"The year´s at the spring;

And day´s at the morn;

Morning´s at seven;

The hill side´s dew-pearl´d;

The lark´s on the wing;

The sanil´s on the thorn;

God in His Heaven—

All right´s with the world…"

Robert Browning

"Pippa Passes"

Sobre las ruinas polvorientas de lo que alguna vez fuera la ciudad japonesa de Tokio 2, la más grande y activa de lo que quedaba del archipiélago nipón en el año 2016, una bomba demoledora caía sobre de ellas, desatando todo su terrible poder; como si aquellos despojos no hubieran recibido ya daño suficiente:

—¡¿El Eva Z… Kai… fue derrotado?!

Asuka, fuera de sí, se negaba a creer algo como eso. Kai Katsuragi era el mejor piloto de todos ellos, tenía a su mando al Evangelion más poderoso de cuantos había y era endiabladamente listo, la persona más inteligente del planeta, sin duda alguna. Y resultaba que él era SU novio, por si fuera poco. Así que sencillamente era imposible el disparate que escuchaba en voz de Misato. Ni siquiera todo un ejército de ángeles sería capaz de vencerlo.

—Todo pasó muy rápido, Asuka, sobre todo para él— continuó la imagen de Misato transmitida por medio de su comunicador —Apenas si nos dimos cuenta cuando ya todos esos malnacidos estaban sobre él… se encuentra a salvo, por ahora, pero…

Nein!— interrumpió la chiquilla rubia, dando un furioso puñetazo a los controles frente a ella, como poseída —¡Eso no puede ser cierto!

Por su parte, dentro de su cabina Rei fruncía el ceño, atenta a las noticias pero sobre todo a las reacciones tan emotivas de su compañera. No le quedaba muy claro qué era lo que le preocupaba más a la jovencita alemana, si el bienestar de su novio ó la reputación de "invencible" de éste. Pero por supuesto que no se lo preguntó.

—¡Sophia!— intervino de repente Shinji dando un alarido —¡¿Cómo está Sophia?! ¿Dónde está ella?

—Ella…— la Mayor Katsuragi caviló un poco antes de responder, con justa razón. Había comprobado el efecto nocivo que las noticias del frente podían tener en el ánimo de los pilotos bajo su supervisión —Ella está afuera, tratando de ganar tiempo… pero los ángeles ya la tienen rodeada… no creo que resista por mucho, así que deben apurarse a volver lo más pronto posible. El Equipo F está en camino a recogerlos y…

El muchacho apretó dientes y puños, furioso, impotente. ¡Maldito Kai! Tantas y tantas veces que no se cansaba de alardear en su jodido Eva, y justo ahora se le ocurría dejar que lo hicieran talco. ¡Justo ahora, que Sophie estaba con él, dejándola sola! ¡Indefensa! ¡La pobrecilla Sophie! Sólo podría imaginarse lo asustada que estaría en esos momentos, suplicando por ayuda que nadie podría proporcionarle. Y él estaba tan lejos de ella, justo ahora que más lo necesitaba. Estaba tan lejos que no podía hacer una condenada cosa por ayudarla, más que esperar. Y precisamente eso es lo que más rabia le daba. ¡Todo por culpa de ese hijo de puta!

—¡Al diablo el Equipo F!— tronó el joven Ikari en un ataque de desesperación, arrancando su cable umbilical —¡Tengo que ir a salvar a Sophia! ¡SOPHIE!

Y así, sin más y sin atender a razones, el Eva 01 se lanzó en dirección a Tokio 3, tan rápido como se lo permitían sus piernas, en una frenética carrera de más de cien kilómetros contra el tiempo. Llegar a Tokio 3 antes de que esos horribles monstruos asesinaran a su amada y preciosa novia, ó antes de que la energía interna de su Evangelion se agotara en el lapso límite de cinco minutos.

—¿Qué les parece eso?— preguntó Asuka, al verlo alejarse —Parece que después de todo, nuestro pequeño Shinji sí tiene sangre en sus venitas, después de todo…

Misato ya había cortado el enlace de comunicación para atender las acciones en la línea de frente, y lo único que obtuvo como respuesta de Ayanami fue un bufido cuando la acuchillaba con la mirada. Sin mediar palabra alguna con su compañera, la chiquilla desconectó el enchufe de su cable para poder seguir el ejemplo de Ikari, lanzándose desenfrenada hacia Tokio 3 junto a su Unidad Cero.

—¿Y a estos dos imbéciles qué les pasa?— masculló Langley en su cabina, sin nadie que la atendiera —¿Creen que pueden ignorarme y hacerme a un lado así nada más? ¿Pues quién se creen que son? ¡Ya verán quien soy yo, los muy cretinos!

Y fue así que también el Eva 02 se unió a la maratón campo traviesa a través de las dos Tokios.

¡Qué vacío se sentía en aquél desolado lugar! Por donde quisiera posarse la vista, la nada era lo único que le aguardaba. La nada de la devastación. Era allí donde las leyendas morían, donde los héroes caían… donde la esperanza encontraba su ineludible final… enterrada debajo de toneladas de fino polvo que se adhería firmemente a su cuerpo, esculpiéndolo a capricho, yacía el arma más poderosa que jamás se haya construido. Mote que había portado con cierta distinción, hasta ahora, que volvía a ser derrotada de manera apabullante.

Una vez más la soberbia armadura que portaba, forjada de un mítico metal indestructible, la había salvado de la destrucción total. Las placas de blindaje lucían un horrible color ocre quemado, pero seguían indemnes. En cambio, lo que había debajo de esa armadura sí que había sufrido daños, estrujado y deshecho por una fuerza bastante superior a la suya. Y en lo más profundo de aquella maquinaria, en su parte más importante convalecía un alma en pena, prisionera; un ser humano que en su arrogancia pretendió sobrepasar los límites propios de su naturaleza y retar a los dioses mismos, las fuerzas más elementales de la Naturaleza… y que había perdido.

Ahora mismo aprendía el precio a pagar por cometer semejante osadía, inconsciente, enterrado y olvidado, sin nadie que pudiera compadecerse de él. Pues él había sido vencido, pero todavía quedaban combatientes en la arena. Lo que significaba que una nueva batalla estaba en ciernes. Una batalla que se vislumbraba mucho más violenta y sanguinaria que la anterior, y también mucho más dispareja que su predecesora. La tragedia era el único resultado posible bajo tales circunstancias.

Queriendo evitarla, yendo incluso contra el propio destino, la Mayor Katsuragi ordenaba desde su puesto, desplegando las baterías de defensa urbanas:

—¡Fuego de cobertura! ¡Disparen toda la carga contra esos montoneros! ¡Tenemos que darle a la piloto una oportunidad para escapar!

Así pues, conforme a sus designios, una andanada completa de misiles se abatían certeros sobre los titanes desde diversos puntos de la ciudad. Los colosos, quienes todavía mantenían un cerco impenetrable sobre su presa, apenas si los sintieron caer, cómo quien siente caer una ligera llovizna en primavera.

—¡Maldición!

Puede que Misato no tuviera porqué estar tan frustrada. Después de todo, aquello no había resultado ser un esfuerzo inútil. Por lo menos… por lo menos había comprobado que… que los Campos A.T. de sus enemigos seguían operacionales.

Sin importarle gran cosa los infortunios que causaba en muchas personas, incluida la Mayor, y movido por la ansiedad, la desesperación, el aburrimiento ó cualquier otra cosa que tal vez fuera capaz de experimentar, Zeruel, el leviatán imparable cuyo rostro era una máscara de la muerte, fue el primero de sus compañeros en avanzar. A la velocidad del pensamiento estiró sus prodigiosos brazos, tan delgados y flexibles como una hoja de papel, pero bastante bien afilados, lo bastante para cercenar cualquier cosa que tuviera a su alcance, incluido el Evangelion Unidad Especial Beta.

Eso, por supuesto, si acaso el susodicho Eva se encontraba a su alcance, cosa que milagrosamente no sucedió. ¿Pero cómo?

Los brazos elásticos del ángel, tan sólo encontraron el aire en su intento de rebanar a la Unidad Beta, siguiendo de largo hasta chocar con el Campo A.T. de Shammael, la serpiente voladora, ante su lógico descontento, el que expresó en un furioso rugido. Y mientras estaban en eso, Beta se había hecho de un camino en el estrecho espacio libre que quedaba justo en medio entre los brazos de su agresor, al que no tardó mucho en alcanzar como un bólido plateado y estrellarlo violentamente de espaldas contra el piso, sujetándolo férreamente de la cara. Esto, para sorpresa de propios y extraños.

Quedaba claro que aquel día sería uno repleto de sorpresas. El boquete en lo que hasta hace momentos parecía una pared impenetrable se había abierto. El cerco se había roto y ahora Sophia estaba en posibilidades de escapar y mantener su vida, tal y cómo lo veía Misato cuando le ordenaba, emocionada:

—¡Muy bien hecho, Sophie! ¡Escapa! ¡No dejes que esos mugrosos te alcancen!

No obstante, la jovencita americana mucho caso no le hizo. Sin siquiera responderle, y contrario a sus deseos fue directamente a encarar a los monstruos que ya estaban sobre ella, con Vehuel, el escarabajo ardiente a la cabeza. El cual recibió a modo de bienvenida un soberbio puñetazo que artero se coló justo en su pecho antes que pudiera enroscarse sobre sí mismo. El ángel detuvo su carrera, percatándose que su propio peso lo había hecho clavarse en una especie de espada que salía del brazo derecho del Eva, la cual lo atravesaba por completo. Un chorro de vapor salía a presión del orificio que había abierto el arma punzocortante en su cuerpo, cuya punta le salía por la espalda, habiendo deshecho limpiamente el ardiente núcleo en su interior, la parte más importante de su ser, aquella que le daba poder y vida la vez. ¿Para qué seguir peleando? Sabía bien lo que ello implicaba.

Y aparentemente también aquella persona que había puesto fin a sus días, al darle un puntapié que le facilitó retirarle la hoja cortante que lo atravesaba y acto seguido levantarlo por encima de su cabeza con relativa facilidad, hecho increíble por sí mismo dado el peso y las dimensiones de la criatura, a la que ahora arrojaba sobre el desprevenido Mitzrael, quien ni siquiera con todas sus patas pudo impedir que su semejante le cayera encima, estallando sobre él en una gigantesca explosión en forma de cruz antes de que pudiera hacer cualquier otra cosa, salvo compartir el mismo destino, explotando de forma idéntica y casi simultánea.

Dos, por el precio de uno. Semejante estallido resultó espectacular, dejando atónito a sus testigos, de ambos bandos. A todos, menos a su autora, quien retadora, y quizás un poco envalentonada, amenazaba a sus adversarios, señalándolos con su espada que parecía estar envuelta en llamas:

—Dos menos… ¿quién sigue?

Tan sólo unos momentos atrás aquellas bestias se apretujaban unas con otras, buscando ser la primera en alcanzar al enemigo. En contraste, ahora se mostraban cautas, apretujándose entre ellas para retroceder.

—Vaya cuchillito el que se carga, ¿eh?— musitó Misato al observar la reacción que Beta provocó en los ángeles.

Demian Hesse resultaba ser un individuo bastante singular, en todos los aspectos: su apariencia intimidante, su temperamento tan volátil… y de manera muy especial esa condenada parsimonia suya que de vez en cuando lo poseía y que le permitía mantenerse ecuánime en los ambientes más hostiles y adversos a la vida, como tal era el presente caso, al estar sumergido en un océano abrumador de tiniebla total y un frío lacerante como el filo de un cuchillo.

¿Qué era ese lugar, y donde se encontraba? Aquellas eran preguntas que difícilmente mortal alguno pudiera responder. No obstante, Hesse, un hombre de carne y hueso como cualquier otro (probablemente) se mantenía tan tranquilo como lo estaría un chiquillo en brazos de su madre. Pese a que todo lo que le rodeaba fuera la oscuridad y el silencio, que de cuando en cuando era abruptamente interrumpido por un estruendo y el destello de un súbito fogonazo de naturaleza incierta, que iluminaba los alrededores lo suficiente como para saber que se trataba de alguna especie de formación cavernosa, antes de volver a ser engullido por el vacío.

—Puede que haya algo de verdad en tus palabras, mi amigo— dijo el larguirucho sujeto con su voz aguardentosa, como si estuviera retomando el hilo de una conversación —Es cierto que nuestra presencia pudo haber influido en ciertos aspectos para que la Segunda Oleada fuera toda al mismo tiempo… pero recuerda que también está ese asunto de Zeta… seguro que ese muñeco de hojalata también tuvo algo que ver en ello…

La oscura caverna volvió a iluminarse con otro fogonazo, seguido de un estruendo como de relámpago que seguramente hubiera tumbado a cualquiera boca arriba. A cualquiera, excepto a Demian Hesse, claro está, quien prosiguió como si nada:

—No lo creo… en este lugar somos mucho más poderosos que ellos, y lo saben bien. Ciertamente, siete de ellos constituirían un problema para cualquiera de nosotros, pero nada de lo que no podamos encargarnos si juntamos toda nuestra fuerza. Es por eso que están tan desesperados como para atacar el Geofrente todos a la vez.

Un nuevo destello y otro estruendo más siguieron a sus palabras.

—Por ahora, sugiero que sigamos al pendiente de la situación antes de involucrarnos directamente. Incluso yo tengo que reconocer que es bastante pronto para que salgamos a la luz. Así que sólo intervendremos si la situación llega a su límite. Después de todo, Gendo aún cuenta con cuatro Evas para encargarse de este asunto…

En ese momento sobrevino una explosión mucho más intensa que las anteriores, la cual sacudió por completo las cercanías.

—¡Vaya que eres impaciente, muchacho! No deberías ponerte de ese modo, sabes bien que tu tiempo pronto llegará… mientras tanto, ¿por qué no te entretienes imaginando lo hermoso que será todo una vez que hayamos terminado con nuestra labor aquí? Lo hermoso que será este mundo… una vez que lo hayamos destruido por completo…

Un violento terremoto cimbró aquél oscuro recoveco que se encontraba quien sabe donde, pero que parecía que pronto se colapsaría debido a la presión ejercida sobre él. Cascajos y escombro del tamaño de una camioneta se precipitaban desde la bóveda de la caverna sin que Demian se preocupara gran cosa por ello, más atareado en reír frenéticamente mientras el lugar se caía en pedazos y era bañado por una luz sobrenatural que se hacía cada vez más intensa, hasta tomar la forma de gigantescas llamas que calcinaban a un enorme esqueleto de apariencia humanoide. Al momento de asomar su cráneo cornado lanzó un portentoso alarido que acalló incluso el barullo de la destrucción por él provocada. Y aún así la risa demente de Demian Hesse seguía escuchándose, reverberando siniestramente en lo que quedaba de la caverna.

La Unidad Especial Evangelion Beta, lejos de ser la más grande, poderosa ó experimentada de todas las que había disponibles, por el contrario estaba demostrando de la mejor manera ser un arma compacta, sumamente maniobrable y efectiva; tal y cómo lo constataba el ángel Eyael, aquella entidad que había usurpado la forma y figura de Zeta, cuando el robot gigante lo tomaba desprevenido al correr hacia él y plantarle un puntapié en pleno rostro que lo tumbó de espaldas.

Asimismo, las encomiables habilidades tácticas de su joven piloto quedaron evidenciadas al estar sacando ventaja del número superior y tamaño de sus oponentes, así como de su desconcierto, en su provecho; como claro ejemplo se prestó Shammael, la enorme serpiente emplumada, quien pretendió sorprender al Evangelion atacándolo por la espalda con su asalto sónico, sin contar que la chiquilla a bordo de él estaba al tanto de sus intenciones y sincronizando perfectamente los tiempos pudo evadir el daño con sólo hacerse a un lado, siendo el aún postrado Eyael quien recibió de lleno el ataque de su supuesto aliado, que lo hizo clavarse en el piso en medio de una especie de lastimoso alarido incoherente. No hubo oportunidad para disculpas, pues antes que lo notara Neuville sujetó a la descuidada criatura por las alas para empujarlo frente a ella y utilizarlo como escudo contra el inminente embate eléctrico de Ariel, que reventó sobre su compañero en forma de una ráfaga que provocó tremendo estallido, derribando a propios y extraños por igual. Estaba claro que el trabajo coordinado de equipo no era una de las habilidades incluidas en el arsenal de aquellas colosales apariciones.

Sophie se incorporó de inmediato, presta para el combate, y de inmediato con su espada vibrando en frecuencias ultrasónicas trazó un medio círculo frente a ella, delimitando un perímetro seguro al cortar de tajo la carrera de Zeruel, quien se prestaba a embestirla como toro furioso, pero hubo de contener sus ímpetus ante la posibilidad de ser rebanado a la mitad por el arma frente a él. Dicho titubeo fue oportunamente aprovechado por su contrincante, quien tomó impulso con una voltereta sobre su eje para recetarle una magistral y poderosa patada que mandó a volar al monstruo, quien cayó como pino de boliche una vez más.

Al querer poner distancia entre ella y los titanes, la muchacha se encontró a su costado con la copia negativa del Eva Z, quien lanzaba una ráfaga óptica sobre su desprevenida persona, aunque por suerte para la causa de la jovencita estaba a la distancia correcta para poder esquivar el ataque antes que diera en el blanco, para lo cual hubo de agacharse y cuando Eyael se abalanzaba fiero sobre ella se levantó tan rápida y abruptamente como un resorte, casi volando, para propinar un soberbio puñetazo que devastador se fue a colar a la mandíbula de su oponente, dejándolo fuera de combate momentáneamente.

Fuckin' Sho-ryu-ken, asshole!— exclamó emocionada en inglés la piloto de Beta, para casi de inmediato emprender una retirada estratégica, atrayendo a la banda de monstruos en su persecución.

—¡Eso estuvo jodidamente genial, chica!— pronunció a su vez la Mayor Katsuragi, puede que mucho más emocionada que la propio piloto —¡Sigue así y puede que tú sola despaches a todos estos babosos!

—Nunca me imaginé que la dulce Sophie fuera capaz de pelear de esta manera— admitió Maya, observando gratamente sorprendida el transcurrir de la batalla mediante las imágenes en pantalla, como todos a su alrededor en el centro de mando.

—Sé a lo que te refieres— le contestó Shigeru, desde la consola a su lado —Es como ver una mezcla de Dora la Exploradora y Chuck Norris…

Y es que, en el transcurso de las semanas que Neuville tenía de haber sido transferida al Geofrente de Tokio 3 la jovencita se había distinguido más que nada por su carácter pícaro y juguetón, y sobre todo su trato afable hacia con los demás. "Sophie", como la llamaba casi todo mundo, era pues, demasiado buena gente como para pensar que cualquier clase de acto violento pudiera ser perpetrado por ella.

No obstante, las imágenes en los monitores no mentían, y Shammael bien podía dar cuenta de ello, cuando al querer cortarle el paso al Eva Beta propició que el robot plateado lo sujetara por la cola y lo utilizara como un ariete gigante en contra de sus compañeros detrás suyo, derribándolos y haciéndolos ver mal de nueva cuenta.

Los movimientos de la muchacha americana no eran refinados ni espectaculares como los de Asuka, quien muchas veces en su afán de impresionar a los demás realizaba movimientos de más que podían ser aprovechados en su contra, ni tampoco eran salvajes e impredecibles como los de Shinji a bordo de la Unidad 01; no, cuando Neuville piloteaba su Evangelion los movimientos que realizaba eran metódicos, prácticos, sencillos, pero sobre todo, bastante efectivos. A todas luces se notaba que era la que mejor sabía trabar combate cuerpo a cuerpo de todos los pilotos Eva, incluido el propio Kai Rivera, quien ahora pagaba el precio de confiar demasiado en el poder de fuego de su Evangelion y su blindaje, por lo que se había vuelto descuidado y hasta algo arrogante, permitiéndose recibir más castigo de la cuenta.

El Comandante Ikari reflexionaba en estos y varios aspectos más, cuando discretamente se dirigió al Profesor Fuyutski, quien se encontraba lo bastante cerca de él como para comunicarse con él en susurros:

—Si es que llegamos a salir vivos de esta, quisiera revisar el expediente completo de la tal Neuville, Profesor, y recabar toda la información que podamos encontrar de ella que no venga allí. Quiero saber quién es realmente esa chiquilla y de dónde viene.

—Ya sé a lo que refieres, Ikari— le contestó su asociado —Uno no aprende a pelear de esa forma en un simple campamento militar…

Una vez más su atenta y minuciosa mirada se dirigía a las pantallas dispuestas a su alrededor, para contemplar como el solitario robot se encargaba de lidiar con cuatro oponentes a la vez.

Y hasta entonces dicha labor había resultado ser más fácil de lo esperado, gracias al elemento de la sorpresa y el exceso de confianza mostrado por el enemigo al momento de medir fuerzas. Sin embargo, conforme avanzaba el transcurso de la pelea y luego de recibir varias humillaciones, los monstruos iban mostrándose cada vez más cautos al enfrentar a la Unidad Especial Beta, cuyos golpes ya no conectaban en sus oponentes con la misma facilidad inicial.

La misma Sophia dio cuenta de ello, cuando Eyael esquivó un mandoble de su espada que iba dirigido contra él, dando paso a los largos y filosos brazos de Zeruel, los cuales apenas si pudo esquivar la chiquilla, cayendo casi de espaldas, bocarriba, apenas suspendida en el aire por la fuerza de sus rodillas.

Aquella posición la había dejado servida y lista para recibir de lleno el embate eléctrico del ángel Ariel, quien en forma de una violenta descarga fue a estrellarse de lleno sobre el pecho del robot, el que salió disparado por la fuerza de semejante impacto, el primer ataque que recibía la unidad comandada por la muchacha, cuyo grito de dolor recordó a todo mundo que la batalla estaba muy lejos de ser ganada.

Las primeras placas de blindaje de Beta habían sido completamente destrozadas, así como las efímeras esperanzas que ilusamente algunos albergaron acerca de que Neuville pudiera encargarse por sí misma de la situación.

Sin tiempo para lamentarse de su predicamento, la jovencita tuvo que incorporarse rápidamente para evitar recibir un mordisco con la fuerte quijada de la serpiente gigante con alas que ahora se estrellaba en el piso, tragando sólo enormes cantidades de polvo y escombro.

—¡Cuidado Sophie, detrás de ti!— vociferó Katsuragi desde su puesto, fuera de sí.

Si la advertencia de Misato hubiera llegado un poco más tarde, sin duda que la joven piloto hubiera quedado esparcida como átomos a la deriva, en lugar de sólo salir volando por la fuerza de la explosión que produjo el rayo de fotones de Zeruel a sus espaldas, el que pudo esquivar solo por fracciones de segundo.

El Evangelion rodó por los suelos, abrumado por el número superior de enemigos y el estrés del que empezaba a ser presa su tripulante. Para desgracia suya, lo que había querido evitar desde un principio al tomar la iniciativa, estaba ocurriendo: los gigantes comenzaban a coordinar sus ataques, justo como lo habían hecho para poder freír a la parrilla a Zeta. Y no le estaban dejando ni un respiro de solaz para poder pensar su siguiente movimiento.

Apenas comenzaba a levantarse cuando un agudo dolor que le perforó el hombro izquierdo le daba cuenta que finalmente Zeruel había cumplido su deseo de acuchillarla con sus brazos cortantes. Una de sus hojas elásticas le había atravesado limpiamente el hombro y le salía por la espalda, y aprovechando que la tenía bien sujeta la levantó por el aire para volver a estrellarla sobre el duro piso a sus pies, deshaciendo una manzana entera de la mancha urbana. Una nube de polvo y escombros se levantó sobre los contrincantes entre un extraño bramido que sonaba a satisfacción.

—¡Mierdaaa!— vociferó Neuville en su cabina, apretujando los dientes y sujetando su hombro lastimado. Durante su extenso entrenamiento le habían hablado acerca del dolor psicosomático que experimentaban los pilotos Eva a bordo de sus unidades, pero nunca hubiera imaginado que se sintiera tan real, hasta ahora que lo sentía en carne viva —¡Ni crean que me asustan, grandísimos hijos de perra!

La nube que los cubría aún no se acababa de disipar cuando, desde las alturas, Shammael voló en picada hacia el campo de batalla y logró atrapar con su enorme hocico dentado a su presa, el desprevenido Evangelion. Ahora ambos surcaban los cielos, trenzados en una suerte de abrazo de la muerte.

—¡El Eva Beta no resistirá mucho más!— anunció Makoto, desesperado, revisando los datos que le llegaban desde la cabina del robot hasta su consola —¡Si no hacemos algo el ángel lo partirá por completo a la mitad, Mayor!

—¡Sophie, tienes que despabilarte, concéntrate!— al pronunciar dichas palabras, la Mayor Katsuragi sonaba como un viejo coach en una pelea de box —¡Usa tu espada para liberarte!

Debido a la sorpresa y al rápido acontecer de los sucesos, la chiquilla casi había olvidado el arma principal de Beta, aquella hoja de metal indestructible que le daba cierta ventaja sobre sus enemigos a una distancia tan corta como en la que estaba en esos momentos.

—¡Muere, maldito imbécil!— espetó la chiquilla, enrabiada tanto por el dolor que sufría así como por la frustración que experimentaba por haber perdido momentáneamente el control de las hostilidades, debido quizás en parte a su inexperiencia en situaciones de combate real.

Como fuera, el caso es que el filo de su espada perforó sin problemas las mandíbulas del monstruo, recorriéndolas tan fácilmente como si estuvieran hechas de papel higiénico y haciéndolas aún más grandes de lo que ya eran, quedando unidas al cráneo de la bestia sólo por un delgado y frágil trozo de carne que no resistiría mucho más castigo, pues apenas soportaba con dificultad el peso de su gran quijada que había quedado colgando como una corbata. Por tal motivo ni siquiera pudo lamentarse en un grito de agonía, solamente se limitó a convulsionarse violentamente de lado a lado, incapaz de emitir cualquier sonido que no fuera un lastimero gorgoteo.

Así que entonces a la jovencita no le importó demasiado estar en caída libre a unos quinientos metros de altitud, sabedora que si bien no había liquidado por completo a su enemigo, por lo menos lo había incapacitado permanentemente, pues su hocico constituía su principal arma, la cual usaba tanto para morder como para emitir su aullido sónico. Despojado de tales ataques sólo le quedaba el asalto cuerpo a cuerpo, con lo cual podría lidiar fácilmente gracias a la cuchilla integrada en su Unidad Eva.

Mientras la bestia alada se revolvía lastimosamente en el firmamento azul la joven piloto de Beta se las ingenió para aterrizar lo mejor que pudo, a unos tres kilómetros del punto donde la serpiente emplumada gigante la había embestido.

No bien apenas sus pies tocaban tierra firme cuando una vez más Ariel estallaba como una centella eléctrica sobre el incauto Eva Beta, que de nueva cuenta salió disparado por los aires varios centenares de metros detrás suyo, su piloto entumecida por la fuerte corriente eléctrica que recorrió su cuerpo.

—Los sistemas electrónicos de Beta no resistirán otra descarga como esa, eso te lo aseguro— dijo la Doctora Akagi a Misato, al lado suyo.

Hasta ahora, tanto la Mayor Katsuragi como la propia Neuville se percataban que no tenían una estrategia bien definida para enfrentar a ese ángel en particular. Un combate cuerpo a cuerpo con un relámpago viviente se antojaba bastante difícil, sobre todo si estás completamente cubierto de placas de metal y artefactos electrónicos. Previamente la muchacha sólo se había limitado a evitar sus embates utilizando a los demás gigantes como escudo, por lo que Ariel se había estado manteniendo al margen del combate. Pero ahora, en pleno campo abierto, sin lugar visible donde guarecerse, el Evangelion se antojaba como un blanco bastante accesible y apetitoso.

—¿Cómo pelear contra un rayo gigante oportunista y malvado? ¿Con un pararrayos gigante?— ironizó la Mayor, buscando en los recovecos de su mente alguna solución a su dilema.

Tirada boca arriba, la joven piloto intentaba recuperar su aliento y sobre todo su ímpetu para seguir luchando. Una cosa tenía muy clara, y esa era que si dejaba de moverse podía darse por muerta. Mantenerse en movimiento era lo esencial, más tarde podría pensar como retomar la ofensiva contra aquellas criaturas perversas.

Comenzó a incorporarse, resuelta a no dejarse vencer por un par de traspiés que la habían dejado postrada. Sin embargo, un sonido lejano, que iba en aumento, la interrumpió a la mitad de dicha acción. Se escuchaba como el sonido de una bomba cayendo, pero aumentado quién sabe cuantas veces. ¿Acaso NERV había ordenado un bombardeo a ese lugar sin avisarle?

Su respuesta vino en la forma de Eyael, el ángel oscuro que cayó sobre ella con todo su peso desde alturas insospechadas, con los pies juntos en forma de lanza. La tierra bajo los dos contrincantes no resistió la fuerza del impacto, abriéndose en un enorme hueco que semejaba un pequeño acantilado, que se tragó a ambos.

Gracias a un par de prolongados saltos impulsados por su Campo A.T., la sombra del Eva Zeta literalmente había volado hasta la escena donde proseguía la pelea, llegando tan rápidamente que incluso Misato no lo vio venir hasta que fue muy tarde para avisar a su piloto.

Un prodigioso puñetazo en pleno rostro sacó violentamente a Beta del agujero donde se había metido y casi enseguida le siguió el autor de dicho castigo, aunque éste sí lo hizo en circunstancias completamente bajo su control. Antes que la chiquilla a bordo del robot gigante pudiera reaccionar, el imitador sombrío le cayó a golpes, dejándola postrada mientras uno a uno, certeros, sus puños se estrellaban contra el cráneo del titán de acero manufacturado por el hombre.

El Evangelion forcejeaba por liberarse de su captor, quien con sólo la fuerza de sus rodillas lo mantenía sujeto al piso, teniendo sus puños libres para arremeter en su contra con la saña que lo estaba haciendo.

No obstante, Neuville soportaba los golpes que se sucedían sin descanso. Lo hacía bastante bien para ser una quinceañera, y lejos de ponerse a llorar se concentraba en librarse de su agresor a como diera lugar.

—¡Mal..dito bastardooo!— musitaba entre dientes, en medio del forcejeo, interrumpida cada vez que un puño se estrellaba contra la cabeza de la unidad que piloteaba —¿Crees que ya ganaste, maricón? ¡Pues yo no me puedo morir así! ¡Así no! ¿Me oyes? ¡Así nooo!

El visor de su cabina comenzaba a resquebrajarse, clara señal de que el casco del robot estaba cediendo ante el salvaje ataque que se le estaba aplicando y no tardaría en caer hecho pedazos. Parecía que, efectivamente, ese era el final, ello pese a la incredulidad de la jovencita, quien en sus momentos finales se aferraba a su mantra al tiempo que lágrimas de rabia y desesperación comenzaban a rodar por sus mejillas, pero forcejeando hasta el último instante:

—¡Así no! ¡Así no! ¡Así no!

Un ligero temblor que iba in crescendo cortó de tajo su rabieta. ¿Ahora qué diablos pasaba? Aparentemente, su verdugo también desconocía el origen de aquél inusual movimiento telúrico, pues en una actitud que sólo podría catalogarse como desconcierto cesó en su empeño de destrozar el cráneo del Eva Beta para en su lugar mirar alrededor y tratar de encontrar la causa de aquél fenómeno. Justo a tiempo para mirar como el Eva 01 lo embestía a una velocidad endemoniada, sin poder hacer algo para evitar ser atropellado por el manchón violeta que lo mandó de paseo varios centenares de metros lejos de su compañera.

—¡SOPHIEEEE!— gritaba Shinji como poseído a bordo del Eva cuando cargó contra la bestia, que salió rodando lastimosamente del encontronazo.

—¡Shinji, lo lograste!— exclamó aliviada Misato ante el oportuno arribo del enloquecido muchacho —¡Llegaste justo a tiempo!

El hecho de que el enemigo luciera muy parecido al Eva Zeta exacerbaba aún más la ira demente del joven Ikari, quien con sólo verle sentía unas tremendas ganas homicidas de hacerlo pedazos de la forma más salvaje y dolorosa posible.

—¡Déjala en paz, grandísimo arrogante hijo de putaaa!— aulló encolerizado, sin detener su carga contra el sorprendido imitador, quien aún no se reponía del impacto inicial y todavía no atinaba a ponerse en pie —¡Voy a matarte, desgraciado!

Antes que pudiera alcanzar a su indefenso objetivo, Shammael quiso sorprenderle tomando impulso desde las alturas y luego caer en picada para poder embestirlo de frente con todo el peso de su enorme cuerpo. Su sorpresa fue mayúscula cuando, lejos de amedrentarse por la arremetida, el Eva saltó encima de él, sujetándolo férreamente de las alas antes de que lograra su propósito.

El primer instinto del monstruo en tales condiciones fue volar lo más alto que pudiera, buscando desprenderse de su indeseado pasajero. Por lo demás, fue un intento estéril, puesto que el robot gigante permanecía sujeto a él como si estuviese soldado a su cuerpo. Con un rugido estremecedor, y sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus actos, sólo en su sed de sangre, el piloto de la Unidad 01 clavó los dientes de su desenfrenado robot sobre la carne de la criatura, abriéndole una profunda herida de la que manó un gigantesco chorro de sangre a presión. Enseguida, haciendo caso omiso de los alaridos de dolor y las convulsiones que sufría su víctima, consumido por su ansia asesina Shinji empezó a desgarrar a la criatura alada con sus propias manos, arrancando enormes pedazos de tejido para en el acto descartarlos y tirarlos como basura.

—Creo que voy a vomitar— murmuró lastimosamente Maya sobre su consola, bastante descolorida.

—La Unidad 01 ha vuelto a entrar a su modo Berserker— acotó Ritsuko —El piloto no entenderá razones…

—¡Shinji, basta ya! ¡Has vencido al enemigo, detente!— pese a la advertencia de su compañera, la Mayor Katsuragi tenía que tratar de hacer reaccionar a Ikari —¡Ahora lo más importante es que vuelvas a conectar tu suministro de energía cuánto antes! ¿Me oyes? ¡Shinji!

Sus palabras caían en oídos sordos, pues al muchachito nipón poco ó nada le importaba lo que pasara en el mundo exterior, en su mente estaba fijo el solo y único propósito de destrozar por completo al odiado engendro frente a él; lo que al final consiguió haciendo acopio de una descomunal fuerza bruta con la que partió justo a la mitad al enorme bicho alado, que estalló en los aires en medio de un estruendo de vísceras y demás porquería que salieron volando por todas partes.

Una auténtica lluvia de sangre fue la que se cernió entonces en los alrededores de la horripilante masacre, inagotables cantidades del líquido carmesí cayeron sobre toda la superficie, tiñendo todo lo que encontraban a su paso de rojo, tanto compañeros como enemigos por igual.

Sophia observaba fijamente el firmamento, su unidad Eva igualmente empapada de plasma, anonadada por aquél macabro espectáculo, único en toda una vida. Todo había sucedido tan rápido que no alcanzó a captar la totalidad de los detalles de lo que había acontecido, pero lo que sí tenía claro es que Shinji Ikari la había salvado de una muerte segura y para tal efecto hubo de transformarse de un muchachito delgado y nervioso a una feroz máquina homicida. Y para ello, con las pupilas dilatadas, hipnotizada, sólo tenía un calificativo, que murmuró para sí misma:

—Hermoso… es lo más hermoso que he visto en toda mi vida…

El Eva 01 cayó pesadamente al piso, estrellándose de manera poco elegante pero sin conseguir daño alguno, pues inmediatamente ya estaba en pie. Su color morado se había tornado marrón, casi tan rojo como la Unidad 02, emulando quizás a Siegfried, el mítico héroe nórdico que se había bañado con la sangre de un dragón para conseguir la inmortalidad.

La veracidad de dicha leyenda sería puesta a prueba por las cuchillas elásticas de Zeruel, que se batieron ansiosas sobre el Evangelion recién llegado al campo de batalla, igual que él mismo. La Unidad 01 evitó por muy poco que su cabeza fuera separada del resto de su cuerpo, en lugar de solamente el cuerno de su casco y su hombrera izquierda. El Evangelion respondió a su agresor gruñendo como una bestia herida, presta para atacar. Aún así, antes de que pudiera hacerlo, Asuka atinó a detenerlo utilizando fuego de cobertura en contra del ángel, incorporándose a la batalla justo a tiempo para que Misato metiera algo de sentido común en la cabezota de su enloquecido subordinado:

—¡Shinji, basta ya!— ladró la Mayor Katsuragi —¡Deja de ser tan imbécil, maldita sea! Si tanto en verdad quieres ayudar a Sophia, vuelve a conectar tu suministro de energía de una jodida vez y atiende mis indicaciones por una vez en la vida… no podrás salvar a nadie si tu Eva se apaga…

El muchacho la escuchaba como si estuviera dentro de un sueño, resoplando hiperventilado. Miró sus manos, cubiertas de sangre y sabrá Dios de qué más porquería desconocida, entendiendo muy bien que tuvo que sobrepasar todos sus límites conocidos para lograr salvar lo más preciado que tenía en la vida. Volteó a ver al Eva Beta, que se iba incorporando del charco de sangre que la había empapado y al instante el recuerdo de la preciosa muchachita que lo piloteaba, sonriéndole amorosamente, lo hizo entrar en razón y consiguió recuperar la compostura. Ahora recordaba que lo más importante era mantenerla a ella a salvo. Por lo que a él respectaba, todos los demás podían irse al demonio.

—Shinji, mi amor— la melodiosa voz y el enternecido rostro de Neuville, que apareció en su monitor, ayudó a calmarlo aún más —Lo que hiciste fue impresionante, nadie nunca había hecho algo así por mí antes… te debo la vida, y te estoy muy agradecida por ello… si pudiera, en este mismo momento me aventaba a tus brazos y te comía a besos…

—Esteeee… recuerden que aún seguimos aquí, chicos— carraspeó Misato, avergonzada, como todos en el puesto de mando.

—Pero desgraciadamente no podremos hacerlo hasta que acabemos con esto…— continuó Sophie, sin importarle que todo mundo pudiera escuchar su conversación íntima —Así que, por favor, trata de calmarte y haz lo que la Mayor Katsuragi te dice, ¿si? Prometo que después te daré tu recompensa por haberme salvado, mi héroe…

El guiño cándido que le dedicó la jovencita, así como la promesa que le hizo fue todo lo que necesitó Ikari para despabilarse y concentrarse en la tarea a la mano.

—Ti-Tienes toda la razón, Sophie, perdóname…— musitó el chiquillo, enrojecido por aquella muestra de afecto tan pública —¡Haré mi mejor esfuerzo!— concluyó decidido para entonces proceder como se lo habían indicado anteriormente y conectar la clavija de un cordón umbilical en el enchufe de su espalda. En el acto la cuenta regresiva se detuvo y el indicador de energía en su cabina volvió a llenarse.

Mientras lo hacía, Asuka daba saltos de aquí para allá, evadiendo como podía los afilados brazos del ángel Zeruel, quien no le daba un momento de descanso, tal y como se los hizo ver sarcásticamente a sus compañeros:

—¡Por mí ni se preocupen, par de lelos, ayúdenme cuando quieran!— la escenita que acababa de presenciar le había hecho hervir la sangre y el hecho que los dos se hubieran olvidado de su presencia la encolerizó aún más todavía. Hubiera querido dejárseles ir a golpes, si es que no estuviera tan ocupada evadiendo las estocadas del mortífero leviatán frente a ella.

No obstante, su apuro resultó ser muy breve, pues la Unidad Cero, salida casi de la nada, tacleó por un costado al coloso que la acosaba, permitiéndole finalmente un respiro cuando los dos rodaron por el piso, llevando el monstruo la peor parte, por supuesto.

—¡Ya era hora, maldita niña maravilla!— vociferó Langley a través del comunicador, para que todos la escucharan —¡Saliste antes que yo y aún así llegaste al último! ¡Inútil, buena para nada…!

—¡Asuka, cállate ya y reúnete con los demás!— la interrumpió Katsuragi por el mismo medio, antes que pudiera continuar con los insultos. Fuera por obra de la casualidad ó de alguna otra fuerza desconocida que los estuviera ayudando en aquél día, el caso es que volvía a tener a su equipo casi completo y no volvería a permitir que por niñerías absurdas volvieran a diezmarlo —¡Hagan una formación para cubrir a Rei mientras reconecta su suministro de energía! ¡No intenten trabar combate uno a uno con el enemigo, permanezcan todos lado a lado!

—¡Sí, señora!— respondieron los cuatro chiquillos casi al unísono, cuadrándose a la autoridad mostrada por la mujer, procediendo como se les indicaba.

El Eva Beta, 01 y 02 avanzaron en línea hacia el coloso, interponiéndose entre él y Ayanami, quien estaba entretenida en encontrar un cable disponible para conectarlo en su Evangelion, que se acercaba peligrosamente al final de la cuenta regresiva en su contador de energía. De cualquier manera pudo evitar el apagón total de su unidad gracias al apoyo de sus compañeros pilotos, aunque era Asuka la que mantenía la distancia entre ellos y Zeruel, a quien no cesaba de disparar un solo momento con su rifle de protones, mientras que los otros dos Evas restantes permanecían como apoyo, carentes de momento de un arma de largo alcance.

—¡Energía restaurada!— se apuró a decir Ayanami en su calmoso tono de voz, aunque con un dejo de alivio en él.

—¡Perfecto! ¡Sigan en formación y avancen hacia el enemigo! ¡Traten de acorralarlo, abrúmenlo para que no pueda atacarlos! ¡Shinji y Sophia, atentos por el costado! ¡Vigilen que Eyael no intente nada chistoso! Con un poco de suerte seguirá tirado mientras despachamos a su amigote…

Misato por fin se sentía a sus anchas, girando órdenes a diestra y siniestra. Por primera vez, desde que aquella pesadilla había comenzado, sentía tener el control de la situación. Los cuatro Evas restantes mantenían una cerrada formación que avanzaba a paso lento, pero firme, hacia uno de los blancos más poderosos del contingente enemigo, evadiendo cada uno de sus ataques y acosándolo a la vez con su número superior. A este ritmo, pronto le darían alcance y podrían darle fin, de esa forma deshaciéndose de uno de los pesos pesados de la ofensiva enemiga.

Quizás pecaba de ingenuidad, olvidando el calibre de las fuerzas involucradas en semejante conflicto de proporciones bíblicas. Empero, el enorme relámpago que se estrelló justo en medio de la cerrada formación de Evas, deshaciéndola por completo, le hizo favor de recordárselo.

El tremendo estallido provocó que los gigantes de metal salieran volando por los aires, esparcidos como un montón de muñecos de trapo que fueron a impactarse uno a uno de lleno contra el piso.

—¡Maldicióoon!— refunfuñó Misato, mordiéndose las mangas de su chamarra, viendo como su estrategia y sus planes se desmoronaban una vez más a merced de las circunstancias tan adversas. Estaba claro que la conflagración, que cobraba ya tintes legendarios, sería decidida por las habilidades tácticas de cada contrincante en el campo de batalla. Sólo quedaba confiar en las capacidades y entrenamiento de los jóvenes pilotos, lo que resultaba nada alentador.

—Profesor Fuyutski— murmuró Gendo, en ese tono que empleaba con su avejentado compañero cuando sus conversaciones requerían discreción total —Será mejor que empecemos a preparar los protocolos de autodestrucción del Geo-Frente… si la situación prosigue como hasta ahora, tendremos que hacer uso de ellos…

—Acabas de leer mi mente, Ikari— le contestó el profesor en el mismo tono de voz —En el momento que Manakel descifre la estructura del Dogma Terminal yo mismo me encargaré de que no quede nada más que átomos esparcidos de este lugar…

Un agudo dolor en la nuca, provocado sin duda alguna cuando rebotó como pelota de pinball por toda su cabina, mantenía ocupada a Asuka, quien se quejaba lastimosamente mientras que intentaba reincorporarse a la pelea antes de volver a ser sorprendida por sus oponentes. Una densa humareda obstruía su visibilidad, la cual era casi nula en tales condiciones, y una estática residual en sus instrumentos a su vez la mantenía incomunicada de sus compañeros.

—¡Estúpido pedazo de porquería!— gruñó al darle un puñetazo a la consola frente a sí.

Aún dentro de su cabina, la jovencita de cabello rubio pudo sentir un ligero estremecimiento en los alrededores. Al aguzar la mirada pudo distinguir entre la espesa cortina de humo una figura masiva que se aproximaba a su posición. Al ponerse en guardia, lista para una eventual confrontación, con pesar cayó en la cuenta que había perdido su rifle entre la confusión, por lo que tuvo que conformarse con su práctico cuchillo de corte progresivo que emergió de su hombrera.

Por lo menos su instrumental daba avisos de volver a funcionar, lo que sirvió para reconfortarla un poco mientras preparaba sus músculos, tensándolos, para la inminente colisión. Aún así, y no obstante su pose de felino a punto de atacar, la muchachita rápidamente bajó su guardia al ver dibujarse la silueta bastante familiar del Eva Z acercándose a ella a través de la nube de humo que los separaba.

—¡Kai!— gritó gustosa, emocionada —¡Sabía que no era cierto! ¡Sabía que eran puros cuentos eso de que habías sido vencido! ¡Tú…!

No pudo terminar de pronunciar su último enunciado pues las palabras se atoraron en su garganta, contemplando horrorizada su grave equivocación, pues frente a ella, emergiendo de la tupida humareda, tenía no al Evangelion esmeralda que tripulaba su novio, sino una aberrante imitación completamente oscura que había plagiado su forma, cuyos ojos rojos centelleaban siniestramente, burlones, trayendo consigo la promesa de una inevitable destrucción, precio a pagar por su estupidez.

Eyael disparó a quemarropa una ráfaga carmesí proveniente de sus ojos, sin que Langley atinara a moverse, estupefacta, horrorizada. La Unidad 02 hubiera estallado en pedazos, con todo y su atónita ocupante, de no ser por el oportuno empujón que le propinó Ayanami, ocasionando que ambos robots rodaran por el piso al mismo tiempo que el disparo enemigo desintegraba toneladas de roca sólida detrás de ellos.

—¡Piloto de la Unidad 02, no te dejes distraer tan fácilmente!— exclamó Rei a través de su comunicador, con un gesto en su rostro que parecía semejar enfado en su limitado lenguaje corporal. Quedaba muy claro que la apacible muchachita de ojos rojos era otra al momento de tripular su Evangelion —¡Debes concentrarte en la pelea si no quieres que te maten!

El estado de shock en el que se encontraba la orgullosa jovencita alemana se agudizó aún más al momento que presenciaba como era reprendida por ni más ni menos que Rei, la flacucha descolorida y muda a la que tanto detestaba. Y el hecho que ya la hubiera salvado en dos ocasiones durante el transcurso de la batalla la hacía sentirse aún más humillada. No obstante, algo dentro de ella pareció activarse enseguida, pues no bien se había recuperado de la impresión cuando su sangre hacía ebullición en sus venas, sus dientes rechinaron y la vista se le nubló cuando la rabia se apoderó de ella, para variar. Se levantó como un resorte de donde estaba y sujetó por el cuello al Eva de su compañera, levantándola violentamente hasta hacer que sus pies no tocaran el piso, su mano firme alrededor de la cerviz como una férrea tenaza de acero.

—¡Sucia ramera!— la mano libre del Eva 02 se contrajo al momento en un rencoroso puño, listo para ser descargado en su cautiva —¡No vuelvas a hablarme de esa manera ó yo voy a ser la que te mate! ¡¿Entendiste, mocosa estúpida?!

—Ba… Basta…— pronunciaba Ayanami dificultosamente, apenas con un hilo de voz, sintiendo unas garras imaginarias apretando su garganta.

—¡Asuka, deténte! ¡Es una orden, maldita sea!— terció Katsuragi, furiosa —¡El enemigo aún está detrás de ustedes…!

Ni bien había terminado de formular su advertencia cuando una súbita corriente eléctrica derribò a ambos Evas, terminando sin querer aquella infructuosa disputa interna. Literalmente con la velocidad de un rayo, Ariel despegaba con dirección al oscurecido firmamento en cuanto hubo descargado su incontenible furia sobre sus oponentes, desde donde seguramente volvería a emprender un nuevo ataque, tal como era su costumbre.

—¡Cómo odio a ese infeliz eléctrico y a su costumbrita de pegar y correr!— espetó Misato cuando veía al monstruo alejándose del campo de batalla, para enseguida suspirar lastimosamente, ablandando el tono de su voz —Aunque tengo que admitir que esta vez fue bastante oportuno, me ayudó sin querer a separar a estas dos…

—Creo…— pronunció la Doctora Akagi, a su lado, como lo hace alguien que está pensando muy cuidadosamente en lo que va a decir —Creo que empiezo a ver un patrón claro en su comportamiento…— de inmediato se volvió hacia su asistente, resuelta —¡Maya! ¡Necesito que me ayudes a comparar algunos datos con MAGI!

—¡En el acto, doctora!— respondió enseguida la muchacha, contagiada con el tono de su superior, precipitándose hacia el teclado a su disposición.

Mientras que la joven técnica bajo su mando rápidamente accedía a la infinita cantidad de datos almacenados en los sesos cibernéticos de la supercomputadora y los manipulaba a su conveniencia, según sus instrucciones, Ritsuko se volvía hacia la Mayor Katsuragi, recobrando un poco el ánimo por primera vez desde que todo aquello había comenzado:

—Si estoy en lo cierto, te prometo entregarte la clave para deshacernos de ese bicho tan molesto de una vez por todas.

—Gracias, oírte decir eso es un gran alivio— respondió la militar, para de inmediato pronunciar para sí misma en tono quejumbroso —Aunque te agradecería mucho más si también me dijeras como me deshago de los otros tres enormes tarados que nos hacen la vida imposible…

Y mientras Katsuragi se encargaba afanosamente de verle los dientes al caballo regalado, Eyael por su parte se entregaba al infame deleite de patear inmisericorde a la abatida Unidad Cero, entretenimiento cruel que parecía disfrutar aún más al no permitirle a su contrincante siquiera la posibilidad de levantar cabeza, pues en cuanto el robot alzaba la vista la bestia se encargaba de que besara el piso a punta de pisotones, sin que la máquina atinara a defenderse, abrumada como estaba por las circunstancias.

Una vez que se hubo hartado de limpiarse las suelas con el maltrecho gigante de acero, el monstruo lo sujetó por el brazo y pie derechos, levantándolo por encima de su cabeza como un lastimoso trofeo de guerra y casi enseguida procedió a estirarlo de ambos extremos, resuelto a no parar hasta que Cero reventara como piñata.

Asuka, por su parte, compartía en cierto modo el sádico placer de su adversario, contemplando plácidamente el castigo que se le aplicaba a quien supuestamente debía ser su aliada en aquella confrontación, sin dar visos de querer hacer gran cosa por ayudarla.

"Bien merecido te lo tenías, piltrafa desarrapada" pensaba complacida, observando como el Eva 00 comenzaba a tensarse hasta lo imposible debido a la descomunal fuerza de tensión a la que era sometido, faltando muy poco para su punto de quiebre. "Eso te enseñará a quitarte tus aires de grandeza, perra sarnosa."

—Mi niña— el rostro y la expresión de hartazgo de Misato, cuya imagen apareció de repente en su monitor la sacó de sus perversos pensamientos —En realidad no puedo creer que vayas a permitir que Rei te haya salvado el culo, no una, sino ¡dos veces, válgame Dios! sin haber quedado a mano con ella… eso de quedarle a deber a las personas es una cosa muy, pero muy fea, ¿no crees?

—¡Ya lo sé, con un demonio, no necesito que me sermonees!— ladró Langley desde su cabina, lanzándose a la acción —¡Sólo estaba esperando el mejor momento para atacar! ¿En verdad creías que iba a dejar que destriparan en mis narices a la mensita esta?

Sin decir más la jovencita europea pegó un brinco para recetarle una poderosa patada de tae kwon do en plena espalda al desprevenido monstruo de oscuridad, quien cayó pesadamente de bruces a la vez que soltaba a su adolorida prisionera. Ya en el piso la Unidad 02 se encargó de rematar a su contrincante pateándolo violentamente como si se tratase de un simple balón de fútbol, mandándolo a rodar a una distancia prudente de las dos pilotos.

Ayanami, desconcertada por el rápido acontecer de los hechos, aún no atinaba a ponerse en pie cuando su compañera se puso delante suyo, amenazante.

—Vamos dejando las cosas muy en claro— sentenció la chiquilla de cabello rubio, mirándola despectivamente a través del monitor en su cabina —Te detesto, pequeña bruja odiosa, y en circunstancias normales me importa un coño lo que te pase ó deje de pasar. Pero ya que estamos metidas juntas en esto, me tengo que asegurar que no te hagan mierda ó la siguiente podría ser yo. Así que te propongo un trato: limitemos nuestra comunicación al mínimo. Guardémonos cada cual sus comentarios y enfoquémonos sólo en salir vivas de esta, ¿te parece?

—No tengo problema alguno con eso— carraspeó Rei, acariciándose la garganta, adolorida, cuando se levantaba y se aprestaba al combate como podía.

—Sólo cuídate las espaldas cuando todo esto termine, perra maldita…— musitó Langley para sí misma, destilando odio y rencor en cada tono susurrante de sus palabras.

—Cuidado— masculló Rei, con una parsimonia que contrastaba con la rapidez de sus acciones, al retroceder ágilmente para evadir el embate eléctrico del ángel Ariel, cuyas secuelas alcanzaron para derribar al robot rojo que tripulaba la joven de origen alemán.

—¿Ese nivel de comunicación te pareció bien?— preguntó la muchachita de pupilas rojas a través del monitor. Como era usual, su semblante indiferente y el tono monocorde de sus palabras hacían difícil captar si estaba empleando algún dejo de sarcasmo ó de burla en sus gestos —¿Ó quisieras limitarlo aún más?

La única respuesta que obtuvo de parte de su compañera fue el rechinido de sus dientes y la mirada fulminante que le dirigió por el mismo medio.

Haciendo acopio de cada fibra de fuerza y de arrojo que habitaba en su ser, el joven Shinji Ikari como pocas veces le hacía frente a las dificultades que le ponía la vida, tomando literalmente al toro por los cuernos cuando detuvo con sus propias manos la alocada carrera del ángel Zeruel, quien aprovechando la cortina de humo que lo ocultaba quiso atropellar a sus desprevenidos adversarios.

Con lo que nunca llegó a contar fue con los inusitados bríos del joven Ikari, quién se las arregló para contenerlo y mantenerlo lejos de Neuville, e incluso hacerlo retroceder de su posición original. Los agujeros vacíos que simulaban los ojos del leviatán en su horrenda faz destellaron, quizás de frustración ó rabia al estarse viendo superado, pero el desquite también estaba presente en ellos, de lo que dio cuenta Sophia justo a tiempo para alcanzar a advertirle a su enamorado:

—¡Shinji, cuidado!

Aquél único aviso bastó para que en el acto, haciendo acopio de una fuerza descomunal, la Unidad 01 arrojara de espaldas al engendro con el que momentos antes trababa fuerzas, por lo que la descarga de fotones que expulsó la criatura a través de su hocico salió desviada en lugar de vaporizar su cabeza, su propósito original.

—¡Ponte detrás de mí, Sophie!— pronunció el muchacho en tono grave e imperioso —¡Yo te protegeré, cueste lo que me cueste!

"¿Cueste lo que me cueste?" pensó la Mayor Katsuragi enseguida "Alguien ha estado viendo demasiadas telenovelas de nuevo". El que los jovencitos bajo su mando estuvieran en una situación de combate a muerte no era pretexto para que se pusieran melodramáticos, a los ojos de aquella mujer.

Sin mediar palabra la joven piloto del Eva Beta, lejos de agradecer el gesto, de un empujón hizo a un lado al robot que tripulaba su compañero, quien a pesar de que en un principio se vio confundido por dicho proceder enseguida comprendió que aquello había evitado que fuera rebanado a la mitad por la cuchilla elástica que pasó silbando donde momentos antes había estado.

—Gracias por tus buenas intenciones, Shinji-kun, pero en realidad no hacen falta— sentenció la chiquilla, quien ahora se interponía como escudo entre la bestia y el muchacho —Como ves, puedo cuidarme yo solita… será mejor que pongas más atención en cuidar de ti mismo y en ayudarme a librarnos de este imbécil de unas vez por todas, ¿te parece?

—Me parece muy bien— asintió Ikari, sacando a relucir una vez más su semblante timorato, atolondrado —Como siempre, tienes toda la razón, Sophie…

Ni bien había terminado de mascullar su consentimiento cuando una vez más su contrincante buscaba tomar a ambos por sorpresa, emergiendo a toda marcha a sus espaldas como un toro furibundo. Enseguida los jóvenes amantes dieron media vuelta al mismo tiempo y lo encontraron con un puñetazo gemelo que impactó simultáneamente en el grotesco rostro de la atónita criatura, que salió volando por la fuerza del sorpresivo impacto recibido.

—¡Muy bien, chicos, eso estuvo excelente!— exclamó Misato igualmente sorprendida, aunque por su parte fue de manera muy grata, para casi enseguida preguntar extrañada a sus acompañantes en la sala de mando —Bastante bien, pero, ¿qué demonios fue eso?

—Quizás… hmmm…— musitó Shigeru, con la misma extrañeza —El poder… ¿del amor?

El amor. Esa emoción humana, sentimiento desde siempre tan nombrado, tan invocado, tan pocas veces comprendido y explicado. Todo mundo habla del amor, todos tratan de explicarlo y aún así muy pocos logran entenderlo del todo, ó por lo menos, una parte significativa de su ser. Se sabe que el amor es comprensivo, que el amor es servicial, que puede ser una llama que no mata pero sí envenena, a veces puede ser motivo de salvación y muchas más de perdición. Ó por citar la obra del poeta Gustavo Adolfo Bécquer: "El amor es un misterio. Todo en él son fenómenos a cual más inexplicable; todo en él es ilógico, todo en él es vaguedad y absurdo…" De más está tratar de explicar su esquiva y misteriosa naturaleza, sólo cabe resaltar que su sola existencia es el motor en varias de las acciones del género humano, llevando a realizar a los individuos algunas de las más grandes proezas y sacrificios que la historia de la raza humana tenga en su registro.

En resumen, por amor se era capaz de realizar los actos más descabellados que alguien en su sano juicio normalmente no se atrevería a cometer. Ryoji Kaji dilucidaba en este y algunos otros aspectos de esta emoción tan profunda, tan complicada, tan humana mientras recorría rápidamente los linderos del gigantesco Río Nilo en una locación no especificada de lo que quedaba de Egipto, a bordo de un destartalado jeep, que sin duda alguna había visto tiempos mejores.

¿De qué otra manera se explicaba su presencia en aquellos parajes tan inhóspitos, justo en medio de la línea de fuego entre las Fuerzas Armadas de las Naciones Unidas y el Ejército de la Banda Roja? Se encontraba en territorio en plena disputa, entre la querella de la O.N.U. por mantener alejadas a las fuerzas enemigas de las costas del Golfo Mediterráneo, territorios apenas recuperados recientemente en la incursión bélica de la que Zeta había tomado parte. Sin embargo, ya sin el apoyo y empuje que proporcionaba un arma con semejante poder de fuego, mantener las posiciones en las costas africanas del Mediterráneo les costaba cada vez más trabajo a las fuerzas regulares del gobierno mundial, quienes luchaban con todos sus recursos por mantener contenidos a los rebeldes en su bastión en el continente africano, por debajo de lo que para esas fechas sería el antiguo Trópico de Cáncer.

A lo largo del accidentado camino el distante sonido de los disparos y explosiones a la lejanía se sucedían uno tras otro a intervalos seguidos y regulares, como si fueran un pegajoso estribillo en la radio del desvencijado vehículo. "¿Qué carajo estoy haciendo aquí?" se volvía a preguntar mentalmente, mientras se acomodaba por enésima ocasión la chalina que tenía amarrada alrededor de la cabeza a modo de turbante, lo único que impedía que su cabeza ardiera en llamas bajo el furibundo sol de aquellas latitudes, agarrándose como podía para no salir despedido del jeep sin techo en el que viajaba cada vez que brincoteaba al evadir las zanjas y demás desperfectos naturales del trayecto. "¿Qué carajo estoy haciendo aquí?"

Según él, investigaba de cerca una pista que había obtenido del aparente inagotable caudal de información que en recientes fechas había sustraído de MAGI. Dicho indicio lo había sacado del Japón para ir recorriendo el globo en algunos de sus más recónditos rincones: Sudamérica, los despojos que quedaban de las maltrechas islas del Reino Unido, Medio Oriente y finalmente donde se encontraba, el Golfo Mediterráneo, recién formado durante el Segundo Impacto con la desaparición del Estrecho de Gibraltar, consumido por las voraces aguas del Atlántico Norte. Se trataba de la más reciente pieza que había encontrado del enorme rompecabezas y dolor en el culo que se había vuelto esclarecer el asesinato del Doctor José Rivera y de su esposa, Mary Elizabeth Hunter. Cómo es que descubrir la identidad del líder del Ejército de la Banda Roja figuraba entre todo ese embrollo, eso era algo que tendría que averiguar una vez que tuviera los suficientes hechos como para finalmente poder apreciar el escenario completo.

Entonces, la razón principal de verse metido en semejante trabuco era precisamente poder acercarse más a resolver aquella peligrosa obsesión que se le había vuelto el trágico desenlace de dichas personas, por lo que constantemente ponía en riesgo su cuello. Era lo que trataba de convencerse a sí mismo. Sin embargo, muy en el fondo también sabía que el verdadero motivo de su visita a aquellas exóticas latitudes era el gran amor que desde siempre había sentido por Misato Katsuragi. Fue por ella, y por su salud mental, que él mismo se había impuesto aquella disparatada cruzada por encontrar la razón, el motivo por que su gran amor tuvo que soportar esa pérdida. Aún después de tantos años sabía que el conocer las causas que originaron aquél homicidio le daría por fin a Katsuragi el ansiado cierre que tanto necesitaban, tanto ella como él. De esa manera podrían seguir con sus vidas, y al haber exorcizado al fantasma de Rivera dentro de ella, quizás, sólo quizás, por fin podrían estar juntos.

Sería su anhelado "y vivieron felices por siempre", el resultado deseable en su escenario más optimista. Pero sólo un idiota podría pensar que todo aquello alguna vez llegaría a ser, y Kaji sería muchas cosas, menos un idiota. No por algo había salvado el pellejo tantas veces durante todos esos años. Su chalina desenrollándose a merced del viento dejó entrever el dejo de amargura que imprimían en su rostro tales pensamientos, cómo se lo hizo notar su acompañante, quien conducía el automotor:

—¡Si ese trapo se te vuelve a caer de tu maldita cabeza juro que aquí mismo voy a dispararte en tu estúpido rostro de borrego a medio morir!— gruñó el sujeto, ansioso, atajando el pedazo de tela que a punto estuvo de salir volando detrás de ellos —¡Tápate de una vez la condenada cara, imbécil, antes que alguien te vea! Es la única forma que nadie se fije en tus malditos ojos de cerradura… un super espía japonés en medio de este desierto… ¡Qué gran idea! Resaltas más que un pavo real en celo… la próxima vez tendré que ser más específico cuando solicite a los jefes que me manden apoyo…

Pese a su tono belicoso y el aparente desdén hacia su persona, dada la abundante cantidad de comentarios racistas, Amit era un viejo compañero de armas de Ryoji, perteneciente a la misma organización clandestina de inteligencia para la cual trabajaba. Ó mejor dicho, su "trabajo de medio tiempo" como puntualmente le había señalado la propia Misato. Se trataba de un alto y corpulento israelita, tosco y de apariencia intimidante por la cantidad de cicatrices que surcaban su desaliñado rostro, no obstante una vez que se le trataba con frecuencia y se llegaba a entablar cierta familiaridad con él resultaba ser una persona bastante afable y acomedida. Era precisamente por este motivo, el conocerse ya de tantos años, que el conductor se permitía ser tan directo con su acompañante, de lo que también estaba al tanto el mismo Kaji.

—Qué raro, anoche no escuché que tu madre se quejara de mi cara una sola vez— pronunció en su característico tono de chanza mientras procedía a taparse el rostro como se le indicaba —Además no sé como diablos hacen para que estas cosas se queden en su lugar. Con razón estás tan estúpido, deben cortarles toda la sangre que debería llegarles al cerebro…

—¡Jajaja!— Amit rió de buena gana, al tiempo que maniobraba el jeep para esquivar un nuevo surco en el camino, levantando una gruesa polvareda tras ellos —Para ser un enano amarillento tienes muy buen sentido del humor, tengo que admitirlo… ¡Mira que creer que podrías aguantar una noche con mi madre! Esa enorme y vieja ballena te partiría como astilla al primer revolcón, idiota… además todos sabemos lo que dicen de los hombres japoneses y el tamaño de su equipamiento…

El estruendo producido por una explosión que se divisó al otro lado del río, mucho más cerca que las anteriores, evitó que el judío escuchara la ingeniosa respuesta de su compañero. Ambos tuvieron que reconocer que el estallido estuvo demasiado cerca de ellos como para poder sentirse cómodos al respecto.

—¡Estos malditos simios piojosos!— gruñó Amit, sin ocultar el dejo de temor en su voz al referirse a los "simios piojosos" —¡El diablo se los lleve a todos ellos! ¡Te lo digo, la única forma en que van a poder mantener esta posición va a ser con un bombardeo a gran escala a lo largo de toda la costa, desde Damasco hasta Trìpoli! ¡Que ardan hasta el infierno los hijos de mil putas y se acabe todo esto de una vez! ¡Una buena dosis de N2 es todo lo que necesitan para estarse en paz!

—Debe ser un todo un problema para los de Naciones Unidas que aún detrás de sus líneas tengan que lidiar con resistencia y sabotaje a su infraestructura— acotó Kaji, con aire meditabundo. Aún cuando aquella franja territorial colindante con el Mediterráneo estaba libre de presencia armada formal de parte de la Banda Roja, gran parte de la población civil que permaneció en las ciudades liberadas se habían vuelto férreos simpatizantes de los rebeldes, por lo que bastaba la presencia de unas cuantas células pequeñas y muy bien disimuladas de éstos para coordinar una seguidilla de actos diarios de terrorismo y sabotaje bastante efectivos contra la presencia de la O.N.U. La solución que proponía su acompañante no sonaba tan absurda para ese entonces, y seguramente que los dirigentes de las Fuerzas Armadas ya la habían contemplado más de una vez.

—De cualquier manera, es difícil de creer que con sólo unos meses de ocupación la Banda Roja haya logrado semejante apoyo de los civiles— añadió el hombre oriundo de Japón —Deben ser bastante simpáticos si de repente hay tantas personas dispuestas a morir por su causa… quiero decir, ¿cómo diantres haces que el grueso de una población eminentemente religiosa apoye con tanta vehemencia en tan poco tiempo a un ejército ateo? Algo está mal aquí, a todas luces… con todo y la animadversión que las Naciones Unidas provocan en el Tercer Mundo, simplemente esto es inexplicable.

—Tienes razón— asintió Amit, adoptando un gesto adusto —Jamás, en toda mi larga vida, me había tocado ver algo así. Ni con los soviéticos, ni en Gaza, ni con el Talibán… demonios, ni siquiera en Fox News… No sé si es cosa de risa, ó de miedo, pero hasta hace unos días personal de investigación de las Fuerzas Armadas encontró una sustancia química desconocida filtrada en todos los suministros de agua potable de la región. Al parecer, una clase de droga de nueva generación. Incolora, insabora, se mezcla perfectamente con cualquier clase de líquido. Al ser ingerida se absorbe rápidamente y actúa directamente en el cerebro. No tiene efectos inmediatos, pero al cabo de ingestas acumuladas la droga deja al sujeto en un estado de sugestión bastante potente, reactivo sólo a cierta clase de estímulos específicos previamente inducidos mediante mensajes subliminales en ondas de radio y televisión. Sé que parece como si estuviera hablando de algo salido de una caricatura, incluso yo mismo me cagaría de risa al oír semejante disparate si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Un momento estás sosteniendo una conversación casual, normal con cualquier hijo de vecino, nada extraño pasa y de repente, ¡bam! El tipo se convierte en un maldito desgraciado maniático que empieza a disparar a todo lo que tenga el escudo de Naciones Unidas. Nada puede hacerlos entrar en razón, sólo una bala en el cerebro. En los casos más extremos que he sabido acaban en un estado de catatonia total. Y esto fue sólo en población que estuvo expuesta por muy poco tiempo relativamente, cosa de un par de meses. Los azulejos esperan que en territorios aún ocupados la situación sea peor, mucho peor. Se están preparando para un escenario donde tengan que enfrentar al total de la población de aquellas ciudades, estamos hablando entonces de un ejército de millones que comprometerían la totalidad de recursos de los que disponen los azulosos.

—Vivimos en un mundo donde hemos creado robots tan grandes como rascacielos, peleando contra monstruos horrendos igual de enormes… aún así, ¿drogas de control mental? ¿En serio?— pronunció Kaji al cabo de unos tensos momentos de silencio —Ya estamos hablando de cosas mayores con eso… pero, ¿qué más se podía esperar del maléfico Doctor Infierno?

—¡Y es a ese desgraciado demente al que estás persiguiendo! No cabe duda que eres todo un imbécil… si tanto quieren saber tú y los jefazos quién es el tipo, no deberían hacer más que tocar a la puerta de su jodida cueva en su igualmente jodida Isla del Infierno para que los invitara a tomar el té y galletitas para conocerse mejor. Todo mundo sabe que ahí es donde se encuentra, planeando como conquistar toda Europa.

—Je, prefiero mantener mi distancia, muchas gracias… por cierto, ¿aún falta mucho? Conduces como anciana, tendremos suerte si llegamos a la fosa en esta vida— pronunció mientras encendía un cigarrillo en sus labios.

Amit observó de reojo el gesto complaciente del japonés y el cigarrillo que comenzaba a consumirse a través de sus pulmones. Luego soltó una mueca burlona para entonces sacar de la guantera un estuche de donde sustrajo un enorme habano que sostuvo entre sus dientes y encendió con algo que más parecía un soplete que otra cosa.

—Sólo relajáte y disfruta del paseo mientras puedas, pequeñín— pronunció con aire satisfecho, a través de las gruesas bocanadas de humo expelidas por su aliento, como si se tratase de un dragón malhumorado —Esta cafetera sólo nos llevará a la mitad del camino, el resto tendremos que seguir a pie, si es que ese apestoso agujero está donde creo debe estar. Va a ser un trabajo bastante sucio y pesado, pero por suerte para ti cuento con la astucia y sigilo de James Bond y la fuerza y rudeza de John Rambo, todo en un atractivo paquete de exquisitez judía, ¡jajaja!…

Aquél par tan disparejo de distinguidos personajes se trataba de un pequeño y discreto comando de inserción y localización. Debían adentrarse en territorio enemigo para conseguir la ubicación exacta de un lugar muy especial que su extenuante labor de inteligencia había revelado. Se trataba de una profunda fosa perdida en el ardiente desierto africano, la cual, según arrojó su investigación, se trataba de la única prisión de la que disponía el Ejército de la Banda Roja en todo su ancho territorio. No se trataba de cualquier cosa, ya que de todos era bien sabido que las fuerzas rebeldes no tomaban prisioneros, ejecutando en el acto a cualquier enemigo herido que encontraran. Y aún dentro de sus filas, aquellos que cometían una falta considerable encontraban en la muerte el único castigo posible por su indisciplina.

Sin embargo, el descubrimiento de aquella fosa revelaba en sí mismo la existencia de un reducido grupo de prisioneros que alguna vez formaran parte de la Banda Roja que por la gravedad de sus crímenes se había determinado que la muerte sería solamente un premio para ellos, por lo que se había acondicionado ese horrible calabozo en el que tendrían que sufrir lo inimaginable por el resto de sus días. Un prisionero en particular, entre el minúsculo puñado de desgraciados que habitaban aquél lugar de tormento, era clave para la plena identificación del misterioso líder de las fuerzas rebeldes, al que todos se limitaban a llamar "Doctor Infierno" siguiendo en tono de bulla el epíteto que le había endilgado el aparato de comunicación social de las Naciones Unidas cuando la existencia de una persona semejante sólo se trataba de una alocada fantasía.

El "Prisionero Cero", tal como era conocido dicho individuo, había sido miembro prominente en la cabeza de mando del extinto Frente de Liberación Mundial que después mutaría en el poderoso Ejército de la Banda Roja. Era de los pocos hombres vivos que habían presenciado de primera mano el alzamiento de aquella terrible fuerza que ahora mismo amenazaba seriamente el balance de todo el globo. Era, quizás, su única y última oportunidad para desentrañar el misterio de la identidad del "Doctor Infierno" y su desconocido origen. Y representaba para Ryoji Kaji un paso más hacia su ansiada meta, que en muchas ocasiones le parecía tan lejana.

"Las cosas que hago por amor…" se lamentaba mentalmente, preparándose para una jornada larga, muy larga.

De un rápido movimiento que tomó desprevenido a su contrincante, Asuka consiguió sujetar por la espalda a Eyael, inmovilizándolo al tenerlo bien asido de los brazos y la cabeza con una llave que parecía ser sacada de un evento de lucha libre. Al estar en contacto directo con la criatura de inmediato una descarga eléctrica sacudió a la joven piloto del robot color rojo, señal inequívoca que el ente al que mantenía prisionero comenzaba a absorber el flujo eléctrico que alimentaba a la máquina que tripulaba.

—¡Niña maravilla, muévete de una vez, con un demonio!— bramó, sin soltar a su presa, pese al intenso dolor que experimentaba —¡Este infeliz me va a dejar toda achicharrada!

Ayanami dejó que sus acciones fueran las que respondieran a las súplicas de su compañera, empuñando una enorme hacha que le habían facilitado del arsenal a escala gigante del que disponían los Evas. De un brinco tomó impulso, buscando asestar un letal golpe en la cabeza de su adversario, solamente no contaba con la anticipación de este, que haciendo uso de su naturaleza viscosa, maleable, consiguió liberarse reduciendo el ancho de sus miembros y estrechándose hacia abajo. Por tanto, la acometida que buscaba partirlo a la mitad fue a dar al hombro de la Unidad 02, demasiado tarde para que pudiera evitarlo. Un potente chorro de líquido rojo salió a presión del Eva dañado a la vez que un fuerte alarido escapó de la garganta de la muchachita que lo piloteaba.

—¡Maldita estúpida!— rugió Langley, entre una mezcla de dolor y rabia tomándose el hombro al sentir como si un hierro al rojo vivo lo hubiera atravesado —¡Lo hiciste a propósito, descerebrada! ¡Voy a…!

No logró terminar su amenaza pues el monstruo las tomó a ambas de la cabeza y las estrelló violentamente una contra otra, como si se tratara de un abusivo niño bravucón en medio del patio escolar. Numerosos fragmentos de metal salieron volando del encontronazo para que luego ambos robots cayeran derribados.

Ni tardo ni perezoso el viscoso ente quiso vaporizar a Cero con una de las ráfagas ópticas robadas a Zeta, lo que evitó su tripulante dando una pirueta hacia atrás digna de una gimnasta experta. Aprovechando que estaba dándole la espalda, todavía en el piso, la jovencita alemana le barrió las piernas para hacer que cayera boca arriba. Como resorte la chiquilla logró ponerse en pie y enseguida hacerse del hacha que Rei había tirado anteriormente y sin darle oportunidad a su oponente de reaccionar descargó todo el peso del arma sobre su cuello, cercenando limpiamente su cabeza. Todo ello transcurrido en un par de segundos, bastante difícil de apreciar para el ojo distraído.

—¡Fíjate muy bien en eso, tarada! ¡Así es como se hace!— se ufanó la europea, señalando la cabeza cortada de la criatura en el piso.

—Yo diría que la pelea está lejos de terminar— musitó la chiquilla de pupilas rojas, mientras observaba asqueada como del cuerpo decapitado y de la cabeza de Eyael emergían finos tentáculos de color negro que se iban estirando hasta encontrarse unos con otros, entremezclándose.

—¡Tiene que ser una jodida broma!— se lamentó Langley, atónita, presenciando como el cuerpo inerte del ángel se convulsionaba y volvía a ponerse en pie al mismo tiempo que su cabeza era unida de nuevo al resto de su anatomía.

Una enorme ráfaga eléctrica, mucho más potente que cualquiera de sus predecesoras, impactó de lleno el espacio que separaba al monstruo en recuperación de sus dos atacantes robóticos, actuando como una barrera infranqueable entre ambos bandos en disputa. De cualquier manera, la descarga fue mucho más cercana a los combatientes mecánicos y de tal intensidad que sus secuelas bastaron para derribar a los dos gigantes de acero, destrozando limpiamente gran parte de sus armaduras, que ahora solo eran cascajos calcinados en el piso, de lo que dio cuenta Makoto con todo y cifras.

—Las armaduras de Cero y de la Unidad Dos presentan daño en un 62% de su estructura total.

—Eso es casi como si estuvieran desnudas— masculló Shigeru para sí mismo, nervioso.

Mientras que los dos robots se ponían en pie pesada y torpemente, estelas de humo blanco emergían de sus pechos, dando cuenta del amplio daño al que fueron sometidos. Dicha estampa no era nada halagüeña para todo el que la contemplaba desde la sala de mando. Para todos, excepto quizás para la Doctora Akagi, quien en medio de un silencio sepulcral exclamó a viva voz, triunfante:

—¡Eso es! ¡Por fin lo tenemos!

—¿De qué cuernos me estás hablando?— objetó Misato, molesta por el desplante de su compañera —¡Si cualquiera de esos bichos les estornuda ya pueden darse por muertas!

—No si los liquidamos primero, Mayor— contestó la científica en el acto, con una sonrisa confianzuda —Permíteme mostrarte al verdadero Ariel, así es como luce en realidad…

La pantalla que Ritsuko le mostraba como un trofeo de caza desplegaba una imagen congelada de una innumerable serie de largos filamentos, delgados como cabellos, que convergían en un solo punto que parecía bastante ser el núcleo del ángel.

—Nos tomó un poco de tiempo, pero finalmente pudimos descubrir que la electricidad que utiliza para sus ataques no es generada por él mismo, sino que la absorbe del campo eletromagnético del planeta mediante el mecanismo de polarización de sus partículas que…

—Todo eso, traducido a lenguaje de gente normal, ¿qué significa?— interrumpió Katsuragi, contrariada por su nivel básico de física y apremiada por la urgencia de la situación y la calma que se tomaba su compañera para exponer su punto.

Rikko no hizo más que suspirar y mirar hacia arriba, en un gesto de fastidio, para enseguida responder:

—Ariel obtiene su poder eléctrico de la atmósfera, "cargándose"— al pronunciar esta palabra la propia Akagi acentúo con sus propios dedos las comillas que la acompañaban —Con el campo electromágnetico que rodea a la Tierra… una vez con suficiente electricidad acumulada se deshace de ella descargándola sobre sus enemigos, pero dejando siempre una reserva suficiente que le permita "rebotar" y volver a la atmósfera superior para volver a comenzar su proceso de carga…

—¿Es decir que si de algún modo lo retenemos aquí, en tierra, impedimos que absorba electricidad de la atmósfera y así no tendrá forma de atacarnos?

—Quedará tan indefenso como un gatito… es por eso que sus asaltos son siempre tan rápidos… el problema será la manera en que podremos atraparlo… quizás si…

—Muchas gracias, doctora— la interrumpió la mujer de largo cabello oscuro —Ha hecho más que suficiente… la táctica y estrategia puede dejárnosla a nosotros… chicas, ¿escucharon lo que Ritsuko nos acaba de informar?

—Afirmativo— respondió Ayanami lacónicamente, arreglándoselas para esquivar un puñetazo de Eyael y bloqueando enseguida una poderosa patada del mismo, que no obstante no pudo impedir que la tirara al piso, dada la fuerza del impacto.

—Aún así no veo que la situación cambie gran cosa— acotó Langley, forcejeando con el mismo monstruo para mantenerlo alejado usando su hacha de batalla, cuando éste trataba de arrebatársela —"Chispitas" es muy rápido para verlo venir, o sea, uno no puede predecir cuándo y donde caerá un rayo, lo sabes bien, y aún si lo supiéramos, ¿dónde vamos a detenerlo? ¿Tienes por ahí una pila recargable tamaño ángel?

—A decir verdad…— pronunció Katsuragi, divertida —Sí la tengo… y está justo frente a ti…

Asuka ya no fue capaz de contestar en el momento, pues la sombra de Zeta la había puesto de espaldas contra el piso, separándolos únicamente la empuñadora del hacha que ahora ambos sostenían a la altura del pecho, luchando por arrebatarla uno del otro. Aquello no impedía que Eyael intentara morderla justo en el rostro, pues estaba a una distancia bastante conveniente para hacerlo. No fue hasta instantes después, en medio del trabuco en que se encontraba, que la jovencita alemana recapacitó las palabras de su oficial superior.

—¿Eh? ¿De qué estás hablando?

Mientras tanto, en el otro frente de aquél inmenso, complejo y disparatado campo de batalla, una cuadra entera de la zona residencial de Tokio 3 era reducida a cenizas por un mortífero rayo de fotones que desbarataba todo a su paso. Hubiera hecho lo mismo con los dos Evas a los que enfrentaba, si no es que los jóvenes pilotos de ambas máquinas supieron precisar el momento exacto para evadir la descarga de energía que emanaba de la boca del coloso al que enfrentaban.

Cualquiera pensaría que la Unidad 01 y Beta, por su superioridad numérica eran quienes llevaban ventaja en aquél conflicto, mucho más grande que la vida misma. Pero se caería en un error mayúsculo al hacerlo.

El ángel Zeruel, aquél leviatán imparable al que enfrentaban, estaba resultando ser un hueso bastante duro de roer para la pareja de robots, dada su férrea, inaudita resistencia, fuerza descomunal y su gran capacidad para atacar tanto a la distancia como cuerpo a cuerpo. Hasta ahora la contención y evasión eran las únicas tácticas de las que disponían los gigantes de acero que le hacían frente, y aún dichas maniobras probaban ser bastante limitadas con el angustiante paso del tiempo.

Una lluvia de balas escupida por el rifle de asalto utilizado por el Eva 01 se abatía sobre la monstruosidad, quien apenas la sentía como quien siente una fugaz llovizna veraniega. Aún sin su Campo A.T. activo su coraza era difícil de penetrar. Se necesitaría un arma muy específica para atravesarla, justo como la cuchilla de aleación indestructible que blandía Sophia, quien aprovechaba el fuego de cobertura para rápidamente flanquear al titán y poder tomarlo desprevenido.

La Mayor Katsuragi poco había aportado en aquel frente, y la razón principal de ello era que la joven Neuville había resultado ser una estratega bastante competente, demostrando ser capaz de coordinar todos los avances tácticos en contra de ese ángel en particular. Sobra decir que la coordinación con su compañero, Shinji, resultaba implacable, ya que el muchacho se plegaba de inmediato a todas las indicaciones que Sophie le daba. Por tal motivo Misato se permitía el lujo de ceder el mando a la jovencita americana en ese lado de la conflagración, enfocando sus esfuerzos en reducir a los otros dos ángeles que tantos dolores de cabeza le causaban a Rei y Asuka.

En fracciones de segundo el filo de Beta estaba por alcanzar al enemigo, sin embargo antes de que esto sucediera el monstruo dio media vuelta para disparar, literalmente a bocajarro, una súbita descarga de protones en contra del robot. Por puro instinto más que por otra cosa la muchacha trató de protegerse del ataque interponiendo su cuchilla inquebrantable, que al parecer rebanaba toda clase de materiales e inclusive ráfagas energéticas, pues el caudal de destrucción se dividió en dos al contacto con la navaja, por lo que la explosión resultante fue mucho menor a su propósito original. Por lo tanto, en lugar de ser reducida a escombros humeantes, la Unidad Beta sólo se encontró rodando por el piso, empujada por la fuerza cinética restante producida por el estallido.

Aún así bastaba sólo eso para poner en alerta a su mortificado colega, quien al verla en aquél lastimoso estado de inmediato hizo a un lado su arma y se dirigió presto a encarar de frente al ente colosal que buscaba aniquilar a su linda noviecita. Hecho una fiera, el joven Ikari volvía a detener la marcha aplastante de Zeruel, deteniéndolo en seco con la sola fuerza de sus brazos y el empuje que le proporcionaban las piernas. Si la fuerza del monstruo era para espantarse, el arrojo y poderío que el chiquillo demostraba para proteger a la jovencita eran aún un mayor motivo para ello. En numerosas ocasiones aquél escuálido muchachito había mostrado estar a la par de la criatura, e incluso llegando a superarlo en fuerza física. Estaba bastante claro que la Unidad 01 poseía un enorme potencial para pelear hasta ahora desconocido y pocas veces tan explotado como en aquella ocasión. Nunca antes Shinji había tripulado su Evangelion con tanta decisión y aplomo como hasta ahora, pero era una cosa lo que más resaltaba en la pasmosa metamorfosis del jovencito: convicción. La convicción de que en sus manos estaba la responsabilidad de auxiliar y proteger a su preciosa novia de todo daño y de todo peligro, sin importar nada, inclusive su propia seguridad. Era esa resolución la causa y origen de toda la bravura que hasta ahora había mostrado en la batalla.

—¡Vete al demonio, maldito imbécil!— bramó Ikari, trenzado en una lucha de poder a poder con el monstruo, al que en el acto arrojó de espaldas.

—¿Te encuentras bien, Sophie?— la dulzura y el cuidado con el que le hablaba a la muchacha chocaba enormemente con su enloquecido tono anterior y la rapidez con la que operaba el cambio era pasmosa.

Su fijación mental por proteger al amor de su joven vida y por convertirse en su héroe llegaba a tal grado que en varias ocasiones cometía el gravísimo error de olvidar dónde se encontraba, como en aquellos momentos en que se atrevía a darle la espalda al adversario. Éste, aún cuando estuviera postrado en el piso, estaba lejos de estar indefenso, como lo demostraba cuando lanzaba en contra del despreocupado muchacho uno de sus brazos elásticos como una lanza lista para atravesarlo a la mitad.

Aún así, la rápida reacción de Neuville volvía a salvarlo una vez más de colgar los tenis prematuramente. Siendo aún más veloz que el ángel que buscaba convertir en rebanadas a su novio, la chiquilla se interpuso entre ambos con su cuchilla desenvainada de por medio. En un acto de precisión cronométrica la navaja de Beta se deslizó sin ningún problema a través del afilado brazo del esperpento ese, cortándolo justo a la mitad.

Un aullido lastimero se produjo en el engendro, reverberando estrepitosamente por todos los alrededores a la vez que retrocedía y se revolcaba adolorido con su miembro mutilado en dos partes iguales que colgaban sin vida desde su tronco. Todos contemplaban la escena con un súbito y refrescante hálito de esperanza. Aquél providencial golpe de suerte de inmediato había nivelado la balanza a su favor. La cosa ya no pintaba tan mal, por lo menos en ese lado de la batalla.

Pese a todo, aún sin un brazo Zeruel estaba lejos de estar desarmado. Aún sin una de sus cuchillas elásticas, contaba con un amplio repertorio de recursos en su arsenal, de lo que daba cuenta propia al ponerse frenético y comenzar a girar rápidamente sobre su propio eje, convirtiéndose en un gigantesco trompo que comenzaba a arrasar con todo a su paso, impactando de lleno a los dos robots con sus desenfrenadas revoluciones.

—Sí que eres un terco hijo de puta— masculló Sophie, divertida pese a todo, cuando se incorporaba dificultosamente, después de haber sido arrollada en la alocada carrera de su enemigo —No sabes cuándo tienes que morirte, ¿verdad?

Por otro lado. Eyael, el negativo del Eva Zeta, había optado por dejar de lado los ataques a distancia con sus ráfagas ópticas al probar ser más efectivos los ataques cuerpo a cuerpo contra aquellas máquinas saltarinas. Así pues, al ser más grande, rápido y fuerte que cualquiera de los Evas a los que enfrentaba, no le costaba mucho trabajo superarlos y someterlos, sobre todo a Cero, a quien sujetaba del brazo para recetarle un violento puñetazo en pleno rostro y enseguida arrancarle el miembro que sujetaba sin ningún problema, como si aquél robot estuviera construido de papel maché.

Como siempre, Ayanami se mostraba incapaz de expresar cabalmente cualquier clase de emoción, aún cuando se tratara de una producida por un intenso dolor psicosomático. Únicamente se limitó a encogerse sobre sí misma con una mueca contraída en su bello rostro, apretando los dientes como si quisiera aprisionar en su garganta el lamento que buscaba escapar de ella.

Aprovechando la ocasión, en lo que el monstruo se deshacía del brazo amputado tan descuidadamente, Asuka pegaba un brinco con su hacha en todo lo alto, intentando partir a su contrincante a la mitad, como si se tratase de un tronco viejo. Casi enseguida, la criatura reaccionó deteniendo el golpe en su contra al atrapar con las palmas de sus manos la hoja que buscaba despedazarlo con tanto ahínco. De un solo movimiento de brazos finalmente consiguió arrebatarle el arma a la jovencita alemana, a quien tomaba por sorpresa con sus movimientos de samurai. La herramienta de corte salió rodando por el piso al tiempo que la chiquilla recibía un fuerte puñetazo en la cara, que si no le había arrancado la cabeza fue por obra y gracia de la fortuna, aunque eso pensaba solucionarlo el propio ángel, quien sujetó al Eva 02 por el cráneo para empezar a aplicarle una barbárica presión que buscaba romperlo como a un huevo. Esto, pese a los múltiples intentos de la piloto por liberarse, dándole incontables puñetazos y patadas que bien pudieron haber sido caricias, pues el coloso no daba vistos de liberarla.

El estremecedor chirrido que ocasionaban las placas de metal de su casco al estarse quebrando no impidieron que Langley pudiera escuchar a Misato desde su cabina, mientras que luchaba ferozmente por impedir la ruina de su máquina.

—Asuka, prepárate. Según las proyecciones de MAGI las probabilidades de que Ariel ataque en los próximos instantes son de un 86%. Tienes que estar lista para actuar en el momento, aprovecha que estás tan cerca de Eyael…

—Claro, cuando tú lo dices suena tan fácil— gruñó la jovencita de cabello rubio, entre el forcejeo con el susodicho —¡Pero la verdad es que lo que me pides es un imposible!

—¡Entonces haz posible lo imposible! ¡Sin excusas, sólo tú puedes hacerlo, Rei está fuera de combate! Además, antes de que llegaras, Sophie ejecutó la misma maniobra sin ningún problema, sólo que agarró al mono equivocado para hacerlo. ¿Estás admitiendo que ella puede hacer algo que tú no?

Katsuragi conocía tan bien a la chiquilla europea que sabía exactamente qué botones presionarle para obtener de ella los resultados que quisiera y necesitara, según la ocasión. Asuka era, para ella, una herramienta bastante precisa (por no decir que predecible) que manejaba a su completo antojo. A pesar de sus desplantes y altanería, era la piloto a la que mejor podía dirigir, con excepción quizás de Rei.

La joven rubia peló los dientes, haciendo un extraño gorgoteo que parecía una especie de motor en aceleración constante. Una rabia tan grande como el robot que tripulaba se apoderó de ella, poseyéndola. De inmediato, con una inusitada fuerza salida quién sabe de donde, se puso en pie y colocó ambas manos alrededor del cuello de la criatura, empujándola bruscamente lejos de ella, logrando liberarse un poco del castigo que estaba sufriendo.

—Deja... de... compararme...— mascullaba la chiquilla, al tiempo que sus manos se enroscaban con más fuerza en torno al pescuezo del monstruo, sus brazos, tensos como ligas estiradas comenzaban a levantarlo del piso a la par que el ente empezaba a soltar su cráneo, desválido —¡Con.. esa... prostitutaaa!

Movida por la cólera, el miedo, la desesperación y todo el caldero de emociones que en ella hervía, la guapa muchachita levantó al coloso que enfrentaba por encima de su cabeza, tan fácilmente como si se tratara sólo de un deshilachado muñeco de trapo. Lo hizo pues, justo a tiempo para alcanzar a cubrirse del impestivo ataque del veloz ángel Ariel. Si se hubiera tardado tan sólo unas fracciones de segundo más hubiera recibido de lleno aquella gigantesca descarga eléctrica como salida del día del Juicio Final, la cual en su lugar ahora zangoloteaba inmisericorde a la incauta sombra de Zeta a la que le había pegado de espaldas.

Al primer contacto entre los dos titanes un tremendo estallido se produjo, iniciando una onda expansiva que tiró boca arriba a los dos Evas que presenciaban el fenómeno. Debajo de ellos, kilómetros a distancia, el personal de NERV observaba por los monitores como Eyael se convulsionaba violentamente, frenético. Centellas eléctricas salían despedidas de todo su cuerpo, encendido como arbolito de navidad, gruesas y repugnantes ampollas se inflaban como globos a lo largo de su anatomía, deformándola hasta dejar todo un amasijo de ámpulas que se desparramaba sin control por los alrededores. A medida que las descargas eléctricas incrementaban su frecuencia e intensidad la masa informe en que se convirtió el engendro oscuro aumentaba su tamaño desproporcionadamente, tal como lo haría un pastel al que se le puso mucha levadura y termina por estallar en el horno.

—Todo marcha según nuestros cálculos— acotó la Doctora Akagi, con una sonrisa socarrona dibujada en sus labios —Como los sospechábamos, el primer instinto de Eyael al verse atacado fue el de absorber la energía eléctrica que lo lastimaba, pero al hacerlo está impidiendo que Ariel regrese a la atmósfera a reanudar su proceso de carga electromagnética. Lo está matando, por lo que Ariel tendrá que liquidarlo primero si no quiere que su energía restante se le termine.

—Fue un excelente trabajo de coordinación y precisión, si me permiten decirlo— puntualizó Maya, emocionada, expectante como todos los demás.

—Aún es muy pronto para ponernos a celebrar— musitó Misato, cruzada de brazos y la vista clavada en el monitor —Deberemos actuar rápidamente para eliminar a quien salga vivo de todo este… este… sea lo que sea todo este horror…

En efecto, el espectáculo que les era transmitido por sus múltiples pantallas estaba tornándose ya enfermizo, grotesco. En la lucha encarnizada de ambos monstruos, uno por escapar y el otro por ingerir a su agresor, aquellas fuerzas ambulantes de la naturaleza se estaban aniquilando el uno al otro. Mientras más centellas eléctricas despedía Ariel en su frenético intento de huir del mortífero abrazo de Eyael, más aumentaba el tamaño de la estructura deforme de este último, buscando a todo costo contener y asimilar la energía usada en su contra, como era su costumbre. Dos fuerzas primitivas de acción y reacción deliberadamente puestas una contra otra, creando un peligroso círculo vicioso de cuyo desenlace sólo podían hacerse conjeturas. Los momentos sucesivos resultarían ser clave para desentrañar dicho misterio y todos lo sabían, mordiéndose los labios, aguardando por la respuesta a su ansiedad

Repentinamente, el movimiento de expansión desproporcionado de Ariel y Eyael se detuvo. Por unos instantes, el amasijo amalgamado permaneció inmóvil, congelado en su sitio. Antes que siquiera pudieran preguntarse que estaba pasando, el revoltijo abominable comenzó a expandirse de forma esférica, inflándose como un globo, un globo del tamaño de un estadio de béisbol.

—¡Asuka! ¡Rei!— vociferó Maya a pleno pulmón a través del comunicador, mirando fijamente los datos que MAGI escupía velozmente en su monitor, anunciando un inminente colapso —¡Cúbranse!

En el acto las dos jovencitas se pusieron pecho a tierra y cuando apenas lo hicieron un espectacular estallido se abatió sobre la zona adyacente, obliterando todo a su paso, esparciéndose por los alrededores, elevándose hasta tocar las nubes. Dos gigantescas cruces luminosas se erigían por todo lo alto marcando en lugar exacto en donde los dos colosos habían dejado de existir.

Todo mundo dejó de hacer lo que estaba haciendo, incluso Sophie, Shinji y Zeruel dejaron de pelear, para dedicarse a la contemplación absorta de semejante fenómeno, para los muchos motivo de júbilo, para los muy pocos motivo de alarma escandalosa.

Como Misato y todos los ocupantes del Geofrente se encontraban en la primer categoría, una celebración no se hizo esperar, aunque cauta, reservada:

—¡Estupendo!— vociferó la Mayor Katsuragi, tronándose los dedos —¡Dos al mismo precio! ¡Mejor no pudo haber salido!

—El escaneo lo confirma: los dos blancos han sido destruidos— refirió Makoto al cotejar los datos en su consola.

—Pensé que por lo menos alguno de los dos resistiría la sobrecarga, pero todo salió a pedir de boca— acotó Ritsuko, igual de satisfecha con el resultado, pero tomándolo con más premura.

Del cráter humeante que dejó como saldo semejante suceso se asomaron las cabezas de los dos Evas, que comenzaban a incorporarse, aún incrédulos por el súbito transcurrir de los hechos. La onda expansiva de la explosión los había alcanzado a zarandear, pero fuera de eso se podían seguir manteniendo en pie, aunque quizás no estuvieran en las mejores condiciones para sostener una pelea, como daban cuenta las múltiples quemaduras y abolladuras que poblaban lo que quedaba de sus armaduras, ó el brazo amputado de Cero. Sus jóvenes pilotos también adolecían de las secuelas de la batalla, adoloridas y cansadas. Un descanso no les hubiera caído nada mal en aquellos momentos de estrés postraumático.

Infortunadamente para las dos, el momento de descansar aún estaba muy lejano, pues si bien se había ganado en aquél frente, el conflicto entero aún no terminaba, tal y como se los hizo saber Katsuragi cuando les indicaba su siguiente proceder a través del comunicador en sus cabinas:

—¡Unidad Cero y Dos!— la voz de mando de Misato se escuchaba como un trueno —¡Cierren la formación con las Unidades Uno y Beta! No es momento de vacilar, la oportunidad que se nos presenta es inmejorable, ¡apresúrense!

—¡Sí, señora!— contestaron las chiquillas en el acto, aprestándose a la acción.

A pesar del cansancio del que ambas eran presa, ninguna de las dos objetó la indicación, acatándola con impecable marcialidad y procediendo como se les ordenaba.

De nueva cuenta Zeruel se veía inmerso en una situación bastante complicada, al ser rodeado y acorralado por una estrecha alineación de cuatro Evas, de la que no se vislumbraba salida posible. Mucho más si se tenía en cuenta que uno de sus brazos, parte valiosa de su arsenal, colgaba sin vida desde su tronco, mutilado. Sabía que si se lanzaba a atacar a un componente individual de aquel grupo los elementos restantes se abalanzarían a atacarlo como una jauría de chacales. Lo mismo sucedería si usaba su arma de largo alcance a quemarropa, bastaba con uno solo de ellos que le ganara la espalda para poder someterlo. Se trataba de un león acorralado por las hienas. Por lo tanto, indefenso, vacilante, sólo le restaba retroceder y ganar terreno, ganando tiempo hasta que las circunstancias le volvieran a ser favorables.

—¡Ahora sí tenemos bien agarrado a este hijo de puta!— vociferó Langley, viendo como el temible y aterrador gigante se replegaba ante su precavido avance. A la menor oportunidad Misato ordenaría atacarlo y entonces todo por fin terminaría.

Sin embargo, aquel choque de titanes estaba aún muy lejos de concluir, y así se lo hizo saber Maya a su superior, alarmada en extremo por lo que reflejaban las pantallas a su cargo:

—¡Doctora Akagi! ¡Es Manakel!

El rostro de la oficial científica palideció hasta tornarse blanco como el papel, al bajársele la sangre hasta los tobillos. Con todo el ajetreo de los múltiples frentes que tuvo que atender, por un momento olvidó a la amenaza principal del contingente de monstruos, el ángel con capacidades de teletransporte que estaba escaneando la estructura completa de sus cuarteles generales.

—¡No!— musitó desvalida, con los ojos desorbitados —¡Ya descifró toda la estructura del Geofrente!

—¡Todavía no, Doctora!— Ibuki se apuró a hacer la aclaración —¡Pero detecto actividad en su Campo A.T.! ¡Está en modo de ataque!

Ni bien terminó de pronunciar aquella advertencia cuando el susodicho ángel se materializó por encima del contingente de Evangelions, descargando sobre ellos una tempestad de aniquilación en la forma de la ráfaga energética que Zeta había disparado en su contra.

—¡¿Cuántas veces puede hacer eso el muy maldito bastardo?!— se preguntó la Mayor Katsuragi, fuera de sí.

—Todas las que él quiera…— respondió atónita Akagi, a su lado —¿No lo ves? Puede manipular a placer el espacio y tiempo de todo lo que atraviesa por su vórtice… puede usar el mismo rayo una y otra vez indefinidamente, pues está contenido dentro de su limbo temporal…

Mientras tanto, uno a uno los entes mecánicos bajo sus órdenes eran abatidos como castillos de naipes. Cero, que recibió el embate casi de lleno, sin tiempo de reaccionar, cayó hecho pedazos, desparramado sobre el piso polvoriento del campo de batalla. Por fortuna la cabeza y el cuerpo, las partes que contenían a la piloto, salieron relativamente ilesas del ataque, por lo que su ocupante no sufrió daño de mayores consecuencias: no obstante, el resto de su anatomía había sido desintegrada en el acto, sin dejar rastro alguno. Langley, un poco más rápida, consiguió maniobrar realizando una pirueta para eludir el ataque lo mejor que pudo, sin embargo no logró evitar que las piernas de su robot fueran vaporizadas por completo, desde el muslo hacia abajo, por lo que ahora yacía inerte, frustrada, inútil.

Solamente Ikari y Neuville, que se encontraban a los flancos del grupo al momento de la agresión, consiguieron salir bien librados de ésta, por lo menos en condiciones de seguir dando pelea. Les bastó un salto oportuno a sus respectivos costados para evitar ser achicharrados por la criatura, quien ahora se entretenía persiguiendo en movimientos zigzagueantes a la Unidad Uno, buscando colocarse encima de su posición para descargarle una lluvia de disparos que sin duda eran las mismas municiones que usaban los Eva. Si se tratara de un programa de televisión y no de la triste y cruel realidad en la que se hallaban, semejante persecución hubiera podido catalogarse incluso de cómica.

Sophie, por su parte, con una rodilla en el piso, recuperando el aliento, y una mirada asesina dibujada en su rostro, no le parecía nada chistoso lo que presenciaba. A sabiendas que la incursión de Manakel en la refriega le estaba dando oportunidad a Zeruel de recuperarse y volver en sí, no quiso dejarles cumplir con su cometido por lo que en lugar de apoyar a su compañero se lanzó como un tigre para dar alcance al ángel con el brazo cortado, con su navaja delante de ella lista para terminar el trabajo de una vez por todas.

—¡Muérete de una jodida vez, desgraciado!— vociferó la muchacha, hecha una furia, cuando le daba alcance a la cansada criatura, quien apenas tuvo fuerza suficiente para alzar el brazo restante e intentar agredirla lenta y torpemente, que sobra decir fue evadido fácilmente. Ahora, sin guardia y completamente indefenso, el engendro se presentaba a si mismo como un pavo de navidad listo para ser rebanado y servido, de lo que se encargaría la chiquilla al darle alcance con su filo.

El monstruo ya comenzaba a sentir como su coraza era cortada por la punta de la hoja de metal indestructible cuando era introducida dentro de ella, cuando súbitamente el dolor se detuvo tan pronto como empezaba, al ser absorbido, devorado, dentro del vórtice de su compañero, quien repentinamente había cesado la persecución de Shinji para aparecerse de forma espontánea detrás de él. Sophia cuanto apenas pudo detener su frenética carrera homicida, trastabillando para no ser engullida también al interior de Manakel.

—¡Miserables ratas cobardes!— rabió Misato al presenciar el milagroso escape de último momento de Zeruel —¡No puedo creerlo!

En efecto, aquella retirada estratégica probó ser el mejor medio del que dispusieron las fuerzas hostiles para salvar y conservar gran parte de sus recursos. Mientras el ángel fugitivo permaneciera en el interior del vórtice temporal de su similar estaría a salvo de todo daño, y lo mejor, disponía de todo el tiempo que deseara para recuperarse de sus heridas. Lo único que tenía que hacer Manakel era volver a transportarlo al campo de batalla cuando retornara a su estado óptimo de combate, y dada su habilidad para manipular tiempo y espacio, prácticamente podía hacerlo en el momento que le diera la gana. De esa manera, una recuperación que probablemente tardaría varias semanas, para todos los demás fuera del vórtice podría durar cosa de segundos. Todo quedaba a capricho del enigmático y esquivo ángel que en esos momentos lucía como un enorme círculo luminiscente de cuyo interior ahora volvía a escupir la misma ráfaga proveniente de Zeta, la cual, tal y como había explicado Ritsuko, podía usar a placer para agredir a sus enemigos.

Neuville apenas si pudo eludir el veloz ataque, mucho más si se toma en cuenta que la agarró completamente desprevenida, pues la criatura se había aparecido de la nada a sus espaldas, haciendo gala de sus habilidades de manipulación espacio-temporal. La batería portátil que llevaba en forma de mochila a sus espaldas fue desintegrada en el acto, muy tarde para salvarla al momento que la muchacha rodó para conservar la vida. La alarma de falta de suministro eléctrico en el Eva Beta se activó en la sala de mando, así como también el cronómetro que marchaba en reversa indicando cuanto tiempo le restaba de energía al robot para seguir funcionando. El enchufe a las espaldas de la gigantesca máquina donde se conectaba la extinta batería era exactamente igual a la de los otros modelos, por tanto se había previsto que en emergencias como esa, se pudiera conectar un cable alimentador como el que usaban los demás. No obstante, para ello se precisaba que estuviera tal enchufe disponible, el cual fue atomizado junto con el compartimiento de la batería. Así que cuando Beta se quedara sin energía ya no habría más por hacer, quedaría completamente fuera de acción e inmóvil, a merced de sus oponentes.

Quizás a sabiendas de esto, el monstruo se apuró a recrudecer su embate sobre aquél Eva en particular, quien ahora se veía acosado en las mismas circunstancias que había padecido la Unidad Uno. Un caudal de energía liberada que calcinaba todo a su paso le pisaba los talones, regurgitado de las entrañas de aquél singular ser de naturaleza incierta. Y mientras tanto, la cuenta regresiva proseguía su angustiante transcurrir.

Por su parte, tal y como había sido la tónica desde su incorporación en la monumental querella, Shinji Ikari volvía a perder la razón al ver a su linda noviecita en peligro. De inmediato se transfiguró en un animal salvaje, un perro rabioso que feroz corrió a toda velocidad para neutralizar la amenaza inmediata a su ser querido. Con un estruendoso rugir se abalanzó sobre la entretenida criatura, quien ni siquiera lo vio venir a sus espaldas. Como pudo, se sostuvo de los ángulos de esa circunferencia tan agresiva y le proporcionó un fuerte mordisco en la parte que podía sostener. Un chorro de líquido carmesí salió despedido de donde le había hincado el diente al monstruo, quien se estremeció y produjo un chirriar semejante al que haría una enorme trompeta desafinada.

Momentáneamente, el chiquillo había cumplido su propósito original, pues la gigantesca forma geométrica asesina cesó en su empeño de aniquilar a Neuville. El rayo que previamente usaba para atacarla a ella ahora salía expelido del lado contrario, donde el Eva 01 apenas si pudo quitarse a tiempo, cayendo de espaldas con la totalidad de su armadura delantera carbonizada y cayendo en pedazos, desmoronada. Además, sin saberlo, su arrebato consiguió otra cosa que distraer la atención del monstruo de la muchachita con quien sostenía amoríos, y fue que las mentes estrategas que estaban de su lado se percataran de un hecho crucial para el acontecer de las hostilidades:

—¡Sophie!— musitó Katsuragi, fuera de sí —¿Viste eso?

—¡Por supuesto!— asintió la susodicha, reincorporándose tan rápido como sus piernas le permitían —¡Ese bicho estúpido es vulnerable al usar su poder!

—Además su capacidad de teletransporte es unidireccional… sólo puede usar un lado a la vez… ¡tenemos que aprovechar eso!

—¡Descuida, ya estoy trabajando en eso!— pronunció apuradamente, apresurando el paso para recoger del piso el rifle de asalto que se habían estado intercalando entre los pilotos Eva.

Con el tiempo a cuestas, la jovencita americana arrojó el arma al alcance del robot escarlata, impedido para ponerse en pie pero no para atrapar en el aire el cañón que se le proporcionaba de manera tan acarrerada.

—¡Langley! ¡Sirve de algo, para variar, y usa fuego de cobertura cuando te lo indique!

—¡Estás mal de la cabeza si crees que puedes venir así como así y darme órdenes! ¿Quién carajo te crees que eres?— interpuso la chiquilla de cabello rubio.

—¡Asuka, no tenemos tiempo! ¡Limítate a hacer lo que se te pide, por favor!— ordenó tajante Katsuragi, sin ánimos ya de soportar más disputas de poder entre sus imberbes subordinados.

Sin mediar más palabra con su encolerizada compañera, Sophia tomó una posición transversal con respecto a los otros pilotos y a su objetivo, teniendo al blanco justo frente a sí y a cada uno de sus colegas adelante y detrás de la criatura, quien se encontraba ocupada en corretear al joven Ikari que parecía una liebre en retirada.

—Langley— el tono que ahora usaba Neuville para dirigirse a ella era más cauto, casi susurrante —Ahora… fuego a discreción…

Refunfuñando entre dientes la chiquilla procedió como se le indicaba, su orgullo herido al no poder hacer otra cosa que cubrirle las espaldas al par de tarados esos. Por lo menos, para su consuelo, no era una cabeza inútil tirada en el piso, como Ayanami. Eso tenía que contar en algo.

Una andanada de proyectiles salió escupida del arma que Asuka sostenía en sus manos, pero antes de impactar en su objetivo este volteó en su dirección y engulló el grueso de las balas, tal como lo hacía con cualquier ataque que se le dirigiera.

—Sabía que no serviría de nada, bruja estúpida… ¿alguna otra genial idea?— inquirió la europea en su típico tono sarcástico, vaciando toda la munición disponible sobre el engendro frente a ella.

—Shinji— se limitó a pronunciar la muchacha, con voz calma, segura. Y a la vez, siniestra —Mata…

Bastó solamente esa sencilla palabra para que la Unidad Uno se transformara en un furioso can desatado que se precipitó sobre su presa, gruñendo como bestia escapada del más recóndito averno. No obstante, antes de que el bárbaro pudiera siquiera tocarlo, el salvaje fue recibido por una lluvia de balas despedida desde el vórtice abierto de su agresor, que aún así apenas lograba mantenerlo a raya. Quizás había sido un error utilizar el ataque más reciente que le habían dirigido, en lugar de la gruesa columna de destrucción que utilizaba la mayoría de las veces. De haberlo hecho el Eva 01 ahora sería tan sólo un mal recuerdo, en lugar de la bestia colérica que resistía indemne la rociada de proyectiles en su contra.

Aquél sería un error que Neuville no estaba dispuesta a dejarlo enmendar, con las piernas abiertas en ángulo de tiro y el brazo que empuñaba su navaja completamente extendido como lanza y el otro brazo sirviéndole de soporte, como si estuviera apuntando. Una mirilla en el interior de su cabina dio cuenta que efectivamente, la muchacha estaba apuntando en dirección del enemigo.

—Nos vemos en el infierno, malnacido— musitó entre dientes, para enseguida activar un mecanismo en su tablero de control.

La espada en su brazo salió disparada con un fuerte estruendo, surcando los aires, veloz como una saeta. Tan veloz era que el monstruo que dominaba el espacio y tiempo, distraído con la lluvia de balas que dejaba caer sobre Ikari, no lo vio venir hasta que fue muy tarde. El filo irrompible atravesó sin ningún problema el diámetro entero del sorprendido coloso. Al hacerlo, una reacción en cadena se originó en toda su circular anatomía, los dos pedazos producidos por el corte comenzaron a comprimirse como papel arrugado y su tonalidad luminiscente adquirió una intensidad cegadora.

Ya no hubo tiempo para advertir del peligro ni ninguna otra cosa más. Los dos robots que aún quedaban en pie salieron volando de espaldas por la fuerza del poderoso estallido suscitado cuando Manakel encontró el fin de sus días. Asuka y Rei, deshabilitadas para sostenerse, rodaron por el piso a merced de la onda expansiva resultante. Por un rato parecía que un nuevo sol se elevaba por el horizonte, pero poco a poco fue menguando hasta extinguirse por completo. Al hacerlo, la escena resultante quedó al descubierto, un gigantesco cráter humeante en el que se iban asentando la lluvia de cenizas producidas por semejante explosión. Una calma propia de cementerio se apoderó de todo el devastado paisaje, sin nada que la retara en su taciturno dominio. Ningún ser vivo en las inmediaciones se atrevía a realizar movimiento alguno, expectante quién sabe de qué.

En el interior del Geofrente las cosas no eran distintas. Todo el personal permanecía inmóvil en sus respectivos puestos, la mirada y la atención bien puestas en las pantallas que les permitían monitorear la desolación del exterior, como si mediante algún encantamiento mágico se hubiesen quedado petrificados en sus lugares, como un montón de estatuas de carne. Bien hubieran podido permanecer así por siempre, hasta que Shigeru, desde su consola, reunió fuerzas para librarse del maleficio y poder pronunciar temblorosamente, sin dar crédito a sus propias palabras:

—El… el blanco ha sido destruido… ya no se detecta la presencia de ningún código azul en el área limítrofe…

Entonces, ¿era cierto lo que estaban contemplando atónitos? ¿No se trataba de un cruel espejismo, una jugarreta del destino? ¿En verdad lo habían logrado? ¿En verdad… habían ganado?!

Una expresión de júbilo estalló al unísono en casi todas las gargantas de los presentes, una catarsis colectiva que inundó todos los rincones y pasillos de los cuarteles. Algunos alzaban los brazos al cielo, otros se felicitaban mutuamente, unos más se abrazaban y hasta se besaban. Aquella sin duda había sido una de las batallas más estresantes, angustiantes y agotadoras por las que habían tenido que pasar, dada su dimensión, extensión y el rápido y sucesivo acontecer de todas las incidencias. Era también, la que más bajas en la población civil y daños a la infraestructura había provocado, indiscutiblemente. En tiempo real, el conflicto se había prolongado por cosa de unas cuantas horas, desde entrada la mañana hasta la tarde-noche, pero todos hubieran jurado que habían pasado años enteros hasta su resolución definitiva, dado el inhumano nivel de estrés que tuvieron que soportar. Así que aquel exabrupto multitudinario estaba más que justificado.

Naturalmente, entre todos ellos figuraba un minúsculo puñado de personas un poco más reservados en sus reacciones post-traumáticas. El Comandante Ikari, por ejemplo, que sólo se limitó a acomodarse las gafas y secarse el sudor frío de la frente para entonces retirarse, ó el Profesor Fuyutski, desde luego, quien se arregló el cuello de su saco para recuperar su característica marcialidad. Aquello no era de extrañarse, dados los antecedentes de parquedad y estoicismo de ambos. Lo que sí era bastante raro es que la Mayor Katsuragi, una de las personas más entusiastas y festivas de todos, compartiera de cierto modo la sobriedad de sus superiores, con una adusta expresión sellada en todo su precioso rostro.

—¿Y qué hay de Zeruel? ¿Qué pasará con él?— preguntó secamente a Ritsuko, a su lado, quien constantemente recibía felicitaciones de todos los que pasaban. Aquellos que la felicitaban se abstenían de hacer lo mismo con Misato al percatarse del repelente gesto en su faz.

—¿Zeruel?— respondió Akagi, sin comprender del todo el estado de ánimo de su compañera —No hay de qué preocuparse… quedó atrapado dentro del vórtice espacio-temporal de Manakel. Al morir éste, se esfumó cualquier posibilidad que tuviera para salir de ahí, está atrapado entre dimensiones, es como si estuviera muerto. No nos dará más problemas…

—De acuerdo— asintió la militar, sin mediar más palabra con ella, para enseguida dirigirse a la estación de Makoto, quien estaba ocupado chocando palmas con Aoba —Hyuga… odio interrumpir, pero hay algo que tengo que pedirte…

—¡E-Enseguida, Mayor!— musitó el técnico, recobrando la compostura como podía, intimidado por la seriedad de su superior, pensando que había cometido algún error.

—Envía lo más pronto posible una unidad médica de emergencia a recoger al piloto del Eva Zeta— pronunció la mujer, casi en un susurro, cabizbaja —Diles que me adelantaré al hospital para comenzar todo el papeleo…

—¡S-Sí, señora, así lo haré!— pronunció el muchacho, casi lanzándose sobre su consola para cumplir lo que se le había indicado.

De cualquier modo, para entonces Katsuragi ya le había dado la espalda a él y a los demás y ahora salía de aquél cuarto repleto de personas que la seguían absortos con la mirada, cayendo en la cuenta de porqué su inusual comportamiento, e incluso algo avergonzados pues, con la emoción del momento, todos habían olvidado al muchacho malherido en el interior de Zeta. El breve festejo que pudieron disfrutar por una victoria bien merecida terminó abruptamente en ese momento, y comenzaba el largo y tedioso proceso del control de daños, los cuales eran bastantes, a saber.

Una vez más la ciudad era tomada por asalto. Los cielos se tornaban del color de la sangre en tanto la destrucción se abatía sobre la indefensa población, quien sólo podía aguardar por su inevitable destino, impotente. Tierra, mar y aire se encontraban infestados de monstruos gigantescos de todas las formas y colores, tantos de ellos cómo estrellas había en el universo. Ese día, el mundo llegaba a su fin.

No tardó mucho para que la sanguinaria orgía de muerte y destrucción diera comienzo. Un solo gesto bastaba para que millones de vidas fueran borradas de un plumazo. Los cielos se partían en pedazos, los mares se vaciaban y la tierra se estremecía frenética, temerosa de lo que le aguardaba.

Una de tantas bestias se abatía sobre la muchedumbre, presta para aniquilar a las hormigas insignificantes que se encontraban en su camino. Las personas corren despavoridas, pretendiendo ignorar lo inútil que resultaba hacerlo. No había escapatoria para ellos, estaban condenados. En el último, fatal momento justo antes del trágico desenlace, una mujer toma en brazos a su hijo recién nacido, protegiéndolo con su cuerpo, suplicante. Sabe que no vale la pena gritar. Nadie vendrá en su auxilio. Una lágrima corre por su mejilla. ¿Es que en verdad acaso ése era el fin de todo? ¿Es que ya no había esperanza para ninguno de ellos? ¿Ni siquiera para aquella desdichada alma que sostenía en brazos, libre de toda culpa?

Los segundos pasaban y todavía no encontraban su final. ¿Por qué tardaba tanto? ¿Acaso aquella bestia era tan cruel y despiadada que quería prologar su agonía tanto como fuera posible? La mujer levantó la vista, esperando encontrar la respuesta a esa interrogante. Y vaya que la obtuvo. Y de qué forma.

Ante sus maravillados ojos se encontraba el poderoso Eva Z, el guardián de la paz y la justicia para la indefensa Humanidad, flotando por encima de su cabeza gracias a su enorme Jet Scrander, un par de alas metálicas bien sujetas en su espalda. Con una sola mano sostenía fácilmente del cuello a la criatura monstruosa que había pretendido tomar su vida y la de su bebé. Ahora la bestia se revolvía, indefensa. Los roles habían cambiado radicalmente en cosa de segundos. Ahora era ese monstruo el que temía por su destino, al igual que todos sus compañeros, que aterrorizados no atinaban a hacer movimiento alguno, observando estupefactos al prodigioso robot volando en medio de ellos en todo su esplendor.

Bastó un leve movimiento de su muñeca para partir en dos el cuello del monstruo que tenía cautivo. Cómo la basura que eran, arrojó los despojos al vacío. Un relámpago surgido de su dedo índice calcinó los restos, terminando el trabajo.

—¡Escúchenme bien, Bestias Infernales!— se escuchó decir del interior de Zeta, señalando a las hordas de criaturas horrendas que lo rodeaban como un enjambre —¡Se creen que pueden venir hasta este lugar y hacer cuanto les plazca, sin importarles nada, pero están muy equivocadas! ¡No pueden destruir y matar gente a su antojo, así nada más! ¡No mientras Evangelion Z esté aquí para impedirlo! ¡ Y yo, Kai Katsuragi, su piloto! ¡Nosotros seremos sus oponentes! ¡Prepárense para su destrucción!

Movidos por el terror y la desesperación, el ejército de monstruos se abalanzó contra el Eva Z. Esperaban que su superioridad numérica, de millones contra uno solo, les proporcionara alguna oportunidad, si corrían con mucha suerte.

—¡PROYECTILES DE TALADRO!

Al momento de recitar aquellas palabras de advertencia, de las hombreras del robot salieron disparados cientos de miles de picos de acero que fueron certeros al perforar a sus enemigos. Ni uno solo de ellos había fallado, produciendo serias bajas en el contingente enemigo desde un principio.

—¡PUÑOS ATÓMICOS!

Cómo un par de cohetes impulsados a toda velocidad, los puños de la fortaleza de acero que era Zeta se desprendieron de sus brazos para surcar los cielos por ellos mismos, haciendo explotar en miles de pedazos a cuanto enemigo se encontraban a su paso, que se contaron por cientos de millares. Una vez completado su propósito, ambos regresaron por su cuenta a su lugar de origen.

Cuando recién concluía dicho proceso una marejada de Bestias Infernales ingenuamente pensó que podrían tomarlo desprevenido. Evangelion Z se tomó su tiempo para que lograran aglomerarse muchas más antes de desatar el sorprendente poderío de sus:

—¡RAYOS FOTÓNICOS!

De sus ojos emergió una ráfaga energética, un rayo mortal que cruzó todo el firmamento plagado de monstruos, deshaciéndolos al contacto. Una serie de explosiones lo seguía en todo su camino, las que provocaba al erradicar a sus enemigos. El cielo se iluminó con todas esas luces como en un hermoso festival de fuegos artificiales que celebraban el aplastante triunfo de la justicia.

Los monstruos sobrevivientes, que apenas eran unos cuantos cientos de miles, se lanzaron sobre el Eva Z al mismo tiempo, en un desesperado intento que sólo podría catalogarse como suicida. Sin deseos de defraudar sus expectativas, Evangelion Z cruzó sus brazos sobre su pecho, para casi enseguida abrirlos en toda su extensión, descargando el poder más destructivo de cuantos tenía:

—¡CALOR NUCLEAAAR!

Un torrente de energía carmesí salió disparada de su pecho como el fuego del averno, engullendo al grueso de la columna enemiga, que se deshizo en cenizas en su interior, dando por terminada la batalla.

Una vez que había purgado a todo el temible ejército de monstruos y habiendo tenido éxito en proteger la paz en todo el mundo, triunfante el Eva Z aterrizó sobre la avenida principal de la ciudad. Su cabina se abrió entonces, permitiéndole a su piloto salir a respirar el ahora aire fresco y tranquilo, gracias a sus esfuerzos. Tan pequeño y humilde detalle era toda la satisfacción que necesitaba. No requería de más paga que esa, orgulloso por haber contribuido en lo que pudiera a que sus prójimos pudieran encontrar la felicidad tan anhelada.

Sin embargo, los ciudadanos que andaban a los pies de su gigantesco robot quisieron agradecerle de alguna manera el haber salvado sus vidas, estallando en una tanda de aplausos y vítores hacia su héroe, aquél que como titán legendario les había traído el precioso don de la vida.

Apenado, el joven piloto se rascaba insistentemente la nuca. Al cabo de un rato que los aplausos continuaban quiso bajar para agradecer él mismo el gesto. Ayudado por su robot, quien cuidadosamente lo transportó en la palma de su mano hasta depositarlo al nivel del suelo, en un gesto de humildad el muchacho se deshacía en agradecimientos y disculpas hacia la multitud que seguía aplaudiéndole:

—¡Gracias, gracias! ¡No fue nada, en serio! Hago todo lo que está a mi alcance, lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar… ¡Muchas gracias!

Los aplausos eran ensordecedores, por lo que nadie pudo escuchar lo que decía. De todos modos continuaba con su desfile de agradecimientos y disculpas al por mayor sin que alguien pudiera entenderle. Al reconocer a una persona de entre el mar de gente que se agolpaba a su alrededor, detuvo su andar. Se trataba de la mujer a la que había salvado al principio del ataque, junto a su bebé.

—¡Señora! ¡No sabe el gusto que tengo por haber podido llegar a tiempo a salvarlos! Espero que su bebé esté bien…

La mujer no le respondió, cabizbaja, arrullando tranquilamente al niño en sus brazos. Los aplausos cesaron.

—¿Señora?

—Está muerto…

—¡¿Qué?!

—Este niño… está muerto… tú siempre lo supiste, ¿no? Desde un principio…

—¿De qué está hablando? No… no entiendo…

El corazón del muchacho se detuvo y sus ojos salieron de órbita cuando aquella mujer levantó la cara y se topó con Asuka, sosteniendo en sus brazos a un bebé muerto. Ó lo que fuera que haya sido los jirones de carne desgarrada que sostenía entre las manos ensangrentadas.

—Desde un principio— repitió la muchacha, como ausente, sus ojos firmemente fijos en la nada —Nuestro amor fue desde siempre un niño muerto…

—No…

Una fuerza invisible acuchilló el abdomen de su novia, quien cayó abatida al piso en medio de un charco de sangre. Aterrorizado, Kai se volcó enseguida en su auxilio, levantando su cabeza del piso, postrado junto a ella.

—Asuka, ¿qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?— le preguntó desesperado, al borde de un ataque de pánico, al ver la mitad de su cara destrozada.

—Tú… tú hiciste todo esto— pronunció la chiquilla entre sus brazos, acariciando gentilmente su mejilla, la cual dejó embarrada de sangre, antes de dar su último suspiro: — Tú nos mataste…

—¡No! ¡Yo no sabía! ¡Lo juro, yo no lo sabía!

—¿Y crees que eso te justifica en algo?— le dijo entonces Rei, con las manos clavadas sobre una pared derruida, con la mitad del cuerpo, de la cintura para abajo, cercenada —No puedes ignorar el hecho que nos fallaste… a todos… yo siempre creí en ti, y sin embargo… tú nos mataste…

—¡NO!— gritó el muchacho hasta quedar afónico, observando cómo la ciudad que acababa de salvar se convertía en un montón de escombros, sin nada que pudiera hacer para detenerlo —¡NO ES VERDAD!

—Tú nos mataste…— la multitud que hasta hace apenas unos momentos se deshacía en vítores para él, ahora se deshacía, putrefacta, hecha pedazos. Un montón de cuerpos deshechos que una y otra vez le repetían lo mismo: —Tú nos mataste…

Despavorido, el joven piloto pretendió abordar su robot y escapar tan lejos como pudiera. No obstante la poderosa máquina de guerra lucía oxidada y chamuscada al instante que posó su mirada sobre ella, para entonces deshacerse bajo su propio peso, derrumbándose tal como lo haría un castillo de arena. Y mientras eso sucedía, sus perseguidores lograban alcanzarlo, jaloneándolo de sus ropas. Fuera de sí, consiguió liberarse con un manotazo y enseguida huyó de la escena tan rápido como sus pies se lo permitían. Pero a donde quiera que iba la horda de cadáveres lo seguía, hambrienta, ya fuera por su propio pie ó a rastras, ellos lo encontraban, lo rodeaban y lo tironeaban, sin importar a donde corriera, repitiendo una y otra vez la misma frase recriminatoria:

—Tú nos mataste… ¡TÚ NOS MATASTE!

Exhausto y casi delirante siguió corriendo sin mirar atrás, sin percatarse que desde hacía rato andaba ya solo en su angustioso recorrido por las laberínticas ruinas. Una vez que se dio cuenta de aquél detalle detuvo su andar, abatido. Una enorme roca le sirvió de asiento y sus manos de escondite a su afligido rostro.

—Yo nunca quise hacerlo… no era mi intención— murmuraba —¿Porqué nadie me quiere creer?

—No te preocupes. Yo sí te creo, Kai—dijo Misato al aparecer frente a él, yendo a su encuentro envuelta por las sombras —No hagas caso de lo que digan los demás. No los necesitas, no necesitas a nadie más que a mí… yo siempre estaré aquí para ti…

—No, Misato… tú no, por favor…— masculló el muchacho febrilmente, al observar los numerosos impactos de bala que cubrían toda la maltrecha anatomía de Katsuragi conforme iba saliendo a la luz —¿Porqué también tú?

—Porque te amo— respondió ella, arrojándose a sus brazos para poder darle un beso. Un beso largo y tendido en la boca, que dejó perplejo al ya de por sí perturbado muchacho —Porque te amo más que nadie en este mundo, con toda mi alma— continuaba diciendo la mujer, besándolo con fruición para luego detenerse en seco y vomitar sangre —Por eso es que tuve que morir…

Se desvaneció entonces, pero antes que diera contra el piso el joven acertó a detener su caída, sosteniéndola en brazos.

—Tú no… por favor…— repitió el chiquillo con voz trémula.

—No tienes por qué atormentarte así… nada de esto es tu culpa…

Rivera ahora sólo sostenía la chamarra roja de su querida tutora, llena de agujeros y cubierta de sangre. El muchacho hundía el rostro en ella, sin importarle en absoluto semejante detalle, más que la enorme pena y aflicción que hacían presa de él.

—Pero por supuesto que es tu culpa— pronunció Gendo en tono burlón, saliendo de la nada a su lado —Habría que ser un completo idiota para negar que todo esto es tu culpa, muchacho… por no haber sido lo suficientemente listo ni fuerte para proteger a todas estas personas… un hombre de verdad hubiera hecho lo necesario para evitar que algo así pasara. Pero tal parece que no eres un hombre, ¿verdad? Vaya que eres patético, mocoso imbécil. Toda la retahíla de estupideces que acostumbrabas parlotear, que parecían salidas de una caricatura idiota… Toda tu arrogancia, tu supuesto valor… ¡Y al final les fallaste a todos! No podía esperar menos de ti, a decir verdad. Un final estúpido, para un chiquillo estúpido.

—Das asco, tipejo, quiero vomitar con tan sólo verte— añadió Sophia frente a él —Vaya debilucho y pusilánime que resultaste ser. Pero lo que es peor, una sucia rata mentirosa. Toda esta gente creyó en ti, creyó que los protegerías. ¡Y mira el precio que pagaron por creer que de verdad lo harías! En parte se lo merecen, por haber sido lo bastante estúpidos como para confiar en un pobre diablo cómo tú. Es decir, ¡mírate! ¡Por amor de Dios! ¿Cómo alguien cómo tú podría salvar a alguien, más que a sí mismo? Si tuvieras un poquito de vergüenza acabarías ahora mismo con tu miserable existencia. ¡Ni siquiera pudiste salvar a tus seres queridos!

—¿"Salvar", has dicho? ¿Este pretexto de ser humano?— dijo a su vez una enorme sombra detrás de él, tan grande como para eclipsar el sol y sumir al mundo entero en la oscuridad. La sombra de una persona gigantesca, con larga cabellera plateada, de la que emergía un par de ojos verdes que lo perforaban con su frialdad —¡Pero si es un monstruo! ¿Qué podría proteger él? No es más que un niñato que moja los pantalones, débil, estúpido y cobarde… ¿Qué puede salvar un imbécil que ni siquiera se da cuenta que está teniendo una pesadilla?

Repentinamente Kai se encontró de nuevo en la realidad, despertando sobre una cama de hospital. Agitado como se encontraba, no podía más que agradecer que semejante tormento hubiera llegado a su fin. Sin embargo se encontró reprochándose a sí mismo lastimeramente:

—Maldito subconsciente… yo creí que eras mi amigo…

Suspiró, hallándose débil y adolorido, pero sumamente desorientado a la vez.

—Odio las condenadas pesadillas…

El primer impulso que tuvo fue el de incorporarse, más sin embargo una serie de sondas y cables sujetos a su cuerpo y un fuerte ardor en el pecho se lo impidió, tumbándolo de nuevos sobre la cama.

—Costillas rotas…— volvió a refunfuñar, como lo haría un anciano gruñón, protegiendo sus ojos de la luz con su brazo derecho —Odio las costillas rotas…

Mientras esto transcurría en el interior del cuarto, fuera de este, en la pequeña sala de espera donde se daban los informes de los pacientes de terapia intensiva, una pequeña pero avivada reunión se llevaba a cabo entre los demás pilotos Eva. Todos estaban allí sin excepción: Asuka, Shinji, Sophia e incluso Rei, para malestar de la primera. Por fortuna para ellos, aquel pequeño pero bien equipado hospital era de uso exclusivo para personal de NERV, de no ser así aquella cómoda sala hubiera estado a reventar como todos los demás hospitales de la región, dada la magnitud de la catástrofe de Tokio 2. Aún así, el hospital se vio en la necesidad de mandar médicos y demás personal para auxiliar en las labores de rescate, por lo que ahora se contaba sólo con lo mínimo indispensable para atender a los pacientes que trataban en ese entonces. Por ende, con el espacio para ellos solos, nadie podía entrometerse en sus dilucidaciones, como la que Sophie realizaba en aquellos momentos:

—Okeeey, entonces, si entiendo bien, cuando tu nivel de sincronía con el Eva es tan alto como el de este muchacho, cada daño recibido por el Eva deja de ser sólo psicosomático y lo sufres en carne propia, ¿cierto?

Ni Langley ni Ayanami realizaron intento alguno por contestarle. Incluso la jovencita de cabello rubio hacía todo lo posible por evitar cualquier contacto visual con la norteamericana.

—No sé mucho de eso, pero creo que así como lo dices es como funciona— intervino entonces Ikari, dado el silencio inexpugnable de sus compañeras —Más o menos… creo…

Se preguntaba qué demonios hacían él y su novia en ese lugar, si quedaba claro que a ninguno de ellos les importaba lo que pudiera sucederle al tarado de Kai, y era obvio que ahí no se les quería. Pero Sophia insistía vehementemente en permanecer en ese sitio, a la espera de quién sabe qué. Quizás a Neuville no le era tan indiferente el devenir de Rivera, después de todo. Una vez más, la dolorosa llama de los celos se volvía a encender en su joven corazón.

—¡En ese caso, qué suerte tienen de estar tan abajo en su sincro, muchachas!— espetó la chiquilla de cabello oscuro, risueña —¡De no ser así, tú hubieras quedado coja de por vida y tú hubieras quedado como Maria Antonieta! ¡Jajajaja! ¡Quién diría que ser unas inútiles les podría salvar el pellejo algún día!

—¡Vete mucho al carajo, perra estúpida!— por fin respondió Asuka, furibunda —¿A quién estás llamando inútil? ¡Te recuerdo que yo sola me despaché a los dos ángeles más fuertes al mismo tiempo!

—¿Y eso qué? Entre Shinji y yo nos echamos a cuatro de esos pelagatos— mencionó Sophie, sin inmutarse por el gesto amenazante de su compañera —Además no veo de que te tengas que enorgullecer, porque para hacer lo que dijiste, Rei Antonieta, aquí presente, tuvo que salvarte el culo tantas veces que perdí la cuenta… aunque es mejor perder la cuenta, que la cabeza… ¿no es así, Reicita, querida? ¡Jajaja!

Como siempre, pese a los numerosos intentos por provocarla, Ayanami no se perturbaba un ápice, sin siquiera dirigirle la mirada a sus acompañantes, extraviada en elucubraciones y dimensiones completamente ajenas a ellos. No era timidez, ni temor lo que permeaba en la estampa de la muchachita. Era simple y llanamente indiferencia, y con eso sólo conseguía irritar más a las otras dos jovencitas.

—Lo que yo no entiendo es qué cuernos creen que están haciendo aquí todos ustedes— intervino de nueva cuenta la joven alemana —¿Qué no tienen nada mejor qué hacer que estar de metiches donde no los llaman? La única con derecho a estar aquí soy yo, la NOVIA de Kai— puso especial énfasis al pronunciar la palabra "novia" asegurándose que Ayanami la escuchara fuerte y claramente —Y si acaso, Misato, que según eso es su tutora legal… así que creo que aquí hay mucha gente, vamos a tener que desalojar, por que eso de andar de chismosos donde no les compete es de personas vulgares, corrientes…

—¡Momento, momento!— objetó Neuville, haciendo aspavientos con las manos —No sé de dónde sacas la idea de que no tenemos nada que hacer aquí. Por si no lo sabías, el Teniente Rivera, perdón, Katsuragi ó como quiera que se llame, es mi superior inmediato… por eso es natural que me preocupe aunque sea un poquito su bienestar, si no, no habrá alguien que firme mi cheque… y Shinji está aquí porque no soporta estar un solo momento sin mi presencia, así de grande es el amor y cariño que le doy y así de necesitado es como lo tenían al pobre…

—Sophie, por amor de Dios— susurró lastimosamente el jovencito, encendido como una vela —Tampoco es para que estés gritándolo a los cuatro vientos…

—Sea como quieras verlo, no tienes que meternos a todos aquí en el mismo saco— prosiguió la linda muchachita de larga cabellera negra —Por que aquí sólo hay alguien que sale sobrando, que no tiene un motivo justificable para permanecer en este lugar… y pues a mí no me gusta estar señalando personas, pero creo que ya todos sabemos de quien hablo, ¿no?— en ese momento simuló un ataque de tos, poniendo su mano cerrada delante de la boca —Cof, cof… Rei… Cof, cof…

Enseguida Langley arqueó la ceja, evidentemente molesta, tanto por la burla de la que era objeto por parte de Sophia como por la lógica que destilaban sus palabras, aunque fueran en tono de bulla. Sin querer darle más motivos a su contrincante para seguir mofándose de ella, resolvió atender el asunto de una vez por todas, que ya tenía bastantes días molestándola.

Con paso firme, decidido, se volvió hacia el rincón donde estaba sentada Ayanami, imperturbable y ajena a toda la discusión, si bien la había alcanzado a escuchar casi toda. Por su semblante y la severidad de su andar, el joven Ikari temió lo peor, preparándose para tener que evitar que Asuka se le dejara ir a golpes a una de las pocas amigas que aún tenía en el mundo. Sin embargo, su novia lo detuvo en seco, sujetando afectuosamente su brazo. Una sonrisa cándida de la chiquilla fue todo lo que necesitó para saber que no le estaba permitido intervenir.

Pese a todo, al estar frente a Rei la muchachita rubia se limitó a permanecer de pie, observándola con desdén. Ayanami volteó hacia ella entonces, como extrañada. Eso bastó para que el gesto tosco de la jovencita extranjera permutara en una expresión calma y serena, muy semejante a la de la japonesa. Sin hacer más alarde Asuka se sentó tranquilamente en el mullido mueble que estaba justo delante de donde Rei había tomado asiento, sin que su rostro extrañamente calmo cambiara un ápice.

—Sé que desde el principio hemos tenido nuestras diferencias— pronunció Langley, conservando la ecuanimidad pese a todo —Y también sé que últimamente se han ido acrecentando… la verdad, ni yo misma sé hasta donde iremos a parar, si seguimos así. Y lo más probable es que así será, no nos detendremos. Pero creo que hay un momento y un lugar para todo. Llegará el día en que tú y yo tendremos que arreglarnos, para bien ó para mal. Pero este no es el momento. Ni tampoco el lugar. No tengo idea qué crees que estás haciendo aquí, pero haces muy mal al permanecer en este sitio, tal vez no te des cuenta. Así que tengo que ser clara y directa contigo: voy a tener que pedirte que te marches. No hay nada que tengas que hacer aquí, así que, por favor, vete.

Durante todo el transcurrir del monólogo cordial, incluso atento de la jovencita europea, los ojos hipnóticos de felino de Ayanami no se habían despegado de ella. Como siempre, había permanecido en absoluto silencio, prestando una atención casi religiosa a cada argumento, cada palabra esgrimida por su compañera. Y una vez que había concluido, lo menos que podía hacer era devolverle la atención y contestarle de igual manera:

—No— fue lo que se limitó a decir, firme, lacónica, decididamente.

Bastó tan solo aquella sencilla palabra para que la máscara de afabilidad que Asuka con tanto ímpetu había mantenido se resquebrajara hecha pedazos. Tratando de recuperar la compostura y haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se notara su ceja arqueada y su creciente agitación, repuso:

—Sé que tú y Kai tienen historia juntos, sería muy tonto de mi parte negarlo. Pero tienes que aceptar que todo eso ya quedó en el pasado. No sé ni quiero saber lo que sucedió entre los dos, pero lo que aquí nos interesa es que se acabó. Se acabó, ¿me oíste? Entiéndelo de una vez por todas. Es de muy mal gusto que sigas buscándolo de la manera que lo haces, con tanta insistencia. Con eso sólo provocas que personas ociosas, como nuestros compañeritos aquí presentes, empiecen con habladurías y demás vulgaridades. Entonces, por respeto a Kai y a mí, pero sobre todo por respeto a ti misma, deja de hacerlo. Deja de estarte rebajando de esa manera. Me parece que no tienes la mejor autoestima ni la mejor impresión de ti misma, pero puedes cambiar todo eso si empiezas a darte tu lugar.

—Conozco muy bien mi lugar, gracias— pese a todo, la expresión de aquella peculiar jovencita no sufría modificación alguna. Se encontraba tranquila, serena, podría decirse que hasta relajada —A diferencia de otra persona que se toma atribuciones que no le corresponden. Que seas novia de alguien no significa que seas su dueña, ya deberías saberlo. Tengo mis razones para estar aquí y nada me obliga a decírtelas, pero tengo tanto derecho como cualquiera de estar en este lugar, no estoy infringiendo ningún reglamento ni estoy faltando al orden. Deja de ser tan melodramática y estar buscando problemas donde no los hay. Si tanto te molesta mi presencia, haz como yo e ignórame.

Cualquier rastro de civilidad que aparentara guardar la muchachita europea desapareció con aquella abierta declaración de guerra de parte de Ayanami. Tan pronto como había terminado de pronunciar dichas palabras la chiquilla se puso en pie, accionada como por un resorte y hecha una furia.

—¡¿Ignorarte?! ¿¡IGNORARTE?!— repitió, fuera de sí —¡Bruja idiota, agradece que no te saco los ojos ya aquí mismo! ¡Te lo pedí de buena manera, ahora será a la mala, lela descerebrada! ¡Te vas a largar en este mismo momento ó yo misma voy a echarte a patadas!

—¡Esto se está poniendo bueno!— murmuró Sophia, aguantando como podía las ganas que tenía de estallar en carcajadas mientras que Shinji, a su lado, estaba petrificado de horror, como cada vez que presenciaba las rabietas de su compañera.

—Puedes hacerlo, claro que sí— asintió Rei, sin amedrentarse siquiera un poco ni cambiar su gesto ó moverse de su sitio —Y sé que lo harás fácilmente, sin ningún problema. Más porque no pienso resistirme, no soy idiota como dices, entiendo a la perfección que físicamente eres mi superior en todos los sentidos. Sería tonto de mi parte querer pelear contigo. Pero aún así, el que me golpees, el que me obligues a irme de este lugar, nada de eso cambiará el hecho que yo te intimide tanto.

Asuka caviló un poco entonces, retrocediendo, algo desconcertada por la reacción de su compañera, que aunque tranquila se mantenía firme en su posición. La chiquilla de pupilas rojas y piel blanca aprovechó entonces para levantarse también de su asiento, encarando a la sorprendida jovencita frente a ella.

—¿Y a qué se debe eso? No me lo explico. Tú tienes el cuerpo, el porte, la personalidad, me queda claro que cualquier muchacho soñaría estar contigo… entonces explícame, ¿porqué razón alguien como tú tendría que sentirse amenazada por alguien como yo? Yo soy una chica de cabello y ojos raros, piel rara, no me gusta salir ni hablar con las personas, ¿qué tienes que temer de mi, entonces?

—¡Yo no te temo, imbécil!— refutó Langley, recobrando la compostura —¡Sólo quiero que nos dejes en paz de una jodida vez! ¡¿No te das cuenta lo vergonzoso que es tener que estar aguantando los cuchicheos de los demás?! ¡Ya sé que Kai nunca me va a dejar por ti, estúpida, pero si lo andas persiguiendo a todos lados como lo haces das de que hablar a la gente! ¡Si acaso él te importara siquiera un tantito…!

Cómo ya se ha explicado tantas y tantas veces, Rei Ayanami era, ante todo, una persona discreta. Sobria en su proceder. Invisible para la mayoría, disimulada para los muy pocos que la conocían. Pocas eran las veces que dejaba que algo la molestara. Rarísimas, casi nulas, eran las ocasiones en las que alzaba la voz. Por tal motivo resultó simplemente sorprendente, increíble para todos los presentes, presenciar uno de los pocos arrebatos que había tenido en su vida, teniendo el arrojo suficiente para interpelar a su compañera:

—¡Aquí yo soy la única a la que verdaderamente le importa lo que le pase!— el tono que empleaba para externar su molestia era bastante curioso, pues si bien había elevado su tono de voz, no era lo suficientemente alto como para considerarse un grito. Su rostro sólo se había contraído un poco, casi un ceño fruncido. Casi. —Y puedo decirlo con toda seguridad. Lo único que te preocupa es que su imagen perfecta se vea afectada, y por lo tanto, la tuya. No te importa que esté malherido, ó sufriendo, sólo que siga siendo el mejor piloto. No te interesa si está preocupado ó deprimido, sólo quieres que siga siendo el chico más popular y que esté presentable para las fiestas. Para ti no es una persona a la que puedas amar y respetar, es un objeto, un trofeo que puedes presumir a todos, a donde quiera que vayas…

—¡Así que la gatita tiene garras después de todo!— musitó Neuville, la única ajena a la agobiante tensión que se había apoderado del pequeño recinto —Muy interesante, muuy interesante, jejeje…

Desorientada, de momento Asuka se había quedado sin palabras, con la garganta seca. No atinaba a reaccionar de manera alguna. Todo aquello era muy extraño: Shinji tenía novia, Kai había sido derrotado apabullantemente, Ayanami se ponía a discutir al tú por tú con ella y ahora esto, había enmudecido. Lo peor, la había tomado con la guardia baja, sin una respuesta satisfactoria preparada en su guión para el argumento esgrimido en su contra. ¿Qué podría hacer ahora, con todas las miradas encima? ¿Qué más le quedaba?

—¡Maldita… rameraaa!— sólo le quedaba la rabia y la impotencia que sentía por dentro, lo que la hizo abalanzarse sobre la frágil chiquilla delante suyo —¡Voy a hacer que te tragues todas tus palabras! ¡Y tus dientes!

Rei solamente pudo encogerse sobre sí misma, preparándose para lo peor. Sophie no pudo soportar más y dejó escapar la risotada que tenía atorada desde que dio comienzo la discusión. Shinji no acertaba a hacer movimiento alguno, temeroso de la furia y de Asuka y el destino nada placentero que le deparaba a Ayanami. Langley se encargaría de que no quedara ni el recuerdo de ella, pero algo extraordinario la detuvo. Un ensordecedor pitido electrónico, tan fuerte que se elevaba incluso por encima de sus gritos y de la risa frenética de Neuville. El sonido, sin duda alguna, provenía del cuarto de terapia intensiva donde estaba internado Kai. Ello significaba que el monitor había dejado de registrar el ritmo cardíaco de un paciente. A sabiendas que era el único que estaba siendo atendido en la unidad en esos momentos la alarma cundió entre las muchachitas en disputa.

Como pudo, Rei se zafó de las manos de la alemana y salió presurosa en dirección al cuarto donde emanaba aquel infernal sonido. Asuka, por su parte, salió buscando al personal médico de guardia, gritando como poseída por los pasillos:

—¡Médico! ¡Médico! ¡Un médico, por favor, es una emergencia!

Como se había señalado anteriormente, el pequeño hospital operaba con los elementos mínimos indispensables, por lo que la carrera de la chiquilla por los pasillos se habría prolongado algún tiempo antes de encontrar al personal de guardia, de no ser porque de nueva cuenta la detenían en seco aquél día.

De hecho todos quedaron congelados en su sitio al ver la lastimosa figura de Kai Rivera saliendo del cuarto, apoyándose en una muleta, tambaleante. Estaba claro que no estaba en condiciones de estar en pie, envuelto en vendajes ensangrentados de pies a cabeza y su dificultad evidente para respirar. Una vestimenta de quirófano, mal puesta y a todas luces robada, era todo el atuendo que llevaba. Sus ojos, apagados y hundidos bajo las profundas ojeras que marcaban su otrora apuesto rostro fustigaban a todos los presentes, como quien se topa algo desagradable en su camino.

—¿Qué..?— alcanzó a mascullar su novia, con las palabras atoradas en su garganta —¡¿Qué crees que estás haciendo?!

—Me… largo de aquí— respondió el muchacho, con la misma dificultad con la que iba avanzando hacia la salida.

—¡Estás loco! ¡Sólo mírate como estás! Debes permanecer en cama, no estás en condiciones…

—Por favor— musitó Rivera, clavando su iracunda mirada en todos ellos, hastiado —Guárdense todos sus comentarios de falsa preocupación… cómo si les importara cualquier otra cosa que no sean ustedes mismos…

—¿De qué estás hablando?

—¿Cuál es la maldita diferencia… si me quedo ó no?— extendiendo la muleta que llevaba como una barrera impidió que la chiquilla se le acercara —Este día… toda una ciudad desapareció del mapa… más de dos millones de personas murieron… y ustedes se ponen a pelear por ver quién mató más ángeles y demás estupideces… ¿Porqué no me sorprende?

Nadie pudo responderle. Ahora resultaba evidente que había escuchado parte de su acalorada discusión, a la que él mismo había puesto final tan abruptamente.

Sus compañeros lo observaron entonces avanzar hasta el umbral de esa sala de espera, sin que alguno de ellos se atreviera a seguirlo. Antes de perderse de vista se detuvo, en parte para recuperar aliento, en parte para rematar:

—Por eso odio tanto a los niños… sólo… sólo aléjense de mí…

Y así, sin más, se fue. Dejando un hueco en el corazón de las dos jovencitas que hasta hace unos momentos habían estado dispuestas a liarse a golpes por causa suya. Dejándolas aún con más mortificaciones que las que ya tenían.

—¡Pfff! ¡Qué pesado!— gesticuló Sophie, después que se retiró —Seguramente es puro berrinche por la zarandeada que le acomodaron…¿Y por esa cosa se están peleando? Qué buen gusto, muchachas…

Ambas estaban demasiado agobiadas y cansadas para siquiera responderle. Se limitaron a mirarla despreocupadamente por un momento para entonces salir, cada una por su lado, dejándola sola con Ikari.

Lejos de irritarse por el desaire, la jovencita lució satisfecha, colgándosele juguetonamente del brazo al muchachito.

—¿Sabes, Shinji-kun? Soy muy afortunada de tenerte… ¿quieres ir a cenar algo para celebrar y después besuquearnos un rato?

El chiquillo, mudo desde hace un buen rato, se encontró nuevamente sin palabras, pero por razones muy distintas. Su rostro encendido como señal de tránsito fue toda la respuesta que necesitó la jovencita americana, quien tomándolo afectuosamente de la mano lo guió hasta la salida del hospital.

Aunque ya estaba bien entrada la noche, el largo y pesado día de Misato aún estaba lejos de acabarse. Bien consciente de ello, bebía pausadamente su vaso de café de máquina, pensando en todo el papeleo que le aguardaba en la oficina, por si no fuera suficiente con el que tuvo que hacer en el hospital. Únicamente aguardaba la llegada del médico para los informes finales para salir disparada de ahí con rumbo al Geofrente, donde se podría zambullir en la monótona y engorrosa tarea de firmar y sellar todo un mar de documentos. Pero a decir verdad, había algo más que la molestaba, y tenía que ver precisamente con la razón de estar esperando al médico. Por suerte, no tuvo que aguardar mucho tiempo más.

—Mayor Katsuragi— pronunció el profesional de la salud en ese tono tan característico de ellos, al entrar al consultorio —Lamento mucho haberla hecho esperar, sé que debe estar muy ocupada en estos momentos…

—Descuide, esto tiene prioridad sobre todo lo demás— respondió por su parte, levantándose de su asiento a su llegada, impaciente —¿Puedo asumir que ya le entregaron los resultados de los estudios?

—Así es. El daño que sufrió hoy por suerte no tendrá mayores consecuencias, la mayor parte fueron contusiones y unos cuantos huesos rotos que con reposo y cuidado podrán soldar bien. En cuanto a… su condición… me temo que no son buenas noticias, como lo esperábamos…

—Tan mal salieron los nuevos estudios, ¿eh?— Katsuragi luchaba por ocultar su gesto compungido y su voz quebradiza —¿De cuánto… de cuanto tiempo estamos hablando?

—No tenemos certeza de ello… tratándose de este caso pueden ser meses… días… incluso puede pasar esta misma noche… tiene que comprender, Mayor: no hay precedente médico para lo que estamos tratando aquí. Estamos en terreno inexplorado. Todo el historial médico del paciente, desde las condiciones tan especiales en las que se produjo su nacimiento— al decir esto sacó de una gaveta un enorme compendio de documentos, mucho más grueso que una guía telefónica —Todos los estudios que se le han practicado hasta la fecha nos muestran que el paciente debió morir al nacer… no hay forma que el organismo humano funcione adecuadamente con la condición que estamos tratando…Y aún así, aquí nos encontramos, quince años después. La ciencia médica no tiene explicación para algo así…

—Pero, ¿eso no significa que podemos tener más tiempo? ¿Un par de años, quizás? Después de todo…

—Siento mucho decirlo de esta manera, pero es inútil que se haga falsas esperanzas, Mayor… sea como sea, hemos alcanzado el punto de colapso. Este último año el estado del paciente se agravó todavía más. En cualquier momento ocurrirá el evento. Puede ser un derrame cerebral, una embolia, un soplo al corazón… pero el organismo de Kai no podrá sostenerlo más… eso es una certeza…

La mujer se limitó a suspirar y sujetarse la cabeza poniendo los dedos sobre sus tabiques nasales, sintiendo como todo le daba vueltas. No era que no se lo esperara, pero aún así, escuchar aquellas palabras produjo un fuerte impacto en ella.

—Entiendo… entiendo…

—Kai es un chico listo, seguro que ya lo sabe… eso significa que ambos pueden comenzar a prepararse, no tiene que ser un proceso tan difícil… aquí en el hospital podremos otorgarles todas las comodidades posibles…

—¡Doctor, corra! ¡Es una emergencia!— lo interrumpió una aterrorizada enfermera que entró de improvisto.

Tanto Misato como el médico se pusieron enseguida de pie, temiendo lo peor.

—¿Qué sucedió?— preguntaron los dos al unísono.

—¡Es el paciente! ¡Ha vuelto a escapar!

—¡No puede ser, maldita sea!— vociferó el hombre en bata blanca, saliendo rápidamente del cuarto, acompañado de la recién llegada —¿Quién estaba de responsable en la guardia? ¡Voy a colgarlo de las putas bolas…!

—Ese muchacho… ese condenado muchacho…— se limitó a susurrar penosamente Katsuragi, sintiendo como las lágrimas amenazaban con anegar sus ojos.

Luego de un rato, un poco más compuesta, por fin se decidió a salir del consultorio. Su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró frente a frente con Ritsuko y el Comandante Ikari, quienes aguardaban pacientemente su llegada.

—Buenas noches, Mayor— pronunció Ikari con su voz grave y portentosa, intimidante —Espero que no sea un inconveniente para usted, pero le pedí a la Doctora Akagi que me acompañara para poder conversar con usted.

—¡Esto sí que es raro! Supongo que debe ser algo muy importante, si no pudieron esperar hasta que regresara al cuartel, ¿cierto?

—Nada es más importante que la vida humana, Mayor— asintió Gendo, clavando sus ojos de gavilán en ella.

—Misato, estamos aquí porque sabemos la situación por la que están pasando y queremos ayudar— intervino por fin Akagi, quien tuvo que deshacerse de su típica bata para que no la confundieran con personal de salud —El Comandante Ikari y yo queremos ofrecerles todos los recursos de los que dispone NERV para hallar una solución a su problema…

—¡Vaya! ¡Debo haberme quedado dormida, pues no me di cuenta cuando fue que nos convertimos en una organización de beneficencia!

—El sarcasmo está por demás, Mayor Katsuragi— interpuso el hombre barbado, jugando bien sus cartas —Somos la agencia que cuenta con las mentes más brillantes del planeta en su nómina. Construimos monstruos del tamaño de rascacielos, asesinamos dioses, manipulamos genes a nuestro antojo y usamos física cuántica a voluntad… encontrar una cura para la enfermedad de Rivera… de Kai… será cosa de niños…

—Y por supuesto que harán todo esto desinteresadamente, sin esperar nada a cambio— por un momento Misato olvidó que hablaba con su jefe y no con cualquier parroquiano, pero nada de ello le importaba cuando su muchacho estaba de por medio.

—No te equivoques, Misato— repuso su compañera —Pese a toda nuestra historia y que no simpatiza mucho ni con el comandante ni conmigo, Kai sigue siendo un recurso muy valioso para NERV, como científico y como piloto. Es sólo natural que tengamos que hacer lo posible por conservar ese recurso, si está en nuestras manos…

—¿Y qué es lo que quieren de mí, entonces? Todo esto deberían estarlo hablando con él, no conmigo…

—Usted sabe muy bien la respuesta, Mayor Katsuragi— le contestó Gendo, cruzándose de brazos —Conoce mejor que nadie al muchacho y sabe que su soberbia le impedirá recibir cualquier ayuda que no sea la propia… no querrá reconocer que alguien más pueda encontrar una solución que a él no se le ocurrió. Lo sabe, ¿no es así?

—En otras palabras, queremos que hables con él para convencerlo que se preste a que le realicemos una serie de exámenes que necesitaremos para conocer la magnitud y alcance de su condición…

—¿No querrán practicarle una vivisección? Creo que esa es una de sus mayores pesadillas desde niño…

—Únicamente necesitaremos cultivar un poco de su tejido medular… una cosita de nada, te lo garantizo…— acotó Akagi, viendo como los muros de protección de su amiga eran derribados, sólo necesitaba un empujoncito final —Pero que podría ayudarnos a salvarle la vida, al fin y al cabo eso es todo lo que nos interesa aquí, ¿no?

Misato para nada era estúpida. Sabía que el súbito interés de aquellos dos por el bienestar del jovencito debía tener algún trasfondo oculto. Pero ya lo habían intentado todo, estaba tan desesperada y no tenía a quien más acudir. Ante todo, no quería que su querido muchacho muriera. No podría soportar otra pérdida más en su vida. No de nuevo. Y sabía bien que por salvarlo incluso podría venderle el alma al Diablo.

—Pese a todo lo que le hayan dicho José Rivera y su hijo, no tiene porqué desconfiar de mí, Mayor— dijo Ikari en tono conciliador, casi amistoso —Créame, si quisiera hacerle algún daño al muchacho ya lo habría hecho desde hace bastante tiempo… y si quisiera sacarle algún provecho sabe bien que no me detendría ante nada para obtener lo que quiero… pese a que él y yo no coincidimos en muchas ocasiones, no soy un monstruo, no le deseo algún mal… y si está en mis manos, entonces quiero hacer todo lo que esté a mi disposición por ayudar. Es tan simple como eso. Sólo le pedimos que hable con él, a final de cuentas será el mismo Rivera… Kai… quien tomará la decisión. Y estamos en toda la disposición de respetarla.

—Sólo piénsalo, por favor, Misato— ultimó la Doctora Akagi cuando con un ademán Ikari se despedía y les daba la espalda para salir —Sólo tienes que hablar con él, es todo lo que necesitamos.

De la misma manera la científica se despidió, apurándose disimuladamente para alcanzarle el paso al comandante, quien ya iba de salida.

En cambio, la Mayor Katsuragi permaneció inmóvil en su sitio un rato más, de pie, sola en el estrecho corredor. Sabía bien lo peligroso que era acceder a cualquier propuesta del Comandante Ikari, pero también era de su conocimiento que las alternativas se le habían terminado hace ya mucho y debía aferrarse a la única esperanza que aún tenía, sin importar el costo.

A las dos de la madrugada aquél 18 de Enero del año 2016 recién comenzaba, pero en el interior del Geofrente las labores no habían parado desde el comienzo de la crisis, sobre todo en el hangar bajo jurisdicción de las Naciones Unidas, donde los trabajos de restauración de las Unidades Beta y Zeta habían comenzado de inmediato. A expensas de la urgencia que tenían las fuerzas armadas por contar con sus armas más potentes, los empleados tenían el tiempo encima para volver a dejarlas operacionales y listas para el campo de batalla lo antes posible.

El mayor desafío, obviamente, sería la reparación del Eva Zeta. Si bien su coraza sólo requeriría arreglos cosméticos, la problemática consistía en reemplazar por completo cada sistema electrónico y restaurar cada componente orgánico que lo hacían funcionar. Era una labor tan grande como el propio Evangelion, que yacía inerte a lo largo y ancho de todo el espacio en el gigantesco complejo, con una multitud de atareados técnicos trabajando sobre él como una colonia de hormigas. Todo ese movimiento coordinado y dirigido en gran parte por un solo hombre, Kenji Takashi, Jefe de Mantenimiento y Logística de esa división, quien a esas horas ya trabajaba su tercer turno consecutivo.

A sabiendas de esto, y dado su temperamento tan explosivo bien conocido por todo mundo, los técnicos bajo su mando procuraban hablarle sólo lo estrictamente necesario. Por ello era natural el nerviosismo del joven que se le acercaba a sus espaldas, mientras que él con tableta en mano supervisaba los avances y recursos de la operación.

—Señor— la mirada que de inmediato recibió el joven lo congeló en su puesto —Lamento molestarlo, pero… tenemos una situación en la oficina del director que necesita su presencia inmediata… se trata, pues… eeeh…

—Ya sé, ya sé— interrumpió Takashi, hastiado, volviéndose a esa dirección —Deja de holgazanear y regresa a tus trabajos, niño de los mandados…

Desde que se enteró del nuevo escape de Kai del hospital sabía bien que allí es a donde iría a parar. Él mismo lo hubiera interceptado, de no ser porque estaba tan encabronadamente ocupado. Su mal humor aumentaba con cada paso, con cada escalón que subía. Todo eso era un enorme e irresponsable desperdicio de su tiempo, tan valioso.

Por su parte, Kai Rivera libraba su propia batalla, contra las limitaciones de su cuerpo lastimado. Frente a sí, desparramados sin orden preciso por todo el piso de su oficina, se encontraban esquemas de los sistemas de Zeta y varios documentos más. Trataba de organizarlos en una secuencia que fuera coherente con sus propios mapas mentales de tales estructuras, algo que pudiera servir para una organización más eficiente y distribución más rápida de los trabajos de restauración. Parecía algo sencillo, un proceso que no le hubiera consumido más que unos cuantos minutos de estar en su mejor condición. Pero como no lo estaba, constantemente era interrumpido por terribles dolores que lo aquejaban a lo largo de su maltrecha humanidad. En ese preciso instante se retorcía, con su pecho ardiendo, sintiendo una costilla bailarina que no se quedaba en su lugar. Al toser, un puñado de sangre embarró toda la mano con la que se había cubierto la boca.

—Así que… así es como todo termina, ¿eh?— murmuró penosamente para él mismo, limpiándose apuradamente como podía al escuchar el incesante sonar del radio de Kenji aproximándose por el pasillo.

—¡Dile a ese imbécil que las conexiones tienen que estar en secuencia inmediata ó el dispositivo de entrada nunca va a arrancar! ¡Sí, claro, eso es puro sentido común! ¡No! ¡Ahorita voy para allá para enseñarles como carajos lo tienen que hacer!

La puerta cerrándose con un fuerte golpe avisó de la entrada del recién llegado, quien acuchillaba con la mirada al maltrecho chiquillo delante suyo.

—Cómo te imaginarás, no tengo tiempo para esto— suspiró Takashi pesadamente, inspeccionando el descuidado estado de aquel espacio —Sé que piensas que eres indispensable aquí, y odio sacarte de tu burbuja, pero no lo eres. Nadie es indispensable. Así como estás, no puedes ni ayudarte a ti mismo, así que lo mejor sería que te fueras inmediatamente. Puedo llamar a seguridad para que te saquen a rastras, de ser necesario, y te lleven de regreso al hospital.

—Gracias, pero ese es un lugar que prefiero visitar bajo mis propios términos— contestó Rivera, tratando de aligerar las cosas —Además, no veo qué problema te puede causar el que me quede aquí, no le estorbo a nadie… sé que todo esto está bastante jodido, pero por eso mismo estoy tratando de darle solución… si tan sólo me dejaran en paz cinco malditos minutos sin que intentaran amarrarme a una cama de hospital sé que podría arreglar todo para que…

—¡Mírate, demonios, mírate como estás!— vociferó iracundo su acompañante —¡Mira todo este maldito lugar, cómo lo dejaste! ¡¿Me crees un completo imbécil?! ¡¿Crees que no sé donde va cada cosa para armar ese condenado armatoste!? ¡¿Me crees incapaz de organizar eficientemente a toda esta bola de simios descerebrados para poder sacar adelante el trabajo?! ¡Puede que tú hayas diseñado a Zeta, tú lo habrás construido y encontrado el modo de hacerlo funcionar, pero yo soy el que lo mantiene y lo repara todos los días! ¡Yo soy el que se la pasa picando piedra, aquí, escondido en este agujero de mierda mientras tú sales afuera a lucirte, a jugar al héroe! ¡Así que no te atrevas a venir y decirme que no sé hacer mi trabajo, con un demonio!

—Yo nunca dije eso— repuso el muchacho, respirando agitadamente con dificultad, tratando de disimular —Pero se nota que has pasado algún tiempo meditándolo… no trato de hacerte menos, sólo hago lo posible para que no tengas que presionarte tanto, como sé que lo harías… sólo estoy aquí para ayudar y…

—¡¿Ayudar?! ¡¿Ayudar, dices?!— Kenji aprovechó el espacio que el chiquillo se tomó para recobrar el aliento para estallar, rabioso —¡Si quieres ayudar, si en verdad quieres ser de tanta utilidad, trata de que no te hagan cagada la próxima vez que salgas a pilotear esa desgraciada máquina! ¡Esa es toda la ayuda que necesitamos de ti, que dejes de ser tan idiota y te tomes las cosas con seriedad! ¡Madura de una buena vez, maldita sea! ¡Cinco minutos! Eso es todo lo que tienes, antes que llegue seguridad y te refundan de nuevo en el hospital… tú sabrás si continúas aquí cuando vengan por ti…

Una vez más la puerta era azotada furiosamente, poniendo fin a la discusión. Kai permaneció unos momentos más, mirando penosamente la salida. Estaba cayendo en la cuenta que sus continuas y prolongadas ausencias habían creado en la división a su cargo un vacío de poder que estaba siendo llenado por su segundo al mando, quien cada vez se tomaba más y más atribuciones que no le correspondían. Muy probablemente envalentonado por su condición tan lastimosa. Trataba de convencerse que el hombre actuaba así por las prolongadas jornadas de trabajo ininterrumpidas, que cuando las cosas mejoraran Takashi se disculparía con todos por su terrible actitud y todo volvería a ser como antes, antes que todo su mundo se pusiera de cabeza. De eso es lo que trababa de convencerse, y para ello lo mejor sería ya no seguir provocándolo y hacer como él decía. Todo eso revelaba lo malo que era Kai para juzgar el carácter de las personas y lo ingenuo que a veces podía llegar a ser.

Mientras tanto, bufando como un toro furioso, luego de haber llamado a los elementos de seguridad para que dispusieran del joven Katsuragi, Kenji desquitaba su ira pateando un bote de basura. Estaba harto de tantas estupideces, harto de tener que seguir a la sombra de un chiquillo que jamás apreciaría su trabajo ni le permitiría brillar con luz propia. Para alguien como él era demasiado humillante tener que estar a las órdenes de alguien a quien consideraba su inferior, sobre todo si se trataba de un quinceañero caprichudo que dejaba que las hormonas controlaran sus acciones. Bien podía tratarse de la persona más inteligente del planeta, pero eso no cambiaba el hecho que siguiera siendo un niño lelo sin la más puta idea como funcionaban las cosas en la vida real. Era claro que algo tenía que hacer para solucionar tal injusticia.

—Habla Kenji Takashi— pronunció por su radio con un tono más mesurado, una vez que por fin logró tranquilizarse —Quisiera poder hablar con el Comandante Gendo Ikari lo antes posible, por favor…

Así es la vida, es lo que muchos podrían decir por experiencia propia. Una enorme tómbola, que a veces eleva a algunos sólo para hundirlos en alguna otra vuelta. En un descuido el príncipe puede volverse mendigo y el que ahora tiene hambre mañana se saciará a manos llenas. El joven Shinji Ikari podía dar buena cuenta de ello, si bien durante el transcurrir de su corta vida había pasado por tiempos difíciles, indudablemente ahora se encontraba viviendo sus mejores días.

Como prueba estaba la deliciosa cena que había podido disfrutar al lado de su preciosísima novia y la larga velada que habían gozado juntos, en el apartamento a media luz de ella. La noche les parecía que era como ellos, joven y ansiosa, y estaba bastante lejos de terminar. Eso era lo que prometía el apasionado beso que sellaba sus ansiosos labios, sintiendo próximo el cuerpo de la linda muchachita, quien casi lo tira de espaldas. Sus manos se deslizaban por la grácil silueta de la joven, explorando casi toda su atractiva anatomía. El dulce olor de su cabello perfumado, que inundaba su olfato mientras la besaba ávidamente, lo enloquecía. Todo su encantador, delicioso ser lo trastornaba como a un perro en celo.

—Te amo… te amo…— repetía el muchacho incansablemente entre suspiros, mientras recorría con sus labios cada rincón visible de la exquisita piel de la jovencita —Te amo…

Sophie le clavaba su profunda mirada, tan cándida e intrigante a la vez, mientras le sujetaba las manos y las colocaba encima de sus núbiles pechos. Al contacto con los suaves, firmes y recién formados senos de la muchacha una sensación nueva y desconocida se apoderó de Shinji, llenándolo de temor y despertándolo del dulce trance en que se había colocado.

—¡So-Sophie!— exclamo de repente el chiquillo, ruborizado, casi aterrado —Creo… creo que es suficiente por hoy… además se hace tarde y debo ir a casa…

—Niño torpe, despistado— murmuró Neuville melosamente, sujetándolo como halcón a su presa y tirándolo boca arriba para colocarse encima de él —¿Qué horas crees que son? Ya es muy tarde para que te vayas a casa, tontito, pasarás lo que queda de la madrugada conmigo, mi amor… así podremos ver juntos el amanecer por primera vez… y algo más…

Acto seguido la pequeña fiera paseó la lengua a lo largo de su cuello, dejándolo indefenso y a su completa merced. Irse ya no entraba más en los planes de Ikari, extasiado como estaba con la placentera droga que Sophia le presentaba.

—No puedo dejar de pensar en la forma cómo derrotaste a todas esas cosas— continuó la jovencita en susurros, besando casi a mordiscos el rostro, oídos y cuello de su novio, abandonado por completo a aquél dulce tormento —Te convertiste en una bestia salvaje, ¡un animal!

—Oh, Sophie…— gimió el muchacho, con el aliento de la fogosa chiquilla haciéndole cosquillas detrás de la oreja —Perdóname si te asusté… sólo quería…

—¿Asustarme? ¡Tonto!— pronunció su novia juguetonamente, mordisqueando el lóbulo de su oído, lo que provocaba que los ojos se le pusieran en blanco al desvalido Shinji —Nunca, nadie había hecho algo como eso por mí… jamás… y saber que muy en el fondo de este tierno, dulce y simpático muchachito hay una criatura violenta, poderosa e invencible, que hará cualquier cosa por protegerme… me excita como no tienes idea…

Cómo para darle énfasis a sus palabras la jovencita colocó las manos del muchacho sobre sus redondos y apetecibles glúteos, que de inmediato comenzaron a ser masajeados con lujuria.

—Tómame, Shinji Ikari— las manos de la ávida joven se deslizaron hasta la entrepierna de su pareja, sintiendo la dureza y rigidez del bulto que sobresalía por debajo de sus pantalones —Quiero entregarme por completo a ti, te pertenezco…— los hábiles dedos de Sophia pronto desabotonaron el pantalón y bajaron con rapidez el cierre de éste, lo que le permitió acceso a su contenido, que se irguió ante sus ojos, liberado al fin —Me entregaré, en cuerpo y alma, al monstruo rabioso que vive dentro de ti y que hoy salvó mi vida… tómame, te deseo, mi fiel bestia sanguinaria….

Algo primitivo, ancestral, tan antiguo como la vida misma despertó entonces en Shinji, permitiéndole apoderarse de su persona sin poner obstáculos. No había hombre alguno que pudiera resistirse. El instinto puro estaba al volante y no lo soltaría hasta haber saciado su hambre. Sin mediar más palabra Shinji se liberó de la deseosa jovencita, abalanzándose sobre ella como un tigre.

Una maraña de piernas y brazos se sucedió entonces, cuando los dos rodaban por el piso y sus ropas volaban una tras otra por el aire, cayendo en el piso sin un orden concreto. Los jadeos se sucedían ininterrumpidamente cuando al fin ambos estaban libres de cualquier envoltura que ocultara sus cuerpos, mostrándose el uno al otro tal como eran, sin ningún tipo de envestidura ni adorno sobre ellos. Sus carnes parecían querer absorber cada cual al otro, en medio de aquel frenético e intenso choque entre ambos. Alocado, desenfrenado, pero bastante apasionado, era pues, un típico encuentro entre adolescentes que recién despertaban a la vida. Al cabo de un placentero rato, la naturaleza encontró su curso y el joven Shinji Ikari se encontró a sí mismo montando a su bella novia, resoplando al estar gozando de los placeres de la carne por vez primera. Ella gemía placenteramente con cada embestida de aquella criatura furibunda que había despertado gracias a su iniciativa. Se mordía los labios y se sujetaba férreamente del colchón debajo de ellos, queriendo recibir y absorber lo más que pudiera de su aguerrido pero poco experimentado amante, quien a su vez luchaba con todas sus fuerzas contra todo el cúmulo de idílicas sensaciones que lo conminaban a un final anticipado, el cual quería evitar a como diera lugar, buscando prolongar aquel momento, el más feliz de toda su vida, todo lo que le fuera posible. Pero finalmente ocurrió lo inevitable y aquel maravilloso, glorioso encuentro llegó a su conclusión, con el joven Ikari súbitamente transportado a las puertas del Paraíso, los Campos Elíseos, el Valhala y el Nirvana todos juntos a la vez en un suculento frenesí de emociones y sensaciones.

Jóvenes como eran, pudieron resistir varias veces más hasta que el cansancio hizo presa de ellos y el sueño los derrotó, durmiendo plácidamente en brazos del otro. Por lo menos Shinji lo hacía, mientras que Sophie lo sujetaba afectuosamente, velando su sueño y mirando como la luz de un nuevo sol empezaba a colarse a través de la ventana de su cuarto. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro al percatarse de la belleza inigualable, la perfección inaudita del momento que se le permitía disfrutar. ¡Era tan maravilloso estar con vida!

—Te amo— susurraba entre sollozos, cuidando de no despertar a su novio entre sus brazos —Te amo tanto…

Dada la expresión contradictoria en su rostro al decir aquellas palabras, que sin embargo eran tan puras, tan sinceras, era difícil decir si sus lágrimas eran de felicidad… u otra cosa…

Si bien nunca hablaba al respecto de ello, era innegable que el matar personas figuraba entre las extensas tareas que Ryoji Kaji debía desempeñar en su intrincada área laboral. Era una de las cosas más desagradables que tenía que hacer, y que tenía que sobrellevar como pudiera con su atribulada conciencia. No disfrutaba nunca al hacerlo, si bien estaba consciente que todas las ocasiones que tuvo que segar una vida era absolutamente necesario para la realización de sus objetivos. No era un novato en tales lindes y ya tenía bastantes cruces en su haber. Pero aquella vez, aquella horrible, terrorífica vez fue la primera que tuvo que asesinar a más de uno en tan poco tiempo. En el transcurso de esa larga jornada seis personas habían perdido la vida por obra suya. Eso, sin contar a los otros diecisiete infelices que ayudó a Amit a despachar. Matarlos era una cosa, pero lo peor era tener que lidiar con la tarea de registrar y disponer de los restos, eso ya era algo nefasto y enfermizo, tal como podía constatarlo al arrastrar de los pies lo que quedaba de un corpulento sujeto de más de un metro ochenta con la mitad de la cara faltante, despedazada por la acción de una certera bala expansiva.

—¡Este… hijo de puta… tampoco las tiene! ¡Uff!— resopló, haciendo un último esfuerzo para quitar el cadáver del estrecho y oscuro pasillo —¡Ya lo revisé de pies a cabeza, y nada!

—Sí, me quedó claro que tu revisión fue muy exhaustiva, sobre todo en el área de la entrepierna, que es la que más te interesa, ¿no, maldito enfermo perverso? ¡Jajaja!— rió el gigantesco Amit, cuando se deshacía sin esfuerzo de otro cuerpo al que arrojó como un costal de papas —Descuida, tu secreto está a salvo conmigo… además mira lo que me encontré colgando del cinturón de este pobre diablo, parece que tenemos lo que queríamos— le dijo mientras le mostraba triunfante un arillo metálico con un montón de llaves oxidadas, agitándolas para que sonaran como campanillas.

Los hombres ya no estaban solos en ese lúgubre escondrijo que tanto trabajo les costó localizar y asegurar. Un discreto grupo de siete elementos de las Fuerzas Armadas de las Naciones Unidas había llegado hasta el lugar para ayudarlos a escoltar al valioso "Prisionero Cero" hasta la base más próxima a aquel punto perdido. Se trataba de una cueva perdida entre las inmensurables dunas del desierto, en cuyo interior se habían tallado cavidades y estrechos pasillos que recorrían toda la gruta, para que fuera acondicionada como una nada cómoda prisión, más parecida a un calabozo del Medioevo. La oscuridad era muy densa dentro de su interior, por lo que ambos hombres requirieron de gran esfuerzo para asegurarla y disponer uno a uno de los pocos guardias que la custodiaban. Una vez consumada esta parte, lo siguiente era mandar una señal para que el equipo de recuperación y escolta fuera enviado hasta su posición y finalmente, en una rápida maniobra, sustraer al prisionero y ponerlo bajo custodia de los Cascos Azules. Era en esta parte de la operación, aparentemente la más sencilla de todas, en la que se encontraban en esos momentos. Con impaciencia Amit comenzó a introducir las llaves a su disposición, probando una tras otra hasta que encontró la correcta, que hizo girar el pistilo de la puerta enmohecida, que se abrió con un prolongado chirriar.

—Más les vale que me cubran, y que me cubran bien, soldaditos de juguete— susurró el israelita, preparándose para adentrarse en la tenebrosa mazmorra —Quien sabe con qué diablos nos encontremos ahí dentro…

Con su rifle por delante, listo para disparar, de un súbito movimiento el larguirucho sujeto se introdujo en la oscura celda, listo para todo. Ó casi todo.

—¡No puede ser! ¡Maldición! ¡¿Qué puta madre es todo esto?!— se le oía lamentarse, desesperado —¡Diablos, no!

—¿Qué te pasa, imbécil? ¿Está todo bien?— preguntó Kaji desde afuera, apuntando como todos los demás su rifle de asalto a la entrada de aquel hueco en la gruta, de cuyo interior no se distinguía la gran cosa, más que la gruesa espalda de su compañero.

—¡Vengan a verlo por ustedes mismos, esto es cosa del diablo! ¡Oh, mi Dios! ¡¿Qué es todo esto?!

Con cautela, uno a uno fueron entrando a ese diminuto espacio, con Ryoji a la cabeza. Una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo distinguir varios aparatos de uso médico y también el motivo del disgusto de su colega. Al principio no le encontraba mucha forma, pero al percatarse de lo que se trababa sintió vértigo, náuseas y el vómito subiendo por su garganta. Se trataba de lo que quedaba de un ser humano, colgado de la pared como espantapájaros. Sus brazos y piernas habían sido amputados por completo, sus genitales removidos quirúrgicamente y sus párpados sellados, cosidos, sin rastro aparente de sus globos oculares. Lo peor de todo es que, según los registros y artefactos, aquél despojo seguía con vida. Varias sondas conectadas a su organismo lo alimentaban y disponían de sus desechos, mientras un respirador artificial conectado a sus pulmones le suministraba el indispensable oxígeno para la vida. Uno de los jóvenes soldados, el de estómago más débil al parecer, no pudo soportar la visión y descargó todo el contenido de su desayuno sobre el piso.

—Mi nombre es Amit Fayerman, agente de inteligencia de las Naciones Unidas, estamos aquí para liberarlo y ponerlo bajo nuestra custodia… ¡Identifíquese!— pronunció el gigantesco hebreo, tratando de no hacer lo mismo que el novato a sus espaldas.

No obstante, el lastimoso bulto que en días mejores pudo haber sido un ser humano no hizo intento alguno por responder a su llamado. A través de la mascarilla de respiración se podía apreciar claramente sus labios moverse ininterrumpidamente, pero ningún sonido entendible salía de estos.

Amit se identificó nuevamente con el prisionero y nuevamente le pidió que hiciera lo mismo, aún así no hubo respuesta. Intentó varias veces más, hablando en inglés, francés, alemán, hebreo, persa e inclusive en siríaco, siempre con el mismo resultado.

—Le habrán cortado también la lengua estos dementes— resopló, frustrado —Así no nos va a servir de nada. Lo mejor sería ponerle una bala en la frente y acabar con su miseria. ¿Cómo putas lo vamos a transportar? No creo que la pobre piltrafa resista un minuto si lo desenchufamos de todo este batidillo de sondas…

—Espera, creo que alcanzo a entenderle algo— le dijo Kaji, pegando el oído lo más que podía a la boca del despojo.

—El Señor es mi pastor, nada me habrá de faltar…— le escuchó decir, apenas con un lastimoso sonido que difícilmente podría pasar como un hilo de voz —El Señor es mi pastor, ¿qué me puede faltar?... En las verdes praderas Él…

—¡Es español!— pronunció a viva voz, satisfecho de haber resuelto el enigma —¡Está hablando en español! ¡Eh, viejo!— se dirigió al cautivo en ese idioma —¡Estamos aquí para liberarte! ¡Somos de la O.N.U., tus celadores están todos muertos! ¡Dinos quien eres! ¡Identifícate!

—¿Qué? ¿Qué… es todo esto?— dijo un poco más fuerte el reo, con dificultad, sorprendido de escuchar una voz nueva después de sabe cuánto tiempo, desconcertado, levantando como podía la cabeza y volteando a todos lados —¿Quién… es este que me habla? ¿Eres tú… Demian? ¿Este… es otro de tus trucos? Sabes bien que no puedes engañarme, no importa todo lo que intentes…

Con la sola mención de ese nombre Kaji se avispó por completo, como sacudido por una fuerte corriente eléctrica.

—¿Demian? ¿Ustedes escucharon eso? ¿Dijo "Demian"?— preguntó sumamente nervioso a todos y a nadie en particular.

—¡Yo que sé!— respondió furibundo Amit, confundido por aquel súbito arranque de su compañero —¡Tú eres el único que le entiende a esa cosa!

—¡Viejo! ¡Viejo!— insistió de nuevo el japonés, en un español más o menos entendible, colocándose al lado del prisionero y agachándose para poder hablarle casi al oído —Mi nombre es Ryoji Kaji, estoy aquí con otras ocho personas para rescatarte de quienes te hicieron esto… vendrás con nosotros, estás a salvo… sólo dinos quien eres… ¿cuál es tu nombre?

—En… en el infierno… no necesitas de nombres…— el cautivo respondió en su lastimoso tono, falto de aire —Ni hay rescate del lugar del tormento eterno… ¿en verdad creen… que él me dejará salir de aquí… luego de todo este tiempo? A mí me habrán sacado los ojos… pero los verdaderos ciegos son ustedes… huyan mientras puedan… necios…

—¡No hay nada que temer, viejo! ¡Todos tus carceleros están muertos, eres libre! ¿No lo entiendes? ¡Dinos a quién le tienes tanto miedo! ¿Quién te encerró aquí, quién te hizo esto?

—Se presentó ante nosotros como un médico… bien intencionado y dispuesto a ayudar… atendió a muchos de nosotros, aliviándolos de sus males, de su sufrir… con el paso del tiempo se fue ganando la confianza de todos… pero yo sabía… yo siempre supe… y él siempre supo que… yo también sabía… que…

Estaba claro que el largo tiempo privado de su libertad, además de todo el castigo inhumano que había tenido que soportar habían hecho estragos en la psique de aquél pobre desdichado, como era de esperarse. Comenzaba a divagar en su relato, a balbucear sonidos y frases inconexas hasta que Kaji, desesperado, hizo como pudo para traerlo de vuelta:

—¡Concéntrate! ¡Te pregunté quién te hizo esto! ¿Quién lo hizo?

—Ese fue el mayor problema al que me enfrenté… siendo el único católico creyente entre todos esos ateos marxistas… siempre se burlaban de mi fe, a pesar de mi compromiso… con la causa… tal vez haya sido un error unirme a ellos… ¿pero qué otra opción tenía, en ese entonces? Los gringos protestantes… nos estaban matando a todos…

Ryoji se tapó la cara, sin saber qué más hacer. Si acaso pretendía extraer cualquier trozo de información útil de aquél infeliz iba a tener que ser paciente y poner atención a todos sus desvaríos, esperando escuchar algo que le sirviera.

—Por…por supuesto que nadie me creyó… cuando les dije quién era ese hombre en realidad… cuando les revelé la verdadera naturaleza… de su médico curandero… pero a mí no podía engañarme… a pesar de su acento europeo tan distinguido… ó ese aire de nobleza que transpiraba… todo se encuentra en las Revelaciones… el Apocalipsis de Juan… cuando les comencé a hablar del Falso Profeta… del Anticristo… todos empezaron a reír… tiempo después, ya nadie reía… todos… todos murieron… todos murieron, ¿cierto? Pero a mí… a mí no me tuvo tanta consideración… a mí, el que siempre… el que siempre supo quién era en verdad… quien sabía todos su secretos… y lo que pretendía hacer… no es que me haya servido de algo… como puedes ver… no pude escapar… me encontró… y me trajo aquí… quería quebrar mi espíritu… mi fe… pero no pudo hacerlo… sin importar cuantas partes de mi cuerpo cortara… sin importar todas las drogas que usara para someterme"¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie como él sobre la tierra: es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal".

—¡¿QUIÉN CARAJO TE PUSO AQUÍ, VIEJO IMBÉCIL?!— estalló finalmente el japonés, derribando una mesita con utensilios médicos en su rabieta.

Extrañamente, Amit fue la voz de la razón en ese momento:

—Calma, maldición, no puedes ponerte muy exigente con alguien así…

—Demian…— susurró entonces el prisionero, casi como un último aliento —Demian… Hesse… avisen a todo el mundo… Demian Hesse…nos condenará a todos… el pozo se abrirá y la tierra será consumida por las llamas del Infierno…

—¡No! ¡No puede ser posible, viejo idiota!— Kaji respondió frenético, mucho más furibundo que antes —¡Demian Hesse está muerto! ¿Me oíste? ¡Demian Hesse murió!

—¿Demian Hesse?— pronunció también Amit, contrariado —¿EL Demian Hesse?

—Díganle… díganle a mi amigo… el Comandante Chuy… que Demian Hesse… nos perderá a todos en las tinieblas… y que se quedó… con su mayor tesoro…tiene que salvarla… tiene que salvarla…

Ryoji apenas si podía dar crédito a lo que había escuchado, pero lo más desconcertante es que todo encajaba a la perfección y eso era lo que lo mantenía en ascuas. Sujetaba su cabeza, preguntándose el cómo. ¿Cómo? Antes que pudiera encontrar la respuesta a su pregunta, súbitamente todas las pantallas disponibles en aquella tenebrosa instalación se encendieron a la vez, sin un mecanismo visible que las haya activado. Al mirarlas por poco y le da un ataque al corazón, sorprendido de ver el macabro rostro del Doctor Demian Hesse en todas ellas. Se había dejado crecer el cabello y las barbas, estaba mucho más viejo y una profunda cicatriz le marcaba la cara. Pero a diferencia de Misato, meses antes, él no tuvo problemas para reconocer aquél cabello plateado, y sobre todo esos ojos verdes tan llenos de rencor, que eran inconfundibles. Ese era su rostro. El rostro de una persona a la que creía muerta desde hace ya casi doce años.

—Saludos, intrépidos aventureros— comenzó a decir la grabación de Hesse, con ese aire tan melodramático al que era tan asiduo —Si están viendo esto, quiere decir que nadie ha pulsado el código de seguridad los últimos treinta minutos, por lo que asumo que todos mis guardias han muerto y han podido descubrir mi pequeño pasatiempo. ¿Qué puedo decir? A pesar de ser un hombre tan ocupado, necesito distraerme de vez en cuando. El problema es que mis gustos son un poco más exigentes y especializados que los de cualquier otra persona. Pueden catalogarme como loco, pero mi posición tan alta debe darme solamente el rango de excéntrico. Seguro estoy que en estos momentos deben estar muy satisfechos y orgullosos de haber descubierto la verdadera identidad del líder del Ejército de la Banda Roja. De mi parte, mis más sinceras felicitaciones— decía mientras aplaudía pausadamente —Se necesita de mucho arrojo y recursos para llegar hasta donde están ahora. Cómo pueden constatar, estoy vivo, y en excelente estado de salud, listo para revolucionar el mundo. No es que saberlo les vaya a ser de mucha utilidad, por supuesto. Esta fosa fría, perdida en la nada, será su tumba. Todos ustedes morirán aquí. Pero podrán despedirse de sus pobres traseros con la satisfacción de haber desentrañado uno de los enigmas más grandes de nuestra era. Sólo me queda preguntarles, a todos ustedes, osados caballeros… ¿alguno de ustedes ha bailado con el Diablo, a la luz de la luna?

Apenas si terminó de pronunciar aquellas palabras cuando el caos se desató por completo. La gruta entera se comenzó a cimbrar por completo, desmoronándose como si estuviera hecha de polvorones. Una serie de explosiones en cadena comenzó a sucederse a lo largo de la formación rocosa, cuyo objetivo era colapsarla por entero. Por si no fuera suficiente, el soldado más joven del contingente, aquél que había vomitado anteriormente, de inmediato recobró la compostura, y con los ojos perdidos y una expresión de rabia impresa en el rostro empezó a disparar a todos sus compañeros, a diestra y siniestra.

—¡Debemos romper el cascarón del mundo! ¡Para la revolución del mundo!— gritaba sin parar, completamente enloquecido, sin dejar de apretar el gatillo de su arma por un solo instante, pese a toda la estructura que se le venía encima.

Sus compañeros y el infeliz prisionero sin nombre no tuvieron oportunidad, muertos casi al instante por la primer ráfaga que salió escupida del rifle en su poder. Amit, aunque fuera de balance por los continuos estallidos, pudo maniobrar para esquivar esa nueva clase de "fuego amistoso" y de paso quitar a Kaji del camino de las balas, rodando fuera de la celda cuyo endeble techo se vino abajo, aunque dándole tiempo suficiente para salir al enajenado sujeto que los seguía con arma en mano, disparándoles sin cesar y recitando de la misma manera su recién adquirido mantra.

—¡Debemos romper el cascarón del mundo! ¡Para la revolución del mundo!

—¿Qué parte de "¡No beban agua del suministro local!" no entendiste, chiquillo idiota?— rugió Fayerman, haciendo oír su voz aún en medio del estruendo de las explosiones, sacando su pistola de un rápido movimiento y reventando la cabeza del muchacho con un solo tiro.

—¡Amit! ¡Tenemos que largarnos de aquí!

—¿En serio? ¿Se te acaba de ocurrir eso, estúpido…?

El corpulento individuo no pudo terminar su justo reclamo, pues una nueva explosión a sus espaldas lo tiró boca abajo, con la espalda quemada y hecha pedazos. Aterrorizado por lo repentino del evento y el rápido acontecer de las adversas circunstancias que le rodeaban, Kaji ya no podía pensar más, sólo reaccionar. Como pudo sostuvo la enorme humanidad de su compañero y lo sacó casi volando a través de extensos pasillos que se iban iluminando con el fuego de las explosiones que los sacudían. Por puro instinto y una gigantesca cantidad de fortuna fue como pudo encontrar la salida de aquél condenado laberinto, que se desplomó completamente apenas habían salido de él.

El hombre con el peinado de cola de caballo se desplomó en la ardiente arena del desierto que los rodeaba, agotado, no obstante agradecido por haber podido salir de una pieza de toda esa locura espeluznante. Jamás en toda su vida había visto la muerte tan de cerca. Casi entraba en estado de shock, de no ser por el aullido lastimero de Amit, tendido a su lado. De inmediato se incorporó para revisar el estado de las heridas de su acompañante, el cual era nada alentador.

—Descuida… descuida… te pondrás bien… te llevaré a un hospital… y te pondrás bien…— balbuceaba, al mirar el amasijo de ampollas quemadas en que se había convertido su compañero.

—No seas… imbécil…— respondió Fayerman, escupiendo sangre al hablar —Los dos sabemos… que estoy frito… la función se terminó… para mí…— agonizante, levantó lo que quedaba de su mano achicharrada, poniéndola frente a sus ojos que comenzaron a llenarse de lágrimas —No es gran cosa… de cualquier modo… hace mucho que mi tiempo había pasado… todos estos años…sólo fueron prestados… mírame… aún antes de quedar como pollo… a la Kentucky… ya estaba acabado… vivimos… vivía… en un mundo de monstruos gigantes… y niños que pelean con ellos dentro de robots gigantes… de locos que controlan a la gente… con drogas de control mental… ¿qué rayos le queda… a un fósil acabado de la Guerra Fría… cómo yo? Ya estaba muerto… desde mucho antes de venir aquí…

—No digas tonterías… aún tenemos tiempo… sólo hay que…

—Prométeme… prométeme que encontrarás… a ese maldito irlandés hijo de mil putas… y le pondrás un balazo de mi parte… a ese sucio bastardo…

Y así, sin más, Amit Fayerman, el veterano espía israelí expiró rodeado del inmisericorde e inescrutable desierto egipcio, víctima de un intrincado conflicto bélico cuyas aristas apenas comenzaban a conocer del todo. Quizás así era mejor. Cómo lo había explicado, era una persona fuera de su tiempo. Las épocas cambiaban y para alguien como él cada día le era más difícil encontrar su lugar en ese mundo tan disparatado, donde lo imposible era suceso de todos los días.

Kaji se puso en pie, como pudo, mirando desconsolado los despojos de su antiguo compañero. Alzó la mirada al cielo, bajo los ardientes rayos del despiadado sol de aquellas latitudes tan inhóspitas. Todo el cumulo de información que había obtenido se agolpaba en su cabeza junto con todos los inauditos sucesos por los que acababa de pasar. Era demasiada información para procesarla de golpe, mucho menos en la precaria situación en la que se hallaba. Sólo una cosa le quedaba claro: si Demian Hesse seguía con vida, Kai Rivera se encontraba en grave peligro. Y por añadidura, Misato también.

—Tengo que regresar a Japón de inmediato— musitó, sin que nadie pudiera escucharlo a lo largo de toda esa inmisericorde tierra baldía.

Cómo es que lo haría, perdido en medio de la nada, con su guía muerto y sin medios visibles de rescate, es lo que iba a tener que resolver si es que quería cumplir con su propósito.