5. CORAZÓN DE HIELO

Aquella mañana un espeso manto de nieve cubría todo lo que la vista podía abarcar, desde las lejanas montañas del este hasta el extenso bosque que rodeaba al castillo. Había nevado durante toda la noche, y las abundantes reservas de leña del castillo se habían reducido considerablemente para poder mantener viva hasta a la última chimenea. El invierno por fin había llegado, y con él las nevadas más frías, constantes y agresivas del año.

Yuri se despertó con la salida del sol y en muy pocos minutos se vistió con un jubón de lana verde, unos pantalones, sus botas de montar y una gruesa capa de lana oscura con ribete de piel de lobo. Cogió su espada y su cuchillo de caza y los colgó de su cinto antes de salir de la habitación.

Afuera había dos guardias apostados hace días. Yuri ya se había aprendido sus nombres, Lev y Matfey. El resto de los guardias estaban en los pasillos, y frente a las habitaciones de cada uno de los miembros de la familia real incluida su madre. Desde el complot fallido hacia unos días, el castillo no había podido bajar la guardia, viéndose obligado a doblegarla.

Pero ni un poco de nieve ni una situación tensa podían detener la actividad favorita de los príncipes y de los muchachos nobles de la corte. Aquel día saldrían todos de caza, en busca de un buen jabalí o venado para el banquete de la noche.

Se reunieron en la sala de banquetes del castillo, siendo Yuri uno de los primeros en llegar. Pronto llegó también Viktor, acompañado de dos de sus amigos, segundos hijos de vasallos que habían sido enviados a la corte real. Otabek fue uno de los últimos en llegar, acompañado del embajador de su reino, su escudero y su sirviente personal, un niño de no más de trece años. Eran en total unos cuarenta hombres si se contaba a los escuderos, acompañantes y sirvientes que llevaban el vino y agua para que sus amos bebieran durante la cacería. A ellos se sumaban una veintena de guardias reales que los acompañaban para cuidar de los dos príncipes de Rusia.

Otabek se sentó junto a Yuri y el rubio apartó la mirada de su cuenco de gachas para mirarlo a él. Su amigo también iba muy abrigado, con su capa de lana azul ribeteada en dorado. Colgado del hombro llevaba un carcaj repleto de flechas con plumas azules, y su enorme arco descansaba a su lado.

—¿Cazas con arco? —preguntó Yuri cuando terminó de engullir un bocado de avena.

—Sí, ¿De qué otra forma lo haría si no es con arco?

—Lanzas, hachas, espadas...Quiero decir, el arco es más efectivo para cazar, pero, ¿Qué sentido tiene dispararle a tu presa y matarla en el acto?

Otabek parecía un tanto sorprendido.

—Tiene sentido, Yuri —le dijo con una media sonrisa—. De todas formas también llevo mi espada. —Palpó la empuñadura del arma que llevaba colgada del cinto.

—Si fuera así, el día de caza terminaría en unas pocas horas y no sería divertido...

El kazajo se encogió de hombros.

—A mí me parece divertido cazar con mi arco, ¿o acaso es que no sabes usarlo?

Yuri dejó caer la cuchara sobre el cuenco casi vacío, y el sonido del metal chocando con metal pudo oírse por unos cuantos de quienes los rodeaban, que voltearon a mirarlos.

—Por supuesto que sé, idiota.

No era el mejor, porque le habían enseñado el uso del arco como arma complementaria y subordinada de la espada, como un arma de larga distancia fundamentalmente de caza. En la guerra, los únicos que usaban el arco eran los arqueros. Los reyes, príncipes y caballeros siempre debían pelear con su espada o una lanza, a lomos de su caballo.

—No lo dudo, y si no lo supieras, aprenderías rápido. Puedo enseñarte a disparar montando a caballo.

Yuri lo miró con los ojos entrecerrados.

—Eso es casi imposible.

—Claro que no —se apresuró a responder Otabek—. Empezaron a enseñármelo apenas comencé a aprender a montar, incluso antes de que pudiese mantenerme sentado sobre el caballo.

—Eso es increíble —murmuró Yuri, genuinamente sorprendido—. Me enseñarás luego —le dijo a modo de orden.

De todas formas Yuri sabía que no tendrían el tiempo suficiente para eso. Faltaba menos de una semana para la boda de Otabek con su hermana, y unos días después su amigo debería regresar a su reino con su padre y su gente. Yuri sabía que lo echaría mucho de menos, y por eso al menos quería aprovechar al máximo los pocos días que le quedaban con él.

—Por supuesto que te enseñaré —dijo Otabek antes de empezar a comer también sus gachas.

Cuando todos hubieron terminado con su desayuno, dejando la amplia estancia hecha un caos para los sirvientes, se movieron a los establos en busca de sus caballos. Los mozos de cuadra ya se habían encargado de preparar a todos los caballos temprano en la mañana, por lo que sólo les quedaba montarlos y abandonar el castillo.

En la armería, Yuri recibió una lanza, su arma de larga distancia, y fue en busca de su caballo. Lo montó con facilidad y aseguró la lanza debajo del brazo para una mayor comodidad al sujetar las riendas. Una vez que se hubo acomodado bien, se permitió mirar a su alrededor. Avistó a Otabek, que le daba unas suaves palmadas a su precioso caballo negro antes de subirse también, llevando su imponente arco sujeto en su espalda, junto con el carcaj.

Viktor estaba delante de ellos, ya montado en su caballo blanco, portando una capa roja, el color del estandarte de la familia real, y por supuesto, su corona bien sujeta sobre la cabeza. Yuri apretó los dientes al verlo tan reluciente y arrogante, dispuesto a liderar la partida de caza. El amigo de Viktor, Boris, se acercó a este y miró a Yuri de reojo.

—¿Llevarás también al crío? ¿No temes que se lastime con aquella lanza que le han dado? —preguntó con un tono de voz lo suficientemente fuerte como para que Yuri pudiese escucharlo, pero intentando parecer inocente y preocupado por el hermanito menor de su amigo.

—Hijo de puta... —masculló Yuri por lo bajo, apretando las riendas con fuerza.

Yuri vio a Viktor encogerse de hombros y mirarlo también.

—¿Por qué no? —Viktor sí hablaba con un tono de voz normal, y Yuri tuvo que hacer un esfuerzo verdadero para entenderlo. —Desde que cumplió los catorce nos acompaña en la caza. No se hará daño con el arma, ya te ha vencido unas cuantas veces con la espada, Boris. —Yuri vio que Viktor sonreía un poco al decir aquello.

Boris Rozakov era un hombre fuerte y corpulento, con cabello oscuro largo hasta los hombros y ojos grises un tanto pequeños. Su padre había sido por muchos años el más leal vasallo de la corona, como ahora lo era su hermano mayor. Boris, por su parte, fue enviado a la corte a los ocho años para convertirse en pupilo del rey. Allí se lo había educado y, cuando cumplió la edad suficiente, fue armado caballero por el mismísimo rey, un honor que ni siquiera su hermano había obtenido como cabeza de la Casa Rozakov. Estaba además unido a la familia Plisetsky por matrimonio, habiendo desposado a una de las primas mayores de Yuri.

Boris y Viktor se habían hecho muy amigos en su infancia, y si bien lo seguían siendo, Viktor intentaba mantener a raya su pedantería. Yuri también contribuía a ello, habiéndole ganado una buena cantidad de duelos con espada. Para un caballero experimentado como Boris, no había nada más humillante que ser aplastado una y otra vez por un muchachito que ni siquiera llegaba a la edad de ser nombrado caballero. En un principio habían sido duelos informales comenzados por el mayor, quien desde luego era más fuerte y experimentado, pero Yuri pronto descubrió que Boris era torpe, y que podía usar su agilidad a su favor. Después de perder varias veces contra Yuri, los ataques de Boris hacia el joven príncipe tomaron la forma de burlas y una rivalidad sin sentido que tan solo lograba humillarlo aún más.

—Es un idiota. —Esta vez Yuri lo dijo mirando a Otabek, quién se había acercado hasta quedar a su lado. Él, como todos los demás, también había escuchado a Boris.

—Sí que se comporta como uno...pero no lo escuches. —Su amigo lo miró con aquel semblante serio que tanto lo caracterizaba.

Yuri bufó. No era tan fácil ignorar a alguien como Boris, por mucho que lo intentara. A veces creía que la verdadera razón por la cual lo detestaba tanto era que no podía ignorarlo.

—Estense listos para partir. —Viktor terminó con aquella disputa infantil, al menos por el momento.

Una vez que todos estuvieron listos, se dispusieron a partir. Viktor iba al frente, y junto a él iban Boris e Ivan, otro de sus amigos. A Yuri no le caía bien porque si bien era amable con él, solía reírse de los chistes de Boris. Junto a ellos iba un puñado de guardias a pie, protegiendo a Viktor de alguna potencial emboscada. Tras ese grupo iban Yuri y Otabek, este último junto a su pequeño séquito, seguidos de cerca por otro grupo de guardias. Iban detrás los demás caballeros nobles, un par de mozos de cuadra y los sirvientes, que al igual que los guardias iban a pie. Los perros de caza iban y venían entre los caballos, olisqueando la nieve sucia y pisoteada que indicaba el camino hacia la entrada principal del castillo.

No tardaron en dejar atrás el camino que llevaba al castillo y tomar el que iba al extenso bosque de abedules que formaba parte de las posesiones directas del rey y era su terreno de caza por excelencia. Condujeron a sus caballos hacia el interior del bosque, introduciéndose lentamente entre los árboles altos, marcando la nieve virgen con los cascos de sus caballos y las pisadas de los hombres. En verano, el bosque rebosaba vida y color, los árboles eran muy verdes y el cielo y los lagos muy azules. Durante el invierno todo el paisaje se ponía blanco, desde el cielo de un color gris claro hasta el suelo y los árboles, que parecían dormir bajo su manto blanco, asomando tímidamente por debajo de este sus ramas peladas o sus últimas hojas.

Las manos enguantadas de Yuri sujetaban las riendas de su corcel como si su vida dependiera de ello, y sus ojos, por debajo de su gorro de piel de lobo, escudriñaban el paisaje con cuidado, deseoso de ser el primero en divisar una potencial presa. Otabek cabalgaba a su lado en silencio, con una mano en las riendas y la otra sobre la empuñadura de la espada. Sorprendentemente todos los demás también estaban en silencio, tal vez porque también estaban al acecho o porque la ventisca helada de la mañana les impedía pronunciar palabra. A esa altura del camino, los perros llevaban sus narices pegadas al suelo, buscando los rastros de alguna presa que valiera la pena cazar, pero la nevada de la noche anterior parecía estar dificultándoles el trabajo.

Yuri sabía que aquel era el momento más tenso de la cacería, en el que todos estaban en silencio, disputándose una presa que aún no había aparecido. Apenas alguien divisara al primer jabalí o venado, todos reclamarían su derecho sobre el animal y lo perseguirían por todo el bosque hasta que uno de ellos consiguiera ensartarlo con una lanza. Era un deporte interesante, y su mayor forma de entretenimiento mientras durara.

—¡Venado! —El grito de Boris rasgó el silencio en el que habían estado sumergidos por un largo rato.

Al frente, un enorme venado asustado se movía entre la nieve, intentando escapar de los perros y caballos que se acercaban, sin un rumbo fijo.

Viktor hizo sonar el cuerno de caza que llevaba consigo y espoleó a su magnífico caballo, seguido de su amigo. Yuri buscó al animal con la mirada y no lo dudó un segundo antes de espolear también a su caballo y galopar detrás de su hermano. Se quitó la lanza de debajo del brazo para sostenerla en posición de ataque.

—¡Este es mío! —gritaba Boris, blandiendo su espada con desesperación y persiguiendo al venado, que ya había encontrado el camino correcto para la huida.

Viktor lo seguía de cerca, blandiendo su lanza. De seguro no le hacía ninguna gracia que el primer animal avistado se le fuese negado, pero Boris no era de aquellos que cedieran una presa, ni aunque se tratara de su amigo y futuro rey. Yuri los seguía casi por inercia, como si no tuviera intención de cazar a su presa sino de observar el resultado más de cerca.

El caballo de Boris galopaba a la máxima velocidad que sus cascos le permitían, y su jinete iba inclinado sobre la montura con espada en mano. Cuando estuvo lo suficientemente cerca del animal como para rebanarle el cuello de un tajo, Yuri contuvo el aliento.

Una flecha de plumas azules brotó del cuello del animal. Un disparo decidido, perfecto. El venado se tambaleó y sus extremidades cedieron, cayendo sobre la nieve herido de muerte. Boris se detuvo en seco y se volteó para mirar al atacante. Yuri también lo hizo.

Otabek mantenía el arco aún tensado, y estaba cargando otra flecha cuando los ojos del chico se posaron en él. Tenía el ceño fruncido, concentrado en las flechas y en nada más, pero cuando sus ojos encontraron los de Yuri, su mirada se suavizó un poco. Yuri detuvo la marcha unos momentos, esperando a que su amigo guardara la flecha y se acercara a él. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, el rubio le sonrió.

—Creo que te has ganado un enemigo. —Hizo un gesto hacia Boris, que a pesar de estar unos cuantos metros por delante de ellos, no podía dejar de mirarlos, incrédulo y furioso.

El moreno se encogió de hombros y espoleó un poco a su caballo para avanzar junto a Yuri.

—Se lo buscó. Y ya te he dicho que dos personas pelean mejor que una. —Otabek lo miró con una media sonrisa, de esas que solo reservaba para Yuri.

Cuando sus miradas se cruzaron, en un claro acto de complicidad, Yuri sintió que el frío de sus mejillas se atenuaba considerablemente. Asustado, apartó la mirada para fijarla en sus manos y en las riendas que estas sujetaban. Con un poco de suerte, Otabek no notaría que estaba un tanto nervioso.

—Tienes una excelente puntería—le dijo, buscando con la mirada al venado moribundo. Vio que un escudero se había encargado de rematarlo y Viktor había ordenado a unos sirvientes que lo cargaran para llevarlo al castillo por la tarde.

—No estaba demasiado lejos, y hoy no hay mucho viento...

—¿Tanto te cuesta aceptar un cumplido? —gruñó Yuri.

—Mira quién lo dice.

Ninguno de los dos notó que sus caballos habían avanzado tanto hasta acercarse a donde Boris había quedado esperando.

—El arco es un arma de cobardes —le dijo a Otabek cuando pasaron a su lado—. Cobardes y salvajes nómades sureños. —No había envainado su espada aún. Boris era de esos a los que les encantaba andar con el acero desnudo en mano, pero se empequeñecían a la hora de tomar riesgos.

—Es más efectiva para la caza si planeas comerte a tu presa, pero entiendo que tú solo quieres destrozarla. En eso, mis ancestros eran más sabios que los tuyos. —Otabek lo miraba con semblante serio mientras le hablaba, pero tampoco le prestaba demasiada atención—. Sólo estás enfadado porque te gané tu presa.

Boris frunció el ceño, pero sonrió. Yuri podía darse cuenta cuando las palabras habían logrado su cometido, pero Boris no se dejaba vencer tan fácilmente.

—Me pregunto por qué lo hiciste, si yo lo vi primero...¿acaso buscabas defender a tu pequeño amigo? —dijo mirando a Yuri—. Tal vez Viktor tenga razón...debería dejar de perder mi tiempo con un par de críos.

Yuri chasqueó la lengua.

—Otabek será rey, y yo algún día comandaré las tropas y a los caballeros de todo el reino. Tú jamás dejarás de ser el perrito faldero de mi hermano —escupió Yuri, espoleando a su caballo para alejarse definitivamente de Boris.

Otabek lo siguió a él y Boris regresó con Viktor, en busca de alguna otra presa. Yuri vio que intercambiaban unas palabras, pero no llegó a escuchar qué decían ni a leer sus labios. Disfrutaba de las cacerías como de muy pocas cosas en la vida, pero los roces con aquel hombre podían arruinarle gran parte del día.

—Anda, vamos en busca de otra presa.

Al parecer Otabek había notado su malhumor y estaba intentando hacer que expulsara sus malos pensamientos para volver a aquel precioso bosque y al entusiasmo que movía a todos los miembros de la partida de caza que no eran Boris.

El enorme grupo dejaba un rastro inconfundible a su paso, forjando un camino en la nieve que al volver les serviría para orientarse. Tanto Yuri como Viktor conocían muy bien aquel bosque, en él habían jugado y cazado desde muy jóvenes, pero eso no evitaba que pudieran llegar a perderse. Las constantes nevadas del invierno solían borrar las huellas de las pisadas y los árboles eran todos iguales; tampoco había caminos dentro del bosque. A pesar de no haber transitado la infancia juntos, su nodriza Alana les había contado los mismos cuentos a ambos, para disuadirlos de ir solos al bosque. Las historias hablaban de espectros que vagaban por el bosque, hambrientos de la carne de los niños que se perdían en sus tierras. Muchos de ellos eran las almas de los mismos niños perdidos, que buscaban aplacar su desgracia haciendo que otros cayeran víctimas de los espectros. Otros cuentos, un poco más verosímiles, advertían sobre grandes manadas de lobos hambrientos que devoraban carne humana. Yuri ya no le tenía miedo a los bosques, pero jamás le había parecido sensato perderse en aquella inmensidad de árboles estando solo. El peligro de perderse era real y existían otras amenazas, como bandidos que estarían dispuestos a capturar a su príncipe con el objetivo de exigir una fortuna a modo de rescate.

Pero aquel día no se perdería. Encontró su oportunidad cuando oyó el cuerno de caza de Viktor sonar por segunda vez en la mañana y sintió que todos los presentes se agitaban, acelerando la marcha para llegar a donde estaba la presa. Esta vez parecía ser un jabalí. Yuri y Otabek también espolearon a sus caballos para correr detrás del animal, pero cuando todos los demás los dejaron atrás, Yuri cogió las riendas y cambió de dirección, hacia la derecha.

—¡Otabek! ¡Sígueme!

«No nos perderemos si seguimos el rastro de las pisadas después», se dijo, mirando por encima del hombro a la espera de que el otro lo siguiera. Apenas se cercioró de que el kazajo lo seguía, Yuri volvió a mirar al frente y emprendió el galope entre los árboles esqueléticos que cada vez se hacían más numerosos. Las paredes de piedra del castillo tenían oídos, pero en medio del bosque uno podía incluso morir sin que nadie se enterara.

—¿Adónde vamos? —Otabek lo seguía de cerca, sin llegar a alcanzarlo.

Unos cuantos metros más adelante, el bosque empezaba a volverse más espeso y oscuro, y Yuri se vio obligado a aminorar un poco la marcha. Se detuvo en un pequeño claro, donde la luz del sol entraba a raudales entre las por entre las ramas de los árboles, haciendo brillar la nieve. Unos segundos después, Otabek se detuvo junto a él y miró a su alrededor, sin decir una sola palabra. El silencio era casi absoluto, sólo se escuchaba el tímido canto matutino de los pájaros y la respiración agitada de ambos jinetes, que intentaban recuperarse de la carrera.

Yuri fue el primero en desmontar, y sus pies se hundieron en la nieve hasta los tobillos. Clavó la lanza en el suelo y, sin siquiera voltear a mirar a su amigo, cogió a su caballo por las riendas para amarrarlo a una rama baja de un pino cubierto de nieve. Palmeó al animal con suavidad, y cuando lo tocó, notó que la mano le temblaba. Pensó en volver a montar a caballo y huir de allí, pero no podía echarse atrás, de seguro ya había sembrado la curiosidad en Otabek.

Aún de espaldas, fingiendo que acomodaba su silla de montar, Yuri oyó a Otabek desmontar también e hizo un esfuerzo inhumano por no salir corriendo cuando por el rabillo del ojo lo vio amarrar su caballo junto al suyo. Como era de esperarse su amigo tardó mucho menos en encargarse de su caballo, y antes de que Yuri estuviese listo, Otabek ya lo estaba mirando.

—¿Y bien? ¿No vas a decirme para qué me trajiste aquí? —No parecía molesto, su tono de voz era sereno.

—Porque nadie nos encontrará aquí —susurró Yuri en respuesta, obligándose a mirarlo a los ojos, aquellos enigmáticos ojos oscuros que en ese momento exigían respuestas.

—¿Querías perderte?

Yuri hizo caso omiso de la pregunta, como si tuviera un discurso ensayado y una pregunta pudiese hacerlo olvidarlo todo. Aquello no estaba muy lejos de la realidad.

—Me dijiste una vez que yo podía tener los beneficios de la realeza y a la vez hacer lo que yo quiera, ¿verdad? —le dijo con una media sonrisa que ocultaba un manojo de nervios.

Otabek no respondió. Una de las cosas que Yuri más apreciaba de él era que no era un preguntón, sabía cuándo solo debía esperar a que el otro continuara.

—Sí, tú me dijiste eso... —Suspiró y se miró las botas. Nunca había hecho eso con nadie, y estaba asustado. No era cosa de niñas estarlo, era natural, porque lo que estaba a punto de hacer no era ni de lejos tan fácil como un "buenos días"— ¿Te molestaría si lo hiciera contigo? —soltó, tal vez demasiado rápido como para que pudiera entenderse, pero mirándolo a los ojos.

Sí, tuvo el privilegio de observar como sus ojos castaño oscuro cambiaban junto con su expresión, mostrando su sorpresa. Y todo lo demás pasó demasiado rápido. En el mismísimo segundo en que dio un paso adelante se arrepintió de haberlo hecho. Tiempo después, se reiría de aquello.

Con el corazón latiéndole desenfrenado y los ojos cerrados con toda la fuerza que le quedaba, Yuri salvó la distancia que lo separaba de Otabek de un solo movimiento. Posó su mano temblorosa en su mejilla, deslizando sus dedos hacia su nuca con torpeza, con el propósito de atraerlo hacia sí y poder juntar sus labios con los del moreno. Estos estaban fríos, pero eran tan suaves como se había imaginado que serían los labios de aquella persona que lo besara por primera vez.

Sin soltarlo, Yuri movió sus labios sobre los de Otabek casi con desesperación, arrancándole el beso con toda la torpeza de un chico inexperto.

Los latidos estaban ahora en su cabeza, y se volvieron más fuertes cuando sintió que Otabek daba un pasito hacia atrás, aún sin apartarlo.

¿Por qué no lo había apartado ya? ¿Cuánto tiempo había pasado? En verdad no habían pasado más que unos pocos segundos, pero para Yuri era una eternidad. No le importó lo que Otabek pudiese llegar a pensar hasta que cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Se preguntó cómo reaccionaría ante aquel beso, qué pensaría de él luego de eso, ¿le parecería extraño besar a otro chico? ¿Había arruinado su amistad?

Su corazón dio un vuelco cuando sintió que Otabek llevaba su mano a su mejilla y la presionaba con suavidad y firmeza a la vez. Ese era el tacto que tanto extrañaba y anhelaba. Los labios de Otabek acariciaron tímidamente los suyos, correspondiendo a aquel beso. Ese simple contacto hizo que Yuri se sintiera en el paraíso, por lo menos por unos pocos segundos.

Porque aquello duró poco. Otabek de seguro querría saber qué estaba pasando. Fue el kazajo quién rompió el beso, porque Yuri simplemente no se había encontrado capaz siquiera de moverse.

Consciente de que le tocaría dar explicaciones, Yuri retiró su mano no sin antes robarle a su amigo una breve caricia en la nuca. Otabek se esforzó al máximo por buscar su mirada, incluso cuando Yuri clavó sus ojos en la nieve del suelo.

—Yuri... —Otabek frotó su mejilla, y Yuri se estremeció ante el tacto de sus dedos fríos. Llevaba guantes como Yuri, pero los suyos dejaban sus dedos al descubierto para facilitar el uso del arco.

«Me dirá que me aleje de él», pensó el chico, siendo aún incapaz de mirarlo a los ojos.

—Me llevarás a un infierno del que no me será fácil salir. —Otabek estaba tan serio como siempre.

Yuri sintió que el corazón se le estrujaba al oír esas palabras. Se llevó una mano temblorosa al pecho, sorprendido más que devastado. Nunca había sentido nada parecido, ¿así era como se sentía el rechazo? El rechazo tomó la forma de una suave pero gélida caricia, seguida de unas palabras afiladas capaces de hacer trizas un frágil corazón de hielo.

—Lo siento —murmuró, sintiendo que el rostro le quemaba de la vergüenza y humillación que sentía—. Lo hice porque... porque creí que era mi última oportunidad, porque no pude ponerlo en palabras, porque... No sé... no sé por qué lo hice —confesó, presa del miedo que de repente lo invadía. No lo asustaba el haber besado a otro muchacho, sino el hecho de que no se sentía nada culpable por haberlo hecho.

Su madre siempre le decía que era un niño caprichoso, que no sentía culpabilidad alguna al hacer cosas indebidas.

La explicación pareció ser suficiente para Otabek. Cogió el rostro de Yuri con ambas manos y esta vez fue él quien lo besó, y fue un beso tierno pero firme. El rubio volvió a cerrar los ojos e instintivamente lo rodeó con ambos brazos, enterrando sus dedos en su gruesa capa. El beso comenzó suave, y Yuri se dio cuenta de que Otabek no tenía intención alguna de separarse de él tan pronto. Sus dudas se disiparon y se dejó llevar, correspondiendo al beso y buscando profundizarlo. Otabek entendió aquella señal y separó un poco sus labios para acariciar los de Yuri con su lengua. Este abrió también su boca, entregándose por completo a Otabek, porque sólo él podía hacerlo sentir todas esas cosas que no podía nombrar, sentimientos que le agradaban y a la vez lo hacían estremecerse.

El beso no podía durar para siempre, y otra vez fue Otabek quien le puso fin, dejando a Yuri desorientado y con ganas de más. Estaba embriagado, confundido, y no sabía si lo que lo había impulsado era la amistad que sentía por Otabek o el deseo de probar sus labios y sentir sus caricias.

Dio un paso atrás y se separó de él sin decir una palabra; todavía luchaba por controlar su respiración agitada. Se quitó uno de sus guantes y, antes de que Otabek pudiese retirar la mano de su mejilla, colocó la suya sobre la del otro. Sus dedos trémulos buscaron los de su amigo. Buscaba el contacto, e incluso le pareció placentero cuando sus manos cálidas tocaron los fríos dedos de Otabek.

Ninguno de los dos se atrevió a decir nada, porque las palabras no salían, o tal vez estaban de más. Cuando los ojos de Yuri encontraron los de Otabek, el rubio se echó a reír. Aun sentía aquel placentero cosquilleo en sus labios, y tenía la sensación de que las piernas estaban a punto de fallarle, pero intentó recomponerse y actuar como si no hubiese pasado nada.

—Lo sabía.

Otabek alzó una ceja, pero sin borrar aquella dulce sonrisa de sus labios.

—¿Qué?

—Que no pensabas apartarme.

El moreno se quedó pensativo unos segundos antes de hablar.

—Tu rostro decía otra cosa, por eso te besé. —La mirada de Otabek se había vuelto ahora un poco más seria.

Yuri se preguntó cómo podía hacer para hablar de forma tan natural sobre aquello que había sucedido. Sentía que si él lo mencionaba, volvería a sentirse igual de expuesto como cuando lo besó por primera vez. Y eso lo asustaba.

Frunció el ceño y clavó sus ojos en los de Otabek.

—Dijiste que yo te llevaría al infierno, ¿Cómo debí haberlo interpretado?

Otabek suspiró y buscó retirar su mano de la mejilla de Yuri, pero el rubio tenía su mano sujeta con tal fuerza que no pudo hacerlo.

—Como la agonía de querer a alguien con quién no puedes estar —murmuró Otabek.

En ese momento Yuri sintió que una profunda tristeza invadía su joven corazón, y por segunda vez sintió que este se estrujaba. Era insoportable. Pero ese dolor no había llegado a disipar la alegría y el goce que sintió cuando Otabek lo besó.

—¿Por cuánto tiempo...? —empezó. Quería saberlo. La tristeza podía esperar.

Los labios de Otabek se curvaron en una pequeña sonrisa.

—Me gustaste desde la primera vez que te vi, pero no lo comprendí hasta este momento.

—Otabek... —Por primera vez desde el beso, Yuri pronunció su nombre. Y pudo jurar que esta vez tenía un sabor distinto en sus labios, y sonaba de forma distinta—. Hazlo de nuevo. —Necesitaba desesperadamente volver a sentir aquella dulce presión sobre sus labios, aquel curioso cosquilleo atravesándole el cuerpo entero.

El aludido pareció dudar, porque de seguro en ese momento también su cabeza era un caos, una batalla entre el deseo y afecto que sentía por Yuri y el deber que tenía con su familia. De todas formas, Otabek logró liberar su mano y cogió la de Yuri, atrayéndola hacia él para besar sus dedos, sin romper el contacto visual.

Yuri sonrió de lado, pero luego hizo una pequeña mueca para hacerle saber que no estaba satisfecho.

—No así. En los labios —le dijo, como si se tratara de algo obvio.

—Como quieras —respondió Otabek.

Le rodeó la cintura con ambos brazos y volvió a juntar sus labios en un beso. Yuri no dudó un segundo en echarle los brazos al cuello, aprovechando aquella oportunidad para pegar su cuerpo al del otro. Quería tenerlo cerca y asegurarse de que su presencia y sus besos eran reales.

Se besaron por unos largos segundos, disfrutando de cada instante como si fuera el último que tendrían en compañía del otro. Cuando se separaron, Yuri besó el mentón de Otabek y luego le dio un fugaz beso en los labios.

—Ni se te ocurra soltarme... —le susurró. Incluso por encima de toda la ropa que llevaba, Yuri podía sentir la firmeza con la que Otabek lo sujetaba, y le gustaba eso.

—Yura... tal vez deberíamos volver...

—Yura... —Yuri parecía haber escuchado sólo eso—. Me gusta.

—¿Quieres que te llame así?

—Sí.

—Deberíamos volver, Yura —insistió Otabek—. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero de seguro estarán buscándonos. No creo que tu hermano vaya a estar muy feliz si se entera que te perdiste a propósito...

—A la mierda con Viktor —gruñó Yuri, apartando a Otabek de repente.

—Anda, vamos. Regresemos.

Otabek le sujetó el rostro con ambas manos y le plantó otro beso en los labios antes de alejarse definitivamente de él. Yuri se quedó de pie en la nieve, un tanto desorientado. Se llevó dos dedos a los labios y sonrió.

—Bien... —murmuró.

Recogió la lanza del suelo y volvió a montar a lomos de su caballo. Tras espolear un poco al animal para que empezara a andar, avanzó hasta donde lo esperaba Otabek.

Salieron del claro y deshicieron la marcha, volviendo por sobre el camino de pisadas que habían hecho a la ida. Pronto encontraron el punto en el que se habían separado de los demás y cabalgaron en silencio en la dirección que indicaban las huellas de las pisadas y los cascos de los caballos. Yuri de vez en cuando miraba de reojo a Otabek y una sonrisa traicionera le asomaba en los labios, pero de alguna forma siempre conseguía apartar la vista antes de que Otabek se volteara a mirarlo. Temía que si sus miradas se encontraran, Otabek pudiese darse cuenta del impacto que aquellos besos habían causado en él, de cómo le habían despertado sensaciones que jamás se habría sentido capaz de experimentar. Le estaba agradecido por eso, agradecido y un tanto avergonzado, ¿Qué si los demás podían leerle la mente? Procuraría no pensar en lo ocurrido cuando estuviera en presencia de su familia, por miedo a traicionarse a si mismo.

—¡Yuri! —Oyeron la voz de Viktor a lo lejos. El grupo se acercaba de frente, volviendo sobre sus pasos—. ¿Dónde se habían metido? —le preguntó su hermano en cuanto estuvo a unos pocos metros de ellos. Boris lo seguía de cerca, con una gran sonrisa en sus labios.

—Jugamos una carrera...y nos perdimos. No fue nuestra intención... —Miró a Otabek de reojo y vio que asentía.

Boris soltó una carcajada que hizo eco a sus alrededores.

—¿Una carrera? ¿Acaso tienen trece años? —Jaló las riendas de su caballo y dio la media vuelta, pero sin dejar de mirar a Yuri por encima del hombro.

Yuri no le respondió. No iba a dejar que aquel idiota le arruinara el día, y sus palabras no podían alcanzarlo. No le importaba.

Viktor suspiró, pero terminó por sonreír.

—Supongo que no está mal si se divirtieron. Pero no quiero tener que explicarle al abuelo que has desaparecido en el bosque —le dijo especialmente a Yuri—. Mantente junto al grupo...le diré a los guardias que no te pierdan de vista.

Podía comprender a Viktor. Estaba actuando especialmente precavido tras el incidente ocurrido hacia unos días. Le habían asignado un gran grupo de guardias reales a cada uno y Yuri había eludido su vigilancia para perderse por el bosque con Otabek. De cierta forma todo eso le hacía gracia.

El resto del día fue un calvario para el príncipe, y tal vez también para todos los demás. No volvieron a aparecer buenas presas, pero Viktor insistía en que quería cazar otro jabalí. A Yuri las piernas empezaban a dolerle tras haber estado horas encima del caballo, yendo de un lado para otro tras el enorme grupo, seguido de cerca por tres guardias que no le quitaron el ojo de encima en ningún momento. En esa situación, no había forma de hablar con Otabek sin que los guardias escucharan todo lo que le decía. Para eso era mejor quedarse callado.

Regresaron al castillo un par de horas antes de la puesta de sol, justo a tiempo para que los cocineros pudiesen preparar un banquete con las presas que habían conseguido. Yuri no pudo intercambiar palabra alguna con Otabek, porque ambos fueron enviados a asearse y prepararse para la cena.

Ordenó a Feliks que le preparara un baño caliente en su habitación y lo despachó apenas estuvo listo. Se tomó su tiempo en la bañera, usándola como un espacio de reflexión, y tal vez intentando atrasar su llegada a la cena. No quería ir para ver a su adorable hermana intentar flirtear con Otabek. Yuri había notado que la pobre no había tenido demasiado éxito con eso, y ahora había entendido por qué, pero aun así le molestaba verlos juntos porque pronto estarían casados y Yuri no volvería a ver a Otabek tal vez por unos cuantos años.

Cuando el agua se enfrió y Yuri se sintió incapaz de seguir soportando aquellos pensamientos, salió de la tina para vestirse con la ropa que le había dejado Feliks. No era muy distinta de la que había usado durante el día, sólo que la capa roja de lana era más fina y tenía ribete de hilo de oro. El cabello lo peinó en una media cola sujeta por dos finas trenzas en cada lado de su cabeza.

Se aseguró de ser unos de los últimos en llegar, porque de todas formas siempre tendría un lugar reservado en la tarima donde se sentaba la familia real y sus invitados de honor. Cuando el heraldo anunció su nombre, el bullicio de la sala pareció atenuarse un poco y vio unas cuantas cabezas inclinarse a medida que avanzaba hacia el fondo de la sala. Llegó junto a su familia y estos le dieron la bienvenida amablemente, pero sin levantarse de sus asientos. Yuri se sentó entre su abuelo y su hermana, que también estaba junto a Otabek. Intentó no mirarlo por miedo a sonreírle si lo hacía. No podía hacerlo, las sonrisas sinceras entre ellos debían reservarse para cuando nadie más los estuviese viendo. Una sonrisa podía delatarlos y arruinarlo todo.

Se sintió profundamente agradecido con el sirviente que se acercó a llenarle la copa de vino y se la llevó inmediatamente a los labios, dando sorbitos pequeños pero muy constantes, para mantenerse ocupado. Mientras bebía, se mantuvo al tanto de la conversación que llevaban Mila y Otabek.

—Me han dicho que uno de los venados es mérito tuyo —le dijo la princesa, con una sonrisa encantadora.

—Lo cacé con una flecha —respondió Otabek, mirando a la chica. Su mirada luego vagó un poco más lejos, hasta encontrar a Yuri, que ya bebía su segunda copa de vino—. Yuri, tal vez debas esperar a la comida...

Yuri se sorprendió un poco al oír a Otabek llamarlo y le dirigió una fugaz mirada.

—No puedes decirme qué hacer —le sonrió a la copa antes de terminársela de un solo trago.

—Es terco—señaló su hermana—. Pero me alegra que ustedes dos hayan podido hacerse amigos...eres su primer amigo. —Mila dijo aquello último en voz baja, pero sin dejar de mirar a Yuri.

—Lo sé —Otabek cortó un trozo de pan con los dedos y lo mordió.

—Será un buen tío —bromeó la chica, intentando parecer relajada.

Yuri sabía que su hermana no estaba del todo cómoda con su inminente boda, y cuando hablaba al respecto lo hacía para convencerse a sí misma de que pronto su vida cambiaría para siempre, y no podía hacer nada al respecto. Él no podía culparla, pero aquel comentario lo cogió desprevenido; ¿es que acaso lo hacía a propósito?

—Te recuerdo que ya lo soy —le respondió de forma brusca, buscando al hijo de Viktor con la mirada.

Otabek parecía un tanto incómodo y no dijo nada, ni siquiera respondió al osado comentario de Mila.

Otra vez los sirvientes acudieron al rescate para sacarlo de aquella tensa situación. El primer plato fue una sopa espesa de vegetales con trocitos de venado, tiernos y bien condimentados, seguidos de empanada de conejo y salsa de hongos. Pero el plato principal era sin duda el enorme jabalí que había cazado Viktor valiéndose solo de su lanza y su cuchillo de caza. Estaba bien condimentado con todo tipo de hierbas aromáticas que Yuri era incapaz siquiera de diferenciar. Era un excelente plato, un gran trabajo por parte de los cocineros, y por supuesto todo el mérito era de su hermano.

—Está muy bueno —admitió Yuri mientras se llevaba uno de los últimos bocados a la boca y lo regaba con un sorbo de vino tinto.

El banquete se prolongó hasta tarde, porque con motivo de la próxima boda real habían llegado cerca de una docena de bardos y juglares a la corte, todos deseosos de demostrar sus habilidades para tener la posibilidad de ocupar un lugar de honor en el banquete de bodas, y tal vez llenar sus bolsillos de plata. La mayoría eran muy buenos, y fueron aclamados y festejados por los presentes, embriagados de vino y buena comida.

Cuando la comida y el vino empezaron a acabarse, los asistentes también fueron abandonando la sala de a poco, retirándose a sus aposentos. Mila fue la primera de la familia real en ponerse de pie y, tras despedirse de todos, se retiró a sus aposentos junto con su dama de compañía y amiga. Apenas Yuri perdió de vista a la chica, discretamente ocupó su asiento junto a Otabek.

—¿Y bien? ¿Qué te parece? —susurró, con la voz un tanto ronca. Había perdido la cuenta del vino que había bebido, y desde luego, al estar más desinhibido, las palabras le brotaban con mayor facilidad.

—Me parece que debes irte a dormir. —Otabek posó una mano en su hombro. Él también había bebido, pero era mayor y tenía más resistencia que Yuri.

Yuri se rió un poco. Estaba consciente y seguía siendo él mismo, pero sus límites estaban un poco más allá de lo normal.

—Todo esto es en tu honor. Lo sabes, ¿verdad? —Buscó a un sirviente y agitó un poco su copa vacía—. ¡Oye tú! ¿Puedes darme un poco más?

Otabek le quitó la copa de la mano y negó con la cabeza cuando el joven que portaba la jarra se acercó a ellos. Se puso de pie y se dirigió a Nikolai y a Viktor.

—Tal vez será mejor que lo acompañe a sus aposentos...

Viktor se rió por lo bajo y se ganó una mirada severa por parte de su abuelo. A este último no le hacía demasiada gracia ver a su nieto bebé a punto de perderse a sí mismo en el vino.

—Gracias, Otabek. Es muy amable de tu parte.

El kazajo cogió a Yuri del brazo y lo obligó a ponerse de pie. Le hizo un gesto para que fuera con él y Yuri le hizo caso. Caminó detrás de Otabek hasta que salieron de la amplia sala de banquetes, y fue entonces cuando aceleró el paso para ponerse a su lado.

—Oye, no estoy tan mal —se quejó.

—Lo sé —le respondió Otabek, mirándolo de reojo y sin dejar de caminar.

Salieron al patio y la fría brisa nocturna les golpeó las mejillas y empezó a colarse por debajo de sus capas. Había guardias apostados frente a la entrada y en cada una de las esquinas del enorme patio principal. Todos inclinaron la cabeza ante la presencia de ambos príncipes. La escalera de piedra de la torre también estaba custodiada. Era algo lógico, pues un banquete era la ocasión perfecta para que cualquiera pudiese escabullirse en las habitaciones de su víctima y sorprenderla cuando regresara a dormir al final de la noche, tal vez incluso medio borracho.

Yuri se sorprendió un poco cuando Otabek pasó de largo de la antesala que llevaba a su habitación. Esa noche solo uno de los guardias estaba en la puerta, y no pudo reconocer cuál de ellos era porque, lleno de curiosidad, había decidido seguir a Otabek hasta la galería cubierta que comunicaba las dos torres. Otabek se detuvo y miró a ambos lados, un tanto inseguro.

—¿Qué sucede? —preguntó Yuri, de repente recordando que ninguno de los dos llevaba su espada.

Lo siguiente que sintió fue la dura y rugosa pared de piedra del castillo contra su espalda, y los cálidos y suaves labios de Otabek sobre los suyos. Sabían a vino tinto del dulce, al igual que los de Yuri.

Era un beso pasional, pero destinado a ser corto desde el principio. Dejó escapar un jadeo de sorpresa, y lentamente llevó sus manos a la nuca de Otabek para enterrar sus dedos en sus negros cabellos.

—Otabek... —pronunció su nombre contra sus labios.

Cuando Otabek hizo ademán de separarse, Yuri se dejó llevar un poquito y le mordió el labio inferior en un desesperado intento de continuar el beso. Sus intentos fueron vanos, y se conformó luego con dedicarle una mirada fiera. El otro sólo sonrió y le palmeó el hombro antes de alejarse unos cuantos pasos de él.

—Buenas noches, Yura. Descansa bien —le dijo, mirándolo por encima de su hombro.

Yuri murmuró también un "buenas noches" pero se quedó allí unos cuantos segundos, recostado contra la pared. El corazón volvía a latirle desenfrenado y sólo salió de su pequeño trance cuando oyó a uno de los guardias, Lev, llamarlo por su nombre.

—¿Príncipe Yuri? ¿Está usted ahí?

Se separó de la pared con un rápido movimiento y regresó a la torre.

—Sí, soy yo —respondió tras aclararse la garganta.

—¿Quién estaba con usted?

Tragó saliva, pero el hombre no pareció darse cuenta.

—El príncipe Otabek. Vomité abajo en el banquete, y él se ofreció acompañarme —mintió.

—Ya veo... ¿quiere que vaya en busca de Feliks para que le prepare un baño?

El chico negó enérgicamente con la cabeza. Lo último que quería, era tener a su criado revoloteando por su habitación.

—Quiero que me dejen dormir tranquilo —le respondió de manera cortante.

Lev solo inclinó un poco la cabeza y mantuvo la puerta abierta, para cerrarla en cuanto Yuri entró.

Una vez dentro, se despojó de sus ropas con gran rapidez y se metió en la cama. Esa noche, mientras el castillo dormía, Yuri Plisetsky lloró contra su almohada hasta quedarse dormido.


¡Hola! Aquí está el capítulo 5. Este me costó bastante porque es la primera vez que en un fic escribo una escena de romance o algo similar, y no es ni de lejos mi punto fuerte :c Este es tan solo mi segundo longfic y el otro que tuve no tiene nada que ver con este pero bueno, espero que les haya gustado~ De nuevo muchas gracias a todos los que me dejaron review y desde luego muchas gracias también a todos los lectores fantasma que pueda haber por ahí~ Les agradezco mucho leer y seguir esta historia que tanto me encanta escribir.

¡Hasta el próximo capítulo!