12. Feliz de tenerte en estas Fiestas
La nieve había dejado de caer, pero el cielo permanecía nublado y el frío se colaba por todas partes. Era difícil adivinar por donde era que las corrientes de aire helado entraban al interior de la carreta, tal vez era porque durante los últimos días habían estado durmiendo en camas mullidas y comiendo en exceso, que en ese primer día volviendo a las privaciones era que parecía avanzar más lentamente de lo normal.
Candy se había puesto un grueso vestido de lana y llevaba encima un abrigo, pero aún así sentía que los dientes le castañeaban, no quería ni imaginarse lo mal que estaría pasándola Neal, ya que él estaba soportando el viento congelado en la cara mientras avanzaba la carreta. Fiona por su parte enfundada en una cobija parecía muy complacida consigo misma
- Es muy interesante este libro – comentaba sin apartar la vista del ejemplar que hojeaba.
- ¿De qué se trata? – le preguntó Candy tratando de impedir que sus dientes chocaran mucho y demostrara así el frío que sentía.
- Me lo dio Sophie – Fiona esbozó una sonrisa –, dijo que me podría servir.
- ¿Está en francés? – inquirió la chica rubia un poco decepcionada, ya que aunque quisiera no podría leerlo.
- Sí, pero eso no es lo interesante – señaló la chica de ojos castaños –, es un libro de cocina.
- ¿Un libro de cocina?
- Sí… mira tiene imágenes, además de las recetas…
- Nunca había visto uno – mencionó Candy -. ¿De qué son las recetas?
- Son recetas de platillos – sin dejar de sonreír comentó Fiona –, los pasos te dicen cómo hacer desde una simple sopa hasta un pastel.
- Lo que yo sé cocinar, me lo enseñó el cocinero de los Leegan – Candy recordó a Tag cuando le había enseñado a hacer pan – y otras cosas me las enseñó Albert.
- ¿Albert? – preguntó la chica de ojos castaños
- Sí, él es muy bueno cocinando, aunque me apena reconocerlo, es mejor cocinero que yo.
Candy sonrió mientras que Fiona levantaba una ceja.
- Por como hablas de él, debe de ser un buen amigo tuyo.
- Sí, claro que lo es, tengo muchos años de conocerlo y la verdad le debo muchísimo. Quisiera haber podido decirle que tomaría este viaje.
- ¿no se lo dijiste? – Fiona alzó una ceja algo desconcertada.
- ¿Cómo podría? No habría podido hacerlo.
- ¿Pero porque te lo impediría si es tan buen amigo tuyo?
La que miró extraña a Fiona fue Candy al escuchar la pregunta de la chica.
- ¿Por qué me miras así? – inquirió asustada Fiona
- Porque es como si tú le hubieras dicho a tus padres a donde ibas…
- No entiendo – dijo Fiona - ¿Por qué ese amigo tuyo sería como decírselo a tus padres?
- ¡Oh! – Candy comenzó a reír – lo siento, ya vi donde esta mi error… Albert es William Andley.
- ¿Por qué le llamas Albert? – preguntó extrañada la muchacha que seguía refundada en la cobija.
- Es su segundo nombre, y siempre le he llamado así - los ojos verdes de Candy parecieron ir por un instante a un recuerdo lejano, ya que sonrió levemente, pero segundos después su cara volvió a tomar el aspecto serio -, por eso olvido que el resto solo lo conoce como William.
- ¿Entonces tienes una buena relación con el jefe de la familia?
- Sí, aunque él siempre está muy ocupado en sus diferentes obligaciones…
- Yo lo he visto un par de ocasiones, parece una buena persona.
- Lo es – aseveró enfáticamente Candy -, pero a partir de que tomó las riendas de la familia poco he podido verlo. Viaja demasiado
- Jamás pensé que él cocinara – señaló con un dejo de asombro Fiona –. No es la imagen de alguien que tiene cientos de sirvientes.
Candy sonrió ante la declaración de la chica Crone.
- Supongo que tienes razón.
- A mí siempre me llamó la atención todo de la cocina, sin embargo mis padres no me permitían acercarme a ella. Me decían todo el tiempo que para eso teníamos cocineros, así que yo me limitaba a jugar con mi cocina de juguete y una vez que crecí siguió siendo lo mismo, a donde fuera siempre había alguien que cocinaba, así que mis primeros intentos de cocinar han sido estos días que te he ayudado.
- Lamento informarte que conmigo no encontrarás una buena maestra, que todos se quejan de mis guisos.
Las dos muchachas rieron.
- Le comenté algo a Sophie, sobre mi gusto por la cocina, pero de que tenía miedo de entrar en este momento porque no sabía hacer nada, así que me dio este libro.
- Pues parece un buen regalo.
- Sí, seguro lo es – dijo sonriendo Fiona –, ya no voy a tener cocineros o sirvientes, supongo que es una buena idea que empiece a cocinar yo.
- Sí así lo deseas, yo feliz te cedo la cocina.
La carreta se detuvo en ese momento y Neal entró a la parte de atrás, su cara estaba quemada del frío y sus manos a pesar de haber estado usando guantes estaban prácticamente heladas.
- ¿Ya llegamos? – preguntaron al unísono las dos chicas
- No, pero ya está bastante oscuro y hay una casucha que parece abandonada a unos metros del camino. Creo que sería buena idea pasar allí la noche.
- Tal vez sería bueno ir a dar un vistazo.
- Bien solo quería avisarles… en unos minutos llegaremos allí.
Neal volvió a salir, la carreta volvió a moverse, de repente se sintió como el camino se había acabado, Candy pudo adivinar que el terreno por donde iba la carreta era muy irregular, porque en la parte de atrás comenzaron a rebotar hasta el punto en que tuvieron que sostenerse con las manos para evitar saltar de un lado a otro sin control alguno. No obstante la tortura duró sólo unos minutos, porque la carreta se detuvo pronto.
- Ya estamos aquí – les informó Neal.
Candy y Fiona bajaron de la carreta y sintieron el viento frío que les pegaba en las caras. Neal se encaminó hasta la puerta donde pudo comprobar que no tenía echada la llave ni había ningún candado que les impidiera entrar. Una vez dentro el lugar parecía lúgubre y frío, tenía una chimenea que parecía que no había sido usada en años, los pocos muebles que había en el lugar estaba cubiertos por una gruesa capa de polvo, al igual que el piso, una de las ventanas tenía los vidrios rotos y en la cocina había muestras de que antes de partir la gente que vivía allí habían utilizado el fogón.
- ¿Quién vivirá aquí? – Fiona caminó hacía una puerta y la abrió.
- En este momento nadie – señaló Neal –, el lugar parece que tiene años abandonado
- ¿Crees que la gente que lo hacía haya muerto? – preguntó Candy mirando el lugar con recelo.
- No sabría decirlo, la única cosa es que quien haya sido el que vivió aquí tiene mucho tiempo que se fue.
- Hay otra habitación – señaló la chica de ojos castaños.
- Creo que lo más prudente – Neal miraba el sucio lugar -, será quedarnos todos aquí y prender la chimenea, para pasar la noche.
- No hay enseres domésticos, sólo esa tabla que sirve de mesa y una cama sin colchón.
La tabla de la que hablaba Fiona estaba pegada al piso junto con unos troncos que servían de silla. Candy pensó lastimosamente que quien fuera que había vivido allí se había ido y alguien había entrado a robar lo que había podido. Miró una puerta desvencijada que estaba cerca de los fogones, con mucha dificultad la abrió. La puerta la conducía a un patio que en algún momento debió haber estado cercado, de lo que solo quedaban algunos maderos que colgaban precariamente de unos pequeños postes y que en ciertos puntos ni siquiera había esos maderos, en un lado del patio se destacaba un gallinero derruido y fuera de lo que quedaba de la cerca había un pozo, la muchacha buscó con la vista hasta que se detuvo donde se miraba una escoba maltratada por el clima. Candy se acercó y la tomó, estaba mojada por la nieve, pero no le importó, entró con ella a la casa y comenzó a barrer. La tierra acumulada se levantó ocasionando una nube de polvo.
- ¿Podrías dejar de hacer eso? – preguntó enojado Neal quien acaba de entrar con una canasta y unas cobijas.
- Estoy limpiando
- Sólo vamos a estar una noche – sus ojos lagrimaban y Fiona comenzó a toser.
- No voy a quedarme en un lugar sucio – espetó Candy al tiempo que sacaba la tierra por la puerta de la cocina.
- Yo te ayudo – Fiona tomó un paño y comenzó a limpiar el pretil de la cocina y el tablón.
En menos de una hora habían logrado que el lugar se viera limpio y habitable. Neal había dejado de refunfuñar e intentaba prender fuego a una de las cargas de madera que el conde les había enviado. Candy había tomado de las maderas de la cerca para colocarlas en donde estaban los vidrios rotos por lo que el viento frío había dejado de circular dentro de la casa. Fiona había dicho que se encargaría de cocinar. Neal había regresado varias veces a la carreta para bajar las colchonetas y acomodarlas cerca del fuego.
- Parece que no está tapada – dijo con alegría Neal viendo como el humo subía por el ducto de la chimenea.
A pesar del avivado fuego la casa se sentía húmeda, y el piso de madera crujía a cada paso que daban como si fuera a romperse, en la cocina Fiona se veía entretenida tomando instrucciones del libro que Sophie le había regalado y después de esperar más tiempo de lo que le habría tomado incluso a la misma Candy, se había servido la cena que había consistido en una sopa de verduras un tanto insípida y un pan que comenzaba a endurecerse, aún así fue más agradable que cualquier cosa que hubieran tenido que comer en la carreta. Una vez que terminaron de cenar, Neal regresó a la carreta para coger más leña y alguna otra cobija, mientras que las chicas levantaron la mesa.
- Me siento muy cansada – mencionó Fiona, sus ojos se veían vidriosos.
- Ve a dormir – le propuso la otra chica.
- Pero ¿quién va a limpiar la cocina?
- Yo lo hago – dijo Candy -, ve a descansar que mañana tendrás que cocinar el desayuno también.
Fiona no pudo evitar sonreír.
- Gracias – se deshizo del elaborado peinado que llevaba, y se preparó para dormir en la colchoneta que estaba más cerca al fuego.
La chica Crone debía estar bastante cansada porque a los pocos minutos de haberse acostado había comenzado a roncar ligeramente. Candy ahogó una pequeña risa, era evidente que aquella manera de dormir estaba lejos de lo que la elegante muchacha estaba acostumbrada. Y en esa situación cualquiera roncaría se dijo para sí la rubia mientras oprimía la pequeña bomba que había a un lado de la cocina, tardó varios minutos en sacar algo de agua que estaba bastante fría. Sentía que le cortaba las manos.
- No deberías hacer eso – mencionó Neal cuando la vio como encogía los dedos al tocar el agua helada.
- Por un momento pensé que te quedarías a dormir en la carreta – dijo la chica sin mirarlo.
- ¿Con este frío? Ni que fuera manda – observó el joven Leegan.
- Candy trató de no sonreír al escuchar el comentario de Neal, no sabía con exactitud que le ocurría, pero en ese momento no quería que él sintiera mucha familiaridad con ella.
- ¿Estás enojada conmigo? – preguntó el muchacho.
- ¿Por qué lo dices? – quiso saber Candy, quien continuaba sin mirarlo y simulaba estar muy entretenida lavando los tres platos que habían ensuciado.
- ¿Qué porque lo digo? – inquirió retóricamente Neal – veamos – comenzó a enumerar con los dedos -, durante toda la cena apenas y me dirigiste la palabra, no has querido verme a la cara y dejaste a Fiona cocinar.
- Eso fue porque ella así lo pidió – la chica giró su cabeza instintivamente -, además no estuvo tan mal.
- ¿Perdón? – Neal alzó una ceja despectivamente -. Me había equivocado al decir que tu comida era la peor que había probado, la comida de Fiona le ha quitado el lugar.
- Estás exagerando – dijo Candy alzando un poco la voz – su comida no estaba mala.
- Bueno, supongo que en el orfanato donde te criaste esto debía ser un banquete, pero créeme estaba prácticamente incomible.
Al mencionar "el orfanato", Candy sintió un pinchazo de coraje en su cuerpo, ¿cómo se atrevía ese malcriado a hablar así del Hogar de Ponny?, frunció el entrecejo y le dio la espalda.
- Lo… lo siento – balbuceó Neal – no quise decir eso.
Lamentablemente para él, su disculpa no sonaba muy sincera, así que Candy acomodó los platos y la cacerola que había utilizado Fiona a un lado de la tarja donde los había lavado y se dirigió a la colchoneta ubicada a un lado de la que utilizaba Fiona. El muchacho lanzó un suspiro. Sabía que había ido muy lejos. Se quitó los zapatos y la corbata, después se acostó en la colchoneta que estaba vacía. El lugar se había quedado en silencio, incluso los ronquidos de Fiona habían cedido, lo único que se alcanzaba a escuchar era el crujir del fuego en la chimenea, la casa estaba tenuemente iluminada por las llamas.
- Candy – murmuró - ¿Estás despierta?
Cómo le había sucedido desde que había llegado a Europa, Candy no podía dormir, así que había escuchado perfectamente al muchacho, pero fingió que no lo había hecho.
- Candy – repitió por cuarta vez - ¿ya te dormiste?
- No – contestó Candy aunque no sabía con exactitud porque le había respondido.
- ¿Tienes frío? – preguntó
- No, estoy bien – respondió la chica.
- Hace mucho frío afuera – señaló Neal.
- ¿A qué venía toda esa conversación? Pensó Candy, ¿acaso Neal estaba hablando del clima a mitad de la noche?
- Sí, eso parece – dijo la muchacha quien se sentía desconcertada
- ¿Sabes? – continuó el joven Leegan -, sí estuviera en casa…
- ¿Qué? – le interrumpió Candy – estarías durmiendo en una cómoda cama
- No – Neal de estar boca arriba se rodó para quedar frente a frente con la chica – allá debe ser cerca de la hora de la cena.
- Cierto – respondió pensativa la muchacha quien no se había detenido a pensar en la diferencia horaria -. Entonces que querías decirme
- Que si estuviera en casa, no estaría más feliz de lo que estoy aquí.
Candy dio un respingo, miró extrañada a Neal y trató de sonreír.
- ¿Quieres tomarme el pelo?
- No, esa no es mi intención – dijo él -, creo que nunca había sido tan libre, si bien es una realidad que el dinero ofrece lujos y comodidades, también, o al menos en la familia Andley es una cadena.
La muchacha suspiró, Albert solía decirle eso, jamás se habría imaginado que Neal Leegan pensará de manera similar. De hecho bajo esa mortecina luz el semblante del joven denotaba su parentesco con los Andley. Tal vez era la mirada sincera que mostraba, algo que no solía hacer, o tal vez era la expresión de calma en su rostro, no lo sabía a ciencia cierta.
- ¿No extrañas tu casa? – preguntó la chica.
- No realmente – respondió -, es raro ¿no? Aunque si dijera que no extraño las comodidades sabrías que miento… nadie preferiría esta casucha a una mansión. Pero en sí no estar en casa, no es algo que lamente.
Candy sonrió débilmente, y sintió un lazo que la unía al muchacho, ella tampoco sentía mucho amor por su casa, tal vez el hecho de vivir sola y de no tener una familia propiamente dicha le hacía tener ese sentimiento, sin embargo en ese momento al lado de ese chico que durante gran parte de su vida había despreciado sentía un lazo cálido tal vez sin darse cuenta había comenzado a formar una relación de la que nunca había creído que pasaría.
El fuego fue cediendo al paso de las horas, y los dos muchachos dejaron de hablar pero se hicieron compañía hasta que se quedaron dormidos. Tal vez por haberse desvelado o por el mismo cansancio pero Candy durmió mejor que lo que había hecho en casa del conde.
El sol aún no acaba de salir cuando la muchacha escuchó unas voces, o mejor dicho unos cuchicheos afuera de la casa, abrió los ojos y vio a sus compañeros que aún dormían plácidamente. Con cautela se levantó, al quitarse la cobija de encima sintió el frío que se había apoderado de la cabaña al haberse apagado la chimenea, aunque todavía se podía sentir las cenizas que emanaban un poco de calor. Candy tomó su bata y se la colocó encima del camisón y se dirigió hacía la puerta. Iba a abrir cuando sintió que alguien le había sostenido el brazo.
- ¿Qué haces? – preguntó Neal quien al parecer se había despertado con los movimientos que había hecho la chica.
- Hay ruidos afuera – susurró Candy.
- Podría ser peligroso – señaló el joven Leegan -, debiste despertarnos.
Candy se acercó a la puerta y a través de ella escuchó con claridad unas voces de niño.
- Son unos niños – murmuró.
Neal abrió la puerta y a unos pasos de ella estaban tres desaliñados mocosos, uno de ellos cubierto de hollín, los otros dos despeinados y mugrientos. Cuando vieron al muchacho abrir la puerta comenzaron a hablar en francés. Candy no podía entender lo que decían.
- Neal – Candy suplicó -, dime que están diciendo.
- Están hablando puras incoherencias – apuntó el joven.
- ¡Hola! – dijo uno de los niños mugrientos –, mi nombre es Rob
- ¡Hola! – saludó la muchacha al percatarse de que el chiquillo hablaba su idioma -, ¿Qué hacen aquí?
- Phillipe quería entrar – contestó con indecisión el mocoso -, dijo que estaba solo, pero cuando llegamos y vinos que estaba ocupado no supimos que hacer.
- ¿Y sus padres? – preguntó Candy.
- No tenemos padres – el niño la miró con un dejo de tristeza -, estamos solos.
- ¿Dónde están viviendo? – continuó la chica con el interrogatorio.
- Aquí y allá – dijo sin preocuparse el chiquillo.
- Dile a tus amigos que pasen.
- Candy – sonó la voz de Neal detrás de ella.
- ¿Qué sucede?
- ¿Para que los haces pasar? – inquirió el muchacho – es que piensas dejar que se queden.
- Está nevando – señaló la chica -, no podemos dejarlos aquí afuera con tanto frío.
Neal hizo un mohín de disgusto y entró a la casa seguido por los tres niños. Candy cerró la puerta y miró a los mozalbetes que parecían un poco sorprendidos.
- Phillipe dice que gracias – mencionó Rob – y Bernard también.
Candy se metió al cuarto que no habían utilizado para cambiarse de ropa y salió utilizando otro de los trajes de tweed que Neal le había comprado. Fiona se despertó e imitó a su compañera de viaje y se cambió de ropa en el cuarto anexo. Rob una vez dentro de la casa no paraba de hablar. Entonces se enteraron de que Phillipe y Bernard eran hermanos, Phillipe era un niño deshollinador y que trabajaba en el pueblo que estaba cerca, Bernard trabajaba como mozo en un establo, ambos habían perdido a su madre siendo unos bebés y que su padre había ido a la guerra, y que los habían dejado al cuidado de su abuelo, pero que este había fallecido hacía más de seis meses. La mujer que le rentaba la casa al abuelo le había quitado la casa al no poder pagar la renta y desde entonces los dos muchachos se quedaban a dormir donde podían. Rob por su parte era un niño inglés que nunca había conocido a sus padres y que desde que recordaba viajaba de aquí para allá. Hacía ya unos años que había llegado a Francia, había aprendido el idioma en sus andanzas y tenía poco tiempo que se había encontrado con los hermanos y desde entonces estaban juntos.
- ¿Y el pueblo queda muy lejos? – preguntó Candy después de haber estado escuchando las historias de los chiquillos.
- No – dijo Rob -, no queda a más de diez kilómetros. Ayer en la tarde veníamos para acá, cuando nos agarró la tormenta, así que nos quedamos en un pajar medio destruido que se localiza más adelante.
- ¿No tuvieron mucho frío? – quiso saber la muchacha.
- Sí – respondió el chiquillo -, pero no podíamos hacer mucho para calentarnos, yo esperaba con ansias llegar a este lugar. Les había contado de esta casa a Phillipe y a Bernard, ellos no tienen lugar donde quedarse así que casi siempre terminan durmiendo en algún pajar.
- ¿Y porque ahora no pueden? – inquirió Candy.
- Hay demasiada gente en el pueblo – les informó Rob -, por Navidad a muchos soldados les dieron permiso, y están en el pueblo, los hostales están a reventar, y mucha gente les cedió lugar en sus casas, así que los pajares y los establos también están llenos.
- ¿Quieres decir que no hay donde descansar allí? – Neal alzó la cabeza al escuchar esto.
- No, no hay lugar. Así que recordé esta casa y me pareció buena idea venir a quedarnos aquí unos días.
Candy miró con preocupación a Neal, sabía que el muchacho había albergado muchas esperanzas en llegar al próximo pueblo.
- Bueno no tienen de que preocuparse – señaló Candy – hay otro cuarto allí, les ayudaremos a acondicionarlo para que pasen aquí la noche.
El joven Leegan alzó la ceja con desaprobación, luego miró a Fiona que había sacado el doble de provisiones para preparar el desayuno y no pudo evitar gruñir. Se levantó de la silla, tomó a Candy por el brazo y la arrastró hasta el patio.
- ¿Se puede saber en qué demonios estás pensando?
- ¿De qué hablas? – la muchacha lo miraba con el cejo fruncido.
- ¿Es que piensas darles toda nuestra comida a esos mocosos?
- Son huérfanos. – exclamó Candy – No podemos dejarlos a su suerte.
- Sí, sí podemos – apuntó Neal -, lo que hagan con su vida es su problema no nuestro.
- Es nochebuena – suplicó la chica - ¿realmente tienes el corazón de dejarlos en el frío?
- Esta gente es como la plaga – mencionó el joven -, se acabaran todo lo que hemos conseguido con el conde.
- Pues me alegro – dijo Candy -, que aunque tú y Fiona se vanaglorien de eso, no quiere decir que nos hayamos ganado esas cosas con nuestro esfuerzo.
- No digas después que no te lo advertí.
Ambos entraron a la casa donde el aroma a tocino se había impregnado en el ambiente, los relucientes ojos de los niños le indicaban a Candy que hacía mucho tiempo que sufrían de hambre. Todos desayunaron y después Neal salió enojado ensilló uno de los caballos sin avisar a los demás y partió del lugar. Candy apenas lo había perdonado por lo que había pasado el día anterior y con sus comentarios había conseguido que volviera a enojarse con él. No obstante Fiona parecía que no compartía la opinión de Neal y junto con Candy habían acondicionado el cuarto para que los tres niños pasaran allí la noche.
- Sería bueno que todos tomáramos un baño – dijo Candy – me ayudarías a calentar agua.
- Suena bien – Fiona se emocionó con la idea de tomar un baño caliente.
Candy con ayuda de Phillipe bombearon agua suficiente para todos, Fiona la calentó en el fogón. Y en el cuarto prepararon un lugar para poder bañarse. Los chiquillos dejaron que las dos muchachas lo hicieran primero, lo que puso muy contenta a la chica rubia. Mientras los niños tomaban su turno para bañarse, Candy observó las raídas ropas que llevaban.
- Fiona – le preguntó -, ¿no traes algo para poder vestir a los niños?
- Mi traje de pana – mencionó ella – podemos cortarlo, de la falda podríamos hacer los pantaloncitos para los tres, solo que te advierto que no soy muy buena con la costura.
- Yo tampoco, pero creo que cualquier cosa aunque no quede muy bien es mejor que esa ropa remendada que utilizan.
Las dos chicas se dedicaron a cortar y a coser la fina tela de pana con que estaba hecho uno de los trajes de la joven Crone. Cuando les informaron a los niños lo que hacían ellos también les ayudaron con la labor, así que entre los cinco les tomó prácticamente todo el día armar tres pantalones y unos chalecos, muy mal elaborados para el punto de vista de Candy, pero que al menos eran ropas más abrigadoras que las que usaban los niños.
- Nos vemos iguales – dijo Rob a quien le brillaban los ojos al verse bañado, peinado y con sus ropas, que aunque mal hechas, eran nuevas.
Phillipe y Bernard se parecían mucho, ambos rubios y de ojos verdes, ninguno tenía más de 12 años, pero en sus ojos se notaba el sufrimiento que los había hecho madurar antes de tiempo. Candy se preguntaba si ella había tenido la misma mirada cuando era más chica.
- Vamos a conseguir leña – dijo Rob con alegría y salió junto a sus dos amigos al frío campo a buscar algo que poner en la chimenea.
Candy y Fiona se quedaron en la casa. El tiempo había transcurrido muy rápido. Y ya era hora de la cena, habían comido solo un pan para el almuerzo, porque con la labor de coser se les había olvidado preparar algo.
- Esperaba que a estar horas ya estuviera aquí Neal – dijo Candy.
- ¿Se enojó? – preguntó Fiona.
- Sí – respondió la chica rubia -, eso creo. No estaba de acuerdo en acoger a los niños.
- No podíamos dejarlos allí afuera – señaló Fiona -, y menos en una fecha como hoy.
- ¿También te acordaste que hoy es noche buena?
- Sí – dijo la chica Crone -, supongo que podemos hacer algo especial para cenar, deja reviso el libro de cocina que me dio Sophie, tal vez haya algo allí que podamos cocinar con lo que nos dio el conde.
Fiona tardó media hora en revisar el libro y encontrar una receta que no parecía complicada, de vez en vez Candy se asomaba por la ventana para ver si Neal aparecía, pero el muchacho no regresó. Una hora después los niños llegaron cargados de leña, y entre Bernard y Phillipe lograron prender un buen fuego en la chimenea de la sala y en la pequeña chimenea que había en la habitación donde ellos dormirían. Cerca de las siete de la tarde la mesa estaba puesta, las chicas se habían esmerado en cocinar y preparar una cena navideña. Se sentaron a la mesa, después de esperar unos minutos, Candy les había pedido ese tiempo para que llegara Neal, pero él no apareció. Así que se sirvieron los platos y cenaron. Después se fueron todos a dormir mientras que Candy se había quedado despierta limpiando la cocina. Aunque por un lado se sentía contenta de haberles regalado a los niños ropa nueva y la cena que aunque no muy rica al menos había estado mejor que la de la noche anterior, por el otro lado se sentía preocupada por Neal, seguía mirando por la ventana a cada rato esperando ver al muchacho regresar. Eran pasadas las once de la noche cuando escuchó al caballo y salió de la casa envuelta en un chal.
- ¿Dónde estabas? – espetó Candy
- ¿Me estabas esperando? – preguntó el muchacho.
- Nos tenías preocupados a todos, ¿dónde estuviste todo el día?
- Fui al pueblo – mencionó el joven -, quería comprobar lo que esos rapaces habían dicho.
- ¿Y?
- Es cierto, todo el lugar esta atestado de soldados.
- ¿Por qué tardaste tanto?
- Candy, cualquiera que te viera pensaría que te importo mucho.
La muchacha volteó la cabeza indignada. Pero Neal le sujetó una mano.
- Toma – le dijo -, tenías razón, no tengo el corazón para dejar a esos niños a su suerte.
Candy tomó el paquete que le extendía Neal.
- ¿Qué hay adentro?
- Esta mañana miré los zapatos de los niños, y todos traen el calzado roto, me tardé más de la cuenta porque tuve que buscar zapatos para los tres, y además de que están escasos, los que encontré eran muy caros, al final conseguí estos pares, son de segunda mano pero creo que les podrán servir bien.
La muchacha sintió un nudo en la garganta.
- Ayer te dije que no extrañaba mi familia, y no lo hago, siempre pensé que si me separaba de ellos sería alguien totalmente diferente, pero ahora veo que sigo siendo el mismo, supongo que si quiero ser alguien distinto tengo que empezar a cambiar.
Candy volteó a verlo, no comprendía las palabras del muchacho.
- Espera ¿con que pagaste los zapatos?
- Vendí mis mancuernillas – dijo Neal -, al joyero del pueblo le gustaron mucho y me dio más de lo que esperaba. Así que pude comprar los zapatos y unas cuantas cobijas más. Supongo que cuando nos vayamos los niños pueden quedarse en esta casa a vivir para que no tengan que volver a quedarse a dormir en establos.
- ¡Oh Neal!
- Por favor – suplicó él – dime que hice lo correcto, últimamente creo que solo digo y hago cosas que te molestan.
- Sí – Candy estaba muy conmovida -, hiciste más que bien. Ellos estarán muy contentos.
- Nunca podré cambiar completamente, pero tal vez pueda hacerlo paso a paso.
La muchacha sonrió, sabía que las enseñanzas de la niñez de Neal siempre iban a estar allí y que le iba a resultar más difícil de lo que pensaba poder cambiar, y tal vez era porque aún estaba conmovida o porque haber visto a los niños tan felices unas horas antes pero quería creer en que algún día Neal actuaría por sí mismo sin necesidad de tener una discusión antes de hacerlo.
- Creo que será mejor entrar, hace mucho frío
En ese momento las lejanas campanas de la Iglesia del pueblo comenzaron a sonar con un dejo de alegría.
- Son las doce de la noche – mencionó Neal mirando su reloj de bolsillo.
- Feliz Navidad – dijo Candy sonriendo.
Neal abrazó a Candy, a pesar del frío el cuerpo de Neal se sentía cálido y por un momento pensó que tal vez la volvería a besar, pero el muchacho la soltó y entró a la casa. Ella sintió que sus mejillas habían enrojecido y decidió quedarse un momento más en el frío, no estaba segura de lo que le pasaba últimamente, lo único que sabía era que no quería que Neal supiera que estaba bajando sus defensas en contra de él.
Suspiró profundamente y sonrió, era una situación extraña, nunca se había imaginado empezar ese día con un abrazo de Neal, ni tampoco de estar en medio de la nada con un montón de gente que hasta hacía unos días ni siquiera conocía. Sin embargo pensó que pasar la Navidad con Neal le parecía una buena manera de pasar esa fecha.
