El sedoso cabello de Jiro, estaba elegantemente recogido en un chongo, justo arriba de su nuca y de la altura de sus orejas. Como su cabello era lacio, tuvieron que hacerle diferentes tratamientos para que se mantuviera con el peinado todo el tiempo que la boda durara. Delicadas espirales caían de debajo de ese chongo, dándole un estilo más femenino y auténtico como ella; tenía dos de estos al lado de su rostro.

Un delicado y natural maquillaje era lo que cubría sus párpados, pómulos, pestañas y labios. Porque con esa mirada purpurea tan brillante, tan intensa, era lo suficiente para darle un atractivo que dejaría boquiabiertos a todos, hombres y mujeres, sin distinción alguna.

— ¡Se ve tan preciosa, princesa! —halagó, quien era una de las sirvientas que estaban arreglándola para éste gran día— En verdad va a deslumbrar al príncipe y futuro rey.

—Eso espero —soltó una suave risa, mientras el blanco vestido de seda caía hasta cubrir sus pies.

El vuelo del vestido era suelto, con brillos en todo su alrededor, como si le hubiesen rociado microscópicos diamantes de colores, contrastando muy bien con el color blanco. Era de mangas largas, le cubría hasta los hombros, dándole una forma discreta a su escote, que solo dejaba a la vista los huesos de su clavícula y su pecho, pero resguardaba bien ambos senos.

En la orilla del vestido y del escote, bordados elegantes lo adornaban, dándole el estilo de la realeza, con sus colores de oro, que se unían al brillo del vuelo. Su corona relucía, bien acomodada entre su peinado, tan cara, tan luminosa y dorada, haciendo excelente combinación con su cabello oscuro.

Guantes blancos escondían sus manos y un largo abrigo afelpado cubría su espalda y brazos, pese a las mangas del vestido. Mismo abrigo era tan largo como la parte trasera del vestido, haciendo mayor énfasis en la cola de la novia. Asimismo, el carísimo collar que el príncipe le regaló como signo de compromiso, adornaba el cuello de Kyoka.

—Bellísima, realmente bellísima —la hermana menor de la princesa pronunció aquello, mientras entraba; admirada con la elegancia y belleza que su hermana tenía—. No puedo estar más feliz por ti, ¡te mereces esto y más! —la abrazó con delicadeza, mientras suspiraba.

—Gracias, hermana. Tú también encontrarás a alguien que te haga lucir tan feliz como yo —respondió, con el cariño tan inmenso que una hermana puede profesar, correspondiendo como pudo al abrazo, tratando de no estropear su atuendo.

—Claro que sí, estoy segura de que así será —la emoción ceñida en todo el reino, más aún, en los empleados dentro del castillo y a los reyes, no les permitió darse cuenta de que los ojos de la hermana de Jiro tenían un brillo diferente.

Un brillo que era la mezcla de la tensión, el miedo, renuencia y a su vez, la determinación. Un sentimiento que solo podía originar traición.

—Bueno, yo debo terminar de arreglarme, hermana —se despidió finalmente, dándole una última mirada a Kyoka.

Ambas hermanas se separaron dentro del castillo, continuando así con los preparativos, al menos, eso suponían que Miko estaba haciendo.

Todo el mundo empezó a juntarse en los jardines reales, con sus mejores ropas, para admirar la unión de los futuros reyes del País del Sur, pues con ese casamiento, el país finalmente terminaría de unirse, ya que estaba subdividido en dos reinos.

Las flores continuaban naciendo de cada árbol frutal, de los suelos mojados con el rocío de la mañana, acompañados de las alondras, que con su canto arrullaban a Hémera al levantarse. En plena primavera, el sol estaba de lo más brillante, de lo más cálido, un momento maravilloso para casarse. Sí, debía ser el destino y los Dioses fundidos en estrellas, que estaban bendiciendo ésta unión.

Y la princesa no podía más que sentir la felicidad bañarla como un manto cálido, que sería capaz de curar todos los males del mundo, con tanta dicha, con tanto amor. Con tanto deseo de finalmente unir su vida con aquel hombre que tanto amaba, su gran amor.

Los nervios, impaciencia y felicidad se mezclaban en sus ojos, logrando que se cristalizaran; hizo todo lo posible por aguantarse las lágrimas y no arruinar su maquillaje, pues no era el momento para sucumbir en sentimentalismos, debía mostrarse orgullosa. El momento para que pudiera soltar sus lágrimas de emoción y dejarse llevar por su amor, sería en la noche, al lado de su preciado amor. En su luna de miel.

Suspiró, guardando la compostura una vez su padre llegó a su lado, quién la entregaría al altar, tal y como se acostumbraba en ese país. Pese a que estaba con el gesto neutral, Kyoka se moría de ganas de verle el rostro a su amado, a ese príncipe que lo robó el corazón sin más. ¿Cómo se vería con el traje? ¿Con su corona? ¿Qué clase de expresión tendría al verla? Ah, imposible controlar su emoción, el corazón le iba a estallar.

Estaba tan feliz, que ni siquiera fue capaz de escuchar el ligero murmullo que adornaba a las diversas personas afuera. Suponía que era porque estaban tan emocionados e impacientes como ella.

Qué equivocada estaba.

Al llegar junto a su padre, comprobó que Hiroto no estaba frente al altar, y que ningún carruaje del reino de al lado había ingresado hoy a los jardines del castillo. Ella no entendía lo que estaba sucediendo, pero el corazón se le derrumbó contra sus pies, y su pecho fue aplastado hasta dejarla sin aire.

El rey rápidamente empezó a exigir una explicación, mientras Jiro fue dejada momentáneamente frente al altar, con el sacerdote ahí, diciendo que seguramente un inconveniente sucedió en el reino vecino y que debía calmarse.

Kyoka asintió, sonriendo lo mejor que podía. Sin embargo, era tan obvio que algo no estaba bien, porque el novio siempre estaba antes que la novia; era él quién la esperaba, no al revés. Y si Hiroto viniera en éste momento, probablemente ya sería rechazado como el futuro rey ante semejante falta.

Buscó a su hermana con la mirada, con la esperanza de resguardarse a su lado un rato; ella la haría entrar en razón, siempre era así cuando Kyoka parecía estarse ahogando en un vaso con agua. Sin embargo, Miko no estaba tampoco, no había señales de ella y su madre. ¿Qué era lo que estaba pasando?

De repente, el abrigo que la cubría cayó al suelo, cuando finalmente la reina salió del castillo y sus ojos llorosos se cruzaron con los de Jiro.

No

— ¡¿Qué sucede, madre?! —se acercó a la reina, sujetándole de los hombros, con su preocupación aumentada a niveles inimaginables.

La reina negó. No podía decirle a su hija lo que sus ojos acababan de presenciar, simplemente no podía; se estaba derrumbando por dentro y no imaginaba el dolor que la pelinegra iba a experimentar si sabía la verdad. ¿Pero acaso había alguna manera para ocultárselo? La reina hubiese dado su vida si existía una posibilidad para evitarle todo ese sufrimiento a su hija.

— ¡Mi rey! —exclamó repentinamente un acelerado caballero— ¡Me reportan que una carrosa no identificada está saliendo de los límites del reino!

— ¡¿Cómo es eso posible?! —el murmullo de la gente se intensificó.

— ¡Habla de una vez, mamá! —exigió Kyoka, sin remordimiento alguno por alzarle la voz a su progenitora, empero, la ansiedad la estaba matando.

—Tú hermana… Miko… —jadeó la reina, incapaz de mirar a su hija, mientras se tapaba la boca y volvía a negar.

— ¡Mamá! —insistió.

—Ella y Hiroto se han ido… —dijo— Han… Ellos han escapado juntos…

— ¡…!

Y el mundo de Kyoka se derrumbó.

Con todas sus fuerzas hubiese querido fingir que eso era una broma, sin embargo, con solo ver el rostro de su madre… No, más bien, con no haberse encontrado a Hiroto frente al altar ante su llegada, es que sabía que eso era totalmente verdad.

Fue como si su corazón dejara de existir, fue como si toda su realidad se agrietara cual espejo caído contra el suelo, porque la llama que la movía entre el mundo, entre la vida, se apagó ante esa helada verdad.

Pareció como si el tiempo se detuviera, incluso los habitantes, nada ajenos a lo que sucedía, pero que no estaban experimentando lo que Kyoka, lo sintieron. Hasta la primavera perdió su calidez, uniéndose a la devastación interna de la princesa.

El mar se reflejó en los ojos de la pelinegra, que lejos de moverse, parecían un profundo pozo negro que no tardó en soltar sus gotas salinas. En liberar su invierno.

Ya no podía aguantar más.

— ¡Jiro! —exclamó el rey, cuando su hija, lejos de caerse contra el suelo para llorar, mandó a todos al demonio y pasó corriendo como una gacela de alma rota.

Intentaron detener a la princesa, pero ella, muy audaz, logró esquivar a todos, pese a que sus lágrimas le nublaban la visión. El dolor que aguijonaba su alma, era descargado en empujones hacía los demás y tiró sus zapatillas a la cara de algunos guardias que también iban tras ella, quedándose descalza; no sentía cómo las piedrecillas lastimaban sus finas palmas de los pies, porque ningún dolor se igualaba a lo que en su pecho residía, como un agujero negro.

Y es que no solo era la traición de su gran amor, sino la traición de su hermana; su confidente, su mejor amiga… Estaba tan destrozada que ni siquiera veía a donde se dirigía, ya no le importaba nada, ¿acaso había algo mucho peor que pudiera sucederle? Si la mataran por algún bandido, o incluso si terminara siendo esclavizada, eso no se compararía a lo que sentía hora.

Había perdido una gran parte de sí misma con ésta irrevocable traición, su cerebro no reaccionaba bien, pues cuando sintió la noche cubrir el manto celestial, mientras se daba cuenta que estaba en medio de muchos árboles, no sintió miedo. Su sistema simpático estaba apagado, sus emociones congeladas. Y su mayor deseo era desaparecer y dejar de sentir esa angustia que la agobiaba sin compasión, comprimiéndole sus pulmones.

Su garganta ardía, sus pies dejaban algunos hilos de sangre por lo lastimados que estaban al haber entrado a la terracería del bosque. Y el sol se ocultó entre las montañas, como la vida de Kyoka; no solo la oscuridad llegó para el bosque, sino para ella.

Cayó, de rodillas, sin observar muy bien donde estaba, y gritó. Gritó con una fuerza impresionante, intentando expulsar todo el dolor que sentía a través de ese grito, pero era en vano, nada funcionaría, lo sabía. Solo tenía una opción y no estaba dispuesta a esperar más tiempo; sí, ni siquiera un día había pasado y ya se sentía así de consumida, de perdida, mientras se jalaba la ropa, rompiéndola, con unos sollozos que calarían el alma de cualquiera.

Hasta de los animales salvajes.

Y si así sentía que no pasaba ni un día, no quería imaginarse como se sentiría si pasaran más días. Definitivamente no iba a esperar. Ya no le quedaba nada, ya no le interesaba nada, el mundo ya no tenía sentido, la confianza estaba rota, y si bien, para muchos ella tenía tanto por lo que vivir, esa oscura traición golpeaba y aturdía su mente como para que notara algo más que el simple sufrimiento.

Kyoka simplemente quería escapar de eso.

De todas esas promesas falsas, de todos esos "te amo" vacíos, del apoyo hipócrita que su hermana le brindó. ¡De todo! ¡¿Por cuánto tiempo le estuvieron viendo la cara?! ¡Viéndose a escondidas, amándose, mientras ella de idiota confiaba en su hermana y prometido!

Devastada, con sus lágrimas todavía inundándole el rostro, sin aparente tregua, ella arañó el suelo con fuerza. Alzó la mirada poco a poco, notando como, debido a la luna que irónicamente brillaba en el cielo sin nubes, estaba en la orilla de un acantilado. Y parecía ser uno muy profundo, oscuro.

Jiro se incorporó poco a poco, ignorando que ya estaba sucia y que ese hermoso vestido de novia estaba convertido en harapos. Caminó lentamente, decidida a acercarse y mirar el atractivo peligro que conllevaba el risco. Solo quiero desaparecer, ¿qué sentido tiene vivir ahora?, pensó, con el aire golpeándole el rostro y su mirada baja, pérdida en la oscuridad del acantilado.

Fue como si ese abismo la hipnotizara, invitándola a saltar. ¿Qué tenía que perder? Si todo lo que creía, en todo lo que confiaba, era una maldita mentira. Se habían burlado de ella, la engañaron… Estaba rota, esa era la única verdad y nada podría volver a unir sus pedazos.

Ningún ser humano sería capaz de eso y Kyoka tampoco se lo permitiría. Nadie jamás volvería a hacerle daño, nunca.

Estaba a punto de dar los pasos definitivos, que la llevaría a una muerte segura, sin embargo, la tierra tembló ligeramente y una sombra, tan grande como la de una montaña, brotó desde las tinieblas del risco, alzándose en un imponente y elegante vuelo, frente a Kyoka. Aturdida, ella cayó al suelo sentada.

A pesar de que su sistema nervioso no estaba reaccionando, entumecido por el dolor y la tragedia, cuando sus ojos se enfocaron en aquel ser que flotaba por los aires, con sus imperiosas alas creando vientos huracanados, la impresión la invadió de golpe. Tanto, que sus ojos se abrieron de golpe, desmesurados. Se estremeció de pies a cabeza, pues no creía lo que estaba viendo.

Y, justo frente a ella, el dragón salido del abismo, descendió y tocó la tierra del risco.

Todo su cuerpo estaba lleno de escamas brillantes, doradas, eléctricas. Era como un rayo infinito y poderoso. El color negro le adoraba los cuernos en su cabeza, las venas e inicio de sus enormes alas y las escamas puntiagudas de su columna vertebral hasta su larga y puntiaguda cola. Fácilmente podía medir veinte metros de alto y sus garras brillaron de tan filosas.

El dragón resopló frente a una Kyoka que era incapaz de moverse, e incluso sus lágrimas estaban secas sobre sus mejillas. El aliento del dragón era como sentir el vapor del agua hirviendo y bañó el cuerpo de la princesa sin permiso, brindándole accidentalmente, calor en esa noche tan fría.

Pero su alma seguía tan fría como desde que supo la verdad, pues pensó que el dragón iba a ser el verdadero autor de su muerte y no el que ella saltara a ese acantilado. No le importaba realmente cómo iba a morir, solo deseaba que el dragón lo hiciera rápido, no quería seguir existiendo; cada respiración le dolía como mil cuchillas venenosas sobre su pecho y espalda.

Los ojos del dragón, de una amarillo intenso, y un poco oscuro, se posaron en la humana.

—Tú ya estás muerta en vida, no merece que gaste mis energías en ti, no sería divertido —dijo, como adivinando el deseo de la princesa. Su voz, si bien era masculina, tenía un tinte suave que no contrastaba con su enorme figura.

Sin saber porque, Jiro no solo se sintió decepcionada, sino ofendida. ¿Es que su dolor no valía como para que se tomara el tiempo en terminar su existencia? De alguna manera, aceptar morir de otra forma que no fuera asesinada por ese dragón, ya no le parecía atractivo. Desesperada por conseguir la muerte, decidió enfrentarlo, provocarlo.

— ¡¿Qué te garantiza que si me dejas libre, no iré al reino a revelar tu existencia para que te den cacería?! —ni ella misma reconocía su voz pastosa por el sufrimiento.

El dragón soltó un sonido burlón de su gran hocico, acompañado de pequeñas chispas de fuego eléctrico.

— ¿Qué eres, una niña ilusa? —si fuera humano, tendría una sonrisa en su rostro.

— ¡Soy la princesa del reino dueño de éste bosque! —poco a poco, Kyoka empezó a sentir una vibra rara en su cuerpo, como una diminuta chispa de molestia— ¡Y puedo hacer que te maten! —lo señaló— Así que, si no quieres morir tú, tendrás que matarme a mí.

Contrario a lo que Jiro esperaba, el dragón la contempló con indiferencia. Observó lo pálida que estaba, tan débil y lastimada, no físicamente. Tan muerta en vida y aun así, de alguna manera, ahora mismo tenía determinación para estar retándolo para que la matara. Era un tanto ambivalente. Qué humana tan extraña y complicada, pensó.

—Los dragones tenemos cosas más importantes qué hacer, como para participar en un suicidio —sentenció—. Si quieres morir, hazlo sola.

Desplegó sus alas, regañándose a sí mismo por haber respondido a esos gritos de agonía, que llegaron hasta él de forma incontenible, aturdiéndolo —y saliendo del acantilado donde dormía—. Solo se metería en problemas si continuaba intercambiando palabras con esa mujer, lo sabía. Pero no había podido evitarlo, porque a pesar de su agresivo físico como dragón, el interior de su ser era completamente diferente a lo que muchos pensaban.

Los dragones eran nobles y no eran capaces de ignorar un llanto tan desolado y trágico como el que hacía el alma de Kyoka.

Así que sin más, continuó su vuelo, sin siquiera voltear a ver a la princesa, dejándola ahí, imaginando que terminaría tirándose al acantilado por haber rechazado su oferta de matarla. Él no se pondría a consolarla, no era así como funcionaban las cosas con los dragones; ellos no eran capaces de ignorar un sufrimiento así, pero tampoco tenían sumo conocimiento de qué hacer ante su poco —inexistente— contacto con los humanos desde hace tanto tiempo.

Sin embargo, con éste encuentro definitivamente el dragón entendería que la compañía correcta, es suficiente para calmar, poco a poco, esos lamentos de sufrimiento.

Al volver la mirada unos segundos, se dio cuenta que la princesa lo estaba siguiendo. A pesar de que él iba viajando por las alturas, Kyoka corría con prisa, sin perderlo de vista, sin importarle sus lastimados pies; ella tampoco comprendía por qué lo estaba haciendo, simplemente, su instinto se lo decía.

Le decía que lejos de estarse condenando a la muerte, se estaba dando otra oportunidad de vivir, lejos de todo. Lejos del dolor.

El dragón decidió ignorarla, creyendo erróneamente que la mujer se aburriría y dejaría de seguirlo. Mantuvo ese pensamiento, hasta que dejó de escucharla correr tras él, pero preso de la curiosidad, alentó su vuelo y volteó hacía atrás.

El cansancio le acababa de cobrar factura a Kyoka, que yacía tirada en el suelo, desmayada. Y, con un suspiro, el dragón se fue.

… … …

Y regreso con Hémera en los cielos, comprobando que Jiro seguía tirada en el frío y sucio suelo.

Habiendo llegado a éste punto, ya no podía dar marcha atrás. Descendió, con su transformación revirtiéndose, hasta dar paso a un joven de cabellos rubios adornados con un mechón negro.


Kyoka despertó en medio de una colina de paja seca y caliente, cubierta por la sombra de los árboles. Su cuerpo estaba fresco, limpio y su ropa ya no estaba andrajosa; más bien, su vestido de novia, ahora un vestido más delgado y corto, como si lo hubiesen confeccionado para hacerlo más ligero. Hasta sus pies estaban sanos.

Su cabello estaba suelto, ya no había maquillaje, ni ningún otro rastro que indicara era la princesa que se escapó de su reino tras la traición que la invadió. Hasta tenía unas sandalias hechas con hojas secas y paja, muy cómodas, y que jamás en su vida pensó usaría.

Empero, eso era lo que menos le importaba en éste momento.

Incorporándose poco a poco, buscó con su mirada a quién la salvó. No necesitaba verlo para comprobar lo que creía, pero quería encontrárselo otra vez, hasta que escuchó el lejano aleteo en lo alto del cielo.

¡El dragón!, pensó, volviendo a retomar su agitada persecución. ¿Por qué se tomaba tantas molestias en seguirlo? El dolor punzaba, sí, pero hubo una chispa de esperanza al comprobar que, eso que se decía no existía, sí existía.

Vio la silueta amarilla, alejándose sin mirar atrás, volando con toda la intención de que no fuera alcanzado.

Pero Kyoka corrió, sin importarle siquiera. No importaba cuánto ese dragón huyera, ella lo encontraría, no importaba que tuviera que caminar por todo el inmenso bosque. No importa, porque no estaba dispuesta a regresar de donde vino, tenía todo el tiempo del mundo.

— ¡Espera! —exclamó, cuando se dio cuenta que alcanzarlo no podría— ¡Espera! —insistió— ¡¿Por qué me ayudas y ahora huyes?! ¡Cobarde! —le provocó.

Escuchó el pequeño rugido que dio el dragón, comprobando que, pese a la lejanía, él era capaz de escucharla.

Continuó corriendo y hablando.

— ¡Hey! ¡Cobarde, no huyas!

Y, tras una irritante persecución, el dragón finalmente se dio la vuelta y se acercó a la princesa, sin descender completamente, lo suficiente para que ella le escuchara.

—Éste no es lugar para una princesa. No durarás ni un día viviendo aquí, así que vete.

Kyoka frunció el ceño.

—Entonces no tenías por qué ayudarme. Me hubieses dejado morir ahí, sola —su mirada se ensombreció, con su realidad golpeándole el alma nuevamente.

El dragón la contempló. No la entendía, era un dolor de cabeza, ¡y lo peor es que él tampoco se entendía por no dejarla en el olvida ya!

—Vete a casa —le dio nuevamente la espalda.

—… Yo ya no tengo a donde volver.

—Y yo no voy a hacerme cargo de ti.

—No lo necesito.

— ¿Entonces por qué insistes en seguirme? —el dragón la miró de reojo.

Eso pareció hacer pensar a Jiro, que se quedó en silencio un largo minuto.

—… No lo sé —suspiró.

El dragón estaba por irse otra vez, pero no pudo hacerlo al escuchar los latidos del corazón de esa mujer extraña, mucho menos cuando las ráfagas del viento —no provocado por sus alas— le llevaron hasta su nariz el aroma auténtico de Kyoka.

Ya estaba decidido.

O, sí, existía algo que también definía muy bien a los dragones, algo que los hacía superiores a los seres humanos. No solo eran incapaces de ignorar el sufrimiento ajeno, sino también eran capaces de reconocer a esa persona que sería su compañera por toda la vida, entregándose sin temor con una inquebrantable lealtad.

—Si decides quedarte, no podrás volver. Nunca, princesa —ahora, sus ojos tranquilos la miraron.

Jiro no entendió el cambio repentino del dragón, pero solo asintió y una débil sonrisa se formó en su rostro.

—Jamás me iré de aquí.


El dragón llevó a Kyoka a una cueva en lo alto de una montaña, donde solo se podía llegar volando, así que era imposible para las personas llegar hasta ahí. Y no sucedió nada realmente, la princesa simplemente se instaló y el dragón le trajo vegetales que ella esperaba fuera capaz de cocinar.

Para sus sorpresa, Jiro tenía facilidad de adaptación, así que, aunque al principio le costó hacer varias cosas, a mediados del tercer mes de estar en compañía con el dragón, compartiendo pláticas y atardeceres, ella ya estaba bastante acostumbrada al ritmo.

A veces salía de ahí. El dragón le ayudaba para que conociera más ese extenso bosque, familiarizándose, apagando poco a poco la penumbra que yacía en el corazón de la princesa, pero, por supuesto, eso no era suficiente.

Entre ellos, una sincera e inusual amistad surgió, pese a que el dragón sabía bien su sentir hacía Jiro, él jamás le dijo nada. No tenía la intención de asustarla, mucho menos obligarla a nada, porque era consciente que un dolor muy grande continuaba dentro de su pecho. Ya bastante hizo con que ella no decidiera matarse; no sabía el motivo y tampoco preguntó.

Ella se cortó el cabello, acentuando más sus ojos grandes y su iris purpúreos, de aspecto un tanto felino. En sus pómulos se pintó dos triángulos rojos, que actuaban como seña de que abandonaba su vida como princesa, volviéndose una mujer salvaje, con el dolor aún en su pecho, pero, de alguna manera, la idea de matarse ya no figuraba con la misma necesidad.

Y, si bien al inicio el dragón dijo que ella no podría irse nunca, la invitó a que saliera a algún pueblo a comprar cosas y conocer, para distraerse, siempre y cuando regresara. Kyoka, bastante asombrada por esas palabras, aceptó sin problemas y el dragón fue quién la llevaba y, sin explicarle nada, le daba algo de dinero que quién sabe cómo conseguía.

Así fue que, poco a poco, a escondidas, la princesa visitaba algún pueblo, ocultándose bien para que nadie la reconociera.

Esa vida tranquila y en medio de la naturaleza, fue dando sus frutos para su torturada alma, podía sentirlo, que el dolor ya no era el mismo al de hace un año. Aún no comprendía el sentimiento que estar cerca del dragón le generaba, pero estaba bastante segura que no quería dejarlo solo nunca.

Hasta que un día, en el pueblo de Arabasta, ubicado entre el reino de sus padres y los padres de aquel que la traicionó, Kyoka chocó con un par de personas; tenía una capucha en su rostro para que no le vieran el rostro, lo que le impidió a ella mirar bien al avanzar.

— ¡Lo siento! —se disculpó de inmediato, sin siquiera mirarlos y con la prisa de irse.

Pero al escuchar la voz de una de las personas, ella se detuvo de golpe.

— ¡¿Ky… Kyoka?!

Y la aludida regresó su mirada, encontrándose con la presencia no solo de su hermana, sino también de ese hombre que tanto amó, que cargaba a una niña de quizá dos años.

Los tres adultos se miraron estupefactos, incapaces de escapar de la tensión que afloró y a Jiro se le cayó el corazón a los pies; observó a la bebé; pudo pensar en cualquier cosa, pudo hacerlo, sin embargo, en su cabeza solo llegó la bofetada de qué, al hacer cuentas con la edad de la niña, eso significaba que su hermana menor estaba embarazada cuando huyó con Hiroto.

Y los pinchazos de dolor regresaron. Tal vez no tan impactantes, pero igualmente le causaron un golpe en el pecho que la dejó sin aire.

—Kyoka… —volvió a decir Miko con lo que podía ser una enorme culpa en sus ojos al ver el cambio que había tenido su hermana. Porque ya no era esa princesa ilusa, no más.

— ¡…! —Kyoka solo los miró a ambos, como dos extraños… Dos extraños a los que jamás desearía volver a ver en su vida, se dio la vuelta, y salió corriendo como alma que lleva el diablo, mientras que por sus ojos caían silenciosas lágrimas.

Ah, aún le dolía. Y eso le enojaba tanto, ¡seguirle dando importancia a esas dos basuras como para sentirse tan mal otra vez! Miko y Hiroto no merecían que ella se sintiera así por su culpa, pero no pudo evitarlo.

Y, para cuando el dragón la encontró, escondida entre los arbustos, pues no deseaba que la viera en ese estado, fue capaz de sentir que algo muy malo le sucedía.

—Jiro —pronunció.

—Déjame sola, por favor —respondió.

En todo éste tiempo, el dragón nunca se mostró ante ella con su figura humana, tampoco le dio su nombre. Y la princesa no se le preguntó.

No se oían sollozos, al menos no para alguien que solo oye, en vez escuchar no solo con las orejas, pues el dragón sí se daba cuenta de las lágrimas que caían de los ojos de la princesa.

—Llevas tanto tiempo a mi lado —empezó a decir, descendiendo—, y aunque pensé que lo harías y terminarías yéndote, aquí continuas. Así que simplemente no puedo irme y ya.

—… Déjame sola —repitió ella.

Él la ignoró.

—Así que creo que es el momento de enseñarte algo de mí —el viento se alteró, ciñéndose en un remolino alrededor del dragón, captando la atención de la chica—. He visto tanto de ti, tus debilidades, así que es justo que lo sepas, Jiro… No, Kyoka.

Y la enorme presencia desapareció repentinamente, pero la princesa sabía que el dragón seguía ahí, sin embargo, la nueva voz que escuchó, era más… humana.

—Mírame, Kyoka.

Y ahí, justo a su lado, un joven rubio estaba de cuclillas, posando una mano sobre su hombro. El corazón de ella se disparó al encontrarse con el rostro de un hombre, sí, un hombre joven con los mismos ojos del dragón, con ese color eléctrico en su cabello.

—Tú… tú… —balbuceó, perdiendo el equilibrio y cayendo sentada, como la primera vez que lo vio— ¿D-Dragón? —pronunció.

Él sonrió como mil luces y negó.

—Mi nombre no es «dragón», Kyoka —aclaró, con más confianza. A pesar de que tenía cierta vacilación en su actuar, acercó su diestra a la pelinegra para limpiarle las lágrimas de sus mejillas. Ella tampoco se apartó, pese a la impresión, sabía que a quién tenía delante suyo, era el dragón con quién había estado conviviendo—. Mi nombre es Kaminari Denki.

Y Kyoka no supo por qué, su llanto aumentó. No supo si era felicidad de que el dragón estuviese mostrándole su secreto, abriéndole su corazón a ella, no supo si era por la sorpresa, no supo qué le sucedía. No supo si era por qué, pero definitivamente, sentir los brazos del dragón, o mejor dicho, de Denki, rodearle, le ayudaron a calmarse.

—Todo estará bien, Kyoka —musitó.

Denki… —susurró ella, entre sus brazos, sintiendo como el pecho de ambos chocaba y se tocaba tan directamente.

Como si su corazón se hiciese un incontrolable fuego.


La marcha de las dos hijas del reino había devastado al rey y la reina Jiro. Buscaron y buscaron a las princesas, pero simplemente no pudieron encontrarlas, al menos, no tan fácilmente; a Miko la encontraron a los seis meses de su partida, pero aunque sabían dónde estaba, ni Kyotoku ni Mika deseaban verla. Sabían que como padres, no podían darle la espalda a una de sus hijas, sin embargo, nadie borraba la traición que Miko le hizo a Kyoka, razón por la que ella huyó y llevaba desaparecida casi dos años.

Mika estaba en una profunda depresión, ya no tenía a sus hijas consigo y nadie le aseguraba que su hija mayor estuviese viva; nadie sabía nada de ella. Durante meses los caballeros del reino se adentraron al bosque, pero no había nada, ni siquiera el cuerpo de Kyoka como para asegurar que descansara en paz.

Y Kyotoku ya no sabía qué hacer, pues el reino pronto necesitaría a un sucesor y no tenía candidatos para eso. La presión de los pueblos al mando de su reinado aumentó, el estrés y preocupación por Kyoka, el peso de la deshonra que traía Miko ante su familia. Y la constante tensión que existía con el otro reino ante la traición de Hiroto, estaban a un paso de iniciar en guerra.

Él ya no podía cargar con tanto. Ni siquiera era capaz de dormir, el insomnio lo tenía casi al borde de la muerte; los mejores yerbateros y médicos le ayudaban a que se relajara un poco, pero no era suficiente. No solo su familia dependía de él, sino también los pueblos en su territorio. No podía irse y condenarlos a todos a un caos.

Empero, tampoco tenía ninguna solución, esa era la cruda realidad.

Si Kyoka continuara con ellos, podría ser una excelente reina o casarla con otro príncipe, él sabía del dolor que su querida hija sentía ante la infame traición de su hermana y Hiroto, pero el deber de una princesa como ella, no debía ser olvidado por simples emociones.

Era consciente que la familia de Hiroto traicionó su confianza por la barbaridad que hizo su primogénito, y aunque los padres de éste, no estaban al tanto de los planes de huida que tenía, no podía dejar de verlos como culpables. Sin embargo, ante la constante amenaza que existía de entrar en guerra ambos reinos, sus hijos debían casarse.

Y, pareciendo imposible, Kyotoku continuó con la búsqueda de su hija, ya no solo por su preocupación como padre, sino para casarla con otro de los hijos de la familia de Hiroto, antes de que los dos reinos entraran en guerra por el total control del País del Sur.

Tenía que recuperar a su hija a como dé lugar, no le importaba lo que tuviera qué hacer, incluso aunque Kyoka lo terminara odiando por obligarla a casarse con un hermano de Hiroto.

Tanta era su desesperación, que no le importó volver a contactar con Miko, a escondidas de su esposa, para que la ayudara a encontrar a su hermana, usara el método que usara, pues teniendo en cuenta que vivía como una pueblerina en Arabasta, era más fácil esconder si hacía algo que podría dañar la reputación del rey.

Habían pasado exactamente dos meses desde que plantó esa decisión, cuando finalmente algo empezó a dar frutos al recibir una nota breve y directa de Miko.

«Padre, he encontrado a mi hermana. ¿Cómo podemos vernos para que te informe todo?»


N/A:

¡Holaaaa! ¡Tanto tiempo, joder!(?) x'D

Bueno, primero que nada, quiero disculparme por haber tardado más de lo que pretendía, pero ya ando de regreso en la Universidad, sumado que estoy en mi Servicio Social :/. Entonces, realmente no me queda mucho tiempo ; ;

Peeero, eso no significa que no tendrán actualizaciones, porque sí las tendrán; tarde, pero seguro xD.

¿Y qué tal el capítulo? Asdkjdaskjasd, ya había dejado en claro —según yo— en el anterior capítulo, que éste sería como un flash back del primer dragón que amó a un humano, en éste caso, humana. Kaminari y Jiro, síp.

Sé que muchas esperaban el KiriKami, but, la verdad, mientras estaba escribiendo la historia, esto simplemente salió sin haberlo pensando, cuando vine a darme cuenta, ya tenía la historia de ambos en mi cabeza y no iba a tirarla a la basura x'D. No es que no me guste el KiriKami, eh, tranquis. Para Kirishima habrá alguien más, y muy importante en la historia.

Creo que éste ha sido el capítulo más largo que he escrito, asdljkasdldkasl, ¡espero que les haya gustado! ;w; Y les haya dado los feels que yo también sentía al escribirlo :'v. Porque lo "mejor" vendrá en el siguiente capítulo.

¡Qué tengan buen fin de semana! Cuídense mucho, nos vemos .