11. ANTES DEL AMANECER

El caballo avanzaba al trote por el bosque blanco de abedules. El viento fresco de la media mañana le acariciaba el rostro y los cabellos áureos, que, sueltos, se agitaban con delicadeza alrededor de sus hombros. Yuri no recordaba la última vez que se había sentido tan libre, a pesar de que solía salir a cabalgar regularmente. Aquel día, se permitió a si mismo ser partícipe de la escena que le ofrecía su adorado bosque, que lentamente empezaba a despertar tras un crudo invierno. Las ramas seguirían peladas por unos pocos meses más, pero la vida empezaba ya a asomarse por debajo del manto blanco, con los alegres cantos de los pájaros y el sonido lejano de un arroyo que volvía a fluir.

Pero lo que lo hacía sonreír no era la belleza de la mañana. Si cabalgaba con tanto ímpetu era para encontrarse con Otabek. La noche anterior ambos cenaron juntos en la habitación de Yuri, y antes de retirarse a sus aposentos, Otabek le pidió encontrarse con él por la mañana, ya que tenía un regalo especial para darle.

Apenas lo divisó, de pie junto a su caballo, Yuri jaló suavemente de las riendas de Fiódor para detenerse. Antes de desmontar, sus miradas se cruzaron. Otabek llevaba su arco corto al hombro, así como una aljaba cargada de flechas sujeta a su espalda.

—Me hubieses dicho que trajera mi arco si íbamos a cazar —protestó el más joven. Se incorporó sobre su caballo y desmontó con gran destreza.

—Es que no lo necesitas —respondió simplemente Otabek. Antes de que Yuri pudiera volver a quejarse, lo rodeó con ambos brazos, estrechándolo contra su cuerpo en un fuerte abrazo—. Feliz cumpleaños, Yuri —le dijo al oído, haciéndolo estremecer.

Finalmente cumplía dieciséis años, aquello que Yuri tanto había anhelado. Por meses, el muchacho esperó esa fecha con gran expectativa, ansioso porque se celebrara un gran torneo en su honor, que su abuelo le diera un regalo especial y lo nombrara caballero frente a sus más leales vasallos. No obstante, sabía que ya nada de eso sería posible. Desde el momento en que llegó la primera carta del reino de Acadia, Yuri supo que no podrían permitirse celebrar un torneo en tiempos de guerra. Tampoco su abuelo podría estar con él. Solo tenía a sus hermanos, y a Otabek. A pesar de todas las cosas que ya no serían como antes, Yuri se sentía inmensamente feliz de tener a su amigo con él.

—Gracias, Beka —susurró contra su hombro. Se removió un poco, no porque le molestara el abrazo, sino porque empezaba a impacientarse—. Quiero ver mi regalo— demandó.

Otabek solo se rio, pero terminó por soltarlo.

—Solo espera... —Se descolgó el arco del hombro y, con cuidado, lo apoyó contra un árbol—. Cierra los ojos, Yuri.

Cual niño obediente, Yuri cerro con fuerza sus párpados, extendiendo sus manos para recibir su obsequio. Nervioso, cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra, sin dejar de exhibir una brillante sonrisa.

Sin embargo, lo que recibió no fue un objeto en sus manos. Silencioso como una sombra, Otabek se acercó a él, sin tocarlo en ningún momento, hasta posar sus labios suaves sobre los suyos. Lo besó lentamente, moviendo sus labios de forma que Yuri pudiese borrar su sonrisa y corresponder al beso. Pero el chico se había quedado quieto, petrificado, sin moverse siquiera para respirar.

— ¡Oye! —exclamó finalmente, incrédulo y sin dejar de sonreír—. Pensé que ibas a darme mi regalo. —Abrió los ojos, provocando que Otabek se separara de él y quedara solo a centímetros de su rostro.

—Tienes razón, iba a darte tu regalo. —El mayor se encogió de hombros, tan serio como siempre—. Pero te veías demasiado lindo, no pude resistirme.

—Debes estar bromeando. —Yuri se cubrió los labios con una mano, sintiéndose ligeramente turbado. Aun le sorprendía como con tan solo una mirada, una caricia o un beso, Otabek podía encender una chispa dentro de él para luego simplemente apartarse y observar como esta se convertía en un incendio.

—No, es cierto. —Otabek se volteó para, ahora sí, acercarse a su caballo—. Vuelve a cerrar los ojos, esta vez, en verdad, te daré tu regalo.

Yuri no volvió a protestar porque, siendo sincero, aquel beso le había gustado; y también estaba ansioso por ver el regalo que Otabek tenía preparado para él. No tuvo que esperar demasiado para sentir que un objeto de cuero le era depositado, con sumo cuidado, en sus manos.

—Es pesado... —dijo al tiempo que abría sus ojos para observar lo que estaba sosteniendo. No tardó en reconocer el arma, enfundada en el estuche de cuero—. ¡Un arco! ¡Un arco como el que tú tienes! —exclamó entonces, emocionado.

La aljaba de cuero era lo suficientemente grande como para que cupiera el arco y por lo menos una treintena de flechas, el mínimo que necesitaría un guerrero kazajo para una batalla. Sin poder contener su entusiasmo, pero siendo lo más cuidadoso posible, Yuri tiró del arco para sacarlo de su estuche y examinarlo mejor. Le tendió la aljaba a Otabek y se dedicó a recorrer el arma con sus dedos. Era un arco compuesto, relativamente pequeño, y de forma recurvada, con un firme mango de madera y cuerno, y el lomo de abedul.

—Es hermoso... —murmuró fascinado.

—Y muy efectivo —respondió Otabek—. Alcanza casi el doble de distancia que cualquier arco occidental.

— ¿Quién lo hizo? —Yuri alzó la cabeza para mirarlo por primera vez desde que había recibido el arco.

—Kairat, un verdadero genio en la fabricación de armas. Él solo, junto a sus aprendices, se encarga de hacer todos los arcos de nuestras tropas. —La admiración que Otabek sentía por aquel hombre era palpable en su voz—. Todos los arcos que mi padre, mi hermana y yo tenemos, son obras suyas.

— ¿Y le pediste que hiciera uno para mí?

—Así es. Le dije que lo hiciera con la misma dedicación que destina a los nuestros. Este está hecho específicamente para ti.

Los ojos de Yuri volvieron a posarse en su precioso arco, que parecía ahora más una valiosa joya que un arma. Acarició la suave superficie de madera, explorándola con detenimiento.

—Si no me conoce, ¿Cómo es que pudo hacer un arma perfecta para mí?

—A Kairat solo le basta una buena descripción de la persona para fabricarle un arco a su medida. Suele acertar, pero no tiene problemas en ajustarlo si no resulta ser perfecto —explicó Otabek—. Yo le pedí un arco delicado y elegante, a la vez que fuerte y resistente, como su dueño.

Yuri sonrió. Desde que se conocieron, el siempre estoico Otabek aprovechaba cada oportunidad que tenía para hacerle cumplidos, una prueba clara de la profunda admiración que desde niño sentía por él.

— ¿Cuan fuerte? —quiso saber, con sus ojos verdes brillando de la emoción.

—Te mostraré.

Otabek le tendió la aljaba a Yuri y cogió de sus manos el arco, sosteniéndolo con sumo cuidado. Lo enderezó y sujetó firme con una mano, mientras que con la otra tiraba de la cuerda para tensarlo con facilidad, ante la atónita expresión de Yuri. El lomo era increíblemente resistente, y cuanto más pudiera doblarse, mayor alcance tenía.

— ¡Quiero probarlo! —pidió el muchacho.

Sacó una larga flecha de la aljaba, balanceándola en su mano y observando la punta filosa. Era tan hermosa como el mismísimo arco. Colgó el estuche de su hombro y extendió sus manos para que Otabek le entregara el arco. Cuando lo recibió, cargó la flecha y la dejó reposar entre su dedo índice y medio, cerrados en torno a la cuerda. Tensó el arco con destreza, sintiendo que la mano que sostenía la cuerda le temblaba levemente ante el peso del mismo. Lo enfureció un poco pensar que, para Otabek, tensar aquel arco había sido como un juego de niños.

Bajo la mirada atenta del mayor, Yuri frunció el ceño e hizo todo tipo de muecas mientras intentaba mantener el control sobre la flecha, que apuntaba hacia algún punto lejano del bosque que se extendía frente a ellos.

—Suelta —ordenó finalmente Otabek.

Le hizo caso al instante, soltando sus tres dedos de la cuerda con suavidad, para dejar ir la flecha hacia el punto en el que tenía fijos los ojos. Tras un jadeo, notó que tal vez había soltado la cuerda demasiado rápido, que el proyectil se tambaleaba un poco mientras cruzaba el aire hacia su destino. Fue a parar a un tronco de abedul, en el cual se clavó algo torcida y con poca fuerza.

— ¡Maldición! —Bramó Yuri, bajando el arco para buscar la flecha con la mirada—. ¡No debí haber soltado tan pronto! —Estaba verdaderamente furioso consigo mismo y con sus brazos, que no habían podido mantener el arco tensado por demasiado tiempo.

Otabek se había dedicado a mirarlo en silencio, con los brazos cruzados.

—Sí, hiciste bien en soltar cuando yo te lo dije —le explicó con calma—. De lo contrario, tus brazos habrían perdido fuerza. Nadie puede mantener el arco tensado por demasiado tiempo. No está bien, ni tampoco es sensato. —Otabek fruncía un poco el ceño, pero no por eso parecía enfadado—. Tienes que ser rápido.

Jamás había sido un experto en el manejo del arco, pero sus tiros siempre fueron decentes –considerando los estándares demasiado altos de Otabek–. Para él, el arco era casi una extensión de su brazo. Sin embargo no podía evitar sentirse frustrado y humillado, como aquella vez en que Otabek le había ganado la pelea frente a sus hermanos. Todo eso parecía ya demasiado lejano.

Testarudo y perseverante como era, Yuri cogió una segunda flecha de la aljaba y cargó el arco, asegurándose de que sus tres dedos sujetaran bien la cuerda. Soltó un bufido cuando Otabek volvió a interrumpirlo.

—No —dijo con simpleza.

— ¿Ahora qué quieres? —farfulló Yuri. No le gustaba tratarlo así, pero estaba dispuesto a proteger su dignidad a cualquier costo.

—Observa. —Sin esperar respuesta, Otabek se descolgó su arco del hombro y, fácilmente, preparó una flecha—. Mira mi mano, Yura.

El aludido no respondió, pero, sin dejar de apretar la mandíbula con una fuerza atroz, se giró para mirar al otro chico. No podía estar enfadado con él si le llamaba Yura.

Sostenía el arco tensado con firmeza, aflojando su agarre en el mango. Yuri comprendió al instante que la mano que Otabek pretendía que mirara, era aquella que sujetaba la cuerda. Aferrándola de forma muy distinta a Yuri, quien usaba los tres dedos centrales de su mano, tal como le habían enseñado desde niño. El modo de Otabek parecía mucho más sencillo, ya que recargaba todo el peso de la cuerda en el pulgar, sujetando la flecha con este y con el índice.

—Si presionas la flecha entre tus dedos, hay altas posibilidades de que pase lo de recién —explicaba, mirando de reojo como Yuri intentaba imitar su postura, aún sin entender bien de qué se trataba—. Además, los tres dedos jamás sueltan la cuerda al mismo tiempo, mientras que el pulgar es tu dedo más fuerte. Aprovéchalo.

Un desdichado Yuri se miraba los dedos esforzándose por sostener la flecha y la cuerda a la vez, de manera suave, mientras tensaba el arco.

—Encontrarás la forma —decía Otabek, viendo las muecas de Yuri y escuchando las maldiciones que soltaba por lo bajo—. Por lo pronto, ¿vas a dejar que te ayude o no?

Yuri suspiró resignado.

—Adelante, tú que todo lo sabes.

Escuchó una risa moderada por parte de Otabek, quien no tardó en aparecer a su lado. Demasiado cerca. Apoyó una mano sobre la suya, acariciando sus dedos y flexionándolos para cerrarlos en torno al pulgar que sostenía la cuerda.

—Así —le dijo, junto a su oído. Cerciorándose, una vez más, de que los dedos de Yuri estuviesen en la posición adecuada para disparar.

—No puedo hacerlo si tú haces... eso —masculló Yuri, apretando los dientes.

— ¿Hacer qué? —Otabek se apartó y formuló un rápido gesto con la mano—. ¡Ahora, Yuri!

No tuvo tiempo de responder a la pregunta del otro. Apenas oyó la señal, soltó la flecha, que salió disparada a toda velocidad y quedó enterrada en diagonal dentro de la tierra, cubierta por un fino manto de nieve. Yuri bajó el arco e, inquieto, se apresuró a mirar en dónde había caído.

—Ese fue un buen tiro, ¿verdad?

No obtuvo respuesta.

— ¿Otabek? —insistió Yuri.

—Buen tiro, pero algo atropellado.

—Me dijiste que no pensara demasiado antes de disparar —gruñó Yuri.

Otabek se carcajeó y negó con la cabeza un par de veces.

—Tienes que ser rápido, pero no imprudente —le dijo, desbordando paciencia—. Estar concentrado es la clave.

Yuri le dedico una larga mirada, como si las palabras de Otabek fueran un desafío para él. Aquel arco le representaba un nuevo reto, un reto que él iba a superar.

—Bien, intentaré de nuevo.

Hizo ademán de agarrar una tercera flecha, pero el otro lo tomó de la muñeca. La mirada intensa de Otabek se cruzó, nuevamente, con los ojos confundidos del menor.

—Yuri... tal vez sería mejor dejarlo por hoy. ¿Qué tal si damos un paseo a caballo?

— ¿Cuál es el punto de tener un arco fantástico si no sé usarlo, Otabek? —Se sentía idiota diciéndole aquello, pero era lo que en verdad sentía. No quería que su nuevo arco fuera un juguete para, en escasas ocasiones, cazar animales, quería que este también se convirtiera en una extensión de su cuerpo.

—Tendrás muchísimo tiempo para perfeccionar tus habilidades, Yuri. El bosque está demasiado hermoso hoy...

Dicho eso, soltó su muñeca y paso a acariciar la mejilla de Yuri con el dorso de su mano. Las miradas de ambos se prolongaron por largos segundos, en los cuales Yuri no tardó en relajar la expresión. Otabek no podía evitar mirar embelesado al menor, a sus labios entreabiertos.

—No solo el bosque —se corrigió entonces. Le dedicó una sonrisa provocadora, buscando asegurarse de que Yuri comprendiera a qué se estaba refiriendo.

Por supuesto que lo hacía. Apenas salió de su pequeño trance, soltó una risa nerviosa y puso su mano sobre el brazo de Otabek, enterrando sus dedos en la manga del jubón de lana.

—Vamos a dar ese condenado paseo —dijo por fin, sin poder borrar aquella sonrisa tonta que le bailaba en los labios.

—Ve a recoger tus flechas. —Otabek hizo un leve gesto con la cabeza. Tampoco parecía capaz de dejar de sonreír.

—Gracias por el arco, es maravilloso —le dijo Yuri una vez que estuvo nuevamente a su lado, tras recoger las dos flechas que había disparado. Se dispuso a guardarlas junto con el arco.

—Quiero hacer de tu cumpleaños un día perfecto e inolvidable —declaró Otabek con completa seriedad.

El rostro de Yuri se ensombreció al escuchar y asimilar aquellas palabras. Cogió la aljaba de manos de Otabek con la cabeza gacha, mordiendo su labio inferior con fuerza. Se vio obligado a mirarlo, justo después de colgarse el estuche al hombro.

—Nunca va a ser perfecto... —musitó—. No sin mi abuelo. —Lo extrañaba demasiado, más que a cualquier otra persona.

El silencio que Otabek mantuvo, se prolongó lo suficiente como para tornar incomoda la atmosfera. Justo cuando Yuri se disponía a sacudir la cabeza para disculparse y proponer que montaran en sus caballos, Otabek tomó la palabra.

—Nunca dejarás de extrañarlo, Yuri. Y será así en todos tus cumpleaños, todos los días de tu vida —dijo en voz baja y pausada, mirando al otro joven con la cabeza ladeada—. Simplemente... es así.

Su respuesta fue tragar saliva y asentir, aún con la cabeza gacha, para evitar que Otabek viera las lágrimas que amenazaban con salir. Sus palabras no le ayudaban en nada: Otabek simplemente le estaba recordando algo que ya sabía.

—Pero, Yuri... —siguió entonces el joven príncipe, esbozando una sonrisa algo incómoda—. Tal vez no sea yo la persona indicada para decirte esto, pero...

—No, dilo —dijo Yuri con voz quebrada. Sus orbes buscaron los ojos negros del otro. En todo ese tiempo no había podido dejar en paz a su labio inferior, que ya lucía terriblemente maltratado de tanto morderlo.

—No te encierres en ti mismo —empezó—. Yo sé que nunca podré ocupar el lugar que tu abuelo tenía y tiene en tu corazón. Tampoco pretendo eso —se apresuró a aclarar—. Pero déjame... déjame intentar hacer de tu corazón un lugar mejor, mi Yuri. —Al finalizar, estiró un poco su brazo hacia él para ofrecerle su mano.

Yuri odiaba a Otabek. Odiaba que aquel muchacho de pocas palabras y gesto adusto tuviera el poder de desarmarlo por completo con un lenguaje gentil, pronunciando vocablos con voz grave pero arrulladora. Otabek era eso, un mundo de contrastes.

Sin pensárselo más, Yuri estrechó aquella mano fuerte con la suya, un poco más pequeña y delicada. No esperó una reacción por parte de Otabek tampoco, porque procedió luego a arrojarse a sus brazos rodeando con los suyos los hombros de Otabek. Enterró su rostro en su hombro, y sus lágrimas encontraron allí un lugar seguro para rodar en silencio por sus blancas mejillas. Otabek lo envolvió por la espalda con un brazo y enredó los dedos de su mano libre en las finas hebras doradas que caían, cual cascada, sobre su propio hombro.

—Déjame quererte, Yuri —susurró contra estas.

La respuesta de Yuri tardó en llegar, pero cuando lo hizo, fue clara y contundente a pesar de quedar ahogada en el abrazo.

—Sí... mi Otabek.

Yuri no sabía hasta donde llegaría aquello, si sería posible extender el secreto incluso a límites insospechados. En ese instante, fue consciente de que era solo cuestión de tiempo para que el cariño que se tenían se convirtiera en algo más fuerte, tan fuerte como irrefrenable. Entonces no habría vuelta atrás. A pesar de ello, se obligó a olvidar, de momento, que había algo más en el mundo aparte de ellos dos.

No les fue nada fácil separarse luego de tales declaraciones, pero cuando lo hicieron, ambos se sonrieron con dulzura. Intercambiaron algunas caricias y más sonrisas, hasta que por fin Otabek dejó ir la mano de Yuri, solo a cambio de poder dejar un casto beso sobre sus labios apretados.

Montaron luego a sus respectivos caballos, Fiódor y Aiman, y los condujeron hacia el arroyo cuyo murmullo podía oírse ya desde donde estaban. A esa altura del año, el primer día de marzo, aún hacía frío hasta el punto de tener que usar una pesada capa de abrigo, pero los cálidos rayos del sol entraban por entre las ramas peladas de los árboles, comenzando a derretir la nieve del suelo. Pronto sería primavera, una hermosa estación, y toda la vida del bosque renacería tras su letargo invernal.

—El arroyo desemboca en el lago más adelante, ese que se ve desde el castillo —dijo Yuri a Otabek, cuando sus caballos empezaron a aproximarse al rumoroso curso de agua—. En primavera, podremos bañarnos allí.

Tan perdido estaba en aquel paseo, que el príncipe olvidó por completo que la primavera probablemente traería la guerra, o que tal vez Otabek no estaría ya con él para ese momento. Yuri hablaba y actuaba como si el otro hubiese regresado solo para buscarlo y quedarse con él para siempre. Sabía muy bien que no era así, por mucho que intentara creerlo.

—Me encantaría —respondió Otabek con una tierna sonrisa.

—Sabes nadar, ¿verdad? —preguntó. Aflojó la rienda cuando Fiódor emprendió el trote hacia el arroyo.

—Un poco, sí. —Otabek espoleó a Aiman para quedar junto a Yuri. El caballo empezó a beber del arroyo, su jinete continuo estático mientras lo hacía, acariciando sus crines negras.

Otabek se permitió mirar a su alrededor, maravillándose con los pájaros que aleteaban en los árboles y la brisa fresca en su rostro. Yuri, por su parte, lo examinaba fascinado. Contemplaba la forma en que el mayor fruncía levemente el ceño a pesar de estar sonriendo, como sus cabellos cortos se mecían también con el viento.

—Este lugar es hermoso, y tan calmo —murmuró Otabek—. Casi me dan ganas de quedarme aquí más tiempo, para ver a los abedules con sus hojas.

— ¿Solo a los abedules? —se arriesgó a preguntar Yuri con una sonrisa ladina.

—No —respondió Otabek riendo por lo bajo.

Él también se rio, pero al cabo de un instante, se puso serio.

—A mí me gustaría que te quedaras —le dijo Yuri.

—Me encantaría poder hacerlo, Yuri.

No pudo evitar imaginarse como sería aquella maravillosa primavera sin la inminente guerra, y con la presencia de Otabek en Rusia. A su mente acudieron innumerables cabalgatas en el bosque, como aquella, paseos en los jardines floridos del castillo, partidas de caza muy exitosas y, consecuentemente, fastuosos banquetes reales. La posibilidad de compartir todo aquello con Otabek era algo que lo llenaba de expectativa.

El resto de la mañana transcurrió tranquila y feliz. Jugaron una carrera hacia el lago, la cual ganó Otabek, así como también hubo una amenaza por parte de Yuri de arrojarlo al agua apenas terminara el invierno. Naturalmente, Otabek no se molestó, sino que le siguió el juego diciéndole que terminaría igual o más mojado que él. Yuri se tomó aquello demasiado en serio, y se prometió a sí mismo no olvidarlo en el primer día que hiciera calor. Allí en el bosque podían comportarse como niños, despreocupados y felices; podían estar juntos ante la sombra de los árboles, incapaces de revelar secreto alguno.

Regresaron al castillo horas más tarde, riendo y bromeando en voz demasiado alta. Apenas atravesaron la puerta principal, un guardia corpulento se plantó frente a ellos. A Yuri se le borró la sonrisa de inmediato, siendo que era uno de los custodios permanentes de las puertas.

—Sus Altezas, su Majestad el rey ha solicitado su presencia en las estancias privadas de la familia.

— ¿Para qué? —preguntó Yuri, haciendo una mueca grotesca.

—Para almorzar con su familia y la princesa Mila —respondió el hombre, tan serio como si se tratara de una audiencia real—. Feliz cumpleaños, Su Alteza —agregó, dirigiéndose ahora exclusivamente a Yuri.

Este no pudo evitar soltar una carcajada, para luego intercambiar una mirada cómplice con Otabek.

—Mi hermano nos espera —le dijo, insinuándole que fuera con él.

Un joven mozo de cuadras se acercó a ellos y cogió las riendas de ambos caballos apenas los príncipes desmontaron. Yuri se acomodó la capa que ondulaba detrás de él al caminar. Su amigo lo siguió, después de cerciorarse de que el criado iba a cuidar bien a su caballo. Ya había vuelto a encerrar todo su amor detrás de un rostro estoico, la fachada del hombre perfecto que todos esperaban que fuera. Yuri no iba a negar que aquello lo molestara un poco, pero, por otro lado, sabía que Otabek no podía hacer mucho contra ello. Le dedicó una sonrisa cómplice, mientras cruzaban el patio para dirigirse hacia las estancias privadas de la familia.

La mesa estaba dispuesta en una de las salas, más amplia. Era una habitación con paredes de piedra cubiertas de fantásticos tapices y ventanas alargadas. Los esperaban allí Viktor, su esposa e hijo, y Mila, que apenas los vio llegar, les sonrió a ambos.

— ¿Dónde has estado? —le preguntó a su esposo, extendiendo una mano blanca hacia él.

Ante la mirada estupefacta de Yuri, Otabek le tomó la mano y la besó con cortesía.

—Con Yuri —respondió simplemente.

—Veo que se han hecho muy amigos.

Yuri no podía determinar si su hermana hablaba con rencor o si su sonrisa era genuina. Estaba casi seguro de que se trataba de lo segundo, y, en cambio, su mente era la que lo hacía pensar mal.

— ¡Feliz cumpleaños, pequeño! —exclamó entonces Mila, poniéndose de pie repentinamente para ir a abrazarlo.

— ¡Oye! ¡Ya no soy pequeño! —respondió el chico, dando manotazos para intentar quitarse a su hermana de encima.

Fue en vano, porque a los pocos segundos Viktor también se había puesto de pie, y se dirigía a él de manera algo peligrosa.

—Pero siempre serás nuestro hermano bebé, Yuratchka.

Viktor lo abrazó por el otro lado, hundiendo su mano en sus dorados cabellos para despeinarlos sin piedad. Sabía muy bien lo mucho que le molestaba aquello a Yuri, y lo poco que le gustaba el que alguien que no fuera su abuelo lo llamara por el diminutivo de su nombre. Bueno, tal vez podía aceptar a Otabek llamándolo Yura. Internamente, agradeció que ninguno de sus hermanos se decidiera por aquella forma tan especial.

— ¡Oigan, suéltenme! —Gritaba desesperado— ¡Otabek, ayúdame!

El pequeño Andrei comenzó a reírse observando la escena, aun masticando el pan de centeno que sujetaba con una de sus pequeñas manos.

— ¡Yu-ri, estás muy rojo! —se burló el niño, provocando que el aludido apretara la mandíbula con fuerza. Ese pequeño sería igual que su padre.

—Oh, ¡pero qué es esto! —De repente, Viktor se apartó de él y, con destreza, cogió el arco que Yuri aún llevaba colgado de su espalda.

En ese momento, aprovechó para quitarse a Mila de encima, lo cual fue fácil: dado que la muchacha estaba igual de intrigada que su hermano mayor.

—Es un regalo de Otabek. Es hermoso, ¿no es así? —Parecía haber olvidado todos los percances a los que lo habían sometido sus hermanos.

—Magnífico, perfecto, bello —dijo Viktor, recorriendo la superficie del arma con sus dedos.

—Y mío. No vas a usarlo, Viktor, está hecho especialmente para mí —le decía con orgullo. Era también un recordatorio de que aquel era un regalo de su Otabek, solo para él—. Ya, dámelo.

El Rey terminó por ceder, entregándole el arco a su hermano. Yuri le dio una última mirada antes de guardarlo con destreza en su aljaba.

Luego de que Andrei y Yuriko le dieran sus respectivos abrazos —más suaves que los de Mila y Viktor—, la familia entera pudo sentarse a la mesa para disfrutar de su almuerzo. A su alrededor, los criados ya empezaban a traer los platos. El manjar para aquella media mañana consistía únicamente en blinis de pescado, acompañado con distintos panes, dado que por la noche, se celebraría un espectacular banquete en honor al joven príncipe.

Otabek quedó sentado junto a su esposa, y Yuri a su lado. Este a su vez estaba junto a su sobrino, que le hablaba de cosas irrelevantes, evitando que pudiese mantener una conversación con Otabek sin que Mila le robara ese papel. Ni siquiera podía estar atento a la conversación de los otros dos.

—Mira, Yuri. —El niño hizo crujir el pan caliente con mantequilla, y luego arrancó un trozo con su mano sudorosa para dárselo. Él lo comió con gusto para no ofender al futuro rey—. Debes comer, para combatir a los malvados —le dijo con una sonrisa, de esas que le hacían hoyuelos en sus mejillas.

Yuri miró a Viktor al escuchar aquello.

—Viktor, ¿él sabe...?

El mayor negó con la cabeza, tan rotundamente que Yuri pudo darse cuenta que Andrei no sabía de la guerra inminente, y que su padre no quería que lo hiciera. Se preguntó qué tan difícil podía ser para un padre decirle a su hijo que iría a combatir, y que tal vez no regresara. No, se le decía que iba a regresar, aunque luego no lo hiciera.

—Los malvados son los monstruos de las historias, Yuri —le dijo con una pequeña sonrisa.

— ¿Cómo el leshii? —soltó Yuri, tal vez demasiado fuerte.

Al pequeño príncipe se le borró la sonrisa de la cara pero no dejó de masticar su pan con mantequilla. De seguro la buena Alana ya le habría hablado del leshii. Viktor, Mila y Yuri habían tenido también su turno cuando niños, tal vez incluso por pedido de Nikolai, para evitar que se internaran demasiado en el bosque cuando iban a jugar.

— ¿Qué es el leshii? —preguntó Otabek de repente, con cierta dificultad para pronunciar la palabra.

—Un monstruo que come niños —respondió Andrei, con la boca llena y los ojos azules bien abiertos.

—No come niños —lo corrigió Yuri, sin importarle que aún estuviese masticando un blini—. Solo los atrae hacia las profundidades del bosque y los empuja hacia su perdición para quedarse con sus almas. Los cazadores y leñadores deben tener mucho cuidado al cazar animales o talar sus árboles.

De niño, aquello solía asustarlo muchísimo. Ahora no sentía miedo al pensar en el leshii, pero jamás se había internado tanto en el bosque, mucho menos estando solo. Como si algo pudiese llegar a salvarlo una vez caído en sus garras. Tampoco tomaban demasiadas precauciones en las partidas de caza, porque los que alguna vez habían sido niños asustadizos se terminaban convirtiendo siempre en arrogantes y estúpidos caballeros.

—Un espíritu del bosque entonces —concluyó Otabek, frunciendo un poco el ceño.

—Así es —corroboró Mila con una dulce sonrisa. Ella utilizaba todos los elementos correspondientes para comer los blinis, mientras que a Yuri no le importaba demasiado cogerlos con el índice y el pulgar.

— ¿Tienen alguna criatura grotesca en sus leyendas? —le preguntó Yuri a Otabek, poniendo un codo sobre la mesa para acercarse más a él y desviar la poca atención que su amigo le estaba prestando a su hermana. Tal vez no se estaba comportando de la mejor forma, pero lo cierto era que no podía evitar morirse de celos.

—Todas las tierras tienen criaturas en sus bosques —señaló Yuriko.

—Tenemos también, pero... no hay demasiados bosques en Kazajistán —dijo Otabek con una pequeña sonrisa. Se llevó la mano a la nuca, pensativo—. Mi criatura favorita no es grotesca. Es hermosa.

Yuri esbozó una pequeña sonrisa y ladeó la cabeza. Empezaba a olvidar que estaban junto a toda su familia en aquella habitación.

— ¿Si? ¿Cómo es? —quiso saber, mordiéndose inconscientemente el labio inferior. A una parte de él, el niño que aún vivía en su interior, le fascinaban todas aquellas historias fantásticas, y no solo las de caballeros.

—El Tulpar —respondió Otabek, posando sus ojos en Yuri como si fuera el único que ansiaba escuchar su relato—. El legendario caballo alado.

—Supuse que sería un caballo —dijo Yuri con una sonrisa divertida. No obstante, quería saber más de esa criatura.

—El Tulpar tiene la fuerza del caballo y la velocidad del águila. En las leyendas, ellos comparten toda la vida con sus amos.

— ¿Aiman es tu Tulpar? —aventuró Yuri, mirándolo directo a los ojos. Los demás no parecían notar aquella conexión que se formaba tan rápidamente entre ellos.

—Así es. Ha estado conmigo desde mis trece años, y cuando muera... pasará por un rito especial.

— ¿Y que si muere su amo primero? —intervino Viktor con curiosidad.

—El caballo es sacrificado —respondió Otabek, mascando un blini.

— ¿Pero... y si es joven aún?

—Es una tradición. —Habló con voz tajante, decidido a finalizar la conversación.

Cuando el almuerzo terminó y los criados se aprestaron a levantar los utensilios de la mesa, Viktor miró a Yuri de reojo y, con un gesto, le pidió que se quedara cuando los demás se retiraran. Otabek salió de la habitación del brazo de Mila, bajo la atenta mirada de Yuri, a quién parecía no importarle que su hermano, probablemente, estuviese observándolo también. Yuriko salió detrás de ellos junto a su hijo.

— ¿Qué sucede, Viktor?

—Yuri. —Viktor le hizo una seña y ambos salieron al pasillo, ya desierto—. Quería tan solo hablarte de algo —le dijo con un tono serio que a Yuri lo hizo estremecer. Su hermano era risueño y amable casi todo el tiempo, pero aquello mismo hacía que fuera tan amedrentador cuando se enfadaba o hablaba muy en serio.

Pudo volver a respirar con normalidad cuando Viktor lo miró de reojo y le dedicó una suave sonrisa.

—Dime.

—No me gustaría ser un rey que no escucha a quienes lo rodean, que lleva adelante al reino solo como a él le parece.

— ¿Crees que eres así? —preguntó Yuri, confundido—. Llevas tan solo una semana de reinado, Viktor.

—No me considero así. Digo que no me gustaría ser como ellos, reyes desconfiados e imprudentes —respondió—. Tengo buenos consejeros, y un hermano. Debo aprovecharlos —continuó—. Dado que tú ya has alcanzado la mayoría de edad y mi hijo es aún un niño, eres el segundo hombre más poderoso de toda Rusia. Después de mí. —Por supuesto, tenía que aclarar eso.

—Y de Vladimir Orlov —murmuró Yuri. No sabía a donde iba Viktor con eso, pero era necesario aclarar que su tío podía llegar a ser virtualmente igual de poderoso que el rey. Tan solo le bastaba un poco de oro y unas buenas tropas para tener el poder efectivo.

—Eres el segundo al mando en el reino —Viktor frunció el entrecejo. Parecía haber pasado por alto la posible amenaza en el Este.

—Lo sé, ¿y qué? El rey eres tú —respondió.

—Pero un rey necesita consejeros, para preservar su reino y su familia.

— ¿Qué tipo de consejos puedo darte yo? —preguntó Yuri, cruzándose de brazos. Para ese momento ambos se habían detenido junto a una de las ventanas del pasillo, y se miraban de frente.

—Tal vez aún no sepas demasiado de política, ni de estrategia militar, ni de administración, ni de...

—Entiendo —le cortó Yuri con el ceño fruncido. Por más que se declarara ignorante en todos aquellos campos, detestaba que se lo dijeran de esa forma—. Ve al punto, Viktor.

Viktor tomó aire y, discretamente, se mordió el labio. Estaba por decir algo que Yuri sabía que le costaría decir, porque por más encantador que fuera, su hermano era un maldito pedante y ególatra que rara vez pedía ayuda a otra persona.

—Necesito alguien que sea tan leal a los Plisetsky como yo, para que me guíe y aconseje en los asuntos que tengan que ver con proteger a nuestra familia. ¿Harías eso por mí? —lo apremió Viktor.

Al fin y al cabo, el juego político de alianzas y guerras se reducía a la puesta en escena de las ambiciones de cada una de las familias nobles que habitaban el mundo conocido, tanto Rusia como sus reinos circundantes. El conjunto del pueblo llano, como un ente indefinido y atemporal, era a la vez observador y víctima de tal teatro del horror.

—No tienes que pedirme eso, Viktor. Soy un Plisetsky tanto como tú lo eres. La familia de mi madre no significa nada para mí —declaró. Si era necesario, podía repetírselo a Viktor unas cien veces más.

—Quiero que te sientes a mi lado en el consejo, y que seas el primero en decirme si estoy tomando la decisión equivocada —dijo por fin.

Yuri guardó silencio por unos cuantos segundos. Se conocía a si mismo lo suficiente como para saber que, si Viktor no lo aceptaba en su consejo, insistiría en participar hasta lograrlo, pero allí estaba su hermano pidiéndoselo. Le pedía que actuara como su mano derecha, como el hombre sabio que no era, como su hermano leal. Eso le otorgaba la responsabilidad de decirle al Rey cuando estaba cometiendo algún error.

—Cuenta conmigo para eso —se apresuró a decir. Era incapaz de despegar sus ojos verdes, bien abiertos, del níveo rostro de su hermano, quien le sonreía afectuosamente.

—Tal vez seas el segundo hijo, Yuri, pero no puedes escapar a los deberes de un príncipe. —Viktor hablaba con voz alegre, alentadora, consciente de lo que significaban esas palabras para Yuri—. Debes estar listo —continuó, palmeando el hombro de Yuri con cierta fuerza.

—Donde me necesites, allí estaré, hermano —murmuró con los labios curvados en una sonrisa apenas perceptible. Cuando volvió a la realidad, notó que Viktor ya no estaba frente a él, que ya se había dado media vuelta.

— ¡No llegues tarde al banquete de esta noche! —le pidió, animadamente, mientras se alejaba por el pasillo.


Al caer el sol se celebró el gran banquete en la sala común, contando con la presencia de todos aquellos señores nobles que habían acudido al llamado de su rey, ahora prestos a celebrar el cumpleaños número dieciséis del príncipe.

El joven Yuri estaba sentado en su lugar de honor junto a su hermano, sosteniendo una pesada jarra de hidromiel y agradeciendo con un gesto a todos los señores, caballeros y damas nobles que se acercaban a felicitarlo y darle sus regalos. Hasta el momento había recibido unas cuantas cosas, como una daga larga ornamentada, regalo de Radoslav Nikiforov, un bello cáliz de plata y zafiros para beber vino, un libro con ilustraciones de los mapas de todo el mundo conocido y una petaca de plata que cabría a la perfección en uno de los compartimentos de su silla de montar.

—Todos te están dando los regalos ahora —observó Otabek, que estaba a su lado. Al hablar, se inclinó un poco hacia Yuri para que lo escuchara en medio de todo el bullicio—, tal vez debí haber esperado hasta la noche...

—No, Otabek —le respondió, sin dejar de mirar al frente—. Lo que has hecho fue perfecto; y tú regalo, mi favorito.

La siguiente en acercarse, fue una hermosa muchachita de larga cabellera castaña que tendría, a lo sumo, un año menos que Yuri. Le tendió un delicado broche de plata con un oso erguido en dos patas, el blasón de la familia Plisetsky. Cuando Yuri lo tomó para mirarlo con mayor detenimiento, notó que en los ojos llevaba dos pequeños rubíes incrustados. Una verdadera belleza.

—Gracias —dijo con un leve asentimiento.

Alzó entonces la vista para despedir a la joven, solo para percatarse de que esta no tenía la intención de irse tan pronto. Permanecía de pie, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas con fuerza sobre su falda. Yuri notó que incluso estaba un poco sonrojada.

—Príncipe Yuri —habló un hombre alto que estaba detrás de la chica. Tendría unos treintaicinco años y los mismos ojos verde azulados que la muchacha—. Esta es mi hija, lady Ekaterina Rostova.

Ekaterina hizo una rápida reverencia al ser presentada, dejando caer —tal vez a conciencia— sus bucles sobre sus esbeltos hombros.

—Un placer, señorita Rostova, Lord Rostov.

No había reconocido al hombre en un primer momento, pero lo hizo apenas este le dijo su nombre. Los Rostov eran una familia menor que tenía sus tierras a no muchas leguas del castillo real, siendo vasallos directos de la corona. No era como si el rey los considerara demasiado.

—Su Alteza, usted es... —Ekaterina estaba tan nerviosa que la voz le temblaba y no podía dejar de morder con fuerza su labio inferior—. Usted es tan hermoso como cuentan los relatos —finalizó, con el rostro tan enrojecido que parecía a punto de desmayarse.

El padre, por su parte, sonreía orgulloso, estrujando el hombro de su hija. Por supuesto que estaba feliz. El hermano del rey, joven, fuerte y en edad de casarse, era un excelente partido para una muchacha de la baja nobleza, pero la joven Ekaterina no era ni de lejos un buen partido para el príncipe. Lord Rostov buscaba un buen matrimonio para su hija, mientras que esta parecía verdaderamente prendada del muchacho que tenía en frente. Para rematarla, oyó que a su lado Otabek depositaba su jarra de hidromiel en la mesa con la suficiente fuerza como para que llegara a escucharse encima de la música, los murmullos y las risas. Yuri tenía allí a un padre ambicioso, una joven esperanzada y un amigo celoso. Era todo un espectáculo que debía aprovechar.

Se rio por lo bajo, y llevándose el dedo pulgar a los labios, esbozó una sonrisa encantadora, de esas que solo tenía para Otabek.

—Puedo decir lo mismo de ti, Katyusha —dijo con una voz tan melosa como falsa. No mentía al decirle que era bonita, pero en otras circunstancias ni siquiera hubiese pensado en decírselo.

La chica se cubrió la boca con una mano y bajó la mirada, dándose vuelta con torpeza para salir de allí. Su padre la siguió de cerca, susurrándole algo al oído.

Mientras los miraba alejarse, su mano se coló por debajo de la mesa y buscó con avidez posarse en una de las piernas de Otabek. La deslizó hacia abajo, recorriendo la tela de sus pantalones con el dorso de sus dedos, dándole toquecitos suaves pero juguetones. Se deleitaba con sus piernas fuertes, sin duda un producto de tanto montar a caballo, y no podía evitar imaginarse muchísimas cosas.

—Yuri, ¿qué estás haciendo? —quiso saber Otabek, haciendo un esfuerzo enorme porque la voz le sonara firme y clara.

— ¿De qué hablas?

—Sabes perfectamente de qué hablo.

— ¿De la chica? —dijo con fingida inocencia.

—También —respondió el mayor, casi con amargura.

Yuri no respondió, simplemente deslizó sus dedos hacia la parte interna de la pierna y presionó un poco, para luego reanudar sus caricias en una zona menos comprometedora. Bebió un trago largo de hidromiel y alzó la vista para mirar al próximo señor que venía a darle su regalo.

Georgi Popovich le presentó una preciosa silla de montar de cuero negra, ornamentada con detalles de hilo de oro. El príncipe le agradeció y dejó la jarra en la mesa para poder tocarla, pues no quería desocupar a su otra mano, aún empeñada en acariciar la pierna de Otabek. Le daba gracia mirarlo de reojo para ver como fruncía el ceño y apretaba los labios, haciendo un esfuerzo descomunal por mantener el autocontrol.

Desfilaron ante él otra media docena de nobles con sus respectivos regalos, a los que Yuri agradecía con un leve gesto. Llegó por fin el turno de su hermana Mila, que llevaba un pesado fardo de tela en sus manos.

—Yuri, ponte de pie y ven aquí —le pidió con una radiante sonrisa.

El joven sonrió de lado y se rehusó a moverse. Si tan solo su hermana supiera que, por debajo de la mesa, estaba acariciando con total descaro la pierna de su esposo, y que a este no parecía molestarle... En ese momento, no podía evitar sentirse algo mal por ella.

—Vamos, hazlo —insistió su hermana, emocionada.

Yuri entonces resopló y, a regañadientes, apartó su mano de Otabek, que soltó un suspiro de alivio por lo bajo. Se puso de pie tras soltar la jarra casi vacía y bordeó la mesa para acercarse a su hermana.

—Cierra los ojos —le indicó Mila.

Aquello le recordaba un poco a la mañana, cuando Otabek le pidió lo mismo para darle su regalo. Sin rechistar, hizo caso y esperó. Sintió como Mila lo rodeaba para ponerse detrás de él y depositar algo pesado sobre sus hombros: Una capa.

—Listo —le dijo, dándole una pequeña palmada en el antebrazo.

Cuando abrió los ojos, fue consciente de que todas las miradas estaban posadas en él. Quiso maldecir a su hermana, porque de esa forma, todos podían ver su regalo menos él, que lo estaba vistiendo. Mila volvió a rodearlo y acomodó los extremos de la capa sobre sus hombros, para luego unirlos con una preciosa cadena de plata que pasó sobre su pecho. Involuntariamente, giró su cuello para buscar a Otabek con la mirada, y cuando hicieron contacto visual, este levantó su dedo pulgar antes de beber un sorbo de su jarra.

—Te ves magnífico, Yuri. —Su hermana se había apartado un paso de él y lo contemplaba encantada, con el puño sobre su pequeña boca. A decir verdad, ella también se veía hermosa, con sus cabellos rojos sujetos en complicadas trenzas a la altura de su cuello.

Yuri acarició la capa con sus dedos, reconociendo al instante el material por su suave contextura. La prenda era de terciopelo de seda negro, con un discreto ribete blanco de piel de armiño. El extremo inferior, que casi llegaba al suelo, estaba adornado con una franja de intricados diseños bordados en hilo de oro. Era tan sobria en sí misma que combinaba a la perfección con la ropa que Yuri llevaba puesta aquel día: una camisa de seda color marfil, cuyas anchas mangas quedaban al descubierto por los cortes laterales de la capa, y la túnica de manga corta que llevaba encima, de color azul profundo.

—Gracias, Mila —le dijo con una leve sonrisa, sin dejar de tocar el terciopelo negro.

—Te abrazaría, pero no quiero arrugar la capa —dijo la muchacha mordiéndose el labio.

—Agradezco entonces que la capa sea tan fina —murmuró Yuri, provocando que su hermana se riera.

Mila se acercó a la mesa y cogió el broche, regalo de Lord Rostov y su hija, para plantarse de nuevo frente a Yuri. En silencio, lo colocó con delicadeza en la capa, sobre el lado izquierdo de su pecho.

— ¡Te ves muy bien, hermanito! —Viktor apareció de repente a su lado, sin que Yuri notará en qué momento había abandonado su puesto—. ¡Pero queda aún el regalo mío y de Yuriko!

—Oh, muero por saber —respondió Yuri fingiendo desinterés.

Como el hombre más importante del reino, Viktor tenía una importante cohorte de criados que estaban allí cuando él lo solicitaba. Por lo que, cuando chasqueó los dedos, un pequeño grupo se acercó portando dos objetos cubiertos con una fina tela negra. A su hermano le gustaba mucho el misterio. Yuri vio entonces como este cogía uno de los regalos y se lo tendía.

Al reconocer el objeto, ahogó un jadeo. Se trataba de una hermosa vaina de cuero negro que adentro debía de llevar una magnífica espada.

—Ten, toda tuya. Úsala en tu primer torneo —le dijo Viktor con un tono más serio.

"O en mi primera batalla" pensó Yuri. Porque sospechaba que, para él, la primera batalla llegaría antes que el primer torneo. Aquello lo aterraba y lo llenaba de una agradable adrenalina.

Con manos temblorosas, Yuri tomó la espada y la desenvainó. El susurro del acero desnudo contra el cuero de la vaina lo hizo estremecer gratamente.

El arma era hermosa, la tercera que recibía en el día. Pasó un dedo por la hoja de acero y el mango de cuero negro endurecido, para luego bordear el pomo con el pulgar. Era un poco más grande y ancha que aquella que le pertenecía desde los trece años, y por ende bastante más pesada, digna de un hombre adulto. No obstante, quién la había fabricado —probablemente el herrero real—, parecía haberla adaptado a su complexión delgada. La blandió con cuidado, observando como describía círculos en el aire.

— ¿Te gusta? —quiso saber Viktor, quien lo contemplaba divertido.

—Si... ¡mucho! —respondió Yuri emocionado—. Pero Viktor... tú sabes que mi espada es muy especial para mí... —Bajó el brazo con el cual sostenía su regalo y se mordió un poco el labio.

Viktor lo examinó momentáneamente y terminó por apoyar una mano sobre su hombro.

—Lo sé, Yuri —le susurró—. Mi primera espada fue un regalo de nuestro padre en mi cumpleaños número doce, ¿recuerdas? —Sonrió con nostalgia. La sala entera guardaba silencio, pero solo aquellos que estaban muy cerca, como Mila, podían escuchar la conversación entre los hermanos—. Sin embargo, a medida que creces, tu cuerpo cambia y una espada que te resultaba perfecta a los catorce, ya no resulta más que un juguete a los dieciocho. —Intentó hacer contacto visual con Yuri, que lo miraba un tanto conmovido por los recuerdos—. Desde que dejé esa espada de lado, tuve unas cuantas más, pero esa siempre fue la más especial. Aún la conservo en mi habitación, en el fondo de un baúl. Cuando padre murió, aquel pequeño recuerdo de mi infancia se convirtió en la vida misma.

Las palabras de su hermano fueron como una caricia reconfortante, porque, por más que le costara muchísimo dejar atrás aquel pedazo de su alma que era su espada, en el fondo sabía que Viktor tenía razón. De ahora en adelante, su vieja espada ya no iba a ser su arma, sino su tesoro, uno que jamás se mancharía de sangre, permanecería puro para siempre como aquella partecita de su alma, de la que se estaba desprendiendo de a poco, sin siquiera ser consciente de ello.

— ¡Espera, que eso no es todo! —Viktor soltó una exclamación eufórica que buscaba romper con la atmósfera melancólica y devolverle sus tintes festivos—. No solo necesitas una espada, porque en tu primer torneo recibirás de todas formas unos buenos golpazos de caballeros mayores.

El otro regalo fue revelado apenas Viktor lo sacó de debajo de la tela, sostenida por un joven rubio. Al verlo, Yuri solo confirmó sus sospechas. Era un gran escudo de hierro decorado con el blasón heráldico de la familia.

— ¡Es magnífico! —Exclamó el príncipe, acariciando el oso color escarlata, plasmado en el escudo de manera muy fiel—. Gracias —dijo, mirando a Viktor y luego a su esposa, quienes le sonreían con cariño.

Otra vez agradeció que la capa, que aún vestía, fuera demasiado fina como para soportar un abrazo de su hermano. Mila le había insistido en que se la dejara puesta por el resto de la noche, porque se veía muy atractivo con ella, y Yuri terminó por hacerle caso. Solo esperaba que nadie le derramara vino encima.

Cuando por fin pudo regresar a su lugar junto a Otabek, este le regaló una tierna sonrisa. Iba ya por su segunda jarra de hidromiel, pero bebía tranquilamente y de a sorbos pequeños, muy distinto a como lo habían hecho en la fiesta de coronación de Viktor unos días atrás.

—Te ves impresionante con esa capa —le susurró en voz muy baja, cubriendo sus labios con la pesada jarra de metal—. Estás haciendo suspirar a la mitad de las jovencitas del salón.

—Oh, vamos. —Yuri soltó una risa un tanto amarga y pidió que le llenaran la jarra.

Jamás había tenido demasiada suerte con las muchachas, el favorito de las jóvenes de la corte siempre había sido Viktor —y lo seguía siendo a pesar de que este ya no les hiciera caso luego de casarse—. A decir verdad, el menor de los hermanos jamás se había fijado en las chicas. De niño, le parecían tontas y aburridas, y él tampoco quería saber nada con "cosas de niñas", demasiado concentrado como estaba en su espada y sus entrenamientos. Sin embargo, aquello no parecía molestarles demasiado a las chicas. Podía dividirlas entre las que lo despreciaban como chico por su apariencia un tanto afeminada, y las que lo consideraban lo suficientemente bonito como para intentar hacerlo su amigo, como uno más de ellas. Naturalmente, Yuri las rechazaba a todas por igual. Así fue como pasó su adolescencia odiando a las niñas. Durante los últimos dos años terminó por descubrir que no todas eran idiotas —y también que los chicos podían serlo mucho más—, y que incluso empezaba a verse apuesto como chico para algunas de ellas, pero sus intereses ya estaban en otro lado.

—Mucho me temo que más de una está deseando que la elijas como esposa —continuó Otabek, mirándolo de reojo.

—Sabes que no elegiría a ninguna de ellas, Otabek.

—Lo sé, Yuri —respondió el otro—. Solo estoy procesando en voz alta el hecho de que tengo mucha competencia. Por supuesto, tampoco puedo desafiar a una dama noble en un torneo para pedir la mano de un príncipe —susurró, demasiado cerca de su oído para que nadie pudiese oírlo—, porque eso no tiene lógica alguna, ¿verdad?

Al escuchar eso, Yuri estuvo a punto de atragantarse con lo que estaba bebiendo, y lo maldijo internamente por la sorpresa que le produjo. Lo miró de soslayo, y sintió como sus mejillas ardían cuando sus ojos se posaron en los de Otabek, oscuros e intensos.

"Te has ganado el corazón del príncipe sin necesidad de alzarte victorioso en ningún torneo", pensó.

—Otabek, estás ebrio —le dijo, en cambio, fingiendo estar asqueado. Sin embargo, escucharlo decir todo eso lo encendía bastante.

—No, Yuri, juro que no lo estoy —respondió con inocencia. Y Yuri pudo creerle.

Los criados ya se habían ocupado de retirar todos los regalos de Yuri de la mesa y se apresuraban a poblarla con los primeros platos de la noche: pan de centeno recién horneado con mantequilla, cazuelas de marisco, queso de cabra y bocadillos de caviar. Yuri y Otabek probaron un poco de todo, llenando sus platos como si no fueran a haber segundas y terceras tandas de comida. Viktor, Yuriko y Mila habían vuelto a la mesa para comer, pero esta última parecía demasiado ocupada conversando con Lyudmila, la encantadora prima de Viktor que se sentaba a su lado.

—Esto está tan bueno —exclamó Yuri frente al plato de borsch que le acababan de entregar—. Dime una cosa, Otabek —dijo de repente.

— ¿Si, Yura? —respondió el otro, con la cuchara de plata a mitad de camino entre su boca y el plato.

— ¿Eras el centro de atención de las mujeres en la corte de tu padre?

Otabek se quedó perplejo ante tal pregunta, pero se vio obligado a hablar cuando Yuri le insistió, apuntándolo con su cuchara.

—Bueno... —empezó un tanto incómodo, llevándose la mano libre a la nuca—. Desde luego, no lo era hasta hace un par de años atrás...

—Pero lo eres ahora.

—Algo así —admitió el mayor.

— ¿Cómo que "algo así"? Es un sí o es un no, Otabek. —Yuri empezaba a impacientarse.

—Bueno, sí. Pero nunca hubo nada demasiado importante.

—O sea que si hubo alguien... —murmuró Yuri, sorbiendo la sopa de su cuchara.

—Una chica, Aruzhan. Era la belleza de la corte, hija de uno de los generales de mi padre.

—Las chicas demasiado bonitas son las peores —espetó Yuri, dándole un trago largo a su hidromiel por primera vez en la noche.

— ¿Por qué lo dices?

—Porque son las más tontas, frívolas y malvadas —explicó—. Hablo desde la experiencia, Otabek.

— ¿Tuviste alguna mala experiencia? —preguntó el moreno, intentando esconder su curiosidad.

—No tuve ninguna experiencia de ese tipo, si es eso lo que quieres saber —respondió cortante—. Háblame de ella —le pidió.

Tal vez estaba siendo demasiado masoquista, pero una parte de él sentía una curiosidad inmensa por conocer el pasado de Otabek. A pesar de la música y el constante bullicio, otra vez Yuri sentía que eran los dos únicos en el mundo.

—No hay mucho que decir además de lo que ya te he dicho, Yuri. —Se encogió de hombros, restándole importancia—. Ella era muy hermosa, yo tenía tan solo dieciséis años... —Se detuvo un segundo al dar cuenta de la expresión horrorizada de Yuri—. No creas que todo eso fue más allá de unos cuantos besos —se apresuró a aclarar.

— ¿No? —Yuri arqueó una ceja.

—No —confirmó Otabek—. Ella... ella quería llegar a algo más... ya sabes...

—Ah, pero si era tremenda puta —concluyó Yuri, sintiéndose de repente un tanto enfadado. No con Otabek, sino con aquella chica desconocida que no era ni de cerca la culpable de su enojo. No podía evitarlo, los celos ardían dentro de él con tan solo imaginarse a su Otabek en brazos de otra persona—. ¿Y qué? ¿Tú no quisiste?

Otabek negó con la cabeza y sonrió.

—No quise llegar más allá... porque... bueno, mi hermanita Alia la odiaba. Me decía lo mismo que me estás diciendo tú ahora. —Otabek sonrió—. Además, yo no estaba muy interesado; sin saberlo, yo ya le había entregado mi corazón a un niño rubio que había visto una sola vez hace años.

Yuri se removió en su silla y soltó un suave bufido, que terminó con una sonrisa en sus labios. Otabek siempre sabía cómo rematarla para descolocarlo por completo.

—No la conozco, pero ya me agrada tu hermana —dijo, intentando ignorar lo último y así evitar sentirse más turbado.

Los platos fuertes no tardaron en suceder a los anteriores, desplegados en la mesa con total destreza por al menos dos docenas de criados. El príncipe tenía frente a él una gran variedad de comida para elegir, porque había en grandes cantidades para cada uno de los nobles invitados. Decidió empezar por una modesta ración de cerdo con manzanas asadas, cogiendo los trocitos de carne con la punta del puñal y remojándolos en la manzana.

En ese mismo momento, un heraldo anunció el nombre del primer bardo que cantaría esa noche. Yuri se removió sobre su asiento para verlo mejor. A juzgar por su nombre, Roland, era un extranjero proveniente del occidente, muy probablemente de Acadia o Helvecia. Esos hombres dedicados a recorrer todo el mundo conocido con sus canciones estaban tan desarraigados de su lugar de nacimiento, que eran bienvenidos en las cortes de todos los reyes, sin importar que alguno estuviese en guerra con su tierra.

Roland interpretó a la perfección una de las piezas extranjeras favoritas del rey y su hermano, cambiando algunas estrofas para adaptarla a las costumbres rusas. Viktor, por su parte, aplaudía feliz mientras devoraba una cazuela de perdiz a la miel.

El siguiente fue un joven ruso que hizo sonar su majestuosa balalaika al son de El Bogatyr, la historia de un caballero errante originario de los Urales y su viaje por el sur del río Volga, una región muy diferente y cargada de sorpresas para un hombre del Este, tosco y acostumbrado al clima hostil. Era una historia divertida, pero Yuri se preguntaba cuan macabra podía llegar a ser si fuera al revés, un inocente joven de las estepas del sur del Volga perdido en los helados montes Urales.

Como si fuera una provocación, el mismo bardo tocó inmediatamente después su propia versión de Oy to ne vecher, un tanto más alegre que las versiones tradicionales. Yuri no pudo evitar pensar en Olga mientras el hombre cantaba, ¿dónde estaría su prima ahora? ¿Estaría bien? Al ver que se había terminado el cerdo, le tendieron un cuenco de cisne y hierbas aromáticas, que empezó a comer casi al instante, hechizado con el sonido de la balalaika y la voz aterciopelada del joven bardo.

Se presentaron tres hombres más e interpretaron una pieza cada uno, y con el último de ellos, los platos fuertes se retiraron para dar paso a los pasteles y dulces. Yuri se sentía incapaz de comer mucho más, pero el pastel de frambuesas era su debilidad. Su madre, avalada por el médico de la corte, siempre les decía a su hermana y a él que comer demasiado no era adecuado, que era siempre la causa de malos sueños. Por más cierto que pudiese ser aquello, Yuri sabía que lady Tanya solo quería hijos educados y muy moderados, sin pasión alguna por nada en la vida. La mujer despreciaba los banquetes, la música, todo tipo de excesos... tal vez por eso tan solo había tenido dos hijos.

Le pusieron uno de sus tan adorados pasteles de frambuesas en frente y lo primero que hizo Yuri fue cogerlo con ambas manos y mirar a Otabek, que no había tocado el suyo aún.

—Pruébalo, es lo mejor que comerás aquí —le dijo muy emocionado e insistente. Era como un niño, que quería que su mejor amigo probara una de sus comidas favoritas en el mundo.

No esperó una respuesta de Otabek para morder el pastel con ganas, causando que el dulce rebasara la delicada masa y le manchara la boca y los dedos. En cuestión de minutos se devoró el pastelito, y luego procedió a lamerse el dulce de los dedos ante la mirada atónita de Otabek, que comía su pastel con un mayor cuidado que Yuri.

— ¿Te gustó? —preguntó el menor, aún con la boca llena y batallando ahora por limpiarse los labios y las comisuras.

—Mucho. Podría incluso continuar degustándolo de tu boca —susurró Otabek con los dientes apretados.

Yuri soltó una carcajada y terminó de limpiarse los labios con su pequeña lengua.

—Mierda, Yuri, ¿estás... tentándome? —Otabek parecía genuinamente turbado, con una mano cerrada con fuerza sobre la mesa.

—Tienes suficiente autocontrol como para no hacerlo aquí... —dijo Yuri. Pasó el dorso de la mano por su boca para limpiar cualquier resto que pudiese haber quedado y le sonrió ampliamente a Otabek.

—Eso es lo que tú crees.

Un nuevo bardo se plantó en el espacio abierto reservado para espectáculos y baile, justo delante de la tarima de la familia real y entre las dos mesas largas donde se sentaban el resto de los invitados, cuidadosamente ordenados de acuerdo a su título nobiliario. Era un hombre de mediana edad con una barba negra canosa que le llegaba a la parte superior del pecho. Su delgadez extrema podría llegar a hacerlo verse como un mendigo, pero sus buenas botas forradas de piel y su larga capa color púrpura lo delataban como un hombre talentoso, con un buen mecenas.

—Slava. —El heraldo presentó al bardo, que utilizaba un modesto seudónimo que representaba su oficio a la perfección: aquel de contar historias con las cuerdas de un laúd o una balalaika—. Interpreta El pájaro de fuego.

Apenas escuchó el anuncio, Yuri saltó sobre la silla de madera y le dio un golpecito en el brazo a Otabek. Este se volteó a verlo con una media sonrisa, indudablemente encantado de verlo tan emocionado y feliz en el día de su cumpleaños.

— ¡Otabek, esta es una de mis favoritas! ¡Por favor, no te pierdas ni un momento! —Desde muy pequeño había escuchado a distintos músicos interpretarla, y se la sabía de memoria a pesar de que existieran diversas versiones.

Entonces, el hombre arrancó las primeras notas a su balalaika.

La pieza era alegre y cautivadora desde el principio, con un toque misterioso que hacía alusión directa a una de las historias donde aparecía aquella criatura, el pájaro de fuego. El príncipe Ivan y el Lobo Gris era la historia favorita de Yuri. Podía reconocer una parte suya en el príncipe Ivan, el menor de tres hermanos, al cual su padre pasó por alto a la hora de encomendarles una importante tarea a sus dos hijos mayores: atrapar al legendario pájaro de fuego que se estaba robando las manzanas de oro del Rey. Naturalmente, el hermano que lo lograra heredaría el reino de su padre, cuando este muriera. Fue Ivan el único de sus hermanos en llegar a ver al majestuoso ave y arrancarle una pluma, por lo que su padre accedió a que compitiera con sus hermanos para capturar al pájaro. El príncipe, ambicioso y astuto, terminaba por pasar las tres pruebas quedándose con los tres tesoros —Elena la Bella, el Caballo de las Crines de Oro y el mismísimo Pájaro de Fuego— con la excepcional ayuda del Lobo Gris. Los hermanos, llenos de rabia, asesinaban al más joven y se quedaban con su gloria, pero el Lobo Gris conseguía traerlo de nuevo a la vida para que se casara con su amada Elena y heredera el reino de su padre.

Sentía una profunda admiración por la forma en que el príncipe Ivan terminaba siendo el héroe de la historia, utilizando su astucia para quedarse con todo sin arriesgar absolutamente nada. El joven Yuri ignoraba la necesidad de hacer sacrificios, estaba aún en la edad en la que los muchachitos creen que pueden ser dueños del mundo con tan solo desearlo. Era ese también el momento de la vida en el cual aquella ilusión comenzaba a resquebrajarse rápidamente.

La canción parecía tenerlos hechizados a todos de maneras muy diversas. Viktor y Yuriko, junto a una decena de otras parejas, bailaban en el centro del salón. Los jovencitos de once o doce años se reían de sus padres y se cubrían los ojos mientras devoraban los pasteles y dulces. Otabek parecía haberle hecho caso a Yuri y escuchaba con atención. A juzgar por su expresión, estaría probablemente buscando —y comprendiendo— cada uno de los giros argumentales de la historia que le estaba contando aquel hombre con su instrumento, sin necesidad de pronunciar palabra alguna. Yuri, por su parte, estaba hechizado una vez más con la historia que conocía tan bien. Tenía los brazos apoyados en la mesa, con su mejilla rozándole la suave manga de seda.

—Disculpe, Su Alteza —dijo una voz femenina junto a él.

Cuando Yuri levantó la vista, aterrizó en la realidad al ver a Ekaterina Rostova frente a él. Por segunda vez, la vio hacer una esforzada reverencia, sosteniendo con cuidado su vestido color rosa pálido.

—Lady Ekaterina —murmuró Yuri con evidente desinterés.

La desilusión se hizo presente en el rostro de la dama, pero aun así le sonrió al príncipe.

— ¿Le gustaría bailar conmigo? —Ekaterina era encantadora. Cualquier muchacho normal hubiese caído a sus pies sin necesidad de insistencias—. Su Alteza será el príncipe Ivan y yo seré su Elena.

Yuri hizo una pequeña mueca. La muchacha conocía la historia, todos lo hacían, pero las chicas en especial tenían una horrible tendencia a reducir cualquier historia interesante a una de amor entre dos jóvenes idiotas.

—Lo siento, pero no me gusta bailar —respondió Yuri torciendo un poco el labio, un claro gesto de rechazo.

—Oh, lo siento mucho, príncipe Yuri. —Habló de prisa, visiblemente avergonzada.

— ¿De verdad no te gusta bailar? —preguntó Otabek cuando la muchacha se alejó en silencio.

—No, no me gusta. —Yuri se cruzó de brazos.

—Tampoco a mí —dijo Otabek encogiéndose de hombros.

—No importa eso, Otabek. —Mila irrumpió en la conversación y cogió a su esposo del brazo con total confianza—. Yo sí quiero bailar, me gusta mucho esta pieza y tú debes ser mi primera pareja de baile. Luego, podrás volver a sentarte. Lo prometo. —La chica miraba a Otabek con los ojos azules bien abiertos, rogándole que bailara con ella.

—Está bien, de acuerdo, pero solo esta pieza.

—Y la siguiente, porque ya está terminando —negoció Mila. Ambos se habían puesto ya de pie y se alejaban de Yuri para sumarse a las parejas que bailaban.

Habiéndose quedado sin su amigo, Yuri no dudó un segundo en ponerse de pie también —aunque medio a regañadientes— para caminar detrás de ellos hacia el centro de la sala. Caminó lentamente por entre los bailarines, chocándose más de una vez con alguno de ellos para lanzarles luego una mirada asesina. Fue entonces cuando la vio, junto a una de las mesas. Parecía aún un tanto avergonzada a juzgar por como miraba a los que bailaban. Yuri le tendió la mano.

— ¿Lady Ekaterina? ¿Le gustaría bailar aún? ¿Podría perdonar a este pobre idiota? —le dijo con una encantadora y falsa sonrisa.

La chica le devolvió una sonrisa coqueta, haciéndolo estremecer. Ekaterina estaba encantada con él, mientras que lo único que el príncipe sentía por ella era tal vez un poquito de compasión.

—Por supuesto, Su Alteza, será un honor.

Al final, Yuri no sería Ivan ni Ekaterina Elena, porque El pájaro de fuego terminó antes de que ambos jóvenes comenzaran a bailar. No obstante, eso no fue un impedimento para la muchacha, que se acercó a Yuri apenas empezó a sonar la nueva pieza. Esta era mucho menos frenética que la anterior, siendo una triste canción sobre un amor no correspondido. Con timidez, Ekaterina le ofreció su mano a Yuri y este la puso contra la suya para empezar a moverse al son de la música.

Ekaterina bailaba tan bien como Yuri; sabía todos los movimientos y los ejecutaba con gracia, pero carecía de sentimiento. El chico se dio cuenta de inmediato, aunque tampoco fuera ese su caso. Su mirada se apartaba una y otra vez de la de su compañera, buscando a Otabek. No tardó en encontrarlo, bailando junto a Mila a escasos metros de ellos dos. A juzgar por sus movimientos rápidos y poco fluidos, parecía estar ansioso por huir de allí.

Bastó un solo instante, en el que sus ojos se encontraron, para que Yuri sintiera el incontrolable impulso de soltar a su pareja de baile e ir en busca de Otabek. Aferrándose al poco control que le quedaba, hizo su mayor esfuerzo por terminar aquella pieza con Ekaterina. Sin embargo, seguía buscando a Otabek con la mirada, desesperado por retomar aquel contacto visual que provocaba que su cuerpo entero ardiera por el poder de la más placentera de las llamas.

—Tienes una sonrisa hermosa —le dijo la chica.

No fue consciente que estaba sonriendo hasta que Ekaterina se lo hizo saber. Aquello no era más que una prueba de lo poco dueño de sí mismo que se sentía en ese momento.

—Gracias... supongo —respondió, mirándola apenas de reojo. No era la persona a la que quería escuchar decir eso.

Sonaron por fin las notas finales de la pieza, que los dejaron a ambos quietos el uno frente al otro. La joven le sonreía, feliz, mientras que Yuri lo único que quería era salir corriendo. Aprovechó el intervalo que permitía el cambio de músicos para dar un paso atrás y hacer una rápida inclinación de cabeza.

— ¡Que belleza!

En ese mismo momento, ambos se voltearon a mirar al hombre que se les acercaba.

— ¿Boris? —escupió Yuri asqueado.

El hombre se alzaba allí frente a ellos, exhibiendo una enorme sonrisa que muy difícilmente podía interpretarse como amistosa. Era un gesto felino, como el de un depredador.

— ¡Yuri! —exclamó como si de verdad estuviese feliz de verlo—. Veo que has recibido un muy buen regalo de cumpleaños. —Miró fugazmente al rubio para luego centrar su atención en la chica de cabellos castaños. La tomó del mentón, sin siquiera darle tiempo a apartar el rostro.

—Tienes una esposa... e hijos. —Yuri no podía dar crédito a sus ojos.

— ¿Y a quién le importa? Tu adorable hermana también está casada y ahora mismo está bailando con otro hombre que no es su esposo.

Para corroborar aquello, buscó a su hermana con la mirada, para verla bailando con un apuesto muchacho rubio. Viktor y Yuriko seguían bailando juntos, ambos perdidos en los ojos del otro como si no hubiese nada más en el mundo. Yuri bufó.

En la habitación, todos parecían estar demasiado concentrados en el baile, la música y la bebida. Cuando la guerra y la muerte estaban tan cerca, no había nada mejor que perderse por una noche en aquellos tres placeres. Luego, todos aquellos hombres se mostrarían felices de cabalgar en el campo de batalla y manchar sus espadas y lanzas de sangre enemiga, pero por el momento, todos eran almas nobles que solo querían pasar el último tiempo con su familia o pareja.

"Y una mierda" pensó Yuri, empujando a un hombre ebrio que a duras penas podía mantenerse en pie para poder alejarse de Boris, de Ekaterina, de todos. "Otabek, ¿Dónde está Otabek?"

Lo localizó a unos pocos metros, de pie junto a la entrada. Cerca de la puerta se sentaban las personas de menor rango; allí era donde sucedían las peleas, los golpes y las apuestas grotescas, con la baja nobleza y los sirvientes de más elevado estatus que a veces tenían un lugar en la mesa del rey —aunque a una distancia abismal de este—. Otabek desentonaba demasiado con todos ellos, tan estoico y con las finas ropas de príncipe perfectamente arregladas.

Sin decir nada, Yuri pasó junto a él y lo cogió con fuerza de la manga de la delicada túnica de seda, tirando de él hacia la puerta de entrada. Cuando la atravesaron, lo soltó y empezó a caminar a paso rápido.

— ¿Qué fue eso, Yuri?

—No te hagas, me estabas esperando para irte a la mierda.

—Si —respondió Otabek cuando lo alcanzó por fin—. ¿Pero a dónde iremos?

—No hagas preguntas y sígueme.

En silencio, salieron al patio. El frío del exterior no tardó en colarse por debajo de sus finas ropas, haciendo estremecer a Yuri, que solo apuró el paso. La luz tenue de la luna llena iluminaba el lugar, que estaba vacío a excepción de unos ocho guardias, dos junto a la puerta rastrillo y los demás distribuidos en cada extremo del cuadrilátero. Los muchachos cruzaron el patio sigilosamente hasta llegar a la torre que llevaba a la habitación de Yuri.

Una vez arriba, el menor cogió a su amigo del brazo y tiró de él para que lo siguiera hacia el pasillo. Hacía tanto frío como en el patio al ser prácticamente una galería cubierta, pero ya había ordenado a Feliks que encendiera el hogar de su habitación para mantenerla caliente cuando regresara por la noche.

—Quería mostrarte algo —susurró Yuri.

—Dime.

Sin soltarlo aún, Yuri se acercó a uno de los ventanales con forma de arco, separados por columnas de piedra.

—Ya hemos estado aquí de noche un par de veces... pero el lago estaba congelado —empezó—. Ahora no. Y hoy es noche de luna llena... Mira, mira el reflejo de la luna sobre el lago. —Estiró su brazo para mostrarle con el dedo aquella franja de luz blanca que se reflejaba sobre el lago, todo bajo un manto negro estrellado—. Es mágico.

Otabek, pudiendo haberse asomado a la ventana contigua, se acercó a la misma sobre la que Yuri estaba reclinado. Se apretó un poco contra él para poder mirar y apoyó una mano en su cintura.

—De verdad lo es... —dijo entonces, mirando el paisaje de reojo, pero sin poder despegar los ojos del chico.

Se apartó de él, consiguiendo que volteara a mirarlo. Con el ceño levemente fruncido, le tendió su mano.

—Dijiste que no te gustaba bailar, pero... ¿te gustaría bailar conmigo? Nadie puede vernos aquí más que la luna.

Otabek estaba en lo cierto. Si iban a bailar, no había mejor lugar para hacerlo que ese, con la luna como único testigo.

—Nunca dije que no me gustara... Solo que no me gusta hacerlo con cualquiera —respondió Yuri. Se acercó lentamente a Otabek, de una forma seductora, hechizado por el tenue brillo de la luna reflejada en sus ojos, negros como el cielo que se extendía sobre sus cabezas—. Por supuesto que me gustaría, sí —finalizó al ver que Otabek esperaba una respuesta.

La música del gran salón llegaba a oírse incluso desde allí arriba. Yuri no podía llegar a discernir de qué canción se trataba, pero aquello era suficiente para guiar a su cuerpo.

Sus manos se encontraron tímidamente, como si fuera la primera vez que se tocaban. Era, en cierto sentido, una primera vez. La única danza que conocían sus cuerpos al estar juntos era la danza de las espadas, en la que tan diestros eran ambos. Aquella era completamente desconocida para ambos jóvenes.

—No me quites los ojos de encima —pidió Yuri.

—Nunca.

Yuri empezó a girar con una elegancia prodigiosa, guiando a Otabek sin esfuerzo alguno para que acompañara sus movimientos. El otro lo miraba fijo, demasiado concentrado en que cada paso le saliera a la perfección, cuidándose de no defraudar a su mejor amigo en ese primer baile que compartían. El rubio le soltó la mano para así poder juntar sus otras dos manos, y girar en la dirección opuesta.

—Beka, relájate. Solo... solo soy yo... —Yuri esbozó una sonrisa suave, dándole a entender que no tenía razones para mostrarse nervioso frente a él.

— ¿Solo tú? Tú lo eres todo para mí, Yuri.

Aquellas palabras, y la sinceridad que emanaban, hicieron que el corazón de Yuri diera un vuelco. Otabek siempre era capaz de encontrar la forma de desequilibrar por completo sus emociones con las cosas que le decía. A veces, tan solo le bastaba una mirada intensa. A Yuri no le gustaba quedarse de brazos cruzados. Con un ágil movimiento, atrapó la mano de Otabek con la suya y la acercó hacia él para besar sus nudillos con devoción, sin apartar su mirada. Lo escuchó jadear muy por lo bajo, y se regocijó internamente al sentirse capaz de complacerlo de tal manera.

—Estás rompiendo las reglas del baile —le advirtió Otabek con una sonrisa de lado. Yuri lo conocía lo suficiente como para reconocer en ella un dejo de picardía, pero con la impronta de Otabek.

Las reglas de etiqueta de la alta nobleza rusa indicaban que, en los bailes, hombre y mujer tan solo debían tocarse las manos, especialmente si no estaban casados. Lo contrario podía ocasionar un duelo entre un hombre y el marido de la dama con la que bailaba. Otabek parecía haber sido instruido con aquellas reglas antes de viajar a Rusia, pero Yuri no era ninguna dama.

—Me descubriste. —El chico se mordió el labio y, sin esperar una respuesta, pasó uno de sus brazos por encima de los hombros de Otabek y acercó peligrosamente su cuerpo al del otro. No tardó en sentir una mano fuerte sujetándolo de la cintura, y entonces solo pudo sonreír.

Empezó a mover los pies con destreza, balanceándose un lado a otro, acariciando el cuerpo de Otabek con el suyo y llegando a rozarle el rostro con su cálido aliento cada vez que se acercaban demasiado, para luego volver a alejarse.

—Eres bueno... —observó Otabek, soltando un jadeo de sorpresa que a Yuri, por alguna razón, le pareció increíblemente sensual—. No creo que te hayan enseñado esto. —Afianzó el agarre en su cintura para evitar que se alejara demasiado. Tal vez podían gustarle sus juegos, pero en ese momento quería tenerlo cerca.

—Ahora estoy improvisando —le informó Yuri con una deslumbrante sonrisa.

Otabek esbozó una media sonrisa y se arriesgó un poco a acariciarle la espalda, por encima de la capa y otras dos prendas de ropa. Sin embargo, a pesar de la distancia que separaba su piel de las manos de su amigo, Yuri sintió que aquel roce lo quemaba. Jadeó por lo bajo y arqueó su espalda, provocando que Otabek se mordiera el labio al verlo de esa forma.

Llegados a ese punto, ya no los guiaba la música, porque se habían olvidado de lo que sucedía en el gran salón y en el resto del mundo. Solo importaban ellos dos, y aquello que ya había dejado de ser una danza para convertirse en un juego de seducción del cual les sería difícil salir indemnes. Casi con desesperación, Yuri se aferró a Otabek, rodeando su cuello ahora con ambos brazos. Sus miradas se encontraron, ansiosas, como si ninguno de los dos supiera qué hacer a continuación.

—Yura...

Los ojos de Otabek, tal como Yuri los veía, parecían haberse robado todas las estrellas del cielo aquella noche. Y su dueño lo miraba a él, solo a él, como si fuera su luna. No obstante, Yuri se vio obligado a cerrar sus ojos cuando Otabek unió su frente con la suya. El corazón palpitante y la respiración agitada le impedían pensar con claridad, pero allí no había lugar para la racionalidad. Su cuerpo y su alma sabían muy bien lo que querían.

—No te contengas, Otabek... ya no más... por favor... —logró articular, con la voz ronca por el fervor que lo consumía. Estaba harto de aquel Otabek tan moderado y caballeresco, aquel que se movía con cautela en todos los frentes para no defraudar a nadie.

Para su gran sorpresa, Otabek tan solo dudó un segundo antes de tomarlo por la mejilla con firmeza, para fundirse con él en un beso tierno e intenso. Yuri tampoco vaciló al corresponderle. Sus dedos buscaron con desesperación enredarse en los cabellos revueltos de Otabek, acariciando su nuca con cariño.

Aun cuando aquel beso terminó, ninguno de los dos parecía querer separarse, prolongando el contacto con besos tiernos y castos sobre los labios y las comisuras.

—Yuri... Yura... —Otabek, jadeante, repetía una y otra vez su nombre mientras lo besaba—. No deberíamos... no aquí... —Al hablar, parecía casi desesperado, porque Yuri lo mantenía aún sujeto con fuerza, evitando que pudiera hacer otra cosa además de besarlo.

—No aquí... —repitió Yuri, regresando de repente al frío corredor que comunicaba las torres. Se separó de Otabek de muy mala gana y acarició su mejilla con el dorso de su mano—. Vamos a mi habitación, ¿sí? —Se mordió un poco el labio. No estaba seguro que pasaría a continuación, pero tenía la certeza de que en breve lo averiguaría.

Otabek se mostró sorprendido por un instante, pero terminó por asentir y dejar que Yuri lo tomara de la mano para guiarlo de nuevo hacia la oscura torre, e internarse en su habitación.

Las únicas dos fuentes de iluminación en la amplia estancia eran la antorcha, que colgaba junto a la pared, y el hogar, con un fuego tan potente que lo iluminaba todo con una agradable y tenue luz. Apenas los dos ingresaron, Yuri cerró la puerta y la trabó desde adentro. Presionó sus dedos contra el frío cerrojo, utilizando lo último de su racionalidad en asegurarse de que aquella barra de hierro no se movería de su lugar.

Entonces, salvó la distancia que lo separaba de su amigo para tomar su rostro con ambas manos y ser él, esta vez, quién comenzara el beso, un tanto más frenético y torpe que el anterior; pero con la misma cuota de pasión y deseo. Otabek no parecía quejarse de la evidente ansiedad del más joven; al contrario, la alimentaba al responder con caricias en su espalda y sus hombros.

Yuri jadeó al verse obligado a separarse para tomar algo de aire, pero sus dedos inquietos fueron directo a la cadenilla de plata que mantenía su fina capa sujeta sobre sus hombros. Los dedos le temblaban, una mezcla del nerviosismo y la desesperación que sentía, pero jugueteó con la prenda haciendo ademán de quitársela.

—Déjame... déjame ayudarte con eso —le dijo Otabek en un tono bajo y enronquecido.

A Otabek solo le bastó tironear de la cadenita con extrema suavidad y retirar uno de los broches para que la seda se deslizara con delicadeza sobre los delgados hombros de Yuri. Cogió la capa con cuidado y rodeó el cuerpo del rubio para poder sostenerla con mayor facilidad. La depositó sobre un enorme baúl que descansaba en la esquina de la habitación.

Al segundo estaba de nuevo allí con él, aprisionándolo suavemente contra la pared de piedra para volver a atender sus labios con dedicación. Yuri correspondía lo mejor que podía, aprovechando las pequeñas treguas que Otabek le daba para tirar con insistencia de sus propias ropas, que hace rato no eran más que un estorbo.

La pasión del beso poco a poco iba atenuándose, porque Yuri estaba más concentrado en quitarse la ropa que en continuar. Otabek notó aquello al instante y se separó de él para darle espacio. Esperó pacientemente mientras Yuri encontraba la forma de que sus manos dejaran de temblar y pudiera, por fin, quitarse la túnica por sobre su cabeza. La arrojó a un lado e inmediatamente hizo lo mismo con la camisa. Fue entonces cuando se detuvo un instante a mirar a Otabek.

Tuvo que reprimir una carcajada al verlo allí de pie, con su mirada perdida en su pálida piel, sus brazos delgados pero fuertes, y sus caderas, parcialmente cubiertas por sus pantalones. Estaba quitándole aquella última prenda con la mirada, y Yuri no era tan ingenuo como para no darse cuenta de eso y aprovecharse de la situación.

Se acercó lentamente y, con una sensualidad casi desconocida para él, besó su mejilla, apenas un roce de labios contra aquella suave superficie, un poco rasposa debido a la barba incipiente que nunca lograba rasurar del todo bien. También él se moría de ganas por atacar sus labios, pero quería que Otabek le rogara. Mientras repartía besos cortos en toda la zona que iba de su oreja a su mandíbula, sus dedos se dirigieron hacia abajo, hacia lo único que mantenía sujeta la túnica de Otabek. Enredó sus dedos en el cinto y tiró suavemente, casi como si dudara.

Fue entonces cuando sintió aquella ola de calor extendiéndose por todo su cuerpo. Otabek estaba contraatacando de la forma más devastadora, recorriendo por primera vez su piel desnuda con sus manos, colonizando su cuerpo y haciéndolo suyo tan solo con su tacto. Y se sentía de maravilla, incluso mejor de como se lo había imaginado incontables veces. No había mejor sensación en el mundo que su piel erizándose bajo las caricias del otro hombre. No era otro de sus sueños, finalmente estaba sucediendo.

El corazón le martilleaba contra el pecho, salvaje, lleno de vida. Nunca dejaría de agradecerle a Otabek por haberlo hecho sentir vivo otra vez, por saber hacerle olvidar sus problemas con tan solo unos besos y unas palabras arrulladoras.

—Otabek...

Pronunció su nombre en voz baja, justo antes de que el otro reclamara otro beso de sus labios desesperados. Yuri entonces tiró de su cinturón con más fuerza, apartando la hebilla con sus dedos y dejándolo caer al suelo.

No era justo que él estuviese tan expuesto. Yuri también quería ver su cuerpo desnudo y sentirlo bajo sus palmas. Rompió el beso y buscó su mirada, oscurecida por el deseo.

—Maldita sea, Otabek. —Sus manos subieron nuevamente hacia el cuello de su túnica para cogerlo con fuerza—. No quiero esperar, no puedo esperar más —le dijo entonces, suplicante. Con facilidad le abrió la túnica y la deslizó por sus hombros hasta dejarla caer.

El cuello de la camisa dejaba al descubierto sus clavículas fuertes, y Yuri se preguntó cómo se sentiría el presionar allí sus labios. Lo hizo sin pensarlo demasiado, para dejar luego un reguero de cálidos besos que subían hacia su cuello. Podía sentir su respiración agitada contra sus labios, lo que le confirmaba que tenía sobre Otabek el mismo poder que este sobre él. Decidió aventurarse incluso más allá de los límites, estirando la túnica hacia abajo con dos dedos para besar su pecho. Entonces, Otabek lo tomó de la cintura y lo giró casi con rudeza, tirando de él en dirección a la cama.

Lo recostó sobre las mantas con cuidado, y Yuri solo pudo quedarse allí observando mientras el otro se acercaba hasta quedar a su lado. Con un rápido movimiento de sus manos, Yuri lo apresó contra la cama y se encaramó sobre él, ganando momentáneamente el control de la situación.

Un silbido de admiración se escapó de los labios de Otabek mientras se incorporaba a medias, hasta quedar sentado, con Yuri inclinado sobre su cuerpo.

—Eres increíble, Yuri —le dijo Otabek casi sin aliento.

—Y tú, Beka... eres tan apasionado como te imaginé.

— ¿Me imaginaste? —Los ojos de Otabek brillaron fugazmente, esperanzados y felices.

Yuri se detuvo unos segundos para examinarlo. Su pregunta había sonado un tanto ingenua, casi tierna, y su rostro estoico se veía iluminado con una bella sonrisa de lado.

—Casi todas las noches... casi todas desde que te fuiste...

Mientras hablaba, entre jadeos, sus manos cobraban vida propia y se introducían, curiosas, debajo de la camisa interior de Otabek. Delinearon su cintura para subir lentamente por su pecho, reconociendo cada uno de sus músculos con sus dedos.

—Joder, Yuri...

El rubio sonrió, complacido al ver a Otabek reaccionar de tal manera con sus caricias. En ese momento, no había otra cosa que le gustara tanto como arrancarle esos jadeos tan sensuales, hacerlo feliz.

—Quiero verte... —le pidió, acariciando lentamente su pecho por debajo de la camisa.

—Entonces quítala...ya empieza a estorbar —masculló entre dientes.

Como si se tratara de una orden, Yuri cogió los extremos inferiores de la camisa y tiró hacia arriba con fuerza hasta quitársela, revelando por fin, su amplio y torneado pecho, que se movía de arriba abajo debido a la respiración agitada de Otabek. Se tomó el tiempo suficiente para admirarlo, porque desde luego que aquella obra de la naturaleza se lo merecía.

—Eres hermoso. —Fue lo primero que se le vino a la mente en ese momento. No tenía la menor intención de mostrarse zalamero, odiaba eso y más si venía de su parte; aquellas palabras eran sinceras.

—No más que tú, Yuri. Eres tan bello que pareces irreal. Aun me cuesta creer que la suerte te haya puesto en mi camino.

—Ya, deja de decir esas cosas —dijo sin poder disimular, de ninguna forma, la enorme sonrisa que se formó en sus labios.

Le agradaba el hecho de que ninguno de los dos se hubiese detenido siquiera a cuestionar la moralidad de aquel acto, porque ambos sabían que estaba bien, que se deseaban y necesitaban fervientemente el uno al otro, que el resto del mundo podía quedar en el olvido por al menos una noche, para que dos jóvenes almas pudiesen amarse.

Reacio a dejar que el fuego se extinguiera, Yuri se inclinó sobre él para abalanzarse sobre su boca una vez más, con la pasión y torpeza de un chico aún inexperto. Otabek, que tampoco tenía mucha más experiencia que él, sonreía contra sus labios y le sujetaba el rostro, pareciendo aceptar —por el momento— su posición de sumisión. Tal vez, para él tener a Yuri Plisetsky encima suyo de esa forma era un sueño hecho realidad, y no quería destruirlo por el mero capricho de tener el lugar dominante. El rubio, por su parte, sabía muy bien cómo aprovechar las ventajas. De su boca descendió hacia su mentón y su cuello, rozando su piel suave con su nariz y sus labios.

—Yura... —Otabek soltaba suaves suspiros y le acariciaba la espalda.

Sin que le avisara de ninguna forma Yuri sintió la rodilla del otro rozarle la entrepierna de forma muy descarada, y lo tocó tanto, que por primera vez fue consciente de lo apretados que sentía los pantalones desde hacía rato. Eso último lo haría estallar.

— ¡Espera! —Jadeó, tal vez demasiado alto—. Espera, Otabek, yo...

De repente, parecía como si toda la sangre de su cuerpo se hubiese agolpado en su rostro. Tenía suerte de que sus cabellos alborotados le cubrieran un poco la cara. Sin embargo, cuando miró a Otabek, lo vio esbozar una sonrisa ladina.

— ¿Qué pasa?

—Beka, yo...

—Estás duro, eso es todo —le explicó—. En realidad, es algo bueno.

"Me está tomando por idiota" interpretó Yuri rápidamente.

—Ya lo...

Fue en ese brevísimo momento en que se separó de él que tuvo la oportunidad de verlo más de lejos. Otabek también tenía una protuberancia entre sus piernas, pero la suya era enorme. ¿Qué debía hacer él al respecto? ¿Tocarlo como solía hacer consigo mismo?

—Yuri. —Otabek lo tomó de la muñeca y buscó su mirada con la suya—. Déjame... —le pidió con los labios apretados.

Yuri apenas era capaz de reaccionar, por lo que a Otabek se le hizo bastante fácil quitárselo de encima y recostarlo sobre la cama. Lo primero que hizo fue correrle de la cara los cabellos dorados, batallando un poco debido a la fina capa de sudor que cubría el rostro de Yuri; y también porque —tal como Yuri sospechaba—, a Otabek le encantaba enredar sus dedos en sus finos cabellos.

Observó con atención como Otabek, afirmando su posición sobre él con una rodilla entre sus piernas, acariciaba su torso desnudo con una de sus manos, áspera y ruda, al igual que afectuosa. Descendió con un ritmo lento, torturándolo, provocando que arqueara su espalda con cada uno de esos contactos estremecedores. Cuando llegó por fin al pantalón de tela —que ya se había convertido en una prisión para Yuri—, deshizo los lazos y se apresuró a bajárselo hasta las rodillas.

De los labios entreabiertos del rubio se escapó un pequeño gemido de placer al ser liberado por fin. Instintivamente, abrió un poco las piernas, como si con aquel acto pudiese desprenderse de los tan molestos pantalones. No sucedió, pero sí fue una indicación para que el moreno le quitara los zapatos y los arrojara lejos para luego hacer lo mismo con los pantalones.

—Tócame, Beka... —Necesitaba aliviar aquella presión que había vuelto, y que no tardaría en hacerse insoportable.

—Espera... se aliviará en un momento.

—Beka... —No le importaba sonar como un crío insistente, lo único que quería era sentir esas manos sobre su erección, aliviándolo y complaciéndolo.

Esperó pacientemente a que Otabek se quitara también sus botas y sus pantalones, que quedaron hechos un bollo en algún lado de la cama.

El único obstáculo que tenían ambos en ese momento era la fina prenda interior de lino que cubría sus partes íntimas. Despojarse de los ajustados pantalones había sido para Yuri una gran liberación, pero aun así, los roces de la tela contra su erección lo hacían querer arrancarse la prenda de una buena vez. Lo único que evitaba que lo hiciera, era el pudor que sentía con tan solo pensar en la posibilidad de quedar completamente desnudo frente a Otabek.

La primera y única vez que compartieron la cama fue en una situación muy distinta. Tanto Yuri, como Otabek, estaban completamente vestidos y demasiado ebrios para siquiera poder llegar a algo más que unos besos candentes. Ahora era todo lo contrario: estaban ya casi desnudos, completamente conscientes y muy dispuestos a continuar con lo que fuera que siguiera a continuación.

Con cuidado, Otabek volvió a su posición anterior, inclinándose peligrosamente sobre él. Le dio un beso largo en los labios, al que Yuri tan solo pudo corresponder, intentando ignorar las palpitaciones que sentía allí abajo, intensificadas por un simple beso. No, no era un simple beso. Era un beso de Otabek.

No obstante, le enfadaba un poco que su compañero hiciera caso omiso a su urgente necesidad, besándole los labios una vez más sin siquiera tocarlo donde él más quería. El chico empezaba a impacientarse.

—Otabek... por favor... —le pidió en cuanto el mayor liberó sus labios para besar sus mejillas y su mentón con la ardiente pasión que tanto lo caracterizaba.

— ¿Hm? Espera, Yura... —respondió Otabek con el ceño fruncido, repartiendo besos por su rostro y su cuello como si temiera ir demasiado más abajo.

—No... No puedo aguantarme... —dijo con su voz ahogada entre jadeos.

Escuchó que Otabek suspiraba con pesadez y se mordió el labio con fuerza, hundiéndose aún más en el suave cobertor de lana sobre el que estaba recostado. Lo estaba decepcionando, y un jovencito decepcionante no podía ser jamás alguien deseable. Haciendo su mejor esfuerzo por no llorar, se mordió el labio, intentando aguantar, ahogar un grito capaz de alertar a todo el castillo.

Otabek, sin responderle, deslizó su boca con suavidad desde sus marcadas clavículas hasta su oído, enterrando el rostro en sus cabellos

—Solo espera, mi Yuri... —imploró. Aquella forma tan dulce de referirse a él, y su tono de voz sereno fueron como un bálsamo para su creciente ansiedad.

Decidió confiar en él, concentrándose en sentir.

Soltó el primer y desmedido gemido cuando Otabek presionó sus labios contra su garganta y su reacción inmediata fue echar la cabeza hacia atrás y arquear la espalda, facilitándole el camino para que lo colmara de besos. Pareció entenderlo, porque luego del primero, cada beso se volvía más fiero, pero se cuidaba muy bien de no tocar aquella piel de porcelana con sus dientes. Yuri se sentía casi culpable por dejar escapar tantos gemidos de sus labios, uno tras otro, pero a Otabek no parecía importarle. Tal vez hasta incluso disfrutaba de escucharlo así, tan vulnerable, tan a su merced.

Los cálidos labios delineaban ahora las marcas suaves de los músculos de su pecho, blanco como nieve, mientras que una mano fuerte se aferraba a su hombro. Otra vez Yuri se sentía mal por estar en el mismísimo paraíso mientras Otabek hacía todo el trabajo. Él no era así. Enterró sus dedos en los cabellos negros del otro joven, consiguiendo que le dirigiera una fugaz mirada.

— ¿Te gusta esto, Yuri? —preguntó, susurrando contra su piel ardiente.

—Si... si, Beka... no te detengas... —le exigió. Cerró sus dedos en torno a sus cabellos, tironeando un poco para pedirle que continuara complaciéndolo.

De a poco, Otabek se acercaba al que parecía ser su objetivo, y la entrepierna de Yuri se sentía cada vez más a punto de explotar allí mismo, incluso antes de que Otabek pudiese llegar a tocarla. El mayor iba también retrocediendo sobre sí mismo, hacia las orillas de la cama. Yuri se incorporó sobre uno de sus antebrazos justo para ver cómo le besaba el abdomen y giraba luego su rostro para atender el pequeño relieve que era el hueso de su cadera. Mientras lo besaba con total devoción, sus largos dedos juguetearon perezosamente con el borde de su prenda interior, jalándola un poco hacia abajo.

Fue entonces cuando Yuri terminó por comprender sus intenciones. Retiró la mano de sus cabellos para llevársela a la boca y poder ahogar así un fuerte jadeo.

— ¡Otabek! —exclamó a pesar de tener la mano presionada con fuerza contra su boca—. ¿De verdad vas a...a...?

Todo ese revuelo de su parte terminó por llamar la atención de Otabek, que, sin quitar los dedos de donde estaban, lo miró con su característica expresión estoica, pero sin dejar de fruncir un poco el ceño.

—Si... ¿no quieres? Tal vez me dejé llevar demasiado... —Parecía un tanto turbado, pero reacio a retroceder el terreno que había avanzado con sus dedos.

— ¡No! —se apresuró a decir—. Digo sí... ¡sí! Por favor...Beka...

—Bien... Seguiré, pero tú me dirás si quieres que pare, ¿está bien?

Yuri asintió, pero en su mente sabía que Otabek no oiría ninguna palabra de su parte.

Desde su privilegiada posición, pudo ver como el mayor se levantaba de la cama para ponerse de rodillas sobre el frío suelo de piedra. Tal era la devoción que sentía por su Yuri. Con un movimiento ágil, lo despojó de la última prenda, provocando que Yuri volviera a dejarse caer de espaldas sobre la cama, cubriendo su rostro con ambas manos.

—Yuri... —A juzgar por su voz, Otabek parecía un tanto decepcionado por su comportamiento—. Déjame verte... concédeme ese honor...

No podía negarle nada teniéndolo allí de rodillas frente a él. Se incorporó hasta quedar sentado sobre la cama, frente a frente con Otabek, que estaba ya acuclillado entre sus piernas. Sonrió de lado. Tenía que admitir que, desde allí, tenía una vista excelente.

Otabek tenía la mirada fija en su palpitante erección, con el ceño fruncido como si ver aquello no lo afectara en lo más mínimo. Parecía estar escudriñando un libro en un idioma desconocido que intentaba descifrar.

— ¿Beka...? —Yuri empezaba a impacientarse.

—Esta... es mi primera vez haciendo esto, Yuri —le confesó. Otabek jamás tenía miedo de decir las cosas de forma directa y clara—. Dame tiempo...

En respuesta, lo único que hizo fue asentir un par de veces. Su compañero posó ambas manos en sus delgadas pantorrillas para ir subiendo de a poco, cubriendo todo el largo de sus piernas con caricias abrasadoras. Se detuvo por fin en sus pálidos muslos, sujetándolos con fuerza al momento de separarlos lo suficiente como para que su cabeza pudiera caber entre sus piernas.

Y Yuri esperó, esperó con el corazón a punto de salírsele del pecho; con la ansiedad, la expectativa y los nervios a flor de piel. Sus dedos se aferraron a las mantas instintivamente en cuanto sintió la mano de Otabek sobre su erección por primera vez. Lo sujetaba por la base con cuidado, un preludio para el verdadero acto. Cerró los ojos, intentando calmar su respiración agitada para no parecer un niño idiota y alborotado. Quería estar preparado, incluso tratándose de la primera vez que experimentaría algo como eso.

No tardó en comprender que jamás se podía estar preparado para una cosa así.

Bastó un roce tímido, de su cálida lengua en la punta, para que su cuerpo entero se estremeciera, y él mismo se sintiera abrumado por aquel torrente de sensaciones nuevas. En voz muy baja, entre jadeos reprimidos, pronunció su nombre una y otra vez, como si de esa forma pudiera pedirle que continuara. Otabek parecía no dar cuenta de sus súplicas, demasiado concentrado en lo que estaba haciendo. No podía pedirle que se mostrara completamente desinhibido siendo su primera vez haciendo eso; y de cierta forma, le parecía adorable que estuviese intentándolo todo por él. Pero por otro lado, Yuri quería que Otabek se dejara llevar por completo, que dejara de pensar que tenía que impresionarlo todo el tiempo. Quería que disfrutara aquello junto a él y tanto como él, porque era un momento especial para ambos, más allá de que fuera o no la mejor experiencia física de sus vidas.

De a poco, Otabek parecía tomar más confianza, animándose a ir más allá de unas suaves lamidas en la punta de su pene. Recorrió con su legua toda su extensión, arrancándole a Yuri un jadeo gutural. Arqueó la espalda, sacudiendo instintivamente su cadera. A pesar de que aquella situación le daba cierto pudor, hizo todo lo posible por mirar al hombre que lo complacía con tanto cariño, buscando su mirada. Tuvo la suerte de que Otabek también buscaba la suya desde abajo, para dedicarle una fugaz —y muy sensual— sonrisa cuando sus ojos se encontraron.

Yuri le devolvió el gesto, la sonrisa más amplia que le permitieron sus labios, entreabiertos y dejando escapar gemidos cada vez más desesperados. Acercó una pálida y temblorosa mano al rostro del otro y le acarició los cabellos, la frente perlada de sudor y las mejillas suaves. En respuesta, recibió otra mirada intensa, una mirada que le advertía que todo aquello estaba lejos de terminar. Y no tardó en confirmarlo. Otabek se apartó de él y se relamió fugazmente el labio inferior antes de cubrirlo con sus labios, jugando incómodamente con su lengua.

Pero el rubio no parecía darse cuenta de la evidente falta de experiencia de su compañero; para él, aquello era como estar en el cielo, y estaba demasiado ocupado perdiéndose en él. Echó la cabeza hacia atrás y sonrió extasiado, encantado con cada nueva oleada de placer que invadía su inexplorado cuerpo.

—Otabek... —jadeó— Eres sorprendente... —suspiró—. Maravilloso... Ota... ¡hmmm! ¡Maldición! —Sus desesperados intentos por alabarlo se veían frustrados por los gritos y gemidos que salían de sus labios—. Beka...

Las llamas del hogar crepitaban, vivaces, para luego morir ahogadas en los gemidos de Yuri, o en los sonidos involuntarios que hacía Otabek al mimarlo. La situación era idílica, pero Yuri podía sentir la fuerza descomunal con la que la mano de Otabek se aferraba a su piel, la forma en que esta temblaba ligeramente... y como su cuerpo mismo parecía sentirse cada vez más cerca de estallar.

—Beka, quiero... —Si no lo hacía en ese momento, pronto sería demasiado tarde—. Detente, Beka... yo quiero...

Habló lo suficientemente fuerte como para que Otabek lo escuchara y, tal como hacía cada vez que Yuri se lo pedía, se detuvo al instante y lo miró con atención.

— ¿Qué quieres, Yuri? Dímelo y lo tendrás ahora mismo. —Las palabras le salieron apresuradas, ya que aún estaba batallando por recuperar el aliento después de tal hazaña para su boca y pulmones.

Yuri lo miró con los ojos entornados y una sonrisa ladina, aun acariciando su mejilla con las yemas de los dedos.

"Quiero Igualar esta partida, y complacerte", pensó. "Quiero que mis caricias y mis besos te arrebaten suspiros, quiero...".

—Fundirme contigo. —"Y que nunca te alejes"—. Lo quiero todo de ti... —Sin previo aviso, Yuri introdujo su dedo pulgar en la boca de Otabek, la cual tan ocupada había estado momentos antes—. Quiero que tú me...

Ya para la mitad de la frase, Otabek no pudo esperar más. Se incorporó frente a él, solo para volver a empujarlo sobre la cama. Yuri tomó conciencia de lo que sucedía cuando su cabeza cayó sobre la blanda superficie, con sus cabellos rubios desplegados desordenadamente sobre su rostro y las mantas de pieles y lana. Al instante, sus ojos se encontraron una vez más con los de Otabek, que lo miraba desde arriba, sosteniéndose por encima de él con los brazos extendidos y las manos apoyadas a ambos lados del cuerpo de Yuri.

—Otabek... —susurró Yuri con una sonrisa, sin poder resistirse a acariciarle uno de los brazos—. Acércate... y bésame. —Frunció levemente los labios de manera seductora antes de cerrar sus ojos.

La orden fue rápidamente ejecutada. De forma cadenciosa Otabek se apodero de sus labios, lamiéndolos, mordiéndolos con suavidad antes de liberarlos y volver a arremeter contra ellos, avivando su deseo, llevándolo hasta el límite. Estaba tan inclinado sobre él, que sus cuerpos se rozaban cada vez que presionaba demasiado su boca contra la de Yuri, quien a duras penas podía seguir el ritmo frenético de aquellos besos. Por fin, Otabek estaba dejándose llevar, olvidándose del autocontrol que lo reprimía.

Con un ágil movimiento, Yuri se tomó el atrevimiento de rodear su cadera con ambas piernas, presionando un poco para frotarse contra él. En ese momento, el otro rompió el beso para presionar sus labios contra su mejilla, enrojecida y sudorosa como el resto de su cuerpo.

—Yura... —Tuvo el placer de escuchar al kazajo gemir su nombre en su oído. Confirmándole que ambos anhelaban lo mismo.

Otabek se alejó un poco de él para poder mirarlo a los ojos. Y para Yuri, en ese momento no había nada en el mundo que pudiera equipararse a la forma en que Otabek lo miraba; aún si fruncía el ceño, sus labios estaban sutilmente curvados en una sonrisa llena de amor. Los desordenados cabellos oscuros le caían sobre los ojos, y sus pómulos estaban tan rojos como los de Yuri. El rubio le acarició la mejilla con la palma de su mano y delineó cada parte de su rostro con la yema de sus dedos, como si quisiera guardar aquella imagen por siempre. Cuando terminó, deslizando su mano hacia abajo por su pómulo, le echó lo brazos al cuello de manera tal que sus labios quedaron peligrosamente cerca de su oído.

—Hazlo —le suplicó, jadeante.

— ¿Hacer qué? —preguntó Otabek con el mismo tono.

En respuesta, el más joven solo pudo acercarlo más, restregando su pelvis contra su cuerpo. Sonrió con malicia al escuchar que Otabek intentaba reprimir un gemido.

—No te hagas el idiota, Otabek —le dijo contra su oído. La forma tan dulce con la que se había expresado hacia tan solo un instante había sido reemplazado por un tono insistente—. Quítate esa porquería. —Se refería a la molesta prenda que aún le quedaba al moreno, aquel modesto trozo de tela que para Yuri significaba un mundo de distancia.

Lo sorprendió un poco que Otabek solo respondiera acariciándole los cabellos y la mejilla con el dorso de su mano.

—No estoy seguro... de cómo se hace... —admitió, notablemente avergonzado.

Desde luego, esa no era una excusa válida para Yuri. No le molestaba ni un poco la escasa experiencia de Otabek —aunque luego de lo que le había hecho, le costaba creer en sus palabras—, más bien, le emocionaba ser el primero. Deslizó sus dedos por su amplia espalda y posó su mano sobre la suya, que presionaba firmemente su mejilla.

—Entonces descubriremos como hacerlo... juntos.

—Eres insaciable, Yuri. —Otabek frunció un poco el ceño.

— ¿No me deseas ni un poco? —contraatacó, mordiéndose un poco el labio para luchar contra la decepción.

—Te deseo más que a nada en el mundo. —Para dejar eso en claro, le besó los nudillos con cariño.

Si los dos lo deseaban, ¿cuál era el problema? Escudriñaba su rostro impenetrable con ojos suplicantes, rogándole que dejara de dudar.

— ¿Entonces? —preguntó Yuri. Apretó su mano con fuerza, como para darle ánimos.

—No quiero lastimarte.

Entonces ese era el problema. Sabía que de alguna forma u otra aquello dolía, dolía tanto que las mujeres sangraban la primera vez, sangre que era el orgullo de las casadas y la vergüenza de las núbiles. Pero Yuri no era ninguna doncella, ni siquiera era una mujer.

—Tú nunca harías eso —le dijo con una sonrisa—. Confío en ti... No tengas miedo de amarme, Otabek. —Las palabras le salieron con facilidad, porque eran reales y sinceras.

Por unos segundos que a Yuri le parecieron eternos, Otabek se dedicó a mirarlo a los ojos, como si buscara el menor ápice de arrepentimiento en aquellas esmeraldas cargadas de expectativa y entusiasmo.

—Me dirás cuando duela y me detendré de inmediato.

Solo pudo asentir antes de que la pasión volviera a inundar la habitación, haciendo que Otabek se perdiera una vez más en Yuri, en todo eso que el príncipe representaba para él. Yuri, por su parte, respondía complacido, hundiendo sus dedos en los cabellos de Otabek mientras este le besaba el cuello con una fogosidad desbordante.

—Levanta la cadera —le pidió con una firmeza que solo demostraba lo nervioso que estaba.

Le hizo caso, sin entender demasiado a qué se debían aquellas instrucciones. Otabek se separó de él por unos segundos y con su mano recorrió su torso de arriba hacia abajo para acariciar su entrepierna con la yema de los dedos. Fue más allá de su erección, más atrás. Yuri esperó pacientemente, con el pecho ardiendo y la cabeza dándole mil vueltas.

Sus dedos por fin dieron con su objetivo, y Yuri lo supo cuando su cuerpo entero se estremeció ante la sorpresa y la incomodidad de ser tocado de forma tan íntima.

— ¿Qué diablos estás haciendo? —le reprochó, desesperado.

—Yuri... —Lo oyó suspirar, intentando calmar los nervios—. Estoy preparando tu cuerpo. Creo que lo estoy haciendo bien, pero... ¿quieres que me detenga ahora? —Alzó la cabeza para mirarlo a los ojos—. Podemos tan solo besarnos y tocarnos, eso es menos invasivo.

"No". Se incorporó sobre uno de sus antebrazos y se mordió la parte interna de la mejilla, para luego sacudir la cabeza enérgicamente. Los besos y las caricias lo hacían sentir en el paraíso, pero Yuri quería estar con Otabek de esa forma tan especial, ser uno con él.

— ¿Crees que te traje a mi habitación solo por unos besos? No, continúa, Beka —le dijo con firmeza.

Una de las cosas que Yuri más apreciaba de Otabek era su capacidad de entender algo sin la necesidad de una reconfirmación. Otabek no hacía preguntas innecesarias, y esa vez no fue la excepción. Solo le bastó escuchar el pedido de Yuri para que su mano volviera a moverse entre sus piernas. Tanteó su entrada, realizando movimientos circulares en torno a ella, presionando levemente, firme pero sin prisa hasta que introdujo uno de sus dedos en Yuri, quien jadeaba con su pulgar entre los dientes. Al primer dedo de Otabek le siguió un segundo, y Yuri no pudo evitar soltar un gruñido por lo bajo. Pero el otro no interrumpió su labor. Cuando tuvo bien afirmada su posición, se acomodó mejor entre las piernas del rubio y volvió a inclinarse sobre él para capturar su mirada.

—Mírame. —Le corrió los cabellos de la cara y Yuri abrió los ojos.

—Si tú me besas otra vez... —suplicó Yuri un tanto avergonzado.

Pedirle esas cosas a Otabek era casi como darle una orden, porque las cumplía de inmediato y con entusiasmo. Con sus besos, tiernos y apasionados a la vez, era muy fácil olvidarse de la incomodidad que sentía allí abajo. De la misma forma, la sola compañía de Otabek lo llenaba de una felicidad que nunca había experimentado antes. Sabía que esos sentimientos eran peligrosos, engañosos, que lo llevarían a un dolor inmenso y difícil de aplacar; pero en ese momento, para Yuri su mundo eran los besos húmedos que Otabek repartía por todo su cuello, las palabras sinceras y las sonrisas que parecían revelarlo todo.

Otabek lo sujetaba con firmeza por el hombro, hundiendo sus dedos rudos en su piel tersa y blanca, marcándola sin llegar a hacerle daño. Sus labios, insaciables, se movían contra los suyos, arrancándole gemidos que se ahogaban en cada uno de los besos.

El dolor ya se había ido casi por completo, y empezaba a sentir un curioso cosquilleo en su bajo abdomen. Era una señal de que su cuerpo no se contentaría solo con eso. Yuri Plisetsky quería más.

Como si pudiera leerle la mente, o los mensajes claros que daban sus gestos, Otabek retiró por fin sus dedos y se apartó un poco de él, antes de tomarlo de las caderas con ambas manos. Buscando estimular y relajar aún más a Yuri comenzó a frotar su erección contra su trasero, creando una fricción sobrecogedora que envió oleadas de calor a ambos príncipes. Otabek lo rodeó con una mano por la cintura para mantenerlo en esa posición, mientras que con la otra se dedicó a acariciar el miembro de Yuri.

Pronto, el rubio no era más que gemidos y jadeos desesperados.

—Hazlo… —suplicó con su respiración agitada, entendiendo que deseaba más de Otabek. El mayor obedeció.

De pronto todo sonido proveniente de Yuri cesó y su cuerpo se puso rígido ante la invasión de Otabek. Los jadeos se convirtieron en quejidos, incontrolables, cada vez más elevados a medida que el otro lo penetraba.

Otabek alzó la vista, horrorizado. Por su mente parecían pasar un montón de cosas, cuestionándose...tal vez, Yuri era un tanto más sensible de lo que creía.

El rubio se aferraba con fuerza a la espalda de su amigo, escondiendo su rostro sudoroso en su hombro, ocultando sus ojos anegados en lágrimas.

—Me detendré un momento —le dijo acariciando su espalda, reconfortándolo—. Esto tiene que pasar —susurró con calma a su oído—; pero entenderé si quieres que pare…

—No, puedes seguir. —En un desesperado intento por soportarlo mejor esta vez, Yuri respiró hondo, se mordió el labio y cerró los ojos con fuerza.

Otabek volvió a mover sus caderas hacia el interior del menor, provocando otro alarido por parte de Yuri.

—Continúa... —reafirmó, revelando su rostro para mirarlo.

Otabek le acarició los cabellos con dulzura mientras empujaba muy lentamente dentro de Yuri, entrando por completo, uniéndose a él en cuerpo y alma.

—Dejará de doler... No debe doler... —Susurraba palabras tranquilizadoras al oído del más joven, que solo asentía una y otra vez mientras soltaba un quejido tras otro.

—Beka... —gimoteó Yuri.

Como respuesta, recibió un beso que le robó el aliento. Sus dedos se deslizaron por su espalda, aferrándose con fuerza a Otabek. Su cuerpo estaba completamente tenso, pero las caricias suaves que le daba el otro chico eran un bálsamo para su ansiedad.

Sin que nadie se lo pidiera, empezando a responder a las necesidades de su propio cuerpo, Otabek dio la primera estocada, arrancándole a Yuri un gemido que ya no era exclusivamente de dolor, sino también de placer. Lo calló con un beso largo e intenso que buscaba ahogar cualquier otro ruido que pudiera escapársele. Enterró la cabeza en su hombro, esta vez para empezar a repartir besos castos sobre su piel. Aquello inevitablemente lo ayudó a relajarse, y fue solo cuestión de tiempo para que el dolor empezara a disiparse de a poco.

—Muévete, Beka... —le susurró entonces.

Otabek le hizo caso al instante, afianzando el agarre en su cintura para empezar a moverse a un ritmo más frenético, concentrándose en satisfacerse a sí mismo. Se lo merecía luego de haber esperado tanto. Yuri también tenía su energía puesta en complacerlo, cerrando sus piernas con fuerza en torno a sus caderas, dejándolo entrar una y otra vez, besándole los cabellos.

—Ah, Yuri... Me vuelves loco...

Y Yuri solo respondía con más besos, más caricias, y suspiros que ya no se esforzaba por disimular. Otabek lo hacía sentir en las nubes, para luego arrastrarlo hacia lo más inmoral y elevarlo al paraíso una vez más. Lo trataba de forma tal, que era su ángel y su perdición al mismo tiempo. En otras palabras, era su Yuri.

— ¿Te gusta? —preguntó Otabek. Era una pregunta estúpida, pero a Yuri le parecía que la formulaba cuando sentía que estaba ocupándose demasiado de su propio placer.

—Sí, Beka... —le respondió, ya con la voz enronquecida—. ¡Joder, sí! —exclamó con una enorme sonrisa.

Las caderas de Yuri comenzaron a formar parte de la acción, movidas por una necesidad instintiva de profundizar el contacto, y suspiro al escuchar los gruñidos que su participación provocaban en Otabek.

—No podré... No por mucho más tiempo —le advirtió el mayor. En verdad, era un milagro el haber podido llegar hasta allí sin estallar.

El otro no parecía tener problema con eso; en cambio, disfrutaba cada una de las estocadas. Sin previo aviso, tras soltar un gutural gemido, Otabek se corrió dentro de Yuri, llenándolo por completo y haciéndolo jadear sin pudor alguno. Tan dedicado como era, Otabek no disfrutaría de su orgasmo hasta que Yuri también lo hiciera. Lo embistió de manera errática dos veces más, con las últimas fuerzas que le quedaban a su agotado cuerpo; mientras, su mano acariciaba la erección de Yuri con ímpetu, recorriéndola de arriba abajo con sus dedos.

—Joder, Beka... —soltó el menor entre dientes, mordiéndose el labio con fuerza para anticiparse a la reacción que venía con el orgasmo. Pero, una vez más, no podía estar preparado para eso, menos aun siendo el primero de esa índole.

Nuevamente, su compañero fue rápido y precavido. Cuando Yuri se vino sobre su mano, lo primero que hizo fue besarlo con ferocidad, para que pudiera descargarse contra sus labios. Y Yuri gritó, lo llamó por su nombre una y otra vez, pero toda palabra que salía de su boca se ahogaba en la de su amigo, de manera tal que solo él podía escucharlo.

Cuando el beso se rompió, ambos jadeaban de manera descontrolada, batallando para hacerse con algo de oxígeno para sus pulmones. Fue Yuri el primero en sonreír, aún con la boca abierta y los ojos entrecerrados. Otabek lo colmaba de caricias en sus mejillas y labios, y de besos tiernos por todo su rostro, evitando la boca para permitirle recuperar el aliento.

—Eso... eso estuvo bien... —empezó Otabek con timidez, luego de un largo intervalo.

—No me jodas... estuvo mucho más que bien, Otabek... Eres magnífico. —Tal vez había sido una experiencia un tanto atropellada, con momentos incómodos seguidos de otros donde ambos sabían a la perfección lo que debían de hacer, consumidos por una pasión desbordante, para luego volver a actuar como niños; pero para Yuri aquello lo había sido todo, y nadie podría convencerlo de lo contrario.

—Te quiero, Yura... —musitó Otabek.

—Y yo a ti —le dijo Yuri de forma apenas audible.

Eso fue suficiente para hacer sonreír al moreno, que se inclinó sobre él para robarle un beso casto en los labios.

—Estás temblando... —observó.

Tras decir eso, se removió un poco para salir de Yuri y poder recostarse a su lado. El menor soltó un pesado suspiro y se removió para mirarlo de frente. Levantó las mantas para meterse debajo y cubrirlos a ambos bajo una pesada capa de pieles. Sus manos se encontraron y terminaron entrelazadas bajo el abrigo, mientras los dos se sonreían como idiotas.

—Estoy bien. —Los dedos de Yuri juguetearon con los de Otabek para afianzar el agarre.

— ¿Te duele...?

Era cuestión de tiempo el que le hiciera esa pregunta.

—Un poco...

—Lo siento mucho —se apresuró a decir Otabek.

Yuri lo tomó del mentón con su mano libre y acercó su cuerpo al suyo para besarlo en los labios una vez, dos veces.

—No te disculpes...mañana dejará de doler, pero el recuerdo de estar unido a ti, siempre estará conmigo —le respondió, acariciando su mejilla con dulzura y fijando su mirada en la de él —. No tienes idea... no tienes idea lo mucho que deseaba estar contigo de esta manera.

— ¿Por qué vivir alimentándote de recuerdos? —Otabek lo miraba con el ceño levemente fruncido.

—Porque al amanecer, todo esto será un recuerdo lejano, casi un sueño... —susurró Yuri.

Así era, así debía de ser. Las personas como ellos solo tenían derecho a amarse durante la noche, porque la oscuridad era el dominio de lo inmoral y de lo infame, de todo aquello que debe reprimirse u ocultarte vilmente, por despreciable. El sol iluminaba la sonrisa de una esposa, la felicidad de un hijo y el abrazo de un amigo, pero nada más. Desde el ocaso hasta el despuntar del alba, la vida para ellos era como el carnaval, donde el rey tiene la libertad de jugar a ser mendigo, y el labriego puede comportarse como su señor sin acabar en la horca, solo para despertarse al día siguiente y coger la hoz para regresar a los campos de cultivo.

—No... Soy tuyo, Yuri. —Otabek parecía, por primera vez, empecinado en negar la realidad, como poseído por las criaturas de la noche que le decían que sí, que era posible amar a un muchacho de la forma en que él quería a Yuri—. Si no puedo amarte, muy poco quedará de mí.

—No digas eso... eres la persona más maravillosa que conozco —confesó, con el rostro semienterrado en la almohada.

—No digas más —replicó Otabek—. Déjame disfrutar del tiempo que tengo contigo.

Yuri le soltó la mano para rodearlo con los brazos y recostar su cabeza en su pecho. De esa forma, podía sentir cada uno de los latidos de su corazón, ya lentos y erráticos. El calor del cuerpo de Otabek era, para Yuri, cien veces más reconfortante que las mantas o el fuego que aún ardía en un rincón de la habitación.

—Entonces...quédate conmigo...quédate conmigo hasta el amanecer.

—Siempre.

Los dedos de Yuri describían suaves círculos en el pecho de Otabek, arrullándolo con caricias, como si quisiera disculparse por haber expresado sus preocupaciones en un momento tan especial. A cambio, recibía dulces besos en los cabellos, la nariz y la frente. Era evidente que ambos estaban exhaustos, pero parecían querer extender ese momento con más besos cortos y caricias suaves que podían parecer insignificantes, pero que a la vez eran valiosas.

— ¿Otabek? —llamó Yuri luego de un largo rato de estar en silencio. Era un silencio agradable, en el cual solo podían distinguirse las respiraciones agitadas de ambos.

— ¿Si? —Su voz se escuchaba ya un tanto adormilada, pero no podía negarle nada a su Yuri, por más que el sueño amenazara ya con llevárselo.

—Gracias... —Presionó sus labios contra su piel cálida—, por tan estupendo cumpleaños.

—Yuri... —Otabek volvía a hablar en susurros, con la sinceridad de un hombre que sucumbe lentamente ante el cansancio—. Hoy, no solo te di el arco... creo que te entregué también mi corazón —confesó.

Por unos instantes que parecieron eternos, el rubio se quedó quieto a su lado, como si estuviera tallado en piedra. Sintió que su brazo fuerte le rodeaba los hombros, y dejó que lo atrajera todavía más contra él. No estaba seguro que debía decir o como debía reaccionar, pero, desde muy pequeño, su abuelo le había enseñado a cuidar de las cosas valiosas que pasaban por sus manos. "No importa cuán príncipe seas" le había dicho una vez, cuando Yuri tenía tan solo ocho años, "porque las cosas verdaderamente valiosas son aquellas que ni todo el oro del mundo puede reemplazar cuando se pierden".

—Prometo cuidarlo muy bien —respondió por fin.

Luego de ocho años, Yuri por fin comprendía del todo aquellas sabias palabras del hombre que había guiado su vida. Empezaba a entender, de a poco, lo que era tener la suerte de que alguien más le confiara sus sentimientos. Y estaba dispuesto a atesorarlos dentro suyo hasta que lo quemaran, a dejarlos vivir y crecer, por más arduo y difícil que fuera a ser su camino. Yuri Plisetsky lo sabía, pero no quería volver a alejarse de Otabek por nada del mundo.

El amanecer se cernía sobre ellos como algo inevitable, pero Yuri sintió un gran alivio al corroborar que Otabek ya estaba dormido, con una mano presionada sobre la suya. No tardó en quedarse también profundamente dormido, con el rostro enterrado en su cuello. El alba llegaría pronto, pero Yuri ya había tomado una decisión.


Después de mil años, he vuelto con el tan esperado capítulo 11 (sí, yo también estuve mucho tiempo esperando para escribirlo a pesar de que me haya costado horrores). Sé que me van a matar por tardar tanto, peeero, son más de 20000 palabras con sabroseo, espero que sea suficiente para no terminar en la hoguera (?).

Iré por partes. En primer lugar, solo quería decir que para las canciones del banquete (El Bogatyr y El pájaro de fuego) tomé como inspiración "The Bogatyr" y "Tales of the firebird" de Derek and Brandon Fiechter, pueden encontrarlas así en youtube porque le dan una ambientación a las escenas, yo de hecho las escuché mientras escribía 8D. Y el cuento al que se refiere Yuri, originalmente se titula "El zarévich Ivan y el lobo gris", y es una historia tradicional rusa sobre el pájaro de fuego, también una criatura mítica tradicional sobre la que hay varias historias.

Bueno, ahora dejo de hacerme la boluda y vamos a lo importante (?). Confieso que este es el primer lemon que escribo en...poco más de tres años, que fue cuando escribí el primer lemon, o sea que este es el segundo; tampoco suelo leer cosas de este tipo así que estaba un poco (bastante) desorientada. Aun así decidí hacerlo bastante detallado más que nada por ser su primera vez, hacerla un tanto atropellada por los nervios que los dos tienen pero al fin y al cabo, perfecta para los parámetros de ambos en ese momento. En fin, realista (considerando que ninguno de los dos sabe nada, porque imaginen que en la edad media la única pauta sexual que existía era la abstinencia de toda relación que no tuviera como fin la procreación. Si se daba así en los heterosexuales, por supuesto que los homosexuales tenían –en principio- una desinformación casi total). Esto me lleva también a ese momento en el que Yuri llama "puta" a la chica que andaba detrás de Otabek. Es polémico, fue incómodo para mi escribirlo y probablemente lo sea para muchos leerlo, pero...esa doble moral lamentablemente no está todavía tan desarraigada de nuestra sociedad, imagínense como era en el medioevo, la época por excelencia de la doble moral. Quería poner un poco de esa forma de pensar en Yuri, porque por más trasgresores que sean él y Otabek en lo que concierne a su relación, no dejan de estar imbuidos en ese contexto y tienen la "mentalidad" de la época porque los sujetos individuales no pueden escapar de la mentalidad de una época que en general trasciende a todos los sectores sociales. También, por supuesto, refleja como los comportamientos sexuales que escapaban a la norma eran mucho más sancionados en las mujeres que en los hombres. Para esto estuve leyendo bastante sobre las concepciones en torno a la sexualidad en el período, muy interesante.

Pero volviendo al lemon, me dio un poco de nervios escribirlo y mucho más publicarlo, la escena también me frustró varias veces. Pero a pesar de todo espero que les haya gustado :D Graan parte de la escena se la debo a mi maravillosa beta And-18, que me ayudó muchísimo con la forma de expresar algunas cosas y me sugirió formas de pulirla para que quedara más linda y con más sentido~ Por supuesto, también por el inmenso trabajo que supuso corregir este inmenso y complicado capítulo.

¡También les agradezco mucho a ustedes por su apoyo y sus reviews! Algunos con los que hablé hace unos días me dijeron que valía la pena esperar y de verdad me emocionaron, sepan que los amo ;w; Espero que la espera haya valido la pena. Espero tener el próximo capítulo pronto, aunque no prometo tenerlo en tan poco tiempo porque no lo empecé aún...estoy en plena época de exámenes (de hecho tendría que estar empezando un trabajo que debo entregar el jueves, no debería estar con esto, pero prometí tenerlo pronto y no podía fallarles~).

¡Hasta el próximo capítulo!