16. Treinta días de confusión
Candy caminaba por la acera que llevaba al hospital Montpellier, se sujetaba el abrigo que parecía querer ser arrancado por el fuerte viento que golpeaba la ciudad parisina. El sonido de los tacones al tocar las calles adoquinadas era el único ruido que se escuchaba esa madrugada. Se detuvo en un par de ocasiones; desde que había salido de casa tenía la sensación de que alguien la seguía, giró un poco su cabeza pero no vio a nadie.
–Te estás volviendo loca –dijo para si Candy.
Siguió caminando, pero apenas había dado unos pasos cuando alguien la sujetó de la cintura. Candy sólo pudo soltar un pequeño "Ay" antes de sentir la mano de alguien que tapaba su boca.
Treinta días antes, Candy y Neal habían ingresado a la derruida casa que habitaban desde que llegaron a París. La cara de Fiona era una muestra perfecta de lo enojada que estaba. Neal había cumplido su palabra a Candy y se negaba a comer en casa.
–¿Van a salir de nuevo mañana? –preguntó Fiona con cara de pocos amigos.
–Lo más seguro –se limitó a decir Neal.
–¿Ya cenaron?
–Sí, ya lo hicimos –se apresuró a responder Candy –estábamos hambrientos y algo retirados de casa.
–Ya veo –contestó Fiona haciendo uso de su bien ensayada sonrisa.
Candy sintió un poco de pena por la muchacha, desconocía si sus intentos culinarios habían mejorado, y aunque no deseaba hacerla sentir mal, le interesaba más no hacer enojar a Neal quién le había ayudado mucho.
–Pero ya que estamos aquí todos, sería bueno que habláramos –dijo Neal.
La cara de Fiona se distorsionó un poco. Candy no pudo deducir de qué quería hablarles Neal, suponía que Fiona estaría peor que ella.
–Yo tengo sueño –dijo Robert –no podemos dejarlo para mañana.
–Es posible que tenga que salir temprano y no los vería en todo el día –señaló el joven Leegan al tiempo que se sentaba en el viejo sillón de la sala.
El mozalbete fue a sentarse cerca de Neal, Fiona por su parte no parecía muy dispuesta a escucharlo, pero aún así se sentó en el lugar más cerca de la chimenea donde un único tronco ardía a fuego lento. Candy con indecisión se sentó en una silla destartalada y que de milagro no se había roto en mil pedazos.
–No es una inquisición ¿saben? –mencionó Neal al tiempo que alzaba una ceja.
–Es que parece que quieres regañarnos –comentó Robert con un tonto despreocupado.
–Si no soy su padre –apuntó el joven Leegan.
Fiona abrió la boca pero enseguida, cambió la expresión de su rostro y se mantuvo callada.
–Quiero decirles que hay que prepararnos para irnos…
–¿Irnos? –preguntó Fiona entrecerrando los ojos.
–Sí, no creo que sea conveniente permanecer mucho tiempo aquí –dijo Neal.
–¿Pero a dónde nos iríamos? ¿es que tienes algún lugar al cual ir? ¿No era Candy quién quería venir aquí a París? –Fiona le atestó de preguntas al joven Leegan.
–Candy se va a quedar aquí.
"Así que era de eso de lo que quería hablar Neal" pensó la chica rubia, tal vez el muchacho había pensado que si posponía la plática ella se echaría para atrás con el plan que había fraguado unas horas antes.
–¿Qué quieres decir con que Candy se va a quedar aquí? –le interpeló Fiona con el entrecejo fruncido –no pensarás dejarla aquí sola.
–Ella iba a venir sola en primer lugar…
–Pero el lugar…
–Ella sabe cuidarse sola –señaló el joven Leegan –así que no tienes porque preocuparte por ella.
–No me parece correcto –apuntó con vehemencia Fiona –¿crees que está bien?
Candy dio un respingo al ver que Fiona se dirigía a ella.
–Yo…yo…
–Candy tiene muchas cosas que hacer aquí –añadió Neal.
–Podemos esperar a que termine sus pendientes –sugirió Fiona –no es como si nosotros tuviéramos mucho que hacer…
–No es conveniente estar aquí mucho tiempo y por la misma razón que das, es mejor dejar a Candy sola…
–No lo entiendo –dijo Fiona.
–El dinero comienza a escasear –Neal siguió –si nos vamos, será mucho más fácil para Candy sobrevivir con lo que aún nos resta, si nos quedamos agotaremos las reservas y ella no podrá terminar lo que vino a hacer aquí.
–Yo estoy trabajando –dijo Robert –he ganado dinero, y puedo ganar más.
–Yo también puedo buscar un trabajo –Fiona interrumpió.
–¿En qué? ¿Es qué no se han dado cuenta de que estamos en medio de una guerra? No hay muchos trabajos disponibles…
–Como dices estamos en guerra, dejar aquí a una joven…
–Candy no es una simple muchacha –Neal prosiguió –ella es enfermera, si quisiera buscar trabajo, lo encontraría con facilidad y no se ustedes pero yo pienso que peor dejar que ella nos mantenga a dejarla aquí con el poco dinero que aún nos queda.
–Pero si le dejamos el dinero… ¿qué vamos a hacer nosotros? –preguntó el chiquillo.
–Tengo apartado el dinero para el viaje a la India.
–No pienso ir a la India –comentó Fiona.
–¿Es que piensas quedarte sin recursos en medio de la guerra? ¿De qué piensas vivir? –preguntó Neal al tiempo que dibujaba una sonrisa torcida en su cara.
–Yo…
–Fiona –dijo Candy finalmente –no tienes que preocuparte, te agradezco que pienses en mí, pero pienso como Neal, es peligroso que permanezcan aquí por mucho tiempo, en India tienen un lugar a dónde llegar, aquí las cosas pueden ponerse peor y si algo llegara a pasarles no me lo perdonaría nunca.
–Pero como les dije en un inicio, no soy su padre ni puedo obligarles a hacer algo que no deseen –continuó Neal –voy a partir a la India y si así lo deciden pueden unirse en el viaje, si no se unen, lamento decirles que cada quien se hará cargo de su persona.
Neal se levantó, dando por terminada la conversación, no se le veía molesto, pero tampoco sonreía, caminó hasta su habitación y Robert lo siguió de cerca.
–No te enojes con él –mencionó Candy una vez que Neal cerró la puerta de su cuarto –Neal realmente está preocupado por la situación que se está viviendo aquí, en especial por ti.
–¿Por mí? –preguntó extrañada Fiona.
–Sí, él sabe que te estás esforzando, pero…
–Sigue pensando que soy una clase de princesa que no puede mover un dedo sin lastimarse ¿verdad?
–No, él no piensa eso…
–Candy, eres demasiado buena tratando de protegerlo, pero sé que me he convertido en una carga para él y eso me está molestando, jamás quise convertirme en una molestia para alguien.
–Se siente responsable por tu seguridad…
–Yo decidí venir, él no es responsable por mí de ninguna manera…
–¿Sabes? –dijo Candy con una gran sonrisa en su cara –Neal dice que no es un caballero, pero lo es… no puede dejar de sentir debilidad por las damas en apuros.
–¿Y tú? ¿No siente debilidad por ti?
–No estoy en apuros, o tal vez lo estoy siempre… –La chica rubia comenzó a reír –la cosa es que conmigo es diferente la situación, tal como lo dijo, soy enfermera, en el peor de los casos puedo trabajar en el frente ayudando a los heridos…
–¡Oh no! –exclamó Fiona –no debes hacer eso… podrías morir.
–Lo sé, y pues trataré de evitarlo, trata de comprender como se siente Neal.
–No sé, no quiero continuar siendo una carga en otro país…
–Nunca he estado en la India –señaló Candy – aunque allí viven los padres de Archie, y ellos pueden ayudarles sin enterar al resto de la familia.
–No estoy segura.
–Supongo que hay que probar… al final la decisión será tuya.
Candy caminó hacía la escalera y desde allí soltó un "buenas noches", miró la cara de Fiona que se había quedado fija en el último tronco ya consumido por las llamas y que había adquirido un color negruzco con vetas rojas, y que en unas horas se reduciría a cenizas.
Una vez en la habitación, pensó en que Neal realmente la dejaría sola, no era que ella tuviera miedo, ni tampoco era una dama indefensa como la había pintado Fiona. No obstante el quedarse sola en un país donde apenas comprendía dos palabras del idioma, le comenzaba a parecer un panorama poco alentador.
–Tengo que ser fuerte –musitó la muchacha.
Tenía que serlo, tenía que proseguir con el plan del joven Leegan acerca del doble de Anthony. Para poder ayudarlo quería hablar con alguien del hospital donde posiblemente había estado internado el muchacho antes de que lo vieran deambulando por las calles de la ciudad. Candy desconocía si aquello iba a servir de algo, mas debía probar hasta la última instancia en poder localizar algún indicio que le confirmara que él era Anthony, no deseaba basarse en suposiciones aunque éstas fueran un aliciente a ese profundo deseo que llevaba grabado en su corazón desde el primer instante en que su adorado príncipe de las rosas había dejado de estar a su lado. Si en verdad él fuera Anthony… ese pensamiento empezaba a florecer en su cabeza y no volvería a tener paz en su vida si se iba de París sin investigar el asunto.
Durmió tan poco que cuando el sol apareció en el horizonte, sintió que no tenía fuerzas para levantarse, no obstante, se vistió para salir temprano y aprovechar el día. Salió de la habitación sin perturbar el sueño de Fiona quien aún dormía plácidamente. Cuando se asomó al cuarto de los chicos se percató de que ni uno de los dos estaba allí. La muchacha se quedó pensativa un momento. Tal vez Neal había tenido que salir para arreglar algo del próximo viaje.
Sintiéndose un poco sola, Candy caminó por las calles de París para dirigirse al hospital que había sido bombardeado, con el precario francés que hablaba pudo averiguar que el hospital del que Aimée le había comentado era el hospital-escuela Montpellier.
La muchacha caminó por más de una hora antes de llegar al hospital. Podía apreciarse el área que había sido reparada, ya que esta zona se veía más nueva que el resto del viejo edificio. El olor de hospital llegó hasta ella y sintió un dejo de nostalgia. Sólo en momentos como ese podía advertir lo mucho que extrañaba estar trabajando. Tomó aire y se acercó a la enfermera que daba información.
Estando parada frente a la enfermera, se dio cuenta de que para pedir una dirección tenía apenas el suficiente conocimiento del idioma, pero que para pedir informes sobre un paciente le resultaba algo fuera de su alcance.
Dio la media vuelta, pensando en que tendría que pedirle a Neal que la acompañara para que hablara con los doctores, cuando a lo lejos escuchó que alguien repetía su nombre.
–¿Candy? –sonó aquella voz masculina por tercera vez antes de que ella girara su cabeza.
Enfundado en una bata blanca y con algo de barba sobre la cara, le había resultado difícil reconocerlo, tardó cerca de dos minutos saber quien era el dueño de la voz que la llamaba.
–Michael… eres Michael ¿verdad? –dijo finalmente Candy.
El joven doctor sonrió y en sus ojos se mostró un ligero brillo que parecía haber perdido desde la primera vez que lo había visto la muchacha.
–Sí, y tú eres Candy…
–No pensé encontrarte aquí –comentó Candy –sabía que habías venido para Europa pero…
–Es una agradable coincidencia encontrarte aquí –señaló Michael –regresé hace dos meses del frente, tuve una herida de bala en un brazo, así que estuve en recuperación hasta hace unos días…
–¿Te hirieron? –preguntó la muchacha con un ligero tono nervioso.
–No fue nada grave, pero si no hubiera estado allí más de un hombre habría perdido la vida, estar dos meses en recuperación es un precio bajo… nada se puede comparar con la vida de un hombre.
Candy se sintió muy avergonzada al escucharlo, ella estaba allí por razones meramente personales, y había olvidado lo mucho que necesitaban enfermeras en ese momento.
–¿Has venido a trabajar? –preguntó el joven entornando los ojos –tenía entendido que los Andley no iban a permitírtelo.
–¿Sabías eso?
–Te sorprendería lo mucho que es capaz de escribir tu prima.
–¿Mi prima?
–Sí, ¿es que acaso Eliza no es tu prima?
La muchacha sonrió ligeramente, no podía imaginar la cara que estaría poniendo Eliza si supiera que Michael la estaba emparentando con ella, "la sucia huérfana que vivió en un establo".
–¿Qué es tan gracioso?
–Nada, nada –se apresuró a decir Candy –tienes razón, ella es mi prima.
Candy plasmó una enorme sonrisa en su rostro, estando tan lejos de Eliza poco importaba que asegurara eso.
–Tienes razón, los Andley movieron todas sus influencias para evitar que pudiera venir como enfermera…
–¿Entonces que haces aquí? –le interrumpió Michael –venir a Paris suele ser encantador, pero no en estos momentos. ¿Es que acaso vienes de vacaciones?
–Cualquiera que te oyera pensaría que soy una loca que vino de vacaciones –señaló la muchacha –no lo digas ni de broma. He venido aquí a buscar a una persona.
–¿Y lo permitió la familia Andley?
–Ellos no saben que estoy aquí.
–Eliza me comentó que habías desaparecido y que su hermano también.
–De hecho he venido con el hermano de Eliza, mi primo Neal –a Candy le pareció gracioso llamar "primo" al joven Leegan… ese sería otro título más que añadiría a la colección que iba en aumento, después de todo resultaba tan raro como llamarlo "esposo".
–¿Neal Leegan está aquí? ¿En París?
–Sí, así es…
–Tengo que decírselo a Eliza.
–¡Oh! No lo hagas por favor –rogó Candy.
Los ojos de Michael mostraron interés en las palabras que la muchacha decía.
–Ellos no saben que estamos aquí, si se enteran moverán a sus gentes para venir por nosotros antes de que encontremos a quien buscamos.
–No creo que sea correcto que hayan venido sin autorización de su familia –apuntó Michael.
–No nos han dado otra opción –replicó la muchacha –y es importante para nosotros.
–Es a eso a lo que has venido al hospital –preguntó el joven doctor.
–Sí, –respondió Candy –pero mi francés es realmente malo y no he podido pedir informes.
–Dime, tal vez pueda ayudarte, tengo ya dos meses aquí, conozco a casi todos los pacientes.
–Ese es el problema –mencionó Candy –ya no es un paciente aquí… ¿supiste que este hospital fue bombardeado?
–Sí, estaba en el frente cuando eso ocurrió, pero antes de partir estuve aquí recibiendo instrucciones, el área que destruyeron fue muy grande –comentó Michael.
–¿Estuviste aquí? ¿trabajando? –preguntó Candy abriendo los ojos.
–Sí, ¿te parece tan extraño? –comentó el muchacho.
–Yo… entonces tal vez si lo conociste.
–¿A ese paciente que buscas?
–Sí… él, él estuvo aquí internado.
–Has despertado mi curiosidad, ¿se puede saber de quién hablas?
–Era un paciente, un americano.
Michael la miró un segundo y después bajó la cabeza, pareció concentrarse por varios minutos.
–No estoy seguro –dijo él finalmente.
Candy apretó los puños, no quería ilusionarse de más, tal vez Michael supiera quien era, pero tampoco quería desechar la idea de que ese muchacho perdido era Anthony.
–Había un cuarto para gente importante –mencionó.
–¿Y?
–Yo no solía acercarme mucho allí, pero la gente decía que era un paciente de América.
–¿La gente?
–Ya sabes cómo es esto… las enfermeras, a ellas les gusta hablar mucho, ellas suponían muchas cosas.
–¿Conociste a las enfermeras a cargo?
–No, no que no las conociera, pero no tenía realmente una enfermera a cargo.
–¿Qué quieres decir con eso?
–Tal vez sería más sencillo si el director estuviera aquí.
–¿Dónde está él?
–Murió durante el bombardeo –señaló Michael con una nota amarga en su voz.
Candy no pudo evitar sentirse mal por todo aquello, odiaba todo eso de la guerra, tanta destrucción, tantos hogares separados. ¿Para qué peleaba la gente? ¿Para qué ocasionar tanto dolor?
–Él era amigo de mi padre, en varias ocasiones fuimos a comer juntos, pero poco mencionó a ese paciente.
–¿Lo llegaste a ver?
–No, él estaba fuera de mi jurisdicción, pero el director mismo era quien lo atendía, por orden de la familia, las enfermeras tenían que tener rotación constante.
–Eso es extraño ¿le preguntaste el porqué?
–No, nunca lo hice, pero me quedó claro que era alguien importante.
–¿Sabes que es lo que tenía?
–Sí, es por eso que tal vez nadie preguntaba al respecto.
–¿Qué es lo que padecía?
–El paciente estaba en coma.
–¿Cómo?
–Decían que había tenido un accidente muchos años antes y que desde entonces no había despertado.
–¿Algo así puede pasar?
–Por supuesto, ¿nunca viste un caso así?
–Te mentiría si digo que sí. Jamás vi algo así.
–Son esos casos raros.
–¿Y no hay nadie que pueda dar informes al respecto?
–Es difícil saberlo, después del bombardeo se perdieron cosas más importantes que documentos. La gente que murió aquel día, pacientes y personal, todos eran valiosos.
–Sí, debes de encontrar mis palabras vacías…
–Estás preocupada por ese paciente, no son vacías, sólo quiero que entiendas lo que se vivió aquí.
–Sí, eso trato.
–¿Y él era algo tuyo?
–Es una sospecha. Pero no puedo decir nada si no consigo más información.
–Conozco a una de las enfermeras que estuvo en la rotación. Ella… está en casa.
–¿Cuándo viene al hospital?
–Ella… ella ya no puede trabajar aquí, fue al frente y bueno… ella ya no puede trabajar.
El "¿qué sucedió con ella?" quedó suspendido en el aire. Candy sabía que sólo había una razón porque una enfermera no regresara a sus labores, era porque había perdido sus capacidades motoras o mentales. Ese cuchillo cargado de culpa se había enterrado aún más en su corazón.
–Te llevaré con ella, pero no puede ser hoy, nos veremos maña… no mejor nos vemos el fin de semana, estoy entrenando médicos y enfermeras que irán al frente.
–Lo entiendo.
–Nos veremos aquí, ¿te parece bien?
–Sí.
Candy salió del hospital, no podía decir que hubiera sido tiempo perdido, pero al mismo tiempo se sentía tan culpable que no sabía cómo actuar frente a alguien como el doctor Michael.
Cuando regresó a la casa vio que todas las pertenecías de Fiona, de Robert y de Neal habían sido empacadas, la vieja carreta esperaba para ser cargada.
–¿Ya se van?
–Mañana partimos –le informó Fiona.
La muchacha trató de ocultar la tristeza que aquello le causaba, la próxima vez que regresara a casa no había nadie que la recibiera, ni tampoco estaría el chiquillo con sus ocurrencias, ni tampoco estaría…Neal.
–¿Dónde está…?
–¿Neal? –le interrumpió Fiona –no lo sé, no se ha dignado venir el día de hoy.
–Me imagino –mencionó Candy.
La joven enfermera, salió a la calle. El frío le azotaba el rostro, pero no le importaba, prefería el frío clima a las frías palabras de Fiona. Entendía porque la muchacha estaba tan enojada, pero al mismo tiempo comprendía las razones de Neal y aunque no quisiera hacerlo, tenía que darle la razón a él.
Pasada casi una hora, Neal apareció en la calle, la farola que alumbraba tenuemente iluminó su cara.
–¿Qué haces aquí? –le preguntó con la cara enojada.
–Te estaba esperando.
–¿Es que acaso te has vuelto tonta de repente? –inquirió Neal.
–Pues yo…
El joven Leegan tomó una de sus manos.
–¡Estás helada!
–¿y eso que importa? –espetó Candy –es mi cuerpo, si quiero congelarme hasta morir ese es mi problema.
Neal soltó una carcajada.
–Tienes razón, congélate hasta la muerte si eso deseas, ya les he repetido que no soy padre de ninguno.
–Sólo quería darte esto.
Candy se removió la sortija que llevaba en el dedo.
–¿Qué haces? –el muchacho abrió los ojos.
–Te la regreso.
–¿Es que quieres hacerme rabiar?
–Ya no la necesitamos aquí, tú te vas y yo…
–¡Eres una estúpida! –soltó Neal.
La rubia dio un paso atrás, nunca había visto tan enojado a Neal.
–¿Qué es lo que te molesta?
–No te dije que sólo iba a dejarlos en la India y a regresar.
–Pero…
–Mantén eso en tu mano. No lo dije en el barco, esto es nuestra póliza de garantía, sólo en un caso extremo nos desharemos del par de anillos.
Candy lo miró entre sorprendida y enojada.
–No me importa, tú podrías necesitar más ese dinero…
–Ya me las arreglaré sin el anillo. Así que deja de hacerte la mártir.
–Yo…
–No sé qué mosca te pico hoy, pero estás más rara de lo normal. Hace frío y no pienso quedarme aquí hasta que me congele, tú estás helada, deberías entrar a calentarte un poco.
–No quiero entrar.
–No, no quieres entrar, no quieres retener el anillo. ¿Se puede saber qué es lo que si quieres?
–Quiero… que te quedes conmigo –susurró Candy.
–¿Perdón? –la voz de Neal denotaba sorpresa.
–Yo… no lo siento, olvida lo que dije.
Neal se acercó a Candy, sujetó sus manos, ella pudo sentir la calidez que emanaban esas manos ásperas, tan distintas a las que siempre había tenido el muchacho. Esas manos que habían dejado de ser las del vago que sólo se dedicaba a jugar y a tomar.
–Candy –la voz de Neal sonaba casi dulce –¿qué quieres decir con eso?
–Ya lo has dicho, soy una estúpida –la chica inmediatamente se puso a la defensiva.
–No, repite lo que dijiste.
–No, no dije nada.
–Candy… –suplicó el muchacho.
–Soy una tonta, no estaba pensando con claridad, tú debes irte, debes poner a salvo a Fiona y al niño, yo estaré… yo estoy bien.
El muchacho sonrió, no con su típica sonrisa burlona. Sus ojos brillaban, y Candy se sentía cada vez más débil. Quería llorar, quería huir de ese lugar, quería regresar a casa, la cuestión era… ¿a qué lugar podría llamar casa?
–No puedo dejarte sola porque cometes tonterías. –comentó Neal.
–Así es, sólo digo tonterías, no tienes que preocuparte…
Neal soltó las manos de la chica y la rodeó con sus brazos.
–Sólo serán unas semanas, regresaré por ti.
–Neal.
–No puedo darte mi palabra de caballero, pero ¿acaso no te he cumplido todas mis promesas?
–Sí –musitó Candy.
–Te lo prometo, en unas semanas regresaré por ti. Trata de no cometer estupideces hasta entonces, por favor, permanece con vida.
–Lo haré –respondió Candy.
El muchacho besó la frente de Candy y después entraron a la casa.
Candy, los vio partir sintiendo un nudo en la garganta. Deseaba realmente que se quedaran a su lado, y sintió envida de Fiona y Rob. Ellos tendrían a su lado quien los protegiera, ella… ella se quedaría sola, desprotegida…
Su duelo tuvo que terminar pronto, ya que al día siguiente fue a encontrarse con Michael. El doctor la esperaba en el hospital, ambos fueron a visitar a la amiga de él. La casa de la enfermera no estaba muy lejos. Una vez que llegaron él tocó la puerta y esperaron unos minutos. El ruido del cerrojo sonó desde dentro, entonces una mujer joven abrió la puerta.
–¿Sí?¿Quién es?
Candy al verla en sus dos piernas iba a preguntar cuál era su incapacidad, pero entonces se percató de que la enfermera no podía ver.
–Soy yo Janelle –Michael buscó la mano de la enfermera y ella esbozó una sonrisa.
–¿Doctor Michael?
–Sí, soy yo.
–Adelante.
–No vengo solo, una amiga viene conmigo, ¿no te molesta verdad?
–Claro que no, tus amigos son como mis amigos.
Los tres pasaron a una sala que estaba en penumbras.
–Disculpen, yo creo que debo abrir las ventanas.
–Yo lo hago –Candy se ofreció.
La muchacha abrió las persianas para dejar entrar la luz. Candy pudo ver el lugar con más precisión. Los cuadros que colgaban de las paredes parecían agradecer el ser vistos por alguien. Aquel lugar daba un aire deprimente.
–Hace mucho que no me visitaba, supe que estaba hospitalizado.
–Sí Janelle, recibí una bala, pero ahora estoy bien. Tuve suerte.
–Me alegro.
–Ella es Candy, es una vieja amiga de mi familia. Ella también es enfermera.
–¿Estás sirviendo en el frente?
–No, sólo vine a buscar a alguien –Candy se apresuró a contestar.
–Ah.
–De hecho esa es la razón por la que vinimos a verte.
Janelle se quedó callada, Candy no sabía si aquello era un buen signo o no.
–Se trata de un paciente tuyo.
–Pues será de hace mucho tiempo, porque hace ya un tiempo que no ejerzo.
–Sí, así es Janelle, se trata de ese paciente de la habitación especial.
–¡Oh! –exclamó la enfermera.
–¿Hay algo que sepas de ese paciente?
–Era americano –señaló –su familia era muy rica, en una ocasión me tocó ver a ese hombre que era como su guardián o algo así.
–¿Cómo era él? –preguntó Candy.
–Era alto, blanco de cabello oscuro, llevaba un bigote.
–¿Cómo se llamaba?
–Era muy callado, pero recuerdo haber escuchado al director nombrarlo George.
–¿George? –la voz de Candy sonó dos decibeles arriba de lo normal.
–Sí…
–¿Cómo era el paciente? –preguntó Candy.
–Lo recuerdo muy bien, era un placer verle, era muy bien parecido. Su cabello era rubio, se le veía dormir tranquilamente, en cierta forma él emanaba paz, como si estuviera bien el no tener que levantarse.
–¿Sabe cuál era su nombre?
–No, sólo llegué a escuchar hablar de que pertenecía a una familia de Chicago, en América, aunque el hombre ese… George parecía británico.
Candy se llevó la mano a la boca.
–¿Sabe algo más?
–Sólo los chismes que todas las enfermeras decían. Al parecer la abuela del chico lo había mantenido oculto, algunas rumoreaban que lo habían dado por muerto, en todo caso, yo nunca vi a nadie que lo visitará a no ser por ese hombre inglés.
Candy comenzó a llorar, tenía que ir enseguida con él, ya no tenía duda, el muchacho que había conocido era Anthony, su Anthony.
La visita en casa de Janelle duró poco, y Candy le agradeció profundamente, la información que le había dado era muy importante. Michael se disculpó por no poder acompañarla de regreso, pero tenía unos pendientes más antes de volver al hospital. Candy por su parte decidió ir de regreso al hospital, las calles se le confundían y prefería regresar sobre sus pasos para llegar a su casa.
Candy caminaba por la acera que llevaba al hospital Montpellier, se sujetaba el abrigo que parecía querer ser arrancado por el fuerte viento que golpeaba la ciudad parisina. El sonido de los tacones al tocar las calles adoquinadas era el único ruido que se escuchaba esa madrugada. Se detuvo en un par de ocasiones; desde que había salido de casa tenía la sensación de que alguien la seguía, giró un poco su cabeza pero no vio a nadie.
–Te estás volviendo loca –dijo para si Candy.
Siguió caminando, pero apenas había dado unos pasos cuando alguien la sujetó de la cintura. Candy sólo pudo soltar un pequeño "Ay" antes de sentir la mano de alguien que tapaba su boca.
Lo último que pudo pensar antes de sentir que el olor de cloroformo le inundara la nariz fue en que tenía que permanecer viva, que no podía darse por vencida tan fácilmente.
