8. Cuando tiene que decidir el corazón es mejor que decida la cabeza

La noche envolvía el lujoso barco en el que Candy bajo una falsa identidad viajaba hacía Europa, el viento frío pegaba en el rostro de la chica quien en ese momento estaba frente a Terry ya que le había citado para hablar en la segunda cubierta.

Después de la larga conversación que habían mantenido con el joven Grandchester donde le había propuesto que ambos huyeran de su vida para empezar otra lejos de todo. Propuesta que le había dejado pensativa y un poco indecisa.

Durante mucho tiempo había soñado que Terry, aquel muchacho al que tanto había querido, aquel que también le había destrozado su corazón, estuviera disponible, había rogado por una oportunidad, así que en ese instante donde ese sueño había cobrado vida sentía que no podía ser verdad, si tan solo la simple presencia de él, le parecía irreal. Su cabeza comenzó a darle vueltas sentía que no era capaz de responderle, como si un nudo se hubiera formado en su garganta lo que le impedía pronunciar palabra alguna.

Terry al ver que el silencio se prolongaba comenzó a moverse nervioso, era como si hubiera esperado que ella le contestara sin vacilar, su deseo había sido que ella recibiera la noticia con su peculiar alegría. Pero al revés lo estaba tomándola fríamente, así que el muchacho al ver la indecisión de la chica de ojos esmeralda rompió el silencio.

- Sé que lo que te pido esta fuera de lugar – dijo con un nerviosismo latente en cada palabra que salía de su boca – Y como has mencionado antes, yo no tengo ningún derecho a pedirte algo semejante.

Candy abrió la boca pero inmediatamente la cerró con cierto temor.

- No voy a pedirte que respondas en este momento – agregó el joven Grandchester – no sería justo de mi parte obligarte en este momento a tomar una decisión tan importante, es por eso que te he dicho que lo pienses hasta que lleguemos a puerto.

Sin notarlo Terry había recorrido el metro que habían dejado de distancia entre ellos, alargó sus brazos con la evidente intención de abrazar a Candy. No obstante la chica se encontraba un tanto aturdida por todo lo que estaba pasando, así que instintivamente se retiró con un tanto recelosa y la mano de Terry ni siquiera había podido rozar a la muchacha.

- Debo retirarme – solo atinó a decir Candy

- Si, es tarde ya – apuntó Terry un poco incómodo por cómo se estaban despidiendo.

Con torpeza Candy dio la media vuelta y comenzó a caminar con lentitud. Terry permaneció en la cubierta mirándola marcharse.

Mientras tanto en el camarote, Fiona se restregaba las manos con verdadera preocupación, hacía rato que había dejado el libro que estaba leyendo a un lado, no podía concentrarse cada ruido que escuchaba que provenía de la habitación de Neal la sobresaltaba. Cuando escucho pasos que se acercaban a la puerta pensó que era Candy que estaba de regreso, así que corrió a la puerta de la recámara, pero al abrirla prácticamente se estrello con Neal quien estaba a punto de llamar.

- Ne… Peter – reaccionó Fiona.

- Buenas noches – dijo el muchacho – no quería interrumpir, pero los libros que traje para el viaje los he terminado demasiado pronto, así que me preguntaba si tenían alguno que pudieran prestarme.

- Si claro – dijo Fiona entrando a la habitación dejando libre la visión de la misma al ir hacía su equipaje.

El muchacho miró alrededor y vio que Candy no estaba allí.

- ¿Dónde está Candy? –preguntó

- ¿quieres decir Bonnie? – dijo Fiona con aire inocente.

Neal sonrió haciendo una mueca, pensando en que Fiona era casi tan transparente como la misma Candy.

- Sabes bien a quien me refiero – mencionó sin quitar la sonrisa de su cara

- Ya sé – contestó la chica como queriendo o mejor dicho suplicando porque no se diera cuenta de que Candy había salido – yo solo lo decía porque has mencionado tantas veces lo de los nombres que…

- En este momento – la interrumpió Neal - es más importante saber dónde está ella

Fiona abrió sus ojos castaños, sabía que si le decía que estaba en el cuarto de baño el muchacho era capaz de entrar a comprobarlo. Así que se limitó a mirarlo con una sonrisa nerviosa que fue el detonante que el joven Leegan esperaba para comenzar a asediarla con preguntas.

- ¿Dónde está? –repitió Neal subiendo la voz

- Salió –musitó la chica un poco asustada

- ¿A dónde fue? – preguntó muy serio el muchacho.

- Salió solo a tomar el aire – mintió Fiona

- ¿Hace cuanto que salió?

- Hace un rato – contestó tratando de mantenerse en pie

- ¿podrías ser más especifica? – preguntó el joven a modo de reclamo.

- No – dijo Fiona

- ¿no lo sabes?

- No estoy segura… era ya de noche… después de cenar.

- ¿Por qué la dejaste salir? ¿Sabes lo que puede pasar si alguien la reconoce?

- No creo que eso pase.

- Tú mejor que nadie debes saber lo que eso significaría, - apuntó Neal visiblemente alterado - ojalá no la estés alentando a que vaya de paseo por allí.

El muchacho tomó el abrigo del perchero y se dirigió a la puerta.

- ¿A dónde vas?

- A buscarla – espetó muy enojado.

Fiona apretó los labios, no tenía argumentos para pedirle a Neal que no saliera en medio de la noche, de hecho ella estaba también preocupada por Candy, no entendía porque aún no regresaba. Neal abrió la puerta y salió.

- Dios que no le haya pasado nada – rezó a Dios con preocupación.

Neal salió al pasillo y miró hacía las dos esquinas a las que daba el mismo como pensando donde podría estar la chica. Mientras tanto Candy caminaba rápidamente de regreso, y empezaba a notar el frío que se colaba hasta los huesos, le extrañaba que no lo hubiera sentido durante el tiempo que había estado en la cubierta, pero en ese momento sentía las manos cual si fueran carámbanos de hielo, así como sus pies estaban entumidos y apenas reaccionaban a moverse. Lo único que deseaba en ese momento era llegar hasta su camarote y poder quedarse frente al fuego un rato para poder calentarse. Miró los pasillos por donde caminaba, sabía que se había perdido, en algún momento había dado una vuelta donde no debía. Tenía que seguir caminando si lo hacía lo más probable es que volviera a cubierta y entonces tomar el camino correcto, dobló a la izquierda pero no vio más que una sucesión de pasillos, dio la media vuelta y tropezó.

- Así que aquí andabas

- Neal – musitó Candy

- Estás muy pálida – mencionó el joven Leegan quien parecía había dejado su enojo en el camarote.

- Solo tengo frío – dijo la muchacha.

- Vamos de regreso

Neal tomó por el brazo a Candy quien seguía caminando con dificultad, se recargó en el muchacho y juntos llegaron a su habitación.

Fiona abrió la puerta en cuanto los escuchó caminar por el pasillo.

- Tengo frío – volvió a decir Candy.

- ¿Dónde estaba? – preguntó Fiona, temiendo que Neal la hubiera visto con el joven actor.

- Deambulando por los pasillos – señaló en muchacho con un dejo de preocupación.

Candy caminó torpemente hasta la habitación donde Fiona tenía la chimenea prendida y se dejó caer frente a ella. Fiona se le acercó. Y le tocó la mano para ayudarla a levantarse.

- ¡Oh Dios! ¡Estás helada! – exclamó.

La joven Crone tomó una cobija y la acomodó sobre los hombros de Candy.

- Ven y siéntate aquí – le dijo señalando una silla.

Candy intentó levantarse pero solo se enfundó en la cobija y se quedó sentada frente a la chimenea. Neal simplemente observaba lo que sucedía frunciendo el entrecejo. Después de un rato de estar frente a la chimenea Fiona ayudó a Candy a acostarse. Y Neal regresó al cuarto de servicio para dormir.

A la mañana siguiente Neal seguía realmente molesto por la situación que se había dado la noche anterior, mientras se colocaba el bigote falso escucho ruido que provenía de la recamara, parecía que alguien lloraba. Neal dejó el bigote sobre la mesilla de noche y se acercó a la recamara. Llamó a la puerta. Fiona abrió la puerta luciendo muy pálida

- ¿Qué sucede? – preguntó Neal un poco preocupado

- No lo sé, pero Candy digo… Bonnie no despierta.

- ¿Qué quieres decir con eso de que no despierta? – preguntó Neal que había palidecido al escuchar a Fiona.

- No sé, hace rato la llamé y entré al cuarto de baño, cuando salí, ella seguía dormida, y pensé que no quería despertarse porque se había desvelado anoche, pero ahora la muevo y no reacciona.

- Neal entró en la habitación y se acercó a Candy, la miró detenidamente, su pecho subía y bajaba de forma apenas perceptible. Le tocó la cara y en cuanto lo hizo retiró su mano un poco asustado.

- ¿Qué pasa? – inquirió con desesperación la chica.

- Tiene mucha fiebre

- Hay que llamar a un doctor – chilló la muchacha

- ¡Estás loca! – espetó Neal – no podemos hacer eso, si lo hacemos le darán aviso a la familia y no podemos exponernos tanto…

- Pero ¿y si se muere?

- Nadie se muere de una fiebre –dijo Neal no muy convencido – Hay que tratar de bajársela.

- La verdad… - vaciló Fiona – yo jamás he atendido a nadie enfermo.

Neal apretó los dientes, era evidente que Fiona era una niña rica que en su vida había movido un dedo. Y por otro lado lamentaba que quien estuviera enferma fuera Candy, ella era enfermera, ella sabría qué hacer con exactitud. Se paró a un lado de la escotilla que daba a una de las cubiertas y comenzó a repasar sus recuerdos, él en alguna ocasión había estado enfermo, pero lo había atendido un doctor y no recordaba que había hecho, su madre rara vez lo dejaba estar presente cuando alguien de la familia enfermaba, así que tampoco había visto cuando algo así había pasado con su padre o con Eliza. Estaba por renunciar a su idea de dejar las cosas así para ir por el doctor cuando recordó una vez que la tía se había puesto mal y que Candy la había atendido. Dio media vuelta y regresó al lado de Candy, tomó su muñeca y trató de encontrarle el pulso.

- ¿Qué haces? – preguntó Fiona un poco desconcertada.

- Creo que aquí podemos checar el pulso, está muy bajo… lo que no sé es si eso sea bueno o malo

- Una vez que mamá se le bajo la presión el médico le recetó unas sales.

- ¿traes algunas sales?

- Si, en mi equipaje debo de traer.

Neal se sintió un poco tonto por comenzar a hacer caso a una chica que no sabía nada de enfermos, pero pensaba que algo era mejor que nada. Fiona rebuscó entre sus pertenencias y sacó un estuchito de porcelana con unas flores pintadas a mano, removió la tapadera y le acercó las sales a la nariz de Candy. Ella no se despertó pero movió un poco la cabeza y lanzó un ligero gruñido. Tanto Neal como Fiona observaron durante unos minutos como esperando que algo más sucediera, pero nada más pasó.

- ¿Y ahora? – dijo un poco desesperada Fiona.

- No lo sé – contestó Neal tocando la mano de Candy que seguía tan fría como la había tenido anoche. – Candy tomó el pulso y…

- ¿Qué dices? – preguntó Fiona…

- Nada – contestó el muchacho y comenzó a recitar lo mismo una y otra vez. – Candy tomó el pulso y… - sí, siempre paraba allí

De repente se levantó y fue hasta el baño dejando a Fiona un tanto desconcertada. El muchacho salió del cuarto de baño con una toalla estilando en la mano. Y se la colocó en la frente a Candy.

- Creo que eso le va a hacer daño, esta todo empapado y va a mojar la cama – dijo la chica.

- Busca algo en que poner agua fría – le ordenó Neal sin hacer caso de la advertencia que le había hecho la muchacha.

Fiona, no dijo nada y salió de la habitación y tardó varios minutos en regresar, mientras tanto Neal con su pañuelo estaba tratando de evitar que la almohada y la cama se mojaran. Cuando por fin llegó Fiona, Neal estaba al punto de la desesperación.

- Porque has tardado tanto – le dijo a la muchacha

- Porque aquí no había nada así que le tuve que pedir a una mucama, además de traerme esto – le dijo al tiempo que le daba un recipiente hondo – me trajo hielos – señaló otro traste repleto de hielos – mira, son muchos.

- Muy bien, llena el recipiente de agua, si no está muy fría echa unos hielos en ella y me la traes aquí.

Fiona fue hacía el cuarto de baño y siguió las instrucciones del joven Leegan, una vez que estuvo a su lado, Neal quitó la toalla de la cabeza de Candy y la hundió en el recipiente, la sacó y la exprimió antes de volverla a colocar en la frente de la chica.

- Haz eso durante el tiempo que sea necesario hasta que la fiebre baje… y entonces checamos de nuevo el pulso si sigue muy bajo y no despierta pues creo que entonces no quedará otra opción que llamar a un médico

Fiona no se veía muy convencida de lo que estaba haciendo, ella habría preferido llamar a un médico para evitarse cualquier problema, comprendía a Neal, quería asegurarse de llegar a Europa sin complicaciones, y tal como le había dicho la noche anterior ella sabía las consecuencias si es que llegaran a saber dónde estaban los tres, por primera vez desde que había zarpado el barco pensaba en su madre y en lo que estaría pasando, comenzaba a sentir cierto remordimiento. Sabía que su padre debía de haber gritado y que debía de haber mandado de inmediato a alguien para buscarla. Si, amaba a sus padres, y sabía que no deseaba haberles causado dolor, pero también pensaba que si amarlos significaba sacrificarse a ella misma entonces no tenía otra salida, la habían orillado a tomar esa decisión tan drástica.

Pasó media mañana repitiendo la misma operación con Candy, mojaba la toalla, la exprimía y la colocaba en la frente de la muchacha, Neal se había pasado todo ese tiempo como León enjaulado, iba y venía sin decir nada, tan solo se limitaba a mirar con la preocupación marcada en el rostro. Así que pasado mediodía cuando Neal le dirigió la palabra nuevamente a Fiona, a ésta le tomó por sorpresa.

- ¿Has checado su pulso?

- No – dijo ella un tanto sobresaltada – pero lo haré en este momento.

- ¿Y bien?

- Si, tiene pulso – dijo ella al tocarle la muñeca

- ¿Sigue bajo?

- La verdad no sabría decirte – dijo la chica

- Deja yo lo hago – dijo Neal mientras se acercaba a Candy.

Tomó la muñeca y sintió que el pulso se estaba normalizando.

- Creo que sigue un poco bajo, pero ya ha mejorado mucho. ¿Dónde están las sales?

- En la mesilla de noche.

Neal miró entre las otras cosas que estaban allí y tomó el estuchito que Fiona le había pasado en la mañana volvió a pasárselo a Candy y ella abrió ligeramente los ojos y los volvió a cerrar.

- Candy, Candy – dijo suplicante Neal.

"Alguien me habla" pensó Candy, se sentía muy cansada, no quería despertar, estaba feliz de estar allí donde estaba,

- Candy – volvió a escuchar, pero en esta ocasión era alguien que estaba cerca y sabía perfectamente que esa voz no era la de Neal, sino la de alguien más, la de alguien a quién ella quería mucho.

- Anthony – musitó Candy mientras buscaba en medio de la niebla, no lograba ver nada

- Candy – volvió a llamarla la voz

- ¿Dónde estás? – preguntó ella un poco desesperada por no poder ver más que niebla.

- Aquí estoy Candy – le dijo dulcemente y al voltearse Candy pudo ver perfectamente la cara de Anthony, aquella cara que había visto en el mausoleo de los Andley

- ¿Estoy muerta? – preguntó Candy, aunque se sentía tan bien que pensó que si aquello era morirse era algo muy agradable

- No, Candy, yo siempre estoy contigo. Yo nunca me ido de tu lado.

- Sí, sí lo hiciste – respondió Candy – yo te busqué y te llamé y no regresaste conmigo.

- No había necesidad de que me llamarás, yo estaba contigo – señaló el muchacho.

El corazón de Candy comenzó a acelerarse, ¿acaso aquello era la realidad? ¿Es que Anthony no había muerto? ¿Acaso ella estaba a su lado en ese momento? Estiró su mano para tocar la de Anthony y la sintió cálida como ella recordaba, su sonrisa era dulce y cariñosa, sus ojos destellaban tal como lo habían hecho cada vez que sonreía.

- Te amo – le dijo Candy – siempre te he amado.

- ¿Entonces porque dudas? – le preguntó a forma de reproche

- Yo… yo no dudo – le dijo la chica

- Si, lo haces… porque no soy al único al que amas.

- Anthony – musitó Candy

El muchacho parecía un poco molesto, pero no había quitado su sonrisa, tampoco su voz había dejado de ser melodiosa, pero no por eso había dejado de sentirse la recriminación en sus palabras. Y para Candy eso era peor que cualquier cosa, Anthony tenía razón, ella estaba dudando, ella que se había envuelto en un viaje sin sentido solo por él, ahora pensaba seriamente en aceptar la propuesta de Terry. Sentía que con él era algo real, al menos sobre aquella cubierta del barco lo había parecido, y en ese momento no estaba segura de si el Anthony que estaba delante de ella lo era o no.

- Sigues dudando – le dijo él.

- No, yo…

- Te conozco muy bien – le amonestó – te he seguido todo el tiempo, se lo que haces, y lo que piensas, se que lo amas a él. Pero yo pensé que era algo pasajero, y ahora veo que me he equivocado.

Anthony hizo amago de retirarse y Candy se abrazó a él por la espalda.

- No te vayas – le suplicó

- No tiene sentido para mi seguir a tu lado – le dijo con tristeza – ahora tienes a alguien más a quien abrazar y a quien querer.

- Pero y tú.

- Yo… yo no soy nada sin ti – mencionó a media voz

- Por favor ¡Quédate!

- ¿Quieres que me quede para verte feliz con otro?

Candy no dijo nada.

- ¿Es eso lo que me estás pidiendo? – le preguntó con más énfasis.

Candy sentía que no podía dejarlo ir, y quería aceptar la propuesta de Terry, ¿pero entonces que significaba todo eso?

- ¿Quieres decir que si aceptó la propuesta de él… no volveré a verte?

- No – dijo él – me iré, porque sabré entonces que soy libre, que ya no me necesitas.

- Pero si te necesito – le refutó Candy – no podría necesitarte más.

- Entonces no accedas a su petición. Y Quédate conmigo, ¡escógeme a mí!

Candy sabía que era el momento de decidir, no tenía tres días como le había dicho Terry, tenía un segundo para escoger entre él y Anthony, y no era algo que le tomara por sorpresa, era como si desde un inicio supiera que ese momento iba a llegar. De hecho lo sabía desde que Terry soltó la proposición, sabía que si aceptaba irse con Terry debía olvidarse de Anthony, de su caja, de su viaje… tenía que olvidarse de su pasado, porque si había algo que odiara Terry era cualquier mención de Anthony.

- No puedo – dijo Candy entre lágrimas – no puedo escoger, no sé qué hacer.

- ¿Es que lo escoges a él? – mencionó un tanto decepcionado Anthony.

- No, no puedo hacerlo si eso significa renunciar a ti… no puedo renunciar a ti… yo no estaría completa sin ti.

- Entonces serías lo que él quiere… - dijo Anthony

- No, y lo peor es que él no lo sabe, pero él quiere a la Candy que sigue amando a Anthony. Y si yo dejará de hacerlo ya no sería la misma.

- Entonces nos parecemos después de todo.

- ¿Qué quieres decir?

- Ninguno te quiere compartir, aunque estar contigo significa solo tener una parte de ti.

- Te amo, tienes que creerlo

- Lo sé – contestó el muchacho - No te obligaré a escoger, solo te digo que si te decides por él yo tendré que irme.

Candy asintió con la cabeza y soltó a Anthony quien comenzó a caminar lentamente hasta que desapareció en medio de la niebla, la muchacha comenzó a llorar, no podía despedirse de él, se lo había dicho ya y no estaba mintiendo, así que tenía que pensar bien lo que iba a decidir, amaba a Terry, aunque ella pensaba que había enterrado esos sentimientos por él, se estaba haciendo latente de que no era así, pero también amaba a Anthony, siempre lo había hecho.

- Candy – volvió a escuchar desde lejos

- Era la voz de una mujer, se escuchaba desesperada.

- Candy – fue ahora la voz de un hombre la que la llamaba

Esa voz la reconocía, aunque no era de su agrado, era la voz de Neal, sintió que alguien la movía como si la jalara de donde estaba, sucedió otro par de veces antes de sentir que volaba hasta el lugar de donde provenían las voces.

- Candy – dijo con alivió Neal

- Oh Dios, ya despertaste

- Neal… Fiona – susurró Candy con voz un poco pastosa

- Pensé que te morías – dijo Fiona con lágrimas en los ojos.

- Estás bien, Estás bien – repitió Neal mientras sostenía las manos de Candy.

Candy abrió bien los ojos y se percató de que estaba en el camarote del barco. Al hacerlo se sintió un poco decepcionada, pero trató de sonreír, no quería que los otros se preocuparan más por ella.

- Tengo sed – dijo Candy

- Voy por un vaso – se apresuró a decir Fiona mientras salía de la habitación rápidamente.

- ¿Cómo se te ocurre hacerme esto? – inquirió Neal

- Yo…

- No ves que he estado como un loco aquí mientras tú no despertabas.

- Lo siento – dijo la chica

Fiona regresó con el vaso con agua y se lo dio a Candy a quien le costó trabajo incorporarse, pero una vez que tomó agua se sintió mucho mejor. Neal se levantó de un lado de la cama y se dirigió a la salita.

- Voy por algo para cenar – dijo mientras salía de la habitación.

Se escuchó que la puerta se cerraba, lo que indicaba que Neal había salido del camarote, Candy tardó en reaccionar, miró por la escotilla y vio como el sol se estaba ocultando.

- ¿Cenar? – preguntó la muchacha aún un poco desubicada.

- Si, ya casi es hora, pasaste todo el día dormida… estábamos muy preocupados, no despertabas y no sabíamos que hacer, Neal no quería llamar al doctor decía que podía reconocernos y arruinar el viaje.

- Oh – exclamó Candy.

- A media tarde nos pusimos a discutir, le dije que era un necio y que de que serviría que llegáramos a Europa si tú morías, y cuando dije eso él se puso como loco y dijo que tú no ibas a morir, que tú eras fuerte y que una fiebre no era nada para ti.

Candy sonrió levemente al escuchar las palabras de Fiona, jamás en su vida pensó que Neal, Neal Leegan se preocuparía así por ella.

- Entonces dijo que probáramos las sales de nuevo – continuó Fiona – y que si no funcionaban que no tendría más remedio que llamar al doctor…

- ¿Y lo llamaron? – quiso saber Candy.

- No, fue cuando despertaste… creo que más que salir a pedir comida fue a dar gracias a Dios, estaba todo pálido, apenas y se separó de tu lado, y me regañaba por todo, decía que yo no hacía nada bien.

- ¿Fue él quien me puso la toalla entonces?

- Sí, me dio muchas órdenes y decía que yo no las seguía como debía de ser.

- ¿Tenía fiebre?

- Sí, estabas ardiendo, creo que fue porque anoche pasaste demasiado tiempo a la intemperie.

- Sí… ayer estuve en la cubierta.

- Sí, así es – dijo Fiona cambiando la cara – con todo esto ya no pude preguntarte como te había ido.

Candy se sintió un poco decepcionada, así que esa plática que había sostenido con Anthony había sido una consecuencia de su fiebre, había estado delirante y por eso le había parecido realidad, pero todo había sido producto de su imaginación.

- ¿Ocurrió algo malo? – le preguntó la chica de ojos castaños pensando que el encuentro con Terry había resultado mal.

- No, no es eso – dijo Candy tratando de sonreír.

Pero ¡Le costaba tanto sonreír! Anthony, aquel muchacho al que había abrazado no había sido real. Se llevó una mano a la cabeza, sintió un pinchazo, le empezaba a doler.

- ¿Tan mal estuvo?

- No me siento muy bien – dijo Candy – eso es todo.

-¿Entonces? ¿Es que no quieres decirme que sucedió entre el guapo actor y tú?

- Pues… creo que eso salió mejor de lo que pudiera haber esperado.

- ¿Por qué?

- Dijo que aún me quiere.

- ¿Pero y no está Casado? – inquirió la chica Crone, mientras ayudaba a Candy a incorporarse y acomodaba las almohadas.

- No, creo que eso fue un ardid publicitario.

- ¡Qué romántico! – exclamó Fiona, quien suspiraba por encontrar algo de romanticismo en su propia vida.

- Pues no sé si llamarlo así – mencionó la chica rubia – mi idea de un reencuentro no había sido así, pero creo que fue algo del destino.

- ¿Y lo vas a volver a ver?

- Pues… no estoy segura.

- ¿Por qué? – preguntó Fiona con un dejo de decepción.-

- Porque como siempre, las cosas no son tan sencillas, cada decisión va acompañada de consecuencias.

- Bueno mi madre solía decir "Cuando tiene que decidir el corazón es mejor que decida la cabeza" – dijo Fiona imitando la voz de su madre – creo que en cierto sentido eso me hizo decidirme por venir a este viaje.

- ¿Quieres decir que no fue un impulso?

- No, mi primer impulso era seguir los lineamientos de mi padre y casarme, pero yo sabía que no amaba a ese hombre… mi madre me decía eso esperando que yo me dejara guiar por la razón, pero la situación era que ni siquiera en mi razonamiento estaba la respuesta de querer casarme, no amaba a ese hombre, no me importaba perder el dinero, creo que a veces la gente le da demasiada importancia a cosas que no tienen sentido para la vida.

Candy miró a Fiona, los ojos castaños de la chica brillaban con los últimos rayos solares y se le veía segura de la decisión que había tomado.

- Lo pensé mucho – seguía la muchacha hablando – no podía quedarme, si me quedaba ya sabía cuál sería mi destino, necesitaba irme, buscar lo quería hacer por mi cuenta. Y ahora estoy aquí siendo una inútil, no sé hacer nada de provecho, ni siquiera atender a alguien enfermo.

- No es tan fácil atender enfermos – apuntó Candy – es por eso que existimos las enfermeras

- Ya sé, pero había pensado en hacerme institutriz, pero si lo hago y luego un niño se me enferma no sabré como reaccionar.

- Las institutrices no tienen porque saberlo… pero si esto te preocupa, puedo darte un curso de primeros auxilios, no será mucho pero sabrás como actuar mientras llega un médico.

- ¿Lo harías? - pregunto Fiona con la esperanza marcada en la voz.

- Por supuesto – dijo Candy.

La puerta se abrió y entró Neal seguido por dos mucamas que llevaban un carrito con la cena.

- Sírvanla – dijo él.

Fiona se acercó a la puerta y miró la comida.

- ¡Genial! Tenía mucha hambre.

- Creo que yo también – señaló Candy.

Las mucamas sirvieron todo rápido y Neal les proporcionó una propina y se sentaron a comer en la mesa que estaba junto a la sala.

- ¿Necesitas que te ayude a levantarte? – preguntó Neal - ¿o prefieres que te lleve la cena a la cama?

- Está bien, yo me levanto – dijo Candy, mientras se incorporaba.

Se sentía muy débil pero el aroma de la comida le resultaba un gran aliciente para levantarse de la cama. Cuando se sentó frente a la mesa, se sintió muy contenta de poder comer allí.

- Creo que tendremos que estar aquí estos días que faltan – dijo Neal – afuera está haciendo mucho frío y no me gustaría que volvieras a enfermar.

- Si, tampoco yo – agregó Fiona – además tienes que enseñarme a cuidar enfermos

- No exageren si no me estaba muriendo.

- Pues lo parecía – dijo Fiona enfáticamente

- Yo tampoco se mucho de enfermos – mencionó el joven Leegan – pero sí sé que no estabas muy bien, ya pensaba que tendríamos que llamar a un doctor.

- No habría sido tan malo llamar a uno… ¿sabes? – aclaró Candy

- ¿Por qué lo dices? – preguntó Fiona.

- Porque ellos tienen el deber de guardar el secreto profesional, no podrían haber dicho nada a los Andley. – dijo la chica de ojos verdes.

- ¿En serio piensas eso? – inquirió Neal alzando una ceja – hablas como si no conocieras a los Andley.

- Pues es que los doctores….

- Si, hacen un juramento y bla bla bla – dijo Neal – la verdad es que todo eso son patrañas cuando tienen que tratar con gente influyente… creí que ya lo sabrías y más después de lo que sucedió en el Hospital por causa de mi madre.

- Bueno sí – mencionó Candy recordando aquel horrible incidente que le había hecho dejar su trabajo por culpa de la madre de Neal.

- Supongo que eso es normal en nuestro círculo – dijo Fiona.

- Por eso no me atrevía a buscarlo, pero si no mejorabas iba a tener que hacerlo. – comentó el joven Leegan.

- Pues gracias por preocuparse tanto – mencionó Candy.

- Además – agregó Neal – nos habría salido muy caro y no quiero preocupar a nadie, pero no tenemos tanto dinero.

- Yo tengo un poco de dinero – comentó Fiona.

- El cual debes de cuidar, no sabemos con exactitud qué haremos llegando a Europa.

- Yo creo que tendré que buscar trabajo –dijo Fiona.

- Eso es una sorpresa ¿Qué sabes hacer? – preguntó con un tono irónico Neal – gritar y llorar al primer problema.

- Pues eso es mejor que estar de gruñón como tú – se defendió la chica – no hiciste más que gritarme

- Es que no haces nada bien – apuntó el muchacho.

Candy miró a sus compañeros de viaje, nada profundo le unía a ninguno de ellos dos, sin embargo, se habían pasado todo el día preocupados por ella, Neal, aquel chico que había hecho de su infancia una pesadilla, y esa muchacha de alcurnia, que aunque nunca había sido amiga de ella, se estaba comportando como la mejor de ellas. No podía dejar de pensar en lo que había sucedido, en lo que había soñado o delirado, tal vez lo que había hablado con Anthony en su momento delirante no había sido real, pero era cierto eso, aceptar irse con Terry significaba muchas cosas, la primera de ella era la de olvidarse de Anthony, la segunda era abandonar a esos chicos que en ese momento discutían por lo que habían pasado por ella. No podía hacerlo, no podía abandonar a quienes había arrastrado con una decisión.

- ¿Y tú qué opinas? – le preguntó Neal.

La pregunta la despertó de sus cavilaciones.

- ¿Sobre qué?

- Sobre lo que haremos llegando a Europa, tú eras la que querías venir acá, - señaló Neal - hay una guerra involucrada por lo que no puedes ejercer de enfermera, a menos que quieras que te manden al frente, así que tendremos que buscar otro medio para sobrevivir.

- Yo… puedo dedicarme a ser mucama – dijo eso mirando al muchacho quien no pudo evitar sonrojarse.

- Eso no – espetó él – al menos no mientras nos quede dinero.

- Pero se acabará, ese dinero no durará para siempre. – aseveró Candy.

- ¿Qué es lo que sabes hacer además de gritar? - preguntó Fiona.

- Si, ¿Qué era lo que estudiabas en la Universidad? – quiso saber la joven enfermera.

- Negocios – dijo él muchacho no muy convencido.

- Pero si tú nunca trabajaste con la familia. – señaló Candy.

- No tenía necesidad. – mencionó el joven Leegan.

- Archie lo hacía – le dijo la chica de ojos verdes.

- Es un pelmazo – exclamó Neal.

- La verdad lo único que recuerdo de ti es que te encanta apostar. – agregó Candy.

- Yo tendría que hablar con un amigo que tengo en París, tal vez él pueda ayudarnos. – comentó Neal.

- Así que es esto lo que es no tener dinero – mencionó Fiona.

- Pues sí, algo así. – asintió Candy.

- Yo traigo también unas joyas, si nos vemos en suma necesidad podemos venderlas. – señaló la joven Crone.

- Esperemos no llegar a eso… - dijo Neal.

- Yo diría que no había que preocuparse mucho por esto… ya veremos cómo están las cosas una vez que lleguemos a Europa. – apuntó Candy.

- Si mademoiselle, tiene usted razón – señaló Neal levantándose de su asiento – lo más recomendable por el momento es que se vaya a la cama, no queremos una recaída.

Neal se acercó a Candy y le ofreció su brazo y la acompañó hasta la cama donde le ayudó a arroparse.

- Gracias – dijo Candy

- No tienes porque, se que tú habrías hecho lo mismo por mi – dijo él muchacho.

- ¿Vas a cobrarme este favor?

- No seas tonta – dijo él un poco indignado – no soy tan mezquino como piensas, tampoco soy un inútil como todos dicen. Sólo que hasta el momento no había tenido la necesidad de demostrarlo.

- Candy no dijo nada y se limito a mirarlo.

- Sé que no me crees – dijo Neal – pero todo llegará a su tiempo, sólo quiero que sepas que no dejaré que te pase nada malo. Y que en realidad iba a buscar al doctor… me alegro de que no haya sido necesario llegar a ese extremo, sin embargo si te sientes mal durante la noche solo dilo y lo buscamos.

- No te preocupes como enfermera puedo decirte que lo peor ya paso.

- Es bueno saberlo – agregó él.

Neal se dio la media vuelta y entró a su habitación. Fiona entró al cuarto donde Candy ya estaba en la cama, cerró la puerta y avivó el fuego de la chimenea. Antes de acostarse.

- ¿Crees que sea capaz de sobrevivir sin el apoyo de mis padres o de un marido rico? – le preguntó a Candy.

- Definitivamente, si realmente te lo propones lo conseguirás

- Es que… - vaciló Fiona.

- Lo que él diga no importa, está preocupado igual que tú. Siempre ha vivido a expensas de otro, es la primera vez que se aventura a vivir de esta manera.

- ¿Sabes porque lo hizo? Es decir, sé porque lo hiciste, y porque lo hago yo… pero él nunca dice nada de sus razones…

Candy sonrió levemente. Sí, como le había dicho durante la cena, Neal era experto apostando y no había cosa que le gustara más, y se había embarcado por una apuesta, una que no quería perder, para ella y podía asegurar que para Fiona no era una razón suficientemente fuerte como para embarcarse en semejante viaje.

- No estoy segura – dijo Candy

Fiona se encogió de hombros.

- Bueno, será mejor dormir.

Fiona apagó la luz pero la recámara quedo iluminada por el fuego de la chimenea. Candy la miró durante unos minutos. Y pensó en Anthony, en Terry, pero sobre todo en Fiona y en Neal, realmente no podía abandonarlos, tenía que hacer caso a lo que razón le dijera y dejar a un lado lo que sentía su corazón.