4. UNIDOS EN TIEMPOS DE ADVERSIDAD
Un mes había pasado sin que Yuri lo notara. Fue probablemente el más intenso de su vida, ya que por fin tenía un buen compañero con quién practicar esgrima, alguien que presentaba un verdadero desafío para él y no estaba constantemente marcándole errores tan pequeños como la posición de uno de sus pies durante el combate. En poco tiempo como eran unas pocas semanas, Otabek se convirtió en una de sus personas favoritas, siempre después de su abuelo y su sobrino.
Pasaban gran parte del día practicando en el patio de armas que Yuri se había apropiado como suyo. Algunos días, Andréi se sumaba a la práctica después de mucho insistir, a lo que ambos chicos por igual se esforzaban en explicarle las bases del combate singular. Se llevaba bien con Otabek, pero hacía berrinches cuando Yuri elegía a su amigo antes que a él para practicar.
Formaba parte de la rutina de cada día el encontrarse en el salón principal para procurarse un buen desayuno, y luego dirigirse al patio con sus espadas, como si no conocieran otra cosa en el mundo. Pero lo hacían. Cuando sus brazos estaban demasiado cansados, y el clima se los permitía, ambos jóvenes montaban a caballo y desaparecían en el bosque por horas, olvidándose del mundo, al igual que solía hacer Yuri desde que le fue permitido cabalgar en soledad.
—Oye, Otabek, iremos a cabalgar hoy, ¿verdad? —Yuri apoyó el codo en la mesa y, de forma involuntaria, se inclinó sobre el hombro de su amigo, hasta el punto que sus desordenados cabellos le rozaron el cuello.
Otabek se apartó sutilmente, con toda la cortesía del mundo, y fijó sus ojos en el pan con mantequilla que apretaba en una de sus manos. De repente, se había quedado mudo. Yuri no sabía si se debía a su repentina cercanía, o tal vez a que pensaba cambiar de planes. No le cabía siquiera en la cabeza que su amigo pudiese llegar a cansarse de él, porque para Yuri, era imposible cansarse de Otabek. Estaba experimentando la novedad de la primera amistad, con el cual sentía que debía pasar todos los días de su vida.
—No podré pasar el día contigo hoy —habló por fin, exhibiendo una mueca apenas perceptible en su rostro adusto. Antes de que la sonrisa de Yuri se borrara por completo, Otabek se apresuró a explicarse—. Temir, el embajador de Kazajistán, cree que sería bueno que yo pasara más tiempo con Mila. A tu abuelo y hermano les pareció buena idea, y me han hablado de eso ya —A juzgar por su tono de voz, y su forma de decirlo, parecía que se refería más a un asunto de estado que a forjar lazos con su futura esposa.
El compromiso era la etapa más ardua para una joven pareja que apenas acababa de conocerse. Los que más suerte tenían, eran forzados a pasar unos meses juntos, tanto a solas como con sus familias, para llegar a agradarse mejor. Yuri siempre se preguntó qué sucedía si la pareja terminaba por odiarse tras su primer encuentro.
Por desgracia, aquello solo podía llegar a sucederle a un par de niños; un hombre y una mujer, se guardarían cualquier tipo de disgusto con su futuro cónyuge si eso beneficiaba a sus familias.
Para Yuri, situado entre medio de ambos mundos, que alejaran a su amigo de él para que pasara más tiempo con su hermana le sonaba casi como una afrenta hacia su persona.
—¡Que malditos! —Apretó el puño contra la mesa, haciendo saltar su cuenco de kasha y derramando un poco sobre la madera—. Sabía que tarde o temprano, alguien vendría a alejarte de mi lado. Los amigos no se dejan plantados, Otabek.
—Lo siento. —Otabek parecía verdaderamente apesadumbrado—. Cuando te prometí la cabalgata, no sabía que...
—¡Está bien! No es tu culpa, sé que los mayores tienen todo el poder de decisión. —Desgraciadamente, su hermano Viktor estaba también incluido en esos mayores—. Hoy, pensaba mostrarte el río, porque luego la superficie se congela y se van todos los peces.
—¿Ustedes pescan aquí? —le preguntó Otabek, alzando una ceja.
—A veces, en verano. Los peces no son grandes, pero soy rápido con el arpón. Es divertido. —Se encogió de hombros—. Iré con ustedes.
—¿Qué?
—Que iré con ustedes, con Mila y contigo. —La única opción que tenía estando solo, era pasarse toda la tarde combatiendo contra el viento, en el patio.
—Bueno, supongo que a Temir y a tu familia no les importará. —No parecía tan seguro, pero estaba dispuesto a aceptar la propuesta de Yuri.
—A mi abuelo, desde luego que no. —El mismo Nikolai le había dicho a Yuri, un mes atrás, que pusiera algo de esfuerzo por hacerse un amigo, y por supuesto, se puso muy feliz cuando este le contó que lo había logrado, que podía llamar amigo al príncipe Otabek.
Pronto, la familia de su amigo y la suya estarían unidas por matrimonio, y ellos serían algo así como hermanos. Sin embargo, todo eso no le parecía relevante, porque el hogar de Otabek quedaba muy lejos, y podría verlo una vez cada cuatro o cinco años.
—Entonces es un hecho —se apresuró a responder Otabek. Sonaba casi aliviado por la propuesta de Yuri.
Ambos jóvenes se vieron interrumpidos por la llegada de Mila, que debajo de su vestido de lana, llevaba sus botas de montar. Tal parecía, que aquel día la pareja de prometidos debía dar un paseo por los bosques, antes de que el invierno terminara por hacerlos intransitables.
—Buenos días, Otabek. —A la joven se le iluminaron los ojos azules al ver al chico, allí sentado, esperándola—. Yuri, ¿Qué haces aquí? —cuestionó con afán curioso, arqueando una de sus rectas cejas cobrizas.
—Vendrá con nosotros —respondió Otabek de inmediato, apurando el último trozo de pan con mantequilla.
—No tenía nada más para hacer —acotó Yuri, encogiéndose de hombros.
La princesa solo asintió y le dio la vuelta a la mesa para tomar asiento junto a su hermano.
—Está bien. Yuri puede ser muy divertido cuando quiere. —Pasó su brazo por los hombros de su hermano y alborotó sus cabellos con su puño cerrado, tal como hacían los muchachos. De estar su madre allí, se hubiese ganado una buena reprimenda.
Yuri profirió un fuerte alarido, tal vez un tanto exagerado, e intentó apartar a Mila a manotazos y golpes de su codo. Pero la muchacha era fuerte, y lo mantenía bien sujeto con su brazo alrededor de su cuello.
—¡Eres una bruja! ¡Suéltame! —exclamó con toda la fuerza de sus pulmones. No le importaba humillarse frente a su gran amigo.
En lugar de acudir al rescate de Yuri, Otabek había apoyado su codo en la mesa y, reclinado sobre esta, los observaba discutir. Cuando se volteó para pedirle ayuda, Yuri pudo ver que los labios del moreno estaban curvados en una suave sonrisa. Estaba disfrutando, el muy maldito estaba disfrutando su humillación.
—¡Oye! ¿No vas a ayudarme! ¿Pero qué clase de amigo eres? —De un golpe brusco, logró deshacerse de Mila, que se vio obligada a coger el banco con fuerza para no caerse.
—Lo siento, Yuri. Te veías... demasiado gracioso; hubiese sido un crimen intervenir. —Hablaba con tanta seriedad, que sus chistes bien podían ser tomados como bromas de mal gusto. Y a Yuri, que aún no estaba acostumbrado a su amigo, eso lo confundía muchísimo.
—¡Mila! ¡Esa no es forma de comportarse para una dama! —la regañó, pasando sus manos por sus finos cabellos dorados, que habían pasado de estar un tanto desordenados a ser un completo caos. El viento frío del bosque terminaría por convertirlo en un salvaje. Si su implacable madre no estaba para sermonear a la muchacha, alguien tenía que hacerlo.
—¿Y cuál es la forma, Yuri? —inquirió Otabek, genuinamente interesado.
—No lo sé... educada, que no haga revuelo como Mila —le dedicó una mirada fulminante a su hermana mayor.
—¿Estás pidiéndole a tu hermana, que no sea como tú? —soltó Otabek, volviendo a esbozar una de sus leves sonrisas, tan raras como genuinas—. Yuri, eso es hipócrita.
—¡Cállate! —Esta vez, estuvo a punto de derramar, de un codazo, el cuenco de kasha de su hermana, que esta se esforzaba por terminar lo más rápido posible.
—No, está bien —murmuró—. Me gustas así.
A esa declaración, le siguió un repentino silencio, que contrastaba considerablemente con todo el alboroto que habían estado haciendo hace tan solo unos instantes. Mila, con la boca llena, apuraba los últimos bocados de su comida, demasiado preocupada por no hacer esperar demasiado tiempo a los chicos. Yuri estaba perdido en sí mismo, dándole vueltas a las palabras que Otabek acababa de decirle.
Y permanecieron allí, anidando en su mente, perforando su consciencia. No pudo quitárselas de la cabeza ni siquiera cuando Mila terminó su comida y dejaron atrás el gran salón para dirigirse a las caballerizas.
Otabek era su amigo, y le gustaba así, por lo que era, por todas esas cosas que su madre consideraba indecentes o poco dignas de un príncipe. Lo que menos le importaba a Yuri, era la opinión que su madre pudiese tener sobre él, si a su amigo Otabek le parecía bien que se comportara de la forma en que lo hacía.
—No te quedes atrás, Yuri —lo apremió el joven, que se había adelantado un poco para llevarle una jugosa manzana a Aiman, su majestuoso corcel negro.
Los tres caballos ya habían sido ensillados, herrados y preparados para una extensa cabalgata por los fríos bosques que rodeaban el castillo. Mila montaba una cariñosa yegua gris de mediana edad, de nombre Masha, a la cual tuvo incontables oportunidades de cambiar por otro animal más joven, pero jamás olvidaría que con ella, aprendió a montar a los doce años de edad. El corcel de Yuri era un animal joven, de pelaje amarronado; y tan esbelto y veloz como su dueño.
Estaba a punto de hincar el pie en su estribo cuando la imagen de Otabek atendiendo a Aiman desvió toda su atención, obligándolo a desistir y fingir revisar las correas de la silla. La escena era de lo más tierna: Otabek, aquel muchacho tosco y duro, casi estuvo a punto de dejar ir la manzana con la que alimentaba al animal, que la devoró encantado. A partir de ese pequeño episodio, las manos del chico se deslizaron por sus hermosas crines negras; largas, largas como los cabellos rubios de Yuri.
Casi podía sentir sus manos fuertes acariciando sus cabellos de oro.
—¿No vas a subir a tu caballo, Yuri? —La voz de Otabek lo trajo nuevamente a la realidad, y Yuri se vio sacudiendo su cabeza una y otra vez, esforzándose por olvidar todo vestigio de sus pensamientos indebidos.
—Sí, ¡Sí! Otabek, allí voy —se apresuró a responder, como si sus ojos nunca se hubiesen desviado, como si su mente nunca hubiese imaginado nada.
Los tres caballos salieron al trote por la puerta principal, golpeteando la tierra dura con sus cascos. Otabek y Mila iban al frente, haciendo esta última un gran esfuerzo por mantenerse a la altura del chico, cuyo caballo parecía muy ansioso por salir disparado a través del bosque a la menor de las señales. Yuri iba detrás, trotando con calma, sujetando la rienda con una mano y el borde de la silla con la otra.
El eterno bosque de abedules se desplegaba ante sus ojos: una paleta de tonos de verde y marrón, con algunas florecillas tímidas que nacían en el suelo, junto a los troncos de los árboles y las saetas silvestres. A pesar del frío, aquel era un auténtico paisaje primaveral. El dulce aroma de la tierra mojada impregnaba los sentidos de los tres jóvenes, que con cada cabalgata, parecían estar descubriendo un mundo nuevo.
Era verdad. El bosque jamás era el mismo a los ojos de sus visitantes. A lo largo del año, cambiaba de color, y olía de forma distinta.
—¿Y bien? ¿A dónde vamos? —Fue Yuri el primero en atreverse a hablar. Había ya olvidado sus pensamientos, pero estos regresaron como un torbellino en cuanto Otabek de giró sobre su caballo para mirarlo.
—A dónde tú quieras, Yuri —le respondió con voz dulce—. Confío en tu criterio.
—Si de mí dependiera... —soltó con el sarcasmo palpable en su voz.
Lanzó una exclamación por lo bajo y espoleó a su caballo, aflojando las riendas para que trotara más rápido, y poder alcanzar así a sus acompañantes.
—Debes aprender a conocer este bosque —le dijo a Otabek una vez que lo tuvo a un lado—. Si algún día salimos de caza, sabrás como orientarte, y la cacería parecerá un juego de niños. Y no querrás perderte intentando perseguir un venado.
Los tres nietos del Rey conocían aquel bosque de tupida vegetación como a la palma de su mano; en él habían jugado y crecido.
—La única forma de conocer un lugar es perdiéndote, incontables veces —reflexionó Otabek—. Un día, sin que te hayas dado cuenta, te habrás perdido por última vez. Eso me dijo una vez mi padre.
—¿Solías perderte mucho?
—No mucho... Pero a los catorce años, me perdí por primera vez en la inmensidad de la estepa.
Yuri hizo hasta lo imposible por contener una carcajada que amenazó con brotar de sus labios. Ahora era Mila la que había quedado un tanto rezagada, admirando las flores blancas del suelo, al margen de la conversación que desplegaban ambos muchachos.
—¿Dónde está tu sexto sentido trashumante, Otabek? —se burló Yuri, exhibiendo una enorme sonrisa.
—¿Te decepcionaría si te dijera, que lo perdimos? —El gesto que le devolvió Otabek fue una sonrisa tenue, melancólica, un lamento por la pérdida de un pasado que él jamás pudo llegar a conocer.
—Pues sí —respondió Yuri, arrugando el entrecejo—, es una pérdida muy grande.
—Lo es —admitió su amigo, haciendo un mohín—. Pero es el precio que hubimos de pagar por una vida distinta; lejos de las incertidumbres, de adorar al cielo y a la lluvia como las únicas deidades capaces de asegurar la perpetuidad de los pastos, el único sustento de nuestro ganado.
—Eso suena bastante bien. El cielo era la libertad, ahora son siervos de la tierra. —No iba a negar que se sentía un poco desilusionado, traicionado en su imaginario de los kazajos como amos del cielo y el viento. Las leyendas que se contaban poco sabían de la realidad.
—Sí, pero la tierra nos ha dado algo que antes no teníamos. Estabilidad.
—Esa sí es una buena razón, Yuri. No tienes forma de contradecirla —intervino Mila.
Sin que ninguno de los dos se percatara, la chica había espoleado a su caballo para quedar del otro lado de Otabek. El kazajo se veía a sí mismo flanqueado por dos rusos curiosos, pero parecía sentirse a gusto.
—Tú cállate —le espetó Yuri a su hermana—. Otabek, ¡esas son tonterías! Nadie que tenga algo de corazón renunciaría a la libertad por un poco de estabilidad.
Cuando giró la cabeza para dedicarle una fugaz mirada, sus ojos se encontraron. La expresión de Otabek era solemne, grave, y no se prestaba a mostrarse flexible con lo que Yuri pudiese llegar a decirle.
—Eso, díselo a Bekzat Altin, el primer Rey de Kazajistán. Pregúntale por qué escogió salvar a su pueblo del hambre por sobre la grandeza de los nómades.
Los nómades de los relatos eran personas muy orgullosas, orgullosas de su medio hostil, de su ardua existencia, de sus rebaños de ovejas y sus mandas de caballos, de sus tiendas fuertes, esas que Otabek llamaba yurtas. El joven príncipe hablaba como uno más de ellos, jactándose de un brillante pasado desaparecido hace ya muchísimas vidas. Yuri no comprendía como se podía estar tan orgulloso de un pasado lejano mientras se defendía al Gran Reformador que se encargó de sepultarlo. Lo consideraba un acto de hipocresía, ¿pero acaso no era esa la actitud de todos los pueblos del mundo? Buscaban su identidad en el inicio de los tiempos, en un pasado sin luz al que debían de otorgarle un sentido, para darle significado a su presente.
—Ese hombre está muerto —se atrevió a decir Yuri.
A aquella incómoda sentencia por parte del rubio le siguió un incómodo silencio por parte de Otabek, que se tradujo en el nuevo protagonismo del canto de los pájaros y el murmullo de las copas de los árboles al mecerse con el viento. Al cabo de un rato, Mila se cansó del silencio preguntó a Otabek por su caballo.
Yuri jamás pensó que se podrían decir tantas cosas sobre los caballos.
Cuando el paseo llegó a su fin, y regresaron al castillo, se dirigieron a las caballerizas para dejar descansar a los animales. Otabek fue el primero en desmontar, y antes incluso de atender a Aiman, le tendió una mano a Mila para ayudarla a bajarse de su yegua. Ella lo miró con una fogosidad un tanto indecente cuando el chico la sujetó por la cintura, con toda la cortesía del mundo.
—Gracias —le dijo con una sonrisa dulce, perdida en la mirada de fuego del joven.
Mientras quitaba la brida a Fiódor, Yuri no podía evitar lanzarle miradas de reojo a la pareja. Ver a su hermana tan cerca de su amigo le daba ganas de darle un empujón, de aventarla al cuenco de agua del cual bebían los caballos. Sin duda, no era la primera vez que sentía deseos de hacerlo, porque Mila siempre conseguía sacarlo de quicio, pero sí era consciente, de que esa vez era distinto.
Eran celos. No quería que su hermana le quitara a su único amigo.
La felicidad de Mila duró poco, porque apenas sus pies estuvieron bien afirmados en la tierra, Otabek la soltó como si su cuerpo le quemara los brazos. Su mirada se endureció cuando se inclinó sobre ella para despedirse, depositando un suave pero frío beso sobre su guante de piel.
—Oye —lo encaró Yuri en cuanto su hermana los dejó solos.
Otabek se giró para mirarlo, y descargó toda la incomodidad en un corto resoplido.
—Siento mucho lo del bosque. Tal vez yo... fui algo grosero. —Involuntariamente, sus dedos viajaron hacia su nuca y se enredaron en los cabellos dorados. De repente, la imagen de la mañana acudió a su mente, y se sintió incapaz de seguir hablando.
—No, está bien —respondió Otabek, apartándose para quitarle la brida y la silla a su caballo.
—No, no lo está —contraatacó Yuri—. Te he ofendido, y lo lamento mucho por eso. —Casi con violencia, arrojó los elementos del caballo contra el barandal de madera.
—Sí.
De un momento a otro, Otabek se halló nuevamente frente a él. En un rapto de espontaneidad, atrapó la delgada muñeca pálida de Yuri, la del brazo que tenía alzado.
—Está bien —repitió con la franqueza desbordando de sus ojos oscuros. Yuri podía verla, porque una vez más se encontraba atrapado en estos—. Eres sincero, y no le temes a nada. Los amigos de verdad no se dicen mentiras, no se ocultan las cosas. A veces, los amigos son sabios, y pueden hacerte ver cosas para las que antes estabas ciego. Gracias, Yuri.
Yuri recordaría aquel día como uno de los más importantes en la historia de su amistad.
Entre paseos, cabalgatas y entrenamientos, discurrió un mes más de la larga estadía de Otabek en Rusia.
En poco tiempo, ambos desarrollaron una agradable complicidad, muy palpable en las conversaciones que tenían y en las miradas que se lanzaban cada vez con más frecuencia. Si algo adoraba Yuri de Otabek, era que este no lo trataba como un niño pequeño y adorable que necesitaba protección, como hacían sus hermanos mayores. Hasta hacia unos pocos años, Viktor se dejaba ganar por Yuri, y este último nunca sabía si le había ganado porque era mejor que él o porque Viktor había aflojado para beneficiarlo. Otabek, en cambio, jamás dejaba de dar lo mejor de sí cuando luchaban, sin importarle que Yuri fuera menor y físicamente un poco más pequeño. No le importaba, porque consideraba que ambos tenían la misma habilidad y la misma fuerza. Era eso lo que Yuri más valoraba de su nuevo amigo.
Una de las mayores pruebas de su amistad se dio cuando Otabek alcanzó sus dieciocho años estando a un mes y medio de camino de su hogar. Todos, pero en especial su joven amigo, se ocuparon de que el chico se sintiera como en su casa. El rey celebró un banquete en su honor, y cada miembro de la familia le hizo un obsequio personal, incluida su futura esposa. El regalo de Yuri, fue un majestuoso gorro de piel de marta cibelina. Por la noche, los dos amigos se quedaron hasta muy tarde en la habitación de Yuri, tumbados en la cama, entre las pesadas pieles que la cubrían. Por una vez, los papeles a los que cada uno acostumbraba se invirtieron, y Yuri dejó que Otabek hablara con soltura y detalle sobre su familia, su tierra y sus dos mayores pasiones: las cabalgatas y la cetrería.
Aquella tarde de principios de noviembre habían terminado la sesión de entrenamiento del día, y estaban ambos sentados contra la pared, intentando calmar sus jadeos mientras observaban como el cielo se ponía anaranjado al caer lentamente la noche.
—El atardecer es mi momento favorito del día —confesó Yuri, embelesado con los colores cambiantes del cielo—. Quiero decir, me gustan las horas de luz, porque luego debo encerrarme en el interior... pero me gusta el cielo.
—Lo sé, también a mí… pero yo creo que no hay mejor lugar donde mirarlo que la estepa. Desde el caballo, solo en medio de la nada, te sientes el amo del mundo…
Yuri lo miró con una sonrisa pícara.
—¿Te gustaría ser el amo del mundo? Pensé que me habías dicho que te querías estar en mi lugar, ser un nadie.
Otabek le devolvió una suave sonrisa y negó con la cabeza.
—Con ser el amo del mundo no me refería a ser rey. De todas formas, tampoco es que no quiera ser rey, pero lo sería por mi pueblo y no por mí. Es mi deber, mi deber como hijo de mi padre. —Irguió su cabeza y sus anchos hombros imitaron el movimiento. Sus labios ligeramente curvados y los profundos ojos oscuros desbordaban orgullo y devoción hacia la sangre que llevaba en sus venas.
Cuánto le admiraba.
Después de haber estudiado la historia de su familia y de otras dinastías, Yuri sabía que había dos tipos de reyes: los que gobiernan para su pueblo, y los que lo hacen para sí mismos. Eran igual de frecuentes, y cuando un nuevo rey asumía el poder, el reino entero contenía el aliento hasta saber en qué clase de rey iba a convertirse.
—Yuri —continuó Otabek—. Tú no eres un nadie. Eres un príncipe de Rusia, y eres un buen amigo mío.
Eso último lo dijo mirando al cielo, y Yuri por un momento deseó que se lo hubiese dicho mirándolo a los ojos. No era algo que se decía todos los días, o por lo menos él jamás lo había escuchado de boca de otra persona.
—¿No tienes otros amigos? —Yuri no podía creer que en el caso de tenerlos, fuera él tan especial entre los demás.
—Tengo unos cuantos en la corte. Los conozco de toda la vida, pero ellos se comportan no tanto como amigos sino como súbditos con su futuro rey. —Otabek frunció el ceño, un gesto desdeñoso que revelaba cuan molesta la resultaba la situación—. Están constantemente compitiendo para ver quién será mi hermano de sangre. A veces me gustaría... no elegir a ninguno de ellos.
Yuri chasqueó la lengua y asintió, mostrándose comprensivo con su nuevo amigo. Le costaba creer que los amigos de Otabek pudiesen ser solo aduladores, principalmente porque se le hacía difícil imaginarse a un chico tan serio y reservado como Otabek siendo el centro de atención de un montón de idiotas. Luego, recordaba a los amigos de su virtuoso hermano, todos segundones de familias importantes. La gran mayoría de ellos eran terriblemente arrogantes y engreídos, pero se pegaban a Viktor como si su vida dependiera de ello. Tal vez, considerando eso, sí fuera duro estar en el lugar de un príncipe heredero.
—Eso no debe ser nada agradable, pero… a mí me conoces hace poco más de dos meses —le recordó, poniendo todas la fuerza mental que tenía en no hacerse falsas ilusiones. Lo que menos quería, era vivir estando convencido de que él era tan importante para Otabek como este lo era para Yuri. Otabek tenía a otras personas a las que llamar amigos; en cambio Yuri, apenas se estaba acostumbrado al sabor que la palabra tenía en sus labios.
—¿Importa eso? —Otabek interrumpió sus pensamientos—. Contigo puedo ser yo mismo, porque ninguno de tus actos tiene como objeto buscar mi aprobación. Es más, al principio incluso te mostrabas más... reacio a entablar una conversación conmigo.
—Pero lo hice. —Yuri elevó el mentón, buscando deshacerse de cualquier acusación que Otabek pudiese llegar a hacerle.
—Me alegra que lo hayas hecho —confesó Otabek. Su voz sonaba dulce, tierna.
La densa oscuridad del ocaso se imponía entre los dos cuerpos, e impedía que Yuri pudiese ver su expresión con claridad, incluso forzando la vista. Por esto mismo, se limitaba a mirar al frente, al haz de luz anaranjada que bañaba la más grande de las cuatro torres del castillo.
—¿Y qué hay de mis hermanos? ¿No puedes ser tú mismo con ellos?
—No —respondió el kazajo, un tanto cortante—. Quiero decir, ambos son muy agradables, pero ambos esperan algo de mí y yo algo de ellos.
—¿Y cómo sabes que yo no espero nada de ti? —cuestionó el rubio con tono desafiante.
Desde donde estaba sentado Otabek, a Yuri le llegó el inconfundible sonido de una risa muy baja, entre dientes. Estuvo a punto de reclamarle, creyendo que se estaba burlando de él, pero se vio obligado a guardarse sus palabras.
—Simplemente lo sé.
—Yo quería vencerte con mi espada —recordó Yuri, esbozando una adorable sonrisa ladina que el mayor no podría llegar a ver.
—Y lo lograste. Lo lograste y aun así seguiste permitiéndome practicar contigo. —El chico suspiró, con los ojos fijos en sus pesadas botas—. No tienes miedo de enseñarme cosas nuevas, de corregirme cuando estoy haciendo algo mal... Eso es lo que uno busca en un buen amigo.
Buen amigo.
Le costaba reflexionar sobre sus palabras cuando lo oía referirse a él como su buen amigo con tanta naturalidad. Aquello lo llenaba de una emoción antes desconocida, el sentimiento de compartir algo con otra persona, en lo que nadie más participaba. Eran solo ellos dos, siendo buenos amigos.
Pasaron un largo intervalo en completo silencio, del cual Yuri fue perfectamente consciente. Cuando Otabek cayó en la cuenta que el rubio no pensaba responderle, volteó a mirarlo, todavía con el ceño fruncido.
—¿Por qué te escondes? —preguntó el mayor.
—¿Qué? Es la oscuridad, Otabek.
Sin saber en principio a qué se refería, Yuri le devolvió una mirada cargada de confusión. Pero fue entonces cuando se dio cuenta que todo ese tiempo lo había estado mirando con un solo ojo, que unas cuantas hebras de cabellos rubios se habían desprendido de la cinta que los sujetaba, para caer libremente sobre su ojo derecho.
—¿No te molesta? Para pelear, quiero decir.
—No, es que...
No pudo terminar la oración; no se sintió capaz de hacerlo cuando Otabek, aprovechando el resguardo de la oscuridad, extendió su mano para atrapar los cabellos que le caían sobre su ojo y sostenerlos a un lado de su cabeza. Su cuerpo entero se estremeció cuando sus dedos le rozaron la mejilla, para acomodar los cabellos detrás de oreja.
—Ahí está mejor, ¿verdad?
Su amigo no era más que una sombra bañada por la luz anaranjada, pero no le costó nada percibir el ya conocido brillo oscuro de sus ojos.
—Otabek, ¿Qué estás haciendo? —preguntó con nerviosismo, de una forma que pudo parecer un poco brusca.
—Yuri, yo...
Se quedó en silencio un instante, tieso como una estatua de mármol, esperando a que completara la frase.
—Dilo... —susurró finalmente, mirándolo a los ojos con el valor que solo le daba la oscuridad.
—Lo siento —finalizó el otro.
Otabek soltó sus cabellos rápidamente y Yuri maldijo ruidosamente cuando una cortina de pelo le cayó sobre la cara.
—Dilo. —Apretó el puño más fuerte, sintiendo que una inexplicable rabia crecía lentamente en su interior. No tenía bien claro qué era exactamente lo que pensaba que Otabek le diría, pero creía saber qué era lo que había querido escuchar, aunque aquello lo llenara de dudas.
Antes de que Yuri pudiera cogerlo por la parte delantera del jubón, Otabek, convertido en una sombra, se removió incómodo a su lado, buscando incorporarse.
—No puedo —sentenció.
Yuri no tuvo tiempo de reaccionar ni de responder, porque Otabek se puso de pie casi de inmediato. Estaba por hacerlo él también, pero antes de que pudiese reaccionar, su amigo murmuró un escueto "te veo mañana" y se retiró del lugar, dejando a un muy confundido Yuri sólo en el patio. Fue entonces que se dio cuenta que ya había caído la noche y que la luna llena lo observaba desde el cielo.
El aire se había puesto muy frío, como todas las noches en Rusia, pero Yuri no se sintió capaz de ponerse de pie por un largo rato. Se quedó unos cuantos minutos recostado contra el muro de piedra, soltando de vez en cuando unos bufidos que lo hacían largar vapor por la boca. No llevaba puesta la capa forrada de piel que usaba durante el invierno, por lo que el frío no iba a tardar en alcanzarle los huesos. Pero tal vez aquello lo ayudaría a calmar la rabia que sentía. Estaba furioso, y podía llegar a entender el motivo de esa ira si pensaba en el cosquilleo que aún sentía en su mejilla, allí donde los dedos de Otabek la habían rozado para acomodarle los cabellos; y en como Otabek lo había dejado sólo en la oscuridad sin dar ninguna explicación.
—No pensaba que fueras tan cobarde —susurró con voz ronca por el frío, abrazando sus piernas con ambos brazos. Además de enfadado, estaba desconcertado, y tal vez, solo tal vez, un tanto decepcionado.
No pasó mucho tiempo hasta que sintió que el frío se estaba tornando insoportable. Sin capa, guantes ni gorro no podía estar fuera por mucho más tiempo. Un tanto aturdido, se puso de pie y se dispuso a regresar a su habitación.
Cuando subió las escaleras de la torre se encontró con su sirviente personal, Feliks, que lo esperaba en la puerta de su habitación. Este inclinó la cabeza al verlo llegar y se apresuró a abrir la puerta.
—Su alteza, ¿hay algo que necesite?
Feliks era un chico alto, de cabellos cortos y tan rubios que parecían blancos; sus ojos azules, muy claros. Era un año mayor que Yuri, pero era tan nervioso que a veces podía parecer más joven.
—Prepárame un baño caliente, y encárgate de mi cena. Hoy cenaré en mi habitación.
El chico asintió una vez y bajó las escaleras a paso rápido a buscar agua caliente para la bañera. Yuri, por su parte, ingresó en la habitación. Lo primero que hizo fue descolgarse la espada y dejarla junto a la de madera. A continuación se quitó las botas y el resto de la ropa, quedándose solo en camisa y pantalones, por lo menos para no morir de frío hasta que su baño estuviese listo.
Se sentó en su cama y se recostó hacia atrás, dejando que su cuerpo cayese pesadamente sobre las sábanas de seda, cerrando sus ojos. Maldijo por lo bajo y rodó en la cama un par de veces. Estaba confundido. Si Otabek era su mejor amigo, ¿por qué se había puesto tan nervioso por tan sólo haberle tocado la mejilla? Yuri debía admitir que aquello también lo había sorprendido gratamente, sus dedos sólo lo habían rozado por un segundo, pero eran cálidos; se había sentido bien...
Entonces regresó Feliks con otro sirviente, trayendo dos cubos de agua caliente cada uno. Colocaron la tina en el centro de la habitación y la llenaron.
—Su alteza, su baño está listo.
—Está bien, pueden retirarse. Feliks, ¿has ordenado la cena?
—Sí, señor.
Yuri se rió por lo bajo. Él no era ningún señor. Cuando ambos muchachos salieron de la habitación, se quitó el resto de su ropa hasta quedar completamente desnudo. Se introdujo con cuidado en la tina, y apenas su pie helado entró en contacto con el agua caliente, una placentera sensación lo invadió de pies a cabeza. Aquel baño lo ayudaría a quitarse el frío en un segundo. Cuando se sentó por completo, soltó un suave suspiro. Se sentía abrazado por el agua caliente y ya no tenía frío.
Cogió la esponja y procedió a bañarse como era debido, limpiando cada parte de su cuerpo con atención. En general aquello solían hacerlo los sirvientes, pero a ninguno de sus hermanos les gustaba demasiado que los ayudaran en el baño. Era algo que podían hacer por sí mismos. Sólo su hermana dejaba a veces que su doncella la bañara, pero lo hacía porque se llevaba bien con la chica y le agradaba poder tener una conversación con ella. Yuri prefería no hablar con nadie.
Cuando hubo terminado, salió de la tina y secó, para luego vestirse solamente con una bata de terciopelo color rojo oscuro. Se sentó en la cama a esperar su cena, notando el hambre que tenía.
Feliks llegó finalmente con una bandeja de plata con dos cuencos y una jarra.
—Alteza, ¿quiere que me lleve la tina? —dijo mientras colocaba la bandeja sobre la mesa que estaba en el centro de la habitación.
—Sí, por favor. Gracias, Feliks, puedes retirarte —dijo Yuri, sin mirarlo, sentándose frente a la mesa.
Le dio un vistazo a la comida. Se trataba de un generoso cuenco de estofado de cordero con remolacha y zanahorias cocidas; en el otro cuenco había sopa de cebolla y a su lado un poco de pan y queso. La jarra contenía vino caliente especiado. A Yuri se le hizo agua la boca al ver semejante cantidad de comida.
Empezó por la sopa, la cual con ayuda de la cuchara y un poco de pan se terminó casi al instante. El estofado también estaba delicioso, y quedaba de maravilla con el vino.
Terminó por comerse todo lo que había en el plato y cuando se levantó de la mesa, se sintió satisfecho. Consciente de que más tarde Feliks regresaría por la bandeja y para apagar algunas de las velas y antorchas, Yuri se metió en su cama.
El lecho estaba caliente. En Rusia hacía frío durante casi todo el año, pero en invierno había nevadas constantes y un frío que congelaba los huesos. Por eso todas las camas del castillo, en invierno, llevaban dos mantas de lana debajo del cobertor, por encima de las sábanas de seda.
Como era su costumbre, buscó uno de sus cojines y lo abrazó, apoyando el mentón en este y removiéndose para encontrar la mejor posición para dormir. Cerró los ojos, buscando al sueño o esperando a que este lo encontrara.
Al rato hizo una pequeña mueca. Se había descubierto a sí mismo pensando qué estaría haciendo Otabek en ese momento. ¿Estaría cenando? ¿También a punto de dormir? Intentó ahuyentar a su amigo de su mente, para ponerla en blanco y buscar la paz necesaria para poder dormirse.
Esa paz no llegó.
El primer toque en la puerta le arrancó un jadeo de los labios, y le hizo abrir los ojos de golpe. Con el segundo, maldijo y rodó sobre la cama, intentando ignorar a ese huésped inoportuno que se dignaba a perturbar su sueño aquella noche. No podía ser Feliks, éste solía entrar sin permiso si tenía alguna tarea que completar, como buscar la bandeja. De todas formas, tras soltar un exasperado suspiro, terminó por responder de todos modos.
—Adelante, Feliks —llamó, lo suficientemente fuerte para ser escuchado.
—Yuri.
Aquella voz no era la de Feliks. Era de Viktor. La puerta se abrió con un suave chirrido y unos cuantos pares de pisadas ingresaron en la habitación. Yuri se incorporó sobre la cama y se sorprendió al ver a su hermano, a la esposa de este y a Andréi.
—¡Tío Yuri!
—Andréi, no hagas ruido —le reprochó su madre, con la voz quebrada y el rostro desencajado por el terror.
El niño cruzó la habitación a paso rápido y se subió a la cama con Yuri.
—¡Oye! —se quejó el rubio.
Fue entonces cuando se percató de que ni Viktor ni Yuriko sonreían; y que las ropas claras de Viktor, que llevaba en mano su espada desenvainada, estaban empapadas de húmedas manchas oscuras. Su rostro se transformó completamente. Era sangre.
—Viktor... ¿qué sucedió?
Antes de contestar, el príncipe heredero se tomó el tiempo necesario para envainar su espada y recuperar el aliento. Sus pálidos cabellos estaban revueltos, y en su rostro persistía aún la mueca torcida de alguien que se encuentra bajo ataque.
—Un hombre se escabulló en mi habitación e intentó matarme. Peleamos, y yo logré matarlo. Llegó a herirme un poco... —le mostró a Yuri una mancha de sangre en su costado y otra en su hombro.
—¿Qué?
—En realidad eran dos —continuó Viktor. Presa del pánico, hablaba como alguien que está aún en el campo de batalla—. Uno de ellos estaba en el pasillo, tal vez buscando la habitación de Andréi... también peleé con él y lo vencí.
Yuri dejó que su sobrino se acurrucara junto a él, pero no dejaba de mirar azorado a su hermano.
—Entonces debe haber un tercero... dispuesto a matarme a mí. Soy el tercero en la línea de sucesión y el último de los herederos que viven en el castillo. ¿Por qué trajiste a tu familia aquí, idiota?
—Creo que estarán más seguros contigo que en cualquier otro lado. Ya he avisado a los guardias para que cierren todas las entradas y salidas del castillo, ahora debo decírselo al abuelo.
Yuri asintió, pero en verdad no se sentía seguro de poder pelear él sólo contra un hombre que probablemente fuera un asesino profesional. Era bueno con la espada, pero jamás había tenido una pelea real y mucho menos matado a un hombre.
—¿Pueden quedarse aquí contigo? —Viktor buscaba una confirmación.
—Por supuesto —dijo mirando a Yuriko y a Andréi.
—Gracias. —Viktor le sonrió antes de retirarse también.
Apenas su hermano se fue, Yuri se levantó de la cama y fue en busca de su espada; sería sensato mantenerla cerca. Yuriko se sentó sobre la cama y abrazó a su hijo, cuyo cuerpo pequeño se agitaba esporádicamente entre suaves pero descontrolados sollozos.
—Todo está bien... esos hombres se han ido... —le susurraba.
Tanto ella como Yuri sabían que eso bien podía no ser cierto. Tal vez uno de esos asesinos estuviese por entrar en la habitación, pero no podían decirle eso al niño.
—Si vienen, Yuri los matará... —susurró el pequeño, mirando a Yuri con ilusión.
Yuri se lo quedó mirando, sin responder de inmediato. En los brillantes ojos azules del niño estaba contenida la profunda admiración que sentía por su tío Yuri.
—Te protegeré si uno de ellos logra entrar. A ti y a tu madre —respondió con toda la calma de la que se sintió capaz.
No quería pensar en la idea de matar, aunque se tratara de un asesino que había atacado a su familia. Solían decir que uno jamás olvida el rostro del primero al que ha matado, ya sea un combatiente enemigo en el campo de batalla o un asesino a sueldo.
—Me pregunto quién será el responsable detrás de esto... —Yuriko miró a Yuri.
—No lo sé... tal vez algún noble rencoroso...
—¿Algún gobernante enemigo? ¿Jean Leroy?
Yuri negó con la cabeza.
—No. No lo conozco mucho, lo he visto un par de veces, pero no es su estilo. Si quiere una guerra, se encargará de reunir un ejército, declararla formalmente y organizar una invasión. Y no tiene derecho alguno al trono, no podría acceder ni siquiera matando a todos los potenciales herederos.
—¿Otabek Altin? —aventuró Yuriko.
El silencio se apoderó de ambos por un instante que a Yuri le pareció eterno. El solo hecho de considerar esa posibilidad hacía que se le estrujara el corazón. Lo hacía sentir mal por entregar su confianza tan rápidamente, por más que Otabek fuera su amigo.
—Él jamás haría eso. No tiene motivos. No —masculló con molestia. Más que convencer a Yuriko, Yuri buscaba convencerse a sí mismo.
No había forma de que aquella hubiese sido obra de Otabek. Era cierto que si todos los hombres en la línea de sucesión directa morían, cosa muy poco probable considerando a sus primos, Otabek podría reclamar los derechos de Mila al trono y convertirse en rey una vez que estuviesen casados. Pero eso era muy poco probable, y Yuri confiaba plenamente en que Otabek jamás podría hacer algo así.
—Una amenaza interna entonces... —susurró la mujer, acariciando los cabellos de su hijo, que se aferraba a ella con toda la fuerza de sus bracitos.
—Es lo más probable. Pero, ¿de parte de quién? No tengo idea.
—Del beneficiario más directo del asesinato de los tres primeros en la línea de sucesión. —Los ojos color café de Yuriko encontraron los de Yuri.
—No se me ocurre en el momento quién pueda ser —murmuró Yuri, un tanto frustrado.
Pasó así cerca de una hora, una hora en silencio en la que de vez en cuando los tres se intercambiaban algunas palabras. Viktor no había regresado y Yuri empezaba a inquietarse. Había ido sólo a alertar a su abuelo, y tal vez a ayudar a buscar al tercer asesino, ¿lo habría encontrado? ¿Lo habría encontrado el tercer asesino a él? Yuri sintió que se le helaba la sangre dentro del cuerpo.
La puerta se abrió de repente, con un golpe, y Viktor entró en la habitación. Vestía aún sus ropas ensangrentadas, al no haber tenido tiempo para ponerse una prenda limpia; y en su mano, llevaba la espada desenvainada que utilizó para pelear contra sus agresores.
—Hemos registrado toda la parte central del castillo y las torres. Yo mismo he liderado la búsqueda. No hay nada. Los guardias han bajado al subsuelo, a las mazmorras y a las criptas, pero estoy casi seguro de que eran sólo dos hombres.
—¿Le has dicho al abuelo?
—Ya ha sido informado, y nos espera en su despacho. A los dos. Ahora mismo. —Sus ojos escudriñaban la habitación de lado a lado, nerviosos, como si temiera que un tercer asesino pudiese estar escondido detrás del tapiz de la pared.
—Déjame cambiarme al menos —protestó Yuri.
La mirada clara de Viktor se endureció de repente, y frunció el entrecejo en un gesto desdeñoso. Esa actitud, extremadamente rara en él, era un claro signo de lo muy alterado que lo tenía aquella situación.
—Ahora —repitió, exasperado—. Yuriko, Andréi. Ustedes se quedan aquí. Buscaré guardias para que queden custodiando la puerta.
Yuri se colocó una pesada capa sobre los hombros, por encima de la bata. Esta última era demasiado liviana para afrontar los vientos fríos que se colaban por los corredores del castillo. Llevó también su espada, por si era necesaria en el camino. A su abuelo no le gustaba verlos portar armas en la sala de audiencias real, pero en ese caso lo entendería.
Salió afuera detrás de su hermano, esforzándose por seguir el ritmo acelerado de sus pasos. A su alrededor, los guardias iban y venían, portando lanzas y espadas desenvainadas. De repente, el castillo dormido había despertado, y el príncipe podía estar seguro de que nadie dormiría bien aquella noche.
Cuando llegaron a la torre del rey, Viktor llamó a la puerta de la sala de audiencias de su abuelo. Esta se encontraba justo debajo de la recámara real, por lo que muy probablemente, Nikolai ya los estaba esperando allí.
—¿Viktor? —preguntó su voz desde adentro.
—Viktor y Yuri —rectificó Viktor.
—Adelante, pasen.
Su hermano empujó la puerta apenas escuchó la confirmación y ambos entraron en la habitación. El rey estaba sentado en la cabecera de la mesa, y al verlos les hizo un ademán a ambos para que ocuparan dos sillas que estaban frente a él. Ambos jóvenes se sentaron donde les indicaba.
—Viktor, ¿has ordenado a los guardias que registren hasta el último rincón del castillo?
—Sí. Yo mismo me encargué de registrar las zonas centrales.
—Bien. —Los miró a ambos y se aclaró la garganta antes de empezar a hablar.
Yuri no tenía bien claro de qué iban a hablar ahí, y por qué lo requerían también a él. Solo se limitó a esperar a que su abuelo empezara a hablar para enterarse. Mientras tanto, se frotaba las manos congeladas para calmar el frío, y también los nervios.
—No sólo basta con descubrir a los asesinos y deshacernos de ellos —empezó el rey—. No has podido reconocer a los hombres, ¿verdad, Viktor?
Viktor negó con la cabeza.
—No. No reconocí sus rasgos. Uno de ellos parecía ruso, el otro era de seguro un extranjero.
—Asesinos a sueldo —Yuri confirmó de inmediato las sospechas de su abuelo.
—Seguramente —respondió su hermano, mirándolo de reojo.
—Entonces con más razón es importante descubrir quién fue el que les pagó para que se deshicieran de los herederos al trono. Me has dicho que los mataste a los dos. Tal vez, hubiese sido mejor haber hecho prisionero a uno para interrogarlo, pero entiendo que no siempre es posible —dijo el rey.
—Tal vez si encuentran al tercero... —intervino Yuri.
—¿Por qué crees que eran tres? —Su abuelo lo miró fijamente.
—Un asesino para cada uno de los posibles herederos que viven en este castillo— respondió el chico, como si no hubiese otra respuesta posible.
Nikolai resopló y apoyó el puño cerrado sobre la mesa. El muchacho se removió, incómodo, esperando una respuesta que disipara la nebulosa que se estaba formando en su cabeza.
—¿Qué te dice que buscaban matar a los tres?
Una nueva pregunta. Yuri sacudió la cabeza, incapaz de comprender qué tipo de respuesta estaba buscando su abuelo.
—Si alguien busca acabar con la dinastía, no lo conseguiría matando sólo a Viktor y a Andréi. Yo vengo después.
—Te lo diré de nuevo, ¿qué te dice que buscaba matarte a ti? —reformuló la pregunta, dedicándole una mirada solemne.
A su lado, Viktor se mantenía en silencio, presionando su puño cerrado contra sus labios. Se veía un tanto más relajado que Yuri, y no parecía reaccionar ante las preguntas extrañas que les estaba haciendo Nikolai. No necesitaba ser un genio para percatarse de que ambos le estaban ocultando algo, un secreto del que él no tenía siquiera una pista.
—Eso no tiene sentido —murmuró Yuri, apretando su cuerpo contra la silla en completo estado de negación.
Nikolai miró a Viktor, y Yuri pudo ver por el rabillo del ojo que este movía su cabeza de forma afirmativa, de manera muy discreta. Le bastó solo ese gesto para confirmar sus sospechas y, de repente, sintió que una rabia incontrolable empezaba a anidar en su joven corazón.
Por fin, el anciano carraspeó y sacudió suavemente la cabeza, como si quisiera olvidar esa cuestión por el momento. Yuri sólo podía mirar a su abuelo, y luego a Viktor, y luego de nuevo a su abuelo. Tal vez fuese él el nieto mimado de Nikolai, pero era cierto que el rey compartía una complicidad con Viktor a la que Yuri muy pocas veces podía acceder. Era eso lo que, en ese momento, lo enfadaba de tal manera.
—¿Hay algo que quieran decirme? —soltó con brusquedad—. No se guarden nada —exigió.
El silencio volvió a reinar en la habitación; un silencio tenso, amargo, el silencio que provoca un secreto que no puede ser revelado. El pie de Yuri empezó a moverse frenético por debajo de la mesa, produciendo un molesto chasquido incesante que Viktor se vio obligado a interrumpir, sujetando con fuerza la delgada pierna de su hermano menor.
—Detente —siseó Viktor muy por lo bajo.
El rey eligió ignorar aquel pleito infantil que se libró debajo de la mesa, cuando Yuri intentó apartar a Viktor de una feroz patada.
—No es nada —dijo, intentando tranquilizarlos—. Sólo... tendremos que estar atentos, los próximos días. No hay que dejar pasar ningún comportamiento anormal de ningún miembro de la corte, por más cercano que sea. He vivido muchos años, muchos más que ustedes. He visto todo tipo de traiciones. En situaciones de riesgo, no se puede confiar en nadie.
—¿A qué te refieres? ¿Tienes algún sospechoso en mente? —Yuri se acomodó mejor en su asiento, sujetando la silla para separarse más de Viktor.
El hombre negó con la cabeza, sin borrar su semblante taciturno y cargado de preocupación.
—No, pero ten en cuenta lo que te he dicho, Yuri. —Miró luego a Viktor—. Y tú también. Algunas lealtades son más fuertes que otras, y estaremos en graves problemas si estas entran en contradicción.
Yuri dejó escapar un jadeo de sus labios entreabiertos. La verdad se revelaba frente a él por fin, y no era un sentimiento para nada agradable. Creerse acusado de traición por alguien querido, era una de las cosas más horribles que un ser humano podía experimentar.
—Estaré atento —dijo el rubio con voz quebrada, ¿Qué más podía decir?
—Ahora bien —continuó el rey, mirándolos fijamente a ambos—. Y esto, va dirigido específicamente para ustedes dos.
Yuri miró a Viktor y notó que este también lo estaba mirando. Se observaron por un instante antes de volver a mirar a su abuelo.
—Si existen amenazas contra nuestra familia, lo peor que ustedes dos pueden hacer es enfrentarse. Una disputa facciosa dentro de la familia llevada a la guerra civil acabará con la dinastía. Ninguno de nosotros quiere que suceda eso, y depende de ustedes asegurar el futuro de la familia Plisetsky.
Se hizo nuevamente el silencio, y Yuri pudo escuchar incluso que Viktor tragaba saliva de manera dificultosa.
—Lo entiendo —dijo Yuri, con cierto tono de fastidio—. Pero yo no f...
—Por supuesto que no fuiste tú, Yuratchka. —Esas simples palabras, bastaron para que Yuri pudiese respirar con normalidad de nuevo—. Sólo deben ser conscientes, que en una situación de crisis, deben mantenerse unidos. No debemos dar muestra de debilidad a enemigos externos e internos.
Esta vez Yuri no dijo nada, pero asintió. Lo comprendía perfectamente. Si él decidía repentinamente que el trono le correspondía a él y no a Viktor, el reino entero se dividiría en dos. Todos los señores del reino se movilizarían en favor de uno u otro hermano, el que mejor sirviese a sus intereses personales. La situación podría empeorarse si un reino fronterizo tomaba partido por alguno de los dos, profundizando una guerra civil que se extendería por años y desangraría al reino hasta debilitarlo, una guerra civil que extinguiría la dinastía Plisetsky. No había un verdadero ganador en ese tipo de guerras. Todos los bandos involucrados solían quedar destruidos y sólo conseguían allanar el camino para que una potencia externa ocupara ese vacío que las luchas habían dejado. Kazimir les había contado historias sobre reinos que habían perecido de esa forma, por la enfermedad de la guerra civil.
Al ver que ninguno de sus nietos tenía nada más que decir, y que habían entendido sus palabras, Nikolai les sonrió.
—Pueden irse a dormir, y tú a curar tus heridas, Viktor. La guardia del castillo se verá doblegada a partir de mañana.
Viktor y Yuri salieron juntos de la sala de audiencias, sin hablar mucho entre ellos. En la atmósfera aun flotaba el pesar de saber que entre las paredes de ese castillo, de su hogar, había un traidor dispuesto a derramar sangre para cumplir sus objetivos. Cuando llegaron a la escalera al final del pasillo, Viktor se despidió de Yuri.
—Iré a ver a Miroslav, las heridas están empezando a dolerme. Diles a Yuriko y Andréi a donde he ido y pide a un guardia que los escolte de nuevo a las habitaciones.
Yuri asintió con simpleza.
—Lo haré.
—Buenas noches, Yuri. —Su hermano le sonrió con ternura. Se le notaba agotado, y su rostro estaba un poco contraído, probablemente debido al dolor; pero de todas maneras se esforzaba por sonreír, ahora que el peligro parecía haber pasado por el momento. No cabía duda de que eran dos opuestos.
—Hasta mañana, Viktor.
Yuri volvió a su habitación dispuesto a cumplir con lo que le había pedido Viktor y luego echarse a dormir. Aún había tres guardias apostados en la puerta, que lo dejaron pasar en cuanto lo vieron.
Al entrar, se sorprendió un poco al ver a Otabek de pie junto a la cama, donde estaban Yuriko y Andréi. Los tres posaron su mirada en Yuri en cuanto escucharon la puerta abrirse.
—Otabek, ¿Qué estás haciendo aquí? —cuestionó. No estaba enfadado, de hecho con toda la confusión de la noche casi había olvidado aquella ira irracional que por la tarde había sentido hacia Otabek.
El chico se acercó a él, sin decir nada hasta que lo tuvo en frente.
—No me había dormido aun cuando escuché los ruidos... cuando fui consciente de lo que estaba pasando, quise asegurarme de que estuvieras bien.
Sin esperar una reacción del rubio, Otabek lo rodeó con ambos brazos y lo estrechó con fuerza. Su cuerpo entero se tensó, pero eso no detuvo a su amigo, que en medio de su entrega, enterró el rostro en su hombro. Poco a poco, los brazos de Yuri se relajaron, y a ellos le siguieron sus hombros. Terminó por soltar un suspiro, derrotado, y se dejó envolver por los cálidos y fuertes brazos de Otabek.
—Me alegra que estés bien... —susurró este por lo bajo.
No solía abrazar ni ser abrazado, salvo que se tratara de su abuelo o su sobrino, pero eso era distinto. Otabek tampoco parecía ser alguien que soliera dar abrazos, pero ahí estaba abrazándolo. Aquel era el primer abrazo que recibía de alguien que no pertenecía a su familia; no era de ninguna pareja, como tal vez pudiese haber llegado a pensar que pasaría, sino de parte de su gran amigo. En el mundo, no había nada más correcto que eso.
Con la inseguridad presente en cada fibra de su cuerpo, y los dedos temblorosos, Yuri logró liberar uno de sus brazos y terminó por corresponder. La tela de la túnica de dormir de Otabek estaba fría, pero por debajo, su piel ardía; ardía como la de Yuri.
—Estoy bien. No tienes que preocuparte por mí —susurró en respuesta.
—¿Cómo no hacerlo si mi amigo está en peligro? —El moreno lo soltó y le dedicó una cálida sonrisa, una como nunca antes le había visto. —No podía simplemente ignorar todo e intentar dormir.
Yuri se sintió aliviado al separarse de él. Habían sido unos pocos segundos, pero su corazón latía desenfrenado, errático. Le era imposible mentirse a sí mismo. Cuando sus ojos se encontraron tras el abrazo, y Otabek le mostró la más hermosa de sus sonrisas, Yuri sintió miedo. Sintió miedo de sus propios sentimientos, aunque le costase precisar a cuál de ellos le temía. Sus dedos se congelaron sobre la espalda de Otabek, y dejó caer su mano lentamente.
A pesar de todo, hizo hasta lo imposible por controlar sus nervios y ocultar aquel molesto cosquilleo que había sentido en su estómago. De haber podido, se lo habría quitado de un manotazo, por la fuerza.
—No soy una chica, Otabek. No tienes que venir a salvarme —le espetó casi sin aliento. « ¿Qué diablos me sucede? Un abrazo no te quita el aire», pensaba con la frustración a punto de acabar con su paciencia.
«No es un beso.» Descubrirse a sí mismo pensando en esa posibilidad, lo hizo trastabillar, por lo que Otabek se apresuró a tomarlo del hombro con firmeza.
—De todas formas no venía a salvarte. —Otabek enfatizó la última palabra—. Pero dos espadas luchan mejor que una; eso es indiscutible —finalizó, con aquella franqueza que caracterizaba a su amigo, y que tanto le fascinaba.
El rubio entonces no tuvo más remedio que dar rienda suelta a la sonrisa que amenazaba con formarse en su rostro. Sus ojos se encontraron por un breve instante, pero para Yuri fue tan potente que de repente se sintió avergonzado de su sonrisa. Hizo un mohín y desvió la mirada, sintiéndose un poco incómodo ante aquel silencio que parecía expresar muchísimas cosas que no podían decirse. Bastaba solo recordar cómo se había sentido también aquella tarde, cuando Otabek acarició su mejilla accidentalmente, para querer salir corriendo de allí y esconderse en las criptas hasta el día siguiente.
—Oigan, lamento interrumpir, pero... —Yuriko se acercó a ellos, con su hijo colgado de sus faldas—. Yuri, ¿tienes idea de donde está Viktor?
Otabek y Yuri se voltearon a verla, y entonces Yuri recordó que no estaban solos en la habitación y que había olvidado lo que le había prometido a Viktor.
—Fue a ver al médico para que se encargara de sus heridas. Me pidió que un guardia los escoltara a su habitación...
Aun sintiéndose un tanto turbado, Yuri se asomó por la puerta y les comunicó las órdenes de Viktor a los guardias. Les pidió que dos de ellos se encargaran de llevar a Yuriko y Andréi a sus habitaciones.
Antes de partir, Yuriko volvió a agradecerle a Yuri, y Andréi lo abrazó antes de desearle unas buenas noches. Cuando se retiraron, Yuri y Otabek se quedaron solos en la habitación. El rubio se volteó para verlo allí de pie, quieto y con la mano cerrada con firmeza en torno a la empuñadura de su espada.
—Tú también deberías irte a dormir —le dijo el rubio a su amigo. Hablaba demasiado rápido, como si de repente temiera dirigirle la palabra. En aquella breve conversación con Yuriko, el muchacho por fin logró recuperar la compostura; y su dignidad.
—Lo sé. —El kazajo posó una mano en el hombro del ruso y lo apretó un poco—. Descansa, Yuri. Nos vemos mañana.
—Hasta mañana, Otabek —dijo antes de cerrar la puerta de su habitación, casi de un portazo.
Cuando estuvo a solas, soltó un pesado suspiro y se metió en la cama, cubriéndose con las mantas hasta la nariz.
Sin embargo, no logró dormirse tan inmediatamente como hubiese querido. Su mente inquieta rápidamente retomó los pensamientos que le habían impedido dormir antes de que llegara Viktor, aquellos sobre Otabek. Yuri no pudo evitar preguntarse si su amigo estaría pensando en él en ese momento, así como lo hacía él. Imaginar que era así lo llenaba de una inexplicable felicidad y adrenalina que mantenía sus ojos abiertos y su corazón palpitando fuerte, demasiado fuerte.
Por otra parte, abrazo de Otabek lo había dejado sin palabras, y no podía evitar preguntarse: ¿Era normal sentirse tan alborotado con un simple abrazo, un abrazo de amigos? ¿Cómo hubiese reaccionado él si su amigo le besaba la mejilla, como hacía su hermana Mila con sus amigas? Probablemente, hubiese estallado. Para suerte suya, los muchachos jamás besaban a sus amigos; eso era cosa de damas.
Desorientado, se llevó la mano al pecho para sentir los latidos desbocados de su corazón, como si de esa forma pudiese aplacarlos. Sin embargo, sabía que eso iba a ser difícil. Era la primera vez que se sentía así, y Yuri no sabía qué hacer con ello.
¡Hola! Aquí el capítulo 4. Esta es la versión editada, así que verán que tiene una nueva escena al inicio. Quería incluir una escena que fuera una especie de eslabón entre la amistad del capítulo 3 y los coqueteos del 4. La atracción entre ellos es un hecho desde el principio, y ya para este momento se van dando cuenta aunque, como verán el "me gustas" de Otabek bien puede ser tomado como un "me caes bien", y seguro él lo dijo así :) Por otro lado... la conversación que tienen sobre los kazajos, no es algo trivial, tenganlo en cuenta~
