"Deja de engañar,
no quieras ocultar
que has pasado sin tropezar.
Un monstruo de papel,
no sé contra quien voy,
¿Ó es que acaso
hay alguien mas aquí?
…
En un mundo descomunal
siento tu fragilidad"
Nacha Pop
"Lucha de Gigantes"
¡Qué aguacero el de aquella noche! Parecía como si el cielo mismo estuviera cayéndose a pedazos. Pero semejante situación tenía por lo menos un lado bueno. La fuerte lluvia que pegaba en su rostro se había encargado de limpiar en él todas las lágrimas que había derramado. Los truenos a la distancia se ocuparon en apagar sus desconsolados lamentos.
Misato estaba postrada sobre el asfalto mojado, sin un rincón de su anatomía que no estuviera empapado hasta los huesos. Y qué demonios importaba. A su alrededor la gente continuaba su odiosa labor sin prestarle mucha atención, sin permitir que tal suceso les afectara. Simplemente se trataba de otro trabajo, justo como los demás. No había razón alguna para que éste fuera diferente. ¡Malditos desalmados! ¿Cómo es que podían estar tan tranquilos? Se preguntaba ella al verlos andar de aquí para allá con su imborrable expresión de fastidio, por tener que trabajar bajo aquél diluvio. ¡Cuánto los odiaba por ello! Encima de esa camilla que empujaban como si fuera un carrito del supermercado, dentro de esa bolsa negra se encontraba la persona más querida para ella, su completa adoración. Podrían mostrar siquiera un poco más de respeto, no se trataba de cualquier bulto que tuvieran que echar a la basura. ¡Se trataba de un ser humano, una persona importante para mucha gente! Una persona que había sido amada. Qué importaba si ahora parecía una coladera y que la mitad de su rostro no estaba. ¡Seguía siendo humano, por el amor de Dios! Un espléndido ser humano… que había sido brutalmente asesinado… que estaba frío, inerte… muerto…
El llanto la hizo estremecerse una vez más, tirándose por completo al piso para dar rienda suelta a su dolor, como un cuchillo en el corazón. Alzó la mirada, los ojos cubiertos por las lágrimas, para poder verlo una última vez, mientras partía a la eternidad. ¿Por qué se lo llevaban en ambulancia? Ya hacía bastante rato que dejó de necesitarla. ¿Para qué ahora? ¿Qué caso tenía?
—Señorita— uno de aquellos hombres cubiertos en gabardina impermeable llamó su atención palmeando su hombro —Agradecemos mucho su cooperación, pero creo que es mejor que se vaya de este lugar. Ya no es necesaria aquí. Nosotros nos encargaremos del resto.
—Sí… sí, tiene razón— musitó Katsuragi con un hilo de voz, completamente ausente, su mirada extraviada en la nada —Tal vez sea mejor que me vaya a casa… además habrá que preparar el funeral y…
No bien había terminado de hablar cuando de nuevo la muchacha se echaba al piso, ocultando el rostro entre sus manos para poder llorar a sus anchas. Al verla derrumbarse de aquella manera el hombre sin rostro prefirió darse por vencido y dejarla desahogarse tanto como quisiera. De cualquier manera, no era su problema si después agarraba una pulmonía por pasársela lloriqueando bajo esa condenada tormenta.
No obstante, el sujeto apenas dio un par de pasos cuando la joven se incorporó de golpe, mirándolo absorta desde su lugar, dando la impresión de haber recordado algo repentinamente. Aquellos ojos enrojecidos por las lágrimas y fijos en él, pero a la vez en el vacío, eran por demás perturbadores. La muchachita, que de algún modo resultaba atractiva, en esos momentos parecía un espanto, una aparición, tan pálida como estaba.
—El niño— dijo ella, murmurando —Ahí había sólo dos cuerpos… ¿Pero y el niño? ¿Qué pasó con él? ¿DONDE ESTÁ EL NIÑO?
La joven lo increpó desesperada, asiéndose de su gabardina. Ello y la expresión desquiciada en su rostro incomodaron todavía más a aquella persona. Le resultaba difícil pensar en cualquier cosa que no fuera alejarse de esa lunática lo antes posible.
—¿Un niño? ¿De qué está hablando? Por favor, suelte…— masculló, forcejeando para quitársela de encima —¡Ah, es cierto! Creo recordar que vi a un niño… sentado por allá, en aquél rincón… ¿Lo ve?
Tan pronto el hombre señaló la dirección Misato se apresuró hacia ella. Rodeó el auto calcinado y el impresionante agujero en plena calle, el cual aún ahora despedía vapor. No les prestó importancia y tampoco puso atención al comentario descuidado de uno de los peritos al contemplar el lugar:
—¿Dicen que fue un rayo? ¡A mí me parece más bien que una bomba fue lo que cayó en este lugar! Solamente vean el tamaño de ese bache… casi es un cráter…
Ahí estaba él, agazapado en un rincón en la esquina de un viejo taller automotriz. Igual que ella, empapado hasta los huesos.
—¿Kyle?— lo llamó mientras se ponía en cuclillas delante de él, viéndolo a los ojos, esos ojos verdes tan hermosos que en aquellos momentos lucían apagados —¿Kai? ¿Kai-chan? ¿Puedes oírme?
No fue hasta que pasó la mano frente a su rostro que el chiquillo reparó en su presencia. Sólo hasta entonces le devolvió la mirada. Sin embargo dicho gesto fue mecánico, carente de cualquier clase de emoción.
—Hola. ¿Te acuerdas de mí? Soy Misato… Misato nee-san… ¿recuerdas? La amiga de tu papá…
El infante movió la cabeza en una afirmación. Una vez más, la nada. En su mirada ausente que la contemplaba, en su boca que parecía estar sellada, en sus movimientos lentos y torpes. Una sensación de vacío la embargaba con tan sólo verlo. ¿Y cómo no iba a ser así? ¡Sus padres acababan de ser asesinados frente a sus ojos! ¡De él, un niño de sólo cuatro años!
—¡No te preocupes!— le dijo al tiempo que lo estrechaba entre sus brazos y volvían a correr las lágrimas por su rostro —¡Todo va a estar bien, te lo prometo! ¡Yo estoy aquí para ti! ¡Yo estaré aquí siempre para ti! ¡Lo prometo!
Se aferraba al chiquillo de la misma manera que un náufrago lo haría a un pedazo de madera en pleno océano. Por su parte el niño permanecía ausente. No había rastro en él de dolor ni de pérdida, ni siquiera de miedo. Tan sólo un gran vacío que parecía consumirlo todo. Así permanecieron ambos, fundidos en aquél abrazo bajo aquella lluvia torrencial que azotaba sobre ellos sin consideración alguna. No obstante, esos instantes marcaban para los dos el final de una etapa de sus vidas pero también el comienzo de una nueva.
Así era como lo consideraba la Mayor Katsuragi, ahora que recordaba aquél momento, nostálgica por el ayer. Mucho había ocurrido en el transcurso de los últimos once años. Las vueltas que da la vida, ahora ya no podía imaginársela sin tener a su lado a ese pequeño huérfano al que recogió en ese entonces. Y era precisamente con lo que había tenido que lidiar durante las últimas semanas, estando él tan lejos y sin tener noticias suyas.
Mucha gente estaba al tanto de ello, por ende casi nadie se extrañó del cambio de humor que experimentaba la siempre entusiasta y simpática Mayor Katsuragi, la luz del Departamento de Tácticas y Estrategias de NERV.
—¡Buenos días, treinteañera!— la saludó Ritsuko al paso, intentando animarla —Parece que seguimos de malas, ¿no?
—¡Y así será hasta que dejes de llamarme así!— replicó enseguida Katsuragi. Por lo visto, la estrategia de su amiga daba resultados —¡Dios! Aún no puedo asimilar el hecho de que siendo tan joven ya sea tan vieja… ¿Cómo es que llegué a los treinta tan rápido?
—De la misma manera que yo lo hice hace dos años— contestó la Doctora Akagi —Pero una se acostumbra, ¿sabes? Hay cosas peores que cumplir treinta años.
—¡Ya lo creo!— repuso la Mayor lanzando un hondo suspiro.
—Pues de una vez te advierto que ni se te ocurra llegar a la fiesta con ese humor que te cargas— se apuró a decir Ritsuko antes de que las nubes de depresión se agolparan de nuevo sobre la cabeza de Misato —Ó le vas a arruinar el ambiente a todo mundo y mira que no fue nada barato reservar ese sitio de karaoke…
—¿De veras crees que es un buen momento para festejar?
—¡Por supuesto! ¡Hay bastantes motivos para hacer fiesta! Tú cumples treinta… Asuka sus quince… ¿No recuerdas? ¡El sueño de toda jovencita es su fiesta de quince años! Es cuando una empieza a hacerse mujer… Además, tenemos una nueva piloto entre nosotros… Sí, si me lo preguntas, creo que sobran razones para festejar…
—Por cierto, ¿qué tal salió Sophia en sus primeras pruebas de sincronización?
—Muy bien— respondió Akagi, un poco molesta por tener que hablar de trabajo, que a últimas fechas resultaba ser bastante agotador. Otra de las razones por las que tenían que hacer esa fiesta —Aunque dentro de lo normal. Nada del otro mundo, se encuentra dentro de la media de los otros tres pilotos. Sólo un poquito por encima de Rei y Shinji.
—Eso sí que es una sorpresa. Me supuse que los pilotos de las Unidades Especiales deberían tener… no sé… habilidades especiales… De cualquier modo, es una niña encantadora. Me recuerda a mí cuando tenía su edad.
—Yo lo que me pregunto es de dónde sacarán a estas muchachitas pilotos… ¡Todas parecen salidas de un catálogo de moda juvenil! Ninguna está pasada de peso, o usa lentes, o tiene los dientes chuecos… ¡Diablos, las tres parecen malditas modelos! ¿Me creerías que en todo este tiempo NUNCA le he visto un barro en la cara a Asuka?
Su acompañante no respondió enseguida. Únicamente la miró por unos momentos, como desconcertada, para luego encogerse de hombros y lanzar otro suspiro.
—Ahora sí que estoy triste— señaló, cabizbaja —Estoy llegando a la edad en que una ya no se identifica con la juventud, sino que la envidia… qué deprimente…
—¡Oye! ¿Qué quieres decir con eso?
—¿Qué demonios quieres decir con eso?
El gesto adusto que parecía permanente en el pétreo rostro del Almirante Merkatz siempre conseguía intimidar a Kai. Parecía un muchacho de colegio al que su profesor estuviera reprendiendo.
—Ya se lo dije— contestó Kai, nervioso, y asegurándose de poner suficiente distancia entre los dos. No era raro que el almirante le soltara una bofetada o cualquier clase de golpe cuando se desesperaba en medio de una de sus conversaciones —Aún no puedo estar seguro de qué son esas criaturas en la Isla del Infierno… no son Ángeles, lo puedo asegurar… pero con el equipo tan precario que tengo en este lugar…
—¡Imbécil!— bramó entonces el uniformado —¡Ese es tu problema, arréglalo como puedas! No me interesa saber qué NO son esas cosas, sino saber a ciencia cierta contra QUÉ nos enfrentamos. No estoy dispuesto a perder más hombres y recursos en una misión a ciegas y tontas. ¿Me entendiste?
—Comprendo muy bien a qué se refiere, Almirante, pero también tiene que entender que no puedo…
—En unas siete horas más la flota llegará a las costas de Túnez, Teniente— lo interrumpió Merkatz, con la vista fija en el tranquilo mar por el que surcaba su poderosa embarcación —Para entonces debe haberme entregado un reporte con todo lo que sepa de esas monstruosidades… datos concretos, y en inglés clarito… ¿quedó claro, bicho?
—Pero…
—Almirante— ahora era el alférez de la nave quien interrumpía al chiquillo —El sonar ha detectado un objeto de unos doscientos metros de largo que se dirige directo a la flota, Señor.
—¿Un submarino enemigo, quizás?— aventuró Merkatz cuando se dirigía a la consola del sonar junto con su subordinado.
—Negativo. Un submarino no tiene esa clase de movimiento ni velocidad, Señor. A ese ritmo de aceleración entrará en contacto con la flota en diez minutos.
—Será mejor que se aliste, Teniente— dijo entonces el almirante —Parece que tendrá otra oportunidad para estudiar más de cerca a esos amigos suyos tan misteriosos…
—¡Ya basta de tanto estudiar!— rezongó Sophia mientras arrojaba sus libros de japonés al piso —¡Juro que si tengo que memorizar cualquier otra cosa más voy a vomitar!
—Entonces creo que es un mal momento para darte mi número de celular, ¿no?— atajó Toji cuando se sentaba detrás suyo a la sombra de un árbol, en el jardín de la escuela.
Shinji y Sophia rieron de buena gana con la ocurrencia, aunque casi enseguida ya no les pareció tan divertido.
—No tenía idea de que la escuela en Japón fuera tan difícil— admitió la jovencita, apesadumbrada, soltando un hondo suspiro —¡Y me tenían que transferir justo ahora que el curso está tan avanzado! No sé cómo esperan todos esos maestros suyos que me ponga al corriente, así nada más…
—Podrías pedirle a Shinji que te ayude con eso— dijo Suzuhara con un marcado tono de malicia, aderezado con una sonrisa alcahueta —Las notas del joven Ikari son muy buenas, por si no lo sabías…
—¿Y porqué tienes que decirlo de esa manera?— intervino el susodicho, avergonzado.
—¡Oh, no! ¡Claro que no!— se apuró a contestar la joven americana, agitando los brazos delante suyo —¡Shinji-san ya ha hecho bastante por mí! Jamás me atrevería a molestarlo con algo más, estaría abusando de su consideración…
—Ya te dije que el "san" está de más… Sophie…— pese a que estaba a sus espaldas, Shinji casi podía ver el gesto socarrón en el rostro de su amigo —Además no es ninguna molestia… digo, no es que sea muy listo, pero de todos modos te ayudaría con mucho gusto…
—¡Si me lo permite…!— lo interrumpió entonces Kensuke, poniéndose de pie tan rápido que sorprendió a los demás, quienes ya se habían olvidado que también estaba allí —¡También quisiera ofrecerme como voluntario para ayudarla con sus estudios, Señor!
El chiquillo estaba tan rígido como una tabla, en una perfecta posición de firmes, justo frente a Neuville, quien sonreía mientras se ponía en pie, bastante divertida con todo aquél asunto.
—¿En serio? ¿Cree usted tener las suficientes agallas para aceptar semejante misión, soldado?— le dijo con fuerte voz de mando, poniéndose casi a un palmo de distancia de él —¿Qué le hace pensar a un gusano como tú que está capacitado para esta operación?
—¡Señor!— respondió Aida, sin moverse un ápice de su posición —¡Porque mis calificaciones son mucho más altas que las de Ikari, Señor!
—¡Eso está por verse, basura!— respondió la muchacha incrementando aún más el tono de su voz —¡Pero primero quiero las cien lagartijas que aún me debes, adefesio! ¡Vamos, tírate al piso y empieza a mover esos bracitos que tienes! Uno, dos, tres… Move it, move it!
—¡Te juro que nunca me voy a cansar de esto, Shinji!— Toji apenas si podía hablar entre tantas risas. Estaba tan rojo como una señal de tránsito y su estómago parecía a punto de reventar —¡Y lo mejor de todo es que ese tarado lo está disfrutando! ¡No puedo creerlo, Kensuke ha encontrado al amor de su vida!
El origen de todo aquello radicaba en la insignia que Kensuke había notado colgando de la mochila de Sophia, la cual ameritaba el adiestramiento de seis meses que había recibido con el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Aquello bastó para que el chiquillo fanático de lo militar cayera rendido ante los pies de la jovencita extranjera, quien se divertía de lo lindo prestándose para aquel singular juego. Había prometido mostrarle algo del entrenamiento al que se sometió, lo cual estaba cumpliendo al gritarle toda clase de sobrenombres humillantes y obligarlo a hacer toda una rutina de demandantes ejercicios físicos.
—Te lo digo yo, amigo— Suzuhara le pasó el brazo por los hombros, para acercarse más a él y decirle casi susurrando: —Esta nueva amiga tuya es genial. Yo diría que no hay otra como ella. Toma esto como un consejo de mi parte: no la dejes ir. ¡Anímate! Tener a alguien así a tu lado es como sacarse la lotería.
El joven Ikari, con la sangre agolpándose sobre sus mejillas como ya se le estaba haciendo costumbre al hablar de su nueva compañera, la miró a lo lejos, entretenida como estaba en contar las lagartijas de Kensuke. Toji tenía razón en todo. Chicas como ella eran escasas en el mundo. Bonita, simpática, lista… no tenía ni un día de conocerlos y ya se llevaba tan bien con sus amigos… ¡Simplemente era fantástica!
—Lo dices como si algo hubiera entre los dos— carraspeó Shinji —Además, por la manera en la que hablas de ella me parece que Misato ha perdido a otro de sus admiradores— murmuró el chiquillo con suspicacia, con la mirada entornada.
—¡Ah, no! ¡Eso sí que jamás!— repuso su acompañante en el acto —Mujeres hermosas hay muchas en el mundo, pero ninguna se puede comparar con la Señorita Misato… ¡Ay, Shinji, si tan sólo tuviera diez años más! Aún estoy invitado a la fiesta, ¿cierto? Y aún puedo quedarme a dormir en tu casa, ¿cierto?
—¿Cuántas veces más te lo tengo que repetir? ¡Sí!
—¡Perfecto!— pronunció el chiquillo, resuelto y entusiasmado, poniéndose en pie para luego dirigirse a su amigo —¡Si hay amor, nada es imposible! ¡Shinji, tenemos que dar nuestro mejor esfuerzo! ¿De acuerdo?
—Muy bien, de acuerdo— respondió Hikari, sonriendo nerviosamente, algo apenada, estrujando su mochila entre sus brazos —Entonces yo también pediré permiso para dormir en tu casa… aunque no creo que pegue la pestaña en toda la noche, de sólo pensar que voy a dormir bajo el mismo techo que él… ¡Aaaay, qué emoción!
—Lo que tú digas, mi pequeña fraülein…— dijo Asuka por su parte, caminando junto a ella por el pasillo —¡Dios, no puedo creer que estemos hablando de la misma persona!
—No digas eso… es sólo que tiene un encanto oculto que nadie más puede ver…
—Bastante oculto, diría yo…
—Has estado mucho más gruñona que de costumbre, para alguien que está a punto de cumplir los quince años— observó su confidente, aunque ella bien ya sabía la razón de esto y también sabría lo que Asuka le respondería:
—¿Y qué caso tiene, si los voy a festejar con un montón de borrachos y una partida de mocosos lelos?— dijo ella sin más preámbulos —¡Esa Doctora Akagi y Kaji son un par de avaros y tacaños! ¡Mira que ocurrírseles juntar mi fiesta con la de Misato!
En efecto, y de acuerdo a una costumbre entre las chiquillas de colegio, Ritsuko y Kaji habían decidido juntar las celebraciones de los dos cumpleaños, dada su gran cercanía, (el de Misato el 8 de Diciembre y el de Asuka el 16) en una fecha intermedia entre los dos, es decir, el 12 de Diciembre. Una manera bastante ingeniosa de ahorrarse muchos gastos, tal y cómo la joven europea lo había descrito.
—Piensa que así será el doble de diversión, amiga…
—¿Diversión? ¿Crees que voy a poder divertirme? Kai ni siquiera va a estar allí…
—¿Aún no han recibido noticias suyas?— preguntó Hikari, advirtiendo cómo se había suavizado el tono en la voz de Langley al mencionarlo.
—Nada. Cero. Ni siquiera a Misato o a mí nos ha escrito. No hemos sabido de él desde que se fue… ¿en qué cuernos estará pensando?
Mientras la escuchaba Hikari tragaba saliva al ver quién se dirigía hacia ellas del lado contrario del pasillo. Rei Ayanami avanzaba en su dirección y parecía bastante interesada en Asuka. Ó por lo menos a ella le parecía que la chiquilla de cabello azul quería decirle algo. Era la primera vez desde que la conocía que Hikari le veía un gesto de ese tipo, es decir, que intentara comunicarse de alguna manera con otra persona. Dicho suceso tan sólo hubiera resultado ser anecdótico de no ser que era Asuka precisamente con quien quería hablar. Con Asuka, quien en últimas fechas estaba de un humor de los mil demonios y quien por cierto también se había vuelto bastante celosa de Kai, por no decir que paranoica rayando en la esquizofrenia. Y por lo general el blanco de todas sus sospechas era Ayanami, aunque incluso hubo una vez en la que llegó a dudar hasta de la mismísima Mayor Katsuragi. Sobra decir que los comentarios de desprecio con los que siempre se refería a Rei habían subido tanto de tono como de frecuencia en los últimos días. Así que quién sabe cómo iría a reaccionar si acaso a Rei se le llegara a ocurrir dirigirle la palabra.
Afortunadamente la jovencita de pupilas rojas pareció captar el mensaje oculto en el gesto preocupado de Hikari y alcanzó a recapacitar de último momento, pasando de largo cuando se encontró con la jovencita alemana, sin siquiera mirarla.
Hikari pudo entonces respirar aliviada, mientras que su amiga por su parte mascullaba al respecto:
—¿Y ahora qué mosca le habrá picado a la muda? ¡Dios, parece que cada día que pasa está más loca!
Las dos siguieron su camino sin reparar en que Ayanami había detenido el suyo para observar detenidamente a Asuka mientras se alejaba. ¡Pero qué estúpida había sido! ¿Qué hubiera ganado con hablarle a esa rubia insoportable? Si ni la Mayor Katsuragi no sabía nada acerca de cómo estaba Kai, era bastante obvio que ella tampoco. Además… ¿cómo explicarle justamente a ella esta certeza, que la quemaba por dentro, de que Kai necesitaba ayuda, si ni siquiera ella misma entendía cómo era que lo sabía? Por un momento llegó a pensar que siendo su novia sería entonces la persona correcta para ayudarlo. Y así podría liberarse de esa angustia que oprimía su pecho desde hace varios días. Pero ahora estaba más convencida que nunca que nadie podía ayudar a Rivera. Absolutamente nadie. Tal vez.
—¡Mira nada más!— señaló Hikari a las ventanas que daban al jardín —Esa nueva amiga tuya parece llevarse muy bien con Shinji y sus amigos… ¿Quién lo diría? Y eso que apenas la acaban de transferir…
—¡Esa chiflada no es mi amiga!— objetó Langley enseguida, mirando hacia donde le indicaban, para ver a Sophia conversar muy animada con "los tres chiflados" a la sombra de un árbol —No tengo idea qué pretende conseguir haciéndose la mosquita muerta y luciendo esos ojos de borrego a donde quiera que va, pero a mí no me puede engañar, Hikari… yo he visto su verdadero rostro, y sé muy bien cómo es realmente esa bruja marimacha…
¿En verdad lo sabía? Al verla riendo en la manera que lo hacía en esos momentos parecía difícil pensar que lo estuviera fingiendo. Todos sus gestos indicaban que en realidad disfrutaba de su compañía, en particular la de cierto jovencito piloto del Eva 01, al que no le despegaba la mirada de encima. ¡Y ese estúpido no hacía otra cosa más que sonrojarse y poner esa sonrisa tan bobalicona que siempre ponía cuando estaba nervioso y no sabía qué hacer! La misma clase de sonrisa que tantas veces le había mostrado… y que a últimas fechas no había vuelto a ver. ¿Qué se estaba creyendo ese idiota de Shinji, ignorándola de esa manera? ¿A dónde habían ido su determinación y valor de hace apenas unas semanas? ¿Esa fuerza que le demostró cuando la besó? ¿Es que tan fácilmente se daba por vencido? ¿Bastaba tan poca cosa, una cualquiera que le hiciera buena cara, para que se olvidara de ella, así nomás?
Desde que había llegado no había hecho otra cosa más que babear por ella. Y sus conversaciones disminuían tanto en cantidad como en duración en la medida que las que tenía con Sophia aumentaban. Las atenciones que anteriormente eran suyas exclusivamente se las había ido apropiando esa usurpadora que ahora lo tenía prácticamente comiendo de la palma de su mano. Y lo que más la enfurecía era precisamente que aquello le calara tanto. ¿Qué diablos tenía que importarle lo que hiciera ó dejara de hacer Shinji? ¡Qué hiciera lo que le viniera en gana, al fin y al cabo! ¡Estúpido Shinji!
—Esto de andarse fijando en lo que hacen las demás personas es bastante vulgar, Hikari— pronunció Asuka con cierto tono despechado, haciendo su cabello hacia un lado —Vámonos de aquí, todo esto me enferma…
—¡Dios, cómo me enferma todo esto!— murmuró Kai dentro de su cabina, sin nadie más que lo pudiera escuchar, salvo la entidad a la que se dirigía —¿Porqué me tienen que pasar estas cosas a mí?
A bordo del Eva Z aguardaba a un ataque inminente, en posición de defensa, manteniéndose en pie sobre la enorme cubierta del portaaviones que transportaba a su robot. Una vez más se preguntaba cómo es que había llegado hasta este punto. Confundido. Desesperado. Solo.
Los últimos días habían resultado ser un calvario, tan presionado como estaba en dilucidar la identidad de sus misteriosos atacantes en la Isla del Infierno. Con tan pocos datos y muestras a su disposición, la naturaleza y origen de esas criaturas aún le resultaba un completo enigma, cosa que no satisfacía a sus superiores. Le sorprendía que aún no lo hubieran arrojado por la borda. ¡Y vaya que no faltaban voluntarios para hacerlo! No era aventurado decir que no tenía un solo amigo en varios miles de kilómetros a la redonda, especialmente en aquella fuerza de ataque. Los pocos que tenía habían muerto en la expedición a la Isla del Infierno. Era precisamente por ello que no era muy popular entre las tropas. La mitad de ellos lo odiaba a muerte y la otra mitad le tenía un miedo de la misma manera, a muerte.
Tal situación traía consigo algunas incómodas consecuencias, como haber desarrollado un bien justificado complejo de persecución, falta de sueño y una baja muy considerable en su autoestima. Añádanle a ello tener que cargar en su conciencia las más de 3 500 bajas que había ocasionado con su paso sobre aquellas ciudades indefensas. El grueso de dicha cantidad estaba conformado por civiles. Más sangre inocente derramada por sus manos. Más cifras que agregar a la lista. ¿Hasta cuando iría a terminar? Todo ello devenía en sumirlo en un estado de inoperancia total, justo como en el que estaba en ese momento. De cualquier modo, ¿qué esperaban que hiciera parado allí, mirando en las aguas agitadas del Mediterráneo? Ahora que pensaba en ello, nunca había desarrollado alguna táctica para enfrentarse con un enemigo submarino, como tal era el presente caso. ¿Cómo proceder al respecto? ¿Debía tomar la iniciativa y lanzarse un clavado a las profundidades para entablar combate bajo el agua? ¿Ó tal vez sería mejor esperar a que el adversario hiciera su primer movimiento y revelara su posición? Tal vez tan sólo debería quedarse allí, esperando y ver qué era lo que sucedía después.
Y fue justamente lo que hizo al momento en que divisó una descomunal figura bajo las aguas, partiendo la superficie acuática mientras se desplazaba entre los barcos de la flota con una velocidad inaudita y dirigirse a su encuentro. Y también fue justamente lo que hizo después, al tan sólo contemplar como dicha figura emergía del agua, con una gracia digna de un cetáceo, y arremetía contra él, atrapándolo en pleno salto con una certera mordida en la cabeza para entonces arrastrarlo a las profundidades submarinas con la inercia de su embestida. Ni siquiera pudo reconocerla como a la primera entidad con la que se había enfrentado en la infame Isla del Infierno.
Todo aquello pasó en cuestión de segundos, por lo que muchos en la tripulación sólo pudieron observar a los dos contrincantes mientras se hundían en el mar. A diferencia de la vez anterior el enemigo había ignorado por completo a la flota y había arremetido directamente contra Zeta. Para el Almirante Merkatz no había podido pasar de mejor modo.
—El Eva Z se hunde rápidamente, Señor— informó uno de los operadores en el puente —En estos momentos está a 800 metros… 900… 1000…
—Muy bien… si esa cosa está aquí entonces es seguro que Túnez está al descubierto— observó el almirante, para luego dirigirse a su tripulación —¡Avisen a toda la flota que doble la velocidad! Debemos llegar al objetivo cuanto antes…
—¿Qué hay con Zeta, Almirante?— preguntó el capitán de la nave —¿No deberíamos darle algo de apoyo allí abajo?
—Ese no es mi departamento, Capitán— repuso fríamente Merkatz, con la vista puesta únicamente en dirección a Túnez y en el último eslabón de la cadena de abastecimiento de la fuerza invasora del Ejército de la Banda Roja —Dejemos que los monstruos se encarguen de los monstruos… ¿Quién sabe? Con un poco de suerte acaben matándose el uno al otro…
A medida que pasaba el tiempo el mundo se iba haciendo cada vez más y más oscuro para el joven Katsuragi dentro de su cabina. Podía sentir cómo se iba hundiendo más y más remolcado por aquella bestia que lo tenía bien sujeto de la cabeza. Era un auténtico milagro que no se hubiera roto el cuello cuando lo embistió. De cualquier manera, dentro de poco aquello no tendría importancia. Siempre había tenido la certeza que moriría dentro de ese cachivache, aunque nunca hubiera imaginado que sería tan pronto. Aún así, llegado el momento, le resultaba curioso la tranquilidad con la que se lo estaba tomando. Su precaria situación le parecía distante, como si la estuviera observando en la pantalla de un cine y le estuviera ocurriendo a otra persona. No había sufrimiento, ansiedad o miedo alguno. Únicamente cansancio, mucho cansancio.
—Mierda— masculló lastimeramente, recargándose en su asiento mientras que cerraba los ojos —Se me olvidó el cumpleaños de Misato… y la semana que entra es el de Asuka… la que se me va a armar por no haber llegado…
—Lamento muchísimo que la imagen haya tardado tanto en llegar, Doctor— se disculpaba el Mariscal Angeliori con insistencia —Pero hay que comprender las dificultades técnicas implícitas en el envío de señal en semejantes… circunstancias… la cámara que adaptamos en el lomo de… usted sabe…
—Hambruna, Mariscal, enséñese a llamar a las cosas por su nombre— lo interrumpió Hesse, como de costumbre, sin prestarle demasiada atención pues ésta la tenía completamente enfocada en la pantalla delante suyo —No debería ser tan difícil aprenderse sus nombres, son sólo cuatro, al fin y al cabo… de cualquier modo, la recepción no está nada mal… nuestros técnicos hicieron un muy buen trabajo montando ese equipo de transmisión. ¿No le da emoción, Mariscal? Tenemos en transmisión exclusiva la caída de un dios… un espectáculo único en la vida…
Demian y Angeliori se encontraban completamente solos en la enorme sala de guerra de su cuartel en la Isla del Infierno, un salón bastante amplio con una larga mesa en el centro a cuya cabeza se encontraba ahora el Doctor Hesse, cómodamente recargado en una silla que intimidaba por su tamaño y elegancia, reflejando en parte la importancia del personaje que tomaba asiento en ella.
Tan sólo aquello bastaba para que Genaro se sintiera intimidado, ya ni hablar de aquellos ojos esmeraldas tan fríos como una noche de invierno, fijos en las imágenes que se sucedían en la pantalla. El Doctor permanecía pensativo mientras los monstruos seguían trenzados, descendiendo más y más en el abismo del Mediterráneo. Finalmente, luego de algunos momentos que se habían estirado de más, los dos alcanzaron el lecho marino. La criatura acorazada se las había ingeniado para estrellar en él al Eva Z, alzando una espesa cortina de fragmentos que se diluían en el agua.
—Contempla bien este lugar, chiquillo— pronunció Demian en ese tono tan confuso que a veces empleaba, dirigiéndose a personas que no estaban presentes —Este es el sitio que he elegido para que sea tu tumba…
—Últimamente este lugar parece una tumba— observaba el viejo Profesor Fuyutski mientras echaba un descuidado vistazo a su alrededor, de pie sobre la banda transportadora que lo llevaba a su destino —¿No te lo parece, Ikari?
El comandante no respondió y ni siquiera quiso voltear hacia donde estaba. Permaneció impasible en su lugar, dándole la espalda, aunque no pudo evitar darle una rápida revisada a los tranquilos alrededores, como queriendo constatarlo por sí mismo. Rei, quien iba un poco más cerca detrás suyo, se percató de ello.
—Todo va en perfectas condiciones, no puedo imaginarme que será lo que hace que el ambiente se sienta de esta manera… puede que tal vez haga falta algo por aquí… o alguien…— repuso Kozou con sorna —¿Usted qué piensa al respecto, Comandante?
—No sé qué tanto está farfullando, Profesor… a mí me parece que todo está muy normal por aquí— contestó Gendo sin alterar su humor despreocupado.
—¿De veras? Yo aún no estoy muy seguro…— aquél hombre avejentado, pero astuto a más no poder, estaba decidido a seguir con su juego —¿Tú qué opinas, Rei? ¿No crees que haya algo que haga falta por aquí?
Aquél gesto tomó por sorpresa a la chiquilla. Era rara la ocasión en la que el Subcomandante Fuyutski le dirigiera la palabra. La mayoría de las veces él y Gendo conversaban sin reparar en su presencia, tal como si fuera un fantasma caminando a su lado. Pero antes de que siquiera pudiera pensar en cualquier respuesta, Ikari salió al paso de inmediato:
—Debe ser porque hace casi dos meses que ningún Ángel se aparece por aquí, Profesor. No tenía idea que tuviera un espíritu tan belicoso, el cual se siente incómodo por cualquier atisbo de paz. Descuide, hasta ahora los Rollos no nos han fallado, y según ellos la Segunda Oleada debe estar muy cerca.
—Hum— masculló Fuyutski —Por mí esas bestias pueden tomarse todo el tiempo que quieran, hasta otros quince años, si es lo que desean. De ese modo puede que tenga la fortuna de ya no estar por aquí para ver el gran final…
—Por favor, no diga eso, mi amigo— ahora el que empleaba la sorna para mofarse era el comandante. Los papeles de ambos drásticamente se habían invertido —¿Qué sería de mí sin su invaluable apoyo y guía que me ha proporcionado hasta ahora? Lo necesito para que me acompañe hasta el final. De no ser por usted y la ayuda que me ha dado estoy seguro que no estaría en donde estoy ahora.
—Tienes toda la razón, Ikari— asintió su acompañante, endureciendo su tono y su semblante —Lo más probable es que a estas alturas ya serías comida para los gusanos. Sólo espero que el mundo no me odie mucho por ello.
Ambos permanecieron en silencio, tensando aún más el ambiente en torno a ellos. Estaba claro que pese a que aquellos dos hombres pasaban mucho tiempo en compañía del otro, su relación no se llevaba a cabo en muy buenos términos. Justo como Kai y Shinji. Claro que ninguno de los dos sabía de la similitud que guardaban con los chiquillos.
—¿Rei?— preguntó Gendo, desconcertado, cuando la tranquila jovencita de ojos rojos dio vuelta en un pasillo contrario hacia donde se dirigían —¿No es un poco temprano para que vuelvas a casa?
—Es que…— Ayanami pareció vacilar un poco antes de continuar —Iré a tomar una ducha y a cambiarme de ropa… porque voy a ir a la fiesta de la Mayor Katsuragi, esta noche…
La muchacha parecía estar avergonzada por aquél hecho, el simplemente asistir a un evento social. Y Gendo estaba contrariado tanto por dicha actitud como por no haberse enterado antes de los planes de su protegida.
—¿Ah, sí? Bueno… en ese caso…— divagó un poco, en una manera que a Rei le recordó a Shinji —Trata de pasarla bien… creo…
—Así lo haré, Señor— se despidió la chiquilla mientras se alejaba de ellos.
Una vez que se perdió de vista los dos hombres continuaron su camino en absoluto silencio, cada cual inmerso en sus pensamientos. No obstante, poco después Fuyutski resumió con toda claridad lo que era seguro ambos tenían en mente:
—Conque una fiesta, ¿eh? No estaba enterado de eso… ¿y cómo es que nadie nos invitó?
—¿Estás esperando una invitación por escrito ó algo por el estilo? ¿Ó porqué sigues ahí parado, como un monigote?
El niño no pudo contestar al sarcasmo de Misato, y por el contrario dicho comentario sólo lo avergonzó aún más. Lo único que pudo hacer fue bailotear en su lugar, nervioso, deseando que en vez de una toalla a la mano tuviera toda una sábana para poder ocultarse.
La muchacha, quien ya lo estaba esperando dentro de la tina, no podía más que mofarse del pudor mostrado por el chiquillo, esperando apelar a su orgullo al hacer hincapié precisamente en dicho aspecto:
—¡Oh, vaya, vaya! ¡Miren esto! Tal parece que el bebito tiene miedo de esta hermosa y adorable jovencita… descuida, chaparro, no estoy interesada en escuincles que todavía no saben limpiarse los mocos. Además, aquí me estoy empezando a sentir ofendida… ¿sabes cuantos tipos pagarían por estar en tus zapatos en estos momentos, chiquillo?
De cualquier modo, por más argumentos que sacara para convencerlo, el pequeño Kai seguía sin entrar a la tina, demasiado incómodo con su desnudez. Todavía no hablaba mucho en aquél entonces, si bien era cierto que ya empezaba a dar muestras de un mejoramiento en cuanto a su ánimo, o mejor dicho, una "normalización" de éste, por lo que Misato buscaba reforzar más los lazos que apenas se tendían entre ambos, y sobre todo fomentar en el chiquillo el contacto humano.
—Me vas a obligar a salir por ti, ¿verdad mocoso?— preguntó la muchacha, fingiéndose malhumorada. Se recargó en el borde de la tina para acercarse más al infante y fustigarlo con la mirada —Sería una lástima, ¿sabes? ¡El agua está deliciosa, tan calientita!— dijo mientras jugueteaba con el líquido que le llegaba poco encima del vientre, estando sentada —Mira a Pen Pen cómo la disfruta, parece que está de acuerdo conmigo…
En efecto, el animal, cuyos hábitos eran un poco extraños para los de su especie, parecía estar en medio de un trance de deleite, zambullido como estaba en aquella agua tan placenteramente tibia.
—¿Sabes qué? Ya no me importa lo que hagas o dejes de hacer— continuó Katsuragi, desentendiéndose del asunto —Si quieres ser el único pobre diablo que se quede sucio y con el trasero congelándose allí afuera, adelante. Mejor para nosotros. Así Pen Pen y yo tendremos más espacio para jugar… ¿no es así, Pen?
El pingüino pareció responderle con un graznido de consentimiento, lo que otorgó mayor énfasis a sus palabras a los ojos del chiquillo de cuatro años. Mientras tanto la muchacha estaba ocupada riéndose cuando le arrojaba agua con las manos a su mascota, la cual solamente se sacudía después de cada agresión.
De veras que se estaban divirtiendo de lo lindo, Kai podía asegurarlo con tan sólo verlos. Mientras que hacía un puchero, luchando consigo mismo, finalmente se quitó la toalla que lo cubría de la cintura para abajo y se aventuró de un brinco a la tina, para unirse al juego de los demás.
Toda la vergüenza que sentía se desvaneció en cuanto sintió el gentil toque del agua, que se sintió como una cómoda frazada con la que envolviera su cuerpo. Sólo que al haber entrado de forma tan impetuosa ocasionó que el rostro de Misato quedara empapado con la salpicada que recibió. Ello, y la sola expresión en su cara, bastaron para que el chiquillo estallara en un súbito ataque de risa, el primer gesto de ese tipo que la joven le veía desde que habían empezado a vivir juntos.
—¡Miren quien anda de risueño ahora!— pronunció molesta, luego de reponerse de la impresión que le causó ver al niño reír de esa manera —¡Ya veremos quién es el que se ríe ahora!— advirtió para luego arrojarle gran cantidad de agua a la cara.
Pese a ello, el pequeño Kai continuó riéndose a sus anchas, ahora acompañado de la risa de Misato mientras que los dos jugueteaban con el agua a su alrededor, ante el desconcierto de su ave mascota, que los veía como a un par de bichos aún más raros que él. El piso del baño ahora estaba totalmente encharcado, lo que no impidió que el juego entre aquellos dos continuara sin mayores contemplaciones.
—¿Pero qué es esto?— le preguntó la muchacha mientras lo sujetaba —¡Qué cochino, no te lavaste bien antes de entrar a la tina! ¡Ve estas orejas que sucias están! ¡Y mira nada más ese ombligo! ¡Guácala, me vas a pegar tus gérmenes!
Kai se retorcía como anguila entre sus brazos mientras hacía su revisión, atacándose de la risa cada vez que Katsuragi señalaba los puntos de suciedad, pues al hacerlo aprovechaba también para hacerle cosquillas.
Después de un rato la muchacha se había encargado de limpiar adecuadamente al chiquillo, quien ahora retozaba tranquilamente entre sus brazos, disfrutando de la placentera sensación que le otorgaba el contacto con el agua tibia y la suave piel de su guardiana, además de la calma familiar que se respiraba en todo ese ambiente.
A sus espaldas, la joven no pudo resistir más el impulso que le impelía a estrecharlo entre sus brazos y finalmente así lo hizo. Tal como si fuere un osito de felpa, Misato abrazaba afectuosamente al niño a la vez que depositaba un afectuoso beso en su cabellera húmeda.
—A ti nunca te voy dejar ir…— murmuró inaudiblemente —Siempre, siempre te voy a tener junto a mí… siempre…
Ahora la Mayor Katsuragi se sorprendía en la tina, en la misma posición, sólo que abrazando a la nada, salvo el agua que la rodeaba. Una vez más los recuerdos de mejores tiempos la habían tomado por asalto. Además del enorme hueco en su corazón sentía una imperiosa necesidad de quebrar en llanto, para poder mitigar en algo su dolor. Para poder alejar a la fría soledad que amenazaba con engullirla por completo.
Sin embargo, aquello no era posible:
—¡Misato! ¿Ya te ahogaste ó qué carajos crees que estás haciendo ahí adentro? — le reclamó Asuka desde el otro lado de la puerta del baño —¡Por si no lo sabes aquí afuera hay personas que también tenemos que usar el baño!
—¡Sí, patrona, enseguida salgo!— refunfuñó la mujer, apurándose a salir —Es verdad, no tengo el lujo de estar deprimida, hay una fiesta que está esperándome, ¿no? Ahora sé lo que quiere decir eso de que a pesar de estar rodeada de personas me encuentro completamente sola…
—¡Solo! ¡Solo y mi alma!— masculló Rivera a los mandos del Eva Z cuando se dio cuenta que la flota lo había abandonado, mientras se apuraba a esquivar una rápida embestida —¡Esos desgraciados me largaron aquí, así nada más!
El Evangelion no pudo evitar una nueva arremetida que lo hizo caer de espaldas en el lecho marino. Kai apenas si podía creer la velocidad con la que el monstruo se movía debajo del agua. Ahora, en aquél ambiente submarino aquella criatura le recordaba mucho a una tortuga, con todas esas placas de metal que tenía encima a modo de caparazón. Si en tierra la bestia fue rápida, en el agua lo era todavía más. Era como un torpedo disparado a toda potencia, yendo y viniendo para ganarle las espaldas, golpeándolo en cada trayecto.
Sin mencionar que allí, en el punto máximo de profundidad del Mediterráneo, a más de tres mil metros bajo el nivel del mar, el monstruo mantenía una enorme ventaja sobre él, casi tan grande como el abismo en el que estaba atrapado. Rodeado por completo de toneladas de agua que ejercían una presión descomunal sobre su cuerpo, los movimientos del robot gigante se hacían lentos y pesados, mientras que la estructura de su oponente le permitía deslizarse por el fluido con movimientos rápidos y certeros, convirtiéndose en un auténtico bólido submarino.
Una ráfaga de energía vomitada desde el hocico de la bestia literalmente clavó al Eva Z en el terreno cuando pretendía ponerse en pie luego de un ataque previo. Una vez más Kai se veía envuelto no en una pelea sino en una masacre inmisericorde. Mientras esquivaba otra descarga lanzada en su contra, convirtiendo en fino polvo montañas de roca a sus espaldas, el joven piloto de Zeta se percataba que aquella era la primera ocasión en que era su propia vida la que estaba en juego al luchar. Ya no era más una batalla por el bienestar del mundo ni de la Humanidad, más bien se había convertido en asunto de su propia supervivencia. Y era por eso que se sentía tan indefenso, tan solo.
También ya había aprendido que los ataques usando su Campo A.T. eran inefectivos contra esa cosa, dejándole solamente la opción de forzar un combate cuerpo a cuerpo. Así que cuando la aberración volvía a embestir en su contra a esa velocidad monstruosa, en un arrebato de furia y desesperación el muchacho salió a su encuentro tan rápido como las condiciones se lo permitían. Antes de ser atropellado, recibió a su enemigo con un poderoso puñetazo que se estrelló justo en su cráneo. La fuerza expansiva de la explosión sónica producida por el choque de aquellos titanes, aumentada considerablemente por el agua, produjo que ambos salieran disparados en direcciones contrarias.
El monstruo parecía algo aturdido por el golpe, que aparentemente había tenido mejores resultados que los ataques con Campo A.T. De la misma manera el muchacho se reponía del impacto, aunque mucho más repuesto al vislumbrar esa pequeña esperanza brillar tenuemente en medio de aquél océano de tinieblas.
—¡Muy bien, bastardo horrendo hijo de perra!— vociferó consumido por la cólera de la guerra para luego volver a lanzarse contra el enemigo —¡Si tanto quieres mi pellejo, ven por él! ¡Pero te advierto que te lo venderé muy caro!
—¿No te parece un precio algo excesivo? Digo, ¿para ser un regalo?
El comentario que Sophia le hizo puso a dudar aún más a Shinji, justo cuando creyó haber encontrado el regalo perfecto. Y a escasas horas para que comenzara la fiesta, aquella cuestión era más apremiante con cada minuto que transcurría. Tenía que encontrar un regalo para Asuka y tenía en encontrarlo ya. Además, debía ser uno bueno, o su vida se convertiría en un infierno a partir de entonces.
El muchacho una vez más observó embobado el soberbio collar plateado, resplandeciendo detrás del aparador como una tentación paradisíaca. Recién había descubierto el exorbitante salario que percibía como piloto de un Eva, diez mil dólares al mes, y por lo tanto la cifra que marcaba el valor de la joya no lo apuraba ya tanto, sino que sus pensamientos estaban más ocupados en imaginarse lo hermosa que se vería Asuka con él puesto. Además de que era muy de su estilo. Aunque no estaba muy seguro si le gustaría del todo.
Precisamente para eso es que lo acompañaba Sophia, con el propósito de asesorarlo en sus compras. Y ahora también estaba evitando que despilfarrara su dinero. No porque tuviera mucho tenía derecho a gastarlo imprudentemente.
—Pero… creo que se le vería muy bien… eso bien lo vale, ¿no?— dijo como queriendo justificar su decisión.
—Shinji, es muy lindo de tu parte pensar de esa manera, pero eso no va a cambiar el hecho de que ese collar es muy extravagante como regalo de cumpleaños— acotó su compañera, firme en su posición —Además, no por ser más caro significa que es un mejor obsequio. Lo que cuenta es el detalle, el sentimiento que pones en él y que le quieres transmitir a ese alguien a quien se lo darás… un regalo tiene que decir mucho de la persona que lo da, así como de lo que la persona que lo recibe significa para ti. Y créeme cuando te digo que esta cosa no tiene nada que ver contigo… es demasiado frívola para alguien tan dulce como tú…
Las mejillas de Ikari enrojecieron una vez más gracias a la jovencita que lo acompañaba. Y parecía que no se cansaban de hacerlo, pues aquello era bastante frecuente en los últimos días.
—¿De veras? Bueno… pues tú eres la experta, así que debe ser verdad, si tú lo dices…
—¿Quieres decir acerca de los regalos? ¿Ó de lo dulce que eres?— preguntó ella de forma muy coqueta, guiñándole un ojo.
Tan sólo eso bastó para que el rostro del muchacho semejara a una olla de presión a punto de reventar. Completamente abochornado, el chiquillo ni siquiera fue capaz de articular palabra o pensamiento coherente alguno, limitándose a agachar la cabeza en un vacuo afán por esconderse. La muchacha americana rió disimuladamente, divertida por lo fácil que era poner nervioso a su tímido acompañante y las reacciones que provocaba en él.
—Está bien, lo siento— añadió en tono conciliador —Hagamos de cuenta que nunca dije eso, ¿de acuerdo? Mejor sigamos buscando…
Así pues, el joven Ikari se despegó del aparador de esa joyería para volver a seguir a Neuville por los pasillos y tiendas de aquél centro comercial, en busca de un obsequio idóneo para las festejadas en ese día. La mejor opción hubiera sido ir a Toki Matsuhiro para tales menesteres, pero dada la escasez de tiempo hubieron de conformarse con buscar en el único centro comercial de Tokio 3 que seguía abierto. Con una población tan escasa era difícil que cualquier clase de negocio prosperara en aquella ciudad, tal y como se podía constatar al ver la gran cantidad de establecimientos cerrados en dicha plaza comercial, así como los pocos clientes que la recorrían en esos momentos.
Con todo, se las habían ingeniado para encontrarle regalo a Misato, aunque eso no había sido muy difícil que digamos. Un tarro cervecero fue la elección indicada, decisión en la que ambos coincidieron. El problema era Asuka. Con su temperamento y gustos tan delicados, hallar un obsequio decente para ella se había convertido en toda una odisea en la que llevaban gastadas tres largas horas de su vida.
Pero por lo menos a Shinji le habían parecido unas horas muy placenteras, junto a tan distinguida compañía. Los nervios que había sentido cuando le pidió que lo acompañara y recién que se habían visto para entonces ya se habían disipado, lo que le permitió pasar un rato bastante agradable acompañado de su nueva amiga. Pese al itinerario tan ajustado que llevaban incluso tuvieron oportunidad para tomarse tranquilamente un helado.
Un chico y una chica, juntos, tomando helado en un centro comercial. Parecía algo estereotipado, pero lo ponía a pensar. El chiquillo hasta ahora caía en la cuenta que aquella se trataba de la primera cita que tenía con una chica. ¡Oh, por Dios! ¡Su primera cita, y él ni siquiera lo sabía!
—¿No tendrás fiebre ó algo por el estilo?— le preguntó entonces la muchacha al voltear a verlo —Te has estado poniendo colorado muy seguido, desde hace rato… si te sientes mal es mejor que te vayas a casa a descansar, yo puedo entregar los regalos por ti…
—¡No! ¡No es nada, en serio! Lo que pasa es que hace un poco de calor aquí, ¿no te parece?— se apuró el joven a salir al paso, pese a que el aire acondicionado de la plaza lo hacía sentir en un enorme refrigerador —Y perdón que nos estemos tardando tanto, espero que no te estés aburriendo mucho…
—¡Para nada! Conozco muchas maneras en las que me puedo aburrir, pero pasar una tarde contigo no es una de ellas, en serio.
—Me alegra oír eso— masculló Shinji, agachando la vista mientras reía nerviosamente.
—Pero sí que te estás tomando tu tiempo para escoger un buen regalo— observó Sophia, acotándolo en un tono picarón y recriminatorio a la vez —¡Cuánta dedicación de tu parte! ¿Eres muy detallista ó es que acaso hay algo entre esa rubia y tú?
Ikari no supo qué contestar al momento. Si bien era cierto que sentía algo por Langley, en esos instantes no estaba tan seguro si se lo quería decir a su linda acompañante.
—Es… es una buena amiga, es todo… aunque apenas tengo unos cuantos meses de conocerla, la estimo mucho. Y pues vivimos juntos y todo eso, así que si no le gusta su regalo se pasará el resto del año fastidiándome por eso… sólo por eso me apura tanto, de veras, no es por otra cosa…
—Vaya…— suspiró la jovencita, sabedora de que mentía —Si me lo preguntas, te diría que te fijaras mejor si vale la pena que desperdicies tanto esfuerzo y atención en ese tipo de personas… si al final valdrá la pena en algo… creo que hay personas que no se merecen tantas atenciones, y esa Langley es una de ellas. No, no me digas nada, que yo misma he visto como te trata esa caprichosa altanera. Es como si fueras algo que se le pegó en el zapato o algo así. Así que no logro entender tu fijación con ella.
—Tal vez… tal vez es que aún no la conoces bien. Es cierto, por fuera Asuka puede darle esa impresión a cualquiera. Pero es que ella no es alguien que pueda expresar abiertamente sus sentimientos, por alguna razón los tiene que esconder entre todo ese sarcasmo y agresividad. Pero yo sé que en el fondo no es tan mala como quiere aparentar, sólo trata de acercarse a la gente, de ser querida por alguien. Es lo que yo creo…
—Pues ya que lo dices de esa manera— dijo Neuville luego de quedarse callada por unos momentos —Voy a tener que concederte el beneficio de la duda. Además, a decir verdad, creo que también estoy un poquito celosa de ella… ya quisiera que alguien se preocupara tanto por darme un regalo.
—No te apures, prometo darte un obsequio mucho más bonito en tu cumpleaños. Después de todo esto, te lo debo… por cierto, ¿cuándo cumples años?
—Ay, qué cosa tan triste— se lamentó entonces Sophia, enroscando su dedo índice en un mechón de cabello —Hace poco que pasó, así que pasará mucho tiempo antes del que sigue… fue apenas el 23 de Noviembre…
—¿El 23 de Noviembre… dices?— esta vez, en lugar de sonrojarse con las palabras de la chiquilla, por el contrario, Shinji languideció de repente con la sola mención de aquella fecha.
—S-sí… ¿pasa algo malo con eso?— preguntó vacilante la jovencita, al ver el estado que había provocado en su compañero.
—No… no… es sólo que…— apenas si pudo contestarle, entre murmullos —Lo que pasa es que ese es el día… el día en que mi madre murió…
—Siento mucho oír eso— quiso excusarse ella, llevándose las manos a la boca —No… no sé qué decir, lo lamento…
—¡Claro que no! ¡No tienes qué hacerlo! No es tu culpa haber nacido ese día… me sorprendió mucho la casualidad, nada más, no es algo por lo que tengas que disculparte. Y ojalá que te hayas divertido mucho en tu cumpleaños…
—Bueno— pronunció ella, todavía algo apenada por el incidente —No es que haya sido la gran cosa, pero de todos modos la pasé muy bien. Mana, mi mejor amiga, estuvo conmigo todo el día y fuimos a un montón de lugares. Pudimos ir a San Antonio y allí nos fuimos al parque de diversiones, de compras, a patinar sobre hielo… ¡Terminé bastante cansada, esa vez!
—Me alegra oír eso, se ve que quieres un montón a esa amiga tuya, a cada rato la mencionas. ¿Pero no la extrañas mucho?
—Un poco— confesó, apesadumbrada —Es una niña tonta y cursi a más no poder, pero es la mejor amiga que he tenido en toda mi vida. De todos modos, en un par de meses más ella también estará por aquí, así que trato de no apurarme mucho por eso.
—Qué bueno. Si es la mitad de buena de lo que me has dicho, me gustaría mucho conocerla. Parece que es una persona muy simpática.
—Yo también espero que puedas conocerla. Con ustedes dos a mi lado, nada me haría falta…
—¿Y qué me dices de tus padres, Sophie?— contestó el muchacho, apenado, queriendo desviar la conversación, además que quiso aprovechar la oportunidad para que su amiga le contara sobre sus progenitores, pues nunca antes los había mencionado.
—¡Pero mira nada más eso! ¡Shinji, creo que ya te encontré el regalo perfecto!— exclamó la muchacha llena de entusiasmo, señalando algo a la distancia mientras que apuraba el paso —¡Ven, tienes que verlo!
Ya que Ikari no atinaba a moverse a su ritmo Sophia tuvo que sujetarlo de la mano para que pudiera seguirla. Por su parte él se daba cuenta que aquello no era más que una forma muy elaborada para evitar hablar de cierto tema que pudiera serle incómodo. Aquella era una de esas ocasiones en las que la linda jovencita, por más ridículo que pareciera, le inspiraba cierto temor; y es que, pese a la tierna y simpática sonrisa que irradiaba en su rostro, sus ojos permanecían fríos y distantes, como si se trataran de dos personas muy distintas viviendo en un solo cuerpo.
No obstante la calidez que transmitía el contacto con su piel, la manera en que estrechaba su mano se sentía tan bien, tan reconfortante que nada de aquello importaba, salvo disfrutar el momento.
—¿Qué te parece, eh? ¿Verdad qué es bonito?— le preguntó ella cuando estuvieron frente al aparador, aún sosteniendo su mano.
—Sí que lo es… pero… ¿estás segura que es un buen obsequio?
—¡Es perfecto! Tú sólo confía en mí, nunca te defraudaría.
—¡Claro que sí! ¿Ó es que acaso duda de mi palabra?— pronunció Kenji levantado el volumen de su voz y arrastrando las palabras, eufórico —Le digo que ese muchacho está muy bien. Seguramente que para estos momentos debe estar paseándose con la tropa por algún pueblito del Medio Oriente, recogiendo muchachitas en su jeep o cualquier otra cosa que a esos malditos imbéciles les gusta hacer, creámelo, Mayor…
—¿Cómo dijo usted?— pronuncio Katsuragi, irritada tanto por el tono irreverente con el que el sujeto le hablaba como por su marcado aliento alcohólico.
—¡Ups, perdón! ¿Dije "imbéciles"? Lo siento, creo que he tomado un poco más de la cuenta… obviamente me refería a los demás soldados, no a Kai en específico… ¡claro que no! Ese muchacho es un santo... ¿me oye usted? Un auténtico santo caminando entre nosotros… Dios, lo quiero tanto… ¡sólo quiero que regrese para poder abrazarlo y decirle cuanto lo estimo!
—Pues… muchas gracias por sus palabras… creo— pronunció la mujer de manera atropellada, poniéndose en pie para poner distancia —Eh… muchas gracias por venir, espero que disfrute de la fiesta, señor Kenji… si me disculpa, iré a atender a los otros invitados…
El susodicho ya no le respondió, más entretenido en empezar una discusión con uno de los invitados con los que compartía la mesa:
—¿Y tú de qué te ríes, tarado? No crees que de veras quiera tanto a ese chiquillo, ¿verdad? ¡Pues malditos sean! ¡Los odio a todos!
Esto pese a que su apenada señora se estaba desviviendo por tranquilizarlo y a la vez disculparlo ante todos. Una escena para el olvido, que no obstante serviría luego como anécdota graciosa en reuniones posteriores.
—Y yo que pensé que ese tipo no podía ser más nefasto— suspiró Katsuragi al sentarse en su mesa, junto a Asuka, ambas en el sitio de honor, solas en aquel momento —Pero eso era porque no lo había visto borracho… ¡las sorpresas que da la vida!
—Pues yo ya sabía desde un principio que esto iba a pasar— refunfuñó la jovencita alemana, con cara de fastidio —Por eso les dije que no quería una de sus mugrosas fiestas de ebrios, pero nunca entienden razones…
Al echar un rápido vistazo a aquel modesto salón karaoke atestado de personas, uno rápidamente se percataba que todos los asistentes disfrutaban de un buen rato, con la irónica excepción de las dos festejadas, más preocupadas en encontrar motivos para deprimirse que para distraerse.
—Creo que de todos modos habría que agradecérselos— admitió Misato, luego de haberse dado cuenta de aquel hecho —Lo hacen por que se preocupan por nosotras… tan sólo quieren levantarnos el ánimo, supongo.
—Sólo hay una persona que podría hacer eso, en este momento— contestó la muchacha, cruzándose de brazos —Y no está en este salón… diablos, ni siquiera está en este país.
—Me pregunto de quién estarás hablando— masculló su acompañante, sarcástica, sirviéndose una copa de brandy.
—Pero qué vueltas da la vida— continuó Langley, suavizando su tono a la vez que esbozaba una sonrisa melancólica —Quién iba a pensar que llegaría el momento en que ya no podría vivir sin ese chiquillo desarrapado al que conocí hace diez años… ¿recuerdas esa vez, en Amsterdam? El Primer Simposio Internacional para jóvenes superdotados…
—El pretexto perfecto para que las Naciones Unidas comenzaran a aprovecharse de ustedes —mencionó Katsuragi, dándole un sorbo a su trago —Algo me acuerdo de eso. Sufrí mucho para darme a entender por aquellos rumbos… me pasé la mitad del tiempo haciéndole señas y gestos a esa gente… y la otra mitad encerrada en el hotel. Además que estaba haciendo un clima espantoso, me resfrié al regresar a Japón.
—Recuerdo como todo mundo hablaba solamente de Kai… todo el simposio se había hecho sólo por él… para ese entonces ya había obtenido su segundo doctorado, ¿no?
—El de mecatrónica, creo— asintió Misato.
—Todo ese día se la pasó escondiéndose de mí, el muy cobarde… yo sólo quería saber porqué la gente hacía tanto alboroto por un mensito que me llegaba al hombro. ¿Te acuerdas? En esos tiempos aún era más alta que él…
—Me acuerdo de los moretones que le dejaste de tanto que lo pellizcaste— rió entonces la mujer —Y de ese temor tan curioso que le tuvo a las niñas desde ahí, el que todavía le duró un par de meses después…
—Tan sólo estaba jugando— masculló la chiquilla, apenada —Era solamente una forma de demostrarle mi cariño, es todo. Hablando de eso… siempre me he preguntado si fue por eso que se fueron justo al día siguiente… ¿tanto me odiaba Kai?
—¡Claro que te odiaba, y mucho!— admitió la Mayor, para el pesar de la muchachita rubia, y de inmediato continuar —Pero no fue por eso que nos marchamos antes de que se acabara el simposio. Lo que sucedió fue que ese mismo día alguien filtró a la prensa que Kai era quien había desarrollado el concepto que hace funcionar a las Minas N2. No tardó mucho tiempo para que los grupos "disidentes" fueran a reclamarle por el chistecito, y uno de esos listillos pensó que era muy buena idea darle un baño con sangre y vísceras de cerdo.
—¡No me digas! No lo sabía…
—Así fue. Lo esperaron afuera del edificio donde se realizaba el simposio y en cuanto salió le echaron encima una cubeta con todas esas porquerías, recitándole su discurso de odio y venganza y demás sarta de estupideces.
—Nunca me enteré de eso— murmuraba Asuka, atónita.
—Los muchachos de la O.N.U. se encargaron de que el asunto no se hiciera público. Si todos se enteraban lo fácil que era llegar hasta el niño, no pasaría mucho tiempo sin que un loco cometiera alguna clase de atentado en su contra… y en aquellos tiempos no podían sacarle ningún provecho estando muerto. Desde ese día siempre estaban cerca de nosotros dos agentes de seguridad para cuidarlo. No fue hasta que entró al Proyecto Eva que se retiraron esos changos.
—Sí que fue difícil cuidar a ese niño, ¿no?— aquello sonaba, por extraño que pareciera, a un intento de Langley por compadecerse de ella —Al chico al que mucha gente llamaba "el hombre del mañana".
—Hubo un chiflado que incluso afirmó que era el primero en la siguiente escala evolutiva del ser humano… ¡Dios, qué gente! Pero tienes razón, no fue nada fácil cuidarlo… los fantoches de Naciones Unidas lo dejaban vivir conmigo, con la condición que podían disponer de él cuando ellos así lo quisieran y por el tiempo que les pegara la gana… y precisamente ese condenado simposio fue una de esas veces… aquella de tantas veces…
Claro que la recordaba. Perfectamente. Recuerda su apuro por llegar hasta el hotel, la preocupación carcomiéndola por dentro, siguiendo el reguero de sangre en el piso. Preguntándose si acaso podría ser la de él. Recuerda como subió las escaleras del hotel de de tres en tres escalones, sin siquiera esperar al elevador. Únicamente guiándose por las manchas de sangre embarradas en el piso. Al interior del hotel ya había cierta conmoción por el acontecimiento, y era seguro que la gente de Naciones Unidas no tardaría en llegar.
Pero nada de eso le importaba, ni siquiera pensaba en eso en aquellos momentos. Todo lo que importaba era llegar al lado del niño lo más pronto posible. Recuerda la puerta abierta de su cuarto y el ruido de cristales rompiéndose en el baño. También el escalofrío que sintió al creer que un inconforme mucho más radical había encontrado a Kai. Pero nada parecido a lo que experimentó al entrar al baño y contemplar la escena de frente, con sus propios ojos.
El chiquillo estaba postrado de rodillas, cubierto completamente de aquella hedionda mezcolanza carmesí. Regados en el piso, por todas partes en torno a él, estaban los pedazos rotos del espejo, al que seguía golpeando en el piso, o por lo menos a lo que quedaba de él.
Poseído por semejante tarea destructiva ni siquiera se dio cuenta de la llegada de Misato, quien de pie en el umbral de la puerta contemplaba horrorizada aquellos pequeños puños ensangrentados, prácticamente con los nudillos destrozados, alzarse una y otra vez para seguir lastimándose con cada nuevo impacto sobre el espejo.
—¿QUÉ CREES QUE ESTÁS HACIENDO?— las palabras por fin salieron de su garganta, en forma de un grito cuyo volumen el niño ya no pudo pasar por alto.
Así pues, el chiquillo dejó de mutilarse a sí mismo para voltear con expresión ausente hasta donde ella estaba, lo cual era bueno, pues ésa había sido su intención. Sin embargo, al encontrarse una vez más en el rostro del infante aquella desconcertante expresión, por no decir que aterradora, Katsuragi volvió a experimentar una sensación de vacío devorándola por dentro.
—Monstruo— masculló él, viéndola sin verla a la vez —Un monstruo… eso fue lo que esas personas me dijeron que soy… un monstruo… mi padre… mi padre tenía razón… siempre la tuvo, todo este tiempo, y yo nunca lo supe… no sabía… lo que en verdad era… hasta ahora…
Mientras murmuraba, tal como lo haría un paciente mental, alzaba sus manos trémulas y ensangrentadas, destrozadas, observando como la sangre que le habían arrojado se mezclaba con la suya propia hasta hacerse difícil la distinción.
—¡Un monstruo!— exclamó, horrorizado —Todas esas personas que han muerto… y todo por mi culpa… es cómo si yo mismo las hubiera matado… esta sangre… no es nada en comparación a toda la sangre que he derramado por mi estupidez… todas esas personas… muertas… y yo las maté… ahora entiendo esas pesadillas que tengo con gente muerta… ¡son todas las personas que he matado! ¡Yo las maté! ¿Entiendes? ¡Las maté! ¡Porque soy un monstruo!— al decir esto, completamente trastornado, reanudó su ataque a los pedazos del espejo debajo de él, golpeando su propio reflejo —¡Un monstruo! ¡Un monstruo! ¡Un monstruo que no merece vivir! ¡No merezco vivir! ¡NO MEREZCO VIVIR! ¡NO…!
Una certera bofetada que volteó su rostro lo interrumpió, sacándolo abruptamente de su demencia. Cosa rara, aquella cachetada pareció dolerle inclusive más que el romperse los nudillos con el espejo, dada la manera en que llevó su mano a la mejilla hinchada y la forma en que miraba a Misato, desconsolado. Pero ni una lágrima asomó a su rostro. Ni en ese momento, ni en todo el tiempo que llevaban viviendo juntos ni en los demás años que seguirían después. La mujer jamás en toda su vida había visto llorar a ese niño. Nunca.
—¿Quieres callarte de una buena vez, imbécil?— vociferó ella, con el brazo aún extendido —¡Ni se te ocurra volver a pensar eso! ¿Me oyes? ¡JAMÁS! ¡Tú, de entre todos en este mundo, eres quien menos debería decir algo así! Naciste al mismo tiempo que millones morían en todas partes. Una persona dio su vida con tal de salvar la tuya antes de nacer. ¡Tus propios padres murieron, pero tú seguiste con vida!— para ese entonces también se había arrodillado y ya luego sujetaba al niño por los hombros, zarandeándolo con tal de hacerlo entrar en razón —¿Y me dices que no mereces vivir? ¡Estúpido! Todo por lo que has pasado… y sigues aquí, vivo… ¿qué no sabes reconocer una señal cuando la ves, mocoso idiota? Yo sí…— súbitamente su voz se rompió y al final quien se puso a llorar fue ella, en tanto que estrechaba entre sus brazos al niño —Y sé que hay una razón para ello… que hay una razón, un significado para tu existencia… un propósito, uno muy importante… así que no quiero oírte hablar de esa manera otra vez, ¿me oyes? ¡Nunca, nunca más! ¡Tonto! Ponte a pensar en mis sentimientos, ¿quieres? Porque si tú murieras… si tú murieras, dime, ¿qué sería de mí? ¡Qué sería de mi, sin ti?
—Siiiiin tiiiiii…. No podré vivir jamás…
Los alaridos que Makoto pretendía hacer pasar por canto la trajeron de vuelta al presente, tanto por eso como por el estruendo de las risas que el joven técnico de lentes les arrancaba a todos los asistentes, en medio de todos ellos, trepado en la tarima del karaoke; allí era donde puntualmente, uno a uno, todos los invitados deberían pasar para cantarle a las festejadas. Algunos lo hacían con más entusiasmo que otros.
—…que me puede ya importaaaar… si lo que me hace lloraaaar… está lejos de aquí…
Al igual que todo el tiempo que llevaba trascurrido en la fiesta, a diferencia de sus alegres invitados, ni Asuka ni Misato reían en aquellos instantes.
—...siiiin tiiii…. es inútil viviiiir… cómo inútil seraaaaá… el quererte olvidaaaar…
—¡Olvídate! Esto no es cosa de risa— musitó Kai, luego de reponerse de la zarandeada que le dio una de las ráfagas calóricas del monstruo con el que luchaba —A este paso no va a quedar ni el recuerdo de mí…
El muchacho hablaba consigo mismo para no estar tan nervioso y concentrarse mejor. Pero después de nueve horas ininterrumpidas de pelea, en aquellas profundidades, tal cosa resultaba ya imposible. La presión submarina poco a poco comenzaba a mostrar sus efectos, uno de ellos en el hilo de sangre que le escurría por la nariz y las orejas. Por si fuera poco la herida en su cabeza se había vuelto a abrir, por lo que en aquellos momentos el vendaje que la cubría estaba teñido de rojo.
Estaba de más decir que la situación para ese entonces era desesperante. Cada vez que el muchacho intentaba llegar a la superficie el monstruo se encargaba de hacerlo fracasar, acosándolo con sus inclementes ataques. No le quedaba más que enfrentarlo hasta que uno de los dos cayera definitivamente. Y a cada instante las posibilidades aumentaban en su contra. A esas alturas de la pelea se encontraba al borde del desmayo por fatiga, al contrario de la bestia, que no evidenciaba síntoma alguno de cansancio. Como una formidable máquina destructora, únicamente se dedicaba a luchar y a desgastarlo conforme al paso del tiempo.
Al pasar velozmente a su lado la criatura consiguió aprisionar el brazo de Zeta, sosteniéndolo fijamente entre sus mandíbulas para entonces arrastrar al robot gigante por un largo trecho, golpeándolo contra el lecho marino, montículos de roca y cuanto obstáculo se interpusiera en su camino. La travesía culminó con el estallido de varias toneladas de roca reducidas a la nada cuando el Eva Z se estrelló de lleno contra ellas. Una nueva ráfaga energética vomitada por el ser acorazado remató aquél movimiento. La devastación producida por la agresividad del monstruo resultaba ser todo un espectáculo a la vista. Comenzando por la nube de polvo que levantó al estrellar al robot, la cual aún ni siquiera se asentaba cuando lanzó su rayo calórico, que hizo hervir las aguas a su alrededor hasta que se tornaron del color de la sangre, con millones de burbujas elevándose graciosas hasta la superficie, hasta donde aún llegaban los clamores de la batalla en las profundidades. Se trataba de un auténtico desfile de luces y formas hermosas, pero fatales.
Zeta emergió rápidamente de entre todos los escombros, tomando por sorpresa a su enemigo, al que propinó un soberbio puñetazo con todo el impulso de su cuerpo. Una nueva explosión sónica sacudió el fondo del mar al momento de aquel impacto entre titanes. Ya trenzados, como estaban en ese momento, ambos contrincantes se dedicaron a un fiero intercambio de golpes y mordidas, como en una especie de pelea de perros en la que apenas si se distingue a una fiera de la otra.
El gigante de seis patas consiguió zafarse gracias a un coletazo que colocó justo en la cabeza del robot, la cual era el blanco preferido de la porra con picos que llevaba en su extremo. Acto seguido tomó el suficiente impulso que le permitía lanzarse en picada a toda velocidad para arrollar al Evangelion. Éste lo recibió de lleno, arreglándoselas para sujetar a su agresor y así disminuir el impacto. No obstante la fuerza de aquel ser monstruoso lo hizo retroceder un par de cientos de metros mientras que forcejeaban. Un sonido hueco, como el de una bolsa de palomitas al abrirse, además de la sensación de ardor en su pecho, le avisaban a Kai que una de sus costillas acababa de romperse.
—¡Eso debió doler!— exclamó Sophia al ver como Shigeru caía de la tarima, luego de resbalar al estar bailando de forma ridícula, completamente alcoholizado por supuesto —¡Y mucho! ¡Pero qué divertida es toda la gente de NERV!— observó, botada de la risa, mientras que entraba a la fiesta acompañada por Shinji.
Algunos de los convidados tuvieron la suficiente amabilidad de ir a auxiliar al joven de cabello largo, quien parecía incapaz de ponerse en pie por su propia cuenta, mientras todos los demás asistentes seguían riendo por el incidente.
—¡Pero miren nada más quienes por fin se dignaron a aparecer!— señaló la Mayor Katsuragi, un poco más eufórica y repuesta, considerando la cantidad de alcohol que ya circulaba en su sistema —¡Sophie, Shinji! Nos honran con su presencia, ¿no es así, Asuka, linda?
La muchacha alemana simplemente resopló al ver que aquellos dos llegaban juntos a la fiesta, mientras se quitaba de encima de los hombros el brazo de Katsuragi. La mirada con la que atizó a Ikari expresaba elocuentemente sin necesidad de palabra alguna todo lo que le tenía que decir.
—Es-espero que te guste tu regalo, Misato— pronunciaba Shinji de manera torpe y atropellada, resistiendo la imperiosa necesidad que sentía de huir de la mirada de Langley —Sophie… Sophia— corrigió inmediatamente —Me ayudó a escogerlo…
—¡Muchas gracias, que amable de su parte!— dijo la mujer, visiblemente emocionada cuando abría la caja en la que iba envuelta su regalo —¡Unos tarros cerveceros! ¡Con lo que me encantan estas cosas! ¿Cómo lo supieron? ¡Es el mejor regalo que he recibido hasta ahora!
—Son dos, para que puedas tomar con Kai cuando vuel…— un oportuno pisotón de Neuville lo interrumpió antes de que metiera más la pata, de lo que el chiquillo se dio cuenta al ver de nuevo la expresión tristona en la cara de Katsuragi.
—Yo le compré esto, señorita Misato— se apuró a intervenir la jovencita americana, esforzándose por lucir la más entusiasta de sus sonrisas —Me pareció muy de su estilo, espero estar en lo cierto…
—¡Vaya, cuanta elegancia!— pronunció Katsuragi, gratamente sorprendida al sacar de la bolsa de regalo una boina negra con bordados en rojo, la cual acomodó de inmediato sobre su cabeza con tal de probarla —¿Y bien? ¿Cómo me veo?
—¡Le queda muy bien!— aplaudió la muchachita, satisfecha de su elección —Nunca había conocido a alguien a quien se le vieran tan bien estas cosas como a usted…
—¡Vas a hacer que me sonroje!— se apuró a decir la mujer, entre risas.
Mientras que las dos conversaban, y sobre todo mientras Sophia estaba distraída, Shinji aprovechó el momento para entregarle su obsequio a Asuka. De esa manera evitaba una situación que pudo resultar bastante incómoda.
—Toma, Asuka— le dijo cuando le entregaba una cajita forrada con papel dorado y un pequeño moño rojo —Te traje esto… ojalá que te agrade…
En primera instancia la jovencita rubia pensó que siendo la caja tan pequeña no podría ser la gran cosa. No obstante aquel pensamiento rápidamente se diluyó por la impresión de haber recibido otro obsequio, ya que tan sólo Hikari le había traído uno y de ahí en más todos los otros fueron para Misato. Una razón más para estar a disgusto con aquella fiesta, en la que nadie parecía acordarse de ella. Pero Shinji lo había hecho. ¡Qué detalle de su parte! Siendo así quizás podría pasar por alto su tacañería a la hora de comprarlo, o aún la ofensa más grave, el haber llegado a SU fiesta en compañía de la arpía Neuville. A fin de cuentas todas esas primeras impresiones se desvanecieron para dar paso a una grata sorpresa al abrir el presente y descubrir que su contenido era un encantador broche para el cabello con forma de mariposa. Un simple detalle que a la vez denotaba gran cuidado y sensibilidad de su parte a la hora de escogerlo. Al verlo, junto al muchacho que se lo daba, todo angustiado por saber si le había agradado, su corazón dio un brinco. Si hubieran estado solos bien le hubiera dado otro beso en aquel instante. Pero resultaba que no lo estaban, por lo que tuvo que contener sus ímpetus.
—Otra vez me sorprendes, kinder— le confesó con una sonrisa de satisfacción en el rostro mientras que se acomodaba el broche en su cabellera —No me imaginaba que tuvieras tan buen gusto…
—Creo… creo que fue más bien cosa de suerte… supongo— masculló Ikari un tanto nervioso, pero a la vez aliviado, para luego voltear hacia donde estaba Sophia, quien había podido ver casi toda la escena y ahora le sonreía, levantando su pulgar derecho en señal de victoria —Pero qué bueno que te gustó…
—¿Y bien?— preguntó ella, una vez que lo tuvo puesto —¿Cómo se me ve?
Ladeo un poco su largo cabello lacio, que le caía como una cascada dorada que terminaba poco después de los hombros. Solamente eso y la calidez de su sonrisa bastaba para que Ikari volviera a estremecerse en su presencia.
—Hermosa— suspiró como en un ensueño —Digo… se te ve muy bien…
Langley rió disimuladamente y hubiera hecho una observación al respecto de no ser porque Katsuragi la interrumpió cuando empezaba a gritar:
—¡Rei! Reeei!— decía mientras agitaba los brazos para hacerse notar —¡Aquí estamos!
—¿Rei?— repitieron al unísono los dos chiquillos, sin dar crédito a lo que escuchaban.
Pero era cierto. Al poco tiempo salió de entre el amasijo de gente, tal como un gatito intimidado, abriendo sus ojos de par en par, mirando sorprendida hacia todos lados, como si todo eso resultara nuevo para ella. Casi tan extraño como le resultaba a muchos su presencia en ese lugar.
—¡Bueno, te tomaste tu tiempo para llegar, pero de todos modos me alegra que hayas venido!— le dijo Misato, contentísima, cuando se levantaba de su asiento para ir a su encuentro.
Ayanami aún seguía aturdida por aquél ambiente (en toda su vida jamás había estado en un lugar con tanta gente a su alrededor) por lo que apenas si pudo menear la cabeza para asentir. Miraba hacia todos lados, precavida de todo y de todos. Aunque fijándose mejor en su actitud podría decirse que más que temor aquello era más bien curiosidad. Dicho interés no dejaba de resultar bastante peculiar, dado su indeleble gesto distante e inexpresivo.
Mientras estaba en eso, Sophia y Asuka se ocupaban en barrerla con la mirada, de los pies a la cabeza. Como si fueran una especie de sofisticado escáner de estilo, cada prenda que llevaba puesta Rei fue minuciosamente analizada por las dos. Dicha vestimenta consistía en una camiseta gris de algodón, pantalón negro ajustado, un saco largo con gorro y botas de suela plana del mismo color.
—Vaya con la oscura…— musitó entonces la chiquilla rubia con sumo desprecio.
—Seguro que se vino con su mejor atuendo— completó Sophia por su parte, a su lado.
Las dos rieron de manera entrecortada, cubriéndose con una mano.
—Según parece, tenemos algunas cosas en común— dijo la jovencita americana, retadora, cruzándose de brazos.
—¿Tú crees?— respondió Langley, de la misma forma.
Las dos muchachitas se observaron detenidamente la una a la otra, en un duelo de miradas. Casi al mismo tiempo volvieron a reír entrecortadamente, para enseguida reanudar las hostilidades visuales.
—Eh… ¿Rei?— dijo Shinji, tratando de ignorar a sus compañeras —¿Qué estás haciendo aquí? Creí que no te gustaban este tipo de cosas…
—Es que… yo…— la chiquilla no encontraba las palabras exactas para explicar la situación inusual por la que atravesaba.
—¡Yo le ordené que viniera!— respondió Misato, una vez que terminó de vaciar lo que quedaba de una botella de ron en su vaso —No me parece nadita justo que una chica tan linda como Reicita se la pase encerrada en su casa. Al principio sólo era una ocurrencia mía y no estaba tan segura de si vendría… ¡pero hela aquí!
—¿Es verdad eso?— le preguntó Ikari, incrédulo, a lo que Ayanami sólo contestó afirmando con la cabeza.
—Hm, después de todo, no es más que una muñeca sin voluntad— masculló Asuka, molesta por su actitud. ¡La muy idiota! Mira que rebajarse a sí misma de ese modo. No podía creer que existiera alguien con tan poco respeto por sí misma como esa tarada.
—Feliz cumpleaños, Mayor— pronunció Rei con su melodiosa voz, aunque tuvo que subir el volumen de su tono luego de un par de intentos, pues apenas si se le podía escuchar con la algarabía propia de la fiesta —Hice esto para usted. Es para ese crucifijo que siempre lleva puesto. El que usa ya está algo desgastado— dijo mientras le mostraba un colguije bordado.
Por muy locuaz que el licor la pusiera, la mujer enmudeció de repente con la atención de la jovencita. Llevó sus dedos y su mirada al crucifijo de madera que llevaba colgado sobre su pecho y se esforzó sobremanera para que las lágrimas no se le escaparan.
—Muchas gracias— le dijo, sumamente conmovida, tomando sus manos entre las suyas —¿Sabes? Esta cruz me la regaló la persona que me era la más querida, para mí… y fue precisamente el día de mi cumpleaños… hace ya muchos años…
—Me da pena admitirlo, pero hasta ahorita me doy cuenta que siempre trae puesto ese crucifijo— admitió Langley, ajena a aquella conversación.
—Igual yo— dijo Shinji —Es más, ni siquiera había notado ese detalle… no cabe duda que Rei es muy observadora.
—¿Observadora? Yo más bien diría lambiscona— pronunció Sophia en un tono que para Shinji era difícil escucharle, pero con el que Asuka, un poco más cerca a ella, podía oírla con toda claridad —Parece que quiere quedar bien con la Mayor a toda costa. Sólo mira los ojitos de borrego a medio morir que le pone… ¡Qué patético! Me pregunto que querrá de ella para que tenga que arrastrarse de ese modo… algo muy bueno debe ser… o alguien…
La muchachita europea no contestó, pero era visible como su mandíbula se apretaba y sus ojos se inyectaban de esa rabia tan recurrente en ella.
—¡A callar, montón de borrachos!— demandó Misato al subir a la tarima y tomar el micrófono —Puede que ustedes no lo sepan, pero hoy tenemos el gran honor de contar con una personita muy especial entre nosotros…
Al instante Ritsuko gritó emocionada, trepándose a su mesa, para luego alzar los brazos en pose triunfadora. Si entre toda la asistencia a esa fiesta había cinco personas sobrias, eso sin contar a los menores de edad, entonces nadie tendría porqué preocuparse. Pero no era así.
—¡Tú no, mensa!— se apuró a aclarar —¡Por Dios, que alguien baje a Rikko de allí antes de que se rompa la cabeza! ¡Y ni una gota más para ella! ¿Entendido? No, no estaba hablando de Rikko… me refiero a alguien todavía más reservada y que es difícil que la veamos en cualquier reunión pública… quiero decir, mi querida y linda amiguita: ¡Rei Ayanami, señora y señores!
En el acto, todas las miradas se volcaron hacia donde estaba sentada la chiquilla, sin que nadie pudiera creerlo. El jolgorio del festejo dio paso a los murmullos y cuchicheos de asombro.
—Misato… ¿qué estás tratando de hacer?— pronunció Shinji sentado al lado de Rei, sumamente avergonzado, tapando su rostro con la mano.
Asuka y Sophia lo imitaron, en tanto que Toji, sentado en una mesa al lado, comenzaba a chiflar y a aplaudir.
—¡Bravo! ¡Así se hace, señorita Misato! ¡Viva Rei!
Un certero zape en la cabeza, cortesía de Hikari, sentada junto a él, lo hizo callar y darse cuenta que aquello no era lo indicado y de que estaba haciendo el ridículo, además.
—Y ahora, Rei nos va a hacer el favor de deleitarnos con una canción interpretada por esa voz tan dulce que tiene… ¡un aplauso para ella!
El público comenzó a aplaudir, emocionado. Casi todos los que la conocían o la habían escuchado hablar (que también eran pocos) estaban seguros que era buena cantante, pero como nadie, nunca, la había escuchado cantar, no podían estar seguros de ello. Hasta ahora, que la oportunidad para demostrarlo se presentaba inmejorable.
—Rei, por favor… no seas malita— suplicó Katsuragi, todavía con el micrófono en mano, al ver que la chiquilla no hacía intento alguno por levantarse de su lugar —Es mi cumpleaños… además… ¡es una orden!
Ayanami suspiró, resignada, al mismo tiempo que se ponía de pie.
—Rei, espera— dijo Shinji, queriendo ayudarla —Ella no está hablando en serio… así que no tienes que hacerlo, si no quieres…
—Lo sé— contestó ella, caminando hacia la tarima —Y no importa… si ella así es feliz, entonces no le veo ningún problema.
Ikari permanecía boquiabierto en tanto la miraba subir a la tarima y tomar el micrófono entre sus manos, mientras todos aplaudían emocionados. Con algunas excepciones, claro está.
—¡Pongan la 20!— indicó Misato entonces, apurándose por llegar a su lugar. Aquello probablemente sería un evento único en la vida.
Por supuesto, todas las cámaras de video del lugar estaban apuntando hacia la jovencita en aquél momento, pero eso no pareció importunarle en absoluto. Cerró los ojos y respiró profundamente, en tanto la pista comenzaba a sonar en las bocinas. Al instante reconoció la suave y armoniosa melodía, precedida de algunos acordes con piano. Se trataba de un arreglo moderno para una vieja canción con la que estaba bastante familiarizada.
—Fly me to the moon, and let me play among the stars— comenzó a cantar, adueñándose por completo del auditorio.
Era sorprendente la tersura y armonía en su voz. Un talento nato, eso es lo que tenía.
—Let me see what spring is like on Jupiter and Mars— continuó ella, tan concentrada en su interpretación que apenas si reparaba en el efecto que provocaba en los demás.
—In other words, hold my hand… in other words, darling, kiss me…
Sakura lloraba conmovida sobre los hombros de su marido, sosteniendo fuertemente su mano. Al cabo de unos momentos, conforme transcurría la melodía y su emotiva interpretación, el llanto también se asomaba a los ojos de Kenji, tan duro como era y tan alcoholizado como estaba.
—Fill my heart with songs and let me sing forevermore...
Misato sostenía su corazón, que le daba de tumbos en el pecho, embelesada por la hermosa interpretación de Rei, en tanto que Kaji sonreía al verla, mientras fumaba uno de sus cigarrillos.
—You are all I long for… all I worship, and adore…
El rechinar de sus dientes impedían que Asuka apreciara del todo la genialidad de la voz de Rei, pero de todos modos aquello no le apuraba tanto como el descubrir en quién estaba pensando mientras cantaba, sobre todo aquel último estribillo:
—In other words, please be true! In other words… I love you!
Y era verdad que la expresión de Ayanami sufría un cambio drástico en ese determinado momento, pues sus facciones adquirían una emotividad rara de ver en ella, mientras sus ojos se posaban en un lugar indeterminado, como le pasa a alguien que no contempla a la realidad sino a un ensueño.
El coro volvía a repetirse una vez más y entonces la canción concluía con un último "I love you" que en aquella dulce voz sonaba a una bendición. Sin duda que aquél osado que lograra la increíble y poco probable proeza de conquistar el corazón de Ayanami podía considerarse el más afortunado de cuantos hombres hubiera en el mundo, pues tendría la dicha de escucharla decir ese tipo de frases, sólo para él. Caray, y quizás hasta susurradas al oído, ¿porqué no soñar?
Una vez concluida su participación la jovencita de ojos rojos no prestaba atención a la tanda de aplausos y vivas que se llevó mientras que bajaba de la tarima, ni tampoco a las numerosas solicitudes de una segunda interpretación. Fue a su lugar, justo a lado de Shinji, quien la observaba gratamente impresionado. Los aplausos aún no terminaban cuando el chiquillo volvió la mirada a su alrededor, contemplando a la distinguida compañía de la que gozaba. Misato y Asuka frente a él, sus amigos a sus espaldas y Sophia a su otro lado. Buena comida, buena compañía, buenos amigos y un montón de mujeres hermosas a su alrededor. Simplemente la vida no podía ser mejor.
La vida no podía ponerse peor de lo que ya estaba, ¿ó sí? ¿Qué podía ser peor que estar atrapado en el abismo más profundo y tenebroso junto a un monstruo marino que sólo pensaba en desayunarte? Sin mencionar que durante más de doce horas has tenido que luchar por tu vida sin que te concedan tregua o descanso, que entre la fatiga y la presión creciendo a tu alrededor apenas si puedes formular un pensamiento coherente. Y no olvides esa costilla rota tuya, danzando alegremente en tu costado, haciéndote un infierno cada respiro…
Desde hace un buen rato que cediste toda la iniciativa de la lucha y ahora a lo único que te dedicas es a intentar escapar por todos los medios posibles, esquivando golpes y rayos que de cualquier manera terminan estrellándose en alguna parte de tu vapuleada anatomía. Y aún así sigues corriendo como un cobarde, esforzándote inútilmente por poner distancia entre los dos y recuperarte siquiera un poco. Caes y te arrastras, siempre escapando, te vuelves a poner en pie sólo para ser derribado otra vez. ¿A dónde crees que vas? No tienes ni la más remota idea de en donde diablos te encuentras, y por lo que sabes no hay tierra firme en miles de kilómetros a la redonda. Estás perdido, y lo que es más, has sido abandonado a tu propia suerte. Es por eso que no tienes ninguna otra opción, más que seguir avanzando, seguir retrasando lo inevitable. Pues tus movimientos se han hecho lentos, torpes, casi cosa de risa. Ya no representas un peligro para nadie, más que para ti mismo. Es por eso que tienes que escapar, si acaso tu vida pretendes conservar.
Algo golpea abruptamente tu espalda y mientras vuelves a caer sientes como un hierro al rojo vivo la quema. Puede que estés perdiendo la razón, pero no la necesitas para saber que una de esas condenadas ráfagas te ha dado. Una vez más vuelves a inspeccionar más de cerca el lecho marino. ¡Mira ese arrecife de coral, qué hermoso era antes de que le cayeras encima! Movido más por el miedo que por cualquier otra cosa, salvo la desesperación que se refleja en tus ojos saltones y dilatados, el sudor frío y abundante en todo tu cuerpo y tu respiración angustiada, dificultosa, atinas a reaccionar antes de que tu enemigo pueda alcanzarte. Usas por primera vez una de tus ráfagas ópticas, que de todos modos sale menguada, tal como una incontinencia de anciano. No la usas directamente contra el monstruo que se ha lanzado voraz a arrancarte la cabeza. Sabes que esas cosas no lo lastiman. Pero lo que sí pueden hacer es levantar una cortina de polvo, al dirigirlas sobre el terreno en el que estás derrumbado. Eso confundirá a la bestia por un momento, a la vez que te oculta a su vista y te da el tiempo suficiente para incorporarte y reanudar la graciosa huída, en lugar de quedarte y afrontar la humillante derrota.
Pero, ¡oh, cruel jugarreta del destino! No has dado siquiera un par de pasos cuando ya la criatura te tiene bien sujeto de la pierna, con su hocico como un par de tenazas cerradas fijamente un poco debajo de tu rodilla. Mira que querer cegar a una bestia demoníaca sin ojos. ¿Seguro que eres el genio aquí? El bicho deforme comienza a sacudirse violentamente de lado a lado, dándole de tirones a tu pierna prisionera. Intentas liberarte golpeándolo sobre los costados, pero más parece que le estuvieras haciendo caricias, con esas ridículas fuerzas que aún quedan en ese masacrado cuerpo tuyo. El que termina traicionándote, al vencerse tu rodilla con un tronido que reverbera en tus oídos. Se ha roto, rota como un viejo palo seco y ahora tu pierna derecha ha quedado inútil, un peso muerto con el que tienes que cargar. Un potente coletazo que se cuela justo sobre tu mandíbula se encarga de ponerte en tu lugar, derribado sobre el piso. El dolor nubla cualquier pensamiento, así que mientras gritas y te retuerces presa del sufrimiento aún no te das cuenta que con la pierna rota, no tanto la tuya que es la que tanto te lastima, sino la de tu robot gigante, has quedado atrapado en ese lugar, a merced de tu enemigo. No, no lo haces, por lo menos hasta que ves a aquella espantosa abominación avanzar hacia ti, con esas enormes fauces abiertas, tomándose su tiempo para saborear tu terror.
El interior de su hocico empieza a iluminarse en tanto que tu vista se nubla y todo se pone negro, pero todavía alcanzas a murmurar antes del gran final, agónico:
—Se acabó…
—Esto no se acaba hasta que se acaba— musitó Katsuragi al entrar a su apartamento, dando de tumbos y arrastrando sus palabras —Puede que la fiesta haya terminado un poco temprano… ¡Pero nuestra pijamada apenas empieza!
—¿Temprano? ¿De qué rayos estás hablando?— le recriminó Langley al ingresar, acompañada de Hikari, apenas sosteniéndose en pie —¡Son casi las tres de la mañana!
Shinji, Toji, Kensuke, Sophia y Rei las siguieron, en igualdad de condiciones, aunque las muchachitas no se veían tan acabadas como sus acompañantes.
—¿Y vas a dejar que ese simple detalle te derrote? ¡Arriba ese ánimo!— expresó Katsuragi muy emocionada, teniendo cuerda para vario rato más —Yo digo que es hora de alocarnos: estoy hablando de palomitas de maíz, películas de terror, juegos de verdad o reto y el gran final, girar la botella— remarcó en tono pícaro, guiñándole un ojo a los chicos —Una pijamada en toda la extensión de la palabra… ¿quién está conmigo?
—Buenas noches— respondió Asuka, quien junto con su amiga entraba a su cuarto para poder dormir largo y tendido, ignorando a la mujer, a quien habían dejado con un brazo extendido hacia arriba y una entusiasta sonrisa digna de una porrista.
—¿Eh?— masculló Misato, viendo como Shinji y Kensuke las imitaban —¿Ustedes también?
—Buenas noches— respondió Shinji, cerrándole la puerta de su cuarto en su cara.
—¿Sophie? ¿Rei?— preguntó Katsuragi, sin bajar el brazo.
—Buenas noches— contestaron las dos chiquillas al unísono, arropándose cómodamente en cada lado de la cama de la Mayor.
—No se preocupe por ese montón de aguados, señorita Misato— pronunció Suzuhara, el único que se había quedado con ella —No los necesitamos para pasarla bien, mientras nos tengamos el uno al otro, ¿no cree?— dijo para luego reír nerviosamente.
—Buenas noches— pronunció ella sin ningún miramiento, para luego meterse a su cuarto y cerrar la puerta de éste.
Entonces el chiquillo se encontró solo en la oscuridad de aquél departamento, con todas las puertas cerradas. Permaneció de pie por unos momentos, sin decir nada, hasta que por fin dijo lo que había en sus pensamientos, desconsolado:
—Oigan… ¿y yo dónde se supone que me voy a dormir?
—¿Y ahora qué es lo que está ocupando tanto tu atención?— dijo Katsuragi al entrar a su cuarto y ver a Rei sentada sobre su lado de la cama, muy entretenida con algo que tenía entre sus manos —Creí que tenías mucho sueño…
Quién ya descansaba plácidamente en brazos de Morfeo era Sophia, en el lado opuesto de la cama, dormida boca abajo con la ropa e inclusive los zapatos aún puestos. Misato no quiso molestar la tranquilidad de sus sueños por lo que tan solo se limitó a cubrirla con las sábanas en tanto que le pasaba a Ayanami uno de sus pants desgastados para que lo usara a modo de pijama.
—Ah, ya veo… con que te topaste con el álbum fotográfico— mencionó la mujer al ver el libro repleto de fotografías que sostenía la jovencita y que revisaba con tanta meticulosidad.
—Estaba encima de la cama cuando llegué… perdóneme por haberlo abierto sin su permiso— se disculpó ella, sumamente apenada al verse descubierta —No sé en qué estaba pensando…
—No hay ningún problema, linda— Misato la tranquilizó, sonriendo en gesto cómplice al ver que en las páginas que tenía abiertas la mayoría de las fotos eran de Kai —Fue mi culpa por andar dejando las cosas todas desbalagadas…
Una vez que se cambió de ropas la mujer fue a acomodarse entre las dos chiquillas, mientras Rei se ponía la pijama que se le había prestado. Tal vez dormirían un poco apretujadas, pero aquella noche el frío no sería algún problema, eso era seguro.
—¿Y bien?— preguntó la Mayor, observando por su cuenta aquella colección de momentos capturados en papel fotográfico —¿Cuál es la que te gustó más? Pude ver algo así como una sonrisa en tu carita cuando entré…
—Esta— señaló Ayanami, algo avergonzada.
En un principio Misato había pensado que la muchachita escogería una de las tantas fotografías que había de Kai en medio de alguna de sus actividades deportivas. Para su sorpresa ella prefirió una en donde lo estaba acompañando, alzando su brazo en señal de victoria. El chiquillo llevaba puesto un karategi blanco y una banda del mismo color ceñida a la frente. Ambos sonreían de oreja a oreja y cuando lo hacía el infante, de no más de doce años, dejaba ver un notorio hueco que había entre sus dientes.
—Esta es de cuando ganó el segundo lugar en el torneo regional de karate— le respondió, una vez repuesta de la impresión —También es una de mis favoritas— confesó, en tanto los recuerdos volvían a agolparse en la memoria, deseosos por salir.
Llegar a esas alturas no había sido fácil para él. La mayoría de sus oponentes resultaron ser huesos muy duros de roer y cada uno de ellos le requirió un esfuerzo adicional para hacerse de la victoria. Había conocido a mucha gente talentosa en aquel día, dándose cuenta de lo grande que era el mundo, y lo pequeño y débil que aún era. Pero a final de cuentas era por eso mismo que el deporte le gustaba tanto. Era en ese ámbito en donde verdaderamente estaba a la par de sus contemporáneos, el único campo donde en verdad tenía que esforzarse para conseguir algo. En resumen, era en los deportes donde podía equipararse a los demás chicos de su edad, donde podía sentirse como uno de ellos. Un chico como cualquier otro, que tenía que esforzarse y practicar mucho para poder ser mejor, para alcanzar la meta.
Sea como fuere, después de varios contratiempos su habilidad lo había llevado hasta la gran final. Sólo que en aquella ocasión el rival parecía estar más allá de su alcance. Sencillamente aquél muchacho era mejor que él, nada había por hacer. Así era como él veía las cosas, por lo menos.
—¿Qué dices, muchacho? ¿Puedes seguir con esto?— le preguntó su maestro, al verlo como se arrastraba hasta su esquina, literalmente.
Aunque el chiquillo se las había arreglado para conseguir hasta ese momento un empate en cuanto a la calificación por puntos, había obtenido eso regateando golpes y propiciando faltas, pero era innegable que en cualquier momento mordería el polvo. Dos arteras patadas en ambos costados, y una más en el pecho, todas coladas fácilmente, lo tenían completamente desmoralizado.
—No… ya no puedo más…— musitó con un hilo de voz, exhausto —Este tipo de plano está barriendo el piso conmigo… digo que ya basta…
—¿Cómo puedes decir eso?— Misato reclamó entonces, abriéndose paso hasta el tatami. Su postura y el tono de su voz demandaban atención inmediata —¿Te vas a rendir con tan poquito?
—¡¿Poquito?! ¿Pues qué pelea estabas viendo? ¡Ese sujeto me está matando!
—¡Yo sólo he estado viéndote temblar como gelatina! ¡Ni siquiera has intentado ponerle un dedo encima! ¿Un par de golpecitos y ya vas a salir lloriqueando como colegiala? ¡Cobarde!
—No… es que… ¡sí peleo! Pero…— balbuceó el niño, con la cabeza gacha, escondiéndose.
—Hm, pues yo no recuerdo haber criado a una niñita, en primer lugar… creo que me equivoqué de clase, tal vez debí haberte inscrito a un curso de corte y confección…
—No es cierto… si yo soy bien hombrecito…
—Ó tal vez en uno donde te enseñen a hacer la ceremonia del té… ¡apuesto a que te verías muuuy lindo, con tu kimono y todo! ¡Cómo una dulce muñequita!
—¡Que noooo!— berreó el chiquillo —¡Que soy bien hombrecito!
—Uy, perdóname, creo que un mosquito pasó zumbando por mi oreja— fingió desconocimiento la mujer, poniéndose una mano tras la oreja a modo de bocina —¿Qué me decías?
—¡Que soy bien hombrecito!— gritó el muchacho, enfadado —¡SOY BIEN MACHO!
—¿Ah, sí? ¡Pues demuéstralo! ¡Quiero que salgas allá y des el todo por el todo! ¿Me entendiste?— la mujer atizaba el instinto luchador del niño como si lo hiciera con una fogata, en tanto le revolvía la cabellera —Y acuérdate: ¡Hasta la victoria siempre!
—¡Hasta la victoria siempre!— Kai vociferó fuera de sí, saliendo disparado al centro de la lona, en donde ya lo aguardaba su oponente.
—¡Eso! ¡Así se hace!— Katsuragi aplaudía emocionada la actitud de su muchacho, en tanto el duelo se reanudaba —¡Duro con él!
El juez dio la señal a los contendientes para que comenzaran la lucha, lo que ocurrió casi de inmediato. Misato sólo alcanzó a escuchar un grito de furia, que luego fue interrumpido de tajo por un sonido seco de golpe. En ese momento se proclamaba al ganador de la pelea, y campeón del torneo, mientras que maestros y oficiales iban a atender a un semi-inconsciente Kai, tendido sobre la lona. Una patada que fue certera a estrellarse en su rostro había decidido el resultado del duelo.
—Auch— musitó la mujer, algo apenada —Sólo espero que ese haya sido uno de sus dientes de leche…
—¿Y qué significa "Hasta la victoria siempre"?— preguntó Rei, bastante intrigada al respecto. Si la anécdota que le contó la Mayor le había hecho alguna gracia, cómo siempre se las ingeniaba muy bien para no demostrarlo.
—Pues es algo así cómo un "¡no te rindas!" o "¡apunta a lo más alto!"— respondió Misato, un poco contrariada por la jovencita. Aquella historia siempre destornillaba de la risa a cualquiera que la escuchara —No estoy muy segura… es una especie de frase motivacional que repetía mucho el padre de Kai… ignoro si sea inventada o de donde la haya sacado, o si acaso está modificada…
—Pero la hacía sentirse mejor cada vez que la escuchaba de él, ¿no?
—Eres una muchachita perspicaz, Rei— confesó ella, meditabunda —Muy perspicaz…
No se necesitaba ser muy perspicaz para saber que Misato de alguna manera se las había ingeniado para ponerle vino a su refresco. Y aunque lo había notado desde el momento en que probó su bebida, no quiso darle tanta importancia al hecho. Después de todo, alguna vez tendría que probar el licor, así que, ¿por qué no empezar de una vez? Las últimas dos horas que se las había pasado vomitando le daban su respuesta. Sus tripas se retorcían adoloridas y su cabeza parecía un tambor aporreado en concierto de rock. Con la cara metida en el excusado, el pobre Shinji luchaba por convencer a su estómago de que ya no había nada más en su interior que pudiera vaciar.
Ahora que salía del baño, con ese asqueroso sabor cobrizo en la boca, le quedaba claro que tenía poca tolerancia al alcohol. ¡En su vida volvería a tomar una sola copa! En esas estaba, lamentándose mientras acariciaba su estómago, cuando una sensación de peligro lo embargó por completo. Primero fueron los sonidos de pisadas en la sala y después una sombra que vislumbró moviéndose en la oscuridad lo que lo puso en alerta.
—¿Tampoco puedes dormir, Shin-chan?
—¡Sophie! ¡Por Dios, casi me matas del susto!
—Perdón, estaba tratando de más o menos acomodarme en la sala… ¿sabes algo? Lo que pasa es que los ronquidos de Ayanami no me dejaban dormir…
—No eres la primera persona que me quiere hacer creer que Rei ronca— sonrió el muchacho —Pero sigo sin creer que ella pueda hacer algo así…
—¡Ah! ¿Acaso no me crees?
—Yo no escucho nada— afirmó Ikari, pegando la oreja en la puerta del cuarto de Misato —Todo parece estar muy tranquilo…
—¡Hace apenas un rato parecía una motosierra encendida, te lo juro!
—Parece que los dos no tenemos mucho sueño… iba a prepararme algo de té, ¿no quieres una taza?
—¡Oye, pero qué buena idea! ¡Gracias!
—Aunque te advierto que no me queda muy bueno que digamos— le dijo el joven cuando iba a la cocina —Así que no esperes la gran cosa…
—Conociéndote seguro que es falsa modestia— le contestó la muchachita —Sólo haré una pequeña escala en el baño y enseguida estoy contigo.
—Muy bien…
El gesto animoso de Neuville se trasformó por completo apenas cerró la puerta. Su delicado rostro adquirió un aspecto sombrío en tanto que de entre sus bolsillos sustraía una fotografía. La había confiscado del álbum que horas antes Rei y Misato revisaban. Al verla de nuevo no pudo contenerse más y dejándose llevar por un súbito arrebato de furia la rompió en varios pedazos, los cuales fueron cayendo uno a uno en el retrete. Al final el retrato fragmentado de Kai fue a dar a las cañerías de Tokio 3 junto con los demás desperdicios, mientras que Sophia recobraba sus ánimos después de haber bajado la palanca, tal y cómo se lo hizo saber a Shinji cuando salía del baño:
—¡Muy bien! ¡Ahora sí ya estoy lista para ese té!
Aquella situación en la que estaba metida no era algo para lo que uno pudiera estar listo. Primero era el vacío total, la oscuridad que todo se lo tragaba, inclusive las mismas sensaciones. Después venían los sonidos. El de su propia respiración, nerviosa, seguida luego de murmullos y lamentos lejanos, que parecían acercarse conforme al transcurrir del tiempo. Luego eran los aromas, la espantosa fetidez de la carne putrefacta calándole en lo más recóndito de la nariz. Enseguida venían los destellos, como de explosiones, sucediéndose una tras otra. Una luz rojiza en el horizonte comenzaba a dibujar oscuras montañas escarpadas por donde quiera que la vista se posara. Y finalmente era el turno del espectáculo final. El macabro desfile de cadáveres en procesión permanente, avanzando en una bien ordenada hilera, pero sin rumbo fijo. ¿En donde comenzaba y a donde iría a terminar aquella columna de la muerte? Imposible determinarlo. Se extendían interminablemente por todo el árido paisaje, hasta donde la mirada alcanzaba penetrar. ¿Quiénes eran, hacia donde se dirigían y porqué? Ninguno de esos despojos humanos le pudo responder a Rei, cuando algunos la empezaban a rodear, curiosos por su presencia.
—Váyanse de aquí— les dijo, sin un dejo de temor en su voz. A decir verdad, estaba casi tan tranquila como siempre, quizás porque sabía muy bien que estaba en medio de algún sueño —No tengo asunto alguno con ustedes. Sigan su camino.
Los cadáveres la obedecieron sin vacilar, reanudando su penosa e interminable marcha. Una vez aclimatada, o por lo menos lo más que se pudiera uno acostumbrar a semejantes condiciones, la jovencita de ojos rojos los acompañó por algún trecho, sin tener nada mejor que hacer y a la vez intrigada por el significado de dicho lugar.
No llevaba mucho tiempo caminando cuando algo volvió a llamar su atención. Se trataba de una aglomeración de esos restos andantes, reunidos en torno a algo que era lo suficientemente interesante como para interrumpir su andar y que cada vez más de esas apariciones se les unieran. Y también el estruendo que con sus alaridos ocasionaban era cada vez mayor, al punto de ser ensordecedor.
Rei no tardó mucho en abrirse paso entre toda la multitud, dado lo curiosamente solícitas que se le presentaban aquellas criaturas a la muchacha. Estaban tironeando algo del piso, entre aullidos y lamentos. La jovencita no cabía del asombro al descubrir qué es lo que atraía a toda esa gente muerta.
—¡Basta! ¡Déjenlo en paz!— les demandó, mientras los hacía a un lado.
Si bien los cuerpos animados hicieron caso, todos ellos permanecieron expectantes en círculo en torno a ellos dos. Ayanami tuvo que agacharse hasta donde se encontraba para cerciorarse que sus ojos no la engañaban. Se trataba de Kai. Postrado en el piso, en posición fetal, presa de violentas convulsiones. Era una completa ruina, un despojo casi igual de patético que aquellos que los rodeaban, muy diferente al joven vivaracho que permanecía fresco en su memoria.
—¿Kai? ¿Eres tú?
—¿Rei?— respondió el muchacho, murmurando —¿Qué estás haciendo aquí? ¿También… también estás muerta?
—No. No lo estoy. Y tú tampoco.
—Pero no falta mucho…
—¿Porqué estás en este lugar? No lo entiendo…
—Aquí es donde pertenezco… con todos estos cadáveres…
—¿Porqué? ¿Quiénes son ellos?
—Todos aquellos que han muerto por mi culpa… aquí es donde merezco estar…
Rei echó un vistazo a su alrededor, como para cerciorarse de sus palabras.
—No— sentenció entonces —No es verdad… todas estas personas están muertas, ya es muy tarde para cualquiera de ellos. Por eso es que están aquí. Pero tú… tú aún estás vivo… aún tienes mucho por hacer…
—Ya no— el muchacho se encogió más sobre sí mismo, escondiéndose — Ya no más. ¿Para qué seguir? No importa lo que haga, siempre acabo lastimando a alguien… lo mejor para todos es que me quede en este sitio… además, estoy muy cansado… sólo quiero quedarme aquí y dormir… dormir para siempre…
—¿Así que eso es todo? ¿Simplemente vas a escapar?— en la voz de la muchacha no había un solo dejo de reproche ni cualquier otra cosa, salvo, tal vez, decepción.
—Sólo quiero dormir, Rei… estoy muy cansado…
—Puede ser… pero esto no se trata sólo de ti, por si no lo sabes.
El silencio fue su respuesta, lo que no le impidió continuar:
—¿Qué hay de todos aquellos a tu alrededor? Hay personas que te están esperado, Kai, que sólo aguardan a que regreses con ellos… es ahí a donde verdaderamente perteneces. A ese lugar al que llamas hogar… con todos aquellos que te quieren…
—¿En serio? ¿Alguien… alguien está esperándome?
—No sólo alguien… muchas personas… tus amigos… tu novia insoportable… y sobre todo, la Mayor Katsuragi…
—Misato…
—Así es… la persona que te cuidó como a un hijo… no sabes lo que ha sufrido desde que te fuiste…
—Y… ¿qué hay de ti? También… ¿también me estás esperando?
La muchacha vaciló unos instantes, antes de sincerarse:
—¿Porqué siempre quieres hacerme decir este tipo de cosas? Claro que también te estoy esperando… a decir verdad… estaba algo preocupada por ti… es por eso que debes venir conmigo. Ten, toma mi mano— le dijo cuando lo ayudaba a incorporarse, lo que hizo dificultosamente, con todas esas heridas que tenía y una pierna rota. ¿Qué había pasado con él? —Déjame ayudarte a salir de aquí…
—¿Cómo se supone que voy a hacer eso?
—No estoy segura… pero sea como sea, debes hacerlo por aquellos que te esperan… tus seres queridos… y recuerda siempre esto: Hasta la victoria, siempre…— le dijo en español bien claro.
—Hasta la victoria, siempre…— repitió Rivera, mientras despertaba de su letargo, en medio de fuertes sacudidas.
Nada había cambiado desde que se desmayó. Aún permanecía atrapado en las profundidades abismales, a merced de un monstruo sediento de su sangre, el cual ahora forcejeaba por abrir su armadura, como si fuera alguna especie de concha. Aún tenía todas esas heridas lacerantes por todo el cuerpo, su cabeza seguía dándole vueltas, la sangre no dejaba de brotar por sus heridas y la condenada pierna seguía igual de rota. Incluso el dolor punzando por toda su existencia era el mismo, sino es que mayor.
Pero en definitiva, algo en él había cambiado. Y así se lo hizo saber a su enemigo, recibiéndolo con un puñetazo en pleno rostro.
—Eres tú…— masculló el muchacho dentro de su cabina, enseñando los dientes, iracundo.
El joven piloto aprovechó el desconcierto que produjo en la criatura con su anterior golpe para sujetarla de la cola. Apenas con un giro de la muñeca lo hizo estrellarse violentamente en el lecho marino.
—¡Eres tú!— repitió, loco de rabia, volviendo a azotar a la bestia, sólo que esta vez del lado contrario —¡Tú eres quien me aleja de todos ellos! ¡Maldito desgraciado!
Apoyándose con su pierna sana y todavía sujetando firmemente la cola del monstruo, comenzó a darle vueltas en torno a su eje, impulsándolo como en un volantín. La abominación, si bien antes parecía feroz e indomable ahora trasmitía un sentimiento de impotencia que lo colocaba en el papel de víctima. Claro que ello no le importaba en absoluto a Kai, quien seguía vociferando como demente:
—¡Por tu culpa es que estoy aquí! ¡Tú eres quien me aleja de todos a los que quiero! ¡Monstruo hijo de puta! ¡Devuélveme mi vida, bastardo!
La criatura salió disparada en dirección a la superficie, la cual atravesó en muy poco tiempo sin poder hacer algo por evitarlo, tan sorprendida como se encontraba. Una batalla que creía ganada se había puesto en su contra y ahora ascendía por los cielos como un cohete rumbo a las estrellas.
Zeta ni siquiera necesitó de sus piernas para alcanzarlo. Con tan sólo su Campo A.T. impulsándolo se elevó de entre el abismo y pronto ya estaba también por los aires, rebasando como un bólido a su oponente. Maniobró entonces para estrellarse de lleno con él y comenzar a caer tal y como lo haría un misil a tierra.
El impacto fue en un islote, el que se redujo a tan solo un enorme pedazo de roca debido a la destructiva fuerza del aterrizaje. Toneladas de fino polvo flotaban por el aire levantando una gruesa columna de humo, dentro de la cual el Eva Z había caído justo encima de la bestia acorazada, quien yacía boca arriba, gravemente traumatizada. Semejaba mucho a una tortuga en la misma posición, incapaz de ponerse en pie.
—Ya se te quitaron las ganas de pelear, ¿eh, horrendo?— musitó el muchacho, alzando el puño —¡Pues a ver qué te parece esto!
Sus nudillos fueron a estrellarse justo en la cabeza del monstruo, la cual se cimbró por completo. En un intento por defenderse utilizó sus garras para maniatar los brazos de su atacante, sin embargo su fuerza fue abrumadoramente superada por la del robot, el que parecía un titán de leyenda desatado. Incapaz de darse por vencido quiso arrojarle una descarga calórica, teniéndolo a bocajarro. No obstante lo único que tuvo que hacer el gigante metálico para que desistiera de su empeño fue propinarle un soberbio golpe en la quijada. Así pues, otro puñetazo fue certero a estrellarse en el cráneo de la bestia. Y otro después de ese. Y varios más después de ese.
—¡Toma esto! ¡Y esto! ¡Y esto!
Uno a uno los puños de Zeta impactaban sobre las placas que recubrían al coloso acorazado. Y fue así que poco a poco éstas fueron agrietándose, resquebrajándose hasta fracturarse por completo. La bestia apenas alcanzó a lanzar un aullido lastimero de agonía, antes de que su cráneo se rompiera como la cubierta de una nuez, dejando al descubierto su contenido.
En su frenesí de destrucción el muchacho no se percató de aquél hecho, el cual significaba su victoria absoluta, más ocupado como estaba en dejarle las tripas al descubierto, entre gruñidos de espanto y furia asesina. Continuó poseído por aquella saña salvaje por un rato más, hasta que el cansancio volvió a hacer presa de él.
Ahora respiraba apuradamente, sintiendo el pecho como un horno y la cabeza a punto de estallarle, tanto por el vértigo como por el dolor.
—Apuesto… a que no… te lo esperabas… ¿verdad, imbécil?— pronunció con dificultad —Mira que querer… matarme… ¡A mí! ¡Iluso! Ahora sólo hay que esperar a que esos puercos vengan a recogerme… yo mismo me voy a encargar de revisar tus tripas, centímetro a centímetro, hasta saber quién eres y de donde vienes… ¡monstruo del demonio! Y una vez que lo sepa voy a ir y a hacer lo mismo con todos los amiguitos que puedas tener allá afuera… ¡nomás espérate!
Quería hacerse el valiente y el importante, pero la verdad es que en las condiciones en las que había quedado no podía darle pelea ni siquiera a una parvulita. Estaba exhausto, y gravemente herido. Lo único bueno de todo aquello es que por fin había terminado.
En esas latitudes la noche aún tenía bien instalado su dominio sobre la bóveda celeste. No obstante, allá, en la lejanía, sobre el horizonte se alcanzaba a divisar una tenue luz que empezaba a difuminarse, trayendo consigo la esperanza de un nuevo amanecer. Una luz que a cada momento se hacía más y más brillante, desterrando a las tinieblas a su paso. Y cada vez estaba más cerca. Muy rápidamente, a fuerza de ser sinceros. Demasiado. A una velocidad inaudita. No había forma de que aquello fuera el amanecer. Más bien era...
Una columna de fuego pasó como bólido a su lado, atropellándolo en el proceso. El Eva Z cayó hacia un lado, rodando. Lo último que Kai supo de sí es que volvía a yacer en el piso, boca arriba. Apenas si pudo reunir la fuerza suficiente para incorporarse, o eso fue lo que trató de hacer. Al final, sólo pudo levantarse un poco, apoyado sobre su rodilla sana. Lo que si pudo levantar fue la mirada. Sólo para toparse con una visión que parecía salida de sus peores pesadillas.
Estaba a unos cuantos cientos de metros por encima de su cabeza, suspendido en el aire. Llamaradas emanando de todo su cuerpo, cubriendo por completo los más de cien metros que medía de alto. Las flamas formaban un par de alas a sus espaldas, que se extendían tanto como el pedazo de roca en el que Zeta estaba derribado. Zarpas en lugar de manos. Y una cornamenta sobre su cabeza. Despojado de toda piel y de toda carne, únicamente huesos en su haber. Un esqueleto en llamas, un esqueleto que parecía ser de un humano. De no ser por aquellas peculiaridades, como las zarpas y los cuernos.
Las palabras se atoraban en su garganta y petrificado como estaba Kai sólo podía ser mudo testigo de semejante escena. El ser envuelto en fuego iluminaba como un sol profano las cercanías inmediatas. De hecho, era posible divisarlo a varios kilómetros a la redonda. Las cuencas vacías donde deberían estar sus ojos no podían reflejar cualquier clase de emoción o siquiera sus intenciones.
Dejó lanzar un rugido estremecedor y de sus fauces salió entonces una bocanada de material incandescente que arrasó con todo a su paso. El Eva Z pronto se vio envuelto por aquella vorágine de destrucción. Mar, roca, e inclusive el cuerpo de la bestia acorazada, toda la materia terminaba por desintegrarse átomo por átomo al mero contacto con la ráfaga, que seguía saliendo sin descanso de la boca del recién llegado, sin importar cuanto gritara el muchacho.
Al final, el islote entero se había evaporado, junto con varias toneladas de agua. Únicamente permanecía Zeta flotando sobre la superficie del Mediterráneo. En muy mal estado, por cierto; si bien la armadura había resistido el embate flamígero, todos los sistemas internos estaban fritos. Incluidos los de soporte vital. A semejante temperatura el LCL en su cabina había perdido todas sus propiedades y ahora el oxígeno en el interior se agotaba con rapidez, para su horror. Por si no fuera poco, inmóvil e inservible como se encontraba, el robot empezaba a hundirse en el océano, una vez más.
Mientras eso pasaba, y antes de que el sistema de visión se fuera al carajo, entre el ruido y la estática el vapuleado piloto pudo contemplar a su agresor una última vez, flotando en el cielo como si se tratara de un astro más. Éste lo observaba indiferente cuando se hundía, pero entonces lo señaló con una de sus garras, en actitud desafiante. Justo después emprendió el vuelo, retirándose tan rápido como había llegado, perdiéndose en esa oscura noche sin luna. Rivera no podía hacer más que verlo cuando se alejaba, a la vez que seguía hundiéndose en lo profundo del mar, esperando que pudieran encontrarlo antes de que se le terminara el oxígeno. Era lo único que podía hacer.
Al final, todos sus intentos habían resultado ser en vano. Terminaba justo donde había empezado: atrapado en un abismo, sin grandes posibilidades de sobrevivir. Dadas las condiciones no tardó mucho en sucumbir de nuevo a la tentación de la inconsciencia. Era lo más sensato, lo que cualquier persona cuerda hubiera hecho en su lugar. Escapar de la terrible realidad y esperar a ver que pasaba. Mientras tanto el tiempo seguía su curso, aún en tales profundidades. Así como el oxígeno se acababa.
