17. Treinta días de confusión…segunda parte
Candy abrió los ojos, pero no pudo moverse, estaba amarrada a un poste, sentada en el frío piso, la habitación era oscura, sólo un pequeño haz de luz daba un ligero matiz para saber que era una especie de bodega. Se sentía algo mareada, no sabía cómo había llegado allí. Su cuerpo estaba entumido, debían haber pasado horas, estar en la misma posición había aterido sus piernas.
−¿Dónde estoy? –murmuró, los párpados no querían permanecer abiertos.
No podía escuchar ruidos, lo cual era raro, ni siquiera el eco lejano de cañonazos, que inundaba durante todo el día la ciudad. Debía estar en algún tipo de sótano, ya que no había una sola ventana. Además hacía mucho frío. El abrigo que llevaba puesto le era insuficiente. Sus manos apenas las podía mover y no tenía nada que ver con el amarre de la soga.
"Voy a morir aquí", pensó, podía sentir el vaho que salía de su boca, tal vez se estaba haciendo de noche, porque la temperatura iba bajando paulatinamente. ¿Y si muero aquí? ¿habrá alguien buscándome?, las preguntas seguían viniendo hacía ella. La baja temperatura estaba haciendo más difícil el respirar.
Iba a quedarse dormida, sabía que no debía hacerlo, si lo hacía, podría no despertar más, ella conocía todos los detalles, la muerte por hipotermia. Cuando sentía que sus párpados caían cual si fueran hechos de plomo alguien abrió la puerta, una mujer de aspecto rudo llevaba una vela y unos leños. Apenas y volteó a verla, como si fuera lo más normal del mundo tener a una chica cautiva y amarrada en su casa o dónde fuera que estaba. La mujer, prendió algo que Candy pensó primero era una estufa, pero debía ser una caldera, después de hacerlo, la mujer salió sin decir palabra alguna.
La chica no quiso preguntar nada, además no estaba segura si su voz saldría bien, tenía tanto frío que los dientes le rechinaban. Tardó cerca de media hora en que la caldera comenzara a calentar la habitación. Además de elevar la temperatura iluminaba el lugar.
Había muchas cosas y trastes, aunque no era experta podía asegurar que muchos de esos objetos eran caros. Había muchos cuadros en un rincón, a otro lado había unas estatuas, la mayoría cubiertas por sábanas y telas. ¿Qué lugar era ese? Por lo que podía ver, bien podía ser un museo, pero ¿a quién se llevan prisionera a un museo? Y estaba la caldera. Por el tamaño debía calentar muchas habitaciones.
Unas horas después, volvió a bajar la misma mujer, le colocó una soga más larga en las manos para que pudiera moverlas con un poco más de libertad, entonces depositó sobre el suelo un cuenco con un guiso, Candy no preguntó que tenía, el hambre era demasiado, bien podía ser comida para animales e igual lo habría comido, pero al probarlo pudo notar que quien había cocinado era una persona experimentada. ¿Qué lugar era ese? ¿Por qué le estaban dando de comer? ¿Qué pensaban hacer con ella? Las preguntas seguían amontonándose en su cabeza.
No sabía cómo medir bien el tiempo, sabía que habían pasado otras horas cuando un hombre calvo y gordo entró al sótano, no habló con ella, sólo le soltó el amarre y la llevó, con poca delicadeza escaleras arriba, caminaron por un largo pasillo para llegar a un cuarto de baño. Ella entró y él esperó afuera.
No había ventanas, tampoco espejos, sin embargo era un cuarto de baño completo, incluso la letrina estaba allí. Ni siquiera tenía que salir de la casa para hacer sus necesidades, aquello le causaba cierta conmoción, ¿qué lugar era aquel? Las únicas casas que tenían esas comodidades eran las casas de los ricos. El tipo tocó la puerta, así que intuyó que la había llevado para que hiciera lo necesario, que no le daría mucho tiempo.
Después de eso, el hombre entró y la volvió a llevar al sótano. Candy comenzó a contar los días por las veces que la llevaban arriba y le daban comida. Una vez al día, o al menos eso podía deducir la chica, seguía sin estar segura de nada, estar encerrada la mayor parte del tiempo en la oscuridad, para después sentir el frío que calaba los huesos y se repetía la acción de la mujer que prendía la caldera, entonces el frío acababa y su cuerpo recuperaba el calor para comenzar a sentir hambre, entonces de nueva cuenta esa mujer con un cuenco de comida, unas horas después el otro sujeto la llevaba al cuarto de baño, aunque lo hacía con rudeza agradecía el poder caminar, casi todo el tiempo sentía que sus piernas se le entumían por el frío piso, ¿dormir? Candy no podía asegurar que lo hiciera, porque la diferencia entre sus sueños y la realidad era pequeña, las pesadillas invadían sus noches, en ellos estaba sola, se sentía desamparada, y soñaba con la gente que añoraba, la señorita Ponny y la hermana María, con Albert, con Archie, pero en sus mismos sueños era abandonada por todos, entonces despertaba para encontrarse de nueva cuenta en el sótano oscuro.
¿Cuántos días pasaron? Veinte comidas, veinte días… para Candy ese tiempo podía ser igual a un siglo, hacía ya unos días que había dejado de luchar, justo ese día que había bajado un tipo que la interrogó en francés, ella no le entendió nada y la rutina siguió su rumbo…. ¿qué quería con ella? ¿Qué le iba a pasar? ¿Por qué aún seguía con vida? ¿Por qué la tenían encerrada? ¿Qué era lo que ellos esperaban? ¿No había nadie buscándola? ¿Cómo? ¿Cómo habría alguien? Ella sabía que había huido, nadie a excepción de Neal sabían su paradero, iba a morir allí, sola lejos de todo.
Dos días más, o al menos eso percibió Candy, otro hombre que en cierta manera se le hacía conocido llegó al sótano.
–¿Quién eres?
Candy lo miró sintiéndose muy cansada, quiso hablar pero la voz se le había quedado atascada en los pulmones, el tipo repitió la pregunta, ella con la voz rasposa apenas podía emitir unos sonidos, tenía mucho tiempo sin hablar.
–¿Qué? ¿No puedes hablar?
La muchacha quiso contestarle enseguida, pero entonces recordó aquellas palabras de Neal, ¿si esa persona supiera que era parte de los Andley? ¿Mandaría a pedir rescate? ¿Y si lo hacía, ellos estarían dispuestos a pagar? ¿Y si pagaban, sabrían dónde estaba? ¿Y si la llevaban de vuelta, y a cambio la condenaban a vivir igual que esa gente? Podía imaginarse a la tía Abuela gritando y obligándole a dejar el trabajo y a vivir bajo sus narices el resto de su vida, le conseguiría marido y no le permitiría volver a vivir en realidad
–Soy… Bonnie… –dijo una vez que su garganta se volvió a abrir.
–¿Qué hacías merodeando en los asuntos que no son de tu incumbencia?
–¿Cómo?
–¿No sabes de qué hablo? –el tipo se veía enojado y Candy guardó silencio –Bien… quédate callada, tengo métodos para hacer hablar a la gente, no creas que me tentaré el corazón porque eres mujer.
El hombre subió las escaleras y Candy se quedó mirando, se sentía agotada, sin fuerzas, pero no iba a dejarse sucumbir, no iba a ser ella quien se rindiera, así nadie la estuviera buscando, prefería eso, morir a su modo, si es que iba a morir.
El tiempo volvió a ser incierto, el hombre bajaba cada dos o tres horas, Candy no estaba segura, cada vez volvía a hacer las mismas preguntas, ella no decía nada, no iba a decir nada que la comprometiera, tenía que salir de allí, mientras tuviera vida cabían todas las posibilidades, era evidente que querían algo de ella, de lo contrario la hubieran matado, eso le quedaba claro.
–No voy a esperar toda la vida para que hables ¿sabes?
Candy no le contestaba nada al tipo, cada vez que abrían la puerta, aguzaba el oído, seguía sin escuchar ruidos de cañonazos, comenzaba a preguntarse si aún seguía en Europa, la habrían llevado lejos mientras la tenían drogada, ¿dónde estaría? Era lo primero que tenía que averiguar, de esa manera podía al menos darse una idea de que hacer, de nada servía salir de allí si se iba a encontrar en una isla desierta o en medio de Siberia.
–No sé de dónde sacas tanta fuerza, veremos sin comida te sientes igual de valiente.
El hombre no había mentido, no volvió a bajar en mucho tiempo, ¿cuánto? Candy lo desconocía, pero su estómago le reclamaba comida, tenía sed y hambre, pero no iba a ceder, ese hombre no le iba a ganar, aunque no comiera nada tardaría cerca de ocho días o tal vez más en morir de hambre. Ella podía aguantar, no era la primera vez en su vida que la pasaba sin comer.
Era raro como reaccionaba la mente a los estímulos externos, el frío, el calor, la sed, el hambre, el sueño… cada necesidad fisiológica provocaba que se sintiera más desanimada, más sola, más pérdida que nunca. Había realizado un viaje en busca de algo que no estaba segura de querer encontrar, en busca de un sueño que estaba por convertirse en una pesadilla.
Cuando Candy apenas podía permanecer despierta por la debilidad de su cuerpo, el tipo volvió a aparecer frente a ella.
–¿Ya estás dispuesta a hablar?
–No sé nada –fue lo único que salió de la boca de Candy.
–¿Así que una fierecilla aún?
El hombre calvo bajó y le dijo unas frases en francés que ella no entendió. Pero lo que fuera era algo importante porque enseguida el tipo salió, ni siquiera se molestó en cerrar la puerta.
Esa era la oportunidad, con las pocas fuerzas que le quedaban comenzó a forcejear los amarres, tenían ya varios días que no los apretaban así que pudo ir soltándose poco a poco. Un tirón más… pensaba Candy…. Un tirón más.
Cuando se vio libre de los amarres, trató de caminar, las piernas entumidas y sin energías no la podían sostener, tuvo que sujetarse de la pared, con mucho esfuerzo logró llegar a la escalera.
"Ya casi, ya casi" la voz interna de la chica le daba las fuerzas que su cuerpo no tenía.
Prácticamente arrastrándose llegó al quinto escalón, aún le faltaban otros quince más. Pero ella podría hacerlo, ella tenía que hacerlo. Nunca le había costado tanto subir una miserable escalera, pero si quería tan sólo soñar con la libertad tenía que hacerlo… siguió adelante, llegó al remanso, aún le faltaban diez escalones, cada uno representaba un paso adelante, un paso más cerca de la luz del sol, un paso más cerca del aire, un paso más cerca de su vida… instintivamente pensó… un paso más cerca de Neal.
¿Neal? Neal, y de nuevo Neal, ¿qué le había hecho ese chico? ¿de cuándo acá ella se preocupaba por Neal? Ella quien había cruzado miles de kilómetros para encontrarse con Anthony, ¿Qué tenía que ver Neal con todo ello? Nada, le gritaba esa voz dentro de su cabeza. Pero aun así tenía que subir… tenía que hacerlo, por ese paso más cerca de Neal.
Cuando contó de nuevo sólo le restaban cinco escalones, podía escuchar que en la planta baja se escuchaban ruidos de gente corriendo y nadie que le prestara atención a la puerta abierta. Uno más, y sólo le quedaban cuatro, a unos pasos de llegar a ese largo pasillo, podría ir hasta ese baño al que la llevaban y después buscar la forma de llegar a una salida… tenía que hacerlo… tres escalones, unos gritos, y más pasos, ninguno cerca de la puerta, dos escalones, comenzó a rezar, a rezar porque esa oportunidad no se desvaneciera, conseguir salir de allí, un escalón, ya podía ver la luz del pasillo. Llegando allí se sostuvo de la pared y de algunos muebles. Paso a paso, al tiempo que miraba sobre su hombro, vio entonces de reojo a alguien.
"No" se dijo, "no pueden atraparme ahora", comenzó a correr, pero las piernas no le respondieron y cayó en el suelo aun arrastrándose, las lágrimas de desesperación se anegaron a su cara. Si la atrapaban iba a ser el final, no sabía cuánto más podría soportar.
Seguía arrastrándose hasta el baño cuando sintió que alguien la tocó, no quería voltear, ¿iba a terminar así?
–Candy, ¿estás bien?
La voz de Neal llegó a sus oídos y sintió como si un bálsamo llenara su alma. Giró su cabeza y se encontró con la cara del muchacho, las lágrimas salieron como fuentes.
–Neal, Neal –la voz entrecortada de Candy se mezclaba con el agua salada que salía de sus ojos.
Neal la abrazó, pudo sentir la calidez de su abrazo, pudo sentir la protección que sabía necesitaba desesperadamente, pudo sentirse acompañada por primera vez en mucho tiempo.
Durmió, como si nunca antes hubiera dormido, en medio de la vigilia podía percatarse de que estaba en un cuarto a una temperatura agradable, en medio de sábanas limpias y de vez en vez podía sentir el roce la mano de Neal.
–Por fin despiertas –dijo Neal cuando por fin Candy pudo mantener los ojos abiertos.
–¿Cómo? ¿Tú? ¿Yo?
–Mírate –Neal acercó su mano hacía la cara de Candy y apartó un mechón de su cara.
–¿Neal eres tú?
–¿Quién sino?
–Pero tú… te habías ido, no deberías, yo…
–¿Cómo te las arreglaste para meterte en tantos problemas?
–Yo…
–¿Cuánto tiempo estuviste allí?
–Yo… no lo sé.
–¿Te encontraste con Michael?
–Sí
–Llegamos en menos de una semana a la India, llegamos con los padres de Archie, el clima allí es muy diferente aquí, allá las cosas parecían un paraíso, los tíos Cornwell nos recibieron con los brazos abiertos.
–¿Y Fiona?
–Tonta, ¿cómo te preocupas por ella estando así cómo estás?
–Neal…
–Ella está bien, llegó allá y se acomodó de inmediato, les cayó en gracia a los tíos y le dieron unos aposentos dignos de su estirpe.
–¿Te burlas?
–¿Cómo no hacerlo?
Candy sonrió débilmente, Fiona, Robert, todo le parecía tan lejano en ese momento.
–¿Qué más?
–Les comenté sobre nuestro hallazgo y de nuestras sospechas. Ellos no sabían todo, pero también sospechaban de qué había algo raro con la supuesta muerte de Anthony, lo que la tía Elroy les contó no les hacía sentido, mandaron a investigar y saben que todo indicaba a que Anthony no había muerto, pero entonces comenzó la guerra y perdieron al contacto que habían mandado.
–Yo estoy casi segura de que es él.
–Sí, al escucharlos estuve seguro, tenía que regresar a decírtelo, así que tomé el primer barco de regreso, ¿pero qué sucede cuando llegó y veo el lugar lleno de polvo como si nadie hubiera estado allí en días? Pregunté a los vecinos, a todos por el vecindario… me estaba volviendo loco…
–Pero…
–Entonces fui al hospital y allí estaba Michael, me dijo de la entrevista que habían sostenido casi dos semanas antes, nadie sabía de ti, nadie sabía darme alguna seña y yo… sentí que moría ¿entiendes? ¿Es que no te dije que te cuidaras?
–Sí…
–Esto confirma todo, la tía está detrás de todo esto, mira que mandar a secuestrarte.
–¿La tía?
–Candy, ¿no ves dónde estamos?
Candy desde que abrió los ojos se percató de que estaba en una habitación muy lujosa, y que ella dormía sobre una mullida cama con sábanas de algodón fino y cobertores de seda.
–Ésta, es una casa de los Andley, en un pueblo cercano a París.
–¿En casa de los Andley?
–Sí, ahora he revelado donde estoy, esos tipos vieron su suerte, cuando vieron quien era yo casi se desmayan, el tipo ese Sullivan salió corriendo, ellos tampoco sabían quién eras tú.
–¿Se los dijiste?
–Candy, no me quedaba de otra, no iba a dejar que te hicieran daño, según lo que me dijeron llevabas aquí cerca de un mes, ¡estás hecha un lío! Debes haber perdido al menos unos diez kilos, ¿Qué voy a hacer contigo?
La muchacha sintió un deseo imperioso de verse en el espejo, al otro lado de la habitación había uno, donde se reflejaba, aguzo la vista y vio que en efecto parecía como una enferma en recuperación, unas amplias ojeras atravesaban la mitad de su cara, la piel se le pegaba a los huesos en algunas partes de su cara, su cara se veía demacrada. Nunca se había sentido más fea que en ese momento.
–Pequeña estúpida, eres un problema andante ¿qué habría pasado si no te encuentro antes de que te hicieran algo peor?
–No lo sé –las lágrimas volvieron a aparecer.
Candy se sentía desdichada, se veía terrible, y algo dentro de ella no deseaba que el muchacho frente a ella la viera así, en ese estado.
–No, no llores, que no has parado de hacerlo.
–¿Qué va a pasar ahora?
–Los Andley no tardan en decirle a la tía Elroy que estamos aquí, puedo comprarnos tal vez una semana, no más.
–¿Qué quieres decir con eso?
–En cuanto sepan dónde estamos todo habrá terminado…
–¿Y no estás preocupado?
–¿Yo? –Neal soltó una carcajada
–Sí…
–La que debería estar preocupada es la tía Elroy, tendrá mucho que explicar a toda la familia ¿no crees?
–¿Y Anthony?
–Bueno, tuve que hacer unas llamadas, en unos días te aseguro que el tío William vendrá a Europa.
–¡Oh no!
Candy sintió que no podía encarar a Albert, aquello le hacía sentir más débil de lo que ya estaba.
–¿Cuándo dejarás de comportarte como una niña tonta? –le dijo Neal.
Era extraño, le había dicho tonta ya varias veces, pero Candy no percibía el ánimo de ofensa de parte del joven Leegan. Quería abrazarlo, quería hacerlo antes de que hubiera cualquier intrusión de parte de la familia Andley, una vez que ellos llegaran, no podría estar a solas con él, las cosas cambiarían y tal vez… tal vez el Neal al que se había acostumbrado desaparecería.
El tiempo paso rápidamente, la semana que le había dado Neal apenas le había servido para ponerse fuerte lo necesario para poder salir de cama y poder andar sin problemas, seguía viéndose muy delgada, pero al menos las ojeras habían desaparecido. Podía ver al muchacho que disfrutaba su estatus de Andley dando órdenes a los empleados, se preguntaba que pensaba acerca de haber dejado a Fiona con sus tíos y de toda la situación. Comenzaba a preguntarse también que era lo que él sentía por ella.
Albert llegó tal como lo había dicho Neal.
–¿Cómo pudiste Candy? Te fuiste sin decir palabra alguna, ¿cómo pudiste?
Candy miraba a Albert, sintiéndose culpable.
–Y ahora te encuentro en este estado, Neal me ha dicho que los hombres de la tía te tomaron como prisionera, ¿en qué estabas pensando?
–Hola tío, no sé si lo sabía, pero Candy no es de las que piensan –Neal interrumpió la plática.
–¿Y tú? Huir, con la hija de una de las familias más importantes de Chicago.
–Yo no hui –contestó Neal con una sonrisa en la boca –ella fue la que huyó. Yo simplemente le ayudé.
–¡Neal!
–Tío, ¿qué yo sepa eso no es ningún delito?
–Jamás podrá casarse después de eso.
–Ella lo sabía, y cuando se embarcó asumió esa responsabilidad. ¿O es qué debo tomar una responsabilidad que no es mía?
–Neal, ¿es qué tienes algún sentido del honor?
–Noción sí, tengo alguna, me las han de haber retacado en la cabeza en el San Pablo, pero no algo de lo que pueda hallar algún tipo de beneficio.
Albert suspiró, Candy quería reír, no podía imaginarse a Neal haciéndose responsable de algo.
–Los dos, han vuelto a la familia de cabeza, ¿qué podremos hacer con ustedes?
–¿Con nosotros? Nada, no hay nada que hacer, Candy necesita ganar un poco de peso, pero nada de qué preocuparse, sin embargo si hablamos de Anthony.
–¿Otra vez con eso?
–Supuse que no me creería, tengo el transporte preparado, vamos a que conozca a su sobrino.
–Quiero ir –añadió Candy.
–Te quedas –dijo Neal rotundamente.
–Pero yo…
–Tío, apenas pudo levantarse de la cama, no puede andar saliendo, afuera hace bastante frío.
–Candy, quédate en casa, –le ordenó Albert –ya hablaré contigo más adelante.
Candy apretó los labios, vio como Albert y Neal salían de la finca de los Andley, la trataban como si fuera una niña pequeña que no supiera cuidarse por sí misma. Regresó a su habitación, no quería ver como el carruaje se perdía en la distancia. Quería ver a Anthony, pero tampoco sabía cómo iba a reaccionar. Las veces que lo había visto el chico actuaba como un extraño, no podía imaginar por todo lo que había pasado, no podía comprender porque no la recordaba en absoluto, tampoco quería experimentar el mismo rechazo dos veces, no sabía cuánto podría soportar.
Espero por mucho tiempo, se asomaba para ver hacía la carretera de vez en vez, con ese deseo interno de ver el carruaje de regreso, pero en todo el día no sucedió.
Candy tomó los alimentos que esa mujer ruda preparaba, ahora se mostraba un poco más agradable con la chica, ¿Qué les habría dicho Neal para que cambiaran su actitud? No lo sabía, y sospechaba que jamás lo sabría.
Al día siguiente fue similar, esperar, se estaba volviendo buena en eso, su paciencia se había vuelto más grande, podía pasar horas sentada sin sentir la necesidad de salir corriendo, temía que aquello fuera a ser permanente, pero al mismo tiempo comenzaba a encontrar una delicia en el silencio y en la soledad.
Dos días después aparecieron por la carretera, Candy para ese momento ya estaba ansiosa de saber que había sucedido. Bajó corriendo a recibirlos.
–¿Qué pasó?
–El tío ya está convencido de que Anthony está vivo.
–¿Y Anthony?
–Fue difícil, el tío tuvo que llevarlo al hospital para un chequeo, permanecerá allí hasta dentro de unos días para que le hagan unas pruebas.
–Quisiera ir.
–Aún estás débil, y el tío quiere regresar de inmediato a América, cree que aquí la situación es peligrosa, la situación de la guerra no mejora y él cree que las cosas se pondrán aún peor, así que no queda de otra que irnos.
–¿Y Fiona y Robert?
–Ellos están bien en casa de los tíos, es otro país y no está involucrado de la misma forma que los demás países, además de que mi tío tiene inmunidad política, en ese caso Fiona no tendrá que regresar si no lo desea…
Candy asintió con la cabeza, quería estar segura de que ellos estarían bien, creía que tal vez nunca los volvería a ver y eso le dolía un poco, pero reconocía que Albert tenía razón al querer regresar a América.
Candy regresó a su habitación, a la cual Neal había mandado llevar sus cosas de la vieja finca en París hasta allí, vio la caja de música y pensó en Anthony, quería verlo, pero temía ese encuentro de igual manera, Pronto ese viaje habría terminado, y entonces ¿Qué haría? No tenía idea. Desconocía lo que vendría después, pero en cierta forma seguía creyendo que había hecho bien al hacer un viaje tan largo, pero no evitaba pensar en qué pasaría con la familia Andley.
Tenía que hablar con Albert, no sólo era una obligación porque su amigo se lo hubiera amenazado, de hecho quería hacerlo, tenía mucho tiempo sin poder estar frente a frente con él, quien era más que su confidente, tanto hacía de eso, que había olvidado lo mucho que lo necesitaba. Se acercó a la biblioteca, la puerta estaba entreabierta y ella entró con sigilo planeando darle una sorpresa. Estaba a punto de descubrir su presencia cuando se dio cuenta de que en la biblioteca no estaba sólo Albert sino que Neal le hacía compañía.
Ambos se veían que discutían algo que debía ser de mucha importancia, ya que tenían cara muy seria y a pesar de tener una copa de vino servida delante de ellos parecía que ninguno de los dos la había probado siquiera.
–¿Sabes lo que eso significa? –decía Albert.
–Lo sé, pero no lo acepto.
–Tienes que hacerlo, la tía no la perdonará si no aceptas.
–Esa es una estupidez, no tengo porque seguir sus reglas absurdas.
–Neal, ¡debes hacerlo!
–¿Y qué pasaría si me niego?
–¿Estarías feliz sabiendo que le estarías cerrando las puertas de la familia?
–¿Cómo si fuera tan bueno ser parte de los Andley?
–La tía…
–¿Estará en posición de exigir algo sabiendo lo que hizo?
–Es mujer anciana que siempre cree estar haciendo lo mejor para los Andley, en muchas cosas tiene razón, no en todo…
–¿Y entonces? ¿Hacer lo que me pide es lo correcto?
–Esa no es una regla que ella haya impuesto. Eso lo sabes.
–No quiero.
–Es algo generalizado, no sólo de la familia, sino de cualquier familia de Chicago…
–Repito, ¿qué de bueno tiene eso? Le estaría haciendo un favor.
–Neal, no digas eso, por favor, piensa.
–¿De nuevo porqué he de hacerlo?
–Todos saben que desaparecieron al mismo tiempo.
Candy pensó en la pobre Fiona, no le parecía justo que lo obligarán a casarse con ella, sólo por convencionalismos sin importancia. Además ella ahora estaba lejos, nada podrían hacer para obligarlo a un matrimonio así.
–Pero…
–Sí, ya sé lo que dirás, Fiona, ella por el momento nadie puede asegurar un nexo contigo, creo que te encargaste de eso con mucha anticipación.
–No soy un estúpido, no iba a dejar nada que me ligara a ella, así Fiona puede hacer su vida como desee.
–Preferiría que la condición fuera sobre ella.
¿No hablaban de Fiona? Candy se sintió desconcertada.
–¿Así lo desea tío? ¿Seguir las órdenes de la tía Elroy?
–No es lo que yo quiera, sólo quiero protegerla, y en este momento el único que puede hacerlo eres tú.
–Ya se lo he dicho, entre ella y yo no ha pasado nada, nada de lo que hacerse responsable.
–Digamos que te creo, y no por ti, sino porque la conozco a ella… pero los demás por su origen están predispuestos a pensar lo peor de ella, si quieres protegerla la única solución es aceptar la decisión de la tía Elroy.
–¿Casarme con ella?
–Sí Neal, sólo casándote con Candy podrás protegerla.
¿Casarse? ¿Hablaban de ella? La muchacha estuvo a punto de gritar, pero se abstuvo de hacerlo, no quería revelar que estaba escuchando todo.
–No, no quiero.
–Sé lo que piensas, igual que tu hermana y tu madre, que ella es una pobre huérfana, pero créeme tiene el mejor corazón que podrás encontrar, es amable y cariñosa, pronto te acostumbrarías a quererla.
–No, lo siento, pero no puedo aceptar.
–¿Por qué?
–Ya lo has dicho, es una sucia huérfana, como un Leegan se casaría así, antes dejó de ser un Andley.
–¡Neal!
–No importa lo que diga, sus palabras no me harán cambiar de parecer.
Candy apretó los puños, tuvo que contenerse para no ir a abofetear al muchacho. Dio la media vuelta y regresó a su habitación, estaba enojada, con la tía Elroy, por haber tomado medidas que ni siquiera correspondían, estaba enojada con Albert por estar apoyando la decisión de la tía, estaba enojada con Neal por no aceptarla… ni ella se entendía, lo único que sabía que le dolía…
Quiso llorar, pero entonces vio la caja de música, ¡eres una estúpida Candy! Dijo para sí. Era una estúpida por pensar que Neal podía cambiar, que Neal podía sentir algo por ella, por sentir lo que sentía por él. No pudo menos que dejar escapar las lágrimas que se agolpaban en sus ojos, y darle rienda suelta a la frustración que se burlaba en su cara, de su propia ingenuidad. Ahora sabía que la tía había conseguido amarrarla de por vida, jamás volvería a ser la misma Candy que hasta ese momento había sido.
*Nota*
Sorry por no haber podido subir antes, pero no quería dejar la semana sin hacerlo, la historia que les decía está en fictionpress, página hermana de fanfiction, con el usuario Liberbeus, la historia se llama "Las alas de la Libélula" aquí sería poner fictionpress(punto)com/s/3149727/1/Las-alas-de-la- libélula
Como siempre gracias por leer, espero que sea de su agrado.
Saludos!
