ESPECIAL: LOS ZORROS DE LAS NIEVES (PARTE II)

—Estas montañas, nacieron gracias a un héroe legendario llamado Ural. Se dice que Ural sacrificó su vida para proteger a su pueblo de los invasores del Este —contaba—. Superaban en número y poder a los pastores que vivían aquí, pero Ural los enfrentó a todos ellos con su lanza y su arco. A su muerte, su gente cubrió la tumba con rocas; una tras otra, hasta que esta se convirtió en lo que hoy llamamos los Montes Urales.

—Dime Olga, ¿Ural tenía una esposa? —Olena estaba recostada a sus pies, sobre la cama, aferrando un cojín con toda la fuerza que sus brazos delgados y frágiles le permitían.

La mayor de las hermanas se quedó en silencio un momento, meditando sobre la pregunta de la más pequeña.

—Sí —respondió por fin—. Sí la tenía. Ella lloró tanto por la muerte de su esposo, que las lágrimas fluyeron por los valles hasta convertirse en el río Kama.

Se estaba inventando esa parte de la historia. De todas las versiones de la leyenda que figuraban en los libros de la biblioteca de su abuelo, en ninguna decía que Ural tuviese una esposa. Sin embargo, como todo en la naturaleza, el río tenía que tener un origen también.

—Entonces, lo amaba mucho —dedujo la niña.

—O tal vez, solo tenía miedo de quedarse sola —intervino Svetlana, sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama.

Desde que la niña de diez años se enteró que su hermana mayor no se casaría con el joven Yuri sino con un aliado de su padre, estaba un tanto más distante y arisca; podría decirse incluso que más desencantada con la vida. La pequeña Olena, de seis, parecía entender entre poco y nada.

—Tal vez... eso nunca lo sabremos —concluyó Olga—. Deberíamos preguntarle a ella por qué lloraba, pero está muerta y sepultada hace milenios.

—Pero si era su esposa, sí que debía de amarlo —protestó la más pequeña, recostada sobre contra uno de los cojines que había en la cama.

En medio de su ingenuidad infantil, la niña creía que el matrimonio era la máxima expresión o culminación del amor que se tenían un hombre y una mujer. Eso era lo que le enseñaban a todo niño, pero aquella verdad no tardaba en desaparecer durante los primeros años de madurez. En torno a los doce o trece, el matrimonio se revelaba como una poderosa herramienta en manos de las familias para concretar alianzas políticas. A partir de allí, existían dos caminos: aceptarlo y ser feliz toda la vida viviendo en una mentira, o rebelarse contra ello y llevar una existencia amarga junto a una persona a la que no se ama. Permanecer soltero no era una opción si se amaba a su familia, o si la voluntad de los progenitores era otra.

—No tiene por qué ser así —le discutió Svetlana.

Las palabras de su hermana menor pusieron a Olga en alerta, y se preguntó si la niña habría escuchado alguna de las discusiones que ella había tenido con su padre antes de ser enviada a Moscovia. Sus pequeños actos de rebeldía siempre terminaban en moretones, y por nada del mundo quería que Svetlana pasara por eso.

—No desde el principio —respondió—. Pero siempre habrá formas de amar a tu esposo y ser feliz a su lado. —Le dolía mucho tener que mentirle a su hermana de esa manera, pero ¿qué sería de ella si su padre descubría que tenía otra hija rebelde?

—Ni siquiera conoces a tu futuro esposo.

«Tiene razón.» De repente, sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

—Lo haré pronto. No debe estar tan mal.

Esbozó una pequeña sonrisa y se acercó a Olena, que parecía ya haberse dormido. Le acarició los cabellos, cortos y muy rizados, para colocarlos con suavidad detrás de su oreja.

—Está dormida —confirmó.

—Se la ha pasado todo el día durmiendo.

Olga miró de reojo a Svetlana, que se había puesto de pie junto a la cama donde estaban sus dos hermanas. Al volver su atención a Olena, presionó su mano contra la frente caliente de la pequeña.

—Puede que haya cogido un resfriado.

—Olga —la llamó Svetlana.

—Dime.

—¿Quiénes eran los invasores de los que Ural buscaba proteger a su pueblo?

El silencio se instaló entre ambas hermanas durante unos largos momentos. Olga podía notar que Svetlana había crecido mucho durante sus escasos meses de ausencia; lo suficiente para ser capaz de cuestionarse por el verdadero significado de las historias.

—La leyenda no los especifica —respondió Olga—. De esa forma, la historia puede ser contada una y otra vez por diferentes personas, en distintos lugares de las montañas, y en diferentes momentos. Los invasores nunca son los mismos, porque la historia cambia todo el tiempo...

— ¿Quién es el invasor... ahora? —Quiso saber la niña—. ¿Acadia, Moscovia, o los pueblos del sur?

—Es una diferencia de perspectiva. Por milenios, el hombre se la ha pasado construyendo muros y murallas para defenderse de otras personas, por el simple hecho de que los consideraban peligrosos. Una leyenda tan antigua y difusa, es perfecta para que cada generación pueda usarla en su provecho, contra sus enemigos —le explicó—. Nosotros nunca sabremos contra quién luchaba Ural; pero las montañas que construyó su pueblo, hoy nos protegen a nosotros los permios.

De repente, se escucharon unos golpes en la puerta. Ambas niñas giraron sus cabezas pelirrojas para ver de quién se trataba, al tiempo que su tía Tanya entraba en la habitación sin pedir permiso.

—¿Qué hacen las tres aquí? Ya es de noche y deberían estar en sus camas. —Se refería fundamentalmente a las dos más pequeñas, que según su padre, debían estar en la habitación que compartían antes de que oscureciera por completo. Olga, al ser ya una dama, tenía su propia habitación.

—No podían dormir, y me pidieron que les contara algunas historias —se excusó la mayor, rogando porque su tía no se enfadara demasiado.

—Deberías saber, que el toque de queda de tus hermanas ya ha pasado hace rato. Svetlana, ven conmigo, a tu habitación.

La mujer avanzó hacia la cama, para encontrarse con la pequeña que dormía. Acarició su frente con una mano e hizo una pequeña mueca.

—Se ha dormido. Creemos que puede tener un resfriado, o tal vez algo de fiebre. —Olga seguía sentada en la cama, con Olena apoyada en su falda. Sacudió suavemente a su hermana, que un tanto amodorrada, terminó por abrir sus enormes ojos verdes.

—Ven conmigo —le susurró Tanya, con dulzura—. Olga, tu padre quiere verte en su despacho —soltó de repente, mientras se esforzaba por alzar a la niña que aún no despertaba del todo.

Escuchar esa noticia impactó considerablemente a Olga; lo que menos se esperaba aquella noche, era tener que compartir una charla con su padre.

A pedido de Tanya, las tres niñas se alistaron para salir de la habitación. Olga se echó una capa azul por encima de la túnica de dormir que llevaba, y enfundó sus pies en un par de botas de piel. Descendieron por la empinada escalera caracol de la torre donde se encontraba la habitación de Olga; Tanya llevaba a Olena en brazos y las otras niñas hacían su mayor esfuerzo por no tropezar, guiándose únicamente por la luz trémula de la antorcha que colgaba de la pared.

El patio principal del castillo estaba completamente vacío, a excepción de los dos guardias que estaban de pie junto a la puerta de entrada, sosteniendo una pica cada uno. Los vientos, que en Perm seguían siendo tan fríos como en enero, silbaban sin tregua entre las escalinatas cubiertas de escarcha y los arcos que conectaban con las galerías laterales. El castillo, que antaño constaba únicamente de un modesto fuerte de madera, había sido derribado tiempo atrás, y sobre sus cimientos, se había levantado una monumental construcción de piedra, con cinco torres almenadas, patios gigantescos para albergar contingentes de tropas de iguales magnitudes, y una muralla que, a simple vista, parecía rivalizar con las mismísimas montañas. Existían planos e ilustraciones del primer fuerte: se veía frágil y proclive a ser víctima de un asedio con fuego, pero sin duda era un lugar mucho más acogedor que los recintos que encerraban aquellos muros fuertes y altos plagados de saeteras.

«Gracias al esfuerzo de guerra que supuso la construcción de este castillo, mis antepasados pudieron imponerse sobre los demás permios y coronarse príncipes. Pudieron mantener la independencia hasta que Moscovia y los pueblos de las montañas les presentaron un desafío mayor.»

Svetlana y Olena compartían una amplia habitación de la segunda planta. Para contrarrestar el frío, el suelo de piedra gris estaba completamente cubierto con alfombras ricamente bordadas, y las paredes, con gruesos tapices orientales. Cada una de las niñas tenía su propia cama, pero desde que la menor había cumplido los tres años que dormían juntas, arrebujadas entre las mismas mantas. Cerca de la cama que compartían, estaba la de Sofia, nodriza de las niñas. Al verlas llegar, la doncella comprendió de inmediato lo que debía hacer. Vistió a las menores con ropa de cama, y una vez que estas estuvieron listas para dormir, Tanya se retiró; seguida de cerca por Olga.

—Su habitación está demasiado lejos de la mía —dijo Olga a su tía, cuando ya ambas atravesaban el largo corredor.

—Así parece haberlo querido tu padre.

«Lo sé.»

—Ellas van a extrañarme —reveló—. Es por eso que en los últimos días me han visitado tanto en mi habitación.

—Por supuesto que sí, mi niña; todos vamos a extrañarte. —Tanya la rodeó con un brazo—. Pero dejar tu hogar, es parte de lo que supone convertirte en mujer. Todas hemos pasado por eso.

—Lo sé —respondió Olga con sequedad. No quería recurrir al capricho y a la negativa, porque en el fondo sabía que era en vano, que solo lograría enfadar a su padre y tía.

Tanya sonrió enternecida, sin mover su brazo del hombro de la chica.

—Eres tan diferente a tu primo Yuri —dijo casi con desdén—. Que chico difícil me ha salido —se quejó.

—Es un buen chico —lo defendió Olga.

«Y no la tiene nada fácil.» Yuri gozaba de la suerte que pocos tenían, un amor correspondido con la misma pasión; sin embargo, lo que él tenía con su amigo era condenado por todo el mundo como algo atroz. Como si eso no fuera un motivo suficiente para sentirse miserable, tenía una madre traicionera, que lo presionaba para rebelarse contra las personas que más amaba. Sentía una profunda compasión por su primo.

—Oh, pero no dije que fuera mal chico... solo un tanto difícil. Le cuesta comprender la magnitud de los problemas, y su papel en ellos. Las mujeres somos más inteligentes y sensatas que los hombres; no está bien que ni siquiera se nos permita controlar nuestras vidas.

Olga la miró fijo, con desconfianza, intentando descifrar a qué se debían aquellas palabras.

—Pero es el papel que la naturaleza nos ha dado, ¿podemos hacer algo contra eso? —Continuó Tanya, suspirando con resignación—. Lo que sí podemos hacer, es trasmitir nuestra sabiduría a nuestros hijos e hijas. Los primeros, tal vez la utilicen si no reciben suficiente influencia de su padre; las segundas, se la enseñarán también a sus hijos.

Decidió no responder a las palabras de su tía. Le daba náuseas el solo pensar que el destino que le había otorgado la naturaleza no era otro que darle hijos fuertes a su marido. Pronto, todas las historias que había estado coleccionando por años en su memoria solo le serían útiles para entretener a los hijos de Lord Voronin.

«Pero serán mis hijos también.» Sus hijos varones, serían sin duda los favoritos de su marido, educados para ser señores y caballeros; y sus hijas, serían suyas hasta que un hombre ambicioso se las arrebatara, probablemente incluso antes de que llegaran a crecer del todo.

—No te desanimes. —Tanya era muy intuitiva, y parecía haber notado su mirada taciturna—. Puede que nadie te lo haya dicho, pero así como las armas son el dominio de los hombres, la corte es nuestro campo de batalla. Es fácil dar vuelta una situación desfavorable para ponerla a tu favor; todo sin manchar tus manos con sangre.

Cada palabra que salía de la boca de Tanya lograba alterarla de tal forma que quería voltearse y salir corriendo de allí; pero se mantuvo, recta como una flecha y la cabeza bien en alto.

—Lo has hecho muy bien en Moskva —le respondió, con la voz teñida de amargura. Desde luego, consideraba que mandar sicarios a asesinar a un niño de seis años era algo indigno de una persona que pretendía considerarse decente.

—No me quedó otra que aprender. —La mujer parecía no darse cuenta del veneno que impregnaba cada una de las palabras de aquella niña de casi catorce años—. Me enviaron allí cuando tenía tan solo dieciséis... Y, digamos que yo no era una chica corriente y tonta; como tú no lo eres tampoco. Si no quieres desaparecer, debes abrirte camino en un mundo que jamás te favorecerá.

Mientras decía eso, ambas atravesaron la antesala del segundo piso de la torre mayor, la que llevaba a la habitación principal del castillo; los aposentos del señor.

—Hemos llegado —susurró Tanya, empujando la puerta con suavidad para ingresar en la amplia habitación, con la niña detrás.

Vladímir Orlov las esperaba sentado en una esquina de la recámara, en una cómoda silla de madera con apoyabrazos. Vestía muy informal, con apenas una capa negra encima de la camisa y calcetas que conformaban las prendas interiores. Los cabellos rojizos estaban muy desordenados y llevaba los pies descalzos. Sostenía un cáliz de plata en su mano derecha, que apartó de sus labios cuando vio entrar a su hermana con su hija.

A pesar de la informalidad con la que se presentaba, la presencia del gran señor no dejaba de ser avasallante, y Olga no pudo evitar tragar en seco. Podía deducir, por experiencias pasadas, que su padre acababa de estar con una mujer, que desde luego no era su madre, la noble Elena. La chica adoraba a su madre. Elena no era el ser más brillante o interesante del universo, pero amaba a sus hijas como a nadie en el mundo; eran lo único que tenía, y su marido y la hermana de este se las estaban quitando una a una.

Olga sentía que podría llegar a ver con buenos ojos una relación por fuera del matrimonio, solo si se trataba de un amor verdadero imposibilitado por el inquebrantable lazo marital impuesto a dos personas que no se aman. Era tal el caso de sus primos con Otabek; por más que le doliera por Mila, su corazón apoyaba a los chicos. Sin embargo, sabía muy bien que no era ese el caso de su padre: sus amantes, eran una más vulgar que la otra. No había forma de que Vladímir las amara. Lo que sí amaba era el poder, el sentirse superior sometiendo a otras personas.

—Gracias por venir, Olga. —Vladímir hizo un ademán a su hija para que tomara asiento en la silla que él tenía delante. Tanya se mantuvo de pie junto a su hermano.

—Padre —murmuró la niña, inclinando la cabeza sutilmente— ¿Por qué requería mi presencia?

A Vladímir se le debía tratar con tal cortesía, si no se quería despertar a su mal genio. Solo su hermana mayor parecía estar exenta de tales tratos hacia su persona. Una hija, en cambio, debía someterse siempre a la autoridad de su padre, o eso le decía este.

—Como ya sabes, Lord Voronin estará aquí mañana por la tarde. Debes estar presentable para la noche; se celebrará un banquete en su honor, en el que tú también serás el centro.

—Lo sé —dijo con voz monótona.

—Te ayudaré con eso, Olga. No debes de preocuparte —la tranquilizó Tanya—. Estarás muy bonita, lo prometo.

«Es lo último que necesito.»

—Pero no te he traído aquí para hablar de estas cuestiones. Te imaginarás que no es mi deber elegir que vestido llevarás. —El hombre hablaba con sorna, dándose aires de importancia—. Te he llamado para hablar de cuestiones un tanto más profundas.

—Dime, padre.

—Supongo que estás ya al tanto de la traición de tu primo hacia nuestra familia. Quería saber un poco más sobre eso...

Habló con tal naturalidad, que Olga no pudo más que mirarlo perpleja. Desde que a los ocho años empezó a usar su mente para algo más que para obedecer, la muchacha había desarrollado una especie de instinto de supervivencia, que la ayudaba a contenerse de responderle a su padre, y así protegerse de sus golpes. No obstante, había situaciones en las que quedarse callada y asentir le parecía más dañino que recibir un bofetón en su mejilla.

—Él no te ha traicionado, padre —respondió en voz baja, con los labios apretados. Sus ojos estaban fijos en el suelo, dispuesta a protegerse si llegaba a despertar la ira de su progenitor.

Sin embargo, no recibió ni un solo golpe. Solo oyó la risa sarcástica que salió de los labios de hombre.

—¿Cómo es que no nos ha traicionado? Dime, Olga. Estoy dispuesto a escucharte —le dijo con tono condescendiente, cruzando los brazos sobre su pecho y buscando con avidez los ojos aterrados de su hija.

—Yuri le fue fiel a su familia.

—¿Y qué somos nosotros, entonces? —la interpeló Tanya.

En los pocos meses que pasó en la corte moscovita, ella y Yuri se habían vuelto tan cercanos, que hasta habían compartido sus inquietudes con respecto a la familia Orlov. Ella era muy consciente de que llevar el apellido de su padre y ser la hija mayor de este suponía una gran responsabilidad. Llevaba con orgullo el estandarte del zorro sobre verde, porque la importante familia permia era lo único que había conocido en toda su vida, el lugar al que pertenecía. Algún día, ella se casaría y pasaría a formar parte de la familia de su marido, engendraría hijos que llevarían a la guerra otros estandartes. También había sido ese el destino de su madre, nacida como Elena Fedorova. Para Olga, su abuelo Vseslav Fedorov no era más que un vasallo de su padre que ella había visto unas pocas veces.

En el caso de Yuri, la familia Plisetsky lo era todo. En ella había nacido y vivido durante toda su vida; y al ser un chico, su apellido estaría siempre con él, y perviviría en sus hijos —si algún día llegaba a tenerlos. Yuri no sería jamás la mercancía de nadie.

—Padre, tía, ¿cuán leales son ustedes a la familia de su madre? —Intentaba hablar con el debido respeto, pero las palabras en sí mismas suponían un desafío para los dos adultos.

—Los Astakhov son aún aliados nuestros, y muy leales —se apresuró a responder Lord Orlov—. Mi primo, hijo del hermano de mi madre, nos apoyará con sus tropas siempre que sea necesario.

Las palabras de su padre no respondían a su pregunta. La situación en cuestión era muy diferente, y eso era algo que los tres presentes sabían muy bien.

—A Yuri se le ha presentado una encrucijada —dijo entonces la muchacha—. Y ha escogido.

—¡Ha escogido traicionarnos! —estalló Vladímir, con el puño cerrado con fuerza sobre el apoyabrazos de la silla—. Dime, niñita, ¿quién es el hombre más poderoso de toda Rusia? Desde luego, no es aquel que lleva una corona sobre la cabeza. Una corona puede ser fácilmente arrebatada. El poder está en aquel que tiene el oro y las tropas. Lo que importa aquí, es el poder efectivo.

La chica eso lo tenía muy claro, así como sabía que en el mundo no había nada más peligroso que dejar que el poder económico y militar efectivo se superpusiera con la potestad para gobernar sobre un territorio.

—Calma, Vladímir —intervino Tanya—. Conozco a mi hijo mejor que tú. Eres un imbécil si crees que el chico solo debió de haberte obedecido porque eres poderoso. Siempre ha sido muy leal a su familia paterna, adoraba a su abuelo más que a nadie en el mundo. —Hizo una pausa antes de continuar—. Lo que sí no comprendo, es por qué ha permanecido leal a su medio hermano; siempre han tenido una rivalidad muy palpable. Desde pequeño, Yuri ha sido un niño muy ambicioso, cualquiera hubiese pensado que quería llegar a ser rey. Sin embargo, cuando hablé con él aquella noche, se negó rotundamente a tomar la corona. Y créeme, que con nuestra ayuda, la tenía al alcance de su mano. Solo tenía que desearlo.

«Ustedes no saben nada sobre honor.» Para Olga, en ese momento no había nada más difícil que quedarse callada, escuchando aquel siniestro intercambio entre su padre y su tía.

—Hay algo que cambió en él... y es por eso que requerimos tu ayuda, Olga. —La mujer por fin le dirigió la palabra—. En pocos meses, ustedes dos se volvieron muy cercanos, más cercanos incluso de lo que fui yo con mi hijo en dieciséis años.

—Así es —respondió con la fría calma de alguien que observa aproximarse una tormenta, sin ser capaz de hacer nada al respecto.

—¿Sabes... cómo ha sido su relación con Viktor en los últimos meses? ¿Ha mejorado? ¿Por qué someterse a él de tal manera, teniendo la posibilidad de tomar la corona por sí mismo?

—Viktor y Yuri nunca se odiaron, tía —dijo la niña con una sonrisa tenue—. Muchos hermanos suelen competir y discutir mucho entre ellos, pero no por eso deben apuñalarse por la espalda a la primera ocasión. Eso no sería honorable.

Tanya y Vladímir compartieron una fugaz mirada, en la que Olga llegó a leer un poco de preocupación, porque una niña de trece años estuviese poniéndolos en jaque.

—Entonces, debió haber sido alguna otra persona, además de su abuelo, quién pueda haberlo hecho cambiar de opinión... —murmuró Tanya.

—Nadie lo ha hecho cambiar de opinión. Traicionar a su familia paterna nunca fue una opción.

—¿Y qué hay de su amigo, el príncipe de Kazajistán? —aventuró su tía—. Ellos también se volvieron muy cercanos, y ese chico parece tan honorable, que sería incapaz de asesinar a alguien incluso para defender su propia vida.

«Mataría a alguien sin dudarlo para salvar la vida de Yuri.»

Vladímir se removió en su asiento, ansioso por saber más sobre aquello. Olga, por su parte, sintió que se le helaba la sangre dentro de su cuerpo.

—¿Qué hay con él? —preguntó, extrañada. No comprendía como podía Otabek tener relación con la decisión de Yuri, pero hablar de la relación de ambos era como caminar en arena movediza: tenía que cuidarse muy bien de no decir algo que pudiese perjudicar a su primo.

—No lo sé, eso lo sabrás tú mejor que nosotros... —respondió Vladímir.

—Un niño caprichoso no se convierte en un traidor de un día para el otro.

—¡No es un traidor! —estalló la joven—. Él es... es la persona más valiente que conozco...

—Que conmovedor —ironizó su padre.

—Él no quiere una corona —continuó Olga—, quiere ser un reconocido caballero, comandar los ejércitos de su hermano y...

«Y ser libre. Como todos nosotros, quiere ser libre de dirigir su vida, de hacer lo que su corazón le dicte.» Se contuvo de decirlo en voz alta, porque bien sabía que aquello era imposible para ambos.

—Yuri hizo lo correcto —finalizó, con una voz apenas audible—. Su noble corazón, y el amor y respeto que tiene por su hermano, fue lo único que lo impulsó a actuar de tal manera.

—Entonces, ¿debo suponer que no piensas responder a nuestras inquietudes?

—Les he dicho todo lo que sé, padre. Y puedo jurar que es la verdad absoluta.

—Olga... —empezó Vladímir—, te golpearía si tu rostro no tuviese que estar impecable para el día de mañana.

Su voz expresaba tanto deprecio y desdén, que la chica sintió un repentino nudo en la garganta. El valor que había tenido momentos antes al enfrentar a su padre se disipó en el aire como si nunca hubiese existido. No le temía a los golpes; más bien, le aterraba su encuentro con Igor Voronin al día siguiente. En lo más profundo de su corazón, sabía que no podría seguir viviendo si el hombre resultaba ser igual que su padre.

—Puedes irte. —Su padre le dio el permiso que estaba esperando ya hacía rato—. Debes descansar. Mañana al anochecer, se celebrará un banquete en honor a tu prometido —reiteró—. Necesito que te comportes como una dama, y que no cometas estupideces, ¿entendido?

—Sí, padre —musitó con los dientes apretados.

Tras hacer su promesa, Olga se puso de pie y se retiró de la habitación sin siquiera hacer una reverencia.


Al caer la noche en Perm, el frío recrudecía y los vientos soplaban muy fuerte, a pesar de ser ya mediados de marzo. Desde la pequeña ventana de su habitación, Olga podía ver los copos de nieve que danzaban en el gigantesco patio de armas del castillo, arremolinándose al pie de las escaleras de piedra y el pozo de agua, situado en el centro.

—El baño te ha hecho bien para quitarte la mala cara —murmuró Lady Elena mientras pasaba un peine ancho por los largos cabellos cobrizos de su hija. Se esforzaba por domar aquellos rizos rebeldes para darle un aspecto más maduro.

«Nada podrá borrar la amargura de mi alma.» Se guardaba sus palabras más filosas, porque no quería que su madre sufriera en demasía verla partir. Fue ella quien la encontró aquel mediodía con las mejillas pecosas bañadas en lágrimas secas; y aquellos perspicaces ojos verdes, hinchados de tanto llorar. Elena no supo hacer otra cosa que abrazar a la niña con fuerza, para reconfortarla. No supo darle palabras sabias, porque ella era de las mujeres que sufren en silencio. No obstante, el abrazo de su madre resultó ser lo que Olga más necesitaba en aquel momento. Comprendió entonces, que la fortaleza se manifestaba de formas muy diversas: estaba presente tanto en los espíritus combativos y rebeldes, como en aquellos que guardaban el dolor en sus corazones, encontrándose incapaces de acabar con sus vidas porque otros los necesitan en las suyas. Lady Elena era una mujer fuerte; porque se necesitaba ser muy fuerte para haber soportado un matrimonio de quince años con Lord Vladímir Orlov.

Su madre le mostró su cariño al arreglar que le prepararan un baño tibio, ofreciéndose luego a ayudarla con su vestido y su cabello. La muchacha estaba sentada sobre una silla de madera, vistiendo una sencilla túnica de seda color marfil. Su madre estaba detrás de ella, sin pronunciar palabra, con los dedos demasiado ocupados en trenzar su sedoso cabello desde la raíz hasta las puntas. Si había algo en lo que Elena de verdad destacaba, era en hacer maravillas en los largos cabellos de sus dos hijas mayores.

—Mamá —musitó Olga, con los cansados ojos perdidos en el paisaje invernal del atardecer permio.

—Dime, Olga.

—¿De qué murió la primera esposa de Lord Voronin?

Sabía que su prometido, de la misma edad que su tía, era un hombre viudo que ya había tenido hijos con una primera mujer; pero luego de la muerte de esta, permaneció soltero por unos buenos ocho años.

—Murió luego de dar a luz a su último hijo. El niño vivió, pero unas fiebres se lo llevaron tres años después.

—Eso es terrible... —De un momento a otro, se sorprendió a si misma mordisqueando con fuerza su delicado labio inferior— ¿Crees... crees que algo tan atroz, pueda llegar a pasarme a mí? —cuestionó, con un nudo en la garganta.

Las manos de Elena se quedaron heladas sobre los cabellos de su hija. Incapaz de concentrarse en su labor, se dedicó a acariciarle la cabeza con la yema de sus dedos. La pregunta la había dejado tan aterrada como a la niña, pero no había nada que pudiera hacer en contra de eso. Todas las jóvenes esposas se enfrentaban con tal temor.

—No... No lo creo, Olga —respondió con dulzura—. Es decir, solo mírate. Tu cuerpo está muy lejos de ser delgado y frágil como una rama, porque llevas una buena alimentación; y tienes caderas anchas a pesar de que eres joven aún. —Acarició su hombro y brazo con una mano antes de retomar su trabajo—. No debes preocuparte por eso, serás una buena esposa, y una mejor madre.

—Espero no tener hijas —susurró.

—¿Por qué dices eso?

—Porque el destino de las niñas es mucho más triste que el de los niños.

Por primera vez en un largo rato, giró la cabeza para ver a su madre a los ojos. Sin duda alguna, Olga había heredado la belleza de su tía más que la de su madre. Esta última ni era una mujer muy agraciada, pero sus ojos azul claro eran los más dulces y calmos que la niña había visto en su vida. No parecían esconder ningún secreto o engaño, eran como dos ventanas que dejaban ver muy claramente la profunda tristeza que aquejaba a la mujer, consumiendo su alma lentamente.

—Olga... te diré algo —le dijo, con los labios finos curvados en una sonrisa triste—. Todos fuimos niños ingenuos alguna vez, y todos pensamos que la vida era una encrucijada plagada de aventuras. Pero la naturaleza, eterna y trascendental, resulta tener otros planes para nosotros. Cada hombre y cada mujer tiene un destino en esta tierra, y dime, Olga, ¿qué persona podría ser tan soberbia y desagradecida, como para desafiar las normas impuestas por la naturaleza?

—Conozco personas que se han atrevido.

—Esas personas están mal. Su castigo, será el arrepentimiento eterno. Pobres de sus almas, que jamás alcanzarán la paz más allá del umbral de la vida.

Era verdad. En todas las historias, aquellos que pasaban su tiempo bebiendo, riendo, holgazaneando y disfrutando de la vida terrenal, eran mal tratados por los narradores. Los héroes siempre tenían destinos fantásticos, pero preestablecidos en fin, y no parecían capaces de tomar otro camino.

—No hay forma de que una persona infeliz pueda tener un alma virtuosa —reflexionó.

« ¿Qué es la virtud?» Una vez más, volvía a cuestionárselo, sin decirle nada a su madre que poco la comprendería.

El silencio se hizo entre ambas. Olga podía darse cuenta que a su madre le incomodaban sus pensamientos, porque la mujer se limitaba a peinar su cabello con los dedos como si fuera eso lo único que sabía hacer. En parte, así era. No lograba discernir si a su madre le asustaba lo que ella le decía, o si tal vez se sentía un poco intimidada. Cualquiera de las dos opciones era motivo para sentir algo de culpa.

La puerta se abrió de repente, y por primera vez en mucho tiempo, Olga pudo agradecer a su tía por salvar la situación. En sus manos, llevaba una pesada túnica bordada, color verde y oro.

—Las costureras ya terminaron de darle los toques finales. Aquí está. —Se acercó a las dos mujeres y se detuvo junto a Elena—. Has hecho un gran trabajo. Sugiero que regreses a tu habitación, no querrás cansarte demasiado... —dijo con tono enigmático.

Olga supo al instante que le estaban ocultando algo, pero no fue hasta que Elena se retiró de la habitación, que intentó indagar al respecto mientras su tía alisaba la túnica.

—¿Está enferma mi madre? —No le había comentado nada al respecto.

—No, cielo... ella está muy bien. No debes de preocuparte por eso ahora. Ponte de pie. —Tanya se plantó frente a ella, con la túnica en sus manos.

La chica obedeció, incorporándose y manteniéndose bien erguida junto a la silla.

—Maldita sea, levanta los brazos, ¿o como piensas que pueda ponértela? —La exasperación era palpable en su voz.

Con un brusco movimiento, levantó los brazos y esperó, cerrando los ojos y arrugando la nariz.

La pesada túnica pasó con extrema facilidad por su cabeza, apenas rozando las complicadas trenzas que sujetaban la mitad de su cabello, para luego desplomarse a sus costados con tal fuerza que se vio a punto de trastabillar.

—Ten cuidado. No pierdas el equilibrio.

—Es que es demasiado pesada —se quejó la joven.

—Ni la mitad de pesada que la que llevarás el día de tu boda; y a eso, debes sumarle la capa y el tocado, más pesado que las otras dos cosas juntas. Vamos, tienes la suerte de no ser una niña flacucha; puedes soportar eso perfectamente.

—Me pregunto, como hacen las que nacieron de esa forma...

—Viven muchos años menos. —Su tía le sonrió, y un horrendo escalofrío recorrió su espalda, hasta alojarse en su nuca—. La naturaleza es sabia, cielo. A los árboles pequeños, los derriba una ventisca.

No respondió. Lo único que le faltaba, era tener una conversación similar a la que había compartido con su madre, pero con su tía Tanya.

—¿Tienes mis zapatos? —preguntó, intentando desviar el tópico de la conversación.

Tanya depositó ambos zapatos en el suelo, y Olga solo tuvo que sujetarse la túnica para calzárselos.

—¿Algo más? —Alisó la tela bordada con las palmas de sus manos.

Luego de escudriñarla por unos instantes que parecieron eternos, su tía negó con la cabeza.

—No. No llevarás nada en la cabeza, con ese peinado tan bonito que te ha hecho tu madre. —Suspiró—. Escucha, Olga. Esta alianza es muy importante para nuestra familia, por lo que debes comportarte como una dama educada. No quieres defraudar a tu familia, ¿verdad?

—Tus hijos también son tu familia, y aun así los traicionaste. —Su voz fue apenas un susurro, pero era palpable la frialdad y amargura de su acusación.

—Es imposible traicionar a alguien que nunca confió en ti en primer lugar —respondió Tanya—. Ya es hora. Por favor, compórtate en el banquete.


El recibimiento a Igor Voronin era algo que Vladímir Orlov había estado planeando por bastante tiempo, pero ni de cerca se trató de una celebración pomposa para hacer un despliegue de la descomunal riqueza que poseía el gran señor. La magnitud de su poderío era algo que se conocía a lo largo y ancho de Rusia, especialmente en el Este, donde todos los señores buscaban congraciarse con su contraparte a cambio de beneficios. Era esa la única explicación para que el hijo de Lord Voronin, luego de enviudar, esperara ocho largos años para que la hija de Lord Orlov llegara a una edad razonable. Que el príncipe Yuri hubiese rechazado a su prima, le venía como anillo al dedo; y cuando recibió la invitación del señor de Perm, no tardó en responder y poner en marcha a su séquito.

Desde hace dos años que Igor, hijo y heredero de Yaroslav Voronin, era señor efectivo de Komi en su castillo de Ust-Sysolsk, en reemplazo de su padre, que aquejado por una enfermedad incurable, solo esperaba la muerte en su lecho. Por eso mismo, Igor ingresó al gran salón de Perm seguido de una docena de hombres, dos de ellos portando sus estandartes. Los criados de la Casa Orlov no dudaron un segundo en prestarle los debidos respetos, inclinando su cabeza a su paso.

—¡Igor Voronin, heredero de Komi y Ust-Sysolsk! —clamó el heraldo.

Olga estaba sentada en la mesa, flanqueada por su padre —que ocupaba el lugar central junto a su madre— y su tía Tanya. Se limitaba a juguetear con una hogaza de pan, que rompía en pequeños trocitos sobre su plato; no quiso mirar cuando oyó el anuncio.

—Recuerda —le susurró Tanya al oído—. No tienes que ser una esposa cariñosa, puedes ser una orgullosa señora si así lo deseas.

No quiso siquiera reaccionar a sus palabras. De niña, solía llevarse bien con su tía, porque era la única persona de la familia de su padre que la trataba con cariño y compasión. Sin embargo, en su fugaz estadía en Moscovia no tardó en descubrir la verdadera naturaleza de la mujer, a la que solo veía dos veces al año. Era manipuladora, fría y cruel, y trataba a su hijo menor con el mismo desdén que su padre a sus tres hijas. Había recibido buenos consejos de su parte en los últimos días, pero en ese momento, su cabeza era un caos. Parecía como si sus opciones fueran ser débil y sumisa como su madre, o fría y calculadora como su tía. Ambas mujeres parecían ser muy infelices con sus vidas.

«Puedo dedicarle mi vida entera a leer todos los libros de la biblioteca de Uls-Sysolsk. Y si no tiene, le pediré a Lord Voronin que me consiga unos cuantos.» Estaba segura que de esa forma, perdida en páginas amarillentas y bonitas ilustraciones, podría llegar a aspirar a una felicidad artificial. «Seré la persona más sabia de toda Rusia», pensó, esbozando una débil sonrisa contra su puño cerrado. Era el conocimiento lo único que anhelaba. Habría deseado adquirirlo mediante viajes, por tierra y por mar, con naufragios, cabalgatas y aventuras, pero los libros eran una opción más realista, mediante la cual se podía mantener brillando la llama de la imaginación.

—Olga, ponte de pie —le susurró su padre, antes de levantarse también de la mesa.

Obedeció a su padre y dejó que este la guiara, tomándola del brazo con una dulzura completamente desconocida para ella. Sus ojos se mantuvieron fijos en el suelo hasta que sintió que ya no podía postergarlo más, que en cierto punto, tendría que alzar la cabeza para no mostrarse como una niña débil o excesivamente caprichosa. Fue entonces que sus ojos se posaron por primera vez en el hombre que sería su esposo.

Igor Voronin era un hombre de estatura media para el pueblo de Komi, que, comparado con los permios o moscovitas, podía considerarse relativamente bajo. Lucía una melena de color negro, larga hasta los hombros, que se confundía considerablemente con la cuidada barba. No tenía ni un solo pelo gris, lo que lo hacía ver más joven de lo que realmente era. Por lo menos, en un punto, había superado sus expectativas basadas en los rumores. La piel era tan blanca como la de la gran mayoría de los rusos, y los ojos, de un azul muy intenso. Llevaba una larga y pesada túnica de seda; y su gruesa capa parecía estar enteramente fabricada con piel de lobo. Las tierras del norte eran incluso más frías que Perm.

—Bienvenido, me enaltece acogerlo como mi huésped —saludó Vladímir Orlov—. Espero que mis criados lo hayan recibido bien y le hayan dado las comodidades correspondientes para alguien de su estatus. —Esbozó una forzada sonrisa, a la que el otro respondió con un gesto amigable.

—Lo han hecho, no debe preocuparse por eso.

—Como sea, es ahora mi turno de agasajar a mi invitado. ¿Cómo ha estado su viaje?

La muchacha permanecía de pie, como una estatua de piedra, con sus sudorosas manos cruzadas detrás de su espalda. No era su intención decir nada hasta que su padre se dirigiera a ella. A duras penas se sentía capaz de observar al hombre, por temor a que este se fijara en ella. Cuando los mayores mantenían conversaciones de negocios, los niños —especialmente las niñas— debían mantenerse callados.

—Bien, bien. Tenemos suerte de que el norte sea tan frío. Pronto, los deshielos harán los caminos intransitables para los trineos. —Tenía la voz calma y aterciopelada. Transmitía tranquilidad, pero no dejaba de tener el aspecto duro de los hombres del nordeste.

—Señor, siento mucho lo de su hijo mayor, y velo todos los días por la salud de su padre.

Olga levantó la vista al escuchar aquel detalle. De su prometido, no sabía mucho más que su nombre, que su padre estaba enfermo, y que su esposa e hijo menor habían muerto. Era una historia trágica, a decir verdad. Podría llegar a sentir compasión por el hombre si no fuera porque ella tendría que completar a aquella desdichada familia.

—Solo tenía doce años... —se lamentó el hombre, bajando la mirada—, y era la última esperanza para mi familia, tras la muerte del pequeño Sasha hace cuatro años.

—¿Y qué hay de Mariya? —preguntó Vladímir casualmente.

—Cumplirá dieciséis muy pronto, y se casará con uno de mis vasallos, un buen hombre que también ha enviudado. Este clima tan frío... es hostil para las mujeres que acaban de dar a luz —murmuró, con el pesar palpable en su voz.

«Aún recuerda a su esposa con cariño.» Eso le daba un poco de esperanza, de que no fuera un hombre frío y ruin como su padre.

—Oh, veo que ambos estamos sumidos en la difícil empresa de casar a nuestras hijas —le dijo Vladímir animadamente. Fue entonces que Olga entró en escena sin siquiera estar preparada—. Esta es mi hija, Lady Olga. —Hizo un ademán a la niña.

Dio un paso adelante y recogió su túnica bordada para hacer una reverencia. En un gesto que expresaba su mayor cortesía, el hombre tomó su mano y la besó muy fugazmente, para luego soltarla.

—Un placer —dijo con una cálida sonrisa, como si le sonriera a su propia hija. En efecto, la hija del hombre era tres años mayor que Olga—. ¿Cuánto tiene? —le preguntó a su padre, con el ceño fruncido.

—Trece, pero pronto cumplirá catorce —se apresuró a responder Vladímir.

—¿Cuándo es pronto?

—Un mes y medio.

—Está bien. —El hombre seguía ceñudo, examinando a la chica de arriba abajo.

—¿Prefieres postergar la boda hasta que tenga catorce años? ¿O tal vez quince? —El señor de Perm estaba notablemente disgustado.

—Catorce está bien. Creo que ninguno de los dos tiene mucho tiempo que perder.

—Hablaremos mejor de esto durante la cena.

Tras las necesarias presentaciones, el anfitrión condujo al invitado de honor y a su hija a la mesa. El primero tomó asiento junto al gran señor, y la niña, junto a su prometido. Era una posición que, dentro de todo, le permitía escuchar las negociaciones que llevarían a cabo ambos hombres durante la cena. A Olga nunca le habían interesado tanto los negocios de su padre como en ese momento.

En el banquete se sirvieron algunos de los manjares favoritos de la muchacha; el primero de ellos fue un plato de pelmeni de pescado condimentados con crema agria. Olga acompañó su plato con una hogaza de pan de cebolla con costra crujiente y corazón blando y tibio.

Le era muy fácil comparar aquel banquete, pulcro y silencioso, con menos de cincuenta asistentes, con aquellos que había presenciado en la corte real. Allí, las celebraciones eran mucho más numerosas, y siempre había algún músico dispuesto a contar sus historias con sus instrumentos. En uno de los banquetes moscovitas, tuvo el placer de oír un músico proveniente de los países del sur, un joven de piel tostada y ojos color avellana, muy amigable y atractivo. Sus canciones, todas versaban sobre viajes por el mar cálido y tierras que Olga jamás podría aspirar a conocer. Tras el banquete, tuvo ocasión de conversar con el muchacho. Este le contó que las tierras rusas tenían un tipo de magia muy especial, misteriosa y ancestral, y en eso, Olga coincidía con él. Sin embargo, al joven Pietro —ese era su nombre—, el frío no le gustaba ni un poco, porque sentía que achicharraba su alma y apagaba la chispa que lo mantenía vivo y feliz.

¿Crees que el alma de los rusos es fría, sin amor? —le había preguntado ella.

El joven negó con la cabeza, y con dos dedos, acomodó el cabello de la niña detrás de su oreja.

No, desde luego que no. —Le ofreció una enorme sonrisa que no iba a olvidar jamás—. A lo largo de todos mis viajes, conocí a muchas personas, Olga; buenas y malas personas, en todos lados. Pero... para qué mentirte; en el Mediterráneo, las cosechas no son mucho más abundantes que aquí, pero aun así se vive como si fuera el último día. Nadie piensa en el futuro, porque los inviernos nunca son tan crudos, y rara vez puede malograrse una cosecha debido a ellos. Lo que sí tenemos, son las sequías y las pestes, pero esas son catástrofes poco frecuentes.

Olga lo escuchaba fascinada, pero no podía evitar pensar, que el muchacho era tal vez un tanto pedante. Hablaba desde la perspectiva de un músico itinerante, que se alimenta de las cortes a las que visita, jamás entendería a un campesino que piensa constantemente en la próxima cosecha, o a un noble señor que debe asegurarse su descendencia.

De todas formas, creo que los rusos suelen ser muy hospitalarios y cálidos, porque el frío constante los obliga a serlo.

Nunca has visitado mis tierras, al Este de aquí.

Y nunca lo haré. No viajaré más al norte ni más al Este que Moskva. Lo siento. Tú... no perteneces al lugar en el que has nacido, Olga —le dijo, muy serio.

« ¿Y si el joven Pietro tiene razón?» En el instante en que se hizo esa pregunta, su mente volvió al salón frío, apenas calentado por los hogares que flanqueaban la habitación. Era muy lejano ya el recuerdo de aquel día en que se permitió soñar, desear que Pietro fuera su amigo y la llevara al sur, lejos de las tierras que amaba, pero que terminarían por asfixiar su espíritu aventurero.

Su corazón nunca había latido tan fuerte como aquella noche. Pietro partió al día siguiente, y con él, su única oportunidad de cambiar su destino.

Los criados retiraron la primera ronda de platos y distribuyeron la segunda: Kurnik de pollo, hongos y huevo. El platillo se servía típicamente en las bodas, pero era muy apropiado para una celebración como aquella también.

—Tu padre me ha contado que te gusta mucho andar en trineo —le dijo Igor Voronin por lo bajo—. A mi pequeño Sasha también le gustaba. El pobre niño no vivió lo suficiente para aprender a conducir uno, pero puedo enseñarte a ti.

—Eso... es muy amble de su parte —le dijo con una gélida cortesía.

—Desde luego, no podrás aventurarte sola por el bosque, pero puedes ir conmigo algún día.

Estaba muy aliviada de comprobar que su prometido no parecía una mala persona, pero desde luego se trataba de un hombre que, al enviudar, había esperado ocho años para que una niña de seis alcanzara la edad suficiente para casarse con él, todo por ser la hija de un hombre muy poderoso. Le hablaba de sus hijos como si fuera lo más normal del mundo, y Olga solo podía maldecir el destino de toda mujer destinada a ser una segunda esposa. ¿Se habría sentido igual su tía Tanya? Era difícil de creer. En el momento de su boda, ella era mayor que Olga, y el padre de Yuri, mucho más joven que Igor Voronin.

No le temía a aquel hombre, pero el sentimiento de incomodidad atravesaba cada fibra de su ser. Podía percibir, a partir de su relato y sus desgracias, la necesidad que tenía de un heredero varón, y desde luego, una chica de catorce años no era una niña.

—¿Cuánto han viajado los exploradores de Komi hacia el norte? —No pudo contenerse en hacerle esa pregunta.

Se conocía con el nombre de Komi a todo el territorio situado al norte del antiguo Gran Perm que estaba bajo jurisdicción del señor de Ust-Sysolsk. Alguna vez, en tiempos pasados, había estado habitado por un grupo de clanes, que pagaban tributo al señor de Gran Perm; por esa razón, este última figuraba tan extensa en los mapas antiguos —abarcando territorios al norte y al sur del actual Perm. Cuando los permios se vieron forzados a ponerse bajo el yugo de los moscovitas, el pueblo de Komi no lo aceptó. El Príncipe moscovita, que ya aspiraba a ser el Rey de Rusia, les llevó acero y sangre a los clanes rebeldes. Solo el más acaudalado de ellos se rindió, ya que a diferencia de los demás, tenía mucho más que perder a manos de los moscovitas. A cambio de su "lealtad", sus nuevos señores le permitieron conservar su patrimonio, y ninguno de los miembros de su familia fue asesinado. Desde entonces, la familia Voronin gobernaba sobre todo Komi.

—No han viajado mucho más allá del río Pechora. Las tierras del norte son muy heladas, y resulta peligroso y difícil transitar esos caminos, en toda época del año.

—Todos los mapas marcan esas regiones como terra incognita; sus hombres saben más que eso, ¿verdad? ¿Han visto las luces del norte?

—Lamento decirte, pequeña, que esas solo son leyendas. Solo las han visto unos pocos hombres locos, tan locos como para atreverse a viajar tan al norte desde Nóvgorod. Luego de eso, los que intentaron comprobarlo, murieron congelados y se convirtieron en alimento para los lobos.

—Dicen que muy al Oeste, hay una isla mágica donde las luces se aparecen todo el tiempo.

—¡Ya es suficiente! —espetó Vladímir Orlov—. Olga, déjate de tonterías.

—Niña, cuando termina el mundo en el Oeste, hay océano; leguas y leguas de océano... Luego, nada, absolutamente nada.

—¿Monstruos marinos?

—Sí, eso sí, pero nada de tierra.

—Qué alivio que ninguno de nosotros vaya a navegar en el mar, ¿verdad? —Lord Orlov parecía terriblemente exasperado con las ocurrencias de su hija—. ¿Le gustaría hablar de la dote? —le preguntó a Igor Voronin.

A partir de allí, la conversación tomó un ritmo distinto, y Olga tuvo que mantenerse callada mientras su padre y su prometido reanudaban la plática sobre la alianza matrimonial. Durante todo el resto de la cena, la niña fue ignorada por los mayores, pero se mantuvo allí, erguida, probando los distintos platillos que pasaban frente a sus ojos.

El banquete no se prolongó por demasiado tiempo, porque su padre era consciente de que su huésped, al haber llegado a Perm por la mañana, querría descansar y renovarse para el día siguiente.

Dejó la sala con una nauseabunda sensación en el estómago, la que nacía al pensar que su destino ya estaba sellado. Dentro de dos días, aquel hombre le daría la promesa de casarse, acto que se consumaría dentro de un mes y medio, poco después de su cumpleaños número catorce.

Aquella noche, arrebujada en las pesadas pieles de su cama y con los ojos anegados en lágrimas, Olga se permitió desear haber aceptado la propuesta de Yuri de casarse con él.


¡Hola, hola! Antes que nada, ¡feliz navidad! Estos extras son mis regalitos de navidad, espero que les hayan gustado 3 Sé que no son sobre los personajes protagonistas, y son ambos sobre OCs, pero creo que las perspectivas de estos personajes eran importantes, tanto para que se sepa que está pasando del otro lado, como para mostrar sus puntos de vista. Con el primero, mi objetivo era que se comprendiera la postura de Tanya y Vladímir, comprender su actitud (y no por eso quererlos porque son gente horrible), y su situación y la de los señores del Este. Tienen allí un reclamo legítimo. Esto para mi es importante porque en esta historia no hay villanos. Pueden tener a los Orlov como tales, o a JJ y Chris que son invasores externos, o a los que habrá más adelante... pero ninguno de ellos ataca a los protagonistas porque tiene "oscuras intenciones malévolas", sino porque son reinos o familias con objetivos opuestos. Ya verán que las familias de Yuri y Otabek no son inocentes, y que en la edad media, ser la dinastía real tiene su precio. Obvio uno se pone del lado de los protagonistas, pero es importante entender a los antagonistas también.

Como decía, fue un capítulo difícil porque fue desplegar toda la mentalidad tradicional de la edad media en el entorno de Olga, que es algo que ella se niega a aceptar aunque se vea obligada a hacerlo :c Me gusta mucho este personaje, es mi segundo favorito de los OCs (el primero no apareció aún, solo fue mencionada, ya van a conocerla).

Pequeño aviso: Estuve editando un poco los capítulos, especialmente el inicio del fic, ya que estoy inscrita en dos concursos de wattpad y estos me dieron la ocasión para hacer estas ediciones que hace tiempo que quería hacer~ Aun no las subí aquí, porque anduve algo corta de tiempo y el sistema de Doc Manager de fanfiction se me es muy tedioso, pero les aviso porque los estaré editando dentro de los próximos días. Hay bastantes cambios en el inicio de la historia, pero nada sustancial, solo intenté embellecer un poco la narración y le puse un nuevo comienzo.

Espero que les haya gustado. Muchas gracias por el apoyo y sus comentarios que me llenan el alma (aún debo responder los del capítulo anterior, juro que no me he olvidado). ¡Hasta la próxima (ahí sí volverán los queridos protagonistas!