8. NO SEREMOS COMO LOS HÉROES DE LAS HISTORIAS
Yuri caminaba por el largo pasillo con su madre pisándole los talones, seguramente atenta a que cumpliera con su deber de estar en la sala del trono a la hora acordada. No iba a permitir que los desvaríos de su hijo volvieran a avergonzarla frente a otro miembro de su familia.
—¿Podrías al menos dejar de lado tus caprichos por un momento? —La mujer parecía frustrada, pero no más que su hijo.
—¡No puedes decirme qué hacer! —respondió Yuri elevado el tono de voz y deteniéndose en la mitad del recorrido.
Tanya suspiró y se puso frente a él, buscando su mirada con impaciencia, pero Yuri hacía todo lo posible por ocultar sus ojos bajo sus rubios cabellos.
—Escúchame, Yuri. Eres un muchacho muy guapo, y si te comportas como corresponde, ella te amará. —Lo tomó del rostro con una delicadeza muy rara en ella, pero solo logró que Yuri sintiera repulsión y se apartara.
—¿Crees que yo quiero que me ame? —Soltó una risa entre dientes, forzada y amarga.
Su madre ignoró su pregunta, y solo se limitó a repetir lo que le había estado diciendo desde el desayuno.
—Tienes suerte, Yuri, de que se te permita conocer a tu prometida incluso años antes de la boda. Muy pocos tienen esa suerte. Ahora calla y bajemos al salón, no querrás que ella tenga que esperarte a ti. Estamos hablando de la hija de lord Orlov.
Su madre empezó a caminar y ahora era Yuri quien la seguía de cerca. Sentía que sus pies le pesaban más de lo normal, hacía lo posible por postergar lo inevitable. En ese momento estaba arrepentido por no haber huido la noche anterior, como sucedía en una historia que Alana le había contado de pequeño. El joven protagonista, que por una triste casualidad se llamaba Boris, huía de su destino para casarse con Anya, la hija del más grande enemigo de su padre, y convertirse en un guerrero sin raíces ni apellido. A Yuri siempre le había gustado esa última parte, pero desde niño supo que no sería capaz de seguir los pasos de su héroe favorito, que era admirablemente estúpido. Eso también fue lo que lo mantuvo en la cama la noche anterior, porque en primer lugar, no podría huir en medio de la salvaje nevada, y por otra parte, ¿a dónde iría? ¿A Kazajistán? No, no era un idiota.
No le importó si su madre esperaba una respuesta, ni siquiera se había percatado de que tenía que dársela. Cuando estuvieron frente a la puerta trasera del salón del trono, Tanya le hizo un leve gesto a su hijo para que ingresara antes que ella. El resto de la familia ya estaba allí, y los saludaron a ambos en silencio. Yuri debía mostrar un rostro tan sombrío que ni siquiera su sobrino se atrevió a acercarse a él y cogerlo de la capa.
— ¿Saben si ha llegado ya? —preguntó Tanya con indiferencia.
—Los centinelas han avistado el estandarte de los Orlov a unos cuantos metros, pero Olga no tardará en llegar —respondió el rey, sin dejar de mirar a Yuri.
Habían pasado más de veinte días desde la partida de Vladimir Orlov y su séquito, faltaba poco para que terminara el año y para el cumpleaños de Viktor. Olga llegaría justo a tiempo para la gran celebración. A pesar de los días tristes que habían seguido al nacimiento del príncipe heredero, este había sido muy celebrado durante toda su vida. Los cumpleaños de Yuri también eran importantes, sobre todo al ser el nieto favorito del rey, pero nunca eran considerados todo un evento para la ciudad entera. El rubio no quería siquiera imaginarse como sería cuando el querido Viktor ascendiera al trono.
La familia se mantuvo en silencio hasta que entró el heraldo, anunciando la llegada de Lady Olga. De repente Yuri sintió que le sudaban las manos, pero se puso de puntillas para poder llegar a ver a su prima, que parecía estar detrás del pequeño séquito que la acompañaba, compuesto de nobles menores vasallos de los Orlov, diplomáticos y damas de compañía.
Olga debía de ser naturalmente la más joven de todos ellos. Yuri la avistó al instante cuando se abrió camino entre sus acompañantes. La reconoció principalmente por su noble porte y por sus ricas vestimentas que a pesar de ser de viaje, llevaban bordados en oro. La riqueza de los Orlov llegaba a rivalizar con la del rey.
La chica avanzó a paso lento, dubitativa y evidentemente nerviosa, sin saber que decir. Cuando estuvo a una distancia considerable, cogió su vestido con un movimiento algo brusco y se inclinó en una reverencia. Fue entonces cuando Yuri pudo verla más de cerca, porque desde el primer momento la había estado escudriñando de la forma más discreta posible. Tenía un punto a favor al ser una chica bonita, incluso para los estándares de Yuri Plisetsky. Cuando se inclinó, sus ojos se fijaron en el suelo y Yuri apenas llegó a verle el rostro. Lo primero que vio fueron sus espesos tirabuzones cobrizos que apenas eran sujetos por las trenzas que llevaba en la cabeza.
—Bienvenida, Olga —dijo el rey con extrema amabilidad. No parecía estar nada conforme con aquella alianza, pero comprendía que la niña, al igual que su nieto, no era más que un peón en el juego político de los adultos. Ninguno de los dos merecía pasar un mal rato.
—Su alteza —respondió la chica, aun sujetando con fuerza su vestido de seda verde, con la mirada clavada en el suelo.
Yuri empezaba a impacientarse, y era evidente en la forma en que transportaba su peso de una pierna a la otra, una y otra vez. Su prima finalmente les dirigió la mirada a los dos hermanos, de pie junto a su abuelo, y les dedicó una sonrisa dulce pero forzada. Tenía la boca pequeña y los dientes un poco torcidos, pero aquello extrañamente la hacía ver más adorable, y las pecas que salpicaban sus mejillas acompañaban a la perfección su rostro redondo de niña. Llevaba la inconfundible marca de la familia Orlov en sus ojos verdes, pero no eran afilados e intensos como los de Yuri, Vladimir y Tanya, parecían más bien los de un cervatillo asustado.
En un momento Yuri se dio cuenta que su prima lo estaba mirando, y que él había perdido la noción del tiempo observando sus rasgos. Si, definitivamente era bonita, pero Yuri prefería los ojos oscuros por sobre todas las demás cosas. Trastabilló un poco. Todas las miradas estaban puestas en él, debía decir algo.
"¿Quién es esta?" era lo único que resonaba en su mente. "No la reconozco para nada" pensaba. Por supuesto que recordaba a su prima, pero la última vez que la vio fue en la boda de Viktor, ambos eran muy niños y reencontrarse ahora era como conocerse de nuevo.
—Es un placer... verte de nuevo —dijo con voz seca y forzada. No se estaba esforzando por sonar grosero, estaba tan enfadado que le salía naturalmente, sin que pudiese siquiera percatarse de sus palabras.
Se le heló la sangre al notar que más de uno de sus familiares debía de estar mirándolo con reproche.
—Gracias, Yuri —respondió la chica, nerviosa pero con voz cortante, apretando los labios al terminar de hablar.
Por supuesto, si se comportaba así, recibiría una respuesta igual. Olga podía ser muy adorable, pero Yuri debía recordar que era hija de su padre. ¿Tendría él algo que recordara a los demás del armonioso y noble Alexei, o Viktor se lo había quedado todo?
—Has crecido mucho en tan solo un año, Olga —le dijo Tanya con una pequeña sonrisa, que ni siquiera solía dedicar a sus propios hijos. Solía visitar a su familia todos los años, a veces incluso cada seis meses. Estaba claro donde estaban sus lealtades, pero no era un verdadero estorbo para la corte por otra razón que no fuera su mal carácter.
Tanya bajó las escaleras y abrazó a su sobrina para darle la bienvenida. Yuri pudo darse cuenta que aquella repentina actitud tan cariñosa se debía a él, quien se había mostrado grosero, y su madre quería remediarlo.
—Yuri está un poco nervioso, como seguro tú también, pero de a poco se irán conociendo bien. No vamos a forzarlos a nada.
—Mi padre dijo que me casaría con él cuanto antes —susurró Olga.
—No tan pronto... —La voz de Tanya sonaba casi tranquilizadora. Miró a su hijo con el ceño levemente fruncido y le hizo un gesto para que se acercara—. Yuri, ven aquí.
El chico se adelantó, bajando las escaleras, y se plantó junto a las dos mujeres. Un hombre pasó a su lado, sosteniendo un sobre cerrado que le entregó al rey. Yuri mantuvo sus ojos fijos en él hasta que su abuelo guardó el sobre en un pliegue de su capa. Era el permiso para las minas.
—La última vez que se vieron fue en la boda de Viktor, probablemente no se recuerden... ambos eran muy pequeños —continuó Tanya mirando a ambos niños.
—La boda fue en diciembre. Recuerdo que el lago estaba congelado y jugábamos a deslizarnos en el hielo con Mila, hasta que mi madre los regañó a ellos por llevarme a un lugar donde podía coger un resfriado.
— ¿A quién le importa el resfriado? Era divertido. —Yuri alzó una ceja. A él nunca le habían prohibido aquello.
—Tenía seis años, y mi madre siempre fue muy protectora conmigo—se defendió Olga, cruzándose de brazos.
Yuri no terminaba de decidirse si le agradaba que la chica tuviera carácter o si aquello resultaría en un estorbo, como lo era con su hermana.
—Olga, tal vez quieras darte un baño y relajarte después del largo viaje. Te acompañaré a tu habitación. —Tanya puso una mano en el hombro de la chica—.Yuri, ¿Qué te parece si luego la llevas a dar un paseo por el castillo? Se quedará unos meses aquí y debe conocerlo.
Se apresuró a asentir. No podía decir que no allí, en frente de todos, y parecer un inmaduro. Estaba claro que su madre estaba haciendo un gran esfuerzo por conseguir que interactuaran, y se enfadaría con él si hacía lo posible por sabotearlo.
—Me parece bien —respondió Olga, dejándose guiar por su tía para salir de la habitación.
Cuando se retiraron, Yuri quedó solo con el resto de su familia. Viktor se apresuró a alcanzarlo y le rodeó los hombros con un brazo.
—Yuri...—su tono intentaba ser de reproche pero su enorme sonrisa lo delataba —. Esa no es forma de tratar a una dama, tienes que ser más amable.
—Suéltame, imbécil.
Giró sobre sí mismo para deshacerse del agarre de Viktor, y solo consiguió que este se riera.
—Si quieres ayuda, solo debes pedirme.
—Viktor, ya déjalo en paz. —Yuriko se adelantó también, tirando suavemente del brazo de su marido.
—Debe aprender... yo puedo ayudarle, ¿no lo crees?
Se le notaba su buena voluntad, pero no parecía comprender que Yuri no quería su ayuda, y que Yuriko entendía por qué no podía presionar a su hermano de esa forma.
—No, no lo apresures —le pidió, mirándolo a los ojos.
—Solo le daré unos consejos para que le sea más fácil acercarse a la chica...
—Viktor. —Yuriko lo interrumpió, frunciendo el ceño.
— ¡Pero yo no quiero escucharlos! ¡Déjame!
Con un brusco movimiento, Yuri se zafó del agarre de Viktor y echó a correr ante la atónita mirada de los presentes. Quería estar solo o, en todo caso, con Otabek, pero bien sabía que aquello era imposible. Había extrañado mucho a su amigo durante aquellos días. Extrañaba las prácticas, las charlas interminables sobre sus vidas y aspiraciones, los besos... Extrañaba también su sorprendente facilidad para sonreír cuando estaba con el otro. No había vuelto a sonreír de esa forma desde el día anterior a la boda de su hermana. Eso lo había cambiado todo. No vería a Otabek por unos cuantos años, pero cuando lo hiciera, tal vez ya se hubiese olvidado de él, tendría una familia y nuevos deberes. No tendría tiempo para él. Pensar en eso era suficiente para estar de malhumor por todo el resto del día. Era duro sentir que había perdido tan rápido a su primer amigo.
No sabía bien a donde quería ir, solo quería estar lejos de su madre, de su prima, de Viktor, incluso de su abuelo... Ellos representaban el deber, y Yuri quería huir de todo eso. Yuriko había sido su ángel en su momento, pero tampoco quería hablar con ella ahora. Cuando se detuvo, dio una fuerte patada al suelo cual niño pequeño, consiguiendo solamente que el pie le doliera horrores y soltara una maldición entre dientes.
Sus pasos lo llevaron a su habitación, y no se detuvo hasta arrojarse en la cama y enterrar su rostro en la almohada de plumas. Allí ahogó un grito de rabia, apretando el edredón con ambas manos hasta que los dedos le dolieron. Estaba enfadado porque sabía que su madre no tardaría en regresar a buscarlo, y no tendría escapatoria en ese momento, tendría que actuar como un caballero frente a su prometida.
Durante las siguientes dos horas se dedicó a dar mil vueltas sobre su cama, a la vez que le daba mil vueltas a su situación. Escapar quedaba descartado. No tenía sentido renunciar a la realeza para ser libre, cuando la única libertad que obtendría sería la libertad de morir de hambre y frío. Ya había intentado con simplemente negarse, pero hasta su querido abuelo lo había abandonado. La tercera opción era dormir para olvidar sus problemas, pero justo cuando se disponía a cerrar los ojos, oyó los golpes en la puerta.
— ¿Quién es? —preguntó de forma un tanto grosera, con la voz adormilada.
No obtuvo respuesta, la puerta simplemente se abrió y su madre entró en la habitación. Al verla, Yuri se sobresaltó y rodó sobre la cama para intentar incorporarse rápidamente.
— ¿Podrías aunque sea tocar antes de entrar? —espetó haciendo una mueca de desagrado.
—No ibas a abrirme de todas formas. —Lady Tanya lo inspeccionó e hizo también una mueca —.Te echaste a dormir con ropas finas, y tu cabello es un desastre. Arréglalo. —Al ver que Yuri no se movía, soltó un pesado suspiro—. Rápido. Olga te espera para que la acompañes en una visita por el castillo.
Yuri era incapaz de ocultar su descontento.
— ¿Para qué? ¿No ha dicho que ya ha estado aquí?
—Es una cuestión de cortesía, Yuri. —La mujer se cruzó de brazos, buscando algo con la mirada. Cogió un cepillo para el cabello de una mesa y se lo entregó a su hijo—. Vamos.
El chico le arrancó el cepillo de la mano y comenzó a peinarse, maltratando sus cabellos de oro al tirar de ellos con tanta brusquedad. Mientras se peinaba, su madre se apresuró a acomodarle el jubón y la capa que aún llevaba puesta.
Olga los esperaba escaleras abajo junto a una de sus damas de compañía, en el balcón bajo que daba al enorme patio principal. Se había quitado ya el polvo del camino y sus cabellos ahora relucían como el cobre a la luz del sol incipiente. Llevaba un hermoso vestido de terciopelo verde jade con un manto dorado, de seguro bordado en puro hilo de oro. Verde y dorado, los colores de la casa Orlov. Apenas lo vio, la chica inclinó un poco la cabeza y Yuri hizo una mueca imperceptible. Aún tenía las mejillas redondas de niña, ¿y su madre esperaba que la cortejara? Eso, sumado al obvio hecho de que su prima no era Otabek, hacía las cosas mucho más difíciles.
— ¿Quieres dar un paseo por el castillo? —le preguntó, con toda la cortesía de la que fue capaz. Podía sentir los ojos gélidos de su madre en su nuca, observando, controlando.
Olga asintió y extendió su mano temblorosa para tomar la que Yuri le había extendido. El muchacho todavía recordaba cómo se sentía el tacto de la mano de Otabek sobre la suya, fuerte y siempre cálida, pero un tanto ruda debido a los años que llevaba maltratado sus dedos con el arco. La de su prima era todo lo contrario, su agarre era frágil y sus dedos estaban fríos como la nieve. Se sentía raro cogerle la mano aunque no fuera de forma romántica.
— ¿A dónde iremos? —La voz de Olga denotaba cierta desconfianza, tal vez porque estaba lejos de casa y no sabía si su primo la trataría bien.
Yuri empezó a caminar y miró con discreción por encima de su hombro para ver que su madre se había quedado quieta detrás de ellos. No iba a seguirlos durante todo el recorrido pero quería asegurarse que no se separaran apenas ella les quitara la mirada de encima.
—A dónde tú quieras. Creo que ya conoces el castillo.
—Si... pero era muy niña. En ese entonces, todo me parecía muy grande...
— ¿Qué? ¿Tu castillo es pequeño? —Yuri nunca había estado en las tierras de los Orlov, pero le costaba imaginarse al castillo de su tío como un lugar pequeño.
—No, es enorme, pero también me parecía grande cuando tenía seis años. —La niña llevaba los ojos verdes fijos en el camino, reacia a voltearse a mirar a Yuri.
—Ya veo.
Cuando atravesaron el patio, unos cuantos sirvientes pasaron apurados a su lado, llevando en sus manos unos cuantos kilos de carne, quesos y bolsas de avena. Yuri de repente se dio cuenta de que se estaba dirigiendo a donde estaban las cocinas y se detuvo, girando bruscamente para caminar en la dirección opuesta. En el proceso, tiró con algo de brusquedad del brazo de su prima, quién se quejó por lo bajo. Estaba caminando hacia el jardín de invierno y el patio secreto, donde había pasado tantos días practicando con Otabek. No podía llevarla allí.
—No quiero casarme contigo, Yuri. —Oyó decir a Olga. La miró de reojo y pudo ver que su rostro infantil se había desfigurado con su ceño fruncido.
—Entonces tenemos algo en común —respondió Yuri.
—Pero es lo que quiere mi padre.
El rubio se detuvo y soltó su mano. Podía jurar que su voz había sonado algo temblorosa.
—Lo sé. Es una mierda, ¿verdad? —Ahora él también fruncía el ceño.
Le hizo una rápida seña a Olga para que lo siguiera al interior del castillo, hacia el pasillo que daba al lago congelado. Hacía mucho frío allí afuera. Caminaron uno al lado del otro, sin volver a sujetarse la mano. Era obvio que eso solo iba a conseguir ponerlos más nerviosos.
—Mi padre dice que quiere lo mejor para mí, pero no tiene idea de lo que yo considero que sea lo mejor para mí.
—Eso me suena de algún lado —respondió Yuri con amargura.
— ¿Tu abuelo? Si, parece un tanto severo...
Yuri chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—No, no mi abuelo. Mi madre, Lady Tanya.
—Tu abuelo es el rey, ¿por qué no le ha dicho nada? —Su tono de voz sonaba casi acusatorio. Estaba claro que tampoco quería saber nada con ese compromiso.
—Me pregunto lo mismo.
A partir de allí, se hizo el silencio definitivo entre ambos. No había mucho más para decir. Estaba claro que los dos estaban descontentos con la situación, pero no tenían idea de cómo remediarlo. Subieron por la escalera caracol de piedra y deambularon por el largo y oscuro pasillo iluminado por antorchas del ala oeste. Cuando pasaron junto a la puerta de la habitación donde se hospedaba Olga, esta se excusó diciendo que aún estaba cansada del viaje y debía descansar. Yuri se despidió de ella de manera cordial y se alejó de allí a paso rápido, dispuesto a regresar a su habitación para acurrucarse entre sus mantas de pieles y lana.
Cuando por fin llegó a la torre de su habitación, un tanto jadeante, se apoyó en la pared de piedra para recuperar el aliento. Fue entonces cuando vio a su abuelo en el pasillo, caminando de espaldas hacia la sala de audiencias. Yuri se incorporó y caminó dando zancadas para llegar a su encuentro antes de que entrara a la habitación y se quedara allí por horas.
— ¡Yuratchka! —exclamó el anciano, feliz de encontrar a su nieto cuando menos se lo esperaba.
Los pasos de Yuri se aceleraron y salvó la distancia entre ambos para ir a abrazar a su abuelo. De niño siempre solía saltarle encima de esa forma, pero a medida que fue creciendo aprendió que su abuelo era el rey y no debía hacerlo en presencia de otros nobles o consejeros. Era eso lo que su madre llamaba "decencia". El hombre lo rodeó con sus brazos y correspondió a su abrazo. Con los años, sus abrazos cada vez eran más débiles y los de Yuri más fuertes, pero nunca dejaban de ser igual de cariñosos. Yuri siempre había sido y sería el nieto favorito de Nikolai. Durante los dos primeros años de Andrei, temió tener que disputarse con el bebé el amor de su abuelo y su padre, más aún luego de la muerte del último. Después, al crecer un poco, se volvió un tanto más reacio a los abrazos asfixiantes y los besos melosos, ahora dirigidos a su sobrino. A sus quince años, solo aceptaba abrazos de parte de su abuelo y de Otabek.
— ¿A dónde ibas? —Estaba curioso por saber.
—Ah, sí. Tal vez te interese saberlo... Iba a mi despacho, a redactar una carta para el rey Erasyl e informarle de la situación.
Yuri se separó de él. Si, definitivamente quería saber más sobre eso.
— ¿No es un poco pronto? Quiero decir... no sabemos para qué Jean Leroy usará todas esas tropas.
—Tienes razón, pero está claro que planea atacar a alguien, ¿quién más movilizaría a todas sus tropas, en pleno invierno y tiempos de paz?
—No creo que sea tan idiota para atacar Rusia en invierno...
El rey sonrió, y Yuri le devolvió la sonrisa.
—Nadie es tan idiota, Yuri. Pero ten por seguro que necesitará un par de meses para organizarlas y trazar una estrategia. Nosotros no podemos hacer como si nada, debemos organizar una defensa, aunque sea rudimentaria, para un potencial ataque. Solo le haré saber lo de los ejércitos.
— ¿Crees que te escuche si no hay una declaración de guerra formal en el medio?
Eran demasiadas preguntas para alguien que, como Yuri, confiaba ciegamente en las acciones de Nikolai. Pero estaba ansioso por saber.
—Nunca se pierde nada con preguntar. —Entonces le dirigió una mirada que a Yuri le dejó claro que no tenía sentido ya seguir preguntando—. Por cierto, ¿Cómo te ha ido a ti con todo eso? Cuéntame, Yuri. —Su abuelo le acarició los cabellos y el rubio suspiró. Sabía muy bien a qué se refería.
—No del todo mal, pero... abuelo... No quiero casarme. —Lo miró fijo, consciente de que en sus ojos verdes se evidenciaba la profunda angustia que había detrás de una queja aparentemente infantil—. ¿Hay algo que puedas hacer?
El viejo suspiró también y terminó por posar su mano en el hombro de su nieto.
— ¿Contra Vladimir Orlov y sus amenazas implícitas? No mucho. Lo siento, Yuri. —Miró a su alrededor y luego de nuevo al rubio—. Esta alianza me gusta incluso menos que a ti, pero debo mantener la paz del reino. Tú lo sabes.
—Sí, lo sé. Pero... creo que no estoy listo —confesó Yuri. Solo era capaz de admitir eso con su abuelo. Sabía que si se lo decía a su madre, esta le respondería que ese tipo de inseguridades eran problemas de niñas—. ¿A qué edad te casaste tú?
—Veinte. Tu abuela tenía dieciséis, casi tu edad. Al principio, debo admitir que fue incómodo. Pero pasados unos meses... no tardé en enamorarme de ella —dijo con una suave sonrisa.
— ¡Ya basta! —le cortó Yuri con una mueca de asco. Estaba cansado de que intentaran ayudarlo contándole historias que terminaban bien, con las que Yuri jamás iba a poder identificarse.
—Tú me preguntaste. —El hombre volvió a revolverle los cabellos, pero no logró con eso cambiar el ceño fruncido de Yuri. De todas formas no parecía tener ningún problema con ello, las rabietas del chico siempre le habían parecido adorables—.Como sea, eres afortunado de que se te permite conocerla antes...
— ¡Eso es lo que me dijo mi madre! —estalló Yuri, apartándose súbitamente. No estaba enfadado con su abuelo por eso, pero escuchar de sus labios las mismas palabras que le había dicho su madre en la mañana había provocado esa reacción tan precipitada.
—Lo siento, lo siento. —No dejaba de mirarlo fijamente —.Debo irme ahora, pero solo te diré que lo tomes con calma. No lo fuerces. Nada saldrá así de la noche a la mañana.
No iba a salir nada de allí por más que pusiera todas sus fuerzas en eso. Pero Yuri no quería seguir discutiendo. Asintió y se dio media vuelta para alejarse y seguir camino a su habitación.
Lo cierto era que la potencial amenaza de guerra por parte de un poderoso reino vecino no había abandonado sus pensamientos durante los últimos días, incluso a pesar de todos los nuevos asuntos que se habían sumado. Yuri no conocía la guerra, había nacido en tiempos de paz y vivido en una de las épocas más prósperas del reino. Después de la última gran guerra contra las hordas del este, en la que su abuelo había peleado siendo aún muy joven, vinieron otras guerras menores contra los Leroy. No habían sido más que una serie de escaramuzas de fácil solución, la forma que tenían ambos ejércitos de medir las fuerzas de su adversario. Ahora se preguntaba si la guerra que se avecinaba era una más de aquellas riñas o una guerra de verdad. El hecho de que ambos reinos tuviesen que recurrir a alianzas fuertes podía servirle como respuesta.
Otro tema que no había abandonado sus pensamientos en aquellos días era Otabek. Cuando este se marchó, Yuri por fin pudo meditar con la mente fría sobre lo ocurrido la noche de la boda. No recordaba todos los detalles debido al vino que llevaba encima, pero sí era consciente de que lo había tratado mal por algo que no estaba en poder de ninguno de los dos. Ahora que lo forzaban a casarse sin que él pudiese hacer nada al respecto entendía mucho mejor la situación en la que se encontraba su amigo. Con todo el dolor del mundo, comprendía su rotundo rechazo a acostarse con él aquella noche. Otabek solo quería alejarse de él para aprender a amar a su esposa. Yuri se preguntó si él hubiese hecho lo mismo, y la respuesta era muy sencilla: no. Sin ir más lejos, lo había demostrado aquella noche cuando se mostró dispuesto a entregarse a él a pesar de saber que no volvería a verlo en mucho tiempo y que jamás, ni siquiera en el mejor de los mundos, Otabek sería suyo. Estaba bajo los efectos del alcohol, sí, pero no le fue muy difícil llegar a la conclusión de que de haber podido, lo hubiese hecho aun estando sobrio.
Lo descubrió una madrugada, unos pocos días después de que su prima llegara al castillo. Se despertó con la respiración agitada, la temperatura corporal más alta de lo normal y la sensación de haber sido arrancado brutalmente del mismísimo paraíso. En sus sueños, Otabek estaba con él; le besaba los labios, el cuello y recorría su cuerpo entero con sus manos fuertes y ásperas. Lograba hacer que Yuri dejara de sentirse miserable con caricias y palabras sin sentido susurradas en su oído. Incluso ya despierto podía llegar a oír su voz ronca y los gemidos que el mismo Yuri le arrancaba tan solo cerrando sus piernas en torno a sus caderas y dejándolo estar dentro de él. Era todo demasiado bueno para ser verdad.
Una vez despierto, lo único que quedaba de aquel magnífico sueño era una incómoda y vergonzosa protuberancia entre sus piernas. No era como si no lo conociera y por eso le avergonzara, ya muchas veces lo había experimentado y había aprendido rápido a hacerse cargo de ese problema. Lo nuevo era el hecho de que nunca antes había habido una persona a la que pudiera responsabilizar por eso. Ahora su objeto de deseo tenía nombre y apellido: Otabek Altin.
Cerró los ojos y recostó la cabeza en su almohada, intentando relajarse aún sin poder contener su respiración agitada. Empleó toda su fuerza mental en recrear el sueño mientras deslizaba su mano entre sus piernas y frotaba su erección casi con desesperación. Quería deshacerse de eso rápido y poder seguir con su vida.
—Beka... —gimió complacido. Cuando se dio cuenta de que tal vez estaba haciendo demasiado ruido, se llevó la mano a la boca y mordió dos dedos para atenuar cualquier otro sonido que se le escapara.
Tardó poco tiempo en alcanzar el máximo placer, que se manifestó en un asqueroso y espeso líquido derramado sobre su mano. Sin moverla aun, echó la cabeza hacia atrás y se dedicó a mirar el techo por un rato, sintiendo que nuevas lágrimas de frustración se agolpaban en sus ojos.
No fue hasta dentro de unos cuantos minutos que decidió incorporarse; cuando su cuerpo se enfrió y el semen en su mano empezó a darle asco de verdad. Se limpió la mano en las sábanas haciendo una mueca y rodó sobre la cama aún en ropa interior. No le hacía falta mirarse al espejo para saber que estaba hecho un desastre, tanto física como emocionalmente. Para hacerlo peor, oyó que llamaban a la puerta. Era Feliks, que había recibido órdenes explícitas de su madre para que lo despertara y lo preparara para ir a cabalgar con Olga aquella mañana.
— ¿Es que no puede dejarme tranquilo? —bramó el muchacho cuando su joven sirviente entró en la habitación. Este parecía abrumado ante las palabras de su amo, que jamás le hablaba sobre sus asuntos personales, pero al parecer sentía que debía responderle algo.
—No lo sé, Alteza. Tal vez debería decirle...
— ¡No he pedido tu opinión! —respondió el príncipe con un grito, soltando una maldición luego de eso.
—Claro, lo siento —tartamudeó el muchacho mientras se apresuraba a recoger las ropas que Yuri había vestido el día anterior, todas desperdigadas por el piso.
—Feliks. —Yuri estaba de pie en la habitación, semidesnudo y con los cabellos tan revueltos que de seguro daba gracia verlos.
— ¿Si, Alteza? —murmuró su sirviente.
Señaló la cama, sintiendo que las mejillas le ardían bajo las hebras doradas, pero haciendo su mayor esfuerzo en mantener su ceño fruncido y su rostro impenetrable.
—Limpia eso.
El chico se acercó a ver de qué se trataba y Yuri casi se deleitó al ver como se tensaba, asentía y se volteaba para no tener que mirarlo.
—Luego, ahora déjame solo. Debo vestirme.
— ¡S-si! —respondió el chico antes de salir de la habitación casi corriendo.
Apenas la puerta se cerró dejándolo solo, Yuri se quitó la camisola que usaba para dormir y se vistió una camisa, un grueso jubón de lana, pantalones y sus botas de montar. Antes de salir, peinó sus cabellos en una prolija coleta y se puso la capa, los guantes y el gorro, imprescindibles para afrontar el invierno ruso.
Cuando se presentó en la sala para tomar su desayuno, Olga aún no había llegado, estaba allí solo su madre y Viktor, que los acompañaría durante la cabalgata junto a unos guardias. El clima del lugar era tenso, y cada uno se concentraba en terminarse su desayuno lo antes posible. Los presentes saludaron a Yuri apenas lo vieron llegar, Viktor con una sonrisa y su madre con la frialdad de siempre.
— ¿No está Olga aún? —preguntó el rubio, intentando no sonar tan acusador, pero dejándole claro a su madre que le molestaba haber sido arrancado tan temprano de la cama para tener que esperar él a su prima.
—Está terminando de vestirse, Yuri. Tú sabes que las damas necesitan más tiempo. Además, eres tú siempre el que llega último a todos lados.
Viktor lo miró pero no dijo nada, al tener la boca llena de gachas.
— ¿Andrei y Yuriko no vienen? —Yuri se sentó junto a su hermano a esperar a que un sirviente le entregara su desayuno.
El mayor negó con la cabeza y tragó su comida.
—Yuriko duerme, Andrei tiene lecciones con Kazimir.
— ¿Está bien Yuriko? —preguntó Yuri, cogiendo la cuchara y el cuenco que le habían tendido para empezar a comer.
—Sí, solo un poco cansada.
Tanya era consciente de que los dos hermanos la ignoraban, pero se mantuvo callada hasta que vio llegar a su sobrina.
—Buenos días, Olga —saludó con la ternura de una madre.
La chica sonrió e hizo una pequeña reverencia. Esta vez llevaba los cabellos recogidos en una sola trenza, de manera que no le molestaran al montar. Se sentó junto a su tía y una mujer joven no tardó en entregarle su cuenco de gachas endulzadas con miel.
— ¿Cómo se llama el caballo que voy a montar? —Aquella parecía ser la única preocupación de la niña.
— ¡Es adorable! —susurró Viktor, demasiado cerca del oído de Yuri, quién se apartó fastidiado. Así, el hombre se ganó una mirada curiosa por parte de Olga.
—He pedido que preparen a Aurora para ti, es una yegua muy tranquila —le dijo Tanya con una suave sonrisa.
—Aurora... me gusta. Pero tía Tanya, no tengo problema alguno con los corceles más fieros. Mi caballo favorito en Perm solía ser indomable, me agrada.
La mujer la miró, un tanto confundida, probablemente preguntándose qué había pasado con aquella tímida chiquilla que recibió hace tan solo unos días.
— ¿Acaso tengo que decirte lo mismo que a tu prima? Es más fácil para una chica cabalgar un caballo dócil, las faldas hacen más difícil el sostenerse sobre la montura. Es por eso que las damas viajan en los carruajes.
A esas alturas, Viktor y Yuri habían dejado de comer sus gachas y miraban incrédulos a Tanya. El mayor tenía una sonrisa en sus labios y Yuri fruncía el ceño, buscando el momento exacto en el que interferir.
—Entonces usaré unos pantalones —se apresuró a responder la chica.
— ¿Y dónde queda la elegancia? ¿Qué opina tu padre al respecto? —respondió su tía con el ceño fruncido.
Viktor y Yuri intercambiaron una mirada, Viktor ya haciendo su mejor esfuerzo por no reírse.
—Mi padre no lo aprueba, pero lo hago cuando él no está. —Olga se encogió de hombros como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Otabek me dijo que su hermana tiene pantalones y una túnica que le permite montar más cómodamente. Sabe incluso disparar desde el caballo como él, ¿no es eso genial? —dijo Yuri con una pequeña sonrisa, dirigiéndose a su prima. Las sonrisas le salían naturalmente cuando hablaba del moreno.
—Eso es genial. —Olga volteó a ver a Yuri con sus ojitos verdes abiertos de par en par por la sorpresa —. ¿Quién es Otabek?
—Es un amigo mío, el heredero de Kazajistán. —Hizo una pausa—. El nuevo marido de Mila.
—Hace trescientos años que la dinastía Altin intenta imitar a los reinos civilizados y parece que aún no lo han logrado. Son aún hordas tribales que viven en castillos y usan ropa bonita —dijo Tanya con amargura, dedicándole una mirada de reproche a Olga y Yuri—. No deberían admirarlos tanto, les propongo que miren más hacia el occidente.
— ¿A los Leroy? —Yuri hizo una mueca.
— ¿Por qué no? Que tu familia lleve décadas guerreando contra ellos sin ningún resultado no significa que no tengan el reino más estable, y los príncipes mejor educados.
—Jean-Jacques es un imbécil —murmuró Yuri.
—No deberías hablar así de quienes no conoces, Yuri Plisetsky.
Yuri no dijo nada. Su abuelo había quemado las noticias sobre la potencial guerra para que nadie pudiese enterarse de ello. Tal vez su madre fuera parte de la familia, pero Yuri era consciente de que una vez que se enterara ella, lord Orlov lo sabría en el tiempo que tarda en llegar una carta desde Moskva a orillas del Kama, al castillo de su tío en Perm. Yuri debía mantener la boca cerrada.
—Lo he visto un par de veces, es alguien difícil de tratar —insistió Yuri a su madre.
—Tú también eres difícil de tratar, hijo mío —respondió la mujer, con un tono de voz claramente sarcástico.
Después de eso, los cuatro se sumieron en un silencio casi total, a excepción del ruido de las cucharas metálicas rasgando los últimos restos de comida en sus cuencos. Viktor terminó antes que los dos más chicos y los acompañó hasta que estuvieron listos.
—Disfruten del paseo —les dijo Tanya a Olga y Yuri cuando por fin se dispusieron a abandonar la sala.
Las caballerizas olían tan mal como de costumbre, pero afortunadamente los caballos ya estaban listos cuando los tres llegaron por ellos. Viktor fue el primero en montar en su caballo blanco y cogió las riendas, dispuesto a salir de aquel pestilente lugar apenas los dos chicos subieran a sus caballos. Antes de montar, Yuri le señaló a Olga la yegua blanca con pintas que habían preparado para ella.
—Es bonita. —La niña sonrió y acarició las largas crines grises del animal, que no se movió ni siquiera cuando su jinete se aferró con fuerza a la silla para montarla.
Yuri fue el último en montar. Su caballo, Fiódor, era el único que no podía perderse en la nieve, al ser de un suave color caoba. El muchacho lo adoraba ya que había sido un regalo de su abuelo en su cumpleaños número doce, siendo el animal casi un recién nacido. A partir de ahí había tenido que esperar cerca de dos años para montarlo, pero lo alimentaba personalmente siempre que podía y fue de a poco viéndolo crecer. Siempre se había considerado muy atento con su caballo hasta que conoció a Otabek, para quién su Aiman era como un hermano.
Espoleó al animal para quedar a la altura de su prima, que ya estaba unos pasos más adelante.
—Oye, no te dejes influenciar por lo que diga mi madre —le dijo con tono hosco mientras acomodaba las riendas de Fiódor para sujetarlas mejor.
Olga lo miró un tanto sorprendida y frunció el ceño, sin por eso dejar de parecer la chiquilla que era. Era incluso gracioso mirarla enojarse, pero Yuri mantuvo el semblante serio, también frunciendo el ceño.
—Yo no me dejo influenciar por nadie —respondió con la misma sequedad.
—Sí, por tu padre, de lo contrario no estarías aquí.
—No fui influenciada sino obligada. ¿Qué puede hacer una niña contra su padre? —Olga suspiró, resignada.
A Yuri esas palabras le sentaron como un balde de agua fría. Le estaba remarcando que él, siendo casi un adulto, estaba siendo manipulado por su madre, que poco poder tenía frente a su abuelo el rey. La situación era mucho más compleja que eso, por supuesto, pero Yuri no pudo evitar sentirse un poco avergonzado al reconocer que era tan solo una pieza en manos de sus mayores y sus ambiciones políticas. Pero, a decir verdad, todos ellos lo eran.
—Yo no me dejo influenciar por mi madre —espetó finalmente el muchacho.
"Pero si por la amenaza que supone el poder de tu padre sobre mi familia". Lo pensó, pero no se lo dijo. Tal vez la chica lo sabía, tal vez era aún demasiado ingenua.
—Yo no dije eso, pero al parecer fue lo primero que se te vino a la cabeza. — Su prima sonrió y lo miró de reojo—-. De todas formas, ¿no se te ocurrió hacer algo? Escapar del destino suena tentador...
No podía aún decidir si le agradaba la chica o no.
— ¿Escapar del destino? Creo que la vida real no es como la de las historias.
En ese momento el bosque se extendía blanco y puro frente a sus ojos. Viktor empezó a trotar por la nieve, y los otros dos lo siguieron luego de intercambiar una fugaz mirada. No pensaban quedarse atrás.
—No lo es, solo dije que es tentador —dijo Olga cuando los caballos aminoraron el paso y ella pudo recuperar el aliento—. Siempre me han gustado las historias donde los héroes logran escapar a su destino. Incluso si eso implica quitarse la vida.
Yuri se quedó pensando unos segundos, y finalmente sacudió la cabeza.
— ¿Y eso te parece heroico? A mí me parece estúpido.
—A veces la vida es tal calvario que la muerte es casi como un abrazo.
— ¿Crees que casarte conmigo será un calvario? —Yuri estaba un poco ofendido—. Te dejaré amar a quién quieras si ese es tu problema —dijo en voz más baja, cuidándose de que no lo oyera Viktor. Lo último que necesitaba era una esposa que lo amara.
Era extraño hablar de su posible futuro matrimonio siendo aún tan niños, pero tampoco era algo que escapara a la norma entre los jóvenes pertenecientes a familias poderosas.
— ¿Lo harías? —Olga sonrió —.De todas formas, no tengo a nadie en mente —se apresuró a aclarar—. Por cierto, tú también podrás amar a quién quieras. Para mi eres mi primo y nada más que eso.
—Creo que sería lo justo. —Yuri se encogió de hombros y apretó las riendas.
—Oigan, ¿De qué están hablando? —preguntó Viktor, que estaba tan solo a unos pocos metros de distancia. Por su voz, parecía que había estado escuchándolo todo y le divertía un poco mucho todo aquello.
— ¡De nada, Viktor, sigue con lo tuyo! —respondió el rubio a los gritos, sólo obtuvieron las risas del mayor por respuesta. —Maldito, tiene una vida perfecta y cree que puede ir por ahí riéndose de la suerte de los demás —masculló muy por lo bajo ahora que sabía que podía escucharlo todo.
— ¿Qué tal le va a Mila? ¿Sabes si es feliz con su esposo?
Al parecer, Olga quería mover el foco de la conversación hacia otras personas que no fueran ellos, pero no sabía que aquella conversación para Yuri iba a ser peor que la que llevaban hasta el momento. Se encogió de hombros, fingiendo desinterés.
—No lo sé.
— ¿No hablas con tu hermana? Y dijiste que su esposo era tu amigo...
—No hablo de esas cosas con mi amigo —respondió de manera un tanto insistente, como diciéndole que quería que se callara. De todas formas, le había dicho la verdad.
—Mis hermanas me preguntaron cómo me sentía antes de partir. Tienen seis y nueve años.
—Pues bien por ellas.
Aquella mañana Yuri comprendió que tenía más cosas en común con su prima de lo que le pareció a simple vista. La chica era inteligente y madura a pesar de su corta edad, y tenía un carácter similar al suyo. Sus conversaciones a menudo terminaban tan rápido como empezaban, por el simple hecho de que alguno de los dos siempre decía algo que al otro no le gustaba. Sin embargo lo que tenían en común por sobre todas las demás cosas, era que ambos se negaban a complacer a sus respectivos padres con un matrimonio. La diferencia era que Olga era una muchacha risueña, con la inocencia infantil de alguien que todavía no conoce los males del corazón. Yuri, en cambio, escondía una llama de ilusión moribunda detrás de su eterno semblante malhumorado.
Los días decembrinos transcurrieron entre paseos por el bosque blanco organizados por Tanya y más cenas con esta de a las que a Yuri le hubiese gustado asistir. Cada tanto, el rey ofrecía un banquete en honor a Lady Olga. Yuri sospechaba que aquel repentino afán de su abuelo en agasajar a un miembro de la familia Orlov se debía a que por fin había conseguido enviar mineros a las tierras del señor de Perm. A fin de año por fin llegó el ansiado cumpleaños de Viktor, a razón del cual se organizó un fastuoso banquete fácilmente comparable con el de la boda de Mila. A la celebración no acudió la misma cantidad de invitados que a la boda, pero sí llegaron muchos de los amigos que Viktor tenía a lo largo y ancho de todo el reino. Entre ellos estaba Georgi Popovich, uno de los señores más importantes del sur de Rusia. Había conocido a Viktor en un torneo casi diez años atrás, y a partir de ese momento fueron construyendo una sólida amistad teñida de las rivalidades obvias que existen entre dos excepcionales caballeros.
Aquella noche, la sala común estaba abarrotada de gente que comía y bebía, charlaba a los gritos y bailaba, todo bajo la atenta mirada del rey, sentado a un lado de la butaca de honor que había cedido a su heredero, que cumplía veintiocho años. Yuri estaba en su lugar habitual en la mesa, con una pata de pollo en una mano y una jarra de hidromiel en la otra. Observaba a los demás con el desdén que poco a poco empezaba a convertirse en una característica suya. Su prima estaba a su lado, sin hablar mucho y dedicándose a probar todos los platos que le acercaban los sirvientes.
— ¿Qué tal está eso? —le preguntó la niña señalando el hidromiel.
Yuri apartó la jarra de su mano rápidamente y le dio un trago largo.
—Bien.
— ¿Puedo probar?
—No lo sé, ¿puedes?
Aquello hizo dudar a la chica, que de todas formas se inclinó más sobre la mesa, apoyado un codo sobre esta.
—Mi madre no me deja beber eso.
El rubio la miró de reojo.
—Entonces ten. Prueba un poco, pero no te la acabes.
Cuando obtuvo su aprobación, Olga le quitó la jarra de la mano y bebió un sorbito. Sus ojos se abrieron de par en par cuando la bebida mojó sus labios. Yuri estaba a punto de preguntarle qué tal le había parecido cuando oyó que lo llamaban.
Viktor estaba del otro lado de la sala, y todos callaron en cuanto gritó el nombre de su hermano, agitando el brazo para hacerse ver, como si alguien pudiese quitarle la vista de encima considerando su suntuoso porte y el hecho de que aquella fiesta era en su honor. Yuri chasqueó la lengua y se puso de pie para acercarse a Viktor. Se abrió paso entre la gente sin siquiera pedir permiso, preguntándose qué era lo que quería su hermano ahora.
Lo vio recién cuando estuvo a unos pocos pasos, y lo reconoció apenas el otro se inclinó para hacerle una breve reverencia. Había visto a Georgi tan solo unas pocas veces, pero todas fueron torneos en los que el mayor se había lucido muy bien. Era un hombre alto y distinguido, con cabellos oscuros y ojos azules similares a los de Viktor.
—Supongo que recuerdas a mi hermanito Yuri. Ha crecido un poco —le dijo Viktor a su amigo, revolviendo los cabellos dorados de Yuri con una mano. Este se apresuró a apartarse y pasarse la mano entre las hebras para acomodarse el cabello, maldiciendo el momento en que decidió dejarlos sueltos—. Está más arisco también —continuó Viktor.
Georgi sonrió un poco y le tendió la mano a Yuri, que la aceptó y la estrujó con la firmeza que había visto en hombres mayores.
—Un placer, Yuri.
—Será un caballero muy pronto, como nosotros —explicó Viktor cuando Yuri retiró su mano.
— ¿Caballero? ¿Cuántos años tienes, catorce? —Georgi no parecía querer sonar ofensivo, más bien su semblante mostraba confusión.
—Casi dieciséis —lo corrigió el muchacho, lanzándole una gélida mirada.
— ¿Dieciséis? Espero verte pronto en un torneo entonces —dijo con una sonrisa. No era una sonrisa burlona como las que solía dedicarle Boris cuando lo desafiaba, era más bien una sonrisa amistosa.
Pero el rubio alzó una ceja. Siempre había sido muy competitivo y veía todo como un desafío.
— ¿Es eso un reto?
—Tómalo como quieras.
—Lo tomaré como un reto.
Viktor se rio y Georgi le dio una suave palmada en el hombro a Yuri. Luego de eso, los dos mayores se pusieron a hablar de cosas de sus vidas a las que a Yuri no le importaban en lo más mínimo. Se dio media vuelta discretamente para poder regresar a la mesa con su jarra de hidromiel y su pollo. A su regreso, se llevó la sorpresa de encontrarse la jarra vacía, y a la principal sospechosa charlando animadamente con Yuriko.
— ¿Dejaste que se lo tomara todo? —le preguntó Yuri a la japonesa, de repente sintiéndose traicionado.
—Sí, ¿cuál es el problema?
Yuriko podía parecer extremadamente delicada y cortés, pero le gustaba beber tanto como a los hombres. No bebía demasiado ahora porque en los banquetes solía estar junto a su hijo, pero unos años atrás llegaba incluso a ser peor que Viktor.
—Era mío —se quejó Yuri.
La mujer se rio y cogió otra jarra de una bandeja para entregársela a Yuri.
—Toma, aquí tienes —le dijo arrastrándosela por sobre la mesa.
—Yuri, deja eso.
Era su madre ahora la que hablaba. Se acercó a los tres y cogió la jarra de la mesa para devolverla al sirviente que llevaba la bandeja.
—Déjense de tonterías —continuó Tanya con semblante severo—. ¿Por qué no van a bailar? Olga, me ha dicho tu padre que te han estado enseñando un poco en los últimos meses, ¿querrías mostrarme? —Esbozó una sonrisa que se notaba a leguas que era forzada.
—No soy muy buena aún...
—No te preocupes por eso. —La mujer se sentó en el asiento vacío junto a Olga—. Quiero suponer que no se quedarán toda la fiesta aquí sentados jugando a ver quién las hace mejor de barril.
La niña se rio al escuchar aquella analogía, una asociación tonta que al parecer le había hecho mucha gracia. Yuri apretó uno de sus puños y le dio un suave golpecito a la mesa con este. Su madre quería que bailara con Olga, y no iba a dejar de insinuarlo hasta que lo hicieran.
— ¿Vamos? —preguntó a su prima, haciendo un gesto con su cabeza hacia el centro del salón donde ya otras parejas bailaban. Viktor incluso había dejado de hablar con sus amigos para dirigirse a la mesa en busca de su esposa.
Sin borrar una pequeña sonrisa de sus finos labios, Olga se puso de pie y siguió a Yuri entre la gente. Ambos se ganaron unas cuantas miradas, especialmente la hija de Vladimir Orlov, a quién pocos conocían en persona.
Cuando estuvieron en el centro, rodeados de las demás parejas que danzaban, el armónico sonido del laúd de uno de los músicos inundaba la amplia habitación. Olga se pasó fugazmente ambas manos por el vestido bordado con hilo de oro, para calmar sus nervios, y alzó una mano. Yuri salió a su encuentro, apoyando la suya contra la de su prima, apenas tocándose.
— ¿Estamos haciendo esto para complacer a tu madre? —Olga arrugó el ceño y dio un paso atrás, a lo que Yuri respondió acercándose.
—Sí, ya has visto lo insistente que puede llegar a ser.
Tras decir aquello temió que Olga volviera a ridiculizarlo por hacer todo lo que su madre le decía, pero no fue así. En esos días, ella también había tenido la oportunidad de conocer mejor a su tía en circunstancias como aquella. La ambición de Tanya era fácilmente equiparable a la de su hermano menor.
Estaba claro que bailar no era la actividad favorita de Yuri, pero jamás se había considerado un mal bailarín. Era agraciado, pero era fácil darse cuenta cuando estaba haciendo algo por obligación, porque pisaba demasiado fuerte y sus movimientos le salían forzados. A su prima no parecía importarle, porque era de por sí bastante torpe y no parecía estar haciendo nada para remediarlo. Yuri la apreciaba un tanto más por eso.
En el momento en que Yuri soltó su mano para dejar a Olga dar una vuelta, esta trastabilló al girar y soltó una sonora carcajada que se oyó incluso por encima de la música que llenaba la habitación. A Yuri también se le escapó una risa entre dientes, y rápidamente atrapó la mano de la chica para retomar el baile. La canción aún no acababa.
—Gracias, supongo. —Olga le dedicó una mirada cómplice.
—Creo que mi madre te enviará con Lilia después de esto.
— ¿Lilia? —preguntó la niña. No dejaba de mover sus pies, balanceando el peso de su cuerpo y de su pesada falda de un lado a otro.
—Lilia, nuestra institutriz de baile —murmuró Yuri.
Desde que eran unos niños, Lilia había instruido a sus hermanos y a él en el arte de la danza, algo que ella consideraba tan importante para un joven aristócrata como el saber blandir una espada.
—Ah —respondió simplemente. Se mordió el labio y se apartó un poco de Yuri, pero este la tomó del brazo con su mano libre para que dejara de moverse tan bruscamente.
—Va a despedazarte.
— ¿Tú crees?
—Lo afirmo.
Fue en ese momento que la pieza terminó, y antes de que los músicos empezaran a tocar una nueva, el agarre de Yuri en el brazo de Olga se volvió insistente, esta vez para salir de allí. Cuando la hubo arrastrado fuera del centro, soltó su brazo y empezó a moverse a trompicones entre la gente, que ya empezaba a bailar nuevamente.
Volvieron a ocupar sus asientos en la mesa, cerca del rey. Lady Tanya se había retirado para cuando ellos regresaron, y el pequeño príncipe Andrei dormía sobre el regazo de Nikolai. Entonces, siendo conscientes de que habían cumplido con sus obligaciones, brindaron con una jarra de hidromiel dulce y dedicaron el resto de la velada a hablar, tanto de sus historias favoritas, aquellas que todos los niños de Rusia se sabían, como de sus aspiraciones y deseos.
Para cuando todos empezaron a retirarse, Yuri había llegado a un estado de embriaguez muy agradable que le permitía desinhibirse y disfrutar de la fiesta pero sin llegar a decir nada que no tuviese que ser escuchado.
Regresó a su habitación cuando la sala principal ya había quedado vacía y el castillo sumido en una tranquilidad casi absoluta. Se sentía satisfecho por primera vez en mucho tiempo, y una vez despojado de su ropa, se acurrucó en la cama. Como le sucedía casi todas las noches, apenas su mente se despejó no pudo evitar pensar en Otabek. Se preguntó qué estaría haciendo, si dormía con su hermana, o si tenían habitaciones separadas como sus padres. Pero lo más importante, se preguntó si Otabek pensaba en él tanto como lo hacía Yuri, hasta el punto de sentir su corazón latir desbocado dentro de su pecho, si lo extrañaba de la misma forma.
Esa noche, como muchas otras, le costó dormirse y se pasó largo rato mirando la antorcha de la pared mientras esta se consumía, imaginando situaciones en su cabeza, cosas que tal vez nunca llegarían a ocurrir pero que calmaban a su corazón y lo hacían sonreír cuando estaba allí solo, en la oscuridad. Fue entonces cuando escuchó que la puerta se abría.
Yuri se incorporó de un salto en la cama, tan repentinamente que la cabeza empezó a darle vueltas.
—Yuri.
Le costó reconocer aquella voz, porque pocas veces la había oído de esa forma, transformada por la angustia y un poco ronca después de horas de fiesta. Pero cuando la luz del exterior empezó a colarse por la puerta, ya no tuvo más dudas.
—Viktor, ¿Qué haces aquí?
Estaba confundido, pero sorprendentemente para nada enfadado. Por su tono de voz, podía notar que su hermano no estaba bien y por más molesto que fuera la mayoría de las veces, Yuri sabía que no podía simplemente echarlo de allí. Viktor no dijo nada, simplemente se acercó a la cama de Yuri para sentarse en la orilla.
— ¿Qué sucede, Viktor?
Yuri hizo su mayor esfuerzo por que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, ayudándose de la luz tenue para poder verle el rostro. Era difícil, porque los níveos cabellos del mayor le cubrían la mitad de la cara, casi como los de Yuri la mayoría de las veces. Viktor no estaba bien, y ahora lo confirmaba.
—Yuriko... ella...
Esas palabras hicieron que el menor se alarmara. Se había vuelto mucho más cercano a Yuriko desde la plática que ambos habían tenido, y no podía evitar preocuparse ante la posibilidad de que algo grave le pasara.
— ¿Qué pasa con ella? —preguntó en voz muy baja.
—Ella... ella está embarazada, Yuri.
Su cuerpo entero se relajó en un instante, y la primera manifestación de aquello fue la sonrisa que se le formó en los labios.
— ¡Embarazada! Viktor, eso es algo bueno, ¿no es así? No seas idiota, pensé que se trataba de algo grave.
Las palabras le salían sin pensarlo, y con ellas se deshacía el manojo de nervios que se le había formado en segundos. Se detuvo cuando vio que la expresión de Viktor seguía igual de impenetrable que antes.
— ¿Qué? ¿No quieres otro hijo?
—Yuri —susurró el mayor con un tono sombrío que llegó a preocupar al aludido, un tono de voz increíblemente raro en Viktor—. Sabes que no es eso. Estoy preocupado.
—Eres demasiado dramático, Viktor. —Yuri rodó los ojos.
—Tengo miedo —admitió su hermano con un hilo de voz.
Entonces Yuri lo comprendió. Viktor tenía miedo de que su amada esposa tuviese el mismo destino que su madre al traer un nuevo niño al mundo. No había nada que Yuri pudiese decir contra aquel temor.
—Viktor... todo salió bien con Andrei, ¿verdad? ¿Por qué crees que esta vez puede ser distinto?
—Yuri... tú eras aún muy pequeño, pero estábamos aún más preocupados cuando nació Andrei.
— ¿Ella también? —Yuri no sabía nada.
—No tanto como yo. Yuriko solo quería ver el rostro de su hijo... También yo, pero... —suspiró—. No creo que entiendas aún el temor de perder a alguien a quién le has entregado el corazón.
Instintivamente, a Yuri se le ocurrió una idea para burlarse de las palabras tan dramáticas de su hermano, pero no lo hizo; no lo consideraba apropiado. Además, una parte de él creía haber sentido aquello al ver a Otabek partir junto a Mila; y que Viktor lo perdonara si llegaba a considerar que perder a alguien de esa forma era incluso peor que perderlo ante la muerte.
—Pero —continuó Viktor—. ¿Me odiaría ella por amarla más que a un niño sin nombre que puede llegar a matarla?
—Viktor. —Yuri ya no sabía cómo afrontar la difícil tarea de hacer que alguien como Viktor entrara en razón—. Todo salió bien con tu primer hijo, ¿por qué esta vez tiene que ser diferente?
—No lo sé, Yuri.
Dicho eso, Viktor se incorporó y se acercó más a él para rodearlo con ambos brazos. Enterró su rostro en el hombro de su hermano menor y este solo suspiró pesadamente al sentir el suave roce de sus finos cabellos contra su cuello. Sin decir nada, se limitó a corresponder al abrazo para contenerlo, como nunca jamás había hecho con Viktor.
—Todo saldrá bien —le aseguró en un susurro.
Buenas, he aquí el capítulo 8, espero que les haya gustado (de nuevo perdonen la demora, literalmente lo escribí junto a un parcial domiciliario, eso significa que jamás voy a dejar el fic aunque me demore ;) ). Probablemente a estas alturas se estén preguntando "¿Dónde está el OtaYuri?". Prometo que pronto, dentro de dos capítulos, tendrán OtaYuri para hartarse~ Tengo muchas cositas planeadas para la historia e incluso para otras historias de la pareja. Confieso que aún no tengo muy avanzado el 9, recién salgo de época de exámenes, pero prometo actualizar lo más pronto posible. Ya nos vamos acercando a la mitad de la historia, que tendrá 17 capítulos y un epílogo que prácticamente es un capítulo más.
Muchas gracias a todos por leer y por sus reviews, me hacen la vida, en serio. Me encantaría poder responderles a todos uno por uno, pero para eso tengo que mandar un mensaje privado y no quiero molestar (?), por eso el agradecimiento general~
Agradezco también a mi Beta And-18 por la revisión y sugerencias para el capítulo~
¡De nuevo gracias a todos y hasta el próximo capítulo!
