He procurado darme prisa como una especie de regalito navideño y, sobre todo, para poder felicitaros el año que entra (y que se acabe ya este fatídico 2016. RIP Carrie Fisher).

El capítulo es extralargo y ni siquiera he cubierto la mitad del cuarto libro (¡pero es que hay tanto que contar!). Espero que no se os haga aburrido.

Allá vamos.

Nota: olvidé mencionarlo en el capítulo anterior, pero los diálogos en cursiva están sacados literalmente del libro.


Capítulo IV

She is everything to me
The unrequited dream
A song that no one sings
The unattainable

Draco no esperaba encontrarse a Granger en los mundiales de Quidditch. Hasta donde él sabía, a la sabelotodo no le interesaba demasiado el deporte mágico y, además, si como hija de muggles ya estaba fuera de lugar en Hogwarts, Draco no podía pensar un lugar donde sobrara más que en un evento deportivo mágico que reunía a magos y brujas de todo el mundo. Así que se quedó sorprendido cuando llegó al palco de honor y la vio allí, en compañía de Potter y un montón de Weasleys.

En un principio sus padres no repararon en ella, pues estaban demasiado ocupados charlando con Fudge, pero Draco la vio enseguida. Reconoció su pelo de arbusto en el acto y el corazón le dio un vuelco.

Había pensado mucho en ella durante esas vacaciones de verano. En concreto sobre el bofetón que le había dado los últimos días del curso anterior. Había creado en su mente todo tipo de escenarios para su reencuentro, incluso había pensado lo que haría cuando se la encontrara en el Expresso de Hogwarts (tomar prestado a su estúpido gato para que se pasara todo el viaje buscándolo desesperada), pero nada le había preparado para eso.

Supo el momento exacto en que sus padres la vieron porque la expresión de sus caras cambió. Lucius observó a la niña con desagrado y Narcissa frunció la boca en un gesto de desdén. Granger enrojeció un poco, consciente de las miradas de desprecio que estaba recibiendo, pero no apartó la vista.

Y por alguna razón que no entendía, Draco se sintió repentinamente mal, como si estuviera a punto de caerse al vacío, como si algo horrible estuviera a punto de suceder.

Le pareció que aquel momento duraba siglos. Pero, al fin, su padre se despidió de Arthur Weasley con un gesto seco de cabeza y siguió su camino, llevándose a su esposa con él. Draco los siguió, azorado, sintiendo un extraño alivio.

Se sentó en su sitio, entre sus padres, y trató de calmar la estúpida sensación de angustia en la boca del estómago. Granger estaba sentada dos filas por debajo de él, a tres metros hacia la izquierda. Draco echó un vistazo de reojo cuando estuvo seguro de que sus padres no estaban prestándole atención y pudo ver que ella todavía seguía sonrojada.

Se sintió incómodo, después molesto. No era la primera vez que su padre se encontraba con Granger y siempre la fulminaba con la mirada. En cuanto a su madre, sabía exactamente cómo reaccionaría si alguna vez la veía: mostrando la misma repulsa que su marido. Así que, ¿por qué se sentía tan extraño? Sus padres habían reaccionado como era de esperar, cómo él debía hacerlo cada vez que la viera.

Por fortuna, el partido empezó pronto y Draco olvidó por completo lo que acababa de suceder. El encuentro fue emocionante: las veelas dieron todo un espectáculo (Draco se rió mucho al ver que los tontos de Potter y Weasley se dejaban encadilar por su canto, como si nunca hubiesen visto a una antes) y los leprechauns hicieron que les llovieran monedas de oro (él no se molestó en recogerlas porque sabía que con el tiempo se desvanecerían). Krum resolvió la final al capturar la snitch tras varias impresionantes jugadas y un amago de Wronski, e Irlanda se hizo con la copa.

Después del partido, los Malfoy tuvieron una agradable cena con Vicent, Gregory, Pansy, Theo y sus padres en la elegante tienda de campaña de la familia.

No tenía mucho que envidiar a Malfoy Mannor: era enorme (tenía tres salones diferentes, cinco habitaciones y cuatro baños), la elfa doméstica Tiny les había acompañado para servirlos y su padre hasta había hecho traer a varios de los pavos reales que tenían en los jardines de la mansión. En definitiva, la tienda era una versión en miniatura de su casa.

Así que después de la cena había espacio suficiente para que Draco y sus amigos ocuparan su propio salón, donde siguieron comentando las jugadas estelares del partido y poniéndose al día con lo que habían hecho durante el verano.

Debía de ser la una de la madrugada cuando la mayor parte de los invitados comenzaron a irse. Draco se quedó sólo en uno de los salones después de que Vincent y Gregory se fueran, pero le llegaba el sonido de conversaciones y risas de la estancia contigua.

Aunque estaba cansado, no tenía sueño, así que decidió quedarse un rato más revisionando sus partes favoritas del partido en los omniculares que le había comprado su madre y soñando que algún día llegaría a jugar con la selección de Inglaterra.

En ello estaba cuando su madre entró al salón.

—Draco, deberías acostarte —le dijo —Es tarde y ya hace tiempo que se han ido tus amigos.

—Ahora voy —respondió él, sin bajar los omniculares.

Oyó un rumor de pasos y su padre se asomó por la puerta que su esposa había dejado entreabierta. Draco apagó los omniculares y vio por detrás de Lucius a los padres de Crabbe, Goyle y Nott. El señor Crabbe tenía la cara muy colorada y el señor Goyle y el señor Nott lucían una vaga sonrisa. Un leve aroma a vino de Ogden llegó hasta Draco procedente de ellos. También se dio cuenta de que su padre sujetaba algo plateado en la mano izquierda, pero estaba parcialmente oculto por la puerta así que no pudo adivinar de qué se trataba.

—Deja que se quede un rato más si quiere, Narcissa. Después de todo puede que el jaleo lo despierte igualmente —dijo su padre y se sonrió, misterioso.

Draco se irguió en el sofá, lleno de curiosidad. Nunca había visto a su padre sonreír de esa manera.

—¿Jaleo? ¿Qué jaleo? —preguntó.

La sonrisa de su padre se hizo más amplía y su madre puso mala cara.

—Lucius —murmuró ella, con tono admonitorio. Draco se dio cuenta de que no quería que su padre le diera más información, por lo que su curiosidad se multiplicó.

—¿Qué jaleo, papá? —repitió.

—Bueno, digamos que vamos a presentar nuestros respetos a los vecinos muggles del campamento... y quizás también a alguna que otra sangre sucia —explicó Lucius y, guiñando un ojo a Draco, cerró la puerta y se fue.

Su madre apretó los labios en una línea, claramente disgustada, pero no dijo. Draco tampoco.

Se sentía como si acabaran de echarle una jarra de agua helada por encima. Su padre había dicho "alguna que otra sangre sucia". ¿Había sido una expresión casual o se refería a Hermione Granger?

—No te acuestes todavía si no quieres, pero recuerda no salir de la tienda bajo ningún concepto —dijo su madre. Y después se fue, dejando a Draco a solas con sus lúgubres pensamientos.

No se movió del sofá durante cinco minutos, dándole vueltas a lo que su padre había dicho. Aunque nunca había entrado en detalles al respecto, de vez en cuando acostumbraba a recordarle a Draco que cuando él era un bebé las cosas en el mundo mágico eran muy diferentes y los sangre sucia "recibían su merecido". Sabía que su padre había colaborado con Lord Voldemort: eso no era ningún secreto dentro la mansión Malfoy. Y aunque Draco no tenía más que una vaga idea de lo que había hecho a su servicio, tenía bastante claro que eran el tipo de cosas que podían dar con tus huesos en Azkaban.

No estaba preocupado por su padre. Sabía que era demasiado inteligente, hábil y astuto como para salir bien parado de cualquier situación. Pero Granger… ¿qué le haría su padre si se encontraba con ella?

Se levantó de golpe, como impulsado por un resorte. Había oído algo, parecido a una explosión. Luego un murmullo lejano que tras unos segundos identificó como gritos.

Había empezado.

Sin ser muy consciente de lo que estaba haciendo, Draco tomó su varita y salió corriendo del salón. Su madre y Tiny debían de haberse acostado porque no había nadie en el amplío comedor. Procurando no hacer ruido, Draco se escabulló y salió de la tienda.

Fuera reinaba el caos. Aunque su tienda quedaba lejos de la zona de conflicto, Draco tenía una buena visión de lo que estaba sucediendo. Un grupo de magos enmascarados y con altas capuchas negras se alejaban de él, destrozando todo a su paso. Las tiendas que quedaban en su trayectoria eran aplastadas o salían volando. La gente gritaba y corría en todas direcciones. Tropezaban, caían y avanzaban pisando a cualquiera que hubiese tenido la desgracia de desmoronarse.

Intentó buscar rostros conocidos entre la gente que huía, pero eran sólo una masa informe y voraz, y todo estaba demasiado oscuro. Se dijo que Granger habría salido corriendo ya y que seguramente su padre nunca la encontraría. Pero…

¿Y si la encontraba?

Se quedó paralizado unos segundos más observando al grupo de magos que sabía que lideraba su padre, hasta que vio cómo alzaban en lo alto cuatro bultos. Tardó casi un minuto en darse cuenta de que eran personas y, a juzgar por el tamaño, dos de ellos eran niños. También había una mujer, a la que hacían colgar bocabajo, de manera que el camisón se le había caído, tapándole la cara y dejando a la luz su ropa interior. Draco notó cómo se le formaba un nudo en la garganta, que era lo único que contenía una repentina sensación de náuseas.

Permaneció congelado unos segundos más, preguntándose qué debía hacer.

Esa podía ser su venganza por el bofetón. Si Lucius encontraba a la sabelotodo y le daba un escarmiento, le estaría bien empleado. A fin de cuentas, la última vez que la había visto, ella le había dado un bofetón. Draco no le debía nada. No tenía razones para ayudarla, especialmente cuando eso lo ponía a él en una situación comprometida.

Pero entonces la mujer muggle gritó, o lo intentó, porque parecía haberse quedado sin voz, y a Draco se le erizó la piel de todo el cuerpo. Imaginó a Granger flotando en el aire, bocabajo, sus pies agitándose desesperadamente, su rostro convulsionándose bajo un camisón que lo tapaba como una mortaja… y antes de ser consciente de ello, estaba corriendo como si la vida le fuera en ello.

Como se encontraba en la zona segura, no tuvo dificultades para rodear a las personas que huían y dirigirse hacia el bosque. Todo el mundo se movía en esa dirección, seguramente buscando la protección que ofrecían los árboles, donde podrían esconderse con facilidad.

Sabía en qué parte del campamento acampaban los Weasley. El señor Parkinson había comentado durante la cena que, inexplicablemente, el señor Weasley estaba en una parcela del área más cara, no muy lejana a su tienda, así que Draco se dirigió hacia allí. A medida que avanzaba empezaba a toparse con más y más gente, pero pudo escabullirse porque iba solo (los demás solían huir en grupos: padres dando la mano a sus hijos, amigos agarrándose por la túnica, etc) y llegar a la zona donde empezaban a aparecer los primeros árboles. Se detuvo junto a uno de ellos a tratar de recuperar el aliento mientras miraba hacia atrás, buscando a Granger y sus amigos.

Estaba tan oscuro que casi no veía más que siluetas oscuras pasar corriendo cerca de él. Escuchaba voces, gritos, murmullos y de vez en cuando el ruido sordo de alguien que había tropezado y se volvía a levantar.

Después de unos minutos parado junto al árbol sin ver rastro de Granger, se puso nervioso y empezó a preguntarse si sería mejor quedarse allí o moverse y buscarla. Pero, como si la hubiera invocado con el pensamiento, escuchó un grito de dolor por delante de él, alguien murmuró un "¡Lumos!" y a la luz del hechizo, Draco pudo distinguir a la Comelibros junto a Potter, mientras que la Comadreja se levantaba del suelo.

Se apoyó en el árbol, adoptando una pose de elegante indiferencia, y decidió hacerlos conscientes de su presencia mediante un comentario sobre la torpeza de Weasley. Los tres se volvieron hacia él, y el pelirrojo hizo gala de su ostentosa ordinariez diciendo unas cuantas palabras malsonantes.

Cuida esa lengua, Weasley —le respondió, molesto. No por sus insultos, sino porque no tenían tiempo que perder —¿No sería mejor que echarais a correr? No os gustaría que la vieran, supongo

Draco acompañó sus palabras de un gesto de cabeza, apuntando a Granger con su barbilla. Sabía que no debía andarse con sutilezas, dado que Potter y Weasley tenían la inteligencia de un troll recién nacido.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó ella, con aire desafiante.

Draco se sintió irritado. ¿Es que acaso era tan difícil de entender? ¡Se estaba explicando como un libro abierto!

Que van detrás de los muggles, Granger —aclaró —¿Quieres ir por el aire enseñando las bragas? No tienes más que darte la vuelta… vienen hacia aquí y les divertiría muchísimo.

Draco creía que no podía haber sido más explícito. Granger entreabrió los labios, asombrada: acababa de captar el mensaje. Si su padre la encontraba le haría lo mismo que a la señora muggle… o algo peor. Porque a ella la conocía y la despreciaba, y Draco estaba seguro de que no le perdonaba la humillación que suponía que una hija de muggles sacara mejores notas que su propio hijo.

Por un instante, la imagen de Granger retorciéndose en el aire volvió en su mente y Draco temió que el horror se trasluciera en su rostro.

Su preocupación fue en vano, pues resultaba evidente que Potter y Weasley seguían en la inopia.

—¡Hermione es bruja! —exclamó el idiota del cuatrojos. ¡Como si eso tuviera alguna importancia para su padre y sus camaradas!

Sigue tu camino, Potter —insistió Draco. Potter le exasperaba: no era capaz ni de seguir las más sencillas instrucciones —Pero si crees que no puedes distinguir a una sangre sucia, quédate aquí.

Aunque creía que había dejado lo suficiente claro el gran peligro que estaba corriendo Granger en ese momento, los dos cerebros de ameba que tenía por amigos siguieron sin captar la gravedad de la situación.

—¡Te voy a lavar la boca! —amenazó la Comadreja. Pero Granger lo agarró por el brazo, impidiendo que se acercara a Draco.

No importa, Ron —murmuró ella.

Justo en ese instante escucharon una explosión cercana, seguida de gritos de miedo y llamadas de auxilio. Draco se vio obligado a recurrir a todo su autocontrol para aparentar que todo aquello le divertía: sólo quería largarse de allí. Sabía que él no corría peligro, pero si su padre lo encontraba tratando de advertir a una sangre sucia…

Qué fácil es asustarlos, ¿verdad? —dijo en voz alta. Estaba inquieto y crispado por lo obtusos e tontos que eran Potter y Weasley, pese a que por una vez en su vida sólo pretendía hacerles un favor, así que no pudo resistir el impulso de provocarlos — Supongo que papá os dijo que os escondierais. ¿Qué pretende? ¿Rescatar a los muggles?

—¿Dónde están tus padres? Tendrán una máscara puesta, ¿no? —replicó Potter.

Draco sonrió misteriosamente. No se avergonzaba de los ideales y de las acciones de su padre, más bien al contrario. Todavía no tenía muy claro lo que opinaba de lo que estaba haciendo esa noche (a su parte racional le parecía bien: los muggles se lo merecían, ellos le harían mismo a los magos de tener la oportunidad. Su parte visceral, en cambio, estaba ocupada tratando de contener una violenta reacción de rechazo, somatizada en forma de náuseas y tensión), pero independientemente de ello, sabía que no podía delatarlo.

Bueno, si así fuera, me temo que no te lo diría, Potter.

Las explosiones, el alboroto y la riada de magos y brujas cada vez estaban más cerca. Granger pareció darse cuenta de eso porque de pronto empezó a tirar de la sudadera de Potter y del brazo de Weasley, que todavía no había soltado, como Draco pudo observar con desagrado.

Venga, vámonos —dijo ella, fulminando a Draco con la mirada —Tenemos que buscar a los otros.

Por fin sus amigos decidieron hacer algo inteligente y comenzaron a seguirla, pero no todo lo deprisa que a Draco le hubiera gustado.

Mantén agachada tu cabezota, Granger —no pudo evitar gritar. Con esa maraña de pelo, su padre la distinguiría entre la multitud.

No supo si ella lo había escuchado o no porque pronto los tres Gryffindor se perdieron entre los árboles y sólo entonces el nudo de la garganta de Draco se le aflojó.


Draco había esperado con muchas ganas el regreso a Hogwarts porque eso supondría alejarse de Lord Voldemort y parte de los mortífagos (aunque los sombríos y escalofriantes Carrows le acompañarían). Le preocupaban sus padres, pero al mismo tiempo podía sentir que ellos también estaban aliviados por su marcha. Aunque no habían hablado de ello (apenas se atrevían a hablar en su propia casa, por miedo a ser escuchados) todos estaban de acuerdo en que estaría más seguro en el colegio. Esperaba que de ese modo Voldemort se olvidara de él. No había vuelto a interrogarlo desde aquel fatídico día en que le sondeó la mente y, de hecho, parecía haberse olvidado de su existencia, como si se hubiese cansado de su juguete una vez pasada la novedad, pero Draco no se sentía tranquilo y a salvo en su propia casa.

En gran parte, debido a la cajita de madera en la que almacenaba muchas de sus memorias más comprometedoras. Quería llevárselas lejos del alcance del Lord Tenebroso lo antes posible. Había empezado a sacar de su mente todo tipo de recuerdos, incluso aquellos que en apariencia no estaban relacionados con Granger, por pánico a que Voldemort pudiese encontrar algo en ellos. Como el tema lo obsesionaba, lo rumiaba a todas horas, por lo que cada nuevo pensamiento podía resultar sospechoso.

Además, no dejaba de darle vueltas a lo sucedido en el bosque de Rowstone. Por eso, sus últimos días en la mansión los pasó en estado perpetuo de nervios y paranoia. Se temía que su tía desconfiaba de él. Y Yaxley, y Mulciber, y Gibbon y… todos.

Por eso, cuando al fin llegó el 1 de septiembre y Draco tuvo ante sus ojos el Expresso de Hogwarts sintió un inmenso alivio.

Sus padres lo acompañaron. Al tercer día desde la muerte de Scrimgeour y el nombramiento de Thicknesse, controlado por Voldemort, como nuevo ministro, las sentencias de encarcelamiento de su padre y el resto de mortífagos detenidos tras su incursión en el ministerio quedaron anuladas. Lucius Malfoy era un hombre libre y no un prófugo.

Draco observó a sus padres en el andén y le dio la impresión de que incluso ellos parecían menos pálidos y apagados de lo habitual. Tuvieron la presencia de ánimo suficiente para levantar la cabeza y mostrarse orgullosos, como antaño. Draco siempre los había admirado. De pequeño sentía que todo el mundo debía girarse a contemplarlos cuando entraban en una habitación. Eran altos, rubios, pálidos y atractivos. Realmente le parecían de una clase superior.

Ahora, había empezado a verlos de otra manera. A su padre le habían salido arrugas junto a los ojos y unas finas líneas rodeaban la boca fruncida de su madre. Lucius olía sutil pero continuamente a vino de Ogden y Narcissa había perdido mucho peso durante el verano. Eran una versión desmejorada y envejecida de sí mismos.

Draco siempre los había considerado infalibles. Ahora se daba cuenta de que estaban tan asustados y perdidos como él, aunque cada uno de ellos lo afrontara de manera diferente. Por primera vez en su vida sintió que era él quién debía cuidar de ellos y aunque había pasado semanas anhelando subirse al Expresso de Hogwarts, experimentó un intenso sentimiento de culpa por marcharse, como si los abandonara a su suerte.

Fue como si su madre le hubiera leído el pensamiento porque lo abrazó. La suya no era una familia afectuosa, aunque se querían mucho. Sus padres se llamaban siempre "querido" y eran muy atentos con él. Draco había sido un niño mimado y consciente de ser amado por sus progenitores. Le habían hecho creer que era excepcional, que era el mejor y que como tal debía reclamar su lugar.

Sin embargo, nunca habían sido cariñosos. Hasta hacía unos meses, concretamente, hasta la fatídica noche en que Draco introdujo a un grupo de mortífagos en Hogwarts y Dumbledore murió, su madre llevaba años sin darle un abrazo. Pero esa noche, igual que ahora, lo abrazó como si la vida le fuera en ello. Como si temiera no volver a verlo jamás.

Aquello, más que sus arrugas y los signos físicos de decadencia, afectó profundamente a Draco. Narcissa sólo lo soltó cuando el Expresso silbó anunciando su inminente marcha y entonces su padre le puso una mano en el hombro y apretó con suavidad.

—Que tengas un buen año, hijo —le dijo con voz queda. Draco asintió pero Lucius todavía tardó unos segundos más en liberarle. El Expresso ya casi había empezado a ponerse en movimiento cuando al fin se subió a él. Draco se quedó en la puerta, observando a sus padres, como si quisiera aprendérselos de memoria.

Ellos le dijeron adiós con un movimiento de mano lánguido y triste. Él ni siquiera correspondió al gesto: sentía unas repentinas y absurdas ganas de llorar.

Se quedó allí hasta que las puertas mágicas se cerraron cuando el tren comenzó a ganar velocidad. Sólo entonces fue a buscar a Vincent y Gregory.


Aunque el Torneo de los Tres Magos se organizó en estricto secreto, Draco ya conocía todos los detalles mucho antes de subirse al expreso de Hogwarts ese 1 de septiembre. A fin de cuentas, su padre tenía muchas influencias en el Ministerio y estaba al tanto de todo lo que ocurría en el mundo mágico. Por eso, ya sabía que en octubre llegarían una selección de alumnos de Beauxbatons y Durmstrang candidatos a participar en el evento. Y, por supuesto, ya se había comprado una elegante túnica de gala para el baile que sabía que se celebraría en Navidad.

Se lo pasó muy bien haciendo una visita al compartimento de Granger y sus amigos y comprobando que no tenían ni idea del Torneo. De hecho, cuando vio la horrible, anticuada y hortera túnica de gala de la Comadreja (parecía una cortina vieja con un tapete de ganchillo a modo de babero) fue como si hubieran adelantado las Navidades para él.

Miró a Granger y se preguntó qué llevaría ella, pero el pensamiento fue tan fugaz que lo olvidó en el acto y se marchó con Crabbe y Goyle, riéndose de haber dejado a los tres Gryffindors preguntándose qué era eso de lo que él sabía tanto y ellos tan poco.

Los días siguientes estuvieron llenos de novedades, algunas más agradables que otras. Al inepto de Hagrid se le había ocurrido llevar a sus clases a una nueva criatura que podría matarlos, no contento con el episodio del hipogrifo. Esta vez se trataba de unos bichos asquerosos e indescriptibles llamados Escregutosde cola explosiva, a los que al parecer tendrían que criar.

Por otro lado, tenían un nuevo profesor de Defensa contra las artes oscuras, un antiguo auror, mutilado y paranoico llamado Alastor Moody. Su padre le había hablado de él y no en muy buenos términos.

Draco se dio cuenta en seguida de que no le caía bien a Moody. Vincent, Gregory, Pansy y Theodore tampoco parecían ser de su agrado, pero no perdía ocasión para mandarle callar a él (aunque no estuviera hablando), responderle de malas maneras o tratar de ridiculizarlo delante de toda la clase (en la sesión en la que les mostró las tres maldiciones imperdonables, tema que Draco encontró muy interesante, le dijo a que si tan divertido le parecía que hiciera bailar salsa a una araña con la maldición Imperius, la próxima vez la probaría con él).

De manera que Draco comenzó a desarrollar un intenso odio por el antiguo auror. Todos los días que tenía clase con él, acababa escribiendo largas y furiosas cartas a sus padres, contándoles los nuevos desplantes del profesor y lo mucho que lo detestaba. Para su sorpresa, Lucius, en lugar de mostrarse tan indignado como Draco había esperado, le aconsejaba que fuera prudente y lo dejara estar.

Draco no entendía nada. Esa reacción no era en absoluto típica de su padre. Con el tiempo llegó a plantearse que Lucius temiera al antiguo auror por alguna razón, y pronto comprendió que la actitud de su padre estaba justificada.

Un buen día insultando a la madre de la Comadreja y su aspecto de cerdito por una foto que había sido publicada en El profeta al hilo de la mala gestión del ministerio del incidente producido durante los Mundiales de quidditch, y al momento siguiente su cuerpo había cambiado y lo estaban golpeando contra el techo y el suelo alternativamente.

Draco no entendía qué estaba pasando: por qué de repente había encogido y un pelaje blanco cubría sus… ¿patas?, por qué no paraba de rebotar y chocar, y por qué sus gritos de dolor sonaban como los quejidos de un animalillo.

De pronto el movimiento cesó y pudo quedarse en el suelo durante unos segundos, dolorido. Le pareció escuchar la voz de McGonagall y entonces sintió un leve cosquilleo y recuperó su cuerpo. Descubrió que estaba hecho un ovillo y que el pelo le cubría la cara. Al cabo de unos segundos se movió, más por comprobar que no tenía nada roto que porque quisiera hacerlo.

Entonces recordó que estaba en medio de un pasillo de Hogwarts y que todo el mundo estaría mirándose, y se levantó con todo el orgullo que pudo reunir. Se sentía ultrajado, humillado y más furioso de lo que había estado jamás en su vida.

Las lágrimas de rabia se agolparon en sus ojos al mirar a Moody, el rostro desencajado de McGonagall y las expresiones de diversión de Potter y Weasley. Granger, a su lado, tenía la boca entreabierta y los ojos redondos de sorpresa, como si no diera crédito a lo que acababa de ver.

Aquello hizo que Draco se sintiera todavía más humillado. La única razón por la que no recogió su varita del suelo y le lanzó una maldición a Moody fue que sabía que saldría todavía peor parado si lo hacía.

—Mi padre se enterará de esto —masculló, entre dientes.

Pero Moody no se mostró impresionado por su amenaza, más bien al contrario. Tuvo la desfachatez de darle un mensaje para su padre ("Dile que Moody vigilará a su hijo muy de cerca…") y luego lo agarró por un brazo y lo llevó hasta Snape para que le impusieran un castigo por haber atacado a Potter por la espalda, como si no fuera suficiente ya el haberlo transformado en una alimaña y haberlo hecho rebotar no menos de treinta veces en el pasillo.

Después de aquello, Draco escribió una carta a sus padres (más larga de lo normal) y el pergamino quedó reblandecido por sus lágrimas de ira mientras les contaba lo que Moody le había hecho y el castigo que Snape le había puesto. Draco creyó que el profesor Snape se pondría de su parte (no en vano era su padrino) pero para su disgusto, se limitó a apretar los labios y a aceptar la sugerencia de Moody de dejarlo sin recreo durante una semana, tiempo que pasaría copiando la frase "No atacaré a nadie por la espalda, pues es un acto ruin y despreciable" en el despacho del jefe de su casa.

Su padre tardó tres días en enviarle una lechuza con la respuesta. Se mostró muy ultrajado, aseguró que Moody lamentaría el día en que se atrevió a tocar un pelo de la cabeza de su hijo y dijo que había escrito al Ministro Fudge exigiéndole que retiraran al viejo auror de su cargo y lo encarcelaran de inmediato en Azkaban. Draco se sintió mejor después de leer la carta, pero las pesadillas en que Moody lo convertía en hurón y lo obligaba a hacer cosas humillantes llenaron sus noches durante un tiempo. A veces soñaba que se convertía en el ayudante de Filch y vagaba por los pasillos en su forma de hurón en busca de alumnos cometiendo infracciones. En otras ocasiones, Hagrid lo presentaba a la clase como la nueva criatura mágica de la que todos debían cuidar, y sus compañeros lo señalaban con el dedo y se reían de él.

Draco pasó una temporada deprimido y malhumorado después de aquello. No importaba lo mucho que Pansy intentara animarlo, que Vincent y Gregory amenazaran con pegar a cualquiera que hiciera alusión al incidente o que Blaise criticara a Moody continuamente: lo único que le levantaría el humor sería conseguir que echaran para siempre a ese tipejo.

Sin embargo, su padre sólo le reportó noticias decepcionantes. Fudge dijo que eran cuestiones de disciplina interna y que correspondía a Dumbledore tomar cartas en el asunto ("No obstante" le escribió su padre "Fudge asegura que ha tenido una reunión urgente con Dumbledore vía Red Flu para tratar sobre el tema, donde le ha recomendado encarecidamente despedir a Moody"). A pesar de ello, Draco ya sabía que el tema se quedaría en nada. Había sido el viejo babeante de Dumbledore el que había contratado a Moody y, con la conocida predilección que tenía por su amado huérfano, no iba a mover un dedo por proteger a Draco, ni aunque el nuevo profesor lo hubiese maltratado públicamente.

Pasó unos días apagado y silencioso, y su humor sólo mejoró cuando, en el mes de octubre, los alumnos de Beauxbatons y Durmstrang empezaron a llegar. Draco encontró por fin un motivo de alegría cuando Viktor Krum, el buscador de la selección de Bulgaria, aceptó su invitación a sentarse en la mesa de Slytherin. Se aseguró de que todo el mundo lo viera hablando con él, dándole la bienvenida al colegio y ofreciéndose a enseñarle cómo funcionaba todo allí. Estaba seguro que después de eso, nadie recordaría el incidente con Moody y su transformación en hurón.

Krum tenía un aspecto hosco e imponente y parecía mucho mayor que los alumnos de séptimo curso de Hogwarts. No hablaba del todo bien inglés y probablemente por eso era un tipo tan callado, pero Draco no tenía problema en ser el encargado de llevar la conversación.

Todo iba muy bien hasta la noche en que el Cáliz de Fuego anunció el nombre de los ganadores. Lo de Krum por Durmstrang no fue una sorpresa para nadie. Por Beauxbatons participaría una hermosa muchacha llamada Fleur Delacour. En cuanto a Hogwarts, Cedric Diggory sería su campeón.

A Draco no le caía muy bien Diggory porque tenía un montón de defectos. En primer lugar era Hufflepuff, lo que ya era suficiente motivo para despreciarlo, pero es que además era buscador (no demasiado malo, aunque Draco no había tenido problemas para coger la snitch antes que él), era muy popular y, lo que es peor, solía triunfar mucho entre el público femenino. Hasta había escuchado a Pansy comentar con Daphne y Millicent que Cedric era muy guapo y que resultaba triste que hubiese ido a parar a la casa de los perdedores.

Draco hubiese preferido que el cáliz hubiera elegido a alguien de Slytherin, pero tuvo poco tiempo para sentirse decepcionado, porque cuando todos pensaban que la elección había terminado, la copa mágica escupió un nombre más.

Harry Potter.

El acceso de rabia que sintió Draco fue indescriptible. Los alumnos menores de edad no podían participar, pero aun así Potter se las había apañado para arrojar su nombre y engañar al cáliz. Se dijo que de todos modos eso no iría a ninguna parte porque Hogwarts ya tenía un campeón, así que Potter no podría participar, pero más tarde descubrió que al ser nombrado por el cáliz estaba obligado a concursar en el Torneo así que no se podía hacer nada.

Al menos esa fue la versión oficial, pero Draco sabía que si a Potter le permitían tomar parte en la competición, era únicamente debido a que era la mascota de Dumbledore.

Así que, ultrajado por la injusticia que se había cometido, Draco dedicó todos sus esfuerzos a hacerle la vida imposible a Potter y a sabotearlo de todas las maneras posibles. De hecho, fue suya la idea de fabricar la insignias de apoyo a Cedric (de repente, Draco se había convertido en su mayor fan) que se transformaban en un "Potter apesta" al apretarlas.

Draco disfrutó mucho enseñándole su ingeniosa obra a Potter junto a la puerta de la clase de Pociones. Primero le mostró el mensaje de apoyo a Cedric y luego presionó la insignia para que apareciese el célebre slogan que había ideado con ayuda de Pansy.

—¡Ah, qué divertido! —ironizó Granger, mientras sujetaba a Potter por un brazo para impedir que tratara de atacarlo —Derrocháis ingenio.

Draco se molestó al ver a la sabelotodo tan indignada. Era de esperar que defendiera a su amiguito, pero en ello se revelaba como la hipócrita que era. Se le llenaba la boca hablando de normas y de hacer lo correcto, pero era la primera en saltárselas cuando le parecía. Por supuesto, ella no tenía ningún problema en que el desnutrido de Potter participara en el Torneo aunque eso fuese contra las reglas, porque ese idiota era su amigo. Estaba seguro de que, de haber sido Draco el que hubiese logrado burlar la línea de edad que rodeaba el cáliz, no lo apoyaría como segundo campeón de Hogwarts.

Incluso el lelo de Weasley se daba cuenta de que Potter era un tramposo y un fraude. A Draco no le había pasado inadvertido que desde que el Cáliz nombró a Potter cuarto participante del Torneo, esos dos no se sentaban juntos ni en clase ni en el Comedor y por lo que él había podido ver, ni se dirigían la palabra. De hecho, la comadreja, que normalmente saltaba como un perrito sobrexcitado para defender a Harry, estaba siendo testigo de toda la escena y no estaba moviendo un dedo.

Sin embargo, Granger nunca abandonaría a Potter. Nunca. Y, por alguna razón, eso ponía furioso a Draco, así que se descargó con ella.

—¿Quieres una, Granger? —le ofreció —Tengo montones. Pero con la condición de que no me toques la mano. Me acabo de lavar y no quiero que una sangre sucia me la manche.

Como era de esperar, fue Potter, y no Granger, el que sacó la varita para atacarle. Si había algo que odiaba de la comelibros (o mejor dicho, una de las cosas que más odiaba de la comelibros) era que dijera lo que dijera, nunca lograba provocarla y hacer que perdiera los papeles. Era como si él fuese tan insignificante como un mosquito: resultaba molesto pero lo apartaba de un manotazo y se olvidaba de él.

Draco lamentaba de haberla advertido cuando su padre y sus amigos salieron a divertirse en los mundiales de quidditch. Debería haberse quedado de brazos cruzados. Debería haber dejado que su padre la encontrara. Es más, debería haberlo deseado. Seguro que después de eso no lo miraría con superioridad, no actuaría con ese odioso aire de dignidad impoluta.

Tal vez no pudiera provocarla a ella, pero sí a Potter. Sabía que eso la molestaría.

Vamos, Potter —lo desafió, sacando también su varita —Ahora no tienes a Moody para que te proteja. Veremos si tienes lo que hay que tener…

Y entonces, todo se desató.

¡Furnunculus!

¡Densaugeo!

Los dos habían lanzado los conjuros a la vez, que chocaron en el aire y rebotaron en todas direcciones. El embrujo de Potter le dio a Gregory en la cara y el suyo hizo lo propio con Granger.

Gregory empezó a gritar cuando un montón de asquerosos forúnculos le brotaron en la frente y las mejillas. Granger, por su parte, se tapaba la boca emitiendo unos gemidos guturales, mientras la Comadreja corría a socorrerla.

Le llevó unos segundos lograr que la muchacha apartar las manos de su boca y cuando lo hizo Draco contuvo una exclamación. Sus dientes, que siempre habían sido más grandes de lo normal y tendían a apoyarse de manera visible en el labio inferior estaban creciendo a una velocidad de vértigo. Ya le llegaban prácticamente a la barbilla cuando Snape apareció y preguntó qué estaba sucediendo.

Todo el mundo empezó a hablar a la vez, Draco el primero, pero Snape los mandó callar a todos para darle el turno de palabra a él, que no desaprovechó la oportunidad.

—Potter me atacó, señor —explicó, fingiéndose atribulado — y le dio a Goyle.

Potter se puso a gritar su versión de los hechos, pero Snape lo ignoró. El espectáculo que tenía por escenario la cara de Gregory reclamó toda su atención.

—Ve a la enfermería —dijo el profesor. Gregory obedeció y Vincent se apresuró a acompañarlo y asegurarse de que no chocaba con nada por el camino.

—¡Malfoy le dio a Hermione! ¡Mire! —chilló Weasley. Para entonces los dientes de Granger ya le llegaban a la altura de las clavículas. Snape la observó con detenimiento unos instantes, y finalmente dijo: —No veo ninguna diferencia.

A Draco se le escapó una risotada al escuchar el cruel comentario de su profesor favorito, mientras Granger huía despavorida con los ojos llenos de lágrimas. Aquello hizo que Potter y Weasley perdieran la cabeza definitivamente y empezaran a gritarle a Snape, que los castigó y les quitó puntos para su casa.

Todo había salido a pedir de boca para Draco, que por fin sentía que el mundo recuperaba su equilibrio y se hacía justicia. Sin embargo, su sensación de victoria duró poco pues no llevaban más que unos minutos de clase cuando Creevey, un alumno de Gryffindor que era como un ratoncillo nervioso y que besaba el suelo por el que Potter caminaba, apareció para buscarlo con la excusa de que el cuatrojos tenía una sesión de fotos con el resto de Campeones del Torneo.

Aunque aquello tuvo como resultado un peliculero y lacrimógeno artículo de Rita Skeeter en que pintaba a Potter como un trágico héroe atormentado por la pérdida de sus padres, lo cual le reportó a él y a medio Slytherin muchas horas de diversión, también señalaba que éste había encontrado el amor en los brazos de Hermione Granger, que era descrita como "una joven de sorprendente belleza", además de una de las mejores alumnas de la escuela.

Aquello enfureció a Pansy ("¿Granger bella? ¡Es fea, vulgar y tiene dientes de conejo! ¿Es que Skeeter está ciega?) e hizo que Draco experimentara una extraña sensación de la boca del estómago. Sabía que Potter y Granger eran íntimos, ella siempre lo defendía y apoyaba, y desde que el renacuajo y su amigo comadreja se habían enemistado, la sabelotodo no lo dejaba solo ni a sol ni a sombra. Estaban juntos todo el tiempo: en clase, en la mesa del comedor, en Hogsmeade…

Pero a pesar de todo, a Draco nunca se le había pasado por la cabeza que estuvieran saliendo.

No entendía qué podía haber visto Granger en él. Potter era un canijo y esmirriado cuatro ojos con una cicatriz que le desfiguraba la cara y aspecto de tener doce años. Por no hablar de que como mago era más bien inútil y como estudiante de los peores. Lo único que se le daba medianamente bien era el quidditch, algo que de todos modos no impresionaba a Granger. Así que, ¿por qué querría estar con él? ¿Por la fama? Si su único mérito había sido algo que se supone que hizo con un año de edad, no entendía cómo podía impresionarle. Lo demás había sido una combinación de suerte y de la protección de Dumbledore.

Incluso Granger, que era sólo una sangre sucia, con pelos de arbusto y dientes de castor, podía aspirar a algo mejor.

No sabía por qué, pero la idea de que fuera la novia de Potter le ponía furioso. Así que se lo pasaba muy bien burlándose de éste con sus lloros por sus padres y su trágica historia, pero cada vez que Pansy o quien fuera sacaba a colación la parte del artículo que mencionaba su relación con Granger, se le agriaba el humor y trataba de cambiar de tema.

Meterse con Potter era divertido, pero dejaba a Pansy las burlas hacia Granger por las palabras de Rita. Sin embargo, Granger nunca se inmutaba ante sus comentarios maliciosos ni sus chanzas, sino que desfilaba con la cabeza muy alta como si estuviera por encima de todo eso.

A veces incluso se sonreía, como si estuviera muy contenta de que al fin su relación con Potter hubiera salido a la luz. Como si fuera algo de lo que enorgullecerse.

Draco había estado tan ofuscado por todo el asunto que tardó tres o cuatro días en darse cuenta de que había algo diferente en la sonrisa de Granger. Parecía más simétrica, más plena y más… perfecta.

Se quedó mirándola fijamente mientras ella sonreía por algo que le había dicho Potter casi al oído y entonces comprendió qué había cambiado. Sus dientes de castor habían desaparecido, ahora tenían un tamaño normal. Ya no se hundían en su labio inferior cuando tenía la boca entreabierta. Ahora eran pequeños y proporcionados, como el resto.

No era un cambio muy grande pero Draco se descubrió pensando que ahora la sonrisa de Granger era bonita. Esa impresión se asentó en su mente sin que pudiera hacer nada para evitarlo, pero pronto la racionalizó y se dijo que era sólo un pensamiento descabellado provocado por la sorpresa.

Estaba de acuerdo con Pansy. Rita Skeeter debía de estar loca o trastornada cuando escribió ese artículo y se le ocurrió calificar a Granger como una joven de sorprendente belleza. Lo sorprendente era que alguien pudiera considerarla hermosa con su terrible pelo y sus facciones vulgares. También estaban esos ojos del color del barro: daban ganas de chapotear en ellos y salpicarlo todo. Era, sin duda, la chica menos atractiva de todo el colegio y la única razón con la que Potter estaba con ella era que no podía aspirar a nada mejor.

Estaba seguro de que él ni siquiera se había dado cuenta del cambio en sus dientes.

Esa noche, cuando Pansy sacó el tema de Granger y su fealdad por enésima vez, en lugar de darle la razón, Draco le pidió que se callara arguyendo que le estaba provocando un dolor de cabeza. Ella lo miró entre sorprendida y dolida, pero no dijo nada. Aunque Draco debería haberse sentido aliviado, aquello no ayudó.

La cabeza le seguía doliendo y tenía ganas de romper algo. Estúpido Potter y estúpida Granger. A él le traía sin cuidado su vida.

Cogió la sobada copia del Profeta que Pansy había estado releyendo por millonésima vez y la rompió en pedazos, malhumorado. No quería oír hablar más de esa majadería de artículo.

Y ante el asombro de su amiga, Draco se levantó del sofá de la sala común de Slytherin en que estaban sentados y se marchó a la cama a pesar de que todavía no era la hora de cenar.


Aunque la familiar vista del castillo reflejándose sobre el lago hizo que Draco se sintiera en casa al bajar del Expresso, pronto se dio cuenta de que ese ya no era el Hogwarts que había conocido. Había menos carruajes que nunca esperando a los alumnos veteranos pues ninguno de los que eran hijos de muggles habían regresado a la escuela.

La Comisión de Registro de los Nacidos de Muggles se había encargado de eso. Yaxley, que formaba parte de la misma, había amenizado alguna de las veladas en Malfoy Mannor hablando de la cantidad de casos en los que había participado.

Se había citado a todos los magos y brujas sospechosos de ser sangre sucia: si no podían probar la existencia de algún antecesor de sangre mágica, automáticamente se consideraba que habían obtenido sus poderes de manera violenta. Entonces se les quitaba la varita y se los encarcelaba en Azkaban.

Aunque la comisión no existía desde hacía siquiera un mes, la voz se había corrido con rapidez en el mundo mágico y eran muchos los magos y brujas que estaban huyendo del país.

Draco ya sabía que Granger no iba a volver a Hogwarts, pero su ausencia no fue la única. De su curso faltaban Dean Thomas, de Gryffindor; dos alumnas de Hufflepuff y tres Ravenclaws. No había ausencias de su casa en el séptimo curso, pero sabía que la madre de Murton, alumna de cuarto, había sido detenida.

La Ceremonia del Sombrero Seleccionador fue más corta de lo habitual, pues era el año que menos alumnos nuevos habían ingresado en el colegio, y Draco se encontró echando de menos los disparatados discursos de Dumbledore.

Snape era el nuevo director y nunca se había caracterizado por ser muy generoso con las palabras. Su disertación fue breve y habló sobre todo de los cambios que se habían producido en el equipo directivo y el profesorado.

Draco no pudo evitar que sus ojos se deslizaran al lugar que ocupaba Alecto Carrows. El año anterior, la profesora Burbage se había sentado allí. Aquello le hizo recordar la escena con Nagini en el comedor de Malfoy Mannor y se le revolvió el estómago de repente. Al lado de Alecto estaba su hermano Amycus, que Snape presentó como nuevo profesor de Defensa contra las artes oscuras.

Hagrid, que para sorpresa de Draco conservaba su cargo como profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, se sentaba en una esquina de la mesa y tenía un aspecto apagado. Hasta parecía haber encogido de tamaño.

Después del discurso de Snape, todos se levantaron y se prepararon para dirigirse a sus respectivas casas. Draco seguía siendo prefecto así que le tocó encargarse de organizar a los Slytherin, especialmente a los de primero, para guiarlos hasta las mazmorras. Antes de dejar el Gran Comedor, su mirada vagó hasta la mesa de Gryffindor, en concreto a la zona en la que solía sentarse Granger. Estaba vacía, como si sus compañeros de casa guardasen el hueco en que acostumbran a sentarse Potter y sus mejores amigos, a la espera de su regreso.

Tragó saliva, notando un sabor amargo en la boca, y mientras se dirigía a las mazmorras, se preguntó dónde estaba Hermione Granger y si volvería a verla algún día.


¡Hola!

Me he alargado mucho con ciertas escenas dramione, pero es que la escena de los mundiales de quidditch me parece con mucho las más dramione de todas (bueno, esa y la del baile, que probablemente ocupe todo el siguiente capítulo). Pero es que me resulta tan graciosa. Es como:

Draco: Deberíais iros o van a atrapar a Hermione.

Harry: NO NOS DIGAS LO QUE TENEMOS QUE HACER.

Draco: Que si la pillan la van a torturar...

Ron: ¿ES ESO UNA AMENAZA?

Draco: Ellos son mortífagos y saben que es una sangre sucia (porque mi padre la conoce) y si la cogen le harán daño.

Harry y Ron: ¿LA HAS LLAMADO SANGRE SUCIA?

Draco: QUE OS VAYÁIS, QUE HERMIONE CORRE PELIGRO.

Ron: Qui is viyis qui Hirmini cirri piligri...

Hermione: Chicos, vámonos.

Harry: ¡pero nos vamos porque queremos, no porque tú lo digas, Malfoy!

Draco: Granger, ¡ponte una rebequita!

xD

Recuerdo que cuando la leí en su día, acabé convencidísima de que Draco y Hermione terminarían juntos (ilusa que era yo en mi tierna adolescencia). No, pero en serio, casualmente Draco está ahí, apoyado en un árbol, esperando a estos tres para advertirles de que se lleven a Hermione...

Por otro lado, en el fic de mi querida amiga Sig (Wars not make one great, que está en mis favoritos), ella planteó la idea de que Draco fue el único que se dio cuenta de lo que había sucedido con los dientes de Hermione después del incidente del hechizo desviado de Draco, y la verdad es que lo he adoptado como headcanon.

En lo que respecta a las partes del "presente", pretendo hablar del séptimo año de Draco en Hogwarts y que veamos un poco de la resistencia. Mi idea es que al final las dos líneas temporales (pasado y el séptimo año de Draco) confluyan y a partir de ahí seguir avanzando con lo que sucedió tras el séptimo libro, por supuesto, ignorando el epílogo. Espero que os guste lo que viene.

Por último, siempre que intento poneros el enlace de mi blog, la dichosa página y su política de no permitir enlaces ni correos electrónicos me lo borra así que voy a limitarme a deciros que se llama Cajón Desastre Web y que es de word press.

Ahora sí, sólo me queda desearos una feliz despedida de año y sobre todo, un maravilloso 2017. ¡Muchas gracias por acompañarme en esta recta final!

Con cariño, Dry

PD: Deja tu review para poder consolar a Draco por su berrinche tras el artículo de Rita :P (ni quisiera imaginar cómo se va a tomar el siguiente artículo cuando Krum aparezca en la ecuación :P)