Soy una desgraciada a la que le ha costado 4 meses actualizar. Es más, he escrito 3/4 de este capítulo hoy mismo (me sentía mal por teneros esperando desde hace tanto). Como siempre, padezco de una verborrea escritoril aguda y me he alargado un montón con todo, no sé cómo, de manera que sólo he cubierto el primer trimestre del quinto curso (ni eso). Lo bueno de este libro es que con el tema de los prefectos, tengo mucho pie para inventar o alargar escenas (por ejemplo, el incidente con el niño al bajar del Expresso de Hogwarts es canon. Hermione alude a él).
También vamos avanzando en lo oscuro que es el séptimo año en Hogwarts para Draco... Veremos cómo evoluciona la cosa. Espero que no os resulte un rollo interminable. ¡A leer!
Capítulo VII
She is everything and more
The solemn hypnotic
My Dahlia bathed in possession
She is home to me
—¿Draco? Llevabas mucho tiempo sin venir a verme.
Draco alzó la vista hasta el espejo que tenía delante. Reflejada en él, flotando junto a la puerta de uno de los cubículos del baño, estaba Myrtle la Llorona.
El fantasma de la estudiante repelente y acusica que había probado ser la única persona a la que Draco podía confiar lo que realmente sentía.
—Sí —admitió. Myrtle tenía razón. No había vuelto a sus aseos desde el curso anterior. Después de que Potter lo descubriera llorando allí, había sentido que aquel ya no era su lugar seguro.
Pero ahora el cuatrojos no estaba y ya no existían rincones donde sentirse a salvo en Hogwarts para él. Visitar a Myrtle, decir en voz alta lo que necesitaba sacarse del pecho, era correr un riesgo estúpido. Pero la alternativa era dejarse llevar por el pánico, la ansiedad y posiblemente sufrir una crisis nerviosa que no podía permitirse.
Myrtle debió adivinar por su cara que no era un buen momento para hacerle reproches por haberla olvidado, porque se acercó a él y le puso una mano en el hombro. La sensación era fría, casi húmeda y desagradable. No había en ella nada parecido a la calidez y el consuelo del contacto humano, pero le ayudó a recuperar la conexión con la realidad, a respirar de nuevo.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó ella con una dulzura que aplacaba el timbre tan irritante que tenía su voz.
—Granger —murmuró Draco, con los dientes apretados.
Ese día había empezado como cualquier otro. La lluvia parecía atravesar el techo cuajado de nubarrones grises del Gran Comedor durante el desayuno. El Profeta seguía siendo el panfleto publicitario del Ministerio de Voldemort y la mesa de Gryffindor continuaba estando medio vacía, sin que nadie ocupara el sitio de Granger. La única diferencia con cualquiera de los días anteriores era que Pansy no había llegado puntual al desayuno. Cuando hizo acto de presencia, Draco ya casi había acabado de beber su copa de zumo e incluso Vincent parecía haberse llenado el estómago de muffins hasta el límite de su capacidad.
Pansy se sentó al lado de Draco, obligando a Theodore a moverse para dejarle espacio. Lucía una sonrisa satisfecha y había un brillo de malicia en su mirada que en otros tiempos Draco habría encontrado atractivo.
—Tengo noticias. He oído que unos Carroñeros han encontrado a Granger en la biblioteca de una aldea de pescadores muggles. Se ha resistido y la han matado.
Gregory se quedó paralizado con la boca abierta y una galleta en la mano. Theodore elevó las cejas en un gesto de sorpresa y Blaise bajó la copa que había estado bebiendo con lentitud.
En cuanto a Draco, se le paró el corazón.
—¿Estás segura? Ya se ha muerto y revivido tantas veces según los rumores que parecer tener más vidas que su horrible gato —señaló Blaise, y Draco experimentó una intensa oleada de afecto por él que nunca antes había sentido.
Pansy chascó la lengua, molesta porque alguien hubiese puesto en duda su información.
—Esta vez va en serio. Al parecer se había refugiado allí con sus padres muggles. Los Carroñeros acabaron con ellos primero e intentaron apresar a la sangre sucia para llevarla al Ministerio, pero se resistió tanto que se vieron obligados a matarla. Qué pena, ¿verdad? —explicó, con una sonrisa sarcástica.
Y entonces, Draco estaba seguro de que no se lo había imaginado, lo miró a él, directamente, como aguardando su reacción. Intentó decir algo, pero no sabía qué. La sangre había dejado de correrle por las venas, como si se hubiera solidificado, convirtiéndose en hielo escarlata. La piel le dolía de lo erizada que estaba. Y su cerebro parecía embotado, como si alguien lo hubiera rellenado de bolas de algodón.
Sólo podía imaginar a Granger muerta, tumbada en el suelo con las piernas dobladas en un ángulo antinatural y la varita, rota, pendiendo de una mano laxa y llena de sangre coagulada.
—Una sangre sucia menos —murmuró Vincent y, recuperado su apetito, decidió atacar su décimo muffin de la mañana.
—¿Qué opinas, Draco? —insistió Pansy. Él la miró, aturdido, y por un momento ni siquiera la reconoció. Luego se dio cuenta de que todos sus amigos estaban observándolo, incluso los Slytherin de otros cursos que habían estado escuchando la conversación con poco disimulo.
Draco se puso en pie con torpeza. Sabía que Pansy estaba poniéndolo a prueba, que debía disimular. Debería decir que se alegraba y seguir con su vida como si nada, pero era incapaz de fingir.
Miró a su público sin verlos y masculló un "No podría importarme menos", antes de marcharse con pasos apresurados. Hubiera echado a correr de haberse atrevido.
Sus pies lo guiaron hacia los aseos de Myrtle y ahí estaba, tratando de no llorar.
—¿Qué le ha pasado a Granger? —insistió la fantasma en voz baja.
—Los rumores dicen que los Carroñeros la han asesinado —respondió, con una voz tan inflexiva y muerta que no la reconoció como suya. Buscó su reflejo en el espejo, para asegurarse de que era él quien había respondido, pero tenía los ojos empañados y sólo era una mancha borrosa.
Myrtle guardó silencio durante unos segundos. Después, soltó una risita que hizo que Draco se sintiera como si le hubiesen arrojado agua helada en la cara. Aquello le aclaró la visión y cortó en seco los estertores del llanto contenido en su pecho.
Miró a Myrtle, sin dar crédito.
—¿Te parece gracioso? —masculló, con los dientes apretados. De pronto sentía el impulso de atravesar la incorpórea figura de la fantasma de un puñetazo.
—Vamos, Draco. Sólo son rumores. Ayer mismo escuché que estaba escondida en Finlandia y unos alumnos de segundo decían hace tres días que era una amimaga que podía transformarse en avestruz. Una avestruz, ¿te lo puedes creer? —se mofó Myrtle.
Draco deseaba creerla con todas sus fuerzas, pero Pansy parecía tan convencida… y la historia era mucho más verosímil que los rumores habituales. Tenía sentido que Granger se hubiera escondido con sus padres. Tal vez se ocultaba con ellos en el bosque de Rowstone cuando los Carroñeros captaron su rastro y Draco trató de avisarla. Tal vez se fueron a ese pueblo costero precisamente debido a su aviso…
—¿Quién te ha contado el rumor? —preguntó la fantasma.
Draco no veía qué importancia podía tener eso, pero contestó de todos modos.
—Pansy. Pansy Parkinson.
—Ah, ella —Myrtle resopló con desprecio— Entonces no le daría ningún crédito. Conozco a las de su calaña. Es como esa estúpida de Olive Hornby. Siempre se metía conmigo y se burlaba de mis gafas, y le gustaba inventarse cosas terribles sobre los demás porque era clase de persona… Ah, pero yo le di su merecido hasta que la muy acusica se quejó al Ministerio de Magia y me enviaron de vuelta aquí…
Myrtle empezó a divagar sobre cómo persiguió a Hornby durante años e incluso fastidió la boda de su hermano, pero Draco no le prestó mucha atención. En cierto modo se sentía en deuda con ella porque guardaba sus secretos y siempre parecía dispuesta a escucharlo, pero también era una compañía un tanto aburrida: podía desvariar durante horas sobre personas que murieron mucho antes de que Draco naciera. Por otro lado, tampoco requería una escucha activa. Cuando entraba en esos trances, parecía olvidar que Draco estaba presente, lo que le permitía pensar en sus propios asuntos.
Y justo eso era lo que estaba haciendo. Las palabras de Myrtle arrojaban una nueva posibilidad que no se había planteado: no era sólo que el rumor sobre la muerte de Granger pudiera ser falso, sino que incluso era posible que Pansy se lo hubiera inventado. Pero, ¿por qué? ¿Para fastidiarlo a él? No se trataba de que Draco no la creyera capaz de hacer algo así, sino de que eso implicaba que Pansy sabía lo que sentía por la Gryffindor.
Sin embargo, si era así, ¿por qué no le había delatado?
Quizás porque sólo lo sospechaba y no tenía pruebas para acusarle. Tal vez porque era consciente de qué consecuencias tendría para Draco que su pasión secreta por una sangre sucia llegara a oídos de Lord Voldemort.
No creía a Pansy capaz de llegar tan lejos. Pero sí la veía capaz de tratar de escarmentarlo a su manera. Hacía un tiempo que ellos dos no eran nada, si alguna vez lo habían sido, aunque ella seguía comportándose como si de algún modo estuviesen juntos. Lo que Myrtle decía tenía sentido y Draco decidió aferrarse a ello con todas sus fuerzas. Después de todo, Pansy esa era la menor de sus preocupaciones.
Lo importante era que, en ese momento, en algún lugar, probablemente Granger estuviese viva.
Draco llevaba días deseando que llegara el 1 de septiembre. Hacía unas semanas que un búho le había llevado una carta de Hogwarts, acompañada de una insignia, en la que lo nombraran prefecto de Slytherin.
No era una noticia inesperada, pero no por ello la recibió con menos satisfacción. Su madre lo elogió y su padre afirmó que "no esperaba menos", aunque no pudo disimular algo parecido a una sonrisa llena de orgullo.
En los últimos tiempos, no veía demasiado a Lucius. Casi nunca cenaba con él y su madre, y aunque nunca explicaba el motivo, Draco sabía muy bien que tenía que ver con Lord Voldemort. A veces los padres de Vincent y Gregory acudían a Malfoy Mannor a reunirse con él.
Draco despertó más de una vez en plena noche y escuchó voces en la planta inferior. Descalzó, se acercó a espiar, deseoso de saber qué estaba sucediendo. Vio a un hombre de pelo canoso al que su padre llamó Avery, y también a un mago y una bruja de tamaños muy diferentes pero con cierto parecido, que más tarde descubriría que eran los hermanos Carrow.
Escuchó la palabra Azkaban en una ocasión, pero no entendió nada más. Quería preguntarle a su padre al respecto, pero sospechaba que se enfadaría si descubría que lo había estado espiando. Por alguna razón que Draco no comprendía, Lucius se mostraba muy reservado y hermético con todo lo que tenía que ver con Voldemort. Se le veía satisfecho por su regreso pero insistía en mantener a Draco al margen.
Por su parte, Narcissa no parecía interesada en conocer los detalles de lo que su marido hacía al servicio del Lord Oscuro y siempre le decía a Draco que era demasiado joven para estar al tanto de esa clase de asuntos.
Pretendían que siguiera como si nada, como si no supiera un gran secreto que el mundo mágico ignoraba: que Lord Voldemort había vuelto.
Draco leía El Profeta todos los días, esperando encontrar alguna noticia que pudiera relacionar con el Señor Oscuro y su padre, pero el periódico sólo hablaba de lo desequilibrado y peligroso que era Harry Potter y de cómo Dumbledore estaba perdiendo la chaveta debido a su avanzada edad. No había mención alguna a misteriosas muertes de muggles o sangre sucias y Draco cerraba todos los días el periódico con una extraña mezcla de alivio y decepción. Por alguna razón, eso siempre le hacía pensar en Granger.
Los primeros días de las vacaciones de verano había tenido un sueño que se había esforzado en olvidar. En él, Voldemort, encarnado en una figura oscura, con un rostro pálido de duras facciones, aparecía en medio de la noche en un barrio muggle y se dirigía a una casa de ladrillos rojos. Lo siguiente que Draco recordaba era a un matrimonio muggle de mediana edad tendido en el suelo del salón. Sus caras no tenían rasgos pero sí una expresión de silencioso terror. En el sueño, seguía avanzando por docenas de habitaciones, demasiadas para una sola casa, hasta que llegaba a una estancia llena de libros y estanterías. Sentada en un sillón, estaba Granger. Tenía un libro abierto sobre el regazo y su brazo derecho colgaba al lado del reposabrazos, con los dedos semiflexionados a sólo unos centímetros del suelo.
Parecía dormida. Una maraña de pelo marrón le cubría la cara.
Pero había algo extraño en el libro que estaba leyendo. Algo rojo brotaba de la junta entre las dos páginas y se extendía por el papel hasta teñirlo por completo. Se derramaba por su regazo, empapaba el sillón y goteaba hasta el suelo, que de pronto estaba cubierto de hojas, cientos de hojas, ensangrentadas. La cabeza de Granger caía hacia un lado y Draco se daba en cuenta entonces de que su piel tenía un tono azulado, como si estuviera congelada.
O mejor dicho, como si llevara horas muerta.
Después de ese sueño, pasó un par de noches en las que apenas pudo dormir. Pero a poco a poco, olvidó. O al menos logró enterrarlo en las profundidades de su mente.
Su nombramiento como prefecto le dio otras cosas en las que pensar. Para celebrarlo, sus padres y él fueron al Callejón Diagon a principios de agosto y, además de sus nuevos libros y renovar sus ingredientes para Pociones, también se compró un par de elegantes túnicas para llevar a Hogwarts.
Lucius estaba de muy buen humor ese día. Tomaron un helado en Fortescue mientras él ojeaba El Profeta y su padre dejó caer, como de pasada, que tal vez "el dichoso niño que vivió nunca volvería a Hogwarts".
—¿Qué quieres decir? —se interesó Draco.
El hombre mostró una sonrisa enigmática antes de responder.
—Mis contactos en el Ministerio me han dicho que Potter ha usado magia delante de muggles hace unos días. Tiene una vista que, según me han informado mis fuentes, presidirá el mismo Cornelius Fudge. Con toda probabilidad le requisarán la varita y no podrá volver a Hogwarts.
A Draco ningún helado de Fortescue le había sabido tan bien como el que saboreó pensando que se había librado de Potter para siempre. Lo imaginaba pasando el resto de su vida en Mugglelandia, haciendo lo que quiera que hicieran con sus miserables existencias los no mágicos.
Sin embargo, sus ilusiones duraron poco tiempo porque, como era habitual para el cuatro ojos, logró escabullirse de la justicia por la intervención de Dumbledore, según su padre le relató unos días después.
—Pero no todo es malo —aseguró Lucius —se avecinan cambios en Hogwarts. Fudge no va a permitir que Dumbledore siga devaluando la enseñanza de nuestros jóvenes magos, llenando el colegio de sangre sucias, semigigantes y todo tipo de seres de baja estofa. Espera y verás, Draco.
Con esa perspectiva, Draco se subió al Expresso de Hogwarts con su flamante insignia de prefecto prendida de la nueva y carísima túnica que le habían regalado sus padres. Se dio importancia desde el primer segundo, ordenando a Vincent y Gregory que buscaran un compartimiento y cargaran con su baúl, ya que él tenía que hacer "cosas de prefecto".
De momento, eso consistía en ir al vagón reservado a los prefectos. Era una estancia elegante, forrada con paneles de ébano y llena de asientos de cuero gris. Pansy lo aguardaba allí, muy estirada y con la cabeza muy alta. Los prefectos de Ravenclaw ya habían llegado (Anthony algo y una de las gemelas Patil, Draco no era capaz de distinguirlas ni sabía sus nombres) y también el memo pomposo de Enrie McMillan que lo saludó con una ostentosa inclinación de cabeza a la que no se molestó a contestar.
Todavía no había rastro de Potter y su compañera prefecta. Draco estaba seguro de que Dumbledore había escogido a Granger a pesar de ser una sangre sucia. Ya era bastante malo que Hogwarts admitiera a impuros, pero era todavía peor que les dieran cargos de poder. Además, Granger ya era repelente y mandona sin tener ninguna autoridad, así que Draco imaginaba que sería todavía más insoportable si ostentaba el puesto de prefecta. Por fortuna para él, serían los miembros de su casa los que tendrían que sufrirla la mayor parte del tiempo.
—¿Has visto este lugar? —le espetó Pansy, antes incluso de que Draco pudiera sentarse —Mira qué lujo y qué buen gusto, nada que ver con los horribles compartimentos de estudiantes. Esto sí que está a nuestra altura. Pienso quedarme aquí todo el viaje.
—¿Estás segura de eso? —inquirió él, mirando a la puerta del vagón por la que Hermione Granger entraba en ese momento.
No había cambiado nada en los dos meses que llevaba sin verla. Era posible que hubiera crecido un par de centímetros, pero su vulgar rostro seguía igual y tenía aspecto de haber sido peinada por un tornado. Para colmo de males, llevaba ropa muggle. Unos vaqueros ajustados y una sudadera muggle. Su insignia de prefecto no estaba a la vista.
Detrás de ella entró el pobretón de Weasley y Draco experimentó unos momentos de confusión. ¿Qué hacía él allí? Al ver la expresión nerviosa de la Comadreja, comprendió rápidamente todo lo que había sucedido y no puedo evitar (ni lo intentó) romper a reír a carcajadas.
—¿En serio, Weasel? ¿Tú eres el nuevo prefecto de Gryffindor? ¿No había nadie más inútil para el cargo, como por ejemplo Longbottom? —se mofó —O Dumbledore está todavía más chiflado de lo que dice El Profeta o es que tu familia te ha comprado el puesto. Oh, espera, eso es absurdo. Viendo tu ropa está claro que los Weasley no tenéis dónde caeros muertos. Lo que me lleva a afirmar que es Dumbledore el que chochea.
Weasley se puso colorado, hasta las orejas, y apretó los puños. Dio un paso hacia él, pero Granger le puso una mano en el brazo y le susurró algo al oído que pareció calmarlo un poco. Se limitó a fulminarlo con la mirada mientras Pansy se limpiaba las lágrimas de la risa.
El pelirrojo fue a sentarse lo más lejos posible de ellos dos. Granger, antes de seguirlo, se detuvo a su lado para lanzarle una mirada llena de desprecio.
—Ron será mucho mejor prefecto de lo que tú podrías serlo jamás —declaró.
¿Weasley mejor que él en algo? La idea era tan ridícula que Draco no comprendía por qué ese comentario le dolía tanto. Quiso darle una réplica cortante y abrió la boca para balbucear algo, no sabía qué, pero por alguna razón ninguna palabra acudió a su mente.
Por suerte, Pansy le libró de responder.
—Ron será mucho mejor prefecto de lo que tú podrías serlo jamás —imitó, poniendo una voz chillona y quejumbrosa que se parecía bastante a la de Granger —Granger, no insultes nuestra inteligencia. Los prefectos debemos dar ejemplo: no podemos mentir.
La Gryffndor apretó los labios en una mueca de disgusto y se alejó a zancadas, para sentarse junto a Weasley, que seguía muy colorado. Draco se aseguró de reírse exageradamente (se carcajeó a todo volumen e incluso se dio varias palmadas en las rodillas, como si no pudiera soportar lo gracioso que le resultaba lo que Pansy había dicho) mientras que la seguía con la mirada.
Por su parte, la sangre sucia fingió que no oía su escandalosa risa y se puso a hablar con Weasley en voz baja, con las cabezas muy juntas. Draco dejó de encontrar aquello divertido mucho más rápido de lo que le hubiera gustado y se volvió hacia a Pansy, decidido a ignorar a los dos tórtolos.
—Gryffindor va de mal en peor —comentó ella, mirando a los dos prefectos de la casa de los leones por encima del hombro —una sangre sucia y un amante de los impuros que además es un mago mediocre.
—Mira el lado bueno: Potter no es prefecto, lo que significa que podemos hacerle la vida imposible.
Draco acababa de caer en la cuenta de que podría quitarle puntos a Potter y eso le abría un maravilloso mundo de posibilidades. En ciertas circunstancias, además, los prefectos podían castigar a los alumnos que hubiesen cometido infracciones y Draco estaba más que deseoso de sacarle partido a su cargo. La idea hizo que su mal humor mejorase.
La reunión de prefectos fue breve, una vez hubo llegado Abbott, representante de Hufflepuff. Todos habían recibido una larga carta llena de obligaciones y deberes, junto a una copia actualizada de las normas de Hogwarts. Debían conocerlas al dedillo. La carta también les indicaba que debían reunirse con el Jefe/a de sus Casas a la mayor brevedad, quién les informaría más detalladamente y comenzaría a elaborar su horario de rondas.
Después de poner en común la información recibida (McMillian se empeñó en llevar la batuta de la reunión, como si alguien lo hubiese nombrado jefe de los Prefectos, así que Draco y Pansy socavaron su auto otorgada autoridad hablando al mismo tiempo que él o haciendo comentarios burlones sobre todo lo que decía), todos quedaron libres para continuar en el vagón de prefectos o moverse a un compartimento de estudiantes.
Pansy quiso ir a enseñarle la insignia a sus amigas y Draco se reunió con Vincent y Gregory, e hicieron una ronda por los distintos compartimentos, para ponerse al día con sus compañeros después del verano. Hicieron una visita obligada al de Potter, donde Draco se mofó de él por no haber sido elegido prefecto a favor de Weasley, pero Granger los echó de allí con cajas destempladas.
No sería una exageración decir que los escoltó hasta el pasillo y le cerró la puerta del compartimento en las narices. Durante un instante, su cara estuvo sólo a unos centímetros de la de Draco. Tenía el ceño fruncido, los labios apretados y los ojos brillantes de enfado.
Él nunca se había fijado en que no eran tan oscuros como siempre había creído. Era un día soleado y la luz bañaba el pasillo del Expresso de Hogwarts y se reflejaba en los ojos de Granger. No era del tono marrón del chocolate o las castañas asadas, ni del color intermedio de las avellanas. Le hacían pensar en el otoño, en la gama de tonos vivos de las hojas secas, antes de empezar a apagarse en los rigores del invierno.
Draco se quedó tan aturdido por el curso de sus pensamientos que tardó unos segundos en reaccionar y para cuando quiso hacerlo, la puerta estaba cerrada y Vincent y Gregory lo miraban, a la espera de que él les dijera qué hacer a continuación.
Malhumorado, echó a andar de vuelta a su compartimiento, intentando borrar de su mente todos los conocimientos sobre las distintas tonalidades del color marrón que acababa de descubrir que tenía.
No volvió a ver a Granger hasta que el Expresso llegó a Hogsmeade. Como parte de sus labores como prefectos, él y Pansy debían supervisar que hubiera orden en la bajada del tren, la llegada de los alumnos nuevos a la orilla de Hogwarts para su travesía en barca y el reparto del resto en los carruajes.
Cuando Draco vio que Granger se dirigía a un grupo de alumnos de primero, le dijo a Pansy que se encargara ella de los carruajes. No le costó seguir a la muchacha entre la multitud: lo bueno de los estudiantes novatos era que eran una o dos cabezas más bajos que el resto.
Granger llamaba a los alumnos de primero y les indicaba con gestos el camino que debían tomar, así que Draco no quiso ser menos.
—Eh, renacuajos, dirigíos hacia el embarcadero —dijo en voz alta No tanto porque los críos lo escucharan como para llamar la atención de Granger —Por ahí no, mentecato. ¿Crees que vas a encontrar un embarcadero en la acera?
Francamente, Draco se preguntaba de dónde habían salido todos esos inútiles. Cuando él llegó a Hogwarts por primera vez, al menos tenía las luces suficientes para saber que debía dirigirse hacia el lago. El hecho de que los alumnos de primero cruzaban el lago en barca, guiados por el gigante bobo de Hagrid, era vox populi. Todo mago y bruja de bien lo sabía. Tal vez que todos eran sangre sucia, como Granger.
Hablando de ella, la muchacha se había abierto paso entre el gentío para colocarse cerca de él y adelantarse a sus indicaciones. Draco se dio cuenta de que estaba espantada por su manera de dirigirse a los recién llegados e intentaba suavizar todo lo que él decía, lo que encontraba muy divertido.
—Mocosos, id por la izquierda —gritaba él —Esa es la derecha, por el amor de Merlín. ¿Cómo podéis ser tan imbéciles?
—Malfoy, ¡ya está bien! —lo reprendió ella en un susurro áspero, aproximándose todavía más a él. Al parecer, no quería que los niños la oyeran. Por supuesto, no podían oír discutir a mamá y a papá.
—Bien, dejaré que se pierdan entonces. Que acaben en Cabeza de Puerco o se caigan por el primer barranco con el que se topen…
—Sabes que no me refiero a eso —masculló Granger. Draco descubrió que, cuando quería, podía hablar sin mover apenas los labios. Los recordaba más finos y su boca más… menos… bueno. La recordaba diferente. Debió de quedarse mirándola algo más de lo debido porque ella le asesinó con los ojos —¿Qué demonios te pasa?
Justo en ese momento, un alumno tropezó con el bajo de la túnica y golpeó a Draco sin querer. Aunque no le hizo demasiado daño, él se enfureció por varias razones.
La primera: tenía la sensación instintiva de que acababan de pillarle haciendo algo indebido, vergonzoso e indigno de él. Por otro lado, no le gustaba que le tocaran. Ese era un privilegio del que muy pocas personas podían gozar, y dentro de unos límites razonables. Además, no se trataba de que lo hubieran tocado: un estúpido crío lo había arrollado.
—Mira por dónde vas, majadero —le espetó. El niño retrocedió un par de pasos. Ni siquiera le llegaba a la altura de los hombros, pero a Draco no le dio pena. Se sentía irritado y le apetecía pagarlo con él —Tres puntos menos para la casa que tenga la desgracia de acogerte entre sus filas. Estoy seguro de que no será Slytherin. Allí no admitimos a inútiles como tú.
—¡Malfoy! —barbotó Granger, boquiabierta e indignada —¡No puedes quitarle puntos! ¡Todavía no estamos en Hogwarts y en cualquier caso, no es así cómo funciona lo de ser prefecto! Ni siquiera hemos llegado al colegio y ya estás abusando de tu poder…
La muchacha se sumió entonces en un acalorado discurso sobre las responsabilidades y deberes de un prefecto, así como las cualidades que éste debía tener. Draco desconectó a las tres palabras y se dedicó a mirar al niño, que se había quedado paralizado, quizás demasiado asustado para moverse. Sonrió con malicia e hizo ademán de dar un paso hacia él, lo que bastó para que la criatura reaccionara y se alejara corriendo hacia la orilla del lago.
-¡Malfoy! —volvió a chillarle Granger —Eres realmente una elección terrible como prefecto.
Aunque Draco había dejado de escucharla como cinco minutos atrás, ese comentario penetró su nube de indiferencia y le ofendió sobremanera. Se puso furioso y buscó algo que decirle, pero antes de encontrar el qué, ella ya se había alejado con los últimos alumnos de primero, que ya estaban subiendo en los botes.
No había rastro de Hagrid por ninguna parte, pero Draco estaba demasiado enfadado para reparar en ello y de haberlo hecho le hubiera traído sin cuidado de todos modos. Decidiendo que Granger no se merecía ni un segundo de su atención, se encaminó hacia los carruajes, dando zancadas largas y furiosas. Encontró a Vincent y Gregory con facilidad.
Se habían quedado parados, esperándole, con Pansy, Theodore y Blaise. Estaban cerca de un carruaje pero no parecían haberlo reservado porque un par de alumnos de segundo empezaban a subir en él. Aunque había sitio para todos, Draco no estaba de humor para compartir espacio con unos niñatos así que llegó, los apartó de malas maneras y se subió. Sus amigos lo siguieron.
Antes de cerrar la portezuela, Draco echó un vistazo alrededor. No lo hizo conscientemente pero estaba buscando a Granger con la mirada. La encontró, no muy lejos de allí, observándolo con una expresión que dejaba claro lo mucho que despreciaba lo que él acababa de hacer.
De algún modo aquello le reconfortó. Significa que Granger estaba más pendiente de él de lo que le gustaría reconocer.
Su padre no había mentido cuando le aseguró que ese curso en Hogwarts iba a ser muy diferente. Su nueva profesora de Defensa Contra Las Artes Oscuras era Dolores Umbridge, trabajadora del ministerio y mano derecha de Fudge. Aunque hacía de la asignatura un soberano aburrimiento (todo consistía en leerse el soporífero manual) tenía su lado bueno. Parecía odiar a Potter y todos los de su calaña casi tanto como Draco y por lo visto el llorica cuatrojos no era capaz de contenerse en su presencia y explotaba continuamente. Sus exabruptos le habían valido más de un castigo.
Además, era receptiva a las lisonjas de Draco, que la adulaba con la esperanza de salir beneficiado. Su padre siempre decía que era bueno tener al personal de Ministerio de su lado. "Así se tejen las redes de influencias, Draco. Así logras que la palabra adecuada en el oído adecuado, te abra todas las puertas" le había explicado más de un vez.
Otro aspecto positivo era que no había rastro de Hagrid. Las clases de Cuidado de Criaturas Mágicas las impartía su sustituta habitual, la profesora Grubbly Plank, y no sólo eran más interesantes, sino que el peligro de ser devorado, mutilado o asesinado por una de las criaturas a las que debían cuidar, había descendido de manera considerable. Esas clases tenían otro atractivo: poder criticar la absoluta incompetencia de Hagrid como profesor de modo que Potter pudiera huirlo. Hacerlo perder los estribos era tan fácil como quitarle un caramelo a un niño, y tenía el efecto colateral, igualmente satisfactorio, de molestar a la empollona comelibros. Ese curso estaba recibiendo más miradas airadas suyas que en todos los anteriores juntos.
Su cargo de prefecto le daba maravillosas facilidades para hacerla rabiar. A veces molestaba a alumnos al azar sólo porque ella estaba cerca y sabía que vendría. Por ejemplo, quitó dos puntos a una alumna de Ravenclaw por ir con los cordones desatados.
—Es peligroso para ti y para tus compañeros. Podrías tropezar y hacer daño a alguien. Podrías chocar contra una armadura, una estatua o contra uno de nuestros valiosos cuadros y dañarlos sin remedio. Como comprenderás, no puedo permitirlo.
—Eso es una desfachatez, Malfoy —replicó Granger, mientras se acercaba por el corredor del cuarto piso a paso vivo —No puedes quitarle puntos por eso.
—No sólo puedo, sino que acabo de hacerlo —contraatacó él —Y no puedes hacer nada al respecto. ¿Cuántas veces debo recordarte que no tienes poder para anular las medidas disciplinarias que imponga otro prefecto, Granger? ¿Y se supone que tú eres la más lista de tu casa?
Enfurecer a Granger era tan sencillo como satisfactorio. Sólo tenía que abusar un poco de su cargo y, voilà, eso le proporcionaba la coyuntura perfecta para recordarle que no tenía nada que hacer al respecto y poner en duda su supuesta inteligencia por no haberse dado por enterada todavía.
Ella resopló con fuerza, como si no supiera qué hacer, y después se volvió hacia la alumna de Ravenclaw.
—¿Cómo te llamas?
—Eleanor Marston —respondió ella, acobardada.
—Bien, te he visto indicar a unos alumnos de primero cómo llegar a su clase de Encantamientos. Es un comportamiento muy cívico por tu parte y por ello te recompenso con dos puntos para tu casa. Ahora vete.
La niña fue lo bastante avispada como para desaparecer de la vista de Draco antes de que éste pudiera encontrar una nueva manera de perjudicarla. Pero él no tuvo la prudencia de hacer lo mismo con Granger.
—Esto no puede seguir así, Malfoy —le reprochó ella, señalándole con un dedo acusador en cuanto se quedaron solos —Hogwarts no es tu cortijo para que impartas "justicia" —formó unas comillas con los dedos al pronunciar esa última palabra —a placer. No tienes libertad ilimitada, ¡hay unas normas! ¡Quitar puntos a una alumna por tener los cordones desatados es pasarse, y mucho, de la raya!
—¿De verás, Granger? —preguntó él con fingido aburrimiento —En ese caso, háblalo con el Jefe de mi Casa. O tal vez puedas comentárselo a Dumbledore… aunque si los rumores son ciertos, no creo que vaya a seguir por aquí mucho tiempo.
El Ministerio estaba deseando quitarle la dirección a Dumbledore. Era un secreto a voces y Umbridge cada día se toma más atribuciones como representante de Fudge, llegando al punto de evaluar al resto de profesores.
Granger apretó los labios y se limitó a mirarlo con desprecio durante unos instantes. Después levantó la barbilla y se marchó, muy digna, por donde había venido.
A Draco le encantaban esos momentos. Habían tenido conversaciones como esa casi a diario en las últimas semanas. Él se había asegurado de ello cometiendo "abusos" a la vista de la comelibros para forzarla a intervenir. Discutir con ella era estimulante y, de algún modo retorcido y muy enterrado en su conciencia, disfrutaba de tener toda su atención sólo para él.
Sólo lo hacía cuando Pansy no estaba presente. Al principio no le importaba que ella estuviera cerca, pero con el paso de los días, su amiga parecía encontrar menos divertido y cada vez más molesto que estuviera provocando a Granger todo el tiempo.
"Hay más sangre sucia en Hogwarts", le había llegado a decir con hastío una vez. Después de aquello las cosas estuvieron raras entre los dos durante un par de días y de manera instintiva, Draco decidió dejar de buscar problemas con Granger cuando Pansy estaba cerca. Además, disfrutaba más de sus peleas si estaban solos.
No había nada raro en ello, se repetía. De hecho, estaba haciendo lo que se esperaba de él. Era aberrante que en Hogwarts hubiera una prefecta sangre sucia, así que alguien tenía que ponerla en su lugar. En realidad, estaba haciendo algo noble y Pansy debería agradecérselo. Sin embargo, no se sentía inclinado a decirle eso en voz alta.
También Weasley era presa fácil de los ataques verbales de Draco. Había entrado en el equipo de quidditch de Gryffindor a pesar de ser casi tan torpe e inútil como Longbottom, por la sencilla razón de que era el mejor amigo del niño que vivió. Pero Montague había enviado a Pucey a espiar uno de sus entrenamientos y éste había regresado desternillado de risa, diciendo que Weasley era patético y un auténtico peligro para sus compañeros.
El primer partido de la temporada era Gryffindor/Slytherin así que los ánimos estaban caldeados desde el principio. Draco propuso componer una canción para "animar al pobretón de Weasley a explotar todo su potencial como Guardián" a lo que el resto se unieron entusiasmados. De hecho, fue más allá y planteó la creación de chapas con el lema "Weasley es nuestro rey" que repartieron varias tardes en la sala común de Slytherin. La idea era que las llevaran durante el partido, mientras coreaban la canción sobre la Comadreja que habían compuesto los miembros del equipo de quidditch (excepto Vincent y Gregory, que no eran famosos por su retórica ni su imaginación). Draco pasó ratos de lo más agradables ensayando la canción con sus compañeros de casa, mientras proyectaba la letra en color verde en la pared que había junto a la chimenea.
Pero no todo fue música y risas. Durante las semanas previas al partido entrenaron muy duro y Montague no perdía ninguna oportunidad para criticar el más mínimo error que pudieran cometer y ensañarse con ellos. A veces Draco sentía que lo odiaba, pero le consolaba saber que cuando Montague se graduara, él sería el próximo capitán del equipo de Slytherin.
La noche antes del partido apenas fue capaz de dormir y sintió nauseas durante el desayuno al ver cómo Vincent y Gregory desayunaban cantidades industriales de magdalenas, como si nada. Aunque, después de todo, ellos sólo tenían que aporrear una bola. Era Draco el que tenía el papel más difícil y crucial en ese encuentro.
Todavía no había logrado ganar ningún partido en el que Potter hubiera sido su rival. Estaba harto de que lo humillara. Y eso que el Cara Rajada ni siquiera tenía talento, sólo una abominable cantidad de suerte.
Aunque todo presagiaba que con Weasley los aros de Gryffindor serían un colador, la victoria seguía dependiendo casi en un 100% de que él atrapara la snitch antes que el canijo con gafas.
Todo estaba saliendo a pedir de boca. Casi todo Slytherin acudió al partido con sus chapas de Weasley y cantaron a voz en grito la canción "A Weasley vamos a coronar". Por mucho que Lee Jordan, el comentarista más parcial de la historia de Hogwarts, trató de disimular el rugido de la multitud, era imposible.
Como era de esperar, esto minó la ya de por sí escasa confianza del pobretón, que no era capaz de distinguir su mano izquierda de la derecha. Montague, Pucey y Warrington marcaron tantos goles que los brazos debían de dolerles. Como la cosa siguiera así, ni siquiera le haría falta atrapar la snitch para ganar el encuentro.
Eso no significa que fuese a dejársela a Potter en bandeja. Se pasó el partido vigilándolo y cuando éste se lanzó en picado hacia el extremo del campo de Slytherin, Draco lo siguió, forzando al máximo su escoba. Fue ganándole terreno al Gryffindor, palmo a palmo, hasta que estuvieron codo con codo y tuvo la snitch al alcance de su mano. Alargó un brazo apenas una milésima de segundo después que Potter, pero eso fue suficiente para que fuera la mano del enano gafudo y no la suya, la que atrapara la pelota dorada.
Draco trató de arañarle para que la soltara, sin éxito, antes de que Potter apuntara el mango de la escoba hacia arriba, dejándolo atrás.
Los decibelios de los vítores y abucheos del público se multiplicaron, mientras Draco maldecía para sí. Le poseía una aciaga sensación de estar maldito, el agravio de saberse injustamente tratado por la suerte y la humillación de haberse quedado de nuevo a las puertas de la gloria ante el mismo enemigo.
Ni siquiera ver cómo Potter caía de la escoba derribado por una bludger envenenada que le había lanzado Vincent por la espalda lo alivió un poco. Tomó tierra y se dirigió hacia a Potter con intención de hacerle daño como fuera.
Lo acusó de haber salvado el cuello de Weasley al atrapar la snitch. También se aseguró de llamar fea y gorda a la Señora Pobretona, perdedor al Señor Pobretón y tugurio lleno de mugre a Villa Pobretones. Aunque sabía que sus provocaciones eran certeras, ninguna parecía estar dando en el blanco con la suficiente fuerza.
Había logrado enfurecer a los gemelos Weasley, a los que contenían a duras penas las cazadoras del equipo de Gryffindor. Potter también estaba enfadado pero todavía se contenía. Sin embargo, Draco sabía que sólo necesitaba un golpecito más, apenas un soplido, para que todo su autocontrol se derrumbara como un castillo de naipes.
Y sabía exactamente cómo lograrlo.
—A lo mejor es que todavía te acuerdas de cómo apestaba la casa de tu madre, Potter, y la pocilga de los Weasley te lo recuerda…
Potter se soltó como una cuerda elástica en tensión, después de que liberaran uno de sus extremos. Se lanzó sobre él antes de que Draco hubiese acabado de hablar siquiera. Le dio un puñetazo en el estómago, obligándolo a doblarse en dos.
No pudo ni enderezarse antes de recibir otro golpe y otro más. O Potter tenía cuatro brazos o no estaba solo. Draco cayó al suelo, soltando quejidos de dolor ante cada nuevo impacto, sin poder ver nada más que piernas envueltas en túnicas, y con una cacofonía de gritos y sonidos taponando sus oídos.
De repente todo paró. Draco no sabría estimar cuánto tiempo pasó en el suelo mientras Potter y George Weasley le golpeaban, pero le dolía todo el cuerpo y tenía los ojos llenos de lágrimas que se mezclaron con sangre a la altura de sus labios. Entonces descubrió que estaba sangrando, no sabía si por la nariz o por la boca, o tal vez por ambos, y la voz alterada de Hooch se abrió paso entre su confusión, enviando a los dos agresores al despacho de McGonagall.
La profesora Hooch trató de ayudar a Draco a ponerse en pie, y aunque a él le dolía todo y quería llorar, se sentía tan herido en su orgullo que no aceptó a su ayuda. Se levantó como pudo, a tiempo de ver cómo Vincent y Gregory se acercaban corriendo con expresión contrariada.
—¿Y vosotros dos dónde estabais, pedazo de imbéciles? —les gritó y se le escapó un poco de saliva sanguinolenta que cayó sobre la pechera de su túnica.
Cojeando, pero herido sobre todo en su amor propio, se dirigió hacia la enfermería. De camino, vio cómo Granger se apresuraba en la misma dirección acompañada de Ginny Weasley, Lunática y Longbobo.
Como si se sintiera observada, Granger giró la cabeza hacia él. Por un instante, los dos se detuvieron y se miraron en silencio. La expresión nerviosa de ella pareció ablandarse; Draco debía tener un aspecto lamentable si hasta la empollona sentía pena por él.
Se sintió aún más humillado por ello pero también… en algún lugar, una llama se encendió ante la posibilidad de que estuviera preocupada por él. Justo en ese momento Pansy lo alcanzó, preguntándole entre grandes aspavientos si se encontraba bien.
Granger parpadeó, como saliendo de un trance, y se giró sin mirarlo para retomar su camino hacia Hogwarts, y ese extraño momento de conexión pasó de largo y desapareció sin dejar rastro.
La situación en Hogwarts empeoraba por momentos. Los Carrows seguían con su particular pedagogía, muchos Slytherin tenían el cerebro cada vez más lavado por los panfletos del Ministerio y Vincent inquietaba a Draco cada día un poco más.
Siempre le había gustado meter un poco de miedo a los alumnos de primero para recordarles quien mandaba en Hogwarts, así como incordiar a los sangre sucia. Pero ese curso no había alumnos impuros y hacía mucho tiempo que Draco había perdido el placer por regodearse de su poder frente a los novatos. Empezaba a verlos como niños y se preguntaba si él también parecía tan pequeño y perdido cuando llegó a la escuela por primera vez.
No así Vincent. Hasta ese curso, nunca había tomado la iniciativa a la hora de meterse con alguien. Solía hinchar sus gruesos brazos y hacer crujir sus nudillos a la espera de que Draco le diera la venia para actuar, pero no pasaba de ahí. Sin embargo, ahora estaba tomando por costumbre intimidar a todos los alumnos de primero que se atrevieran a cruzarse con él.
Chocaba con ellos y luego los culpaba de haberle golpeado, lo que le proporcionaba un pretexto para empujarlos contra la pared más cercana o lanzarles un maleficio. A veces, cuando recorrían un pasillo para cambiar de aula entre clase y clase, se detenía y se confrontaba con algún niño (sobre todo si era de Gryffindor o Hufflepuff) porque, afirmaba, "le había mirado mal".
A Draco, todo aquello le hacía sentir cada vez más incómodo. Solía disuadir a Gregory diciéndole que iban a llegar tarde a clase o que todo aquello no merecía la pena, pero aunque su amigo acababa por hacerle caso, le lanzaba miradas cargadas de algo que se parecía demasiado a desprecio.
Draco no entendía muy bien qué estaba pasando. Estaba claro que Gregory nunca había tenido una naturaleza bondadosa pero su comportamiento agresivo empezaba a parecerle excesivo. A veces no sabía si era Vincent el que estaba cambiando o si era él el que lo había hecho.
Todo aquello no era más que una sensación molesta que le abordaba ocasionalmente cuando su amigo exhibía esa clase de comportamientos hasta aquella tarde en que Alecto Carrows hizo llamar a Draco a su despacho.
Aunque su mensaje, transmitido por una Slytherin de cuarto curso, sólo aludía a Draco, Gregory y Vincent le acompañaron, quizás por simple costumbre. En realidad, Draco lo agradeció.
No tenía ni idea de qué podía querer Alecto de él pero sospechaba que no se trataba de nada bueno. Cuando llamaron a la puerta de su despacho y la desagradable voz de la mortífaga los invitó a pasar, Draco vio confirmado su presentimiento.
En el estudio había una niña de primer curso con una túnica de Hufflepuff y expresión aterrorizada. Estaba tan pálida que su piel morena parecía haber tomado una tonalidad azulada y sus ojos vidriosos estaban abiertos como platos.
Era tan pequeña que a Draco le sorprendió verla en Hogwarts. No parecía haber cumplido los once años pero sin duda debía tenerlos.
Alecto, sentada tras su pesado escritorio de madera de roble, les sonrió.
—Ah, Malfoy. Acompañado, como no, de Crabbe y Goyle. Bien, tal vez aprendan algo.
Draco no entendía qué quería decir la menuda mujer pero no se atrevió a preguntar. Alecto se puso de pie, rodeó la mesa y se detuvo justo delante de los tres jóvenes sin borrar su maliciosa sonrisa.
—He pescado a esta alumna haciendo algo que no debía. Debe aprender que en Hogwarts no premiamos la rebeldía. Adelante, Malfoy, castígala.
Draco tardó unos segundos en procesar lo que Alecto le estaba ordenando y cuando lo hizo se quedó lívido.
La mortífaga quería que torturara a esa niña a la que no conocía de nada.
Alecto debió intuir su conflicto, o mejor dicho, su pavor porque su sonrisa se hizo todavía más amplía y fue entonces cuando Draco comprendió por qué lo había hecho llamar. Era consciente de que detestaba sus clases y las de Amycus. Era posible que su hermano se hubiera dado cuenta de cómo Draco trataba de escabullirse disimuladamente para no practicar maldiciones imperdonables y se lo hubiera comentado a ella.
Aquello no era un castigo sólo para la niña de Hufflepuff: también para él. Era un castigo… y una prueba.
Cuando reunió el valor suficiente para hablar, Draco se dio cuenta de que estaba cubierto de sudor frío.
—¿Qué ha hecho? —preguntó con un hilo de voz.
Aquello había sido una estupidez. No importaba lo que la niña hubiera hecho, no sólo porque no era asunto suyo, sino porque no cambiaba nada. Y además, daba la impresión de que estaba cuestionando las órdenes de la mortífaga. Pero había sido la única manera que se le había ocurrido de ganar tiempo para tratar de evitar torturarla.
No dejaba de recordar a Rowle, aterrado, arrastrándose por el suelo del comedor de Malfoy Mannor, tratando de huir de la varita de Draco, mientras Voldemort lo presionaba más y más para que le echara otro Cruciatus…
—¿Acaso pones en duda mi criterio, Malfoy? —Alecto no le llegaba ni a la altura de los hombros, pero la frialdad y la muda amenaza que había en su mirada dominaban toda la habitación, como si fuera gigante.
—No —se apresuró a barbotar él, con un hilo de voz —Es sólo que… es… una niña.
La sonrisa de Alecto reapareció, pero había algo extremadamente cruel en ella.
—Lo es. Pero el dolor enseña, Draco, tú deberías saberlo bien. ¿Y qué mejor momento para aprender que la dulce infancia? Ahora hazlo.
No podía negarse. Si lo hacía, no sólo acabaría sufriendo una imperdonable él, sino que el estatus de su familia se hundiría todavía más. Estaban en la cuerda floja. No perdía de vista que sus padres eran rehenes en su propio hogar. Si Voldemort se enteraba de que no había querido torturar a una niña, deshonraría todavía más a su padre y era muy probable que el señor oscuro lo pagara con ellos.
La ya habitual sensación de nauseas trepó desde su estómago y le llenó la boca de bilis mientras levantaba la varita hacia la Hufflepuff.
La pequeña se apretó contra la pared y se encogió, cerrando los ojos, mucho antes de que él hiciera nada. Se quedaron así, congelados, por lo que le pareció una eternidad hasta que Alecto carraspeó con impaciencia.
Sintiendo que algo se rompía dentro de él para siempre, Draco realizó un Cruciatus no verbal. La Hufflepuff soltó un grito en el acto y cayó de rodillas, haciéndose un ovillo en el suelo.
Draco detuvo la maldición, odiándose más intensamente de lo que lo había hecho jamás. Pero Alecto no había tenido suficiente.
—¿Eso es todo, Malfoy? Me consta que sabes hacerlo mejor.
Él apartó la mirada de la niña, que sollozaba apenas sin sonido a sus pies, mientras deseaba con todas sus fuerzas desaparecer, ser otra persona. No existir.
Entonces Vincent hizo algo que Draco agradeció y despreció a partes iguales.
—Profesora, déjame hacerlo a mí —pidió. Había un ansia oculta en su tono que a Draco le recordó a Greyback salivando ante una víctima y que le heló la sangre.
Alecto lo observó durante unos segundos, como valorando su petición. Al final asintió con una seca sacudida de cabeza y Vincent dio un paso adelante con una expresión de gozo que ni siquiera se molestó en disimular.
Y esa fue la primera vez que Draco sintió miedo de Vincent, pero no sería la última.
¡Hola!
¿Qué os aparecido? Espero que no demasiado largo (son más de 8.000 palabras, pero en realidad son sólo 4 escenas!). Me resulta interesante tratar de mostrar cómo Draco se va dando cuenta poco a poco de las tendencias agresivas y maliciosas de Crabbe. Y con la relectura hay pequeños detalles en los que nunca había reparado que muestran que siempre ha sido Crabbe, más que Goyle, el agresivo del grupo.
Por otro lado, también es interesante pensar cómo vivió Draco todo lo que pasó en quinto curso porque él era uno de los pocos que sabía que Voldemort había vuelto. Y me encanta escribir sobre el Draco más joven, que no es consciente de sus propios sentimientos y no entiende sus propias reacciones. Siempre ha sido mi headcanon que abusaba mucho de su cargo de prefecto para hacer rabiar a Hermione porque era casi la única manera que tenía de atraer su atención...
Como sea, dejo de daros la barrila. Por favor, os agradecería mucho vuestra opinión. Sois mi combustible para seguir con esto :) ¡Muchas gracias!
Con mucho cariño, Dry.
PD: Deja un review para poder hacerle la cura a Draco después del partido de quidditch...
