6. VINO AMARGO Y DECEPCIÓN

Los días previos a la boda real resultaron muy agitados para todo el castillo, con los preparativos de último momento y la llegada de numerosos nobles del reino para presenciar el evento. Yuri recordaría esas fechas con cariño, pero no por eso olvidaría que en ellas experimentó por primera vez el dolor de un corazón roto.

Otabek y Yuri parecían haber acordado implícitamente que debían sacar el máximo provecho a los pocos días que les quedaban. Tal vez ambos en el fondo sabían que eso les haría más daño luego, pero decidieron ignorar ese detalle y ser felices por un tiempo, aunque fuera limitado. No era fácil. El rey había ordenado que Yuri tenía que ser acompañado por al menos un guardia cada vez que saliera del castillo, y la única forma que tenía de encontrarse con Otabek era fuera de este. Dentro podía haber espías y guardias, incluso si se trataba del pequeño patio de armas.

La única posibilidad para Yuri de salir, era intentando pasar desapercibido hasta llegar a la parte posterior, donde estaban las cocinas y las habitaciones de los sirvientes. Había una pequeña puerta trasera allí que no solía estar custodiada, como tampoco lo estaba la puerta de la muralla a la que esa puertecita daba. A nadie le importaba la actividad de los sirvientes y sólo se vigilaba a aquellos con actitud sospechosa. El castillo no tenía tantos guardias como para custodiar cada puerta, pasillo y habitación.

Aquella mañana salió vistiendo una capa con capucha, pero no se ocultó hasta salir del castillo, tal vez sería más sospechoso ver a alguien encapuchado que verlo a él caminando por los pasillos. Una vez afuera, se cubrió la cabeza e instintivamente se llevó la mano a la espada. En ese caso sí temía ser visto desde las ventanas o las almenas, sus cabellos dorados eran inconfundibles. Corrió por la nieve lo más rápido que le permitieron sus piernas, alejándose de la muralla e internándose en el bosque. Solo deseaba que más tarde nevara para que sus pisadas no pudieran delatarlo. Pero era el día anterior a la boda, y todos estaban tan concentrados en eso que nadie repararía en unas huellas sobre la nieve, o en que Yuri había desaparecido por unas pocas horas.

Llevaba unos pocos minutos corriendo cuando divisó a Otabek, esperándolo de pie junto a un árbol. Vestía casi completamente de negro a excepción de su capa azul profundo, un increíble contraste con el paisaje blanco. Yuri relajó su expresión e intentó correr más rápido para alcanzarlo.

— ¡Otabek! —llamó.

El aludido lo miró y fue entonces cuando Yuri llegó hasta él y lo rodeó con ambos brazos. Otabek correspondió al abrazo, rodeándolo por la cintura. El rubio enterró su rostro en el hombro de su amigo y este le plantó un beso en la coronilla. Estuvieron así unos segundos hasta que, casi como si se hubiesen puesto de acuerdo, ambos se separaron para mirarse. No hacía falta decir nada. Ambos estaban felices de poder verse, pero por otro lado eran muy conscientes de que ese día tal vez fuese a ser el último. No era como si no pudiesen verse en otros momentos, seguían juntándose a practicar y charlaban en las cenas comunes, pero el bosque era el único lugar donde podían abrazarse de esa forma y besarse. Por fuera de eso, debían actuar como amigos un tanto más distantes de lo que eran.

— ¿Cómo te sientes para mañana? —preguntó Yuri una vez que estuvieron sentados uno junto al otro en la nieve.

Esa charla los bajaría violentamente a la realidad, pero Yuri consideraba que era algo de lo que debían hablar. Como buen amigo, debía preguntarle a Otabek como se sentía.

— ¿Cómo crees que me siento? —Otabek frunció un poco el ceño.

Yuri suspiró.

—Lo sé...

— ¿Y tú?

Le sorprendió esa pregunta. Todos en su familia estaban muy atentos a su hermana, orgullosos y en el fondo un tanto compasivos. Pero nadie sentía compasión por Yuri, pero eso estaba bien, porque nadie debía saber lo que había sucedido entre Otabek y él.

—Desde luego que para nada bien, pero... ¿qué más da? —espetó con brusquedad—. Es tu deber hacerlo, y el mío aceptarlo y no interferir, como en todo lo demás. —Hablaba con la vista fija en el árbol que tenía en frente, con un mechón de cabello que le cubría casi toda la cara. Desde niño le habían enseñado a aceptar y no interferir, estaba acostumbrado a eso.

— ¿Estás...enfadado conmigo?

A Yuri le tomó unos segundos responder a eso, pero terminó por negar enérgicamente con la cabeza.

—No...No estoy enfadado con nadie —admitió.

Nadie tenía la culpa de sus desgracias. Él mismo había buscado y encontrado el camino hacia su sufrimiento, pero aun así no podía dejar de considerar injusto el hecho de que la primera persona por la que había sentido aquel tipo especial de afecto tuviera que alejarse tan pronto de él.

—Bueno, tal vez esté un poco enfadado conmigo mismo —susurró.

Otabek no dijo nada, tal vez porque sabía que cualquier cosa que dijera haría a Yuri fruncir el ceño y poner mala cara. En silencio, apoyó su mano sobre la nieve, a unos pocos centímetros del cuerpo de Yuri. El rubio lo miró de reojo y de inmediato entendió las intenciones de Otabek. Liberó la mano que tenía firmemente aferrada de su capa y, sin decir nada tampoco, se quitó el guante. Se había vuelto una costumbre, porque lo que le gustaba era el cosquilleo que sentía en todo su cuerpo cuando sus dedos se rozaban. Lentamente acercó su mano y la colocó sobre la de Otabek, cogiéndola con confianza, pero expresando sus nervios al apretarla un poco.

—Yuri...

Su nombre sonaba como una caricia en los labios del kazajo.

—Otabek —Yuri volvía a mirar al frente, sobretodo porque sus ojos se estaban humedeciendo y su vista se nublaba, y no quería que Otabek viera eso. Sacudió un poco la cabeza para cubrirse el rostro con el cabello—. No me olvides. Por favor, no olvides estos días... H-han sido especiales para mí.

Sintió que el agarre de la mano de Otabek se afianzaba y la movía un poco para obligarlo a entrelazar sus dedos con los suyos. A pesar de tener un horrible nudo en la garganta, Yuri pudo sentir una oleada de calidez invadiendo su pecho.

—Yuri, mírame. —Por su tono de voz, Otabek parecía sereno. Siempre parecía sereno.

—No quiero —respondió con firmeza, utilizando todas sus fuerzas para impedir que se le quebrara la voz. No, tenía que ser fuerte, o por lo menos actuar como si lo fuera.

Oyó que Otabek suspiraba, pero no volteó a mirarlo. Una lágrima silenciosa y solitaria corrió por su mejilla y, discretamente, Yuri se la limpió con su mano libre. Luego de eso giró un poco su cabeza para mirar a Otabek, aún con un mechón de cabello dorado cubriéndole la mitad de la cara. De seguro se veía como un idiota, pero más idiota se sentiría si Otabek pudiese ver sus lágrimas de rabia y tristeza ante algo inevitable, algo que no podría ser de otra forma porque así estaba bien. Lo que estaba mal era lo que ellos dos estaban haciendo.

«Pero, ¿Cómo puede estar mal algo que se siente tan bien?», se preguntaba Yuri cada vez que tocaba, abrazaba o besaba a Otabek. Se lo preguntaba también cuando los pensamientos lo mantenían despierto durante la noche, y era esa la fórmula mágica que le permitía irse a dormir con una consciencia limpia.

Con la paciencia que tanto lo caracterizaba y sin soltar su mano, Otabek se giró un poco para quedar frente a Yuri y se acomodó, quedando de rodillas sobre la nieve. Con sus dedos, apartó los cabellos de Yuri y los colocó detrás de su oreja, descubriendo así la mirada atónita del muchacho. Antes de decir cualquier cosa, le acarició la mejilla, frotando con el pulgar los restos de aquella lágrima que aún brillaba sobre su pálida piel enrojecida.

—¿De verdad crees que podría olvidarte? —Ladeó un poco la cabeza, frunciendo levemente el ceño. Aquel gesto tal vez lo hacía parecer un tanto intimidante, pero a Yuri sólo le parecía atractivo— ¿Acaso debo recordarte que fui yo el que no pudo sacarte de mi cabeza por cinco años? Y después de esto, Yuri, no podré olvidar tus ojos, tu sonrisa, tus besos...cada vez que cierre mis ojos, veré tu rostro. Te extrañaré, Yuri.

Yuri sólo era capaz de observarlo, incrédulo. Otabek era un chico muy reservado, rara vez hablaba tanto, y con tanto sentimiento como lo estaba haciendo ahora. El rubio se rió por lo bajo, con amargura, y fijó su mirada en sus manos entrelazadas.

—Con suerte, nos volveremos a ver cuando nazca tu primer hijo.

—No digas eso.

— ¿Qué? Tal vez sea pronto.

—Estás enfadado conmigo, lo sabía. —Otabek suspiró y apartó su mano de la mejilla de Yuri, pero no soltó su otra mano—. Mira, todo esto me gusta incluso menos que a ti... La única razón por la que quería venir era para... ya sabes, para verte otra vez.

Yuri se sintió incapaz de contener el suave jadeo que escapó de sus labios al oír aquello. Tal vez pudiese haberlo sabido, pero completamente distinto era escucharlo de sus labios. Nunca nadie se había sincerado así con él, y menos alguien como Otabek.

— ¿Tanto te gusto? —preguntó alzando una ceja, como si en verdad no pudiese creerlo.

Otabek esbozó una sonrisa de lado, casi imperceptible, y asintió. Era jodidamente irresistible. A Yuri se le escapó una pequeña sonrisa también. Cuando quiso darse cuenta, Otabek ya había soltado su mano para acomodar las propias en sus costados y se estaba inclinando sobre él para poder besarlo. Yuri no dudó un segundo en cogerlo con fuerza de la capa y jalarla de un tirón hacia él, mientras lentamente iba echándose hacia atrás, hasta quedar recostado en la nieve. Otabek le siguió el juego y se acercó hasta quedar prácticamente encima de Yuri, casualmente con una rodilla entre sus piernas.

Yuri dejó caer su cabeza en la nieve y fijó su mirada en el rostro de Otabek. Sus ojos siempre conseguían dejarlo sin aliento, siempre con aquella mirada tan intensa y misteriosa. Cerró los ojos en cuanto sintió que Otabek tomaba su rostro con ambas manos y presionaba sus labios contra los suyos. Una vez más se dejó llevar por aquel beso. No se parecía en nada a un beso rudo o pasional, era más bien una caricia sobre sus labios, pero era igual de placentero.

Cuando Otabek se alejó de él y volvieron a mirarse, ambos se sonrieron. Eran sonrisas sinceras, una promesa silenciosa de que no iban a olvidar, por nada del mundo, aquello que habían vivido esos días. El moreno deslizó sus dedos hacia la nuca de Yuri para enterrarlos en sus rubios cabellos. Había empezado a nevar hacia un rato, unos delicados copos de nieve de los que ninguno de los dos se había percatado; pero que ahora llenaban sus cabellos de pequeñas perlitas blancas.

Se quedaron así por un largo rato, sin importarles demasiado que sus ropas pudiesen mojarse con la nieve. Ya tendrían tiempo de secarse y cambiarse en el castillo. Ninguno de los dos volvió a mencionar la boda del día siguiente, pero estaba muy presente en sus pensamientos. Pasaron toda la mañana revolcándose en la nieve, riendo y besándose. Cerca del mediodía, fue Otabek el primero en retirarse, no sin antes besar a Yuri a modo de despedida. El ruso se quedó un rato más, consciente de que no podían regresar juntos al castillo. Finalmente retornó entrando por el mismo lugar por el que había salido. Se ganó algunas miradas extrañadas por parte de los sirvientes, que no pudieron pasar por alto su capa y sus cabellos empapados de nieve. Pero ninguno le dijo nada, solo se limitaron a inclinar la cabeza cuando Yuri pasó entre ellos.

El resto del día transcurrió tranquilo para Yuri. No tuvo deberes especiales que cumplir y dedicó la tarde a practicar esgrima por su cuenta, solo en el patio. Descargó su furia y su impotencia en su espada y los enemigos imaginarios contra los que peleaba. Combatió hasta el cansancio, y hasta que el sol dejó de brillar en el cielo.

Regresó a sus aposentos por la noche, donde ordenó que le trajeran la cena. Después de cenar, se acostó en la cama y se metió debajo de sus mantas para intentar conciliar el sueño.


La mañana llegó demasiado pronto y Yuri despertó cuando los primeros rayos de sol empezaron a colarse por la ventana de su habitación. Su primera reacción fue cubrirse los ojos con la mano y darse la vuelta para enterrar el rostro en su almohada de plumas, quejándose por lo bajo. Estuvo así unos segundos hasta que por fin pudo encontrar el coraje para volver a abrir los ojos. No fue algo fácil. Apenas empezó a despertar y ubicarse en el ambiente, sintió un agudo dolor de cabeza que le impedía siquiera levantarla de la almohada. Le costaba también mantener los ojos abiertos sin que le ardieran y tenía unas cuantas hebras doradas de cabello pegadas a la frente y las mejillas.

Se sentía terrible, pero aquel estado ya le era bastante familiar. Otra vez había llorado hasta quedarse dormido, incluso más que otras noches, porque sabía que aquel día su efímera felicidad terminaría.

La jornada anterior, Viktor le había repetido hasta el cansancio que debía estar listo temprano, porque la ceremonia sería a media mañana y sería un insulto que llegara tarde. Eran todas cosas que Yuri sabía y podía comprender, pero le costaba aceptar. No podía perderse la boda de su hermana con Otabek por nada del mundo, pero se preguntaba cómo podría estar presente sin perder la cordura y salir corriendo.

Había logrado incorporarse sobre la cama cuando unos suaves golpecitos en la puerta hicieron que se sobresaltara un poco.

— ¿Quién es? —preguntó con voz firme, pero aún adormilada.

Escuchó que alguien se aclaraba la garganta al otro lado de la puerta.

—F-Feliks, alteza. He venido a traer su baño.

Yuri suspiró. A partir de ese momento, no tendría paz hasta el fin del día. Las celebraciones empezaban por la mañana, con la ceremonia y se extendían hasta la noche, para terminar con un banquete en el gran salón del castillo.

—Adelante —respondió de manera monótona.

Su sirviente entró con la tina para el baño y volvió a retirarse para ir en busca de agua caliente para llenarla. Mientras lo esperaba, Yuri se frotó los ojos y se quitó los cabellos de la cara. Una vez más se descubrió pensando en Otabek, en qué estaría haciendo en ese momento; ¿estaría igual de aturdido y desganado que él? Una parte de él deseaba que así fuera.

Minutos más tarde, su baño estaba listo. Yuri le dio permiso a Feliks para retirarse, recordándole que él era perfectamente capaz de lavarse el cuerpo y el cabello. Quería estar solo, quedarse un largo rato disfrutando de la cálida caricia del agua sobre su tersa piel. Y así lo hizo. Cuando terminó de lavarse, apoyó sus brazos en los costados de la tina y la nuca en la cabecera, fijando sus ojos en las pesadas vigas de madera del techo.

El baño terminó cuando el agua empezó a enfriarse, y entonces Yuri salió de la tina para secarse el cuerpo y vestirse. Escogió una túnica de seda de color granate con detalles de hilo de oro en las mangas y en el cuello. Era de manga ancha y le llegaba hasta la rodilla, rozando las magníficas botas de cuero negro que llevaba en los pies. Pero sin duda el detalle más exquisito de su atuendo era su cinturón, hecho especialmente para esa túnica. Era también de cuero, pero con incrustaciones de piedra granate, pensado para situaciones muy especiales. Por encima de sus ropas, llevaba una pesada capa de lana negra bordada con hilo de oro que le llegaba hasta los pies y bailaba sobre el suelo cuando se movía.

Se miró al espejo de su habitación y se sorprendió un poco al verse; nunca se había visto tan magnífico y regio. Con ese aspecto y aquella enorme capa sentía que podía llegar a parecer un par de años mayor, incluso podía llegar a ser confundido con un rey sin corona.

La belleza del joven príncipe y de sus hermanos era un hecho conocido a lo largo y ancho del reino. Muchos se lo atribuían a las esposas que había tenido su padre, el príncipe Alexei. Yuri no llegó a conocer a la madre de Viktor, pero creció escuchado historias que hablaban de su inagotable belleza y encanto, que su hermano sin duda había heredado. Recordó los halagos a sus cabellos del color de la plata y de sus ojos, auténticos fragmentos de cielo. Su muerte llego unos pocos días después del nacimiento de Viktor, no resistió las complicaciones del parto, y las últimas fuerzas con las cuales contaba quiso invertirlas en cantarle a su hijo todas las canciones de cuna que conocía, una tras otra. En la corte aún se hablaba de ella, de Lady Eirene, se decía que el príncipe Alexei solo la había amado a ella a pesar de su efímero matrimonio y prematura muerte. A Yuri nunca le costó creerse aquellos dichos. Lady Tanya no se destacaba precisamente por su exorbitante simpatía o su encantadora forma de ser, de hecho su única virtud parecía ser su belleza. Nunca le demostró demasiado afecto ni a su marido ni a sus hijos, mucho menos a su hijastro, quien desde muy pequeño decidió adoptar como lugar favorito la cripta donde descansaba la madre que apenas había llegado a conocer.

Tanto Yuri como Mila habían heredado los rasgos delicados de Tanya. Su hermana se parecía más a su madre, eso sí, pero muchos les decían que era ella quién tenía el encanto de su padre, mientras que Yuri del alegre Alexei sólo tenía el cabello. Por mucho tiempo les dio la razón en silencio, sintiendo que tal vez sí fuera fiero y amargado, pero el Yuri que estaba de pie, frente al espejo, aquel día dudaba mucho de que su madre hubiese experimentado alguna vez aquella calidez en el pecho que el chico sentía cuando estaba con Otabek.

Consciente de que ya casi era hora de presentarse en el salón principal, Yuri se llevó una mano a los cabellos. De repente el qué hacer con ellos se convirtió en un dilema.

«Le gustan mis ojos», pensó mientras lo peinaba hacia atrás con los dedos, pero apenas fue consciente de aquel pensamiento, retiró sus manos y una hebra dorada de cabello le cayó la mitad de su rostro, cubriéndole un ojo. Terminó por peinarlo bien y dejarlo suelto, flotando grácilmente sobre el cuello de la túnica.

Finalmente salió de la habitación y bajó por los estrechos peldaños de piedra de la torre, teniendo especial cuidado de no pisar aquella preciosa capa.

El salón del trono, donde se haría la ceremonia, ya estaba abarrotado de gente, todos de pie y conversando entre sí. Durante los últimos días habían llegado muchos de sus vasallos. Yuri pudo reconocer al hermano mayor de Boris, con la capa verde y negra símbolo de su familia. Lord Voronin, que al estar demasiado viejo y enfermo para viajar a la corte real en invierno, había mandado a su hijo y heredero, Igor, como representante. Todos estaban allí.

Yuri se abrió paso entre la gente. Muchos volteaban a mirarlo asombrados, tal vez porque la última vez que lo habían visto era tan pequeño que su cabeza estaba a la altura de la cintura de Viktor. La última ocasión que los convocó a todos fue la boda de Viktor con Yuriko.

Buscó con la mirada a su hermano y su familia, quienes en ese momento eran las personas más gratas para él en todo ese mar de gente. De repente sintió que alguien lo cogía del brazo con fuerza y se detuvo para ver de quien se trataba.

Vladimir Orlov lucía imponente con su considerable altura, sus hombros corpulentos y su ceño siempre fruncido. Llevaba sus cabellos rojizos echados hacia atrás, lo que le daba un aire más intimidante a su pálido rostro. Lady Tanya estaba a su lado, luciendo el semblante serio que tanto la caracterizaba.

—Yuri. Has crecido un poco, pero sigues pareciendo una niña.

Yuri frunció el ceño, pero la poderosa mirada del mayor lo hizo desistir de protestar, como lo hubiese hecho con cualquier otra persona. Si Tanya no solía cuidar mucho sus palabras, Vladimir Orlov menos aún. Desde niño lo criaron para ser uno de los hombres más poderosos del reino, y no tardó en aprender que muy pocas personas tendrían derecho a sentirse ofendidas con su brutal honestidad. Había visto a su único sobrino varón tan solo unas pocas veces, pero lo trataba con severidad desde que era un niño. Hasta el momento, Lord Orlov solo había tenido hijas, lo que hacía que su atención recayera en Yuri.

—Crecerá, Vladimir. —Tanya también observaba a Yuri con los mismos ojos fríos, pero ante tal ofensa se había visto obligada a defender a su hijo—. Además, es muy bueno con la espada.

Vladimir alzó una ceja y sonrió de lado, observando a Yuri de pies a cabeza hasta hacerlo sentir incómodo.

—No estoy seguro de a qué espada te refieres —dijo sin cambiar su expresión.

Aquellas palabras lo hicieron merecedor de una mirada reprobatoria por parte de su madre. Lord Orlov era un hombre poderoso, pero su hermana mayor siempre había tenido una gran influencia sobre él.

—No te atrevas siquiera a insinuarlo. Si lo que dices fuera cierto, lo golpearía con tal fuerza que olvidaría su propio nombre junto con sus desviaciones.

Al oír esas palabras de parte de su madre, a Yuri se le revolvió el estómago. Sabía muy bien a qué se refería. Se sentía enfermo y quería salir corriendo, pero hacerlo significaba ser descubierto por su madre y ganarse para siempre su más infinito desprecio.

—Debo admitir que tú si sabes criar niños, ¿debería traer a Olga contigo? Ha florecido hace ya un año y se niega a casarse con quién yo le diga.

—He vencido a bravucones que me doblan la edad —alardeó Yuri, interrumpiendo aquella conversación con la voz cargada de rabia. No era su objetivo impresionar a su tío, pero si defender un poco su orgullo.

— ¿Ah sí? Mira que bien. —Vladimir inmediatamente le restó importancia y miró a su hermana—. Le falta crecer, es aún un chico.

—Es mi único hijo —le respondió Tanya bajando un poco el tono de voz.

—Entonces edúcalo como tal.

—Sabes que no me es tan fácil, menos aún desde la muerte de Alexei. —La mujer tenía los dientes apretados, y miraba a su hermano solo de reojo.

—Deja que sea mi pupilo entonces.

—Cumplirá dieciséis en pocos meses, y Nikolai jamás lo permitiría. Es su nieto favorito.

—Que adorable. —Vladimir rodó los ojos, fastidiado.

Yuri los miró a ambos, un tanto sorprendido y sin comprender del todo sus palabras. Si su tío lo reclamaba como pupilo, él iba a negarse. No quería abandonar la corte real y mucho menos a su abuelo. Su vida estaba allí.

— ¡Yuri, ven aquí! —Oyó que lo llamaban a unos pocos metros.

El rubio hizo una pequeña mueca al ver que Viktor le hacía señas para que se acercara, pero agradeció que le diera una buena excusa para alejarse de su tío y su madre y de la incómoda situación en la que lo habían puesto.

—Ya te había visto, idiota —masculló cuando por fin estuvo a su lado.

— ¿De verdad? —Viktor alzó una ceja—. Parecías muy entretenido allí. —Sin duda su hermano mayor se había dado cuenta de que la situación entre Yuri y sus familiares se estaba tornando tensa.

Junto a Viktor, tomándolo cariñosamente del brazo, estaba su esposa, y Andrei sujetaba la mano libre de su madre con fuerza. El pequeño nunca había visto tanta gente junta en una habitación y, al ver a Yuri, se relajó un poco y lo abrazó.

—Te ves muy bien. Al parecer te has tomado en serio lo que te dije. —Viktor sonrió, mirándolo de pies a cabeza.

Viktor también estaba muy apuesto aquel día. A diferencia de Yuri, vestía exclusivamente de seda. Su pesada túnica color marfil bordada en plata le llegaba hasta la pantorrilla y estaba sujeta por un delicado cinturón, hecho exclusivamente con hilo de plata, que caía desde su cintura. Su capa escarlata descansaba sobre sus hombros, cayendo con suma naturalidad por su amplia espalda y a lo largo de sus extensas piernas hasta tocar el suelo. La corona de príncipe heredero era el detalle que lo hacía brillar entre todos los demás invitados. Era una corona de plata, que reivindicaba el estatus que representaba al estar salpicada de pequeños rubíes y zafiros. El vestido que llevaba Yuriko, por su parte, era bastante sencillo a simple vista, pero estaba confeccionado con seda de oriente de un ostentoso color púrpura, repleto de pliegues y también bordado con hilo de plata. Sin duda era un símbolo del estatus de su familia, ennoblecida muy recientemente; pero descendientes de una larga línea de mercaderes tan ricos como un rey.

— ¿Cuándo empezará esto? —Yuri miró a su alrededor, un tanto nervioso.

Viktor se encogió de hombros.

—Cuando lleguen el abuelo y los novios.

Se mordió el labio al oír aquello, y se dijo que si no quería hacerse daño, lo mejor sería abandonar el lugar en ese mismo momento. Pero bien sabía que ya no podía hacer eso. Ya todos lo habían visto.

— ¿Por qué estamos aquí? —se quejó Andrei, tirando de la falda de su madre.

Yuriko se apresuró a apartar la manito de su hijo de su vestido y le tomó la mano nuevamente. Se inclinó con cuidado junto a él.

—Ya te he dicho, por la boda de tu tía...Verás que te gustará, habrá un banquete por la noche, con pasteles...

El rostro del pequeño se iluminó.

—Entonces quiero que esto termine rápido... ¡para comer pasteles!

Yuri no pudo evitar reírse por lo bajo y acarició los cabellos de su sobrino.

—Puedo decir lo mismo, Andrei.

—Quiero comer pasteles con Yuri. —Andrei le dio una patadita al suelo y Yuriko no tuvo más opción que cogerlo en brazos, dejando que apoyara su cabecita en su hombro.

Viktor rodeó a su esposa con un brazo y se acercó a su hijo para hablarle.

—Si no gritas en ningún momento hasta que salgamos de aquí, podrás comer de tu pastel favorito antes que nadie —le susurró.

Andrei al parecer lo entendió, porque solo asintió ante las palabras de su padre y se aferró con fuerza al hombro de su madre.

Fue entonces cuando todos los presentes se sumieron en el más absoluto silencio. El rey estaba de pie frente a ellos, sobre la tarima en la que estaban los dos tronos; había entrado por una pequeña puerta reservada para él. No necesitó excusarse para sentarse en el trono apenas hubo llegado, pues era evidente que permanecer de pie por mucho tiempo lo cansaba mucho. Ante la presencia del rey, uno a uno los presentes fueron inclinándose frente a él. Naturalmente, los primeros en hacerlo fueron los sirvientes, desde el que lo había ayudado a entrar hasta los guardias que custodiaban la puerta, pero también lo hicieron los nobles presentes en la sala y el resto de la familia real. Yuriko dejó a Andrei en el suelo para poder hacer su reverencia como era debido.

Empezaban todos a incorporarse cuando entró Otabek por la puerta principal, a espaldas de todos los invitados. Un heraldo anunció su nombre, y todos se voltearon a mirar al príncipe. El corazón de Yuri dio un vuelco al ver a Otabek caminar entre los presentes, con pasos decididos y el rostro inexpresivo, muy distinto a cuándo estaba con él a solas. El atuendo de Otabek era paradójicamente mucho más sencillo que el de Yuri o Viktor. Llevaba un jubón de lana negra con discretos bordados en dorado, unos pantalones negros y unas botas del mismo color. Lo que verdaderamente llamaba la atención en su atuendo era su magnífica capa. Era muy larga y pesada, de lana azul con intrincados bordados de hilo de oro en toda su extensión.

—Mira el trabajo hecho en ese manto —susurró una mujer, siguiendo con la mirada al príncipe que avanzaba hacia el altar.

—He escuchado que su madre la confeccionó —le respondió la esposa de uno de los señores—. Es tradición en el reino de Kazajistán que sean las progenitoras quienes borden la vestimentas de sus hijos para su boda.

—La reina Saya se ha lucido realmente.

Yuri se vio obligado a apartar la mirada violentamente cuando el moreno pasó a su lado. Sentía que los demás se darían cuenta si se lo quedaba mirando embelesado por demasiado tiempo, pero lo cierto era que nadie podía apartar su mirada del apuesto muchacho.

Otabek se detuvo a unos centímetros del altar, sin subir las escaleras que daban al trono. El rey se puso de pie y lo recibió con un cálido gesto. El chico no dudó un segundo en arrodillarse ante él. Al parecer le habían estado enseñando algunos de los ritos de boda del reino de Rusia. La tradición dictaba que, antes de que entrara la novia, el hombre debía arrodillarse frente al patriarca de la familia de esta y jurar su amor eterno; en casos como ese lo que se juraba era la lealtad incondicional a la nueva alianza a partir de la consumación del matrimonio. Yuri no supo cuantos segundos pasaron, pero en ningún momento le quitó los ojos de encima a Otabek. Por fin su abuelo se acercó un poco y le tocó la cabeza, señal de que ya podía ponerse de pie.

—Tomo tu juramento —le dijo el rey con semblante serio.

El kazajo se puso de pie y subió los tres peldaños para quedar al mismo nivel que el rey, de pie junto al trono. Yuri contuvo el aliento. Había presenciado solo la boda de su hermano, pero sabía bien que después de aquel breve intercambio entre el patriarca de la familia de la novia con el novio, llegaría el momento de la ceremonia propiamente dicha. Giró la cabeza cuando todos los demás lo hicieron, y sus ojos se toparon con su hermana, de pie al final del pasillo. Pudo ver como el pecho de la chica se movía un poco, y que parecía luchar consigo misma para mantener sus brazos quietos a ambos lados de su cuerpo. Al ser consciente de que todas las miradas estaban fijas en ella, Mila empezó a caminar hacia el altar.

La falda y las mangas de su pesado vestido le llegaban al suelo y la capa de seda roja y ribete de piel de armiño era tan larga que se arrastraba grácilmente detrás de ella. El azul marino de su vestido era un color que a Mila le sentaba de maravilla, hacía juego con sus ojos. La capa, del color de su familia, representaba el poderío de los Plisetsky y le recordaba a los presentes que por más que Mila pasaría a formar parte de la familia Altin a partir de ese día, nunca dejaría de ser una princesa de Rusia con el deber de mantener una alianza próspera y perpetuarla por generaciones.

Mila también se detuvo frente al altar y cogió la mano de su abuelo cuando este se la tendió a ella. Subió los peldaños con cuidado hasta quedar frente a Otabek y el rey. El anciano le sonrió y apretó un poco su mano para darle ánimo, justo antes de colocarla sobre la palma de la mano de Otabek.

Yuri estaba de pie junto a Andrei, que se quejaba una y otra vez de lo mucho que se estaba aburriendo. Al contrario, el rubio no podía despegar sus ojos de la escena. Sabía que tal vez era mejor no mirar, o intentar pensar en cualquier cosa que lo sacara de allí, en donde estaba.

La primera parte de la ceremonia formal era el compromiso, donde la pareja intercambiaba los anillos que debían llevar durante toda su vida, como símbolo y recordatorio de que el lazo de matrimonio solo podía ser roto con la muerte. A Yuri le costaba entender como una serie de ritos pudiese llegar a ser más definitoria que una sonrisa sincera o un beso cargado de sentimiento.

El rey le entregó los anillos a ambos y cada uno se lo colocó al otro en el dedo anular de su mano derecha. Yuri llegó a divisar la sombra de una sonrisa en los labios de su hermana cuando su prometido le colocó el anillo en el dedo, pero Otabek conservó la misma expresión indiferente de siempre, sin llegar a ser grosero. Lo admiraba por eso. De todas formas no pudo evitar comparar la escena con la boda de Viktor. Yuri era aún muy niño y no recordaba el evento con precisión, pero jamás se olvidaría la sonrisa que Viktor le dedicó a su esposa cuando le colocó su anillo. Había sido una sonrisa cálida y compañera, porque debía saber lo difícil que habría sido para Yuriko viajar a una corte lejana para casarse con un hombre que jamás había visto antes. Muchos decían que no se trató simplemente de un acto de empatía, que Viktor se había enamorado de Yuriko a primera vista, y que luego de eso habría contado los días para la boda. Como fuere, el contraste entre su hermano y Otabek era notable.

—Ese chico nunca sonríe —le susurró Vladimir a Tanya. Ambos estaban sentados justo detrás de Yuri, en la segunda fila de asientos.

—No fue mi elección. Sabes que es el hijo del mejor amigo de Alexei. De todas formas no me hubiese negado, Mila será reina algún día.

—Mi propuesta sigue en pie para Yuri. Mi hija no podrá negarse por demasiado tiempo, y tienen casi la misma edad...

Sin despegar sus ojos de lo que sucedía en frente, Yuri trasladó toda su atención a la conversación. Un sudor frío le recorrió la espada mientras procesaba la información. Su madre y su tío le estaban planeando una boda con su prima a sus espaldas, probablemente a espaldas incluso del mismísimo rey.

—No es el momento más oportuno para hablar de esto —dijo Tanya, poniendo fin a la conversación.

Aun sin poder desterrar aquel sentimiento de incomodidad, la atención de Yuri se volvió súbitamente a la boda que se estaba llevando a cabo en ese momento. El principal y más importante de los ritos en la ceremonia era la coronación, luego del cuál podía considerarse al matrimonio un hecho a pesar de aun ser requerida la consumación. Las coronas que se utilizaban podían variar desde las sencillas coronas de flores del pueblo llano hasta las ostentosas coronas que había usado la familia real desde el origen de la dinastía. Fue el rey quién colocó la corona primero en la cabeza de Otabek y luego en la de su nieta. En el mismo orden, ambos dijeron sus votos, profesando que estaban allí por voluntad propia y que no habían sido prometidos a otro. Al oír esas palabras de labios de Otabek, Yuri sintió una punzada de dolor en su pecho, a pesar de que habían sonado monótonas y poco entusiastas.

«Ahora es cuando debo quitarles la vista de encima», se dijo, muy consciente de lo que seguía a continuación. Pero cuando Otabek cogió a Mila por la mejilla para besarla, Yuri no apartó la vista. No podía. Fue un beso corto, un simple roce de labios, pero todos los presentes, incluidos Viktor y Yuriko, aplaudieron con entusiasmo. Yuri agachó la cabeza, y fue entonces cuando vio que Andrei también aplaudía. De seguro era consciente de que se trataba de una boda, pero no terminaba de entender del todo las verdaderas implicancias de aquello; aplaudía porque todos los estaban haciendo, y tal vez Yuri debería hacer lo mismo. Aplaudió lentamente, sin ganas, para pasar desapercibido.

Cuando Otabek y Mila pasaron junto a él, cogidos del brazo, Yuri hizo todo lo posible para no mirarlos. Era en vano, porque después de la ceremonia formal y el almuerzo, la nueva pareja y la familia real llevarían a cabo una visita a la ciudad, para presentarse ante sus súbditos. Yuri, como hermano del príncipe heredero y de la novia, debía acompañar a su familia.

Después de disfrutar un almuerzo que representaba tan solo una pequeña parte del banquete de la noche, todos estuvieron listos para partir. Durante la comida, Yuri intentó acercarse a Otabek. No fue lo que ninguno de los dos esperaba, ya que el rubio solo encontró ocasión de felicitar a ambos como correspondía. Obtuvo de su hermana una sonrisa cordial, y Otabek le agradeció sin decir nada más, evitando mirarlo a los ojos. Aquello le dolió un poco, y sólo pudo alejarse sintiendo aquella incómoda sensación en el pecho.

En el amplio patio principal del castillo los esperaban tres carros tirados por caballos, ya ordenados para la procesión que partiría hacia Moskva, la ciudad capital del reino que se encontraba a unos pocos minutos del castillo, hogar de numerosos mercaderes que se habían instalado allí con el propósito de vender sus productos a los nobles y al rey. Viktor, Yuriko y Andrei subieron al primer carro. A Yuri le correspondía el segundo junto a su madre, ya que su abuelo había decidido quedarse en el castillo debido a dolores muy fuertes en su espalda. Se preguntó si podría soportar el estar solo con su madre hasta la tarde, cuando el paseo terminara y debieran ya prepararse para el banquete. Otabek y Mila subieron al último carro, dejando una considerable distancia entre sus cuerpos.

Moskva era la ciudad más grande del reino, con sus innumerables callecitas sinuosas y sus casas apiñadas una junto a la otra. Era el principal centro urbano en kilómetros, y por eso mismo era inevitable que las migraciones constantes llevaran a la sobrepoblación y al hacinamiento. Yuri no había ido muchas veces a la ciudad, eran desde luego muchas veces más las veces que había visitado el bosque. De niño no le gustaba la ciudad, había siempre ruido y olor a estiércol de caballo, y desde luego no había cambiado mucho desde la última vez que la había visitado.

A pesar del frío y de la nieve que convertía al suelo en barro resbaladizo y obstaculizaba las puertas, el grueso de los habitantes de Moskva y aquellos que habían llegado para la boda estaban en las calles. Los que no, se asomaban desde sus ventanas para poder ver a sus príncipes. La gran mayoría gritaba el nombre de Viktor, su futuro rey y el que más parecía preocuparse por saludarlos a todos desde su carro. Su hijo lo imitaba, pero se intimidaba cuando alguno de los hombres o mujeres presentes lo llamaban por su nombre. Por lo demás, felicitaban a la pareja de recién casados a pesar de no haber visto antes al príncipe Otabek; incluso algunos, los más fanáticos, le agradecían al kazajo por brindarle al reino una alianza próspera. Muy pocos parecían dar cuenta de Yuri, como si el segundo carro fuera invisible. Pero Yuri tampoco se esforzaba por parecer agradable con el pueblo, y se decía que algún día le agradecerían haber salvado la ciudad de un ataque o un saqueo de un invasor. El paseo terminó unas horas después, cuando Yuri ya no sentía sus pies dentro de sus botas ni podía flexionar sus manos debido al frío que sentía en los dedos.


Por la noche, se celebró el banquete, la celebración más esperada por todos en el castillo, donde habría comida, música y baile. El salón de banquetes había sido preparado especialmente para albergar a unas cien personas, los habitantes más importantes del castillo y los nuevos visitantes que habían llegado. Yuri estaba sentado entre Viktor y Andrei, en perpendicular a la larga cabecera de la mesa donde estaban el rey, Otabek y Mila. Parecía hecho a consciencia, porque desde su lugar podía ver todo lo que hacían, pero no interactuaban mucho a decir verdad. Era su hermana quién de vez en cuando le susurraba algo a Otabek, este murmuraba algo en respuesta y asentía, pero no seguía con la conversación.

Cuando llegaron los músicos, la sala se sumió en un perfecto silencio y a continuación, cuando empezaron a tocar una dulce melodía, muchos se pusieron de pie para bailar. Viktor fue uno de los primeros, cogiendo a Yuriko del brazo y tirando un poco de ella. Fue también el que insistió que Mila y Otabek también debían bailar, ganándose una discreta mirada envenenada por parte de Yuri. El tan solo imaginarlos bailando al son de la música lo hacía sentir una ira indescriptible.

Pronto muchos siguieron el ejemplo de Viktor y se dirigieron al centro de la sala para bailar al son de la música que estaba sonando. Viktor y Yuriko se robaban todas las miradas con su etérea manera de moverse y la forma en que se miraban, como si se tratara de su boda y no la de Mila.

Otabek y Mila, por su parte, no lo hacían nada mal, pero no los favorecía demasiado estar tan cerca de Viktor, y su baile no parecía ni la mitad de espontáneo que el de la otra pareja. Podía notarse a leguas que ambos estaban nerviosos. Yuri podía verlo en la forma en que Otabek sujetaba la mano de Mila, con la firmeza que lo caracterizaba, pero sin naturalidad. Luego Viktor bailó con Mila y Otabek con Yuriko; esta última parecía haber perdido gran parte de su gracia al bailar con alguien que no era su esposo.

Yuri observaba desde la mesa, disfrutando de una buena copa de vino tinto que le quemaba la garganta con cada trago que daba, pero era una sensación placentera.

—Ve a bailar con tu hermana, Yuratchka.

Fue entonces que se percató que su abuelo y él eran los únicos que quedaban en esa parte de la mesa. Los demás estaban o bailando o charlando de pie.

—No me gusta bailar —respondió, un tanto fuerte para que su abuelo lo escuchara por sobre la música. Bebió otro sorbo de vino y vio por el rabillo del ojo que el anciano fruncía el ceño.

—Es el día de su boda, eres su hermano. Y deja eso, ¿o quieres que Otabek tenga que volver a acompañarte a tu habitación?

Aquella idea lo hizo sonreír levemente contra su copa. Su abuelo no tenía ni idea.

«No estaría mal», pensó, buscando a Otabek con la mirada. Bailaba ahora con una de sus primas.

—Te toca a ti bailar con ella ahora, Yuri —insistió su abuelo.

Yuri estampó la copa de plata contra la mesa, furioso. Sin decir nada, se puso de pie para complacer a su abuelo. Después tendría tiempo de comer y seguir bebiendo. Buscó a su hermana con la mirada, y para su sorpresa la encontró bailando con el hermano mayor de Boris. Este era casi el opuesto de su hermano, más reservado y educado. Cuando Yuri se acercó, se separó de Mila e inclinó la cabeza ante ambos antes de retirarse. Sin decir nada, Yuri cogió la mano de su hermana y colocó la otra en su hombro. Mila le sonrió un poco.

— ¿El abuelo te ha obligado a bailar conmigo, verdad? —Alzó una ceja.

Yuri podía notar que estando con él parecía más relajada que con Otabek o cualquier otro chico con el que había bailado.

—Cállate. Sabes que es la única razón por la que podría estar aquí.

La chica se rió, volviendo por un rato a ser ella misma. Yuri sabía que "ser ella misma" implicaba el sentirse cómoda para molestarlo en cualquier situación que se le presentara. Pero después de eso se mantuvieron en silencio por un rato.

— ¿Cómo lo estás llevando? —preguntó Yuri finalmente.

Se lo preguntaba él a ella, aun sabiendo que nadie iba a importarle como lo estaba llevando él.

—Bien... —Miró a su alrededor, algo incómoda—. Otabek es un caballero, pero... ese beso fue tan frío... Pensé que sería distinto—susurró.

Yuri se tensó un poco al escucharla decir eso, y deseó con todas sus fuerzas que Mila no lo hubiese notado. Intentó que su expresión permaneciera impenetrable, como tan bien podía hacerlo Otabek, y no dijo nada.

—Me pregunto si será siempre así... Entiendo que no me ame, yo tampoco lo amo, pero...

El rubio frunció el ceño y dio un paso atrás, bajando su mano al antebrazo de su hermana.

— ¿Pero? —preguntó, intentando disimular su curiosidad.

—Bueno, él me gusta un poco. Es atractivo y educado, podría haberme tocado alguien como Boris.

Yuri tal vez se hubiese reído en otras circunstancias, pero las palabras de su hermana lo habían golpeado como una brisa de aire gélido. No podía culparla por sentirse atraída hacia Otabek, y menos siendo ahora su esposa, pero en ese momento sentía una envidia para nada sana.

«Otabek me quiere a mí», pensó de manera un tanto infantil, intentando convencerse. Sintió repentinamente que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero peleó con todas sus fuerzas contra ellas y logró contenerlas.

—Quién sabe, tal vez algún día llegue a amarlo, y él a mí... como le sucedió a Viktor.

—No fue así con nuestros padres —le recordó Yuri.

No sabía por qué había dicho eso, porque se suponía que debía darle ánimos a su hermana. Pero lo cierto era que no quería darle ánimos. Había hablado su lado más envenenado. Quería recordarle a su hermana que una ceremonia no podía garantizar el amor. Era egoísta de su parte, considerando que nunca iba a poder estar con Otabek de esa forma, que su relación jamás podría pasar de unos cuantos besos desesperados a escondidas, pero la sola idea de que alguien más pudiese tenerlo lo atormentaba.

Ninguno de los dos volvió a hablar y se sumieron en sus pensamientos aun sin dejar de moverse lentamente. Cuando un muchacho desconocido se acercó para bailar con su hermana, Yuri la entregó de buen grado y regresó a su asiento sintiendo que un aura oscura lo envolvía. Vio que su abuelo asentía con aprobación al verlo llegar. Estaba satisfecho, pero incapaz de notar su pisoteada autoestima y lamentable estado de ánimo.

Pronto los sirvientes empezaron a traer los primeros platos, a los que le seguirían muchos más en ese descomunal banquete. El primero fue una sopa de cebollas y otros vegetales, acompañada con quesos y panes de distinto tipo. Yuri los probó todos y, apenas vio a un copero con una jarra de vino, acercó su copa para que le sirviera un poco más. Bebió con ganas, sin importarle que su abuelo pudiese regañarlo luego. A su alrededor, ya todos los demás habían ocupado sus asientos y la música se había vuelto un tanto más fuerte con la llegada de otros músicos y algunos bardos que se turnaban para cantar sus canciones.

Uno a uno fueron trayendo los distintos platos, más de veinte. Frente a sus ojos desfilaron jabalíes enteros, empanada de venado, huevos, carne de pato, incluso pudieron degustar algunos platos con salmón, un auténtico lujo considerando lo lejos que se encontraba el mar y lo arriesgados que eran los viajes comerciales en invierno. Todo eso regado con hidromiel y buen vino traído de territorios occidentales. Los primeros en probar cada uno de los platos eran lógicamente el rey y la pareja de recién casados, y luego estos pasaban a Yuri y Viktor.

— ¡Esto es maravilloso! —exclamó Nikolai, alzando su copa de vino y mirando a Otabek. —Si Alexei estuviera con nosotros estaría feliz de ver a su hija casarse con el hijo de Erasyl, más aún si llegaran a enamorarse.

—Estarían honrando su amistad —respondió Viktor, con una sonrisa divertida.

Yuri buscó a Otabek con la mirada y vio que este estaba bebiendo de su copa, pero apenas sus ojos se encontraron supo que lo estaba mirando. El rubio también se llevó su copa a los labios, para evitar que el más mínimo gesto pudiera delatarlo. Bebió un sorbo más largo que el de Otabek y, cuando hubo terminado, el mayor ya había apartado su mirada.

«Si tan solo supieran...», pensó Yuri, mirando a su abuelo y luego a su hermano con el ceño fruncido. Pero no, era mejor que no lo supieran. No sabía qué podía llegar a pasar si se enteraban pero tampoco quería averiguarlo. De todas formas ya no importaba, Otabek se iría con Mila en unos pocos días y Yuri no volvería a verlo en años. Esa idea lo había atormentado durante toda la tarde, sobre todo durante la visita a la ciudad, donde tuvo más tiempo para pensar. Le acercó la copa a un copero para que le sirviera más vino, del fuerte. No quería pensar en nada que pudiera dañarlo más.

Viktor lo miró de reojo y cogió su copa antes de ponerse de pie.

— ¡Propongo un brindis por la pareja! —dijo con una gran sonrisa.

Los presentes se pusieron de pie y alzaron sus copas, todos menos Yuri, que estaba un poco reclinado sobre la mesa, buscando quedar excusado. Vio por el rabillo del ojo que Otabek acercaba tiernamente su copa a la de Mila para chocarlas antes de beber. La chica le sonrió, y Otabek le devolvió un gesto que ni siquiera llegaba a ser una sonrisa pero aun así era algo poco habitual en él.

El banquete siguió su ritmo. Cuando los platos principales se fueron agotando, empezaron a circular los pasteles. Había por lo menos diez distintos. Andrei había empezado ya a bostezar y a quejarse de su cansancio y aburrimiento, pero al ver los pasteles recobró su energía. No fue así el caso de Yuri, que cada vez estaba más exasperado. Estaba harto de ver la escena que estaba montando Otabek con su hermana. Cada vez que los veía interactuar aunque fuera mínimamente, se le estrujaba el pecho y sentía náuseas. Eso lo llevaba a beber, porque sin duda el vino amargo parecía ser el que mejor entendía como se sentía. Se sentía decepcionado, humillado y lleno de rabia, y, para hacerla peor, sabía que a nadie le importaba lo que él sintiera.

No sabía cuántas copas había bebido, pero debían de haber sido las suficientes para que la vista se le nublara cuando se movía de forma brusca. Aun así nadie parecía fijarse en él, ni siquiera Viktor que estaba a su lado. Y entonces Yuri bebía más, para no tener que ser partícipe de la situación. Pero más bien aquello tenía el efecto contrario. Estaba más pendiente de Otabek, y la rabia ardía dentro de él con solo verlo sentado junto a su hermana.

Incapaz de tolerar aquella situación por mucho más tiempo, Yuri terminó lo último que quedaba de su vino y dejó la copa sobre la mesa. Nadie lo vio cuando se puso de pie con dificultad, tambaleándose un poco. El camino se tornó borroso frente a sus ojos, y los ruidos de la sala parecían venir de muy lejos. Se cruzó con unas cuantas personas, pero nadie lo detuvo, todos se apartaban a un lado para dejarlo pasar.

Entonces no pudo pelear más contra lo inevitable. Las lágrimas que tanto había intentado contener durante todo el día empezaron a caerle por las mejillas. Eran cálidas pero amargas, como las que había probado tantas veces contra su almohada. Cuando estuvo ya cerca de la puerta, se corrió el cabello de la cara para intentar secarse las lágrimas a manotazos, pero fue en vano, porque apenas estuvo fuera de la sala fue incapaz de controlarse y se echó a llorar con más fuerza.

Desorientado, se detuvo junto a la pared al sentir que sus rodillas le fallaban y que no tenía idea a donde debía de ir. Todo a su alrededor estaba oscuro y se sentía perdido. Se dejó caer, sentado contra la pared del pasillo. Nunca se había sentido tan miserable en su corta vida, y todo era culpa de Otabek, de su hermana, tal vez también de Viktor. Aturdido, recostó su cabeza contra la pared y cerró sus ojos, deseando morir y poder dejar de sentir aquel horrendo nudo en su garganta.

—Yuri.

No supo cuánto tiempo había pasado. Solo sintió que una mano lo sujetaba con fuerza por el hombro y lo sacudía un poco. Era una voz grave, conocida, pero transformada por la sorpresa. Sabía bien quién era, la persona con la que menos quería hablar en ese momento.

— ¡Déjame! —gritó con desesperación, lanzando su puño tembloroso al vacío para apartar su brazo.

Otabek, que se había arrodillado a su lado, se apartó de él para esquivar el golpe.

—No voy a dejarte. Te pondrás de pie y te llevaré a tu habitación.

—Puedo ir solo, idiota —masculló con voz ronca. Abrió sus ojos empañados de lágrimas para buscar a Otabek con la mirada.

—No, no puedes.

El mayor lo tomó del brazo para ayudarlo a levantarse. A pesar de que por sus palabras parecía resistirse, su cuerpo no puso objeción. En ese momento eran como dos entes separados. El moreno pasó el brazo de Yuri sobre sus hombros y rodeó su cintura con el otro brazo para sostenerlo. Caminaron por los pasillos en silencio, Yuri balbuceando insultos y cosas sin sentido y Otabek intentando ignorar aquello. Subir la escalera fue lo más difícil, pero pronto estuvieron frente a la habitación de Yuri.

Oyó un intercambio de palabras que no llegó a comprender, pero unos pocos segundos más tarde estaba recostado sobre una superficie blanda y suave. Le acercaron una copa con agua y bebió con ganas hasta terminársela y pedir por más. Cuando hubo terminado la segunda, abrió sus maltratados ojos y vio a Otabek sentado en la orilla de su cama.

— ¿Qué haces aquí? —le preguntó, ya más tranquilo, pero con la desconfianza palpable en su voz.

—Asegurándome de que estés bien. —Usó un pañuelo para limpiarle las lágrimas y el agua de la boca.

—Sabes que no lo estoy. Vete.

—Yura...

—No me llames así.

Oyó que Otabek suspiraba, pero aun así se animó a acariciarle los cabellos. Las caricias se sentían tan bien que Yuri no lo apartó, pero no dejó de mirarlo con el ceño fruncido.

—Lo siento... —murmuró Otabek—. Te seguí porque no me gusta verte así...

—Cállate, tú eres el verdadero culpable...

— ¿Por qué?

Yuri intentó incorporarse, pero desistió de inmediato al sentir que su visión se nublaba de nuevo. Estaba un poco más tranquilo y consciente, pero no podía controlar del todo las palabras que salían de su boca.

— ¿Qué no es obvio? ¡Porque estoy enamorado de ti! Has tomado mi corazón y lo has hecho pedazos —lo acusó, con la voz cargada de rabia y tristeza.

Otabek se quedó en silencio, mirándolo por unos cuantos segundos. Volvió a acariciarle los cabellos y la frente.

—Me hubiese gustado escucharte decir eso estando completamente sobrio. Pero sé que hay algo de verdad en tus palabras. Siento lo mismo, Yuri.

Los ojos de Yuri volvieron a llenársele de lágrimas. A pesar de su estado, podía darse cuenta de que Otabek estaba siendo sincero con él, pero eso era incluso más doloroso.

—Otabek... quédate conmigo esta noche —le pidió, en un intento desesperado—. Quiero estar contigo antes de perderte para siempre.

Esa era la última oportunidad que le quedaba. Una parte de él, la más racional, le gritaba que si seguía a la larga solo conseguiría hacerse más daño, pero la desesperación y el deseo lo consumían. Separó un poco sus piernas, buscando asegurarse de que sus intenciones quedaran claras.

Otabek se mostró sorprendido por el repentino cambio de actitud de Yuri, pero apartó la mirada.

—¿Para que luego no lo recuerdes? Lo siento, pero no puedo... —A oídos de Yuri, su amigo hablaba casi con rechazo y desdén.

—Por favor... —Se mordió el labio, mirándolo con ojos vidriosos.

Sintió que el mayor lo tomaba suavemente de ambas mejillas y se acercaba a él. Yuri lo cogió de la ropa para atraerlo más rápido y poder besarlo, pero lo único que sintió fue un tierno y casto beso en su frente húmeda.

—Debo irme, y tú debes descansar. —Otabek se había puesto serio, y fruncía levemente el ceño, como si estuviese peleando contra un poderoso impulso.

Yuri jadeó y apretó uno de sus puños con fuerza. Una vez más sintió que el corazón se le estrujaba, y se dejó caer en la cama.

— ¿Me estás rechazando?

—Algo así, sí. Pero lo hago por ti, Yuri.

El rubio dejó escapar una risa llena de amargura.

—¿Por mí? Si quisieras hacer algo por mí, estarías ahora mismo entre mis piernas —escupió, sin ser consciente de lo que estaba diciendo—. Ahora vete. Ve a cogerte a mi hermana.

Clavó sus ojos verdes en los de Otabek, y supo al instante que sus palabras envenenadas habían logrado su cometido. Yuri vio dolor en sus ojos, y como sus labios se curvaban en una pequeña mueca. Le sostuvo una mirada cargada de odio hasta que el otro se dio la vuelta para abandonar la habitación.

Yuri se quedó solo, con la única compañía de una vela que se consumía. Sumido en el silencio y la oscuridad de su habitación, la dura máscara que había adoptado momentos antes se hizo añicos y lágrimas saladas volvieron a correr por sus mejillas.


Aquí les traigo otro capítulo~ Mil disculpas por la tardanza, desde el principio de la historia supe que este capítulo iba a ser uno de los más difíciles de escribir y se me juntó también con el inicio de clases la semana pasada (por eso tal vez ya no actualice cada semana sino cada diez días más o menos).

Uff, este capítulo de verdad me costó mucho, espero que les haya gustado tanto como a mi escribirlo. Mi mayor problema fue el tema de la boda y la religión, porque bueno, el matrimonio siempre fue prerrogativa de la iglesia y en casi todas las culturas está mediado por la religión, pero en este mundo ficticio no existe la iglesia católica. Ese fue un gran dilema. Como tal vez se habrán dado cuenta me basé en los ritos de la iglesia ortodoxa rusa agregando algunos elementos de ficción y reemplazando la autoridad religiosa por la autoridad familiar. Eso fue lo que me detuvo por varios días, pero después vino la otra dificultad de describir lo que siente Yuri a lo largo de todo el capítulo. Me di cuenta que me cuesta mucho escribir sobre emociones de todo tipo, pero me lo tomé como un desafío y espero ir trabajando más eso a lo largo del fic y en futuros fics también.

Agradezco infinitamente a mi beta And-18 por haberse encargado de la revisión del capítulo y por sus sugerencias.

Una cosa más que no quería dejar de comentar. En este capítulo incluí un poco más de Viktuuri a pedido de MagiAllie, me alegro que te guste tanto la fem Yuuri 3 Me encantaría poner mucho más de ellos, pero la historia es desde el punto de vista de Yuri y por eso no hay escenas Viktuuri solos.

De nuevo, espero que les haya gustado. Muchas gracias a todos por leer y por sus comentarios ¡Hasta el próximo capítulo!