¡Holiiiiis!
Bueno, tras una semana, he vuelto x'D. No soy de tardar mucho en actualizar mis fanfics... cuando estoy de vacaciones, pero como ahora ya estoy de regreso a la universidad, la verdad no tendré un tiempo establecido para dejarles los capítulos :c
En fin, tampoco es como si deje inconcluso esto, solo les pido paciencia, babies.
Sin más, les dejo el capítulo.
Seis años atrás.
—No deberías llorar, maldito cara de nerd, ¡los hombres no lloran! —amonestó una agresiva voz, de donde Izuku no veía al dueño de ésta.
Eso solo causó que se terminara asustando más, por lo que sus lágrimas aumentaron y caían en sus mejillas como si fueran cascadas.
— ¡Tsk, maldición, te voy a matar si no te callas! —exigió nuevamente esa explosiva voz.
— ¡P-Pero mi papá no está…! ¡M-mi papá…! —lloriqueó.
— ¡JODER, MALDITO ENANO DEBILUCHO…! ¡Ya volverá, ahora cállate antes de que te incendie!
— ¡N-no volverá…! —el llanto de Izuku se hizo más lastimero, tan doloroso, que incluso las piedras sintieron su masa derretirse con aquel sentir— ¡ESTA MUERTO…! ¡MURIÓ…!
Esperó la respuesta de esa misma voz, pero no volvió a escuchar nada.
¡Y justo cuando había sentido que podía sentir el calor de alguien acompañándolo en su dolor! Bueno, de todos modos, Izuku había salido huyendo del pueblo porque quería estar solo, porque no entendía nada de lo que acababa de suceder en su familia y solo quería llorar.
A escasos cinco años y había presenciado la muerte de su padre debido a una enfermedad que venía atacándolo desde hace tiempo y que tanto él como Inko decidieron mantener en secreto a Izuku.
Su papá simplemente se había desmayado y no despertó, producto de un infarto cerebral.
Llegaron a ayudarles luego de que escucharan el alboroto en el hogar de los Midoriya; nadie entendía nada, solo estaban seguros que no podría ser algún acto vandálico, ya que el dragón continuaba protegiéndolos.
E Izuku estaba completamente desolado, con un tremendo agujero en su pecho y sus ojos no dejaban de llorar. No quería nada, solo quería perderse y despertar de esa horrible pesadilla.
Y es que, ¿cómo un niño de tan solo cinco años podía asimilar la muerte de su padre? Y no solo eso, sino haber visto el cadáver y a su madre sufriendo.
El mundo había perdido luz para él. ¿Qué sería de él sin su padre? ¿Qué sería de él y su madre ahora? ¡¿Qué le pasó a su papá?! ¡¿A dónde se habían ido esas noches familiares, donde cenaban, se reían y jugaban?! ¡¿A dónde se había ido la calidez de su padre?! Él no era malo, ¡él no merecía morir!
Esos y muchos pensamientos dolorosos atormentaron a Midoriya, hasta que sin darse cuenta, se quedó dormido en aquel lugar que ni siquiera conocía. No le importó su soledad y la oscuridad que bañó a los árboles, él no se movió.
Esa flameante mirada que poseía hacía sentir a los villanos que su alma era expuesta y la rasgada desde el interior sin siquiera tener la oportunidad de luchar o por lo menos implorar por sus vidas.
Y esa incomparable fuerza que era expresada en rugidos de fuego los destruía sin titubear.
Katsuki Bakugo no tenía piedad de nadie y cumplía con su trato sin importar que los atacantes fueran hombres o mujeres, e incluso menores de edad. Siempre era objetivo y su tremendo orgullo lo guiaba a la victoria sin lugar a dudas.
Claro estaba que nadie sabía de su forma ni tamaño, pero no es como si quisieran investigarlo con tremendo escupe fuego que era y la violencia que emanaba su energía envolvía a sus enemigos.
Solo les bastaba con escuchar el aleteó del dragón o su rugir, para saber que no tendrían escapatoria. Al menos así fue en los primeros años, porque nadie creía que en verdad un ser mitológico estuviera protegiendo un pueblo hasta que lo sentían. Y tampoco es como si pudieran ir a contarlo; nadie quedaba vivo o cuerdo.
Ciertamente, Katsuki seguía sin entender por qué de entre todo el caos y miedo que podría generar en todo el mundo, se estaba encargando de proteger un maldito pueblo de humanos.
No lo entendía. ¡No lo entendía por la misma mierda! ¡¿Qué pasaba con él?! ¡¿Desde cuándo se había vuelto tan compasivo como para ayudar a unos putos humanos?! ¡Por la misma mierda!
Y no es que precisamente Bakugo fuera un ser muy racional, más bien, era tan temperamental e instintivo, que el hecho de que al menos tuviera el más mínimo deseo por querer entender el jodido motivo de sus acciones, le estaba costando una década de todos los años vividos.
Pero tampoco era tan idiota, por eso sabía que algo no estaba bien con él por estar haciendo lo que hacía. E igualmente estaba consciente de que su memoria se encontraba incompleta; sentía que algo le faltaba y cada que se acercaba a descubrirlo, se descontrolaba y un horrendo dolor le atacaba.
—Malditos humanos, ¡cómo si en verdad pudieran ganarme, cabrones! —expresó con una arrogancia ilimitada, volando en dirección al lugar que desgraciadamente empezó a sentir como su hogar.
Volaba entre las nubes sin ningún tipo de temor a ser descubierto; el manto de la noche lo cubría perfectamente sin importar su gran tamaño. Era un ser súper dotado, porque desde donde estaba era capaz de mirar los objetos que yacían en el suelo y escuchar a casi un kilómetro de distancia.
Fue por esos sentidos tan agudos que lo vio.
Ahí, dormido y titiritando de frío estaba ese mismo niño llorón de la mañana, mismo que lo había interrumpido en su relajante baño en el río de una de las montañas —que no estaba tan lejos—; lo fue a hacer callar sin mostrarse, pero simplemente no pudo continuar haciéndolo cuando escuchó las razones del llanto del menor.
Solo se había retirado de ahí sin ninguna preocupación, decidido a irse a otro maldito lugar donde ese molesto llanto no le irritara tanto.
Y ahora se lo volvía a encontrar ahí, dormido y con los ojos seguramente hinchados por semejante llanto en que estuvo sumergido todo el día.
Bakugo acentuó más el ceño, furioso. Puto niño débil, pensó y rápidamente voló a otra dirección.
Mientras iba de regreso a la montaña donde estaba la cueva que le daba cobijo, pasó por la entrada del pueblo de Yuei y fue inevitable que no escuchara esas súplicas maternales.
Inko Midoriya estaba aterrada y Katsuki entendió de donde le salió a aquel niño lo llorón —no le fue difícil adivinar que ella era la madre del menor.
— ¡Por favor, no sé dónde está Izuku! —rogó, con sus ojos cristalinos— ¡No ha aparecido en todo el día, ayúdeme a buscarlo!
—Por favor, señora, necesitamos que se calme; salir en plena noche es peligroso —dijo el presidente del pueblo con amabilidad no queriendo decir que podrían toparse al dragón y morir quemados—. Su hijo estará bien, sabe que aquí no entran delincuentes.
— ¡Usted es mi única esperanza, por favor! —suplicó la misma mujer, de cabello verde oscuro y un cuerpo delgado. Sus ojos eran del mismo color que su cabello; su aspecto daría melancolía a cualquiera que la viera.
Y es que no solo acababa de sufrir la pérdida de su esposo, ahora tampoco encontraba a su hijo. Era un huracán de nervios.
El presidente no podía obligar a los ciudadanos a salir en búsqueda del niño a tan altas horas de la noche; porque para qué negarlo, ellos le temían al dragón, pese a que los protegía. Era un sentimiento extraño.
Y él no podía ir solo; carecía de poderes mágicos como para no perderse en la inmensidad del bosque y nadie quería arriesgarse a perder al único presidente.
—Debemos esperar a que sea de día para eso, por favor, no puedo exponer a los ciudadanos… —se sentía impotente. Quería ayudarla, pero joder, ¡solo era un humano!
Inko, en su desesperación, gritó, corriendo a la entrada de Yuei, solo para decir algo que no se imaginó.
— ¡Tú qué eres el que protege éste lugar, te lo suplico…! —le daba igual si el dragón era malo o que le fuera a pedir algo a cambio, se lo daría— ¡Trae a mi hijo de regreso, por favor! ¡Yo a cambio de él, por favor, noble dragón! —usó toda su voz, que hizo eco.
Imposible que Katsuki no lo escuchara. Enfurecido, solo rugió sin poder evitarlo, haciendo que los habitantes lo oyesen.
— ¡Todos a sus hogares, ya! —espetó el presidente cuando todos quedaron estáticos al oír aquel rugido. No quería arriesgarse a que esa bestia llegara y matara a todos.
Encima que no me dan la devoción completa y se atreven a pedirme jodidos favores, humanos de mierda, Bakugo resopló con orgullo y continuó volando, ignorándolos.
Era un deplorable pueblo y no eran capaces de mostrarle un verdadero y sincero agradecimiento. Pero al menos, se divertía asustándolos y así tampoco se olvidarían de continuar pagándole sus servicios.
Ah, en serio, ¿por qué no solo los mataba y se iba a asustar a otras personas? Nunca lo sabría.
A la mañana siguiente, Bakugo decidió que era tiempo de refrescarse y ya olvidado lo que escuchó la noche anterior, emprendió su camino hasta el río de la montaña. Ni siquiera se acordaba del niño que estuvo llorando ahí y en dado caso, no creía que hubiese sobrevivido.
Grande fue su asombro al llegar al río, encontrándose al menor de cabellos verdes y ondulados en la orilla del río, lavándose su pequeño e inocente rostro.
Katsuki no se movió, se quedó estático; estaba a unos segundos de ser descubierto, de que por primera vez alguien le viera físicamente. ¿Por qué no le escuchó a distancia? Bueno, eso seguramente se debía al río.
Izuku no supo ni cómo pasó la noche y cuando se despertó, instintivamente empezó a correr hasta que encontró la pacífica agua.
Sin embargo, Katsuki se dio cuenta que el niño tenía algo raro; parecía como hechizado, porque no parecía escucharlo y continuaba viendo el agua como un imbécil.
—Oh, mierda… —masculló. Eso solo significaba una cosa.
—Dulce, dulce niño, no sufras más. Aquí está la paz que tanto necesitas, oh, dulce, dulce bebé —musitó una endulzante voz femenina que no se mostraba aún, pero para el dragón era obvio de dónde provenía.
Por la mierda que hasta para Katsuki era difícil ignorar ese puto canto, así que para un simple niño esto era peor.
—Mi papá…
—Dulce, dulce niño… —canturreó nuevamente— Aquí está, aquí te espera, dulce niño… Ven.
Midoriya extendió sus pequeños brazos hacía el agua, esperando a ser tomado.
—Dulce, dulce niño…
Repentinamente, brazos pálidos y viscosos cubierto de escamas transparentes, salieron del agua y aquel canto cambió de uno dulce a uno tétrico.
— ¡Dulce, dulce niño, ahahaha! —exclamó con malicia ésta vez ese mismo ser.
Y el chico dragón, no supo ni cómo reaccionó, pero se lanzó sin pensar a Izuku para alejarlo de la sirena que salía del agua como un demonio invocado.
— ¡MALDITA ARPÍA HIJA DE PUTA! ¡CONSIGUE TU COMIDA EN OTRO LADO! —le graznó explosivamente con leves llamas brotando de su boca.
La sirena se rio con burla una vez se le pasó el miedo y sorpresa que el dragón le provocó, comenzando a reírse otra vez con ese putrefacto tono dulzón.
—Oh, majestuoso dragón…, parece que has encontrado tu talón de Aquiles, ¡yiahaha! —fueron sus últimas palabras y se sumergió nuevamente en el río sin problemas, antes de recibir una bola de fuego por parte del dragón.
En estos momentos, Katsuki tenía en sus brazos a un Izuki desorientado y que lo veía con los ojos abiertos como platos. ¡¿Qué carajos estoy haciendo con éste mocoso inútil?!
De cerca, pudo observar mejor la cara de ángel del niño cubierto de pecas en las mejillas. Y efectivamente, los ojos del mismo estaban rojos e hinchados de tanto llorar.
— ¡¿Q-quién… eres…?! —dijo en un suspiró de miedo, asombro y curiosidad. Sin embargo, por el impacto de hace unos momentos, su visión no se normalizaba aún (sin importar que tenía los ojos abiertos), así que solo era capaz de distinguir esos rubíes que tenía por ojos Katsuki.
—… Nadie que te importe, mocoso —sin culpa, le dio un golpe en la nuca para que quedara completamente inconsciente.
Con el ceño fruncido, Bakugo empezó a caminar, escupiendo un montón de insultos y fuego por donde pasaba, llevando al niño ahora como un costal sobre su hombro derecho. Hasta que lo dejó en el lugar donde lo había visto el día anterior.
Y, contra todo pronóstico, esperó a que se despertara.
Estaba a unos metros de él, astutamente escondido entre los árboles y con los brazos cruzados. El atuendo que usaba de humano era práctico y lo tenía semi desnudo, por lo que no tenía problemas para esconderse.
Un pantalón azul ligeramente rasgado, con un cinturón de piel con ancho de cuatro centímetros y pedazos de tela naranja con estampado negro alrededor del punto medio de cada brazo; ese era su atuendo. Sumado el collar de colmillos que tenía y uno que otro tatuaje. A veces usaba una capa roja maltratada, que hacía juego con sus aretes colmilludos; ésta tenía una considerable mata de lana en el extremo a ajustarse en el cuello.
— ¡Niño inútil! ¡Será mejor que te largues sino quieres que te asesine ahora mismo! —amenazó, sin piedad, furioso y sin verlo cuando escuchó los pies de Izuku moverse.
El menor se paralizó para iniciar a temblar después. Estaba mareado, pero recordaba muy bien que alguien le había salvado en la mañana, aun sin no haberle visto bien el rostro.
Y solo había una leyenda que contaba quién les protegía.
— ¿T-tú eres…? —tartamudeó. Se llevó las manos a su pecho, dándose valor a sí mismo e intentó hablar otra vez— L-lo siento…, pero, ¿t-tú eres él verdad? —masculló con una notable inseguridad.
Katsuki estaba de muy mal humor y ganas no le faltaba de incendiar al maldito niño, no obstante, escuchar esa voz tan miedosa producto de su presencia, le hizo sonreír orgulloso.
Entendía de la misma forma a quién se refería con "él".
— ¡Te dije que te largaras! —bramó nuevamente.
Lo que el dragón ignoraba era que pese a lo miedoso que podía llegar a ser Izuku, también era alguien sumamente curioso y agradecido. Quería conocer, quería ver si en verdad ese que lo salvó era el admirable y poderoso dragón, no le importaba si moría en ello. De alguna manera, su deseo de conocer era más grande que el miedo.
— ¡Enano hijo de puta! —Katsuki estaba tan cerca de tirarle un árbol, pero lo que hizo, simplemente fue empezar a caminar.
E Izuku inició a seguirlo.
Ah, éste pedazo de mierda no se rinde, a pesar de que está por orinarse, Bakugo miró de reojo hacía atrás, sin dejar de esconderse y continuó caminando.
Midoriya estaba tan concentrado escuchando y siguiendo las pisadas de esa persona, movido por un deseo tan inocente y sincero, ignorando lo despejado del cielo; del cómo la brisa de los árboles le refrescaba poco a poco, calmando el dolor de pérdida; ni siquiera el olor a tierra mojada lo distraía.
Hasta que el sonido de las pisadas desapareció y se quedó de pie, viendo por ambos lados del sendero, pensando a dónde caminar.
— ¡Izuku, por el amor de Dios! —la voz de su madre le hizo volver a la realidad de golpe y se dio cuenta que estaba justo en la entrada de Yuei.
No pudo concentrarse otra vez en esa presencia, pues su madre lo envolvió en un abrazo tan lleno de amor y felicidad porque no estaba muerto y había vuelto, que no pudo hacer caso omiso de esos sentimientos.
Katsuki solo resopló y finalmente desapareció del perímetro del pueblo.
En medio de aquella penumbra que se originaba por la noche y la luna nueva, los pasos del rubio cenizo hicieron que la sirena saliera del agua con desconfianza y sin mostrarse por completo.
— ¿Vienes a vengarte, oh, poderoso dragón? —susurró ella melodiosamente, con su cabellera rubia recogida en dos chongos.
—Con un puto demonio contigo, ¡deja de hablar como si fueras una maldita princesa! —obtuvo como respuesta— Solo eres una zorra tramposa.
La sirena le quedó mirando, con aparente pena y ruborizada por esa falta de respeto. Duró solo unos segundos, para luego iniciar a carcajearse como ganas.
—Siempre tan dulce, Katsu bonito.
— ¡Muérete, vieja descerebrada!, no me hables como si fuéramos amigos.
—Pero pensé que tu inusual visita era para eso, ya que tú nunca me visitas.
—Porque me vales una mierda —Bakugo la miró encendido, fulminándola.
—Por tu aspecto tan deseable, es que seguro hoy no —sonrió Toga con una emoción perturbadora.
—Muéstrame al Yuei de hace dos días —demandó sin piedad.
Le había enfurecido tener que estar viendo a aquel maldito mocoso, sin embargo se había dado cuenta de una cosa: necesitaba comprobar si la muerte de aquel sujeto había sido por algo más que no fuera algo banal como una enfermedad. Y si era así, él estaba dispuesto a enseñar que nadie pasaba encima de él.
Bakugo reconocía que Himiko Toga era una perra desgraciada, pero sabía desempeñar muy bien la magia que emanaba. No es que fuera una hechicera o algo por el estilo, simplemente tenía la habilidad para usar el agua del río como un recorrido al pasado cada luna nueva.
Fue una gran coincidencia que justamente hoy se encontrara la luna nueva para saber qué había sucedido en el interior de Yuei.
—Tal vez si fueras más amable, Katsu bonito…
— ¡Hazlo de una puta vez o te mataré, sirena de pacotilla! —escupió algo de fuego, con sus ojos encendiéndose, a punto de transformándose en dragón.
— ¡Tan majestuoso! —siseó Himiko con excitación, lejos de tener miedo. Sin decir más, se metió nuevamente al agua, volviéndola de un cristalino color celeste hasta que las figuras humanas aparecieron ahí, como un televisor.
Y fue cuando Bakugo supo la verdad, diciéndose a sí mismo que hacía esto no porque aquel inútil niño le importara, simplemente por la seguridad de Yuei.
Empero pronto descubriría que no era así.
¿Qué tal el capítulo? Tal vez no es muy revelador cómo esperaban y no tuvo el lemon (aún) que se hace insinuación al inicio, sin embargo esto se debe a que estoy cambiando un poco mi estilo de iniciar mis historias, lol.
No se preocupen, que tendrán su recompensa, eso es seguro, jajaja. ¡Ojalá que les haya gustado! Hay me disculpa si se me pasó algún error ortográfico o me comí una palabra, suele pasarme. Estaré esperando sus comentarios, eh, ¡recuerden que saber su opinión siempre me es muy valioso!
¡Nos estaremos viendo pronto! ¡Besitos!
