15. Una mentira repetida cien veces
Candy necesitó varios minutos para recuperarse de la impresión, Neal habría corrido hasta donde el muchacho trabajaba, pero su acompañante había estado a punto de desmayarse y había tenido que quedarse a su lado para sostenerla.
–No entiendo nada, –señaló el joven Leegan –¿qué está haciendo él aquí?
–No lo sé –murmuró Candy cuando por fin pudo emitir alguna palabra.
La respiración de la muchacha se le entrecortaba, sus latidos eran tan fuertes que le sorprendía que no se escucharan en toda la habitación.
–¿Qué haces aquí? –Neal interpeló al muchacho –¿cómo puede ser esto posible?
–Pues él es a quien buscaban –intervino el anciano –¿es que no querían conocer al fabricante de la caja de música?
–Usted no entiende –exclamó el joven Leegan –explíqueme ¿Qué relación tiene usted con los Andley?
–No tengo ninguna relación con esa familia que menciona, ¿es una familia Americana?
–Sí no tiene relación con los Andley, dígame porque él está aquí –le ordenó Neal con su típico tono de mandamás.
–Joven –dijo el hombre tratando de conservar la calma –créame no tengo ninguna relación con los Andley, éste joven que ve aquí, tiene un poco más de un año trabajando para mi, sé que él es americano, pero eso es todo.
–Quería creer que esto era cosa de la tía abuela, –dijo Neal atacando al muchacho –entonces ¿es cosa tuya?
–Lo siento –mencionó el muchacho mirando extrañado a todos en la habitación –no se de que hablan, nunca los había visto en mi vida.
–¡Estás bromeando! –estalló Neal –¿es que quieres vernos la cara?
–Jamás intentaría hacer algo así, creo que me están confundiendo, ya le he dicho que nunca los había visto antes.
Neal hizo amago de irse en contra del muchacho, pero la débil mano de Candy que lo sostuvo por unos instantes del brazo pareció quemarle porque se detuvo de repente.
–¿Qué pasa? –espetó Neal mirando con los ojos entrecerrados a Candy.
–No creo que esté mintiendo –le dijo al oído.
–¿Cómo puede decir que no nos conoce? Ya se que ha pasado tiempo pero…
–Él no sería así… jamás nos negaría –alegó Candy.
–¿Sólo porque estamos hablando de Anthony crees que es incapaz de hacer algo malo? ¿Cuándo se convirtió en Santo que no me di cuenta?
"Porqué el jamás me negaría" pensó Candy al borde de las lágrimas, su querido y amado Anthony jamás diría que no la conocía, aunque hubiera podido jurar que ese muchacho delante de ella era su adorado chico, su Anthony no sería capaz de decir algo semejante.
–¿Estás segura de que no es él? –preguntó Neal mirando fijamente a los ojos de Candy.
–Él, él falleció –susurró Candy.
–¿Qué no tienes ojos? –dijo el joven Leegan –no ves que allí…
–Falleció –repitió la chica tratando de zanjar la conversación.
Neal miró a Candy, ella pensó que iba a continuar con la pelea, pero para su sorpresa se dirigió al anciano.
–Lamento la confusión –señaló Neal al viejo –sólo que ese joven se le parece mucho a alguien que conocemos, pero pues todo es una coincidencia, vendremos después, creo que mi acompañante no se siente muy bien.
El viejo abrió la boca, pero Neal no permitió que dijera nada, miró de reojo hacía donde estaba el muchacho rubio quien lo miraba con cierto encono, tampoco accedió que Candy pudiera hablar con él, prácticamente la arrastró hasta la calle antes de que pudiera decir algo.
Una vez en la calle, arrastró a la muchacha por varios callejones y escaleras hasta que llegaron frente al río Sena, una vez allí se sentaron en una banca.
–¿Estás bien? –preguntó Neal.
–¿Me veo como una persona que está bien? –preguntó Candy un poco enojada.
–Sí piensas que me voy a disculpar también contigo, estás muy equivocada, allí dentro lo hice porque no quiero desperdiciar la oportunidad para investigar más a fondo…
–¿Qué es lo que quieres saber? No es él, no te lo he dicho ya –espetó Candy –él falleció.
–Pues no se tú, pero yo jamás vi el cadáver y teniendo en cuenta que quien nos dijo eso fue la tía Abuela yo me atrevería a pensar que ese tipo que vimos allí dentro es Anthony.
–Eso es una locura –dijo Candy –es sólo una coincidencia.
–Si algo he aprendido es que en la vida no hay coincidencias, tú, tú querías venir aquí…
–Fue una tontería –se apresuró a decir la muchacha –yo no estaba pensando con claridad, y me arrepiento…
–¿Arrepentirte? ¿A quién quieres engañar? Ahora menos que antes te arrepientes de haber venido, sabes dentro de ti, que hay algo raro allí, y créeme voy a regresar a investigar.
–No, yo…
–¿Ahora vas a prohibirme también que investigue? –inquirió el joven Leegan.
–Yo…
-Eso no va a pasar… puede que tus nervios se hayan disuelto a ver a ese doble de Anthony, pero bueno yo no estaba enamorado de él, así que yo sí deseo saber que sucede.
Candy abrió la boca un poco impresionada con la franqueza con que hablaba Neal.
–¿Qué? ¿Creíste que porque mi hermanita estaba locamente enamorada de él no me iba a dar cuenta de lo que sentías tú también?
–No deberías decir esas cosas…
–¿Te molesta? –preguntó el joven Leegan –pues que mal por ti, porque no pienso dejar de hablar de lo que creo que es importante, sólo porque pueda lastimar susceptibilidades.
–Pues perderás tu tiempo –exclamó Candy, quien cada vez se sentía más enojada con Neal –él no es Anthony, ya te lo he dicho.
–Si estás tan segura, en este momento te prepararé tu boleto de vuelta a Chicago –la retó el joven.
–Me parece bien –dijo Candy con voz temblorosa.
–¡Eres increíble! –soltó Neal –eres capaz de ir en contra de tus propios deseos con tal de seguir en tu obstinación.
La muchacha miró con resentimiento a Neal, odiaba que mirara en ella como si fuera un libro abierto, ¿por qué ella no podía ver en él de la misma manera?
–Entonces ¿te arreglo tu viaje de regreso?
–No –susurró Candy.
–No te escuche ¿Qué dijiste? –preguntó Neal con una sonrisa torcida en su boca.
–Dije que no.
–¿Me vas a permitir investigar más a profundidad la identidad del doble de Anthony?
–Haz lo que quieras –mencionó la muchacha mientras caminaba por la calle adoquinada.
–No necesitaba tu permiso, pero es bueno saber que tengo tu bendición.
Candy escuchó las palabras del joven Leegan, pero no quiso volver su cabeza, los pensamientos comenzaban a agolparse en su interior. Aquel muchacho lucía igual que aquella imagen que había visto en el mausoleo de los Andley, pero no, se rehusaba a creer que aquel que la había llamado en sueños se atreviera a negarla en la vida real. Pero creer en algo no lo hacía necesariamente verdad, era algo que había aprendido conforme al paso de los años. Y sentía al igual que Neal, esa tal vez insana curiosidad de saber más sobre ese muchacho del taller, y ella… ella no se sentía con las fuerzas suficientes, al menos no por el momento para enfrentarse a lo que podría ser una cruel realidad.
–Voy a regresar mañana –le informó Neal cuando finalmente la alcanzó.
–¿Por qué no vas ahora si tanto te interesa? –preguntó Candy con cierto desdén.
–Ya se está haciendo tarde, y además tengo mucho frío. Más bien me apetece comer algo caliente.
–Podemos ir a casa, seguramente Fiona tendrá algo preparado.
–Me gustaría encontrar algún lugar donde comer –señaló el joven.
–¿Sigues sin querer comer lo que prepara Fiona?
–Sí ya lo sabes para que preguntas, evitemos conversaciones sin sentido ¿quieres?
–Se va a sentir decepcionada si no llegamos a cenar nuevamente.
–¿Realmente crees que me importa? Pensé que te lo había dejado claro.
–Pues ya te lo dije, haz lo que quieras, yo sí voy a regresar a casa.
–¿No merezco ni una cena después de haberte acompañado? –quiso saber Neal.
–¿Es esto algún tipo de cobro? –preguntó Candy.
–No, es una simple petición… ¿no eres capaz de ir conmigo a cenar a menos que me debas algo?
–Muy bien, iré contigo, pero no esperes que esto se repita constantemente.
Neal y Candy caminaron un buen rato hasta llegar a una taberna, como siempre el joven se encargó en pedir la cena. Frente a la muchacha la mesera colocó una botella de vino.
–Toma todo lo que puedas –dijo Neal –se que debe de hacerte falta.
–No suelo beber –apuntó Candy.
–Yo tampoco suelo ser tan dadivoso, pero algo como lo que sucedió hoy amerita tomar licor, y no sólo un vaso sino lo más que se pueda.
La muchacha miró a Neal, algo dentro de ella le pedía beber hasta olvidarse de todo, pero otra la mantenía alerta, ¿cómo era posible que delante de Neal bebiera hasta olvidarse de ella misma?
–Recuerdo que cuando falleció Anthony mi hermana te culpó de todo, yo sabía que había sido un accidente, aunque realmente pensaba que había sido algo raro, ¿sabes cuántas veces se burlaron de mi por mi manera de montar? Ellos los tres, excelentes jinetes, tú estuviste presente ¿no?
–Sí –se limitó a contestar Candy.
–¿Qué sucedió?
–El caballo cayó en una trampa y aventó a Anthony por el aire –la muchacha suspiró, hablar de ello le dolía, recordaba el momento con más claridad de la que le hubiera gustado –cuando vi que no se movía, corrí a su lado y lo llamé varias veces, después de eso no recuerdo nada, me desmayé.
–Eso es muy raro –repitió Neal después de dar un sorbo a un vaso de vino –yo nunca vi el cadáver, la tía insistió en mantener el ataúd cerrado…
–Yo no estuve presente en el funeral.
–Cierto, Eliza lo mencionó como un millón de veces, clamaba que no te presentabas porque eras culpable, si mal no recuerdo te llamó asesina y se lo dijo a quien se lo permitiera.
Candy soltó un suspiró, ¿acaso Neal creía que ese tipo de plática iba a reanimarla? Realmente odiaba recordar toda esa época, y las intrigas de Eliza que le siguieron.
–Jamás estuve de acuerdo con mi hermana, tú lo querías tal vez más que ella, serías incapaz de matarlo…
–Eso no importa ahora –comentó Candy.
–Todo importa ahora, cada detalle cuenta, la reacción de todos, en especial la de la tía Elroy.
–Ella se encerró en un mutismo –apuntó Candy.
–Sí, ¿porqué alguien que se queja todo el tiempo de repente se queda muda?
–¿Te parece poco la muerte de un ser querido?
–No, esa no es la actitud normal, cuando murió la madre de Anthony ella gritó y permanecía enojada con todos… todo es muy raro.
–¿A dónde quieres llegar? –preguntó la muchacha.
–¿Qué hubiera pasado si en verdad no hubiera muerto?
–¿Quién? ¿Anthony?
–Sí, ¿Qué pasaría si no hubiera muerto?
–No tiene sentido –exclamó la muchacha –¿Si no hubiera muerto que razón tendría para ocultarse de todos?
–No lo sé, pero estoy seguro que la vieja bruja tiene algo que ver.
–¿Qué ganaría la tía Elroy con mentir respecto a su muerte?
–¿Qué ganaba con prohibirte trabajar como enfermera? ¿O que ganancia obtiene al querer manejar la vida de los demás?
–Es la responsable de la familia…
–No, el responsable es el tío William –dijo Neal con la mirada perdida en sus cavilaciones –¿Qué ganó ella con la muerte de Anthony?
–Nadie ganó nada –espetó Candy.
–Sí, logró conseguir la autorización del tío William para que nos mandara a todos a estudiar a Inglaterra, nos mandó lejos y nos encerró a todos.
–Lo que dices es una locura.
–No era la primera vez que nos había querido enviar a estudiar a un internado –agregó Neal –pero el tío no se lo había permitido. Sí utilizó la muerte de Anthony para conseguirlo…
–No la creo capaz de hacer algo semejante… no me puedo imaginar a la tía Elroy mintiendo sobre la muerte de alguien.
–¿Olvidas que ella oculto al tío William durante mucho tiempo? –inquirió Neal con una sonrisa asimétrica en su rostro.
–No es lo mismo.
–Tú eres amiga del tío… deberías preguntarle. Supongo que a él le encantó el hecho de que lo ocultara no sólo de desconocidos sino de su propia familia.
–Se que él se sentía solo.
–Debe haber sido maravilloso ¿no?
–No, tienes razón, no lo fue –dijo Candy sirviéndose un vaso de vino. Cada vez sentía más esa necesidad de tomar aunque fuera un trago.
–Si fue capaz de mentir sobre el tío William, quien es jefe de la familia para su propio beneficio…–Neal se detuvo un momento y miró la cara displicente de la muchacha –no pongas esa cara y piensa en eso, al intocable tío William, a la poderosa cabeza de los Andley lo mantuvo oculto por sabrá Dios cuantos años, a alguien a quien nadie pensaría hacerle daño, ella se lo hizo… ¿crees que no sería capaz de ocultar algo peor?
Candy se llevó las manos a la cabeza, sentía que estaba a punto de explotar, no quería creer a la tía Elroy capaz de algo tan ruin como mentir sobre la muerte de Anthony. Pero estaba de acuerdo con Neal con lo que había hecho con Albert, ella mejor que nadie sabía de lo doloroso que había resultado para el muchacho que lo hubieran mantenido lejos de todos, había crecido solitario y con deseos de ser amado. La tía Elroy le había quitado cualquier posibilidad de llevar una vida normal. Sí había hecho eso con su querido sobrino, ¿de que otras atrocidades más no sería culpable?
–Si mis suposiciones fueran ciertas –agregó Neal –quedaría pendiente el hecho de que Anthony accediera a una farsa así.
–El nunca lo habría aceptado –mencionó Candy enfáticamente.
–Anthony no era santo de mi devoción –dijo el joven Leegan –pero estoy de acuerdo contigo con que no lo habría aceptado, a menos…
–¿Sabes? Me estás empezando a asustar –apuntó Candy.
–¿Por qué dices eso? –quiso saber Neal.
–Hablas de estás cosas como si fuera muy normal, engaños, mentiras y conspiraciones…
–Te asusto porque crees que sólo una mente malvada puede entender a la gente malvada ¿verdad?
–No quise decir eso.
–Sí, eso quisiste decir, y tal vez si deberías tener miedo, tal como crees, yo pienso como la tía Elroy… así que es posible que pueda resolver esto sin mucha dificultad.
Candy no opinaba los mismo de Neal, por más que lo mirara con diferentes puntos de vista, sabía que alguien que ofrece ayuda a otros aún obteniendo ganancias por la ayuda no es capaz de mentir de forma tan cruel como lo había hecho la tía Elroy.
–Es tarde –señaló la muchacha –será mejor regresar a casa.
–Está nevando –dijo Neal al ver a través de la ventana, finos copos de nieve se acumulaban a lo largo de las adoquinadas calles.
–Si nos apuramos llegaremos antes de que las calles queden cubiertas –añadió Candy.
Neal se terminó el vaso de vino que tenía delante de él y después salió de la cálida taberna para emprender el frío camino de regreso a casa. La muchacha al sentir el frío viento que le pegaba a la cara fue como si el vino que había tomado se le agolpara en las mejillas y en la nariz. Las sintió tibias y con una ligera sensación de que caminaba sobre nubes. El joven Leegan se abotonó la gabardina que llevaba y puso sus manos en los bolsillos. Caminaron juntos por la fría ciudad hasta llegar a la descuidada casa que tenía ya las luces apagadas.
A la mañana siguiente, antes de que Fiona o Rob despertaran, Neal y Candy habían salido de la casa, y se dirigieron al negocio de Sam.
–No entiendo ¿para qué tenemos que venir aquí?
–Necesitamos información y nadie es mejor para obtenerla que Sam –respondió Neal a la pregunta que la muchacha le había hecho.
–¿Podrá obtener algo sobre él?
–Es lo que quiero averiguar, ya sabes déjame hablar a mi, no vayas a hablar o decir cualquier cosa que lo ponga sobre aviso.
–¿Sobre aviso?
–Sí, si Sam intuye que la información que buscamos es importante, nos va a cobrar más. Así que trata de no decir nada que pueda darle indicios.
Tal como le había pasado la primera vez que fueron con Sam, Candy se quedó maravillada de ver a la gente que estaba cerca de aquel extraño hombre.
–Neal, me imaginaba que te vería hoy –dijo Sam cuando los vio –¿cómo te fue con el joyero?
–Muy bien, pudimos encontrar al fabricante –le informó Neal –no lo habríamos conseguido sin tu ayuda.
–No exageres –Sam sonrió de una manera seductora hacía Candy –Esta linda mademoiselle va a pensar que soy más importante de lo que soy.
–Aunque diga que no lo desea, quería agradecérselo –Candy trató de sonreír abiertamente, pero no sabía si al hacerlo haría algo de lo que Neal no quería que hiciera. Así que se limitó a dibujar una pequeña sonrisa en su rostro.
–Sam esta para ayudar a los amigos –dijo el hombre hablando de él mismo como si hablara de alguien más.
–Sam, ¿sabes con quién recurrir si se desea conocer el origen de alguien?
–Con sus padres –mencionó Sam riendo.
–Muy gracioso –exclamó Neal, aunque su cara demostraba lo contrario a estar riendo –no hablo de eso, de alguien que no se sabe si tiene padres.
–¿Cómo un huérfano?
–Algo por el estilo.
–Deberías ser más especifico –apuntó Sam.
–Tenemos en casa a un muchachillo que dice no tener padres, pero creemos que si los tiene –mintió Candy.
–¿Es del país?
–Allí empieza el asunto –agregó la muchacha –él dice que es británico, pero cabe la posibilidad que sea americano.
–Es algo difícil, hoy día hay mucha gente que se quiere ocultar por diversas y válidas razones, los papeles se pueden falsificar de manera sencilla, lo más apropiado es investigar a la gente que lo conoce o con quienes haya tenido tratos antes de encontrarlos a ustedes.
–Es un chico rapaz, no ha estado mucho tiempo en el mismo lugar…
–Pero hacer eso es una forma de empezar una investigación, pero ¿realmente les importa mucho el origen de este chico?
–Sólo queremos asegurarnos de que él esté bien –dijo Candy.
–Pues no deberían preocuparse mucho, cuando sea el momento les dirá más información, así son los niños, ya verán que así será.
Neal y Candy desayunaron con Sam, y se dedicaron a temas más superficiales, los dos muchachos salieron de allí con una sonrisa en la cara.
–Fue buena tu idea –dijo Neal una vez que estuvieron en la nevada calle.
–Se me ocurrió mientras hablabas con él –contestó la muchacha.
–Ya sabía que no eras tonta, sólo que te gusta ser ingenua –mencionó el joven Leegan.
Candy apretó los labios y lo miró un poco resentida.
–¡Vamos! Es un elogio, hablar de Rob para sacar información es bueno, creo que tenemos que averiguar de donde viene ese aprendiz, sino es Anthony es alguien que se le parece mucho, aunque no sea él, podría ser parte de los Andley.
–¿Dónde crees que debemos empezar?
–¿Qué te parece hablando con el viejo?
–Después de lo que pasó ayer…
–No te preocupes –le interrumpió Neal –aún tenemos suficiente dinero como para comprar respuestas.
–No parece alguien que se deje comprar.
–Te sorprenderías si vieras lo que la gente es capaz de hacer por algo de dinero, no debes juzgar a una persona sólo por la apariencia –respondió el joven Leegan.
Los dos caminaron de nuevo hacía el taller del fabricante, aunque habían ido el día anterior Candy se sorprendió de que Neal no se perdiera en medio de tantos andadores y calles estrechas.
–De nuevo ustedes dos –les dijo fríamente el anciano cuando los vio llegar.
–Disculpe por lo de ayer –comentó Neal –fue una gran impresión ver a su aprendiz.
–Pude darme cuenta –señaló el viejo –¿y a qué vienen?
–No se preocupe, no queremos intimidar a su aprendiz nuevamente, sólo quería hacerle unas preguntas sobre él.
–Ya les dije ayer que tengo poco tiempo de conocerlo.
–Sí, por eso mismo –mencionó el joven Leegan sonriendo –¿sabe usted dónde vive?
–Sí, pero…
–No vamos a hacerle daño, pero creo que debería entendernos –apuntó Neal.
–Vera –intervino Candy –ese muchacho se parece mucho a un primo nuestro, él hace tiempo que está perdido, por eso ayer nos quedamos pasmados cuando lo vimos.
–¿De qué familia dice que vienen? –inquirió el anciano.
–Somos parte de la familia Andley que proviene de Escocia –respondió el joven Leegan.
–No me suena familiar ese apellido.
–¿Cómo se llama su aprendiz? –preguntó Neal.
–Yann Trouvés –contestó el hombre.
–Pensé que había dicho que es americano –señaló el joven Leegan.
–Y lo es, apenas sabe algunas palabras en francés –el viejo añadió –yo se hablar su idioma por eso está aquí.
–Y el nombre ¿Por qué es francés?
–Creo que deberían hablar con quienes viven. Es algo que yo también me he preguntado, pero la verdad no creo que les den mucha más información de la que yo poseo.
–Podría por favor indicarnos donde viven esas personas –se apresuró a decir Candy.
–Tenga –dijo el viejo al tiempo que anotaba algo en un papel –es la dirección de donde vive Yann, él está en el taller en este momento, no se si quieran hablar con él…
–Es mejor así –dijo Neal –gracias por su ayuda, es probable que tengamos que venir de nuevo por aquí, pero será después de que hablemos con estas personas.
–Bonne chance –les dijo el anciano cuando ya caminaban por el andador.
Después de caminar varios metros, Candy volteó para cerciorarse que el anciano ya no estuviera asomado.
–No entiendo, primero parecía renuente a darnos cualquier información…
–El debe estar tan intrigado como nosotros –apuntó Neal –algo me dice que con estás personas encontraremos muchas respuestas.
Después de subir y bajar escaleras llegaron a una casa que no estaba muy retirada del taller. Era una pequeña casa al igual que resto de esa zona, algo descuidada de la fachada. Neal llamó a la puerta y una jovencita de aspecto amable se asomó. Candy esperó a que Neal hiciera la introducción en francés, después de unos minutos de hablar la jovencita sonrió a donde estaba Candy y los hizo pasar a una diminuta sala y les ofreció una taza de café.
–Mi nombre es Aimée Haute –les dijo a los dos muchachos –me dicen que buscan información sobre Yann
–Así es –contestó Neal.
–Hace un poco menos de tres años que él ha estado viviendo con nosotros –dijo la chica –siempre pensamos que tarde o temprano alguien preguntaría por él.
–¿Porqué pensaron eso?
–Es una larga historia –mencionó Aimée –cuando estalló la guerra hubo muchos desertores, podrán imaginarse… y a la gente le daba miedo ayudar a extraños, fue cuando encontré a Yann vagando por las calles, se le veía aturdido.
–¿Vagando por las calles?
–Sí, parecía que llevaba varios días durmiendo en la calle, el cabello lo llevaba bastante largo y traía una sombra de bigote y barba… se veía muy sucio, pero algo en él me inspiró confianza, así que lo traje a casa.
–¿Entonces ustedes no son su familia? –preguntó Candy.
–No, sólo lo acogimos, mi hermano se alistó en el ejercito, y mi padre falleció poco antes de iniciar la guerra, así que dude un poco, pero mi madre pensó igual que yo, que debíamos ayudarlo.
–¿Les dijo que su nombre era Yann? –quiso saber Neal.
–No, creo que porque no hablaba francés me hizo confiar en que no era desertor… no entendía a la gente en las calles y cuando lo escuché hablar me le acerqué y le comencé a hacer preguntas
–¿No hablaba francés? –preguntó el joven Leegan.
–No, nada de francés, yo había estado en América un tiempo acompañando a una tía que vive allí, así que pude comunicarme con él –continúo Aimée –no parecía recordar nada, él estaba vestido con ropa de hospital… una semana antes de encontrarlo, uno de los hospitales de París fue bombardeado, así que pensé que tal vez él había estado allí, pero por la misma razón los archivos se perdieron y aquello era un caos, dejamos dicho a la gente a cargo del asunto que habíamos encontrado a ese joven. Pero nunca vino nadie a preguntar por él.
–¿Estaba herido? –inquirió Candy.
–Nada grave, tenía unas heridas en un brazo, pero no estaba herido, simplemente no podía recordar nada…
–Nada… ¿es decir no sabe quién es?
–Así es –contestó Aimée –me dijo que había estado caminando sin rumbo después de despertar cerca de un parque… después que hicimos averiguaciones ese parque está muy cerca de ese hospital bombardeado.
–¿Por qué le llama entonces Yann?
–Yann Trouvés, esa fue idea mía, teníamos que nombrarlo de alguna forma –respondió la chica –Yann es un nombre común, y…
–Trouvés –rió Neal –entiendo.
Candy miró de reojo a su acompañante, no entendía donde estaba la gracia.
–¿Tan mal es tu francés? –dijo Neal –Trouvés significa encontrado…
–¡Oh! ya veo.
–Estuvo un tiempo convaleciente –prosiguió Aimée –hasta que las heridas de su brazo sanaron, yo lo veía muy desesperado por no saber quién era quiso ir a la embajada americana para averiguar más sobre él, pero al no saber su nombre ir era prácticamente inservible. Así que en contra de sus deseos decidió quedarse aquí.
–¿Cómo terminó trabajando en el taller? –preguntó Neal.
–Mi madre le pidió de favor al Sr. Mite que lo aceptara, el Sr. Mite era muy amigo de mi padre.
–El nos dijo que no sabía mucho de él.
–No, igual que nosotros no sabemos tampoco mucho de él –respondió Aimée.
–Creemos que él es un primo nuestro –dijo Neal –pero cuando nos vio ayer, enfáticamente negó conocernos y no quiso saber más.
–No lo tomen a mal –mencionó la chica –hace tres años estaba desesperado por saber quien era, pero después comenzó a cambiar, empezó a ayudar en la casa con los labores, posteriormente consiguió un trabajo sencillo en el mercado, pero sentía que no aportaba mucho económicamente así que fue cuando mi madre le pidió el favor al Sr. Mite, hace un poco más de un año que trabaja para él… al principio se frustraba mucho trabajando la madera, pero puso mucho empeño y al final se ha convertido en el principal aprendiz del taller. No sólo por que hace bien el trabajo sino porque se esfuerza mucho y ha logrado superar en marquetería al mismo Sr. Mite.
–Tenemos una caja de música que él hizo –añadió Candy.
–Hace unos meses comenzó a trabajar con ayuda del Sr. Mite con otros aprendices, y empezó a fabricar piezas de relojería y de cajas de música. Según tengo entendido él no hace las piezas de mecánica, alguien más las hace, pero bajo diseños de él.
–¿Entonces ya no busca a su familia? –preguntó Candy.
–Es como si se hubiera rendido en eso, porque por más que intentara recordar no lo conseguía, así que poco a poco perdió el interés en eso y dijo que iba a vivir lo mejor que pudiera con lo que si recordaba.
–Yo tuve un paciente con amnesia –agregó Candy –han aplicado algún tipo de tratamiento.
–No sé mucho de medicina, pero hablamos con un médico y él nos ha dicho que hay gente que nunca recobra la memoria, creo que fue entonces que Yann determinó no pensar más en eso.
Neal y Candy se miraron a la cara, parecía que habían llegado a un callejón sin salida.
–¿Yann se parece a un primo suyo? –quiso saber Aimée.
–Así es –dijo Neal –hace cerca de 6 años que desapareció y no volvimos a tener noticias de él. Ayer que vimos a ese aprendiz nos quedamos muy sorprendidos por el asombroso parecido.
–No mencionó nada de eso –dijo la chica –supongo que no le agradó saber que podía llegar alguien de su verdadera familia.
–Voy a intentar hablar de nuevo con él –apuntó Neal –no quiero molestarlo, pero creo que entiende lo importante que es para nosotros.
–Sí, lo sé –dijo Aimée.
–Gracias por su ayuda, le dejaré mis datos, por lo que se ofrezca –Neal le pasó una hoja con la dirección de la casa que Sam les había conseguido –supongo que nos estaremos viendo.
La chica los despidió y tanto Candy como Neal salieron del vecindario y se fueron a sentar cerca del río Sena.
–¿Qué piensas de todo esto? –preguntó la muchacha.
–No sé, se me ocurren muchas cosas –dijo Neal –pero todas improbables, si él es Anthony ¿Qué hace en Francia? ¿Porqué estaba en un hospital?
–En el hospital Santa Juana hay un caso de un hombre que no despierta –comentó Candy –tiene enfermeras cuidándolo todo el tiempo, dicen que tiene cerca de diez años en ese estado.
–Dices que Anthony podría haber estado dormido todo este tiempo.
–Si vamos a pensar que Anthony está vivo y que es ese muchacho del taller, tenemos que ver todas las probabilidades…
Neal entrecerró un poco los ojos y se llevó una mano a la barbilla, se quedó pensativo durante un largo rato, finalmente dijo:
–¿Qué habría pasado si Anthony no hubiera muerto pero hubiera estado a punto? Al grado que no despertara.
–La tía Elroy tendría una razón para callarlo –señaló Candy.
–Varias –agregó Neal –si no pudiera despertarlo, el impacto en la familia habría sido peor, los chismes habrían acabado con los Andley, y si sumamos que ocultándolo logra más control sobre la familia. Entonces tiene que ocultarlo, si lo hacía en América, tarde o temprano alguien podría haberse enterado, así que lo manda a Francia.
–¿Pero entonces porque nos manda a Inglaterra? No sería perjudicial.
–No, en Inglaterra estuvimos encerrados, además creyendo que había muerto, no era peligroso que nos enteráramos, además debe de haberlo internado bajo algún pseudónimo.
–¿Quieres decir que todo este tiempo estuvo dormido?
–Tú fuiste la que mencionó lo del hombre dormido.
–Sí, pero…
–Tenemos que buscar una idea razonable, Anthony está dormido, por eso mismo no se rebela contra la tía, no puede hacerlo…
Candy pensó en esa posibilidad, un Anthony dormido era mejor que un Anthony muerto, y Neal tenía razón. Si estaba dormido estaba totalmente bajo el control de la tía Elroy.
–Entonces tres años atrás, estalla la guerra y el hospital donde está internado Anthony es atacado, tal vez durante el bombardeo despertó, pero sin recordar nada, así que se dedica a vagar por la ciudad hasta que esa chica Aimée lo encuentra.
–Todo suena descabellado, tal vez sólo es un muchacho que se le parece, armar ideas estrafalarias sólo nos hace parecer un par de locos.
–Pues la solución es sencilla, tú trataste al tío William cuando perdió la memoria ¿verdad?
–Sí pero su caso era muy distinto…
–Ayuda a ese tal Yann a recuperar su memoria –dijo Neal –cuando lo haga sabremos la verdad.
–Pero…
–Es sencillo, cuando la recupere, pues simple, si no es Anthony no es, pero al menos sabrá cual es su familia, y si es Anthony pues él nos dirá que sucedió.
–Sí realmente estuvo dormido no sabrá decirnos nada…
–No, pero si sabrá que nos conoce –observó Neal –se qué hemos cambiado mucho, pero creo que será capaz de reconocerte.
–No puedo creer que vaya a decir esto
–¿Qué? –preguntó Neal.
–Que por más absurda que parezca tu idea, es lo más sensato que has dicho hoy –dijo Candy.
–¿Vas a tratarlo para que recuperé su memoria?
–¿Sabes que podría tardar años o que tal vez nunca vuelvan sus recuerdos? –mencionó la muchacha.
–No me gusta estar aquí en medio de la guerra, por mucho que me guste París… ¿qué te parece si tratamos durante un tiempo?
–Un tiempo como un mes o un tiempo como un año… tienes que ser más específico.
–Qué te parece tres meses, en un mes arreglo todo para llevar a Fiona y a Rob a la India, voy con los Cornwell, consigo más dinero y regreso para ver si ya conseguiste que recuerde algo. Si no lo ha hecho, pues volvemos a América.
Candy pensó que en el hospital no le guardarían su puesto por tanto tiempo, pero al mismo tiempo sabía que si no ayudaba a ese joven, la conciencia le remordería día y noche. Además de que tenía curiosidad de saber si en verdad era Anthony o sólo alguien que se le parecía asombrosamente.
–Sí, vamos haciendo como dices.
–No pienses que lo hago para ayudar a ese tipo –dijo Neal después de un rato –sólo que tengo demasiada curiosidad, quiero saber si realmente la tía Elroy es capaz de hacer lo que nadie se imagina. Quiero saber si es cierto que una mentira repetida cien veces se convierte en realidad.
La muchacha no pudo evitar sonreír. Tal vez Neal no quisiera admitirlo, pero sabía que al igual que el resto de la familia la muerte de Anthony lo había afectado y que ambos compartían ahora esa curiosidad sobre la identidad de ese muchacho que trabajaba a sólo unas casas de ellos.
