acumulada al haber cumplido su objetivo.
Derivado directamente de sus trabajos para la conservación a bajas temperaturas de tejidos y otras muestras tomadas de los cuerpos de los ángeles, el dispositivo que había empleado para convertir en paletas a sus enemigos fue desarrollado como un inductor del Cero Absoluto, medida teórica establecida como la temperatura más baja que pueda existir en el universo. A esa temperatura los átomos pierden toda su energía, combinándose unos con otros para crear una sopa cuántica, o un superátomo conocido como Condensado Bose-Einstein, donde la materia, el tiempo y el espacio resultaban todo un batidillo que torcía las leyes físicas que los rigen. De ahí provenía el temor de Akagi, bastante justificado, pues era imposible saber lo que sucedería si esa temperatura llegara a ser alcanzada en el mundo que habitaban, ya no se diga a la distancia tan corta a la que se encontraban al momento de detonar el arma experimental. Por suerte para todos, el dispositivo del joven Doctor Rivera solamente se había aproximado a dicha marca, sin alcanzarla, y prueba de ello es que todos continuaban ahí, sanos y salvos. Únicamente se había aproximado lo suficiente para congelar todo en un diámetro de seis kilómetros, incluso las moléculas de agua que flotaban en el aire. Por lo visto, eso bastaba para incapacitar indefinidamente a las entidades a las que se enfrentaban.
Admirando su obra, el joven prodigio sonrió satisfecho por algún rato, habiendo comprobado su hipótesis de la efectividad del uso de bajas temperaturas contra sus colosales enemigos, lo que le abría todo un nuevo campo de posibilidades para explotar dicha debilidad. Después se acordó de sus compañeros derrotados, y volvió bruscamente la mirada hacia la zona de la batalla, esperando encontrarlos igualmente atrapados en la misma prisión congelada que a los colosos. Haciendo una toma panorámica de 360 grados, en su búsqueda, los encontró afortunadamente sobre una serie de ruinas, donde los había dejado. Por fotuna el hielo no había llegado hasta ese lugar. Aliviado, descansó la cabeza en el pavimento, dando un profundo y hondo suspiro, al mismo tiempo que veía deambular encima de él a los numerosos helicópteros de NERV, con el consecuente sonido de las aspas del vehículo en el viento.
—Esta maldita chatarra me está chupando la poca vida que me queda— pronunció para sí mismo cuando caía en la cuenta del abundante chorro de sangre que emergía de sus fosas nasales, justo como en las anteriores ocasiones en las que había piloteado su Eva.
El borbotón carmesí que expulsó por la boca mediante un violento tosido despojó aquél comentario al aire de toda la banalidad con la que lo había realizado, degenerando ésta en una aflicción apremiante mientras que observaba pasmado la mano con la que se había cubierto la boca embarrada totalmente de sangre.
Algunas horas después de terminada la batalla, todos se encontraban ya en la sala de proyecciones del Geofrente. Una amplia habitación de unos 8 por 8 metros, con tres hileras horizontales de butacas y una pantalla bastante grande. En la parte superior, al igual que en un cine de antaño, se encontraba el cuarto del proyector de imágenes.
Ahí estaban, en primera fila, los tres pilotos, un tanto decepcionados de su bochornosa actuación, sobre todo la que había hecho su debut en territorio japonés. Detrás de ellos se encontraban sentados Misato, la Doctora Akagi y Kaji, y hasta atrás reposaban el Comandante Ikari, de muy mal humor y con su típica pose de apoyar la barbilla en sus manos, el segundo al mando, el Profesor Fuyutski y también la joven Rei Ayanami.
"Esta tarde" decía el narrador del filme, cómo en uno de esos antiguos documentales de la Segunda Guerra Mundial, mientras pasaban las escenas de la batalla grabada. "A las tres horas con cincuenta minutos, el ataque coordinado de las tres partes del Séptimo Ángel han dejado fuera de combate a las Unidades Eva 01 y 02." En esos momentos pasaban los instantes de la derrota de Asuka y Shinji, la cual se veía esplendorosamente ridícula.
La alemana, el muchacho y la misma Misato, sintiendo la mirada de gavilán de Gendo perforándolos, se encaramaron cómo pudieron en sus asientos, a la par que la mujer musitaba una breve y tímida disculpa.
—Lo siento mucho— suspiró con pesadez, mientras intentaba ocultarse a la vista de su jefe, deseando que en aquel segundo la tierra se abriera y la devorara.
"A las cuatro con dos minutos" prosiguió el reporte, indiferente ante las penas que causaba a los actores de aquel drama, "el Modelo Especializado para Combate, la Unidad Z, ha atacado con éxito a la criatura, utilizando el arma experimental Código 16, congelando al ángel y a una pequeña parte del mar de la península de Kii. El enemigo permanece inmóvil hasta estos momentos." Concluyó el narrador, mientras la toma se dirigía a la escultura blanca erigida en medio del paraje ártico tan fuera de lugar.
La cinta terminó su recorrido y las luces en el cuarto se encendieron de repente, encandilando a unos cuantos presentes que ya se habían acostumbrado a la penumbra. La muchachita rubia, aún sin atreverse a levantarse de su asiento, preguntó con ávido interés a Kai, que se encontraba a su lado:
—¿Esos bichos feos se van a morir?
—La baja temperatura solo los detendrá un rato— respondió, tallándose los ojos y dando un profundo bostezo, semejando a un león exhausto luego de comer —Seguramente no les tomará mucho tiempo encontrar el modo de liberarse, esas cosas se especializan en desafiar a las leyes naturales.
—No entiendo— continuó la chiquilla, consternada —¿Cómo se supone que vamos a vencer algo que puede soportar tanta capacidad de fuego? Cualquier daño que le hagamos es reparado antes de que pueda ser aprovechado
—Eres toda una especialista en resaltar lo evidente, bombón— comentó el joven, recostándose con desparpajo sobre su asiento y colocando las manos sobre su barriga, acaso como si se dispusiera a tomar una siesta ahí mismo —Yo digo que para fastidiar a esta cosa, va a hacer falta una meticulosa estrategia, apoyado en lo que averiguamos del ángel en este encuentro. Sun-Tzu alguna vez dijo: "Quien se conoce a sí mismo y conoce a su enemigo, vence sin peligro. Quien conoce los Cielos y la Tierra vence sobre todos"
—Déjate de lecciones históricas y explícate— le interrumpió el comandante, obviamente interesado en la cuestión.
De pronto, el infante ya tenía la atención de todos los reunidos, quienes lo miraban fijamente. Encogiéndose de hombros, se puso al frente de la sala y comenzó a plantear la situación cómo él la veía.
—Durante el conflicto, pude percatarme que éste ángel no se multiplicó, como algunos llegarían a pensar a simple vista— pronunció, con facultades de orador experto —Más bien, dividió su materia en tres cuerpos iguales, disminuyendo igualmente su volumen. Shinji ya me había dicho antes que pudo observar que el núcleo de la criatura se encontraba extrañamente dividido en tres partes. Entonces, esta "Trinidad", si así quieren llamarle, posee la capacidad de absorber entre todos sus miembros el daño causado a uno de ellos, así cómo trabajar coordinados a la perfección. ¡Cómo si fueran relojes suizos, los muy bastardos!— nadie pareció captar la broma, pero de todos modos, continuó, a la vista de todo mundo —En contraste a esto, la fuerza de cada uno de sus integrantes se reduce a un tercio de la que poseían originalmente cuando eran un solo ser. La balanza siempre tiene que estar equilibrada, ¿no? Tendríamos que utilizar este punto flaco y aprovecharlo en nuestro beneficio, Sólo se les podría destruir causándoles una serie de impactos efectuados al mismo tiempo y con la misma potencia— después de todo esto, perdió por completo la postura, y rascándose la cabeza, con una leve sonrisita, añadió, cómo si se lavara las manos del asunto —El problema es ver como carajos nos aventamos esa faena... a lo mejor con unas minas terrestres, o tal vez si...
En esos segundos, justo cuando empezaba sus usuales desvaríos, el Comandante Ikari le interrumpió de tajo:
—Eso ya no es tu asunto— sentenció con gravedad, para añadir lanzándole una mirada inquisidora a la Capitana Katsuragi —Eso es algo que corresponderá exclusivamente al Departamento de Estrategias y Tácticas.
Misato se escudó como pudo en su lugar, rehuyendo el reproche, con la cara envuelta en rojo y suplicando que algo pasara en aquellos desoladores instantes.
Luego, sin moverse ni de su asiento ni de su pose, el comandante se dirigió a los pilotos, ignorando por completo a Kai.
—Escuchen, ustedes dos— les dijo toscamente a Shinji y Asuka, quienes voltearon con él, petrificándose con sólo verle. Gendo continuó —¿Saben cuál es su trabajo?
Los niños lo observaron durante algún tiempo, mudos y sin saber que es lo que quería que le respondieran. Todavía dudando, y tartamudeando un poco, la muchacha contestó tímidamente:
—¿P- Pilotar un Eva?
—No— contradijo su líder en un tono bastante frío y tajante —Es derrotar ángeles. NERV no existe para exponerse a la burla de todo mundo por su conducta vergonzosa.
Se levantó y se dirigió a la puerta, haciendo ademán de salir, con su séquito secundándolo, compuesto por el Subcomandante y Rei. No obstante, se mantuvo en el quicio de la puerta por unos momentos, vacilante, para finalmente dirigirse a Kai, aún de pie.
—Rivera— le dijo en el mismo tono cortante que siempre empleaba con aquél muchacho —Felicidades, aunque me cueste admitirlo, tengo que reconocer que hiciste un buen trabajo, mucho mejor que el de mis propios pilotos. Espero que esta experiencia te haga madurar y entender la importancia que tiene el que colaboremos juntos, y que en lo sucesivo nuestra mutua cooperación no posea tantas dificultades administrativas— finalizó, saliendo sin más de la habitación.
Fuyutski y Ayanami lo siguieron, ésta última no antes de dirigirle una afectuosa mirada y una tierna pero discreta sonrisa a su antigua pareja, contenta por su actuación que le valieron aquellas últimas palabras. ¿Ó más bien le estaba reprochando que recibiera una felicitación del comandante?
Una vez que la puerta se cerró, Kai aún seguía sorprendido y paralizado donde se encontraba, todavía sin creer lo que sus propios oídos habían escuchado momentos antes. Todavía estaba mirando perplejo hacia la puerta, esperando que Ikari saliera de un momento a otro para retractarse de lo que dijo; así continuó durante otro rato, hasta que se convenció que en realidad había pasado lo impensable: ¡El comandante lo había felicitado! Era la primera vez, en toda su vida, que aquél hombre le dedicaba un gesto de ese tipo.
—¡Oye, tú!— le reclamó furiosa la joven europea, poniéndose de pie —¡Si crees que sólo por este golpe de suerte ya eres mejor piloto que yo, estás muy equivocado! ¡Yo era la que merecía esa felicitación!
—¿Ah, sí?— contestó el muchacho, en un tono bastante indiferente, despreocupado —Qué bueno, me da mucho gusto...— de inmediato se dirigió a su tutora, sentada a sus espaldas —Misa-chan... ¿Ya podemos ir a comer? Traigo un hambre de perros...
Pese a lo que cualquiera pensaría, el muchacho se molestó mucho por la fanfarria de la que le hizo objeto Gendo. A diferencia de todos sus compañeros, no le importaba en lo más mínimo el quedar bien a los ojos de nadie; detestaba el tener que pilotar un Eva, el tener que estar enrolado cómo un empleado más en NERV y odiaba mucho más al comandante. Si hacía lo que hacía, era porque estaba firmemente convencido que aquello era lo correcto, lo necesario para salvar a la gente, hasta cierto punto. Así que cuando el Comandante Ikari lo felicitó, sintió que se estaba desviando fuertemente de su objetivo, para llegar a este punto. "Tal vez" pensó "No he hecho mucho de lo que me propuse, hasta este punto". Aquella revelación le pesó en lo más hondo de su ser, decepcionado de sí mismo. Podría decirse que perdió una batalla mucho más importante que la que ganó en el plano físico. Esa idea le deprimió bastante toda la tarde, incomodándole a cada segundo.
Shinji siente el tremendo pisotón en la planta del pie, ejecutado ferozmente por Asuka. Su reacción instantánea es el gritar, y después dar unos brinquitos buscando amenizar el dolor, lanzando unos pequeños quejidos cómo de cachorro.
—¡¿Qué es lo que te pasa?!— reclamó mientras acariciaba suavemente su pie —¿Porqué siempre que nos quedamos solos te pones así?
La muchacha no le contestó, sólo le lanzó una feroz mirada, desintegradora. En ese solitario corredor, sin nadie de alto rango a la vista, podía darse el lujo de hacer lo que le pegara en gana, cómo por ejemplo darse a conocer tal y cómo era. Después de observarle ferozmente, cómo un lobo contemplaría una oveja, respondió, amenazándole con el dedo índice.
—¡Cállate!— gruñó —¡¿Porqué putas me ha tenido que regañar el comandante a mí también?!— y agregó —¡Tú tienes la culpa que mi primer combate en Japón haya sido un desastre total!
Estaba humillada y dolida gravemente en su orgullo, donde más le dolía. Ya estaba harta que siempre Kai se llevara los premios y reconocimientos, hastiada que todo mundo siempre dijera lo maravilloso e increíble que era aquel sujeto, cuando no era, en su opinión, más que un patán haragán. A él, todo le caía del cielo, mientras que ella se había que tenido que esforzar toda su vida para hacerse de un lugar en la vida. Le molestaba más que por culpa de otros ella quedara mal. Que por culpa de gente mal capacitada, cómo era Shinji, hubiera fracasado de tal modo, al no poder confiar en él.
—¡¿Porqué dices eso?!— reclamó el muchacho, también harto que su compañera le culpara de todo lo que le pasaba. La veía con una mirada aún más feroz que la de ella, cansado de que siempre estuviera abusando de él, desde el momento que la conoció. Aunque la extranjera hubiera querido soportarle la mirada, la verdad es que no pudo resistir mucho tiempo, contemplando ese inusitado fuego en los ojos del chiquillo. Apenada, queriéndole ocultar su derrota, se cruzó de brazos y miró hacia otro lado, aún indignada.
—Está muy claro...— contestó la niña —El enemigo te ha derrotado porque eres un inepto.
—¡Pero en eso estamos igual!— añadió de inmediato el joven.
—¡Ni hablar!— continuó la alemana, en su misma pose —¡Lo que pasa es que cuando te atraparon, como el debilucho indefenso que eres, me hiciste perder toda mi concentración!— después empuñó ambas manos y comenzó a hacer una especie de berrinche, dando unas continuas patadas de frustración al suelo que pisaba —¡Y aún así, el comandante se enojó conmigo, y hasta Ayanami me ha visto con ojos burlones!— aparentemente, había confundido el gesto de Rei para con Kai, creyendo que iba dirigido a ella, en tono de burla.—¡Qué humillación!— concluyó.
Shinji le contempló por largo rato, anonado por el cúmulo de energía inagotable que emanaba de su compañera. Hasta llegó al punto de creerle que él había tenido la culpa de todo, por algunos instantes de reflexión; pero luego volvió a adoptar su actitud de defensa, comprendiendo que todos los berridos de Asuka no eran más que simples excusas con las que trataba de explicar su fracaso, y estaba claro que lo quiso meter a él mismo de chivo expiatorio.
—Qué idioteces dices— le contestó a la muchacha, en un tono más sereno y cruzándose también de brazos. Dio un profundo suspiro, y explicó —Lo que pasó fue que los dos nos precipitamos para derrotar al ángel, y éste ha sido el resultado...
—¡¿Qué dijiste?!— contestó al instante la muchacha, encolerizada, con ademán de asestarle un derechazo.
Cuando estaba a punto de golpearlo, como sólo ella sabía hacerlo, sintió unas cálidas manos que se apoyaban en sus hombros, con cariño, y se detuvo en seco.
—Eh, eh— le reprendió afectuosamente Kaji —¿No se estarán peleando por esto, verdad?
La faceta de la chiquilla cambió radicalmente en cuestión de momentos, de estar hecha una furia hasta transformarse en una tierna colegiala, sonriendo alegremente y con los ojos iluminados con un brillo de alegría inusitada. Al oír su voz, había reconocido a su admiración. Cómo chicle en una suela de zapato, se le pegó al instante, colgándose sin permiso de su brazo, mientras daba unos pequeños brincos de felicidad, semejando a una pequeña niña entusiasmada.
—Claro que no— se excusó dulcemente, en tono bastante empalagoso como para creer que era ella quien hablaba —En realidad, era Shinji el que me buscaba pleito...— decía mientras se le arrimaba lo más que pudiera.
Kaji no iba solo. Detrás de él, se encontraba Kai, asqueado de la escena. Misato no había podido ir con él a comer, así que el hombre se ofreció gustoso para llevar a los chiquillos al comedor. Después de todo, se divertía a lo grande con todo lo que realizaban aquellas ruidosas criaturas, y disfrutaba bastante el estar con ellos, al grado de volver a sentirse un jovenzuelo de 15 años. Kai no se entusiasmó bastante con la idea, y no era porque aquel sujeto le molestara, simplemente lo único que quería él era pasar algún rato con su madre adoptiva. Ahora que se sentía tan decepcionado, lo que necesitaba era un poco de cariño, al más puro estilo de Katsuragi. Y aunque sí tenía hambre, la proposición para salir a comer no era más que un pretexto para poder estar con ella.
—¿Quieren comer algo?— les dijo Kaji, mientras rodeaba con su brazo libre a Shinji y comenzaba a caminar hacia el comedor —Todavía no cenan, ¿verdad?
La joven rubia que traía colgando del brazo no dijo "Sí" o "No", sólo gritó aun más contenta de lo que ya estaba, mientras seguía dando saltitos como liebre alborotada.
—¡Yuupii!— pronunció —¡Voy a cenar con Kaji!
—¿De casualidad no te golpeaste la cabeza en el ataque?— preguntó Kai en tono bastante sarcástico, a lado de ella.
Asuka ni siquiera lo miró, haciendo caso omiso de su hiriente comentario. Para ella, en esos momentos no existía nada más que el hombre alto, con cabello largo recogido en una cola de caballo y con su barba descuidada, que tenía a su lado.
—Oye, Kaji— dijo Shinji, sintiendo el peso del brazo del hombre en su hombro— ¿Dónde está Misato?
—Creo que no vendrá— le respondió el cuestionado, observándolo desde dónde estaba —Las personas responsables tienen que asumir responsabilidades.
En su depresión, aquellas palabras cayeron cómo un balde a agua fría para Kai, sintiéndose completamente desolado y desilusionado. Le pareció que esa frase iba dirigida justo a él.
El pesado bonche de carpetas llenas cae abruptamente sobre el desordenado escritorio, levantando una minúscula nube de polvo; todas amontonadas una sobre otra miden poco más de medio metro de altura, llegando a un peso de 10 kilogramos o mas. Misato las contempla por algunos momentos, desanimada, sin saber qué decir. Y todavía hay diez más cómo ese bulto por toda su mesa. Su buena amiga, la Doctora Akagi, la sacó de aquella taciturnidad.
—Ahí tienes todos los informes de los daños y las cartas de protesta de los ministerios correspondientes— le dijo, quizás en venganza por el desacuerdo público que recién tuvieron. Sacó un pequeño sobre de papel manila del bolsillo de su bata, y agregó —Y aquí tengo una reclamación escrita de las Naciones Unidas— pronunció, agitando enfrente de sus ojos el pequeño sobre.
Con el mismo ánimo que tenía en esos momentos, la capitana tomó la queja de las manos de su compañera, y la tiró detrás de ella con indiferencia, o tal vez con enfado. Mientras lo hacía, interrogó a la científica:
—¿Cuánto tiempo llevará la reparación de los Evas?
—Si se dan prisa, puede que unos cuatro o cinco días— contestó, mientras se servía una taza de café amargo —Aunque la Unidad Z no sufrió ningún daño, incluso ahora mismo está lista para la acción...
Katsuragi tomó una actitud meditabunda, cómo acostumbraba hacer cuándo tenía que idear alguna estrategia, o pensaba en algo determinado. Cómo le hubiera gustado estar en cualquier otro lugar que no fuera ahí, en su escritorio, pensando en cómo derrotar a su adversario. Pero el asunto es que ella ya se encontraba ahí, y tenía que cumplir sus obligaciones, pese a lo que sintiera. Se reclinó ligeramente en su silla, y acomodando sus brazos para que sirvieran de almohadas a su cabeza, observó el techo a simple vista, sin poner atención en algún punto fijo; sólo pensando, y calculando.
—¿Qué hay del ángel?— volvió a interrogar, sin moverse de aquella pose.
Ritsuko vació la bebida que salía de su cafetera en una taza, cuidando que el líquido no se desbordara de ésta; en un principio no pareció poner atención a la pregunta, sin embargo, después de que hubo dado el primer sorbo a la amarga bebida, respondió pacientemente:
—En este momento se está regenerando... hmm, le falta azúcar a esto— exclamó, refiriéndose al humeante contenido del recipiente en sus manos —MAGI calcula que su próximo ataque será dentro de unos cinco días.
—Eso significa que nadie podrá moverse en cinco días...— supuso Katsuragi en voz alta.
—El comandante estaba furioso— pronunció la doctora, sorbeando su taza, con la intención de desviar la plática fuera del ámbito profesional, a uno un poco más personal. Continuó, dirigiéndole una sonrisa —Con todo mundo, menos con tu querubín; es extraño, ¿no crees?
La capitana agradeció aquella conversación, más humana de las que solían tener. En su misma posición, refirió con gran entusiasmo acerca del chico:
—Es bueno que comience a reconocerlo, ¿sabes? Aunque no creas que su opinión le interese demasiado, a veces creo que no le importa la opinión de nadie; me imagino que debe sentirse con la razón todo el tiempo...
—¿Y la tiene?— preguntó su compañera, acomodándose en un asiento frente a ella.
—Tú bien sabes qué no...— contestó sonriendo —Ni siquiera los niños prodigio se salvan de la jodida adolescencia...
—Creo que también tiene que ver su educación, ¿no?
Misato ya no contestó nada. Se limitó a observarla fríamente por aquella indirecta, desde su lugar, con las piernas cruzadas y la cabeza recargada en los brazos. Su pose y el gesto de su rostro sólo decían una cosa: "¿Qué quisiste decir con eso?"
Y de nueva cuenta, Ritsuko dio otro giro a la charla, intentando eludir una confrontación.
—Si volvemos a fallar, seguro nos van a despedir— pronunció mientras se levantaba del asiento y depositaba el traste vacío en la mesita donde tenían la cafetera.
—Oye, ¿te importaría no soltar cosas desagradables, así cómo si nada?— suplicó pesadamente su amiga.
Ritsuko esbozó una discreta sonrisa, mientras sacaba otra cosa más de su bolsillo. Un disco de computadora, que agitó en su mano de igual modo, presumiéndolo a su compañera. El dispositivo de almacenamiento parecía contener en su código algo importante, o es lo que se podría pensar dado el entusiasmo juguetón de Akagi cuando lo mostraba.
—Tengo una idea para que conserves el puesto— le dijo, enseñando el disco maliciosamente —¿La quieres?
Entonces Misato se incorporó de inmediato, como accionada por un resorte, y compartiendo el buen ánimo de la Doctora Akagi, le arrebató de inmediato el disco, lista para introducirlo en la terminal que tenía más cercana, con una adorable sonrisa en el rostro, semejante a la de niño con juguete nuevo.
— Sí!— contestó luego de haber quitado el objeto de las manos de la rubia —¡Pues claro que la quiero! ¡Era de esperarse de la sagaz Doctora Akagi!
La sonrisa de ésta pareció ensancharse más, mientras trataba de aguantarse las carcajadas que amenazaban con escapársele de la garganta; con un poco de trabajo más, aclaró:
—¡Lo siento!— exclamó difícilmente —¡Pero no es idea mía!
—¿Ah, no?— pronunció extrañada Katsuragi, a la par que buscaba algún indicio de la identidad del propietario del disco—¿De quién es, entonces?— al voltearlo del lado opuesto donde lo tenía sujetado, observó una etiqueta que traía adherido consigo, y sin duda alguna revelaría la identidad de su misterioso benefactor. La escritura de la calcomanía era, sin duda alguna, masculina. Y cuando observó inscrita en ella la leyenda "Para mi cielo" supo exactamente de quién se trataba, horrorizada. Ritsuko corroboró dicha corazonada:
Pues de Kaji...— le respondió, con aquella pícara sonrisa.
La capitana continuó observando algunos momentos el disco que sujetaba en sus manos, petrificada de la impresión. Después de deliberarlo por mucho rato, pronunció asqueada, haciendo ademán de devolverle el objeto:
—No lo necesito...— dijo con una firme decisión, haciendo un gesto de repulsión.
—¿Aunque te despidan?— preguntó en un tono melódico y de burla su compañera.
Una vez más, Misato observó detenidamente el disco en su mano, en una de sus poses reflexivas, apoyando su barbilla en la mano izquierda, al tiempo que se volvía a cruzar de piernas.
Sentada junto a Shinji, con Kaji y Kai frente a ella, Asuka tomaba su refresco por la pajilla en sus labios, chupando el contenido con enfado, cómo si se lo estuvieran obligando a beber. Con igual desgano le dio una diminuta mordida a la hamburguesa que sostenía en su plato, masticando lentamente. En contraste, el muchacho que tenía enfrente degustaba con avidez todo lo que a sus manos llegaran; comía con gran satisfacción al probar bocado después de horas, aunque los platillos no fueran tan suculentos cómo se veían. La alemana lo observaba, disgustada por los burdos modales de marinero ebrio que presentaba. Estaba acostumbrada a las buenas costumbres y formas refinadas en la mesa, y no podía soportar a una persona así, comiendo tan apresuradamente y mascando de igual forma, sorbeando el refresco con un horrible estruendo y sin presentar ninguna formalidad a sus acompañantes. Como pudo, volvió a ignorar al chiquillo, dirigiendo la vista al hombre a su lado.
—Tú si entiendes, ¿verdad, Kaji?— le dijo, tratando de no asquearse con el sujeto que devoraba la comida frente a ella —Ésta no ha sido una muestra de mi verdadera capacidad.
Sin esperar alguna respuesta, tomó otro pequeño trago de su bebida, y se dirigió sarcásticamente al joven a lado suyo.
—Aunque no sé si lo ha sido de la tuya, Shinji— pronunció al mismo tiempo que terminaba de tomarse todo el líquido del envase.
El aludido recargó la cabeza tristemente sobre su mano derecha, apoyando el codo en la mesa, mientras picoteaba con el tenedor el plato de pasta que le habían servido. Suspirando profundo, contestó cansado de tantos ataques, en un tono melancólico.
—Sí, claro— respondió —En el fondo yo no tengo ninguna capacidad, ¿verdad?
—¡Ya estoy harto de que siempre te dejes pisotear por esta tipeja!— le replicó de inmediato su compañero, terminando de engullir su cena —¿Hasta cuando piensas conseguirte un par de bolas y ponerle un alto a esta fulana? ¡Aprende de mí!— concluyó, limpiándose los labios con la servilleta de papel, a la mirada de la extranjera, en un modo burlón y exagerado. La muchacha por fin caía en la cuenta que aquellos grotescos modales habían sido con la única intención de molestarla. Siguió observándolo, furiosa, apretando con fuerza sus encías una contra otra, mientras el chiquillo continuaba burlándose de ella, comprimiendo la servilleta en sus manos y arrojándosela en su plato, cómo si se tratase de una pelota de basquetbol.
—Vamos, no se desanimen— les instó su anfitrión —La partida aún no ha terminado, y si se esfuerzan, la próxima vez pueden ganar.
Dijo eso para distraer a los combativos muchachos. Kai y Asuka parecían perros y gatos, incapaces de convivir por un periodo de tiempo prolongado sin atacarse ferozmente el uno al otro. Dándose cuenta de eso, tomó la determinación de enfriar los ánimos de las criaturas. Y había dado resultado, en parte.
—Pero— expresó la alemana —Los Evas se han dañado y apenas los están reparando ... ¿Cuándo va a ser esa próxima vez?
De inmediato, cómo una respuesta a su interrogante, los niños fueron voceados en el sonido local. Cómo es costumbre en una situación de esas, sus miradas se dirigieron al techo, mientras una operadora solicitaba:
—Atención a los pilotos de las Unidades 01, 02 y Z— se escuchó en las bocinas — Diríjanse inmediatamente a la sala de reuniones 2 de la División de Estrategias. Repito: a los pilotos de las Unidades...
— ¿Ven?— les dijo Kaji, recostado en su respaldo, mientras el aviso continuaba —Ya los están llamando. ¿Qué les dije? Asegúrense de dar su mejor esfuerzo, ¿de acuerdo?
"Ajá" fue la unísona respuesta del trío mientras se levantaban de sus asientos y se ponían en marcha, dejando inconclusas sus cenas; sólo Kai se había terminado la suya, y antes de retirarse, cogió un palillo, el cual paseó por su dentadura durante todo el trayecto.
La chiquilla iba delante de la excursión, con los brazos cruzados y se distinguía a leguas que iba molesta por algo. Shinji comenzó a incomodarse con el silencio que imperaba entre los tres. Recorrían los largos pasillos sin dirigirse ni una sola palabra, por largo rato, y eso comenzó a inquietarlo. Volteó atrás, hacia donde estaba su compañero, quien seguía paseando el palillo entre sus dientes, aparentemente sin querer entablar una conversación. Luego, dirigió la mirada adelante, en donde se encontraba la europea, cruzada de brazos y avanzando de mala gana.
—Pero si los Evas aún no pueden moverse...— pronunció tímidamente, a cualquiera de los dos que quisiera contestar —¿Para qué nos querrán?
Por unos instantes, parecía que nadie le iba a contestar, hasta que la muchacha pronunció, molesta, sin siquiera voltearlo a ver.
—¿Y yo qué voy a saber?— reclamó con disgusto —Y por cierto, los dos son unos completos estúpidos retrasados...
—¿Eh?— respondió el chiquillo, agradecido de la repentina conversación, pasando del insulto —¿Porqué?
Entonces la menuda rubia dio una media vuelta para encararlos, explotando al fin:
—¡Kaji vino a invitarme especialmente a mí a cenar!— exclamó rabiosa, agitando los brazos y gritando a todo pulmón —¡¿Cómo pudieron ser capaces de venir con nosotros?! ¡¿Y ni siquiera se les ocurrió dejarnos solos?!
Shinji llegó a arrepentirse de comenzar una conversación, poniendo sus manos delante de sí para protegerse, por puro instinto. Al parecer, lo único que había estado esperando la niña para desquitar todo lo que pensaba, era que alguien dijera una palabra. Asuka seguía avanzando en forma peligrosa hacia los muchachos, hasta que Kai contraatacó:
—Créeme, Kaji va estar agradecido de por vida por el favor que le hicimos— le dijo en tono burlesco, con una sonrisita displicente en sus labios, sin soltar el palillo.
Sin intención alguna de soportar ningún comentario más de aquel individuo, la alemana proyectó su brazo hacia atrás para poderle asestar un golpe, mientras que el chiquillo, dándose cuenta, se preparaba para evadirlo. No obstante ambos se detuvieron al escuchar el saludo de la Capitana Katsuragi, quien les salió al encuentro debido a su tardanza.
—¡Hola, hijos!— saludó entusiasta, levantando su mano derecha, mientras que con la otra sostenía una carpeta —Qué bueno que llegaron. Vengan, por favor...— les indicó mientras se ponía en marcha.
A Kai pareció iluminársele el rostro con la sola presencia de su tutora, y corrió bastante emocionado hacia donde estaba ella. No esperaba volver a verla durante ese día.
—¡Hola, hola, hola!— pronunció el muchacho, loco de alegría, mientras se le pegaba cariñosamente al brazo.
— Cálmate, muchacho— le instaba Misato, sorprendida por aquella súbita muestra de aprecio —Yo también te extrañé, pero no es para tanto— le repetía una y otra vez, mientras acariciaba el cabello del chico y a la vez trataba de quitárselo.
—Fíjate quién es el que se golpeó la cabeza— le dijo Asuka a Shinji, en voz baja, recordando una observación anterior que había hecho el joven.
Kai alcanzó a escuchar a la chiquilla. Aún abrazado a Katsuragi, volteó hacia donde se encontraba la muchacha, y observándola detenidamente, le sacó la lengua, cómo en gesto de burla y rechazo.
—¿Hasta cuándo vas a dejar de comportarte cómo un niño, maldita sea?— reclamó furiosa la extranjera, mientras le devolvía el ademán.
"Los dos son los que se comportan cómo niños" pensó desesperanzado Shinji, observando tan peculiar escena.
—¿A dónde vamos?— le preguntó a su oficial superior.
—Vamos a preparar la próxima estrategia— contestó, con el joven de catorce años pegado a su brazo derecho como estampilla, estrechando su cabeza en el cuero rojo de su chamarra.
—¿La próxima estrategia?— dijeron al mismo tiempo los niños. Hasta Rivera se había soltado de la capitana, intrigado, recuperando de nueva cuenta su edad actual.
La mujer agradeció que su brazo quedara en libertad, y continuó guiando a la pequeña tropa por los pasillos, hasta a donde se les requería. Un poco desorientada, tratando de ubicarse un poco, les dijo:
—Cómo ya antes Kai había dicho— pronunció, volteando a diestra y siniestra, tratando de ubicarse —Las tres partes en las que se separó el ángel se complementan mutuamente, o sea que eran tres cuerpos que formaban uno solo. Entonces, para poder derrotarlo, hemos de hacer una carga simultánea contra los tres núcleos, ¿Verdad?— volvió la mirada a un lado suyo, con los muchachos, especialmente con Kai. Éste, asintió moviendo horizontalmente la cabeza. Misato prosiguió —Entonces, los Evangelion tienen que estar perfectamente sincronizados...
El compacto grupo llegó al final de un corredor en el que dieron vuelta, dónde una puerta hermética les cortaba el paso. Los cuatro se detuvieron frente a la entrada, empero, Katsuragi continuaba hablando:
—...y para eso...— dijo al mismo tiempo que accionaba el mecanismo para abrir aquel cuarto. El ingreso se abrió de golpe con un zumbido —...su coordinación tiene que ser perfecta. Pasen, por favor...
La mujer los invitó a pasar al compartimento, entrando primero ella. Los tres muchachos, a diferencia de su superior, se quedaron en el quicio de la puerta, dudando qué tan seguro sería el entrar. Tímidos, ninguno de los tres se animaba a dar el primer paso hacia adentro, debido a un presentimiento en común. Por fin, la chiquilla fue la arrojada, dando firmemente los pasos para entrar a la habitación, y alentados por su coraje, sus compañeros la secundaron.
—¿Qué es esto?— preguntó sorprendida la muchacha, al ingresar al cuarto.
— Es una recámara— contestó Shinji —¿Triple?
La habitación lucía cómo una casa de espejos: tres camas iguales, a la misma distancia una de la otra, con un estante para la ropa en la cabecera, tres pares de pantuflas sobre de ellas, respectivamente, y unos dos cambios de sábanas para cada lecho. En el centro, una sola televisión, de unas 27 pulgadas, al igual que un reproductor de discos compactos y de video, un teléfono y una lámpara de noche. El cuarto estaba bastante bien distribuido y decorado con varios óleos y una alfombra color café tapizaba el suelo; la habían diseñado en especial cómo para albergar cómodamente a sus tres inquilinos.
—Jamás había oído de una habitación triple— pronunció Kai. Luego, sobresaltado, entendiendo todo sin que le explicaran, interrogó a quemarropa —¿Y esto para qué es?
Misato lo observó, en una actitud de compasión, que después se convirtió en malicia. Con una sonrisa cándida en los labios, le confirmó de manera inevitable lo que ya se imaginaba:
—Durante los próximos 5 días...— les dijo —Los tres vivirán aquí...
Al principio, los muchachos no dijeron nada. Tardaron un buen rato en asimilar la idea, darse cuenta que lo que habían escuchado había sido cierto, y no un desvarío. En eso momentos, estaban pálidos cómo unas estatuas de marfil, mudos de asombro.
—¡¿QUÉ?!— se desbordó Asuka, aterrorizada, saliendo de su estado inerte. Parecía a punto de explotar, con su rostro al rojo vivo.
—No tenemos tiempo— le comunicó la mujer con rango militar, ensanchando más su sonrisa —Así que no se les permite rechazar la orden.
Había dicho eso para evitar desde un principio los inevitables reclamos de sus pilotos, ya que estaba segura de cómo reaccionarían. Desde un principio quiso imponer las condiciones para evitar las disculpas y explicaciones que iba a tener que dar. Según entendió, no funcionó todo lo que había hecho.
—¡No puede ser!— se le acercó la alemana —¿Cómo vamos a vivir juntos cinco días? ¡Somos dos chicos y una muchacha!
—Ya me había dado cuenta de eso, Asuka— aclaró Misato, apartándola con la mano.
Shinji parecía también aterrado, a punto de un colapso nervioso, según creía su compañero, al observarlo de tal modo.
—¡¿Qué es lo qué te propones?!— preguntó bastante nervioso.
La mujer estaba hastiada de tantos reclamos, y agitando los brazos, haciendo ademán de quitárselos de encima, exclamó harta de ellos:
—¡Tranquilícense!— les instó, amenazándolos con el dedo.
Al instante, el par se congeló en dónde estaban, callándose y obedeciendo a la indicación dada por la Capitana Katsuragi. Después de respirar profundo, ésta recobró su habitual sentido del humor, y los observó detenidamente. Los muchachos seguían ahí, de pie y sin mover un solo dedo, intimidados. Le sorprendió de sobremanera el que su protegido no dijera ni pío. Ahí estaba él, recargado en la pared, sonriéndole y silbando una tonada de una canción cuyo nombre no podía recordar, pero era de las que tanto le gustaban. "El submarino amarillo" o algo así se llamaba... ¿Porqué razón estaría tan tranquilo? Pensaba que iba a ser el primero en poner el grito en el cielo, pero no sucedió así. Él continuaba viéndola, tan despreocupadamente cómo lo haría con cualquier otra cosa. Ignorándolo por algunos momentos, se dirigió a los chiquillos frente a ella.
—Esto es absolutamente imprescindible para el plan— aclaró, poniéndose de pie, alisando los pliegues de su corta falda —Para que se coordinen a la perfección, es necesario que se conozcan bien...
—Supongo que deberemos estar desnudos la mayor parte del tiempo para lograr eso, digo, tenemos que llegar a conocernos profundamente, incluyendo nuestros más íntimos rincones, ¿o no?— la interrumpió Kai desde su rincón, para luego jalar el cuello de su camiseta —Lo cual para mí es un alivio, por que me estoy asando como pollo...
Ese comentario sobresaltó y alteró a sus congéneres más de lo que estaban. En silencio, observaban a Misato, suplicantes, a punto de romper en llanto. En cambio, el causante estaba feliz con su obra, con una gran sonrisa maliciosa en la cara, mientras continuaba haciendo ademanes de quitarse la ropa.
—No es para tanto, no le hagan caso — los calmó, y luego siguió con las indicaciones — También sus relojes internos tienen que estar sincronizados. Por eso se trata de que duerman juntos, despierten juntos, coman juntos, entrenen juntos...
—Nos bañemos juntos, intimemos juntos...¡Shinji, yo pido darle a la Langley por detrás en el sandwich que le vamos a hacer! ¡Así no tengo que estarle viendo su horrible cara de perro!— interrumpió de nuevo Kai, dándole un ataque de risa en aquellos momentos, a expensas de sus compañeros, quien seguían viendo a la mujer cómo corderitos desvalidos.
Ésta, sin intención de aguantar más interrupciones, avanzó hacia el niño, rodeándolo con los brazos y acomodándolo en su regazo, al mismo tiempo que le daba un pequeño correctivo en la cabeza: "Compórtate" le suplicó, y lo condujo a donde estaba originalmente. Finalmente prosiguió, luego de tantas pausas.
—Por supuesto, todo eso es mentira. Pero su convivencia prolongada sí es un elemento vital para la consecución de este plan. No es tan difícil de entender, ¿verdad?— pronunció, tapándole la boca con la mano al muchacho que tenía abrazado, antes que soltara otro comentario soez.
Asuka pareció dubitativa por algún rato, paseando los ojos por toda la habitación, nerviosa. Estaba en una situación que amenazaba bastante su integridad y dignidad. ¿Qué es lo que podrían hacer dos jóvenes y una muchacha de 14 años, encerrados en el mismo cuarto durante cinco días? Nada bueno, de seguro, y Rivera ya había encargado de darle una idea general. Y con una sinceridad aplastante, comunicó sus penas a su superior.
—Pero— objetó la alemana, mirando en forma suplicante a Misato —¿Qué hago si en plena madrugada a estos dos en verdad les da por acosarme?— terminó señalando a Shinji con el dedo índice, con un gesto mortificado, cosa que molestó al chiquillo.
—¡Ay, por favor! ¡Hablas como si en serio creyeras que eres una indefensa y recatada señorita!— replicó Kai, quitándose la mano de su tutora de la boca —¿En realidad crees que me arriesgaría a que me rompieras las bolas, otra vez? Por lo que he visto, nosotros somos los que deberíamos preocuparnos por que nos violes, salvaje.
—¿Salvaje, yo?— reclamó la extranjera en el acto.
Misato tuvo que volver a intervenir en las hostilidades, antes que se volviera a desatar otro conflicto. Soltando al niño, se dirigió hacia donde se encontraba la chiquilla de pie, reconfortándola y apoyando su mano en el hombro de la pequeña rubia.
—Tranquila, mujer— le dijo—Que Shinji no es tan atrevido.
—Si hiciera algo así, de seguro me mataba— le susurró Shinji a su compañero, quien siendo liberado se había colocado a un lado de él.
Observando desdeñosamente a su protegido, la mujer continuó con sus consejos a la damita a su encargo:
—Aunque si me preguntas a mí— pronunció mordazmente, con el suficiente tono para que todos en el cuarto la escucharan —Yo sí tendría mucho cuidado con Kai...
La chiquilla observó por encima de sus hombros para mirar asustada al aludido, mientras que éste, esbozaba una ancha sonrisa que parecía deformar todo su rostro hasta dejarlo transformado en una mueca pervertida, digna de cualquier maniático sexual.
—Hoy puede ser tu gran noche, mamacita— dijo él, arrastrando sus palabras —¡Agárrate!
—No te preocupes— continuó Misato con la niña, ignorando por el momento al alborotador —Hablaré con él, y ya verás que ni se te acerca...— se puso de pie para dirigirse al chiquillo, poniendo una mano sobre su cabeza mientras se despedía de los otros dos pilotos, levantando la mano que tenía libre —Bueno, creo que tienen todo lo que necesitan, pero si les falta algo, avísenme por la línea interna. Mañana se despiertan temprano, a las seis y media... buenas noches— concluyó, para luego susurrar a su protegido — Tú vendrás conmigo, chistoso...
Los dos salieron de la habitación cerrándose la puerta detrás de ella, dejando a unos desolados adolescentes. La alemana continuaba observando la puerta, cómo si esperara que alguien saliera de ahí para salvarla de aquel martirio. Pero, a pesar de sus esperanzas, nada atravesó el umbral de la puerta en esos momentos. Y, además, ¿A dónde se llevó Misato a Kai? ¿Es qué el no iba a realizar aquel disparatado entrenamiento?
—Es cómo una pesadilla...— suspiró descorazonada la chiquilla, tocando con sus manos su cara, para darse cuenta que, en efecto, no se trataba de ningún sueño —Aunque sirva para vencer al ángel— continuó, derrumbándose en la que sería su cama por cinco días —¡Ah! ¡Si en vez de este par de lerdos se tratara de Kaji!— pronunciaba, cubriéndose la cara con la almohada.
Su compañero la miró por un tiempo hacer sus reclamos al aire, hasta que ya no lo pudo soportar más. También se preguntaba a dónde habría ido su cómplice, temiendo quedarse tanto tiempo a solas con la chiquilla, ya que después que presenció el espectáculo de sus habilidades para las artes marciales le tenía un poco de pavor. Intentando ganar tiempo, le preguntó:
—Eh, oye— se dirigió a ella, un tanto cuanto tímido —Se está haciendo tarde, y bueno... yo... ¿Puedo bañarme primero? Tengo que calmarme y...
—¡Ni pensarlo!— le contestó de inmediato Asuka, poniéndose de pie y enfilando hacia la regadera —¡Las damas son primero, baboso! ¡Así que voy yo primero! ¡Imbécil!
Acosado por los insultos, y también enojado, el niño volvió la cara hacia la otra pared, cruzándose de brazos y esperando que terminara de proferir todas sus quejas.
—Y que ni se te ocurra espiarme, ¿eh?— continuó la extranjera antes de adentrarse al cuarto de baño, y acabando de pronunciar estas palabras, cerró con un portazo la puerta del cuarto de aseo personal.
—Entendido— dijo Shinji airado y envalentonado, una vez que estuvo solo en el cuarto — No eres de las que quisiera ver arriesgando mi vida...
La puerta del baño se abrió de improviso, saliendo apresuradamente de él la chiquilla, indignada por aquel comentario y con intenciones de cobrarse:
—¡¿Qué fue lo que dijiste, tarado?!— gritó emperrada la jovencita, blandiendo su puño por los aires, con ademán de descargarlo en cualquier momento.
"Mierda, alcanzó a escucharme" pensó Shinji, no obstante, conservando su inusitado coraje pasajero, ordenó con una voz de mando que pocas veces había usado:
—¡Ya no estés jodiendo y apúrate!— pronunció aún más enojado, aparentemente, que la misma Asuka.
Ésta, lo contempló desde el quicio de la puerta, con su pequeña humanidad amenazándole. Ella tenía toda la ventaja, por supuesto; era mucho más ágil, más fuerte y sabía pelear mejor que él. Entonces, no había razón alguna para hacerle caso o para temerle. Pero había algo en él, algo que no se podía detectar con los ojos o con cualquier otro órgano humano, algo que la hacía quedarse clavada en donde estaba, cómo un ratón ante una cobra. ¿Qué era lo que había en aquella caricatura de hombre, que en ocasiones la intimidaba tanto? ¡Era algo absurdo! Si le hubiera contado a quien sea del pánico que a veces le provocaba aquel mocoso tan menudo, se hubiera burlado sin parar de ella.
Entonces, apretando los dientes y sus manos, se volvió a encerrar, sin pronunciar ni una palabra. El umbral del baño volvió a cerrarse delante de Shinji, quien, después de convencerse de su breve victoria, se derrumbó agotado en lo que sería su lecho durante los días por venir. "Qué perspectivas tan negras" pensó el muchacho, suspirando y acurrucándose cómo podía. "Nunca pensé que me iban a obligar a hacer algo así. Pero tengo suerte que sea con estos dos. Si hubiera tenido que estar con Ayanami..." cuando pensó en la niña, sin darse cuenta sus mejillas enrojecieron y sus labios embozaron una tenue sonrisa. "Quién sabe si podría ser capaz de contenerme... aunque de cualquier manera, creo que no sabría como entablar una conversación con ella."
El sonido de la puerta de la habitación abrirse y cerrarse lo sacó abruptamente de su ensoñación. Alarmado, se levantó en seguida de un salto, y abrió de par en par sus ojos, buscando con la vista al recién llegado. Kai ni siquiera lo miró cuando se dirigía a la cama restante, hasta el extremo de la habitación, a lado de una pared. Cabizbajo y arrastrando los pies, llegó hasta su espacio y se tiró pesadamente sobre de él. Su cuerpo comunicaba molestia, tensándose varias veces y susurrando algunas maldiciones ininteligibles. Había aprendido que no siempre las personas están del humor que uno quiere o necesita. Haciendo a un lado sus necesidades de atención y cariño, su protectora lo había reprendido por su actitud hacia Asuka y hacia la misión, y lo había amenazado restregándole en la cara la relación que quería volver a sostener con Rei. Los términos de "responsabilidad" y de "autocontrol", "seriedad" fueron usados con bastante frecuencia en la breve y apurada charla que sostuvieron, junto con quién sabe que otras cosas más que le dijo. "Rei terminará enterándose de todo lo que pase en esa habitación, eso te lo garantizo. ¿Quieres coger con Asuka? Bien. Pero después ya no podrás hacerlo con nadie más. Yo sé lo que te digo". No lo dijo tan toscamente como le pareció en un principio, ahora que lo analizaba mejor, pero aún así no había dejado de ser en un tono frío y apartado, apenas con un cálido beso en la mejilla, a modo de despedida. Como sea, él no necesitaba meramente de un beso cariñoso, sino de alguien con quien pudiera desahogarse de sus penas y proporcionarle consuelo, algo que no podían ofrecer ni Shinji ni Asuka. La tirante relación que llevaba con ambos no era precisamente una que le permitiera compartir sus más íntimos pensamientos, sus preocupaciones más profundas. Desconsolado, dio un profundo respiro, decidiéndose a dormir o a esperar su turno en la ducha, lo primero que ocurriera. El sonido de la voz de su compañero lo volvió a la realidad.
—Kai— pronunció Shinji, sentado en su lecho, y observándolo con curiosidad —¿Te... te sientes bien?
—Ajá— musitó su acompañante, volteándose para darle la espalda, dando a entender que no estaba interesado en conversar.
—Pues... es raro que estés tan callado— continuó el joven Ikari, sin captar el lenguaje corporal de su compañero —Cuando estoy contigo a veces no puedo ni escuchar mis propios pensamientos. Sólo te he visto así cuando estás deprimido... o dormido, ja, ja, ja...
Fue hasta entonces que el muchacho se dio cuenta que su acompañante parecía no prestarle atención ni tenía interés en cualquier cosa que tuviera que decir. No obstante prosiguió sus intentos de comunicarse, más por vergüenza y evitar quedar como un idiota hablador, más que por cualquier otra cosa.
—¡Vaya lío en el que nos acaba de meter Misato! Apuesto a que a ti tampoco te hizo gracia tener que pasar cinco días enteros, aquí encerrado... con nosotros... ¿cierto?
La voz del chiquillo se iba diluyendo de a poco conforme el silencio de Rivera se prolongaba, tornando la situación aún más incómoda de lo que ya era y haciendo que Ikari se estuviera arrepintiendo de haber abierto la boca en primer lugar.
—Estoy seguro que a ninguno de los tres le agrada estar aquí— continuó, pese a todo —Pero quizás podamos sacarle provecho. Tal vez Misato tenga razón, y esto nos haga trabajar mejor como un equipo. Y es que, a pesar del tiempo que llevamos viviendo juntos, siento que apenas si te conozco. Sé que hemos tenido nuestras diferencias en el pasado, pero podemos utilizar nuestro tiempo encerrados aquí para superarlas y tenernos más confianza el uno al otro. Así que, si así lo quieres, podemos hablar de eso, y hasta quizás podamos ayudarnos a resolver los problemas que ha habido entre nosotros...
—¿De casualidad trajiste cigarros o licor contigo, antes de entrar a este lugar?— intervino Kai en la conversación, por fin, pero sin moverse de su lugar.
—Pues... no... por supuesto que no— respondió enseguida su compañero, luego de recuperarse de la impresión.
—Entonces no me sirves de nada, así que haznos el favor de callarte— repuso Rivera inmediatamente, sin siquiera dignarse a voltear a verlo —No sé como tienes el descaro de hablar de confianza y de trabajo en equipo, cuando hace apenas unos días me dejaste solo como a un perro mugroso para que los polizontes volvieran a freírme a la parrilla.
—Bueno... sí... con respecto a eso, yo... me gustaría decir que...
—¡Y acabé así sólo por querer ayudarte!— interrumpió Kai, girando de improviso para finalmente confrontarlo y hacer ver su enfado —¡No tenía que ver en todo ese relajo, y me metí ahí por tu culpa! ¡Quise ayudarte, y cuando te necesité me abandonaste a mi suerte! ¡Vaya compañero el que resultaste ser! ¡Sólo piensa que si hubiera actuado como tú, ahorita mismo estarías hecho paleta junto con los tres babosos que te noquearon al primer golpe! ¡Eso hubiera sido lo justo, y vaya que me debes varias! ¿O qué? ¿Creíste que ya se me olvidó que por culpa de tus coqueteos con mi novia ella me botó? ¡Tendría que ser muy estúpido para confiarle mi pellejo a un miserable como tú, y si estoy aquí es solamente para complacer a Misato, y nada más! ¡Así que no me pidas que compartamos sentimientos y demás cursilería barata que se te ocurra, porque la confianza se gana! ¡Y te tengo noticias: tú no has hecho algo de relevancia para ganarte la mía, y sí que te va a costar después de todo lo que me has hecho, ingrato!
Con el conocimiento de antemano de que en el lugar donde vivía Rivera difícilmente podría llamarse la realidad, Shinji mejor optó por no contravenirlo, si bien mucho de lo que le había dicho llevaba cierta dosis de verdad, por la que incluso él mismo se había reprochado en su momento. Además, en cuanto Kai volvió a darle la espalda y cerró los ojos cayó profundamente dormido, como era su costumbre, por lo que aquella discusión se cancelaba a priori.
Antes que Shinji pudiera percatarse de eso, de nueva cuenta la puerta del baño se abrió, pero no con un portazo como anteriores ocasiones, sino con un suave chirrido, casi imperceptible. Asuka salió envuelta únicamente con una pequeña toalla, que a su vez era todo lo que cubría su esbelta y graciosa figura. Húmeda cómo estaba, todavía con algunas gotas sobrantes recorriéndola, se dirigió en un tono cándido a Shinji, en ese tono tan especial y coqueto que sólo dominan las mujeres.
—Shinji— le dijo cordialmente, acercándosele por la espalda —Ya acabé... es tu turno...
El muchacho, al voltear hacia ella, quedó paralizado por la forma en que se le presentaba la alemana. Tal vez era lo erótico que le resultaron sus formas en ese momento, con el cabello humedecido, lacio y reposándole en la espalda, esas pequeñas gotitas de la regadera que no se pudo secar y ese vapor blanquecino que salía del baño y se acentaba detrás de ella, como en un sueño, el caso fue que comenzó a pensar que se estaba enamorando de la muchachita. Sintió un horrible escalofrío en todo el cuerpo y sin poder contenerse, exhaló un pequeño grito de sobresalto, mientras que sobreponiéndose a su parálisis, pegó un brinco fuera de su cama, para que ésta pudiera separarlos a los dos.
—¡¿Qué haces saliendo así?!— le preguntó el muchacho, tartamudeando y con el rostro encendido, abochornado. La joven seguía ahí, con su pose seductora, balanceando sus caderas de un lado a otro, coquetamente.
—Qué escándalo hacen... parece como si estuvieran matando a alguien...— pronunció Kai molesto y soñoliento, al haberse despertado repentinamente con el alboroto producido por ambos.
No obstante, toda su somnolencia se le espantío apenas cuando divisó con el rabillo del ojo la notoria carencia de ropas en su guapa compañera. Como de rayo se levantó de su lugar para sentarse en la cama de su compañero, desde donde podía apreciar mejor los dotes físicos de la joven europea, devorándola con la mirada de los pies a la cabeza. Todo lo que le había advertido Katsuragi le había entrado por un oído y salido por el otro, y ahora lo único que ocupaba su mente eran las diferentes y peculiares fantasías en donde podía hacer suya a Langley.
—Y...— susurró la chiquilla, con el mismo tono cándido —¿Qué les parece mi cuerpo?— interrogó dando un giro, sosteniéndose con una mano la toalla que la cubría.
—Nena...— contestó al instante Kai, con una expresión de ansiedad en el rostro —Retiro todo lo que he dicho antes... ¡Tienes un cuerpo de lujo, preciosa!— concluyó poniéndose los dedos meñiques en la boca y emitir con ellos unos entusiastas chiflidos, al mismo tiempo que la instaba a desnudarse por completo —¡Mucha ropa, mucha ropa!
En contraste a su compañero, Shinji continuaba aterrorizado. no estaba acostumbrado a las figuras y formas de una joven de su edad, y mucho menos a unas tan destacadas como las de su compañera, que quitaban el aliento y el juicio a cualquiera.
—¡Primero me dices que no mire, y ahora sales así!— exclamó acalorado, cómo si estuviera avergonzado.
Su compañero, sentado en la cama que los separaba a él y a la muchacha, le dirigió una mirada de reprensión. Lo observó detenidamente durante largo rato, mientras se preguntaba: "¿En realidad le gustaran las mujeres, ó a qué le hace este tipo?" Era extraño que un joven de 14 años no se entusiasmara con la exhibición de un excelente espécimen del género femenino, como lo era Asuka Langley. Shinji, en cambio, parecía a punto de infartarse, cómo si eso le resultara grotesco.
—No pareces estar muy interesado— le dijo Asuka, mientras se acomodaba en la cama dónde se encontraba sentado Kai — Me estás hiriendo en mi amor propio, ¿sabes?
Asuka seguía acercándose a Shinji, gateando en su cama y viéndolo fijamente. Hasta parecía que se podía oír su ronroneo, cómo los de un gato doméstico. Kai se acomodó en su asiento, para poder admirar mejor a su compañera, tan odiada anteriormente, lo único que existía para él en esos momentos. La chiquilla estaba muy cerca del japonés, quien podía sentir su aliento en el rostro.
—Tengo los pechos bastante grandes para mi edad, ¿no crees?— mencionó seductoramente la jovencita. Sólo unas dos pulgadas separaban su nariz de la del muchacho —¿Quieres verlos, corazoncito?
La mano de la niña jugueteaba con la toalla, haciendo un claro gesto de que se la iba a quitar, ante las súplicas del abochornado muchacho.
—¡Basta!— suplicaba en volumen inaudible, literalmente falto de aliento —¡No te quites... la toalla!
Su sugerencia llegó tardía, justo en el momento en que la alemana develaba el monumento de la belleza de su cuerpo, jovial y tan vivo. La toalla pasó por las piernas desnudas de la chiquilla en su camino al suelo, cayendo con un seco rumor y humedeciendo la alfombra. Todo pareció congelarse en ese momento para el par de muchachos.
Bonita sorpresa debieron haberse llevado al descubrir que su compañera estaba vestida con una camisa corta y unos ajustados shorts deportivos: sólo se estuvo burlando de ellos durante todo el tiempo.
Ambos jóvenes estaban inmóviles, con la mirada fija en la hembra ante ellos y boquiabiertos del asombro. En el fondo, Shinji agradeció que aquello no fuera más que una broma estúpida y no un asunto tan serio cómo él creía. Por el otro lado de la moneda, su colega aún no asimilaba del todo lo que había pasado. Desilusionado, parecía una milenaria escultura resquebrajándose a la intemperie, inmóvil en tanto observaba a la burlona muchacha, quien los señalaba con el dedo, pataleando en el piso y derramando abundante lágrimas de la risa que la embargaba.
—¡Hasta las orejas se les pusieron rojas!— señaló, entre el estruendo sus carcajadas.
Vuelto a la realidad con éste último comentario, Kai, molesto, salió de su taciturnidad, quebrándose por completo la estatua que semejaba anteriormente. Sin decir nada, se puso de pie y volvió corriendo a su lecho, al rincón. Sentía cómo si le hubieran arrojado a una tina con agua congelada, y titiritando de frío, se alejaba cómo podía de ese lugar. Humillado, se defendía inútilmente, impotente.
—¡Maldita ramera, bruja estúpida! ¡Me estaba conservando puro y casto para el matrimonio!— sollozaba como una colegiala, hundiendo su apenado rostro dentro de sus almohadas —¡Ahora ya no podré casarme de blanco! ¡Te odio, demonio de seducción!
Sin embargo, la jovencita ni siquiera le prestó atención en lo que decía, regodeándose en las espesas mieles de su victoria.
Fue entonces que, harto de las incesantes burlas de la chiquilla, con una voz fría cómo el hielo Shinji le expuso:
—No es por nada...— dijo, capturando la atención de sus compañeros —Pero, tratándose de Misato, lo más seguro es que hay una cámara, oculta en cualquier lado... felicidades, acabas de descubrirte frente a todos en el cuartel.
—¡Eso es cierto! ¡Ja, te acabas de joder, vaca idiota!— secundó Rivera, más animado con aquella nueva perspectiva.
En primera instancia, la joven pareció no creerles, observando a uno y otro en forma alternada, con la duda en sus ojos. Después, un poco más preocupada, comenzó a registrar el cuarto, con la vista, para encontrar el susodicho aparatejo. Debajo de las camas, en un espejo, en los armarios, en el baño... en ningún lado parecía estar. Empero, aquél par continuaban luciendo muy convencidos de su teoría. Finalmente, rompió en demandas, volteando la cabeza de derecha a izquierda y de abajo hacia arriba.
—¡No es cierto!— les decía, instándolos a que revelaran la posible localización de la
cámara —¿Dónde está, mentirosos?
Lo que afligía a la extranjera estaba justo encima de su cabeza. En el techo, al centro, camuflado a la perfección como un candelabro. Nadie, seguramente, se daría cuenta que aquello contenía una cámara de video que captaba todos sus movimientos. La imagen es transmitida de la cámara a una pequeña consola en otro cuarto, como en un estudio de televisión, dónde era proyectada la escena en varios pequeños monitores. Por suerte para Asuka, en aquellos momentos la Capitana Katsuragi se encontraba profundamente dormida, totalmente postrada contra el monitor, aturdida por los efectos de una sexta lata con su cerveza de predilección. Los humos del alcohol, sumados a lo tarde que era, pisándole los talones a la madrugada, hicieron que cayera rendida sin gran esfuerzo. No alcanzaría a ver aquella parte denunciante de la cinta, con su cabeza entre los brazos cruzados, acurrucada y descansando como un recién nacido, aunque estas dulces criaturas por lo general no roncaran tan profundamente como ella lo hacía.
Shinji escucha de lejos el sonido intermitente del reloj despertador junto a su cama. Aún en sueños, deja caer cansadamente su mano sobre el aparato, para desactivarlo. Después de frotarse animosamente la cara, se incorpora a la realidad, sentándose en el lecho mientras se quitaba de encima la colcha que lo cobijaba. Al contemplar en rededor pudo percatarse que era el único despierto en la habitación. Asuka seguía acurrucada en su mueble, descansando, y Kai continuaba dormido boca arriba, con los brazos extendidos en el colchón, durmiendo de forma tan pesada cómo solía hacerlo. Consultó el reloj, para ver si no había equivocación. Las seis de la mañana. De un momento a otro Misato atravesaría la puerta del cuarto, para despertar a toda la tropa. Mejor se levantaba antes de que lo hiciera. Caminando descalzo por el piso alfombrado, alcanzó su maleta, para sustraer de ella su cambio de ropa, unas trusas y calcetines limpios, además de un conjunto deportivo: una sudadera y unos pantalones para correr. Antes que se dirigiera al cuarto de baño para cambiarse, el ruido de la puerta metálica deslizándose hace que se ponga en guardia, sobresaltado. La capitana entra en la recámara, encendiendo todas las luces del cuarto y desbordando entusiasmo, haciendo tanto escándalo cómo una locomotora.
—¡Vamos equipo, es hora de levantarse!— gritó a los muchachos, observando que sólo uno de ellos estaba de pie —¡Hora de levantarse! ¡El sol ya ha salido!
Ante el griterío de la mujer, la chiquilla rubia se incorpora con unos quejidos, profiriendo unos grandes bostezos de cansancio. Sólo el muchacho restante se había quedado rezagado, quedándose todavía en el reinado de Morfeo, imperturbable e indiferente a lo que le acontecía alrededor, cómo si se estuviera burlando de sus compañeros. Misato cogió una almohada de la cama vecina, y con ésta arremetió repetidamente contra el joven, dirigiéndole los impactos a la cara.
El niño sólo entreabrió los ojos, sin asustarse ni molestarse de nada, moviendo un poco los dedos de las manos para desentumirlos, pero sin levantarse de donde estaba. Contempló a su guardiana sobre él, instándole a que se levantara. Sin hacerle caso, murmuró, sonriendo:
—Debe ser la primera vez que te levantas tan temprano, mujer.
—¿Eso crees, eh?— inquirió Katsuragi, para después descargar otra tanda de golpes sobre el joven —¡No recuerdo haberte preguntado sobre mis hábitos matutinos! ¡Te dije que te despertaras! ¡Ya se nos hizo tarde!
—¡Ya, pues, ya voy!— suplicó el chiquillo, incorporándose de su lecho en el acto.
Una vez que el trío completo estuvo de pie, su superior les indicó:
—Muy bien— pronunció, consultando la carpeta que sostenía frente a sí —Quiero que en este mismo momento vayan a cambiarse, y luego, a desayunar. Tenemos 45 minutos para esto. Después, el entrenamiento comenzará.
—De acuerdo— asintieron los niños, dispersándose por el cuarto, apresurándose para mudar de ropas y almorzar.
Todos se vistieron con ropa deportiva, a petición de la militar, con el pretexto de que era requerido por la cédula. Acabando de desayunar, la mujer condujo a sus subordinados por el vasto laberinto de pasillos del cuartel, no alejándose bastante de la habitación en donde se hospedaban. Llegaron a un cuarto libre de muebles, con piso de duela de madera. Al parecer, ese suelo acababa de ser construido hace poco: aún se podía oler el aserrín y el barniz. Estando dentro, la capitana Katsuragi les pasó a cada uno un paquete de tres hojas, las cuales contenían los pasos para una danza, del tipo ballet.
—Escúchenme— atrajo su atención la mujer con rango militar —Comenzarán a entrenar después de que estudien esto...— abrió el paquete de hojas que ella tenía en las manos, dándole una revisada —Es la coreografía para un baile... Esto hará que conozcan bien sus cuerpos y como interactúar entre ustdedes.
—¿Un baile?— interrogó la alemana en cuanto tuvo en sus manos las hojas.
—¿Esta es tu estrategia, Misato?— preguntó a su vez Shinji, extrañado.
—¡Pero si ya sabes que yo no sé bailar ni los ojos, odio cualquier demostración kinestésica coordinada con secuencia rítimica!— reclamó Kai, agitando las hojas en la mano —¡Y por si fuera poco, ballet! ¡Esto es un ultraje!
La capitana no dijo nada en el momento. Se cruzó de brazos, en una actitud tolerante, esperando a que acabaran las quejas. Después, contraatacó, diciéndoles a su vez:
—¡Silencio!— replicó, callando a los infantes —¡Dejen de protestar por todo!— los chiquillos obedecieron, enmudeciendo ante su demanda. Después de callarlos, continuó, golpeando las hojas en su mano —Para esto hay que darle importancia tanto a la figura como al estado de ánimo... Ya que el enemigo es un cuerpo dividido en tres seres, las tres partes realizan los mismos movimientos— prosiguió, dando vueltas por el cuarto, sin quitarles la mirada de encima —Para lograr dominar una perfecta coordinación en cuatro días, lo más fácil es recordar una pauta de ataque que se haya adaptado a una melodía... ¿Comprenden?— concluyó, dándole un golpe en la cabeza a Kai con las hojas enrolladas, ante sus reclamos y pesares.
—¡¿Porqué nomás a mí me pegas?!— le replicó, acariciándose su cabeza.
Antes que la mujer pudiera contestarle, Kaji hizo su inesperada entrada en la habitación. Abriendo la metálica puerta, cruzó por entre los niños para irse a poner a un lado de Misato. Con su inseparable sonrisa maliciosa en la cara, saludó a los chiquillos con un ademán de mano, para entonces comunicarles:
—A propósito, la melodía elegida y la coreografía son cosa mía— pronunció satisfecho, contemplando a la bella hembra a su lado.
—Puedo hacerlo sola, ¿sabes?— le dijo ésta.
—No te preocupes, no me molesta...— contestó el hombre.
Al mismo tiempo, Kai le dirigía una fría mirada al recién llegado. Queriendo aparentar molestia por la noticia que les dio, se dirigió hacia él, en un tono de amenaza e ira:
—¿Sabes Kaji?— pronunció el muchacho cruzándose de brazos y contemplándolo de pie —No debiste haberlo hecho, y mucho menos decírmelo, podrías llegar a arrepentirte...
—¡Oye, imbécil, no estés amenazando a MI Kaji!— intervino la extranjera, al socorro de su amor platónico, señalándole la nariz con el dedo índice.
—¡Yo amenazo a quien yo quiera!— respondió al momento el muchacho, quitándose el dedo del rostro y agitando los brazos —¡¿Me entiendes, babosa?!
"Pues creo que va a estar difícil sincronizar a estos dos" pensó desairado Shinji, observando la escena, que comenzaba a ser muy rutinaria entre aquellos niños.
—¡Ya basta, ustedes dos!— puso orden la mujer, separando a uno del otro con los brazos, empujándolos toscamente —¿No pueden quedarse un momento sin estar peleando?
Los muchachos ya no se dijeron nada, limitándose a mirarse mutuamente con rencor, separados por el cuerpo de la capitana. Para evitar más problemas, el chiquillo se volteó de espaldas a la alemana, intentando ignorarla, no queriendo hacer enfadar a Misato más de lo que ya estaba con él.
Imponiendo la paz en una manera ruda, pero efectiva, su superior respiró aliviada, rogando para que estuvieran quietos por el resto del día. Había comenzado a olvidar lo que era cuidar a niños, el tener que soportar berrinches, riñas y caprichos. Pero también le extrañaba la actitud que su protegido le dirigía a la chiquilla. Además, los dos ya estaban alrededor de los catorce años... ¿Porqué no podían madurar un poco? Era lo único que pedía en esos segundos tan estresantes. Dando un profundo suspiro de resignación, dejó que el trío estudiara los movimientos que se le habían sido encomendados a cada uno, para luego dirigirse a un sistema de sonido instalado en una de las paredes de la recámara y activarlo, indicándole a su pequeña tropa:
—Bueno, intenten el primer paso siguiendo la música— les señaló, encendiendo la máquina —Escuchen bien la música, ¿entendido?
La pieza rítmica empieza a oírse en el espacioso cuarto. Los niños, se ponen en fila y se alistan acomodando sus cuerpos y músculos para ejecutar los movimientos necesarios. Ya era tiempo. Primero, el brazo derecho arriba, junto con la mirada, luego hacia ambos lados, sin bajar la cabeza; hasta aquí duraron a tiempo. Lo que siguió, pudo haberse llamado con cualquier otro nombre excepto el de danza. Más bien parecían que estaban sufriendo ataques epilépticos, contorsionándose extrañamente y sin ningún tipo de gracia. Cada quién iba a su paso, sin fijarse en lo que hacían los otros. Entonces, mientras Asuka giraba hacia su izquierda, por ejemplo, Shinji lo hacía a la derecha y el chiquillo restante ni siquiera hacía el giro. Analizando aquella patética demostración, la capitana se cruzó de brazos, esperando que la melodía concluyera. Interrogó al sujeto a su lado:
—¿Qué te parecen?
—Eh...— contestó Ryoji, sin hallar las palabras adecuadas para describir lo que sus ojos tenían la desdicha de presenciar.
Cuando Shinji quiso equilibrase sobre una punta, tal y cómo recordaba que indicaban sus instrucciones, el piso recién encerado le hizo resbalar, cayendo pecho a tierra, con un quejido, mientras sus compañeros lo observaban molestos.
—Lo titularía "Danza de la grulla y el mono"— comentó Kaji, tocando con los dedos su barba de tres días, pasmado.
—Creo que vamos a tardar más tiempo de lo esperado— le contestó secamente la mujer.
La sesión duró hasta el mediodía, abarcando mas o menos unas cinco horas.
Hora del descanso y la comida. Con pesadumbre, sintiendo el peso del mundo sobre los hombros, Shinji arrastraba los pies, temiendo que cada paso que daba fuera el último. De nuevo tiene que pasar la toalla sobre su rostro, para librarse del sudor que lo recorría, y que parecía inagotable. Su respiración era entrecortada y lanzaba unos lamentos de vez en cuando, quejándose del agotamiento.
— Estoy tan cansado... nos estuvimos ahí toda la mañana— pronunció, casi sin aire, para volver a proferir un aullido de dolor —¡Ay! Y pensar que después de comer tenemos que volver a esa tortura...
—¡Pues claro!— contestó la alemana, empujándolo por detrás —¡Y tú con lo torpe que eres, vas a tener que entrenar muy duro!
—¿En serio te cansaste?— le preguntó Kai a su amigo, caminando atrás de ellos, con la cabeza recargada en los brazos —Yo apenas lo sentí... me estaba haciendo falta hacer algo de ejercicio... ya estaba algo fuera de forma...— pronunció, caminando hacia Langley, para ponerse a juguetear con ella, lanzando unos golpes fingidos que la muchacha tenía que esquivar. El despecho que le tenía se había disipado con la mañana.
Ikari observó sorprendido la condición de sus compañeros. Luego de tanto esfuerzo físico, y continuo, los dos sólo estaban un poco agitados, pero en ningún momento cansados, cómo él lo estaba; hasta les sobraba energía para ponerse a jugar. Tenía que ser. Ya había observado los numerosos premios que Kai había ganado en su infancia. Y a la chiquilla ya la había visto en acción. En contraste, a él no le agradaban bastante las actividades físicas, siendo muy promedio en ese campo.
—Para ustedes es muy fácil, ¿no?... me imagino que esto es cómo de risa para los dos...
Los jóvenes pararon en sus correrías, para atender al comentario del chico.
—Si yo lo hiciera sola, ya lo haría a la perfección...— murmuró la muchacha, enfadada.
—...si lo hicieras sola...— respondió el niño—...pero no lo haces sola, así que vas a tener que emparejarte con nosotros...
Asuka lo interrumpió volcándose sobre él para jalarle ambos oídos, castigándolo y reprochándolo, molesta por lo último que dijo.
—¡Ustedes son los que tiene que emparejarse conmigo, pero lo único que hacen es estorbar! — reclamó gritando.
—¡Eso duele!— exclamaba Shinji ante el dolor que le infringían.
Una figura silenciosa y solitaria que deambulaba por los pasillos, y se acercaba a donde estaban, detuvo a Asuka de continuar con su castigo. A lo lejos, los tres chiquillos distinguieron al comandante. En silencio, se podían apercibir los ruidos que hacían sus zapatos al desplazarse por el piso, haciéndose cada vez más visible la forma del padre de Shinji. Percatándose que se dirigía a donde se encontraban, la chiquilla soltó rápidamente las orejas del muchacho, actuando cómo si nada hubiera pasado. Las suelas seguían rechinando con un rumor seco al pasar por el suelo, lo único que se podía escuchar en aquellos momentos. Los infantes seguían con la vista los movimientos de su jefe, hasta que estuvo frente a ellos. El líder de NERV también los observó algunos instantes, sin saber qué decir o hacer ante las curiosas miradas de los menores. El silencio se prolongaba, empezando a ser bochornoso.
—¿Cómo les va?— pronunció al final Gendo.
—¡Muy bien!— contestó Asuka, con la actitud de niña buena que siempre tomaba con sus superiores —¡Seguro que ganaremos el combate decisivo dentro de cuatro días!
El comandante casi no prestó atención al aviso. Mirando por encima del hombro de la muchacha, buscaba la mirada de su hijo. Éste, intimidado, volteó el rostro hacia la pared, intentando rehuir la confrontación con su progenitor.
—¿Ah, sí?— dijo el hombre, quitando su fugaz atención del muchacho —Eso espero, por el bien de todos— expresó fríamente, mientras continuaba su andar, dándole la espalda a los chiquillos.
Al verlo alejarse otra vez, su vástago se decidió a emprender acción, aprovechando la oportunidad que se le presentaba. Apretó los puños, y desde su lugar, se dirigió a él, sintiendo cómo un pequeño escalofrío le revolvía el vacío estómago.
—Oye, papá...
El Comandante Ikari se detuvo en seco, para después voltear de reojo y atender al llamado del joven. Ahí estaba él, su viva imagen de cuando tenía su edad. Su complexión delgada, ese cabello corto y la carita incrédula, llena de timidez, goteando sudor y pena. Sintió cómo si se estuviera observando hace 30 años en un espejo, cuando aún la vida no le había pasado por encima. Y eso, tal vez, lo molestaba.
—¿Qué quieres?— le preguntó al muchacho.
—Nosotros nos vamos... a comer...— balbuceaba el chiquillo, tratando de contener los temblores de sus pierna s—... a lo mejor... podríamos comer... juntos...
Su padre se ajustó con los dedos sus lentes, continuando observándolo. Aquello era su hijo, producto de la unión del amor que había compartido con su extinta mujer. Era hasta ese momento que lo podía contemplar, a aquel pedazo de sí mismo. Lo observaba deshaciéndose de vergüenza para preguntarle una cosa tan estúpida cómo ir a comer juntos. Catorce años habían pasado, y hasta ese momento lo empezaba a conocer. Catorce años. Decepcionado, volvió a su camino.
—Lo siento...— pronunció, alejándose —Tengo trabajo...
Sus tres pilotos volvieron a verlo irse, con ese terrible silencio a sus espaldas. Shinji estaba de pie, con la vista baja.
—Tú no escarmientas— le dijo Kai sin reparar en su estado emocional —¿Hasta cuando vas a comprender que ese monigote no tiene interés en ser tu padre?
—Lo sé— suspiró desairado el niño, a la vista de sus dos compañeros mientras continuaban su camino.
Se hizo la noche. El joven Ikari observaba hacia el techo de su recámara, tendido en la cama. Para evitar oír la pieza musical que Misato les repetía a cada momento por las bocinas del cuarto, traía puesto el pequeño sistema de sonido personal que llevaba consigo a todos lados. En su rostro no se podía disimular esa expresión de tristeza y decepción que estaba muy marcada en él. No prestaba atención, ni a la música que sólo él escuchaba, ni a la luz de la bombilla eléctrica que le empapaba el rostro, y que a veces ocasionaba que su ceño se frunciera. No ponía interés al programa de concursos que su amigo observaba por la televisión, jugueteando con el control remoto, y sin dejar un canal más de medio minuto. Un programa tras otro, sin encontrar algo que satisficiera al gusto.
—Será que no veo mucha televisión últimamente, pero no recordaba que sólo pasaran porquerías aburridas— se quejaba amargamente el muchacho.
"Ajá" contestó distraídamente su compañero, sin siquiera ver de que estaba hablando. La canción continuaba resonando en sus oídos, sin ser enteramente escuchada:
"Dakedo, Oh! Kimino kagayaku me wa nani o
Sagashi tzusukeru no? OH MY FRIENDS!"
("Pero, ¡Oh! ¿Qué es lo que tus resplandecientes ojos
continuamente buscan? ¡Oh, mis amigos!")
La melodía era melosa y poseía el ritmo juvenil que tanto le gustaba al muchacho, aunque en esos momentos no lo estuviera disfrutando del todo.
Asuka salió del baño, dejando escapar por la puerta el vapor contenido, producido por la regadera con agua caliente. Pasaba afanosamente la toalla por sus rubios cabellos, alcanzando el refrigerador. Sustrajo una lata de refresco negro del aparato, para cerrarlo con las caderas. Se dirigió a la cama de Kai, reposando en ella para observar también al televisor. La melodía que se oía en las bocinas, a un nivel bajo, comenzó a molestar su percepción.
—Qué fastidio con Misato...— pronunció molesta —Hasta por la noche está jodiendo su música sosa.
—Es como para darse un tiro en la cabeza— contestó Kai mientras seguía peleando con la tediosa programación local.
—Ya me está hartando, y eso que me gusta la música clásica— siguió Langley.
—¡Diablos, no puede ser!— exclamó Kai, al dar por fin en el clavo —¡Mira, van a pasar Godzilla! ¡La original de 1954! Los dioses del ocio han recompesado mi búsqueda con algo digno de desperdiciar mi tiempo durante las próximas dos horas..
—Supongo que es lo mejor que podríamos ver hoy...—dijo la muchacha a su lado, incorporándose —Me pareció ver que había unas palomitas de maíz en el microondas...
La extranjera fue a donde estaba el electrodoméstico, preparando y luego sacando del interior el alimento requerido, para retornar a su lugar frente a la televisión. Al pasar junto a la triste humanidad de Shinji, quedó interesada en su estado, deteniéndose frente a la cama donde reposaba el chiquillo.
—¿Qué te pasa, Shinji?— le preguntó, de pie, mirándolo detenidamente.
—Nada— respondió quedamente.
La muchacha fue a sentarse dónde antes estaba, abriendo el paquete que traía consigo y ofreciéndole de su contenido a su compañero, mientras la película comenzaba. Ella parecía estar más interesada en la persona deprimida que se encontraba en la cama de a lado. Después de pensarlo un poco, le preguntó:
—Oye— dijo— ¿No será que eres un hijo de papi?
El joven apagó abruptamente el aparato en sus oídos, quitándoselo. Levantándose, la confrontó, aún sentado sobre su lecho.
—¿Y a mí porqué me dices eso?— replicó.
—Bueno, querías comer con el comandante, ¿no?— fue directo al grano —Él ha dicho que no, y tú has quedado destrozado...
Su compañero los hacía callar, cuando el volumen de su plática superaba al de los efectos de la cinta proyectada, a la par que buscaba a tientas la bolsa de las rosetas de maíz, para no quitarle la vista de encima al aparato.
—Te equivocas— continuó Ikari, abrazándose con ambos brazos las piernas —No soy ningún hijo de papi. A decir verdad, odio a ese sujeto como a nadie en este mundo— dijo con franqueza —No entiendo cómo un hombre cómo él puede ser mi padre... pero de todos modos, hago un esfuerzo para ya no odiarlo. Como si pudiera hacer algo de mi parte para arreglar una situación. Quizá una parte de mí piense en eso.
—Pues yo creía que a eso se le llamaba ser hijo de papi— resumió la chiquilla, dando un sorbo a la lata de refresco, mientras devoraba un puño de las palomitas y le prestaba más atención al televisor.
Shinji los observó algún rato, queriendo continuar con la charla; le hacía mucho mejor platicar acerca de lo que sentía que quedarse con eso dentro de él. Cuidando que la tonalidad de su voz no molestara a la percepción de Rivera, interrogó a la muchacha:
—Asuka— le dijo —¿Tú cómo eres con tu padre? ¿Te llevas bien con él?
—Yo no tengo padre— contestó serenamente, dándole otro sorbo a su bebida.
—¿Se... se murió?— pronunció el joven, temiendo haber sido indiscreto.
No hubo necesidad, ya que la chiquilla continuó con la sangre fría, respondiendo pacientemente a sus preguntas.
— No, nunca he tenido uno— expresó Langley, volteando donde estaba su interlocutor, quitándole la mirada un poco al aparato —¿Has oído hablar de los bancos de esperma? Mi padre era un espermatozoide que mi madre compró en un banco de ésos... Yo nací en una probeta, dentro de un laboratorio...
El japonés pareció impresionado ante la revelación, quedando inerte en su lugar algunos momentos, con la boca semiabierta. La pieza musical por fin dejó de oírse, dejando que los únicos ruidos que se escucharan fueran los alaridos que despedían las víctimas del Rey de los Monstruos, ante la gratitud de Kai, quien reía a pulmón lleno ante cada desastre que el enorme mutante ocasionaba en el antiguo Tokio. La joven pareció darse cuenta de la consternación que embargaba a Ikari.
—¿Y porqué pones esa cara de pasmado?— lo interrogó.
—Oh...— vaciló un poco Shinji, casi sin saber que decir —Es que he oído mucho de bebés probeta, pero... es la primera vez que conozco uno...
Asuka se puso más emocionada, volteando completamente hacia él, muy entusiasmada de ofrecerle una explicación, esbozando una sonrisita de orgullo. Se levantó de su lugar y fue a sentarse junto a Shinji, dejando la película en segundo plano.
—Pues oye bien esto— aquí hizo una pausa debido a otro reclamo de Kai, para guardar silencio. Luego, continuó —No era un espermatozoide cualquiera. El banco donde vendían el esperma de mi padre sólo tiene espermatozoides de hombres que han pasado un estricto examen de cualificación, tanto de carácter cómo educación. Y por supuesto, las mujeres que los compran han de tener una cualificación equivalente.
El chiquillo comenzaba a ponerse un poco nervioso y avergonzado. "A mí me da igual, pero creo que muchos se opondrían a que una muchacha de catorce años hablara tanto de espermatozoides." La alemana proseguía con la historia de su origen.
—Dicen que mi padre era el mejor espermatozoide de todos, y que lo había donado un científico genial— volvió a interrumpirse debido a las continuas risotadas de su compañero que veía la tele, dando de patadas a la cama para jalar un poco de aire. Cuando se calló, apenado por interrumpir, la rubia continuó su clase —En fin, que yo nací cuando un espermatozoide de primera clase y un óvulo de primera clase se juntaron...— después, con un aire solemne y triunfal, concluyó, poniéndose una mano en el pecho y cerrando los ojos, sin quitarse la sonrisa de orgullo que traía —Y es por eso que YO soy una elegida, y soy algo excepcional...
—Todo eso fue muy conmovedor— pronunció Kai, quien no pudo evitar escuchar pedazos de la historia —Pero ahora que ya eres toda una jovencita, casi una mujer, me parece que llegó el momento de decirte la verdad...
—¿Qué?— replicó la muchacha, cauta —¿De qué cuernos están hablando?
—Es hora de que sepas que...— continuó Rivera, haciendo una prolongada, intencionada pausa dramática —Hija mía, ¡yo soy tu padre! ¡Yo era ese científico genial del que quedó embarazada tu madre!
La inmediata respuesta que obtuvo el muchacho fue un poderoso puñetazo en pleno rostro, que lo hizo caerse de espaldas.
—¡A los padres se les debe respetar, por si no lo sabías mocosa malcriada! ¡Te irás castigada a tu habitación, hasta que demuestres un poco de respeto a tu viejo!
—¡Calla, imbécil, si quieres seguir conservando el uso de tus piernas!
Los dos continuaron con su batalla sin fin, mientras que su compañero se ponía a reflexionar, todavía postrado sobre su colchón. Las burlas que los muchachos se dirigían el uno al otro lo atravesaban cómo si él no estuviera ahí, sino a kilómetros de distancia. Siempre le pasaba lo mismo cuando se ponía a pensar detenidamente: se desconectaba del mundo exterior, refugiándose en los abismos de la mente humana. Entonces, aún indiferente a la discusión de sus compañeros (al fin y al cabo ya se empezaba a acostumbrar a las constantes riñas de aquellos dos), volvió a cuestionar a la chiquilla.
—Pero— se dirigió a ella, en una de las momentáneas treguas que se suscitaban en el campo de batalla. Asuka volvió la mirada a dónde se le hablaba —¿No te sientes sola? Eso de no tener padre desde que naciste...
La extranjera contempló de reojo los entrecerrados ojos del muchacho, cómo si se estuvieran compadeciendo de ella, al punto de sentir lástima. Dio otro sorbo a la lata en sus manos. No necesitaba de la compasión ni de la lástima de nadie, no necesitaba de nada de eso. Retiró el recipiente de sus labios, mirando fríamente a Shinji.
—Pues no...— respondió —En el fondo, da igual tener un papá o no... Yo fui elegida de entre una multitud para ser un piloto Evangelion. Lucharé y derrotaré a todos los ángeles. Luego conseguiré el reconocimiento de todo el mundo, y esa, esa será mi mayor felicidad.
Ella concluyó su monólogo, para luego dirigirse al bote de reciclado y depositar en su interior el envase vacío. Por un rato, el chico la siguió con la vista a donde iba, pensando profundamente lo que había escuchado. Era claro que su compañera sí tenía bastante bien fijadas sus metas, a diferencia de todos ellos. Un propósito firme y realista, y no cómo el intangible y absurdo ideal de Kai de proteger a toda la gente, un montón de sujetos que ni siquiera conocía, pero que, sin embargo, tenía que proteger aún a costa de su propia integridad. Algo imposible para cualquier ser humano. Y ahí estaba también su propia indecisión y desconocimiento del porqué siempre arriesgaba la vida de aquel modo. Hasta ahora podía pensar claramente en una razón inteligente. Para obtener el reconocimiento de los demás. Eso era bastante convincente.
El escándalo producido por las constantes risas de su amigo lo trajeron de vuelta a ese cuarto, quedando él otra vez con las manos recargadas en la cama y los pies en el piso alfombrado. ¿Cuál era el chiste?
Cómo un animal acorralado, la enorme muchedumbre huía en una retirada, despavorida, en todas direcciones, pero sin dispersarse, manteniendo la unidad de sus partes a toda costa. Había quien se resbalaba, tropezaba y caía, quedando a merced de la multitud en estampida, que pisaba, quebraba y trituraba sus huesos hasta que no quedara más que un montón de carne sangrante y pudriéndose a la intemperie, siendo evitado por las personas que se apuraban en ponerse a salvo, entre gritos de histeria y sirenas.
Entre toda aquella masa de gente, todavía se podía vislumbrar un vestigio de cordura y coraje. El policía, atropellando a la chusma cobarde, se instaló en medio de la calle. Estacionó la patrulla y salió de ella, contemplando el obstáculo frente a él.
No se inmutó con los pequeños temblores que sacudían todo a su alrededor, que hacían que más personas se precipitaran al suelo y fueran atropelladas por la gentuza que sólo quería sobrevivir un día más; tampoco se impresionó con el enorme rugido que hacía que las ventanas y cristales se quebraran y volaran en pedazos, y que a él lo recorría de pies a cabeza, todavía luego de un minuto de ser lanzado por la poderosa garganta de la bestia.
Con el pulso firme, sin vacilar, y con la vista al frente, el gendarme sacó de su cartuchera la pistola que siempre cargaba, una calibre .38 de seis tiros. Sin miedo en su interior, vació toda la carga al monstruo que seguía avanzando hacia él, sin ningún daño. Una a una, las balas fueron a aplastarse contra la dura e impenetrable piel del mutante, quedando sólo unas casquillos humeantes de ellas, que reposaban inertes en el suelo.
El sonido seco del arma vacía se repetía cada vez que el oficial apretaba el gatillo, en vez de escucharse el estruendo del balazo. Con incredulidad, el hombre examinó el arma, cómo si aún no se hiciera a la idea que se había quedado sin parque.
Sólo eso le bastó al dios lagarto, quien lo tomó violentamente de dónde se encontraba, quebrándole todas las costillas y levantándolo por los aires, hasta que él pudo sentir el ardiente aliento del enorme lagarto, y sentirse machacado por los gigantescos colmillos de la bestia.
Kai reía a pleno pulmón, a punto de asfixiarse, con su cara roja e hinchada, poniendo las manos en su estómago rebosante.
—¡Ay, que imaginación de cabrones!— pronunciaba ávidamente, sin darse cuenta que lo decía en español, mientras se seguía riendo y disfrutando de la tragedia ajena.
Eso era otro aspecto que Shinji no podía entender de él. ¿Cómo podía resultarle esa situación tan graciosa, siendo precisamente eso lo que él, supuestamente quería evitarle a cualquiera a toda costa? ¿Kai era un hipócrita, sin darse cuenta de ello?
—¿Pero cómo te puedes reír de esto?— preguntó precisamente Asuka, sentada a su lado y observándolo desdeñosamente —Un hombre acaba de morir, ¿y tú sólo te ríes cómo un psicópata?
—Discúlpame si las cosas sencillas de la vida me hacen feliz, como un hombre en traje de caucho destruyendo una maqueta— pronunció el muchacho, despreocupado —No se tiene que tomar todo tan a pecho ni se debe ser políticamente correcto todo el tiempo, en cada aspecto del acontecer cotidiano— observó fríamente a ambos jóvenes, mientras continuaba su exposición de motivos —El que me sienta con la obligación moral de pilotear un Eva para cuidar de todos aquellos que no pueden hacerlo no quiere decir que vaya por ahí salvando gatitos a donde quiera que voy. Y es que no soy estúpido, pese a lo que puedan pensar. La muerte es una parte de la vida y es algo que nadie puede evadir. Por eso es que trato de buscarle el lado divertido a las cosas, siempre que puedo.
Habiendo acabado, continuó observando la televisión, aunque no tan divertido cómo antes. Sus acompañantes habían quedado callados ante lo tosco de sus comentarios, Aún no masticaban gran parte de lo que había pronunciado en tan corto tiempo. Qué concepción tan extraña tenía él de la vida.
Shinji quiso aprovechar que Rivera se mostraba particularmente receptivo y de buen humor esa noche para cumplir su objetivo de acortar distancias con él.
—Oye, ya que estábamos hablando de los padres, siempre me he preguntado— pronunció —¿Y tus padres? Nunca me han dicho, ni Misato ni tú, qué pasa con ellos. ¿Quiénes son, en donde se encuentran? Seguramente son personas bastante interesantes. ¿Acaso se encuentran de viaje de investigación en alguna tierra exótica?
—Error— respondió sin más su compañero, aún atento al aparato frente a él —Ellos están tres metros bajo tierra...
—¿Qué?
—Muertos, para que me entiendas...—comunicó con hastío el muchacho, queriendo seguir observando al lagarto gigante en acción.
El joven nipón lo contempló algún rato. Pese a que su pregunta, en ese nuevo contexto, pudo pecar de ser imprudente o grosera, la verdad es que se le veía bastante tranquilo al muchacho, sin ningún síntoma o señal de molestia. Casi cómo si no le importara aquella circunstancia. Aún así, había que disculparse, por si las dudas.
—Yo... lo siento... no sabía... — se excusó Shinji, en un tono cordial.
—Ah, tú no te preocupes... — exclamó Kai, indiferente, habiendo acabando con toda su colación —De todos modos, fue hace mucho tiempo... así que casi ni me acuerdo de ellos... son cómo si fueran unos desconocidos, para mí. En lo que a mí respecta, Misato ha cuidado de mí desde que me acuerdo... ¿Saben una cosa?— pese a sus esfuerzos por disimularlo, para sus compañeros de cuarto fue bastante notoria su intención de cambiar de tema cuanto antes —Ahora que he estado viendo tanta televisión me he puesto a pensar que esta desparpajada situación en la que estamos atascados bien podría acomodarse para una comedia televisiva. ¿Qué no me creen? ¡Sólo piénsenlo! Dos chicos y una chica, con personalidades incompatibles, viviendo en el mismo techo por azares del destino... casi hasta puedo escuchar el tema musical...
Enseguida Rivera comenzó a canturrear en inglés, solo para demostrar el tiempo que había invertido en tales pensamientos:
"So no one told you life was gonna be this way
Your job's a joke, you're broke, your love life's DOA..."
En ese momento el chiquillo se interrumpió a si mismo para aplaudir rítmicamente, solo para reanudar su improvisada cantaleta, la cual hizo que los otros dos muchachos arquearan la ceja:
"It's like you're always stuck in second gear,
When it hasn't been your day, your week, your month,
or even your year, but..."
—¡Canten amigos, con sentimiento! ¡Es su turno!— anunció Kai, alzando los brazos, invitando a sus acompañantes a que se le unieran en coro, cosa que por supuesto jamás ocurrió, lo que de ninguna manera le impidió continuar:
"I'll be there for you!
When the rain starts to pour..."
—¡Excepto para ti, Langley, por que te odio!— se apresuró a aclarar el joven, interrumpiendo la letra de la empalagosa melodía que recitaba.
"I'll be there for you!
Like I've been there before..."
—¡Y tampoco para ti, Shinji, por que eres un gusano traidor y también me caes un poco mal!— hizo lo propio con Ikari, que lo observaba detenidamente con una indeleble expresión de fastidio.
"I'll be there for you..!
'Cause you're there for me too!"
—De repente, me doy cuenta que el que Misato nos ponga la melodía de entrenamiento todo el tiempo no es una cosa tan mala— pronunció Asuka al aire, acurrucándose en su cama, lista para dormir.
—Ya lo creo— la secundó Shinji, haciendo lo propio —Así te evitas escuchar todo tipo de cosas raras...
Las luces se apagaron en ese mismo momento, evidenciando que Misato los había estado vigilando por el circuito cerrado todo el tiempo, y que lo estaba haciendo como un medio para silenciar a su ocurrente protegido. Éste permaneció un rato más en la oscuridad con los brazos al aire, justo como había quedado después de concluida la ridícula coreografía que ejecutaba mientras cantaba.
—Payasos— musitó por último, rindiéndose a la alienante soledad que lo envolvía.
Casi en penumbras, Gendo cruzó todo el estrecho laberinto de corredores. Comenzaba a admirar su dominio, la sapiencia de que gobernaba todo aquello le cosquilleó en la espalda por algún rato. Con precisión, conociendo cada parte de su vasto territorio, se movía por las sombras de los pasillos, esquivando las paredes y esquinas con las que se pudiera golpear. Como una aparición, siguió merodeando solitario por las instalaciones, hasta que se decidió a detenerse, frente a una enorme puerta de acero reforzado, con varias advertencias en japonés e inglés: PELIGRO. MATERIAL BIOLOGICO ALTAMENTE PELIGROSO. SOLO PERSONAL AUTORIZADO. Aún en la oscuridad, la pintura fosforescente le permitió descifrar el aviso. Posó la palma de su mano sobre el lector de la entrada, y en el acto la puerta de no menos de una tonelada se movió de su lugar para abrirle paso al comandante, quien se internó en los misterios que envolvían a aquél cuarto.
Pasando por los chorros de vapor de la sala de descontaminación, después de algunos instantes de permanecer ahí pasó a tomar su traje especial de caucho, revisando cuidadosamente que no tuviera ningún rasguño, para poder ponérselo pausadamente. Realizaba sus movimientos como si estuviera realizando alguna especie de ritual macabro, respirando profundamente para poder calmarse. Unas tímidas, pero abundantes gotas de sudor poblaban su frente y sus sienes.
Una vez que estuvo listo, prosiguió con el ritual, pasando por una segunda sala de limpieza, quedándose ahí los minutos pertinentes. Luego, fue a toparse con una última barrera, mucho más imponente que sus predecesoras. PELIGRO. PROCEDER LAS PRUEBAS CON EXTREMA PRECAUCIÓN. Ikari comenzaba a hastiarse de tantas advertencias. Con desgano, tecleó el código en el dispositivo electrónico, para que de nueva cuenta la impenetrable barrera se deslizara, avergonzada, permitiendo así el paso.
El hombre ingresó lentamente a la sala, que en realidad era un gigantesco laboratorio con tecnología de punta, cientos de veces mejor equipado que cualquier otro sobre la faz del planeta. Cruzó el umbral, para que la puerta volviera a cerrarse por sí sola. Dio algunos pasos, y se detuvo secamente, para poder contemplar, casi con horror, lo que tenía enfrente, sobre la mesa.
Aún cuando quiso aparentar una sobrestimada seguridad cuando Kaji se lo trajo, la verdad era que aún el pronunciar su nombre lo cimbró hasta los huesos. Ahí estaba él, postrado sobre la mesa, y aún en su forma más humilde, el sólo verlo le traía amargas memorias, memorias de muerte. ADÁN. Ángel. Mensajero. Destructor. Implacable. Invencible. Divino. Justiciero. Verdugo. Creador. Gigante. Luminoso. Imponente. Poderoso. Peligroso. Enemigo. Aliado. Salvador. Portador de la única esperanza que quedaba.
Eso y más era lo que simbolizaba en él, ese curioso embrión de enormes ojos, malformado, que estaba frente a él, ahí delante, inerte. No podía creer lo que le habían contado. Continuaba escéptico ante las malas nuevas. Tenía que cerciorarse por sí mismo. Nervioso, y a la vez impaciente, tomó todo el instrumental necesario para las pruebas que tenía que hacer, para estar seguro de que lo que le habían dicho era verdad. Observó detenidamente por última vez a la inmóvil criatura, para luego proceder con lo que tenía que realizar.
Cuando dieron las cuatro de la madrugada, estaba exhausto y decepcionado. Decepcionado de haber podido confirmar lo que le habían contado todo mundo, pero que él, en una obstinación esperanzadora, ferviente, no quiso creer. Cómo el Santo Tomás: "Ver para creer"; pues bien, ahora que ya había visto, podía empezar a creer que en realidad no tenía lo que en un principio pensaba. Tomó el informe anterior, sólo para firmarlo y expresar que estaba de acuerdo en los resultados en éste referidos, a regañadientes. Por enésima vez, releyó la conclusión, fulminante:
"Sujeto de pruebas sin rastro de vida alguna."
En efecto, aquel pedazo de carne era solamente eso: un pedazo de materia orgánica sin cualquier rastro de de vida. Tal vez, al mismo tiempo fue un señuelo. La pequeña radiación electromagnética que emitía los había puesto tras de una pista falsa, en una búsqueda infructuosa que gastó unos quince años. Molesto, salió del laboratorio, sin vestigios del temor que poseía al haber ingresado a éste. Sin el anterior cuidado, dejando de lado el ritual, salió enfadado del complejo, para dirigirse a sus habitaciones. Cargando en su espalda con toda una historia que reflexionar.
Pasaban ya de las cinco de la mañana cuando Gendo seguía intentando descansar en el duro colchón, con la cobija amortajándolo hasta el cuello. Observaba indefinidamente el oscuro techo, tan vacío cómo su esperanza misma. Contaba sus latidos, mientras sus oídos escuchaban todo el trabajo de su cuerpo: su respiración, el paso de la sangre, la digestión de los alimentos, el crecer de cabello y uñas...
Aún tan indefenso cómo se encontraba, postrado en aquella fría cama que rechinaba a cualquier movimiento suyo, con esa oscuridad sofocante, aún a pesar de que todo lo que le rodeaba lo incitaba a desertar de sus anhelos, él todavía creía que ÉL estaría por ahí, en cualquier lugar, burlándose de ellos. ¿Pero dónde? ¿Dónde?
Cerró los ojos, para que la oscuridad lo invadiera una vez más. Entonces, volvió al lugar. Estaba de vuelta. De regreso al inclemente frío que le cala hasta los huesos, a aquél cielo sin sol ni luz, a aquella completa desolación. Con los estruendos y el escándalo de afuera, con truenos que no eran producidos por ningún relámpago, los gritos belicosos saliendo de cualquier lado. El himno de la guerra. El miedo. La incertidumbre. La muerte.
Con un devastador sacudimiento de la tierra (si es que se le podía llamar así a esa base de hielo), el suelo dónde creía estar firmemente posado comienza a abrirse a sus pies, mientras se da cuenta que el canto de la batalla ha sido interrumpido. Afuera, el viento ruge cómo nunca antes había presenciado, amenazando con arrancar el techo de su refugio. Asiéndose de cualquier cosa que estuviera fija, contemplaba por las ventanillas cómo las máquinas bélicas eran levantadas por el aire cómo las hojas de los ciruelos de su natal Japón, durante el otoño. Artefactos que podían arrancar la materia de la realidad misma, ahora convalecían impotentes ante los caprichos de aquellos vientos paranormales, insólitos.
Percibe el jalón, volteando hacia arriba, para observar cómo el techo de su resguardo era arrancado sin mayor problema, y empezaba a danzar en el aire, junto con los aparatos de muerte. Fue en ese momento que lo pudo ver. Ahí estaba ÉL, observándolos desde las alturas. Tan gigantesco. Tan despiadado. Tan indiferente. Una silueta de unos cien metros que desprendía una luz cegadora por sí misma, como si reemplazara al sol en aquellas tierras de penumbra eterna. Esos ojos, o lo que fueran esas cosas en su cara, se clavaron en él y sus acompañantes, con una extraña curiosidad, pero sin detenerse en su tarea. Al mismo tiempo que hacía al planeta entero llorar, eso los observaba con interés, casi con una inusitada compasión.
El piso volvió a sacudirse, para arrojarlo a las aguas que se formaron a sus pies. Temiendo por el congelamiento, luchó por volver a emerger a la superficie, hacia el aire. Pero que cosa tan rara, el líquido en el que estaba envuelto era tibio. ¡Cálido! Casi tanto cómo los mares del Trópico. Traspasó la barrera y recuperó el aire que se había escapado de sus pulmones. Se afianzó de un trozo de metal que flotaba por ahí. Apenas y podía creerlo: había presenciado el fin del mundo, y estaba vivo para contarlo. Recorrió todo el desolador panorama para buscarlo, pero ÉL ya no se encontraba en ese lugar. Había desaparecido, y ya no lo volvería a ver hasta dentro de quince años, en esa fría y gris mesa de lámina, aunque sólo fuera a sus despojos. Mientras tanto, nada podía escucharse alrededor, sólo el silencio de la devastación. Eso, y el llanto de un infante recién nacido, que cortó de tajo su sordera.
Despertó. Con los ojos abiertos de par en par, se encontró de nuevo con el techo desierto, oscuro. Consultó su reloj. 6:15 de la mañana. En poco tiempo amanecería. Con un entusiasmo inusitado en él, tomó el teléfono, marcando con rapidez los números inscritos en el aparato. A la voz seca, aún con seis horas de sueño en su tono, que respondió en el auricular, le dijo sin más detalles:
—No tengo mucho tiempo ahora, así que lo mejor será que nos encontremos en la oficina. Mientras tanto, da aviso para que los preparativos continúen, como se tenía planeado. ¿Porqué? Por que todavía lo tenemos... ¿Me escuchas? ¡Después de todo, lo tenemos! ¡Todo el tiempo estuvo bajo nuestras narices!
Sin esperar a que le contestaran, colgó la máquina. Frotándose las manos, se levantó rápidamente del incómodo lecho que lo acogía, para dirigirse a la regadera, con una súbita alegría, ideal para empezar la jornada. Y también los planes.
Pasó un día. Y otro más. Con todo, la tropa aún no satisfacía a su líder. La música retumbaba en la habitación, mientras los cuerpos de los niños se desplazaban sin la gracia requerida por la duela de madera, en una forma bastante frustrante para su maestra, quién se encontraba al borde de otro ataque de ira; para impedirlo, se mordía los labios y se paseaba por el cuarto, al mismo tiempo que observaba la rutina de los muchachos. Kaji y Rei la observaban desfilar desesperada, recargados en la pared, en una actitud muy semejante el uno del otro, aunque el gesto de sus labios discernieran. Al hombre le parecía bastante entretenido el observar los constantes berrinches que realizaba la militar, al verse impotente en que sus órdenes se cumplieran al pie de la letra. Era por eso que casi siempre que la acompañaba, su rostro esbozara su típica sonrisa burlona. La chiquilla, en cambio, encontraba bastante desagradable las continuas manifestaciones de emociones que desbordaba la capitana, repudiando la acción con un gesto de asco, casi imperceptible, tal como acostumbraban ser sus expresiones. Aún le resultaba difícil el creer que aquella ruidosa mujer era la persona que había criado a quien alguna vez consideró su interés amoroso.
La suave y melodiosa pieza musical era horriblemente interpretada por los ejecutantes, sin ninguna clase de ritmo. Ninguno de los muchachos parecía disfrutar el estar danzando a la vista de esas tres personas, o junto a sus acompañantes, sin ponerle empeño a su actividad, haciéndola sólo porque sí. Como un dique inundado, Misato terminó por desbordarse, arrancando contra los niños.
—¡No, así no!— pronunció mientras daba una sonora palmada —¡Alto!
Sus subordinados la obedecieron al instante, deteniéndose en seco para después observarla con cara de ignorancia, de pie. En eso parecía que sí estaban sincronizados.
La mujer los repasó con la mirada, reprendiéndolos en silencio. Pasó por cada uno de ellos, unas dos o tres veces, hasta que prorrumpió, empezando de derecha a izquierda.
—Kai— dijo, señalándolo con el dedo —¿Podrías por lo menos hacer el intento de que quieres hacer esto? ¡No parece interesarte en lo más mínimo!
—¡Exacto!— añadió el chico, con la cara iluminada —¡Diste justo en el clavo! ¡Ni yo lo hubiera dicho mejor!
—¿Pero porqué?— preguntó exasperada su tutora, ocultando el rostro con las manos, intentando calmarse.
—Es que me siento muy estúpido dando brinquitos de aquí para allá— aclaró el muchacho, encogiéndose de hombros, para luego adoptar una actitud sumisa, cabizbajo y frotando el pie contra el suelo —Tal vez... tal vez no nací para brillar siendo bailarín de ballet... quizás lo mío sea... ¡La poesía heroica!
—No me la creí... — alegó Misato de inmediato, haciéndolo a un lado con delicadeza mientras el chiquillo se hacía el idiota fingiendo que disparaba un arco imaginario —Luego me arreglo contigo— le dijo, para proseguir con sus reclamos, ahora volcando su atención hacia Shinji.
Éste, intimidado bajo aquella fulminante mirada, temblaba ligeramente en su lugar, nervioso, haciendo un esfuerzo para que sus rodillas no chocaran la una con la otra.
—Tienes que escuchar la música— indicó Katsuragi, posando su mano sobre la cabeza del infante, en una manera casi afectuosa, contra las expectativas que se había hecho el joven. La mujer aclaró —Todavía entras a destiempo...
—Sí... lo siento— vaciló el chiquillo, habiéndose salvado de un regaño más severo.
Su tutora ya no le respondió, continuando con la revisión de filas; ahora le tocaba el turno a Asuka, quien en una actitud pedante asumió una posición de brazos cruzados, piernas extendidas y la frente bien en alto, mirando a los ojos a Misato, en desafío a su autoridad. Estaba segura que para ella no habría reproche alguno, después de todo era la que mejor lo hacía del trío. Su superior pronto la sacó de su engaño.
—¡Asuka!— se dirigió a ella la jefa, respondiendo al pequeño reto impuesto por la alemana —¡¿Cuántas veces tendré que repetírtelo?! ¡No te lances sola! ¡Tienes que seguir el ritmo de los demás!
Sorprendida, y hasta por un momento enfadada, la chiquilla frunció el ceño. No podía creer, en esos momentos, lo que la mujer le había dicho. Queriendo justificarse, puso una mano en el pecho, mientras que con la otra señalaba a sus compañeros, derrochando su altanería como una fuente desbordada.
—¡Es que no puedo!— musitó, con una mueca de desagrado —Si sigo su ritmo, mi nivel
va a bajar. ¿No son ellos los que deberían seguirme?— continuó, recorriendo con la vista el lugar, enfocándose en Rei —Además... ¿Porqué Ayanami nos está observando desde ayer? Me distrae, y no puedo concentrarme...
Su contrincante no dio respuesta, sin siquiera prestarle atención, como siempre lo hacía.
La capitana lanzó un suspiro de desapruebo, y colocando ambas manos en la cintura, se dirigió a Rei, quien se encontraba a sus espaldas, esto con miras de poner a la rubia frente a sí en su lugar.
—Rei...— pronunció.
—¿Si?— respondió ésta en el acto, despegando la vista de la duela de madera.
—Intenta hacer la parte de Asuka— ordenó Misato, señalando hacia el "escenario".
—Bien...— asintió la japonesa, sin más que decir.
La muchacha caminó hacia donde estaban de pie los dos muchachos; desconcertada, la extranjera le abrió paso, haciéndose a un lado, ubicándose junto a Katsuragi.
La cara de Kai pareció iluminarse de júbilo, sonriendo ávidamente y devorando con los ojos a la niña que se encontraba a su izquierda, desbordando ánimo por todas partes. El joven Ikari, en cambio, al principio se vio nervioso y hasta abochornado.
"¿Pero cómo se le ocurre a Misato pedirnos así de repente que bailemos juntos?" se dijo él mismo, intentando ocultar su sonrojo, a la par que empezaba a asumir posiciones.
Cómo por quincuagésima vez en el día, la melodía seleccionada por el reproductor de música se escuchó en la sala, haciendo que los infantes iniciaran la danza. En contraste con las anteriores veces, ahora el compacto grupo se observaba bastante bien, coordinados a la perfección y desempañando cada quién excelentemente su función en la obra orquestada por el aparato. Rei se acoplaba muy bien a Shinji, y éste igual a ella, mientras que Kai, por su parte, por fin demostraba interés en su tarea, y aunque todavía un poco limitado, también lo hacía de un modo bastante satisfactorio.
De esto fue lo que pudieron percatarse los espectadores, maravillados en la belleza y refinación de los movimientos que realizaban los ejecutantes. Había todavía algunos detalles por afinar, pensaba la Capitana Katsuragi, pero en definitiva esta representación superaba con creces a sus predecesoras. Con el rabo del ojo, miró a la muchachita a su lado, quien también observaba el baile un poco intimidada, atemorizada de perder su jerarquía entre los pilotos. Mordiéndose el labio inferior, contemplaba a los tres jóvenes realizar justo lo que Misato quería desde un principio.
—Si el Prototipo Cero no estuviera en reparación— comentó ésta —No dudaría en emparejar a Rei con esos dos...
La furia, la rabia y frustración, además de la impotencia, burbujeaban en el interior de la chiquilla. Empuñando las manos, se las acomodó en las caderas, cuando la pieza musical tocó a su fin. Entonces, sin contenerse más, estalló:
—Entonces...¡¿Porqué cuernos no haces que esa imbécil se suba a la Unidad 02 y realice mi parte del ataque?!
Todos a su alrededor la observaron, atónitos. La pequeña rubia continuaba ahí, de pie, con la gente mirándola, cabizbaja. Las lágrimas comenzaron a surcar su lindo rostro, empezando a enrojecer esos brillantes ojos castaños. Sintiéndose acorralada y atrapada en ese cuarto, la muchacha pegó carrera fuera de la habitación, queriendo huir de ahí lo más fuerte que le alcanzaran sus piernas.
—¡Discúlpenme!— sollozó, con la cara oculta por las palmas de las manos, mientras salía por la puerta a toda máquina.
—¡Asuka!— le dijo Misato, aunque demasiado tarde, ya cuando la extranjera no se encontraba ahí.
—Tengo que decir que ver a una chica linda sin complejos para expresar públicamente sus sentimientos tiene su cierta dosis de encanto— pronunció secamente Kai, mientras contemplaba el umbral vacío del cuarto, aprovechando la ocasión para tirarle una indirecta a Ayanami, a quien veía disimuladamente con el rabillo del ojo —Aunque espero que esto no se vaya haciendo un hábito, aún no estoy muy acostumbrado a estas cosas...
Misato, sintiendo que el mundo se le venía encima, se lamentaba mientras con los dedos enmarañados en su peinado sujetaba fuertemente sus cabellos, intentando sacar la tensión acumulada de algún modo.
—Creí que al ver a Rei tomar su lugar eso alentaría su espíritu de lucha— aclaraba su decisión, quejándose de sí misma —¡Pero tuvo todo el efecto contrario!— al final, concluyó, explotando, completamente derrotada, postrada —¡Agghhh! ¡Me rindo! ¡Jamás podremos terminar a tiempo!
Su otrora amante y compañero de cama la seguía con la mirada, cuando caminaba por todo el cuarto, sin saber qué hacer o con quién desquitarse de su fracaso. Mientras tanto, él seguía ahí, inerte, recargado en la pared, en la misma posición en la que se había acomodado desde que ingresó a la sala, contemplando a la mujer patalear de la impotencia que significaba el no poder hacer nada mientras su empleo se le escapaba de las manos, junto con Asuka. Como le divirtieron siempre los desplantes de la mujer, observarlos era uno de sus pasatiempos favoritos; tal vez por eso, inconscientemente, trataba de provocarlos, por su mero entretenimiento. Pasó la vista a los muchachos, en el centro de todo, poseedores de esa juventud, divino tesoro. Qué tiempos aquellos, cuándo él aún tenía su edad, y cuando también estuvo enamorado realmente, o por lo menos eso creía él, por primera vez. Esos añejos tiempos de los 90`s, creciendo en la urbe del antiguo Tokio, en los edificios de departamentos tan apretados para cada familia, con la escuela, la televisión, los padres trabajando día y noche, incansablemente, los amigos en la secundaria, las muchachas arreglándose para salir en la noche, leyendo sus yaoi entre risas pícaras y mejillas encendidas, ah, sí, que años eran aquellos, cuando uno todavía se podía dar el lujo de esperar tener una vida tranquila, sin ninguna agitación ni peligro. Provecho, pequeños, que disfruten estos años mientras les duren. Después vendrá el mundo real.
Vio al hijo del comandante, rezagado de los demás, en su rincón, aún contemplando sorprendido la puerta abierta, que daba al pasillo, como si esperara que la extranjera regresara de un momento a otro. Kaji le echó una mano al hombro, compadeciéndose de él, como casi todos los mayores lo hacían.
—Shinji— le dijo, para que éste, volteara hacia dónde se encontraba —¿Qué esperas? Ve por Asuka— le indicó, señalando el umbral vacío.
—¿Yo?— interrogo a su vez el muchacho, confundido, creyendo que le hablaban a otra persona.
—Pues claro— prosiguió el hombre —Eso también es parte de tu trabajo.
Todavía vacilante, el chiquillo lo observó algún rato más, para después, no muy decidido, salir tras el rastro de la muchacha, cerrando la puerta de la sala, con sus ocupantes dentro.
Aún en el corredor, se podían oír, lejanos, los murmullos del cuarto de entrenamiento. Mientras daba vuelta por los corredores, el niño percibió los reclamos de la capitana hacia Kai como si los escuchara en un sueño:
—¡Algo le has de haber hecho para que se pusiera de ese modo!
Después de seguir caminando por un buen trecho, aquellos chocarreros lamentos y aullidos dejaron de resonar en sus oídos. Se podía suponer que estaba en un predicamento, tratando de adivinar por dónde se había escabullido su rubia compañera en ese intrincado laberinto de pasadizos que invitaban a imaginarse que no tenían fin alguno. Sin embargo, ese no fue el caso. La verdad fue que, guiado por pistas invisibles que había dejado la chiquilla a su paso, que sólo el niño podía encontrarlas, sin entender claramente por qué, siguió firme en su trayecto, para luego alcanzarla en los jardines de la instalación, sentada abatida en una fuente, abrazándose las piernas con los brazos y con los ojos fijos en suelo, sin mirar nada en particular, mientras que algunas gotas fugitivas, que se habían separado del chorro que había en la cima de la estructura, le salpicaban escasamente las espaldas.
Desganada, se percató de la presencia de su compañero, que se acercaba a lo lejos, indeciso y temeroso, sin darse una idea de que era lo que tenía que decir o hacer una vez que la tuviera frente a frente.
Se detuvo cuando estuvo delante de la europea, que seguía en la misma posición, con la vista firmemente clavada en el piso y sus rubios y largos cabellos reposando sobre sus hombros, cubriéndole el rostro, sin importarle en lo más mínimo que él estuviera ahí. Era igual para ella. Qué más daba si alguien la acompañara o no. Pero de todos modos, el silencio, y la actitud titubeante de su acompañante, comenzaban a enfadarla. ¿Si no iba a decir nada, porqué la había seguido hasta allí? ¿Sólo para quedarse ahí parado, cómo imbécil? ¿Qué es lo que está haciendo? ¿Me está teniendo lástima? ¿Este baboso me está teniendo lástima? ¿Quién se cree qué es? Juro que si no dice nada en tres segundos, lo voy a...
—Asuka...
—¡¿Qué quieres?!— estalló la adolescente, levantando de inmediato la cara, sobresaltando al recién llegado —¡¿Porqué me seguiste?!
—Perdón...— musitó el chiquillo, recobrando la calma, mientras hacía descomunales esfuerzos por adquirir algo de sangre fría para poder manejar la situación, y llevarla al rumbo por dónde él deseaba.
Cansada de esperar a que su acompañante se decidiera a hablar, la linda rubia se enroscó más en sí misma, para después proferir algunos reclamos que eran ligeramente apagados por la posición en la que se encontraba, con la cabeza metida en los brazos, para que no pudieran verle el rostro. Su llamativa cabellera se agitó cuando comenzó a hablar.
—¿Porqué?— pronunció, frustrada con todo mundo —¿Porqué a mí es a la única que tiene que regañar Misato? Yo lo hago muy bien, tengo mucha más capacidad, oficio y talento que ustedes tres juntos... y a ti no te sale porque eres estúpido y torpe— antes que el acusado pudiera defenderse, la muchachita arremetió salvajemente en su contra — ¿Entonces por que tengo que ser yo a la única que ella regaña, porqué?
Ikari tragó un poco de saliva, antes de contestarle, encarándola lo mejor que podía.
—Perdón— se disculpó, de manera humilde —Yo hago lo mejor que puedo... aunque— caviló un instante, antes de decirle —Ya sé que eres muy capaz, muy buena pilotando a Eva, y a tu edad ya cuentas con estudios universitarios... pero lo mejor sería que no te creyeras tanto y te relajaras un poco más, ¿no crees?
La muchacha enrojeció, adivinando su compañero sólo de ver su semblante, que se encontraba a punto de un ataque de psicosis masiva, por lo que se apresuró a continuar, antes que se desatara la guerra total.
—Es que con Misato y Kaji te haces la mosca muerta— aclaró —Lo que en ti es poco natural, y entonces, si te esfuerzas tanto...
—¡Cállate, cállate, cállate!— explotó, levantándose en el acto del piso, y poniendo sus manos en sus oídos, para ya no seguir escuchando aquellas hirientes palabras, que le parecía taladraban su cerebro. Dando de patadas al suelo, intentaba ahuyentarlas —¡¿Quién te crees que eres para hablarme en ese tono?!
—Es que a mí antes me pasaba igual, y yo creo que si...— prosiguió Shinji, antes de que fuera abruptamente interrumpido por la europea.
—¡Tú y yo no somos iguales!— reclamó Asuka, confrontándolo cara a cara.
Ese comentario final enmudeció al chico. Le quedaba claro que nada de lo que pudiera hacer la convencería de sus argumentos; sin decir nada más, musitó un inaudible "Perdón" mientras daba media vuelta y volvía por donde llegó.
Iba algo molesto, o mejor dicho, decepcionado y abatido. Había hecho todo aquello en vano, cómo todo lo que él hacía referente a aquella muchacha. Parecía que todo lo que le hacía era sólo darle molestias y que todo le saliera mal. Jamás iban a poder congeniar, aunque él quisiera y lo intentara por todos los medios posibles. De seguro Kaji no sabía eso al enviarlo hasta allá.
La adolescente lo observó alejarse cada vez más y más, con un gesto de aflicción; se preguntaba si todo lo que había pronunciado ese mocoso de tan delicada complexión, era sincero. No muy a menudo reflexionaba sobre su propia actitud. Volvió la mirada al frente, para contemplar las espaldas de Ikari mientras que se iban distanciando ya por un buen trecho. Se dejó caer sobre el piso, justo en la posición en la que estaba antes de la llegada de su compañero. Suspiró y tomó una pose meditabunda.
Ryoji Kaji observaba los edificios empotrados por encima del Geofrente y que de noche salían a la superficie, mientras fumaba uno de sus cigarrillos, recargado sobre una columna de la entrada de la cafetería. Inhalaba y exhalaba el humo de una forma pausada, despreocupada, cómo todo un fumador asiduo que degustaba el sencillo placer del tabaco. Observaba atentamente aquel paisaje improvisado en aquella gigantesca gruta, mismo que ensuciaba continuamente con el humo que sacaba de sus fosas nasales. No importaba, al cabo que todo aquello no iba a durar mucho tiempo más, si es que los niños fracasaban en su misión de vencer al ángel en turno.
Al ver a Shinji acercarse, a lo lejos, se refugió en el mismo pilar en el que estaba recargado para poder pasar desapercibido. El infante, al pasar, pudo observarlo escondido con el rabillo del ojo, sin dirigirle una sola palabra y pasar de largo en silencio.
El hombre sonrió a la escena, y después de haber consumido todo su cigarro, ingresó de nueva cuenta al establecimiento a sus espaldas, para encontrarse una vez más con sus otroras compañeras universitarias, ahora del trabajo. Algunos años habían pasado desde esa época, y muchas cosas en todos ellos habían cambiado...
Ahora, Rikko no lucía ni actuaba tan inocentemente como en aquellos tiempos, transformándose en esta fría y obsesiva mujer que tenía en estos momentos frente a él. Ni siquiera lo saludó al sentarse junto a Misato. Ella también estaba algo diferente desde que la había dejado, pero aún conservaba ese dinamismo y juvenil encanto que antaño lo había cautivado y enredado en su redes.
—Así que— dijo la Doctora Akagi —Asuka no planea regresar por un buen rato, ¿no?
Misato suspiró molesta, como si estuviera reclamando a alguien por la situación en la que se encontraba. Sorbió la taza que tenía en sus manos, para después colocarla sobre la mesa.
—Eso creo— pronunció desesperada, ante la interrogante de su compañera. Apoyó sus brazos sobre el mueble, y su cabeza en éstos —El combate decisivo ya es mañana, y su coordinación se hizo pedazos.
El semblante de la hermosa mujer reflejaba a leguas de distancia la incertidumbre que la tenía poseída. Intentando jugar sus mejores cartas en aquellos angustiosos tiempos de duda, expresó su cuestión hacia sus acompañantes:
—¿Nos atrevemos a enviar a Rei en lugar de Asuka?— decía esto, pensando en todo lo contrario, respondiéndose a sí misma: "Es demasiado arriesgado."
—¿Quieres que haga un test urgente de sincronización entre Rei y la Unidad 02?— preguntó Ritsuko, atendiendo a los deseos de la capitana.
La mujer no sabía que responderle. Aún no quería tomar esa decisión. Todavía esperaba que algo más sucediera, para no tener que arriesgarse.
Entonces, Kaji, quién se había mantenido al margen de la conversación desde que ingresó al recinto, intervino, acariciando su barbilla áspera:
—No— pronunció en tono alegre y despreocupado —Aún es muy temprano para hacer eso... esperemos un poco más para ver cómo reaccionan los niños.
Katsuragi respiró aliviada de que alguien más se adueñara de la decisión que ella no se atrevía a tomar.
Shinji abrió la pesada puerta de metal con su tarjeta de identificación, permitiéndosele el paso hacia sus aposentos. Con paso lento, pero firme, ingresó en el cuarto, echando una mirada por todo el lugar, con la vana esperanza de que la muchacha ya hubiera regresado. Pero no había ninguna señal que acusara de su presencia. Volteó hacia a sus espaldas, percatándose que no lo habían seguido. La puerta volvió a cerrarse, mientras él se instalaba en su lecho.
La europea no se encontraba ahí, pero en cambio, Kai sí. Se encontraba durmiendo plácidamente en su cama, con la expresión de un bebé en su semblante. Y apenas daban las siete de la tarde. Ikari no se explicaba cómo era el que su compañero siempre dormía tan cómodamente y con tanta facilidad. Siempre, pero absolutamente siempre, desde que lo conocía, era el primero en dormirse, y lo hacía casi de inmediato. Parecía que sólo le bastaba cerrar sus ojos para caer en un profundo estado de hibernación. Tal vez sólo era que le tenía envidia, ya que él tenía frecuentemente problemas para descansar debidamente. O de no tener ninguna preocupación en mente y ser un simplón nada más, cómo Kai. El muchacho, recostándose en la blanda cama, se encogió de hombros y miró hacia el techo, meditando profundamente. Aquella interminable música se seguía reproduciendo en el sonido de la habitación.
Aunque pareciera otra cosa, el sueño de su acompañante no era, para nada, placentero. Su semblante decía una cosa, pero por dentro era totalmente diferente. De nuevo se encontraba en el sueño que siempre lo había acosado, desde que tenía memoria. Aún cuando sus padres estaban con vida, tenía ese sueño que no lo dejaba en paz jamás. A veces pasaban meses enteros sin que lo tuviera, y justo en el momento en que lo parecía olvidar, aquello volvía de su subconsciente parar volver a atormentarlo con mayor crueldad que el ataque anterior. Así era siempre. Desde que tenía meses de nacido.
En el sueño, está ciego cómo un murciélago, y únicamente habilitado al mundo exterior con el sentido del oído, lo que le era por demás exasperante. Empezaba con sólo poder escuchar su respiración, agitándose más y más paulatinamente, a medida de que su desesperación iba en aumento. El no poder penetrar aquella oscuridad con la vista, y el no poder hacer nada más que escuchar lo enloquecía... pero ahí no terminaba todo. De ser así, no tendría tanto inconveniente.
Después de algún rato, venían aquellos sonidos lejanos, añejos y sobrehumanos... con cada paso del padre tiempo se hacían cada vez más y más fuertes, al punto de llegar a ser ensordecedores. Eran lamentos desgarradores de muerte y agonía. Ese fúnebre, pero magnífico himno llenaba sus tímpanos por unos instantes, enloqueciéndolo hasta que podía comenzar a percibir unos leves halos de luz, y recobrar la visión poco a poco... entonces llegaba el terror, al percatarse de dónde provenía la aterradora canción que inundaba todo el ambiente, fétido con el olor de la putrefacción y la miseria. El olor de la muerte podrida, del azufre, de la exhumación y de la carne pudriéndose al calor tapaban sus fosas nasales, pero lo mantenían de manera horrible atento a la procesión, al mismo tiempo que recuperaba todos sus sentidos, y no sólo eso, le eran amplificados de manera insólita.
Así que podía observar con toda claridad, escuchar hasta el más leve crujido en piso, oler el más escondido y remoto aroma, sentir hasta la más leve brisa y probar sus miedos más primitivos, más escondidos.
Eran cadáveres de gente, que desfilaban y danzaban macabramente ante sus ojos sin que pudiera impedirlo, mientras su boca se secaba del miedo y ese cántico de muerte, en lugar de disminuir, aumentaba su intensidad más y más conforme transcurrían los segundos.
Los veía pasar, uno a uno, tal y cómo habían quedado al momento de su muerte; si bien casi enteros o hasta el extremo, hechos una masa asquerosa de huesos rotos y sangre coagulada. Pasaban a un lado de él, como marionetas sin voluntad, sin prestarle siquiera atención. Lo único que se limitaban a hacer los no vivos era emitir esos horrorosos gemidos de pena, que harían perder el juicio inclusive hasta el más valiente.
Parecían nunca acabar, como si la tragedia nunca tuviera fin. Aún si cerraba los ojos, para ya no seguir viendo aquellas atrocidades, podía oler su fetidez de putrefacción que llenaba todo aquel infierno, o incluso escuchar a los gusanos devorar y consumir poco a poco los cuerpos sin vida, hasta podía oír cómo masticaban. Eso, sin dejar de lado los lamentos de aquellos pobres diablos, que nunca acababan, ni disminuían su magnitud, y que al contrario, aumentaba más y más.
En aquel valle de muerte, azufre y podredumbre, donde no llegaba la esperanza, el muchacho, estaba indefenso cómo un infante recién nacido, desamparado y atrapado por completo en aquella Divina Comedia. No pudiendo hacer nada más, tapándose los oídos, cerrando los ojos y negándose a aquella pesadilla, sin resultado, se vio rebajado a suplicar. Emprendió contra aquellas ánimas errantes, confrontándolas, a la primera que viera.
—¡Basta!— imploraba, al borde de la locura —¡Déjenme en paz!
Trata de detener aquella procesión, aquella marcha eterna, sujetando a varios cuerpos, para que no pudieran seguir su camino. Con relativa facilidad, lo hacían a un lado, sin importarles nada, tan sólo su infinita marcha. Uno le vomitó su corazón.
Se había acabado. Todo hombre tenía un límite, y él ya había rebasado el suyo desde hacía mucho tiempo. Sólo su terquedad lo hizo seguir adelante, pero ya no podía más. No podía seguir sólo contra el mundo. Habían sido demasiados golpes, demasiadas derrotas, tantos y tantos rostros, todos tan diferentes, todos formaban parte de algo. Y él... él ya no podía con todos ellos. Desfilaron ante él los insultos de las personas que lo rodeaban siempre, las palabras que había guardado en su interior. Loco. Desquiciado. Patán. Imbécil. Mocoso. Precoz. Hipócrita. Charlatán. Arrogante. Tarado. Zoquete. Baboso. Pendejo. Estúpido. Idiota. Perdedor. Animal. Bestia. Asesino. Abusivo. Malvado. Mentiroso. Imprudente. Payaso. Bufón. Dios misericordioso... ¿cómo puede una persona ser el contenedor del odio de tantas personas? Cada palabra es cómo una bala, que penetra mi cuerpo y explota mi carne, quemada por la pólvora. Tienen razón... he provocado tanto dolor, tanto daño a quienes me rodean... merezco estar aquí.
En la lejanía, apartando por entero los aullidos de los difuntos, escucha una voz cálida, una voz familiar, una voz querida. Lo aleja de toda la locura, de toda la miseria y del caos. Siente su cálido regazo. El miedo es vencido. Con la cola entre las patas, el temor se aleja, como sólo un mal recuerdo. Ya no hay nada que temer, mientras esté aquí. Rompe en llanto. Y vuelve a ser un niño.
La cálida mano de su madre, su verdadera madre, lo acaricia en su rostro. Se siente bien. Se siente el amor en todos lados. La ternura que siente una madre por su único hijo, el amor infinito e inagotable de una madre. Lo mejor para la soledad. Para la culpa.
—Ya, pequeño... ya no llores... todo va a salir bien... nadie te lastimará.
Su voz es tan reconfortante cómo un rayo de sol en invierno. Le cree. Cree que ya no habrá sufrimiento alguno. El dolor es mermado. Pero la culpa sigue ahí.
—Pero... mi papá... se va a enojar conmigo... se va a enojar conmigo... porque... porque jugué con los grandes... y él me dijo que no lo hiciera... que ya no jugara con ellos...
—Ya no llores, hijo. Tu padre te advirtió muy bien lo que pasaría si jugabas con los grandes. ¿Recuerdas? Ya es muy tarde para llorar, jovencito.
Entonces se aleja. Retira por completo su amparo, su protección, su calidez. Todo se va con ella. Y la locura regresa de nuevo. El sufrimiento. Teme de nuevo. A lo inevitable. Al dolor que vendrá. Lo sabe muy bien.
Se voltea, para enfrentar a su padre. Es enorme, de pie frente a él. Con sus manitas, se enjuaga las lágrimas de sus mejillas, mientras se preparaba para el futuro. El gigante lo observa, sin ninguna emoción en sus ojos que no fuera decepción. Y eso es lo que más entristecía al niño.
—Papá... papi...
—Lo volviste a hacer, ¿no es así? Volviste a jugar con los grandes, a pesar que te lo prohibí—le espetó la montaña, con una voz que lo estremecía de pies a cabeza.
No respondió nada más. Sólo se quedó temblando, a la sombra que proyectaba su padre. Contando los segundos. Contando de memoria el tiempo que faltaba.
—Espero que ya estés contento, hijo... tú... tú nos mataste...—pronunció el sujeto, mientras caía al piso, convirtiéndose en un charco de sangre. El infante, sostenía con ambas manos la inerte cabeza de su padre, y el dique de sus lágrimas volvió a desbordarse.
—No te vayas... papá... no me dejes solo...
Vuelve a tener 14 años, abrazando a la nada. Salvo el aire putrefacto.
Derrotado, completamente vencido, Kai Rivera se desmoronaba en el piso ardiente, profano. Se encontraba plenamente derrotado en esa tierra extraña, maldita. Superado por aquella horda inagotable de cadáveres, que salían de ningún lado. Vencido por el aturdimiento que le ocasionaba la composición melódica de los muertos, que no cejaba de retumbar en sus oídos, absorbiéndolo por completo, mientras sus sentidos se amplificaban más y más, envolviéndolo enteramente en aquel ambiente hostil, hasta llegar a formar parte de él. Hasta los marchantes ya pasaban encima de él, pisándolo, en el suelo. ¿Ese era su destino? ¿El de todo aquel que muere? ¿Convertirse en un ser sin conocimiento de sí mismo, destinado a deambular eternamente en esos parajes? Ya nada le importaba, y esperaba el momento en que su cerebro estallara, sobrecargado por completo por la información magnificada del exterior.
Y, entonces, en un último instante de iluminación, comprendía lo que era todo aquello. La verdad, por fin le era revelada, cómo siempre, sólo que nunca la podía recordar. El elemento faltante. Al despertar, de nueva cuenta no podría recordar ese único elemento, clave de todo, el mensaje que se le quería hacer llegar. Sus ojos se salen de sus órbitas al mismo tiempo que se daba cuenta, se daba cuenta de lo que hacía en ese lugar. Se trataban de las 4 mil millones de personas, que de una u otra manera, había matado...
Shinji continuaba con los ojos pegados al techo, tarareando la melodía que Misato les imponía en el sistema de audio; ya eran tantas veces que la escuchaba, que por fin se le había pegado, sin importarle o alarmarle aquel hecho. Aún se preguntaba dónde estaría Asuka, su compañera. Ya había pasado bastante tiempo desde que la dejó. Se debatía entre sí debiese salir a buscarla o quedarse en su puesto de guarda.
En esas estaba, cuando de repente, escuchó el sonido de la puerta metálica deslizarse para dejar entrar a uno de sus ocupantes. Con sobresalto, el muchacho de inmediato se incorporó, buscando la identidad del recién llegado. No tardó mucho en ver entrar a la adorable europea por el quicio de la puerta, con esa mirada de fuego que tenía cuando se decidía por algo.
Frente a ella, de pie, el chiquillo no pudo lograr que las palabras saliesen de su boca, indeciso como era su naturaleza. La muchachita se limitó a mirarlo desdeñosamente, con el rabillo del ojo. El joven se preguntaba si estaría enfadada con él, cuando la alemana le espetó:
—Oye tú— gruñó la encantadora jovencita —¿Cómo te atreves a decirme lo que se te pegue la gana?
Su compañero no le contestó. Ni tampoco la extranjera dijo nada más. Observaba fijamente, cómo él lo había hecho antes, un punto determinado del techo, en un completo y absoluto silencio. Shinji no se imaginaba lo que pretendía la chiquilla. Tuvo un mal presentimiento en esos momentos, de los que suelen ser certeros en sus pronósticos. Así, sólo se limitó a ser un mero espectador cuando la rubia tomó algo de vuelo, y con sus ágiles y poderosas piernas, se elevó majestuosamente por los aires, hasta dar en el blanco, y desbaratar de una patada su objetivo.
La cámara de vigilancia cae hecha pedazos al suelo, casi al mismo tiempo que su destructora, quien, al igual que los gatos, parecía caer siempre de pie. Sonrió maliciosamente, al ver cumplido su cometido inicial.
—Por fin la pude hallar...— suspiró agitada, recuperando el aire que le había costado su pequeña acrobacia.
—¿Se puede saber qué es lo que pretendes?— preguntó Ikari, preocupado. La cámara era su único seguro de que Asuka no le haría daño alguno, y ahora que estaba rota, no quedaría registro de lo que hicieran, sea lo que fuera que iban a hacer.
—Eso es evidente— aseguró la pequeña rubia, muy segura de sí misma —Haremos un entrenamiento intensivo...
Eso último no había alentado en nada al infante, que seguía con su mal presentimiento. Mientras tanto, la muchacha se había ido presurosa a levantar a su compañero restante, quien aún dormía, al parecer, plácidamente sobre su lecho.
—Como...me choca que este...individuo— decía en voz alta, al mismo tiempo que intentaba consumar la hazaña de sacarlo de la cama, agitándolo fuertemente y gritándole —Se duerma de esta...manera. ¡Parece cómo si estuviera en coma! ¡Kai! ¡Kai!
De golpe, cómo si le hubieran arrojado un balde de agua helada, el aludido abrió los ojos de par en par, distinguiéndose fácilmente lo sobresaltado que se encontraba. Pegando un pequeño grito, y con una agilidad sobrehumana, y unos reflejos igualmente rápidos, saltó de inmediato como una liebre alarmada, para poder resguardarse, y caer de pie en la cama de la joven, hasta el otro extremo de la habitación.
Sus compañeros se quedaron boquiabiertos, mientras que Rivera lo único que hizo, al saberse despierto y nuevamente a salvo, fue sentarse y agradecer de que por fin hubiera terminado, respirando agitadamente, nervioso.
—¿Pero qué es lo que te pasa?— interrogó Langley, reponiéndose de su perplejidad.
—Nada...— contestó el muchacho, en voz baja, casi en un susurro —No es nada...— para después echarse a reír a pleno pulmón, dejándose caer en el colchón —¡No pasó nada!
Una vez más, desde que lo habían conocido, los otros dos pilotos volvían a dudar de la salud mental del piloto del Eva Z, mirando pasivamente como se carcajeaba como un auténtico demente, revolviéndose en sí mismo, y absolutamente sin ningún motivo.
—¡Ya basta, maldito loco, tienes que contenerte!— Asuka hubo de detenerlo zarandeándolo de un lado a otro, lo que a la postre pareció tener un efecto tranquilizante en el muchacho.
Una vez que se hubo calmado, la europea le manifestó sus intenciones, y cosa rara, el joven no puso objeción alguna. Ni siquiera pareció hacerle caso, dándole sólo por su lado. Así que se puso en sus manos, en la mejor voluntad posible. Aún se encontraba algo inquieto, temiendo que si cerraba los ojos volvería a aquel lugar de tinieblas de inmediato. Un poco de ejercicio lo iba a mantener bien despierto por mucho rato
Cuando comenzó a percibir estática del monitor del cuarto de los muchachos, Misato temió que algo fuera mal, y presta se apresuró a ir a la recámara, para verificar que todo estuviera bien, alarmada. Antes de salir, le avisó a Kaji, quien la acompañaba en su guardia, muy a su pesar.
—Ahora vuelvo— advirtió, sin siquiera voltearlo a ver, presurosa.
—Oye, espera— la interrumpió de su intento, tomándola de su brazo derecho, para interceptarla.
Katsuragi lo contempló un buen rato, queriéndolo interrogar. El hombre, que se había dado cuenta de sus intenciones, le espetó:
—Déjalos tranquilos un rato— intentó disuadirla, sin soltarla del brazo —Ten un poco de consideración, y no los vayas a interrumpir...
De nueva cuenta, la mujer lo observó por unos instantes, durando los dos congelados en esos breves momentos. A la capitana le parecía que volvían a surgir los añejos sentimientos que tiempo antes le había guardado al sujeto delante de ella, que ahora la tenía cómo su cautiva. Alarmada al respecto, poniendo defensas y barricadas, volvió a atacar.
—¡Hablas cómo si todo el mundo fuera tan desconsiderado cómo tú!— exaltó un poco la voz, para sacudirse del sopor que la comenzaba a dominar. Y también para liberar a su brazo prisionero.
Fue en vano. Kaji la tenía firmemente sujetada, y no sólo eso, también expandió su dominio sobre de su cuerpo, ahora tomándola de la cintura y acercándola a él. Empezaba a derretirse, bajo el fuego de las miradas y frases persuasivas del hombre, quien volvía a emplear su antigua técnica de cuando fueron amantes, por allá en los lejanos tiempos de la universidad. Casi susurrando, le dijo al oído:
—¿Porqué nosotros no nos divertimos un poco también? Aprovechemos que ya no hay mocosos que cuidar.
Las trincheras ya habían sido derrumbadas, y estaban a merced del enemigo. Cómo nieve derritiéndose bajo los rayos del sol, así era la mujer en los brazos de su antiguo amante. Bajo la calidez de sus palabras y gestos, había acabado con la frialdad de sus defensas y despechos. Rendida, se entregó al frenesí de pasión que se estaba descarrilando por todos lados. Miró al sujeto tiernamente, mientras éste tomaba su barbilla y la comenzaba a acercar hacia dónde él estaba, sin ningún tipo de oposición alguna. Y mientras esto pasaba, Misato recapitulaba, y algo había en eso último de "ya no hay mocosos que cuidar" que pareció revivir en la beldad viejas rencillas, y hasta recordarle algo olvidado al paso de los años.
Así, mientras Kaji seguía ocupado en robarle un beso, enloquecido por completo por sus formas, además de la melancolía de los antiguos días, Katsuragi logró zafarse de las tenazas del individuo, y antes de que sus labios chocaran, fue recibido por un tremendo bofetón, que lo congeló en su lugar.
—No vuelvas a hacer eso, ni de broma— lo sosegó su otrora amante. Y volviéndolo a ignorar, cómo antes, hizo caso de su primer consejo, y se sentó sobre su silla, mirando sin hacerlo completamente a la estática de la pantalla. Al fin y al cabo, si los muchachos habían sido capaces de localizar a la cámara espía, para algo debería ser. Y agregó, suspirando —Ya no pienso volver a perdonarte— En su lugar, se acomodó su acortado vestido, y colocó su cabeza entre los brazos, sin intención alguna de reanudar la plática.
Ryoji, de pie donde estaba, instintivamente acarició la mejilla lastimada, quejándose de la hinchazón. No obstante, y sin que lo apercibiera la mujer, esbozó una tenue sonrisa picaresca al notar que aún tenía cierta influencia sobre ella. Una muy pequeña, pero aún la conservaba. Para que creciera, tendría que cultivarla y alimentarla. Y todavía le quedaba tiempo, bastante a decir verdad.
Pese a las suposiciones de sus superiores, la pequeña tropa no se encontraba, para nada, gozando en esos momentos. Los tres, dirigidos por la alemana con puño de hierro, realizaban un gran esfuerzo para llevar a cabo todo el entrenamiento. La europea era una líder bastante recia y exigente, baleando a los dos muchachos con sus regaños e indicaciones. El más afectado era Ikari, quién aún no lograba acoplarse al trabajo del equipo. Realizaba un monumental esfuerzo para poder emparejarse con sus compañeros, quienes iban un tanto rápido para su nivel, que no estaba muy acostumbrado a las actividades físicas. De esa manera, entraba atrasado a la mayoría de los movimientos. Y esto era bien sabido por la linda rubia, quién se lo hacía notar a cada instante.
—¡No!— le amonestaba, en el transcurso de la pieza —¡Estás mal! ¡Entras con medio tiempo de retraso en la rutina! ¡Levanta más la pierna! ¡Te dije que debes saltar más alto! ¡No tanto! ¡Que así no es!— para luego terminar hecha una furia, pataleando en el piso y renegando de su desempeño —¡¿Cómo puede ser que seas tan torpe en cada uno de los movimientos?!
"Por lo menos ya coopera" pensaba Shinji, apenado, mientras esquivaba la furiosa mirada de Asuka. "Aunque tal vez no le debiera poner tanto entusiasmo". Ante los continuos ataques de los que era objeto, buscaba asilo con su compañero, buscándole con la mirada. Se comportaba de una manera extraña a su conducta habitual. En toda la sesión, a pesar de los alardes y retos de la muchacha, no se había opuesto en nada, ni presentado resistencia. El joven Ikari lo observaba, su mirada, su respiración, sus movimientos, y podía adivinar en él una sensación que él conocía muy bien, casi cómo a un entrañable amigo: miedo. Aquello le hacía caer en cuenta que, pese a lo que muchas veces se pudiera suponer, el joven no era más que un ser humano normal, cómo él, o cualquier otro. Lo que le movía la curiosidad era el enterarse de a qué era a lo que Rivera tanto temía.
—¡Escúchame muy bien, zoquete!— lo recogió de sus pensamientos la alemana —¡Cueste lo que cueste, mañana tenemos que estar coordinados a la perfección!
El infante la escuchaba con suma atención, y hasta con admiración.
—Quiero demostrarles a Misato y a Ayanami quién soy yo— continuó la joven, y después de concluido este comentario, esperaba alguna reacción en su otro alumno, quién había estado con el pico cerrado todo ese tiempo. Ni un comentario hiriente. Ni una broma estúpida. Sólo emitía vocablos, cuando le requerían. Espero los segundos que normalmente tardaba una respuesta suya. Y nada. Ni siquiera los miraba. En lugar de eso, tenía la vista clavada, casi cómo perdida, en el piso. ¿Qué rayos era lo que pasaba por esos momentos en su cerebro? El muchacho cada vez le intrigaba más. Cada vez le incitaba más y más a conocerlo, a profundizar en su personalidad, una muy estúpida, pero de todos modos, intrigante, llamativa.
De quién sí era completamente dueña y señora de su atención, era de Shinji, quién no cesaba de observarla y admirarla. Seguía con atención, en cámara lenta, cada movimiento que la extranjera realizaba. Comenzaba a entender un poco de su lógica torcida. Y cuando estaba seguro que ya no podía dar para más, la muchachita lo sacaba de su error, haciendo una nueva demostración de su explosivo y aberrante carácter. Derrochaba energía a montones, eso sí. Y la contagiaba a sus prójimos. No existía persona alguna que al tratarla no tuviera cierto tipo de reacción hacia ella. Ya fuera de odio, o de simpatía. Y con el transcurso del tiempo, Shinji cada vez se iba inclinando más y más por ésta última opción.
"Al parecer..." pensó, sonriente, mientras la alemana se volvía a preparar para la rutina. "Tenías razón. No somos iguales. Tú no eres una persona débil de carácter, como yo".
La decepción y frustración que reinaba en el semblante de la joven europea, desapareció, esfumándose por completo, cómo si de un mal sueño se tratase, cuando escuchó a sus espaldas: "Muy bien. Empecemos desde el principio". De inmediato dejó de calentar, y se dio la media vuelta, para encontrarse cara a cara con un Shinji Ikari recargado, mejorado, completamente decidido a hacer las cosas correctamente. A su modo. Ése era el primer paso.
Por primera vez en toda la práctica, ambos se alegraron al escuchar el principio de la pieza. Entusiasmados, se prestaron a realizar con precisión milimétrica todos los movimientos y pasos. Los habían ensayado tanto, que los tenían grabados en su mente. La melodía comenzó, y con sus altos y bajos, a este ritmo, los cuerpos se desplazaban por la duela. Con una gracia casi de profesionales. Todo salió a la perfección. Cada integrante del conjunto hacía sus giros en el momento justo y de acuerdo a los movimientos de sus compañeros, para que éstos se pudieran encajar, mezclar y que por último se produjera el resultado deseado. Te la paso. Me la pasas. Por fin su rutina era todo un baile, una danza estética y hermosa, impecablemente representada por sus actores. Lo consiguieron. Estaban bailando todos juntos. Mientras reconocían y se admiraban de su trabajo, el joven japonés y la muchachita se intercambiaron miradas, con una sonrisa de satisfacción iluminando su rostro esperanzado, anhelante por el mañana.
El alba comenzó a asomarse tímidamente, al igual que lo hacía todas las mañanas. Parecía un amanecer cómo cualquier otro, sin que este tuviera algo en particular. Las estrellas, pequeñas y frágiles, escapaban asustadas al ver la luz del día. Cómo lo hacían siempre. El firmamento, jubiloso por el nuevo nacimiento del astro rey, se coloreaba en todo su esplendor, gozoso. Cómo lo hacía siempre. El suave viento, dedicado a su labor, mecía las ramas de los árboles tal cómo lo haría una madre a su hijo recién nacido. Cómo lo hacía siempre.
Todo era igual, normal, como diario se acostumbraba. Y, sin embargo, había algo diferente. Algo sobresalía enormemente, por su ausencia. Y es que había mucho silencio. Bastante para una mañana cómo cualquier otra. Lo primero que se notaba, era la falta de aves. Los pájaros que cada mañana trinaban llamándose los unos a los otros, organizando sin quererlo todo un concierto, sencillo y simple, pero hermoso en su humildad. De igual modo, y no menos importante, los insectos permanecían mudos, si es que se encontraban ahí. El grillo rezagado, que aún seguía cantando a pesar que sus congéneres ya habían acabado. La chicharra, que posada en la hoja de un árbol, reaccionaba con la humedad del recién nacido día, batiendo sus alas. Y la colmena de abejas, que se alistaba para la recolección del polen de las flores, contribuyendo así tanto a su sustento cómo al nacimiento de nuevas plantas, convirtiéndose en parte importante del equilibrio ecológico. Todos estos intérpretes, protagonistas indiscutibles del repertorio matutino, se habían ido, o por lo menos se encontraban fugados de la percepción normal.
Cualquiera que pudo haber estado ahí, en aquel verde paraje forrado de enormes y frondosos árboles, en el cual desembocaban dos pequeñas montañas colindantes, que parecían dos titanes gemelos emergiendo de aquel fresco bosquecito, cualquier persona se hubiera extrañado de la paz y la calma que en aquel lugar se encontraban. Por supuesto, ningún ser humano se encontraba por esos rumbos. Nadie se acogía debajo de aquella espesa vegetación. No había alguien que disfrutara de la brisa acariciándole el rostro, y respirara ese delicioso aire que emanaba del amanecer mismo. Y ningún ser consciente se encontró allí, para poder sentir esas sacudidas, desconocidas, seguidas una de la otra respetando un patrón bien establecido. A medida que corría el tiempo, las sacudidas se hacían más y más intensas, estremeciendo a la tierra misma.
De repente, de entre el hueco que se encontraba apartando a las dos montañas, emergió la horrible visión del ángel, quien ya estaba completamente liberado de su cautiverio. Frente al gigante, la altura de las montañas gemelas palidecía, y hasta se querían arrancar de sus cimientos y darse a la huida.
Varias aeronaves del gobierno japonés revoloteaban tímidamente en torno al coloso, rodeando y examinándolo minuciosamente, pero eso sí, a una distancia muy sana. Había algún atrevido, que no respetaba ningún nivel de jerarquía, y pasaba rápidamente frente a él, bastante cerca, casi rozándolo. Pese a la provocación, el ser se mantuvo indiferente, concentrándose en su despreocupado andar.
En contraste, la voz de alerta había sido ya encendida en el Cuartel General, desde que lo habían detectado. Vía satélite, lo habían estado espiando desde su encierro hasta que obtuvo la tan ansiada libertad, madrugando a todo mundo. En la enorme pantalla de la sala de mando, cómo ya se había hecho costumbre, se encontraban las imágenes obtenidas del enemigo, rastreando todos sus pasos. Y cómo también ya se había hecho toda una tradición, los operadores, apurados, repetían incesantemente las noticias que les llegaban a sus consolas, sin que persona alguna les prestara mucha atención, salvo ellos mismos.
—El objetivo ha roto las líneas de defensa de Gohra— pronunciaba Hyuga casi para él mismo, tratando de no gastar la voz en balde —En estos momentos se dirige hacia el Distrito 3 de la ciudad... se aproxima al punto Cero.
—¿No llegan tres horas antes de lo que MAGI había previsto?— pareció reclamarle Misato a la Doctora Akagi, atrás de ella.
—MAGI no es infalible, aunque no lo creas— respondió ella de mala gana, ofendida por el comentario, cruzándose de brazos.
La capitana suspiró, en un intento por calmarse. Preguntó a Maya, que se encontraba delante suyo:
—¿Cómo están los Evas?
—Los están preparando para el lanzamiento— respondió sorprendida de que por fin alguien le preguntara por datos. Y aprovechando la ocasión, agregó: —Pero los pilotos aún no han llegado a la plataforma.
Al oír eso, la mujer hizo una rabieta, dando un furioso pisotón en el suelo. Gruñendo, y sin decir nada más, se retiró por la puerta, a toda máquina hacia el cuarto de los niños, para beneplácito de los circundantes, que disfrutaban enormemente de la forma tan graciosa en la que Katsuragi hacía sus corajes, sobre todo en esos momentos tan aciagos. Querían ignorar el hecho de que, sin los muchachos, podrían darse por muertos.
Las suelas de las botas tipo militar de Misato rechinaban en su desenfrenada carrera, al contacto con el suelo. El sonido se repetía hasta perderse por medio del eco, en los vacíos corredores. Y es que todo mundo ya estaba en sus puestos. Todos, menos las estrellas del espectáculo.
—Maldición— se quejaba incesantemente, en su desesperación, segura de que nadie le escuchaba —¿Qué están haciendo esos mocosos? ¿Están sordos o qué? No, de seguro les encanta verme encabronada. A todo el jodido mundo le encanta verme así. Yo les voy a dar gusto, como de que no...
Se detuvo frente a la puerta, deslizando la tarjeta de ingreso por la ranura, y tenía tanta prisa a cuestas que, aún cuando no se había deslizado por completo el ingreso, se encogió y entró cómo pudo.
—¡NIÑOS!— demandó exasperada, queriendo sacar a los infantes de su escondite —¡Ya es la hora del combate! ¿Ya están listos?
Por poco se le derramaba la bilis, al contemplar a Shinji y Asuka tirados en el piso, durmiendo cómo benditos, sin importarles en nada los desplantes de su líder, quien colapsándose se arrancaba los cabellos, cómo si ellos tuvieran la culpa de algo, mientras invocaba todo tipo de amenazas y maldiciones.
—Ya te escuché, tranquila— dijo Kai tranquilamente, saliendo del baño, enfundando su traje de conexión —No tienes por qué gritar, no estoy sordo.
La mujer, al verlo listo para la operación, y sobre todo despierto, no pudo nada menos que extrañarse, preguntándose si aquello no era alguna alucinación, o un loco sueño.
—Tú... ¡¿Tú no estás dormido?!— interrogó, no dando crédito a lo que sus propios ojos veían, de pie frente a él. Su rostro había transfigurado en una mueca de total confusión, casi boquiabierta.
—¿Y porqué tanta sorpresa?— reclamó molesto, dirigiéndose hacia ella —¿Me estás insinuando algo o qué?
Misato no le respondió, y únicamente lo miró unos momentos. Su expresión, la forma en la que hablaba, el tono de su voz y sus movimientos lo traicionaban, dando a conocer su condición. De igual modo, en su corazón, Katsuragi sabía que algo andaba mal. Once años de conocerlo no habían pasado en balde. Como si quisiera que la perdonara, pronunció de una manera tierna y delicada, intentando consolarlo.
—¿Qué es lo que tienes?— lo miró afectuosamente, irradiando calidez en sus gestos y palabras.
El muchacho se cruzó de brazos, rehuyendo la mirada de su tutora. Ya debía saber que jamás le podría ocultar algo a ella, que lo había cuidado afanosamente tantos años, formando y moldeando su carácter. Siempre había algo que lo delataba, ya que ella se enteraba de todo lo que le pasaba. Resignándose, pues, confesó a secas.
—Otra vez tuve ese sueño...— eludía en todo momento la vista de la mujer, cómo si algo lo estuviera molestando o aquejando en esos momentos —Mis padres estaban allí... y yo...
Sin decir nada, Katsuragi se acercó hacia dónde estaba el chiquillo, y del mismo modo lo tomó entre sus brazos, como cuando era más pequeño, confortándolo con su cariño. El joven, rindiéndose, se entregó de la misma manera al gesto que le obsequiaban, refugiándose en el suave regazo de la japonesa. Cerró sus ojos esmeraldas y se dejó confortar por su madre adoptiva, sin que le importara nada más en aquellos instantes, olvidándose ambos de la urgencia que se había presentado, y del porqué estaban allí.
Paseando los dedos en la sedosa melena del muchacho, la capitana no evitaba sentir lástima y compasión por él. Desde muy niño había tenido que sufrir demasiado, bastante para toda una vida completa. Y a esas alturas, aún no dejaba de hacerlo. Parecía cómo si la mala fortuna se ensañara con él, atosigándolo a cada rato.
—Ánimo, que ya todo pasó— pronunció la mujer, tratando de confortarlo lo mejor que podía dadas las presentes, apremiantes circunstancias —Sé que debió haber sido muy difícil pasar de nuevo por todo eso.. pero ahora tenemos cosas más urgentes que atender. Ayúdame a levantar a estos sujetos, ¿quieres?
—Ya que más da— asintió el infante, mientras se agachaba y le daba de bofetadas a la inconsciente Asuka para que reaccionara.
—Ah— se quejó lastimosamente ésta, sin despertar por completo —Tengo mucho sueño...
—Me importan un carajo tus penas, zorra— confesó su agresor, sin dejarla de agitar y sacudirla. Con aquella relajante actividad sus ánimos cobraban bríos —Ya es hora de que te pongas a trabajar... más vale que pongas tu trasero en movimiento, ¿entendido?
La muchacha no le respondió, humedeciendo sus labios y cerrando sus hermosos ojos de nuevo, sin importarle nada más.
Misato, por su parte, no había obtenido un mayor éxito con Ikari, quién seguía inerte en el suelo, haciendo gestos de desaprobación en cada ocasión en que lo instaban a despertarse.
—Esto no va a dar resultado— aclaró Misato, volteando a ver a su único subordinado consciente —Será mejor que los llevemos cargando hasta las Cápsulas de Inserción, tal vez cuando estén ahí se reanimen.
—Muy bien— consintió el joven, con expresión muy seria —Tú lleva a Shinji, que es el menos pesado, y yo haré lo propio con esta tipa.
De ese modo, ya puestos de acuerdo, ambos subieron en hombros a sus pasajeros, sin que éstos opusieran la más mínima resistencia, y salieron lo más pronto posible de aquel recinto.
La capitana llevaba la delantera, sin que el peso del muchacho que llevaba a cuestas significara mucho problema para desplazarse normalmente. Y de veras que Shinji era un tipo delgado, pensaba ella, mientras daba vuelta por uno de los pasillos.
Por su cuenta, de nuevo Kai había enterrado sus penas y pesares en los más profundo de sí, echando llave y cerrojo a todo ello, y sin recordar un solo instante de la anterior angustia que había pasado, se entretenía en observar el juvenil y excelentemente delineado trasero de la alemana. Mientras sus pupilas se dilataban más y más con la esplendorosa visión ante sus ojos, una pícara y maliciosa sonrisa se pintó en su rostro, dejando ver al aire sus colmillos pronunciados.
"De veras que está muy buena esta niña" se dijo a sus adentros. "Qué lástima que sea una psicópata manipuladora".
Se paseó la lengua por los labios, refrescándose cómo podía. Y sin hacer nada más, posó una de sus manos en los glúteos de la chiquilla, sin que ésta sintiera el más mínimo contacto desde sus sueños.
Rivera no pudo evitar soltar unas cuantas carcajadas, abruptas y entre cortadas una de la otra. Le divertía pensar en lo que la muchacha le hubiera hecho si estuviera despierta. Además, la sensación de su mano paseándose en la bien formada nalga de Soryu, le excitaba de sobremanera. Se imaginaba lo maravillosa que debía ser en la cama. A lo mejor si en una ocasión le diera un somnífero o algo por el estilo...
Sus planes se vieron cortados cuando, a la vuelta del corredor, se topó cara a cara con Misato, quien se había quedado a esperarlo, en vista de su tardanza. En cuanto vio lo que el joven se encontraba haciendo, y más su expresión de depravado, no tardó mucho en reprenderlo. El torrente de regaños y reclamos llovió incesantemente sobre el chico, empapándolo de pies a cabeza, mientras sus rodillas temblaban, su pulso se agitaba y cerraba los ojos, esperando que todo acabara en forma milagrosa.
Pero aún así, Misato era muy liberal y bastante condescendiente con el infante. No le agradaba ni quería tener que corregirlo tantas veces y de forma severa. Eso, aunado a la prisa que en ese momento ambos llevaban, contribuyó para que la reprimenda fuera bastante breve, y que los dos se volvieran a poner en camino a la brevedad posible. Aunque eso sí, el muchacho iba adelante, y la mujer con rango militar iba por detrás, vigilando que el libidinoso muchachito tuviera las manos en la espalda de su pasajera.
Al final, y con el tiempo pisándoles los talones, lograron hacerlos reaccionar para que ellos mismos pudieran ponerse sus trajes de conexión. A toda prisa, unos cinco minutos después, los pilotos ya estaban instalados en las cabinas de sus respectivos Evangelions y esperando a que los preparativos para el lanzamiento concluyeran. Cosa extraña, no se les notaba nervioso a cualquiera de ellos, ni siquiera a Shinji.
—Vía libre— confesó uno de los operadores, en medio del ajetreo —Luz verde para el lanzamiento.
—Unidades 01, 02 y Z listas para el lanzamiento— complementó Maya, una vez que se cercioró que los tres robots ya estaban en sus lanzaderas de despegue.
—¡Ay, pero qué angustia!— se revolvió Misato, de pie a su lado, sujetándose la cabeza —¡Ni siquiera hemos podido hacer el entrenamiento esta mañana! ¡Será imposible que esos tres están listos para el combate! ¿Porqué me tiene que pasar esto a mí?— se lamentaba ante la vista incrédula de sus subordinados, semejante a un niño haciendo un berrinche.
—Tranquila, Misato. No te preocupes— se escuchó la voz de Langley desde su Eva, calmando a su superior —La compenetración ya es perfecta.
—¿Qué dices?— respondió atónita la mujer, recuperando la compostura.
La joven europea ya no la atendió, entretenida en jugar al líder con sus compañeros, repartiéndoles sus indicaciones a cada uno.
—Escúchenme bien, ustedes dos— una pantalla con el rostro de la muchacha apareció en las cabinas de ambos pilotos —Desde el principio iremos con el Campo AT completamente abierto y a una velocidad máxima de combate a pleno rendimiento.
—De acuerdo— le contestó Shinji, tomando una expresión igual de seria —Tenemos 62 segundos para acabar con él, antes de que se acabe la toma interna de energía.
—Ridículos— murmuró Kai, al notar los desplantes de importancia que sus dos compañeros se daban.
—¿Dijiste algo?— le interpelaron los dos al mismo tiempo, con gesto rubicundo.
—¿Yo? No, para nada.
Y en la sala de controles, los oficiales a cargo de la misión se encontraban un poco confundidos con respecto a la actitud de los pilotos.
—¿Qué será todo eso?— espetó Ryoji con su misma expresión risueña de siempre.
—¿De dónde habrán sacado tanta seguridad esos chiquillos?— preguntó a su vez Ritsuko.
—No tengo idea— reveló Katsuragi, tan confusa como sus colegas. Simplemente nomás no podía entender el porqué de esa actitud tan segura de sus tropas. Lo único que podía hacer en esos momentos era cruzarse de brazos, y esperar a que aquellos alardes de los que hacían gala tuvieran algún fundamento. Realmente lo esperaba.
—¡Finalizada la carga externa de energía!
—¡Lanzamiento!
En un parpadeo, las plataformas que sostienen a los gigantes de acero ascienden a gran velocidad por entre los laberintos de túneles encima del cuartel y pronto alcanzan la superficie, impulsando a sus ocupantes hacia las alturas, elevándose las enormes moles de forma insólita sobre el Distrito 3 de la ciudad y planeando grácilmente en los aires, pese a su considerable tamaño y peso.
El ángel, que ya se paseaba tranquilamente por la urbe, sólo observó también como impresionado por este hecho a sus contrincantes ascender por los cielos, para luego precipitarse a toda máquina en su contra. Era algo inesperado, casi lo habían matado del susto cuando salieron abruptamente de las entrañas del asfalto a sus pies en medio de todo ese estruendo que producían sus lanzaderas, y ahora lo atacaban desde el aire.
—¡Pongan la música!— ordenó la capitana cuando los Evas se empezaron a precipitar a tierra, perdiendo impulso.
En el acto la ya tan memorizada melodía musical se escucha en el sistema de sonido, y desde ese momento daba inicio formalmente el combate.
Recordando la pauta de ataque, los tres pilotos maniobraron mientras eran jalados por la gravedad para caerle encima con todo su peso al blanco, incrustándole las rodillas, acción que lo tumbó aparatosamente de espaldas al suelo; mientras que por el contrario, sus agresores se las ingeniaron para aterrizar los más delicadamente que fuera posible con el tipo de artefactos que tripulaban.
—¡Es increíble!— aplaudió su superior desde la sala de mando —¡La coordinación es impecable!— añadió al observar el primer golpe.
—¡Pueden lograrlo!— los animó a su vez la Doctora Akagi, empuñando su mano derecha.
Enseguida emergieron del piso anaqueles de armas justo a lado de los Evas 01 y 02, quienes se hicieron de los rifles en su interior a la velocidad del rayo y sin decir más dispararon una descarga sobre la criatura.
Ésta, que ya se había incorporado, rechazaba los proyectiles con suma facilidad gracias a su Campo A.T., sólo que lo que no se imaginaba es que Shinji y Asuka sólo estaban cubriendo a Z, para que éste pudiera derribarlo sin ningún problema con una de sus ráfagas ópticas de mayor poder, obligándolo así a volver a separar su masa y volumen en tres cuerpos.
Los trillizos todavía no caían al suelo cuando ya estaban disparando sus propias descargas en contra de sus atacantes. Haciendo uso de una encomiable sincronización, los tres pilotos hicieron piruetas sobre el piso, ganando espacio para que luego la Unidad Especial pudiera proteger a sus otros dos acompañantes soportando las tres embestidas con su armadura reforzada, la cual apenas y se rasguñó con los impactos.
De nueva cuenta, tanto la Unidad 01 cómo la 02 aprovecharon la oportunidad para recetarles a los monstruos otra descarga de balas, ahora cubiertos por el Eva Z. Sólo que en esta ocasión la trinidad no iba a esperar sus ataques de la forma tan paciente en que lo había hecho anteriormente, e indispuesta a seguirles el juego, sus tres miembros sortearon la hondonada de misiles en su contra, saltando prodigiosamente para entonces jugar al "ojo por ojo" y caerle de lleno a Rivera, que se derrumbó también de espaldas sobre del piso, levantando una gran nube de polvo y haciendo otro gigantesco bache en la calle.
—¡Fuego de protección!— ordenó Misato, al ver su plan en peligro —¡Comiencen la descarga!
No había terminado de dar la orden cuando ya las criaturas estaban siendo abatidas por varios proyectiles balísticos del tipo superficie – aire SA5 disparados a control remoto desde distintos puntos estratégicos distribuidos alrededor de toda la zona. Por supuesto que no lograron detenerlos, su propósito era el de únicamente cubrir a los Evas mientras se reagrupaban. Auspiciado por el humo que levantaban los impactos de los misiles, Kai aprovechó para reunirse con sus compañeros. La carga ya había cesado, y aún cuando la neblina no se asentaba del todo, Asuka les hizo una indicación mientras todavía había tiempo. La melodía seguía corriendo en sus oídos.
—¡Shinji! ¡Kai!— les dijo —¡Ahora es cuando!
—¡De acuerdo!— respondieron al mismo tiempo.
Efectivamente, era ahora o nunca. El polvo les ocultaba al ángel, pero a su vez éste tampoco podía ver su posición. En cambio, ellos ya se habían dado cuenta más o menos de donde se encontraba cada miembro del monstruo. Salieron disparados hacia ellos y mientras la nube de polvo se dispersaba, apoyaron el pie izquierdo para dar un soberbio salto que los catapultó de nuevo a los aires. Arriba, una vez más maniobraron y dando un giro sobre ellos mismos se acomodaron para asestarle cada uno una patada a su respectivo objetivo.
En un momento que pareció congelarse por siempre, los tres robots, aprovechando el incremento de peso que la inercia les proporcionaba, sumándole la fuerza de la patada lograron impactar al mismo tiempo sobre los núcleos de los tres seres, que permanecieron inmóviles mientras éstos eran destruidos.
Los jóvenes sintieron un agradable cosquilleo en el estómago al sentir resquebrajarse aquellas esferas bajo las botas de sus máquinas, para después despedazarse en cientos y cientos de fragmentos cediendo ante la fuerza que les aplicaban, para entonces liberar una reacción en cadena y provocar una espectacular explosión que acabó tanto con el ángel como con un buen sector del Distrito 3.
Katsuragi, desde su lugar, apenas si podía creerlo. Después de todo, sus arduos entrenamientos y fatigas de varias horas habían resultado. La misión había sido un éxito. No era tan mala líder, a final de cuentas.
—¡Lo lograron, lo lograron!— explotó de júbilo, apenas cabiendo de alegría, tanto que no se había dado cuenta que se le había colgado al cuello a Kaji, a su lado, en medio de su festejo —¡Viva, viva! ¡Soy la mejor!
El hombre no había puesto mayor objeción ante el súbito gesto de Misato, acogiéndola suavemente entre sus brazos, con su imborrable sonrisa pícara en los labios. Aquello no podía durar mucho, lo sabía bien y mientras tanto había que aprovechar. Y en efecto, al cabo de unos instantes la capitana se le quedó viendo, perpleja de lo que había hecho, soltándolo de inmediato y propinándole una sonora bofetada en pleno rostro.
—Eh... este... — pronunció Maya desde su puesto, un tanto indecisa en dar su reporte al presenciar la escena —Lo que pasa es que ninguno de los Evas se ha levantado.
—¿Cómo dices?— exclamó la capitana, fijando su atención en el monitor de Ibuki.
Efectivamente, en medio del cráter humeante que había dejado la anterior explosión, yacían inmóviles los tres Evangelion, uno encima del otro.
—¡Te olvidaste de sincronizar el último aterrizaje!— le reclamaba desde su cabina Asuka a Ikari, quien le había caído encima —¡Siempre tienes que ser tan torpe!
—Lo siento— se disculpaba Shinji, alzando los brazos —Pero cómo nos quedamos dormidos en la última parte del entrenamiento...
—¡Pero es que para un aterrizaje no necesitas entrenar, inútil!
—¿Quisieras callarte de una buena vez?— le espetó Kai, con los dos a cuestas —Tú tampoco hiciste un aterrizaje perfecto que digamos... me caíste encima, vaca echada...
—¡Fue porque este granuja me golpeó primero!— reclamó la joven alemana —¿Y a quién le dices vaca, simio asqueroso? Me di cuenta que cuando me cargabas tuviste pensamientos obscenos y quisiste propasarte conmigo, miserable...
—Vaya, y yo que creí que estabas dormida...— masculló Rivera, rascándose la barbilla mientras la sangre se agolpaba en sus mejillas.
—¡¿QUÉ?!— explotó Langley en su asiento —¡Yo sólo estaba bromeando! ¿Quieres decir que de verdad pensabas abusar de mí mientras estaba dormida? ¡Qué horror! ¡Eres un sucio cerdo! ¡Canalla! ¡Pervertido! ¡Animal! ¡Imbécil!
—Oigan, al fin y al cabo ya derrotamos al enemigo, así que: ¿qué más da?— sugirió Shinji, entrometiéndose en el pleito —No se pongan a pelear de nuevo, ¿quieren?
—¡Tú no te metas, insecto!— le reclamó la chiquilla, furiosa de que su dignidad fuera profanada por ese pelafustán —¡No lo defiendas! ¡De seguro los dos están de acuerdo!
—¿De qué estás hablando?— se defendió el muchacho ante tal acusación —Yo nunca...
—Allí están de nuevo— musitó Katsuragi, ocultando su rostro enrojecido entre sus manos, ante la fría mirada de los comandantes, que se encontraban en su balcón vigilando todos los movimientos de la operación —Esos niños nos están poniendo en vergüenza otra vez...
