Como de costumbre, muchas gracias por todos vuestros reviews, vuestro apoyo y cariño :) Son combustible de sobra para escribir un capítulo de más de 7000 palabras (aunque ya lo tenía a medias, siempre ayuda :P) El siguiente capítulo (el IV) tendré que escribirlo desde 0 y me espera un mes muy estresante, con lo que puede que me retrase un poco. Pero espero poder actualizar con el Año Nuevo a más tardar (claro que el cuarto libro tiene tanto Dramione que igual me sale un capítulo de 10.000 palabras!).

Tengo cosas que comentaros, como lo mucho que me ha gustado Animales fantásticos y dónde encontrarlos, pero eso lo dejo para el final.

Que disfrutéis de la lectura :)


Capítulo III

Now I don't know what to do.
I don't know what to do
when she makes me sad.

Draco se encontraba en Flourish y Blotts comprando los libros necesarios para empezar tercer curso en Hogwarts. Sus padres charlaban en la entrada con un hombre alto, de espaldas anchas y cuidado bigote que al parecer se llamaba McNair y trabajaba para el Ministerio; no prestaban atención a Draco así que comenzó a pasearse por la hilera de estantes buscando los libros que le interesaban.

Además de los nuevos libros de Pociones, DCAO, Transformaciones, Encantamientos, Herbología y Astronomía, tenía que comprar dos más. Los alumnos de tercer curso podían elegir asignaturas optativas.

Todo el mundo sabía que los estudiantes de Hogwarts que estaban destinados a tener carreras brillantes tomaban la optativa de Aritmancia. Su padre siempre lo decía.

La mayoría de la gente escogía Adivinación porque era infinitamente más fácil, pero cualquier mago o bruja que se tomara en serio sabía que era una simple pérdida de tiempo. Los chalados que creían en los posos del té y el tarot nunca llegaban a ser gente importante.

Después estaba Cuidado de criaturas mágicas, que era otra asignatura fácil y además al aire libre. Posiblemente tampoco le ayudara en un futuro pero la alternativa era cursar Estudios Muggles, algo que jamás haría ningún sangre limpia que se preciara.

Draco se detuvo frente a un estante lleno de libros de la maldita asignatura. El libro reglamentario de tercer curso se llamaba "Conoce a tus vecinos los muggles" de un tal Thadeus Smith. En la portada del libro que estaba de exposición se veía a una pareja de muggles en el metro. El hombre llevaba un aparato pegado a la oreja por el que parecía comunicarse con alguien y la mujer leía un periódico con imágenes que no se movían.

Parecían inofensivos. Draco recordó lo que su padre le había dicho sobre los muggles más de una vez. "Míralos, tan insignificantes e inferiores como un elfo doméstico. Pero algunos de ellos son capaces de robar la magia a los nuestros, por eso existen los squibs. No lo olvides, Draco. Son una amenaza. Esa gente nos ha perseguido durante siglos y ha intentando quemarnos en hogueras. El Estatuto del Secreto del Mundo Mágico es una patraña. ¿Por qué tenemos qué escondernos de gente inferior? Son ellos los que deberían esconderse de nosotros".

Viendo la pareja de muggles de la portada, le resultaba difícil creer que pudiesen hacer daño a ningún mago. Pero los sangre sucia robaban la magia de niños sangre limpia, esa era la razón de que nacieran squib en familias de magos puros. Era lo que su padre siempre le había dicho.

Sin embargo, también le había dicho que los sangre sucia olían a putrefacción y que su piel era pegajosa, como la de un pez. Y él había comprobado que no era así.

Granger no olía a podrido, ni era viscosa.

Al recordar la escena en la enfermería, Draco se sintió violento. Su padre estaba allí y rememorar lo que había hecho con él cerca le ponía nervioso. Temía que Lucius pudiera adivinarlo y sabía que si lo averiguaba se pondría furioso con él.

En ese momento escuchó la campanilla de la puerta del establecimiento, indicando que alguien acababa de entrar. Como si pensar en ella la hubiese invocado, Hermione Granger entró en la librería junto con el pobretón. Estaba más morena, como si se hubiese pasado el verano en la playa, e iba vestida a la usanza muggle, con unos pantalones vaqueros y una chaqueta rosa. Le parecía más alta que la última vez. Su piel tenía un aspecto menos viscoso que nunca y estaba seguro de que olía bien. A alguna flor, o a fresas. Tal vez a caramelo.

Sin saber muy bien por qué, Draco se ocultó rápidamente para evitar que lo vieran. A través del espacio vacío en un estante repleto de libros de pociones, pudo ver la mirada de desprecio que sus padres lanzaron a los dos niños cuando pasaron a su lado, y se sintió como un traidor por haber puesto en duda las palabras de Lucius.

Si supiera lo que había llegado a pensar sobre Granger, se avergonzaría de él. Renovando su sentimiento de odio hacia la sangre sucia, Draco se apartó del estante y siguió buscando sus libros.


Draco se apareció en el bosque de Rowstone, junto al puente de piedra que había visualizado en el mapa. Era un puente viejo y semiderruido, por el que el musgo trepaba como una Lazo del diablo.

Recordó que uno de los fugitivos que habían atrapado los Carroñeros estaba mojado y manchado de musgo. Seguramente los habían alcanzado justo ahí.

Draco trató de reconstruir la escena en su mente. ¿Scabior habría captado el aroma de Granger, antes o después de atrapar a los fugitivos? Decidió que lo más probable era que lo hubiese hecho después, por eso quería volver.

De haber sido al revés, habría ido a por ella y no por ese grupo de infelices hambrientos y demacrados.

Bien, había olido a Hermione Granger por esa zona, estaba seguro. ¿Y ahora qué? No tenía ni idea de en qué dirección podría encontrarse.

Observó el suelo cubierto de hojarasca tratando de encontrar alguna pista. Había un rastro de hojas húmedas y aplastadas saliendo del río. Seguramente correspondería a la escaramuza para apresar a los fugitivos. Y luego… nada más.

Quizás un experto rastreador de criaturas mágicas hubiese sabido interpretar las huellas de los Carroñeros forzosamente habían dejado, pero por lo que a Draco respectaba, intentar extraer algo con significado del limo de hojas secas y ramitas que cubría el suelo del bosque era igual de productivo que tratar de leer los jeroglíficos de los antiguos magos egipcios.

Tomó una bocanada de aire sintiendo cómo el nerviosismo se apoderaba de él. Estaba perdiendo el tiempo, un tiempo valiosísimo. Quizás Granger ya se hubiese largado. Lo habría hecho si era lista y Draco sabía bien que así era.

Lo más probable era que los Carroñeros se aparecieran allí de un momento a otro y lo encontraran parado como un idiota junto al río. Por un instante sintió la tentación de marcharse. Granger ya no estaría allí. La idea había sido una estupidez desde el principio.

Pero cuando ya había sacado la varita para aparecerse de nuevo en la Mansión Malfoy la imagen de Greyback atacando a la chica lo ancló al suelo del bosque. No podía irse.

Tenía que intentar advertirla mientras existiera una posibilidad de que todavía se encontrara allí. Pero, ¿qué dirección tomar?

Tal vez no pudiese encontrar sus huellas pero ¿y su aroma? Draco sabía que había una poción que servía para potenciar el olfato humano hasta equipararlo al de un escarbato. Sin embargo, ni la había hecho nunca ni la tenía consigo.

Desesperado, se estrujó el cerebro tratando de recordar su libro de Encantamientos. Sabía que había un hechizo que lograba efectos similares. Servía para acentuar todos los sentidos. Tal vez el tacto y el gusto no le resultarían muy útiles en la misión que le ocupaba pero tener un oído más agudo, una vista más penetrante y un olfato más potente podían ser muy útiles.

Sin tan sólo recordara el nombre del hechizo… Potentia sens…, Potentia senu… ¡Potentia sensu! Draco pronunció las palabras con la varita apuntando a su barbilla. Notó una extraña pesadez y los contornos de su visión se desdibujaron.

Miró a su alrededor. Era como si viera el bosque a través de una bola de cristal. Los bordes de las imágenes que captaba eran curvos. Los sonidos del viento agitando las hojas y del agua fluyendo llegaban a sus oídos como si tuviera la cabeza sumergida en el río. El olor a hojarasca, a madera y piedras húmedas inundó su nariz.

Las yemas de sus dedos, apoyadas sobre su varita, registraban hasta la más mínima irregularidad de la madera: sus imperfecciones antes invisibles y los pequeños arañazos causados por el uso. En su boca, un sabor metálico que antes no había notado llenaba su paladar.

Funcionaba. El hechizo funcionaba.

Lanzó una mirada circular, buscando alguna huella visible en el suelo. Las había, muchas, demasiadas. Pisadas humanas mezcladas con otras animales, formando un lío confuso del que no sacó nada en claro. Así que decidió guiarse por el olfato, tal y como Scabior había hecho.

Un sutil efluvio llamó su atención. Entre tantos aromas a flores, hierba húmeda y madreselva, había un rastro dulce en dirección norte. Draco comenzó a seguirlo, en paralelo al curso del río. Cuanto más avanzaba más intensa se volvía la esencia. Ese olor a caramelo sólo podía ser de Granger.

Su corazón comenzó a latir de expectación al darse cuenta de que tal vez su plan no era tan descabellado. Quizás la encontraría después de todo. ¿Y entonces qué haría?

Después de caminar unos diez minutos siguiendo la fragancia se detuvo. El rastro de la colonia de Granger era más potente que nunca. Sabía que eso significaba que ella andaba cerca. Quizás bastaría llamarla en voz alta. Si escuchaba su voz sería suficiente advertencia, estaba seguro de que se marcharía corriendo.

Así que, con el pulso latiéndole en las sienes y el corazón atascado en la garganta, gritó:

—Hermione Granger.


Volvió a verla en la estación de King Cross el 1 de septiembre.

Ese curso prometía ser emocionante por muchas cosas. En primer lugar, Sirius Black, un conocido delincuente mágico, había logrado escapar de Azkaban.

Aunque su padre nunca le daba demasiados detalles sobre los acontecimientos anteriores a la desaparición de Lord Voldemort porque tenía la ridícula idea, apoyada por su madre, de que Draco era demasiado pequeño para comprenderlos, sí le había contado alguna que otra cosa. Por ejemplo que Black había sido un espía para El Que No Debe Ser Nombrado, en concreto el que le entregó en bandeja de plata a los padres de Harry Potter. Por eso, Lucius creía que Black pretendía matar al responsable de la caída de su amo.

A pesar de que Draco no creía que pudiese hacerlo, le divertía la idea de que Potter se pasara el resto de su vida muerto de miedo ante tal perspectiva.

Al contrario que la mayoría de los alumnos, cuando Draco cogió el Expresso de Hogwarts, ya sabía que los dementores se habían instalado en todas las salidas del colegio. Era una medida de seguridad impuesta por el Ministerio para proteger al estúpido de Potter. En un primer momento la idea le resultó fascinante: los dementores eran unas criaturas extrañas y terroríficas, y Draco no podía evitar sentir una curiosidad natural por ellas.

Sin embargo, cuando el tren se detuvo a falta de unas horas para llegar a Hogwarts y un grupo de dementores subió a bordo, a Draco dejaron de fascinarle. Se asustó y mandó a Vincent y Gregory a investigar qué estaba sucediendo. Eso hizo que se quedara a solas, de manera que cuando a la luz de un Lumos vio pasar a un dementor por el pasillo, no pudo evitar salir corriendo en otra dirección y meterse en el primer compartimento ocupado que encontró. Tuvo la mala suerte de tropezar con unas piernas y caer al suelo, donde se quedó, encogido de miedo. Para más inri, los ocupantes del lugar no eran otros que los hermanos mayores de la Comadreja, los gemelos Weasley, quienes no fueron muy amables con él.

Aquel episodio no duró más de cinco minutos, pero cuando las luces volvieron y el tren se puso en marcha de nuevo, ya libre de los dementores, Draco estaba congelado, desanimado y con un humor de perros. El resto del viaje lo pasó asomado al pasillo, diciendo a todo el que pasaba por allí que iba a escribir a su padre para contarle lo sucedido y que Dumbledore iba a tener que darle explicaciones y quizás volverían a echarlo de su puesto.

Sin embargo, hubo algo que cambió su estado de ánimo drásticamente. Escuchó al lelo de Longbottom contarle a Finnigan y Thomas que Harry Potter se había desmayado cuando los dementores entraron en su compartimento. Era el único alumno de todo el tren que había perdido el conocimiento.

Valiente Gryffindor. Ni siquiera el inútil de Longbottom había desfallecido y eso que no era capaz ni de atarse los cordones sin poner en peligro su vida.

Draco pasó un agradable viaje en el carruaje que los llevó a él, Vincent y Gregory a Hogwarts burlándose de la debilidad de Potter, de modo que cuando se bajó de él y lo vio cerca, acompañado de la Comadreja y la Sabelotodo, ya tenía un montón de pullas preparadas.

Se aproximó a ellos y sorteó a un par de Hufflepuff para poder pasar al lado de Granger y darle un codazo. Respiró con fuerza de manera inconsciente, y su nariz se inundó de la fragancia a caramelo de la muchacha.

Por un momento, Draco olvidó por completo lo que iba a hacer. Según decía su padre la sangre podrida apestaba, así que lo más probable era que Granger se hubiera bañado en su estúpida colonia para disimular su hedor.

Ella le lanzó una mirada ceñuda al sentir el contacto de su codo en el antebrazo pero se negó a entrar en el trapo de las provocaciones de Draco, al contrario que Weasley y Potter. Por desgracia, el nuevo profesor de Defensa contras las artes oscuras, que tenía pinta de haber dormido durante una buena temporada en un cartón en el Callejón Knockturn, les interrumpió, aguando la diversión de Draco.

Así que él, Vicent y Gregory tuvieron que seguir su camino. Sin embargo, Draco no sería capaz de dejar de pensar en el aroma de Granger durante el resto del día.


Escuchó su nombre. Por encima de su respiración agitada y del sonido de sus pisadas aceleradas, le llegó con el viento.

Hermione Granger.

Alguien la había llamado con total claridad. Asustada, Hermione miró a su alrededor con la varita en alto. Aún no había llegado a retirar todos los hechizos de protección que había conjurado en torno a su campamento, pero no se sentía segura. Unos minutos atrás los Carroñeros habían estado a punto de descubrirla. Esa era la razón por la que Harry y Ron estaban recogiendo la tienda de campaña a toda velocidad mientras ella deshacía los conjuros de ocultación y sigilo para marcharse a otra parte.

No vio a nadie cerca, pero la voz… la voz que la había llamado le resultaba familiar. Muy familiar. Sin embargo, estaba más acostumbrada a escuchar cómo la llamaba sangre sucia, sabelotodo o comelibros, que por su nombre y apellido.

Quizás estaba volviéndose loca porque le había parecido oír a Draco Malfoy. Tal vez lo había imaginado, era lo más probable. Después de todo, ¿qué haría Malfoy buscándola en un bosque deshabitado? Dudaba que se hubiese unido a los Carroñeros y, de haberlo hecho, dudaba aún más que pretendiera atraparla llamándola por su nombre.

Fuese lo que fuese, lo mejor sería largarse de allí. Se dio media vuelta para regresar por donde había venido, pero entonces lo vio saliendo de entre los árboles.

Estaba solo a unos metros de ella.

Draco Malfoy.

Alto, pálido, vestido de negro de pies a cabeza y con la varita en la mano. A lo mejor sí que era un Carroñero.

Pero algo no encajaba. Parecía asustado y nervioso. Miraba a todas partes, no sólo como si estuviese buscándola, sino como si alguien lo persiguiera. Apretaba la varita con tanta fuerza que sus nudillos estaban más blancos que su cara. Tenía ojeras grises y estaba despeinado, como si se hubiese pasado la mano por el pelo llevado por los nervios.

Hermione retrocedió un paso casi sin darse cuenta. Pisó una rama, una ramita minúscula que se rompió con un 'crack' que se oyó por todo el bosque como si un trueno hubiese partido un árbol. Se quedó paralizada cuando Malfoy miró en su dirección, guiado por el sonido.

Aunque sabía que no podía verla, sí podía oírla. Había retirado el encantamiento insonorizador, sólo quedaba el hechizo de ocultación que había estado a punto de quitar cuando escuchó su nombre.

El Carroñero casi la había atrapado guiándose sólo por su olor. Ahora Malfoy podría dar con ella por el sonido si hacía el más mínimo movimiento.

Resolvió quedarse quieta para no proporcionarle ninguna pista más sobre su posición, pero le resultó difícil no retroceder cuando el Slytherin comenzó a caminar hacia ella con pasos vacilantes y un brazo extendido hacia delante, como si jugaran al escondite en una habitación a oscuras.

Malfoy estaba cada vez más cerca, pero si daba un paso atrás, Hermione revelaría su posición. Quizás debería echar a correr hasta el campamento y desaparecerse con Harry y Ron. Malfoy seguiría el sonido de sus huellas pero sin poder ver nada difícilmente lograría atraparlos antes de que se aparecieran. Huir sería su mejor opción.

Sin embargo, no se movió. Permaneció en el mismo sitio, sin soltar la varita que ahora apuntaba al suelo, y tratando de no respirar demasiado fuerte, como un cervatillo asustado mirando a los ojos de su cazador.

Malfoy tanteó el aire con su mano libre y entonces se detuvo, a sólo dos pasos de ella. Hermione tuvo que repetirse mentalmente que él no podía verla, aunque la manera en que miraba el lugar en el que estaba parada era tan intensa que se preguntó si sus ojos grises podrían penetrar el encantamiento de ocultación.

Entonces Malfoy levantó la mano de nuevo y la extendió hacia ella, a la altura de su mejilla. Si Hermione no hubiese echado la cabeza hacia atrás en el último momento, seguramente la hubiese tocado. Como si la sintiera, la mano del joven quedó suspendida en el aire, tan cerca de su rostro, que ella podía notar el calor que desprendía acariciándole la piel.

Los ojos de Malfoy vagaban por su rostro sin llegar a verlo, pero conscientes de que estaba allí. Lo sabía. De alguna manera sabía que era ella, que estaba allí, que casi le rozaba la cara con la punta de los dedos. Y Hermione estaba tan desconcertada por toda esa situación que no sabía cómo actuar.

—¿Granger? —murmuró él, en voz baja y ronca.

Hermione no respondió. No respiró. Ni siquiera pestañeó.

—Granger, si eres tú… será mejor que te vayas. Van a volver a por ti. Márchate. Ahora.

Continuó mirándola durante unos segundos más, como si pretendiera evaporar el hechizo de ocultación que la escondía a base de desearlo. Luego dejó caer la mano pesadamente, ante la atónita mirada de la chica. Dio un paso atrás y se desapareció.

Hermione, que había estado conteniendo la respiración, tomó aire con brusquedad. Después echó a correr hacia el campamento.


Draco nunca había sentido tanto dolor en su vida como cuando Buckbeack, el hipogrifo, le atacó. Si bien era cierto que la herida que le hizo no fue grave (Madame Pomfrey la selló con magia y la poción calmante que le dio le durmió el brazo enseguida), Draco no estaba acostumbrado al sufrimiento físico.

Había tenido una infancia feliz y protegida, nunca lo habían derribado de la escoba y la única pelea en la que había participado en su vida había sido con la Comadreja y Longbobo, lo que ni siquiera merecía ser considerado como tal.

A decir verdad, en un primer momento lo que sintió fue más sorpresa que dolor. Esa estúpida bestia que se había comportado como un dócil poney alado con el canijo de Potter se había atrevido a atacarlo a él, a Draco Malfoy.

Tardó unos instantes en procesar lo que había sucedido y entonces lo vio. La sangre empapando la manga de su túnica y tiñendo de rojo la hierba a sus pies. Ni siquiera fue consciente de estar cayendo, lo único que notaba era un dolor lacerante en el brazo.

"Me ha matado", pensó. "Ese repugnante bicho me ha matado".

—¡Me muero! ¡Me muero, mirad! ¡Me ha matado! —gritó.

Por encima de sus quejidos, escuchó la voz del guardabosques pidiendo ayuda. Entonces se sintió alzado en brazos a gran altura y vio a Granger, con expresión asustada, corriendo a abrir la puerta de la cerca de los hipogrifos.

Más tarde, en la enfermería, cuando los cuidados de la enfermera Pomfrey aplacaron su dolor y un firme vendaje ocultó su herida, Draco se encontró pensando en la cara de preocupación de la muchacha. Entonces era demasiado pequeño para procesarlo pero, si hubiese tenido que describir qué sentía al respecto, diría que le gustó.

Disfrutó imaginándose a Granger reprochándole a Hagrid su negligencia y diciéndole cosas como "¡Podría haber muerto!" con lágrimas en los ojos. Estaba en medio de su ensoñación cuando aparecieron Vincent, Gregory, Blaise, Pansy y Theo, todos muy consternados. Pansy se sentó junto a su cama y parecía la viva imagen de la reacción que Draco había imaginado en Granger. Blaise se ofreció a escribir una carta a los padres de Draco para contarles lo que había ocurrido y Vicent y Gregory parecían muy impresionados. Aunque ya casi no le dolía la herida, a Draco le encantaba ser el centro de atención así que exageró su gravedad.

Cuando Pomfrey le dio el alta y pudo regresar a la sala común de Slytherin, hizo una entrada triunfal con el brazo vendado y pose heroica. Todo Slytherin quería saber qué le había pasado así que Draco contó cómo el animal se había lanzado a por él en cuanto lo había visto porque, como todo el mundo sabía, los hipogrifos se alimentaban de sangre, cuanto más pura mejor. Relató con lujo de detalles la encarnizada batalla que habían mantenido y cómo el tal Buckbeack había logrado sobrevivir únicamente gracias a que Draco no tenía la varita a mano. Fue muy gráfico a la hora de describir su terrible herida, hasta tal punto de que una alumna de primero se marchó corriendo tapándose la boca, como si tuviera náuseas.

—Pomfrey me ha dicho que seguramente me quede una enorme cicatriz. Dice que casi es un milagro médico que no haya perdido el brazo. Si ese monstruo hubiese atacado a alguien más débil que yo… —miró con elocuencia a tres alumnos de segundo que escuchaban su relato aterrorizados —ahora no lo estaría contando.

A pesar de lo aparatoso del vendaje y de que, en realidad, la herida todavía le dolía un poco, Draco pronto vio los beneficios del incidente. Para empezar, su padre se puso furioso y le aseguró, por medio de una carta, que haría que Hagrid fuera despedido y la bestia sacrificada. También dijo que responsabilizaba a Dumbledore de lo ocurrido y que no iba a permitir que aquello quedara así. Su madre le envió por lechuza un montón de golosinas y caramelos sedantes para aliviar sus dolores, junto con una carta en la que le pedía que fuese paciente y dejara que su brazo sanara por completo porque de lo contrario podrían quedarle secuelas.

Vincent y Gregory cargaban con sus cosas y le abrían las puertas. Pansy le prestaba más atención que nunca, angustiándose cada vez que Draco hacía el más leve gesto de dolor. Blaise incluso se mostraba un poco menos estirado de lo habitual en su presencia y Theodore vigilaba que nada tocara su brazo herido.

Finalmente, Draco perdió dos días de clase y cuando regresó (tocaba Pociones), disfrutó de una agradable sesión con Weasley cortando los ingredientes para él con la excusa de que no podía usar su mano y fastidiando a Potter con el inminente despido de Hagrid.

Sin embargo, Granger no le hizo ni el más mínimo caso. Pasó toda la clase intentando ayudar a Neville a salvar su desastrosa poción para encoger así que ni siquiera le dirigió una mirada ni dio muestras de escuchar sus provocaciones sobre Hagrid.

Aquello irritó a Draco sobremanera así que decidió que, en su próxima clase de Pociones, se las apañaría para que Snape se la asignara a ella como ayudante.

Dado que su convalecencia tenía múltiples ventajas para él, Draco la alargó todo lo que pudo. La siguiente sesión en las mazmorras todo salió cómo había esperado. Snape ordenó a Granger cortar las raíces de belladona necesarias para la Solución Agrandadora. Draco, sentado a su lado, la observaba trabajar haciendo comentarios críticos por el mero placer de molestarla.

—Granger, estás cortando raíces, no la cabeza de un pollo. Un poco más de delicadeza.

La muchacha alzó la vista de la mesa en la que tenía una colección de raíces seccionadas en cortes limpios y regulares y la fijó en Draco. Él se dio cuenta de que sus ojos marrones no eran tan oscuros como siempre había pensado. A la luz de la antorcha cercana, parecían más cercanos a la tonalidad del ámbar que de las avellanas. Debió quedarse mirándola demasiado fijamente porque Granger frunció el ceño y volvió a su tarea.

Sin tener muy claro por qué, se sintió incómodo, así que buscó algo qué decir que devolviera todo a la normalidad.

—Ya que los muggles usan piedras, palos y otras herramientas para suplir su inutilidad, uno pensaría que serías más hábil con los cuchillos, Granger. Mira eso, has estropeado el tallo.

Mentía. Granger hacía todo con una precisión milimétrica. No se trataba de un don natural, como el Draco, pero debía reconocer que tenía cierto talento. Claro que hasta Longbottom sería un genio si se pasara tantas horas detrás de los libros como ella. Estaba seguro de que empleaba sus veranos con los muggles en estudiar maquinalmente todo lo que darían en el curso siguiente para ser capaz de seguir el ritmo. Era consciente de su inferioridad y trataba por todos los medios de suplirla.

—Ya sabes lo que dicen —replicó ella mordazmente —Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo.

—Me encantaría, Granger, pero sabes que no puedo —se señaló el brazo en cabestrillo con un movimiento de barbilla —La bestia del incompetente de Hagrid me ha lesionado. Puede que me queden secuelas de por vida…

La mención a Hagrid pareció colmar el vaso para Granger. Juntó las cejas, alzó el mentón y fulminó a Draco con la mirada.

—Déjalo ya, Malfoy. Estaba allí y sé que estás fingiendo. La herida no es grave…

—¿Ah, sí? No parecías pensar eso en aquel momento, ¿verdad, Granger? Vi tu cara, estabas preocupada.

Ella parpadeó varias veces seguidas y, por un momento, Draco pensó que había ganado, que lo admitiría… pero se equivocaba.

—Lo estaba —replicó Granger —pero por Hagrid. Tenía miedo de que lo despidieran por tu culpa.

Draco arrugó los labios, furioso por el desplante de la muchacha. Se estrujó el cerebro buscando algo ofensivo que decirle, algo que le quitara esa aura de seguridad y satisfacción consigo misma, pero como no lo encontró, decidió usar el plan b. Con ningún disimulo arrojó un puñado de judías soporíferas a su caldero, causando de inmediato la reacción deseada.

La superficie hasta entonces tranquila del líquido de color azul empezó a burbujear de pronto y adquirió un tono más bien naranja. Pasados unos segundos, las enormes pompas que se estaban formando empezaron a explotar, produciendo sonidos parecidos a eructos. Granger observó el caldero con los ojos desorbitados y luego miró a Draco.

Él sonrió durante un instante, lo justo para que ella pudiera verlo, y alzó su mano buena.

—Profesor Snape, Granger ha saboteado mi poción.

—¡No es verdad!

Pero Snape ya se acercaba hacia ellos, con el rostro serio. Se tomó unos segundos para examinar la malograda poción y luego dijo:

—Cinco puntos menos para Gryffindor.

Granger abrió la boca para replicar, pero Snape le dio la espalda y regresó con calma a su escritorio. Draco no hizo ningún intento de disimular una sonrisa maliciosa.

Ella le dedicó una mirada asesina y pasó el resto de la clase cortando las raíces de Draco con tajos secos, guardando un furioso silencio.


Cuando Draco regresó a Malfoy Manor, la mansión estaba en silencio. Los Carroñeros se habían ido y no encontró a nadie de camino a su habitación, lo que significaba que sus padres debían de haberse retirado a alguna de las estancias de la planta superior y que el resto de mortífagos estarían ocupados en algún encargo de su señor.

Draco agradeció no toparse con ellos, porque todavía estaba muy alterado y temía que pudieran sospechar algo.

Lo había hecho: se había aparecido en el bosque de Rowstone basándose en una corazonada para alertar a Hermione Granger.

Estaba convencido de que había dado con ella, de que Granger había estado ahí, al alcance de su mano, aunque no pudiera verla. Sin embargo, había olido su aroma y escuchado su respiración contenida. Incluso, gracias al hechizo que potenciaba sus sentidos, había sentido el calor que desprendía su piel bajo la palma de la mano cuando la alzó para tantear, sin llegar a tocarla, el lugar donde debía de estar su rostro.

Draco desconocía de dónde había sacado el valor para hacerlo. No sólo para buscarla, sino para acercarse y, en cierto modo, tocarla. De haber podido verla, de estar seguro al 100% de que ella estaba allí, frente a él, seguramente no se hubiera atrevido.

En cualquier caso, hubiera servido para algo o no, estaba hecho. Y ahora constituía el recuerdo más peligroso de todos cuantos Draco guardaba en su mente. No sólo había tratado de ayudar a una sangre sucia, sino que al hacerlo había ayudado también a Potter.

No se había parado a valorarlo en su momento, pero había cometido una doble traición. Sólo de pensarlo, la marca tenebrosa en su antebrazo empezó a escocerle.

Asustado, cerró la puerta de su habitación, la selló con un hechizo y corrió a sacar un frasquito vacío del fondo de su baúl para extraerse el recuerdo de lo que acababa de hacer.

Los pensaderos se habían creado para revivir memorias previamente tomadas de la mente de un mago. Con el tiempo los recuerdos se corrompían, se degradaban y, a menudo, acababan por desaparecer. Pero ¿y si se pudieran almacenar físicamente? ¿Y si fuera posible atrapar un recuerdo, como si de una fotografía en movimiento se tratara, que se pudiera consultar a placer? De ese modo se podría conservar siempre nítido e impoluto, convertido en una huella imborrable.

Pero Draco no estaba recopilando y extrayendo sus recuerdos relacionados con Granger para evitar olvidarlos.

Lo estaba haciendo para protegerlos.

Durante el verano anterior, cuando se convirtió en mortífago y recibió su primera misión, Bellatrix lo había entrenado en la Oclumancia. Como su tía no parecía tener mucha fe en las capacidades de Draco para cumplir su cometido con éxito, decidió enseñarle todo aquello que consideró que podría serle útil.

Eso incluía todo tipo de maleficios, embrujos y conjuros, además de la Oclumancia: el arte de proteger la mente de injerencias externas.

A su madre no le había entusiasmado mucho la idea de que Bellatrix lo entrenara, aunque a decir verdad, le había gustado todavía menos que Draco se convirtiera en un mortífago. Había intentando disuadirlo pero él no la había escuchado.

Con su padre en la cárcel, Draco había estado deseoso de demostrar su valía y limpiar así el apellido de los Malfoy, caídos en desgracia a los ojos del Lord Tenebroso después del fracaso de Lucius en el Ministerio.

Así que se había entregado por completo a las lecciones de su tía. A lo largo de ellas, Bellatrix le había contado que la manera más útil de proteger un recuerdo era extraerlo. De este modo, aunque la persona seguía recordándolo en lo más profundo de su mente, en su memoria más superficial sólo quedaba una huella residual que no era accesible por medio de la Legeremancia.

Por eso, Draco sabía que sacar sus recuerdos era el único modo de asegurarse de que Voldemort no pudiera consultarlos si accedía a su mente. Sin embargo, eso también entrañaba ciertos peligros pues sus memorias, almacenadas en pequeñas redomas de cristal, podían caer en manos indeseables si no las ocultaba bien.

Era consciente de que estaba corriendo un riesgo muy grande al guardar sus secretos en un pequeño cofre oculto en el fondo de su baúl de Hogwarts, pero resultaba todavía más arriesgado no hacerlo.

Con manos temblorosas, se apresuró a deshacerse del recuerdo del bosque de Rowstone.


Cuando Draco volvió de las vacaciones de Navidad, se dio cuenta enseguida de que algo había sucedido entre Granger, Potter y Weasley.

No les vio dirigirse la palabra ni una vez en clase de Pociones ni en Cuidado de Criaturas Mágicas. Ni siquiera se miraron.

Además, Granger cambió sus horarios de desayunos, comidas y cenas, al parecer, para no coincidir con ellos. Las pocas veces que los vio a los tres en el Gran Comedor, Granger no estaba sentada cerca de sus amigos y comía a toda prisa, como si quisiera marcharse de allí cuánto antes.

Pasaba todo su tiempo libre en la biblioteca. No se trataba de que eso sorprendiera a Draco (ni a nadie, en realidad) pero si ya por lo general era fácil encontrarla allí, ahora parecía que sólo salía de ella para ir a clase.

No es que Draco estuviera vigilándola ni mucho menos (a él le traía sin cuidado todo el asunto) pero Pansy, que también había notado que algo raro sucedía entre los aparentemente inseparables Gryffindors, le mantenía al tanto de los hábitos de estudio de la sabelotodo.

—¿Puedes creerlo? Sigue en la biblioteca —le comentó un día —La vi allí a la hora de comer y acabo de pasarme de nuevo y sigue en el mismo sitio. Parece que quiere quitarle el puesto a Pince.

No se trataba sólo de que Potter y Weasley actuaran como si Granger no existiera, sino de que la niña parecía al borde de un ataque de nervios. Daba la impresión de tener los ojos llenos de lágrimas todo el tiempo, estaba ojerosa, más despeinada de lo habitual (si es que eso era posible) y saltaba a la más mínima provocación.

A Draco, una de las cosas que más le fastidiaban de Granger era lo complicado que resultaba sacarla de sus casillas. Con el cuatrojos y la comadreja era coser y cantar. Un comentario a media voz por aquí, una insinuación maliciosa por allá, y el conflicto estaba servido. Pero la sabelotodo, en cambio, solía comportarse como si Draco no fuese digno de su tiempo ni de su atención. De hecho, a menudo apaciguaba a los idiotas de sus amigos, dejándolo con ganas de pelea.

Sin embargo, ahora que se había convertido en una marginada, Granger parecía sobrepasada por la situación así que Draco no pudo resistirse a llevarla el límite.

Empezó a pasarse casi todas las tardes por la biblioteca después de las clases, sabiendo que la encontraría allí. La muchacha ocupaba toda una mesa cercana a la sección de Historia de la Magia, sobre la que tenía desplegados docenas de libros, mapas, rollos de pergamino e instrumentos de medición que se utilizaban en Astronomía.

Draco la torturaba de distintas maneras. Se colocaba cerca de ella y procuraba hacer mucho ruido, lo que ya bastaba para que Granger se erizara y le lanzara miradas asesinas. En una ocasión, pasó una agradable tarde sentado en la mesa que había detrás de Granger haciendo pequeñas bolitas con trozos de pergamino y tirándoselas a la espalda. Ella no reaccionó con los primeros tres o cuatro proyectiles, pero cuando la quinta pelotita se le enterró en el frondoso pelo, no pudo soportarlo más.

—¡Malfoy, para de una vez o…! —masculló, volviéndose hacia él. Se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo para no gritarle porque estaban en la biblioteca, pero de todos modos su voz había adquirido un timbre tan agudo que podría haber roto una copa de cristal.

—¿O qué, Granger? —la desafió él.

Ella resopló y estrujó la pluma con la que había estado escribiendo hasta ese momento. Draco se dio cuenta de que la niña se había mordido las uñas hasta casi hacerse sangre.

—¿Qué haces aquí? Es evidente que no estás estudiando, ¿por qué no te marchas y dejas en paz a quienes sí queremos hacerlo? —rezongó ella.

—La biblioteca es de todos, Granger. Si tanto te molesto, lárgate.

Pensó que Granger le arrojaría la pluma, o puede que su pesado libro de runas aritmánticas, pero en su lugar bufó y se puso a recoger su mesa. Enrolló los pergaminos de cualquier manera, metió el mapa estelar dentro de un viejo tomo de legislación mágica y arrojó el resto de sus cosas dentro de la mochila de cualquier manera. Debía de estar realmente furiosa porque hizo mucho ruido mientras guardaba todo y ni siquiera enrojeció cuando la señora Pince murmuró un "shhhh" y la fulminó con la mirada.

A la tarde siguiente, no se pasó por la biblioteca, al menos que Draco viera. Pero un par de días después, Draco encontró la mesa de Granger llena de libros, aunque no hubiera rastro de ella. Viendo la oportunidad perfecta para curiosear, se acercó y se puso a hurgar entre las pertenencias de la niña.

Había notado un par de cosas extrañas los días anteriores. En primer lugar, Granger tenía libros de todas las optativas de tercero. No sólo de Cuidado de criaturas mágicas y Aritmancia, en las que coincidía con Draco, sino que también tenía el estúpido libro con un par de muggles en la portada que él había visto en Flourish y Blotts antes del comienzo de curso, así como el manual de Adivinación. Aunque consideraba a Granger lo suficiente chalada como para querer cursar todas las optativas, sabía que eso era imposible porque las clases coincidían. Siempre que él estaba en Aritmancia con Blaise y Theodore, Vincent y Gregory se iban a Adivinación.

Pero eso no era lo único misterioso en la mesa de Granger. También había multitud de libros sobre hipogrifos y crónicas de juicios realizados por el departamento de Control de Criaturas Mágicas. Rebuscando entre ellos, Draco encontró un pergamino en el que Granger, con letra pequeña y cuidadosa, había ido apuntando referencias sobre casos de criaturas mágicas juzgadas, así como los veredictos a los que había llegado el jurado. Estaba absorto leyendo las notas sobre el juicio a una acromantula en 1745 cuando una mano apareció en su ángulo de visión y le arrancó el pergamino.

—¿Qué se supone que haces, Malfoy? —una furiosa Hermione Granger se había materializado a su lado —¡Deja en paz mis cosas!

Draco no se dejó impresionar por su tono. Al contrario, sonrió con malicia, porque acababa de comprender de qué iba todo aquello.

—Así que estás investigando para ayudar al descerebrado de Hagrid en el juicio a ese monstruo que me atacó, ¿verdad? No servirá de nada.

—Eso ya lo veremos —replicó ella, ocultando todas sus notas bajo la tapa de un libro.

—Malgastas tu tiempo, Granger. Buckbeack es culpable y Hagrid también. E incluso aunque no lo fueran, mi padre tiene muchos amigos en el ministerio, empezando por el ministro Fudge y acabando por el verdugo del departamento de Exterminación de Criaturas Peligrosas.

Granger abrió la boca para replicar, pero en ese instante la bibliotecaria Pince apareció junto a ellos, con su aspecto de buitre desnutrido y una mirada gélida.

—¡Esto no es el Gran Comedor! Si vuelven a montar escándalo, tendré que echarlos de la biblioteca y hablar con los jefes de sus casas.

Así que, un poco fastidiado porque el hubieran chafado la diversión, pero satisfecho para la expresión de preocupación en el rostro de la comelibros, Draco abandonó la biblioteca.

Posiblemente sus palabras habían dado mucho que pensar a la muchacha porque Granger dejó de ir tan a menudo a la biblioteca. O tal vez, simplemente estaba evitándolo. De todos modos, Draco se lo pasaba en grande viendo como el distanciamiento entre Granger y sus dos bobos amigos cada vez se hacía más grande.

No sabía qué había sucedido entre esos tres, pero era evidente que no se trataba de una riña sin importancia. El segundo trimestre ya casi había llegado a su fin y Potter y Weasley seguían sin hablar con Granger. En la última visita a Hogsmeade, Draco la había visto sola en Honeydukes y más tarde la encontró en Las tres escobas, bebiendo sin muchas ganas una cerveza de mantequilla en compañía de Longbobo y la chica Weasley. Parecía triste, decaída e inquieta.

Por eso a Draco le sorprendió mucho cuando al día siguiente se encontró a Potter, Weasley y Granger desayunando juntos en el Gran Comedor. Aquello le molestó bastante, aunque no entendía muy bien por qué. Disfrutaba al ver a Granger triste y sola, pero se trataba de algo más que no supo identificar.

De cualquier modo, aquello no le agrió el ánimo porque pronto recibió la agradable noticia de que la Comisión de Control de Criaturas mágicas había encontrado a Buckbeack culpable y había fijado la fecha para su ejecución.

Se lo pasó en grande en la siguiente clase de Cuidado de Criaturas Mágicas viendo como Hagrid estaba más disperso y torpe de lo habitual. Los tres Gryffindors emplearon la sesión en hablar con él mientras alimentaban a sus gusarajos y Draco no dejó de observarlos de soslayo y sonreírse al ver la expresión de pena del profesor. Parecía al borde de las lágrimas.

Tanto era así que cuando la clase acabó y se despidió de Granger, Potter y Weasley, Draco pudo ver cómo regresaba a su cabaña cubriéndose la enorme cara con un pañuelo.

—¡Miradlo como llora! —dijo entre risas, señalando a Hagrid con un dedo —¿Habías visto alguna vez algo tan patético? ¡Y pensar que es profesor nuestro!

Y entonces pasó algo que Draco jamás había imaginado. Granger se acercó a él hecha una fiera y antes de que pudiera acertar a decir algo, le estampó un bofetón con todas sus fuerzas.

Él se quedó tan sorprendido (¡Hermione Granger le había pegado! ¡Una sangre sucia se había atrevido a darle un guantazo!) que ni siquiera pudo reaccionar antes de que ella volviera a levantar la mano, al parecer con intención de pegarle una vez más.

—¡No te atrevas a llamar patético a Hagrid, so puerco… so malvado!

No contenta con haberlo golpeado e insultado, de pronto Granger sacó la varita y apuntó a Draco directamente a la cara. Él no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo, pero Granger parecía haberse vuelto loca y ni siquiera sus amigos podían contenerla. Así que Draco hizo lo único que parecía prudente en ese momento.

—¡Vámonos! —farfulló a Vincent y Gregory, y los tres se alejaron con pasos apresurados. De hecho, Draco caminaba todo lo deprisa que era capaz sin llegar a correr. De vez en cuando echaba miradas por encima de su hombro, por temor a que Granger estuviese preparándose para echarle un maleficio. Todavía tuvo tiempo de oírla gritar lo mucho que anhelaba que Gryffindor ganara la copa de Quidditch porque no lo soportaría si Slytherin vencía.

Una vez a salvo en el castillo, Draco empezó a reaccionar. Vincet y Gregory lo miraban boquiabiertos, como si alguien les hubiera lanzado un hechizo aturdidor, mientras él comenzaba a verlo todo de color rojo.

¡Esta estúpida había osado a levantarle la mano! ¡A él! ¡A Draco Malfoy! ¡Una sucia sangre sucia se había atrevido a tocarle, y no precisamente con delicadeza! ¡La sabelotodo le había dado un bofetón!

Estaba furioso. Pensó en escribir una carta a su padre o tal vez denunciar a Granger ante Snape, pero no lo hizo… porque le daba vergüenza que se enteraran de lo que había sucedido.

Podía imaginar la respuesta airada de su padre. "¿Y tú escapaste como un cobarde en lugar de poner a esa impura en su sitio? Has avergonzado a tu familia". En cuanto a Snape, dudaba que se lo tomara de esa manera, pero si ponía lo sucedido en su conocimiento tarde o temprano acabaría enterándose todo el colegio. Y eso era lo último que Draco quería.

—Como le digáis a alguien lo que ha sucedido, os petrificaré —aseguró, malhumorado, a Vincent y Gregory. Ellos negaron con la cabeza rápidamente y después de unos instantes, desaparecieron con cualquier excusa.

Sabían cuando era mejor dejar a Draco en paz. Ese momento, en que se sentía más humillado, dolido y furioso de lo que lo había estado en toda su existencia, era un buen ejemplo.

Más adelante no sería capaz de recordar cuánto tiempo pasó dando vueltas por su habitación, cubriéndose la mejilla que Granger había golpeado con una mano, y jurando venganza. A lo mejor su padre podía conseguir la cabeza de Buckbeack y hacer que la disecaran. Sería un gran regalo para Granger. Ah, cómo iba a regodearse cuando despidieran al desecho de Rubeus Hagrid…

Se prometió que echaría a la muchacha los más terribles maleficios y que le pagaría con creces lo que le había hecho.

Quizás no ese día, ni al siguiente, pero encontraría la manera de vengarse.


¡Hola!

Espero que os haya gustado el capítulo y no se os haya hecho aburrido. Es un poco complicado no repetirse demasiado cuando trabajas con escenas del canon así que he intentado darles un poco más de jugo y añadir cosas (a fin de cuentas, todo lo vemos a través de los ojos de Harry pero teniendo en cuenta que se pasó medio curso sin hablar con Hermione, pudo perderse muchas cosas).

En lo que respecta a la trama del "presente" en el bosque de Rowstone, ya sabéis que no me gusta cambiar sustancialmente el canon así que aunque quería que Draco alertara Hermione, no quería cambiar la cadena de acontecimientos del libro/película por lo que todo se ha limitado a esto. He tenido que hacer un poco de "trampa" y usar el pov de Hermione, pero era imprescindible para contar esto :) Así que gracias a que Draco la alerta, Hermione, Harry y Ron mueven el campamento. No creo que haya más povs de Hermione hasta bastante más adelante, cuando pasado y presente confluyan (tengo muchas ganas).

Con todo esto me estoy releyendo la saga y lo estoy disfrutando mucho (y llorando mucho también, para no variar).

Como os decía antes del capítulo, he visto Animales fantásticos y donde encontrarlos y me HA ENCANTADO. No me lo esperaba, de hecho, porque iba con muy bajas expectativas pero la he disfrutado como una enana. De hecho me muero de ganas de volver a verla. Si os interesa saber mi opinión detallada o contarme la vuestra, os dejo el review que hice en mi blog .com (sin espacios no paréntesis que ya sabéis cómo de horrible es fanfiction con los enlaces externos...).

Aunque la película aporta una nueva perspectiva sobre la Legeremancia que me desmonta un poco la premisa del fic y los recuerdos de Draco :P, yo voy a seguir adelante con ella :)

Espero que os haya gustado este capítulo, os agradecería mucho que me contarais vuestras opiniones :) Y como no creo que actualice hasta Año Nuevo, aprovecho para desearos a todas/os una muy feliz Navidad =D

Con mucho cariño, Dry

PD: Deja tu review para encontrarte a Draco en un bucólico claro de bosque y...