"Let's dance in style, lets dance for a while,
Heaven can wait we're only watching the skies
hoping for the best but expecting the worst.
Are you going to drop the bomb or not?
Let us die young or let us live forever
we don't have the power but we never say never
sitting in a sandpit, life is a short trip
…
Forever young, I want to be forever young
Do you really want to live forever, forever forever?
Forever young, I want to be forever young
Do you really want to live forever?
Forever young?
Alphaville
"Forever young"
Cuenta la leyenda que la ciudad fue fundada en un islote justo en medio del enorme lago de Texcoco, como un mandato de los dioses al pueblo azteca. La gran ciudad de Tenochtitlán se erigió sobre el lugar donde, posada sobre un nopal, un águila devoraba a una serpiente y desde ahí el imperio mexica subyugó a los demás pueblos de toda Mesoamérica, cuyo reinado se prolongó por casi dos siglos. Se constituyó rápidamente entre las mayores ciudades del mundo en esa época. Su esplendor y majestuosidad parecían eternas, inacabables. Pero aquella terrible noche del 13 de Agosto del año 1521 la gran Tenochtitlán era consumida por las llamas y la muerte, inexorablemente destinada a su caída y destrucción. El señorío de los antiguos aztecas sobre esa vasta y rica región llegaba a su abrupta conclusión, sellada y anunciada con el descubrimiento de aquél continente en 1492 y las subsecuentes expediciones europeas para conquistar los nuevos territorios.
Eran precisamente esas hordas extranjeras, invasoras, las que después de dos meses de sitio, daban punto final a la existencia del más poderoso imperio de aquél lado del hemisferio con la caída de su ciudad capital. Las tropas españolas se abrían paso a punta de hierro y fuego entre una población de por sí diezmada por el hambre y la enfermedad. Pocos eran ya los habitantes que podían ofrecer cierta resistencia al inmisericorde avance de los conquistadores y sus rapaces aliados aborígenes, pero de cualquier manera la batalla se libraba casa por casa, una auténtica guerra urbana, donde cada morada, cada azotea era una fortaleza enemiga que debía ser quemada y destruida.
Quizás uno de los puntos mejor defendidos de la ciudad era el templo custodiado por los cuāuhpipiltin ó los mejor conocidos como "caballeros águila", una orden de guerreros de élite que componían el escalafón más alto de la estructura militar indígena. Uno de ellos, de los pocos que ya quedaban de su orden, trababa férreo combate cuerpo a cuerpo con los invasores justo a la entrada del recinto. Su espada ó macahuitl,un garrote de madera con navajas de obsidiana capaces de romper cráneos y armaduras, zumbaba por el aire a diestra y siniestra, manejado con suma pericia e impactando en los cuerpos de los enemigos que caían abatidos a sus pies. Su casco en forma de cabeza de águila y el plumaje que a éste adornaba le otorgaban una genuina apariencia de ave de presa al calor de la conflagración, moviéndose ágilmente para atacar, en una especie de vuelo sobre el campo de batalla. Aún así, dada la superioridad numérica de sus oponentes sobre el joven guerrero, aquello solamente podía tener un único desenlace.
Un soldado español avanzaba a todo galope hacia donde se encontraba aquel feroz combatiente mexica. La imponente bestia desbocada que montaba no daba señal alguna de detenerse a su encuentro y la lanza que el extranjero sostenía frente a su montura delataba su posición de ataque y claras intenciones.
Lejos de amedrentarse por la acometida, dando un estentóreo grito de batalla el guerrero defensor pegó un tremendo brinco a tiempo para alcanzar al jinete sobre su montura, destrozando su humilde arma de madera sobre la coyuntura de la armadura que protegía la cara y cuello del combatiente español, quien quedó muerto al instante, pero no sin antes descargar la punta de su lanza sobre el costado de aquella prodigiosa ave humana. La fuerza del encontronazo fue tal que los participantes salieron expulsados del punto de encuentro prácticamente volando en direcciones opuestas a su impulso inicial. El aturdido animal cayó de espaldas sobre los despojos de su jinete, relinchando confuso y adolorido, para luego incorporarse dificultosamente y salir huyendo de aquél horrible sitio de muerte. El caballero águila observaba como el animal se perdía en la confusión del espeso humo y el aterrador brillo del enorme incendio que consumía a la ciudad, con el oscuro firmamento estrellado como testigo impasible. El habilidoso guerrero de piel dorada apenas si podía mantenerse en pie, tapando con su mano el enorme hueco producido por el metal enemigo del que brotaba copiosamente borbotones de sangre negra que empezaban a formar un charco en el piso bajo sus pies. Sabía bien que aquella herida le pondría fin a sus días, no había más por hacer. Había dado todo de sí para defender su patria, su ciudad y a sus seres amados, y ahora, sin nada más que pudiera entregar sólo le aguardaba el descanso eterno.
El sonido de unos fuertes cascos aproximándose lo hizo voltear en un momento justo a su destino final, el que encontró en la forma de un nuevo jinete montando un brioso caballo negro con la espada completamente desenvainada, que separó sin ningún problema la cabeza de águila del cuerpo del aguerrido joven, quien jamás se enteró como se dieron las circunstancias de su ingreso al Mictlan, la oscura tierra donde moraban los muertos.
El jinete recién llegado profería fuertes gritos que rivalizaban con los de los defensores, a quienes embistió montado en su corcel y diezmándolos con el filo abrasante de su acero y los cascos de la bestia que lo cargaba en su lomo. Al impactar de lleno en la muralla de soldados mexicas pronto se vio en la necesidad de dejar su montura, completamente rodeado. No obstante, su espada y armadura fue todo lo que necesitó para mantener a raya a sus numerosos atacantes, atacándolos con una saña y salvajismo poco visto en los europeos. Al despojársele de su casco, dentro del forcejeo, se le reconoció como el tristemente célebre Diego Lope de Ribera y Bernal, sin lugar a dudas el lugarteniente más despiadado e implacable de los hombres bajo las órdenes de Hernán Cortés, aunque paradójicamente también el más olvidado de todos ellos por los relatos de la Historia.
A Ribera se le conocía entre sus hombres como "el diablo Ribera" dada la saña y crueldad de su proceder, aún cuando no estuviera en situación de combate. Se cuenta incluso que la imagen icónica con la que se representaría a Satanás en la sucedánea época virreinal, un hombre barbado y de ropaje rojo, era directamente inspirada en la estampa de Ribera y Bernal, por lo que también era entendible que los frailes católicos que se encargaran posteriormente de recopilar las crónicas de la conquista de esas tierras omitieran deliberadamente la actuación de tan siniestro personaje en tan significativo evento. Era tan conocido y temido entre los indígenas como entre sus compañeros de viaje, con la misma nefasta reputación. Se sabía en ese entonces que gran parte de la responsabilidad de la masacre que había ocurrido en esa misma ciudad durante pasadas festividades, cuando a los extranjeros aún se les consideraba como enviados de los dioses y habían sido alojados hospitalariamente, recaía en los malévolos hombros de aquél desdichado, quien temiendo una trampa comenzó a atacar y a matar indios donde quiera que plantaba pie. Aquél trágico incidente había desencadenado el conflicto con los locales, cuyo corolario se estaba dando aquella lúgubre noche final, donde parecía que incluso las estrellas estaban cayendo de los cielos.
Don Diego era un soldado español proveniente de la provincia de Castilla, que como casi todos los que formaban parte de aquella fantástica expedición, era motivado por el ansia de poder y riqueza como jamás podrían tener en su tierra natal. Poco letrado en los menesteres del saber, pero por el contrario bastante bien ilustrado en las formas de la lucha y de la guerra. Del otro lado del Atlántico se le consideraba una persona no grata, casi un forajido, pero en aquél nuevo mundo tenía la oportunidad única de convertirse en señor de todo cuanto su ambición le permitiera hacerse. Y lo único que lo separaba de toda esa riqueza ahora era esa caterva de aborígenes piojosos que no querían morirse, y a los que tenía que ayudar a decidirse despachándolos directo al infierno a punta de sablazos.
Poco a poco, con sudor y sangre y con la ayuda de refuerzos aliados bajo sus órdenes, el conquistador hispano fue obligando a los pocos combatientes indígenas que aún sobrevivían a replegarse al interior del templo, cuyos pasillos iban quedando manchados con la sangre de sus aguerridos defensores. Uno de ellos se había separado del grupo principal para rezagarse a la entrada de un salón ceremonial, cuyo ingreso defendía como una fiera rabiosa. Ribera trabó combate directo con él y de alguna manera el mexica se las arregló para tirar el sable de sus manos, a costa de la destrucción de su garrote y escudo de madera, donde había quedado incrustada la hoja de acero extranjera. Enseguida ambos se trenzaron en una cruenta lucha a mano limpia, a puñetazos y empellones. Llegó un momento decisivo en el que ambos rodaron por el piso y siendo el español el de mayor tamaño y complexión pudo ingeniárselas para someter a su adversario, dejándolo postrado en el piso mientras que con sus gruesas y callosas manos le estrujaba el pescuezo para asfixiarlo.
—¡Muérete de una puta vez, vil engendro!— vociferaba el hombre barbado, forcejeando con el muchacho al que buscaba arrebatarle la vida, sin dejar de apretarle la laringe.
El aire, y la vida misma, fueron abandonando paulatinamente el cuerpo del joven mexica quien luego de un largo rato cayó muerto a manos del enemigo, sus ojos desorbitados clavados en la nada.
El soldado europeo se puso en pie dificultosamente, cansado por la lucha. Luego de escupir el cadáver de su extinto enemigo procedió a recuperar su espada de donde había quedado atorada y la guardó en su funda. Acto seguido se resolvió a entrar al salón que aquel combatiente defendía con tanto ímpetu; bastante seguro que ahí encontraría alguna clase de tesoro se guardó de ser visto por alguien más, propio o extraño.
Lo que encontró adentro le desagradó bastante, al toparse con un enorme salón desprovisto de cualquier riqueza. Únicamente unos cuantos incensarios de copal tirados por el piso, vasijas, taburetes y camastros a lo largo del recinto.
—¡Voto al diablo!— rugió encolerizado, blandiendo su arma para destrozar lo poco que quedaba del cuarto, aquel por el que había arriesgado el pellejo para poder entrar. Nada escaparía de su furia, él mismo se encargaría de quemar todo el edificio hasta que sólo quedaran cenizas de ese maldito lugar, que resultó ser una gran pérdida de tiempo y esfuerzo.
No obstante se detuvo al contemplar de reojo una figura que se incorporaba rápidamente de un rincón que hasta ese momento había permanecido oculto a su vista. Una joven y atractiva indígena se presentaba ante él, con las manos por delante en señal de rendición. Unas cinco criaturas, cuyas edades oscilaban entre los tres y ocho años se acurrucaban en el rincón a espaldas de la muchacha, pero la mirada de Ribera se encontraba perdida en los enormes, preciosos ojos color azabache y en las curvilíneas y suculentas formas de la doncella ante sí, cuyo ser transpiraba temor por todos sus poros. Después de todo había podido encontrar algo que valiera la pena en ese lugar.
—Detén tu mano, señor, aquí ya no hay nadie que pueda combatirte— musitó la muchacha con voz quebradiza, presa del miedo. Su cabello recogido en una trenza a sus espaldas permitía ver su gesto compungido —Te ruego que respetes la vida de estos pobres inocentes a mi cuidado, no te han hecho ningún mal…
Dado que hablaba en la propia lengua del extranjero, y por su vestimenta, aunque descuidada, se intuía que la muchacha era perteneciente a la nobleza que gobernaba aquella agónica nación.
—¿Cuál es tu nombre, doncella?— preguntó el conquistador, con la mirada clavada en las curvas de la jovencita, despojándola de todas sus vestiduras en su pensamiento.
—Mi nombre es Xochitl Ehecatl, hija de Cuauhcoatl Ehecatl, señor de…
—Ya va, ya va— repuso con hastío el invasor, acercando sus pasos hacia donde se encontraba la linda muchachita —Me vale un coño tu jodido linaje, yo soy un hijo de puta madre y no lo ando pregonando por ahí… eres una florecilla muy hermosa, Zúshil, y yo un viajero cansado y solitario al que le vendría muy bien tan distinguida compañía… en mis aposentos…
Siguiendo como siempre sus impulsos y su modo habitual de comportarse, Don Diego se aproximó a la muchacha y tomándola por su bien formada cintura le arrebató un fogoso beso a sus carnosos labios, paseando su ruin y vulgar lengua en el interior de la boca de la atónita mujer mexica, que se revolvía desesperada en los fuertes brazos del soldado invasor.
Habiendo consagrado la mayor parte de su vida al servicio y adoración de los dioses, que le demandaban pudor y decoro absolutos, y movida aún más por su instinto natural de autopreservación frente al peligro, Xochitl reaccionó de mala manera al avance libidinoso del español. Cegada por el espanto se defendió como pudo, dándole un buen mordisco al labio inferior de Ribera, al que le arrancó un gran pedazo y de igual manera arrancó un estruendoso alarido de dolor del propio Ribera.
—¡Maldita perra del infierno!— vociferó, presa de terribles dolores, arrojando a la frágil jovencita con todas sus fuerzas a una de las paredes de adobe que los rodeaban, lo que le provocó una fractura de cráneo que le hizo desvanecerse en el piso, mientras la sangre comenzaba a brotarle de la nuca.
Mientras tanto, poseído por la insana rabia que le producía el tremendo dolor de su herida, el invasor desquitó su sádica furia en las indefensas criaturas que se arremolinaban asustadas en el rincón opuesto del cuarto, sin que nadie pudiera otorgar consuelo a su incesante llanto. El afilado sable del hombre barbado encontró en las tiernas carnes de los niños el desquite malhadado de su dueño, escurriendo sangre inocente a lo largo de toda su hoja. Los fuertes aullidos de dolor y muerte de los pequeños hicieron que la joven se recuperara de su desmayo, sólo para poder atestiguar aquella horrible escena, una repugnante carnicería como nunca se hubiera imaginado y que ni siquiera en la piedra de sacrificios humanos a los dioses había presenciado. Presa de la desesperación, sin detenerse un solo momento a pensar en su propia seguridad, la jovencita se lanzó a las espaldas de aquél despiadado asesino, clavándole las uñas en el rostro y cuello. Dando un nuevo aullido de lamentación, Ribera le aplicó un fuerte puñetazo y enseguida descargó todo el peso de su filosa arma en la delicada humanidad de la doncella mexica, partiéndola como a un viejo trozo de madera.
—¡Profano invasor, asesino de mi gente!— gritaba la pobre mujer cuando recibía las continuas estocadas del enloquecido homicida frente a ella que desgarraba su carne, en una mezcla de dolor, cólera e impotencia, pronunciando partes en el idioma del extranjero y partes en su lengua natal —¡Te maldigo, te maldigo! ¡Y te maldigo, pero no solamente a ti, sino que por tus actos has condenado también a toda tu estirpe!
—¡Calla, bruja, y muérete de una condenada vez! ¡Desgraciada!— rugía por su parte el soldado español, sin dejar un solo momento de cortar en pedazos a la pobre muchacha, empuñando su espada con una cólera como nunca la había sentido, como si estuviera poseído por el mismo espíritu infernal del cual recibía su grotesco mote.
—¡Te maldigo aquí, sobre esta tierra manchada por la sangre inocente que te atreviste a derramar!— proseguía la desdichada jovencita, pese a todas sus profundas heridas, que la iban deformando hasta dejarla hecha un despojo sanguinolento, agarrando fuerzas de sabe donde para seguir jurando a gritos —¡Y pongo a los dioses como testigos de esta afrenta y les pido intercedan en mi favor! ¡Te lo aseguro! ¡Ninguno de ustedes, los de la familia maldita, podrá gozar de una larga vida ni de una muerte dulce! ¡Tendré mi venganza anunciando con flores tu muerte, y la de todos tus hijos, hasta la de tu último descendiente…!
No fue hasta que el español cercenó por completo su cabeza cuando Xóchitl dejó de gritar y maldecirle, y aún así el bárbaro asesino continuó rebanando sus despojos informes hasta que las fuerzas le abandonaron. Cuando se detuvo, resoplando y empapado de sudor, dentro de ese cuarto ya no quedaba nada que pareciera remotamente humano, solo pedazos de carne y hueso esparcidos por doquier, las paredes completamente pintadas del rojo de la sangre.
—¡Por la Virgen, Ribera!— masculló uno de sus más jóvenes compañeros de armas entrando detrás suyo, contemplando horrorizado la carnicería perpetrada por Don Diego —¡¿Qué has hecho aquí?! ¡Ni siquiera los indios son así de salvajes!
—¡Cierra el hocico, bastardo malparido!— bramó el conquistador, bañado de la sangre de sus indefensas víctimas, clavando en él su mirada destellante de odio y furia, para luego salir a paso veloz de aquella sucursal del infierno —¡Sabes bien las órdenes, hay que matar a todos y a cada uno de estos mugrosos hijos de perra! ¡Prendan fuego al edificio! ¡Prendan fuego, que no quede nada en pie!
—Ruegue a Dios que se apiade de su pobre alma, Don Diego— masculló el mozalbete, pálido como una sábana por el horror que acababa de presenciar —Ruegue al Todopoderoso que tenga misericordia de usted…
El fuego se elevó por todo lo alto, consumiendo vorazmente el templo y todo lo que en él había, así como ocurrió con casi todas las edificaciones de la ciudad. El "Diablo" Ribera permaneció en pie frente a la hoguera, contemplando el infierno creado por sus propias manos, absorto y en silencio, sin moverse un ápice hasta que las llamas dejaron solamente una carcasa chamuscada, lo que sucedió hasta bien entrada la mañana del día siguiente. De la mujer, y de las criaturas que con ella murieron, no quedaba nada, si acaso sólo polvo al viento. Sus muertes, sólo una estadística más que se añadieron a la cifra de más de 70 mil muertos en esa sola noche. Aquella historia de horror y barbarie era solo una más entre tantas otras que habían transcurrido aquella funesta fecha, una historia perdida en las arenas del tiempo y de la memoria. Ya no había quien llorara por ellos.
Casi medio milenio después, en un remoto tiempo y en una extraña y distante tierra, el último descendiente de aquél desventurado conquistador español venía a enterarse de su existencia, vida y obra, mediante un manojo de documentos históricos legado a él por su finado padre.
—Ese Don Diego sí que era un cabrón ojete— musitaba Kai Rivera, con algo de desinterés y un montón de hojas desparramadas en el piso de la sala de su casa, sentado en medio de todo eso —¿Pero porqué tiene que pagar toda la descendencia por culpa de un cretino avaricioso? Se me hace un castigo algo desproporcionado, a cualquiera ya se le hubiera pasado el coraje quinientos años después…
Pese al sumo cuidado y empeño que había puesto su progenitor en hacerle llegar esa documentación aún después de su muerte, el muchacho leía los fragmentos de su última investigación más por pasatiempo que por otra cosa. Desde que habían llegado a sus manos no había tomado muy en serio todos esos documentos. Maldiciones, fantasmas y hechicería, descartaba de inmediato dicho contenido como una tonta superstición y una gran pérdida de tiempo, lo que explicaba que fuera hasta entonces, meses después que la había recibido, que se diera la oportunidad de leer detenidamente toda esa pila de papeles, con la única compañía de un cigarrillo y una lata de refresco de cola. Hasta que Asuka llegó, tomando asiento a su lado.
—El cigarro te puede matar, ¿sabes?— lo fustigó, tratando de arrebatarle el envoltorio de tabaco.
—¡Ja! Y tú eres bastante ocurrente cuando te lo propones— respondió el muchacho, jugueteando con ella, impidiéndole su cometido —Puedo hacerte una larga lista de cosas que me matarán antes que un cigarrillo…
—¡Eres un fastidioso!— contestó de la misma manera la chiquilla, forcejeando con él hasta que el muchacho le empezó a hacer cosquillas en el cuello, una debilidad que le había sido descubierta hasta hace poco —¡Jajaja! ¡Ya déjame! ¡Aunque me esté riendo, estoy furiosa! ¡Jajaja!
Conforme sus heridas sanaban, el semblante y ánimo del jovencito también iban mejorando. La condición que le había sido impuesta con tal de no regresarlo al hospital fue que guardara reposo en casa, lo que había estado cumpliendo hasta entonces y ayudaba a su franca mejoría. Con ayuda de terapia y tecnología médica de punta sus huesos rotos ya habían soldado del todo al cabo de solo unas cuantas semanas, por lo que las muletas que hasta hace poco usaba para caminar ya estaban guardadas.
—¡Mira nada más, cuanto desorden!— observó la linda muchachita de cabello rubio, atrapada en los brazos de su novio —¿Se puede saber que tanto estás leyendo?
—Se trata de una antiiiguaaa maldición azteeeeca, que aceeeecha a mi famiiilia desde hace siiiigloooos, ¡uuuuhuuuuy!— contestó con voz burlona, fingiendo un tono lúgubre —El fantaaaasma de una mujeeer mueeeerta hace quinieeentos añooos anuuuncia con flooores sieeempre que uno de nosoootrooos se vaaaaya a moriiiir….
—¡Basta ya, deja de hacerte el payaso!— respondió risueña, pese a todo.
Rivera sostuvo el cigarro en su boca unos momentos, guardando celoso silencio, atento a sabe qué. Al cabo de un rato, pronunció satisfecho:
—Ningún aviso con flores… creo que después de todo, este cigarrín no va a matarme…
—¡Eres un tonto!
Langley se abalanzó sobre él, arrebatándole el tabaco de las manos y extinguiéndolo en el cenicero próximo. Al hacerlo había quedado completamente encima del joven Katsuragi, quien aprovechó para estrecharla en sus brazos y hacer un recorrido con las manos por su atractivo cuerpecito.
—Hmmm, tu cabello huele delicioso— dijo él, saboreando el momento tan placentero que se estaba permitiendo tener —Me encantas…
—Y tú apestas horrible a cigarro, pero aún así no dejas de ser tan guapo— confesó a su vez la jovencita europea, sujetándole el rostro con las manos, contenta por como las cosas se estaban dando.
—¿Y…?— inquirió Rivera, sin dejar de abrazarla, deleitándose con la sensación que le provocaba sentir los atractivos senos de la muchacha rozando su cuerpo —¿Hay algo que me quieras pedir especialmente…?
—¿Qué te hace pensar que quiero pedirte algo?
—Je, siempre que estás tan cariñosa es porque quieres algo… y… pues… tenemos la casa para nosotros dos… así que tal vez podríamos, tú sabes…
—¡Sigue soñando, tipejo!— contestó casi enseguida la chiquilla, aunque divertida —Ya te dije que todo será a su tiempo, cuando estemos listos lo sabremos…
—Creo que de la cintura para abajo estoy bastante listo, si sabes a lo que me refiero…
—¡Detente ya, pervertido! Eres imposible…— masculló la rubia, pero de cualquier modo estrechando su cuerpo aún más con el de él, corroborando su dicho —Bueno… quizás haya algo que me gustaría que hiciéramos…
—Sólo déjame encerrar al pingüino en su refrigerador para que no nos moleste… y creo que Misato escondió una botella de champagne por algún lado, será cuestión de enfriarla mientras que nos ponemos más cómodos…
—¡No es nada de eso!— repuso Langley casi enseguida, levantándose —¡Cómo fastidias!
—Entonces no sé que más podríamos hacer con tanto tiempo libre y este exceso de energía adolescente que tenemos…
—Bueno… estaba pensando…— la jovencita cavilaba un poco, como indecisa —Hikari y yo estamos planeando una salida para este fin de semana… hay un nuevo lugar de baile donde se reúne mucha gente de nuestra edad y me da curiosidad por ir a conocer…
—¡Oh, vaya! ¡Suena interesante!— pronunció Rivera, entusiasta —¡Seguro que se van a divertir mucho! ¿Y a quién piensas llevar, si Shinji ya tiene novia?
—¿Eres idiota, ó te haces? ¡Por supuesto que quiero que tú, mi novio, vayas conmigo!
El semblante del chiquillo cambió enseguida, mirándola con hastío por siquiera considerar que alguna vez accedería a algo así. Pensaba que ya lo conocía lo suficiente para saber que no estaba interesado en actividades recreativas de ese tipo, y así se lo hizo saber.
—Por favor… ¿yo, en un baile? En primera, sabes bien que tengo dos pies izquierdos, eso de la bailada nomás no se me da. En segunda, apenas me estoy recuperando de varios traumatismos severos, tengo limitada toda clase de actividad física. Y tercera, quizás la más importante: ODIO estar mucho tiempo rodeado de niños… sólo imaginarme tener que bailar apretujado entre un montón de chiquillos tarados me produce escalofríos… brrrrr…
Asuka no le contestó, sentándose sobre el sofá con la vista gacha y sus manos fuertemente empuñadas sobre sus piernas, tensa como una cuerda bien apretada. Al ver su estado, Katsuragi trastabilló, temiendo una de sus recurrentes rabietas:
—¡Pero no tengo problema si quieres llevar a alguien más para que te acompañe!— pronunció torpemente, sin saber como salir del atolladero donde se metió —Puedes ir con quien tú quieras, prometo que no me enojaré… ¡En serio!
—Cuando… cuando dices esa clase de cosas…— comenzaba a decir la muchacha, luchando consigo misma para no romper en llanto —Me haces pensar que no te importo un comino… Dime, ¿qué clase de propuesta estúpida es esa? ¿Te has escuchado? "Puedes ir con alguien más, no me importa…" ¿Eso es lo que piensas… de nuestra relación? ¿De nosotros? ¿No te importa?
Por más que luchara consigo misma, los sentimientos que bullían en ella la avasallaron finalmente y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. No quería parecer una reina del melodrama, pero tampoco podía negar como se sentía, pese a lo estúpida que se viera lloriqueando por algo tan banal, sobre todo ella, quien era tan fuerte y segura de sí misma y eso alimentaba aún más la frustración que sentía.
Por su parte Kai estaba congelado en su sitio, sin atinar a hacer movimiento alguno por temor a empeorar la situación. Nunca se imaginó que Langley se pusiera así por algo que a él le resultaba tan trivial, pero era evidente que el asunto la había estado molestando desde hace tiempo y al verla en ese estado no podía hacer más que sentirse culpable de haberla puesto así.
—Muñeca… yo no quise…
—¡No me digas muñeca!— estalló la jovencita, encolerizada, poniéndose en pie para encararlo —¡Nunca me vuelvas a llamar de esa manera! ¡Soy una persona, no una jodida muñeca! ¿Entiendes?
—¡Está bien, lo siento! ¡No te pongas así!— pronunció el joven, cubriéndose el rostro con los brazos por temor a que la muchacha se le dejara a ir a puñetazos —¡Tampoco es para tanto!
—¡No lo será para ti, pero para mí sí lo es!— prosiguió la enfurecida alemana, arrinconándolo —¡Siempre tiene que tratarse de ti! ¿Cierto? Cuando es algo que te molesta es porque se trata de algo de suma importancia, pero si algo me molesta a mi se trata de una estupidez, ¿no es así? Esa vez que te escapaste del hospital estaba muy angustiada por ti, pero en lugar de ver eso te pusiste como energúmeno porque no estábamos prendiendo veladoras por la gente que se murió en Tokio 2… ¡me despreciaste, enfrente de todos! ¡Me dejaste ver como una completa idiota, enfrente de Shinji y de Sophia! ¡Lo peor de todo, frente a la estúpida de Ayanami!
—¡Oye, eso no es justo! ¡Habíamos quedado que ya estaba perdonado todo eso!
Con sólo verla a los ojos en ese momento Rivera supo que lo más probable es que recibiría un fuerte puñetazo en la cara por su recurrente estupidez. Se limitó a cerrar los ojos y a encogerse aún más, esperando lo peor. Lo que encontró, no obstante, fue el gesto compungido de la linda muchachita a quien le había herido sus sentimientos. Asuka se cubrió entonces el rostro con las manos, avergonzada de mostrarse tan débil y vulnerable frente a él, tratando de ocultar sus lágrimas.
—A veces… a veces siento que somos como una pareja de ancianos… nunca quieres hacer nada, todo el tiempo nos la tenemos que pasar aquí, viendo la tele… me da pesar, porque todos los demás se divierten de lo lindo… y yo aquí encerrada, contigo, tratando de arrancarte una sonrisa, algún gesto de cariño… ¡Y tú ni siquiera quieres estar junto a mí! ¡No te importa un carajo, todo el esfuerzo que hago, todo lo que me preocupo por ti! ¡Si tanto me detestas, sólo dímelo, y me iré! ¡No me digas que me amas si siempre me estás apartando de tu lado!
La despechada jovencita ya no pudo hablar más, pues el llanto le quitaba el habla y comenzaba a darle ese característico hipo que le pegaba cuando lloraba demasiado, lo que la hacía ver aún mucho más tierna y digna de compasión.
—Asuka… yo… tienes toda la razón…— pronunció apesadumbrado Katsuragi, luego de dar un hondo suspiro, sintiéndose todo un canalla. Estiró los brazos hacia ella, queriendo abrazarla y darle consuelo —Perdóname… yo nunca quise…
—No…— apenas si pudo responder la jovencita rubia, estirando un brazo para detenerlo en su intento —Déjame…
Por su parte, Kai aprovechó para sostener entre sus manos la de su novia y aunque esta quiso retirarla de inmediato, se lo impidió.
—Todo lo que dijiste es verdad, he sido y me he portado como un completo imbécil todo este tiempo…— el tono sincero que empleaba y los tiernos besos que empezó a depositar en su mano provocaron que Langley se dignara a verlo, aunque fuera con el rabillo del ojo —Me dejé agobiar por un montón de problemas y situaciones difíciles a los que no podía dar solución, sobre todo porque no estaba en mis manos hacerlo… me sumergí en mi mismo y olvidé las cosas que de veras importan en la vida…
—Lo dices sólo por quedar bien…— musitó la muchachita, con apenas un hilo de voz, pero ya sin lágrimas en el rostro.
—Lo digo de todo corazón— contestó el muchacho, alzando la cara de la jovencita para mirarla directo a los ojos, que los tenía enrojecidos a causa del llanto. Pero aún así no dejaban de ser bastante hermosos —Esta última vez que me tundieron a palos comprendí que la vida es bastante corta como para desperdiciarla preocupándose en cosas fuera de tu control… antes, sentía tener el peso del mundo sobre los hombros, que era mi deber arreglarlo todo… ahora veo que haber pensado así fue una estupidez… un día de estos me muero y el mundo seguirá girando como lo ha estado haciendo aún desde antes que pusiera un pie sobre él… lo comprobé cuando todos ustedes derrotaron a ese montón de ángeles sin mi ayuda… y también me he dado cuenta que poder tenerte a mi lado es un privilegio, toda una fortuna que cualquiera desearía tener…
—Cállate… en realidad no crees nada de eso, y lo sabes… crees que es lo que quiero escuchar…— masculló la joven de rubia cabellera, sin querer dar su brazo a torcer.
—No es lo que tú quieres escuchar, sino lo que dejé de ver por ser tan idiota— le respondió su pareja enseguida, notando con satisfacción que las barreras que la muchacha le ponía se empezaban a resquebrajar, por lo que pudo acercarla aún más y acariciar su cabeza, observándola embelesado por tan encantadora visión —La verdad es que te amo… eres hermosa como una diosa, lista a más no poder, fuerte como roca pero tierna y vulnerable cuando debes serlo… todo el paquete completo… sé que últimamente no te he valorado ni te he hado el lugar que te mereces, pero eso va a cambiar… cada momento que pueda pasar contigo es precioso, invaluable, y no pienso malgastar ni uno solo más… eso, te lo prometo…
—Jum, espero que cumplas tu promesa, tonto— refunfuñó la muchacha europea, hundiendo su rostro en su pecho al estrecharlo en sus brazos, aunque no vencida del todo —Pero eso sí, tendrás que hacer más que hablarme bonito si quieres que te perdone…estoy harta de tus desaires…
—Supongo que podría empezar por llevarte a bailar, como querías— caviló Katsuragi en tono de chanza.
—Olvídalo. Ya no tengo interés en ir. Sé muy bien que si vas será por obligación y estarás de mal humor todo el tiempo.
—Oye, dame un poco de crédito, ¿quieres? Recuerda que te dije que la vida es corta, así que tengo que experimentar de todo. Quién sabe, quizás después de todo, me acabe gustando todo ese ritual juvenil de baile colectivo… por lo menos puedo ser menos huraño, eso te lo garantizo…
—No me convences, nadita— repuso Langley, hundiendo más la cara.
—Qué lástima, justo se me estaba ocurriendo pedirle prestado el carro a Misato para llevarte hasta allá. Imagina la cara que pondrán todos cuando te vean bajar, toda radiante y despampanante, más porque serás la única que llegue en auto…
—¿Y en serio crees que te lo quiera prestar?— el semblante de Asuka cambió radicalmente, ahora el rostro se le había iluminado y lo miraba con ensueño —Ya sabes lo tacaña que puede ser Misato a veces…
—Yo me encargo de convencerla, no hay problema… eso, claro, si aún quieres ir acompañado del fulano que te hace llorar tanto…
—Si me pones así es por lo mucho que te quiero… a pesar de ser tan torpe a veces…
Dejando el orgullo de lado la jovencita hizo caso de sus impulsos y procedió a darle un largo beso a la francesa, introduciendo la lengua dentro de su boca. Acto seguido lo hizo a un lado, sacando la lengua en señal de desagrado.
—Qué asco… hueles horrible a cigarro…
La mañana siguiente era fresca y soleada a la vez, sin duda la temperatura sería mucho más agradable con el transcurso de las horas. El principio perfecto para un promisorio nuevo día. Recién comenzaba el mes de Febrero, por lo que las temperaturas ya no eran tan frías, propias del invierno, pero tampoco eran abrasadoras como al principio de la primavera. Se tenía la dicha de disfrutar de un clima bastante placentero, pero de cualquier manera Toji Suzuhara no quería correr riesgo alguno:
—Abrocha bien tu abrigo, Sakura— le indicó a su hermana menor que iba andando delante de él —No quiero que te me resfríes…
—¡Qué pesado eres!— contestó la niña menudita, de unos siete años, de cabello corto, enormes ojos brillantes y sonrisa fácil —¡Ni siquiera está haciendo frío!
—¡Eso no importa, las corrientes de aire aún son muy frescas por aquí! Por eso la gente se enferma mucho más en esta época, hacen confianza porque ven clima soleado y se ponen menos ropa como si ya estuviéramos en verano…
—¡Qué lata das, hermano! ¡Cuando empiezas a hablar así pareces un viejito!
—¡Oye, ten más respeto, niñita! ¡Sólo me preocupo por tu salud, eso no tiene nada de malo!— repuso enseguida el muchacho, fingiendo enfado.
Sakura le hizo entonces un gesto de burla, volteando para sacarle la lengua y jalando con el dedo el interior de su párpado derecho.
—¡Ñeeee! Y para que te lo sepas, aún estoy muy calientita, traigo puesta la linda bufanda azul que me tejió Hikari-chan… ¡Díselo, amiga!
—Jeje, a mí mejor no me metas en sus pleitos— le contestó la jovencita con el peinado de trencitas, poniendo las manos por delante como si fuera a chocar con algo —Lo mejor es que hagas caso de lo que te dice tu hermano… y ya cuando no pueda verte te quitas el abrigo para que estés más cómoda…
—¡Jaja! ¡Hikari-chan está de mi lado! ¡lLero lero!
—Será mejor que no la consientas tanto, ó luego no podrás quitártela de encima— le dijo Toji a su compañera, una vez que su hermanita les dio la espalda para continuar su alegre andar —Yo sé lo que te digo…
—Puedes decir todo lo que quieras, pero sé muy bien cuánto quieres a la pequeña Sakura, y eso no lo puedes negar— respondió Hokkari, risueña.
Desde hace algún tiempo se les había hecho una costumbre caminar juntos hasta la escuela, ya que el departamento de los Suzuhara quedaba cerca de la casa de la muchachita y la escuela primaria a la que acudía Sakura estaba de camino a la secundaria donde estudiaban los jovencitos. Al principio Toji se mostraba renuente a ello, pero fue aceptando la compañía paulatinamente al percatarse de lo bien que se llevaban las dos chiquillas, pese a la diferencia de edades entre ambas.
—Cambiando de tema, Asuka me mandó un mensaje anoche— informó Hikari, sin detener su andar ligero —Parece que después de todo pudo convencer a Kai de ir a bailar este fin de semana, a ese nuevo lugar del que te conté…
—¡No lo creo!— pronunció el muchacho casi enseguida, descreído —¡Ese ermitaño no abandonaría su cueva por nada del mundo!
—Si no me crees, aquí está el mensaje que me envió, mira— dijo, mostrándole la pantalla de su delgado teléfono celular, donde se podía leer claramente: "¡Victoria! La misión fue todo un éxito, Kai no sólo me va a acompañar este sábado, sino que me prometió llevarnos en carro… lo amo taaanto! ^_^"
—¡Quién lo diría! Parece que esa bruja loca ya le tiene bien tomada la medida al pobre tipo… jamás me imaginé verlo así por alguien, ¿hasta donde hemos llegado?
—Y, bueno… ¿tú qué me dices? ¿Ya pensaste si te gustaría ir con nosotros?— al hacerle esta pregunta la chiquilla no pudo ser capaz de mirarlo directamente, por lo que tuvo que agachar la mirada, probablemente tratando de ocultar su cara enrojecida de la pena.
Por su parte, Toji hizo lo propio, aunque mirando hacia arriba y de lado contrario a donde caminaba su compañera de clases.
—Este… aún no estoy muy seguro… ese día por fin van a coincidir los descansos de papá y del abuelo, y hace mucho tiempo que no estábamos todos juntos. Lo más probable es que vayamos a hacer alguna actividad familiar ó algo por el estilo…
—¡Ya no seas payaso y acepta la invitación de Hikari-chan, hermano lelo!— repuso la pequeña Suzuhara, volteando hacia ellos bastante decidida —¿De qué va a servir que te pases ese día con nosotros si todo el tiempo vas a estar lloriqueando por no haber ido con tus amigos? Por la mañana papá, el abuelo y tú me pueden llevar a pasear al centro comercial y por la tarde puedes irte a bailar sin ningún problema… ¿porqué siempre tengo que resolver todo por ti? ¡Duuh!
—¡Oye! ¡Los niños no deben entrometerse en la conversación de los mayores!— se defendió enseguida el sonrojado Toji —¡Vaya que eres insolente, enana!
—Disculpa a mi hermano por ser tan torpe, Hikari-chan— pronunció solemnemente la chiquilla, ignorándolo y haciéndole una respetuosa reverencia a la jovencita —A veces me siento como si yo fuera la hermana mayor. Por supuesto que le encantará llevarte a bailar, y además me aseguraré que esté puntual…
—¡No estés decidiendo ese tipo de cosas por ti misma, mocosa ingrata!
—¡Cállate, tonto! ¡Recuerda que el domingo es día de San Valentin, y si sigues así seguro que no recibirás chocolates de parte de Hikari-chan! Además, si Kai va a ir quiero que me traigas más fotos de él… ¡es que está guapíiiisimo!
—Qué raro, Sakura-chan, pensé que te gustaba más Shinji-kun— observó Hikari, divertida por las ocurrencias de la chiquilla.
—Sí, bueno, Shinji-kun también es lindo, pero a veces me da miedo, ¿sabes? Digamos que los dos son guapos a su manera… aunque de todos modos, sigo pensando que mi hermano es el más guapo de todos ellos, ¿ó tú que piensas, Hikari-chan?
En el acto la muchachita enmudeció, roja como un tomate bien maduro. Sin embargo, el mayor de los Suzuhara no reparó en ello, más ocupado en abrazar fuerte y amorosamente a la linda y tierna niñita que tenía como hermana menor.
—¡Eres un amor, por eso te quiero tanto, pequeña bribona!
—¡Y tú eres un empalagoso, déjame ya!— decía la chiquilla, siendo estrujada en los brazos del enternecido muchacho —¡Se me va a hacer tarde para la escuela! Hikari-chan, es una cita entonces, te aseguro que mi hermano no faltará…
Toji seguía tan conmovido que asentía a todo lo que su hermanita dijera, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Tuvo que soltarla pues se hacía tarde y aún tenían que llegar a la secundaría después de dejar a Sakura en la puerta de su escuela, que por suerte ya estaba muy cerca de ese sitio.
—Hasta aquí está bien, gracias— dijo la niña una vez que estaba a la distancia suficiente como para llegar por su cuenta a la escuela —No quisiera que llegaran tarde por mi culpa… Hikari-chan… ¿hoy también nos acompañarás a la terapia?
—Por supuesto, sabes que cuentas con todo mi apoyo, amiguita…
—¡Muy bien! ¡Nos vemos en la tarde entonces!— pronunció la pequeña, tan entusiasta como casi siempre, dándose la media vuelta para emprender camino alegremente —¡Que tengan un bonito día, cuídense!
Los dos muchachos contemplaron su andar unos cuantos momentos más, admirándose de lo bien que se había ajustado a la prótesis de su pierna izquierda en tan poco tiempo. Ya casi caminaba con completa normalidad, y gracias a su pantalón casi no se le notaba su condición. A casi de un año del incidente que ocasionó la pérdida de su pierna, producto del daño colateral de la pelea del Eva 01 contra el Tercer Ángel, Sakura aún tenía que atender a una sesión semanal de fisioterapia, aunque ya estaba próxima a ser dada de alta definitivamente. De cualquier manera, gracias a su carácter, desde el principio se le vio animada y dispuesta a realizar todos sus ejercicios, agradecida por seguir con vida. Pese a su cortísima edad en muchas ocasiones daba muestras de una madurez propia de una persona mayor, y sobre todo, lo más importante, un espíritu animoso que podía sobreponerse a las adversidades. Todo un ejemplo de vida para aquellos que la conocían.
—Sakura-chan tiene mucha suerte de tener un hermano mayor que la cuide y se preocupe tanto por ella— comentó Hikari al momento que la susodicha se perdía de vista.
—Gracias— contestó Toji, mirando hacia el cielo de nueva cuenta —Y también gracias por toda tu ayuda con ella… la verdad es que te estima mucho, no sé que hubiéramos hecho si no estuvieras cerca…
—No es nada, es tan buena niña que todo el que la conoce queda encantado con ella— respondió la jovencita, volviendo a mirar hacia el piso por su parte.
Siempre que los dos se quedaban solos los nervios hacían presa de ellos, sin que ni uno ni el otro se animara a dar el primer paso. Era claro a todas luces que la presencia de la pequeña Suzuhara era el revulsivo que necesitaban para echar a andar su incipiente relación, aunque de cualquier modo cada uno hacía su esfuerzo por no depender completamente de ella.
—Por cierto— pronunció el muchacho, tragando saliva —No te tomes muy en serio lo que dijo de los chocolates… no quiero que te sientas obligada… yo comprendo, no hay problema si no…
—No… descuida…— respondió la joven en el mismo tono nervioso de su compañero —Para mí no es problema… pero… ya veremos… primero, tienes que hacer méritos para ganártelos, ¿no crees?
—Este… creo que deberíamos darnos prisa… ya se está haciendo tarde…
—Sí… tienes toda la razón… sería un fastidio quedarnos fuera… ¿verdad?
Ambos jóvenes por fin se atrevieron a mirar a los ojos el uno al otro. El rubor se asomaba en las mejillas de los dos. Casi enseguida el par de muchachitos seguía su camino rumbo a su centro de estudios.
"…hoy ponemos fin a los días de duelo decretados por el gobierno para honrar la memoria de todos nuestros hermanos caídos en Tokio 2. Y aunque muchos de nuestros amigos, familiares o seres queridos ya no estén físicamente con nosotros, su espíritu nos acompaña, nos anima a continuar adelante con la vida. Como nación, no es la primera vez que nos enfrentamos a una situación de este tipo. Hoy, como antes, la tragedia nos hará fuertes. El dolor de la pérdida no nos abatirá. Nos levantaremos, reconstruiremos y seremos mejores, más fuertes de lo que éramos antes que la desgracia tocara a nuestras vidas. Los veo a todos ustedes, jóvenes y voluntariosos, y contemplo nuestro futuro. Al verlos, sé que podremos seguir adelante. Nos recuperaremos, igual que siempre y Japón se volverá a levantar nuevamente en el concierto de las naciones. Nippon, banzai!"
—Nippon, banzai!— respondieron entonces todos los muchachos formados en el patio, contestando casi automáticamente al discurso de su director, alzando su brazo derecho al cielo, aunque no todos compartían el ánimo del académico.
Y es que si esa misma formación hubiera tomado lugar antes de la destrucción de su ciudad gemela, habría muchos más alumnos respondiendo a la alabanza del director de su secundaria. Pero la realidad era otra, y se evidenciaba en la abrupta reducción en la cantidad de alumnos que atendían esa escuela. Algunos se habían mudado de domicilio, buscando seguridad al alejarse lo más que pudieran del área conurbada de lo que quedaba de las dos Tokios. Pero la gran mayoría de ellos habían fallecido en la trágica caída de la segunda Tokio, de ahí la gran cantidad de caras largas dentro de los chiquillos formados en el patio y las lágrimas que hacían presa en algunos. No había salón en el que no estuvieran colgados moños negros ó fotografías de adolescentes con una vela por delante. El concierto masivo que se celebraría aquella funesta fecha había atraído un gran número de jóvenes, lo que contribuyó a que la mayor parte de víctimas rondara entre los diez y veinte años de edad. El haber perdido casi toda una generación entera, más de un millón de jóvenes, resultaba un golpe fatal para un país como el Japón de aquél entonces, que difícilmente rebasaba los diez millones de habitantes, casi todos ellos mayores de cuarenta años. Era casi una sentencia de muerte.
Resultaba difícil imaginarlo, teniendo en cuenta el antecedente del Japón del siglo XX, en cuyo corolario llegó a alcanzar una población de 127 millones de personas, el 68% de ellas en el rango de edad de 15 a 64 años, además del tesón y afán de excelencia que caracterizaba a los habitantes de aquella nación que se ubicaba entre las primeras siete potencias económicas del globo. Habían salido avantes de una guerra mundial y el ataque de dos bombas atómicas, pese a su territorio tan pequeño y escasos recursos naturales, para poder gozar de uno de los mejores niveles de vida en el planeta.
Pero en el 2016 el mundo era completamente distinto. Mucho más sombrío, mucho menos poblado, completamente desesperanzador. El Segundo Impacto, que había hundido bajo las aguas la tercera parte del archipiélago nipón y había destrozado su precario sedimento, resultó ser un certero golpe del que la nación ya nunca se pudo reponer. Haber perdido las dos terceras partes de su población productiva hundió la otrora poderosa economía nacional en un estado de perpetua crisis, que de no ser por el empuje que daba tener la infraestructura central de NERV dentro de su territorio estaría enteramente en ruinas; no obstante, aquello resultaba un círculo vicioso, pues al ser el único país en recibir ataques de los ángeles las inversiones foráneas nunca llegaban, espantadas por los graves daños que ocasionaba el combatir a los monstruos, por lo que la posibilidad de recibir un ingreso extra además del que recibían de las actividades derivadas para el funcionamiento de NERV era tan sólo un sueño, al igual que cualquier intento de independencia financiera que pudieran tener.
Sumémosle al decadente factor económico lo escasa de la población en ese entonces, casi el 70% oscilando entre los 35 y 70 años de edad, y añadido a ese dato la reciente pérdida del grueso de su población juvenil, se tenía como resultado la inviabilidad de Japón como nación a futuro, con carácter de irrevocable. Además de las casi dos millones de víctimas, bajo las ruinas de Tokio 2 había quedado también sepultada cualquier esperanza que albergaran los japoneses por devolver a su país siquiera una parte del extinto esplendor que alguna vez tuvieron.
¿Pero qué se podía hacer, sino continuar con el día a día, más por inercia que por otra cosa, a la espera de un milagro? La vida no podía detenerse, y ni el mundo ni el tiempo detendrían su marcha para darles oportunidad de recuperación. Aunque se tratara de una carrera contra el tiempo, como la que se estaba efectuando en la pista de atletismo anexa a las instalaciones escolares, en el marco del festival deportivo que se llevaba a cabo anualmente dentro de la institución educativa.
El evento en turno era la carrera de relevos 4x400 en la categoría femenil. Sophie Neuville era la representante de su salón en la competencia en ese momento, y se encontraba actualmente el tercer carril en la última posición, relegada a ese puesto gracias a la poca condición física de sus otras dos compañeras de equipo que habían corrido antes que ella, por lo que tenía mucho terreno por recuperar. No obstante, desde el comienzo de la competición, hasta que había recibido la estafeta y ahora que corría tan rápido como sus piernas se lo permitían, en ningún momento su sonrisa indeleble había abandonado su lindo rostro, ni su animosidad había disminuido un ápice, alentando a sus lentas compañeras a seguir adelante, sin reprocharles nunca su pésimo tiempo.
Caso contrario al de Asuka Langley, quien era el último puesto en ese mismo carril, y que no se había cansado de proferir insultos a diestra y siniestra durante el transcurso de la carrera, quien en esos momentos se revolvía impaciente por recibir el testigo de manos de Neuville, lo que sucedió en muy poco tiempo, suficiente como para abandonar la última posición pero no tanto como para impedir que las otras dos competidoras arrancaran antes que ella.
—¿De qué tanto te ríes, tarada?— fustigó la joven de cabello rubio al ver la sonrisa de su compañera de equipo entregándole el pequeño cilindro que traía en la mano —¡Muévete con eso, cretina!
En cuanto se le entregó el testigo la muchachita de ascendencia alemana salió disparada como cohete. Con sus largas y rápidas zancadas fue recuperando terreno palmo a palmo, ante la angustia impotente de sus contrincantes que veían como la saeta europea les quitaba de las manos el primer lugar de la competencia. Y así ocurrió, cuando la chiquilla extranjera atravesó primera el listón que marcaba la meta, ante la euforia de todos los asistentes al evento, que presenciaron al borde de sus asientos la emocionante remontada de aquella prodigiosa atleta.
En medio de la avalancha de aplausos y vítores, Langley descansaba satisfecha en medio del tartán, recuperando aliento de pie, con el cuerpo extendido hacia el piso y las manos apoyándose en sus piernas completamente extendidas. Su cabello recogido en una cola de caballo caía hacia abajo, al igual que las sendas gotas de sudor que recorrían su bien parecido rostro.
—¡Eso estuvo genial, amiga!— pronunció Hikari, delirante, soltando los pompones con los que momentos antes la animaba para ir corriendo a su encuentro y abrazarla fuertemente —¡Muchas felicidades, eres lo máximo! ¡Jamás había visto correr a alguien así!
—Uff… no fue nada…— respondió la muchachita con dificultad, al haber perdido en el efusivo abrazo de su amiga el poco aire que había recobrado —Hubiera sido… una vergüenza… perder con estas chiquillas de secundaria…
—Ya sé que no querías participar en el festival, aún así te agradecemos mucho porque hayas querido ayudarnos, aunque fuera de último momento…
Efectivamente, aunque reacia al principio, finalmente la orgullosa jovencita de ascendencia alemana había accedido ese mismo día a inscribirse en varias de las competencias deportivas para representar a su clase dentro del festival. Sobra decir que había arrasado en todos los eventos en los que participó, desde el salto con valla, salto de altura, carrera de relevos y puntuando el mejor tiempo en la carrera principal, el de los 100 metros individual, haciendo incluso una mejor marca que la de los varones.
—Qué se le va a hacer— contestó Asuka, incorporándose y relajando todos sus músculos, observando a sus compañeros estudiantes, fijándose en la reducción de su número —Era lo menos que podía hacer para honrar a todos los que ya no pudieron participar…
Su amiga de momento no le respondió, tomándose el tiempo para observarla detenidamente. Sus palabras sonaban bastante a algo que hubiera dicho Katsuragi, su novio. Desde hace tiempo estaba constatando la influencia que el muchacho estaba teniendo en ella, y la mayoría de las veces, como aquella, era para bien. Definitivamente no era algo que hubiera dicho la Asuka que conoció desde un principio, recién desempacada de Europa.
—Para todos nosotros este festival representaba algo muy especial— admitió entonces la concejal del grupo, igualmente mirando en rededor, contemplando el apacible escenario atiborrado de jovencitos en ropa deportiva —Se trataba del último evento que tendríamos como compañeros de clase… según parece, después de la graduación, en verano, cerrarán la escuela… para siempre…
—Hmm, no es de extrañarse— dijo con desenfado la jovencita extranjera, jalando el cuello de su camiseta para mitigar el calor que sentía —La razón de ser de esta escuelita era que Shinji y la chica maravilla no dejaran sus estudios… una vez que se gradúen, no tiene caso mantener abierta una escuela con tan pocos alumnos… es triste, pero esa es la verdad…
—Y no por eso deja de ser tan triste— pronunció resignadamente Hokkari, soltando un hondo suspiro —Sólo espero que Toji y yo podamos estar en la misma preparatoria, el otoño que viene…
—¿Y se puede saber cómo le hiciste para poder invitar a ese burro para lo del sábado? Por un momento llegué a pensar que tendríamos que llevarte de chaperona, y ya no encontraba el modo de deshacerme de ti…
—Tuve un poco de ayuda, lo admito… ¡pero eso no justifica que quisieras deshacerte de mí, mala amiga!
Las dos interrumpieron su animosa charla cuando veían aproximarse a Sophie, con aquella sonrisita en la cara que tanto irritaba a la rubia.
—¡Oye, Langley, atrápala!— le dijo mientras le arrojaba una botella con agua fría, la que capturó al vuelo —¡Te la has ganado! Qué buena carrera diste, amiguita…
—No me digas así— repuso con hastío —Y pude haber hecho mejor tiempo si no fueras tan lerda…
—Jeje, a la velocidad que corres, debe parecerte que todo mundo caminamos en cámara lenta…aún así, siento un poquito más de respeto por ti ahora que eres la heroína de la escuela…
—Como si me importara…
—Qué mal que no sepas reconocer cuando alguien es amable contigo y quiere hacerte un halago… en fin, supe que ustedes también irán a bailar el sábado a la tardeada del Redblack Fox, espero que podamos vernos por allá…
—¿Y se puede saber a ti quien cuernos te invitó?— prorrumpió la chiquilla europea, acuchillando con la mirada a Hikari, su presunta culpable.
—No necesito que nadie me invite, Shinji y yo habíamos planeado ir antes que Kensuke nos dijera que ustedes también irían— repuso de inmediato Neuville —Sólo quería pedirles que le consiguieran una cita al pobre, lo han tenido bastante abandonado últimamente y se le ve muy deprimido… yo no conozco a tanta gente aquí, por eso pensé que ustedes podrían ayudarlo, así no se sentiría tan mal por ser el único sin pareja…
—¿Conseguirle cita a ese fulano? ¡Ja! Es más fácil sacarle sangre a una piedra que encontrar a alguien que pueda pasar el rato con ese ñoño— se mofó Asuka, acostándose sobre el césped al lado de la pista.
—No deberías hablar tan mal de alguien que te tiene en tan alta estima— pronunció Sophia con el ceño fruncido —El pobre no hace otra cosa más que hablar de lo maravillosa y hermosa que eres…
—Sophie tiene razón, Kensuke fue el primero que se enamoró de ti, casi desde que te conoció— admitió su amiga, sentándose a su lado.
—Bah, no es mi culpa ser tan irresistible, ¿qué quieren que haga?
—Veremos que se puede hacer— le dijo Hikari a la jovencita americana de pie frente a ellas —No puedo prometer gran cosa, pero si se presenta algo contactaré a Aida de inmediato para ponernos de acuerdo…
—Muchas gracias, concejal— respondió Neuville con una cálida sonrisa, haciéndole señas amistosas con la mano —Es bueno conocer a alguien que sí se preocupa por los demás… en cambio, tú…— dijo despectivamente, dirigiéndose a la alemana, a quien señalaba con el índice —Será mejor que empieces a beber agua antes que te deshidrates por completo y te de un golpe de calor… sé agradecida por una vez en la vida.
Langley sólo se limitó a resoplar y volverle el rostro, sin dignarse a mirarla cuando se marchaba.
—¿Y esta fulana desde cuando se convirtió en Santa Sophia, patrona de las causas perdidas y de los nerds? Cada día me convenzo más que está loca como cabra— inquirió la jovencita rubia, una vez que volvió a quedarse a solas con su más cercana confidente, aprovechando también para darle un buen sorbo a la botella que le regalaron, cuyo contenido le pareció exquisito en sus acaloradas condiciones —Hmmm, pero tengo que admitir que ahora tenía razón, sí que me hacían falta líquidos… esta agua sabe a victoria, está deliciosa…
—A veces me da la sensación que existen dos Sophias— murmuró Hikari, quien no gustaba hablar a espaldas de los demás, mientras su compañera apuraba por su garganta un nuevo trago de agua fría, mucho más prolongado que el anterior —Al oírla hablar de esa manera es difícil creer todo lo que andan diciendo de ella…
—¿Eh? ¿Cómo qué?— Asuka detuvo su rehidratación, mostrándose muy interesada al respecto, por lo que su amiga se arrepintió de haber soltado ese comentario tan descuidadamente.
—Pues… tú sabes… ¡cosas, qué se yo! A veces la gente sólo habla por hablar… es absurdo, si te pones a pensarlo con detenimiento, ni siquiera sé porqué lo dije… sólo quería hacer conversación, supongo, no me hagas caso…
—No importa, yo también solo quiero hacer conversación— repuso la alemana, tomando más agua hasta acabarse el contenido del recipiente en sus manos, mirándola amenazadoramente —Así que, vamos, entretenme… dime lo que la gente anda diciendo de nuestra querida amiguita Pocahontas…
—Bueno… Kotomi, la chica del 2 A vive en el mismo edificio que Sophie… y dice que últimamente han visto que Shinji llega a su departamento ya muy de noche y los dos salen a la mañana siguiente, juntos… alguien más dijo que Sophie dijo que ya… hicieron… el amor… ¡Ay, Dios, qué pena!
La recatada jovencita no pudo resistir más y terminó por esconder su enrojecido rostro cubriéndolo con las manos, sin poder aguantar más la vergüenza que le provocaba hablar de ese tema en particular.
Por su parte, aunque no quisiera, Langley quedó muy perturbada al enterarse de aquel rumor. Más porque ahora tenía una explicación a las constantes ausencias de Shinji del departamento, todas esas semanas rara vez lo habían visto, de no ser cuando iba a cambiarse de ropas. Miró a lo lejos, al otro lado del campo de atletismo, donde se encontraban los alegres "Tres Chiflados" en compañía de Neuville. Al examinar el gesto de su compañero resaltaba una notoria diferencia con el jovencito timorato y atolondrado al que estaba tan acostumbrada. No se trataba de nada físico, por supuesto, pero se podía apreciar una seguridad y confianza en todo su proceder que antes eran inexistentes. En ese momento rodeaba el cuello de la muchacha con el brazo, amorosa y gentilmente, y ni un solo momento le abandonó aquella sonrisa resplandeciente que iluminaba su cara siempre que estaba en compañía de aquella muchacha. ¡Estaba tan cambiado! La joven alemana empezó a sentirse mareada, como si el mundo le diera vueltas, la respiración parecía faltarle. ¿Por qué? ¿Por qué siempre tenía que afectarle tanto lo que hicieran ese par de imbéciles? ¡Al diablo con ellos!
—Shinji es un estúpido pervertido y ella es una vulgar cualquiera— dijo finalmente, queriendo aparentar indiferencia al respecto —No me sorprende que hagan tan buena pareja…
Sin mediar más palabra se puso en pie y se apuró a los vestidores para quitarse la sucia camiseta y el diminuto y ajustado short que vestía, asimismo para poder tomar una muy necesaria ducha. Después de eso abandonó la escuela, sin avisar a nadie y sin quedarse a recibir todos los premios y reconocimientos de los que se había hecho merecedora, desairando la cálida ceremonia de premiación que habían organizado sus demás compañeros de clases.
Corría el año 1542 de nuestra era en los territorios de la recién formada Nueva España y en la bulliciosa Villa Rica de la Vera Cruz el sol comenzaba a ocultarse ya por el Poniente. La luz del ocaso iluminaba con tonos ambarinos las aguas del Océano Atlántico así como las callejuelas de la así llamada "Ciudad de Tablas" por sus pintorescos tejados de madera y palma. Siendo el primer asentamiento europeo establecido en las recién descubiertas tierras continentales y el principal puerto y punto de partida a territorios europeos, la Villa de la Vera Cruz constituía un punto esencial en el incipiente desarrollo económico de las colonias españolas en el nuevo continente. En esos tiempos era de ahí donde partían todas las mercancías y riquezas que serían clave para cimentar el poderío que la corona española ejercería en el nuevo orden mundial durante los próximos tres siglos.
Por supuesto, como en todo tiempo y en todo lugar, donde hay abundancia también hay codicia, y la prosperidad es también un irresistible llamado para aquellos que buscan la oportunidad de saborear sus dulces mieles, les corresponda hacerlo ó no, valiéndose de cualquier clase de métodos para hacerlo, lícitos ó no. De tal forma, aunque se tratara de un punto de suma importancia para los colonizadores españoles, en aquellos aciagos años la joven villa contaba con muy escasos recursos para su defensa, situación que fue oportunamente aprovechada por bien informados oportunistas como lo eran los corsarios franceses, que ya en aquellas tempranas fechas empezaban a aventurarse en las desconocidas aguas del Golfo de México y del Caribe.
No eran estos los simpáticos y guapos bribones que las películas pintan para nuestro entretenimiento en los actuales tiempos. La gran mayoría de aquellos marineros habían perdido su condición humana para convertirse en criaturas de rapiña, salvajes y despiadadas, sin ningún escrúpulo ni código moral u de honor que dictara sus acciones. Mataban a la menor provocación sin distinción, ya fueran mujeres ó niños, sus armas no reconocían diferencias de género o edad cuando se trataba de satisfacer sus más primitivos impulsos. Ver a cualquiera de esos bucaneros a la cara era mirar el aterrador rostro del mismísimo Lucifer. A menos claro que quien lo hiciera fuera el "Diablo Ribera", que era lo más cercano que había en esta tierra a la imagen de aquél oscuro ángel caído.
Por desgracia para los intereses de aquellos rapaces de aguas salinas, los suyos se interponían directamente con los que tenía el infame conquistador en aquél joven asentamiento, por lo que un desacuerdo entre ambas partes no se hizo esperar. Así lo entendió el asaltante galo que estrellaba su sable contra la hoja afilada de la espada de Ribera, cuando este le dio un puntapié en la entrepierna que lo hizo encogerse presa de un terrible dolor, al que su atacante le puso final de una estocada que le atravesó por completo la espalda. Acto seguido el cuerpo del bandido de los mares fue levantado en vilo por los fuertes brazos del conquistador y arrojado a las aguas desde lo alto del muelle, derribando a varios piratas que subían por la escalinata.
Una vez que la gran Tenochtitlán había caído casi todos los hombres de Hernán Cortés se asentaron en la vecina ciudad de Coatzacoalcos, desde donde Cortés dirigiría los esfuerzos para la posterior conquista y colonización de Centroamérica y pueblos del sureste mesoamericano. Sin embargo, Ribera ya no tuvo cabida en ninguno de esos planes, habiendo caído de la gracia de su superior. Temiendo un alzamiento de Don Diego para usurpar su posición como líder de las fuerzas españolas en el nuevo mundo, a Ribera se le tuvo que seducir con una buena suma de bienes y tierras para que abandonara la tarea de conquista y pacificación y se estableciera a las afueras de la Villa de la Vera Cruz, en un suntuoso palacio que el propio Cortés hubo de solventar. Así fue como Diego Lope abandonó las armas para hacerse un potentado comerciante y dueño de su propia flotilla de naves mercantiles, uno de los cinco hombres más ricos de la Nueva España en ese tiempo.
Y a pesar de no habérsele concedido título nobiliario alguno, como a casi todos sus compañeros, al "Diablo Rivera" poca falta le hacía, pues en los hechos era él la autoridad suprema del puerto y nada pasaba dentro de éste sin su expreso consentimiento. Así pues, no le cayó muy en gracia cuando los saqueadores franceses, holandeses e ingleses recién iniciaban sus exploraciones e incursiones en el indefenso asentamiento, por lo que tuvo que organizar una suerte de guardia civil para repeler las invasiones de los corsarios, la cual él mismo lideraba en esos momentos. Era menester para el engrandecimiento de su fortuna que todas las mercancías con las que comerciaba y que transportaban los barcos de su propiedad llegaran a su destino, y al ser los piratas un impedimento para que esto así sucediera, éstos tendrían que ser eliminados, como en su momento lo había hecho con la población indígena.
Aunque de todos era sabido que los bucaneros no eran muy buenos entendedores ni sabían de sutilezas, por lo que se les tenía que disuadir de cesar sus ataques a la villa de una manera mucho más directa, tal como Ribera lo hacía con la nave insignia de los asaltantes, a la que estaba reduciendo a astillas a punta de cañonazos., los que dirigía en la posición correcta para que casi todos los tiros de la batería a sus órdenes dieran en el blanco.
—¡Sigan disparando a esos cabrones!— ordenaba sin cesar a los inexpertos cañoneros a los que mandaba, apuntando con la punta de su espada la dirección correcta —¡No dejen viva a una sola de esas ratas hijas de puta! ¡Que se ahoguen todos esos malnacidos!
Un nuevo asaltante que había conseguido escalar el empinado rompeolas del muelle quiso tomarlo por sorpresa, dando un estruendoso alarido de batalla cuando creyó estar a la distancia suficiente como para darle un buen tajo por la espalda sin que su presa lo evitara. Su grito fue interrumpido abruptamente por su garganta rebanada por la diestra cuchilla de Ribera, quien lo miró desangrarse y resbalarse con su propia sangre con suma complacencia. La noche ya comenzaba a despuntar y las luces de los fogonazos parecían estrellas en plena caída, iluminando el oscuro firmamento en su trayecto. Don Diego contemplaba la escena complacido por su belleza y el buen transcurrir de la defensa de SU puerto. Tal vez sólo haría falta acabar con dos flotas más de corsarios y quizás con eso los bandidos sabrían que cualquier ataque a esa villa sería un esfuerzo inútil en tanto estuviera bajo su resguardo.
Uno de los barcos escoltas de aquella flota pirata no parecía querer entender razones y comenzó a atacar la línea costera con sus tres cañones, que tenían muy buen alcance. Los cañones de Ribera lo ubicaron como su nuevo blanco, y aunque previamente habían mostrado buen tino para hundir la mayoría de las naves enemigas, esta fragata en particular se mostraba bastante esquiva y capaz de responder al ataque. Una bala de cañón pasó silbando por encima de la cabeza de Don Diego, impactando en una bodega de víveres a sus espaldas.
—¡Compensen el viento en contra, estúpidos, ó esos bastardos nos van a joder!— rugió el "Diablo Ribera", prestándose rápidamente para corregir el rumbo de sus cañones.
Lo hubiera podido hacer sin problema, de no ser porque algo que escuchó detrás suyo lo detuvo en seco, paralizándolo en su sitio. La podía oír nítidamente, entre el estallido de los cañonazos y el estruendo de los gritos de los hombres en plena batalla. Perfecta y claramente, como si fuera una noche calma y sin contratiempos. Se trataba de una voz, una voz que lo había atormentado en todas sus pesadillas desde hacía ya veinte años. Una voz de mujer, que le producía escalofríos por todo el espinazo cuando penetraba sus oídos.
—¡Flores! ¡Flores para los muertos!— anunciaba con tono severo aquella voz a sus espaldas, mientras gruesas y copiosas gotas de sudor frío recorrían el rostro del viejo conquistador español, quien experimentaba en carne propia una emoción de la que sólo le habían contado y que había sido completamente ajena a él, hasta ahora: terror absoluto.
El color abandonaba su rostro desencajado mientras se volteaba para mirar por sí mismo el origen de aquel espectral sonido, que seguía entonando cada vez más fuerte, más severamente:
—¡Flooores! ¡Floooreees para los muertos!
Los ojos de Ribera por poco salen de sus órbitas con la sola contemplación de la persona a la que pertenecía aquella voz. La reconoció, a pesar de su oscura vestimenta y el velo negro que cubría completamente su rostro, una mujer que recorría lenta y tranquilamente la solitaria callejuela a espaldas del muelle donde transcurría la carnicería de la que formaba parte. Una mujer que en su ligero y despreocupado andar llevaba un canasto repleto de aquellas grandes y perfumadas flores anaranjadas que los aborígenes utilizaban en sus ritos mortuorios. Flor de xempaxóchitl, así es como se llamaban.
—¡Para los mueeertos! ¡Flooores! ¡Flooores para los mueeeertos!
Una vez que la dama de negro se aproximó hasta donde el viejo soldado español permanecía en pie, paralizado por el espanto que de él se había apoderado, sustrajo de su canasto una única flor de largo tallo y abundantes pétalos de un naranja brillante como una antorcha y la arrojó a los pies de Don Diego. Cuando lo hubo realizado levantó la delgada tela que cubría su rostro para mirar directamente a los ojos de aquél desdichado hombre, quien sintió cómo el alma se le escapaba del cuerpo al observar su cara, la misma cara de aquella joven mexica que había despedazado aquella terrible noche de la caída de Tenochtitlán. El hueco que tenía en su labio inferior y que mostraba los dientes que le quedaban le ardió entonces como si la herida hubiera sido recién hecha, pero en lugar de revolcarse adolorido lo único que el "Diablo Ribera" pudo hacer fue musitar con apenas un hilo de voz, trémula, quebradiza:
—Xóchitl…
—¡Floooreees! ¡Floooreees para los mueeertooos! ¡Para los mueeertooos! ¡Los muueeertooos!
La voz y la mujer se fueron alejando hasta perderse en la oscuridad de la noche, en medio del barullo de la matanza y el repique de los cañones de ambos bandos. Aún después que se marchó Ribera no atinaba a moverse, el cuerpo rígido y la boca seca. Sus dientes chocaban unos con otros y súbitos escalofríos recorrían todo su ser. El viejo conquistador, que tenía tanta sangre en sus manos y que por su saña se había ganado el epíteto de demonio, ahora temblaba paralizado de miedo. Para poder despabilarlo se requirió de una veloz y artera bala de cañón que impactó de lleno contra un cargamento de barriles de aceite que estaba apilado justo a un lado de él. La explosión ocasionada por el estallido lo tumbó de bruces en el piso, causándole varios golpes y contusiones cuando chocó contra el suelo, además de quedar completamente bañado con el líquido seboso que había en los contenedores de madera, hechos astillas por doquier.
Sin el tesón ni el empuje que ocasionaba su presencia en la línea de batalla algunos de los asaltantes habían logrado penetrar el cerco de los defensores. Dos de ellos, al reconocer a Ribera tirado en el piso se aprovecharon rápido de la situación, viendo la oportunidad perfecta para deshacerse del máximo líder de la guardia civil.
—¿No te apetece un cerdo asado, mon ami?— inquirió uno de ellos, haciéndose de una de las antorchas que se habían dispuesto para alumbrar los trabajos de defensa. Un brillo siniestro iluminó entonces las perversas sonrisas de aquellos corsarios cuando aproximaban el fuego al charco de aceite.
El español tambaleaba en sus intentos por incorporarse y salir del alcance del líquido inflamable, pero la gravedad de sus heridas le impedía actuar con la presteza que necesitaba para su escape. La antorcha fue arrojada al aceite, que no tardó en hacer combustión y generar una feroz llamarada que lo consumía, incluido a Don Diego, inmerso en el ardiente infierno que amenazaba devorarlo por entero. Los piratas reían a carcajadas cuando las llamas empezaron a envolver la indefensa humanidad de Ribera, quien soltó un fuerte aullido de dolor al estarse convirtiendo en una llamarada humana. El fuego fue implacable con sus carnes, consumiéndolo por completo de pies a cabeza.
Y aunque sus atacantes hasta entonces se habían mostrado muy divertidos por el resultado de su accionar, la risa les abandonó cuando vieron a esa antorcha humana correr a su encuentro, sin darles tiempo para evadirlo. Las carcajadas se convirtieron entonces en espantosos gritos de agonía, cuando aún envuelto en llamas el "Diablo Ribera" sacaba fuerzas de quien sabe donde para disponer de sus adversarios, a quienes sujetó en un férreo y mortal abrazo para compartir con ellos su ardiente destino. A uno de ellos lo sujetó fuertemente para enseguida de un tirón romperle el cuello. Al otro, el que tiró la antorcha, le hundió su pulgar hasta reventarle el ojo que no tenía parchado, clavándole el dedo como si fuera un puñal hasta alcanzarle el cerebro. Los dos hombres, ahora ambos abrasados por las flamas, forcejeaban, uno por liberarse y el otro por mantenerlo sujetado. Los combatientes dieron un vuelco, tropezando y rodaron hasta caer por un despeñadero que concluía en el mar, hasta donde fueron a parar, devorados por las frías aguas oceánicas.
Don Diego fue encontrado hasta la mañana siguiente, arrastrado por la marea hasta las orillas de la playa. Su estado era lastimoso, su fisionomía entera convertida en un bulto ampuloso que difícilmente guardaba forma humana. Lo más increíble de todo el asunto es que Ribera aún vivía, aunque apenas si podía respirar, agobiado por una terrible fiebre; pero el hecho en sí no dejaba de resultar prodigioso, el que alguien en esas condiciones aún guardara algún hálito de vida parecía confirmar la creencia que todos tenían de que aquél hombre tenía pacto con Satanás. De cualquier modo, prodigio ó no, no le quedaba mucho tiempo en su agonía, por lo que se tuvo que mandar por sus familiares y al sacerdote para otorgarle los santos óleos y prepararlo para su viaje al más allá. El moribundo no quiso ver ni al religioso ni a su esposa, recibiendo solamente a su único hijo, Fernando Rivera y Guzmán. A este joven le encomendó continuar con el buen desarrollo de todos sus negocios y bienes, que ahora serían suyos, le confió las mejoras que había previsto para la fortificación del islote de San Juan de Ulúa, en el cual se erigiría una fortaleza para repeler futuros ataques al puerto y lo más importante, le contó todos los detalles concernientes a Xóchitl y a la maldición que ésta había puesto sobre toda su descendencia. Con una lucidez pasmosa, inaudita en un hombre a las puertas de la muerte, le relató al muchacho cada pormenor de aquella noche que ardió la Gran Tenochtitlán, como fue que le dio muerte a aquella joven mujer mexica y finalmente como es que ella había vuelto de la tumba para llevárselo con ella. Antes de dar su último aliento, advirtió a su hijo que su hora también llegaría, y que tal como le había sucedido a él, su muerte sería anunciada con flores por el vengativo espíritu de esa muchacha indígena. Una vez terminado su espeluznante relato Don Diego finalmente pudo expirar y partir en aquel largo viaje con destino desconocido que nos aguarda a todo lo viviente.
En los años subsecuentes el joven Fernando Ribera se cuidó de cumplir con las encomiendas de su extinto padre, sobre todo por que así convenía a sus intereses particulares. Y a pesar que en todo momento evitó cualquier contacto con vendedoras ambulantes de flores ello no evitó que once años más tarde tuviera un encuentro similar con aquella temida joven mexica venida del más allá, quien también lanzó una brillante flor naranja a sus pies; al cabo de un par de días de sucedido el macabro encuentro, después de contar lo sucedido a su único hijo y hacerle la misma advertencia que su progenitor le hiciera a él, el heredero del Diablo Ribera encontraba la muerte en medio de una tumultuosa revuelta de esclavos negros, quienes lo lincharon y profanaron sus despojos. Fue así que al paso del tiempo los pormenores de la maldición familiar eran transmitidos de padres a hijos, sin que esto pudiera hacer gran cosa para ayudarlos a evadir su destino, ni siquiera cuando intentaron confundir a su perseguidora cambiando la "b" de su apellido por su hermana sonora "v". Los años pasaban y las épocas cambiaban, pero lo que permanecía inmutable era el hecho que ninguno de los Rivera había podido disfrutar de una muerte dulce y tranquila, extinguidos todos ellos siempre en medio de un acto violento. Y que cada uno de ellos, antes de morir, habían visto a la lúgubre vendedora de flores, fuera una semana antes, fuera inmediatamente antes de suceder el evento.
De vuelta en el año 2016 la Mayor Misato Katsuragi y la Doctora Ritsuko Akagi aprovechaban un breve descanso en su diario trajinar para ponerse al corriente de lo relativo a su cotidianidad. Dos guapas mujeres en plena charla de café, pues.
—¿En serio? ¿Estamos hablando del mismo Shinji, verdad?— preguntaba la mujer de larga cabellera negra, anonadada, sin dar crédito a las palabras de su amiga.
—Yo tampoco podía creerlo cuando me lo contaron, pero los reportes del cuerpo de seguridad me lo confirmaron: Sophia y Shinji llevan algún tiempo pasando las noches juntos— aseveró Akagi, sirviéndose una generosa porción de café de la máquina despachadora —Me sorprende que no estés enterada al respecto, ¿ese es el cuidado que les pones a esos muchachos?
—Con estos turnos dobles que me aviento últimamente no he tenido mucho tiempo para mi empleo de niñera— suspiró Misato, dándole un buen sorbo a su vaso de unicel lleno de aquel revitalizante líquido —Aún así, es bastante difícil de creer… hubiera creído que ese tipo nunca tendría nada de nada… además de que, bueno, tu sabes… no creí que lo suyo fueran las muchachas, si sabes a lo que me refiero…
—Sólo espero que por lo menos tengan la sensatez de estarse cuidando… lo que menos necesitamos en este momento es una piloto de quince años embarazada.
—¡Relájate, abuelita! ¡Es el siglo XXI, tienen educación sexual desde que van a la primaria! Quien no se cuida en estos tiempos es porque es un verdadero imbécil…
Ritsuko la observó detenidamente por algún rato, fustigándola con la mirada, dándole oportunidad de razonar bien sus palabras.
—Tienes razón— musitó Katsuragi, luego de recapacitar y soltar una risita nerviosa —No estaría de más hablar con ellos al respecto, ¿verdad?
—Procura hacerlo antes de este domingo— añadió la científica, con gesto severo —Recuerda que es San Valentín y no necesitarán de pretextos para revolcarse como cerdos…
—¡Uuuuh! ¡Tal parece que alguien no se revuelca en la inmundicia desde hace bastante tiempo! ¡Jejeje!— repuso Misato chapuceramente —Si no te conociera, diría que estás celosa de ese par de chiquillos…
—¡Oh, ahora que lo pienso, hace mucho que no veo a Ryo-chan!— pronunció Rikko dándole a sus palabras un tono mucho más socarrón que el que su amiga había empleado para mofarse de ella —¡Me pregunto qué nuevas y sensuales aventuras tendrá para compartir cuando regrese de su viaje por medio mundo! ¡No puedo imaginarme la cantidad de mujeres hermosas que habrán caído rendidas a sus pies en todos esos lugares exóticos que está visitando!
—Bah, como si me importara lo que haga ó deje de hacer ese tipejo— contestó Katsuragi gesticulando sin querer su tradicional puchero —Tengo sin saber de él más de un mes y ni siquiera se ha dignado a mandarme algún correo ó alguna otra señal de vida…
Al recordar la imagen de Kaji los labios de Misato aún podían saborear aquél ardiente beso que le robó la víspera de Navidad, la última vez que lo había visto.
—Tienes bastantes problemas para lidiar con los hombres en tu vida, te convendría tomar terapia para empoderarte— remató Akagi, cruzándose de brazos.
—Por lo menos tengo hombres en mi vida, no como otras— musitó la Mayor en voz baja, apoyando el mentón sobre la mesa.
—Shinji y Kaji, nunca te enteras de lo que pasa con ellos— prosiguió su confidente, sin haber escuchado su comentario, cuando se ponían en pie y se internaban en los pasillos de la instalación —¿Y qué me dices de Kai? No creas que nuestra oferta durará para siempre, y recuerda que estamos en una carrera contra el tiempo…
—Prefiero ni hablar de eso— suspiró Katsuragi, cubriéndose el rostro con las manos, caminando casi a ciegas —Que fue toda una escena cuando le pedí que se dejara hacer ese estudio… ¡ese muchacho es terco como mula! Sabes bien el trabajo que me costó hacer que se quedara en casa y dejara de merodear por aquí…
—Todo en vano, según parece— acotó Ritsuko al observar a Makoto, Shigeru y Kai conversando al fondo del corredor.
—¿Kenji agarró a patadas al señor Ishida? ¿Aquí mismo, en el Geofrente?— pronunciaba Kai, incrédulo por lo que acababa de escuchar de voz de Aoba.
—Todo quedó grabado en las cámaras de seguridad y fue por eso que todo mundo nos pudimos enterar de los abusos de ese bastardo prepotente— contestó Hyuga con semblante muy serio —Y parece ser que no es al único empleado que ha golpeado en uno de sus berrinches…
—Lo peor de todo es que los reportes de reparación de Zeta indican que el mecanismo que arregló el señor Ishida funcionaba a la perfección— continuó Shigeru en el mismo tenor —Lo que hizo enfurecer a ese pedazo de basura fue que no lo hizo tal cual como se lo indicó el muy imbécil, el señor Ishida omitió dos pasos innecesarios que le ahorraron por lo menos dos horas de trabajo.
—Bueno, pero aunque yo no esté por aquí el señor Ishida tiene la ley de su lado, debe presentar una demanda laboral y penal por su cuenta, al fin y al cabo tiene las evidencias suficientes para comprobar la agresión— respondió Katsuragi, evidentemente contrariado por la noticia. Sabía del temperamento fuerte de Takashi y la agresividad que mostraba últimamente dada la gran presión a la que era sujeto, pero no se hubiera imaginado que llegara al punto de agredir físicamente a uno de los técnicos bajo su supervisión.
Shigeru y Makoto menearon la cabeza negativamente al mismo tiempo.
—Sabes bien como son las cosas por aquí, nada sucede sin el consentimiento del Comandante Ikari— respondió en voz baja Shigeru, cuidándose de que oídos ajenos a la conversación escucharan sus palabras.
—Y estas últimas semanas Takashi no se ha cansado de estarle besando el trasero, al parecer está entrando en el círculo cercano del comandante— advirtió Makoto del mismo modo —Por eso ninguno de los empleados a los que ha golpeado lo ha denunciado, saben que llevan las de perder si Kenji tiene a Ikari de su lado…
—Todos sabemos que ahora que no has estado por aquí ese infeliz se cree todopoderoso y hace lo que le venga en gana, necesita un buen escarmiento— indicó Aoba estrellando su puño en la palma de la mano.
—De momento no hay gran cosa que pueda hacer, sigo de incapacidad y hasta que así sea no puedo ejercer ningún acción administrativa… además aún creo que las cosas se solucionarán cuando Kenji y yo podamos hablar largo y tendido, como cuando lo traje a trabajar aquí. La verdad me cuesta trabajo creer que todo se esté desmoronando si no estoy por aquí… ¿qué va a pasar entonces si me muero? Kenji será sangrón y un estirado, pero no puedo pensar en otra persona que pueda con semejante paquete…
—Puedes creer todo lo que quieras, amigo, pero si yo fuera tú me cuidaría de esa sucia rata. No me extrañaría nadita que se esté preparando para darte una puñalada por la espalda— concluyó Makoto, dando por finalizada aquella conversación en cuanto divisó a la Doctora Akagi y a la Mayor Katsuragi aproximarse hacia ellos.
—¡Oh, pero que ven mis ojos!— exclamó Kai con voz fingida, al notar la presencia de las mujeres —¡Si se trata de la mujer más hermosa de este mundo! Pero me pregunto qué hace cargando ese espantapájaros tan deshilachado… ¡Ah, es usted, Doctora Akagi! Hace tiempo que no la veía…
—¿Se puede saber qué estás haciendo, si sabes bien que tienes prohibido estar aquí?— inquirió Misato, jalándole la oreja a modo de regaño —¡Muchachos, llamen de inmediato a seguridad, tenemos a una persona no autorizada!
—¡Aou, aou! ¡Con cuidado, que si me rompes me pagas!— se lamentaba Rivera, sometido por la aguerrida fémina.
—Acompáñenme ustedes dos— indicó Ritsuko a los jóvenes técnicos, sujetándolos de los brazos —Dejemos que la familia Katsuragi resuelva sus diferencias en privado…
—Como veo que no entiendes con palabras ahora me aseguraré de dejarte amarrado a la lavadora para que no puedas volver a escapar— por su parte Katsuragi hacía lo propio con el muchacho bajo su cuidado, jaloneándolo de la camisa —No entiendo qué carajos pretendes al hacerme enfurecer de esta manera, ¡pero te advierto que mi paciencia tiene un límite!
—¡Pero si no vengo en plan de trabajo, ando solamente de visita!— masculló el muchacho de forma lastimosa —Además quería saber si me puedes hacer un favor, pero no sabía si ibas a ir a casa y tu celular está apagado desde sabe cuándo…
—Bueno, en realidad me diste la excusa perfecta para salir temprano— admitió la Mayor en tono cómplice, una vez que estuvo segura que nadie los escuchaba —Ahora dime qué es lo que necesitas con tanta urgencia que no pudo esperar...
—Sucede que Asuka y sus amiguitos piensan ir a bailar como changos este sábado y quiere que yo vaya con ella— informó Rivera, ya libre del castigo de sus tutora —Y pues me gustaría llevarla en auto para no tardarnos tanto, quisiera saber si me prestas tu carro…
—Número uno: estás saliendo de un politraumatismo severo que se supone debería mantenerte en reposo y con la actividad física limitada al mínimo— comenzó a enumerar Misato con gesto severo —Número dos:…
—¡Jajaja! ¡Dijiste "número dos"!
—Número dos:— continuó la mujer, luego de aplicar un nuevo jalón de orejas que silenció al chiquillo —No creas que soy tan irresponsable como para darle las llaves de mi auto a un mocoso quinceañero que quiere quedar bien con su noviecita, sobre todo si van a un lugar donde sé que seguramente consumirás bebidas alcohólicas a la menor oportunidad… y número tres: ¿crees que voy a acceder a eso si ni siquiera tienen la decencia de invitarme? Por lo menos así podría llevarlos y traerlos con toda seguridad…
—Sabes mejor que nadie que el que tu mamá te lleve a un baile es cero cool. A mí no me importa, pero seguro que Asukita se nos infarta del coraje.
—Jum, entonces tengo una contrapropuesta para ti pero te advierto que la haré una sola vez y no es negociable— pronunció Misato, conciliadora —Te doy las llaves para que puedan presumir con sus amiguitos si y sólo si prometes que conducirás a menos de 60 por hora…
—¡No hay problema! ¡Faltaba más!
—Y si dejas que Rikko te haga ese estudio del que te hablé…
El rostro de Rivera se trastornó entonces, tal como lo temía su mentora.
—¡Qué insistencia, demonios! ¡Ya te dije que no hay algún dato de relevancia que puedan sacar con ese estudio, ni ninguna terapia innovadora que puedan sacarse de la manga ese par de idiotas! ¡Maldita sea, no puedo creer que seas tan ingenua, esos charlatanes te están viendo la cara! ¡Nos iría mejor si consultáramos a un médico brujo!
Misato detuvo de improvisto su andar y permaneció cabizbaja, interrumpiendo la diatriba de su acompañante, quien se quedó confundido por su proceder.
—Quizás si estoy siendo muy ingenua— murmuraba la Mayor con una voz apenas entendible, para de inmediato levantar la mirada y estallar hecha un paño de lágrimas, su gesto por completo compungido —¡Pero prefiero ser ingenua y aferrarme a la última esperanza que tenemos, por muy tonta que sea, a resignarme como tú lo hiciste y dejarte morir, así nada más! ¡¿Cómo crees que puedo hacer eso?!
—Espera… yo no quise… sólo decía…— balbuceaba el joven, sin saber qué hacer ó como confortar a la conmocionada mujer, cuyo llanto parecía no tener fin.
—¡Te crees que para mí todo esto es muy fácil, que es cosa de nada! ¡¿Sabes la angustia que me produce pensar, siempre que hablamos, que esa será la última vez que voy a escuchar tu voz?! ¡Piensas que todo es muy simple, solamente te mueres y todo se acaba! ¡¿Te has puesto a pensar qué pasará conmigo, cuando no estés?! ¡¿Cómo crees que voy a poder seguir adelante?! ¡Tú eres mi vida, eres mi todo! ¡No quiero verte morir!
—¡Oye, oye, lo lamento!— se disculpaba el muchacho, inútilmente, tratando de calmar las lágrimas de la mujer —La verdad es que nunca me puse a pensar en tus sentimientos, tienes razón, me concentré en mi mismo nada más… después de todo, la resignación es la última etapa de esta clase de procesos, yo ya estoy en ella y creí que ya tenía todo listo, pero ahora veo que no es así, aún tengo que quedar en paz contigo. Así que, aunque no creo que sirva de gran cosa, si eso te hace sentir mejor entonces no tengo inconveniente en ser el conejillo de indias de tu amiga de cabello teñido y su amante barbas de chivo…
Sin poder contenerse más, Katsuragi lo alcanzó para enseguida estrujarlo en sus brazos, como si la vida se le fuera en ello. El llanto le impedía hablar, sólo se limitaba a presionar el rostro contra su hombro.
—Aún así, debes entender que estas cosas no son justas ó injustas… es simplemente lo natural, como debe ser… aunque no sé cuando sucederá, me voy agradecido por todo lo que pude hacer y disfrutar todo este tiempo prestado… lo bueno y lo malo… y dentro de lo bueno, creo que lo mejor fue poder crecer a tu lado. Fue toda una aventura…
—Pero… ¿por qué tiene… que acabar… así, tan de repente? ¡Aún hay tanto por hacer!— decía la mujer entre sollozos, aunque calmándose paulatinamente.
—Yo no soy el que decide esas cosas, únicamente juego con las cartas que me tocaron. Pero te prometo aprovechar hasta el último momento que me queda, y si aún tengo una oportunidad para salir de esta, me aseguraré de encontrarla, con tal de que no estés triste… pero si esa posibilidad no existe… tienes que dejarme ir, y seguir adelante… quiero que seas feliz, que disfrutes tu vida por mí, ¿de acuerdo?
—Tonto… si haces promesas que no puedes cumplir… me encargaré de golpearte… ¿entiendes?
—Ya sé, ya sé— decía Kai como si estuviera arrullándola, acariciando gentilmente su cabeza. "¿Pero qué es lo que se les habrá metido a estas mujeres?" pensaba acerca de Misato y Asuka, coincidiendo que ambas tuvieron que recurrir al llanto para que accediera a sus propósitos. Ó quizás no era coincidencia y lo que en realidad pasaba es que ya le tenían muy bien tomada la medida.
La semana transcurrió sin mayores incidentes hasta que finalmente el tan anhelado día para muchos por fin había llegado. Ó como engloba sabiamente el dicho popular: "a cada puerco le llega su sábado". Los jovencitos, emocionados y ansiosos ultimaban sus preparativos para su importante cita de la tarde noche, esmerándose en su arreglo y cuidado personal para relucir sus mejores galas aquella ocasión tan especial, llena de magia y oportunidades. Cada cual en lo suyo, la tan esperada hora de la verdad se aproximaba, encontrando a unos más preparados que a otros, como a Sophia, quien una media hora antes que pasaran por ella ya estaba lista para la acción, tal y como lo podía constatar su mejor amiga, Mana Kirishima, cuando Neuville le modelaba su conjunto a través de la videollamada que sostenían, dando una vuelta completa sobre sus talones. Su atuendo consistía en un coqueto vestido negro suelto de dos piezas, de blusa sin mangas y escote discreto acompañado de una falda corta que permitía apreciar sus bien torneadas piernas. Completaba su vestimenta con diversos accesorios plateados como pulseras y un collar que le había obsequiado su novio; su calzado consistía en unas modernas botas color gamuza que le llegaban por debajo de la rodilla.
—¡Guau, Sophie!— exclamó la jovencita por el monitor —¡Estás preciosa! ¡Válgame Dios, pareces una supermodelo de una revista!
—¡Basta ya, chiquilla atolondrada, ó me harás sonrojar!— exclamó Neuville, halagada. Aunque ella sabía que se veía bastante bien no estaba de más que se lo recordaran.
—No cabe duda que el amor cambia a las personas— pronunció Mana con aire soñador, casi en un suspiro —Cuando estabas aquí, en América, ni en sueños te hubiera podido ver vistiendo algo así…
—Tampoco es que se haya prestado alguna ocasión para hacerlo, además, ¿para quién me hubiera arreglado así? Recuerda que en el Área 51 sólo había vejetes ñoños y regordetes… ¡brrr, qué horror!
—Jeje, de cualquier modo me alegro mucho que pudieras encontrar a esa persona tan especial para la que te puedes arreglar tan bonito… se te ve bastante contenta, creo que nunca te había visto de esta manera. ¡Es maravilloso!
—Estaré mucho más feliz cuando por fin puedas reunirte conmigo, ¡no sé que tanto estás esperando para venir aquí!
Aunque durante todo el transcurso de la conversación Kirishima se esforzó por mostrar la mejor de sus caras y buen estado de ánimo, finalmente sucumbió al violento ataque de tos que se había estado aguantando desde hace rato.
—Disculpa— dijo luego, con dificultad —Creo que pasé un poco de saliva por donde no debía… parece que tendré que esperar un poco más para ir a Japón, papá dice que Teotihuacán no es un sitio seguro para terminar la construcción de Alfa… creo que piensa trasladar toda la operación a Yucatán…
Aunque Kirishima hizo lo posible para desviar la atención de su condición física, para su amiga era evidente el lastimero estado en el que se encontraba. Se le veía aún mucho más delgada y pálida, sus brillantes ojos hundidos en unas marcadas ojeras que acentuaban su fragilidad.
—¿Has estado tomando todos tus medicamentos?— inquirió Neuville, a todas luces preocupada por su estado de salud.
—Por supuesto, todos los días y también voy a mi terapia… no te preocupes, parece que pesqué un resfriado por ahí, es cosa de nada… al cabo de un par de días me sentiré mejor, ya lo verás— repuso la jovencita de cabello corto castaño, esforzándose por enseñar la mejor de sus sonrisas.
Pese a ello, Sophie no podía ser tan fácilmente engañada y su gesto afligido no abandonaba su rostro, por lo que su amiga tuvo que recurrir a medidas drásticas para cambiar de tópico de conversación.
—¡Platícame que ha pasado con Kai, por favor!— Mana sonrió para sus adentros al notar como la expresión de Neuville cambiaba la mortificación por el enojo —¿Cómo está él? Supimos que lo lastimaron bastante durante la última pelea…
—¡Ja! ¡Eso sólo es un modo bonito para decir que lo hicieron talco! Y bien merecido que se lo tuvo, mira que el muy imbécil se creyó que iba a poder solo contra siete ángeles…
—Me preocupa mucho, quisiera poder ayudarlo de alguna forma, hay tantas cosas que deben estarlo agobiando… debe sentirse muy mal el pobre…
—Ni te apures, que se las arregla muy bien, tanto que se da el tiempo para llevar a su noviecita al baile de hoy… yo sigo sin saber qué es lo que le ves a ese tipo tan nefasto, si hubieras visto el berrinche que nos hizo en el hospital cuando fuimos a visitarlo, les gritoneó muy feamente a Asuka y a otra muchachita que iba a verlo…
—Estoy segura que todo se trató de un malentendido y que después Kai se disculpó con ambas— afirmó la jovencita, y aunque Sophia odiara admitirlo su semblante mejoraba mucho siempre que hablaban de Rivera —Ojalá que algún día puedas ver en realidad la clase de persona que es y tu opinión de él pueda cambiar para bien… lo de su aspecto es lo de menos, desde que lo conoces y hablas con él te das cuenta que es una persona que verdaderamente se preocupa por los demás y hace todo lo que esté en su alcance para ayudar… es tan… tan… ¡noble! ¡Quisiera que pudieras verlo de la forma que yo lo veo!
—Me temo que tendría que golpearme la cabeza para hacerlo— musitó Neuville, refunfuñando. En eso el timbre de la puerta se escuchó, avisando de la llegada de un visitante a su hogar —¡Oh, mira! ¡Ya vinieron por mí, qué oportuno! ¡Espera un poco, por favor, y verás lo que es un hombre de verdad!
—¡No, Sophie, mejor hablamos otro día que no estés tan ocupada!— pronunció Kirishima desesperada, roja como tomate, aunque inútilmente pues su amiga salió disparada a la puerta y ya estaba fuera de vista —¡Sophie!
Hubiera querido finalizar la videollamada y salir corriendo de su cuarto, avergonzada, pero sus modales no se lo permitieron, por lo que sólo se limitó a revolverse nerviosa en su asiento mientras su amiga llevaba a rastras al frente del monitor a un igualmente apenado Shinji Ikari.
—¡Mejor lo dejamos para otro día, no me diste tiempo para prepararme!— suplicaba el muchacho mientras que su novia lo forzaba a tomar asiento —¡No estoy acostumbrado a conocer personas de esta manera…!
Cualquier intento por aplazar ese encuentro a distancia quedó de más, pues ambos jóvenes ya estaban uno frente a otro, su imagen avergonzada transmitida a través de la pantalla, salvando la larga distancia que había entre los continentes que los separaban.
—Shinji Ikari, quiero que conozcas a mi mejor amiga en todo el mundo, Mana Kirishima. ¡Saluda, amiga, están en vivo!— pronunció Neuville juguetonamente, emocionada como niña en una mañana de Navidad.
Una cosa bastante peculiar ocurrió cuando las miradas de ambos chiquillos se encontraron, aún así haya sido a través de un medio electrónico. Les sucede a varias personas, aunque muy raras ocasiones. Era una suerte de sensación que aquella no era la primera vez que se conocían, que ya se habían visto en algún otro lado. La mayoría de las veces se trata de una simple coincidencia, ó una jugarreta de la mente, que relaciona automáticamente los rostros parecidos y los confunde de dueño. Pero también había la ocasión única y especial que dicha sensación no tenía fundamento psicológico ni físico, cuya única respuesta satisfactoria se halla en los terrenos escabrosos de la parapsicología, de lo paranormal.
Como fuera, en el acto los dos jovencitos, quienes nunca se habían conocido, pudieron palpar con toda precisión esa invisible y misteriosa conexión que los unía a ambos, aunque de forma inexplicable.
—Mu-mucho gusto— tartamudeó Kirishima, para agachar la vista de inmediato.
—Al-al contario, el gusto es todo mío— contestó Ikari de igual modo.
—Sophie no hace más que hablarme de ti, Ikari-san, me alegro que por fin pueda conocerte. Muchas gracias por hacerla tan feliz…
—No es nada, ella me da mucha más felicidad, y también me ha hablado mucho de ti. Disculpa, Kirishima-san… ¿no nos hemos visto en alguna otra parte?
—Lo-lo dudo mucho… nunca he ido a Japón… y me supongo que tú tampoco has venido a América, ¿cierto?
—¡Daaa! ¡Claro que no, qué tonta pregunta!— intervino Sophie finalmente, pasando los brazos por el cuello de Shinji —¡Sí que son un par de atolondrados, sabía que me necesitarían para poder tener una conversación coherente!
—Sí, ya sé que suena tonto— admitió el joven Ikari, apenado nuevamente —Pero es que cuando vi a Kirishima-san… no sé… sentí como si ya la conociera de algún otro lado…
—A decir verdad… yo también sentí lo mismo, Ikari-san— reveló Mana, revolviéndose nerviosamente en su lugar.
—¡Si lo que están pretendiendo es hacerme sentir celosa, les advierto que lo están consiguiendo!— repuso Neuville fingiendo enojo en su voz, para así poner mucho más nerviosos a sus timoratos interlocutores, quienes se volcaron en una avalancha de disculpas que se estorbaban unas a otras.
—¡Lo siento, yo no quise…!
—¡Discúlpame, por favor, yo no sabía…!
—¡Jajaja! ¡Los dos son tan fáciles de agitar, cómo me divierto moviéndoles el tapete!— comenzó a reír la muchachita, entretenida por la reacción que había provocado.
—¡Sophie, eso fue muy cruel!— reclamaron Shinji y Mana al unísono.
—Es que los dos son tan inocentes, por no decir crédulos… ó mensos— Sophia se defendió enseguida —¿Cómo creen que me voy a poner celosa? En todo caso me parece una cuestión bastante interesante… hasta podría decir que… excitante… díganme, ¿no están interesados en hacer… ya saben… un trío?
Si anteriormente ambos jovencitos habían sufrido un ataque de pánico, aquellas palabras tan atrevidas por poco les provocan un infarto. Los dos comenzaron a manotear y gesticular, sus rostros encendidos como un volcán en plena erupción y casi sin habla.
—¡Pero… cómo crees que…!
—¡¿Cómo te… atreves… a…?! ¡Sophie!
—¡Jua, jua, jua! ¡Cayeron de nuevo, no puedo creerlo!
—¡Basta ya, Sophie!— reclamaron ambos, su novio y su amiga, a la vez, sin que eso detuviera las carcajadas de Neuville que casi se revolcaba en el piso.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, no muy lejos de ahí, más personas se alistaban para asistir al popular punto de reunión juvenil. Afuera del edificio habitacional donde residía, Toji Suzuhara quedaba gratamente sorprendido de ver llegar a Hikari, Asuka y Kai a bordo del automóvil de Misato, conducido por el propio Rivera. Ir a una cita en auto, aunque él no fuera conduciendo, lo hacía sentirse mayor.
—¡Oooh, Sakura-chan!— llamó el muchacho a su hermana menor, quien se asomaba curiosa por las escaleras, casi canturreando —¡Aquí abajo hay alguien que quiere conocerte!
La pequeña Suzuhara bajó tan rápido como su condición se lo permitía, y una vez que llegó al lado de Toji se detuvo en seco al encontrarse casi de frente con Kai, quien la saludaba desde el asiento del conductor en pose glamorosa, más si se le agregaban los lentes oscuros que tenía puestos en ese momento.
—¡Hola! Así que tú eres Sakura-chan— dijo Katsuragi, señalándola coquetamente —Eres mucho más bonita en persona que en las fotos que me enseñó tu hermano…
La linda parvulita quedó congelada en su sitio, sin atinar a reaccionar de cualquier modo, más que coloreando de un rojo intenso sus mejillas. Luego de unos instantes de aturdimiento por fin consiguió que su cuerpo le respondiera, para salir corriendo de ahí tan rápido como podía, buscando el refugio de su hogar para poder ocultar su apenado rostro bajo la almohada lo que quedaba de la tarde.
—¡Eres un tonto, hermanooo!— gritaba la chiquilla en su desenfrenada carrera, sin atreverse a mirar atrás —¡Me las vas a pagar, lo jurooo!
—Qué raro, generalmente provoco esa reacción en las personas hasta después de conocerme— observó Kai, mirando al igual que todos a la apurada Sakura mientras se refugiaba en su casa.
—¡Jajaja! ¡Tú no te apures, ya se le pasará!— pronunció Suzuhara, sumamente divertido por hacer trastabillar a su hermanita, mientras abordaba el vehículo para luego acomodarse junto a Hikari en el asiento trasero —Además se lo tenía bien merecido…
—¡Eres imposible!— le reclamó ésta, sintiendo lástima por la pequeña —¡Pobre Sakura!
—¡Amigo, esto es taaan genial! ¡No sabía que podías conducir!— exclamó Toji tan emocionado como niño en excursión escolar, mirando el interior de ese carro al que se había subido anteriormente, pero ahora sintiéndolo como si fuera suyo.
—Bah, no es gran cosa— admitió el muchacho al volante, con aires de grandeza —Misato me enseñó desde los trece… además, si piloteo una mole alta como edificio, en comparación un carro es cosa de niños…
No obstante, apenas pretendía poner en marcha el automotor a su mando, la máquina de éste vaciló en su andar y finalmente se apagó por completo con un violento empujón.
—Ups, perdonen, fue mi error— pronunció el conductor, apenado —¡Miren eso, quise arrancar en tercera! Qué cosas, ¿no?
—Será mejor que te pongas el cinturón de seguridad— le susurró Hikari a Toji, quien hasta ahora se daba cuenta lo nerviosas que estaban las dos muchachas de a bordo.
—Hmm, quizás sea mejor si…— al querer mover de posición la palanca de velocidades la caja de transmisión hizo un horrible chirrido, como si se estuviera quejando por la tosca acción —¡Jajaja, escuchen eso!¡Me rechina la reversa! ¡Jajaja! ¿Entienden? La reversa… quién diría…
Katsuragi calló cuando se percató de que ponía aún más nerviosos a sus pasajeros en lugar de relajar el ambiente, como pretendía hacerlo con sus bromas.
—¿Dónde está? ¡¿Dónde está?!— preguntaba Toji, desesperado por no encontrar la cinta que protegería su vida en caso de un eventual percance vehicular.
Pese a todo, al cabo de un rato los cuatro jóvenes volvían a estar en movimiento. Aparentemente, todo lo que requería Rivera para dominar el proceso de conducción de un automóvil era tiempo. Al cabo de unos angustiantes cinco minutos iniciales parecía que por fin había captado la idea y ahora todo marchaba sobre ruedas, literalmente. Ningún otro contratiempo se había presentado ya y el muchacho ya operaba todos los cambios de velocidad satisfactoriamente, a una aceleración bastante decente que se mantenía al filo de los 60 kilómetros por hora.
—¿No puedes ir un poquito más rápido?— inquirió Langley en el asiento de copiloto, un tanto ansiosa —A este paso, cuando lleguemos todos ya habrán entrado…
—Oye, soy un hombre de palabra. Si prometí ir a menos de 60, ¡que me lleve el carajo! ¡Voy a cumplir mi promesa! Descuida, me aseguraré de derrapar llanta cuando lleguemos para que llames más la atención…
Asuka respondió con un puchero, para luego revisar su peinado y maquillaje en el retrovisor por enésima vez desde que habían subido al auto. Toji y Hikari cuchicheaban como dos niños traviesos en el asiento trasero, soltando una risita discreta de vez en cuando y por su parte Kai se dedicaba a disfrutar de la experiencia de conducir una distancia tan larga por primera vez. Las solitarias calles desprovistas de tráfico de Tokio 3 serían el sueño húmedo de cualquier automovilista de nuestros tiempos. Largas y anchas avenidas tan lisas y parejas como si fueran recién hechas, con trazos rectos con muy pocas desviaciones y semáforos en perfecta sincronía, ideales incluso para conductores inexpertos como el jovencito, quien disfrutaba de lo lindo del plácido viaje, tarareando una de las canciones de la selección de melodías que él mismo había preparado para el viaje:
"I'm driving around in my car
I'm driving too fast, I'm driving too far
I'd like to change my point of view
I feel so lonely, I'm waiting for you
but nothing ever happens, and I wonder…"
—No es que me guste quejarme, pero esa música para viejitos que traes me está arrullando— masculló Suzuhara con una mueca de aburrimiento.
—¡Debería abrir la puerta ahora mismo y sacarte a patadas con el carro en movimiento!— exclamó Katsuragi, asesinándolo con la mirada a través del espejo frente a él —¡Fool's Garden es pura genialidad musical, nunca pasarán de moda!
—El kínder tiene razón, amor— masculló Asuka —Deberías poner algo más moderno que nos vaya despabilando, ó todos llegaremos dormidos…
—¡Por lo menos pon algo en japonés, para que pueda entender qué demonios están cantando!— suplicó Suzuhara.
—Uuuy, lo siento, no creo que tenga nada de la basura hip-hop que tanto te gusta escuchar, en este carro el conductor manda sobre el reproductor de música… Pero creo que sé a lo que se refieren, y tengo justo lo que necesitan— sentenció Kai, cambiando de pista en el aparato musical.
Enseguida el ritmo cambió a uno más violento, guitarras electrónicas tocaban el mismo acorde una y otra vez mientras unas voces femeninas coreaban el sonido en anticipación al inicio de la melodía, que comenzaba:
"(Did you know?) arashi no HIGHWAY
(Did you dream?) hashiri-tsudzuketa
(Did you lie?) togireta yume no yukue sagashite
(Did you know?) nigai maboroshi
(Did you dream?) subete no uso wo
(Did you lie?) senaka de hajiki-tobashite
(knock, knock, knock my heart)"
Con excepción del conductor, los demás chiquillos se miraban unos a otros con hastío, resistiendo el impulso de abrir las ventanillas y salir rodando del vehículo en plena marcha. La canción seleccionada, aunque con un ritmo más intenso que todas sus predecesoras, estaba bastante lejos de ser lo que ellos catalogarían como "moderna", al contrario, se escuchaba como si fuera sacada del más sucio y olvidado rincón de los años ochentas.
"Big City kodoku na Heart to Heart
minna ai no mayoigo
Big City namida wa Day by Day
nemuranai omoi wo yusaburu dake
(I want your love)"
—¡Priss y Los Replicantes! ¡Qué mejor ejemplo del metal japonés de finales de los ochentas! ¿Ó sería principios de los noventas?— Rivera parecía ó pretendía no reparar en la reacción adversa que su elección ocasionaba en los pasajeros, cantando emocionado a viva voz al compás de la música:
"Kon'ya wa HURRICANE!
anata ni HURRICANE!
tsutaetai no Loving You... (Loving You)
kon'ya wa HURRICANE
kanjite HURRICANE
sugao no mama Touch!
Give me touch!"
—¡BASTA YA!— replicaron todos sus acompañantes al mismo tiempo.
Al cabo de un rato, que a los jovencitos les había parecido eterno, el automóvil tipo sedán deportivo de Misato entraba al amplio estacionamiento del "Redblack Fox", una suerte de terraza-discoteca que se había erigido a las afueras de la ciudad, donde cada fin de semana convergía la juventud urbana que aún no tenía edad para comprar bebidas embriagantes. Ni para tener permiso de conducir, por lo que en cuanto se vio dicho carro siendo manejado por un muchacho una gran conmoción agitó a la muchedumbre de chiquillos que agolpados en la entrada esperaban su turno para ingresar al establecimiento. Los jóvenes volteaban curiosos hacia el automotor y sus ocupantes, mientras que realizaban las maniobras para estacionarse. Dado el tumulto ocasionado parecía que esperaban ansiosos la llegada de alguna celebridad de la farándula, cosa que dejó muy complacida a Asuka y atemorizó de cierta manera a sus acompañantes.
—Hazme el favor de bajar tú primero y abrirme la puerta, ¿quieres?— pidió la jovencita alemana a su pareja, ultimando los preparativos para su triunfal debut en la juvenil socialité tokiota.
—¡Yo quiero salir por el quemacocos!— pidió enseguida Toji, sacudiéndose los nervios y dejando que la emoción tomara su lugar.
—¡Ni siquiera te atrevas!— rugió la muchacha de cabello rubio —¡Arruinarás mi entrada si empiezas a hacerte el idiota!
—Niños, niños, no se peleen— terció Katsuragi, quitándose los lentes oscuros y bajando del carro, mientras accionaba el mecanismo que removía el cristal del quemacocos —Todos tendremos nuestra oportunidad de hacer el ridículo, no hagan escándalo… Toji, espera a que las señoritas bajen, por favor…
El muchacho entonces rodeó el cofre del vehículo, ignorando la gran cantidad de miradas que tenía encima y procedió a abrir en primer lugar la puerta del copiloto, ayudando a bajar a Langley al darle gentil y educadamente la mano para que se apoyara. Si bien el automóvil había causado revuelo, el contemplar a la jovencita europea descender de su interior fue la locura total. Todos quedaron boquiabiertos al ver la despampanante figura de la muchacha ataviada con una ajustada blusa blanca de tirantes sin mangas y escote redondo, una diminuta minifalda negra de holanes que le dejaba presumir sus larguísimas y bien formadas piernas, calzando unas zapatillas del mismo color y correas de tacón alto. Los accesorios dorados que llevaba, además de su estampa extranjera en conjunto le daban un hálito donde frescura y elegancia se combinaban de la mejor manera, atrayendo todas las miradas hacia su atractiva persona. De tal forma, casi nadie vio a Hikari cuando bajaba del mismo modo que su compañera, ayudada por Kai, o cuando Suzuhara salió del quemacocos y descendió de un brinco desde el techo del auto. El vestido de Hokkari no era tan llamativo como el de su amiga, pero le quedaba bastante bien, un conjunto rayado sin mangas de una sola pieza, en tonos amarillos y ocres.
—Ya estarás contenta, supongo— susurró Katsuragi al oído de su preciosa novia, que con su sola presencia ya se estaba robando la tarde, mientras ella le tomaba del brazo para dirigirse al extremo de la fila.
—Aún hay mucho por hacer, pero este fue un muy buen comienzo— pronunció la joven, complacida por el efecto que su presencia producía en los demás.
—Y yo que pensaba que ya podríamos regresarnos a la casa— respondió penosamente.
—¡Que ni se te ocurra! Mejor te vas haciendo a la idea de que nos vamos hasta que cierren el lugar… ¡y nomás que andes de aguafiestas y ya verás!— sentenció la esplendorosa muchachita, aunque amenazante.
—¿Y donde quedaron las lagrimitas?— murmuró entre dientes Rivera, mentalizándose para soportar aquél ambiente saturado de música estridente, la cual ya se oía retumbar las paredes aún fuera del recinto.
—¡Oigan muchachos, aquí!—exclamó Kensuke desde su lugar de la fila, faltando poco para que alcanzara la entrada —¡Los estaba esperando!
—¿Es que este teto nunca se peina?— murmuró Langley para sí misma, disgustada por la cabellera descuidada y apariencia casual del joven de anteojos, quien llevaba puesto una simple camiseta roja estampada, tenis y jeans azules.
—¡Tú siempre tan oportuno, muchacho!— exclamó Suzuhara, feliz de ver a su mejor amigo y más porque les había ahorrado algunos minutos de espera —¿Dónde está tu chica?
—¡Aida, no me digas que Midori aún no ha llegado!— exclamó Hikari, con un dejo de molestia en su voz. Había tardado bastante en convencer a alguien para acompañar a aquel muchacho, lo que finalmente logró cobrando un viejo favor que se le debía.
—Quedamos de vernos aquí en la entrada hace unos quince minutos, así que no creo que tarde mucho— respondió Kensuke, sonriente, sin querer darle importancia al asunto —Ustedes saben mejor que nadie como son las mujeres, siempre se tardan una eternidad en arreglarse, jeje…
—No tienes que recordármelo, ¡ufff!— suspiró Katsuragi, apesadumbrado, ante la suspicacia de su novia.
La cola avanzaba rápidamente, por lo que no tardaron mucho en llegar a la entrada para pagar su ingreso. Cuando lo hicieron, mientras el grueso del contingente de muchachitos se abalanzaba emocionado hacia el oscurecido interior del estruendoso antro, Aida se quedó en la entrada, apartándose de los demás, hecho del cual solamente dio cuenta Kai.
—Oye, flaco, ¿qué no piensas entrar ó ya te arrepentiste? Sí es así, ya somos dos…
—No es eso, quiero esperar a Midori-san aquí afuera, para poder entrar juntos— confesó el chiquillo, algo ansioso.
—¡Ya esperaste bastante, entra de una buena vez! ¡Deja que esa tipa batalle un rato para encontrarte en este hervidero de gente!
—Lo que pasa es que quiero platicar un poco más con ella, para conocernos mejor— contestó cabizbajo, queriendo ocultar su bochorno —Por teléfono me pareció una chica muy interesante…
—¡Ooooh, ahora ya veo!— exclamó Katsuragi en tono cómplice, entornando los ojos y sacudiéndolo por los hombros y fingiendo que le daba un golpe en el mentón —¡Quieres estar un rato a solas con tu chica, pequeño bribonzuelo! ¡Jejeje! Siendo así, me aseguraré de guardarles un buen lugar para que queden más juntos y apretaditos… ¡Déjalo todo en manos de tu tío Kai! ¡Los espero adentro!
—Gracias— musitó Aida, despidiéndose, encendido como antorcha —En un rato más los alcanzamos… Shinji y Sophie ya entraron desde hace rato, seguro los encuentran por ahí…
—Qué emoción— respondió Rivera de forma lacónica, volteando la mirada hacia arriba.
Demian Hesse era un hervidero de rencor y malas intenciones, se le notaba en su mirada profunda que parecía encender hogueras por sí misma y su actitud huraña y hasta misántropa. Despreciaba todo y a casi todos y sus intenciones eran muy claras en esos momentos: asesinar a Dios.
Para lograr su cometido trabajaba afanosamente como investigador genético molecular en el Instituto Roslin de Edimburgo, en Escocia. Buscaba, con sus ojos de fiera rubicunda, entre todas las secuencias de genes y estructuras moleculares que día a día estudiaba y dominaba, la prueba definitiva de la no-existencia de ese ser supremo que tanta animadversión le causaba. Pero eso no le bastaba, asimismo pretendía usurpar sus funciones, consiguiendo crear vida prácticamente de la nada, para finalmente dejarlo sin un propósito en ese frío, desolado mundo, tal como a él le había sucedido. Era difícil de creer que alguien como él, quien había sido criado con profundas raíces religiosas, siendo un ciudadano norirlandés nacido en el barrio católico de Bogside, en la antigua ciudad de Derry, deviniera en ese frío iconoclasta empedernido que no hacía más que odiar a Dios y que ponía todo su empeño en su destrucción definitiva. En aquellos años esa única resolución era todo lo que daba fuego y dirección a su atribulada vida. Ó casi todo.
—Planeta Tierra llamando a Demian Hesse, cambio… Responda, por favor…
La delicada mano femenina que pasó frente a sus ojos y una voz tan dulce como la miel lo sacaron abruptamente del trance que le provocaban sus estudios y elucubraciones, trayéndolo de nuevo a la realidad. Pretendió simular enojo por tal atrevimiento, pese a que cuando miró el rostro de la gentil mujer esbozaba una enorme sonrisa, alegre y radiante, muy pocas veces vista en él por alguien más que no fuera esa persona.
—Al parecer alguien aquí no sabe que es de mala educación interrumpir a alguien cuando trabaja con tanto ímpetu— masculló Hesse, girando su asiento para poder deleitar su pupila con la encantadora estampa que tenía delante suyo.
—Al parecer alguien aquí olvidó que hoy saldríamos temprano para que me llevara a cenar como es debido— corrigió Yui Ikari con las manos en la cintura, risueña —Mucho trabajo y nada de diversión terminarán por volverte loco de remate, Doctor Hesse.
—Oh, ¿pero es que nadie se lo ha informado, Doctora Ikari?— preguntó Demian, simulando confusión —Ya estoy bastante loco… por usted, claro…
—Muy buena respuesta, Hesse— contestó la simpática mujer, guiñándole el ojo y señalándolo con el índice como si le apuntara con un arma imaginaria —Ahora mueve tu trasero de esa silla y vamos por un par de cervezas y algo de estofado de cordero, no me hagas recurrir a la violencia.
—Estaba terminando unas secuencias que el Doctor Wilmurt necesitará para…
—Demian, Demian, Demian— pronunciaba Ikari, moviendo la cabeza de lado a lado en señal de negación, haciendo que su corto cabello castaño danzara por encima de sus hombros —¿Sigues con tu afán de clonar esa oveja tú solo? Hay más de un centenar de investigadores en esta instalación, y el que haya tantos es precisamente para que la carga sea más fácil de llevar entre todos nosotros. Hay momentos para todo, ya tuviste bastante trabajo, ahora es momento para descansar y divertirte un buen rato, y de paso para recordar que tienes una preciosa novia a la que has desatendido últimamente…
La mujer pasó sus brazos por encima de sus anchos hombros, acariciando su nuca tapizada de cortos cabellos plateados para enseguida depositar un amoroso y cándido beso en sus labios agradecidos, que se levantaron en una sonrisa complacida. La miraba fijamente de forma tan intensa como sólo alguien que está enamorado puede hacerlo, rodeando al ser amado de un hálito luminoso que irradia más que un ardiente sol. Su cara, sus ojos, su boca, su sonrisa, su voz, su sola presencia lo llenaba de felicidad, liberándolo momentáneamente del enorme peso que le hacía sentir su constante odio hacia su entorno. Ella lo transportaba del abismo más profundo y oscuro hasta la gloria sublime de un cielo azul despejado sin preocupaciones.
—Quien sabe— continuó Yui después de besarlo —Si haces méritos suficientes, esta noche podría ser una que nunca olvidarás…
Casi veinte años después, Hesse aún no olvidaba aquellos dulces labios posados sobre los suyos, ni la melodiosa voz de aquella fantástica mujer que al haberse ido también se había llevado lo último que quedaba de su humanidad. Tal como la Doctora Ikari lo había predicho, en su memoria estaban por siempre grabados cada momento e ínfimo detalle de esa maravillosa noche, la última noche en la que había podido disfrutar el sublime acto de hacerle el amor a la dueña eterna de su corazón, aunque este ya fuera pequeño y ennegrecido.
Dos décadas después, Demian Hesse reposaba pesadamente sobre su ancho e imponente sillón de cuero, que algunas ocasiones parecía ser su trono, exprimiendo cada recuerdo que guardaba celosamente de la mujer que le había dado tanto y le había quitado todo. Su fría y penetrante mirada esmeralda fijada intensamente en la nada. Era en esas raras ocasiones que se permitía a si mismo algún tipo de descanso ó espaciamiento que su mente lo traicionaba y evocaba cada dulce momento que había disfrutado en compañía de ese magnífico espécimen del género femenino. Y en consecuencia actuaba del único modo que su naturaleza le hacía reaccionar a todo: odiando. La odiaba a ella, por el abandono en que lo precipitó, odiaba al mundo entero por no permitirle estar junto a ella, pero sobre todas las cosas se odiaba a sí mismo, por ser incapaz de olvidarla y por traer su recuerdo de las tinieblas en su cabeza a la menor oportunidad.
—Doctor Hesse… perdón que lo interrumpa— pronunciaba nerviosamente un joven oficial perteneciente a su ejército —Pero usted mismo solicitó que se le informara cuando su cargamento llegara a su destino. Justo ahora hemos recibido la confirmación que ya se encuentra en costas japonesas, esperando por ser transportado. ¿Desea que contactemos a nuestros agentes en ese país para que se ocupen de ello?
—No— repuso el gigantesco hombre barbado, abandonando su cómodo asiento para erguirse como una oscura torre profana —Yo mismo me encargaré del asunto… el cargamento es muy delicado y quiero que el margen de error sea mínimo…
El joven acató la indicación, inclinando ligeramente la cabeza como única respuesta y enseguida salir del cuarto tan rápido como podía. Eran pocos los hombres que soportaban lidiar con el pavor que producía en la piel estar en el mismo espacio que aquel sombrío personaje. Por su parte Demian estaba agradecido por la nueva oportunidad que se presentaba para volver a enterrar en lo profundo de su psique esos embarazosos recuerdos, vestigios putrefactos del ser humano que alguna vez fue.
"El amor es la máxima flaqueza humana" pensaba con ahínco, clavando nuevamente su helada mirada en el vacío. "El odio es el redentor que nos libera de nuestras debilidades, el odio es lo que nos hará fuertes, ¡el odio lo es todo!"
Habían transcurrido ya tres largas horas desde que los muchachos habían llegado al "Redblack Fox" para unirse al ritual del baile masivo que se llevaba a cabo en su interior. Casi un centenar de adolescentes se agolpaban unos con otros en un espacio de unos cien metros cuadrados, algo apretujados pero divirtiéndose de lo lindo al moverse rítmicamente al compás de la estridente música electrónica que salía escupida de las potentes bocinas dispuestas alrededor de la pista de baile. Los componentes individuales se perdían a si mismos al aglutinarse en el monstruo devorador que reinaba en el cuadrilátero a media luz, cuyo cuerpo se conformaba con la masa amalgamada de cuerpos danzantes y sus rostros eran múltiples, siempre cambiantes. El delirio en que la música, el movimiento y el contacto de sus cuerpos sumía a los jóvenes era abrumador, envolvente, teniendo la habilidad de doblar el tiempo y hacer que las horas se convirtieran en segundos.
Ó por lo menos así lo era para casi todos. Como en casi todo sistema, debía existir alguna falla en el entretejido que rompía con la uniformidad de todo el conjunto, aunque a veces fuese imperceptible, perdido en la totalidad de la estructura general. La anomalía en este entramado era el joven Katsuragi, quien pese a su disposición por integrarse al entorno y por disfrutar como pudiera perdido en la muchedumbre oscilante, sus escasas habilidades para la danza e interacción social con personas de su misma edad lo delataban como a un extranjero en esas tierras desconocidas para él. Se le tenía que reconocer, sin embargo, el afán que había mostrado por complacer a su bellísima novia, con quien no había dejado de brincotear (que no bailar) durante todo ese tiempo, con muy pocos descansos para refrescarse. Finalmente el bochorno provocado por compartir el mismo aire con tantas personas en un espacio tan reducido, la pérdida de líquidos en su constante transpiración que ya tenía empapada su camisa y la precaria condición física en la que se encontraba hicieron mella en su determinación y terminó por arrojar la toalla. Así se lo hizo saber a Asuka, quien apenas podía entenderle entre el tumulto que los rodeaba. Agitando las manos delante del cuello le hizo entender que no podía más y que necesitaba tomar algo. La muchachita rubia sólo se encogió de hombros y se sumió de nuevo en el trance frenético en que la sumergía la música que entraba por sus oídos y sacudía de manera bastante estética su ágil cuerpo encantador.
—Disculpen, con permiso, disculpen…— repetía Kai mientras se abría paso entre la multitud, pisando callos y chocando con bailarines a diestra y siniestra —¡Ouch, ese es mi ojo!
Como pudo, consiguió llegar a la barra, no sin antes haber hecho un gran esfuerzo, quedando con la lengua por de fuera, como un can deshidratado. Al revisar con detenimiento la carta de bebidas de aquél establecimiento no pudo ocultar su descontento, el cual le hizo saber a la persona encargada de preparar los refrescos:
—¿No tienes algo un poco más fuerte que una limonada ó una naranjada? ¿Algo con un poco de licor, para variar?
—Eso es todo lo que podemos servir, muchacho— respondió el empleado señalándole la carta que sostenía en sus manos.
—Olvídalo, en ese caso prefiero tomar agua de la llave… sólo dame unos cigarrillos, por favor, me quedé sin combustible…
—No vendemos cigarros a menores de edad— contestó de nueva cuenta el hombre detrás de la barra, exasperado por la actitud del chiquillo.
—¿Qué? ¿No hay alcohol ni tabaco? ¿Qué clase de tugurio es éste?
—Uno decente… ahora pide algo de la carta ó esfúmate, chiquillo, me estás haciendo perder la paciencia…
—De mejores pocilgas me han corrido, no hay cuidado— repuso Rivera con enfado, harto de todo y buscando alivio a como diera lugar, el cual sólo consiguió cuando pudo salir del abarrotado antro y respirar a sus anchas de la fresca brisa que traía la tarde extinguiéndose para dar paso a la noche.
Estiró sus brazos y piernas tan largos como eran, disfrutando nuevamente de tener su espacio personal sin ser invadido por un jovenzuelo en plena efervescencia dancística. Se le ocurrió entonces que quizás Misato guardaba en el carro alguna cajetilla de cigarros olvidada, ó en caso contrario podía ir rápidamente en auto a la tienda de conveniencia más próxima. Seguramente que Asuka ni siquiera daría cuenta de su ausencia, ensimismada como estaba en el despliegue de sus atributos físicos frente a la jauría de adolescentes en celo que plagaban el lugar. Con esas intenciones se aproximó al vehículo que se le había prestado para la ocasión, para entonces distinguir el sonido que producía alguien sollozando en soledad. Al bajar la mirada reconoció la lastimosa persona de Kensuke, sentado en el piso del estacionamiento y recargado sobre el rin de la llanta delantera del carro, con el rostro escondido entre sus rodillas. Se convulsionaba a causa del llanto en intervalos regulares y estaba tan agobiado que ni siquiera había percibido la presencia de Kai frente a él.
"Otro que me va a salir con su drama, ¿qué cuernos le pasa a todos últimamente?" pensaba Katsuragi, fastidiado de tener que lidiar con personas en esa condición. "Esto parece un valle de lágrimas."
De haber tenido la oportunidad se habría hecho el disimulado y se habría marchado sin siquiera dirigirle la palabra al atribulado muchachito, pero como este estaba instalado en su medio para conseguir licor y cigarros tuvo que buscar la forma de hacerlo a un lado de manera discreta, sin evidenciar su desinterés por su condición.
—Hmm, ¿Kensuke? ¿Está todo bien, amiguito? ¿Te pasa algo?
Aida se sintió sacudido en cuanto escuchó la voz del muchacho, levantando la mirada en el acto para revelar sus ojos enrojecidos, que se veían aún más pequeños sin sus característicos anteojos.
—Oh, eres tú, Kai— musitó el jovencito, poniéndose de nueva cuenta los lentes, avergonzado por que alguien descubriera su escondite —No, no pasa nada… lamento haberlos hecho que se preocuparan por mí…
—Sí, seguro— contestó enseguida Rivera, desviando la mirada de lado a lado —No hay problema…
—Pero como puedes ver, mi cita jamás llegó… y pues… pues… ¡estoy tan harto que me desprecien y me humillen de esta manera! ¡Me da tanta rabia!— dijo dificultosamente, cuando las lágrimas volvían a recorrer su rostro y las palabras se atoraban en su garganta, manoteando como si quisiera apuñalar a alguien.
—Ya veo, te dejaron plantado, viejo— pronunció su acompañante, haciendo ademanes con las manos que él consideraba graciosos para poder levantarle el ánimo, cosa que por supuesto no ocurrió —Shit happens, you know? Esa mierda pasa, pero todo es parte de esta gran aventura que es el vivir… te aseguro que en unos años más, cuando seas viejo y te acuerdes de esta tarde te cagarás de la risa por lo que pasó…
"Eso, ó subirás a la torre más alta que encuentres para empezar a dispararle al azar a la gente que pase…" pensó para sus adentros, con una mueca nerviosa que quería hacer pasar como sonrisa.
—Para ti es tan fácil decirlo— suspiró Kensuke —Vives rodeado de mujeres hermosas que se la pasan mimándote y agasajándote… la señorita Misato, Ayanami, Asuka…
—¡Oye, te aseguro que tratar con esas tipas no es nada sencillo! Necesitas harta paciencia y un gran instinto de autoconservación que te permita rebajarte para suplicar por tu vida… lo que tienen de lindas lo tienen de orates… sólo ve como dejaron al pobrecito de Shinji…
—Aún así estoy tan cansado de estar solo… todos ustedes, incluso Shinji y Toji ya tienen pareja, yo soy el único que sigue sin perro que le ladre, me siento rebasado, estoy siendo dejado atrás…
—¡Pfff, por favor!— Katsuragi hizo una sonora trompetilla mientras aprovechaba la oportunidad para deslizarse al interior del automóvil y cumplir su cometido original, que era esculcar dentro de los compartimientos en busca de algo que pudiera mitigar el ansia de su organismo por licor ó nicotina —La validación como hombre y como persona te la tienes que dar tú mismo, y nadie más, mucho menos una tipeja que ni siquiera se toma la molestia de avisarte que no llegará a su cita… una vez que comprendas y apliques esto serás una mejor persona ante los ojos de los demás, pero sobre todo, ante ti mismo, e hijo mío ¡al fin un hombre serás!
Cuando revisaba la guantera descubrió con beneplácito una cajetilla casi entera de cigarros, lo que le produjo gran satisfacción y el hecho de que estuviera como recién abierta le hizo suponer que la dueña del automóvil que conducía se había abastecido de algún modo para la tarde a solas que pasaría ese día. Mientras encendía apuradamente el cigarrillo en sus labios y se apresuraba a llenar sus jóvenes pulmones de humo café y pestilente, se abalanzó a la palanca que abría la cajuela del vehículo para revisar su interior. Sumamente emocionado le compartió a su amigo su nuevo descubrimiento:
—¡Mira nada más lo que me acabo de encontrar! ¡Es la cura para todos tus males, cortesía directa de Misato-san! ¡CER-VE-ZAA!— pronunció triunfalmente cuando sacaba una caja entera de envases de vidrio que contenían el preciado líquido ambarino —Están a temperatura ambiente, por supuesto, pero ese no será ningún problema, así es como la toman los alemanes, y si de algo saben esos tipos es de cerveza… toma…
Kai le aproximó una botella que Kensuke recibió con algo de nerviosismo, e incluso podría decirse que espanto.
—Pe-pero… esto tiene alcohol… somos menores de edad… que dirán si…
—Amigo, déjame decirte una verdad incuestionable: la vida es muy corta. Hoy eres un quinceañero disfrutando de los mejores años de tu vida y cuando menos te enteras acabas siendo un vejestorio acabado que nunca se atrevió a probar las cosas buenas de este mundo… lloras y te quejas porque crees que nadie te valora, pero dime, ¿qué has hecho para hacer algo al respecto, además de lloriquear como colegiala?— Rivera se apuró a quitar la tapa de la botella para rápidamente ingerir gran parte de su contenido —Te voy a decir algo que te servirá mucho cuando te decidas a crecer: el mundo es de quien se atreve. Basta de lamentarte y agarra a esta puta de los cuernos y muéstrale quien manda, enséñale que sin importar cuánta mierda ponga en tu camino tú siempre sabrás salir adelante. Además, no hay nada mejor que un diurético depresivo para remediar la depresión, yo sé lo que te digo… salud…
Rivera le destapó la botella que anteriormente le había dado y la sacudía frente a sus ojos, conminándolo a unírsele. Después de tragar saliva, finalmente Kensuke se decidió, siguiendo los "consejos" de su amigo y tomó la bebida de un gran trago.
—¡Ay, qué horror!— dijo una vez que se pasó el amargo y espumoso líquido ambarino, con la cara contraída, asqueado y enseñando la lengua en señal de disgusto —¡Sabe espantoso!
—Ja, sí eso creo… es más bien un gusto adquirido, ya verás que entre más la pruebes más te gustará— pronunció Katsuragi con aires de gran conocedor, tomando otro generoso trago de la botella en sus manos —Ahora quisiera proponer un brindis… ¡por el amor!
—Por el amor— musitó Aida, sin amedrentarse por el fuerte sabor de la bebida que se le había convidado, dándole un nuevo sorbo mucho más prolongado que el anterior.
Una vez que consumieron dos botellas cada uno, los efectos inherentes a la ingesta de alcohol comenzaban a manifestarse en el par de muchachos, que eran mucho más evidentes en el jovencito de las gafas, el menos experimentado de ambos en tales lindes. Sin embargo estaba pasando tan buen rato y se le veía tan relajado que incluso ya también se encontraba disfrutando de un cigarrillo igualmente facilitado por su compañero.
—Entonces, ya que estamos en confianza— decía Kensuke, arrastrando las palabras —Dígame, mi teniente… ¿qué se siente matar a alguien?
De haberle hecho esa pregunta en circunstancias normales lo más probable es que Rivera le hubiera soltado un puñetazo que lo hubiera dejado sentado en el piso, pero al calor de las copas Kai se sentía mucho más en confianza con aquél chiquillo, tanto como para revelarle algunos de sus más profundos pensamientos.
—Horrible, es algo que te carcome el alma y se lleva un pedazo de ti cada vez hasta que te quedas vacío por dentro, es traicionar la misma esencia de tu ser… el recuerdo de todas las personas que he matado me atormenta todos los días, todas las noches… apenas cierro los ojos para poder dormir los veo a todos ellos, juzgando y enloqueciéndome… piensa en lo que sientes cuando ves a un perro muerto, tirado a un lado del camino: completamente tieso, con el vientre inflamado por todos los gases que se van acumulando en su interior, muchas veces desfigurado por el impacto que lo mató. Es algo repulsivo, que quisieras no haber visto. Ahora imagina cómo te sentirías si tú hubieras matado a ese perro. Y ahora imagina que no es un perro al que estás viendo, sino un ser humano que está tirado a tus pies, justo como ese repugnante perro muerto, y además calcinado, desfigurado, mutilado en muchas ocasiones. Justo así es como me siento. Incluso ahora creo seguir oliendo ese fétido olor a carne chamuscada, impregnando cada rincón de mis fosas nasales. Ya no soportaré ir a una parrillada nunca más…
Aida, aún con su juicio nublado por los humos del licor, caviló un poco al respecto. Hasta ahora sólo había pensado en la parte poética de la guerra, aquella donde el valor, el honor y el arrojo de las tropas, de cada soldado, le hacía conseguir la victoria a su nación sobre sus enemigos. Nunca se había detenido a pensar en las bajas, las muertes que arrojaba como saldo cada batalla, y que en última instancia determinaban el resultado de los conflictos.
—Viéndolo de esa manera… es algo horrible, creo que nadie debería experimentar eso— admitió el chiquillo en primera instancia —Pero aún así… bueno… supongo que estás consciente que todas esas muertes eran necesarias, ¿no? Tuviste que hacerlo para lograr un bien mayor, en este caso frenar el avance de la Banda Roja… además, el que sientas remordimiento por haberlo hecho quiere decir que aún eres una buena persona, ¿no?
—Es lo que todo mundo me dice— musitó Katsuragi, abriendo una nueva botella —Pero eso no lo hace más fácil, de cualquier manera… trato de ya no pensar más en ello… si algo he aprendido estos últimos meses es que en la vida no existen los absolutos, no existe negro ó blanco, sino que el mundo real se compone de matices grises, una combinación de ambos… un día puedes estar del lado de una cerca y al otro amaneces del lado contrario.
—¡Cómo quisiera poder experimentar todo lo que has vivido! Tu vida es una constante aventura que sube y baja, no gris y monótona como la mía…
—Sigues diciendo cosas como esas, pero no creo que sepas de lo que estás hablando… ¡Si sólo supieras que yo soy el que te envidia! No te das cuenta que tienes algo que muchos de nosotros no: opciones. ¡Tienes todo un futuro abierto ante ti, lleno de posibilidades! Y el resultado de ello depende única y exclusivamente de ti, no estás atado como yo… no es que quiera minimizar tus problemas, pero comparados con los míos ó con los de muchas otras personas, pues, en perspectiva no se ven más que… insignificantes… y eso es una enorme bendición, aunque no lo pienses así…
—Trataré de verlo de esa manera la próxima vez que me sienta así, muchas gracias— expresó Kensuke de todo corazón, lejos de sentirse ofendido —Ahora platícame los detalles de un combate entre un Evangelion y fuerzas armadas regulares… por ejemplo, ¿cuál es el nivel de daño que puede ocasionar con su Campo A.T.?
—Devastador. Lo que sucede con el Campo A.T. en palabras sencillas es que se trata de una barrera que niega cualquier forma física que entre en contacto con ella, repeliéndola al instante. Al hacer esto las moléculas se desestabilizan y combustionan en una reacción violenta. No hace distinción entre materia orgánica e inorgánica, así que igual puedes atravesar el blindaje de un acorazado como un cuchillo caliente a la mantequilla como puedes atravesar la coraza de un enorme engendro que derriba edificios a su paso…
—¡Eso es asombroso!— exclamó su acompañante, emocionado como un niño, dándole otro sorbo a su botella, cuyo contenido ya tomaba como si se tratara de agua corriente.
—Y aún así, sus efectos no son nada comparados con los producidos por el Anti-Campo A.T., que es una frecuencia completamente opuesta hasta hace poco desconocida— igualmente emocionado y con la lengua suelta por el alcohol, Rivera no se daba cuenta que estaba compartiendo trozos de información clasificada con un civil no autorizado. Tenía suerte que pasado el tiempo ninguno de los dos podría recordar muchos detalles de esa descuidada conversación al aire libre —A diferencia del Campo A.T. que busca preservar la forma física de su usuario, el propósito de esta cosa horripilante es la eliminación de toda materia física a su alcance. ¿Qué como lo hace? Mediante una reacción en cadena que afecta directamente en la estructura atómica de los objetos, reduciéndolos a sus componentes esenciales. Lo peor del caso es que esta frecuencia sí hace distinciones entre la materia orgánica de la inorgánica, es decir que si un soldado es alcanzado por una descarga así, del tipo no queda más un caldo de proteínas y enzimas primordiales, es algo como sacado de una película de terror, me tocó ver un campo tan grande como dos estadios de fútbol lleno de uniformes y equipo volando a la intemperie, pero de las tropas no quedó ni un solo cabello. Me dan escalofríos con sólo recordarlo…
—Pero si es así, ¿cómo…?
Antes que Aida pudiera formular una nueva pregunta fue interrumpido por un pequeño grupo de muchachitos que se aproximaba a sus inmediaciones.
—Oye, amigo, ¿nos puedes regalar un cigarro?— preguntó uno de ellos, al parecer sumamente impresionado por verlos fumar.
—¿Qué me viste cara de hermana de la caridad ó qué diablos?— masculló Rivera —Los cigarros no crecen en los árboles, niños… si quieren fumar, el precio es de 300 yenes por unidad…
—¡¿300 yenes por un cigarro?!— exclamó al unísono el reducido grupo de jóvenes, y con justa razón pues ese era casi el precio de una cajetilla completa.
—Es la ley de la oferta y la demanda, nenes… ¿ó es que ven a alguien más por aquí que esté dispuesto a venderle cigarrillos a menores de edad? Tómenlo ó déjenlo— sentenció Katsuragi con sorna, deleitándose con el humo que expelía de sus pulmones.
—Ni hablar, yo sí quiero uno— dijo uno de ellos, para que entonces los recién llegados comenzaran a formar un semicírculo en torno al abusivo vendedor y corruptor de menores y a su alcoholizado amigo.
—¡¿También tienen cerveza?!
—500 yenes por cada botella— musitó perversamente el joven de apariencia extranjera.
Así pues, en el estira y afloja típicos de cualquier negociación, la charla entre ambas partes no se hizo esperar, sobre todo porque Kai les parecía un sujeto bastante interesante a aquellos jóvenes que tampoco habían tenido cabida en el rito de apareamiento masivo que se llevaba a cabo dentro de las instalaciones de ese concurrido lugar.
—No creo haberte visto alguna vez por aquí cerca, amigo, ¿de qué escuela eres?
—Bah, la escuela es para perdedores, la única preocupación que deberíamos tener los jóvenes de esta época es evitar que nos pisotee un monstruo gigante ó un loco demente a bordo de un robot salido de una caricatura— masculló Rivera cuando despachaba su mercancía a sobreprecio.
—¡Jajaja, tiene mucha razón este chico!
—¡Oye, yo te conozco! ¡Eres Aida-san! ¿No es así? Nos conocimos en la convención de modelismo en Matsuhiro, ¿recuerdas?
—¡Oh, es verdad! Amano-kun, ¿cierto?
Sucedía en muchas especies animales. Los especímenes machos que no lograban conseguir pareja eran abandonados a su suerte por la manada principal, pero en contraparte formaban un subgrupo que les permitía aprovechar recursos y protegerlos de los depredadores. Así pues, en el papel de macho alfa que casi siempre le tocaba desempeñar, a Kai no le costó mucho trabajo asumir el liderazgo de ese grupúsculo de rechazados que encontraban sosiego en compañía de otros de su misma condición.
En contraparte, Asuka, la hembra alfa de su grupo, se vio extrañamente sola de súbito, casi sin darse cuenta. Tan concentrada estaba en dejarse llevar por el rimo musical que sacudía su cuerpo entero que no se percató cuando Hikari y Toji se apartaron de su lado para estar en un rincón a solas, cuchicheando entre ellos, sonrojándose y riendo disimuladamente como un par de idiotas. Y lo peor de todo era que el estúpido de Kai ya había tardado más de cuarenta minutos, casi una hora entera, en ir por una simple bebida, y no había rastros de él por todo el lugar. Quería pensar que no tendría el descaro de botarla en ese nido de cucarachas, pero la verdad es que todo se podía esperar de ese sinvergüenza. Así pues, para no quedar como una tarada que bailaba sola, se decidió a tomarse un pequeño descanso, sentada sola en la barra, fustigando con la mirada a todo aquél que pasaba a su lado. Ahora su deslumbrante apariencia le estaba jugando una mala pasada, si bien al principio la había hecho quedar como toda una diva ahora sólo evidenciaba ante los demás la soledad en la que estaba inmersa, cosa que les saldría muy cara a sus acompañantes. Al mirar de reojo el rincón donde se acurrucaban Suzuhara y Hokkari su rostro languideció y sus labios dibujaron una "O" mayúscula cuando presenció el primer beso que se daba aquella joven pareja. Había pensado que ninguno de los dos tendría las agallas para dar el primer paso y que llegarían a viejos sin formalizar nada. Aquello la llenaba de envidia al añorar los días previos a comenzar su relación con Rivera, cuando los nervios y ese cosquilleo de mariposas en el estómago no la dejaban en paz. Ahora, aún cuando habían pasado tan solo unos meses desde entonces, todo eso tan sólo era un nostálgico y añorado recuerdo para ella. "Estúpido Kai" pensaba para sus adentros, una vez más decepcionada por el proceder de su pareja, apretando la quijada y frunciendo el ceño.
Tan concentrada como estaba no se percató que Sophia se había sentado a su lado, hasta que ella palmeó su hombro confianzudamente.
—Salud, amiguita— le dijo con su típica sonrisa, inclinando el largo y delgado vaso del que bebía limonada en una pajilla y alcanzándole un recipiente idéntico con el mismo contenido —Que no eres ni la primera ni la última persona que se ha sentido sola entre una multitud.
Langley, al verla, sólo soltó un suspiro de resignación. Aunque la había evitado a ella y a Shinji durante el transcurso de toda la tarde, en esos momentos la insolente muchachita americana representaba su única tabla de salvación en aquél desolado mar de ignominia en el que había naufragado. Con ella no aplicaba eso de "más vale solo que mal acompañado", en esos instantes prefería la compañía de Neuville y tener que soportar sus constantes chapuzas que tener que desfilar solitariamente frente a tantos ojos que la asediaban. Tomando de mala gana la bebida que se le ofrecía tan generosamente, la que empezó a consumir casi de inmediato pues se encontraba sedienta por el esfuerzo físico realizado, a fin de cuentas tuvo que entablar comunicación con su compañera piloto.
—¿Y?— preguntó, sin despegar los labios de su pajilla —¿Dónde se encuentra tu querido galán? ¿Tan rápido terminó el embrujo con el que lo tenías hechizado?
—Ja, qué graciosa— respondió Sophie, tomando su bebida de la misma forma —Está en el baño… a veces, estar con ese muchacho es como sostener a un chihuahua, creo que tiene lo que se llama "vejiga nerviosa".
—¡Jajaja!— se carcajeó enseguida la jovencita europea, derramando un poco del líquido que bebía, lo que la apenó bastante, eso aparte del hecho que había encontrado divertido uno de los estúpidos comentarios de Sophia —Lo siento…
—No es que me queje, claro— prosiguió la otra joven como si nada hubiera sucedido —Además, me gustan los chihuahuas… él hace su mejor esfuerzo, y eso se lo agradezco siempre…
—Es verdad… Shinji se esfuerza bastante…— pronunció lastimosamente la jovencita rubia, con sumo pesar. Era hasta esos momentos, cuando el muchacho ya estaba con otra, que comenzaba a percatarse de sus múltiples virtudes, las cuales había minimizado durante tanto tiempo. Darse cuenta del grave error que había cometido la llenaba de una profunda tristeza y arrepentimiento, como suele suceder en esos menesteres.
—La verdad es que quedé muy sorprendida de lo buen bailarín que es y como sabe llevar el ritmo de todas las melodías… no parece mucho del tipo bailador y aún así se mueve bastante bien…
—Hace unos meses tuvimos que entrenar para coordinar una coreografía que nos sirviera para combatir a un ángel que se dividía en tres cuerpos. Seguro que algo se le pegó de todo eso… fueron unas semanas bastante agotadoras, da gusto ver que el inútil aprovechó tan bien todo ese entrenamiento. Yo misma tuve que enseñarle un par de pasos, ¿sabes?
—¿Y el Teniente Rivera-Katsuragi-noséquediablosmás no piensa seguir entreteniendo a chicos y grandes por igual con sus originales pasos de baile?
—Lleva desaparecido por más de media hora, el muy sabandija… conociéndolo, seguramente fue en el carro a comprar tabaco y licor… ¡hay veces que no sé como lo soporto!
—El tipo debe estar mal de la cabeza, si se atreve a dejarte así nada más… quiero decir, ¡sólo mírate! Estás hermosa como una verdadera princesa, el piso de este lugar está inundado por la baba de todos estos muchachos que suspiran por ti. La verdad es que no te mereces un trato así, debería aprender a valorarte mucho más y no tratarte como si fueras cualquier cosa…
De repente las palabras de Neuville cobraban sentido para los avispados oídos de Asuka, la lógica de estas tomando una fuerte convicción dentro de ella. Sus sentidos parecían agudizarse conforme empezaba a ver las cosas con una nueva luz.
—Sí… tienes razón…— dijo lenta y pausadamente, como hace todo aquel que trata de memorizar algo.
En ese instante el tiempo se detuvo para Langley. La música paró, los asistentes al evento quedaron congelados en su sitio como si estuvieran participando en alguna clase de juego infantil y la poca luz que había al interior del recinto se apagó. Incluso para ella misma el tiempo parecía no transcurrir, permaneciendo inmóvil en su asiento, su mirada perdida clavada en la nada, ni siquiera pestañeaba. Por tal motivo no se daba cuenta que, aunque ya se había terminado su bebida hace algunos momentos, seguía succionando del popote como si el vaso en sus manos aún tuviera algún contenido.
—Debes darte a respetar, amiga— le dijo Sophia casi al oído en tono susurrante, mientras le quitaba el vaso vacío y lo reemplazaba con uno lleno, sin que la muchacha alemana se inmutara por ello —Hazlo pagar por todos los desaires que te ha hecho pasar y sólo así comenzará a verte como la diosa que realmente eres…
—Hacerlo pagar… sí… soy una diosa…— contestó la chiquilla rubia aún más lentamente que la vez anterior, paralizada y con el mundo desdibujado. En esos momentos únicamente existían para ella las palabras de Sophia y la sofocante verdad que de ellas emanaba.
—Busca al muchacho más guapo que te puedas encontrar en este agujero y baila con él para calmar las ansias de tu cuerpo perfecto, no dejes que el decoro ó el pudor te detenga, sólo déjate llevar por el instinto… eso le enseñará a ese imbécil que no debe descuidarte ni que te tenga por segura…
Enseguida, como accionada por un mecanismo de resorte, la atractiva joven de cabellera dorada se puso en pie, terminando de ingerir el contenido de su segundo vaso de limonada que abandonó en la barra.
—Sí… tienes razón… Sophia— pronunció como en un sueño donde caminaba dormida sin mirar atrás, moviéndose ligeramente, casi como si estuviera flotando, a través de la muchedumbre apelmazada de chiquillos danzando a la vez, ante la sonrisa complaciente de su recién adquirida consejera.
Después de una inspección a conciencia, la presa que seleccionó para llevar a cabo sus planes fue un joven alto y fornido, con peinado largo que acomodaba en una cola de caballo y con vestimentas pulcras, algo ajustadas. Tendría no menos de veinte años y por tal motivo resaltaba entre la multitud de adolescentes como un anuncio luminoso en una noche oscura. En esos momentos estaba ocupado charlando con sus acompañantes y una jovencita a la que tenía tomada de la cintura, por lo que tuvo que llamar su atención tocándole varias veces su ancha espalda con el índice.
—Hola, creo que tú eres el más guapo que hay en este lugar— le susurró la chiquilla europea al oído, cuando este volteó hacia ella, confundido en primera instancia pero gratamente sorprendido cuando escuchaba las palabras de la belleza ante él —¿Quieres que bailemos?
—¡Diablos! ¡Claro que sí!— exclamó el joven desconocido en el acto, sin ocultar la emoción que lo embargaba.
—¿Ichiro? ¿Adonde vas? ¿Y quién es esta tipa?— lo jaloneó del brazo la muchacha a la que hasta hace unos segundos tenía sujetada, mientras que Asuka literalmente lo arrastraba hasta la pista de baile —¿Qué está pasando aquí?
—¡Piérdete, Midori! ¡Ya me conseguí algo mejor que tú, enana flacucha!— respondió el muchacho triunfalmente, como un pescador satisfecho que acababa de sacar un gigantesco pez vela del agua, haciéndole una seña obscena con los dedos medios mientras se perdían en el amasijo de jovencitos.
—¡Maldita sea, no puedo creer lo que acaba de pasar!— dijo estupefacto otro de los acompañantes de aquél muchacho, sin dar crédito a que su amigo se había ligado a la chica más candente que haya visto en su vida sin tener que hacer algún esfuerzo.
—¡Se los dije, viejo, les dije que teníamos que venir a este lugar!— contestó otro de ellos en el mismo tenor —¡Estas chicas de secundaria están locas por los hombres mayores! ¡Ligar aquí es tan fácil como pescar con dinamita!
Su agitación rebasó los límites conocidos cuando veían como Ichiro empezaba a bailar con esa preciosura justo en el centro de la pista, pero la única que se movía era la jovencita, restregando su atractiva figura sobre el cuerpo del muchacho, ejecutando el baile erótico más sensual que hubiera visto cualquiera de ellos. Ichiro era tan solo un accesorio que usaba la joven para mostrar a todos los presentes los estupendos atributos de su bien dotada anatomía, haciendo gala también de su inaudita elasticidad con los lentos y pausados movimientos serpentinos que sacudían su cuerpo desde la punta de los pies, pasando por sus larguísimas piernas, sus estupendas caderas, su abdomen plano y sus pechos redondos y firmes; movimientos con los cuales también envolvía e hipnotizaba al afortunado joven frente a ella.
—¡Qué… chingóoon!— exclamaron los jóvenes al mismo tiempo, enloquecidos mientras ovacionaban a su nuevo héroe y sacaban sus celulares con dispositivo de grabación de video para dejar esos momentos de ensueño para la posteridad.
Asimismo, otro ídolo surgía en el pequeño estacionamiento al aire libre de aquél centro de reunión juvenil, igualmente aplaudido y festejado por sus emocionados admiradores.
—¡Fondo, fondo, fondo…!— coreaban todos sin cesar, alzando y bajando el puño rítmicamente, reunidos en círculo en torno a Kensuke, quien consumía de un solo trago todo el contenido de una botella de cerveza —¡BRAVOOO!— estallaron todos en aplausos cuando la faena se completó.
—¡Soy el rey del chupirul!— gritó Aida, completamente trastornado, levantando la botella vacía por encima de su cabeza para mostrársela a todos como si fuera un trofeo.
—¡Jajaja! ¡Siempre lo he dicho, debes tener mucho cuidado con los tipos que se ven los más serios!— decía Kai sin poder parar su frenética risa —¡Siempre son los que acaban enloqueciendo!
Pese a estar compuesto en su mayoría por rechazados, proscritos y parias, la veintena de muchachitos reunidos en ese sitio se las había ingeniado para estar pasando un muy buen rato y estarse divirtiendo como nunca, puede que alentados por los enervantes que casi todos habían ingerido. Y aunque las provisiones estaban próximas a terminarse, el ambiente de esa reunión espontánea continuaba al alza constante.
—¡Oye, tú!— Midori, la jovencita despreciada anteriormente por el joven al que Asuka le hacía un baile de fricción en esos momentos, llamaba a Kai a sus espaldas, con un marcado tono de despecho en sus palabras —¿No eres tú el que venía acompañando a una bruja de pelo rubio que se cree dueña de todo?
—¡Sí, esa es ella!— respondió Katsuragi, sin siquiera voltear a ver a quien le hablaba, bastante distraído por la juerga de la que formaba parte y bastante alcoholizado luego de acabar él solo con la mitad de la caja de cervezas —¿A poco no es una hermosura? ¡Está tan buena que ya la van a hacer santa! ¡Jajaja!
—Si esa tipeja es una santa, yo soy la reina del país de Nunca Jamás— musitó la enfadada jovencita, con mechones pintados de rosa en su cabello —Sólo quería que supieras que esa descarada está bailando como poseída con otro chico…
—Oh, ya veo… ¡No hay problema! Ya le había dicho antes que estaba bien que lo hiciera… es una suertudota al tener a un novio tan comprensible y poco celoso como yo…
—¿En serio? Cualquiera se enfadaría muchísimo al ver como está usando a mi cita como tubo en su repugnante baile de pole dance…
—¡Naaah!— exclamó enseguida el muchacho, negando con la cabeza —¡Debes estarla confundiendo con otra bruja de cabello rubio, entonces! ¡Esa estirada nunca quiere hacer nada de nada!
—Es la misma zorra con la que llegaste, estoy segura… una ramera así es inconfundible…
—¿Asuka haciendo un baile erótico? ¡Eso tengo que verlo para creerlo!— lejos de estar enfadado, la apuración del muchacho era más por no perderse el show que por cualquier otra cosa, lo que irritaba aún más a la jovencita delatora, que empezaba a patalear mientras todos los otros chiquillos seguían a Rivera de nuevo al interior del antro.
Sólo uno de ellos, tambaleante, quedó rezagado, quedando bastante interesado en la enardecida muchachita con mechones de color, a quien no le quitaba la vista de encima, cosa que comenzó a incomodarla.
—¿Midori… san? ¿Eres tú?— pronunció Kensuke con suma dificultad, dado el alto nivel de alcohol en su sangre —¿Qué estás… haciendo aquí? ¡Pensé que no… habías venido!
El chiquillo de las gafas comenzó entonces a llorar a moco tendido, mucho más deprimido que antes, dejando a la apurada jovencita a su lado sin saber cómo escapar de allí.
—¡Aida-san! ¡Lo que pasa es que yo...! ¡Es que tú…! ¿Cómo explicarte?
—Midori-san— dijo entonces el muchacho, oscilante como péndulo —No me siento… muy bien…
Ni bien acababa de hablar cuando súbitamente el contenido de las dos últimas botellas de cerveza que se había tomado escapó de su estómago, subiendo velozmente por su esófago para inflar sus mejillas como un hámster sobrealimentado y terminar saliendo por su boca mediante un potente chorro de un cálido y espeso líquido color ocre que terminó casi en su totalidad embarrado en los lustrosos zapatos de tacón alto de la señorita Midori, quien no pudo hacer otra cosa que dejar escapar un estruendoso alarido de espanto. Hay días en los que es mejor no levantarse de la cama, tal y como comprobaba la atribulada jovencita, ó como dirían otros: el karma es una perra que siempre regresa a morderte.
Una vez que Shinji había logrado salir del baño, después de un largo rato de estar esperando turno para usar el mingitorio, su primera preocupación fue encontrar a su novia en medio de ese mar de gente. Cuando recorría el lugar notó que la atención de todo mundo estaba centrada al centro de la pista de baile, dirección en la cual todos observaban eufóricos, creando un estado de conmoción general. Curioso como cualquiera por querer saber la causa de tanto estruendo, igualmente estiró el cuello para poder echar un vistazo a la escena que tenía a todo mundo como loco. Enorme fue su sorpresa y grande su espanto al darse cuenta del grotesco espectáculo que Asuka estaba dando para el morboso entretenimiento de los demás. No exageraba al suponer que la totalidad de los celulares y demás dispositivos de video en ese lugar apuntaban hacia ella y a su desenfrenado, pero demasiado sensual ejercicio dancístico.
Movido por una confusa marejada de sentimientos que se mezclaban en su interior, rabia, impotencia, vergüenza, compasión, Ikari permitió que sus impulsos dictaminaran el curso de sus acciones y lo primero que quiso hacer fue abalanzarse sobre la trastornada muchachita para detener la exhibición que estaba dando.
—¡Shinji, no lo hagas!
Aunque Sophie quiso intentar detenerlo con todo su ahínco, estaba muy lejos y muy tarde para lograrlo. El muchacho se había internado al círculo que todos habían delimitado alrededor de la guapa jovencita, a quien ahora la sostenía fuertemente del brazo, tratando de encontrar una explicación a su inusual comportamiento.
—¡Asuka! ¿Pero qué demonios te pasa?
—¿Sh-Shinji…?— murmuró Langley, deteniéndose en seco.
—¡Estás loca de remate! ¿No te das cuenta que te estás exhibiendo frente a todos los demás?
—¡Oye imbécil!— le gritoneó Ichiro, a quien no le cayó muy en gracia la abrupta e indeseada interrupción del mejor rato que había tenido en mucho tiempo —¡Aléjate de mi chica!
Pese a que Neuville se abría paso tan rápido como podía, empujando y jaloneando a las personas que obstaculizaban su andar, no pudo llegar a tiempo para impedir que el robusto muchacho derribara de un solo empujón al delicado Shinji, quien cayó al piso abatido como pino de boliche.
—¡Shinji!— se lamentó la joven americana, desesperada por no poder ayudar a su pareja.
—Vamos, preciosa, no dejes que un lerdo te detenga— le dijo el agresor a Langley, acercándola de nuevo a su entrepierna, sujetándola por la espalda baja y recorriendo lentamente su mano hasta posarla sobre las firmes sentaderas de la muchacha rubia —Sigue enloqueciéndonos a todos como lo estabas haciendo, que después vendrá lo mejor…
—¡Oye, estúpido animal!— el ver a Ikari tirado como piltrafa y la sensación de ese grandulón tocando su cuerpo fueron como una descarga eléctrica que sacudió y avispó a la jovencita, que ni tarda ni perezosa asestó una fuerte bofetada que le volteó el rostro al sorprendido Ichiro —¡¿Quién diablos te has creído?! ¡No te atrevas a tocarme!
—¡¿Cuál demonios es tu problema, maldita perra loca?!— vociferó adolorido el joven con el peinado de cola de caballo, sujetándola fuertemente de las manos —¡Te me ofreciste como una vulgar prostituta y te guste ó no, ahora serás mía!
—Ahora que lo dices— pronunció Kai, saliendo de entre la muchedumbre e internándose al círculo, encarando al sujeto que le sacaba unos veinte centímetros de altura —Se trata de MI chica… y creo que ya dejó en claro que no desea seguir bailándote…
—¡Lárgate de aquí, idiota, si no quieres que te muela a palos como a ese otro enano!— le advirtió el granuja, mirando despectivamente a Ikari, que recién se levantaba con ayuda de Sophie —Además creo que tu mamita ya vino para avisarte que se te pasó la hora de dormir, bebito…
—¡Jajaja!— Katsuragi río fingidamente, sujetándose el estómago —¡Qué chistoso! ¡Aquí tienes otro chistorete! ¿Qué es baboso, apesta y se arrastra por el piso?
—¿Eh?— musitó su contrincante, desconcertado.
La respuesta que obtuvo fue un certero y poderoso recto derecho que conectó justo en la base de su mandíbula, tirándolo al suelo, inconsciente.
—¡Eres tú, puta! ¡Jajaja!— Ichiro aún no dejaba de resbalar desmayado por la encerada pista de baile cuando Kai ya reía a bocajarro —¿Verdad que el mío fue más gracioso, pendejo?
—¡Me las vas a pagar, bastardo!— sentenció uno de los amigos del muchacho noqueado mientras se precipitaba a enfrentar a Rivera, quien en primera instancia lo recibió con un nuevo puñetazo en pleno rostro que le fracturó la nariz.
El infortunado joven retrocedió, adolorido y lamentándose, derramando sendas gotas de sangre a su paso. A sus espaldas, de la muchedumbre salió escupido un nuevo par de sus acompañantes que iban en su auxilio.
—¡Deja de golpear a nuestros amigos, hijo de perra!
—¡Lo haría con gusto, si no es que fuera tan fácil!— respondió un desenfrenado Kai, quien alentado por el alcohol y la emoción del momento encontraba toda la situación bastante hilarante, carcajeándose como lunático cuando le tiraba los dientes a uno de ellos al mostrarle de cerca la suela de su zapato y enseguida conectar un puntapié en la desprotegida entrepierna del otro.
—¡Soy el jodido Bruce Lee, ojetes, no pueden conmigo!— pronunció victorioso el embriagado chiquillo, adoptando una pose típica de película de acción —¡El ojo de tigre, putos!
Debido a sus alardes y lo confiado de su proceder, la autoproclamada reencarnación del famoso actor chino no se percató de un nuevo agresor que emergía a sus espaldas, hasta que este le estrelló una pesada silla plegable en la base del cráneo, descalabrándolo en el acto.
—¡Ay, mamá!— dijo el adolorido chiquillo, ya tirado en el piso, derramando sangre copiosamente de la herida que le habían producido en la cabeza —¡Eso sí me dolió!
—¡Déjenlo en paz, brutos!— acudió Asuka en su auxilio, desarmando a su atacante e incapacitándolo con un violento rodillazo en la boca del estómago.
Antes que pudiera ayudar a su novio a ponerse de pie, algunos de los agresores que ya se habían recobrado la acechaban, avanzando en cauta y cerrada formación hacia los dos. De la nada, y quien sabe por qué medios, Kensuke salió volando de entre la muchedumbre de curiosos como un mono rabioso y se le colgó del cuello a uno de esos muchachos.
—¡Todos golpeen a alguien!— gritó Aida enardecido, para de inmediato ser levantado en vilo y estrellado violentamente contra una mesita donde quebró todos los vasos sobre ella con el impacto, cosa que no le hizo mucha gracia a los jóvenes que la estaban ocupando.
—¡Fíjate en lo que haces, maldito imbécil!— reclamaron tres muchachos al pendenciero fulano que había azotado a Kensuke sobre la mesa, levantándose enseguida para darle su merecido.
Aquello fue literalmente la gota que derramó el vaso, el detonante para que la locura total se desatara. El nuevo grupo se enfrentó al de los amigos del aún inconsciente Ichiro, multiplicando el conflicto en varios más individuales, que iban generando nuevos a su paso. La violencia se propagó por todo el lugar como una epidemia viral y pronto todos ya estaban peleando contra alguien, deviniendo en una gigantesca batalla campal que amenazaba con tirar todo el establecimiento, cuyos dueños tuvieron que intervenir para evitar la destrucción total de su patrimonio, pidiendo apoyo a la autoridad local que anunciaba su inminente llegada con sirenas que se escuchaban a la lejanía.
Todos lo que pudieron escucharlas a tiempo se precipitaron a las salidas del antro, dándose a la fuga antes de ser prendidos por la ley. Shinji y Sophie, Toji y Hikari, e inclusive Kensuke salieron corriendo como pudieron, cada cual por su lado, alejándose del sitio como alma que lleva el diablo aún antes que llegara la primera patrulla. Asuka, por su lado, batallaba por arrastrar a la salida a un frenético Kai, que no paraba de reír como idiota, contemplando bastante divertido la monumental gresca que en parte había provocado. Le daba mucho más risa al imaginarse estar en una película del viejo oeste, con música de pianola de fondo. La muchacha tuvo que hacer acopio de fuerzas para cargar a su incapacitado novio y llevarlo hasta el estacionamiento donde estaba el auto de Misato, y aún así el muchacho no paró de carcajearse un solo momento.
—¡Basta ya, estúpido orate!— reclamaba Langley cuando inspeccionaba los bolsillos de Rivera —¿Dónde carajos dejaste las cabronas llaves?
Una vez que las encontró, ni tarda ni perezosa empujó a su pareja al interior del vehículo, poniéndose ella misma al volante para salir volando de aquel condenado sitio antes que la policía llegara. La ocasión se había prestado para sacar a relucir su gran habilidad como conductora, pues daba vueltas y giros a gran velocidad sin ningún problema en su afán de no dejar rastros que pudieran llevar a los uniformados hasta ellos. En esos momentos Katsuragi pensó que había cambiado de género fílmico y ahora estaba inmerso en una emocionante película de acción, con escena de persecución a alta velocidad incluida. El sonido de su risa demente fue toda la música de fondo que acompañó a Asuka a lo largo de su penoso viaje hasta la cochera de su edificio, mientras apretaba los dientes y las lágrimas recorrían sus mejillas sin parar.
"¿En qué diablos estaba pensando?" pensaba, furiosa con todo mundo por haberle arruinado aquella ocasión que había planeado con tanta ilusión y esmero, pero sobre todo, consigo misma. "¿Qué diablos pasa conmigo?"
Al cabo de haber rodeado media ciudad con tal de asegurarse que no eran seguidos, la intrépida jovencita rubia por fin los había llevado hasta su domicilio. Kai había dejado de sangrar (y de reir) pero traía toda la cabeza y la ropa manchada de sangre. La muchacha le había hecho quitarse la camisa para revisar si no tenía más heridas, por lo que iba con el pecho desnudo y su prenda anudada sobre el cráneo.
Misato por poco se infarta cuando vio pasar a los jóvenes en tan lastimoso estado por la puerta. Además del maltrecho estado de su protegido, Asuka llegaba con la ropa desgarrada y su maquillaje arruinado y embarrado como una espantosa pintura sobre todo su rostro.
—¡¿Pero qué rayos les pasó a ustedes dos?! ¡Por Dios, no me digan que chocaron!
—Hooola, mamacita… ¡jajaja!— contestó el muchacho, risueño —¡Acabo de estar en una pelea de cantina, fue genial! ¡Cómo en un western! ¡Llámame John Wayne, peregrina!
—¡Ufff, maldita sea, hiedes a puro sudor y licor! ¡No debí olvidar mis cervezas de toda la semana en la cajuela!— se lamentó la mujer, recostando al intoxicado chiquillo sobre el sofá, comenzando a atender sus heridas —¡Asuka! ¡Me prometiste que no lo dejarías hacer algo estúpido! ¿Qué explicación tienes para todo esto?
—No sé… no lo sé— mascullaba la jovencita, temblando como cervatillo recién nacido, cuando el llanto volvía a anegar sus ojos —¡Te juro que no lo sé! ¡Lo siento mucho!
La muchachita europea se precipitó entonces hasta su cuarto, donde se encerró con un fuerte portazo.
—Tenías que hacerla enfadar— suspiró Rivera apesadumbrado, inusitadamente lúcido de repente —Ahora voy a tener que pagar por eso…
Su tutora mucho caso no le hizo, tan ajetreada como estaba en limpiarle la sangre seca del rostro, tarea de la que fue interrumpida por el sonido de su teléfono llamando.
—Habla Katsuragi— dijo al contestar el aparato —Buenas noches, capitán, que bueno saber de usted… ¿cómo?... sí, efectivamente, se trata de mi vehículo… ya veo… sí, está todo bien… no, yo misma lo arreglaré… perfecto, nos vemos allá…
Al colgar fustigó a Kai con la mirada, a lo que éste reaccionó observándola con ojos de cachorrito, intuyendo el motivo de aquella llamada.
—¿Me puedes decir porqué la policía metropolitana cree que mi carro fue robado por dos fugitivos con cargos de agresión?
—Hmmm… esteee… ¿y… y tú me puedes decir… porqué eres tan bonita y te quiero tanto?
—Más te vale que te quedes donde estás, tienes prohibido salir de casa— dijo la Mayor Katsuragi, tomando su insignia y sus llaves para salir por la puerta principal —Tendré que ir a la jefatura del recinto para limpiar todo el cochinero que hicieron… mejor debería dejarlos dormir un día ó dos tras los barrotes, eso les enseñaría un poquito de sentido común… ¡es por esto que no se le presta un auto a un mocoso de quince años!— sentenció, antes que la puerta se cerrara a sus espaldas.
—Ay, dolor… ya me volviste a dar— musitó el joven cuando se quedó a solas en la sala de su hogar, tapándose la vista con el antebrazo mientras que comenzaba a comprender la magnitud y alcance de todo lo que había sucedido esa ajetreada tarde.
Habían transcurrido un par de horas desde entonces, pasadas ya las diez de la noche y Misato aún no regresaba de su careo con la policía. Rivera se había decidido por esperarla afuera del departamento, pues los constantes sollozos que se originaban desde el cuarto de Langley le impedían conciliar cualquier clase de descanso, y aún no tenía el ánimo suficiente para arreglar aquella nueva crisis que enfrentaba su siempre tambaleante relación. De lo que estaba seguro es que de alguna manera él terminaría siendo el responsable de todo, por lo que tendría que asumir todos los costos de cualquier solución que hubiera para remediar semejante vericueto.
Otro cigarrillo más se consumía posado sobre sus labios, este ahora sí perteneciente a una cajetilla de su propiedad. La brisa nocturna lo refrescaba y le despejaba los humos, mientras contemplaba el cielo estrellado reflexionando concienzudamente, sentado sobre los escalones que daban al pasillo que llevaba a su penthouse. Aquella placentera calma fue interrumpida por el sonido de unos pasos subiendo las escaleras.
—Ah, eres tú— masculló Kai cuando vio subir a Shinji, decepcionado porque al principio pensó que se trataba de Misato —Qué milagro que te dejas ver por estos rumbos…
Ikari frunció el ceño al solo ver la estampa del joven tapándole el paso, igualmente molesto por habérselo encontrado.
—Deja de hacerte el idiota, estoy harto de que hagas eso, no eres chistoso, ¿sabes?
—¡Oooh, alguien no pudo tener lo suyo esta noche y está de malas! Lo lamento, trataré de mejorar mi material para poder hacerte la vida más pasajera— musitó Rivera de modo sarcástico, sin siquiera mirarlo —¿Qué te parece este? Estaban un americano, un ruso y un japonés en un bar, cuando…
—¡Cállate ya! ¡Dime qué rayos le hiciste a Asuka!
—Hasta ahora, tengo que admitir que no todo lo que quisiera, no hemos pasado de un simple faje… tal vez pudieras darme algunos consejos de cómo…
—¡Ya no te burles de mí, cretino degenerado! ¡Sé muy bien que la drogaste para acostarte con ella! ¡Imbécil!
—Esas son acusaciones muy serias, muchachito— contestó el joven de cabello castaño, mirando a Ikari por primera vez con el mismo desprecio con el que él veía a su persona, aventando la colilla de su cigarro —Más vale que tengas bases y pruebas suficientes para sustentarlas, si no, sólo eres un chiquillo idiota balbuceando estupideces.
—¡No necesito más pruebas que lo vi pasar con mis propios ojos! ¡No soy idiota, sé distinguir a una persona drogada y también sé que eres un desgraciado que se siente por encima de todos los demás! ¡Asuka no quiere tener relaciones contigo y por eso la dopaste para poder tomarla a la fuerza! Sólo que no todo salió como lo planeaste, ¿cierto?
—A diferencia tuya, tengo mayores preocupaciones que pasármela fornicando como simio en celo, aunque no lo creas…
—¡Sí, ya veo que sí! ¿Esas incluyen emborrachar a Kensuke y venderle cigarros a menores de edad?
—¡Jojojo! ¡Eso sí que está bueno! ¡Resulta que el tipo que tiene relaciones extramaritales y aún no tiene edad para rasurarse, va a venir a darme sermones de moralidad y buenas costumbres! ¡Vaya cosa!
—¡Cierra tu sucia boca, debería…!
Katsuragi lo interrumpió, poniéndose en pie, mirándolo ya no como siempre lo hacía, con conmiseración ó cinismo, sino en actitud desafiante.
—¿Vamos a tener un problema, tú y yo? Porque tal parece que desde hace rato estás pidiendo a gritos una buena paliza, muchacho… y aunque aún no estoy en mi mejor forma, creo que hoy pudiste ver que estoy más que apto para trapear el piso con un alfeñique arrogante como tú…
—Ya no me intimidas, tipejo, si crees que voy a correr porque me amenazas estás muy equivocado…
—Claro que no, sobre todo ahora que tienes quien te defienda… mejor ahórranos tiempo y llama de una vez a Sophie, todos sabemos el pelagatos influenciable que eres y que ese plato de segunda mesa es la que te está inflando la cabezota…
—¡No te atrevas a hablar de ella, hijo de perra!— con la paciencia colmada y la sangre hirviendo en su interior el primer impulso de Ikari fue asestarle un golpe a Rivera, quien atajó el ataque sujetándolo del brazo.
—¡Muy bien, hablemos entonces de ti, basura! ¡Empezando por cómo te abrimos las puertas de nuestro hogar para que no te quedaras solo como un perro callejero! ¡Toda la ayuda que te dimos para que te adaptaras a tu nueva situación! ¡Todas las veces que he salvado tu culo de ser masacrado por un bicho gigante! ¡Y nada de eso te importa y terminas odiándome sólo porque, como siempre, te comportaste como un marica sin calzones y no le dijiste a Asuka lo que sientes por ella! ¡Admítelo de una buena vez, perra, todo esto es por ella y nadie más que ella! ¡Aún después de todo este tiempo, todavía no logras superarla, aún estás enamorado de ella, estúpido! ¿Acaso cierras los ojos cuando estás bombeando a Neuville y piensas en ella?
—¡Cállate ya, no es verdad!— hecho una furia Shinji consiguió zafarse de un manotazo del agarre de su captor para enseguida señalarlo con desprecio —¡Siempre has sido tú, desgraciado, tú y nadie más que tú! ¡Desde que llegué a esta ciudad no has hecho más que humillarme y hacerme la vida miserable! ¡Estoy harto de ti y de tener que estar a tu sombra! ¡Si tú no existieras…!
—¿Te gusta pensar eso, cierto? Apuesto que es lo que te deja dormir por las noches. Pero te voy a asegurar algo: aún si yo no estuviera aquí, aún sin mi presencia "estorbándote" como dices, te lo digo con toda seguridad, nada cambiaría, Asuka te seguiría despreciando, todos te seguirían viendo por debajo del hombro y con lástima, y sin importar qué seguirías siendo la misma rata cobarde, inútil y pusilánime que eres hoy en día… quizás más…
Aún cuando se esforzó al límite durante todo el tiempo que hizo uso de la palabra, el joven Katsuragi terminó perdiendo la batalla contra su propio cuerpo y sucumbió al violento espasmo de tos que lo aquejó, casi sufriendo una convulsión. Y aún cuando todo el tiempo que duró el ataque se cubrió con la mano, el borbotón de sangre que escapó del interior de la boca fue bastante evidente como para ocultarlo, salpicándolo a través de las comisuras de los dedos y dejando en el piso una mancha carmesí de buen tamaño.
Sintiendo como se desvanecía, Kai hizo lo que pudo para sostenerse, apoyando una rodilla en el piso y sujetándose del barandal de la escalera. Shinji, por su parte, al ver la sangre se olvidó de todo su rencor y entró en pánico:
—¡Eso es sangre!— exclamó horrorizado, mirando los manchones en el piso y las manos embarradas de Rivera, apenas si pudo sacar su celular del bolsillo, marcando nerviosamente mientras el aparato parecía resbalársele de las manos —¡Llamaré una ambulancia!
Un artero manotazo derribó el dispositivo electrónico, que cayó al suelo dando varias vueltas, parando un par de metros a distancia de ellos. Aún en su lastimero estado y su agitación constante, los ojos esmeraldas de Katsuragi permanecían fijos en Ikari, resoplando como bestia herida.
—Disculpa… por eso— pronunció con dificultad el muchacho, jadeante —La ambulancia… no servirá de nada…
—¡Deja de hacerte el chico rudo, imbécil! ¡Toser sangre no es cualquier cosa, debes ver cuanto antes a un médico!
—Ya he visto… suficientes médicos… toda mi vida… no pueden ayudarme… soy causa… perdida… sólo es cuestión… de tiempo…
—¿De qué estás hablando? ¿Qué quieres decir con eso?
—Un tumor… en el cerebro… lo tengo desde que nací… inoperable, se extiende por toda la materia gris, cómo tentáculos…
Pese a su conato de bronca anterior, al enterarse de la condición de su compañero un gran hueco se formó en la boca del estómago de Shinji, quien quedó con la boca seca y perplejo con la noticia.
—Por eso… ¿por eso tienes tus ataques de migraña? ¿Y de ahí son las gotas de sangre que a veces veo en el baño? ¿Por qué? ¿Por qué nunca nos dijiste?
—¿Cuál es la diferencia? Sólo me quedan unas cuantas semanas de vida, puede que quizás un par de meses, no más… prefiero pasar ese tiempo con lo más cercano a una vida normal que pueda disfrutar, a tenerlo que pasar con la lástima y conmiseración de todos… sólo Misato lo sabe… tu padre y Akagi también… nadie más tiene por qué saberlo… así que te pido, por lo que más quieras, que no se lo digas a nadie… piensa en ello como mi última voluntad. El primer y único favor que te pido. Después de eso, estaré muerto… y tú podrás probar tu teoría… serás la mejor versión de ti mismo, valiente, indomable… el héroe de todo mundo, Asuka, Rei y cuanta muchacha conozcas se morirán por ti… si acaso es verdad todo lo que dices…
—Yo… no quise…— musitó Ikari, cabizbajo —Lo siento… no sabía que…
—Guárdate tus disculpas huecas y tu pose santurrona— pronunció Katsuragi, un poco más repuesto —Ambos sabemos que por fin tuviste las agallas para decir lo que realmente piensas de mi… pero como ves, tengo cosas más importantes en qué ocuparme que caerte bien. Por eso me da tanta risa cuando todos ustedes, niñatos imbéciles, se quejan de la vida y los problemitas que los agobian. No saben todo lo que tienen y todo lo que desperdician… me revienta el hígado de solo pensarlo. Dejemos que esta sea nuestra última conversación, Shinji. No tengo interés en volver a escuchar tu afeminada voz en los días que me restan, ni tampoco perder mi tiempo discutiendo sandeces contigo.
Sin mediar más palabra el muchacho dio media vuelta y se fue alejando con dirección a la casa, enojado y cansado, buscando el consuelo que sólo la almohada podía ofrecerle. Por su parte Shinji lo veía marcharse sin saber qué hacer, atónito, estupefacto. Ahora que sabía la verdad sobre su compañero alcanzaba a comprender muchas cosas acerca de su comportamiento, si bien aún no le ajustaba para justificarlo ó siquiera simpatizar con él. Pero sí podía darse una idea de todo por lo que estaba pasando y por primera vez desde que lo conocía entendió que nada tenía que envidiarle a ese pobre infeliz.
Si aquél día que terminaba había sido ajetreado, el que le continuaba prometía ser de la misma intensidad, ya que las actividades comenzaban mucho más temprano de lo habitual, mucho más si se tomaba en cuenta que era Domingo. Rayaban ya las nueve de la mañana y la Doctora Akagi ya se encontraba corriendo varios modelos de probabilidad dentro de MAGI, alimentando a la voraz supercomputadora con pilas y pilas de datos y patrones diversos obtenidos del reciente estudio hecho a Kai Rivera. Por lo menos el muchacho había sido fiel a su palabra y se había presentado puntual a la hora acordada para el examen, insolencias aparte y el inconveniente estado de resaca en el que se había presentado. Extraerle el tejido necesario para su estudio de la manera más dolorosa posible fue el pago extra que cobró aquella mujer por tener que madrugar en su día de descanso y tener que soportar los comentarios descarados de ese maldito chiquillo petulante.
—Buen día, Doctora Akagi— pronunció el Comandante Ikari cuando entraba sigilosamente al despacho de la científica —Lamento los inconvenientes que le pudo haber ocasionado hacer sus pruebas a estas tempranas horas…
—Descuide Comandante, lo único que tenía agendado para este día era acurrucarme con mis gatos y ver televisión— respondió enseguida Ritsuko, quien pese a que trataba de mantenerse ecuánime dentro de lo posible, no pudo evitar esbozar una grata sonrisa en cuanto vio entrar a aquel hombre.
—¿Y bien?— la impaciencia se notaba en cada gesto de Ikari, observando fijamente las pantallas donde corrían millones de datos a una velocidad casi imperceptible para el ojo humano —¿Ya están listos los resultados?
—MAGI aún está corriendo algunos modelos, pero aún así con la información que ha recabado hasta el momento y pese al alto nivel de alcohol en la sangre del espécimen, los pronósticos son favorables. Augura más del 90% de probabilidad de éxito en el trasplante.
—¿Quiere decir que las muestras son compatibles?
—Totalmente… con el injerto de células madre que hagamos a partir de este tejido la posibilidad de rechazo es nula.
—Observe todo esto— refirió Gendo, satisfecho, mirando en rededor las cifras inacabables que escupían las máquinas —Es hermoso, desde cierto punto de vista. Aquí tenemos la fórmula inicial para convertir a un organismo vulgar y mezquino como el hombre en un ser supremo, un dios, en toda la extensión de la palabra.
—Con los resultados que hoy hemos obtenido, el Tercer Impacto será una realidad, comandante— contestó Akagi, emocionada igualmente y sin quitarle la mirada de encima al hombre barbado de las gafas —¿Cuándo quisiera someterse al procedimiento?
—Lo antes posible, por supuesto— Ikari correspondió a las miradas que se le dirigían con la misma intensidad, sus agudos ojos brillando con júbilo, malicia… y deseo —Pero por ahora, dejemos que las computadoras terminen sus análisis. Hoy, tengo ánimos festivos… dígame, Doctora Akagi… ¿le gustaría tener compañía para este San Valentín?
Rikko se levantó entonces de su asiento, sin quitarle los ojos de encima al hombre frente a ella, una cándida sonrisa dibujándose en sus carnosos labios mientras conducía sus pasos hasta su presencia para entonces rodearle el cuello con los brazos
—Me acaba de leer el pensamiento, mi comandante— susurró la mujer en el tono más sensual que pudo emplear para rematar dándole un apasionado beso en los labios, igualmente correspondido por Ikari.
En otra parte de ese gigantesco complejo científico-militar, Rei Ayanami se dirigía hacia la piscina para realizar puntualmente su rutina de ejercicios acuáticos, a la que faltaba sólo por causas de fuerza mayor. Estar inmersa en el agua le proporcionaba solaz como casi ninguna otra cosa, por lo que acudir al cuartel aún cuando fueran días festivos le importaba poco con tal de satisfacer uno de los pocos pasatiempos que tenía.
Sin embargo su ánimo decayó un poco cuando vio salir a Sophia Neuville de uno de los pasillos contiguos. Maldijo su mala suerte al tener que topársela en su camino, considerando el enorme tamaño y extensión de aquellas instalaciones, y aunque quiso apresurar el paso para pasarle desapercibida, en cuanto notó su presencia la joven americana no tardó en igualarle el paso para alcanzarla.
—¡Hola! ¡Pero qué linda sorpresa!— exclamó la jovencita de larga cabellera negra —¡Y yo que creí que era la única adicta al trabajo que venía hasta los domingos! ¿Vas al baño ó algo así, ó cuál es tu prisa?
A sabiendas de que si le daba pie de conversación no se la quitaría de encima, Ayanami optó por hacer mutis, como siempre, e ignorar a la chapucera Neuville como si no estuviera presente.
—¡Qué descortés! ¡Seguramente tus papás no te enseñaron que es grosero ignorar a las personas! ¡Ups, perdón, olvidé que no tienes padres! Tonta de mí…
De nuevo, nada obtuvo por respuesta. Rei sujetaba su mochila sobre los hombros sin aminorar el paso y sin siquiera observar de reojo a su insistente compañera piloto.
—No me extraña entonces que no tengas amigos, con esa actitud que te cargas… por cierto, ¿que nadie te invitó al baile de ayer? Ahí estábamos todo mundo, incluidos Shinji y yo, tu amiguita alemana y su desaliñado noviecito, que por cierto, no se cansó de hacer el ridículo… solamente hiciste falta tú. Me pregunto porqué nadie te avisó…
Probablemente la dicharachera jovencita hubiera obtenido mejores resultados si en lugar de con Ayanami tratara de hacer conversación con una pared. La frialdad con la que la muchacha de la mirada escarlata la trataba era con temperaturas bajo cero, pero aún así Sophie era demasiado testaruda para admitir su derrota, por lo que continuaba con su empeño de hacer trastabillar a Rei.
—La verdad es que no te perdiste de mucho, a decir verdad, ahora que lo veo en perspectiva, quizás hubiera sido mejor no haber ido, fue un desperdicio total de una tarde que pudo ser maravillosa en otras circunstancias. Lo único que hicimos fue presenciar el show de pena ajena que dieron Langley y el Teniente Rivera. ¡Imagínate, esa descocada se puso a bailar como una vulgar mujerzuela con un desconocido en cuanto su novio cornudo la descuidó! Y obviamente cuando el pobre tipo se enteró no le pareció para nada la situación, pero cuando quiso detener a la prostituta esa al otro tipo no le agradó mucho la idea y él y todos sus amigos acabaron tundiéndolo a palos… ya sabes que actualmente no goza de la mejor condición física, con todos esos huesos que se había roto y tantos golpes a su orgullo… en fin, ¡toda una lástima lo que pasa con el Teniente Rivera! No puedes hacer otra cosa más que tenerle lástima a alguien así. ¿ó no?
La joven americana había realizado un rápido ataque masivo con toda la artillería que le quedaba, y aunque los resultados no fueron del todo satisfactorios para ella, pudo comprobar haber tenido éxito parcialmente al ver la ligera arruga que asemejaba el ceño fruncido de Ayanami. Por muy pequeña que fuera, se trataba de una victoria, y había que aprovecharla a como diera lugar.
—Casi todos los que estábamos ahí grabamos todo en video, ¿no te interesaría echar un vistazo?— con una destreza impecable Sophia sacó su celular y de inmediato accedió al video en cuestión, mostrándole casi en las narices el momento que Asuka ejecutaba su exótico baile reproducido fidedignamente en una pantalla retina de 4 pulgadas con una resolución impecable que daba cuenta de todos los detalles a la perfección —De hecho, si buscas en la red "rubia" y "teibolera" te aparece un enlace a este video como primera opción… ¡yo misma ya hice la búsqueda, y te aseguro que es verdad!
Aunque el techo de la paciencia de Ayanami era mucho más alto que el de la persona promedio, aquella agresión traicionera fue suficiente para colmarlo. Trastornada como pocas veces lo había estado, apartó el aparato de Neuville de su rostro, clavándole su aguerrida mirada felina.
—¡Basta ya! ¡Eres una… una…!— la delicada muchacha de corto cabello azul claro se detuvo al instante que se percató que había caído directo en el juego morboso de Neuville, avergonzada de sí misma por perder los estribos, precisamente lo que buscaba esa víbora.
—¿Soy "una" qué, Ayanami? ¡Termina lo que empiezas! ¿Ó es que la monjita no tiene el temperamento suficiente para pronunciar una grosería en sus pulcros labios? ¡Ja! ¡Eres patética!
—No tiene caso discutir contigo. No sé porqué tienes metido en la cabeza el ponernos a Langley y a mi una contra la otra, pero conmigo no te va a funcionar. Lo que hagan ó dejen de hacer las demás personas, sea quien sea, me tiene sin cuidado…
—¡Por supuesto! Si tú eres la enigmática y distante del grupo, todo un misterio envuelto en un hálito de silencio y pulcritud que nadie es capaz de alcanzar… enciérrate en tu concha todo lo que quieras, al final terminarás por hartar a todo mundo y quedarás olvidada como la pobre ilusa que eres…
La peculiar jovencita de cabello corto reanudó su estrategia de hacer caso omiso a las palabras necias que le eran dirigidas, apresurándose para llegar a su destino planeado y deshacerse de esa alimaña lo antes posible. Sophie, por su parte, soltó un hondo suspiro de resignación y optó por dejar las cosas como estaban, dado el poco avance que había logrado. Lo mejor sería conservar recursos y reanudar las hostilidades en otra ocasión.
—¡En fin! Es lo que una se saca por querer ayudar a las personas. Si vas a hacer ejercicio lo mejor será que te mantengas bien hidratada para tener un mejor rendimiento, acepta esto como una ofrenda de paz de mi parte…
La muchachita americana en el acto sacó de su bolso una botella de bebida energetizante que le extendió amablemente. Al ver el gesto de buena voluntad por parte de su compañera, Rei no tuvo más opción que detenerse para sostener entre sus manos la bebida que se le ofrecía tan gentilmente. De inmediato la destapó y comenzó a vaciar su contenido en la jardinera más cercana.
—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo, niña estúpida?!— reclamó Neuville a viva voz, al ver desperdiciada su amabilidad.
—Ya se los había dicho antes. El que no hable mucho no quiere decir que sea una idiota— sentenció Ayanami, impasible, sin dejar de derramar el líquido —Seguramente escupiste, orinaste ó le echaste algo a esta bebida…
—¡Sólo a alguien tan enferma como tú se le podría ocurrir algo así! ¡Dame eso!— para probar su punto, antes que se vaciara la totalidad de su contenido, le arrebató la botella y comenzó a beber a sus anchas de ella —¿Lo ves? ¡Nada de nada! Me das mucha lástima, Rei, cuando pienso en todo lo que debes haber pasado para quedar como estás: sola, triste y temerosa de todo. No puedes concebir que alguien tenga un gesto de nobleza desinteresada contigo y cuando alguien trata de acercarse lo alejas enseguida… te aseguro que todo eso puede cambiar, si tú así lo deseas… sólo tienes que dar el primer paso, que es confiar… la confianza es importante, y te aseguro que puedes confiar en mí… anda, toma la botella… bebe, no te pasará nada…
"Me duele el trasero" pensaba un adolorido Kai Katsuragi cuando renqueaba por los pasillos del cuartel, dirigiéndose a la salida más cercana. "Esa carnicera de cabello teñido enterró la aguja más de la cuenta, estoy seguro. Tengo suerte de no haber quedado inválido. De todas las cosas oscuras y perversas que han hecho esos dos ojetes, darle falsas esperanzas a esa pobre mujer debe estar entre las peorcitas. Yo no me trago eso de que la biopsia de médula ósea haya sido para desarrollar otra terapia genética con tecnología de punta. Lo que quieren hacer este par de cabrones es clonarme ó alguna mamada de esas. El único consuelo que me queda es que mi clon será un horrible engendro caníbal que defecará en sus cráneos decapitados…"
El muchacho soltó una risita cómplice al cruzársele aquel oscuro pensamiento, imaginando toda la sangrienta escena en su mente. Empero, su meditación tan profunda quedó interrumpida al dar la vuelta en un corredor y encontrarse con Neuville y Ayanami, justo cuando la primera volvía a ofrecerle la botella que le había convidado con anterioridad a la segunda.
—Yo que tú, mejor ni le tomaba a eso— advirtió Katsuragi —Seguramente esta fulana le escupió ó le orinó ó algo por el estilo…
—Te lo dije— musitó Sophie, sin mirar al recién llegado —Solamente gente enferma podría pensar en cosas como esa…
—¿Y a ti qué te ha dado por convertirte en la aguadora oficial de NERV?— inquirió Rivera, dirigiéndose a la joven americana que le daba la espalda —Ya me enteré que andas de aquí para allá repartiendo líquidos como si fueras el hada mágica de la fuente encantada de la felicidad… ¿qué rayos tienes en esa cabezota tuya?
—Nada que sea de tu maldita incumbencia, imbécil— contestó la muchachita con expresión de pocos amigos en su linda cara, acuchillándolo con la mirada como era su costumbre cada vez que se encontraban —Y que ni se te ocurra venir arrastrándote cuando estés muerto de sed porque te mandaré directito al infierno…
—Pierde cuidado, ahora lárgate de aquí ó te arrojaré toda esa agua encima para ver como te empiezas a derretir, bruja espantosa— pronunció Kai al percatarse que la presencia de Sophia incomodaba a Rei —Vete ya, que no quiero ver tu cabeza de huevo en lo que resta del día…
—Sí, me voy, pero no porque me lo ordenes, sino porque no soporto estar un solo segundo en tu compañía, maldito tullido de porquería… Hasta luego, Rei, piensa en lo que te dije y cuida muy bien con quien te juntas, eso dice mucho de tu persona…
Mientras Neuville se alejaba con paso veloz para tomar el elevador más cercano, Rivera se ocupaba en desmentirla lo más pronto posible:
—Que quede claro que no estoy tullido, camino así porque la estúpida de Ritsuko me acomodó mal un enorme piquete en la nalga…
La jovencita de pupilas rojas no hizo comentario al respecto, más entretenida como estaba en corroborar las heridas en la fisionomía del muchacho que en cualquier otra cosa. El golpe que recién le habían dado en la cabeza era más que evidente. Por otro lado, Katsuragi tragaba saliva, nervioso, al haberse quedado a solas con la jovencita que, lo admitiera ó no, aún le robaba el sueño ocasionalmente.
—No deberías prestar mucha atención a lo que tenga que decir esa loca, ¿sabes?— mascullo con voz trémula, al sentirse tan profundamente observado por la linda muchachita frente a él —Todas las intenciones de esa víbora son molestarte, y nada más…
—Lo sé— contestó Ayanami, dándole la espalda para reanudar su camino, una vez que había terminado con su escaneo visual —Si eres tan negligente en el cuidado de tu salud yo tampoco debería preocuparme por él…
—¿O sea que hablaban de mí?— preguntó el joven, emocionado por el despecho en la voz de la muchacha. Si había despecho entonces quería decir que aún había interés, que era mucho mejor que la indiferencia.
La jovencita de cabello corto igual no contestó, limitándose a encogerse sobre sí misma, apenada por aquél desplante que se le había soltado. Deseaba perderse de vista lo más pronto que pudiera y por fin poder relajarse, a solas, tal y como le gustaba. Su rutina ya había sido bastante alterada por un solo día.
—Eh… de cualquier forma, fue bueno que pudiéramos encontrarnos… a decir verdad, iba a pasar por tu casa, para dejarte un obsequio… tú sabes, por tu cumpleaños… es hoy, ¿cierto?
El corazón de la apurada chiquilla dio un vuelco completo al escuchar las palabras de su compañero. Era, quizás, la única persona, en toda su vida, que alguna vez había recordado su cumpleaños. Ya el año anterior lo había hecho, y ahora, una vez más, volvía a repetir aquél gesto hacia su ignorada persona. Su ritmo cardíaco aumentó de frecuencia exponencialmente, al punto de casi darle una taquicardia y sus pies entonces ya no le respondieron, quedando paralizada en su sitio.
—Este… lo bueno es que coincide con esta fecha de los enamorados, así que eso me hace más fácil recordarlo… no porque siga enamorado de ti, ni nada de eso… claro que no… es decir, sigo pensando que eres muy bonita y todo, pero… — de la misma manera, al ver la reacción que había provocado en su acompañante, el nerviosismo de Rivera aumentó de forma sustancial —De todos modos te quise comprar algo, espero que no te moleste… lo traía por aquí…
El muchacho abrió entonces el pequeño morral que llevaba al hombro para poder sacar una caja cuadrada del tamaño de un balón de futbol, adornada solamente con un moño verde.
—Mu-muchas gracias… no sé que decir…— murmuró una muy apenada Rei, cuando recibía aquel paquete de manos de Katsuragi.
—Ten cuidado, puede que se te haga algo pesado… hmm… si quieres, puedes abrirlo…
Con las manos y los dedos temblando por la emoción del momento, la jovencita se las ingenió para abrir la caja y sacar su contenido. La anticipación que había experimentado con anterioridad se convirtió en extrañeza, al tener entre sus manos una enorme figura de color rojo con forma ovalada y unos garabatos pintados que simulaban un rostro grotesco.
—¿Esto… es… daruma?— pronunció Ayanami, casi sin habla, aunque no por sus razones habituales, sino por el desconcierto que le ocasionaba el inesperado presente.
El daruma es una figura de papel maché que sirve como talismán, y que según la tradición representa a un maestro zen hindú que pasó 9 años meditando sin moverse, cuyo nombre era Bodhidharma. A consecuencia de esto perdió las piernas y los brazos por no hacer uso de ellos. Es por eso que la figura del daruma es un muñeco sin brazos ni piernas, pero sí con bigotes y con los ojos en blanco. El Daruma tiene los ojos en blanco porque aún no ve el deseo de la persona que lo recibe. Cuando ésta le cuenta su deseo ó meta le pinta a la figura el ojo izquierdo y cuando el deseo se cumple se debe pintar el otro ojo para que pueda ser un Daruma completo. Se supone que los colores sirven para pedir deseos más específicos, en este caso el rojo es para el éxito y la seguridad en todos los aspectos. Cabe mencionar que el tamaño del Daruma también se considera como algo importante. Se cree que cuanto mas grande es este, mayor puede ser el deseo que se puede pedir.
—Es el más grande que pude encontrar. Me alegra que sepas lo que es, así me ahorro una explicación larga y engorrosa— mencionó Kai, rascándose la nuca mientras le sonreía nerviosamente —Digamos que es mi manera de mostrarte mis mejores deseos para ti, así puedes canjearlos por lo que tú quieras… no es que de veras crea en estas cosas, sólo tuve algunos problemas para decidir qué darte y esta al final me pareció la mejor opción… está bien si no te gusta— dijo esto al ver que la mueca de desconcierto en el rostro de la joven no cambiaba.
—No… así está bien… te agradezco… tu intención— musitó la chiquilla, tratando con cada ápice de su voluntad de no mirar fijamente los hermosos ojos verdes de aquél atolondrado, aunque bien intencionado muchacho.
—Pues… además de eso… quería darte algo más… a decir verdad, es más un favor que te quiero pedir desde hace tiempo— buscando de nuevo en el interior de su morral, en esta ocasión sustrajo un delgado estuche negro, como los que se usan para guardar joyería —Necesito que por favor conserves esto... sé que contigo estará bien cuidado…
—¿Esto es…?
—Puedes abrirlo, no hay ningún problema…así podrás ver por ti misma el tamaño del favor que te estoy pidiendo.
Al abrir el joyero Ayanami descubrió un collar de plata en su interior, con un guardapelo enganchado del mismo material en forma de corazón y algunos ornamentos más. Al apreciarlo más de cerca pudo entrever el seguro que permitía acceder al contenido de aquél accesorio, y al hacerlo apareció una pequeña fotografía en su interior, una madre sosteniendo en brazos a su bebé, al cabo que un mecanismo comenzaba a reproducir los acordes musicales de una melosa melodía.
—"Close to you"— mencionó Rei en voz baja, reconociendo la composición que escuchaba —De los Carpenters… y esta mujer es…
—Mi madre— contestó enseguida Rivera —Mi verdadera madre, Mary Elizabeth Hunter. Y ese bebé soy yo… es lo único que conservo de ella… todo lo demás sólo está en mis recuerdos— dijo señalándose la sien.
—Pero… entonces… no lo entiendo… ¿porqué…?
—En un par de semanas volveré al frente de batalla en el Medio Oriente, ya es inevitable. La vez pasada me salvé de puro milagro. No creo correr con tanta suerte en esta ocasión. Además, tengo que llevar conmigo a tu amiga la loquita, y sé que en cualquier descuido hará que me maten… en caso de que algo me llegue a pasar, quiero que esto esté a buen resguardo… estoy seguro que Misato no querría tenerlo y Asuka sólo lo desecharía como una baratija antigua… así que sólo me quedas tú, eres la única a la que puedo confiarle este tesoro… la única a la que puedo recurrir…quizás es un abuso de mi parte, pero de esta manera me podría ir más tranquilo, sabiendo que tú conservas este último recuerdo que tengo de mi madre. Así por lo menos habrá alguien que sepa que alguna vez existimos…
Sin haberse dado cuenta, Rivera ya estrechaba las manos de la jovencita entre las suyas, sosteniendo ambos el preciado recuerdo de su infancia que ahora le encomendaba, sabedor del destino inevitable que le aguardaba. Ayanami por su lado había perdido la batalla consigo misma y se perdía en la inmensidad de los ojos esmeralda del joven. Al hacerlo se percataba que había algo más que el muchacho no le estaba diciendo, pero poco le importó tan ocupada como estaba experimentando de nuevo la cálida sensación de sus manos sobre las suyas.
—Eres… eres…
Las palabras no atinaban a salir de los labios de la embelesada jovencita, sus ojos felinos centelleando a causa de un sentimiento que por más que tratara no conseguía extinguir. En lugar de eso, dejó que su cuerpo tomara las riendas y fue así que tomó impulso para abalanzarse sobre el joven y obsequiarle un largo y apasionado beso. Katsuragi aún no comprendía del todo lo que estaba pasando cuando la chiquilla de nuevo tuvo control de sí misma y retrocedió, avergonzada. Sin decir más, dio la media vuelta y se alejó de él lo más pronto que sus piernas le permitieron.
Perplejo por lo que acababa de acontecer, Kai no pudo seguirla para exigir una explicación, petrificado en su lugar. Paseó los dedos por sus labios, saboreando de nuevo la intensa sensación que siempre le provocaban los labios de aquella misteriosa muchachita, que siempre le deparaba una sorpresa justo cuando ya creía conocerla del todo.
—El otro día estaba viendo algo llamado "El Santo y Blue Demon contra Drácula y el Hombre Lobo" y tampoco entendí una puta madre— pronunció para sí mismo, como a veces solía hacerlo.
Así pues, teniendo la necesidad de reflexionar en el vaivén constante en que se habían convertido sus días, quizás los últimos para él, el joven Katsuragi prefirió caminar hasta su domicilio en lugar de utilizar cualquier otro medio de transporte. Deambulaba por las calles a paso lento y cabizbajo, inmerso por completo en sus pensamientos. Tan concentrado estaba que por poco no escuchó el llamado de su teléfono celular. Al atenderlo se percató que ya tenía una llamada perdida de ese mismo número, que en su pantalla aparecía solamente como "privado".
"Seguramente algo de telemarketing" pensó con hastío al responder la llamada, dispuesto a tener que lidiar con algún ejecutivo de ventas que tratara de venderle la última panacea para sus problemas de telecomunicación.
—¿Diga?
—Kai Rivera— al otro lado de la línea, el muchacho escuchaba a una persona pronunciar su nombre a través de un distorsionador de voz que la hacía sonar mecánica y sin ningún dejo de emoción —Represento a un grupo de personas muy poderosas que han puesto su atención sobre ti…
—¡Óyeme muy bien, estúpido pervertido! ¡No sé quien demonios seas, pero no creas que me impresionas, pendejo!
Pese a su advertencia, su interlocutor pareció no inmutarse, como si se tratara de alguna grabación y prosiguió:
—Debido a tus prominentes habilidades y destacados logros en diversos ámbitos has sido seleccionado por ellos para pertenecer a su asociación, que rige el rumbo de este planeta. En caso de aceptar, te convertirás en uno de los hombres más poderosos de este mundo y podrás incidir en las vidas de todos sus habitantes de maneras que ni siquiera imaginas… serás uno de los mesías que guiarán a la Humanidad a su siguiente paso evolutivo…
—¡Tengo modos de averiguar quien eres y cuando lo haga iré hasta tu casa para cortarte los testículos, a ver si te sigue pareciendo divertido andar haciéndole bromitas a la gente!
—La oferta que se te está haciendo no es broma alguna ni cosa de risa. Por si no lo sabes, se te está ofreciendo la oportunidad única para ser el séptimo ojo de SEELE…
Con la sola mención de ese nombre, que para él era solo perteneciente al reino de la ficción, su sangre se heló y su corazón se saltó un latido. Por unos momentos la boca pareció secársele, hasta que aún estupefacto apenas si pudo mascullar:
—¿SEELE… es real? ¿En verdad existe?
—Es tan real como tú ó como yo. Mucho más real que todo ese rebaño de ovejas que necesitan ser guiadas por su pastor. SEELE es ese pastor, conduciendo al ganado por el camino correcto, alejándolo del peligro, ahuyentando a los depredadores…
El joven Katsuragi no pudo contener más la marejada de sentimientos que asolaban su interior. En medio de una serie de espasmos violentos que convulsionaban su cuerpo, soltó una estrepitosa carcajada que por poco lo tumba al piso.
—¡Jajaja, qué ocurrencias de viejitos! ¡Qué abuelitos tan simpáticos, jugando todavía a dominar el mundo! ¡Jajaja, no me lo puedo creer! ¡Y yo que creía que sólo era un chiste, y ahora que me vienen a decir que todo es real me parece todavía mucho más gracioso! ¡Ay, auxilio, voy a reventar! ¡Creo que me voy a hacer en los pantalones, no puedo más!
—Ten cuidado, niño imbécil, ya se te ha dicho que esto no es chiste. Negar a SEELE equivale a firmar tu sentencia de muerte… escoge muy bien tus palabras de ahora en adelante. Podrían ser tus últimas…
—¡Jeje, bueno, lo siento, pero qué más da! Al fin y al cabo, de algo se tiene que morir uno, ¿no es así? La muerte es lo único seguro que tenemos los seres humanos… incluso ustedes, viejecillos bonachones y es una lástima porque creo que recién están descubriendo sus dones como comediantes. Aún podrían darle muchas risas al mundo…
—Muerte es lo que te daremos, imberbe idiota…
—Tendrán que apurarse entonces, la última vez que revisé había mucha fila para ello… me parece que la cosa que tengo pegada a los sesos les está ganando la carrera, pero aún pueden intentarlo si así lo quieren. Pero si lo hacen, ¿entonces quién podrá defenderlos de esos malvados ángeles ó esos terribles demonios que acechan a este pobre planeta? ¿Creen que pueda hacerlo el buen Gendo Ikari y su colección de muñecas oxidadas? ¿Ó quizás su intrépido hijo, el valiente y temerario Shinji Ikari? Piensen en ello por lo menos un momento, por favor. En fin, de cualquier forma les agradezco por el buen rato, en verdad que ustedes sí que saben como aligerar el momento, fue un magnífico detalle de su parte. Cuídense mucho y salúdenme a mi viejo amigo, el General Lorenz, seguramente debe estar por ahí pasándosela bien… Ciao!
Al colgar y dar por terminada aquella peculiar conversación telefónica el confiado muchacho originaba reacciones en distintos puntos del globo, todas convergiendo en torno al aparato de comunicación holográfica que permitía a los miembros de SEELE sostener sus juntas sin tener que hacerlo en persona.
—Bueno, eso fue… todo, menos inesperado— pronunció primero Keel Lorenz —Parece que el jovencito Rivera no es tan listo como pensábamos, ¿eh?
—Llame a Hesse— dijo el honorable Hu Jin Tao, quien fue uno de los promotores más entusiastas de la nominación del muchacho, cruzándose de brazos —Dígale que puede disponer de ese estúpido chiquillo a su gusto…
Aquél día que se celebraba el día de los enamorados, para todos los que habitaban la casa Katsuragi la fecha estaba resultando ser decepcionante. Por más que Misato marcara el número de Ryoji Kaji, la respuesta seguía siendo la misma: el número marcado está fuera del área de servicio. Una angustia que sólo podía ser producida por el sentido especial de las mujeres atravesaba entonces su alicaído corazón.
Asuka seguía encerrada en su cuarto a cal y canto, pese a los infructuosos intentos de Kai por hablar con ella. Por lo menos los constantes sollozos ya no se escuchaban, lo que hacía pensar que comenzaba a calmarse y pronto saldría al mundo exterior. Aún así, dada la continua incertidumbre en la que transcurrían sus últimos días, el muchacho no podía darse el lujo de esperar a que Langley decidiera salir por sí misma, por lo que tuvo que entrar en acción.
Recostada boca abajo sobre su cama, con la cara hundida en las almohadas, la jovencita europea apenas si pudo escuchar ese extraño golpeteo proveniente de la puerta de cristal que daba a su balcón. En un principio prefirió hacer caso omiso de él. "Un maldito pájaro, probablemente" pensaba. No obstante, la insistencia con la que escuchaba aquél molesto sonido finalmente la hizo levantarse de su lecho y salir a ahuyentar a la inoportuna ave, que no respetaba su deseo por permanecer aislada de todo. Cuando abrió la cortina para revelar el exterior del balcón por poco cae de cabeza y con las piernas hacia arriba, sorprendida al toparse con Kai encaramado al balcón como si fuera un simio.
—¡Maldito demente! ¡¿Qué crees que estás haciendo?!— vociferó sobresaltada cuando se apresuraba a abrir la puerta —¡Entra ya de una vez, te vas a matar!
—Gracias por dejarme pasar— musitó Rivera —Ya empezaba a soplar un airecito helado…
—Eres un loco idiota, debí dejar que te mataras, ¿qué no entiendes que quiero estar sola?
—Creo que más o menos capté la indirecta. Sólo venía a traerte este sándwich, cortesía de tu amigable vecino arácnido… no sabía si tenías comida aquí y como no has salido desde ayer, me preocupé un poco… aunque debo admitir que estás mejor de lo que pensé— pronunció vagamente el chiquillo, observando detenidamente cada rincón del devastado cuarto por las rabietas de su ocupante —Creí que estarías haciendo del baño en un balde ó algo así…
—Pues ahora que ya viste que estoy bien ya te puedes largar— contestó la joven de cabellera rubia, señalando hacia la puerta —Y llévate tu sándwich, no tengo hambre…
—Sólo para dejarlo en claro: ¿quieres que me largue de tu cuarto ó de tu vida? No estoy muy seguro de haberte entendido… pero si es lo último, créeme, estoy dispuesto a disculparme y hacer lo que sea necesario para enmendar mi error… haré lo que sea, no dejaré de hacer mi mejor esfuerzo para que esto funcione, es sólo que no te quiero perder…
Katsuragi había llegado al punto de ponerse de rodillas para luego sujetar la mano de la muchachita alemana.
Asuka miraba detenidamente al muchacho postrado ante ella, certificando por sí misma la sinceridad de sus palabras. Al cabo de unos momentos de contemplación soltó un hondo suspiro y sujetó la mano de su novio entre las suyas.
—No estoy enojada contigo, tonto, sino conmigo misma…
"Oh, vaya. Eso es nuevo" pensó Rivera, aliviado que por una vez el de la culpa no fuera él.
—¡No sé que rayos pasó, estoy tan avergonzada por todo lo que hice! Sólo recuerdo que estaba furiosa porque me dejaste sola, pero ni siquiera recuerdo cómo se me metió en la cabeza esa estúpida idea de bailar con otro para ponerte celoso… eso es algo que jamás haría, exhibirme así con un desconocido y de esa manera… de sólo pensar en todos esos imbéciles que me grabaron, me da tanto asco. ¡No sé como le voy a hacer para volver a mostrar mi cara en la calle!
—Bueno, tú sabes, el otro día estuve leyendo en Internet que en esa clase de lugares le ponen toda clase de sustancias químicas a las bebidas de las jovencitas para que estén más desinhibidas, ¡y si es algo que está en Internet es porque debe ser verdad!
"Nota mental: borra ese video de tu celular lo antes posible" se aconsejó a sí mismo, paseando incriminatoriamente la mirada de un lado a otro.
—¡Cómo si eso me ayudara a impedir que todos piensen que soy una sucia mujerzuela!
Las lágrimas se volvieron a hacer presentes en la compungida carita de la muchacha, cuyos ojos enrojecidos daban cuenta de lo mucho que eso había ocurrido durante el transcurso de las pasadas horas. Katsuragi se incorporó y de inmediato la estrechó entre sus brazos, buscando darle alguna clase de consuelo.
—Oye, ya no seas tan dura contigo misma. Tal vez cometiste un error, cierto, pero todos tenemos derecho a equivocarnos. Quizá no lo creas, pero incluso yo he llegado a equivocarme en varias ocasiones— de momento había logrado su objetivo, pues la joven dejó de llorar para poder instigarlo con la mirada —Lo que importa es que, mientras aún tengamos vida, podemos darle solución a esas equivocaciones. ¡Y que los demás se vayan al diablo! Por ejemplo, yo me equivoqué al dejarte así nada más, pero esta experiencia me sirvió para darme cuenta lo afortunado que soy de tenerte a mi lado. Sé que antes te había dicho que estaba bien que bailaras con otras personas, pero cuando te vi con ese tipejo sentí un hueco en el estómago y me di cuenta del error que había cometido. De inmediato te quise recuperar, cuanto antes, y ahora estoy plenamente convencido que eres asombrosa, que no hay nadie como tú y que te quiero para mí, que quiero estar contigo lo que me resta de vida…
Una sonrojada Asuka le sonrió tiernamente, sus ojos recuperando su brillo y chispa característicos, acariciando su cabello para entonces sujetarlo del rostro y darle un amoroso beso que plantó en sus labios.
—¿No crees que es un poco pronto para empezar a hablar de matrimonio? Yo también te quiero mucho, pero será mejor que no nos adelantemos, aún tenemos mucho por delante…
—¿Matrim…?— pronunció Kai, poniéndose blanco como sábana —¡Oh, por eso de lo que resta de vida! Me refería a que…
—Shhh… no te infartes— lo tranquilizó la joven, poniéndole el dedo índice sobre sus labios, cuando parecía que estaba a punto de entrar en shock —Entendí tu punto, y te agradezco. Ahora me siento mucho mejor… gracias por todo tu esfuerzo, sé que no debió ser fácil para ti estar tanto en ese antro ruidoso y sofocante.
—No estuvo tan mal, tengo que admitir que la parte de los trancazos fue bastante genial…
—Pero mira nada más cómo te dejaron esos desgraciados— refirió Langley al examinar detenidamente la lesión en la cabeza de su novio, besando gentilmente aquella herida —¿Te duele mucho?
—Para nada, por suerte para mí soy un cabeza dura— señaló el chiquillo, tocando su cráneo como si lo hiciera con un pedazo de madera —Además tengo una aguerrida chica que sale en mi defensa siempre que la necesito…
La muchacha lo sujetó por la cintura y restregó su rostro contra su pecho, haciéndolo como si fuera una minina acurrucándose.
—La verdad es que sí tengo un poquito de hambre— dijo, sin soltarlo —Creo que sí voy a querer ese sándwich, después de todo.
Shinji, por otro lado, sostenía con desesperación su teléfono celular sobre su oído, utilizando todas las técnicas de negociación a su alcance para no pasar solo aquella noche tan especial, la primera vez que tenía pareja en aquella celebración.
—Sophie, por favor, no me hagas esto. Ya pasó todo un día sin que te haya visto, sabes que es demasiado para mí. Si hice algo que te molestara hablemos de ello entonces, pero no te alejes así de mi lado… Si sigues enojada por lo de Asuka te juro que ya no siento nada por ella, sólo me dio bastante pena ajena el ridículo que estaba haciendo y ese estúpido de Kai no hacía más que…
—Amor, deja de ser tan dramático y buscarle tres pies al gato… no estoy enojada, ya te lo dije. Te lo vuelvo a repetir, y tienes que creerme cuando te lo digo: no me he estado sintiendo bien, prefiero descansar para luego poder consentirte como se debe. Además no quisiera pegarte lo que traigo, es mejor que me quede sola por un tiempo…
—Si estás enferma con mayor razón debo estar a tu lado. Déjame cuidar de ti y ayudarte a que te recuperes por completo. Verás que con mis cuidados te aliviarás mucho más pronto… puedo ir a prepararte sopa de pollo ó…
—¡No! No, te lo suplico… no vengas…
—Pe-pero…
—No salgas de tu casa, por favor… te prometo que mañana mismo podremos vernos, y te compensaré como tú quieras haberte dejado solo justo hoy… pero por ahora, necesito estar sola… y necesito que respetes eso, por favor…
—Está bien— pronunció Ikari, abatido, derrotado —Te hablo mañana entonces…
—Muchas gracias, Duerme bien, te amo…
—Yo también, mucho. Buenas noches.
El jovencito colgó su aparato de comunicación, decepcionado, mirando la pantalla vacía del aparato cómo si estuviera pidiéndole alguna explicación. El 14 de Febrero era un día fastidioso cuando no tenía pareja, pero ahora que la tenía y que no podía estar a su lado era insoportable, era lo peor. Al entrar a la casa y escuchar las risitas que provenían del cuarto de su compañera, anunciando la reconciliación con su novio, perdió el control de si mismo y volvió a salir, corriendo histérico. Arrojó su celular por lo alto de las escaleras, furioso, mirando como se deshacía en pedazos al momento de impactar contra el piso.
—¡¿PORQUÉ ME HACES ESTO?!— gritó hasta quedar afónico, para luego derrumbarse en el suelo del pasillo, inconsolable.
En ese mismo instante, después de haberle colgado la llamada, la causa de la desazón del joven Ikari se contemplaba frente al espejo como si estuviera viendo hacia otra dimensión completamente desconocida para ella. Para ser una persona que decía sentirse enferma, su corta vestimenta contrastaba con su supuesto estado de salud. Su diminuto atuendo consistía únicamente en un revelador y entallado negligé negro, confeccionado casi en su totalidad con encaje y tela transparente que permitía apreciar sin distracciones las atractivas formas de la sensual jovencita, quien calzaba unos altos tacones de aguja del mismo color que sus prendas.
Sentada con las piernas cruzadas frente a su tocador, Sophia era un cúmulo de contradicciones, tanto en su apariencia como en su proceder. Había afirmado estar enferma, pero se vestía de esa manera tan descubierta, y pese a lo provocativo de sus prendas no se sentía de la manera tan lujuriosa como su apariencia haría creer. En cambio, sus dientes no dejaban de chocar los unos con otros, tenía la piel de gallina a lo largo de toda su expuesta humanidad y las manos le temblaban igual que a alguien diagnosticado con Mal de Parkinson. Como pudo, sujetó su cepillo y comenzó a alisarse su largo cabello negro, lenta, gradualmente, mientras que con voz quebradiza comenzaba a cantar en español, con un pausado tono de canción de cuna:
"Muñequita linda de cabellos de oro
de dientes de perla, labios de rubí
Dime si me quieres como yo te adoro,
si de mí te acuerdas como yo de ti.
A veces escucho un eco divino
que envuelto en la brisa parece decir...
Sí te quiero mucho, mucho, mucho, mucho
tanto como entonces, siempre hasta morir."
Las lágrimas comenzaron a rodar a lo largo de sus pómulos y como gotas de rocío comenzaron a caer una a una en el suelo, sin que por eso la joven desistiera de su arreglo personal ni de cantar aquella dulce melodía, que en aquél lúgubre ambiente parecía más bien una pompa funeraria. Resultaba evidente, a todas luces, que la muchachita estaba terriblemente asustada.
Su departamento estaba con todas las luces apagadas, con la excepción de una pequeña lámpara instalada precisamente a lo largo del espejo de su tocador. A sus espaldas, las tinieblas comenzaron a revolverse, para escupir de sus entrañas una sombra enorme, masiva, que fue adquiriendo forma humana conforme avanzaba hacia ella. Sin embargo Neuville no hizo intento alguno por moverse, continuando con el lento cepillado de su cabello y su arrullador cantar, si bien su rostro se estaba transformando en una mueca de terror, terror absoluto.
—Dime, mi hermosa Luna, ¿estás familiarizada con las leyendas de tus ancestros?— preguntó Demian Hesse con su voz grave y acento europeo, apareciendo justo detrás de ella, colocando una mano sobre su hombro desnudo para acariciar esa tersa piel juvenil —Entre los aztecas, Tezcatlipoca, el así llamado "Espejo Negro", era junto con Quetzalcóatl una deidad dual y antagónica. Señor del cielo y de la tierra, fuente de vida, tutela y amparo del hombre, origen del poder y la felicidad, dueño de las batallas, omnipresente, fuerte e invisible. Este espejo negro servía para reflejar su otra cara, el de sol nocturno junto con su otro nombre, yaótl ó "el enemigo", donde era viento negro y cortante, como las palabras que desarmonizan el entorno, señor del Mictlán, donde los muertos recibían su juicio…
Sophia por fin se había dado vuelta para mirarlo frente a frente, con los ojos abiertos de par en par y su llanto silencioso desbordando a través de ellos, sin que de su garganta pudiera salir palabra alguna.
—Pese a que la Historia casi siempre los caracteriza como unos salvajes primitivos, los mexicas eran, a su modo, un pueblo sabio y avanzado, conocían muy bien la naturaleza dual de la vida misma— sin importarle gran cosa el estado de la perturbada jovencita, Demian continuaba con su cátedra de cultura precolombina a la vez que continuaba recorriendo con sus enormes manos el cuello y hombros de la temblorosa jovencita —Las ofrendas ó sacrificios humanos que realizaban en sus festividades representaban dar lo mejor de sí, alcanzando trascendencia a través de la acción y la preservación de la naturaleza, para calmar al monstruo de esta tierra que habitamos. Sabían que no existe algo como el bien ó el mal absolutos, sino que en muchos casos ambos son caras de una misma moneda… creación y destrucción, principio y fin, odio y amor, no son más que facetas de una misma cosa, vistas a través de un espejo negro… justo como tú, mi querida, preciosa Luna. Disculpa por la lección de historia, tus rasgos autóctonos siempre me remontan a tus orígenes….
La joven, al borde del desmayo, negaba con la cabeza, moviéndola de lado a lado como pandereta. Finalmente las palabras que se le habían atorado encontraban el camino para poder salir, vacilantes, de su boca:
—N-no…no, no, no… no soy Luna… soy… soy So-Sophia… soy Sophia… mi nombre es Sophia… Sophia Neuville… ese es mi nombre…
—Es a lo que me refería, pequeña Luna… Sophia Neuville es el anverso de tu cara, el reflejo que ves en ese espejo negro… es entendible que estés algo confundida, por suerte para ti traigo el remedio exacto para todos tus males…
Hesse sacó de uno de los bolsillos de su gabardina negra una enorme jeringa hipodérmica, llena con una sustancia desconocida. Al ver la aguja que se dirigía a ella el instinto de la jovencita la hizo retroceder, suplicante:
—N-no… no, por favor, por favor, no…
Ni las súplicas, ni las copiosas lágrimas en su rostro, ni la cara de espanto de la desvalida chiquilla hicieron mella en la determinación del gigantesco hombre de cabellera plateada, quien de un solo movimiento clavó ágilmente la aguja sobre la carótida de la joven, inoculando el contenido de la jeringa en el torrente sanguíneo de su "paciente"
—Vamos, vamos— decía susurrante al aplicar la sustancia —Sabes lo gruñona que te pones cuando no tomas tus medicamentos…
La muchachita retrocedió, dando un alarido de dolor al sentir como le hervía la sangre y la cabeza le reventaba, mientras su mundo se desdibujaba. Con los ojos en blanco y el rostro escondido entre las manos se desplomó en el suelo, resoplando agitadamente. Sin embargo, poco a poco su respiración se fue normalizando hasta que se volvió a descubrir la cara, revelando la sonrisa psicótica que se había formado en ella.
—Estoy a su servicio, Doctor Hesse— pronunció la joven en un tono mucho más tranquilo, sin quitarle un solo momento la mirada de encima al hombre barbado delante de ella.
—Así está mucho mejor— asintió Demian, complacido —Ahora dame tu reporte, preciosa Luna. ¿Debo asumir que ya has localizado el lugar donde Gendo mantiene oculto al Segundo Ángel?
—Mis investigaciones de la infraestructura del Geofrente me han conducido a una instalación que es utilizada como centro de almacenamiento de material biológico en la parte más profunda del complejo— mientras hablaba como lo haría una grabación telefónica, la orgullosa "Sophia" se arrodillaba frente al gigante y se postraba a sus pies, con la frente pegada completamente al piso —Los cálculos pronostican un 85% de probabilidad que ese sea al lugar donde tienen confinado a Adán, Doctor.
—Debo asumir que conforme a lo planeado, a estas alturas tienes a tus órdenes a varios elementos claves del personal de NERV, ¿no es así?
—Es correcto, Doctor Hesse. En estos momentos están bajo mi control quince técnicos de la División de Naciones Unidas, ocho técnicos y cinco oficiales de NERV. Además he comenzado con el tratamiento de la piloto de la Unidad Eva 02, Asuka Langley Soryu. En cuestión de días estará completamente sometida a sus designios, Doctor.
—¿Qué me dices de Rei Ayanami?
—De momento no he podido suministrarle ninguna dosis, Doctor Hesse. La piloto de la Unidad Cero desconfía mucho de Sophia y tiene muy escaso contacto con ella. Las dosis de las que dispongo son insuficientes para contaminar su suministro de agua potable, por lo que sigo buscando opciones para empezar su tratamiento lo antes posible.
—Olvídalo, no tiene caso que desperdicies tus recursos y tiempo en eso, hasta ahora lo has hecho muy bien— como si estuviera acalorado, Demian se quitó su larga gabardina, acomodándola sobre un perchero que encontró entre tanta penumbra, sin que la jovencita se moviera de su puesto mientras le hablaba —Creo que prefiero dejar lo mejor hasta el final y ser yo mismo quien someta a Rei, una vez que la tenga en mi custodia. Después de todo necesito un pasatiempo, luego de que unos estúpidos me hicieron volar mi pequeño campo de juegos en Egipto.
—Será como usted ordene, Doctor.
—De momento, acaba de llegar a costas japonesas un nuevo cargamento que necesitaré que tus lacayos trasladen hasta el Geofrente. Es la última carga que recibirás, dentro de ella encontrarás todo lo necesario para la pequeña excursión que realizarás, así como las especificaciones técnicas, instrucciones y material que requieren las nuevas alteraciones a la Unidad Beta— Hesse seguramente se sentía en un horno, pues ahora se despojaba de la camisa de cuello de tortuga y manga larga que vestía, para dejar su pecho desnudo al descubierto —Asegúrate que tus autómatas cumplan todo al pie de la letra y de seguir falseando los reportes de reparación como lo has venido haciendo, y entonces esa molesta armadura de Zeta ya no será ningún obstáculo a nuestros propósitos.
—Así lo haré, Doctor Hesse.
—Tengo que admitir que tener bajo mi control a dos de los cinco pilotos Eva no está nada mal. Me proporcionará una ventaja táctica envidiable, en caso de ser necesario utilizar esa opción. Eso, sin contar el comodín escondido con el que contamos, nuestro pequeño joven Shinji Ikari. Dime, hermosa Luna, llegado el momento, ¿qué crees que hará el joven Ikari?
Al momento de referirse al muchachito, la trastornada chiquilla que hasta ese momento se había expresado clara y concisamente vaciló unos momentos, mostrándose visiblemente perturbada:
—N-no… no lo sé… Doctor… creo… creo que Shinji en verdad ama a Sophia… él ha di-dicho que… la protegerá.. si-sin importar qué…
—Eso tengo entendido— contestó Demian, mirándola fijamente con su helada mirada de lobo estepario —Te conozco bastante mejor, incluso de lo que tú misma crees, Luna. Puedo ver claramente que has llevado tu charada demasiado lejos y que te has entregado varias veces a ese muchacho…
—¡Le suplico me perdone, Doctor!— presa de un súbito ataque de pánico la muchacha por fin se atrevió a levantar la vista, mirándolo suplicante, aferrándose a su pierna mientras continuaba arrodillada en el piso —Le juro que yo…
—Hay algo de poesía en todo eso, ¿sabes?— pronunció el hombre barbado sin dejarla terminar su alegato —El que te hayas entregado precisamente a él, al hijo de Yui Ikari… la vida es como una naranja mecánica, querida Luna, y cada ciclo se va cumpliendo… Pero pierde cuidado, de momento no tengo interés en dañar a tu precioso Shinji Ikari. Su papel en esta obra apenas y está despuntando, y aún tengo varios usos para él… así como para ti. Ya has dejado que ese jovencito se divierta con lo que es mío— al decir esto colocó afectuosamente una mano sobre la cabeza de la muchacha, quien en un principio respiró aliviada por el gesto, alivio que enseguida degeneró en hondo pesar al ver que con su otra mano Hesse desabotonaba sus pantalones, para finalmente ceder a una lastimosa resignación —Ahora es mi turno de gozarte, por derecho propio…
—Sí… Doctor Hesse…
La noche caía sobre todos en Tokio 3, justos y pecadores. Los primeros gozaban, de momento, del merecido descanso que sólo una conciencia tranquila es capaz de proporcionar, afortunados ignorantes de la maldad que acechaba fuera de sus refugios. Los segundos también gozaban, de todos los vicios y depravación en los que su infamia les permitía regodearse, sin temor a castigo alguno, en la confianza que sólo la villanía de un corazón perverso puede otorgar. Pronto, el teatro de la vida los pondría de nuevo en colisión directa unos con otros y como siempre el resultado era de pronóstico reservado.
