Se quedó sin ser capaz de hacer nada, por más que en su mente se decía que no podía dejar las cosas tomaran ese rumbo, al final no supo qué hacer. ¿Cómo podía rechazar la orden de un caballero del reino y salir ileso? Y no porque creyera que podrían apedrearlo —al menos no Todoroki—, sino porque quedaría descubierto. No sabía a ciencia cierta lo grave que podría ser que supieran que él, Midoriya Izuku, voluntaria y satisfactoriamente, era el sacrificio.
Que amaba al dragón y disfrutaba ser su amante, por eso nadie más podía estar en su lugar, porque era la única manera en que los dos podían compartir y dar rienda suelta a su amor.
Que Izuku estuvo mintiéndoles a todos, mintiéndole a su madre, a su mejor amiga y que en realidad él no sufría con ser el sacrificio. Más bien, anhelaba estar entre los brazos de Katsuki en cada momento, era su mayor deseo y, todos los momentos vividos con el dragón, era su mayor tesoro.
Él quedaría debajo de todos en Yuei por su vil mentira. Pero eso era lo de menos, no le importaba tanto el que lo tacharan de un maldito mentiroso y amante del dragón, aunque no negaba el dolor que sentiría ver a su madre y mejor amiga decepcionadas por su engaño.
Lo que carcomía a Midoriya, era el temor a lo que le fuera a pasar a Katsuki, ¿y si todo el País del Sur creía que, de verdad, se salió de control y decidían ir tras él? Además, no lo sabía, pero estaba seguro que algo más existía entorno a la magia que envolvía al dragón, que también podría ponerlo en peligro.
¡Ese era el problema de todo! Que el chico de esmeraldas en sus ojos, desconocía muchas cosas todavía; Bakugo no se las contó y él tampoco preguntó, diciéndose que lo haría en algún momento, sin embargo, el tiempo fue pasando, y al final, terminó envuelto en esa maravillosa burbuja de amor que entre ambos construían día con día al verse.
Y, al no saber todo, al desconocer muchas cosas, Izuku no sabía cómo actuar. Necesitaba investigar, conocer, saber todo lo posible, ¿pero ahora cómo podría hacerlo? Todoroki se estuvo quedando en su casa, custodiándolo, según él, de que algún pueblerino quisiera llevárselo a la fuerza ante el dragón —era lo que más deseaba Midoriya secretamente.
En el día no podía hacerlo, no porque no lo hubiese intentado, porque sí que lo intentó. Empero, fue descubierto justo antes de salir de la entrada principal de Yuei, y como único pretexto dijo:
—Me preocupa mi pueblo… No quiero que el dragón… —quedó a medias. Nunca sería capaz de levantar una acusación tan falsa de Katsuki, porque sabía que él no le haría daño a Yuei.
—Yo no dejaré que el dragón dañe al pueblo, ni a ti —aseguró Todoroki, tan serio, tan profesional, sin despegar los ojos del joven.
Muchas otras veces lo intentó, pero el caballero no se despegaba de él, y cuando no estaba él, estaba Uraraka o su madre. Y él no podía mentirles a ellas, que le conocían tan bien como las palmas de su mano. No durmió en varias noches, intentando escapar por lo menos un par de minutos para hablar con Katsuki y que le esperara.
La única vez que estuvo a punto de lograrlo, algo sumamente extraño sucedió.
—Oh, Midoriya Izuku… —canturreó una masculina voz, que no era tan grave ni ronca, sino dejaba en claro que el dueño era un poco mayor que Izuku, sin rebasar los veinte— ¿Tan divertido es ser el juguete del dragón? ¿Qué tiene de interesante? ¿Qué tiene de bueno?
No había luna, ni siquiera estrellas esa noche, Yuei era iluminada por los faros de luz en las sencillas calles del pueblo y, aunque sintió temor, buscó con su mirada al dueño de esa voz algo tétrica, sin ocultar el suave brillo de curiosidad que sintió.
Y no encontró nada. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Estaba alucinando? Dudaba fuera el caso, esa voz se escuchó tan clara para sus oídos.
— ¿Quién eres? —masculló, estremeciéndose de golpe.
—No importa lo que hagas, Izuku, ese dragón morirá —sentenció la misma voz—. Yo me encargaré de eso.
— ¡No es verdad! —se olvidó momentáneamente que debía bajar la voz, para no ser descubierto.
—Tú me has facilitado eso, ¿debería agradecerte? Heee.
— ¡¿Quién eres?! ¡¿Qué vas a hacerle?! —insistió, empezando a correr por las calles, guiándose por el sonido de ese extraño, sin lograr encontrar nada.
—Yo no necesito hacerle nada. Tú haces todo con querer y buscar verlo, así que, Izuku, sigue tu camino —le animó, con un tono casi divertido—. Ve, busca y encuentra al dragón, ve y comprueba lo que ya todos saben. ¡Ve y cumple tu función como su juguete!
— ¡Eso no es verdad! ¡No es verdad! —el pánico se ciñó a su piel; se sintió descubierto y, lo peor, ni siquiera sabía por quién, pero parecía muy bien informado.
Las ráfagas de viento acompañaron la noche en Yuei y al joven de cabello verde, que, con desesperación, pese al miedo que sentía, buscaba con la mirada, con los movimientos, a esa persona desconocida. ¿Qué diablos estaba pasando? No, más bien, ¿qué iba a suceder? ¿Por qué, aunque no conocía a esa persona como para confiar en sus palabras, sentía que decía la verdad? ¿Por qué de pronto, sintió sus pies estancados en el pavimento de las calles, como si estuviera hundiéndose? ¿Por qué de pronto se sintió prisionero?
— ¡Alto! ¡Detente! —exclamó sin pensar. Su voz no era demasiado fuerte, no obstante, ante el mutismo de la noche, con todos dormidos, sus palabras salieron más altas de lo que esperó.
Su madre le contaba cuentos donde la magia era la protagonista, donde los magos y brujas vivían diversas aventuras utilizándola; para sanar, para divertir, y para dañar. A éste tiempo, todo eso terminó siendo reducido a simples leyendas, cuentos y fábulas que los adultos contaban a los niños, alimentando la imaginación de éstos, dándoles más material para jugar, porque la magia era prohibida para todos a excepción de los caballeros de la primera fila del rey.
Pero ahora mismo, Izuku se estaba dando cuenta que no eran simples cuentos y que —obviamente— la magia seguía siendo usada aun siendo prohibida.
Era como si, lejos de estarse hundiendo, ahora una sustancia viscosa y negra, estuviera entrándole desde las palmas de sus pies, subiendo poco a poco por sus piernas, con el fin de llenar y penetrarle todo su cuerpo, corrompiéndole.
— ¡¿Qué haces?! ¡Alto! —se debatió entre pedir ayuda o no… Pero, ¿de verdad irían a ayudarlo a él, a quiénes todos en el pueblo lo consideraban un simple juguete del dragón?
Ni siquiera era capaz de entender que le estaba sucediendo a su cuerpo.
—Sino vas a ir tú, permíteme llevarte y de paso, entregarle un pequeño recordatorio a ese dragón bastardo —se mofó, casi con manía, esa voz. Como si fuera un niño caprichoso que se venga porque sus padres no le han comprado una golosina.
— ¡Agh…! —el cuerpo de Midoriya se paralizó, se heló.
—Por ser tú, su juguete, deberías ser tú quién lo mate.
Pese a ese líquido asqueroso que parecía estar a punto de hacerlo colapsar, Izuku abrió desmesuradamente los ojos, en un punto fijo en la noche, justo frente a él, en la entrada principal de Yuei, donde la penumbra se extendía sin límites. Ahí, una silueta se ondeaba como las hojas de los árboles; tenía ambas manos alzadas e Izuku creyó ver un destello plateado que cubría la cabeza de ésta.
— ¡Túuuu…!
—Ya es momento que salga de las sombras, es momento de que todos sepan y entiendan lo mal que hicieron en abandonarlo —dijo, más que nada hablando consigo mismo.
Midoriya solo conocía a alguien el pueblo de Yuei que tenía el cabello blanco cenizo, como plata marchita. Con tintes lila en diversos cabellos, alguien que siempre pasó tan desapercibido para todos y era ignorado por ser un huérfano de un don nadie.
Ese sujeto que siempre se veía ensimismado, pero que a espaldas de la gente, asesinaba con la mirada, preso de una locura secreta, de un deseo de venganza innato, como si fuera un gen adherido a él desde que nació.
— ¡¿POR QUÉ HACES ESTO?! —exhaló, en su último intento de que alguien viniera por él. A rescatarlo— ¡Yo no cumpliré tus deseos!
Ese individuo dio un par de pasos al frente, donde la oscuridad poco a poco descubría su anatomía vestida con un pantalón de tela, sencillo, casi harapiento, una camisa gris; una capa negra con capucha era lo que le cubría casi por completo, oscura y maliciosa, como la sonrisa que se extendió por ese chico.
—Nadie vendrá por ti, todos desean que tú y el dragón desaparezcan —siseó con anhelo.
¿Por qué tenía que estarle pasando esto ahora, sin siquiera haber sido capaz de ver a Katsuki otra vez? Se lamentó por no haber aprovechado el tiempo que pasaron juntos el fin de semana, por repetirle hasta el cansancio cuánto lo amaba. Con toda su fuerza de voluntad, seguía luchando para que esa viscosa sustancia no avanzara más allá de su ombligo. No iba a dejarse poseer, no.
Él único que tenía ese derecho, de volverlo suyo, de poseerlo, de hacerlo perder su razón, era Bakugo, nadie más. Se lo repitió hasta el cansancio, como un disco rayado, sin importar que todos sus deseos y su verdad quedaran expuestos en su rostro por sus pensamientos.
—Luchar es… inútil. Inútil.
No voy a dejarme vencer por esto, no… Kacchan…
El filo de una espada atravesó la penumbra, no solo de la noche, causando un impacto en ambos jóvenes.
Se habían olvidado de Shoto.
Sí, se habían olvidado, porque Izuku en ningún momento lo pensó, abstraído con la incertidumbre que la presencia de Tomura le causó. Y, Tomura estaba seguro que su hechizo mantendría a todos en un sueño profundo, ajenos a las acciones que acontecerían bajo el manto de la madrugada, pero tal parecía que ese sujeto bicolor tenía jugadas escondidas.
—Nunca subestimes a un caballero —Todoroki blandeó otra vez su espada, cortando más esas ligas viscosas sin temor, aun sabiendo a lo que se estaba enfrentado. Gracias, Iida, dijo en su fuero interno, mientras que un medallón resplandecía, colgando en su pecho, con la figura del yin y el yang grabado en la plata y el ónix.
Un medallón mágico de protección.
Sin embargo, Tomura sonrió de lado, mientras que nuevas ráfagas de viento aparecían, solo rodeándolo a él, mezclándose entre la naturaleza del aire, hasta desaparecer mientras pronunciaba su única oración de victoria… por el momento.
—Es demasiado tarde.
Todoroki no tuvo tiempo de observar como el otro se iba, mucho menos de intentar seguirlo, porque el cuerpo de Izuku se derrumbó contra el frío suelo, sin rastros de esa sustancia oscura y asquerosa.
Eso no significaba que no hubiese surtido efecto, porque el verdadero objetivo de Tomura no era poseer a Midoriya para que asesinara al dragón.
— ¡Mierda! —siseó Todoroki, apresurándose, tanto a ayudar al de cabello verde, como a idear un plan para contraatacar lo que acababa de suceder.
A pesar de que, tanto él, como Inko y Uraraka, intentaron todo a su alcance, con los yerbateros del pueblo, Izuku no despertó y se mantuvo en el mismo estado el resto de los días.
— ¿Estás nerviosa?
El ambiente dentro de esa amplia habitación, era pesado y denso, haciendo parecer la estancia como si fuera una diminuta cueva llena de muchas personas, originando la falta de oxígeno. Había diversos olores, símbolos dibujados en el suelo de madera fina de ese lugar y veladoras, siendo la única fuente de luz en esa habitación.
Y, solo dos personas estaban ahí dentro.
—Un poco, sí.
—Tranquila, yo estaré a tu lado, podemos repasar algo para que te sientas más segura, Yaoyorozu —sugirió Iida, con un ademán de confianza, pese a su formalidad.
—No, retrasaríamos esto y el rey no espera eso de nosotros —ella sonrió con más confianza ante el apoyo de su compañero de trabajo y amigo.
—Está bien. Empecemos entonces.
El acogedor hogar, que recibe a un esposo trabajador, con un chocolate caliente, y pan recién horneado, y las risas de los niños, felices de que padre finalmente éste en casa; ese mismo hogar, donde se acunan a los dos gemelos que tienen por hijos, dentro de una cómoda y caliente cama, mientras que su padre se prepara para dormir, la madre ha decidido contarles un hermosa historia a sus pequeños para que puedan dormir.
Ese dulce y cálido hogar, ubicado en el País del Norte, donde para ellos, la fantasía es simple cuento. Donde no existe más que la dura y ardua realidad.
—Mami, mami, ¡cuéntanos otra vez el de "La princesa y el Dragón"! —dijeron los niños, que, tenían un inocente y ferviente gusto por esa apasionada y feliz historia.
—Claro que sí, angelitos —asintió la mujer, sentándose en la cama, cuidando de no hacerlo sobre los pies de sus hijos. Sostenía un libro de aspecto antiguo, delgado, con hojas manchadas de café.
«Había una vez, en un reino muy lejano, una hermosísima princesa. Con el cabello de cascadas nocturnas, azul oscuro, y lacio, de ojos purpúreos y grandes, capaces de conquistar a cualquier alma indómita masculina.
Ella estaba comprometida con el príncipe del reino vecino. A pesar de que, fue un matrimonio arreglado, la princesa, antes de saberlo, se había enamorado perdidamente de ese apuesto príncipe, y viceversa. Se juraron amor eterno y su boda era la más esperada.
Todos querían a la princesa, sabían que sería una excelente reina, al lado del rey. Sus expectativas eran altas y los preparativos de la boda estaban casi listos, siendo estos, supervisados por los mejores cocineros, artistas y diseñadores de ambos reinos.
Sin embargo, en ese tarde con el arrebol en su máximo nivel, la desgracia sacudió al reino, cuando la hermosa y pobre princesa, fue plantada en el altar.
Nadie lo esperaba, nadie lo creía, que el apuesto príncipe del reino vecino, renunció a toda su vida como futuro rey, solo para escaparse con la hermana menor de la princesa, en un romance ilícito.
Todos fueron engañados, pero nadie sufrió más que la princesa.
Devastada, la princesa huyó esa misma noche del reino, decidida a acabar con su vida, perdiéndose en los alrededores, que estaban llenos de árboles y de animales salvajes que fácilmente acabarían con ella.
Y, finalmente, la princesa llegó a la orilla de un acantilado, donde la solución llegó rápido a su mente. No deseaba continuar viviendo, no deseaba nada más que morir, de liberarse del dolor, de la agonía de la traición, del haber perdido a su gran amor.
No iba a esperar más, no iba a esperar ningún animal salvaje ahora que tenía la oportunidad en sus manos.
Fue entonces, que antes de saltar a su deseado, pero triste final, cuando el aliento se desbordó unos segundos de su boca y se estancó después, dejándola inmóvil, mientras contemplaba la figura de un imponente y enorme dragón, ascendiendo desde lo hondo del abismo, majestuosamente, ignorando a la humana que yacía inmóvil y sentada en la orilla del acantilado, pues se cayó de la impresión.
O así lo fue, hasta que sus ojos dorados la miraron.
El dragón era de un intenso y oscuro color oro, las escamas de su columna vertebral, que terminaban en la punta de su larga cola, eran negras, al igual que sus garras. Dos cuernos coronaban su cabeza, también oscuros, y en los tendones y venas de las alas, ese mismo color se encontraba ahí.
Verlo, era como un contemplar un rayo en el cielo oscuro, con ese color tan eléctrico y abrumador.
El dragón y la princesa se miraron. El dragón se paró en el suelo, curioso por el tinte sin vida que tenían los ojos de la mujer, pese a que su cuerpo expresa miedo por puro instinto, no porque de verdad tema morir.
La princesa quiere gritar que la mate, ¿qué mejor actor de su muerte, que una bestia como el dragón?
—Tú ya estás muerta en vida, no merece que gaste mis energías en ti, no sería divertido —dijo, la clara voz del dragón, que no concordaba completamente con su figura enorme.
La princesa no supo por qué se sintió ofendida y, desesperada por conseguir la muerte, decidió enfrentarlo, amenazarlo.
— ¡¿Qué te garantiza que no iré al pueblo y revelar tu existencia para que te den cacería?!
— ¿Qué eres, una niña ilusa? —se burló el dragón, que seguramente, si fuera humano, estaría sonriendo.
— ¡Soy una princesa! ¡Y puedo hacer que te maten! Así que, si no quieres morir tú, tendrás que matarme a mí.
El dragón la contempló con aparente indiferencia. La chica se veía tan pálida, tan débil, tan muerta en vida. Y, aun así, sacó fuerzas para retarlo y provocarlo para que la matara. Qué humana tan extraña, pensó.
—Los dragones tenemos cosas más importantes que hacer, como para participar en un suicidio —resopló, dejando salir su aliento caliente, vaporoso—. Si quieres morir, hazlo sola.
Y continuó su vuelo, sin siquiera volteó a verla, dejándola ahí, imaginándose que la mujer terminaría tirándose al acantilado sin problema alguno.
Sin embargo, ocurrió completamente lo opuesto.
La princesa lo siguió, insistente en que debía matarle él, que lejos de estarse condenando a la muerte por molestar a un dragón, ella empezó a encontrar un nuevo objetivo a su vida, rompiendo la soledad del dragón amarillo, de una auténtica forma inesperada.
Ella se cortó el cabello, acentuando más sus ojos grandes y su iris purpúreos, de aspecto un tanto felino. En sus pómulos se pintó dos triángulos rojos, que actuaban como seña de que abandonaba su vida como princesa, volviéndose una mujer salvaje, con el dolor aún en su pecho, pero, de alguna manera, la idea de matarse ya no figuraba con la misma necesidad.
El dragón curó su corazón con su honesta y directa personalidad.
Hasta que un día, el dragón reveló su mayor secreto a esa mujer, que no solo se ganó su respeto y admiración, sino su corazón.
Y, delante de la que una vez fue una princesa, apareció un joven muchacho, rubio, que dejaba atrás su imponente forma de dragón, marcando un nuevo encuentro entre los dos.
Ambos, lejos del reino, perdidos en los inmensos bosques, lejos de la civilización, decidieron iniciar una nueva vida, juntos, pues la hermosa mujer que fue princesa, había dejado atrás ese desamor trágico, enamorándose del dragón.
De esa bestia, que escondía un noble corazón.»
La mujer finalizó con el cuento, contemplando a sus hijos profundamente dormidos, atrapados por los brazos de Morfeo. Suspiró, mientras cambió otra hoja del libro, diciéndose interiormente, que nunca les contaría esa parte a los niños, pues quería que en ellos perdurara la bonita ilusión, de que el dragón y la princesa tuvieron un final feliz.
Ella apagó las luces y salió de la habitación, dispuesta a dormir, sin ser consciente, que, justo en el techo de su hogar, un pelirrojo descansaba en posición de loto, con una expresión llena de nostalgia al haber escuchado el cuento, por pura causalidad.
Kirishima se incorporó, alzando la mirada al cielo, con el reflejo de lo que fue un relámpago, anunciando una tormenta.
— ¿Por qué mis amigos tenían que ser unos idiotas? —se dijo a sí mismo, con la narración de ese cuento, convertido en sus recuerdos.
Y se fue de ahí, con los recuerdos volviendo a ocultarse en su inconsciente, para evitar tener presente la tragedia de hace tanto tiempo, y que parecía querer volver a repetirse, encaminándose de regreso al País del Sur.
El disturbio estaba hecho, el griterío de la gente lo dejaba bien en claro, mientras todos corrían, tratando de protegerse de esas feroces flamas que caían del cielo, como una lluvia de lava, de calor, con intenciones de deshacerles los huesos sin piedad.
Los rugidos danzaban ferozmente entre la noche, amenazantes, pero sobre todo, adoloridos, desesperados, a punto de caer en la locura. A punto de dejar de jugar y terminar de aplastarlos a todos, de matarlos, de hacerlos cenizas.
Porque el control de Bakugo se perdió, cuando al llegar a Yuei, no escuchó a Izuku, no escuchó su corazón, no escuchó su respiración, no sintió su olor vital, no sintió que lo esperaba.
No lo sintió vivo.
Y eso, para el dragón, significaba el fin del mundo, de su mundo.
Nadie era capaz de entender, que en sus rugidos, lejos de estarlos maldiciendo, llamaba a ese joven de cabello verde. Sí, hubo maldiciones al inicio, cuando se percató de todo, infinitas despotricaciones hacía todo el mundo, pero ahora que el dolor y terror de haber perdido a su amante se unieron a su ira homicida, es que los rugidos escondían lamentos. Escondían el hecho de que quería que Izuku volviera.
Al momento en que llegó a Yuei, volando, creando vientos huracanados con el aleteo en su vuelo, no se planteó el atacar a nadie. Él no iba a eso, estaba dispuesto a hacerlo, si se negaban a liberar a Midoriya, por supuesto, y lejos de lo que su aspecto salvaje dejara ver, él no haría nada sino le hacían daño primero.
Empero, usualmente, a veces, en las pocas ocasiones que voló sobre el pueblo de Yuei, fue capaz de escuchar la acompasada respiración del chico de cabello verde, durmiendo en su hogar. O, cuando se acercaba a la entrada principal del pueblo, en su versión humana, era capaz de oler el perfume vital del chico sin problema, indicándole que estaba bien.
Y hoy, no hubo nada de eso. No podía distinguir el olor tan distintivo de Izuku, como otras veces, como si no estuviera ahí, como si ya no viviera. ¡¿Cómo no perder la razón con ese hecho?! Desconfiaba por completo de esos malditos habitantes, porque era consciente de que ninguno de ellos apreciaba o le importaba Izuku, solo por ser diferente, solo porque él nunca creyó que el dragón en verdad fuera malo, pese a que creó el Período de Soledad.
¿Cómo es que los malditos pueblerinos no se daban cuenta que tenían un ángel en sus aposentos, como para cuidarlo mejor?
Imperdonable.
— ¡LOS MATARÉ A TODOS! —graznó, tan retumbante, tan tenebroso, tan feroz, y los aleteos se volvieron más violentos; descendió aún más, lanzando el fuego directamente, sin la distancia que al inicio lo separaba de Yuei.
Bocanadas de leguas de fuego salían como un vómito descontrolado, destruyendo, esparciendo el humo, el olor a ceniza de las casas deshechas, de las pocas personas incineradas.
— ¡Salgan! ¡En el bosque estarán a salvo! —la voz de Shoto se escuchó a lo lejos, ante el griterío de la gente, mientras que con los movimientos de su espada, era capaz de crear escarcha mágica, contrarrestando ese infierno que salía del dragón. Eso estaba salvando más vidas de las que se estaban perdiendo.
— ¡Le dijimos que él vendría a matarnos! ¡Se lo dijimos! —gritó el Sheriff, con el rostro sofocado por el miedo y el rencor al ver al caballero— ¡Ahora éste pueblo será destruido por su culpa!
— ¡No salvará a nadie poniéndose así! ¡Haga lo que le digo ya! —Todoroki le plantó una bofetada psicológica al usar ese tono autoritario que portaba, sin ningún problema. A su vez, movió violentamente, sin perder la gracia, su espada contra las nuevas llamas que el dragón pasó dejando.
Al menos, el presidente sí estaba apoyando, pese a que se moría de miedo, pero inducía a las personas a adentrarse al bosque, con Todoroki vigilando que Bakugo no lanzara ningún ataque a los que corrían en dirección al bosque.
Las llamaradas atacaban, como el averno, los postes de luz estallaban al ser tocados por éstas, mientras que los incendios en las casas seguían aumentando; desde el techo, hasta las paredes, con múltiples personas atrapadas, asfixiándose sin ser capaces de salir.
¿Cómo es que no previno esto? Todoroki había escuchado las historias de los Dragones Protectores, leído e investigado minuciosamente, así que estaba segurísimo que un Dragón Protector no atacaría el pueblo que protegía. ¿Por qué Katsuki Bakugo lo estaba haciendo? ¿Es que no sabía que se estaba condenando? ¿Es que no le temía a los Stella?
— ¡Bakugo! —gritó, intentando lo inimaginable. Sabía que los dragones eran bestias nobles, hablar debía ayudar, o mínimo, alentar el caos que estaba creando ahora. Porque si lo enfrentaba directamente, el daño a Yuei sería mucho peor y la vida de las personas volvería a correr peligro.
El dragón solo rugió mortalmente, lanzando más fuego sin piedad, sin descanso.
— ¡Si sigues atacando así, Midoriya terminará muerto! —gritó, tan fuerte como pudo, logrando que Katsuki le mirara al pronunciar ese nombre y los estallidos de fuego se detuvieran.
Así que es eso, finalmente adivinó Shoto, estás enamorado del humano. No es que él fuera un experto en el amor, pero sabía perfectamente cómo se sentía estar enamorado de alguien, y no pudo evitar sentir la empatía con el dragón. Mientras, el medallón que le fue regalado por ese muchacho de lentes, brilló, cuando Shoto movió sus brazos para sostener mejor su espada.
Él había desviado varios ataques del fuego, pero al intentar guiar a la gente a otro lugar, le dificultó hacerlo con el resto de las llamas, porque vamos, un dragón que ha perdido el control era tan poderoso como miles de tormentas. Tan incontrolable, tan bestial, tan destructor.
— ¡¿DÓNDE?! ¡¿DÓNDE ESTÁ IZUKU?!
Entre esas vociferaciones, Katsuki aleteaba con violencia, tenso, atento en si en Shoto mentía o no. No tendría piedad con él, no importaba que fuera un caballero del rey, no importaba que conociera a All Might.
— ¡¿QUÉ LE HAN HECHO A IZUKU?! —insistió. Sus rugidos provocaban un viento tan violento, casi como sus alas.
— ¡Él está vivo! ¡Está vivo!
— ¡¿DÓNDE ESTÁ, MALDITA SEA?! ¡¿DÓNDE ESTÁ?! —repitió sin control, retomando el ataque a todo el lugar, sin siquiera pensar, yéndose directamente contra Shoto.
¡Mierda!, se defendió a la velocidad en que fue atacado, con la escarcha convertida en puntiagudas rocas de hielo, creadas por los movimientos de su espada. Katsuki les dio un manotazo. No le hizo ni cosquillas.
Comprendió, que si al inicio de su llegada, todo lo que decía la carta no era completamente cierto, en éste momento ya lo era. Y la luz verde para que llamara a todo el ejército de Endeavor, de su padre, del rey, estaba lista.
Debían detener al dragón antes de que continuar atacando y matando, pese a que Todoroki sabía, su descontrol no fuera con el verdadero objetivo de matar a su Pueblo Elegido, sino provocado por la participación de una tercera persona que no tenía prevista.
Ese que le lanzó un encantamiento a Midoriya, de eso estaba seguro.
Por lo menos, Shoto estaba concentrando todos los ataques del dragón en sí mismo, dándoles a todas las personas la oportunidad de salir. Solo una mujer no se movía de su casa, no porque no pudiera, sino porque no iba a dejar a su hijo, inconsciente e inmóvil, no. Todos los habitantes salían despavoridos, ignorando que ella necesitaba ayuda.
Estaba por jalar a su hijo como podiera, hasta que el claro nombre de éste salió de las fauces del enorme e imponente dragón. Inko tenía un miedo atroz, ¿esa bestia estaba buscando a su hijo? ¿Qué había sucedido en todos los viernes de sacrificio, en que su hijo, su Izuku, iba ante el dragón como para que ahora pareciera buscarlo tan desesperadamente?
Por primera vez, Inko miró a su hijo con una nueva interrogante, una que, pese a que antes tenía curiosidad, jamás se atrevería a preguntar por respeto, para no lastimar a su niño, pero justo ahora, llegó. ¿Qué es lo que ha estado haciendo el dragón contigo, Izuku? ¿Qué está oculto tras todo eso? ¿Qué es lo que no sé?
Su ceño estaba fruncido, con la preocupación extrema pintada ahí y sus ojos rojizos por haber estado llorando, desde hace una semana, cuando el caballero le trajo a Izuku inconsciente, incapaz de hacerlo despertar.
En definitiva, Inko no iba a exponer el cuerpo de su hijo ante esa bestia asesina. Ella, tiempo atrás, estuvo segura que fue el dragón quién protegió a su hijo, pero ahora, que veía todo el caos y descontrol que estaba provocando, dudaba volver a confiar en que el dragón realmente les protegía.
Tal vez estaba cegada por el miedo, el terror, la preocupación, el deseo de proteger a su hijo, de que estuviera sano, ese instinto de madre que se niega a dejar a su hijo en manos de un ser peligroso. Pero, definitivamente, no iba a exponer a su hijo.
Sin embargo, tampoco podían quedarse dentro de la casa, esperando a que alguna legua de fuego los atacara; ya habían tenido suerte y el fuego todavía no se aferraba a su casa, como en el resto. Solo era cuestión de tiempo, así que necesitaba pensar cómo sacarlo sin que el dragón lo viera.
En medio de la preocupación maternal, un estallido resonó desde el cielo y aterrizó contra el lomo del dragón, mandándolo a chocar contra el suelo, estrepitosamente. Todoroki se protegió tras una firme roca para no salir volando por los inmensos vientos.
—Lo siento, lo siento mucho… —susurró una voz masculina e inusualmente divina, que venía acompañada de un brillo intenso que rodeaba toda su silueta. Solo su azabache cabello era capaz de ser visto, tanto por Inko y Shoto, pues su rostro no— Pero es inaudito que un Dragón Protector se revele así con su Pueblo Elegido.
Bakugo iba a atacar, hasta que reconoció la divinidad que tenía ante él, pese a nunca haberlo visto antes, él sabía quién eran. Y, sabía que no tenía oportunidad alguna de ganar, que no debía atacarlo; la autoridad de ese ser lo mancilló con toda la luz que resplandecía, doblegándolo para su sorpresa.
—Un Dragón Protector nunca debe atacar el pueblo que resguarda, nunca. Nunca —la voz, que al inicio tuvo un tinte de inseguridad, ahora era firme.
Katsuki ni siquiera era capaz de replicar, era como si toda esa luz se terminó transformando en cuerdas que le apretaban el hocico, las alas, las patas, contra el suelo. Solo sus ojos asesinaban con ese brillo desquiciado, que a su vez, estaba cargado de dolor.
—Imperdonable, Katsuki Bakugo —sentenció el Stella y hubo un estallido inmenso de luz, como la erupción de un volcán, solo que silenciosa y mucho más cegador.
Todoroki solo fue capaz de cerrar los ojos, al igual que Inko, y el resto de los habitantes sobrevivientes escondidos entre el bosque ante tal magnitud de brillo.
Pero, cuando Inko abrió los ojos para ir a abrazar a su hijo por estar a salvo, Midoriya ya no estaba.
N/A:
¡Heeeey! He venido más que pronto a dejarles actualización xD. Tenía el capítulo desde hace varios días, peeeero editarlo me llevó tiempo, sobre todo, porque es un poquito más largos de los que he subido.
¿Qué les pareció? Asdljsdlsa, ¿se les hace algo familiar el cuento que se hace mención? Es una historia de invención mía, PERO, si se dieron cuenta de algunos detalles (que creo así es), sabrán que hay algo escondido xD.
Ahora ya saben porque Izuku no pudo seguir luchando para ir a ver a Kacchan y en consecuencia, éste ha llegado a hacer un gran lío u_ú.
¡Por cierto! Como agradecimiento de todos sus comentarios, estoy pensando en hacer una dinámica, les explico:
No siempre me da tiempo de responder todos sus comentarios, pero, siempre los leo y me hacen muy feliz verlos comentar y reaccionar a diversas escenas de los capítulos, así que, estaba pensando, qué, a partir de éste capítulo, iré viendo quién comenta más.
Y, a finales de enero, o a principios de Febrero, los capítulos que publique en ese mes, serán dedicados a las personitas que hayan comentado más xD.
Veré si me funciona esto y yo les avisaré si haré la dinámica continua. Ahorita es una prueba(?). ¿Se entendió? Uvu
En fiiin, no quito más su bello tiempo, ¡espero que hayan disfrutado del capítulo y no duden en dejarme sus opiniones! :3
Por si no actualizo antes del 31, de una vez les digo… ¡FELIZ AÑO NUEVO, BABIES! Abracitos para todos ustedes
