¡HOLAAAAA!

¿Y qué dijeron, "está cabrona —mexicana, pls— ya se olvidó de nosotros/as"? ¡PUES NO, ALV!

Antes de pasar al capítulo, quiero disculparme por haber tardado tanto, joder, sé que los hice esperar mucho. Veía y veía cada voto y comentario que continuó llegándome a la historia, lastimosamente no había podido tomar la libertad e inspiración que quería para entregarles éste capítulo ;w;

Estaba en mi último cuatrimestre de la carrera, estoy por graduarme, además con problemillas de salud… Así que eso me había mantenido lejos de mi amada escritura T_T

¡Pero ya volví y no pienso irme, alv!

Ahora sí, lean con gusto, abajito del capítulo les dejo más cositas :').


Los brazos de Kaminari eran cual arco iris después de la tormenta, no supo en qué momento sus lágrimas dejaron de salir y solo se concentró en el verano que el corazón del dragón emanaba sin ninguna dificultad, sin importar que ráfagas de viento pasaban de vez en cuando, rodeándolos.

Jiro solo se mantuvo aferrada a él quién sabe por cuánto tiempo. ¿Cómo es que pudo vivir todo éste tiempo sin haber sentido la calidez del dragón? Ese corazón de fuego que ningún humano jamás tendría. Y ahora que lo había descubierto, definitivamente no quería soltarlo por nada del mundo.

—Yo voy a estar contigo, Kyoka, así que no estés triste —susurró Kaminari contra los cabellos ajenos. Porque mi vida te pertenece a ti, añadió en su fuero interno y no por desconfianza, sino porque estaba seguro que no era el momento de hacer tal declaración.

Por ese eterno momento, el dragón se olvidó del por qué estaba en el mundo humano, se olvidó de su trabajo, de Anima, de los Stella, de las reglas, se olvidó de todo. Y en su cerebro solo era consciente de la muchacha, a la cual tampoco era capaz de soltar. ¿Por qué es que tardó tanto en mostrarle su forma humana? Tanto tiempo privándose de entrar en contacto con ella.

—Llévame a casa, por favor —respondió ella contra el pecho de él. Poco a poco alzó la mirada, encontrándose con esos ojos relámpago—. No quiero volver a ningún pueblo.

Y ya estaba dicho. Kyoka no necesitaba a ningún humano cerca suyo para sentirse viva, no necesitaba ser parte de los mundanos cuando él único en haberla rescatado, fuera inconscientemente o no, era el dragón. Ese dragón que ahora estaba a su altura, cobijándola.

Denki no preguntó por qué, simplemente asintió. Podía sentir y ver en los ojos de la que una vez fue una princesa, la sombra de la herida que venía cargando la primera vez que la vio.

No dijo nada más, solo se quedó observándola fijamente, como si sus ojos hablaran un idioma inexplicable, que solo las almas hechas de primavera compartían.

Lentamente la soltó, y no porque quisiera, sino porque tenía que transformarse. Así lo hizo sin dejar de mirarla a los ojos en ningún momento, aun cuando el polvo de estrellas cubrió su anatomía, dando paso a ese imponente dragón que siempre fue.

Kyoka sintió que el aire detuvo su paso de los pulmones, al contemplar como Kaminari se agachaba a la vez que pronunciaba:

—Sube.

Todas las veces que ella viajó con el dragón, él la llevaba entre sus manos, nunca lo había montado. Y ver esa acción que claramente indicaba que ella podía subirse encima de él, montarlo, no se la esperaba; era algo completamente nuevo.

El corazón de la muchacha de cabellos oscuros parecía un colibrí.

No era una mujer miedosa, así que pese a la impresión, asintió, sin dejar de mirarlo, y apoyándose de las escamas de la piel del dragón, ella subió a él. Mientras estaba pensando cómo se sujetaría para no caer ante el vuelo, su corazón dio otro vuelco al notar como Kaminari usaba una mínima de velocidad para elevarse en el cielo; no era la típica soltura y fuerza que usaba para volar, no.

Era como si estuviera plenamente consciente de Kyoka en su espalda y no quisiera lastimarla. Y también, para que el momento en que ambos volaran juntos, perdurara mucho más, para que ella gozara de una nueva vista desde lo alto, acompañada del dragón.

— ¡Es genial! —musitó ella, sintiendo la confianza de poder enderezar un poco su espalda para ver el cielo y luego la vegetación en el suelo.

El aire la golpeaba con suavidad, sin la violencia que un vuelo de dragón tendría para un humano. Sus ojos se secaron por completo y una sonrisa se extendió por su rostro. Y entre más se alejaban del pueblo donde vio a su hermana y a ese hombre, el dolor también era dejado atrás.

Y, cuando finalmente llegaron a esa cueva en lo alto de la montaña más grande, Kyoka estuvo lista para contarle todo al dragón. No tuvo ningún miedo en que la herida fuera tocada y golpeada por los recuerdos, pues con Denki a su lado, ella estaba segura que estaría bien.


Los días fueron pasando sin consciencia, pues si bien Kyoka veía como el sol salía y se ocultaba en el cielo, dejó de contar el tiempo y decidió vivir el suyo. No tenía ninguna obligación de vivir como los humanos, ya no quería, y ya no era una princesa, era completamente libre de hacer lo que quisiera.

Además, Kaminari la había enseñado otra forma de vivir.

Tal vez eran semanas, o meses, no lo sabía. Pero su vida continuó al lado de ese joven que era un dragón. Un hermoso y majestuoso dragón.

Desde el día en que conoció la forma humana del dragón, entre él y Kyoka algo más comenzó a formarse. O mejor dicho, ese algo ya estaba desde el principio, solo aumentó cuando sus cuerpos entraron en contacto con ese abrazo. Abrazo que repitieron muchas, muchas veces más, en silencio, mirándose, a veces avergonzados, o muy seguros.

—Quiero llevarte a un lugar —notificó Denki, en su forma original, de dragón, estando echado dentro de la cueva.

Kyoka estaba acurrucada a su lado, mirando ambos el cielo estrellado de esa noche. Estaba lloviendo y el viento se movía furioso entre los árboles, pero ella no tenía nada de frío, estaba muy caliente ahí dentro y con la cercanía del dragón eléctrico.

—Podría ser —sintió curiosidad, pero se mantuvo calmada.

—No es a ningún pueblo humano —aclaró Denki por si acaso.

— ¿Es un pueblo de dragones? —alzó las cejas, sin poder evitar sentir curiosidad por ese tema. A pesar de que la confianza entre ambos estaba elevándose, Kaminari aún no le contaba mucho más acerca de él.

—No, para nada —él era consciente de que no era justo mantener a Kyoka en la ignorancia de su ser, sin embargo, sino le contaba nada aún, era para protegerla. Aún no podía y menos, cuando sabía que en cualquier momento, ya no estarían solo ellos dos—. Es algo más tranquilo.

— ¿Los pueblos de dragones no son tranquilos? —inquirió, volviendo sus ojos al dragón, que también la miraba.

—Créeme, no te gustaría saber más —suspiró, deseando poder acariciarle el pelo; mantenía su transformación aún, más que nada por seguridad, como si estuviera esperando algo.

De ti sí me gustaría saber más —susurró muy bajo. De no ser por el buen oído de Kaminari, las palabras que la pelinegra soltó no hubiesen sido escuchadas.

— ¿Me dejarás llevarte? —por el contrario, él fingió que no escuchó nada.

—Sí. Sorpréndeme, Dragón —contestó, molestándolo un poco, sonriéndole.


Sin que los momentos avanzaran más de la cuenta, Denki decidió llevar a la joven a ese lugar especial, ese que había conocido hace mucho tiempo atrás. Ese lugar que estaba seguro, tan pronto pisaran, marcaría el cambio por completo de su relación; no le importaba si de forma lenta o rápida, el corazón de un dragón era sumamente noble y paciente, lleno de amor sin fronteras que no esperaban algo a cambio. Tan diferente al de los humanos.

En el viaje, subida a la espalda de Kaminari, ella se sintió poderosa y libre, como nunca en su vida se sintió. Y eso que sentía los nervios en su estómago moviéndose como ruidosas mariposas en pleno verano. Jiro también sentía que algo estaba a punto de cambiar por completo en ellos. A pesar de los nervios, no se sentía asustada como pensó le sucedería en cuanto al amor se tratara.

El dragón descendió a la orilla de una laguna. A unos metros de esta, una poderosa y ruidosa cascada hacía vibrar el agua, dándole un toque de vida a ese lugar escondido en el bosque.

Con el regocijo del silencio que solo entre los enamorados ha existido, dragón y humana se movieron. El primero para guiarla a ella; Denki, sin dejar su imponente forma de dragón, se posicionó debajo de la cascada, dividiendo el agua en dos, dejando un espacio libre con su gran cuerpo, donde Kyoka pudo pasar con el resguardo ajeno.

Usualmente, ella esperaba quedar en la oscuridad absoluta tan pronto se metiera a la cueva que resguardaba dicha cascada, pero no desconfiaba de Kaminari, así que no le daba miedo tampoco. Sin embargo, lo que obtuvo fue algo muy diferente tan pronto la cascada continuó su curso de caída y el dragón pasó a su forma humana.

— ¡Esto es…! —Kyoka abrió bastante los ojos, que brillaron con efusividad, su cuerpo se estremeció complacido, maravillado. Sus cejas se elevaron y una sonrisa se dibujó en su boca semi abierta.

Dentro de la cueva, miles de diamantes púrpuras se encontraban incrustados en la tierra, incluso en las estalactitas y estalagmitas lejanas de la entrada. No era necesario ningún tipo de luz o fuego para iluminar ese lugar, con el destello de todos esos cristales, el lugar estaba cual amanecer. Debido a la cascada, es que todo ese tesoro estaba oculto y solo Denki lo había descubierto; era su secreto, uno que estaba compartiendo con ella.

Ninguno de los dos pronunció palabra y aun así, el romanticismo impregnó el agua de la cascada, entibiándola como a la sangre de ambos ahí metidos, escondidos. Como una burbuja de amor.

—Cuando… Cuando descubrí éste lugar, no le di importancia, aún con todos éstos diamantes —comenzó a decir Denki y quizá por el reflejo de las luces, es que su rostro lució bañado ligeramente en el rubor de una confesión—. Pero la primera vez que te vi a ti, no evité pensar que tus ojos me recordaban a éste místico lugar.

No se estaban mirando, los dos estaban lado a lado, con la mirada alzada a esas joyas ocultas. Sin embargo, la vergüenza abarcó las facciones de Kyoka con esas palabras, con un confort tan grande como cuando el dragón la abrazó. ¿Hace cuánto una sensación así la había tocado? Pero no existía algo que le hiciera justicia a lo que estaba sintiendo ahora. Su pecho era golpeado por su corazón con la misma fuerza con que la cascada golpeaba a la laguna.

—Gracias… —susurró con esa misma fragancia que seguía aumentando en el ambiente.

— ¿Por qué? —Denki no comprendió, pues él no necesitaba un agradecimiento. Le estaba mostrando parte de su corazón ahora mismo, lo que menos deseaba era eso. Porque estaba siendo sincero y no necesitaba recibir nada a cambio para sentirse satisfecho.

Porque para el dragón, los humanos eran seres que exigían comprensión y nunca se dejaban comprender, no ponían de su parte. Y a él nunca le interesó acercarse a ninguno, a pesar de que en más de alguna ocasión, era capaz de escuchar los lamentos de alma de algunos y para ignorarlos, siempre se escondía en esa cueva, donde el chocar del agua amortiguaba esos molestos lamentos.

Los únicos que no pudieron ser callados, fueron los de la princesa hace tiempo e inevitablemente, Denki acudió a ella y tan pronto sus ojos hicieron contacto con los ajenos, que a pesar de estar nublados y opacos por el dolor, escondían un brillo sin igual, tan puro y hermoso, como los diamantes que ahora los aguardaban dentro de esa cueva.

—Por haberme dejado estar contigo —sin titubeos, Kyoka se dio la vuelta, para que la razón del brillo en su mirada ya no fueran los diamantes, sino el dragón.

Su instinto siguió los movimientos de la chica, así que Denki quedó frente a ella. Iba a decirle que no tenía por qué decir eso, pues era algo inevitable. Porque tan pronto a él le llegó la fragancia del espíritu ajeno, supo que había encontrado lo que cada dragón estaba destinado a encontrar, sin importar las leyes que ahora los restringían.

Kyoka no le dejó decir nada. Se inclinó, justo cuando él avanzó un paso, y lo anhelado por ambos sucedió.

Sus labios finalmente se acariciaron en un tacto inocente y tierno. Lleno de plenitud, lleno de vida, lleno de sensaciones inefables tan propias de las almas gemelas. Tan propias del amor.

Las manos de Kaminari empezaron a recorrer el torso de Jirou, con las manos de ésta aferrándose a sus hombros. La ternura aumentó de intensidad, de anhelo, de necesidad. Sus bocas lo dejaron bien en claro, pero el sentimiento de ambos era tan grande, tan denso y poderoso, que no dejaba espacio para las inseguridades dentro de esa cueva.

Ni Kyoka ni Denki estaban dispuestos a retroceder ahora. Ni nunca, aunque sus corazones dejaran de latir.

Y justo cuando su amor estaba por concretarse dentro del fruto de ambos, un nuevo rugido rompió el silencio entre los árboles del bosque y la misma ruidosa cascada.

La magia se perdió y Denki supo que era momento de enfrentarse al próximo asistente de los Stella y uno de sus grandes amigos.

Kirishima había llegado.


Así como el transcurso del tiempo era imposible de detener, lo que Denki estaba dispuesto a mantener con Kyoka era así también.

No importó la presencia del dragón de cabello escarlata, no importó las innumerables discusiones que entre ambos se suscitó, donde incluso otro de sus amigos estuvo inmiscuido. Y aunque la comprensión llegó para Kirishima, para el otro no.

Aún con todas esas tormentas de arena entre lo que Kyoka y Denki estaban formando, lo que ellos sentían, se concretó como el instinto y un corazón enamorado que siempre anhela. Y el curso se repitió así y así, como quién siembra múltiples semillas hasta que florece la más bella flor.

Fue así como alguien se formó dentro del jardín femenino, de entre la princesa y el dragón.

—Es tiempo que vaya por provisiones a algún pueblo —dijo Kaminari, terminando de acomodar un montón de paja y sobre de esta, varias mantas que anteriormente Jiro compró en sus visitas a los pueblos—. Ven, ya está listo para que descanses.

Los ojos de Kyoka se iluminaron. No importaba cuánto tiempo pasara al lado del dragón, siempre se preguntaría, ¿cómo es que Denki podía ser tan perfecto? No le importaba que no fuera un humano, con sus acciones, no solo su corazón le pertenecía, también su alma. Todo de ella era de él y viceversa. Y no podía ser más feliz.

—Hey, estoy embarazada, no enferma —dijo con un gesto desenfadado y un poco divertido. Podía sentir lo paternal que era el rubio.

—No importa, no voy a correr ningún riesgo —fue hacía ella y le acarició las mejillas, depositándole un beso en la frente—. Menos ahora que está tan cerca de venir. Así que déjame consentirte, Kyoka —no esperó la respuesta contraria, simplemente la levantó en brazos sin problema alguno, como la digna princesa que una vez fue y la llevó a la cama que hizo.

—Eres un tonto sobreprotector —le jaló una mejilla. No estaba para nada molesta, ¿cómo estarlo? Kaminari era todo lo que no sabía que quería, lo que nunca imaginó encontrar y tener. Nada le hacía justicia—. Hoy no salgas por provisiones, quédate conmigo.

Los delgados y aterciopelados brazos de la muchacha se aferraron al rubio, jalándolo al momento de ser acostada. No quería separarse de él, no quería desaprovechar ningún momento, simplemente no quería dejar pasar ninguna oportunidad de estar con él. Tal vez era que el clima frío y nublado la tenía con una necesidad de calor diferente.

Y Denki no necesitaba mucho para dejarse envolver por el bello perfume de ella, mucho menos cuando ese par de ojos purpúreos lo miraban de esa forma tan única. Accedió sin problemas, se unió a ella sin preocupación, como cada día en que el corazón pide algo diferente.


A estas alturas, ella ya no recordaba cuánto tiempo había pasado desde que estuvo en el castillo, desde que fue llamada "princesa" por última vez, antes de romper lo que conocía, lo que le habían enseñado, para fugarse con la persona que amaba, a pesar del daño que todo eso causaría. Porque sabía que su hermana no merecía tal traición, sin embargo, ¿cómo controlar, cómo hacer que un corazón irrevocablemente enamorado se detuviera? Si el amor entre ella y Hiroto era como las corrientes del río rumbo al mar, incapaces de detener.

Desgraciadamente, aún con el sueño de ambos cumplido, Miko no podía con la culpa. En ningún momento, su hermana salía de su mente y cada noche, en sus sueños la atormentaba, sin importar que en el día fuera recibida por la cálida familia que formó con Hiroto.

Se mentía a sí misma que todo estaba bien, que todo seguiría siendo normal y que su traición simple y sencillamente podría ser dejada atrás.

Y no fue hasta que se encontró a Kyoka aquella vez, en el pueblo. Verla y recibir su mirada de decepción, de dolor, de rencor, de miles de reclamos y "¿por qué?" fue como si una roca inmensa impactara sobre ella y la hiciera estallar. Sintió que se ahogaba, sintió que se hundía profundamente en la oscuridad al recibir la mirada tan diferente de su hermana; ya no era la Kyoka que dejó atrás, que quedó en el altar abandonada.

Miko y Hiroto se dieron cuenta de que lo dejaron atrás, importándole poco las consecuencias de sus actos, siempre los perseguiría. Los ojos de Kyoka era algo que ni él ni ella fueron capaces de olvidar luego de verla ese día. Porque bien sabían que la pelinegra no merecía nada de lo que los dos le hicieron.

Fue peor para Miko al enterarse que Jiro escapó ese mismo día y que ahora se encontraba vagando por las montañas como una mujer salvaje, sin nombre, sin todo lo que tenía cuando vivía en el castillo. ¿Qué era en lo que se había convertido su hermana? ¿En qué fue lo que la trasformó? Nadie se lo decía, pero Miko sabía bien que era su culpa… si tan solo hubiese sido más fuerte, si tan solo se hubiese negado con más fuerza a sus sentimientos por Hiroto…

Sus días felices se acabaron tan pronto la culpa empezó a surgir como el agua que nace, incapaz de ser detenida. Solo que ésta agua no era limpia, estaba sucia, manchada y maloliente. Y estar junto a Hiroto empezó a ser difícil, no supo en que momento, pero la distancia creció entre ambos. Su hija también lo sentía, que era la menos culpable de todo lo acontecido.

La culpa se volvió su tormento. Y aumentó, cuando Kyotoku mandó a buscarla, explicándole la terrible situación en que se encontraba el reino, en qué él simplemente ya no sabía qué hacer y necesitaba de su ayuda para encontrar a Kyoka, porque su madre tampoco estaba en buena condición desde que ella y Hiroto se marcharon.

Fue como si una maldición se hubiese desencadenado por ese amor que no debió ser y que ya ninguno de los dos sabía cómo mantener. ¿Por qué habían llegado a esto? ¿Cómo toda la felicidad que sintió agarraba con ambas manos se desmoronaba así? Era como si nunca la hubiese tenido.

Ya no solo debía lidiar con la culpa de haber traicionado y dañado a su hermana, al grado para que ella escapara y viviera en las montañas, sino que al haber interrumpido el matrimonio, la alianza jamás se concretó y los dos reinos estaban cerca de una guerra.

¿Qué había hecho con su vida? ¿Por qué ahora el irrevocable amor con que actuaron ambos, no era capaz de cubrir y solucionar toda la oscuridad que estaba apareciendo en su vida?

En medio de la profunda desesperación creada por la culpa, por el peso que conlleva una traición a tu propia sangre, Miko decidió ayudar a su padre, a pesar de que Hiroto estuvo muy en contra de eso; él era consciente que su familia no lo perdonaba por haber roto el acuerdo y prefería mantenerse en el anonimato para evitar cualquier represalia.

Ella solo sabía que su hermana estaba en las montañas, pues la vestimenta que usaba esa vez que se la encontró, le dejó en claro que ya no pertenecía a los pueblos, mucho menos a la realeza. Recordarla le oprimía el pecho y a su vez, era como si un agujero negro se abriera ahí y un taladro impactara contra sus sienes. Ésta también fue una de las razones por las que Miko decidió ayudar a su padre, no solo para salvar al reino, sino porque así, le regresaría la vida que merecía a su hermana. Eso creía, eso esperaba cumplir.

Sin embargo, la joven se olvidaba que los actos nunca se borran, ni se enmiendan.

—Estoy aquí, padre —murmuró, estando cubierta con una manta oscura, desde la cabeza, hasta el pecho. Solo sus ojos avergonzados y llenos de culpa eran capaces de verse cuando el rey ingresó al campamento que sus guardias hicieron lejos del castillo para ese encuentro secreto.

El cúmulo de emociones que Kyotoku sintió le pinchó el estómago. Una mezcla de decepción, enojo y alegría se impregnó en sus pupilas, porque no podía negar que, a pesar de la traición que su hija llevó a cabo, condenando al reino, le alegró que estuviera viva, bien. Al menos físicamente; notaba en ella el peso de la culpa y el arrepentimiento.

Pero éste no era un reencuentro sentimental entre padre e hija, así que el rey solo la miró y se sentó frente a ella, como si tratara con uno de sus soldados.

—Dime lo que sabes de tu hermana, sin rodeos.

Miko titubeó un poco, afligida por lo que sabía, sus ojos reflejaron preocupación al ver a su padre.

—En las montañas del norte, pero ella… Ella ha sido encantada y está en peligro.

Y eso fue suficiente para que Kyotoku no perdiera más tiempo.


Nix cubrió el cielo en su totalidad sin ningún problema, con demasiada fuerza, que no le importó ocultar a sus hijos estrella, ni a la luna, dejando el firmamento en completa oscuridad. Y si no fuera por las fogatas con las que se preparó Denki, ni siquiera con sus sentidos de dragón hubiese sido capaz de mirar.

Hoy era el día.

El día en que el amor entre él y Kyoka tomaría forma. Por supuesto, como buen dragón, su instinto protector no descansó hasta crear un estanque no muy profundo, hecho por rocas alrededor y a una excavación de un par de horas, para que la joven diera a luz sin demasiado dolor y el bebé estuviese bien.

— ¡DENKI! —la acelerada voz de Kyoka se oyó entre los árboles, llevada por el viento hasta lo más alto del cielo oscuro. Jadeaba con una rapidez increíble, que si no fuera porque el dragón era un dragón, habría entrado en pánico como cualquier humano.

Él se situó a su lado, tomándole de la mano, indiferente a la tremenda fuerza con que la joven le sujetaba, muy atento, manteniendo la posición de cuclillas ajena, metiendo la mano libre para poder saber la expansión que la vagina tenía ahora. Y no es que Kaminari tuviese dotes médicos, pero el instinto era su fuerte, lo que le decía qué hacer.

El tiempo pasó entre gritos, jadeos y pujidos, con exclamaciones monosílabas o el nombre del dragón incluidas, una Jiro completamente agitada, bañada en sudor, que no dejaba de luchar, y con un Denki concentrado, preocupado y a su vez, que repartía ánimos y apoyo a su pareja.

A pesar del dolor, el parto iba a ser exitoso. Lo sabían, por eso, sin importar todo el esfuerzo y cansancio de la pelinegra, un atisbo de sonrisa se vio en ella, ese sentimiento de logro estaba empezando a embriagarle el alma, más aún cuando Denki exclamó:

— ¡La cabeza está casi fuera! —con sus ojos brillantes, y una enorme sonrisa cual sol después de la lluvia, es que ella supo con certeza que el bebé estaría con el mejor padre del mundo. Con el mejor dragón del mundo.

Sin embargo, la pareja estaba olvidando que no se puede huir de lo que realmente eres.

Y que nada es perfecto.

— ¡Liberar a la princesa es prioridad! ¡No deben dejar vivo a ese monstruo! —resonaron las órdenes de quién seguramente era un comandante de la realeza.

Las orejas de Denki se movieron alarmadas, esperando que fuera por su fino oído que pudo escuchar tan claramente esas palabras que indicaban un peligro inminente. Lastimosamente, al ver cómo los ojos de Jiro se alarmaban y su sonrisa se perdía, comprendió que ella también escuchó todo.

Lo que también significaba que los soldados del rey no estaban tan lejos. ¡¿Cómo es que han llegado a éste lugar?! El rubio se puso rápidamente en guardia, sin desatender al bebé casi nacido. Estaba en un mal momento ahora, incapaz de reaccionar cómo debería, pues las obvias condiciones le impedían transformarse y llevarse a su familia lejos para protegerla. Tenía que enfrentarlos sin volar, sin transformarse.

No terminaba de comprender, ¿cómo lo habían encontrado? El lugar que había elegido estaba escondido entre la tremenda maleza que rodeaba un pequeño claro en el bosque, uno a donde cualquier ser andante era incapaz de llegar.

— ¡¿Dónde está la bestia?! ¡Apunten contra la bestia! —vociferaron otro par de sujetos.

Los ojos alarmados de Kyoka miraron al rubio, apretándole con mayor intensidad la mano. Pero se sentía incapaz de hacer algo, si se concentraba en otra cosa más ahora, podía ser contraproducente para el bebé y no debía permitirse descuidar a su hijo así.

— ¡Denki…! —ahogó un jadeo. En el parto, cualquier mujer no mantenía controlada su respiración por obvias razones, pero ella se estaba forzando a por lo menos ocultarla, para darle más tiempo al dragón y no ser descubiertos por sus forcejeos.

—Tranquila, tranquila. Todo estará bien —él le miró, seguro de sus palabras. Le acarició la mejilla—. No los dejaré solos —alentó.

No estaba dispuesto a separarse de ella, no cuando el bebé aún no había salido por completo. No iba a luchar a menos que los otros iniciaran; esperaba de verdad no lo hicieran al entender las condiciones en que la princesa estaba ahora.

Y tal vez lo hubiesen hecho si todos no tuvieran el falso conocimiento que Miko les proporcionó al buscar una fuente nada confiable.

— ¡Ahí están!

Y el blanco fue visto.

— ¡Por el amor de Dios…!

— ¡Esto es una terrible abominación…!

Los caballeros del rey sabían muy bien que el dragón era capaz de convertirse en un ser humano, ya tenían las características necesarias para saber quién era. Pero ni siquiera estaban preparados para el hecho de que la hija del rey estuviese dando a luz a un bebé mitad dragón y mitad humano.

— ¡El monstruo ha engendrado con la princesa!

La confusión fue notoria entre el gran número de hombres, dándole el tiempo necesario a Kyoka de pujar por última vez y Denki de sacar al bebé del agua. Sin embargo, cuando éste soltó en llanto, el juicio regresó a los soldados y el tiempo se movió incluso más rápido.

— ¡No importa! ¡Las órdenes del rey es traer a Kyoka de regreso! —demandó quién seguramente era el líder de la tropa— ¡Acaben con el demonio!

El sentido de protección y defensa tomó finalmente forma en el semblante de Kaminari y antes de situarse frente al estanque, para proteger a su mujer e hija, susurró:

—Pase lo que pase, solo preocúpate por ti y el bebé.

— ¡Fuego!

Kaminari no tendría ningún problema en esquivar toda esa sarta de ataques contra él, desgraciadamente, si él se estaba moviendo, era para que todos los ataques le llegaran, pues sino le caían a él, sería contra Jiro, o en algún otro lugar que podría ponerla en peligro, a ella y a su hija.

— ¡Denki, protégete! —exclamó en la mezcla de una orden y súplica.

—No soy tan débil —volteó a verla de reojo para dedicarle una sonrisa de esperanza.

Empero, era imposible que la joven se mantuviera tranquila, no podía. Abrazaba al bebé que lloraba y sentía que su pecho iba vaciándose, a pesar que veía al rubio moverse sin dificultad, vivo, aún con todos los balazos que estaban perforando su piel. Tenía un intenso miedo que le heló la sangre.

Quería gritar más y la nula energía tras el parto se lo impedía. Las fuerzas únicas que tenía solo mantenían abrazada a su hija. Sabía que aunque Denki estaba seguro de que podría con todos ellos, estaba muy alerta, como esperando algo.

Kyoka lo comprendió, cuando en una claridad hecha por el mismo fuego de esa arma, logró contemplar que en algún punto de la espesura de los árboles, había cañones ocultos. Y no supo cómo, su voz salió tan fuerte como el estallido de una bomba.

— ¡NO! ¡BASTA! ¡ÉL ES BUENO! ¡DENKI ES BUENO!

Hubo dudas para muchos soldados, la voz de la princesa era tan certera y sincera, que era tan difícil de creer que estuviera bajo un hechizo. Más aun, porque las lágrimas estaban derramándose en sus mejillas.

— ¡No duden, recuerden que la princesa está embrujada por ese monstruo!

Kaminari no pudo seguir así. El peligro era demasiado para no dar su vida por la mujer que amaba, y por su hija. Todo fuera diferente si estuviera solo en éste ataque, pero no era así. Tenía que existir una forma para él de atacarlos con toda su ferocidad sin que Kyoka y su hija salieran lastimadas en el proceso.

Mientras pensaba, la magia estalló en su silueta, y la transformación le llenó de golpe, adornada con un rugido que hizo estremecer hasta a los inmóviles robles.

La bestia amarilla liberó su ira en un chasquido de fuego eléctrico contra todas las balas de cañón que fueron contra él, para luego darse la vuelta y cubrir con sus alas y todo su enorme cuerpo, el pequeño estanque donde la joven continuaba con el bebé entre sus brazos. La impactante explosión resonó cuales truenos en la tormenta.

— ¡No hagas esto, idiota! ¡Puedes sacarnos a ambas de aquí! —recriminó con auténtica preocupación.

Denki soltó un jadeó y negó. Los impactos de más cañones resonaron contra su espalda; si bien no estaban hiriéndolo rápidamente, por las poderosas escamas que cubrían perfectamente su piel, haciéndola como granito, era obvio que tenían más que simple pólvora.

Kaminari Denki, resonó un llamado en su mente, has fallado.

—No puedo moverme —susurró.

— ¡Continúen, continúen! ¡Acaben con el dragón!

— ¡¿Cómo que no puedes?! ¡Denki! ¡Vámonos! —Kyoka hubiese deseado no gritar para no seguir alarmando a su hija, que no paraba de llorar, pero en medio de la desesperación y miedo, no podía controlarse del todo.

Los dorados ojos del dragón se posaron a la nada durante segundos que se le hicieron eternos a la joven. Luego, la miraron a ella y tuvo la sensación de que él les sonreía.

—No te preocupes, tú y nuestra hija estarán bien.

Y un terrible presentimiento embargó a Kyoka.

Así que ya lo saben, pensó Denki derrotado. Claro que podía seguir luchando, aunque hacerlo, significaba poner en peligro a quiénes más amaba; del ejército podían salvarse los tres; no de los Stella.

—Voy a voltearme en cinco segundos y los atacaré con toda mi fuerza —Jiro supo que no le hablaba a ella—. ¡Tienes todo lo que mi vida dure para llevártelas lo más lejos que puedas!

— ¿Eh…? —no podía ser cierto. No podía ser cierto lo que estaba escuchando. Kyoka se sintió incapaz de reaccionar, pero lo comprendió todo cuando los dulces y sinceros ojos de Kaminari volvieron a observarla.

—Nunca dudes todo lo que te he amado, Kyoka.

Y, por un momento, todo el caos desapareció, solo estaban ellos dos, frente a frente, sonriéndose, tocándose. Amándose. Siendo felices.

La fantasía se rompió cuando el rubio endureció su mirada para enfrentarse al enemigo.

— ¡ESPERA! ¡DENKI, NO LO HAGAS! ¡DRAGÓN ESTÚPIDO! —aulló, pero él ya estaba dándole la espalda y rugiendo, escupiendo su fuego eléctrico no solo a los soldados, sino también al firmamento oscuro y otras zonas donde no habían enemigos visibles. A su vez, las manos masculinas de alguien más la sacaron a ella del agua junto al bebé.

Y reconoció al dueño de esa presencia al notar ese tinte carmesí en las hebras del cabello, no obstante, fue incapaz de decir algo, pues sus ojos quedaron contemplando a la silueta del dragón amarillo cada vez más lejana. Tal vez porque ya casi no tenía fuerzas, tal vez porque el vacío de su pecho se estaba tragando su alma al darse cuenta que el amor de su vida quedaba sacrificándose, muriendo.

—Los enemigos no son los soldados, Jiro —susurró Kirishima, mientras corría tan veloz como podía. La carismática esencia en él estaba nublada, tapada por nubes de tristeza e impotencia; él sabía que no podía lograr que perdonaran a Denki, pero sí podía hacerle el favor de salvar a su mujer e hija de la condena de los Stella.

Apretaba los labios mientras corría, evitando respirar todo lo que podía para no dejar rastro. Ya llevaba corriendo un buen rato, había dejado la zona donde estaba Kaminari desde hace mucho, pero no pararía hasta que en verdad sus piernas se lo exigieran y debía aprovechar ahora que Jiro no había hecho una escena de negación.

Las mejillas de la princesa estaban húmedas, a pesar de haber entrado en un estado de shock, sus ojos no habían dejado de soltar lágrimas, como una presa que se desborda. Aún continuaba soltándolas, mientras que su hija había terminado quedándose dormida contra su regazo. Era una suerte que la temperatura del dragón fuese alta y les brindara calor a ambas, sino, por su desnudez, estarían titiritando del frío.

Pero esa no era la calidez que Kyoka quería sentir, no la de Eijiro.

—No puedo hacerlo, Kirishima —musitó de repente, con una voz que hasta al mismo dragón, logró estremecerlo. ¿Dónde estaba el brillo de vida en sus facciones? ¿Cómo es que su rostro había cambiado tanto en esos minutos que estuvo corriendo?

Supo entonces, que Kyoka ya no era Kyoka sin Denki.

— ¡No voy a dejar a Denki! ¡No voy permitir que nadie más me quite a quién amo! —ella estaba enteramente decidida, con su hija entre sus brazos, sabía lo que quería. Sabía que no sería capaz de volver a vivir si no estaba Kaminari; ésta vez no estaba segura de ser capaz de recuperarse de una pérdida así.

Comenzó a removerse, intentando bajarse, con todo el cuidado que podía para que su hija no cayera.

—Es inútil, no pienso ir en contra de los deseos de Kaminari —dijo firme y con pesar, viendo un momento el rostro de la fémina.

— ¡No pienso dejar a Denki! —repitió ella.

Y no es que Kyoka estuviera en su mejor condición, continuaba débil por el parto, mientras que Eijiro no lucía débil, así que aunque ella luchara, difícilmente lograría librarse de esos brazos e ir a donde estaba el rubio. A pesar de sus palabras, de su negación, de todo lo que decía y de que el bebé lloraba nuevamente, el pelirrojo se mantuvo firme.

O lo fue en el tiempo que duró sin ninguna otra compañía.

—Tú no tienes por qué meter tus narices aquí, Kirishima —una nueva voz apareció en medio de la penumbra nocturna, tan fría y calculadora, que incluso el bebé enmudeció su llanto—. Eres afortunado que él esté detrás de ti o igualmente serías castigado por entrometido.

La inmovilización de la que fue presa el pelirrojo, fue la alerta para todos los presentes en el bosque, que esa historia que nunca debió suceder entre un dragón y una humana, iba a desaparecer. Hasta los árboles y los roedores, inconscientes de lo que realmente sucedía, sabían que algo tendría fin.

— ¡No puedes hacerle eso a la chica! —luchó con toda su voluntad, apretando los dientes y con un brillo compasivo que deseaba alcanzara al hombre de cabello negro que tenía frente suyo.

—Nadie queda libre del castigo, siempre ha sido así, lo sabes —el Stella ajustó sus gafas. El corazón paralizado de Kyoka no hizo más que sentir el peso del vacío multiplicado por millones de abismos.

El Stella se quedó callado durante unos segundos, a punto de decir algo, pero negó y, alzando su mano, apuntando la palma de éste en contra de la joven que una vez fue una princesa, y que no soltaba a su hija, dijo como la única sentencia:

—No es necesario que me la entregues —él sabía a quién apuntar realmente. A quién desaparecer.

— ¡ALTO! ¡ESPERA! —aulló Eijiro. No tenía el mismo vínculo que su amigo rubio tenía con Jiro, sin embargo, era muy consciente que había prometido ayudarlo, algo que aún no había podido concretar, incapaz de evitar ese fatídico suceso, que lo llenó de pesar. De una angustia tan terrible, que hizo que sus ojos brillaran en desesperación y tristeza, cristalizados— ¡Ellas no tienen la culpa de nada!

Lastimosamente, solo obtuvo una mirada del Stella, quién sin perder más tiempo, pronunció en silencio un hechizo, mientras que la boca de Kirishima era sellada. Y así, un poderoso dragón había quedado inmovilizado, domado por el inmenso poder de un Stella.

Denki, Denki… ¡DENKI!

Jiro fue incapaz de pronunciar a gritos el nombre de su amado. No entendía nada, no obstante, su instinto le decía que ni ella ni su hija serían capaces de escapar. ¿Qué es lo que habían hecho mal para terminar así? ¿Quiénes eran ellos los que se interponía a su felicidad? ¡¿Por qué el mundo no era capaz de dejarla ser feliz?!

Estaba segura de la misma manera, que aquél que tenía frente suyo, no era alguien que los humanos comprendieran, iba más allá de un simple mortal y que los soldados de su padre no tenían nada que ver con eso. Lo menos que podía hacer ahora era maquinar una respuesta ante todo esto que sucedía, su mente permanecía con la simple idea de que morirían. Que toda la semilla plantada para que ella y Denki pudieran ser felices, sería destruida tan fácilmente, como si su amor no valiera nada.

Y, sobre todo, no podía ser tan injusto que la pequeña luz que acababa de nacer, fuese llevada a la oscuridad tan prontamente. Su bebé, su hija. ¡¿Qué habían hecho mal, joder?! Apretó los ojos con fuerza, incapaz de aceptar el que su vida y la de su hija, acabaría aquí, sin siquiera tener un último encuentro con Kaminari.

— ¡Mi hija no! ¡Mi hija no, no! ¡MI HIJA NO! —repitió y repitió, hasta que su voz quedó ahogada en el sonido de la magia resplandeciente y nacida de la palma del Stella.

Abrazó todo lo que pudo a su bebé, deseando con toda el alma que su cuerpo la protegiera, sin importar lo ilógico que pudiera sonar, mientras sentía la enorme disculpa e impotencia que Eijiro le ofrecía en silencio por no poder protegerlas. Por no poder siquiera ayudar a su amigo con ellas, aun cuando él también estaba condenado.

Y la luz mágica brotó e impactó sin ninguna pizca de compasión, mientras el pelirrojo era lanzado lejos, soltando sus brazos de Jiro.

Los Stella siempre habían ignorado lo capacidad de nobleza que los dragones poseían con quiénes les importaban, de la misma manera que ellos mismos lo desconocían. Por eso, tanto al Stella presente y a Kirishima, el aliento les faltó una fracción de segundo, cuando el fuego eléctrico estalló contra esa bomba mágica.

— ¡KYOKA! —fue el rugido que adornó el bosque, cual ráfaga de viento.

Por un momento, Denki y Kyoka sintieron que lo lograrían, que se irían lejos, que escaparían, eso trasmitía la mirada que compartieron —aliviada, llena de amor—, mientras la transformación del rubio desaparecía y daba paso a un humano… Un humano sin la mano izquierda y con solo la mitad de la pierna derecha; con el pecho y espalda lacerados.

— ¡Estás vivo, estás vivo…! ¡Denki…!

Las lágrimas adornaron el rostro de los dos, pero extrañamente, su hija no lloró, como sería normal para un bebé en medio de tanto caos y dolor. La bebé pareció tan feliz y plena de estar en medio de sus padres, que les brindó una suave sonrisa al ser abrazada por ambas, ignorando las manchas de sangre que Denki le dejó no solo a ella, sino a Kyoka al abrazarla.

—Deben saber que es inútil —pronunció el Stella. Su ataque había sido detenido brevemente por el fuego del dragón, pero había sido tan débil, que no tuvo problema en retomar su magia.

Aun así, Denki y Kyoka lo ignoraron, se perdieron en su burbuja de amor, de felicidad, que estarían juntos. Eternamente juntos, aun así ya no vivían.

El impactó mágico estalló, absorbiendo todo, mientras que el Stella se desvanecía y el pelirrojo era transportado fuera de ahí.

Y de la presencia de lo que una vez fueron el Dragón y la Princesa, nada quedó.


;w;

Si ustedes creen que no sufrí escribiendo todo esto, pues están equivocados. LO SUFRÍ, AAHHHHH. Sobre todo, porque mi musa fue el Soundtrack de Violet Evergarden, así que ni para que negar que hasta lloré.

¡Es así como finaliza la historia del Primer Dragón Protector!

El adjetivo de "Primero" se refiere más que nada a ser el primero en romper su regla, su misión xD.

No sé qué tan fans sean del KaminarixKyoka, pero a mí me encanta la ship y neta que lo sufrí :c.

¿Qué les pareció esta breve y semi-desarrollada historia del Dragón y la Princesa? ¿Les causó algo? (?)

Well, espero no tardarme tanto tiempo en volver con el próximo capítulo, pues ya retomamos a la rubia explosiva y al brócoli kawaii.

¡Extrañaba venir a saludarlos! Espero hayan disfrutado del capítulo, aunque sea con tristeza. (?)

¡Nos vemos!