14. LA PUNTA DE LA FLECHA
Al despuntar el alba del vigésimo día, una vez más levantaron el campamento precario para ponerse en marcha. Con el paso de los días, aquello se había convertido en una tediosa rutina que se repetía una y otra vez. Cuando el sol empezaba ya a ponerse en el horizonte, el ejército entero se detenía para descansar junto al río, y se montaba un campamento improvisado para que los hombres nobles y soldados descansasen antes de reanudar la marcha. Eran pocas las veces que se topaban con algún castillo en el camino ribereño, que alojaba en sus habitaciones al Rey, a su hermano y a los hombres de mayor posición social. La mayoría de las noches, se veían obligados a dormir sobre la hierba, bajo las estrellas que tapizaban el cielo de verano.
Por eso mismo, sin importar el lugar que ocupasen en la pirámide, quedaba ya poco de los jinetes heroicos que habían partido del castillo de Moscovia aquella mañana lejana, ataviados con impecables capas forradas de piel y yelmos relucientes. El descomunal ejército se había dispersado por los diversos caminos paralelos que seguían el curso del río Don. Ocurrió al cuarto día, cuando Viktor se reunió con los grandes señores, y muy hábilmente, lo dividió en tres: la druzhina real, compuesta enteramente por caballería pesada, y los pequeños señores, vasallos directos de la corona, viajarían junto a los jinetes kazajos, que a pesar de ser los más veloces, mantendrían un ritmo moderado; dividió luego a los hombres del norte y del sur en dos columnas al mando de sus respectivos señores supremos —Radoslav Nikiforov y Georgi Popovich—, ambos hombres en los que podía depositar su plena confianza. La única orden explícita que les dio, fue reencontrarse en la orilla del Volga, donde montarían un primer campamento que funcionara como base de operaciones.
No obstante, la eficiente organización ideada por Viktor ocultaba una realidad de hombres maltrechos, cansados y adoloridos.
Los rigores del viaje no tardaron en causar molestia en el joven Yuri, que se enfrentaba por primera vez a una larga travesía montado a caballo. De una manera muy poco grata, descubrió que a medida que descendían por el curso del Don, y que mayo se acercaba a junio, la temperatura aumentaba considerablemente. Dentro de los primeros días, se deshizo de la pesada capa; y al décimo, viajaba ya sin su cota de malla, vistiendo tan solo una túnica liviana por encima de la camiseta de lino. Pasaba gran parte del día bebiendo agua de su odre de cuero, utilizándola a veces para refrescar su cabeza caliente.
—¿Seguro que te encuentras bien? —preguntaba Otabek, por lo menos, unas dos o tres veces al día.
Y ante la forma en que lo miraba, con el ceño fruncido y los labios torcidos en una mueca casi imperceptible, Yuri no podía evitar sentir que se estaba burlando de él. Otabek se mostraba siempre sereno, en perfecta sintonía con la llanura inmutable, como si esta fuese, en efecto, un paraíso natural para él y su caballo. Yuri, por su parte, desde el tercer día que debía cambiar constantemente de posición sobre la silla de montar, porque los músculos de las piernas le dolían como nunca antes, y sus muslos estaban enrojecidos y repletos de ampollas y magulladuras. Sin decir una sola palabra, observaba sus heridas multiplicarse noche tras noche, sin que él pudiese hacer nada al respecto. Desde luego, estaba la posibilidad de pedir al sanador que los acompañaba que le diese algún tipo de ungüento, pero estaba seguro de que prefería tener sus glúteos en carne viva antes que tener que formular aquel pedido verbalmente. Una noche, cansado de enrollar sus piernas con paños de lino para contener sus ampollas sangrantes, descargó su rabia y su dolor contra la capa, que utilizaba como almohada. A la mañana siguiente, su llanto de la noche anterior era ya algo que hasta él mismo había olvidado.
—Sí, estoy bien. —Procuraba mostrarse firme al responder a las preguntas de Otabek, que no parecía creerle demasiado.
Cabalgaban juntos la mayor parte del día. A veces, Askar se les sumaba, otras era Viktor, cuando se aburría del charlatán de Boris, el mismo Boris que, para no aburrirse también, los hostigaba sin descanso.
—¿Sabían? —preguntó una vez, mostrando un aire de misterio en sus apagados ojos grises—. Toda esta tierra sobre la que cabalgamos, esta llanura, fue alguna vez territorio de los salvajes sureños. —Había adoptado aquel denominativo para referirse a Otabek y a todos los suyos.
—Lo sabía —respondió Otabek, sin siquiera quitar la vista del horizonte, donde la llanura se veía interrumpida por un bosquecillo de árboles bajos.
—Nosotros, los rusos, se la quitamos a ustedes. —La altanería de Boris podía rozar niveles insospechados, más para Yuri, que apenas podía contener las ganas de apuñalarlo con su daga corta.
—Eso, fue hace más de trescientos años —contraatacó Otabek, sin siquiera rebajarse a mirar a Boris de reojo—. En ese entonces, esta tierra, ni siquiera pertenecía a mi familia. Gran parte de esa región, estaba habitada por el poderoso clan de los Alasha, mucho más rico y numeroso que el clan Altin. Ambos pertenecían a la tribu de los Bajuly, una muy pequeña fracción del territorio kazajo. —Sus labios se curvaron en una sonrisa tenue antes de continuar con su explicación—. En realidad, que los rusos vencieran a los Alasha y sus aliados fue un golpe de suerte para un clan pequeño, constantemente hostigado por los vencidos. No tardó en monopolizar el poder en la tribu Bajuly; luego, se apoderó por completo del jüz menor... y el resto es historia.
Después de eso, Boris no volvió a asomar la nariz en los asuntos ajenos por unos cuantos días. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, Otabek y Yuri cabalgaban en silencio. Yuri, que necesitaba siempre de dinamismo, intentaba iniciar conversaciones triviales o le hacía preguntas con el único fin de hablar con él, pero Otabek solía responder con frases muy escuetas y palabras monosilábicas. A veces, cuando acampaban, si aún no era de día y no estaban muy cansados por el viaje, ambos acompañaban a Askar a hacerse con la cena de la noche. En esas escapadas, Yuri encontraba el momento perfecto para practicar su arquería montada... y terminaba siempre espantando a la presa que Otabek y Askar tenían en la mira. No obstante, disfrutaba de observarlos desplegar su habilidad, de una manera que, a sus ojos, le parecía pura altanería.
Al aproximarse aquella vigésima puesta de sol, los jinetes se detuvieron nuevamente junto al río para descansar. Yuri soltó un fuerte gruñido cuando sus pies tocaron la tierra, dando un inesperado sacudón a sus huesos y músculos adoloridos.
—Duele mucho, ¿no es así? —Viktor también estaba lejos de ser el hombre orgulloso que se paseaba por las galerías del castillo real de Moscovia; se veía fatal también, con sus cabellos plateados completamente enmarañados y los ojos cansados.
Ni siquiera tuvo fuerzas para responderle a su hermano. Tras soltar un largo bufido, el príncipe jaló de la rienda de su caballo para amarrarlo al tronco de uno de los árboles bajos que crecían junto al curso del río. Rebuscó en una de las alforjas para tomar de allí su odre de agua, ya casi vacío. Consciente de que podría llenarlo luego en el río, bebió con ganas, hasta acabar por vaciar el contenido del recipiente.
—¿Quieres un poco de vino?
La voz, claramente dirigida a él, hizo que se sobresaltara y estuviese a punto de dejar caer el odre. Askar lo observaba con detenimiento, y en su mirada se confundían un gesto de burla y la extrema compasión.
—Ayudará a tus músculos a relajarse —insistió, tendiéndole su propio odre.
—Estoy bien —respondió Yuri. Tenía muy claro que, dentro de cinco días más, se vería ya completamente incapaz de continuar con aquella farsa extenuante. Terminaría por desplomarse frente al próximo que le preguntara cómo se encontraba.
—Estás agotado, y tienes sed —rectificó el mayor—. Vamos, la mayor recompensa que un hombre puede recibir por un buen gesto, es que el otro hombre acepte su ofrecimiento.
Yuri le arrebató el recipiente de las manos y se dispuso a beber. El vino era tan fuerte que provocó un curioso ardor en su garganta, pero continuó hasta que la última gota se deslizó por sus labios secos. Una vez aliviado el ardor, pudo sentir un sabor exótico en su paladar, uno que su propio desconocimiento le impedía nombrar, pero que asociaba muy vagamente con la pimienta.
—Cardamomo. —Como si pudiera introducirse en sus pensamientos, Askar se apresuró a informarlo apenas vio como abría grandes sus ojos, con una expresión de asombro—. Me sorprende que nunca lo hayas probado.
—Ni siquiera sé de donde viene. —El chico se encogió de hombros y le tendió el odre—. ¿Tienes más?
—Viene de muy lejos, pero nosotros tenemos la ventaja de cobrarle tributo a los mercaderes que se ocupan de comprarlas en Oriente. —Esbozó una sonrisa ladina—. En el campamento, hay ánforas completas.
Le bastó tan solo asentir para que Askar lo guiara con él hacia la zona donde acampaba el ejército kazajo. El número de hombres superaba cuatro veces el de los rusos que allí se encontraban: únicamente la druzhina real y los hombres que respondían directamente al Rey. Todos estaban en movimiento, ya fuera ocupándose de los caballos, o de preparar diversas fogatas para la comida. Los ojos de Yuri vagaban de un lado a otro, buscando a la única persona que podría llegar a reconocer en medio de todos aquellos hombres sin nombre.
—¿Dónde está Otabek? —preguntó por fin.
—Lo envié a cazar junto a otros muchachos. Algunos de ellos se aburren, quieren utilizar sus armas, y aprovechan la tranquilidad de la noche para iniciar peleas absurdas... es peor aun cuando el vino se mete de por medio. Mejor obligarles a canalizar la violencia en algo útil, como traer la cena.
—Otabek no es violento —se apresuró a responder Yuri. Conocía bien a su amigo, tanto como para saber que jamás usaría sus armas contra alguien que no lo mereciera.
—No, pero alguien tiene que poner orden allí; además, pocas cosas le gustan tanto como cazar. Ven.
Lo condujo entre los hombres ajetreados hasta detenerse frente a una de las pocas yurtas que se habían montado para pasar la noche, la que ocupaban los dos hombres más importantes entre todos aquellos guerreros: el príncipe heredero y el hermano de sangre del Rey. Askar fue el primero en ingresar, seguido de Yuri, que ni bien estuvo dentro, se dejó caer sobre un cojín que parecía hacer de silla dentro de aquel lugar. Se relajó contra la superficie mullida mientras observaba a Askar rebuscar entre sus cosas. De uno de los baúles, extrajo una tosca ánfora de cerámica y dos cuencos metálicos pequeños, los cuales llenó hasta el borde con vino especiado.
—¿Sabes, Yuri? No es fácil para nadie afrontar un viaje tan largo. Con el tiempo, terminas por acostumbrarte. —Le tendió el cuenco y se sentó frente a él, con las piernas cruzadas. Antes de beber, elevó su recipiente e hizo un ademán de brindar con el chico, que mimetizó el movimiento.
A continuación, acercó la bebida a los labios, procurando beber con más recaudo que la primera vez.
—Lo sé. —La terquedad afloraba en sus duros ojos verdes—. ¿Acaso yo me he quejado? —Elevó la barbilla de manera desafiante antes de beber otro poco de su vino.
El viaje se estaba haciendo ya demasiado largo, pero si las deducciones de Viktor eran correctas, aquella sería la última noche que pasarían junto al Don. Por la mañana, desviarían su camino hacia el Este, donde les llevaría cerca de dos días recorrer la distancia que separaba la orilla de aquel río, con la del mayor y más caudaloso Volga.
—No, pero es evidente que se te hace difícil soportarlo. —Askar bebía tragos más grandes, casi como si aquel vino tan fuerte se tratase de agua—. ¡Pero es algo normal! No debes sentirte mal por ello. Otabek solo quiere ayudarte, jamás se burlaría de ti.
—¿Por qué crees que yo pienso eso?
No podía permitirse mostrar un solo signo de debilidad frente a aquel hombre a quién, a pesar de haberlo conocido apenas, ya admiraba profundamente.
—Otabek me confía muchas más cosas de las que tú crees. —La sonrisa enigmática que esbozó, hizo que el cuerpo de Yuri se estremeciera en un escalofrío repentino—. Me ha dicho que tú no dejas que te ayude, y que él realmente detesta verte sufrir.
—No estoy sufriendo. Yo mismo elegí esto.
En parte, era cierto. De haber querido, podría haberse quedado en el castillo, tal como le había ordenado Viktor en primer lugar. Sin embargo, allí estaba. Y por mucho que su cuerpo doliera, por mucho que sus heridas sangraran y le provocaran despotricar para sí mismo durante todo el día, se sentía feliz. Aquel era un entorno que todavía le quedaba demasiado grande; no se parecía aún en nada a todos aquellos hombres que cargaban sus lanzas con destreza, y menos aún a los que cazaban su propia comida sin siquiera descender de su caballo. De a momentos, sentirse tan inútil le frustraba, pero Yuri poseía algo que muy pocos tenían: una voluntad férrea por conseguir los objetivos con los que se encaprichaba.
—Tu actitud me gusta, chico —lo elogió Askar, dejando a un lado el cuenco vacío—. Pero nunca está mal depositar tu confianza en otra persona. Un ejército no funciona porque un solo hombre sepa dar bien las órdenes, sino por la forma en que todos los hombres que lo conforman, se confían mutuamente sus vidas.
La conversación se vio interrumpida de repente, cuando Otabek ingresó en la yurta. Con su mano izquierda, tenía bien sujeto, por las patas, a un ciervo joven; mientras que, en su brazo derecho, que estaba protegido por un grueso guante de cuero, se posaba un águila gigantesca. Yuri soltó una exclamación al verlo, y se puso de pie de inmediato para acercarse al animal.
—Yuri, ¿Qué haces aquí? —cuestionó.
—Askar me invitó. —Sus ojos estaban fijos en el águila, y su mano, de manera involuntaria, hizo un ademán de tocarle las plumas.
—Ten cuidado —advirtió Otabek. Le tendió su presa a Askar, que también se había puesto de pie para ayudarlo. Cogió al ciervo con ambas manos, y se dispuso a analizar el corte que la flecha había hecho, justo donde se juntaban el lomo y el cuello.
—Un buen tiro —murmuró—, un corte limpio. Buen trabajo, Otabek.
Mientras Askar desenvainaba su cuchillo de caza para empezar a desollar al animal, Otabek quitaba la caperuza de cuero que el águila llevaba en su cabeza diminuta.
—¿Tiene nombre? —preguntó Yuri, incapaz de dejar de lado su curiosidad.
—Tolganai. —La voz grave de Otabek se escuchó suave y arrulladora al pronunciar el nombre del águila.
Los labios de Yuri se movieron apenas, repitiendo el nombre de aquel ser majestuoso que lo encandilaba. Su mano volvió a moverse lentamente, acercándose a sus plumas con cautela. Era casi como si lo llamara, como si las advertencias de Otabek no existieran. Rozó su plumaje amarronado con la yema de sus dedos, procurando ser excesivamente cuidadoso para no asustarla. De repente, el ave batió sus alas, casi como si reaccionara al nombre que su dueño le había asignado. Yuri dejó escapar un jadeo, antes de apartar su mano, como si las plumas fuesen llamas vivas.
—No te ha hecho daño alguno, Yuri. —Otabek rozó el lomo del animal con el dorso de su mano, para calmarlo—. Pero no ha comido durante tres días, solo así podría haberme ayudado a conseguir una presa de este tamaño. Como recompensa, recibirá una buena parte de nuestra cena.
Una vez hubo acomodado al águila en la enorme jaula donde dormía, Otabek descolgó el arco de su hombro y se ocupó de desarmarlo mientras daba instrucciones a Yuri para que empezara a preparar una fogata. Tras algunos intentos, y un poco de ayuda, logró encender un fuego generoso sobre el cual depositar los trozos de carne cruda recién cortada. Al quemarse, esta desprendía una gruesa columna de humo que ascendía hasta el agujero de ventilación, en la parte central del techo de la yurta.
—¿No crees que tu hermano pueda estar esperándote? —preguntó Otabek. Estaba sentado ya a un lado de Askar, con un cuenco de vino pegado a sus labios.
—No lo sé —le respondió Yuri, encogiéndose de hombros—. No me importa, en verdad. Quiero quedarme aquí. —Viktor tenía a sus amigos, esos mismos que tanto adoraban divertirse a costa de su hermanito menor.
La risa de Askar no se hizo esperar. Atizaba el fuego con una vara de hierro y procuraba que la carne no se quemara hasta el punto de resultar incomible.
—¿Acaso todos los hermanos menores son así de huraños con sus mayores?
—No todos —se apresuró a responder Otabek.
—Otabek, tú cállate. No sabes lo que es tener un hermano menor; esos que un día te admiran, y al otro te miran como si quisiesen cortarte el cuello.
Atento a la conversación, Yuri se removió sobre el suelo para abrazar una de sus rodillas con fuerza. Cuando lo hizo, sus labios formaron una mueca. De repente, recordaba lo mucho que aún le dolían las piernas.
Estaba seguro de que jamás había tenido serias intenciones de cortarle el cuello a Viktor. Muchas veces, más de las que le hubiese gustado recordar, la propia forma de ser de su hermano había logrado sacar lo peor de él. Sin embargo, jamás había pasado de unos cuantos gritos y algunos golpes que a Viktor apenas le hacían daño. La diferencia de edades entre ambos era un motivo importante para que sus peleas reales fueran tan escasas. Cuando Yuri nació, Viktor ya era un jovencito de doce años; y cuando alcanzó la edad de plena consciencia, a los siete, su hermano era un hombre al que le quedaba ya muy poco para casarse. No transitaron juntos la juventud, y durante los últimos meses transcurridos, su relación fraternal había superado con éxito la prueba decisiva.
Jamás tendrían una relación llena de besos y abrazos, pero nadie nunca podría negar el hecho de que Yuri se había arrodillado ante su hermano, su Rey, con una sinceridad pura y transparente.
—La mayor parte de las veces, mi hermano se comporta como un idiota. —La voz de Yuri rompió con la cómoda conversación de dos que Otabek estaba teniendo con su tío—. Pero jamás se me ocurrió traicionarlo. Ni siquiera cuando tuve la oportunidad de hacerlo al alcance de mi mano.
De esa forma, terminó por sofocar la conversación, sumiendo a la yurta tenuemente iluminada, en un profundo silencio. Silencio que Askar aprovechó para desenvainar su cuchillo, que acababa de limpiar, y pinchar con la punta un trocito de ciervo.
—No quise referirme a tu relación con tu hermano, Yuri. —Al terminar de tragar, comenzó a hablar, bajo la mirada atenta de Otabek, que parecía temer un enfrentamiento verbal entre ambos. Era bien sabido lo mucho que molestaba a Yuri el simple hecho de que alguien osase acusarlo de traidor—. Lo cierto es que, cada familia es un mundo, ¿no crees? Algunas personas, pueden tener razones para aborrecer a aquellos que llevan su sangre.
—En eso, creo que concuerdo contigo. —Pensó de inmediato en su madre, hacia quién su odio aumentaba con cada día que pasaba; luego, estaba su tío. No necesitaba haber sido víctima directa de su carácter para sentir que lo detestaba, que quería golpearlo. Tan solo le bastaba recordar las muchas veces que Olga le había hablado de su padre, y la forma en que la había entregado a un hombre desconocido sin consultarle. No obstante, de ser por eso último, debería de odiar también a su abuelo, y a todos los padres de jóvenes nobles, de todas las tierras del mundo.
—En esos casos, lo más prudente es mantener el odio un secreto, para evitar problemas —intervino Otabek.
Su forma de pensar le agradaba. Él, con su carácter implacable y su irritabilidad, no podría aspirar jamás a ser como Otabek. Pero lo admiraba; admiraba su capacidad de anteponer la racionalidad a las pasiones, algo que era sin dudas, la mejor forma de evitar todo tipo de conflictos. O así lo consideraba Yuri, desde su extrema ingenuidad juvenil.
—Todos tenemos secretos, muchacho. —Askar se mostraba poco dispuesto a dejar ir la conversación. Al haber bebido demasiado vino, su lengua luchaba por revelar cosas que, de estar enteramente consciente, hubiese preferido guardar dentro de él—. Sea ya un amor no correspondido, o prohibido, o lo que sea; o tal vez un rencor hacia alguien... incluso el remordimiento de haber cometido parricidio, muy común... Una persona sabe que ha dejado la infancia, cuando tiene secretos, secretos que desearía llevarse a la tumba.
Los más jóvenes intercambiaron una muy fugaz mirada, y Yuri sintió un escalofrío que recorrió su cuerpo con una rapidez espeluznante. Tras haber confesado a Viktor la traición de su familia materna, el único secreto que escondía su corazón era aquel que lo unía a Otabek. Era un secreto de distinta índole que el primero, pero igual de peligroso.
—Incluso yo, que me muestro tan transparente, guardo secretos que no revelaré ni siquiera cuando el Señor de los cielos venga por mí. —Como evidentemente le incomodaba la mirada penetrante de su sobrino, Askar se acabó su bebida y dejó el cuenco a un lado—. También los tiene tu padre. Tal vez, no sea únicamente su enfermedad lo que le impida dormir por las noches. Su enfermedad, sí, pero porque sabe... sabe que si su momento se avecina, sus posibilidades de redención se desvanecen en el aire, en el viento de la estepa.
Ni bien terminó de hablar, se puso de pie con torpeza y se excusó, balbuceando algo sobre ir a beber con los generales. Al salir, dejó a los dos chicos aturdidos, sentados en el suelo con los ojos fijos en la puerta por la que acababa de desaparecer.
—¿Se va a beber aún más? Pero si bebió casi toda aquella ánfora por su cuenta...
—Déjalo. —Su voz se oyó tan dura y adusta, que a Yuri se le hizo un nudo en la garganta.
Un incómodo silencio volvía a separarlos. Con semblante apesadumbrado, Otabek se ocupaba de alimentar al águila Tolganai con trocitos de carne que cortaba con su puñal. Yuri, por su parte, evitaba deliberadamente el contacto visual, dándole el tiempo y la serenidad necesaria para aclarar su mente. Comía en silencio, deleitándose con la carne tierna del ciervo. Parecía haber sido lo suficientemente mayor como para tener algo de grasa en su cuerpo, pero demasiado joven para que su carne se endureciera. Yuri se sentía muy a gusto en el campamento kazajo. Allí, los criados eran considerablemente menos que en el campamento de su hermano, y todos los hombres, sin importar su rango, se ocupaban de la caza y de sus presas. "Como en los tiempos de nuestros ancestros", le informó Otabek una de aquellas noches.
—¿Qué piensas tú?
Perdido en el exquisito sabor de la comida caliente, le costó reaccionar adecuadamente cuando Otabek decidió, por fin, romper con la atmósfera de impertérrito silencio.
—¿Sobre qué? —preguntó distraídamente, con la boca llena y limpiándose los restos de grasa de sus labios con la manga de su túnica.
La respuesta de Otabek fue un suspiro profundo, como si su mente fuera incapaz de concebir la idea de que Yuri pudiese haber estado pensando en otra cosa, distinta de lo que lo había mantenido circunspecto por tan largo rato.
—Askar dijo... que mi padre...
De un momento a otro, Yuri lo comprendió todo.
—Ah, ¡eso! —lo interrumpió—. No hagas caso a sus palabras. A mí, no me sonó a otra cosa que a los desvaríos de un borracho.
—¡No lo entiendes, Yuri! —El grito de Otabek resonó en toda la yurta, seguido del sonido metálico del cuenco que arrojó contra un enorme baúl, que reposaba a unos pocos metros de distancia—. Askar necesita más de un ánfora de vino para empezar a confundir la realidad. Mucho más. Que hable de más, como siempre suele hacerlo, no significa que se haya pasado con la bebida.
Más que enfadado, el rostro de su amigo se mostraba desencajado. Fácilmente se podía leer el desconcierto en sus ojos negros, en los cuales bailaba el reflejo de la hoguera moribunda. Yuri apretó con fuerza el recipiente vacío que llevaba en sus manos, y no se inmutó al momento de mirar a Otabek a los ojos. Aquel repentino ataque de ira contra su persona, no era más que la exteriorización de su propia incertidumbre. Se movió con cautela, sin decir una palabra, hasta quedar a su lado. Pasó su brazo por encima de los hombros del otro, y una vez más, buscó su mirada con total determinación.
—Todos tenemos secretos —inició de la misma forma que lo había hecho Askar, pero procurando elegir las palabras correctas. También él era un chico impulsivo, que decía lo que pensaba, en la mayor parte de los casos, sin ningún tipo de reparo. Para su fortuna, en aquel momento, lo primero que le venía a la mente no eran más que palabras adecuadas—. ¿Cuál es uno de tus mayores secretos, Otabek? —preguntó, con la plena intención de responder a aquella pregunta por sí mismo—. Creo saberlo, porque yo lo comparto contigo. Ahora, te pregunto yo a ti, ¿revelarías ese secreto a tu padre?
Otabek se mantuvo en silencio por un largo instante. Sus ojos volvían a expresar pleno desconcierto. Negó con la cabeza repetidas veces, y el corazón de Yuri se estrujó al verlo tan vulnerable.
—No —respondió de manera rotunda—. Nunca. Prefiero morir antes que...
—¿Y eso por qué? —La profunda voz de Yuri cobró fuerza al ser consciente de que su argumento se dirigía por el curso deseado.
Otro suspiro escapó de labios de Otabek, un suspiro atosigado, como si intentara evadir esa pregunta. Bastó una ceja arqueada, por parte de Yuri, para obligarlo a responder.
—¡¿Acaso no ha quedado claro?! —El chico apretó sus puños con fuerza, en completa frustración; y Yuri, se apresuró a frotarle el hombro con sus dedos. Quería que a pesar de todo, supiera que estaba allí con él—. Mi padre me repudiaría por completo, olvidaría que soy su único hijo varón; no podría superar tal humillación hacia su persona. Menos aún, si es esta la razón por la cual aún no le he dado un heredero. —Su voz, apenas un murmullo, evidenciaba lo difícil que era para Otabek poner eso en palabras. Exteriorizarlo de esa manera, significaba tener que asumirlo; y no había nada más doloroso que eso—. O puede que, en lugar de eso, deposite la culpa en ti... y yo no puedo siquiera concebir la idea de que mi propio padre le haga daño al hombre que amo.
Para cuando terminó de hablar, los ojos de Yuri se encontraban nublados por una fina cortina de lágrimas, y hacía la mayor de las fuerzas para evitar que salieran. En su corazón, batallaban incansablemente la felicidad extrema y la más profunda tristeza. Lo abrazó por la espalda con ambos brazos y presionó su mentón contra su hombro. Tampoco él dejaría jamás que alguien dañara a Otabek.
—Ahora puedes verlo... —dijo Yuri en un murmullo apenas audible—. Él también debe de tener algo que no quiere que su hijo sepa, pero no porque sea perjudicial para tu familia. Puede que sea... solamente un asunto personal que no ha saldado.
La palma de Otabek se posó sobre el dorso de la mano de Yuri, y éste, suspiró al sentir la calidez inmediata que le brindaba su tacto.
—Espero que así sea, Yura.
Yuri sonrió contra la tela de su túnica, y se incorporó para darle un fugaz beso en la mejilla, antes de separarse de él.
—Debería irme... Viktor no tardará en empezar a buscarme. Y sabes cómo se pone cuando...
Un apretón en su antebrazo lo detuvo, y lo obligó a tomar asiento nuevamente.
—No, Yuri, espera... —La mirada de Otabek volvía a mostrarse dura, pero esta vez, se debía a la seriedad de sus palabras—. Hace días que me vengo preguntando... Quítate los pantalones.
—¿Qué? ¡¿Por qué! —cuestionó, intentando ponerse de pie.
—Haz caso a lo que te digo. —Parecía dispuesto a salirse con la suya sin ponerle un solo dedo encima, tan solo persuadiéndolo con su voz potente y su mirada penetrante.
Sintiendo que no le quedaba otra opción, Yuri llevó sus dedos a sus caderas, por debajo de su túnica, y deshizo los lazos que sujetaban sus pantalones. En silencio, su amigo lo relevó de su tarea y levantó la túnica con cuidado. Cuando bajó sus pantalones, sus ojos rasgados se ensancharon considerablemente.
—Eres un idiota, Yuri.
Con cuidado, sus dedos se deslizaron sobre sus muslos vendados. Las vendas, colocadas con descuido una encima de la otra, se habían puesto de un feo color amarronado en algunas zonas. Yuri parecía no tener respuestas; su mirada estaba fija en una de las paredes de la yurta, evitando hacer contacto visual con Otabek. No podría soportar sus acusaciones silenciosas por mucho tiempo antes de que su temperamento volviese a estallar. Permitió que tanteara las zonas vendadas con sus dedos, mientras él hacía su mayor esfuerzo por no emitir sonido alguno. Su dolor debía permanecer oculto.
No obstante, no pudo soportarlo cuando Otabek tiró de la venda para dejar su piel expuesta. Los vendajes ensangrentados se habían adherido a la piel herida, y cuando los separó, el tirón arrancó un jadeo desgarrador de labios de Yuri.
—Déjalo, es solo una herida —articuló con sequedad.
Pero su piel ardía en cada lugar donde Otabek le tocaba, y no precisamente por el placer que aquello le daba.
—Una herida que tiene un aspecto terrible, que te duele muchísimo aunque hagas un esfuerzo descomunal por ocultarlo y que si descuidas, puede pasar a peores. —Otabek se separó de él un instante para coger su odre de agua, el cual vació, sin pensárselo dos veces, sobre las piernas adoloridas de Yuri—. Eres un idiota, Yuri Plisetsky —repitió.
Usó sus dedos para esparcir el agua y lavar la sangre reseca que cubría sus ampollas reventadas. Era claro que sus conocimientos de medicina eran nulos, pero entendía el básico de mantener la herida limpia. Yuri no dejaba de jadear y maldecir, en especial cuando le tocaba las zonas más lastimadas, que enviaban fuertes espasmos a todo su cuerpo.
—¡¿Qué están haciendo ustedes dos?!
Por acto reflejo, Yuri intentó en vano apartar a Otabek con una patada, pero este se mantenía estático, aún con las manos sobre su cuerpo. Viktor estaba de pie en la entrada de la yurta, y su mirada azul, endurecida por su enfado repentino, exigía respuestas.
Quiso gritarle a Otabek, volver a intentar alejarlo a patadas y negar cualquier cosa que pudiese estar pasando por la mente confundida de Viktor, pero su corazón acelerado y su garganta seca se lo impidieron. Fue Otabek quien tomó la iniciativa. Tras cerrar los ojos y exhalar un largo suspiro, juntó el coraje necesario para enfrentarse al hermano mayor cabreado que tenía en frente.
—Viktor. —Su voz sonaba extrañamente clama para alguien que aún no había quitado las manos de encima al hermano pequeño del rey—. Acércate y obsérvalo tú mismo.
Las pisadas de Viktor resonaron en el suelo cuando cruzó la yurta para acercarse a los muchachos, y eso, fue una señal para que Yuri empezara a removerse violentamente, intentando escapar del fuerte agarre al que Otabek lo sometía. Soltó un par de improperios e intentó golpearlo con un puño, pero el mayor hábilmente lo tomó por la muñeca, mientras que con su otra mano mantenía sus piernas abiertas.
—Deja que lo vea, Yuri —masculló, apretando sus dientes con fuerza—. Él encontrará a alguien que pueda ayudarte.
Viktor escudriñó la escena en silencio, con el dedo índice sobre sus labios. Intercambiaba el peso de su cuerpo de un pie al otro, dando una imagen de incomodidad con toda aquella situación. En un momento, abrió la boca para decir algo, pero se retractó a fin de seguir observando con una frialdad preocupante.
—¿Por qué no me dijiste antes, Yuri? —inquirió finalmente. Parecía haber hecho ya un gran ejercicio interior para calmarse, para desechar sus peores sospechas y poner su atención en lo que de verdad importaba: los muslos en carne viva de su hermano.
Sin embargo, éste se mostraba reacio a responder; sus ojos verdes observaban las paredes y el techo de la yurta, para evitar tanto la mirada de Viktor como la de Otabek.
—Yuri Aleksiévich Plisetsky. —Cuando Viktor lo llamaba por su nombre completo, era mejor disponerse a correr, algo impensable cuando tenía a Otabek sujetándolo tan fuerte. Su corazón dio un vuelco cuando su hermano hincó una rodilla en el suelo, para poder verlo más de cerca. Su mano pálida apartó a la de Otabek, y las yemas de sus dedos rozaron sus muslos con extrema discreción, antes de apartarse rápidamente. Mientras lo tocaba, Yuri puso toda su energía en inhalar con fuerza para contener su dolor—. Eres un crío estúpido —dictaminó Viktor por fin—. ¿Tienes idea de lo peligrosas que pueden llegar a ser esas heridas? ¿Acaso quieres que te amputen ambas piernas?
Aterrorizado, Yuri se apresuró a negar con la cabeza varias veces.
—Vamos, ponte de pie. Vendrás conmigo a mi tienda, y me encargaré de que un sanador que sepa lo que hace te cure esas heridas.
Tras decir eso, lo cogió del brazo con fuerza para obligarlo a ponerse de pie, lo cual hizo con dificultad, mientras volvía a subirse los pantalones para atar los cordeles firmemente sobre su vientre. El Rey no dirigió una sola palabra a Otabek, ni siquiera una mirada de agradecimiento por encima del hombro. Nada. Estaba demasiado concentrado en jalar a su hermano con fuerza para sacarlo de allí. Solo Yuri consiguió llegar a intercambiar miradas con él, antes de que Viktor se lo llevara.
Durante todo el trayecto por el campamento kazajo, Viktor mantuvo bien firme el agarre del brazo de Yuri, quien reacio a aceptar su sumisión, intentaba zafarse como si su vida dependiera de ello. Pero su hermano era fuerte. A su alrededor, los hombres que no estaban ya comiendo y bebiendo, dejaban sus tareas para observarlos a ambos.
Todo aquello que Otabek le había dicho sobre no dejar que nadie le hiciera daño, hacía eco constante en la mente nublada de Yuri. Si Otabek había prometido protegerlo, ¿dónde estaba él ahora? ¿Por qué no había corrido detrás de él? Desde luego, más tarde se arrepentiría de haber pensado así.
—Déjalo, Yuri. —Viktor ni siquiera se volteó a mirarlo—. ¿Qué te hizo Otabek? —cuestionó con la voz endurecida por la rabia.
Yuri optó por decirle la verdad.
—Él solo lavó mis heridas con agua, era lo único que tenía —respondió con firmeza.
—¿Y cómo llegaron a eso? ¿Cómo fue que se le ocurrió dejar esa zona de tu cuerpo al descubierto? —escupió con la voz impregnada de un desprecio que Yuri jamás le había visto.
«Eres tan idiota, Viktor», pensó. Quiso dar rienda suelta a sus palabras, hablarle de las otras veces que Otabek había bajado sus pantalones, no para curarlo, sino para hacerle el amor. Sin embargo, para fortuna de muchos, la sensatez le ganó a la rabia.
Se alejaban ya del reducido grupo de yurtas que constituían el campamento kazajo, para internarse en la zona ocupada por los hombres de Viktor. En ese momento, Yuri aprovechó para dar otro tirón salvaje.
—Hace días que él sospechaba que algo me dolía —confesó. Se sintió derrotado al tener que admitir eso frente a su hermano—. Se preocupa por mí, ¡es mi amigo!
Por primera vez, en todo el trayecto, Viktor se volteó a verlo. Lucía una sonrisa enigmática, casi sarcástica; y Yuri, de repente, y más que nunca quiso zafarse de su agarre para salir corriendo hacia la yurta de Otabek.
Y no regresar.
—Ya veo. —Le sostuvo la mirada por un largo instante. La terquedad y el carácter de Yuri lo obligaban a devolverle el gesto, en claro desafío—. ¿Por qué no me dijiste nada sobre tus heridas, Yuri? —La voz de Viktor se relajó un poco al hacer aquella pregunta. Más que enfadado, se mostraba dolido y desconcertado—. ¿Acaso no confías en mí?
Yuri ingresó en la tienda de Viktor cuando este le hizo un ademán para que pasara.
—Jamás pensé que podrían considerarlo algo tan preocupante —mintió.
El suspiro de su hermano no se hizo esperar.
—Siéntate en esa silla de ahí. Iré en busca del sanador.
No tardó demasiado en regresar junto a un hombre joven que llevaba una bolsa de cuero en sus manos. Yuri, que lo esperaba obedientemente sentado donde Viktor le había dicho, lo escudriñó de arriba abajo con los labios ligeramente torcidos en una mueca despectiva.
—¿Quién eres? —preguntó con la voz cargada de desconfianza.
El hombre hizo una sutil reverencia y se arrodilló ante él. Era flacucho, de nariz aguileña, y vestía una túnica larga hasta el suelo a pesar de haber estado viajando durante el mismo tiempo que los demás hombres.
—Athanasi, Alteza. Soy aprendiz del maestro Miroslav —respondió con nerviosismo. A lo sumo, podría llegar a tener cuatro años más que Yuri. Con cuidado, separó sus piernas—. ¿Puedo echar un vistazo?
Yuri asintió, con un dejo de renuencia.
Lo primero que hizo el sanador una vez hubo quitado sus pantalones, fue retirar los vendajes viejos con un cuidado inherente a su oficio. Mientras Athanasi revisaba sus heridas con detenimiento, Yuri mantenía la mirada perdida en la tela escarlata de la tienda. Su cuerpo entero se estremeció cuando uno de sus dedos rozó su piel.
—Ahí, ¿duele? —La sutil reacción de Yuri pareció ponerlo en alerta de inmediato.
—Sí —respondió el chico. No tenía sentido alguno mentirle a su sanador. A él, no tenía nada que probarle.
—Sus heridas son demasiadas, Alteza —murmuró el joven. No pronunció ninguna palabra más, por lo cual, Yuri dedujo que temía darle malas noticias al hermano de su Rey, en caso de haberlas.
—Está terrible, ¿no es así? —inquirió. Su carácter le evitaba la maldición de ser reacio a oír la verdad; que luego esa verdad no coincidiera con sus expectativas, era una cuestión de otra índole.
Por primera vez, buscó el contacto visual con Athanasi. Los ojos siempre decían la verdad. El corazón le latía desbocado, y en sus entrañas merodeaba la serpiente de la cruda incertidumbre. De repente, todas aquellas historias de heridas ingenuas que, por negligencia llevaban a la muerte, empezaban a calar en su consciencia.
—No le llamaría así... a una herida que puede sanarse.
Aquellas palabras fueron como un bálsamo para su ansiedad. Las repitió tres veces en su mente antes de permitirse inhalar con fuerza, y volver a respirar con normalidad.
—Estará bien, Alteza —le aseguró el sanador.
El príncipe lo observó calentar agua en un caldero, y verter su contenido en un cuenco profundo de cerámica. De la bolsita que llevaba, extrajo un manojo de una planta que Yuri no había visto jamás, y que encendió la inagotable curiosidad que tenía desde sus primeros años de vida. Sus hojas, las cuales sólo pudo reconocer como tales por su color verde, eran gruesas y carnosas, rematadas a ambos lados por espinas semejantes a aquellas de las rosas.
—¿Qué es eso? —quiso saber, removiéndose en la butaca de madera.
—Sábila —respondió con simpleza. Estaba compenetrado en su trabajo de cortar las hojas de manera transversal, con sumo cuidado. Dentro, éstas poseían una sustancia sólida, traslúcida y viscosa que, otra vez, despertó la curiosidad del chico—. El maestro Miroslav la hace traer de Arabia —explicó.
Bajo la mirada atenta de Yuri, Athanasi despojó a cada una de las hojas de su contenido viscoso, para molerlo en un mortero de cerámica.
—Esto aliviará tu dolor.
Sumergió paños limpios de lino en el agua tibia y limpió meticulosamente todas las heridas, mostrándose excepcionalmente calmo ante cada jadeo, cada maldición que escapaba de los labios del príncipe. Avergonzado por su propia conducta, éste terminó por morderse el labio para permitir al otro seguir con su trabajo.
A su lado, Viktor esperaba, quieto como una estatua, silencioso como una sombra. Sus ojos estaban fijos en la labor del sanador, asegurándose que hiciera bien su trabajo.
Una vez más, el cuerpo de Yuri se estremeció ante el frío contacto del extracto de sábila contra su piel sensible y herida. El hombre cubrió toda la superficie con una generosa cantidad de aquella sustancia, y se apresuró a vendar sus piernas otra vez, pero con paños limpios y secos.
—Esto debe repetirse cada dos noches —le informó a Viktor, mientras se aseguraba de que las vendas quedasen bien sujetas—. Empezará pronto a sentir alivio.
—¿Podré cabalgar? —Eso era lo único que le importaba, tras estar seguro de que la herida era reversible.
—Como todos los demás, Alteza.
Al recibir los incontables agradecimientos de Viktor, el hombre hizo una reverencia y alegó que estaba allí para servir a su Majestad el Rey y a su familia. No obstante, Viktor le entregó una moneda de oro antes de verlo partir, dejándolos a ambos solos en la penumbra de la tienda. Las únicas tres velas que quedaban encendidas se sacudían incansablemente con las suaves ráfagas de viento que ingresaban por los recovecos de la tienda, iluminando los rostros de los hermanos de manera intermitente.
—Se necesitan más personas así, ¿huh? —Yuri rompió el incómodo silencio, dejándose caer contra el respaldo de la butaca, y esbozando una media sonrisa—. Ahora si me disculpas, yo voy a ir a mi tie...
—No, espera. Quédate aquí hasta que te dé el permiso de retirarte.
La inusual dureza de su voz provocó que, en su interior, comenzara a crecer un sentimiento de extrañeza e incertidumbre. Volvió a aflorar la rabia y el miedo que había sentido contra Viktor cuando este lo arrastró fuera de la yurta de Otabek, hecho también él una furia. Pero estaba dispuesto a contraatacar con obstinación a cualquier acusación que Viktor intentase imponerle.
Pero lo que le siguió, no fue nada de eso.
—El día que naciste, hermanito, lo recuerdo muy bien; yo tenía doce. Por años, tuve que soportar la indiferencia de tu madre, ¿lo recuerdas? Ese día, no fue distinto. —El rostro de Viktor se ensombreció en medio de aquel juego de luces y sombras que las velas proyectaban sobre su piel—. No se me fue permitido estar allí, tampoco pude ingresar a las habitaciones de tu madre durante los dos días siguientes, los únicos días en los que ella te dio su calor, antes de enviarte con tu nueva nodriza.
Yuri tragó saliva. Por mucho que se recordara a sí mismo el ser despreciable que había sido su madre, y el escaso amor que él mismo le tenía, aquellos recuerdos calaban profundo en su alma, dejando una cicatriz imborrable. El amor de madre era irremplazable, sin importar los muchos afectos que pudiesen llegar a forjar un hombre a lo largo de su vida. Eso, Viktor y Yuri lo sabían muy bien.
—En la soledad de mi habitación, lloré dos noches enteras. Hacía tiempo ya que había logrado aceptar que Tanya Orlova no me querría jamás, y que yo jamás la querría a ella, pero yo solo quería ver a mi hermano. —Los ojos claros de Viktor volvían a mostrarse suaves, benevolentes, como Yuri los conocía—. Ese día, me juré a mí mismo, que sin importar el carácter de tu madre, yo te amaría con todo mi corazón. Lo que importó en su momento, y lo que importará siempre, es que los dos somos Aleksiévich, hijos de Alekséi; miembros del linaje Plisetsky. —Por fin, la sonrisa de su hermano se hizo presente para embellecer su ya apuesto rostro—. A la mañana siguiente, pude verte por fin... y puedo testificar, que eras el niño más hermoso que mis ojos habían visto hasta el momento. Tomaste mi dedo índice con tu manito entera, y yo, recuerdo haber llorado allí mismo, otra vez.
—Viktor... no comprendo... a dónde quieres llegar. —Lejos de perder la desconfianza tras sus palabras, Yuri se encontraba completamente a la defensiva. Tenía los dedos aferrados con fuerza a la butaca de cuero, y su garganta estaba tan seca como un arroyo en verano.
—Lo que quiero decir, Yuri, es que mi adoración por ti es mucho más fuerte de lo que crees —se apresuró a responder Viktor—. Una sola vez dudé de tu lealtad, y luego, me encontré a mí mismo como el único culpable. Desafiaste a tu poderoso tío y rechazaste la corona cuando pudiste haberla obtenido fácilmente gracias a su poder, ¿acaso hay mayor prueba de lealtad que aquella?
—Yo creo que no. —El cuerpo de Yuri se relajó considerablemente, y una sonrisa tenue se formó en sus labios.
—Yuri, quiero ser un buen hermano mayor para ti —continuó Viktor—. No dejaré que nadie te haga daño, ¿comprendes? —En medio de la penumbra que los rodeaba, Yuri pudo ver, por el rabillo del ojo, que Viktor fruncía el ceño con decisión—. En pos de eso, siempre estaré allí para escucharte si quieres hablar.
La seriedad de sus palabras volvió a helar la sangre de Yuri. No dejaba de mostrarse amable y encantador, como el Viktor que era visible a ojos de todos. Sin embargo, el príncipe era de los pocos en conocer la sombra que proyectaba la radiante luminosidad de la personalidad de su hermano. Viktor era un experto en el arte de la manipulación; y Yuri, un hueso muy duro de roer.
—Lo tendré en cuenta, hermano.
—Puedes confiar en mí. Eres mi hermano; y para un hombre, no hay lazo más fuerte que el que tiene con un hermano.
«No es cierto», pensó. Un hermano podía ser una bendición, como también el más grande de los males. El resentimiento fundado desde el nacimiento entre dos hijos varones era tan natural como el mismísimo lazo fraternal; era también la semilla que, regada y alimentada por situaciones adversas o una relación particularmente complicada, tenía el poder de destruir dinastías enteras, arrastrándolas al olvido. Las guerras sucesorias, conspiraciones y asesinatos más terribles de la historia, solían ser obra de la mano vengativa y celosa de un hermano.
Las palabras de Viktor no eran más que una forma de disuadirlo, de convencerlo que la sangre que los unía a ambos era más fuerte que los lazos que cada uno había formado por su cuenta, con personas que no compartían su sangre.
—No confías en mi amigo Otabek, ¿verdad? —dedujo, tras un breve instante de sopesarlo.
—Confío en su padre, en sus jinetes, y en la alianza matrimonial que hemos forjado con su familia. —Viktor se puso de inmediato a la defensiva, cruzando los brazos sobre su pecho—. No pidas más de mí.
—No pido más de ti. Él es mi amigo, no tuyo. —Y podría confiar en él con los ojos vendados, pero no le pareció prudente confesarle eso a Viktor. Tras una larga pausa, hizo un nuevo ademán de ponerse de pie.
—Yuri —lo llamó Viktor—. Fui a buscarte hasta allí porque no estuviste presente cuando hice el anuncio. Incluso los kazajos enviaron a dos de sus generales cuando lo solicité.
—¿De qué hablas?
Su hermano se puso de pie y cogió el mapa gigantesco que reposaba en una esquina de la tienda, el cual desplegó, con destreza, en el suelo. Se acuclilló a un lado y lo observó fijo por un largo instante, hasta posar su dedo sobre un punto específico.
—Estamos aquí. —Su índice le mostraba el lugar exacto en el cual el Don, que discurría hacia el sureste, viraba violentamente hacia occidente—. Nos llevará un día alcanzar el curso del Volga. —Apuntaba ahora al otro río, que, de manera similar, fluía de este a oeste por la vasta llanura de Rusia, y cambiaba su curso nuevamente hacia el este, descendiendo vertiginosamente hacia las tierras bajas del Caspio—. Ese, era el plan original y no ha cambiado.
El silencio que vino a continuación, alentó a Yuri a suponer que algo no había salido como fue planeado.
—¿Entonces?
—Uno de nuestros jinetes de avanzada, reportó que la fortaleza que controla el paso entre ambos ríos, esgrime sobre sus almenas un estandarte helvecio —le comunicó con calma. Por la tranquilidad que expresaba la mirada de Viktor, Yuri pudo deducir que su hermano ya había puesto la situación en orden—. Es el único asentamiento de la zona, el camino obligado para nuestras tropas. Si partimos mañana a mediodía, estaremos allí cuando caiga el sol. —Presionó su dedo con fuerza sobre un punto exacto del mapa—. Tomaremos la fortaleza al amparo de la oscuridad.
Un jadeo seco se escapó de los labios de Yuri. Intercambió una mirada fugaz con Viktor, tras la cual no pudo hacer otra cosa que asentir, obediente. En un principio, se sintió avergonzado por aquel instante de debilidad, pero no tardó en comprenderlo. Después de todos sus años de entrenamiento arduo, y de aquellos fatídicos días de cabalgata por una llanura interminable, la guerra, el verdadero combate, se presentaba como una situación tangible en el futuro cercano. Era comprensible y muy aceptable sentirse al borde de un abismo.
—¿Qué sucede, Yuri?
El muchacho sacudió la cabeza repetidas veces, intentando restarle importancia a sus temores.
—El ejército que transporta las máquinas de asedio es el de tu tío, ¿dónde está él?
—Naturalmente, aún le restan unos días para llegar aquí. —El Rey se dispuso a enrollar el mapa con sus dedos—. Sin embargo, Yuri, nuestro jinete estima que la fortaleza no debe albergar más de cien hombres. No encontró ni rastros de un campamento en las afueras, y yo mismo puedo confirmar que las dimensiones de la fortaleza son pequeñas. Siempre que nos sirvamos de la noche, será algo sencillo.
—Comprendo.
—Ahora, ve a descansar a tu tienda. Tienes tiempo de sobra. Partiremos mañana, cuando el sol alcance su cenit en el cielo.
El horizonte era una línea recta en aquella planicie perfecta, sobre la cual se cernía un despejado cielo azul. Una vez dejaron atrás el curso del río, la compañía constante del agua y de los viajeros individuales que se desplazaban por sus orillas, quedó desterrada de la tranquilidad en la que se sumía la vasta estepa. Lo único que se oía era el retumbar constante de los cascos de caballo contra la tierra dura revestida de pastos bajos. No había allí ni un alma, ni siquiera un animal perdido, además de los veinte mil jinetes que atravesaban aquel desierto.
Desde su partida, habían adquirido un ritmo constante, revitalizados ya por la perspectiva de iniciar un sólido contraataque al tomar la fortaleza. A Yuri, una noche de buen sueño le bastó para recuperar las fuerzas que hace días daba por perdidas. Su mano no cesaba de ejecutar movimientos repetitivos, fustigando a Fiódor para mantener el frenético ritmo que llevaban Askar y Otabek, que acompañaban al Rey y a su hermano en la posición de vanguardia.
A lo largo del día, Viktor prefirió mantenerse en silencio, meditando para sí mismo. Yuri podía comprender aquella actitud. Su hermano no había visto con sus propios ojos el estado de la fortaleza; actuaba casi a ciegas, confiando plenamente en sus jinetes de avanzada. Los hombres de la druzhina confiaban en Viktor; y los kazajos, en Askar, que a su vez no tenía otra opción que confiar en Viktor.
—Si quieres hablar al respecto, puedes contar conmigo —le dijo cuando se detuvieron a estirar sus piernas y arreglar los últimos detalles—. Te aconsejaré en lo que necesites.
—Somos demasiados. Así, alertaremos a todos los centinelas, que desde las almenas, tienen una clara ventaja estratégica sobre nosotros —reflexionó Viktor—. La planicie no nos ofrece ningún tipo de amparo; contamos solo con la oscuridad, y hoy, será noche de luna llena.
Esa noche, la luna brillaría en el cielo como una antorcha blanca, iluminando el camino de los veinte mil jinetes que se acercaban a tomar la fortaleza por asalto. Alertaría, también, a los hombres que la protegían, quienes, desde las almenas de la fortaleza, poseían una indiscutible ventaja sobre quienquiera que se acercara por la llanura, completamente desprotegidos. La luna llena, siempre tan hermosa, aquella noche podría suponer una sentencia de muerte si no actuaban con una cautela y una rapidez extremas.
—¿No pensaste antes en eso? —le recriminó Yuri, furioso.
—¡Lo sabía! —estalló Viktor, dándole un empujón muy poco suave—. Hablaré con mis hombres. Tú, encárgate de cuidar de los caballos. Si huyen al galope en medio de la estepa, no los encontraremos jamás.
Una rabia incontrolable crecía en su interior a medida que su hermano soltaba aquellas palabras. Cuidar de los caballos no era una tarea digna de un príncipe. Viktor quería apartarlo de la junta con sus generales, porque aquella guerra, aquella victoria que pretendía, era suya, no de su hermano menor. Yuri sabía el tipo de persona que era su hermano: un hombre arrogante, egocéntrico, que no dudaría en relegarlo a un segundo plano para adjudicarse el completo mérito por la victoria obtenida.
—¡Los caballos huelen a mierda! —gritó, incapaz de contener su enfado como otras tantas veces había conseguido hacerlo—. No soy tu criado, Viktor. Y no haré aquello que me pidas.
Cruzó los brazos sobre su pecho y exhaló todo el aire que contenía su cuerpo enardecido, pero Viktor atrapó su mentón con una de sus manos, haciendo uso de una fuerza tal que lo dejó paralizado, sin más opción que mirarlo a los ojos. Los suyos parecían querer perforar hasta lo más profundo en el alma de su hermano, pero éste le devolvía una mirada fría y una tenue sonrisa de lado.
—Ve a ocuparte de los caballos —le dijo con voz suave.
Yuri lo apartó de un violento manotazo y dio un paso atrás, evitando así que pudiese volver a cogerlo desprevenido.
—¡No puedes decirme qué debo hacer!
Seguía insistiendo, en una serie de intentos desesperados por alterar la naturaleza inmutable de las cosas, del orden social que imperaba sobre su vida desde el mismísimo momento de su nacimiento.
—Si te rehúsas, dispondré tres hombres para que te escolten de regreso a Moscovia.
Como siempre, una corona, un título y la impotencia del príncipe ante tal amenaza, sirvieron para que su hermano mayor pudiese imponer su voluntad con facilidad. Aquel efímero momento de humillación, era para Yuri muy preferible por sobre la gigantesca deshonra que supondría deshacer su camino, y regresar a su hogar con la derrota personal inmortalizada en el rostro.
En silencio, dio un nuevo paso atrás, y luego otro. Procuró estar a una distancia prudente del Rey, antes reunir en su boca una abundante cantidad de saliva, y escupirla con fuerza en el suelo.
La mirada de Viktor se disparó hacia abajo, hacia donde había caído aquella pequeña ofensa de parte de su hermano. Se quedó paralizado, mirando aquel punto, ahora vacío, entre la hierba rala del suelo.
—Estoy aquí para servirle —dijo Yuri un sarcasmo espeso y la voz teñida de amargura.
Antes de recibir una respuesta verbal, el chico hizo una reverencia leve y se alejó de allí para regresar con los caballos. No esperaba encontrarse a Otabek, que cargaba un gigantesco recipiente de metal, con el cual parecía estar teniendo problemas.
—¿Qué haces aquí? —cuestionó, curioso.
—Siempre alguien tiene que quedarse con los caballos de los generales. Esta vez, Askar me encomendó que cuidara su caballo y el mío. Quiere que... aprenda a obedecer y acatar órdenes simples. —Señaló con su barbilla a los animales que pastaban a escasos metros de donde estaban parados—. No han visto un curso de agua en horas, y necesitan beber para no deshidratarse. Esta, la recogimos anoche en el río —explicó.
Yuri entonces notó la fuente que cargaba estaba llena de agua.
—¿Quieres que te ayude con eso?
Otabek aceptó, y compartieron una sonrisa fugaz antes de ponerse en marcha con sus tareas. Juntos, consiguieron hacer todo en la mitad de tiempo, ganándose así un poco de descanso. Al igual que el resto, ambos vestían también sus armaduras, después de varios días de no llevarlas, lo que convertía aquella espera en un calvario. El calor del sol hacía arder sus cabellos y perlaba sus frentes de sudor, motivo suficiente para quejarse. Pero allí, no tenían más forma de proteger sus cabezas, enfundadas en cota de malla, que con sus gorros de pieles, tan calurosos como el sol mismo pero menos que un yelmo metálico.
—Beka —quiso saber Yuri, mientras acariciaba con parsimonia las crines oscuras de su caballo—, ¿Qué le dijiste a Viktor para convencerlo de que me dejara acompañarlos? Tú hablaste con él, ¿no es así?
La cabeza de Yuri era un torbellino de información dispersa que no parecía apuntar a ningún lado; no había forma de saber por qué Viktor repentinamente se mostraba tan frío y duro con él. En el fondo de su corazón, yacía un paralizante terror de que su hermano mayor volviese a dudar de él, de su lealtad de acero. Lo atormentaba la impotencia que sentía al pensar que todas las pruebas que había superado, tal vez no habían sido suficientes. ¿Acaso tenía que morir luchando en batalla para que su hermano dejara de desconfiar de sus intenciones? Una parte de él, estaba dispuesto a hacerlo con gusto.
—Sí, yo hablé con él —respondió Otabek con extrema cautela—. Me limité a reproducir lo mismo que tú me dijiste, porque de esa forma, me hiciste cambiar de parecer a mí. La única forma de aprender, es experimentando las cosas en carne propia.
—¿Y además de eso? —insistió Yuri, con la ansiedad a flor de piel.
—Luego, le dije que te protegería hasta mi último aliento —dijo con franqueza.
De un momento a otro, los fragmentos difusos que nublaban su mente encontraron su lugar en un mosaico atroz.
El manto oscuro de la noche se extendía sobre la estepa silenciosa, resguardando con indulgencia al grupo de hombres que cabalgaban al descubierto, con cautela. Eran pocos: más de doscientos y menos de trescientos. Por órdenes del Rey, tan solo cien de ellos llevarían a cabo el ataque inicial, y tras una señal, se uniría el resto a auxiliarlos.
Al verse imposibilitados de usar antorchas para no alertar a los enemigos que ocupaban el fuerte, confiaban únicamente en la luz de luna para guiar su camino. Por eso mismo, les costó advertir la proximidad del edificio frente a ellos; se conformaron con cabalgar a ciegas, tanteando el terreno llano con los cascos de sus caballos y haciendo un esfuerzo desesperado por ampliar su reducido campo de visión. Sus ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, alcanzaban nada más que una muy escasa distancia. No obstante, no había allí nada más que estepa.
La fortaleza emergió de repente, cobijada por las sombras, pero inconfundible en contraste con la nada que la rodeaba. A medida que se acercaban, Yuri pudo distinguir un único torreón que se elevaba, altivo, sobre la puerta principal. En lo alto, un estandarte se mecía con la brisa nocturna; no logró reconocer el blasón que mostraba, pero guiándose por la información que Viktor había recibido, se trataba de aquel perteneciente a la corona helvecia. Era cierto. Las dimensiones del fuerte parecían corresponder a nada más que una función defensiva y fiscal, encargadas a un castellano delegado del señor de la región. Era un punto de resistencia débil en lo referente a la calidad de la fortificación, ya que carecía de muralla exterior y de múltiples torres para albergar a una guarnición mayor. Sin embargo, sus ocupantes poseían una clara ventaja sobre los hombres que se aproximaban por la estepa. De día, no había salvación posible para ellos, que al ser avistados a cientos de metros de la sombra del fuerte, podían ser fácilmente abatidos a flechazos apenas llegaran al pie de sus muros. Yuri dedujo que aquella noche, morirían también muchos hombres. La única ventaja que les otorgaba la oscuridad, era el poder atacar por sorpresa, algo que de ninguna forma era un detalle menor. Ganarían así unos cuantos minutos, hasta que los helvecios pudiesen dilucidar qué estaba sucediendo.
—Yuri. —Viktor se detuvo a su lado, con los ojos sagaces fijos en las tres antorchas que ardían en lo alto de los muros, en las almenas. El príncipe jaló suavemente de la rienda de su corcel para detener su andar, y aquellos que los seguían, hicieron lo mismo—. Quiero que te quedes aquí, hasta que el hombre que dejé a cargo, de la señal. Te moverás una vez que los centinelas y arqueros de las almenas hayan caído.
Parecía haber olvidado la ofensa que Yuri había echado sobre su persona, tanto sobre su hermano como sobre su Rey. No había más frialdad en su voz que la de un general analizando un campo de batalla particularmente azaroso, donde un accionar bien llevado podía conducir a una victoria aplastante, pero un error fatal, sembraría de cadáveres aquella llanura impecable. Era el primer paso en la contraofensiva rusa, un primer paso que por más pequeño que fuera, definiría el destino de la guerra entera.
—¿Quedarme aquí? —cuestionó el chico—. ¿Por qué razón entonces, es que he recorrido todo este camino, en vez de quedarme atrás con tus lugartenientes?
Notó que su caballo se removía, nervioso, debajo de su cuerpo, e hizo el mayor esfuerzo por calmarlo. El animal podía sentir el temblor de su pulso, la forma en que su mano sudaba mientras sujetaba la rienda, su corazón encogido y palpitante. Podía sentir que su jinete empezaba a perder el gobierno sobre sí mismo, y por ende, sobre su montura también.
—En la primera batalla que presencias, quiero que te mantengas así, como un observador. —Antes de que Yuri pudiese siquiera protestar, Viktor continuó—: Padre hizo lo mismo conmigo, cuando cabalgué con él a la batalla por primera vez, a mis dieciocho años. Nunca dejaré de agradecerle; porque cuando estuvo en mi deber participar en un enfrentamiento, lo hice con los ojos de alguien que ya ha visto el rostro de la muerte.
A escasos metros de sus caballos, Otabek y Askar conversaban con sus cuerpos muy juntos. El mayor se había acercado lo suficiente con su caballo como para llegar a presionar el hombro del chico con su mano libre, pero hablaba con voz clara, para que todos los allí presentes lo oyeran.
—Hace poco más de tres años, en tu primera cacería, te encargaste tú solo de llevarle a tu padre un lobo adulto, con cuya piel hizo un bonito abrigo. —Sonreía, como solo un veterano de cien batallas podía hacerlo antes de enfrentarse a la número ciento uno—. Contabas con quince otoños en ese entonces; eso significa que ahora, podrás enfrentarte sin problemas a una presa mayor.
Yuri no le quitó la vista de encima a Otabek en ningún momento. Fue testigo de cómo sus manos temblaban ligeramente al momento de descolgarse el arco del hombro, de cómo sus dedos vacilaban al coger una flecha de la aljaba que llevaba colgada a la cintura. Lo vio llevarse el extremo emplumado a los labios, y depositar un beso suave en ella, antes de cargarla en el arma con un movimiento certero y veloz.
—Un lobo no es lo mismo que un hombre, Askar —murmuró con semblante acongojado—. Es la primera vez que yo... acabaré con la vida de un hombre.
—Y puedo asegurar que no será la última, hijo. —Le dio una fuerte palmada en el hombro, antes de apartarse y avanzar unos pasos—. Las leyendas antiguas, cuentan que nuestra raza comparte sangre con los lobos, siendo ellos nuestros antepasados ancestrales. En cambio, los kazajos jamás hemos desposado princesas de los reinos occidentales. Si mostraste orgullo al cargarte a uno de nuestros hermanos de la estepa, ¿de verdad crees que dispararle a un helvecio será más difícil?
Mientras Askar hablaba sin cesar, Otabek parecía estar buscando el valor suficiente no solo para escucharlo, sino para cumplir la importante tarea que se le había encomendado. El plan de Viktor consistía en que los tres arqueros kazajos más hábiles —que resultaron ser Askar, Otabek y un joven llamado Bolat—, se aproximaran a la fortaleza y dispararan al unísono hacia las tres antorchas de las almenas. De esa forma, eliminarían a los centinelas o arqueros cuya presencia podían tomar por cierta. En el ínterin, un grupo de rusos a pie se ocuparía de conducir un improvisado ariete que llevaban con ellos para forzar la puerta de madera e ingresar para pasar por la espada a todo el que resistiera dentro. La función del príncipe Yuri, consistía en observar la masacre venidera sin intervenir.
Con la desesperación del último suspiro, Yuri buscó la mirada de Otabek, sólo para descubrir que él también lo miraba con una intensidad desgarradora. Bajo la lánguida luz de la luna, se hundieron en los ojos del otro por un instante que convirtieron en un retazo de eternidad, el cual no tardó en adquirir el sabor agridulce de los placeres efímeros. Reacio a dejarlo ir, Yuri se llevó el puño cerrado a los labios y plantó un beso en su dedo pulgar, al que a continuación, elevó en un gesto de camaradería, el tipo de amor más puro que conocía. Llegó apenas a atisbar la forma fugaz en la que Otabek correspondía a su demostración, porque en un instante, este desapareció de su vista.
El amor de Yuri no bastó para que Otabek se perdiera la orden de Askar, más bien, sucedió lo contrario, lo esperable para un joven tan centrado como lo era él. Los tres jinetes designados abandonaron las sombras para presentarse súbitamente frente a la fortaleza, apuntando hacia las almenas con sus arcos, que se habían encargado de tensar bien durante la breve cabalgada por la planicie. A continuación, tres flechas rasgaron el aire para volar hacia sus objetivos.
La precisión de los arqueros se probó perfecta cuando el primer centinela se desplomó desde lo alto de las almenas sin siquiera soltar un grito que pudiese advertir a los demás. Sucedió lo mismo con la segunda y tercera flecha, que impactaron casi al mismo tiempo. Una de las dos antorchas restantes voló por encima de las almenas y cayó en línea recta hacia el suelo, dando origen a una llama que comenzó a extenderse por la hierba escasa. Al ataque inicial, le siguió un largo instante de completo silencio, la calma antes de la tormenta. Entre los hombres que aguardaban, Yuri pudo percibir una atmósfera de expectativa similar a la que deberían de estar viviendo aquellos en la vanguardia. Oyó unos cuantos suspiros, gargantas tragando saliva, y murmullos apenas audibles.
Entonces, el cielo se descompuso en una inmensurable lluvia de flechas. La gran mayoría de ellas descendían desde lo alto de la fortaleza, mientras los jinetes en el suelo se esforzaban por esquivarlas y, los demás, salían de las sombras en su auxilio. Yuri observaba la escena con el corazón encogido en un puño, manteniéndose firme sobre su caballo, empeñándose en ignorar a los hombres que pasaban por su lado como raudos fantasmas; y también, a aquellos que eran derribados de sus monturas como si no fueran más que sacos de trigo. Una cuadrilla de ocho guerreros de la druzhina se abrió paso entre los arqueros kazajos que disparaban casi ininterrumpidamente hacia sus enemigos, arriesgándose por completo ante la imposibilidad de utilizar sus escudos. Los rusos llevaban el ariete en sus manos, y corrían incansablemente para ganar la entrada de la fortaleza, y derribarla. Las llamas lamían ya los muros de piedra, sin que nadie pudiese hacer nada al respecto, por más que no fuese su intención destruir una fortaleza que pretendían recuperar.
A su lado, Viktor esperaba pacientemente el momento de cabalgar hacia la apertura y hacerse cargo de la siguiente fase del asedio.
Los ojos de Yuri se disparaban de un punto a otro de la escena que se desplegaba frente a él. Desesperado, buscaba a Otabek entre las sombras de la noche, para encontrarlo de a momentos, montado aún sobre su caballo y disparando una flecha tras otra. La luz de la luna lo iluminaba o lo ocultaba a medida que éste se movía, pero Yuri podía reconocer su silueta entre las de los demás. Se sorprendió enormemente al notarlo tan decidido, tan fiero, sin vacilar un instante en acabar con la vida de todo hombre que se asomara a las almenas para dispararle a los de abajo. Quedaba ya poco del chico aterrado que se negaba a apuntar su arco contra un ser de su especie; el instinto de supervivencia y la adrenalina que lo consumían, parecían ser un nuevo estímulo para llevar a cabo su deber. Los enemigos estaban aún todos arriba, en lo alto de las almenas, muy poco dispuestos a abandonar su posición de ventaja. Abajo, el campo estaba regado de cadáveres de hombres y caballos que yacían con la dignidad de alguien que ha muerto de pie, atravesado de manera letal por una flecha enemiga.
—La puerta parece estar empezando a ceder... —murmuró Viktor a su lado. Su mirada estaba perpleja en la abertura que sus hombres estaban forjando—. Cuando yo me sume al combate, tú te quedarás aquí.
—¿Solo? —preguntó el muchacho, sin despegar aún su mirada de su joven amigo, que entregaba su alma entera en el campo de batalla.
—No quiero que te pongas en riesgo, Yuri.
No tenía sentido discutir cuando su atención estaba puesta en cada uno de los movimientos de Otabek, y su corazón, en cada una de las flechas que su cuerpo esquivaba. Bastó solo un instante fugaz para que todo cambiara.
Otabek fue derribado de su caballo, y su cuerpo se desplomó de espaldas en el suelo. No cabía duda de que se trataba de él; Yuri podía distinguirlo con claridad, tras haber conseguido no quitarle la vista de encima durante todo el último tiempo transcurrido. Su corazón se detuvo, la sangre se le heló dentro del cuerpo y, de repente, todo lo que no fuera la suerte de su amigo dejó de tener importancia entre sus prioridades más primarias.
—¡Otabek! —Una desgarradora exclamación brotó de lo más profundo de sus entrañas, ignorando por completo la limitación que suponía su garganta árida.
Sintió que su cuerpo se paralizaba por completo, que el aire le faltaba y la vista se le nublaba ante la desesperación y la impotencia que suscitaba la situación entera. Los sonidos del exterior llegaban a sus oídos como nada más que un eco lejano; y sus piernas solo respondieron cuando las sacudió furiosamente para espolear a su caballo. Se propulsó hacia delante en fiero galope, ignorando las órdenes que pesaban sobre él, así como los gritos desesperados de su hermano, a sus espaldas, ordenándole que se quedara allí, que regresara.
No había ya forma de regresar. Avanzaba por el campo rodeado de cadáveres y combatientes que aún luchaban hasta su último aliento. Su mano se crispó en un puño de rabia; y la chispa que albergaba su corazón loco de amor, estalló en una llamarada indómita que lo impulsó hacia el frente. En el medio de la cabalgata, antes de llegar junto a Otabek, Yuri desenvainó su espada para enfrentarse a la muerte por vez primera.
¡Hola! Primero que nada, pido disculpas. No tardé tanto como otras veces, pero dije que iba a publicarlo mucho más pronto de lo que efectivamente sucedió. Es que... este capítulo al principio iba a ser mucho menos intenso de lo que resultó (no me refiero únicamente a la batalla, como habrán visto), y juro que estuve al menos cinco días dándole vueltas a esa partecita final.
En fin, en este capítulo pasaron varias cosas, algunas más sutiles que otras, otras más fuertes, como la batalla final (ni yo me esperaba cortarlo aquí y dejarles ese cliffhanger, pero estoy feliz con eso xD). Muchas de las cosas que se han hablado son justamente "la punta de la flecha" de problemas profundos que se darán a partir del primer capítulo de la segunda parte (no sé si todos sabían, pero esta es tan solo la primera parte y la menos intensa de las tres). Y sí, el nombre del capítulo no se debe a la batalla final c: En ustedes está hacerse preguntas y teorías... tanto sobre eso como sobre la actitud de Viktor, que parece estar empezando a desentrañar algo de lo que no quiere enterarse...
Este capítulo está plagado de detalles importantes escondidos en charlas de café (?) sobre cosas que pasarán en el futuro (en serio, insisto en que casi ninguna conversación es trivial xD), en los que no entraré porque están bastante a la vista, o no tanto, pero deben descubrirlos.
Haré unas pequeñas aclaraciones que no son excesivamente importantes, así que el que quiera puede saltearse esto, no quiero que me odien por mis largas notas aclaratorias, pero si lo leen, tal vez cacen alguna pista de lo que vendrá:
*Cuando Otabek le cierra el pico a Boris (otra vez xD) con el tema de los clanes, aunque no parezca es súper importante lo que dice, recuérdenlo. Investigué sobre tribus kazajas reales, porque la población está aún dividida en tres "jüz" u hordas (menor, mediana y superior). La menor, que es la que aquí importa está en el oeste de Kazajistán, que es donde la familia de Otabek se origina y también el área que estuvo en disputa con Rusia en la historia (en realidad, él es de Almaty que está muy al sureste del país, pero tuve que ponerlo más cerca de Rusia porque las distancias de viaje serían muy largas y muy disruptivas para la trama). A grandes rasgos, este jüz está dividido en tribus, una de ellas la de los Bajuly (una de las tantísimas formas que hay para escribirlo xD), que a su vez consiste de unos cuantos clanes. El de los Alasha es el más poderoso, pero entre ellos, encontré un clan pequeñito llamado "Altyn" o "Alt'n", y obvio adapté su nombre para que coincida con el apellido de Otabek. Me sentí muy feliz :'D El punto de esto es que me basé lo más posible en la historia, pero dado que el Kanato kazajo es del siglo XV en adelante (hasta ser absorbidos por Rusia), utilicé la dinámica imperante en la Mongolia de finales del siglo XII y principios del XIII (época en la que Gengis Kan unifica las tribus), ya que en ese último siglo me baso casi enteramente para esta historia y en ese entonces, toda Asia y Rusia eran parte del Imperio Mongol. La cultura kazaja tiene una enorme herencia de la historia y cultura mongola (en realidad, toda Asia, y su importancia está terriblemente infravalorada, algún día haré una tesis sobre esto :c). Por eso mismo, verán muchas referencias tomadas de allí, ya que el primer estado kazajo es de la época moderna y no medieval (aunque también me estoy basando en la geografía de la Rusia del siglo XVI, porque la medieval es imposible de conciliar con esta trama xD).
*Algunas cuestiones terminológicas (bastante tardías porque ya las usé bastante, no me maten ;;), tal vez lo hayan deducido, pero quiero dejarlo por aquí. La druzhina es el séquito personal de un príncipe ruso, en este sentido, sería un "knyaz" o "Veliky knyaz" para ser más exactos, no un heredero, ya que la Rusia medieval estaba dividida en principados que cuando se unían en confederaciones, eran un "Gran principado" (de ahí el Veliky Knyaz, "gran príncipe"). Eran lazos feudales también, pero de distinta índole, y no eran señores territoriales sino que vivían por cuenta de su señor, o sea en su corte. Este caso es un híbrido con el feudalismo clásico, pero los vínculos de vasallaje también existían en Rusia. Las yurtas (o ger, pero aquí me decidí por el primer término porque lo he visto más en mis libros sobre Mongolia), son un tipo de tiendas redondas que utilizaban los nómades de las estepas, muy fáciles de montar y desmontar a pesar de su tamaño. En esta historia, los kazajos se han sedentarizado (como sucedió de hecho con unas cuantas dinastías mongolas, como la Yuan de China que llegaron a ocupar ciudades –juro que esto es importante para el futuro de la historia xD-), y la usan solo con fines militares porque tienen sus fortalezas. Por último, un ariete es un instrumento de asedio que en su forma más sencilla (la que aquí utilizo) es básicamente un tronco grueso con una cabeza de metal para resultar más fuerte; se usa para derribar puertas y en algunos casos, hasta murallas.
Eso es todo, fin de la lección de historia (es más fuerte que yo D: ). Estoy pensando seriamente en, al terminar esta primera parte (que le faltarán 5 capítulos), ponerla en edición para cambiar aspectos de forma, no tanto de trama, ya sean correcciones o darle un estilo más apegado a las culturas. Me di cuenta que en los últimos capítulos me estoy metiendo más en eso y mucho de lo que no puedo cambiar está condicionado por lo que no cambié en los primeros, así que ya veré. Una de las cosas que pensaba cambiar son los títulos para darle un aspecto más auténtico, ya que si bien "zar" en Rusia aparece en el siglo XVI (y al principio por esto lo descarté), justamente estoy usando la geografía del zarato ruso, y técnicamente significa lo mismo que Rey; lo mismo con Kan para los kazajos. Les iré avisando, de todas formas, estas ediciones las haré cuando esto esté terminado. Nunca dejaré de editar la historia, creo que siempre se puede mejorar c:
¡Muchas gracias por leer hasta aquí! ¡Espero que les haya gustado el capítulo! El próximo será bastante más breve (pero no menos intenso, incluso creo que más en lo que concierne a los niveles de acción)~ ¡Hasta pronto!
