14. El fabricante de sueños

El crepúsculo iluminaba el cielo cuando Candy y Neal llegaron a la casa que les había conseguido Sam, el lugar se veía menos deslucido de noche, incluso podría decirse que resultaba acogedor y era tranquilizante saber que había un lugar donde pudieran refugiarse del extremo frío que azotaba la ciudad de París. No obstante, la tranquilidad que mostraba por fuera la casa contrastaba con el interior Fiona les recibió muy molesta.

–¿Saben qué hora es? –fue la primera pregunta que les hizo la joven en el momento en que habían atravesado la puerta.

Neal como había hecho su costumbre, la miró con ese aire de desprecio, ignoró la pregunta y había seguido hasta su habitación donde Rob dormía plácidamente. Candy había tratado de sonreír y tratar de suavizar la situación, así que había optado por sentarse en una de las sillas del pequeño comedor.

–Pensé qué a lo mejor nos habían dejado a Rob y a mi aquí sólos.

–¿Cómo pudiste pensar eso? –Candy refutó, aunque podía entender la preocupación de Fiona.

-Al menos pudieron haber dicho que iban a llegar tan tarde –reclamó la muchacha-

–Pensé que Neal había dejado una nota –dijo Candy un poco apenada.

En todo el día no había recordado que otras personas viajaban con ellos, tal vez era porque la ciudad era tan linda, o quizá… sí, podría ser que era porque había estado con el joven Leegan y que últimamente su compañía en vez de resultarle odiosa, era todo lo contrario. Disfrutaba de los momentos que compartía con el muchacho, era algo distinto a lo que había compartido con los demás hombres que se habían atravesado en su vida. No era dulce, tampoco era apasionado, mucho menos era complaciente y protector. Se burlaba de ella y de repente le daba órdenes como si de una empleada se tratara. Sin embargo no podía decir que la trataba como empleada tampoco, ella había estado en esa posición con él y su comportamiento había dejado mucho que desear. Sí alguien le hubiera pedido que con una palabra definiera su relación en ese momento, ella sólo había podido pensar en la palabra "interesante". Estar con él era interesante, le sorprendía su actitud madura, y de repente le frustraba su comportamiento infantil, le agradaba que de repente pudiera desprenderse de las cosas materiales con tanta facilidad y como a veces eran las cosas que más le importaban, desaprobaba su comportamiento inmoral pero a la vez se beneficiaba de su inmoralidad. Sí, era una contradicción, pero más que eso era interesante estar con él. Si lo pensaba con claridad realmente nunca había convivido mucho con el joven Leegan, primero había sido su jefe, después se había transformado en su enemigo, y después le había declarado su amor… y ahora… ahora… no podía colocarlo en una categoría especifica.

–Sí, si la dejó –espetó Fiona despertando a Candy de sus cavilaciones.

–¿Entonces?

–Sólo decía que saldrían un momento, no me imaginé que iba a ser tanto tiempo… y yo que quería demostrarle que mi comida podía mejorar.

–Lo hará, –dijo la joven enfermera sonriendo –la cocina, al igual que cualquier otra cosa mejora con la práctica, yo no soy muy buena, porque deje de cocinar, ahora lo hago sólo por necesidad y prefiero los platillos sencillos que no me tomen mucho tiempo. Pero tú te estás esforzando realmente, así que no tardarás en ser una excelente cocinera.

–Gracias –dijo Fiona quien no esperaba esa respuesta, quizá quería que la chica que tenía frente a ella la tratara un poco mal para poder dar rienda suelta a su enojo.

–Entiendo que estés molesta, cocinaste para todos y no estuvimos aquí… no volverá a suceder.

–No es sólo eso –comentó la joven Crone –es cierto que me esmeré en cocinar pero lo que en realidad me molestó fue la presencia de ese sujeto.

–¿Sujeto? –Candy abrió los ojos sin entender.

–Sí, un tal Sam, dijo que tenía un asunto y me pidió que le mostrará una caja de música.

–¡Ah es verdad! –exclamó la chica rubia –Habíamos quedado en que él vendría.

–Pero no estaba segura de que hablaba, –le interrumpió Fiona –en fin después de mucho insistir recordé tu caja de música y se la mostré. El se la llevó

–¿Se la llevó? –preguntó Candy con un dejo de tristeza

–Sí, yo me oponía pero fue muy necio y se la llevó.

–No importa, –la muchacha de ojos verdes se encogió de hombros –supongo que no había remedio.

–¿Tiene algo que ver con tus asuntos aquí? –preguntó Fiona con cierta cautela.

–Sí. Ese hombre me ayudará.

–Me alegro.

La cara de Fiona demostraba lo contrario a estar alegre, se le veía aún algo enojada.

–Neal me comentó que se irán de aquí en dos semanas.

–No sabía nada –respondió la joven Crone –¿cuándo te lo dijo?

–Hoy, me dijo que no le gusta estar en un país que está en guerra y que piensa dirigirse a la India. Espero que te guste la India, yo nunca he estado allí, pero me imagino que es lindo.

–Yo… espera, ¿no vas a venir con nosotros?

–No lo creo, yo tengo que regresar a Chicago tras terminar aquí mi asunto, allá tengo un trabajo y mi casa.

–¡Ah! Cierto, tú no tienes inconvenientes en regresar a casa porque siempre has sido independiente.

–Bueno voy a dormir, ¿no vienes?

–En un momento, sólo recogeré la cocina y me voy a la cama.

–Buenas noches –dijo Candy mientras subía la escalera.

Fiona permaneció sentada unos minutos, su enojo comenzaba a disiparse, de alguna manera ahora tenía una sonrisa dibujada en la cara. Ir a la India ya no le parecía una idea atemorizante, sus anteriores pensamientos sobre el buscar un lugar para trabajar en París le parecían sin sentido. Al igual que Candy ella no había estado en la India nunca, sin embargo había escuchado hablar mucho de ese país. Se visualizó a si misma acompañada de Neal, en ese momento apretó los puños. ¿Por qué de repente volver a pensar en Neal de esa manera le inquietaba? ¿Es que se estaba volviendo loca? Sí, de allí se debía su molestia, no se debía al retraso por la comida o incluso la presencia de Sam, había sido saber que los dos habían pasado juntos el día. Se llevó una mano hacía su boca, eso no estaba bien. Lo había dicho el joven Leegan cuando iban sobre el barco, él no tenía ninguna intención de casarse con ella. Por eso había planeado ir a India.

–¡Tonta! –susurró.

Él no la quería, de hecho era peor que aquel prometido del que había huido. Ese hombre al menos se mostraba amable con ella. Neal no. Si lo pensaba más claramente las pocas muestras de afecto siempre habían sido dirigidas hacía Candy, ella era una carga para el muchacho, y no se preocupaba por demostrarle lo poco que le agradaba. No paraba de criticar su comida, le había dicho tonta e histérica. La trataba como una niña malcriada. ¿Por qué entonces le agradaba? De repente se sintió muy triste.

–No, no puedo ir con él.

Sí seguía junto al muchacho su corazón sufriría. Neal no era de los que se enamoraban, al menos era la fama que tenía, que nunca se le había conocido a una novia seria. Siempre había andado con muchas mujeres. Ninguna chica respetable había aguantado sus tratos. Los comentarios de que era cruel, ahora los entendía a la perfección. No, definitivamente no podía ir con él. Solo estaba encaprichada, pero ya se le pasaría. Tenía que conseguir un empleo en París y vivir bajó sus reglas, no había salido de su casa para ir a meterse a otra peor que la suya. Los Leegan como parte de los Andley eran más estrictos y un carga más pesada en la alta sociedad.

Tres días pasaron con asombrosa rapidez, parecía que aquel tormentoso viaje había llegado a su fin, en la pequeña casa que Sam les había conseguido todos parecían contentos, aunque eso fuera solo una fachada. Neal había planteado el asunto de ir a la India y aunque Fiona había aceptado complaciente había estado saliendo a buscar trabajo. Sabía que los tiempos no eran fáciles y que tardaría en encontrar uno pero rogaba a Dios que fuera antes de que el barco hacía la India partiera, agradecía la buena educación de su madre, y como había aprendido a sonreír aunque no sintiera felicidad alguna. Por su parte Candy era más transparente que Fiona. Se le notaba preocupada y a ratos triste, pero aún así trataba de sonreír. Neal parecía no sentir nada, había salido todas las noches a visitar a su amigo Sam, nadie sabía en realidad que era lo que hacía pero salía antes de anochecer y llegaba a la madrugada por lo que podían intuir que no era algo muy bueno. Rob en verdad era el único que aparentaba lo que en verdad sentía ya que vivía despreocupadamente, de hecho era el único que trabajaba, el día que había acompañado a Fiona al mercado había conseguido trabajo como ayudante en una tienda que atendía una joven viuda que acababa de perder a su marido en la guerra. La mujer con un hijo de meses de edad y con poco conocimiento del manejo de la tienda parecía estar en una crisis constante de nervios, por lo que el ofrecimiento de Rob en ayudarla por una módica cantidad le había caído como anillo al dedo.

A Candy le habría gustado encontrar también un trabajo, estar en la casa con la compañía de Fiona que seguía con sus altibajos no era agradable. Aunque por otro lado pensaba que no tenía sentido encontrar un trabajo cuando estaba a punto de regresarse a Chicago. Unos días más y Sam le ayudaría con aquella aprehensión que le envolvía el alma. Así que se limitaba a ayudar en los quehaceres de la casa.

Esa mañana mientras ayudaba a Fiona a amasar una mezcla, alguien llamó a la puerta.

- Yo voy a ver de quien se trata – dijo Candy limpiándose las manos en el mandil.

Caminó hasta llegar a la puerta y al abrirla se llevó una sorpresa al ver a Sam allí.

–Buenos días –saludó efusivamente –Señorita Andley, ansiaba verla nuevamente.

–¿Cómo ha estado? –la chica formuló la pregunta de forma cortés al tiempo que le invitaba a pasar.

–Muy bien, y el clima por más frío que se ponga no me afecta, lo que es bueno –señaló el hombre de los ojos ambarinos –¿la han pasado bien aquí? ¿Ha sido la casa de su entera satisfacción?

–Sí, lo ha sido –respondió la joven enfermera –el lugar es pequeño pero acogedor, me alegra que le haya proporcionado esta casa a Neal.

–Me alegro.

–Y hablando de Neal, lamento informarle que regresó muy tarde anoche y aún continua dormido.

–Eso ya lo sé –el hombre sonrió –no he venido a verlo a él, sino a usted.

–¿A mí? –Candy se sorprendió.

–Sí, no he podido traerle aún su caja, pero he obtenido un buen dato, y creo que vamos por buen camino.

–¿Es eso verdad? –la muchacha no pudo evitar sonreír.

–Sí, –Sam se quitó los guantes de piel mientras miraba a Candy –la caja es algo especial, como lo había deducido Neal no es obra de un simple relojero, porque incluye trabajo artesanal de madera, tuve que hacer muchas indagaciones hasta que encontré a alguien que tiene una caja similar a la suya.

La chica abrió los ojos esperanzada de escuchar alguna buena noticia que le trajera a ese viaje algo de cordura.

–Ese tipo de caja se fabrica sobre pedido solamente, quien sea que haya comprado la que usted tiene debió de haber pagado un alto precio por ella. –Sam miró intrigado a la muchacha –la persona que tiene una caja como la suya es parte de la nobleza y fue difícil sacarle mucha información. Lo bueno es que a las mucamas obtienen ese tipo de datos y gracias a esa chica que nos guió en una dirección apropiada pudimos saber de donde provenía esa caja. Un "amigo" de esta dama fue quien le obsequio la caja, fue difícil pescar a ese caballero.

–¡Oh! –exclamó Candy –lamento mucho las molestias que se ha tomado.

–¿Yo? –Sam río con ganas –Las molestias se las tomó Neal, estuvo cazándolo desde hace dos noches, yendo de un lugar a otro en París, finalmente anoche dio con él y pudo completar la información que yo habíamos obtenido, y acabó de regresar del lugar donde la caja fue vendida.

–Es genial –mencionó la chica –estoy feliz de saberlo.

–Bueno yo me retiro, solo quería darle el mensaje, y –sacó un papel y lo colocó en la mano enharinada de Candy –aquí está la dirección. Si llegan a necesitar más ayuda, Neal sabe dónde encontrarme. Le mandaré la caja con uno de mis ayudantes, no quise detenerme primero allá, supuse que era más importante darle la noticia.

–Muchas gracias –dijo la muchacha –realmente no sabe lo mucho que se lo agradezco.

–Es usted muy especial señorita Andley. Había escuchado hablar de usted, pero no le hicieron justicia.

Sam se levantó y se dirigió a la puerta, se acomodó los guantes y salió de la casa. Candy no podía dejar de sonreír. Tan feliz estaba que no se había percatado de que Fiona había escuchado toda la conversación.

–¿Qué eso de una caja? –preguntó llena de curiosidad –¿Es sobre la caja de música que se llevó el otro día?

–Sí –dijo Candy –Sam nos ayudó a recabar información sobre ella.

–Muy bien –dijo Fiona un poco seca, sabía que Candy no iba a decirle más que eso, lo que no conocía es que la misma muchacha tampoco sabía que encontraría en el lugar donde la caja había sido vendida.

Candy esperó pacientemente a que Neal despertará para que pudieran ir a la dirección que Sam les había proporcionado, cosa que sucedió hasta pasado el mediodía. Entonces los dos salieron a las frías calles de París.

Neal caminaba al lado de Candy, ella quería hablar sobre lo que Sam le había dicho acerca de que el muchacho había salido todas las noches para ayudarla, pero algo en la cara del joven Leegan le impedía hacerlo. Se veía más serio de lo normal y el frío que calaba hasta los huesos parecía estar en contra de sus deseos también, como si el propio clima le pidiera guardar sus energías en cosas más importantes que hablar sobre algo que no era necesario.

Después de caminar durante más de media hora llegaron a un establecimiento que parecía una joyería. Sin embargo en el escaparate no se mostraban muchas joyas, y dentro tampoco parecía haber mucha mercancía.

–¿Será aquí? –preguntó Candy con la duda marcada en su voz.

–Sí –respondió Neal con seguridad.

–Se ve tan…

–¿Vacío? –Neal completó la frase de Candy.

–Sí, eso quería decir –agregó la muchacha.

–Estamos en medio de la guerra, no creo que haya muchas riquezas a la vista –mencionó el joven Leegan –hay que entrar.

Candy y Neal entraron a la tienda, el ambiente dentro parecía más frío que la misma calle, un hombre de aspecto sobrio los miró con interés y saludó en francés, Neal se aproximó mientras la muchacha esperaba mirando las pocas alhajas que aún exhibían en el escaparate. Unos relojes de oro, algunas medallas que colgaban de sus cadenas y un par de pendientes que brillaban tenuemente por un rayo de luz que les pegaba indirectamente. Miraba un broche cuando Neal se acercó a ella.

–¿Qué sucedió? –quiso saber la muchacha.

–Me dice que ese tipo de caja no son hechas por él, que las hace un artesano cerca de aquí y por eso se tienen que mandar pedir, recuerda la que compró el tío William, es decir tu caja…

–¿En serio? –la cara de Candy brilló de felicidad.

–Sí, esa caja no fue hecha sobre pedido, dice que el hombre que las hace la mandó porque la hizo un aprendiz.

–¿Pero que no los aprendices ayudan en todos los trabajos?

–Sí y no –contestó Neal.

La muchacha se encogió de hombros, había conocido a varios aprendices en su vida y ellos siempre ayudaban a sus maestros a terminar todo tipo de trabajos.

–Lo que me quiso decir el joyero es que esa caja la hizo completamente el aprendiz, el diseño, el mecanismo y todo fue diseño del aprendiz, y que al parecer el tío William tuvo que pelearla a otro cliente porque desde que la exhibió fue muy alabada.

–¡Oh! –sólo alcanzó a decir Candy.

–En fin, me dice que ese hombre, el artesano es conocido entre sus clientes como "el fabricante de sueños"

–¡Qué romántico! –exclamó la muchacha.

–No te emociones –señaló el joven –es sólo un apelativo…

–Ya lo sé –dijo Candy alzando la nariz con indignación –pero no deja de ser romántico.

–Pues a buscar al "fabricante de sueños".

Candy sonrió, parecía que la plática con el encargado de la tienda le había quitado el mal humor a Neal.

–El lugar donde vive el artesano es cruzando la ciudad, ¿quieres comer algo antes de ir hacía allá?

–Tal vez deberíamos ir a casa, Fiona se ha estado esforzando mucho con la comida en los últimos días –sugirió Candy.

–No estarás hablando en serio ¿verdad?

–Pues yo…

–Podrá estarse esforzando, pero su comida es apenas digna de animales de corral –agregó el joven Leegan con un acento despectivo.

La muchacha lo miró con los ojos entrecerrados.

–¿Te molesta? –preguntó Neal –¿Qué hable así de tu amiga?

–No es eso…

–¿Entonces?

–Ella se esta esforzando.

–Pues deberá esforzarse más si quiere que coma lo que sea que cocine.

–Está bien –dijo finalmente Candy –me rindo, vamos a comer por aquí.

Neal sonrió con satisfacción ante su pequeña victoria. Caminaron unas calles y entraron a una taberna. Allí Neal se encargó de pedir la comida y mientras esperaban el joven miró con interés a Candy.

–¿Es que te cae tan bien Fiona?

–No me disgusta, si es lo que quieres saber –le contestó Candy.

–Te cae bien porqué lo está intentando con fuerzas –Neal soltó una risita desdeñosa.

–No, si quieres saber la razón, es porqué esta luchando en contra del cruel destino.

–Cruel destino ¿estás segura?

–Claro que sí, sus padres iban a casarla con un hombre al que ella no amaba.

–Eso es una práctica común en nuestro círculo… y no puedes negar que no lo sabías.

–Pero ella…

–Es una más del montón –añadió Neal.

–Sin embargo tú la ayudaste –dijo Candy como sellando aquella discusión.

Neal torció una sonrisa, bebió un poco de vino y después miró a su interlocutora.

–Cuando la conocí sentí que estaba sufriendo y pensé, tal vez puedo ofrecerle un medio de escape. Aunque si he de serte sincero, no creí que aceptaría...

–Pero lo hizo.

–Sí, pero aún no está consciente de su nuevo estatus –dijo el joven al tiempo que se llevaba el cabello lejos de su cara.

–¿Qué quieres decir?

–Ella no podrá regresar con su familia, por lo que no volverá a ser la princesa consentida que había sido hasta hace poco.

–Créeme ella lo sabe.

–Pues peor para ella, porque aún actúa como una niña caprichosa al querer que todos nos comamos las bazofias que hace por comida.

–No tienes que ser tan grosero –mencionó Candy frunciendo el entrecejo.

–Muy bien, no volveré a insultar la comida de tu amiga.

–Gracias –dijo la muchacha.

En ese momento les sirvieron la comida y ambos comenzaron a saborear, tal vez porque era lo más rico que habían comido en días, Candy estaba en desacuerdo con menospreciar la comida que con tanto esfuerzo hacía Fiona, pero no podía negar que el sabor era malo, y que realmente nada se comparaba con una comida bien sazonada.

–¿Sabes? –comentó Neal –al menos se que tipo de acciones te gustan.

–¿Es que no sabías que me agrada la gente valiente?

–Supongo entonces que aquel actorcillo de cuarta dejará de gustarte.

–¿No se de quién hablas? –fingió Candy.

Generalmente cuando Neal se refería a Terry no hacía otra cosa que irritarle, así que quería evitar escuchar acerca de Terry de los labios del joven Leegan.

–Fue algo sorprendente saber de él en las noches que pasé fuera.

Candy levantó la mirada un poco sorprendida, unas horas antes ella había querido preguntarle acerca de sus salidas, y ahora allí estaba él hablando de eso sin que ella hubiera sacado el tema a relucir.

–Sí, aunque me mires así –dijo Neal –está en Europa porque viene a reclamar su herencia.

–¿Herencia?

–¿Es que acaso entre todas esas palabras dulces y reclamos sobre mentiras no te dijo la razón de porqué está aquí?

–Más que hablar de él, hablamos sobre mí –mencionó Candy

–Bueno, no me gusta ser portador de malas noticias –dijo tratando de no sonreír –pero pues el "respetable" padre de tu amado actorcillo falleció hace menos de un mes.

–¿El Duque de Grandchester? –preguntó la muchacha al tiempo que abría los ojos.

–Sí, complicaciones coronarías –agregó Neal –Pero no te preocupes, no todo son malas noticias, el bien respetado Duque para sorpresa de esposa legal y del resto de parientes que buscaban una parte de su herencia, dejó todo a nombre del bastardo de su hijo…

–Heredó a Terry –dijo Candy entre incrédula y sorprendida.

–Ah, comprendo tu sorpresa, pero créeme lo fue más para la pobre viuda del Duque, que al parecer se quedó maldiciendo su mala suerte, haber aguantado durante tanto tiempo a ese "caballero" y al final irse con las manos vacías… yo también habría maldecido mi suerte ¿no crees?

–¿No dejó nada para su esposa y demás hijos?

–Claro que sí –dijo a forma de sorna Neal –pero pues primero heredó al mayor que lamentablemente era un bastardo, aunque a los demás no los dejó desamparados. Ya se qué te preocupas mucho por la familia del actorcillo, pero no lo estés más, ninguno de ellos pasará hambre…

–¿Entonces porque dices que su esposa se quedó con las manos vacías?

–Ella seguro esperaba lo que la mayoría, que el hijo varón de ella fuera el heredero del Duque, pero no fue así…

–Sigo sin entender, sí les dejó herencia a todos, porque insistes en que el heredero es…

–¿El actorcillo? –le interrumpió Neal.

–Sí…

–El dinero es importante, lo es para el pobre y lo es para el rico, sin embargo estás reglas no se aplican a la nobleza.

Candy apretó la boca, Neal la miró unos segundos y sonrió.

–Repito el dinero es importante, pero no lo es todo para los nobles, para ellos tan es importante el dinero como son los títulos… y el Duque heredó su título al actorcillo de cuarta, así que aunque el dinero haya sido distribuido entre todos los hijos y su viuda, el título de Duque sólo lo puede ostentar el bastardo ese.

–¡Oh! –Candy se sentía confundida con tanta explicación.

–En fin, eso no lo es todo, al parecer el bien ponderado y respetable Duque –Neal no pudo evitar el tono de burla en las últimas palabras y después prosiguió –dejó el título al actorcillo siempre y cuando cumplas unas cuantas condiciones.

–¿Qué condiciones?

–Pues han de ser muchas, pero de la que más se habla es de un matrimonio arreglado que hará perpetuar la casa Grandchester por muchos años más.

–¿Va a casarse?

–Si no lo hace no recibirá nada, así que si ha venido hasta acá, supongo que es para aceptar la herencia con todo y condiciones.

–Él no lo haría

–¿Porqué tan segura? Yo habría jurado que jamás iba a recibir el título, y lo hizo, así que no se puede decir "de esa agua no beberé".

–Él no es así, dices eso porque no lo conoces…

–Pues tú tampoco lo conoces tanto, no te mencionó nada de esto que te estoy diciendo.

La muchacha apretó la mandíbula, odiaba admitir que Neal tenía razón, pero así era. Terry no le había dicho nada acerca de su padre, así como tampoco habría predicho que ellos no estarían juntos, no podía decir como actuaría el joven actor.

–Yo aceptaría la propuesta, no parece tan lamentable adquirir un título con un matrimonio arreglado…

–¿Serías capaz?

–¿Porqué no? Dinero, poder y estatus por algo tan simple como un matrimonio, y más en Inglaterra, el sitió donde se inventó el divorcio.

–¿Divorcio? –Candy abrió la boca indignada.

–Supongo que debo guardarme mis opiniones para no espantarte ¿verdad?

Candy abrió la boca pero fue incapaz de decir algo.

–No te esfuerces –dijo él riendo –se que no te gusta oír hablar de cosas tan inmorales, pero pues así es como sucede… supongo que deberás agradecerme por informarte acerca del "actorcillo".

–No, en verdad no –mencionó Candy –realmente no me agrada saber de él.

–No sabía que fueras tan buena actriz, hace unos minutos parecías muy interesada en todo lo que tuviera que decir de él.

–Yo sólo me sorprendí –añadió la muchacha tratando de ocultar lo mucho que le había afectado la noticia.

–Bueno termina de comer que aún tenemos pendientes por hacer.

Neal pagó por la comida y salió de la taberna, Candy lo siguió de cerca , pero evitó acercarse mucho, sabía que era una pésima actriz, muchas veces se lo habían dicho, su cara era tan transparente como el vidrio, cualquiera podía ver lo que en realidad estaba sintiendo. Y en ese preciso momento sentía una revolución de sentimientos. No podía creer que Terry fuera a aceptar un matrimonio arreglado, pero no encontraba otra razón por la que el muchacho estuviera en Europa si no era para aceptar las condiciones de la herencia. Comenzó a sentirse culpable, tal vez ella y el beso que Neal le habían dado el empujón que necesitaba para aceptar. Y si lo hacía… y si lo hacía…

–¿Podrías caminar más rápido? –le dijo Neal –que por lo lento que vamos y el frío que está haciendo siento que mis piernas se duermen.

–Sí, ya voy –se apresuró a decir Candy.

Neal la miró unos segundos, ella trató de fingir una cara que demostrara lo contrario a lo que estaba pensando. El joven Leegan lanzó algo parecido a suspiro y siguió caminado.

–Fíjate por donde pisas –le retó Neal –estuviste a punto de pisar un charco.

Candy asintió y después continuó con sus pensamientos. Esa sensación de culpa no se alejaba de ella, si Terry llegaba a casarse con alguna chica por medio de un matrimonio arreglado no podría alegar nada, ella lo había orillado a algo así. ¿Cuándo aprendería a tener cuidado con sus palabras y acciones?

–Ya estamos cerca –mencionó Neal un rato después.

La muchacha miró alrededor y pudo observar que el río Sena pasaba cerca, las calles adoquinadas se elevaban por una colina, las fachadas de las casas que seguramente antes de la guerra habían hecho gala de su belleza, se veían un tanto abandonadas y derruidas. No obstante el mirar la calle empinada hizo que su corazón latiera con fuerza. Neal leyó el papel donde había anotado las indicaciones del hombre de la joyería y caminó por uno de los andadores que daban a la calle empinada, Candy la siguió, el andador desembocaba en una escalera de piedra que llevaba a distintos andadores que se localizaban a lo largo de la colina.

Neal miraba con cuidado los nombres de las calles, hasta que finalmente dio vuelta en uno de los andadores, la muchacha caminaba lo más aprisa que podía, pero después de haber caminado gran parte del día estaba haciendo mella en sus doloridos pies.

–Es aquí –dijo finalmente el joven Leegan.

Era una casa modesta de dos pisos, Neal llamó a la puerta y esperaron varios minutos antes de que una jovencita acudiera al llamado. Neal se encargó de hablar con ella, la jovencita señaló hacía un lado de la calle y después les dedicó una sonrisa afable.

–¿Qué te dijo?

–Qué está es la casa del artesano, pero que el taller queda a la vuelta, y en este momento está allí, así que hay que ir para allá.

Candy y Neal dieron la vuelta al andador hasta que vieron un taller que atendía un hombre mayor de edad. El joven Leegan se acercó y habló con el anciano. La muchacha observaba con expectación cada cosa que había en el taller, tablas de madera recargadas sobre una de las paredes, instrumentos de relojería en otra, pinturas y muchas herramientas de las cuales Candy desconocía su nombre.

–Pase mademoiselle –le indicó el anciano.

–¿Qué sucedió? –preguntó la muchacha un poco confundida.

–Pregunté por su aprendiz, me dice que tienes suerte, que él habla poco francés porque es americano.

–¿El aprendiz?

–Sí por lo mismo él sabe hablar nuestro idioma porque le ha sido necesario para poder comunicarse con su aprendiz.

–Ya veo, pero porque pasamos…

–Dice que allí afuera hace mucho frío y que prefiere que pasemos a donde está trabajando.

Candy caminó por un largo pasillo, a este daban algunos cuartos donde había varios mozalbetes de no más de quince años que reían mientras trabajaban, algunos de ellos alzaron la vista cuando pasaban delante de las habitaciones, atravesaron un pequeño jardín que a pesar de estar cubierto de nieve ella habría podido asegurar que el espacio estaba bien cuidado, al fondo de veía un cuarto con un gran ventanal que daba al jardín, se podía distinguir adentro varias mesas de carpintería y en la que estaba ubicada al fondo una silueta sentada con la cabeza agachada, parecía que se esmeraba con un pedazo de madera. El anciano y los dos muchachos entraron al lugar.

–¿Sigues trabajando en la silla? –preguntó el anciano con un marcado acento francés.

–La madera esta muy dura –dijo el muchacho sin levantar la vista.

Cuando Candy escuchó la voz del muchacho dio un respingo, su corazón se aceleró y sintió que sus manos comenzaban a temblar.

–Deja eso –le ordenó el anciano –después sigues con eso, hay unas personas que te buscan.

El muchacho levantó la vista y miró a las caras de los recién llegados. Candy se llevó una mano hacía la boca, Neal abrió la suya y los ojos parecían salirse de sus órbitas. El silencio se prolongó por varios segundos. El anciano los miró con expectación. Candy pasaba sus ojos del joven aprendiz al atónito Neal sin poder decir palabra alguna. Neal por su parte comenzó a respirar con dificultad, después de hiperventilar tres veces seguidas abrió la boca.

–Vieja bruja, ¡qué mentiras nos ha contado! –pudo decir finalmente el joven Leegan.