7. CADENAS DE SEDA
El gélido viento de la mañana silbaba entre las ruedas de los carromatos y las patas de los caballos detenidos en el patio del castillo. Una fina capa de nieve y hielo cubría el suelo y los escalones, acumulándose en las puertas. Hacía tanto frío que Yuri tenía que abrir y cerrar sus puños constantemente para que los dedos no se le congelaran dentro de los guantes.
—Estoy orgullosa de ti. —Oyó decir a su madre.
Mila le sonrió y le dio un abrazo, al que Tanya correspondió. Yuri pudo ver que le susurraba algo al oído y que la sonrisa de su hermana desaparecía al instante. Al separarse, la chica solo asintió un tanto nerviosa. Se despidió también de su tío, de su abuelo y de Viktor, Yuriko y Andrei. Cuando llegó el turno de Yuri, este ya estaba preparado y correspondió también al fuerte abrazo de su hermana. No solían abrazarse jamás, pero aquel día Mila viajaría junto a su esposo a su nuevo hogar, y no sabía cuándo volvería a verla. Tampoco sabía cuándo volvería a ver a Otabek.
Aún sin que Mila lo soltara, Yuri buscó con la mirada a Otabek, que ya se había despedido de los demás y esperaba a su esposa en silencio, montado en su caballo. Llevaba sus ropas de viaje y una pesada capa de pieles que le permitiría afrontar el frío durante unos cuantos días que tenía por delante. Cuando sus ojos se encontraron con los de Yuri, el kazajo apartó la mirada. Lucía un rostro sombrío que hacía juego con los tonos plomizos del cielo que amenazaba con venirse abajo sobre sus cabezas.
—¿Viajarás a caballo?—preguntó Viktor a Mila, asombrado.
La princesa se separó de Yuri y miró a su hermano mayor.
—Sí. Otabek me ha regalado un caballo, un tarpán de las estepas. Son más rápidos que los que usan aquí los caballeros. —La emoción era palpable en su voz.
Mila vestía ropa cómoda de viaje, una capa abrigada y sus botas de montar. Desde luego no estaba dispuesta a perderse la parte más hermosa del viaje. No tenía sentido ver el paisaje desde la ventanilla de un carruaje, ella quería sentir el viento en su cara y sus cabellos. En eso, Mila y Yuri se parecían mucho. Otabek una vez le había contado a Yuri lo hermosa que era la estepa al atardecer, ¿tendría alguna vez la oportunidad de experimentarlo junto a él o Mila le ganaría en eso? Al chico se le estrujó el pecho con solo pensarlo.
No quedaba mucho más por decir, por más que Mila intentara prolongar el tiempo que le quedaba junto a su familia. Se despidió con la mano por última vez y se alejó de las escaleras para montar en su precioso tarpán de color gris. Todo el séquito de Otabek iba a caballo, incluso su joven sirviente. Los carromatos que viajaban con ellos llevaban las provisiones y las pertenencias de los viajeros.
Cuando todos estuvieron listos, Otabek tiró suavemente de las riendas de su caballo. Él también parecía estar intentando ganar tiempo. Yuri y Otabek no habían tenido oportunidad de hablar sobre lo sucedido en la noche de la boda, porque Yuri lo había evitado durante todo el día siguiente, el último día de Otabek en Rusia. Aun así el rubio no podía quitarle la vista de encima. Absorto, pudo leer su nombre en los labios de Otabek cuando este le devolvió la mirada. El kazajo le dio la vuelta a su caballo y Yuri lo saludó con la mano de manera un tanto desganada.
El séquito finalmente partió, desapareciendo por la puerta del muro exterior una vez que esta fue cerrada. Yuri era consciente de que las despedidas tenían que doler, más si se trataba de alguien querido, pero en su corazón solo sentía frío, como si Otabek se hubiese llevado con él una parte suya.
El pequeño grupo que se había reunido para despedir a Mila empezó a dispersarse. Viktor inmediatamente le tendió el brazo a su abuelo y Yuri se apresuró a caminar detrás de ellos. Andrei pronto lo alcanzó y se colgó de su capa.
—¡Tío! Ahora que tu amigo se fue tendrás tiempo para mí, ¿verdad?
Yuri lo miró y su expresión se relajó al ver al niño sonreír. Tenía una sonrisa idéntica a la de Viktor, pero en la cara de Andrei no lucía tan irritante como en la de su padre.
—Por supuesto —le respondió Yuri, acariciándole los cabellos oscuros que habían quedado por fuera del gorro de piel.
Estaban por ingresar a la sala principal cuando vio a su tío acercarse a ellos con paso rápido.
—Su alteza. —Se refirió al rey con toda la cortesía del mundo, haciendo una pequeña reverencia cuando lo alcanzó.
Viktor y Nikolai se detuvieron en seco, y Yuri por supuesto se quedó detrás de ellos para escuchar.
—¿Qué sucede, Lord Orlov?
—Me gustaría solicitar una audiencia privada.
El rey no parecía muy sorprendido, y solo asintió.
—Te esperaré mañana en la sala de audiencias.
—Le diré la verdad...partiré mañana a la mañana, y necesito hablar de un asunto importante.
—¿Un asunto urgente?
Vladimir frunció el ceño. No le gustaba para nada ese interrogatorio, pero se trataba del rey.
—Algo así. Ya verá. —Miró a Viktor y Yuri—. Los chicos también pueden estar presentes.
—Eso lo daba por hecho. Viktor será rey y Yuri debe aprender a participar en las reuniones del consejo.
—Entonces espero su llamado, alteza. —Vladimir hizo una reverencia y se retiró junto con su hermana, que los había alcanzado.
—Me pregunto qué es lo que quiere... —murmuró Viktor, mirando a los hermanos alejarse y perderse por una de las puertas que daba al salón del trono.
—No lo sé, ya podremos averiguarlo.
—Tal vez para darnos su respuesta sobre el asunto de las minas.
—Esperemos que de eso se trate —respondió el rey.
Yuri iba detrás, escuchando toda la conversación. Sabía que su tío jamás les garantizaría el acceso a las minas sin pedir algo a cambio. Era, por sobre todas las cosas, un hombre interesado.
No tuvo que pasar demasiado tiempo para que el rey los convocara a una audiencia. A Yuri lo fueron a buscar a donde sabían que estaría, el pequeño patio de armas. En silencio siguió al muchacho por todo el castillo, sujetando la empuñadora de su espada algo incómodo.
—Iré a dejar esto en mi habitación —avisó cuando subieron a la torre.
Habiéndose desecho de su espada, recorrió el último trecho detrás del chico, quién le hizo una pequeña reverencia al llegar a la puerta de la sala de audiencias. Ingresó en silencio al recinto donde ya lo esperaban su abuelo, su madre, su tío y Viktor. Aun sin decir nada, se sentó en una de las sillas libres y esperó a que alguien empezara a hablar.
Como era lógico, fue el rey el primero en aclararse la garganta para tomar la palabra.
—Esta reunión ha sido iniciativa de Lord Orlov. —Hizo un gesto con la mano al hombre de rostro severo—. Por favor, dinos de que se trata.
Vladimir Orlov asintió y miró fugazmente a Yuri.
—Mi hermana me ha escrito hace ya dos meses, por un asunto de suma importancia para su majestad y su familia. Me dio a entender que necesitaban de las minas que hay en mi territorio, ¿no es así?
El rey asintió.
—Así es. No podemos permitirnos perder los impuestos de las aldeas del norte en un momento como este, y mucho menos dejar que gran parte de la población se muera de hambre.
—Entiendo. Comprendo también que esas aldeas responden directamente a la corona.
—Efectivamente. No hay ningún señor en quién delegar esos problemas si eso es lo que usted quiere saber.
Yuri pudo notar por su expresión que su abuelo se estaba impacientando, que quería saber la respuesta de Vladimir a su petición.
—Bien. —Vladimir carraspeó—. He decidido aceptar su pedido. —Su mirada se tornó un tanto más intensa—. Pero...
"Aquí viene" pensó Yuri, removiéndose un poco sobre su asiento.
—Siempre hay un pero, y es entendible. Nuestras familias ya no están unidas por matrimonio. Tienes derecho a poner un precio —dijo el rey.
—A cambio, me gustaría que mi hija mayor, Olga, contraiga matrimonio con Yuri.
La sala se sumió en el más profundo silencio, y Yuri tragó saliva. Nikolai miró a su nieto menor por unos cuantos segundos, y este le devolvió la mirada, sin saber qué decir. De repente tenía nuevamente un nudo en la garganta y la rabia contenida de la impotencia.
—¿Qué edad tiene Olga? —preguntó Nikolai, intentando mantener la tranquilidad—. Yuri aún es muy joven...
—Tiene trece. Ha florecido hace poco menos de un año.
—Yuri pronto será lo suficientemente mayor para casarse —intervino Tanya—. Pero, de todas formas, siempre puede establecerse un compromiso para dentro de dos años.
Otra vez el rey se encontraba sin palabras. Por su parte, Viktor y Yuri miraban a su alrededor como si les hubiesen cortado la lengua. El silencio se prolongó por unos largos momentos, poniendo a los presentes aún más incómodos.
—Me niego —estalló finalmente Yuri—. No voy a casarme, madre.
No hablaba su rebeldía y su coraje, sino más bien su desesperación. No quería casarse, y mucho menos tan pronto. Lo único que Yuri quería era ganar un torneo, comandar un ejército y cabalgar junto a Otabek en la estepa. Ninguna de esas aspiraciones eran imposibles de realizar estando casado, pero Yuri quería ser libre de todas las formas posibles.
En la habitación volvió a reinar el silencio, pero esta vez porque todos tenían sus ojos fijos en Yuri. Viktor lo miraba con los ojos abiertos como platos y su madre y tío parecían tanto sorprendidos como fastidiados. Solo su abuelo mantenía una expresión serena. Yuri puso en él todas sus esperanzas, deseando que pensara con rapidez en una evasiva. Pero fue Tanya la primera en atreverse a romper el silencio.
—Nadie ha pedido tu opinión aquí, Yuri.
El muchacho, frustrado, abrió la boca para protestar, dispuesto a levantarle la voz a su madre como muy pocas veces lo había hecho.
—Lord Orlov, ¿has hablado de esto con tu hija? —preguntó Nikolai, dejando a Yuri con la boca abierta y lleno de rabia.
El rey había cambiado su forma de dirigirse a Lord Orlov a una menos formal. La conversación sobre alianzas políticas había quedado atrás, ahora el rey parecía más interesado en saber qué opinaban Yuri y la hija de Vladimir sobre eso.
—Lo que opine mi hija no es un factor para tener en cuenta en una alianza política. Ya le he dicho a Tanya unas cuantas veces que su hijo necesita madurar, hacerse hombre de una buena vez, ¿o acaso su hermana tuvo elección alguna? —Vladimir miró fugazmente a Tanya, una mirada de reproche—. No, no la tuvo. Ninguno de nosotros la tuvo, es hora de que el chico se deje de caprichos y aprenda que la vida no es lo que su mente infantil espera.
Nikolai suspiró y miró a Yuri de reojo. El chico se encogió en su asiento y se mordió el labio con fuerza, intentando contener su ira.
—Mila no tuvo elección, porque necesitábamos esa alianza desesperadamente —admitió el rey.
Vladimir alzó una ceja y sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa que a Yuri lo hizo sentir un escalofrío en todo su cuerpo.
—Pero también necesitan desesperadamente las minas que hay en mis tierras. —Hizo un gesto con la mano.
Yuri sabía que su tío no era ni había sido nunca una persona flexible. Era un excelente manipulador, y su arma favorita eran las necesidades de aquellos con quienes pactaba. Una vez que entendía qué era aquello que el otro necesitaba desesperadamente, lo usaba al servicio de sus propias aspiraciones personales. Era una muy buena habilidad a decir verdad. Con el uso correcto de las palabras, había logrado acorralar a Nikolai en un callejón sin salida. Yuri lo sabía, y era por eso que estaba a punto de ponerse de pie y salir corriendo.
Su mirada se encontró con la de su abuelo, y le pidió ayuda en silencio, desesperado. Nadie más que él iba a escucharlo. Pero sus esperanzas se hicieron pedazos cuando vio al anciano negar levemente con la cabeza y apartar su mirada para dirigirse a Vladimir.
—Estás en lo cierto. Aceptaré tu propuesta con la condición de que tu hija pase una temporada aquí en la corte, para que Yuri pueda conocerla mejor.
Al escuchar esas palabras, Yuri apretó los labios con fuerza, intentando contener una maldición. Sus puños se cerraron debajo de la mesa y finalmente agachó la cabeza, consciente de que nadie escucharía lo que tenía para decir.
—Me parece bien. —Vladimir de nuevo sonrió, una sonrisa capaz de helar la sangre, o al menos así lo vio Yuri en ese momento—. Le escribiré una carta esta misma tarde, para que se ponga en marcha lo más pronto posible.
—La esperaremos aquí entonces —respondió Nikolai, siempre serio y sereno—. Pero junto con ella, esperaré también un documento firmado por usted, una autorización para la libre explotación de sus minas. —Volvía ahora a ser una conversación sobre política.
—Y la tendrá, alteza. Podrá disponer de ella durante todo el invierno y primavera. Cuando la alianza se concrete, podremos negociar una extensión.
Vladimir era el vasallo más poderoso del reino, poder que le daba su riqueza y la magnitud de sus tierras. Por eso mismo era el único que podía permitirse tener el descaro de acorralar al rey y negociar con él en vez de acatar órdenes. Nikolai era consciente de que Lord Orlov podría rebelarse contra la corona ante cualquier descontento y no tendría problemas en vencerlo, destruyendo al reino entero en su camino. Yuri sabía que el matrimonio de sus padres había sido planeado con el principal objetivo de mantener a los Orlov satisfechos, y su matrimonio con su prima también tendría ese propósito.
—Cuando la alianza se concrete, la corona tendrá el control de parte del producto de las minas cada vez que necesite aplacar algún conflicto interno importante. No se usará para nada más que para eso.
Yuri, inquieto, miró a su tío. Su sonrisa había desaparecido y no parecía muy contento con la última condición impuesta por el rey. Pero terminó por asentir en silencio y aceptar.
—Bien. Ya negociaremos luego los términos de la alianza.
—Cuando Olga llegue aquí, podré enviar hombres a las minas, ¿no es así?
—Por supuesto —se apresuró a responder Lord Orlov. Parecía evidentemente molesto, pero incapaz de seguir tirando de la cuerda si no quería romperla.
Aquel acuerdo dio por terminada la reunión, y los presentes se dispusieron a ponerse de pie y retirarse en silencio. El rey fue el único que se quedó en su sitio, esperando a que los demás salieran. Solía pasar mucho tiempo allí, reunido con sus consejeros o simplemente meditando en soledad sobre asuntos de importancia, tanto políticos como familiares.
El rubio salió detrás de Viktor, que se apresuró a reunirse con su esposa apenas la vio acercarse por el pasillo. Yuri no tuvo tanta suerte. Su madre rápidamente se adelantó hasta quedar a su altura y le puso una mano en el hombro.
—Yuri —siseó, inclinándose un poco hacia él—. La actitud que mostraste en la reunión no es digna de un joven de tu edad.
Yuri intentó zafarse del agarre, pero solo consiguió que este se volviera más fuerte, casi violento.
—No voy a casarme con mi prima —respondió, furioso.
Había visto a su prima Olga tan solo un par de veces cuando ambos eran muy niños, tal vez solo contaran con nueve y siete años. No la recordaba bien, pero sabía por las anécdotas de su madre y su tío que era la más difícil de las tres hijas de este. Habiendo aprendido a leer a una muy temprana edad, se mostraba más interesada en los libros y las historias que en los deberes de las damas. La niña jamás se había pensado como una futura esposa, y en eso tenía mucho en común con Yuri. Sabía que de seguro se llevarían bien, por más que a él solo le gustaran los libros si se trataba de historias de caballeros, pero jamás sería un buen marido por muchas razones, principalmente, porque sus labios le pertenecían ya a otro, y probablemente también su corazón. Pensar eso de alguna forma lo asustaba, pero lo llenaba de dicha.
Detuvo su andar y se plantó frente a su madre, que no parecía dispuesta a soltarlo. Vio por el rabillo del ojo que su tío los miraba, pero terminaba por pasar de largo y desaparecer por el pasillo. La miró fijo por unos cuantos segundos, esperando a que esta respondiera a su objeción.
—Ni ella ni tú tienen opinión en estos asuntos. Es una alianza por el bien del reino, ¿a quién le importa los deseos y aspiraciones de unos niños?
"Una alianza por el bien del reino, para evitar que la familia Orlov lo destruya con una guerra" pensó. No era idiota como para no ser capaz de comprender eso.
—No voy a casarme —volvió a decir, con voz firme y decidida.
Era capaz de repetir aquello hasta el cansancio, reacio a dar cuenta de los argumentos de su madre, argumentos muy lógicos que en su momento de rebeldía adolescente le parecían vacíos y carentes de sentido. Lo que tal vez no tenía ningún sentido era rechazar un matrimonio político para perseguir un amor apasionado que lo había hecho muy feliz a pesar de haber sido efímero y por siempre prohibido, pero en ese momento estaba demasiado ciego como para considerar eso.
—Tampoco era el mayor deseo de tu hermana, pero ella supo anteponer el deber a los caprichos. Deberías aprender de ella, o tal vez debería enviarte con Vladimir...
—Tampoco seré el pupilo de tu hermano. Serás mi madre, ¡pero no puedes controlar mi vida!
No había aun terminado de hablar cuando su madre lo golpeó la cara con fuerza. El golpe fue acompañado de un ruido sordo que resonó en toda la antesala, y un fuerte jadeo por parte de Yuri. Se llevó rápidamente la mano a la mejilla y la presionó con fuerza, intentando contener las lágrimas que pugnaban por salir. Se sacudió con violencia el agarre de la mujer hasta que esta cedió, y se obligó a mirarla, una visión que se tornaba borrosa.
"Lo sabe. Alguien le ha dicho" pensó en un breve momento de confusión, recordando lo que le había oído decir a su madre el día de la boda.
—Tú lo has dicho. Soy tu madre. Tu padre está muerto y mientras seas un crío, tu destino está en mis manos.
—No es cierto —farfulló Yuri—. Soy nieto del rey.
—No por mucho tiempo.
—No te atrevas a insinuarlo —espetó, con la voz cargada de rabia.
—No lo haré. Pero debes tener consciencia de que mientras sigas comportándote como un niño, nadie podrá tomarte en serio. Mi hermano ya me ha echado en cara tu pésima crianza. —Tanya no dejaba de fruncir el ceño—. Escucharás a tus mayores, te casarás, y empezarás a comportarte como un hombre. Ahora vete a entrenar con tu espada, harás el ridículo si no ganas tu primer torneo.
Sin decir nada, Yuri se dio la media vuelta y se alejó de allí, sintiendo que la mejilla aún caliente le latía. Pasó junto a Viktor y Yuriko que lo llamaron, en vano. Cruzó el pasillo casi corriendo, sabía muy bien a donde iba. Iría en busca de su espada, su fiel compañera, pero no para complacer a su madre, sino para descargar la rabia que en ese momento sentía contra ella. Las lágrimas volvían a caer calientes por sus mejillas, producto tanto del dolor del golpe como de la indignación e impotencia que sentía. Se las limpió de inmediato al sentirse avergonzado. Su madre siempre le había dicho que los hombres no lloran.
Estaba atrapado. Siempre supo que aquel día llegaría alguna vez, pero nunca pensó que sería tan pronto y mucho menos cuando de verdad habría empezado a sentirse libre y artífice de su vida. El deber ahora lo golpeaba violentamente, tal como había ya hecho con Otabek, Mila y todos aquellos que lo habían precedido en su familia. Era un destino inevitable para todo joven noble. Pasó toda su vida pensando que por ser el menor podría hacer lo que quisiese, mintiéndose a sí mismo para compensar la frustración que le producía el hecho de ser el segundo hijo, del que nada se esperaba y a nadie importaba. Empezaba ahora a comprender que siempre había estado sujeto a las obligaciones de la realeza, con esas cadenas de seda que se hacían notar cuando, al hacerse mayor, cometía el error de creer que podía elegir su destino Por más que Yuri fuera el hijo menor, no dejaba de ser un príncipe y desde niño había estado en la mira de familias nobles con hijas jóvenes, tanto vasallos de su abuelo como gobernantes de otros reinos. Si se negaba a un matrimonio, no tardaría en aparecer otro. Ni siquiera el hecho de ser varón le daba ventaja sobre las mujeres para tener más participación a la hora de elegir a su esposa, porque aún era muy joven para tomar esas decisiones y la alianza con los Orlov parecía ser algo necesario para ambas partes.
Llegó a su habitación, cogió su espada y se amarró el cabello antes de salir de nuevo. Se dirigió de nuevo a su patio secreto, quería estar solo sin que nadie lo molestara.
El castillo había cambiado mucho desde el día de la boda. La mayoría de los nobles que habían llegado para el acontecimiento habían vuelto a sus tierras al día siguiente, lo mismo con los mercaderes y músicos, que ya no tenían mucho que hacer allí. Los sirvientes ya no estaban tan agitados todo el tiempo y los salones y patios volvían a estar en silencio. Así era como le gustaba a Yuri. Cuando llegó al pequeño jardín, el silencio ya era absoluto. Caminó a paso rápido entre las flores, desenvainando su espada incluso antes de atravesar la puerta.
Como era de esperarse, el patio estaba cubierto de nieve, tanta que sobrepasaba su pie y le lamía las botas hasta humedecerlas. Era uno de esos días invernales en los que practicar llegaba a ser contraproducente, porque al poco rato de haber empezado volvía al interior del castillo para sentarse frente a la chimenea hasta que le volviera el calor al cuerpo. Pero estar horas y horas frente al fuego calentándose las manos no lo ayudaría a calmar la rabia que sentía dentro suyo.
Durante la siguiente hora y media se dedicó a practicar sus mejores movimientos, imaginando que su adversario favorito estaba ahí con él, desafiándolo con cada estocada, animándolo a probarse a sí mismo y a arriesgarse. No tardó en descubrir que pelear solo no tenía sentido, que no podía dar cuenta de sus logros y sus fallos si el único que estaba ahí para responderle era el aire gélido. Se sentía solo, no tenía sentido negarlo.
Finalmente, entumecido de frío, envainó nuevamente su espada y se frotó las manos enguantadas con fuerza. Ya ni siquiera su capa podía mantenerlo al resguardo del frío. Volvería al castillo y se sentaría dentro de una chimenea para calmar el frío que devoraba su cuerpo.
En el camino de regreso pasó por la lavandería del castillo, donde dejó sus botas y su capa empapadas para que se encargaran de ellas. La mujer que recibió las prendas lo miró con reprobación al verlas tan maltratadas, pero no le dijo nada, ¿Qué podía decirle? Le dio unos zapatos secos y volvió a sus tareas. Ya con los pies secos, Yuri recorrió los pasillos en silencio. Subió por unas escaleras que daban al ala oeste, donde estaban la mayoría de las habitaciones de la familia y las que se reservaban para huéspedes. Una de ellas era la que había sido de Otabek durante los meses que pasó en Rusia. Otra de esas grandes habitaciones estaba amueblada como una sala de estar, similar a la sala común pero más privada, donde muchas veces la familia real recibía visitas y trataba cuestiones diplomáticas con personas importantes. En el centro había una gran chimenea que siempre estaba encendida, y junto a esta reposaba una pequeña mesa rodeada de sillones de terciopelo color granate.
Lo primero que hizo fue quitarse la espada del cinto, dejándola a un lado del sofá. Se sentó en el que estaba más cercano al fuego, se quitó los guantes y luego los zapatos. Extendió las manos para que el calor pudiese alcanzarlo mejor y suspiró al sentir que sus dedos lentamente volvían a la vida. Durante un rato largo dedicó toda su atención a las llamas que danzaban lentamente frente a sus ojos, de vez en cuando lanzando alguna que otra chispa que no llegaba demasiado lejos, que moría en el suelo de piedra.
Se estiró un poco para coger el atizador que reposaba junto a la chimenea y lentamente empezó a ocuparse de la lumbre, controlando que las llamas no se volvieran tan violentas, pero evitando que se extinguieran por completo. No quería que el fuego se apagara, porque no solo lo mantenía caliente, sino que siempre, desde niño, había sentido una inmensa fascinación por el fuego. Le gustaba la danza de las llamas y encontraba reconfortante el sonido de los troncos al consumirse y las repiqueteo de las chispas. En invierno, cuando no le permitían estar afuera para cuidarlo de un resfriado, solía pasar horas frente al fuego.
Llevaba ya un largo rato solo y en silencio cuando sintió una presencia en la habitación. Era extraño, podía darse cuenta enseguida si alguien tenía la mirada fija en él, aunque estuviese de espaldas. Frunció un poco el ceño al sentirse invadido en un momento de tal intimidad y dejó el atizador a un lado para darse la vuelta y enfrentar a quién fuera que estuviese observándolo.
—Yuri, lo siento. Yo...no buscaba perturbarte.
Yuriko estaba de pie junto a la puerta, y por su postura parecía haber estado allí por lo menos unos minutos, sin atreverse a entrar en la sala. Le pareció extraño verla sola, sin su esposo ni su hijo, porque a pesar de los años que llevaba casada con Viktor, ella y Yuri nunca habían entablado una relación cercana.
—Puedes entrar. Yo ya me iba —respondió con cortesía, pero claramente molesto de tener que dejar tan pronto aquel lugar.
—No, no. —Yuriko suspiró y dio unos pasos al frente, traspasando la puerta doble y entrando en la sala. Yuri notó que tomaba aire antes de hablar—. He venido a buscarte a ti.
—¿A mí? —El menor hizo una mueca. Aquello no se lo esperaba.
—Así es. —La mujer avanzó por la sala, seguida de la mirada absorta de Yuri, hasta sentarse a su lado en el sofá de terciopelo, guardando una distancia considerable con respecto a él.
—¿Por qué?
—Pareces...un tanto perdido, algo te preocupa.
Yuri ladeó la cabeza, sintiéndose muy confundido. Yuriko casi nunca se dirigía directamente a él. No era como si a Yuri no le agradara, era una mujer muy educada que rara vez se metía en los asuntos de los demás. En ese momento precisamente estaba metiéndose en sus asuntos, y eso a Yuri le llamaba la atención. Muy seguido solía tener rabietas y épocas en las que estaba más callado de lo normal, pero nadie nunca se preocupaba por eso. A veces Mila lo confrontaba al respecto, de una forma molesta que en el fondo escondía genuina preocupación. Yuri nunca reaccionaba bien y Mila terminaba riéndose de él y diciéndole que había logrado que volviera a ser él mismo. Pero nunca nadie lo había mirado con ojos tiernos para preguntarle que le sucedía, que preocupaciones aquejaban su mente y su corazón.
—Si ese fuera el caso... ¿por qué debería decírtelo?
—No debes decírmelo. Solo te buscaba para que sepas que puedes hablar conmigo si lo necesitas, porque...algo me dice que no puedes hablarlo con tu madre.
En ese momento, Yuri recordó que Yuriko y Viktor estaban presentes cuando su madre lo golpeó al término de la reunión. Se apresuró a negar con la cabeza con evidente nerviosismo. La mujer lo notó, y Yuri pudo ver que lo miraba con como si lo entendiera. Ella jamás podría entenderlo.
—No es así, ¿verdad? —prosiguió, desviando su mirada a las llamas que volvían a elevarse por sobre los troncos—. Viktor me ha hablado de tu compromiso.
Entonces era eso.
—¿Viktor? ¿Acaso anda contándole a todo el mundo lo que se habla en las audiencias privadas?
—No, solo me lo ha dicho a mí. —Yuriko volvió a mirarlo, clavando sus ojos tiernos pero intensos en los de Yuri—. No pareces estar feliz con ese compromiso. Te entiendo, creo que todos lo hacemos, por eso he venido a hablar contigo. Si quieres, claro. —Volvía a parecer nerviosa.
—¿No eres feliz con Viktor? Pensé que él y tú... —Aquellas palabras habían despertado su curiosidad.
Ella simplemente negó con la cabeza y sonrió.
—No es eso. Sabes que amo a Viktor. Pero no siempre lo hice. Estuve comprometida con él desde que tengo uso de la razón. Era un secreto, un acuerdo entre ambas familias. Cuando crucé mar, estepa y montañas para venir aquí a casarme con él, tenía tu edad.
—Lo recuerdo —respondió Yuri, sin saber a donde quería llegar con eso.
—Estaba aterrada. Sabía que era un reino muy distinto al mío, que tu hermano sería príncipe heredero y tal vez algún día rey, y yo su reina. Temía que las gentes de aquí no me aceptaran por venir de un reino lejano, pero principalmente me inquietaba Viktor. No sabía nada de él. Podía ser amable como despiadado, podía yo no adecuarme a sus expectativas, podía...
—Yo no dejaré mi reino—interrumpió Yuri con sequedad. Ahora él fue quién desvió la mirada hacia el fuego—. Y tampoco me preocupa que mi esposa no sea lo que busco, porque no necesito una esposa ni un heredero.
—Si ese fuera el caso, no estarías tan preocupado. Déjame terminar la historia.
A Yuri aquello lo irritó un poco, ¿Cómo podía tomarse el atrevimiento de indagar tan profundamente en lo que sentía? Quería irse, pero algo lo incitaba también a quedarse.
—Adelante —murmuró de forma monótona, sin despegar sus ojos de las llamas.
Yuriko tomó aire y prosiguió con su relato.
—Yo tampoco quería dejar mi reino. Sabía que iba a extrañar a mi familia y a mis amigos, especialmente a uno. —Le sonrió un poco, casi con complicidad, haciéndolo estremecer—. Tenía dos años menos que yo, y provenía de una familia mucho más importante que la mía. Era un príncipe.
Yuri la miraba fijo, empezando ya a adentrarse en el relato. Se quedaría, si, definitivamente lo haría.
—Su hogar...no estaba cerca de las tierras de mi familia en el sur de Japón, pero desde luego no tan lejos como lo está Rusia. Has visto un mapa de oriente alguna vez, ¿verdad?
El chico asintió. Siempre le había interesado el oriente, al que Kazimir se refería como "la tierra de los grandes imperios". Rusia también era enorme, pero las hordas de las estepas y las guerras internas que había sufrido antes de que la dinastía Plisetsky accediera al poder jamás le había permitido expandirse hasta sobrepasar la extensión del Imperio de la China. El Reino de Kazajistán mantenía a Rusia al resguardo de las potenciales invasiones de las hordas del sureste, y más ahora que habían concretado una alianza. El otro obstáculo era natural: los montes Urales al este le ponían el límite definitivo al Reino de Rusia, y hasta allí llegaban las tierras de Vladimir Orlov.
—Para llegar allí, había que bordear las costas del Imperio de la China y adentrarse en las islas del sur —continuó Yuriko—. El Imperio Jemer se ubica al sur de la China, ¿lo conoces?
—Si...recuerdo haberlo oído mencionar alguna vez. —En verdad no lo recordaba, pero quería que Yuriko diera por sentado aquellos detalles para adentrarse en la parte importante del relato.
—Jemer, gobernado por la dinastía Chulanont hace cientos de años. Phichit es hijo y heredero del emperador de Jemer, y mi mejor amigo de la infancia.
—¿Cómo se mantenían en contacto estando tan lejos?
—Mi familia, los Katsuki, alguna vez se dedicaron plenamente al comercio. Hace cuarenta años, mi abuelo se ganó el favor del emperador de Japón por razones que no vienen a cuento ahora mismo, recibió tierras y títulos y dio a la familia el rango de dinastía. Conservamos nuestra afición al comercio, y sumando las rentas agrarias del nuevo feudo, nuestra familia se convirtió en una de las más poderosas de Japón.
—Algo así como los Orlov aquí.
—Algo así. El Imperio Jemer siempre fue un socio comercial muy importante. De allí venía el marfil, la seda y las especias que luego enviábamos a occidente. De niña pasé unas cuantas temporadas allí, como pupila de la emperatriz. Mi padre habría preferido enviarme a Rusia a los diez años y empezar a construir una relación diplomática desde ese momento, pero el viaje era muy largo y peligroso, era imposible que pudiese ir y volver cada año. Jemer estaba más cerca, y mi padre quería también fortalecer las relaciones comerciales. Phichit y yo nos hicimos amigos de niños, y desde la primera vez que visité Jemer hasta los quince años, pasé el invierno allí. Era mucho más cálido que Japón, y muy bonito.
Yuri la miraba, absorto en el relato. Ya no se preguntaba por qué su cuñada estaba hablándole de su vida con tanta confianza, porque ahora quería saber más sobre el oriente y el pasado de Yuriko.
—Tuve que decirle adiós cuando vine aquí, porque probablemente ya no volvería a verlo...y no lo he hecho desde entonces. —Su voz se había tornado triste, melancólica.
—Estabas enamorada de él —adivinó Yuri, sin importarle si quedaba como un entrometido. Quería saberlo todo.
Vio como Yuriko se sonrojaba un poco y asentía.
—Fue hace mucho tiempo...Era encantador, a pesar de ser más joven que yo. Fue él a quién besé por primera vez. Luego de Viktor, ya no lo quiero de esa forma, pero aún lo extraño, es mi mejor amigo...No sé qué ha sido de él, si se ha casado, si tiene hijos, no lo sé.
Por fin se hizo un silencio absoluto en la sala, solo se oía el repiquetear de los troncos que ardían con las llamas. Ninguno de los dos habló por largo rato, ambos con la vista fija en el fuego, sumidos en sus pensamientos. Fue Yuri quién finalmente rompió el silencio.
—Yuriko... ¿por qué...por qué me has contado todo esto? —preguntó con voz trémula. En ese momento se sentía como si estuviese desnudo frente a ella, y le preguntó aquello no para saberlo sino para confirmarlo.
—Para que sepas que te entiendo.
De repente, Yuri se sintió nervioso, y por un momento estuvo a punto de ponerse de pie e irse de allí.
—No me entiendes—se apresuró a decir.
Yuriko lo miró un tanto desafiante, pero sin intimidarlo. Antes de volver a hablar, soltó un pesado suspiro.
—No puedo decir que te conozca, Yuri, pero...si hay algo que recuerdo es la mirada de Phichit el día que me embarqué hacia Rusia. Le pidió a su padre que le permitiera viajar a Japón para despedirse de mí, llegó quince días antes de que me fuera. Yo...puedo ver algo de ese joven Phichit en ti.
—¿En mí? —Yuri hizo una mueca de desagrado— ¿Por qué?
La mujer volvió a tomarse su tiempo para responder, y esta vez las palabras le salieron como un susurro, un susurro cauto.
"Las paredes tienen oídos" pensó Yuri, mordiéndose el labio con fuerza.
—Por Otabek—dijo finalmente Yuriko, en un suave susurro.
Yuri inmediatamente se puso a la defensiva y alzó ambas manos, apartándose un poco de ella.
—Oye, espera, yo no...Él y yo no...
—Yuri. —Volvió a sonreír, una sonrisa tierna que solo aumentaba el nerviosismo del rubio.
—¿Qué?
—He visto tu mirada el día de la boda. Te veías miserable, derrotado, por más que quisieras disimularlo.
—No podía disimularlo. —En ese momento se sentía encerrado. Ya no podía fingir frente a Yuriko porque lo sabía todo. Luego le tocaría tomar las precauciones necesarias para que el secreto no se convirtiera en rumor.
—El día del complot fallido, él fue a tu habitación luego de enterarse de lo que había sucedido. No a la de tu hermana, a la tuya. Parecía verdaderamente preocupado incluso detrás de su máscara inexpresiva, y cuando te abrazó, pude darme cuenta que de verdad se preocupa por ti.
Yuri se la quedó mirando como idiota, impactado. Jamás podría haber llegado a pensar que Yuriko fuera tan observadora, y que le prestara demasiada atención a lo que él hacía.
—Él siente lo mismo, Yuri —se apresuró a decir.
—Lo sé, o eso creo —respondió Yuri un tanto desganado, bajando su mirada hacia el terciopelo rojo del sofá. No era ese el problema.
—¿Y...se lo has dicho antes de que se fuera?
El rubio asintió, con un débil movimiento de su cabeza.
—Nos besamos. —Yuri hablaba apenas con un hilo de voz—. Varias veces.
Yuriko soltó una exclamación de sorpresa y se atrevió a darle una suave palmadita en el hombro.
—¿No te parece una aberración? —preguntó Yuri, sorprendido, aún con los ojos fijos en la tela.
—No...No estoy aquí para juzgarte, Yuri.
—No le digas a Viktor, por favor...No le digas a nadie, podría llegar a oídos de mi madre y mi tío y ellos...No, ellos no deben saberlo, por favor. —Los nervios y la desesperación eran palpables en sus palabras apresuradas, una actitud que era muy rara en él.
—Yuri, no le diré a nadie... —Su voz sonaba casi compasiva.
—¿Entonces para qué viniste a confrontarme? —Había vuelto a ponerse a la defensiva—¿Es acaso una forma elegante de decirme que sabes mi secreto?
—No...
—¿O me contaste la historia para luego decirme que me olvidaré de él apenas me case con mi prima? Tal vez haya sido poco tiempo, pero no lo olvidaré, si eso es lo que quieres saber. No le daré ese gusto a mi madre...
—Tu madre no lo sabe...
—¡Y más vale que nunca lo sepa! —estalló el muchacho, con el pálido rostro teñido de rojo.
—Yuri...lo que quería decirte...es justamente lo contrario a lo que tú crees. Iba a decirte que no lo olvides, incluso aunque ya se haya casado y tú tengas que hacerlo pronto. Tal vez, algún día puedan volver a encontrarse...
—A escondidas. Como siempre —masculló Yuri, frunciendo el ceño.
—Lo siento, pero no se me ocurre otra forma...Si Otabek viene alguna vez de visita, te ayudaré, tenlo por seguro.
No entendía por qué Yuriko parecía tan interesada en ayudarlo a él. Yuri podía llegar a pensar, por la historia que ella le había contado, que se identificaba con él en cierto sentido. Pero su historia había salido bien, se había enamorado de su esposo y su amigo pasó a ser tan solo un bello recuerdo. En su caso, jamás llegaría a amar a su prima de esa forma y por el momento no quería que lo que fuera que hubiese entre Otabek y él se esfumara como si no hubiese pasado. De todas formas apreciaba que le ofreciese su ayuda. Alzó la vista para mirarla y, sin que ninguno de los dos se lo esperara, esbozó una suave sonrisa.
—Yuriko...gracias.
La mujer le devolvió la sonrisa.
—No hay de que, Yuri.
El chico abandonó la habitación con un sentimiento muy distinto al pesar que había sentido mientras caminaba hacia allí luego de la práctica. Era esperanza. De repente se sentía un tanto arrepentido de haberse comportado tan frío e indiferente con Yuriko apenas había tenido ocasión de actuar por sí mismo. Siempre le habían molestado las muestras de afecto entre ella y Viktor, todo el tiempo y en público, pero no tenía dudas de que había encontrado en la japonesa una aliada dentro de la corte, alguien de buen corazón que protegería el secreto que albergaba en su corazón.
Los siguientes días en la corte transcurrieron aburridos y grises, uno más frío que el otro. Vladimir Orlov partió a los dos días, faltando diez para el fin de mes. Aquel largo noviembre terminó de morir, despedido con la fiesta de cumpleaños de Yuriko, que cumplía los veinticuatro. No recibieron noticias de Mila. El rey había enviado tres mensajeros con el séquito de Otabek, con el propósito de que regresaran a Rusia a mitad de camino para informar al rey del viaje de su nieta. Ninguno de ellos había llegado aún, pero no era aún motivo de preocupación, porque el viaje a Kazajistán era largo, y en el medio de la estepa kazaja no había mucho más que unas cuantas aldeas. Yuri nunca había hecho ese viaje, pero Otabek le había contado algunas cosas sobre su tierra.
Ya en los primeros días de diciembre, el invierno se había asentado definitivamente y se quedaría allí hasta fines de febrero. Un día que Yuri salió a cabalgar por el bosque, notó que el lago ya se había congelado. De niño, por más que no le gustara mucho el invierno, eso era un motivo de festejo, porque solía jugar allí con Mila y otros niños de la corte bajo la supervisión de Viktor, que a veces también se sumaba. Al ser ya diciembre el castillo se preparaba para el próximo gran evento, el cumpleaños del príncipe heredero. Poco a poco, las caravanas de comerciantes empezaban a aparecer de nuevo ante los muros del castillo y la ciudad, repletas de bienes de todo tipo.
En alguna de esas mañanas, Yuri se encontraba en su habitación sacándole filo a su espada, tal como le había enseñado el herrero hacía ya un tiempo. Sabía que siempre lo tendría a él, pero el hombre le había dicho que un caballero debía saber cómo afilar su propia espada, y por supuesto Yuri había aceptado las lecciones de buen grado. Fue entonces cuando oyó los golpes en la puerta, y dejó entrar a su visitante.
Se trataba de uno de los sirvientes personales del rey, lo que alarmó un poco a Yuri. Su abuelo quería verlo con urgencia. El hombre hizo una reverencia apenas entró en la habitación.
—¿Qué sucede? —preguntó, dejando su espada a un lado.
—Su alteza, el rey desea verlo.
—¿Sucede algo? —Yuri frunció el ceño.
—No me ha dicho nada, solo me mandó a buscar por usted.
Yuri hizo una pequeña mueca y cogió su capa, echándola sobre sus hombros. El hombre solo le hizo un gesto para que lo siguiera y así lo hizo, caminando junto a él hacia la sala de audiencias del rey. Tenía la sensación de que últimamente estaba frecuentando mucho aquel lugar, y a juzgar por las últimas veces que había ido, no podía esperar nada bueno cuando su abuelo solicitaba su presencia allí.
Entró en la habitación con cautela, mientras su mente incansablemente barajaba todas las posibilidades que hubiesen podido llevarlo hasta allí. Dentro lo esperaban su abuelo junto con Viktor, que escudriñaban una serie de papeles con suma atención.
—Estoy aquí —anunció Yuri, buscando llamar su atención. Cerró la puerta detrás de él y se sentó en la butaca vacía junto a su abuelo, inclinándose un poco para poder llegar a ver lo que decían los papeles.
La letra era caótica y la tinta estaba corrida por doquier, como los primeros escritos de un niño, o tal vez de alguien que tuvo que escribir demasiado de prisa. Arrugó la nariz al no ser capaz de entender ni una sola palabra.
—¿Qué es esto? —preguntó, cogiendo el sobre abierto que reposaba sobre la mesa. No tenía nada escrito en él.
Viktor y su abuelo por fin lo miraron, y Yuri sintió que se le helaba el alma por un momento.
—Llegó un jinete... —empezó Viktor, mirando al rey un tanto inseguro—. Portaba un mensaje del espía que enviamos a la corte de Acadia hace cerca de un año.
Yuri tragó saliva y se los quedó mirando a ambos sin decir una palabra.
—Hace tiempo que no sabíamos nada de él —dijo, alzando una ceja—. El último mensaje que recibimos fue el de la alianza con el reino de Helvecia, ¿no es así?
Su hermano asintió y agitó uno de los papeles.
—Así es. Pero ha escrito de nuevo. Nos informa que Jean Leroy está reuniendo un ejército, reclutando hombres en sus tierras y en las de sus vasallos. No tenemos un número aún, pero prometió ponerse en contacto con nosotros.
Mientras hablaba, Viktor le mostraba las líneas torcidas y manchadas de tinta. Yuri solo se limitaba a mirar el papel, perplejo. En la última hoja no había ninguna firma, ningún sello, nada.
—¿Qué significa eso? —se atrevió a preguntar, como si no conociera ya la respuesta.
El rey lo miró con ojos cansados.
—Significa guerra —respondió.
A continuación, cogió todas las hojas de la mano de Viktor y juntas las dobló en cuatro, antes de arrojarlas a la chimenea que calentaba la habitación.
¡Hola! Por fin aquí está el capítulo 7~ Disculpen la tardanza, en verdad se me hace difícil escribir en época de clases, no es como marzo donde escribí como tres capítulos :c (de todas formas el 8 ya está bastante encaminado y espero traerlo más pronto~).
Una pequeña nota: Como verán, a pesar de que me manejo en un universo ficticio estoy tomando prestado MUCHOS datos geográficos de nuestro mundo, sería idéntico a Asia y Europa si no fuera porque el reino de JJ es fronterizo a Rusia, al occidente y el reino de Suiza (que nunca fue un reino tampoco) está al lado. Rusia tampoco tiene la extensión que tiene ahora, eso es producto de la expansión hacia el este del zarato ruso que se dio a partir de su fundación en el siglo XVI y posteriormente del Imperio Ruso. La extensión es como la del Principado de Moscú en el siglo XV, hasta los Urales. El Imperio Jemer de hecho también existió en la época medieval, entre los siglos IX y XV, y abarcó lo que hoy es Camboya, Tailandia y otros países del sudeste asiático.
De nuevo agradezco mucho a mi beta And-18 por la revisión del capítulo y también les agradezco a todos por la espera, por leer y comentar (los comentarios del último capítulo me hicieron la vida, de verdad estoy feliz de haberlos hecho sufrir, porque significa que logré transmitir algo con palabras 3 ). ¡Gracias a todos!
¡Hasta el próximo capítulo!~
