En primer lugar, un millón de gracias por todo el feedback, el ánimo y el cariño que me habéis hecho llegar. He intentado contestar a todos los reviews del primer capítulo (espero que no se me haya pasado ninguno y recordad que sólo puedo contestar a los reviews que no son anónimos) pero quiero daros las gracias una vez más. Estos días he ido caminando por la calle o sonriéndome en el transporte público como una loca cada vez que me llegaba un nuevo comentario.

Así que os digo que, tal vez no actualice todo lo rápido que os gustaría, pero os prometo que no voy a dejar la historia inconclusa. No con tantas personas depositando un voto de confianza en mí y deseando acompañarme en este viaje :) (tampoco he abandonado Draco responde, pero digamos que mis energías se están yendo en este fic por ahora).

Por otro lado, ya que hemos hablado de The cursed child, os comento que me he abierto un blog de wordpress llamado Cajón Desastre web. ¿Y cómo lo he estrenado? Con un largo (largo, muy largo) review detallado sobre la obra, así que si os apetece leerlo os dejo la dirección: .com [Sin espacios y sin paréntesis]. De momento es la única entrada, así que no hay pérdida. Estaré encantada de hablar largo y tendido sobre la obra por allí si os apetece desvariar conmigo.

Dicho esto, ¡a leer!

Nota: En "Harry Potter y la piedra filosofal", Draco y Hermione nunca interactúan de manera directa, (Me he fijado. Estoy marcando con post it cada una de sus escenas, así que podéis creerme xD), por eso el capítulo anterior apenas contenía escenas del primer año en Hogwarts. Pero las cosas empiezan a cambiar a partir del segundo libro. Como notaréis, también he utilizado elementos de las películas de Deathly Hallows... veamos a dónde nos lleva esto :)


Capítulo II

I'd do anything to have her to myself
Just to have her for myself
Now I don't know what to do

Draco tenía doce años cuando acompañó a su padre a Borgin&Burke por primera vez en su vida. A Lucius Malfoy le gustaba coleccionar objetos mágicos peculiares, muchos de los cuales eran tan peculiares que estaba prohibidos.

Desdichadamente, desde la desaparición de Voldemort, el ministerio se dedicaba a gastar los impuestos de los contribuyentes en diversas formas de importunar a las familias de magos de bien, como la suya.

Aunque Draco había oído algo sobre redadas organizadas para confiscar artefactos prohibidos, pero no había prestado mucha atención. Sin embargo, estaba claro que los rumores habían logrado preocupar a su padre lo suficiente como para que quisiera deshacerse de varios objetos de su colección. Si había permitido que Draco le acompañara a aquella tienda era sólo porque el Callejón Knockturn estaba muy cerca del Callejón Diagon y así aprovecharían el viaje para comprar las cosas que necesitaba para su segundo año en Hogwarts.

La tienda de Borgin&Burke era un lugar pequeño, oscuro y lleno de artículos de lo más fascinantes (o terroríficos, según se mirara), pero con el paso de los años la mano de la gloria, la gargantilla estranguladora de muggles y demás objetos desaparecerían de la mente de Draco.

No obstante, hubo algo que pasó en aquel cuchitril que quedó para siempre grabado en la memoria de Draco. Fue un comentario de su padre: dijo que, con las notas que había sacado, tal vez su hijo no pudiese aspirar a nada mejor que a ser un vulgar saqueador.

Draco llevaba todo el verano aguantando comentarios como aquel. Cuando la lechuza con sus notas llegó a Malfoy Manor, Lucius las examinó con frialdad para después calificar los cuatro Excelentes y el resto de Supera las expectativas con una simple y dolorosa palabra: decepcionante.

Aunque Draco se había sentido dolido, el hecho de haber decepcionado a su padre pesaba más que su orgullo, así que no atrevió a señalar había tenido mejores notas que sus amigos.

Por desgracia, las alusiones despectivas a sus calificaciones se fueron repitiendo durante todo el verano, de manera que comenzó a indignarse. Dudaba que hubiese muchos padres que consideraran decepcionantes las puntuaciones que él había obtenido. No había tenido ni un mísero Aceptable y desde luego ningún Troll. Crabbe y Goyle, en cambio, habían sacado unas notas terribles y ni siquiera se habían llevado una regañina.

Por eso, cuando Lucius decidió avergonzarlo delante de Borgin al desmerecer sus notas y cuestionarse su futuro, Draco estalló.

Trató de justificarse, argumentó que no era su culpa y que los profesores tenían alumnos enchufados como Hermione Granger, pero su padre no sólo no consideró válidas sus excusas, sino que le dijo algo que se marcaría sus años venideros.

"Vergüenza debería de darte que una chica que no viene de una familia de magos te supere en todos los exámenes".

Draco nunca se había sentido tan humillado en su corta vida. Y fue ese comentario desdeñoso, esa simple frase de su padre, la que encendió la mecha del rencor y la rabia que durante años había sentiría por Hermione Granger.

Aquel día, saliendo de la tienda Borgin&Burke todo lo sonrojado que alguien tan pálido como él podía estar, y notando la presión de la empuñadura del bastón de su padre sobre el hombro como una garra, Draco se prometió que Hermione Granger no volvería a humillarlo jamás.

Así que cuando, más tarde, se la encontró en Florish&Blotts acompañada de sus padres, los Weasley y Harry Potter, y Lucius hizo un comentario sobre lo bajo que había caído Arthur Weasley al juntarse con unos muggles, Draco sonrió con satisfacción.

La semilla del odio había sido plantada.

Draco apartó la varita de su sien y observó cómo la línea plateada del recuerdo que acababa de extraer se deshilachaba y desaparecía. Mientras ponía el tapón a la redoma de cristal en la que lo había almacenado, se preguntó si realmente era necesario deshacerse de esa memoria. No había nada delator en ella, nada que Lord Voldemort pudiera encontrar sospechoso.

Y, sin embargo, había decidido retirar de ese recuerdo porque le aterrorizaba lo que el señor oscuro pudiera sacar de él.

Miró el baúl de madera lacada que Tiny le había traído y trató de hacer memoria, buceando en los armarios más reprimidos y ocultos de su mente en la búsqueda de más recuerdos relacionados con Granger.

No llevaban ni dos semanas de clase cuando la llamó "sangre sucia" por primera vez. A pesar de que su padre usaba esa expresión muy a menudo, nunca lo hacía fuera de los límites de Malfoy Manor. Tampoco la utilizaba en presencia de otras personas que no fueran él, su madre y sus amigos más próximos.

Aunque Lucius no se lo había advertido de manera explícita, Draco sabía que no podía decirlas delante de ningún profesor del colegio. De modo que había estado atesorándolas desde la primera vez que discutió con San Potter y la Comadreja y Granger le dio una contestación a la que no supo responder.

Las había estado guardando con celo, casi con mimo, esperando la ocasión propicia para utilizarlas y lograr el máximo efecto.

Y por fin el momento ideal se presentó en el primer entrenamiento de quidditch del año.

Draco se sentía exultante mientras seguía a Flint, Montague y el resto del equipo hacia el campo de quidditch, donde todos sabían de sobra que estaba entrenando Gryffindor.

Con motivo de su incorporación al equipo, Snape había concedido a las serpientes un permiso especial para entrenar allí, a pesar de que Oliver Wood, ese muchacho corpulento y obtuso de sexto, lo hubiera reservado con anterioridad. Para colmo, todos llevaban sus nuevas y pulidas Nimbus 2001, regalo de Lucius Malfoy, así que se encontraban de un humor inmejorable y habían aceptado a Draco en el equipo de muy buena gana.

Su estado de ánimo mejoró aún más cuando Flint dejó a Wood y los demás sin palabras al alardear de sus veloces escobas, comparándolas con las antiguallas del colegio que montaban los leones. Pero entonces tuvo que llegar Hermione Granger a decir Draco que había comprado su entrada al equipo y estropearlo todo.

Sólo que, esta vez, él no tuvo que pensar una réplica ingeniosa: tan sólo recurrió a su arma secreta.

—Nadie ha pedido tu opinión, asquerosa sangre sucia —masculló.

Por fin, las palabras habían sido dichas.

Draco percibió la confusión en los ojos marrones de la chica. Era obvio que ella sabía que la había insultado de alguna manera, pero no tenía conciencia real del significado de sus palabras. Aquello aguó un poco la venganza de Draco pero pronto se contentó porque quizás ella y Potter no le hubieran entendido, pero el resto de los Gryffindor presentes sí. Los gemelos pobretones intentaron lanzársele encima, las chicas gritaron algo, pero el mejor fue Ron Weasley que trató de hechizarle y en su lugar acabó escupiendo babosas.

Draco se rió tanto que no era capaz de mantenerse en pie, así que acabó de rodillas golpeando el suelo con los puños, coreado por las risas de todos sus compañeros. Por desgracia, para cuando fue capaz de calmarse, Hermione Granger y sus amigos ya habían desaparecido.

No volvió a verla hasta esa noche en el Gran Comedor. Por la manera en que los ojos de la niña vagaron hacia la mesa de Slytherin, dio un respingo al encontrarlo observándola y después apartó la mirada, dolida, Draco supo que ya la habían puesto al tanto de lo que la había llamado.

Llevaba toda la tarde fantaseando con ese momento, el momento en que ella descubriría hasta qué punto la había insultado. Se había imaginado a la perfección la sensación de triunfo que experimentaría al ver que le había hecho daño y la había ofendido.

Sin embargo, viendo cómo Granger removía su cena sin aparente apetito, no se sintió extasiado, como había supuesto. En su lugar, se sentía decepcionado. Su insulto no había tenido el efecto esperado.

O quizás en ella sí, pero no en él.

De pronto miró su plato de pastel de pudín y se dio cuenta de que se le había cerrado el estómago por completo.


Draco echó una mirada nerviosa a su baúl. Faltaban sólo unos días para regresar a Hogwarts y la impaciencia le podía, si bien sabía que no iba a dejar de ver a mortífagos aunque se fuera a la escuela. Snape sería el nuevo director y los hermanos Carrow profesores de Defensa contra Artes Oscuras y Estudios Muggles.

Habían sido las elecciones personales de Thicknesse, el nuevo Ministro de magia (imperiado) para sustituir las bajas del curso anterior, entre ellas el director.

Snape no le preocupaba. Era su tutor, había matado a Dumbledore para salvarle la vida y era el único que no le trataba con desprecio o como si fuese un estorbo. Además, en más de una ocasión lo había librado de situaciones desagradables.

Pero los Carrow no le gustaban. Lo miraban como a un crío inútil a pesar de que había logrado introducirlos en Hogwarts hacía sólo unos meses, y eran crueles y despiadados, sobre todo la mujer, Alecto.

Tenía un aspecto insignificante: era bajita, achaparrada, con joroba y dedos regordetes, pero después de Bellatrix, era posiblemente la mortífaga que más temía Draco. Su hermano, Amycus, no le daba tanto miedo, a pesar de ser corpulento y tener el rostro lleno de bultos, porque era medio idiota y no hacía nada sin la aprobación o la orden directa de Alecto.

De cualquier forma, no era capaz de imaginar a dos personas con menos vocación para la docencia que ellos. ¿Alecto Carrows enseñando Estudios Muggles? Para ella sólo había una cosa en el mundo más despreciable que un sangre sucia y era un muggle. No eran seres humanos, sino animales, en la misma categoría que un perro callejero. Se lo había dejado muy claro a su predecesora en el cargo, durante sus largas sesiones de tortura.

En cuanto a Amycus, dudaba que fuera a impartir defensa contra las artes oscuras y no artes oscuras. Pero al menos en Hogwarts no tendría que verle a Él. Ni a su tía Bellatrix, ni a su inquietante marido, un hombre que nunca abría la boca pero tenía una mirada inhumana y sádica.

Tampoco tendría que ver a su padre colándose en su antiguo estudio, a escondidas, para robar alcohol que bebía en la cámara secreta bajo el salón, donde hacía tiempo guardaban los objetos prohibidos cuando había redadas.

De manera que lo único que Draco sentía de tener que regresar a Hogwarts era dejar a su madre sola. Y, sin embargo, al mismo tiempo podía notar el alivio de Narcissa al saber que volvía al colegio, alejándose así del laberinto de trampas y peligros en que se había convertido su hogar.

Además, había algo que quería sacar de Malfoy Manor con urgencia. Algo que guardaba celosamente entre sus libros del colegio, con la apariencia de pequeños botes de tinta para pluma, en el fondo de su baúl.

Sus recuerdos.


La mañana del domingo siguiente a la Navidad, Draco se había levantado muy animado. Sus padres habían decidido que sería mejor para él que pasara las fiestas en Hogwarts debido a las últimas redadas que el Ministerio había hecho en la mansión. Además, Draco no quería perderse nada de lo que sucediera ahora que la Cámara de los Secretos se había abierto y los sangre sucia estaban cayendo como moscas.

Desde el momento en que usó aquellas palabras contra Hermione Granger y le dejaron un regusto tan extraño en la boca, se había empeñado en emplearlas a todas horas con Crabbe y Goyle, hasta que se acostumbró tanto a ellas que ya no sentía nada al decirlas. El día anterior, sin ir más lejos, había estado hablando del heredero de Slytherin con los dos. Los muy idiotas le habían preguntado por enésima vez si sabía de quién se trataba. Draco no tenía ni idea y ya le molestaba lo suficiente ignorarlo como para que se lo recordaran de manera constante. Les dijo lo único que sabía: que la última vez que la Cámara se había abierto, una sangre sucia había muerto. Y añadió, en un arrebato repentino, que ojalá la siguiente fuera Hermione Granger.

Pensó que Crabbe y Goyle le reirían la gracia pero pusieron una cara muy extraña, como si Draco hubiera dicho algo terrible, que hizo que se sintiera culpable. No era para tanto. Los sangre sucia no eran seres humanos, eran… animales y le robaban la magia a los magos de sangre pura. Su padre lo decía todo el tiempo. Él estaría orgulloso si le hubiera escuchado desear la muerte de una impura.

No así Crabbe y Goyle. Siguieron muy raros durante unos minutos y después se marcharon corriendo, alegando que a Goyle le dolía el estomago. Draco se quedó solo en la sala común, malhumorado y sin dejar de darle vueltas a sus palabras. Pero sus amigos regresaron en un rato y se comportaron como si la conversación anterior no hubiera tenido lugar nunca, de hecho cuando Draco les mencionó el tema ellos se mostraron confusos y dijeron no recordar nada.

Como sabía que sus amigos no eran lo que se dice unos lumbreras, dejó correr y pasaron una noche agradable estrenando los regalos que habían recibido por la mañana.

Pero al día siguiente, Hermione Granger no apareció a desayunar, aunque Potter y Weasley sí lo hicieron. Parecían preocupados y apenas probaron bocado. La situación volvió a repetirse a la hora de comer y luego a la de cenar.

Hermione Granger no había ido al Gran Comedor en todo el día. Al haber tan pocos alumnos en Hogwarts durante las Navidades no era difícil notar su ausencia en la mesa de Gryffindor. Cabía la posibilidad de que hubiera acudido al Gran Comedor cuando Draco ya se había ido, pero le resultaba extraño que lo hiciera sin sus amigos.

Una sensación amarga se aposentó en el paladar de Draco y se quedó allí las horas siguientes. ¿Era posible que la criatura de Slytherin la hubiera atacado?

Aunque estaba seguro que de ser así ya se hubiera enterado, no podía dejar de darle vueltas a la idea. ¿Su "deseo" se había cumplido? ¿Granger había sido su siguiente víctima?

No durmió bien esa noche. Tuvo sueños intranquilos y confusos en los que le daban la noticia de que Hermione Granger había muerto. A veces era él mismo el que la encontraba inerte en un pasillo, debajo de una pintada con sangre en la pared que decía "Temblad, sangre sucias, el heredero de Slytherin ha vuelto".

Todas las veces se despertó sudoroso y alterado. A la mañana siguiente, Pansy Parkinson, visiblemente satisfecha, se acercó para contarle que se rumoreaba que Hermione Granger estaba en la enfermería, pero nadie tenía claro por qué.

Lo más lógico era pensar que estaba petrificada como las anteriores víctimas pero un alumno de quinto dijo que un Hufflepuff le había contado que un conocido se acercó hasta la enfermería y, aunque no pudo verla, la escuchó hablar.

Draco no supo si sentirse aliviado o culpable.


—Son otra vez esos cazarrecompensas—murmuró Narcissa con desprecio. Lucius en cambio se levantó del canapé en que estaba sentado y corrió a abrir las puertas de roble barnizado de la Mansión.

No era la primera vez que lo hacía. Cada vez que alguien llamaba al timbre instalado en las cancelas de Malfoy Manor y resultaba ser un carroñero, su padre daba un respingo, dejaba lo que estuviera haciendo y corría a abrir las puertas, como si esperara que fueran a traerle a Harry Potter en bandeja.

Draco observó sin interés al grupo de Carroñeros que entraba con sus prisioneros. Eran caras conocidas: Greyback, Scabior y sus compinches, y traían a dos cautivos que Draco no había visto nunca en su vida.

De vez en cuando se pasaban por Malfoy Manor e intentaban negociar un mejor precio con los mortífagos del que les darían en el Ministerio, pero para eso tenía que tratarse de prisioneros que tuvieran algún valor para ellos.

En una ocasión, habían capturado a uno de los testigos en el juicio contra Bellatrix y los Lestrange al finalizar la primera guerra. Draco no quiso saber lo que habían hecho con el pobre infeliz, pero se enteró de que cuando acabaron con él se lo entregaron a Greyback. Todavía vivo.

A Draco el licántropo le daba miedo. No se parecía nada a Remus Lupin. Era una bestia, incluso en su forma humana. Siempre apestaba a sangre y a sudor, y hablaba de comer carne humana salivando como un niño ante un pastel.

A los otros mortífagos tampoco les gustaba. Voldemort lo usaba de vez en cuando porque le resultaba de utilidad, pero nunca llegó a concederle el grado de mortífago.

—¿Qué nos traéis? —preguntó Lucius, ejerciendo de nuevo de señor de la casa. Draco pensó, con un pinchazo de dolor, que sólo podía hacerlo porque ni Voldemort ni Bellatrix estaban en la mansión.

—Traemos a fugitivos: sangre sucias, mestizos y éste trabajaba en el Ministerio —dijo Scabior, y dio un ligero empujón a un hombre moreno y delgado con expresión de desesperación. Su túnica sucia y andrajosa estaba mojada hasta las rodillas y tenía manchas verdes de musgo.

Draco perdió pronto el interés en la conversación que su padre mantenía con Greyback y estaba a punto de retirarse cuando escuchó a Scabior decir algo que le llamó la atención.

—Quiero volver al bosque —le decía a uno de sus secuaces, uno bajo, gordo y con una expresión fiera en el rostro —Capté un olor… había alguien más allí.

—No vimos a nadie más —respondió el otro con una voz torpe que le recordó a Crabbe y Goyle.

—Usarían hechizos de protección, pero te digo que en el Bosque de Rowstone había alguien más, cerca del puente, donde encontramos a éstos. Una chica, la sentí —Scabior olisqueó el aire, como si quisiera revivir el rastro de la joven de la que hablaba —Olí su colonia. No era un olor floral, era un olor… dulce, como a manzanas asadas, como a caramelo… —murmuraba el Carroñero, frotándose las yemas de los dedos de con el pulgar, como si estuviera palpando el aroma que describía.

Una alarma se encendió en el cerebro de Draco. Reconocía a la perfección la colonia que estaba describiendo. Palideció al darse cuenta de que quién era la dueña de ese aroma.

Hermione Granger.


Draco estaba en el campo de quidditch esperando a que comenzara el partido de Gryffindor contra Hufflepuff. Dado que el estúpido de Potter había conseguido atrapar la snitch en el encuentro contra Slytherin, Draco había puesto todas sus esperanzas en que Hufflepuff hiciese algo bien por una vez en su vida y los derrotara.

Sin embargo, el partido nunca llegó a producirse porque McGonagall apareció en el campo y anunció que quedaba cancelado. Después, ordenó a todos los alumnos a regresar a su Casa a toda velocidad.

Draco, seguido de Crabbe y Goyle, se dirigió de vuelta a las mazmorras.

—Imagino que esto significa que otro ataque se ha producido —conjeturó.

Crabbe soltó una risita. Pese a su aspecto de matón, Vicent tenía una voz aguda y una risa de lo más infantil.

—Con suerte será Granger. Una sangre sucia menos.

Draco se detuvo de golpe. Aunque él mismo había hecho un comentario similar durante las navidades, oírlo de la boca de Crabbe le sentó mal.

También le asustó. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Granger estaba muerta?

—Desconocía que supieras contar, Crabbe —masculló, malhumorado.

Vincent no dijo nada. Seguramente porque no había entendido el comentario de Draco. Más adelante, cuando los engranajes de su cerebro al fin lograran desentrañar qué había querido decir con eso, se mantendría en silencio al reconocer las señales de peligro.

Quizás Crabbe y Goyle no fuesen muy listos, pero sabían que cuando Draco estaba de mal humor lo más prudente era dejarlo en paz.

Y lo cierto era que estaba furioso. Y nervioso, inquieto, alterado. No sabía describirlo. Pensaba en Granger. ¿Esta vez sí, se habría cumplido el deseo que formuló en la Sala Común de Slytherin durante las Navidades? Miró a su alrededor, intentando localizar a Weasley. Aunque la comelibros no era muy aficionada al quidditch, seguro que había ido con él a apoyar al idiota de Potter.

Sin embargo, cuando finalmente localizó su cabellera pelirroja entre el montón de alumnos que se dirigían hacia Hogwarts, vio que Granger no estaba cerca. En su lugar, él y Potter caminaban detrás de McGonagall, que tenía el rostro muy pálido y los labios apretados.

Aquello le dio mala espina. ¿A dónde los llevaba la subdirectora? ¿Por qué no estaba Granger con ellos?

Sin ser muy consciente de cómo había llegado hasta allí, de pronto Draco se encontró en la sala común de Slytherin, sentado en el sofá que había frente a la chimenea. Toda su casa estaba allí, reunidos en pequeños grupos, comentando lo que acababa de pasar. Pansy Parkinson se acercó a él con una sonrisa maliciosa en la cara.

—¿Te has enterado? —dijo, sentándose en el reposabrazos junto a Draco —Dicen que esta vez el heredero de Slytherin ha ido a por Granger. Ya era hora, ¿no crees?

Draco notó como el pulso se le aceleraba.

—¿Está muerta? —preguntó con una voz ronca e intensa que le sonó ajena.

Pansy se encogió de hombros con indiferencia.

—Un grupo de sexto aseguran que sí, pero he oído a uno de los prefectos decir que sólo está petrificada, como el resto. Esperemos que por una vez la bestia del heredero de Slytherin haya acabado su trabajo, ¿verdad? —y se rió, buscando una sonrisa cómplice por parte de Draco.

No la obtuvo. Sintiendo cómo el color huía de su cara, Draco se retiró a toda prisa de la sala común.

Esa noche volvió a tener pesadillas en las que se encontraba a Granger muerta junto a los aseos de Myrtle la Llorona. Se despertó varias veces, para luego recaer en sueños intranquilos en los que distintas personas le anunciaban con alegría que la muchacha había pasado a mejor vida.

Se despertó de un humor de perros, molesto consigo mismo por dejar que el tema le obsesionara. ¿Eso era lo que él quería, no? Que el heredero de Slytherin se quitara a Granger de en medio. Ya no tendría que oír nunca más su voz chillona, ni ver cómo daba saltitos en la silla con el brazo en alto para llamar la atención de un profesor, ni aguantar que se atreviera a dirigirle la palabra y a humillarlo.

Sin duda, su padre se alegraría al oír la noticia. Y nunca más volvería a comparar el rendimiento escolar de Draco con el de ella. Ahora, él sería el mejor de la clase.

Debería estar contento. Pero entonces, ¿por qué sentía esa horrible sensación de vacío en el pecho? Era como un agujero negro se hubiera formado allí y atrajera todos los sentimientos desagradables que un niño de doce años es capaz de experimentar.

Draco se pasó la mañana repitiéndose todas las razones por las que debería estar satisfecho por la muerte de Granger pero sólo cuando, a la hora de comer, Daphne Greengrass afirmó que la muchacha de Gryffindor unicamente estaba petrificada, el agujero negro en su pecho desapareció casi por completo.


Sin que nadie lo notara, se escabulló fuera del hall, rumbo a la biblioteca. Había oído hablar del Bosque de Rowstone alguna vez, pero no recordaba la localización exacta. Necesitaba consultar un mapa.

Cuando abrió un libro que contenía mapas del Reino Unido, Draco se paró un instante, preguntándose qué demonios estaba haciendo. Alertarla era demasiado arriesgado. Greyback y los suyos podrían encontrarlo en el bosque si regresaban a por Hermione, ¿y qué explicación les daría?

Por no hablar de que el bosque era bastante grande. Un río lo atravesaba y, según el plano, había un puente de piedra que permitía cruzarlo. Pero aunque diera con él, ¿cómo pensaba encontrar a Hermione si estaba oculta por hechizos de protección? ¿Y qué le diría si lo hacía?

¿"La última vez que nos vimos Dumbledore acababa de morir y tú estabas intentando que Alecto Carrow no te volara la cabeza con un Bombarda, pero he venido a salvarte"?

Era absurdo. Además, si Granger había visto a Scabior, seguramente hubiera huido. Ni ella ni sus dos mejores amigos habían vuelto a pasar por Grimmauld Place desde el día en que se introdujeron en el Ministerio. Yaxley se había enganchado a ellos mientras se aparecían en la puerta de la Mansión de los Black, de modo que ahora era guardián del Fidelius que protegía el lugar. Secreto que por supuesto había revelado a Voldemort y a todos los mortífagos que aguardaban en la casa el regreso del trío de Gryffindor.

Por suerte, Hermione había logrado deshacerse de él en la puerta, sólo para desaparecerse de nuevo. Si Yaxley, uno de los mortífagos más eficientes, no había logrado atraparla, dudaba que Greyback lo consiguiera.

Y él no era ningún héroe. Si lograba dar con Granger o con sus amigos, lo más posible era que lo atacaran tomándolo por un enemigo, y tenían todas las razones del mundo para hacerlo.

Intentó decirse que aparecerse en el bosque de Rowstone era una idiotez muy arriesgada, que no era necesario, que no valdría para nada. Pero no podía dejar de sentirse atormentado por la posibilidad de que Greyback atrapara a Granger.

No había nada en el mundo que le gustara más que torturar y devorar chicas, a excepción de torturar y devorar niños. Sentía escalofríos sólo de imaginar lo que le haría a Granger si la encontrara.

Respiró hondo y tomó una decisión. Aún oía las voces lejanas de su padre y Greyback, discutiendo el precio de uno de los prisioneros. Calculaba que tendría unos minutos de margen, entre que llegaban a un acuerdo, bajaban al prisionero a las mazmorras y Lucius iba a buscar su oro.

Como mucho, tendría un cuarto de hora. Más le valdría que fueran suficiente para encontrar y alertar a Hermione Granger.

Echó una última mirada al mapa y desapareció con un suave 'plop'.


Draco comprobó de nuevo que nadie lo había seguido. El camino desde las mazmorras de Slytherin a la enfermería era largo y no quería correr ningún riesgo, así que caminaba a toda prisa, echando vistazos nerviosos por encima de su hombro. Dio varios rodeos por precaución y llegó a la tercera planta por el extremo más alejado de la enfermería. Incluso tenía planeada una excusa por si alguien se lo encontraba en ese piso un sábado por la mañana: se había olvidado la pluma y el tintero en la clase de Encantamientos de la tarde anterior.

De todos modos, era poco probable. Todos los alumnos tenían miedo de andar libremente por el castillo después de que la Cámara Secreta se abriera y liberara lo que había dentro. Por supuesto, él no tenía nada que temer. La criatura, bajo las órdenes del heredero de Slytherin, sólo atacaba a impuros.

Por eso no le sorprendió llegar a la puerta de la enfermería sin encontrarse a nadie más que al fantasma barrigudo de Hufflepuff, quien le saludó con un ceremonioso "Joven Malfoy" al que el niño se limitó a responder con un seco asentimiento.

No le gustaba el fraile de Hufflepuff. Daba mucho menos miedo que el fantasma de su propia casa, pero era Hufflepuff, y Draco Malfoy detestaba todo lo Hufflepuff. Aunque no tanto como detestaba todo lo que tuviera que ver con Gryffindor, claro.

Las puertas de la enfermería eran de roble, con el pomo de bronce. Estaban cerradas. Draco había oído que apenas permitían que nadie visitara a los enfermos y que Pomfrey hacía guardia las veinticuatro horas del día por temor a que la bestia regresara a terminar su trabajo. Pero ahora que Dumbledore había sido expulsado del colegio por el Consejo Escolar del que el padre de Draco era miembro, los profesores estaban obligados a hacer de niñeras de los alumnos y acompañarlos a cualquier parte. No sólo eso: tenían que hacer guardia toda la noche por los pasillos de la escuela. Aunque Pomfrey se libraba de tener que pastorear a los estudiantes, Draco sabía que hacía guardias nocturnas. Había escuchado a Snape mencionar la noche anterior que la enfermera vigilaría la zona de las mazmorras.

Eso significaba que habría pasado la noche en vela. Draco confiaba en encontrarla dormida al visitar tan temprano la enfermería.

Abrió con un sencillo Alomohora y se coló dentro sin hacer ruido. La puerta del despacho de Pomfrey estaba cerrada.

A su derecha había un montón de camas vacías con sabanas de hilo blanco, pero la parte izquierda de la enfermería estaba cubierta de cortinas que ocultaban a los pacientes.

Draco fue descorriendo las cortinas una a una. En el primer espacio estaba Nick Casi Decapitado, levitando unos centímetros por encima de la camilla donde lo habían depositado. Sin embargo ya no era traslucido como el fraile de Hufflepuff que acababa de cruzarse, sino que parecía una de las estatuas de piedra que estaban repartidas por todo el colegio.

En la siguiente cama estaba esa muchacha sangre sucia de sexto curso. Draco no recordaba su nombre, pero sabía que era Ravenclaw. También debían de estar por allí los dos primeros petrificados, ese mocoso de la cámara de fotos y un ridículo Hufflepuff. Pero en la cama siguiente, separada por un biombo, encontró a Hermione Granger. Estaba completamente rígida, con los ojos muy abiertos y los labios separados, como si hubiera estado a punto de pronunciar una palabra cuando la criatura de Slytherin la sorprendió. Tenía una mano alzada delante de ella, completamente tiesa y engarrotada. Parecía tan de piedra como Nick Casi Decapitado, sólo que con piel y tela recubriendo su cuerpo de roca.

La expresión de miedo de sus ojos marrones era espeluznante y por un segundo Draco sintió la tentación de retroceder y largarse de allí. Sin embargo, se mantuvo en su sitio, diciéndose que su comportamiento era ridículo.

Por suerte, no había nadie allí para verle.

En cambio, él podía verla a ella.

Era la primera vez que podía observar a Granger fijamente sin preocuparse de que ella u otras personas le sorprendieran en esa actitud tan poco propia de un Malfoy. Pero lo cierto era que tenía curiosidad.

Hermione Granger era la primera sangre sucia que Draco Malfoy había conocido en su vida. Antes de llegar a Hogwarts, jamás tuvo contacto con nadie de su especie, al menos que él supiera.

Era posible que se hubiera topado con algún otro impuro en el Callejón Diagon cuando iba de compras con sus padres, pero no fue consciente de ello. Recordaba a la perfección lo que su padre le había dicho antes de entrar en Hogwarts.

"Míralos bien, Draco. Son criaturas engañosas, tienen apariencia normal, pero su olor es inconfundible. Huelen a podrido y su piel es viscosa".

Lo cierto era que nunca había estado lo suficiente cerca de Hermione Granger para poder captar su olor, y mucho menos la había tocado. Sin embargo, ahora tenía la posibilidad de comprobar lo que su padre le había dicho.

Granger estaba petrificada, no se enteraría de nada. Podría tocarla y olerla sin que nadie lo supiera. La idea le producía una mezcla confusa entre repulsión y fascinación.

No debería hacerlo pero sabía que no tendría otra oportunidad como esa. Nervioso, alargó una mano lentamente hacia la niña, como si temiera que en cualquier momento ella fuera a salir de su estado para preguntarle qué demonios estaba haciendo.

Pero Hermione Granger no se movió, continuó petrificada, estática, con la mirada de horror perdida en algún punto del techo de piedra de la enfermería.

Y entonces… entonces pasó. La yema de los dedos de Draco se posó sobre el dorso de la mano alzada de la niña.

Se había preparado para apartarse en cuanto notara su tacto viscoso, pero la piel de Granger no estaba pegajosa. Sólo fría y dura como si fuese de mármol, pero también suave y tersa.

Draco deslizó los dedos por el reverso de su mano de manera inconsciente. El tacto era agradable, pero intentó decirse que todo era a consecuencia de la petrificación. Su cuerpo se había vuelto como de roca, eso explicaba que su piel no estuviera viscosa.

Quedaba otra prueba más fiable para identificarla como sangre sucia: su olor. Draco la contempló unos instantes, meditando. En teoría, el olor a impureza emanaba de la piel. Había oído decir a los amigos de su padre que lo producía la sangre podrida que llevaban en sus venas.

Por tanto, su mano congelada apestaría tanto como su cuello. Con todo, cuando Draco acercó la nariz arrugada, como anticipando el hedor, no notó nada.

Ningún olor en particular, a excepción del que desprendía el pequeño pedazo de pergamino que la niña tenía entre los dedos petrificados. No había reparado antes en él, pero estaba allí.

Por un instante se preguntó qué pondría en el papel, pero pronto perdió todo interés. Sería alguna lista de libros o de deberes pendientes. Y tenía otra idea en la cabeza, aunque no le gustara.

Había visto a su madre echarse perfume incontables veces. Un poco en el cuello, y un pequeño toque detrás de las orejas y en el interior de las muñecas. Su madre siempre olía bien, a perfumes caros que su padre le traía de tiendas lujosas de Paris, pero cuando el aroma comenzaba a extinguirse, el último sitio donde se mantenía era el cuello.

Hacía años que su madre ya no le daba un beso en la mejilla para desearle buenas noches, justo después de arroparle, pero Draco recordaba que cuando se inclinaba sobre él, su cuello siempre olía a perfume.

Miró el de la niña, parcialmente oculto por la túnica. Después negó con la cabeza. Una cosa era tocarle la mano y otra acercarse a su cuello. Era muy… inapropiado, de muchas maneras.

Pero su curiosidad era muy fuerte. Se dijo que no era tan importante. Nadie se enteraría jamás, su padre nunca podría descubrirlo.

Así que antes de arrepentirse, se inclinó sobre la chica. Tuvo cuidado de no tocarla en ningún momento, aunque la maraña de pelo castaño de la niña le rozó la mejilla, causándole un extraño cosquilleo. Draco cerró los ojos, como si lo que iba a hacer fuera a causarle un dolor terrible, y aspiró con fuerza por la nariz.

No pasó nada. Hermione Granger no olía a podrido, ni siquiera olía a sudor. Olía a colonia, de manera tan leve, que Draco tuvo que aspirar un par de veces para captarlo. Era un aroma tenue pero fresco y con un toque dulce, como a caramelo.

Era… agradable.

Quizás la petrificación pudiese explicar el tacto suave de su piel pero su aroma no era impostado. Dudaba que el hecho de estar congelada hubiera modificado también su olor. Por lo que su padre le había dicho toda la vida, estaba seguro de que su cuerpo hedería estuviera o no petrificada.

Pero no era verdad. Draco contempló a Hermione Granger con enfado durante unos segundos. Aún inconsciente, congelada, se las había apañado para dejarle en ridículo otra vez. Y a su padre.

Pensar que Lucius Malfoy estaba equivocado no era algo que Draco pudiera concebir. Su padre nunca fallaba, siempre tenía razón. No en vano era uno de los magos más influyentes de Reino Unido.

Y Hermione Granger era sólo una niña, hija de apestosos muggles. Draco deseó que estuviera despierta para poder insultarla por haberlo avergonzado así.

Estaba tan rabioso que tardó unos segundos en percatarse del sonido que provenía del interior del despacho de Pomfrey. La enfermera se había levantado. Draco tenía que irse de allí cuánto antes. ¿Qué iba a decirle si la mujer le sorprendía? ¿Que había venido a olisquear una impura?

Al salir corriendo, vio de refilón a la sangre sucia de sexto curso. Una rápida pregunta cruzó su mente al mismo tiempo que se escabullía por la puerta entreabierta de la enfermería.

¿Por qué había tocado y olido a Hermione Granger y no a cualquier de los otros impuros petrificados?


Pues hasta aquí el segundo capítulo.

Os comentaba al inicio que durante La piedra filosofal, Draco y Hermione nunca interactúan. Draco no se mete con ella ni se dirige a ella directamente. Y, sin embargo, en la primera escena de Draco que vemos en La cámara secreta, Lucius le reprende por dejar que una hija de muggles le supere en todas las asignaturas. A partir de ese momento, es cuando Draco empieza a llamarla sangre sucia y a meterse con ella. Así que me parece lógico afirmar que eso fue lo que lo predispuso abiertamente contra ella, además de las cuestiones de sangre.

A Draco lo educaron para creer que los sangre sucia y los muggles eran personas inferiores, casi animales: para deshumanizarlos. Esto se ve, más que en el caso de los Malfoy, en los planfletos que distribuye el ministerio en el séptimo libro cuando gentuza como Umbridge andan por allí a placer, así que me pareció una idea interesante que Draco hubiese sido educado en esas creencias (lo cual se intuye con bastante claridad) y que poco a poco, a medida que sus sentimientos por Hermione van evolucionando, ella vaya desmitiéndolas una a una. Evidentemente el Draco de 12 años no tiene claro lo que siente, ni cómo manejarlo, por eso su mente infantil se va a los aspectos más evidentes. Por eso es capaz de decir cosas tan horribles como que ojalá Hermione sea la próxima víctima del basilisco... Por eso, cuando ella está petrificada en la enfermería, ve la ocasión perfecta de comprobar todas las cosas que su padre le ha dicho. Quizás sean sólo pequeños detalles y os parezcan un rollo, pero yo creo que algo así pudo pasar :)

Dejando los recuerdos de Draco a un lado, si recordáis la película, ¿os oléis lo que va a pasar en el bosque de Rowstone... :)? Se admiten apuestas.

No dejéis de hacerme saber qué os ha parecido el capítulo y lo que opináis de mis teorías, por favor :)

Con mucho cariño, Dry.

PD: Deja tu review para que Draco compruebe el tacto de tu piel y tu aroma... ;)