5. Tiempo de espera
Candy había pasado las últimas semanas evadiendo a Annie, después de aquella conversación que había tenido con ella en su apartamento, no creía prudente encontrarse con su amiga, todos quienes la rodeaban habían visto cambios drásticos en su conducta. Sabía que su viaje aunque en un principio le había parecido lejano, ahora le parecía demasiado pronto, sobre todo en el Hospital. Había tomado a una de las estudiantes para que la siguiera como si fuera su propia sombra, la chica cuyo nombre era Melissa estaba encantada de haber recibido tal honor de parte de unas de las enfermeras, ya que la mayoría solían ignorar soberanamente a las novatas a no ser por las cuantas clases prácticas que a veces tenían que otorgarles, sin embargo cuando lo hacían podían dejar notar que era algo que se les había ordenado hacer y que si les hubieran dado a escoger, difícilmente habrían escogido atender a las alumnas.
Nathalie era una de ellas, torcía los ojos cada vez que alguna alumna se le acercaba, Leonor aunque era un poco más paciente, no paraba de quejarse del tiempo que le quitaba estar atendiendo a las chicas que apenas y sabían tomar temperatura en un paciente. Así que el hecho de que Candy trajera a su lado a Melissa era algo de lo que les gustaba cotillear a las demás enfermeras.
- No la ha dejado sola ni un instante – comentaba Leonor
- Es bastante raro, - agregó Nathalie – yo se que Candy siempre se ha llevado bien con las estudiantes.
- Es la única – interrumpió Rosie otra enfermera – de hecho es la que siempre se ofrece cuando hay que darles una clase práctica…
- Si pero esto es demasiado – apuntó Leonor
- Pues yo me he enterado – dijo una chica de lentes llamada Erika – que Candy habló con la jefa de enfermeras, Melissa era la chica más avanzada de su curso, y que ésta con Candy porque quiere graduarse pronto.
- ¿Qué quieres decir? – preguntó Nathalie
- Que Melissa se podría graduar en cuatro semanas más si sigue a este ritmo…
- Sería lo normal – señaló Rosie – Alguien que está recibiendo instrucción todo el tiempo debería graduarse antes que el resto.
- ¿Es que no entienden? – inquirió Erika
- ¿Qué? – dijo Leonor
- Que si funciona – tomó aire al tiempo que hacía una mueca de disgusto – puede que la jefa de enfermeras nos obligue a hacer lo mismo con las otras chicas…
- ¿Por qué habría de hacerlo? – exclamó enojada Rosie - ¿Es que no es un caso especial esa Melissa?
- Miren, ya sé que no les gusta hablar del tema – dijo Erika casi en susurros – pero la guerra continúa, me he enterado de que al Hospital Santa Juana le han pedido más enfermeras para ir al frente.
Los gritos ahogados y las expresiones de espanto no se hicieron esperar.
- No puede ser – exclamó Nathalie – ellos…
- Shsst – las mandó callar Erika – se supone que nadie lo sabe…
- ¿Y cómo te enteraste tú? – le preguntó Rosie alzando una ceja
- Lo escuché en la oficina del director…
- Pero – la interrumpió Leonor
- Esperen… es un rumor, pero lo que ésta sucediendo con Candy creo que es para que cuando llegue el momento haya suficientes enfermeras o bien para que vayan al frente o para que las que se queden puedan cumplir con los deberes que dejan las que se van.
- ¿Creen que Candy sepa algo? – preguntó Rosie.
- Si lo sabe – comentó Erika – no nos lo va a decir ¿verdad?
- Esto es horrible – apuntó Leonor.
La puerta de la enfermería se abrió en ese momento. Y todas guardaron silencio.
- Hola chicas – saludó Candy sonriendo
- ¿y tú sombra? – preguntó Erika quien fue la primera en reaccionar
- Es hora del almuerzo – señaló Candy - ¿no van a comer?
- Si, claro – se apresuró a decir Nathalie
- Bueno – dijo Candy – yo me adelantaré, tengo todavía unas cosas que explicarle a Mely…
Candy salió de la central de enfermeras y se dirigió a los jardines donde Melissa comía su almuerzo.
- Candy – exclamó asombrada la chica morena – pensé que ibas a comer con las demás enfermeras.
- Si, bueno, a veces no me dan muchas ganas de pasar tiempo con ellas – comentó Candy
- ¿Qué sucedió? – preguntó Melissa
- Deben de haber estado hablando mal de mí, en cuanto entré a la enfermería todas se quedaron calladas, había demasiada tensión allí dentro… así que preferí darles el gusto de que continuaran con su plática.
- ¿Y no te molesta?
- Estoy acostumbrada – mencionó Candy – esa ha sido la historia de mi vida.
- Pero creí…
- ¿Qué?
- Lo siento – se avergonzó la chica – es que yo también he escuchado cosas de ti.
Candy sonrió amablemente.
- No te preocupes, si quieres saber algo, puedes preguntarlo.
Melissa respiró aliviada y sonrió de nuevo.
- He escuchado que eres hija de los Andley y yo…
- Podría contarte toda la historia pero eso tardaría mucho… - La cara de Melissa no pudo ocultar su decepción – pero te hago un resumen -. Agregó Candy – Fui adoptada por la familia Andley hace unos años, sin embargo hace dos años que yo renuncié a ellos.
- Pero me han dicho que aún llevas el apellido – señaló la chica
- Si, no lo he hecho legal, mi padre adoptivo no quiere repudiarme ¿sabes?
- ¿No quieres a tu padre adoptivo?
- Es… algo complicado, él es apenas tiene unos años más que yo.
- ¡Oh! - exclamó la chica al tiempo que se ruborizaba
- El problema es que no todos los Andley estuvieron de acuerdo con mi adopción, él siempre me ha defendido.
- Ahhh que romántico – dijo Melissa
- Bueno quizá allí empiece las complicaciones…
- ¿Le quieres?
- Es difícil, él pertenece a un mundo al cual aunque de nombre aún lo haga yo no puedo formar parte. Renuncié a ese mundo, y creo que al hacerlo renuncié a estar con él también.
- ¿Estás enamorada de tu padre adoptivo? ¡Vaya eso sí que es raro!
- Te dije que era complicado, aunque hace tanto tiempo… no sé si aún lo pueda llamar amor… siempre le querré, él siempre ha formado parte de mi vida, dudo que eso vaya a cambiar alguna vez.
- Tu vida sí que es interesante… - comentó la chica con un dejo de orgullo en su voz – no puedes culpar a las demás chicas por cotillear sobre ti.
Candy sonrió antes de dar una mordida a su emparedado.
Mientras tanto en uno de los restaurantes más lujosos de Chicago Annie, junto a otras amigas tomaban el almuerzo, todas ataviadas con vestidos de encajes y colores claros, vestidos acompañados por suntuosos sombreros y guantes a juego. Las damas de sociedad que se reunían una vez por semana en el restaurante del Newport Hotel, las conversaciones sobre los últimos acontecimientos estaban a la orden del día. Antes de que sirvieran el primer plato del almuerzo Eliza Leegan arribó al lugar, usando un vestido más llamativo y costoso que el de cualquiera allí. A su lado Neal con cara de hastío la llevaba del brazo.
- Buen día Annie – dijo riendo la heredera Leegan – o quizá deba llamarte Sra. Cornwell o tal vez querida prima… ¿no sé, será mejor que decidas?
Annie trató de conservar la calma, preparó su mejor sonrisa, se levantó de su asiento y se alisó la falda antes de aproximarse a donde estaba Eliza.
- Yo no recuerdo que formes parte del club de caridad de damas de Chicago – mencionó Annie de forma un tanto débil sin borrar la fingida sonrisa de su rostro.
- Eso es cierto – dijo Eliza – no me interesa tanto la caridad, pero ¿qué crees? Dudo mucho que a Tracy Walkins le interese tanto ya que rara vez la vemos actuar decentemente con los pedigüeños.
- Eliza – exclamó Tracy al tiempo que se sonrojaba.
- ¡Oh Tracy! No sabía que era un secreto, ¿acaso no recuerdas la semana pasada cuando estaba de visita en tu casa?
- No hay problema – se apresuró a decir Annie – puedes quedarte, si así lo deseas.
- ¡Qué amable de tu parte! – respondió Eliza con un dejo de sarcasmo.
Neal dio un resoplido, realmente no entendía a Eliza, ¿Por qué quería ir a lugares a donde no había sido invitada? ¿Por qué una vez que llegaba se dedicaba a ofender a quienes estaban presentes? Y lo que más le molestaba ¿para qué lo quería a su lado?
- Es encantador volver a verte – resonó una voz detrás de Neal, giró su cabeza y miró a una chica que no conocía era alta y rubia, con unos lindos ojos color miel que sonreía amablemente – y nadie te ha dicho nada de ese hermoso vestido que llevas, lo compraste en Florida o aquí, porque si es de aquí más de una quisiera saber donde lo compraste y si fue en Florida de todas maneras tendrás que decirlo porque yo quisiera ir a ese lugar a conseguir uno para mí.
El joven Leegan no pudo evitar lanzar un resoplido en forma de burla. Pero Eliza se limitó a mirar con desprecio a la chica para después caminar majestuosamente hacía una de las sillas que quedaban vacías en el espacio reservado para las damas, todo esto prácticamente jalando a su hermano del brazo.
- Te vas a arrepentir – masculló Eliza.
- ¿Me lo dices a mí? – susurró su hermano en el oído de la chica pelirroja.
- Tú solo ten cuidado, hablo de esa estúpida de Fiona Crone.
- ¿Su nombre es Fiona entonces? – preguntó Neal interesado.
- Ni siquiera lo pienses hermanito – dijo alzando una ceja y sonriendo torcidamente – Fiona ésta comprometida con Marcus Russel, el elegante y aristócrata inglés.
- Como si eso me importara.
- Tiene que importarte si no quieres tener problemas con la tía Elroy
- Sólo por hoy lo dejaré
- ¿Qué quieres decir? – murmuró Eliza
- Nada hermana, nada… solo me gusta hablar – dijo Neal antes de tomar un sorbo del café que le habían servido.
Eliza miró con desconfianza a su hermano pero prefirió no hacer preguntas.
El almuerzo concluyó sin más incidentes, Eliza se dedicó a observar a Fiona desde lejos, mientras que Neal, a diferencia de los últimos eventos a los que había asistido en las últimas semanas, este le estaba pareciendo mucho más interesante. No obstante ansiaba que pronto saliera del chantaje, estar atado a su hermana lo que antes le habría resultado incluso divertido, ahora le representaba algo peor que una tortura china. Sin embargo solo le restaba una semana a su cruel martirio, tiempo que contaba cual prisionero que ésta a punto de salir de la cárcel.
Una hora después cuando Annie estaba ya en la mansión Cornwell se encontró con Archie quien estaba a punto de salir.
- ¿Sucede algo querida? – preguntó el muchacho al ver a Annie que parecía al borde de las lágrimas.
- Eliza – masculló enojada
- ¿Has visto a Eliza? – inquirió Archie preocupado
- No solo eso – le dijo – Apareció en el desayuno de esta mañana.
- ¿De verdad? – preguntó el joven Cornwell levantando una ceja
- No te lo diría sino lo fuera – mencionó ella
- Es que lo tiene prohibido… ya escuchaste la otra vez a la tía Elroy…
Annie miró con un dejó de resentimiento a su marido.
- Claro que no, cuando vamos a la Mansión Andley nunca escucho nada ¿cómo podría escuchar si cada vez que vamos de visita con la tía Elroy suelen encerrarse en el despacho o la biblioteca?
- Lo siento Annie… yo…
- Claro que no lo recordabas, porque…
- Annie, no pongas esta situación en mi contra, el consejo familiar es algo muy privado y lo sabes.
- Si – dijo ella enojada – y yo no formó parte de ella, no importa si me…
- Ya Annie, solo la tía Abuela forma parte del consejo, el resto son hombres… no es nada personal y no trates de convertirlo en un problema.
- Pues es un problema porque Eliza es parte de los Andley,
Archie suspiró mostrando el hastío en su cara, sin embargo trató de sonreír a su esposa.
- En la reunión pasada la tía Elroy nos dejó saber que había dado permiso a los Leegan para regresar a Chicago siempre y cuando mantuvieran un perfil bajo.
- ¿Qué quiere decir eso?
- Que no les está permitido participar en las sociedades… al menos por el momento. Hace solo unas semanas les otorgó permiso para ir a fiestas de sus antiguos amigos…
- Pues en la sociedad de damas hay varias amigas de ella. – apuntó Annie.
- Sí, pero lo que quiso decir la tía era que solo podía visitarlos a ellos en sus fiestas no en clubes o asociaciones.
- Aún no entiendo porque les ha puesto castigos a los Leegan.
El joven Cornwell sonrió ligeramente al mirar a la ingenua Annie.
- Annie, a veces me pregunto si sabías en que te metías cuando decidiste que si querías formar parte de los Andley. – La chica lo miró un tanto aturdida, Archie prosiguió – Los Andley no han llegado a poseer medio Chicago dejando que los demás los pisoteen… la Tía Elroy siempre ha velado por los Andley, por los negocios, por la salud de cada uno, pero sobre todo por el honor de los Andley…
- Eso no me dice nada
- Los Leegan desafiaron a la tía Elroy, le mintieron sobre el tío William, y la tía Elroy tiene muy buena memoria…
Annie se quedó mirando pensativa a Archie, comenzaba a pensar que realmente no sabía en donde se había metido al aceptar la propuesta de matrimonio de Archie.
Mientras tanto en la mansión Andley, Neal bajaba rápidamente las escaleras, en su mano llevaba el abrigo, ya que el frío viento azotaba los amplios ventanales del recibidor. Miró su reloj de bolsillo antes de bajar los últimos escalones, hizo una mueca y apresuró
- ¿A dónde vas? – preguntó Eliza que descansaba en un diván
- A ningún lugar del que te incumba - espetó Neal
- ¿Qué quieres decir?
- Lo que escuchaste, así que me voy….
- Espera – dijo Eliza muy enojada
- ¿Ahora qué? – inquirió de mal grado Neal
- No puedes ir, te lo prohíbo…
Neal sonrió burlonamente, y miró a su hermana despectivamente.
- ¿Tú? ¿Vas a prohibirme algo? – Neal soltó una ligera carcajada – La tía Elroy se ha portado muy bien contigo a pesar de que la desobedeciste, bien sabías que no debías presentarte en el desayuno de Annie, pero lo hiciste, así que ahora tienes enfrentar las consecuencias.
- Estas diciendo…
- Sí, estoy diciendo que la tarde es mía, y voy a ir a donde me plazca…
Neal dio la media vuelta y salió de la mansión Andley, mientras que Eliza se dirigía muy enojada a su habitación.
El muchacho salió de la mansión y caminó por entre las residencias más lujosas de la ciudad, el aire arreciaba y el frío calaba hasta los huesos, pronto estuvo delante de la mansión a la que se dirigía inicialmente, la C labrada en la madera del portón no le intimidó, había vivido demasiado tiempo entre ricos para reconocer su forma de vida. Comprobó que el portón no estuviera cerrado, lo abrió y entró por la calle de piedrecillas que llegaban hasta el umbral de la suntuosa mansión. Llegó a la puerta y llamó a ella, un mayordomo con cara de pocos amigos atendió y lo hizo pasar a un pequeño hall, que daba hacía un enorme salón. Neal se quitó el abrigo y lo colocó sobre el brazo de uno de los sillones. Después se quedó mirando uno de los cuadros que adornaban el lugar. Minutos después una mucama le pidió que lo siguiera. Atravesaron el gran salón hasta llegar a otro salón donde había un piano de cola.
- Buenas tardes Sr. Leegan – saludó una voz melodiosa de detrás del piano.
- Srita Crone – dijo él sin mucho entusiasmo.
- Me preguntaba, ¿Qué tendría que hacer aquí uno de los herederos de una de las familias más acaudaladas de Chicago?
- Solo pasaba por aquí y decidí venir a saludar.
Las notas del piano dejaron de sonar, al tiempo que Fiona se levantaba del banquillo. Su elegante figura se dibujo contra el ventanal. Caminó parsimoniosamente hacía Neal.
- Sr. Leegan – comenzó con una voz muy modulada – no pretendo ser una experta en relaciones, sin embargo no logro entender como una persona a la que solo he visto una vez ha pasado a saludarme.
- Muy perspicaz señorita Crone – dijo Neal – Realmente no deseaba solo saludarla, de ser así, podría haberle incluso hecho una llamada.
- Entonces porque no se sienta y me explica a que ha venido,
- Tengo una propuesta para usted, algo que quizá le pueda ser de interés-.
- Realmente lo dudo – señaló Fiona – pero ya que estamos aquí, creo que estaría bien escucharle
- He escuchado acerca de su compromiso.
- Si, al igual que la mitad de Chicago – observó la muchacha
- Y, tal vez peco de curiosidad, pero he indagado más acerca de eso
Fiona elevó una ceja y miró fríamente a Neal.
- Creo que ya no me interesa seguir con esto…
- ¿Teme a lo que pueda decirle señorita Crone?
¿Qué es lo que pretende?
- Ya se lo he dicho – recalcó Neal – Y créame que normalmente no lo haría, pero algo sucedió esta mañana cuando la conocí, fue como si necesitara hacer algo. Algo por usted, para ayudarla.
- Yo no le pedido ayuda – espetó Fiona
- Eso ya lo sé, pero usted es del tipo que no pediría ayuda así se estuviera ahogando. Pero para su buena fortuna, yo no soy del tipo que respeta esto.
Fiona miró con sus ojos miel a Neal, parecía un tanto sorprendida.
- Después de satisfacer mi curiosidad, me he enterado de los asuntos de su padre… y que entiendo porque se ha prometido con el lord como se llame.
- Lord Russell – corrigió Fiona
- Que viene siendo lo mismo – aclaró Neal – es un matrimonio arreglado
- Eso no tiene nada de raro.
- Si, supongo que tiene razón.
- Entonces no entiendo, no necesito ayuda de nadie.
- Si, señorita Crone, no creo que quiera casarse con ese Lord.
- Eso a usted no le interesa.
- No tengo mucho tiempo, tengo que regresar pronto, solo quiero que acepte esta tarjeta, si siente que necesita ayuda, allí la obtendrá.
Neal acercó una tarjeta a Fiona, quien la tomó sin mucho ánimo, Neal trató de sonreír.
- No la pierda, tal vez la necesite…
Sin decir más salió de la habitación y se dirigió a la salida. Fiona miró la tarjeta, estuvo a punto de romperla pero al final la guardó dentro de uno de los libros que había sobre la mesa de centro.
Mientras tanto en la estación de trenes Candy esperaba un tanto impaciente, miraba de un lado a otro en medio de la multitud que se arremolinaba a su alrededor. Por fin en medio de una docena de gentes que llegaban desde en el tren que provenía de la costa la muchacha encontró a las dos personas a quienes había ido a recoger.
- Patty – gritó Candy
- Una chica de gruesas gafas quien iba acompañada por una anciana le saludó con la mano y Candy no pudo evitar sonreír.
- Hay demasiada gente – dijo Patty cuando por fin pudo estar al lado de Candy.
- Si, lo sé, son las festividades, la gente viaja mucho para acá,
- Más linda que nunca – mencionó la anciana
- Abuela Martha - dijo la chica rubia al tiempo que le abrazaba – esto es maravilloso, tenía muchas ganas de verles…
- Sí, pero la verdad es que hace mucho frío aquí.
- Supongo que te éstas habituando al clima de Florida, en comparación aquí si hace mucho más frío. Pero no se preocupen una de las ventajas de mi apartamento es que como es chico pronto se calienta.
Patty sonrió y la abuela se envolvió en su chal, mientras que Candy le indicaba al chico que cargaba las maletas que la siguiera, abriéndose camino entre la gente, la muchacha alcanzó la salida, una fila de carros de sitio aguardaban que alguien solicitara sus servicios. Candy y sus invitadas subieron a uno de ellos y las llevó hasta el pequeño departamento de Candy.
- Esperaba esto con ansias – Señaló Patty cuando llegaron al lugar
- Sí, Chicago me trae buenos recuerdos – comentó la abuela – y estaremos bien aquí.
- ¿Están seguras de que no quieren ir a un hotel? – preguntó Candy un tanto afligida de no poder ofrecerles algo a lo que sus invitadas estaban acostumbradas
- Claro que no, realmente estaremos felices de estar contigo – señaló Patty – este lugar siempre me pareció encantador.
Candy había acondicionado la recamara que había pertenecido a Albert para recibir a sus visitas, el lugar era chico y sabía que tanto Patty como su abuela quienes estaban acostumbradas a lujos y comodidades pasarían algunas mortificaciones, sin embargo la sonrisa de su amiga era tan sincera que no pudo dudar de sus palabras.
- Espero que hayas guardado tiempo para pasarlo con nosotras – le advirtió Patty – no me gustaría que te la pasaras en el hospital.
- Le pedí a Melissa que me cubriera, así que no te preocupes, estos días son solo para ustedes
- Hace dos meses que asisto a clases de cocina, podré ayudarte con la cena. – presumió delicadamente Patty al tiempo que sonreía
- Entonces te pondré a ti a hacerla – río Candy – yo voy de mal a peor…
- ¿Cómo? – exclamó la abuela Martha - ¿dónde quedó la jovencita preparada para todo?
- Ohh, - se sonrojó la chica rubia – ya se, haber vivido con alguien que cocinaba todo el tiempo provoco que mis pocas cualidades culinarias pasaran de medianas a pobres.
Los días pasaron muy deprisa, y el jueves de acción de gracias finalmente llegó. Mientras que en el resto de la ciudad el ambiente festivo se dejaba sentir, en la mansión Andley había un gran alboroto, la tía Abuela fritaba a diestra y siniestra, los sirvientes movían tapetes y adornos, las habitaciones normalmente vacías y cerradas, habían sido abiertas, puertas, cortinas e incluso ventanas, por lo cual, el frío de los jardines atravesaban los pasillos, el comedor estaba siendo sometido a una limpieza profunda, habían bajado los candelabros y la platería estaba siendo pulida.
Cuando Neal salió de su habitación donde el cálido ambiente proporcionado por el fuego de la chimenea, sintió una ráfaga del viento que circulaba por los pasillos y se estremeció lo que le hizo regresarse para tomar la chaqueta que estaba el perchero de su cuarto, pensó con desanimo que con gusto se habría quedado allí dentro pero tenía algunas cosas que hacer antes de la cena de esa noche.
Se abotonó la chaqueta y volvió a salir al fío pasillo. Estaba algo molesto de que por orden de la tía abuela ese día no hubiera desayunos servidos en el cuarto.
Bien conocía que cuando la tía Elroy organizaba fiestas, utilizaba de todos los sirvientes de la casa y por nada del mundo iba a permitir que esos se distrajeran en algo tan nimio como era servir el desayuno a cada habitante de la mansión. De igual manera al pasar por el comedor pudo deducir que como sabía hacer en esas festivas ocasiones, se serviría el desayuno en la terraza.
Normalmente se había quejado del frío que hacía en los jardines, sin embargo al salir noto que afuera no había mucho más frío que dentro de la mansión. Su madre daba órdenes al personal de la cocina. Eliza enfundada en un grueso abrigo daba sorbos al café que a pesar de la baja temperatura, emitía un ligero vaho.
Para sorpresa y no muy grata para él joven Leegan miró que el tío William estaba presente, leía un periódico mientras mordisqueaba un pan francés que tendía delante de él.
- Buenos días – saludó Neal con acritud.
Eliza lo miró y volvió a tomar de su taza sin dar otra muestra de afecto o tan siquiera de que hubiera escuchado a su hermano.
- Buen día – respondió alegremente el joven heredero de los Andley - ¿Cómo has estado?
- Bien – contestó escuetamente Neal quien odiaba el buen humor de su tío.
- Llegué esta mañana, la tía Elroy no me habría perdonado que pasará las fiestas fuera… - se quedó un momento pensativo y después continuó – aunque en parte me alegro de estar aquí, porque Europa en estos momentos o es un buen lugar para vacacionar.
- Me imagino – señaló Neal mientras recorría la mesa tipo Buffete donde los contenedores de comida se mantenían calientes por unos mecheros de alcohol que había debajo de cada uno – Típico – masculló el muchacho.
- ¿No te agrada el menú? – preguntó Albert - Deberías de probar el omelet o tal vez la crema de brócoli… el pan francés tampoco ésta mal.
Neal se dio la vuelta fingiendo estar muy interesado en los diferentes platillos, cuando su cara estuvo fuera de la vista de su tío, hizo una clara mueca de desprecio. No podía entender cómo podía ser agradable el tener que levantarse para servirse su propio desayuno… y cómo en un día tan frío tenían que comer fuera en vez de su cálido cuarto… pero sobre todo no entendía como a su tío William, el hombre más poderoso de Chicago esas cosas parecían tenerle sin cuidado.
Con desgana tomó un plato y se sirvió lo que su tío le había recomendado, no porque quisiera complacerle o ni siquiera porque pensará que el juicio del joven Andley fuera acertado, sino porque le había ahorrado trabajo de decidir que tomaría por desayuno.
- Parece que te convencí – dijo el joven rubio con una sonrisa dibujada en el rostro – Buen provecho.
- Gracias – dijo Neal al tiempo que tomaba asiento.
Albert miró a sus sobrinos, quienes parecían más bien un par de extraños, tenía cerca de un año sin verlos, mientras había estado de viaje había permitido su regreso a la mansión, El muchacho tenía sus reservas con la familia Leegan, se habían portado miserablemente con su ahora protegida, Candy. Y era algo que difícilmente olvidaría. Pero por otro lado era una persona que creía en dar una segunda oportunidad… pensar en eso le hizo recordar a la dulce muchacha que había dejado las comodidades que él le había ofrecido.
Tenía cerca de seis meses que no le veía, la última vez había sido en aquella horrorosa fiesta que la tía Elroy había organizado con el único propósito de presentarle a Maddison una rica heredera, hija de un empresario famoso por sus propiedades en trenes. Y que por tal razón ni siquiera había podido entablar una conversación con Candy. Cada día que vivía sumergido en su nueva vida como cabeza de la familia Andley, sentía que se separaba un paso más de aquel que alguna vez había sido. No quería más confrontaciones con la tía Elroy, pero en cierta manera sentía que se estaba perdiendo a si mismo… el alejamiento que había tenido con Candy era una muestra de ello. De reojo miró a su tía que acaba de salir a la terraza visiblemente enojada.
- Las cosas ya no son como antes – mencionó con un dejo de exasperación – hay muchos invitados que no han confirmado su asistencia
Albert dio un resoplido… no esperaba que en ese momento a su tía le importara algo más que la fiesta que se llevaría a cabo, en cierta manera sintió un poco de envidia le habría gustado enfocar sus pensamientos en algo tan banal como era una fiesta, tan solo ver a George que también estaba en la puerta de la terraza y llevaba consigo un portafolio, le indicaba que tendría que trabajar hasta minutos antes de la fiesta. Suspiró con resignación y entró a la Mansión antes de que George lo mirara con impaciencia.
Cuando Neal observó como Albert dejaba la terraza sintió como si el pequeño nudo que se había formado en su garganta se hubiera desechó. No, no podía entenderle. Sin embargo no podía decir que lo odiara, decir eso sería como afirmar que le importaba la familia Andley, cosa que desde hacía tiempo le venía sin cuidado. No obstante sin su presencia podía tratar de asuntos que le eran más urgentes.
- Espero que cuando suba a mi habitación estén allí mis papeles.
- ¿Me hablas a mí? – preguntó Elisa con un dejo de desdén en sus palabras.
- No – contestó Neal de mala gana – le habló al tipo que vive cruzando la calle… Claro que te digo a ti.
- Tus modales dejan mucho que desear – contestó Elisa
- No estoy jugando…
- Yo tampoco…
- Elisa, saldré un rato solo espero que lo que es mío este de vuelta en mi cuarto…
- ¿Qué te hace pensar que te lo daré? – dijo la muchacha mirándolo fríamente
Neal dibujó una sonrisa torcida en su cara al tiempo que se levanta de su asiento pero en vez de entrar a la Mansión salió por el jardín hasta llegar a donde estaba su auto, lo miró con una especie de nostalgia antes de subirse a él.
Mientras tanto el pequeño departamento de Candy estaba inundado de ricos aromas, la abuela Martha cosía algo en un mantel mientras que Patty y Candy estaban en la cocina.
- Eres espectacular Patty – mencionó Candy – jamás habría imaginado que en tan poco tiempo te transformarías en toda un chef
- Claro que no - dijo la chica de lentes – solo he aprendido algunas cosas
- Todo huele delicioso – señaló fascinada la chica rubia – si yo hubiera cocinado probablemente estaría quemando la mitad de los platillos…
- Pero si apenas he empezado con las salsas – exclamó Patty.
- Sí, pero quien iba a pensar que todas esas cosas que compramos ayer se convertirían en algo tan delicioso. – mencionó Candy al tiempo que probaba una de las salsas.
- Pero aún faltan muchas cosas, me podrías ayudar a cortar algunas cosas.
- Siempre dispuesta.
Entre tanto en la Mansión Andley, por los fríos pasillos la elegante Elisa caminaba hacía su cuarto, desde el almuerzo había pasado toda la mañana y parte de la tarde ayudando a su madre con el servicio de esa noche. Cuando llego a su habitación se dirigió a su secreter tomó unos papeles que estaban en uno de los cajones ocultos y después se sentó en uno de los sillones y los leyó. No entendía porque esos papeles de gente extraña le interesaban tanto a su hermano, durante las últimas semanas había pensado demasiado en eso… la curiosidad le comía por dentro. ¿Por qué el tan rebelde Neal, había accedido a su chantaje? ¿Por qué había cedido por esos papeles? ¿Qué significaban para él?
Las preguntas aumentaban mientras más pensaba en ello, sin embargo sabía que Neal no accedería a decirle algo más, quizá, pensó por un momento si no lo hubiera chantajeado, le habría dicho lo que estaba haciendo con esos papeles. Pero en ese momento era demasiado tarde como para poder pasar como su confidente de nuevo.
- Es demasiado tarde – masculló al tiempo que dejaba sobre una de las mesillas del cuarto de su hermano los papeles por los que se había rebajado a aceptar su chantaje,
Eliza suspiró antes de retirarse a su habitación donde su doncella le ayudaría a vestirse para la fiesta que no tardaría en empezar.
Minutos antes de que la fiesta empezara Neal con prisa, pasó entre los invitados que se arremolinaban en el vestíbulo de la Mansión, alcanzó a mirar algunas caras, que se le hicieron conocidas, pero eso no le importaba, así que subió las escaleras y se dirigió a su habitación. Se sintió feliz de encontrar la chimenea prendida y cálido ambiente por los pasillos, cerró la puerta, no sentía deseos de ver a nadie, aunque sabía de antemano que ningún sirviente estaría disponible para ayudarle a vestirse, se sentó sobre la cama y después miró la mesilla donde Eliza había dejado los papeles, sonrió levemente y después tomó los papeles y los puso en su caja de seguridad, después se dirigió al baño.
Mientras tanto en el pequeño apartamento de Candy, la cena estaba lista, y tanto ella como sus invitadas estaban preparadas para festejar la cena.
- Esto nunca lo había celebrado – señaló Patty así que estoy un poco emocionada.
- ¿Eso crees? – preguntó Candy alzando una ceja – hiciste comida como para un ejército.
- No exageres – exclamó la chica de lentes
Las dos miraron la mesa de la cocina donde estaban los recipientes rebosaban de comida. Y Patty no pudo evitar reír.
- Voy a ver cómo va la abuela – dijo Candy – yo que tu sacaría ese pan del horno antes de que se queme.
- ¡Vaya! – exclamó Patty – Tres horas en la cocina y te has convertido en una experta…
- No soy una experta, solo se hacer pan. – contestó la rubia sonriendo.
Candy salió de la cocina y se percató de que la abuela Martha se había encargado de arreglar la mesa con pequeñas siluetas de papel y servilletas artísticamente dobladas.
- Abuela – dijo muy emocionada Candy – la mesa se ve estupenda, ni en mis mejores sueños podría haberla dejado así de linda.
La chica no pudo evitarlo y tocó con la mano una de las servilletas y entonces notó algo.
- Oh, solo hay tres lugares
- Así es – señaló la anciana – solo estamos las tres, no que no sea suficiente, creo que será una cena entretenida.
- ¿Sucede algo? – interrumpió Patty desde la cocina.
- Es que creo que vamos a tener otro comensal – comentó la abuela muy emocionada – no me digas ¿será acaso aquel novio?
- Abuela – espetó Patty
- ¿Dije algo que no debía? – preguntó la mujer.
Patty alzó las cejas y la miró fijamente a su abuela. Candy palideció unos segundos y después sonrió
- No abuela, no se trata de él.
- ¿Entonces si va a venir alguien más? – inquirió Patty.
- Si – dijo Candy sonriendo
- ¿Quién?
Candy sintió que debió haber dicho algo pero era demasiado tarde, decir en ese momento que el invitado sería Neal, no estaba segura siquiera de que se presentara en su casa y más sabiendo de la gran fiesta de los Andley para la cual le había llegado invitación hacía varias semanas, y quizá o tal vez en el fondo deseaba que Neal hubiera decidido quedarse en la fiesta de su familia en vez de ir a cenar con ella. Miró los ojos inquisitivos de Patty, pasó saliva y en ese momento alguien tocó a la puerta. Candy levantó la cara un tanto asustada.
- Supongo que es el invitado sorpresa – dijo la abuela Martha.
Candy dibujó una sonrisa nerviosa en su rostro, se acercó a la puerta y abrió. Lo primero que vio fue una botella de vino y un ramo de margaritas. Y después miró la cara del muchacho. Neal sonreía complacido consigo mismo.
- Buenas noches
- Buenas noches – balbuceó Candy
- ¿Me invitas a pasar?
- Si, si claro… - dijo al tiempo que se quitaba de la entrada.
Neal entró cual si fuera dueño de la situación, y pareció no importarle la cara de extrañeza que Patty puso al verlo, la palidez en la cara de Candy, o la forma inquisitiva en que lo miraba la anciana.
- Buenas noches – saludó mientras se quitaba el fino abrigo y lo colgaba en el perchero.
Patty tomó a Candy por el brazo y la arrastró a la cocina.
- ¿Éstas bromeando?
- ¿de qué hablas?
- ¿De qué hablo? – dijo enojada – Neal, Neal Leegan.
- Ahh,
- No entiendo, es todo lo que dices cuando veo a quien te hizo la vida miserable en el colegio.
- No es lo que piensas, él y yo solo somos amigos.
- ¿Amigos?
Patty se estiró un poco y miró a Neal quien conversaba educadamente con su abuela. Y como sonreía de forma natural y movía la cabeza elegantemente.
- No, no lo creo, tú no puedes ser amiga de él… no me importa que sepa llevar una conversación con mi abuela o de que utilice ropa elegante…
- No es como era antes, ha cambiado….
- La gente no cambia… - señaló Patty – siempre se ha portado de forma miserable contigo, no esperes que crea que ahora puede ser tu amigo.
- Últimamente he tenido mucho contacto con él… y realmente me ha estado ayudando
- ¿Con que podría ayudarte? – espetó Patty – según estoy informada, él no tiene idea de lo que haces en tu trabajo, supongo que allí no puede ayudarte.
- No me refiero a eso…
- ¿Entonces? No entiendo Candy, últimamente buscas a Neal y nos dejas a Annie a mí fuera de tu vida…
- Es que no es sencillo para mi hablar con Annie, ella está demasiado involucrada con la familia Andley.
- ¿Y Neal no lo está?
- No, Patty, no lo está… y no me hostiga con preguntas sobre ellos… ni me obliga a asistir a eventos a los que no quiero ir… no como Annie o Archie. Y en cierta medida tú también lo haces, quieres que conviva con ellos, pero no es fácil para mí… como tú has dicho, no puedo cambiar, soy así, una chica huérfana y sin clase…
- Yo no quise…
- Ya sé que no quisiste decir eso. Sé que a ti no te importa que yo sea así, pero Annie, ella está ahora con Archie, y trata con todas sus fuerzas encajar en ese mundo, y créeme, ella va a conseguirlo… pero yo no soy así, por eso es que vivo aquí, por eso es que sigo trabajando de enfermera, porque soy diferente…
- Pero…
- Neal lo sabe, sabe que soy diferente, y no le importa eso… creo que en este momento es bueno tener a mi lado a alguien como él…
- Te ha hecho mucho daño…
- Ya no puede hacerme más daño, lo que podía hacer lo hizo en su momento…
- ¿lo has perdonado?
- No puedo guardar rencores, ya no somos niños, ahora soy independiente y puedo cuidar de mi… me hubiera gustado no hacerte pasar por esta situación, se que tampoco a ti te agrada mucho, pero cuando me dijo que no quería pasar acción de gracias con los Andley, no podía dejar de invitarlo, aún sabiendo que ibas a estar aquí…
- No voy a decirle nada – dijo Patty – no pienso portarme mal con él.
- Ya sé que no lo harías, también le dije que si se venía se tenía que comportar…
- Pues parece que lo ésta haciendo.
- Si, - dijo Candy pensativa – creo que me quiere dar a entender de que siempre cumple sus promesas.
Patty sonrió ligeramente, seguía sin gustarle la idea de tener a Neal cerca, y mucho menos saber que cuando ella se fuera, él seguiría rondando a su amiga, pero como le había dicho Candy, ya no eran niños y ella podía escoger a sus amigos… tomó aliento y ayudó a Candy a servir la cena.
La cena transcurrió insólitamente agradable, teniendo en cuenta que los invitados no eran lo que podría llamarse un círculo de amigos, no obstante, Neal se comportó de forma placentera, la comida estaba deliciosa, y todos disfrutaron de la reunión. Para Candy había sido como si se hubiera sacado una espina clavada, el nerviosismo había terminado en menos de media hora, Patty la miraba de reojo de vez en vez, pero no volvió a mencionar nada áspero sobre Neal y no volvió a traer el tema de Annie nuevamente. Cuando ya era bastante noche y la leña en la chimenea se había consumido. Neal se levantó y sonrió.
Fue una cena de acción de gracias memorable. Quizá sería bueno repetirlo en alguna otra ocasión.
Las mujeres sonrieron y Neal tomó su abrigo y se dirigió hacia la puerta.
- Candy – dijo antes de tocar el picaporte – puedo hablar un momento contigo.
- Si – contestó la chica saliendo tras él
El pasillo estaba muy frío, Candy se abrazó a sí misma, sentía el chiflón que venía desde la puerta que daba a la calle.
- Descuida – mencionó Neal – solo será un momento.
Candy lo miró bajó la mortecina luz de una bombilla que estaba al final del pasillo, no supo porque pero pensó que Neal había madurado mucho en el último mes, pero tal vez era solo su mente que le estaba jugando otra mala pasada.
- Cumpliste con tu trato - el muchacho tomó de un bolsillo de su abrigo un sobre – aquí están los papeles que te hacían falta
La muchacha abrió el sobre y miró unos segundos y sonrió.
- Yo te agradezco, te comportantes muy agradable esta noche
Neal la miró fríamente
- Hace tiempo te dije que no me importan las apariencias.
La cara de Candy se vio ligeramente trastornada por la respuesta del joven Leegan. Respiró profundamente y trató de sonreír.
- Gracias por el vino.
- Si, realmente no me agradezcas el vino tampoco, era eso o beber la porquería de vino que sueles comprar.
- Lamento no tener los suficientes ingresos como para comprar un vino de buena calidad – respondió Candy un tanto enojada.
- En fin, me alegro de haberlo traído, no solo por mi sino por tus invitadas – el muchacho hizo una pausa y después prosiguió – la abuela de la cuatro ojos es muy afable.
- No le digas así.
Neal alzó la ceja y después de dibujar una sonrisa torcida en su rostro, se abotonó el abrigo.
- Dije que solo sería un momento, el tren sale el lunes, ya que el jueves zarpa el barco, toma el tiempo necesario si no quieres perder alguno de los dos pasajes.
Candy asintió con la cabeza y pensó que el viaje estaba mucho más cerca de lo que había pensado, el tiempo había transcurrido rápidamente.
- ¿quieres que te mande al cochero ese día?
- No, creo que tomaré un carro de sitio.
- Bueno, confiaré en que tienes todo preparado.
Neal dio la vuelta y Candy se dio cuenta de que tal vez pasaría mucho tiempo antes de volver a ver al muchacho.
- Neal – musitó
El joven Leegan se detuvo y giró su cabeza para mirar a Candy.
- Muchas gracias por todo, realmente no encuentro las palabras para compensar todo lo que has hecho por mí.
- Realmente me empiezas a preocupar – señaló cáusticamente – No tienes nada que agradecer, esto es un negocio, es decir, fue un trato donde cada uno obtuvo un beneficio.
- Pero…
- ¿acaso tienes alguna queja de mi parte del trato?
- No… pero
- Entonces no hay peros que valgan… el trato está cerrado.
- De todas maneras gracias – volvió a decir Candy – Creo que yo saque la mejor parte.
- ¿Acaso crees que soy estúpido? – espetó Neal.
- No, yo no…
- Entonces deja de agradecer y decir sandeces, nadie sacó la mejor parte, no sería tan estúpido como para hacer un mal negocio… el trato fue justo, que te entre en esa cabecita rubia… ambos sacamos algo bueno de ello, aunque tú no lo comprendas.
- Lo siento, yo no quería…
- Podrás ser una buena enfermera, pero te falta mucho que aprender respecto a los negocios.
Neal se dio la media vuelta y bajó las escaleras hasta el portón. Mientras que Candy se había quedado pensativa, seguía creyendo que aunque no supiera de negocios, un trato donde lo único que había hecho era invitarlo a una cena no era algo justo. Los pasajes tanto del tren como del barco tenían un costo muy elevado, más de lo que ella ganaba en tres meses, así que no podía ver lo justo en el trato o la ventaja que había sacado Neal de aquello… no obstante el muchacho se había visto muy seguro, como sí su parte hubiera sido la mejor.
Candy solo pensó en ello unos segundos, el frío le calaba hasta los huesos y tenía cosas más importantes en que pensar, como era terminar de prepararse para su próximo viaje.
Que tal!... El título de este capítulo se parece más a lo que paso para que actualizará el fic. Estos meses han sido un poco caóticos, entre trabajo y otras actividades, pero sobre todo el bloqueo que me llegó con todo, escribí y borré tantas veces este capítulo que estaba perdiendo sentido, espero que haya sido solo una fase pasajera, ya estoy escribiendo el siguiente capítulo.
Mientras tanto espero que la espera haya válido la pena.
Saludos!
Alejandra M.
