Aunque ya había dado por finiquitado este fanfic, me he animado a escribir un epílogo gracias a los reviews recibidos, especialmente los de 'guiguita'. ¡Te lo dedico!

Está narrado en segunda persona, que queda así como muy 'paranoico-introspectivo'.


Mírate Richard Castle.

Estás sentado en la librería con más solera de todo Nueva York, firmando ejemplares de tu último libro, sintiendo una punzada en el pecho cada vez que ves su silueta de la portada. 'Acuérdate que es ficción' te dices a ti mismo, pero sabes que no lo es del todo, y tienes que reprimir tus amargos sentimientos delate de todas las féminas que hacen cola delante tuyo. '¡Alza la vista, tonto! Cualquiera de estas mujeres se acostaría contigo tan solo chasqueando los dedos' Sería una alegría para el cuerpo después del verano que te ha hecho pasar ella.

Ella.

Te acuerdas como si hubiese sido ayer del día que le dispararon. El tacto áspero y almidonado de su uniforme de gala cuando la asías por los brazos suplicando que no te abandonara. ¡Que la querías! ¡Que la amabas!... ¡Qué iluso! ¡Como si eso la hubiese salvado! ¿Es que vivías aún en tu mágico e ideal mundo de fantasía? Y tú intentabas levantar su casi inerte cuerpo de ese césped con su inconfundible olor a recién cortado. Imbécil. Si la bala se hubiera desplazado un milímetro podrías haberla matado tú ahí mismo.

Recuerdas también la carrera dentro de la cabina de la ambulancia, en la que te colaste gracias a Lanie, que te vio una cara tan desencajada que no pudo negar que subieras. Oías pitidos y veías monitores que no entendías del todo, pero sabías que ella se iba, por la frenética actividad de la doctora inyectando, masajeando y golpeando. Tu propio cuerpo se zarandeaba con cada giro y frenada del vehículo, como un muñeco, y sólo sentías tu propia vida desgarrarse mientras el latido de su corazón se alargaba dolorosamente en la gráfica de la minúscula pantalla. Te daba la sensación de que guiabas la línea con los ojos, como dándole fuerzas para que dibujara los picos correctamente.

En el hospital, saboreaste esa sensación de impotencia infinita, que te llenó de adrenalina el cuerpo y estuviste a punto de enzarzarte en una pelea con ese estúpido médico-motero. A puñetazo limpio, sí. Eso hubiese sido lo mejor. Así te hubieses desahogado. Así te hubieses sentido menos culpable. Pero no lo hiciste por Alexis y tu madre, que no se merecían más disgustos por tu culpa.

La espera de las 48 horas siguientes a la operación fueron un infierno. Te refugiaste con los chicos, en comisaría, investigando como un loco. Sentías el hueco de su escritorio vacío taladrándote el corazón. Te quedabas absorto mirándolo. Cada minuto que pasaba sin noticias del hospital era un pasito más que daba ella para volver contigo. Cada minuto que pasaba cotejando datos tú te dabas cuenta de que misterio del francotirador que le disparó era irresoluble. Tu madre y tu hija te llamaban para que durmieras, comieras, o tan sólo para saber que seguías vivo.

Tú sólo querías una cosa. A ella.

Recuerdas la alegría del momento en que Lanie te llamó diciéndote 'Ya ha salido de la UCI. Puedes pasar a verla.' Y acudiste nervioso como un chaval a su primera cita. Pensando en cómo reaccionaría ella ante tu repentina declaración de amor. Eras realista. Conocías su carácter. No esperabas que se te echara a los brazos. Pero querías ver su cara, su sonrisa, sus ojos y entonces tú sabrías al instante si ella te correspondía.

Incluso en la cama con gotero, ojeras y los labios secos, tú la veías perfecta. Te recreaste demasiado mirándola y a ella le dio vergüenza. Era un milagro que estuviera viva. Te sentaste a su lado y notaste cómo se te aceleraba el corazón al verla serena y relajada. Dudabas de si sería su reacción natural o si iba de medicación hasta las cejas. El brillo de sus ojos mirándote de reojo te dio esperanzas sobre sus sentimientos... Pero no. Nada de eso. Amnesia. ¡Venga!. Un cubo de agua helada para tu corazón.

Abandonaste el hospital con el único consuelo de que ella estaba recuperándose bien. En ese momento no te diste cuenta de su evasiva contestación "Yo te llamo" te dijo, cuando te pidió tiempo para centrarse. Y tú, inocente de ti, te sentiste feliz pensando que en unos días todo volvería a la normalidad.

Fuiste directo a la comisaría otra vez. Volcaste toda tu energía en lo único que podías hacer por ella en ese momento: buscar a quien le disparó. Pensaste que lo resolverías y ella te lo agradecería. Entonces tú volverías a expresarle tus sentimientos y ella reaccionaría. Pero cómo ¿tímida? ¿sorprendida? ¿sintiéndose halagada? Tu corazón se convirtió en un carrusel de emociones pensando en ello. Un café de la máquina y dos donuts después continuaste la investigación.

Viste pasar los días uno tras otro en el calendario. La investigación estaba cada vez más bloqueada, igual que tu cerebro. ¡Tú sólo querías una pista! Bueno, dos. Una que te llevara al francotirador y otra que te llevara a lo que realmente sentía Kate. Y no hacías otra cosa que mirar el teléfono, comprobando la batería y la cobertura cada cinco minutos, casi obsesivamente. Te hartaste de hablar con teleoperadores ofreciéndote productos, de los que te deshacías rápidamente pensando que ella podía llamar en cualquier momento.

Conociste a Gates. La nueva capitana que en cuanto llegó puso orden y lo primero que hizo fue echarte de la comisaría. Lo siguiente fue cerrar el caso del francotirador, por falta de pistas. Habrías llamado al alcalde, pero entonces te preguntaste ¿para qué? Quizás cuando volviese Kate... Tu corazón se aceleraba pensando en ella. Al salir de la comisaría te llevaste una rosquilla 'para el camino'.

Cuando ya el primer día en casa estuviste dos horas haciendo zapping en la tele, te diste cuenta de que iba a ser peor de lo que pensabas. No podías pasarte las horas muertas esperando su llamada picando patatas fritas. Tenías un libro que terminar, pero no eras capaz de teclear nada. Entonces encendiste el ordenador y volcaste toda tu energía en documentar la investigación del francotirador. Y cuando terminaste de fabricarte una pizarra virtual con todas las fotos y datos del caso, como hacía ella, te quedaste contemplando la imagen que habías tomado aquel día cuando ella no se lo esperaba. Suspiraste. Te acercaste y tocaste su sonrisa en la pantalla.

Llevabas una semana en casa y no aguantabas más. Decidiste a llamarla. No lo habías hecho antes porque querías respetar su decisión, pero ahora estabas preocupado, no sólo por sus sentimientos, sino por su salud. Demasiados días sin saber de ella. Oíste muchos tonos y... te contestó Jim Beckett a su móvil. Te alarmaste pensando en que ella está tan mal que no podía ni hablar. Pero su padre te calmó. Te explicó que había 'castigado a Katie' sin su móvil, para que sólo pensase en su rehabilitación.

Suspiraste aliviado. Ella seguía recuperándose.

Fingiste que era una llamada sin importancia, mientras que por dentro te quemaba la desesperación por no poder hablar con ella. Jim te puso al día en cuestiones de salud y por lo visto no había ninguna novedad 'de otro tipo'. Es decir, que seguía sin recordar nada del disparo. Nombró a Josh de pasada y sentiste un hierro candente atravesar tu maltrecho corazón. Le diste las gracias a Jim pidiéndole por favor que no le comentara nada a Kate de tu llamada.

Colgaste. Suspiraste decepcionado.

No te quedó más remedio que concentrarte en escribir porque sólo tenías dos semanas de plazo y el libro estaba a medias. Cambiaste parte del argumento para homenajear a Montgomery. Muy arriesgado a estas alturas. Si no lograbas escribir día y noche no llegarías a tiempo. No te importó convertirte en 'Castle el robot escritor', así no pensarías en ella. Mandaste a tu madre y a Alexis a los Hamptons. Tú este verano te quedabas aquí. Castigado.

Ya sólo te quedaban cuatro días para entregar el original. Sonreías pensando en que habías pasado más de una semana entera sin vivir pendiente del teléfono. Aún tenías esperanzas de que te llamara, pero tenías otras cosas en mente. Ahora mismo estabas escribiendo el final del libro y te gustaba pensar que ahí mandabas tú. Tú eras quien decidía lo que pasa y cómo pasaba. No como en la vida real. Lo sentiste por el personaje de Rook, que era quien iba a sufrir las consecuencias del destino. Echaste mano al cuenco de m&ms y al comprobarlo vacío te levantaste a regañadientes a por más.

Tu editora suspiró aliviada cuando dio la orden de imprimir los primeros ejemplares. Tú tampoco te creías que lo hubieses conseguido. Te pasó una agenda de fiestas a las que debías asistir. Obligatoriamente. La cogiste con amabilidad y volviste a casa declinando su oferta de tomar una copa para celebrarlo. Sabes de sobra que a tu editora le ponen cachonda los libros finalizados. Ya sabías cómo acabaría y había algo dentro de ti que te lo impedía. Llámalo moral. Llámalo fidelidad. En cualquier caso algo impensable para el antiguo Castle.

Pasó otra semana más y te empezaste a preocupar. Por ella. Cada vez te importaba menos que tu amor fuera correspondido. Ahora te preocupaba que te odiara y que no quisiera saber más de ti. Que te culpara de lo que le había pasado, igual que había hecho Josh, igual que hacías tú mismo en el fondo. Si estaba con el motero podía acabar pensando igual que él. Esa posibilidad te reconcomía por dentro. Pero te repetías a ti mismo que no ibas a llamar. No ibas a llamar. No.

Llegó el fin de semana y hubo una fiesta de la editorial en un hotel. Fue un fiestón moderno lleno de dj's, bailarinas sexys, alcohol y pista de baile. Te descontrolaste como en los viejos tiempos. ¡Sí! ¡Ricky Castle en acción! Acabaste subiendo a una de esas bailongas chicas a una suite del hotel. Habías bebido. Estaba mal lo que ibas a hacer y lo sabías, pero había una parte de ti que parecía estar poniéndote a prueba: si te acostabas con esa desconocida sería el primer paso para olvidarte de ella.

Era una morenita latina no muy alta pero tremendamente curvilínea que te miraba lascivamente con ojos oscuros y labios carmesí, recostada desnuda en la cama. Y a ti... no se te levantaba. No se te ponía dura. Te intentó ayudar masturbándote, pero entonces tú te resististe. Te levantaste y te quedaste de pie, desnudo, contemplándola. Era tan opuesta a Kate... sentiste una punzada en el estómago. La chica se acercó a ti. Se agachó delante tuyo y utilizó su boca. La apartaste con algo de rudeza y le pediste que se fuera. Lo hizo sin mostrar sentimiento alguno. Tú fuiste al baño y te miraste en el espejo. No querías volver a ser así. Y tampoco querías olvidarte de ella. Vomitaste.

Otra semana más. Te sentías un desecho humano. No sólo por las alcoholizadas fiestas hasta altas horas de la madrugada. Creías que si pasabas otro día más sin verla ibas a acabar viviendo tirado en el sofá con tus videojuegos y dvds igual que antes de conocerla. Nada te consolaba. Nada te emocionaba. Apatía total. Te habías prometido no hacerlo, pero encendiste el ordenador y te quedaste mirando la pizarra virtual... pero sólo un par de horas, lo cual te hizo pensar que quizás te estuvieses desenganchando de ella.

Alexis y tu madre volvieron de los Hamptons justo un día antes de que tu salieras a hacer tu gira por la costa Oeste. Tú hiciste el esfuerzo de mostrarte tan dicharachero y alegre como siempre. No dijeron nada, pero por la forma de mirarte y de evitar preguntarte por ella intuiste que sabían lo mal que lo estabas pasando. Y ni siquiera te dijeron nada cuando cubriste con una montaña de nata el helado del postre de la cena.

En Los Ángeles volviste a la suite donde hacía unos meses estuviste con ella. Ahora piensas que es de ser masoquista. El agradable recuerdo que tenías de ese sofá te llenó de buen humor. Te sentaste en él, pensaste que tal vez estabas exagerando, que quizás no te odiara. Quizás había recordado tus palabras y ahora se avergonzaba de decirte algo. Recordaste esa noche en la que tendrías que haber entrado en su habitación, te levantaste del sofá y te dirigiste a la puerta, como deberías haber hecho. Tomaste la manilla con tu mano y justo antes de abrir te diste cuenta de que... tenías una erección. Te reíste. '¿Dónde has estado tú, bribón?' le dijiste a tu miembro. Dejaste de reírte. Abriste la puerta y entraste en su habitación para dejarte llevar por los placeres de la carne, en la misma cama donde ella había dormido aquella noche.

No te lo pensaste, tan sólo querías aliviarte. De pie, frente a la cama, recorriste con la mirada los almohadones mientras con prisa te desabrochaste el cinturón, tu respiración se aceleraba por momentos, y cuando se te cayó el pantalón hasta las rodillas, te lanzaste a la cama tumbándote boca arriba con una gran exhalación, para a continuación agarrar a tu traidor miembro y recordarle cómo funcionaba esto. Lo trataste con maestría, procurándote un placer primitivo y también con rudeza, que te hizo gritar, no sólo de placer, sino también de dolor. Te daba igual, sólo querías sentir. ¡Sentir algo!

Envuelto en el calor de tu agitación, conseguiste eyacular rápida y violentamente. Luego te quedaste aletargado y enseguida la echaste de menos. Hubieses querido abrazarla, pero ella no estaba allí. Alargaste una mano y cogiste una almohada, que abrazaste hundiendo tu nariz en ella, e imaginándote que su pelo olía a detergente de lavadora, sonreíste y te quedaste dormido.

Con la vuelta a Nueva York volvió tu bajón emocional. Si lo hubieses sabido te habrías quedado en California. Se te había metido en la cabeza que no te volvería a llamar. ¡Nunca!. Y Jamás sabrías la razón, porque aunque algún día, después de muchos años, os encontrarais por la calle, ella nunca te lo diría claramente. Tenías que asimilar la posibilidad. Pero sabías que aún no podías hacerte a la idea de no volver a estar con ella. Aunque sólo fuese como colegas o como amigos.

Estaba siendo muy duro.

Te sentías desgastado.

Te habías agotado.

Así que esta mañana, te has vestido (abrochándote el cinturón de otoño en otro agujero al del año pasado, para tu sorpresa). Has ido caminado hacia la firma de libros sintiendo la fresca brisa pre-otoñal en tu cara, que anuncia el cambio de estación y has tomado una decisión firme: renunciar a ella. Olvidarte de todo lo que te recuerda a ella. Sacarla de tu vida. Y lo has decidido mientras hacías un alto en el camino para desayunar y te estabas zampando compulsivamente el tercer croissant con el café. Por cierto, la decisión incluye también dejar de tomar café, como hacías a todas horas con ella, que te pegó el vicio.

Vale.

Si tú ya habías decidido eso... explícame porqué acabas de recordar el infernal verano que has pasado desde la A a la Z.

¡Por qué?

Será porque, maldito y cruel destino, ella está ahora delante de ti con un ejemplar, pidiéndote una dedicatoria.

Casi se te cae la mandíbula a los pies de la sorpresa. Sientes tu corazón pararse y volver a latir. Te reprimes las ganas de saltar y abrazarle. No. No se lo vas a poner tan fácil. Porque se supone que estás enfadado, muy enfadado con ella por cómo te ha ignorado todo este verano. Así que eso haces, frunces los labios y resoplas.

Entonces sientes que en tu cabeza todo vuelve a encajar. Sientes la tensión que te ha acompañado todo este verano relajarse. Encuentras esa parte de ti que habías enterrado junto con sus recuerdos. Tu amor hacia ella vuelve a guiar tu cerebro y tu corazón.


- Hum. Ha dicho... ¿para Kate? - te pregunto distante, buscando tu reacción, mirándote de arriba a abajo con seriedad. Estás preciosa.

Tú asientes con la cabeza. Incómoda como un pajarillo en un alambre al rojo vivo.

Entonces yo te firmo el libro sin perder mi cara de poker, porque con tan sólo mirarte ya sé que 'algo' te pasa y que no se limita al hecho de que me dieras largas este verano, no. Hay algo 'más', pero no pienso correr otra vez detrás de ti para averiguarlo, no. Te voy a dejar a ti tomar las riendas. Tengo curiosidad de saber cómo vas a pedirme perdón. Tengo curiosidad por cómo me vas a abrir tu corazón.

Te devuelvo el libro firmado y te ignoro a propósito, concentrándome en firmar a mi siguiente lectora. Con el rabillo del ojo siento como te alejas con pasos vacilantes para finalmente salir de la librería. Me aseguro que no me ves y entonces por primera vez en todo el verano, sonrío.

Sonrío de verdad.

Vuelvo a ser feliz.

Y te lo debo a ti, Katherine Beckett.


Ahora creo que ya se merece el 'fin'.

Agosto 2014, días frescos y días de calor. Me apetece un café con croissant...