¡Hace mucho no venía, aiinssss! Lamento mucho la tardanza, sweeties, pero como mencioné hace varios días atrás, no tengo internet y ese es el principal motivo por el cual he tenido retrasos ;_;

Well, finalmente pude venir a dejarles un capítulo usando el internet de mi universidad, pls xD.

Antes que nada, ¡agradezco muchísimo el apoyo que están dándole a la historia! ;w; Espero que disfruten el capítulo, eh.


Cuatro años atrás.

"La curiosidad mató al gato".

Izuku creció escuchando esa popular frase dentro de su pueblo sin que pudiera romperla o evitarla. La tenía tan ceñida en su cabeza como si fuera su mismo cabello, sin embargo, pese a todo lo que conllevaba el no hacer caso de esa advertencia, a él no le importaría morir con tal de saciar el sentimiento de conocer lo que desde pequeño le hacía ruido en la cabeza.

Por supuesto, no era la única persona en el pueblo con la curiosidad de tener mayor conocimiento del dragón, pero debido a lo que sucedió en el Período de Soledad —esa etapa de cinco años en que no tuvieron protección del dragón, por ende el nombre que el pueblo le dio—, donde ahora el dragón no solo usaba los sentimientos de fe y admiración, sino también el miedo, es que estaba enteramente prohibido que alguien hablara del dragón o incluso que quisiera conocerle.

Y no por malicia, sino para salvaguardar la vida de todas las personas, ya no solo porque era la condición del dragón cuando llegó al pueblo, sino por temor a que los matara; ya sabían que era muy capaz de dañarlos a ellos mismos pese a que protegía a Yuei. Así que necesitaban seguir pagándole.

Muchos desistían de su curiosidad al conocer la historia del Período de Soledad, otros simplemente la mantenían reprimida, porque no estaban dispuestos a no hacer nada para satisfacerla al valorar más su vida.

Y luego estaba Midoriya.

Él tenía algo que lo llamaba a internarse al bosque y conocer más allá de todos esos frondosos árboles, al imperioso dragón que era el protector de su pueblo. Él estaba seguro de que sino murió cuando apenas tenía cinco años, fue por ese ser mitológico. No recordaba exactamente lo que sucedió en esa ocasión, lo único que tenía como prueba de que no estuvo solo en la intemperie, era el recuerdo de esa tosca voz masculina y que no podía borrar incluso cuando ya habían pasado siete años.

En muchas ocasiones el joven de cabello verde escapaba del pueblo sin que nadie lo notara para adentrarse a los árboles. Pero lo máximo que avanzaba era un kilómetro, porque el camino de regreso se perdía y le era muy difícil seguir el rastro para retornar a casa. Era como si los árboles, en complicidad, fueran cerrándose entre sí, formando un laberinto para impedir que los curiosos descubrieran eso que no debían descubrir.

Muchas veces le sucedió y, por más que intentaba, no lograba nada. A veces hablaba en alguna parte del bosque, deseando que fuera escuchado por quién él deseaba y la decepción se ceñía en su pecho como una estaca a un vampiro, mostrando en su rostro una mueca de tristeza al darse cuenta que no era escuchado. ¿En verdad jamás volvería a ver a ese ser que lo salvó? ¡Si tan solo la conciencia no lo hubiese abandonado en momentos críticos pudiera recordarlo y saber cómo buscarlo!

Siempre escuchaba bisbiseos entre los pueblerinos donde decían que esperaban algún día ya no depender de una bestia salvaje, abusiva y peligrosa como lo era el dragón. O incluso que sus ancestros habían sido unos tontos por no impedir que dicho monstruo tuviera el poder que ahora tenía sobre el pueblo de Yuei.

La mayoría de los habitantes estaban perdiendo esa confianza que antes caracterizaba al pueblo de Yuei en su admiración y respeto por el dragón. No obstante, aún existían otro poco de habitantes que —como él y su madre— creían que aún si el dragón lucía de una reputación temible, no podía ser tan malo ya que Izuku regresó sano y salvo tras perderse una noche entera en el bosque.

Aunque fuera una bestia y hubiese creado el Período de Soledad en Yuei, el dragón seguía siendo el protector del pueblo, le gustase a quién le gustase.

Sí, no importaba que el dragón continuara pidiendo sacrificios humanos, Midoriya sentía que él sí era la bestia noble de Yuei que todos veneraron con tanto fervor en un inicio.


Cierto día, Inko se encontraba enferma por el resfriado que pescó debido a la temporada de otoño. Y, como la familia Midoriya era la dueña de la única panadería en el pueblo, el negocio tenía que ser atendido sin importar las condiciones de los dueños.

Así que, el casi adolescente de cabello verde, era el encargado de despachar mientras su madre se recuperaba. Y si bien Midoriya era alguien tímido, también era amable y empático con las personas, por eso no se le dificultaba el atender a los habitantes que llegaban a surtirse del pan de calidad que era preparado por él y su madre.

—Dicen que el foráneo viene de la capital —el pecoso trató de no prestar atención a la conversación de un par de muchachas que estaban eligiendo el pan entre las diversas canastas que tenían en el local, pero ésta chica tenía una voz difícil de ignorar.

—Es obvio, ¿acaso crees que los chicos de un pueblo pueden ser así de guapos? —secundó su amiga.

Soltaron una discreta risita.

—Pues no, pero parece un sol. Es tan atento con las personas y tan alegre —suspiró la primera que habló e Izuku negó, regañándose por invadir la privacidad de las chicas.

—Ojalá no se vaya pronto. Sería una suerte que nos topemos con él otra vez.

El de cabello verde les sonrió amablemente cuando ambas señoritas llegaron a pagarle por el pan que escogieron. Y es que con el clima de sol ausente, lo mejor para consentir el cuerpo era un café con pan en el desayuno que caía como el amor en tiempos de cólera.

Una vez el negocio quedó solo, Izuku empezó a acomodar las pequeñas canastas que usaban las personas para escoger el pan. Como había venido mucha gente desde temprano, éstas estaban en diversos lugares y debía juntarlas para que fuese más fácil tener donde colocar el pan para los clientes.

Estaba colocando la última canastita, cuando un par de pasos hizo levantar la cabeza a Midoriya, avisándole de la llegada de un cliente más. Y, de no ser porque hasta ese momento no se consideraba homosexual, hubiese casi babeado con la presencia juvenil que llegó frente suyo.

— ¡Hey! ¿Ésta es la tan famosa panadería del pueblo? —saludó un enérgico pelirrojo, poseedor de unos dientes puntiagudos cual tiburón, el cabello peinado en picos y un cuerpo musculoso que provocaría cualquier mujer quisiera acariciarlo.

¿Y cómo Izuku sabía que ese sujeto tenía unos músculos bastante llamativos? Pues el recién llegado vestía con un chaleco negro de piel, sin ninguna playera o camisa, destacando muy bien su torso —ahora entendía el porqué de la emoción de aquellas dos muchachas—. Usaba un pantalón negro, botas del mismo color y un guante de piel en su mano izquierda. Tanto en la cintura del pantalón, como en su cuello, llevaba enrolladas dos franelas rojas; la que estaba ubicada en su cuello se diferenciaba por tener cuadros negros.

Todo ese atuendo destilaba virilidad por todos lados e impactaba con su presencia. No era una presencia imponente, no, al contrario, era tan fresca y sincera, tan imposible de ignorar como un sol en medio día.

Hasta la panadería se veía muy simple y apagada con la presencia de ese chico.

—Sí, aquí es —habló Midoriya tras unos segundos en que admiró al recién llegado—. Bienvenido, puedes escoger lo que quieras.

El foráneo de cabello rojo, mismo color que tenía en sus pupilas, se acercó hasta el menor con pecas, examinándolo sin ningún tipo de escrúpulos, causándole nerviosismo.

—Disculpe…

— ¡Ah, lo siento! —se apresuró el pelirrojo al notar la incomodidad ajena y se rascó brevemente la cabeza— Soy nuevo por estos lares y las personas de aquí me llaman mucho la curiosidad. No se parece en nada a los demás pueblos que he visitado.

Rompiendo el momento incómodo, agarró una de las pequeñas canastas para empezar a escoger el pan que sería probablemente toda su comida en éste día, dada su falta de dinero.

Izuku notó la poca cantidad de pan que agarró, pero no dijo nada para no meterse donde no le llamaban. A sus doce años, ya era catalogado como un metiche, porque solía preocuparse mucho por las personas, una cualidad heredada por su madre.

—Está bien. Es solo que nunca he visto a un viajero.

—Bueno, pues los viajeros somos geniales. ¡Somos libres! No hay leyes ni autoridad que te controle —la sonrisa del pelirrojo seguía presente, pero por alguna razón, el menor no sintió por completa la alegría de esas palabras.

—Imagino que es difícil, ¿no? —Midoriya no solía entablar pláticas con extraños, sin embargo la energía vital que irradiaba el contrario tenía algo que lo empujaba a simplemente no ignorarlo.

—Para nada —aseguró, entregándole la canasta con solo cuatro panes—. No siempre se tiene dinero, pero se aprende a vivir de la naturaleza.

—Ya veo, tiene muy buenas ventajas —sonrió ligeramente y sujetó la canasta para poder guardar el pan en una bolsa no muy grande y le dio la cuenta al pelirrojo.

—Diablos… —masculló, mientras buscaba en sus bolsillos— ¿Podrías quitarle dos panes? No me alcanzará —soltó una pequeña risa, apenado.

Y el de cabello verde ni siquiera mostró ninguna duda en sus ojos, más que simple empatía y compañerismo. Un sentimiento tan sincero y noble que hizo estremecer al foráneo, porque entre todas las personas que les había visto la cara, ninguno tenía esa mirada.

Midoriya negó y en vez de quitarle panes, añadió a la bolsa diez más, y grandes. Se los entregó.

—Espero no estar ofendiéndote con esto, pero puedes llevártelos. No te preocupes por el dinero —sonrió, firme, seguro. Cual ángel caído del cielo para salvarle el estómago al otro chico.

Sus dientes puntiagudos relucieron al tener la boca semi abierta y parpadeó sin poder creérselo, pero sin poder negarse, porque vamos, el hambre lo estaba atacando como un animal salvaje.

— ¡Muchas gracias, ah, hombre! ¡Te prometo que te pagaré! —asintió un par de veces, regresando a su sonrisa.

—No tienes qué.

— ¡Claro que lo haré! —insistió. Parecía que iba a soltar más palabras de esa armoniosa boca, de no ser porque se detuvo en seco y miró al vacío unos segundos— Bueno, tengo que irme.

—Nos vemos —Izuku entendió que tendría más cosas que hacer.

—Ah, por cierto. ¡Un gran gusto conocerte, Midoriya! —se presentó, sonriendo con suspicacia, como si hubiera pronunciado el nombre del de cabello verde adrede.

Y, sin que Izuku pudiera detenerlo para preguntarle cómo sabía su nombre, el pelirrojo se fue.

—Qué tipo tan extraño… —susurró, frunciendo el ceño con notoria incertidumbre— Supongo que algún habitante mencionó a quién pertenecía la panadería, por eso sabía… —y, se perdió en sus murmullos.


Los grillos eran la usual música que arrullaba al dragón cuando se encontraba en su enorme cueva descansando, no importaba que la soledad reinara ahí, tanto como la penumbra. Los pequeños animales sabían darle una buena compañía sin joderle la poca paciencia que tenía.

Era una de las ventajas que le proporcionaba a Katsuki el ser un dragón y estar cuidando ese pueblo de mierda, porque se mantenía apartado de la gente y se mantenía en su mundo sin ninguna molestia por estar lidiando todo el día con las personas. Y, si se aburría en algún momento, siempre aparecía algún grupito de saqueadores que matar para divertirse.

Había ocasiones en que, pese a que casi todos en el reino tenían conocimiento del dragón protector del pueblo de Yuei, los delincuentes venían en abundancia, como con deseos de asesinarlo para poder adentrarse a destruir y robarse todo del pueblo. Obviamente, nadie lo conseguía. Con simples flechas, pistolas o cosas por el estilo no le causaban ni cosquillas.

En esa temporada donde parecía que todos los pandilleros se unían, es que Bakugo andaba desnudo; era una molestia estarse quitando la ropa para transformarse o bien, buscando qué ponerse luego de romperla al transformarse sin quitarse su ropa. Ya que ésta no aparecía por arte de magia a excepción de las lunas llenas.

Sí, sumamente extraño.

Lastimosamente, hoy era uno de esos días tranquilos, lejano a la temporada de complot que armaban los delincuentes. Así que se encontraba vestido con un pantalón negro, botas del mismo color, con su torso descubierto y solo adornado por un collar de colmillos.

Bakugo se arrepintió de renegar de la calma del día de hoy, cuando escuchó una fastidiosa voz llamarle a lo lejos, seguido de un aleteo tan sonoro e intenso que provocó varias ráfagas de viento.

— ¡Eh, Bakugo, ya estoy aquí! —gritoneó.

— ¡Cállate! Tardaste demasiado, cabrón de mierda —regañó.

—Anda, Bakugo, no te alteres. Alégrate que hace tiempo que no nos vemos, hermano —recibió una sonrisa divertida y una ligera palmeada en su espalda, una vez se incorporó

—No seas imbécil, Kirishima, nos vimos hace una semana —puso los ojos en blanco. Tenía deseos de lanzarle un rugido de fuego—. ¡¿Por qué demonios no te pusiste algo antes de venir aquí, joder?! —gruñó al ver finalmente la figura de su amigo y le empujó.

El pelirrojo estaba completamente desnudo, sin ningún tipo de pudor por dejar a la vista todas las zonas de su cuerpo. Sí, todas esas partes que harían babear y desear a cualquier chica y, porque no, a cualquier chico.

—No seas tímido, Bakugo, ni que no fuéramos amigos —dijo como si nada y poniéndose ambas manos en la cintura, con orgullo—. No tengo nada de qué avergonzarme, soy un hombre completo.

— ¡Deja de decir estupideces, carajo, o te mataré! —a Kirishima se le hizo gracioso sentir como el rubio lo fulminaba con la mirada. Estaba seguro que ahora estaría recibiendo un escupitajo de fuego si no estuviera en su forma humana.

—Ya, tranquilo viejo —se burló—. Mejor alégrate que te haya traído noticias muy interesantes.

—No veo que pueda interesarme de tu viajecito de mierda en el pueblo.

—Vamos, no es tan malo. No todos te odian —Bakugo le dirigió una mirada asesina a Eijiro, pero a éste ni le importó en lo más mínimo y se mostró tan confiado como siempre—. ¡Lo digo en serio! Hay alguien ahí que parece interesado en ti.

—Deja de inventar idioteces, no tientes a mi paciencia.

—Te digo que es verdad, hombre. Ya sabes que en los pueblos todo se sabe.

—Kirishima —advirtió, con su semblante molesto y casi por tirarlo al acantilado que estaba a los pies de la entrada de la cueva donde vivía.

—Deja de hablarme como si fueras mi madre —soltó con una breve risa. Sin embargo, al notar como Katsuki frunció más el ceño, alzó sus manos en son de paz—. Ya, ya, ya. Mejor cuéntame, ¿por qué terminaste salvando a un niño? Sabes que nadie debe vernos.

El gesto del rubio fue grave y su mirada se clavó en el rostro de su amigo, deseando que con sus pupilas fuera capaz de acribillarlo o mínimo molerlo a golpes.

—No pienso darle explicaciones a alguien que sabiendo ésta regla, va a meterse al pueblo con los humanos.

—Mi trabajo es diferente al tuyo —recordó—. Y de todos modos, Yuei se olvidará de mí mañana. Mi presencia no afecta el curso de su racionalidad.

—Me vale una mierda, no tengo por qué explicarte lo que yo hago —finalizó Bakugo, sentándose nuevamente en el suelo rocoso y cruzándose brazos.

—Cierto, no tienes la obligación, pero sí tengo el derecho a saber el porqué de tus acciones para tener presente porque debo mentir frente a los Stella.

Y el dragón no tuvo otra opción que ceder.


—Pobre de Inko, qué difícil la tiene con la obsesión que su hijo tiene con el monstruo del pueblo —fue lo que la nombrada mujer logró escuchar entre el gentío que estaba surtiéndose de frutas en un local.

Ella solo mantuvo su sonrisa intacta al pagar la cuenta a la dueña, que era la madre de una de las amigas de su hijo.

—No les hagas casos, ya saben cómo es la gente. Siempre busca de qué hablar —le dijo la señora, animándola.

—Muchas gracias por tu preocupación —sin más, se despidió.

Izuku estaba ayudándole con otras dos bolsas donde llevaba más de lo que acababan de comprar para surtirse en alimentos y accesorios de higiene personal, por lo que llegó a escuchar más de algún comentario, sin embargo ninguno de los dos mencionó algo. Más bien, ambos los ignoraban.

Tanto él como su madre, no tenían problema referente a eso. Ellos sabían lo que sucedió hace tiempo y también que lo que Izuku quería era simplemente conocer a su salvador. No tenían por qué confrontarse con los habitantes del pueblo, al final de cuentas era problema de ellos si se la pasaban hablando por hablar.

Y hubiese sido fabuloso que sus palabras no se rompieran al saber que la próxima elegida que serviría como sacrificio para el dragón, sería su mejor amiga, Uraraka Ochaco.

¡Definitivamente no iba a permitirlo! ¡No quería esa clase de destino para su amiga! Ella era una de las personas más valiosas que tenía en su vida y no deseaba que muriera en manos del dragón.

Fue curioso cómo la perspectiva que tenía del dragón cambió en cuanto supo que su amiga sería el próximo sacrificio. Era algo que siempre tomaba por sorpresa a todos, nadie lo esperaba y obtenían el resultado gracias a la decisión del presidente y el sheriff, un peso con el que tenían que cargar ambos hombres.

A pesar de la culpa que sentían y sentimientos de hostilidad que recibían, nadie se negaba. Nadie se rebelaba, todos estaban conscientes que era una ley que seguirían acatando hasta el fin de los tiempos.

— ¡No pueden hacerle esto a Uraraka-san! —el aspecto tierno de Midoriya se perdió delante de todos, quedando su ceño fruncido y el brillo en sus ojos que expresaba una poderosa determinación.

—Lo que se decide, no cambia —el sheriff dirigió una mirada fría al menor—. Si fuera otra persona, no estarías diciendo nada.

— ¡Eso no…! —estaba dispuesto a seguir protestando hasta lograr salvar a su mejor amiga.

—Inko, sino quieres que tu hijo sea el siguiente sacrificio, haz que se calme —sentenció. Y, como una burla añadió: —Recuerden que debe ser un honor ser el pago para el dragón.

Las pupilas esmeraldas de Izuku buscaban desesperadas encontrarse con las de Uraraka, pero ella simplemente no acababa de salir del shock por la noticia que acababan de darle. A diferencia de antes, ahora ya no era un honor ser el sacrificio para el dragón, ya no estaba esa devoción; eran muy pocas personas que no rompían en llanto al ser elegidas.

La mente del de cabello verde no podía dejar de pensar, e inclusive sus mismos labios empezaron a secundarlo en un bajo murmullo, pero del cual se podía percibir una increíble tensión que hizo estremecer a más de uno. No entendían plenamente sus palabras, simplemente el timbre de la voz parecía removerles la conciencia.

Sí, él podía creer que el dragón no era tan malo como la mayoría en el pueblo pensaba, no obstante, estaba seguro que eso no evitaría que Ochaco terminara sin vida o quién sabe cómo, tan pronto llegara las garras del dragón.

Y tampoco podría aspirar a encontrar al dragón para hacerlo cambiar de idea; en primera, ni siquiera había encontrado una manera para ponerse en contacto con él y en segunda, el sacrificio humano era desde los orígenes y por alguna razón continuaba, así que cambiarlo ahora…

De modo que no le quedó otra opción, más que la única que le llegó a su mente, preso del miedo a perder a su amiga y el terror a lo que ella fuera a pasar. No pensó en nada más, sus palabras simplemente salieron con la misma desenvoltura que las llamas en la madera.

— ¡Elíjanme a mí como sacrificio!


Izuku siempre tan altruista. (?)

Bueno, quería comentarles algo xD.

Como al inicio mencioné, con ésta historia estoy experimentando algo nuevo, a diferencia de lo que acostumbro a escribir, lol. Y, la cuestión es, ¿les es confuso que hago éste tipo de saltos en el tiempo?

Más que nada, esto los hago porque son un tipo de prefacios inestables(?). Ya que la trama de la historia va para otro lado, en vez del conflicto de rechazo de Bakugo a enamorarse de Midoriya xD. Me gustaría saberlo, ya que de ser así, veré si cambiarlo o hacerlo de otra manera.

Well, esto ha sido todo uvu. No sé cuándo volveré a actualizar, dependerá cuándo tenga internet ; ;

¡Nos vemos y muchas gracias por todo su apoyo! ¡Estaré esperando sus comentarios! ¡Besos!