Capítulo final: Rey.

Se mantenía fuerte a pesar del miedo. A pesar de que la situación la tomara completamente por sorpresa.

¿Cuándo había pasado de esa noche?

¿Unos días?

¿Una semana?

Habían pasado tan rápido.

Aunque ahora sus noches se hicieran más largas. Mas satisfactorias.

Quizás ese era el problema.

Disfrutar los días. Disfrutar las noches. Aprovechar cada momento.

Si, aprovecharlos como si fuese el ultimo. El rey anunciaba su pronta llegada y el momento se aproximaba.

Apretó los dientes.

Ojalá el hombre se hubiese demorado más en cumplir su promesa.

Las trompetas ya habían retumbado por las paredes del castillo.

La cicatriz en su mano comenzó a arder como nunca. Podía sentir su corazón latiendo con furor en la palma de su mano. ¿Era una señal? ¿Era una coincidencia? No le había dolido tanto desde aquel día cuando la navaja intentó llevarse consigo la mitad de su mano.

Ahora poco importaba. Probablemente no tuviese que preocuparse de la cicatriz. La cicatriz era lo de menos ante la situación en la que estaba, donde su destino era incierto.

Pero ahí estaba.

Su fino traje y las pieles exquisitas que cubrían su humanidad le daban aquella sensación de cazador. De asesino. El olor putrefacto de los animales descuerados le daba nauseas, aun a la distancia. Esos animales asesinados con deleite. Imaginó su propia cabeza colgando de las paredes. Imaginó su sangre llenando las copas.

Su cuerpo enorme, como un oso. Macizo. Alto. Imponente.

Sus pupilas negras, rodeadas de sanguinarios hilos minúsculos. Sus ojos lucían como los de un homicida. No tenía mascaras puestas. No. Eso era aún más perturbador. Era tan brutal como lucía. Se sentía aterrada. El miedo empezaba a nublar su juicio y sentía que el miedo que avanzaba por sus venas recién estaba empezando. No quería huir. No. Se rehusaba a huir, mucho menos que ahora había recibido una mano. Ahora que tenía a quien devolverle el favor.

Ahora que alguien la quería a pesar de la persona que era.

Escuchar los pasos detrás de su cuerpo la alertaron. Había dos tipos de miedo que tenía que enfrentar, el miedo de perder su propia vida, y el miedo de que su reina fuese lastimada. Su reino. Su pueblo. Tenía miedo de que todo por lo que ella luchara desapareciera.

No podía permitir algo así.

Eso valía mucho más que su insignificante vida.

"Al parecer realmente cumplió su promesa y se presentó en mi castillo."

El hombre se paró derecho. Mostró sus dientes amarillentos en una mueca bizarra similar a una sonrisa.

"Un placer estar en sus tierras, Reina Historia."

Pudo leer sus labios. Sus pensamientos. Las palabras que su boca quería decir, más su voz no la procesó.

Reina maldita.

Reina bastarda.

Reina malnacida.

Apretó los dientes aún más. Apretó los puños. Estaba encolerizándose. Solo quería lanzarse hacía aquel rey y romperle la nuca. Mancharse las manos de la sangre azul. Aunque fuese mucho más grande y fuerte que ella, iba a atacar de todas formas. Lo iba a dar todo por destrozarlo.

Mas solo podía quedarse ahí, como una estatua. Si el rey moría en el castillo, los otros reinos se levantarían contra el reino maldito.

No podía dejarle esa carga a Historia. Tenía que meditar todo antes de mover un musculo.

"Usted tiene algo que me pertenece, reina, así que agradecería que me entregara a la ladrona lo más pronto posible."

La reina no vaciló ni un segundo.

"Parece que tendrá que irse con las manos vacías, Rey, porque esa ladrona no es de su propiedad, muy por el contrario, me pertenece a mí."

Se sentía en un plano diferente al de ellos, se sentía al margen, invisible.

El hombre parecía deleitado con la conversación.

Hacía que su sangre hirviera de cólera.

"¿Qué opina tu pueblo que tengas a una criminal en el castillo? Imagino que no les parece justo en lo absoluto. También puedo suponer que deben sentirse inseguros al caminar por las calles con una ladrona de esa calaña con el poder suficiente para vivir entre seda y oro."

Se quedó mirando el suelo. Las baldosas estaban tan relucientes que podía ver su propio rostro. Podía ver su máscara rompiéndose.

Destruyéndose en mil pedazos.

¿Era así?

¿Así eran las cosas?

¿Así se sentía el pueblo?

Si era así, era un gran problema. No podían confiar en una reina que convive con alguien de su tipo. Ni siquiera los propios guardias aceptaban aquello. Lo sabía por sus caras. Por sus gestos.

¿Cómo no lo pensó antes?

Le dio una mirada a la rubia. Sus ojos azules miraban fijamente al rey. Su ceño estaba levemente fruncido. ¿Ella sabía de aquello? Intentaba ayudar a la reina a recuperar su reino, pero solo provocaba lo contrario. No le hacía bien a su reputación, a su reino. ¿Cómo no se lo dijo? Podía seguir encerrada si era el caso. Podía mantenerse en secreto. Mantenerse oculta, vestir harapos. Podía hacerlo por ella y por su reino.

"Se que quieres mantener unido lo que queda de tu reino, así que no hagas esto más grande. Te quitaré este pequeño parasito y no tendremos problemas. Tu reino y el mío en paz."

Si, era un parasito.

Siempre lo había pensado, pero que lo dijera, solo retumbaba en su cabeza. La penetraba como una hoja de hierro al rojo vivo incrustándose en su pecho.

"¿Cuánto quieres por ella?"

Historia estaba comprándola.

Volvió a mirar a la reina, y luego miró al rey.

No. Él no iba a aceptar eso.

Su honor era invaluable.

Su risa descontrolada y seca, como la de un anciano, rebotó por los muros. Les heló la sangre a ambas.

"No me malinterpretes. No es dinero lo que quiero. Es honor. En todos mis años reinando, nadie me había faltado el respeto como esta mujerzuela. No solo me robó, quitándome el honor, si no que las calles de mi reino se llenaron de su rostro, y todo mi pueblo se enteró que había sido robado por una mujer. ¡Una mujer!"

"… ¿La quieres para…?"

La voz de Historia sonaba dolorida. Triste. Rota.

¿Para?

Miró al hombre en busca de respuestas. Alguna mueca en su cara que tuviese una pista. Nunca prestó suficiente atención a lo que la corona hacía.

Quizás debió hacerlo.

Su rostro se desfiguró en una sonrisa malévola. Sus ojos se veían aún más inyectados en sangre que antes.

"¡Si! Voy a cortarle las manos en la plaza más importante de mi reino, frente a todos mis súbditos, para luego incinerarla hasta los huesos, hasta que no quede nada de ella. Así nadie más se atreverá a hacer semejante cosa. ¡Nadie!"

De un par de zancadas, el hombre llegó frente a ella. Ahora no era invisible en lo absoluto.

Siempre estuvo ahí.

Siempre fue su objetivo.

Su gran mano agarró sus ataduras de hierro y la movió como si se tratase de una muñeca. Sus piernas se volvían débiles.

¿Hablaba en serio? ¿Incinerarla públicamente? ¡No era una bruja! ¡Ese castigo era demasiado! Había robado cosas más importantes. Cosas más significativas. Cosas valiosas. No era el caso con el rey. Solo necesitaba comer. Era lo único. ¿Su honor valía tanto como para sacrificar a un humano por un trozo de pan?

Ver su rostro tan cerca le dio aún más nauseas. Mas miedo. Su inmundo aroma y su respiración tórrida chocando contra su rostro solo lo empeoraba. Si se veía a si misma como un monstruo repugnante, no tenía palabras para duplicar lo que ese hombre era.

Triplicar incluso.

"Si no te gusta aquello, ¿Sabes que más ha servido mucho contra los ladrones?"

Nuevamente sonreía con malicia. Miraba a la reina, y la miraba a ella. Como si las amenazar a ambas. Solo podía tragar pesado, aunque su garganta solo le generara dolor.

"Cortarles un brazo y una pierna. Si, todo el miembro por completo. Así no tomarían nada que no es suyo, y no huirían como las ratas que son. No tendrán escapatoria. No podrán correr ni robar. Es un castigo perfecto. Sin contar con su lenta y dolorosa muerte con las infecciones que puede provocarle el corte. Si. Es mejor que la incineración, ¿No? ¿Te agrada más esto?"

No podía seguir mirándolo.

Tuvo que desviar la mirada, ir hacía la única persona a su alrededor que aun tenía luz en su interior.

Pero eso tampoco la animó.

La reina lucía enferma.

Pálida.

Lucía enojada.

Sus ojos demostraban lo perpleja que estaba. Ese hombre era un sádico. Entendía tales castigos terroríficos, los podía entender. Sucedía muy a menudo y muchas personas lo merecían.

¡Pero era un poco de comida! ¡No era oro, ni riquezas! ¡Nada que no podía ser reemplazado o invaluable!

¡Ese hombre estaba loco!

Sus ojos desacomodados observaron nuevamente a la reina.

"Espero entiendas lo importante que es eliminar esta amenaza. Espero lo entiendas y no hagas esto más complicado. No me gustaría atacar a un reino entero por el capricho de una niña que juega a ser reina."

No. No podía permitir nada así.

Historia no parecía querer dejarla ir. Quizás era así. Quizás ambas eran un capricho de la otra. No podía seguir así. No podía echar abajo todo lo que la reina había conseguido.

No podía seguir siendo terca.

Quizás si se merecía eso, contando todo el daño que hizo. Quizás el mundo sería mejor sin ella. No podía provocar una guerra. No ahora.

No a su reina.

"Su majestad, déjeme ir. No necesita echarse la soga al cuello por mí."

Quiso llamarla por su nombre una vez más, pero quizás arruinaría más las cosas. Ni tampoco quería que ese hombre, a escasos centímetros de su rostro, pudiese contemplar la relación cercana que tenían.

Habló con su más profunda sinceridad, aunque el corazón de ambas en aquel segundo se rompiera en pedazos. Era el momento que se deshiciera de sus pecados. Que dejara de huir, aunque su destino estuviese entre las llamas. No iba a ser una cobarde, no más.

Iba a morir con dignidad.

Iba a pagar por sus pecados.

"Ymir, no, yo…"

Su collar de hierro fue agitado, moviendo su cuerpo tembloroso de un lado a otro. Sentía la bilis subirle por la garganta. Sus piernas cedieron y cayó al suelo. ¿Iba a ser capaz de soportar sus miembros siendo desgarrados lentamente?

Incluso algo peor.

"Ya aceptó, déjala enmendar sus pecados. Remueve esta cosa de su cuello y detengamos esta disputa ridícula. Tu reino no tiene que pagar por tus equivocaciones, aún hay tiempo para redimirse."

Solo saca la llave, Historia Reiss.

Descarta de este pedazo de basura al que trataste como humano.

Hazlo.

Tu pueblo maldito necesita a alguien que lo sustente.

El reino no resurgirá sin ti. Te necesitan.

Se repitió una y otra vez, intentando que la reina pudiese entrar en su mente y entender sus palabras. Los segundos parecían eternos. La soberana no hacía ningún tipo de comentario. No se movía en lo absoluto. La espera se hacía insostenible.

Era el limbo. Era el limbo para ambas.

La reina levantó la cabeza, con su frente en alto, y sonrió.

Si, sonrió.

No con una máscara. No. Esa era la sonrisa autentica.

La sonrisa que solo una persona rota podía dar.

Sádica.

Ambiciosa de poder.

Sintió como su cuerpo temblaba ante aquella vista. Ante aquella imagen.

Negó con su rostro, quitándose sus pensamientos de asombro de la cabeza. Eso estaba mal. No dejaría ir lo que es suyo. No. No. ¿Por qué? Debía dejarla ir. No podía arruinar su futuro de esa forma.

Siempre era tan terca. Siempre siguiendo el camino egoísta.

"Es una lástima que no pueda hacer aquello."

Si, su voz, su sonrisa, pudo dejar a los espectadores de aquella belleza, completamente anonadados. Era como si otra persona se apoderara de aquel menudo y hermoso cuerpo. Como si fuese poseída por una persona diferente y similar al mismo tiempo.

"¿Qué?"

"Lo hice para que no pudiese ser abierto. Lo siento. Si quieres llevártela, puedes hacerlo, pero no podrás sacarlo sin matarla. Es imposible."

Sus ojos azules se veían oscuros. Poderosos. Una reina en su totalidad. Moviendo sus dedos y haciendo que las marionetas hicieran todo lo que quería. Manipulando la mente y el cuerpo. Siendo la mujer que ansiaba ser. Que debía ser para conservar el trono.

"Dijiste que ser robado por una mujer había lastimado tu honra, ¿Me equivoco? Quieres recuperarla matando a la culpable frente a tu gente. Pero para eso tendrás que sacar el collar. ¿No? Sería realmente deshonroso que estuvieses asesinando a alguien que no te pertenece. Alguien que no te es fiel a ti. ¿No estarías cometiendo el mismo acto deshonroso robándome a mi esclava? Eso si que daría que hablar en tu pueblo."

El hombre resopló su hedor sobre su rostro, quitándole importancia al asunto, mientras sus dedos raspaban el hierro de su cuello.

"Llamaré a mis mejores herreros para que quiten eso."

"¿Y que exista la posibilidad que elimines lo único que te devolverá tu valía masculina? Lo dudo. Deberías darla por perdida."

La mirada sorprendida del rey no era tan impresionante como la mirada de Historia.

Si.

Quizás existía un monstruo peor que ella. Peor que ese rey. Y estaba ahí, vestida con la piel de una diosa.

No pudo evitar sonreír, sonreír tanto que su rostro empezaba a doler. Era fascinante. Se sentía hechizada por aquella mujer que podía ser tan indefensa y linda, como ser aquella harpía que conseguía lo que se le antojaba y cuyo rostro demostraba el poder y dominancia. Sus azules podían mirar a ese rey como si no valiese nada. Podía mirar a ese enorme hombre como si se tratase de lo más insignificante que se hubiese parado frente a ella. Dándose ínfulas a sí misma, pero no en vano, porque esa mujer lo tenía todo.

Porque esa mujer iba a conseguir todo lo que se propusiese.

Si. La amaba.

Ahora estaba segura. Ahora podía decirlo a viva voz. Ahora no era un capricho. Ahora no era una atracción mera física ni nada por el estilo.

Si. Solo puedes saber que amas a alguien cuando ves todas sus caretas.

Todos sus disfraces.

Todas sus máscaras.

Todo lo que hay debajo de esa perfección inmaculada.

Y esa realidad era tan enigmática que ningún otro ser humano podría superar.

Especial.

Inédita.

Una diosa. Un demonio.

"¿¡Estas burlándote de mí!? ¿¡Quieres iniciar una guerra!?"

El hombre soltaba gritos desesperados al ver sus resultados dificultosos. Mientras él más perdía los estribos, Historia Reiss estaba mejor parada que cualquier otro humano en la tierra. Se veía grande. Se veía imponente.

Majestuosa.

"Aunque fuese el caso, ¿Sabe quién saldría peor parado? Le recuerdo que, si bien mi reino no tiene las mejores tierras, los mejores animales o las mejores personas, sin embargo, mi reino es el más adinerado de todas estas tierras. Es tan rico que si fuese posible comeríamos oro en las comidas. ¿Entiende? Tal vez no sea la más querida, pero puedo comprar a los mejores guerreros. El humano es débil ante el dorado. Así como el Lord de su reino, el que, al mostrarle un par de monedas, olvidó su misión, y por su culpa usted tuvo que venir aquí mismo a hacer el trabajo sucio. Así que piénselo de nuevo, ¿Vale la pena sacrificar a su reino por su honra?"

Su voz, seria y certera, le provocaban escalofríos por toda la columna. Sentía su rostro hervir. Quizás no era el momento para sentirse así de acalorada, incluso teniendo a ese petulante rey en frente, pero su cuerpo no podía evitarlo, era débil. Se sentía nuevamente como ese animal instintivo en el que se convertía por la noche.

Quería devorar a esa mujer.

Quería hacerla suya y viceversa.

Sentir todo ese poder en la cama y luego arrebatárselo con furia.

Casémonos luego de que este desquiciado se vaya. Era lo único en lo que podía pensar en aquel segundo.

La gran mano había soltado su collar. Su rostro se mostraba confundido. Era de esperarse. ¿Acaso alguien podía imaginarse que esa diminuta mujer podía hablar así siquiera? Su conmoción era comprensible.

El hombre iba a decir algo al respecto, pero el paso felino hacía su dirección lo desconcentraron de su objetivo. Incluso ella misma se vio excitada y ansiosa por sus movimientos arrebatados.

Estaba extasiada con la demostración de habilidades. Con las maravillas detrás de ese hermoso rostro. Con los misterios recién descubiertos.

Ya quería ir a la cama.

"Le sugiero que se aleje de mi reino, de mi gente, de mi propiedad, antes que me vea obligada a tomar medidas. Usted le ha faltado el respeto a mi reino pretendiendo tomar parte de mis pertenencias, y cualquier movimiento en falso será tomado como fatal. No solo puedo destruir su reino, sino que también puedo difamar cosas sobre usted en el mismo, acabando con lo que le queda de su supuesta honra. La mujer que ve aquí esta reformada, pero bien puedo darle una misión. Tiene piernas agiles y dedos hábiles. Ella demoraría menos de un día para llenar las paredes de su querido reino de una propaganda que podría lastimar aún más su honor como rey. Y claro, quizás la palabra difamación es incierta. Soy la reina, y hay millones de pergaminos con contundentes datos sobre los reyes de otras tierras. Probablemente todo lo más horrible sea verdad en su caso. ¿Me equivoco?"

El rey estaba horrorizado. Sus pies se movieron estrepitosamente, intentando mantenerse inerte, pero a la vez intentando huir. Intentando acabar con esa amenaza. Intentando que esa pequeña mujer dejara de arrebatarle la dignidad que le quedaba. No podía sucumbir ante su odio o su enojo, porque había guardias esperando en la entrada, ansiosos de acción.

El rey había caído. Sus amenazas eran inútiles.

Si, Historia Reiss había pensado en muchas cosas en esos días.

Un contraataque.

"Si mi pueblo tiene dudas acerca de mi forma de tratar con una ladrona, pues tendré que darles a entender un par de cosas. Pero si usted quiere juzgarme a mí, pues le diré una sola cosa; Empiece a correr la voz de reino en reino, dígales que la reina Historia Reiss, del reino que ustedes llaman maldito, va a hacer lo que esté en sus manos para seguir con la corona y engrandecer su pueblo. Si alguien intenta hacer algo contra eso, si alguien intenta acaparar mis tierras o tomar lo que no les pertenece, tendré que tomar cartas en el asunto. Si es necesario voy a atacar cada reino y lo haré mío. Así que mantenga su distancia y proteja nuestros tratos comerciales que son lo único que le da riquezas a su tierra. Espero que no tengamos que tener esta charla nuevamente."

Era el pequeño empujón que necesitaba el hombre.

El pequeño empujón proveniente de una pequeña con mucha grandeza en su interior.

Caminó hacía la salida arrastrando los pies. Su cuerpo se tambaleaba. Era la misma imagen de los guerreros cuando perdían las batallas.

Destrozados.

Inútiles.

Débiles.

Había perdido por completo.

Se levantó del suelo, viendo al hombre caminando mientras los guardias abrían las puertas.

Lo habían logrado.

Antes de que él saliera por completo, se giró, con su rostro bañado en ira e impotencia.

Un animal herido. Un guerrero anunciando su venganza.

"Juro que algún día usaré tu sangre para pintar mi reino, aunque tenga que esperar a que ese collarcito tuyo se oxide hasta los cimientos, Ymir Fritz."

Miró a la reina, que su mirada se había suavizado al ver su batalla dominada por completo. Sonrió, ¿Acaso había una mujer más hermosa en ese mundo?

No. No había mujer más hermosa, así que iba a estar con ella hasta su muerte.

Miró al hombre, mientras se cruzaba de brazos.

No recordaba haber sentido tanto placer al poner su sonrisa cínica. Esa sonrisa que reflejaba la clase de persona que era. Que la definía por completo. Era reconfortante. Era lo mejor.

"Espero que vivas lo suficiente para que lo intentes."

El rey frunció los labios y volvió hacia la salida, haciendo que sus pieles se menearan. Parecía que intentaba salir con todo el atractivo que podía para sus súbditos que yacían en el carruaje. Podía aparentar estarlo, pero no era así. No tenía honra, y no la tendría jamás.

No podría obtenerla.

Soltó un suspiro.

Le gustaría que la reina Historia tomara aquel reino para si misma, y ese rey desapareciera para siempre del mapa, él y los que seguían en la línea de sucesión.

Las puertas fueron cerradas, acabando finalmente con esa pequeña guerra. Dejando el interior del castillo en un completo silencio. Dejándolas completamente solas.

Sonrió, lo habían logrado. Se acercó lentamente hacía su reina, que estaba soltando un suspiro, sin despegar su mirada de la puerta.

Se veía preocupada.

"¿Así que tengo dedos hábiles?"

Miró a la diminuta reina mientras la empujaba levemente con su cuerpo. Sus mejillas comenzaban a llenarse de color.

"Sabes a lo que me refería."

"Si, claro que lo sé."

Fue observada con molestia en respuesta de su tono sarcástico.

No pudo evitar seguir sonriendo.

Era libre. No sería acosada por aquel rey, ni por su reino, y prontamente por ningún otro reino donde hubiese cometido fechorías.

Iba a quedarse con el icono Reiss en el cuello que le daba una segunda oportunidad. Iba a atesorarlo.

No moriría en la horca. Ni en la guillotina. Ni sería quemada como bruja. Ni le cortarían los miembros uno por uno.

No.

Iba a vivir.

Era grandioso. Estar viva era grandioso.

Solo se disfruta de la vida cuando estás cerca de la muerte, y si, podía darlo por hecho luego de tantas veces, pero amando, se disfrutaba aún más.

Empezó a reírse. Reírse con fuerza. La reina la miraba con curiosidad y confusión. Nunca se había sentido así. Libre.

Tomó a la reina de la cintura y la levantó lo más alto que pudo. No podía parar de reír.

¿Esa era la felicidad?

Si. De seguro lo era.

Abrazó a la diminuta figura, aun manteniéndola alejada del suelo. Le había contagiado el buen humor a la rubia, que ahora sonreía con tranquilidad.

Si. Esa era la tranquilidad.

Había muchas cosas que hacer por el reino. Había muchas alianzas y tratados comerciales que debían hacerse. Reparar diferentes cosas por el pueblo. Necesitaba limpiar su nombre entre la gente. Les esperaba un largo camino para que el reino maldito tuviese un nuevo nombre.

Pero ahora solo podía girar con el cuerpo de la reina en sus brazos.

¿Acaso importaba realmente?

Si estaban juntas lo iban a lograr.

Si estaban con la otra, no habría ningún mundo que las asustara, incluso aunque todo a su alrededor estuviese maldito.


¿Ven? Soy una persona buena a pesar de todo.

Le quiero dar las gracias a todos los que leyeron y apoyaron esta historia, un gran abrazo a Devil-In-My-Shoes que poco menos hizo un fanfic de mi fanfic, el cual me agradó, debo admitirlo, deberías hacer un oneshot de eso. Lo de "Dueña de su propia libertad" me encantó, paténtalo.

Gracias a mi novia, mi diosa, mi musa, que siempre me motiva a escribir y a seguir creciendo, y claro, que me da inspiración como nadie en el mundo. Sin ella no sé qué sería de mí.

Tengo tres proyectos futuros, los más completos son un Whiterose y un Elsanna, el otro es un dramático Korrasami que aún estoy modificando de las migajas. Espero seguir teniendo tiempo para escribir ya que no puedo vivir de esto, aunque me encantaría.

Síganme en mis redes sociales donde siempre subo actualizaciones y proyectos.

¡Nos leemos pronto!