12. EGOÍSMO (PARTE II)
Los hombres convocados afluían al gran salón de a decenas: grandes y pequeños señores, caballeros sin tierra... incluso podían contarse jóvenes escuderos que no pasaban de los catorce años, acompañando a sus señores como las más fieles de las sombras. Para las primeras horas de la tarde, los corredores del castillo se habían convertido en un variopinto desfile de jubones de colores diversos, con sus respectivos escudos de armas bordados en el pecho.
Otabek y Yuri caminaban con la calma de dos personas que, sin importar en qué orden llegaran, tendrían un lugar reservado cerca del rey. Los demás, parecían ansiosos por ganarse un lugar desde el cual pudiesen opinar al respecto de un tema que aún desconocían.
—Esto es raro —susurró Yuri, de manera tal que solo su amigo pudiese escucharlo—. Mi hermano no ha compartido ningún tipo de información conmigo en los últimos días; no hemos discutido nada, ¿y pretende que me entere junto a todos los demás? —No importaba cuál era la razón por la cual Viktor había convocado a una reunión de urgencia a media tarde. A Yuri, lo único que le importaba en ese momento, era que su hermano se había guardado la información para sí mismo, y que él, se enteraría de las noticias en el gran salón, como si se tratara de uno más.
—Tal vez, en verdad es una urgencia. Lo más probable es que haya recibido alguna noticia hace unas pocas horas —lo tranquilizó Otabek—. Nadie se esperaba esta convocatoria. Todos teníamos cosas que hacer hasta hace el aviso.
Si los repentinos planes de Viktor no los hubiesen interrumpido, Otabek y Yuri habrían montado sus caballos para cabalgar al bosque. Durante el mes completo que había pasado desde el cumpleaños de Yuri, los príncipes solían reunirse en el bosque muy seguido; allí, Otabek enseñaba a Yuri a usar su nuevo arco. El ruso aprendía muy rápido, pero su amigo siempre tenía nuevos desafíos que imponerle, porque a su técnica siempre le faltaba algo.
—Espero que sea rápido.
Viktor lo esperaba ya en la sala, sentado en silencio en la enorme silla situada en el centro de la tarima mientras, a su alrededor, los presentes se acomodaban en las bancas, bebían o hablaban en susurros. Todos esos sonidos juntos creaban un ambiente bullicioso y cargado de expectativa. Aquellos que vieron pasar a Yuri y Otabek, se quedaron en silencio, algunos incluso inclinando la cabeza con discreción al tratarse del hermano del rey y de un futuro rey aliado. Los muchachos los ignoraron a todos hasta llegar al fondo de la sala, donde Viktor los recibió con un leve gesto de respeto.
La expresión taciturna y poco entusiasta del rey, hacía pensar a Yuri de que las noticias no eran buenas, o que al menos se trataba de algo que no debía ser tomado a la ligera. Apretó los puños con fuerza y le dirigió a su hermano una mirada envenenada, repudiándolo en silencio por no haberle dicho nada antes de la reunión. No había cosa que odiara más en el mundo que aquello, que le guardaran secretos y no tuvieran en cuenta sus opiniones, ¿o acaso nada había cambiado al cumplir los dieciséis?
Otabek, por su parte, se mostraba increíblemente calmo, incluso siendo consciente de que los señores del norte de Rusia y los pocos del Este que permanecían leales, podían llegar a verlo con cierta extrañeza u hostilidad. Era el único extranjero en la sala, un aliado que, para muchos, aún no era del todo fiable. El principal motivo de esto era que Otabek había llegado hacía más de un mes con un séquito personal de no más de cien hombres, sin ningún ejército que lo respaldara en su respuesta al llamado a la guerra por parte de sus aliados. El viaje por la estepa era largo, poco más de un mes para un grupo reducido de jinetes; un ejército, por su parte, necesitaba por lo menos el doble de tiempo.
—Los ejércitos de mi padre estarán aquí en un mes más —le dijo a Yuri en voz baja.
—No tienes que preocuparte por eso. El único al que tienes que convencer de tu lealtad es a mi hermano, el Rey.
—Tu hermano tiene vasallos poderosos que también deben tener una garantía de eso, Yuri.
—Lo sé. —Yuri hizo un mohín despectivo—. Pero Viktor se los hará saber.
A su alrededor, ya empezaban a llegar los señores nobles más importantes, aquellos que habían acudido a presenciar la coronación del nuevo rey y se habían quedado un tiempo más a pedido de este. Allí estaban Radoslav Nikiforov y Georgi Popovich: el norte y el sur sentados justo frente al Rey. Al segundo se lo veía intranquilo, con el puño cerrado con fuerza en torno al asa de la jarra de hidromiel que bebía.
Cuando el rey se puso de pie en la tarima y alzó la palma de su mano, los murmullos de la sala de a poco empezaron a extinguirse, y llegó el momento en que solo se oía algún que otro suspiro o los repiqueteos nerviosos de un dedo sobre la mesa de madera. En su otra mano, Viktor sostenía con firmeza un pergamino, al que observó por un segundo antes de volver a enfrentarse a los presentes, como si buscara en aquel trozo de papel la seguridad necesaria para decir lo siguiente.
—Mis respetables vasallos... —empezó Viktor, elevando la voz de manera tal que llegara hasta el último rincón de la sala. Hasta los guerreros de más baja alcurnia eran estimados en la batalla y, por ende, vasallos del Rey por pleno derecho, al haber hecho un juramento personal a su soberano—. Han sido convocados todos aquí hoy, porque hay un anuncio que debo hacer.
«Habla de una maldita vez, anciano», pensó. Escudriñaba con atención el rostro apesadumbrado de su hermano, deseando ser capaz de adivinar sus pensamientos.
—El castillo de Astrakán ha caído a manos de Jean-Jacques Leroy —soltó por fin, con un dejo de tristeza y resignación, como la de alguien que debe comunicar que un allegado ha muerto.
Como respuesta, solo obtuvo silencio. Al echar un vistazo fugaz a su alrededor, los ojos de Yuri pudieron captar rostros empalidecidos, bocas entreabiertas y miradas estupefactas. Presionó el puño contra la mesa, apretando sus dientes con fuerza hasta que la mandíbula llegó a dolerle.
Viktor, por su parte, apoyó ambas manos en la mesa y se inclinó hacia adelante.
—Nuestra Rusia ha sido invadida por los Acadios. —Con sus palabras, parecía estar rogándole a todos que despertaran, que asimilaran los hechos y se pusieran de pie para luchar. Viktor era un diplomático muy hábil, y con sus palabras, apelaba a la unidad de Rusia, buscaba evitar que algún otro señor le diera la espalda y se encerrara en su castillo.
— ¡¿Cómo es eso posible?! —Dimitri Nikiforov fue el primero en reaccionar. Se había puesto de pie, con la mano firmemente apoyada en la espada que colgaba a un lado de su cuerpo. Tenía el rostro desencajado por la incertidumbre y la desesperación que de repente se habían apoderado de él, y los largos cabellos castaños le caían sobre la cara. Era la antítesis de su padre, con su rostro estoico y apariencia aguerrida.
—Siéntate —siseó el tío del rey, cogiendo a su hijo del brazo.
—Mi hermano Mikhaíl ha sido incapaz de soportar el asedio de las fuerzas acadias —le informó Georgi Popovich—. La carta que recibí, estaba escrita por él, y dirigida a su Majestad.
Georgi era el señor de Astrakán, un castillo a orillas del mar Caspio que desplegaba su dominio sobre las fértiles tierras del sur de la cuenca del río Volga.
—Una clara provocación. Leroy no quiere luchar contra Lord Popovich, quiere enfrentarse a mí. Enviaron ellos mismos un mensajero a caballo, dice que tardó veinte días en llegar aquí. El hombre no ha tenido ni siquiera tiempo de recuperar el aliento, porque lo envié de nuevo con una respuesta —concluyó Viktor—. Habrá guerra, debemos contraatacar cuanto antes.
—¿Cuánto antes? —cuestionó un hombre, de pie en el fondo de la sala. Su voz era grave y profunda, y parecía estar enfadado—. ¿Y cuándo es eso? Hemos estado aquí por un mes, sin hacer nada, ¡podríamos haber evitado la caída de Astrakán!
—Hemos perdido el factor sorpresa —se lamentó otro.
—Y nada nos garantiza que los demás castillos sureños puedan caer también. Dejé tan solo a mi castellano y a mi hijo de doce años a cargo de mi ejército, el cual supongo que su Majestad me hará trasladar hasta aquí, quedando mi fortaleza completamente desprotegida. —Un señor sureño, grueso y corpulento, se puso de pie para despotricar contra el Rey.
«Y tú no les habrías sido de mucha ayuda estando allí, gordo», pensó Yuri con una sonrisa torcida formándose en sus labios.
—¡Silencio! —pidió el joven monarca, manteniéndose firme. Solo su hermano menor podía darse cuenta que estaba al borde de perder los estribos. Viktor podía tener muchos dones en la diplomacia, pero aquella era la primera vez que, como rey, se enfrentaba a una situación similar—. No sirve de nada responder ciegamente al ataque. Debemos organizar una defensa firme y razonable. Muchos de los aquí presentes han traído ya parte de sus ejércitos, pero ahora, necesitaré que los llamen a todos. Se les permitirá mantener una pequeña guarnición en sus castillos, para protegerlos; especialmente, los castillos situados en torno al Volga y el Don —Hizo una pausa, y su mirada se posó entonces en Otabek—. Contamos también con veinte mil jinetes kazajos.
La mirada de Yuri viajó desde Viktor hacia Otabek, que lucía la expresión estoica de siempre, pero presionaba su puño cerrado contra sus labios. Quiso apoyar su mano en su hombro para decirle que todo estaría bien, que los ejércitos de su padre llegarían pronto.
—Un mes es demasiado, demasiado tiempo... —murmuró Otabek con voz apenas audible.
—Cállate... —le respondió Yuri, igual de bajo.
—¡No podemos contar con ellos si aún no están aquí, su Majestad! —Kirill Drugov, un poderoso señor del sur, se puso de pie bruscamente. Los sureños estaban aterrados, y con mucha razón—. Nadie puede asegurarte que no se hayan dado la vuelta apenas su príncipe se separó de ellos.
—Lo mataré... —Yuri apretó los puños contra la mesa, luciendo mucho más alterado que su amigo.
—Yuri, detente. —Fue Otabek quién lo sostuvo del hombro, presionando suavemente para evitar que el muchacho se pusiera de pie.
Poco le importó la insistencia con la que Otabek lo sujetaba. Haciendo uso de toda su fuerza, Yuri se sacudió su agarre del hombro y se puso de pie con violencia, provocando que las conversaciones por lo bajo cesaran en todo el salón, y todas las miradas se clavaran en él.
—¿Estás insinuando acaso, que los Altin tienen intenciones de traicionarnos? ¡Pues estás mal! —escupió, lleno de furia y amargura.
Allí estaba Yuri Plisetsky en todo su esplendor, dispuesto a golpear a un hombre que le doblaba la edad para defender el honor de su mejor amigo; honor que, por cierto, no había perdido. Sin embargo, a Yuri lo llenaba de rabia el simple hecho de que alguien pudiese atreverse a dudar de la lealtad de Otabek, aquel en el que más confiaba en el mundo.
—Calma, niñato. —Lord Drugov no estaba dispuesto a pasar aquella ofensa por alto, y no parecía importarle en lo más mínimo que el chiquillo al que se enfrentaba fuera el hermano del Rey—. Solo estaba diciendo... que yo no veo aquí ningún ejército kazajo, solo a su príncipe, que fácilmente pudo haber sido enviado por su padre como una falsa promesa.
—¡Pero eso no es así! —El muchacho parecía estar a punto de saltarle a la yugular al gran señor. Con sumo cuidado, Otabek se ocupó de quitarle el puñal que llevaba colgado del cinto, y que por casualidades del destino, aún no había recordado—. ¿Acaso en tus tierras, un padre traiciona la lealtad de su hijo? Los kazajos tienen los mejores jinetes del mundo, y están en camino. En un mes, estarán aquí, ¡y tendrás que tragarte cada una de tus putas palabras! —bramó. Estaba claramente alterado por la situación misma en la que se encontraba su reino, y por eso, era mucho más fácil sacarlo de sus casillas.
—Oh, pero esto está por ponerse muy interesante... —Una voz tan conocida para Yuri como odiosa se alzó desde la mesa que estaba detrás de él—. ¿Eres capaz de hacer el ridículo con tal de defender a esos salvajes encubiertos?
Se dio la vuelta para encontrarse con la expresión de burla de Boris Rozakov, y solo le bastó ver como arqueaba una de sus pobladas cejas para estallar en un nuevo brote de ira.
—¡Tú cállate, rata inmunda!
—Sus ejércitos son tan poderosos como desorganizados. No se puede confiar en ellos —concluyó el mayor, cruzando sus brazos sobre el pecho.
Si de algo estaba seguro, era de que aquellas no eran las verdaderas convicciones de Boris. Este era un hombre competitivo, muy inmaduro y vengativo, que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de enfrentarse al hermano pequeño del rey.
— ¡Ya basta! —La voz alta y clara de Viktor se impuso por sobre las de todos los demás, y una vez más, el bullicio de fue apagando tras el grito del rey—. Yuri, si dices una palabra más, me veré obligado a sacarte del salón.
Apenas escuchó la sentencia de su hermano, Yuri giró a verlo y, tras hacer contacto visual con él, se desplomó sobre la silla nuevamente, apoyando los codos en la mesa. Tuvo que pasar por la humillación de tragarse sus palabras, masticarlas con amargura, porque desde luego, mucho más embarazoso sería ser expulsado de la reunión.
—Lord Drugov, Boris... los castigos para la desobediencia son severos. Por favor, mantengamos el orden al discutir un asunto tan delicado. —No era un pedido, sino una orden por parte del Rey.
—Yo solo estaba preocupado... —empezó Drugov—, ¿Qué cree que debamos hacer, Majestad? ¿Cuál debe ser nuestra primera maniobra?
—Esperaremos a que lleguen los ejércitos del rey Erasyl; confío plenamente en la palabra de su hijo. —Al decir esto, Viktor buscó deliberadamente la mirada de su hermano, y este le devolvió el gesto asintiendo con la cabeza. Viktor confiaba tan plenamente en los Altin, porque su hermano lo hacía en primer lugar. Las promesas de Yuri eran valiosas para Viktor—. Esperaremos también los refuerzos de cada uno de sus castillos, mis señores. Los castillos más cercanos a Moskva y Astrakán, deberán cooperar con todas las tropas que les sean posibles, ya sea presentándose aquí, o resistiendo en el Sur.
—Su Majestad —le llamó Radoslav Nikiforov cuando tuvo la oportunidad, tras la pausa de Viktor—. Lo asistiré con todas mis tropas, sin importar que Nóvgorod quede muy por fuera de esas dos áreas. Pero por favor, permítame mantener a una guarnición que cuide mi castillo de cualquier invasor, por si los acadios deciden atacar por el norte mientras grueso de nuestras tropas se encuentren en el Sur. No sabemos a cuántos de sus hombres llevarán al campo de batalla.
—Agradezco su cooperación, Lord Nikiforov, tío... —Viktor parecía ya más aliviado, a medida que las voces en el salón se iban apaciguando hasta volver a ser murmullos y susurros por lo bajo—. Señores, deberían de saber también... que los hombres más poderosos del Este no están dispuestos a prestarme sus armas esta vez. Nos han traicionado.
Los ojos claros de Viktor volvieron a detenerse en los de su hermano al revelar, por fin, la noticia que ambos habían estado guardándose durante un mes entero.
— ¡Lo sabía! Tal vez, pronto llegue mi oportunidad de clavar unas cuantas cabezas permias en picas, para decorar los muros de mi castillo. —El hombre que hablaba era Anatoly Shvernik, señor de Kírov. Era uno de los pocos señores del Este allí presentes, y el único medianamente poderoso. Su rivalidad con los Orlov de Perm era más antigua que la Rusia misma.
El rey pareció no haber escuchado al sanguinario Shvernik.
—Ahora bien... necesito un nuevo jefe de druzhina. —Con los agitados días que se habían vivido desde su coronación, Viktor no había tenido tiempo de nombrar a alguien oficialmente al frente de sus ejércitos personales.
El silencio volvió a reinar en la sala, cuando todos mantuvieron la calma al ser escudriñados, uno a uno, por el rey. Si bien el líder formal de la druzhina era el propio rey, era el líder efectivo quién se ocupaba de los asuntos de la guerra y dirigía a aquel grupo de unos trescientos hombres en la batalla. El rey, a su vez, debía dirigir tanto a su druzhina como al resto de los ejércitos que estuviesen dispuestos a seguirlo en la batalla. Vsevolod era el nombre del líder de la druzhina de su abuelo, que sustituyó a Yakov cuando este abandonó el puesto para convertirse en maestro de armas y castellano, una posición menos demandante para sus huesos cansados. El nuevo líder rozaba los cincuenta años, y si bien se mantenía fuerte aún, era demasiado viejo para servir a un rey joven e intrépido como lo era Viktor. Este necesitaba un hombre igual de fuerte, que fuera de su confianza.
—Boris Petrovich Rozakov —pronunció finalmente Viktor—. Aquí y ahora, te nombro comandante de la druzhina real.
Todos los allí presentes sabían que el veredicto del Rey era indiscutible, por lo que se mantuvieron en silencio. El elegido se puso de pie, con la expresión transformada por la sorpresa y alegría de haber obtenido tal reconocimiento por parte de su rey y amigo. Sin embargo, mientras todos observaban al afortunado que se acercaba al rey para arrodillarse, con espada en mano, el hermano del rey ardía en su propia rabia.
—Nunca pensé que Viktor pudiese llegar a ser tan idiota. —Por lo bajo, compartía esas palabras con su amigo Otabek, que era también de los pocos que parecían no estar conformes con la decisión del rey. Yuri oyó que Otabek soltaba un suspiro pesado, mostrando su exasperación y su impotencia, porque poco podía hacer desde su lugar de príncipe extranjero. No obstante, se notaba a leguas que Boris le caía tan mal como a Yuri—. No puedo creerlo, ¡mira como despliega la falsa humildad ese imbécil! —vociferó el más joven.
—Su Majestad —empezó Boris, con evidente nerviosismo en sus palabras—, yo... me siento muy honrado, y estaré encantado de servirle. —Desenvainó la espada a los pies de su rey y frente a los ojos de todos los fieles señores vasallos de este, entre los que se encontraba su hermano mayor. Repitió el juramento que le había hecho el día de su coronación, pero ahora como el más fiel de sus hombres—. Guiaré a la druzhina real en el campo de batalla, y le daré mi consejo en tiempos de guerra, y también en tiempos de paz.
—Levántate, Boris Petrovich —respondió Viktor, haciendo contacto visual con su amigo.
Era innegable que la familia Rozakov era muy leal a la corona; no solo Lord Vasily sino también sus hermanos menores, pero para Yuri eso difícilmente podía ser valioso si consideraba a Boris el idiota más grande que pudo haberse cruzado por su camino.
«Pero Viktor confía en él —pensó—. Así como yo confío en Otabek, pero... ¡mierda! Beka no está ni cerca de parecerse a Boris.»
—Que esta ofensa no sea una humillación para el pueblo de los rusos —proclamó Viktor, poniéndose también de pie y alzando su brazo—. Esta tierra es nuestro hogar, desde la desembocadura del Volga hasta Nóvgorod, y desde Pskov hasta los Montes Urales. ¡Ningún rey extranjero va a arrebatarnos nuestro hogar! Rusia es fuerte, ¡y más fuerte aún si nos mantenemos unidos como un solo pueblo!
Uno a uno, los hombres que rodeaban a Yuri empezaron a ponerse de pie. Algunos de ellos desenvainaban sus espadas en muestra de apoyo a su rey, otros gritaban frases como: "¡Viva el Rey, viva Rusia!". Yuri no se movió en ningún momento, intentando ignorar el bullicio, y Otabek, se mantuvo a su lado, en completo silencio.
—No puedo creerlo —repitió Yuri por lo bajo. La furia se estaba ya disipando, para dar paso a una profunda decepción.
—Tampoco yo —respondió Otabek—. ¿Crees que podría haberte elegido a ti?
—Por supuesto. Soy su hermano, ¿quién más leal que un hermano? —Estaban todos tan perdidos en el entusiasmo del ambiente, que nadie reparó en los dos muchachos que se quejaban muy por lo bajo.
—Tal vez, crea que aún no estás listo. O no quiera ponerte en peligro. —Otabek intentaba buscar algo de racionalidad al asunto—. Como un hermano mayor, yo no dejaría que Alia se enfrentara a ningún peligro.
—Pero yo no soy una niña, Otabek —le recordó Yuri con desdén.
—Mi hermana dice eso mismo, todo el tiempo; y arruga la nariz, así como tú haces —respondió divertido el otro, esbozando una sonrisa tenue.
Cuando Yuri se disponía a responderle con una burla o comentario irónico, se vio interrumpido por la esbelta figura de su hermano, que pasó a su lado con total descaro. En un arranque de furia, el chico golpeó su puño contra la mesa y se puso de pie, apenas evitando tropezarse con la banca de madera. No esperó a que su amigo lo siguiera, sino que aceleró el paso hasta la salida, rodeado de los demás hombres que salían de la habitación y se dispersaban por el ancho pasillo.
Un jadeo escapó de sus labios en el momento en que su puño atrapó el jubón de lana de Viktor. El otro se volteó de inmediato, abriendo muy grandes sus ojos azules al encontrarlo detrás suyo, ceñudo y malhumorado.
—Yuri —dijo con una sonrisa angelical, de esas con las que a Yuri le daban aún más ganas de partirle la cara cuando estaba enfadado—. ¿Qué necesitas?
—¡¿Es en serio, Viktor?! ¿En serio lo preguntas? —estalló, soltándole la ropa para volver a sujetarlo, pero de frente—. De todos los que pudiste haber elegido, ¿elijes a ese grandísimo imbécil de Boris? ¡Eres un idiota! —le soltó en la cara, sin ningún tipo de recato.
—Calma, Yuri. —Viktor presionó una mano contra su pecho e intentó alejarlo de él, lo que le resultó un poco difícil. A veces, le costaba admitir que su hermano pequeño estaba creciendo, y que pronto sería tan fuerte como él—. Es muy bueno con la espada y...
— ¿En serio? —Yuri sonrió, una sonrisa cargada de sarcasmo y amargura—. ¡Lo derroté incontables veces ya! Dime, Viktor, ¿por qué él? ¿Por qué él y no yo?
Para ese momento, Otabek ya había alcanzado a Yuri, moviéndose entre los demás señores con el debido respeto, sin apresurarse para alcanzar al joven rubio. Viktor, aún sin ceder ante la presión que ejercía el cuerpo de Yuri, sonrió de lado.
—Oh, con qué era eso, entonces. —Llevó su mano libre al hombro del chico, para sujetarlo mejor—. Es simple, Yuri. Él tiene diez años más que tú, sirvió como escudero en la última batalla contra Acadia, y ha sofocado unas cuantas rebeliones en las tierras de su hermano. Tiene más experiencia que tú, sin importar cuantas veces hayas podido ganarle en una pelea de salón. —Sus palabras eran claras y sinceras, y a decir verdad, Yuri no tenía muchos argumentos para contradecirlo—. Tampoco podrías ser tú el jefe de la druzhina en lo formal. En primer lugar, porque no eres caballero, y tampoco parte de la druzhina. Lo siento, Yuri.
— ¿Me dejarás, por lo menos, servir en ella en esta guerra? Te probaré que soy digno de pelear junto con tus hombres, Viktor. Luego, cuando sea un poco mayor, tal vez en... dos años, tendrás que elegirme como comandante. —Parecía un buen trato, a pesar de que no le gustaba ni un poco tener que someterse a la autoridad de Boris.
Apenas terminó de hablar, se hizo el silencio en el pasillo. La mayoría de los hombres se habían retirado ya, y los pocos que se detenían a observar, seguían su camino apenas corroboraban que tan solo se trataba de una disputa fraternal.
Viktor ya no sonreía, sus labios estaban curvados en una pequeña mueca. Intercambió una fugaz mirada con Otabek, y terminó por soltar a Yuri, que ya había perdido toda su fuerza, al estar más interesado en lo que su hermano estaba por decirle.
—No sé de qué hablas, Yuri —empezó, en voz baja y tranquila—. Tú... no vendrás con nosotros.
— ¿Qué? —Sus labios reaccionaron mucho antes que su mente, emitiendo un sonido apenas audible.
El corazón de Yuri dio un vuelco al escuchar esas breves pero significativas palabras. Todo lo que tenía pensado decirle, para persuadirlo, se le atascó en la garganta; no tenía sentido discutir sobre la posición que ocuparía en el ejército, si ni siquiera existía la posibilidad de ir a la guerra.
No vendrás con nosotros. En su cabeza, reproducía una y otra vez esas palabras, intentando convencerse de que había oído mal, de que estaba siendo preso de la locura.
—Yuri, lo siento... pero no puedo permitir que te expongas a tales peligros. Eres muy joven aún... —empezó Viktor—. Y no es solo esa la razón...
— ¡No quiero saberla! ¡Ya he oído suficiente! —Volvía a mostrarse alterado, con la desesperación y la rabia impregnando su alma, y también cada uno de sus gritos.
—Eres mi único hermano, Yuri. Un miembro de la familia debe quedarse en el castillo, siempre... —intentaba explicarle, de la forma más calmada posible—. Si algo llegara a sucederme a mí, Andréi deberá tomar mi lugar con tan solo siete años. Necesitará un regente. —Lo miró a los ojos, con la sinceridad escrita en su pálido rostro—. Nosotros dos somos los pilares de la familia ahora mismo... no podemos marchar juntos a la guerra; por favor, entiéndelo.
Nada tenía más sentido que ese razonamiento. Si tanto Viktor como Yuri morían en la batalla, el reino quedaría en manos de una mujer extranjera y un niño pequeño, que tardaría unos siete años más en alcanzar una edad en la que pudiera hacerse cargo de los asuntos de Rusia.
—Otabek es el único heredero de su padre, y sin embargo, lo ha enviado. ¡Es nuestro deber real, Viktor! ¡De todos nosotros! —espetó Yuri en medio de su desesperación.
—Es mi deber como rey, y el del príncipe Otabek como enviado de su padre... Tu deber, Yuri, es hacer lo que yo te pida. No te necesito en el campo de batalla, te necesito aquí, cuidando de mi familia y ocupándote de mis asuntos durante mi ausencia.
—No quiero ocuparme de tus asuntos, quiero servir a Rusia en el campo de batalla, la única arena que importa —le pidió. Lo sujetó de nuevo, por los hombros, obligándole a mirarle a los ojos.
—Si es eso lo que crees, entonces tal vez no estés listo para participar en una guerra. —Viktor le dedicó una última sonrisa—. Deberías dejar de pensar únicamente en tu felicidad, Yuri. Te dije que necesitaba a alguien que le fuera más fiel que nadie a nuestra familia, y ese eres tú. Te quedarás aquí, como regente del reino, hasta mi regreso.
— ¡No me importa lo que tú necesites!
—Como tu hermano, entiendo que no te importe; pero como tu rey, la situación es muy distinta —le espetó con tono firme y final.
Sin esperar otra respuesta de su hermano, el rey se dio media vuelta y se alejó del lugar.
Yuri siempre había considerado tentadora la posibilidad de convertirse en regente temporal en la ausencia de su hermano, actuando como su más leal dignatario. Sin embargo, al enfrentarse por fin a tal tarea, le parecía decepcionante. No le importaba cuanto poder pudiese llegar a tener por esos meses, si no sabía cómo utilizarlo correctamente. Tampoco habría pensado jamás que su hermano pudiese llegar a tomar la decisión de partir a la guerra y dejarlo a él allí, perdiéndose de lo más emocionante. Era lo contrario a lo que debía ser.
—Maldito seas, Viktor... —masculló por lo bajo, descargando su ira en la forma en que miraba a Viktor, que de repente, se convirtió en el culpable de todos sus males.
Una mano se posó en su hombro, y no necesitó voltearse a mirar para saber que se trataba de Otabek.
—¿Qué opinas al respecto? ¿Por qué no dijiste nada en mi favor? —le reprochó Yuri.
—Porque, tal vez, él tenga razón... —Habló muy bajo, casi un murmullo. Para esas alturas, el moreno debía de saber que el carácter de Yuri era algo que no podía tomarse a la ligera.
—¿Acaso tú también vas a traicionarme, Otabek? —Se cruzó de brazos—. ¡Pensé que eras mi amigo!
—Y lo soy. —Al ver que allí estaban solo ellos dos, se tomó la libertad de estrujar su hombro y acariciarlo con cariño—. Es por eso que creo que no debes exponerte a tales riesgos, si nunca antes has estado en una batalla.
Yuri se sacudió la mano de Otabek con brusquedad.
—Tú tampoco has estado jamás en una batalla, ¡tienes solo dos años más que yo! ¿Cuál es la diferencia?
A esas alturas, se encontraba incapaz de disimular su decepción, y eso era notable en la forma en que las palabras salían de sus labios: débiles y quebradas. Podía haber llegado a esperar aquella reacción por parte de Viktor, pero no de Otabek, su amigo, su compañero, aquel que conocía su forma de pelear mejor que nadie. La frustración, a la que no podía dar rienda suelta en forma de caprichos, tomó la forma de un nudo en su garganta.
—Yuri, tú sabes por qué mi padre no ha podido responder con su propia espada —le dijo Otabek. Era evidente que le costaba hablar de eso en voz alta, porque le era muy difícil aceptarlo—. Yo no estaré solo dirigiendo al ejército de mi padre. Me acompañarán hombres de confianza muy experimentados. Los jinetes obedecerán a ellos, no a mí.
—Pero aun así, irás a la batalla. Yo ya no soy un niño que necesita protección, Otabek.
—Créeme, Yuri, que eso lo sé muy bien.
—¿Entonces? ¿Por qué no cuestionaste a mi hermano?
—Porque su petición me pareció muy razonable —respondió—. Y por mi parte, jamás me perdonaría a mí mismo si tú... si a ti... te sucede algo en el campo de batalla.
Quiso responderle que él tampoco se perdonaría, y que se sentía incapaz de quedarse al resguardo de los muros del castillo mientras Otabek iba a enfrentarse cara a cara con la muerte. Pero le ganó el orgullo, aquel que tan fácilmente podía dominarlo. Más que asustado por el destino de su amigo, Yuri se sentía traicionado por este, por la persona en la que más confiaba en el mundo luego de la muerte de su abuelo.
—¿Sabes por qué conecté tan rápido contigo, Otabek? —empezó Yuri con la voz gélida de un joven desencantado—. Porque desde que tengo memoria, soy el niñito de la familia. Todos, sin excepción, me han tratado como pequeño hasta el día de hoy. Y no sabes cuánto lo aborrezco, no tienes idea. Fuiste tú el primero en verme de forma distinta, no ya como un cachorro de ser humano, sino como un rival digno, alguien a quién podías enseñar, pero de quién a su vez podías aprender. ¿Acaso sabes, lo valioso que resultó eso para mí? —preguntó—. No, desde luego que no; y si parecías hacerlo, acabas de dejar caer la máscara.
Otabek siempre se había mostrado muy dispuesto a entrenar con él y a decirle lo fuerte que era; sin embargo, en ese momento, no estaba haciendo más que revelarle lo que de verdad pensaba. No confiaba en él, porque no era lo suficiente mayor aún, y su cuerpo estaba lejos de asemejarse al de un gran guerrero. Su amigo pensaba que no era lo suficientemente fuerte para defender a su reino.
—Yuri...
—Te deseo suerte en la batalla, Otabek.
No esperó su respuesta, porque no la necesitaba. Giró sobre sí mismo y se alejó por el pasillo, con los puños apretados y los pies pisando demasiado fuerte. La mandíbula estaba tan tensa y apretada, que muy probablemente, al día siguiente, su enojo se manifestaría en un fuerte dolor.
Jamás fue de aquellos que se rendían fácilmente, y mucho menos de los que obedecían sin chistar a todas las ordenes de sus mayores. Atravesó el patio de armas hecho una furia, ignorando las miradas curiosas de criados y cortesanos. Los detestaba a todos por igual.
El amplísimo patio principal estaba repleto de gente durante todas las escasas horas de luz que tenían los días invernales. Tanto mercaderes como hombres de pueblo que transportaban la mercadería, se quedaban mirando a cada uno de los nobles que pasaban frente a sus ojos. Yuri apuraba el paso, porque detestaba sentirse observado, más aún cuando era consciente de que su identidad era demasiado fácil de adivinar.
Detuvo su andar en el otro extremo del patio, cerca de la puerta exterior, que conectaba con el puente de piedra: la única entrada al castillo. Había allí una serie de casitas diminutas adosadas al lado interior de la muralla; todas con puertas pequeñas, techos bajos, y apariencia de depósitos. Eran las viviendas de los sirvientes de mayor jerarquía, como Yakov, castellano y maestro de armas del castillo real de Moskva.
—¡Ábreme la puerta! —reclamó el muchachito, apenas empezó a insistir con los golpes. Estaba en busca del hombre que le enseñó a manejar una espada, quién fue su guía por muchos años antes de que tuviera que resignarse a practicar por su cuenta.
—¡Yuri! ¡¿Dónde están tus modales?! —estalló Yakov, desde adentro, incluso antes de abrir la puerta—. Que rápido parecer haber olvidado todo lo que Lilia te ha enseñado...
El joven hizo una mueca e, instintivamente, dio un paso atrás cuando la puerta se abrió. Si Yakov era aterrador, Lilia era escalofriante cuando se enfadaba con él. Eran marido y mujer, pero se la pasaban todo el día echándose pestes el uno al otro. En ellos, Yuri encontraba la prueba de que un matrimonio por amor, también estaba destinado a fallar.
«Dicen que el tiempo lo cura todo —pensaba, demasiado frecuentemente—, pero más bien, parece terminar por arruinar todo.»
—Buenos días, Yakov —le dijo muy serio, escudriñado al anciano con aquellos ojos en los que ardía aún el fuego verde de la ira.
Yakov Feltsman tenía casi la misma edad que Nikolai. Su porte corpulento y su constante mal carácter le daban un aspecto amedrentador, lo que quedaba confirmado por una amplia reputación de hombre autoritario. Sin embargo, era bien sabido que el rey Nikolai le había tenido una gran estima durante su vida; y por el hecho de que no tenía ningún problema en poner a los jóvenes príncipes en su lugar, lo escogió como el hombre más apto para encargarse de la educación militar de sus nietos.
—¿Qué es lo que quiere, Alteza? —El anciano no se caracterizaba por ser un hombre simpático, pero su lealtad y honradez eran inigualables. Hizo un gesto con la mano al príncipe, que no necesitó una confirmación para ingresar de lleno en la vivienda ajena. Después de todo, esta se encontraba dentro de su castillo.
Si se miraba desde afuera, la casita era minúscula; pero por dentro, estaba tan primorosamente ordenada —por la mano de Lilia—, que parecía un tanto más espaciosa de lo que en verdad era. Ante la falta de hogar, las paredes de piedra estaban cubiertas por pesados tapices de lana; todos ellos muy feos, sencillos. Solo uno estaba bordado con detalle, y era un regalo de la hija mayor de la pareja, poco antes de dejar a sus padres para casarse con un prestigioso herrero de la ciudad.
—Busco tu sabio consejo, Yakov —le dijo, con un tono que podía sonar como sarcasmo, pero que en realidad no lo era.
—¿Consejo? ¿Para qué, Yuri? —Dentro de la casa, Yakov se tomaba la libertad de tratar a su príncipe como al hijo que no tenía, o que tuvo por tan solo diez años, antes de que muriera.
Mientras pensaba su respuesta, la mirada inquieta de Yuri vagaba de un lado a otro en la pequeña habitación. Dado que la casita contaba con tan solo dos cuartos, asumió que Lilia no estaba allí en el momento. Terminó por arrojar su delgado cuerpo sobre una de las dos sillas que había allí, y le dedicó a Yakov una larga mirada.
—Viktor me ha prohibido acompañarlo a la batalla —soltó, sin tapujos, dejando ir una parte de su ira en aquellas palabras envenenadas.
— ¡¿Qué?! ¿Qué batalla? —se alarmó el hombre, llevándose una mano a la cabeza.
«Por supuesto. No lo sabe.»
—Acadia nos ha invadido. Tomaron ya el castillo de Astrakán, porque quieren apoderarse del sur. —Su cuerpo se hundió en la silla, al tiempo que torcía su boca en una mueca cargada de molestia.
—¡Demonios Yuri! ¿Y lo dices así? ¿Tan calmado? —Yakov tomó asiento en la silla que quedaba, frente a la mesa—. ¿Y qué piensa hacer Vitya? —No tenía reparos en referirse al rey como cuando este era un niño pequeño.
—No es ese el problema, ¡no es ese el problema! —se apresuró a responder Yuri, alzando ambas palmas en un intento desesperado por desviar la atención—. No lo... no lo ha decidido aún; pero independientemente de cuales sean sus planes, yo no estoy incluido en ellos. ¿Puedes creerlo? ¡Su propio hermano! —se quejó.
—¿Cree que deberías quedarte aquí? —aventuró el viejo.
—Quiere que me quede cuidando su castillo y su familia, pudriéndome aquí como si tuviera sesenta años, ¿Qué no puede el castellano hacer eso? —Hizo un gesto con su mano hacia Yakov.
—Bueno, sí.
—Eso no es todo... él... Viktor cree que yo no estoy listo, que estoy demasiado verde para la batalla. —Sin duda alguna, era eso lo que más le molestaba de la decisión de Viktor, y la aprobación que Otabek había mostrado ya por esta—. Mi amigo Otabek está de acuerdo. —Hasta dolía tener que admitirlo, porque para Yuri, alguien que lo subestimara de esa forma, no podía ser amigo suyo.
—Creo que ambos son muy sensatos —respondió Yakov con dureza.
Una vez más, en aquel fatídico día, Yuri se sintió traicionado. Otra vez, era subestimado por una persona que conocía bien su potencial; y eso era demasiado dañino para su orgullo herido. Sentía como si hubiese vivido en una mentira durante toda su vida, una mentira orquestada por todos aquellos que lo habían ayudado a desarrollar sus habilidades, pero que cuando por fin le llegaba el momento de usarla, lo protegían tanto que terminaban por sofocarlo.
—¿Crees que subestimarme es sensato? —preguntó Yuri. Se le notaba que estaba haciendo el mayor esfuerzo posible por no levantar la voz e iniciar un griterío infantil que poco lo ayudaría a conseguir lo que quería; y mucho menos con el señor Yakov, de quién esperaba que hiciera entrar en razón a su hermano.
—Tienes potencial, no voy a negarlo, pero sin experiencia, no hay forma que puedas ir a la guerra junto a tu hermano. Necesitas entrenar más, y tienes aún muchos errores en el manejo de la espada. No te enaltezcas; ese es el mejor consejo que te puedo dar. —Se cruzó de brazos, y ese simple gesto, unido a las palabras que acababa de pronunciar, fueron suficientes para desatar la rabia de Yuri.
—¡Son nimiedades! —estalló el chico, dando una fuerte patada sobre el duro suelo de piedra—. Viktor nombró a Boris como comandante de su druzhina; Boris, que además de ser mediocre con la espada, ¡es idiota!
—Pero ha estado en más batallas que tú. —Al parecer, todos se habían puesto de acuerdo para decirle lo mismo; y fastidiarlo más.
—¡Y a mí que me importa! —exclamó—. Espero que lo maten en batalla —masculló con los labios apretados, un gesto muy característico de él, que delataba su enojo.
La declaración del joven pareció sorprender a Yakov, que en lugar de gritarle que cerrara la boca, lo miró largamente, buscando apabullarlo con su mirada severa; hacerlo cambiar de opinión.
—La arrogancia es un pésimo atributo, Yuri Aleksiévich; y tú siempre has sido muy arrogante. —Antes de que Yuri tuviese tiempo de saltarle encima, Yakov continuó—. Crees que puedes tomar migajas de lo que aprendes, de lo que te enseñan, y lanzarte al mundo usándolas como una muy endeble coraza. Todos los jovencitos nobles son iguales —se lamentó el hombre—, tu hermano Viktor se comportaba de manera muy similar cuando tenía tu edad.
«Excepto Otabek —pensó Yuri casi con odio—. Otabek es asombroso en todo lo que hace, y aun así, tiene toda la modestia y el altruismo de un hombre adulto». No iba a negar que a veces, deseara parecerse más a su amigo.
Dejó escapar un bufido exasperado de sus labios apretados. Por mucho que ansiara ser tratado como un hombre, aún caía en rabietas infantiles cuando algo no salía como él esperaba.
—Entonces, ¿no puedo contar contigo? —cuestionó, intentando sacar una conclusión de todo ese sermón.
—Siempre podrás contar conmigo. Te ayudaré a gobernar el castillo de tu hermano durante el tiempo que dure su ausencia —le prometió—. Serás un buen regente, estoy seguro de eso.
Su voz esperanzadora, y extrañamente calma, provocó que Yuri se pusiera de pie de un salto. Que dejara de gritarle como solía hacerlo siempre, significaba que ya había tomado una decisión inamovible, y que estaba muy conforme con esta.
—¿Seré un buen regente pero no un buen guerrero? ¡Vete al diablo, Yakov! —Había un gracioso contraste entre sus griteríos de niño y su voz de hombre joven—. No le veo el sentido a permanecer más tiempo aquí.
Salió de la casita dando zancadas enfurecidas, soltando aire por la nariz y la boca, para evitar golpear al primero que se cruzara en su camino. No pudo contenerse. Para fortuna de algún pobre desdichado, lo primero que apareció frente a sus pies fue una cubeta de metal cargada de agua sucia. Su bota impactó de lleno contra la superficie, haciendo que tanto el recipiente como el agua, volaran por los aires con una violencia descomunal.
—¡Oiga! —Escuchó que lo llamaba alguien, tal vez algún criado con el suficiente carácter como para hablarle así a su príncipe.
No le apetecía escuchar más sermones, menos aún si venían de la servidumbre. Echó a correr lo más rápido que le permitieron sus piernas, en dirección a las escaleras de piedra que llevaban a las dependencias privadas de la familia real. Cada uno de sus pasos fuertes resonó contra el suelo del estrecho pasillo e hizo eco en las paredes.
El final del pasillo revelaba la entrada interior de la torre del Rey, la más ancha y alta de las cinco torres que constituían el recinto interior del castillo. Albergaba habitaciones de una funcionalidad de lo más diversa, como lo eran las mazmorras en el subsuelo, la herrería real en la planta baja; y la sala de audiencias y aposentos del rey en los dos últimos pisos. Siempre se preguntaba, cuán perverso tuvo que haber sido el Rey que construyó ese castillo para ubicar las mazmorras tres pisos debajo de su recámara, donde pudiese afirmar su indiscutible superioridad sobre sus nobles prisioneros, o traidores. Sin embargo, ningún rey tuvo la idea de cambiar eso, porque todos concordaban que a alguien tan importante como Su Majestad le correspondía la mayor de las torres. Fue un monarca más reciente quién tuvo la brillante idea de mandar a construir una segunda puerta en la habitación real, para conectar esta torre con la que actualmente albergaba la habitación de Yuri.
«Mucha reforma, mucha importancia; pero a nadie se le ocurre limpiar correctamente este lugar.»
Las escaleras estrechas que recorrían la torre de abajo a arriba olían a encierro, y la oscuridad no hacía más que perpetuar esa imagen. Solo había allí dos ventanas, que correspondían a las importantes habitaciones de los dos últimos pisos; los demás recintos estaban iluminados por la escasa luz que entraba por las delgadas saeteras.
Yuri se abrió camino hacia la cima entre maldiciones y gruñidos, pero con un impetuoso afán por llegar lo más pronto posible. Supo que había dejado atrás el último tramo de escaleras cuando el viento frío y los tímidos rayos de sol le dieron la bienvenida. Salió de la pequeña estructura de piedra para encontrarse de pie en medio del extenso patio que la torre tenía en su cima.
Allí arriba, el viento soplaba con más fuerza que en la base, lo que lo obligó a caminar con cuidado hasta el borde, donde se aferró a una de las gruesas almenas para asomarse por el orificio.
Desde la primera vez que subió allí, no había dejado nunca de maravillarse con el paisaje.
Ante sus ojos, más allá del círculo imperfecto que era la muralla exterior del castillo, se extendía la inmensa llanura arbolada del centro de Rusia, que a medida que pasaban los días, recobraba su verdor primaveral. El serpentino río Moscova, que discurría por detrás del castillo, proveía de agua a toda la región. Mucho más al norte, tan lejos que resultaba apenas imaginable, los bosques se tornaban más densos y oscuros, y las coníferas reemplazaban a los abedules como protagonistas del paisaje.
Deambuló por la torre, y en silencio, se dirigió al otro extremo. Allí, el panorama cambiaba radicalmente. La tranquilidad del paisaje boscoso se veía trastocada por la presencia de un sinnúmero de tiendas de campaña, acantonadas todas en círculos en torno a las de los grandes señores. Los estandartes de colores diversos ondeaban al viento bajo el cielo anaranjado del atardecer. La manera orgullosa y altiva con la que se movían provocaba que el corazón de Yuri latiera con un fervor entusiasta dentro de su pecho. Llevaban allí más de un mes, esperando instrucciones de su rey, aguardando a que llegara el momento de montar sus caballos, desenvainar las espadas y cabalgar hacia el sur a defender a su tierra, su honor, y saciar su sed de sangre y venganza por afrentas pasadas.
Todos irían hacia el sur, excepto Yuri. Él se quedaría a hacer de niñero de Andréi y señor de un castillo al que nadie atacaría. La acción se llevaría a cabo en el sur, en la cuenca del Volga, mientras que a Yuri le tocaba esperar en el castillo por meses como a una esposa.
Incapaz de contener su enfado por mucho más tiempo, tomó una gran bocanada de aire frío, llenando sus pulmones.
—¡Púdrete, Viktor! —Un dramático grito salió de su poderosa garganta y rasgó el silencio del bosque. Tenía los dedos aferrados con fuerza a las almenas de piedra, y el cuerpo levemente inclinado sobre el borde.
Dada la inmensidad del castillo, nadie podía oírlo gritar desde abajo, por lo que aquel era el lugar idóneo para descargar su ira contra el mundo.
Una ira que, a su parecer, estaba más que justificada. Pasó toda su vida aferrado a la firme convicción de que lo único que haría en su vida sería luchar: hasta el cansancio, hasta la locura o hasta la muerte; lo que le llegase primero. Su vida y su muerte sería la batalla, y lo sabía, lo sabía incluso sin haber sido nunca partícipe de una.
Era ese su único deber, al cual había aprendido a amar y esperar lleno de expectativa. Aquel día, su destino se había visto truncado por simple decisión de su hermano.
—Oye, Yuri.
Una voz femenina lo llamó desde la entrada de la torre. Yuri se giró, sujetando su cabello con su mano, para que el viento dejara de molestarle. La chica estaba de pie, sin atreverse a dar un solo paso, por lo menos hasta conocer la reacción de Yuri. El viento le revolvía los cabellos rojizos de un lado a otro, sin que ella se molestara por sujetarlos, y llevaba los hombros cubiertos por un discreto abrigo de piel de marta cibelina.
—¿Qué haces aquí Mila? —cuestionó Yuri, con el rostro transformado por la confusión que le producía la visita de su hermana.
—Te vi subir por la escalera, y te seguí —respondió ella—. Otabek me contó lo sucedido en la gran sala.
—¿Ah sí? —La voz de Yuri era un murmullo apenas audible. Se preguntó si Otabek habría sido imparcial al hablar con su esposa, o si solo se habría limitado a contarle lo que él creía que Yuri debía hacer.
La muchacha asintió con la cabeza.
—¿Y qué? ¿Tú también vas a decirme que todos están en lo correcto, que sólo soy un niño que solo encontrará su muerte allí? Pues eso es lo que dijeron Viktor y Otabek. —Sus palabras eran ásperas, secas; se notaba el profundo rencor que sentía hacia los dos mayores.
—¿Y tú te crees eso? —soltó Mila con voz firme.
—¡No! ¡Por supuesto que no! —Yuri elevó la voz, a pesar de que su hermana ya se hubiese acercado a él.
— ¿Vas a rendirte tan fácilmente? ¿Dónde quedó el chico perseverante y decidido que es mi hermano menor? —le reprochó.
—Sigo siendo yo —le respondió con cautela—. Yo nunca me rindo, Mila. —Su fiereza se hizo presente en el tono de voz, y en la forma instintiva en la que apretó sus puños.
— ¿Entonces qué esperas? ¡Ve y demuéstrales que está cometiendo un error al apartarte de la batalla! —exclamó la joven con desesperación.
El chico alzó ambas palmas e hizo un mohín. Su espalda chocó contra las almenas, pero sus ojos se mantuvieron fijos en su hermana, que lo miraba con vehemente expectativa.
—Espera —musitó Yuri—. ¿Tú no... a ti no te preocupa que yo pueda morir allí? ¿No crees que sea demasiado niño para la batalla? —Si se descuidaba un poco, su hermana podía llegar a decirle —en broma— que no, que no le preocupaba. Luego de la infantil rivalidad que Yuri había desarrollado hacia ella, sin que la muchacha lo supiera, temía a veces que ella descubriera su secreto y terminara por odiarlo también, hasta el punto de querer verlo muerto.
— ¡Por supuesto que me preocupas, Yuri! Eres mi hermanito menor, y mi adoración hacia ti no tiene límites, pero... —A veces, después de un "pero" podía venir alguno bueno—, creo que es tu momento de despegar; de mostrarles a todos tu valía. Eres excelente con la espada, has entrenado desde muy pequeño y les ganas con facilidad a hombres adultos.
Yuri dio un paso atrás y dejó escapar un jadeo de sus labios secos. Todas esas declaraciones eran muy nuevas para él. Desde muy niños, Mila y él habían basado su relación únicamente en fastidiarse entre ellos. En el fondo, sabía que se tenían un profundo respeto y afecto, pero ninguno de los dos parecía querer admitirlo. Sin embargo, Yuri siempre supo que, si eso sucedía, Mila sería la primera de ellos en exteriorizarlo.
—Eso lo sé, pero para Viktor y Otabek no parece ser suficiente. —Masticaba cada una de sus palabras con una amargura atroz.
—Estás enfadado y dolido porque Otabek no confía en tu fuerza, ¿verdad? —La sonrisa de Mila de repente se había desvanecido de su bonito rostro.
Debía de admitir, que su hermana era excelente para entender lo que le pasaba sin que él se lo dijera. Parecía poder descifrarlo todo, a excepción de las cosas que, en el fondo, ella no quería ver por más que estuvieran frente a sus ojos; al igual que todo ser humano. Yuri lo sabía; porque Mila podía ser muchísimas cosas a sus ojos, pero nunca una tonta.
En respuesta, Yuri no tuvo más opción que asentir, darle la razón a su muy observadora hermana. Era humillante tener que aceptarlo, porque desde su más tierna infancia, a Yuri jamás había dejado que personas ajenas influyeran en la imagen que tenía de sí mismo, pero era distinto con Otabek. Era difícil aceptar que la persona en la que depositó su confianza, sus sueños y sus capacidades, no creía en él.
—Tanto él como Viktor, quién tiene la decisión final —le dijo. Mencionar a Viktor era un último intento desesperado por no dejar que saliera a flote la enorme importancia que tenía Otabek para Yuri. Incluso en ese momento, debía cuidarse.
No supo en qué momento Mila se acercó tanto a él, pero de repente, la muchacha lo tenía tomado del brazo con una fuerza casi impropia de una dama. Por supuesto, Mila no era ninguna dama; y Yuri apreciaba muchísimo ese rasgo, por mucho que se quejara al respecto.
—¡No te rindas, Yuri! ¡Ve y demuéstrales a ambos que eres bien capaz de acompañarlos en la batalla! ¡Porque lo eres! —Las cejas de Mila estaban fruncidas en un gesto determinado, mientras que el agarre en su brazo se volvía cada vez más fuerte— ¿O acaso quieres que te recuerde todos los héroes y reyes que hicieron grandes cosas a tu edad? ¿Acaso te crees menos capaz que ellos?
El muchacho se quedó mudo, con el cuerpo tenso. Jamás se había considerado un mal espadachín, pero ni siquiera la enorme confianza que se tenía a sí mismo podía hacer que se sintiera digno de medirse con los héroes que admiraba desde niño. No le correspondía a él decidir eso.
—Siempre puedes presentarte como escudero. A tu edad, ellos suelen participar en grandes batallas —sugirió Mila—. Allí es donde se forjan los grandes caballeros.
—Yo soy un príncipe, no serviré a ningún caballero como escudero, Mila —respondió Yuri de inmediato, con el desdén impregnando su voz.
—Tal vez, puedas aprender incluso un poco de humildad.
Era cuestión de tiempo para que la chica hiciera de las suyas. Después de todo, su actitud no podía ser tan idílica y milagrosa como aparentaba.
—Cállate, Mila —le espetó, antes de hacer una pausa prolongada—. Los pondré en su lugar. A todos. Les mostraré mi valía, y lo mucho que significa para mí pelear en la batalla, por mi honor, por el honor de nuestra familia y el de Rusia. Haré que Viktor y Otabek se arrepientan de haberme difamado de tal forma —declaró.
No iba a dejar que el viento se llevara sus palabras.
Con un movimiento brusco, se deshizo del agarre de Mila y, sin decir una sola palabra, corrió hacia las escaleras. Bajó lo más rápido que pudo, estando a punto de trastabillar en los últimos tramos; y cuando llegó al último escalón, se lo saltó como si no existiera. Los pies aterrizaron con fuerza en el suelo de piedra, e inmediatamente echó a correr otra vez, con intrépido entusiasmo.
Aporreó la puerta de la habitación de Otabek una y otra vez, sin importar si su huésped estaba allí o en otra parte. Sin embargo, parecía haber tenido suerte. Dejó de golpear cuando escuchó los pasos lentos del otro lado y, en un instante, la puerta estaba abierta y los ojos oscuros de Otabek lo escudriñaban con una intensidad inquisidora.
Estuvo a punto de echarse atrás, de permitir que el orgullo venciera su voluntad; pero le sostuvo la mirada.
—¿Qué quieres, Yuri? —preguntó Otabek con voz calmada, ignorando el incidente en el gran salón.
Sin pensárselo demasiado, dio un paso adelante y presionó su dedo índice contra su pecho, haciéndolo retroceder.
—Quiero hacerte reconsiderar lo que piensas sobre mí —le espetó con la mayor frialdad y recato posibles—. Tomaremos las espadas ahora mismo, y pelearemos como si fuésemos los más grandes enemigos. —Los ojos de Otabek se ensancharon ante la sorpresa que le produjo escuchar tales palabras, pero se mantuvo en silencio, dejándolo terminar—. Si yo te gano, iremos juntos a la guerra. Nos guardaremos las espaldas y lucharemos lado a lado. Habrá sangre, como en todos los enfrentamientos, pero yo me ocuparé de tus heridas y tú de las mías, como los dos hombres que somos.
No se detuvo a pensar en qué pasaría si Otabek le ganaba, o si en efecto, Yuri ganaba la partida, pero Viktor no le permitía acompañarlos de todas formas. La última era la posibilidad más realista, pero en ese momento estaba demasiado lejos de la mente del muchachito que le proponía un "juego" a su mejor amigo con el único fin de probar su valía.
—¿Qué dices? ¿Es que acaso te has quedado mudo? —demandó, retirando su dedo del pecho ajeno para, en su lugar, sujetar sus prendas con su puño cerrado y atraerlo hacia él. Los rostros de ambos estaban demasiado cerca, y la mirada retadora del más joven parecía querer perforar hasta lo más hondo del alma de aquel que tenía enfrente.
La única respuesta que obtuvo por parte de Otabek, fue una sonrisa ladina.
¡Hola! Aquí está el nuevo capítulo, o mejor dicho, la segunda parte del capítulo 12. Me tardé bastante poco porque además de estar en "vacaciones", ya tenía escrita la primera parte desde hace mucho rato. Espero que les haya gustado~ Ya podemos ver a Yuri sacando sus garras (porque bueno, tiene razones para hacerlo). Y sí, la trató bastante mal a Mila, medio por la propia euforia del momento, y medio porque le tiene cierto rencor irracional, pero les prometo que su relación cambiará (no daré más detalles). Como verán, estamos cerca de que todo despegue :D
Les aviso que por motivo de los concursos en los que estoy participando, ya edité la historia. Principalmente cambié cosas en los primeros cuatro capítulos, pero la esencia es la misma, solo mejoré algunas cosas en los dos primeros y agregué una escena en el principio del 4. Si pueden leerla, estaría genial porque da detallitos implícitos sobre cosas que sucederán muy en el futuro de esta historia.
¡Muchas gracias a todos por su apoyo y sus comentarios! Aún debo responder algunos del capítulo anterior, ténganme paciencia que yo respondo a todo~ Por cierto, ¡me di cuenta que esta pequeña historia ya lleva unas 368 páginas de word! Estoy muy emocionada; tal vez para muchos no significará nada, pero para mí, que tengo tantos problemas de motivación y perseverancia con las cosas que empiezo, significa muchísimo. De verdad estoy muy feliz, y todavía nos queda mucho camino por recorrer, esta historia será larga (:
Espero tener pronto el capítulo 13, pero no prometo que sea TAN pronto porque aún no lo empecé y ya debo ponerme a estudiar en serio para los finales :c
¡Hasta el próximo capítulo!
