12. EGOÍSMO (PARTE I)

El sol estaba ya alto en el cielo e inundaba de luz la amplia habitación en la que descansaban ambos muchachos. La calma de la mañana estaba presente en los restos humeantes de un fuego que había ardido durante toda la noche, y en las caricias, tiernas y perezosas, que Otabek le daba al hombro desnudo de Yuri.

Yuri estaba consciente. Las caricias de su compañero lo habían despertado de su sueño hacía rato, y desde entonces, luchó con todas sus fuerzas por mantener su cuerpo inmóvil, por controlar los suspiros que escapaban de sus labios cada vez que Otabek lo tocaba. No era fácil; porque si bien sus roces eran inocentes y tímidos, la noche anterior no había cambiado para nada la forma en que su piel se erizaba donde fuera que sus dedos la tocaran, como si se tratara aún de la primera vez.

Por momentos, los dedos de Otabek le frotaban el hombro, para luego deslizarse suavemente por sus mejillas, por el dorso de su nariz, y terminar enredándose en sus cabellos. Lo exploraba por completo para detenerse, siempre, en sus hebras doradas. Yuri no quería despertar, porque, lo mejor de todo aquello, era que Otabek creía que estaba dormido, y se tomaba la libertad de acariciarlo de mil formas distintas. El joven temía que, si despertaba, su amigo volvería a contenerse. No obstante, aquel juego no podía durar para siempre.

Bastó solo un toque de sus dedos cálidos sobre sus labios para que estos temblaran y se curvaran en una enorme sonrisa. Le siguió una risa apenas contenida, una risa infantil que poco tenía que ver con el adulto que había jugado a ser el día anterior.

— ¿Yuri?

Otabek retiró sus dedos como reacción al haber sido descubierto.

— ¿Sí? —respondió el muchachito, aún con una sonrisa tenue bailándole en los labios.

Sintió un nuevo roce, esta vez en su mano, que descansaba perezosamente a la altura de su estómago, sobre el edredón de lana. Al llegar a tocar la punta de sus dedos, Otabek le tomó la mano para darle un suave apretón. Entonces, por fin, Yuri abrió los ojos para encontrarse con su mirada.

—Buenos días, Yura. Estabas despierto.

Un par de ojos negros lo observaban fijamente, curiosos e inquisidores. Era difícil engañar a Otabek, pero bien lo había hecho hasta ese preciso momento.

Yuri no podía pasar por alto el hecho de que Otabek estaba allí con él, tal como le había prometido antes de que el sueño lo venciera la noche anterior. Al despertar, se había apartado un poco del menor, tal vez para poder apreciar su rostro mientras dormía plácidamente.

«No quería despertar», pensó Yuri, desviando su mirada hacia sus manos, unidas firmemente sobre su cuerpo.

—Lo estaba —susurró Yuri tras soltar un suave suspiro.

Sin esperar una respuesta, se removió debajo de las pesadas mantas y se acercó más al cuerpo del otro, reclamando el lugar que se había ganado junto a él. Bajo la atenta mirada de Otabek, deslizó sus manos por su pecho, ascendiendo lentamente para detenerse en su cuello. Podía sentir cada uno de los latidos de su corazón, que resonaban, pausados, debajo de sus dedos. Le agradaba saber que él también tenía aquel poder especial de provocarlo de tal forma. Era justo.

Al adivinar sus intenciones, Otabek se inclinó suavemente hacia él, dejándole el camino libre a Yuri. Sus labios se encontraron en un beso lento y profundo, rebosante de todos los sentimientos alborotados que se agolpaban en sus corazones. Con un roce de labios, parecían estarse diciendo todo aquello que se habían ahorrado al despertar. Una vez más, Yuri fue el primero en sobrepasar los límites. De manera muy discreta, se recostó nuevamente de espaldas en la cama, obligando así a Otabek a inclinarse sobre él para no romper el beso.

Haciendo gala de su eterno carácter terco e insaciable, el príncipe ruso separó sus labios y enterró sus dedos en los cabellos desordenados de su amigo, a razón de un solo objetivo. El otro respondió de inmediato, introduciendo su lengua en su boca y terminando aquel ya no tan inocente beso de la mejor manera: mordiendo su labio inferior y tirando suavemente de él hasta arrancarle al menor un fuerte gemido.

Cuando sus bocas se separaron, todo el fuego que había guiado sus labios se trasladó a sus miradas.

—Lamento haberte despertado. —Otabek fue el primero en hablar, como si nada hubiese pasado, a pesar de que intentaba detener sus jadeos.

—No... Está... está bien... —le respondió un muy extasiado Yuri.

¿Dejaría alguna vez de alborotarse de tal forma cada vez que Otabek lo besaba? ¿De maravillarse con su mirada intensa y su enigmática sonrisa? No quería averiguarlo, porque perder su fascinación por él equivaldría a perderlo todo.

Por mucho que deseara quedarse en la cama todo el día, no le encontraba sentido si solo se la pasarían mirándose, sin hacer nada. Fue el primero en incorporarse para intentar sentarse, pero, ni bien se irguió, una aguda punzada de dolor le subió por la espina dorsal desde su espalda baja.

— ¡Por la mierda! —Instintivamente, se llevó una mano a la parte baja, para empezar a palpar con cuidado. Tenía el rostro crispado de dolor, los labios apretados en una horrenda mueca.

Por supuesto, ni bien empezó a quejarse, Otabek lo sujetó del hombro con excesiva dulzura, porque, desde luego, el muy maldito tenía más que claro lo que le estaba sucediendo.

— ¿Estás...bien? —se atrevió a preguntar.

—Me duele como la mierda, Otabek.

—Lo siento m...

— ¡No podré volver a montar por semanas! —exclamó el muchacho, claramente exagerando debido a la desesperación que sentía en el momento.

—No es cierto, Yuri... se pasará. Lo prometo.

— ¡¿Y tú como mierda sabes eso?! —le reprochó, alzando considerablemente el tono de voz.

—No lo sé, Yura... —Hizo una pausa, notablemente turbado—. Pero la gente lo hace todo el tiempo... —Se llevó una mano a la nuca para frotarla, incómodo.

—No de esta forma, Otabek.

Su amigo no respondió, y él mismo tampoco quiso seguir con la discusión. No hacía falta discutir sobre cuán normal era aquello que acababan de hacer, porque no lo era. Yuri había prestado la suficiente atención a Miroslav cuando, hacía poco menos de un año, este le enseñó las diferencias entre el cuerpo de la mujer y el del hombre. Le mostró uno de los libros enormes que guardaba consigo, uno lleno de minuciosas ilustraciones de partes del cuerpo y notas desordenadas a los costados de cada dibujo. Procedió a explicarle luego el cómo se hacían los niños, porque, algún día, Yuri se casaría con una mujer con la que debería engendrar unos cuantos niños para su linaje. La unión del hombre y la mujer era un acto de amor, que como tal, debía tener como único propósito el nacimiento de un niño. Todo lo demás, que Miroslav ni siquiera osó mencionar, eran aberraciones.

—Está bien, Yuri —se resignó Otabek—. Déjame ayudarte. Recuéstate boca abajo.

—Tienes que estar de broma.

—Déjame intentar aliviar tu dolor.

Déjame intentar aliviar tu dolor. Déjame quererte. Le bastó tan solo recordar las palabras que Otabek había pronunciado la mañana anterior en el bosque para volver a sentir que podía confiarle su vida. Obediente, se recostó boca abajo sobre las suaves sábanas de seda, apartando un poco la manta de pieles para dejar la totalidad de su espalda al descubierto, justo hasta la curva ascendente de sus glúteos adoloridos. Recostó la cabeza de lado, con el rostro semienterrado en la almohada, para poder observarlo.

No tuvo que esperar demasiado para sentir, una vez más, las caricias firmes sobre su hombro; sus dedos descendían lentamente por su espina dorsal, delineando el precioso arco de su espalda.

—Yuri... —Otabek se detuvo repentinamente, con los dedos a escasos centímetros de la sábana que cubría el resto de su cuerpo.

De sus labios se escapó algo que, sin duda alguna, se asemejaba a un jadeo contenido. En sus ojos, Yuri podía leer ya una pizca de deseo, pero también amor; mayoritariamente amor. Eso lo llenaba a él mismo de una reconfortante sensación de calidez, de uno de los sentimientos más puros.

— ¿Qué sucede, Beka? —preguntó con un sutil ronroneo, los labios perezosamente rozando la almohada.

— ¿Puedo...?

Yuri estuvo a punto de soltar una risita, pero sus labios solo se curvaron en una sonrisa.

—No necesitas pedir permiso... adelante.

—Siempre es importante pedir permiso —señaló Otabek, muy serio.

Ahora sí, un bufido brotó de los labios del más joven; labios que se entreabrieron un poco más al sentir el repentino contacto de la mano de su amigo contra su piel, colándose por debajo de las mantas que cubrían aquella zona íntima de su cuerpo. Soltó un largo suspiro de placer e instintivamente arqueó su espalda, intentando relajarse; aun sin cerrar sus ojos para poder sostenerle la mirada.

—Quién sea que te haya dicho eso... ¿Es el mismo que te enseñó a hacer eso con tu boca? —La sonrisa que se formó en sus labios fue tan sugerente, que quedó más que claro que no se refería a los besos, ni siquiera al menos inocente de ellos.

—Joder, Yuri... —farfulló Otabek, un tanto turbado.

—Estuvo muy bien. —Yuri no tenía intención de hacerlo sentir incómodo para su propia diversión—. Y el dolor... se irá pronto, Beka. Solo fue la primera vez... ¿verdad?

Los labios del moreno se curvaron en una sonrisa casi imperceptible, pero terminó por asentir para darle una respuesta afirmativa.

—Yuri, tú... —Sacudió la cabeza antes de volver a pronunciar palabra. Parecía estar haciendo un esfuerzo enorme por asimilar todo aquello que estaba sucediendo; por conocer aquella nueva faceta de Yuri que tenía en frente, en la misma cama—. Me sorprendes —finalizó. Inmediatamente, se vio obligado a corregirse al ver como el rubio fruncía un poco el ceño; por momentos volvía a ser el niño malhumorado que Otabek había conocido en el patio de armas—. Para bien... Tú me gustas mucho. Cada una de tus facetas es tan fascinante.

Otabek hablaba con soltura, mientras frotaba con sus dedos toda la espalda baja de Yuri. Lo colmaba de caricias para aliviar su dolor, sin ser consciente de que este se había olvidado de las punzadas hacía rato. Esas palabras, a Yuri lo hacían sentir especial, como pocas veces en su vida le había sucedido con alguien. El pequeño Yuri: acostumbrado a ser el segundón a ojos de los nobles, cortesanos, e incluso de su mismo padre; era por fin el favorito. Había sido la luz de los ojos de su abuelo durante toda su vida, pero con Otabek —por supuesto—, era distinto.

—Por fin he podido conocerte, Yuri —continuó Otabek al ver que el rubio no respondía.

No pudo evitar sentir algo de culpa al escuchar sus nuevas palabras. Otabek lo recordaba a la perfección, mientras que a él le era imposible hurgar en los recovecos de su memoria para encontrar a un niño de ojos oscuros, presente en el penúltimo gran torneo celebrado en el reino.

—Otabek... Creo que... debiste de haberte acercado a hablarme; quiero decir... hace cinco años.

—Era un niño —se apresuró a responder Otabek—. De alguna forma, me sentí un tanto intimidado. —Hizo una pausa—. Hay algo que mi padre no me dijo hasta hace unos meses, Yuri... —dijo entonces, un tanto apesadumbrado.

—Dime —murmuró Yuri. Era consciente de que la atmósfera había cambiado: los coqueteos que rozaban lo indecente habían dado paso a una conversación de otra índole. Sin embargo, Otabek aún acariciaba suavemente la espalda de Yuri, mirándolo fijo a los ojos en un acto de sinceramiento absoluto.

—Mi matrimonio con Mila ha estado decidido... desde incluso antes que yo llegara a mi primer año de vida.

El rosto de Yuri se mantuvo inexpresivo. Aquello no le sorprendía en lo más mínimo, porque era el arreglo más lógico que podrían haber hecho las dos familias. Alexei Plisetsky y Erasyl Altin habían sido inseparables en su juventud, cuando ambos vivían en el castillo real de Rusia. El actual rey de Kazajistán, cuatro años menor que su amigo, tuvo que regresar a su tierra a los catorce años, cuando su hermano mayor y heredero al trono, el príncipe Tauke, pereció en una peligrosa partida de caza en las estepas. Yuri sabía muy bien lo difícil que había sido la sucesión para Kazajistán: además de una gran cantidad de buenos caballos, lo único que dejaba Tauke tras su muerte era un hijo ilegítimo de pocos meses de edad. Erasyl era el segundo hijo del rey, y quién debió tomar el lugar de su hermano. Su único hijo varón nació varios años más tarde, pocos meses después de ser coronado rey. Para ese momento, su querido amigo Alexei ya estaba casado con una segunda mujer tras enviudar; tenía un hijo de diez años...y una preciosa niña de tan solo meses de edad. No era, entonces, para nada sorprendente que los amigos inseparables decidieran unir a sus hijos en matrimonio cuando alcanzaran la mayoría de edad; y, consecuentemente, forjar una poderosa alianza entre los reinos en los que ambos reinarían.

Desde luego, el pequeño Yuri no estaba en sus planes.

—Cuando mi padre fue convocado al torneo, tanto mi hermana como yo quisimos ir con él. A ella no se lo permitieron, pero en cambio, mis padres parecían particularmente entusiasmados porque yo asistiera —prosiguió Otabek—. Llevarme al torneo fue una excusa para que conociera a tu hermana. —Soltó un suspiro, aún sin dejar de buscar los ojos de Yuri para sostenerle la mirada—. Debo agradecerles, porque ese torneo lo cambió todo.

Un repentino arrebato de furia se apoderó de Yuri, pero logró canalizarlo cerrando su puño en torno a la sábana.

— ¿Todo? —inquirió, alzando una ceja.

—Sí, Yuri. El torneo fue espectacular, tu hermano estuvo grandioso, pero lo más importante... —Su mano volvía a moverse, lentamente, sobre el arco de su espalda—. Lo más importante fue que tú estabas ahí. Eras el niño más hermoso que había visto en mis tan solo trece años de vida, con tus cabellos dorados, tu sonrisa, tan esporádica como mágica... y tus ojos. Joder, jamás había visto unos ojos como los tuyos. Eran intimidantes, pero a la vez arrebatadores.

«Y aun así, Otabek, fuiste lo suficientemente cobarde como para no acercarte a mí en ningún momento».

—Le pregunté a mi padre quién eras tú, porque jamás me había dicho que el príncipe Alexei tuviese un tercer hijo. De los tres, eras tú el más parecido a tu padre.

Yuri rodó los ojos y soltó un bufido.

—Lo dices por los cabellos. Mi padre era idéntico a Viktor. Los mismos ojos, la misma sonrisa, la misma galantería.

—No tienes la sonrisa de tu padre entonces, pero eso, ¿no hace a la tuya más auténtica?

—Cállate, Otabek —espetó.

—Mi padre se pasó aquellas dos semanas arreglando ocasiones en las que yo pudiese conocer a Mila. Era una niña vivaracha y amigable, que, al igual que yo, desconocía las verdaderas intenciones de nuestros padres; pero aun así me presentó a todos sus amigos y me invitó a sus juegos. Pero tú nunca formabas parte de ellos. Tu única amiga era tu espada de madera. Yo lo sabía...porque una vez te seguí cuando practicabas con tu maestro de armas, y...

—Otabek...

—Nunca había visto nada parecido —prosiguió, empecinado en terminar de contar su historia—. Cada vez que caías al suelo, te levantabas una vez más; con la espada en mano, listo para pelear y recibir más golpes. Por más insultos y maldiciones que soltaras al hombre que te entrenaba, estabas siempre dispuesto a acatar sus órdenes a la perfección. Luego...

— ¡Maldita sea! —Interrumpió Yuri, repentinamente alejándose un poco de Otabek—. Ese era el momento, idiota.

La rabia crecía dentro de él con cada palabra que Otabek pronunciaba. Le costaba creer que su amigo fuera tan cobarde, tan incapaz, tan patético. Lo que más necesitaba el triste y solitario Yuri de diez años, era un amigo; un amigo igual de solitario que él.

—Lo siento, Yuri... —murmuró Otabek—. Tuve suerte de que el destino volviera a unirnos, cinco años más tarde.

—No el destino...nuestros padres; y no te unieron a mí, sino a mi querida hermana. —Para esas alturas, Yuri se sentía incapaz de contener su enojo.

—Yuri, no me digas que piensas que podrías haber hecho algo al respecto...

— ¡Sí! ¡Sí y mil veces sí! —Estalló finalmente Yuri—. Y no es tarde aún, Otabek.

Se hizo el silencio entre ambos. Yuri respiraba agitadamente, intentando mantener su furia a raya, para evitar hacer o decir algo impulsivo. Su amigo, por su parte, lo escudriñaba con curiosidad, notablemente intrigado por conocer el loco plan que el rubio parecía tener en mente.

— ¿A qué te refieres? —preguntó Otabek con cautela.

No era momento de echarse atrás, porque aquello era cosa de cobardes. La prudencia y los miedos habían quedado atrás la noche anterior; las cadenas que sujetaban sus corazones se quebraron para que ambos pudieran dar rienda suelta a sus más profundos deseos y sentimientos. No por casualidad aquella idea había retornado a su mente como un torbellino, obligándolo a tomar una decisión que, en otro momento, le hubiese resultado tremendamente difícil. Allí, recostado en su cama con Otabek a su lado, luego de una maravillosa noche de pasión y desenfreno, su impulsivo plan le parecía lo más coherente y racional del mundo.

Sucumbiendo ante sus impulsos, Yuri se removió un poco, para quedar recostado de lado, y apartó la mano de Otabek de su hombro. La tomó entre las suyas con vehemencia, y le dirigió una mirada suplicante.

—Te estoy pidiendo que escapemos juntos, Otabek —soltó por fin, sintiendo que la tensión abandonaba su cuerpo. Tanto tiempo había estado esa idea anidando en su cabeza, que el alivio que sentía al dejarla libre era inmenso—. ¿A dónde? No lo sé, pero debe ser lejos de aquí.

Ni bien terminó de hablar, la realidad volvió a golpearlo con violencia. Otabek lo miraba absorto, con los ojos bien abiertos y los labios apretados. Su mano se sentía fría entre las suyas, que empezaban a sudar debido a la emoción y los nervios que, de repente, lo invadían.

—No creo que sea buena idea.

Y aquellas palabras bastaron para que el corazón le estallara dentro de su pecho, batiendo furiosamente, como un ave atrapada.

— ¿Por qué? —preguntó con un hilo de voz. Aflojó el agarre de sus manos, más no las soltó.

—Porque... no puedo hacerlo, Yuri.

El rostro de Otabek se mostraba compungido, como si el príncipe estuviese intentando silenciar a su corazón, confinar sus sentimientos a la más cruel de las prisiones. Yuri lo conocía lo suficientemente bien como para entender eso, y era esa la razón por la que aún no lo había apartado con enfado. Por más rabia que pudiese sentir contra la circunspección de su amigo, su perseverancia no lo dejaría ir tan fácilmente. Otabek tan solo tenía que seguir a su corazón, y él debía convencerlo de eso.

— ¿Tienes miedo? —Se esforzaba por no levantar la voz, por no mostrarse agresivo y avasallante.

—No —respondió Otabek con firmeza, despertando la esperanza en el corazón de Yuri—. Pero no puedo simplemente abandonar todo para perseguir un sueño, Yuri. No puedo fallarle a mi familia de esa forma, ¿entiendes? Eso sería muy egoísta de mi parte.

«Sí, te estoy pidiendo que seas egoísta. Por primera vez en tu maldita vida», pensó el rubio.

—Entonces... ¿Lo de anoche no significó nada para ti?

—Ha sido la mejor noche de mi vida. —Otabek se hizo con una de las manos de Yuri y presionó sus nudillos contra sus labios.

— ¿Entonces? —espetó el más joven, frunciendo el ceño. Empezaba a perder la paciencia.

Si sus palabras eran ciertas, Otabek le había entregado su corazón, algo que podía entregarse, de verdad, una sola vez; y a una sola persona.

—Escucha, Yuri. En el caso de que... hiciéramos lo que me pides, ¿a dónde iríamos? Mi lugar está en Kazajistán, afrontando mi deber como heredero de mi padre.

«Tu lugar está conmigo», pensó, cegado por el egoísmo y la desesperación.

—A donde tú quieras... —Hablaba en susurros, pero su aliento chocaba con la respiración agitada de Otabek; sus bocas estaban muy cerca—. A las profundidades de los bosques del norte, a las estepas del sur, más allá de los Urales... Podemos escondernos, cambiar nuestros nombres, desaparecer para entregarnos el uno al otro. Hay cientos de posibilidades.

Una tras otra, de sus labios brotaban palabras que jamás pensó que llegaría a pronunciar para alguien más. Eran palabras sinceras y cargadas de sentimiento, porque lo cierto era que, mientras hablaba, podía imaginarse cada una de las posibilidades. El bosque norteño, que se extendía más allá de Novgorod y los grandes lagos, les daría una vida tranquila, plagada de inviernos fríos y escenarios como los de las historias. Por supuesto, en ese momento la posibilidad de morir de frío y hambre no estaba presente en su cabeza; a decir verdad, jamás lo estaría para un príncipe joven que solo conoce su castillo. La inabarcable estepa del sur les permitiría encontrarse cara a cara con la libertad que ambos tanto anhelaban; y cruzar las montañas los llevaría a un mundo nuevo, plagado de aventuras. Cualquiera de esos escenarios significaba una nueva vida a la que se entregaría sin dudarlo, incluso estaría dispuesto a renunciar a su sueño de convertirse en un caballero y liderar las tropas de su hermano.

La única condición, era que Otabek fuera con él; pero este lo miraba en silencio, como si estuviera barajando todas sus opciones. Cuando por fin decidió hablar, lo hizo tras soltar un pesado suspiro.

—Yuri, yo te a...

Yuri se apresuró a cubrirle la boca con la mano, presionando con fuerza para que no pudiera acabar la frase.

—Si detrás de eso vendrá un pero, no te atrevas a pronunciar palabra. Por favor.

«No podré soportarlo».

—Lo siento mucho —murmuró, retirando la mano de Yuri con cuidado.

—Me cuesta creerlo, Otabek —respondió—. Vas a renunciar a la posibilidad de ser libre para ser el marido y padre que no quieres ser. —No se atrevía a decir la palabra "rey", porque bien sabía que el verdadero problema estaba allí. Otabek jamás renunciaría a su deber; para eso había sido criado—. Todo por una maldita corona.

—No es solo por una corona, Yuri. —Le miró a los ojos antes de soltar todo lo siguiente—. Mi familia me necesita. Soy el heredero de mi padre, y él... él no está bien. Está cada vez más débil y nadie comprende por qué. Debo estar ahí para él, también para mi madre; y prepararme para tomar su lugar en caso de que suceda lo peor.

Yuri le sostuvo la mirada, incrédulo. Comprendía ahora por qué el Rey Erasyl había enviado a su hijo en lugar de responder personalmente al llamado de armas. Entendía también por qué Kazajistán se había mostrado tan apresurado a concretar la boda cuanto antes, a pesar de haber estado en paz por años. El padre de Otabek empezaba a anticipar su partida de este mundo.

—Nunca me has hablado de eso.

—Creí que no era necesario que lo supieras aún. Muy pocas personas lo saben, incluso en Kazajistán. No es bueno dar tanta libertad a la especulación. —Suspiró una vez más y frunció el ceño—. Escucha, Yuri. Tu familia también atraviesa tiempos difíciles. Tu hermano lleva unas pocas semanas de reinado y ya debe hacerle frente a una amenaza exterior, y muy probablemente a una interior. Debes estar ahí para él. No puedes huir de los problemas.

Al escuchar sus palabras, chasqueó la lengua y apretó los dientes con fuerza. La racionalidad de Otabek amenazaba con hacer efecto en él, haciéndolo sentir que era un cobarde por huir de sus problemas; cuando él, solo quería su libertad.

—Yo no huyo de los problemas —soltó con total convicción. Ir en busca de la libertad no era huir de los problemas, ¿o sí?

—Lo sé. —Otabek esbozó una sonrisa tenue—. Por eso, quedémonos aquí... al menos hasta que vuelva la paz a Rusia.

Otabek tenía un poder de persuasión inmenso, Yuri podía darse cuenta de eso. Por eso mismo, se quedó quieto y terminó por asentir, dejando que la parte suya que había ideado aquel plan, se ahogara en su propia rabia.

—Prométeme que lo considerarás si... —empezó, un tanto más tranquilo.

— ¿Si sucede un milagro y mi padre se pone bien?

—Sí. —Sabía que, incluso siendo así, Otabek no renunciaría a su reino; su padre algún día iba a morir y él tendría que sucederlo, como el buen hijo que era.

—Lo prometo.

Sorprendiéndolo completamente, Otabek terminó por acceder. Para ratificar sus palabras, tomó el rostro de Yuri con cuidado y le besó la frente.

—Jamás renunciaré a ti, mi Yuri; si es eso lo que temes. Puedo prometértelo con toda la certidumbre del mundo —susurró con los labios pegados a su piel.

Yuri no dudó un segundo en acercarse de nuevo a él para rodearlo con sus brazos. Enterró el rostro en su hombro, rozándolo con los labios y deleitándose con el aroma que desprendía su piel. Quería recordarlo así para siempre, por ser la primera noche que pasaron juntos.

—Y yo... prometo que estaré siempre para ti, Otabek.

Eso era lo que hacían los amigos, los muy amigos como ellos.

Lo poco que quedaba de la mañana trascurrió entre besos perezosos y palabras sin sentido, como si ambos estuviesen deliberadamente retrasando su inevitable despedida. Sentían que, cuando se separaran, ambos iban a despertar de un bonito sueño. Otabek fue el primero en marcharse, pero se aseguró de dejar detrás a un Yuri con la respiración agitada y los labios enrojecidos de tantos besos. No era como si al rubio le molestara aquello: había descubierto que nunca serían suficientes besos.

Yuri se echó encima la vasta túnica blanca y se armó de valor para abrir la puerta y pedir a una criada que pasaba por allí que fuera en busca de Feliks, para que le preparara un baño. Lo último que Yuri quería era quitarse el aroma de Otabek de su cuerpo; aún podía sentir, además del molesto dolor en su trasero, agradables cosquilleos allí donde él lo había tocado. Sin embargo, era consciente de que debía limpiarse antes de poder afrontar el nuevo día con normalidad; las sensaciones no lo abandonarían jamás.

El joven criado llegó, por fin, cargando dos cubos repletos de agua caliente. Los depositó a un lado y fue en busca de la tina.

—Buenos días, Alteza —le dijo mientras vertía el agua del baño.

Yuri lo observaba desde la orilla de la cama, con los dedos hundidos en el edredón. Cuando el muchacho terminó su tarea, se apresuró a recoger la túnica del suelo, así como los zapatos. Ineludiblemente, se encontró con la prenda de lino, la última que Otabek le había quitado. Absorto, alzó su vista hacia Yuri para mirarlo con desconcierto.

— ¿Qué miras? —El joven se quitó entonces la túnica, quedando completamente desnudo, y se la arrojó al criado—. Asegúrate de lavar bien eso también. Puedo bañarme solo —le recordó, antes de poner un pie en la tina y sentarse en ella con ímpetu.

Un quejido se escapó de sus labios al sentir como aquel molesto dolor volvía a hacerse presente en su cuerpo. Se aferró a un lado de la tina, y con el ceño fruncido y una mueca en sus labios, se acomodó de manera tal que su trasero no tuviese que apoyarse de lleno en el fondo.

—En serio. Vete —le dijo a Feliks, al ver como este lo miraba con algo de preocupación.

— ¿Está... está bien, su Alteza? —tartamudeó el chico.

Era consciente de que Feliks no solamente velaba por su bienestar. Yuri entendía que el único entretenimiento de los sirvientes en las cocinas, la lavandería y las caballerizas era el poder intercambiar —muy discretamente— lo que averiguaban sobre la familia real. Era un pasatiempo inofensivo, pero sin duda alguna, que alguien más supiera de sus hábitos podía resultar en un problema para él.

— ¡Estoy mejor que nunca! ¡Vete de una maldita vez! —estalló, haciendo un gesto con la mano para que, por fin, el joven saliera por la puerta con toda la ropa en sus manos.

Una vez en la soledad de su habitación, Yuri se ocupó de limpiar su cuerpo y cabello, devolviéndole la suavidad que había perdido al estar enmarañado por mucho tiempo. Cuando terminó de vestirse, con un jubón y unos pantalones sencillos, sintió —por fin— que había despertado de su sueño. Amarró su cabello en una coleta baja y salió de la habitación, dispuesto a hacer acto de presencia en el patio central.

A pesar de ser aún invierno, a esa altura del año el sol ya se dejaba sentir sobre sus mejillas y su nariz, contrarrestando los vientos gélidos que llegaban aún del norte y del este.

— ¡Yuri! Espera, quédate ahí.

Lo último que esperaba Yuri aquella mañana, era que su hermana se acercara de la nada, pidiéndolo que lo esperara. Se quedó quieto, de pie en el gigantesco patio de piedra; no se atrevía a voltearse, temiendo que una mueca de incomodidad pudiese delatarlo. Por su mente, pasaban un centenar de pensamientos que debía esconder, pero ninguno de ellos denotaba culpa o remordimiento. Nunca antes se había sentido tan poco arrepentido como en ese momento.

— ¿Qué sucede, Mila? —le preguntó con una serenidad que, en él, podía resultar hasta sospechosa. Pero su hermana no se percató de eso.

—Quería hablar contigo sobre unos asuntos. —La muchacha se puso a su altura y fue entonces que Yuri pudo verla de reojo.

Llevaba una fina capa con ribete de piel para proteger sus hombros y cuello del frío, pero había adornado sus preciosas ondas pelirrojas con florecillas blancas recién cortadas del jardín. La primavera era la época favorita de Mila, y lo ratificaba preparándose para ella con tal anticipación.

—Escucho.

—Es sobre... —Miró a ambos lados antes de continuar, bajando un poco la voz. Por más ruidosa que soliese ser, tenía la suficiente inteligencia como para saber ser discreta—. Nuestro tío, nuestra madre.

No se esperaba aquel tema en absoluto. Sabía bien que Viktor había decidido tratar el tema con calma, dado que por más dura que hubiese sido Tanya con sus dos hijos, era indudable que tenía una relación más cercana con su primogénita. Mila jamás acató sus órdenes por completo, y se mostraba especialmente reservada cuando estaba en presencia de su madre, pero la mujer apreciaba mucho que la chica no fuera ni la mitad de insolente que su hermano menor. Era de esperarse que su traición resultase un tema más delicado para Mila.

—Has hablado con Viktor.

—Esta mañana.

El mayor de los hermanos resolvió informar a su hermana de la traición una vez que hubiesen pasado los días necesarios para que ella pudiese recuperarse de la muerte de su abuelo. Eran dos sucesos demasiado duros para que una sola persona pudiese procesarlos en pocos días. Viktor quería evitar que Mila tuviese que pasar lo mismo que Yuri, obligado a presenciarlos en un lapso de pocas horas.

—Me resulta... difícil de comprender Yuri.

Hablaba en voz baja, con cuidado.

—Es lo más lógico del mundo, Mila —respondió Yuri, caminando en círculos sobre sí mismo, pisando fuerte con sus botas. Estaba nervioso, y su hermana no tardó en darse cuenta, porque lo cogió del brazo para guiarlo hacia una de las galerías laterales—. Por supuesto que nuestro tío iría detrás de aquel plan, ¡porque era perfecto! Tendría la influencia deseada en la corte real y su familia conservaría su castillo; ni siquiera a su muerte tendría de que preocuparse, porque el rey sobre el que hubiese estado influyendo por años heredaría todos sus títulos y riquezas. Tendría un heredero seguro, de su sangre, y la mayor de sus hijas sería reina consorte y señora de Perm.

Yuri no comprendía si en verdad su hermana no lo entendía, o si simplemente le costaba asimilarlo.

—Sin duda, no contaba con tu terquedad. —Mila sonrió. Aquello era un elogio.

—Nadie lo hace. Deberían de hacerlo, porque mi terquedad por si sola ya ha arruinado unos cuantos planes, de esos que tardan años en edificarse.

— ¿A qué te refieres? —preguntó con notable curiosidad.

—A que he frustrado cada uno de los planes de mi tío, al negarme a casarme con Olga o a ser la pieza central en su juego. No hay dudas de que querrá matarme. —Había pasado unas cuantas noches imaginando como se pondría Vladimir Orlov al enterarse, por medio de su hermana, que su sobrino se había negado rotundamente a levantarse en armas contra su hermano, rechazando los ejércitos, las riquezas y la mismísima corona. Para un hombre tan ambicioso, aquello podría incluso resultar incomprensible.

—Y ahora, la dulce Olga se casará con un hombre mayor —susurró su hermana, esfumando la sonrisa de suficiencia en el rostro de Yuri.

¿Acaso Mila estaba depositando la culpa en él?

—Mila, escucha —empezó, desesperado por salvar su honor y aclarar aquel pequeño malentendido—. Lord Orlov no iba a aceptar que me casara con ella habiendo rechazado su propuesta, y nunca estuvo entre mis opciones rebelarme contra nuestra propia familia; la única familia que importa.

Decir eso sonaba un poco duro, pero Yuri esperaba que Mila pudiese entender que su rechazo a los Orlov excluía a sus tres primas: Olga, Svetlana y Olena; a pesar de que Yuri no conociera personalmente a las últimas dos.

—Pudiste haberte casado con ella, Yuri.

—Yo mismo le dije eso, Mila; pero ella estaba decidida en salvar a su hermana. Fue su decisión, y se ha ganado mi respeto por eso. Sin duda, Olga es más capaz de resistir un matrimonio nefasto que una niña de diez años. —Suspiró pesadamente, resignándose. Olga era también una niña; y a Yuri le hubiese gustado retenerla, obligarla a quedarse con él y su familia, pero no había nada más determinante e inamovible que un sacrificio hecho por amor—. Solo espero que aquel hombre se muera pronto.

No conocía al heredero de Lord Voronin, pero su anciano padre no había sido un hombre bondadoso. Se decía que ahora el hombre estaba postrado en su cama, enfrentándose a la muerte, como lo hacen los buenos y malos hombres por igual. No había dudas de que quién estaba haciendo todos aquellos pactos con Vladimir Orlov era su hijo Igor; y nadie que pactara con Lord Orlov podía ser un buen hombre.

—Le tomaste mucho cariño en pocos meses —observó Mila.

—Si su esposo resulta ser un malnacido como nuestro tío, no tendré problemas en enfrentarme a él yo mismo —corroboró Yuri, apretando el puño con fuerza.

—Es algo inusual en ti —continuó Mila—, pero de alguna forma, has dejado de ser el niñito inmaduro que le hacía muecas a todo el mundo.

—Es que ya no soy un niño, Mila. —Habló con firmeza, dispuesto a dejárselo claro una vez más. Su hermana jamás entendía que él ya no era el pequeño de seis años al que podía jugar a estirarle las mejillas —ganándose unas cuantas mordidas de su parte—.

—Ninguno de nosotros lo es ya —le respondió con tristeza, ¿o tal vez nostalgia? Era fácil confundirlas—. Si yo fuera tú, aprovecharía un poco más. Luego tendrás que casarte, y no se te permitirá comportarte como niño.

—Nuestra madre no nos dejaba comportarnos como niños, de todas formas.

—No me hables de ella —le suplicó su hermana.

—Lo siento —murmuró Yuri a regañadientes. Nunca pensó que llegaría a pedirle disculpas a su hermana por haberla incomodado, ella tampoco solía hacerlo, pero creía saber cómo se sentía ella en esos momentos—. De todas formas, no voy a casarme, y nadie me dirá qué hacer jamás.

Mila se rió por lo bajo.

—Pensé que me habías dicho que ya no eras un niño. Estuve tan cerca de creerte... —Antes de que Yuri pudiese protestar, Mila continuó—. Espero que, siendo un chico, y el menor de los tres, puedas algún día casarte por amor, Yuri.

Aquellas palabras lo encontraron desprevenido. No había dudas de que Mila lo decía con las mejores intenciones, usando el mismo tono soñador que cuando lo molestaba, pero con palabras sinceras.

—Entonces nunca me casaré.

«Estoy más cerca de morir por amor», pensó con amargura.

—Oh, vamos. No eres una piedra, Yuri. Estoy convencida de que estás muy lejos de serlo... ¿O acaso crees que nadie podría llegar a amarte? Déjame decirte que estás equivocado, ¡porque eres encantador! Y si eso falla, nos tienes a noso...

— ¡Ya basta!

Yuri apuró un poco el paso, empezando a sentirse un tanto nervioso.

— ¡Déjalo, Mila! ¿O acaso tú amas a Otabek? —Las palabras estuvieron cerca de atorarse dentro de su garganta; pero se sintió libre cuando por fin pudo soltar esa pregunta.

—No, no lo amo. Y él tampoco me ama a mí.

— ¿Por qué? —Yuri sabía mejor que nadie por qué Otabek no amaba a su esposa, pero le costaba creer que su hermana no sintiera nada por él. El kazajo era el mejor marido que el destino hubiese podido darle: amable, educado, muy atractivo, y extremadamente honorable. «Su único defecto, es que está enamorado de mí».

—No lo sé, Yuri. Supongo que uno no elige de quién enamorarse; no puedo culparlo a él tampoco, ¿sabes?

«Dímelo a mí».

—Pero aun así te gustaría que él te amara. Quieres que tu hijo tenga una familia feliz, tú misma quieres a un hombre que te ame y te proteja, ¿no es así?

No sabía de qué manera, ambos habían pasado de jugar a deslizarse por el hielo a hablar de hijos y matrimonios.

—No estoy esperando ningún hijo, Yuri.

— ¿Ah, no? —Aún recordaba el comportamiento esquivo de Otabek cuando el asunto salió a colación al momento de su llegada. Para Yuri, eso fue una confirmación, pero no había vuelto a hablar de eso con él. Por más que la confianza que se tenían creciera día a día, existía una especie de acuerdo tácito de no hablar sobre el matrimonio de Otabek cuando estaban juntos; para no amargar el momento, o tal vez simplemente porque eran un par de cobardes.

—No. Miroslav me lo ha confirmado hace un par de días. Mi malestar era una fiebre pasajera, o tal vez simplemente las molestias del viaje.

Yuri sintió una punzada de incomodidad en el estómago. Finalmente, el gran misterio que lo atormentaba estaba esclarecido. Su hermana no estaba embarazada, pero lo había intentado, tal vez incluso unas cuantas veces.

—Estás aliviada —observó. No era momento de echarle en cara algo que se suponía no era asunto suyo, y arriesgarse a revelarlo todo.

—Es difícil... dejar de ser una niña para tener que hacerme cargo de otra vida en tan solo unos pocos meses —susurró la chica—. Si algo le sucede al niño, no podría perdonármelo; y si algo me sucede... ¿lloraría alguien por mí?

Para una mujer, tener un niño era igual de peligroso que enfrentarse a un campo de batalla plagado de enemigos lo era para un hombre.

—Entiendo tu temor. —Lo había visto en los ojos de Viktor cuando le contó sobre el embarazo de su esposa, estaba presente en todos los relatos familiares. La muerte estaba en todos lados.

—El Rey Erasyl... él quiere un nieto varón más que cualquier otra cosa.

—Ya veo. —Yuri no solía hablar tanto tiempo —y tan seriamente— con su hermana, pero podía percibir que ella necesitaba hablarlo con alguien. Por primera vez, la notaba angustiada y asustada; y algo le decía que se sentía más cómoda hablando con él que con Viktor, el prodigio de la familia. Yuri tal vez no era la persona más adecuada para hablar con Mila sobre su matrimonio, pero se dijo a si mismo que intentaría escucharla, sin levantar sospechas—. ¿Te ha dicho algo?

La chica negó con la cabeza.

—No. Es un hombre muy educado y amable, como su esposa e hijos; pero... su salud empeora y su paciencia se agota.

Una vez más, Mila le confirmó que Otabek no mentía. Lo que había dicho en la mañana sobre su padre, era cierto, y no se trataba de una estrategia para negarse a huir con él. Tal vez, si la situación fuera otra, en verdad Otabek hubiese accedido. Soltó un pesado suspiro, recordándose a sí mismo que no tenía ningún sentido lamentarse por algo que no podía ser.

—Otabek me ha hablado sobre eso.

—Otabek parece más abrumado que yo con esta situación. Se lo he dicho unas cuantas veces... pero me ha evitado desde la noche de bodas.

Yuri esbozó una sonrisa imperceptible. Podía entender la preocupación de su hermana, pero saber de eso, lo llenaba de satisfacción. Otabek era excesivamente responsable, pero luego de cumplir su deber, se había reservado hasta tenerlo a él entre sus brazos; para no traicionarse a sí mismo.

—Ya no sé qué debo hacer, Yuri. Parece... parece como si no le importara.

—Parece una persona honorable, que no intimaría con nadie a quién no ame —le dijo Yuri con calma, intentando ocultar la sonrisa que amenazaba con formarse en sus labios. Le agradaba poder unir piezas sueltas y conocer aquellos detalles de Otabek, y se sentía inmensamente feliz por tan solo pensar que aquella persona especial, era él—. Tal vez, solo debas dejar que las cosas... sucedan a su tiempo. Nuestros padres se demoraron unos cuantos años en concebirte a ti, Mila.

— ¡Pero nuestro padre tenía ya un heredero varón sano, Yuri! Es distinto...Otabek no tiene hermanos varones tampoco.

Por mucho que quisiera negarse a aceptarlo, Yuri sabía que su hermana tenía razón. Otabek tarde o temprano tendría que darle la espalda a su amor para concebir un niño que asegurara la sucesión de su dinastía en el trono de Kazajistán. No obstante, no quería ser él el pobre idiota que ayudara a su hermana a resolver sus problemas maritales; él no quería alejarse de Otabek voluntariamente.

—Tienes razón, pero debes darle tiempo. Y también a ti misma.

—A veces, siento que él necesita toda la vida... —murmuró Mila.

Yuri volteó a mirarla una vez más, sintiéndose ya un poco exasperado.

—No deberías forzarlo.

—Yuri, ¿tú sabes... tu sabes cuál es su problema? Quiero decir, eres su amigo, ¿verdad?

—No, no lo sé. Otabek no habla conmigo de esas cosas, Mila. —En parte, no mentía al decirle que no tocaban esos temas, pero Yuri sabía mejor que nadie por qué Otabek era tan reservado con su esposa.

—Yuriko me ha dicho que intente hablar con él, pero es muy hábil desviando la conversación.

— ¿Eh? ¿Yuriko? —Aquello atrapó a Yuri con la guardia baja.

—Sí, es una gran consejera.

Desde el principio, Mila y Yuriko supieron congeniar muy bien. No era de extrañarse que ambas se contaran cosas y se dieran consejos; pero para Yuri eso era casi como una traición. La japonesa había jurado guardar su secreto y ayudarlo en lo que fuera, sin que él tuviese que pedírselo, y ahora parecía estar ayudándolos a ambos con sus intereses contradictorios.

—Entonces ve a pedirle consejos a ella —murmuró, sin voltear a mirarla esta vez—.

— ¿Yuri?

—Y deja en paz a Otabek por un tiempo. —Si de Yuri dependiera, le pediría que se olvidara de él para toda la vida, pero se vio obligado a atenuar su sentencia.

Luego se hizo el silencio entre ambos. Un silencio incómodo. Era el silencio de dos personas que sabían bien qué debían decirse, y qué debían guardarse para sí mismos. Como hermanos, nunca habían sido tan cercanos como tal vez hubiesen debido: jugaban juntos, se molestaban y se hacían bromas; pero rara vez se sentaron a hablar sobre sus más profundos deseos y miedos. Llegados a ese punto, y dadas las circunstancias que los atravesaban, parecía cada vez más difícil intentar reforzar su lazo fraternal.

Ya fuera de forma voluntaria o no, estaban enzarzados ahora en una lucha ciega por el corazón de un mismo hombre; y eso los enfrentaba de manera irreconciliable.

Yuri Plisetsky entendía a la perfección los motivos que tenía su hermana para buscar tan desesperadamente la atención de su esposo: detrás de la joven princesa desesperada por entregarle un nieto varón a su suegro, el rey, podía ver a una muchacha que buscaba también el amor de su marido, el hombre con quién estaba destinada a pasar el resto de su vida. Podía comprenderlo muy bien, pero no podía ni iba a tolerarlo.

Tras despedir a su hermana de manera fugaz, Yuri dejó que sus pies lo llevaran al lugar donde sabía que la encontraría; a aquella persona con la que había compartido sus inquietudes, pero que ahora parecía amenazar con traicionar su frágil confianza.

Entró en la habitación hecho una furia, sin siquiera atreverse a tocar la puerta; no por que buscaba deliberadamente ser un maleducado, más bien porque cuidar sus modales era lo último que le pasaba por la cabeza en ese momento.

Cuando Yuriko lo vio, a través del espejo frente al que se peinaba, se sobresaltó y dejó caer el peine sobre la mesita. La mujer de mediana edad que la acompañaba se volteó a mirar a Yuri de una forma un tanto hostil, pero no dijo nada. No podía decirle nada al hermano del rey. Le habló a la reina en voz muy baja, en el idioma que ambas compartían y Yuri desconocía por completo. Yuriko le respondió de la misma forma, con una cálida sonrisa, y posó su mano en su prominente vientre. Sin su vestimenta completa, ya empezaba a notarse mucho, incluso teniendo en cuenta que era una mujer voluptuosa y de caderas anchas.

—Puedes retirarte, Aiko —dijo entonces; en ruso, para que Yuri pudiese entenderla.

Sin decir nada, la mujer hizo una deliberada reverencia a la reina y una más disimulada hacia Yuri antes de retirarse de la habitación. Pasaron unos largos segundos desde que escucharon la puerta cerrarse hasta que Yuriko rompió el silencio.

— ¿Qué sucede, Yuri?

—Hablé con Mila... esta mañana.

—Viktor ya le ha hablado sobre la traición de tu familia.

—Quería hablarme sobre eso. Aún no puede creer que nuestra madre haya podido traicionarnos, ¿es que acaso no era algo predecible? —Las palabras le salían cargadas de veneno. Tampoco él se esperaba la traición de su madre, pero en ese momento lo que más le costaba hacer era mostrarse comprensivo con su hermana. Contra ella descargaba, de manera silenciosa, toda la rabia que había estado conteniendo por los últimos meses; rabia de la que nadie tenía la culpa más que las circunstancias adversas. Sin embargo, Yuri necesitaba encontrar culpables de su dolor; cuando en el fondo, él sabía que era su culpa, por meterse donde el destino no lo quería.

Al final, todas las preguntas se reducían a una sola: ¿Era el destino algo impuesto y definitivo; o era aquello que cada uno podía forjar a su gusto, por más esfuerzo que eso conllevase? La respuesta variaba dependiendo de su humor del momento; pero el solo pensar en la segunda opción lo llenaba de una fascinación desconocida, como si se encontrara de pie al borde de un abismo.

—Ya veo, no es ese el problema entonces —dijo la mujer, tras observar por un largo rato como Yuri cambiaba el peso de su cuerpo de un pie al otro, dejando al descubierto lo nervioso que se sentía—. Te enfadaste con ella.

El instinto femenino, sumado al maternal, era infalible. En ese momento, Yuri lo lamentaba, pero, ¿no había acudido a hablar con ella sobre Otabek?

—Me dijo que tú le has dado consejos... sobre su matrimonio.

Yuriko ni siquiera se inmutó al oír esas palabras, como si estuviese esperando a que Yuri se lo dijera, o como si no fuera culpable de aquello de lo que se la acusaba.

—Ha hablado conmigo al respecto, sí —empezó con cautela—. Pero Yuri, puedo prometerte que no le he revelado nada sobre Otabek y tú.

—Lo sé. Ese no es el problema. —El joven se cruzó de brazos y se inclinó contra la pared de piedra de la habitación—. Si prometiste apoyarme a mí, ¿no sería contradictorio que la ayudaras también a ella? —la acusó.

No tenía ánimos de ofenderla; era él mismo quién se sentía un poco traicionado. Por supuesto, era más natural que Yuriko ayudase a la esposa de un hombre, y no al jovencito que este amaba en secreto. Las inseguridades de Yuri regresaban a su mente como un torbellino cada vez que recordaba que él era una pieza que estaba de más en cada una de los ámbitos de su vida.

—Me pidió consejos, yo le respondí de la forma más neutral de la que fui capaz.

—No es posible ser neutral. Es imposible que puedas ayudarnos a los dos.

—Escucha, Yuri. No le hablé a tu hermana de aquello que tú me has pedido; tampoco te contaré a ti lo que me ha confesado ella. Creo que es justo.

Claro que era justo. Las personas justas y correctas como Yuriko y Otabek terminarían por absorber la poca paciencia que tenía.

—No tengo preferencia por ninguno de ustedes dos, si eso es lo que quieres saber. —Las palabras de la japonesa eran gentiles y cargadas de respeto, pero a la vez sonaban afiladas y determinadas. Por más insegura que pudiese mostrarse frente a la corte y su nuevo rol de reina, Yuriko poseía una envidiable fortaleza interior—. Pero he elegido, Yuri.

El joven se quedó en silencio, sin atreverse siquiera a moverse de su lugar y acercarse más a ella para tener un intercambio más directo. Tampoco se atrevía a mirarla, temiendo lo peor.

—Elegí defender el amor de dos chicos que poco saben lo que hacen; pero solo parecen capaces de comprender lo inevitable de sus sentimientos por el otro. —Sonrió de lado, bajando la cabeza. Yuri lo supo, porque fue en ese momento que por fin decidió dirigirle una mirada.

— ¿No crees que estamos cometiendo un error fatal?

Yuriko se encogió de hombros y negó con la cabeza. Era extraño verla tan relajada y optimista.

—El amor es ciego, Yuri. El error sería negar todos esos sentimientos y esconderlos en tu corazón hasta ponerte enfermo.

Yuri tragó saliva, y se sorprendió al notar lo cerrada que encontró su garganta.

—Algún día, tendré que hacerlo, Yuriko —musitó con voz quebrada. Algún día, con todo el dolor del mundo, debería dejar ir a Otabek—. Tarde o temprano, él tendrá una familia, un reino que gobernar. No tendrá tiempo para juegos. Y yo... seré un caballero sin tierras ni nada a lo que aferrarme.

Por la mañana, Otabek le había prometido varias veces que jamás se alejaría de él, y Yuri se creyó cada una de las palabras, que venían acompañadas de besos y caricias tiernas. En ese momento, mirando la situación en retrospectiva, se le hacía cada vez más difícil imaginar una vida junto a él.

— ¿Tú crees que eres un juego para él, Yuri? —preguntó Yuriko con seriedad.

Yuri sacudió la cabeza en negación.

—No. Me refiero a que... no podremos mantener una relación secreta para toda la vida, ¿no crees?

—Hay tantas historias sobre apasionantes romances prohibidos...

— ¡Pero la vida real no es como la de las historias! —estalló Yuri, empezando a exasperarse—. Además, todas ellas terminan de una forma terrible.

—Sí, pero la vida real no es como la de las historias —repitió Yuriko esbozando una suave sonrisa.

El chico chasqueó la lengua y nuevamente cruzó los brazos sobre el pecho. Se mantuvo en silencio por unos largos segundos, notablemente molesto por haber recibido sus propias palabras en su contra.

—Ustedes dos con como una rosa de invierno. —Volvió a comenzar de una forma más dulce, para atraer la atención de Yuri—. El Eléboro es una flor muy bonita, que crece en condiciones adversas: en invierno.

Yuri bufó, ¿ahora iba a compararlo con una flor? Lo sabía. Conocía el Eléboro gracias a sus clases con Kazimir.

—Es altamente venenosa también. Kazimir nos contó que una vez, hace más de mil años, la utilizaron para envenenar el suministro de agua de una ciudad entera durante un asedio.

La mujer pareció quedarse sin palabras por un momento, pero terminó por suspirar y dirigirle la mirada a Yuri.

—Fueron las personas quienes decidieron usarla para matar, Yuri. Sin embargo, eso demuestra el poder que posee.

—Es una buena estrategia de asedio. —El príncipe se encogió de hombros, provocando que la japonesa riera por lo bajo.

—No importa eso. —Hizo una pausa—. Nunca te vi tan feliz como ayer por la noche, Yuri. Tampoco a Otabek. Todas sus sonrisas son para ti, ¿o acaso no te habías dado cuenta de eso?

—Tiene amigos en la corte, unos padres y una hermana a los cuales adora. No intentes suponer que solo sonríe para mí, porque no es así y tampoco es lo que deseo. —Le bastaba con pensar que sus palabras de amor eran solo dirigidas a él, pero no iba a darle a Yuriko información adicional, incluso más de lo mucho que ya sabía por su cuenta.

—Él te ama.

De repente, Yuri sintió sus mejillas arder. Giró la cabeza con brusquedad, intentando evitar que la mujer viera como su rostro entero se teñía de un bochornoso color rojo que, a veces, incluso podía extenderse hasta sus orejas.

—Lo sé —dijo de forma apenas audible, sin siquiera mover sus labios. No tenía ningún sentido negarlo—. Ha tenido sus ojos en mí desde que éramos niños.

Una suave risa escapó de los labios de la mujer, que se apresuró a cubrirse la boca con el puño cerrado.

—La única vez que lo vi, fue en ese torneo. En ese entonces, ¡era aún más reservado que ahora! Y tú solo tenías ojos para tu espada. —Hablaba con emoción, como si todo aquello le resultara de lo más divertido. Yuri solo podía sentir rabia al pensar en ese momento, en su indiferencia hacia Otabek, y la poca disposición de este último—. ¿No habló contigo ninguna vez?

—Ni una.

—Pobre chico. Debió haber sido difícil para él. Quiero decir... entender que su interés en ti, tal vez iba más allá de la amistad.

—Somos amigos —rectificó Yuri—. Solo que, tal vez, un tanto más cercanos...

Nuevamente se hizo el silencio entre ambos. Yuriko parecía estar escogiendo sus próximas palabras con cautela, mientras que Yuri se sentía un tanto abrumado al intentar asimilar cómo era que había respondido sin hesitar cuando ella afirmó que Otabek lo amaba.

—Les dije a tus hermanos que te fuiste del banquete para huir de Ekaterina y su ambicioso padre; y que Otabek... estaba demasiado cansado y decidió irse a dormir más temprano.

Le costó comprender el significado de las palabras de Yuriko; pero cuando lo hizo, de repente sintió que la cabeza le daba vueltas.

— ¿Por qué?

Yuriko los había ayudado a salirse con la suya. No podía haber una mejor prueba de lealtad que aquella.

—Porque era el mejor momento; con todo el mundo concentrado en el banquete... Ustedes dos necesitaban ese tiempo a solas, ¿no es así?

Los labios de Yuri se curvaron en una sonrisa tenue, pero aun así se mantuvo reacio a dirigirle la mirada. No quería correr el riesgo de sentirse incluso más turbado de lo que estaba cuando viera su sonrisa.

—Gracias —dijo con voz seca, luego de aclararse la garganta.

—No hay de qué.

Yuri descruzó los brazos y los dejó caer a ambos lados de su cuerpo. Sus nervios se habían apaciguado al no recibir ningún comentario más de Yuriko. La mujer entendía a la perfección que no era bueno poner a los demás incómodos, aunque fuera con una buena intención como la suya.

—Por lo que Mila me ha contado, Otabek es de lo más esquivo y frío con ella. Eso es un problema para tu hermana, pero de eso puedo deducir lo mucho que él te quiere y respeta, hasta el punto de hacer peligrar su matrimonio.

—Él nunca haría peligrar su matrimonio. Es demasiado honorable, y respeta mucho a su padre.

— ¿Te gustaría que lo hiciera? —preguntó la mujer, con cautela.

—No soy nadie para pedirle eso. No, no me gustaría. Solo desearía que mi hermana renunciara a él —soltó de repente—. Ella quiere que Otabek la ame, puedo sentirlo. Me gustaría que supiera... que él nunca lo hará.

En el fondo, Yuri tenía un miedo atroz de que el matrimonio y la necesidad de concebir un hijo acercara emocionalmente a Mila y Otabek hasta el punto de enamorarse; entonces, él tendría que desaparecer. No importaba cuantos besos le diera Otabek, cuantas veces le dijera que lo quería y que jamás lo dejaría ir, porque aquel miedo echaba cada vez más raíces en lo profundo de su corazón. A medida que sentía su afecto por Otabek crecer, también lo hacía el temor y la incertidumbre.

—No puedo decirle eso, Yuri.

—Yo ya he intentado hacérselo entender —dijo el muchacho, frunciendo el ceño.

—No seas tan duro con ella, no tiene la culpa. Estoy segura de que, si se lo dijeras, lo entendería bien; y no te juzgaría mal por eso.

— ¡No es algo que uno pueda decirle a todo el mundo! Tú lo sabes porque eres malditamente intuitiva y te gusta meterte en los asuntos ajenos.

—Yuri...

—No me estoy quejando de eso. A mí... me gusta hablar contigo —admitió.

—Yuri, ¿quién más lo sabe?

—Olga.

— ¿Si? Es una chica muy dulce.

—Y no le dirá a su padre. —Echó la cabeza hacia atrás y fijó sus ojos verdes en las vigas del techo—. Mi abuelo, también lo sabía.

Yuriko se mostró genuinamente sorprendida al escuchar eso, y sus ojos se abrieron de par en par.

— ¿Y qué te ha dicho?

—Lo aceptó. —Apenas empezó a hablar, sintió una horrenda presión en el pecho, pero continuó de todas formas—. Pero estoy seguro de que lo hizo porque... porque se estaba muriendo, y no porque de verdad lo sintiera así...

Que su abuelo hubiese aceptado sus sentimientos por Otabek era algo que carecía de lógica, que solo podía explicarse por la resignación de un moribundo. Yuri era su nieto, su nieto predilecto; una decepción así era algo que difícilmente podía dejarse pasar. Nikolai habría querido que el muchacho se casara por voluntad propia con una joven a la que amara, y que, por supuesto, a la vez se tratara de un buen partido para un príncipe. Esa perspectiva, a Yuri le había parecido decepcionante incluso desde antes de conocer a Otabek: ¿Cuál era el sentido de tener descendencia, para engrosar una rama menor de la familia que comería de las sobras de los descendientes de su hermano?

De repente, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, e intentó retenerlas con todas sus fuerzas, para no hacer el ridículo frente a la reina. No obstante, la mujer ya estaba a su lado incluso antes de que pudiera volver a pronunciar palabra. Sin que se lo pidiera, ni siquiera con un gesto, Yuriko lo abrazó con fuerza.

—Tal vez, lo hizo porque te amaba por encima de todas las demás cosas.

—Lo he decepcionado. A él y a mi padre. —También a su madre y a su tío, pero hace tiempo que ellos le importaban incluso menos de lo que Yuri a ellos—. Nunca seré como Viktor —murmuró. Par ese momento, había bajado la guardia casi totalmente.

La mujer pareció sorprenderse cuando escuchó sus declaraciones, pero no aflojó su abrazo, sino que empezó a acariciar sus cabellos con la misma dulzura con la que arrullaba a su hijo.

—Yuri, tú no quieres ser como Viktor. Eres una persona diferente, y eso está bien.

— ¡Pero eso es lo que todos esperan de mí! Si es que esperan algo...

No era fácil ignorarlo, por más éxito que tuviera al mentirse a sí mismo.

— ¿Y qué es lo que tú esperas de ti?

Se quedó pensando por unos segundos; pero con la mente nublada y la migraña que empezaba a sentir, se le hizo imposible.

—No lo sé, pero... ¿acaso importa?

Yuriko no respondió, simplemente lo abrazó con más fuerza. Ella lo sabía. Nadie podía elegir su destino en un mundo como aquel. Tanto los hijos de campesinos como los que nacían en cuna de oro, estaban destinados a permanecer en el mismo lugar durante los cuarenta o cincuenta años que pudiesen llegar a durar sus vidas. Solo los trovadores y los bogatyri de las historias podían aspirar al privilegio de ir más allá, conocer otras tierras, y decidir sobre sus vidas.

—Yuriko —murmuró Yuri cuando ya empezaba a incomodarle un poco aquel contacto. Se removió cual niño pequeño entre sus brazos, a lo que la mujer reaccionó al instante soltándolo.

—Dime.

El chico se dio media vuelta y, sin siquiera pedir permiso, dio un salto para dejarse caer de espaldas sobre la enorme cama recién arreglada.

—Háblame del mar de oriente.


¡Hola! Primero que nada, mil disculpas (otra vez). El último mes anduve bastante ocupada con trabajos y exámenes de la universidad y terminé hace unos pocos días...o al menos en teoría, tengo finales, pero puedo robar algo de tiempo para escribir. Tampoco mi ánimo fue el mejor durante este año, y menos en este mes, así que también me atrasé bastante por eso :c

Aquí les traigo un nuevo capítulo J Tengo dos aclaraciones: Es un capítulo bastante tranquilo y, como podrán ver, no es el capítulo 12 completo (si, no me odien), sino la primera parte de dos. La segunda será prácticamente otro capítulo, pero lleva el mismo título porque originalmente estaba pensado como uno solo y por ende el título es pertinente a ambas, pero tendrá otra problemática (si, se vendrá lo chido). Entre las dos partes del 12, como para complicar más las cosas, habrá un par de extras (¿navideños? Ok no) sobre nuestros queridos (?) amigos de Siberia. Stay tuned.

Otra notita: Esta no es la versión final, dado que mi beta no ha podido revisarlo y como no iba a poder por unas cuantas semanas, decidí publicarlo así para no hacerlos esperar mucho más~ Luego la reemplazaré por la versión corregida.

¡Espero que les haya gustado este capítulo! Fue bastante tranquilo, pero podemos ver el apoyo incondicional de Yuriko, los roces con Mila, y Otabek y Yuri siendo lindos como siempre :D Muchas gracias por su apoyo y por la espera, ¡de verdad!

¡Hasta la próxima! Se vienen los extras J