9. FAMILIA
En cuanto sintió que alguien entraba en la sala, Yuri se apresuró a quitar las botas del sofá de terciopelo para sentarse como correspondía.
—Ya te vi.
Viktor apareció a su lado con una suave sonrisa y se sentó en el otro extremo del sofá, frente al fuego. Había pasado cerca de un mes desde el cumpleaños del príncipe, un mes tan frío que nadie se animó a salir del castillo. El paisaje en el exterior estaba completamente blanco y las nevadas eran cada vez más agresivas. Yuri naturalmente pasaba menos tiempo en el patio y más en su habitación o frente a la chimenea principal, frotándose las manos frente al fuego y hundiéndose en el aburrimiento. Aquella mañana no era la excepción; se había despertado demasiado temprano y, al no poder dormirse, decidió levantarse de la cama.
—¿Cómo está Yuriko?
Desde que Yuri se había enterado de la condición de Yuriko, no había un día en que no le preguntara a su hermano como se encontraba. Viktor por su parte no tardó en volver a ser el mismo de siempre, pero no podía evitar mostrarse preocupado y ansioso cuando hablaba del tema.
—Bien, ya ha empezado a usar vestidos más grandes y ha pedido a sus doncellas que le arreglen algunos más.
—¿Crees que será otro niño? ¿Le han dicho a Andréi?
Su hermano se rio por lo bajo ante la mención de su hijo, que ya pronto cumpliría los siete años.
—No aún. Pero espero que sea una niña, a Andréi no le gustará tener un hermano varón.
— ¿Cómo sabes eso? Tendrá a alguien con quién jugar, ¿no es así?
—Y un pretendiente directo a la corona.
Yuri bufó, de repente sintiendo que Viktor se refería a él, pero no dijo nada al respecto.
— ¿Crees que a un niño de seis años le importe eso? —dijo, frunciendo el ceño.
—No, pero tal vez pronto lo piense así —respondió Viktor simplemente. Hizo una pausa, la cual Yuri no aprovechó para responder—. Yuri. Ayer... el abuelo me ha pedido que envíe cartas a todos los vasallos, para informarlos de la potencial amenaza de guerra, para que estén listos para ser convocados en cualquier momento. Hoy por la mañana partieron todos los mensajeros.
Yuri lo miraba con los ojos bien abiertos, escuchando, pero mientras tanto solo podía pensar en una cosa.
—¿Ha respondido el padre de Otabek, el rey de Kazajistán?
El mayor dudó unos segundos y finalmente negó con la cabeza.
—No hemos tenido ninguna noticia, Yuri. Es normal, el viaje es largo, puede llevar hasta más de un mes en invierno.
—¿Es peligroso? —preguntó.
—No, la estepa no presenta ningún peligro mientras se trate de nuestro reino y el suyo. Es un viaje largo y aburrido, eso me han dicho.
—Bien... —susurró. Tal vez, solo tal vez, el rey Erasyl enviaría a su hijo en su lugar. Yuri no quiso sonar demasiado ansioso con respecto a eso, no frente a Viktor—. Espero que el oro de las minas de mi tío sea suficiente para cubrir los gastos de guerra.
—Nunca es suficiente. La druzhina es nuestra principal fuerza permanente, pero la lealtad no es lo único que la une al rey.
—Entiendo —se apresuró a decir Yuri. Aun así, no terminaba de entender cómo era que la lealtad de sus aliados extranjeros era más fuerte que la de la tropa personal del rey, integrada en parte por algunos miembros de familias nobles, como Boris y el hermano menor de Georgi.
—También necesitamos comida y recursos para el tiempo que dure la guerra, sin olvidar el hecho de que parte del oro de las minas será destinada a abastecer de grano a aquellos que han perdido sus cosechas. De todas formas no será un buen invierno para los campesinos, la guerra lo cambiará todo.
Ninguno de los dos dijo nada, porque no había nada que decir. Una amenaza de guerra obligaría a la corona a subir los impuestos, y la gran mayoría de campesinos lo aceptaría, porque el reino estaba siendo atacado y correspondía al rey proteger sus cosechas y sus vidas. De todas formas, sin saberlo estaban eligiendo entre morir atravesados por una lanza y sucumbir lentamente ante el hambre y la peste que este acarreaba.
El sonido de unos pasos en la puerta interrumpió el silencio, y ambos hermanos se voltearon para mirar. Un joven sirviente estaba allí de pie, luciendo un tanto apesadumbrado.
—Sus Altezas reales, si me disculpan... me ha enviado el médico de la corte. El rey está enfermo.
Viktor y Yuri se miraron fugazmente, pero se quedaron unos segundos en silencio.
—¿A qué te refieres? ¿Qué tiene? —preguntó el rubio, elevando considerablemente el tono de voz, como si aquel muchacho tuviese la culpa.
—No lo sé, alteza, Miroslav solamente me ha enviado a buscarlos... Vengan conmigo.
— ¿No te ha dicho nada? —insistió Yuri, poniéndose de pie rápidamente junto con su hermano.
—No. Ya podrán hablar con él ustedes mismos.
Ninguno de los dos volvió a decir nada, concentrados en seguir al criado del rey a través de los corredores y escaleras. Desde luego no era la primera vez que el abuelo o uno de ellos enfermaba, pero la avanzada edad del primero y el frío invernal no presentaban una perspectiva muy alentadora.
La habitación real se hallaba en penumbras, sólo la luz mortecina de la mañana ingresaba por la única ventana. El Rey estaba tendido en su cama, con Miroslav sentado a su lado, observando cuidadosamente su respiración agitada. El médico alzó la vista al ver entrar a los príncipes, para luego inclinar la cabeza en señal de respeto. Fue Yuri el primero en llegar a su lado, inclinándose descaradamente sobre su hombro para poder ver mejor a su abuelo.
—¿Qué tiene? —preguntó con voz trémula, visiblemente asustado al ver a su abuelo respirar con tanta dificultad.
—Parece que son sus pulmones... hay algo mal con ellos.
—Por supuesto, hasta yo puedo darme cuenta de eso —respondió Yuri con impaciencia—. Es tu función decirnos qué es y cómo vas a curarlo.
—Yuri... —Su abuelo abrió los ojos al escuchar su voz, y pronunció su nombre con voz ronca y entrecortada. Parecía querer calmarlo, pero aquello solo logró dejarlo más preocupado.
—Es neumonía... no es algo extraño considerando el frío que ha estado haciendo en los últimos días —explicó Miroslav, ajustando el paño húmedo que había colocado sobre la frente del anciano.
Yuri sabía de qué se trataba la neumonía, una enfermedad de los pulmones que muy fácilmente podía llegar a ser letal, sobretodo en niños pequeños y ancianos.
—¿Hay algo que se pueda hacer? —preguntó Yuri con un hilo de voz, sintiendo como se le estrujaba el pecho al empezar a pensar en las probabilidades.
—Haré todo lo que esté a mi alcance, alteza. —No sonaba tanto como un servidor ante su señor, más bien como un hombre conmovido por el amor de un nieto hacia su abuelo.
El chico solo asintió y se puso de rodillas junto a la cama, cogiendo la mano de su abuelo casi con desesperación. Este solo esbozó una sonrisa débil, sin siquiera intentar incorporarse para mirarlo directamente. Debía de dolerle mucho el pecho. A Yuri se le nublaron los ojos pero fue capaz de ahogar un sollozo.
—Yuratchka... —murmuró su abuelo.
—Estarás bien, abuelo —respondió, intentando sonar convincente. Pero en la práctica, su voz se quebró en la última palabra.
Miroslav dirigió su mirada a Viktor, de pie detrás de Yuri. La sostuvo por unos cuantos segundos, con expresión seria. Entonces, Yuri sintió que su hermano apoyaba la mano en su hombro y lo presionaba un poco.
—Salgamos de aquí por un rato, Yuri. El abuelo necesita descansar.
Se quedó inmóvil por unos segundos, sin responder. Sabía que no se trataba solo de eso. No era prudente que él y Viktor pasaran demasiado tiempo junto a un enfermo, dado que no podían permitirse contraer la misma enfermedad por más que estuviera lejos de ser la más contagiosa. Le fue difícil apartar la mirada de su abuelo, pero no tardó en ponerse de pie lentamente y alejarse unos pasos de la cama. Cuando se disponía a salir de la habitación detrás de Viktor, se volteó para mirar fijamente al médico de la corte.
—Júrame que se pondrá bien —dijo, casi como en una súplica.
De parte del otro, solo obtuvo silencio. El muchacho frunció el ceño y apretó los puños, sin hacer caso a su hermano que tiraba de su camisa para sacarlo de allí.
—No puedo jurar eso, Alteza, pero... prometo que haré todo lo posible por...
—Ya me has dicho eso —le cortó.
—Yuri, vamos —lo apremió Viktor.
—Intentaré con todos los remedios que conozco —finalizó el hombre.
—Gracias —se apresuró a decir Viktor—. Miroslav, nadie debe saberlo. Al menos no por ahora.
El aludido no dijo nada, pero solo asintió rotundamente e hizo una pequeña reverencia a ambos príncipes. Habiendo tenido la respuesta que deseaba, Viktor tiró más fuerte de su hermano, que esta vez no se resistió. Salieron al pasillo, que afortunadamente estaba vacío.
Era tan temprano que el castillo aún permanecía en silencio, o por lo menos las estancias privadas de la familia real, ya que desde luego en las cocinas ya estarían horneando el pan del día. Los pasillos aún permanecían a oscuras, a excepción de los que tenían ventanas, pero afuera estaba nevando otra vez y el sol parecía haberse ocultado detrás de las nubes aquella mañana. El clima nuevamente se alineaba con el humor del menor de los hermanos.
— ¿Crees que el abuelo estará bien? —se animó a preguntarle a Viktor después de haber caminado a su lado por unos cuantos minutos sin decir una palabra.
Este pareció dudar unos segundos, pero finalmente habló, sin dejar de mirar al frente, al largo trecho del pasillo de piedra que aún les quedaba recorrer. Para esas alturas, ambos inconscientemente habían disminuido el ritmo de sus pasos.
—Yuri... mi madre murió de neumonía. No quiero asustarte, pero tal vez deberías saberlo.
—No lo sabía —murmuró Yuri—. Pensé que había sido el parto...
—La dificultad del parto la debilitó, facilitando que la neumonía la matara. Tenía dieciocho años cuando murió, Yuri.
—Era muy joven... —Hizo una pausa—. Entonces, crees que el abuelo morirá, ¿no es así?
—En verdad, espero que no. Solo nos queda esperar la palabra del médico.
Al final del pasillo, sus caminos se separaron. Viktor fue en busca de Yuriko y Yuri se despidió de él para caminar con paso lento y pesado hacia su habitación. Cuando pasó junto a la ventana, una gélida brisa invernal le voló los cabellos y se coló por el cuello de su camisa, haciéndolo estremecer.
En su habitación ardía una nueva antorcha y su criado parecía ya haberse encargado de arreglar la cama. Pero a Yuri no pareció importarle cuando se arrojó de un salto sobre esta, atrapando un cojín en el proceso para abrazarlo con fuerza.
A su mente acudían imágenes de un día similar, hacía ya más de cuatro años, cuando le dijeron que su padre se estaba muriendo de una enfermedad que nadie podía nombrar. Recordaba haber escuchado a Miroslav decirle a Viktor y a su abuelo que lo que fuera que tenía el príncipe no aparecía en ninguno de sus libros, pero su rostro pálido y cubierto de un sudor abundante y frío le decían que su muerte era inminente. Aquello había sucedido unos pocos meses después del gran torneo que había celebrado su abuelo, aquel donde Otabek decía haber conocido a Yuri. Tenía diez años en ese entonces, y recordaba muy bien haberse mordido su tembloroso labio inferior con fuerza, para no llorar en frente de su madre. Tanya Orlova había sido la única en no llorar la muerte de su esposo, la única en toda la corte que parecía jamás haberlo querido.
La enfermedad de su padre duró cerca de tres meses, con momentos en los que parecía recuperarse para luego volver a ponerse pálido y frágil. Su mejor amigo acudió a visitarlo, un rey extranjero de cabellos oscuros que Yuri apenas podía recordar, pero que ahora reconocía en sus recuerdos como el padre de su amigo Otabek. Incluso el entonces jovencísimo hermano de Boris, que había dado sus condolencias a su rey y a su futuro heredero. El príncipe Alexei murió por fin a finales de noviembre, cuando empezaban las primeras nevadas del invierno. Desde entonces no recordaba otro día en el que, tanto en el castillo como en la ciudad de Moskva, reinase el silencio y la tristeza de tal manera. Al pensar en eso, una sola pregunta invadía su mente, por más que intentara ignorarla.
¿Qué pasaría si, después de más de cuarenta años de glorioso reinado, su abuelo moría?
Formularse esa pregunta lo hacía querer estallar en llanto como jamás lo había hecho, ni siquiera de muy pequeño cuando Viktor no quería llevarlo a pasear con él a caballo, ni siquiera tampoco como cuando lloraba por Otabek, siempre ahogando bien los sollozos en su almohada.
El golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Se incorporó y respondió al llamado, preguntando de quién se trataba. La voz le salió firme, casi con un dejo de fastidio, y se sintió orgulloso por eso.
—¡Yu-ri! —llamaba con insistencia la voz infantil de Andréi, desde el otro lado de la puerta.
— ¡Deja de dormir y abre la puerta! —agregó su prima entre risas, golpeando con más vehemencia.
En el último mes, Olga y Yuri se habían vuelto un poco más cercanos, desarrollando una agradable complicidad, casi una amistad, la cual su madre veía con muchísimo agrado. Lo que no sabía ella, era que los dos se habían unido en contra de sus padres y su disparatada, y aparentemente repentina, decisión de que se casaran cuando fueran un poco mayores. A medida que empezaban a agradarse más, más disgustados estaban con aquellos planes.
Olga no tardó en pedirle a Yuri que le enseñara algo de esgrima a escondidas de Tanya, un pasatiempo que su padre consideraba como exclusivo de los muchachos. El pequeño Andréi, por su parte, no estaba dispuesto a entregar la atención de su tío tan fácilmente. Desde hace unos cuantos días, los tres pasaban horas enteras practicando en el patio de armas, y aquel día habían ido a buscarlo.
Desde luego que no estaba de humor para eso, y se debatió internamente entre ponerse de pie y salir, o quedarse en la cama, usando cualquier excusa que tuviera a su alcance. Se cubrió la cabeza con la almohada, intentando ignorar a su prima, que golpeaba con tanta determinación que parecía que querría derribar la puerta. Tal vez sí fuera esa su intención.
—¡Saldré! ¡Solo deja de golpear! —respondió finalmente, casi con rabia.
Cuando por fin abrió la puerta para recibirlos, el enojo momentáneo que pudo haber llegado a tener había ya desaparecido, pero la preocupación que sentía por su abuelo seguía latente en su rostro.
—Nos dijiste que iríamos... —empezó Olga. Llevaba los pantalones viejos de montar de Mila y un jubón gastado, que había pertenecido a Viktor cuando tendría este la edad de Yuri. Olga era bastante corpulenta para una chica, en comparación con la delgadez de su primo, y las ropas de este último no le quedaban por más que fuera un chico y mayor por dos años.
—Lo sé. Y cumpliré mi palabra, ¿tienes la espada o quieres ir por una?
En ese momento, el niño se acercó a él y le abrazó por la pierna. Cuando Yuri miró hacia abajo y se encontró con aquellos ojitos azules mirarlo con tal devoción y felicidad, sintió que no podía ser él quién le dijera sobre lo ocurrido con su abuelo, no sin echarse a llorar también.
—Ya he pensado en eso. —Olga se quitó la espada de madera del improvisado cinto y la blandió frente a los ojos de Yuri. Este le había prestado una de las espadas que usó hasta los trece años, cuando Yakov empezó a permitir que usara la de verdad que le había mandado a hacer su abuelo para ese mismo cumpleaños.
—Bien, espérenme aquí entonces —dijo Yuri antes de volver a desaparecer por la puerta.
Sin pensar demasiado, se puso las botas y un jubón de lana gruesa, así como su capa, gorro y guantes. Sabía que bien podría haber decidido rechazar la propuesta de su prima y sobrino, pero había pocas cosas que podía negarle a este último por más que le fuera tan fácil mandar a la mierda a todos los demás. Finalmente cogió con algo de desagrado su espada de madera y salió, con semblante más serio de lo normal y los hombros hundidos. Apenas lo vio, Andréi echó a correr por el pasillo hacia la escalera, y su prima se mantuvo a su lado, caminando a su ritmo.
—Yuri —susurró a mitad de camino, deslizando la espada contra la pared de piedra del pasillo, dando lugar a un ruido un tanto molesto.
Yuri no dijo nada, tan solo la miró de reojo y volvió a mirar al frente, pudiendo ver la cápita azul cielo de Andréi ondear al tiempo que este bajaba corriendo las escaleras, algo por lo que sus padres siempre lo regañaban.
— ¿Sucede algo? —insistió la muchacha, haciendo un deliberado gesto con su cabeza para poder mirarlo a los ojos.
—No —se apresuró a decir Yuri—, todo está...bien.
—No... No es así —se animó a decir Olga, poniéndose seria de repente. Yuri pronto había aprendido que era una persona muy intuitiva, era difícil escapar a sus interrogantes—. Algo te sucede, Yuri.
A su mente volvió a acudir la imagen de su abuelo tendido en su lecho, pálido y con el rostro sudoroso, batallando por conseguir hacerse con algo de aire para sus pulmones enfermos. Miró de reojo a Olga, que al igual que él se había detenido junto a la escalera. Andréi no tardaría en darse cuenta de que no lo habían seguido y subiría a buscarlos.
El joven recordó que Viktor le había pedido a Miroslav que no dijera nada al respecto, ¿sería prudente compartir esa información con la hija de Vladimir Orlov? De seguro su hermano le respondería que no. Pero Olga era su prima, le agradaba, y era consciente de que durante el mes que había durado su estadía, no le había enviado una sola carta a su padre en Perm.
—Mi abuelo está enfermo —soltó en voz muy baja, sin siquiera voltear a mirarla.
Obtuvo tan solo silencio por unos cuantos segundos.
— ¿Has estado con él?
El chico asintió.
—Tiene un aspecto horrible. El médico de la corte ha dicho que tiene neumonía, la enfermedad de los pulmones.
De la boca de Olga se escapó un sonido ahogado, y se llevó una mano a los labios, presionando con fuerza.
—Eso... eso es horrible —musitó, cerrando su manito blanca en un puño sobre su boca—. Mi tía, la hermana de mi madre, murió de esa forma el invierno pasado.
Por unos segundos, ambos cruzaron sus miradas. Ojos casi idénticos, brillando con preocupación. Fue Yuri el primero en reaccionar.
—¿Es que acaso todos tienen un conocido que haya muerto de neumonía? Eso significa que mi abuelo morirá, lo sé —dijo con voz seca apretando ambos puños con fuerza. Los ojos de repente le ardían, y las lágrimas amenazaban con empezar a formarse.
—No necesariamente —se apresuró a decir Olga—. Tal vez el médico conozca una forma de tratarlo. Por alguna razón es que ha llegado a ser el médico del rey... El marido de mi tía es tan solo un señor menor de los Urales.
—Nadie sabe cómo mierda tratarla —espetó Yuri con violencia—. Los remedios no sirven para nada. —En verdad no lo creía, o no podía afirmarlo dado que sus conocimientos en medicina eran nulos, pero era su enojo y su desesperación lo que lo llevaba a hablar.
Cuando Olga parecía estar a punto de responder, ambos jóvenes vieron llegar a Andréi, que había subido las escaleras y corría hacia ellos, con la pequeña capa ondeando detrás de sus largos cabellos negros.
—¡No se pierdan! Quiero pelear con las espadas —se quejó, cruzando sus bracitos sobre su pequeño pecho y haciendo puchero, el labio inferior temblándole ligeramente.
Los dos mayores volvieron a mirarse nuevamente, hasta que Olga negó lentamente con la cabeza. Yuri tragó saliva y miró al pequeño casi con compasión, que de seguro este no comprendería.
—Andréi... Olga no se siente muy bien. La acompañaré a su habitación, practicaremos en otro momento —dijo, inclinándose un poco para presionar suavemente el hombro del pequeño.
Su mirada decepcionada se sintió como una punzada en su pecho, pero entonces el niño no tardó en fruncir el ceño para hacer un pequeño berrinche que le recordó una vez más lo mucho que malcriaba Viktor a su primogénito.
—¿Qué? ¿Vas a jugar solo con ella? —El menor hizo una pausa, inflando una de sus mejillas— ¿Vas a besarla?
Aquello lo tomó desprevenido, y a pesar de que sus preocupaciones estaban en otros asuntos, reaccionó rápido.
—¿Qué? ¡No! Ella es mi prima —le explicó al niño con impaciencia.
Andréi se encogió de hombros y, aún con el ceño fruncido y los labios apretados, picó la pierna de Yuri con la espadita de madera antes de darse la vuelta y salir de allí. Estaba molesto.
—Como heredero, será peor que Viktor... —dijo Yuri por lo bajo a su prima.
—Es un niño malcriado, pero es adorable. —Olga miraba con una sonrisa al pequeño que se alejaba.
—Tiene más de lo primero —concluyó Yuri, preguntándose cómo se tomaría el pequeño las noticias. De seguro Viktor se encargaría de decirle.
Al día siguiente por la mañana, Yuri volvió a despertarse junto con el sol. Aquella vez no nevaba, pero aun así tuvo que salir completamente abrigado al pasillo. Había dormido poco y moría de hambre, pero no pensaba probar bocado antes de poder informarse sobre la situación de su abuelo. En su corazón albergaba la esperanza de que una noche de buen sueño hubiese tenido un efecto milagroso y que el alba lo hubiese encontrado en mejor estado de salud. Pero Yuri no creía en milagros.
Recorrió el pasillo a paso lento, sintiendo en su corazón el miedo incontrolable de escuchar la verdad. Miroslav estaba de pie junto a la puerta entornada, y junto a él estaba Viktor, con quién hablaba en voz baja. Ninguno de los dos estaba sonriendo.
—Buenos días —murmuró el muchacho al acercarse a ellos— ¿Hay noticias? —preguntó inmediatamente después, porque ya no podía posponer su ansiedad por mucho más tiempo.
Los dos adultos se miraron por unos largos instantes, dejando a Yuri impaciente y estupefacto. Parecían estar debatiéndose entre decirle algo o no, o de qué manera hacerlo. A Yuri le recordó un poco al día del complot fallido, cuando Viktor y su abuelo se mostraron reacios a revelarle algo que ambos parecían saber. Esta vez era peor, porque no le produjo rabia ni confusión, Yuri supo en ese momento que algo no estaba nada bien.
— ¡Hablen! —insistió, con la voz distorsionada por la desesperación. Sintió que los latidos en su pecho se aceleraban de un momento a otro y que las manos, cerradas en puños, le sudaban.
—El rey no está bien, Yuri —empezó el médico, con el sentimiento de derrota palpable en su voz—. Su aspecto ha empeorado mucho desde ayer, y con tales dificultades para respirar... será un milagro si se recupera.
«Yo no creo en los milagros», fue lo primero que pensó Yuri, apretando los puños. Sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos, y rápidamente apartó la mirada.
Viktor avanzó un poco y posó una mano en su hombro, la cual Yuri se sacudió violentamente. Su hermano se apartó, sorprendido.
—¿Puedo verlo? ¿Está consciente? Quiero hablar con él... —dijo, conteniendo las lágrimas y mirando a ambos de manera casi desafiante, como si todo aquello dependiera de ellos dos.
Miroslav asintió, con semblante serio y sin decir nada. Solamente le indicó con la mano la puerta. El rubio la miró por unos largos segundos, intentando juntar valor para enfrentarse a la muerte. Tras echar una fugaz mirada a Viktor, se coló por la estrecha abertura.
Por dentro la habitación estaba bien iluminada con tres antorchas que colgaban de las paredes y unas cuantas velas, pero a Yuri le pareció muy oscura de todas formas. El aire estaba impregnado del aroma de hierbas de distinto tipo, esparcidas todas sobre una pequeña mesa, junto a un cuenco y un mortero de cerámica. Yuri se preguntó si era así como olía la muerte.
— ¿Yuri?
Su abuelo lo llamó en voz baja, ronca. Intentó incorporarse para ver a su nieto, pero empezó a toser violentamente, lo que hizo que se resignara y volviera a recostar la cabeza en su cama.
Yuri se acercó a paso lento, sintiendo que el cuerpo entero le temblaba, como si fuese él el enfermo. Se sentó en la silla del médico y la arrimó un poco a la cama, buscando la mano de su abuelo. Un jadeo escapó de sus labios al ver un poco de sangre en las sábanas, porque rápidamente lo supo; había tosido sangre, sus pulmones debían de estar destrozados.
—Estoy aquí —le dijo con voz trémula, apretando con fuerza aquella mano pálida y frágil.
—Qué bueno... que hayas venido... —El anciano giró un poco su cabeza para poder verlo, con los ojos entrecerrados y una débil sonrisa.
El muchacho se alegró de que aún tuviese las fuerzas para sonreír, y que estuviese aún lo suficientemente consciente como para reconocerlo y poder hablarle. Era tal vez lo único que podía darle consuelo en ese momento.
—Por supuesto que iba a venir... —susurró en respuesta. Ya no tenía sentido decir cosas estúpidas como "te pondrás bien", porque sabía que no sería así. Yuri nunca había sido un optimista.
— ¿Cómo... cómo están las cosas... allí afuera?
Aquella pregunta lo tomó por sorpresa, ¿Cómo podría alguien estar en su lecho de muerte y aún preguntarse por lo que pasaba en el exterior?
—Nadie lo sabe aún —se apresuró a responder el chico.
—Por supuesto... no es bueno... desatar el caos tan pronto. —Nikolai pareció fruncir el ceño por un momento, para luego volver a relajar su expresión. No tenía las suficientes fuerzas para adoptar un semblante severo.
— ¿De qué hablas? —preguntó confundido, sin siquiera pararse a pensar que esas palabras tal vez no tenían mayor razón de ser que los delirios de un enfermo.
—Escúchame, Yuri...
—Si —respondió.
—No te enfrentes a Viktor... —le pidió—. Por el bien de la familia y del reino, no lo hagas... aunque otros intenten persuadirte.
Por su forma de hablar, parecía que por fin estaba soltando algo que se había guardado por mucho tiempo, algo que tenía que decirle antes de poder partir.
— ¿Otros? —Podía comprender que su abuelo sabía de lo que hablaba, que no estaba delirando ni por asomo—. No me enfrentaría a Viktor. El heredero al trono es él.
Nikolai solo intentó asentir y sonrió débilmente, infinitamente complacido de oír eso. Yuri comprendió que era muy consciente de que su tiempo en este mundo estaba llegando a su fin.
—Y tú...
Otro repentino ataque de tos interrumpió su oración, y Yuri solo se limitó a sujetar su mano con fuerza, sintiendo la terrible impotencia de no poder ayudarlo al ver como su pecho se agitaba violentamente.
—Yuratchka... sé feliz... sigue a tu corazón —continuó mientras luchaba con todas sus fuerzas por recuperar el aliento, lo poco que le quedaba de aliento—. No te cases si no quieres... o hazlo... con quién tú quieras, y cuando quieras. Siempre... habrá una forma de controlar lo demás.
Yuri sabía muy bien que su abuelo jamás le diría algo como eso en otras circunstancias. Ahora más que nunca era menester que se casara con su prima, y lo sabía muy bien. Con su hermano Viktor en el trono, los Orlov no tardarían en presionar para que la boda de Yuri con Olga se concretara pronto, y así poder tener al menos una pequeña influencia sobre el rey, a través de su hermano. Eso, su abuelo lo sabía mejor que nadie, pero en su lecho de muerte aquello no parecía importarle demasiado. De todas formas, le alegraba oír eso. Sabía que jamás podría renunciar a casarse, las alianzas eran importantes, pero le agradaba que su abuelo se preocupara porque fuese feliz. Acarició su mano, esbozando una leve sonrisa. No le hablaría de asuntos políticos, le seguirá un poco el juego.
—Yo no quiero casarme con nadie, seré caballero. —Hizo una pausa, sin meditar demasiado—. Además, la persona que quiero ya está casada.
No supo cuando fue que la primera lágrima se escapó de su ojo y resbaló por su mejilla, pero a ella le siguieron otras lágrimas silenciosas que bañaron su rostro de agua salada. Al dolor de ver en ese estado a quién más quería en el mundo, se sumó el dolor de no poder complacerlo, por creer que jamás sería feliz, por sentirse culpable y mal por querer a quién quería.
— ¿Si? —susurró con voz débil— ¿Lo quiere ella a su esposo?
«No es ella», pensó Yuri, mordiéndose el labio inferior con fuerza. Negó con la cabeza.
—No. Creo... creo que me quiere... a mí —dijo con voz temblorosa, pero esbozando una sonrisa imperceptible.
Apenas habló, se arrepintió de haberlo dicho, pero si el mayor estaba siendo sincero con él, ¿por qué no serlo él también, al menos hasta donde pudiera? Solía tener charlas profundas con su abuelo bastante seguido, pero jamás hablaba con él o con nadie de las cosas que sentía, y lamentaba muchísimo empezar a hacerlo en ese momento. Al mirar nuevamente al anciano, notó que este parecía un poco sorprendido.
—Yuri, tu... estás enamorado. Debí haberlo notado. —Otra vez hizo el descomunal esfuerzo de fruncir un poco el ceño, sin éxito—. Ya no eres mi pequeño Yuratchka...
El chico oyó que se le escapaba un sollozo más fuerte y bajó la cabeza, cubriéndose la boca con su puño cerrado. Negó con la cabeza repetidas veces, esperando a que las palabras le llegaran a los labios.
—Lo soy... siempre lo seré... —logró articular entre lágrimas.
—Escúchame, Yuratchka —dijo el hombre con dulzura—. Si lo amas, y él te ama, ve por él.
Yuri se quedó helado, incluso dejando de llorar. Alzó la mirada, mudo, aún presionando con fuerza el puño contra sus labios. Su abuelo lo sabía, sabía quién le gustaba y había usado una palabra tan fuerte como "amar" para referirse a él. Yuri no amaba a Otabek como su hermano a su esposa, pero en el fondo de su corazón estaba seguro de que alguna vez querría llegar a amar a alguien de esa misma forma, y que tal vez esa persona pudiese ser él. Quiso decirle eso a su abuelo que no lo amaba, que era su amigo, pero le salió algo muy distinto, otra de sus preocupaciones.
—Yo no lo elegí —juró, sintiendo que la voz se le volvía a quebrar en un sollozo— ¿No me... no me odias por eso? —Su mayor miedo en ese momento era que su abuelo muriera sintiendo odio o rechazo hacia él.
—Nunca... nunca podría odiarte, Yuri... y menos por eso. Solo ten cuidado, no todos son como yo... y cuida también los sentimientos de tu hermana. —Al decir eso, esbozó una débil sonrisa.
No pudo más que asentir al escuchar aquellas palabras y, sin poder evitarlo, rompió a llorar de nuevo. Era una extraña mezcla de emociones. Primero estaba el dolor de tener que aceptar que su querido abuelo pronto lo dejaría, mezclado con el alivio y emoción que sentía por el simple hecho de que no lo odiara, y por último, el saber que a pesar de todo, su felicidad estaba llena de obstáculos.
—Gracias, abuelo. —Lo miraba a través de la densa cortina de lágrimas que manaban de sus ojos y empapaban su cara.
—Espero... que los tres puedan perdonarme... fui yo quién planeó esa boda...
Nunca pensó que escucharía eso de su parte. La boda había sido una necesidad política, y ambos lo sabían muy bien. Si no hubiese sucedido, Otabek hubiese desposado a una mujer de su reino y Yuri jamás lo hubiese conocido. Le dolía ver a su abuelo arrepentido por algo como eso.
—No importa eso —respondió con rudeza, negando con la cabeza—. No me dejes... —Instintivamente, se puso de pie para volver a arrodillarse en el suelo, enterrando su rostro en la cama.
—No estarás solo... Nunca te dejaré, y tampoco todos aquellos que te quieren—respondió el hombre, jadeante—. Confío en que serás feliz, y un gran caballero también, cuando llegue el momento...
—Te dedicaré mi primaria victoria —prometió, con una sonrisa triste.
Luego se aferró más fuerte a su mano y no dijo nada más, porque las palabras sobraban. Se quedó así por un rato muy largo, intentando calmar la angustia que le daba sentir la mano de su abuelo, tan fría y débil, entre las suyas: cálidas y fuertes. No supo cuánto tiempo pasó hasta que Viktor entró en la habitación y le puso una mano en el hombro, comunicándole que Miroslav debía continuar su trabajo. Yuri al principio se resistió, pero terminó por hacer caso a su hermano y salir de la habitación detrás de él.
Mantener el secreto sobre la enfermedad del rey no era para nada sencillo en una corte de tal tamaño, con sirvientes que actuaban a su vez como espías e informantes. Para la media mañana del día siguiente, el rumor ya se había expandido por el castillo como un incendio. Muchos se habían acercado por la mañana a las estancias del rey para visitarlo. Uno de ellos había sido Yuriko, que luego de habérselo contado a su hijo, había ido con él a ver a Nikolai. Viktor le dijo luego a Yuri que había pasado el resto del día intentando consolar al niño.
Yuri, por su parte, estaba desesperado. Visitó a su abuelo cerca del mediodía, y este a duras penas pareció dar cuenta de su presencia. Había empeorado mucho desde la mañana del día anterior, sin que Yuri pudiese comprender aún por qué tan pronto. Lo acompañó por cerca de una hora, hablándole sin recibir respuesta y sujetando su mano sudorosa.
Cuando salió de la habitación, se topó con Olga, que esperaba pacientemente afuera, cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro. Yuri comprendió que lo había estado esperando. La noche anterior, habían cenado juntos en la habitación de Yuri, ya que su prima intuía que necesitaba compañía. Hablaron de muchas cosas, pero él prefirió no decirle que el rey no iba a recuperarse, tal vez porque no lo consideraba apropiado, tal vez porque no le salían las palabras. Ahora, por supuesto ella ya lo sabía.
—Yuri... —Observó su rostro empapado de lágrimas con preocupación.
—Él... —empezó Yuri.
—Lo sé.
Olga salvó la distancia entre ambos y lo rodeó con ambos brazos. El chico se tensó un poco, era un abrazo que no se esperaba. Comprendió entonces que ya no tenía sentido seguir intentando aparentar fortaleza. Estaba devastado, y no podía esconder eso. Enterró el rostro en el hombro de su prima y, mientras sentía que las lágrimas volvían a correr libremente, la abrazó con fuerza.
En un momento, sintió que Olga levantaba la cabeza, pero él no se movió.
— ¿Cómo lo llevas tú? —preguntó la chica, empezando a acariciar los cabellos revueltos de Yuri— ¿Estás listo?
Iba a responder, a decirle que no entendía de qué estaba hablando, pero no tardó en comprender que no le estaba hablando a él.
—No —dijo Viktor a su espalda—. Me siento... incapaz de estar a su altura. Menos aún si se desata una guerra...
—Cállate —espetó Yuri entre sollozos, aún aferrado a Olga con toda la fuerza que tenía—. Serás un buen rey.
Le parecía algo duro hablar de política en un momento como ese, pero lo cierto era que apenas su abuelo muriese, Rusia tendría un nuevo rey, y ese sería Viktor. Ambas situaciones eran imposibles de disociar.
—Por lo pronto, me gustaría lograr que Andréi y tú dejaran de sufrir. —Viktor suspiró—. No me gusta verlos así —le dijo luego a Olga.
Aquella misma noche, cuando Yuri regresaba de acompañar a su abuelo por tercera vez en el día, fue interceptado por un criado.
—Su Alteza. —Hizo una pequeña reverencia—. Su madre lo espera en sus aposentos para la cena, me ha dicho... que tiene que hablar con usted de algo importante.
Su madre. En los últimos dos días, no la había visto. O mejor dicho, la había evitado deliberadamente. Era la última persona que quería ver, porque sabía que lo único que tendría para decirle sería que dejase de llorar como un niño.
Fue la curiosidad lo que lo llevó a acudir a los aposentos de su madre a la hora de la cena. Se había bañado para quitarse los restos de lágrimas de la cara y poder parecer más resuelto frente a ella, que de seguro encontraría siempre razón para juzgarlo.
—Pasa, Yuri—dijo Tanya apenas su hijo abrió la puerta.
Al ingresar en la amplia habitación, Yuri encontró a su madre sentada frente a una mesa repleta de platillos y una jarra de vino. Durante las últimas semanas, cenar con su madre y con Olga había sido algo casi cotidiano a pesar de lo incómodo que aquello les resultaba a los más jóvenes. Por eso mismo, se sorprendió un poco al no ver a Olga allí, o por lo menos confirmó sus sospechas.
— ¿No viene Olga? —preguntó, intentando no sonar demasiado afectado al hablar con su madre. No quería que ella interfiriera en sus sentimientos.
La mujer solo le hizo un gesto con la mano para que ocupara la silla que tenía en frente.
—No—respondió—. Quería hablar solo contigo, de algo importante.
Yuri tomó asiento frente a su madre, y esta le llenó la copa de vino hasta la mitad. Sintió que tal vez iba a necesitar un poco más que solo eso.
—Entonces dime, ¿de que querías hablar? —Se le hizo agua la boca al sentir el aroma de la carne de cerdo que tenía en frente, y recién entonces notó cuan hambriento estaba al no haber comido casi nada en todo el día.
El silencio llenó la habitación por unos cuantos segundos en los que ambos probaron un primer bocado de comida. Su madre siempre esperaba a haber tragado bien antes de empezar a hablar, consideraba lo contrario un acto de barbarie aunque nadie en la corte le diera mucha importancia a eso.
—Siento mucho lo de tu abuelo, Yuri —comenzó, con la voz fría que tanto la caracterizaba.
« ¿De verdad?», pensó él con un dejo de ironía, sin decir nada ni despegar los ojos del trozo de carne. Lady Tanya jamás se había relacionado demasiado bien con la familia Plisetsky, solo permanecía en la corte para educar a sus hijos, y tal vez para que su hermano no la obligara a volver a casarse, al tener aún unos pocos años fértiles. De todas formas, a lord Orlov no le importaba demasiado tener una hermana que utilizar para formar alianzas teniendo tres hijas jóvenes.
—Siento ser yo quien deba informarte esto —continuó la mujer, bebiendo un pequeño sorbo de vino—; pero si el rey muere, tu boda con Olga deberá ser más pronto de lo planeado.
Yuri estuvo a punto de soltar su copa de vino y estrellarla en el suelo al escuchar eso.
— ¿Qué? —estalló, alzando el tono de voz de forma considerable—. Un trato es un trato, prometiste que tendríamos dos años.
—La muerte del rey lo cambia todo.
—No veo el por qué —espetó Yuri, desafiante—. No sabes... no sabes si va a morir.
Tanya chasqueó la lengua.
—Todos lo saben, Yuri. Que tú te niegues a aceptarlo no cambia las cosas. También debes aceptar que tu matrimonio es algo inevitable si quieres al apoyo de mi hermano en la guerra que se avecina.
Sintió una especie de escalofrío que lo recorrió desde la nuca hasta la yema de los dedos. Algo no andaba bien ahí, sobretodo porque se suponía que su madre no sabía nada de la amenaza de guerra. Lord Orlov había sido notificado como el resto de los vasallos, pero el mensajero había partido hacia unos pocos días, no pudo haber tenido tiempo de enviarle una carta a su hermana al respecto.
— ¿De qué guerra hablas? —preguntó con voz trémula. Esa respuesta tal vez le revelaría que su madre tenía un espía en la corte. Tenía que estar preparado para oír cualquier cosa.
—La guerra civil, Yuri. No pensé que esto pasaría tan pronto, pero... cuando muera el rey, esperaremos unos días. Luego tú, Olga y yo partiremos hacia Perm. Allí recibirás todo el apoyo para reclamar tus derechos al trono.
La naturalidad con la que hablaba, y el contenido mismo de sus palabras, hicieron que a Yuri se le helara la sangre dentro de su cuerpo. En silencio, muy lentamente, apoyó la copa de vino sobre la mesa, consciente de que su mano estaba temblando.
— ¿Qué dices?
—Tienes el apoyo de casi todos los señores del Este, tanto vasallos de nuestra familia como nobles importantes. Lord Voronin, lord Astakhov y lord Gurkovsky, todos ellos, y sus vasallos, están con nosotros.
La franqueza en su discurso hizo que Yuri se estremeciera. Jamás pensó que una conspiración así pudiese estar gestándose ante sus ojos, siendo su tío y su madre los principales instigadores.
—No voy a rebelarme contra Viktor—respondió Yuri rotundamente, cruzándose de brazos—. El trono le pertenece a él.
—Toda la confianza de los señores del Este está puesta en ti, Yuri—se apresuró a responder Tanya. Parecía incapaz de aceptar una negativa por parte de su hijo.
—No, madre... yo llevo el apellido de mi padre, al igual que mi hermano.
Volvió a hacerse el silencio. Durante esos largos segundos, Yuri le sostuvo la mirada a su madre, esperando que con eso llegara a retirar lo dicho. Tal vez, la mujer no terminaba de comprender la magnitud de lo que le estaba pidiendo, que traicionara a su abuelo incluso antes de que muriera. Era algo inconcebible para él.
—Yuri—continuó Tanya por fin—. No importa tu apellido, ni quién sea tu padre, importan las tierras que recibirás a la muerte de tu tío, luego de casarte con su hija. Tú... eres el heredero de Perm.
Los ojos de Yuri se abrieron de par en par. Aquello era algo que no se habría esperado nunca. Su tío tenía tres hijas y ningún hijo aún, pero Yuri no había pensado nunca en qué pasaría con sus vastas y ricas tierras cuando él muriera. Desde luego, quién se casara con Olga tendría plenos derechos a ser el nuevo señor de Perm, pero él, como único nieto varón de su abuelo materno, estaba mejor posicionado.
— ¿Yo... qué? —Se sentía incapaz de formular cualquier tipo de oración compleja.
—Así es, mientras te cases con Olga y reclames también los derechos que tienes a la corona. A partir de ahí, tu victoria es un hecho. —La mujer sonrió un poco—. Serás el hombre más importante del reino, Yuri. Nadie discutirá tu autoridad, serás infinitamente rico y podrás tener todo lo que desees. —Sus ojos verdes brillaron excitados de codicia. Era la primera vez que Yuri los había visto tan expresivos.
—Soy el heredero de Perm... —murmuró Yuri, como en un trance—. Debí haberlo sabido antes... ahora está más claro que el agua. —Su mirada permanecía fija en la vela que danzaba titubeante sobre la mesa.
—Y serás un gran rey y señor, cuando llegue el momento.
Por un momento, dejó que su mente asimilara esas palabras y se permitió imaginar un poco como sería su vida si aceptaba la propuesta de su madre. Ostentando ambos títulos de rey de Rusia y señor de Perm, sería él la autoridad suprema e indiscutible del reino. Ningún vasallo osaría rebelarse contra él, porque todo el poder en tropas y en oro estaría de su parte. El precio de la propuesta de su madre estaba muy claro, solo debía renunciar a ser leal a su familia paterna, casarse con su prima y pasar a ser Yuri Orlov. Traicionaría a su abuelo, a su hermano, a su sobrino, a su difunto padre... y a sí mismo.
—Tú... me pides que me rebele contra mi hermano... —dijo con voz pausada, intentando unir clavos sueltos en su cabeza— ¡Has sido tú! Tú enviaste a los asesinos... Si hubiesen conseguido su objetivo, yo ahora sería heredero también del reino —concluyó, aún sin poder creer que la instigadora de tal atrocidad estuviese sentada frente a él en ese momento.
—Deberías estar agradecido por lo menos de mis intentos. Lo hice porque te quiero, hijo mío —dijo Tanya con toda la naturalidad del mundo, como si no notara lo perturbado que estaba él.
Aquellas últimas palabras hicieron eco en su cabeza por un largo rato en el que se mantuvo callado. No tenía que pensar demasiado para ser consciente de que era la primera vez que oía a su madre decirle eso, y que escucharlo no lo hizo sentir feliz, sino más bien furioso y herido.
—Tú no me quieres, madre. Nunca lo has hecho—dijo por fin con frialdad y notablemente conmocionado— ¡Tú solo quieres el poder! —estalló, haciendo ademán de ponerse de pie para largarse de allí.
—Quiero lo mejor para nuestra familia, ¡y para ti! ¿Acaso no te parece tentador dejar de ser la sombra de tu hermano?
—Yo no soy la sombra de mi hermano. —Al decir eso, le dedicó una mirada envenenada a su madre.
—Durante toda tu vida te he visto sufrir por eso, ¿y resulta que ahora ya no lo sientes? No puedes mentirme —insistió la mujer—. Dime, Yuri, ¿Qué ha cambiado?
La pregunta lo dejó sin aliento, en primer lugar por la insolencia de su madre al preguntarle por eso, y luego, porque era cierto, ya no sentía ser la sombra de Viktor, y no se había puesto a pensar en el motivo. Tal vez había madurado, o tal vez había sido Otabek quién sin proponérselo lo había hecho sentir especial. Su amigo parecía estar teniendo más mérito en todo aquello de lo que Yuri pensaba.
—No tienes derecho a saberlo —respondió, mirándola aún con esos ojos cargados de odio.
Su madre lo miró de pies a cabeza casi con desdén, como si le molestara que su hijo fuese alguien de carácter fuerte con el poder de oponerse a ella de tal forma. Pensar eso a Yuri lo llenó de satisfacción.
—Piensa en lo que te he dicho. Ha sido planeado por años, no puedes rechazarlo tan fácilmente.
El rubio negó con la cabeza.
—Ya lo he hecho. Nunca ha habido nada para considerar —respondió.
No quiso esperar una respuesta por parte de su madre, porque no la necesitaba. Habiendo dicho eso, se puso de pie y salió por la puerta de la habitación, dejando su plato casi sin tocar, enfriándose sobre la mesa.
El camino a su habitación lo hizo casi corriendo, sintiendo que su corazón le latía desbocado e iba a salírsele del pecho en cualquier momento. No le fue muy difícil mostrarse decidido y terco frente a su madre, pero apenas cruzó la puerta toda esa fachada se había desmoronado, haciendo que se sintiera más desamparado que nunca. Se encerró en su habitación, olvidando por completo el hambre que había sentido antes de la cena. La revelación de su madre le había quitado el apetito.
Lo primero que se le venía a la mente, sumida en un estado caótico, eran preguntas: muchas preguntas que llevaban a que sintiera una incontrolable rabia contra su madre y su tío; pero también contra sí mismo. ¿Cómo había podido ser tan ingenuo, tan idiota? No había sido capaz de ver todo aquello que se desplegaba bajo la superficie, aquella podredumbre que no iba a tardar en explotar y destruir todo lo que estaba conteniéndola.
Pasó un rato largo recostado en la cama con la mirada perdida en las vigas de madera del techo. Y poco tardó en comprender que su noche sería larga, una noche que de las muchas que marcarían un antes y un después en su vida, sería la más dura de todas. Recostado en su cama que en ese momento era demasiado grande para él, hecho un manojo de nervios, se sentía incapaz de pensar en nada. Se mantuvo allí inmóvil por horas, esperando...
La mañana llegó luego de muchos intentos de conciliar el sueño, todos en vano. Yuri no había podido dormir en toda la noche. Vestía aun lo mismo que el día anterior, solo se había quitado las botas a patadas antes de intentar dormirse por tercera vez. Los ojos le ardían de tanto permanecer abiertos y en la cabeza sentía una leve presión, como cuando se pasaba un poco con el vino. Aun en ese estado, tenía muy claro que la noche ya había dado paso a la mañana, que debía dejar de ignorar al mundo y salir a enfrentarlo. De un solo movimiento, se incorporó en la cama y de sus labios se escapó un profundo bostezo. A tientas, se hizo con las botas y se las calzó, aún sentado en la cama.
Al salir, emprendió el corto camino hacia la habitación de su abuelo, sintiendo que las botas le pesaban más de lo normal y que el corazón se le había encogido en un puño. Comprendió entonces lo que había estado intentando ignorar durante toda la noche que pasó en vela, estaba esperando por lo peor. Lo esperaba, pero no por eso estaba preparado. Tal vez, tal vez había ocurrido un milagro. Una vocecita dentro de él quería pensar eso, intentaba llenarle la mente de buenos pensamientos.
«Yo no creo en los milagros», pensaba una voz más racional, arremetiendo contra toda la esperanza que le quedaba.
Miroslav hizo una reverencia en cuanto vio llegar al príncipe. Él mismo parecía también haber permanecido en vela toda la noche, y de su expresión cansada Yuri no pudo obtener ningún rastro de esperanza.
—Es usted el primero en llegar, alteza —empezó el hombre—. Es temprano aún.
«Porque no he dormido nada», pensó Yuri. Ahora él quería saber lo que de verdad importaba.
—¿Cómo está? —preguntó con voz trémula, pero insistente.
El rostro del médico se ensombreció, y sus ojos pequeños, enmarcados por ojeras púrpuras sobre piel blanca, terminaron de apagarse por completo.
—El rey ha muerto, Yuri —anunció, con el suficiente valor como para mirar al chico a los ojos.
Aquellas cuatro palabras bastaron para hacer que el mundo de Yuri se viniera abajo allí mismo. Apretó los puños, sintiendo que las manos le temblaban y todas aquellas lágrimas que no había derramado durante la noche, se agolpaban de repente en sus ojos. Quería salir corriendo y aislarse del mundo otra vez, pero en ese momento necesitaba respuestas más que otra cosa.
—¿Cuándo?
—Hace unas pocas horas... Me sorprendió en sus últimos momentos. Por un instante, creí que había recuperado la consciencia, la cual yo ya había dado por perdida el día de ayer.
— ¿Por qué? —preguntó Yuri con la voz seca.
—Él... dijo algo, nombres. Primero, el de su Majestad la reina Natalya, y el de su hijo mayor. Pensé que... tal vez pudo haberlos visto, en el umbral de la muerte.
Yuri lo escuchaba atentamente, sin creer demasiado en sus palabras. Le costaba creer que hubiese algo más allá de la muerte.
—Luego pronunció su nombre. Yuri.
Sintió una fuerte punzada de dolor en su pecho y exhaló aire con fuerza. No podía evitar pensar que mientras él yacía en su cama con los ojos abiertos, intentando ignorar todo lo que lo rodeaba, su abuelo agonizaba en su lecho de muerte, tal vez deseando verlo por última vez. Supo en ese momento que aquel sentimiento de culpa se instalaría por siempre en su corazón, estrujándolo cada vez que recordara aquellos días fatídicos.
— ¿Por qué no me avisó nadie de eso?
Miroslav se quedó en silencio.
—Porque murió minutos después. No me dio tiempo siquiera de comunicarle el mensaje a un criado, y yo no podía dejarlo solo...
Yuri bajó la mirada, entre avergonzado y terriblemente enfadado consigo mismo. Pensó que de seguro su abuelo había pasado una peor noche que él, agonizante, librando una batalla contra su cuerpo cada vez que necesitaba hacerse con algo de oxígeno. Pensó que lo había necesitado y él no había acudido, no había estado allí con él en sus últimos momentos.
Entonces escucharon unos pasos apresurados que se acercaban, y ambos se dieron la vuelta para ver a Viktor y Yuriko. Viktor iba delante, notoriamente consumido por la ansiedad, y Yuri comprendió entonces que su hermano aun no lo sabía, que él había sido el primero en enterarse.
—Su Majestad... — El médico real inclinó la cabeza.
Tanto Viktor como Yuri lo miraron atónitos. Se había referido a Viktor como a su rey.
—Dime. —Viktor lo miró a los ojos, pidiéndole que le dijera la verdad sin tapujos. Pero solo le bastó echar un vistazo a su hermano pequeño para que sus ojos azules brillaran fugazmente al comprenderlo, para luego apagarse nuevamente. El joven heredero entonces apretó los labios con fuerza, un gesto que compartía con su hermano y le salía involuntario cuando intentaba contener sus sentimientos.
—Lo siento mucho, amor mío... —Yuriko habló por primera vez, acercándose a su esposo y posando una mano en su hombro.
Yuri los observó, sintiéndose un tanto molesto al ver como su hermano abrazaba a su esposa, y esta respondía con un cariño infinito, palpable incluso a ojos del rubio. Él quería algo como eso en ese momento, quería poder llorar desconsoladamente en brazos de alguien que no lo juzgara por eso, que solo respondiera abrazándolo más fuerte. En ese momento se sintió muy solo.
La pareja por fin se separó y reparó en él. Al ver que ambos lo miraban, Yuri se apresuró a limpiarse una lágrima traicionera que corría por su mejilla, tal vez demasiado tarde. Cuando Yuriko extendió la mano para acariciarle los cabellos, en un gesto casi maternal, el muchacho apartó la cabeza dejando que la espesa mata de pelo rubio le cubriera la mitad de la cara.
—Yuri —dijo Viktor, evidentemente preocupado.
En respuesta, el chico solo se limitó a negar con la cabeza y a darse media vuelta para salir de allí. Quería alejarse, quería alejarse de todo, encerrarse en su habitación por lo menos hasta el día siguiente.
Buenas~ He aquí un nuevo capítulo. De nuevo disculpen por la tardanza (perdón, se está volviendo una costumbre!), pero junio es un mes difícil para los universitarios Dx Espero que les haya gustado el capítulo, he desplegado unos cuantos sentimientos aquí a través de Yuri y fue increíblemente difícil expresar todo eso. Pero bueno, también por fin se ha revelado lo que tenía entre manos Tanya, aunque supongo que más de uno ya lo habría adivinado ;) Ha sido otro capítulo sin Otabek, créanme que yo también lo extraño tanto como ustedes y como Yuri, pero prometo que en el próximo capítulo ya estará de vuelta~
Agradezco mucho a mi Beta And-18 por la corrección del capítulo y a ustedes por leer. Gracias por los comentarios del capítulo anterior, de verdad me alegra que quieran a Olga porque esa niña es un amor, todo lo contrario a su padre.
Espero tener el próximo capítulo lo más pronto posible, ¡hasta la próxima!
