"Where have all the good men gone,
and where are all the gods?
Where's the street-wise Hercules,
to fight the rising odds?
Isn't there a white knight upon a fiery steed?
Late at night I toss and turn and dream of what I need
I need a hero!
I'm holding out for a hero 'til the end of the night,
He's gotta be strong
and he's gotta be fast,
and he's gotta be fresh from the fight.
I need a hero!
I'm holding out for a hero 'til the morning light
He's gotta be sure
and it's gotta be soon
and he's gotta be larger than life..."
Bonnie Tyler
"I need a hero"
El viento aúlla furioso, arrojando una gran cantidad de material por los aires. La tierra se resquebraja a cada momento, amenazando con partirse por completo bajo los pies. Una horrible luz ambarina ilumina el lugar de la noche perpetua, anunciando el inevitable final. Un aullido sobrenatural cimbra el suelo. Cientos de vidas son borradas en tan sólo un instante. Y comienza a ponerse peor a cada momento.
Los lamentos son ahogados por la propia voz de la Tierra, que ruge y se sacude furibunda, resistiendo con todas sus fuerzas al cruento castigo.
¿Qué pudieron hacer tus criaturas, Padre mío, para hacerte enfurecer de esta manera? ¿Quién podría sobrevivir a tu cólera?
Sus rodillas están muy débiles, puede notarlo mientras que sus pies se hunden completamente en la nieve. Ha sido un largo camino, y está muy cansado. Pero si vacila un poco, todo estará perdido. Debía seguir, tenía que continuar hasta que llegara a su objetivo. Fijaba su meta delante de sí, sin pensar en nada más salvo el llegar a tiempo a la tan preciada cápsula de prueba. Oprimía fuertemente el bulto que cargaba contra sí, temiendo que lo fuera a dejar caer. Sus brazos también le pesaban mucho. Un hilillo de sangre le corría libremente desde una arteria reventada a la altura del hombro.
Y a pesar que apuraba el paso, no conseguía ir más rápido. Su destino seguía igual de lejos, aparentemente. Aquello comenzaba a desesperarle. Apretó los dientes, luchando contra el inclemente viento huracanado y aquellos rugidos infernales que cimbraban el horizonte entero. Podía sentir la onda expansiva a sus espaldas, avanzar vorazmente sin nada que la detuviera. Era el final, no cabía duda.
Los disparos hacía mucho que se dejaron de oír, pero toda una carga de misiles SCUD rasgó el cielo, yendo directamente al falso sol que se levantaba sobre suelo antártico. Ni siquiera prestó atención al momento que éstos se desintegraron por completo apenas al acariciar la nube incandescente. Era inútil, cualquier cosa que intentaran para detenerlo resultaría inútil. Fue por la soberbia y la codicia de los hombres que se había adelantado el juicio.
Pero aún así, ¡era muy pronto! ¡Nadie estaba listo! ¡Nadie! Ni siquiera él había podido prever que aquello sucedería. Si hubieran tenido un poco más de tiempo, para prepararse adecuadamente. Quizás entonces su hija podría estar a salvo, en lugar de encontrarse desmayada en sus brazos, con heridas y contusiones graves. Había sido su culpa. No debió haberla traído a ese maldito lugar, para empezar. Pero era necesario. Era necesario que ella supiera, antes de lo inevitable, la razón por la cual su padre las había ignorado a ella y a su madre durante los últimos diez años. La salvación aún se ve tan lejos, admitía, jadeando, sintiendo que las fuerzas le abandonaban.
Si ella hubiera estado despierta, se hubiera disculpado. Aquello era su culpa, pues no había hecho intento alguno por detenerlo. ¡Maldición, nadie lo hizo! La temperatura. Dios mío, la temperatura está subiendo. Está subiendo, como si estuviéramos en el mismo infierno. La corriente destructora se acerca más y más, faltando tan poco para lograrlo. Un último esfuerzo, una última oportunidad para hacer algo de bien con lo que queda. Cumplir con el deber de padre, vamos, solo un poco más. Si alguien debe de sobrevivir a esto, debe ser ella. Ella lo logrará, ella es fuerte. Lo conseguirá. Tiene toda su vida por delante.
¡Por fin había podido alcanzarla! Las llaves del paraíso se encontraban delante de él. Sólo tenía que estirar su brazo para alcanzarlos, y lo habría logrado. Sin embargo... su brazo... lo sentía hecho de plomo... como si alguna fuerza invisible se le estuviera oponiendo. Tenía problemas para sujetar a su hija con un solo brazo. ¡Vamos, vejete, muévete, con un demonio! ¡Puedes hacerlo! ¡Puedes hacerlo!
Como pudo, se asió de la palanca del mecanismo de activación. Haciendo un esfuerzo descomunal, le dio vuelta, para que la cápsula pudiera abrirse con un sordo silbido. Estaba hecho, lo había logrado. ¡Ella sobreviviría!
Las cosas empezaban a agitarse. Lo mejor sería darse prisa. Y aún así, depositó a la luz de sus ojos con sumo cuidado en el interior del envase, tal y como si la estuviera arropando en su cama. Comenzaba a recuperar la conciencia. Con desconcierto, y un tremendo dolor punzándole en el pecho, abrió sus ojos al horror en que se había convertido la realidad. Observó el rostro de su padre, cuyas facciones estaban difusas por una espantosa luz que engullía todo a su paso. El fuerte viento lo despojó de su capucha, meciendo inclemente sus cabellos. A modo de despedida, los labios de él se movieron, articulando una frase que jamás le había prodigado: "Te amo". No obstante, el barullo del fin del mundo se llevó pronto aquellas palabras, impidiendo que llegaran a su destinataria.
—¿Qué...?— la pregunta de la joven fue interrumpida de súbito por la compuerta que se cerró delante ella, sin contemplaciones.
Un nuevo temblor, mucho más fuerte que cualquiera de los anteriores lo arrojó al piso que se deshacía. No importaba ya. Lo había logrado. Se había asegurado de que su hija tuviera un futuro, en dado caso que el mundo tuviera uno. Todo lo que pasara después ya no tenía relevancia para él. Misato estaba a salvo. Se aferró con ambos brazos a la cápsula, abarcándola tanto como podía, como si la estuviera abrazando.
Y fue de esta manera que el Doctor Jozou Katsuragi dejó la vida, luego de que la terrible onda expansiva le diera alcance y lo barriera por completo con una furia despiadada.
El continente de hielo es destruido por completo, reduciéndolo sólo a un recuerdo, derretido tan fácilmente como una simple paleta helada. Y en el centro de la tragedia, cinco gigantescos pares de alas, difusas, hechas de luz brillante se agitan furiosas, provocando huracanes y marejadas con cada movimiento suyo. Un aullido desgarrador proferido por una poderosa garganta recorre las inmediaciones, para paulatinamente desaparecer y dar paso al lamento de un infante recién nacido, mientras que al mismo tiempo las alas luminosas se repliegan, se encogen y por último se desvanecen, como si nunca hubieran estado allí.
Todo atestiguado por una joven de quince años. Sus ojos aún se encontraban dilatados, su boca entre abierta, sin aliento, incoherente, luego de presenciar el macabro espectáculo que la dejaría marcada de por vida, tanto moral cómo físicamente. No podía evitar encorvarse, presa del dolor en su pecho. El vendaje de su padre se había deshecho ya, empapado por completo en sangre.
La compuerta había sido arrancada durante el impacto final, despertándola justo a tiempo para presenciar el Juicio Final. Se sostenía dificultosamente, flotando a la intemperie entre un océano de color rojizo que acababa de ser hecho, presenciando lo inimaginable y sin siquiera poder gritar. Por suerte para su ya golpeada cordura, había terminado pronto.
Aún no comprendía cabalmente lo que había sucedido. Sólo sabía que estaba herida, que desconocía donde se encontraba y que no había rastros de su padre por lado alguno. Su padre. Fue él quien la había dejado en ese artefacto. Pero, entonces, si él se había quedado afuera, en ese caso... en ese caso... buscó en vano a su alrededor algún otro náufrago como ella. Sólo quedaba una impenetrable oscuridad, un mar color sangre y un profundo silencio aterrador. Ya no le quedaba duda alguna de lo que le pasó a su padre, al hombre que se había sacrificado a sí mismo para salvarla. Desconsolada, sólo unas lágrimas cristalinas rodaron por sus pálidas mejillas. Al parecer tenía la laringe lastimada, pues no podía pronunciar palabra. Sólo llorar, estremeciéndose con su propio llanto.
¿Qué le quedaba ahora, en ese mundo devastado?
Quince años después, Misato Katsuragi no podía evitar rememorar aquellas escenas repletas de muerte y dolor cada vez que se desnudaba, ya fuera para cambiarse de ropa, bañarse o tener relaciones. La cicatriz que recorría el sendero entre sus dos senos hasta el comienzo del ombligo resultaba muy difícil de ignorar.
Su semblante contraído se reflejó en el espejo, al tiempo que se apuraba a abrochar su sostén para poder ponerse una camiseta cuanto antes.
Apenas eran las siete de la tarde y ya el sol se había metido. No obstante, el día entero había permanecido nublado, hasta que la lluvia se decidió por aparecer sin previo aviso apenas unos cuantos minutos antes, aunque no los suficientes como para lograr que Shinji y sus amigos evitaran empaparse de pies a cabeza; apenas y si alcanzaron a llegar al departamento para ponerse a resguardo, demasiado tarde.
Sin embargo, los chiquillos no permitirían que ese pasajero inconveniente les arruinara la tarde tan entretenida que habían tenido en el centro comercial de Tokio 2, a donde habían asistido para ver en el cine una película recién estrenada.
—¡Qué genial!— farfullaba Toji, secándose en la entrada del departamento, comentando lo más sobresaliente de la película —¡Ese sujeto hizo pedazos ese tanque sólo con sus manos!
—Pero lo mejor fue esa pelea a karatazos en la cima de la torre— continuó Kensuke, imitando las poses de los personajes —¡Quién iba a pensar que el otro tipo quedaría fulminado por un rayo!
—Pues yo opino que lo mejor de todo fue esa rubia escultural— pronunció a su vez Kai, poniendo cara de libidinoso cuando rememoraba las señas de dicha actriz —¡Caramba, me pregunto cómo puede desafiar a la gravedad con tanto equipo encima! No es que me queje, claro. Además, no había conocido a alguien que pudiera pasar tanto tiempo en ropa interior.
—¡Tienes toda la razón!— asintió Suzuhara, levantando el pulgar derecho —¡No puedo esperar a tenerla en disco para mí solito!
—Así, la bella Julianne me haría compañía durante esas noches taaan solitarias— ultimó Kensuke, dibujando en el aire la preciada silueta femenina con las manos.
Casi como si lo tuvieran ensayado, los tres acertaron al mismo tiempo en gesto cómplice, sonriéndose maliciosamente los unos a los otros para luego prorrumpir a carcajadas.
Pese a todo, Ikari no compartía su entusiasmo. Se le había visto parco durante el tiempo que duró su pequeño paseo a la ciudad vecina, y cuando se le pedía su opinión acerca de la cinta lo único que atinaba a decir, como distraído, era "estuvo entretenida". Y no era precisamente porque las películas de acción clasificación B, con tramas previsibles, muchas explosiones y mujeres semidesnudas no fueran de su agrado. Había algo más, y Rivera sabía muy bien lo que era.
Shinji estaba distanciado porque a últimas fechas él y Asuka habían comenzado a ser algo más que amigos y aparentemente aún sentía cierta atracción por la alemana. Hasta había sugerido el paseo para levantarle el ánimo y tratar de arreglar las cosas entre ellos, fue por eso que había invitado a Kensuke y a Toji, también por ello escogió una película que no le gustara a la muchacha, para que no decidiera pegárseles, pero aún así todo resultó un tremendo fiasco. El muchacho estaba empecinado en evitarlo a toda costa y no tenía la menor intención de cooperar.
"Ni modo" se resignó, cuando paseaba la toalla sobre sus cabellos mojados, mirando el semblante mustio de su compañero de cuarto "La lucha se le hizo. Más, ya no puedo hacer."
Aquella era una de las pocas ocasiones en las que Toji y su fiel acompañante, Kensuke, visitaban la casa de los Katsuragi. No era muy frecuente el que los invitaran, a pesar de que ya tenían bastante tiempo de conocerlos; quizás era por el lastimero estado en el que casi siempre se encontraba el departamento o por que difícilmente los ocupantes de aquel lugar podrían ser buenos anfitriones.
De hecho, esa era la primer ocasión en la que visitaban el nuevo domicilio de sus compañeros de escuela, que era el penthouse del edificio. Y a pesar de ocupar la planta alta, no era tan espacioso como se hubiere pensado en un principio. Tan sólo tenía una habitación y un baño más, pero era lo suficiente como para cubrir satisfactoriamente las necesidades de sus nuevos y problemáticos inquilinos.
Sea como fuere, la presencia de los visitantes no pasó inadvertida, comenzando por Langley, que en cuanto oyó la puerta abrirse se asomó para averiguar quien había llegado. Tampoco ella se encontraba de muy buen humor. Hubiera querido que Kai la invitara a acompañarlo a su visita al centro comercial, pero además de querer ver una película de muy mal gusto, al parecer prefería la compañía de sus tres ridículos amigos que la de ella. Su presencia habría arruinado lo que en otras circunstancias hubiera sido la ocasión perfecta para dar ese último paso que le faltaba dar a su relación. Aquello le molestó durante toda la tarde, y ahora que veía la oportunidad perfecta para desquitarse de esos enclenques no la iba a desperdiciar, comenzando por Ikari.
—¡Shinji!— reclamó en el acto, apenas sacando la cabeza de su cuarto, pero sin dejar de avispar con la mirada a los muchachos que se estaban secando en el recibidor —¡¿Me puedes decir porqué razón dejaste entrar a estos changos?!
—Porque allá afuera está cayendo un diluvio, Asuka— respondió con enfado el aludido, arrastrando el tono de su voz, haciendo lo propio para secarse.
—Además, yo fui el que los invitó— pronunció Rivera, sonriendo en forma socarrona.
La joven rubia pareció desconcertarse un momento, ante aquella pose de reto que le estaba poniendo el muchacho. ¿Acaso la estaba tanteando? ¿Quería probar sus límites? Por unos cuantos instantes permaneció indecisa. No quería comenzar a pelear, no que ahora todo marchaba tan bien entre los dos. Pero tampoco deseaba mostrar debilidad, pues bien podría aprovecharse de ello. ¿Qué hacer? Al final, optó por la medida que más le acomodaba, aunque no quedaba del todo satisfecha.
—¡Me da igual quien lo haya hecho!— finalmente contestó, blandiendo el puño en el aire, amenazándolos —Pienso meterme a bañar, y si cualquiera de ustedes se atreve a espiarme, ¡LOS MATARÉ! ¿Quedó claro?
—¡Cierra el pico, bruja! ¡A nadie le importa lo que hagas o dejes de hacer!— contestó Toji de inmediato. Cuando Kai dejó de hacerlo, había quedado en sus manos la responsabilidad de oponérsele a la muchacha de cualquier forma. Se trataba de una tarea muy arriesgada en numerosas ocasiones, pero alguien tenía que hacerlo.
La joven dio un hondo resoplido, y sin más, puso punto final al altercado cerrando su cuarto de un portazo.
—Es extraño que cuando te prohíben algo, te den más ganas de hacerlo— suspiró el enamorado Kensuke, quien también seguía prendido de la autoritaria figura de la muchachita rubia. Resultaba curioso que, aunque fue él el primer enamorado declarado que tuvo la chiquilla, aún antes de llegar a Japón, nunca estuvo formalmente en la carrera por su corazón. De hecho, para la adorable criatura el tímido chico de anteojos era sólo una cara más entre las del montón.
Ikari y Rivera sostuvieron las miradas por un momento. Ahora podían comprender mejor las palabras y la actitud de su ingenuo amigo. Ellos también no podían dejar de lado aquellos sentimientos que les despertaba su compañera piloto, pese a los inconvenientes que eso les implicaba.
—¡Vaya recibimiento es este!— prorrumpió en escena Misato, rascándose desenfadadamente la nuca mientras que bostezaba y sostenía a Pen- Pen en sus brazos —¿Se puede saber porqué carajos hacen tanto escándalo, niños?
Ambos visitantes enrojecieron de inmediato a la sola vista de aquella belleza desfilar ante sus ojos. Podía haber muchas mujeres bonitas en el mundo, pero definitivamente Misato siempre sería su favorita.
—¡Buenas noches!— entonaron los dos al unísono, haciendo una tímida reverencia con la cabeza —¡Disculpe las molestias que le hayamos podido causar!
—Ah... este... no sabía que estaban aquí...— dijo por su parte la mujer, también algo apenada por sus modales y su apariencia descuidada, tratando de arreglar su cabello y los pliegues de su minifalda —Descuiden, que no lo dije por ustedes... no es ninguna molestia, al contrario... ay, qué pena, y yo en estas fachas... ¡Kai! ¿Porqué no me dijiste antes que teníamos visita?
Antes de que el muchacho pudiera contestar, Aida atajó pronto, notando un detalle en la insignia que llevaba la mujer sobre su chaqueta.
—¡Oh, así que por fin la han ascendido!— pronunció el chiquillo lleno de admiración, sin quitarle la mirada de encima al emblema, para luego rematar con un respetuoso y ceremonial saludo militar —Me alegro mucho por usted, señorita Katsuragi.
—Eh... muchas gracias... aunque no es para tanto— trastabilló un poco ésta, un tanto apurada y de alguna manera inquieta por el perturbador carácter del chiquillo, queriendo acabar la conversación lo más pronto que pudiera.
—¿Has dicho que te ascendieron?— preguntaron a la par Shinji y Asuka, quien había salido de su cuarto, queriendo investigar más acerca del asunto.
—¿Qué no lo habían notado?— les preguntó Kensuke, como si les estuviera reclamando —La insignia de la señorita Misato ya tiene dos rayas más. Eso quiere decir que la han promovido de capitán a mayor. ¿No es así?
—Sí... tienes toda la razón— asintió Katsuragi, mucho más apurada de llegar a su cuarto que antes, mientras que pensaba: "Este chico hasta da miedo" —Bueno, se quedan en su casa, muchachos. Acabo de llegar del trabajo y estoy exhausta, así que será mejor que me vaya a dormir. Y ustedes también traten de dormir temprano— les indicó a sus pupilos —Recuerden que desde mañana comenzarán las pruebas armónicas, y tal parece que estarán bastante pesadas.
—Muy bien— asintieron los tres, mientras que la mujer escapaba a la seguridad de su habitación.
Una vez que se fue, los chiquillos pudieron conversar sin tanta presión ni formalismos de por medio.
—No me había dado cuenta que Misato había sido ascendida— masculló Ikari, como queriendo disculparse.
—Aunque no sé cómo quería que nos enteráramos, si ni siquiera ella misma nos lo dice— completó la joven europea, sin querer admitir su descuido.
—Qué desconsiderado de su parte, ni siquiera la felicitaron— arguyó Toji, cruzándose de brazos y meneando la cabeza en tono reprobatorio, quien a su vez, de no haber sido por sido por la intervención de su amigo, tampoco se hubiera enterado de dicha promoción.
—Lo que pasa es que tiene otras cosas en mente que un simple ascenso— comentó Rivera, mientras se sentaba en la cocina y comenzaba a servirse un tazón de cereal —En realidad, sus verdaderos objetivos van mucho más allá que una simple carrera militar llena de condecoraciones.
—Aún así, deberían tenerle más consideración— arguyó Aida, cuando se sentaba en la sala junto con Shinji y Suzuhara —Ella se sacrifica mucho por ustedes, por lo menos deberían ser agradecidos. ¿Tienen idea de lo difícil que debe ser cuidar de un niño, a su edad? Ahora imagínense lo que debe ser tener a cargo a tres...
Sin notarlo, como siempre, la lengua de Kensuke había resbalado. Para cuando se percató de ello ya era demasiado tarde. La cara que puso Kai, y el gesto distante que le siguió, lo dijeron todo.
—¡Kensuke!— lo acalló Toji, apenado por la descortesía de su amigo.
—Katsuragi... Kai... lo siento... yo no quise decir que tú...— intentó disculparse, sin éxito, igualmente avergonzado por no pensar bien las cosas antes de decirlas.
—No, está bien... tienes toda la razón...— pronunció el muchacho, cabizbajo, sorbeando su cereal preparado con leche —Ella... ha sacrificado muchas cosas por mí... aunque no sé si merezco tanto esfuerzo de su parte...
El joven Katsuragi ya no dijo una palabra más, sumiéndose en sus propios pensamientos. En ocasiones sí se había puesto a pensar lo complicado que le resultaría a una joven tan atractiva como su madre adoptiva tener que lidiar con un niño a cuestas, y toda la responsabilidad que ello implicaba. Haciendo cuentas, tenía once años viviendo con ella. Eso quería decir que desde los 19 años se había hecho cargo de él. Además de tener que preocuparse por estudiar su carrera, había tenido que conseguir un empleo estable para solventar los gastos de ambos. Eso le dejaba muy poco tiempo libre, para poder divertirse como cualquier otra joven de su edad. Su juventud pasaba desperdiciada por el deber de criar a un chiquillo desamparado. Además, era su culpa que Kaji hubiera terminado con ella, cuando se le veía tan feliz a su lado.
Sí, Misato se había tomado muchas molestias por tenerlo a su cuidado. ¿Acaso habrá valido la pena? ¿Alguna vez podría pagarle todo lo que había hecho por él? A veces se preguntaba si ella no hubiera sido más feliz sin tener que encargarse ella sola de su educación.
Apenados, sus amigos lo observaban en silencio, mirando detenidamente su expresión sombría y apartada. Al parecer, aquellas palabras sí le habían calado hondo, prueba de que ya se había puesto a pensar detenidamente en ello con mayor anterioridad. Pero, ¿cómo solucionarlo? Por donde se le viera, lo que dijo Aida tenía mucho de verdad, aunque la forma ni el momento resultaron los adecuados para soltarlo así como así.
Mortificada por el aspecto que el joven mantenía, Asuka también lo veía, pensando en alguna manera de confortarlo, sin ocurrírsele nada que resultara útil. Paseó la vista por el lugar, para terminar mirando con desdeño a sus supuestos amigos, quienes habían sido los que lo lastimaron de esa manera. Eso se sacaba por juntarse con sujetos de esa calaña, ya se lo había advertido mucho antes. Le preocupaba mucho la clase de gente con la que se rodeaba. Quizás de ahora en adelante la escucharía mejor cuando quisiera darle un consejo.
—Imbéciles— musitó la jovencita con la vista clavada en ellos, haciéndolos sentir tan bienvenidos como a un virus, para luego dirigirse a su cuarto y ya no salir de él.
—Creo que lo mejor será irnos, Kensuke— indicó Toji, señalando la puerta con un gesto.
Y, a pesar de que seguía lloviendo, nadie se opuso a que se fueran, pues resultaba la decisión más sensata en esos momentos.
A pesar de la tranquilidad absoluta que predominaba en el laboratorio de pruebas, la situación era muy tensa. Para poder ejecutar las mencionadas pruebas de armonización los pilotos requerían completa concentración, y sobre todo de mucho esfuerzo mental. Muchas veces estas situaciones acarreaban consigo una gran carga de estrés, tomando en cuenta, sobre todo, la edad de los pilotos. Aún así, las diferentes pantallas que mostraban los rostros de los infantes no reflejaban molestia alguna en ellos. Aquella expresión serena, de meditación profunda en sus caras no había cambiado un ápice en horas.
Hasta ahora, sin embargo, todo estaba saliendo a pedir de boca. Ritsuko y su equipo estaban obteniendo datos muy valiosos para su investigación. Enclaustrados en unas réplicas muy semejantes a las de sus cabinas, sumergidos a cierta profundidad dentro de LCL concentrado, los cuatro pilotos demostraron aptitudes y habilidades satisfactorias para una sincronización aceptable con sus Evas. No obstante, era un par de ellos los que desplegaron un avance mayor que el del resto de sus camaradas, detalle que el equipo de investigación científica no quiso pasar por alto.
—Unidades Cero y 02 acercándose al umbral de la zona de contaminación— anunció Maya, deteniendo el descenso de dichas cápsulas en ese líquido tan rojo y espeso —Han llegado a su límite, doctora.
—Las Unidades 01 y Z aún mantienen un margen de tolerancia— dijo la mujer con el cabello teñido, revisando las lecturas en una consola —Traten de incrementar la profundidad de ambas a 0.3.
—La Unidad 01 se aproxima al borde de la zona de contaminación— volvió a indicar su asistente, aunque mucho más sorprendida que la vez anterior.
—¿Y aún así puede mantener estas lecturas tan altas? ¡Increíble!— el comentario de Akagi casi se escuchó como una muestra de apoyo hacia el piloto. Casi.
—Su nivel de armonía, y también su radio de sincronización se están acercando bastante a los de Asuka. Me parece que en cualquier día de estos la alcanzará— anunció Maya, comparando datos desde su puesto en el laboratorio.
Al margen del proceso de investigación, la ahora Mayor Katsuragi se mantenía al tanto de la situación, de pie y con los brazos cruzados en una esquina del lugar. Estaba anormalmente callada, inspeccionando a todo y a todos minuciosamente con la mirada. Tomaba nota, sobre todo, del exagerado entusiasmo que manifestaba la jefa de investigaciones con el avance de sus pilotos. Aquello no era una muestra de alegría por lo que podría significar un gran paso para lograr la victoria sobre el enemigo, eso le quedaba claro. Había algo más oculto en tal actitud de satisfacción. ¿Qué se estaban proponiendo los Altos Mandos esta vez?
—¿Qué hay de Zeta?— cómo esperaba Misato, el semblante casi orgulloso de la científica se transfiguró en una mueca de desdén al pronunciar aquellas palabras y dirigir la mirada hacia el rostro que se transmitía en el monitor de dicha cápsula. Por donde se le viera, la faz despreocupada de ese muchacho reflejaba que se encontraba aún más tranquilo que sus otros tres compañeros. Aquello, como cualquier otra cosa que no pudiera entender y controlar completamente, desesperaba en demasía a la doctora.
—La Unidad Zeta aún se encuentra al margen de la zona de contaminación. A este ritmo, puede descender el doble de su profundidad sin mayor dificultad— pronunció Maya, un tanto temerosa por lo que estaba presenciando.
Se podía percibir otro estado de ánimo en la mayoría de los miembros del equipo, en cuanto a Zeta se trataba. A diferencia de las otras unidades, en las que cualquier progreso que enseñaran era motivo de admiración, cualquier avance del Eva Z era tomado como algo alarmante, pues estos avances siempre eran a pasos gigantescos, inconcebibles, desafiando a toda lógica. Nadie estaba completamente seguro de los verdaderos alcances de la Unidad Zeta, ni de lo que era capaz de hacer, por lo que los empleados de NERV íntimamente relacionados al funcionamiento de los Evas estaban comenzando a transferirle una cualidad sobrenatural, alimentado principalmente por su propio temor a aquello que no alcanzaban a comprender.
Sin contar la escabrosa habilidad de su joven piloto para, en apariencia, poder controlar el nivel de sincronía con su Eva a su completo antojo. Aunque todavía no se comprobaba, el personal de investigación, y muy particularmente la Doctora Akagi, habían fijado alguna vez en 500% el máximo nivel de sincronización entre el piloto y el Eva Z, hasta el momento; ello superaba la mayor marca registrada por NERV, que estaba fija en un 450%, y esto había acarreado consigo consecuencias fatales. Y ahora, llegaba este niño, quien fácilmente vencía límite tras límite sin mayor problema. ¿Cómo era aquello posible? Ritsuko tenía una o dos teorías, pero sin poder practicársele estudios más profundos al piloto, debido también a su alto puesto dentro de las Naciones Unidas, sus hipótesis sólo quedaban en eso, sin poder llegar a ser hechos comprobados.
—Es como si fuera un don natural— comentó Maya sin notar la turbación en su superior, así como su mandíbula apretada—¿No lo cree así, doctora?
—Pareciera que esos dos chicos nacieron para pilotear un Evangelion— acotó otro técnico de menor rango.
—Pese a que ninguno de los dos jamás lo pidió— intervino la Mayor Katsuragi, emergiendo de su aislamiento autoimpuesto —No deben estar muy contentos con eso.
—Eso lo sabemos muy bien— le contestó Akagi, mirándola fijamente. ¿Es que acaso la Misato sospechaba algo? —Por lo menos con Shinji. Pero, ¿qué tal Kai? Estoy segura que haría cualquier cosa que le pidieras. Todo, con tal de verte complacida.
—¿Qué está tratando de insinuar, Doctora Akagi?— Misato atisbó el tono hiriente en aquellas palabras.
Los demás técnicos y oficiales que se encontraban en la sala se miraron de reojo los unos a los otros sin decir cosa alguna, nerviosos. Una vez más, se encontraban atrapados en una de las disputas que sostenían constantemente la Jefa del Departamento de Investigación Científica y la Jefa del Departamento de Tácticas y Estrategias, pese a ser tan buenas amigas. La atmósfera se ponía mucho más tensa en esas acaloradas discusiones. A decir verdad, muchos se sorprendían que aquellos desacuerdos nunca hayan terminado en golpes.
—Nada en particular— continuó la rubia —Sólo me parece muy curioso que al principio de esta etapa del Proyecto, nuestro joven Doctor Rivera se mostraba bastante reacio a tripular un Eva bajo las órdenes de NERV, pero viéndolo ahora parece estar muy bien acomodado en su papel de piloto, ¿qué o quién habrá sido el responsable de tal cambio? Tengo una idea al respecto... no obstante, todavía puede darse el lujo de ser selectivo con los deberes que tiene que cumplir, como por ejemplo, practicarle una serie de estudios mucho más profundos que lo habitual.
—Pese a lo que crea, Kai tiene sus propias razones para estar dentro del Proyecto Eva, y sólo él es quien decide el rumbo de su camino, así como el cumplimiento de sus obligaciones como piloto. Y la última vez que revisé, servir como un maldito conejillo de indias no es uno de ellos.
Las cosas estaban mucho más agresivas de lo habitual. Quien sabe hasta donde irían a parar, de no ser por la oportuna intervención de la persona que era el origen de la acalorada discusión.
—Oigan, ¿ya mero acabamos? ¡Hace hambre!— pronunció el muchacho a través de la pantalla, sin bajar un ápice su porcentaje de armonización —Quiero ir a echarme unos tacos...
—¡Aún no!— respondieron las dos mujeres al unísono, irritadas por su interrupción, además del tono insolente que empleaba —¡Aún hacen falta más pruebas!— completó Akagi, sin reparar en los datos que le llegaban en su consola.
—¿Más pruebas?— preguntó desanimado el chiquillo —¿Qué más falta por probar? ¿La armonización? ¡Prueba esto, entonces!
Con un solo gesto del niño, el contador del nivel de armonía bajó unos cuantos puntos, quedando apenas en el límite de contaminación mental, para entonces repuntar y rebasar por tres puntos su registro anterior, sólo para volver a reducirlo y entonces aumentarlo de nuevo abruptamente. La bravuconada se repitió por unas tres veces más, ante los rostros estupefactos del personal presente, quienes no daban crédito a lo que veían.
—¡¿Quieres dejar de hacer eso, chiquillo del infierno?!— reclamó Ritsuko —¡Arruinarás los instrumentos!
Hasta muy entrada la tarde fue que concluyeron las dichosas pruebas, no sin antes sortear numerosos inconvenientes como aquél. Fue agotador, pero finalmente, poco antes de las ocho, el personal había terminado de recabar información y los pilotos ya podían marcharse a descansar. Se suscitó un altercado entre Asuka y Shinji cuando éste último fue felicitado por gran parte del personal de investigación, incluida la Doctora Akagi, por sus notables avances; aparentemente, en su línea adoptada tiempo antes de hostigar a Ikari, a la muchachita tampoco le cayó muy en gracia ver amenazado su puesto entre sus compañeros por el tímido Shinji, quien discretamente, sin hacer mayor alarde de ello, se estaba aproximando a sus lecturas. Ello derivó en que tanto la alemana como el chiquillo viajaran por separado al apartamento, una en taxi, el otro a pie.
No obstante, fue hasta pasadas las diez que Misato y Kai abandonaron los cuarteles. El joven había declinado acompañar a sus camaradas en el trayecto a casa, optando por esperar un rato más a la recién nombrada Mayor Katsuragi, con tal de pasar un tiempo en su compañía. Hacía mucho que los dos no podían conversar a solas, por lo que la plática no se hizo mucho del rogar.
—¿Y viste la cara que puso Asuka cuando Ritsuko felicitó a Shinji?— preguntaba animado el muchacho, en el asiento del copiloto, mientras jugueteaba con la radio —¡Si hasta le dio una palmada en el hombro!
—Pobre Shinji— pronunció la mujer, compadeciéndose del chico, pero con la misma expresión risueña de su acompañante, cuando conducía su vehículo por un túnel —Asuka debió comérselo vivo...
—No creo que haya de qué preocuparse... al parecer, nuestro Shinjito sigue derrapando por Asuka— comentó el chiquillo, aunque en un tono más serio, casi preocupado.
—¿Cómo lo sabes?
—Eh... pues sólo lo sé... se le ve en la cara, supongo; además de que sigue sin querer hablarme. Ayer que fuimos a pasear apenas si me dirigió la palabra.
—Qué raro, y yo que pensaba que estaba más interesado en Rei.
—Yo también.
—Y... ¿eso te importa? Digo, el que esté interesado en cualquiera de las dos.
—No lo sé... es muy difícil... a veces me parece que todavía siento algo por Rei... la veo... y siento un no sé qué... pero luego está... tú sabes, no quedamos en muy buenos términos que digamos... y Asuka... no me imagino a donde voy con ella... digo, es muy bonita, y le gusto y parece que sí quiere, pero... es decir, ¡caray, es Asuka! La misma chiquilla pecosa con la que me agarraba de las greñas cuando era pequeño... además vive con nosotros, va a la misma escuela, al mismo trabajo... no sé si aguantaría verla todo ese tiempo.
—¡Qué indeciso eres!— dijo divertida Misato, dando una vuelta a la derecha —A ver si luego no te quedas como el perro de las dos tortas, sin una y sin la otra tampoco... aún así, me enorgullece que mi peque se haya convertido en todo un galanazo— continuó en el mismo tono, mientras que alborotaba la melena del muchacho, haciéndolo enrojecer —¡Eres el azote de las muchachitas!
—Pero todo es gracias a ti— señaló Kai —Por darme siempre mi chocolatote, y por todo lo que me enseñaste...
—¿Y a qué viene todo eso?— advirtió Katsuragi, mirándolo de reojo al percatarse que otra vez la conversación adquiría un tono serio.
—Es que he estado pensando mucho últimamente... en todo lo que dejaste para cuidarme todos estos años... y me siento muy apenado... no sé si podré agradecerte todo lo que haces por mí.
Había mucho remordimiento en aquellas palabras, y así lo advirtió la conductora. El muchacho se encontraba cabizbajo, como si lo hubiera acabado de regañar. Aunque a veces ella pensaba un poco en lo mismo, no pretendía que su protegido cargara con el peso de tal decisión.
—¿Sabes algo? Siempre que te veo me convenzo que todo eso bien valió la pena, con tal de verte crecer y ver en lo que te has convertido... al sopesar los costos, me doy cuenta que no fue tan duro como muchos creen. Además, ¡eres mi persona favorita! Haría mucho más por ti, si es necesario...
—Pero... perdiste muchas cosas por mí... Kaji...
—Kaji es cosa muy aparte, y tú nada tuviste que ver— lo interrumpió de súbito la mujer, apenas había pronunciado aquél nombre —Ya te lo había dicho antes... ¿De dónde es que sacas todas esas ideas tan locas?
—Bueno, me lo imagino... además mucha gente me lo dice: "¡Qué difícil debió ser para ella, tan joven!" "¿En serio te cuidó todos esos años? ¡Y a esa edad!" Apenas ayer Kensuke...
—Le prestas mucha atención a lo que dice la gente, nada más cuando quieres— lo volvió a interrumpir, posando su mano sobre su cabeza —Deja que los demás digan misa. Quizás sí hayamos pasado por momentos difíciles, todos estos años, pero aún así yo lo hacía con mucho gusto porque te quiero, y ahora no permitiría que nada te alejara de mí... nada...
Por unos momentos, ninguno pronunció palabra. El muchacho estaba enternecido, pero también muy apenado. No encontraba el modo de decirle algo para corresponderle, no sin el riesgo de caer en lo absurdo; pero algún día, encontraría el modo de también demostrarle su afecto.
—¡No se te ocurra ponerte a chillar ó salir con una de tus cursilerías, por que aquí mismo te bajo!— atajó la mujer, retomando el tono de chanza habitual entre los dos.
—Muy bien, muy bien... que al cabo ya vi que se te andan escurriendo las lágrimas, al rato van a ser los mocos...
Llegaron, pues, al poco rato a su hogar, bien dispuestos a tomar un buen descanso luego de un día tan agotador. No obstante, la noche apenas comenzaba, como pudieron percatarse apenas al abrir la puerta de su departamento. Una pancarta pintarrajeada con motivos alegres fue la primer cosa que los recibió: "¡MUCHAS FELICIDADES, MISATO-SAN!"
—¡¿Qué diablos?!— exclamó después Kai, al advertir la presencia de varias personas en su casa. Ó se habían equivocado de apartamento, o se trataba de una fiesta.
—¿Una fiesta? ¿Y para mí?— pronunció Misato a su vez, llena de admiración cuando Shinji, Asuka, Kensuke y Toji les salían al paso —¡Muchas gracias, chicos! No debieron haberse molestado.
—De ninguna manera, señorita— contestaron al unísono sus dos grandes admiradores —No fue molestia alguna, ¡felicidades por su ascenso!
—¿Alguien me puede explicar que está pasando aquí?— demandó Rivera, con expresión aburrida, rayando en el enfado.
—Ni hablar... hace rato que estos dos llegaron con Shinji y comenzaron a poner la casa de cabeza— respondió la joven europea con la misma expresión en su linda cara.
—Son cosas de Kensuke— admitió Shinji, risueño, pero a la vez sumamente apenado. No estaba muy convencido de que tanto jolgorio fuera tan buena idea.
—Sentimos que era nuestro deber, fue por eso que nos pusimos de acuerdo con Ikari— completó Aida, acercándose a donde estaban —Sobre todo por lo de ayer... espero puedas disculparme...
El muchacho de gafas de veras estaba avergonzado, podía notársele en el rostro. Kai lo observó por algunos momentos, dubitativo, para luego levantar el mentón, olfateando un aroma que provenía de la sala.
—¿Acaso es una parrillada lo que huelo?— acusó, y después de que Kensuke afirmó con un movimiento de cabeza lo tomó por los hombros y se dirigió de inmediato hacia la fuente de aquel delicioso olor —¡Entonces, chaparro, puedes considerarte perdonado! ¡Ahora, dame de comer!
Al poco rato, los asistentes ya estaban sentados en torno de una parrilla portátil que habían instalado en medio de la sala, donde comenzaron a degustar el asado que preparaba Aida, quien al parecer poseía amplia experiencia en tales lindes, seguramente por esa afición suya de salir a acampar tan seguido.
"Pues mientras se pueda beber para la ocasión, por mí no hay ningún problema" pensaba la festejada mientras le daba otro sorbo a su cerveza. Sólo ella y Kai se encontraban bebiendo. "Además, todo esto es gratis. No tuve que pagar ni un quinto por nada".
—Eh... con permiso...— pronunciaba tímidamente Hikari mientras pasaba por la puerta que habían dejado abierta, para que el humo no se estancara —Buenas noches...
Enseñando sus buenos modales, la jovencita de las trenzas esperó en el recibidor hasta que fue invitada a entrar.
—Pasa, Hikari, no hay cuidado— se levantó Langley para recibirla, admirada de sus atenciones. Era una de las razones por las que simpatizaba tanto con ella —No deberías ser tan educada con estos simios...
—Mucho gusto, soy Hikari— se dirigió a donde se encontraba sentada Katsuragi, entregándole un ramo de flores como presente —Disculpe la molestia.
La mujer quedó igualmente maravillada con los modales de la chiquilla. Incluso llegó a sentirse avergonzada por ella misma, pues debió haberse levantado también para invitarla a pasar.
—Al contrario, mientras más vengan, es mejor— contestó apuradamente sosteniendo el ramo en su regazo —Eh... muchas gracias por las flores...
—Este... Kai...— le murmuró al muchacho, el cual estaba a lado suyo, una vez que Asuka se llevó a la recién llegada para que se sentaran juntas —¿Tenemos algún florero, o algo que se le parezca?
Ello demostraba que era muy raro tener ese tipo de ornamentos, tan habituales en cualquier lado, en aquella casa. Misato era una mujer tan descuidada que no tenía la atención como para adornar de esa manera su hogar.
—Pues... no, que yo sepa— le contestó el jovenzuelo del mismo modo, cuidándose que tanto Hikari como la alemana no los vieran —Supongo que podríamos ponerlas en la jarra donde preparamos la piña colada...
—Hazlo... ¡pero que nadie se de cuenta para qué es la jarra!— le indicó, pasándole cuidadosamente las flores.
Mientras tanto, la presencia de Hikari no pasaba desapercibida para los demás muchachos. El primero en hacer un comentario al respecto fue Suzuhara, quien era el más arrojado de los tres.
—¿Y qué es lo que está haciendo aquí la representante de clase?— se extrañó, temiendo reconocer a la chica como otra cosa que no fuera "la jefa del salón".
—La invité yo, por supuesto— intervino de inmediato Langley —Esto iba a estar muy aburrido, con unos burros sin remedio como ustedes... especialmente tú...
—¡¿Qué estás insinuando, metiche?!— contestó el chico con la misma rapidez. Era obvio que se traían algo, esos tres.
En cambio, para Shinji, quien no estaba al corriente de los hechos, todo empezaba a resultarle tedioso. Asuka, Toji y Hikari comenzaban a cuchichear sobre algo que no entendía muy bien, Kensuke estaba muy afanado cuidando de que la carne no se le quemara. Cuando iba a la cocina, a Kai se le ocurrió prender el radio. Lo que faltaba.
No lo admitiría públicamente, pero a Ikari le disgustaba sobremanera todo ese bullicio, lo hacía sentirse incómodo, mucho más si sentía que no encajaba en ninguno de los pequeños grupos que se formaban.
—¿Te resulta difícil?— le preguntó de súbito la mujer, acercándosele sin que se hubiera dado cuenta —¿Adaptarte a este tipo de situaciones?
—No estoy muy acostumbrado a estar rodeado de tanta gente— confesó el chiquillo, una vez repuesto de la sorpresa —¿Porqué tienen que hacer tanto escándalo? — pronunció entre dientes, en un tono desdeñoso mientras volteaba hacia sus tres compañeros de escuela, quienes seguían discutiendo —Tu ascenso parece ser motivo de orgullo para otros, pero no parece que lo sea para ti— acotó enseguida el muchacho, afanado en examinar la situación tan rara en la que se encontraba.
—Tal vez tengas razón... no es que no esté orgullosa de mí misma... sólo ligeramente complacida... como sea, los rangos tampoco son mi mayor preocupación.
—¿Y entonces? ¿Cuál es la razón de que estés trabajando en NERV?
La mujer le dio un trago profundo a su segunda lata de cerveza, para entonces soltar un hondo suspiro y responder, un tanto alejada:
—No me acuerdo muy bien... sucedió hace tanto tiempo que...
Una nueva serie de llamados a la puerta la interrumpió de sus pensamientos, al mismo tiempo que Langley se apuraba para levantarse y abrir, en medio de expresiones de júbilo, con una expresión radiante y vivaz en su rostro:
—¡Ese debe ser Kaji, sin duda!
—¡¿Qué?!— musitó en el acto su anfitriona, sentada en su lugar —¡¿Te atreviste a invitar a ese imbécil?!
Asuka no atendió al reclamo, tan afanada estaba en recibir a su admiración como se lo merecía. Pese a todo, su algarabía se desvaneció cuando vio entrar al susodicho en compañía de la Doctora Akagi, quien lo tenía agarrado por un brazo. Aquella demostración de súbita familiaridad tampoco pasó desapercibida para la festejada, quien desde su sitio en la mesa los fustigó con la mirada, al igual que la chiquilla de pie.
—Vine directamente desde el cuartel, y me encontré con Rikko a la salida— señaló el hombre cuando se quitaba los zapatos para entrar al apartamento, al tiempo que Kai, a sus espaldas, cerraba la puerta —Espero que no les moleste que la haya invitado.
Aquella explicación no sirvió la gran cosa para cambiar la expresión desconfiada que tenían en sus rostros tanta la jovencita como Misato.
Divertida en sobremanera por la reacción de ambas, Ritsuko no pudo hacer menos que saborear el descontento que estaba provocando, para luego preguntar con tono malicioso, a la vez que recargaba su cabeza sobre el hombro del codiciado sujeto:
—¿Celosas?
—¡Claro que no!— señalaron las dos casi al parejo, meneando la cabeza.
Así que mientras Katsuragi se refugiaba en su cerveza para fingir, asimismo Asuka se apresuraba para tomar al desprevenido Kai de la mano y dirigirse otra vez a la mesa, seguidos por los recién llegados.
—No había tenido oportunidad de felicitarla por su ascenso, Mayor— Ryoji se condujo con sumo respeto a la festejada mientras tomaba su lugar en la mesa. Hasta sus cumplidos iban llenos de socarronería —Parece que a partir de ahora voy a tener que ser más cortés cuando te dirija la palabra, ya que tengo que tratarte como a un superior.
—¿Por una vez en tu vida podrías tratar de no comportarte como un idiota?— farfulló la mujer, volteando el rostro hacia otra dirección, un tanto avergonzada.
Lejos de querer desistir, el mordaz Kaji continuó en sus intentos de hacerle perder piso a la celebrada, tan entretenido se encontraba en tales lindes:
—Me parece que es la primera vez que tanto el Comandante Ikari como el Subcomandante Fuyutski están fuera de Japón. Eso quiere decir que confían lo suficiente en la Mayor Katsuragi como para confiarle en que cuide de la casa mientras ellos no están.
—¿Qué quiere decir eso?— interrumpió Shinji, extrañado, como casi siempre.
—Quiere decir que mientras el barbas de chivo y el abuelo están fuera, Misato es la que está a cargo de todo— le respondió Kai, tomando parte en la conversación —Me parece que se dirigían a una reunión en Alemania con el Consejo de Seguridad, ¿no es así? Qué triste es cuando una persona se rebaja a tener que rogar...— murmuró con aire socarrón, dándole un gran sorbo a su lata de cerveza.
—¿A qué te refieres?— preguntó por su parte Akagi, con el entrecejo fruncido.
"Esto no va nada bien" pensó el joven Ikari, apurándose por levantarse e ir a la cocina, buscando un lugar seguro. Era obvio que su compañero de cuarto estaba buscando la confrontación con aquella mujer.
—Que el comandante aún espera salvar lo que queda de su presupuesto. Seguro que fue a presentarles ese nuevo artilugio en el que están trabajando para los Evas, ¿no?
—¿Y tú que tanto sabes al respecto?— preguntó sobresaltada la científica, palideciendo.
—No mucho... me lo suponía, creo, y ahora has sido tú la que ha confirmado mis sospechas— de un trago terminó con el contenido del recipiente en sus manos y continuó, con una mirada divertida —Aún así, no hay gran cosa que puedan hacer... el comité ya comenzó a dar fondos para la construcción de Alfa y Beta... los trabajos empezarán en un par de semanas, mientras reúno a la gente que pueda con el paquete, así que ya no hay marcha atrás...
—Eso es lo que tú crees— contestó altanera la doctora.
El jovenzuelo pensaba responderle con una frase igual de retadora, mientras que se hacía de una nueva lata. Sólo que Langley, examinando fríamente la situación y oportuna como nunca, decidió intervenir, arrebatándole el envase cuando pretendía abrirlo.
—¡No, no y doblemente NO!— reclamó, acusando a su compañero con el dedo índice, moviéndolo de lado a lado —¡Un muchacho tan apuesto y sano como tú no debería estar tomando estas porquerías! ¡No es lo adecuado!
Rivera estaba tan sorprendido como todos los demás: ¿acaso ella había dicho "apuesto"? ¿Y acaso pretendía decirle qué hacer? ¿Pues quien se estaba creyendo que era esa...?
—¡Me gusta esa canción! Ven, quiero que me saques a bailar— Asuka no dio tiempo para objeciones ni nada por el estilo, sujetando fuertemente al jovencito por la muñeca y arrastrarlo literalmente hasta la sala, donde había espacio suficiente para hacer lo que pretendía.
Era una escena bastante curiosa: la muchachita europea, derrochando el entusiasmo y la vivacidad que la caracterizaban, de pie frente a Kai, moviendo su menudo y alegre cuerpo al compás de la estridente música, al tiempo que intentaba enseñarle unos pasos a su atolondrado acompañante, cosa que resultaba bastante difícil, dada la poca disposición de éste y sobre todo la ausencia casi completa de habilidades para el baile.
En efecto, los vergonzosos intentos del muchacho por seguir el ritmo de la extranjera resultaban muy divertidos para los asistentes a la reunión, riendo entre dientes cuando apreciaban la escena. Parecía que Kai tenía los pies pegados en el piso. Sin embargo, pronto la chiquilla también jaló a la improvisada pista de baile a Hikari y a Toji, quien en un principio también se mostró un poco renuente, pero que al cabo de un rato se encontraba bastante entretenido bailando junto con la jefa del salón. Además, lo alentaba el hecho de saber que lo hacía mejor que Katsuragi. Al fin había encontrado una cosa en la que era mejor que él.
Como fuere, a escondidas todos admiraban la sagacidad que Langley demostró al cortar de tajo una conversación bastante peligrosa que se enfilaba a una monumental discusión, en la cual muchos de los invitados no tenían nada que ver. Eso habría arruinado por completo la fiesta, sin embargo la ocurrencia de Asuka logró evitarlo sin mayores problemas y aún más, darle nuevos bríos a dicha reunión, que baste decirlo, momentos antes estaba pecando de aburrida y sosa. Ahora, todos estaban sentados en torno a la sala, animando a los bailarines chocando palmas al ritmo de la música. Incluso Shinji, quien hasta hacía poco se había mostrado bastante huraño, refunfuñando entre dientes por la presencia de tantas personas en su refugio se encontraba bastante animado al calor de la fiesta.
Luego de unos momentos las parejas de baile cambiaron. Kai consiguió escapar de la alemana, argumentando que tenía sed, por lo que ésta no tuvo más remedio que arrastrar a la fuerza a Ikari para que bailara con ella, y por su parte Hikari había hecho lo mismo con Kensuke, con tal de que no se sintiera olvidado. Kaji tuvo la ocurrencia de invitar a la pista a Misato, ofreciéndole una mano que casi de inmediato fue rechazada de un manotazo artero. Entonces, con tal de seguir provocando a su ex - amante, Ryoji optó por sacar a la Doctora Akagi, a su lado, quien aceptó de buena gana con el mismo propósito en mente. De vez en vez, ambos miraban discretamente a sus espaldas, donde podían contemplar el semblante malhumorado de Katsuragi cuando bailaban cerca de ella.
Shinji no entendía bien por lo que estaba pasando. Se sentía intoxicado, a pesar de que en toda la noche no había probado una sola gota de alcohol. La felicidad y la alegría de las personas que lo rodeaban, aquellas personas cuya presencia le había incomodado hasta hace poco, se le había contagiado de alguna manera. Aquella era la primera vez que se estaba divirtiendo de verdad en mucho, mucho tiempo.
Además tenía la oportunidad de estar muy cerca de Asuka, quien lo balanceaba de acuerdo a los compases de la melodía. Estrechar su mano, sentir su cuerpo tan cerca del suyo, mirarla a los ojos con otra emoción que no fuera vergüenza o temor. Le encantaba eso. Le encantaba su jovialidad, su cuerpo alegre y ágil, su cabello dorado que se deslizaba en el aire, su piel tan suave. Ella simplemente le encantaba, y le encantaba poder tenerla tan cerca. Se estaba divirtiendo como nunca antes, detalle que no pasó desapercibido para la jovencita, quien se le acercó aún más y le susurró casi al oído:
—Te ves muy guapo cuando sonríes de esta manera, pequeñín— el pulso de Ikari se aceleró al máximo con solo escuchar aquellas palabras. El rubor se asomó en su mejillas, luego que la muchacha volvió a alejarse, para completar —Deberías intentarlo más seguido. Si lucieras así siempre, no tendría objeción en que me superaras por unos cuantos puntos.
A la mañana siguiente, el chiquillo pasaría bastante tiempo en el baño, contemplando su rostro en el espejo, pretendiendo averiguar si lo que había dicho su compañera era en serio o simplemente se estaba burlando de él, como casi siempre.
Luego de un rato, por fin Langley había conseguido arrebatarle a su preciado Kaji a Ritsuko y ahora se encontraba bailando muy animada junto a él. Había esperado por aquella oportunidad en toda la noche, y ahora que lo había conseguido sentía que la fiesta bien podría acabarse en ese momento, pues había logrado todos sus objetivos. Ya sólo estaban ellos dos sobre la "pista" mientras que los demás asistentes a la reunión comenzaban a conversar entre ellos.
—Kaji, qué bueno que por fin tengo la oportunidad de hablar contigo— empezó a hablar la muchachita, muy seria mientras se afanaba en seguirle los pasos —Tengo algo MUY importante que decirte, y la verdad no sabía bien qué momento era el adecuado para hacerlo, pero supongo que éste es tan bueno como cualquiera...
—Vaya, parece que es algo serio lo que tienes entre manos, linda. Me pregunto qué podrá ser— le contestó el sujeto, bastante divertido por la inusitada actitud de la chiquilla. Le intrigaba saber con qué ocurrencia saldría ahora.
—Es algo difícil de explicar... mira, lo que pasa es que...— murmuraba contrariada la jovencita, sin encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. Estaba resultando más complicado de lo que esperaba, mordiéndose un labio de la desesperación —Bueno, tú bien sabes que desde que nos conocimos me sentí muy atraída por ti. Todos estos años has estado a mi lado, y te lo agradezco mucho. Eres una persona que admiro bastante, y tú siempre serás mi primer amor, eso nada lo podrá cambiar... pero lo que sucede es que...
—Te has enamorado de otra persona, ¿no es así?— atajó Kaji, con una sonrisa en sus labios, entre divertido y enternecido por aquella confesión.
—¡Lo siento mucho!— se disculpó la joven europea, mientras ocultaba su rostro, sumamente apenada —No fue algo que hubiera planeado o que hubiera querido...
—Lo sé, lo sé, pequeña— el hombre la confortó, paseando su mano sobre la cabeza de la muchacha —Uno no puede escoger ese tipo de cosas... a veces, simplemente ocurren sin que te des cuenta... para serte sincero, yo también...
De forma inesperada Kai jaló a Misato hacia la pista de baile, cuando apenas comenzaba una pieza que nada tenía que hacer en aquél conjunto de melodías románticas de tono meloso. De hecho, aquella singularidad provocó que todos volvieran a fijar su vista en la sala. Hasta Asuka y su acompañante interrumpieron todo lo que estaban haciendo, sorprendidos de igual manera de que aquella extraña melodía estuviera incluida entre las demás, quedándose de pie en medio de la sala con expresión desconcertada.
A los únicos que parecía no importarles en lo absoluto era a los anfitriones, quienes ya se encontraban bastante entretenidos moviéndose animadamente uno junto a otro, entre risotadas a bocajarro por parte de ambos. Pronto, los demás también compartían su algarabía, animándolos en torno suyo, aplaudiendo cada movimiento.
"Tú decías: ven,
pero no decías cuando,
tú te burlabas
de mi pobre corazón,
tuve que recorrer
los siete mares preguntando,
hasta que al fin el brujo me dio la solución..."
Aquella fue la única vez en toda la velada que Misato dejó su lugar para ponerse a bailar, pese a que también Toji y Kensuke no habían desperdiciado la oportunidad de invitarla. Sólo a su protegido le había permitido sacarla, decisión de la que nunca se arrepintió pues en esos momentos se encontraba divirtiendo como enana.
"Mi amigo el brujo
fue y me dijo como hacer,
mi amigo el brujo
fue y me dijo como hablar
y ahora, el pobre infeliz
es un Don Juan.."
Aquella canción amenazaba con pecar de tonta, infantil, y hasta algunos fragmentos eran tan sólo balbuceos incoherentes de parte del intérprete, pero sin embargo, de que era entretenida, nadie lo podía desmentir. Todos estaban muy contentos con aquella tonada, animando tanto al chiquillo como a la mujer con sus extravagantes movimientos, hasta que por fin casi al terminar la melodía la torpeza de Rivera lo hizo resbalar y derribar a su compañera de baile en el piso, en medio del estrépito que ocasionaban las carcajadas de los asistentes a la fiesta.
—Ambos tenemos que andar con cuidado, Asuka— Kaji quiso reanudar su conversación, aunque ahora no en su tono socarrón tan habitual, sino en uno reflexivo, casi serio —Los dos tenemos rivales muy difíciles que vencer para llegar a aquellas personas que amamos.
—¿Eh? ¿A qué te refieres?— preguntó la jovencita, contrariada. ¿Acaso ya había descubierto quien era la persona de la que estaba enamorada? ¿Él también amaba a otra?
—Sólo quiero aconsejarte de que no te vayas a sentir desairada demasiado pronto— mientras hablaba en susurros miraba fijamente a Misato, tirada en el piso, riéndose a todo pulmón junto con Kai, quien la tenía abrazada del cuello. Un instante después, el muchacho le propinó un afectuoso beso en la mejilla, que le fue devuelto de inmediato, entre las risas de ambos —Muchas personas tienen entre sí lazos más fuertes que con otras, y sus prioridades pueden ser muy diferentes de las tuyas.
Al contemplar el gesto extrañado de Langley, Ryoji tuvo que simplificar la situación.
—No quiero que te des por vencida fácilmente. Además, Kai y tú hacen bonita pareja.
—¡¿Cómo es que...?!— el rostro de la joven extranjera se encendió en el acto como fogata de campamento.
—¡Ajá! ¡Sabía que era él!— atajó el sujeto, con una sonrisa de oreja a oreja, apuntándole con su dedo —¡Conseguí que lo confesaras!
—¡Kaji! ¡Eso fue muy cruel!— respondió de inmediato la chiquilla, cuando los dos volvían a tomar asiento.
Para todos ellos, la velada transcurrió sin más miramientos. La reunión no terminó muy tarde, pues los asistentes más jóvenes tenían que llegar a sus casas, hasta donde los llevó Ryoji en su vehículo, solícito. Ignoraban que el aparentemente apacible cielo estrellado sobre sus cabezas ocultaba un secreto que los volvería a poner en una encrucijada de vida o muerte.
Aquella noche, algunos de los astrónomos aficionados se encontraban confundidos, debido a que varias constelaciones no estaban donde se supone deberían estar. De hecho, no había rastros de ellas en ninguna parte, a pesar de ser una noche despejada y que las condiciones de luz eran las adecuadas para la contemplación del firmamento.
En el Observatorio Nacional de Hokkaido ya estaban al tanto de la situación, y luego de unos cuantos análisis se determinó que lo mejor sería turnar el asunto a la brevedad posible al Ministerio de Defensa japonés. Cuando éstos se percataron de un misil que había impactado en aguas territoriales del Pacífico, provocando un tsunami de dos metros y medio que arrasó sin piedad la costa, la cuestión se volvió inmediatamente de seguridad nacional. El misil aparentemente había caído del espacio exterior, proveniente de una órbita cercana a la tierra. Gracias a los satélites se detectó un enorme cuerpo de unos tres mil metros acercándose al planeta. La amenaza de un nuevo meteoro vagaba en las inquietudes de aquellas personas encargadas de estudiar el problema y entonces, cuando lograron un contacto visual con el intruso... fue momento de dejar que NERV se encargara de la situación. Lo que significó, pese a todo, un gran alivio para muchos.
Seis horas después, cuando apenas comenzaba a despuntar el alba, fue cuando se le notificó a la Mayor Katsuragi de la emergencia. Aún con resaca y agotada por el ajetreo de la noche anterior, a las seis y cuarto la oficial al mando de la agencia era puesta al corriente de los acontecimientos transcurridos en las últimas horas. Su aspecto ojeroso y maltrecho se reponía conforme se daba cuenta de las dimensiones y la magnitud del problema que tenía entre manos, a la par que escuchaba atenta a los informes de los oficiales técnicos, junto con Ritsuko, quien vale la pena decirlo, se apreciaba en mucho mejores condiciones que su compañera. En esas estaban, cuando fueron abruptamente interrumpidas por Shigeru, quien desde su consola comunicó de inmediato:
—¡Confirmada la recepción de la imagen del blanco por satélite! La pasaré al monitor, creo que deben verlo por ustedes mismos...
En el acto, la monumental figura del enemigo apareció en la pantalla del monitor principal de la Sala de Controles, abarcándola en toda su extensión. Allí estaba él, el Décimo Ángel, paseando tranquilo por las profundidades del espacio exterior cercano a nuestro planeta, alterando las mareas y el clima del globo. Se trataba de una figura plana y alargada, en cuyo diseño aparecía, al igual que en su predecesor inmediato, una estructura bastante semejante al ojo humano, tres para ser más precisos: dos a ambos extremos de la criatura y el más grande de ellos ubicado justo a la mitad de aquél ente. De nuevo, al igual que con el anterior, aquellos símiles de ojos, planos y carentes de vida, no reflejaban emoción alguna, al grado de ser grotescos. No obstante, allí terminaba cualquier semejanza con el ángel que ya había sido derrotado, pues este nuevo era el más grande al que se habían enfrentado. Los análisis arrojaban una cifra de tres mil metros de punta a punta. Eso, aunado a que sus ataques los realizaba desde la seguridad del espacio, en donde aparentemente era inalcanzable para los Evas, harían mucho más difícil detenerlo.
Cuando Misato se encontraba evaluando la situación, la señal en el monitor parpadeó unos momentos, para después sólo recibir estática. A todos les quedaba muy claro que el satélite había sido destruido, por lo que nadie tuvo que explicar lo sucedido.
—El Campo A.T. , me supongo— observó la Mayor, tragando saliva antes de hablar.
—Debe tratarse de un nuevo uso que desconocíamos hasta ahora— completó la científica, a su lado, igualmente determinando las posibilidades que tenían frente a un contrincante de tales características.
—Ya averiguamos la naturaleza de los misiles— pronunció Maya al respecto —Se tratan de fragmentos del cuerpo del ángel. Usa su propia masa y la energía de la caída como armas... es como si él mismo fuera una bomba.
La estática desapareció del monitor principal debido a la intervención de la joven, quien desplegó más imágenes por otro satélite, esta vez de los impactos producidos por la masa fragmentada del enemigo.
—De momento, los primeros ataques no han acertado en la plataforma continental, yéndose a estrellar sobre aguas del Pacífico. El siguiente disparo ya ha sido realizado, y dada su trayectoria calculamos que caerá dentro de dos horas en este punto— ilustró sobre la pantalla, con tal de que sus superiores apreciaran mejor el patrón de los impactos —Está corrigiendo el curso, por si lo han notado, y también descubrimos que cada ataque tiene mucho más poder y alcance que el anterior.
—En otras palabras, está aprendiendo de sus errores— murmuró Misato, inquisitiva, acariciándose la barbilla cuando miraba fijamente la pantalla, sumergiéndose en sus propias reflexiones.
El asunto era bastante interesante por sí solo. Dado el nulo conocimiento que se tenía del comportamiento de estas criaturas gigantescas o de su relación entre ellas, se desconocía si podrían desarrollar capacidades cognoscitivas; lo que era más inquietante aún, si acaso podrían aprender de las fallas de sus compañeros. De los últimos enfrentamientos con dichos monstruos, la tendencia en la estrategia de éstos había sido muy clara: evitar a toda costa el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Estrategia que se afianzaba en este nuevo oponente, escondido en el espacio exterior. La inquietud se apoderó de Misato: ¿acaso estas bestias poseían un medio para compartir experiencias propias? Siguiendo esta línea, aparentemente los Ángeles habían aprendido que debían evitar un enfrentamiento directo con los Evas; aquello resultaba lógico para cualquier estratega que se pusiera a analizar la situación, pues en todos los combates que se suscitaran los robots poseían ventaja numérica de cuatro a uno, eso sin contar el enorme poder de ataque desplegado por el Eva Z, dejando en muy mala posición a cualquier rival. Se trataba de una cuestión digna de un profundo estudio, pero desafortunadamente no había el tiempo ni los recursos necesarios para realizarlo. Era para lamentarse, pensaba Katsuragi, ya que si se pudiera conocer más de la naturaleza de esas criaturas era muy probable que hallaran una manera mucho más efectiva de derrotarlas por completo.
—Se ha sometido al blanco a un ataque con el nuevo modelo de Mina N2— volvió a pronunciar Shigeru desde su asiento —Sin embargo, no hemos podido comprobar el efecto de dicho ataque— aclaró, dirigiendo la mirada a sus superiores —La confusión creada por las ondas eléctricas que el Ángel emite impide que recibamos la información. Después del ataque, el blanco ha salido del alcance...
—Se está moviendo... y apuesto mi salario de todo un mes a que el maldito se dirige aquí— masculló la mujer con rango militar entre dientes.
—Concuerdo contigo— dijo Ritsuko, quien hasta el momento se había estado guardando su opinión —Es muy probable que su objetivo sea el Geofrente, y dado el incremento en la fuerza de sus ataques, me parece que su ataque final lo realizará con toda su masa restante.
—Ese bastardo quiere asegurarse que no quede ni el recuerdo de nosotros— se burló su compañera, algo inquieta —Maya, ¿alguna noticia del Comandante Ikari?
—Debido a la interferencia provocada por el blanco, aún no logramos comunicarnos con él.
"Eso quiere decir que estoy sola en esto" pensó Misato para sus adentros, esbozando una disimulada sonrisa "Bien, entonces podré proceder a mi antojo".
—¿Y qué es lo que MAGI sugiere?— inquirió de nueva cuenta, comenzando a estructurar sus planes.
—Recomienda la evacuación inmediata unánimemente— respondió Maya, después de verificar los datos. Hasta las supercomputadoras eran incapaces de encontrar una solución a semejante problema, mucho menos infundir cierta esperanza.
—En ese caso, contacten a los ministerios japoneses correspondientes— de inmediato la Mayor Katsuragi comenzó a girar instrucciones, posesionándose por entero de su papel como máxima autoridad —Expidan una Declaración Especial tipo D17 bajo la autoridad de NERV. Todos los civiles en un radio de 50 kilómetros deben ser evacuados. Y hagan que la recomendación de MAGI se extienda a la zona de Matsuhiro.
—¿También nos iremos nosotros?— preguntó Makoto, pensando en qué debía empacar para el viaje.
—No— contestó tajante su oficial superior, sin siquiera voltear a verlo —Pero no hay necesidad de arriesgar a todo el personal.
Así se dijo, y así se hizo. En cuestión de unos cuantos minutos la evacuación de la ciudad había dado comienzo, proceso harto ensayado hasta el cansancio por los habitantes de la zona urbana y elementos de Protección Civil así como la milicia japonesa, por lo que el engorroso proceso de llenar los refugios subterráneos se completó en un par de horas, justo a tiempo para la hora de la comida.
A su vez, todos los no combatientes y el personal prescindible (clase "D", así lo llamaban) se encontraban en el trámite de desalojar los cuarteles para dirigirse a los refugios designados junto con la demás población civil. Solamente aquellas personas que resultaran indispensables para el combate debían permanecer en sus puestos y arriesgarse a lo peor, esto era, quedar reducidos a un montón de polvo.
Nadie sabía a ciencia exacta que era lo que pretendía hacer Misato. Ni siquiera los mismos pilotos Eva, que ya se encontraban reunidos en torno suyo, enfundados en sus trajes de conexión, mientras que eran puestos al tanto de las circunstancias tan extremas a las que se enfrentaban.
—Nuestros cálculos estiman que el impacto final será el día de mañana, más o menos a estas horas— mientras la mujer hablaba, los cálculos y las gráficas aparecían en la pantalla de la sala de estrategias para ilustrar mejor su punto —Suponemos que el enemigo atacará en donde pueda provocar el mayor daño posible a la estructura del Geofrente, y en base a tal creencia, hipotéticamente el punto de impacto debería ser aquí— señaló en un mapa de la ciudad y sus alrededores. La zona abarcaba un círculo muy amplio que incluso llegaba hasta los lagos colindantes a la mancha urbana.
—¿Y cuál es el plan, en ese caso?— intervino Asuka, impaciente como de costumbre —¿Atraparlo con nuestras propias manos?
Tal comentario era intencionalmente burlesco, y así lo entendieron los demás pilotos. Sin embargo, la expresión en el rostro de su superior los hizo percatarse de que Langley había dado justo en el clavo. Conmocionados por lo que les parecía un absurdo sin remedio, la respuesta por parte de los chiquillos no se hizo de esperar.
—¡¿Pero qué clase de disparate es ese?!— exclamó de inmediato la alemana, creyendo que se iba a desmayar de la conmoción.
—Me parece algo bastante arriesgado, incluso para ti, Misato— completó Ikari, quien pensaba que ahora sí su tutora se había volado la barda por completo. Detener una mole de miles de toneladas cayendo a una velocidad infernal solamente con las manos del Eva. Había que estar completamente loco para intentar algo así.
No obstante, tanto Ayanami como Kai se reservaron sus comentarios al respecto de la táctica ideada por su oficial superior, permaneciendo a la expectativa de los acontecimientos, por el momento. El muchacho sólo se limitó a preguntar, sin alterar un ápice su voz:
—¿Qué es lo que planeas, exactamente?
—Bien— comenzó Katsuragi a especificar los detalles de la misión, empleándose de nuevas gráficas para tal efecto —Las tres Unidades Eva de NERV serán dispuestas en diferentes puntos estratégicos de la zona de impacto. Cuando el blanco se encuentre a una distancia determinada, los tres desplegarán sus campos A.T. al máximo alcance, disminuyendo considerablemente la velocidad de caída del enemigo.
—¿Qué sucederá después?— pronunció Rei en su acostumbrado tono robótico; sin embargo, comenzaba a darse una idea de lo que pretendía la Mayor y le inquietaba sobremanera estar en lo cierto. El hecho de que Misato no nombrara al Eva Z en la primera fase de la misión le parecía bastante sospechoso.
—Allí es cuando el Modelo Especial para el Combate deberá intervenir— dijo la militar con tono solemne, ocultando cualquier dejo de emoción en su voz, y luchando con ahínco para no mirar directamente al piloto de dicha Unidad —Deberá estar colocado en este punto específico— indicó en la gráfica el lugar — Y una vez que el objetivo reduzca su velocidad será el momento para que lo destruya con una de sus ráfagas ópticas.
Por un momento, ninguno de los presentes pronunció palabra alguna. Todas las vistas estaban dirigidas al piloto del Eva Z, quien se mantenía indemne ante todo. No había manifestado inconformidad alguna al plan de su guardiana, ni verbal ni física. Pero tampoco daba señales de estar de acuerdo con dicha decisión.
Finalmente, Asuka decidió intervenir. Para ella, era obvio que la Mayor Katsuragi había perdido por completo el juicio:
—¡Pero eso supone mucho riesgo, aún para el Eva Z! Lo que tú propones es un imposible, ni con los tres campos A.T. combinados podríamos detener un objeto de ese tamaño— terció, habiendo realizado mentalmente sus cálculos. Se trataban de cifras colosales.
—La Unidad Z se desprende de su Campo A.T. para efectuar dicho disparo— dijo por su parte Ayanami, ante el descontento tanto de Ikari como de la alemana, al darse cuenta que la chiquilla estaba preocupada por la seguridad no tanto de la misión, sino de Kai —En ese caso, quedaría indefensa a cualquier eventualidad. Además, aún si el enemigo fuera destruido, la explosión resultante lograría alcanzarlo, y dicha explosión liberaría grandes cantidades de energía, dadas las condiciones de las que estamos hablando.
—Confío en que la aleación especial de la armadura de Zeta lo protegerá de cualquier cosa— respondió en el acto Misato, esperando el momento en que su pupilo dijera algo, pero a pesar de todo el muchacho seguía callado, ajeno a las discusiones que por él se estaban suscitando —Es por eso que nadie más puede hacer este trabajo, entiéndanlo: aún sin su Campo A.T., Zeta cuenta con la protección de su armadura. Además, su ráfaga óptica es lo único que tiene el poder suficiente como para destruir a este monstruo.
—Si acaso llegáramos a ganar, será un verdadero milagro— declaró Asuka, cruzada de brazos y dándoles la espalda al resto. Todo el asunto le parecía absurdo. Apenas ayer Misato estaba muy cariñosa con Kai, durante la fiesta, pareciendo una verdadera madre y justo ahora era ella la que mandaba al muchacho a una muerte segura. No lograba entender ese comportamiento tan errático, al que sólo podía juzgar como el de un desquiciado.
—Los milagros suceden sólo porque somos nosotros los que los hacemos posibles, Asuka— contestó la mujer de inmediato. Sabía bien que era lo que estaba molestando a la chiquilla, pero no había nada que pudiera hacer. Era la única opción que les quedaba, y ella misma no estaba del todo segura de que debían hacerlo.
—Los milagros ocurren— sentenció Rei, murmurando, pero aún así todos pudieron escucharla —Pero, ¿qué tan seguido?
Ambas partes en disputa sostenían sus razones, tan válidas las unas como las otras. Las cartas estaban sobre la mesa, y sólo una persona podría decidir el rumbo de la jugada. Y esa persona se trataba de Kai Katsuragi, el hijo adoptivo de la Mayor Katsuragi, quien ahora lo estaba colocando en un gran peligro de muerte, mucho más grande que las veces anteriores. Si acaso fallaban, el Eva Z recibiría el grueso de la fuerza de impacto y ni siquiera él podría resistir a semejante golpe. Y aún si triunfaban el riesgo seguía siendo muy grande para él. El que no hubiera pronunciado palabra en todo ese tiempo no facilitaba las cosas. Los demás esperaban a que compartiera con ellos su opinión. ¿Se negaría rotundamente, como cualquiera lo haría? O por el contrario, ¿iría directo al matadero sin chistar, complaciendo a aquella persona que lo había cuidado durante once años?
—Necesitaré algo de tiempo— pronunció al fin, concluyendo de una vez con la incertidumbre general —Debo realizar unas cuantas pruebas de tiro y unos cálculos antes de decidir lo que haré.
Así fue como habló, permaneciendo a la expectativa, sin dar una respuesta concisa o inclinarse por cualquier acción. Aquello no dejó muy satisfechos a gran parte de la concurrencia, pero igual debieron aguantarse pues el que seguía teniendo la última palabra en el asunto era precisamente él.
El apacible cielo azul es cortado de tajo por un enorme haz de luz roja que se extendía en la profundidad de aquel firmamento, hasta ir a perderse en las estrellas. Aquella columna de energía destructiva hubiera deshecho fácilmente cualquier cosa que se le hubiera interpuesto en su camino. Aunque, a decir verdad, salvo el deshacer montones de nubes y una que otra ave descuidada, su recorrido no causó un auténtico daño y eso era porque así estaba contemplado.
Desde su cabina, y con apoyo desde la Sala de Controles del personal de Naciones Unidas, Rivera analizó minuciosamente los datos que le llegaban acerca de la trayectoria completa de la ráfaga expelida por su Evangelion.
—Kenji, ¿pudiste registrarlo?— preguntó por medio de la radio a su mano derecha, que se encontraba en los cuarteles.
—Afirmativo— contestó éste por el mismo método —Nos encontramos haciendo los respectivos cálculos en este mismo momento.
Se encontraban así desde la mañana. El objeto de tales maniobras era determinar el alcance de los rayos energéticos y si la potencia de éstos sería suficiente para eliminar al enemigo en el punto de encuentro previsto, según los datos proporcionados por el Departamento de Tácticas y Estrategias de NERV, o bien, si acaso algunos detalles deberían ser corregidos.
El muchacho, dado su puesto y los contactos que disponía, logró obtener el permiso del gobierno japonés para realizar una serie de cinco disparos sobre espacio aéreo nipón, aunque con un intervalo de una hora entre cada uno de ellos. Así se evitaba el riesgo de que alguna aeronave se atravesara en el camino de la ráfaga óptica. Kai estaba conforme con dicho acuerdo, cinco disparos eran más que suficientes para realizar sus pruebas; además, temía a cualquier efecto colateral que dichos disparos podrían tener sobre la atmósfera terrestre. Otro detalle que quedaba pendiente a estudiar, cuando se dispusiera del tiempo necesario.
Con respecto al resultado de las pruebas, estas no eran muy alentadoras. Aquél había sido su cuarto disparo, y los estudios realizados a los tres anteriores arrojaban cifras negativas. La ráfaga óptica, aún a su máxima potencia, resultaba insuficiente, primero para alcanzar al objetivo en su posición actual y segundo para detenerlo en el punto de encuentro previamente señalado, considerando la velocidad, la trayectoria y la masa con la que caería hacia él. Lo habían intentado corrigiendo la posición del robot y el ángulo de tiro, pero aún así no bastaba para su propósito. Y aparentemente, ese último disparo tampoco resultó ser efectivo.
—Fue un fiasco, igual que los anteriores— comunicó Takashi, luego de haber cotejado los datos en sus instrumentos —Cuando pudieras reventarlo, ya sería demasiado tarde. Tal vez si corrigieras el ángulo unos cuantos grados hacia el noreste...
—De acuerdo— asintió el piloto, en el interior del robot. Lo había situado en el punto en que Misato le había señalado que estaría durante la misión. Lo había trasladado según sus conveniencias durante las pruebas, pero aún así de nada le servía —Calibren los instrumentos una vez más y avísenme cuando estén listos— ordenó al tiempo que colocaba su máquina en otra posición y ayudado de los instrumentos en su cabina, calculaba el ángulo de disparo.
Un quinto rayo de energía incandescente, como el fuego del infierno, surcó los cielos, partiéndolos a la mitad. El haz luminoso siguió su camino, siempre ascendiente, y mientras más se extendía más fuerza iba perdiendo, hasta disiparse por completo poco antes de alcanzar el límite superior de la ionósfera, a unos 600 kilómetros de altura.
—¿Lo tienen, chicos?— volvió a preguntar el joven piloto, analizando los datos por su cuenta con el escaso material del que disponía, auxiliándose con las computadoras de la sala de controles.
—Por completo, señor— se apuró a contestar su alterno —En un rato más te tendremos los resultados del análisis.
—No hay prisa, éste fue el último. Acabamos con esto y nos vamos a casa, ¿les parece?
—Muy bien.
Kenji Takashi, segundo al mando en la división de las Naciones Unidas, desde su lugar de trabajo agradeció el que no se estuviera comunicando por medio de videoconferencia con el muchacho; así su joven amigo no podría ver su expresión afligida, su cara de desconsuelo, al volver a revisar los datos que llegaban a sus consolas.
—No funcionará, ¿verdad?— le preguntó su joven prometida, Sakura, quién si había podido ver su gesto adusto —Kai no podrá vencer a ese monstruo...
—Así es... no existe método alguno por el cual Zeta pueda derrotar a este enemigo— musitó el sujeto, luego de haber revisado los cálculos hasta seis veces, con todo el equipo y personal que disponía. Impotente, quiso desquitar su rabia con la consola delante suyo, golpeándola con el puño —¡Está completamente fuera de nuestras capacidades!
Y mientras la desesperación lo consumía, su tierna acompañante intentaba darle ánimos como fuera posible. Takashi tenía la cara escondida entre las manos cuando la chica le colocó una mano sobre su espalda:
—La Mayor Katsuragi confía en que la armadura del Eva Z resistirá...
—¡Es una completa imbécil!— aseveró, sin dejarla acabar, retorciéndose aún más en su asiento —¡Lo más seguro es que ese monstruo lo hará pomada, junto con todos nosotros!— dicho esto, su enojo contra todo desapareció para darle paso a la más profunda de las tristezas —Oh, Sakura— masculló, mientras le rodeaba con los brazos la cintura y la acercaba a sí —Tenía tantos planes para el futuro... tantas esperanzas para ambos... y ahora... nada nos queda... no es justo...
La mujer no le contestó de inmediato, limitándose a darle consuelo, acariciando su cabello. Luego depositó un beso sobre su cabeza y muy convencida al respecto, pronunció:
—Pase lo que pase, estaremos juntos. Nunca hay que perder las esperanzas.
Aunque muchas veces se comportara en forma infantil, despistada, el joven piloto del Eva Z para nada era ingenuo. Él mismo había realizado una serie de cálculos someros por su propia cuenta, y ahora, el nerviosismo que se notaba en sus subordinados y la tardanza que tenían en entregarle los resultados de las pruebas le confirmaban sus sospechas. El plan estaba destinado inevitablemente a fracasar.
El saberlo de antemano le colocaba en una posición bastante incómoda, entre la espada y la pared. Por un lado se encontraba su miedo natural, comprensible, a lo que le deparaba si aceptaba la misión, esto es, a una muerte segura, y por el otro lado había la lealtad y la devoción que le debía a aquella mujer que se había erigido en su figura materna, que lo había salvado luego de su tragedia personal y lo había estado cuidando amorosamente todos esos años.
Se maldijo a sí mismo por haber tenido la idea de las pruebas. Si no supiera el resultado por adelantado, hubiera sido más fácil tomar su decisión. Bien decían por allí que algunas veces, la ignorancia es una bendición.
Se recostó ligeramente en el respaldo de su asiento, mirando por el monitor, en forma de los ojos del yelmo del robot, las imágenes que le llegaban por video del exterior. Por el horizonte, el sol estaba por ponerse. El ocaso pintaba de un tono anaranjado el firmamento y ciertas porciones del terreno. Resultaba difícil imaginarse que desde ese cielo apacible se avecinaba velozmente una amenaza tan terrible como a la que se estaba enfrentando.
—Esto será mucho más difícil de lo que pensaba— murmuró el muchacho, recargando la cabeza sobre sus manos cruzadas por encima de los hombros.
La moneda estaba en el aire para todos ellos, vidas entrelazadas por un destino aterrador que no hacía distinciones para nadie... ¿de qué lado caería?
Por más que lo intentara, no había gran cosa que hacer para mejorar su aspecto. Por más maquillaje que se pusiera, no lograría ocultar las ojeras que adornaban su rostro ni tampoco su semblante asqueado. Su rostro estaba adquiriendo un tono verdoso, mareada como estaba. Dejó de mirarse en el espejo para abrir la llave del lavabo y dejar que el agua saliera de éste, llevándosela a la cara con las manos con tal de despejar sus ideas y tranquilizarse un poco.
No obstante, la voz de la Doctora Akagi, quien acababa de entrar al tocador para damas, impidió que llevara a cabo su propósito. Al ver a la Mayor en dicho estado, la recién llegada no podía desperdiciar la oportunidad de echarle en cara su condición y la causa de ésta.
—Vaya aspecto el que te cargas, Misato— subrayó la mujer científica, parándose a un lado de su amiga, quien continuaba con el rostro oculto en sus manos llenas con agua —Supongo entonces que de veras piensas hacerlo, ¿no es así? Me refiero a continuar con tu... plan tan imaginativo, digamos...
—Sí, doctora...— respondió arrastrando el tono de sus palabras, fastidiada. Lo menos que necesitaba en esos momentos era que Ritsuko viniera a molestarla con su sarcasmo —El plan sigue en pie, y se va a realizar pese a todo...
—Qué interesante... pareces muy decidida, después de todo— la rubia recargó un poco la cadera sobre el lavabo cuando se cruzaba de brazos, sin dejar de apreciar el lamentable estado de Katsuragi. No había que ser genio para percatarse de lo perturbada que se encontraba —Justamente hace unos momentos concluyeron las pruebas de tiro de la Unidad Zeta, ¿lo sabías?
—No, me la he pasado aquí un buen rato— contestó su acompañante mientras se secaba el rostro con una toalla — ¿Cómo ha salido todo?
—Acabo de recibir el resultado de los análisis— pronunció Akagi, abriendo la carpeta que llevaba consigo —Los datos recabados indican un amplio margen de fracaso... la probabilidad de éxito es menor que de una en diez mil.
—Me conformo con eso... por lo menos es mayor que cero. El Eva Z...
—Parece que no quieres admitirlo, Misato— la interrumpió, dirigiéndole la más fría de sus miradas cuando le hablaba —Zeta nunca podrá vencer a este enemigo, por más que te quieras convencer repitiéndolo... lo que estoy diciendo es que estás conduciendo al muchacho a una muerte inevitable, y tú lo sabes... ¿pero por qué?
—Nadie va a morir, más que el Ángel. Mi trabajo es destruirlos y...
—"Tu trabajo"— volvió a interrumpirla, mofándose —No me vengas con cuentos. Lo haces para tu propia satisfacción, para cumplir tu tonta venganza contra los Ángeles. Sólo que no imaginaba que ese sentimiento fuera tan grande como para hacerte sacrificar a tu "precioso" chiquillo. Me has impresionado. No creí que tu rencor fuera tanto como para hacerte olvidar tu enajenación por ese mexicano infeliz...
Ahora la que fue interrumpida fue ella. El fuerte puñetazo que su acompañante le dio al lavamanos la enmudeció de repente. Los ojos asesinos de Katsuragi estaban fijos en los de ella, enseñando los dientes con la quijada apretada. Lentamente, se acercó de manera amenazadora hasta que se detuvo a un solo palmo de su cara.
—Escúchame bien— masculló, casi susurrándole al oído —Pase lo que pase, me estoy asegurando de que Kai y los demás van a sobrevivir. Nunca permitiré que algo malo le suceda, y eso es por que él es lo más importante para mí; pero también soy la oficial al mando y haré todo lo necesario para cumplir con la misión. ¿Me has entendido?
Visiblemente asustada por la reacción de su acompañante, Ritsuko levantaba lo más que podía su rostro, en un penoso esfuerzo por alejarse sin demostrar su temor a que Misato se le dejara ir a golpes. Nerviosa, pestañeó un par de veces, esperando a su próximo movimiento.
Para su alivio, Katsuragi no estaba interesada en lastimarla de manera física, por lo que se decidió a darle la espalda, resuelta a retirarse de la contienda.
—Puedes decir todo lo que quieras— pronunció Akagi, ya más repuesta, presionando de más a su suerte —Y creerlo, si es que se te antoja. Pero para mí no eres más que una gran hipócrita, Misato.
—Pensé que ya sabías que lo tú creas, siempre me ha tenido sin cuidado, Ritsuko— y sin decir más, la mujer empujó la puerta delante de ella, saliendo del lugar y dejando sola a la científica, con el orgullo hecho añicos.
Pese a que la noche ya estaba muy entrada en aquellas latitudes, al escaso personal que se encontraba aún en el cuartel no le era permitido abandonarlo. En su lugar, se le proporcionaba a los empleados turnos para descansar dentro de las instalaciones, que tuvieron que ser condicionadas para servir como una especie de barraca. Durante el breve tiempo que duraba su descanso, aquellas personas debían dormir en camas improvisadas ya fueran en los comedores o en los pasillos no esenciales.
Los pilotos de los Eva no eran la excepción, aunque para ellos se les condicionó un dormitorio exclusivo que no resultaba tan incómodo, en donde se habían dispuesto cuatro camastros, uno para cada piloto. Dicho cuarto se había divido en dos secciones, una para las muchachitas y la otra para los chiquillos, apenas separadas por una sábana. Pero a pesar de los privilegios de los que gozaba, Langley no podía conciliar el sueño, revolviéndose de un lado para otro de la cama sin encontrar una posición idónea para dormir. Lo cierto es que se encontraba sumamente inquieta, se podría decir que hasta asustada. Además le incomodaba sobremanera tener que compartir el espacio con Ayanami, quien estaba plácidamente dormida en el otro extremo del espacio.
Sin más, la jovencita decidió por retirarse del lugar, convencida de que esa noche no lograría dormir, por más que lo intentara. En su lugar, optó por dar una prolongada caminata por los cuarteles. Antes de irse, una idea cruzó por su cabeza. Cuidándose de no ser descubierta, con suma cautela levantó uno de los bordes de la sábana que separaba aquél cuarto y se asomó al lado de los muchachos. Allí estaba acostado Shinji, aparentemente dormido. Pero el lecho a su lado aún no había sido ocupado. La sábana y la almohada sobre el colchón estaban en la misma posición en la que las habían encontrado cuando entraron a ese lugar. Eso quería decir que Kai no había llegado en toda la noche, por lo que aún debería estar por allí afuera, en algún lugar. Con una firme resolución en mente, la joven extranjera dejó el dormitorio, adentrándose en los corredores del cuartel.
Una vez que se marchó, Rei tuvo la confianza suficiente para abrir de par en par sus ojos carmesíes, que parecían brillar en la penumbra de aquel cuarto rápidamente improvisado. Había estado al pendiente de todos sus movimientos desde el principio, espiándola a hurtadillas, refugiándose en un sueño falso. Sabía bien a donde se dirigía. Y sabía bien qué era lo que pretendía. Pero no sabía si debía hacer algo para detenerla. No sabía bien si todavía quería detenerla.
Por su parte, el joven Ikari también se percató de la partida de la alemana, y de la misma manera intuía cuáles eran sus intenciones al abandonar aquél lugar. Iría en busca de Kai. Y lo que pasaría después de que lo encontrara era bastante obvio hasta para él, que a veces pecaba de ingenuo. ¿Pero qué podía hacer él? ¿Ir corriendo tras ella, rogándole que no fuera? ¿Confesándole abruptamente sus sentimientos, con la esperanza de que sintiera lástima por él y desistiera de sus intentos por estarlo lastimando siempre? Sí, cómo no. Como si fuera así de sencillo. Al igual que su compañera al otro lado de la sábana, permaneció impasible acostado en su cama, mientras dejaba que los eventos transcurrieran sin ninguna alteración. Se retorció en su sitio, en un gesto desesperado. Apretó los párpados y sus dientes, intentando contener el llanto que amenazaba con desbordarse. ¡Cómo le gustaría que ese desgraciado muriera al día siguiente! Aún le quedaba esa ligera esperanza, que mañana ese cerdo moriría y le dejaría el camino libre para poder hacer lo que quisiera. ¿Y si todo mundo muriera, con excepción de Asuka y él? Eso sería maravilloso, pues así ya no podría seguir negándolo, y tendría que resignarse a pasar junto a él el resto de su vida. ¿Y qué tal si también Rei sobreviviera? ¡Así las tendría a las dos para él solo! No, resultaría bastante incómodo. ¿Y si los únicos sobrevivientes fueran Rei y él? ¿Qué sería mejor? ¿Con Rei ó con Asuka?
Y así fue como el chiquillo, sin darse cuenta cabalmente, gastó la que quizás era su última noche con vida en pensamientos ociosos y fugaces.
Ya había buscado en los comedores, en las dos salas de control, en el laboratorio de pruebas y hasta donde los empleados se estaban reuniendo para jugar cartas. Y en ninguno de esos sitios había rastro de él. Sin embargo, en el último encontró una pista que le facilitaría el encontrarlo. Con una sonrisa entre adormilada y cómplice, algunos de los jugadores le habían comentado que lo vieron llevando consigo una tienda de campaña hacia el muelle de embarque de la Unidad Z. Alguien dijo que también había querido conseguir un televisor, aunque no sabía si lo habría encontrado. Hubiera querido borrar esas sonrisas maliciosas de sus asquerosos rostros de una patada, pero en su lugar sólo agradeció la ayuda prestada. Se alejó de allí a paso veloz, en medio de los cuchicheos de los congregados, que ya se encontraban especulando acerca del motivo por el cual Asuka estaba buscando a Rivera a tan altas horas de la noche, vestida con su entallado traje de conexión. De nada le había servido el cuidado que tuvo anteriormente, cuando se hacía la disimulada mientras lo buscaba, fingiendo que solamente daba un paseo, pues a final de cuentas había tenido que pedir ayuda a aquellos brutos descerebrados. Para cuando amaneciera, de seguro en todo el cuartel ya se sabría que estuvo buscando a Kai durante gran parte de la noche. Pero ya se ocuparía de eso después; ahora, lo más importante era encontrarlo, llegar a su lado.
Segura de que ya nadie la observaba, apuró el paso hacia el muelle de Zeta. Mientras más se acercaba, más nerviosa se ponía, pero estaba segura de lo que tenía que hacer.
Con su típico porte arrogante, además de una absoluta seguridad en sus habilidades superiores, que le conferían una clara ventaja en la pelea, el príncipe saiya-jin miraba con menosprecio a su adversario mientras se posaba en la punta de un acantilado, cruzado de brazos. En su mirada no había ni el menor rastro de duda: la victoria sería solamente suya. Un viento fúnebre sopló por encima de su cabeza, agitando sus cabellos de color negro.
—Ya veo— rompió el silencio que había entre ambos, sin cambiar su posición. Su voz era segura y firme, y hasta podría decirse que burlona —Has elegido este lugar para que sea tu tumba, Kakarotto.
Por su parte, Son Goku solamente rió nerviosamente. Detestaba que le llamaran por su nombre saiya-jin, pero en aquella ocasión no pudo objetar gran cosa. Debía concentrarse en la pelea venidera y no en nimiedades como esa. Además, había escogido ese lugar por su gran extensión y la gran distancia que guardaba de cualquier población vecina. Así podría expulsar todo su poder sin mayor problema. Aparte, los cuerpos de sus camaradas caídos no sufrirían más daños.
Los contrincantes dedicaron un momento para volver a examinarse detenidamente. A primera vista, era Son Goku quien tenía el físico más impresionante, pues además de su corpulencia y musculatura Vegeta apenas si le llegaba a la altura del hombro. Pero quien poseyera una percepción más desarrollada se daría cuenta que era el príncipe extraterrestre el que poseía un mayor poder de pelea, que sobrepasaba con creces el de Goku, pese a todo. La posición de ambos se reflejaba en sus vestiduras. Por un lado, el soldado de clase baja mirando a su adversario muy por encima de él, usaba solamente su humilde karategi de color rojo, con una camiseta negra debajo de éste y calzando unas simples botas azul marino. Por otra parte, el orgulloso príncipe guerrero, mirando despectivamente hacia el fondo del acantilado, portaba una soberbia armadura de combate blanca y amarilla, que le cubría el torso completamente y la entrepierna, por encima de su traje azul completado con botas y guantes de color blanco.
No había manera en que el saiya-jin renegado pudiera ganar la batalla, ¿ó sí? Vegeta quiso poner las cosas en claro desde un principio.
—Creo que aún no entiendes del todo tu situación, Kakarotto— repuso desde su lugar, con voz de trueno —No hay manera de que un gusano como tú pueda derrotar a un guerrero de clase alta como yo. ¡Soy el saija-yin más poderoso de todos!
Goku volvió a reír nerviosamente, aunque también se encontraba sumamente emocionado. Aquél sujeto de verdad era bastante fuerte. Ansiaba dejar de parlotear y comenzar con lo que de seguro sería la mejor pelea que había tenido hasta entonces.
—Pues este gusano, con el entrenamiento que ha tenido, será capaz de derrotar hasta a un guerrero de clase alta, como tú— contestó casi de inmediato, resuelto a no dejarse amedrentar con solo palabras.
Aquella respuesta encendió los ánimos de Vegeta, quien frunció el ceño para luego mascullar con los dientes apretados:
—¡Imbécil! Tendré que darte una muestra de mi poder para que te des cuenta de la diferencia que hay entre nosotros, insecto.
—¡Sabía que te encontraría mirando alguna estupidez!— pronunció Asuka, en tono no tanto de reproche, sino cándido, mientras entraba a la apretada tienda. El espacio era aún más reducido dado el tamaño del televisor y la bolsa de dormir que Kai se las había arreglado para que cupiera. Pero aún así se las ingenió para acomodarse a lado del muchacho, sorprendido por su llegada tan abrupta —No entiendo porqué te gustan tanto estas caricaturas... son tan idiotas: cero argumento, diálogos pobres, trama monótona...
—Aún así, me divierten— respondió Kai, reponiéndose de la impresión —Por nada del mundo me hubiera perdido el maratón de Dragon Ball Z. Hace diez años que dejaron de repetir la serie...
Y a pesar de que en la pantalla del aparato Gokú y Vegeta ya habían comenzado a repartirse salvajemente golpes el uno al otro, el joven ya no les prestaba atención, ocupado en observar detenidamente a la recién llegada. Había algo diferente en sus ojos, ¿pero qué era? Un cosquilleo se anidó en la base de su estómago cuando la muchachita rubia le devolvió la mirada, esbozando una tierna sonrisa en su rostro angelical.
—Y... ¿porqué estás aquí, tan escondido?— le preguntó, dada la vacilación del chiquillo —Por si no lo sabías, nos prepararon habitaciones exclusivas, bastante acogedoras, por cierto... —completó con la descripción, bromeando.
—Eh... yo... — en primera instancia, sumamente inquieto, ni él mismo se acordaba del motivo por el que se había instalado en ese lugar; sin embargo, cuando logró calmarse un poco, recordó —Me estaba escondiendo... de Misato.
Su pulso se aceleró aún más, a medida que Langley se le acercaba. Sentados uno a lado de otro, sus brazos ya empezaban a rozarse. Aún así, permaneció cabizbajo, ante la atenta mirada de la extranjera.
—Mañana temprano comenzará la misión— la voz de la jovencita también estaba poniéndose más tersa, más suave —¿Qué piensas hacer? ¿La aceptarás?
—No lo sé... no lo sé, aún...— Katsuragi luchaba por controlarse, pero su química estaba fuera de control: las manos le sudaban, sus latidos aumentaban, sentía una sensación de escalofríos en todo el cuerpo además de un sopor que no podía sacudirse. Y sobre todo, se resistía a mirar directamente a su acompañante, permaneciendo con la cabeza gacha —Es por eso que me estoy escondiendo... no soportaría verla en estos momentos, en estas condiciones, sin saber qué hacer... ¡Estoy tan avergonzado de mí mismo!
—No tienes por qué estarlo— a pesar de que ella también experimentaba algo similar a lo que le sucedía al muchacho, no estaba dispuesta a detenerse. Estaba decidida. Antes de seguir, tomó una de sus manos entre las suyas —Misato debe estar completamente chiflada, al cargarte de tanta responsabilidad. ¡Es un abuso de su parte! Además fue muy cruel, al ponerte en esta posición. No creo que alguien más pudiera resistirlo, pero en cambio tú... — poco a poco la muchacha fue acercando su rostro al suyo, casi hasta que sus respiraciones se juntaran, mientras que su voz se iba debilitando —Tú eres tan valiente... más valiente que cualquiera que conozca...— con la voz quebrada, estremecida de la misma manera y aún así teniendo el suficiente temple como para esconderlo mientras colocaba su dedo índice en la barbilla del muchacho y levantar su cabeza hasta que sus miradas se encontraron, continuó —Tu fuerza... y la forma en que la usas para ayudar a los demás... es lo que más admiro de ti... sólo quería que lo supieras, porque tengo miedo de lo que vaya a pasar mañana... y no sé si... ¡Por favor, prométeme que vas a estar bien! Promételo...— el tono de Asuka se desvaneció por completo al pronunciar aquella palabra, acercándose aún más a su compañero, dejando que sus impulsos la dominaran por completo.
—Lo... lo prometo... — no pudo bien acabar su frase entrecortada, pues sus labios se vieron dulcemente sellados por los de la jovencita, entregándosele en un beso apasionado que había estado esperando por varios meses. La resistencia de Kai hacía mucho que había sido vencida por lo que solamente se limitó a reaccionar.
La rodeó con ambos brazos, atrayéndola hacia él, sin que se le opusiera. Seguía muy ocupada en explorar la boca del muchacho con su lengua, con los ojos bien cerrados. A pesar de que había planeado ese momento durante días, ahora que estaba sucediendo le parecía estar viviendo en un sueño, alejada completamente, concentrada en experimentar el sinfín de sensaciones que embargaban su joven cuerpo. Por fin, por fin lo había logrado. Ya era suyo, lo tenía en la palma de la mano. Le gustaría ver como pretendía Ayanami quitárselo ahora. La había vencido. ¡La había vencido, finalmente!
La muchacha yacía plácidamente con la cabeza recargada en las piernas de Kai, quien a pesar de la hora que era permanecía atento a la pantalla del televisor. Hacía algún tiempo que la vigilia y el cansancio habían derrotado a su apasionada compañera, sumergiéndola en un delicioso y merecido sueño. De vez en cuando, es decir, durante los comerciales, se entretenía en admirar la faz dormida de Langley, quien ahora lucía tan relajada, tan tranquila.
Era muy bella, no cabía duda, el sueño de muchos de sus contemporáneos. Paseó sus dedos por en medio de sus largos y dorados cabellos, tan suaves al tacto. Se daba cuenta de lo afortunado que era al tenerla a su lado, de que alguien como ella se interesara en él. Y no obstante, no podía alejar ese sentimiento de culpa y de vergüenza que lo aquejaba. Se sentía mal por lo que hizo. Sólo había sido un beso, pero nada bueno podría salir de aquello, lo sabía, no mientras aún siguiera sintiendo lo que sentía por Rei. Y aún así, había caído en la tentación. Debió hacer algo para impedirlo. Debió haber rechazado a Asuka cuando pudo, pero no lo hizo. En parte, no había querido enfadarla al hacerla sentirse despreciada. De nuevo observó cuidadosamente sus facciones, tan serenas, tan preciosas. ¿No era mejor tenerla así? Contenta, tan cariñosa, incluso hasta tierna en su trato. Cuidadosamente pasó su mano alrededor de su mejilla, estremeciéndose a cada contacto con esa piel tan tersa y tibia. Sin aguantarse más las ganas, depositó un pequeño beso en sus labios tan suaves, que se contrajeron en una agradable sonrisa. ¡Magnífico! Por fin se podía dar ese lujo. Aún recordaba aquella vez, en el departamento, cuando había querido robarle un beso de la misma manera, más no lo había conseguido. Ahora, las circunstancias eran diferentes. Empero, continuaba sintiéndose extraño. Recordaba que apenas unos meses antes no soportaba estar ni un minuto con ella. Y justo ahora, no podía dejar de verla, de acariciarla. Se trataba de una situación bastante peculiar, incluso hasta chistosa. Bien decían algunas personas al afirmar que del odio al amor sólo hay un paso. Y viceversa. Pero también existía otro motivo que lo obligó a comportarse de esa manera. Había pasado ya algún tiempo desde que había besado a una chica. Y pese a todos sus dones, el cuerpo de Kai seguía siendo el de un adolescente que recién empezaba a explorar su sexualidad, con las hormonas bullendo en su interior. Así que cuando esta joven tan atractiva llegó hasta él, dispuesta, no pudo evitar comportarse como cualquier otro muchacho sano de su edad lo haría. ¿Se podía culpar de ello?
La verdad es que sí, y es por eso que se sentía tan mal en esos momentos, pese que su situación era envidiable. Sentía haber traicionado a Shinji, quien aún suspiraba por la muchacha que ahora descansaba en sus brazos. A Rei, quien significaba tanto para él y que en algún momento había llegado a pensar que sería la última chica en su vida. Y más que a nadie, a la propia Asuka... pues no la amaba lo suficiente...
Debía tomar muchas decisiones importantes, pero sumamente difíciles. Y no podía hacerlo, tan confundido como se encontraba. La llegada de la muchacha sólo había agravado más las cosas, a pesar de todo, pues ahora se sumaba otra a sus muchas preocupaciones. Distraídamente observaba la televisión, en un inocuo esfuerzo por relajarse y despejar su mente. En toda la noche no había manifestado muestra de cansancio o de sueño, tan agobiado como se encontraba en esos instantes.
Con la ropa desgarrada, múltiples heridas y un dolor insoportable en todo el cuerpo, Son Gokú luchaba por mostrarse indemne ante su oponente, asumiendo su posición de guardia. Ante su vista, un poco más arriba de donde se encontraba, el príncipe saiya-jin se retorcía de rabia, apretando fuertemente los puños y enseñando los dientes. La desesperación que sentía al no poder acabar tan fácilmente como esperaba con su adversario era evidente, pero no pretendía ocultarla. La pelea y cómo se estaba desarrollando estaba poniendo en entredicho su lugar como un guerrero de clase alta.
—¡Maldición!— mascullaba entre dientes, iracundo a más no poder —¡Soy un guerrero de élite! ¡Alguien con un nivel tan inferior no puede estar haciéndome esto!
Gokú no prestaba mucha atención a sus palabras, tan concentrado como estaba en aguantar el dolor que sentía y que amenazaba con hacerle sufrir un desmayo. Tal y como su maestro lo había previsto, el triple Kaioh-ken resultó ser una técnica mortal. Su fuerza y reflejos habían aumentado, así como su velocidad, pero a un alto costo: su cuerpo no era capaz de soportar tanto poder y era por eso que estaba por colapsarse. Sus músculos estaban hinchados y adoloridos, a punto de desgarrarse.
—Resiste un poco más, cuerpo, por favor— suplicó de manera tonta, intentando no estar tan tenso.
Mientras tanto, Vegeta se percató que en su boca había un sabor amargo, cobrizo. Pasó la lengua por sus labios y después se limpió con el dorso de su mano derecha. La mancha roja que se extendía a lo largo de su guante lo puso sobre aviso, aunque éste lo sintió como una descarga explosiva en pleno rostro:
"¡Sangre!" pensó, rabioso "¡Esa basura está haciendo salir mi sangre imperial!"
Al no poder contenerse más, su furia estalló como lo haría un volcán en erupción, desplegando todo su poder de batalla alrededor de su cuerpo.
—¡Ya estoy harto de este estúpido planeta!— gritó a los cuatro vientos, encolerizado como nunca antes. La tierra se estremecía ante su ira. Violentos terremotos sacudían el lugar y vientos huracanados parecían emerger del cuerpo del extraterrestre. Toda su arrogancia y sangre fría se habían desvanecido —¡Volaré en pedazos este maldito lugar del demonio!
Y sin decir más, desplegó una aura de energía brillante que lo cubrió de pies a cabeza, la cual le permitió elevarse por los aires, hasta a una distancia de unos cientos de metros por encima del suelo:
—¡Quiero ver si esquivas esto!— se mofó, mientras colocaba las manos a un costado del cuerpo e inclinaba su cuerpo hacia el mismo lado. Era una posición bastante extraña, pero dicho detalle parecía no importarle —¡Aunque te advierto que si lo haces, tu preciosa Tierra será hecha añicos!
—¡Maldición!— exclamó Gokú en voz alta, al darse cuenta que Vegeta había perdido por completo el juicio y de que hablaba en serio —¡De veras piensa hacerlo!
La gran cantidad de energía que su enemigo comenzó a acumular en la palma de sus manos vino a confirmar sus temores y a avalar sus amenazas. Efectivamente, disponía del poder para destruir la Tierra. "¡Debo arriesgarme!" pensó para sus adentros, resuelto a no perder más valioso tiempo. Lo que pudiera sucederle no importaba, mientras su planeta adoptivo estuviera a salvo.
Como si estuviera imitando a su enemigo, de la misma manera se apresuró a colocar ambas manos a un costado de su cuerpo, aunque lo hizo de forma mucho más cómoda, con las palmas separadas una de la otra. La pierna derecha se convirtió en su punto de apoyo, flexionándola un poco para entonces adelantar la restante, afianzándose al piso.
—¡KAME-HAME-HA DEL TRIPLE KAIOH-KEN!— pronunció, como si estuviera invocando fuerzas extras para que le ayudaran a realizar lo que estaba dispuesto a hacer.
Al igual que un aura de energía envolvió su cuerpo, una cantidad mayor de ésta comenzó a juntarse entre sus manos, formando una esfera con ella, mientras volvía a recitar, aunque mucho más lentamente:
—¡KA... ME... HA... ME...!— a cada sílabo pronunciado la energía se concentraba aún más y la esfera aumentaba cada vez de tamaño, teniendo que extender el espacio que había entre sus manos para poder albergarla.
Vegeta hacía algo similar, pero sin saber bien lo que pretendía Kakarotto. Aún en el aire, reuniendo la mayor cantidad de energía posible para llevar a cabo su propósito, continuó burlándose, pero todavía furioso:
—¡De ninguna manera podrás detener mi Gyarik-Ho!— y antes de lanzar su ataque, por último sentenció —¡Te convertirás en polvo espacial, junto con este planeta!
Luego de haber pronunciado semejantes palabras, escupidas con la clase de odio tan profundo que sólo un corazón sin bondad podría albergar, extendió violentamente sus brazos hacia el frente, dejando salir un enorme rayo de energía concentrada que se abalanzó de inmediato hacia el suelo.
Sabiendo que el momento de actuar había llegado, Gokú preparó su respuesta.
—¡HAAAA!— gritó tan fuerte como pudo, al mismo tiempo que abalanzaba todo su cuerpo hacia delante, proyectando su pierna flexionada y arrojando con los brazos completamente extendidos hacia el cielo otro igualmente gigantesco cauce de energía liberada.
Su trayectoria era la precisa para interceptar a la primera, lo que hizo en cosa de segundos. Ambas ráfagas chocaron una con la otra, en un encuentro brutal en el que ninguna de las dos parecía ceder espacio, permaneciendo congeladas una contra otra. Y a pesar de las apariencias, sus dueños aún seguían presionándose por darles más poder.
—¡No puede ser!— masculló Vegeta, esforzándose al máximo por empujar la bola energética que se desprendía de sus brazos —¡Es tan fuerte como mi Gyarik-Ho!
Aquello era el colmo, y de ninguna manera le permitiría a alguien tan inferior como Kakarotto seguir poniéndolo en ridículo a él y a sus técnicas. El Gyarik-Ho adquirió más fuerza, a medida que su cólera aumentaba.
Por un momento, Gokú pareció ser aplastado con todo y su Kame-Hame-Ha ante el aumento de poder. No obstante se repuso en el acto, clavando firmemente las piernas en el piso y aumentando el poder que salía de su cuerpo. Haciendo un esfuerzo sobrehumano por oponer resistencia, apretaba los dientes desesperado, sabiendo que no podría aguantar más tiempo... había llegado el momento de arriesgar el todo por el todo. A ese paso, sería imposible que derrotara a Vegeta, pero si acaso él...
—¡CUÁDRUPLE KAIOH-KEN!— gritó a todo pulmón, decidido a jugarse la vida.
Al instante, su cuerpo se tensionó, pareciendo aumentar de tamaño mientras que el rayo energético que emergía de sus manos cobraba mayor fuerza, casi tumbándolo al suelo debido al gran impacto que produjo el incremento de energía.
Entre la impotencia y la incredulidad, el príncipe saiya-jin observaba como su técnica era fácilmente doblegada y ahora ese poderoso ataque se dirigía justo a donde se encontraba. Estaba perdido.
—¡No puede se...!— ni siquiera pudo acabar de sorprenderse, pues el gigantesco Kame-Hame-Ha ya lo había golpeado con toda su fuerza, deshaciendo limpiamente gran parte de su armadura y lanzándolo al espacio a gran velocidad.
En el piso, Son Gokú observaba como su enemigo se perdía a la lejanía, impulsado por su técnica. Agotado, respiraba jadeante. Bajó sus brazos e inclinó su adolorido cuerpo, descansando mientras podía. Sabía que la batalla aún no terminaba. Vegeta todavía no estaba derrotado.
Al estar observando todo ese tiempo la televisión, Rivera había conseguido parcialmente su objetivo. Estaba mucho más relajado y por un breve tiempo se olvidó de sus problemas. Aquella lucha entre poderes había llamado enormemente su atención, analizando cuidadosamente el desempeño de ambos personajes. Aunque ya sabía el resultado de la pelea, pues lo que estaba observando no era más que una repetición de un viejo programa al que era asiduo cuando niño, había olvidado aquella escena en particular. Sus ojos se iluminaron con un brillo especial cuando una idea cruzó por su mente.
—Con que el Kame-Hame-Ha, ¿eh?— murmuró para él mismo, divertido.
Cuando Asuka despertó, se encontraba completamente sola en el interior de la tienda de campaña. La televisión continuaba allí, solo que esta vez se encontraba apagada, pero Kai se había desvanecido. Salió afuera a buscarlo, ante la macabra mirada de la imponente figura del Eva Z, pero tampoco allí podía vérsele. ¿A dónde habría ido?
Cuando pasó la vista de forma descuidada por el reloj instalado en el dispositivo de su muñeca izquierda, se percató de la hora y de lo tarde que era, por lo que se apuró a regresar al dormitorio sin más contemplaciones. Su plan era estar allí antes de que despertaran sus otros compañeros, para así poder fingir que había pasado la noche allí y evitar habladurías. Y aunque seguía teniendo gran curiosidad por conocer la decisión final del muchacho, a quien ya para esos momentos consideraba su novio, no se precipitó, pues lo más seguro es que tendría que toparse con él más temprano que tarde.
Lo que sí pensaba reclamarle fue el haberse ido así nomás, sin siquiera despedirse, y dejando a una chica tan hermosa como ella abandonada a la intemperie.
Como fuera, la jovencita fue incapaz de cumplir con su objetivo. Para cuando llegó sus dos compañeros ya estaban recogiendo sus pertenencias, listos para partir. Además, aunque eso ella no lo sabía, ambos ya estaban al tanto de su excursión nocturna. La fría mirada con que la recibió Ayanami bastó para avisparla. No obstante, Langley no pudo evitar sonreír maliciosamente, ahora que estaba segura que la había derrotado en la carrera por el corazón del joven Katsuragi. Aún así tenía que pensar en una buena historia, si es que quería guardar las apariencias. Todavía no estaba lista para anunciarles su relación. Para ello tenía pensado algo mucho más elaborado, en el que claro, Rei tendría que estar presente, sólo para ver la cara que ponía.
—¡Vaya— musitó al verlos, poniéndose una mano en la cintura —Con que al fin despertaron! Cómo se tardaban tanto en hacerlo, decidí adelantármeles...
Tanto Shinji como su compañera la observaron serios, en silencio, sin dirigirle la palabra. Sus mentiras resultaban inútiles, pues ambos se dieron cuenta de su partida desde mucho antes, y aunque no podían afirmarlo, tenían una idea bastante segura de a dónde había ido a pasar la noche. Los tres enfilaron a la reunión que tenían con Misato, sin hablarse entre ellos. A cada momento que transcurría, Asuka se sentía más y más incomoda. La certeza de que aquellos dos sospechaban algo crecía en ella, y la inquietaba. ¿Qué tanto sabrían, ese par? Intentando distraerse, continuó actuando como si todo fuera normal:
—Shinji, no puedo creer que hayas podido dormir tan tranquilo— pronunció en tono de chanza, levantando los hombros —Digo, con esos ronquidos tan fuertes que Ayanami dio toda la noche... simplemente yo no pude soportarlos...
—Yo no escuché nada— respondió el muchacho, frío como el hielo, sin siquiera voltear a verla, mientras el compacto grupo subía a un elevador —Y a decir verdad, dudo que Rei ronque de modo alguno...
La susodicha ni siquiera se inmutó con tales comentarios, mucho menos hizo el intento por defenderse. Una vez más, se refugiaba en su máscara de indiferencia. Al fin y al cabo, lo que Kai y esa rubia escandalosa hicieran de su vida, no era de su incumbencia. Ella sólo seguiría con sus órdenes. Pero a pesar de que ya no era asunto suyo, entonces, ¿porqué sentía ese gran malestar en su pecho?
Shinji, por su parte, decidió por no quedarse callado un minuto más. La cínica de Asuka se hacía la mosca muerta, fingiendo que nada había pasado al fin y al cabo, después de todo lo que lo hizo sufrir. En toda la noche no había pegado la pestaña, imaginándose lo que Rivera y ella se encontraban haciendo en esos momentos. Ahora, cansado y con el corazón roto, se revolvía entre la desesperación y la rabia, y no soportaba permanecer así por más tiempo. Buscó la forma de desahogar parte de su enojo, arremetiendo contra la razón de éste, aprovechando su ausencia. Después de todo, había traicionado su supuesta amistad, lanzándose sobre la muchacha, sabiendo de antemano sus propios sentimientos hacia ella.
—Parece que aún no hay rastros de nuestro superhéroe favorito, ¿verdad?— se mofó, en un tono lo bastante claro para que no hubiera confusiones —Al estarlo oyendo siempre, cualquiera diría que despachar a un monstruo invencible es pan comido para él. Pero qué raro que no esté por aquí. Pensaba que sería el primero en saltar al ruedo... ¿tú no, Asuka?
—¿Y a mí porqué me lo preguntas, tarado?— respondió la chiquilla, rubicunda por la mala intención de las palabras de Ikari. Además del tono altanero e insolente que estaba empleando para dirigirse a ella y para referirse a Kai. Sí, podía estar segura. Por lo menos Shinji sospechaba algo.
—Por nada en especial... no deberías ponerte tan nerviosa— igualmente, el japonés ya no se dejaría amedrentar tan fácilmente. Haría que su voz fuera escuchada —No es que esté diciendo que se haya acobardado de un de repente... no, eso es imposible para el GRAN Kai Katsuragi... seguro que estará bajando a un gatito de un árbol o ayudando a una viejecilla a cruzar la calle...
—Kai no es un miedoso... y si decide no aceptar la misión, sus motivos tendrá— replicó la extranjera con continente severo, acuchillando con la mirada a su compañero. Parecía estar poseído, jamás lo había visto tan impetuoso. ¿Qué diablos le pasaba?
—Por supuesto que los tiene— continuó por su parte Shinji —¿Quién soy yo para ponerlo en duda? Después de todo, es el gran héroe que salvará al mundo de la destrucción...
—Bueno, ¿y a ti que te pasa?— finalmente preguntó su compañera, harta de sus comentarios, pero a la vez avergonzada de su actitud —Lo dices como si debiera importarme que ese sujeto se crea Superman o algo por el estilo... si quiere perder el tiempo soñando que salva a la Humanidad cada vez que se sube a su Evangelion, ¡déjalo! ¿En qué te afecta?
Ikari estaba a punto de responderle de nuevo, dejando salir todo el resentimiento que sentía hacia su compañero, cuando Rei lo interrumpió de súbito, interviniendo por fin, y los dos se tuvieron que callar para escucharla:
—Hablar de una persona a sus espaldas es fácil... pero según recuerdo, sólo uno de nosotros ha salido corriendo, queriendo escapar de sus responsabilidades— pronunció la muchachita en su tono seco y frío, destrozando lo que quedaba de la autoestima de Shinji, al referirse claramente a él.
Suponía que ella estaría de su lado al momento de confrontar a Asuka, pero ahora podía ver que no era así. Primero la alemana, ahora ella. ¿Porqué? ¿Porqué estaba defendiendo a ese estúpido infeliz? Creía que ella estaría lastimada de la misma forma, que querría vengarse tanto de la chiquilla como de Rivera. Pero ahora, lo estaba defendiendo, pese a todo lo que le había hecho. ¿Porqué siempre todos terminaban por traicionarlo?
—Además, ninguno de los dos tiene derecho a juzgar los motivos que tenga para pilotear un Eva— continuó Ayanami, haciendo caso omiso del gesto compungido de Ikari. Después de todo, él se lo había buscando, al comportarse de manera tan ruin. Aunque ella también estaba mortificada, rebajarse de tal modo no le ayudaría en nada —Ustedes no saben por todo lo que Kai ha pasado, para que se porte de la manera en que lo hace...
"Ah, ¿y tú sí lo sabes?" fue lo que pareció decir la mirada de sus dos acompañantes, pregunta que sin embargo, nunca le fue propiamente formulada. Aparentemente, observó Asuka, Rei no se daba por vencida. Aún seguía dando patadas de ahogado. ¡Hasta había despreciado a Shinji, por defender a Kai! ¿Pues qué era lo que pretendía esa resbalosa? Primero le hacía ojos de borrego a ese tipo en las narices del pobre Kai, y ahora mismo reñía al propio Shinji para defenderlo. Algo se traía entre manos esa bruja, y lo mejor sería no confiarse ni bajarle la guardia. Quién sabe lo que era capaz de hacer.
De cualquier modo, ahora que se le presentaba la oportunidad de contraatacar y bajarle los humos a Ikari, de ninguna forma iba a desperdiciarla. A decir verdad, se había levantado de tan buen humor que se había propuesto a ella misma no molestarlo durante todo el día. Pero se la había buscado, y le iba a enseñar de la manera difícil que con ella no se jugaba. Comenzó poniendo el dedo en la llaga:
—¿Y porqué tan callado, de repente?— advirtió, al observar el semblante deprimido del muchacho —Y tan parlanchín que te habías levantado... nomás no logro entenderte...
El joven se limitó a encogerse de hombros, sin ánimos ya de dirigirle la palabra a cualquiera de las dos. Se sentía encerrado entre ellas, sofocado por su desprecio.
—¡Ya sé que puedes hacer para animarte!— continuó burlándose la europea, dándole unos codazos suaves en el costado —Parece ser que estás muy curioso hoy, así que: ¿porqué no le preguntas a tu amiguita Ayanami sus motivos para pilotear? Quizás eso te mantenga entretenido un rato, ¿no?
La razón de tal comentario no obedecía más que a recalcar el modo en que Rei se había disgustado con él y en cómo le había cortado las alas cuando la sentía tan cercana; pero igualmente, ya fuera por impotencia o desinterés, el muchacho le contestó, murmurando:
—Ya se lo había preguntado antes...
—¡Ay, pero qué tiernos! Se nota que los dos son muy buenos amigos, ¿verdad?
La mirada desairada de Shinji fue todo lo que obtuvo por respuesta. Y Rei ni siquiera les prestaba atención, como si no estuvieran en ese lugar, pese a que hablaban de ella. Y a pesar de que ya le había cobrado la factura con creces, la muchacha quiso continuar con su asedio a Ikari, sólo para convencerlo de que en un futuro, lo mejor era dejarla en paz.
—¿Y qué hay de ti, Shinjito? ¿Porqué es que piloteas un Eva? Digo, no eres el piloto más entusiasta que conozco.
—No lo sé— repuso el chiquillo, levantando el rostro —¡Diablos, te juro que no lo sé!
Había pronunciado esas palabras con nuevos bríos, como si se hubiera dado cuenta de algo. Asuka dio justo en el clavo, en su intento de humillarlo aún más. ¿Porqué tener que seguir aguantando todos esos abusos? No había algo lo suficientemente fuerte que lo mantuviera atado a ese lugar. En primera instancia había aceptado por la apremiante carencia de pilotos de la que NERV adolecía, pero ahora que disponían hasta de sobra, era libre para decidir por sí mismo. La idea de renunciar a toda responsabilidad y largarse de allí de una vez por todas cruzó de nuevo por su cabeza. Pero tampoco quería parecer un cobarde, y así darle la razón a sus detractores.
Por su parte, Langley lo miró, extrañada, por unos cuantos instantes, a lo que al cabo repuso, queriendo continuar con sus ataques:
—¿Qué no lo sabes? Debes ser medio idiota, entonces...
—Puede que tengas razón...— afirmó su compañero, ya sin darle importancia a lo que tuviera que decirle, más concentrado en sus propios pensamientos que en otra cosa.
Su cambio de actitud no pasó desapercibido para la extranjera, a quien le molestaba sobremanera su pose conformista, tan alejada y distante de todo, como si no le importara nada, como si careciera por completo de orgullo.
—Me equivoqué: eres un completo idiota— aseveró, dando por terminada la discusión. Al fin y al cabo, no tenía interés alguno en continuar poniéndole atención a ese pusilánime patético. Sin embargo, el gesto de desencanto que adquiría su rostro cuando lo observaba de vez en vez parecía decir todo lo contrario.
Finalmente llegaron a la Sala de Estrategias, a la hora convenida con su superior. En esa reunión previa al comienzo de la misión deberían manifestar su acuerdo o su inconformidad con ésta. La participación en dicha misión, dado su alto nivel de fracaso, había quedado sujeta al criterio de los pilotos, en un gesto por demás benevolente por parte de la Mayor Katsuragi.
Ninguno de ellos ocultó su sorpresa al encontrarse a Misato acompañada de Kai, de quien hasta entonces desconocían su paradero. Su presencia allí parecía confirmar su consentimiento a participar en la arriesgada misión, pues incluso ya se encontraba vestido con su traje de conexión verde, con todo y los adminículos en su cabeza.
—¿Porqué tardaron tanto?— preguntó en tono bromista cuando los vio ingresar por la puerta, sentado enfrente del escritorio de Misato, escribiendo en una hoja de papel.
Aparentemente, estaba muy tranquilo. Demasiado, para alguien que quizás moriría en unas cuantas horas más. Asuka tuvo que recalcárselo a Shinji, quien antes se había burlado al respecto, susurrándole entre dientes:
—¿Qué te parece? Sí fue el primero en meterse al ruedo, después de todo...
—Bravo por él— asintió Ikari, a quien esas lindes ya no le interesaban. Como siempre, el intachable Kai no tenía nada que le pudieran reprochar. Aquello le repugnaba tanto.
—¿Qué es lo que está pasando?— inquirió Rei, intrigada por saber qué era lo que Rivera se encontraba escribiendo.
—Bueno, pues ya que se trata de una operación de carácter no oficial— contestó su superior, sentada detrás de su escritorio —Se requiere que los que decidan aceptar la misión firmen esta declaración en donde especifican que la aceptaron por voluntad propia y sin ningún tipo de presión, por si acaso llegaran a... ustedes saben... colgar los tenis y todas esas cosas feas... además, si así lo desean, pueden preparar su última voluntad, aunque esto último es opcional...
—Firmaré, pero olvídate de eso de la última voluntad— aseveró Asuka, firmemente convencida y envalentonada por la presencia de Rivera —No pienso morir este día... aún hay muchas cosas que quiero hacer...
—También yo— consintió Ayanami , aunque en su particular modo de hablar, a la vez que se percataba de la forma en que su compañera observaba a Kai —Solamente firmaré, nada más... no veo la necesidad de escribir algo como eso.
—Tampoco yo— sentenció por su parte Ikari, con una nueva determinación, sorprendiendo a sus dos acompañantes con su súbito cambio de humor. Sólo había una cosa en la que verdaderamente era bueno, en la que de veras podía competir con su compañero, y eso era piloteando un Eva. Así que sería la única manera en la que lo podría derrotar, convirtiéndose en el mejor piloto de los cuatro. Solamente así podría sacudirse su sombra de encima y empezar a tener méritos propios —Estoy seguro que le ganaremos a esa cosa.
No obstante su plena seguridad en su éxito, y su fiera disposición, ninguno de los tres pudo ocultar su mueca de hastío cuando por último, habiendo acabado de escribir, el joven Katsuragi exclamó desde su lugar, como si no los hubiera escuchado:
—¡Listo!— pronunció, releyendo lo que había redactado en la hoja de papel —He decidido que Shigeru se quedará con mi guitarra y toda mi colección de compactos... Kenji con mis apuntes y mis postulados no publicados... Maya podrá cuidar de Pen-Pen y Makoto se quedará con Misato, aunque Kaji tiene derecho de apelar esto último y...
La mujer no lo dejó terminar, propinándole un fuerte coscorrón que cimbró todo su cráneo, lo que lo hizo soltar el mencionado documento.
—¡Ni Pen-Pen ni yo somos de tu propiedad, cretino!— advirtió, encolerizada, aunque también de alguna forma, divertida. Las pullas que los dos se hacían resultaban ser muy saludables: aliviaban las fuertes tensiones, y sobre todo el miedo a la muerte —¡Así que no andes decidiendo quién se quedará con nosotros!
—¡De acuerdo, de acuerdo!— asintió el muchacho, doliéndose en la parte afectada —¡Qué rudeza! Un simple "no" hubiera bastado...
Ignorando sus lamentos, Misato se levantó de su lugar, para luego entregar los formularios a sus demás subordinados. Mientras éstos firmaban, les dijo, cruzándose de brazos y con mirada soñadora:
—De veras lamento todo esto, chicos... pero les prometo que cuando hayamos terminado, los llevaré a ustedes cuatro a cenar un buen bistec... ¡Por mi cuenta, claro!
—¿De veras?— preguntó Asuka, aunque en un tono irónico —¿Lo prometes?
—Por supuesto— pronunció su superior sin captar del todo sus intenciones.
—El bistec me parece bien— afirmó por su parte Shinji, entregando su documento firmado.
—Pues apurémonos a acabar con este tipo, para disfrutarlo mucho más pronto— propuso la mujer, guiñándole un ojo.
—Muy bien, lo estaré esperando con ansia— musitó la chiquilla europea, entregando también su documento, maravillándose de lo ingenuas que podían ser las personas que le rodeaban.
—¡No puedo creerlo!— les indicó a sus compañeros pilotos, mientras que se dirigían a abordar sus Evas, cuando Misato ya no estaba con ellos —¿De veras piensa que debemos emocionarnos porque nos va a llevar a cenar? Qué anticuadas son las personas de la generación del Segundo Impacto...
—Supongo que no pueden evitarlo— completó Shinji, cruzándose de brazos.
—Pues yo te vi muy entusiasmado con la idea, kinder— observó la alemana, suspicaz como siempre —¿Ó es que sólo estabas fingiendo?
—No quería que se sintiera desilusionada, es todo— contestó el muchacho, intentando defenderse como podía.
—¿Eh? ¿De qué hablan?— preguntó Rivera, extrañado por su actitud —¿Qué tiene de malo cenar un buen bistec? ¡Sabe muy rico, por si no lo sabían, y si ordenas el buffet puedes servirte todo lo que quieras, las veces que te pegue la gana!
Asuka lo observó como compadeciéndolo, sin atreverse a contrariarlo. Al ver su rostro se podía constatar que de veras estaba emocionado por ir a cenar ese bistec y que en realidad lo consideraba como un premio. Después de todo, Misato lo había criado, y tenía bastantes aspectos de ella en su personalidad, observó la chiquilla.
—¿Tú también vendrás, chica maravilla?— le preguntó a Ayanami, quien se había quedado a la zaga, resignándose a la idea de la cena. Sólo que compartirla con Rei sería demasiado para ella.
—No— respondió su compañera, lacónica, como casi siempre.
—¿Y porqué? Misato dijo que nos invitaría a los cuatro...— agregó Ikari, queriendo hacer las paces con la muchacha.
—A Rei no le gusta la carne de los animales, por eso no la come— les aclaró Kai antes de que ella misma pudiera hacerlo. Era un detalle muy mundano, que sin embargo les daba a los demás una idea de lo mucho que se conocían entre ellos aquél par.
—¿Ah, de veras?— pronunció la jovencita rubia, acuchillando con la mirada a la chica del cabello azul —Con razón se ve tan escuálida y desvanecida...
—De cualquier modo, Kai...— intervino Ikari, ayudando a Rei al desviar el tema de la conversación —¿Qué fue lo que te motivó a aceptar la misión? Por un momento me pareció que te negarías...
—¿Qué te hizo pensar eso?— le preguntó a su vez el muchacho.
—Pues... casi todo el peso de la operación recae en ti...— atinó a decir el otro, desconcertado por el revés en la pregunta —Y me imagino que es bastante presión, ya que si fallamos...
—De todos modos iba a decir que sí, fuera cual fuera el resultado de la misión— lo interrumpió —Se lo debo a Misato... sólo que no sabía cuáles eran sus verdaderas intenciones. Pero sostuvimos una pequeña conversación antes de que llegaran y ahora tengo el panorama un poco más claro.
—¿Y qué fue lo que hablaron, entonces?
—Nada que les concierna— contestó, tajante, dando a entender que la charla había terminado. Y así lo entendieron los demás, pues ya nadie se atrevió a dirigirle la palabra durante todo el trayecto restante a los muelles de embarque.
—Tiempo restante estimado para colisión: 120 minutos— se escuchó decir a Maya por medio del sistema de sonido —Todo el personal debe encontrarse en sus puestos asignados.
Misato ultimaba los detalles para el subsecuente lanzamiento de los Evangelion, instalada en su puesto en la Sala de Controles. A pesar de que cualquiera hubiera esperado verla en cierto estado de agitación, lo cierto es que se encontraba muy relajada, sin dejar de lado la seriedad que su mando le infería. Antes de dar la orden de despegue, quiso darles a sus subordinados la oportunidad de elegir ellos mismos:
—Pueden tomar refugio, si así lo desean— les instó tanto a Hyuga como a Shigeru, así como también a Maya, cada cual vigilando sus consolas —Puedo encargarme de la operación por mí misma...
—Por supuesto que no la abandonaré, Mayor— repuso en el acto Aoba, sonriendo en gesto cómplice —Mi trabajo es estar aquí...
—Así es— consintió Makoto, por su parte —No podemos permitir que los niños se enfrenten solos al peligro.
—Ellos estarán bien— respondió Katsuragi, satisfecha de que sus tropas permanecieran leales y valientes hasta el final —El Campo A.T. los protegerá de cualquier daño... de hecho, me parece que el lugar más seguro de la Tierra es dentro de un Eva— reflexionó, mirando fijamente a la Unidad Z por una pantalla, haciéndola evocar la conversación que poco antes había sostenido con el joven piloto de ésta.
—¿Y tú en dónde te habías metido?
La Mayor no pudo ocultar su sorpresa cuando, luego de que no se había reportado ni dejado ver en toda la noche, su protegido aparecía a primera hora a las puertas de su oficina, en donde finalmente se había apostado para descansar lo mejor que pudiera: unos cuarenta minutos de sueño, entre la incomodidad del rígido escritorio y las múltiples preocupaciones que en ningún momento dejaron de asolarla.
Así que no era de extrañarse el deplorable aspecto con el que la encontraba, así que el muchacho prefirió omitir cualquier observación al respecto. Recorrió lentamente aquella sala, con todos sus estantes, archiveros, mapas desplegados, envolturas tiradas de comida, mientras que ella se desperezaba, sin interesarse por algo en específico, con la mirada perdida. Al igual que con su cuarto, la oficina de Misato reflejaba en parte su carácter tan peculiar. Al igual que él mismo, se percató.
—Por ahí— le contestó al fin —Nomás dando la vuelta...
—Ya veo— pronunció la mujer, luego de dar un profundo bostezo —Tenías muchas cosas en qué pensar, ¿no es así?
—Fíjate que no tantas...— detuvo su deambular al notar la foto enmarcada que su madre adoptiva tenía en su escritorio. La sostuvo por unos momentos en sus manos, mirándola detenidamente por unos momentos.
Era de cuando tenía diez años. Se trataba del campeonato regional de karate, en la categoría infantil. Recordaba aquella ocasión, pues en la final el otro niño había trapeado el piso con él, incluso le había tumbado un diente al colarle una espectacular patada en pleno rostro que finalmente le mereció el trofeo. Aún así, Misato lo había alzado en hombros, como si él hubiera sido el ganador. Su sonrisa enseñando el hueco entre los dientes le daba un aspecto un tanto cómico a la imagen.
—Supe de los resultados de las pruebas de tiro y de los análisis... — le dijo la Mayor, no muy convencida de querer enfilar la conversación a esos rumbos —Así que... ¿Qué me dices?... ¿Ya has tomado alguna decisión?
—Sí— respondió el chico, dejando la fotografía en su lugar, para luego dirigir su vista hacia donde ella se encontraba —Ya la había tomado aún antes de saber el resultado de las pruebas...
Ambos permanecieron callados por unos instantes, esperando que el otro dijera o hiciera algo. Y cómo aquello resultaba tan incómodo, fue el mismo Kai quien continuó, contestando a una pregunta que propiamente nunca le fue hecha:
—Tú misma lo dijiste: somos nosotros quienes hacemos posibles los milagros. He allí su verdadero valor— tragó saliva. El miedo era una reacción normal, así que no se avergonzó de ello, pero tampoco se dejó vencer, y siguió —Así que voy a hacerlo... voy a participar en la misión... pase lo que pase, estaré allí, por que confío en ti, y por que te lo debo, luego de todos estos años...
La mujer se quedó congelada en su sitio, mirándolo con los ojos vidriosos, visiblemente conmovida por aquellas palabras. No le cabía duda de los fuertes sentimientos que los unían a ambos, los estrechos lazos que nada podrían romper... Tantos años de incertidumbre, de temores a la sombra y ahora él llegaba, disipándolo todo con tan sólo unas cuantas palabras.
—Muchas gracias— suspiró, intentando contener las lágrimas. Todos en el cuartel la habían tachado de lunática, pero aún así ella sabía que podía contar con el completo apoyo del muchacho, y así era —Muchas gracias por todo. Pero no quisiera que te sintieras presionado, ya te lo he dicho: nada me debes... así que si de veras no quieres hacerlo, lo entenderé y...
—No. Lo voy a hacer— recalcó el joven, tomando asiento —Si tú tienes la seguridad de que tu plan funcionará, entonces yo también la tengo. Aunque tengo que admitir que tenía miedo— su mirada se tornó sombría, evitando la de la mujer —Pero cuando pensé mejor las cosas descubrí que no era tanto miedo a la muerte... sino más bien al fracaso. Mejor dicho, miedo a fallarte, a traicionar tu confianza. En realidad no estaba seguro si podría conseguir lo que querías que lograra, y si no lo hacía te iba a dejar ver muy mal. A veces creo que tú y mucha otra gente me sobreestiman... y temo no estar a la altura de sus expectativas... — divagó, con aire soñador.
Por su parte, Misato también tomó asiento, recostándose sobre su silla, cruzándose de brazos mientras ella misma se ponía a meditar sobre el asunto.
—Te comprendo— musitó, sin afectar su pose —Para serte sincera, yo también sentía un temor parecido... anoche Ritsuko y yo platicamos un rato... bueno, más bien discutimos algo acaloradas...
"¿Acaloradas?" repitió en voz baja el muchacho, imaginándose con dicho término la discusión entre las dos mujeres involucrando elementos como aceite untado en todo el cuerpo, prendas muy cortas y ajustadas y una tina de repleta de gelatina, además del uso de palabras bastante fuertes y vulgares. No disimuló en absoluto la expresión pervertida de su rostro ni su risita maliciosa.
—¡No pienses en cosas raras!— advirtió en el acto la Mayor, tomándolo por el cuello y zarandeándolo —¡Maldita sea, y apenas que nos estábamos poniendo serios! Con una chingada... ahora... eh... ¿Qué fregados te estaba diciendo?
—Algo sobre que hablaste con la peliteñida y te asustó...— respondió el jovencito, sujetándose el cuello sólo para asegurarse de que su cabeza siguiera unida a éste.
—¡Ah, cierto!— exclamó la explosiva mujer con una expresión descuidada, para inmediato transfigurarla y regresar a su estado de seriedad. "Hasta da miedo ver sus transformaciones" pensó Rivera, clavado en su silla —Bueno, pues esa discusión me puso a pensar en muchas cosas... cómo en lo que sería capaz de hacer con tal de lograr mis propósitos.
El chiquillo la miraba fijamente, sabiendo bien a lo que se refería. Misato continuó, poniéndose de pie y dándole la espalda:
—Tú bien sabes las condiciones en las que murió mi padre. El mismo día en que tú naciste, él sacrificó su vida para salvarme. Aún ahora, no logro entenderlo: nunca se encargó de mí, de mi madre o de nuestra familia. Lo único que parecía importarle era su jodida investigación. La gente decía que era un genio, pero en lugar de eso yo creo que no era más que un miedoso, siempre tratando de escapar con su trabajo de la realidad, de su familia. Por supuesto que apoyé a mi madre cuando pidió el divorcio, y aunque esto pareció causarle una gran impresión, no sentí alguna clase de lástima por él. Solamente contemplaba a un hombre que sufría las consecuencias de sus propias acciones. Era así de sencillo, y hubiera podido vivir con eso... pero entonces sucedió... salvó mi vida, a costa de la suya.
—Hay muchas cosas que aún no entiendo al respecto— murmuró Rivera, recordando el profundo desprecio que transmitían las palabras de su padre cada vez que éste se refería al Doctor Katsuragi; de hecho, él siempre se refería con desprecio a todo mundo —Pero algo que sí me queda claro, es que todos los padres aman a sus hijos, de alguna forma u otra... o eso creo... a mí no me parece tan raro.
La Mayor no le contestó de inmediato. Se limitó a esbozar una sonrisa discreta, apreciando la nobleza de pensamiento de su protegido, pese a todo. Seguía siendo tan ingenuo a veces.
—Cualquiera que hubiese sido su razón, al final quedé sola— continuó, comenzando a caminar lentamente por el cuarto —Sin poder saber exactamente si acaso lo amaba, o lo odiaba. Lo único que tenía claro era que tenía que derrotar a los responsables de aquel desastre, es decir, a los Ángeles. Y para conseguirlo, me uní a NERV. Creo que hago todo esto tan sólo para vengar a mi padre, y así liberarme por fin de su sombra... pero ayer estuve aterrada... aterrada de mí misma, porque quizás esa parte de mí que tan sólo desea venganza sea tan fuerte como para sacrificarte con tal de verla realizada— la mujer se detuvo detrás del chiquillo sentado, rodeándolo con sus brazos y recargando la frente sobre su cabeza. Al hacer esto, Kai pudo sentir su estremecimiento cuando continuaba hablándole. Conocía la parte del padre de Misato, y lo de la venganza, pero desconocía en absoluto que pudiera albergar esa clase de sentimientos —Tenía tanto asco por siquiera haberlo considerado. El que te viera solamente como un arma... una herramienta más de la cual valerme para conseguir lo que tanto deseaba. ¡Perdóname, por favor!
El muchacho se había quedado sin palabras, atrapado en sus brazos. ¿Cómo reaccionar a todo eso? Pasmado. Así permanecía, sin saber exactamente que hacer o qué decir al respecto. No podía juzgarla, eso quedaba claro. ¿Pero utilizar a una persona como una simple herramienta? Esa no era la Misato que conocía.
—Sé que debes odiarme ahora, pero— continuó ésta, asustada por la actitud del infante —¿Acaso tú nunca te has sentido igual? Querer desquitar todo tu enojo y tu frustración en contra de aquello que te despojó de tus seres queridos... lo sé, porque tú también pasaste por algo parecido...
La Mayor había traspasado la barrera, una barrera que era casi sagrada entre ellos, pues nunca hablaban de los padres fallecidos de Rivera. Hasta ahora, con esa simple mención. Todo el cuerpo del joven se tensó, poniéndose de pie en el acto. La japonesa lo miró desde donde se encontraba, desconcertada pero sin articular vocablo. El muchacho la miró fijamente a los ojos cuando le respondió con voz grave y aspecto solemne:
—No. Yo no pienso de esa manera. La venganza no trae nada bueno consigo, salvo más dolor a tu corazón. ¿De qué te sirve actuar con enojo, con rabia, tan sólo para desquitarte? Haga lo que haga, no hay nada que pueda regresarme a mis seres queridos. Prefiero la justicia. Prefiero que se les haga justicia a mis padres, antes que ser vengados.
Su tutora seguía muda, rehuyendo su vista, avergonzada. Estaba a punto de colapsarse, cuando el muchacho volvió a intervenir, esta vez siendo él quien la abrazaba, quien le ofrecía soporte.
—Pero no te preocupes. No te odio. Nunca podría odiarte, pasara lo que pasara— la tranquilizó, paseando su manos por su cabello —Y quiero que sepas que puedes contar conmigo. Yo te ayudaré a llevar a cabo tu venganza, a pesar de todo. Por ti, acabaré con todos los Ángeles. Es una promesa.
Los dos permanecieron fundidos en ese cálido abrazo y no se habló más del caso.
—Muy bien. Llegó la hora de la verdad— murmuró Rivera, preparando todo su cuerpo para la batalla venidera, aferrándose a los controles en sus manos, mientras esperaba ser lanzado dentro de su Eva al exterior.
Allá afuera, aproximándose rápida e inexorablemente, se encontraba el mayor enemigo con el que se había topado hasta entonces. Y también su destino, victoria o muerte, cualquiera que fuese éste.
Cada Evangelion ya se encontraba preparado en su punto asignado del área de impacto cuando los instrumentos permitieron detectar al Ángel que se aproximaba. Aún sin ellos, los fuertes vientos y el cambio en las mareas pudieron haberles avisado de la presencia de su enemigo.
El área que sería cubierta por los tres campos A. T. combinados era enorme, abarcando casi en su totalidad al Geofrente, justo debajo de ellos. Y en medio de todo, precisamente en el punto calculado de colisión, en la cima de una pequeña colina se encontraba apostado el Eva Z, con la vista siempre fija en el firmamento.
—¡El telescopio ha confirmado el objetivo, a una distancia de 25 mil metros!— informó Shigeru desde su puesto. A pesar de que el coloso no era visible aún a simple vista, la imagen desde el telescopio les permitía observarlo por medio de sus pantallas.
—¡Ya está aquí!— advirtió Misato a los pilotos —¡Todos los Eva, listos para la acción! Actúen cuando el enemigo se encuentre en el rango de alcance...
—Entendido— asintieron los jóvenes al unísono, cada cual lidiando con su nerviosismo a su propia manera.
De cuando en cuando, Langley dirigía la mirada hacia la colina en donde se encontraba Zeta, observándolo como si aquella fuera la última vez que lo veía, queriendo grabar cada detalle de su aspecto en su memoria. "Deja de pensar en tonterías" se dijo a sí misma, en voz baja "Y concéntrate en la misión".
La tierra se sacudió bajo sus pies, igualmente incómoda por la presencia del visitante indeseado; por poco hace perder el piso a los pilotos y ni qué decir de las aterradas personas que se encontraban refugiadas.
—Blanco aproximándose a una distancia de 15 mil metros— volvió a decir Aoba, tragando saliva, encargándose de monitorear la posición del enemigo. Era obvio que mientras más cerca se encontraba, más incrementaba su velocidad de caída.
—¡Ahora!— indicó en el acto la Mayor —¡Comiencen con la Operación Atlas!
—Desplegando Campo A.T. a su máximo alcance— advirtieron los pilotos de las Unidades 00, 01 y 02.
Afuera, un aura roja envolvió el cuerpo de los titanes de acero, comenzando luego a expandirse a sus alrededores en un rango bastante considerable. La fuerza de aquella peculiar energía era tal que arrastraba consigo todo aquello que no estuviera firmemente clavado al piso; aún porciones de éste fueron arrancadas y arrojadas al aire en las zonas más cercanas a la fuente de origen, es decir, los gigantescos robots.
Una vez que se completó el proceso, tal y como el plan lo tenía previsto, los campos combinados comenzaron a repeler, como si se tratara de un polo magnético opuesto, al propio Campo A. T. del monstruo gigante, obligándolo a reducir su velocidad mientras luchaba con la fuerza que se le oponía. Sin embargo, el impulso y la inercia que llevaba consigo era tan grande que no pudieron detener por completo su caída, por lo que seguía precipitándose hacia ellos, aunque en menor fuerza, en lugar de quedarse suspendido como la Mayor Katsuragi había planeado.
—Blanco continúa aproximándose a una distancia de 12 mil metros— pronunció el oficial técnico con timbre nervioso. El plan se estaba viniendo cuesta abajo. Ahora que lo pensaba mejor, refugiarse no hubiera sido tan mala idea. Como muchos otros, tensó su cuerpo, controlando sus instintos y recuperando valor.
—Unidad Z, llegó el momento— indicó Misato por el comunicador, apremiada, como todos en el cuartel —¡Dispara!
No obstante, a diferencia de otras ocasiones, en las que en el momento de haber dado dicha orden un haz de energía destructiva salía expulsada por los ojos del robot en mención, esta vez no ocurrió tal cosa. El gigante verde permanecía inmóvil en su puesto, con la mirada clavada en el cielo cubierto de espesas nubosidades. Los instrumentos no registraban ninguna fluctuación en su campo de energía, como pasaba cuando estaba a punto de disparar su ráfaga óptica. Nada. Ni siquiera la respuesta por parte del piloto. ¿Se habría acobardado de último momento? No, aquello no era posible. ¿Ó sí? Todos estaban al pendiente de su reacción, con cada segundo que pasaba contando en su contra.
—Unidad Z, ¿qué es lo que pasa?— la Mayor Katsuragi tomó de nuevo la comunicación, intentando dilucidar la situación —¡Dispara ahora, antes de que sea demasiado tarde!
—Distancia del enemigo: 10 mil metros...— apenas si pudo mascullar el operador, preparándose para lo inevitable.
En el exterior, los demás pilotos luchaban por mantener sus campos abiertos a la capacidad requerida, lo que no era muy fácil. A decir verdad, no podrían sostenerlos de esa manera por un periodo de tiempo muy prolongado. Y al igual que el personal en los cuarteles, también se preguntaban qué le ocurría a su compañero, entre el esfuerzo que tenían que realizar para mantener su concentración.
Casi como si les estuviera respondiendo a todos ellos, Zeta juntó sus manos, con las palmas extendidas hacia fuera, enfrente de su cabeza, extendiendo sus brazos en toda su longitud. Acto seguido, las colocó a su costado izquierdo, ladeando todo su cuerpo hacia la misma dirección. Parecía que estaba realizando una especie de ritual o algo por el estilo. A nadie le quedaban claras todavía sus intenciones. La posibilidad de que el piloto del Eva Z hubiera perdido por completo la razón era muy alta, para algunos.
—¡¿Qué diablos cree que está haciendo?!— pronunció entre dientes Katsuragi, queriendo comerse las mangas de su chamarra. Todas las miradas en la Sala de Control estaban fijas sobre ella, y a Kai se le ocurría ponerse a hacer estupideces, justo en el momento decisivo.
Sin importarle la reacción de pánico que provocaba entre mucha gente con su actitud, el muchacho continuó lo que fuera que estuviera haciendo en esos momentos. Si les hubiera dicho previamente lo que se proponía lo más probable es que se hubieran burlado de él, por lo que tuvo que actuar por su cuenta. Adelantó su pierna derecha, flexionándola sólo un poco para apoyarse casi por completo sobre su pierna izquierda. Para finalizar, se encorvó un poco, poniéndose más cómodo.
—Distancia: 7 mil metros— advirtió Aoba, con voz desvanecida —Impacto inevitable...
"¿Qué te pasa, Kai?" era lo que la expresión de todos ellos parecía decir, con la vista clavada en el titán de acero que aún no se resolvía a atacar.
"Maldición, maldición, maldición, maldición" se repetía el muchacho una y otra vez en el interior se su cabina, con los ojos bien cerrados, comenzando a inquietarse porque su plan no estaba funcionando "Maldición, maldición, maldición... ¡lo sabía! ¡No funcionará! Este es la idea más estúpida que he tenido, y ahora lo arruiné para todos... oh, diablos, diablos... debí estar completamente loco cuando se me ocurrió todo esto... Dios, soy tan imbécil... ¡un completo y absoluto imbécil! ¿qué diantres puedo hacer? ¡Nada está pasando! ¡Maldita sea, esto no puede estar pasando! ¿Porqué? Vamos, vamos... calma... relájate... no hay que darse por vencidos... aún tenemos tiempo... todo es cuestión de concentrarse... la idea está muy bien fundamentada... sólo recuerda lo que te enseñaron... relájate... y concéntrate... concéntrate..."
De ese modo, mientras más tranquilo estaba, podía sentir claramente ese "algo" que se agitaba en su interior. Aquella cosa que clamaba por salir, que estremecía todo a su paso, en su carrera desenfrenada hacia la libertad. Ese algo que ya no estaba dispuesto a seguir escondiéndose en la sombra, que ya no estaba dispuesto a retroceder. Se revolvía en su prisión, impaciente. Ciertamente, el más feroz combatiente, aunque permaneciera enjaulado. Y aún así, grande es su poder. Aún así, ese poder contenido bastaba para acabar con sus enemigos.
Una vez más el muchacho se sentía como si fuera dos personas a la vez, dos naturalezas distintas en un mismo cuerpo. De cualquier manera, al percibir como la energía comenzaba a emanar de su cuerpo, condensándose, sonrió con satisfacción, dándose el lujo de abrir los ojos, concentrándose aún más. Concentración, pequeño, todo es cuestión de concentración. Por fin estaba funcionando. El poder seguía creciendo en él, listo para ser liberado de un solo golpe.
Centellas de energía luminosa empezaron a recorrer el espacio que había entre las palmas del robot, mientras se iluminaban de un brillo de naturaleza misteriosa, desconocida hasta entonces. A cada instante, el fenómeno se intensificaba, adquiriendo más y más fuerza.
—¡Estoy captando una fluctuación muy fuerte en el Campo A.T. de Zeta!— pronunció Maya, atónita por los datos que llegaban hasta su consola. Aquellas lecturas rebasaban todos los límites conocidos, incluso para el Modelo Especial.
Estupefactos, los demás veían como una esfera de energía concentrada se formaba entre las manos del titán de acero, aumentando su tamaño a medida que era alimentada.
—No logro entenderlo— murmuró la Doctora Akagi, al borde de un colapso —Está concentrando su Campo A. T. en sus manos, en lugar de en su casco... ¿pero con qué objeto? ¿Y cómo es que lo hace? Simplemente... simplemente no entiendo lo que está pasando... esto es cosa de locos...
Sostuvo por unos momentos su frente, sintiéndose como si le estuviera a punto de reventar. Para muchos, lo que hacía el chiquillo no tenía razón de ser, ni explicación lógica. En cambio, para todos aquellos que tuvieran una leve noción de las artes marciales o de sistemas espirituales estaba muy claro lo que Rivera pretendía. Incluso, bastaba con haber visto un capítulo de aquella serie, Dragón Ball, o haber jugado alguna vez un videojuego de peleas para entender lo que estaba haciendo. Desafortunadamente, eran muy pocos estos individuos entre el personal de NERV, por lo que casi todos estaban inmersos en una confusión angustiante.
Sin embargo, Asuka reconoció esa pose, pues apenas la noche anterior la había visto por la televisión, precisamente en compañía de Kai. ¿Pero qué era lo que se proponía ese loco? ¿De veras pensaba que aquél disparate podría funcionar?
—Esa... esa posición es de...— musitaba con dificultad, en medio del gran esfuerzo que tenía que realizar para mantener desplegado su campo de energía.
Mientras tanto, el muchacho sentía como las manos comenzaban a arderle cuando contenían tanto poder en un espacio tan reducido. El calor que empezaba a emanar de aquella esfera se estaba tornando insoportable. Pero aún así, todavía no podía atacar. Tenía que esperar hasta el momento indicado, para asegurarse que el golpe contara.
—Vamos, desgraciado— murmuró entre dientes, ignorando el dolor —Déjate ver...
—¡El enemigo se encuentra a 5 mil metros, justo encima de nosotros!— pronunció Aoba. No sabía muy bien lo que su amigo pretendía allá arriba, pero fuera lo que fuera, tenía que apurarse a hacerlo antes de que todos se convirtieran en átomos flotando a la deriva.
El cielo nublado se agitó, para luego escupir de sus entrañas, en medio de la conmoción general un gigantesco ojo que miraba fijamente a todos abajo, como insectos. El monstruo salió completamente a la luz, revelando su forma poco antes de acabar con su objetivo. El terror se apoderó de todos, mientras observaban impávidos a aquella mole dirigirse a ellos sin nada que pudiera evitarlo.
—¡AHORA!— gritó Rivera a todo pulmón, decidido a atacar.
Con un solo movimiento, como si se tratara de un resorte, alzó los brazos al cielo al mismo tiempo que adelantaba la pierna que le servía de apoyo, clavándose firmemente en la tierra y empujando todo su cuerpo hacia adelante.
Una llamarada, un enorme caudal de energía mucho mayor que su propia ráfaga óptica salió expulsado de sus manos, ascendiendo rápidamente por las alturas hasta alcanzar su blanco. El fulgor que desprendía ese rayo de energía destructora era tan intenso que en un momento todo a su alrededor se volvió blanco con algunos rayones negros, ocultando así a los contrincantes ante la vista encandilada de los espectadores.
Por un instante, la energía liberada por Zeta encontró un obstáculo en el Campo A. T. y en la enorme fuerza cinética que le proporcionaba su velocidad y la fuerza con que la gravedad del planeta lo atraía, chocando de lleno con el coloso, logrando detener por un momento su trayectoria.
Rivera ya había previsto esto, así que apretando los dientes y haciendo un último esfuerzo incrementó la fuerza de su ataque, aprovechando igualmente la gravedad en su favor. Sus pies fueron sepultados entre los sedimentos que deshacían bajo ellos, afianzándose así del planeta entero. Los demás pilotos también hacían su parte, debilitando la fuerza con la que caía el Ángel manteniendo sus campos desplegados a su máxima potencia.
—Adiós, ojitos— pronunció el joven, sonriendo satisfecho una vez que estuvo seguro de su victoria.
La energía expulsada tomó nuevos bríos y no le costó mucho deshacer limpiamente el campo de fuerza que protegía al monstruo, y enseguida de ello a él mismo, atravesándolo por completo ante lo que parecía ser su mirada perpleja. El coloso que tantos dolores de cabeza había causado reventó como un globo, deshaciéndose en miles de pedazos seguido por una atronadora explosión que los consumió por completo. A pesar de que ésta ocurrió muy por encima del nivel del suelo, alcanzó a envolver una gran área debajo de ella, que incluía la colina donde estaba Zeta. Aunque cabía mencionar que el daño que causó dicha explosión fue mucho menor que el que hubiera hecho el gigante de haber chocado por completo contra la Tierra, como se lo proponía.
Las instalaciones del Cuartel General se sacudieron con violencia, arrojando al piso a todos aquellos desprevenidos que no pudieron afianzarse de algo firme. Pero cuando dicho movimiento terminó, y como todos seguían de una pieza, podían estar seguros de que el peligro había pasado. ¡Lo habían logrado! ¡Habían derrotado a una fuerza incontenible! Lo que es más, ¡estaban vivos!
Pero antes de ponerse a celebrar, tenían que ver algunos cabos sueltos, como por ejemplo, el estado de los pilotos.
—Quiero un informe completo de la situación allá afuera— solicitó Katsuragi, con el corazón dándole de tumbos en su pecho.
—El enemigo ha sido destruido por completo— respondió en el acto Makoto, revisando los datos en su terminal —Nuestros tres Evas se encuentran a salvo, sin embargo la explosión resultante logró alcanzar a la Unidad Z. Los escombros arrojados por la explosión aún no se asientan por completo, por lo que no podemos obtener una imagen clara.
—¡Shinji, Asuka, ó Rei! ¡Quien sea!— clamó Misato, esforzándose al máximo por mantener la calma —¿Puede alguien tener contacto con Kai?
—Negativo— contestó enseguida Rei, observando lo que quedaba de la colina, envuelta en un humo negro y muy denso. Si es que acaso estaba preocupada, su voz no lo reflejaba en lo absoluto —Sólo veo cenizas, a donde quiera que miro.
—Tampoco yo puedo hacer contacto visual— repuso Ikari, saboreando el momento, la angustia que provocaba en los demás. ¿Finalmente había pasado?
—¡Al diablo con todo! ¡Voy a buscarlo!— pronunció Asuka, con la seguridad que le caracterizaba, aunque también con un dejo de temor en su voz, mientras dirigía al Eva 02 tan rápido como podía a la zona del impacto.
—Te ayudaré— dijo Ayanami por su parte, dirigiéndose de la misma manera a aquella torre de humo y escombros cayendo.
—Muy bien, vayan los tres, con cuidado— indicó la Mayor desde su puesto —Por favor, tráiganlo a salvo...
—A lo que quede de él— se mofó Shinji, no muy convencido de querer ayudar en las labores de rescate, aunque asegurándose de que nadie lo escuchara. Al no compartir la premura de sus compañeras, se vio un poco rezagado del grupo, como si les estuviera cuidando las espaldas.
El momento que tanto Asuka, como Rei y a su vez Misato temían, por fin había llegado. Sí, se habían alzado con la victoria, destruyendo al Décimo Ángel, pero quizás a un alto precio. Tal y como lo habían previsto, el riesgo fue muy grande para la Unidad Z, a quien la explosión resultante le había pegado de lleno, sin su escudo de energía que la protegiera. ¿En qué lamentables condiciones la irían a encontrar? ¿Y qué hay del piloto?
Resueltas a llegar al lugar del siniestro lo más pronto posible, no había fuerza capaz de detenerlas en su andar. A no ser una proyección en sus pantallas de comunicación.
—¿Bueno? ¿Alguien me escucha?— pronunció el joven piloto del Eva Z, sano y entero, por medio del comunicador audiovisual. Su expresión, entre burlona y adormilada hacía suponer que se encontraba en buen estado, lo que contrastaba con los hilos de sangre que le escurrían de la nariz, boca, oídos y ojos —Sala de Control, ¿siguen allí?
—¡KAI!— pronunciaron casi todos al mismo tiempo, saliendo de su sorpresa en el momento que lo vieron. Se esperaba que por lo menos se encontrara inconsciente, pero el muchacho se veía bastante lúcido, como si salir ileso de aquél infierno fuera cosa de niños. ¿Cómo lo había logrado?
—¡Kai! ¡Eres tú!— salió Misato a su encuentro por el mismo medio de comunicación, sin ocultar su alegría. Sus ojos estaban grandes y brillantes, y una sonrisa de oreja a oreja adornaban su cara, colocando una de sus manos sobre su pecho; al fin podía respirar aliviada —¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien? ¿Estás herido?
—Eh... yo estoy bien— contestó el muchacho, un poco avergonzado, rascándose la nuca mientras sonreía nerviosamente cuando se percataba que todos podían ver la sangre que tenía embarrada en el rostro, a diferencia de otras ocasiones que había ocultado tales secuelas —La explosión dañó levemente mi mecanismo de comunicación, pero ya lo he arreglado. Aunque creo que voy a necesitar un poco de ayuda para salir de aquí... verán... jeje... no sé como decirlo... pero es que... me atoré...
En efecto, tras toda esa polvareda y llamas que seguían levantándose en el enorme cráter que produjo la cruenta explosión, justo en medio permanecía Zeta, indemne pese a todas las circunstancias adversas, salvo el pequeño detalle que se encontraba sepultado desde la cintura para abajo entre todos los escombros. ¿El estado de la Unidad? Funcional. De hecho, hubiera sido perfecto a no ser por la pintura quemada de ciertas porciones de su regia armadura, la cual no sufrió deterioro alguno.
Unos minutos después, la polvareda se dispersó y cuando todos pudieron comprobar el estado tanto del Modelo Especial como de su piloto, la reacción no se hizo esperar. A diferencia de otras ocasiones, en las que lo único que provocaba el Eva Z con sus victorias era miedo, esta vez fue completamente lo opuesto.
—¡Lo logró!— la Mayor Katsuragi fue la primera en saltar de júbilo, para que luego de ella todos los demás en el Geofrente la siguieran, rompiendo en un gran festejo, en medio de gritos y aplausos.
Las personas tenían motivos para celebrar. Estaban vivos, y pese a que tenían todas las posibilidades en contra habían logrado salir avantes. Y lo que era mejor, nada había que lamentar. Todos se encontraban bien. Incluso su héroe, al que ahora todo mundo vitoreaba dentro de los cuarteles. El caballero andante había partido para acabar con el dragón, y ahora regresaba al castillo a salvo trayendo no sólo la victoria consigo, sino también esperanza para todos. Esperanza en un futuro que aún les pertenecía.
Los amigos se abrazaban afectuosamente, en medio de la celebración. Los amantes se comían a besos. Y en el hangar de las Naciones Unidas los festejos eran la locura. Todos celebraban con estruendo la victoria de su jefe y amigo, luego de haber pasado por tan angustiantes momentos de incertidumbre. Alguien, quien sabe de donde, sacó una botella de champagne que ahora estaba siendo regada entre todos, haciéndose espuma al salir de la botella agitada. Entre los aplausos, los brincos de alegría, los gritos y los chiflidos, Sakura Ishida, su flamante prometida, miró de soslayo por unos instantes a Kenji, con esa expresión de "te lo dije" en el rostro. Sin embargo, al cabo de unos momentos se lanzó a sus brazos, compartiendo el estado de ánimo general.
—Gott sei dank— masculló Asuka dentro de su cabina, apenas conteniendo las lágrimas de emoción que ya empezaban a escapársele por sus mejillas, dándole gracias a Dios de que su novio se encontrara bien. Enseguida tomó el comunicador para dirigirse a él, pareciéndole años todo el tiempo en que no lo había visto —Jackass. You made me worry!
—Sorry very much for that— le contestó Rivera, apenado, sonriendo de manera nerviosa. Lo cierto es que aún no sabía bien como era que debía comportarse ahora con Langley, luego de lo que había pasado. Ni siquiera sabía exactamente qué eran ahora, ellos dos. ¿En qué tono hablarle? ¿Cómo tratarla? Todo el asunto resultaba muy extraño para él. Había derrotado al Ángel, pero aún le quedaba por librar una batalla aún más difícil. La batalla del corazón.
Sin embargo, un nuevo sentimiento rebosaba en su interior. El sentimiento de saberse invencible, ahora que había probado los límites de Zeta y los suyos propios, y no los había encontrado. Lo que era más, ahora contaba con una nueva arma que convertiría en despojos calcinados a cualquier oponente, cualquiera que fuera éste. Y luego de haber sobrevivido a aquél desafío, tenía la certeza de que su armadura era indestructible. No había nada, en los Cielos, en la Tierra e incluso en el Infierno que pudiera penetrarla. La mejor defensa. El mejor ataque. La soberbia no tardó en cegarlo, ignorando con suma torpeza lo peligroso que resultaba permitirlo. Por fin había pasado. Los humos se le habían subido a la cabeza.
—Vaya, vaya... pues parece que después de todo, somos invencibles, amigote— le dijo a su Evangelion, orgulloso como nunca antes de su trabajo, recostándose cómodamente sobre su lugar, cruzándose de brazos, sonriendo con displicencia —Muérete de envidia, hombre de acero.
Lo había dicho olvidándose de las secuelas adversas, inclusive hasta nocivas, que le quedaban cada vez piloteaba su Eva, las que repercutían en su salud de forma considerable y que se iban agravando conforme al paso del tiempo. También que durante mucho tiempo atrás, en lugar de valerse de un poder superior, siempre había utilizado su ingenio y astucia para salir adelante. Pero ahora que se sentía en la cima del mundo, muy por encima de los demás, había olvidado esos pequeños detalles. Y es que el sentirse tan poderoso era lo máximo. Podía hacer lo que se le antojara, no había limitantes. Todo estaba a su alcance.
—Señores, los miembros del Consejo han terminado de deliberar— les informó una atractiva asistente, haciéndoles un respetuoso ademán para que la siguieran —Están listos para tomar una resolución. Por aquí, por favor.
Gendo fue el primero en levantarse de su cómodo asiento, dejando a un lado la inconclusa taza de café que sostenía en sus manos. Enseguida le siguió Kozoh, su incansable compañero y socio desde hacía ya muchos años, arreglando su chaqueta gris de campaña para que estuviera en la mejor presentación posible, para que luego los dos siguieran tranquilamente a su guía por los extensos pasillos de la instalación.
A pesar de que la junta entre los representantes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se había prolongado por varias horas más de lo previsto, cabía mencionar que la espera fue bastante amena, gozando de los lujos de aquellas modernas instalaciones en las que se encontraban.
Al cabo de un rato llegaron al enorme salón con el logotipo de la O.N.U. incrustado en la pared del fondo. Los delegados estaban sentados en torno al centro de dicho cuarto, con sus mesas arqueadas formando figuras semicirculares. Al frente se encontraba el Secretario General, así como el presidente en turno del Concejo y las figuras con mayor relevancia política en el ámbito mundial.
—Comandante Gendo Ikari— tomó la palabra el Secretario General, Josef Schroëder, a su llegada —Tome asiento, por favor— indicó con un gesto la pequeña mesa que estaba frente a él, en medio del cuarto, para que él y su segundo tomaran asiento, ante la atenta mirada de los delegados a su alrededor —La Junta está lista para emitirle su fallo.
Tanto Ikari como Fuyutski hicieron lo que se les pedía, cada uno con la expresión severa que se les conocía. El enjuto rostro de Kozoh miró el salón de lado a lado, reconociendo de paso a algunos delegados, quienes habían sido amigos ó colegas suyos en tiempos pasados.
—Señores Ikari y Fuyutski— continuó Schroëder una vez que estuvieron instalados —El Consejo ha analizado a fondo y muy detenidamente la propuesta que han traído con ustedes. Y aunque los aspectos y posibilidades que involucran su sistema del Dummy Plug son muy atractivos a futuro, por unanimidad absoluta esta Junta ha resuelto negarle los fondos que nos solicita.
—Con todo respeto, señores— Gendo se puso de pie como impulsado por una fuerte corriente eléctrica, dispuesto a gastar hasta el último de sus recursos —Me parece que no han entendido bien las enormes ventajas que este plan nos proporcionaría... nos ahorraríamos mucho tiempo y dinero si logramos llevar a cabo su objetivo final, es decir, prescindir de los pilotos... piensen en todos los meses que nos lleva actualmente detectar a uno entre la población civil, además del entrenamiento y...
—Comandante Ikari— lo interrumpió el presidente de la Junta, el chino Xian Tze Zung, quien lo fustigó con la mirada a través de los cristales de sus lentes —Este Concejo está al tanto de dichas circunstancias, y aún así ya hemos tomado una decisión. No permitiremos que nos diga en qué debemos gastar nuestro dinero, señor Ikari. Ya hemos empezado a otorgar fondos para el plan de producción de más Unidades Evangelion Especiales para el Combate. Por ahora, el Dummy Plug no puede entrar en nuestro presupuesto.
—Simplemente no entiendo cómo es que están dispuestos a gastar semejante cantidad, cuando el plan que les hemos presentado costaría mucho menos que la mitad de eso— acuñó Fuyutski, jugándose todas las cartas que tenían entre manos.
—Velamos por nuestros intereses, Subcomandante— el Secretario tomó de nuevo la palabra, con voz grave e imperiosa —Usted ya debería saberlo. Las Fuerzas Armadas de nuestros respectivos países se beneficiarán en demasía con la inclusión de ese tipo de arsenal entre sus filas. Además, el asunto está fuera de toda discusión. Una y otra vez, el Eva Z ha demostrado su superioridad con respecto a sus otras Unidades Eva. Justamente acabamos de recibir el informe desde Tokio 3 acerca de las últimas hostilidades en contra de los Ángeles. Nos dicen que Zeta ha destruido al Décimo Ángel, el cual estaba afectando el clima y las comunicaciones en todo el planeta. Hizo esto sin recibir daño alguno en su estructura ni en su funcionamiento, señores de NERV. Sus Evas sólo sirvieron como apoyo. Prueba más que suficiente para mí para demostrar su valía y la seguridad de nuestra inversión en el plan.
—Además, por si no lo sabían, el gobierno mundial está enfrentando una seria crisis, señores— continuó el Presidente de la Junta —Es oficial: estamos en guerra con el Ejército de la Banda Roja. En todo este tiempo se han negado a cualquier tipo de negociación o de arreglos. Tienen en su poder las dos terceras partes de la producción mundial de petróleo, y no se encuentran dispuestos a comerciarlo de manera alguna. Nos las hemos arreglado con nuestras reservas en América, pero es innegable que la economía mundial se dirige a un colapso mayúsculo en solo unos cuantos meses. Así que resulta imperativo desplegar todo nuestro poder bélico en contra de ellos, y esto incluye a todos los Evangelion de los que podamos disponer; ahora tenemos bien vigiladas sus posiciones, y sólo esperamos su próximo movimiento para caer encima de ellos...
Dicha acción resultaba aún más peligrosa para los planes del comandante que el propio plan de producción de más Modelos Especiales para el Combate, por lo que de inmediato debatió, avispándose por entero.
—Señores de la Junta, estamos cayendo en lo absurdo— pronunció, volviendo a ponerse de pie —Desde un principio se estableció de manera clara y concisa que el propósito de NERV era el de luchar contra los ángeles y no el de intervenir en acciones militares de cualquier índole. Además el Geofrente no puede quedar desprotegido de esa manera. Sus secretos y sus instalaciones...
—Estamos de acuerdo en que el Geofrente debe ser preservado a toda costa, Comandante Ikari— terció Schroëder, limpiando con un paño sus anteojos —Es por eso que NERV no intervendrá en dicha acción militar. Pero recuerde que el Eva Z, y su propio piloto, son propiedad de las Fuerzas Armadas de las Naciones Unidas. Serán Zeta y las otras Unidades Especiales las que participen en la campaña contra el Ejército de la Banda Roja. Debido a esa razón necesitamos que el mayor número de ellas estén listas para entonces...
—Están tomado la decisión equivocada, señores delegados, se los aseguro— aseveró Fuyutski, sin importarle ya las formas o propiedades con las que se debería dirigir a tan importante auditorio —La misión de todos los Eva es la de luchar contra los Ángeles, no contra seres humanos.
—Las Unidades Especiales lucharán contra quien se les ordene— sentenció el Presidente de la Junta, con un brillo siniestro en sus ojos —Y al respecto de luchar contra seres humanos, la verdad es que ya no sabemos contra qué poderes nos estamos enfrentando...
—Verán— comenzó a aclarar el asunto el Secretario General —Cómo ustedes saben, luego del exitoso deceso de su líder, el Comandante Chuy, esperábamos que las filas del Frente de Liberación Mundial se debilitaran tanto moralmente como en su número y fuerza. Pero también es conocido de ustedes que fue todo lo contrario, con los resultados que ya todos sabemos. Hasta hace poco, desconocíamos la razón por la cual nuestras tropas eran aniquiladas tan fácilmente. El enemigo intervenía nuestro sistema de comunicaciones por satélite, dejando a nuestras fuerzas a su merced. No hemos sabido de un solo sobreviviente o prisionero en todas las incursiones contra el ejército rebelde, por lo que no teníamos idea de cómo se desarrollaban las batallas, más que su desenlace. Sin embargo— una pantalla plana apareció frente al escudo de las Naciones Unidas, mientras que las luces en todo el recinto se apagaban —Hace poco, logramos rescatar una grabación digital de uno de nuestros acorazados hundidos en las costas del Mar Rojo, que nos proporciona una idea más clara de qué es lo que está pasando en ese lugar. Observen y juzguen por ustedes mismos, caballeros...
La grabación comenzó, ante la atenta mirada de todos los presentes. Estaba realizada en visión nocturna desde el puente del caído Perseo, acorazado perteneciente a la flota europea. A pesar de los tonos verdes molestos, transmitía muy bien todas las operaciones en su rango de alcance.
Las múltiples explosiones y disparos realizados se mezclaban con las órdenes confusas y los gritos de los marinos. Más allá de la costa, el cielo estaba visiblemente iluminado por el fulgor mortal de los misiles estallando, con su estrépito atronador. Al parecer, las fuerzas armadas estaban empleando todo el calibre de las armas con las que disponían. Lo curioso era que no recibían respuesta alguna. Todos los ataques eran realizados por parte de las tropas de Naciones Unidas. Al cabo de unos momentos, el terror en la voz de aquellos hombres era evidente. Algo los tenía completamente horrorizados, haciéndolos luchar por sus propias vidas. Pero sus palabras se revolvían unas con otras, entre la confusión general. Las tropas seguían atacando de forma inmisericorde, regando la destrucción en la tierra. Y sin embargo, continuaban aterrados.
Entonces pasó. En medio del horror de la guerra, una figura colosal se irguió entre las fuertes explosiones como si se trataran de una ligera llovizna. La silueta era confusa, apenas visible. Los gritos de espanto se multiplicaron, al igual que las armas que eran lanzadas contra aquella entidad. Aún así, la masacre comenzaba. Ante la mirada incrédula de todos en el salón, las tropas eran barridas en cuestión de segundos, por un poder destructivo incluso mayor al que ellos estaban empleando. Varias sombras gigantes se unieron a la reyerta, aunque estas nuevas eran más finas que la anterior, moviéndose con rapidez, serpenteantes. Los hombres comenzaron a replegarse, con las columnas deshechas, diezmados, agotando lo que les quedaba de su arsenal. Lamentos de muerte y agonía llegaban de todas partes. Rayos de naturaleza desconocida iluminaron la oscuridad de la noche, reduciendo a cenizas lo que quedaba de la fuerza de ataque. Hubo un destello, un grito y luego... la nada. La estática cubrió la pantalla, anunciando el fin de la grabación.
—No sé ustedes, señores— retomó la palabra el Secretario General, cuando las luces se encendieron y todos en la sala apenas si comenzaban a entender la magnitud de lo que sus ojos habían presenciado —Pero que yo sepa, sólo una cosa puede resistir semejante poder de fuego y aniquilar divisiones enteras como si fueran hormigas...
El cuarto entero se llenó de murmullos, de especulación. Sin esperar respuesta, Schroëder se sentó en su lugar, descansando la cabeza sobre su respaldo por un momento, convenciéndose a él mismo de lo que acababa de ver, a pesar de que ya había revisado la grabación varias ocasiones. La incertidumbre crecía, sin nadie que pudiera poner las cosas en claro en ese momento: ¿es que en realidad el Ejército de la Banda Roja contaba a su disposición de Ángeles? En un principio, aquella versión había sido inventada por ellos mismos, para justificar entre la población civil el recrudecimiento en la persecución del entonces Frente de Liberación Mundial. Pero ahora, las evidencias de que su engaño se había convertido en una cruel (e irónica en cierta manera) realidad, estaban ante ellos. ¿Qué seguía, entonces? ¿El Doctor Infierno era ese líder misterioso, del que nadie conocía su identidad? Bromeaban con sorna algunos de ellos.
—Esos no pueden ser Ángeles— comentó Fuyutski a su socio, por su parte, muy convencido al respecto.
—Por supuesto que no— asintió Gendo, recargando la barbilla en sus manos cruzadas frente a él, meditando el asunto —Debe tratarse de la otra jugada de los viejos.
—¡Qué arrogantes!— masculló Kozoh, con la sangre hirviendo en sus venas —Quieren asegurarse de estar con el bando ganador, cualquiera que resulte éste.
Sin saber nada del asunto, y sin que tampoco les importara, por el momento, al otro lado del mundo los jóvenes pilotos Eva esperaban ansiosos por su premio. Habían cumplido con su parte del trato, ahora le tocaba a la Mayor Katsuragi cumplir con la suya. Cosa que hizo de buena gana, aunque a medias.
Ese puesto callejero de tallarines chinos distaba mucho de la cena romántica que Asuka esperaba compartir con Kai en un lujoso restaurante, celebrando su triunfo aplastante. Pero, ¡qué diablos! Por lo menos podía estar a su lado. Ya habría más oportunidades para tener citas en sitios más románticos, ahora que tenían toda su vida para compartir por delante. Qué bueno que ya había sospechado lo que tramaba Misato. Se hubiera sentido muy estúpida si hubiera ido con su vestido en lugar del atuendo informal que usaba: una blusa amarilla de estambre, pantalones de mezclilla y sus tenis.
—No te apures, Misato— le decía a su superior, mientras tomaban asiento en la banca que había frente al puesto —De todos modos, ya sabía lo que te quedaba en el bolsillo.
—Pudimos haber pagado la cena entre todos, ¿sabes?— murmuró desairado el joven Katsuragi, con su sueño de cenar un jugoso bistec desvanecido.
—De ninguna manera lo hubiera permitido— comentó su tutora en tono jovial, pasándole el brazo por el hombro —¡Hoy, todo corre por mi cuenta! Claro, hasta que me quede sin fondos...
—Tacaña—dijo entre dientes el chiquillo —Tendrías más dinero si no te lo gastaras todo en cerveza.
—¿Dijiste algo?— pronunció la mujer, visiblemente molesta, enseñándole el puño de manera amenazante.
—¿Yo? ¡Para nada!— respondió a su vez el muchacho, cuando una gota de sudor frío le recorría la sien. Mejor ser cauto y agradecido, para después no tener que pasarse la noche curando sus chichones.
—Creo que es mejor que haber ido a un restaurante— intervino Shinji, en medio de Asuka y de Ayanami —Así, Rei quiso acompañarnos.
—Qué suerte para ti, ¿no, pequeño Shinji?— se mofó la alemana, mirándolo con desdén.
—¡No! Digo.. sí... bueno, no...— balbuceó Ikari, con la sangre agolpándose en sus mejillas, una vez puesto en evidencia —Lo que quiero decir es que el premio era para todos, ¿no? Así que hubiera sido muy triste que alguno de nosotros no lo disfrutara, a eso me refería...
—Seguro— asintió por su parte Langley, dándole por su lado, aburrida.
Rei observó a ambos de reojo, sin darles importancia. Lo cierto es que ese puesto estaba cerca de su departamento, y le gustaba la comida de allí. Sabía de la molestia que su presencia le ocasionaba a su compañera, pero ese detalle no le interesaba en lo absoluto. Incluso, podría decirse que disfrutaba más su estancia con ellos, a sabiendas de eso.
—Lo de siempre, por favor— pidió al que despachaba, quien ya conocía sus gustos.
—Tallarines sin carne— asintió este, apurándose a complacer la orden —¡Trabajan!
—Yo también lo de siempre, joven— dijo Kai a su vez.
—Hmmm... aleta de tiburón con una porción grande de carne de cerdo cocida, ¿cierto? ¡Enseguida! Ya tenías mucho sin venir por aquí...— observó el empleado, poniéndose a trabajar en las órdenes.
—Tienes razón, ya tenía un rato sin asomarme por estos rumbos...
Asuka observó claramente como el semblante tanto de Ayanami como de Kai, a su lado, se abochornaba, volteando hacia diferentes direcciones, ante la mirada divertida del cocinero. Al parecer, solían frecuentar mucho ese puesto en particular, y lo más probable es que había sido en pareja. Con que aquí era donde Kai traía a cenar a esa flacucha, cuando andaban juntos, ¿eh? Qué patético, al igual que Rei misma. ¡Mira que desperdiciar semejante galán en ese puesto barato! Ya le enseñaría ella lo que era tener una auténtica velada romántica.
—Yo voy a querer lo mismo que él, por favor— dijo la chiquilla rubia, tomando a su acompañante por el brazo —Sólo que la carne de cerdo en porción chica, si no es mucha molestia...
—Muy bien. Enseguida tengo su orden...
Shinji observó a ambos lados. A su izquierda se encontraba Asuka, prendada de Rivera, y a su derecha estaba Rei, quien al parecer conservaba algunos lazos con el susodicho. Aquello le partía el corazón, pero lejos de dejarse vencer, su enclenque determinación tomó nuevos bríos, dándole ánimos para seguir adelante.
—¿Sabes, Asuka?— tuvo el suficiente coraje para dirigirse a la muchacha, quien sólo volteó a verlo descuidadamente —Ya no pienso darme por vencido tan fácilmente. En ninguna cosa. Lucharé por lo que más quiero, ¿me entiendes?
La jovencita quedó sorprendida con aquellas palabras, mientras tomaba su pedido. Parecía entender bien el significado de lo que su compañero le quería decir.
—¡Idiota!— le espetó, ocultando su rostro sonrojado —¡Cómo se te atreve a decir cosas así justo en este momento!
—No me importa— contestó el muchacho, quien parecía que por fin tenía sangre en las venas —He decidido que si voy a pilotear un Eva, será para ganarme el prestigio de ser el mejor piloto de todos. Y también algo más...— pronunció cuando la miraba fijamente, permaneciendo ella boquiabierta. ¿Pero qué rayos se le había metido esta vez? —Y para lograrlo, voy a vencer a quien sea... ¿puedes oírme? A quien sea...— repitió, para asegurarse de que la joven europea entendiera a quién se refería, cuando fustigaba con la mirada a Kai, quien ya tenía la cabeza inmersa en su tazón de comida.
La muchachita entendió el mensaje, observando de paso a Rivera, para luego fijar su mirada en Ikari. Quizás no todo estaba tan perdido en él, como creía anteriormente. Por lo menos, no era tan imbécil como pensaba. Sonrió, satisfecha con las intenciones del chiquillo, como pactando un acuerdo sobreentendido entre los dos.
—Pues tendrás que esforzarte muchísimo, Shinjito— le dijo ya más repuesta, tomando entre sus dedos los palillos para comer —Por que la tienes muuuy difícil. No creas que tus rivales se dejarán vencer fácilmente...
—Lo sé...— asintió Ikari, pensando en qué se le antojaba cenar.
El cielo estrellado los vigilaba, ya sin guardarles algún peligro. Podían cenar y vivir tranquilos, pues el horror, por lo pronto, había sido desterrado de aquella noche tan hermosa y apacible. Nuevamente, volvían a ser dueños de sus vidas y de sus destinos.
Pero el terror no necesariamente tenía que venir de los cielos...
