Holi, holi, sweeties :3.
Regresé sin mucha tardanza, o eso creo, pero sigo sin internet, por lo que ando desde la casa de una amiga de mi mamá robando internet, LOL xD.
Aunque entre el 27 de noviembre y 8 de diciembre no habrán actualizaciones, porque estaré en época de exámenes de segundo parcial y los finales ;n; (sí, mi universidad junta las dos semanas de evaluaciones :c).
Pero no se preocupen, que luego ya me tendrán de lleno por aquí xD.
Sin más, les dejo leer. ¡Disfruten!
Todos se quedaron en silencio y lo observaron como si estuviera cometiendo el peor de los pecados. Los murmullos se desataron, porque de por sí no era tan bien visto por su supuesto anormal deseo de querer conocer al dragón o de defenderlo —según la perspectiva de los pueblerinos— y con esas palabras, terminó de cambiar su imagen.
Inko fue presa del pánico y le tapó la boca a su hijo, negando ansiosamente. Sus ojos estaban abiertos desmesuradamente, brillando con el miedo en ellos, sin embargo la postura de su cuerpo dejaba en claro la enorme protección hacía su hijo, ciñéndolo bien entre sus brazos.
—Aunque tú seas el elegido en ésta ocasión, eso no cambiará que Uraraka sea la siguiente elegida —fueron las serenas palabras del presidente. Tantos años con ese cargo, que el hombre se había vuelto por completo ecuánime al tratarse de éstos momentos.
La esperanza de Midoriya se fue con la misma velocidad con que apareció y ante esa oración, ya no supo que más decir. ¿Acaso no podía hacer nada para salvar a su amiga? ¿De verdad éste sería el adiós definitivo con Uraraka? ¡Tanto que tenía por vivir! ¡Ella solo tenía doce años! Su destino no podía ser ese.
— ¡NO, NO PUEDE SER ASÍ! —logró articular como última opción Midoriya, pues su madre lo tenía tan bien sujeto, que no podía moverse y salir corriendo contra el presidente para insistirle en su deseo. Forcejó, pero su boca fue tapada nuevamente, ahogando sus gritos.
— ¡Silencio, Izuku! —susurró Inko, contra la oreja de su hijo. Era una oración firme, sin embargo, dejaba en claro el horrendo miedo que ella tenía solo de imaginarse el que su hijo fuera elegido para ir con el dragón.
Midoriya no pudo hacer nada más. Escuchar la pena de su madre fue como miles de bofetadas de realidad.
La media luna adornaba místicamente el firmamento nocturno lleno de estrellas, reflejándose tenuemente contra el agua del profundo lago del bosque, donde Katsuki se encontraba reclinado contra el tronco de un enorme y ancho árbol —como el resto que llenaban el bosque—, impasible. Sus brazos cruzados sobre su pecho y su semblante serio, solo adornado por su ceño fruncido, lo hacían lucir varonilmente, con esa combinación de majestuosidad y salvajismo que le daban un único toque personal.
Esperaba el alimento de cada fin de semana, como desde siempre lo había estado haciendo. Y aún con la rutina que esto podía llegar a resultarle, él sabía bien que lo necesitaba; fuera mujer u hombre, él tenía que satisfacerse.
—Alguien está molesto, uh —la única habitante dentro del lago, y usando una voz innecesariamente infantil, observaba a Bakugo con una sonrisa amplia. La cabeza de Toga sobresalía del agua, mirando así más segura al dragón.
Ella sabía que el rubio nunca le haría un daño real y también sabía, que cuando era el tiempo en que el dragón se alimentaria, debía mantenerse "prudente" sino quería ocasionar una catástrofe. Simple precaución.
—Lárgate, sirena de mierda —chistó, sin siquiera abrir sus ojos. Por supuesto, era consciente que Toga realmente no se iría, y no tenía por qué irse, al contrario, necesitaba que se quedara. Pero, lo mínimo que Katsuki esperaba lograr con su amenaza, era que se callara.
—Recuerda que si te desconcentras, la comida no servirá —aventuró ella, con el tinte de malicia y diversión adornando su voz. Sus pupilas brillaban excitadas, logrando un rubor perturbador en sus pómulos, debido al color blanco fúnebre de su piel. Y, pese a cómo Himiko pudiera lucir, su actitud infantil no cambiaba.
—Tsk, maldita —frunció más su ceño, sin embargo no dijo nada más. Inhaló profundamente, haciendo todo lo bestialmente posible para no perder la paciencia.
Toga ahogó una risa, de esas que un hermano menor daría, al ver cómo su hermano mayor era regañado por su madre al ser inculpado.
El ambiente entre los dos seres mitológicos se serenó finalmente, con las ráfagas de viento trayéndoles el sonido humano que los habitantes de Yuei hacían al ingresar al bosque. Esa era la señal, su festín estaba cerca.
No había ruidos más que las respiraciones de los pueblerinos, que seguramente trataban de tragarse el temor, aun así el olor de su presa inundó al joven dragón, haciendo dilatar sus fosas nasales unos segundos. Abrió los ojos, los cuales se afilaron, y en el interior de su iris se formó una franja dorada, que le asignaba a Bakugo la ferocidad de un dragón.
—Aún no —susurró Toga, quién raramente utilizaba un tono que iba acorde con su edad. O por lo menos con la que aparentaba, ya que no era una niña.
Usualmente, se pensaría que el dragón sentía a su estómago rugir por la comida, liberando su instinto de caza para devorar la carne de su presa hasta saciarse con una sanguinaria sed.
No era así y tampoco se acercaba a lo que el dragón hacía.
Lejos de sentir un hueco en su estómago por el hambre, el vacío que sentía era en su pecho. Su liviano —y bien formado— pecho, ese era el problema, siempre estaba frío y vacío; era una sensación que mataría a cualquier humano que la sintiera, no obstante, para Bakugo eso ya era algo normal con lo que tenía que vivir.
La sensación era mucho más profunda e intensa a que si le faltara un órgano, porque no se trataba de algo físico. Lo sabía y ni siquiera él mismo lograba comprenderlo, no lograba entenderlo, y a su vez, era consciente que esa era su debilidad, una que nadie sabía.
—Ve por ella —asintió la sirena de rubios chongos.
Katsuki nunca obedecía órdenes, es más, si fuese un día normal, le hubiese escupido fuego un millón de veces a esa molesta sirena. Empero hoy sabía que todo iba más allá que el simple orgullo de su persona o el deseo de joder de Toga. Así que sin más, se transformó.
Los destellos que rodearon la figura atlética del muchacho, hacían parecer que una tormenta de diminutas estrellas de colores saliera de su cuerpo, desde cada extremidad, generando un suave viento que alborotó el cabello rebelde del chico. Y, poco a poco, con la mirada fascinada de Toga, la figura humana de Katsuki desbordó en una imponente forma de dragón.
Rugió, impasible, y con esa congoja de su pecho que parecía palpitar, guiando su deseo hasta donde el sacrificio de hoy esperaba.
No demoró en llegar, con esas enormes y fuertes alas borgoña, su cuerpo era ágil incluso desde el cielo. Desde ahí, se percató que ya ningún pueblerino estaba rodeando el lugar, a excepción de la chica —como Himiko pareció adivinar— de cabellera castaña que estaba amarrada contra un árbol.
Descendió sin problema, no molestándose en cambiar su tacto salvaje. Y, con sus enormes y afiladas garras, sujetó el cuerpo de la chica, rasgando las ataduras para poder llevársela consigo, acompañado del silencio.
No es como si Uraraka no sintiera el pánico de que su vida estaba por acabar; de hecho, el terror le quemaba, como si tuviera ácido sobre la garganta y los ojos. Estos últimos estaban perdidos en algún punto del dragón mientras era llevada. No alegaba, no suplicaba, ni gritaba, no porque no hubiese querido, pese a su resignación, sino porque estaba sedada.
Era un método que el presidente de Yuei añadió, evitando que alguno quisiera escapar. Por eso, el cuerpo de Ochaco era un trapo, inerte, puro y aterrado. De sus ojos salían cascadas de sal, enrojeciendo sus mejillas tenuemente, así como sus ojos, pero, ¿qué más podía hacer ahora? Solo le rogaba al cielo que el dragón la matara primero antes de empezar a comerla. No quería sufrir, no lo quería.
Con dificultad fue consciente del momento en que el dragón aterrizó y la dejó en el frío césped del bosque. Mantuvo su mirada en el cielo, tratando de desconectarse con la realidad, sin mirar a los alrededores, por lo que no fue testigo tampoco de la sirena, que poco a poco salía del agua, hasta sentarse en la orilla. Ni, mucho menos de la transformación del dragón en un apuesto joven salvaje.
Solo un vestido blanco era lo que cubría el cuerpo de Uraraka, reluciendo su aura inmaculada. Virgen, inocente. Sin embargo, no era capaz de ocultar el sufrimiento que carcomía a su alma ahora, rogando que mínimo esto fuera rápido.
—Entre más demores, menos lo harás, lindo Katsu —Toga hizo un gesto lastimero al contemplar a la otra muchacha, negando—. Pobrecita niña, tan joven, con tanto por delante… Y con un amor sin florecer, que triste.
— ¡Cierra la puta boca ya, joder! —graznó, furioso, amenazante, mirando a la rubia— Termina el maldito hechizo y cállate.
—Entonces acércate a mirarla.
La confusión que el sedante generaba en su mente, aumentaba con solo escuchar la conversación de aquellos dos seres, sin embargo, para Uraraka, esas voces se oían muy lejanas; eran cuchicheos y no palabras directas. Así que tampoco entendía todo lo que acontecían. Su mirada continuaba perdida, sintiendo poco a poco como el dolor y el terror desaparecía, como si una neblina tapara todo su sistema límbico, dejándola en la serenidad, hasta que fue incapaz de sentir.
—Es un niña muy fuerte —espetó Himiko, muy al tanto del esfuerzo que Ochaco estaba haciendo para no cerrar sus ojos.
Katsuki solo la miró, si estaba de acuerdo o no con la rubia, ella no lo supo, pues no hizo ningún asentimiento ni negación. Se sentó en el césped, al lado de la castaña, con sus piernas en loto y se encontró con esos grandes ojos femeninos.
Debía encontrar lo que quería, lo que de tantas veces se había alimentado, pero irlo recopilando sí que era laborioso. Y, por esa razón es que Bakugo conocía un poco la palabra paciencia, gracias a éste ritual.
Dentro de esas joyas, el dragón era capaz de ver todos sus recuerdos, desde los de corto, como a los de largo plazo. Con el ceño ligeramente fruncido, concentrándose en las emociones que cada memoria tenía, y con Toga utilizando su magia, su alimento iba poco a poco saliendo, tomando forma.
Nadie hablaba. No había ni los maliciosos y juguetones comentarios de Himiko, lo cual dejaba muy en claro que ésta humana era alguien muy completa, pese a su escasa edad; tenían que tener suma concentración para no perderse de nada.
En medio de la recopilación de energía, fue que la concentración del dragón se fue al demonio, encontrándose con la viva imagen de ese mocoso de ojos esmeralda que tiempo atrás salvó.
— ¡Espera, no lo congeles! —su instinto fue quién lo gobernó y, sin darse cuenta, alzó su mano, captando la atención de la sirena. Se reprochó mentalmente, se acabó en insultos por lo que acababa de hacer, sin embargo, ya no había marcha atrás ahora.
Una vez que el ritual se interrumpía, ya no volvía a avanzar, no cuando más de la mitad estaba congelada, esperando ser devorada por el dragón. Pero eso a Bakugo no le importó, de hecho, su comida podía esperar.
Las comisuras de Himiko se elevaron en una sonrisa perspicaz sin decir nada.
Los carmesí del dragón observaron ese sinfín de recuerdos que Uraraka traía, con Midoriya de protagonista. El desarrollo que había tenido en todos estos años, dejaron al rubio cenizo con el pulso acelerado, sin controlar un nuevo instinto que estaba naciendo desde lo más profundo de su alma.
¿Por qué ahora que lo veía surgía esa sensación? ¿Es deseo de apoderarse de él sin ningún tipo de remordimiento? Ese puto deseo de invadir el pueblo de Yuei, con tal de llevarse a ese inútil y miedoso chico de cabello verde, mismo que apenas estaba entrando en la pubertad, joder.
Bakugo se enserió mucho más, concentrándose sí, pero ya no en el ritual, sino en los movimientos que Izuku hacía dentro de los recuerdos de Ochaco. Era imposible que no embelesaran al dragón, aunque fuera inconcebible que un humano tuviera ese tipo de poder, siendo que nunca más volvió a tener contacto con él.
Salvo las veces que sabía ese niñito de mierda se metía al bosque, intentando buscarlo, obviamente sin lograrlo. Claro que el dragón lo sabía, pero no existía interés en él de hacer contacto con él, ya había sido suficiente fastidioso de infante antaño, y ahora de adolescente, seguramente lo era más. No le interesaba, no le importaba.
Aun así, Katsuki era consciente que Izuku tenía un gran interés por él. ¿Cómo no saberlo con tan urgente insistencia? Lo peor no era eso, sino más bien el hecho de que estuviera muy atento a las acciones del menor por buscarlo.
— ¿Acaso hay una comida mejor, umh? —no importaba los tintes perturbadores que la sirena pudiera tener, aún existía en ella cierta elegancia, la cual se dejó ver mientras movía sus dedos sobre el rostro de Uraraka. Sonrió, viéndola.
Afortunadamente o no, la vista de la humana estaba más que pérdida en el firmamento, con la conciencia bailando en la cuerda floja, a punto de caer al oscuro abismo y sin retorno.
Mierda, mierda, ¡mil veces mierda! El ceño de Bakugo se frunció, armando en sus ojos una lucha imposible de evitar. Y, ¿cómo no? Si en cada maldito recuerdo de esa humana, Midoriya soltaba comentarios de su curiosidad por el dragón y sus ojos se iluminaban como si fueran el mejor de los diamantes.
No lo sabía, no entendía la satisfacción que darse cuenta de eso le provocó. Tal vez era que, finalmente, uno de los aldeanos mostraba veneración ante su omnipotente poder como protector del pueblo. Tenía que ser eso.
Impasible, se levantó, negando y bufando como un toro a punto de embestir al torero, dispuesto a largarse de ahí.
— ¿Qué se supone que estás haciendo, Katsu? —el dulzón y escéptico tono de Himiko, hizo gruñir al nombrado.
—No quiero esa basura, regrésala —fue su única y encendida respuesta.
No obstante, no fue la única vez que el dragón regresó a los sacrificios del pueblo, hasta que finalmente demandó la presencia de Midoriya.
En el presente
El calor que entre el surco de los suaves glúteos de Midoriya existía, era algo que no importaba Bakugo negara, lo dominaban por completo. Y, que por supuesto lograban alimentarlo muy bien, en cualquier jodido sentido.
Ah, maldito humano que lo hacía perderse a sí mismo sin su consentimiento.
Observó por última vez el desnudo y rojizo trasero —víctima de las palmas y centro viril de Katsuki— del de cabello verde, antes de asomarse a la entrada de la cueva, ubicada en lo alto de una montaña llena de árboles frondosos. Recibió el aire fresco matutino, relajándolo y adentrándose a la cueva, no sin antes rodear cada centímetro de su anatomía desnuda.
Sus ojos se perdieron en el cielo, con su eterna expresión malhumorada y tosca, que no por ello le quitaba lo atractivo a sus facciones. Las nubles resplandecían bañadas en la luz del sol, hasta traspasarlas y llegar a cada hoja de todos los árboles.
Hoy era lunes. El día en que Midoriya debía volver al pueblo. Lo sabía, y por eso no había dejado que se vistiera en ningún momento, haciéndose cargo él de conseguir la comida. No quería desaprovechar nada de tiempo con el pecoso.
No era la primera vez que Bakugo se andaba desnudo junto con el muchacho de ojos verdes, pero sí la primera vez que un ansía repentina los tenía encadenados a ambos, hasta envolverse entre sus pieles, en estrofas de besos y gemidos, ardiendo como el mismo sol.
El joven dragón suspiró.
Katsuki estaba muy al tanto del incumplimiento de reglas que estaba haciendo desde que decidió tener el mismo sacrificio. Obviamente, no se arrepentía de nada, no lo haría nunca, ni aunque su alma se condenara, porque al final de cuentas, ésta ya le pertenecía a Izuku.
— ¿Kacchan? —bisbiseó un recién levantado pecoso.
—Regresa adentro, nerd idiota, hace frío —Katsuki lo volteó a ver de reojo unos segundos, porque estaba seguro que si lo miraba por completo, el deseo lo atacaría sin marcha atrás.
—Mmh… —Izuku frunció un poco el ceño. Estaba desnudo, pero su cuerpo seguía con la calidez que el dragón ejercía al estar con él, así que no importaba el frío, no lo sentía.
Caminó hasta llegar a él y lo abrazó por detrás, cerrando sus ojos. Le acarició sus pectorales con una dulzura propia de Midoriya, que no importaba que sus instintos lo dominaran debajo de Bakugo, no perdía su carisma de ángel.
El rubio cenizo sujetó la diestra impropia y le mordió la muñeca, sin demasiada fuerza. Y, antes de que el de ojos esmeraldas se quejara, habló:
—Deja de perder el tiempo y vístete, debes regresar.
—Lo sé, es solo que yo no quiero regresar… —masculló en respuesta.
Katsuki era capaz de sentir el corazón acelerado del otro golpear contra su espalda. Y no es como si él se encontrara diferente, más bien, si por el fuera, no dejaría volver a Midoriya jamás. Era suyo, solo suyo, y quería ejercer como tal ese hecho.
Pero no podían. Y la única manera de mantener a salvo su relación, era continuar con la mentira, engañando a todos del sufrimiento que Izuku tenía cada fin de semana.
— ¿Es que acaso crees que yo sí quiero? Tu culo me pertenece, Deku de mierda, es aquí donde debería quedarse —gruñó, molesto y liberándose del abrazo sin ningún problema.
El aludido soltó una pequeña risa, más complacida que avergonzada.
—Anda, ahora ve a vestirte antes de que te la meta otra vez, joder —Katsuki le dio la vuelta al chico, no sin antes darle una sonora nalgada, sonriendo con orgullo.
— ¡Kacchan! —Midoriya volteó a verlo ruborizado hasta las orejas, en un reclamo claro y agarrándose su glúteo, de por sí ya rojo y con rasguños.
No le quedó de otra más que empezar a vestirse, porque si se ponía a reclamar, realmente la pelea que empezaría no sería precisamente verbal, sino carnal. Y sabía que debía regresar al pueblo.
Con el paso del tiempo, las miradas y cuchicheos ajenos se habían hecho fáciles de ignorar. Y no es como si llegara contando a diestra y siniestra la aventura de amor que vivía cada que era dejado en el claro del bosque.
Más bien, Izuku se esforzaba por parecer traumado, aunque no era bueno mintiendo y lo único que podía hacer era mostrarse ensimismado, serio. Nada más. No hablaba con nadie tan pronto atravesaba la entrada de Yuei, y tampoco nadie se acercaba a hablarle.
Si había rumores, quién sabía. Lo cierto era que tampoco podían creer o imaginarse que Izuku disfrutara de ser el sacrificio, porque al final de cuentas, los únicos que regresaron de su fatal destino seguían sin recuperarse del todo y no recordaban nada de lo que les sucedió.
Uraraka fue la única excepción del sufrimiento de memoria que los otros quedaron padeciendo. Ella no podía sentirse más que aliviada de seguir con vida, de sentirse ella misma, pero infinitamente preocupada por su amigo de cabello verde, experimentando en más de una ocasión, culpa.
Siempre esperaba a Izuku, igual que su madre, con los brazos abiertos, dispuesto a consolar su tan mala suerte de ser elegido como el sacrificio de siempre para el dragón. Para esa indómita bestia escondida.
Sin embargo, lo que en ésta ocasión recibió a un silencioso Midoriya, fue la multitud de habitantes, rodeando el hermoso corcel blanco y alto, que solo podía pertenecerle a alguien de la realeza. A un caballero de la capital.
— ¡Izuku! —su madre, corrió a abrazarlo tan pronto llegó, con tanto amor y preocupación, que una parte de él se sintió culpable por mantener a su madre engañada así. Aunque quizá no sufriría menos si supiera la verdad— ¿Cómo estás?, ¿cómo te sientes?, ¿estás bien? —cuestionó tan de prisa, que le costó entenderla un poco.
—Estoy bien, mamá, de verdad —Midoriya le sonrió ampliamente, sincero, mirándola. Y es que en eso no mentía.
A Inko se le llenaron los ojos de lágrimas y abrazó nuevamente a su hijo. Debido a que ahora él estaba siendo más alto que ella, le costó un poco acunarlo contra su regazo.
—Mi Izuku…
—Mamá… —suspiró, sintiendo un sentimiento de impotencia en su garganta que se obligó a tragarse.
Ese maternal abrazo hubiese durado mucho tiempo, de no ser por qué el silencio reinó, pues todos se encontraban pendientes de las acciones del de cabello verde. Pero a decir verdad, solo era una sola persona que lo observaba con una inmutable serenidad y perspicacia.
Inko liberó poco a poco a su hijo, pero lo sujetó de la mano con fuerza, volteándose para también encarar a aquel que interrumpió su momento familiar.
Izuku no sabía cómo reaccionar, o qué pensar, al sentir como ese par de ojos heterocromáticos lo observaban sin tregua.
¡Ay, ay! ¡Finalmente Todoroki llegó al pueblo!
Luego de esos flash backs, el momento del mero salseo se acerca, jaja. He de confesar que me siento rara, no porque no me guste como llevo la historia, sino por ser la primera vez en que hago esto xD. No sé, siempre ponía un drama amoroso al inicio, y ahora la acción es primero. (?)
Bendito soundtrack de "Memorias de una Geisha", me inspiraron muy bien, jaja.
Seguramente al leer éste capítulo y el próximo, tendrán algunas dudas en cuanto a los tiempos, sin embargo, tendrá una pequeña línea del tiempo donde explicaré varias cosas, para que no se me pierdan, tranquis.
Well, eso ha sido todo por hoy. ¡Nos vemos pronto, cuídense muchooo! ¡No duden en dejarme sus comentarios, eh!
