3. DETERMINACIÓN

Toda su vida había estado esperando para eso. Muchas fueron las veces que suplicó, tanto a su abuelo como a Viktor, que lo dejaran participar en una reunión del consejo. Tal vez no era una experiencia especialmente entretenida de por sí, pero formaba parte de los deberes reales y estar excluido de aquello no le gustaba ni un poco. Aquel día, por faltarle pocos meses para ser considerado un verdadero adulto, su abuelo por fin había accedido a dejarlo presenciar una reunión del consejo real.

Y no tardó en descubrir lo aburrido que era.

Estaba lejos de tratarse de las acaloradas discusiones que Yuri se imaginaba, como aquellas en torno a la amenaza exterior, potenciales complots o eventos importantes. La realidad era muy distinta. La reunión había empezado hacia casi una hora y hasta el momento solo se había hablado de cuestiones económicas y administrativas que Yuri no conseguía entender del todo. De a ratos, miraba a Viktor de reojo, y este le devolvía la mirada, alzando una ceja y sonriéndole divertido. Sin dudas, se estaba regocijando con la expresión de desconcierto pintada en el rostro de su hermano menor, ya que él mismo le había advertido que las cosas no eran como podría llegar a imaginarlas.

El Consejero de la Moneda estaba alterado debido a una revuelta campesina cerca de la frontera norte. El invierno estaba llegando y las cosechas escaseaban o se perdían con más frecuencia; el hambre llevaba a la revuelta, y a la negativa o imposibilidad de pagar el impuesto real.

—No tenemos fondos para abastecer de grano a toda una región, de manera gratuita, y durante todo el invierno. —Observaba nervioso los papeles aportados por los recaudadores de impuestos de todo el reino.

En casi ningún reino era tarea del rey proporcionar el sustento a sus súbditos de forma tan directa, pero en Rusia el invierno era largo y duro, y un rey no podía dejar que un cuarto de los habitantes de su tierra muriera de hambre y frío; menos aún, aquellos que residían y trabajaban en las tierras que el rey controlaba directamente.

—¿Qué hay de las zonas agrícolas del sur? —preguntó el rey. Evidentemente quería resolver aquella situación de la manera más favorable para sus súbditos.

—Su alteza… el sur produce mucho grano, pero no puede abastecer a todas las regiones más afectadas por las heladas. Pronto esa será también la situación del centro y el este del reino.

Viktor, que hace rato escuchaba en silencio, tomó la palabra.

—Es un camino sin salida. Abuelo, no podemos aumentarle los impuestos al sur. Se rebelarían, y se trata de la región que más grano produce en todo el reino… —No quiso siquiera mencionar que aquella era la región que históricamente estaba en disputa con Acadia.

—Tienes razón, pero… ¿cuál es la alternativa? ¿Bajar los impuestos durante el invierno? No podemos permitirnos hacer eso si estalla una guerra con el reino de Acadia.

Yuri se removió un poco en su asiento. Tal vez, habiendo su abuelo mencionado la guerra, la discusión se pondría más interesante. Con la emoción característica de un jovencito, apoyó los codos sobre la mesa y aguzó el oído. Sin embargo, intentó conservar una expresión apacible, digna de una persona de su alcurnia.

—Tenemos minas. —Su hermano se llevó un dedo a los labios, concentrado en sus palabras—. Podemos comprar el grano a las aldeas del sur y entregarlo a las zonas más afectadas.

—La gran mayoría de las minas están en el territorio de Lord Orlov —le recordó su abuelo con una paciencia que parecía estar a punto de ceder.

Vladímir Orlov era uno de los hombres más poderosos del reino, precisamente porque en sus tierras se encontraban las minas más importantes de la región. Su hermana mayor, Lady Tanya Orlova, se había casado con el hijo del rey hacía unos veinte años, y de esa unión habían nacido Yuri y su hermana mayor. Su matrimonio, aunque infeliz, le otorgó al reino una alianza próspera, pero el príncipe heredero murió antes de llegar al trono, dejando a su hijo mayor en su lugar. Ya no había ningún lazo que uniera a la familia Plisetsky con los Orlov, pero Tanya había insistido en quedarse en la corte real para criar a sus hijos adolescentes.

Por primera vez los presentes en la sala voltearon a ver a Yuri con seriedad.

—Yuri, ¿podrías hablar con tu madre al respecto? —preguntó el rey.

Yuri no respondió. Aquella mirada lo asustaba y lo hacía sentir orgulloso a la vez. Su abuelo estaba depositando toda su confianza en él, pero al mismo tiempo le estaba dejando en claro que no tenía otra opción que hacerlo. No era un secreto el poco aprecio que le tenía la madre de Yuri a Viktor, ya que jamás le había demostrado afecto alguno, a pesar de haber sido su madrastra desde que Viktor era un niño. Tampoco era particularmente amorosa con sus hijos, pero Yuri era el único que compartía un lazo de sangre con ella, el único al que tal vez escucharía. Por eso mismo, asintió una sola vez.

—Lo haré.

No había nada más que discutir. El problema no tenía solución aún, pero no podían llegar a un acuerdo sin la respuesta de Lord Orlov. El Consejero de la Moneda acomodó los papeles que tenía en sus manos y esperó a que el rey diera por terminada la reunión antes de ponerse de pie. Todos los presentes lo siguieron, dispuestos a volver cada uno a sus actividades.

Cuando Yuri estaba dirigiéndose a la puerta, sintió que una mano se posaba sobre su hombro. El firme contacto lo sobrecogió de tal forma, que estuvo a punto de brincar debido a la sorpresa; pero logró contener tal impulso.

—¿Qué pasa, Viktor? —preguntó con un tono calmado, aunque con un dejo de fastidio.

—No te ha tocado una tarea fácil. Lord Orlov no accederá tan fácilmente. Eres consciente de eso, ¿verdad?

Yuri asintió. Había visto a su tío tan sólo unas cinco o seis veces en su vida; era un hombre de pocas palabras, rostro severo y arrugas en la frente, producto de tanto fruncir el ceño a pesar de tener tan solo unos cinco años más que Viktor. No era precisamente la persona indicada para pedirle el libre derecho a explotar las minas de sus tierras, aunque se tratara de una petición de la corona. Vladímir Orlov era un hombre difícil, pero Yuri sabía que Viktor no se refería únicamente a él. Tanya era la primera intermediaria. Antes de que su tío accediera, ella tendría que acceder a pedirle aquel favor.

—Iré a hablar con mi madre de inmediato. —Yuri sacudió un poco el hombro para zafarse del agarre de Viktor—. Te veo luego —dijo ya saliendo de la Torre del Rey para dirigirse a los aposentos de su madre. Sabía que allí la encontraría, porque era donde solía estar desde la muerte de su padre, hacía ya cuatro años.

Caminó a paso lento, con duda, ensayando un breve discurso que pudiese convencer a la fría mujer. Por eso mismo, cuando estuvo frente a la pesada puerta de roble, se detuvo un instante antes de dar unos suaves golpes.

—Adelante. —Escuchó desde el otro lado de la puerta.

Yuri empujó con suavidad, lo suficiente como para deslizarse dentro de la amplia estancia, y cerrar la puerta luego detrás de él. En una de las esquinas, se había dispuesto una mesa con cuatro sillas; solo dos de ellas estaban ocupadas, por su madre y Mila. Estaban comiendo un estofado de lo que parecía ser carne y legumbres. No tardó en escuchar a su propio estómago, que le alertaba que no había comido nada en todo el día.

—Yuri. —Lady Tanya hizo un ademán hacia una de las sillas libres, pero sin sonreír demasiado— ¿Vienes para algo en especial?

El chico tragó saliva y se sentó en la silla que indicaba su madre. Saludó a su hermana por lo bajo, y en respuesta ella sólo inclinó la cabeza con cortesía. No solían tratarse de tal manera entre ellos, pero así lo hacían para evitar que su madre los regañara a ambos por su aparente falta de modales.

—¿Tienes hambre? —preguntó su madre mientras cogía un bocado de estofado con su cuchara de plata.

—Sí. Estuve toda la mañana en la reunión del Consejo.

Tanya no dijo nada, sólo le lanzó una gélida mirada a la muchacha que estaba de pie en una esquina de la habitación, y esta al parecer entendió lo que quería, porque salió de inmediato a buscar algo de comida para Yuri. Por más que la mujer no se caracterizase precisamente por su amabilidad, sí sabía desplegar con maestría su envidiable elegancia aristocrática frente a los sirvientes reales. Apenas se había desentendido de la aterrada muchacha, cuando sus astutos ojos color jade se dirigieron a su hijo, aislándolo de la habitación como si de repente fuera lo más importante allí. Desde luego, Yuri no lo era por sí mismo, pero sus labios estaban a punto de entregarle una jugosa noticia.

—¿La reunión del Consejo? Y dime, ¿de qué hablaron allí? —Parecía haberse olvidado, por el momento, de su hija, que con los años había aprendido a guardar silencio cuando uno de sus hermanos tomaba la palabra frente a los mayores.

Su madre tenía un enorme parecido con Mila, con sus mismos cabellos rojizos y unos rasgos suaves que la delataban como su progenitora. Sin embargo, la naturaleza había favorecido a Mila al darle el rostro risueño y los cálidos ojos de su padre, desdeñando el frío e intimidante semblante de Tanya.

—En las primeras horas, nada en especial… pero el verdadero asunto fue una rebelión campesina en la frontera norte; cerca de Nóvgorod. —Incapaz de controlar el hambre que tenía, que además era alimentado por el aroma a comida que llenaba la habitación, Yuri cogió los restos de estofado de la cazuela de su hermana, que parecía haber dejado. Cortó un trozo de pan y procedió a usarlo para juntar las sobras.

Tanya lo miró con desaprobación, pero en ese momento parecían importarle más los detalles sobre la reunión que los supuestos malos modales de su hijo.

—Continúa.

Yuri mordió un trozo de pan embebido en salsa y repitió el procedimiento, ignorando la forma en que los ojos de su madre iban y venían, entre la cazuela y sus labios impregnados de la grasa del estofado.

—Se niegan a pagar el impuesto real porque las heladas arruinaron sus cosechas. No tienen como pagarlo; tal vez, ni siquiera tengan para ellos mismos. —No, apelar a los sentimientos de su madre para convencerla no era una estrategia que funcionara—. Necesitamos el impuesto —concluyó, con la boca llena.

—Por supuesto que sí. Ya no es un secreto en esta corte el hecho de que estamos rodeados. —Miró a Mila, porque aquello le incumbía también. Ella sería la responsable de asegurar una buena alianza al desposar al hijo de Erasyl Altin.

—Entonces… hay que solucionar eso —animó Yuri, como quién echa un nuevo tronco a las brasas chispeantes.

Mordió otro trozo, con fuerza, y no volvió a hablar hasta que terminó de masticar. Su madre lo esperó con paciencia, porque ella era luego la primera en llamarle la atención si llegaba a hablar con la boca llena.

—Bueno… al abuelo se le ocurrió que podríamos comprar el grano excedente de las zonas más fértiles… y entregarlas en el norte. No podemos permitirnos vaciar las arcas reales para comprar todo ese grano, por eso… pensábamos usar las minas.

Esa idea no había sido de Nikolai, sino de Viktor, pero Yuri se vio obligado a manipular un poco la realidad para evitar jugar con juego y desencadenar la negativa de Tanya.

—¿Las minas de Perm, de mi hermano?

—En primer lugar, las de nuestras tierras, pero no son suficientes… las minas más importantes están en la ladera de las montañas del Este, madre.

—¿Y tú crees que tu tío vaya a acceder?

—No lo sé… por eso te preguntaré si podrías intentar pedírselo.

—La familia real ya no es aliada de los Orlov. Tu padre está muerto y yo soy una mujer célibe.

A Yuri no le gustaba que su madre hablase de forma tan distante de la familia Plisetsky. Él y su hermana podían ser mitad Orlov, pero llevaban con orgullo el apellido de su padre y de su abuelo.

—Madre, tal vez sólo podrías pedírselo.

—No me des órdenes, Yuri. Puedes ser el tercero en la línea de sucesión, pero yo soy tu madre. Le escribiré a Vladímir, pero no puedo garantizarte que vaya a aceptar.

—Está bien —masculló Yuri por lo bajo. No podía quejarse demasiado; por lo menos había conseguido arrancarle una promesa de sus labios. Y si no funcionaba, tendría la seguridad de que lo había intentado.

Se oyeron unos golpecitos en la puerta, y Tanya hizo pasar a la joven sirvienta que traía el almuerzo de Yuri. Lo depositó frente a él e hizo una pequeña reverencia antes de volver a salir.

La conversación al parecer había terminado, pero Yuri no se iría de allí antes de terminar con su almuerzo. Comió en silencio, mientras su madre y su hermana reanudaban la conversación banal que aparentemente llevaban cuando Yuri entró. No podía evitar sentirse un tanto incómodo allí, y no solo porque no tenía nada que ver en la conversación sobre el vestido de bodas de Mila, sino porque era evidente que a su madre no le había gustado demasiado su petición sobre las minas.

Cuando terminó de comer, dejó su cuchara a un lado de la cazuela, sobre la bandeja de plata.

—Debo irme —anunció, mirando a sus acompañantes.

—Entonces hazlo. —Su madre inclinó un poco la cabeza, como autorizándolo a retirarse.

Yuri se puso de pie intentando no hacer demasiado ruido, pero antes de retirarse, lanzó una fugaz mirada a Mila.

—Mila, ¿sabes dónde está Otabek?

Soltó la pregunta sin más preámbulo, sin importarle lo que su hermana podría llegar a pensar. Sin duda, estaba en lo cierto cuando días atrás dijo que Yuri no querría otra cosa que llegar a vencerlo.

Como era de esperarse, su hermana empezó a reírse con poco recato.

—No sé dónde está, pero preguntó por ti esta mañana. —Alzó una ceja, sin borrar aquella pequeña sonrisa de sus labios—. Sin duda, se mostrará muy sorprendido si lo interceptas donde sea que esté... creo que se ha hecho la idea de que lo odias.

Un sonido un tanto ambiguo escapó de los labios de Yuri: un extraño híbrido entre risa de burla y bufido de fastidio. Le costaba imaginarse a Otabek, tan estoico y resuelto, preocupándose porque el mocoso que tenía por futuro cuñado pudiese llegar a odiarlo.

—Buscaré a ese idiota —susurró por lo bajo antes de despedirse de su madre y su hermana, y retirarse de la habitación.

De allí emprendió camino hacia su habitación, para cambiarse y buscar su espada. En el castillo empezaba ya a haber más movimiento de lo normal, debido a los preparativos para la boda. Una boda real no era tan sólo un asunto que afectaba a la familia real, sino que se trataba de un acontecimiento para todos los habitantes del reino. En primer lugar, porque una alianza podía definir el futuro de un reino entero, pero de esto muy pocos eran conscientes. Lo que verdaderamente significaba una boda real era entretenimiento y comida gratuita para todos los habitantes de la capital. Por eso mismo no era de extrañarse que durante los días que duraban los festejos, la ciudad se llenara de visitantes de todos los rincones del reino. Ese incomparable fenómeno era lo que más había llamado la atención de Yuri cuando fueron los festejos de la boda de Viktor, hacía ya unos cuantos años.

Una vez en su habitación, se apresuró a cambiarse con las ropas que utilizaba para la práctica, amarró su cabello y cogió su espada. Volvió a salir a los pocos minutos, para caminar a paso ligero hacia los aposentos de Otabek.

No tenía pensado con qué cara lo recibiría, luego de haber rechazado tan rotundamente la propuesta su propuesta hace unos días. Era demasiado orgulloso como para volver arrastrándose a alguien que él mismo había rechazado, pero no tenía otra opción. Otabek era el único que en verdad podría ayudarlo a entrenar como a él le gustaría, presentándole un verdadero reto, dándole una mayor satisfacción cuando lo dejara en el suelo.

Llamó a la puerta de forma insistente, pero no obtuvo respuesta; solo oyó el sonido de unos pasos del otro lado, aproximándose. La puerta se abrió y Yuri, instintivamente, dio un pasito hacia atrás. Otabek llevaba sólo unos pantalones y una holgada camisa interior de lino, que dejaba entrever la totalidad de su cuello y la línea de sus clavículas. Estaba descalzo y tenía el cabello oscuro un tanto revuelto. A juzgar por su aspecto, Yuri pudo deducir que tal vez se encontraba descansando en la habitación, sin ningún plan para la tarde.

¿Podría haber tenido una noche sin sueño? Tal vez, acababa de despertarse tras haber pasado gran parte de la noche en vela.

—¿Yuri? —La voz de Otabek interrumpió sus pensamientos. Sonaba un poco sorprendido, pero no parecía haberle molestado la visita de Yuri. No parecía, porque su expresión era casi siempre la misma y era muy difícil distinguir lo que estaba pensando. Yuri ya había aprendido eso por las malas, unos días atrás en la pelea.

—Sí, soy yo —dijo con un dejo de sarcasmo. Ladeó un poco la cabeza y le dio un golpecito a la empuñadura de su espada—. Cámbiate y busca tu espada, que no tengo todo el día —le ordenó.

La visión de Otabek en su ropa interior, ante la que cualquier otra persona hubiese desviado la vista, a Yuri no le impedía para nada escudriñar su cuerpo con ojos fieros. Era evidentemente un chico fuerte, mucho más fuerte que Yuri, pero eso no hacía al rubio menos veloz y habilidoso.

Otabek pareció titubear un instante mientras terminaba por dilucidar las intenciones de Yuri. Finalmente le dio su respuesta, acompañada de una muy imperceptible sonrisa por parte de su boca recta.

—¿Has cambiado de opinión? ¿Quieres practicar conmigo?

—No quiero practicar. Quiero vencerte —le respondió un muy excitado Yuri.

—Espérame aquí. Enseguida estaré listo.

Yuri sólo asintió y Otabek volvió a cerrar la puerta en su cara. El rubio se recostó contra la pared, junto a la entrada, dispuesto a esperar un largo rato a que el príncipe se vistiera con ropas adecuadas para el combate.

Estaba equivocado. El chico no tardó en salir de su habitación, vistiendo ya una gruesa túnica de lana que le llegaba a la rodilla y unas botas por encima de sus pantalones. Llevaba su magnífica espada colgada en su cinturón, tan orgullosa que hasta hizo que Yuri sintiera un golpe en la parte baja de su estómago.

—¿Vamos? —le preguntó al pasar junto a él.

A pesar de su conflicto interno, Yuri no pudo evitar sonreír, una sonrisa amistosa. Cuando era niño, admiraba a Viktor más que a nadie; lo seguía por todos lados para que jugara a luchar con él. Pero Viktor siempre lo hacía esperar, y muchas veces ni siquiera llegaba. De ninguna forma pudo haberlo hecho a propósito, porque ya desde niño su hermano estaba todo el día ocupado, siendo entrenado como futuro heredero al trono. En cambio Otabek, parecía verdaderamente interesado en darle algo de su tiempo para hacer lo que más les gustaba a ambos. Yuri de verdad apreciaba aquello.

Caminaron por un largo rato con un silencio tenso instalado entre sus cuerpos. Ninguno sabía cómo iniciar una conversación, o por lo menos Yuri sentía que ya se había tragado lo suficientemente su orgullo al pedirle practicar con él. Durante todo el trayecto mantuvo su mano apoyada en el mango de la espada, apretándolo con fuerza, una plegaria silenciosa que le otorgara el poder necesario para vencer a Otabek Altin.

Cuando cruzaban el patio principal, fue su acompañante quien finalmente rompió el silencio.

—Pensé que te habías enfadado conmigo por lo del otro día. Yo sólo quería decirte que eres muy bueno.

Yuri estuvo a punto de soltar una vil carcajada al reconocer, en las palabras de Otabek, la propia suposición de su hermana Mila.

«Son el uno para el otro», pensó con un dejo de burla infantil. No obstante, recuperó la compostura para responderle a Otabek de la misma forma que podría hacerlo un hombre.

—Lo sé, pero aun así me ganaste con aquel ataque sorpresa…

—Aprendí a hacer eso por las malas. Recibí muchos golpes intentando pelear de forma decente —le respondió Otabek. A juzgar por la forma en que soltaba cada palabra, el muchacho parecía orgulloso de cada golpe que había recibido a lo largo de su infancia, de cada golpe que había moldeado su espíritu hasta convertirlo en el hombre templado que era en ese momento.

—Creo que todos podemos decir eso. Yakov no era precisamente compasivo. Y le agradezco eso, porque un adversario real tampoco lo será.

—¿Alguna vez has tenido una pelea real? —preguntó Otabek, mirándolo de reojo.

Yuri negó con la cabeza y se rió por lo bajo.

—No, ¿parezco alguien muy problemático?

—No. Pero aun así me retaste a mí.

—Todos querían verte pelear, y yo era el único que llevaba mi espada —se excusó, encogiéndose de hombros para restarle importancia al asunto.

—¿Y tú? ¿También querías verme pelear?

Aquella pregunta lo sorprendió un poco, y fue él ahora quién lo miró de reojo, para volver a apartar la mirada. En ese momento, entraron al jardín de invierno que los llevaba al pequeño patio de armas.

—No hubiese accedido a pelear contigo si no hubiese querido. No creas que hago todo aquello que mis hermanos me piden. —Hizo una mueca casi imperceptible al pensar siquiera en esa posibilidad.

—No, no pareces del tipo de persona que haría eso.

—¿Tú tienes hermanos? —preguntó con curiosidad. Sabía que Otabek, al ser el heredero era el mayor, por lo que de todas formas no podría entender a Yuri.

—Una hermana menor, Alia. —La inexorable mirada oscura pareció suavizarse cuando mencionó el nombre de la chica.

—Definitivamente tu vida debe ser mucho más fácil que la mía —concluyó Yuri, ignorando el amor fraternal que desbordaba de los ojos del mayor.

Ya habían llegado al patio. Sin avisarle a Otabek, Yuri desenvainó su espada con la mano derecha y la balanceó un par de veces. Cuando estuvo listo, miró al otro, sólo para darse cuenta que también lo estaba mirando, y que ni siquiera había sacado su espada.

—¿Qué esperas? —Frunció un poco el ceño, dando un par de pasos hacia atrás, preparándose para el primer ataque.

Otabek se sobresaltó ligeramente y se apresuró a desenvainar también su espada para colocarse a una distancia razonable de su adversario. Yuri seguía a la defensiva, esperando el primer golpe, la primera estocada, pero el otro ni siquiera dio un paso al frente para alcanzarlo.

—Yuri. No creas que mi vida es mucho más fácil que la tuya. Dudo mucho que sepas lo que se siente que todos esperen de ti mucho más de lo que tú esperas de ti mismo.

Yuri detuvo los movimientos circulares que ejecutaba con su espada y alzó una ceja clara; le costaba creerle. Viktor tal vez tenía más deberes y obligaciones que él, pero jamás se quejaba de eso. ¿Cómo podía quejarse? En un futuro, él sería rey y toda la estricta educación habría valido la pena.

—¿De verdad te molesta eso? —respondió con total amargura—. Creo que tú... no durarías ni un día teniendo un hermano mayor —lo desafió.

—Supongo que nunca lo sabré —se defendió Otabek—. Sin embargo, tú ni siquiera estás obligado a casarte con la persona que tu padre ha escogido para ti.

«En primer lugar, porque no tengo padre», fue lo primero que atravesó su mente. No obstante, cando su mente se puso a procesar lo que acababa de escuchar, el brazo de la espada se relajó y cayó a un lado de su cuerpo. Abandonó la actitud defensiva, y pasó a mirar a Otabek con los labios entreabiertos y el rostro desencajado por la sorpresa.

—¿No quieres casarte? —cuestionó, sin reprochárselo. Lo entendía, sólo que le sorprendía un poco que Otabek le dijese eso a él, considerando que había una alianza entre ambas familias que estaba en juego. Tampoco ellos dos se conocían demasiado ni tenían la suficiente confianza como para que se sintiese seguro de revelarle tales inquietudes.

Otabek soltó un suspiro y cerró los ojos por un momento, como si se arrepintiese de haber dicho eso y estuviese buscando las palabras adecuadas para arreglarlo. Al igual que Viktor, parecía un experto en decir y hacer siempre lo correcto. La experiencia mostraba, que a ese tipo de personas se le hacía mucho más difícil recuperarse luego de haber dicho algo demasiado apartado de la norma.

—No, no es eso, yo… tengo que hacerlo, es mi deber. Y tu hermana es una buena chica, de verdad, creo que he tenido mucha suerte con ella; considerando que ninguno de los dos ha podido elegir...

Yuri alzó una ceja, envainó su espada, y se cruzó de brazos. Eso iba a ponerse interesante, y no pensaba perdérselo. Estaba a punto de presenciar una confesión, la liberación de un secreto escondido en el nobilísimo corazón del nobilísimo príncipe Otabek.

—Estás enamorado de alguien más —aventuró, muy poco dispuesto a esperar que el moreno pudiese poner sus problemas en palabras—. Se trate de alguien con quién no puedes casarte, ¿es ella una sirviente o algo así? ¿De una familia que no le daría a tu padre una alianza provechosa?

—¿Qué? No… Solo qué… si pudiese elegir, preferiría no casarme. Eso es todo —dijo Otabek. Yuri notó que parecía algo nervioso a pesar de no demostrarlo en su expresión. La voz titubeaba, y las pausas entre sus palabras se hacían cada vez más prolongadas.

—Yo nunca voy a casarme —se apresuró a decir Yuri de manera altanera, aunque bien sabía que tampoco era tan libre de decidir aquello.

— A eso me refería. Tienes los privilegios de alguien de la realeza, pero al no ser el heredero, puedes hacer lo que quieras. —No había ningún rastro de rencor en su voz; tal vez, tan solo un dejo de envidia, de nostalgia.

—Aun así, a veces me gustaría estar en tu lugar. —Yuri parecía empeñado en mostrarle que la vida como heredero era más fácil que la vida de una sombra. Recordar eso, lo hizo llevar su mano a la espada y le lanzó una mirada rápida a Otabek—. Como sea, ¿vamos a pelear?

El otro sólo asintió, volviendo a prepararse para la lucha. Al parecer había encontrado una oportunidad de escapar de aquella conversación que empezaba a incomodarle. Yuri volvió a desenvainar su espada y rápidamente salvó la distancia que los separaba.

Apenas sus espadas se encontraron, la actitud de ambos cambió por completo. Estaban empezando a simpatizar, y aquella era una pelea amistosa, pero aun así ninguno de los dos quería perderla, y mucho menos Yuri. No podía perder, tenía que ganar para demostrarle a Otabek, y a sí mismo, que seguía siendo el mejor en combate singular.

La rapidez de sus movimientos era lo que lo caracterizaba, y en ese momento contaba con la ventaja de ya haber tenido la oportunidad de analizar la forma de pelear de su adversario. Esquivó una estocada dirigida a su costado y retrocedió para recuperarse; pero solo contó con el tiempo que duran unos cuantos suspiros. Volvió a la carga, y las espadas se enzarzaron una vez más en la cruenta lucha.

Tras unos largos minutos de combate que no parecía llevar a ninguna parte, Otabek volvió a utilizar aquel movimiento que había dejado fuera de juego a Yuri la última vez. Este, precavido, se apresuró a alzar la espada para protegerse el rostro y poder continuar la pelea. Detuvo el ataque a escasos centímetros de su rostro, y sonrió al sentir que Otabek aflojaba el agarre de su espada. Se mantuvieron así por un breve instante que se hizo eterno, donde ninguno de los dos se animaba a retirar su espada y arriesgarse a que el otro se aprovechara de la situación. La mirada de Yuri estaba fija en los ojos de Otabek, más oscuros que nunca debido al esfuerzo mental y físico que estaba intentando sobrellevar. Eso se hacía evidente en como ambos jadeaban incontrolablemente, midiéndose, intentando descifrar el próximo movimiento de su adversario.

«Si no me arriesgo, mi fuerza se agotará en intentar contener esta situación inútil», pensó Yuri. No le quedaba otra opción que arriesgarse. Contaría con el factor sorpresa, y en el tiempo en que Otabek tardara en reaccionar, Yuri encontraría su oportunidad.

Deslizó su espada fugazmente contra la de su compañero, para liberarla. Al instante, saltó hacia atrás, eludiendo el ataque de Otabek; pero no fue lo suficientemente lejos como para retirarse del combate. Lo atacó de frente, obligándolo a trastabillar un poco; y detuvo la espada a pocos centímetros de su pecho.

—¡Gané! —exclamó, eufórico, exhibiendo una gran sonrisa.

Otabek solo guardó su espada y alzó ambos brazos. Yuri se rió por lo bajo, envainando también su arma.

—Que honesto. —Yuri estaba un tanto sorprendido.

—No me gusta jugar sucio, Yuri. Estuviste muy bien.

Nunca dejaba de sorprenderlo. Cualquiera, incluso Yuri, podría haber esquivado aquel ataque para continuar con la pelea como si nada hubiese pasado, pero Otabek sabía que en un enfrentamiento real aquella estocada le hubiese matado, y por ende, había sido derrotado.

Yuri suspiró, intentando recuperar el aliento después de aquel breve pero agitado combate.

—Gracias —susurró finalmente, evitando cruzar miradas con él—. Confieso que has sido el único capaz de vencerme en casi un año. El último fue Viktor. Él es fuerte, pero yo soy más rápido.

—¿De verdad? Eres rápido, pero también eres muy fuerte, Yuri. Fuiste capaz de contrarrestar mi espada y toda la fuerza de mi cuerpo por unos cuantos instantes —dijo con el ceño fruncido, analizando el combate que acababan de llevar a cabo—. Yo no era ni la mitad de bueno a tu edad. Tu hermano y tú me inspiraron a mejorar.

El rubio se llevó el dorso de la mano a la frente para secar unas gotitas de sudor que se habían formado bajo su flequillo. Notó que su piel estaba aún caliente a pesar del frío que se colaba por los pliegues de su capa. Miró a Otabek con la confusión palpable en su rostro enrojecido por el esfuerzo. Le costaba creer que el kazajo le estuviese contando todo eso a él. Sin siquiera intentarlo, Yuri era el miembro de su familia que más palabras le había sacado a Otabek; y no lo entendía, pero sentía curiosidad.

—Entiendo que Viktor te haya inspirado, pero… ¿yo? Era sólo un niño cuando viniste aquí. —«Y ni siquiera te recuerdo», pensó. Sin embargo no se lo dijo, sabía algo de cortesía.

—Sí, te he visto practicar una vez. Usabas una espada de madera y parecías desesperado por golpear todo aquello que tuvieses en frente, pero… tu determinación atrajo mi atención. Nunca había visto algo parecido en un niño.

Yuri no dijo nada, sólo lo observaba con los ojos muy abiertos. Otabek recordaba sus gestos, sus formas de pelear y su determinación, y a él ni siquiera le sonaba su nombre. No sabía cómo sentirse al respecto, ¿debía recriminarle eso a su yo de diez años?

—Eso es lo que pasa cuando tienes diez años y tienes un hermano mayor que ya es invencible en las lizas.

—Yo quería hablarte, tal vez enfrentarme a ti con una espada de madera, pero no tuve la ocasión de hacerlo. —Otabek tenía la mirada fija en el suelo—. Pasé los años siguientes practicando todos los días con Askar, el Hermano de Sangre de mi padre. Tenía trece años y apenas sabía blandir una espada. Un rey no puede no saber cómo luchar, Yuri. Y yo... nunca se lo dije a Askar, pero sabía que cuando volviera a Rusia, para lo que fuera, tú ya serías un caballero invencible.

El ruso estaba tan concentrado en el relato que tardó en darse cuenta que Otabek había dejado de hablar. Se llevó una mano a la nuca y la rascó levemente, sin saber muy bien qué decir. En primer lugar, estaba muy lejos de ser un invencible caballero, ni siquiera era uno aún... pero aquello era todo lo que aspiraba a ser, y al parecer Otabek confiaba en él desde incluso antes de haberlo conocido.

— ¿Querías vencerme? —Fue lo único que se le ocurrió preguntar.

Otabek negó con la cabeza.

—No. Quería por lo menos estar a tu altura, juntar el coraje necesario para hablarte. Quería que fueras mi amigo.

—¿De verdad? —Dejó caer su mano a un lado de su cuerpo y esbozó una sonrisa tenue. Parecía a punto de echarse a reír, como si aquella tensa relación que habían desarrollado en los últimos días se revelara, de repente, como una treta del destino—. ¿Eso querías entonces?

Yuri no tenía amigos, y tampoco los tuvo nunca. Desde luego, creció junto a otros chicos y chicas de su edad, hijos de miembros de la corte y pupilos de su padre, pero nunca consiguió llevarse bien con ellos. Tampoco lo había intentado demasiado, por más que su abuelo y su padre siempre le insistieran que debía ser más abierto y amigable con los chicos de su edad.

—Así es. —Otabek por fin se decidió a mirarlo, con rostro estoico que no desdeñaba la seriedad y formalidad de su semblante principesco— ¿Y bien? ¿Qué dices? ¿Seremos amigos o no?

No sabía cómo reaccionar, pero si de algo estaba seguro, era que no podía decirle que no podía ni quería decirle que no. Otabek era interesante, sincero y tenía unas excepcionales dotes para el combate; una parte de él incluso lo admiraba un poco, pero desde luego, jamás se lo diría. ¿Qué más se podía buscar en un amigo?

Lo miró a los ojos y asintió, dándole de esa forma su respuesta. A continuación extendió su mano para estrechar la del otro de forma fugaz y firme. No quería dejar en evidencia lo nervioso y emocionado que estaba ante la perspectiva de tener un amigo, alguien en quien confiar y poder pasar el rato.

Una incomparable sensación de regocijo lo invadió al pensar que su abuelo estaría orgulloso de él por eso. Luego de tantos años de ser un niño solitario, Yuri no podía esperar a contarle que había hecho su primer amigo.


¡Hola de nuevo! Aquí está el tercer capítulo, espero que les haya gustado. Gracias a todos por leer y por sus reviews que me alegran el día y me motivan a seguir con esta historia :D