13. EL PRÍNCIPE Y EL GUERRERO

—¿Estás listo? —Yuri calibró la espada, con ambas manos sujetando la empuñadura. Exhibía una sonrisa desafiante, orgullosa, signo de que volvía a recuperar la confianza que había estado a punto de perder aquella tarde.

—Ya conoces la respuesta —le dijo Otabek.

La insistencia de Yuri por concretar el duelo se mantuvo a pesar de que el sol ya empezaba a ponerse cuando llegó a los aposentos de Otabek. Su amigo aceptó, pero la única condición, fue que usaran sus espadas de madera, porque según sus palabras, él no quería perder un ojo a manos de Yuri. No obstante, en aquel duelo todo estaba permitido, incluso jugar sucio para salirse de una situación difícil.

En la soledad del pequeño patio de armas y entre las sombras del atardecer, ambos contrincantes se medían con una ferocidad que parecían haber dejado atrás hace mucho tiempo, pero que volvía a aflorar con el reto del más joven.

—No seré clemente contigo, Otabek —gruñó Yuri, presionando sus dedos contra la empuñadura de la espada de madera. El corazón le latía desenfrenado, hasta el punto de hacerle sentir que un pequeño desliz podría hacerlo perder el combate. En ese momento más que en ningún otro, no podía permitirse perder.

Estaban en juego su honor y su destino.

Sin previo aviso, la espada de Otabek impactó con una fuerza descomunal contra la de Yuri, despertándolo repentinamente de su breve ensoñación. Era esa la forma que su amigo tenía de responderle, de mostrarle que tampoco le tendría piedad. Y eso, a Yuri le encantaba. Su inmediata respuesta fue dar un paso atrás para recuperarse, y poder responder al instante con un golpe fuerte contra el arma ajena. Aquella acción, fue la provocación perfecta para lograr que las espadas se enzarzaran en una feroz lucha por la dominancia, llenando el patio con el constante sonido de la madera chocando contra madera. Ese cantar revitalizaba el espíritu del chico más que cualquier otra cosa; sentir la adrenalina mover sus músculos regresaba la vida a sus ojos, y hacía que su corazón se llenara de dicha.

A pesar del reto y las miradas desafiantes, ninguno de los dos parecía querer animarse a más. Las espadas se encontraban una contra la otra con sumo cuidado, encajando a la perfección en aquella danza violenta. Sus cuerpos permanecían fuera del combate, porque ninguno de los dos parecía querer golpear con fuerza genuina la piel que sus dedos alguna vez habían acariciado con cariño.

«De alguna forma, esto tiene que llegar a su fin.» Yuri no dejaba de pensar aquello mientras sus pies se movían con destreza sobre el suelo del patio, manteniéndose siempre a una distancia considerable de Otabek.

Decidió ser él quien diera el primer paso, para terminar de una vez por todas con aquella pelea tan falsa y prudente, con el desesperante martirio en que esta se había convertido para Yuri. Después de todo, por algún motivo habían decidido utilizar las espadas de madera. Alejó su espada del arma ajena y se acercó al contrario, dispuesto a involucrarse seriamente en aquel combate.

El siguiente embate fue frenado por la espada de Otabek a medio palmo de su rostro, y Yuri pudo apreciar como su mirada se endurecía ante tal desafío. Cruzaron sus espadas una, dos, tres veces más, hasta que Yuri rompió con aquel círculo vicioso al lanzar una estocada horizontal contra la cadera de su compañero. Su corazón dio un vuelco traicionero al oírlo jadear, pero sin embargo, estuvo a tiempo para esquivar al golpe que el mayor intentó dar a sus delgadas piernas.

En medio del confuso frenesí del enfrentamiento, ambos jóvenes se dejaron llevar por sus instintos, devolviendo cada uno de los golpes que el otro le daba de una forma casi sistemática. No era nada del otro mundo, porque tanto Yuri como Otabek, habían crecido recibiendo golpes y magulladuras de todo tipo en los entrenamientos. Las respiraciones agitadas se mezclaban con el aire frío del ocaso, y sus corazones latían a un ritmo vertiginoso. El cuerpo de Yuri ardía como una llamarada viva, mientras dedicaba hasta lo último de su consciencia a los movimientos casi mecánicos que hacían sus brazos al mover el arma.

De un momento a otro, Otabek detuvo el golpe de Yuri con su espada e inmediatamente amagó para retroceder y contraatacar. No obstante, el rubio fue más rápido: trabó su pierna con la ajena, desechando por completo toda intención de jugar limpio. En un combate de verdad, nadie jugaba limpio.

Empezaba a saborear su victoria cuando sintió el impacto contra su rostro. En un instante, se vio privado del sentido del olfato y el dolor se extendió a cada fibra sensible de su nariz y pómulos. Aturdido, trastabilló al tiempo que su mano dejaba caer la espada, que resonó contra el suelo con un golpe seco. Cubrió su nariz y boca con ambas palmas, y un sudor frío lo recorrió de pies a cabeza en cuanto sintió el líquido caliente que se escurría entre sus dedos. Parecía haber perdido momentáneamente el olfato, a excepción del horroroso hedor a hierro oxidado que impregnaba sus sentidos.

—¿Y-Yuri? ¿Estás bien? —A lo lejos, oyó la voz temblorosa de Otabek, como un eco lejano.

Una segunda espada impactó contra el suelo del patio, y antes de que Yuri pudiese alzar la vista para mirarlo, lo tenía justo junto a él.

—¡Me destrozaste la nariz con tu codo, imbécil! —Desde luego, no era la primera vez que alguno de sus entrenamientos terminaba con una nariz sangrante o un labio partido, pero no era eso lo que lo más rabia la daba. Otabek lo había vencido, en un duelo que literalmente se había definido por la primera sangre—. ¡Maldito hijo de puta! —bramó, apartando de un manotazo la mano que Otabek había posado sobre las suyas.

—¿Te duele? —insistió el otro, incapaz de festejar su victoria y luciendo el arrepentimiento en su rostro.

Yuri no dijo nada. Con sumo cuidado, despegó una de sus manos ensangrentadas para mostrarle la palma, ofreciéndole una mirada letal. Otabek, por su parte, se echó a reír entre dientes.

—Para un guerrero, la sangre no siempre significa dolor.

Al escuchar esas palabras, el cuerpo de Yuri se tensó, poniéndose a la defensiva inmediatamente, como tan bien sabía hacer.

—Por supuesto que no —respondió con toda la altanería de la que fue capaz. La nariz le dolía, sí, definitivamente había allí algo roto, pero era un dolor tolerable.

Con sumo cuidado, Yuri apartó su otra mano y utilizó la manga de su jubón para limpiarse la nariz, frotando suavemente la herida y haciendo muecas grotescas con cada punzada de dolor. Cuando cruzó sus ojos con los de Otabek, este se llevó un dedo a la mejilla derecha, para indicarle que debía limpiar allí. Pero era en vano: apenas terminó de limpiar, otra gota de sangre cálida se escurrió sobre sus labios.

—Déjame ver —murmuró Otabek, haciendo un segundo intento de acercarse a Yuri.

Esta vez, Yuri no se movió cuando las cálidas manos lo tomaron del rostro, con una delicadeza impropia de aquel joven que lo había golpeado por accidente con tal brutalidad. Se dio por vencido y dejó que Otabek girara su rostro con suavidad para buscar indicios de alguna herida. No obstante, Yuri no dejaba de seguirlo con la mirada aguda, incluso cuando el otro sujetaba su mentón con la palma de su mano hacia arriba, para detener la sangre que no dejaba de manar.

—Mantenla así. En algún momento, dejará de sangrar.

La mano de Yuri, aún cubierta de sangre seca, se aferró con fuerza al brazo de Otabek, que por su parte, no aflojó su agarre.

—¿Qué sucede, Yuri? —preguntó el moreno, que no dejaba de escudriñar su rostro atentamente.

Como muchas otras veces, la voz grave de Otabek salió tajante, ruda. Por un momento, Yuri se sintió intimidado y estuvo a punto de eludir formular la pregunta. Pero su curiosidad fue más poderosa.

—¿Crees que no seré un buen guerrero, que no sirvo para el campo de batalla?

No lo miraba ya, porque no se atrevió. Había desviado su mirada verde hacia la pared del patio, sintiéndose aún ridículo por tener la nariz apuntando al cielo, y la mano de Otabek sujetando su mentón.

—¿He dicho yo eso? —Otabek le respondió con una pregunta evasiva.

—Lo diste a entender, ¡joder! —estalló Yuri, sorbiendo con fuerza por la nariz.

—¿Quieres saber la respuesta? —preguntó, con un dejo de molestia, mientras que con sus dedos, tanteaba los lados de la nariz de Yuri. Negó con la cabeza cuando este intentó zafarse de su férreo agarre.

—Sí.

—Lo cierto es que... solo el tiempo dirá si serás un buen guerrero, Yuri.

—¿Y eso por qué? —le espetó, empezando a perder la paciencia. Se sentía como si tuviera once años otra vez, y estuviese quejándose con Yakov en medio de sus entrenamientos.

Se hizo el silencio entre ambos. Una vez más, volvía a instalarse la tensión que los había separado por la tarde; aquella sospecha, por parte de Yuri, de que Otabek no confiaba en su fuerza y su capacidad. Este último, por su parte, parecía estar buscando las palabras correctas. Tras dejar escapar un suspiro de sus labios, comenzó a hablar.

—Porque no es la fuerza o la habilidad lo que hacen al guerrero, sino la experiencia —comenzó, soltando a Yuri para dejarlo volver a la normalidad—. Yo no tengo experiencia alguna tampoco, Yuri, pero conozco a muchos guerreros formidables. Todos ellos, tienen la piel surcada de cicatrices; algunos han perdido un ojo o una mano en combate. Cada una de esas heridas, es una historia, una batalla. No son bonitas, para nada, pero las muestran con orgullo, porque en el combate, ellos ganaron una cicatriz, pero su adversario perdió la vida. —Yuri empezaba a darse cuenta que, las pocas veces que Otabek se ponía entusiasta con las palabras, tenía que escucharlo. Era muy sabio para un joven de su edad. Lo admiraba, lo admiraba mucho, pero en ese momento, no dejaba de mirarlo con el ceño fruncido—. Lo que hace al gran guerrero no es cuan bien pueda lucir su armadura en un combate de mentiras, o los vítores de las damas y niños pequeños; sino su capacidad de enfrentarse a un campo de batalla real, a una lucha real junto a sus compañeros de armas. Un guerrero no es el hombre que gana los torneos todas las primaveras, sino aquel que ha sido capaz de sobrevivir incontables batallas, muchas de ellas en pleno invierno.

Al oírlo hablar, a la mente de Yuri acudían las hazañas de aquellos hombres que parecían existir sólo en las historias, como los legendarios bogatyri Alyosha Popóvich, Dobrynia Nikítich e Ilyá Múromets. Eran ellos los héroes de su niñez, con cuyas historias había crecido. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que en la corte de su abuelo, no había ningún hombre que se asemejara a ellos.

—Creo... creo que no conozco a nadie así —murmuró Yuri, con la decepción exteriorizada en sus palabras.

—Yo sí —respondió Otabek casi al instante.

—¿Quién? —insistió con afán retador.

—Mi tío, Askar. —Los ojos oscuros brillaron con admiración, y a Yuri, eso lo hizo estremecer.

Las palabras de Otabek le habían robado el aliento.

—Yo quiero ser como él, Beka. Quiero ser como tu tío Askar.

Esa era, tal vez, la razón por la que más le enfadaba la prohibición. Si no le permitían participar en una verdadera batalla, ¿Cómo mostraría su valía? ¿Cómo lograría llegar a ser el hombre en el que quería convertirse? Sin duda, la oportunidad de probarse a sí mismo en un combate real había llegado demasiado pronto, pero no podía estar seguro de que tendría una segunda.

—Yuri... —Otabek le sostuvo la mirada por un instante que, en apariencia, fue eterno—. ¿Crees que tu hermano Viktor pueda llegar a escuchar lo que yo tenga para decirle?

Ante la seriedad de su amigo, el rostro de Yuri se iluminó.

—Te escuchará a ti mejor que a mí.

—Entonces, hablaré con él —le aseguró Otabek—. Siempre hay una primera vez para todo.

Los ojos de Yuri se ensancharon con sorpresa al escuchar aquella respuesta tan clara y decidida por parte de Otabek. Buscó desesperadamente su mirada, intentando en vano dar con un indicio de duda o arrepentimiento. Al contrario, Otabek no mostraba signos de estar bromeando.

—¡¿En serio?! —exclamó.

El otro asintió, y sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible para los ojos de Yuri, que ya conocía la curva de su boca mejor que nadie. Antes de que pudiera percatarse, Otabek deslizó sus dedos por la mejilla suave de Yuri, recorriendo su piel con extremo cuidado. Últimamente, parecía no necesitar ninguna razón para acariciarlo de esa manera; y Yuri, desde luego no se negaba a ese tipo de atenciones.

—Otabek... intenta no mirarme así... cuando no estemos solos —murmuró Yuri con la voz temblorosa y débil.

Una vez más, la mirada de fuego de Otabek penetraba en lo más profundo de su alma para hacerla arder. Sin embargo, no era ya el fuego violento de la pelea, sino un fuego más lento y placentero, que reclamaba para sí toda su cordura.

—Es imposible controlar las miradas —respondió Otabek, hablando alto y claro—, ya sean de odio o de...

Yuri no lo dejó acabar, casi como si quisiera censurar sus palabras. De una manera poco delicada, tomó el rostro de Otabek entre sus manos y le plantó un furioso beso en los labios. Su cuerpo se mantuvo tenso, incluso cuando el otro lo rodeó por la espalda con ambos brazos y, de a poco, fue descendiendo hasta detenerse justo por encima de su trasero. Era su forma de domar a Yuri, de hacer de aquel beso un encuentro menos esporádico y un tanto más dulce. Su lengua se inmiscuyó en la boca del rubio, que la recibió gustoso, aplacando la furia contenida que llevaba en su cuerpo, contra los labios de Otabek. Al separarse, al primer beso le siguió uno segundo, más apacible y breve que el primero.

—Hablaré con tu hermano —prometió Otabek, luego de exhalar con fuerza.


Los estandartes ondeaban a lo lejos, por encima del número interminable de jinetes que se dirigían hacia ellos, recorriendo el último tramo de su eterno viaje. Al inicio, el ejército entero no era más que una difusa polvareda, de la cual, de a poco, empezaron a emerger blasones y cabezas de caballo. Parecían ser cientos de miles si uno se guiaba por la forma en que la tierra temblaba bajo los cascos de sus caballos, pero Yuri sabía que apenas superaban los veinte mil. Por encima de los jinetes, e iluminado por la luz del sol matutino, el estandarte principal podía distinguirse con claridad, y fue Otabek el primero en reconocerlo.

—Debe de ser Askar —murmuró, incorporándose a horcajadas sobre su caballo, en un afán infantil de divisar mejor a los recién llegados.

—Ese es el estandarte de tu padre —respondió Yuri, que se encontraba a su lado, también montando a caballo.

Otabek y Yuri habían acudido junto a Viktor y un pequeño séquito a recibir al ejército kazajo que se aproximaba. Estaban situados a una distancia considerable de las murallas exteriores del castillo, debido a que los pabellones de los señores de Rusia se habían apropiado, por orden de llegada y de rango, de la llanura boscosa que bordeaba la parte frontal de la fortaleza.

—Askar y mi padre son hermanos de sangre —le recordó Otabek, con paciencia—. Si un hombre no se encuentra en condiciones de ir a la batalla, enviará a su hermano en su lugar. Es casi como si mi padre estuviese aquí, y es por eso que lleva nuestro blasón.

Yuri pudo notar que a pesar de su resignación, Otabek se mostraba un tanto decepcionado. Tal vez, por un momento, su amigo había creído que su padre podría haber tenido una recuperación milagrosa que le permitiese estar allí en ese momento.

—Ya veo. —Yuri se removió sobre el caballo, sujetando las riendas con fuerza. Estaba expectante, deseoso de ver aquella gigantesca horda de jinetes, y de conocer al hombre que su amigo Otabek tanto admiraba.

En un momento dado, la horda empezó a detenerse poco a poco, probablemente por órdenes del hombre que se situaba al frente de aquellos miles de guerreros. Yuri aguzó la vista, y pudo verlo, con la palma de su mano alzada, y espoleando a su caballo para acercarse al pequeño séquito. Lo seguía de cerca otro jinete, portando el estandarte de Erasyl Altin.

Los dos hombres salvaron la distancia que los separaba de los demás con un trote sostenido, que culminó con una frenada violenta. Mientras los dos extranjeros recuperaban el aliento, Viktor se mantuvo en silencio, y los desconocidos tuvieron tiempo de observarse. Yuri desplegó su mirada curiosa sobre el hombre que, sin duda, se trataba de Askar.

De los dos recién llegados, era el hombre más corpulento, montado sobre un tarpán gris de crines largas. El jinete en sí mismo se veía amedrentador, con su torso ancho y un par de manos grandes y curtidas que sujetaban las riendas con fuerza. A grandes rasgos, el hombre, que parecía superar los cuarenta años por poco, podía pasar fácilmente por el tío biológico de Otabek, cosa que en realidad no era. La piel morena que su pesado abrigo de pieles dejaba a la vista estaba surcada de cicatrices pálidas, producto de un sinnúmero de batallas. Sin embargo, el detalle que más inquietaba a Yuri era el parche de cuero endurecido que le cubría el ojo izquierdo. El derecho era pequeño, de color ambarino, y alternaba con celeridad entre aquellos que tenía en frente. Debajo del gigantesco gorro de piel, tenía el cabello negro al igual que Otabek; pero el suyo era una melena larga y enmarañada, que empezaba ya a mostrar los signos de su edad, en forma de desordenadas hebras plateadas.

—Le doy la bienvenida a Moscovia, señor... —Viktor rompió el silencio con un saludo cordial.

—Askar, su Majestad. —Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa amplia, que hizo que los prejuicios de Yuri sobre su apariencia áspera empezaran a resquebrajarse—. Es usted el rey Viktor, ¿no es así? —quiso confirmar.

El joven monarca asintió una vez, exhibiendo también su sonrisa característica. Viktor estaba muy lejos de ser un hombre aguerrido, pero la diplomacia era su especialidad. Hizo un gesto con su mano derecha, hacia Yuri.

—Y éste, es mi hermano, el príncipe Yuri.

—Ya veo, entonces tú eres Yuri, ¡un gusto conocerte, muchacho! —La voz del hombre era grave y profunda, pero su exclamación dejaba entrever un carácter burlesco y jovial. Lo recorrió de arriba abajo con su único ojo, guardando en su memoria cada una de sus finas facciones. Después, sin siquiera dirigirle otro vistazo, desvió su atención a Otabek—. ¿Y tú? ¿Cómo has estado? Apenas pude seguirte el rastro, porque ni bien tu padre recibió las noticias, tomaste a tu caballo, tu esposa y tu séquito para venir aquí. —Parecía estar reprendiéndolo, pero lo delataba su enorme sonrisa.

—Tanto tiempo sin verte, Askar —respondió Otabek con una tenue sonrisa.

—Era hora de que acudiera con nuestro ejército al llamado de nuestros aliados. —Su atención volvía a estar puesta en su sobrino adoptivo—. Te he traído también un mensaje de tu hermana, algo así como un... consejo, para tu primera batalla. —A juzgar por la extraña mueca que formaban sus labios, parecía que estaba a punto de echarse a reír.

—¿Qué es eso que quiere decirme?

—Que no te mueras —rio el mayor—. Y que uses bien el maldito arco.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Tras las adecuadas presentaciones y reencuentros, Viktor dio tiempo a Askar de organizar al ejército kazajo junto a los campamentos ya instalados junto a los muros. Se llevó a Otabek con él, para que este pudiese hacer acto de presencia frente a todos aquellos hombres que pelearían bajo sus estandartes, por el honor de la familia Altin. Desde lejos, Yuri observaba a los hombres desmontar para descargar sus caravanas tras haber recorrido el camino por poco más de dos meses. Pudo notar que, por más que para los kazajos la trashumancia no era más que un pasado olvidado, estos eran diestros en el arte de montar un campamento en el menor tiempo posible. Cuando se levantaron las primeras tiendas redondas, Askar y Otabek regresaron con los dos hermanos.

Viktor lideraba la marcha hacia el interior del castillo, mientras que detrás de él y su séquito, Otabek y su tío avanzaban a un ritmo más suave, compartiendo noticias sobre la familia. Yuri cerraba el paso, poniendo todo de sí para escuchar la conversación sin mostrarse como un niñato entrometido. Los hombres que cabalgaban frente a él hablaban en kazajo, pero el príncipe ruso podía hacer gala de haber aprendido unas cuantas frases durante los casi cinco meses que, en total, había pasado junto a su amigo.

—¿Cómo se encuentra mi padre? —Por fin, Otabek se hizo con el coraje de formular aquella pregunta. A pesar de que a Yuri aún se le hacía un poco difícil comprender los vocablos, era fácil adivinar su contenido, por el tono apesadumbrado que Otabek ponía a sus palabras.

—No voy a mentirte, Otabek —le respondió Askar, poniéndose serio de repente—. Durante las tres semanas que trascurrieron entre tu partida y la mía, lo he visto empeorar abruptamente. Está débil, pálido, a duras penas puede montar en su caballo. —Lo miró largamente, hasta que Yuri pudo atisbar como la garganta de Otabek se movía al tragar saliva—. Pasa sus días recluido en su habitación, porque su corazón no da para mucho más que eso. Antes de que yo partiera, me confesó que estaba muy preocupado por ti, y arrepentido por no poder estar contigo en tu primera batalla. —Con las escasas palabras importantes que podía captar, a Yuri no le resultaba demasiado difícil reconstruir el mensaje.

Otabek inhaló profundamente por la boca y soltó el aire con pesadez, tomándose una larga pausa antes de responder.

—Tú estarás conmigo —respondió—. ¿Y qué hay de mi madre, y de Alia? ¿Cómo reaccionaron ante eso? Espero que le sean de gran ayuda.

Askar dirigió su mirada hacia el cielo y soltó lo que parecía ser una maldición en el idioma de su tierra, alguna que Otabek no le había enseñado aún a Yuri.

—Tu madre, muy dulce, como siempre —comenzó—. El problema... es tu hermana.

— ¿Sí? ¿Qué ha sido de su vida luego de que yo me marchara? —El semblante compungido de Otabek se transformó por completo ante la sola mención de la muchacha.

—No es ese el problema... pero si quieres saberlo, ella está muy ocupada entrenando dos águilas que le ayudé a capturar pocos días antes de partir. Cabalga todos los días hacia la estepa para enseñarles a cazar, y no dejará de hacerlo hasta que dejen de capturar conejos y se hagan con presas más grandes. Una de ellas es para ti, la otra para su uso personal. Creo que también quiere enseñarle a Mila cuando regresen.

Yuri no pudo contener la risa que se escapó de sus labios. Los dos hombres se voltearon a mirarlo, y el rubio sólo pudo decirles que continuaran con la conversación, que él no era más que un mero observador.

—La cuestión —continuó Askar—, es que... tú sabes, que tu padre quiere que contraiga matrimonio antes de...

—Entiendo —se apresuró a responder Otabek, temeroso de escuchar aquella palabra de labios del mayor.

—Alia tiene ya casi quince años, debería estar bordando su traje de bodas, así como mi hija Damira está haciendo ahora mismo, pero... lo más parecido a una aguja que conocerá esa niña son sus flechas —se lamentó Askar.

—Ella no es la culpable de que tú le hayas enseñado a utilizar un arco cuando tenía siete años, Askar —le recordó Otabek, espoleando a su caballo para alcanzar a Viktor. Su tío y Yuri lo imitaron, al notar que el rey les llevaba ya una enorme ventaja.

—Otabek, tanto ella como tú saben bien que aun estando casada, puede seguir llevando aquel estilo de vida que ella tanto ama. Es una princesa que probablemente vaya a casarse con el jefe de algún clan poderoso, no tiene que hacerse cargo de ningún hogar. —El hombre se encogió de hombros—. Pero es el deber de Erasyl como su padre el buscarle un buen marido, ubicarla en una buena familia, y él... de verdad teme no poder hacerlo a tiempo, así como ha hecho contigo.

—Conmigo, lo ha hecho incluso antes de que yo aprendiera a hablar para expresar mi opinión, tío —respondió Otabek con sequedad. Por más amor y respeto que pudiese tenerle a su padre, parecía haber quedado verdaderamente afectado al conocer la verdad sobre su compromiso con Mila; más aún, después de haber encontrado el amor en otra persona que no era otra que el hermano menor de su esposa. Sin embargo, esas no eran cosas sobre las que Otabek pudiese hablar con Askar—. ¿Han hablado con ella al respecto?

Yuri dedujo que Askar y Erasyl, al igual que los mayores de su familia, acordaban los matrimonios de sus hijos a puertas cerradas, sin consultarle a estos antes de que el asunto estuviese resuelto. Tampoco Otabek parecía tener derecho a objetar nada con respecto al matrimonio de su hermana, porque era bien sabido que él se opondría a cada una de las opciones que le presentaran.

— ¡Por supuesto que sí! ¿Quién crees que somos? Le dimos no una sino más de veinte opciones, ¡y la dulce princesa los ha rechazado a todos! —Se cubrió el rostro con una mano—. Como último recurso, le ofrecimos casarse con Toktar. Es un excelente muchacho, y con ya diecisiete años, se ha convertido en un hombre fuerte y sano, a pesar de la enfermedad respiratoria con la que nació. Lo mejor de todo, es que Alia y él se llevan de maravilla desde muy pequeños. Sin embargo, también lo rechazó.

— ¿Qué esperabas? —Respondió Otabek con un dejo de molestia—. Se criaron como primos, jugando y luchando juntos.

—Toktar no se lo ha tomado demasiado bien. Tal vez, no sea yo quién deba decirte esto a ti, y tal vez no debas tu enterarte de esta situación, pero creo que mi hijo está enamorado de tu hermana —dijo sin más. Al escuchar eso, Yuri se sorprendió por la falta de escrúpulos de aquel hombre—. Me ha dicho que lo lamenta... tú sabes, él siempre tan honrado y respetuoso; pero que no encontrará ni en mil años a otra chica como Alia.

—Eso es porque las chicas como Alia nacen una vez cada mil años —confirmó Otabek.

—Eso mi chico lo sabe muy bien, sabe lo que quiere. Me ha dicho que busca una esposa que cace con él, que pelee a su lado. —Soltó una risotada, demasiado ruidosa—. ¡He tenido que explicarle que las esposas no son para eso! Si quiere compartir el lecho con la misma persona con la que comparte sus gritos de guerra, que se consiga un amigo especial, un hermano de sangre. Por lo menos, sé que el muchacho no me ha salido torcido. —Exhibió una enorme sonrisa, orgulloso de su broma, esperando que el joven Otabek se riera con él.

Pero el cuerpo de Otabek se había tensado considerablemente encima del lomo de su caballo, y nadie más que Yuri, que se encontraba detrás, pudo percibirlo. Su porfiado silencio era la señal clara de que la conversación se estaba internando en una ruta peligrosa; y Otabek, siempre franco, parecía más dispuesto a mantener sus labios sellados por el resto de su vida que a traicionarse a sí mismo al dejarse llevar por aquel comentario desafortunado. Yuri, por su parte, comprendió en ese mismo instante que Askar era una de las personas de las que su abuelo le había dicho que se cuidara. A decir verdad, el buen Nikolai no había sido más que una forzada excepción; forzado por el amor que le profesaba a su nieto.

Los jinetes atravesaban ya la enorme extensión del campamento de los señores rusos. Mientras hablaban, la mirada de Askar deambulaba por las numerosas tiendas; lo más seguro era que, a sus ojos, estas fueran demasiado endebles y precarias. Otabek le había explicado a Yuri hacia unos días, que las yurtas kazajas estaban lo suficientemente bien equipadas como para soportar los vientos arduos de la estepa y las furiosas nevadas que la azotaban en invierno. Los pastores kazajos las utilizaban aún como sus hogares, pero alguna vez, las yurtas habían representado también el modo de vida de la nobleza. En la actualidad, la realeza y los jefes más importantes, recluidos ya en fuertes de piedra, recurrían en tiempos de guerra a las viviendas legadas por sus ancestros.

A la cabeza de la comitiva, como sumido en su propio mundo, Viktor saludaba con una sonrisa a todos aquellos que se acercaban para ver a su rey. Le dirigía su clara mirada a grandes señores y pajes por igual, a todo aquel lo suficientemente valiente como para prestarse a poner un pie en el campo de batalla y morir por él, por Rusia. Viktor era el hombre que Yuri jamás sería.

—¿Es su primera vez en Rusia? —Yuri aprovechó el silencio incómodo que se había instalado entre Otabek y su tío para hacerle la pregunta que llevaba formulándose durante un largo rato, haciendo su mayor esfuerzo por hacerse entender en el idioma extranjero.

Con un rápido movimiento, su interlocutor se giró sobre el caballo, apoyando una mano en la grupa y sujetando las riendas con su mano libre. Yuri dedujo que le gustaba ver a la cara a aquellos con los que hablaba.

—Así es, jovencito —le respondió animadamente, en un ruso entrecortado pero comprensible. Los largos lazos de amistad que unían a ambas familias reales habían forzado a sus miembros a aprender ambos idiomas—. Otabek me ha hablado mucho de Rusia... y de ti. Dime, ¿de verdad eres tan bueno con la espada? ¿Te gustaría enfrentarte a mí?

El ruso echó un vistazo fugaz con su amigo, que para esas alturas, también había girado su torso para observarlo. Lo acusó con una mirada larga y fatal, y a cambio, solo obtuvo una tenue sonrisa de su parte.

«Idiota, idiota, idiota.» Sin saberlo, Otabek le había firmado su sentencia de muerte, porque, por más abierto que fuera Yuri a los nuevos desafíos, no era para nada irracional tener miedo de enfrentarse con un hombre del tamaño de Askar. Sin embargo, tampoco podía olvidar que aquel había enseñado a Otabek a luchar cuando este tenía tan solo doce o trece años. Por lo menos, podía estar seguro que no lo partiría en dos con el gigantesco sable que llevaba colgado del cinturón de cuero, uno de los primeros detalles que Yuri había notado.

—Soy bueno —respondió por fin, con una sonrisa altanera. Su respuesta pareció ser satisfactoria para Otabek, porque, por el rabillo del ojo, Yuri pudo verlo asentir—, y estoy deseoso de probarme a mí mismo.

Mostrarle al mundo su valía era lo que más deseaba en ese momento, desde que, hacía ya unos cuantos días, Viktor acudiese a él para darle la mejor noticia de su vida: que le permitiría ir con ellos al sur. No supo hasta qué punto estaba involucrado Otabek, pero tras darle las gracias a su hermano, Yuri corrió por los interminables pasillos en busca de su amigo, para entregarse a él en el abrazo más sincero que le había dado hasta el momento.

—Esa es la mejor actitud que puedes ofrecer —lo felicitó Askar—, el primer paso para convertirte en alguien verdaderamente bueno.

—Tal vez, incluso pueda llegar a sorprenderlo —aventuró. Sus labios se curvaron en una sonrisa lo suficientemente amplia para mostrar sus dientes.

La estrepitosa risa del hombre volvió a resonar entre los presentes.

—Cuando trato con muchachitos como ustedes, siempre hago una apuesta conmigo mismo... para ver cuánto tiempo tardan en sacar a relucir su altanería juvenil. No suelen durar demasiado tiempo, para ser sincero.

Los labios de Yuri se fruncieron en una mueca ofendida, pero rápidamente dejó escapar un suspiro, encantado. Podía entenderlo. Podía entender como aquel hombre, con su humor un tanto pesado y su forma grotesca de expresarse, suscitara tanta admiración en un joven tan noble como su amigo Otabek. Detrás de aquella manera de presentarse, había un hombre de acero, veterano de cien batallas, y un excelente maestro. Era él el tipo de persona en que los muchachos nobles querían convertirse.

Para cuando el grupo cruzó el puentecillo de piedra y pasó por debajo del imponente rastrillo de la entrada, el silencio se había instalado nuevamente entre los jinetes. Otabek procuró ralentizar su paso para quedar junto a Yuri, cabalgando a su lado con los labios muy apretados, sin decir una sola palabra. Al rubio no le costaba demasiado leer su expresión, aquel semblante de apariencia impenetrable que había empezado a comprender con el paso de los meses.

Otabek estaba preocupado por su padre.

—Se pondrá bien, Beka —le susurró. Le era inevitable sentirse fatal al pensar que, tan solo tres meses atrás, cuando se enfrentaba a la inminente muerte de su abuelo, un comentario como aquel le hubiese resultado inútil. Él no sabía, no sabía cuan enfermo estaba realmente el padre de Otabek. Lo único que deseaba en ese momento, era reconfortarlo y sacarle una sonrisa—. Cuando regreses, será el hombre más feliz del mundo, al verte a salvo, y convertido en un hombre. —Para Yuri era muy fácil dedicarle esas palabras tan dulces a Otabek.

—Le cuesta montar en su caballo —respondió Otabek tras un largo silencio, ensimismado en sus pensamientos—. No hay nada que le guste más que la caza y las cabalgatas... —explicó—. Su alma morirá pronto, Yuri.

Quiso soltar las riendas y acercarse más para poder alcanzar su mano; quiso besarle los nudillos y permitirle mitigar toda su angustia con un abrazo. Nunca había visto a su amigo tan afligido y nervioso, y Yuri no podía evitar aborrecerse a sí mismo. Mientras las pequeñas pero letales dosis de dolor se instalaban de a poco en el corazón de Otabek, Yuri se debatía entre balbucear promesas vacías, y mantenerse en completo silencio. Las dos eran malas opciones.

—Entonces debes regresar sano y salvo a tu hogar, para devolverle las esperanzas —insistió.

—Espero que pueda perdonarme por lo que hice.

Los caballos atravesaban la enorme extensión ubicada entre la muralla exterior y los muros del castillo. En primavera, esta era un manto de hierba verde sobre el cual nacían, tímidas, un gran número de florecillas blancas y amarillas.

—¿A qué te refieres? —interrogó Yuri, guiando a Fiódor por el camino de piedra, que acababa en la entrada del castillo.

—Apenas recibimos la carta de tu abuelo, yo empecé a preparar mi viaje a Rusia. No tuve siquiera tiempo de informarle correctamente a mi padre; luego supe que él... quería que yo esperara, que llegara aquí hoy, junto con todo su ejército. Discutimos, por supuesto, y yo... tomé a mis hombres más leales y me fui en contra de su voluntad. Fui yo quien le hizo aceptar, muy a su pesar, que era mejor presentarme aquí antes que los demás...

La imagen que Otabek le había dado a Yuri durante tanto tiempo, el perfecto y armónico ejemplo de hijo mayor, se resquebrajaba frente a sus ojos. Y no iba a negar, que aquello le daba un cierto regocijo, tratándose de un acercamiento hacia aquel Otabek al cual había entregado parte de su corazón en la noche de su más reciente cumpleaños, aquel Otabek que sí estaba dispuesto a romper las reglas.

—¿Por qué hiciste eso? —quiso saber Yuri.

—Yo solo... lo único en lo que podía pensar, Yuri... era en verte otra vez, lo más pronto posible —confesó con la cabeza gacha, y la mirada perdida en sus manos, que sujetaban las riendas con una fuerza excesiva, como si buscase quebrar la cuerda con sus dedos—. No me arrepiento, porque tú también estabas pasando por un momento difícil; pero no me comporté como debería de haberlo hecho un buen hijo.

Su semblante revelaba el de un hombre profundamente arrepentido, alguien que jamás ha desobedecido a su padre en lo más mínimo. No era un error tan crucial como Otabek parecía creer, y eso, Yuri quería decírselo mientras lo sujetaba entre sus brazos y le acariciaba los cabellos. Desobedecer al padre, era importante en el crecimiento de la persona de su hijo. No obstante, no podía hacer eso. Su amigo no consideraba algo poco trascendental el haber hecho caso omiso de las órdenes su padre enfermo.

Por fin llegaron a la puerta de entrada y atravesaron el inmenso patio de armas. Un joven paje salió a su encuentro y los guió hacia las caballerizas; y a medida que desmontaban, se llevó los caballos uno a uno.

—Vamos por algo para beber —le dijo Yuri a Otabek una vez que lo tuvo a un lado. Con su mano, acarició discretamente el hombro de su amigo, en un intento por hacerlo sentir un poco mejor.

—¡Una bebida! Eso es lo que más necesito en este maldito momento, ¿tienen idea de cuánto me duelen las piernas y el trasero? —se quejó Askar. De repente, se encontraba entre Yuri y Otabek—. Vamos, Yuri, serás tú el encargado de mostrarme las bebidas de tu tierra.

A Yuri le habría gustado estar con Otabek a solas, reconfortarlo como era debido, ya fuera con caricias, un abrazo o tal vez algún que otro beso. Las palabras no eran su fuerte, y aquella clase de situaciones, lo dejaban mudo, pero conocía otras maneras de hacer sonreír a la persona que era, a su vez, la razón de sus sonrisas. Todos sus planes, sin embargo, se vieron borrados de un plumazo.

—¿Qué te pasó en el ojo? —preguntó, ahuecando la palma de su mano también sobre su ojo izquierdo.

—Lo perdí —le respondió Askar con simpleza, apurando un gigantesco trago de hidromiel.

El salón principal estaba sumido en el más profundo silencio, a excepción del ruido que hacían, al beber, las gargantas de los tres hombres sentados en la esquina de una de las mesas, y la conversación ocasional que se daba entre ellos. Viktor se había visto obligado a excusarse con su nuevo huésped, dado que tenía unas cuantas audiencias a las que acudir con los señores que, aprovechando su estadía en Moscovia, solicitaban reunirse con el rey para tratar temas ajenos a la guerra.

—Lo sé —respondió Yuri, casi al borde de la risa—. Mi pregunta es cómo.

—Esa es una de las mejores historias —se apresuró a decir Otabek.

—Fue hace unos... quince años, si es que la memoria no me está jugando una mala pasada —comenzó el mayor—. En una batalla en los valles de Altái, a orillas del río Katún.

Yuri frunció el ceño, intentando situar su mente en aquellas tierras lejanas de las que le hablaría Askar. La comprensión geográfica de Yuri llegaba hasta los montes Urales, luego, se extendía por llanuras inabarcables de las que tenía muy poco conocimiento, para culminar con los grandes reinos orientales.

—No tienes idea de dónde queda, ¿verdad? —adivinó el hombre, apoyando la jarra vacía sobre la mesa, dándole un golpe considerable. Al no obtener respuesta, fue él mismo quién se la otorgó—. Más allá de la frontera Este de Kazajistán; es un lugar plagado de vastísimos valles y montañas gigantescas. Está habitado por tribus nómades con las que los kazajos guerreamos hace siglos. Aquella vez, tuve el placer de cruzar mis armas con el Kan Mongke. Excelente guerrero, probablemente también un excelente hombre; pero su cráneo terminó partido en dos como un melón maduro, bajo el peso de mi hacha.

El menor de los más jóvenes se inclinó sobre la mesa y se llevó el dedo pulgar a los labios, dejando escapar un muy leve suspiro de admiración.

—¿Hacha? ¿Peleas con un hacha? —preguntó, emocionado.

—Solía hacerlo, pero me considero diestro en un amplio rango de armas. A Otabek le enseñé a usar el arco y el sable; a su hermana, solo el arco... y ahora lo maneja mejor que todos nosotros.

—Ya sabes lo que dicen —señaló Otabek—: un aprendiz de todas las artes, es maestro de ninguna.

—Entonces, ¿Qué fue de tu ojo? —insistió Yuri—. ¿Ese tal Monke te lo quitó?

—Mongke —corrigió Askar, enfatizando la peculiar fonética de la palabra—. Por supuesto, su alma no iba a regresar al cielo sin haberme arrebatado algo preciado para mí. Cegado como estaba por mi propia sangre, no habría podido cargármelo si no hubiese sido por el rey Erasyl, que lo derribó de su caballo, enviando una flecha bien certera al corazón del animal.

—Gran trabajo en equipo. —Yuri no dejaba de sonreír.

Al pensar en la situación que Askar le relataba, no pudo evitar que su mirada se desviara hacia el rostro de su amigo, preguntándose si, alguna vez, ellos dos podrían pelear juntos contra sus enemigos comunes.

—La bebida se ha acabado, y ya no tengo dieciocho años —se lamentó Askar, mirándolos a ambos con fijeza—. Tras pasar dos meses a caballo, siento que debo descansar una semana entera para recuperarme.

Sin decir mucho más, el hombre se despidió de ambos chicos y se retiró del lugar, en dirección a la habitación que Viktor había dispuesto para él en la primera planta del castillo.

—¿Quieres que vayamos al bosque? —Otabek fue rápido en formular una propuesta, deseoso de pasar la tarde con Yuri.

—Sí —Yuri se veía como si hubiese sido iluminado de un momento a otro—, pero no quiero cazar, ni cabalgar. —Lo tomó del brazo con fuerza, y sus ojos verdes buscaron con entusiasmo los del mayor. Tiempo atrás, cuando era aún muy pequeño, solía pedirle las cosas a su abuelo o a Viktor de esa misma manera—. Es primavera, en unos pocos meses será verano... Vamos a nadar, Otabek. —Yuri era insaciable cuando se trataba de pasar tiempo con Otabek; quería hacerlo todo con él.

Sintió una alegría repentina cuando el otro curvó sus labios en una sonrisa.

—Yo no olvido mis promesas, Yuri.

Como si volvieran a la tierna edad de doce años, ambos se dirigieron prácticamente corriendo a las caballerizas en busca de sus corceles. Apenas cruzaron el umbral de la muralla exterior, los caballos se perdieron, al galope, en dirección al verde bosque de abedules.

El sol acariciaba el pálido rostro de Yuri a la par que el viento hacía estragos en sus cabellos sueltos. Los alborotaba de la misma forma que el ritmo frenético del caballo agitaba su corazón joven, arrancándole risas desvergonzadas cada vez que un cosquilleo placentero le subía por su estómago: desde su pelvis hasta su pecho. Extasiado, dirigió su mirada a Otabek, solo para percatarse de que lo estaba observando intensamente, con una sonrisa suave dibujada en sus labios.

—¡Ten cuidado! —le advirtió Yuri—. ¡Vas a caerte del caballo!

A su exclamación, le siguió una carcajada fortuita proveniente de su amigo. No era una manifestación del goce, como en el caso de Yuri, sino más bien una burla.

—¿Caerme del caballo? Yuri, no tienes idea. —Aminoró un poco la marcha para quedar junto al rubio—. En Kazajistán, los niños aprenden a montar a la edad de tres años. Si no pueden sostenerse solos sobre el caballo, les atan sus piernas a la silla con correas. Se me ha enseñado incluso a dormir sobre mi montura, a confiar en mi caballo.

«Es asombroso, Otabek es asombroso.»

—¡Eso suena tan extremo! —exclamó el jovencito, volviendo a espolear a su caballo para ganar distancia con respecto a Otabek.

Habiéndose ya internado en lo más profundo del bosque, donde solo eran audibles los cantos de los pájaros y los ruidos de los caballos del otro, por mutuo acuerdo, ambos jinetes atenuaron considerablemente la intensidad del galope que traían desde las puertas del castillo. Era momento de detenerse a escuchar, de ser capaz de captar, entre los sonidos del bosque, el ruido del arroyo que los conduciría al lago.

No tuvieron que esperar mucho más para ver el lago aparecer frente a sus ávidos ojos. Se trataba de una brusca interrupción del bosque, claramente visible desde las torres más altas del castillo a pesar de ser un cuerpo de agua relativamente pequeño. Se veía tranquilo y azul bajo el cielo diáfano, y la hierba de las orillas parecía haber renacido completamente durante los meses cálidos.

Ambos chicos vestían jubones pesados y capas que resguardaban del frío a su escasa piel expuesta, pero era cierto que, habiéndose criado los dos en los inviernos tan fríos de sus tierras, los primeros atisbos de sol eran como un regalo de la naturaleza que no podían rechazar.

Desmontaron casi al mismo tiempo, con una agilidad extraordinaria, procurando atar la brida de ambos caballos a los troncos de unos abedules situados a unos cuantos pasos de la orilla. Yuri se apresuró a quitarse las botas y a subir sus pantalones hasta la rodilla antes de echarse a correr descalzo sobre la hierba verde, para salvar la distancia que lo separaba de las aguas tranquilas del lago.

Con prudencia, tanteó el agua con la punta de su pie antes de replegarse nuevamente hacia la tierra revestida de césped. Estaba fresca, sí, pero no podían permitirse desperdiciar un solo día de sol si partirían a la guerra dentro de los próximos diez días.

—¡El agua está muy bien! —declaró con total decisión.

Se apresuró a quitarse con soltura toda su ropa, quedando únicamente con el pantalón sujeto a sus delgadas caderas. Cuando volteó a ver a Otabek, notó que este había imitado su accionar, y estaba a punto de deshacerse de la camisa ligera que llevaba bajo la túnica. No obstante, sus ojos estaban fijos en Yuri, al tiempo que el movimiento de sus manos se hacía cada vez más lento y torpe, como si en verdad no tuviese intención de proceder.

—Tienes que quitarte toda la ropa para nadar —le recordó Yuri, con una sonrisa ladina—, ¿o acaso quieres ahogarte?

Yuri no tardó en percatarse de que, a la luz del día, y al aire libre, las cosas eran completamente distintas. Podía comprenderlo muy bien: no era pudor lo que impedía a Otabek seguir desvistiéndose, sino el simple hecho de que era extraño quitarse la ropa frente al otro en un lugar tan abierto, tan poco escondido.

—Cuando éramos niños, mis hermanos y yo nadábamos los tres juntos aquí, todos desnudos. —Se encogió de hombros, llevando sus dedos a los lazos de su pantalón. El recuerdo del agua fresca permanecía aún en su piel, y sus ganas por sumergirse se incrementaban de un momento a otro.

—Lo sé, también lo hacía yo con los otros niños y niñas de la corte —murmuró Otabek, encontrando, de repente, el valor para quitarse la camisa de un solo movimiento. La dejó caer al suelo, junto a su abollado jubón azul.

—¿No ves? Ahí lo tienes. —El rubio flexionó las rodillas para poder quitarse el pantalón con facilidad—. ¿Por qué conmigo es distinto?

—Porque, Yura...

—¡Ya estoy listo! —exclamó, sin dejarlo terminar—. ¡Espero que me sigas al agua!

Sin previo aviso, Yuri inició una carrerilla frenética hacia la orilla. Al llegar al borde, pegó un salto que lo hizo aterrizar, entre chapoteos, dentro del lago. El agua clara y limpia le llegaba casi hasta las rodillas, y no pudo contenerse de empezar a dar pequeños brincos hacia la zona más profunda. Cuando se vio sumergido hasta la cadera, se giró nuevamente para captar la imagen de su amigo.

Otabek se había quedado, también, únicamente con sus calzones interiores de lino, largos hasta la pantorrilla. Con cautela, escudriñaba las ondas calmas del agua mientras se internaba, cada vez más, hacia la zona más profunda. En un afán infantil de alejarse de él, Yuri se sumergió en el agua y, de manera frenética, movió piernas y brazos hasta llegar a una zona donde sus pies apenas tocaran el suelo.

—No te vayas demasiado lejos —le advirtió Otabek, tal como hacía Viktor cuando, en su infancia, los tres juntos iban a nadar al lago.

—Conozco muy bien estas aguas —le respondió Yuri con descaro—. Sé exactamente hasta dónde debo ir. —Pasó una mano por su rostro mojado, apartando el agua de sus ojos y los cabellos que se pegaban a su frente y sus mejillas. Ni siquiera se molestó en mencionar la vez que, deseoso de probar sus límites, se dirigió hacia el centro del lago. Al descubrir que, en efecto, sus pies no tocaban el suelo terroso, comenzó a patalear y gritar desesperado para que Viktor lo sacara de allí. Estaba ahora de pie en el lugar donde, hacia no demasiados años, había estado a punto de ahogarse. El agua le llegaba hasta el pecho, refrescando la piel tersa de sus clavículas—. Oye, ¿no vas a venir? —Una sonrisa pícara se formó en su rostro al considerar la posibilidad de que Otabek le hubiese mentido cuando le dijo que sabía nadar.

De un momento a otro, el agua se sacudió con un audible chapoteo, y los ojos de Yuri viajaron hacia su punto de origen. Otabek se había cansado de tantear el suelo tan pacientemente, y se acercaba, con una notable torpeza, hacia donde estaba Yuri. No obstante, se detuvo en seco cuando sus pies parecieron llegar a un abrupto descenso. Yuri podía darse cuenta que no se trataba de un acto de cobardía, más bien de uno de prudencia, por parte de alguien que se adentra en lo desconocido. Pero no pudo evitarlo, no pudo evitar que su gracioso bufido se convirtiera en una carcajada con tinte burlón.

—¡Que tonto eres! —le reclamó. Al instante, volvió a sumergirse en las aguas para nadar hacia donde estaba Otabek.

Cuando emergió de nuevo, con los cabellos rubios pegados a su rostro empapado, se estiró para sujetar a Otabek por el antebrazo. Tiró con ahínco, aferrando los pies al suelo de tierra para ganar más fuerza y atraer a su amigo hacia él.

—¿Qué haces, Yuri? —se quejó Otabek, forcejeando conscientemente contra los intentos del más joven.

—No va a pasarte nada mientras esté yo aquí —le prometió Yuri. Desistió al instante de burlarse de él, comprendiendo que mejor sería animarlo; tampoco Otabek se había reído de él cuando disparaba directamente hacia el suelo las flechas de su nuevo arco. A medida que Otabek empezaba a ceder, los dedos de Yuri se deslizaron con suavidad por su antebrazo, dejando un camino húmedo sobre su piel—. Ven conmigo, Beka... —le suplicó.

Si algo Yuri no se esperaba para nada, era que Otabek se acercara tanto a él como para rodearlo con ambos brazos, estrechando su cuerpo contra el suyo. El más joven no dudó en corresponder, aferrándose a él como si la vida se le fuera en ello.

—¿Lo ves? No está tan mal... —murmuró.

Desde luego que no estaba mal. La cálida piel de Otabek era un delicioso contraste con el frescor del agua, que apenas se dejaba oír mientras besaba sus cuerpos. Los dedos de Yuri se movieron en un recorrido ascendente por la amplia espalda del mayor, reconociendo cada músculo y cada marca de una piel a la que, de a poco, estaba haciendo suya. Presionó sus labios contra el marcado hueso de su clavícula, enterrando su rostro allí y dejando breves besos, uno tras otro.

—Estás tan caliente, Otabek —expresó al pasar, cerrando sus ojos y frotando su mejilla contra la piel ajena.

—Mis ropas estaban demasiado cálidas, pero el agua está fría... se me pasará —respondió el mayor, devolviéndole las atenciones con caricias en su espalda media.

Una enorme sonrisa brotó de la boca apretada de Yuri, la cual Otabek muy probablemente pudo notar al sentir como sus labios se relajaban contra su piel. Al instante, los ojos verdes estaban fijos en los del contrario, devorándolo con afán retador.

—¿Estás seguro?

—S...

Yuri era intrépido, vaya que lo era. En el tiempo que dura un latido, el joven tomó las mejillas de Otabek con ambas manos, y atrajo su confundido rostro hacia el suyo. Capturó sus labios en un beso apasionado, dándole apenas tiempo para poder reaccionar correctamente. No obstante, Otabek no tardó en morder su labio inferior para abrirse paso en su boca de una forma muy poco delicada, enviando un cruel pero placentero espasmo que recorrió el cuerpo de Yuri de arriba a abajo. Las manos del rubio se deslizaron hacia atrás, para aferrarse a su nuca y enredarse en sus cabellos oscuros. Respiraba con desesperación en cada breve pausa que Otabek le daba, deseoso de prolongar aquel fogoso beso por el mayor tiempo posible.

Al cabo de unos instantes, dejó caer sus manos y terminó por separarse de Otabek. Aquel único beso había bastado para hacer que su corazón latiera desenfrenado, provocándole unos jadeos incontrolables. Muy a pesar de sus dificultades, fue él el primero en tomar la palabra.

—Dime, Beka, ¿he conseguido mantener el calor dentro de tu cuerpo? —le preguntó con una sonrisa traviesa.

—Siempre lo haces —le respondió el otro. Aun estando demasiado concentrado en intentar mantener sus pies en el suelo, acarició la mejilla pálida de Yuri, frotando con su dedo pulgar—. Si algún día se termina la leña en el castillo, te llevaré a mi habitación para que duermas conmigo.

Yuri dejó escapar una risotada sarcástica, haciendo un esfuerzo por no trastabillar.

—Oh, ¿entonces es eso? ¿Es esa la razón por la cual me has rechazado las dos veces que quise dormir contigo después de mi cumpleaños? —reclamó. Se había estado guardando aquel pequeño rencor para el momento perfecto en el que pudiese echárselo en cara—. ¿Por qué? ¿Porque ya no es invierno? ¡Me has estado usando todo este tiempo! —dramatizó.

Otabek lo miraba embelesado, negando con la cabeza y sonriendo de lado. A pesar del berrinche de mentiras que Yuri estaba montando, su palma seguía firmemente presionada contra la mejilla ajena. Parecía estar claro que las palabras de Yuri no eran sinceras, pero desde luego que éste no había olvidado las dos veces que Otabek lo había rechazado en el último mes. Solían dar rienda suelta a sus impulsos juveniles hasta que la situación se les iba de las manos, y entonces, Otabek quebraba sus ilusiones con una mirada gélida y una frase que Yuri había aprendido a odiar: no, no aquí.

—El castillo no es un lugar seguro. Hay demasiada gente, ¿no crees?

—¿Cuál es el problema con eso? Tú sabes que la única persona a la que dejo entrar a mi habitación eres tú, y nadie tiene que saber eso. —Posó su mano sobre la de Otabek—. Ni mi hermana, ni Viktor, ni mi estúpido criado. Es nuestro secreto.

—Sí, pero aun así... las cosas no siempre salen como uno quiere, Yuri —objetó el mayor, tomando una vez más el estandarte de la sensatez—. El castillo no es un lugar seguro porque levanta rumores, y no tienes idea de lo peligroso que puede ser un simple rumor para personas como nosotros. —De repente, los ojos oscuros de Otabek se endurecieron, mostrándole a Yuri todo el dolor que le provocaba tener que aceptar aquello.

No tenía que explicarle nada que Yuri no comprendiera por completo. El joven jamás se había mostrado demasiado prudente a la hora de calcular las consecuencias que podía traer aquello que su corazón le dictara; pero, no obstante, aquella situación era un nuevo extremo, un secreto que no podía llegar a oídos equivocados. Eso, Otabek lo sabía mejor que él. Al ser su amigo un príncipe heredero, su honor y su imagen deberían permanecer impecables ante los ojos de su padre y sus futuros subordinados.

—Comprendo... no es seguro. —Sus labios se fruncieron hasta quedar muy apretados, exteriorizando su disgusto. Tener que aceptarlo, provocaba que su corazón ardiera de la forma más fatal; era una mezcla de pasión por lo prohibido, y de la más amarga de las dolencias—. No allí, pero aquí en el bosque sí, ¿verdad? —La sonrisa volvió a hacerse presente, invitando a Otabek a que respondiera afirmativamente.

—Bueno, yo no he dicho que no...

Antes de que Otabek pudiese decir alguna otra cosa, Yuri se abalanzó una vez más sobre su cuerpo, acaparando sus labios con ferviente necesidad juvenil. Instintivamente, fue más lejos que la primera vez, inclinando su cuerpo sobre el ajeno y rodeándolo con ambos brazos para guiarlo, casi a la fuerza, hacia la orilla. Otabek le daba su consentimiento simplemente al dejarse llevar, olvidando la enorme fuerza que poseía y permitiendo que sus piernas respondieran a cada empujón que Yuri le daba.

De esa forma, fueron alejándose de la parte profunda, abrazados, envueltos en una pasión desbordante. Eran muy pocos los momentos en los que podían estar así con completa seguridad, por lo que cuando tenían la oportunidad, no se privaban de nada. Otabek hacía un esfuerzo descomunal por contrarrestar los movimientos bruscos de Yuri, pero este terminó por hacerlo caer sobre su trasero, sobre el suelo del lago. El rubio se encaramó encima de él, y no le dejó siquiera suspirar antes de volver a unir sus labios, sin importar que se encontraran debajo del agua. Otabek correspondió durante tan solo un instante, antes de separarse y empezar a buscar incorporarse con desesperación, para mantener su cabeza en la superficie.

Cuando estuvo bien afirmado sobre el suelo, la cabeza de Yuri emergió del agua y, por fin, sus miradas se encontraron.

—Lo siento —le dijo Otabek con una sonrisa tierna, acomodando una hebra rubia empapada detrás de su oreja.

La respuesta de Yuri fue acomodarse sobre el regazo de Otabek, con sus piernas a ambos lados del cuerpo ajeno, reclamando para sí el control de la situación. El otro respondió de inmediato, recorriendo sus costados con las palmas de sus manos, probando aquel cuerpo empapado por las aguas, y ardiente de deseo.

—Está bien —jadeó Yuri, sintiendo ya los efectos de la fricción en su entrepierna—. Vamos... puedes hacerlo mejor que eso —le reclamó con desenfado—. Sabes que puedes tocar donde tú quieras.

Sin lugar a dudas, aquello era una invitación, porque Yuri nunca había estado tan seguro de desear tanto algo —o a alguien— como en ese momento. Para suerte suya, Otabek captó su mensaje al instante y decidió, también, dar rienda suelta a sus deseos. Sus manos recorrieron el cuerpo de Yuri de arriba abajo. La ansiedad desbordaba de su tacto y era bien palpable para el más joven, que no dejaba de jadear y suspirar cada vez que los dedos de Otabek tocaban alguno de los múltiples lugares sensibles de su cuerpo. El primero, aquel entre sus piernas, lo descubrió casi de casualidad cuando tenía once años, y desde los doce que pasaba, mucho más tiempo del que le gustaría admitir, complaciéndose a sí mismo con su mano. Con Otabek, las cosas eran muy distintas. Junto a él, había descubierto que no tenía uno sino cientos de lugares especiales en su cuerpo, y que estaba ansioso por dejar que su amigo los descubriera todos, al tiempo que él descubría los suyos.

En ese momento, las manos del moreno se inmiscuyeron, sin ningún tipo de pudor, por debajo de la única prenda que llevaba. Se afirmaron con fuerza sobre las nalgas firmes del muchacho, apretando de una manera bastante descarada.

—Maldición, Beka —soltó, arrastrando la última sílaba del apodo que le había inventado.

Casi como si de un acto reflejo se tratara, Yuri empezó a mover su pelvis sobre el regazo de Otabek, buscando desesperadamente dar con su erección, que ya empezaba a manifestarse por debajo de toda aquella tela que lo cubría. En efecto, no era algo menor. Sin embargo, Yuri era un chico tozudo, y daba la casualidad de que, en la posición en la que estaban, el control casi total residía en él. Sujetándose con firmeza de los hombros fuertes de Otabek y ayudándose de sus piernas, Yuri arqueó su espalda para ascender con decisión; frotando, a su paso, su pelvis contra el bajo vientre del mayor.

—Yu-Yura... —Por primera vez en la tarde, Yuri logró arrancar un ronco gemido de los labios de Otabek, que no parecía para nada avergonzado por haberse expuesto de esa manera—. Por favor... continúa... —le suplicó, hundiendo sus dedos en la piel suave y tierna de sus glúteos.

Yuri, que estaba haciendo un esfuerzo descomunal con sus piernas para mantenerse a horcajadas sobre Otabek, se aferraba con gran insistencia a su espalda, mientras recibía caricias suaves.

—¿Qué esperas? Quítame eso, grandísimo imbécil. —Apretaba los dientes, sintiéndose incapaz de resistir mucho más tiempo en esa posición. Necesitaba volver a sentarse sobre una superficie cómoda, como lo eran las piernas de Otabek.

No tuvo que insistirle demasiado para sentir el tirón en su prenda, que con algo de dificultad, fue deslizada hacia abajo sobre sus glúteos hasta que no hubo barrera alguna entre el agua y su intimidad. Fiel a su promesa, Yuri depositó su pelvis nuevamente sobre el regazo de su amante, arrancando un nuevo jadeo de su garganta. Deshacerse de la prenda interior de Otabek le presentó un nuevo reto, pero resultó ser lo suficientemente diestro como para bajarla hasta la altura de sus muslos, sobre uno de los cuales depositó una ferviente caricia.

—Yuri... —Otabek apenas parecía ser capaz de contener el aliento mientras los dedos intrépidos de Yuri se movían entre sus piernas, repartiendo suaves roces a lo largo de la parte interna de sus muslos.

Una vez cruzado ese umbral, ninguno de los dos se mostró lo suficientemente clemente como para darle tregua al otro.

Bajo los tímidos rayos del sol de mediados de primavera, se sucedieron besos, abrazos y caricias entre aquellas dos almas enamoradas y encendidas por la pasión. Los suspiros se confundieron con el canto de las aves, y con el sonido de las aguas, que acompañaban hasta el más leve movimiento que hacían sus cuerpos.

Yuri controlaba el ritmo de ambos, moviendo sus caderas de arriba abajo con el torpe desenfreno característico de su mocedad. Su compañero, al contrario, se mantenía firme, dejando escapar jadeos esporádicos cuando Yuri se movía encima de él, uniendo sus cuerpos con desesperación. Tenía uno de sus brazos firmemente aferrados a la cintura del ruso, para mantenerlo cerca y llenarle el pecho de besos, mientras con su mano libre estimulaba su erección. La piel nívea de Yuri hacía florecer muy fácilmente los frutos de los besos que Otabek repartía, uno tras otro, sobre sus hombros y en torno a sus delicados botones rosados. Eran marcas que, escondidas debajo de su ropa, le recordarían más adelante a cada uno de los besos ardientes que Otabek le había entregado aquella tarde en el lago calmo del bosque.

Presa de un peligroso impulso, Yuri decidió romper todas las reglas impuestas para vengarse de Otabek. La boca pequeña se posó en el hombro ancho del kazajo, recorriendo su clavícula con los labios humedecidos. Su piel estaba caliente, producto de la llama que habían encendido sus corazones.

—Yura... —Otabek exhaló una gran bocanada de aire y aprovechó la cercanía de Yuri para devorar su cuello de manera feroz y avasalladora.

A ojos de todo el mundo, Otabek estaba felizmente casado con Mila, pero su amor no le correspondía a nadie más que a Yuri. Con eso en mente, este depositó el beso sobre la piel tersa, cerrando sus dientes con extrema suavidad. Succionó con calma mientras que Otabek lo sujetaba de las caderas, para ser él ahora quién controlara las embestidas.

El placer del orgasmo llegó para ambos casi al mismo tiempo, una manifestación clara de que sus almas se encontraban en una sintonía casi perfecta. Cuando sucedió, Yuri se hallaba con su frente pagada a la de Otabek, jadeando con fuerza contra su rostro. Un par de brazos de aferraban con fuerza a su cintura, y sus cuerpos se mantenían estáticos, como si el tiempo se hubiese detenido a su alrededor.

—Otabek... —La voz de Yuri se escuchaba ronca y queda, acostumbrándose de a poco a volver a murmurar palabras coherentes.

—Dime, Yuri.

Una de las manos de Otabek se deshizo del abrazo para acariciar la espalda húmeda de Yuri, arrancándole suspiros suaves y agotados. Sin embargo, no estaba lo suficientemente débil para darle una respuesta. Cogió el rostro de Otabek con ambas manos y lo besó en los labios; besos tímidos y castos, que poco se parecían a los que acababan de compartir.

—¿Quieres secarte? —cuestionó Otabek.

Sujetó a Yuri por la cintura para ayudarlo a separarse de él, y luego de eso, ambos se fundieron en otro beso. En silencio, procedieron a limpiar sus cuerpos y acomodar su ropa interior empapada.

—¡Maldición! ¡Esto es tan incómodo! —estalló Yuri apenas salió del agua. Se veía gracioso, con los largos calzones chorreando agua por todos lados y a punto de volver a bajarse por su propio peso. Al llegar a la orilla, estuvo a punto de trastabillar; y por motivo de eso, soltó otro improperio.

Los ojos enamorados de Otabek lo seguían en cada uno de sus movimientos, mientras que, aún con el agua hasta los tobillos, hacía su mejor esfuerzo por escurrir al máximo su ropa interior.

Yuri se recostó sobre la hierba, con las piernas abiertas en un desesperado intento por que el sol le secara su desordenada prenda interior. Su mirada estaba fija en el cielo, pero no podía evitar entornar los ojos para no encandilarse con la poderosa luz del sol.

—¡Otabek! —lo llamó—. ¡Ven aquí! —Era una orden.

Extendió sus brazos, aún sin siquiera mirarlo, para que entendiera lo que tenía que hacer. Cuando Otabek se recostó a su lado, el rubio lo rodeó instintivamente con sus brazos y, antes de que pudiese continuar, el otro atrapó su mano para darle un apretón.

—Te estás poniendo más fuerte —observó Otabek, mientras se inclinaba para besarle los enmarañados cabellos rubios que Yuri poco se había preocupado en acomodar.

—Debe ser el arco —respondió Yuri. Sin dudas, se requería muchísimas fuerza para ser tan buen arquero como Otabek—. Y también, estoy creciendo. Ya no soy un niño, Beka.

La forma obstinada en la que hablaba arrancó una sutil risa de labios de Otabek.

—Lo somos. —Acercó la mano de Yuri a sus labios, para besarla—. Somos niños, a la vez que no, ¿no crees?

—Estás casado —le reprochó el más joven. Tenía el rostro hundido en el hombro ajeno, y la mirada perdida en su quijada, lo único que llegaban a ver sus ojos.

Debajo de él, el cuerpo de Otabek se sacudió súbitamente en un suspiro acongojado.

—Cuando estoy aquí contigo, todo lo sea o deba ser allí afuera, no tiene importancia. Es como... como si no existiera. Y me gusta así.

—Pero existe —insistió Yuri, frunciendo el ceño. Se cuestionaba, hasta qué punto negar las cosas podía conseguir que dejaran de existir—. Cuando la guerra termine, regresarás con tu familia. Probablemente, no volvamos a vernos durante años. —Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que su voz no mostrase ni un ápice de fragilidad.

¿Qué haría entonces? ¿Qué haría él sin la compañía de su Otabek?

—Te visitaré cada verano. —Eso parecía ser lo máximo que podía prometer. El viaje era largo, y cuando Otabek fuera rey, no podría ausentarse de su puesto por todo un verano.

—Y yo querré que siempre sea verano. —Plantó un beso casto sobre su pecho—. ¿Me dejarás visitarte cada invierno?

Estaba dispuesto a recorrer aquella interminable planicie por meses si así pudiese pasar unos días con él.

—Por supuesto. Así no pasaré frío.

—¿Hace mucho frío allí? ¿Cómo en Rusia? —Entre todas las cosas que Otabek le había contado de su tierra, aquel detalle tan simple se les había escapado—. ¿Qué tan terribles son?

—El invierno es la peor época para los pastores, Yuri. Los pastos se mueren y la estepa se congela. Los caballos, el ganado y sus dueños no tardan en sufrir el mismo destino. Hace siglos, conquistadores excepcionales intentaron superar eso, cabalgando hacia el Oeste seguidos de decenas de miles de los suyos. Bekzat Altin propuso una mejor solución —le explicó—. Pero los inviernos siguen siendo fríos, y aunque muchos clanes han adoptado la agricultura, es igual de duro.

—¿Qué tan duro puede llegar a ser para viajar? —Estaba más que dispuesto a cabalgar en medio de la nieve.

—No lo es tanto, si vas bien acompañado y cargado de provisiones.

—Entonces, viajaré hasta allí cada invierno, para estar contigo —le prometió.

Otabek volvió a besarle los cabellos y apretarle la mano, sellando, de esa manera, la promesa que acababan de hacerse.

—Me gustaría quedarme aquí hasta el atardecer —murmuró Otabek tras un largo intervalo de silencio.

Era de los pocos lugares donde podían ser genuinamente libres, amarse de la forma en que querían, y disfrutar de la compañía mutua sin tener la necesidad de pensar en sus deberes. Nada existía allí, más que Otabek y Yuri, en la versión de sí mismos que cada uno de ellos quería ser.

—Nadie nos impide hacerlo —confirmó Yuri.

Se sucedió un largo intervalo de silencio, donde el único sonido que llenaba el ambiente era el del murmullo del agua, los armónicos cantos de los pájaros, y la respiración tranquila de ambos chicos. La mano de Otabek se movía suavemente sobre el brazo de Yuri, acariciando con su dorso la piel tersa del muchacho, que a su vez, lo observaba con la fascinación presente en sus pupilas.

—Es difícil de creer —soltó Yuri, siguiendo su propio hilo de pensamientos, y desconcertando a Otabek, que enarcó una de sus cejas negras.

—¿De qué hablas?

—Pues... de que a pesar de que sé que no deberíamos, hacer el amor contigo se siente tan bien... —Si alguien poco grato los descubriera, como castigo mínimo, les impediría verse otra vez, pero cuando Yuri estaba entre los brazos de Otabek, sentía que estaba en su lugar de pertenencia.

La sonrisa de Otabek no se hizo esperar. Un gesto tímido, acompañado de su cabeza gacha. Yuri pensó que se veía adorable; y casi como si se tratase de un acto reflejo, se removió sobre la hierba para liberar su mano libre y acariciar la mejilla de su amigo con una suavidad extrema, una faceta suya que reservaba únicamente para él.

—Puedo decir lo mismo, aunque tú hayas sido el único... —respondió Otabek. Sus dedos seguían deslizándose perezosamente por sobre el brazo pálido de Yuri, dejando la huella invisible de su tacto.

—¿Cómo? Pero mi hermana y tú... —Ya era hora de que esclareciera, por fin, aquel asunto.

La mano que acariciaba su tersa piel se detuvo de improviso. De repente, la sonrisa se había desvanecido del rostro de Otabek, que sacudía la cabeza en una tajante negación. Por un momento, Yuri temió haber acabado con la paz en la que estaban sumergidos.

—No, Yuri. Hay una diferencia entre el deber, y lo que uno de verdad quiere —le dijo con su seriedad característica—. Mi padre me enseñó que ambos son igual de importantes; y sé que lo son, pero no deberían ser puestos al mismo nivel. Nunca.

Una sonrisa tenue se dibujó en los labios de Yuri, que no podía dejar de observar, con fascinación, como Otabek fruncía las cejas con decisión al sacar sus propias conclusiones sobre todo aquello que se le había enseñado en su niñez. Se preguntó cómo alguien podía ser tan obediente y tan seguro de sí mismo a la vez. Por más que la actitud de Otabek muchas veces lo irritara, Yuri no podía evitar admirar el respeto que Otabek tenía a su padre. Nunca decepcionaba a nadie.

—Mila es mi deber, pero tú eres mi adoración.

Mientras lo oía hablar, el pulso de Yuri se aceleraba considerablemente, hasta el punto de obligarlo a tomar grandes bocanadas de aire para contener la pasión desbordante que lo consumía, a un ritmo avasallador. Sujetó la mano de Otabek entre las suyas y la dirigió, lentamente, hacia su pecho desnudo, justo encima de su desbocado corazón.

—A mí, una vez alguien me dijo que no está bien esconder los sentimientos, porque uno termina por ponerse enfermo. —A pesar de que la situación misma amenazaba con dejarlo sin aliento, Yuri hizo un gran esfuerzo por rememorar las palabras que Yuriko le había confiado aquella mañana de marzo. En simultáneo, guiaba la mano de Otabek por su cuerpo, deseoso de sentirla, una vez más, sobre su piel expuesta—. Y yo no quiero enfermarme.

La sonrisa ladina que esbozó, fue la perfecta señal para que Otabek comprendiera sus intenciones. Por mutua iniciativa, Yuri y Otabek volvieron a fundirse en un beso apasionado, guiándose meramente por los sentimientos que afloraban en sus corazones alborotados. Sus consciencias se declararon libres de desterrar toda molestia que pudiese provenir del exterior, entregándose, juntas, al impulso más primario del hombre.

Fieles a su promesa, aquella tarde permanecieron en el bosque hasta el anochecer. Sobre la hierba fresca, se amaron una vez más, y luego otra, haciendo caso omiso a los colores cambiantes del cielo, obedeciendo únicamente a la necesidad impetuosa de satisfacer su libido en la cercanía mutua. Convirtieron aquella tarde moribunda en un trozo de eternidad, siendo ambos conscientes de que aquel inocente desenfreno juvenil podría llegar muy pronto a su fin.

Al anochecer, cuando ambos yacían observando la luna con sus cuerpos agotados y sudorosos, hicieron un nuevo pacto silencioso. Ambos comprendían la necesidad de atesorar cada uno de esos momentos en su memoria, como si se tratase del último, porque algo tan prohibido como el amor que los unía, fácilmente podía pasar al terreno de lo efímero por acciones de terceros.


Días más tarde, llegó la esperada mañana en la que los ejércitos partirían hacia la llanura sureña. El patio, que ya a diario solía estar atestado, aquel amanecer era un lío de voces lejanas, caballos, y hombres con armadura. La druzhina real era la protagonista de la escena, con sus trescientos jinetes armados y bien dispuestos sobre sus caballos. Su nuevo comandante se pavoneaba frente a ellos, luciendo una armadura bien lustrada y una sonrisa que a Yuri le hubiese gustado borrar a base de duros golpes.

No obstante Yuri, que de niño había presenciado aquel acontecimiento por lo menos unas dos veces, lo observaba ahora desde una perspectiva completamente nueva. Estaba de pie junto a la entrada, con los dedos enredados en la rienda de Fiódor, que estaba ya bien dispuesto para ser montado. De las rodillas a sus dorados cabellos, y por encima de un grueso gambesón, su cuerpo entero estaba cubierto por un pesado tejido de cota de malla, sobre el cual llevaba orgullosamente un fino jubón de tela escarlata con la insignia de su familia. Con su mano libre, cogía con fuerza el reluciente medio yelmo plateado.

Al igual que los demás, esperaba órdenes de Viktor, órdenes para montar en su caballo y partir. Pero su hermano parecía demasiado ocupado en despedirse de su esposa, que acababa de llegar al patio con su hijo correteando a su alrededor. Mila iba junto a ella, y se dedicaba a observar la escena con una mezcla emoción y miedo.

—Nunca antes te había dejado por tanto tiempo, y menos aún en un momento como este.

Cuando empezó a acercarse hacia ellos, lo primero que oyó fue la voz de su hermano. Sujetaba con fuerza las manos de su esposa, y parecía estar pidiéndole perdón con la mirada. La mujer lucía ya un vientre prominente, evidenciando que le faltaba ya muy poco para dar a luz a su segundo hijo.

—No es culpa tuya, Viktor —lo tranquilizó ella—. Solo cumples con tu deber, como todo rey debe de hacerlo. Estarás de vuelta, y nuestra vida seguirá su curso normal. —Su sonrisa era de las más dulces que debían de existir en aquel mundo.

Antes de que Yuri pudiese reaccionar, burlándose de Viktor, un par de brazos fuertes lo rodearon por los hombros y lo hicieron girar violentamente sobre el suelo de piedra. A Mila ni siquiera parecía importarle la dureza de la armadura y la resistencia desesperada de Yuri.

—Aunque he de admitir, que estoy preocupada por ti —comenzó, cediendo ante los golpes y codazos del menor para soltarlo—, confío plenamente en tus habilidades. Además, ¡mira! ¡Creo que hasta te has puesto más alto! —Intentó comprobar aquello con su mano, llevándola desde la cabeza de Yuri hasta la suya. En efecto, Yuri, que durante toda su juventud temprana había sido más bajo que su hermana, amenazaba ahora con llegar a superar su estatura—. Pronto, serás todo un hombre, Yuri —continuó Mila, incapaz de contener su entusiasmo—. Estoy muy orgullosa de ti, pequeño.

—Gracias —respondió en voz muy baja, un murmullo al cual se llevó el viento.

Luego de besar a su esposa unas cientos de veces y de acariciar su vientre hinchado otras tantas, Viktor se encontraba acuclillado, abrazando a Andréi con fuerza y besando cada centímetro de su rostro infantil. Yuri quiso reír con tan solo ver las pequeñas muecas que formaban los labios del niño con cada nuevo beso de su padre.

—¡Papá, ya está bien! ¡Detente! —chilló, pateando el suelo con fuerza.

Viktor parecía también un extraño, con su túnica recubierta de cota de malla y la gigantesca capa roja con ribete de piel que llevaba sobre los hombros. Era muy parecida a la que llevaban Yuri y casi todos los hombres de la druzhina.

—Oh, no. No te pongas como Yuri... es un pésimo ejemplo —le pidió Viktor. Como si buscase reafirmar lo que acababa de decir, tomó el delicado rostro del chiquillo entre sus manos enguantadas y le dio un último beso sobre la coronilla.

Al ver que los besos habían llegado a su fin, Andréi dio un saltito y se lanzó hacia los brazos de su padre, que olvidó toda la resistencia de su hijo para envolverlo con fuerza por la cintura.

—Yuri.

Giró su cuerpo cuando oyó que lo llamaban, sorprendiéndose de encontrar a Otabek. También llevaba a su caballo oscuro bien cogido de la rienda.

—Pensé que estarías con Askar —le dijo Yuri—. De todas formas, ¿Dónde está él?

—Fuera de las murallas, en el campamento, con el ejército.

Yuri apenas pudo contener el aliento cuando, al prestarle más atención, vio que por primera vez llevaba puesta su armadura. Intercambiaron miradas ansiosas, escudriñándose el uno al otro de pies a cabeza. El silencio entre ellos era tal, que cualquiera de los presentes, de haber querido, hubiese podido empezar a sospechar que algo extraño sucedía entre ellos.

—Bonita armadura —se apresuró a decir Otabek, repentinamente mostrándose ofuscado. Yuri fácilmente pudo notar que estaba haciendo su mayor esfuerzo para tragarse las palabras más comprometedoras, aquellas que él podía ver bien reflejadas en sus ojos.

«Tú también te ves muy bien». La armadura que llevaba Otabek era un poco distinta a la de Yuri. La túnica, larga hasta las rodillas, estaba protegida únicamente en el pecho y los hombros, dejando los brazos con la mayor flexibilidad posible para permitirle disparar el arco. La coraza estaba compuesta por pequeñas láminas de bronce, cosidas una junto a la otra; se veía muy adecuada para la caballería ligera que constituía la totalidad del ejército kazajo. Por lo demás, estaba ya equipado con su sable y su arco, el cual llevaba bien sujeto a su espalda.

—¿Estás listo? —le preguntó Yuri, acariciando instintivamente el mango de su espada. Se trataba de la nueva, aquella que Viktor le había regalado cuando cumplió los dieciséis. Durante los últimos días, había pasado largas horas con Otabek en el patio, con el objetivo de acostumbrarse a su nueva arma.

—Supongo que lo descubriré pronto —respondió Otabek con tono sombrío.

—Sí. —Yuri hizo un mohín y apoyó su mano en el antebrazo de su amigo, allí donde podría sentir el fuerte agarre de sus dedos—. Tienes que decir que sí.

—¡Oye! ¡Yuri!

De repente, parecía como si todo el mundo estuviese buscándolo. Pero su instinto más primario lo hizo dar un salto al oír la voz de Yakov llamándolo a los gritos. El hombre se había pasado casi todo el mes poniéndole mala cara cada vez que se cruzaban, y el obstinado de Yuri, siempre le devolvía el gesto. Yakov incluso se enfadó con Viktor cuando se enteró, por medio de un Yuri demasiado eufórico, que su hermano le había permitido acompañarlo. Habían estado evitándose deliberadamente desde entonces, porque Yuri sabía que su mentor tendría siempre algo para reprocharle, mientras que él solía reaccionar gritándole en su cara. Terminaría por hacerlo sentir que no era lo suficientemente bueno; y aquello, era lo último que necesitaba en un momento como aquel.

Por ende quiso huir, pero el brazo de Otabek lo detuvo. Era un traidor, un maldito traidor.

No tuvo más opción que mirar a Yakov a la cara, como cuando aún era un niño y temía disculparse por alguna travesura que había hecho en la armería. Permaneció allí de pie, muy quieto, mientras los ojos del hombre, muy fríos debajo de sus finas cejas fruncidas, le daban una dura y silenciosa reprimenda. Sin embargo, en ningún momento Yuri bajó la cabeza. Como si se tratara de un infantil desafío, cogió el yelmo con ambas manos y lo colocó en su cabeza, sobre la cota de malla que apelmazaba sus cabellos dorados.

—¿Vas a decirme algo, viejo?

Yakov no tuvo mucho para decir ante aquella mirada fulgurante, aquel gesto obstinado del chico al cual había visto crecer. En ese momento, lo único que estuvo a su alcance con respecto a Yuri, fue rodearlo con sus brazos y estrecharlo con fuerza. El joven se quedó estático, pero no mostró resistencia alguna.

—No hay ya nada que yo pueda decir o hacer, porque siempre has sido un chiquillo tozudo hasta la médula. —Yuri no pudo evitar sonreír ante tal caracterización, que él mismo consideraba una virtud más que otra cosa—. Eso es bueno —prosiguió Yakov—, porque nadie nunca podrá ponerse entre tú y aquello que más quieras.

—Eso, jamás —ratificó Yuri con la voz impregnada de orgullo.

—Espero que, donde sea que estén, tu padre y tu abuelo sepan que intenté detenerte. —Tampoco Yakov era un hombre muy afectivo, por lo cual se separó de Yuri antes de seguir hablando—. Pero creo que también que estarían orgullosos de ti.

El corazón de Yuri se estrujó con tan solo pensar en qué le diría su abuelo al verlo allí de pie, con su armadura y la espada colgada del cinturón, listo para cabalgar hacia la batalla junto a su hermano y sus hombres. Probablemente, sentiría también una mezcla de orgullo y miedo, que Yuri se encargaría de disipar con un fuerte abrazo. Mordió su labio con fuerza para obligarse a contener las lágrimas que amenazaban con formarse en sus ojos.

Los guerreros sangran, pero no lloran.

—¿Y tú? ¿Tú lo estás? —quiso saber, con un dejo demandante.

Por un instante, pudo jurar que Yakov se encontraba en un estado similar al de él, intentando contener la emoción. Por eso mismo, agradeció que ambos fueran muy diestros en ocultarlo.

Más sorprendido se mostró cuando, en lugar de palabras sinceras, recibió un golpe fuerte en el hombro. Y en lugar de quejarse, Yuri sonrió ampliamente. Un espaldarazo de parte de su mentor valía más que cien halagos que viniesen de otras personas.

Después de que Yakov se apartara, le llegó el turno a su esposa Lilia. Esta tampoco tuvo reparos en dejar atrás su cuidado aspecto de mujer estricta para, por primera vez, plantarle un ruidoso beso en cada mejilla antes de rodearlo con sus brazos. Tal como cuando era niño, Yuri arrugó la nariz al sentir aquel característico aroma a rosas, el cual siempre había asociado con sus interminables y aburridas clases de baile.

—Cuídate, niño —le susurró Lilia al oído. Era la primera vez que se mostraba tan maternal con él; pero desde luego, Lilia siempre había sido, para Yuri, un mayor referente materno que Tanya Orlova. Fueron pocas las veces que, durante ese tiempo, Yuri se detuvo a pensar en su madre, pero no había dudas ya de que aquella mujer, para él, tan solo representaba un recuerdo lejano.

Lilia no dejaba de darle recomendaciones absurdas mientras sujetaba su rostro arrugado, y Yuri se limitaba a mirar a su alrededor con ojos exasperados, sintiendo que sus mejillas se encendían cada vez más con cada instante que pasaba. ¿Qué pensaría Otabek de él? ¿Se burlaría de un trato tan infantil hacia su persona? No podría saberlo, al verse incapaz de girar su rostro hacia cualquier dirección.

—¡Haré todo eso que me dices! —bramó finalmente, enfurecido—. ¡Pero suéltame, por favor!

La anciana respondió con un último abrazo, al cual Yuri correspondió con escasas fuerzas. De repente, todo aquello empezaba a exacerbar su impaciencia. Se imaginaba ya espoleando a Fiódor para que cabalgara con ahínco hacia lo desconocido, hacia la aventura de su vida. En su mente, impregnada aún de inocencia infantil, la guerra no era más que eso: una fuente inagotable de gloria y aventura.

Yuriko, que había presenciado la escena de principio a fin, se mostró más considerada a la hora de despedirse de él. Lo abrazó con fuerza, y más de uno se mostró sorprendido cuando Yuri le devolvió el abrazo, como a una hermana. Las palabras sobraban en aquel abrazo, porque ya nadie podía decirle algo que Yakov y Lilia no hubiesen enumerado.

—Te deseo suerte, Yuri. —Aquellas fueron las únicas palabras que le dijo su cuñada, su hermana. Luego de eso, inclinó la cabeza en un gesto de respeto, y Yuri se conmovió al pensar en lo mucho que había cambiado su relación con ella en unos pocos meses.

Y le estaba profundamente agradecido.

—Gracias, Yuriko. —Bastó tan solo una mirada a sus profundos ojos marrones para confirmar que la mujer comprendía el verdadero significado de su agradecimiento.

Viktor dio un nuevo abrazo a su esposa mientras su hijo se acercaba a despedirse de su tío. Yuri no necesitaba ya acuclillarse para despedirse de Andréi, porque a sus ocho años, el chiquillo le llegaba hasta el pecho. Compartieron un abrazo fuerte, y la promesa de que Yuri regresaría a ayudarle a perfeccionar sus habilidades con la espada.

De una forma u otra, Viktor consiguió dejar de lado su rol de padre de familia para convertirse en el Rey que todos los hombres, tanto dentro como fuera del castillo, estaban esperando. A Yuri le fascinaba pensar que bastaba solo la señal de un solo hombre para poner en marcha a aquel inmenso ejército, compuesto por unos sesenta mil hombres. El Rey daba la orden al general del pueblo aliado y a una veintena de sus vasallos directos, que a su vez, ponían en marcha a los suyos, y así sucesivamente, hasta llegar al más humilde hombre de la hueste de campesinos de algún castellano menor.

Montado ya en su caballo blanco, el Rey se abrió paso entre las treinta filas de diez hombres en las que se organizaba la druzhina. Yuri lo seguía de cerca, montado en su corcel alazano. Detrás de él iba Otabek, dispuesto a reunirse con su ejército una vez atravesaran la muralla exterior del castillo.

—¿No has traído el arco? —cuestionó, al observar que, además de su espada, Yuri tan solo llevaba una lanza sujeta a su silla de montar. No era del todo diestro con esa arma en particular, pero era la más adecuada para una pelea sobre el caballo.

—Sí, lo guardé en mi baúl, en la carreta de provisiones —le explicó—. No sé cómo disparar desde mi caballo, Beka.

Otabek torció los labios en un gesto reprobatorio.

—Ten cuidado, puedes perderlo —dijo con un dejo de angustia, como si el arco fuese, en efecto, un trozo de su alma—. Tendré que enseñarte muy pronto, no puedes estar completamente desarmado mientras montas.

—No lo estoy, idiota. —Tocó la empuñadura de su nueva espada con la punta de su dedo enguantado. Del otro lado, llevaba una daga corta y un puñal.

—La espada entra en juego recién cuando has perdido tu caballo —se apresuró a responder Otabek—. Y si pierdes tu caballo, eres hombre muerto.

La firmeza de sus palabras las hizo determinantes, y ni un vocablo más salió de labios de ninguno de ellos. No obstante, era momento ya de que estuviesen atentos a las órdenes de Viktor. Cuando este alzó el brazo, el rastrillo de la entrada fue elevado con lentitud para que los centenares de jinetes cruzaran al exterior.

Más allá de las murallas, los números se multiplicaban considerablemente. Yuri se removió ansioso sobre su montura, recorriendo con su mirada la variopinta hilera de estandartes, cada uno de los cuales se alzaba sobre un grupo de hombres tan diverso hasta el punto de agrupar tanto a caballeros, como a lanceros y arqueros a pie. Los grandes señores aguardaban ya con sus ejércitos organizados, y preparados para recibir órdenes, por lo que tan solo bastó una señal silenciosa por parte de Viktor para que la totalidad del ejército se pusiera en marcha.

Yuri cabalgaba en silencio junto a su hermano, habiéndose ya quedado solos, luego de que Otabek se separara de ellos para reunirse con su tío y el ejército de su padre. La marcha era lenta, pero a su alrededor, las decenas de miles de hombres que se movían en la misma dirección creaban en la atmósfera un eco constante y lejano que los acompañaría durante todo el largo viaje hacia el sur.

Muy a pesar del miedo que lo acechaba de a ratos, en el corazón joven de Yuri imperaba la expectativa, y el orgullo que sentía por el estandarte que se alzaba sobre su cabeza. Por fin había llegado su momento. Era eso lo que cada niño tenía en mente desde el instante en que un adulto colocaba, por primera vez, una espada de madera en sus manos, para enseñarle sobre el arte de la guerra. Así lo había vivido su hermano, y probablemente su padre y su abuelo antes que él. La guerra, deber y atributo de la casta nobiliaria, era, además, la única forma por la cual un muchacho podía aspirar a convertirse en hombre y probarse a sí mismo. Muchos encontraban la muerte en su primera batalla, pero otros tantos, los más habilidosos, quedaban inmortalizados en las canciones y en las páginas de los libros de cuentos.

Desde muy pequeño que Yuri quería ser como los segundos.


¡Hola! Después de tanta espera, por fin pude terminar el capítulo 13. Lo tenía bastante avanzado desde enero, pero los exámenes atacaron y una vez que pude dar uno (no del todo bien como me hubiese gustado, pero al menos aprobé) pude terminar con esto. Espero que les haya gustado el capítulo, que de por sí, no es un capítulo importante. Tampoco estaba pensado para serlo, ya que los próximos capítulos, si bien serán más cortos, tendrán bastante acción (supongo que ya sabrán a qué me refiero ;) ).

¿Qué opinan de Askar? :D Personalmente, es un personaje que me gusta mucho, a pesar de algunas actitudes reprochables que pueda llegar a tener. Será un personaje importante, sobre todo en la segunda parte de esta historia, así que espero que les haya gustado. También quise dar un atisbo más profundo a lo que es la familia de Otabek, para ir presentando a personajes que también serán muy importantes una vez que aparezcan dentro de algunos capítulos. Y si bien decía que este fue un capítulo de transición, lo aproveché para explorar un poco más la forma en que se va desarrollando la relación de Otabek y Yuri, porque más allá de que me encanta escribir esas escenas tiernas entre ellos, esta tiene un motivo sutil, que es dar cuenta de cómo su relación se ha ido desarrollando a nivel afectivo y carnal hasta convertirse en algo ya casi irrefrenable. Eso puede ser bueno, como también malo :c Les hago otra pregunta: ¿Como creen que reaccionaría Mila si se enterara de la relación de Yuri y Otabek? ¿Y Viktor? Me encantaría saber lo que piensan al respecto.

Con este capítulo, la historia ha llegado ya a las 400 páginas de word, ¡justo después de su primer aniversario! Para mí, esto es todo un logro, porque jamás en mi vida imaginé ser tan constante con algo. :D

Una cosita más~ La historia fue nominada para el concurso Grand Fanfic Final, basado en la votación de los lectores. Sé que no tengo una chance si consideramos eso como único criterio, pero me pareció un lindo gesto por parte de la chica que quiso nominarlo, así que acepté que lo hiciera :) La historia está nominada para tres categorías:

*Mejor Longfic

*Mejor protagonista (Yuri P)

*Mejor pareja (OtaYuri)

Aquí les dejo el link:

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