"Vexilla regis prodeunt inferni"

(Los estandartes del Rey del Infierno avanzan)

El poeta Virgilio en La Divina Comedia

Aquellos postreros días del mes de Febrero del año 2016 habían sido particularmente nublados y fríos en el área conurbada de la Tercera Tokio. Había trascurrido más de una semana sin que dejara de llover, a veces con mayor intensidad que otras, pero no hubo un solo momento que cesara la precipitación sobre la alicaída ciudad. El clima comenzaba a reflejarse en el ánimo de los escasos habitantes de la urbe japonesa, que desempeñaban su cotidiano trajinar con la cabeza gacha y semblante parco. Ó mejor dicho casi todos, pues en esos momentos el joven Shinji Ikari bien podría estar saltando de alegría y cantando bajo aquella fría lluvia invernal, que a él le parecía refrescante en su repentinamente adquirida euforia inherente a los enamorados.

Arropada con una gruesa cobija sobre la espalda, pero sin dejar de lado la fría lata de cerveza que por regla general debía acompañarla, Misato observaba acurrucada en la sala como el chiquillo entraba y salía constantemente del cuarto de baño, canturreando alegremente y una enorme sonrisa estampada en el rostro, ultimando su arreglo personal luego de haber tomado una breve ducha. Al hacerlo la mujer reflexionaba en lo mucho que su pupilo había cambiado en el transcurrir de los últimos meses, a raíz de que Sophia entrara en su vida. Cuando lo conoció, Ikari difícilmente sonreía y no se preocupaba gran cosa por su apariencia, vistiendo el uniforme escolar durante toda la semana, con la excepción de los fines de semana, donde se ponía su otro uniforme, casi siempre la misma camiseta y los mismos pants deportivos que usaba aún cuando no hiciera ejercicio ni por asomo. Hoy, el muchacho ante sus ojos era completamente distinto y difícilmente se podía creer que se tratara de la misma persona.

—¿Estás seguro que no has estado bebiendo a escondidas, Shinji?— la Mayor Katsuragi bien sabía que la causa del buen humor de su protegido nada tenía que ver con el alcohol, pero de cualquier modo no quiso dejar pasar la oportunidad para lanzar un chascarrillo al respecto.

—¡Jeje, claro que no! ¡Solamente del néctar del amor!— repuso a su vez el muchachito, de buena gana.

—¡Te has hecho todo un poeta, pequeño Shinji! ¿Adónde irán esta vez tú y Sophie?

—Al acuario, y después de eso voy a preparar la cena en su casa… ¡así que no me esperes despierta!

—¡Vaya, parece que van muy en serio! Sólo espero ser invitada a la boda, ¡jajaja!

—De hecho, me alegra que hoy descansaras, necesitaba hablar contigo— el jovencito adoptó un aire de seriedad en tanto se sentaba en el mueble que estaba delante de la agazapada mujer —Hace un par de días Sophie me propuso que me mudara a su departamento… y he decidido que lo voy a hacer.

—¡Eso sí que me toma por sorpresa!— pronunció Katsuragi con una "O" dibujada en los labios, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar —Es un gran paso, ¿seguro que ya lo pensaste bien?

—¿Qué hay que pensar? De cualquier modo, prácticamente vivo con ella. Es rara la vez que vengo a dormir aquí y ya casi todas mis cosas están allá. Es solamente cuestión de hacerlo oficial y sacar mis últimos trastos que tengo en tu casa…

—Shinji y Sophie, viviendo juntos bajo el mismo techo. Me parece encantador. ¿Sabías que Kaji y yo duramos unos cuantos años viviendo juntos? Éramos sólo un poco mayores que ustedes en ese entonces, pero fue una experiencia que no cambiaría por nada. Y aunque me da pesar perder a la persona que prepara mis desayunos por las mañanas sé que este cambio te traerá mucha felicidad y servirá para tu crecimiento personal, así que eso también me pone contenta. ¿Cuándo piensas mudarte?

—Este mismo fin de semana… los dos estamos muy ansiosos, como te puedes imaginar.

—Has mejorado mucho en tan poco tiempo, me siento orgullosa de ti. Recuerdo que cuando te invité a vivir con nosotros mi mayor temor era que terminaras ahorcándote si te quedabas solo… ¡y ahora mírate! Pudiste sobreponerte a todos tus traumas y complejos, y ahora estás listo para convertirte en un hombre hecho y derecho… espero que no te olvides de tus amigos y vengas a visitarnos de vez en cuando…

—No es para tanto, de todas maneras nos seguiremos viendo a diario en el trabajo… y sabes que últimamente no he estado en buenos términos con Asuka y Kai.

—Ojalá que puedan resolver sus diferencias pronto— externó Katsuragi, soltando un hondo suspiro —Nunca sabes lo que pueda pasar mañana, es por eso que no se deben guardar rencores…

El joven Ikari la observó detenidamente, reparando en su semblante alicaído y dando buena cuenta de la causa de ello. A él también le causaba algo de pesar el estar tan mal con aquel muchacho que en cualquier momento abandonaría ese mundo, pero el estar en la antesala de la muerte no le eximía de ser tan cretino y haber causado tanto mal, aunque su madre adoptiva no lo viera así, naturalmente.

—Ya veremos como se dan las cosas, de momento creo que alejarme nos hará bien a todos. Quizás con el tiempo podamos ver las cosas de distinto modo…

—Te agradezco el esfuerzo que haces, Shinji— Misato trató de sonreír para ocultar la profunda tristeza que la aquejaba —¡Ven acá y dame un abrazo, chiquillo atolondrado! Puede que no lo creas pero voy a extrañar mucho tenerte por aquí…

El jovencito correspondió al gesto de cariño que se le ofrecía, dejándose estrujar en los brazos de la mujer.

—Yo también te voy a extrañar, Misato. Gracias por ser tan buena amiga…

—Aunque a decir verdad, hay una última cosa que quisiera discutir contigo, antes que sigas con tus planes— reveló la Mayor una vez que lo liberó —Debes saber que es muy evidente para todos nosotros que Sophia y tú recién han comenzado con su vida sexual, y que han estado muy activos en ella. Sólo quiero que sepas que en este mundo que tu novia y tú recién están explorando existen mucho riesgos y deben estar protegidos contra todos ellos. Cómo has de saber, cuando una mami y un papi se quieren mucho los dos se juntan en un abrazo muy especial donde el papi deposita dentro de la mami…

—¡Oh, Dios mío!— exclamó Ikari a viva voz, tapando sus oídos mientras salía corriendo hacia su cuarto, como gacela en huída —¡No voy a hablar de esto contigo!

Mientras tanto, en los cuarteles generales bajo tierra de NERV la jornada en curso estaba resultando ser todo un revulsivo, específicamente en la División de las Naciones Unidas. Ese mismo día la incapacidad del Director General, Kai Katsuragi, había llegado a su fin y por fin se presentaba a labores luego de una larga ausencia de meses. De inmediato se había avocado a inspeccionar personalmente los avances en las labores de reparación de las Unidades Eva Especiales que estaban a su mando, y no estaba feliz con los resultados.

—La última vez que estuve aquí me aseguraste, muy elocuentemente, que podías solo con todo el trabajo y que no me necesitabas para nada— decía Rivera mientras avanzaba por los pasillos de la instalación en compañía de Kenji Takashi y otros de sus subordinados, por lo que la conversación no pasó inadvertida para todos los demás —Pero aún así, henos aquí, ahora, en este mismo momento, con un retraso de casi dos semanas en el cronograma… ¿a qué se debe eso?

—El personal no está resultando ser lo suficientemente competente para cumplir en tiempo y forma las tareas establecidas— carraspeó Takashi, quien no pudo ocultar el rubor que apareció en sus pómulos ante la mirada de toda la comitiva —He estado aplicando algunas medidas para solucionarlo pero hasta ahora…

—Sí, ya he podido ver el resultado de algunas de esas medidas— sentenció Katsuragi, señalando con la punta de su pluma a un joven técnico a la lejanía con evidentes contusiones —Venimos a este lugar a trabajar, Ingeniero Takashi, no a jugar a las luchitas… he podido ver en los reportes de Recursos Humanos que las faltas por incapacidad médica se han incrementado estos últimos dos meses.

—Es natural, ya que en temporada invernal aumentan las enfermedades respiratorias y…

—¿Las agresiones físicas entre compañeros de trabajo? No sabía que también hubiera epidemia por eso, debo atender mejor los boletines del Departamento de Salud Pública…

Algunos de los presentes no pudieron contener la carcajada, lo que encendió aún más el encendido rostro del crispado Kenji.

—Los empleados lastimados y desmotivados causan precisamente la baja en la producción de cualquier área, señores, eso es simple— continuó Rivera, que pese a todo, no encontraba para nada divertido todo el asunto —Acabo de recibir la orden para trasladarme de nuevo al frente de batalla. Estos Evas deben estar listos para la acción en un plazo no mayor a cinco días, así que lo haremos en tres. Lo haremos optimizando recursos materiales y humanos, dando prioridad a la conclusión de los trabajos en Beta. Enfocaremos todos los esfuerzos en esa Unidad, que es la que lleva más retraso según los últimos reportes, aunque ignoro por qué ha habido tantas modificaciones al plan original, es algo que debo revisar personalmente…

—Cuenta con eso… podemos empezar por…

Antes que Takashi continuara, el joven Katsuragi lo interrumpió de tajo, dejando en claro a todo mundo quien era la autoridad en ese lugar.

—Comenzaremos por dividirnos en cinco áreas que trabajarán a la par, cada una con su propio director. Yo mismo dirigiré una sexta área que será la encargada de finalizar los últimos arreglos a Zeta y a la postre hará lo mismo con Beta…

—¿De qué estás hablando? ¿Dónde quedo yo en todo eso?

—Ninguna área tendrá primacía sobre los demás, todas deberán coordinarse entre sí y responderán únicamente al Director General, es decir, yo.

—¡Esto es una burla! ¿Acaso…?

—Al contrario, le estoy haciendo un gran favor, Ingeniero. Ya puede dejar de presionarse tanto y sentir que todo depende de usted, hemos dividido la carga laboral en cinco partes iguales que trabajarán al mismo tiempo. Asimismo, con esta medida estoy seguro que disminuiremos la cantidad de incapacidades por lesiones y accidentes laborales, y con el bono que he gestionado para todos ustedes, los empleados estarán doblemente motivados en sus turnos. Así que sin excusas, gente: quiero a todo el personal disponible encima de esos monigotes a partir de este momento, trabajando como hormiguitas laboriosas. ¿Quedó claro?

—¡¿Quién te crees que eres, para aparecerte así como si nada y de un plumazo borrar todos los procedimientos establecidos?!

—Pues… en mi placa dice "Director General: Kai Katsuragi", no Kenji Takashi.

—¡Deja de hacerte el estúpido!— rabió su subordinado, hecho una furia —¡No voy a permitir que me culpes por los errores de un montón de imbéciles que ni siquiera saben sostener un desarmador! ¡Si crees que me quedaré con los brazos cruzados estás muy equivocado! ¡No vas a estar aquí todo el tiempo!

—Cierto, pero por eso mismo estos cambios que realicé son de carácter permanente, hasta nuevo aviso. Me aseguré que sólo el Director General pueda revertirlos, y en caso de que algo me pase mientras arriesgo mi culo para salvar el de todos ustedes, ya he mandado al Secretario General de la O.N.U. una terna de nombres para sustituirme… por cierto, me tomé la libertad de excluirte de ella, viendo como te desmoronas con el estrés que dan los puestos altos…

—¡Eres un… desgraciado!— gritó iracundo el oficial técnico, arrojando la carpeta en sus manos por encima de sus cabezas —¡Vas a arrepentirte de esto, Rivera! ¿Me escuchaste bien? ¡Te vas a arrepentir!

Takashi se alejó de todos, bramando como elefante furioso, mientras el muchacho lo observaba alejarse con cierto desencanto. Aunque consideraba correcto su proceder, caía en la cuenta que al hacerlo se estaba quedando sin amistades y cada vez causaba animadversión en un mayor número de personas. Shinji y Kenji, cada uno era parecido al otro de cierta manera, pues cegados por la envidia y los celos habían decidido volcar todas sus frustraciones en su contra y comenzaba a preguntarse si él mismo tendría algo que ver con eso. ¿Sería tan arrogante como ellos afirmaban y es que no se daba cuenta?

—Eso salió mejor de lo que esperaba— musitó Katsuragi, con un dejo amargo en su voz, para enseguida avisparse y retomar su rol de jefe —Se acabó el espectáculo, señores, ¡pónganse a trabajar! ¡Tenemos una fecha límite muy cercana!

Mientras eso ocurría, en una locación no especificada de esas mismas instalaciones se llevaba a cabo una reunión de alto nivel entre el Comandante Gendo Ikari, el Subcomandante Fuyutski y la Doctora Ritsuko Akagi. Los tres contemplaban una serie de fotografías magnificadas en el monitor de gran tamaño del que disponían. Ikari apoyaba el mentón sobre las manos, como lo hacía siempre que estaba nervioso ó preocupado, aunque el gesto sirviera para disimular su ansiedad.

—¿Qué tan recientes son estas imágenes?— carraspeó el ajado Profesor Fuyutski, quien no ocultaba tan bien sus emociones como su acompañante.

—El satélite las captó hace apenas unas horas— respondió Ikari, sin hacer un solo movimiento —Nuestros enlaces con las Naciones Unidas nos las hicieron llegar hace unos momentos.

El monitor mostraba la mancha urbana de Nairobi vista desde el espacio, en el corazón del territorio africano controlado por las fuerzas rebeldes al gobierno mundial. Se apreciaba de forma nítida ríos de gente desbordados por todas las calles de la metrópoli, rodeando filas de misiles, tanques y demás armamento militar de alto calibre. No era exageración afirmar que el grueso de la población formaba parte de aquel gigantesco torrente humano.

—El informe considera que el movimiento de tropas está escalando constantemente, en todas las metrópolis del continente— indicó Akagi, revisando datos en su tableta electrónica —No hay duda que el Ejército de la Banda Roja reúne sus fuerzas para un ataque inminente. MAGI ha estimado en veinte millones la cifra total de soldados de los que dispone la Banda Roja.

—¡Es un orate desquiciado! ¿Cómo piensa movilizar un ejército tan enorme? ¡Es imposible!

—Recuerde que Demian nunca se anda por las ramas, Profesor— Ikari fruncía el entrecejo con la sola mención de aquél nombre —Y lo aficionado que es al melodrama… entre más espectacular sea su irrupción en el escenario mundial, mejor para él…

—Las Naciones Unidas demandan de inmediato el despliegue de las Unidades Especiales para el Combate sobre territorio enemigo— señaló Ritsuko por su parte, ajustándose las gafas —Parece que las usarán como la vanguardia que barrerá el grueso de las tropas hostiles… tiene sentido, es lo mismo que yo haría…

—De cualquier modo debemos estar preparados para cualquier probable escenario— masculló Fuyutski, cruzándose de brazos —Hesse ya ha dejado a Zeta en muy mal estado y si acaso ese hombre tiene una cualidad, es la de aprender de sus errores… no hay garantías de que Rivera pueda encargarse de él…

—El Profesor tiene razón, comandante— asintió la mujer de corto cabello rubio —Tenemos que actuar ante la eventualidad de una conflagración mundial. No podemos asegurar que nuestra isla permanecerá ajena a este conflicto que se avecina…

—¿Ya han sido ejecutadas todas las pruebas a nuestro espécimen?— interrogó Gendo sin moverse de su lugar.

—Justo antes de esta reunión finalicé la última— contestó la científica —Todas dieron positivo… el implante será todo un éxito.

—Perfecto. Entonces no perdamos más tiempo y comencemos el procedimiento— decidido, el comandante se levantó de su asiento, pero sin despegar la vista de las imágenes frente a él —Dejemos que el infeliz de Demian se divierta sacudiendo el planeta con sus juegos de guerra. Ya verá que tampoco somos una fuerza que deba ser tomada a la ligera.

El comandante bajó entonces su mirada para dirigirla hacia su mano derecha, que luego cerró para hacerla un apretado puño.

Después de una ardua jornada de sesenta horas con muy pocos y breves descansos, Kai Katsuragi se sentía como si lo hubiera arrollado el tren, pero a la vez orgulloso y conforme de sí mismo. Al hacerle los ajustes necesarios a la plantilla laboral bajo su mando la había convertido en una máquina precisa y bien calibrada que fue capaz de concluir con las labores de reparación incluso unas horas antes de que se cumpliera la fecha límite que se había impuesto. Debido a tal logro, el cansancio que sentía aplastándolo era aún mucho más llevadero con la satisfacción propia de un trabajo bien hecho. Al dirigirse a su oficina para recoger sus enseres personales y partir a su morada su ánimo mejoró aún más cuando divisó la linda estampa de su novia muy bien sentada sobre la jardinera del pasillo que conducía a su despacho.

—¡Hola, hermosa! ¡Qué sorpresa, pero qué felicidad verte por aquí!— exclamó Rivera bastante emocionado —¡Es la primera vez que vienes por mí al trabajo!

No fue hasta entonces que la jovencita de cabello rubio volteó a verlo, estando muy entretenida anteriormente escuchando una pista musical en los audífonos de diadema que llevaba puestos. Su rostro, contrario al de su novio, expresaba cierto desencanto.

—¿Eh? Oh, lo siento mucho, pero en realidad estoy aquí acompañando a Sophie…

—¡¿A Sophie?! ¿Pero qué demonios…?

—¡Listo, amiga!— pronunció la susodicha apareciendo oportunamente por el pasillo contiguo —Terminé con mis entregas del día de hoy, ya podemos ir a casa…

—¡Oye tú, fulana!— reclamó Kai en cuanto la vio —¡Creí haberte dicho que ya no quería verte más merodeando por aquí! ¡Sólo sirves para estar estorbando y quitarle el tiempo a los demás con tus estupideces!

—Tenía entendido que eso sería mientras duraran los trabajos de reparación, y según supe ya están terminados, inclusive antes de tiempo— repuso Neuville cándidamente, con una sonrisa complaciente —Por cierto, muy buen trabajo, Teniente, lo felicito. Se nota inmediatamente la diferencia cuando usted está por aquí…

—¡Bruja insolente, debería…!

—No hagamos enojar más al Teniente con nuestra presencia aquí, amiguita, ¡andando!— lo interrumpió la jovencita americana, levantando a Asuka con un jalón de brazo, a lo que accedió dócilmente —Voy a secuestrar toda la tarde a su preciosa novia, Teniente Katsuragi… se ofreció muy amablemente a ayudarme con los arreglos para la mudanza de Shinji. ¡No sé que hubiera hecho sin ella!

—¿Se ofreció? ¿Amablemente? ¿Shinji se va a mudar?— repitió Rivera, balbuceante, sin dar crédito a todo lo que acababa de escuchar —¡¿Qué carajos está pasando aquí?! ¡Asuka!

—Sophie tiene razón— contestó la muchacha europea en un tono bastante apacible e inusual en ella, mientras empezaba a andar junto a su compañera —Tengo que ayudarla con la mudanza… es un fastidio, pero no tengo más opción que ayudarla… nos vemos después…

—Si dices que es un fastidio, ¿entonces por qué lo haces? ¡Oye! ¿Ni siquiera me vas a dar un besito de despedida?— le inquirió de forma lastimosa cuando las dos jovencitas ya estaban dando vuelta por otro corredor, casi perdiéndose de vista.

Langley se limitó a observar el rostro de Sophia, como si buscara su aprobación. Asintiendo solamente moviendo la cabeza, ésta concedió el permiso y sólo entonces la blonda adolescente desanduvo sus pasos para llegar al lado de su novio y colocar fugazmente sus labios sobre los suyos, acción que difícilmente podría llamarse un beso.

—Adiós— dijo la chiquilla apuradamente, apresurándose en alcanzar a la otra muchacha.

Katsuragi ya no le respondió, reponiéndose de la impresión de haber besado a una estatua de hielo con la forma de su novia.

—Lo más probable es que haya caído desmayado por el cansancio y todo esto se trate sólo de un loco sueño— musitó luego de un rato sin reaccionar, pellizcándose el antebrazo para poder despertar a la realidad ó eso creía, cosa que no ocurrió —También cabe la posibilidad que me absorbiera un agujero de gusano, transportándome a una realidad alterna completamente distinta a la que conozco.

—¡Cómo odio a ese estúpido bastardo!— exclamó Sophie, una vez que se alejaron por completo de Kai y que ya nadie podía oírlas —¡Ya no puedo esperar a que el Doctor Hesse le arranque la maldita cabeza, cómo me lo prometió!

—¿Qué…?

—Cierra la boca, vaca estúpida, que no estaba hablando contigo— Neuville sacó enseguida una botella con agua de su mochila, la que entregó a su acompañante —Tómate toda la dosis que te guardé, no creas que me olvidé de ti… y vuelve a ponerte esos audífonos, tarada, ya te he dicho que nunca dejes de escucharlos a no ser que yo te lo ordene…

—Tienes razón… Sophie… lo siento mucho— susurró la muchacha con apenas un dejo de voz, colocándose de nuevo el dispositivo de audio portátil para escuchar la misma pista musical repleta de mensajes subliminales que había estado oyendo sin descanso durante días enteros —Debo hacer todo lo que me digas…

"Sophia" sonreía complacida mientras observaba como su víctima apuraba de un solo trago el contenido entero del recipiente en sus manos.

"Yo soy el Mago de los Sueños y aquí estoy para contar a los pequeños de bondad, que lindo es el soñar…" canturreaba mentalmente el joven Katsuragi a la vez que se balanceaba en el interior del elevador que llevaba hasta su penthouse, tratando de no quedarse dormido de pie. Sus párpados se cerraban continuamente y cada vez le costaba más trabajo abrirlos cuando eso sucedía, conforme estaba más próximo a su mullida cama que le esperaba ansiosa en su casa. Al salir del ascensor y tomar el pasillo que conducía a la puerta de su hogar cayó en la cuenta que su bien merecido descanso tendría que aguardar un poco más, pues en su puerta también le estaban esperando Hikari y Toji.

—¡Hola, Kai!— saludaron ambos casi al mismo tiempo, agitando las manos.

—¿Qué hay de nuevo, chicos?— respondió éste, bostezando como león —Disculpa, Hikari, Asuka no está ahora en casa… creo que se fue de excursión con su nueva amiga, la alguacil de Locolandia…

—Ya veo— musitó la muchachita, mirando con gesto de aflicción a Suzuhara —Es tal como me lo temía…

—No me lo tomes a mal, pero con los años he aprendido que todas las mujeres están locas de atar… un día se odian a morir y al otro son amigas inseparables… ¡No hay quien las entienda!— mencionó Rivera mientras deslizaba la llave por la cerradura electrónica de la puerta —Ahora espero que puedan perdonarme por no atenderlos como se merecen, pero estoy que me caigo de sueño… otro día hablamos con más calma…

—Espera sólo un poco, por favor— el semblante en la carita de Hikari rápidamente le hizo entender que se trataba de algo serio —Quiero hablar contigo…sobre Asuka…

—¿Qué pasa con ella?— preguntó Katsuragi, dejando escapar un nuevo bostezo.

—¡Amigo, ya sé que estás muy ocupado salvando al mundo y todo eso, pero necesitas poner más atención en tu chica!— exclamó finalmente Toji, sin tapujos.

—¿A qué te refieres?

—Ha estado actuando muy raro, desde aquella salida a bailar— contestó Hokkari, apesadumbrada —Al principio yo también pensé que eran sólo ideas mías, pero en estos últimos días ni ella ni Sophia han ido a clases… antes hablábamos por teléfono por lo menos una vez al día, pero ya no ha estado contestando mis llamadas ni a mis mensajes… no sé que le esté pasando, pero tengo miedo por ella, todo esto no es normal…

—Mi querida muchacha— repuso Kai, colocando paternalmente las manos sobre sus hombros —Sé que aún eres joven, y quizás por eso es que aún no te das cuenta, pero tómalo de alguien con un poco más de experiencia: las personas cambian. Sí, es cierto, quizás Asuka y tú eran muy amigas, pero ocurre seguido que nuestros intereses cambian repentinamente y nuevas personas llegan a nuestras vidas, hacemos nuevas asociaciones y vamos desechando las viejas. Puede que sea algo cruel, y es entendible que te sientas celosa en estos momentos, pero todo esto es parte del cambio constante que es el proceso de vivir. Verás que tú también irás haciendo nuevas amistades con el tiempo y que Asuka dejará de ser un elemento tan importante en tu vida, estarás agradecida por el tiempo que pasaron juntas y así podrás seguir adelante…

Sus dos acompañantes permanecieron impávidos, reaccionando solamente al parpadear al parejo, cosa que frustraba aún más a Rivera.

—Sophia y Asuka se odiaban antes, ahora son grandes amigas, las mujeres están locas, blablabla ¡qué más da! Dispénsenme ustedes, creo que escuché que mi almohada me llamaba…

—¡Sólo piénsalo detenidamente un minuto, por favor!— insistió Hikari —Tú también la conoces muy bien, dime si la forma como se exhibió en frente de todos en ese antro, el que repentinamente se la pase al lado de Sophia, la manera como habla y actúa es algo que ella normalmente haría… ¡piénsalo!

Katsuragi recordó entonces el gélido beso de hace sólo un rato y la manera tan peculiar en que las dos se marcharon, y no pudo más que darle la razón a la muchacha.

—Bueno… si lo pones de esa manera, sí, es algo extraño. ¿Pero yo qué puedo hacer?

—Tienes que hablar con ella, antes que nada, y tratar de averiguar qué es lo que está pasando. Debe haber una explicación para todo lo que está sucediendo, y si nos necesita, tenemos que ayudarla…

—¡Oh, sí, ya he visto antes estas cosas en la tele!— exclamó Toji, tan entusiasta como casi siempre —¡Por fin voy a poder estar en una intervención! Ella solamente estará así, como si nada, y entonces llegaremos todos nosotros de sorpresa, y entonces ella se quedará así como: "¿qué está pasando aquí?" y nosotros seremos como: "¡estás en una intervención, perra, deja ya esas drogas!"

—Hmm, ahora veo que MTV ha hecho más estragos a nuestra generación que el mismo Segundo Impacto— mencionó Rivera, mirándolo de soslayo.

—Sabes que se emociona fácilmente, disculpa su entusiasmo exagerado— pronunció la muchachita, sujetando a Suzuhara de la mano.

No fue hasta entonces que Kai se percató de algo que era evidente a todas luces, desde hace algún tiempo:

—¡Oh, Dios mío! ¡Ustedes están…! ¡Tú! ¡Y tú!— decía atónito, señalando al uno y al otro, tan sorprendido que hasta el sueño se le había espantado —Pero, ¿cómo…? Es decir, ¿Cuándo? ¿Y porqué?

—¡Viejo, para ser alguien tan listo eres bastante lento!— exclamó Suzuhara, con una amplia sonrisa dibujada en el rostro, mientras ambos se abocaban a relatarle como se dieron las circunstancias favorables para principiar su relación amorosa, olvidándose momentáneamente del problema que les aquejaba.

En esos momentos Misato tamborileaba con los dedos la superficie del escritorio de Ritsuko, ansiosa porque a su entender su amiga se estaba tomando demasiado tiempo para darle a conocer las noticias que tenía. Fueran buenas o malas, lo que no soportaba era tener que lidiar con la zozobra de la que era prisionera desde hace días. Akagi, por su parte, parecía más ocupada en poner en orden a su oficina, acomodando papeles y guardando varias carpetas en distintos estantes, para por último, una vez que todo su escritorio estuvo despejado, tomar asiento y cruzarse de brazos sobre el mueble.

—¿Y bien?— preguntó la Mayor Katsuragi, impaciente.

Su actitud tan parsimoniosa y el que no se quitara los lentes para hablar con ella le podía ir adelantando que la situación era bastante seria.

—Cómo te habrás dado cuenta, nos tomamos el tiempo suficiente para que nuestros estudios al cultivo realizado fueran los más precisos posible, y que ni un solo detalle pasara inadvertido— pronunció la Doctora Akagi, carente de cualquier familiaridad, como si estuviera hablando con una completa desconocida —Debido a esto, es mi deber informarte que los datos recabados arrojan que la terapia que teníamos planeada resulta inútil en el estado tan avanzado en el que se encuentra la condición del paciente. Lamento ser yo quien te lo diga, a sabiendas de que pudiste haberte hecho falsas ilusiones este tiempo, pero no hay nada que la ciencia médica pueda hacer para salvar a Kai.

—A final de cuentas, él tenía toda la razón, ¿cierto?— pronunció la mujer con un dejo de amargura en la voz —Todo no fue más que una pérdida de tiempo…

—Puedes verlo de esa manera si eso te hace sentir mejor, pero puedo asegurarte que si este mismo estudio lo hubiéramos hecho hace un año las condiciones hubieran sido las propicias para comenzar su tratamiento…

—Y si las vacas volaran, ninguno de nosotros saldría de casa, ¿cierto?

Antes que las hostilidades verbales escalaran, el Comandante Ikari hizo oportuno acto de presencia, en compañía de Rei Ayanami.

—Disculpen la interrupción— pronunció Ikari al abrir la puerta de la oficina, dejando ver a las mujeres su antebrazo derecho vendado y maniatado con un cabestrillo al hombro —Mayor Katsuragi, lamento haber llegado tarde, era mi intención estar aquí cuando la Doctora Akagi le comunicara los resultados de nuestros exámenes…

—Descuide señor, de cualquier modo las cosas en nada hubieran cambiado, ¿no es así?— contestó Misato, poniéndose en pie, al igual que Rikko —Además, parece que ha tenido sus propios problemas… no sabía estuviera lastimado…

—Un pequeño accidente en el laboratorio, pero le aseguro que se ve mucho peor de lo que en realidad es— repuso a su vez —Aún así, quiero asegurarle que cuentan ustedes con todo nuestro apoyo y que otorgaremos todas las facilidades a nuestra amplia disposición cuando el evento… suceda…— al decir esto se notaba que la presencia de Ayanami lo inhibía en algún modo, desconocedora esta última de la precaria situación en la que se encontraba Rivera —Disculpe que hayamos sido incapaces de ayudarlos en algo más…

—Al contrario, gracias a ustedes dos por el tiempo que dedicaron a esto… con su permiso, quisiera retirarme— la Mayor dejó entonces la oficina, visiblemente perturbada.

Una vez que encontró un remanso de paz y privacidad, en un baño de mujeres, Katsuragi daba rienda suelta a su llanto, haciendo visera con la mano para ocultar los ojos. Ahí terminaba todo, no había más que hacer sino esperar a que el tiempo siguiera su marcha y aguardar por lo inevitable. Perdería al muchacho, de la misma manera que perdía a todos los hombres en su vida. Su padre, José y Kaji. ¿Es que acaso estaría maldita de alguna forma?

—¿Qué es lo que la aflige, Mayor?— preguntó Rei a sus espaldas, saliendo de la nada.

—Rei— masculló con dificultad, con la voz completamente quebrada —Lo siento mucho, linda, no creo ser muy buena compañía en estos momentos. Prometo que otro día conversaremos… hoy…hoy no puedo… quiero estar sola, si no te molesta…

—Se trata de Kai, ¿no es así?

Aún con las lágrimas anegando sus ojos la mujer volteó a ver a la sagaz muchachita, de pie detrás suyo. Al saber de antemano que aún guardaba sentimientos por el joven en cuestión, no le vio sentido a mortificarla con tanta antelación, sabedora de la bendición que a veces podía ser la ignorancia. "Es mejor así, que no sepan nada" pensaba Misato "Así podrán pasar lo que quede de tiempo sin tantas mortificaciones."

—Qué imaginación la tuya, chiquilla… aunque puedo comprender que para ti, todo tiene que ver algo con Kai…

—No soy sorda ni tonta, Mayor— sentenció Ayanami sobriamente —Y tengo edad suficiente para comprender el concepto de la muerte. Sé que Kai está muriendo…

—¿El Comandante Ikari te lo dijo?

— El Comandante Ikari no habla mucho conmigo, pese a las apariencias. Pero supe que le realizaron estudios, estuvieron muy ocupados en eso toda la semana. Y hace poco hablé con el mismo Kai… al parecer está haciendo arreglos, "por si algo llega a pasarle" según sus propias palabras… no tengo que ser adivina para saber que sufre de una condición terminal.

—Es verdad— dijo Katsuragi, volviendo a ocultar la mirada con su mano, como si quisiera hacerse invisible ante todos —Y ya no hay nada que se pueda hacer… todo… todo está perdido…

—¿De cuánto… tiempo estamos hablando?

—Unos cuantos días… a lo mucho, semanas. Por lo que sé, en este mismo momento podría estar muerto, tirado en el piso quién sabe donde… ¡Lo peor de todo, tenía que enterarme justo ahora, en la víspera de otro aniversario luctuoso de sus padres! ¡La peor época del año! ¡Es demasiado!

—Por lo menos aún les queda tiempo suficiente— dijo la muchachita cuando una vez más Misato se abocaba al llanto —El suficiente para poner en orden sus asuntos… si lo piensa, es una clase de bendición… muchos no tienen esa oportunidad…

—Es muy poco tiempo— añadió la mujer, tratando de recobrar la compostura —Me han dicho que este mismo domingo, en dos días, regresa a la guerra en África y Medio Oriente… ¿sabes lo que eso significa? Esta vez que se vaya… será para siempre… no volveré a verlo nunca más…

—Dos días bastan y sobran— remató lacónicamente Rei, viéndola profundamente a los ojos con su mirada escarlata —Para que pueda decirle cuáles son sus verdaderos sentimientos hacia él…

La mujer se quedó sin habla, petrificada frente a la chiquilla que había desvelado uno de sus más oscuros secretos, así como si nada.

—Hmm, está deliciosa— pronunciaba Sophia, tumbada sobre su sofá, al borde del éxtasis mientras abría sus labios para hincarle el diente a una gran y colorida fresa que Asuka colocaba cuidadosamente en su boca, arrodillada a su lado —Las fresas son mi fruta favorita, ¿sabías? Sería bastante feliz si pudiera subsistir comiendo solamente fresas… y de esta manera saben aún mejor. Toma, puedes probar una, para que veas de lo que hablo— la joven de cabellera oscura deslizó uno de los mencionados frutos a través de los labios de su compañera, que comenzó a masticarla mecánicamente, con la vista fija en la nada.

—Deliciosa— pronunció sin un dejo de emoción, y sin limpiarse siquiera la gota de jugo carmesí que se deslizaba por la comisura de su boca.

—¡Esto de tener mi sirvienta personal es de lo más genial que me ha pasado! Quizás pueda convencer al buen Doctor que me deje conservarte, como mi mascota… eso te gustaría, ¿verdad, cachetona?

Neuville pellizcó entonces la mejilla izquierda de su acompañante, sacudiendo animosamente todo su rostro. Pese a ello, no hubo algún reclamo de la muchacha, quien no modificó un ápice su actitud taciturna, casi sonámbula.

—Sí, Sophia… todo lo que tú digas…

La aspirante a esclavista, satisfecha, echó de nuevo un rápido vistazo a su departamento, el cual solamente Langley se había dedicado a limpiar y acomodar con sumo esmero. Ella, que difícilmente lavaba un solo plato en su propia casa, había pasado la tarde entera aspirando y lustrando aquellos pisos, moviendo pesados muebles de aquí para allá según el capricho de la inquilina. Como resultado, el lugar lucía resplandeciente, ni una sola mota de polvo había sido dejada en su interior.

—Tengo que admitir que este sitio nunca se ha visto mejor, hiciste un muy buen trabajo, muchacha— la joven de piel bronceada tomó la última fresa que quedaba en el tazón, dejándolo libre para verter en él medio litro de agua a la que añadió su propio ingrediente secreto, contenido en una ampolleta de cristal —Toma, aquí tienes tu recompensa… recuerda tomártelo todo, ó me enojaré…

Colocó el lebrillo sobre el piso, de donde comenzó a beber la jovencita rubia con avidez, sin levantarlo siquiera, tomándolo a lengüetadas como si se tratara de un canino.

—Muy bien, ese es el lugar que le corresponde a una perra como tú— pronunció la americana con sumo desprecio, colocando la planta de su pie derecho sobre la cabeza de la desvalida chiquilla, que no se inmutó y continuó vaciando el tazón sobre el piso de esa manera tan poco ortodoxa —Esto y más te mereces por hacer sufrir tanto a mi pobre Shinji, bruja odiosa… cuando termine contigo quedarás irreconocible y en algún punto tendrá que preguntarse qué diablos fue lo que te vio.

La infortunada Asuka, aunque atenta a cada una de sus palabras, se ocupaba más en lamer el interior del cuenco que acababa de vaciar que en dar otra respuesta que no fuera:

—Sí, Sophia…

—Antes de eso, vas a tener que hacer otra cosa, mi mascota— la muchacha apoyó con mucha más fuerza el pie que mantenía sobre la cabeza de Langley, haciendo que la apoyara completamente contra el piso —Escucha muy bien lo que te voy a decir, idiota, es de suma importancia que lo guardes bien en tu cabezota para que recuerdes todo cuando llegue el momento. Rei Ayanami es la culpable de todas tus desgracias. Desde siempre no ha hecho más que conspirar en tu contra, escondiéndose detrás de su fachada de niña buena y callada, haciéndoles creer a todos que eres una estúpida prostituta cualquiera. ¡Lo peor de todo! No descansará hasta haberte quitado a tu hombre, dejándote en ridículo frente a todo mundo. Te odia más que a nada, y no se rendirá hasta que estés completamente acabada para satisfacer sus aires de grandeza. Incluso sé de muy buena fuente que cuando haya logrado sus objetivos, piensa matarte, haciéndolo parecer como si fuera un accidente.

—Ayanami— la joven rubia levantó un poco el rostro, mostrando la máscara de furia insana que lo había reemplazado.

—Por suerte para ti, me tienes de tu lado, para protegerte de esa hechicera malévola y ponerte sobre aviso. Cuando esa maldita intente hacer su jugada, te daré la señal antes, y entonces, sin que te importe cualquier otra cosa, sea como sea, la matarás. ¿Entendiste? Solamente tendrás una oportunidad, así que no debes detenerte hasta asesinar a esa desgraciada infeliz, sin importar lo que te digan ó quien trate de detenerte, no escucharás a nadie más que a mi. ¿Me has oído, imbécil?— de nueva cuenta, alevosamente, Neuville clavó la planta de su pie en el cráneo de su títere, restregando la cara de Langley sobre el piso recién encerado, que actuaba casi como un espejo —¡Cuándo yo te lo ordene vas a matar a Rei Ayanami!

—Sí, Sophia— gruñó Asuka, con la cara todavía en el suelo, por lo que no se apreciaba la forma en la que enseñaba los dientes como perro rabioso —Voy a matar a Ayanami cuando tú me lo ordenes… la odio… ¡la odiooo!

Ignorante de la peculiar conspiración que se llevaba a cabo en sus futuros aposentos, así como también de muchas otras cosas, Shinji Ikari se dirigía hacia ese lugar con un andar ligero y despreocupado, pese a que la pertinaz lluvia arreciaba. Refugiado bajo su paraguas y grueso impermeable aquello poco le molestaba, salvo para poner a buen resguardo la pequeña valija que hasta entonces había llevado descuidadamente al hombro. En ella transportaba su colección de compactos y consola de videojuegos, por lo que tenía que cuidar mantenerlos fuera del alcance del agua.

Al internarse en un parque para cortar camino llamó poderosamente su atención un solitario paseante que se encontraba sentado sobre una de las bancas del desolado jardín, como si la copiosa precipitación no le afectara gran cosa. Temiendo que se tratara de un loco ó algún indigente ó ambas cosas, el instinto del muchacho fue rodearlo para evadir cualquier contacto visual. No obstante, al poder verlo más de cerca creyó reconocer sus peculiares signos característicos.

—¿Señor… Hesse?— pronunció el chiquillo, sin estar seguro de querer acercarse —¿Es usted, señor Hesse?

—¡Vaya, qué tal!— exclamó el susodicho, sin levantarse de su asiento —¡Si se trata de mi buen amigo, el joven señor Shinji Ikari! No esperaba encontrarte en esta ocasión… a veces se me olvida lo pequeña que es esta ciudad en comparación a otras.

—¿Qué hace afuera, con este clima?

—Nací en el Reino Unido, muchacho, allá todos los días eran así… esta ligera brisa es nada en comparación con esos chaparrones…

Un silencio incómodo se hizo presente entre ambos personajes, tan disímbolos. ¿De qué tendrían que hablar aquellos dos perfectos desconocidos, sino de nimiedades?

—Me alegra mucho verlo, señor Hesse. Puede que no hayamos hablado mucho, pero la conversación que tuvimos me ha servido bastante…

—El señor Hesse era mi padre, joven Shinji. Tú puedes llamarme… Doctor… Doctor Hesse… apenas si puedo creer lo cambiado que estás. ¡Por poco y no te reconozco! Has crecido mucho y dejaste tu cabello un poco más largo. Ahora te pareces mucho más a tu madre que a tu padre… eso es algo muy bueno, si me lo preguntas…

—¿Usted cree? Yo no he notado mucho cambio… Doctor…

—¡Al contrario! El maltrecho y acongojado muchachito que vi aquella vez en el cementerio poco tiene que ver con el jovencito de apariencia formal y cabeza erguida que tengo de pie frente a mí… cuéntame qué ha pasado contigo, Shinji Ikari, ¿qué hay distinto a aquella vez que nos vimos?

—Han sido muchas cosas, a decir verdad, Doctor Hesse— el chiquillo pensó detenidamente algunos instantes, antes de continuar con su respuesta —Pero creo que todo se resume a que por fin he encontrado mi felicidad… se trata de…

—¡Oh, ahora veo! Mis felicitaciones, muchacho, has logrado lo que muchos otros no consiguen en toda una vida… has encontrado tu lugar en este mundo… sí, es evidente que lo has hecho…

—Incluso esta misma semana decidí dejar a las personas con las que vivo y mudarme a mi propio lugar. Pienso que será un gran cambio y tal vez por eso estoy tan emocionado que me es difícil ocultarlo.

—Tienes toda la razón, los cambios son siempre una oportunidad para los nuevos comienzos, son la llave del progreso… naturalmente, tienes que entender que debido a esto no puedes permanecer inmóvil y sentarte en tus laureles…

—¿A qué se refiere?

—La constante de la vida es el cambio, mi amigo, el movimiento continuo. Aquellos que se detienen se pierden. Si dices que has encontrado la felicidad, ya estás lo suficientemente grande para saber que eso de "y vivieron felices por siempre" es sólo una fantasía. Tu felicidad requerirá continuamente acciones de tu parte para su preservación. En otras palabras, ahora que la tienes, cuida de tu felicidad. Y eso no es tarea fácil, joven Ikari, es casi tan difícil y cansado como el encontrarla.

—No… no había pensado al respecto, pero ahora que lo dice, creo que tiene toda la razón, Doctor Hesse. Si me conformo corro el riesgo de hacerme perezoso y perder todo lo que me costó tanto trabajo obtener…

—En efecto, pero no es únicamente lo que hagas ó dejes de hacer. Debes también tomar en cuenta los factores externos que puedan afectar tu estado de bienestar. Este mundo está lleno de depredadores, y aquellos como tú despiertan su envidia y su interés. No dudes, ni un solo momento, que habrá aquellos que vean todo lo que tienes y lo deseen para sí, ó que simplemente buscarán despojarte porque en su ruindad no toleran que alguien esté por encima de ellos.

—Entonces me defenderé, con uñas y dientes y todo lo que esté a mi alcance, pero no permitiré que me quiten todo aquello por lo que he luchado tanto.

—¿En serio, Shinji?— preguntó Hesse, con aire incrédulo, levantándose tan alto como era, imponente a la vista del muchacho —¿Qué estarías dispuesto a hacer, para proteger tu felicidad?

Ikari reflexionó al cabo de unos instantes, para luego soltar sin más.

—Todo. Todo lo que sea necesario.

—Excelente respuesta, joven amigo. Ten siempre en cuenta que ser un verdadero hombre implica hacerse cargo de sus responsabilidades. No permitas que nada te detenga, tu lealtad es solamente hacia ti mismo. Al final de cuentas, es con uno mismo con el único que podemos contar. Llegamos solos a este mundo y solos nos iremos de él. Ahora, si me disculpas, el tiempo se hace corto y aún tengo lugares que visitar… y gente que encontrar…

—¿Ya se marcha?— inquirió el muchacho cuando Hesse le daba la espalda y comenzaba su andar en dirección opuesta a donde se dirigía —Me dio mucho gusto poder conversar de nuevo con usted. Sus consejos siempre me son muy útiles, espero que podamos volver a vernos pronto.

Demian lo miró entonces de reojo, deteniéndose un momento para casi de inmediato reanudar su paso.

—Descuida, estoy seguro que pronto volverás a saber de mí. Saluda a tu padre de mi parte, por favor…

Un repentino relámpago iluminó los oscurecidos cielos, provocando un fuerte estruendo que cimbró los alrededores. Instintivamente, Shinji se encogió sobre sí mismo y cuando se recuperó, al cabo de un segundo, Demian ya estaba fuera de vista. Pero al igual que la vez anterior, sus palabras permanecían frescas en su memoria, indelebles al paso del tiempo.

—¿Hace cuánto tiempo que lo sabes?— Misato por fin pudo preguntarle a la impávida chiquilla de cabello azul claro que tenía frente a sí, después de un largo rato que se había quedado sin habla. Desnudada en sus sentimientos más íntimos no le quedaba otro proceder más que aceptarlos y admirar la sagacidad y amplia capacidad de observación de su joven y callada acompañante.

—Siempre tuve mis sospechas, pero no fue hasta que comencé a tratarla mejor cuando lo confirmé, Mayor— respondió Rei, ecuánime.

—Debes estar pensando que soy la peor escoria que puede haber… aprovecharme así de un muchacho que tiene la mitad de mi edad…

—Al contrario. Sé muy bien las criaturas incontrolables que pueden llegar a ser nuestros sentimientos. Por mucho que lo intentemos, no podemos ignorarlos.

—No creas que no lo he pensado… sincerarme con él y mostrarle lo que verdaderamente siento… pero, muy en el fondo, soy una cobarde egoísta. Temo que cuando lo haga él se irá y entonces lo perderé definitivamente. Por eso es que he preferido hacerme la disimulada y hasta ahora creía que todo mundo creía en mi farsa…

—Pienso que es mejor que se lo diga, antes que sea muy tarde y él nunca lo sepa. ¿Qué más puede perder? Cómo usted lo dijo, sólo les quedan dos días juntos. Quizás será difícil y nadie puede asegurar lo que va a pasar, pero aún así al final usted podrá tener finalmente un cierre, para bien ó para mal.

—Pero entonces sólo estaría pensando en mí, y no en lo que pueda pasarle… ¿qué bien le haría saber que la mujer que lo crió ha estado enamorada de él en secreto todo este tiempo?

—Créame, si yo fui capaz de figurarlo lo más probable es que él también ya tenga sus sospechas. Y si es así, lo mejor será que ambos arreglen sus asuntos… antes que otra cosa suceda…

—Tienes razón— pronunció Katsuragi, secando sus ojos hinchados por las lágrimas —Llegó el momento que deje de ser tan temerosa y exponga mis sentimientos de una vez por todas… tendré toda una vida para afrontar las consecuencias de mis actos, después de eso. Sólo dime, ¿qué hay de ti?

—¿De mi?

—Te haces la misteriosa y todo eso, pero también es evidente que aún sientes algo por Kai, tampoco lo puedes ocultar.

—A decir verdad…— repuso la muchacha, evidentemente contrariada —Estoy… en conflicto… es cierto, tengo sentimientos por él… pero no sé exactamente de qué son… aún no tengo claro… el deseo de mi corazón… si es que tengo uno…

—En cualquier caso, será mejor que te apresures a aclarar tus ideas. Ten en cuenta que el tiempo está corriendo para las dos, no sólo para mí. Eres muy joven todavía para que vivas arrepentida por algo que dejaste de hacer. Aún así, te agradezco mucho por tu apoyo— mucho más repuesta, la mujer por fin pudo ponerse en pie, alistándose para dejar aquél lugar —Eres buena escuchando los problemas de los demás y estoy muy orgullosa de ser de las pocas personas con las que compartes tus pensamientos. Y si te soy sincera, desde que se conocieron, siempre he sabido que tú eres la indicada para Kai, por mucho que me pese admitirlo. El verlos a los dos juntos era algo… natural… uno sentía que el mundo estaba en orden… así que, si aún tienes una posibilidad, no te des por vencida. Son pocas las cosas buenas que quedan en este mundo, lo de ustedes es una de ellas.

Sin mediar más palabra la militar dejó aquellos sanitarios que habían hecho de confesionario para ella, con una nueva determinación y resolución en mente. Entretanto Ayanami permaneció de pie en el sitio un rato más, mirando fijamente su reflejo en el espejo, tratando de dilucidar qué era lo que realmente estaba viendo.

La imponente figura de Demian Hesse seguía merodeando bajo la pertinaz lluvia por las solitarias calles de Tokio 3 a altas horas de la noche, aparentemente sin rumbo fijo. Sin embargo sus pasos lo condujeron hasta un puente peatonal, donde detuvo su errático andar a mitad del tramo elevado.

—Puede que hayas aprendido a disimular mejor tu presencia desde la última vez que estuviste aquí, pero eso no te basta para esconderte de mí— comenzó a hablar, solo —Si tienes algún asunto conmigo será mejor que te muestres de una vez, sino deja de hacerme perder el tiempo y desaparece, rey de los débiles…

Desde el extremo contrario del puente subió un hombre alto de cabello castaño largo, que usaba anteojos redondos por encima de sus ojos verdes y una barba de candado adornando su mentón. Se cubría de la lluvia únicamente con la capucha de su sudadera gris de algodón, de donde colgaba la correa del estuche de guitarra que cargaba a sus espaldas. Al ponerlos uno frente al otro, el contraste entre ambos resaltaba evidentemente. Mientras la persona de Hesse transmitía agresión y rencor a todo aquel que osara cruzarse en su camino, el recién llegado irradiaba sosiego y confianza por todos sus poros.

—No me escondía de ti, Demian Hesse— pronunció el hombre encapuchado en tono por demás apacible —Sólo esperaba el momento justo en que nuestra conversación no pudiera ser interrumpida por los incautos habitantes de esta ciudad…

—Estás aquí para suplicar por ellos, ¿no es así? Por ellos, y por toda la patética raza humana… te sabes derrotado y no tienes más remedio que venir a humillarte para salvar lo que puedas de nuestra furia purificadora. Llegas tarde, profeta, tus queridos seres humanos están todos condenados. Pero si en verdad los amas tanto, tal vez me permita indultar a un puñado de tu elección… si te postras a mis pies y aceptas que teníamos razón desde un principio…

—Por supuesto que amo a todos mis hermanos y no tengo problema en humillarme a mi mismo por su salvación, es algo que ya he hecho antes y volvería a hacer, de ser necesario— contestó serenamente el sujeto que usaba anteojos, a diferencia del dejo belicoso de Hesse —Pero no es por ellos que vengo a pedir… sino por ti mismo, Demian Hesse… estás a punto de desencadenar una serie de eventos que traerá mucho dolor y pesar a toda la Humanidad. Piensas que con ello conseguirás tus propósitos, pero te aseguro que sólo lograrás tu propia perdición, de no cesar…

—¿Eso crees, salvador? ¿Y cómo, exactamente, piensas que sucederá eso? ¿Acaso tú mismo piensas intervenir para que eso pase?— pese a su talante agresivo, Demian peló los dientes y retrocedió un paso, en un gesto que sólo podría etiquetarse como temor, algo que no demostraba muy seguido —No me intimidas, sé muy bien que eres un manso cordero y que no estás dispuesto a detenernos… ¡Si fuera así, ya lo habrías hecho desde hace mucho antes!

—No necesito intervenir directamente para conocer el resultado de tus maquinaciones. Recuerda el principio de equilibrio que rige este universo: a toda acción corresponde una reacción. Precisamente tus mismas acciones traerán consigo estas reacciones que conducirán a tu ruina. Y el único que puede evitarlo eres tú mismo. Sólo debes abandonar tu soberbia y desistir, admitiendo todas tus fallas y lograrás salvarte… nunca es demasiado tarde, para nadie… incluso para ti…

—¡Eres un charlatán, un ilusionista!— Demian explotó finalmente, haciendo aspavientos, pero sin atreverse jamás a encarar directamente a su interlocutor —¡Dices amar a todas las criaturas pero no haces nada por protegerlas, las dejas indefensas a los designios del General Negro! ¿Por qué habría de volver a creer en tu palabra, mentiroso, embaucador? ¿Dónde estuviste cuando los que llamas hermanos te necesitaban? ¿Dónde estuviste cuando yo te necesitaba? ¡No hiciste nada para ayudarme cuando fui arrojado al foso de fuego y oscuridad! ¡Y en cambio te preocupas más por el devenir de unos cuantos simios pulgosos y primitivos!

—Es tu soberbia y tu rencor lo que te impiden ver que todo cumple un propósito en esta existencia. El General Negro, al igual que tú, está cegado por su orgullo y piensa que puede rebelarse a la fuerza que le dio origen, pero incluso sus acciones desempeñan un propósito específico en el entramado que dirige a todo lo que existe.

—Si lo que dices en cierto, entonces, al final no importa lo que suceda, los eventos transcurrirán como se tiene contemplado. ¿Qué caso tiene esta conversación entonces? ¿Cuál es la diferencia, por qué molestarse en encontrarme?

—La diferencia eres tú. Porque aún tienes la oportunidad de enmendar tus yerros y evitar una gran cantidad de sufrimiento innecesario. Y así estarías un paso más cerca a la reconciliación definitiva…

Demian Hesse permaneció cabizbajo un largo rato sin hacer sonido alguno. Al final, con la misma cabeza gacha, dio media vuelta y empezó a retirarse, lentamente, casi arrastrando sus pesados pies.

—Probaré que se equivocan, que esta Humanidad es un desperdicio y que algo mejor puede tomar su lugar… no me importa la cantidad de bichos que sufran en el proceso…

—Eres como un niño encaprichado, Demian Hesse. Desprecias a toda la raza humana por los actos de unos cuantos y permites que eso te haga olvidar lo mejor y más noble que tienen que ofrecer. Al final, sus mejores virtudes triunfarán sobre su salvajismo y barbarie. Ya has sido testigo muchas veces de esto, sólo recuerda a aquella mujer a la que amaste tanto y que te obsequió todos esos entrañables momentos, que ahora te sofocan…

No obstante los argumentos esgrimidos para disuadirlo de sus propósitos, Hesse no hizo caso alguno y prosiguió su penoso andar sin mirar jamás atrás.

—¡Piensas que una voluntad superior a la tuya es responsable de todos tus infortunios, pero la verdad es que siempre has sido prisionero de tu propio miedo! ¡Por eso no has podido ser capaz de reponerte a la adversidad!— continuó diciendo en voz alta el desconocido antes que ya no fuera capaz de escucharlo —¡Y únicamente tú tienes la llave que te liberará de él!

Rayaba ya la medianoche cuando Shinji se perdía en la vorágine de su cuerpo desnudo uniéndose al de su amante, creando momentáneamente un ser perfecto de dos cabezas y cuatro brazos y piernas, como los antiguos griegos creían en un principio eran los seres humanos. Su sudor y sus jadeos constantes se entremezclaban unos con otros, Sophia con las piernas completamente extendidas e Ikari de rodillas sobre ellas, empujando y embistiéndola salvajemente, como si quisiera partirla en dos.

Por supuesto que reparó en el aspecto impecable del departamento, pero nunca imaginó quien era la responsable de tenerlo en ese estado y ni siquiera sospechaba que Asuka hubiera estado ahí mismo hace sólo un par de horas, habiendo partido convenientemente unos cuantos minutos antes de su llegada.

Lo que ocupaba en ese entonces al muchacho era saborear intensamente cada instante en que se le entregaba el cuerpo sin indumentaria de su pareja, perderse en el aroma de su cabello y la profundidad de sus ojos azabaches, mientras le susurraba al oído apasionada, perdidamente:

—Te amo… te amo… oh, cuánto te amo…

La muchacha estaba ocupada en mantener el ritmo incesante del contoneo de sus caderas, clavando sus uñas sobre la espalda del muchacho, que en esos momentos se sentía estar en el paraíso, por lo que no hubiera sentido otra cosa aún cuando le pegaran con un tubo en la cabeza. En medio del placentero frenesí que los consumía a ambos, Neuville se sujetó a su pareja en un férreo abrazo que lo mantenía preso de sus piernas, pero que le permitía pedirle amorosamente:

—Shinji, amor mío… ¿puedes hacer algo por mí?

—Lo que tú quieras, preciosa… todo lo que me pidas…— contestó agitadamente el joven Ikari, tratando de no perder el aliento.

—Te parecerá algo raro… pero aún así… me harías muy feliz… si sólo por hoy… sólo por esta ocasión me llamaras Luna… ¿quieres hacerlo? Quiero saber como suena ese nombre… dicho por tus labios… por favor…

—¿Luna?— repitió el joven, desconcertado, pero sin perder el piso ni la concentración —Cómo tú quieras… Luna… ese es un bonito nombre… mi querida y hermosa Luna… mi amada princesa Luna… te amo, Luna mía…

—Oh Shinji… Shinji… muchas gracias… no sabes lo feliz que me has hecho— balbuceaba la linda jovencita, abandonada a su delirio, derramando lágrimas de felicidad —¡Oh, Shinji!

—Dime, Luna preciosa… ¿te casarías conmigo?

—¿Casarnos? ¿Estás seguro?

—Claro que sí… no lo digo sólo porque estoy caliente… lo he pensado mucho… y lo que más quiero en esta vida es pasar el resto de mis días a tu lado… contigo, mi amor…

—En ese caso… claro que sí, acepto… yo también siento lo mismo… no quiero estar un solo día sin estar junto a ti… ahí es donde pertenezco…

—Te amo, So… Luna… te amo, Luna…

—Y yo te amo a ti, Shinji….

Sin lugar a dudas aquella ocasión era la más intensa, la más memorable de todas las que se entregaban el uno al otro. De haber sabido, cualquiera de los dos, que sería la última vez que harían el amor, probablemente hubieran redoblado esfuerzos para hacerla aún más sublime.

Al día siguiente, en la mañana de ese 26 de Febrero del 2016 el tiempo iba de mal en peor. Ni un solo rayo de sol se había dejado ver en el transcurso de lo que iba del día y la constante llovizna se había convertido en inclemente aguacero. Las calles permanecían desiertas, con casi todos agazapándose en el interior de sus refugios y muy pocos los que se atrevían a salir bajo esas condiciones.

Sophie era una de ellas, teniendo que aprovechar el tiempo que tardaría Shinji en recoger sus últimas pertenencias de su antiguo departamento para que finalmente, a partir de esa noche, quedar completamente instalado en su nueva casa, viviendo por fin bajo el mismo techo que ella. Por tanto, debía beneficiarse de su ausencia para poder desempeñar sus actividades encubiertas dentro del Geofrente, para lo cual, además de un enorme paraguas, iba cargando su ya característica mochila bien provista de botellas con agua que repartiría entre sus incautos compañeros de trabajo, como lo había estado haciendo desde hace algún tiempo. Nadie podía sospechar las intenciones escondidas de aquella aparente bien acomedida y simpática muchachita.

Pese a su excelente condición física, el transporte de su abastecimiento de líquidos estaba resultando ser una tarea bastante pesada bajo aquellas precarias condiciones.

—Debería comprar un carro— decía resoplando, tratando de no resbalar en los charcos ni mojarse más de la cuenta —Ó por lo menos una motocicleta…

Por suerte para ella, la estación del metro que conducía a la entradas del cuartel se encontraba ya doblando la esquina. A partir de entonces el trayecto le resultaría mucho más sencillo. Ó lo hubiera sido, de no ser porque Kai Katsuragi se interpondría en su camino, esperando de pie en aquella misma esquina donde debía dar vuelta. Dadas las poco favorables condiciones de visibilidad, la jovencita no lo vio hasta que casi choca con él.

—¡Hola, buen día!— saludó el muchacho, sosteniéndola de un brazo cuando la chiquilla por poco se iba de espaldas de la impresión —¿Cómo amanecimos hoy?

En cuanto la tocó Neuville sintió una fuerte corriente eléctrica sacudiendo todo su cuerpo en señal de repulsión, por lo que interrumpió el contacto lo más pronto posible, zafando su brazo de forma tosca y grosera.

—¡Vaya clima! Parece que hoy será uno de esos días en los que es mejor no levantarse de la cama— el tono chapucero de Rivera no hacia mella en el semblante lóbrego de Sophia, que lo acuchillaba con la mirada —Tal vez sea lo mejor, quedarse en casa, descansando con una rica taza de café en lugar de tener que ir a trabajar con este tiempo espantoso… además, debe ser mucho más difícil cargar toda esa agua tú solita con este aguacero. Dame tu mochila, si quieres yo haré tus entregas habituales mientras tú te quedas en casa, abrazada de Shinji. ¿Qué te parece?

—No, gracias. Prefiero hacerlo por mi misma— sentenció la joven de cabello negro, sacándole la vuelta para seguir su camino.

—¿Por lo menos podrías darme una botella? Seguro así tu mochila se hará más ligera, ahorita parece que va a reventar…

—Mira a tu alrededor, genio. Si tienes sed, no tienes más que abrir la boca ó beber de un charco, la verdad es que me da igual. Recuerda que te dije que te mandaría al infierno cuando vinieras sediento a suplicar por una gota de agua…

—¡Jajaja! Sí lo recuerdo, fue muy chistoso. Pero ni de loco quiero beber de tus botellas, sólo quiero hacerles un análisis químico en el laboratorio…

Sophia sintió entonces como si alguien le hubiera dado un fuerte golpe en el abdomen, sacándole todo el aire y apenas pudiendo sostenerse en pie.

—Y es que justo esta mañana recibí un reporte de lo más raro directo de la línea de frente… tú sabes, justo a donde nos iremos en un par de días.

La muchacha hubiera querido salir corriendo entonces, pero sus piernas no le respondían, mientras Katsuragi continuaba su exposición:

—Personal de investigación médica de las Fuerzas Armadas ha encontrado múltiples rastros de una sustancia química desconocida en los suministros de agua locales de todas las ciudades que estuvieron y están bajo control de la Banda Roja. Dicha sustancia tiene propiedades muy peculiares, entre ellas la de alterar radicalmente el comportamiento de poblaciones enteras, dejándolas sugestionables a cualquier manipulación psicológica… ¿puedes creerlo?

—Parece… algo sacado de una caricatura… no debería prestar mucha atención a esos disparates, Teniente…

—Al principio así también lo creí, pero al pensarlo mejor recordé que últimamente he visto a muchas personas que han cambiado su conducta habitual desde hace un tiempo… tu nueva mejor amiga, mi novia Asuka, por ejemplo… sin mencionar a Kenji ó Shinji…

—Si tienes algo que decir, dilo y ya, pero deja de hacerte el imbécil— sentenció Neuville con voz grave, su semblante trastornado.

—Me parece bien… tengo mis sospechas que eres una agente encubierta del Ejército de la Banda Roja, infiltrada para sabotear las actividades dentro del Geofrente y la División Especial de las Naciones Unidas en NERV. ¿De qué otra manera se explica uno tantos cambios repentinos en el comportamiento de varias personas, todas en contacto directo contigo? ¿Ó los constantes e inexplicables retrasos en las labores de reparación de Beta? Retrasos que se acabaron en cuanto empecé a restringir tu acceso a las áreas de labor, por cierto, sin mencionar la cantidad de reportes falseados que he detectado, todos ellos coincidiendo con tu llegada a este país…

—¡Oh, qué gran detective resultaste ser! Cómo eres tan listo, claro que te darás cuenta que todo lo que has dicho son sólo hipótesis sin ninguna evidencia contundente que las valide. Seguramente un caballero como tú no querrá empezar a levantarle falsos a una inocente y desvalida chiquilla así como así, ¿cierto?

—Muy cierto… por eso quisiera que tú misma me entregaras una de las botellas que llevas en esa mochila. Si estoy equivocado, solamente contendrá agua simple, inofensiva, así que no deberías tener algún problema en dármela. Por el contrario, si lo que sospecho es verdad entonces te negarás a cooperar y harás todo lo posible por escapar, pero ten en cuenta que estoy dispuesto a someterte de cualquier modo para que me entregues esa muestra, además que puedo poner sobre aviso a todas las autoridades de este país de la presencia de una espía de fuerzas invasoras.

Las miradas de ambos jóvenes chocaban desde hacía rato en silencioso duelo, donde ninguno atinaba a moverse de cualquier modo. Sabían que sólo hacía falta un gesto, por insignificante que fuera, para que la guerra fría entre ambos diera inicio a una abierta confrontación de resultado incierto.

—Es tu decisión, Sophia. Hacemos esto a la buena ó a la mala….

—Siempre me he considerado una niña mala, Teniente…

La lluvia arreció sobre ellos en esa calle desierta donde nadie podría verlos pelear. Empero, antes que cualquiera siquiera levantara un dedo, un suceso de lo más insólito los detuvo en vilo. Bastó solamente la voz de una mujer para hacerlos abortar sus intenciones beligerantes, congelándolos como estaban, empapados hasta los calcetines, en su sitio. Una voz de mujer, en medio de la desolada calle y bajo esa terrible tormenta, que en español fuerte y claro anunciaba a su paso:

—¡Flores! ¡Flooorees para los muertos! ¡Para los muertos! ¡Flooorees para los muertos!

Un escalofrío sobrenatural reptó por las espinas de ambos jóvenes, que comenzaban a temblar hasta los huesos con sólo escuchar aquel sonido oriundo de ultratumba, traído hasta ellos desde una lejana y antigua época, ya casi olvidada.

—¡Para los mueeertooos! ¡Floreees para los mueeertos! ¡Floooreees para los mueeertoos!

A pesar de estar mojados de los pies a la cabeza su boca se les secó al cabo de unos angustiantes momentos, con la sangre helándoseles en las venas y el color huyendo espantado de los rostros de ambos. Era el muchacho el más conmocionado de los dos, teniendo fresco todavía el recuerdo de aquella mujer cuya visita le había sido anunciada a través de una leyenda que en primera instancia le había parecido una superchería y que ahora veía caminar lenta y pausadamente a su lado, ataviada toda de negro y cubierto su rostro con un velo de la misma tonalidad oscura

—Xóchitl…— apenas si pudo pronunciar con un hilo de voz, cuando hubiera querido gritar horrorizado y salir corriendo literalmente como alma que lleva el Diablo.

—¡Flooorees! ¡Floooreees para los mueeertooos! ¡Para los mueeertoos! ¡Floooreees para los mueeertooos!— seguía anunciando la mujer, cuando sustraía de su canasta una de las tres flores de largo tallo y mil pétalos de color naranja brillante que aún le quedaban, para entonces arrojarla a los pies de los aterrorizados chiquillos.

Una flor de xempaxochitl, utilizada para celebrar a los muertos, habitual en los panteones mexicanos, caía ahora en el charco que separaba a los dos jóvenes, estupefactos en su sitio ante la visión de aquella vendedora de flores que levantaba su oscuro velo para mirarlos fijamente a través de sus ojos grandes y negros, impasible a la reacción de terror que en ellos provocaba; ella sólo los miraba como quien ve pasar un cortejo fúnebre a su lado, con una mezcla ambivalente de conmiseración y despecho.

Después de pasar a su lado la aparición cubrió su rostro de nuevo y continuó con su camino, repitiendo su cántico sin cesar mientras se perdía en la gruesa cortina de agua que se precipitaba en la ciudad y sus ecos se perdían en las solitarias calles de aquella lejana tierra extranjera:

—¡Flooorees! ¡Floooreees para los mueeertooos! ¡Para los mueeertoos! ¡Floooreees para los mueeertooos!

Sin poder cerrar la boca ni dejar de temblar, Rivera seguía sin reaccionar. ¿Qué hacer? ¿Gritar, correr, llorar, ó todo eso a la vez? Él, un hombre consagrado a la ciencia, que creía solo en lo que pudiera ser comprobado, acababa de experimentar en carne propia un suceso inexplicable que cimbraba todo su sistema de creencias, dejándolo desprotegido contra todos los misterios que rodean esta vida que nos tocó lidiar.

—Tú… ¿Tú también viste eso?— preguntó a su compañera, cuando por fin pudo reunir las fuerzas necesarias para hacerlo.

Al mirar hacia donde momentos antes se encontraba la jovencita sólo encontró un espacio vacío. Tan conmocionado se encontraba que ni siquiera percibió el momento que Neuville había puesto pies en polvorosa, huyendo a toda prisa de ese siniestro lugar.

—Debo… estar volviéndome loco— pronunció dificultosamente el muchacho, sosteniéndose las sienes, tratando de buscar una explicación convincente al fenómeno que acababa de presenciar —Fue una alucinación… tan sólo una maldita alucinación… mi mente comienza a desvariar… mis neuronas a morir… mi cuerpo se colapsa y empieza a fallar… una alucinación… eso debe ser…

Y si así fuera cierto, entonces, ¿cómo podría discernir lo real de lo irreal? ¿Qué parámetro podría utilizar para trazar una línea que separara lo imaginario de la realidad, si ya ni siquiera podía confiar en su propia percepción? La vendedora de flores que anunciaba la muerte de toda su familia, Sophia trabajando para el Ejército de la Banda Roja, la lluvia azotando contra su cuerpo, la ciudad entera ó incluso el mismo… ¿cómo podría saber que cualquiera de eso existía, que cualquier cosa fuera cierta? Por lo que sabía, en ese momento podría estar retorciéndose en una cama de hospital, agónico y delirante.

—Todoestáenmicabezatodoestáenmicabezatodo…— repetía sin parar como un loco demente, a la vez que comenzaba a deambular sin rumbo fijo sin importarle ya nada.

Sophia, por otro lado, refugiada en la falsa sensación de cobijo y seguridad que le proporcionaba el interior del transporte urbano de la ciudad, se acurrucaba sobre sí misma, con un frío espectral calándole hasta los huesos, sin poder dejar de temblar y llorar.

—¿Qué demonios fue todo eso?— preguntaba en medio de sus sollozos, espantada hasta la médula, acomodándose en posición fetal, mientras que el vehículo que la transportaba se dirigía a toda marcha hacia los cuarteles.

Dentro de esas instalaciones, una muy decidida Misato volvía a insistir por la vía telefónica:

—Habla la Mayor Katsuragi. Llamo de nuevo para saber si Kai ya ha llegado. Entiendo. Está bien, muchas gracias, intentaré de nuevo más tarde.

La ansiedad invadía a la mujer como a una colegiala en primer día de escuela. El asunto que hubiera querido finiquitar lo antes posible lo tenía que seguir postergando por causas ajenas a ella. ¿Quién iba a decir que justo ese día se le ocurriría al muchacho levantarse temprano por una vez en la vida? Debido a ello había perdido aquella mañana la oportunidad de entregarle el sobre guardado en la bolsa interior de su chamarra, sobre que no dejaba de palpar a cada rato como para seguir confirmando su existencia. Dentro de aquél envoltorio de papel iba la extensa carta que se había tardado casi toda la noche en redactar, repitiéndola una y otra vez hasta que pudo quedar más o menos satisfecha con su contenido.

—Si sigues insistiendo de esa manera lo único que conseguirás será avergonzarlo delante de todos sus empleados— acotó Ritsuko, dando cuenta de la súbita ansiedad que se había apoderado de su compañera —Lo que me parece perfecto, pero dudo que a él le haga alguna gracia…

—Te equivocas— repuso Katsuragi —Lo que quiero hablar con él no es una cuestión de madre a hijo, sino de mujer a hombre…

—¿No nos estamos poniendo sentimentales antes de tiempo?

—Claro que no. Antes que termine este día me aseguraré que reciba y lea esto— anunció Misato, sacando el sobre de su chamarra —La carta más difícil que he tenido que escribir en la vida…

—¿Una carta de despedida? ¡Qué tierna! ¿Puedo leerla?

—¡Claro que no!

Como previniéndose, la mujer de cabellera negra volvió a guardar el envoltorio en el interior de su prenda, palpando una vez más aquel pedazo de papel doblado en el que había volcado y desnudado su alma entera, sin saber que todas aquellas palabras salidas desde su corazón jamás serían leídas.

Entretanto, Rivera continuaba vagando como alma en pena bajo la fuerte tormenta que iba en aumento. Enormes y fieros relámpagos caían una y otra vez desde las oscuras nubes, descargando su cólera sobre la postrada ciudad debajo de ellos. Fuertes truenos cimbraban con su estallido todo a su paso, sacudiendo todo aquello que no estuviera fijado al piso. El volumen de agua seguía en aumento, haciendo aquella tempestad la más fuerte en muchos años. Nadie en su sano juicio se atrevería a salir ó estar afuera bajo esas adversas condiciones climatológicas. Sin embargo, el joven no estaba precisamente en sus cabales, por lo que el clima era la menor de sus preocupaciones.

Maquinalmente y casi sin darse cuenta, había dirigido sus pasos a una sección de la ciudad que no visitaba desde hace mucho tiempo, doce años para ser más preciso. Se trataba de la abandonada zona industrial de Tokio 3, repleta de bodegas y fábricas que nunca se habían terminado o utilizado, un gigantesco cementerio donde las carcasas oxidadas de aquellas estructuras metálicas se desgastaban a la intemperie debido al descuido y al paso del tiempo. Había sido al amparo de esas enormes tumbas desoladas que el suceso más significativo de su vida había tenido lugar.

Al darse cuenta de adonde había ido a parar, el joven alzó la vista, desamparado, flaqueando de fuerzas para continuar. Cada paso que daba lo hacía con mucha más dificultad que el anterior, cada nueva respiración un cuchillo atravesándole las costillas. Aún así, pudo ubicar y dirigirse al punto exacto donde habían transcurrido la serie de eventos que dieron un giro total a su joven vida. Abatido, se tiró de rodillas en el mismo sitio en que sus padres habían muerto. Esa misma, precisa y maldita fecha se cumplían ya doce años de acontecido su asesinato. Y tenía que ser precisamente ese día cuando, de ser cierta la leyenda que su padre le había compartido desde la tumba, su propia muerte le era anunciada como próxima. Al pensar en su extinto padre, se preguntó como había sido para él aquella misma experiencia sobrenatural que acababa de sufrir. ¿Cuál habría sido su reacción, al comprobar en carne propia que las leyendas que le habían contado de niño resultaron ciertas? ¿El mismo temor que ahora lo atormentaba había hecho también presa de él? ¿Intentó de alguna forma evadir su ineludible final?

Para él, la mayoría de los detalles que rodeaban el suceso se le presentaban vagos, dado su vertiginoso acontecer sumado a la confusión natural en un infante que poco alcanzaba a comprender lo que acontecía en esos delirantes últimos momentos. Recordaba la tormenta que arreciaba aquella noche, muy parecida a la que sufría en el presente día. También como la ciudad se convertía en un manchón informe a través de las ventanillas del auto en el que viajaban a toda velocidad. Las nucas de sus padres, vistas desde el asiento trasero donde viajaba solo. Su madre al volante y su padre desangrándose en el lugar del copiloto, herido de bala, jadeante, agonizante, los dos confundidos, enojados, pero sobre todo, aterrorizados.

—¡No pudiste dejar las cosas cómo estaban, estúpido desgraciado!— vociferaba su madre, iracunda, al borde de un ataque de histeria —¡¿No te bastaba con todo el daño que nos hiciste, también nos tenías que arrastrar a esta locura del infierno?! ¡¿Con qué derecho lo hiciste?! ¡DIME!

—¡Cállate y conduce, maldición!— contestó su padre, del mismo modo, tratando de contener como podía la hemorragia producida por el agujero que atravesaba su hombro izquierdo —¿Crees que haría una condenada diferencia donde estuvieran tú y el niño? ¡Ya te lo dije! ¡Akagi, Fuyutski, Rikunbugi, todos se han vuelto locos de remate! ¡No quieren salvar al mundo, quieren destruirlo! ¡¿Crees que podrías esconderte de eso, en cualquier agujero en el que quisieras esconderte con tu hijo, bruja estúpida?!

—¡Maldito imbécil! ¡Debería dejarte aquí mismo a que te maten, que te lo tienes bien merecido, pederasta degenerado!

—¡Sólo conduce y deja de gritarme, con un demonio! ¡Lo que importa en estos momentos es salir cuanto antes de Japón! ¡Si consigo llegar con Schroëder podremos detener los planes de esos maniáticos incluso antes de que empiecen! ¡Podremos arreglarlo todo!

—¡Oh sí, claro! ¡Gendo nos va a dejar salir de Japón así nada más! ¡Y de paso podemos ir a pegarle en la cara a Dios! ¡No seas iluso, ahora Gendo es dueño de todo este jodido país! ¡En cuanto pongamos un pie en el aeropuerto seremos carne muerta!

—¡¿Crees que soy tan estúpido como tú?! ¡Ya lo sé, por eso es que pedí ayuda! ¡Estamos cerca del punto de encuentro, sólo apúrate a llegar!

—¡Estás mal de la cabeza si crees que tu amiguito irlandés va a ser de algún provecho! ¡Está más loco que una cabra, es el peor de todos!

—¡Es el único en el que puedo confiar, mujer, es la única opción que nos queda! Ahora sólo… ahí está él… ¡CUIDADO!

A partir de ese momento todo se tornó incluso más difuso. Recuerda los bruscos giros que dio el vehículo al maniobrar su madre para eludir los disparos, que rompieron en mil pedazos el parabrisas. Recuerda haberse golpeado muy fuertemente contra el asiento y el dolor intenso que le provocó su primera fractura de cráneo. El llanto imparable provocado por su malestar y el temor de lo que vendría.

—¡Corre! ¡Cuida de mi hijo!— fueron las últimas palabras que le escuchó decir a su madre, cuando bajaba del carro y comenzaba a intercambiar disparos con su atacante.

Su padre lo cogió del brazo y como pudo lo cargó mientras corrían quien sabe a donde, mientras llamaba febrilmente a su madre, a quien ya no veía por ningún lado. Por más que la llamara, ella ya nunca le respondería, lo que su progenitor le hizo saber mientras le demandaba silencio en su escondite, en un oscuro y estrecho callejón que dividía dos alas de una fábrica.

—¡Kyle, cállate por el amor de Dios! ¡Kyle! ¡Escucha! ¡Escúchame!— le decía, susurrante, colocando su enorme mano encima de su boca para acallar sus gritos —¡Tu madre está muerta! ¿Me entiendes? ¡Muerta! ¡Ya no puede oírte! ¡Murió para poder salvarte! ¡Si sigues gritando así, habrá muerto en vano! ¿Entiendes? ¡Tienes que guardar silencio! Ahora ponme mucha atención: pase lo que pase, no salgas de aquí. Sin importar lo que escuches, no te muevas y no hagas ningún ruido. Quédate aquí hasta que amanezca y entonces… entonces… deberás arreglártelas tú solo…— la voz de su padre comenzó a quebrarse por el llanto que se hacía presente en sus minutos finales —Nosotros ya no estaremos aquí para cuidarte… pero estoy seguro que estarás bien, eres un niño excepcional, hijo, no hay nadie como tú en todo este ancho mundo… recuerda siempre usar tus habilidades en beneficio de los demás y llegarás a ser un gran hombre. Lo más importante, aférrate a tu vida, hijo mío, sin importar las dificultades que se atraviesen en tu camino, sin importar lo que digan los demás, tienes que seguir viviendo, recuerda que hoy tus padres mueren para que tú puedas vivir… Yo… perdóname por… por… ¡Shhh, ahí viene! ¡Quédate aquí!

José Rivera dio entonces la media vuelta y salió de su escondite, dejando a su traumatizado vástago escondido en medio de una pila de basura, paralizado en estado de shock, a punto de un colapso. Desde donde estaba no podía ver la gran cosa, solo la calle desierta arrasada por la fuerte lluvia, escuchando a su padre discutir con alguien.

—¡No lo entiendo! ¿Por qué están haciendo todo esto? ¿Qué van a ganar ustedes con el fin del mundo? ¡Tienes que entrar en razón!

—El tiempo de hablar hace mucho que ya pasó, amigo mío— decía alguien en inglés, con marcado acento europeo —Sólo dime en qué agujero escondiste a esa niña y prometo que todo será rápido, no tienes que sufrir más de la cuenta…

—Sabes bien que no puedo hacerlo… además, creo que empiezo a desvariar por tanta pérdida de sangre… comienzo a olvidar cosas…

Un disparo a quemarropa lo hizo callar para en su lugar lamentarse en agonía.

—¡Deja de hacerte el macho, estúpido desgraciado, y dime lo que quiero saber!— demandó su agresor —¡Te enfrentas a fuerzas que tu pequeño cerebro no alcanza a comprender!

—Ve-vete al diablo— musitó Rivera —Y ahora que sé lo mucho que la necesitan… no les diré nada, malditos… jeje… están fastidiados, sin ella todos sus planes se vienen abajo… nunca la encontrarán, miserables… por lo que a ustedes respecta, ella ya está muerta…

—¡Idiota! ¡Eres tú el que está muerto!

Otro balazo más fue el que puso fin a sus días, su cuerpo desplomado cayendo al encharcado piso donde su inerte rostro quedó apuntando justo al callejón que le servía a su hijo de escondite, con sus ojos vacíos fijos en la nada. Aquella horrible visión fue suficiente para que el infante olvidara las últimas palabras de su padre y se lanzara a su cuerpo sin vida, gritando desconsolado:

—¡PAPÁAA!

Mientras abrazaba los despojos sin vida de su padre las lágrimas brotaban de sus ojos como un dique desbordado, confundiéndose su llanto con las gruesas gotas de lluvia que le pegaban en la cara en aquella funesta ocasión, la última en la que sería capaz de llorar.

—¡Papá! ¡No me dejes! ¡Por favor! ¡No quiero estar solo, perdóname, por favor!

Sus súplicas eran estériles, jamás obtendrían alguna respuesta ni su dolor el consuelo que con tanto ahínco buscaba. En su lugar, Demian Hesse se alzaba imponente ante sus ojos, alto como edificio y negro como la noche, sus gélidos ojos verdes atravesando su alma.

—Hubiera sido mejor que te quedaras en la basura, pequeña cucarachita— le dijo mientras sacaba su arma, apuntándole con ella —Ahora que saliste a la luz y me has visto tendré que exterminarte a ti también… así que deja de llorar, mocoso, que pronto te reuniré con tus padres…

Todavía recordaba el intenso reflejo cromado del cañón de níquel que le apuntaba y el sonido seco que hacía el seguro de la pistola al soltarse. Pero había otra cosa más. Una repentina tranquilidad que se apoderaba de él, conforme su llanto se extinguía y todo a su alrededor parecía iluminarse y moverse en cámara lenta. Fue así que pudo alzar la vista y mirar fijamente los ojos de Hesse, en tanto éste colocaba el dedo sobre el gatillo, listo para ponerle fin, preguntándole burlonamente:

—Dime, joven Kyle Rivera… ¿has bailado con el Diablo, bajo la luz de la Luna?

El estallido de un poderoso relámpago que de súbito se estrelló en el espacio que les separaba fue el que le contestó, haciendo que el mundo se tornara completamente blanco por un instante. La onda expansiva lo tiró al piso, mientras escuchaba como Hesse se retorcía y se lamentaba, casi aullando, perdiéndose el eco de sus gritos en la oscuridad de la noche. A partir de entonces todo fue un borrón hasta su siguiente recuerdo, estar acurrucado en brazos de Misato.

Doce años después regresaba a ese funesto lugar, el mismo punto donde igual que entonces ahora se volvía a encontrar postrado y en la antesala de la muerte. Miraba al oscurecido firmamento, desconsolado. A veces, cuando llovía, le gustaba fingir que las gotas que se estrellaban en su rostro eran sus lágrimas, ausentes en él desde el día que perdió a sus padres. Incluso ahora mismo, al borde la insanidad, le era imposible recurrir al desahogo a veces tan necesario que representa el llanto para el ánimo de las personas.

—¿De qué sirvió… todo, entonces?— preguntó en un murmullo.

Un potente rayo cruzó el cielo tormentoso a sus espaldas, iluminando momentáneamente el oscurecido día. El trueno que retumbó entonces hacía entrever la corta proximidad de la descarga. Cuando cesó, una serie de tronidos le sucedieron, escuchándose cada vez más cercanos, oyéndose aún a través del estrépito de la tormenta. Eran pasos, de una persona de pesado calzado que se aproximaba a él.

Al voltearse, extrañado, sus ojos se abrieron de par en par una vez más, atónitos. Un nuevo relámpago le proporcionó la claridad suficiente para distinguir sin yerro alguno el barbado rostro marcado de Demian Hesse, el asesino de sus padres.

—Es cierto lo que dicen— pronunció Hesse solemnemente con su voz grave, carrasposa, tratando de pasar la horrible mueca en su cara por una risa sardónica —El criminal siempre vuelve a la escena del crimen… por desgracia para ti, el destino vuelve a cruzar nuestros caminos, joven Kyle Rivera…

Existen, en el ser humano, varias formas de lidiar con el miedo. Casi siempre se huye de él, escapando de todo aquello que se considere una amenaza al bienestar propio. Otra manera, menos común, es enfrentar directamente la causa de nuestro temor. Solamente así se puede explicar la actitud que Kai Rivera adoptó para lidiar con el monstruo que habitaba sus más aterradoras pesadillas, una vez que lo tuvo frente a frente. Sin darse tiempo para considerarlo, reaccionando solamente por mero instinto, el muchacho se levantó como resorte y aprovechando su impulso descargó un fuerte puñetazo sobre la quijada del gigante, que lo hizo voltear completamente el rostro. Éste, luego de escupir un hilillo de sangre, se volvió de nuevo hacia él, clavando sus helados ojos sobre su persona.

—Doce años… ¡¿doce años, y eso es lo mejor que puedes hacer, niño estúpido?! ¡Yo te mostraré como se hace cuando tienes tantos años de odio ardiendo dentro de ti!

El muchacho nada pudo hacer para evitar que el fuerte impacto sobre su rostro lo mandara volar unos dos metros detrás, atravesando limpiamente con el cráneo un parabrisas de un viejo carro abandonado.

—Sangras— observó Demian, acercándose a Kai cuando se las arreglaba para sacar la cabeza del interior del vehículo, sangrando copiosamente de sus heridas —Acostúmbrate…

Antes que el chiquillo pudiera hacer algo más Hesse lo tomó por el cuello, levantándolo muy por encima de su cabeza.

—Esta es la parte en que comienzas a revolcarte y suplicar por tu vida, en todos mis sueños— confesó el hombre de larga cabellera plateada, sujetando la cerviz del muchacho como lo haría una pinza hidráulica.

—Sigue soñando, maldito demente— apenas si pudo pronunciar el jovencito, falto de aire, tratando de zafarse de las tenazas que le cortaban la respiración.

—La cosa que tienes pegada a tus sesos hace que tu cabeza suene como una radio descompuesta. Es interesante, nunca me había topado con algo así. Interesante, pero molesto…

Con solo girar su antebrazo Hesse estrelló al muchacho contra el muro más cercano, sin soltarlo ni por asomo.

—Para ser un paciente en etapa terminal, te ves en muy buena forma. Me cansé de esperar a que la naturaleza haga lo suyo, será mejor que le demos un empujón a lo inevitable… debiste pensarlo dos veces antes de rechazar a SEELE, esos ancianos eran los que te mantenían vivo, estúpido; eran lo único que me impedía venir a terminar mi trabajo…

—Debí… imaginar… que tendrías algo que ver con esos decrépitos… fósiles seniles sin la más puta idea que su tiempo ya pasó…

—Desafiante hasta el final… de cualquier modo, tus estúpidos comentarios no ocultan el miedo que me tienes, niño idiota…

—¿Piensas matarme… de aburrimiento… ó con tu olor corporal?

—Me encuentro indeciso, tengo que admitirlo… me sería muy fácil, en este mismo momento. Basta con un solo pensamiento y no quedaría rastro de ti, mojón asqueroso, tan sólo un charco proteínico mezclándose con el agua de lluvia bajo mis pies. Pero sería rápido y relativamente indoloro. Y quiero tomarme mi tiempo contigo para hacerte sufrir por todos estos años que me condenaste al exilio… y por esto— dijo, señalando la cicatriz en su rostro —Créeme, tengo bastante experiencia en ello…

—¡Loco… bastardo… tú mataste… a mis padres!— reclamó enseguida Rivera, poniéndose azul cuando estaba a punto de asfixiarse —¿Y pretendes que… me sienta mal… porqué un rayo te deformó… ó por que tuviste que esconderte… como la sucia rata que eres… para no ir a prisión? ¡Vete al… diablo!

—¡Calla, estúpido chupapenes! ¡Yo estaba destinado a la grandeza! ¡Iba a tener el control de NERV y de todos los Evas! ¡Rikunbugi, el idiota de tu padre y tú me arrebataron mi destino, mi rostro! ¡Entre los tres me convirtieron en un monstruo asesino, cuando se supone que yo debía ser un héroe!

—Alucinas… orate desquiciado… siempre fuiste un perdedor patético… ¡agh!... y lo seguirás siendo… aunque me mates… además… lo del villano con… un pasado tormentoso… ya está pasado de moda…

—Te sientes valiente y crees que ya no tienes nada que perder. Piensas que sabes lo que el dolor, pero en realidad no tienes idea… yo te lo mostraré, tenemos mucho tiempo por delante… todo el que yo quiera, para oírte gritar de dolor y desesperación… lo primero que haré será cortar por completo tu cara de culo y usarla como máscara de noche de brujas mientras me aseguro que no pierdas detalle de todo…

Desesperado, sacando fuerzas de flaqueza, el muchacho se balanceó como pudo para tomar impulso y darle a su agresor un artero puntapié en pleno rostro. Desorientado, Hesse no pudo seguir sujetándolo por lo que Rivera cayó al piso, pero ya respirando a sus anchas.

—¡Espero que lo hayas disfrutado, pequeña mierda, será la última vez que permita que me golpees!— bramó Demian con una rodilla al piso, mientras se reponía del impacto.

Tendido sobre una azotea cercana, sosteniendo un rifle de largo alcance, Ryoji Kaji sabía que el momento para actuar había llegado, presentándosele oportunamente la oportunidad de acabar con Demian Hesse de una vez por todas. Y esta ocasión se aseguraría de que permaneciera muerto.

—Esto es por Amit, maldito desgraciado— masculló, teniendo objetivo despejado sobre la cabeza de Demian a través de su mirilla láser y apretando el gatillo de su arma sin dudar un solo instante.

La bala salió disparada por el cañón, dirigiéndose precisa a toda velocidad hacia su objetivo. Empero, antes de poder alcanzarlo, a una distancia de unos treinta centímetros del cráneo de Hesse el proyectil que buscaba terminar con sus días se desintegró sin dejar rastros de su existencia. Mediante la mira de su arma Kaji pudo percatarse, horrorizado, del insólito suceso y la fiera mirada del Doctor Hesse observando en su dirección.

—¡¿Qué rayos…?!— apenas si pudo pronunciar, incapaz de comprender lo sucedido.

—¿Quién es Amit?— preguntó Demian, apareciendo repentinamente a sus espaldas —¿Tu novio, acaso?

Por acto reflejo el crispado Ryoji se llevó la mano a la funda donde guardaba su revólver, pero antes que pudiera apuntar con él al recién llegado este colocó su mano sobre la suya, rompiéndosela en el acto de un preciso movimiento; la pistola cayó al piso al igual que su dueño, quien se lamentaba malherido, postrado.

—¡Oh, ya veo! ¡Si se trata del pequeño Ryoji Kaji, el perrito callejero que adoptó mi amigo José Rivera! No te reconocía, con tu barba y colita de caballo… ¿Qué, hoy es día de la reunión del antiguo personal de GEHIRN y nadie me avisó?

Inútilmente, Kaji intentó levantarse y ganar espacio entre los dos. Una sola patada le bastó a Hesse para volver a tumbarlo de espaldas, donde se aseguró que permaneciera clavando la suela de su bota sobre su pecho.

—Siempre fuiste una sucia rata callejera y nunca dejarás de serlo, muchacho, por más que trates de hacerte el interesante… ¿acaso pensaste que alguien como tú podría acabar conmigo? Permite que el maestro te enseñe como se asesina a alguien, imbécil...

Sin más el hombre de cabellera plateada lo sujetó por el pescuezo y lo arrojó de lo alto de la azotea, observando complacido el cuerpo maltrecho de su víctima pegando tumbos hasta estrellarse en el suelo.

—Esa maldita basura me hizo perder mi premio— luego musitó Hesse, mirando alrededor en busca de la presencia de Rivera, y al no encontrar rastro de su presa, frustrado, se limitó a gritar, alzando su voz por encima de la misma tormenta —¡Corre todo lo que quieras, niño idiota, en ningún lugar podrás esconderte de mí! ¿Me oyes? ¡Te encontraré, y entonces voy a liquidarte, infeliz!

Una vez que estuvo seguro que Demian se había marchado, transcurridos varios minutos sin que nada más pasara, el politraumatizado Kaji por fin pudo dejar de hacerse el muerto y lamentarse adoloridamente, aunque agradecido por la nueva oportunidad que el descuido de su atacante le había brindado. Como pudo con lo que quedaba de sus manos, sacó su celular del bolsillo, apremiado y con el tiempo encima.

Al ver en la pantalla de su dispositivo de comunicación el número desde el cual se le estaba llamando, el corazón de Misato dio un brinco de alivio y alegría, el primero que se permitía por aquellos días, pero aún así quiso darse el lujo de fingir enfado cuando contestaba:

—¡Vaya, por fin se digna el señor a reportarse! ¿Se puede saber dónde carajos has estado, todo este tiempo?

—¡Por amor de Dios, Katsuragi, cállate y escúchame, no tenemos tiempo!— pronunciaba Ryoji atropelladamente y con dificultad, tratando en vano de ponerse en pie —¡La cagué! ¿Me oyes? ¡Pensé que podría detener todo esto antes que empezara, por mi vida te juro que lo intenté, pero no pude hacerlo!

—¿De qué estás hablando? ¡Cálmate y dime qué está pasando!

—¡Demian Hesse sigue vivo!

Con la sola mención de ese nombre mil veces maldito por ella, un enorme hueco se le hizo en el interior del estómago en tanto toda la sangre se le bajaba a los talones.

—No… no puede ser…

—¡Está vivo, te lo digo! ¡Pero lo más importante de todo es que pase lo que pase, no dejes que Sophia Neuville suba a bordo del Eva Beta! ¿Me entendiste? ¡Por ningún motivo permitas que Sophia Neuville se acerque al Eva Beta, cueste lo que te cueste!

—¿Sophia? ¿Qué tiene que ver Sophia en todo esto?

—¡Esa muchacha no es quien aparenta ser! ¡En realidad es un agente doble al servicio del Doctor Demian Hesse, el líder del Ejército de la Banda Roja! La mandó a Japón con el objetivo de infiltrarse y sabotear el Geofrente… ¡Ahora que ambos están expuestos, son capaces de todo! ¡Por eso debes impedir a toda costa que suba a ese Evangelion!

—Pe-pero… en este mismo momento Sophia está a bordo de Beta— contestó Misato, apenas con un hilo de voz —Es la primer prueba de sincronía, después de su reparación…

En el interior del Eva Beta Sophie respiraba agitada, casi hiperventilándose, pero aún así tratando de contener sus ansias. Era mucho por lo que estaba pasando y no tenía tiempo de procesar todo lo que rápidamente acontecía. No sabía muy bien como, pero tenía la certeza de que el Doctor Hesse le había hecho ganar tiempo valioso para llevar a cabo su plan de contingencia en caso de ser descubierta. Tenía claras sus instrucciones, como si Hesse las estuviera murmurando a sus oídos en ese mismo momento. Sin más tiempo para la confirmación, tendría que proceder hasta el lugar que sus reportes de inteligencia indicaban sería el más probable donde Gendo Ikari mantenía bajo custodia a Adán, el Segundo Ángel. Y dentro de su unidad Eva, era prácticamente invulnerable. Nada ni nadie podría interponerse en su camino.

—Si no logra romper su cascarón, el polluelo habrá muerto sin haber nacido— la voz calma y serena de Sophia recitando el extraño lema de la Banda Roja comenzó a escucharse en el sistema de altavoces de todo el cuartel, permitiéndole que todos en su interior la escucharan, para desconcierto de propios y extraños —Nosotros somos el polluelo, el mundo es nuestro cascarón… debemos romper el cascarón que es nuestro mundo… ¡para poder revolucionar al mundo!