El panorama no pintaba muy bien desde ahí. En más de una forma. A pesar de que eran más de las dos de la tarde, el país entero parecía estar sumido en tinieblas. El sol se ha ocultado en un montón de nubes que se aglutinan amenazantes, allá en el lejano horizonte, anunciando la tormenta por venir. El viento sopla con fuerza, cada vez mayor, apurándose a traer consigo los negros nubarrones. La tempestad llegará a tiempo.

A medida que las fuerzas lo abandonan el dolor va menguando. Eso no era una buena señal. Todo su cuerpo parece un enfermizo mapa de sufrimiento, con golpes, huesos rotos y sangre coagulada poblando toda su fisonomía. Un testimonio aún viviente de la salvaje crueldad del alma humana. Parecía que no había un solo centímetro cuadrado de su piel que no estuviera ensangrentado o magullado. Sin embargo, el dolor cada vez era menos. Pero sentía frío, mucho frío. Allá arriba se sentía mucho más frío, cuando la ventisca golpeaba el rostro. Además de que estaba casi desnudo. Sus prendas, mientras tanto, eran repartidas por suerte.

Uno de los soldados volvió a acercarle a los labios, en la punta de su lanza, un estropajo empapado con vinagre, el cual escupió casi enseguida, asqueado. "Ha salvado a otros, ahora que se salve a sí mismo" repetían algunos de los curiosos y paseantes que observaban la escena con un mórbido interés. Algunos se agolpaban en una chusma ignorante, corta en sus juicios pero presta para lanzar insultos y burlarse con placidez. Parecían un montón de ganado, estúpido y bullicioso. Pero a la vez, expectante. Esperaban por algo, como si supieran que ese algo sucedería, pero no sabían bien qué era ese algo.

"Perdónalos, Padre, no saben lo que hacen."

El aire comienza a faltarle en sus pulmones. Se apoya en sus piernas, buscando jalar más del precioso oxígeno, cada vez más escaso en su organismo. Pero lo único que obtiene es lastimarse todavía más con el clavo que atraviesa sus pies. De inmediato cesa en sus empeños, regresando a su posición anterior, pero de forma descuidada, pues se golpea la cabeza al hacerlo. Las heridas en su cabeza, ocasionadas por la corona de espinas, vuelven a sangrar copiosamente, nublando su vista de color rojo. Hubiera querido quitarse la sangre de los ojos, pero sus manos estaban maniatadas, al igual que sus muñecas, atravesadas por dos sendos clavos que lo mantienen bien fijo en el madero a sus espaldas. La desesperación empieza a hacer presa de él. El dolor regresa, junto con el miedo. Y es que, pese a todo, seguía siendo humano.

Un ser humano, eso sí, extraordinario. ¿Cuál de esas frágiles, torpes criaturas llamadas seres humanos estaría dispuesto a sacrificarse por sus semejantes de la manera en que ese hombre lo estaba haciendo? ¿A defender una causa, un ideal, al punto de llegar a dar su vida por ello? Él lo estaba, y no solamente dispuesto sino que ya lo estaba haciendo. Al morir en esa cruz reivindicaba a la Humanidad como algo digno de seguir existiendo.

¿Ó lo era? Y es que al verlo allí, clavado en la cruz, deshecho a palos y golpes, asfixiándose hasta la muerte, sufriendo lo insufrible… ¿en realidad una especie capaz de cometer esa clase de actos inmisericordes en uno de sus semejantes podría considerarse como "digna" de existir? El balance era que sí, puesto que las acciones de una sola persona demostraban que todavía en ellos estaba la chispa de la divinidad, la cualidad de ser perfectibles. Que si bien, eran capaces de cometer los más terribles actos de injusticia y barbaridad, también eran capaces de manifestaciones de amor y bondad sin límites.

Pero aún así, dada su naturaleza inherentemente humana, no evitaba sentir desesperación, pero sobre todo, miedo. Miedo del dolor por venir, miedo por el porvenir. A veces, de manera por demás fugaz, imágenes confusas de un futuro incierto se le presentaban ante sus ojos, bosquejándole a grandes rasgos los eventos venideros y el mundo del mañana. De esa manera había podido predecir la destrucción del Templo Mayor de Jerusalén, la cual ocurriría en setenta años. Así pues, también había visto lo que sería de su mensaje y de aquellos a los que se lo confió. Observó una iglesia, toda una nueva religión alzándose en su nombre, adoptando al águila romana como protectora. Vio personas perpetrar toda clase de violencia contra su prójimo, innumerables guerras y muertes, también todo en su nombre. Al parecer, violencia destrucción, muerte y maldad era lo que le deparaba el futuro a la humanidad. Y por si fuera poco, en esos terribles momentos de debilidad y angustia presenciaba como esas personas del mundo futuro jugaban con lo más sagrado, aquello que les estaba prohibido tocar, la esencia de la vida misma, construyendo gigantes a los que sometían en prisiones de metal para que lucharan por ellos en sanguinarias batallas que solo llevaban pesar a quienes se involucraban en ellas. Planes de una malicia indiscriminada eran llevados a cabo desde las sombras, mientras el mal se apoderaba del mundo y los justos eran vencidos, aplastados.

Sus ojos de color verde se coparon de lágrimas ante aquella desoladora visión del mundo futuro. ¿Para eso tanto dolor, tanto sufrimiento? ¿Para que los seres humanos siguieran lastimándose los unos a los otros, para que se aprovecharan de sus semejantes para lograr sus ambiciones? ¿Para que blasfemaran contra su Creador, buscando usurpar su lugar? Parecía que la mentira, la traición, en fin, la maldad, era aquello que definía a los seres humanos.

"¡Eloí, Eloí! Lamá sabactani?" se lamentó, entre sollozos y el desánimo. ¿Por qué, por qué me has abandonado, Señor? ¿Es que no había esperanza para aquellos a los que, a pesar de todo, tanto amaba?

La había. La esperanza residía justo en ese porvenir tan terrible que le deparaba a la humanidad. Aquél que todo lo ve, Aquél que todo lo sabe, Aquél por el que las cosas son y serán siempre obraba con justa razón. Siempre con una causa, siempre con un propósito; aún en aquellos aciagos días Su presencia y Su intervención no pasarían desapercibidas. Al igual que en esos momentos de infortunio, los cuales también tenían su propósito específico en la salvación de sus hermanos. Lo sabía bien, y con esa certeza en mente, ya con su tranquilidad interior completamente restaurada, se dispuso a abandonar este mundo, pues Él aún tenía otro papel por cumplir en el Gran Plan, como estaba dispuesto desde el principio de los tiempos.

"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

Y profiriendo tales palabras, el hombre llamado Jesús de Nazareth murió crucificado.

"Al llegar a Jesús vieron que ya estaba muerto, por lo que no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado de una lanzada y al instante salió sangre y agua."

Juan 19 (33 y 34)

Ni siquiera las aspas del poderoso helicóptero que los transportaba en el aire, a unos quinientos metros de altura, podía romper el engorroso silencio que había entre esas dos personas. Por las ventanillas del aparato el paisaje cambiaba con la misma velocidad a la que viajaban, pero de todas formas el viejo profesor Fuyutski podía contemplar toda una serie de pequeños lagos circulares que se extendían por la verde planicie sobre la cual volaban.

Después volvió a dirigir la mirada hasta donde se encontraba Ikari, sentado de brazos cruzados y con la vista fija en la nada. Desde aquella reunión con los miembros del comité había estado mucho más taciturno que de costumbre. Sabía bien qué era lo que le molestaba y habría sido muy tonto de su parte dejar pasar una ocasión como ésa para poder molestarlo por ello.

—El otro día recibí una llamada muy interesante del Presidente Lorenz— el viejo profesor continuó a pesar de que Gendo lo fustigaba con la mirada —Se escuchaba bastante molesto, hasta insinuó que podrías dejar tu puesto muy pronto, Ikari. ¿Me pregunto si sospechará algo?

—¡Esos vejestorios creen que lo saben todo!— pronunció el comandante con sumo desprecio en su modo de hablar —Pero no tienen ni idea, sólo están buscando pretextos para quejarse... ¿Sabes a quien pretenden darle el puesto? ¡Al mocoso de Rivera! ¡Estúpidos! Bien saben que sin mí no podrían hacer nada. Casi todos los proyectos están a tiempo, incluyendo al Proyecto Eva y al Dummy Plug, no entiendo porqué deberían molestarse...

—Es cierto, pero Lorenz se percató que lo más importante, el proyecto de Instrumentalización Humana, lleva un retraso del 75% según lo estipulado.

—Todos los proyectos están vinculados— Ikari se apuró a contestar, disgustado —Si la mayoría están a tiempo, todos los demás también lo estarán...

—Sin embargo, SEELE está haciendo muchas preguntas con respecto a Adán— apuntó muy oportunamente Fuyutski, quien se dio cuenta de la forma en que su acompañante frunció el entrecejo cuando escuchó esa palabra —¿Cómo va ese asunto, por cierto?

—No ha habido muchos avances— confesó el comandante, un poco apesadumbrado, dejando caer los hombros —¡Y todo por culpa de ese estúpido chiquillo! Estoy empezando a pensar en otra alternativa...

—Por lo visto, también los viejos de SEELE lo están haciendo, con Demian y su Ejército de la Banda Roja— volvió a señalar el profesor, tan mordaz como era su costumbre —¡Demian! ¡Cuántos recuerdos me trae ese hombre! Ninguno de ellos grato, por cierto... ¿cómo nos ocuparemos de él?

El Comandante Ikari se tomó su tiempo para responderle, más entretenido se encontraba en rememorar viejas imágenes del pasado, que lo hacían apretar mucho más su mandíbula, al igual que sus brazos cruzados. También los recuerdos que guardaba de ese hombre no le eran gratos, pero lo más penoso es que muchos de ellos habían sido al lado de su amada esposa fenecida. ¡Ese maldito desgraciado!

—Es verdad, tendremos que encargarnos de él, a la larga...— admitió, murmurando entre dientes —Pero por ahora lo más apremiante es prepararnos para la Segunda Oleada de ángeles; según los rollos ya está muy cerca...

—¿Y qué deberíamos hacer con ese metiche de Kaji? Ha estado metiendo mucho la nariz donde no debe...

—¿Ese pobre diablo? ¡Qué importa! Dejémoslo que haga lo que quiera, mientras nos sea de utilidad. De todos modos, podremos disponer de él cuando queramos.

—Tienes razón— asintió Fuyutski, dando por concluida la conversación, y reanudando su descuidado análisis del paisaje detrás de la ventanilla, mientras el helicóptero apuraba su marcha para llevar a sus pasajeros hasta su destino.

Un poco más al sur, se encontraba la vieja ciudad de Kyoto. Alguna vez el segundo centro urbano más importante del Japón, a quince años del Segundo Impacto lucía como un auténtico pueblo fantasma, con la mayoría de sus edificaciones viejas y desvencijadas abandonadas, y sólo un puñado de gente, que apenas se las arreglaba para subsistir, habitándolo. Al igual que muchas ciudades repartidas a lo largo del pequeño archipiélago japonés, de alguna manera Kyoto evocaba el espíritu de vacío y abandono que se había apoderado de la nación, alguna vez orgullosa y emprendedora, ahora reducida en tan sólo despojos de su antigua grandeza.

Dado el abandono de la ciudad, Kaji tuvo que extremar precauciones para asegurarse de que nadie lo seguía, mientras se las ingeniaba para saltar la barda de acceso a la fábrica. Precisamente por lo desolados que se encontraban los alrededores le sería muy fácil a cualquier persona que lo vigilara dar con su paradero.

En cuanto tocó suelo se apuró a refugiarse en el interior del edificio abandonado, cuya entrada ni siquiera se habían molestado en asegurar. Constató la nula seguridad de la compañía al observar que algunos vagabundos habían hecho su morada en el interior por lo menos una vez, tal y cómo lo testimoniaban algunas cajas aplanadas en forma de colchón y algunos electrodomésticos ya inservibles que estaban regados en pedazos por todo el piso.

Soportando la pestilencia que se había impregnado en el lugar dirigió sus pasos hacia lo que parecía que en un tiempo fue la oficina de la fábrica. Al abrir la puerta, que crujió al momento de hacerlo, no muy sorprendido se percató que en ella tan sólo quedaba un escritorio deshecho y un viejo teléfono negro de rosca, desconectado. Tal y cómo se lo imaginaba desde antes, el lugar era sólo una pantalla. No había absolutamente nada de valor en aquella derruida construcción.

—¿Qué fue lo que pasó en este lugar, hace dieciséis años?— se preguntó a si mismo, murmurando.

Volvió a pasear la vista en rededor. Ahí no encontraría pista alguna que le ayudara a responder a su pregunta.

El sonido que hizo la puerta que daba al exterior al entreabrirse lo puso en guardia de inmediato, deslizando su mano por debajo del saco y sujetando fuertemente la cacha de su pistola. ¿Había sido descubierto?

—Soy yo— pronunció una voz femenina, al otro lado de la puerta.

Ryoji respiró aliviado una vez más, al reconocer a la persona que lo acompañaba, quien permanecía del otro lado de la puerta.

Se trataba de una mujer de mediana edad, con el cabello corto y vestida a la usanza de las señoras japonesas de aquellos tiempos, una simple blusa de un solo color y una falda estampada. Se había sentado en uno de los escalones que daban a la puerta para poder alimentar a unos gatos callejeros, tirándoles croquetas que había comprado ex profeso.

—¡Señora, casi me mata del susto!— espetó Kaji entre dientes, cuidándose de no levantar mucho la voz.

—La Shannon Bio Incorporated, una compañía química extranjera, ha estado en este lugar durante nueve años, sin ningún cambio desde entonces. De las 108 compañías vinculadas al Instituto Marduk, 106 de ellas eran falsas.

—Y según parece, esta sería la 107, ¿no?

Una vez saciado el apetito de los mininos, la mujer sacó de entre sus pertenencias una revista de cocina, la cual abrió en donde se encontraba oculta una serie de documentos de otra índole, que en nada se relacionaban al contenido de la publicación.

—Estos son los registros de la compañía…

—¿Acaso quiere que vea los nombres de la lista de directores?— se adelantó a decir Kaji, un tanto orgulloso de haberlo hecho.

—¿Ya lo sabías, entonces?

—Así es… conozco a la mayoría de esos nombres— afirmó el hombre, tomándose su tiempo para encender un cigarrillo —El Instituto Marduk: una firma consultiva establecida directamente bajo el comité de Instrumentalización Humana para encargarse de seleccionar a los pilotos Evangelion. Sin embargo, el proceso de selección es todo un misterio, aún para altos funcionarios de las Naciones Unidas.

—¿No crees que te estás sobrepasando un poco?— inquirió la mujer, bajando mucho más la voz —Tu trabajo es espiar los movimientos de NERV, y si empiezas a meterte con el Instituto Marduk esa tarea se hará mucho más peligrosa.

—No puedo evitarlo— respondió Ryoji, arrojando la colilla del cigarro al piso —Después de todo, siempre he sido una persona bastante curiosa.

—Hola, habla Kaji. En estos momentos no me encuentro, pero por favor, deja tu nombre y mensaje para que pueda comunicarme contigo cuando regrese…

—¡Aaaaay, auxilio, Kaji!— gimió Asuka, presa del pánico —¡Ayúdame, por favor! ¡No, no me toques allí, pervertido! ¡Aaaay!

Con un hondo suspiro de resignación la jovencita colgó su teléfono celular. Estaba segura que Kaji no caería en un juego tan estúpido, pero, ¿qué más podía hacer, a esas alturas? ¡Estaba tan aburrida!

—¿Qué tienes?— le preguntó Hikari, quien llegó corriendo a su lado sujetando aún el trapeador con el que hasta hace un momento limpiaba el pasillo que daba al salón de clases. Al escuchar gritar a la muchacha de esa manera cualquiera hubiera pensado que la estaban matando.

Langley le dirigió una mirada displicente, notando como la había alterado. Pero el hecho de que aquél día les tocara hacer la limpieza del salón y que todos los demás se encontraran atareados en dicha labor, excepto por ella que se ocupaba más en perder el tiempo de forma absurda, no parecía incomodarle en absoluto.

—Quería salir con Kaji mañana, así que llamé a su casa, pero no lo pude encontrar— masculló la joven rubia, descorazonada —Últimamente ha sido bastante difícil localizarlo, siempre está fuera de la ciudad…

—¡Será mejor que Kai no se entere de lo que estás haciendo en su ausencia!— le recriminó su amiga, un poco molesta por su desconsiderada actitud, apurándose a regresar a sus deberes —Apenas van a ser dos semanas desde que se fue y tú ya andas buscando otro galán…

—¡Discúlpame si no me la quiero pasar encerrada en Domingo, Hikari!— se excusó la chiquilla, pretendiendo que era ella la que debía estar ofendida —Todo aquí ha estado tan aburrido desde que ese tonto se fue… sólo quería ocupar mi día libre en algo que no fuera dormir y ver televisión…

—¿Quiere decir que no tienes planes para mañana?— inquirió su compañera, mostrándose bastante interesada en ese respecto.

—Sí, ya sé que tratándose de alguien como yo es difícil de creer, pero es la triste realidad— confesó la alemana, aprovechando la ocasión para vanagloriarse, como de costumbre —Aunque tal vez mate el tiempo haciendo llorar al bobalicón de Shinji o algo por el estilo…

—En ese caso, tengo un gran favor que pedirte…— repuso Hikari, juntando las palmas de sus manos frente a su rostro —En circunstancias normales nunca te lo pediría, pero viendo cómo te comportas ahora que Kai no está por aquí…

—Ve al grano, Hikari, estás empezando a divagar— atajó Langley —Dime de una buena vez para qué es que soy buena.

Su amiga estaba visiblemente apenada, lo que constató cuando, temiendo que alguien más pudiera escucharla se le acercó lo suficiente como para poder susurrarle al oído.

Una vez más, los estruendosos gritos de la muchacha extranjera distraían a sus demás compañeros de sus quehaceres, mientras la otra chiquilla hacía vacuos esfuerzos por callarla, o por lo menos tranquilizarla un poco.

—¿UNA CITA? ¿QUIERES QUE SALGA EN UNA CITA CON UN FULANO?

—¡Shhh! ¡Cálmate! No es un "fulano", es un amigo de mi hermana Kodama… desde hace tiempo quería que te lo presentara…

—Pueees... no sé... una cosa es salir con Kaji... pero una cita a ciegas... no le tengo mucha confianza a esas cosas...— vaciló por unos instantes la jovencita rubia, aunque por lo visto estaba pensando seriamente la posibilidad, dado el tiempo que le dedicaba a meditar su respuesta.

Su amiguita aprovechó tal oportunidad para darle el empujón final que la muchacha necesitaba para acceder a su propuesta.

—¡Por favor! Te estaría eternamente agradecida si me hicieras ese grandísimo favor. Creo que sería mucho mejor que pasarte el día viendo tele, además este muchacho no es tan mal partido, te lo puedo asegurar.

Mientras eran peras ó manzanas, Shinji, dentro del salón, estaba al tanto de la conversación entre las dos, al igual que casi todos los demás en su clase. Cuando escuchó que Asuka consentía en salir con ese desconocido, su corazón volvió a sentir esa ya tan conocida sensación de malestar que por regla general debía involucrar a la jovencita alemana. Los últimos días habían sido un alivio, sin el estúpido de Kai rondando por ahí. Pero cómo siempre, la paz no podía durarle por mucho tiempo. A veces, incluso llegaba a pensar que Langley se comportaba de esa manera deliberadamente, tan sólo por seguir un afán insano de lastimarlo, a sabiendas de lo que sentía por ella. No podía encontrarle otra explicación a semejante conducta.

Suspiró, apesadumbrado, sosteniendo inmóvil la escoba entre sus manos. Intentaba que dicho incidente no hiciera mella en su estado de ánimo, el cual, por cierto, había mejorado bastante esas últimas semanas. Que su odiado compañero y rival no estuviera en las inmediaciones ayudaba bastante, pero la causa principal de su mejoría anímica se encontraba justo en ese mismo lugar, unos cuantos pasos adelante de él.

La observó detenidamente, casi a hurtadillas. Sus extravagantes cabellos con tonalidad azul celeste se repartían a ambos lados de su nuca como cascadas gemelas, yendo a terminar poco antes de llegar a sus hombros. Aquellos ojos color carmesí estaban fijos en una mirada atenta, concentrada en su labor. Allí estaba ella, acuclillada frente a un balde lleno de agua. Sus delicadas manos se sumergieron en su interior para enjuagar un trapo de tela en él, el cual exprimió con presteza casi después de haberlo sacado.

La reciente cercanía que había adquirido con Rei Ayanami había resultado ser una muy efectiva medicina para su alicaído humor. Siempre que compartía un rato con ella se sentía bastante cómodo y tranquilo. Veía en ella a una persona afable con la cual poder conversar, escapar a la soledad y más que nada, en la que podía confiar. Se sorprendía que en sólo unas cuantas semanas Rei, de ser su casi secreto amor platónico, se hubiera convertido en su más cercana confidente. Aunque aún no estaba del todo seguro que la atracción que sentía por ella se hubiera desvanecido del todo. Precisamente en esos días, en los que podía compartir más tiempo con ella, había momentos en los que la observaba y entonces una sensación confusa lo invadía. Había algo en ella, algo que de una manera desconocida le resultaba acogedor, familiar. Su corazón se llenaba de un sentimiento de seguridad y calidez, justo como en ese momento, al verla realizar una labor tan simple como exprimir un trapo en un balde de agua.

Su distanciamiento de la realidad fue tal que, para sacarlo del conveniente trance en el que él mismo se había colocado, Toji le dio un certero mandoble con el palo de la escoba que sujetaba, en el cual había empleado la fuerza suficiente para golpearlo sin llegar a aturdirlo completamente. Cómo era de esperarse, Ikari reaccionó con sobresalto, mirándolo sorprendido mientras que Suzuhara le gritaba enfadado:

—¡Despierta, menso! ¿Qué tal si te pones a hacer algo de provecho, para variar? ¡Ese piso no se va a barrer solo!

Apenado y algo adolorido, Shinji se apuró a hacer caso del justificado reclamo de su amigo y enseguida volvió a sus deberes, no sin antes notar la atenta mirada de la chiquilla de ojos carmesíes puesta en él. Algo parecido a una disimulada sonrisa se asomaba en sus labios, haciéndola ver tan hermosa que el rostro de Ikari enrojeció sin más preámbulo.

El ambiente en los cuarteles generales de NERV también había cambiado mucho a últimas fechas. Había algo que hacía sentirse diferente a las personas que allí trabajaban. Ó mejor dicho, era la ausencia de algo lo que les ocasionaba dicha sensación. Era difícil de pensar que un lugar tan grande como esas instalaciones se verían afectadas por la falta de un solo individuo, sin embargo así era.

Y no solamente era en la división de trabajo de las Naciones Unidas, que sobra decirlo era el lugar donde más se resentía dicha ausencia; con un nuevo encargado al mando y sin Zeta en su Muelle de Embarque no había mucho en qué ocuparse, salvo en los preparativos para recibir al Eva Beta, los cuales desde hace tiempo ya estaban listos. No, no solamente en ese sitio extrañaban la presencia de aquél que se había ido.

De una manera u otra, casi todos los empleados en el Geofrente se sentían de esa forma, que faltaba algo, y sin ese algo, ese vasto y frío complejo científico-militar era tan solo su lugar de trabajo y nada más. Incluso en el Departamento de Tecnología y Desarrollo se sentían así, pese a que Ritsuko estaba al mando de esa sección.

A primera vista resaltaba que ahora el gigantesco monitor en el que se observaba el rostro concentrado de los pilotos dentro de sus cabinas tan sólo se dividía en tres partes. Y también de que las pruebas se llevaban a cabo sin alguna clase de interrupción, ya fueran insolencias, comentarios ofensivos y sarcásticos o reclamos de cualquier tipo.

—La operación de microsis ha finalizado.

—Las gráficas de medición inversa están completadas.

—El nivel de sincronía se encuentra dentro del estándar normal.

Así es, no había porqué recalcarlo: las pruebas estaban resultando ser bastante aburridas de un tiempo para acá.

—¿Y… qué vestido piensas usar mañana?— preguntó la Doctora Akagi, más por ahuyentar el penoso silencio que por auténtico interés.

—¿Para la boda de mañana?— contestó la Mayor Katsuragi, a sus espaldas —Pues usé el vestido rosa para la de Kiyomi… y me acabo de poner el azul marino para la de Kotoko… así que no estoy muy segura…

—¿Qué tal el naranja? Hace mucho que no te lo veo puesto…

—Ah, sí… el naranja… existen muy buenas razones para ya no ponérmelo, ¿sabes?

—Ya no te queda, ¿cierto?

El gesto apesadumbrado de Misato fue su respuesta.

Incluso Maya, a quien nunca le faltaban las palabras y casi siempre procuraba mostrarse dispuesta y alegre, en aquél entonces se encontraba inusualmente ensimismada, distraída. Algunas personas seguían cuchicheando a sus espaldas, ya que Kenji Takashi, quien alguna vez la pretendiera, se casaba mañana. Y la razón de que no fuera con ella estaba dejando de ser un secreto para pasar al dominio público.

En ocasiones la gente podía ser muy cruel y desconsiderada, sobre todo con aquellos que eran diferentes.

—Quizás me compre uno nuevo antes de llegar a casa…— continuó Katsuragi, compartiendo con su amiga el mismo afán de conversar sólo por que sí —Aunque no quisiera, los vestidos bonitos están bastante caros, sería un golpe muy duro a mi bolsillo.

—Tal vez, pero piensa que podrás seguir usándolo con mucha frecuencia— le contestó Rikko, revisando los datos en la consola de Maya, preguntándose qué podría afligirle a la mocosa, quien parecía estar deprimida por alguna razón —Hemos recibido bastantes invitaciones últimamente, no lo olvides.

—¡Bah!— masculló Misato, cruzándose de brazos —¿Cuál es la prisa? Pareciera que nadie quiere quedarse soltera antes de llegar a los treinta.

—Claro que sí— admitió Akagi, dándole una afectuosa palmada en la espalda a Ibuki, pretendiendo hacerla sentir mejor —Después de todo, nadie quisiera ser la última, ¿no es así, Maya?

—Tiene razón, doctora— respondió ella, casi maquinalmente, despejando cualquier duda que tuviera acerca de su estado de ánimo. Definitivamente, la muchacha estaba deprimida. Y a juzgar por la cara que ponía cada vez que hablaban de la boda, era muy probablemente por mal de amores. Ahora que lo pensaba, alguna vez había escuchado un rumor acerca de ella y Takashi, pero no podía recordarlo con exactitud…

—Muy bien, es todo por ahora, muchachos— pronunció Akagi, dando por concluidas las pruebas de ese día —Todos hicieron un buen trabajo, felicidades.

—¡Por fin!— musitó Asuka, en una mezcla de alivio y fastidio —¡Pensé que moriría de vieja aquí dentro!

Pero pese a sus intentos, su mal disimulada insolencia no cambiaba el hecho de que Kai ya no estaba allí para hacer esas tediosas pruebas un poco más amenas para todos, inclusive para Ritsuko, quien no lo hubiera admitido directamente pero ya le estaba empezando a cansar tanta tranquilidad.

—Por cierto, Shinji parecía estar algo alicaído ahora— observó la científica, sin hacerle gran caso a la jovencita alemana —Había estado bastante animoso todo este tiempo, pero tal parece que vuelve a las andadas…

—Sí, bueno, recuerda qué día es mañana…— repuso la Mayor, como queriendo justificarlo.

—¡Ah, es cierto! Por poco lo había olvidado… mañana…

Una vez más, silencio. Pero al contrario de la mayoría de las veces, en que la falta de conversación entre dos personas constituía una incomodidad embarazosa, en dicha ocasión Shinji disfrutaba de ese silencio que le otorgaba la oportunidad de apreciar con más detenimiento a su compañera, Rei Ayanami, con quien había tomado el elevador que los llevaría a los niveles superiores. Cómo ya era su costumbre desde hace algunos días, la acompañaría hasta su casa.

Aún cuando estaba a unos pasos frente a él, dándole la espalda, la chiquilla podía sentir la mirada de su acompañante fija en ella, como había sucedido en casi todo el transcurrir de ese día.

—¿Qué tanto me has estado viendo todo el día, Shinji?— le preguntó sin voltear a verlo.

—¿De qué hablas? Bueno… lo que pasa… es que…— masculló Ikari al verse sorprendido —Puede que sólo sea mi imaginación, pero parece como si algo te preocupara… Yo siempre te estoy hablando sin parar de mis problemas, y tú escuchas pacientemente todo lo que tenga que decir… así que quería que supieras que tú también puedes hacer lo mismo conmigo. Si hay algo que te molesta, puedes decírmelo con toda confianza. Creo que es lo menos que te debo, después de todo lo que has hecho por mí.

No hubo cambio que se operara en la actitud de Rei, una vez que su joven compañero terminó de hilvanar su discurso que parecía sacado de algún melodrama barato. Tal hecho provocó que Ikari se apenara aún más de lo que ya estaba al momento de hablar. Pero de lo que no se daba cuenta era que, efectivamente, tenía razón en cuanto al ánimo de su compañera, lo que turbó sobremanera a la chiquilla. Aún seguía fresco en su memoria el desagradable recuerdo de aquél encuentro con ese sujeto lúgubre y hosco al que la Mayor Katsuragi había tenido que ahuyentar casi a punta de pistola. ¿Qué tal si no hubiera estado por ahí en esos momentos? A veces sentía como si todavía tuviera esa gran y callosa mano encima de su hombro, aferrada a ella como una siniestra garra de alguna criatura. Dichos recuerdos le provocaban un profundo malestar, una repulsión tan grande que incluso podría llamársele náusea. Eso, y la manera en que se había despedido de ella, casi prometiéndole que volverían a verse, la habían tenido bastante nerviosa durante los últimos días.

—Tu imaginación anda muy descarriada, Shinji— aseveró, con la vista aún fija en las puertas del elevador —Ya no deberías ver tantas telenovelas…

—Lo sé— suspiró el muchacho, resignado —De veras que lo intento, pero son una especie de vicio para mí.

—Pero de todos modos…— lo interrumpió la chiquilla, aún inmóvil en su sitio —Te agradezco la preocupación…

—No es nada— respondió su acompañante, ya bastante abochornado —¿Pero sabes? Creo que no debería extrañarte tanto que alguien se te quede viendo. Después de todo, eres una muchacha muy linda, Rei.

—¿Crees que soy linda?

—¡Claro que sí!— Shinji aún saboreaba en sus labios el beso que le había dado hace unas semanas —Esta mañana, cuando hacíamos la limpieza en el salón… parecías toda una ama de casa … no sé por que, pero me recordaste a una madre.

—¿Una madre?

—Sí, pero no sé porqué pensé en eso… de todas formas, apuesto a que algún día serás una estupenda esposa. ¡Cómo envidio al suertudo que se case contigo!

—Lo digo en serio, Shinji: debes dejar de ver tantas telenovelas— repuso la jovencita manteniéndose ecuánime, no obstante que su rostro estaba completamente enrojecido.

¡Ay, pobre Shinji! Al igual que muchas otras veces anteriormente, Rei lo compadecía. Era un despistado sin remedio, nunca se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Todos los que lo rodeaban tenían secretos que le ocultaban, y él ni siquiera se daba cuenta. ¿Ella, una madre? ¡Qué disparates!

El profundo silbato de vapor daba la señal a los pasajeros para que abordaran la embarcación, próxima a partir a su destino. Cobijados por una inmensa muchedumbre y una algarabía nerviosa, ambos jóvenes, uno frente al otro, se habían quedado penosamente sin palabras.

Ella, una fresca y adorable joven de pelo castaño, tan sólo atinaba a revolverse nerviosamente, estrujando los finos guantes en el bolsillo de su chaqueta. Apenas si pudo reunir el suficiente valor para levantar el rostro y mirarlo a los ojos.

Él, alto y de buena presencia, con su cabello rubio muy bien peinado, sonrió complacido entonces. Cargaba sin dificultad aparente, la aparatosa y seguramente muy pesada bolsa que llevaba a cuestas, con sus pertenencias dentro.

—¡Bien!— dijo ella, finalmente, con entusiasmo fingido —¡Tal parece que llegó la hora, mi capitán! Pues en ese caso… ¡a salvar al mundo se ha dicho! ¡Adelante, vaya usted a cumplir con su misión!

—No lo hagas más difícil de lo que ya es, Gail— repuso su interlocutor, acongojado.

La mujer lo contempló por unos instantes con frialdad, pero no pudo resistir por más tiempo y terminó por rendirse a sus sentimientos, lanzándose a los brazos del uniformado, quien dejó caer pesadamente el bulto que cargaba para rodearla con sus brazos.

—¡Oh, Steve!— Gail sollozaba, estrujándolo con fuerza, frotando su rostro en el uniforme militar delante de ella —¿Porqué tenía que pasar de esta manera? ¡Justo ahora, que teníamos toda nuestra vida por delante!

—Vivimos en un mundo que está de cabeza, preciosa— afirmó Steve a su vez con un nudo en la garganta, apoyando la frente en la cabeza de la muchacha —Y bastante peligroso. Es por eso que un hombre tiene que hacer lo necesario para proteger a aquellos a los que ama.

—Entonces… por lo menos… ¡Te lo imploro! Prométeme que regresarás a salvo… por favor…

El joven soldado permaneció mudo por instantes, contemplando la vista del bello rostro de su prometida cubierto por las lágrimas. ¡Cuánto deseaba permanecer a su lado!

—Yo… yo no puedo prometerte eso, Gail… no soy yo quien decide eso— respondió entonces, armándose de determinación —Pero lo que sí puedo asegurarte es que en donde quiera que me encuentre, pase lo que me pase, siempre te amaré, Gail Richards… sin importar la distancia que nos separe, mi corazón estará todo el tiempo junto a ti… y tal vez… tal vez, si tú haces lo mismo, entonces podremos vencer cualquier obstáculo que nos mantenga separados, inclusive al tiempo y al espacio entre los dos… ¡Nuestro amor vencerá cualquier cosa!

Poco a poco, movidos por el dramatismo, los dos fueron acercándose hasta que sus labios se fundieron en un tierno beso que tenía por escenario un muelle repleto de personas, despidiendo a las tropas que se embarcaban rumbo a la guerra.

La letra de una dulce melodía comenzó a escucharse al fondo, bien entonadas por una tersa voz femenina:

"…Near… Far… Where ever you are, I believe that our hearts will go on…"

Una a una, las lágrimas comenzaron a caer de los ojos castaños de Asuka, secándoselas con un pañuelo desechable tan pronto empezaban a recorrer sus mejillas. Era inusual verla en ese estado, mucho más si éste había sido provocado por un drama televisivo. Puede que se sintiera identificada con las circunstancias, ya que ella y su novio habían tenido que pasar por algo parecido no hace mucho. Aunque a decir verdad se sentía un poco celosa de Gail, pues ella sí había tenido la oportunidad de despedirse tan emotivamente. En cambio, el estúpido de Kai se había ido muy temprano sin siquiera decirle adiós, y no había podido verlo la víspera de su partida.

Sea por las razones que fueran, la jovencita europea, tan arrogante y digna como era ella, ahora estaba hecha un paño de lágrimas. Pero si podía darse ese lujo, era porque en esos momentos no había nadie cerca que pudiera presenciar aquella demostración innecesaria de sentimentalismo.

—¿Porqué la vida es tan cruel?— masculló con la voz quebrada y la vista nublada por el llanto.

La vida en ese entonces estaba resultando ser una auténtica lucha contra el tedio para la joven alemana Asuka Langley. En los últimos once días había sido atrapada, sin siquiera darse cuenta, por la monotonía de su rutina: levantarse, ir a la escuela, acudir a las pruebas en los cuarteles, regresar en la noche al departamento para tumbarse en la sala a ver televisión hasta que ya fuera muy tarde e irse entonces a la cama.

Eran poco después de las ocho de la noche, por lo que tan puntual como un reloj bien ajustado, la chiquilla se encontraba echada en el piso frente al televisor, mirando embobada a la caja idiota, resignada a su suerte.

Aún así, parecía estarse adaptando bien, tal y como lo constató Misato al entrar de imprevisto a su hogar y verla echada en la sala, conmovida hasta las lágrimas, sosteniendo en una mano su pañuelo desechable y con la otra la caja de donde los sacaba.

—¡Ya llegué!— saludó animosamente la Mayor.

La chiquilla apenas si volteó a verla. Tal y como estaba, no le importaba mucho que Katsuragi la viera en ese estado. Tan sólo recuperó un poco la compostura, haciendo a un lado los pañuelos y acomodándose en una nueva posición, cruzándose de piernas y con la espalda bien derecha.

—¡Oh, rayos!— musitó la recién llegada, viendo cómo despedían a los soldados en los barcos por la televisión —¿Steve ya se fue a la guerra? ¡Y yo que venía a las carreras para no perdérmelo!

—¡Es un tonto! Mira que dejar a su pobre novia tan afligida... esos hombres…

—Todos son iguales, nena, no te molestes… por cierto, ¿dónde está Shinji?

—Encerrado en su habitación, desde que llegó. Balbuceó algo de que ya no debía ver telenovelas. Ha estado muy mustio durante todo el día. ¡Válgame! Estoy hablando cómo si me importara.

Katsuragi no dijo nada al respecto, golpeando a la puerta de la habitación del muchacho.

—Shinji, soy yo… ¿puedo pasar?

Al obtener una respuesta positiva desde adentro, la mujer abrió pausadamente la puerta, permaneciendo de pie en el umbral de la recámara.

—¿Te sientes bien?— preguntó, al ver tumbado al chiquillo sobre su cama con el cuarto en penumbras —Estaba pensando que… tal vez, si vas mañana al cementerio podría ayudar… ¿no crees?

—Puede que sí…— contestó el joven, con la voz apagada —Aunque tengo años que no he ido a ese lugar.

—¿Quieres que te acompañe? Puedo llegar tarde a la boda, si es necesario…

—No. Estaré bien yo solo. Pero gracias por la atención.

—Muy bien, en ese caso, que descanses. Te veré mañana.

Ikari permaneció en silencio, lo que le dio la oportunidad a Misato de volver a cerrar la puerta, cuidándose de no perturbar más la tranquilidad de su protegido.

—Asuka, tú también deberías dormirte temprano, ¿no crees?— le dijo a la muchacha, quien seguía absorta en el televisor —¿Qué no tenías una cita mañana?

—Yo no lo llamaría "una cita", es más bien un favor que le estoy haciendo a Hikari… ¡Ah, por cierto! ¿Podrías prestarme tu perfume lavanda? ¿Sí?

—¡No!

—¡Pero qué avara eres!

—No es eso, pero no es algo que los niños debieran usar…

—¿"Niños"? ¿Pues cuántos años crees que tengo? ¡En unas semanas cumpliré quince, por si no lo sabías! ¡Además, mira quien habla! La mujer que permite que su hijo se emborrache en sus narices…

—¡Eso es porque estando yo ahí puedo cuidarlo y vigilar que no haga nada estúpido! Y no se hable más del tema, ¿entendido?— sentenció Misato, llevando unas bolsas con ropa a su cuarto.

—¿Compraste un vestido para mañana? ¡Me hubieras llevado para ayudarte a escogerlo! Seguro compraste una facha harapienta…

—¿Qué dices, chiquilla? ¡Si me costó un ojo de la cara!

—Caro no significa mejor. ¡Déjame verlo!

Y así transcurría otra noche para Misato Katsuragi y sus dos jóvenes inquilinos, cada cual ocupado en sus propias preocupaciones. Debían descansar muy bien, pues seguramente el día siguiente sería uno muy ajetreado para todos ellos.

El salón de ceremonias estaba a toda su capacidad, con poco más de un centenar de personas ahí congregadas, repartidas en mesas circulares que estaban dispuestas por todo el lugar. En compañía de Ritsuko y de otros colegas de menor rango, Misato tamborileaba los dedos sobre su mesa, ansiosa porque llegara la hora del brindis y entonces poder entregarse a uno de esos frenéticos consumos de alcohol que tanto la deleitaban. El orador en turno se estaba tomando su tiempo, inspirado en su discurso, y es por eso que lo maldecía mentalmente.

—…es por eso que los saludo a ustedes, mis amigos Kenji Takashi y Sakura Shidou, al bendecir su unión y desearles la mejor de las suertes en su matrimonio. Así que me atrevo a pedirle a todos los aquí reunidos que levanten sus copas conmigo y se me unan en este brindis a su salud…

—¡SALUD!— fue la respuesta unísona de los presentes, alzando sus copas.

Entusiasta, Katsuragi apuró de un solo trago el contenido de la suya, reconfortada luego de haber tenido que esperar por tanto tiempo.

—¡Excelente! No cabe duda que ese Kenji tiró la casa por la ventana para esta boda: ¡este vino está delicioso!— afirmó emocionada, mientras se servía de la botella en su mesa —Pero ese cretino de Saki sí que se estaba tomando su tiempo… ¡Jamás había escuchado tantas cursilerías juntas!

—Será mejor que no empieces a tomar desde tan temprano— le advirtió la Doctora Akagi, a su lado, quien ya se estaba imaginando el estado en el que terminaría su amiga de seguir a ese paso —Además, Ryo-chan aún no ha llegado, ¿no crees que deberías esperarlo?

—"Ryo-chan"… ¡Mis calzones!— se mofó la Mayor del mote cariñoso con el que Rikko se dirigía a Kaji —¿Qué me ponga a esperarlo, dices? ¡Ese sujeto siempre llega tarde a todos lados!

—Tienes razón, pero sólo en cuanto a citas se refiere— pronunció su amiga, un tanto pensativa —Su actitud es muy diferente en lo que se refiere al trabajo…

—Señoritas— pronunció el susodicho, haciendo acto de presencia de manera bastante oportuna, dándole oportunidad de hacer una gran entrada —Permítanme decirles que se ven preciosas esta noche…— dijo en su habitual tono provocador, mientras tomaba el asiento disponible al lado de Misato.

En efecto, ambas mujeres, bien arregladas para la ocasión, lucían radiantes. La Mayor Katsuragi al estrenar su atuendo nuevo, un vestido negro de una sola pieza que terminaba poco antes de las rodillas, completado con un saco rojo y un collar blanco que en general resaltaba sus encantos y la hacía destacar de entre las demás. Akagi era un poco más discreta, ataviada de un vestido verde oscuro, muy elegante pero no tan provocativo como el de la Mayor.

—¡Vaya, ya era hora!— exclamó Ritsuko, contenta de verlo —Te perdiste de toda la ceremonia, pero qué conveniente qué pudieras llegar a la recepción, ¿no?

—Disculpen la tardanza, no pude salir a tiempo de la oficina… cosas del trabajo, estoy seguro que me entenderán.

—Siempre con tus excusas enclenques— masculló Katsuragi, luego de haberle dado otro sorbo a su copa —Por lo menos podrías pensar en una mejor… ¡y mira nomás como vienes! ¿Por qué no te rasuraste esa barba de delincuente que traes? ¡Además traes la corbata hecha un asco!

La mujer se apresuró a arreglar el nudo sin que siquiera se lo pidieran, ello y la manera tan brusca en que lo hizo, fue lo que tomó por sorpresa a Kaji, quien sólo atino a reír nerviosamente y a murmurar un timorato "gracias".

—¡Pero mírense nada más!— exclamó Rikko, sonriendo sardónicamente —Parece como si llevaran años de casados…

—Tienes toda la razón, Rikko— pronunció Ryoji mientras reía de buena gana.

—¡Estás loca!— musitó Katsuragi por su parte, volteando al lado contrario —¿Quién en su sano juicio querría casarse con este fantoche?

—Amigos, tengo que pedir me presten de nuevo un poco de su atención— la interrumpió el maestro de ceremonias, poniéndose de pie en el estrado, micrófono en mano —Que aún falta que alguien felicite a los novios. Desafortunadamente, por las razones que ya casi todos sabemos, esa persona no pudo estar aquí con nosotros en esta fecha tan especial. Pero ello no fue impedimento para que saludara a esta feliz pareja el día de su boda… luces, por favor…

Apenas dio la indicación las luces del recinto se apagaron, para que entonces una grabación se proyectara sobre la pantalla que estaba dispuesta al frente del salón. Después de unas cuantas tomas en negro los invitados pudieron ver a Kai Katsuragi a todo color.

—Entonces, Kai— se escuchó en off la voz de la persona que parecía estar haciendo la grabación —¿Hay algo que quieras compartir con nosotros en este día?

No hubo invitado alguno que no guardara silencio al momento en que el muchacho comenzó a hablar. Antes de eso, aquellos que no lo habían visto poco antes de su partida quedaron pasmados por el lastimero estado en que lo encontraron. Se le veía fatigado, desganado, pero sobre todo con una terrible depresión asomándose en su rostro, pese a que se estaba esforzando por verse contento para la ocasión. Sin embargo la extraña mueca que pretendía hacer pasar por sonrisa a nadie engañaba. Sus ojos verdes carecían de ese vívido chispazo que les caracterizaba y en cambio en ese momento lucían apagados, sin brillo, además que parecían esconderse tras las ojeras que marcaban el rostro del muchacho como el de un mapache o panda. Su arreglo personal lucía descuidado, sobre todo por su cabellera despeinada y la incipiente barba que poblaba algunas regiones de su barbilla. Semejante visión era perturbadora para la gran mayoría, ya que contrastaba enteramente con la imagen de joven alegre y vivaracho que se tenía de él.

Kaji espió por unos momentos a la Mayor, mirándola de reojo. También la expresión locuaz que tenía hasta hace unos instantes se había transformado en un seño compungido con tan sólo ver al muchacho, reflejando la preocupación que seguía sintiendo por él.

—¿Qué podría decir?— pronunció el joven, distraído pese a que miraba hacia la cámara, aunque a la vez no la miraba —Antes que nada, discúlpenme por no haber asistido a su boda— un incómodo silencio sucedió a esta frase, pero reponiéndose pronto, continuó —Después de todo, fui yo quien los presentó, ¿recuerdan? Los conozco muy bien, Kenji y Sakura, y por lo tanto estoy seguro que son una excelente pareja y que formarán un próspero matrimonio. Mis mejores deseos, como siempre, en este día de su boda. Que sean muy felices. Se supone que tengo que dar un discurso, pero no tengo nada preparado. Aún así… ¿saben algo? Últimamente he pensado mucho al respecto… acerca del matrimonio y la vida de casados, lo que significa formar un hogar, criar una familia… lo cual me lleva a preguntarme, y no sólo a mí, sino a todos nosotros: ¿realmente estamos conscientes de lo importante que es el vínculo del matrimonio? No es sólo una celebración costosa para quedar bien ante los demás, ni tampoco un mero contrato entre dos partes. Es el cimiento que nos permitirá hacer una familia, la cual es la base fundamental de toda nuestra sociedad. En sí solo representa a la vida misma, ¿se dan cuenta? Dos naturalezas que estaban separadas se unen, para que de esa unión surja una nueva entidad, distinta a cualquiera de ellas pero a la vez semejante a las fuerzas que lo crearon, ya que comparte características de las partes que le dieron forma. Dos células se unen y de esa unión nace un ser humano… sencillo, ¿no? Todo lo que somos se reduce a ese simple proceso. Y sin embargo… ¿habrá algo más maravilloso? ¡El milagro de la vida misma! Y mientras tengamos vida todo es posible, amigos. Todo. Pero no pueden confiarse… porque desgraciadamente vivimos en un mundo enfermo, en donde inclusive hay quienes se atreven a… en fin… lo que quiero decirles es que no den las cosas por sentado. ¡No hay nada más valioso que su vida, recuérdenlo! Tienen que aprovechar cada instante, vivir su vida al máximo, ahora sí que sacarle jugo. Hagan que sea provechosa y fructífera. Usen cada momento para celebrar su amor, no se dejen abatir por la rutina ni el conformismo. ¡No tienen idea de lo afortunados qué son! Pueden gozar con lo que muchos tan sólo soñamos… por mi parte, les prometo que seguiré intentando… seguiré luchando… por lograr un mundo en el que sus hijos puedan crecer felices y en paz… quiero que ese sea mi obsequio, no sólo para ustedes dos, sino para todos aquellos a los que amo. Un lugar en el que ya no habrá dolor, tragedia ni pérdida. Un lugar y tiempo en el que la muerte por fin logrará ser vencida. Sé que es posible, ¡y qué me lleve el diablo! Estoy dispuesto a dejar mi vida de por medio con tal de lograrlo. Y… creo que eso es todo lo que tenía que decirles… ya puedes apagar ese aparato, todavía tengo bastantes cosas por atender…

La grabación terminó, y las luces volvieron a encenderse. El público permaneció mudo, impasible por varios instantes. El silencio era tal que inclusive se podía escuchar la respiración nerviosa de la persona de a lado. Nadie comía, nadie bebía, nadie hacia algo. Todo mundo miraba estupefacto a la pantalla ahora vacía, sin atinar a hacer cualquier movimiento.

Hasta que entonces, firme y resueltamente, Kaji se puso de pie y comenzó a aplaudir. Al principio el eco de sus aplausos resonó tímido, solitario entre tantas personas. No obstante, rápidamente se le fueron uniendo más y más hasta que todos en el salón se encontraban de pie, aplaudiendo vigorosamente. Misato contemplaba la escena, satisfecha. Incluso Ritsuko, a su lado, aplaudía.

—Tienes que estar muy orgullosa de tu muchacho, Mayor— le susurró Ryoji al oído, dado el estruendo de los aplausos —No creo haber conocido a alguien que tuviera mejores intenciones que él. Es todo un idealista…

—Es cierto— asintió Katsuragi, aunque sin compartir el entusiasmo general —Quisiera que permaneciera así siempre... pero... las personas tienen que crecer... la realidad siempre termina por alcanzarnos.

¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo ha pasado, desde la última vez que vino a este lugar? Hará cosa ya de más de cinco años desde ese entonces. No es que fuera muy aficionado a visitar semejante sitio. Anteriormente había ido porque su tío lo había llevado, y ahora iba por sugerencia de Misato, pero ninguna había sido por iniciativa propia. Sería acaso por que ese lugar le ocasionaba sentimientos encontrados.

Habían pasado ya bastantes años, pero aún recordaba bien el sitio exacto donde se encontraba, perdida en un mar de pilotes idénticos, todos blancos y lisos, con apenas una pequeña inscripción al frente identificándolos. Allí estaba, justo como la recordaba. La tumba de su madre. Ahora que se ponía a pensarlo, aquella única vez que había ido también fue un 23 de Noviembre, en el aniversario de su muerte.

Shinji no solía pensar muy a menudo en su madre. Sería porque aquella persona resultaba ser una figura bastante lejana, un recuerdo vago y confuso de su más temprana infancia. No había tenido la oportunidad de conocerla bien, al haber muerto ella apenas cuando tenía tres años de edad. No obstante en algunas ocasiones salía a relucir, pero era más debido a su ausencia que por otra cosa.

Fueron varias las veces que en vano había deseado tenerla a su lado. Con un padre que lo rechazaba y hacía todo lo posible por ignorarlo, se preguntaba si con su madre hubiera sido diferente. ¿Acaso ella lo hubiera amado como se debe amar a un hijo? ¿Cómo hubiera sido eso? Crecer con alguien ocupándose de ti, viendo por tu seguridad. Alguien gentil, que te quisiera tal cual eres, en cuyos brazos pudieras sentirte a salvo de todo peligro. Estar con tu madre, con la persona que te trajo a la vida.

Sacudió su cabeza de lado a lado, como queriendo deshacerse de pensamientos ociosos. Hacía mucho tiempo ya que se percató lo inútil que era desear lo imposible, el desperdicio de tiempo y sobre todo el desgaste emocional que representaba el estar pensando, preguntándose por lo que nunca fue ni será. La realidad, por muy dura que ésta fuera, era que había crecido solo, con su cuidado relegado a parientes que lo hacían más por obligación que por gusto. En cierta forma su madre también lo abandonó, al igual que su padre.

La tumba de Yui Ikari era idéntica a las demás que le rodeaban, por la excepción de que en esos momentos era la única que recibía a un visitante, cosa que sorprendió bastante a Shinji cuando reparó en ese detalle.

Desde donde estaba el muchacho no podía ver bien a aquella persona, de pie frente al pilote que marcaba el lugar donde su madre estaba enterrada, por lo que conforme se iba acercando una vaga esperanza de que se tratara de su padre se agitó en su interior. Podría usar la oportunidad para acercarse a él, para tratar de entenderlo. ¡Había tanto que quería preguntarle! Empero, aquella febril ilusión, como casi todas en su vida, pronto se desvaneció a la luz de la contundente verdad.

Ese hombre no era su padre. De hecho, no se parecían en lo absoluto. Era, por lo menos, unos treinta centímetros más alto. Su canoso cabello largo era suavemente mecido por el capricho del viento, el cual parecía ir ganando bríos. Semejante persona se veía imponente a lo lejos, destacando del paisaje como una enorme torre oscura dominando las llanuras aledañas.

El joven Ikari entonces dudó en si debería acercarse más. La sola contemplación de esa persona le provocaba temor. Cada fibra de su ser parecía estarle avisando de un peligro inminente, aunque a la vez incierto.

Se detuvo a unos cuantos metros de él, indeciso. Quizás tan sólo debiera esperar a que aquél sujeto terminara con su visita. ¿Qué tanto podría tardar? Además, parecía que aún no notaba su presencia, tan concentrado como estaba, con la vista clavada en el pilote a sus pies. Al examinar un poco mejor su actitud, encontrando en ella una gran devoción a la vez que profundo pesar, el muchacho se preguntó cuál sería la relación del desconocido con su madre.

—¿Piensas quedarte ahí todo el día?— preguntó el extraño para entonces dirigir su mirada hacia donde estaba, a sus espaldas —¿Shinji?

En el momento en que semejante personaje fijó la vista en su persona, el chiquillo sintió claramente esos ojos verdes penetrar en lo más recóndito de su alma. Aunque no era la primera vez que experimentaba dicha sensación, sí lo tomó por completo desprevenido. Además, de alguna manera era distinto. Parecía que esa persona en realidad podía ver en su interior como en un vaso con agua cristalina.

—¿C-cómo supo mi nombre?— farfulló el chiquillo, retrocediendo un par de pasos sin darse cuenta.

—Tú no lo recuerdas, pues aún eras muy pequeño, pero ya nos conocíamos— señaló el larguirucho sujeto, retornando a su posición original —Tus rasgos no han cambiado mucho desde entonces: sigues teniendo la misma cara de tu padre…

—Usted…— aunque todos sus sentidos lo impelían a salir huyendo del lugar, la curiosidad de Shinji lo mantenía aferrado a su sitio —¿Usted conoció a mis padres?

—Conozco a tus padres— contestó con voz grave y portentosa, aunque estuviera hablando como en susurros —Mejor que cualquiera. Una vez, hace ya mucho tiempo, trabajamos juntos.

Entonces los dos callaron, poniendo el ambiente más tenso de lo que ya estaba. Sin embargo, ello no parecía incomodar en algo a ese hombre, quien seguía tan sereno y concentrado como lo había encontrado.

—No vienes a menudo a este lugar, ¿cierto?— pronunció el desconocido, sin voltear.

—Así es— respondió el joven Ikari, nervioso —Sólo había venido una vez, hace más de cinco años… digan lo que me digan, este sitio no significa gran cosa para mí…

—¿Y eso a qué se debe?

—Yo… yo no siento que mi madre esté en este lugar…

—Y tienes toda la razón. Los restos mortales de tu madre no están aquí, esta tumba no es más que un pedazo de piedra tallado en su memoria. Pero aún así, sentí que debía venir.

—¿Por qué razón?

—Para recordar. Las personas no mueren del todo mientras las recordemos. Fue Yui, tu madre, quien me enseñó eso.

—Mi madre… ¿podría decirme, por favor, qué clase de persona era ella?

—Fue la persona más importante que he conocido en mi vida— admitió su acompañante —Era gentil con todo mundo, y tenía un alma generosa como nadie. El tipo de persona que se sacrificaría a sí misma por todos aquellos a los que amaba. Un auténtico ángel en la tierra. Así era ella.

Al escucharlo hablar de su madre, al saber un poco más de ella, algo comenzó a agitarse en el interior de Shinji. Una profunda tristeza, un inexorable sentimiento de pérdida se apoderó entonces de él. Sus piernas comenzaron a temblarle, para luego sentir como empezaba a estremecerse por entero.

—Todo mundo… siempre me ha dicho lo maravillosa que era ella— pronunció cabizbajo, vacilante —Pero yo… ¡yo ni siquiera recuerdo su rostro!

Por más que se esforzó el muchacho no pudo contenerse más y finalmente liberó ese pesar que hasta entonces lo había oprimido en secreto. Aunque pocas, tímidas, las lágrimas fueron apareciendo en sus ojos. ¿Qué clase de persona era, si no podía ni siquiera recordar la cara de su madre?

—Es inevitable— pronunció entonces el desconocido, sin prestarle mucha atención al lastimero estado del chiquillo —Las personas viven olvidándose de las cosas. ¿Cómo no habrían de hacerlo? Después de todo, su existencia es algo tan pasajero que el concepto de la eternidad no significa gran cosa para ellos. La gente suelta frases a la ligera, "siempre te amaré", dicen ellos, "nunca te olvidaré". Pero la verdad es que nada es eterno para el ser humano. Para él, todo tiene un final: su vida, la amistad e inclusive el amor. Todo, absolutamente todo lo que atañe a su naturaleza tiene un término. ¿No lo crees así?

—A veces he llegado a pensar algo parecido… pero entonces me digo a mí mismo que si eso fuera verdad, ¿no sería algo muy triste?

—Eso quiere decir que has podido comprender el dilema de la existencia humana. No existe algo en ella que no esté limitada por lo finito. Es cierto: las personas son seres así de tristes.

—Pero entonces… ¿qué caso tiene todo? ¿Para qué tanto pelear y sufrir, si al final de cuentas nada quedará? ¡No lo entiendo! ¿Qué sentido tendría la vida?

—Así es… ¿qué sentido tiene la existencia de algo como la humanidad? No estoy afirmando que no exista algo que sea eterno, sólo que esto se encuentra lejos del alcance de la naturaleza humana. El ser humano no puede alcanzar por sí solo algo tan lejano e incomprensible como el infinito. Tu madre sabía muy bien esto.

—¡Cómo me gustaría tenerla a mi lado!— suspiró Ikari —Ella podría explicarme estas cosas, y así tal vez podría entender mejor…

—Deja de hacerlo…— masculló el gigante, volviendo a penetrarlo con la mirada.

—¿Qué?

—Deja de buscar refugio en tus padres— continuó él, avanzando unos pasos en su dirección —No debes esperar que ellos vengan a salvarte de tu desesperación… tu madre está muerta y tu padre no quiere saber de ti… ¿Y eso qué? Sólo los bebés necesitan a sus padres. Seguro que tú ya no eres un bebé. Eres un hombre, y los hombres deben valerse de sí mismos. Ya no gatees por el piso, sostente y anda con tus propias piernas.

—Pero… es que a veces me siento tan solo… no creo poder…

—¡Todos estamos solos en este mundo! Todas las personas viven y se desarrollan por su propio esfuerzo. Puede que algunos se engañen a sí mismos, pensando en que tienen a alguien a su lado que los apoye. Pero los humanos jamás podrán entenderse los unos a los otros. Por que no importa cuanto lo traten, entre las personas siempre habrá un abismo insorteable, que les impedirá comprenderse.

Aquél lúgubre personaje había quedado justo frente a Shinji, eclipsando al mismo sol con su corpulencia y su enorme sombra cubriendo al muchacho. Éste lo miraba confundido, mientras que él permanecía inmutable, pese a que el viento ya estaba arreciando. El joven Ikari tuvo que hacer lo posible para cubrirse de sus embates, mientras el misterioso extraño, indemne, continuaba:

—Preguntaste por el sentido de la vida humana. ¿No es así? Pues déjame decirte algo acerca de la vida en este planeta: se trata de una competencia. Y si estás en una competencia no puedes esperar a que los demás te ayuden.

—¿Competencia? ¿Por qué?— pronunció dificultosamente el muchacho, protegiéndose como podía de la súbita ventisca.

—En los animales, es competir por el alimento, el combustible de la vida. Para los animales evolucionados, como lo es el ser humano, se trata de una competencia por lograr la felicidad. Durante toda su vida las personas compiten entre sí para conseguir dicho propósito.

—Pero no todos pueden ser felices…

—¡Exacto! Para que alguien sea feliz, forzosamente debe haber otro que no lo sea. Tú te das cuenta, ¿verdad? La felicidad de unos es la desdicha de otros.

Los pensamientos de Shinji se dirigieron entonces a Asuka, y también a Kai. La sangre en sus venas pareció hervir ante tal imagen, ambos muchachos besándose apasionadamente. Apretó las manos hasta que se convirtieron en puños rencorosos.

—Así es— sonrió aquella persona, de tal manera que le daba a su barbado rostro una apariencia siniestra —Tal vez me precipité un poco al afirmar que los hombres no necesitan de otros. La Historia así nos lo ha dicho. Las masas sólo sirven para elevar a unos cuantos elegidos, a aquellos audaces que no cesaron en su afán de conseguir lo que querían. Son aquellos que han logrado trascender la mortalidad y ahora viven para siempre en la memoria de la humanidad. ¿Puedes entenderlo? En esta competencia se debe aprovecharse de los demás para obtener aquello que tanto deseas. Hay que utilizar a los otros como peldaños, para que te levanten y llegues hasta donde quieres estar. A tu felicidad. Dime, joven Ikari, ¿qué es para ti la felicidad?

Con la sola mención de esa palabra el bello rostro de Asuka pasó por su mente. Aquél rostro perfecto, esos labios tan carnosos y seductores enmarcados en un cuerpo grácil y juvenil, tan apetitoso a la vista.

—Sea cual fuere ésta— prosiguió el extraño, comenzando a andar en dirección a donde soplaba el fuerte viento, enfrentándolo de frente —Te recomiendo que no te detengas por nada para conseguirla. Recuerda que la vida es muy corta, y debes hacerla valer aprovechando cada momento y oportunidad para cumplir tus deseos. ¡Nada debe interponerse entre tu felicidad y tú! ¡Nada!

—¿Es que ya se va? ¡Espere un poco, por favor!— apenas si pudo decir el atribulado Shinji, mientras el viento le pegaba en pleno rostro al estar siguiendo con la mirada a ese sujeto —¡Ni siquiera me ha dicho su nombre!

—Hesse— respondió entonces, deteniendo su andar para voltear hacia el chiquillo —Soy el Doctor Demian Hesse. Y ten por seguro que nos volveremos a ver…

Una partícula de polvo se alojó en el ojo derecho del jovencito, causándole una gran molestia. Cuando se repuso de ella y volvió la vista su acompañante ya no estaba allí. Miró cuidadosamente los alrededores, pero no hubo rastro de él en lugar alguno. Era como si se hubiera ido junto con el viento, el cual había amainado considerablemente su intensidad. Ahora tan sólo era una suave brisa que acariciaba su rostro.

Como casi siempre, con el transcurrir de los tragos y al calor de las copas Misato se volvía ajena al transcurrir del tiempo. A veces, pensaba, era como si un momento muy feliz se estirara tanto que parecía durar por siempre, atrapándola en un mundo perfecto y acogedor, pero a la vez borroso, confuso y distante. Así lo constató cuando revisó la hora que marcaba el reloj en su pulsera, un tanto sorprendida.

—¡Caramba, sí que se está haciendo tarde! ¿No?— exclamó levantándose de su asiento en la barra, cuidándose de no tropezar —Tendrán que disculparme un momentito, que tengo que ir al tocador… enseguida regreso…

—¡Pero no vayas a querer escaparte! ¿Entendido?— dijo a su vez Kaji, notando la manera un tanto atropellada en que la mujer comenzaba a hablar.

Katsuragi le sacó la lengua a modo de respuesta, provocando una risa complaciente de sus acompañantes, quienes después observaron la manera en la que caminaba, tambaleándose. Al hacerlo, Ryoji se percató de los zapatos blancos de tacón alto que llevaba puestos.

—Hacía mucho tiempo que no salíamos a tomar juntos…— pronunció cuando se quedó a solas con Ritsuko.

La recepción de la boda había terminado un poco temprano, aunque no tanto como para desanimar a Misato a seguir con la fiesta por su lado, motivo por el cual se hizo acompañar de sus dos amigos para ir a un bar cerca del área, el cual era muy de su gusto, ya que lo visitaba con bastante frecuencia.

—Es verdad— asintió Akagi, aprovechando para revisar su maquillaje en el pequeño espejo que llevaba consigo, aunque la iluminación de neón de aquél lugar dificultaba un poco dicha labor —Misato ya ha bebido bastante, creo que no tarda en azotar…

—¡Qué va! Aún le falta mucho para llegar a su límite, créeme… esto es nada para ella.

—Supongo que tengo que confiar en la palabra del hombre que vivió tanto tiempo a su lado.

—¡Eso sí que me trae recuerdos! Ya han pasado muchos años desde entonces— suspiró Kaji, mientras miraba su trago y descansaba la barbilla en su mano —Cómo pasa el tiempo… Misato ni siquiera usaba tacones altos…

—No es algo que le apure mucho a las jovencitas a esa edad.

—Tienes razón… en ese entonces tan sólo éramos un par de mocositos, no muy mayores de lo que son Asuka y Kai… tan sólo dos niños que jugaban a vivir juntos. Nada de eso fue real.

Entonces calló de exabrupto, percatándose de que había hablado de más al calor de las copas. También Rikko ya no dijo más al respecto, lo que hizo más llevadera la vergüenza que estaba sintiendo en esos momentos. Volvió a darle otro trago a su bebida, tomándose su tiempo para paladear el whisky en su boca.

—Lo estaba olvidando…Toma— pronuncio distraídamente al tiempo que colocaba una pequeña caja envuelta sobre la barra, pasándosela a su amiga —Una pequeña muestra de mi aprecio…

—¡Muchas gracias! ¿Siempre eres tan atento?— preguntó su acompañante, revisando sin más contemplación el contenido de aquella caja.

Se trataba de un juego de figuras de cerámica, dos gatos para ser más precisos, uno blanco y el otro negro. Ryoji sabía bien que uno de los pocos pasatiempos de Akagi era precisamente el coleccionar figurillas gatunas. De hecho, un cuarto de la casa de la doctora, el cual era destinado para almacenar dichas figuras, era un auténtico museo felino de porcelana. Cualquiera pensaría que dicha afición podría llamarse "extraña", pero dada la elevada posición de la científica tal manía únicamente se catalogaba como "excéntrica". Después de todo, tal vez algún desliz debería estársele permitido.

—¡Sólo con las mujeres!— respondió Kaji enseguida.

—¿Y qué hay de Misato?— preguntó ella, sin quitarle de encima la minuciosa mirada a su obsequio. Había que admitirlo, estaban muy bien elaboradas.

—Esa es una batalla que perdí hace mucho tiempo, Rit-chan— suspiró su acompañante, afianzándose a su vaso como lo haría un náufrago a un salvavidas —Jamás peleo cuando sé de antemano que voy a perder…

—A mí no me lo parece… uno nunca sabe, puede que tengas una pequeña probabilidad de ganar…

—¿De ganarte, Rit-chan?— murmuró melosamente.

—Jamás hablo de mí misma, Ryo-chan… créeme, no hay algo ni remotamente divertido en cualquier cosa que tenga que ver conmigo.

Una vez más ambos callaron. Los dos caían en la cuenta que si bien alguna vez habían sido grandes amigos, ahora todas sus conversaciones, al igual que su relación misma, transcurrían en la desconfianza mutua, verdades a medias, mentiras y silencio.

—¿Qué estabas haciendo en Kyoto?— preguntó entonces Akagi.

—¿Kyoto? No sé de que estás hablando… te traje eso de Matsuhiro…

—Por favor, no tiene caso que finjas conmigo— atajó enseguida la rubia —Si juegas con fuego te vas a quemar… tómalo como un consejo de una amiga.

—Viniendo de ti, entonces tendré que tomar esas palabras en serio— contestó Kaji, sin dejar de ser socarrón —Sólo espero que si alguna vez llego a quemarme, sea por el fuego de tu amor…

—¿Quieres que te traiga fuegos artificiales, en ese caso?— interrumpió de súbito la Mayor Katsuragi, entrando en escena —Nunca vas a cambiar, ¿verdad?— preguntó mientras volvía a tomar el asiento entre Kaji y Ritsuko.

—¡Claro que he cambiado! Y sigo haciéndolo— le respondió entre risas —Vivir es cambiar.

—Homeostasis y transistasis— pronunció distraídamente la Doctora Akagi.

—¿Cómo dijiste?— preguntaron casi al mismo tiempo sus acompañantes.

—El poder para conservar el estado natural de las cosas y el poder para cambiarlo— aclaró entonces la científica, dada la confusión de sus amigos —Fuerzas contradictorias que son características en la vida misma…

—¿Algo así como el hombre y la mujer, acaso?— cuestionó Ryoji, acariciando su barbilla sin afeitar.

—Discúlpenme, pero ya me tengo que ir— anunció Ritsuko al ponerse de pie —Se empieza a hacer tarde y aún tengo mucho trabajo por hacer mañana…

—¿En serio?— pronunció Misato, un tanto incrédula y desilusionada a la vez.

—Es una pena— dijo a su vez Ryoji, aunque una parte de él estuviera agradecido, y aliviado, por la partida de la doctora.

—Hasta luego— se despidió Akagi, pagando su cuenta —Diviértanse…

—Gracias. Ten cuidado en el camino de regreso— Katsuragi hizo lo propio, viendo partir a su vieja amiga. Ritsuko nunca había sido muy aficionada a las reuniones sociales y por lo menos esa parte suya parecía seguir igual.

—Tal vez deba avisarle a los muchachos que llegaré tarde— dijo ella, después de unos cuantos momentos muy tensos de reflexión. Se sentía extraña de estar a solas con Kaji en un bar, después de tanto tiempo transcurrido. Y a la vez recordaba la época en que ello era cosa de todos los días. En esos instantes le parecía que volvía a tener dieciocho años, teniendo una cita con esa persona tan especial con la que compartía su vida. Y no podía decir que se sentía mal.

Grata fue la sorpresa de Asuka cuando, al subir por las escaleras del edificio departamental, escuchó música instrumental en el piso donde vivía. Se trataban de las cuerdas de un violoncelo, sin lugar a duda. Y aunque distaba de ser espléndida, la interpretación era bastante agradable, dadas las condiciones en las que se estaba dando.

Más sorprendida aún quedó la jovencita europea cuando apenas si alcanzó de cruzar el umbral de la entrada a su hogar se topó con Shinji, sentado con el instrumento en mano, entregado por completo a la tarea de interpretar la melodía lo mejor que sus recursos le bastaran. No era tan atractivo como cuando Kai se ponía a tocar su vieja guitarra, pero aún así la muchacha experimentó una especie de entre admiración embelesada y bochorno al verlo tan serio y concentrado. Tanto que ni siquiera se había percatado de su llegada, sino hasta que le aplaudió, una vez que terminó con la pieza.

—¡Bravo!— lo felicitó, evidentemente impresionada —No lo haces tan mal, kinder, aunque tampoco sabía que tuvieras esa clase de habilidad.

—He practicado desde que tenía ocho años— contestó Ikari, algo apenado —Pero ya te habrás dado cuenta que no soy muy talentoso que digamos.

—Eso no importa, lo que cuenta es el empeño que le pongas. Además, la práctica es la que hace al maestro— le dijo mientras iba a la cocina a servirse un vaso con agua —Tal vez deba pensar mejor de ti ahora en adelante…

—Empecé a tocar el chelo por consejo de mi maestro en ese entonces. Todos pensaban que no tardaría en aburrirme y dejarlo. A veces hasta yo mismo me sorprendo de seguir tocándolo.

—¿Y porqué fue que no lo dejaste, entonces?

—Porque nadie me dijo que lo hiciera, amiga— terció el chiquillo con una sonrisa confianzuda en su rostro.

—Debí haberlo sabido— pronunció la joven, con una gran mueca de disgusto.

Se echó de espaldas en el piso alfombrado de la sala, quedándosele viendo a un punto indeterminado del techo. El poco y momentáneo respeto que Ikari había logrado ganarse se disipó en el acto con el regreso de su inseparable actitud timorata y conformista.

No obstante, la muchacha detectaba algo diferente en su compañero. Seguía siendo el mismo lelo de siempre, eso ni negarlo. Sin embargo, puede que fuera su imaginación, pero su rostro parecía estar iluminado por el buen ánimo. En esos momentos se le veía entusiasta, con más seguridad en sí mismo.

Misato le había confiado que ese día era el aniversario luctuoso de su madre, y eso explicaría el que hubiera estado decaído, aunque bien sabía que razones nunca le faltaban para ello. Pero en ningún caso esperó encontrárselo así, repuesto y de cascos ligeros, incluso hasta alegre. Tal vez había sacado algo bueno de su visita al cementerio, justo como Misato lo esperaba.

—Llegaste temprano de tu cita— advirtió entonces el muchacho, mirando la hora en el reloj de la cocina.

—El tarado con el que Hikari me enredó era mucho más aburrido que tú. Así que me escapé mientras él hacía fila para la montaña rusa.

—Eso fue muy grosero de tu parte…

Shinji murmuró esas palabras de tal manera que la alemana no pudo distinguir a qué se estaba refiriendo, si en dejar plantado a su cita a ciegas ó el modo en que le habló. Sea como fuere, para ella no tenía la menor importancia si lastimaba sus endebles sentimientos por su forma de hablar.

—¿Y qué?— fue su respuesta, tajante y sin más contemplaciones.

Silencio. Dicho ambiente le daba la oportunidad al joven Ikari de admirar a su compañera a hurtadillas, echada como estaba en el piso. Se había puesto para la ocasión un vestido ligero de color verde, el cual era completado con una chaquetilla y un coqueto sombrero del mismo color, el cual había mandado a volar hasta su cuarto. Un vestuario por de más cursi, sobra decirlo. No era precisamente su mejor atuendo, pero de cualquier forma ella lucía simplemente hermosa con cualquier trapo que se pusiera encima. Sus ojos se encendieron con un vívido chispazo con la sola vista de la muchachita a sus pies. Las palabras del Doctor Hesse retumbaban en su cabeza.

—Nada debe interponerse entre mi felicidad y yo— murmuró para sí mismo mientras avanzaba a paso lento, pero firme, hacia donde Langley descansaba.

—¿Qué dijiste?— preguntó Asuka enseguida, desconcertada.

No estaba segura si había entendido bien el balbuceo sedicioso de Shinji, pero de cualquier modo fueron interrumpidos por el timbre del teléfono, el cual el muchacho contestó sin más dilación.

—¿Misato?— decía él, con la Mayor al otro lado de la línea —Sí… muy bien… de acuerdo… así lo haré… bien, hasta luego.

—¿Qué quería?— dijo la jovencita rubia, poniéndose de pie.

—Dijo que no la esperáramos despiertos, por que llegará hasta muy tarde.

—¿Acaso piensa llegar hasta mañana?

—No lo creo. Dijo que estaba con el señor Kaji.

—¡Imbécil! ¡Por eso mismo!

Antes de que Shinji pudiera decir algo en su defensa la chiquilla ya se había encerrado en su cuarto, cerrándolo de un portazo.

El contenido de la última botella de vodka quedó casi en su totalidad en el piso de un inmundo callejón, regurgitado por Katsuragi sin contemplación alguna. Y aún así, el mundo seguía dándole vueltas en su cabeza, en un delirante carnaval de luces y sonidos que se sucedían al azar. Hubo un momento dado en que ya no pudo siquiera sostenerse en pie, por lo que Kaji tuvo que cargarla a modo de caballito sobre sus espaldas.

—Creo que ya estás bastante crecidita para este tipo de cosas, ¿no lo crees?— dijo él, burlándose y reclamándole al mismo tiempo.

—Perdóname si ya estoy vieja para esto…— Misato lanzó apenas un quejido, sin la fuerza suficiente para discutir.

—También yo ya estoy viejo…

—Tienes toda la razón. Y también deberías rasurarte esta barba tan asquerosa— sugirió mientras pasaba su mano por la áspera mejilla de su acompañante.

—Entendido. Es lo primero que haré en cuanto llegue a mi departamento.

Después de algún tiempo, y notando la fatiga que empezaba a hacer mella en Kaji, quien por cierto tampoco estaba en sus cinco sentidos, Katsuragi bajó de sus espaldas.

—Creo que es suficiente— pronunció cuando empezaba a andar, quitándose esos engorrosos zapatos de tacón —Ya puedo caminar por mí misma, gracias. Además, me da mucha vergüenza que tú seas el que me tenga que cuidar.

—Antes no tenías problemas con eso… ¿recuerdas? Era cosa de todos los días— Ryoji sonrió al rememorar las imágenes de años más felices y simples. Aparentemente, ese día estaba dispuesto para recordar el pasado que se fue —Nos emborrachábamos a cada rato.

—Entonces, ¿no crees que he cambiado? ¿Ni un poquito?

—¡Por supuesto! Ahora eres mucho más bonita… antes ni siquiera usabas tacones… siempre andabas con tus vans y pantalones de mezclilla deslavada. Aunque también me gustaba mucho como te veías en ese entonces.

—Perdóname por haberlo arruinado todo al pedirte que nos casáramos— dijo Misato de repente. Su corazón, y también el de Kaji, les dio un vuelco al momento de pronunciar semejantes palabras. Pero aún así, continuaron con su andar, lo mismo que con la conversación —Tú… tú siempre supiste lo que sentía por José, ¿verdad? Por eso no aceptaste y rompimos…

—Así es— como pocas veces le sucedía, Ryoji encontró que tenía un nudo en la garganta que le hacía difícil el hablar —Pero… supongo que yo también tuve la culpa en todo eso. A decir verdad, la principal razón por la que no acepté es por que estaba aterrado de tener que convertirme en padre. Cuidar de un niño, en ese tiempo… y por eso fue que escapé, dejándote atrás. Ahora me da pena, al verte convertida en toda una mujer, fuerte y decidida. Tú fuiste la valiente que aceptó el desafío de formar una familia, sin importar que fueras tan joven y estuvieras sola. Mientras yo, por otro lado, fui el cobarde que huyó por la puerta de atrás.

—No digas mentiras… yo sé bien… yo sé bien lo que sentías en esos momentos. Estabas cansado de ser un reemplazo. En todo el tiempo que vivimos juntos, nunca dejé de sentirme mal por estarte utilizando de esa manera. Me era imposible estar con Joe, así que lo sustituí por ti, que eras lo más parecido a él que yo podía tener. Y cuando él murió…— las lágrimas corrían por el acongojado rostro de la mujer, sin importar cuanto lo estuviera resistiendo —Entonces vi que tenía la oportunidad de conformarme con su hijo… ¡Con Kai! ¡Oh, Dios mío!

—¡Cállate! ¡Estás borracha! ¡Sabes que no es cierto!

—¡Es la verdad!— tronó entonces la mayor, con la voz toda quebrada por el llanto —¡Todo es cierto, todo! ¡Nunca pude tener al padre, así que quise por lo menos tener al hijo que dejó huérfano! ¡Era mucho más parecido a él que tú! ¡Haría que me quisiera mucho más de lo que hubiera querido a su propia madre, y esa sería mi venganza contra esa maldita mujer!

—¡Misato, basta!

—¡No! ¡Aún no he terminado! Todos estos años, cuando veo la cara de Kai en realidad estoy viendo a José. Por eso a veces hago que me abrace más tiempo del que quiere. Por eso es que me gusta tanto que duerma conmigo. Incluso, una vez… una vez lo besé en la boca cuando estaba dormido. Y no sabes lo que he luchado conmigo misma para que ese tipo de cosas no pasara a mayores. Así es como lo he criado todo este tiempo, enamorada en secreto del fantasma de su padre en él.

—¿Porqué me estás diciendo todas estas cosas?

—¡Para que te des cuenta de la clase de mujer que soy! ¡Por eso es que me tuve que emborrachar! De otra manera nunca habría podido confesártelo. ¡Soy una maldita zorra! ¡Hasta yo misma me odio! Por eso… por eso debes dejar de amarme… sólo te haré sufrir… cómo haré sufrir a ese pobre muchacho cuando se entere de la verdad… igual cómo me hace sufrir él… ahora que no está a mi lado…

Kaji ya no apeló a las palabras para hacerla entrar en razón, viendo lo inútiles que eran al rebotar en la terquedad de Katsuragi. Únicamente la besó como siempre lo hacía, sincera y apasionadamente, como si quisiera comérsela. Sólo así pudo callarla, y hacerla entrar en razón. Ahora, un poco más coherente, se estremecía en sus brazos, aún lloriqueando, con la frente apoyada sobre su pecho.

—Sólo quiero… sólo quiero que regrese con bien… mi pobrecito muchacho…

—Shhh… calma— Ryoji paseó los dedos por su cabellera, buscando tranquilizarla —Pilotea el arma más poderosa que jamás se haya construido. ¿Qué podría pasarle?

Pasaba más de la medianoche, pero aún así los jóvenes pilotos no parecían tener intenciones de ir a dormir. Ninguno de ellos aún daba muestra de sopor o cansancio alguno. Quizás únicamente de aburrimiento y enfado. Pero de cualquier manera, ambos parecían estar esperando algo, y no precisamente a la llegada de la Mayor Katsuragi.

Asuka, recostada en la sala, con la cabeza descansando sobre la mesita de centro jugueteaba ansiosa con sus dedos, sin quitarle la mirada de encima a Shinji, aunque esto fuera a escondidas. Definitivamente había algo diferente en él en ese día. Sus gestos, su actitud, toda su persona rebozaba de una seguridad salida de quien sabe donde. Era el mismo idiota de Shinji, sólo que con un talante más resuelto. Pero todavía no estaba segura si dicho cambio le gustaba o por el contrario, la atemorizaba.

—Mambrú, mambrú se fue a la guerra…— canturreaba la chiquilla, recitando como si se tratara de un conjuro protector —Ay, qué dolor, qué dolor, qué pena…

El muchacho por su parte, al tanto de la férrea vigilancia de la que era objeto, escuchaba su reproductor musical sentado en el comedor, fingiendo desconocimiento, a la vez que aplomo y confianza, pese a que su pulso se había elevado hasta las nubes. No importaba. Por fin había conseguido captar la atención de la bella jovencita. Desde hace un rato tenía la certeza de que si era paciente y aguardaba el tiempo suficiente, algo bueno sucedería esa noche. Y quizás no estaba tan equivocado al respecto.

—Oye, Shinji...— pronuncio Langley de forma casual, despreocupada, sin moverse de su lugar —Tú... ¿Ya has besado a alguien?

El rubor se asomó en las mejillas del joven Ikari cuando se quitaba los audífonos para atender mejor a la conversación. Luego asintió con la cabeza, un tanto apenado, mientras que recordaba lo mágico, pero también lo extraño que había sido su primer beso con Rei.

Por otro lado, el rostro de la joven alemana también se coloreó con el bochorno, sorprendida por la respuesta. Jamás hubiera creído que Shinji, tan lento como era en todo, ya hubiera tenido su primer beso.

—Muy bien... entonces, besémonos— propuso ella sin más miramientos, saliendo de su estupor. En realidad era más un reto que una proposición, casi segura de que su compañero no aceptaría y se retiraría avergonzado. Quería probar que tan auténticas eran esas nuevas agallas que se había conseguido.

—¿Así, nomás por que sí?— preguntó el muchacho, actuando justo de la manera en la que Asuka lo tenía contemplado.

—No tengo nada qué hacer, y tú tampoco pareces estar muy divertido que digamos.

—Esa no es una buena razón para besar a alguien.

—¿Qué pasa, kinder?— continuó provocándolo —¿Tienes miedo de un simple beso? ¿Ó acaso temes que Kai se entere? No te preocupes, que no pienso decirle…

—¡Yo no tengo miedo!— repuso Ikari en el acto, poniéndose de pie —Ni de ti ni de tu estúpido novio…

—Muy bien, niñato— contestó la jovencita, aunque ya no con la misma confianza. Pero ya era demasiado tarde para retractarse. Si lo hacía, entonces ella sería la cobarde, pensaba cuando se ponía de pie para encarar al muchacho —Yo tampoco te tengo miedo.

Los dos ya estaban lo suficientemente cerca como para proceder. No obstante, ninguno se animaba a dar el primer paso. Ambos estaban nerviosos, pero también los dos intentaban a toda costa ocultarle al otro dicha sensación.

—¿Te lavaste los dientes?— preguntó Asuka, de manera por demás estúpida.

Shinji respondió igual, afirmando con la cabeza, mientras se decidía a acortar distancias con ella. Podría decirse que en ese momento sólo los separaban unos cuantos centímetros.

—No respires encima de mí, menso— se quejó entonces la chiquilla, dando muestras de que comenzaba a arrepentirse —Me haces cosquillas...

Pero Shinji Ikari, de catorce años de edad y enamorado de Asuka Langley Soryu casi desde el momento en que la había conocido, ya no estaba dispuesto a retroceder. Ya nunca volvería a esconderse, ya nunca más dejaría pasar la oportunidad de ser feliz.

Así que sin perder más tiempo la rodeó firmemente con sus brazos y la atrajo hacia él, tomándola completamente por sorpresa al besarla con la pasión desmedida propia de un amor escondido y reprimido angustiosamente durante tanto tiempo. ¡Y vaya que estaba disfrutando el desahogarse por fin de semejante manera!

Langley apenas si cabía en sí del asombro. ¡Shinji estaba besándola! Sentía sus labios con los suyos y su lengua moverse juguetonamente en su boca. ¡Tenía su lengua en la boca, Santo Dios! ¿Es que el mundo se había vuelto loco? Quiso zafarse entonces, desconcertada por la sensación, pero le fue imposible. Haciendo uso de una fuerza endemoniada, nunca antes vista en él, Ikari la mantenía firmemente donde se encontraba, dispuesto a permanecer de esa manera el tiempo que le viniera en gana. Era increíble, pero Asuka, quien en circunstancias normales le hubiera dado una paliza sin sudar, estaba enteramente a su merced. En toda su vida jamás se había sentido tan indefensa, tan vulnerable... y lo peor es que ella misma fue quien se había echado de cabeza en aquél lodazal del que no podía salir ahora. Sin darse cuenta temblaba atemorizada. ¿Hasta donde estaría dispuesto a llegar su captor?

Para su fortuna, aquella pregunta quedaría sin respuesta. El solo sonido de la puerta abriéndose fue suficiente para que Ikari la liberara enseguida, tan súbitamente como la había besado. La jovencita rubia respiró aliviada, pero a la vez se maldecía a sí misma por su estupidez y por estar tan asustada. Sobre todo por estar asustada de Shinji. Apenas si reparó en Kaji, quien venía entrando al apartamento, cargando a cuestas a Misato con algo de dificultad. No obstante, la pestilencia a licor que ambos despedían pronto le avisó de su presencia.

—¡Kaji!— exclamó emocionada, yendo a su encuentro.

El recién llegado no devolvió el saludo, más ocupado como estaba en abrir el cuarto de la inconsciente Katsuragi que venía arrastrando consigo. Con un poco de ayuda del joven Ikari, al final consiguió acomodarla sobre su cama y hasta se permitió el detalle de cobijarla.

—Llegar hasta aquí fue algo difícil— le confesó Ryoji a los chiquillos al salir de la habitación, secándose el sudor de la frente con el antebrazo —Pero lo logramos. Ahora será mejor que yo también me vaya a la cama...

—¿Porqué no te quedas a dormir, en ese caso?— sugirió Asuka.

—Lo siento, linda. Tengo que ir a trabajar mañana y no puedo presentarme con este traje todo sucio y arrugado.

—¿Eso qué tiene de malo?— repuso la chiquilla, colgándosele del brazo, haciendo lo que pudiera para entorpecerle el paso —¡Quédate, por favor, no seas malo!

Kaji la observó por unos instantes, intrigado. Puede que fuera su imaginación, o lo ebrio que en ese momento se encontraba, pero le parecía que la chiquilla estaba suplicante, casi como si estuviera asustada de algo, semejante a aquél infante que no consiente en que sus padres apaguen las luces de su cuarto por temor a la oscuridad.

Sea como fuera, no quiso darle demasiada importancia al asunto y lo único que hizo fue darle unas palmadas cariñosas en la cabeza, a manera de despedida, mientras se despedía a su vez de Shinji:

—Cuiden bien de Misato, ¿quieren?

—Muy bien. Que pase buenas noches— asintió el joven Ikari, teniendo la atención de acompañarlo hasta la puerta.

—Igualmente. Nos vemos— respondió al momento de salir y emprender el camino un tanto vacilante, dada su condición.

El muchacho cerró la puerta, para luego voltear a ver a Asuka, quien miraba la escena desde la sala, sin atinar a hacer un solo movimiento.

—¿Qué tienes?— Shinji le preguntó entonces, tan tranquilo, como si nada hubiera pasado entre los dos.

—¡¿Que qué tengo?!— bramó la chiquilla, dando un fuerte pisotón —¡Te diré lo que tengo! ¡Sucede que un imbécil pervertido me besó a la fuerza! ¡Eso es lo que tengo, idiota! ¡Y ni si te ocurra contarle a alguien lo que pasó ahorita!

Y sin dar lugar a discusiones con un fuerte portazo se encerró en su cuarto, dejando a un atribulado, pero a la vez satisfecho joven, el cual aún se estaba saboreando los labios de la muchacha.

En cambio Langley estaba inconsolable. Sin habérselo imaginado ahora se veía escondiéndose ¡de Shinji! tal y como lo haría un conejo asustado en su madriguera. Aquello era de lo más humillante para la orgullosa jovencita alemana, pero no podía dejar de estar atemorizada por lo que había sucedido. Tanto por el abrupto cambio operado en su atolondrado compañero, quien ahora parecía estar dispuesto a cualquier cosa, así como también de aquella placentera sensación en sus labios, que aún le estaban temblando emocionados.

—Perdón— se echó en la cama y ocultando su rostro en la almohada empezó a sollozar desconsolada —Perdóname Kai... por favor... vuelve pronto... tengo tanto miedo...

Probablemente estar caminando en ese lugar era lo más cerca que un ser vivo podía encontrarse del infierno. Aunque el sobrenombre que le ponían a ese lugar, el Dogma Terminal, era completamente lo opuesto. A unos dos mil metros debajo del Dogma Central, era llamado también "La Puerta del Cielo" por las pocas personas a las que se les permitía el acceso. Aunque el nombre oficial que recibía en el mapa de las instalaciones del Geofrente era el de "Planta Principal de L.C.L.", que efectivamente, se encontraba justo donde lo marcaba el plano... sólo que un centenar de metros más arriba.

Ningún documento oficial hablaba de la existencia de aquellos corredores y cámaras que seguían extendiéndose hacia abajo como en una espiral sin fin. Exceptuando, claro, las copias que Kaji había obtenido con anterioridad de los archivos de MAGI, con la ayuda de Kai Rivera. Aquella asociación le había producido bastantes beneficios. Todo lo que necesitaba para llegar hasta ese sitio, como mapas y claves de acceso, lo había encontrado en la información que el muchacho le había proporcionado, la cual le había permitido llegar hasta el secreto más profundo de NERV, literalmente. Ahora, sólo una intimidante puerta de acero era lo único que lo separaba de toparse cara a cara con dicho secreto. Detrás de ella encontraría la verdad... la respuesta a muchas preguntas, aunque no a todas.

Sin hacer más preámbulo, visiblemente emocionado tecleó el código de acceso en la cerradura electrónica de la barrera. GEN2817. Ryoji tenía que reconocerles su sentido del dramatismo a los dirigentes de NERV. Después de un sesudo análisis, a final de cuentas había descubierto que se trataba de una cita bíblica: el versículo 17 del capítulo 28 del libro del Génesis, el cual rezaba: "¡Qué terrible es este lugar! No es nada menos que una Casa de Dios y la Puerta del Cielo". Sonrió con el pitido que hizo la máquina, encendiendo una luz verde en la pantalla. Cómo era de esperarse, la clave era la correcta. Ahora tan sólo hacía falta deslizar la tarjeta de identificación falsificada y por fin uno de los más grandes misterios de la guerra contra los Ángeles sería descubierto. De no ser por la sorpresiva llegada de alguien que colocó una pistola justo en su nuca.

—Hola— saludó Kaji, pretendiendo ignorar el peligro en el que se encontraba. Aún así, levantó sus brazos, en señal de rendición, luego de maldecirse a sí mismo por no haberla escuchado llegar —¿Cómo te va con la resaca?

—¿Así que este es tu trabajo de verdad?— le preguntó Misato, sin bajar su arma un solo instante —¿Ó es sólo un empleo de medio tiempo?

—No lo sé... ¿tú qué opinas?

—Me parece que se trata un desorden de personalidad— contestó Misato, empleando el mismo tono burlón y desafiante de su prisionero —Personalidad dividida, por así decirlo. Veamos: existe Ryoji Kaji, de la Sección Especial del Departamento de Investigaciones de NERV, enlace de NERV en las Naciones Unidas. Y por otro lado, está este mismo Ryoji Kaji, del Departamento de Investigación del Ministerio del Interior de Japón.

—Vaya, parece que me has descubierto...

—¡Será mejor que no subestimes a NERV!— gritó encolerizada la Mayor, al ver que pese a la posición en la que se encontraba, Kaji no abandonaba su cinismo habitual, como si nada le importara —Puede que por ahora sólo lo sepa yo...— dijo luego, bajando la pistola —Pero tenlo por seguro que si continúas con este trabajito de medio tiempo... te vas a morir.

—Todavía tengo bastante tiempo, ¿sabes?— contestó su "rehén", bajando los brazos y dejando a un lado la sorna tan característica en sus gestos —A pesar de que el Comandante Ikari sabe quien soy, sigue utilizándome. Sin embargo, te pido perdón por ocultarte secretos.

—Lo dejaré pasar, por esta vez. Pero aunque te disculpes, no creas que lo olvidaré así de fácil— advirtió Katsuragi, dispuesta a marcharse cuanto antes de ese sitio tan macabro y escalofriante.

—Gracias... por eso, antes de que te vayas, quiero que tú también veas esto conmigo. También Ritsuko y el comandante te han estado escondiendo secretos— pronunció mientras pasaba la tarjeta de identificación por el cerrojo electrónico, ocasionando que la pesada puerta comenzara a abrirse con un seco y lejano murmullo —Y estás por ver con tus propios ojos uno de ellos.

Ante la anonada vista de ambos, la barrera metálica se abrió como las fauces de una bestia, dejando al descubierto su interior, y todos los misterios que en él se refugiaban. Misato y Kaji miraban boquiabiertos cuando los contemplaban, horrorizados y a la vez maravillados por las proporciones de aquello que les había sido revelado.

Se trataba de una cámara gigantesca, iluminada por una difusa luz ambarina, cuya fuente era un enorme estanque de un líquido que Misato reconoció a primera vista como L.C.L. Éste, a su vez, provenía de la parte superior de la cámara, brotando de una colosal figura deforme, que indudablemente era lo que los mantenía en ese estado de perplejidad inalterable.

La criatura, blanca en su totalidad, cuyo rostro era cubierto por una máscara metálica con siete ojos, estaba incrustada en una cruz de color rojo y atravesada de un costado por una lanza de las mismas dimensiones, colgando cual ídolo profano esperando por ofrendas. Dicho ídolo tenía apariencia humanoide, sólo que sin nada de la cintura para abajo. En cambio tenía una especie de muñón, del cual salía un montón de amasijos como ampollas y a la vez de éstas emergían piernas que parecían ser humanas. Tal como si quisiera reemplazar las propias, faltantes.

Si el gigante estaba vivo, no daba muestras de ello, pues se había mantenido inmóvil durante todo el tiempo que duró la contemplación estupefacta de sus dos visitantes. Parecía que ni siquiera había reparado en su presencia, como las hormigas que eran en comparación suya.

—¿Qué... qué es todo esto?— preguntó Misato, al ser capaz de usar la voz de nuevo.

—La verdad— respondió Kaji, un poco más dueño de sí mismo. Pese a que previamente sabía lo que le aguardaba detrás de "La Puerta del Cielo", no había evitado sorprenderse con aquella visión —La razón de esta guerra contra los Ángeles. La parte esencial del Proyecto Eva y el Plan de Instrumentalización Humana. La fuente de la vida en este planeta. El principio de todo. El Primer Ángel. Lilith.

—¿Lilith?— repitió Katsuragi, sin quitarle la mirada de encima al monstruo.

—Capturada por el gigante Nimrod y encontrada miles de años después en su prisión subterránea en la península de Yucatán en México, Lilith representa la clave que le permitirá obtener la salvación eterna a las personas que la trajeron hasta aquí. Y es buscándola que los Ángeles siempre llegan a Tokio 3. Ahora todo empieza a encajar, ¿no lo crees?

—Lilith. El Primer Ángel— murmuró la mujer, casi invocándola por su nombre —Parece que soy yo quien ha estado subestimando a NERV.

Mientras tanto, a medio mundo de distancia, una flota de naves de guerra surca decididamente las oscuras aguas del Mar Mediterráneo. Algunos de los navíos más poderosos de la Armada de las Naciones Unidas se encontraban allí reunidos, presurosos a encontrarse con el enemigo. Se trataba de uno de los despliegues más impresionantes de recursos militares, tanto tecnológicos como humanos, que jamás se haya visto en la historia humana. Podría decirse, sin asomo de duda, que más de la cuarta parte del poder total de fuego de las Naciones Unidas estaba en esa flota. Pero semejante espectáculo no le interesaba mucho a Kai Rivera, quien encontraba que no había mucho que apreciar en cubierta, siendo altas horas de la madrugada, con la oscuridad de una noche sin luna cubriendo el firmamento encima de su cabeza y el océano bajo sus pies. La única distracción que encontraba en aquellos exasperantes momentos era la degustación de su último cigarrillo antes de entrar en acción.

Se recargó en uno de los barandales de la embarcación que lo transportaba a él y a su Eva, intentando sin mucho éxito penetrar en las tinieblas nocturnas. Lo único que se divisaba eran las luces de las naves aliadas. Incluso su propio traje de conexión, el cual ya traía puesto, destacaba en las penumbras dado su color, que parecía brillar con luz propia en lugar de sólo reflejar la poca que había en el ambiente.

—¿Eres tú, Rivera, ó se trata de un anuncio de neón?— pronunció un joven soldado que se acercaba hacia él —Estoy algo confundido, viejo...

—¿Qué hay, Alessandro?— saludó el muchacho, sin estar muy animado.

Paolo Alessandro era un soldado raso, un muchacho brasileño de unos 19 años con el que Kai había hecho migas durante los últimos días. La cercanía de edades y el hecho de que fuera latinoamericano habían contribuido en gran parte a que ambos congeniaran tan rápido. Fiel a sus costumbres, como en cualquier otro lugar al que fuera, el joven Katsuragi encontraba mucho más fácil simpatizar e identificarse con las personas que ostentaban los rangos menores, y por el contrario, encontraba detestable cualquier muestra del uso de la autoridad de sus superiores. Por dicho motivo, cabe suponer que dentro de una estructura bien organizada y disciplinada como la milicia, en lo que la cadena de mando era uno de los elementos más importantes, Rivera encajaba tanto como un pez fuera del agua.

—Parece que hiciste enfurecer al Almirante y a casi todos los altos mandos, teniente. Todo mundo está hablando de ello— dijo el recién llegado, prendiendo a su vez un cigarro para luego imitar a su acompañante, recargándose en la barandilla y contemplar las penumbras del exterior.

—El sentimiento es mutuo— respondió el muchacho, sin ocultar el desprecio que impregnaba el tono de su voz —Esos bastardos me están pidiendo que realice una masacre en esa maldita isla... y ni se te ocurra volver a llamarme "teniente", sabes que lo odio. Siquiera me hubieran puesto de coronel...

Efectivamente, al haber ingresado a las filas de las Fuerzas Armadas se le hubo de asignar al muchacho un rango dentro de la jerarquía castrense, y luego de unas cuantas deliberaciones se optó por otorgarle el puesto de Teniente. Pese a que no dudaba en manifestar su repudio a las fuerzas armadas, había esperado obtener un rango mayor dentro de éstas.

Pero, ¿acaso importaba, en algo? Por supuesto que no. Precisamente se encontraba al borde de la desesperación por, finalmente, haberse convertido en aquello que más odiaba: un soldado. Una persona cuyo propósito era la de hacerle daño a sus semejantes. Un instrumento más de la opresión que los poderosos ejercían sobre los débiles. Y lo peor es que no le quedaba más remedio, atrapado en un callejón sin salida. Una cosa era trabajar con Gendo Ikari y haber construido el Eva Z, pero que ahora estuviera obligado a utilizarlo en contra de sus semejantes… definitivamente había tocado fondo.

—Y dime, Paolo… ¿qué te llevó a convertirte en soldado?— preguntó Katsuragi, un poco más relajado por la conversación, pero sin abandonar del todo la frustración que lo consumía por dentro —¿Acaso fue la aventura? ¿La promesa de la ciudadanía estadounidense? ¿Ó fue el maravilloso puré que sirven en la cocina, el cual hacen de viejos periódicos chinos?

—En realidad fue la comida y el techo gratis— confesó su acompañante, con el desencanto y la resignación impregnando sus palabras —No todos somos genios superdotados, ¿sabes?

Rivera agachó la cabeza entonces, avergonzado. Se le había hecho fácil hacer prejuicios acerca de aquellas personas que voluntariamente se integraban al ejército, olvidando que en ese mundo tan polarizado de un puñado de naciones muy ricas y un montón de naciones en ruinas, a la gente como Paolo no le quedaba de otra más que ser soldado o guerrillero para poder subsistir. No había más elección para ellos. Y al final, dicha elección resultaba por demás fútil. La guerrilla o el ejército, la verdad es que no había gran diferencia entre ambos.

Delante de su vista, a más de quinientas millas naúticas, se encontraba su destino. Una pequeña isla volcánica que había surgido en medio del Meditarráneo después del Segundo Impacto, y que pese a su corta edad ya había conseguido hacerse de una infame reputación, digna de la base del Ejército de la Banda Roja para su subsecuente invasión a Europa. Incluso ya se había ganado un mote, bastante adecuado, entre las tropas de las Naciones Unidas.

—La Isla del Infierno— murmuró Alessandro con el ceño fruncido —Así es como la llaman. Desde aquí parece tan insignificante. Me parece difícil de creer que se haya armado tanto alboroto por un pedazo tan pequeño de tierra. Los muchachos no dejan de hablar de las historias que se cuentan de ella... dicen que ningún miembro de las anteriores misiones que se han enviado ha regresado de ahí... ni siquiera quedan cuerpos para enterrar.

—Cuentos de viejas chismosas— terció Kai —Olvídalo, no importa lo que digas, no vas a lograr asustarme... y no creo que tampoco ustedes deban estarlo. Después de todo, será todo un día de campo para ti y tus amigos, viendo a lo lejos como aplasto a esos pobres infelices.

—Ojalá tengas razón—el soldado se interrumpió de súbito, apuntando en dirección a la isla —Espera un poco... ¿qué diablos fue eso?

—¿Qué?

—¿No lo viste? Hubo algo... una especie de destello, allá, a lo lejos...

—Sí, claaaro— pronunció el muchacho burlonamente, desentendiéndose del asunto —Ya te dije que mejor ahorres saliva, que no me vas a asustar...

En ese momento la noche se iluminó de manera sobrenatural, brillando casi como a la luz del día, para que luego Kai y su acompañante se vieran tirados al piso por una fuerte sacudida. A sus espaldas el Maelstrom, un destructor de clase Behemot, estallaba sin dejar rastro de su existencia, salvo sus cenizas que ahora flotaban en la brisa nocturna.

—¿Qué está pasando?— preguntó Alessandro, aturdido.

Los dos jóvenes se pusieron dificultosamente en pie, sin percatarse plenamente de lo que había ocurrido. El Maelstrom estaba destruido, eso lo entendían bien, ¿pero cómo? Casi respondiendo a su pregunta un haz de luz pasó velozmente por encima de las aguas y al contacto con éste el Argos, un destructor de la misma clase, era reducido a polvo en medio de una aparatosa explosión que volvió a zarandearlos.

La alarma sonó de inmediato, llamando a los hombres a sus posiciones de combate. El primer ataque había sido lanzado, y no habían sido ellos quienes lo habían hecho, como lo tenían previsto. No obstante, el momento de la verdad había llegado y la batalla daba comienzo. Los combatientes se aprestaban para el conflicto, corriendo en desorden por todo el barco para ocupar sus puestos.

Entre el caos y la destrucción Rivera permanecía en pie, sin atinar a hacer cualquier clase de movimiento. Su seguridad y confianza en sí mismo, todo parecía desmoronarse a su alrededor sin que pudiera remediarlo. Veía el humo levantarse en el cielo de la noche y los ojos del muchacho a su lado abiertos de par en par por el terror, iluminados por el brillo de los incendios. Y lo único que separaba a todas aquellas personas de la aniquilación total era él, y su robot gigante. La calma antes de la tormenta se había terminado, y las puertas del Infierno finalmente estaban abiertas, dejando salir a un enemigo desconocido que ya había hecho su primer movimiento. Ahora estaba en manos del joven Kai Rivera, piloto del Eva Z, el responderle, si es que acaso tendría la oportunidad para hacerlo.