15. EL HONOR EN LA GUERRA

A su alrededor, el tiempo parecía haberse detenido. Algunos hombres disparaban hasta el cansancio, otros morían; nada parecía estar desviándose del plan suicida que había ideado su hermano. Con el cuerpo inclinado sobre las crines de su caballo, Yuri avanzaba a un ritmo desesperado, dejando salir maldiciones e improperios de sus labios apretados. De repente, la arena de lucha que lo separaba de donde había caído Otabek, parecía extenderse por leguas y leguas de estepa interminable.

El último tramo, sin embargo, se sintió como una ráfaga de viento helado golpeando su rostro. Tuvo que jalar con fuerza de la rienda del animal para obligarlo a detenerse y no seguir galopando hacia los muros letales del fuerte. Fiódor, que no tenía culpabilidad alguna más que servir como montura de un joven tan inexperto como alocado, relinchó y se sacudió furiosamente, haciendo que su jinete se tambaleara. Pero poco le importó. Bajó del caballo de un salto y, aun sujetando la rienda, aterrizó en el suelo con destreza.

Frente a sus ojos, yacía Otabek tumbado en el suelo. Estaba rodeado por tres hombres, que habían ya colgado sus arcos a sus espaldas y utilizaban sus escudos y sus vidas para proteger a su príncipe. Uno de ellos estaba inclinado junto a Otabek, que se mantenía inmóvil, balbuceando incoherencias.

A Yuri le resultó difícil orientarse y comprender qué estaba sucediendo. Otabek sujetaba uno de sus brazos con fuerza, pero parecía poner mucho empeño en incorporarse y seguir luchando.

—¡¿Qué le sucedió?! —exigió saber Yuri, inclinándose un poco sobre su amigo caído.

Fue entonces que los arqueros parecieron reparar en su presencia. Todos eran hombres que habían bajado de sus caballos para auxiliar a Otabek, hombres firmes y leales, que no dejaron de luchar a pesar de haber visto caer a muchos de sus hermanos guerreros, para solo detenerse cuando le llegó el momento al hijo de su rey.

—Una flecha alcanzó uno de sus hombros, pero presumo que la caída supuso un golpe mayor. —El hombre que le respondió, parecía estar a punto de perder los estribos. La mitad de su atención, estaba puesta en Otabek; la otra, en protegerlos a todos de la lluvia de flechas, que de a de poco empezaba a menguar—. Levántate, chico —imploró.

De labios de Otabek no salían más que jadeos y quejidos de dolor, que estrujaban el corazón de Yuri y hacían flaquear sus rodillas. Cuando Otabek abrió los ojos, lo primero que vio fueron los furiosos orbes verdes de su amigo.

—Otabek... Otabek... ¡Levántate! —ordenó desde lo más profundo de su corazón cargado de desesperación—. ¡Levántate o te alcanzará otra flecha... que puede ser la última!

Envainó su espada y se encaramó sobre él para sujetar el brazo con el cual se cubría la herida, aquel que estaba presumiblemente sano. Puso toda su fuerza de voluntad en ignorar la sangre roja que empapaba su camisa, que cubría la palma de su mano.

—Yuri... Yuri... ¿Qué estás haciendo aquí? —De repente, todas las preocupaciones de Otabek parecían haberse reducido al instinto primario de proteger a su amado, aun cuando era él quién yacía en el suelo adolorido—. Tu hermano... dijo que te quedaras. Yuri... ¡regresa!

Las palabras de Otabek, tuvieron en Yuri un efecto similar al de una espada contra el mármol. En ese estado, parecía haber perdido la capacidad de razonamiento, de recordar que Yuri era un jovencito tozudo al que le hacían falta mucho más que palabras para lograr que hiciera caso. Sin soltar aun la rienda de su caballo, se acuclilló junto al caído y le tendió su brazo. Bastaron unos cuantos instantes de insistir incansablemente para que Otabek cediera y le sujetara el codo con su mano ensangrentada. Yuri hizo lo mismo, procurando ayudarlo a alzarse con el brazo sano.

—¿Dónde está Aiman? —Yuri no tenía tiempo para perder.

A su lado, Otabek intentaba recuperarse con inhalaciones profundas y jadeos ruidosos, pero el dolor de su espalda parecía estar incomodándole en demasía.

—Yo no... No lo sé —respondió, desorientado y acongojado.

—Toma a Fiódor. Ve. —Para ratificar su ofrecimiento, cogió el escudo que llevaba atado a la grupa del animal y se apresuró a atar las correas a su brazo.

—¿Qué?

—¡Que tomes a mi caballo!

La mirada de Otabek se mostró perdida por un largo instante, y Yuri, estuvo a punto de darle un furioso bofetón en la cara, para obligarlo a reaccionar. De pie en aquel medio hostil, cualquier suspiro podía convertirse en el último.

—¡No puedo tomar a tu caballo! Te lo quitaría a ti, además, ¡soy inútil si no puedo usarlo para disparar! —estalló Otabek, con la voz ronca y quebrada por el dolor que paralizaba la mitad de su cuerpo. De repente, parecía ser consciente de la situación que lo rodeaba. En torno a ellos, los hombres del Rey Erasyl seguían sirviendo como escudos humanos. Aquello no podía durar por mucho más tiempo.

—No estoy pidiendo que dispares. ¡Te estoy pidiendo que huyas, idiota! Montarás a mi caballo y te retirarás de aquí. Te pondrás a resguardo.

—No te dejaré aquí solo, Yuri. Menos aún, sin tu caballo.

—En este momento, y en estas condiciones, mi espada y mi escudo me protegerán mejor que tú, Otabek. —La puerta pronto terminaría por caer; y en ese momento, los caballos se tornarían inútiles y sólo el acero podría abrirse paso hacia el corazón de la resistencia enemiga—. Tu esfuerzo para el asalto ha sido invaluable, pero a partir de ahora, solo conseguirás que te maten. Reserva tu valía para otra batalla.

—Yuri...

—Monta a Fiódor y retírate —reiteró con voz firme y determinada—. Por favor, Beka...

Otabek tuvo que haber percibido algo en sus ojos suplicantes y en la forma en que pronunció su nombre; algo que lo obligó a hacerle caso de una vez por todas, y saltar sobre el caballo ajeno para huir de allí al galope. Y Yuri lo comprendía a la perfección; para un hombre que en un futuro reinaría sobre su pueblo, no existía acto más bajo e ignominioso que huir del campo de batalla por una sola herida de flecha, mientras sus hombres se desangraban por honor. Pero el único hijo varón de un Rey enfermo, valía más vivo que muerto.

Distinta era la situación para el hermano menor de un Rey. Ellos, valían más muertos por pelear bajo el estandarte de su hermano, que vivos, codiciando un trono que nunca iba a pertenecerles por derecho de sangre.

El caballo no tardó en perderse entre la oscuridad y los hombres de Viktor, que avanzaban ya hacia el frente para presionar hacia el interior del fuerte. No había ya tiempo de pensar en la suerte de Otabek, tampoco en la suya propia. Debía rendir la totalidad de su honor y su energía a la causa de su hermano, al bien mayor que suponía el rechazo del enemigo occidental.

«Si pierdes tu caballo, eres hombre muerto.» Las palabras de Otabek hacían eco en su memoria, calando en lo más profundo de su alma aterrada, que por fin era consciente del peligro que corría. Con el corazón encogido en un puño, dirigió su mano sudorosa a la empuñadura de su espada. Pronto, Viktor llegaría junto a él y no tendría reparos en regañarlo, en enviarlo junto a Otabek a pesar de encontrarse perfectamente sano.

Apenas oyó el letal susurro del acero contra la vaina de cuero, sus piernas parecieron reaccionar y comenzó a correr hacia la abertura de la entrada con un ritmo frenético. Todos y cada uno de los golpes que había recibido a lo largo de su vida, eran en pos de aquel objetivo. Imaginaba que, para ese momento, sería ya un hombre, que se plantaría en el campo de batalla como lo hacían los campeones en las lizas, y de manera excelsa blandiría su espada para deshacerse de sus enemigos como si se trataran de muñecos de paja, sin corazón. La vida, y las expectativas impuestas sobre sus hombros delgados, le habían jugado una mala pasada. Aquella noche, se encontraba solo, corriendo como un niño en un campo de batalla plagado de guerreros; y protegido únicamente por su espada y su escudo.

—¡A la entrada! ¡Tomen la puerta! —El grito de Viktor rasgó aquel entramado de voces y quejidos, de heridos y moribundos.

Las órdenes no iban dirigidas únicamente al reducido grupo de hombres que lo seguía, sino más bien, a todos aquellos que luchaban bajo los estandartes unidos de Plisetsky y Altin. Por lo tanto, no fue un impedimento para que el joven Yuri ingresara por la puerta destrozada, sujetando su espada con firmeza y cubriendo su cuello con el gigantesco escudo que portaba en su brazo izquierdo. El yelmo le impedía gozar de un óptimo rango de visión, y más de una vez en aquel breve lapso, hizo ademán de quitárselo con un golpe de su antebrazo; pero todas las veces, se detuvo justo a tiempo. Podría molestarle, impedirle ver bien, pero sin lugar a dudas impediría que un hacha le partiera el cráneo.

El patio de armas de la fortaleza no era más que un cuadrado pequeño de piedra, donde se libraba una cruenta batalla que, a oídos de cualquier ingenuo, podría resultar nada más que los desvaríos de un lunático. Los caballeros helvecios, con sus imponentes mandobles y sus armaduras herméticas, repartían golpes certeros contra los hombres de la estepa, que a pesar de mostrarse más desprotegidos, respondían a sablazos, con igual o mayor fiereza. Ni unos ni otros parecían haberse encontrado jamás en combate, a juzgar por la forma en que se medían y cercaban antes de embestir. Los rusos, por su parte, eran un incómodo puente entre ambos mundos: para los pueblos de occidente, eran el último reducto de civilización del mundo conocido; y para los kazajos, el reino de Rusia había sido su tutor en la construcción de un nuevo orden en la estepa occidental.

En medio de aquel despliegue, estaba Yuri, moviéndose con cautela entre los hombres que luchaban sin descanso. Nadie parecía haber reparado en él aún, pero sujetaba su escudo y su espada como si su vida dependiera de ello. En algún momento, alguien cargaría contra él. Por su aspecto, se mostraba prácticamente irreconocible, incluso frente a los hombres de su hermano: sus cabellos dorados habían desaparecido debajo de su cota de malla y su yelmo. El único distintivo que importaba en un campo de batalla, era aquel que llevaba en el pecho.

—¡Me rindo! —gritó un joven soldado helvecio en un ruso apenas comprensible. Sin embargo, no dejaba de repartir golpes ciegos contra su adversario que, por la armadura en la que estaba enfundado, no podía ser otro que alguno de los hombres de Viktor.

—¡Cobarde! —El hombre con el que luchaba, resultó ser nada más ni nada menos que Boris, el comandante de la druzhina real—. ¿Qué le dirás a tu Rey? ¿Acaso él ordenó la retirada? —Sus jadeos apenas le dejaban hablar, pero parecía claro que tenía aquella pelea bajo control—. ¡Mi Rey, ordenó que no quedara ni un alma helvecia en este fuerte!

No le dio tiempo a reaccionar, porque ni bien soltó la última palabra, el joven cayó de rodillas sobre el frío suelo de piedra. Cuando Boris retiró su imponente espada del cuerpo del caballero, la sangre parecía brotar de sus manos, con las que sujetaba la herida abierta de su estómago. Antes de que pudiese siquiera mirar a su verdugo a los ojos, un segundo golpe impactó contra su cuello y terminó por tumbarlo al suelo. Por la forma en que sangraba a borbotones a través de su gambesón, Yuri dedujo que no le quedaba mucho tiempo. Comprendió también, que no todos los defensores portaban armaduras; de esa forma, el plan de Viktor de atacar la fortaleza por sorpresa, cobraba sentido, e incluso sonaba como una genialidad.

Al instante, otro hombre enfundado en cota de malla y yelmo saltó sobre Boris, sólo para conseguir una puñalada certera en su axila, seguida de un fuerte golpe de la punta de su hoja que, impulsada desde abajo, impactó con fuerza contra su mentón y acabó por derribarlo. Cuando el hombre cayó, el ruso se apartó de los cuerpos y su mirada gris se cruzó, de manera muy fugaz, con la de Yuri, que lo observaba atónito mientras se protegía el rostro. La sonrisa burlona no tardó en aparecer, y sus ojos centellearon con una malicia muy poco inofensiva.

—¿Qué esperas, niñato? ¡Deja de protegerte y pelea! —gritó con furia, antes de volver a poner toda su atención en un nuevo oponente que se aproximaba.

Casi como si se tratara de un reto, Yuri apartó el escudo de su cara y alzó su espada, a la espera de un ataque.

No tuvo que esperar demasiado.

Así como él se sorprendió a sí mismo buscando un hombre que no llevara cota de malla, el soldado helvecio que se aproximaba a él parecía muy satisfecho con cargarse a un chico de estatura más bien escasa y apariencia de desorientado. En aquel momento, Yuri estaba más convencido que nunca de que él mismo no era más que un chiquillo, intentando abrirse paso a trompicones en el peligroso mundo de los hombres. No iba a darle a aquel cobarde el lujo de asesinarlo.

Recordaba muy vagamente la voz arrulladora y paciente de su abuelo, relatándole la primera vez que peleó en una batalla. Fácilmente pudo sentir empatía hacia él en cuanto el acero enemigo chocó contra el suyo, produciendo un impacto fatal que envió una ola de calor a toda la extensión de su brazo. De manera casi natural, su instinto de supervivencia surgió de las entrañas del mismo miedo que paralizaba su cuerpo, igualándose con él y, finalmente, superándolo. Fue solo cuestión de tiempo que la habilidad que por años había forjado con tanto trabajo, despertara de su letargo inicial.

Los golpes que le propinaba el hombre con su espada eran toscos, violentos y amedrentadores, mientras que Yuri respondía con su usual rapidez. Su instinto parecía decirle cuál sería la dirección del próximo ataque, y se las ingeniaba para colocar, ahí mismo, su escudo o su espada. Se deleitó enormemente al ver cómo la expresión del curtido soldado cambiaba al darse cuenta que el muchachito al que se estaba enfrentando, tenía un indiscutible don con el arma que blandía. Y Yuri hacía bailar sus pies sobre la piedra humedecida del suelo, pavoneándose involuntariamente a medida que su confianza crecía, y aprovechando la insuperable ventaja que su rapidez le daba. Desesperado por lograr un cambio de estrategia, el hombre amagó hacia la cadera del joven que, instintivamente, bajó su escudo para protegerse y permitió, de esa manera, que la espada enemiga alcanzara su verdadero objetivo. El acero se dirigió hacia el rostro de Yuri, que, haciendo nuevamente gala de su presteza, se inclinó hacia atrás para esquivar el golpe. No obstante, la punta de la espada larga se hundió en su blanca tez, abriendo un surco rojizo a lo largo de su inmaculada mejilla. La sangre empezó a escurrirse de repente, pero Yuri, con el corazón batiéndole alterado en su pecho, apenas registró dolor alguno.

—No te ves tan bonito ahora, ¿eh, niño? —La carcajada resonó en los oídos de Yuri, aun cuando el patio entero se encontraba trastocado por el incesante canto del acero contra el acero—. La muerte te sentará mejor.

En un arranque de furia, el chico apartó la espada enemiga con un certero golpe de su escudo, e impidiéndole volver a acercarse, procuró rodear al hombre de manera tal que la mano de su espada quedara completamente inutilizada. No era una tarea fácil, no mientras el hombre forcejeara para liberar su arma del yugo al que se encontraba sometida. El hecho de que ambos fueran diestros, resultó ser un gran golpe de suerte para Yuri. Sin embargo, encerrado como estaba, el hombre se las arreglaba para dar repetidos golpes contra la cadera y piernas del muchacho; golpes que, al estar bien amortiguados por la gruesa cota de malla que éste llevaba, le permitían mantener el brazo extendido con fuerza, sujetando el escudo como una barrera entre ambos cuerpos, que impedía al soldado regresar al eterno combate de espadas. La lucha era activa y constante; se dirimía en golpes, forcejeos mutuos y codazos fútiles por parte del helvecio.

Era cuestión de tiempo para que su contrincante, más fuerte y experimentado que Yuri, terminara por vencer la fuerza que éste aplicaba al brazo de su escudo. Liberó su espada, pero no tuvo siquiera tiempo de utilizarla, antes de que el escudo largo del chico le propinara un golpe ascendente en la quijada. Trastabilló y estuvo a punto de caer, dándole al menor el tiempo necesario para dirigir su espada hacia su desprotegido abdomen.

Al final de la vida de un hombre, sin importar su fuerza o su nivel de experticia, vestir o no una armadura se convertía en un hecho relevante. Primero, la espada atravesó el gambesón; la tela acolchada opuso una tenaz resistencia al corte, pero Yuri siguió empujando. Un movimiento tan rápido como aquel, en su consciencia se sentía como una eternidad. Pudo sentir cómo la espada se internaba en la carne, cómo la perforaba hasta alcanzar sus órganos. A su alrededor, el aire se tornó espeso de repente, impidiéndole oír otra cosa que no fueran los latidos de su corazón desbocado; ni siquiera tuvo el placer —o el horror—, de oír el grito del soldado, que se retorcía ya a su merced.

El acero salió del cuerpo de la misma forma en que ingresó; entonces, el mundo pudo volver a su habitual ritmo frenético. El caos que lo rodeaba parecía estar aplacándose poco a poco, sumiendo al patio en un sosiego macabro, la calma que, tras el paso de un huracán, reviste la tierra de cuerpos inertes. Uno de ellos, era especial a ojos de Yuri. De repente, el hombre al que su espada había atravesado, estaba lleno de particularidades que, ya lejos del peligro, Yuri pudo darse el lujo de observar. Los enmarañados cabellos castaños apenas cubrían sus ojos entrecerrados, de un azul muy intenso, que se arrepintió de mirar en ese mismo instante. Desde aquel momento en adelante, los ojos del moribundo lo perseguirían durante toda su vida.

Había caído de rodillas, e incapaz de mantenerse erguido, se desplomó hacia el suelo de manera tan antinatural como grotesca. Su boca despedía jadeos desesperados, casi como si estuviese pidiendo clemencia al jovencito.

—Hazlo. Cualquier hombre lo haría. —Su última voluntad, sonó a oídos de Yuri como el lamento de un pobre inocente.

No era el momento oportuno para tomar asiento y reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre las buenas y las malas acciones. Eso no impidió que por la joven consciencia de Yuri desfilaran pensamientos de distinta índole, todo lo que alguna vez había escuchado decir a hombres más experimentados que él: su abuelo, su padre, Yakov, Viktor, Askar, incluso Otabek en algunos aspectos.

«Este hombre intentó matarme —se dijo—, y ahora me pide misericordia. Hay honor entre dos hombres que batallan; tanto en el que mata, como en el que muere.»

Con eso en mente, alzó su espada y, con la fuerza brutal que precisa un golpe certero, la blandió contra el desprotegido cuello del hombre. El impacto contra la superficie blanda envió un escalofrío a su cuerpo entero, y cuando volvió a mirar, fue para retirar su hoja, a la cual sólo el hueso duro del cuello pudo detener. La sonrisa roja sobre la piel blanca de abrió como una flor horripilante apenas el metal abandonó su obra, y la sangre empezó a manar como un río en primavera.

La mirada de Yuri parecía incapaz de abandonar el cadáver de aquel hombre al que él mismo había quitado la vida. Se encontraba en un trance, del cual se vio obligado a salir al sentir los pasos lentos y pesados que se acercaban.

—Hiciste bien. —Reconoció al instante la voz seca y áspera de Askar, resultado de años de beber demasiado y, por supuesto, del reciente combate.

Comprendió entonces, que no hesitó en dar el golpe de gracia, porque de haber estado en aquella situación, habría deseado que alguien se apiadara de él de tal manera. Pero no le pareció de extrema necesidad compartir aquel pensamiento íntimo con Askar.

—Fue el primero —musitó. Sus ojos parecían reacios a volver a mirar el cuerpo; en cambio, estaban centrados ahora en su espada ensangrentada.

—Y no será el último.

Askar estaba también hecho un desastre. Su armadura estaba salpicada de sangre, sus cabellos escapaban de su yelmo en todas direcciones, y el rostro estaba cubierto de múltiples cortes pequeños. En su mano derecha, llevaba un hacha que, desde la hoja hasta la mitad del mango, estaba cubierta de sangre. La izquierda sujetaba una única flecha, también ensangrentada casi en su totalidad. Era un hombre hábil e implacable, capaz de blandir dos armas a la vez sin protegerse en lo absoluto. Sabía también, que ante la desesperación, hasta una flecha podía servir para perforar cuellos.

—No he visto a Otabek desde incluso antes de ingresar aquí —soltó por fin el hombre—. Cuando alcancé a ver a su caballo, cabalgaba sin jinete.

A su alrededor, en el patio, se escuchaban tan solo los gemidos quedos de los moribundos, y los golpes de gracia que terminaban con sus vidas. En ese momento, Askar pudo, por fin, permitirse limpiar sus armas y cuestionarse sobre el paradero del príncipe kazajo.

—Otabek fue herido por una flecha —se apresuró a responder Yuri—. Le di mi caballo, y lo obligué a huir. —Por lo menos, eso era lo que él quería creer—. No había forma de que pudiese luchar y protegerse a la vez, con un brazo herido.

Un silencio profundo se instaló entre ambos. El viento nocturno de la estepa soplaba con fuerza en el recinto, colándose por las puertas abiertas en las galerías, entre los cadáveres. Allí, ya nadie más luchaba.

—¿Le diste... tu caballo? —Askar suspiró admirado—. De verdad lo aprecias, ¿no es así?

—Es mi amigo, lo quiero vivo. —La voz de Yuri sonó firme, como si sus palabras fuesen también una afirmación dirigida a sí mismo.

—Conozco demasiado bien esa mirada, chico. —Por un momento, los nervios se apoderaron de su consciencia, pero optó por dejar que terminara—. Los vínculos más fuertes suelen forjarse durante la juventud. A su edad, todo lo vivido se siente más real, más intenso. El kumis, las mujeres, la sangre en el campo de batalla... y la confianza que depositas en otro muchacho. Es normal y esperable que eso suceda. —La sonrisa cansada sosegó el alma alborotada de Yuri, que parecía estar atrapada en un eterno campo de batalla; a veces, defendiendo su tierra, y otras, el amor que lo había asaltado de la noche a la mañana, durante el pasado invierno.

—Iré a verlo, cuando todo esto termine —declaró.

Askar escaneó los alrededores con cautela, y terminó por menear la cabeza, en un inconfundible gesto re resignación.

—Está lejos de terminar, Yuri. Pero también lo visitaré cuando acabemos; si lo deseas, puedes venir conmigo. —Soltó un suspiro pesado—. Espero que haya seguido tu consejo, y que esté ya a salvo en algún lugar.

—Por supuesto que lo hizo —respondió Yuri con la más rígida convicción—. No es como yo.

En el momento mismo en que la última sílaba se deslizó por sus labios, su paz se vio trastocada por las escandalosas pisadas que se acercaban a él. Dirigió a Askar un una última mirada que transparentaba su temor, pero decidió enfrentar las circunstancias y voltear a ver a su hermano.

—¡Ahí estás! ¡Yuri! —La voz ronca y cansada le evitaba hacerse oír del todo bien, pero apenas sus ojos se encontraron con los de Yuri, envainó su espada ensangrentada y aligeró sus pasos.

Las manos de Viktor, enfundadas en ásperos guantes de cuero, se posaron en los hombros de su hermano y lo sujetaron con una fuerza brutal, como si estuviera en él la intención de destruirlo. Sin embargo, el joven se mantuvo impasible, con los ojos cerrados y la boca pequeña muy apretada.

—¿Cómo te encuentras? ¿Qué sucedió? ¿Por qué desoíste mi orden? ¿Dónde está tu caballo? —Las preguntas salían a borbotones de boca de Viktor; todas y cada una de aquellas preguntas, tenían una respuesta que implicaba a Otabek. A su hermano no pareció importarle su silencio; más bien, parecía aliviado al haber podido descargar sus nervios y ansiedad contra el rostro aturdido del otro. Entonces, se dignó a mirarlo por fin. Una de sus manos se soltó, para cerrarse con fuerza sobre el mentón de Yuri—. Te hirieron... —reconoció, con la voz hecha un girón.

No había hombre en el mundo tan particular como Viktor. Aquella noche, su arriesgado plan había llevado a decenas de hombres a la muerte, pero su faceta gélida y despreocupada se desplomó ante sus pies al ver la franja roja que lucía la mejilla de su hermano. Era el tipo de hombre que se mostraba resuelto y eficaz frente a sus vasallos, pero que sería incapaz de dejar que su hijo lo acompañase a la guerra.

—No digas nada... No... —imploró, con los labios fruncidos por la fuerza que Viktor empleaba en sus mejillas.

—¿Quién...? —se dignó a cuestionar el otro, con los ojos azules ardiendo en rabia.

—Está muerto. —Yuri cogió el brazo de Viktor con fuerza y lo obligó a apartarse de él—. Yo lo maté.


La indiscutible victoria dejó un cuantioso saldo de muertos y moribundos, esparcidos tanto por la explanada que rodeaba al fuerte, como dentro de éste, en el patio central. Allí, los helvecios muertos se confundían fácilmente con los rusos y kazajos, muchos de ellos muertos con las armas en mano y los rostros crispados de furia y sorpresa. El frenesí de la batalla había llegado ya a su fin, y era hora de enfrentarse a las verdades más desagradables; era momento de reconocer a los cuerpos de los caídos.

Fuera, la luz de la luna parecía ser aún la única reina del firmamento oscuro, el único filo en cortar la espesura de la noche. El plan de Viktor había resultado efectivo, más rápido de lo que Yuri pudiese haber llegado a imaginar. No había aún rastro alguno del alba a pesar de que, más allá de los muros grises, no quedaba ya nadie con vida; solo aquellos que aguardaban en la lejanía, apartados del alcance de cualquier flecha. Entre ellos, lugartenientes y heridos, debía de estar Otabek. Pero Yuri no tuvo ocasión de ir a verlo, porque apenas logró convencer a Viktor de que su herida no era más que un rasguño, éste le instruyó que lo siguiera hacia la sala principal del fuerte.

El recinto era apenas más grande que la habitación de Yuri, y carecía de puesto de honor para un Rey o señor. La historia parecía haber sido poco generosa con aquella construcción de tanto valor estratégico, que pasaba de mano en mano, de un castellano ambicioso a otro, según gozaran estos de la confianza del hombre que gobernara a orillas del mar. No obstante, era aquel el lugar obligado de paso para el Rey, cuando éste se dirigía hacia el sur con su ejército y sus armas. Era siempre el primer castillo en caer a manos enemigas, y el primero en ser recuperado.

Aquella noche, la cabecera de la mesa añeja sirvió como trono para el agotado Rey, que inclinado sobre ésta última, escudriñaba a sus hombres y aliados. A su derecha se sentaba Askar, la máxima autoridad de las tropas kazajas, y del otro lado, el joven Yuri hacía su mayor esfuerzo por disimular el creciente picor de su herida. Había empezado a dolerle una vez que la sangre abandonó su rostro y la sensación de seguridad consiguió aplacar su corazón.

—Rostov se hará cargo de la fortaleza cuando marchemos hacia el sur —sentenció Viktor, dibujando un mapa invisible sobre la superficie ajada de la mesa—. Envié un mensajero en dirección norte, para informarle de nuestro triunfo y pedirle a su persona y al resto de los señores, que se pongan en marcha de inmediato.

—Deberíamos partir... poco después del alba —intervino Yuri, reforzando su seguridad a medida que las palabras salían de sus labios—. Nada puede garantizar que un sobreviviente de esta masacre no huya para informar a su señor. No sabemos con certeza si un campamento enemigo circunda la zona, si un grupo de hombres espera más al sur para aniquilar a lo que quede de nosotros...

—No hubo ningún sobreviviente. —Askar tomó la palabra apenas el agitado discurso de Yuri mostró un momento de duda—. Y si lo hubo, pronto ya no habrá. Cualquier helvecio que siga respirando, es ahora nuestro prisionero; y su destino, nuestra voluntad.

Un silencio incómodo atravesó la sala de punta a punta. De los presentes, seis personas en total, sólo los dos más importantes parecían sentirse con el derecho de decidir sobre las vidas de sus nuevos prisioneros. Aquel parecía ser el tema más urgente a tratar.

—¿Qué vamos a hacer con ellos? —se arriesgó a preguntar Yuri, trastocando la calma de la sala.

Por el rabillo del ojo, observó que Askar apretaba su puño sobre la mesa y, en silencio, pedía permiso a Viktor para tomar la palabra.

—Su Majestad, si me permite intervenir... —Hizo una corta pausa antes de continuar con la exposición de su punto—. Recomiendo degollar a todo aquel que quede vivo aún, y luego de darles una sepultura digna a los nuestros, colgar a los enemigos de las almenas. Que todo aquel del bando enemigo que pase por aquí, mire a lo alto y piense, piense que, tal vez, cruzar la frontera para internarse en estas tierras, no fue una buena idea. Deja que el mensaje llegue a oídos de su Rey por medio de algún desafortunado; que las noticias le hagan temblar las rodillas.

—Tal vez, sería más sensato dejar que los sobrevivientes de éste ataque sean quienes informen a su Rey. Serán ellos los únicos que habrán vivido el infierno en carne propia, los únicos que podrán describirlo —propuso Viktor.

—Hemos perdido hombres en este ataque, Majestad —insistió el mayor—. Si hace eso, mis hombres, los suyos y nuestros enemigos, creerán que ha sido demasiado misericordioso. —La dureza en su voz pareció suspender el aliento de todos los presentes—. La misericordia es signo de debilidad, y no podemos permitirnos mostrar debilidad ante enemigo.

Un suspiro profundo escapó de los labios del Rey. Parecía estar demasiado agotado para defender su postura, y miraba a su aliado con el puño, firme, presionado contra sus labios.

—Que se haga lo necesario para ganar esta guerra —sentenció.


En lo alto de las almenas, los cuerpos sin vida de los caídos se mecían como girones de trapo viejo. Atados al adarve y a la puerta rastrillo por sus pies, las cabezas —de aquellos que aún las tenían—, se orientaban hacia el suelo. Antes de someterlos a su golpe final, los soldados se aseguraron de despojarlos de todo bien preciado que pudiesen llegar a cargar, fueran éstos anillos, amuletos, una capa de lana o un buen hacha que alguno de sus compañeros hubiese olvidado en las entrañas de su víctima. Sin embargo, por orden de Viktor y Askar, ninguno de los muertos se vio despojado de sus jubones: era importante que quién pasase por allí, pudiese reconocer la identidad de cada uno de los hombres, o por lo menos, a quién servían. Pronto, no serían más que comida para las aves esteparias.

Yuri se paseaba con lentitud tortuosa, en medio del caos nuevamente desatado en el patio central. A su alrededor, los moribundos empleaban sus últimas fuerzas en pedir misericordia en vano, antes de ser decapitados o rematados por los feroces hombres que recorrían todo el perímetro. Otro grupo, soldados kazajos de baja extracción y ambiciosos miembros de la druzhina, se ocupaban de saquear los cuerpos de manera sistemática.

Intentaba hacer caso omiso a las súplicas y llantos, dispuesto a interpretar el papel que le correspondía al hermano de un Rey, pero no pudo evitar sobrecogerse al oír, a escasos metros de donde se encontraba, la voz temblorosa de un joven escudero.

No debía pasar de los dieciséis, su misma edad, pero la sangre en su rostro y el muñón sangriento que era su antebrazo cercenado lo hacían verse como un anciano en sus últimos momentos de vida. Con su mano entera, el muchacho se aferraba a la bota del hombre que se cernía sobre él, listo para descargar su pesada hacha contra su cabeza indefensa.

—¡¿Por qué?! —exclamó con voz ronca y quebrada. Parecía ser un muchachito noble, capaz de decir algunas frases en ruso. Probablemente, el último hijo de una importante familia; al igual que Yuri—. ¿Qué es lo que hemos hecho mal? —jadeó con ciega desesperación.

El hacha se detuvo un instante, así como Yuri, que, en silencio, se acercó a Askar con el semblante duro, ocultando la congoja que la situación entera le ocasionaba.

—¿Tú? Nada, no has hecho nada malo pero... —En la voz de Askar, Yuri podía reconocer la voz de un padre, castigando a su hijo para darle una lección—. Lamento mucho que debas pagar por los errores de tu Rey.

Aterrado, el joven se apresuró a negar con la cabeza. Sus pupilas estaban empequeñecidas por el horror y la desesperación, y las lágrimas saladas dibujaban surcos en su rostro ensangrentado. La mirada del joven Yuri mostraba la más plana indiferencia, pero en su fuero interno, no dejaba de preguntarse qué haría Askar a continuación.

—Él... ofrecería un salvoconducto para los más jóvenes... Él es un buen hombre... —Logró articular el muchacho. No parecía consciente ya de las palabras que salían de sus labios.

—¿Alguna vez has visto a tu Rey? —Askar se permitió abandonar su faceta paternal para soltar una pregunta sarcástica—. Ningún Rey que mantenga su corona, y por ende su cabeza, por tantos años, tiene las manos y la consciencia completamente limpias.

—Lo vi una vez, desde lejos...

—Lo siento, chico... Ya es suficiente...

—¡No! —Un grito desgarrador brotó desde lo más profundo de las entrañas del moribundo, que en lugar de zafarse, se aferró a la bota de Askar con más fuerza aún. La idea de que su verdugo fuese también la última esperanza de ese chico, era simplemente penosa—. Por favor...

Fue entonces cuando Askar ladeó su cabeza para encontrarse con la mirada de Yuri: cansada y netamente inexpresiva, pero atenta a lo que sucedería a continuación. Su capacidad de reacción estaba subsumida a su descrédito, por lo cual era únicamente capaz de sostener el mango de su espada con sus dedos fríos.

—No mires, Yuri —le pidió. Otra vez, volvía a hacerse presente su tono paternal.

Las órdenes eran claras, pero aquel día, Yuri había comprobado que no estaba hecho para recibir órdenes. Fue testigo de cómo Askar alzaba su hacha imponente con ambos brazos, y de cómo el muchacho escondía su rostro, bañado en sangre y lágrimas, en la bota sucia de su verdugo. El arma cayó hacia el suelo con una precisión escalofriante y, justo cuando estaba a punto de alcanzar su objetivo, Yuri apartó su mirada de manera violenta e inesperada. Un último grito desesperado se oyó antes de verse interrumpido por un crujido sordo que rompió con toda armonía de la atmósfera. Tan brutal como parecía haber sido, el golpe no necesitó de una confirmación, por lo cual los oídos de Yuri tan solo captaron las secuelas del primer impacto, en forma de crujidos más quedos.

Apenas el ruido cesó, el hacha empezó a moverse dentro del cráneo partido, en un intento por liberarse. Aún sin atreverse a abrir sus ojos, Yuri casi podía ver la grotesca humedad en el interior del cráneo, y la sangre, que a borbotones, se hacía paso a través de la brecha que el hacha había abierto.

Sintió a Askar moverse a su lado y, dando el acto por finalizado, abrió sus ojos por fin. Sin embargo, a pesar de su desesperado intento por omitir las imágenes más espeluznantes, sí vio cuando la bota de Askar apartó el cadáver con suavidad, y la manera en que utilizó el jubón del chico para limpiar la hoja de su hacha. Yuri se preguntó cuántas cabezas había destrozado aquella noche. A sus pies, yacía el cuerpo sin vida del muchacho, aquel mismo que, antes de cerrar los ojos, vio suplicar y pedir por su vida con desesperanzada vitalidad, característica de aquel que sabe que le queda poco tiempo.

Pero ahora, estaba muerto. Y su cuerpo había cambiado radicalmente. Al limpio muñón de su brazo derecho, se le sumó la herida mortal de su cabeza que, a decir verdad, ya no tenía siquiera aspecto de cabeza. Por el rabillo del ojo, Yuri logró captar la desagradable imagen que ofrecía: los cabellos, otrora color arena, estaban empapados por la sangre que manaba de manera interrumpida de la herida grotesca, para escurrirse entre los adoquines negros del suelo. El nauseabundo aroma metálico ascendía desde el cuerpo maltrecho para colarse por sus fosas nasales, provocando que una incómoda sensación de sobrecogimiento se apoderara de su cuerpo.

—Te dije que no miraras. —Askar lo sacó de su trance, provocado por el horror que paralizaba su consciencia. No sintió siquiera tanto asco y repulsión cuando su propia espada atravesó el torso del otro hombre. Yuri jamás olvidaría el rostro del primero de muchos que cayeron bajo su filo, pero sin lugar a dudas, se trataba de una herida mucho más limpia que la de aquel chico desdichado.

—No pude evitarlo... —balbuceó en voz muy baja. Hizo su mayor esfuerzo por recomponerse, para lo cual le ayudó mucho que Askar se apartara del cuerpo y le hiciera una seña para que lo acompañara—. Askar —llamó entonces, ya más calmado y mejor dispuesto.

—Dime. —El hombre se mostraba taciturno, como si buscara redención en lo más profundo de su alma. No era como Boris, sediento de la sangre que derramaba su arma y excitado por los gritos que soltaban sus víctimas al ser castigadas; pero tampoco mostraba un completo rechazo a la hora de matar. Aquellos que sí lo hacían, preferían los cortes limpios y certeros, y no destrozaban cráneos de tal manera.

A pesar de las atrocidades que le había visto cometer, Yuri no podía desligar a Askar de su imagen de guerrero honorable. ¿Podía haber acaso, honor al comportarse con crueldad? ¿Podía haber realmente crueldad, en el marco de una guerra justa? Las preguntas se agolpaban en su mente recién despierta, pero en el fondo, era lo suficientemente mayor para comprender, que sólo podía responderlas por su cuenta; y que para ello, necesitaría tiempo. Tal vez años, una vida.

La pregunta que le hizo a Askar, fue de una naturaleza mucho más cotidiana y práctica.

—Ese chico, era muy joven, ¿verdad? Estoy seguro de que tendría mi edad, no muchos años más... —comenzó. De parte del mayor, sólo recibió silencio. Los enemigos no tenían edad—. No cuestiono tu accionar —aclaró, antes de hacer la pregunta—, pero... ¿cómo es que haces, para no pensar en tu hijo? Él tiene diecisiete años, ¿no es así?

Askar asintió, pensativo. Se tomó el tiempo suficiente para mirar a Yuri de reojo y dignarse a hablar. Dedujo el chico, que la respuesta no iba a agradarle del todo. Para él, no era ya una novedad el hecho de que Askar no tuviese ningún tipo de escrúpulo a la hora de decir las cosas.

—Sé que, de haber sido la situación inversa, y de haber estado mi hijo mayor aquí, los enemigos hubiesen obrado de manera similar...

—¿Tienes la certeza de ello, o eso es lo que te dices a ti mismo, para tener la consciencia tranqu...? —comenzó.

—Llevo casi veinticinco años batallando, chico. —Le cortó con rudeza—. He estado tanto en el bando ganador, como en el perdedor. De la repetición, especialmente si se trata de fracasos, uno deduce patrones, y aprende. —La mirada adusta provocó que Yuri se estremeciera, y sólo encontrara fuerzas para asentir—. Maté a ese chico, porque el primer ataque en una guerra es especialmente brutal, un intento de obtener la retirada enemiga. Además, ¿en serio crees que ellos no hubiesen hecho lo mismo? ¡Por supuesto que sí! Hubiesen querido mostrar a las tropas de tu hermano, que son los nuevos e indiscutibles dueños de esta región.

—No lo son —replicó Yuri con dureza.

—Y esto, se los dejará claro. —Le mostró su puño ensangrentado. Luego, tras otro largo instante de silencio, volvió a hablar—. Si quieres la respuesta que buscas, es sí. He pensado en mi hijo al momento de quitarles la vida a chicos de su edad. No es una sensación nada cómoda.

«Y no debería serlo.»

—Entonces, ¿cómo...?

—Pienso que mi hijo, de estar en esta situación, encontraría más honorable morir a manos de su enemigo que vivir y escapar, para contarme luego a mí cómo rogó clemencia a sus atacantes, mientras sus compañeros eran masacrados sin perdón alguno. —Se habían ya detenido junto a una de las estrechas galerías que rodeaban el patio. No había nadie más allí, a excepción de los muertos que no colgaban aún del adarve—. Tal vez, para ti esto suene como un cruel disparate, pero enseñé a mis hijos, y a los de mi hermano también, que el honor es lo más importante en el accionar de un guerrero.

Los ávidos ojos verdes de Yuri escudriñaban el rostro estoico de Askar. Su único ojo le devolvía una mirada fiera, que apenas podía enmascarar el inmenso cansancio que sentía el hombre.

—Honor... —Yuri saboreó la palabra en sus labios. Sonaba bien, pero no sabía él cuán dispuesto podría llegar a estar a entregar su vida a cambio del honor. Decirlo era más fácil que hacerlo efectivamente. De repente, una idea atravesó su mente enmarañada—. Yo le di mi caballo a Otabek, para que huya...

No podía sentirse mal al respecto. Tal vez, había privado a Otabek de ganar el retorcido concepto de honor que, al parecer, poseían los kazajos —o por lo menos, Askar—, pero por otro lado, tenía la certeza que su amigo estaría a salvo, vivo, en algún lado.

—Hiciste bien —ratificó Askar—. Otabek no es como los demás, no es como cualquier soldado, ni siquiera como mi hijo. Otabek es un príncipe, el único heredero de su padre, al no tener aún sus propios hijos. Su vida aquí, vale lo mismo que el reino entero.

—¿En verdad es el único? —Le dolía y enfurecía tener que admitir la apremiante necesidad que tenía Otabek de engendrar un hijo con su hermana.

—Por más valiosa que sea la hermana de Otabek, es decir, por más potencial que tenga en el uso de las armas, no deja de ser una niña de tan solo catorce años. Los hijos varones de su tío Kerei apenas tienen la edad suficiente para saber montar a caballo. Si un kurultai fuese de celebrarse este año para escoger un nuevo Rey, nadie pondría el reino en manos de ninguno de esos niños —explicó—. Y, aun si el mayor de ellos resultase escogido, ni siquiera desde la muerte estaría Erasyl dispuesto a dejar que el trono volviese a pasar a una rama menor de la familia.

Yuri no pudo hacer otra cosa que asentir, aún si apenas entendía los enredos dinásticos de la familia de Otabek.

—Comprendo, todos deben de protegerlo con su vida. Al menos, hasta que tenga un hijo que muestre ser competente, ¿no es así?

—En efecto. Proteger a Otabek, es proteger al reino mismo —respondió Askar con una sonrisa—. Por eso, todos los nuestros te estarán eternamente agradecidos por haber sacrificado tu propia vida por él.

A Yuri, en verdad le tenía sin cuidado el título que ostentase Otabek dentro de su familia. Incluso en el caso de que fuese un chico sin una gota de sangre noble, Otabek seguiría siendo él. La necesidad que Yuri tenía de protegerlo, iba más allá de su sangre, de su título o de su padre.

—Y lo haría de nuevo, así como todos sus hombres parecían estar dispuestos a recibir una flecha por él.

—Quién resulte ser el joven que Otabek elija como su compañero, tendrá beneficios incomparables cuando éste sea Rey —comenzó Askar—, pero deberá asumir que morir por su Rey es parte de sus deberes. Todos los hermanos lo asumen, pero más aún, el hermano de un Rey. En mi momento, así lo hice yo. Moriría por Erasyl, y también por sus hijos, como si fuesen los míos propios. Mi mayor arrepentimiento, Yuri, es no poder contraer la enfermedad que consume a mi hermano, para morir en su lugar y salvarlo de la muerte.

Las palabras sinceras del hombre mayor calaron hondo en la consciencia joven y maleable de Yuri. Comprendía cada vez más, y de a poco, la importancia del lazo que los hombres kazajos se juraban mutuamente. Era una amistad de toda la vida, cargada de deberes para con el otro. Visto de esa manera, no podía sorprenderle para nada el aplomo que percibía en la voz de Askar cuando éste hablaba de la enfermedad del padre de Otabek. La mismísima muerte se revelaba así como un enemigo invencible, al que Askar no podía aplastar con su hacha.

—Pero sí pudiste preparar a su hijo, para que sea un excelente Rey cuando su padre muera —murmuró Yuri con cautela—. Sé que Otabek lo será.


El cielo empezaba ya a clarear, y la bruma de la madrugada cedía ante los tímidos rayos del sol, cuando el resto de las tropas dejadas a medio camino arribaron ante los muros de la fortaleza. Para cuando los caballos y estandartes aparecieron en el horizonte, el cuerpo de Yuri estaba ya al borde de ceder ante el agotamiento. Al finalizar formalmente la batalla, sus intenciones de ir en busca de Otabek se vieron truncados por su hermano, que le instó a hacerse con un lugar cómodo en la fortaleza para dormir un poco antes del amanecer, cuando partirían una vez más, hacia el Volga. Sin embargo, el muchacho apenas se vio capaz de controlar su ansiedad; la adrenalina hinchaba sus venas y recorría su cuerpo entero con una furia devastadora, impidiéndole quedarse quieto.

Era de esperarse que en ese momento, ya montado sobre un caballo desconocido y dispuesto a partir, apenas pudiese mantener los ojos abiertos. Los párpados le pesaban como si fuesen de plomo, y apenas podía dar cuenta de lo que ocurría a su alrededor. A escasos metros, Viktor estaba reunido con Rostov, el único señor que no lo seguiría hasta Astracán. No había forma de que Yuri pudiese llegar a oír sus palabras, pero centrar la vista en aquellas dos figuras recortadas contra el cielo anaranjado era lo único que le permitía mantenerse despierto y no caer del caballo.

Viktor entregó a su leal vasallo un rollo de pergamino, una dispensa que él mismo se había ocupado de redactar hacía unas horas. De alguna forma u otra, Viktor no parecía tener problemas en ofrecer una imagen entera y resuelta, a pesar de la apariencia sucia y agotada. Intercambió palabras cordiales con el hombre, seguidas de un fuerte apretón de manos: no tanto ya un gesto de Rey a vasallo, sino de hombre a hombre. Viktor era más que hábil a la hora de tratar con aquellos dispuestos a prestarle sus lanzas. A Rostov, no obstante, parecía motivarle aún la lejana esperanza de casar a su hija con el hermano del Rey que, sin lugar a dudas, sería el primero en negarse.

Fue testigo de cómo los dos hombres se separaban y bifurcaban sus caminos. Rostov y su exiguo —pero suficiente— séquito de hombres armados, cabalgaron hacia la fortaleza reconquistada, y Viktor hizo un gesto tajante para que sus hombres lo siguieran. Allí no quedaban más que un puñado de vasallos directos del Rey; los kazajos, al mando de Askar, habían abandonado ya la fortaleza habiendo acordado previamente volver a reunirse con sus aliados en las orillas del río. Yuri fue el primero en espolear al caballo con la debida cautela, para alcanzar a su hermano. Empezaba a extrañar ya a su corcel Fiódor, uno de sus argumentos esgrimidos contra Viktor para que éste le permitiera ver a Otabek, pero su hermano no dudó en entregarle un caballo de alguno de sus hombres caídos, un excelente corcel blanco con motas grisáceas.

—¿Cuál es el camino que hemos de tomar ahora? —preguntó de manera trivial. Por el rabillo del ojo, pudo captar la mirada resentida de Boris, que cabalgaba junto a Viktor; pero parecía también demasiado cansado para decir algo.

—Hacia el este, siempre hacia el este —respondió el Rey—, hasta toparnos con la orilla del río. No te preocupes; cuando estemos allí, lo sabrás. —Sus labios esbozaron una sonrisa que escondía un dejo de burla.

Yuri dejó escapar un bufido pesado y no se molestó siquiera en responder a aquel gesto. Durante todo el viaje, se mantuvo en silencio, metido en la dura encrucijada que suponía el estar demasiado cansado para hablar, pero que a la vez la calma extrema le jugara una mala pasada, instándolo a cabecear constantemente sobre su caballo. Para la media mañana, apenas podía mantener la cabeza erguida; los cabeceos se sucedían con una frecuencia preocupante, y por primera vez en años, el no perder el equilibrio en el caballo suponía toda una hazaña. El ejército entero avanzaba a un ritmo penoso, constituyéndose en un blanco fácil para cualquier cuadrilla enemiga que pudiese haber sido enviada a patrullar la zona. Sin embargo, nadie parecía tener consciencia del riesgo que su situación suponía; todos ellos incapaces de pensar en otra cosa que no fuera alcanzar su destino, para poder descansar y perderse en la bebida.

Fue por esa misma razón, que el destello de las aguas del río bajo el ardiente sol sureño se sintió como una visión irreal. Yuri tuvo que llevarse la mano a la frente, y cubrir con ella sus ojos maltrechos. Sus labios, tan secos como su garganta, dibujaron una mueca al tiempo que intentaba atisbar un dejo de realidad en medio de aquel aparente espejismo.

—La Madre Volga... —murmuró Viktor a su lado—. El río más ancho y caudaloso que verás en tu vida. —Le dirigió una mirada de reojo, exhibiendo una sonrisa apacible en su rostro cansado.

Frente a sus ojos, el resplandor fulgurante de las aguas del río, que parecía haber sido más un producto de su vista extenuada que una realidad, se apaciguó para mostrar las aguas azuladas que se extendían hacia un horizonte lejano, donde apenas podía apreciarse una serie de árboles del otro lado de la orilla. Por un momento, la emoción infantil regresó a su corazón, y se descubrió a sí mismo alzando sus caderas, colocándose a horcajadas sobre el caballo, en un intento vano por ver mejor. Para él, aquel viaje era también un descubrimiento. Nunca antes había tenido motivos para salir de los bosques que rodeaban al castillo de Moscovia, la ciudad de Moskva y el río del mismo nombre, por lo que no fue una sorpresa para él encontrarse más emocionado por recorrer tierras desconocidas, que por probar su valía en el combate. La estepa inabarcable había matado un poco su espíritu aventurero, así como sucedió con el ya conocido Don, pero el Volga, con su imposible extensión, ofrecía nuevas posibilidades de maravillarse.

—Nadie jamás ha podido cruzarlo. Sólo los pescadores con sus embarcaciones pequeñas —comentó Viktor.

Desde luego que a Yuri le costaba imaginarse internándose en todo ese azul con su caballo. El Volga era la madre de todos los ríos de Rusia, incluyendo aquel que discurría junto al castillo, que a su vez alimentaba a los arroyos que se perdían en el bosque. Era, naturalmente, profundo y poderoso; como la vida y la muerte.

—Pero aun así —respondió el chico, con un pragmatismo que comenzaba a heredar—, es un lugar más que adecuado para instalar un campamento militar.

A escasos metros de la orilla, se alzaban ya unas cuantas yurtas de fieltro, rodeadas de hombres y caballos que pastaban en la hierba verde. De manera casi inconsciente, Yuri agitó las piernas para espolear al caballo, que salió disparado hacia el frente. Por primera vez, presa de la ansiedad desbordante, olvidó que aquella bestia no era Fiódor, que no conocía los desplantes de su jinete. Poco le importaría, en ese momento, si el animal se deshacía de él arrojándolo al suelo.

—Yuri, ¡¿qué haces?! —A duras penas oyó a Viktor llamarlo con desesperación—. ¡Regresa! ¡No irás a ningún lado! ¡Pensé que desfallecías de cansancio! —exclamó a voz de grito, elevando el dramatismo de sus reclamos.

No tenía forma de explicarle, desde su posición, que el caballo se había disparado en galope; de todas formas, sabía que Viktor no iba a creerle.

—¡Necesito recuperar mi caballo! —le gritó al aire, sin preocuparse demasiado porque el otro lo oyera.

El caballo desconocido era un demonio, pero Yuri, a pesar de su cansancio, era un buen jinete. Acortó las riendas al tiempo que su agarre se suavizaba, y se permitió soltar el aire contenido en sus pulmones cuando vio que sus intentos conseguían el efecto deseado. El caballo se detuvo frente a un joven que, a juzgar por su expresión monótona, no conocía la identidad de Yuri. Hizo ciego ademán de ocuparse del caballo, como probablemente llevaba haciendo desde hacía casi un mes. Sin embargo, Yuri lo detuvo.

—No —le dijo en kazajo—. Este caballo... no es mío... pero no sé de quién.

El joven pareció comprender, porque se apartó al instante. Mientras, Yuri se bajó del caballo, teniendo excesivo cuidado esa vez. Los pies le dolieron al aterrizar, en parte por el cansancio, y en parte también, porque a sus piernas les faltaba mucho aún para curarse de sus heridas.

—¿Dónde está? —Ante la confusión del chico, Yuri se vio obligado a apelar a un vocabulario más diversificado—. ¿El príncipe?

Recibió una negativa escueta, señal de que no sabía dónde habían llevado a Otabek. Dejó escapar un bufido de frustración, y abandonó al joven sin siquiera agradecerle. No conocía la palabra kazaja para agradecer. Recorrió el campamento a paso raudo, quejándose del dolor para sus adentros. Cuando las cosas se calmaban, su cuerpo parecía mostrarse ansioso por recordarle su pésima condición, lo poco hecho que estaba para esas situaciones. Con eso, no conseguía otra cosa que enfurecerse.

En medio de un arranque impulsivo, con el corazón atorado en su garganta, Yuri detuvo a un hombre que sostenía la rienda de un caballo negro de frente blanca. A juzgar por la armadura laminada y el yelmo que rodeaba su brazo izquierdo, era un soldado.

—¿Dónde está el príncipe? —le preguntó sin preámbulo alguno.

Una vez más, volvió a recibir una mirada extrañada; aquella, sin embargo, era diferente. Los ojos oscuros del hombre dejaban ver más desconfianza que confusión.

—¿El príncipe? —respondió inmediatamente, apenas reparando en el muchacho rubio que tenía en frente—. ¿Quién eres tú, para querer verlo?

Le irritó la respuesta, pero también sintió curiosidad al ver los rostros cargados de desconcierto, ¿acaso se veía tan distinto luego de la batalla? Volvía a llevar el yelmo sobre la cabeza, cubriéndolo así desde la nuca hasta el tabique de su nariz. Era consciente de que su cabello estaba hecho un desastre, y que la sangre seca debía de cubrirle ya medio rostro; durante el viaje, fue incapaz de resistir a la tentación de rascarse la herida que tanto le picaba.

—Yuri Aleksiévich, hermano del Rey Viktor II de Rusia. —La seriedad que imprimió a su voz provocó que el hombre diese un paso atrás—. Pero más importante, soy su amigo. —Resopló con fuerza, para apartar un sucio mechón rubio que cayó sobre su ojo.

En silencio, el soldado lo escudriñó de pies a cabeza, casi de manera ritual. Yuri fue testigo de cómo su mirada cambiaba al reconocer en su jubón, al mismo oso que ondeaba en los estandartes del Rey aliado, el hombre por el cual todos ellos estaban allí, el hombre al que su señor debía de honrar por darle una esposa a su hijo. No obstante, eso no impidió que las cejas pobladas permanecieran fruncidas con un empeño intolerante.

—Está herido. El señor Askar pidió expresamente que nadie perturbara su descanso —respondió por fin con un dejo hostil.

Era absurdo que aquella norma se aplicara también a Yuri.

—Ninguno de ellos se opondrá a mi presencia —le aseguró con voz de pedernal—. Indícame el camino.

El soldado lo sometió una vez más a la duda. Parecía costarle demasiado tomar una decisión, entre hacer caso a su líder, y dejar que el príncipe ruso se saliera con la suya; y correr el riesgo de desoír a los verdaderos deseos del hijo de su Rey.

—Entre las yurtas más grandes, busca la que lleve el estandarte de su familia.

Tras darle las indicaciones correspondientes, se alejó de inmediato, como si temiera volver a ser encontrado allí. El príncipe, por su parte, no dio más vueltas al asunto y se apresuró a recorrer el camino señalado. Los soldados kazajos parecían ya haberse acostumbrado a los rusos, por lo que no debió cargar aquella vez con el peso de las miradas de todo aquel que posara sus ojos en él.

De todas las yurtas, la de Otabek era la más espaciosa; el lugar central que tenía en el campamento, parecía sumar a sus aires de importancia. En las inmediaciones, un grupo de mujeres preparaba ya las ollas para la comida, donde echarían luego lo que fuera que los hombres trajeran del río y el bosquecillo que lo rodeaba. Por vez primera, las tropas podían darse el lujo de montar un campamento menos precario y transitorio que aquellos levantados a lo largo del camino, para pasar una o, a lo sumo, dos noches. Allí, parecía reinar un sentimiento común de haber llegado a un nuevo hogar transitorio.

Aminoró el ritmo de su andar cuando estuvo frente a la yurta cerrada. Dentro, parecía reinar el más profundo silencio, y por un momento, llegó a pensar que Otabek efectivamente estaba dormido. Sin embargo, no era ese un motivo para detenerse. Apartó la portezuela de fieltro con cautela, lo suficiente para poder colarse como una sombra dentro del recinto.

El interior estaba iluminado por la luz que entraba a raudales por el orificio del techo, mientras que en una esquina de la habitación, ardía un brasero, sobre el cual, reposaba una olla de hierro repleta de agua sucia.

—¡Otabek! —lo llamó Yuri, apenas sus ojos se posaron en él.

Estaba tendido bajo una cantidad exagerada de mantas de lana y pieles, que lo cubrían hasta la altura del abdomen. Llevaba el torso desnudo, a excepción de su hombro izquierdo, al que habían envuelto con un grueso paño de lino; tan grueso, que a simple vista se veía inmaculadamente blanco, sin rastro alguno de sangre filtrada. Al ver a Yuri, se removió ansioso, buscando incorporarse con su brazo sano.

—Yura... —jadeó, entre sorprendido y aliviado.

—¡No, espera! —exclamó el otro, alzando una de sus manos para evitar que su amigo se esforzara inútilmente. De un solo movimiento, se quitó el yelmo y lo arrojó a un lado, para arrodillarse luego en el suelo y lanzarse contra él—. Beka... estoy vivo —exclamó con una enorme sonrisa. Fue eso lo primero que se le cruzó por la cabeza; una parte de él, parecía haberse convencido de que Otabek lo creía muerto.

La emoción casi infantil que dejaron traslucir sus palabras hizo reír a Otabek. Una risa corta, suave y seca; muy suya. Su mano se aferró inmediatamente a su espalda, en un desesperado intento por reconocerlo como real.

—Fue eso lo primero que Askar me informó. También me dijo que... Yuri, espera, ¡ten cuidado! —se vio obligado a exclamar Otabek, apenas capaz de controlar al intrépido muchacho que ya se había hecho lugar a su lado, por encima de las mantas.

Una vez que Yuri se dejaba llevar, poco podía hacerse para conseguir que fuera cauteloso. Vestía aún la pesada cota de malla, y llevaba en su corazón el espíritu salvaje de la batalla. Otabek intentaba sosegarlo, acariciando sus enmarañados cabellos rubios con su mano áspera, pero Yuri parecía no querer otra cosa que hundir el rostro en el cuello ajeno. Sin embargo, la advertencia pareció pesar en él, y se apartó de inmediato al recordar la herida que su amigo había recibido en el campo de batalla. Se mantuvo a su lado, aferrándose con fervorosa vehemencia a su brazo sano.

—¿Te duele mucho? —preguntó. No había podido examinar la herida en el momento, y tampoco podría observarla ahora que estaba ya vendada.

—Creo que es el mayor dolor físico que he experimentado jamás —respondió Otabek. A pesar de la calma con la que hablaba, su sufrimiento se hacía presente en su voz seca y ronca—. Pero no es una herida grave, o eso me han dicho. Tal vez, el dolor mayor sea el de la caída.

—Maldita caída —masculló Yuri. Enterró la nariz pequeña en pecho de Otabek, regocijándose con la calidez de su piel y su tan característico aroma, reconocible aún a pesar del hedor de los ungüentos y cataplasmas, que impregnaba no sólo su herida, sino todo el ambiente.

—La flecha fue demasiado potente, como para hacerme perder el equilibrio. —Al recordar eso, su mirada se oscureció, como si de repente, la situación lo humillara más que la muerte. De inmediato, se concentró en restarle importancia, frunciendo las cejas y componiendo una leve mueca—. Debería sentirme afortunado, de que no sea el brazo de la espada, porque no podré usar el arco por un tiempo —se lamentó—. La herida sanará, pero me han dicho que dejará una horrenda cicatriz que perdurará hasta mi muerte.

Los labios de Yuri se curvaron en una sonrisa tierna y se separó de él para alcanzar a mirarlo a los ojos. Acarició sus cabellos negros empapados de sudor frío, peinándolos hacia atrás con calma. Como única respuesta, recibía su mirada seria, profunda y eternamente serena.

—Pero las cicatrices son parte de la vida, ¿no es así? —le susurró, en un intento de animarlo—. Recibirás muchísimas más... porque serás un gran guerrero. Los dos. Tú y yo seremos grandes guerreros.

El aplomo y la desesperación que gobernaron su corazón tanto en el la fortaleza, como en el camino de regreso, parecían haberse disipado para ser reemplazados por un inusitado optimismo. Y eso, no era más que una prueba del efecto positivo que Otabek producía en él.

—Cuéntame del asalto —le pidió Otabek, intentando forzar una sonrisa. No parecía hacerle un mínimo de gracia el haberse visto fuera de combate tan pronto. En su fuero interno, estaría ya apostando por la posibilidad de redimirse en los próximos enfrentamientos, fuera con su arco o no. Hasta el más noble y altruista de los hombres, velaba por su honor y gloria personal cuando de demostrar su don en el arte de las armas se trataba. Era eso algo imperativo, tratándose de alguien que pronto reinaría.

—¿De verdad quieres saberlo? —cuestionó Yuri con desgano, intentando desviar la atención de su amigo.

De un momento a otro, la emoción efímera se perdió en una nebulosa pestilente de recuerdos; volvían a él las cruentas imágenes de la masacre final, como si la batalla justa a la que ésta había sucedido no existiese más para su falsa consciencia. Recordó la sangre escurriéndose por la piedra, el sonido del hacha letal contra el cráneo indefenso... los cuerpos colgados boca abajo de las almenas. Lo único que pudo rescatar de la batalla, del momento más honorable de la noche, fueron los ojos del hombre que él atravesó con su espada. Su mente parecía empeñarse en reconstruir la batalla de manera retorcida, olvidando la gloria de la victoria y haciendo un injusto énfasis en las atrocidades cometidas por su propio bando.

—Si... —Su amigo no le temía a nada.

Apenas terminó de pronunciar su respuesta, Otabek pareció percatarse de su aplomo. En eso, era tan perceptivo como Yuriko. Podía reconocer el sentimiento que comunicaban los labios apretados de Yuri, los ojos absortos y los jadeos suaves que escapaban de su boca. La revelación y el reconocimiento estaban presentes en sus ojos oscuros.

«Los helvecios y acadios se lo merecían, por haber desplegado sus tropas en un territorio ajeno.»

—¿Yuri? —Las caricias en los cabellos dorados se hicieron más asiduas, tiernas a pesar de la tosquedad inherente a la mano de un cazador.

—Yo... maté a un hombre, Otabek —confesó por fin.

No encontraba ningún problema práctico con eso; en la guerra, las matanzas eran la norma, y nadie buscaría represalia contra su persona. Se esperaba que un hombre armado pudiese matar a sus enemigos. Sin embargo, la convicción firme que sentía hacia la causa de su hermano, la causa de Rusia, resultaba inútil a la hora de borrar la inquietud que flanqueaba su alma. Todo era inútil cuando volvía a sentir, por un cosquilleo de su mano, el acero penetrando en la carne humana. Pero era consciente, también, de no sentir dolor alguno por el hombre desconocido que había matado aquella noche; ni siquiera sabía su nombre, tampoco deseaba saberlo. No comprendía, entonces, por qué su estómago se revolvía horriblemente con solo recordar.

—También yo... —murmuró Otabek. Compartía el mismo sentimiento que Yuri, pero parecía hacer un esfuerzo por alejar esos pensamientos.

—¡Tú no viste el rostro de nadie al morir! —estalló Yuri, apartando su cara súbitamente—. Tu flecha voló e hizo caer a alguien, pero no fue la espada, la extensión de tu brazo, la que se hundió en las entrañas vivas de un hombre —razonó, apenas siendo capaz de escupir las palabras una tras otra.

Se llevó el puño cerrado a los labios apretados, y, de manera casi inconsciente, rodó sobre las mantas para apartarse progresivamente de Otabek. Éste reaccionó al instante, removiéndose con una dificultad penosa, ignorando el dolor, para tomar a Yuri del brazo con una suavidad extrema.

—Tampoco siento remordimiento por ello... —La segunda confesión, la verdad más horripilante, se le escapó junto con un jadeo.

—¿Quieres hablar de eso? —le ofreció Otabek con voz queda, muy serio.

—¡No contigo! —De repente, se encontraba preso de un arranque de ira nerviosa. Quería apartar esas imágenes horrendas a manotazos, a sablazos, de la forma que fuera—. No puedes entenderme...

El agarre de su brazo se tornó más firme, y el rostro de Otabek cambió radicalmente. Fruncía el ceño, pero su expresión denotaba más enfado que desasosiego.

—Te pusiste en peligro en un terco intento por probar tu honor individual... y ahora no puedes hacer frente a tus actos. —Intentaba avanzar con calma, pero las palabras salieron claras y firmes de sus labios—. Yuri, tal vez Viktor tenía razón...

—Lo que hice, no fue un acto egoísta —se defendió de inmediato. Quiso decirle la verdad, cómo lo había movilizado el verlo caer de su caballo, pero su orgullo intransigente le tendió una trampa mortal.

—Sí lo fue —respondió Otabek con obstinación—. Sobraban los hombres para concretar el asalto, y aun así necesitaste participar, porque eres terco, orgulloso e impulsivo; eres demasiado propenso a cometer estupideces.

—¡Te salvé la vida! —le espetó.

La rabia crecía dentro de él con cada palabra intercambiada, y eso, se reflejaba en cómo se separaba cada vez más de su amigo. A la vez, sentía una profunda decepción debido a la incapacidad de Otabek de comprender las verdaderas intenciones de su actuación tan impetuosa en el campo de batalla.

—Lo sé... y por eso, te estoy eternamente agradecido —comenzó, en un intento medianamente exitoso por recuperar la calma—. Pero a ti te pudo haber atravesado una flecha; y yo, ni vivo ni muerto podría haberme perdonado eso.

Yuri emitió una risa corta, áspera y desganada.

—No tendrías que haberlo hecho tampoco, Otabek. —Sus ojos verdes, otrora calmos, ardían con una furia avasalladora—. No tienes que protegerme, no quiero que me protejas.

Pasando inadvertido, el silencio sepulcral se instaló entre ambos muchachos como un cruel espectro sediento de discordia. La mirada de Otabek permanecía fija en Yuri, y quemaba tanto, que el fuego de éste último no fue suficiente para hacer frente a su poder. Desvió la mirada, y fue esa la última vez que lo miró a los ojos.

—Aspiro a protegerte, porque te amo, Yuri —declaró con firmeza, como tantas otras veces lo había hecho, sin obtener más respuesta que una sonrisa ambigua, o un beso mudo que llevaba la secreta intención de callarlo para que aquellas verdades no salieran—. ¿Cuánto más tiempo le llevará aceptar eso a tu corazón reticente? —Las palabras tomaron rápidamente la forma de una acusación.

Esta vez, el silencio prolongado vino de parte de Yuri. Estaba ya sentado sobre las mantas deshechas, con los ojos fijos en la pesada puerta de fieltro que se mecía, apenas, con el viento del exterior.

—¿Quién es el egoísta ahora, Beka? —soltó por fin, esquivando con destreza aquellas declaraciones. No era ese el momento de reflexionar para darle una respuesta adecuada—. No soy yo el que necesita protección. —El comentario, más que innecesario, sonó extrañamente filoso—. No soy yo el que yace herido en el suelo, que requiere que le cuenten el desenlace del asalto para enterarse de los hechos. Conseguí salir ileso de mi primera batalla, y estoy listo para la segunda.

Incluso si Otabek lograba recuperarse inmediatamente de su estupefacción, Yuri no le hubiese permitido articular una respuesta. Una vez más, su cuerpo maltrecho le permitió emplear su energía de forma magistral, para levantarse de un salto, coger su yelmo y apartar la puerta con brusquedad.

La entereza y madurez que intentó mostrar dentro de la yurta, se probó falsa apenas puso un pie en el exterior. Volvía a ser un jovencito guiado por sus pasiones, que caminaba por el campamento extranjero a paso de plomo mientras apretaba el yelmo con una fuerza excesiva. Su victoria en el combate, o el mero hecho de haber salido con vida de su primera batalla, parecían carecer de sentido para Viktor y Otabek que, en un ya inútil afán por protegerlo, por demostrarle su amor, terminaban reteniéndolo en un lugar que él rechazaba con todas sus fuerzas. Para ellos, sin importar lo que hiciera o dejara de hacer, sería siempre el niño al que amaban, al que debían privar de su destino como guerrero para satisfacer sus deseos egoístas de conservarlo a su lado.

—Eso no es amor... —protestó entre dientes.

¿Podría estar, alguna vez, verdaderamente junto a ellos? ¿Cuántas más veces tendría que mostrar su valía para que dejaran de sentir esa necesidad innata de retenerlo?

Recordó entonces, el asombro que sintió cuando Askar instruyó a Otabek antes de su primera batalla, para lanzarlo luego hacia el peligro como si el muchacho fuese el más experimentado de los guerreros. No importaba que no lo fuera, porque era ese su deber y de alguna forma debía de aprenderlo. Por un instante, se sorprendió a sí mismo deseando que Askar fuera su padre.

Se alejaba ya del campamento, sobre el cual ardía ya el denso sol del mediodía. El cansancio volvía a hacerse presente, y su cuerpo, parecía pedirle a gritos que se echara a descansar, que luego sería el momento adecuado de enfrentarse a Viktor y a Otabek como debía. Aceleró el paso, con la vista fija en las tiendas rojas que empezaban a ser a montadas junto a la orilla del río, a unos cuantos metros del campamento kazajo. No comprendía aún, la tendencia a establecerse tan separados unos de los otros, luego de compartir su sangre y sufrimiento en el campo de batalla.

De repente, chocó contra un cuerpo sólido que, con los pies bien plantados sobre la tierra, no dudó un segundo en apartarlo de un empujón cargado de desprecio.

—¡Oye, tú! ¡Tranquilo! ¿De dónde vienes, tan alterado? —La situación se transformó, de improviso, en el peor de los mundos con los que se pudo haber topado aquel fatídico día—. ¿Te perdiste? ¿Temes que tu hermano sepa de tu pequeña escapada?

Fue ahora Yuri el que le dio un empujón al otro, intentando apartar de su camino a aquel hombre.

—Dime qué quieres, Boris... —Su presencia acabó por exacerbar la crisis nerviosa a la que luchaba por no sucumbir desde la mañana—. Dame una sola razón para que no te mate aquí mismo.

Desde el mismísimo Viktor hasta el último de los sirvientes del castillo real, sabían que no era una buena idea meterse con Yuri cuando éste llevaba un mal día. Era propenso a gritarle hasta al mismísimo aire si eso lo llevaba a creer que, de esa forma, estaba resolviendo sus problemas.

—Tu hermano me envió a buscarte —le informó Boris. Su mano fuerte sujetaba a Yuri por el hombro, intentando evitar que se le abalanzara encima. Pero el otro no se dejaba domar; su cuerpo forcejaba incansablemente, deseoso de librarse sin tener que renunciar a sus fuerzas—. Me dijo... que venías por tu caballo —hizo una pausa, durante la cual su seriedad aparente se descompuso con una sonrisa casi sádica—, pero no veo ningún caballo aquí. Lo has olvidado, ¿o tal vez, viniste por otra razón?

—Déjame en paz. Volveré con Viktor si así lo deseas, pero...

—Viniste a ver a tu amigo. Oí que sobrevivió. ¿Cómo está? ¿Te permitieron verlo? —Aparentaba seriedad, pero mordía luego su labio inferior en un intento inútil por controlar las risas que parecían a punto de salir de su garganta—. Por la cara que traes, asumo que no... Lo lamento.

Boris era un pésimo actor, y Yuri no comprendía cómo era que se empeñaba aún por interpretar sus patéticos papeles.

—No lo vi —mintió Yuri. Hizo un ademán con la cabeza, una señal con la cual le rogaba que se apartara de su camino si quería seguir respirando.

—Debí suponerlo. Él es el único que te hace sonreír desde que murió tu abuelo.

Los dedos de Yuri chocaron contra el frío metal del yelmo, como si quisiese enterrar las uñas en la impenetrable lámina de acero. Su otra mano se cerró en un puño, aguardando con paciencia la más mínima excusa para partirle el tabique de la nariz de un solo golpe.

—Yo le pago a mujeres para que me hagan sonreír —comenzó Boris. Su altanería le impedía detenerse siquiera un instante para medir sus palabras y los efectos que éstas tendrían para su propia integridad—. Puedo asegurarte, que en el campamento hay unas muy buenas... En serio, no tendría inconveniente alguno en presentarte a las mejores. Te harán feliz si les pagas —siguió narrando, con una sonrisa estúpida en el rostro; una sonrisa que Yuri deseó inmortalizar con su cuchillo—. Pero algo me dice que tú, Yuri, no estás muy interesado en eso...

—Por supuesto que no. Es repugnante —le respondió de manera muy tajante—. ¡Pero continúa! Con algo de buena suerte, coges sífilis y te mueres.

Su respuesta fue una larga carcajada, casi ridícula considerando el verosímil planteo que Yuri le había hecho.

—Repugnante. —Sonrió de lado. Sus ojos grises brillaban, excitados con la fascinación enfermiza de un gato jugando con su presa acorralada—. Al menos, podemos coincidir en una cosa —Yuri supo que estaba perdido cuando la voz de su contrincante adquirió un tono acusatorio, diferente de la jocosidad que usaba para mofarse—; también tú me repugnas a mí. Gritas demasiado... Dime, Yuratchka, ¿así de fuerte gritas también, cuando él te folla?

No se permitió a sí mismo ser indulgente, ni dejarle a Boris pronunciar una sola palabra más. Antes de que los labios crueles del hombre volviesen a separarse para insultarlo, lo detuvo el destellante filo de una daga presionada contra su garganta pálida. Su mandíbula se encontraba tensa, y aún con la cabeza echada hacia atrás, se otorgaba a sí mismo el privilegio descarado de observarlo con una sonrisa socarrona. Parecía convencido de que las leyes consuetudinarias disuadirían al príncipe de derramar sangre en el campamento de su hermano.

—¿Duele mucho? —se atrevió a preguntar, con la voz ronca temblándole apenas. Era un hombre que constantemente sentía la necesidad de probar los límites de las personas; también, parecía ignorar que los límites de Yuri cada vez se acercaban más al cielo—. ¿Se siente bien? —La curiosidad podía con todos.

La daga presionó más fuerte contra su cuello. Tan bien afilada como estaba, la hoja perforó la piel impecable y tiñó las puntas de carmín, sin que la víctima manifestara dolor alguno.

—Tal vez sea yo el que deba hacerte esas preguntas a ti, Boris —jadeó Yuri con sequedad. Su mano parecía reacia a ceder y aflojar la daga, que se hundía en su cuello con una parsimonia desesperante.

El arma no llegó a su destino, ni tampoco Yuri obtuvo la respuesta que deseaba. Haciendo uso de su fuerza descomunal, Boris reaccionó por fin ante el peligro y cogió al príncipe por los cabellos dorados, arrancándole un grito de dolor. Lo apartó con fuerza como si se tratase de un mero niño, y estrelló su puño furioso contra la mejilla ensangrentada de Yuri.

—¡Ninguno de los tuyos va a ganarme jamás en una pelea, maldito engendro! ¡Jamás! —estalló. Parecía salido de un trance, poseído por una furia demoníaca provocada por el odio irracional que albergaba en cada rincón de su corazón podrido—. ¡Deberías estar muerto! ¡Tú, tu amigo salvaje y todos los de su clase!

Yuri recibió cada uno de los golpes con los párpados bien apretados, preparando su mente y cuerpo para contraatacar. Contaba con la ventaja de su daga, la cual dirigió, ciegamente, hacia el rostro de Boris. Infligió tan sólo un corte en su labio inferior, lo suficientemente grande para hacerlo sangrar; sin embargo, eso lo hizo sonreír.

—¿Sabes? Siempre lo supe. —Se rio histérico, moviendo sus brazos para intentar fijarlos en los hombros de Yuri e inmovilizarlo—. Desde que eras un niño... siempre sentí una inclinación natural a hacerte sufrir. Me gustaba, me hacía sentir bien. Por lo menos, ahora entiendo el moti...

La furia de Yuri se materializó en una puñalada certera en el hombro ancho de Boris. Hundió la daga en la carne, una y otra vez, soportando los forcejeos y golpes que el otro le propinaba con toda la fuerza de un hombre de casi treinta años. Su objetivo empezó a nublarse ante sus ojos anegados en lágrimas, pero su mano obedecía instintivamente a las órdenes que le daba su corazón destrozado. Hacía rato que los insultos habían cesado, siendo reemplazados por gritos desgarradores que no tardarían en alertar a los demás.

Pero la razón había abandonado el cuerpo de Yuri, sin dejar vestigio alguno en su consciencia carcomida por el odio y la humillación. Mordía su labio con fuerza, para evitar que sus incontrolables jadeos delataran su debilidad interna, la misma que ahogaba con cortes repetidos sobre aquel lugar donde sabía que no podía matarlo.

No podía matarlo, por mucho que quisiera.

Un puñetazo en el estómago acabó por derribarlo, haciendo también que soltara su daga, la única defensa que poseía. Se encontraba de espaldas, tendido sobre el suelo, con las pupilas empequeñecidas de miedo ante la visión de su adversario cerniéndose sobre él, con el gambesón verde empapado de sangre oscura. Estar en esa situación, podía poner en juego a cualquier valiente.

—¡Boris! —La voz de un ángel, que parecía provenir de muy lejos, irrumpió en la escena de repente—. ¡¿Qué está pasando aquí?! ¿Yuri? ¡Yuri!

La inconfundible voz de Viktor se acercó cada vez más, hasta quedar a su lado, murmurando el nombre de su hermano una y otra vez. La sola idea de quedarse tendido le resultaba degradante, por lo cual, Yuri se frotó el estómago con su mano y buscó incorporarse con decisión. Sus ojos húmedos, que regaban aún sus mejillas con lágrimas saladas, se encontraron con los de su hermano, que lo miraban con el dolor más crudo que le había visto jamás.

—¿Estás bien, Yuri?

¡Deberías estar muerto! ¡Tú, tu amigo salvaje y todos los de su clase! Siempre sentí una inclinación natural a hacerte sufrir.

No era el duro golpe en su estómago el que le dolía, tampoco la bofetada que hinchaba su mejilla. Las palabras crueles hacían eco en su cabeza, una y otra vez, apropiándose de su raciocinio con una efectividad sorprendente. No obstante, empleó su irrefrenable fuerza de voluntad en luchar por incorporarse, por demostrarle a Boris que no era nada fácil quebrar su espíritu. Cuando consiguió erguirse, Viktor se le echó encima para comprobar su estado, tomándose la libertad de recorrer su mejilla hinchada con dos dedos, palpando también el corte que había recibido en batalla, ya coagulado y rodeado de sangre seca.

—Viktor, ¡ya basta! —Lo apartó de un brusco empujón, aún con la vista fija en un punto incierto; batallaba todavía por controlar las lágrimas que se escurrían por sus mejillas.

Sorprendentemente, Viktor no necesitó otra señal para soltarlo. Se puso de pie en silencio, mientras Yuri hacía lo mismo con algo más de dificultad. Su desagrado retornó cuando oyó la voz de Boris una vez más. Podía jurar que había huido, para no tener que vérselas con las reprimendas de Viktor.

—No lo hubiese tocado, si él no hubiese presionado el filo de su arma contra mi garganta, ¿no ves? —le escuchó decir al muy desgraciado.

—Boris, te conozco demasiado bien... —replicó Viktor con voz cansada, pero calma—. Conozco bien a mi hermano también; no dudo de sus actos, y recibirá por ellos su debido castigo, pero... ¿de verdad tenías que rebajarte de esa manera? Yuri no es más que un chico.

Yuri soportó que Viktor intentase poner orden allí aún sin saber lo que de verdad había sucedido. Se tragó sus ganas de gritarle sus verdaderas razones para descargar su ira contra Boris, porque Viktor no podía saber nada sobre eso.

—Era eso, o dejar que el demonio aberrante de tu hermano me cortara el cuello, ¡sé que estaba dispuesto a hacerlo! —continuaba gritando Boris.

—Yuri no podría hacer daño a nadie... —murmuró Viktor con voz temblorosa.

Cansado de escuchar tantas mentiras y blasfemias sobre su persona, Yuri se puso de pie y se alejó del lugar de manera estrepitosa. Una vez en el campamento, no le costó demasiado reconocer la tienda de campaña que había sido montada para él, naturalmente, junto a la de Viktor; se sorprendió incluso, que no tuvieran que compartirla.

La penumbra de la tienda sirvió como refugio para su cuerpo cansado y su alma abatida. Del exterior, no llegaba más ruido que los murmullos lejanos de los soldados y los relinchos suaves de los caballos. Al recostar su cabeza contra la mullida almohada de la cama, el día y medio que llevaba despierto pesó sobre él con una rapidez casi ridícula, como si se tratara de un niño pequeño. Cuando cerró sus ojos, el mundo entero pareció dormirse con él.


No despertó hasta el anochecer, o al menos, así lo creía por la oscuridad en la que se encontraba sumido. A escasos palmos de su cuerpo, parecía titilar la luz trémula de una vela. Sintió unas caricias frías sobre su frente cubierta de sudor, dedos que palpaban su piel con exceso cuidado y cautela. Era un cariño que rara vez había experimentado, que vagamente podía atribuirle a su madre, cuando era aún tan pequeño que no podía defraudarla. Las caricias de su abuelo eran más frecuentes, pero raras también. Tan raras, que se habían convertido en sus recuerdos más apacibles. Atrapado en su ensoñación, se dejó llevar por las caricias; volvía a tener siete años, y su abuelo le contaba cuentos de héroes, junto a la chimenea.

¿Estaría muerto él también?

—Yuri... —lo llamó la voz queda de Viktor.

Con dificultad, el chico abrió los ojos, para encontrarse una vez más, con el semblante taciturno de su hermano.

—Quiero... beber algo... —Sus labios sólo fueron capaces de verbalizar la urgente necesidad de su garganta reseca.

—Ten.

Viktor acercó un odre de cuero a sus labios, y Yuri se lo arrebató de la mano para llenar su cuerpo con tan ansiado líquido. No obstante, ni bien empezó a beber, apartó el contenedor de su boca en un claro gesto de rechazo.

—¿Por qué este vino sabe a agua? —gruñó, completamente disgustado, obligándose a tragar aquel líquido insulso.

—Porque es agua —respondió un muy desconcertado Viktor—. Yuri, despierta.

—Estoy despierto —murmuró. Se llevó una mano a la cara para frotarse un ojo, y obligarse a volver lentamente a la realidad.

Fue más violento de lo que esperaba. Sus dedos dieron con su mejilla amoratada, y ante la más mínima presión, sintió un dolor insoportable.

—¡Maldita sea! —bramó, casi al borde del llanto. Estrelló su puño contra el edredón de lana mientras luchaba violentamente por incorporarse en la cama.

Sus intentos vanos quedaron definitivamente frenados por el abrazo de Viktor, que envolvió con fuerza su cuerpo tembloroso. Entre los brazos de su hermano, Yuri se permitió exhalar todo el aire envenenado que llevaba sosteniendo en sus pulmones y, de forma inesperada, se aferró a él como si su vida dependiera de ello. Su locura duró sólo un fragmento de tiempo, lo suficiente para ahogar su desazón en los brazos de alguien que, si bien no podía comprenderlo, parecía ofrecer al menos la voluntad de ayudarlo.

—No estás pasando por un buen momento... —dedujo Viktor—, y no tengo idea de a qué pueda deberse tu malestar. Tal vez, sean muchas cosas, ¿estoy en lo cierto?

En eso, no se equivocaba para nada. Sus malestares respondían a causas diversas, apenas identificables en medio del caótico torbellino que era su cabeza en ese momento.

—Eres un genio —replicó Yuri con el más amargo sarcasmo. Permitió que Viktor lo soltara, y se quitara las botas para sentarse frente a él, con las piernas cruzadas sobre la cama.

A pesar del enfado que el rey había mostrado hacia su hermano y Boris al poner fin a la pelea, exhibía en ese momento una sonrisa bondadosa. Yuri tenía recuerdos muy difusos de cuando era aún muy niño, las pocas veces que Viktor desdeñaba sus deberes para visitarlo en su habitación y jugar con él por las noches. Todo ello terminó a sus nueve años, con el nacimiento de su sobrino. Parecía haber transcurrido una eternidad desde entonces, y no podía evitar sentir que cada vez se alejaba más de su hermano, que ninguno de los dos era capaz de entenderse.

En el fondo, eso le dolía, pero no le costaba nada disfrazar su decepción con una actitud arisca y permanentemente preparada para entrar a la defensiva.

—¿Quieres hablar? —cuestionó Viktor sin inmutarse siquiera por la rabia que ardía en los ojos de su hermano. Por mucho que le costara a Yuri aceptarlo, el hombre parecía ser capaz de ver un alma torturada detrás de toda esa puesta en escena.

—Nosotros no tenemos nada de qué hablar —se atrevió a responder, incapaz de abandonar su trato hostil.

—Sí, Yuri. Puedes contar conmigo para lo que sea, ¿recuerdas? —interrogó, buscando capturar la mirada esquiva del muchacho—. ¿Por qué peleaste con Boris? ¿Qué fue lo que te dijo él?

Se hizo el silencio entre ambos. En él, un desconfiado Yuri intentaba averiguar las verdaderas intenciones de Viktor, sin ninguna otra opción que leer todo aquello que su hermano callaba. El peor de los mundos, era que éste supiera ya la verdad, que Boris le hubiese revelado sus sospechas más que acertadas, pero Yuri era lo suficientemente astuto como para no arriesgarse a caer en su trampa.

—Él dirigió contra mí acusaciones deshonrosas. —Por mucho que le doliera, eso sería verdad independientemente de lo que Viktor pudiese saber.

—Debí suponerlo... —murmuró Viktor, llevándose un dedo a los labios—. ¿Qué fue lo que te dijo? —repitió. Se mostraba ya apenas capaz de contener su ansiedad.

—Dudó de mi honor. Puso en duda la lealtad que te he jurado. —Su voz herida parecía ser lo suficientemente convincente para Viktor, que lo miraba con una expresión estoica y relajada, como un juez imparcial esperando ocasión para emitir su veredicto—. Y eso, eso no tiene perdón, Viktor.

No lo tenía. Eso mismo, y lo que Boris realmente había dicho a Yuri, eran cosas que éste no podía perdonar de ninguna manera.

—Valoras la opinión que yo tenga de ti... —observó el mayor de los hermanos.

—No quiero ser odiado por algo que no soy, por algo que desprecio tanto como el ser un traidor —repuso Yuri, con la mandíbula tensa y los labios apenas separados—. Por lo demás, me importa una mierda lo que tú, Boris, o cualquier otro piensen de mí.

Las circunstancias lo obligaban a estar eternamente a la defensiva.

—Eso lo entiendo. —Viktor intentó apaciguarlo antes de que la tormenta imparable que era su hermano volviera a desatarse—. Pero, cuando me entregaste tu lealtad, juraste también obedecer mis palabras. La lealtad no implica simplemente el evitar apuñalar por la espalda.

—No tengo motivo alguno para desoír tus órdenes, Viktor —respondió con una rectitud aterradora, desesperado por llenar con cualquier silencio incómodo que esa conversación pudiese generar. Tragó saliva con fuerza, comenzando a sentirse acorralado por las palabras de su hermano; su astucia tenía límites estrechos.

—Pero aun así, lo hiciste. —No se mostraba ni duro ni enfadado. Sus ojos reflejaban el más franco y fraternal desasosiego—. ¿Tienes idea de lo que pudo haberte ocurrido? ¿Por qué no podías, simplemente, quedarte y esperar?

La preocupación excesiva que Viktor tenía con él empezaba a exacerbar nuevamente las ganas de partirle la cara. Parecía completamente reacio a aceptar que Yuri era más que diestro con la espada desde los once años, que había sobrevivido a su primera batalla, y que no le temía a la muerte.

—Oh, hablas de... ya veo.

—Antepusiste tu orgullo y honra personal a toda estrategia que había llevado días planear —le reprochó. Los brazos cruzados sobre el pecho eran una señal de la profunda desaprobación que sentía por el comportamiento de su hermano—. Tu egoísmo, no te llevará a ninguna parte, Yuri.

«A ti te llevó a ser rey.» Sus labios se curvaron en una suave sonrisa ante tal ironía que sólo parecía tener algo de gracia en su cabeza.

—Si no deseas que te envíe nuevamente a Moscovia, deberás adaptarte a esta vida. —Viktor parecía haber olvidado el estado lamentable en el que había encontrado a su hermano. Habiéndole ya ayudado a recuperarse, se sentía con todo el derecho del mundo para regañarlo y echarle en cara sus errores—. ¿Sabes a qué me refiero? —se hizo una pregunta retórica, que no tardó en responder sin dejar de esbozar una sonrisa tenue y condescendiente—. Es necesario que aprendas a seguir órdenes. Tu rebeldía queda ya injustificada.

Una tras otra, las palabras de su hermano calaban hondo en la hostigada consciencia de Yuri. Vista a través de sus ojos encendidos de ira, la franqueza transparente de Viktor se oía impregnada de un cinismo malicioso. No era, desde luego, la primera vez que alguien le hacía una observación como tal: tus movimientos son buenos, pero debes aprender a seguir órdenes; eres inteligente, pero tu caligrafía es caótica, ¿por qué no me haces caso?; has mejorado mucho, pero debes de disparar a donde yo te indico. A fin de cuentas, la excelencia parecía venir dada por la capacidad de obedecer. Para Yuri, la obediencia valía tan poco, que no consideraba siquiera que quebrantarla fuese un verdadero problema.

La obediencia no era algo de lo que debiera mostrarse orgulloso, y que Viktor así lo creyera, de alguna manera lo hacía enfurecer.

—No fue el orgullo la razón de mí accionar —respondió por fin. A pesar de haber comenzado a hablar, no estaba seguro del curso que tomarían sus palabras; no tenía idea a dónde se estaba dirigiendo. Lo movía una urgente necesidad por hacerle saber a Viktor que sus motivos eran otros, que ya no era el chiquillo que sólo deseaba ganarse los halagos de los mayores, aquellos validados por él mismo para que aprobaran sus proezas. La vanidad parecía haber desaparecido de su corazón—. ¿De verdad crees, que puse mi vida en peligro para probar que podía? Si hubiese sido ese mi deseo, poco me habría importado esperar, y lucirme en combate una vez que se me fuese dada la orden de hacerlo. No me mires así, ¡sé que habría sido de esa manera!

El semblante de Viktor se mantuvo impasible. Sus ojos atentos brillaban con la luz de la vela que se reflejaba en ellos, pensando una respuesta para darle al muchachito enfurecido que tenía en frente. Yuri pareció darse cuenta de sus intenciones, y se dispuso a volver a tomar la palabra antes de verse censurado.

—Hay asuntos más importantes que el honor individual —escupió, como si en verdad fuera Viktor el incapaz de comprender eso. Mientras hablaba, sus ojos vagaron por la inmensidad de la tienda, hasta focalizarse, por fin en las pupilas empequeñecidas de su hermano mayor—. Uno de ellos, es la vida de un amigo.


Una vez se hubo lavado y tratado sus heridas, Viktor le permitió regresar a su cama para descansar. Pero la noche, envolvente y asfixiante, no tardó en convertirse en una molestia para su alma inquieta. Las incontables mantas de lana y las pieles dispersas sobre su lecho se revelaron inservibles a la hora de darle el calor que su cuerpo necesitaba.

Al desaparecer el sol, la temperatura del lugar descendía en picada y los pastos rebeldes se cubrían de rocío nocturno. No había nubes en el cielo, por lo que las incontables estrellas fueron testigo del camino silencioso que recorrió Yuri al salir de su tienda con suma discreción. Abandonado a la irracionalidad, desechó el temor de ser descubierto y se puso en marcha, cubierto apenas con su capa y un gorro exageradamente grande.

Era la necesidad lo que lo había llevado allí, a atravesar el campo abierto que comunicaba el campamento ruso con el de sus aliados, con el corazón en un puño y los pasos raudos y ansiosos, deseoso de llegar a su destino sin ser descubierto. Como medida de precaución, se tomó el trabajo de rodear el campamento desde la orilla del río, con los ojos fijos en las fogatas encendidas entre las miles de yurtas que componían el campamento. Eran la única fuente de luz y de calor de aquel mundo en miniatura.

Ni bien se encontró dentro, Yuri se quitó el gorro que le cubría los ojos y lo apretó contra su pecho. No le sorprendió para nada notar que allí, nadie le prestaba atención. Los hombres se encontraban todos agrupados en torno a los fogones, bebiendo kumis, comiendo y afilando la cincuentena de flechas que poseía cada uno de ellos.

Tuvo que deshacer su camino un par de veces antes de dar definitivamente con el centro del campamento. Para su fortuna, la yurta de Askar parecía estar vacía, y no había nadie custodiando la de Otabek. Sin embargo, ni bien se dispuso a entrar, lo invadió el desasosiego.

Rememoró la discusión que habían tenido por la tarde. No podía ignorar el golpe que ello supuso para su orgullo herido, pero tampoco se retractaba de las palabras que habían salido de sus labios. No estaba allí para pedir disculpas, porque mantendría su postura hasta el final de sus días. Así era él; desde muy niño, se caracterizaba por su voluntad férrea, a la cual los mayores gustaban de llamar capricho.

Lo que su alma no podía ignorar, sin embargo, era lo mucho que necesitaba a Otabek.

Su mano se deslizó por la portezuela de fieltro, y al momento de descorrerla para ingresar, lo invadió una repentina sensación de paz.

Dentro, la densa oscuridad parecía estar recortada únicamente por la luz de la luna y las estrellas, que se colaban tímidamente por el orificio de ventilación. Otabek no se había movido de su lugar en toda la tarde. Estaba tendido en su lecho, recostado boca arriba y arrebujado en las mantas que cubrían su cuerpo hasta la barbilla.

Yuri se tomó un momento para observarlo con detenimiento, mientras él mismo se agazapaba a los pies de la cama para quitarse las botas. Tenía el rostro ladeado y semienterrado en la almohada y, por los sonidos quedos que escapaban de sus labios, Yuri dedujo de inmediato que se encontraba profundamente dormido. Se acercó con cautela y acabó por recostarse a su lado, dejando escapar un suave suspiro involuntario.

Siendo apenas consciente de sus actos, extendió su mano hacia el rostro de Otabek y deslizó sus dedos fríos por los cabellos oscuros y desordenados que caían sobre su frente sudada. Los conocía a la perfección, pero se sorprendió gratamente al notarlos más largos. Otabek no era el único que adoraba inmiscuir sus dedos en las hebras de su compañero.

—Eres fuerte. Te pondrás bien muy pronto, Beka... —Su murmullo fue apenas un leve movimiento de labios—. Lo prometo.

A pesar del dolor que la herida de flecha le infligía, el rostro de Otabek se mostraba sereno, como si le hubiesen suministrado una sustancia para dormir y no despertar hasta que el dolor se atenuase. Aprovechó la situación para escudriñarlo más de cerca, permitiendo que la imagen de aquel muchacho al que tanto quería, llenara su corazón de sentimientos gratos y benevolentes.

Aun estando dormido, Otabek parecía ser el único capaz de sosegar la eterna inquietud que aquejaba el corazón y la mente de Yuri. No importaba que su interior ardiera en llamas, porque la mera presencia de Otabek las sofocaba con un ardor mucho más poderoso, y ponía las cosas en orden dentro de él.

Las yemas de sus dedos iniciaron un sutil recorrido por su frente y sus pómulos ligeramente marcados. Sus ojos, cerrados con firmeza, dibujaban una curva curiosa y perfecta, que apenas pudo contenerse de tocar. Lo último que deseaba, era perturbar su descanso. Hechizado por la imagen que el otro joven le ofrecía, Yuri permitió a su cuerpo relajarse y recostarse junto a él, con sus rostros apenas a un palmo de distancia.

—Te amo, te amo como no tienes idea —musitó con voz ronca y quebrada. No tenía respuestas que explicaran aquella confesión abrupta, más que el propio miedo a perderlo. Aquel día, lo sintió por primera vez al verlo caer en el campo de batalla; y una vez más, cuando Boris descargó su odio contra el tipo de relación que los dos llevaban. Sus palabras no habían hecho otra cosa que reafirmar aquel potente e inexplicable sentimiento que, desde hacía tiempo, echaba raíces profundas en el corazón de Yuri—. Otabek... mataré a todo aquel que se interponga en mi deseo de tenerte junto a mí.

Hizo un juramento solemne ante la luna, las estrellas, la estepa y el río Volga; lo hizo, aun siendo consciente de que, algún día, tarde o temprano, amar con tal intensidad le traería la ruina a su alma desesperada.


¡Hoola! Sé que querrán matarme por haber tardado tanto, yo también me odio por eso, pero en serio, la universidad me ha tomado de rehén los últimos dos meses :c Me agrada ser explotada porque AMO las dos materias que más tiempo me demandan, pero ando corriendo entre lecturas, exámenes y trabajos y a veces en serio quiero pegarme un tiro jajaja. El capítulo lo tenía casi listo hace tiempo, pero justo me atacó un examen y ya estoy entrando en el último mes y medio que es FATAL. Quise traerles este capítulo, porque hasta julio dudo poder publicar uno nuevo (aunque intentaré avanzar, lo prometo). Prometí que este capítulo iba a ser más corto que el anterior, pero como verán, no se dio xD Es que... habrán visto que es un capítulo bastante violento, comparado con los anteriores, y leve comparado con lo que vendrá, así que las escenas más violentas me sirvieron para descargar mi rabia contra el mundo, aunque a la vez tienen un propósito en la historia, y fundamentalmente en el desarrollo de los personajes (sobretodo Yuri, este capítulo es CRUCIAL para entender el desarrollo que tendrá Yuri en el futuro).

Este capítulo es importante, porque entre líneas se plantea un problema que atravesará a los personajes durante toda la historia, que es la violencia como herramienta política; ¿es necesaria? ¿cuándo es más importante la diplomacia y cuándo la violencia ejemplificadora? Los personajes tendrán que descubrir eso. Algunos se van por una opción, otros por otra, algunos son moderados y sensatos y saben aplicar cada opción a situaciones particulares... Lo entenderán más adelante, lo prometo. Este es un tema que me encanta desarrollar; los que me conocen, saben que opino al respecto xD Por otro lado, espero no se hayan llevado una mala impresión de personajes como Askar. Les confieso que luego de este capítulo, se convirtió en mi segundo OC favorito del fic, cuando no estaba destinado a hacerlo xD Está medio inspirado en personajes históricos que, de nuevo, el que me conoce sabe cuánto admiro a ciertas figuras que fueron implacables y crueles cuando la situación lo requería, siempre con sabiduría... Eso es Askar y otros personajes de la historia. Recuerden que estas sociedades eran muy violentas y la violencia era justamente un rasgo esperado en los hombres.

Perdonen también por haber sido demasiado gráfica en algunas escenas. Como se habrán dado cuenta, la historia sigue la perspectiva de Yuri, y me gusta detenerme con lujo de detalles en las escenas que dejan una marca EN ÉL (las habrán reconocido a lo largo de la historia).

No tengo mucho más para decir. Espero que les haya gustado el capítulo, que es uno de mis favoritos~ El próximo si será (espero) un poco más breve, porque ya nos internamos en el desarrollo de la guerra, éste fue sólo el primer asalto. No obstante, nos quedan poquitos capítulos para terminar esta primera parte, para ser más exactos, cuatro capítulos y un epílogo que suuuper importante. Oh, el próximo capítulo también es especial, porque aparecen nuevos personajes, supongo que ya sabrán quién :D

Gracias a todos por leer, ¡hasta el próximo capítulo!