"Tell me, why this is a land of confusion?"

Genesis

"Land of Confusion"

21 de Agosto del 2000

Parecía un día como cualquier otro en la capital argentina de Buenos Aires, en la región de Palermo. Era un lunes igual que cualquier otro lunes pasado, inicio de la jornada laboral semanal, en hora pico, con los millones de personas que la poblaban yendo de aquí para allá, abarrotando calles y avenidas cuando regresaban al hogar a almorzar con la familia, con la pareja y los pibes recién salidos del colegio. Seguía siendo invierno en aquella región del Cono Sur, pero los fríos ya comenzaban a menguar. De hecho, una inusitada onda cálida proveniente de la Antártida, por muy extraño que a todos les pareciese, había adelantado el verano y convertido a Buenos Aires en un enorme caldero húmedo a orillas del Río de la Plata, cuando las dos masas de aire frío y caliente se habían encontrado. No tardaría mucho en desatarse un chaparrón.

Martín ya no quería pensar en ello, conduciendo su Chevy blanco del 99 que apenas hacía un mes había logrado sacar en un crédito bancario, desajustando su apretada corbata obligatoria en la oficina de Gobierno en la que trabajaba, para luego empezar a desabotonar su sudada camisa de manga larga arremangada hasta los antebrazos, color azul claro, ya empapada de transpiración por las axilas y cuello.

Pensaba en el rico guiso de carne que su mujer preparó y que estaba sirviendo en esos momentos, junto con Pablito sentado a la mesa, esperando sólo a su llegada, por lo que no debería tardar demasiado o aquella delicia se enfriaría. Transitaba por la Avenida Sarmiento, pero luego dio vuelta en la Avenida Colombia, transversal a ésta, para salir a la Avenida del Libertador y poder cortar camino. No quería arriesgarse a un embotellamiento tan usual en aquellas calles, a esas horas. Sólo que su intención fue cortada por un junior al que se le había olvidado ponerle líquido para frenos a su Mustang del año, regalo de su papi el influyente, yéndose a estrellar en contra de un volkswagen que conducía una vieja italiana cuando daba vuelta, en plena avenida, deteniendo completamente el tránsito mientras que se ponían de acuerdo los gendarmes y una grúa venía a recogerlos.

De nada serviría tocar como poseído el claxon, eso también lo sabía Martín, a diferencia de los otros conductores, que hechos una furia, arremetían con el sonido de sus bocinas, como si eso le diese al automóvil la habilidad de volar por encima del accidente. La fila de carros se extendía indeterminadamente, por lo que no podía ver con certeza el origen de la congestión, aunque ya de poco serviría. Parecía que, pese a sus esfuerzos por llegar temprano, esa comida se le enfriaría, y su mujer y Pablito tendrían que almorzar solos.

Pablito a últimas fechas había demostrado un buen toque de balón en la cancha del colegio, y también cuando jugaba en la calle fútbol con sus amigos. Y era buena edad para probarlo en las fuerzas básicas de algún club de renombre del fútbol argentino, el mejor del continente, pese a lo que opinaran esos mexicanos y brasileños mugrosos, que se creían que podían quitarle el trofeo de la Libertadores a Argentina. Qué curioso detalle, pues notó que precisamente estaba atorado en la Avenida del Libertador. Qué lástima que fue para el Boca, ese equipo de maricones. Si Pablito quería incursionar en el fútbol, debería hacerlo en un equipo de hombres hechos y derechos como lo era el Ríver Plate, máximo monarca de la Liga Argentina, con sus veintisiete títulos. Dios quisiera que el pibe se lograra colar hasta el primer equipo, y mantenerse después de titular, para que así un gran equipo europeo se fijara en él y pagara varios millones de dólares por su transferencia, como ese otro Pablito Aimar o Saviola, y así ya nunca más tendría que volver a trabajar en esa oficina asfixiante, llena de jefes gruñones y secretarias coquetas que lo enloquecían con sus minifaldas y esas piernas tan largas que tenían.

Sí, su hijo podía ser su boleto a una mejor vida, solamente habría que esperar un par de años a que se desarrollaran plenamente las habilidades del muchacho, pensaba Martín ilusionado al mismo tiempo que prendía la radio, viendo que aquello iba para rato. Abrió también un poco la ventanilla, dejando que se colara un poco del aire húmedo proveniente del Río de la Plata, muy cerca de donde se encontraba.

"Un vocero de la marina rusa informó que era muy remoto que pudiesen haber sobrevivientes en el submarino nuclear Kursk, hundido el pasado día 12, aún cuando algunos de los marinos hayan logrado refugiarse en alguna escotilla de la cámara de controles. También confirmó que cualquier peligro de contaminación radiactiva se ha desechado ya, por lo que un desastre nuclear en la zona es improbable. Aún se investigan las causas que pudieron provocar la pérdida del submarino..."

Martín, un escuálido sujeto de tez blanca y con una rubia barba en el mentón, del tipo caucásico, agobiado se dejo recostar por unos momentos en el volante de su vehículo, sumamente fatigado. Y eso que apenas era Lunes. Faltaba mucho todavía para el Domingo, día que podía tirarse en el sillón para ver la televisión mientras estuviera despierto, que no era mucho tiempo. La vida en este tiempo es muy trajinada, nunca hay tiempo para nada, todos parecen ir a algún lado y con mucha prisa.

"Pasando a las noticias deportivas, el Boca Juniors, flamante campeón de la Copa Libertadores de América al imponerse a su rival brasileño, el Palmeiras, se dice listo y preparado para enfrentar la Copa Intercontinental en Tokio, Japón, disputándosela con el equipo alemán Bayern Munich, campeón de la Liga de Campeones europea..."

Molesto, con un rudo ademán y una maldición entrecortada decidió de mala gana cambiar de estación, a la primera que se encontrara en el cuadrante. No tardó para poder empezar a escuchar una tonada familiar en la estación del recuerdo.

"I must've dreamed a thousand dreams

been haunted by a million screams

but I can hear the marching feet

they're moving into the street."

No era una de sus favoritas, pero pasaba mejor que escuchar a ese pelagatos alabando a esos maricones hijos de puta. Además no era tan mala, pese a que ya era muy viejita, los clásicos nunca pasaban de moda.

"There's too many men

too many people

making too many problems

and not much love to go round

can't you see

this is a land of confusion?"

Y pese a ser tan anticuada, seguía siendo tan cierta como cuando era un hitazo comercial en todos lados, pese a que ahora el contexto era muy diferente a cuando la habían escrito. La Guerra Fría había acabado, el régimen comunista había caído y Rusia se había rendido tristemente al capitalismo, pero el peligro seguía latente. Era en aquellos instantes, entre el tumulto del tráfico, inmerso de ruidos de estruendosas bocinas que aullaban furiosas, cuando reflexionaba qué tan cierto era lo que esa melodía pregonaba, ahora y siempre. Parecía que estaba predestinado todo aquello, que justo allí, en ese lugar, bajo esas condiciones estuviera escuchando esa canción en particular. Le agradaba sentirse parte de un intrincado plan que involucraba todos los factores que lo rodeaban sólo para que él, Martín Andaluz, escuchara precisamente aquella canción en esos momentos.

Siguió escuchando.

"This is the time

this is the place

so we look for the future

but there's not much love to go round

Tell me why, this is a land of confusion?"

Qué cosa tan interesante, prosiguió con su meditación, apoyando la barbilla sobre sus brazos entrecruzados, mirando por el parabrisas al atestado camino delante de él. ¿Cómo sería un mundo sin tanta gente? No podía imaginárselo. Pero, vamos, todas las personas, incluyéndose él mismo, en algún momento desesperado de su vida habían deseado que paradójicamente todos desaparecieran para por fin encontrar algo de paz y escapar de los problemas. ¿Ó acaso no era cierto? Si todos, menos él, simplemente murieran, ya no tendría que preocuparse por los impuestos a la luz y al teléfono, por la comida y el agua, por el taller o la gasolina, por el dinero o por el fútbol. Se encontraría de repente, en la más absoluta libertad jamás soñada. Pero también se encontraría solo, y más atado a su miedo que nunca. El hombre era un animal social por naturaleza, y necesitaba de otros para subsistir, ¿no era así? ¿No era por eso que había recurrido a la sociedad y a la ciencia para que lo protegieran de lo que había más allá, de aquello a lo que temía más que a cualquier otra cosa enfrentarse?

"This is the world we live in

and these are the hands we're given…"

La canción se interrumpió de súbito, cuando la radio se apagó al mismo tiempo que todos los sistemas del automóvil. Y cuando giró la llave en la ranura para encenderlo de nuevo, ni siquiera le dio marcha. Ahora sí que el día estaba completo, pensó Martín fastidiado, suponiendo que la batería del carro estaba muerta. Ya se imaginaba el numerito que harían todos los fulanos que tenía detrás suyo cuando la circulación volviera a la normalidad y él se quedara allí parado.

Sin embargo, todo estaba muy callado. Ya no se oían los cláxones. Y el semáforo de la esquina estaba apagado. Miraba hacia los demás conductores y todos tenían la misma cara de consternación que él se había visto en el espejo retrovisor. Algo había, algo había en el ambiente de pronto, que hacía que los animales huyeran y las hojas de los árboles dejaran de moverse, incluso las nubes. Todos podían sentirlo en lo más recóndito de sus almas. Salió de su auto, comprobando que su condición era idéntica a la de todos los demás que estaban varados en esa calle. Todos los motores se habían detenido, y no podían volver a encender por más que lo intentaran los conductores. Otros más imitaron su ejemplo, bajando de sus vehículos y mirándose confundidos unos a otros.

—¿Pero Ché, qué es lo que está pasando aquí?

Los perros que estaban en los alrededores comenzaron a aullar lastimosamente al unísono, mientras que una inmensa parvada de gaviotas oscureció el cielo por unos momentos en su frenética huida, quedándose incrustadas varias de ellas en los espejos de los carros, manchando éstos con sangre y plumas.

—¿Es que todos están locos, o qué?— pronunció alguien cuando los que estaban fuera de sus carros se protegían como podían de los pájaros que escapaban desesperadamente de lo que fuera que los hubiera espantado de tal forma.

Uno de ellos fue a estrellarse a gran velocidad justamente en la cabeza de Martín, rebotando con el cuello roto mientras que el hombre era derribado al suelo, con una copiosa herida en la nuca que comenzaba a sangrar profusamente.

Pese al intenso dolor y desorientación que sentía, cómo pudo se levantó y comenzó a correr hacia el parque, tapándose la herida con las manos, intentando llegar a como diera lugar llegar al hospital más cercano antes de que muriera desangrado. Ignoraba que era inútil aquella lucha contra el tiempo, pues en el hospital también carecían de energía eléctrica, por lo que no disponían de recursos para atender a los pacientes. Ni qué decir de los que se encontraban en esos momentos en quirófanos, en plena cirugía. Y aquella situación se extendía rápidamente no solo en Argentina, sino en todo el mundo.

Reinaba la confusión total. Sin energía eléctrica, el hombre estaba desprovisto de todos los artefactos a su servicio y que le protegían con ahínco. De pronto se vio al desamparo de su preciosa tecnología, impotente y asustado ante lo que estaba a punto de sucederle, incomunicado de todos sus congéneres.

Martín corría desesperado hasta donde pudo, antes de que se resbalara por el pasto húmedo del parque y diera con toda su humanidad a besar el suelo. Entre los gritos de angustia que comenzaban a surgir de todas partes, mientras trataba de incorporarse, sin éxito, tendido boca arriba se percató de la extraña coloración que empezaba a tomar el firmamento, como si todo el cielo estuviera incendiándose, arrasando el color rojo con todo el azul que encontraba a su paso. El clamor fue subiendo de tono, y la gente también comenzó a huir, asustados ante aquél extraño fenómeno. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Sin radio, televisión, computadoras ni teléfonos, nadie podía saberlo.

No hubo tiempo para recobrar la calma o la cordura ante las señales que se estaban sucediendo una tras una, porque entonces se dejó venir un gran terremoto que sacudió la ciudad entera con una espantosa magnitud de 8.1 grados en la escala de Ritcher: cataclismo total, daño completo a todas las edificaciones de la zona. El piso comenzaba a cuartearse y a abrirse, engullendo a todos aquellos desprevenidos que se lo permitieran, mientras que los edificios y construcciones caían derrumbados como castillos de naipes. Ahora el pánico era general, y por todas partes se extendían los gritos de dolor y espanto, llenando todo con su desgarradora melodía.

Su familia, Martín allí, tumbado sobre el pasto, con una enorme herida en la nuca y un grueso árbol que había caído justo sobre de él, no podía dejar de pensar en su familia, en si habían sobrevivido al holocausto, o lo que era más, si volvería a verlos. Con todas las costillas hechas polvo y varias arterias rotas, se preguntaba si alguna vez volvería a besar a su mujer o a escuchar la risa infantil de su hijo. El dolor no le permitía mentir, sabía que ése era el fin. Quizás no el fin del mundo, pero sí de su mundo. Su muerte había llegado.

Un momento antes, vivía un día normal en su tranquila vida. Todos ellos lo hacían, al fin y al cabo, pero de repente fueron transportados a otro lugar en el que reinaba la incertidumbre, el dolor y la muerte. Su mundo entero les había sido arrebatado de súbito, condenándolos al olvido, a la extinción absoluta. Alguien había volteado al planeta de cabeza, ¿pero quién? ¿Y porqué?

Todavía no dejaba de temblar cuando el lecho oceánico del Río de la Plata retrocedió varios miles de metros para darle vida a aquella enorme ola de un centenar de metros que con su fuerza y tamaño terminaría por arrasar la ciudad entera y sumergirla en las profundidades submarinas. Era inevitable, nada podía hacerse, pese a que todos corrían despavoridos buscando refugio. No podía culparlos. Él lo hubiera hecho también, de haber estado en condiciones para hacerlo. Pero de todos modos, era inútil hacerlo.

Poco antes de que llegara el fin, antes de que la ola que había roto en tierra y que ahora estaba devorando con su implacable furia lo que encontrara a su paso, antes de que esa imparable cortina de agua marina lo alcanzara y con ello ponerle fin a su dolor, Martín vislumbró, con toda claridad, allá por el Sur, una intensa luz que iba tomando forma. Parecían alas, alas deslumbrantes que batían el aire debajo de ellas. Fue lo último que alcanzó a ver, antes de abandonar la vida.

Más de tres mil millones de personas mueren alrededor del globo, al igual que Martín, en el transcurso de esas angustiantes horas. Y otras mil millones más morirían en los años venideros. El flujo electromagnético del planeta se vuelve loco, las placas tectónicas de los continentes parecen carritos chocones, reacomodándose por completo, la Tierra cambia de órbita y de eje, unos cuantos grados. Y en la Antártida, el punto de origen de todo el desastre, las gruesas capas de hielo se derriten en su totalidad, aumentando más de cinco metros el nivel de los mares, desapareciendo por completo el continente Antártico.

Y justo en medio de todo eso, entre el desastre, cinco pares de alas luminosas toman forma y se agitan con furia, levantando muerte y dolor que se extendían por los cuatro rincones del mundo. Al hacerlo la Tierra grita, se resquebraja y llora de agonía. Al igual que un infante recién nacido.

El Segundo Impacto había sucedido.

20 de Agosto del 2015

Casi quince años después...

"I remember long ago,

ooh, when the sun was shining

yes, and the stars were bright

all through the night

and the sound of your laughter

as I held you tight,

So long ago…"

La canción era reproducida por el láser del artefacto tan fielmente como si estuviera escuchando la versión original de hace treinta años, en uno de esos abarrotados conciertos nocturnos.

Sí, era de noche, pero ciertamente el cuarto en el que Kai se encontraba sentado, en actitud reflexiva en medio de la oscuridad, distaba mucho de estar abarrotado. Sólo él estaba allí, con las luces apagadas y las bocinas de su reproductor musical en los oídos, permitiéndole atender únicamente al melodioso sonido que tocaba. Sólo él se encontraba en medio de esa oscura habitación, sentado en la cama de Misato, con la espalda recargada en la pared. Sólo él y sus pensamientos, que lo llevaban por diferentes rumbos.

120 personas habían muerto. Más de un centenar de personas, buenas o malas, habían perecido en un accidente, acaecido hace unos meses atrás. Y estaba seguro que NERV, explícitamente su comandancia en la persona de Gendo Ikari, estaba directamente involucrado. Nomás faltaba probarlo, para que toda esa gente pudiera descansar al fin en paz, y quizás redimir una parte de sus pecados, al mismo tiempo.

Estaba inmóvil, concentrado en absoluto, con la barbilla recargada en el pecho y sus brazos cruzados sobre del abdomen, mirando fijamente a la nada con esos ojos verdes que daban la impresión de brillar en la penumbra de la pieza.

"I won't be coming home tonight

my generation will put it right

we're not just making promises

that we know, we'll never keep..."

En realidad, obraba más por despecho que por un inquebrantable afán de justicia o por la eterna búsqueda de redención. Y la razón de aquél despecho era también motivo de la mayor parte de las zozobras que lo aquejaban en la intimidad de su conciencia: Rei Ayanami, su antigua novia. Todavía no lograba acostumbrarse a la idea de que todo había terminado. Aún no podía soportar que ella le prodigara el mismo trato que a todos los demás en el cuartel. Le dolía sobremanera la manera tan distante con la que siempre se dirigía a él, en las pocas ocasiones que lo había hecho. Lo hacía sentirse miserable, sin ánimos para continuar. Deseaba con ahínco poder estrecharla entre sus brazos, fuertemente, sacudirla si era necesario sólo para recordarle que ellos dos estaban destinados a ser desde antes de conocerse, que no podía tratarlo como a todos los demás, no después de todo lo que había pasado entre ellos. ¿Ó es que ya había olvidado como ambos se estremecieron al primer contacto de sus miradas? ¿Ó ese primer beso, en el techo de la escuela? Los dos habían actuado automáticamente, casi por instinto, cómo si ya lo hubieran hecho docenas de veces antes. ¿Entonces porqué razón lo trataba cómo si fuera cualquier otra persona? ¿Porqué se estaba negando, entonces, a sí misma? ¡Él era el amor de su vida, demonios, y eso tenía que contar en algo! Quería despertarla a como diera lugar, hacerla recapacitar para librarla del influjo de Ikari y entonces reanudar su relación y volver a ser felices.

Ikari. Ese infeliz se había aprovechado de su cercanía para querer manipularlo a través de Rei, ahora se daba cuenta. Quiso aprovecharse del estrecho vínculo compartido por dos jóvenes amantes para salirse con la suya. Y en parte, lo había conseguido. Lo había mantenido a raya de sus otras operaciones, mientras se distraía en el amor. Fue él quien premeditamente le había producido ese colapso nervioso que finalmente lo había hecho desistir de abandonar el Proyecto Eva. Pero le había salido el tiro por la culata, pues ahora, ya sin ningún distractor, podía enfocarse a su tarea básica en la organización, que era precisamente la de detectar irregularidades en su accionar, y reportarlas al Consejo. Sólo necesitaba encontrar una mancha lo suficientemente sucia en el expediente para que destituyeran a Ikari del mando, y con ello liberar a la pobre de Rei de su dominio, y el incidente del Jet Alone se pintaba solo. El típico caso de espionaje industrial, lo que era más, sabotaje que costó la vida de muchas personas, algunas de ellas con rangos militares que no eran poca cosa. NERV era el sospechoso directo de aquella acción, y la única agencia con los suficientes recursos para llevar a cabo algo de esas proporciones. Lo sabía de sobra, ahora sólo restaba probar su culpabilidad en el asunto, cosa que podía hacer bastante bien en su posición, es decir, desde adentro.

No sería la primera vez que entrara a hurtadillas en el sistema MAGI, pese a todo lo que parloteara esa bruja de cabello pintado sobre su perfección, la verdad es que el código encriptado que utilizaba era bastante fácil de descifrar, cosa de niños para él.

Lo único que necesitaba eran las pruebas, algo que validara y comprobara la intervención directa del Comandante Ikari en el sabotaje del Jet Alone, proyecto del gobierno japonés, y lo hundiría hasta el cuello en su propia porquería que había estado juntando desde hace tantos años. Aquella sería una caída espectacular, sin lugar a dudas. Sólo le faltaban pruebas, y cuando conseguirlas era el problema, no tanto el cómo y el dónde.

"Now this is the world we live in

and these are the hands we're given

use them and let's start trying

to make it a place worth fighting for..."

Por si todo aquello no bastara, estaba presente esa molesta migraña que no dejaba de atosigarlo. Hacía años que no sufría una tan fuerte como la que lo estaba aquejando en esos días. No había porqué preguntarse la causa, sabía muy bien que todo era originada por la fastidiosa presencia de la joven alemana en su hogar, que iba de aquí para allá como vendaval, echando pestes y maldiciones a su paso. Ya no podía escuchar su agudo acento sin sobresaltarse y cada vez que la encontraba, fuera en la escuela, los entrenamientos o en la casa, aumentaba ese fuerte dolor de cabeza en la sien. También parecía haber una presencia en el Geofrente que afectaba a su condición, de manera muy similar a lo que había padecido en el barco escolta del Eva 02, o aquella vez que comieron con Kaji en ese mismo lugar. No podía precisar con exactitud su locación, por lo que llegó a pensar que estaba desarrollando cierto tipo de estado paranoico, mismo que se lo achacó de inmediato a su compañera rubia, la mayor causa de sus más recientes sinsabores. ¡Dios! Ojalá Misato lograra rentar ese apartamento de arriba antes de que su cerebro estallara. Convivir con Asuka tanto tiempo y en un espacio tan reducido estaba haciendo añicos a su sistema nervioso, más de la cuenta.

—¡¿Porqué aquí sólo hay comida instantánea?!— la oyó reclamar desde la cocina, pese a que traía sus audífonos puestos —¿Es que no tienen ningún concepto de lo que es nutrición, maldita sea? ¡Si sigo así perderé mi esbelta figura en poco tiempo!

Como se estaba haciendo costumbre la migraña punzó fuertemente sus sienes al punto de llegar a postrarlo en la cama, al solo sonido de la voz de la muchacha, apretando los dientes para sobrellevar el dolor.

¿Porqué su tutora, lo que es más, su mentora y amiga, casi una madre para él, había traído a aquella maldita chiquilla a su hogar? Sabía muy bien que gustaba y necesitaba de la calma y tranquilidad, en ocasiones de una soledad que ahora difícilmente podía encontrar con Langley asediando y fastidiando en cada esquina.

Ni hablar, no había más remedio que tomar la medicación. Detestaba hacer uso de las pastillas, puesto que corría el gran riesgo de llegar a crear cierta dependencia a ellas, además que su efecto era sumamente soporífero, sin embargo el dolor que sufría ya se había vuelto insoportable, y prefería mejor arriesgarse y quedarse profundamente dormido que tener que lidiar con él un segundo más. Con dificultad alcanzó el frasco en su mochila, para después abrir la tapa del recipiente con un solo movimiento y en el acto llevarse dos tabletas rectangulares a la boca, mismas que ingirió casi de inmediato.

Ahora lo único que quedaba por hacer era el conteo regresivo, a la par que se acomodaba en la cama: 5... 4... 3... 2... 1... 0...

El muchacho cayó pesadamente sobre la suave almohada, que amortiguó el golpe, completamente fulminado, respirando tranquilamente con la boca entreabierta.

Misato se revolvía desesperadamente entre los brazos de su captor, aunque para ser sinceros no estaba poniendo mucho empeño en liberarse. De hecho, parecía que tan sólo se estaba arreglando para estar más cómoda, cuando Kaji la estrechaba entre sus fuertes brazos y la besaba con una pasión desmedida por primera vez en ocho años. La mujer tampoco estaba disconforme con la situación, dejándose maniatar por su antiguo amante mientras recorría su boca con la lengua, reconociéndola una y otra vez, admitiendo también, aunque no lo quisiera, que extrañaba aquella sensación tan placentera, el calor que emanaban de los dos cuerpos juntos.

Los documentos que ambos llevaban consigo antes de subirse al elevador yacían desperdigados por todo el piso del cubículo, sin que les importara en lo más mínimo. En cuanto se habían cerrado las puertas Ryoji se había abalanzado sobre la mujer cual bestia furiosa, no pudiendo reprimir por más tiempo sus impulsos, para encontrarse, con sorpresa, que Katsuragi no se le resistía y que, al contrario, ella también buscaba el contacto físico.

Sus manos recorrían inquietas el escultural cuerpo de la mujer, mientras que ésta paseaba sus dedos por su espalda, clavándolos en ella en los momentos más candentes. Ya casi había olvidado lo bien que se sentía recorrer con el tacto la tersa piel de Misato, sentir aquellas formas por las que cualquiera enloquecería, incluso él, y besar su delgado pero firme cuello, tan sensual como toda ella. Su mano había llegado hasta debajo de su minifalda, acariciando sus nalgas y tentando el borde de la tela de sus pantaletas. Le valía un carajo las formas en ese momento de frenesí erótico, la volvería a hacer suya cuanto antes, allí mismo si era preciso.

—No... espera...— masculló entre suspiros y besos la mujer, presintiendo cómo acabaría aquello —No es correcto... alguien podría vernos... espera...

Kaji intentó acallarla con otra porción de besos mientras la arrinconaba y la llevaba de espaldas a la pared, para tener algo de donde recargarse al mismo tiempo que ya comenzaba a bajarle las pantaletas, sin atender a su llamado.

—Te digo que... no... este no es el lugar adecuado...

Su ropa interior ya le llegaba a la mitad de los muslos, con el sexo descubierto, cuando por fin pudo reunir la fuerza y determinación suficiente para oponérsele, empujándolo lejos de sí con ambos brazos.

—¡Dije BASTA!— gritó al tiempo que lo hacía, enfadada por haber sido tan débil y no haber hecho eso desde el principio.

Avergonzada de sí misma, resoplando se acomodó la ropa interior para después inclinarse y rejuntar su documentación que estaba tirada por el piso. Lo mismo hacía Ryoji, en silencio, pero con su característica sonrisa pícara en los labios.

La militar notó con alivio que ya llegaban al estacionamiento, en donde se bajaba, por lo que ya no tendría que pasar por más situaciones bochornosas en ese día. Con todos sus papeles reunidos bajo el brazo, acomodándose el revuelto cabello salió del ascensor cuando la puerta de éste se abrió frente a ella, sin voltear a ver al sujeto a sus espaldas.

—Aunque se haya tratado de un tonto capricho de adolescente— dijo, a manera de despedida, de espaldas a Kaji —Involucrarme contigo fue el peor error que haya podido cometer, y no pienso volver a repetirlo.

—Podrás decir lo que quieras— le contestó el sujeto, acariciándose la barbilla, todavía degustando el sabor de sus besos —Pero tus labios no te dejan mentir, Misato: ellos no me rechazaron.

La mujer ya no avanzó un paso más, sino que se quedó congelada en su lugar, cómo si una fuerte corriente eléctrica le recorriera todo el cuerpo.

—Tus labios o tus palabras— continuó el sujeto, sintiendo que iba por buen camino —¿En quienes debería confiar?

—No sé de que hablas— se repuso Katsuragi, dándose la vuelta para encararlo —Te ruego que nunca más vuelvas a hacer esto. ¿Me oyes? ¡Jamás!

—No creo ser capaz de cumplir con esa promesa— remató, cuando las puertas del elevador se cerraban con él dentro —¿Y qué hay de ti, capitana?

Las puertas se cerraron y Ryoji por fin se había ido. Misato podía respirar aliviada de no haber perdido el control completamente y no haber cometido alguna estupidez. Miró con desespero su reloj de muñeca, percatándose que ya era muy tarde para alcanzar a ver la entrevista de Kai por televisión. Sin embargo, de cualquier modo se dirigió a su auto a toda prisa, maldiciendo entre dientes: "¡Estúpido Kaji!"

Mientras tanto, Shinji se relajaba viendo la televisión en la sala, convertida provisionalmente en su habitación, dado el caso que Rivera definitivamente se había mudado al cuarto de Katsuragi, con tal de tener una puerta que lo mantuviera alejado de la jovencita europea. Asuka revisaba la despensa en la cocina, buscando algo para complementar su raquítica cena y Misato se encontraba aún en el cuartel con trabajo pendiente y no llegaría sino hasta muy tarde, por lo que no disfrutaba de compañía en esos momentos. Observaba uno de esos programas especiales debido a fechas importantes que la televisión aún no lograba extirpar de sus entrañas. Aunque en ese caso, quizás se justificaba un poco, tratándose del Segundo Impacto la fecha que con tanta melancolía todo el mundo guardaba. "Quince años después" era como se titulaba el documental, lleno de imágenes lacrimógenas aderezadas de un fondo musical conmovedor, del mismo corte, que instaban a la aflicción.

—A quince años de la tragedia, mismos que se cumplirán el día de mañana, constatamos que a base de esfuerzo y mucho sacrificio el mundo ha logrado salir avante de la adversidad. La humanidad ha superado muchos cambios drásticos en su entorno, y sin embargo...— rezaba uno de los conductores, con su voz en off mientras transmitían imágenes de labores de rescate, y de reconstrucción, en las que destacaban las personas dándose las manos las unas a las otras, confortándose con prolongados abrazos en medio del llanto, etcétera —Ninguno de nosotros es ajeno a la pena, puesto que todos sufrimos por igual con la desgracia. Es por esa razón que cada 21 de Agosto recordamos a los que se han ido, y les pedimos que nos den fuerzas para continuar adelante en la reconstrucción del planeta mientras que también damos gracias que la especie humana haya podido sobrevivir y prosperar para continuar los avances...

—¿Qué es lo que estás viendo, kinder?— preguntó la joven alemana, quien finalmente había tenido que conformarse con una bolsa de granola y una manzana, cuando se instalaba cómodamente a un lado de él.

—Oh, nada en especial— contestó Ikari, recargando su brazo izquierdo en la mesita de centro —Es sólo este programa especial... parece que en la tele no hablan de otra cosa en estos días...

—No puedo creer cómo estos buitres trafican con el sufrimiento de la gente— repudiaba la extranjera, comiendo del contenido del sobre en sus manos —¡Es que mira cómo pretenden explotar el dolor de los demás con esos diálogos sosos y esa música tan cursi! Esto no es luto, es oportunismo. Hoy en día ya no hay ética periodística.

—No sé— vaciló un poco el muchacho, a quien sí le habían tocado el corazón —Me imagino que es algo difícil abordar un tema de este tipo con sobriedad, sin que las emociones intervengan; al final, supongo que el sentimiento le gana a uno. Debe ser muy duro para las personas que les tocó vivir todo eso reponerse y seguir con sus vidas.

—¡Vaya, el pequeño Shinji está conmovido hasta las lágrimas!— masculló la chiquilla en tono burlón, dejando de lado su comida para luego recargarse en la mesita y quedársele viendo como si lo acusara —¿Porqué, de alguna manera, eso no me sorprende?

—Déjame en paz— murmuró, a manera de disculpa.

—...así fuimos testigos de cómo la esperanza encuentra camino para renacer en medio del desastre, pese a tener, aparentemente, todos los factores en su contra: una nueva oportunidad que llega de la hecatombe...— continuaba una nueva conductora, ignorante de las discusiones que suscitaba con su manera de abordar el evento —...de la muerte también puede venir la vida, tal y cómo lo constató el equipo de investigación del programa, al descubrir el nacimiento de siete criaturas justo en medio del desastre. Tres de ellos sobreviven, y lo que es más, dos de ellos actualmente residen en nuestro Japón. Tal es el caso por todos conocidos de Kai Katsuragi, célebre chico superdotado, afamado por graduarse de la Nueva Universidad de Tokio a la edad de tres años, y un año más tarde obtener su primer doctorado en genética y otro en cibernética al año siguiente. Reconocido en todo el mundo por su aportación a la investigación en manipulación de los genes, permitiendo el transplante de muchos órganos del cuerpo humano, sin que dichos transplantes presentaran un posterior rechazo en el paciente, así cómo el encontrar la cura a muchas de las enfermedades crónicas; también trabajó en innovar y perfeccionar las técnicas de clonación, lo que a posteriori permitió traer de vuelta de la extinción a numerosas especies animales, cómo la ballena azul, el gorila de montaña, el tigre de Bengala o incluso al extinto por más de 60 millones de años: el Parasaurolophus, dinosaurio herbívoro con cresta pronunciada, de carácter apacible y sociable. Todos estos organismos a la fecha prosperan en los ecosistemas reestablecidos de algunas partes de la Tierra, en el caso del último en completo aislamiento, salvo por las constantes revisiones médicas y científicas para estudiar su comportamiento. El que habla a continuación es el susodicho, en entrevista exclusiva para esta emisión especial, a quien por cierto saludamos y agradecemos la oportunidad que nos brindó de saber más acerca de su persona.

—¿Cómo se siente, Doctor Katsuragi, al mirar atrás, hacia todo lo que ha logrado en tan poco tiempo y al saberse cómo uno de los artífices en la recuperación de la humanidad de este difícil trance? Lo que es más, ¿qué se siente ser el símbolo de esperanza y renacimiento por excelencia, dadas las peculiares condiciones de su nacimiento?

—¿Doctor?— el muchacho mira consternado a la guapa reportera sentada junto a él, para después echarse a reír, pese a sus intentos por disimularlo —Ay, lo siento... je, je, je... de veras, de veras lo siento... es que... ja, ja, ja... siempre que estoy frente a las cámaras me pongo algo nervioso, y sobre todo si me ponen al lado de una chica tan guapa como tú... discúlpame... bueno, entrando en materia... me preguntabas tú por varias cosas (si me permites tutearte, ¿verdad?)— ante la respuesta positiva de la periodista, que también esbozó una sonrisita y se sonrojó frente a cámaras, ante el evidente galanteo del apuesto muchacho, éste continuó —Por la primera: No creas, cada vez que repaso mis supuestos logros, y los recapitulo y veo hacia adelante sólo puedo percatarme de lo poco que he hecho por ayudar a las personas, de tanto tiempo que he desperdiciado y que bien pude haber aprovechado para continuar ayudando a mis semejantes. Es el reto que yo mismo me he impuesto, superar metas y objetivos en beneficio de todos. En conclusión: me siento insatisfecho por tanto tiempo que he desperdiciado. Eh... ¿qué más dijiste? ¡Ah, sí! No creo que sea válido tacharme como símbolo y demás, después de todo lo único que hice fue venir a la vida mientras millones se iban. Y es por eso que constantemente me veo en la necesidad de pedir perdón... perdón por mis constantes errores, y por lo que he dejado de hacer. Siempre trato de ser digno de esta vida, regalo tan precioso que no muchos podemos apreciar— al pronunciar aquellas palabras, en tono tan serio y quedarse mirando a la pantalla fijamente cuando lo hacía, a Ikari le pareció, sorprendido, que esa oración iba dirigida precisamente a él —Aunque para mí sea imposible el no hacerlo dado que cada minuto de mi existencia es prestado. Por eso trato de que esta vida regalada sea constante testimonio de eso, viviéndola al máximo, sacándole el mayor jugo posible y no dejar pasar un minuto en vano...

"Lo dice el sujeto que se la pasa 12 horas al día dormido" pensó la joven alemana, tragando saliva, sin creer por completo todo lo que había visto y escuchado.

—Qué interesante que mencione ese aspecto tan espiritual... ¿Es usted creyente, Doctor? ¿Profesa alguna religión?

—Como científico que soy, me tengo que guiar por certezas y hechos concretos, los cuales muchas veces no tienen cabida en las religiones. Aunque eso no quiere decir que sea un ateo recalcitrante. Básteme decir que me considero un agnóstico, pero a la vez me inspiro en la imagen del Jesús histórico, aquél sabio profeta que inculcaba el amor al prójimo, y al que muchas personas consideran como el Hijo de Dios... por cierto, siéntete en toda confianza para decirme cómo los amigos: "Kai"— pronunció cándidamente el joven, guiñándole uno de esos ojos verdes.

—Eh... bien... Kai— acertó a decir la apuesta reportera, cruzando sus largas piernas, ruborizada —A últimas fechas hemos perdido un poco tu rastro... se rumora que ahora te encuentras trabajando para las Naciones Unidas en NERV, agencia que tiene a su disposición estos magníficos aparatos: los Evangelion. ¿Es verdad eso?

—Bueno, comprenderás que no pueda desmentir ni confirmar ninguna información al respecto, tengo que dejar todo en conjeturas. Aunque lo que sí puedo decirte a ti y al auditorio en general es que sí estoy trabajando para la O.N.U. en estos momentos...

Las imágenes siguieron corriendo, pero los muchachos ya no le prestaban atención alguna. Estaban pasmados en sus lugares, sin dar crédito a lo que habían escuchado por televisión. Ninguno de los dos atinaba a decir algo, hasta que al mismo tiempo los dos voltearon a verse, igualmente confundidos; su semblante lo decía todo.

—¿Viste... lo mismo que yo vi?— pronunció la chiquilla con la voz apagada, señalando al aparato frente a ellos.

—Sí... sí— respondió su compañero, mirando de reojo la puerta cerrada del cuarto de Misato, donde se había encerrado el mencionado —Kai... Kai nació en el Segundo Impacto. Es sorprendente... no tenía ni idea...

—¿Quieres decir que no lo sabías?— añadió la joven extranjera, poniéndose de pie con una mano en el pecho —Mein Gott! ¡Yo me estaba refiriendo a cómo ese desgraciado infeliz le coqueteaba a esa reportera! ¡Es el cumpleaños de tu mejor amigo! ¿Y no lo sabías? ¡Vaya amigo que resultaste ser! Por lo menos yo tengo la excusa que lo detesto y no me interesa lo que haga o deje de hacer ese bicho... ¿Pero tú? No puedo creerlo...

—Él nunca mencionó nada al respecto... y yo siempre creí que éramos de la misma edad. Cómo va en nuestra clase...— intentó defenderse, encogiéndose en su lugar. Era inútil, él también se sentía fatal, no necesitaba que Langley lo recriminara —Además, no somos precisamente lo que tú llamarías "mejores amigos"...

—Te la vives disculpándote con todo mundo— continuó la muchacha, exasperada por la actitud tan pasiva de la que siempre hacía alarde su compañero piloto. Prefería mil veces trabarse en un combate verbal con Rivera que aguantar el carácter pusilánime de ese mocoso —Así nunca vas a llegar a ningún lado, ¿no lo entiendes? ¡Me desesperas!

—Hago lo que puedo— contestó Shinji, apenado, desviando la vista a otro sitio con tal de no encararse con su compañera —No me gusta perder tiempo discutiendo, ¿sabes?

Asuka calló por unos instantes, limitándose a permanecer en su sitio, de pie, con los brazos a los costados, resoplando mientras observaba cómo Ikari trataba por todos los medios posibles de evadir cualquier confrontación con ella. Era para dar lástima, pensaba. Estaba tan alejado del arquetipo de hombre fuerte que se le había inculcado con el ejemplo desde la infancia, el tipo de hombre que representaba su estándar ideal, y no esa parodia que tenía delante de él. Y le disgustaba sobremanera que precisamente él tuviera que comportarse de aquella manera, hubiera querido hacer algo para que todo no fuera así, pero aparentemente el muchacho estaba más allá de toda ayuda.

—Ni hablar. Simplemente no tienes remedio— suspiró la chiquilla, dándose la media vuelta para dirigirse al cuarto de Misato —Yo misma tendré que arreglar este relajo.

—Espera, Asuka, ¿qué es lo que piensas hacer?— pronunció el infante, incorporándose mientras que la europea avanzaba con paso firme hacia dicha habitación —¡Asuka, espera, no lo hagas!

Ikari suponía, con bastantes fundamentos, la segura reacción que Rivera tendría si es que era molestado, mucho más si estaba dormido en esos momentos, lo que era la opción más probable debido a que desde que se había encerrado no había hecho ruido alguno, algo raro en él. Temía además que en cualquier momento su ex-compañero de cuarto reventara, pues conocía los efectos adversos que la presencia de la muchacha estaban desencadenando en su persona, sobre todo que su hostilidad fuera en aumento; ya había visto como cada día las discusiones entre esos dos subían de ánimo más y más, llegaría el momento en que aquello que los dos se traían les explotara en el rostro. ¿Hasta qué punto podrían llegar, en ese caso? Algo era seguro: no tardarían mucho en alcanzar el límite, por lo que quería retardarlo lo más que fuera posible, pues también estaba convencido que tal evento desencadenaría consecuencias terribles para todos ellos.

—¡Oye tú, miserable!— dijo Langley al momento de deslizar la puerta con fuerza, ignorando las súplicas del joven nipón, puesto que, precisamente, aquella confrontación con Kai era lo que la chiquilla necesitaba más que nada en esos momentos, sobre todo para quitarse la decepción pasada —¿Podrías decirnos qué fue todo eso?

El susodicho no respondió cosa alguna, continuando profundamente dormido en la cama en la que se encontraba acostado, con el rostro oculto entre la almohada. Aquella situación desesperó aún más a la impetuosa jovencita, que ardía en deseos de reprocharle al muchacho su comportamiento para con sus amigos, que hipotéticamente eran ellos.

—¡Te estoy hablando, Rip Van Winkle!— prosiguió con su sarta de reclamos que no llegaban a su destino, y por lo tanto resultaban inútiles —¿Porqué razón nunca nos dijiste que te entrevistaron para la tele, eh? ¿Ó cuando era tu cumpleaños? ¿Al super chico le daba vergüenza ó qué diablos? ¡Te estoy hablando, responde, maldición!— tuvo que llegar al extremo de sujetarlo fuertemente por la camiseta y sacudirlo violentamente, sólo para ver si provocaba alguna reacción en él, cosa que no sucedió.

El chiquillo sólo entreabrió los ojos, pestañeando confundido un par de veces pero sin pronunciar palabra alguna, entre los brazos de la chiquilla, para enseguida volver a dormirse como tronco, ignorando todo lo que pasaba a su alrededor.

—¡¿Cómo te atreves a ignorarme, maldito hijo de...?!— renegó la muchacha, rabiosa cómo nunca antes lo había estado, antes de que la dueña de la casa, recién llegada, la interrumpiera desde el recibidor.

—¿Pero qué significa todo este escándalo?— preguntó cuando se quitaba los zapatos y se enfilaba a su habitación, donde al parecer estaban todos reunidos.

—¡Es este insolente, que no quiere contestar a nuestras preguntas!— señaló la joven rubia, un tanto avergonzada de haber sido descubierta una vez que Misato entró a la pieza, percatándose de la situación.

—Ah, ahora entiendo— murmuró la beldad de cabello negro, mirando sobre su escritorio el frasco con la medicina que le habían recetado a su protegido para la jaqueca.

Lo sostuvo entre sus manos, observándolo con cierto aire de tristeza, pues los doctores ya le habían dicho que sólo serviría para ocultar algunos de los síntomas más molestos, cuando éstos se presentaran, pero que de todos modos aquello no cambiaba la situación en nada. También pasó la vista por el muchacho que estaba tendido en la cama, reposando plácidamente en un sueño profundo, inducido por la medicación. Eran tiempos difíciles para todos, y él últimamente se estaba poniendo bajo mucha presión; le hubiera gustado que volviera con Rei, por lo menos así podría relajarse un poco más y olvidarse momentáneamente de los problemas, pero ni siquiera sabía aún el motivo de dicha separación. Kai se había vuelto más huraño y reservado desde ese entonces, ni siquiera se sinceraba ya con ella.

—Vengan, será mejor que lo dejemos dormir por ahora— les dijo a sus subordinados, saliendo éstos del cuarto mientras que ella arropaba al muchacho —Ha tenido mucho trabajo en su sección durante éstos días, debe estar agotado. Ojalá pueda reponerse con el día de descanso de mañana.

—Me parece que lo mimas demasiado— enunció despechada Asuka cuando volvía a cerrar la puerta y apagaba la luz, para luego cruzarse de brazos y encogerse de hombros —Pero es tu casa, y tú sabrás lo que haces con ese engreído.

—Te agradezco la sugerencia, linda— sonrió Katsuragi, pasándose los dedos por el cabello.

—Misato— pronunció Shinji para tener la atención de su tutora —¿Tú sabías que Kai nació en el Segundo Impacto?

La capitana palideció en primera instancia, sin saber qué responder. Obviamente le desagradaba tocar el tema y hubiera preferido no hacer comentario alguno, pero...

—Con que era eso— masculló, encontrando las palabras adecuadas —Sí... obviamente sí lo sabía... es sólo que... verás, yo aún tengo muy malos recuerdos de ese día en especial, y él ya está harto de escuchar la misma historia una y otra vez, o de que la gente lo mire con extrañeza al saber su fecha de nacimiento... es por eso que a ninguno de los dos nos gusta hacer mucha alharaca al respecto, por lo que no le damos mucha importancia al asunto... no creí que a ustedes les fuera a impactar tanto la noticia... por cierto, ¿cómo se enteraron de eso? No creo que él se los haya dicho.

—No, no se tomó la molestia— intervino Langley señalando al televisor encendido —Tuvimos que saberlo por ese estúpido programa en donde lo entrevistaron.

—Oh, ¿quieres decir que me lo perdí?— se lamentó la mujer, cabizbaja —Y yo que estaba haciendo todo lo posible por salir temprano del trabajo para poder verlo... ni hablar.

Como ya no había nada más que decir, la noche transcurrió sin ningún otro percance, y a la mañana siguiente, como era costumbre, Shinji fue el primero de la casa en levantarse, o al menos eso suponía. Si de por sí, ya tenía bastantes problemas para conciliar el sueño, el dormir en la sala no le hacía algún provecho para mejorar su padecimiento. Pero no se quejaba al respecto, pues ya no quería incomodar más a los demás ocupantes del departamento que no se daban abasto en conseguir un poco de espacio. Misato estaba desesperada ya por hacerse de ese penthouse del piso de arriba. Cuidándose de no hacer ruido enrolló su colchoneta y la guardó en la gaveta correspondiente del armario. Después se dirigió al baño para despojarse de su pijama y vestirse.

Cuando fue al lavabo con su cepillo de dientes y su vaso para enjuagarse la boca, notó que éste ya había sido utilizado antes, pues todavía conservaba gotas de agua que resbalaban por su porcelana hacia el desagüe. Y el agua no era lo único que iba hacia allí, sino también dos sendas gotas de sangre de las cuales se desprendían hilillos que parecían dedos estirándose. La sangre, tan roja y espesa, resaltaba a primera vista, contrastando con el blanco del lavamanos.

¿Quién había entrado primero al baño? No recordaba haber escuchado a alguien levantarse antes que él, a no ser que haya sido muy por la madrugada. Pero aquello resultaba muy improbable. Así que luego de enjuagar con un fuerte chorro de agua el lavabo, y de haberse cambiado de ropas y limpiado sus dientes, se asomó cauteloso por el quicio de la puerta del baño, buscando a la persona que lo acompañaba despierto ya tan temprano. Dio de nuevo un vistazo a la sala, al comedor y la cocina, pero desde antes ya sabía que nadie estaba allí, pues él se hubiera percatado de su presencia al momento de despertarse. Sin embargo, descubrió algo en lo que no había reparado antes: la puerta del departamento estaba abierta. La idea de un ladrón en esos tiempos, lo que era más, en ese país, en esa ciudad de por sí ya deshabitada, en donde el crimen era bajo, por no decir nulo, estaba más asociada a las leyendas urbanas que a la misma realidad. No obstante, al muchacho le dio un vuelco el estómago al imaginarse que un extraño había entrado a su casa sin su consentimiento, invadiendo su intimidad. Aquella sensación de horror se acrecentó ante la posibilidad de que aquél sujeto aún estuviera dentro del apartamento.

Con las rodillas temblándole, se dirigió al recibidor de la casa, para asegurarse de una vez por todas, empuñando una sartén, con la cual se había hecho al entrar sigilosamente a la cocina. En esos momentos era cuando tenía que ajustarse los pantalones, pues él era el único que estaba en pie para defender su hogar. ¿Ó no era así?

El alivio que sintió luego de aquellos angustiantes momentos se fundió con la sorpresa de ver a Kai sentado al borde de la puerta, lo que era más, despierto. Aquello era tan usual casi tanto como ver a un gato ladrándole a un perro trepado en un árbol, o a los patos tirándoles a las escopetas, por así decirlo. Aún estaba vestido con su pijama: una camiseta de cuello redondo blanca, agujerada y sin mangas, pantalones deportivos negros, ya algo viejos, y sus pantuflas del Hombre Araña. Ni siquiera se había peinado, pues el cabello todo revuelto se le arremolinaba en la cabeza. Fumaba un cigarrillo despreocupadamente mientras miraba en dirección al pasillo, con la cabeza en las nubes.

—Eh— musitó Ikari, a sus espaldas, sin saber qué decir por la impresión que el sólo verlo le ocasionaba. Su joven amigo volteó hacia donde él estaba, interrogándolo con esos ojos verdes que perforaban almas —Buenos días... Kai...

—Buen día, Shinji— saludó éste colocándose el dedo índice y medio en la frente, para entonces apartarlos y señalarlo donde estaba, sin moverse de su lugar —Ah, veo que ya estabas por hacer el desayuno, ¿eh?— fue lo primero que se le vino a la mente al observarlo ahí de pie, desconcertado y sosteniendo esa sartén por el mango —Bien por ti, muchacho.

—¿Esto? ¡Ah, sí por supuesto! Eso estaba por hacer...— pronunció, escondiendo su arma a sus espaldas, abochornado —Eh... ¿alguna vez se te ha ocurrido que eres muy joven para fumar? Sobre todo del modo en que lo haces, tan seguido...

—A veces... pero luego me doy cuenta que la vida es muy corta de cualquier manera, y son estas minucias las que le dan sabor. Aún así, no se me ocurrió que podría estar dándote un mal ejemplo— se disculpó mientras apagaba la colilla que había dejado en el piso y la tiraba en el bote de basura que había a su lado.

—No hay problema, en serio. No soy quien para juzgarte— le dijo, para que se sintiera en confianza —Pues... es raro verte despierto a estas horas.

—Sí lo sé. Últimamente no he podido dormir tan bien como antes, ¿sabes?— confesó con sumo pesar, todavía sentado en la puerta —Los nervios están acabando conmigo, Shinji. Y esta jodida migraña— pronunció, acariciándose la sien —No quiere aplacarse... Pero no está tan mal. Por primera vez en mucho tiempo pude ver el amanecer. Casi había olvidado lo hermoso que era. Ciertamente es algo muy relajante.

—Es verdad, pero...— asintió su compañero, sólo para insistir de nuevo —¿Seguro que todo está bien? Vi manchas de sangre en el lavabo y...

—Ah, con que era eso— lo interrumpió Rivera, a todas luces incómodo por aquél comentario, pues creía haber enjuagado muy bien el lavabo luego de que lo usó —Lo que pasó fue que me corté al rasurarme, ¿ves?— le enseñó la barbilla, poniéndose de pie para que la admirara mejor, sumamente orgulloso; aunque por más que Ikari buscó, no pudo encontrar ninguna cortada en esa piel recién afeitada —Sí, ya sé que casi no se me veían los pelitos que me estaban creciendo, pero creo que ya va siendo edad de irme afeitando. Además, Kaji me dijo que mientras más pronto lo hiciera más pronto crecería mi barba. Apenas si puedo esperar a que crezca para poder acomodármela en una bella barba de candado. Aunque tengo que admitir que nunca antes me había rasurado, y cómo era mi primera vez no pude evitar lastimarme. Pero creo que bien valió la pena: echando a perder se aprende, ¿ó no?

—Creces muy rápido— se admiró su camarada —Hoy cumples los quince, ¿no? Nunca se me ocurrió que fueras mayor que yo...

—Es nada más un añito— masculló el muchacho, algo sorprendido de que Shinji supiera que ese día era su cumpleaños, aunque después recordó la entrevista para la televisión y todo se aclaró —Sólo que a veces da la apariencia que tú eres el mayor. Eres muy maduro para tu edad, ¿sabes?

—¿En serio lo crees? Pues... muchas gracias— agradeció el comentario, adulado —De todos modos: ¿porqué nunca nos lo dijiste? Me refiero a tu fecha de nacimiento. Es que simplemente es algo increíble.

—Nunca me preguntaron por ello— respondió Kai, caminando a la cocina por un vaso de leche —Además no es la gran cosa. ¿Qué hay de bueno en haber nacido en el Segundo Impacto? Nada bueno, créeme cuando te lo digo, amigo mío. No te hacen una fiesta ni te felicitan pues toda la gente está llorando a sus muertos. ¿Tienes la más remota idea de lo que se siente? ¿Querer festejar mientras todos los demás están de luto, vistiendo de negro? No, por supuesto que no tienes idea. Es algo deprimente. Y luego está la reacción de asombro de todo mundo, cuando lleno un formulario y anoto la fecha de mi nacimiento. Se me quedan viendo como a un bicho raro, con una cara entre de asombro y espanto. Y yo estoy hasta la madre de eso. Qué bueno que estaba dormido cuando pasaron esa entrevista por televisión, así me ahorré verles la cara de sorpresa a ustedes dos.

—Debiste ver cómo se puso Asuka— comentó Ikari, sonriendo —Casi le da un ataque al corazón... aunque debo confesar que al verte en la tele... y al escuchar todo lo que has logrado en tan poco tiempo... me dio un poco de envidia... yo en toda mi vida no he hecho algo de provecho, y tú has hecho tanto por todos... me siento cómo un inútil. Me parece que Asuka sintió algo parecido. Se enojó bastante— desvió el tema, apenado, cuando se estaba poniendo en evidencia frente a su compañero de lo que le inspiraba.

—Ay, mira, ahorita no hablemos de esa tipa, ¿quieres?— se lamentó a su vez Rivera, volviendo a acariciarse la sien cuando sintió de nuevo aquél punzón. Ya se imaginaba que tendría que soportar a Langley durante todo el día; seguro que no lo iba a dejar en paz, si lo que suponía Shinji era cierto —Además, no es la gran cosa, se hace lo que se puede. Cada persona hace por las otras lo que está al alcance de sus capacidades, y si tomamos eso en cuenta, quiere decir que yo no he hecho nada... he desperdiciado tanto tiempo en vano... tiempo precioso...

—¡No seas modesto! Los dos sabemos que no cualquiera puede hacer lo qué tú en tan pocos años; así que no juegues a hacerte el humilde conmigo. Tienes todo el derecho de sentirte orgulloso por ello.

—¡Pero es que yo nunca hice algo que valiera la pena!— contestó levantando la voz, golpeando la mesa de la cocina con el fondo del vaso ya vacío que sostenía en su mano derecha —Todo lo que sacaron en la tele fueron vanos intentos que hice para tratar de olvidar mis errores... y ninguno de ellos consiguió llenar el vacío que sentía en mi corazón, ninguno me alivió de cargar con esta culpa tan pesada que llevo a cuestas... creí que al traer al mundo nueva vida podría expiarme de mis pecados anteriores, pero no fue así, en realidad sólo logré encadenarme aún más a mis remordimientos. ¿Quieres saber porqué? Porque en realidad, muy en el fondo, sólo lo estaba haciendo por mí. Para acallar el dolor de mi alma, que me atormentaba día y noche, incluso cuando cerraba los ojos. ¡No conseguí hacerlo porque todo ese tiempo pensaba solamente en mí, porque fui un hipócrita y un egoísta! No me interesaba el bien que le haría al mundo, sino el bien que me haría a mi mismo, a mi estúpida conciencia. ¡Qué imbécil!

Cuando acabó volvió a golpear la mesita con el puño cerrado, como si ella fuera la culpable de su sufrimiento interno. Luego, los dos quedaron en silencio, estáticos en sus respectivos lugares. Ikari se quedó atónito ante aquella revelación. Siempre había visualizado a Kai como una persona desinteresada llena de paz interior, sin ningún cargo de conciencia por sus acciones; pero ahora que lo escuchaba hablar de ese modo, ya no estaba tan seguro. Sabía que gran parte de lo que escupió había sido a causa de la migraña, pero también había fragmentos de sentimientos verdaderos en aquellas frases. ¿Qué cosa tan terrible habría hecho para que sintiera tan grande culpa? Por su parte, Rivera sólo resoplaba, cabizbajo, intentando calmar el dolor de cabeza tan agudo que sentía. Los medicamentos no funcionaban, y si tomaba una dosis mayor caería en un estado comatoso por quién sabe cuánto tiempo. Y exasperarse de ese modo no le hacía provecho alguno. Resolvió por tomar más leche e ignorar a su acompañante si volvía a hacer una pregunta estúpida. Tomó el recipiente de cartón que tenía a un lado y procedió a vaciar parte de su contenido en el golpeado vaso que sujetaba con la mano derecha. El sonido que hacía el líquido al deslizarse de su contenedor original al vaso fue lo único que se interponía entre los dos muchachos, hasta que se le unió el ruido de la puerta del cuarto de Misato cuando se hacía a un lado para dejar pasar a esta última, que salía con gesto solemne e impecablemente arreglada con su uniforme negro y chaqueta roja, mientras se acomodaba su boina del mismo color sobre la cabeza y se metía al baño para darse los toques finales.

—Misato también se levantó temprano— murmuró el chiquillo japonés, cambiando de tema —¿Pero porqué está vestida así? Hoy le tocaba descanso, ¿no es verdad? Pensé que se la pasaría dormida hasta muy tarde.

—Es cierto, se me olvidaba— respondió su compañero desde la cocina, mucho más relajado y olvidándose por completo de lo que habían hablado; fue algo así como una especie de acuerdo tácito entre ambos —Hoy iremos a visitar al abuelo Katsuragi en el cementerio. Vamos todos los años en este día. Ahora, si me disculpas, tengo que arreglarme. A Misato no le gusta que vaya desaliñado a este tipo de cosas. "Respeto a los muertos" o algo por el estilo, es cómo le llama. Yo digo que es pérdida de tiempo: si ya no pueden vernos, no sé en que les importaría la manera en que vayamos vestidos. Bien podríamos ir desnudos y ellos ni siquiera lo tomarían en cuenta. En fin...

Así, sin más, se refugió en su provisional habitación, cerrando la puerta una vez más, para que nadie le molestara. De esta manera lo entendió Shinji, quien depositó la sartén que sujetaba entre sus manos en la alacena de donde la había tomado, mientras recapitulaba, confundido, su conversación con Rivera. ¿Qué pudo haber hecho que le alentaba ese odio tan exacerbado por sí mismo? No se podía imaginar la respuesta a su pregunta.

Empleó mucho tiempo en ello, aunque fuera en vano, inclusive mientras se dirigían en automóvil al cementerio. Tan cordialmente como era posible en este tipo de situaciones, Misato invitó a sus dos inquilinos a unírseles para honrar a la memoria de su padre fenecido. Ninguno de ellos tuvo objeción alguna y accedieron casi de inmediato, pues la costumbre general en esa fecha era visitar el cementerio, sin importar gran cosa que no tuvieran parientes enterrados allí. Aunque a decir verdad, Shinji sí tenía parentela en ese mismo panteón; ahí se encontraba la hermana de su madre, Reika, como asimismo su abuela materna, Megumi (el abuelo había fallecido ya seis años antes del Segundo Impacto), por lo que aprovecharía la ocasión para visitar las tumbas.

Sólo Asuka era la que, por así decirlo, no tenía vela en el entierro, y sin embargo de igual modo acompañaba a los dolientes (unos más que otros, pero dolientes al fin y al cabo), muy a pesar de Rivera, que se vio en la necesidad de administrarse un par de calmantes para el camino, y así escuchar el ofensivo tono de la muchacha desde lejos, ausente, completamente embrutecido por la droga. Claro que el efecto no era permanente, sino sus problemas no serían tan graves.

La fila de vehículos en la carretera para tomar la desviación hacia el cementerio era insólitamente monstruosa. Gente de todas partes del país venían para visitar las tumbas de los familiares que habían sido enterrados en Tokio, además de que tal evento sacaba de su escondite a casi todos los escasos habitantes que permanecían en Tokio 3, causando un caos vial completamente ajeno a aquella metrópoli.

Así que, después de dos angustiosas horas atascados en la hilera de carros que parecía nunca se moverían de su sitio, lograron entrar al parque cementerio, y lo que es más, alcanzaron un lugar para estacionarse, en gran parte gracias a la maña y colmillo de Katsuragi como cafre al volante, aunque el vehículo hubiera quedado algo retirado de la entrada, pero nadie se quejaba al respecto. El camposanto de la zona urbana del viejo Tokio y sus dos hijas era una enorme extensión de terreno que se extendía por tres hectáreas, a lo menos. No había cruces de ningún tipo, ni losas, sólo pilotes de mármol con los nombres grabados en ellos, sin epitafios, que se distribuían por todo el lugar, con apenas metro y medio separándolos uno del otro, con veredas de dos metros de longitud para que los deudos pudieran pasar y ubicar al occiso que buscaban. Más que un cementerio, aquello se consideraba un monumento, algo así como el Arlington que había en Washington, D.C.

El cielo matutino estaba poblado de densas nubes que lo mantenían nublado, tapando así los rayos solares que se perdían en la alfombra de nimbos, dejando en esas condiciones a la tierra con poca luz, apagada y melancólica: algo muy conveniente para celebrar ese día, pues el paisaje reflejaba el ánimo de todo mundo. De hecho, parecía que las personas no lloraban la pérdida de un ser amado, ni daban las gracias por haberse salvado de la catástrofe y continuar con vida, sino que más bien daba la impresión de que se iban a lamentar por su suerte, envidiando la posición de los muertos pues eran ellos quienes en realidad se habían salvado, pues ya no sufrían, mientras que los vivos debían seguir arreglándoselas para sortear la vida en esos tiempos, que en vez de mejorar parecían ir cuesta abajo, cada vez más empinados. La situación estaba bastante difícil por todos lados: escasez, desempleo, guerras y revoluciones, gobiernos opresores, grupos terroristas, monstruos gigantescos que asolaban la ciudad y un sinfín de otras molestias similares, cosa que hacía suponer que los difuntos no tenían nada que envidiarles a los vivos.

Katsuragi también percibía dicho estado de ánimo, aunque se resistía con todas las fibras de su ser a ser partícipe de ello, de pie ante la tumba de su padre, aunque sólo fuera un pilote de mármol con su nombre, puesto que no había cuerpo enterrado. No había quedado mucho que enterrar, para ser honestos.

Miraba fijamente las letras inscritas en el delgado trozo de mármol incrustado en el piso, letras que en conjunto representaban el nombre del Doctor Jozou Katsuragi; leía la inscripción a través de sus lentes oscuros, mismos que traía puestos pese a las condiciones climatológicas. Ni siquiera en la muerte se había podido despojar de su título, que en vida portara con gran orgullo, como si fuera su segundo nombre. Siempre se había reducido sólo a eso: no era ni hombre, ni esposo, ni padre. Era doctor, era científico y eso era todo lo que le importaba. Nada más. Nada más. Estrujó sus manos y las guardó en puños, apretándolos fuertemente contra sus anchas caderas, luego de incorporarse una vez que depositó en el piso el ramo de flores blancas que traía para adornar la lápida. ¿Cómo pudiste hacerlo? Cada año se formulaba la misma pregunta, sin que alguien la contestara. ¿Pero es que cómo pudiste hacerlo, maldito imbécil? Dejar todo atrás, a tu esposa y a tu hija, a tu condición humana. Todo por tu ridícula búsqueda de conocimiento. ¿Era eso lo que te impulsaba? No lo creo, te engañas si es que llegas a pensar así. A decir verdad, papá, lo que te movía era miedo, ¿no es así? El miedo de saber que personas dependían de ti. La responsabilidad te agobiaba, y por eso te ocultabas, te refugiabas como una tortuga en su caparazón en tu investigación. Es cierto, papá, no trates de mentir. Nos abandonaste, a mi madre y a mí, cuando ya no soportaste más, cuando ya no pudiste con la presión, cobarde. ¿Y qué fue lo que obtuviste al final? Nada, salvo la muerte. La muerte, y el olvido eterno. ¿Era esto lo que querías? Una tumba vacía y un pedazo de piedra con tu nombre en ella. Esto es lo que buscabas con tanto ahínco en tus interminables libros apilados unos sobre otros, tus hojas de cálculo y todos los matraces en tu laboratorio. Huir a toda costa de nosotras. Porque no soportabas tener que cuidar de tu familia, como todo aquél que se precie de ser un hombre debiera hacerlo. Te resultó mucho más fácil querer salvar al mundo que a tu propia carne. Y sin embargo, al final tú... tú pudiste... hacer lo que hiciste... ¿porqué? ¿Porqué lo hiciste? Me sería mucho más fácil odiarte ahora si no lo hubieras hecho, no estaría tan contrariada en estos momentos. ¿Porqué siempre me tienes que dificultar la vida?

Se empezó a estremecer de pies a cabeza, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por las mejillas. Intentaba a toda costa de contenerse, de no dejarse turbar otra vez. No podía hacer un papelón frente a los niños, quienes unos cuantos pasos atrás la observaban, y se percataban plenamente de su estado. Aquello les avergonzaba, a los tres. Verla tan frágil, derrumbándose de ese modo, les calaba hondo en la imagen de autoridad que tenían preconcebida de la Capitana Katsuragi. Únicamente Kai podía entender un poco su pena, y no obstante seguía apenándole todo eso, mucho más estando sus compañeros pilotos presentes. Prefirió retirarse, que a seguir contemplando ese espectáculo. Bastante tenía de qué preocuparse, para todavía sumarle las penas de Misato. Mucho más de lo que podía soportar.

—Ustedes me dispensarán, que todavía tengo que visitar a alguien más— les dijo a sus dos acompañantes, fingiendo indiferencia, deseoso por apartarse lo más pronto que pudiera de ese lugar.

—Te acompaño, muchacho— pronunció a su vez Langley, siguiendo sus pasos, igualmente apremiada por alejarse.

—Eh...— masculló Ikari, sin saber qué hacer. No quería entrometerse en la pena de Katsuragi, al quedarse allí, pero tampoco en la de Kai, al acompañarlo. Lo mejor sería que él viera por los suyos, así que se resolvió a salir a su encuentro —Creo que yo mejor busco a mi tía y a la abuela. Nos vemos después...

—Cómo quieras— terció Rivera, dándole la espalda mientras continuaba su camino, seguido por la alemana. Hubiera preferido que Shinji los acompañara, así no tendría que quedarse a solas con esa arpía. Bueno, no podía ser tan malo. Sólo había que tratar, pacientemente como siempre, de no caer en provocaciones. A veces se preguntaba qué era lo que la chiquilla buscaba con tanta insistencia en él. Mientras mantuviera el pico cerrado todo marcharía a la perfección.

—Cielo Santo, nunca me imaginé que Misato fuera tan sentimental— exclamó la muchacha, mientras seguía a su compañero por el parque, mirando de soslayo a la capitana para asegurarse que no pudiera escucharla —¿Porqué tiene que ponerse de ese modo? No me lo logro explicar...

—Los seres humanos tenemos esta tonta costumbre de guardar luto cuando alguien muere, mucho más cuando es un ser querido, cómo un padre por ejemplo; esto conlleva a experimentar un montón de sentimientos encontrados que deben ser desembarazados de alguna manera, ya sea llorar o cualquier otra clase de reacción que se te ocurra— respondió el jovencito que caminaba delante de ella, sin voltear a verla, sosteniéndose la cabeza con ambas manos al sentir cómo el timbre de la europea le taladraba el oído —Pero ya sé que tú no entiendes de estas cosas... uno necesita tener un tantito de corazón para comprender de lo que se trata este asunto...

—¿Y quién dice que no lo tengo?— terció un poco recelosa —¿Sólo porque no me pongo a llorar a moco tendido en los funerales o cuando pasan esas escenas tan cursis en la tele? En mi opinión, uno debería bastarse por sí mismo. Misato debería darse cuenta que está mejor así, sola. Mírame a mí: no tengo padres, ¿y qué? Sólo los bebés los necesitan. Me valgo muy bien por mí misma, no necesito nada ni a nadie.

—Eso es porque nadie te necesita a ti, mocosa desalmada.

Continuaron con su marcha, en silencio, siempre dirigidos por Kai, que retrocedía unas cuantas filas atrás de donde estaba la tumba del doctor Katsuragi, para luego dar vuelta a la izquierda y seguir derecho por la vereda hasta detenerse frente a un pilote, en un apartado donde casi no había nadie, por lo menos no alrededor. El joven también llevaba unas flores que dejó frente a la lápida solitaria, después inclinó la cabeza y se persignó con sumo respeto, con los ojos cerrados. Desde hacía mucho tiempo que no oraba, y ese día no iba a ser la excepción; esperaba que la joven extranjera comprendiera aquél gesto como señal de que no quería ser molestado en esos momentos. Artimaña que no le dio resultado, pues de inmediato, a sus espaldas, Asuka preguntó sin reparo alguno:

—¿Y quién es este tipo, Kyle Hunter, que está enterrado aquí, eh?— pronunció, leyendo la inscripción en la lápida.

—¡Oye tú!— le reclamó Rivera, tensándose —¡Por si no te has dado cuenta, estoy tratando de rezar aquí!

—No me engañas. Tú no estabas rezando.

—¿Ah, no?— masculló el chiquillo, desconcertado, rehuyéndole la mirada —¿Y cómo estás tan segura de eso?

—La gente tiende a mover los labios, como si estuviera hablando, cuando reza— contestó la muchacha, encarándolo —Tú solo estabas aquí parado, con tu cara de idiota, haciéndote el loco.

—¡No puedes sacar una conclusión de ese tipo así cómo así!— trató de defenderse el chico, ya sin ningún argumento a su favor —¡La gente no es igual, y por lo tanto, no todo mundo tiene que mover los labios cuando reza! ¡Y yo soy una de esas personas! ¿Me entiendes?

—¿Qué no es este ese tío tuyo, el insurrecto?— interrogó de nuevo desprovista de cualquier cortesía, ignorándolo —¿Al que acribillaron a balazos en el Cuartel?

—¡Pero qué sensibilidad, muchachita!— pronunció el muchacho, lleno de sarcasmo, al notar la insolente falta de tacto —¿Segura de que eres mujer? No, no es— le contestó, más que nada para que dejara de fastidiar, y así, mientras él hablaba por lo menos ya no tendría que escucharla —Ni siquiera supe si enterraron el cadáver de ese sujeto. No lo dudo y lo hayan rellenado de aserrín y ahora esté adornando la sala de trofeos en la Casa Blanca. Este señor que tenemos aquí, figurativamente hablando porque tampoco hay cuerpo en este lugar, también es mi tío, pero por el lado materno. Según tengo entendido, por él me pusieron el nombre.

—Gran cosa. Por suerte, el sujeto está muerto, así no puede ver lo que has hecho de ese nombre— a la jovencita no le caía muy en gracia la confusión que había con los múltiples nombres de su compañero, ello contribuía enormemente a que utilizara en su lugar apodos despectivos cuando se refería a él; pensaba que se avergonzaba de su propia familia, y que por ende se cambiaba el nombre a su antojo.

—Me dijeron que murió para salvarme a mí y a mis padres, cuando mamá estaba en labor de parto— prosiguió el muchacho, captando el tono de reproche que la alemana le dirigía, cosa que le molestaba bastante; aquella fascista no podía entender qué no era vergüenza lo que le conducía a cambiarse de nombre, ella nunca comprendería —Parece ser que los agarró el Segundo Impacto antes de que lograran llegar al refugio, allá en la Antártida. La cosa se complicó más cuando la señora empezó a tener las contracciones. Tuvieron que meterse a fuerzas a una cápsula de inserción, una especie de prototipo de las que tenemos ahorita. Pero sólo podía cerrarse por fuera, y el sacrificado fue él. Y de todas maneras, se las vieron negras aún dentro de la cápsula. Estaban a menos de 20 kilómetros del punto de impacto.

—Qué bonito. El hombre se muere para salvar tu pellejo, y tú te limpias el culo con su nombre— continuó amonestándolo —Cómo sea, no sabía que tus padres también formaban parte de la expedición del Polo Sur. ¿La dirigía el papá de Misato, verdad?

—Síp. Sólo ella, los papás de Shinji, los míos y yo fuimos los sobrevivientes de aquella expedición de más de veinte miembros. Seis de veinte. No está tan mal, ahora que lo pienso, fue más de la cuarta parte.

—Fueron ellos los que encontraron primero al Ángel, ¿no es así? Cuando quisieron adueñarse de sus secretos desencadenaron el Apocalipsis.

—A decir verdad, todo se complicó cuando la armada estadounidense quisieron apoderarse a la fuerza de las instalaciones y del espécimen; fue su torpeza la que adelantó el desastre. Por lo menos es lo que me dijo mi papá.

—No has correspondido mucho a todos los trabajos que tuvo que pasar para traerte al mundo, ciertamente.

—Cuando uno no sabe de lo que habla, lo mejor es callarse, antes de soltar cualquier disparate— murmuró entre dientes, con las punzadas más fuertes que antes —Por cierto, no le vayas a decir nada de lo que te conté a Shinji: tal parece que se pone muy sensible con ese tipo de detalles insignificantes, aunque no veo el porqué tenga que ponerse así.

—Descuida, no revelaré tu secreto, paladín encapotado. Aunque no puedo dejar de pensar en que tus parientes se hubieran ahorrado muchas molestias si no te hubieran salvado— siguió agrediéndolo la muchacha, dándose la vuelta. Por fin se había quitado el mal sabor de boca que le había quedado con Ikari la noche pasada, empero, desconocía que el rumbo por el que incursionaba estaba peligrosamente minado para el visitante incauto —A veces me pregunto qué orilla a una persona a tomar ese tipo de decisiones. Abandonarse a sí mismo por otra persona, por muy cercana que ésta sea.

Asuka quería llevar la conversación por cierto camino, que a ella le convenía y esperaba que el muchacho entendiera sus intenciones, no obstante, éste no estaba para sutilezas y equivocó todo la dirección, tan concentrado en el dolor como estaba.

—Tienes razón— pronunció, cerrando los ojos con fuerza, soportando la agonía que le ocasionaba la migraña que atacaba inmisericorde —Por ejemplo, yo no supe que me llevó a rescatarte de ese estúpido volcán. Lo mejor hubiera sido dejar que te murieras aplastada con todo y tu ridículo armatoste. También me hubiera ahorrado muchas molestias de haberlo hecho. Pero el hubiera no existe. Aunque para ser sincero, esperaba que me dejaras en paz si me debías la vida. Ya veo que me equivoqué, y ya es muy tarde para corregir los errores del pasado.

—Pero... pero...— la muchachita no acertaba a reaccionar como era debido, con la lengua trabada, mirándolo de par en par con sus ojos color miel —¿Quieres decir que... sólo por eso me salvaste? ¿Para que estuviera en deuda... contigo?

—¿Porqué otra razón pude haberlo hecho? Tú dime— respondió Rivera sintiendo cómo la cabeza le iba a reventar —¿Por qué estoy enamorado de ti? Por favor, sólo alguien tan idiota cómo Kensuke o Shinji es capaz de cometer semejante barbaridad.

Langley se quedó petrificada donde estaba por un rato, contemplando las espaldas del chiquillo que la acababa de rechazar. Estaba sumamente confundida, su plan no le había salido como ella pretendía desde un principio. Lo cierto es que él la detestaba como a ninguna otra cosa en el mundo y la quería lo más lejos que se pudiera de su persona. El rechazo era algo nuevo para ella, usualmente era ella la que rechazaba a los pretendientes, y no a la inversa. Nunca había experimentado algo similar, por lo que no sabía a ciencia cierta como proceder. Finalmente, optó por la salida más digna:

—¡Mal... maldito imbécil!— le espetó, con los puños cerrados —¡Yo también te odio, bastardo! ¡Ojalá y te pudras en el infierno! ¡Infeliz!— lo remató, despechada, al tiempo que volvía sobre sus pasos, para encontrarse de nuevo con Katsuragi.

Mientras tanto, de reojo, Kai la veía partir, sintiendo algo de remordimiento por haberle dicho aquello tan terrible, aunque en su momento no pudo evitar decirlo, obligado por el fuerte dolor de cabeza. No era manera de comportarse con la gente, aún cuando sólo se tratara de Asuka. Ya qué, lo hecho, hecho estaba. Además, dentro de poco tiempo no importaría en lo absoluto todo lo que pudo decir. Volvió la vista a la lápida una vez más, para después sentarse a sus anchas frente a ella, abatido. Iba vestido todo de negro, con una camiseta de algodón de manga larga, pantalones formales y zapatos del mismo color que de su atuendo. No iba muy cómodo con todo eso puesto. Prefería vestir como siempre, con sus pantalones deslavados de mezclilla, sus tenis converse y sus camisetas viejas.

—¿Qué te parece, eh, tío?— le preguntó al inerte pedazo de piedra blanca que tenía delante de sí —¿Valió la pena morir por todo esto? No, no me respondas, por favor.

En la tierra del Sol Naciente la jornada apenas empezaba. Sin embargo, al otro lado del mundo aún ni siquiera daba comienzo. En Israel, por ejemplo, era de noche y todavía era 20 de Agosto en ese lugar. Y a pesar de la hora, aún existía cierta agitación en el ambiente, pues llovía a cántaros en la antigua capital del estado israelita, la mítica ciudad de Jerusalén. En realidad, era un auténtico chaparrón, acompañado de una fuerte tormenta eléctrica, que desataba toda su furia con saña sobre la tierra. Pero además había otro cierto tipo de conmoción en la capital judía.

Jerusalén, la llamada así "Ciudad Santa" que casi desde su nacimiento pareció estar destinada a la guerra y a la tragedia, pues a lo largo de toda su larga existencia había soportado las peores calamidades, fiel reflejo de su gente a través de la Historia. Soportó las diferentes invasiones a las que se vio sometida, desde los filisteos y macabeos, pasando por las legiones romanas que en el año 70 de nuestra Era por poco la destruyen por completo, hasta ser ocupada por los musulmanes y que a sus umbrales se desataran las sangrientas Cruzadas, luego por las tropas anglo-francesas para después tener que aguantar la férrea lucha que palestinos y judíos entablaron cuando Israel ocupó territorios de Cisjordania.

Una historia manchada por la sangre de innumerables masacres acontecidas en su interior y a sus alrededores, bastantes como para nombrarlas en su totalidad. Una historia que en su capítulo final se veía coronada, para variar, por una nueva invasión más; lo que era más: una conquista apabullante y completa, apenas unos cuantos meses atrás a manos de las tropas del Frente de Liberación Mundial, o cómo ahora se hacían llamar, el "Ejército de la Banda Roja".

Las banderas con las franjas azules, fondo blanco y la memorable Estrella de David habían sido reemplazadas en su totalidad por el estandarte del recién formado ejército, ahora ya a punto de convertirse en un Estado declarado, dadas las considerables extensiones de su territorio. Su bandera consistía en una delgada cruz roja que dividía en cuatro secciones el rectángulo de la tela, cruz que se extendía sobre un fondo completamente negro. Dicha bandera se izaba sobre la ciudad, así como en todos los demás territorios conquistados que abarcaban todo el continente africano así cómo la zona de Medio Oriente, apoderándose de sus vastos recursos naturales que resultarían muy valiosos para futuras empresas.

Su posición resultaba encomiable. A través del Río Jordán se unían el Mediterráneo con el Mar Muerto. O sea que podían elegir entre seguir avanzando hacia el Este, en dirección al continente Asiático que tenían a la vuelta de la esquina, o bien marchar hacia el poderoso Occidente, al continente europeo, con todos sus recursos tecnológicos y mercados financieros en expansión continua.

Ciertamente parecía no importarles gran cosa el hecho de estar sitiados en todos los flancos por las superpotencias. Al Norte se encontraba la vasta y siempre amenazante Madre Rusia, hacia el Oeste se ubicaba la Unión Europea representada por el gran ejército del que disponía Alemania, convertida en la primer potencia europea luego de que la isla de Inglaterra hubiera sido devastada completamente por el Segundo Impacto, acontecimiento que llevó a su fin al imperio inglés y benefició en sobre masía a los alemanes, quienes pudieron avanzar por toda Europa sin ningún obstáculo; y en el Este les aguardaba la nación China, que en esos momentos contaba con el ejército más numeroso del mundo, así cómo de la mejor Fuerza Aérea del planeta. Por donde quiera que se le viera, estaban rodeados, con la única posibilidad de replegarse sobre sus posiciones cómo ya lo habían hecho, cuando el finado Comandante Chuy aún dirigía aquellas fuerzas. Pero en esos tiempos de bonanza para los rebeldes, las potencias ya no representaban ningún impedimento.

Justo cuando se pensaba que la resistencia armada al gobierno de la O.N.U. estaba contra las cuerdas, esperando sólo para ser rematada, de manera inaudita ésta encontró la forma de no sólo de volver a la pelea, sino que también de comenzar a doblegar a las fuerzas armadas combinadas de las superpotencias, obligándolas a retroceder cada vez más hasta ceder los territorios ya antes mencionados. El gobierno mundial se encontraba ante el dilema de que ya no se encontraba enfrentando a guerrilleros o a revolucionarios soñadores, sino a soldados bien capacitados en el arte de la guerra, además de contar con tecnología militar de punta, incluyendo la que había sido capturada en el transcurso de todas esas batallas perdidas, tales como proyectiles, tanques, helicópteros, y un largo etcétera. Quedaba muy claro que detrás de semejante revitalización mucho influía su nuevo líder, cuya identidad aún era desconocida, pese a la frustración constante de los servicios de inteligencia de las naciones más poderosas del planeta, que nada podían hacer para detener la imparable marcha del Ejército de la Banda Roja, salvo mirar impasibles como sus fuerzas eran fácilmente doblegadas.

Y ahora el temor se acrecentaba, pues al haber caído Israel en su poder, el último bastión de las Naciones Unidas en la región, no sólo se apoderaban de gran parte de los recursos petrolíficos y energéticos del globo, sino también de armas de destrucción masiva que el Estado israelí tenía a su disposición en esos momentos.

La tormenta arreciaba en el corazón de Jerusalén, sin impedir aquello que los tanques siguieran patrullando las calles ni de que la fuerza militar dejara de hacer sentir su presencia en la ciudad, con patrullas de infantería que igualmente rondaban por las desiertas calles. Aquellos hombres iban enfundados en los uniformes obligatorios, de color negro casi en su totalidad, sendas botas del tipo militar, sus cascos de protección que ocultaban la parte superior de su rostro y la prenda que ya los comenzaba a distinguir notablemente: una banda roja que portaban en el antebrazo izquierdo. Aparte de las ropas ya mencionadas, iban cubiertos de mantos y capuchas impermeables para protegerse del chaparrón que tan de súbito se había desatado. Marchaban orgullosos por las desiertas calles, sin que nada les pudiera impedir el paso; habían llegado ya muy lejos, y les costaba trabajo creer que tiempo antes se encontraban desesperados y vencidos; y ahora, tan solo a unos cuantos meses de eso, precisamente esos mismos hombres se preparaban para una invasión a gran escala, con miras a la conquista mundial y así cumplir con el anhelo que antes parecía tan inalcanzable: el derrocamiento de las Naciones Unidas del gobierno, y con ello la caída de las clases altas. ¡Qué equivocados estaban anteriormente, al pensar que con unos cuantos ideales bastaba para lograr sus metas! Ahora comprendían a la perfección que la fuerza era el único camino que existía, si es que querían vencer y que la gente se uniera a su causa.

Sin embargo, una persona en todo ese movimiento bélico sin precedente alguno no compartía, para nada, dicho objetivo con bases tan altruistas. Se encontraba en la cima del Monte de los Olivos u Olivette, al Este de la ciudad, desde donde se podía dominar toda la vista. Desde dicho promontorio, en el cual se suponía Jesús de Nazaret había orado y sudado sangre en la víspera de su Pasión, era capaz de observar la presencia de sus hombres en toda la ciudad, pese a la gran tormenta, y el terror que éstos provocaban en la población civil lo llenaba de una gran satisfacción, pues sabía muy bien que los corazones llenos de terror eran aún más fáciles de sojuzgar.

En la completa oscuridad que se encontraba el lugar, una enorme silueta de unos dos metros se erguía en la punta del monte, desafiando incluso a la tormenta y a los relámpagos, que de vez en cuando iluminaban difusamente su espigada figura. El viento agitaba unos largos cabellos color plata y la lluvia empapaba una vestimenta en su mayoría comprendida de cuero negro. Las botas, de suela grande y pesada, con algunas hebillas de metal, se clavaban muy fácilmente en el piso suelto y enlodado, sin llegar a resbalar jamás. A través de las sombras que mantenían su rostro oculto se destacaban dos fieros ojos clavados como cuchillos en la ciudad a sus pies, sin ningún rastro de emociones humanas, salvo el de una furia desmedida. Se parecía mucho a la mirada del lobo estepario cuando se prepara a atacar a su presa. Tenía la vista fija en su más reciente triunfo, Jerusalén, que lucía completamente apagada y se extendía como una gran mancha oscura en la tierra. Sólo las luces de los puestos de sus hombres se vislumbraban, recorriendo la ciudad de cabo a rabo. Pensaba en lo fácil que le estaba resultando todo.

Un rayo fue a estrellarse a unos cuantos metros de donde se encontraba, deshaciendo limpiamente un frondoso árbol que cayó partido a la mitad, en llamas. Pero aquel singular sujeto ni siquiera se estremeció un poco con el atronador impacto que cimbró el suelo que se encontraba pisando. Sin darle demasiada importancia al acontecimiento, como si supiera que ninguna fuerza de la Naturaleza podía alcanzarlo, seguía inmerso en sus pensamientos. Él podía renegar todo lo que quisiera, pero eso no impedía que estuviera llevando a cabo sus planes en sus propias narices, sin que pudiera hacer la gran cosa para detenerlo, como siempre pasaba; podía lanzarle todos los rayos que quisiera, y mandar trombas y demás fenómenos climatológicos a donde quiera que osara posar su planta para expresar su inconformidad, pero lo que resultaba cierto es que le llevaba la delantera, y de seguro era ese aspecto lo que más le hacía enfurecer. Y le alegraba, pues así le demostraba que a final de cuentas tenía razón, y que debió haberlo escuchado desde un principio. La raza humana sólo era un desperdicio de tiempo y esfuerzo, y lo estaba probando pese a su creciente disgusto. Es que sólo observa, allá desde tu refugio del que no quieres salir, qué tan fácil pongo a tus "Hijos" uno contra el otro. Y no sólo eso, sino que también los he puesto en contra tuya. Contigo es con quien siempre se desquitan cuando algo les sale mal, cuando toco su carne y lo permites; siempre voltean a verte, en lugar de admitir sus propias culpas, es así que maldicen tu nombre y te culpan por consentir tantas atrocidades. Te convertí en su chivo expiatorio, y ni siquiera lo sospechan. Sólo observa la ciudad aquí a mis pies, postrada y rendida por completo, y estas tierras por las que alguna vez caminaste, en las que alzaste tu voz al populacho que aún no estaba listo para escucharte, donde obraste todos tus prodigios con tal de que creyeran, donde sacrificaste tu vida por la de ellos, observa cómo me he ensañado con ellas al paso del tiempo, borrando cualquier vestigio físico y moral de tu presencia. Una y otra vez la he arrasado sin piedad, y una y otra vez ha caído ante mi poder superior. La reconstruyen de sus cenizas, sólo para que la vuelva hacer caer. Es argumento más que válido para ellos para hacerles creer que de veras moriste y los dejaste desamparados. ¡Y es que son tan ciegos, tú lo sabes mejor que nadie! Mira a estos hombres que tengo aquí, por ejemplo: hace apenas un año eran soñadores, idealistas descarriados. "Revolucionarios" como se hacían llamar. Pero con la motivación adecuada, mi motivación, observa en lo que se han convertido. Precisamente se han ido al extremo opuesto: en mi ejército, despiadados asesinos sin compasión, con lo que puedo traer la condenación a este mundo. Antes mataban por una causa justa, o al menos eso pensaban, y eso los redimía ante tus ojos, aunque fuera para hacerles merecedores de tu misericordia. Ahora utilizo su rabia, el odio y la envidia que sienten por los poderosos que los despojan, a mi favor. Destruyen a sus semejantes, sin vacilar, a una sola orden mía, ayudándome a cumplir con mi propósito. Prefieren depositar en mí su voluntad que pensar en qué hacer con su libre albedrío. Has sido muy generoso con ellos, mucho más de la cuenta. Y sabes bien que puedo avanzar tan fácilmente por este planeta, aplastar naciones y conquistar imperios enteros, moverme a mi libre antojo sin que puedas mover un solo dedo en este plano material para detenerme, por una sola razón, y esa es que el hombre me ha dado la patria potestad de este Mundo. Lo que es más, por voluntad propia. Me ha enaltecido como el príncipe de las naciones. Es decir, que aquí, el que manda soy yo, aunque te pese. Y todo, gracias al regalo que tan generosamente quiso otorgarme el ser humano. Te dije que no estaba preparado para tal responsabilidad. Pero no querías creerlo, ¿no es así? Y tuve que apartarme entonces, desterrarme yo mismo a las tinieblas, sólo para probarte que lo que yo decía era verdad. Debimos haber seguido mi plan desde un principio, pero eres demasiado arrogante para escuchar a los que te rodean, admítelo. En ese caso, ahora dime: ¿qué sientes al ver lo que he hecho de tu pequeño proyecto llamado humanidad? ¿Qué sientes cada vez que me impongo en sus corazones con tan poco esfuerzo? ¿Por fin caes en la cuenta de lo débiles que son, de lo indignos que son de tu Reino? Te enseñaré que no tenemos porqué esperar tanto. Se les debe forzar a evolucionar para que puedan ser como nosotros, y yo sé muy bien como hacerlo. Ya una vez lo he hecho, y tampoco pudiste detenerme en aquellos tiempos, ¿lo recuerdas? Sólo que esta vez completaré el trabajo o exterminaré de una vez por todas esta plaga en tu viñedo, y podremos volver a comenzar de nuevo, esta vez de la manera correcta. Mi manera. Sólo espera, dentro de muy poco tiempo lo habré logrado. Tú, que puedes ver el futuro: ¿acaso ya has visto lo que les tengo preparado a las criaturas de este mundo? Y no importa lo que pienses hacer al respecto, pues de nada servirá. He planeado todas las contingencias que se te están permitidas ponerme. No puedes hacer la gran cosa para pararme, admítelo, y eso es lo que tanto te enfada. Siempre fuiste un mal perdedor, no obstante mi triunfo está asegurado. No existe cosa alguna que me pueda impedir alzarme con la victoria. ¡Entonces la rebelión habrá acabado y podré volver revestido de gloria! ¡Se me recibirá como al ganador de esta contienda y no te quedará más de otra que el recibirme a tu lado! ¡Seré yo el que triunfe, al final! ¡YO!

En aquel momento, a la par de los truenos que retumbaban en el firmamento, se dejó escuchar una estruendosa risa, casi demencial, áspera y profunda, que fue a perderse en la desolación del monte sin que nadie la escuchara.

Lejos de allí la vida continuaba, ajena a los trágicos eventos que estaban por desencadenarse, y que sobre todo afectarían de manera brutal a los jóvenes pilotos Eva, quienes proseguían su trajín diario sin sospecha alguna de lo que les deparaba el incierto mañana. Una de ellos flota libre y despreocupada, de manera grácil y armoniosa, girando sobre su propio eje, de cabeza, con las bellas piernas extendidas en toda su longitud hacia arriba, aunque a menudo instintivamente y casi sin darse cuenta acomodaba su posición para evitar que la sangre se le agolpara en la cabeza. Parece no importarle el hecho de estar aprisionada en esa cámara de cristal cilíndrica, llena de un extraño líquido ambarino en el cual podía respirar a su antojo, y que hacía brillar de manera peculiar su pálida piel.

De hecho, no le molestaba en lo absoluto, pues aislada en aquel medio ambiente completamente líquido, alejada de todos y en completa calma y armonía, Rei Ayanami se sentía tan libre como nunca antes. Le resultaba como el regreso a casa, allí donde se despojaba de su cuerpo material, su prisión de carne y hueso que la mantenía atada a este plano, y desprovisto de él se pudiera dar el lujo de recorrer el universo a su completo antojo. Se sentía completamente relajada, libertada por entero de las cadenas de la mortalidad, el sufrimiento, la mortificación y los deberes. Ahora no había nada porqué preocuparse, pues sólo estaba ella misma. Y le agradaba bastante esa compañía. Estaba a punto de alcanzar un nuevo estado de conciencia, tan sumergida como se encontraba no sólo en aquél fluido, sino también en el delicioso trance al que se había entregado desde que comenzaron. Sólo de vez en cuando recorría su juvenil y desnudo cuerpo con sus manos tan delicadas, para asegurarse de su corporeidad. Lentamente exploraba las más remotas regiones de su joven cuerpo, reconociéndose a la suave caricia del tacto. Todo estaba en su lugar: rostro, cuello, hombros, brazos, pecho, senos, vientre, ombligo, el cálido sexo en la entrepierna, cintura, cadera, piernas, dedos. En fin, nada hacía falta. También le parecía intrigar en sobremanera la forma en que estaba constituido su cuerpo, la propia materia con la que estaba hecho. Ese aspecto le fascinaba como casi ningún otro. El hecho de que este cuerpo que recorro y siento a través de mis sentidos, este cuerpo que se encuentra flotando aquí en la deriva sea yo. Esta soy yo. Este cuerpo soy yo. ¿No es así? Es el cuerpo que me da forma en este plano. ¿Verdad? Pero que también me mantiene atada. Las monjas decían que la carne es la celda del alma. ¿Pero qué es lo que pasa cuando esta cárcel desaparece? ¿También yo desapareceré junto con ella? También decían que entonces el alma era liberada de los sufrimientos carnales, y libre de sus ataduras ascendía con el Señor, si era digna de serlo. Pero yo, ¿acaso yo tendré un alma? ¿Cómo saberlo? Los hijos de Dios son poseedores de un alma que el Creador les ha regalado como prueba de su amor. ¿También soy hija de Dios? Ellas decían que sí, puesto que había sido bautizada en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que había renunciado a la mancha del pecado original y que ahora era una sierva del Señor. ¿Y si no fuera cierto? ¿Si este inmenso vacío que siento siempre es signo inequívoco de mi carencia de un alma? ¿Qué no soy una criatura de Dios? Además... es muy extraño... pero... tengo la sensación de que ésta no soy yo... que mi cuerpo comienza a disolverse... las barreras se abren y soy libre de nuevo, como lo era en un principio... libre para explorar a mi antojo, sin ninguna limitación, los confines del Universo... no logro entender lo que me pasa del todo... pareciera como si hubiera otra presencia, además de la mía, dentro de mi cuerpo... algo que se mueve, en las profundidades... habla con murmullos ininteligibles, no alcanzo a comprender lo que quiere decirme... mientras más profundo voy, más cerca me encuentro de él o de ella, o de sea lo que sea que esté allí adelante... mis ojos se encandilan con el resplandor que emana su presencia... y está dentro de mí... ¿es que esto será... mi alma? ¿Ó algo más? ¿Qué eres tú? Te pregunto mientras más cerca de ti estoy. La luz comienza a delinear una figura, una silueta frente a mi concepción... y es que no estoy viendo con los ojos de la carne... percibo un estado más allá del físico, y mi mente reproduce imágenes familiares para que pueda asimilar lo que estoy experimentando en este plano... estás frente a mí, y aún así no te distingo... ¿quién eres tú? ¿quién eres?... ¿qué dices?... ¿porqué hablas en susurros?... casi no te escucho, háblame más claro y fuerte, por favor... ¿qué dices? ¿Qué tú eres yo? ¿Tú eres yo? ¿YO? Tengo alma, me dices, no hay duda de eso. Pero una prestada, ¿eso es lo que me dijiste? Tratas de decirme que tengo que esforzarme por merecer y conseguir una propia, para poder estar completa, ¿es así? Algo me falta, entonces... es por eso que siempre me siento vacía y sin propósito alguno, sin alguna razón de ser en esta vida, salvo el tripular un Eva... ¿porqué estoy incompleta? Entonces, ¿qué es lo que me hace falta? ¿Cómo es que puedo llenar este vacío de desesperación en mi interior? Pareces responderme, cuando tu apariencia cambia de forma, y entonces te haces aún más visible frente a mis ojos y puedo reconocerte entonces... ¿pero porqué estoy viendo, en ese caso, a Ikari... a Shinji? ¿Por qué me lo estás mostrando? ¿Qué tiene algo que ver conmigo, y con lo que soy? ¿Con lo que era antes? Cuando lo veo, siento la urgente necesidad de protegerlo... de confortarlo, de cuidar de él... ¿porqué? ¿Tú, que eres yo, me lo puedes decir? ¿Es que esto es amor? Una clase diferente de él, tal vez... en ese caso, sí, lo amo, pero no sé la razón de ello... ¿cómo es que puedo ser capaz de amar? ¿Alguien como yo? Estás cambiando de nuevo, no me das el tiempo suficiente para reflexionar... dame espacio, dame un poco de tiempo por favor... el tiempo no importa aquí, dices, es relativo según tú... un segundo o un siglo, da lo mismo en este lugar... el espacio y el tiempo se estiran según nuestra conveniencia... hasta que esté lista, hasta que haya encontrado lo que vine a buscar... ¿ahora quién eres? ¡¿El Comandante Ikari?! Tomaste la figura del Comandante Ikari... el padre de Shinji... ambos son muy parecidos... pero a la vez, tan diferentes... igual yo, me siento dividida cuando pienso en él... de alguna manera me siento comprometida con él, como si le debiera algo... como si tuviera alguna obligación que cumplir, un propósito específico, aunque aún no tenga muy claro cuál es esta función que tengo que desempeñar dentro de sus planes... ¿lo amo a él también? No estoy muy segura al respecto, puesto que mi parecer se divide en su caso... no puedo saberlo con precisión, ya que aún hay muchas cosas que no sé de él, pese a todo... me está utilizando, eso lo sé bien, ¿ pero para qué?... no lo sé, y a decir verdad, no me interesa… me tiene sin cuidado… no obstante, si sigo cavando encuentro un rencor muy oculto, igual o más profundo de lo que tú estabas... surgido a raíz de que me hizo traicionarlo a... él... aunque yo lo consentí, también... no, por favor... te suplico que no vuelvas a cambiar... te lo ruego, hagas lo que hagas, no me lo muestres... ten piedad, no me muestres a... eres tú... ahora eres Kai... Kai... ¿Por qué me miras así? ¿Es porque me odias? ¿Me odias, por haberlo preferido a él que a ti? ¿No me respondes, sólo permaneces inmóvil frente a mí, mudo, con la mirada fija en algún lugar. Siempre que miro a tus ojos, desde el momento que te conocí, algo en mi interior reacciona y entonces tengo la sensación que ya nada me hace falta. Es como… no sé, es casi cómo… cómo si ya te conociera… aún antes de conocerte… ya te conocía antes de que la Capitana Katsuragi nos presentara… es sólo que no lo recuerdo con claridad… ¿fue acaso en esta vida, ó en otra muy lejana? Sé que no crees en el destino, pero siento que estábamos destinados el uno al otro… ¿eres tú lo que me hace falta para estar completa? Sin embargo, estos últimos días me siento incómoda al verte… te rehuyo, cada vez que nos encontramos, aún cuando sea por casualidad… tengo miedo… de ti. Y eso, a la vez, crea un conflicto en mí. Hay tanto de ti que desconozco… casi tanto cómo lo que tú no sabes de mí. ¿Qué fue lo que te hizo el Comandante Ikari? ¿Por qué lo aborreces tanto? La lucha entre ambos me llena de angustia y hace que me divida, que permanezca indecisa sobre qué rumbo tomar. La voz en mi interior, aquella que habla en alguna lengua misteriosa, antigua, y que a pesar de todo puedo entender, me revela que tú también no eres lo que aparentas, en el fondo. También estás ocultando algo, detrás de esa fachada, de esa máscara que antepones al mundo. ¿Qué es lo que escondes debajo de tu disfraz de carne y hueso? ¿Qué hay, allende en los rincones más oscuros y profusos de tu alma, que permanece vedado a nuestra vista? ¿Cuál es tu verdadera naturaleza? Entonces, respondiéndome al parecer, mi otra yo empieza a rasgar lentamente el velo que te cubre, mostrando lo que permanece escondido en tu interior. Poco a poco, muy lentamente una línea recorre la imagen frente a mí de la cabeza a los pies, partiéndote en dos, mientras los pedazos caen uno tras otro para estrellarse en el suelo, en alguna clase de sueño irreal ideado por mi subconsciente. Ahora, tu apariencia física, es decir tu cuerpo, yace a mis pies, en pequeños pedazos, semejando a alguna prenda vieja y olvidada. No reparo en ello, pues me mantengo observando anonada lo que está ahora en tu lugar frente mis propios ojos. Una luz, una luz tan intensa que perfora los párpados, cuando los cierro en el momento que ésta me encandila, que es casi de inmediato. Es mucho más intenso que mirar directamente al sol. La luz, diseminada en un principio, comienza a concentrarse y a tomar forma. Aún es muy difícil mirarla directamente, pero de reojo me parecen ver, ¿alas? Alas que cortan el aire bajo de ellas con furia y saña. La luz se sigue concentrando, bajando en algo su intensidad, lo que me permite reconocer una silueta casi humana, de no ser por aquellas alas en la espalda. Y aquellos ojos, vacíos, tan negros, contrastando con la diáfana luminosidad que rodea el contorno de la figura frente a mí. Los observo fijamente, dejándome atrapar por el vacío tan inmenso dentro de ellos. Escucho un rugido, un aullido, una especie de lamento saliendo de todas partes. Me dejo envolver cada vez más por la oscuridad tan densa de esos ojos, sin rastros de compasión o sentimiento alguno, tan fríos como el hielo, casi tan frío como mi corazón. ¿Quién eres tú? ¿Qué eres?

Su trance termina abruptamente al toparse con el rostro pétreo, enjuto, de Gendo Ikari al otro lado del cristal. Aunque no fue por eso que abrió los ojos con expresión asustada. Con sumo sobresalto, exploró a su alrededor, percatándose, con alivio, del lugar en donde se encontraba. Al encontrar la expresión severa del comandante retrocedió, avergonzada.

—Rei— pronunció con voz grave y áspera, posando una mano sobre del cristal —Hoy pareces algo distraída. Continuaremos con el experimento otro día.

Aún abochornada, ella asiente moviendo la cabeza, mientras esperaba que vaciaran el contenedor para poder salir de él.

El comandante permanece congelado en su lugar, pareciéndose a una estatua de carne y hueso, la barbilla casi apoyada contra el pecho y los brazos cruzados sobre la espalda, asumiendo una de sus tantas poses reflexivas. Sólo él y Dios sabían los oscuros profanos pensamientos que bullían en su mente en esos momentos y la mayoría del tiempo. Era una persona bastante reservada, sobre todo si se trataba de sus planes personales. Nadie más que él estaban al tanto de la magnitud y alcance que estos implicaban, ni siquiera los personajes a él más allegados: Fuyutski y la propia Rei Ayanami, la muñequita que Ikari manejaba a su antojo, como en ese preciso instante, en el que no parecía mostrar ningún pudor por el hecho de que el hombre la estuviera viendo desnuda. Ni siquiera había preguntado el propósito de aquel disparatado experimento, en el que no tenía que hacer la gran cosa, salvo el de flotar indefinidamente en el interior de ese gigantesco tubo de ensayo.

En aquél cuarto tan oscuro, en el que la única fuente de luz provenía exclusivamente del centro de éste, que era donde estaba colocado el tubo de cristal transparente, Ayanami no pudo distinguir la disimulada sonrisa que se esbozó en los labios del comandante, satisfecho al pensar en ese detalle tan curioso.

¿Cuánto se extendía dicho cuarto? Imposible descubrirlo en tan precarias condiciones, cuando la luz brillaba por su ausencia. Todo, salvo el centro del recinto, o más bien lo que aparentaba ser el centro, era golosamente engullido por la más densa de las penumbras. En el techo se encontraban incontables ramificaciones de tubos ocres y algo empolvados que desembocaban en el alto recipiente de cristal, probablemente llevando instalaciones eléctricas consigo, aunque de eso no se puede estar muy seguro. Aún más, si con un gran esfuerzo se arrastrara la imaginación a sus límites, aquella interminable madeja de tubos y conexiones que se encontraba sostenida por encima del suelo, semejaba mucho a la estructura del cerebro humano; aunque esto último, volviendo a aclarar el punto, sólo si el espectador se afanara en la ociosa tarea de proporcionar a aquella forma indefinida de alguna figura que resultara familiar.

¿Qué secretos aguardaban allí, en las tinieblas inmóviles, listos para ser revelados? También eso sólo podía saberlo el mismo Comandante Gendo Ikari. Y la revelación de todos esos misterios se tendría que postergar por más tiempo, debido a la inoportuna intervención de la señal de alarma en el cuartel, que llamaba a gritos a todo mundo hacia el campo de batalla.

Sus labios se funden uno con otro ferozmente, mientras las lenguas exploran territorio desconocido en la boca del otro. Los cuerpos se estrechan violentamente, en un vano intento de amalgamarse. Unas manos inquietas recorren una ancha espalda, las uñas se clavan sobre ésta queriendo encontrar un punto fijo de apoyo y los pies bailan indecisos mientras encuentran el mejor lugar en donde asentarse. El corazón galopa a todo latido y la química se enciende en los cuerpos, activando los más diversos mecanismos. De cuando en cuando debían detenerse, para poder recobrar el aliento como el cetáceo que vuelve a la superficie para llenar de aire los pulmones, el tan preciado y codiciado aire, sólo para luego volver a sumergirse en las profundidades abismales del océano. Posesionados por una ardiente pasión, un ineludible deseo de consumirse en los brazos del otro, tanto ella como él dan rienda suelta a sus impulsos, reprimidos por tanto tiempo y se entregan a la dicha de gozar a plenitud su sexualidad. Al contemplar la escena de lejos se podría pensar que una lucha se estaba llevando a cabo, daba la impresión que los contrincantes se querían devorar el uno al otro. Así era la ferocidad con la que se demostraban su aprecio.

Y es que habían estado sofocados por tanto tiempo, absorbidos por el trabajo, las buenas maneras y demás tipos de trabas sociales que se habían olvidado por completo de alimentar al monstruo impúdico y voraz que todos llevamos dentro, que pronto nos comienza a consumir en una llamarada de ardor violento que terminará por engullirnos si no le damos gusto de vez en cuando. Y ésta era una de esas ocasiones, muchas veces tan esporádicas, sobre todo en las vidas de aquellos oficiales técnicos.

Kenji retrocedió un poco, para poder recuperar de nuevo el aliento, sosteniendo con sus manos el rostro de su amada frente a sí, envuelta en un gesto de lujuria que él mismo compartía. Apenas ahora se daba cuenta de lo bella que era. Ó tan sólo se había embellecido ante sus ojos de la noche a la mañana por el simple hecho de enterarse que andaba loca por él desde tiempo atrás. No muchas mujeres eran poseedoras de esa cualidad que le resultaba tan indispensable que poseyera su pareja. Su faz pálida, su nariz respingona y su mirada tan afable, luminosa como joya, sus labios, delgados y adorablemente rosas, su cabello lacio y castaño, que le llegaba a la altura del delgado cuello, su altura que con trabajos y le alcanzaba a llegar al hombro, su cuerpo tan ligero; todos estos atributos por fin resaltaban ante él y le exigían prestarles atención inmediata.

Cierto era que había muchas chicas, sobre todo en aquél país, que encajaban con aquella descripción, y que Sakura Ishida no tenía nada de excepcional; pero todo aquello no era relevante para Takashi, apremiado por la necesidad imperante entre los de su clase de casarse, tener un matrimonio sólido y exitoso, y comenzar a tener hijos que poblaran el deshabitado mundo en el que vivían. Y sobre todo, olvidarse del papelón que había hecho con Ibuki, la de gustos "raros". ¡De tan sólo acordarse! La sangre le hervía y sacudía la cabeza, como queriéndose librar de aquel molesto recuerdo que lo acosaría por el resto de su vida, mientras que no dejaba de reprenderse a sí mismo una y otra vez: ¡Imbécil! ¡Imbécil! ¡No eres más que un maldito estúpido! En ese caso, era comprensible la urgencia por olvidar, a como diera lugar. Al fin y al cabo, no quería ser el último de sus amigos en contraer nupcias, y además: ¿por qué razón trabajaba entonces como esclavo para obtener ese desorbitante salario, sino para sostener un hogar?

Hará ya casi un año con algunos meses desde que se conocían, desde que comenzaron a trabajar en la construcción del Modelo Especial. Hará ya unos tres días desde que Rivera hubo de intervenir para rescatar a su amigo de la severa depresión que adolecía, pese a que ya le había advertido en la que se estaba metiendo desde mucho antes, revelándole los verdaderos sentimientos de Sakura (quien se había sincerado con su empleador en una de las habituales borracheras que celebraba el personal de esa sección), sazonándolos un poco por su cuenta, sabedor de que su alterno sólo deseaba engendrar una familia a la usanza de los viejos tiempos, como muchos otros más, incluyéndose él mismo. Sólo que a Kenji no le importaba el hecho de tener que aguardar a conocer a su amor verdadero o no. Ese detalle le resultaba intrascendente, por lo que resultó mucho más sencillo atar los cabos que se necesitaran para unir las vidas de esas dos personas. Bastaba tan poco para hacer felices a las personas.

Tan concentrados en su labor se encontraban, que por poco pasan por alto la persistente señal que emitía uno de los instrumentos en las muchas consolas que se encontraban en su Sala de Controles; de no haber sido día feriado el cuarto estaría lleno de gente, como de costumbre y alguien más lo hubiera detectado al instante, aunque también ellos no estarían haciendo lo que en esos momentos estaban haciendo, en ese caso. Pero como en esos momentos eran de los pocos que estaban de guardia, la operación tardó un poco más de lo usual y de lo conveniente.

Fue Sakura a quien primero le pareció escuchar a la máquina trabajando por su cuenta, para después cerciorarse con el rabillo del ojo que, efectivamente, estaba encendida. Sin querer interrumpir su feliz labor entre beso y beso advirtió, un tanto sofocada:

—¿Qué ef… efso?

—Oh, lo siento. No creí que te molestara que pusiera mi mano en tu trasero— se disculpó apenado el incauto Kenji.

—No, eso no, mi cielo— se excusó también Ishida, retrocediendo un tanto ruborizada, para después señalar a la consola causante del problema —Me refiero a que los instrumentos se activaron…

—Vaya, me pregunto que podrá ser— masculló el sujeto cuando se dirigía hacia al aparato, un tanto enfadado por la inoportuna interrupción —Maldito montón de chatarra de porquería, mira que venir a hacerme sus…

Sin embargo, una vez que estuvo frente a la pantalla de inmediato retrocedió espantado, impulsado por una fuerza invisible que lo empujó por el pecho y casi lo hace caer de espaldas al suelo, al mismo tiempo que la sangre se le congelaba en el interior de su cuerpo.

—¿Qué es lo que pasa?— acertó a pronunciar su novia, preocupada al observar su reacción.

—Observa— indicó Takashi, tartamudeando primero mientras luchaba para sobreponerse de la impresión —Los sensores han detectado un enorme Campo A.T. en Tokio 3, justo en estos momentos. ¡Es increíble, casi se sale de la escala!

—Pero eso es imposible— acuñó la muchacha, poniéndose al tanto de la situación al atender todo el instrumental que se supone debían de estar atendiendo desde hacía rato —Las defensas de la ciudad debieron haberse activado, en ese caso. ¿Quieres decir que la maldita cosa está justo encima de nosotros y nadie se ha dado cuenta? ¡No lo puedo creer!

—Quizás sea un mal funcionamiento de los sistemas— decía Kenji, moviéndose ágilmente entre los aparatos —No tenemos ningún reporte ni contacto visual alguno… espera, quizás no se trate de un Ángel, después de todo. La computadora no puede confirmar la existencia de un Código Azul. Este patrón es más bien clasificado como… como un Código Naranja.

—¿Código Naranja?— repuso su compañera, arqueando una delgada ceja —¿Y qué significa eso?

—Es el término que emplean cuando MAGI no puede determinar contra qué carajos estamos peleando— en realidad, era otro aspecto el que más inquietaba al oficial —¿Sabes? Es muy extraño que no se pueda obtener una imagen del enemigo por los sistemas de vigilancia. Normalmente no resulta difícil localizarlo: las malditas cosas se aparecen de un de repente, merodeando por los alrededores y resulta imposible no verlos con semejante tamaño… y ahora…

—Quieres decir— acotó Sakura, que ya empezaba a compartir también la angustia de su acompañante —¿Qué es posible que los Ángeles estén aprendiendo de sus errores, empleando nuevas estrategias?

—Santo Cielo, espero que no sea así, en realidad— calló por un momento al percatarse de que la expresión que utilizó en primer lugar parecía contradecir la intención de toda la oración. Profirió un resoplido, y continuó, moviéndose por los paneles de control — Ni hablar, tendré que dar la alerta general, podría tratarse de algo serio. El manual es muy específico al respecto.

Y así pues, el celoso guardián del reglamento, Kenji Takashi, colaborador cercano del Doctor Kai Rivera, activó la alerta en todo el Cuartel, la misma que escucharon Gendo y Rei, varios pisos debajo de la sala de controles, y también el poco personal que estaba laborando aquél día.

Pese a que aún no se confirmaba la amenaza, se hubo de reunir a todo el personal indispensable para una eventual confrontación. Muchos empleados encontraron, no sin cierta frustración, que su descanso, obligatorio para guardarle duelo a sus muertos, tuvo que ser interrumpido para dirigirse a toda prisa hacia el cuartel, a puestos de batalla.

La Capitana Katsuragi, quien en los momentos de emitirse la alarma se encontraba junto con los demás pilotos Eva en el parque cementerio de la zona urbana de Tokio, fue notificada de inmediato por medio de su teléfono celular y no pasó mucho tiempo antes de que un imponente helicóptero color ocre de la milicia llegara a recogerlos, salvando el inconveniente del tráfico tan pesado que esperaba afuera, por no mencionar la enorme distancia que los separaba del Geofrente.

En esa fecha en particular, la tediosa tarea de la pronta evacuación de la población civil resultó ser, ahora sí, una espectacular faena, pues había mucha más gente de la acostumbrada en la ciudad, además de que aún eran un periodo vacacional. Muchos de los visitantes, hospedados en la urbe aprovechando la abundancia de espacio, sufrieron un disgusto mayúsculo al tener que ser confinados casi a la fuerza en esos refugios tan apretujados, pese a que esto era en gran parte por su seguridad. La gente parecía no entender cuando su comodidad le era arrebatada de forma prepotente.

El disgusto también era compartido por Kai, que se topó con sus dos subordinados mientras echaba humo por los oídos al tiempo que se dirigía, rezagado de sus otros compañeros pilotos, hacia los vestidores, listo a ponerse su traje de conexión. Sentía que la cabeza le iba a reventar, y para colmo a un Ángel se le ocurre hacer de las suyas, o al menos era lo que se esperaba. En verdad, en verdad que no era un buen día para todo eso. Todos los factores se sumaban: la migraña, persistente y que ya no podía ser aplacada por medicamento alguno, razón por la cual se ponía de un genio de los mil demonios al sentirse indefenso ante semejante dolor, el hecho de que esas condiciones no fueran las propicias para pilotar a su Eva, la discusión con Asuka, que ese día era su cumpleaños y como en todos los años nadie le había dado ni los buenos días, ni pensar en un regalo o en una felicitación. Todo ello desencadenaba una oleada de mal humor asfixiante en la que todo, absolutamente todo lo que le circundaba se transfiguraba en razón para molestarse .Y la cualidad de "posible" del hipotético ataque no le ayudaba a mejorar su humor, que se había convertido en un auténtico espanto. Estaba intratable. Y su par de ayudantes se convirtieron en el objeto del blanco de su malhumor.

—Maldición, Kenji— gruñó entre dientes, al encontrarse con ellos en el corredor —Hacerme venir desde la quinta chingada por un cabrón Código Naranja, ¿cómo se te ocurre?

—P-Perdón, pero yo— atinó a decir su segundo en murmullos, captando el tono de voz tan agresivo que empleaba, sólo para ser interrumpido de nuevo por Rivera.

— ¡¿Y quién diablos les dijo lo que tenían que hacer?! ¡Ni siquiera es nuestra función el monitorear las actividades del enemigo! ¡Nuestros instrumentos no deben ser usados con ese propósito, puta madre!— a cada regaño lo acompañaba con ademanes, por ejemplo, amenazar con el índice, queriendo darle más realce a sus palabras —¡De eso tienen que encargarse precisamente los pocos güevos que trabajan con Ikari! ¿Porqué carajos tenemos que andar haciendo su trabajo? ¿Saben qué? ¡Al demonio con todo esto, cabroncitos! Ya luego me arreglaré con ustedes…— terminó, hecho una furia, sin darle la oportunidad a sus empleados de justificarse o siquiera defenderse ante la avalancha de acusaciones, para darles la espalda y reanudar la marcha, no sin seguir echando pestes y toda clase de blasfemias a su paso.

—¿Pero qué le pasa?— apenas si alcanzó a decir Ishida, con un nudo en la garganta —Yo… jamás lo había visto de ese modo… nunca…

—Yo tampoco— respondió Takashi, pasándole un brazo por el hombro, tratando de tranquilizarla —Así que, después de todo, hasta él es capaz de enojarse. ¡Estos gaijin, son tan extraños todos ellos!— sentenció.

En efecto, si por algo Kai podía distinguirse de otras personas, además de sus atributos físicos e intelectuales, era precisamente por su carácter tan locuaz, amistoso. Aquella constituía la razón principal por la que mucha gente le encontraba tan simpático y afable, lo que le convertía en una persona tan popular, y a veces tan querida. Resultaba un evento fuera de lo común apreciar esa parte tan oculta de su temperamento. Además, iba con aquella mirada tan salvaje, que asustaba, provocando que todo aquel que se atreviera a interponerse en su camino le saliera al paso, tan sólo con ver su expresión.

En el tiempo promedio los cuatro pilotos se encontraban vestidos adecuadamente, acomodados en dos filas una enfrente de la otra y recibiendo instrucciones de parte de su superior, en este caso de Misato, quien se encontraba en medio de las filas mientras les informaba de los pormenores de la misión, la estrategia a seguir y las rutas por las que deberían desplazarse para encontrar al enemigo y cercarlo. La de ahora era una ocasión sumamente excepcional, pues aquella sería la primera vez en la que verdaderamente NERV desplegaría todo su poder ofensivo, al utilizar a las cuatro unidades Eva que tenía a su disposición. Las interminables reparaciones y ajustes al Modelo Prototipo por fin habían concluido y Cero finalmente estaba presentable y listo para la acción. Había pasado bastante tiempo desde que su piloto había intervenido en una batalla de verdad. Aunque por supuesto, todo ese monumental despliegue resultaría un fiasco si a fin de cuentas no podía confirmarse la presencia del enemigo en la ciudad.

No obstante, tan concentrado como estaba en disimular en lo posible el fastidioso padecimiento que lo aquejaba, Rivera no ponía mucha atención a las indicaciones, apretando los dientes o cerrando lo ojos en un inocuo esfuerzo por menguar la agonía que lo consumía. Tan sólo atrapaba algunas frases al aire, algo así como "circundar el perímetro", "inspeccionar las áreas designadas", "sacar en la medida posible al enemigo de su escondite, pero sin hacer mucho escándalo". En las condiciones tan precarias a las que se veía sometido, se descubría incapaz de conectar aquellas oraciones sin sentido para ponerlas en algún orden en específico y que lograran adquirir alguna clase de significado a sus oídos. Trató por todos los medios que le restaban de adentrarse en la conversación, pues tampoco pretendía hacer el ridículo al no saber que hacer y cuando hacerlo, una vez que fueran lanzados. Oh, sí, trató y volvió a tratar, sólo para fracasar una vez más al ser distraído de nueva cuenta por la migraña que parecía no querer dejarlo en paz. Esos días eran horribles, pero éste, definitivamente éste se llevaba el premio. Era el peor, jamás se había sentido tan mal. Tal vez la terapia no era tan mala idea… Se interrumpió cuando se sujetaba ambas sienes, al descubrir que era observado muy de cerca por Ayanami, que estaba frente a él.

Rei parecía estar muy interesada en su persona aquél día, pues desde que entró al cuarto no le había quitado los ojos de encima, aunque no había reparado en ello hasta ese momento. Ignoraba la extraña experiencia extracorporal que había sufrido un rato antes y por ende también desconocía la razón de semejante e inusitada curiosidad. Apenas una semana atrás, incluso el día anterior, el saber que nuevamente era objeto del interés de su amada, que cada vez estaba más y más distante, lo hubiera llenado de emoción y algarabía; pero ahora, postrado e indefenso como estaba, percibía dicha acción como un acto traidor, pues se imaginaba que tan sólo lo espiaba para después reportar su estado al comandante, quien aprovecharía su debilidad para acabar con él de una vez por todas. Después de todo, ella era sus ojos y sus oídos entre los pilotos y demás secciones del cuartel. Había que mostrarse firme, en dado caso, no importaba el esfuerzo que se tuviera que hacer.

—Bueno, ¿y tú qué tanto me ves?— le reclamó a la sorprendida muchachita, alzando la voz de tal manera que todos los presentes pudieron escucharlo claramente.

Al momento tenía las miradas de todos en la sala, no solamente la de la aturdida (por momentos hasta aterrorizada) Rei, fijas en su persona, cosa que lo avergonzó aún más al darse cuenta de lo tosco que se había comportado, sin ninguna justificación. Con el rostro encendido de la pena, sólo agachó un poco la cabeza en señal de disculpa ante la reprobación general, al tiempo que Misato reanudaba la sesión de instrucciones. De cuando en cuando volteaba a ver a su adolorido protegido, afectada indirectamente por tan errático comportamiento.

Después de la insolencia del joven mestizo ya nadie logró concentrarse en lo que decía la capitana. Los otros tres pilotos se sumieron en sus reflexiones, y en el centro de todas ellas se encontraba Rivera, quien alteraba la vida para todos con sus desplantes. Eso del trabajo en equipo no había empezado muy bien.

Ayanami era la más confundida del grupo, y era lógico de pensarse pues directamente a ella fue dirigida la agresión verbal. Habían sido ya dos veces que Kai le mostraba a ella, precisamente a ella, esa parte tan escondida y explosiva de su personalidad. Cómo si existiera otro aspecto oculto dentro de él que quisiera mostrar. ¿Sería eso acaso lo que con tanto recelo ocultaba, lo que alcanzó a divisar mientras soñaba? La forma tan terrible como la observó en ese momento maldito, con los ojos inyectados de ira, le recordó bastante a la imagen etérea de Rivera que se le había aparecido mientras realizaba el experimento. Con temor a cometer otra indiscreción, esporádicamente y por puro acto reflejo, dirigía sus dos ojos carmesíes de manera fortuita al muchacho, con las llamas de la curiosidad aún más avivadas; no, no era curiosidad aquella sensación, sino más bien un tesón de conocimiento, una necesidad de revelar los misterios que envolvían a aquel joven que ejercía tanta e inexplicable fascinación en ella, y quizás así también podría entender algo de su propia persona.

Su zozobra era compartida por sus dos compañeros restantes: en Shinji se manifestaba con una sensación de pena ajena, estando tan incómodo como el propio Kai. No podía creer lo estúpido que había sido su amigo al cometer semejante barbaridad. Mira que gritarle a Rei, pobrecita, ¿a quién se le ocurre? Rivera no se distinguía por ser un tipo de buenas costumbres, sin embargo ahora sí se había pasado de la raya. En los últimos días se había comportado de manera irritante, se ofuscaba con demasiada facilidad, por el más insignificante gesto y la mayoría de las veces por las razones más idiotas que se le pudieran ocurrir. Le notaba intranquilo, ensimismado, hosco; ¿sería verdad, acaso, que la razón fuera por que Asuka se había mudado con ellos? ¿Ó por el fuerte dolor de cabeza que argumentaba tener? No, tenía que ser por otra causa, un motivo secreto que les estuviera ocultando. ¿Pero qué?

Langley, por su parte, seguía emperrada con el muchacho por el desprecio del que la hizo objeto. No le había dirigido la palabra en todo el trayecto de regreso, mucho menos lo había volteado a ver. Le merecía todo le que le estaba pasando. Despreciarla a ella. A ELLA. ¿Pues qué no sabía el imbécil con quién trataba? Jaló con desenfado su largo cabello rubio hacia atrás, cruzándose de brazos después. Ya quisieran muchos otros tipos que les mostrara siquiera una parte del interés que le mostraba a él. Y para que terminara rechazándola, a ella, cómo si fuera cualquier otra mocosa japonesa. ¿Quién se creía que era? Así que se ponía contenta al contemplar como se derrumbaba, como el chiquillo infame que era. Del humor en el que estaba, la desgracia ajena se convertía en motivo de festejo para ella. Herida en su orgullo, ahora estaba determinada a cobrarse por la afrenta sufrida, pues aquella falta no podía quedarse así nada más. Te quiero, pero también te desprecio porque tú no me quieres, así de sencillo.

—¿Han entendido bien lo que deben hacer?— concluyó Misato con tono imperioso, marcial, para lograr sacar a sus pupilos de sus reflexiones.

—¡Sí, señora!— respondieron los cuatro al mismo tiempo, cuadrándose por acto reflejo.

—Bien, si es así, en marcha, entonces— la capitana aguardó a que los otros tres salieran, y entonces colocándole un brazo en el hombro le impidió a su protegido seguirlos —Espera un poco, Kai, por favor. Es que no estoy muy segura del todo de que te encuentres en condiciones para cumplir con la misión. No sé si deba dejarte ir… estos días has estado tan… irritable…

—¡Demonios, ya se los he dicho mil veces: estoy bien!— estalló el muchacho, completamente hastiado y quitándose el brazo de encima —Estoy bien...Misato…— pronunció al instante en voz baja, componiéndose —Sólo un poco distraído, pero ya se me pasará, ya lo verás… todo saldrá perfecto.

Y sin más, se retiró lo más pronto posible del lugar, dejando sola a una mujer muy afligida. Estaba contrariada, pues conocía de antemano la razón de ser de las zozobras que acosaban al chiquillo, no obstante era incapaz de hacer la gran cosa por ayudarlo. Se sentía tan inservible en ocasiones como esa; a veces creía haber fracasado completamente como madre sustituta cuando se daba cuenta que no podía hacer algo para proteger y aliviar el dolor de su hijo adoptado. Era tan frustrante. Le falló, como a todos los demás. Nunca lograba terminar algo, invariablemente siempre terminaba estropeando todo al alcance de su mano. ¿En qué estaba pensando al pretender cuidar ella misma a un infante? Salió del cuarto en silencio, en absoluta soledad, pidiendo perdón a los que ya no estaban.

Dos malditas horas. Habían transcurrido ya, exactamente, dos desesperantes horas para todos: pilotos, oficiales, técnicos y los civiles refugiados. Tiempo durante el cual cada Evangelion había peinado de cabo a rabo cada uno de los cuadrantes de la ciudad que le habían sido asignados para inspeccionar, buscando cualquier indicio que delatara la posición del enemigo. Pero no había rastro de él por lado alguno. Incluso habían repetido su ronda inicial, y ni aún así consiguieron sacar al blanco de su escondite. Todo apuntaba a que había sido una falsa alarma y esa posibilidad, mayor a cada instante, desquiciaba a todos, pero sobre todo a Langley y a Rivera. Los pilotos nunca habían permanecido tanto tiempo dentro de los Evas y aquello estaba demostrando ser una tarea por lo demás tediosa, como se veía reflejado en sus ánimos.

—¡Nada!— repetía incesantemente la muchachita europea, cada vez más frustrada en sus intentos —¡No hay una sola alma en la ciudad! ¡Nada que se parezca remotamente a un Ángel! ¡Esto es inaudito!— alzó los brazos, aburrida de tanta tranquilidad.

Los cuatro gigantes de color coincidieron en el punto de reunión. Cabe destacar que a la Unidad 00, como parte de su reconstrucción, el color de su armadura fue modificado, pasando de amarillo a azul, además que se le adicionaron hombreras cómo las de los otros Evas. Fuera de eso, los cambios exteriores fueron mínimos: misma envergadura, un solo ojo, casco semejante al de un soldado.

—Unidades Eva reportándose al Cuartel General— se comunicó Rei con los superiores, apareciendo su imagen en el acto en una pantalla plana del monitor central de la Sala de Control —Aún no hemos localizado la presencia del enemigo. Nos reagrupamos según lo establecido y aguardamos por instrucciones.

—¡Espera un momento, Primera Elegida!— protestó casi de inmediato Asuka —¿Quién diablos te nombró líder para que te hagas cargo de la operación? Aquí, por si no lo sabes la novata eres tú, así que lo mejor sería que te callaras y aprendieras de nuestros movimientos. No cabe duda que eres una arrogante, después de todo…

—¿Porqué mejor no te callas tú?— intervino Kai, con los tímpanos casi reventados por el tono agudo que utilizó la muchacha —Sólo está tratando de ser útil, no cómo otros, que lo único que hacen es fastidiarnos la existencia a los demás y estorbar.

—¡Miren quién se digna a hablar!— respondió irónica —¡El viejo cascarrabias! ¿De veras crees que la mudita te va a perdonar sólo porque sales a defenderla? Como siempre, me asombra tu estupidez.

—Muchachos, yo no creo…— salió al paso Shinji, asomándose tímido por la pantalla que se formó en la cabina de los otros pilotos y del cuartel, tratando de calmar los ánimos. Con aquella actitud timorata, difícilmente lo conseguiría.

—¿Sabes qué, ramera?— rezongó Rivera desde su asiento, ignorando al infeliz de Ikari, que se agachó avergonzado y cortó la comunicación —Por lo regular lo que suelo hacer cuando me fastidias con tus comentarios taaaan idiotas es, ignorarte— una vena azul en la sien de la muchacha se hizo evidentemente visible apenas el joven terminó aquella oración —Y es lo que todo mundo hace, por si no te habías dado cuenta, diciendo: "Ay, déjala, son cosas de Asuka"— aquí imitando de forma burlona el tono de Misato, agitando los brazos frente a su rostro —Sólo para no decir "Ya sabes que sólo dice puras pendejadas". Pero como que ahorita simplemente no estoy de ánimo para andarte soportando, mocosa malcriada, alguien ya te tiene que poner en tu lugar.

—¿Y quién se supone que lo hará?— repuso la joven alemana —¿Tú? ¡No me hagas reír! Si crees que con esa actitud nos impresionas, te equivocas, pues lo único que haces es dar lástima queriendo hacerte el macho conmigo. No creo que la flacucha santurrona te vuelva a hacer caso con todo este circo que estás armando.

Aquello caló hondo. Los temperamentos se calentaban cada vez más y más cómo la espuma de la leche hervida, sin que nadie pudiera hacer algo para detenerlo. Shinji y Rei, por su parte, desconcertados, actuaban como mudos testigos de la reyerta; de hecho a los dos se les agolpó la sangre en las mejillas con el último comentario de la joven rubia.

—¡Ya basta, ustedes dos!— intervino oportuna Katsuragi, con tono enérgico —¡Nos están poniendo en vergüenza con su comportamiento tan infantil! Si no son capaces de seguir sus instrucciones será mejor que regresen a la base.

—¿Y a mí porqué me dices eso?— continuó Kai, indispuesto a ser reprendido de nueva cuenta —Todos aquí son testigos de que esta idiota se la pasa buscándome pleito.

—Ay, sí, el bebito ya fue a llorar con su mamita…— la rubia siguió mofándose, recalcando su intención pronunciando la onomatopeya del llanto y fingiendo que tallaba sus ojos —¡Bú, bujúuuu, mami, mami, la niña me pegó!

—¡Cierra el hocico de una vez, imbécil!

—¡Kai! ¡Asuka!— interrumpió otra vez la capitana —¡Se acabó! ¡Quedan relegados de la misión! ¡Retornen ahora mismo, para que ambos sean sancionados!

No obstante, a como estaban ya las cosas, la advertencia de la mujer tuvo en los dos pilotos tanto efecto cómo lo tendría una rudimentaria flecha en contra de un tanque blindado. Ninguno hizo caso de la orden y siguieron agrediéndose el uno al otro, dispuestos a llevar la riña hasta sus últimas consecuencias.

En eso, quiso el destino introducir el elemento detonante en la trama. Un joven perro labrador, quizás perdido durante la evacuación de la población civil, merodeaba confundido por las calles en la que se encontraban parados los Evangelion. El único ser vivo en las cercanías, exceptuando a los infantes dentro de los gigantescos robots, miraba lastimeramente a los titanes de acero, un tanto indeciso de si seguir su camino debajo de ellos o rodear por completo a aquellas moles.

En cuanto lo detectó, Langley le apuntó con el rifle que llevaba consigo, alardeando y haciendo uso del siniestro sentido del humor que estaba desplegando.

La mecha estaba encendida.

—¡Miren!— señaló, sin dejar de apuntar al perro con su arma —¡Ahí tienen a su "amenaza inminente" en contra de la humanidad! Creo que lo mejor será volarlo en pedazos ahora mismo… espero no salir lastimada cuando lo intente.

—¡No te atrevas!— Rivera no pudo distinguir el sarcasmo en las palabras de la joven europea, y si lo hizo de todos modos no le importó, pues al instante se volcó sobre la muchacha.

Los momentos que se sucedieron parecieron prolongarse en el tiempo hasta casi ser inmóviles. El Eva 01 y Z se encontraban apostados en la avenida principal de la ciudad, aunque el Modelo de Prueba se encontraba unos cuantos cientos de metros adelante del Modelo Especial. Recuérdese que, en la escala de estos colosales artefactos, unos cientos de metros son apenas un par de pasos. Mucho más adelante, en el cruce con la autopista que daba a la carretera hacia el aeropuerto de Tokio 3 a ambos lados de la avenida se hallaban el Eva 00 y 02. Y juntos en medio de los dos grupos estaba el susodicho can.

Un elemento por demás insignificante en la fórmula, que no obstante desataría una terrible reacción en cadena. Todo sucedió para los protagonistas como en cámara lenta. Abruptamente, y sin medir las consecuencias de sus actos, el Evangelion verde empujó bruscamente a su compañero para hacerlo a un lado y catapultarse con sus poderosas piernas hasta donde estaba la Unidad 02 amenazando al animal, cayéndole de lleno con todo su peso. Tanto el agresor como la agredida fueron a dar al suelo, aunque la que se llevó la peor parte resultó la alemana, pues fue ella la que cargó con gran parte del golpe.

Sin embargo, al hacer a un lado al Eva morado, Kai nunca se imaginó que lo haría perder el balance y también éste fue a besar lastimeramente el asfalto de la calle, aún antes de que sus dos compañeros cayeran. Si antes los conductores de la ciudad podían jactarse de no tener baches en su camino, ahora también podrían hacerlo de tener los más grandes del mundo.

En su trayecto al suelo la Unidad 01 hizo hasta lo imposible por evitar la caída, manoteando inocuamente para asirse tan sólo del aire; incluso dio una media vuelta para poder caer de espaldas y adelantó ambas manos para amortiguar el golpe. Ahora, únicamente Cero se encontraba de pie, observando desconcertado a sus camaradas derrumbados. Su inexperiencia en el campo de batalla le estaba costando cara, pues no atinaba a actuar a tiempo y acorde las circunstancias.

No sin cierta frustración, e incluso con un poco de coraje, Shinji descubrió, al retirar su mano izquierda del piso, que lo que tanto se esforzó para evitar, finalmente sucedió. Había aplastado al perro en su desplome. Ahora yacía sin un rastro de vida en su triturado cuerpo, ensangrentado y embarrado en la banqueta, la cual estaba encharcando con un rojo carmesí bastante brillante. Ikari observó asqueado la palma abierta de su robot.

—¡Oh, no!— acertó a pronunciar —¡Maldición, no!

—¡Ve lo que provocaste con tus estupideces, tarada!— reclamó enseguida Rivera, al percatarse de lo que pasó, aún encima de Langley.

—¡Quítate de encima, cerdo!— contestó con la misma rapidez la chiquilla, apartándolo con hosquedad —Y por si no notaste, simio descerebrado, el que provocó todo esto fuiste tú. ¡Salvaje! ¿De qué maldita selva te sacaron?— pronunciaba con sumo desprecio mientras se incorporaba y buscaba su arma perdida, que había salido volando por el encontronazo —Mira que pensar que en realidad iba a dispararle al estúpido perro. ¡Imbécil! A veces me pregunto que clase de burra idiota te pudo haber parido.

Absolutamente todos los que seguían con cierto morbo aquella discusión, que incluía personal de guardia, técnicos operarios, oficiales de más alto rango y los mismos pilotos, enmudecieron de asombro con ese último comentario. Pero quedaron aún más anonadados con la subsecuente respuesta, que no se hizo esperar demasiado. De hecho, fue casi instantánea.

Un poderoso puñetazo en pleno mentón, que llevaba todo el peso de la Unidad Z levantándose rápidamente, mandó a volar al Eva 02 tres manzanas más allá, destrozando en su trayecto unos cuantos edificios de viviendas abandonados.

Los seres humanos son criaturas bastante complicadas. Se pasan la vida tratando de imponer sus designios a los de sus semejantes, intentando a toda costa hacer que los demás piensen como ellos. Y aunque tienen un lenguaje, tanto verbal como corporal bastante explícito, no pueden comunicarse verdaderamente entre ellos. Las palabras que pronuncian siempre llevan consigo una doble intención que esperan afanosamente su interlocutor pueda captar, sin éxito. Se muestran incapaces de entender, comprender las emociones ajenas. El otro es un perfecto desconocido para uno. Un velo de incertidumbre y de ansiedad les oculta los verdaderos pensamientos e intenciones de sus prójimos. Gastan gran parte de su energía en convencerlos para que se hagan de su misma opinión. Sólo que cada quién defiende su postura incansablemente, y ése es el mayor obstáculo que se encuentran, que su misma necedad es compartida por todos. Y cuando los argumentos, las razones y las palabras se agotan, siempre queda el camino de la violencia, el camino de la pelea, el camino hacia la guerra de unos contra otros.

—¡Kai!— gritó a todo pulmón la Capitana Katsuragi desde su puesto —¿Te has vuelto loco o qué? ¡Detente ahora mismo! ¡Kai!

El muchacho se limitó a gruñir entre dientes como respuesta, mientras se lanzaba a toda máquina en contra del Eva rojo, incapaz de atender al mundo exterior. En esos momentos, para él sólo existía el enemigo tan odiado, transfigurado en la efigie de Langley. Encontró un cierto alivio a la rabia que había ido alimentando muy dentro de sí al descargar aquel brutal puñetazo. Pero enloquecido con aquella sensación tan satisfactoria quería mucho más de ella.

Aturdida, todavía tirada en el piso sobre un montón de escombros humeantes, la joven alemana observó a la desenfrenada criatura que se dirigía hacia ella, listo para volver a aporrearla. Permitiendo que también la cólera nublara su buen juicio, le permitió acercarse un tanto, hasta que cuando estuvo lo suficientemente cerca, con ambas piernas lo golpeó de lleno en la boca del estómago, impulsándolo hacia atrás con su propio vuelo.

Zeta cayó estrepitosamente unas cuadras más allá, de cabeza, haciendo que todo a su alrededor se sacudiera con el impacto.

La noticia de la batalla entre los pilotos corrió rápidamente por todos los pasillos del Geofrente y al cabo de unos pocos minutos, todo, absolutamente todo el personal se encontraba agolpado en algún monitor; aún en los de las Salas de Controles los técnicos se arremolinaban alrededor de ellos, vociferando y aplaudiendo entusiasmados las acciones.

Una mayoría aplastante era la que apoyaba al chico, pues la jovencita impetuosa se había ganado la antipatía de los empleados a pulso, al tratarlos con cierto desdén y arrogancia.

—¡Sí, muchacho! ¡Acaba con ella!

—¡Patéale su anoréxico culo!

—¡Enséñale quien manda!

—¡Duro, campeón, duro!

—¡Mierda! MI casa! ¡Esa era mi casa! ¡Esos hijos de la chingada destruyeron mi casa! Mi patrimonio, todo lo que me importaba estaba dentro. ¿Qué voy a hacer ahora?

—Ay, sí, la mariquita ya se va a poner a chillar…

—¡Así, así! ¡Pícale los ojos, sácale la lengua!

—¡Yo quiero ver sangre!

—¡Mátala! ¡Destrúyela!

—Ay, pero cómo que si se quieren, ¿verdad? Si no, no se estarían peleando así.

—¡Tú cállate, animal!

—¡Hazle la quebradora!

Las voces se mezclaban en una sola amalgama, confundiéndose unas con otras y haciéndose ininteligibles. Pero el quimérico resultado reflejaba muy bien el clamor general: el pueblo apoyaba con todo a su campeón luchador. El héroe de todos debía salir victorioso a como diera, para satisfacción de todos y sobre todo, para ratificar la supremacía masculina sobre las mujeres.

Aunque, por supuesto, había voces que en mucha menor cantidad se alzaban contra este precepto. La Doctora Ritsuko Akagi era una de ellas, quien no hizo intento alguno por ocultar a qué lado apoyaba en el conflicto.

—¡Eso es!— exclamó emocionada cuando Asuka descontó de una certera patada al chiquillo, que lo hizo ladearse por completo —¡Humíllalo en frente de todos! ¡Hazlo pagar por todas sus insolencias!

—¡Doctora!— la reprendieron al instante Katsuragi y Maya al unísono, fustigándola con la mirada.

—Eh… yo… lo siento— se excusó, apenada al percatarse de lo que estaba haciendo —Me dejé llevar por la emoción.

—Eso no importa ahora— prosiguió Misato, apretando los puños —Sino saber cómo vamos a detener a esos dos antes de que destruyan todo…

Mientras todo eso transcurría en el cuartel, los rivales titánicos se habían trabado en un intercambio brutal de golpes. La lucha de gigantes amenazaba con extenderse a toda la ciudad. Rivera consiguió bloquear otra patada de la europea que iba directo a su rostro y entonces pudo propinarle un soberbio puñetazo en la parte baja del abdomen.

Quizás, si se hubiera tratado de una pelea cuerpo a cuerpo normal, el duelo hubiera sido parejo. Pero como el combate era tripulando a los Evangelion, resultaba dolorosamente obvio a favor de quién se inclinaba la balanza. El Eva 02 quizá fuera mucho más compacto y ágil, pero los golpes que le infringía a su contrincante apenas si lograban hacer mella en su impenetrable armadura. En cambio, el Eva Z hacía valer los suyos, cuando se estrellaban una y otra vez con una fuerza abrumadora sobre su rival. Por suerte, por así decirlo, aún no decidía usar su arma principal, los rayos de luz que surgían de sus ojos. Todo hubiera acabado más rápido si se hubiera aventurado a hacerlo.

Sin embargo, Asuka realizaba un esfuerzo encomiable al enfrentar a un enemigo que la superaba en fuerza y tamaño. Aunque su estilo de pelea resultaba tosco y hasta algo torpe en comparación con la manera tan refinada y elegante con la que la chiquilla se movía. Sus movimientos eran los precisos, toda una obra de arte en el sentido estético de las artes marciales, atacando los puntos débiles del oponente y sin darle muchas oportunidades de ponerle una mano encima. Pero las pocas veces que lo había hecho la habían desgastado bastante. A diferencia suya, su armadura sí mostraba los numerosos pormenores de la pelea.

Un nuevo puñetazo en la cara la estremeció en su cabina. El Modelo de Producción peleaba principalmente con las piernas, en contraste del Evangelion verde que hacía uso preferentemente de sus fuertes brazos para atacar.

Eso no quería decir que tuviera los pies amarrados. Justo en ese momento consiguió colar una certera patada en el cráneo del Eva rojo que le permitió a la muchacha apreciar más de cerca las suelas del robot verde. Un pedazo del yelmo de la Unidad 02 se desprendió por completo y fue a caer al piso, hecho pedazos. Sin esa pieza era incluso posible apreciar parte de la dentadura de la criatura aprisionada en la armadura del Evangelion.

—Esto va mal— apuntó Misato —Muy, muy mal…. Tenemos que actuar inmediatamente. Quizás podamos desenchufar los cables de energía.

—¿De qué serviría? Kai no necesita de una fuente de poder externa para mantener en funcionamiento a Zeta— acuñó Hyuga.

—Y a cómo van las cosas, si le interrumpimos el flujo de corriente a Asuka, quedaría indefensa y de seguro Kai destruiría por completo al Eva 02— completó Shigeru, tan preocupado como todos por su amigo enloquecido.

—Tienen razón— les dio la razón la mujer con rango militar, mordiéndose el labio inferior —Había pasado por alto ese detalle… y no me gustaría pedirles a las otras Unidades que intervengan porque este pleito podría agrandarse aún más…

—¡Admítelo, desgraciada!— bramó Rivera cuando tenía a la muchachita bien sujeta en contra de un edificio, luego de haberla estrellado allí —¡Esto era lo que querías desde un principio! ¿No es así, puerca? Desde que te conocí no has hecho más que fastidiarme, ¿querías ver hasta donde podía llegar? Pues creo que ahora ya te quedó muy claro quién es el mejor de los dos, para ver si te me vuelvas a poner al tiro, mocosa imbécil. Y si no había hecho antes era por pura compasión, pedazo de idiota, pero ahora sí rebasaste el límite…

—¿C-Cómo… te… ATREVES?!— prorrumpió la alemana, desplegando una fuerza hercúlea para barrer las piernas de su oponente y antes de que éste tocara suelo despacharlo con un zurdazo que lo mandó a la lona.

Pese a su despliegue increíble de poderío que dejó boquiabiertos a todos los ávidos espectadores del singular combate, no consiguió evitar que sus nudillos quedaran resquebrajados y llenos de grietas al estrellarse contra la dura aleación de la armadura del Eva Z.

—¿Cómo es que te atreves a juzgarme?— reclamó emperrada la joven rubia, montándose en su rival derribado sin darle tiempo de reaccionar, propinándole una severa lluvia de puñetazos —¿Cómo te atreves TÚ, de entre todas las personas, a reprocharme? ¡No eres nadie para hacerlo! ¡No tienes los suficientes motivos!— decía entre golpe y golpe, ignorando el dolor y el daño que le ocasionaba a su máquina cada vez que lo hacía.

Sus puños iban y se impactaban contra el casco de la Unidad Z, una y otra vez, rebotando su cabeza con el piso en cada ocasión. Era cierto, estaba siendo dañada, pero su atacante también estaba pagando la factura al hacerse más grandes las grietas en sus manos empuñadas con cada nuevo golpe que le daba.

—¿Qué zoológico es éste?— se escuchó decir al Comandante Ikari con voz de trueno, al mismo tiempo que ingresaba apuradamente a la Sala de Controles seguido muy de cerca por Futyutski —¿Qué demonios está sucediendo aquí?

Absolutamente todos quedaron petrificados en su lugar al oírlo, incluso los animosos técnicos que se agolparon frente a las pantallas del piso inferior. Nadie más se atrevió a pronunciar palabra en su presencia. La atmósfera ahí era electrizante, con Ikari erguido tan alto como era y la cara contraída en un gesto de furia extrema.

—Capitana Katsuragi— la mujer sintió su sangre helarse al momento de oír su nombre con el mismo tono enérgico, de reproche sin duda —¿Es que no puedo dejarla al mando de una misión sin que pierda el control de todo? ¡Era una misión de reconocimiento, por todos los cielos, sólo una maldita misión de reconocimiento! ¿Y hasta eso lo arruina? ¿Qué explicación tiene de todo esto?

—S-Señor… verá usted…— vaciló un poco Misato, tragando saliva. Se asemejaba mucho a una colegiala reprendida por su profesor —No encontramos modo alguno de separarlos… por lo menos no sin exponer a las otras dos unidades Eva…

Gendo alzó una ceja, evidentemente molesto.

—Claro que la hay— reveló, sin ningún cambio en su expresión —Incrementando la presión del LCL en la cabina de los pilotos al máximo.

—¡Pero señor, eso ocasionaría una pérdida de la conciencia en ambos!— señaló Katsuragi, visiblemente alterada.

—¡Sin peros, capitana!— respondió en el acto el comandante —¡Ahora yo estoy a cargo de la misión! ¡Hagan lo que les digo!— se dirigió a los oficiales técnicos, al notar la indecisión en sus semblantes.

—Podríamos— tragó saliva Maya, intimidada —Podríamos hacerlo con la Unidad 02, sin embargo el Eva Z está fuera de nuestro alcance… desde aquí no podemos controlar sus funciones de soporte vital, tendría que hacerse desde la Sala de Controles de la División Especial de las Naciones Unidas.

—NERV no existe para este tipo de humillaciones— masculló Ikari mientras hacía uso del teléfono —Habla el Comandante Gendo Ikari— subió el volumen cuando parecía que le contestaban del otro lado de la línea —Quiero hablar con Kenji Takashi, oficial en jefe encargado del mantenimiento del Modelo Especial para Combate.

De alguna manera, a Takashi no pareció sorprenderle gran cosa que el comandante quisiera hablar con él. De hecho, ya esperaba su llamada, pues había supuesto al igual que él el modo efectivo de poner fin a aquella vergonzosa disputa. Pero eso no quería decir que estaba dispuesto a acceder, pese a la autoridad superior de Gendo.

—Sé muy bien el motivo de su llamada— el segundo de Rivera fue al grano en cuanto cogió el auricular —Y no piense que venderé barato a mi amigo. Antes, agotaré hasta las últimas instancias y no procederé de cualquier modo hasta que consiga usted la autorización oficial correspondiente para dicha acción.

—No sea ridículo, Takashi, y déjese de sentimentalismos pueriles— replicó Ikari —Usted es hombre sensato, práctico. Dígame, ¿le parece este denigrante espectáculo la imagen adecuada que queremos proyectar al mundo sobre sus protectores? ¿Cree usted que ésta es la actitud correcta de un jefe? ¿Agarrarse a manotazos como un párvulo? Yo no lo creo… así que de la manera más atenta, por la reputación de nuestra agencia e incluso aún la de su propio superior, le pido que lo haga.

Kenji ya no supo qué decir. Calló por algunos instantes, teléfono en mano, vacilante. Sabía que todo lo que había dicho el comandante era verdad. Aún él pensaba de la misma manera. Sin embargo, le pedía traicionar a su mejor amigo, al que le debía haber encontrado a su futura esposa. Le debía muchas cosas, y aún así, Kai no había sido el mismo de antes en esos días, necesitaba de alguien que lo ayudara, pero antes necesitaba ser detenido, y de él dependía tal decisión: ¿acaso sería capaz de hacerlo? Lo que es más, ¿podría volver a mirarlo a los ojos después, si lo hiciera?

—¡Eres… una… desgraciada!— pronunciaba el muchacho dificultosamente, mientras apretaba los dientes cuando por fin pudo contener el embate furioso de la europea; seguía encima de él, pero por lo menos ahora había logrado sujetar los puños que lo golpeaban con las palmas de sus manos, rodeándolos con sus dedos para aprisionarlos.

Forcejeaban en el piso, en una lucha de voluntades y fuerzas. El joven paria empezaba a ganar terreno, haciendo retroceder a la muchacha cada vez un poco más.

—Di todo… lo que quieras— decía por su parte Asuka, realizando también un enorme esfuerzo —Pero lo que de veras te molesta… es que por fin alguien te haga sombra… siempre fue muy fácil para ti, ¿no? En toda tu vida nunca te has esforzado en nada, y aún así todo el tiempo estás por encima de los demás… admítelo, yo lo sé. Ves a las otras personas desde arriba, los consideras inferiores… sólo que siempre te guardas esa impresión y en cambio yo no tengo ningún empacho en sacarlo a flote… es por lo que te enfureces tanto ¿verdad? Que alguien llegara para arrebatarte la atención de la gente…

—¡Estás loca!— contestó de inmediato Rivera, harto de sus palabras, apartándola definitivamente de un cabezazo en pleno rostro que la empujó hacia atrás —Dime, mocosa, ¿qué sabes tú de mí? ¡Nada! ¿Dices que todo ha resultado muy fácil para mí? ¿Qué quiero tener la atención de la gente? ¡Estúpida! No existe algo más apartado de la realidad. Lo que de veras me enfada es tener que aguantarte diario, siempre tras de mí, cómo un maldito dolor de muelas… ¡ahora tú admítelo! ¿Porqué te la pasas fastidiándome? ¿PORQUÉ?

Pero antes de que llegara la respuesta, si es que la había, vino la inconsciencia de golpe. Su cuerpo entero fue estrujado con gran fuerza por el fluido que lo rodeaba y se comprimía abruptamente; lo rodeaba, pero no lo penetraba. Un chorro de sangre se escapó por sus orificios nasales y se derrumbó sobre el tablero, derrotado. Antes del desmayo total sólo pudo articular una blasfemia más, para caer tendido y abandonarse al olvido.

Langley seguía tumbada en el piso, sin darse cuenta de lo que había pasado. Jadeaba dificultosamente, agotada por la brava pelea, cuando vio como se derrumbaba la Unidad Z y yacía inerte en el suelo, boca abajo, semejando a una marioneta a la que se le cortan sus hilos. La lucha había terminado y era ella la que continuaba consciente. Era lo que más se parecía a la victoria, pero por alguna razón no se sentía contenta de ello.

—Es todo, Asuka— pronunció Misato con la voz apagada —Todos regresen a la base. La misión se canceló.

Las horas sucesivas resultaron por lo demás tediosas, sobre todo para Kai, y un tanto ajenas. Observaba los acontecimientos, el traslado, las amonestaciones, las quejas e incluso las amenazas de los altos mandos de NERV cómo si le estuvieran pasando a otra persona y él sólo estuviera viendo. Luego de haber estallado de la manera como lo hizo, ahora se comportaba bastante dócil, pasivo. Observaba a los que lo rodeaban como a completos extraños, con suma indiferencia. "Sí" o "No" fue a lo que se redujo su vocabulario, cuando los oficiales de más alto rango, tanto de la agencia científica como de las Naciones Unidas lo encaraban, preguntándole que si había perdido la cabeza o tan sólo era un imbécil rematado.

Aquél Código Naranja fue una falsa alarma, se estaba seguro de ello en esos momentos. Se hubo de desconectar el sistema de alarma del cuartel para revisarlo a fondo y averiguar qué había originado su mal funcionamiento. No obstante, la misión había repercutido en un tremendo fracaso. Aún así, buena parte de la ciudad salió muy mal librada por un combate inesperado entre supuestos compañeros de equipo. A decir, habían hecho tanto daño tal y como si hubieran peleado contra un Ángel de verdad. Y que dicha alerta provino precisamente de su área encargada tampoco ayudaba mucho a Rivera.

De todos modos, los oficiales de la O.N.U. se relamían los bigotes al corroborar en video que tan fácil superaba la Unidad Z a su contrincante. Se imaginaban lo bien que caería una adición como ésa a las fuerzas armadas de sus respectivos países.

No obstante, al chiquillo nada de eso le parecía importar siquiera. Recibía todos los regaños y sanciones como si de cualquier cosa se tratasen, sin alterar en un ápice la expresión de su rostro. Después vino la llamada del mismo Secretario General de las Naciones Unidas en persona, que pese a su apretada agenda tuvo el tiempo suficiente para enterarse del gravísimo incidente en el que se vio involucrado su recomendado personal.

Con sumo desgano y una mueca de cansancio el joven tomó el aparato entre sus manos y lo acercó a su oído.

—Buenas tardes, señor, ¿cómo ha…? Sí, efectivamente, señor, tal información es correcta… sí, señor, en efecto, eso fue exactamente lo que sucedió… sí, señor, estoy consciente de la situación tan complicada en la que me encuentro… no, señor, jamás abusaría de su buena fe y confianza… verá usted, es un poco difícil de explicar. Tripular una máquina de esas características es un proceso bastante complejo que implica mucho la actividad mental del individuo que lo maneja. Más que nada, la maquinaria responde ante estímulos mentales, su señoría… así es, eso es lo que exactamente quiero decir… mi unidad Evangelion sólo reaccionó ante un impulso de mi subconsciente al ser agredido verbalmente de tal manera… usted tiene a su disposición la grabación de los hechos y podrá comprobar lo que digo… sí, señor, sé que eso no justifica mi conducta y comportamiento aberrante, sólo los explica un poco, y sé muy bien que fui yo el que pegó primero, pero comprenda también que mi raciocinio se vio un poco confundido, pongámoslo de esa manera, por mi conexión mental con el Eva…le agradezco mucho, señor… no, señor, tenga por seguro que no se volverá a repetir… encontraré donde está la falla en la maquinaria y pondré una inamediata solución... muy bien… muchas gracias, hasta luego.

A fin de cuentas, las influencias de Kai habían podido más que cualquier otra queja o castigo que quisieran imponerle en el Geofrente. El altercado, en ese caso, no tuvo mayores consecuencias que un fuerte regaño y una sanción administrativa, con una llamada de atención. No fue la gran cosa ni el espectacular linchamiento simbólico que todo mundo esperaba con voraz morbosidad.

—No tienes idea de la suerte que tienes, chiquillo insolente— musitó la Doctora Akagi a sus espaldas, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño, siendo ella la más indignada con la resolución tomada, al tiempo que el jovenzuelo abandonaba la habitación.

—Ocúpese de sus asuntos, vieja bruja— fue lo que recibió por respuesta, sin que Rivera siquiera volteara a verla.

El joven piloto caminaba apuradamente por los corredores, dispuesto a no cruzar palabra con nadie más y salir cuanto antes del cuartel, para dirigirse a sus aposentos. Sólo que Takashi, un tanto cabizbajo e indeciso, le salió al encuentro. Rivera no aminoró su paso, mientras el recién llegado se colocaba a su lado.

—Kai… sólo quería decirte… que yo… yo lo siento mucho… — murmuraba el técnico, sumamente apenado, ante la mirada cruel de su superior.

—¿Qué hay que decir? Simplemente me traicionaste, así nomás, Kenji… mira, en estos momentos no quiero hablar contigo o acabaría moliéndote a palos. Prefiero despejar mi cabeza y pensar las cosas con calma. Mañana hablaremos.

—Bueno… si es lo que quieres…

El joven piloto ya no contestó ni miró hacia atrás mientras continuaba con su taciturno andar por los pasillos del cuartel, dirigiéndose a la salida.

¡Ay!

Asuka retrocedió al instante, con la cara contraída de dolor. Para aliviar la sensación, Misato sopló suavemente sobre la rodilla raspada de la jovencita, tras haberle aplicado alcohol con una gasa. Además comenzaba a presentar cierta hinchazón que amenazaba con incomodar excesivamente el movimiento de la pierna afectada. Se la había hecho al rebotar dentro de su cabina mientras la golpeaban, al igual que un chichón en la cabeza, aunque éste podía ser fácilmente ocultado por el mechón de cabello rubio que cubría su frente.

—No necesito que hagas esto por mí— refunfuñó la europea, con la cabeza gacha —Ya no soy una niñita, ¿sabías?

—Pues hoy te comportaste como una.

La chiquilla la fustigó con la mirada, pero la capitana no se incomodó ni sintió haber dicho algo de más. Se puso de pie y comenzó a recorrer el cuarto.

—Además, creo que te lo debo, luego de haber propiciado todo esto… debí saber que algo así pasaría.

—Perdóname. No era mi intención que algo como esto ocurriera— confesó la alemana, con la sangre agolpada en las mejillas, sentada sobre el borde de su cama.

—No te preocupes, lo sé— Katsuragi le guiñó el ojo, en gesto cómplice —Tu táctica simplemente no funcionó de la manera que esperabas. Nos pasa a todas alguna vez, créeme.

"Sólo que nadie había tirado media ciudad sólo porque un tipo no le hizo caso" fue lo que pensó y le faltó decir, cuando abría la puerta del balcón y dejaba colarse a la brisa vespertina al interior de la habitación. Su espesa cabellera negra se agitó unos segundos en el aire, para volver a reposar sobre su espalda.

—Creo que lo mejor será que me vaya de aquí— murmuró la muchacha, con la voz apagada —Ya no quiero causarles más problemas.

—Supongo… discúlpame por decirlo de esta manera, pero supongo que será lo mejor… lo siento mucho, no sabes también lo apenada que estoy, cariño.

—Yo… yo tengo… tengo mucho miedo…— a Langley se le empezó a quebrar la voz, al mismo tiempo que sus ojos se ponían vidriosos y estrujaba las sábanas en sus manos —De Kai… de todo lo que tiene dentro de sí… tiene tanto odio… ahora parecía un maldito demente y yo de veras creí que quería matarme. ¡Oh, mi Dios, él quiere matarme!

Sin más, se abandonó al llanto, teniéndole la suficiente confianza a Katsuragi, a quien conocía desde hace años, como para sincerarse y quitarse su pose de superioridad. La mujer fue a tenderse a lado suyo, consolándola en su regazo.

—¡No, no puedes creer eso!— intervino Shinji al irrumpir abruptamente en la habitación, sin poder reprimir más sus impulsos de participar en la conversación (la había estado escuchando a hurtadillas, detrás de la puerta, consumido por la curiosidad) —¡Yo sé muy bien que Kai no haría algo como eso! ¡Jamás! Y tú no debes irte de aquí, toda esta situación no es más que un mal entendido y estoy seguro que si ustedes hablaran con calma…

—¡¿Qué haces entrando así cómo así, sin permiso?!— estalló en el acto la joven rubia, limpiando sus lágrimas en sus mejillas para luego arrojarle una camiseta en el rostro al recién llegado —¡Lárgate de aquí ahora mismo! El infierno se congelará antes de que tú me veas llorar.

—Pero es que Kai es... él es.. no estoy muy seguro qué diablos es lo que sea… pero sé que él no quería lastimarte. Lo que pasa es que le ha estado doliendo mucho la cabeza y no ha sido el mismo estos días… además… no debería decirlo yo, lo sé, pero tienes que admitir que te propasaste en los insultos. No debiste haberte metido con su mamá… eso ofende a cualquiera.

—¿Y tú no te acuerdas que él mismo nos dijo que ya casi ni se acordaba como era ella? Siendo así, en ese momento no creí que se fuera a molestar tanto.

—Algo más que deben saber de Kai— los interrumpió Misato, contemplando a la nada y poniéndose de pie —Es que sus padres no sólo murieron— tragó saliva cuando los recuerdos y las imágenes de tiempos pasados se agolpaban en su memoria —Fueron asesinados. Acribillados a sangre fría, ante sus ojos.

Los tres guardaron silencio, que se prolongó por unos minutos, hasta que Asuka habló.

—Pero yo recuerdo que decía que eran como unos desconocidos para él; que cuando murieron él era muy pequeño para recordarlo.

—Eso no es verdad— corrigió Katsuragi —Tenía conciencia de sí mismo y sus facultades mentales desarrolladas prácticamente desde el medio año de edad. Y cuando aquello pasó él tenía ya cuatro años.

De nueva cuenta, todos los presentes callaron, asimilando los hechos. La mujer llevaba haciéndolo desde hace doce años, y aún no lograba aceptarlo del todo. Si ya de por sí era bastante trágico quedar huérfano de ambos padres a tan temprana edad, el que fueran ultimados cruelmente frente a sus propios ojos, sin poder hacer nada, era algo que dejaría marcado a cualquiera de por vida.

Fue en ese momento que ambos chiquillos lograron entender la extrema aversión que Rivera profesaba por cualquier clase de arma de fuego.

—No he hablado mucho con él al respecto— siguió su guardiana, encendiendo un cigarrillo en el balcón —Ninguno de los dos sabe sopesar el tema. Así que no tengo idea del daño que aún persista en su mente. De vez en cuando ocurren este tipo de episodios explosivos que me hacen imaginarme que debe de ser más grave de lo que pudiera sospechar. Yo he tratado… por todos los medios posibles… de compensar su pérdida, convirtiéndome en padre y madre para él. Pero según parece, no he tenido mucho éxito que digamos, cómo se pueden dar cuenta.

Otra vez el silencio en la habitación. Misato fuma su cigarrillo, mientras se rasca la nuca y patea el aire. Shinji mete las manos inquietas y sudorosas a los bolsillos, meditabundo, al mismo tiempo que se recarga, de pie, en el quicio de la puerta. Asuka continuaba viendo al piso, enjugando temblorosa sus lágrimas y aferrándose a sus sábanas.

—Todos— pronunció en esa pose, con voz firme —Hemos sufrido pérdidas, a nuestra manera. Pero no por eso queremos que los demás paguen por ello.

—Tienes razón— asintió la capitana, asomándose hacia fuera, con su cigarro en la boca.

No estaba muy seguro de a dónde ir. Habían pasado varias horas desde el altercado y el sol ya se estaba poniendo cuando se internó en la ciudad. Ni pensar en regresar a casa, pues Asuka estaría allí y resultaría bastante embarazoso dicho encuentro. También se mostraba indeciso de si quería volver a verla. Algo era cierto, y eso era que mudarse, alejarse lo más que pudiera de la muchacha resultaba apremiante. Ensimismado, recorrió las calles atestadas de automóviles que abandonaban la metrópoli, una vez pasadas las celebraciones y el peligro. El desánimo era evidente en los gestos de las personas. En parte, se sentía responsable de todo aquello y hasta ese momento comenzó a apenarse de haber perdido el control. ¿Cómo es que lo había permitido? Cometió semejante locura casi por acto reflejo.

¿Y porqué era hasta ahora que tenía que molestarse debido a que alguien insultó a su madre (la verdadera)? Nunca antes le había molestado esa parte tan enterrada de su vida. ¿Sería porque lo escuchó de los labios de Langley que se enfadó tanto? Puede ser, puede ser. Ó quizás fue que el suceso volvía a resurgir, como solía hacerlo de cuando en cuando. Ninguna otra persona se había referido a su progenitora de esa manera. Su padre en vida había sido un completo desgraciado, y se merecía todas las injurias y mentadas que le pudieran dirigir en su contra. Pero su madre, que había sido una santa, una esposa devota y una madre amorosa, no merecía que mancharan su memoria de tal modo. Simplemente no era justo que se refirieran a semejante mujer de manera tan despectiva. Hasta ahora admitía cuánto la extrañaba. Sobre todo esa sensación de seguridad que encontraba en sus brazos, en su tono de voz tan seguro. Acurrucado en su regazo se sentía a salvo de cualquier peligro. Amaba a Misato con todas las fibras de su ser, estaba convencido de eso, pero aún así no podía evitar sentir una especie de añorada nostalgia las pocas ocasiones que recordaba la efigie de su madre. Y entonces la recordaba también en sus últimos momentos, con la expresión desvanecida, queriendo alejarlos del peligro como fuera mientras conducía como un bólido. Se acordaba de sus ojos, sobre todo, de lo grandes y aterrorizados que le parecían en ese horroroso instante. Contemplaban a la muerte acercarse, de eso podía estar seguro. Y lo que más le aquejaba, lo que más miedo le daba era el dejar solo y desamparado a su único hijo en este mundo tan cruel, sin siquiera tener la presteza de si sobreviviría. Recordó la lágrima cristalina que rodó desde sus ojos tan azules, brillantes y abiertos por todo su pálido rostro, la última vez que ambos se vieron.

Las remembranzas resultaron ser muy fuertes para la frágil psique del joven, quien dando un hondo grito de angustia se llevó las manos a su cabeza y se echó a correr, desesperado, queriendo huir de su propio pasado. La punzante migraña lo confundía aún más, huyendo a toda prisa sin rumbo fijo, a tontas y ciegas.

En su desbocada carrera tropezó, resbaló y fue a chocar contra un hombre, ya algo entrado en años, con quien fue a rodar al piso. Se levantó tan rápido como pudo, reanudando su penoso andar, mientras el viejo, aún tirado en el suelo, le reclamaba con un brazo en alto mientras se alejaba:

—¡Eh, tú, chico! ¡Ten más cuidado por donde vas! ¿Acaso quieres matar a alguien?

Rivera no respondió, ni siquiera escuchó. Lo único que pasaba por su torturada cabeza en esos momentos era correr tan rápido como le permitieran sus piernas para huir a como diera lugar de sus propios recuerdos, que llegaban en despiadado torrente a atormentarlo, a atosigarlo sin tregua alguna. Uno tras otro, sin darle tiempo de reponerse o tomar aire, se sucedían. Macabras visiones mezcladas con sangre, fuego, oscuridad, gritos y violencia desfilaban ante él, sin que pudiera detenerlas. Era cómo escuchar un concierto de música gótica, de esa que le gusta tanto a Rei, a todo volumen, con audífonos.

Finalmente, llegó hasta el parque que estaba justo enfrente de la quinta estación de trenes, que estaba en los alrededores de la casa. Era la misma estación donde meses antes Shinji estaba despidiéndose de sus amigos, resuelto a abandonar el Proyecto Eva. A esas horas (poco antes del anochecer) ya casi todos los visitantes se habían ido, por lo que tanto la estación como el parque se encontraban relativamente desiertos, como era su estado habitual.

La espesa vegetación, verde y fresca, así como la tranquilidad del lugar, contribuyeron un poco a que el chiquillo se calmara. Con las piernas rendidas, clamando por reposo, fue a descansar en una banca, sentándose con la cabeza casi entre las piernas; seguía sujetándola fuertemente por las sienes, con el dolor más fuerte que nunca. Empezaba a entrar a un estado de incoherencia y presentía que aquello era el fin. Si llegaba a caer desmayado, sería el fin. ¿Realmente terminaría todo así? ¿En ese parque, bajo el cielo crepuscular, el día de su cumpleaños? Dios, ¿de veras tenía que acabar de esa manera?

—Disculpa, ¿podría sentarme aquí por un momento?— lo interrumpió un tono afable.

En consecuencia, el chiquillo dejó de mirar hacia el piso y dirigió la vista al recién llegado, de pie en toda su envergadura frente a sí. El sol le pegaba en la espalda y sus señas aparecían opacas, apenas si se le alcanzaba a distinguir la espigada figura.

—Sí, claro— consintió el muchacho, para volver a ocuparse de lo suyo, retornando a su pose original.

Bonita hora había escogido el tipo para venir a aplastarse a su lado. Habiendo tantas y tantas bancas en el parque, vacías, tener que venir a acomodar su trasero justamente a esta banca. Seguro después iba a querer impresionarlo con la historia de su vida. O a lo mejor era uno de esos desquiciados que sólo pretenden llamar la atención. En cualquier momento iba a revelar su verdadera identidad.

Sin embargo, no era así. Los minutos pasaban y pasaban y el sujeto permanecía sumamente tranquilo, sin decir una sola palabra, sin voltearlo a ver siquiera. Resultaba curioso. En su presencia se respiraba una paz profunda en todo el ambiente. Todo, absolutamente todo se encontraba en plena calma. El fulano no gastó tiempo en intercambiar frases fútiles con su compañero de banca, sino que de inmediato se entregó afanosamente a una tarea desconocida que requería el estar sentado para llevarla a cabo.

Víctima de una curiosidad insaciable, el muchacho observó de reojo al hombre que tenía a lado suyo, sin moverse de su posición. Alcanzó a distinguir una cabellera larga que llegaba hasta los hombros, peinada con una raya en medio, lacia y rizada en las puntas, color miel, casi de su mismo tono. No, de hecho sí era su tono, cuando la luz no jugaba con él: castaño claro. Una cara alargada, con pómulos algo salientes, de nariz larga y estrecha así como una espesa barba que salía del mentón, reptaba hasta las comisuras de los labios superiores y cerraba por encima de ellos. Era, en conclusión, una barba de candado.

El infante comenzó a interesarse cada vez más en averiguar la condición de su acompañante, mucho más cuando se dio cuenta que lo que traía entre manos era una guitarra acústica, a la que le estaba cambiando una cuerda. Tenía brazos extensos y fuertes, así como dedos largos y manos grandes. Poseía una complexión alta, atlética. Iba vestido con pantalones de mezclilla viejos, una camisa blanca de algodón, una chamarra café de pana, anteojos redondos, así como unas sandalias de cuero en los pies.

—¿Te gusta?— señaló el sujeto al instrumento en sus manos, al percatarse de la actitud embobada con la que Kai apreciaba al objeto. Estaba muy bien conservada, mejor que la suya; parecía acabada de barnizar, aunque algunos discretos raspones revelaban su verdadera edad —De seguro debe parecerte una reliquia, ¿no es así? De hecho, ya no se hacen de estas.

—Pues, a decir verdad— respondió el chiquillo —Yo también tengo una. En mi casa.

Al momento de pronunciar "casa" no pudo evitar pensar en Asuka. Cerró los párpados con fuerza, pretendiendo borrar aquella imagen a toda costa.

—Qué sorpresa— continuó el extraño, en su mismo tono tan agradable al oído. Su acento era un tanto inglés —Hoy en día es muy extraño encontrarse a un jovencito como tú que se encuentre interesado en estas antigüedades. Y dime, ¿sabes tocarla? ¿Puedes hacerla hablar?

El muchacho se sonrió, recuperando la compostura mientras le contestaba:

—Tanto así como hacerla hablar, no. Pero de todos modos, me defiendo bastante bien. Aunque a últimas fechas no he podido practicar lo suficiente.

—Con que sí. Entonces, ¿te gustaría ayudarme? Escucha y dime que te parece.

El sujeto deslizó sus dedos por las cuerdas del instrumento, interpretando una nota musical.

—Hm, me parece que la tercera está un poco desafinada.

—Sí, eso me pareció a mí también— asintió el tipo para de inmediato ponerse a acomodar la cuerda, girando del diente —Quisiera dejarla a punto para que me acompañe durante el viaje. Estos trenes solitarios son tan aburridos para mí.

Rivera sintió aún más simpatía por él cuando volteó y pudo apreciar detrás de sus anteojos unos ojos verdes, idénticos a los suyos. Se dio cuenta que el extraño y él tenían bastante en común. Resultaba bastante difícil encontrarse a otra persona con rasgos occidentales y vestido de esa manera andando por la ciudad.

—¿Y qué lo trajo hasta aquí?— preguntó, pero luego se contestó a sí mismo que esa era una pregunta tonta, pues era obvio que había venido al cementerio, al igual que todos los demás visitantes.

—Vine a buscar a un amigo mío— reveló el individuo, inmutable —Pero por más que lo busqué, no lo pude encontrar. Quizás ya no esté aquí…

"Ó quizás ya no esté vivo" pensó el muchacho, con la cabeza gacha, imaginando que era muy probable que aquella persona fuese de las numerosas víctimas de los ataques de los ángeles. Ó de peleas entre Evangelion. Se encogió en su asiento.

—¡Listo!— pronunció entusiasmado el extraño, apreciando su obra —Ahora a ver que tal te parece… espera un poco— decía mientras se acomodaba la guitarra entre las piernas y la rodeaba con los brazos y empezaba a colocar sus dedos sobre las cuerdas.

Tocó una nota. Después otra, y otra más después de ésta y continuó en la sucesión de ritmos hasta que los sonidos adquirieron aire de melodía, y ésta comenzó a transfigurarse en una tonada bastante conocida, para algarabía del joven, que escuchaba todas las notas entusiasta. Se oía perfecto, aún mucho mejor que en sus discos. Aquél tipo era fabuloso. Pronto, también comenzó a cantar, en tono pausado:

"Imagine there's no heaven

it's easy if you try

no hell below us

above us only sky

imagine all the people

living for today...

Imagine there's no countries

it isn't hard to do

nothing to kill or die for

and no religion too

imagine all the people

living life in peace...

You may say I'm a dreamer

but I'm not the only one

I hope someday you'll join us

and the world will live as one…"

Tuvo que esperar hasta que acabara, embelesado con su interpretación de una de sus canciones favoritas. Jamás la había sentido con tanta intensidad. Una cosa era aprenderse la melodía de memoria y reproducirla tal cual, otra cosa era interpretarla sintiéndola en el corazón como ese sujeto lo hacía; eso, eso era imposible de ser grabado en un disco, fuera uno compacto o de acetato.

—¡Increíble!— aplaudió el chiquillo cuando terminó.

Por supuesto que no había tenido la oportunidad de escucharla en vivo, pero estaba convencido de que aquella versión estaba cerca de igualarla, aunque a decir verdad la primera había sido interpretada en piano, no en guitarra.

—Muchas gracias. Pero para ser honesto, estoy un poco oxidado— dijo, sin pretensión alguna.

Kai no pudo dejar de admirarse. Si así era como tocaba falto de práctica, le hubiera gustado escucharlo en el pináculo de sus habilidades.

—Esa canción siempre me trae recuerdos— continuó —De tiempos mejores y de tiempos pasados que pudieron ser mejores, de haberlo querido así.

—¿Qué quiere decir con eso?— preguntó Rivera, un tanto intrigado.

—Nada. Sólo me refiero a que cada quien ha ido forjando su destino, y cada decisión que ha tomado en su vida lo han traído precisamente a este momento. ¿Lo ves? A este preciso momento que se está yendo… y se fue…

Y otro momento se fue… y otro más, después de ése…

"Cada decisión que he tomado me ha traído aquí" se repitió a sí mismo el joven. "Como enloquecer repentinamente, golpear a alguien o no querer ir a casa, correr como un idiota despavorido. No necesitaba que me lo dijera."

Temía que el hombre quisiera preguntarle acerca de las decisiones que lo condujeron hasta ese parque, en aquella tarde y a esa misma banca donde estaban sentados, pero no fue así.

—Esto, claro, también es aplicable a la historia de la humanidad. La canción de John habla de una utopía, y del camino que hay que recorrer para llegar a ella. Muchos otros también quisieron enseñar el rumbo, mucho antes que él; y hubo otro tanto que le sucedieron, sin embargo tampoco tuvieron éxito. Y esto es porque a lo largo del tiempo, el hombre ha ido forjando un camino, pero el de su propia destrucción, por simples decisiones como comer de una manzana o no, oprimir un botón o no oprimirlo… to be or not to be…

—A veces es difícil distinguir la importancia de una simple decisión— respondió el chiquillo, meditabundo.

—No tanto. Muchas veces hay señales en el camino, sólo que los humanos no saben distinguirlas ni interpretarlas. Su vida sería mucho más fácil si supieran cultivar dicha habilidad. Únicamente tienes que observar a tu alrededor, y sobre todo en ti mismo. De observar y aprender, de eso es lo que se trata.

—¿Realmente espera que una persona simplemente se ponga a esperar, para tomar una decisión? ¡Eso no es posible! ¿Qué tal si se tratara de una de vida o muerte? En ocasiones así no hay tiempo que perder. Los segundos a veces hacen una diferencia significativa.

—Razón de más para no consumirte en la molicie o en la desesperación, y no cometer un acto precipitado. Después puedes llegar a arrepentirte, cuando ya nada se pueda hacer para remediarlo.

Aquellas palabras le ajustaban como anillo al dedo. Rivera volvió a encogerse otra vez en su asiento, agobiado por lo que decía su acompañante. Ciertamente, tenía bastante razón en sus argumentos. No se había detenido a examinar fríamente la situación cuando comenzó a golpear a Asuka.

Él se conocía a si mismo bastante bien, y sabía que la impaciencia no era una de sus características. De hecho, se consideraba a sí mismo como una persona sumamente calmada. Si se había precipitado al actuar, fue por que las condiciones tan precarias lo obligaron a ello. Y así se lo hizo saber al desconocido, para justificarse. Aunque ese sujeto nunca mencionó que se estuviera refiriendo precisamente a su situación.

—Sólo que en ocasiones son las mismas circunstancias, todo lo que nos rodea, nos preocupa y nos aflige lo que nos influye a cometer… ciertos actos… digo, no es que quiera justificar a nadie en especial…

—Deja que el mundo siga girando sin parar, que no detenga tu marcha: pero tampoco te dejes envolver por él. Déjame decirte algo sobre este mundo, y es que se asemeja mucho a un puente. Cruza por él, pero no te quedes instalado. Venimos a él vacíos, vacíos tendremos que irnos también. Alcanzarás la paz cuando puedas lidiar con todo lo que el mundo pueda atacarte y aún así seguir indemne, cuando dejes de concentrarte tanto en tener tus pies bien fijos en la tierra y levantes la mirada hacia el firmamento y a la creación que se extiende en él. Y descuida, que no es para juzgarte por lo que estoy aquí. Supongo que ya habrás tenido bastante, por cómo te ves. "No juzguen, y no serán juzgados." No soy quien para hacerlo.

—Algunas personas, muchas, sí se creen con todo el derecho a hacerlo… creo que incluyéndome a mí— suspiró el muchacho, apesadumbrado —Sé que tiene razón, ¡pero es tan difícil ser prudente! Más cuando las emociones intervienen.

—El que sólo ve la paja en el ojo ajeno, no puede ver la viga en el propio. Cuando quites la viga del tuyo, podrás ver con claridad.

Lo que decía concordaba en gran parte con la teoría del análisis de introspección, llevada a cabo por la escuela de la corriente Behavorista, que ya había estudiado varios años antes. Básicamente se refería al análisis periódico y continuo de los actos de los individuos, donde era el propio sujeto quien buscaba las conductas erróneas en su comportamiento para corregirlas y el psicólogo sólo servía de guía. Era el mismo paciente el que se curaba. Algo igualmente muy parecido a la práctica de la confesión en los católicos. Sólo que esta corriente psicológica no resultó muy efectiva debido a la misma condición humana, a la falta de sinceridad, ya que no se podía confiar plenamente en el sujeto al momento de la introspección.

—Me pregunto si algún día podremos ser capaces de hacerlo. Se dice muy fácil, pero…

—No creas en los que sólo buscan agobiarte con la duda y la vacilación; el sueño aún no ha muerto, chico.

—Sueños… una vez tuve un sueño, pero ahora se ha desvanecido por completo… yo ya no creo en ellos. Son tontos, y sólo hacen perder el tiempo y energías. Y la desilusión es muy grande cuando despiertas.

—Los sueños, e incluso los ideales son como las estrellas, muchacho: se ven inalcanzables, pero sirven para señalar el camino. Y aún así, si de veras tienes fe y escuchas a tu corazón, si de veras te esfuerzas algún día conseguirás alcanzarlas, inclusive tenerlas entre tus manos. "Si en un inexorable segundo, sesenta segundos de esfuerzos pudieras realizar, tuya será la Tierra y cuanto en ella hay…"— parafraseó en inglés.

—No lo sé… eso sería alcanzar un estado de perfección y no creo que algún día los seres humanos podamos ser perfectos. Está en nuestra naturaleza el ser imperfectos, de otro modo ya no seríamos humanos.

El desconocido guardó silencio por unos momentos, para después soltar un hondo suspiro. Daba la impresión de que ya sabía eso de sobra.

—Pero en ustedes está también la cualidad de ser perfectibles. La semilla de la divinidad, si así quieres llamarla, ha sido plantada en el hombre. Sólo necesita ser regada, cuidada y alimentada. Y entonces germinará y crecerá, y junto con ella el hombre lo hará también.

—¿En serio?

—Muy en serio. Pero este cambio, que debe ser personal, sólo podrá darse cuando puedas romper las barreras que te mantienen separado de tus semejantes; cuando en tu alma ya no haya lugar para la envidia, el odio y la arrogancia. Si la raza humana ha de sobrevivir, entonces es imperativo que las personas se comprendan las unas a las otras y se reconozcan como iguales. De lo contrario, el género humano estará inevitablemente destinado a la extinción.

Ahora era Katsuragi el que callaba por algunos instantes. Pensaba en Asuka, y en Rei; e incluso en Shinji. En cómo había sido incapaz, en muchos momentos de su relación con ellos, de entender lo que ellos pensaban, lo que anhelaban, lo que necesitaban de él. Y había sido por esa misma incapacidad que habían surgido las diferencias entre ellos.

—Realmente quisiera hacerlo— dijo por fin —Quisiera poder entender a los que me rodean, pero ¿cómo he de hacerlo? ¿Cómo interpretar sus corazones, cómo salvar las murallas que nos separan?

El extraño sonrió al percatarse que Kai estaba entendiendo poco a poco lo que quería decir. Sólo le faltaba una pequeña ayuda y estaría listo para comprender todo.

—All you need is LOVE— pronunció sonriente, con sus ojos brillantes —Cuando seas capaz de amar aún a tus enemigos y no desearles mal alguno, y esto solo lo lograrás cuando puedas verte reflejado en ellos y cuando descubras lazos en común con todos tus prójimos. Por ejemplo, que unos completos desconocidos como lo somos tú y yo podamos conversar tan amigablemente como lo hacemos ahora. Todo este interés humano se ve favorecido con el servicio generoso, la comprensión, la simpatía y el perdón ilimitado.

Después de eso, ambos volvieron a callar, aparentemente sumergido cada cual en sus meditaciones. De repente, el sujeto se puso de pie y depositó con cuidado su instrumento musical en un estuche de color negro que tenía a lado suyo.

—Aunque claro, esto es solamente lo que yo pienso al respecto. Habrá quien difiera de mi punto de vista, y también es muy respetable. Tú sabrás si estás de acuerdo con todo lo que te he dicho ó no. Únicamente de ti depende— recogió su estuche del piso y se lo llevó a las espaldas, mientras le ofrecía una mano al muchacho para que la estrechara —Me disculparás ahora, pero tengo que tomar un tren. Fue un placer conversar contigo de esta manera, aunque fuera por un tiempo muy breve. Quizás en otra ocasión nuestros caminos vuelvan a encontrarse, y entonces podremos charlar con más calma.

Un poco confundido, Rivera estrechó la mano de aquél hombre, despidiéndose de él.

—Eso me gustaría bastante. También yo disfruté mucho de su compañía. Espero que pueda encontrar a su amigo. Y gracias por todo, me ayudó a contemplar el panorama desde otra perspectiva.

—Cuídate mucho y sobre todo no olvides lo que hoy te he dicho— continuó el hombre, que parecía listo para emprender la marcha —Grandes cosas te esperan, muchacho, puedo verlo en tus ojos. Y tú debes ser fuerte para poder enfrentarlas a todas ellas y sobreponerte a la adversidad. Mucho depende de eso— colocó afectuosamente su mano en su cabeza y después se retiró, dándole la espalda y empezando a andar —Good bye, my friend…

Estaba por cruzar el parque y perderse de vista cuando Kai se percató de un pequeño detalle e hizo bocina con una mano mientras le gritaba:

—¡Espere un momento! ¡Ni siquiera me dijo su nombre!

El sujeto se volvió, levantando un brazo en alto y pronunció de la misma manera:

—¡Mi nombre es J….!

El sonido de un tren distrajo al joven por un momento, impidiéndole escuchar. Y cuando volvió a mirar en la dirección donde se encontraba el extraño individuo éste simplemente ya no estaba. Se había ido, pues ya no quedaba rastro de su presencia. Aquello le pareció muy raro al chiquillo, pues aún cuando se hubiera ido corriendo todavía debería ser capaz de verlo desde donde estaba. Se esfumó como si fuera un fantasma.

Un fantasma. Ahora que estaba solo, y podía detenerse a pensarlo con más detenimiento, las facciones de aquél sujeto le recordaban mucho a alguien. Sólo que no podía recordar a quién. De alguna manera lo asociaba con una imagen de sus recuerdos de la primera infancia. Esa mirada tan compasiva, su cabello, su faz pálida, su barba y sobre todo esa nariz prominente, casi aguileña, estaba seguro que la había visto en alguna parte. Quizás en una foto ó… una pintura… acaso podría ser… se sobresaltó por un breve instante, para después reponerse, meneando la cabeza como si estuviera negando algo.

No, aquello era una tontería, no valía la pena ni pensarlo. Pero aún así, todo lo que esa persona le había dicho, era tan profundo. Necesitaba algo de tiempo para reflexionar y asimilar todos los conceptos que ahora tenía entre manos. En ese caso, hubo de permanecer largo rato en esa misma postura, sin moverse un ápice salvo para respirar, pensativo, sumergido por completo en sus cavilaciones. No se trataba de una nueva doctrina o religión, sólo de una forma muy sencilla de ver la vida, si se pensaba en ello. Y parecía ser muy útil, ¿funcionaría acaso, en la práctica? El muchacho pensó que había una posibilidad proporcional al empeño que se le pusiera para llevarla a cabo. Estaba algo mareado por la conversación y tantas cosas que habían sucedido. No podía dejar de pensar en Asuka. Estaba haciendo un esfuerzo por entenderla, por comprender porqué se comportaba de esa manera. Ella era extranjera en un país extraño, era joven, algo atractiva (bueno de hecho MUY atractiva) y también una dotada. Quizás eran esos aspectos lo que la llevaron a pensar que poseía cierta afinidad con él. Entonces recordó que su madre también había muerto siendo ella una pequeña niña y eso le ayudó a su vez a identificarse con ella. Eso era bueno, pues demostraba que lograba progresos. Luego rememoró aquella extraña visión alucinante que había sufrido meses atrás en la cabina de su Evangelion, donde se le revelaba de alguna manera simbólica algop que tenía que ver con la muchacha, y quizás con el mundo entero. No sabía mucho al respecto y hasta ese momento no había ahondado tanto en el mensaje oculto tras esa revelación. El contexto donde se desarrollaba la apocalíptica visión aún permanecía oculto, pero la intención era clara: parecía una especie de advertencia, quizás para que procurara ayudar en lo posible a la chiquilla o algo por el estilo. También parecía estar muy interesada en llamar su atención, en todo momento, por alguna extraña razón, pero ¿porqué? Lo pensó por un tiempo, dándole vueltas al asunto hasta que pareció dar con la respuesta. ¡Y pensar que él se mofaba de saber todo de las mujeres, y pasar por alto algo así, que ahora le parecía tan obvio!

Y entonces volvió a notar algo que había pasado desapercibido durante todo ese tiempo: la migraña ya no estaba. Simplemente se había desvanecido, sin dejar secuela alguna detrás de sí. Era increíble imaginarse que apenas hace una hora sentía que su cerebro estallaría en pedazos y ahora no le dolía más la cabeza. La sentía completamente despejada, sin las brumas de la rabia cubriéndola por completo. De hecho, se sentía en profundo sosiego como hacía tiempo no estaba. Rió como había dejado de hacerlo días atrás. Se sentía mejor que nunca. Por fin podía pensar con claridad. Ahora estaba seguro de lo que tenía que hacer. En primer lugar tenía que volver a su hogar, con las personas que amaba, antes de que fuera muy tarde.

Llovía, como en un típico día de verano, por lo que el clima impidió apreciar el crepúsculo, cubierto por las nubes cargadas de agua. A pesar de que la lluvia no era muy fuerte ni violenta, sí era insistente. La cantidad de agua caía constantemente y a un ritmo regular. Llevaba así ya una hora y media y daba la impresión que no iba a cesar pronto.

Misato miró por la ventana del balcón, que alcanzaba a reflejar un poco su rostro mortificado, cuya angustia iba en aumento en cada momento. El reloj daba las nueve y media de la noche. Asuka estaba empacando y no faltaba mucho para que acabara y Kai no había llegado en todo el día, ni siquiera había llamado. Comenzó a preocuparse como cualquier madre consciente lo haría, y a imaginar todo tipo de cosas raras. Acaso lo habían asaltado. Se había resbalado con el asfalto mojado y pegado en la cabeza, y en esos precisos momentos estaba desmayado, tendido bajo la inclemente lluvia. O a lo mejor lo habrían secuestrado, en cualquier momento llamarían para pedir rescate. Estaría pasando hambre, estaría pasando frío.

Trataba por todos los medios posibles de alejar aquellas ideas de su cabeza, pero su mismo amor se lo impedía. Deseaba verlo, tenerlo a la mano, asegurarse de que estaba a salvo y entonces darle un buen jalón de orejas. Tener que venir a preocuparla así a ella, a ella que le había dado todo, y después de todo lo que había sucedido en ese día. Muchachito necio y desconsiderado. Quizás no llegaba a casa precisamente por el temor al castigo. No, eso sí que sonaba bastante ridículo. Pero, ¿y si fuera cierto? Tal vez lo habían mandado a los calabozos en el cuartel, en esos instantes lo estarían golpeando, torturándolo. No, eso no podía ser, puesto que ya había telefoneado allí y le habían jurado y perjurado que el muchacho ya había salido de allí. Estaba en los registros. ¿Qué tal si le habían mentido? Su pequeño estaría sufriendo en ese mismo momento y ella allí, tan campante. Debería hablarle a Ritsuko… no, a Rikko no… sería mejor a Kaji, para que lo ayudara a buscarlo… podría soportar todos sus atrevimientos, si era capaz de encontrarlo. No, mejor no precipitarse. Debía esperar, en cualquier segundo podría llegar ó llamar, para avisar que estaba bien y en donde se encontraba.

Shinji la observaba atentamente ir y venir por todo el departamento, inquieta y con el corazón en la boca de la preocupación. Fingía observar desinteresadamente la tele, pero en realidad no era así. En ocasiones como ésa se sentía tan inútil. Asuka estaba empacando, encerrada en su habitación, gimoteando de vez en cuando, y Misato tan afligida sin saber qué hacer. ¿Cómo podría ayudar él en algo para mejorar la situación? No se le ocurría gran cosa. Podría preparar la cena, pero ¿de qué serviría? De seguro nadie la comería.

¿Porqué era Kai tan desatento? ¿Qué no se percataba del daño que producía en la casa con su actitud tan inflexible? Parecía que le gustaba hacer sufrir a la gente a la que le importaba. Ni siquiera se había dignado a hacer una llamada, para decirles sus planes o donde iba a estar. Por lo menos, cuando él escapó había dejado una nota de despedida donde especificaba todo eso. Rivera ni siquiera se tomó la molestia. No se le ocurrió pensar en los demás.

La joven alemana, encerrada en su habitación, reprimiendo como podía las lágrimas, seguía guardando sus numerosas pertenencias en sus muchas maletas y cajas. Aún le faltaba la mitad de su guardarropa, y al ritmo que iba, no alcanzaría a terminar para la medianoche. Recorría el cuarto, buscando espacio vacío en cajas o viendo por alguna prenda perdida, de repente el sentimiento se apoderaba de ella y se arrodillaba al borde de la cama para ponerse a lloriquear, luego se reprendía a sí misma y se enjuagaba el llanto e incluso los mocos con la prenda que tuviera en sus manos en ese momento, para tirarla al piso y seguir su deambular.

Se daba cuenta que había ingresado a un ambiente extraño y había roto el tan delicado y preciado equilibrio entre los integrantes de esa familia disfuncional, y ahora no sabía como reparar el daño causado.

—Será mejor que vaya a buscarlo— pronunció al fin Misato, tomando su chamarra roja del clóset y las llaves del carro de su tocador.

Estaba por abrir la puerta del departamento cuando de repente ésta se abrió por fuera, y pudo toparse cara a cara con un empapado Kai. Ambos se sobresaltaron, pero al cabo de un momento se repusieron de la sorpresa. Ninguno dijo palabra alguna. La mujer lo inquiría con la mirada mientras que el muchacho continuaba goteando en el recibidor, observándola también atentamente a través de sus pupilas esmeraldas.

Había algo diferente en esa mirada. No, más bien era que había regresado a la normalidad. El malhumor había sido desterrado de sus confines y nuevamente privaba una calma acogedora, reconfortante. Por fin, luego de unos instantes de vacilación, el chiquillo le sonrió, feliz de estar de regreso.

—Ya vine— dijo en tono de chanza cuando saludaba a su tutora con un cálido beso en la frente y se abría paso al interior.

—Kai… pero… ¿qué diablos…? Es decir… ¿dónde…?— mascullaba la capitana, confundida, siguiéndole los pasos al infante.

—Lamento mucho la tardanza. Tenía bastantes asuntos pendientes y otro tanto en qué pensar. Pero ya todo está bien, y estoy aquí— se excusó, sin dejar de caminar, apreciando todo lo que estaba dentro de su hogar como si fuera la primera vez que lo viera —Shinji, camarada, ¿qué hay de cenar? ¡Me muero de hambre!

—Pues… nada. No creí que alguien quisiera comer esta noche. Pero si quieres yo… — Ikari se quiso levantar de su asiento, igualmente desconcertado por la repentina transformación del carácter de Rivera. Sí, así era como se comportaba regularmente, con un furor entusiasta que rayaba en lo grosero. ¿Qué lo habría hecho recobrar el ánimo tan de súbito?

—¡No! No hay ningún problema, socio, ahorita yo me caliento un ramen instantáneo— lo disuadió su compañero, deteniéndose frente a la puerta del cuarto de Langley —Pero antes… hay algo que debo arreglar.

—¿Qué pretendes?— lo interrogaron sus dos acompañantes casi al mismo tiempo, espantados por sus intenciones. Después, Misato atinó a decir por su cuenta —¿No se te hace que ya fue suficiente por hoy? ¡Déjalo por la paz! Mañana ella se irá y entonces…

—No. Tiene que ser hoy— sentenció el jovenzuelo —Despreocúpense, todo saldrá bien. Sólo quiero hablar con Asuka, nada más.

Ya no quiso escuchar más razones. Cerró la puerta a sus espaldas, introduciéndose a la habitación. En cuanto lo vio entrar, la joven europea retrocedió unos pasos atrás, alarmada por su presencia. Verlo era lo último que esperaba en ese momento. Ya estaba por lanzarle un muñeco de felpa cuando Rivera se adelantó, levantando los brazos en señal de rendición:

—¡Espera! ¡Aguarda un minuto, no vine a pelear, en serio! ¡Quiero que hablemos, por favor no me golpees! Vengo en son de paz.

La jovencita no le respondió. Se limitó a observarlo, atónita, guardando una distancia prudente entre los dos. Volvió a retroceder otro poco, hasta que se encontró con la esquina de la recámara.

Kai se daba cuenta perfectamente que la chiquilla rubia le rehuía, atemorizada. Era comprensible, pero también hacía todo ese asunto más difícil de lo que se esperaba. El muchacho permaneció de pie en su lugar, mojando la alfombra de la habitación, sin saber exactamente qué hacer o qué decir. Carraspeó un poco, nervioso, antes de hablar. Las manos le sudaban copiosamente y tenía la vista clavada en el piso y en el charco que estaba haciendo. Definitivamente, aquello era mucho más difícil de lo que creía en un principio.

—Eh… tú… ¿acaso planeas irte?— le preguntó, al observar las valijas en la cama —No es necesario que lo hagas… en serio, no tienes porqué irte. No tengo ningún problema en que te quedes. Si alguien debiera irse aquí, ese sería yo. Verás, a veces estas cosas sólo pasan, así nomás. Nos hicimos de palabras, los ánimos se encendieron, yo enloquecí y tú tuviste que defenderte... fue una estupidez de mi parte, sin justificación alguna, y por culpa mía puidiste salir lastimada... así que... lo menos que puedo hacer es darte la cara y venir frente a ti, en persona, a reconocer mi error y pedirte disculpas.

La muchachita alemana no quería escuchar de excusas, y así lo dio a entender cuando se dio la media vuelta, mirando hacia la pared y dándole la espalda. Oprimió contra su pecho con ambos brazos a la lagartija de peluche que sostenía, cerrando los ojos.

—Mira, siento que las cosas entre tú y yo hayan ido tan mal desde que llegaste a Japón… bueno, está bien, desde que te conocí…— insistió el joven mestizo ante la negativa de Langley de entablar una conversación —Fui demasiado individualista todo este tiempo, al quedarme sólo con mi versión de los hechos sin pensar en tus necesidades o en tu lado de la historia. Es que no estoy muy acostumbrado a tratar con personas como tú. Misato y yo… ya nos conoces, nos hablamos el uno al otro sin ninguna formalidad y decimos todo directo al grano, sin empachos. Así que soy un inútil cuando de sutilezas se trata.

La jovencita rubia siguió inmóvil en su sitio. El muchacho volvió a persistir.

—Si en algo sirve decirlo: no disfruté en algo golpearte. Tal vez al principio sí, pero es como cuando bebes en exceso, tú verás: al principio te sientes lo máximo, pero cuando estás vomitando con la cabeza metida en el inodoro, y a la mañana siguiente tienes que lidiar con la resaca, no puedes dejar de arrepentirte por la estupidez que cometiste. Ahorita me siento precisamente de esa manera…¡Es en serio! Sé que no me crees, pero te aseguro que me arrepiento mucho de haberte hecho daño. Estos últimos días... han sido como una pesadilla para mí, no me sentía como yo mismo. Ahora es diferente, siento que he despertado, veo las cosas con más claridad y sé que me equivoqué... y a lo grande. Por eso quiero disculparme contigo de todo corazón, aunque... aunque quizás no tenga derecho a pedir tu perdón. No después de todo lo que te he hecho, durante tanto tiempo. Hasta ahora puedo darme cuenta que te he juzgado mal, y que permití que una mala primera impresión me impidiera todos estos años ver la persona determinada y valiente que en realidad eres. Y es que, para serte sincero, ¡pocas personas me han pateado el trasero de la forma que tú lo hiciste! Probablemente era lo que hacía falta para percatarme que he estado haciendo contigo lo que muchos otros me han hecho a mí: etiquetarte de hueca y arrogante, sin tomarme la molestia de llegar a conocerte. Pero... tal vez, si ambos lo permitimos... aún no sea tarde para eso. Quiero decir, comenzar de nuevo, conocernos tal como somos, sin poses ni alardeos. Estoy seguro que si ambos ponemos de nuestra parte, nuestras semejanzas pesarán mucho más que nuestras diferencias y entonces por fin podremos entendernos, tú yo... no es que piense que será algo fácil, seguro tendremos nuestras dificultades en el camino. Pero estoy dispuesto a aventurarme, por que sé que todo ese esfuerzo bien vale la pena... por alguien como tú...

Asuka no hacía caso, o pretendía no hacerlo, siguiendo con la mirada fija en la pared.

Ante tal circunstancia, sólo quedaba una alternativa para que la joven comprendiera que sus pretensiones eran honestas. Con un hondo suspiro de resignación, se arrodilló completamente en el piso, poniendo las dos manos y la frente sobre del suelo.

—¡Por favor, perdóname! Tú sabes lo difícil que es para mí hacer esto, ¿acaso no basta para que creas en mis palabras? Pero si es lo que tengo que hacer con tal de que me des tu perdón, eso haré.

La muchacha lo observó de reojo, sorprendida. Realmente lo estaba haciendo. ¡Se estaba postrando ante ella! Era increíble, nunca hubiera podido creerlo. Y la forma en la que hablaba, se escuchaba tan convincente, como si de veras estuviera arrepentido de lo que hizo. Comenzaba a conocer el verdadero aspecto de su carácter, aquél que le mostraba a todo mundo, menos a ella. ¿Qué clase de cambio habría operado en él en tan poco tiempo? Al final cedió, derrumbándose su obstinación y sincerándose a la vez.

—¡No! No es necesario que te arrodilles— volteó de repente, conmocionada —¡Anda, levántate, que no quiero verte así! Lo siento, pero no puedo perdonarte, por lo menos no en este momento. Mira, es sólo que estoy muy desconcertada todavía. Pasaron muchas cosas en tan poco tiempo. Lo único que quiero hacer es sentarme, descansar y meditar. Así que déjame sola, ¿de acuerdo? Creo que mañana tendré la cabeza más despejada y podré pensar las cosas mejor.

—¿Significa que te quedarás?— preguntó Rivera, aún el piso.

—Sólo por esta noche— contestó Langley, quitando todo lo que estaba sobre su cama para poder acostarse —Después, ya veremos…

—Bueno, si así lo quieres— dijo el chiquillo, poniéndose de pie y encaminándose hacia la puerta de la habitación.

—Yo…— murmuró Asuka, encogiéndose en sí misma —También quería decirte... personalmente... que lamento lo que dije… de tu mamá… lo siento mucho…

—Gracias— contestó Rivera, sonriéndole de manera amistosa, para luego cerrar la puerta y salir del cuarto.

Mientras hurgaba el refrigerador en busca de sustento, Kai se topó con un recipiente rectangular que no se encontraba allí antes. Misato aguardaba sentada en la mesa del comedor, expectante a la reacción del infante. Éste, con manos temblorosas alcanzó el recipiente y lo colocó sobre la pequeña mesa que había en la cocina. Al mero tacto podía adivinar su contenido; peso, forma, tamaño, todo concordaba: era un pastel. Volvió la vista hacia el reloj colgado en la pared. Todavía no daba la medianoche. Aún era su cumpleaños.

—Esto… esto es…— no atinaba a encontrar las palabras que le permitieran transmitir el cúmulo de emociones que le llegaban, conmocionado por la impresión.

Abrió la caja para constatar la presencia de un pastel de buen tamaño en el interior de ésta, con la leyenda de "Feliz cumpleaños" inscrita en su borde superior con merengue color rojo. Era su sabor favorito: zanahoria. Se sintió todavía más miserable al observarlo, más cuando la mujer fue a apostarse a su lado y Shinji observaba curioso de una manera un tanto disimulada desde el comedor.

—Fui a comprarlo esta mañana— confesó la beldad de cabello negro —Pensaba que por ser tus quince y por tener huéspedes, en esta ocasión podríamos romper la regla y celebrarlos este mismo día… pero entonces sucedió todo aquello…

El infante la observó por unos segundos, anonado. "Tan incapaces de comprender los sentimientos de nuestros semejantes. Muchas veces somos nosotros los que lastimamos a la gente que nos quiere. Son ellos los que sufren por nuestros errores" pensó al recordar lo que le acababa de decir aquel peculiar sujeto apenas unas horas antes. Y sin más rodeos, se lanzó a los brazos de la mujer, en un gesto que demostró ser mucho más elocuente que las propias palabras.

—¡Gracias! Muchas gracias— pronunció, temblando en su regazo —Lamento haber sido tan imbécil… Misato, Shinji, lo siento… no quise causarles tantas preocupaciones.

—No digas eso— le contestó la japonesa, igualmente conmovida, aferrándose a su protegido como a la vida misma —Lo importante es que ya estás aquí… lo que importa es que ya estás bien. Mañana será otro día, habrá bastante tiempo para festejar.

Por su parte, Ikari vigilaba el espectáculo, expectante por cualquier cosa que pudiera suceder. De por sí había sido una jornada bastante ajetreada, no quería perderse ya de detalle alguno. Aunque fuera por alfileres, aquél intento de familia del cual formaba parte se mantenía firme ante la adversidad, en gran parte gracias a sus dos miembros originales que luchaban a toda costa por mantenerse unidos. Empezaba a entender los fuertes lazos que había entre aquellas personas, pese a lo que pensara Misato. Ahora sabía de donde era que sacaban las fuerzas necesarias para seguir adelante. En esa era tan confusa y turbulenta, se trataban de seres excepcionales, que aún contaban el uno con el otro, y a su vez se sentía afortunado de pertenecer a dicho círculo. Pero a la vez, sentía un poco de envidia al apreciar los estrechos vínculos que existían entre la mujer y su compañero, al hallarse ausente por completo de su vida una relación semejante con otra persona. ¿Quién sabe? Quizás de haberla tenido a su lado hubiera podido crecer tan fuerte y confiado como Kai.

Todos ellos continuaban de tal manera, enfrascados cada quien en su drama personal, con sus propios anhelos y propósitos, ignorantes que tiempos oscuros se avecinaban, aproximándose como una amenazadora tormenta que se aprecia a lo lejos, en el escarpado horizonte, y que aquél momento se convertiría en uno de sus más preciados recuerdos, cuando el sosiego y toda esperanza se hubiera ido ya de sus vidas.