ESPECIAL: LOS ZORROS DE LAS NIEVES (PARTE I)
El anochecer siempre la encontraba sola, así como lo había estado la mayor parte de su vida. Las noches en Perm solían ser frías y oscuras, como el alma de la mujer que estaba allí de pie, observando las enormes montañas que se cernían ante su castillo: el lugar donde había nacido, y que era por fin de nuevo su hogar.
Se había pasado años añorado el viento helado del Este y aquella sensación de eternidad que le entregaban los Montes Urales. Eran los mismos que alguna vez habían coronado el principado independiente de Gran Perm, antes de que su último gobernante, el Príncipe Sviatopolk Orlov, jurara lealtad al Volkov que reinaba en Moscovia, en pos de conseguir ayuda militar contra las tribus salvajes de las montañas. La familia Orlov había estado allí desde siempre, desde mucho antes que un Volkov o un Plisetsky se sentara en el trono de Moscovia. Alguna vez, habían sido incluso un linaje independiente, echando raíces en los Urales; eran auténticos zorros de las nieves enviados al sur para ejercer control sobre un territorio difícil de gobernar. Y así lo hicieron por más de cuatrocientos años.
De niña, Tanya Orlova fue por unos cuantos años hija única de un hombre y una mujer unidos en matrimonio por la fuerza. Él, un hombre poderoso, sediento de oro y sangre, defensor de la disciplina y la ley del más fuerte. Ella, una mujer enfermiza de ojos esquivos, repudiada constantemente por su marido por no poder darle hijos varones. Uno tras otro, niños y niñas nacían solo para morir en sus brazos; todo eso si llegaban a nacer con vida.
Con apenas cuatro años, una pequeña Tanya era ya consciente de que el matrimonio era una sentencia de muerte para el amor.
Las sonrisas volvieron al castillo cuando se extendió la noticia de que su madre, Lady Aleksandra, por fin había dado a luz a un varón, aparentemente sano, después de su cuarto embarazo trunco y los tres niños que habían nacido muertos o demasiado enfermos para seguir viviendo. El pequeño Vladímir fue la luz de los ojos de su padre, y de su madre, que, casi como si le temiera a su esposo, le derivó todas sus atenciones. Por su parte, la niña quiso a su hermano desde el primer momento, porque era un niño hermoso, de profundos ojos verdes y enmarañados cabellos del color del fuego. Era una réplica de ella misma, solo que cinco años menor; y hombre. No tardó en descubrir que aquello no era un simple detalle.
Su padre, Lord Sviatoslav Orlov, los crió a ambos con mano de hierro y una inteligencia prodigiosa. Desde muy niños, ambos aprendieron sobre historia, geografía, administración y finanzas, incluso sobre estrategia militar. Ambos sabían pronunciar, con una mano en el corazón, los nombres de todos los gobernantes permios que habían precedido a su padre —incluso antes de someterse al "yugo moscovita". Para los acadios, kazajos o helvecios, la gran Rusia era un pueblo unido, que lucharía en conjunto para hacer frente a una amenaza exterior. Dentro de Rusia, se hablaba de "moscovitas", "permios", "caucásicos" o "chuvasios". Los dos retoños de Orlov lo tenían bien sabido. Sin embargo, fue Vladímir el que aprendió a blandir una espada con destreza, mientras que su hermana mayor fue condenada a dedicar toda su niñez y primeros años de madurez a crear preciosos bordados y cantar canciones ridículas.
A los doce años, el joven Vladímir ya mostraba los signos favorables para ser el orgullo de su padre y el señor en el que se convertiría años más tarde, a los veintiséis. Tenía una estatura envidiable, una mente lúcida y una enorme fuerza física. Su corto temperamento no era un problema para Lord Sviatoslav, que ni siquiera se inmutaba cada vez que su chico se enfadaba y canalizaba su ira contra algún criado o una dama. El futuro Lord Orlov lo tenía todo permitido, porque era el hijo de su padre. Lo único que tenía terminantemente prohibido, era decepcionarlo; de la forma que fuera.
La misma responsabilidad recayó sobre la mayor de los hermanos. Tanya tenía tan solo dieciséis años cuando su señor padre la llamó a sus aposentos privados. Con voz calma pero firme, imposible de contradecir, el hombre le explicó a su hija que se casaría con su Alteza real Alekséi Plisetsky, heredero al trono de Rusia. El hombre había quedado viudo ocho años antes, luego de que su amada esposa muriera al dar a luz a su único hijo, que logró sobrevivir. El príncipe no aceptó volver a casarse hasta mucho tiempo después.
—Entonces, seré la segunda esposa de un hombre mayor que ya tiene un heredero. —Ya en ese entonces, Tanya era una chica terca y sagaz; no iba a dejar que su padre le impusiera un matrimonio tan fácilmente.
—Serás reina algún día —le había respondido en ese entonces Lord Sviatoslav Orlov, cansado de las resistencias absurdas de su hija—. El príncipe tiene tan solo veintiocho años. Su padre morirá pronto y reinarás junto a él sobre Rusia, ¿hay algo que desees más que eso?
El hombre tenía razón. Si había algo que pudiese hacerla feliz, sería portar una corona que la ungiera como la segunda persona más importante del reino. No era normal que las esposas de los reyes tuvieran tal poder, ya que estos solían elegir como mano derecha a amigos o hermanos, todos hombres. Pero Tanya no era una mujer normal, y no podía haber para ella una mejor forma de demostrárselo a todo el mundo, que convirtiéndose en una reina poderosa.
Sin embargo, aún había algo que parecía no tener sentido.
—Padre, tú odias a los moscovitas, ¿y me enviarás a casarme con uno de ellos? —cuestionó con una rectitud imbatible.
El hombre tomó una bocanada de aire y dejó escapar un pesado suspiro. Tanya aún recordaba aquel gesto, la marca personal de un hombre estoico que detestaba ser cuestionado hasta en la más mínima de sus decisiones.
—Hace casi dos siglos que ellos nos vencieron, nos humillaron, y nos obligaron a pagarles por ello con las riquezas de nuestras montañas. Volkov y Plisetsky por igual; los segundos, solo se limitaron a fortalecer el yugo impuesto medio siglo antes por los primeros. —No quedaba muy claro a quién aborrecía más el gran señor: si a los moscovitas por haberlos vencido o al Príncipe Sviatopolk por haber entregado su poder—. Hemos estado inmersos en su juego desde entonces. Y no hay otra forma de sobrevivir, que siguiendo sus reglas. Algún día, los superaremos sin que ellos tengan siquiera la posibilidad de advertirlo.
Sviatoslav era un hombre duro, orgulloso de su tierra y receloso con aquellos que le habían arrebatado el sueño en el que vivió Perm durante su larga "edad dorada". Una edad dorada donde los señores permios se pasaban todo el invierno —cuando los peligrosos deshielos eran poco frecuentes—, batallando entre ellos solo a razón de conseguir botín. La guerra era como un juego pactado previamente en un mundo donde no había otra forma de contener la violencia, un rasgo aparentemente inherente a los hijos de tierras frías y hostiles. Sin embargo, Lord Orlov solía repetir hasta el cansancio que la libertad de los permios primaba sobre la opresión y el falso sentimiento de seguridad que podía darles un rey. Solo los pueblos débiles renuncian a su libertad a cambio de protección y estabilidad.
No obstante, el hombre, sensato como su hija, jamás estuvo dispuesto a alzarse en armas contra sus opresores, a riesgo de destruir su amada tierra.
A Tanya dejó de importarle la libertad de los permios en cuanto consideró la posibilidad de convertirse en reina y tener control sobre Rusia entera. Se casó con el príncipe Alekséi en el castillo de Moskva, y en principio, fue muy bien recibida por toda la familia Plisetsky. Ella era una mujer bonita, elegante y educada; por ende, no tenía que hacer mucho esfuerzo para agradar a todo el mundo, porque la naturaleza y su padre ya le habían dado todas las herramientas para manejarse en la vida. Para cualquier mujer con escasas aspiraciones personales, ser bonita y saber sonreír era lo único que necesitaba para triunfar, pero Tanya no era ni quería ser como todas ellas. A lo largo de su infancia, había sido testigo de la debilidad de su madre: de una envidiable belleza, sí, pero conformista, sumisa y de pocas luces. Tanya no quería ser como ella, porque había llegado a aborrecerla. Al igual que su hermano, admiraba la fuerza y la personalidad dominante de su padre, por más que ambos habían sido víctimas, unas cuantas veces, de su furia gélida.
A pesar del cordial recibimiento en el castillo real, la nueva princesa no tardó en comprender que estaba intentando reemplazar a una persona irremplazable, una belleza con corazón de oro llamada Eirene Nikiforova. Fue el primer nombre que aprendió luego del de su marido, porque Alekséi no dejaba de hablar de su primera esposa, incluso cuando ponía todo su empeño en ser cordial y educado con la joven Tanya. No iba a negarlo; Alekséi era un buen hombre, pero la mitad de su corazón había sido enterrado junto a su esposa, y la otra, le correspondía a su pequeño hijo de ocho años.
Viktor era el niño más hermoso que Tanya había visto en su vida, con su piel color marfil, sus cabellos de plata y aquella particular sonrisa que conservaba aún de adulto. Pero ningún tipo de relación surgió entre ella y su nuevo hijastro. El niño no la quería, y tampoco ella, que no podía evitar verlo como una piedra en el camino hacia su objetivo. Jamás podría hacerse con el corazón y la mente de su marido teniendo a ese niño en medio; jamás llegaría a ser la reina de Rusia con ese chiquillo como heredero. Ese niño había sido engendrado por otra mujer, y jamás le permitió entrar en su corazón —por más que a Tanya poco le importara lo afectivo.
Las cosas tampoco cambiaron cuando, por fin, Tanya quedó encinta. Su primer retoño resultó ser una niña, muy parecida a ella, que, sin embargo, quedó en manos de la familia Plisetsky para su crianza. Mila fue y siempre sería la más fiel de sus dos hijos, la que estaba dispuesta a pasar tardes enteras con ella, siempre con los pies en la tierra. Pero por desgracia, la familia Orlov no necesitaba otra muchacha. Lo que Tanya necesitaba, era a Yuri, su segundo hijo.
Yuri fue, sin dudarlo, el más difícil de sus dos hijos. Un niño de apariencia angelical, con sus cabellos de oro y unos preciosos ojos verdes idénticos a los de su tío. Tanya valoraba muchísimo la belleza de las personas con las que trataba, ya que según ella, era expresión de su noble origen. Y vaya que su niño lo era, fruto de la alianza entre las dos familias más poderosas de Rusia.
Sin embargo, el poco control que llegó a tener sobre su hijo menor cuando este era un bebé, se esfumó en cuanto el niño empezó a forjar una consciencia propia. Estaba claro que Alekséi tenía un favoritismo por su hijo mayor, aquel niño de doce años que ya mostraba todos los signos de ser un prodigio. No obstante, fue su suegro, el rey Nikolai, quién le arrebató al pequeño de las manos. Desde que, en sus primeros años, el precioso niñito empezó a mostrar un carácter caprichoso —y adorable—, se convirtió en el nieto predilecto del rey. Pasaba todo el día con él, escuchando sus historias; luego, tenía lecciones con su tutor y con el maestro de armas, un hombre tan gruñón y ceñudo como Yuri. Tal vez, era por eso que se entendían a la perfección. Por mucha voluntad que pudo haber tenido, Tanya no pudo conseguir participación alguna en la crianza de su propio hijo. La crianza de un buen hombre les correspondía a los hombres, mientras que ella no tuvo más remedio que ocuparse únicamente de su hija Mila.
No fue hasta que Yuri cumplió los siete años, que en una de las cuantas visitas de Tanya a Perm, su hermano Vladímir le mencionó la posibilidad de que el pequeño Yuri se convirtiera en su pupilo. Dos años antes, Vladímir ya le había comunicado a su hermana los grandes planes que este tenía para su hijo. Para eso, era menester que fuera él quién criara a Yuri. Pero una vez más, eso no fue posible; y Tanya jamás olvidaría el día en que le propuso a su marido enviar a su hijo con su hermano.
—De ninguna manera —le había dicho el hombre.
Las siempre risueñas y relajadas facciones de Alekséi se habían endurecido, y los ojos azul claro brillaban con la furia que no quería descargar contra su mujer.
—Es un niño demasiado caprichoso y berrinchudo, y eso, ¡hasta interviene en sus entrenamientos con Yakov! ¿Cómo esperas que aprenda a manejar una espada decentemente si a duras penas puede controlar su carácter? —Tanya no tenía problema en plantarse frente a su marido, con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido, como la persona terca y dura que siempre había sido.
—Tanya, tú sabes que mi padre ama a Yuri más que a nadie en el mundo, no puedes alejarlo de él.
Para Alekséi era muy fácil sonar convincente, con aquella sonrisa tenue y una actitud que siempre rozaba la inocencia. Era muy similar a como sería su hijo Viktor unos años más tarde, y por eso mismo, Tanya terminó por detestarlo mucho más aún, si era eso posible.
—¿Te importa más la felicidad de tu padre que la educación de tu hijo? —arremetió, enfurecida—. Oh, por supuesto, si le das todo tu tiempo a tu hijo mayor. Por mi parte, yo quiero que mi único hijo varón sea educado de la forma en que le corresponde a un príncipe.
—Entonces, debe ser educado aquí, en la corte real, y no en un castillo perdido en medio de los Urales. —El príncipe sonreía, porque sabía que le había ganado la discusión a su esposa.
Luego de esa discusión, Alekséi habló con su padre y toda esperanza de enviar a Yuri a Perm se desvaneció ante los ojos de Tanya. Esa serie de discusiones también provocó que la fría e indiferente relación que la mujer tenía con su marido, se convirtiera en una competencia constante por el control sobre sus hijos, especialmente sobre Yuri. Tal vez, si Nikolai no hubiese interferido en la vida del niño, este último estaría ahora en una habitación de Perm, preparando sus armas para la batalla que lo sentaría en el trono de Rusia.
La puerta se abrió de repente, arrancándola de sus profundas cavilaciones sobre todo eso que había sido, y sobre aquello que nunca llegaría a ser. A su hermano no le interesaba en lo más mínimo la privacidad de una mujer, y menos aun cuando se trataba de su hermana mayor, que siempre era la primera en enterarse de sus planes; a excepción de cuando estaba enfadado con ella.
—Vienes a hablarme, ahora que me necesitas, ¿verdad? —musitó con voz monótona.
Desde que llegó a Perm junto a su sobrina Olga, hace ya una semana, su hermano le había dirigido la palabra solo en muy contadas ocasiones. A pesar de tener ya treinta y tres años, Tanya podía ver aún en él al niño de once que hacía rabietas cuando las cosas no salían como las planeaba; y lo odiaba. Sin embargo, fue ella misma quién se ocupó de comunicarle las malas noticias apenas tuvieron un momento a solas tras su llegada. Su hermano se mostró muy enfadado apenas supo de la traición de Yuri, y no tardó en maldecir mil veces a ese niño malcriado y a su madre, que le permitió escaparse de sus manos. Tan grande fue su enojo, que luego de eso se encerró en su habitación por días, sin dirigirle la palabra a nadie más que a sus criados personales. Vladímir era muy proclive a hacer esas estupideces.
—Estoy decepcionado, hermana —respondió el hombre. Por el sonido que hacían sus pesadas botas sobre las delicadas alfombras bordadas, podía deducir que estaba caminando en círculos, como solía hacer siempre que se encontraba nervioso—. Y me estoy volviendo cada vez más impaciente. Si no nos movemos, se nos terminará congelando el trasero.
La mujer arqueó una ceja, aun sin dignarse a mirarlo.
— ¿Qué quieres hacer? Ya sabes la respuesta de mi hijo. Y créeme que lo intenté, Vladímir, permanecí unas cuantas semanas en una corte repleta de enemigos para intentar hacerlo entrar en razón.
—Y no lo conseguiste. Tenías una sola tarea... una sola, por el bien de nuestra familia...
— ¡Ya basta! —estalló Tanya. Con un movimiento brusco, se dio la vuelta para enfrentar a su hermano—. Debes saber tan bien como yo, que por más esfuerzo que puedas invertir en la crianza de un niño, este no siempre será como tú desees.
Y su Yuri nunca, jamás, le había hecho caso. Todo su amor y respeto habían sido para la familia de Alekséi, un hombre que evidentemente tenía la mayor parte de su atención en el mayor de sus hijos, el maldito niño que había osado sobrevivir a su parto difícil para complicarle la existencia a la esposa de su padre y a su hermano menor. Si las cosas hubiesen sido distintas, Yuri tal vez pudiese haber sido su hijo.
—Lo sé. Vas a decirme, otra vez, que si todo hubiese dependido de ti, tu hija sería ahora mismo reina de Acadia. Pero no, la princesa de Rusia es ahora la esposa de un hombre que, en un futuro, reinará sobre un puñado de pastores que viven en casas precarias y aún no han descubierto las herramientas de cultivo.
—Sus jinetes son los mejores del mundo, o eso es lo que dicen.
—Miden la riqueza en ovejas en vez de en oro y pieles, Tanya. —Vladímir sonrió de lado, frotándose la incipiente barba cobriza con el dedo pulgar. Parecía como si le divirtiera recordar a su hermana de sus fracasos—. No quiero siquiera mencionar el destino de tu hijo. Ahora que ha rechazado la promesa de ser rey, a cambio de unirse a nosotros, ¿Qué le deparará el futuro? Ciertamente, no puedo visualizar a ese chico casado con ninguna princesa...
— ¡Cállate, maldita sea! No digas más... ¿Te sentirás mejor si te digo que tienes razón? ¿Te quedarás callado entonces?
Su hijo la había decepcionado de la peor forma. A sus ojos, Yuri era la versión defectuosa de su perfecto —y odioso— hermano mayor. Cuando el niño tenía trece años, Tanya llegó a pensar que su mal carácter y brotes de ira serían bien canalizados en su vida adulta, llevándolo a convertirse en un guerrero formidable. Era aún muy pronto para llegar a saber eso; el chico era bueno con la espada, pero también demasiado caprichoso, impulsivo e insolente. La negativa a rebelarse contra su hermano y echar por la borda el plan que habían estado urdiendo con esmero por más de diez años, resultó ser la gota que rebalsó el vaso. Yuri no tenía madera de rey, y jamás la tendría. Era una realidad que había estado intentando negar por unos cuantos años, pero la terminó golpeando como una revelación.
Vladímir pareció sentir la furia que deprendían las palabras de Tanya, porque se quedó callado, aún de pie junto a la puerta.
—Los hijos son difíciles de controlar. Tú puedes decir lo mismo de tu hija —contraatacó Tanya una vez que logró calmarse.
—Mi hija está ahora mismo en su habitación. Por mucho que deteste la idea de casarse, ha regresado aquí con la cabeza gacha cuando su señor padre lo solicitó.
—No es esa la razón por la que está aquí.
—No me importa la razón. Es un hecho que está aquí, y también que sus esponsales se celebrarán en una semana.
Sin siquiera pedir permiso, el hombre se acercó a la mesa baja de una esquina de la habitación y llenó dos delicadas copas de cristal con un vino oscuro y amargo; el favorito de ambos.
— ¿Vamos a brindar por la felicidad de mi hija? —le tendió una copa a su hermana, y esta no dudó un segundo en acercarse a él para tomarla.
—Hay algo que me estás ocultando —le dijo, antes de beber de la copa.
—Has estado lejos de Perm por demasiado tiempo, hermana mía. Hay buenas noticias.
— ¿Qué esperas? Habla.
Vladímir se tomó el tiempo de beber un trago largo del vino y saborearlo en sus labios, junto con la ansiedad que empezaba a manifestar su hermana.
—Mi esposa Elena está encinta.
Aquella revelación la tomó desprevenida. Su cuñada rozaba ya los treinta años; era joven aún pero no le quedaban muchos años fértiles. La esperanza de su hermano de tener un heredero varón disminuía cada año, pero podía verla ahora de nuevo plasmada en sus ojos calculadores.
—Eso significa que tu arriesgado plan de casar a tu hija mayor con un hombre influyente de la región no ha sido tan descabellado —dedujo. Sabía que su hermano no buscaba una sonrisa y un abrazo, ya que su felicidad estaba en el hecho de no tener que entregar su fortaleza al hombre ambicioso que se casara con Olga.
—Eso, si resulta ser niño.
—Si llega a ser así, será casi como si el destino estuviera dándote una segunda oportunidad para escapar de tus errores.
El hombre bufó antes de terminarse la copa de un sorbo. No había nada peor para un Orlov que ver sus planes a largo plazo frustrados por desafortunadas eventualidades.
—Igor Voronin se mostró reacio a aceptar otros términos que no fueran esos. Está claro que lo que desea es convertirse en el señor supremo del Este. —Hablaba con una tranquilidad escalofriante, sobre asuntos que hacían estrujar el corazón de la mismísima Tanya Orlova.
—Y por eso mismo, tú le diste la pieza que le faltaba para conseguirlo.
Por unos instantes interminables, solo recibió silencio por parte de su hermano, y deseó que en su interior estuviese —por primera vez en su vida—, arrepintiéndose de sus maniobras erróneas.
—Me subestimas —dijo por fin, con voz firme—. Le entregaré mi hija a Voronin; forjaremos la alianza más poderosa del Este. —Tras decir eso, se quedó en silencio, considerando la mejor forma de continuar contándole sus planes.
Las pausas se hacían cada vez más largas e insoportables, pero Tanya se mantuvo en silencio, expectante. A veces, su hermano podía mostrarse lúcido. Había sido idea de ella el utilizar a Yuri para reclamar el trono; y esa idea terminó resultando un fracaso. Tal vez, era tiempo de escuchar a Vladímir. Una alianza entre los dos señores más poderosos del Este era una idea brillante y tentadora. Se trataba de dos familias orgullosas, sin ningún vínculo de dependencia entre ellas y reacias a aceptar la subordinación, incluso en su lazo con el rey de Rusia, al que debían una lealtad cada vez más condicional.
—Si deseas vencer a las frustrantes contingencias, lo que debes hacer es jugar con fuego. Mis planes, todos ellos, dependen del azar de tener un heredero varón. Si Elena no resulta apta para esa tarea, si no está lista para ser leal a nuestra familia, me buscaré una mujer más fértil. No perderé mi castillo contra Voronin porque al destino se le ocurrió jugarme una mala pasada, ¿comprendes?
Tanya solo fue capaz de asentir en cuanto el hombre terminó de hablar. No era un plan inteligente, no lo era para nada. A sus ojos, su hermano menor parecía un niño que, al jugar con fuego, termina por quemarse las manos.
— ¿Vas a decirme entonces, para qué aliarte con Voronin? Yuri, nuestra pieza central, ha declinada la oferta. —Se cruzó de brazos. Una vez más se erguía triunfante.
—Las alianzas llevan tiempo, ¿Acaso crees que si plantas una semilla, crecerá una rosa inmediatamente? De ninguna manera. El retoño debe ser regado con cuidado por meses, tal vez incluso por años antes de que crezca una flor bonita con la que decorar tu jardín —dijo con su voz impregnada de sarcasmo.
—Y luego duran poco.
—Las flores, sí. Una alianza fuerte, puede durar por generaciones.
— ¿Cuál es tu plan, Vladímir? —Tanya empezaba a impacientarse.
—Nuestro padre era un hombre sensato. Sabía cómo responder a la opresión moscovita incorporándose a su juego, haciendo alianzas. —Hizo un ademán hacia su hermana, el principal instrumento de dicha alianza. Para Vladímir, cada miembro de su familia era una pieza de ajedrez que él movía a gusto por el gran tablero de juego—. Pero yo no soy como él. Creo que... seguirles el juego no tiene sentido alguno. Ya no.
—¿Y qué harás entonces? Quiero creer, que no serás tan idiota para cargar contra Moscovia a riesgo de destrozar Perm, todo aquello que conoces...
—Querida hermana... no hay nada en esta vida que pueda conseguirse sin correr riesgos. Le daré la libertad a mi pueblo, sin importar cuanto deba sangrar por ello. ¿Qué clase de Príncipe haría eso? ¿Esconderse mientras su pueblo sufre la opresión y humillación?
La mujer bufó para reprimir la risa que salió de su garganta. Estaba convencida que un campesino del Este prefería mil veces que su señor estuviese bien sujeto por los moscovitas, a volver a aquel estado de guerra endémica, muchas veces siendo ellos mismos objeto de botín.
—Nadie va a apoyarte. Estás loco —le dijo.
—Lord Voronin; él va a apoyarme.
—Lo hace, porque persigue la preciosa oportunidad de quedarse con Perm, ¿acaso eres idiota? ¿Qué sucede si tu hijo es otra niña, si nace muerto? ¿Si tú mueres antes de que cualquier esposa pueda darte un hijo varón?
Aquella última era una posibilidad extrema, pero posibilidad en fin, y ninguna de ellas debía ser descartada. Vladímir se terminó la copa y la apoyó con fuerza sobre la mesita; le dio un suave golpe con el dedo, haciéndola tambalear fugazmente.
—Si llego a tener tanta mala suerte —empezó a decir, con el sarcasmo impreso en la voz—, Voronin se convertirá en señor de Perm. En ese caso, debemos pensar en grande.
Esa idea sonaba arriesgada, muy arriesgada, pero era esa precisamente la principal diferencia que tenía con su hermano. Ella era prudente, reflexiva, capaz de esperar por años para obtener sus objetivos. Su hermano, en cambio, había sido criado con la espada en la mano; le habían enseñado que si algo o alguien no le gustaba, bien podía blandir su espada para deshacerse del problema. A veces, actuar rápido era lo mejor, pero en ese caso, Lady Tanya no veía más que inconvenientes.
—La corona moscovita tiene unos cuantos problemas ahora mismo —señaló Vladímir—. Intentan superar una sucesión y, si lo que me has informado tú es cierto, están amenazados también desde occidente. Eso agotará sus fuerzas, y en el ínterin, forjamos alianzas... —explicó—. Luego, antes de que el acero vuelva a endurecerse, lo golpearemos con todo nuestro poder.
Tanya pestañeó una vez, un gesto de sorpresa.
—Que los moscovitas sepan... —continuó Vladímir—, que el Este ha despertado de su letargo invernal.
Bueno, eso es algo así como un cliffhanger~ Perdonen el capítulo tan corto, pero solo tenía pensada esta escena y como es muy importante, decidí ponerla en el extra. Por eso mismo estoy actualizando dos capítulos, así que el extra sigue en el próximo donde explicaré el motivo de ser de ambos capítulos~
