FUERZA Y LEALTAD
Yuri se vio obligado a detenerse en seco cuando uno de los guardias de su abuelo le cerró el paso, imposibilitando que pudiera entrar a la sala de audiencias real. Era un hombre joven, alto y delgado, con los cabellos castaños que le llegaban por la barbilla y rozaban una barba espesa. Llevaba un jubón de lana bordado con un oso erguido en dos patas, señal de que era un hombre leal a la familia Plisetsky.
—¿Por qué? Soy su nieto, puedo verlo cuando yo quiera. —Ser el nieto favorito del rey, sin duda, tenía incontables privilegios.
El guardia lo escudriñó de arriba abajo y esbozó una sonrisa tenue, que a ojos de Yuri resultó algo parecido a una burla. Lo conocía solo de vista, siempre de pie en su puesto, dispuesto a ejecutar las órdenes del rey con perfecta precisión.
—Sé quién es usted, Alteza; pero el rey está en audiencia ahora mismo y pidió que no lo molestaran.
«Lo que faltaba. Está reunido con Viktor.» Se sentía traicionado con solo pensar en eso. Estaba seguro que ya era capaz de comprender cualquier cosa de la que su abuelo pudiese estar discutiendo con Viktor. En su interior, la necesidad de probarle a todo el mundo que ya no era un chiquillo crecía cada vez más.
—Lo esperaré —respondió, decidido a plantarse allí por hasta que anocheciera con tal de poder reivindicar su derecho de opinión.
No pasó mucho tiempo antes de que empezara a exasperarse y recurriera a descargar su ansiedad dando golpecitos nerviosos en el suelo de piedra con la punta de su bota. El guardia tuvo que llamarle la atención un par de veces, sin que Yuri hiciera demasiado caso. Terminó por inclinarse contra la pared con los brazos cruzados, dispuesto a recibir a su abuelo de esa forma, que sintiera aunque sea una pizca de remordimiento al ver la forma en que su nieto se estaba aburriendo; todo porque necesitaba verlo y él no respondía.
Por fin salió de la sala un hombre que le resultaba conocido. Después de escudriñarlo por un momento, pudo reconocer al embajador de Kazajistán. Muy probablemente habría estado acordando con su abuelo los términos de la alianza y negociando la dote de la princesa. Otabek tenía ya diecisiete años y podía participar en esas discusiones, pero el embajador era el portavoz y representante del rey de Kazajistán frente al rey de Rusia. Se trataba de un contrato entre dos reyes, sobre el que los dos jóvenes esposos no tenían mucho poder de decisión.
Yuri no pronunció palabra, sino que lo siguió en silencio con la mirada hasta que el hombre estuvo fuera de su campo visual; solo entonces se deslizó sigilosamente por la puerta entreabierta de la sala de audiencias. Su abuelo estaba sentado al fondo de la espaciosa estancia, en la silla que ocupaba el rey, en la cabecera de la larga mesa del consejo. Se mostró sorprendido al verlo, pero lo recibió con una sonrisa.
—Yuratchka. No me avisaron que venías… ¿Qué te trae aquí? ¿Quieres una audiencia? —Yuri admiraba profundamente a Nikolai, sobre todo por su capacidad de pasar de ser un monarca comprometido a ser un abuelo cariñoso con sus nietos
—Abuelo. —Solía arrojarse a sus brazos cada vez que lo veía en una circunstancia no oficial, pero no lo hizo en ese momento, porque estaba con la mente sumergida en aquello sobre lo que quería hablarle. —He venido a hablarte de… algo importante. Sé que sueles hablar de estas cosas con Viktor, pero… creo que también yo debería tener alguna opinión sobre los asuntos del reino —expresó, muy firme y decidido.
—Por supuesto, eres un príncipe real. Adelante. —El hombre hizo un ademán, animándolo a que le contara todas sus inquietudes.
—Me preocupa el futuro de Rusia. Creo que la alianza con los Altin no va a llevarnos a ningún lado. —Hablaba desde una corazonada, desde el poco conocimiento que tenía del pueblo kazajo y su idiosincrasia—. ¿Cuáles son tus objetivos? —cuestionó.
Esa pregunta había estado anidando en su mente durante tres días, desde la llegada de Otabek a la corte. Nunca había osado inmiscuirse demasiado en los asuntos referentes al gobierno de Rusia, pero al estar ya cerca de su mayoría de edad, no podía evitar empezar a desarrollar una opinión propia al respecto.
Algo en la naturaleza de esa alianza matrimonial lo inquietaba. Comprendía los motivos superficiales, como el hecho de que su padre haya sido un gran amigo del rey Erasyl. Sin embargo, no podía evitar pensar que una alianza con un pueblo de pastores era algo completamente inútil, especialmente considerando que las tropas occidentales solían ser muy numerosas y bien entrenadas. Nunca jamás admitiría que, con tan solo quince años, era incapaz de ver más allá de la cantidad de tropas, y las armas que estas portaban. No había forma de que lo supiera, si jamás había estado de pie en un campo de batalla.
—Yuri, ¿por qué lo preguntas? Los Altin son una familia muy antigua; sin duda, será más que provechoso mezclar nuestra sangre con la suya —Nikolai se escuchaba muy optimista, muy a gusto con la alianza que se estaba conformando.
Sin embargo, el joven Yuri no comprendía; no comprendía por qué entregar a su hermana a Otabek. Podía aceptar la búsqueda de prestigio en la sangre de un aliado como un motivo válido para establecer una alianza, pero no le parecía sensato en un caso como aquel.
—¿De qué sirve una familia antigua si no tienen recursos considerables? Si no pueden costear una fastuosa boda para su hijo, menos podrán ayudarnos en la defensa del reino si los Leroy atacan.
Su abuelo le dirigió una mirada severa y, en silencio, le indicó a Yuri que se sentara frente a él. El chico torció la boca, sintiendo que la impaciencia empezaba a crecer dentro suyo, pero no vaciló en hacerle caso y tomar asiento. A fin y al cabo, era su discípulo más fiel; y el rey lo miraba con los ojos de alguien que ha pasado sobrevivido más de sesenta años en un mundo complejo y cruel como lo era el suyo.
—¿Sabes por qué nuestra familia es tan hostil a los Leroy de Acadia? —le preguntó entonces.
Esperaba una respuesta que Yuri ya conocía, que desde siempre había sido una parte esencial en sus lecciones de historia. Desde muy niños, a los príncipes se les enseñaba todas aquellas cosas que su familia, su dinastía, no podía permitirse olvidar. Se les enseñaba a recordar, para que al crecer, pudiesen tomar sus espadas y cobrar por esas ofensas.
—Sí, lo sé. —Soltó un pesado suspiro, dispuesto a recitar aquella historia que sabía casi de memoria—. Porque hace cincuenta años, cuando tu padre aún gobernaba, los pueblos del sureste atacaron. En ese momento Acadia era un reino aliado de Rusia. Tu madre era la hermana de su rey. —Lo miró fijo, buscando su aprobación para continuar—. Y nos traicionaron…
—La guerra se prolongó por muchos más años de los que se pensaba. —Su abuelo retomó donde se había quedado—. Las tribus sureñas eran extremadamente salvajes, no tenían algo similar a un hogar estable y sus guerreros ni siquiera le temían a la muerte. Yo luché contra ellos. Era muy joven, pero jamás los olvidaré. Los guerreros del Kan sureño quemaron nuestros campos y cultivos. Los soldados reclutados no querían luchar mientras su sustento desaparecía sin que ellos pudieran defenderlo… Intentamos compensar sus pérdidas con oro y alimentos, pero no fue suficiente, y mucho menos lo eran las promesas vacías de sus señores. —Hizo una pausa solemne—. Empezaron a desertar, de a centenares... a desertar y a morir. Pero los sureños no se rindieron. Pensamos que podíamos contar con la familia de mi madre y sus ejércitos… pero ellos ignoraron nuestro llamado, poco dispuestos a cabalgar hacia el Este en pleno invierno.
—Unos completos cobardes —escupió Yuri.
—Y la deslealtad de nuestros aliados nos costó cara. Aquel año, se perdieron todas las cosechas del sur, por el fuego y por la falta de brazos para trabajar la tierra. Con el invierno, llegó también la muerte. —Su mirada se había tornado sombría, y el cuerpo de Yuri se hundió en la silla, dispuesto a escuchar la parte más oscura del relato. Cuando era niño, la historia terminaba con la humillante derrota, porque lo verdaderamente trágico y escalofriante fueron sus consecuencias—. Los catastros reales de los dos años que siguieron, estiman que un tercio de nuestros súbditos murió de hambre, frío y por la gran epidemia de peste que los azotó.
El jovencito se mordió el labio con fuerza, casi hasta hacerlo sangrar. Rara vez se detenía a pensar lo afortunado que había sido al nacer en un largo ciclo de prosperidad, que casualmente coincidía con el glorioso reinado de su abuelo.
—El menor de mis hermanos tenía la edad de Andréi cuando fue víctima de la peste.
Al escuchar eso, Yuri tragó en seco ante la sorpresa. Aprendió sobre la epidemia recién a los trece años, cuando fue considerado lo suficientemente mayor para comprender los azares de la muerte. Sin embargo, aquella era la primera vez que su abuelo le contaba sobre la tragedia personal de su familia.
—No... No sabía eso... —musitó con voz apenas audible, casi un gimoteo. De repente, sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
—Porque nunca te lo he dicho —respondió Nikolai—. Cincuenta años han pasado desde entonces, pero jamás olvidaré el día que hicieron una gigantesca hoguera en el patio de armas y quemaron las pertenencias de Vanya, para evitar que la peste se propagase en el resto de la familia. Aquella misma noche, mi madre le envió una larga carta a su hermano, el rey Auderic. Luego de eso, nunca más volvió a visitarlo ni a dirigirle la palabra.
Cuando el anciano terminó de hablar, una incómoda atmósfera de silencio se instaló entre él y su nieto. Se trataba del abismo que existe entre la generación que ha vivido en la peor de las existencias, y la que ha nacido de las cenizas, en un mundo sobre el cual ha vuelto a brillar el sol tras una tragedia.
—¿Todavía necesitas saber qué es lo que buscamos en los Altin? —Nikolai era el único que tenía derecho a romper el silencio después de su largo monólogo.
Y Yuri apenas tuvo el valor suficiente para contestar con la verdad.
—Sí. —confesó. Podía hacerse una idea, pero luego de todo el relato que había escuchado mil veces, no podía sacar una verdadera conclusión.
—Lealtad. Fuerza y lealtad. La experiencia me ha mostrado que es lo más importante que se puede buscar en un aliado.
—Tu relato me ha mostrado que la lealtad más importante es la del ejército. Y un ejército se mantiene con oro —aventuró Yuri, haciendo un gran esfuerzo porque no le temblara la voz. Seguía afectado aún por el triste destino del pequeño Vanya, el que pudo haber sido su tío abuelo pero reposaba ahora en la cripta real, debajo de una lápida con tamaño de niño.
—No sólo con oro… un ejército se mantiene con la lealtad de tus vasallos y aliados. Y la capacidad de su líder de mantenerlos en el campo de batalla. —Explicaba aquello como si ya lo hubiese explicado unas cuantas veces, probablemente a Viktor—. La familia de Yuriko no es independiente, no puede proporcionarnos tropas, pero nos otorga un enorme apoyo financiero y comercial a cambio de ganar influencia en el Oeste.
La impaciencia crecía dentro de Yuri con cada palabra que salía de labios de su abuelo. Cuando empezaba a hablar de la historia de su casa o de las hazañas de su juventud, podía llegar a dar más vueltas que Kazimir, el tutor real, relatando una y otra vez todos sus aciertos y sus errores, deseoso de trasmitir la experiencia a los jóvenes que gobernarían Rusia a su muerte.
—Supongo también que has oído hablar de los jinetes kazajos. Se dice que son los más fieros y veloces de todo el mundo conocido. —El rey sonrió, mirando a Yuri como si buscara la aprobación para la alianza.
—Sé que son buenos jinetes. Kazimir dijo una vez que incluso las princesas viajan montando a caballo. —A Mila de seguro le gustaría eso. De niña se molestaba cuando su nodriza la apartaba de los juegos de sus hermanos—. Solo me pregunto si… si no hay guerra, ¿de qué nos servirá la lealtad de los Altin y la destreza de sus jinetes? —Empezaba a comprender los motivos de su abuelo y los compartía, pero siempre había sido de considerar todas las posibilidades.
Aquellos no eran argumentos desdeñables. Yuri sabía que los Altin gobernaban el mismo territorio desde hacía casi trescientos años. Eran la familia más poderosa de la estepa occidental incluso desde antes de convertirse en reyes, cuando aún eran pastores al igual que sus súbditos, desplazándose de un lado a otro en casas endebles hechas de pieles. No obstante, su riqueza en ganado era ejemplar. Las tierras kazajas eran vastísimas: la extensión necesaria para que los pastores trashumantes pudieran vivir de su ganado, pero en contrapartida, muy pocos locales siguieron la nueva costumbre de sus señores. El resultado de todo eso, escapaba a la comprensión del príncipe ruso, pero la permanencia de los Altin en el poder daba una imagen de un reino estable, con escasos conflictos internos. A veces, la estabilidad era mejor aliado que el oro y las espadas.
—Entiendo… —respondió, no muy convencido aún—. Habíamos tratado con ellos antes, ¿verdad? —preguntó al recordar súbitamente lo que había dicho Otabek de haberse conocido hace cinco años.
—Así es. El rey Erasyl vino con su hijo hace cinco años para participar en un gran torneo que celebramos, uno de muchos de los que ganó Viktor. Pero, como ya sabes, el rey fue muy amigo de tu padre en su niñez. Se crió en este castillo; y regresó a su reino a los catorce años, cuando se convirtió en heredero al morir su hermano mayor —relató—. Ese muchacho Otabek, era un chiquillo tímido, pero se ha convertido en un hombre tan parecido a su padre...
—También sabía eso, nuestro padre tenía muchas anécdotas con aquel hombre. —Yuri esbozó una sonrisa, orgulloso de poder empezar a atar cabos sueltos con sus recuerdos.
—Yuratchka, tal vez debas darle una oportunidad a Otabek. Nunca has tenido amigos, y en edad, él es mucho más cercano a ti que a Viktor. —Dejó su faceta de rey para convertirse de nuevo en un abuelo preocupado por la falta de habilidades sociales de su nieto. O tal vez sólo quería que retomara los lazos de amistad con los Altin y fortalecer la alianza. Nunca podía saberlo.
Ante esa última posibilidad, Yuri se mostró un tanto reacio a aceptar el consejo de su abuelo. Otabek no parecía un mal chico, más bien, todo lo contrario, pero no había que ser demasiado brillante para darse cuenta que, de alguna forma, ya le tenía cierto rencor al menor de los hermanos. ¿Habría quedado enfadado por su comportamiento tan grosero el día de su llegada?
—Lo intentaré —dijo, principalmente para satisfacer a su abuelo por el momento.
—Te deseo la mejor de las suertes, Yuratchka.
Entonces, el anciano le sonrió, y a Yuri le bastó ese simple gesto para saber que, mientras tuviera a su abuelo con él, no necesitaba amigos. Todo lo que necesitaba estaba en sus cálidos ojos verdes, y la sonrisa que tanto se parecía a la suya. La que Yuri le devolvió, le nació como algo natural, desde lo más profundo de su joven alma arisca. Fue un preciado instante que duró hasta que Yuri se dio media vuelta para salir de allí.
Caminó a paso vivo por el largo pasillo cubierto que comunicaba la torre del rey —que albergaba la habitación de su abuelo y la sala de audiencias— con la torre de la armería, sobre la que estaba la habitación de Yuri. Dirigió una mirada fugaz a su izquierda, donde los enormes ventanales dejaban ver la vastísima llanura boscosa que se extendía, casi sin interrupciones, hasta las montañas Urales, la frontera Este del reino. Si se agudizaba un poco la vista, entre los abedules podía reconocerse un lago de aguas traslúcidas que, aquel día, brillaba azul debajo del benevolente cielo.
A Yuri no le gustaba demasiado el invierno, porque gran parte de sus días consistían en practicar esgrima, ya fuera solo, con el maestro de armas real, Yakov; su hermano Viktor o con Andréi. La nieve no le permitía hacerlo por demasiado tiempo antes de que sus manos se le congelaran dentro de sus guantes. Por eso mismo, necesitaba practicar antes de que el patio de armas quedara sepultado bajo la nieve. Le faltaban unos pocos meses para cumplir dieciséis años, y entonces podría convertirse en caballero y participar en torneos importantes, demostrar su valía. Necesitaba practicar todos los días, por lo menos, para llegar a conseguir superar a su hermano en un combate singular, en frente de todos los caballeros del reino.
Abrió la puerta de su habitación con una suave patada y fue directo a coger su espada, la de verdad. Desde la mañana, había planeado ir a practicar luego de hablar con su abuelo, pero no le había parecido de lo más oportuno llevar el arma a la sala de audiencias; su abuelo no lo aprobaría. Desenvainó la mitad de la espada y le dedicó una fugaz mirada, para comprobar que estaba bien afilada, antes de volver a meterla en la vaina y colgarla de su cinto.
Descendió rápidamente la escalera caracol que lo llevaba a la armería para salir al patio principal. El recinto conectaba casi toda la planta baja del castillo; allí era donde estaba la entrada principal con el puente y el acceso a la sala del trono. El patio principal estaba todo el día atestado de gente, ya fueran guardias, sirvientes, mercaderes que llegaban a vender sus productos en el castillo o cortesanos yendo de un lado al otro. A Yuri le molestaba la presencia de todos ellos. Por eso mismo, lugar de práctica era uno de los dos patios secundarios, el más privado, que se encontraba detrás de los jardines de invierno de su abuela. Aquel lugar era suyo, sobretodo porque sólo se accedía desde una zona del castillo reservada a la familia real y a sus sirvientes directos.
Cruzó el patio y se internó en las cocinas, de donde salía un pasillo más estrecho que llevaba a los jardines de invierno. Su abuela, la reina Natalya, había muerto hace mucho tiempo, incluso antes de que naciera Yuri, pero el rey se ocupó de conservar los jardines igual de cuidados que cuando lo hacía ella misma. También el anciano viudo pasaba largas horas en el jardín cuando no tenía asuntos importantes que atender.
Cada uno de los rústicos canteros de piedra que cubrían el suelo del jardín estaba repleto de flores, flores de todo tipo; y las ventanas altas vidriadas permitían que la luz del sol las bañara sin que la nieve las enterrara en invierno. De niño, a Yuri le gustaban mucho las rosas blancas, y su abuelo le regalaba unas cuantas en cada uno de sus cumpleaños.
—¡Yuri!
A muy poca distancia de donde estaba parado, su hermano agitaba uno de sus brazos, llamándolo con una enorme sonrisa en su rostro luminoso. Lo acompañaba su esposa Yuriko, y junto a ellos, la pareja recién formada de Mila y Otabek. Las personas con las que menos deseaba tener que lidiar en ese momento, estaban juntas en el único lugar del castillo que Yuri había logrado apropiarse como suyo.
—¿Has visto a Andrei? Supuse que vendrías aquí tarde o temprano, por eso nos detuvimos unos momentos a esperarte, pero… pensé que Andrei vendría contigo. Siempre está detrás de ti. Hasta empieza a darme celos de pad...
—¡No, no lo he visto! —bramó el más joven. Sus dedos acariciaron la empuñadura de su espada de manera nerviosa e involuntaria—. Tal vez, tal vez está en una de sus lecciones con Kazimir, sabes que está aprendiendo a leer.
El rostro de Viktor se iluminó una vez más, como lo hacía cuando alguien le recordaba cada uno de los pequeños logros de su retoño. Su esposa sonreía con dulzura, pero se encargaba de que la emoción de Viktor no se convirtiera en una molestia para los demás. Yuri le tenía cierto aprecio por esa razón. Al principio, de niño, trataba a la mujer con desdén, por quitarle a su hermano mayor, al único que de vez en cuando se mostraba dispuesto a prestarle su tiempo y su espada. Casi diez años más tarde, hasta podía llegar a sentir simpatía hacia ella, precisamente por ocuparse por contener a su esposo.
—No debo molestar a mi niño cuando está en sus lecciones —dijo Viktor con total seriedad, y Yuri creyó que era, más bien, un recordatorio para su mente olvidadiza y ególatra—. Ah, Yuri. —Hizo una seña a Otabek, que echaba un atento vistazo al bello jardín de la reina—. Estaba hablándole a Otabek, sobre ese don que tienes tú con las espadas. Le dije que participarás en el próximo torneo que se celebrará aquí en Rusia, por tu cumpleaños. Lo harás, ¿verdad?
Una vez más, la mirada de los cuatro presentes se centraba en su persona. Los dos pares de ojos azules brillaban emocionados, a la espera de una respuesta afirmativa por parte de su hermano pequeño. Yuriko y Otabek, por su parte, lo miraban con curiosidad; especialmente el último.
—Sí, por supuesto que voy a participar —dijo en un tono demasiado alto, firme. Todos esos ojos fijos en él, significaban un desafío que le era imposible rechazar.
—Yo también lo haré —declaró Otabek de inmediato.
« ¡Ja! ¡Desea medirse conmigo!» Fue presa de la cólera repentina y, sin comprender aún por qué, seguidamente se vio envuelto por una inexplicable dicha.
Los dedos de Yuri se cerraron en torno a la empuñadura del arma que llevaba colgada, descargando toda su excitación contra el metal duro y frío. En ese cruce de desafíos, sus miradas se encontraron, y por primera vez, Yuri sintió miedo; su cuerpo entero estaba ardiendo, por obra de esos fieros ojos color carbón y de un cúmulo de emociones que, al no poder nombrar, se le escapaban de las manos.
—Deberías mostrarnos como lo haces. —La voz alegre de Mila lo trajo de nuevo al pequeño jardín. Le hablaba a su prometido, a quién sujetaba del brazo con vehemencia. Sin embargo, Otabek parecía haber estado ignorándola hasta que ella le habló—. Me han dicho, que los guerreros kazajos son los mejores del mundo conocido; supongo que eso también se aplica a los príncipes. —Los ojos de la muchacha brillaban con una emoción propia de una niña de diez años. Desde su niñez, Mila había sido igual de entusiasta que Viktor y el príncipe Alekséi.
—¿Te han dicho eso? —Otabek arqueó una de sus cejas oscuras, apenas dedicándole una mirada de reojo. Ser el centro de atención parecía incomodarle, pero no podía esperar mucho menos, siendo el nuevo huésped de los tres nietos del rey.
—¡Sí! —exclamó Mila, interpretando la personalidad retraída del joven como un rapto de modestia—. Vamos, ¡tan solo una pequeña demostración!
—Sé luchar. —Con la mayor cortesía de la que fue capaz, deshizo el agarre de la princesa para poder acariciar el mango de su propia espada, que al igual que Yuri, llevaba bien sujeta de su cintura—. El hermano de sangre de mi padre me enseñó cuando era un niño.
Yuri, que hasta el momento lo observaba con afán retador, reaccionó rápido cuando sus oídos captaron aquel término desconocido para él.
—¿Hermano de sangre? ¿Qué es eso? —cuestionó. Permitió que la curiosidad infantil le ganara al orgullo de adulto joven.
Otabek parecía estar a punto de echar a correr y dejarlos atrás a todos. Yuri se daba cuenta. Estaba constantemente a la defensiva, escudriñando el lugar como si se tratara de un campo de batalla. Los ojos negros se fijaron finalmente en Yuri, a quién se dirigió especialmente para responderle la pregunta.
—Un hermano de sangre es la familia que un hombre elije por voluntad propia. No importa que la sangre no los una desde su nacimiento, porque no hay vínculo más fuerte que aquel que se ha forjado con un compañero de armas —explicó, sin quitarle la mirada de encima—. Mi padre escogió a uno de sus mejores amigos de la infancia, un hombre leal que luchó a su lado en todas sus batallas.
La explicación se le antojó fascinante, pero de sus labios solo escapó un escueto bufido.
—Oh, ya veo —soltó Yuri con simpleza. Era la primera vez que escuchaba a Otabek hablar tanto.
—¡Eso es increíble! —Viktor, como siempre, era el que mejor exteriorizaba su fascinación—. Me gustaría tener uno de esos... —Llevó un dedo largo dedo a sus labios pálidos, perdiéndose en su imaginario.
—Nadie te lo impide, Viktor —vociferó Yuriko.
En respuesta, el príncipe esbozó una sonrisa tierna y rodeó a su esposa con un brazo para besarle la mejilla dos veces. La joven le devolvió la sonrisa, cerrando los ojos, como si de esa forma pudiese ocultar el tono rosado que aún —después de tantos años— se aparecía en sus mejillas ante la mínima atención que le entregaba su marido.
Al presenciar esa escena tan ridícula, a Yuri se le escapó de sus labios un chasquido apenas audible. Viktor y Yuriko tenían la suerte de pocos, de haberse enamorado a pesar de su matrimonio arreglado. Pero, ¿Cómo no iban a hacerlo? Yuriko era hermosa y gentil, y Viktor, de igual forma, era apuesto y encantador. A Yuri le irritaban aquellas pequeñas muestras de afecto entre la pareja. Por su parte, ni siquiera le importaba si alguna vez llegaría a amar a quien quiera que fuese la esposa que su abuelo o su hermano le impusieran, porque sabía que no lo haría. Había aceptado en los últimos meses que cuando llegara el momento, tal vez en uno o dos años, se casaría por el bien de su reino, pero que no era ese el estilo de vida que anhelaba. La única esposa que deseaba tener era su fiel espada. Su objetivo era convertirse un reconocido caballero, liderar los ejércitos de su hermano cuando este fuese rey y ser admirado por su familia y su gente por eso. Quería aquel tipo de gloria que no se consigue con una corona, el tipo de gloria que sabe mejor que las demás en el lecho de muerte.
Era consciente que, para alcanzar sus objetivos, tenía que ser el mejor espadachín; no sólo de su reino, sino de todo el mundo conocido. Quería que los caballeros extranjeros viajasen especialmente para batirse a duelo con él e intentar vencerlo, que los bardos cantaran canciones sobre sus hazañas en las lizas y en el campo de batalla, y que su nombre perdurara a lo largo de los siglos, porque si lo hacía, brillaría más que el de un rey olvidado en una lista real llena de polvo.
Una vez más, la inescrupulosa de su hermana tomó del brazo a Otabek para pedirle por segunda vez, casi a forma de ruego, que les mostrara sus habilidades con la espada; en ese mismo momento. En medio de su desesperación, la mirada entusiasmada de la chica se posó en la espada que su hermano menor llevaba colgada, que acariciaba con la palma de su mano casi con ternura. Entonces, se desató el desastre.
—Tienes a Yuri —observó Mila—. Es el único de aquí que lleva su espada, pero es muy bueno con ella... Vamos, anda, de todas formas él venía a practicar; siempre lo hace aquí.
—¡Cállate Bruj...!
—Me parece bien. —La voz grave, firme, de Otabek frustró todo intento de queja por parte del más joven.
En ese instante, Yuri supo que no estaba equivocado. Otabek había dejado pasar unos pocos días, pero finalmente pudo poner en palabras su deseo. Y Yuri, estaba dispuesto a concedérselo. Su puño se cerró en torno al mango redondeado de su espada, y el ardor de su mirada verde se inmoló en los ojos oscuros de Otabek.
—Otabek. ¿Quieres batirte conmigo? —Ser directo era una de sus cualidades, y más en un momento como ese. No iba a dejar que aquel "duelo" sucediera sólo porque su hermana insistía. Ni Yuri, ni Otabek ni sus espadas se merecían eso.
A pesar de su aparente predisposición, el joven moreno pareció sorprenderse al escuchar la propuesta, tan directa. Yuri quiso reír.
«¿Acaso te crees que el único directo eres tú?»
—Oh, vamos... —empezó Mila.
—Acepto el reto, Yuri. —A pesar de la aspereza de su voz, Yuri puso percibir un dejo de calma; en especial, cuando pronunció su nombre.
—¡Bien! Esto será divertido. —Viktor se mostraba tan entusiasmado como Mila—. Pero deberíamos hacerlo en el patio, si no queremos destrozar el jardín de la reina y que el abuelo nos haga colgar a los tres. —Por supuesto lo decía a modo de broma. Empujó suavemente a su hermano menor hacia el patio secreto.
—Oye, ¿Qué haces? —Yuri se apresuró a quitarse del camino de Viktor para que dejara de dirigir sus pasos.
Salieron los cinco al patio. Era un recinto pequeño comparado con el inmenso patio principal del castillo, pero era lo suficientemente grande para una pelea de espadas entre dos. Estaba cercado por cuatro muros altos, los muros interiores del castillo, que en esa zona, se encontraban adosados a la muralla exterior. El patio era tan privado que ni siquiera llegaba a verse desde la cima de las murallas exteriores, donde estaba el adarve y los puestos de guardia. En el extremo opuesto de la puerta de entrada había una torre más pequeña, que en algún momento había servido como armería, antes de ser reemplazada por la torre más grande de la fortaleza principal.
—No tienen su armadura —observó Mila con preocupación— ¿Van a enfrentarse con espadas reales?
El rubio se carcajeó ante las preocupaciones tan maternales de su hermana. Podía jactarse de usar su espada todos los días en sus entrenamientos, siempre que Yakov considerara que no estaba lo suficientemente afilada como para herir a alguien. "Nada más estúpido que perder un ojo en un entrenamiento", le decía. No podía estar más de acuerdo.
—¿Por qué tan aguafiestas? —se quejó, frunciendo el entrecejo—. No está afilada ni tengo intención de herir a nadie. Si Otabek es tan bueno como dice, no habrá ningún problema.
—Tengan cuidado —imploró la chica, como si se tratara de la primera vez que descubría cuan peligrosa era la vida diaria de los muchachos—. Yuri aún es un niño. —La última advertencia, iba para Otabek.
Lo que menos necesitaban en ese momento, era que la gloriosa alianza tuviese que cancelarse porque alguno de los dos había herido al otro. Una ofensa digna de los tontos jóvenes de cuento.
—¡Que no soy un niño! —Aquel comentario por parte de cualquiera de sus hermanos podía sacar lo peor de él, la ira contenida desde que era apenas un niñito de escasa estatura y ojos demasiado grandes.
Desenvainó su espada con tal fuerza, que estuvo a punto de escapársele de las manos; afortunadamente, fue capaz de atajarla con un ágil movimiento, para balancearla luego en el aire, maravillándose con el destello que esta despedía cuando los rayos de sol se reflejaban en su impecable hoja.
La risa nerviosa de Viktor rasgó el silencio que se había formado entre los dos contrincantes. Con total descaro, se posicionó en el medio del patiecito, con las manos en alto.
—Esperen, esperen, muchachos —pidió, con la intención explícita de calmar a su hermano adolescente—. Tal vez, Mila tenga razón.
Sin dar demasiados detalles, desapareció por la puerta de la vieja armería, y al rato salió cargando dos escudos medio oxidados y los lamentables restos de un par de piezas de cota de malla. Al examinar estas últimas, comprobaron que ambas estaban rasgadas en varios lugares, haciéndolas parcialmente inútiles.
—Esto tiene que funcionar... para una pelea como la de hoy. —Le arrojó una a cada uno de los chicos—. Úsenlas.
Yuri le arrebató el escudo de la mano a su hermano y se lo amarró al brazo izquierdo. Miró la cota de malla un tanto desconcertado, sin saber por qué orificio meter los brazos o la cabeza, ni cuáles de ellos eran agujeros genuinos. Otabek hizo lo mismo, antes de desenvainar también su espada.
La atención de Yuri inmediatamente se posó en la espada de su adversario. Era hermosa, una verdadera obra de arte. Fabricada en acero, igual que la suya, pero levemente curvada hacia arriba, haciendo que la punta se viera aún más filosa. La empuñadura era de ébano y estaba adornado con motivos dorados.
—Bonita espada —dijo como en un trance, recorriendo cada detalle del arma con sus ojos maravillados.
Aquel cumplido sacó una sonrisa a la boca recta de Otabek que, al bajar la vista hacia su espada, se permitió relajar la expresión. El gesto no pasó desapercibido ante Yuri, pero por el momento, la protagonista de sus miradas era la espada.
—Serik —respondió finalmente el mayor.
—¿Qué?
—Es su nombre. Significa "apoyo" en mi idioma natal.
Su idioma natal. Yuri entonces cayó en la cuenta de que en el reino de Otabek se hablaba otro idioma. Sin embargo, el príncipe hablaba ruso a la perfección, mientras que ninguno de sus hermanos había aprendido jamás una palabra en kazajo. Yuri acababa de aprender una.
—Oh. Mi espada… no tiene nombre —balbuceó. Su arma era la de un chico, no merecía un nombre que no se había ganado—. Quiero bautizarla cuando gane mi primer torneo.
—De seguro no faltará mucho para eso.
Yuri alzó una ceja, poniéndose a la defensiva; y retrocedió unos pasos, preparándose para el combate. ¿Aquello eso había sido un intento de alentarlo?
—¿Estás listo? —preguntó Otabek desde el otro lado del patio. También se había alejado un poco y ya lo esperaba en posición de combate.
—Siempre estoy listo —respondió Yuri con fiereza, y la sombra de una sonrisa ladina en sus labios finos.
Sin darle al otro tiempo para responder, avanzó unos cuantos pasos y blandió la espada contra Otabek sin demasiado preámbulo. Siempre era más sensato romper el hielo con un movimiento sencillo y rápido, que darle al adversario la posibilidad de tomar para sí la ventaja de la primera movida. Otabek paró la embestida con su espada curva, y la deslizó contra la de Yuri para liberarla. Dio paso atrás y atacó blandiendo su espada hacia un costado, protegido por la cota de malla.
El rubio lo esquivó con facilidad. Una de sus mayores ventajas para el combate cuerpo a cuerpo era su inigualable agilidad. Su complexión delgada, y el hecho de que aún tuviera el cuerpo de un adolescente, lo ayudaban mucho; mientras que sus años de entrenamiento lo habían llevado a tener una fuerza considerable en los brazos.
Se apartó unos pasos y sostuvo su espada con firmeza, manteniendo el brazo del escudo delante, listo para defenderse de un posible ataque frontal. Buscó los ojos de su oponente casi con desesperación, intentando leer lo que haría a continuación; pero cuando sus miradas se encontraron sólo logró sentirse turbado. Los ojos oscuros de Otabek eran impenetrables, y no había nada en su rostro que pudiese decirle a Yuri lo que pasaba por su cabeza. De todas formas, si no podía averiguarlo con una sola mirada, no quería saberlo.
Un paso hacia adelante y sus espadas volvieron a encontrarse en una feroz danza. El patio se llenó del sonido del acero entrechocando una y otra vez. Cada golpe que Yuri daba era detenido al instante por la espada del otro chico, quién ya no intentaba golpear su cuerpo, si no su espada, perpetuando un extenuante círculo vicioso. Era algo parecido a una conversación, en un idioma que ni Yuri ni Otabek podían comprender, pero que aun así los aislaba a ambos del mundo al tiempo que unía sus almas enardecidas.
Intercambiaban miradas fugaces, fieras, buscando la debilidad en su oponente. Ninguno de los dos parecía dispuesto a darle tregua al otro, incluso cuando ya ambos estaban evidentemente exhaustos. En un momento, Otabek intentó atacarlo de nuevo por el costado, pero Yuri recordó repentinamente que llevaba aún el escudo sujeto al brazo y se apresuró a detener el golpe. Oyó al mayor chasquear la lengua; y luego, volvió la danza de espadas.
Yuri empezaba a sentir el cansancio por estar en constante movimiento por unos cuantos minutos, pero entre sus intenciones no estaba ni darse por vencido, ni ofrecer en bandeja una oportunidad a su rival. Era un hecho que el kazajo también estaba agotado, y Yuri sabía que al final, vencería el que mejor pudiese usar el cansancio del otro como una ventaja.
Por más desfallecientes que sonaran los jadeos de Otabek, este conseguía mantenerse firme y concentrado. Incluso sus estocadas se volvían más firmes y ágiles. Estaba dando lo mejor de sí, y Yuri apenas podía responder a cada golpe para evitar que lo venciera.
Dejó escapar una maldición por lo bajo y se apresuró a parar otro golpe, concentrado tan solo en su mano y su espada. Se apartó un poco para responder al siguiente, pero entonces, sólo llegó a ver la espada de su oponente descendiendo en vertical hacia donde él estaba.
—¿Qué haces, idiota? —Llegó a vociferar antes de retirarse, perdiendo el equilibrio y cayendo sentado al suelo. Dejó caer el brazo que aún sujetaba su espada a un lado y exhaló con fuerza, alzando la vista hacia Otabek.
El mayor se inclinó sobre él, alzando su imponente figura sobre el ahora indefenso Yuri. Lo encaró con el brazo extendido, permitiendo que la hoja curva rozara el jubón de Yuri, dejando en claro quién era el vencedor.
Los aplausos lentos de Viktor completaron la teatral escena de su humillación.
—Creo que tenemos un ganador. —Le sonrió a Otabek, y luego a su hermano—. Pero siendo sincero, no tuve forma de saber quién ganaría hasta este momento, en el que Yuri descuidó sus movimientos.
Quiso gritarle, pero se detuvo en seco, con la boca abierta. Era muy poco digno ponerse a hacer berrinches en el suelo. Otabek parecía estar de acuerdo con Viktor, porque asintió al oír sus palabras y se apartó de él, envainando la espada, que susurró furiosamente contra el cuero de la vaina.
—Fue una buena pelea —le dijo a su rival. Sin que este se lo esperara, Otabek le tendió su mano; fuerte y firme.
Yuri sólo se limitó a chasquear la lengua y a mirarle la mano, sin decir una palabra. Estaba enfadado y herido en su orgullo; pero también impresionado, y eso era algo que no pensaba admitir jamás.
—¿Vas a tomar mi mano o no?
Otabek frunció un poco el ceño, buscando la mirada de Yuri, que estaba oculta bajo una hebra de cabello rubio que le había caído sobre uno de sus ojos. A veces le molestaba, pero en ese momento era el escudo perfecto para ocultar su frustración, presente en su mirada y su rostro enrojecido.
Sin decir nada, retiró el escudo de su brazo y se puso de pie, ignorando por completo la mano que le había tendido el otro. No lograba comprender si era una reafirmación de su superioridad o un gesto amistoso, pero prefería parecer grosero y no arriesgarse a demostrar que aceptaba su inferioridad. Tras guardar su espada en la vaina, pudo ver por el rabillo del ojo que Otabek retiraba su mano de forma un tanto incómoda para posarla sobre el mango de su espada, que colgaba de su cinto. Inclinó un poco la cabeza cuando lo tuvo frente a él.
—Lo han hecho muy bien, ambos.
Su hermana rompió con aquel tenso silencio, y Yuri una vez más se dio cuenta de que no estaban sólo ellos dos en el patio.
—Nunca pensé que alguien pudiese ganarle a Yuri, aunque fuese por poco. A juzgar por su expresión, has despertado algo en él, que hará que quiera pelear contigo todos los días, todo el tiempo, hasta ganarte. —Mila parecía divertida con toda aquella situación.
—¿Cómo sabes eso? —Otabek alzó una ceja.
—Conozco a mi hermano. Es extremadamente competitivo, aunque lo niegue.
Otabek se rió por lo bajo y miró a Yuri.
—¿Te gustaría eso, Yuri? Se te da muy bien. Podemos aprender uno del otro. —La gestualidad estoica había sido reemplazada, momentáneamente, por una sonrisa y una mirada amistosa.
La propuesta no sonaba nada mal, o por lo menos, mucho mejor que tener que soportar los gritos de Yakov o blandir la espada hacia el aire sin que nada ni nadie le presentase un reto. Tal vez en otras circunstancias, hubiese dicho que sí, pero en ese momento, cegado por el orgullo como estaba, se limitó a declinar la propuesta con cortesía.
—No, lo siento. Ya tengo otras personas con quienes practicar. Tú también lo haces muy bien. Confío en que pronto podré vencerte. —Desde luego que podría. Aquel combate se había definido en el último momento, por un movimiento impredecible. Todos eran conscientes de ello, especialmente Yuri y Otabek.
Sin decir más, se retiró del patio apoyando la mano en la empuñadura de su espada.
Buenas~ Aquí está el segundo capítulo, justo para el último día de la semana OtaYuri. Espero que lo disfruten y gracias por leer :)
